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Agosto 2016

1

Ignis
Revista estudiantil de filosofía Año 2016 - Edición N. 2
SUMARIO
MANUSCRITOS

Locke y los defectos de
la comunicación 5
El Nadaismo como
literatura prohibida 13

LOUVRE

Relato de ciudad 24

Onírica 26
La última canción de
Roderick Usher 30

Por la ruta de Angkor 33
Semestre I 2016 ♦ Número 2 ♦ ISSN: 2500-5448

Ignis es una revista de estudiantes publicada
semestralmente con el apoyo del Departamento de
Filosofía y la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de
la Corporación Universitaria Minuto de Dios.

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Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.
MANUSCRITOS

Locke y los defectos de la comunicación
Rodney Morales Xelhuantzi

El Nadaismo como literatura prohibida
Jonathan Mora
Locke y los
defectos de
la comunicación1

Resumen
En este escrito me propongo argumentar, de acuerdo con la filosofía del lenguaje de John Locke, que si las palabras signifi-
can ideas, entonces en la comunicación no hay un mismo significado para los hablantes; y si al menos hay dos significados,
es imposible que sean idénticos. Esto indicará un defecto para cumplir la mayor función del lenguaje: la comunicación. Los
puntos que aquí apoyan esta idea son los siguientes: (i) las palabras significan las ideas de la mente y no objetos reales del
mundo externo, pues éstos son incognoscibles; (ii) aunque hay un escepticismo sobre las esencias de objetos reales, es
posible comunicar mediante sus esencias nominales; (iii) mediante la teoría de la rectificación es claro que las ideas no son
comunicadas en el discurso público y, sin embargo, hay comunicación; y (iv) en la comunicación es poco probable que los
hablantes compartan mismos significados para las mismas palabras.

Palabras clave: Comunicación, idea, lenguaje, palabra, significado.

Abstract
In this paper I aim to argue if words means ideas, according to John Locke’s philosophy of language, then there is not
same meaning for speakers; still if there are two meanings at least, then it is impossible that they are identical. This point
out a defect to carry out the main function of language: communication. The issues that support this view are following:
(I) words meaning the ideas of mind but not real objects in external world, for latter are unknowable; (ii) although there
is a skepticism about real objects’ essences, it is possible to communicate through nominal essences; (iii) by rectification
theory it makes clear that ideas are not communicated in public discourse, but there is communication however; and (iv)
on communication it is no likely that speakers share same meanings to same words.

1 Este trabajo es la continuación de una ponencia que ofrecí el 27 de febrero de 2014 en la Universidad Autónoma Metropolitana, cuyo
título fue “El problema del significado de las palabras en Locke”. En aquella ocasión no pude
Rodney Morales Xelhuantzi

Keywords: Communication, idea, language, meaning, word.

Rodney Morales Xelhuantzi
Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa
Ro_xelhuantzi@hotmail.com

1. El significado de las palabras

P
or palabra Locke entiende, o bien lo que se llama un sustantivo, v. gr., “hombre”,
“oro”, “animal”; o bien un nombre propio, v. gr., “Sócrates” o “Bucéfalo”. Como tales 6
no se diferencian de los términos de otras lenguas —salvo en los sonidos— porque
todas son igualmente palabras. Para Locke (1975), éstas son sonidos articulados hechas
voluntariamente por los órganos para los cuales existe una disposición natural. Sin embargo,
no todo sonido articulado es una palabra. Cualquiera puede articular los sonidos que sus
órganos le permitan, pero esta sola habilidad no produce un lenguaje (Losonsky, 2007). Las
palabras de un lenguaje natural tienen un contenido que no está dentro de la conjunción de
sus letras o la articulación de los sonidos; en cambio, un mero sonido carece por completo
de este contenido en cualquier lenguaje humano (Morris, 2007). Pese a que la mayoría de
nosotros ha articulado un sonido alguna vez, no siempre lo reconocemos como una palabra.

¿Qué es el contenido de los sonidos y dónde se encuentra? Llamo significado a este
contenido. Autores como Walter Ott (2004), por una parte, y Michael Losonsky (2007) y
Jonathan Lowe (2005), por otra, proponen tesis contrarias y plausibles sobre la naturaleza
del significado en nuestro filósofo. El primero se basa en una lectura literal del Libro
III del Ensayo sobre el entendimiento humano para afirmar que las ideas son el significado
del lenguaje, y los segundos en una interpretación del mismo para negarlo. La razón es que
Locke (1975), en repetidas ocasiones, sostiene que las palabras significan ideas alojadas en
la mente humana: “El uso de las palabras es que sean signos sensibles de las ideas, y las
ideas que se establecen [con las palabras] son su propia e inmediata significación” (p. 405).
“cualquier término establece una idea que es adquirida por el hombre” (p.427). “aquellos
Locke y los defectos de la comunicación

[nombres] de los modos mixtos establecen ideas perfectamente arbitrarias; los de las
substancias, no tan perfectamente [arbitraria]” (p. 428). Sin embargo, también advierte que
el significado se relaciona con los objetos: “puesto que los hombres no estarían pensando
vagamente de sus propias imaginaciones sino de las cosas como realmente son, se sigue
que ellos suelen suponer sus palabras para establecer también la realidad de las cosas” (p.
407), “los nombres de los modos mixtos siempre significan […] las esencias reales de sus
especies” (p. 436), “eso que las palabras generales significan es una clase de cosas” (p. 414).
De acuerdo con Lowe (2005), la primera postura recibe el nombre de teoría semántica,
i. e., una relación de la palabra con el mundo, y la segunda el nombre de teoría ideacional, i.
e., una relación de la palabra con la idea.

El Libro III del Ensayo… sostiene una teoría ideacional. La razón de ello radica en la
postura escéptica sobre la esencia y la substancia, pues afirma que las “cosas nunca se
nos presentan directamente” (Guyer, 1999, p. 123). Existe un significado de las palabras
“substancia” y “esencia”, pero la substancia y la esencia de las cosas son imposibles de conocer
porque sólo son supuestos del entendimiento. Al percibir un objeto, en él se encuentran
cualidades contenidas en algo único y sabemos que éste tiene una constitución por la cual
es lo que es. No afirmo que las partes constituyentes sean idénticas con el objeto, sino que
están en él. Sin embargo, para Locke (1975), la existencia de una substancia subyacente, tal 7
como la concibió Aristóteles, es una conjetura del entendimiento y está fuera del alcance
empírico. No se niega que exista, sino que sea cognoscible. Puesto que es posible hablar
de ella sin conocerla ni percibirla, entonces únicamente es una idea abstracta en la mente.
En este sentido, el significado de la palabra “substancia” no es la substancia, sino la idea–
substancia. Asimismo, la esencia real o constitución de las cosas, lo que son en sí mismas,
es incognoscible. A diferencia de la Filosofía Clásica, que supuso la realidad de las clases
dentro de las cuales está cada una de las entidades particulares, Locke (1975) defiende que
dichas clases no son reales, sino nominales 2. Para él, hay dos problemas al suponerlas
reales: el primero es que los Universales, v. gr., Hombre, “no pertenecen a la existencia real
de las cosas, sino que son invenciones y criaturas del entendimiento” (Locke, 1975, p. 414).
La segunda es que si éstos existieran ontológicamente, serían corruptibles como las demás
cosas naturales y, en tal caso, cesarían de existir en algún momento, pero siendo nominales,
son incorruptibles (Locke, 1975). En consecuencia, ya sea que se usen palabras de entidades
particulares o universales, v. gr., “Sócrates” u “Hombre”, no pueden significar su substancia
ni su esencia, porque o no es cognoscible o no es real. Por lo tanto, sus respectivos significados
deben ser la idea–Sócrates o la idea–Hombre.

2 Sobre este punto hay un interesante pasaje en un comentarista de Aristóteles, Richard Sorabji (2003), el cual trata estas diferencias
entre Locke y el Estagirita sobre clases ontológicas y nominales. Véase su capítulo XII.
Rodney Morales Xelhuantzi

Sin embargo, el objeto conserva una importancia fundamental en el significado de las
palabras. De acuerdo con Paul Guyer (1999), los objetos tienen una relación indirecta con las
palabras. Al pronunciar un término (general o particular) debo apelar a ideas que descansan
en mi mente, y puesto que todas éstas se originan en último término de la experiencia de los
objetos (pues incluso las ideas abstractas y los modos mixtos están formados arbitrariamente
a partir de las simples), éstos tienen una relación con las palabras: no son sus significados,
porque tal cosa sería “pervertir el uso de las palabras” (Locke, 1975, pp. 407, 497). Sino sus
causas. Los objetos de la sensibilidad son una condición sine qua non para el significado, pues
sin ellos éste sería imposible. En este sentido, un hombre que no ha tenido la experiencia de
un caballo, puede pronunciar la palabra “caballo” y no significar nada con eso, a menos que
tenga las ideas de las partes que constituyen a un caballo.

2. Elementos de la comunicación
En el Ensayo…, Locke (1975) dice:

[Era necesario] que él [hombre] fuera ser capaz de usar esos sonidos como signos
de concepciones internas, y de establecerlos como signos de las ideas dentro de
su propia mente, para que fueran conocidas por otros, y [así], los pensamientos 8
de las mentes de los hombres estuvieran comunicados de unas [mentes] a otras.
(p. 402)

Si el significado son las ideas y éstas son privadas (pues nadie tiene ideas idénticas con
alguien más, ni tiene acceso a las ideas ajenas), entonces el significado también es privado.
Si esto es cierto, ¿cómo hacerlo público para alguien en la comunicación? Se podría decir
que es posible porque las palabras son signos sensibles de nuestras ideas y por esa razón
son públicas. Sin embargo, el signo no es lo mismo que la idea (Losonsky, 2007) y, por
tanto, ésta no tiene por qué ser pública también. Con base en esto, la filosofía de Locke se
encuentra en el siguiente dilema: o bien, hacer posible la comunicación pero abandonar
la tesis de que el significado de las palabras son las ideas y, por tanto, es privado; o bien,
sostener que las ideas son el significado pero hacer a la comunicación, sino imposible, al
menos muy defectuosa.

El siguiente ejemplo, propuesto por Locke (1975) y desarrollado por Lowe (2005),
muestra que en la comunicación hay dos elementos necesarios: por un lado, las ideas como
significado de las palabras y, por otro, estas como sonidos articulados. Supóngase un par de
pericos con una memoria y habilidad extraordinarias para mantener un discurso coherente
y fluido como el humano. Uno y otro intercambian palabras, responden preguntas e incluso
pueden pronunciar un argumento correcto. La cuestión es: ¿hay comunicación entre ellos?
Si así es, entonces debe aceptarse que ambos entienden y conocen el significado de sus
Locke y los defectos de la comunicación

palabras y, en consecuencia, tienen ideas tomadas de su experiencia o de su reflexión; pero
si no es así, entonces ¿cómo explicar el intercambio de palabras? Desde el punto de vista
lockeano, la respuesta debe ser negativa. En efecto, si bien los pericos tienen experiencias
sensibles, de eso no se sigue que sus palabras estén relacionadas con un supuesto contenido
mental suyo, pues esta relación constituye el significar del lenguaje. En consecuencia, las
palabras de un lenguaje natural son meros sonidos articulados cuando no hay ideas que
se relacionen con ellas como sus significados. Asimismo, podemos suponer dos hombres
no bilingües, uno hispanoparlante y otro angloparlante, que tienen la misma idea (i .e., el
mismo significado) de sus respectivas palabras “Caballo” y “Horse”. Como las palabras de
su lenguaje no son comunes, no puede haber comunicación entre ellos. Si el segundo dice
“Horse is black”, no hay comunicación aunque el primero tenga casualmente la idea de un
caballo negro. De la misma manera, el hispanoparlante puede pronunciar “Horse is Black”
y tener en ese mismo momento la idea de un caballo negro, pero no por eso su palabra
significa su idea, porque no relaciona una con otra. Estos ejemplos muestran dos cosas: que
las palabras sin significado son fútiles en la comunicación y que las ideas comunes, aunque
no idénticas, también son fútiles sin palabras comunes (Losonsky 2007; Guyer 1999). Por lo
tanto, para la comunicación se deben tener ideas y palabras comunes.

9
3. Comunicación y rectificación de las ideas
Ahora bien, ya sabemos que en el Ensayo… el significado es la idea, pero ¿a quién
pertenece? Locke (1975) responde:

[…] las palabras en su significación primera e inmediata, no establecen nada más
que las ideas que están en la mente de quien las usa […] Cuando un hombre le
habla a otro son para darse a entender; y la finalidad del habla es que aquellos
sonidos, como señales, pueden dar a conocer sus ideas a quien escucha. Entonces,
eso de lo que las palabras son signos, son las ideas del hablante; y cualquiera no
puede aplicarlas, como señales, inmediatamente a otra cosa cualquiera, sino a
las ideas que él mismo tiene. (p. 405. Énfasis mío. Véase también Lowe, 2005,
p. 99.)

El significado de las palabras, aunque necesario para la comunicación, no es comunicado,
pues lo comunicado es la palabra del que habla, que significa su idea, pero el significado no
se encuentra en de los sonidos articulados de la palabra. Yo puedo pronunciar la palabra
“Mozart” y adjuntar a su significado un predicado, por ejemplo, “Mozart fue un compositor
extraordinario”. Pero seguramente en este momento mi lector ha tenido la idea de Wolfang
Mozart, mientras yo tenía la de su padre, Leopold Mozart. En este caso hay comunicación y
están los elementos necesarios de ella, pero a menos que yo especifique en qué consiste mi
idea de Mozart, el significado en la comunicación no será necesariamente el mismo para el
Rodney Morales Xelhuantzi

emisor y para el receptor, aunque casualmente puede serlo. De manera que el significado no
es comunicado, pese a que los hombres supongan “que sus palabras son también señales de
las ideas de los otros hombres con quienes sostienen comunicación” (Locke, 2005, p. 396).

Para apoyar la teoría de la comunicación, Michael Losonsky (2007) afirma que en ella hay
una teoría de la rectificación que consiste en “el proceso de determinar cuándo nuestras ideas
están conformes a las ideas de otros”. Con esto intenta refutar la tesis de la comunicación
defectuosa negando que los hablantes no puedan tener ideas idénticas al comunicarse. Si
Losonsky está en lo correcto, entonces la privacidad de las ideas no indica necesariamente la
negación de su publicidad. De acuerdo con esto, cualquiera que tenga una idea y quiera darla
a conocer a otro significándola con el lenguaje, le basta con describir mediante palabras en qué
consiste su idea. La tesis de Losonsky no está completamente equivocada, aunque adolece de
insatisfacción para todo el lenguaje. En la experiencia uno se forma ideas simples (imágenes
o representaciones) de las cualidades de los objetos sensibles mediante la pasividad de la
mente al aprehenderlas (Locke, 1975). A menos que alguien carezca de órganos sensoriales
sanos, la experiencia sensible será la misma para todos los hombres porque sus ideas son
“verdaderas” —como dice Locke (1975) — o perfectamente adecuadas con las cosas y, por
ende, tendrán la misma representación de las cualidades de los objetos. De manera que si
alguien tiene la idea del color del cielo, al pronunciar su nombre, podrá tener una buena 10
comunicación con alguien que también tenga la misma experiencia que él, porque “nuestras
ideas simples son las mismas en virtud de los mismos poderes [perceptivos]” (Losonsky,
2007: 294). Walter Ott (2004) también acepta a las ideas como significado de las palabras y
rechaza que no puedan comunicarse en el discurso público:

[…] las palabras significan ideas inmediatamente porque sólo en virtud de esta
conexión son capaces de significar cosas del mundo. Si algunas ideas representan
ideas o cualidades reales, mi habilidad pasa a referir más allá de mi propio
contenido mental y alcanza el reino de lo público. (Walter Ott, 2004, p. 6).

Entonces, si en la comunicación se significan representaciones de objetos y el receptor
de la misma tiene representaciones idénticas, entonces no es que el significado pase de una
mente a otra, sino que la palabra “despierta” el significado en la mente del receptor y, de
esta manera, es público. De modo que una sola palabra tiene tantos significados cuantas
representaciones pueda haber de un mismo objeto sensible en virtud de la cantidad de
receptores que haya. Esta es la consecuencia inadmisible de la teoría de la rectificación.

El defecto que advirtió Locke es que las palabras no significan sólo ideas simples, sino
también complejas y modos mixtos. No es posible rectificar ideas de diferentes mentes acerca
de la palabra “justicia”, por ejemplo, y tampoco acerca de los objetos de la experiencia, como
en las palabras “casa” o “estatua” porque sus particulares son cualitativamente diferentes.
Locke y los defectos de la comunicación

Una mente puede comprender las ideas de bondad y virtud en “justicia”, y otra puede
comprender también la de orden divino; asimismo, al pensar la palabra “casa” una mente
la concibe grande y azul, y otra mente la piensa pequeña y blanca. “[…] los hombres deben
suponer que la misma palabra significa cosas diferentes en diferentes hombres, puesto que
no pueden dudar que diferentes hombres puedan haber descubierto diversas cualidades
en substancias de la misma denominación” (Locke, 1975, p. 469. Énfasis mío) ¿Cómo
comunicar el significado de este tipo de palabras? La definición podría proponerse como
solución al problema, pero hay dos grandes inconvenientes para ello: primero, en el uso
social nadie da definiciones de cada una de sus palabras cuando se comunica, sino que se
supone que el receptor comprende las mismas ideas para la misma palabra; segundo, si se
ofrecieran las definiciones, v. gr., de “justicia”, se tendrían que definir, a la vez, cada una
de las palabras que la definen, v. gr., “bondad”, “virtud”, etcétera, hasta obtener una larga
cadena de palabras sin un discurso de uso social.

La teoría de la rectificación no está bastante fundamentada por otra razón. Aunque
Locke afirma que hay esencias nominales dentro de las cuales englobamos a las entidades
particulares, v. gr., Sócrates en Hombre, después dice que uno de los problemas con las
palabras es que dichas esencias cambian de significado de acuerdo al uso social (Locke
1975). Lowe (2005), por su parte, parece sostener que la verdad o falsedad de proposiciones 11
como “Sócrates es Hombre” depende del uso social del lenguaje, porque en tal uso estas
palabras adquieren significado. Su propuesta descansa sobre la afirmación no explícita de
que el significado es siempre, y para todo hablante, el mismo. Sin embargo, conforme a la
teoría de Locke, el lenguaje no adquiere propiedades veritativas en la comunicación, como
pretende Lowe, pues si no hay un significado fijo para cada palabra del tipo de las esencias,
no es posible decir que una proposición que contenga palabras como las expuestas sea
verdadera siempre para todo hablante.

Debido a esto, la comunicación debe limitarse a las ideas contenidas en la mente y ser,
por tanto, defectuosa. Si el propósito de la comunicación es darse entender con los demás,
entonces este entendimiento adquirido a partir de las palabras será las más de las veces
diferente. En consecuencia, el conocimiento es asimismo limitado en el discurso público
cuando se trate de substancias y esencias y de toda idea no simple. Lo comunicado no es más
que sonidos articulados que vienen a ser palabras en tanto significan ideas de quien habla o
despiertan las de quien escucha. La diferencia de entendimientos en una u otra persona no
lleva a la imposibilidad de comunicarse; más bien, es un defecto del lenguaje para cumplir
adecuadamente uno de sus mayores propósitos. Pero si hay una relación secundaria o
indirecta del significado con los objetos a los cuales se supone significan, entonces la
significación de las palabras podrá corregirse, aunque no completamente, apelando a los
objetos de la experiencia.
Rodney Morales Xelhuantzi

4. Conclusiones
En este escrito se han establecido los siguientes puntos: a) el significado de las palabras
son las ideas, no sólo por las citas expuestas, sino también por el escepticismo de Locke
en cuanto a las esencias y las substancias. Considerar a los objetos como significado de
nuestro lenguaje es un abuso del uso de las palabras. b) En la comunicación las palabras
sin ideas significadas y las ideas sin palabras para transmitir son ambas vacías, y no sirven
para el fin que se requiere. c) Lo único comunicado es la palabra que adquiere significado si
hay ideas que representen objetos, y este significado es posible al relacionar la idea con el
objeto (idea verdadera) y la palabra con la idea. d) La teoría de la rectificación afirma que
sólo las ideas simples son susceptibles de ser cotejadas con las de otra persona. Se tiene el
mismo significado de las palabras cuando la representación es una idea simple. Pero esta
teoría no soluciona el problema para las ideas no simples, como los de modos mixtos o ideas
complejas, frecuentemente usadas en el lenguaje común y en el filosófico. En consecuencia,
el mejor entendimiento que puede haber en la comunicación ocurre cuando intentamos
hablar nuestra experiencia de los objetos sensibles, que es la manera de comunicar los
pensamientos.

Bibliografía 12

Guyer, P. (1999). Locke’s philosophy of language. En V. Champpell (Ed.), the Cambridge
Companion to Locke (pp. 115-145), Cambridge, Reino Unido: Cambridge University
Press.

Locke, J., (1975), An Essay Concerning human Understanding, Oxford, Reino Unido:
Oxford University Press.

Losonsky, M. (2007). Language, Meaning and Mind in Locke’s Essay. En L. Newman
(Ed.), The Cambridge Companion to Locke’s Essay concerning human Understanding
(pp. 286-312), Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press.

Lowe, J. (2005). Locke, Nueva York, Estados Unidos: Routledge.

Morris, M., (2007), An Introduction to the philosophy of Language, Cambridge, Reino
Unido: Cambridge University Press.

Ott, W., (2004), Locke’s philosophy of Language, Cambridge, Reino Unido: Cambridge
University Press.

Sorabji, R., (2003), Necesidad, causa y culpa. Perspectivas sobre la teoría de
Aristóteles, México D. F., México: Universidad Nacional Autónoma de México.
El Nadaismo
como literatura
prohibida ...En nuestro tiempo los caminos de la acción nos
están vedados, ellos están copados de regimientos,
de perseguidos y perseguidores.
Gonzalo Arango.

Resumen
Con la investigación se hará visible al Nadaísmo como una expresión literaria que se ha dejado de lado por la importancia
de resaltar sólo su aspecto político. A su vez, se develará la riqueza intelectual del movimiento nadaísta como una parte
de la cultura que merece su lugar en la literatura colombiana, no sólo por su papel político, sino también por su carácter
expresivo y artístico. Teniendo en cuenta que el movimiento nadaísta es reconocido por su ejercicio contestatario más
que por lo literario, se buscó responder a la siguiente pregunta ¿cabe la posibilidad de estudiar el nadaísmo desde una
perspectiva literaria más que política?

Palabras clave: Nadaísmo, Gonzalo Arango, Literatura, Prohibido.

Abstract
This research will become visible to Nadaísmo as a literary expression that has been set aside for only highlight its political
aspect. In turn, the intellectual wealth of Nadaísta movement will be unveiled as part of the culture that deserves its place
in the Colombian literature, not only for its political role, but also for its expressive and artistic nature. Given that the Na-
daísta movement is recognized for its rebellious exercise rather than literary, this research sought to answer the following
question: it is possible to study the Nadaísmo from literary perspective rather than political perspective?

Key Words: Nadaísmo, Gonzalo Arango, Literature, Prohibited.
Jonathan Mora

Jonathan Mora
Corporación Universitaria Minuto de Dios
tathann777@hotmail.com

Introducción

E
l siglo XX en Colombia fue testigo del nacimiento de un movimiento cultural y
filosófico llamado nadaísmo. Al igual que los diferentes grupos que para la misma
época emergían en otros países como Francia o los Estados Unidos, el nadaísmo es
una respuesta al sistema dominante y a la opresión de diferentes actores, ya sean políticos 14
o sociales. Dicha respuesta busca en mayor medida reconocer la importancia de lo humano,
en tanto ser finito y limitado por su misma naturaleza. Es necesario para el nadaísmo
presentarse ante la sociedad colombiana como un grupo de personas que piensan diferente
y que entienden la literatura como algo activo, es decir, que la vida misma es literatura, y
que por lo tanto, todo lo que se realiza en su nombre refleja nuestro ser. Su creador y más
importante representante Gonzalo Arango, creía que la actualidad es una transición brusca
en la que los deseos del hombre son permeados por intereses egoístas y subrepticios. Es en
este sentido que el nadaísmo, a pesar de haber sido una forma de respuesta a la transición
individualista y competitiva del sistema imperante, es también una reivindicación de la
literatura a través de la acción poética; una feroz manera de expresar lo que el hombre
colombiano no muestra por miedo, o tal vez, por costumbre. En consecuencia, el nadaísmo
no sólo es una respuesta política sino también es una acción de creación literaria que se
despierta desde el inconformismo y la desidia.

La diversa literatura que se ha ocupado del nadaísmo tiene como base la relación de éste
con la política. Esto conlleva de forma directa a la identificación del movimiento cultural
como una respuesta política sin más. En concreto, la importancia de reflejar su literatura o
mejor, de darle mayor realce, no se evidencia en la poca pero destacada literatura dedicada
al nadaísmo. Es por esto, que percibimos la necesidad de presentar la literatura nadaísta
como prohibida y por lo tanto, como no sólo una respuesta política, sino también como un
arte y como una creación que da respuesta a su época con una significación muy particular
El Nadaismo como literatura prohibida

de lo que se entiende por literatura. En consecuencia, el siguiente escrito se desarrolla en tres
partes. En la primera, se realiza un acercamiento a la definición de literatura desde diversas
perspectivas, para así, poder abordar la interpretación que tienen los nadaístas sobre este
término; en la segunda parte, se desarrolla la idea de lo prohibido en la literatura nadaísta;
Por último, se concluye dando respuesta a la pregunta ¿Cabe la posibilidad de estudiar el
nadaísmo desde una perspectiva literaria más que política?.

Oscuridad nueva
La Real Academia De La Lengua Española (2014) define literatura como el arte que
emplea como medio de expresión una lengua. Por otro lado, para el filósofo y semiólogo
francés Roland Barthes (1986) la literatura es un actuar de signos, un ejercicio de escritura.
Además, para la bibliotecómana y filóloga Maria Moliner (2009) la literatura es el arte que
emplea la palabra como medio de expresión. En consonancia, para el teórico literario y
filósofo Tzvetan Todorov (2009) la literatura es un medio de tomar posición frente a los
valores de la sociedad, es decir la literatura es arte e ideología. Pero estas definiciones de
literatura tienen en gran medida algo en común: todas expresan la literatura como algo
positivo, es decir, como un ejercicio que lleva al que lo realiza a hacer algo que es bien visto
frente a las gentes. Sin embargo, y a pesar del recorrido histórico o genealógico que se realice 15
sobre el concepto literatura e independiente de sus raíces etimológicas, la literatura es un
acto que involucra una lengua y una capacidad creativa que tiene como fin un escrito en el
que subyace un juicio de carácter positivo.

Para Gonzalo Arango (1974) la literatura es un acto del genio negativo, es alucinada y
convoca las inmundicias, las libertades, las dudas, los furores y las iniquidades. En sí, resulta
que para el poeta nadaísta la literatura es algo negativo, es un proceso intelectual que tiene
como base el pesimismo y por lo tanto, no se encuentra acorde a los diversos significados que
expusimos anteriormente. Es más, nos dice Arango (1974), “trataré de definir la poesía como
toda acción del espíritu completamente gratuita y desinteresada de presupuestos éticos,
sociales, políticos o racionales que se formulan los hombres como programas de felicidad
y de justicia” (p.16). Más aún, “el ejercicio poético carece de función social o moralizadora.
Es un acto que se agota en sí mismo, el más inútil del espíritu creador. Jean Paul Sartre lo
definió como la elección del fracaso.” (Arango, 1974, p.17). Así, la literatura está en íntima
relación con la poesía y Arango las identifica de manera indistinta.

El nadaísmo ha sido catalogado de movimiento o de filosofía, además de “la justificación
de un nuevo modelo para ver y entender la poesía que nace en la cabeza de Gonzalo Arango”
(Cavanzo y Benitez, 2011, p.59). Pero lo cierto es que en los apartes del primer manifiesto
nadaísta de 1958, en el paragrafo I, se plantea: “el nadaísmo es un estado del espíritu
revolucionario, y excede toda clase de previsiones y posibilidades”(Arango, 1974, p.16). En
Jonathan Mora

este sentido, el concepto de literatura que tiene el fundador del nadaísmo Gonzalo Arango es
contrario a lo que se plantea de forma corriente. Una posible interpretación podría ser que
el poeta cree que la literatura es un acto de creación que devela una realidad que es triste y
compleja, llena de mentiras y engaños, los cuales la sociedad prefiere ocultar por ir en contra
de sus costumbres y porque la realidad en muchas ocasiones conlleva dolor. Para poder
realizar la empresa nadaísta la idea es, “no dejar una fe intacta, ni un ídolo en su sitio. Todo
lo que está consagrado como adorable por el orden imperante será examinado y revisado. Se
conservará solamente aquello que esté orientado hacia la revolución, y que fundamente por
su consistencia indestructible, los cimientos de la sociedad nueva” (Arango, 1974, p.19). La
literatura es entonces una herramienta negativa porque niega lo establecido y a través del
acto creativo genera acciones que coaccionan al orden imperante.

Al parecer el nadaísmo fue interpretado desde su crítica a la política y a la sociedad,
pero no se ha tenido en cuenta su literatura como medio expresivo y objeto estudio. Según
Tarazona y Bermúdez (2012),

en contradicción con lo que la sociedad aristocrático-burguesa les ofrecía, el
amor libre y la vida al natural eran sus más firmes convicciones, sus principios
vitales. Por esta razón, nunca fomentarían una revolución que se propusiera
usurparle a la clase dirigente el comando del Estado, sino una cuyo fin último 16
consistiera en poner en evidencia el agónico momento por el cual pasaban la
sociedad y la cultura que les había visto nacer. Desconfiaban, tal como lo hacían
los demás jóvenes del mundo occidental de la idea capitalista del progreso, tanto
como del finalismo teleológico del socialismo (p.146).

La literatura nadaísta interpretada como original y persuasiva, es lo que hace de ella un
reflejo del inconformismo de una juventud que no cree en los modelos sociales vigentes. El
nadaísmo tuvo fuerza en los jóvenes por ser una inspiración sin suelo, puro acto de creación.
En este sentido su contradicción es palpable, pues en los años sesenta en Colombia como
en muchos países de Latinoamérica, era común la adhesión de las personas a una u otra
ideología política o cultural que apoyaba en sí, hegemonías opresoras. En Naditación 14
Gonzalo Arango dice lo siguiente: “ustedes, los que habitan el reino puro de la normalidad,
ignoran los placeres inefables de un tanque blindado de las batallas con licencia de
amante”(Arango, 1974, p.35). Los nadaístas no creían en vanguardias ni corrientes, pues
lo único a lo que llevaban era a la homogeneización y a la normalización de sus militantes,
convirtiendose entonces, en un producto más del mercado de las ideologías, muy imperante
en aquel momento, por ejemplo, el marxismo, el animalismo, los movimientos pacifistas
(hippies), etcétera. En consecuencia,

la propuesta revolucionaria del nadaísmo tuvo como campo de batalla la cultura.
Si bien otros grupos juveniles habían decidido actuar a campo abierto contra el
El Nadaismo como literatura prohibida

Estado burgués, los nadaístas optarían por el frente cultural, pues era ahí donde
se sentían que la realidad los aprisionaba. Combatirían, entonces todas aquellas
costumbres, sus convenciones, sus principios, sus valores (…) ( Tarazona y
Bermúdez, 2012, p.147).

Tanto es así, que el nadaísmo nace para presentar una protesta libertaria que despierte
los sentidos que se encuentran adormecidos por las políticas, religiones e ideologías que
subyugan la libertad del hombre, esto, al no preocuparse por conocer y explicar qué es el
“hombre”. “somos una raza nueva que santifica el placer y los instintos, y libra al hombre
de los opios de la razón y de los idealismos trascendentales...”(Arango, 1974, p.32). Gonzalo
Arango, como fundador del nadaísmo creía además que era un profeta, profeta de una nueva
manera de Ser y de tratar al mundo. A la visión de lo que el logró hacer lo llamo la Oscuridad
Nueva, cuyo presupuesto era entender que la vida sólo es vida cuando se vive, no cuando se
crean prejuicios para vivirla. La literatura nadaísta entonces se fortalece por anhelar no ser
fruto de lo que se entiende tanto por literatura como por poesía, sino por ser una aspiración
a vicio, a ser lo prohibido.

El fuego purificador
17
Escribir sobre lo prohibido y escribir de forma prohibida son dos cosas distintas. Para lo
primero nos sobran escritores pero para lo segundo es necesario ser, en toda la extensión que
puede abarcar el significado ontológico de la palabra, diferente. El acto creador del nadaísta
entonces, no se encuentra en su versión del mundo, sino en la manera en que escribe sobre
ese mundo. En las tablas sin ley, Gonzalo Arango nos dice, “nuestra poesía no promete la
libertad, ni la paz, ni siquiera la felicidad. Simplemente desgarra una realidad tenebrosa
para entrar en la nueva frontera cuyos destinos serán regidos por la poesía, es decir, por el
espíritu omnipotente de la vida” (Arango, 1974, p.105). En consecuencia, la literatura del
nadaísmo parte de una concepción particular del mundo. No es su misión presentar la vida
desde otra perspectiva, mejor aún, es decir la vida sin presupuestos, plantearse desde la
actividad misma.

Escribir entonces de forma prohibida es crear desde lo creado, la vida existe, es cierto,
pero es una vida que se lee desde lo trascendente, por lo tanto, lo prohibido se encuentra en
la vida misma, porque ésta es entendida ahora desde lo terrenal, lo más cercano, lo orgánico.
Según Jerez (2009):

Si el hombre debe comprometerse con su destino histórico, debe tener una
actitud hacia la vida. Éste es un punto fundamental, ya que es uno de los aportes
teóricos del nadaísmo que más se van a mantener a lo largo de la obra de GA,
y es la afirmación de la vida en la tierra, por fuera de cualquier especulación
Jonathan Mora

metafísica, es decir, el individuo sólo tiene una vida, y es en esta tierra; por tanto,
lo más importante es cómo vive esa vida, no en relación con “la otra vida” o con
la eternidad, sino para vivirla como tal, como vida (p.93).

El nadaísmo tiene como base la vida. Podemos decir que la forma de expresar su literatura
es prohibida porque la existencia misma no posee más que verdades que pertenecen a la
vida, son transitorias. El nadaísmo es entonces dinámico y expresable porque no tiene una
explicación racional y dogmática. Es antagónico de lo que se entiende por cultura o política.
“mi método, es, pues no tener método. Y mis verdades quieren decir que son verdades
nadaístas, y no verdades dogmáticas que reclaman para sí el privilegio de las verdades
absolutas” (Arango, 1974, p.185). Al respecto, cabe aclarar que cuando la sociedad somete
la existencia a reglas, lo que es posible percibir en las modas o las tendencia políticas, ésta
desemboca en la homogeneización de la humanidad. La literatura nadaísta es prohibida por
su lucha contra la racionalización y en este sentido se puede decir que es clara y discutible.
Parte de la duda sobre lo establecido y no se conforma con el orden.

Al reconocer la posibilidad del ser humano para emplear su mente como instrumento
de creación, el nadaísmo incita a decir lo que siente el escritor sin tapujos, “dije al principio
que el Nadaísmo no propone soluciones sino dudas, pues la Duda es un principio creador” 18
(Arango, 1974. 185). El recorrido de nuestra vida, tiene sentido gracias a la actividad creadora,
y sólo es posible crear algo cuando se parte de la duda. Es de reconocer la veracidad de las
tesis del nadaísmo, pues cuando se condena el acto de pensar diferente, no se reconoce que,
fundamentalmente somos seres limitados y que es gracias a que no sabemos nada sobre
nuestro destino que nos arriesgamos a experimentar. “El hombre debe liberarse, explorar
su ser como hombre, y no atado a absolutamente nada, ni a ideales, religiones o credos
políticos, a nada. Esto no dice que no se pueda estar afiliado a ciertas ideas, pero sí que
estas ideas no se deben ver como un dogma que detenga el uso pleno de la libertad, que es la
capacidad de elegir” (Jerez, 2009, pp. 93-94).

Sin embargo, Colombia aún hoy día continúa sumergida en lo establecido, bebiendo de
los ideales que propugnan los grandes dueños del mundo. “Nos embuten a la brava” sus
compendios y recetarios para “vivir mejor”, a sabiendas que somos un país que envejeció en
sus laboratorios sociales y explotó esparciendo por el territorio nacional el agente naranja
de sus modas y estilos. Ser prohibido es no estar en la burbuja y ahogarse en la soledad.
“nuestro mundo actual no tiene nada de saludable, de tranquilo y sensato. En este manicomio
residen muchedumbres de locos, lujuriosos y alienados. La Civilización es la tumba en que
vivimos” (Arango, 1974, p.80). Ahora bien, si el nadaísmo apareció en Colombia es porque el
mundo la puso entre la espada y la pared, “la respuesta del poeta a este estado de zozobra y
perpetua insensatez, es esta imagen de belleza airada, rota, dudosa, fiel reflejo de los sucesos
y del caos en que estamos sumergidos” (Arango, 1974, p.80).
El Nadaismo como literatura prohibida

Además, si el nadaísmo refleja el caos de la sociedad, es a través de formas poéticas
creadas desde la sociedad colombiana. Siendo producto de nuestra Colombia, el nadaísmo
es una fuerte protesta que crea de forma constante una realidad desde la literatura. Al
respecto formula Amaya (2014):

Los nadaístas y algunos de sus amigos, le decían a Gonzalo Arango “Profeta”,
denominación que él mismo difundió ya que desde el inicio del movimiento, el
pretendía ser la salvación de la juventud, en una sociedad que se secularizaba,
la cual pretendía refrescar con formas imaginadas de ver la vida, y que eran
difundidas en el plano de la esfera pública (p.36).

Si el nadaísmo es un movimiento que no permite el absolutismo, se reconoce que la
manera de llevar a cabo su expansión durante los años sesenta, es a través de las juventudes.
En consonancia dice Jerez (2009) acerca de los aspectos claves del nadaísmo, lo siguiente:

De aquí varios aspectos claves del estilo de GA. El primero que hay que notar es la
ruptura con las normas ortográficas, lo que encarnaría el intento antiacadémico,
ya que después de los puntos no ponen mayúsculas, ni en los nombres propios.
Otro aspecto clave es el de promover al nadaísmo como el escándalo, como lo
malvado, lo que asusta al buen burgués y esto dirigido a la juventud, lo que
19
se relacionaría con el ritmo y el lenguaje, que al ser acelerado por medio de la
repetición, y con la enumeración de a lo que los nadaístas se oponen, genera más
fuertemente el contraste (p.98).

La fuerza de expresión de Gonzalo Arango y su espléndida médula literaria, fomentaron
en la juventud de los años sesenta una ola de rebeldía consumada en los pasquines de un
heraldo de mil formas. Entonces, la literatura prohibida de los nadaístas pregunta: “¿Quién
se disculpa por estar vivo? Esta poesía es así, como la vida: visceral y animada como un
organismo cuya raíz se hunde en las convulsiones y crece respirando el aire envenenado del
siglo hacia un cielo sin salvación. Crece hacia el cielo pero ella misma es el infierno”(Arango,
1974, p.81). Ante esto, lo más plausible para decir, es que lo literario es prohibido cuando
hierve la sangre en las palabras, gracias a la pasión creadora de un Fuego Purificador. Pues
como dice el poeta en un fragmento del Manifiesto Nadaísta al Homo Sapiens, “Sonó la
hora de bautizar la tierra con una nueva barbarie purificadora” (Arango, 1974, p.70). A ello
cabe añadir, con una literatura tabú, que concede privilegios a la existencia.

Nada es nadie
La literatura del nadaísmo fue un relámpago de pensamientos que emergieron en una
época y se condensaron en la imagen de los nadaístas, de forma concreta en la expresión
Jonathan Mora

de Gonzalo Arango. Tanto es así, que el desarrollo del movimiento se fundamentó en
las represiones que se producían desde las altas esferas. Por eso, Arango (1974) declara,
“Orgullosamente hemos elegido la poesía insurrecta para protestar contra los estados pasivos
de la vida y la cultura, y contra los conformismos reinantes que amenazan la dignidad y el
espíritu de rebelión” (p.186). Desde una sociedad compuesta por los diversos organismos de
control, el nadaísmo acoraza la literatura y la pone a hablar desde las entrañas de la locura,
“en esencia, reclamamos una lealtad a nuestro tiempo, y para nosotros mismos. En esta
exigencia radica nuestra rebelión y nuestra locura” (Arango, 1974, p.186). Locura que surge
del olvido por el valor de la existencia y por el inmenso miedo a ser silenciados.

De acuerdo con Tarazona y Bermudez (2012), la forma de expresión del nadaísmo alcanzó
a ser enmarcada en la polémica social de los años sesenta, sin duda su manera de sacar a la
luz la reglada sociedad tradicionalista del momento, ocasionó nuevas maneras de percibir
la realidad colombiana. Además los nadaístas,

no solo se enfrentaron violentamente a las autoridades gubernamentales,
también emprendieron una arriesgada actividad de difusión y justificación de
la guerra revolucionaria una férrea lucha ideológica en contra de la cultura y las
tradiciones aristocrático-burguesas, una ciega defensa de los nuevos paradigmas 20
estéticos y una incansable búsqueda de un nuevo sistema de valores (Tarazona
y Bermudez, 2012, p.145).

Algunas de las ideas que formulan Tarazona y Bermudez no coinciden en gran medida
con los objetivos del nadaísmo. Pues, si bien es cierto que el desarrollo del movimiento
tenía como base una crítica a la realidad de aquel momento, no necesariamente se buscaba
un “nuevo sistema de valores”, pues, de forma precisa en Una locura razonable Arango
(1974) dice, “El lenguaje agresivo de estos mensajes y manifiestos, obedece a la necesidad
de una sacudida de cataclismo en el orden de los valores tradicionales sobre los cuales se
ha elaborado una cultura y una literatura sin auténticas raíces en la realidad y en la vida”
(p.198). Y un poco después, “fuimos siempre profetas humildes. No propusimos soluciones
a nada, sino dudas a todo. No ofrecimos la felicidad en baratillo, pero dimos a morder la
manzana de la tentación, ésa de la libertad que produce una amarga alegría, y que a veces se
paga con la soledad o con la locura”(pp.198-199).

Lo que es posible percibir de acuerdo a lo planteado hasta el momento es que, la realidad
del movimiento nadaísta es una propuesta de duda acerca de lo establecido en los años sesenta
en Colombia. También es un intento por lograr que la personas se aparten del miedo a vivir,
y perciban que las grandes ideologías y usanzas dominantes, son producto de un ejercicio
de opresión que no permite que el ser humano acepte su destino y lo enfrente con gallardía.
“El nadaísmo se fundó como respuesta a las razones tradicionales de la vida”(Arango, 1974,
El Nadaismo como literatura prohibida

p.191). Mientras más dudemos de lo que nos presenta la realidad social establecida, más
podemos incentivar la acción creadora. La literatura como medio para poder lograr este
objetivo, debe entonces, fundarse en la crítica al ser humano moderno, para luego liberarlo
de la prisión intelectual que no le permite comprometerse con el mundo y la existencia.

(…)la literatura por el hecho de ser trascendencia es compromiso con el hombre,
con la vida, con el mundo. Nosotros nos oponemos a comprometerla con una
fracción del mundo, con una orilla del ser, con un sector de la condición humana
y social. No queremos hipotecarla a un compromiso parcial, servicial, mezquino,
ni embanderarla, porque no queremos que la literatura sirva intereses inferiores
a sus grandes posibilidades de comprometerse con todo, y antes que nada, con
ella misma. (Arango, 1974, p.190).

De hecho, para los nadaístas la literatura no era una profesión que tuviera como fin el
renombre o el miramiento. Ser escritor era ponerse un traje para poder expresar lo que se
siente y lo que se vive. En este sentido, la expresión literaria del nadaísmo busca sobrepasar
los límites imaginarios que la cultura y la tradición colombiana protegen con tanto esmero.
“me pongo este smoking, este rótulo de escritor, para presentarme en los hoteles, en las
cárceles, en las clínicas... y obtener ciertos privilegios, los que concede una sociedad 21
mezquina que ha perdido el sentido de lo maravilloso (...)” (Arango, 1974, p.196). Como un
hombre misterioso que accede a los beneficios que brinda la sociedad, el nadaísta se desliza
por la humanidad con la libertad que le proporciona el lenguaje.

Es necesario entender que la literatura es un ejercicio que tiene valor por sí mismo. Si
se comprendiera que esa misma literatura, no se debe agotar en las manos del mercado,
entonces escribir ya no sería una novela del mes, sino una actividad terrorífica y peligrosa.
Cosa compleja es sentir lo que se escribe, el valor de la literatura no debe ser imputado sino
sólo por el hecho de realizarla como actividad humana. Por otro lado, Si el nadaísmo tuvo
un papel político fue casual no intencional, “este movimiento asumió un compromiso con
la sociedad y con el arte, al participar activamente en la política, aunque delimitaron que en
esencia no era su objetivo principal” (Bermudez, 2012, p.86). La idea siempre fue la misma,
“no rendir cuentas a nadie, a nada, más que a la grandeza misma” (Arango, 1974, p.293).

Los años sesenta dieron a luz en Colombia a los hijos del sol como diría alguna vez Gonzalo
Arango. El mundo entonces conoció nuestra capacidad para crear una literatura prohibida,
que emergió como fruto del tabú y fue tildada de ególatra; prohibida, por no haber seguido las
reglas sociales y contravenir las argucias de la política; tabú, por develar la realidad del hombre
moderno; y ególatra, por no rendir cuentas a nadie. Brevemente, el nadaísmo respondió a
su época e interpretó la vida desde la poesía. Una poesía poco etérea y con las palabras
ancladas a la finitud del hombre. Así, desde el Manifiesto Poético Arango (1974) formula,
Jonathan Mora

Dios al crear el mundo ha triunfado sobre la nada y fracasado ante el Ser. Tal
acto reúne su Omnipotencia y su impotencia. Por eso eligió al poeta para que la
creación no quedara en el caos, no siendo Nada, pero tampoco siendo Ser. La
misión del poeta es lograr la reconciliación entre el ser y la nada, y triunfar en la
Unidad. Y la función de la auténtica poesía no es otra que convocar los seres a la
existencia (p.84).

Para dar respuesta a la pregunta de investigación se puede decir lo siguiente: el nadaísmo
tiene una definición de literatura de carácter activo, es decir, el desarrollo del acto creador
del poeta nadaísta, tiene una incidencia en la realidad. Esto con el fin de poder develar la
naturaleza finita del hombre y el valor que este debe dar a su existencia. Por otro lado, el
hecho de la censura no sólo social sino en cierta medida auto-impuesta por Gonzalo Arango
acerca del proyecto nadaísta, hace que podamos comprender que el hecho de haber realizado
una crítica a la sociedad colombiana de los años sesenta, no implica de forma necesaria
que la tendencia de su empresa fuera sólo política y que llevara consigo una propuesta que
buscara brindar soluciones a los problemas que planteaba. Es más, durante el transcurso de
lo dicho percibimos que la intención de la literatura nadaísta era de forma precisa un ejercicio
literario por sí mismo. Cabe entonces la posibilidad de estudiar la literatura nadaísta como
una tarea más literaria que política, es decir, y de acuerdo a lo planteado, que la literatura 22
nadaísta es prohibida no por el hecho de haber puesto en tela de juicio las costumbres de
los colombianos en los años sesenta, sino por proponer un ejercicio literario que es fin en sí
mismo sin intereses añadidos, por eso “ la esencia del Nadaismo se reduce a esto: a pasarla
bien en este mundo, a no considerar mortal el hecho de vivir y a encontrar en los límites de
nuestros días la posibilidad de ser eternos”(Arango, 1974, p.192).

Bibliografía
Arango, G. (1974). Obra Negra: Contiene prosas para leer en la silla eléctrica y otras
sillas. Buenos-Aires, Mexico. Cuadernos latinoamericano.

Jerez, D. (2009). El estilo en la obra de Gonzalo Arango. (Tesis de pregrado). Pontificia
Universidad Javeriana. Bogotá, D.C.

Tarazona, A y Bermudez, R. (2012). nadaísmo y revolución. Revista politécnica. 14, 141-
148.

Cavanzo, D y Benitez, S. (2011). Gonzalo Arango: Una historia de su vida y obra en su
fase nadaísta (1958-1973). (Tesis de pregrado). Universidad Industrial de Santander.
Bucaramanga.
LOUVRE

Relato de ciudad
Karen González Aguirre

Onírica
Zoe Fuentes Nolasco

La última canción de Roderick Usher
Nicolás Ureta Escobar

Por la ruta de Angkor
Nicolás Ureta Escobar
Relato de ciudad
“El amor nunca se encuentra en una situación de inmovilidad que permita determinarlo o definirlo; al
contrario, se halla siempre en un permanente estado de movimiento y transmutación, pareciendo incluso que
no está, o que no existe”
Adonis

Karen González Aguirre.
Universidad Distrital Francisco José de Caldas
karengonzalezaguirre1313@gmail.com

E
n los suburbios de Bogotá, aun cuando la noche no amenaza con caer sobre los rincones
de sus calles, esas calles desvencijadas con olor a smoke donde se camina percibiendo
el inicio de lo que en la noche ocurriría; olor a orín, vómito y alcohol permanecen
intactos incluso durante el día en aquel barrio de prostitutas y drogadictos habitantes de
calle, donde circula de manera forzada, pero ya naturalizada, gente del común. Aquella tarde
dos jóvenes se disponen cada uno a recoger sus pasos, sin percatarse de que el fin inevitable
los uniría de nuevo en aquellas calles donde dibujaron su historia.

Él, con la valentía intacta y el paso firme era ajeno a ésta ciudad pútrida pero llena de
oportunidades que él supo aprovechar muy bien gracias a su verraquera y su familia; un
ser con un pasado que no lo acongojaba, pues tenía su futuro claro y no sería ésta ciudad la
que lograra hundirlo entre sus cloacas a pesar de transitar a diario tan cerca de ellas. Ella,
más bien con el paso tambaleante ante la vida, hija de la ciudad que la arrastraba, caminaba
a paso lento mirando a su alrededor con desprecio, con lástima y curiosidad; sin embargo
percibía la realidad como un espejo incauto entre sus entrañas.

Los pasos los acercaron hasta aquel momento en que sus miradas se encontraron para
dibujar un par de sonrisas en sus rostros, y allí estaban, con el mundo girando apresurado
a su alrededor y al mismo tiempo estático para ellos, mientras los recuerdos los llevaron
al pasado feliz que compartieron, a las pocas horas nocturnas que pasaron juntos, a las
carcajadas, los abrazos, las caricias, el viaje y el dolor, sobre todo el dolor … la pérdida… sin
embargo algo debía permanecer latente para ambos, un algo que los llevaba a encontrarse,
a abrazarse de nuevo.
Relato de ciudad

Las palabras tomaron forma de confesión ante la ciudad lejana que ambos veían desde
las alturas como si fuesen una especie de dios, como si desde allí pudiesen tomarla entera
entre las manos y desintegrarla, reconstruirla. Bajaron escalinatas interminables que les
permitirían pisar el cemento frio de nuevo, pisar la realidad que los circundaba, y allí la
decepción de los errores les hizo aguar los ojos, los mismos que ya se quedaron secos sin
lágrimas que poder derramar, pues ya, en tiempos pasados ahogaron la ciudad con ellas.

Un abrazo de despedida se forjo en aquel instante mientras la oscuridad cobijaba la ciudad
y la luna se convertía en testigo de la podredumbre nocturna de aquella ciudad, y al mismo
tiempo seguía los pasos de aquellos seres que tomaban cada uno su rumbo con la esperanza
de un futuro, teniendo la certeza de que años más tarde aquella luna estará persiguiendo
a sus hijos en un prado del campo, mientras ellos los observan correr felices desde alguna
guarida campestre.

Mientras tanto el presente se desploma y convulsiona inevitablemente en la cuerda floja
que ella creó.

25
Onírica
Zoe Fuentes Nolasco
Facultad de Filosofía y Letras UNAM
zoe.fn96@gmail.com

J
amás he sido la persona más cuerda del planeta (y de hecho, tampoco he querido serlo),
pero lo que a continuación voy a platicar es algo demasiado extraño incluso dentro de
mis parámetros, inclusive a mí me ha hecho perder el sueño y a su vez, querer conciliarlo
más que cualquier otra cosa en el mundo. Tengo plena conciencia de que quizá no me crean,
lo que aquí relato es la verdad y nada más que la verdad pero quedará en ustedes creer o no
en mis palabras.

Siempre tuve la certeza de lo que soñaba y de esa manera, cambiaba a mi antojo el guión
de la obra, sólo me bastaba con desear una cosa para que ahí apareciera, ese fue siempre el
motivo de mis tormentos, ya que aparentemente era la única capaz de hacerlo.

Era extraño, más nunca me causó problemas graves, hasta que cierta noche se rompió
la barrera entre mi estado de vigilia y el onírico a tal grado que, aún ahora, no sabría decir
cuáles cosas soñé y cuáles realmente sucedieron, de no ser porque desde entonces me es
demasiado difícil soñar lúcidamente. Perdí el control sobe mi sueño, sentí como si alguien
más hubiera penetrado en él y tomado el control sobre mi mente; así fue como lo vi por
primera vez, era todo lo que una vez pedí en una persona y se encontraba, ahí, flotando en
medio de un espacio totalmente blanco con la mirada perdida, como si no supiera en dónde
se encontraba (sinceramente, yo tampoco). De pronto volteó hacia donde yo me encontraba,
comenzó a llamarme: “Itzel, Itzel” era todo lo que decía y una sensación rara y placentera a
la vez invadió mi cuerpo.

Al día siguiente descubrí que el hombre realmente existía, me topé con él en la parada
del autobús, él sólo me miró con el mismo desconcierto que yo; noche tras noche se repitió
el mismo sueño, y día tras día coincidía con él cada vez más, pero no me atrevía a dirigirle
la palabra ni siquiera en sueños, hasta que no soporté más las ganas, tenía que saber quién
Onírica

era. Estaba convencida de que soñaría con él nuevamente y entonces hablaríamos, confiaba
en que al día siguiente me lo encontraría en la misma parada de siempre y las “extrañas
casualidades” me harían topármelo con cada respiro, ¿Cuál fue mi sorpresa? Su ausencia,
que comenzó a invadirme lentamente, era una sensación de muerte en vida demasiado
insoportable . Había perdido la paciencia y fue hasta entonces que pude encontrarlo.

— Hola— agaché la cabeza y sentía que el color se me subía a las mejillas.

— ¡Hasta que te dignas a dirigirme la palabra!—respondió con una sonrisa — Comenzaba
a preguntarme si lo harías algún día.

— ¿En serio? Si tanta era tu ansia por una palabra mía ¿Por qué no simplemente la
buscaste?

— Por la misma razón que tú…
Él se quedó callado unos instantes, yo intuí sus palabras.

— ¿Podría saber el nombre de mi nueva fascinación o será ese uno de sus múltiples
misterios?
27
— Sólo sí la mía me dice cómo se hace llamar.

— Rodrigo (no es su verdadero nombre, lo omitiré por causas personales).

— Itzel.

Pasaron los días, él se hacía cada vez más ausente y eventualmente fue desapareciendo su
recuerdo de mi mente. ¡Pero injusto que es el destino que lo volvió a cruzar en mí camino
en mis momentos de mayor opulencia! Justo cuando perdí toda esperanza de verlo, lo volvía
a encontrar en la misma parada donde se dio nuestro primer encuentro....sólo que él ya era
otro y mientras dormía lo veía igual de distante como cuando estaba despierta, de hecho, mis
sueños se habían convertido en un día normal; tan pronto como caía dormida, soñaba con
todas las cosas que hacía en un día normal y al despertar las hacía...me volvía loca al no saber
qué era real y qué soñaba….todo por culpa de él y las ansias de tenerlo a mi lado

Decidí averiguar que estaba sucediendo, tenía que saber la razón de ése cambio tan
radical. Me armé de todo el coraje que me quedaba tras tanta locura y confusión, reuní
el aliento que todavía alcanzaba para un último suspiro junto con esa voz cansada de
gritar mil veces a causa de la desesperación que siente al perder su único cimiento, su
realidad. Recuperé un poco el sentido para así exhalar lentamente y comprobar que ese
aire era real y no algo creado por mí, a la vez, tomé una navaja y la pasé lentamente por
mi brazo izquierdo con la teoría: Si podía sentir dolor no podía estar soñando; sé que es
Zoe Fuentes Nolasco

algo precipitado, pero la mente desesperada no piensa, solo actúa conforme a lo que cree
necesario, además ¿no son el miedo y la desesperación otra cosa más que la respuesta natural
ante lo desconocido? ¿No era obvio que terminaría loca ante semejantes circunstancias?
En fin, comencé a vagar por donde quiera que estuviera (realidad o subconsciente) buscando
solamente una cosa: a él, no deseaba otra cosa, no pensaba otra cosa, no hacía otra cosa que
no estuviera relacionada de alguna manera con él y tampoco quería hacerlo ni podía evitarlo;
era como una droga para mí, una necesidad, sentía una horrible ansiedad en la  usual lejanía
y un pasajero pero indispensable efecto casi narcótico de felicidad en la cercanía, así es, era
una droga y yo una adicta, lo necesitaba incluso para respirar, para comprender mi realidad
o lo que quiera que sea esto a mi alrededor. Pude encontrarlo hasta que me di por vencida
(grandes ironías de la vida).No dijo nada, el silencio fue tan grande que ni siquiera escuchaba
los latidos de su corazón mientras me apretaba fuertemente a su pecho, no me miró, no hizo
nada…sólo me dejó sin aliento para después susurrar suavemente mi nombre seguido de
una breve pausa que fue interrumpida por esa palabra que tantos martirios me ha causado:
“mátame”-

— ¿Acaso estás loco?— respondí, esperando haber escuchado mal.

— No, lo digo en serio, mátame. 28
— No me pidas algo que jamás podría hacer, ya estoy lo bastante desquiciada como para
echarle otra carga a mi conciencia, simplemente no lo soportaría.
No supo que responder…

— Me amas ¿verdad?

— ¿Cómo es que lo sabes? Te confieso que me has sacado del paraíso para arrastrarme
a ese infierno tuyo y me has hecho verlo como la gloria misma. Que gracias a ti tengo
celos incluso del viento porque a diferencia de mí puede rozar tus mejillas. Que por tu
maldita culpa no logro comprender nada. Que sí, es cierto, algo siento por mí.

— Entonces mátame, sólo así podría hacerse realidad lo que quieres— su mirada cobró un
semblante tan frío como la atmósfera lo era en sí.

— ¿Acabo de decirte que te amo y me pides que me deshaga de lo que más quiero? ¿Cómo
piensas que eso sea posible?

— Porque es la única manera en la que podría estar a tu lado, no soy precisamente lo que
se llamaría “alguien normal” sino tu propio sueño en sí, no me refiero a que no sea
real...sino a que vago entre ambos mundos: tanto soy real, como no lo soy; soy tangible
y a la vez un pequeño soplo del viento, sin embargo, solo podré mantenerme en este
mundo de una sola forma, de mi verdadera forma y para que eso sea posible tienes que
Onírica

matarme, no hay otra manera

— Sería muy desdichada si hiciera algo así.
El extendió su mano izquierda, tenía una pistola en ella; luego sacó un objeto de su
bolsillo y lo sostuvo con su mano derecha, era un cuchillo.

— Escoge una.

La atmosfera tan tensa me indicó que no tendría otra opción, así que cerré los ojos y cogí
una de sus manos al azar, cuando los abrí tenía en mi mano el cuchillo. Tomé un último
respiro y reuní todas las fuerzas que las lágrimas me permitieron y la clavé en su pecho.
Inmediatamente el escupió sangre, no gritó de dolor, todo lo contrario, se notaba una gran
expresión de placer en su cara. De alguna extraña manera, me contagió de su éxtasis con
cada puñalada, hasta el momento que robé su aliento, sus ojos perdieron el color y escuché
su último latido. Pero esto no duró mucho ya que después todo se tornó borroso, como un
remolino que me hizo cerrar involuntariamente los ojos.

Al despertar, su cuerpo yacía debajo del mío y por alguna extraña razón me dolía todo el
cuerpo, comenzaron a sangrarme varias partes del cuerpo, me costaba cada vez más respirar,
tenía las mismas heridas que él… 29
La última canción
de Roderick
Usher
Nicolás Ureta Escobar
Universidad Nacional de Colombia
Escuela de cine y televisión
paradoxnightmare@gmail.com

I.
Alguna vez, lejos de la aurora,
Entró dulce la noche en el silencio,
Con sus llantos de luz sobre el espejo
Y tu rostro durmiendo entre la sombra.
Vi tu cuerpo desnudo como el cielo
Y tu piel más sedienta que la arena,
Vestida para su muerte en la hierba,
Cayendo en los abismos del deseo.
Supe que era esa la voz del exilio,
Llamándome entre las voces del alba:
Nunca quise alejarme infiel de tu alma,
Y sin embargo soy yo quien te ha herido.
Salgo a la bruma de la madrugada
Mientras tu luz alumbra en la ventana.
La última canción de Roderick Usher

II.
Llueven luceros del tiempo en la noche,
Como llueven los vientos de soledad
Ahora que tu rostro no estará más
Iluminando el eco de tu nombre.
Espectros te di sin saber amarte
En el silencio eterno de tu llanto,
Contemplando en las llagas de mis manos
El porvenir de mi destino errante:
Supe que yo me iría con la lluvia,
Como tu amor se fue con mi destierro
Cuando rompí el cristal de tus misterios
Bajo el sereno de la noche oscura:
Despedazado tu espejo en la niebla,
No habrá refugio para mí en la tierra.

III.
Mi amor será una sombra en tus recuerdos, 31
Rotos por las infamias de mi pecho
Como se rompe la tarde en la noche
Mientras se muere el canto del sinsonte:
Me brindaste tu amor bajo ese canto
Que profané con mis andares falsos
Y el corazón henchido de malicia
Flotando sobre tu sustancia íntima.
Te obligué al dolor que desangra el alma
Y nubla con su llanto la esperanza,
Como se nublan de viento las horas
Cuando no queda ya más que las sombras:
Te perdí sobre los filos del tiempo
Como el agua se pierde entre los dedos.

IV.
Me alejo sintiendo el dolor de tu alma,
Sintiendo el desconsuelo la mía
Y soñando que me hundo en la mentira
Sintiendo en mi piel la piel de tus palmas:
Fui el objeto de tu gracia y tu perdón
Cuando merecía sólo el silencio
Nicolás Ureta Escobar

Y la distancia de tus pensamientos
Hechos elemento y sangre del dolor.
Atravesé el umbral de tu reflejo
Buscando un nicho para mi soberbia,
Mi llanto y mis angustias sempiternas
Sin comprender la hiel de tus tormentos:
Golpe a golpe con mis constantes odios,
No comprendí las luces de tu rostro

V.
No hay astros en la noche: sólo lluvia
Que me aferra al sendero del destino
Y me extravía del blanco cariño
Que me brindaste con sabia locura.
Ajeno al mundo que siempre te orbita,
No supe ver los males que di a tu alma
Y fui otro más durante tus mañanas
Cuando debí ser la luz en tu vida.
32
Violador de todo aquello que se ama,
Deshonré tu perdón con mis dolores
Y ahora me exilio por la madrugada
Sintiendo en la piel la lluvia del bosque:
Hallarás el amor en otros rumbos
Que no tropezarán con mi sepulcro.
Por la ruta
Serena de Angkor

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dalhman recorrió los vagones y dio con uno casi
Vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna
Vacilación, el primer tomo de las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la
Historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un
Desafío a las fuerzas intolerables del mal.

JORGE LUIS BORGES, El sur.

En nuestros sueños sin excepción, incluso si se remontan al Diluvio, está presente, aunque sólo
Sea durante una fracción de segundo, algún incidente mínimo que hemos presenciado la
Víspera. Esta regularidad que no he dejado de comprobar durante años, es la única constante,
La única ley o apariencia de ley que me ha sido dado comprobar durante el increíble embrollo nocturno.

E. M. CIORAN, Del inconveniente de haber nacido.

Es una torre de los pasados siglos, fuerte como una ciudadela y cuyas murallas bastarían para detener
Un ejército victorioso. Se eleva solitaria y adornada aún con la mitad de sus almenas y un manto de
Hiedra cuyas ramas se arrastran desde dos mil años por sus resquebrajadas murallas. Esta verdura
Parece la guirnalda de la eternidad colocada sobre las ruinas del tiempo. ¿Qué es esta fortaleza, qué
Tesoro estaba tan cuidadosamente guardado en sus subterráneos…? Es el mausoleo de una mujer.

LORD BYRON, Childe-Harold.
Nicolás Ureta Escobar

Nicolás Ureta Escobar
Universidad Nacional de Colombia
Escuela de cine y televisión
paradoxnightmare@gmail.com

A
hora que los paisajes del Protectorado de Jemer discurren frente a la ventanilla de
mi asiento, no sé muy bien por qué estas marinas de Camboya me recuerdan tanto la
mirada dulce que vestía los ojos de mamá mientras viajábamos juntas en el tren que,
como una suerte de oscura premonición, iba desde el centro de París hasta las afueras más 34
rurales de Argenteuil cuando, sentada yo en su canto, me extraviaba en los laberintos de mi
alma recordando milimétricamente cada uno de los sueños que había padecido la víspera.
De chiquilina solía atribuir mis sueños a una especie de fantasías proféticas, de vaticinios
alucinados que la reencarnación del monje Rasputín soñaba para mí mientras dormía,
como preso de algún hechizo antiguo, oculto en algún lugar tras las frondas otoñales que
rodeaban la casa de papá en la dorada colina de Montmartre, sólo para que después (a veces
completamente o a veces tan sólo en los detalles) se cumpliesen a cabalidad al igual que
había sucedido en los Evangelios con la vieja profecía de la Resurrección obrada entonces
por el Cristo. Mirarme al espejo cada mañana para peinar mi tupé, implicaba para mí largos
minutos de pequeñas conversaciones mantenidas con el reflejo del monje sobre mis sueños
y sus certezas mientras, con el horror que acumulan ciertos secretos, veía como sus ojos,
los ojos turbios de un réprobo, se me aparecían en el negro círculo de mis pupilas: odiar a
mamá siempre fue una de sus fantasías favoritas, y recordar cada mañana frente al espejo el
haber soñado, una y otra vez, que yo la estrangulaba con mis propias manos me provocaba
tantísimo terror, que una tarde oscurísima de mayo comprendí que ese sentimiento sólo podía
compararse con el asco que sentía al ver a mamá durmiendo desnuda junto al cuerpo titánico
de papá, cada vez que me despertaba aterrorizada unos cuantos minutos antes del alba.

Creo no haber sido tonta nunca, pero en cambio siempre he adolecido de esa melancólica
predisposición para el ensueño que tarde o temprano termina por arrinconar, en la locura o
el suicidio, a aquellos soñadores de la Historia Universal (como Schumann, como Van Gogh,
Por la ruta Serena de Angkor

como Swift, como Hölderlin, como Virginia Woolf) sobre los que leo, incansable, cada vez
que me embarcó en algún vagón con ruta desconocida; y con los poemas de Byron, el satánico
y oscuro Byron, infaliblemente a la cabeza: ahora, geografías inconmensurables y distancias
infinitas como las que acostumbraba Byron en cada uno de sus viajes, me separan de París
mientras trato de huir de la perpetua presencia de papá (tanto en mis pesadillas como en
mi vida despierta) refugiándome en este tren que se ha extraviado en las tórridas junglas de
Indochina, transportándome con su parsimonia por la ruta serena de Angkor con la esperanza,
vaga y calamitosa, ahora lo sé, de pedir perdón entre sus enormes muros antes que la guerra
destruya sus ruinas por completo. Incluso con la esperanza de que, por alguna metafísica de
la liberación que se ofrezca al alcance de mi pobre espiritualidad, la reencarnación en mis
ojos del monje Rasputín pueda vacilar antes de continuar maltratándome con sus profecías.

En lo más íntimo de mis secretos, el reflejo de mis ojos en la ventanilla del tren termina
siempre por hacerme recordar que tan sólo soñar conmigo misma, infinitamente alejada
de los perfumes baratos de mamá mientras acaricio las interminables canas de papá, podía
traerme noches enteras de un alivio atormentado que en las mañanas acababa por hacerme
naufragar en las aguas del remordimiento, al tener que tomar la mano dulce de mamá para
dejarme conducir por su ternura hasta las oscuras aulas del colegio de las monjitas en las
campiñas de Argenteuil: sentir sus cálidos labios besando mis mejillas, para luego verla 35
desaparecer por la esquina inmediatamente después de haberme abandonado en el umbral,
sólo podría compararse con el profundo desasosiego que me desgarraba a los dieciséis
cuando, empapada por un escandaloso sudor frío, despertaba con ansiedad luego de haber
soñado bañándome desnuda en la prohibida compañía de papá.

Viajar en tren hasta Argenteuil sentada en el canto de mamá mientras contemplaba mi
pálido reflejo en el cristal de la ventanilla, me producía un cálido placer tan inexplicable y
feraz, que nunca he podido comprender del todo bien esa tenebrosa necesidad, ese lúgubre
deseo de asesinarla en cada una de mis pesadillas, para luego sentir que la asesinada había
sido yo cuando, al pasear los tres por la colina de Montmartre hasta el cementerio del Sagrado
Corazón, yo trataba de olvidar mis pesadillas con el monje Rasputín mientras la veía caminar
tomada de la mano enorme de papá para que luego él la besase con una dulzura que yo
siempre juzgué, al fervor de mi apetencia secreta, infinita, longeva, terriblemente impostora;
una dulzura que yo podía obtener sólo al calor de mis más afiebradas fantasmagorías de
la noche con el gigantesco cuerpo desnudo de papá. Aun así, sólo en la mañana calurosa y
displicente de mayo en que mamá tomó la opción de suicidarse arrojándose a las vías del
ferrocarril, pocas horas después de que papá me hubiera regalado aquel vestido azul tan
obsceno y juvenil cuando cumplí los diecinueve para que, según el cinismo de sus propias
palabras, yo pudiese conquistar a todos los muchachos que seguro deseaban ser como él,
comprendí por qué nunca había podido imaginar una sola mañana en que mamá hubiera
dejado de venir conmigo tomando el tren hasta Argenteuil, para que de ese modo papá
Nicolás Ureta Escobar

pudiera acompañarme en su remplazo: íntimamente, yo siempre supe que esas lágrimas
furtivas que mamá atribuía a las cebollas cuando lloraba sola en la cocina, fueron siempre
culpa de las humillaciones y los romances de burdel que papá mantenía con muchísimas
mujeres; sólo entonces comprendí, dum intolerabile dolore, que aquel asco metafísico que
me producía verla completamente desnuda en las mañanas junto al cuerpo de papá, era
en realidad una manera insólita de revelarme ante la deshonra de saberlo a él pidiéndole
perdón a su mujer mediante los rituales de la carne y el abandono en el placer, y de saberla
a ella mancillada una vez más gracias al olvido secreto que a veces nos permite el coito.
Quizás no me quede más remedio que reconocer, aunque sólo fuese para evitarme horas de
lágrimas inútiles en el baño del vagón, que la única manera efectiva que pude descubrir para
escabullirme de mis fantasías nocturnas con papá, ha sido el refugio, poético y circunstancial,
que me han traído casi siempre las interminables vías del tren sobre las que puedo olvidar,
dormir y descansar, no sólo por completo alejada de las caricias y la ternura habituales de
papá, sino alejada también de su brutalidad y sus virilidades de semental vestido de frac que
pueblan todos y cada uno de mis recuerdos. Quizá sea por eso que yo prefiera, como una
inviolable jurisprudencia, la trémula irrevocabilidad de los ferrocarriles a la turbia y necia
insaciabilidad de los amantes.

La víspera precisa de la mañana incomprensible en que mamá tomó la opción de 36
suicidarse, el monje y yo habíamos soñado con esa muerte infame y repentina; su cadáver
desparramado sobre la simétrica regularidad de los durmientes, me recordó, con precisión
que todavía me lastima, todas y cada una de las veces en que había soñado viendo a mamá
en los brazos de papá, para que luego yo la estrangulase con furia mientras ella, ausente de
toda realidad, eternamente dormía en la inagotable sucesión de mis pesadillas: al despertar,
siempre jadeante y arrepentida por el reiterado asesinato onírico de mamá, salía aterrorizada
de mi cuarto para irme a buscar la certidumbre de la vigilia mientras espiaba la realidad en
la luminosa habitación de mis padres: allí la descubría, desnuda y despeinada, durmiendo
tranquila e inocente junto al silencio impenetrable de papá. Como una suerte de cotidianidad
enferma o de tradición perversa, noche a noche la escena se repetía sin mayores variaciones
después de que yo contemplara su llanto secreto en la cocina cuando, acaso con malicia
semejante a la de su marido, la espiaba escondida en la alacena mientras devoraba los
chocolates que papá escondía con ingenuidad en el tarro enorme de las galletas de sal. Desde
ese fatídico momento, siniestro e insoslayable como toda inmolación, no he podido dejar de
sentir que los verdaderos culpables de la muerte de mamá, habíamos sido sólo Rasputín y yo.

En todos y cada uno de mis viajes, Dios me perdone, he cargado un frasquito de veneno
que alguna vez me fue obsequiado por la abuela durante el sepelio, interminable e impostor,
de no sé qué pariente asaz poco estimado por la soberbia ingratitud de mi familia: lo escondo
siempre en mi equipaje, perpetuamente oculto bajo mis libros favoritos de Byron: una de
las páginas impares del Manfredo, creo, está todavía manchada con tres gotitas que dejé
Por la ruta Serena de Angkor

caer sobre ella la última vez que intenté, con próvido asco e insoportable angustia, burlar
el cariño sospechoso de papá refugiándome en el suicidio como la joven desesperada que
siempre he sido, pero declinando mi decisión en el último momento como la joven cobarde
que todavía soy. Pese a todo, continuo atesorando recelosa el frasquito de la abuela, quizá
con la recóndita intención de probarlo escondida tras los muros de Angkor Vat, o quizá con
la encubierta intención de vengar la muerte de mamá mientras sacrifico con este veneno el
oscuro cariño de papá para así enseñarle un par de cosas a los hombres, o quizá tan sólo para
que mi último tren se vista de luto cuando la postrimera estación me encuentre derramada
sobre el asiento infeliz de mi compartimiento.

Nunca he pretendido ser piadosa, pero sé muy bien que sólo las tibias sonrisas de las
enormes torres con rostro de piedra del bayón budista de Angkor Thom, pudieran ser las
únicas imágenes, los únicos talismanes que puedan liberarme de la longeva esclavitud
erótica que todavía me ata al espectro de papá; sé también que aquellos monjes mendicantes
que hubieron de obsequiarme las varitas de incienso antes de partir para Camboya desde los
calores sucesivos de Bangkok, habían soñado, en algún momento recóndito de la escurridiza
Historia Universal, con la oscura y lasciva imagen de Rasputín: mientras aguardaba en la
estación con impaciencia el arribo del tren y sus coches de la redención y el olvido, paso a
paso los monjes fueron explicándome el por qué debía yo ser dueña de aquellas varitas; era mi 37
deber, deber acaso no ajeno de metafísica, ir quemando con disciplina y devoción una varita
cada día, para ir purificando mi alma con su esencia de sándalo y lograr mantenerme con
vida, o tal vez solo con cordura, hasta el momento irrevocable de mi encuentro con el monje
en Angkor Vat; según la diligente historia de los monjes, hacer lo contrario implicaría la
irremediable rotura de mi cordón de plata y la consecuente pérdida de mi alma. Manifestación
poco grata del azar, reventar ese cordón sería algo así como el lujoso importe que tendría que
pagar por haber violentado el equilibrio del indisoluble y simétrico mandala donde estaba
dibujado, diagrama entre diagramas, el mapa circular de mis aviesas ficciones de la noche
con mamá. Nunca he sido propiamente escéptica ni tampoco propiamente crédula, pero
una extraña suerte de pudor metafísico me ha obligado a seguir sus instrucciones al pie de la
letra, acaso para evitarme la desgracia de morir y condenarme antes de tiempo. Aun así, saber
antes del tiempo de qué continua siendo, como los arcanos de una baraja poco frecuentada
por la luz, un misterio cuya resolución todavía no me he atrevido a adivinar con suficiente
precisión: no sé (acaso no quiero saberlo) si se tratase del tiempo previo al avistamiento
definitivo del rostro de Rasputín innumerablemente refundido entre los rostros del Bayón,
o del tiempo sacro e irremediable de vengar la muerte de mamá por siempre grabada en el
laberinto de mis sueños, o del tiempo postergado, y tal vez irrefutable, de atreverme a probar
al fin el antiguo veneno de la abuela. Y sin embargo, errabunda y arrojada por mi propia
mano a los brazos del exilio, ni siquiera sé si en mi inconcluso destino de paseante la palabra
tiempo siga profesando algún sentido.
Nicolás Ureta Escobar

No obstante, todas las varitas han emanado hasta ahora un perfume de sándalo tan
delicado y primaveral, que me ha bastado con el sutil espectro de su aroma para entregarme
libremente a la melancolía y a mis hedónicas lecturas del Childe-Harold: inimitable héroe
vagabundo de Byron con cuyos tránsitos he logrado hacerme olvidar –aunque sólo por breves
y apacibles instantes- de la débil sonrisa que se dibuja, tan inmutable como perversa, en los
labios de papá cada vez que decido partir en tren desde París rumbo a ninguna parte. Ya no
sé si me duele más su solazada indiferencia de Casanova en pleno ejercicio de una viudez
procazmente liberal, o si me duele más el hecho de saberlo tan aborrecible como todos esos
sementales que han gozado de la soberbia ostentación de una virilidad acaso demasiado
lanzada, demasiado extrovertida, demasiado pagana o tal vez simplemente animal: luego
del intolerable suicidio de mamá, papá comenzó a aparecerse en todos mis sueños bajo
la ambigua estampa de Asterión, monstruoso hombre con cabeza de toro fruto directo
del adulterio y la lubricidad; demasiado heroico como para enfrentarse a la espada de su
redentor armado únicamente con su estúpida cornamenta puesta al desnudo, pero también
demasiado débil como para nunca haberse atrevido a abandonar las confusas y estrechas
galerías de su laberinto, confortable como el útero, y envilecido por la intemperancia y el
deseo carnal hacia toda mujer que no fuese mamá.

Afiebrada, solitaria, inmensamente melancólica, juzgo, con mis pesadillas por completo 38
a merced de los eternos calores de Camboya, que los trenes de París nunca me habían
parecido tan pintorescos, incómodos y sofocantes como estos que reverberan sus aceros
en medio del tórrido decurso de sus rutas al interior de los lluviosos bosques de Indochina:
la insoportable compañía de los mosquitos no me ha dejado en paz prácticamente desde
Bangkok, y la sobre-condimentada comida thai del vagón restaurante no me ha dejado
más remedio que alimentarme con el sushi barato que los cocineros japoneses venden, por
muy pocos francos, en todas las estaciones en paquetes de tres, y que por cierta precaución
no exenta de prejuicios, sólo algunos de mis acompañantes franceses se han atrevido a
probar siquiera dándoles un pequeño bocado. Y aún a pesar de haber gozado de la frescura
recóndita que en estas tierras acompaña a la repentina profusión de lluvias y monzones que
hasta ahora nos han escoltado desde Bombay, debí confesarme en la frontera con Tailandia,
como quien se confiesa un secreto profundamente sepultado en el alma, que continuar con
mis lecturas de Byron en medio del intolerable calor de condiciones tan poco aptas para
la lectura, mientras me alimento, como si fuese un paisano más en algún lugar recóndito
de Okinawa, comiendo nada más que pescado crudo envuelto en arroz, ha sido posible
únicamente gracias al piadoso y amable regalo de los monjes: esta mañana quise quemar
una de las varitas más largas y robustas, como para concentrarme, con holgura y fascinación
estrictamente necesarias, en los formidables apéndices que separan el segundo y tercer
cantos del inconfundible poema épico de Byron: no sé qué hubiera hecho un poeta como él
en medio de las densas nubosidades de mosquitos que ostensiblemente pueblan las lluviosas
Por la ruta Serena de Angkor

junglas de Jemer; pero me conformo con saber que a él le hubiera bastado con un cuenco
de agua y un pedazo de pan para sentirse pleno y feliz mientras su buque, el buque de un
exiliado, se alejaba con proverbial lentitud de las blancas costas de Albión para que pudiera
irse a morir, como un Alonso Quijano del mundo moderno, en la distante causa griega en
contra de los turcos: ¡ah, Byron!, ¡cuántos secretos de hombre verdadero llevaste contigo
hasta la tumba!; sólo que el mal de tu siglo se adelantó a tus ambiciones de poeta y te obligó
a morir lejos de las glorias del combate…

Ahora, sólo espero que mi decisión de hacer trasbordo en Sisophón para tomar desde allí
la accidentada carretera que conduce hasta Siem Reap y luego desviarme, como un auténtico
andariego, hasta las ruinas sagradas del bayón en lugar de seguir la ruta directo hasta la
capital, valga enteramente la pena y no me haga morir (como Byron) en el intento antes
de poder dilucidar una verdad, irrebatible y feral, que siempre he intuido, con cartográfica
puntualidad, profundamente escondida en los tulpas de Angkor.

Por las noches, mientras naufrago en el denso sopor de la fatiga, en algún momento sueño
conmigo misma bañándome en el foso de la Terraza de los Elefantes del palacio del rey en
Angkor Thom, mientras soy cuidadosamente vigilada por los taciturnos elefantes tricéfalos
de Indra que recogen lotos con sus trompas. Y cuando estoy purificando mi cuerpo desnudo 39
en las tibias aguas del foso para poder refugiarme después, silenciosa y meditabunda, en
los enormes tulpas del bayón, aparece ante mí la imagen del monje Rasputín, desnudo y
dispuesto a ingresar en las aguas sagradas con la única intención de violarme: lo sé, porque
a pesar de no poder distinguir con claridad su rostro refundido tras las barbas luengas e
hirsutas, siempre puedo reconocer en sus ojos la mirada grotesca y lasciva que tantas
veces he aborrecido en los ojos maduros de papá. En aquel instante trato de huir de su
concupiscencia, trepando mi desnudez con horror por la pesada mampostería de piedra
que retrata estos paquidermos de tamaño natural, y enseguida me pierdo, desprotegida y
cercada por la angustia, en medio del laberinto de rostros del bayón que personifica con sus
aparejos las tranquilas sonrisas de los Bodhisattvas en cuyas sombras busco algún refugio.

En mi sueño, termino escondiéndome siempre en los tulpas de las terrazas más altas
desde donde puedo contemplar todo el paisaje, aguardando, como aguarda el cazador entre
las frondas, a que mi violador arezca por alguna de las calzadas y su presencia me permita
entonces dibujar el mapa de la huida que habrá de llevarme hasta el laberinto sagrado del
templo de Angkor Vat, donde me espera el espíritu de mamá para que juntas, como sucede
en los hexámetros de Ovidio, podamos transformarnos en las ninfas de piedra que han
dormido, durante larguísimos siglos, perfectamente cinceladas sobre la descomunal sillería
de las paredes: por completo inalcanzables para el monje luego de nuestra metamorfosis
y por completo dispuestas a humillar, con la alquimia inevitable de esa transfiguración,
la prodigiosa libido de papá. Pero entonces noto que algo está mal, terriblemente mal:
Nicolás Ureta Escobar

un recuerdo ambiguo del rostro de mi padre de pronto me confunde; en ese instante, tan
insospechado como inviolable, los semblantes de las torres dejan de expresar la compasiva
santidad de sus sonrisas y su mirada introspectiva, y de inmediato se convierten en los
ineludibles retratos de papá: con cierta devoción lúbrica que en ese momento me tortura,
deseo convertirme en la mejor de todas sus amantes; ansío yacer junto a su cuerpo desnudo
a la hora mágica del crepúsculo; anhelo brindarle un hijo de nuestra sangre: un hijo de linaje
único y poderoso cuyo rostro de piedra nos recuerde por siempre el sitio sagrado de nuestra
comunión en medio de las selvas calurosas de Angkor.

Y es entonces cuando lo descubro: papá no es más que él, el monje Rasputín de mis
pesadillas; es él, y su lujuriosa y fácil tentación por la carne, quien no he hecho otra cosa que
soñar para mí todas sus fantasías con el ánimo de hacerme caer; es él, insaciable y animal,
quien ha estado deseando mi juvenil cuerpo de mujer, y no lo contrario: yo no lo deseo: yo
lo detesto y lo aborrezco por haber conducido a mi madre hasta la tumba, obligándola a
zozobrar en el camino de los desesperados y los desconsolados sin fe. Pero el llamado de su
carne ha sido demasiado fuerte para mí, y ahora he pasado a convertirme en la profetisa de
sus mayores lucubraciones de la carne y el placer. La posibilidad, simple y heterodoxa, ahora
lo sé, de poder convertirme en la madre de alguno de sus hijos del futuro, en ese momento
me aterra y me avergüenza en medio de las sombras. 40

A lo lejos alcanzo a distinguirlo: su cuerpo sangriento con cabeza de toro comienza a
surgir con lentitud de uno de los pétreos rostros del bayón, casi del todo corroído por las
poderosas raíces de una higuera que creció sobre su pináculo con semblante de Bodhisattva;
puedo ver ante mis ojos (puedo soñar ante mis ojos) el vertiginoso decurso de su historia,
que transcurre frente a mí como una veloz película muda. Su principio se remonta, creo,
a la noche inmemorial de los tiempos sin que su tránsito, ajeno a cualquier hermenéutica
(como toda pesadilla), pudiera ser abarcado por la ingente temerosidad de mi memoria:
primero surgió de la nada, como la luz surgió de la oscuridad, una diminuta semilla que fue
depositada por el viento (o por alguna otra manifestación del azar) en una grieta infinitesimal
que se había abierto sobre la cumbre de una de las torres del bayón; comenzó a germinar
al cabo del primer diluvio universal y luego insinuó sus raíces como delicados filamentos
que, con la proverbial lentitud de la tortuga en la aporía de Zenón, fueron envolviéndose
alrededor de la ciclópea mampostería del rostro. Luego estas raíces, como si hubieran sido
las raíces de todo el universo, lograron besar el limo fértil de los suelos cuyo légamo de sangre
y vida al cabo los nutrió como las estrellas nutren con sus luces la noche, para que, luego
de larguísimos milenios, su savia fundamental ascendiese hasta el brote de las primeras
hojas que mansamente se ofrecían al sol, estirándose con la longevidad de sus nervaduras
hacia las ráfagas de alimento cósmico que se desprende de su luz. Enseguida las raíces se
tornaron tan poderosas y cabales, que, inevitablemente, penetraron con orgiástico vigor por
entre las piedras de la torre (como penetran los tentáculos fálicos de Medusa en el cuerpo
Por la ruta Serena de Angkor

de Astarté Siriaca en aquella sanguina de Fernand Khnopff que siempre he recordado con
el rostro de mamá, semejante a mi propio rostro), desencajándolo todo y rajando de arriba
abajo el descomunal aparejo de las piedras. Y cuando la higuera gigante ha consumido casi
por completo los cuatro rostros de la torre, la Historia Universal continúa para mí y para
todos mis descendientes justo hasta el momento en que, como una pesadilla dentro de otra
pesadilla, hace su aparición el colosal y ensangrentado cuerpo de papá, emergiendo del
confortable interior de su vegetal placenta de titán y con las facciones de su rostro taurino
casi del todo devoradas por las oscuras y vulgares barbas del monje; él sabe que estoy aquí:
los rostros del bayón se lo han revelado ya.

Misteriosamente, mientras papá se acerca a mí con el iracundo afán de su lascivia, a
lo lejos veo pasar el tren que se aleja de mi vida con sus aceros sobreimpuestos sobre el
horizonte, como ocurre en muchos lienzos de Chirico en los que el tren, como una magnitud
de lo absoluto, parece no haber envejecido nunca mientras se desplaza, imperturbable e
infinito, siguiendo una absurda perspectiva que lo disloca por completo del paisaje. En aquel
momento, invariable y sombrío, mi pecado es entretenerme demasiado con el amor otoñal
que significa para mí este último avistamiento del tren, para que después, sin haber podido
notarlo, papá haya conseguido darme alcance y se encuentre desnudo frente a mí. Miro con
intenso rubor que su miembro viril es un puñal de argento, y que su barba es una medusa 41
cartilaginosa asquerosamente húmeda de raíces infinitas que se estiran hasta los suelos,
retorciéndose como suelen retorcerse las sierpes.

-Soy el alma silenciosa de estos bosques –dice entonces la figura ensangrentada de papá-
; soy el misterio oculto que pervive en el mutismo inmortal de estas rocas elementales, y
por eso puedo vivir únicamente a través de la inabarcable eternidad de todos sus silencios:
soy su sonrisa primigenia y soy su lamentación secreta. Me perdí una noche en medio de la
densa oscuridad de estos bosques, y en ellos hallé tu cuerpo desnudo que me obligó a violarte
aquella noche tan clara en que llovió eternamente sobre la tierra; por eso mi miembro es
ahora un puñal de argento con que lacero todas mis raíces y mi sonrisa es un monstruo
informe que asesina a todas mis amantes. He seguido deseando tu cuerpo de doncella desde
aquel diluvio primigenio, tan sólo para que en un crepúsculo pueda perecer en el silencio de
mi destierro y pueda ganar el descanso eterno bajo la misma sepultura que algún día me vio
nacer. Ahora nadie me vislumbra, y mi voz, como el menesteroso eco de un fantasma, es tan
solo una resonancia, una cadencia mediocre que se marchita entre las piedras; mi canción
ha sido para ti nada más que el último reflejo de tus sueños, y la muerte de mi enamorada
ha sido para mí el ciego laberinto de los míos. Tus ojos son mis ojos, y en ellos reconozco el
dolor de mi perdición…

Tal ha sido siempre mi sueño con la intolerable imagen de papá: una noche a bordo del
Expreso de Oriente, luego de haber padecido sin muchas variaciones esta pesadilla, desperté
Nicolás Ureta Escobar

con la entrepierna ensangrentada y sin haber querido recordar el destino que gozó ese puñal
de argento en la ingenua índole de mis carnes del pasado: nunca he disfrutado recordándolo.
Por ahora, sólo sé que me restan tres varitas de incienso para que, al fin, pueda confesarme,
en medio del silencio impenetrable de las tulpas de Angkor Vat, cuál era el rostro velado de
papá, la máscara impostora que mamá contemplaba luego de que él y yo nos amásemos en
secreto, ocultos de ella y del universo en la casita de herramientas de nuestra aborrecible
casa de Montmartre: un rostro lóbrego y mendaz que los años y un amor ciego y temerario
han terminado por segar en todos mis recuerdos.

42
Por la ruta Serena de Angkor

MANUSCRITOS 43

Locke y los defectos de la comunicación Rodney Morales Xelhuantzi

El Nadaismo como literatura prohibida Jonathan Mora

LOUVRE
Relato de ciudad Karen González Aguirre

Onírica Zoe Fuentes Nolasco

La última canción de Roderick Usher Nicolás Ureta Escobar

Por la ruta de Angkor Nicolás Ureta Escobar