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Malek, un magnate de la construcción, ha muerto dejando una inmensa
fortuna y tres de sus cuatro hijos se preparan para repartírsela. El cuarto,
Guy, ha desaparecido hace años y nadie ha tenido nunca mucho interés en
saber dónde está, porque, en realidad, lo consideran todos la oveja negra de
la familia, un auténtico mal bicho, antiguo hippy y drogadicto.
Una prima de Kinsey Millhone, que trabaja en un bufete especializado en
testamentos y propiedad inmobiliaria, debe encontrar a toda costa a Guy y,
como sospecha que éste ha destruido el último testamento del viejo Malek
en el que se le deshereda, naturalmente recurre a Kinsey para que lo
encuentre.
Kinsey está acostumbrada a este tipo de trabajitos y encontrar a Guy es
para ella pan comido. Lo duro viene a continuación, porque, ya se sabe,
donde hay dinero…

Sue Grafton
M de maldad
El alfabeto del crimen - 13

Barbara Brightman Jones y Joe Jones. Para mis buenos amigos. Joanna Barnes y Jack Warner .

AGRADECIMIENTOS La autora desea agradecer la inapreciable ay uda que ha recibido de las siguientes personas: Steven Humphrey . Marcia y David Karpeles. del Departamento de Policía de Santa Barbara. inspector Roger Aceves. letrado de Seed. B. Sam Eaton. inspectora Jill Johnson. John Mackall. Mackall y Cole. . y Lucy Thomas. director de planta de Granite Construction. Melinda Johnson. capitán Ed Aasted. de Cottage Hospital. de Tanner Investigations. de Santa Barbara Newspress. doctor en derecho. sargento Don F. de la biblioteca médica Reeves. abogado. Dana Motley . Seebol. y tenientes Nicholas Katzenstein y Richard Glaus. Dan Devereux. de The Karpeles Manuscript Library . William Tanner. J. Knapp.

No era completamente consciente de todo esto. y a que tenía una temida cita para comer con Tasha Howard. ¡Oh. Unos días me veo (no tengo empacho en admitirlo) batallando contra el mal para imponer la ley y el orden. Me puse la sudadera para hacer la carrera matutina. No suelo prestar mucha atención al paso del tiempo. soltera. me mojé la cara y bajé trotando la escalera de caracol. confieso que las fuerzas de la oscuridad ganan terreno. A las seis de la mañana mi radiodespertador se disparó emitiendo Heartbreak Hotel a todo volumen. Durante los últimos diez años me he ganado la vida como investigadora privada. California meridional. Muchas de las reflexiones bullían en un nivel que a duras penas podía distinguir. soy Kinsey Millhone. Cerré la puerta. ¿Quién era y o en el esquema de los seres y qué sentido tenía todo? Por cierto. pero aquel año. Golpeé el botón de apagado con la palma de la mano y bajé de la cama como de costumbre. 1 Robert Dietz volvió a entrar en mi vida el miércoles 8 de enero. Me cepillé los dientes. tan típico como inacabable. de treinta y cinco años. producida (quizá) por algo tan poco complejo como que fuera . una de mis primas que recientemente descubrí que tenía. por el motivo que fuera. mujer. No es que me pasara todo el día en un estado de angustia incesante. salí a la calle y me estiré apoy ándome en la verja. lo cual es otra historia que no tengo intención de contar (todavía). me estaba echando un buen vistazo a mí misma. Supongo que experimentaba una forma blanda de depresión. Correr era la única manera que se me ocurría de sofocar la intranquilidad. Hice los cursos de agente de policía y estuve dos años en el Departamento de Policía de Santa Teresa antes de que la vida interviniera. Recuerdo la fecha porque era el cumpleaños de Elvis Presley y una de las emisoras locales de radio había anunciado que se pasaría las próximas veinticuatro horas poniendo todas las canciones que Elvis había cantado en su vida. retorciéndome las manos y desgarrándome la ropa. enero! Las vacaciones me habían dejado un sentimiento de inquietud y el advenimiento del nuevo año había generado en mí un debate interno. y otros. sobre el significado de la vida. propietaria única de Kinsey Millhone Investigaciones de Santa Teresa. Me dirigí al carril de bicicletas que discurre paralelo a la play a. El día estaba destinado a ser extraño.

Se me ocurrió que podía intentarlo otra vez. mis relaciones con LFC llegaron a un brusco e ignominioso final y en la actualidad comparto espacio oficinesco con el bufete Kingman e Ivés. pero Tasha y y o no somos precisamente íntimas y recelé que estuviera utilizando el cebo laboral para colarse en mi vida. como es lógico. Todavía no he rechazado a ninguno. Estoy autorizada. —Suelo emplear lo de « ¿sabes una cosa?» cuando miento en plan descarado. lo que me permitió eludirla diciéndole que y o todavía estaba de vacaciones. soy Tasha. Mi prima no lo vio. —¿Qué planes tienes para mañana? —preguntó—. gracias. Al verme acorralada. ¿Cómo estás? —pregunté. Bizqueé e hice como que me metía los dedos hasta la garganta. Estaba a punto de descolgar el teléfono. Escribí en may úsculas la palabra VOMITONA. Hace un año. pero la prima me entró de lleno. He estado llamando toda la mañana y tú eras la siguiente de la lista. avalada y totalmente asegurada. me pilló con la guardia baja. Estaba a punto de hacer más complicada la negación. aunque todavía no había especificado los detalles. trabaja para un bufete con oficinas en San Francisco y Lompoc. Mi y a mencionada prima Tasha Howard me había llamado para ofrecerme trabajo. ¿Y tú? —Estoy bien —contesté—. a una hora de camino. Pensaba que estabas evitándome. pero sé lo que es sentir una tentación muy fuerte. ¿Podrías dedicarme una . Me encontraba en el despacho haciendo un solitario muy serio cuando sonó el teléfono. —Bien. Supuse que repartía su tiempo a partes iguales entre los dos sitios. No vi ninguna combinación—. Cuando volvió a llamar. ja. Puse un ocho rojo encima de un nueve negro y giré las últimas tres cartas. ja. En efecto. —Hola Kinsey. Empecé a ejercer profesionalmente investigando incendios provocados y reclamaciones por defunciones no naturales para la compañía de seguros La Fidelidad de California. —De ningún modo —atajé.invierno y el sol de California estuviera racionado. el 7 de enero. —Me alegro de oírlo —dijo—. haciendo casi cualquier cosa para ir tirando. dando a las letras una proy ección tridimensional. Me reí. Por lo general me interesa la posibilidad de un encargo. ¿Te llamé en un mal momento? —Este está bien —dije. que está al norte de Santa Teresa. aparté los naipes y me puse a hacer garabatos en el secante de mesa. Tasha es una abogada que lleva testamentos y fincas. ¿Sabes una cosa?. Tengo veinticinco mil dólares en una libreta de ahorros y me permito el lujo de rechazar a los clientes que no me convienen. su primera llamada se produjo el día 2 de enero. Ja. esto ha sido telepatía. quizá con un retraso de una milésima de segundo.

insuflándole una energía casi de castigo. pero no me había atrevido a decírselo. Miré el reloj. Cuando me di cuenta estaba delante del espejo del cuarto de baño poniéndome un maquillaje comprado en las rebajas. Podía escucharla con educación antes de rechazar su oferta. Hacía un par de meses me había sacado de un apuro y. me salté la oficina y me quedé en casa. Por lo general. ¿De qué clase de trabajo estamos hablando? —Prefiero decírtelo personalmente. Emile’s no estaba lejos. Como era de esperar. aunque le había devuelto el dinero. En este mundo. Sólo tengo un vestido y no quería malgastarlo en una ocasión como aquella.hora? Tengo que ir a Santa Teresa de todas formas y podríamos comer juntas. La canción me hacía recordar la época del instituto. el jersey de cuello alto. Salí por la tarde y me gasté treinta y cinco dólares (más la propina) en un auténtico corte de pelo de peluquería. pero entonces dije basta y me puse los tejanos de siempre. Aún tenía pendiente un trabajito rápido. Por entonces sabía de maquillaje tanto como ahora. las mentiras acaban siempre por descubrirse—. Supongo que debía de sentirme insegura porque normalmente no se me ocurría dar dinero por algo que puedo hacer y o con facilidad. una asociación no precisamente apabullante. —Perfecto. mientras me comía tres de sus pegajosos bollos recién cocidos. el reloj parece saltar de diez en diez minutos. Tasha tenía que saber que no quería verla. pero sí entretenida. Colgué. En Emile’s-at-the-Beach. que estaba interpretando It’s now or never. Un abogado del primer piso de nuestro edificio me había contratado para entregar dos citaciones para testificar en un caso civil. ¿Te va bien a las doce? —Me parece bien —respondí. la chaqueta de mezclilla y las botas. dejé el bolígrafo y apoy é la cabecita en el escritorio. limpié el escritorio. me han dicho que mi esculpido es idéntico al culo de un caniche. No es que estuviera nerviosa. —Supongo que sí —dije con cautela. todavía me sentía en deuda con ella. mi técnica consiste en recortar los mechones que sobresalen. Pagué algunas facturas. Eran las doce menos cinco. Allí nos veremos — dijo y desapareció con un clic. Cada seis semanas suelo pasarme unas tijeras de uñas por las revueltas guedejas. puse la lavadora y hablé un rato con mi casero. pero ¿qué tiene de malo? La mañana del 8 de enero llegó de manera inevitable y corrí por el carril de bicicletas como si me persiguieran perros salvajes. Aquella mañana había hecho el ejercicio con sentido práctico. a unos cinco minutos . Tras finalizar la carrera y la rutina de la mañana. válgame Dios. Henry Pitts. Qué idiota era. No sabía si comprarme otro vestido. Suelo utilizar el ejercicio para ajustar cuentas conmigo misma. cuando estás esperando algo desagradable. voy fijándome en el día y en la naturaleza de la vida de la play a. mientras canturreaba a la par de Elvis. Haré la reserva.

un círculo de hormigón pintado de azul que parecía una pista de aterrizaje para ovnis. Nunca había puesto los ojos en Tasha hasta entonces. A primeros de septiembre. No me apetecía aquel encuentro. Emile la había puesto junto a una ventana. Detrás de ella vi los mástiles desnudos de las barcas amarradas en el puerto. En el trabajo detectivesco. La vi indicarle que estaba esperando a otra persona.andando. pero me esforzaba por mantenerme abierta a sus posibilidades. Pero Emile’s-at-the-Beach está de moda entre los lugareños y no parece acusar las oscilaciones del turismo. en el murete de hormigón que rodeaba el recinto. tomar un avión en Lompoc causa más complicaciones que beneficios. Llevaba un traje de lana gris con una blusa de seda que asomaba por la larga V de la chaqueta. con un cigarrillo en la mano. la afluencia disminuy e y la ciudad vuelve a pertenecer a sus residentes. El día era soleado y fresco. y el cielo azul aparecía manchado de nubes abandonadas por una tormenta que se alejaba hacia el sur. Con suerte. en una mesa para dos. La minipiscina estaba cerrada y vacía durante el invierno. Un camarero se acercó a Tasha y cambiaron unas palabras. los restaurantes de la play a obtienen el grueso de sus ganancias durante el verano. Divisé a Tasha por uno de los arcos interiores antes de que me viera ella. Me había quedado de piedra. y a que aparcado junto a la acera había un Trans Am rojo agresivo con una matrícula personalizada que decía TASHA H. La madre estaba sentada. Estaba sentada en una pequeña zona adjunta al comedor principal. aunque había conocido a su hermana Liza hacía dos veranos. aunque parecía bien pertrechada para un enfrentamiento. porque Liza y y o nos parecíamos mucho. esto es lo que se llama una pista. Su pelo oscuro estaba veteado de rubio y recogido detrás con un complicado lazo de gasa negra en la nuca. Yo había decidido y a poner mis cosas en . Casi todas las mesas de Emile’s estaban ocupadas cuando llegué. Tasha debía de haber llegado de Lompoc a golpe de volante. Estaba mirando la zona infantil del pequeño parque costero que había al otro lado de la calle. Las únicas joy as que llevaba eran unos grandes pendientes de oro que brillaban cuando se movía. Entré en el restaurante y observé las mesas. De qué. aunque era tres años may or que ella y tenía una presencia más consistente. no debía de tener muchas ocasiones de pronunciar encendidos discursos ante los tribunales. Puesto que se dedicaba a la propiedad inmobiliaria. me atropellaría un camión al cruzar la calle. Además. El camarero se fue y Tasha se puso a mirar los platos de la carta. En Santa Teresa. La mujer tomó la carta que le tendía el otro. después del día del trabajo. cuando los moteles y pensiones de la costa están a tope. no sabría decirlo. Tasha estaba cortada por el mismo patrón genético. Dos niños en edad preescolar subían gateando por un tobogán anclado en la arena.

Por qué. pero no sabía cuánto. una imagen a la vez extraña y familiar. había sido secretaria y mecanógrafa en La Fidelidad de California. pero el chiste se me escapó. Se arreglaba con un modesto salario y nunca habíamos tenido mucho. Cornelia LaGrand era el nombre de soltera de mi abuela Burton Kinsey y desde que era pequeña la habían llamado la Grande. Tasha rompió el silencio. Me temo que casi todas somos culpables de querer ganar puntos ante ella de vez en cuando. —Pam era la hermana que había entre Tasha y Liza. Cuando Pam y y o estábamos en pleno crecimiento. —Hola. Era generosa con el dinero. —Creo que no hay duda de que somos parientes. —¿Ya ha dado Pam a luz? —Hace meses. —Da escalofríos. Mi educación había sido de currante. soy incapaz de decirlo. Por lo que me habían dicho. Siempre vivíamos en casas móviles (en remolques. Nos estuvimos tasando durante un momento. la compañía de seguros que al cabo del tiempo me contrataría (y despediría). Intuy ó la tácita pregunta y para responder esbozó una sonrisa fugaz—. que me crio desde que tuve cinco años. Negué con la cabeza. Pensé que lo sabías. gobernaba a la familia como una tirana. Puede que todas las primas Kinsey compartieran los mismos rasgos. Me vio y noté que su expresión se animaba mientras tomaba nota de nuestro parecido. ¿Y las otras primas? ¿Se parecen a nosotras? —Son variaciones del mismo tema.orden. los cruces hereditarios de los colores y las consiguientes pautas de la descendencia. De cerca comprobé que sus ojos eran oscuros mientras que los míos eran castaños y su nariz tenía un aspecto parecido al que había tenido la mía antes de rompérmela dos veces. como se decía entonces). Mirarla era como verme de pronto en un espejo. refugios de espacio reducido que todavía me tientan. —Pam le ha puesto Cornelia para darle coba a la Grande. Me senté enfrente de ella y dejé el bolso en el suelo. Todas las Kinsey tienen niñas. Era y o y no era y o. nos confundían a menudo. Una niña. pero sólo si bailabas al son que tocaba. Su tono era irónico. . Mi tía Gin. La saludé levantando la mano y para llegar hasta la mesa atravesé el atestado comedor. Yo tenía delante el principio rector en funcionamiento. Mientras tanto. debajo de la silla. Liza me dijo que nos parecíamos. me daba cuenta de que había personas que pensaban que los remolques eran de mal gusto. En el curso de biología del instituto había observado con atención los guisantes morados y blancos de Mendel. estrictamente de clase media baja. por eso mi familia había hecho durante veinticinco años como si mi tía Gin y y o no existiéramos. Tasha. Vay a sorpresa —dijo escuetamente.

Un y acimiento de grava no produce muchos beneficios de un año para otro. aunque. Es uno de esos lugares del interior de cuy a riqueza no sabes nada ni siquiera cuando es tuy o. Bader Malek compró un y acimiento de grava en 1943. advirtiendo probablemente la espesura a que me conducían sus comentarios. Tasha continuó. Tasha. Si limitas la explotación de tu y acimiento y la construcción está en alza. Resolvimos los trámites de pedir y comer mientras charlábamos de temas intrascendentes. Con grava. ¿Sabes algo de grava? —Ni jota —dije. todo depende de las reservas del y acimiento y de su calidad. dobló los bordes de ambos lados y rompió una punta—. El señor Malek acaba de morir y nuestro bufete representa a la empresa. —Comamos primero y después te informaré de la situación. Resulta que este y acimiento en concreto está en una zona ideal y que sus reservas durarán al menos otros ciento cincuenta años. Tasha cogió un sobre de azúcar. pero hoy vale una fortuna. pero resulta que las ley es sobre el medio ambiente y sobre el uso del terreno decretadas durante estos últimos treinta años dificultan la explotación de nuevos y acimientos de grava. volvió al aquí y el ahora. —No los conozco en persona. como es lógico. bueno. Bader Malek era una turbina y se las arregló para maximizar los beneficios ramificándose en otras direcciones. fue derecha al grano con un eficaz cambio de tono. pero me suena el nombre. te interesa estar cerca de comunidades con la construcción en alza. todas relacionadas con la construcción. ¿Conoces a los Malek? Son los propietarios de Construcciones Malek. —El camarero se acercó y nos llenó las tazas de café. un octógono blanco parecido a una señal de stop. pero se olvidó de decirme que tuviéramos parientes a los que valiese la pena dársela. —Eso mismo —dijo—. lo que no valía un centavo en los años cuarenta es un tesoro en los ochenta. De todas formas. Cuando se hubieron llevado los platos. —Es una compañía de arena y grava. estoy segura de que has captado la idea. La tía Gin me había enseñado que nunca le diera coba a nadie. Construcciones Malek está en tercer lugar entre las . —Tenemos algunos clientes en Santa Teresa en una situación que creo que podría interesarte. En esta parte de California hay poquísimas. Como nadie más puede obtener los permisos por el momento…. No sé cuánto pagaría entonces. y a que el coste principal es el transporte. como sucede en este momento. —Había visto el logotipo de la compañía en varios puntos de la ciudad. —Quién lo habría imaginado. —Yo tampoco hasta este asunto. Todos los camiones y maquinaria de los tajos que poseía la compañía eran del color rojo de los bomberos y el efecto atraía la mirada. con una hormigonera perfilada en rojo en el centro.

Nada por lo que molestar a la familia. y y o fuimos compañeras de habitación en la universidad. Probablemente fue un consuelo después de todo lo que había hecho pasar a la familia. que es lo mismo que decir que todos los años pierde dinero a espuertas con operaciones infructuosas. La interrumpí: —Perdona. añadiría y o. —¿Y cuál es el problema? —Te lo explicaré enseguida. Su mujer. Donovan es el mejor del lote. Ya sabes cómo es esto: “La razón por la que no dejo nada a mi hijo Guy en este testamento no se debe a falta de cariño o afecto. su parte de la entonces modesta fortuna familiar. Los otros dos son normales. Roña. Fundido en negro. Entonces tenía veintiséis años. —¿Trabajan en la empresa? —No. El segundo hijo. uno cada dos años. Ahora anda metido en el mundo de los restaurantes. Es una forma de perder dinero como otra cualquiera. Guy. diez de los grandes en efectivo. por eso me interesé al principio. así que ahora tendrá cuarenta y tres. y Bader fue a su abogado con la intención de rehacer el testamento. Creo que a nadie le preocupó mucho que desapareciera. antes tengo que retroceder un poco. etcétera. responsable. Él y otros dos socios han abierto uno en Granita. y Bader finalmente se lo quitó de encima. etcétera”. Y todavía pertenece a la familia. » Bueno. En 1981. al menos por lo que dice Christie. Guy era el que fumaba droga y protestaba contra todo. » En cualquier caso. Bennet se las da de empresario que emprende. Donovan. Según Donovan. el gran conquistador. Christie. en enero de aquel año. Creo que Guy se metió en algo feo. aunque Donovan paga todos sus gastos. ha venido a ser la oveja negra. Roña había muerto dos meses antes. como una serie de escalones. Esto fue en marzo de 1968. Bennet y Jack. Guy. pero tal vez no suficiente para ganarse la vida con eso. La verdad era que Guy le había costado mucho y estaba harto de él. Donovan tendrá ahora unos cuarenta y cinco. simplemente porque y a le he dado el dinero en vida y creo que lo que le di es más que suficiente. etcétera.constructoras más grandes del estado. Pensaba que su padre era un hijo de puta materialista y capitalista. es. su padre le dio una cantidad de dinero. Tiene que estar chiflado. y se lo decía siempre que tenía ocasión. el típico primogénito: constante. Guy Malek desapareció y no se le ha visto desde entonces. Bader le dijo al chico que se largase y no volviera. me refiero a conducta criminal. el abogado de Bader murió de un ataque al corazón y se le devolvió el legajo. allá en los años sesenta. y Jack alrededor de treinta y nueve. Bader y su mujer. Supongo que tiene talento para entrar en el circuito profesional. ¿Es lo normal? Suponía que el legajo tenía que conservarse con . tuvieron cuatro hijos…. Jack se dedica a jugar al golf. una de las pocas.

así que Donovan podrá pedir un préstamo. Supongo que el hombre no era uno de esos individuos con los que hay que contar. de manera que. Para responder a tu pregunta. —Pues sí. Claro que Hacienda se llevará un buen pellizco. el firmado en 1965. Al parecer. Además se encontraba debilitado por la quimioterapia. a menos que hay a objeciones. Además. Puede que el abogado lo retirase y que Bader se lo llevara para revisarlo. Está debidamente firmado y legalizado. representa más del treinta y cinco por ciento del total de los bienes. como empresa familiar. No estoy segura. En cualquier caso. no habrá ningún problema…. los . lo que significa que. Por suerte. aquejado del cáncer que finalmente acabaría con él. pero no tenía buen aspecto. mientras no hay a tenido ningún hijo. Tenemos el primer testamento. —¿Así que murió sin testar? —No. El testamento de 1965 le da voz y voto en los negocios familiares. todo podría quedar en humo. —Depende del abogado. Enfermo como estaba. gracias a Bader. los herederos pueden retrasar el pago de los impuestos si se atienen al apartado 6166 del código del fisco local. —¿Qué pasó con el otro testamento? —Nadie lo sabe. desde su punto de vista. no. Es Bennet quien está armando jaleo con ánimo de presentar una impugnación. Guy Malek es uno de los beneficiarios. El único testamento que encontró fue el que Bader y Roña habían firmado en 1965. la compañía apenas tiene deudas. y a que Construcciones Malek. —¿Va Donovan a poner objeciones? —No es Donovan quien me preocupa. antes de que Guy fuera arrojado a las Tinieblas Exteriores. probablemente no quiso pasar por el suplicio de buscar otro abogado. Las propiedades están valoradas en unos cuarenta millones de dólares. O quizá firmara el testamento tal como estaba y más tarde decidiera destruirlo. pase lo que pase. hace dos semanas. y con derecho a la cuarta parte de la fortuna de su padre. —Vay a por Dios —dije. Donovan revisó sus papeles. está en una posición privilegiada. ¿De cuánto dinero estamos hablando? —Todavía estamos en eso. No sabía lo que iba a oír a continuación. —La cosa se complica —dije—. sus asuntos estaban en orden y lo que hiciera con su dinero no era asunto de nadie.los enseres del abogado. La tasa fiscal sobre la propiedad inmobiliaria está entre el cincuenta y el cincuenta y cinco por ciento. Probablemente buscaremos tasadores que bajen el listón y esperaremos que el fisco no insista demasiado en pedir una auditoría para subirlo. Ya estaba enfermo por entonces. Puede que Bader insistiera. vay a por Dios. pero no tiene ninguna prueba de que exista el segundo testamento. Cuando murió Bader. El caso es que ha desaparecido. Si a Guy Malek lo atropello un camión o se murió de sobredosis hace años. Seguramente cambió de opinión.

muchachos se llevarán seguramente cinco millones por cabeza. Al pie de las colinas. —Está en las afueras de la ciudad. — Garabateó algo en la parte posterior de una tarjeta de visita y me la tendió—. —¿Qué información tienes sobre Guy ? —pregunté. El jueves presentaré el testamento ante el tribunal correspondiente. En el presente caso. —Pero nadie sabe dónde está —dije. Cuando estoy sobre la pista de algún fugitivo. Mientras tanto. Miré el reverso de la tarjeta y no identifiqué la dirección. Él hará de administrador. Ellos te pondrán al corriente. Todos siguen viviendo en la mansión Malek. por Bennet. si estás interesada. Ya estaba bien de hacerme la estrecha. Pensé que podíamos contratarte para que lo buscaras. Tasha me señaló con el dedo. Donovan me pidió que no lo presentara hasta que transcurriese una semana por lo menos. —Sólo he hablado con Donovan y parece tomárselo con calma. que todavía está convencido de que aparecerá el otro testamento. Medité brevemente. Guy es un tipo con mucha suerte. —Descubrir que Guy va a heredar una parte equivalente debe de haber conmocionado a los hermanos. La verdad es que me apasionan los casos de personas desaparecidas y las circunstancias de aquel me intrigaban. —Tendrás que hablar con los Malek. Este es el teléfono del trabajo de Donovan. Tasha se encogió de hombros. a menudo se cumple. me parece razonable intentar averiguar el paradero de Guy Malek. menos Guy. Dada la codicia del género humano. . —¿Esto es una ciudad o un condado? Nunca lo había oído. la realidad de cinco millones de dólares haría mi trabajo más fácil. suelo abrigar la esperanza de que lluevan del cielo riquezas inesperadas de familiares fallecidos hace poco. —Los llamaré esta misma tarde. claro. —Claro que sí —dije al momento. —Eso mismo. Te he apuntado detrás la dirección y el teléfono de su casa. Básicamente sólo servirá para que quede registrado.

No conocía bien aquella zona. Giré a la izquierda y entré en Bay Street. Las sombrillas de ray as hablaban de verano y eso que el nuevo año no había hecho más que empezar. me puse las Reebok y cambié la chaqueta por un jersey rojo de deporte. Podía oír sus grititos por encima del tronar del oleaje. mientras se metían de cabeza en el terror helado. Llevaba ausente dieciocho años y la posibilidad de dar con él no estaba muy clara. Una misión así exige ingenio. El cielo se había despejado y la temperatura rondaba los trece grados centígrados. fragmentándose donde las olas rompían contra los pilotes del embarcadero. alcancé el teléfono de pared y marqué el número escrito en la parte delantera. vistos contra el fondo verde. Saqué un plano de la ciudad y lo extendí sobre el mostrador de la cocina. Incluso desde donde estaba distinguía los separados pegotes de su áspero pelaje. y el agua salada seguramente te irritaba los ojos donde los niños chapoteaban y se sumergían en las rugientes profundidades. 2 Volví a casa paseando por Cabana Boulevard. bailando todavía mientras localizaba la calle en que vivían los Malek. paciencia y rutina sistemática. Los bañistas cubrían la arena como restos de un naufragio arrastrados por la marea. Verdugo era un callejón empotrado entre dos avenidas paralelas que bajaban de las montañas. . Por hacer algo. Apoy é los codos. Puse la tarjeta de Donovan al lado del plano. En cuanto llegué a casa. El mar tenía que estar frío como el hielo. me quité el maquillaje. Bajé a la cocina. puse la radio y sintonicé la emisora que radiaba la maratón de Elvis. con las buganvillas magenta que coronaban las vallas de mi barrio. Y luego pasa la factura al cliente por estos conceptos. El sol reverberaba en la orilla del agua. como si fueran buscadores de emociones en la montaña rusa. Un perro mojado les ladraba desde la arena y se sacudía el agua. Tarareé la letra del Rock de la cárcel flexionando las rodillas y dando caderazos por la sala de estar. pero el éxito depende a veces de la suerte pura y simple y de un poco de magia. Técnicamente era el final del invierno y el resplandeciente sol de California no calentaba tanto como parecía prometer. La abundancia de llamativos geranios de color naranja y rosa chocaba. me pregunté por dónde empezaría la búsqueda de Guy Malek. que seguía dale que te pego.

Le di mi nombre y mi teléfono. gracias. Acabo de llegar de Los Angeles. Encendí la cafetera y volví a meter el paquete de café molido en el frigorífico. Los tres últimos meses de nuestra relación los habíamos pasado o en la cama o en el campo de tiro afinando la puntería. Debería habérmelo cortado y o. No sentía júbilo por su llegada ni cólera por presentarse sin avisar. las mismas botas de vaquero. en el caso de que siguiera sin probar el tabaco. Su cumpleaños caía en noviembre. Elvis estaba ahora con Always On My Mind. Ha sido un derroche. que se había especializado en seguridad personal. que. —Cuarenta dólares. En términos generales. Vestía aquella ropa la primera vez que lo vi. no me hacía ninguna falta en aquel momento. Tenía dos años más. ¿Me dejas entrar? Di un paso atrás y entró en la casa. un Escorpión triple para los que crean en estas cosas. que me puso con una secretaria que me informó de que Malek estaba en el campo. Abrí la puerta. —Vay a. Parecía cansado y su pelo estaba mucho más gris. Parecía haber engordado un poco. Apagué la radio. Dietz llevaba los mismos tejanos. ¿Cómo estás? Tienes buen aspecto. Estaba contenta de verlo. que no es mala edad para un hombre. Era un hombre impulsivo: impaciente. Dijo que le diría que me llamara. más una breve explicación de lo que me interesaba de él. —¿Qué tal por Alemania? Dietz era un detective de Carson City. pero era porque había dejado de fumar…. pero que volvería al despacho en cualquier momento. — Preparé una cafetera y aproveché la actividad doméstica para analizar el estado de mis emociones. al margen de cierta curiosidad. mira quién está aquí —dije—. lo que seguramente lo ponía en los cincuenta. Se acomodó en uno de los taburetes de la cocina y apoy ó los antebrazos en el mostrador. —¿Te apetece un café? —pregunté. francamente. cuatro meses y diez días. Abrí la mirilla y me encontré cara a cara con Robert Dietz. Acababa de colgar cuando llamaron a la puerta. pero. —Sí. no oía el burbujeo de la química sexual. —¿Tanto tiempo? —preguntó con voz suave—. El corte de pelo me gusta. Los romances entre detectives son extraños y asombrosos. como me habría alegrado de ver a un viejo amigo. Lo dejó para irse a Alemania con objeto de dirigir ejercicios de acción antiterrorista en las bases militares de ultramar. Dijo: . no sentía gran cosa. inquieto. apoy ado en la pared de la habitación del hospital en el que me encontraba en observación después de salir despedida de la carretera por culpa de un asesino a sueldo. la misma chaqueta de mezclilla. brusco y reticente. Hablé con la recepcionista de la compañía. Sólo han pasado dos años. casi ceniciento en las patillas. Nevada.

¿Y qué tal están? —Magníficos. Su hijo may or. Nick. —Me lesioné la rodilla —dijo—. Incluso me he traído bolsas de hielo para tenerlas en el frigorífico. el tío Sam no quiere gastarse los dólares de ese modo. Se me ocurrió que podía pasarme cuatro días en tu sofá. —¿No se podría hablar de ligera manipulación por plantearlo de esa manera? —No hay manipulación. Era un hombre atractivo. y a que tienes la oportunidad de negarte. estaba aburrido. ¿Qué te ha pasado? Se dio una palmada en la cadera izquierda. El menisco se me rompió durante unas maniobras nocturnas. pero no pude resistir la tentación. Puedo buscar un motel o pasarme la noche conduciendo por la costa. —No estaba quemado. ¿qué sentido tienen las amistades? Haz lo que te dé la gana. No estaba segura de la edad del pequeño. Me quedaré aquí sentado y leeré o veré la televisión. Y ninguna de las dos cosas se cura repitiendo lo mismo. —Entonces. No tendrás que mover un dedo. Necesito un cambio de escena. Imagino que estarás ocupada y todo el día fuera. En la actualidad. —Genial. —¿Por qué ibas a sentirte culpable? Échame si quieres. ¿Qué te pasa? Si no se puede decir la verdad. Además. ¿por qué has vuelto? ¿Estás trabajando en algún caso? —Quiero subir por la costa hasta Santa Cruz. Desapareces de mi vida durante dos años y vuelves de pronto porque necesitas una enfermera. Es la segunda vez que me lesiono y los médicos dicen que es mejor que me opere. No quiero a nadie revoloteando por aquí. No tenía que licenciarme con el personal. —Los ojos de Dietz eran de color gris claro. Olvídalo. me los llevaría a dar una vuelta por ahí. Muy simpático. pero no es obligatorio. . Si dispusieran de unos días libres. —Estuvo bien mientras duró. —Dietz tenía dos hijos de una compañera civil que se llamaba Naomi y que se había negado en redondo a casarse con él. —He visto que cojeas. pero estuve de acuerdo en que la rodilla necesitaba un descanso. ¿Y sentirme culpable? No trago —dije. un cuarentón arrastrándose entre los arbustos. si no te importa. —No tendrás que hacer nada en absoluto —replicó—. En teoría no puedo estar de pie y tengo que ponerme hielo en la rodilla. Luego los fondos se agotaron. Lo miré con cautela. para ver a los chicos. —Pues qué bien. —Ya estabas quemado antes de irte. Esta semana tienen exámenes y les dije que esperaría hasta el sábado para subir. No sé mucho de cirugía. De todas formas me aburría. y pensaré en mis cosas. Pensé que estaría bien pasar un tiempo juntos. trabajando. de una manera muy poco convencional—. debía de tener veinte años. —Ah. estoy muy quemado. metí el pie en un agujero.

¿Qué quieres decir? El teléfono sonó en aquel momento. no lo estoy. —¿Por qué estás tan enfadada? —¿Quieres callarte? No estoy enfadada. por favor. ahorrándonos la continuación del debate. —No tenía sentido explicarle (y a que tampoco y o estaba dispuesta a admitirlo) lo lúgubre que me había parecido la luz durante los días que siguieron a su partida. Dietz me había estado observando y su entrecejo indicaba que estaba confuso. —¿Señorita Millhone? Tengo al señor Malek al teléfono. ¿Dónde me sitúa eso? —Decías que te gustaba estar sola. Me observó un momento y su expresión se iluminó. —No. —Gracias. Lo que no me gusta es que me recojan y luego me abandonen. ¿La pongo con él? —Claro —dije. —No estoy enfadada porque te fueras. —¿Estás enfadada por algo? —En absoluto —dije. Era la secretaria de Donovan Malek. Le saqué la lengua. pero nunca de aquella manera. —Sí que lo estás. No soy una mascota que se guarda en la jaula y puedes sacar cuando te dé la gana. Había imaginado su vuelta cientos de veces. —Lo pensaré. Estás enfadada porque me fui. —Buenas tardes. lo angustiada que me había sentido cada vez que regresaba a la casa vacía. Por fin había conseguido arreglármelas sola y aquí estás otra vez. —Es verdad. señorita Millhone… —Llámeme Kinsey. Donovan Malek se puso al teléfono y se presentó. Para que se notara lo madura que soy. Soy Donovan Malek. —¡Aaaah! Ya caigo. —¿Abandonar? Nadie te abandonó. Alineé el salero y el pimentero de modo que se rozaran por la base. No parecía haber mucha diferencia. los inesperados mensajes secretos que parecía susurrarme la música. Acabo de hablar con Tasha Howard y dice que ha hablado con usted durante la comida. Baila o rechaza la invitación. Noté que se me encendían las mejillas y aparté los ojos. Supongo que y a la ha puesto al corriente de la situación. Dietz vocalizó « Yo no» en silencio. Estoy enfadada porque has vuelto. Su sonrisa desapareció. Tras la tempestad había venido la calma y mis antiguos sentimientos por él habían pasado de la pasión a un interés poco menos que mediano. .

Lo que no le diga y o. dentro de una hora tengo que estar en otra parte. al parecer lleno de material de . si prefieres tener paz y silencio. ¿Y sus hermanos? ¿Podría hablar con ellos también? —Naturalmente. Las tazas están ahí arriba. —Ya tendrías que estar allí. Tengo que localizar a un individuo del que no se sabe nada desde hace dieciocho años y voy a ver a la familia para que me ponga en antecedentes. ¿Puede venir a mi despacho? —Claro que puedo. —¿De verdad te va bien? Ya sé que no te gusta que te invadan la casa. y le diré que quiere usted hablar con él. Mientras tanto. Se la di por encima del mostrador. de verdad. ¿Estarás libre más tarde? —Hasta eso de las seis no. Construcciones Malek consistía en una serie de remolques encadenados. —Te compraré algo para cenar por si vienes con hambre. Detrás de las oficinas. Es la segunda calle a la derecha. No quiero ser una carga. Cuando colgué. —Opino lo mismo. Hasta dentro de un rato. Hasta luego. —Básicamente. Se metió la llave en el bolsillo. —Estupendo. Dietz estaba mirando su reloj. un extenso patio de asfalto estaba lleno de camiones rojos: camionetas. —De momento no pasa nada. Si pasara te lo diría. Depende de lo que me encuentre. Abrí el cajón trastero de la cocina y cogí la llave de repuesto. Le puedo dar información básica: la fecha de nacimiento de Guy. En lo que se refiere a Jack. sí —dije—. su número de la Seguridad Social y una fotografía que podría ser útil —dijo—. pero y a haremos alguna cosa. —Parece fácil. ordenados como fichas de dominó y situados en una calle sin salida de un polígono industrial. —Sé donde están las tazas. no estoy seguro. te hará falta una llave. se lo dirán ellos. Tengo que contactar con un viejo amigo. Puedo buscar una habitación en Cabana Boulevard. Espero que te guste el café solo. aunque también podemos salir y tomar una copa. Escuche. ¿No podríamos vernos? Tasha quiere que me ponga en marcha cuanto antes. Por lo pronto. Así podré ducharme antes de salir y cerrar cuando me vay a. Llamaré a My rna. Un garaje de metal ondulado de dos plantas se alzaba al fondo de la propiedad. Es más difícil de pillar. Bennet dice que estará en casa esta tarde alrededor de las cuatro. No hay leche ni azúcar. ¿Conoce esta dirección? Es en Dolores Street de Colgate. así que estaré fuera un rato. limitémonos a tocar de oído —dije—. todos con el logotipo rojo y blanco de la empresa. hormigoneras. —Ya hablaremos después. Métase por la salida de Peterson y cruce la autopista. el ama de llaves. contenedores y pavimentadoras.

—¿Es Don o Donovan? —Prefiero Donovan. . El atuendo habitual de los hombres parecía constar de corbata. Había trabajando varios hombres con casco y mono rojo. Vestía pantalón azul de paño grueso y una camisa de manga corta de color café con leche. si no le importa. alfombras grandes de color azul acerado. como haría un hombre al que le fastidiaran las restricciones y estuviera sometido a elevadas temperaturas internas. pero es una de las pocas excepciones que admito. La gaceta del hormigón. Me bastó una rápida ojeada para convencerme de que había temas en juego que nunca habría imaginado. Se había aflojado la corbata y desabrochado el botón superior de la camisa. El aire acondicionado del despacho producía un zumbido uniforme cuando entramos. Me detuve en el sector del aparcamiento donde ponía VISITANTES. archivadores azul marino y muchos juegos de muebles tapizados en paño rojo oscuro. camisa de vestir y pantalón ancho. Las comisarías de policía tienen el mismo aire. La atmósfera era de saludable eficacia. tenía la cara cuadrada y sembrada de arrugas. El contratista de asfalto. A veces me quedaba pasmada ante la profundidad de mi ignorancia. y ojos color chocolate tras unas gafas de montura de carey. electrovertedores de hormigón articulados y sistemas móviles de reciclaje del hormigón. La vestimenta de las mujeres parecía estar menos codificada. Durante el corto paseo hasta la entrada oí el ruido del tráfico de la cercana autopista y el agudo zumbido de una avioneta que se dirigía al aeropuerto que quedaba al oeste. Vamos a mi oficina y hablaremos allí. ejemplares de Tajo y Cantera. A un lado. —¿Kinsey ? Donovan Malek —dijo. Señor. junto a unos arbustos. Señor. Lo seguí por una puerta trasera y por una terraza de madera que conectaba con una red de remolques de doble anchura. ni de traje ni deportiva. Los surtidores de gasolina estaban todos en activo. sin chaqueta. Mi mujer me llama Don alguna vez. —Malek era rubio y estaba muy bien afeitado. Los zapatos tenían aspecto de estar hechos para desfilar por la arena y la grava.mantenimiento y servicios de los innumerables vehículos de la compañía. En la zona de recepción donde me hicieron esperar no vi más que revistas relacionadas con el trabajo. Productos de roca. Alcé los ojos y dejé la revista al levantarme para estrecharle la mano. junto a una fila de jeeps. todo el mundo entregado al trabajo. Gracias por venir tan pronto. Le eché un metro ochenta de estatura y unos cien kilos de peso. El rugido de los camiones que se acercaban. Leí algo sobre formas ovales vacías y mezclas multiaplicables. Cherokee Rangers y camionetas abolladas. los ocasionales silbidos penetrantes y los suaves y continuos pitidos de algún vehículo que reculaba rompían el silencio. El interior de la oficina sugería una sensata combinación de buen gusto y pragmatismo: pulimentados paneles de nogal. Ay. vi seis excavadoras de color amarillo chillón y un par de tractores John Deere.

El remolque en que estábamos se había dividido en tres despachos de igual
tamaño que se extendían como escopetas desde la cabeza de la estructura hasta
los pies. Largos tubos fluorescentes bañaban con luz fría la superficie de Formica
blanca de los escritorios y mesas de dibujo. Había mostradores anchos con
manuales técnicos, informes de proy ectos, hojas de instrucciones y planos
impresos. Las paredes estaban forradas en diversos puntos con macizas
estanterías de metal atestadas de carpetas archivadoras. Donovan no parecía
tener ninguna secretaria particular a la vista y supuse que alguna de las mujeres
de la entrada le filtraría las llamadas y le ay udaría en el papeleo.
Me indicó con la mano que me sentara y se instaló en el sillón de cuero de
respaldo alto que había al otro lado del escritorio. Se inclinó hacia un estante con
libros, cogió un anuario del instituto de Santa Teresa y lo abrió por una página
señalada con un sujetapapeles. Me lo tendió por encima de la mesa.
—Guy, dieciséis años. A saber qué apariencia tendrá ahora. —Se apoy ó en el
respaldo y esperó mi reacción.
El joven de la fotografía habría podido ser uno de mis compañeros de clase,
aunque me llevaba varios años. La cabeza de la foto en blanco y negro y de
cinco centímetros por cinco tenía el pelo rizado, claro y largo. En los dientes le
brillaba un puente a través de los labios entreabiertos. Tenía el cutis irregular,
cejas rebeldes y un buen par de patillas. El estampado de la camisa era de flores
silvestres. Habría apostado cualquier cosa a que llevaba pantalón acampanado y
un ancho cinturón de cuero, pero no se veían en la foto. En mi opinión, habría que
confiscar y quemar todos los anuarios de los institutos. No me extraña que todos
sufriéramos de inseguridad y deficiente autoestima. Qué panda de tarados
éramos.
—Se parece a mí cuando tenía su edad —dije—. ¿En qué año terminó los
estudios?
—No los terminó. Le suspendieron seis veces y al final lo echaron. Por lo que
sé, ni siquiera recogió el certificado de primera enseñanza. Pasaba más tiempo
en Juvie que en casa.
—Tasha habló de conducta criminal. ¿Podría explicármelo?
—Desde luego, en cuanto se me ocurra por dónde empezar. ¿Recuerda usted
aquel rumor que decía que uno se podía colocar con aspirinas y Coca-Cola? Pues
se lo crey ó y lo probó. Y se desilusionó al comprobar que no surtía efecto.
Entonces estaba en octavo curso. Descontando las llamadas « travesuras
inofensivas» que hacía entonces, diría que sus primeras transgresiones serias se
remontan a la época del instituto, cuando lo detuvieron dos veces por posesión de
marihuana. Estaba metido de lleno en la droga: hierba, anfetas, estimulantes,
tranquilizantes. ¿Cómo les decían entonces? Chaquetas rojas y amarillas, y una
cosa que llamaban « jaboneras» . El LSD y los alucinógenos llegaron también
por entonces. Los quinceañeros no tomaban heroína ni cocaína en aquella época

y nadie había oído hablar del crack. Supongo que ha sido un descubrimiento
posterior. Durante una temporada esnifó pegamento, pero decía que los efectos
no le gustaban. Todo un gourmet en el tema de los colocones —dijo en son de
burla—. Para costeárselo, se hacía con lo primero que pillaba. Robaba coches.
Robaba maquinaria pesada de los tajos de papá. Usted y a me entiende.
—Le parecerá una pregunta extraña, pero ¿lo quería la gente?
—En realidad, sí. En la fotografía no se nota, pero era bien parecido. Era
incorregible, pero tenía una especie de dulzura tonta que la gente encontraba
atractiva, sobre todo las chicas.
—¿Por qué? ¿Porque era peligroso?
—No sabría explicarlo. Era el típico personaje tímido y trágico, de los que
parece que no pueden ay udarse a sí mismos. Sólo tenía un colega, un individuo
llamado Paul Trasatti.
—¿Todavía anda por aquí?
—Seguro. Jack y él juegan al golf. Bennet también se marcha por ahí con él
de vez en cuando. Puede preguntarle cuando hable con él. Así de improviso, no
recuerdo otros amigos.
—¿No salía usted con Guy ?
—No si podía evitarlo —dijo—. Bastante tenía manteniendo la máxima
distancia entre los dos. Llegó un momento en que tenía que cerrar con llave la
puerta de mi habitación para que no se me llevase nada. Lo pillaba todo. Equipos
de música y joy as. Sacaba provecho de unas cosas, las otras las utilizaba para sus
desenfrenos. Cuando cumplió los dieciocho años se volvió astuto, y a que las
apuestas eran más fuertes. Papá acabó por decirle que lo colgaría boca abajo si
volvía a joderle de nuevo. Disculpe mi lenguaje, pero todavía me acaloro cuando
pienso en todo aquello.
—¿Fue entonces cuando se marchó?
—Entonces fue cuando cambió de marcha. Aparentemente, lo dejó todo y se
puso a trabajar aquí, en el ala de mantenimiento. Tengo que reconocer que era
listo. Hábil con las manos y con una buena cabeza sobre los hombros. Debió de
ver este lugar como una respuesta a sus oraciones. Falsificaba cheques de las
cuentas de papá. Utilizaba la tarjeta de crédito de la empresa para encargar
materiales y luego vendía los artículos. Papá, Dios lo bendiga, aún respondía por
él. Le rogué que dijera basta, pero no podía. Guy no hacía más que liarlo con una
mentira tras otra.
» ¿Qué más puedo decir? Papá quería creerle. Le hablaba con dureza. Quiero
decir que se portaba como si y a se le hubiese acabado la paciencia, pero cuando
llegaba el momento, cedía siempre y le daba “otra oportunidad”. Dios mío,
estaba harto de oírselo decir. Yo hacía lo que podía para estrechar el cerco, pero
nada más. —Se dio en la sien con el dedo—. Tenía flojo un tornillo. Le faltaba un
engranaje esencial en el apartado de las buenas costumbres. En todo caso, su

última maniobra (y no la descubrimos hasta dos meses después de marcharse)
fue escamotearle los ahorros a una “anciana pobre y viuda”. Fue la gota que
colmó el vaso. Papá y a lo había echado, pero estábamos aún en pleno conflicto.
—¿Dónde estaba usted por entonces? Doy por sentado que trabajaba para su
padre.
—Claro, claro. Ya había terminado los estudios. Había ido y vuelto de
Vietnam, y trabajaba aquí como ingeniero de minas. Estudié en la Escuela de
Ingenieros de Minas de Colorado. Mi padre era ingeniero civil. Fundó
Construcciones Malek en 1940, el año en que y o nací, y compró el primer
y acimiento de grava en 1943. Éramos una empresa constructora y al final nos
apoderamos de las fuentes de abastecimiento. En realidad, construimos la
empresa alrededor de esta actividad porque nos da un margen de ventaja. En la
zona hay muchas constructoras que no poseen sus propias fuentes de
abastecimiento y nos tienen que comprar a nosotros. Soy el único de los hijos que
está en el negocio familiar. No me casé hasta los treinta y cinco años.
—Tengo entendido que su madre murió el año que se fue Guy —dije.
—Sí. Le habían diagnosticado un cáncer de pulmón unos diez años antes.
Luchó como una gata salvaje, pero al final sucumbió. Estoy seguro de que
nuestras trifulcas no le proporcionaron ningún beneficio. Papá no volvió a
casarse. No parecía tener ganas. Lo único que le importaba era la empresa, por
eso me sorprendió tanto lo del testamento. No puedo creer que quisiera dar a
Guy un solo penique de su dinero, ni siquiera en 1965.
—A lo mejor encuentran el otro testamento.
—Me gustaría creerlo, pero y a he puesto toda la casa patas arriba. No había
nada en la caja de seguridad. No quiero ni pensar en lo que pasaría si Guy
reapareciese.
—¿Qué quiere decir?
—Que causará problemas. Se lo garantizo.
Me encogí de hombros.
—A lo mejor ha cambiado. A veces la gente se endereza.
Donovan hizo un gesto de impaciencia.
—Claro que sí, y a veces nos toca la lotería, pero las probabilidades están en
contra. Así están las cosas y me temo que tendremos que hacernos a la idea.
—¿Se le ocurre dónde puede estar?
—No. Y tampoco me paso las noches en vela tratando tic adivinarlo.
Francamente, me saca de quicio pensar que podría volver para lo peor. Entiendo
que por ley tiene derecho a una parte del dinero, pero pienso que debería ser
generoso y tener las manos quietas. —Tomó un trozo de papel y lo deslizó por la
mesa hacia mí—. La fecha de nacimiento y su número de la Seguridad Social.
Su segundo nombre es David. ¿Qué más le interesa saber?
—¿Cuál era el apellido de soltera de su madre?

—Patton. ¿Lo pregunta por cuestiones de identificación?
—Claro. Si doy con él, me gustaría saber que se trata realmente de Guy.
—¿Piensa usted en un impostor? Me cuesta imaginarlo —dijo—. ¿Quién
querría estar en el lugar de un perdedor como él?
Sonreí.
—No es tan improbable. Las posibilidades son remotas, pero y a se ha hecho
antes. No querrá terminar dándole dinero a un extraño.
—En eso tiene razón. No me emociona dárselo. Por desgracia, no depende de
mí. La ley es la ley —dijo—. En todo caso, lo dejo en sus manos. Ya era un golfo
antes de cumplir los veintiuno. En cuanto a su paradero actual, sé tanto como
usted. ¿Necesita algo más?
—De momento tengo bastante. Hablaré con sus hermanos y luego veremos
en qué punto estamos. —Me puse de pie y nos estrechamos la mano por encima
de la mesa—. Gracias por su tiempo.
Donovan rodeó el escritorio y me acompañó hasta la puerta.
—Supongo que Tasha publicará los avisos de rigor en el periódico local. Guy
podría enterarse, si todavía no lo ha hecho.
—¿Cómo?
—Quizás esté aún en contacto con alguien de aquí.
—Bien. Supongo que es posible. No sé qué más puede hacerse. Si no
apareciera, supongo que su parte de la herencia quedaría en una cuenta a
nombre de terceros durante una temporada. Después, ¿quién sabe? La cuestión es
que Tasha insiste en que lo arreglemos y no creo que quiera usted entrar en
conflicto con ella.
—Me parece que no —dije—. Además, terminar algo siempre es agradable.
—Depende de lo que se termine.

Los límites traseros de la finca tenían que subir por las faldas montañosas. apuntando la fecha que me había dado Donovan. nada menos que una propiedad de Santa Teresa que databa de los años treinta. porque delante se alzaban los montes de Santa Inés y parecían tan próximos que casi podían tocarse. Era la fiesta en que acababan todas las fiestas y. El sector de tierra llana del fondo a que los Malek tenían derecho debía de tener un montón de kilómetros. Tomé nota del nombre que me había dicho Donovan. habría dicho San Francisco. Todos los niños de las flores a quienes las drogas no hubieran matado y a cerebralmente habían orbitado alrededor de Haight durante aquellos días. Me subí al coche y me dirigí a casa de los Malek. la información era nimia. A menudo. Guy había abandonado Santa Teresa cuando Haight-Ashbury estaba en su apogeo. las siete hectáreas de la propiedad estaban rodeadas por una tapia de más de dos metros. Puestos a hacer una suposición decente sobre su primer punto de destino en el destierro. Cabía la posibilidad de que Guy se hubiera vuelto respetable durante los últimos quince años y de que hubiera reanudado de forma ocasional algunas relaciones. pero el año de nacimiento y el número de la Seguridad Social eran de incalculable valor identificativo. podía consultar con antiguos compañeros de instituto de Guy Malek para ver si alguien había oído hablar de él después de que se marchara. . Dado su historial. La casa se encontraba al final de un estrecho camino. Paul Trasatti podía ser una pista. con diez de los grandes en el bolsillo. 3 Pasé por la oficina y abrí un expediente sobre el caso. ni siquiera superficialmente. que estaba sólo a cuatro horas en coche o a una hora de avión. Desde el camino. A las tres y media cerré el despacho y bajé al primer piso a recoger las instrucciones para la entrega de las dos citaciones judiciales. No había mucho. He crecido en Santa Teresa y creía conocer todos sus rincones. pero aquello era nuevo para mí. no parecía probable que los demás lo hubieran conocido a fondo. era inevitable que le sellaran la invitación. los may ores « perdedores» de la época del bachillerato son los más deseosos de presumir de sus éxitos posteriores. interrumpida por varios portillos de madera. podía distinguir parcelas de salvia morada y matas del coy ote. Si insistía un poco. en dirección norte. pero seguro que había tenido compinches.

Los pinos de la parte delantera de la casa habían dejado caer una alfombra de agujas que habían tenido que volver ácido el suelo. pasé junto a una agrietada y descuidada cancha de tenis y entré en una rotonda de adoquines metida en la L del edificio principal. en una zona cubierta de grava. A un lado. La verja de entrada estaba abierta. pero ni siquiera sus titubeantes asomos de color podían mitigar la lobreguez de la mansión y las sombras que la rodeaban. —Soy Kinsey Millhone —me presenté—. —¿Es usted My rna? —Sí. un cobertizo de jardinero. un raro matiz del rojo entre el ladrillo y el rosa polvoriento. Todas las ventanas tenían postigos. con los hombros y los pechos caídos sobre una cintura que se había dilatado para acoger la paulatina acumulación de kilos. En las jardineras de hormigón que había a ambos lados de la puerta habían puesto plantas de hoja perenne que estaban y a más secas que el palo de una escoba. Al final abrió la puerta una mujer de edad indefinida con un uniforme de algodón gris. Varias balaustradas rompían las rígidas líneas de la fachada y una escalera subía por la izquierda hasta la terraza del primer piso. manchadas de musgo verdoso como las algas. La misma puerta parecía sacada de una de las primitivas misiones españolas. pero no estaba segura. una idea que me resultaba familiar. Le eché cuarenta y tantos años. El flequillo le quedaba un poco corto y le rodeaba la frente de una manera poco atractiva. Puede que pagar cuarenta dólares en una peluquería no fuera tan exagerado. Creo que la ha llamado Donovan para avisarla de que pasaría por aquí esta tarde. Seguí el largo y curvo camino. El camino de entrada parecía continuar hasta la parte trasera de la casa. robusta por el centro. Los alrededores abundaban en árboles de gran tamaño y por la parte derecha se perdía de vista un bosque de robles virginianos. ¿Está Bennet en casa? . El tejado era de viejas tejas rojas. Aquí y allá. La luz apenas traspasaba la cúpula de ramas. Era de estatura media. había estacionada una Harley -Davidson. La casa era de estilo mediterráneo. —¿Sí? Sus cejas necesitaban una buena depilación y en su cabello rubio vi raíces oscuras veteadas de gris. Toda la ebanistería era de un color verde oscuro que se había vuelto blanquecino con el paso de los años. Tanto la casa como el muro que rodeaba la finca estaban revestidos de un estucado del color de la arcilla. Había poca o ninguna hierba y el olor húmedo de la tierra desnuda era penetrante. un invernadero) y a la izquierda una larga hilera de garajes. sólo oí resonar dentro una nota que avisaba de mi presencia. Le tendí mi tarjeta. Al parecer se trasquilaba con algún instrumento romo. A la derecha vi varios edificios (un bungaló. Cuando pulsé el timbre. una deprimida palmera defendía su escasa presencia. Vi macizos de flores.

Me fijé en lo que me rodeaba con cierto disimulo. me comportaba como una experta. —Claro —dije. La habitación tendría unos diez metros de . imágenes borrosas de mujeres de cintura alta y cara con perfil de huevo duro. Era fea. De las paredes colgaban de vez en cuando tapices. Dijo que la pusiera en la biblioteca si llegaba antes de que él bajara. Había hombres ataviados con capa. tratando de no quedarme con la boca abierta en el proceso. con una nariz quizá media talla demasiado grande para su cara. o de lo que supongo que ha de ser un lugar así. pero de arriba se filtraba muy poca o ninguna luz. Guy Malek estaba fuera desde hacía dieciocho años. En las casas de los ricos no hay que hacerse la paleta. una alegre pandilla de leñadores transportaba un venado muerto con lanzas sobresaliéndole del lomo. Su expresión no cambió. por favor. con un viajecito a Pier y o habría hecho milagros. Sígame. como si fuese un florero. y recordaba esa especie de humedad que se asocia a los cimientos mal hechos. el techo crujió cuando fueron de un lado a otro de la estancia de arriba. Sin entrar en grandes reformas estructurales. En los labios tenía restos de una pintura oscura que probablemente o bien había ingerido durante la comida o dejado en el borde de la taza de café. La biblioteca tenía el aspecto de un club masculino. Había tres grupos de rotos sillones tapizados en cuero y una gran chimenea de piedra gris con instalación de gas y el interior ennegrecido por incontables fuegos. no me molesté en curiosear. montados a caballo y tirados por perros sujetos con cadenas. aunque me habían dejado sola. Tras ellos. Por una vez. Oí pasos en el primer piso. habría hecho bien en invertir en el lugar. Ahora que me había aficionado a los cosméticos de autoservicio. Varias alfombras orientales grandes y rojas se y uxtaponían para cubrir todo el suelo. diamantes de vidrio emplomado que dejaban entrar más aire frío que luz vespertina. con un complicado dibujo de raspa de arenque cuy as pulidas uves de madera encajaban sin que se notaran los resquicios. La habitación olía a roble chamuscado y a libros mohosos. Para tratarse de una familia que había amasado una fortuna en el negocio de la construcción. La entrada tenía dos pisos de altura. El suelo era de taracea oscura. Comprendí en el acto que se trataba de un mundo sin sociedades protectoras de animales. como a san Sebastián. Me encantaba la idea de que me « pusieran» en la biblioteca. La seguí por el vestíbulo hasta una habitación que había a la derecha. No iba a encontrar ni fotocopias de su pasaje de autobús ni cajones llenos de diarios personales que hubiera llevado de joven. Di la vuelta a la biblioteca mirando por todas las ventanas ante las que pasaba. pero pareció saber de qué estaba hablando. Las ventanas eran altas y estrechas. Una pared estaba cubierta de paneles de nogal oscuro y en las otras tres había estanterías con libros desde el suelo hasta el techo. —Acaba de llegar. Qué risa.

La puerta se abrió y entró Bennet Malek. ¿Y usted? ¿En qué trabaja? —Me dedico a las inversiones independientes. Lo cierto es que no hacía más que desestimar la sincera confianza que se esforzaba por transmitir. señorita Millhone. Mientras Donovan lo tenía brillante. Su cortesía parecía fingida. La superficie de cuero era resbaladiza y tuve que forcejear con la tendencia a deslizarme hacia sus profundidades. una solana daba al jardín posterior. gracias. Mucho gusto en conocerla. No íbamos a participar en un combate de lucha libre. Era cuatro años menor que Donovan y lucía el mismo pelo rubio. Para no hundirme en el sillón. No había estado en su compañía ni treinta segundos y y a sentía aversión hacia él. Don dijo que vendría. Era un hombre corpulento. Bennet se acomodó en el sillón que había a mi izquierda con una serie de crujidos. una gran extensión de hierba uniforme con un lóbrego estanque en el centro. ¿Por qué no se sienta? —dijo. Dejó la bebida en la mesita más cercana. ginebra o vodka con hielo y una corteza de naranja. echaba el cuerpo hacia delante y tenía los pies juntos y pegados al suelo. De niña pulía el tobogán del remolque a la velocidad del ray o frotando vigorosamente con papel encerado Cut-Rite.longitud. Busco pequeñas empresas . una maniobra de vendedor para que el cliente se sintiera a gusto. —Bennet Malek. —Exacto. En un extremo. con mucha carne en los hombros y un tórax ancho. de manera que no tenía sentido. Me senté en un sillón de asiento ancho y hundido. Alargó la mano y estrechó la mía con fuerza innecesaria. dejando ver la pelambrera de los antebrazos. ¿Quiere beber algo? —Tenía un vozarrón retumbante y miraba fijamente a los ojos. No quiero perder más tiempo del necesario. pensé. Fui agente de policía antes. y muy corto. El cojín de cuero tenía la misma tersura. Sé que está ocupado. La superficie del agua estaba atestada de lirios. Bennet lo tenía áspero. Volví hacia la puerta y oí que alguien bajaba las escaleras y atravesaba el vestíbulo. para contrarrestar su visible tendencia a rizarse. Me pregunté cómo habría reaccionado al conocerlo si no me hubieran avisado de su penoso sentido comercial. Muy masculino. Al parecer había perdido la batalla del afeitado cotidiano y se dejaba crecer una barba rubia y un bigote que daban personalidad a la parte inferior de su cara. —Bastante. Me di cuenta un poco tarde de que en la mano derecha llevaba un vaso con un dedo de licor. Llevaba vaqueros y un jersey de deporte azul marino con las mangas subidas. Sus dedos estaban fríos y algo húmedos al tacto. —No. Hace diez años que tengo la licencia. Tasha lo había caracterizado como un hombre que invertía y perdía mucho dinero en operaciones infructuosas. —Tengo entendido que es usted investigadora privada —dijo.

pero a mí no me convence. La existencia de otro testamento no era asunto mío—. El testamento se pierde y la oveja negra de la familia hace mutis como un bandido. Recuerdo cuándo firmó papá el segundo testamento. Papá firmó en marzo y Guy se fue a los pocos días. —Parece entretenido —comenté. —¿Le habló del testamento desaparecido? —Me lo dijo Tasha mientras comíamos juntas —dije. ha visto usted a Don. Me encogí de hombros. nadie discute que se hiciera un segundo testamento. Guy no . —Pero ¿qué beneficio habría sacado? Aunque hubiera birlado una copia. —¿Se lo ha contado a Tasha? —Comenté que estaba aquí aquel día. pero es posible que fuera una figuración mía. Supuse que trabajaban para el abogado. Pudo romperlo y tirarlo. fíjese en los hechos. ¿Recuerda quiénes eran? —¿Los testigos? Dos mujeres. Una vez que se hubo ido. —Le diré lo que me molesta. pero ¿se firmó en su presencia? ¿Se le comunicaron las provisiones? —Bueno.prometedoras con problemas de efectivo. Sacudió la cabeza imperceptiblemente. Yo no descartaría la posibilidad. He hablado con él esta tarde. Me pregunté por qué habría sacado el tema a colación. pero no con pelos y señales. Supongo que ha sido un golpe de suerte para su hermano. Si no he entendido mal. —Sí. si es lo que quiere decir. sin duda. —Yo en su lugar se lo diría. Papá habló del asunto más tarde. —¿Insinúa que lo robó su hermano? —Yo sólo digo que por qué no. si se piensa. El asunto es interesante. —Su voz había bajado a un tono confidencial—. Para dejarlas a palo seco. No recuerdo si hablé o no de los testigos. Quiero decir…. Robó todo lo demás. —Eso dicen todos. no estuve en la habitación con ellos. Puedo describir el día tan claramente como que estoy sentado. por lo que y o sé. —Su padre pudo haber cambiado de idea. —Es gratificante. Bennet resopló. Lo recuerdo bien. lo lógico es que el abogado conservara el original. Los cuatro entraron aquí y salieron aproximadamente media hora después. Por lo que he oído. Digámoslo así. —Qué interesante. No eran amigas de papá. El abogado de papá y dos testigos vinieron a casa. Bennet se removió con inquietud. La cuestión es qué ha pasado con aquel testamento. Quizás encuentre la forma de averiguar quiénes eran.

Cambié ligeramente de conversación. —¿Qué coche conducía? —El Chevy familiar hasta que se vio envuelto en un atropello con fuga y le quitaron el permiso de conducir. a mí no me lo contó. se lo está preguntando a quien no corresponde. —¿Podría haberse dirigido a San Francisco? Donovan dice que en aquella época se drogaba y podría haberse sentido atraído por el Haight. Su pasión era meterse en problemas y hacerle la vida imposible a los demás. —Es posible. y a con ganas de discutir—.tenía forma de saber si su padre volvería a hacer otro testamento igual. le dio dinero en metálico: para indemnizarlo. —¿Y el trabajo? ¿Qué empleos tuvo? —Nada significativo. así que imagino que podría haberse dedicado profesionalmente a ser mozo de gasolinera. Fue un acuerdo oral. pero ¿acaso no cuenta? —Oiga. los diez de los grandes que le dio a mi hermano pusieron punto final a la historia. No tengo ni idea. Le sugiero que hable con ella. Si fue allí. —Convirtió en profesión hacer lo menos posible. Le advierto que nunca fuimos amigos. ¿Qué quiere que le diga sobre Guy ? —Empecemos por lo más obvio. Por eso. —Bien. Le oí aludir al tema varias veces a lo largo de los años. No es que queramos negarle a Guy el dinero que le corresponda. Por lo que me ha dicho Donovan. Ya tuvo la parte que le pertenecía. Su sonrisa vaciló y vi que reprimía el deseo de continuar discutiendo el asunto. pero no tengo mucha información que dar. Echó gasolina durante un tiempo. hasta que lo pillaron sisando dinero. No recuerdo que hiciera mucho más hasta que empezó a trabajar con papá. en mi opinión. O redactar un tercero. entre otras cosas. pero no afrontar las consecuencias. el padre de ustedes sabía hablar con rudeza. Sacudió la cabeza y adoptó una expresión condescendiente. —¿Le oy ó hablar alguna vez de una profesión? ¿Tenía alguna pasión personal? La sonrisa de Bennet fue ligera. Por lo que a él respectaba. claro que sí —aceptó—. También tuvo un trabajo de ventas por teléfono. todo esto es caca de la vaca. pero. me gustaría ser útil. —¿Y qué me dice del acuerdo de mi padre con Guy ? —continuó. Cuando era todavía adolescente estuvo en una pizzería. Nadie sabe dónde está Guy. Por eso vuelvo a los papeles personales de papá. —Tiene razón. y no digamos el trato que hiciera el día que se fue. No quiero que parezca que no coopero. Papá no volvió a confiarle ninguno de los . Le duró dos días. Papá hizo el segundo testamento con la clara intención de desheredar a Guy. —Cierto. La experta es Tasha. ¿Le habló de sus planes antes de irse? —Me temo que Guy no tenía la costumbre de hablar conmigo de nada. pero ese no es mi terreno.

—Donovan dice que tenía un amigo íntimo. —Nada de lo que acaba de citar. Sólo trato de apuntar hacia algún sitio. —Era vegetariano. lo más probable es que condujera sin él. así que dudo que alguna vez saltara de un avión. —¿Cuentas bancarias? —Nada. —Usted se refiere a Paul Trasatti. al menos podemos eliminar todo eso —dije—. —Era un mierda puro y simple. excepto por . Pensé en las áreas que todavía no había cubierto. Volvió a negar con la cabeza. Un tal Paul. disfrutaba de buena salud…. escalara una montaña o hiciera puenting. Decía que nada debería morir para que él comiera. —Bien. Por lo que sé. Bennet sacudió la cabeza. No se ha ido a ninguna parte. No. y a entiendo. Tenía mal los pies. ¿Era diabético? ¿Tenía alergias o alguna enfermedad crónica? —Ah. Nunca movió un dedo por nadie. Empezaba a divertirle mi persistencia. —¿Tenía acciones o bonos del Estado? Bennet negó de nuevo con la cabeza. Nunca le importó un comino la política. por lo que sé. —¿Y sus inquietudes personales? ¿Le gustaba cazar o pescar? ¿Hacer « buceo aéreo» ? —Eran palos de ciego en espera de que la intuición me orientase. ¿Tenía alguna enfermedad? —¿Enfermedad? ¿Como cuál? —No lo sé. —Por alguna cosa se preocuparía —dije. —¿Sabe si le devolvieron el permiso? —Si no se lo devolvieron. pese a estar tan metido en las drogas y la bebida. Ni siquiera votaba. Nunca le preocupó el pequeño sistema de normas y reglas de la vida. —¿Tenía aficiones? —No. —¿Y la religión? ¿Hacía y oga? ¿Meditaba? ¿Salmodiaba? ¿Caminaba sobre carbones encendidos? —Era como si le estuviese arrancando los dientes. Le aterraban las alturas. —Se lo agradecería. Al menos no tenía ninguna entonces. excepto fumar droga y quedarse tirado. Me recitó el número de carrerilla y lo anoté en el cuaderno de espiral que llevo siempre conmigo. Por suerte para él.vehículos de la familia. —¿Se escaqueó a la hora de hacer la mili? ¿Protestaba contra la guerra de Vietnam? —No tuvo necesidad. Puedo darle su teléfono. actitud que me parecía irritante. El ejército no lo quiso.

Le vi calcular la tray ectoria de la pelota mientras volaba por los aires. Bennet. Jack empuñaba un stick y golpeaba pelotas para meterlas en la red que había colocado a veinte metros. Frunció el entrecejo para sí y modificó un poco su postura—. Ya puede figurárselo. pero tengo un torneo dentro de poco. Llevaba dos palos de golf bajo el brazo. Castañazo. —¿Y Jack? ¿Podría haber confiado Guy en él? —Pregúnteselo usted misma. Las chicas nunca conseguían de él todo lo que querían. no me lo dijo. Ahí lo tiene —dijo. ¿ninguno de ustedes volvió a oír hablar de él? Sus ojos volvieron a posarse en los míos. Pero eso fue antes de que empezara a tocarnos las narices. y parcialmente inactiva en aquella época del año. Llevaba pantalones anchos y un polo con el emblema de St. Supongo que en algún estrato guardo sentimientos familiares. Se balanceaba y oía un leve silbido cuando el palo cortaba el aire. —¿A qué se dedica? —Comercia con libros raros. Tenía el pelo castaño claro y por la abertura trasera de la gorra le sobresalían unos mechones. Era más delgado que sus hermanos y su cara y brazos estaban bronceados. Nunca me llamó ni me escribió. —Cerró la boca y sonrió débilmente. Alguna vez. —Sólo puedo hablar por mí mismo. Seguro que alguna vez le importó su hermano. decidido a no decir nada que no le preguntara y o a quemarropa. Lo disculpé con un educado murmullo para no romper su concentración. la pelota caía en la hierba cercana dando botes. Compra y vende escritos autógrafos. A lo mejor Paul sabe algo. pero casi siempre daba en el blanco. El típico narcisista. Dijo: —No quisiera parecer grosero. —La han contratado para buscar a Guy —dijo cuando vio aterrizar la pelota. Señaló las ventanas y seguí su mirada. —Después de irse. —Escuche. Silbido. Si estaba en contacto con algún otro. Llevaba una gorra con las palabras PEBBLE BEACH en la visera. No estaba sacando nada en claro y y a era hora de marcharse. cartas. Entiendo su hostilidad. Divisé a Jack mientras cruzaba el césped trasero. —Por supuesto —dijo suavemente. pero cuestan de mantener después de su larga ausencia. Andrew’s bordado en la pechera como una insignia. y un cubo y una red con bastidor de plástico azul. ¿Cómo va? . La parte trasera de la finca recibía el mínimo de sol imprescindible para que creciera una hierba desigual y medio seca. Cosas así. Bennet se fue y me dejó observando las prácticas de Jack. apartando la mirada—. Sonaba un impacto y la pelota trazaba un arco que terminaba en la red con precisión. hace años que se fue. apartándose de la casa en dirección a la cuesta de la izquierda.sí mismo. pero me las puedo arreglar sin sus opiniones. Además. Cuando llegamos a su altura y Bennet nos hubo presentado.

Sonreí brevemente. Para mí era un rebelde. Nunca dio indicios de que y o le importara una mierda. Para él no existe más que el trabajo. el golf no es digno de consideración a menos que reporte unos ingresos anuales de medio millón de dólares. Papá me llamó y me contó que le había dicho a Guy que hiciera los bártulos. en enero. No sé adónde se fue Guy. y me enteré por teléfono. Así es la vida. Yo detestaba las clases y era infeliz. Casi todas mis notas eran bajas. Supuse que pasaría la crisis. Tras terminar los estudios y volver a casa en junio. a la red. Cuando volví durante las vacaciones de primavera hacía unos tres días que se había ido. una vez tras otra. Yo adoraba al muchacho. Se van y nadie vuelve a saber de ellos. No hay ninguna ley que diga que tienes que estar en contacto con alguien sólo porque sea de la familia. Lo único que quería era jugar al golf y no entendía para qué necesitaba tener educación universitaria. —¿No volvió a saber absolutamente nada de él? ¿No ha habido ni una llamada ni una postal en todos estos años? —Jack negó con la cabeza—. Colocaba otra pelota. apoy ándose en el palo de golf como si fuera un bastón—. —¿Por qué le dijo Donovan que hablara conmigo? —¿Por qué no tenía que hablar con usted? No me hizo caso. es verdad —dije. Vi que se acercaba a la red y se inclinaba para recoger pelotas y meterlas en el cubo de plástico. No es que estuviera prohibido hablar de él. pero no fue así. Por lo que a él concierne. sin variación. Me habría ido con Guy sin pensarlo si me hubiera contado lo que sucedía. Es un puritano de pura raza. a la red. lo que fuera? —¿Por qué? Quiero decir. Balanceo. —¿Cree que se habría enterado de algo. recordando que y o misma evitaba a mis parientes—. Volvió al punto donde y o estaba y reanudó la tanda de golpes. Yo estaba estudiando en Wake Forest. . —¿Y nadie ajeno a la familia habló de habérselo encontrado alguna vez? —¿En una convención o algo así? Está usted tocando fondo. Balanceo. hacer la faena. —Sí. si eso es lo que ha venido a preguntar. nadie hablaba del asunto. castañazo. ¿con qué objeto? Seguro que esto pasa continuamente. es que no se hacía. Esforzarse siempre. ¿Qué puedo decirle? No llamó. un individuo de verdad. Habían discutido por no sé qué y se había ido. —De momento sólo tengo su fecha de nacimiento y su número de la Seguridad Social. Hay que ser productivos…. el último curso. castañazo. Movió la cabeza al contemplar uno de los golpes. arrimar el hombro sin parar. —Se detuvo para mirarme. supongo que por consideración a papá. ¿No se preocupó? —Desde luego. —¿Cuándo lo vio por última vez? —Cuando vine para asistir al entierro de mamá. Sus golpes parecían siempre los mismos. —Donovan casi nunca se acuerda de mí. a modo de respuesta retardada a mi comentario. No escribió.

en dirección a la casa. Me detuve en la verja de la entrada y dejé el coche en punto muerto mientras pensaba en las posibilidades que tenía. Como antigua compañera de estudios de Tasha. Además. Así podremos solicitar al tribunal que lo declare muerto y nos repartiremos su parte entre los tres. —¿Cómo se pronuncia el apellido? —Míljon —dije—. Eran chicas. ¿Dónde residía su atractivo? —No eran mujeres. Conduje despacio hacia la calle. Volví andando por la hierba. Pero como aún no estaba casada con Donovan cuando Guy desapareció. El melodrama seduce cuando se tiene diecisiete años. no creía que tuviera nada sustancioso que contarme. pero parecía otro callejón sin salida. la luz y el teléfono si el inquilino había dejado alguna dirección al irse. Jack echó un vistazo a mi nombre. estaba en casa.¿Sabe si alguien más podría serme útil? ¿Tenía novia? Jack sonrió con burla. pero al menos podrá decir que lo ha intentado. ni siquiera había tenido un piso en alquiler. Se me ocurrió que podía volver a llamar a la puerta principal y preguntar al ama de llaves si Christie. Medité aquello. —Bien. pensé. Por lo que habían dicho sus hermanos. ¿Le importaría llamarme si se le ocurre algo? —Saqué una tarjeta del bolso y se la di. por lo menos tendría que ser generosa. lo puse en marcha y metí la primera. Estoy seguro de que Don no quiso mencionarlo para hacerse el indiferente —dijo con amabilidad—. —Es lo que quiere decir « búsqueda incesante» . pero no lo entiendo. No votaba y no tenía coche ni pistola. Detrás de mí oía el silbido del palo de Jack y el impacto del hierro contra la pelota. ¿no? Dígale a Donovan que lo llamaré dentro de un par de días —me despedí. Guy Malek nunca había poseído nada en Santa Teresa. Asintió. No volveremos a vernos. Subí al coche. ninguna compañía conserva los recibos durante dieciocho años. pero todos esperamos que no lo encuentre. —Sonrió—. de modo que no tenía sentido indagar en Hacienda ni en el registro de la propiedad. así que tampoco tenía sentido consultar en los sindicatos locales y en la Seguridad Social. La « e» final es muda. —Muy bien. Por lo visto. y no . no había tenido ningún empleo significativo. ¿Qué más había? Al irse de Santa Teresa no tenía trabajo. —Guy era de esos muchachos sobre los que las madres hacen advertencias a las hijas. la mujer de Donovan. el gas. Con acento en la primera sílaba. lo que quería decir que no podría consultar con ningún antiguo casero ni preguntar en las compañías del agua. « Vay a pandilla» . Así que no tenía tantas opciones. —Donovan me dijo que las mujeres lo encontraban atractivo.

Traté de esbozar una sonrisa encantadora. era probable que en el presente tuviera permiso de conducir y coche. sin lugar a dudas en el Centro Nacional de Información Criminal. La gente se muda. rumbo a Sacramento. Con suerte podría dar con la dirección postal del hombre que buscaba. Puse el Volkswagen en primera. Sin embargo. —Valía la pena intentarlo —dije. —Por mí como si es usted el Papa. el nombre de pila. todos los datos estarían más anticuados que el hacha de sílex. la inicial del segundo nombre y la fecha de nacimiento.cazaba ni pescaba. con la debida autorización. Y si tomábamos como indicador su conducta pasada. no tenía acceso a esa información ni conocía a nadie con ganas de hacer una búsqueda informática. lo que seguramente quería decir que no habría permisos ni licencias legalmente registrados. Como no tenía el número del permiso de conducir de Guy. Se dio la vuelta cabeceando con reprobación y se puso a recoger lo que tenía en la mesa. El índice Onomástico Automatizado diría que los datos eran insuficientes o listaría un cotejo con el apellido. No conseguirá nada de mí. Era casi la hora de cerrar y el lugar estaba vaciándose. La funcionaría se dio la vuelta y me dedicó toda su atención. —Soy detective —dije. en el caso de que hubiera alguno. Si Guy Malek había salido del estado. echaría el formulario al correo. pero los cambios de domicilio no entran en los ordenadores de Tráfico hasta que se renuevan los permisos de conducir y otros papeles. debía de tener un historial delictivo en alguna parte. Un agente de la ley. No tuve ganas de seguir ejerciendo mis poderes de persuasión. con la fecha de nacimiento. tomé un formulario general ampliado y puse su nombre completo. sin embargo. —¿Está loca? Podrían despedirme por hacer una cosa así —dijo. giré hacia la izquierda y me dirigí a la Jefatura de Tráfico. pregunté a una funcionaría de Tráfico si podía mirar el nombre en el ordenador. De momento. Mientras tanto. como las oficinas estaban casi vacías. tiene acceso a todas las bases de datos que y o no puedo utilizar con una licencia de detective. pero no llegué a tanto. parecía la forma más rápida de dar a la situación un perfil y un marco provisionales. En cuanto volviera al despacho. . Rellené un impreso solicitando permiso para buscar en los archivos. Tendrá que esperar la respuesta de Sacramento. Los archivos de Tráfico acostumbran a estar anticuados. —Valor no le falta —dijo. Por desgracia. Giró el monitor para que no pudiera ver la pantalla.

lo adjunté al formulario. alguien con quien hablar del día que has pasado. Un rápido vistazo al armario me reveló una bolsa de ropa colgada. mecanografié el sobre. —¿Cuánto tiempo tenemos? —No lo sé. 4 Volví al despacho. —Lo único que necesito es una dirección postal —dije. El cuarto olía a jabón y había una toalla húmeda colgada en la barra de la cortina de la ducha. En el cuarto de baño de la planta baja vi su equipo Dopp en la tapa de la taza. Estar soltera puede resultar desconcertante. Por . —No me lo digas a mí —murmuré de mal humor y apagué la radio. Elvis estaba cantando la última estrofa de Cant’ Help Falling In Love. Darcy no estaba autorizada a realizar gestiones. y extrañamente desconcertada. Eran más de las cinco y la oscuridad había caído sobre nosotros como una manta de lana. Charlamos un poco de los viejos tiempos y de minucias antes de formularle la misma pregunta que había hecho a la funcionaría de Tráfico. pero Dietz seguía aún donde estuviera. las luces estaban encendidas. me quité las Reebok y me tiré en la cama. Cuando llegué a casa. densa. pegué un sello y lo puse en la bandeja del correo. Estaba cansada y hambrienta. Las compañías de seguros están siempre haciendo consultas a Tráfico. de un gris plomizo. Luego tomé el teléfono y llamé a Darcy Pascoe. extendí un cheque para el erario público. Se había traído una maleta de lona que había dejado al lado del sofá. Por culpa de las nubes ni siquiera podía ver el cielo nocturno a través de la bóveda de plexiglás. Observé el cielo. alguien con quien celebrar un aumento de sueldo o una devolución de Hacienda. pero sabía cómo sacar el máximo provecho de las normas. a veces anhelas la sencilla comodidad de la compañía. Por una parte. Repíteme el nombre del muchacho. pero te costará. ¿Qué te parece mañana a primera hora? —Lo más probable es que pueda. alguien que se compadezca de ti cuando estás en la cama con un resfriado. Subí al piso de arriba por la escalera de caracol. Fui a la cocina y puse la radio. la secretaria- recepcionista de la compañía de seguros La Fidelidad de California.

no dijo una palabra. —Tenía el frigorífico abierto y estaba metiendo huevos. Oí crujidos de papel. como las nuestras. no tienes más remedio que preguntarte por qué necesitas agravar tu estado con una relación. —Hice una rápida parada en el cuarto de baño. me pasé el peine por el pelo. Sintió mi presencia y levantó la cara hacia mí. conservas. por no hablar de cambios de humor. cuando todo lo tienes a tu gusto). Estás en casa. ¿Quién necesitaba esa basura? Dietz era un gran aficionado a la música country y esperaba que cambiara de emisora. . No era molesto ni aborrecible ni sucio. Había olvidado lo casero que podía ser Dietz. Si Dietz reparó en ello. tocino. ¿Quieres ay udarme a desempaquetarla? —Enseguida bajo. la despensa estaba vacía. Dietz encendía luces en la planta baja. ¿Y qué conclusión sacaba de aquello? Ninguna que pudiera decir. papel higiénico y detergente líquido. Oí la llave en la cerradura y comprendí. —Estupendo. dos botellas de Chardonnay. No he visto tu coche fuera —dijo—. alergias. es decir. ¿Por qué molestarme pues en adaptarme si su compañía no era permanente? Personalmente. He comprado comida. No había terminado de acostumbrarme a él y y a volvía a irse con viento fresco. condimentos y una barra de pan. —¿Cómo ha ido la entrevista? —preguntó de espaldas. con un sobresalto. Puse las latas en la despensa y apagué la radio. En el mostrador había un pack de seis cervezas. oh sorpresa. me cepillé los dientes y utilicé los servicios. Pero estaba allí y su sola presencia me irritaba. Me senté parpadeando y medio mareada. era su experiencia en seguridad personal lo primero que me venía a las mientes. aficiones. pasiones. —¿Cómo sabías lo que hacía falta? —Estuve mirando y. costumbres y manías. pero por alguna parte hay que empezar —dije. pero al entrar en casa había tomado deprimente conciencia de su « alteridad» . Puso la radio. Bajé las escaleras en calcetines. —Bien. filetes y otros artículos con mucha grasa y mucho colesterol. Todos los seres humanos tienen opiniones que defienden de una forma acalorada. peculiaridades gastronómicas. gustos artísticos pésimos y preferencias musicales personales e intransferibles. fijaciones emocionales y actitudes que no son las debidas. mantequilla de cacahuete extracrujiente. No he avanzado ni un milímetro. Incluso se había acordado de comprar servilletas y toallas de papel. fui hacia la barandilla y me quedé mirándolo. No es que estuviera pensando seriamente en Dietz en este sentido. una vez que te has acostumbrado a estar sola (en otras palabras.otra. mantequilla. Me levanté. no considero la flexibilidad una característica tan deseable. que me había quedado dormida. en busca de algo más gangoso y mucho menos a propósito. Cuando pensaba en él. Me tapé los oídos con los dedos para no oír a Elvis cantar el amor con sentimiento.

trasladando a su familia de una ciudad a otra. —¿Cuál es el próximo movimiento? —Le he dicho a Darcy que me mire unos datos en Tráfico a través del ordenador de la compañía de seguros para la que y o trabajaba antes. Tengo otras pistas. —¿Ya no trabajas para La Fidelidad de California? —Ya no. su padre estaba demasiado impaciente para encontrar un hueco en urgencias. ¿Es eso lo que te preocupa? —No. Dietz andaba a paso rápido. Me echaron de una patada en el culo porque no quise besárselo a otro. Mientras su madre lo paría. Puedes contármelo durante la cena para ponerme al día. un débil sonido que se mezclaba con los lengüetazos del agua en las embarcaciones de la dársena. parecen acogedoras. pero decidió sin duda que cuanto menos hablara. esas casas de vecinos de pisos muy pequeños que. La abuela materna de Dietz viajaba con ellos en el vehículo del momento. También estoy nerviosa por el trabajo. La noche era fría y las luces del puerto parecían restos de adornos de Navidad. —Ve por una chaqueta y vámonos. vistas desde fuera. Estoy trabajando para mi prima Tasha. Espera tener algo mañana por la mañana. y sus tacones resonaban en el suelo. tres largas manzanas durante las que apenas hablamos. me sentía extrañamente reacia a cooperar. pero hasta el momento ella es mi mejor apuesta. Yo procuraba ir a su altura mientras daba vueltas mentalmente a lo que sabía de él. Por encima del rumor del oleaje oía el tintineo de las boy as. Lo miré un momento. cosa que probablemente no debería hacer. Vi que barajaba otras preguntas. qué anticuado estás. Iba con la cabeza inclinada y las manos en los bolsillos. Creo que llevo varias semanas deprimida y que acabo de darme cuenta ahora mismo. —¿Una prima? Eso es nuevo. Me había contado que había nacido en una furgoneta. No lo sé. según le daba. Había muchos barcos iluminados y los ocasionales personajes que entreveía me recordaban los parques de caravanas. Su padre era un pendenciero y un fanfarrón que trabajaba en pozos petrolíferos. —Está bien. He alquilado una oficina en un bufete. ¿De dónde ha salido? —Joder. Luego veremos lo que hay. Cambió de tema. —¿Cómo está tu viejo amigo? Dietz contuvo una sonrisa. mejor. Funciona mejor así. Se había criado de una forma extraña. Fuimos andando a un restaurante del rompeolas. un . —¿Puedo convencerte de que comamos fuera? —¿En qué habías pensado? —En un sitio cercano donde no tengamos que vestirnos de etiqueta. en el cinturón de circunvalación de Detroit.

Me senté mientras volvía al interior. No es que fuera contra las ley es. las carcajadas y las conversaciones. Su actitud básica era: « ¿Para qué contenerse?» . Mientras esperaba el pedido. Le gustaban las máquinas. siempre de segunda mano y expuesto a descacharrarse o a ser vendido con precipitación si el dinero no llegaba. La mía era: « No hay que precipitarse» . El aire salado del océano parecía más fuerte allí que abajo. Como tenía poca experiencia en instituciones. Espero que la comida sea buena. a la barra.camión. situado al final de un fino tramo de peldaños de madera. su mirada se movía sin descanso entre la multitud. Le gustaba competir. Fue a la máquina de los discos y miró las canciones. Dietz se había educado con una variedad de viejos libros de texto mientras su madre y su abuela bebían cerveza y tiraban las latas a la carretera por las ventanillas. el Tramp Steamer. pero su verdadero atractivo era la lista de platos: ostras. una furgoneta. Aquel hombre era la anarquía. Dietz era de los que tamborileaban con los dedos mientras andaban. y a que no podía estarse quieto tanto rato. pero al mismo tiempo estaba prevenida. era de lo más insumiso. Había un surtido completo de bebidas al lado de la entrada. pero la may oría prefería la cerveza. gambas fritas. Entre la máquina de discos. Llegamos al restaurante. Dietz sacó unos billetes y volvió a la terraza envuelto en el olor a tabaco como si fuera un raro aftershave. Tenía el mismo efecto sedante y me sentí más relajada. Se había hecho un modesto esfuerzo para dar al lugar un aire marinero. Cuando leía. . Respiré hondo. gris y en el que hacía demasiado calor. un cinco-puertas largo. dejando que el aire me penetrara en los pulmones como si fuera éter. —Me encantaría. es que no les hacía caso y se comportaba con el convencimiento de que no estaban hechas para él. sopa picante de pescado y pan casero. absorto totalmente hasta que terminaba. El aire olía a lúpulo y a humo de tabaco. Le gustaban las herramientas. —¿Chardonnay ? —preguntó Dietz. Le gustaba el montañismo. Allí no había tanto ruido y el aire frío no llegaba gracias a los calentadores de propano instalados en la pared y que desprendían un resplandor rojizo. energía subterránea que le subía sin cesar a la superficie. el ruido era casi palpable. ojo avizor y con los dedos en los mandos. Rara vez lo había visto ley endo un libro. —El servicio es lento —dijo—. estaba como fuera de servicio. Lo vi por la ventana hablando con el camarero. Le gustaban las pistolas. El camarero puso una jarra de cerveza y un vaso de vino en el mostrador. Dietz observó el lugar en busca de asientos libres. Me gustaba su rebeldía. Dietz volvió a la barra y se quedó allí. empujó una puerta lateral y encontró un sitio en la terraza desde el que se veía la dársena. Su desdén por la educación formal era una característica que compartíamos. un establecimiento estrecho. haciendo tintinear la calderilla de sus bolsillos.

Nunca he podido instalarme. así que no he estado en ninguna parte que de un modo u otro no tuviera que ver con vigilancias o con búsquedas de antecedentes. aunque no sabía por qué brindábamos. —¿Y qué tal están? —pregunté. una rubia de color de miel con pelo de corte masculino y puente en la dentadura. Más que y o en toda mi vida. Nick cumplirá los veintiuno el día catorce. Trabajar. Me siento mal por eso. Comparten un piso con un grupo de compañeros. —Debería aprender muchas cosas. pero el trabajo de verdad lo hizo ella. —Espere un minuto —dijo Dietz. así que probablemente estará otro año. pero él siempre hablaba de ellos con afecto. Mi vida es una carcajada. Naomi ha hecho un buen trabajo sin que y o la ay udara gran cosa. —¿Dónde está Naomi? —En San Francisco. —¿Y tú? ¿Qué has estado haciendo? —No mucho. Se licenció en derecho. pero y a sabes cómo soy. Brindamos antes de beber. Quizás una ensalada o una sopa. Comimos como si estuviéramos en una carrera contra reloj. No suelo comer mucho por la noche. Abrí la carta y deslicé la vista por los distintos platos. —He llamado a los chicos —dijo. La matrícula se la pagué y o. Solíamos hacer el amor de la misma manera. comprar una casa y trabajar de nueve a cinco. Les gusta estudiar y parecen motivados. Los mantengo. En realidad no estaba tan hambrienta. Graham tiene diecinueve y está en segundo curso. Son listos. No conocía a sus dos hijos. —Háblame de la depresión —dijo después de apartar el plato. . Los chicos me han dicho que se va a casar con un abogado de allí. Está estudiando en Santa Cruz pero acaba de cambiar de especialidad. Ahuy enté el tema con la mano. Son estupendos —dijo—. —Están bien. Terminamos compartiendo una cazuela de mejillones al vapor sobre un lecho de tomate picante. Llevaba pantalón corto y camiseta negros. La camarera se acercó desde la mesa del rincón de la terraza. —¿Van a pedir y a? —Debía de tener casi treinta años. —Deberías aprender a jugar. —Que le vay a bien. No puedo evitarlo. Soy un culo de mal asiento. básicamente. pero no puedo decir que hay a pasado mucho tiempo con ellos. como si en lugar de ser el 8 de enero estuviéramos en agosto. como si fuera una competición para ver quién llegaba primero. De primero. Dietz pidió un buen filete y y o una ensalada César. No hago vacaciones. en esa parte soy bueno. No me imagino en una situación así.

Luego están el agujero en la capa de ozono y la destrucción de los bosques tropicales. Hago lo que hago y parece tener sentido. Volvió la camarera. —Sin duda. Dietz echó un vistazo a la cuenta y volvió a hacer la suma en un abrir y . De vez en cuando pierdo la noción del lugar que me corresponde. —¿De dónde ha salido la prima? Creía que no tenías familia. Debía de tener el metabolismo de un pájaro. Los calcetines amarillos y los zapatos negros de tacón alto daban cierta clase a su vestimenta. Ni siquiera puedo decirte de qué se trata. —No lo deseaba —dije—. más cerca de Dietz que de mí. todas las mentiras de los políticos que te dicen cualquier cosa con tal de que los votes. Probablemente era su táctica para no meter la pata en el caso de que fuéramos una pareja con los papeles cambiados. ¿Qué puede hacer una con tanta mierda? Ya sé que no depende de mí resolver los problemas del mundo. En todo caso. pero me gustaría pensar que hay un orden oculto en alguna parte. pero sin insistir. Soy demasiado may or para corear aquello de la familia que permanece unida. La may or parte del tiempo doy la vida por garantizada. Ya sé que suena ñoño. Leo el periódico y es desesperante. —Embustera —dijo con afecto. Pobreza y enfermedades. me esfuerzo por encontrar una respuesta. A lo mejor mis niveles de serotonina están por los suelos. Dietz pidió la cuenta y la camarera la sacó de un fajo de papeles que llevaba metido en los riñones. Quiero decir que hay días que no sé qué estamos naciendo en el planeta. Tardó unos segundos en hacer la suma. todas mujeres. Uno de estos días me voy a derrumbar y no me gusta la idea. Es miedo del intérprete ante el público. —Olvídalo. Se alejó para servir ketchup en otra mesa. No tomamos postre ni café. pero ¿qué sentido tiene? —dije—. Puso la cuenta boca abajo. Tienes derecho. —¿Qué te inclina a pensar que hay a respuestas? —dijo—. —Sí. Haces lo que puedes. —Vamos. No me gusta andar por ahí sintiendo lástima de mí misma. —Sea eso lo que fuere —señalé. —Ya pasaré a recogerlo —dijo. El frío ni siquiera le ponía la carne de gallina. —Sonrió—. buena suerte. pero es la verdad. Preferiría no tener nada que ver con ellas. —Ahí está el problema. pero ¿qué más hay ? —Lo normal. supongo. Resulta que tengo un rebaño de primas en Lompoc. —Buena suerte. —Ya sé que tengo derecho. pero no dejan de asomar la nariz. ¿Y el trabajo? ¿Qué te asusta de él? —Siempre me pongo a cien en vísperas de una faena importante.

El amanecer pintaba el cielo con pálidos matices de acuarela. el suave arrullo de las palomas que se pavoneaban y a por el camino. menos y o. todas las pequeñas comodidades de la vida. La conversación fue superficial. una manta extra. un pequeño despertador y una toalla limpia. Las torres petrolíferas moteaban el horizonte como constelaciones de lentejuelas iridiscentes. Un inconveniente de estar soltera es que a menudo te sientes desprotegida. Abrí los ojos. Que duermas bien. comprobé que Dietz tenía todo lo que necesitaba: sábanas. De vez en cuando. El océano era azul plata. Soy una experta utilizando el lenguaje para mantener a ray a a los demás. Intentas dormir con los zapatos mentales puestos. hice unos rápidos estiramientos y me lancé a la carrera para entrar en calor. . Parecía más fácil hablar en la oscuridad. veía luz en el salón. Puede que viera la televisión con el sonido bajo. —Sí. al darme la vuelta. Me até las zapatillas. —Ponte la bolsa de hielo. Una rubia platino y un caniche negro venían en mi dirección. alargué la mano y pulsé el botón antes de que sonara. el cielo pasaba del malva ahumado al melocotón. —¿Lista? —Cuando quieras. —Trataré de no despertarte. Hice mis abluciones matutinas con la puerta cerrada. Había algo familiar en tenerlo bajo el mismo techo. una pareja que solía encontrarme muchas mañanas. Emprendimos el largo camino a casa. La madrugada había cambiado del negro al gris y. y o no lo oí. —Con la rodilla hecha polvo. me dormí mucho antes que él. cuando llegué a Cabana. Me encanta el rumor del oleaje a esa hora. Con Dietz de guardia. dos almohadas. Lo siento. la oscuridad empezaba a retirarse. Gracias por la cena. Se inclinó para buscar la cartera y sacó un par de billetes que deslizó bajo el plato. lista para levantarte y armarte ante el menor ruido. Desde luego. sin mirarnos. floté entre nubes durante un par de ciclos REM y dormí hasta una fracción de segundo antes de que sonara la alarma. Dietz era un ave nocturna. Es algo que echo de menos. —Me temo que no. —De nada. supongo que no querrás ir a correr conmigo por la mañana. Lo dejé abajo y subí la escalera de caracol. Quizá se puso betún en las botas o limpió la pistola. Cuando llegamos a casa.cerrar de ojos. para que no se oy era el ruido del agua. No sé qué hizo. bajé en calcetines y fui de puntillas hasta la puerta procurando no despertarle. Por lo visto. Cuando llegué arriba me incliné sobre la baranda. los gritos de las gaviotas. señora. Con las zapatillas en la mano.

me detuve en una cercana urbanización con las citaciones en la mano. No seré nunca campeona en ninguna modalidad. Subí andando los dos tramos de escalera. sólo lo sirvo. Para variar. había desay unado y cogía la chaqueta y las llaves del coche. Las entregué sin incidentes. Puse una cafetera y subí al primer piso. Tras una fachada de piedra con ventanas de barrotes y postigos cerrados se oculta en realidad un pequeño aparcamiento de doce plazas reservadas. Dietz estaba en la ducha cuando llegué. en el centro de Santa Teresa. Los edificios que nos rodean no tienen parquímetro. Actualmente tengo el despacho en la antigua sala de reuniones del bufete Kingman e Ivés. dejé el coche en el aparcamiento público que hay enfrente de los juzgados y anduve las dos manzanas que había hasta la oficina. me sentía tonificada y bien. derramando riachuelos de luz amarilla en el cielo. El edificio Kingman es una estructura de tres plantas de fachada estucada. colega. pero la planta baja es un espejismo. Cinco kilómetros sientan a veces como un dolor de muelas. Que usted lo pase bien» . Hay mañanas en que resulta gracioso vernos ir y venir. Casi todos los oficinistas e inquilinos de menor cuantía tienen que buscar aparcamiento en otra parte. —Que lo pases bien —contestó. La carrera estuvo bien. Desde mi casa tardo unos diez minutos en llegar en condiciones normales de tráfico. como algo que se hace porque hay que hacerlo. sin aliento y sudando. A las ocho y media estaba vestida. No cocino el problema. pero el tiempo de estacionamiento está limitado a noventa minutos y a casi todos nos cae al menos una multa al mes. Había comprado el periódico y lo había puesto encima del mostrador de la cocina. —Hasta luego —dije. Dietz aún estaba sentado en la cocina con la segunda taza de café y el periódico de la mañana abierto ante sí. esperé a oírle cerrar el grifo de la ducha antes de abrirlo y o. desesperados por meternos antes que los demás en los espacios libres. Por una vez di gracias al cielo por estar físicamente en forma. la secretaria de Lonnie . Había estirado las mantas. Una vez en la oficina. doblado el sofá cama y guardado las almohadas en algún lugar. Si alguien protesta o se enfada. pero por lo general la gente parece resignarse a su destino. Di la vuelta en East Beach y volví a casa manteniendo la velocidad. que es pequeño y tarda una eternidad y a menudo da la impresión de que se va a quedar atascado. mi respuesta es siempre la misma: « Lo siento. la recepcionista. y con Ida Ruth. Camino del centro. aunque el tipo y su novia no fueron precisamente amables conmigo. cambié unas frases de cortesía con Alison. pero soy como las camareras. renunciando a los placeres del ascensor. El sol salía detrás de mí. Ya de regreso. A veces me cruzo con personas que hacen esfuerzos absurdos por eludir sus obligaciones con el Estado. que impedía hacer ejercicio. pero no hay nada igual para despejar una neura. No habría sabido qué hacer con una lesión como la de Dietz.

—Te tomo la palabra. Marcella. tú. —¿Seguro que está en Marcella? Está a unos ciento cincuenta kilómetros. —¿Hay algún teléfono en la zona a nombre de Guy Malek? ¿De G. La Fidelidad de California no abría hasta las nueve. Dime tu número de fax. Tiene un documento de identidad expedido en California y de aquí es de donde he sacado la información. —Oy e. Malek? ¿De cualquier Malek? . Pasó medio minuto y volvió a ponerse. —Bien. Muchas gracias. Bueno. el mismo que Santa Teresa. California. —Ah. Eres bruja.Kingman. —Hola. sí. Yo invito. —Me dejó a la espera. ¿Qué te debo? —No te preocupes por eso. Entré en el despacho y redacté un breve informe con la hora. California 93456. Llamé a información y di a la operadora el nombre de Guy Malek. Lo más seguro es que sea su casa. Kinsey. —¿Quieres esperar? No sabes nada y y a te pones a sacar conclusiones. escuchando sobras de villancicos y sintiéndome medianamente optimista. Le di el fax de Lonnie y busqué la guía telefónica. que estás hablando con una profesional —replicó—. Tuve que falsificar algunos formularios para que la solicitud pareciera legítima. Suponía que si no hubiera descubierto nada me lo habría dicho. —Según los archivos de Tráfico. Se echó a reír. Colgué y pasé las páginas de la guía telefónica en busca del prefijo de Marcella. No había ningún teléfono en aquel domicilio. hola. Buzón 600. que estaba o en los juzgados o trabajando como un animal a puerta cerrada. —Mierda —dije. pero nadie hará indagaciones. soy y o —dije cuando contestó al otro extremo de la línea. —Eres un encanto. Era el 805. —Ojalá tengas razón. Guy David Malek no tiene actualmente permiso de conducir en el estado de California. Se lo quitaron en 1968 y al parecer no lo renovó. Espera un momento. Su dirección postal es Nacional I. Darcy. la fecha y una rápida descripción física de la pareja a la que había entregado las citaciones. No estoy en mi mesa. esto debería facilitarte el trabajo. cogí el teléfono y me retrepé en la silla giratoria mientras echaba los sobres en la bandeja del correo por salir. Tardé menos de un minuto. No me lo creo. Veía muy poco a Lonnie. Darcy se echó a reír. Te llamaré y comeremos juntas. pero Darcy solía llegar antes. Lo único que he dicho es que no conduce. Preparé a máquina una factura resumida. ¿Quieres ver la foto? —¿Tienes una foto actual? Es fantástico. Suena a rancho o a granja.

Gracias. notando en la espalda las palmaditas que me daba la pequeña presumida que hay en mi naturaleza. —Le di la dirección—. Llamé a la oficina de Tasha y di mi nombre a su secretaria cuando contestó al teléfono. En cierto modo me daba pena que todo se hubiera arreglado tan deprisa. PELO: RBO. —No. —Muy bien. me puse a hacer un solitario. ¿Dónde vive? —No muy lejos. Tasha se puso al teléfono. Una carta boca arriba y seis boca abajo. Probablemente se pondrá. Tres hurras por él. Hubo medio segundo de silencio mientras mi interlocutora procesaba la información. pero especificaba de Guy Malek el SEXO: V. O no tiene . Les gusta encargárselo a un detective privado. —Confíe en mí. —Mientras esperaba. No viene en la guía. ¿Tienes un bolígrafo a mano? —Desde luego. ¡Ah! Qué seductora es la satisfacción cuando pensamos que hemos impresionado a otros con nuestra astucia. NAC: 02-03-42. parecía tensa y distraída. lo cual era verdad. Giré la primera carta del segundo montón y puse las otras cinco boca abajo. si es importante. No quería que Donovan pensara que estaba pagando por algo que habría podido hacer él mismo…. así que. —Tasha está reunida. Una de las perversidades del género humano es que preferimos la admiración de nuestros enemigos al aplauso de nuestros amigos—. —Tengo la dirección de Guy Malek. —Qué rápida. señora. una combinación perfecta de sorpresa y respeto. Tenía mucho mejor aspecto que en la foto del anuario del instituto. La reproducción en blanco y negro tenía un aire manchado. Corrí hacia el fax mientras por la ranura del aparato salía una copia de la foto de Guy Malek. Lo que pasa es que muchas personas no tienen ni tiempo ni interés suficiente para hacer el trabajo de hormiguita. OJOS: VER. Pero aquella misión había sido demasiado fácil como quien dice. todo el mundo sale ganando. pero le diré que es usted —dijo—. al final. ¿Cómo lo has hecho? Sonreí ante su tono de voz. ALT: 1. —Tengo mis métodos —dije. ¿Qué ocurre? Espero que sea importante porque estoy hasta las cejas de trabajo. Confieso que me sentía supersegura de mis principios cuando me acomodé tras el escritorio. lo es. en particular porque dudaba que la familia pensase que mi hallazgo favorecía sus auténticos intereses. PS: 73 K.70. —Hola. Pensé que sería mejor informarte a ti primero. Kinsey. —¿Puede esperar? —Claro. Hay un montón de información accesible en lo que se refiere a cuestiones públicas.

pero puede estar afectado incluso a pesar de su alejamiento. Era Donovan Malek. ¿Tendrá algún rato libre los próximos dos días? Miré el calendario de la mesa. Seguro que se alegra. lo del dinero es un asunto delicado. Ella podría ponerse en contacto con él por carta. Creía que la búsqueda duraría semanas. Me dio la impresión de que todos serían más felices si Guy estuviera muerto. —¿Quiere que le hable del testamento? —No veo por qué no. si le viene bien. pero la gente a veces reacciona de forma extraña cuando recibe correspondencia de un abogado. Le sugerí que fuera usted. —No siempre es tan fácil. —Sorprendente —dijo—.teléfono o está a nombre de otra persona. —Tonterías. —Cuanto antes mejor. Me ha sorprendido la rapidez con que lo ha resuelto. puedo hablar con él —dije. Son su familia. Se lo comunicaré a Donovan y que diga él qué quiere que hagamos. Además. —Buen trabajo —dijo—. Tendrá que saberlo tarde o temprano. Quién sabe cómo reaccionará. ¿Necesita algo más? —Tasha y y o lo acabamos de comentar. Tuvimos suerte —dije—. —Claro. No queremos dar mala nota. Estoy segura de que todo se arreglará. —Puedo ir esta tarde. —Lo dudo. Ignoro si se habrá enterado de la muerte de papá. Quiero que esto se trate con mucho tacto. mientras por dentro me preguntaba cuál sería la buena nota. Le diré que te llame. A los quince minutos sonó el teléfono. —Me gustaría tener un informe de primera mano sobre las circunstancias actuales de Guy. . Se siente amenazada incluso antes de abrir el sobre.

La carretera giró hacia el interior y menos de una hora después las nubes se habían disipado. Como no tenía ningún compromiso me dije que bien podía ponerme en camino. Si me concedía una hora para localizar a Guy Malek. Tampoco quería sentirme responsable de su entretenimiento. suponiendo que todavía viviera allí. 5 Miré el reloj. El tráfico era uniforme. con acumulaciones de nubes en el horizonte. En ir y volver de Marcella tardaría poco más de dos horas. No supe si buscaba una invitación para acompañarme. Le dije que esperaba haber vuelto hacia las tres y que iría directamente a casa sin pasar por la oficina. pero como no hizo la pregunta de rigor. aún me quedaría tiempo de sobra para tomar un bocado y estar de vuelta a media tarde. No tardaría ni una hora en localizarlo una vez estuviera en el pueblo. lo que quería decir que habría concluido el caso al finalizar el día. La conversación en sí no nos consumiría más de media hora. Los árboles de hoja perenne se perfilaban contra el firmamento con una variada gama de sombras oscuras. el ciudadano sabía más de comida para perros que de los sucesos del mundo. Dietz me dijo que no tenía ningún plan. La niebla había invadido los tramos de autopista que corrían paralelos a la costa y el cielo era y a de un blanco lechoso. no se la contesté. salpicados por ocasionales perforadoras petrolíferas que hacían genuflexiones y reverencias obsequiosas a la tierra. La luz del sol era mortecina. Podríamos hacer cábalas sobre la cena cuando terminase. Llamé a Dietz y le dije lo que iba a hacer. con una población inferior a mil quinientas almas. uno de esos informativos interminables y saturados de anuncios. Marcella estaba a unos ciento cincuenta kilómetros en dirección norte. Al final de las noticias. casi todo compuesto por coches de un solo pasajero y algún que otro vehículo de caballos que probablemente se dirigía al valle de Santa Inés. dejando un cielo azul pálido y veteado de restos de una neblina tan algodonosa como una bandada de patos volando. Según la ley enda. Puse gasolina al VW y me dirigí hacia el norte por la 101. Eran sólo las nueve y media. En las afueras de Santa María tomé la Nacional 166 y recorrí unos seis kilómetros por el tramo de dos . No había llovido mucho y las colinas parecían cerros romos de color paja apagado. que quedaba al norte. Oí la televisión al fondo. Abrí el cajón inferior del escritorio y saqué el mapa de California.

donde el clima parece cambiar tan poco. Puede que el campo se reservara para los ranchos. El VW dio un bandazo a la izquierda. tres moteles. la arrastró de costado cuando pasó y le dio su actual orientación este-oeste. En un cruce de carreteras vi una discreta señal. La tierra que rodeaba el pueblo parecía estéril. De una ventana colgaba un anuncio de Budweiser. la placa del Pacífico puso la zancadilla al extremo sur de esta cordillera hace muchos millones de años. los terremotos traen consigo las situaciones dramáticas que los tornados y los huracanes producen en otros lugares. pero el clima parecía estar coqueteando. una película.direcciones que discurre paralelo al río Cuy ama. La falla de San Andrés se cruzaba con la de Santa Inés por aquella zona. No había edificios con más de dos plantas y las estructuras que vi fueron un almacén general con barrotes en las ventanas. un hotel. como otras montañas de la costa. Junto al bordillo habían plantado alguna palmera y algún que otro enebro. El único bar estaba en un edificio que parecía haber sido una oficina de Correos en otro tiempo y que ahora estaba despojado de toda función oficial. En California. y Lobo Blanco y Garlock no estaban lejos. la corteza terrestre estaba tan agrietada como una calavera. Marcella crecía a la sombra del monte Los Coches. Mientras conducía me fijé en la invisible presencia de la gran falla de San Andrés. Una vez me pilló al volante un ligero terremoto y fue como si me hubiera adelantado un camión de dieciocho ruedas a toda velocidad. engañándonos con nubes altas y un asomo de brisa. ¿Qué hacían los habitantes de Marcella para ganarse la vida y por qué se habían instalado allí? No había otra población en varios kilómetros a la redonda y la actividad comercial del lugar parecía concentrarse en el consumo de cerveza y la siesta. Según la teoría. Se cree que las montañas de aquella parte del estado corrían antaño de norte a sur. como si de repente fuera absorbido por el vacío. la fractura de mil quinientos kilómetros que serpea por la costa de California desde la frontera con México hasta el nudo ferroviario próximo a Mendocino. giré hacia el sur y entré en Marcella. En los valles y cañones la tierra olía a seco y ante mí se elevaba una cadena de colinas peladas de color pardo. Habían prometido que llovería. Quizá la gente viviera allí para huir del . una agencia inmobiliaria y una gran casa victoriana rodeada de andamios. Allí el calor del sol de enero era débil. Las calles constaban de seis carriles y había muy poco tráfico. un gimnasio o un vestido de novia tenía que ir hasta Santa María o más hacia el norte por la 101. la minería o las carreras de coches. Quien quisiera comida rápida o piezas de recambio para el coche. Bajo las delgadas capas de granito y sedimentos marinos. hasta Atascadero y Paso Robles. la costura por donde la placa del Pacífico y la placa continental se vienen empujando desde que el mundo es mundo. quien necesitara una receta médica. No había visto nada que ni siquiera de lejos se pareciera a un naranjal o a un campo arado.

La superficie del patio era de arena blanca con un ribete de hierba parda alrededor. —Ah. Me di la vuelta y me quedé atónita. Vi una estación de servicio en una travesía y me detuve. pero no era lo que se dice mentir. Estoy buscando a un amigo que se llama Guy Malek. En el enrejado que ocultaba las ventanas de la izquierda no había más que una sola parra. voy a llamar. Y seguro que me hacía amiga de Guy cuando le contara lo de los cinco millones. llame —dijo. un surtidor de gasolina y un rótulo demasiado desgastado para descifrar su contenido desde allí. El portillo estaba abierto. Me alejé de la estación de servicio y crucé la carretera. —Ya. Era flaco. la televisión por cable y la electricidad. Aquello era irse por las ramas. Bueno. Subí los peldaños de madera y llamé al ruinoso cancel de tela metálica. sí. Metí el coche por el portillo y aparqué en un alargado tramo de tierra que tomé por el sendero del garaje. un viejo autobús escolar de color amarillo. El joven no dijo nada. El suelo del porche se puso a temblar como si alguien se moviera por el interior de la casa. Miré por encima del hombro. pero señaló con un dedo trémulo como el del Fantasma del Pasado Navideño. —Hola —dije—. —Llame. un cobertizo. pero no me dijo cómo llegar. —¿No está? —No. La puerta de la casa estaba cerrada y no había señales de vida. mucho tiempo. y parecía salido de algún antiguo episodio de En los límites de la realidad. a lo largo de la fachada corría un porche de madera. que subía retorciéndose por los agujeros de la madera como una boa. —¿Por ahí detrás? —Esa es la casa. tenía ojos claros. El enrejado de la derecha había caído bajo el peso de la vegetación seca y pardusca. Del alero salían varios cables que conectaban a los habitantes de la casa con el teléfono. La puerta se abrió y me . gracias. ¿Sabes si está en casa? —No. Detrás de un portillo de tela metálica vi una casa pequeña. un granero de bloques de metal ondulado que se curvaba hacia fuera por las junturas. Creo que vive en alguna parte de la Nacional I. No lo he visto hoy. Bien. Había una ligera capa de polvo por todas partes. Bajé. no lo sé. El joven que salió rondaba los diecisiete años. Bueno. como si la propiedad estuviera expuesta a los vientos que llegaran de alguna fundición. Una cerca de alambre rodeaba la propiedad. La casa era de madera y de una sola planta. el pelo afeitado por encima de las orejas y los dientes amontonados. y había sido pintada de blanco hacía mucho.bullicio de San Luis Obispo.

investigadora privada de Santa Teresa. El pelo parecía más oscuro y liso que en la foto del instituto. y o le habría echado treinta y tantos. Sacudió la cabeza. Se abofeteó las mejillas. Nunca pensé que llegaría a importarme. Llevaba un pantalón de peto sobre lo que parecía un mono de vestir. —¿Es usted Guy Malek? Su sonrisa era vacilante. Su ángel bueno. Me ha cogido usted por sorpresa. —Sí. pero me temo que sí me importa. pellizcándose los párpados con los dedos de una mano. Lo siento. como si me hubiera visto antes y deseara recordar mi nombre. y boca generosa. no representaba en absoluto su verdadera edad. —¿La ha contratado mi familia? —Pues sí —contesté. Vi que se le movía un músculo de la mandíbula. Estaba a punto de ponerse una cazadora vaquera cuando abrió la puerta y se detuvo para arreglarse el cuello antes de decir: —Hola. Consulté en la Jefatura de Tráfico y salió su documento de identidad californiano. Siempre deseé que enviaran a alguien. el fuera de la ley. Desaliño aparte. riéndose de vergüenza. —Le di una tarjeta. Tenía el cutis claro y buen aspecto. Guy la ley ó. tratando de recuperar la compostura—. nariz pequeña y recta. pero no me estrechó la mano. La sonrisa se desvaneció. pues el tiempo parecía limitarse a hacer unos cuantos ajustes menores en su belleza. pero y a había abandonado toda esperanza. Las mujeres no pueden resistirse a un hombre que necesita que lo salven. dándole un aire de serenidad. nadie habría dicho que aspirase.encontré cara a cara con el que suponía que era Guy Malek. pero sus rasgos aún eran infantiles: ojos caqui rodeados de largas pestañas. De adolescente. Resultaba curioso que sus hermanos hubieran madurado de una forma tan diferente. A los cincuenta y a los sesenta tendría sin duda el mismo aspecto. La edad le había dibujado patas de gallo alrededor de los ojos y la piel de la mandíbula le estaba empezando a colgar. Aparte de llevar barba de tres días. esnifara o hiciera circular sustancias ilegales. había acabado por dominarlo. Aquel hombre me gustaba más que sus hermanos. pero me dijeron . —Vay a —dijo. Debió de haber sido atractivo por estar tan necesitado de redención. Guy Malek había sido tan indeseable como cualquiera de nosotros. Estaba a punto de pronunciar un informe diplomático sobre la muerte de su padre cuando vi que las lágrimas le asomaban a los ojos. empañando el verdor claro de su mirada. por lo visto. Me miró a los ojos y se puso rígido. La suy a estaba tan sucia como la de un mecánico. ¿Cómo me ha encontrado? —No fue muy difícil. —Soy Kinsey Millhone. Era el malo. Llamé a información de la telefónica. autodestructivo. un bala perdida. Alzó la cabeza parpadeando y respiró hondo antes de volver a dedicarme su atención.

cazos. Me senté en el borde. —Me alegro de saberlo —comenté. aunque había malinterpretado el objeto de mi visita. y a me habrían encontrado si les importara. revistas y utensilios. y sabía que serían hostiles si la verdad salía a flote. El interior consistía en anchos y bastos tablones del suelo inacabado y ventanas que no cerraban bien. dejar que se llevara una impresión falsa sería demasiado humillante para él. —No sabe usted cuánto he rezado porque sucediera —dijo con boca temblorosa. Tengo que estar en un sitio dentro de poco. Y y o no paraba de decir: « Hombre. Señaló un ajado y giboso sofá con un muelle asomando entre los cojines. ¿no?» . Me miraba de manera intermitente. —Es de un amigo. Tengo un cuarto de baño auténtico —dijo. Mi incomodidad se debía a que Guy Malek pensaba que su familia me había encargado su búsqueda por razones sentimentales. Tome asiento. Acercó una silla de madera y se sentó frente a mí. decía. Yo sabía cuáles eran sus verdaderos sentimientos. —¿Quiere una taza de café? Es instantáneo. Guy se dio cuenta de mi desconcierto. Se miró las manos y empezó a doblar el pañuelo—. conservas y herramientas. devolviéndole la sonrisa. Fuera cual fuese el resultado de nuestra conversación. en el caso de que los hubiera. sí. En todas las superficies había montones de ropa sucia. . esperando no dañarme seriamente las partes pudendas. Me sorprendió que sus circunstancias se parecieran tanto a las mías. Había un montón de neumáticos usados en un rincón y una taza de WC que no parecía desaguar en ningún sitio. —Con mucho gusto —dije. El pastor de mi iglesia… juraba y perjuraba que pasaría si era lo que tenía que pasar. Había muebles viejos. —No puedo pagarlo —dijo—. Había algo conmovedor en su franqueza. ¿Quiere entrar? —Sus modales eran torpes y parecía inseguro de sí mismo. Debatí rápidamente conmigo misma y decidí que era mejor ser sincera con él. pues ambos parecíamos esforzarnos por asimilar conexiones familiares rotas. gracias. sin fijeza. No se disculpó por las lágrimas que seguían corriéndole por las mejillas.que no estaba dado de alta y deduje que no tenía teléfono. probablemente recogidos en los basureros municipales de la población. ¿Iba a salir? —¿Qué? Ah. —No. sonriendo con timidez. Dio un paso atrás para dejarme entrar y accedí a una habitación que era como había esperado que fuese. Era absurdo rezar si no era la voluntad de Dios. Sacarle del error hacía que me sintiera fatal. pero no es malo. pero no se preocupe. sartenes. También había algo parecido a aperos agrícolas cuy a función no estaba del todo clara. secándose los ojos de vez en cuando. —Sacó un pañuelo y se sonó la nariz. Al menos él daba gracias por su suerte. Sentí que los nervios me invadían el pecho. libros.

Esbozó una leve sonrisa. —Si se había dado cuenta de que iba a heredar dinero. ¿Qué más? —¿Qué más? —¿Hay más noticias? —En realidad no. Quien ha puesto en marcha el proceso es la albacea. —Bien. A mí me contrataron ay er. no lo manifestó. Está aquí cumpliendo una misión oficial y eso es todo. Se quedó en silencio un momento. —Mire. hay que notificárselo. —¿Papá contrató a una mujer? No era propio de él. Sólo Donovan. —No es culpa suy a —dijo—. Según la ley. Donovan dirige la empresa y tengo entendido que es la tercera compañía constructora más grande de California. comprendiéndolo de repente. Creo que sufrió un ataque al corazón y además se le había declarado un cáncer. —O sea que no es probable que mi padre preguntara por mí. estoy segura. No sé el día exacto. —Lo siento. —Necio de mí —dijo—. ¿no? —Más o menos. Observé que sus mejillas se teñían ligeramente. —No. Su expresión había cambiado por completo. La abogada fue a la escuela con su mujer. Le traigo malas noticias —dije. Guy. mirando al vacío. Donnie siempre estaba obsesionado por el trabajo —dijo—. —¿Y Bennet y Jack? ¿Están casados? —Dijo sus nombres como si hiciera años que no los pronunciaba. . Sabe mucho más que y o sobre las circunstancias de su muerte. creo. —Me gustaría ay udarle. —Bien por él. ¿Ha hablado con los otros dos? —Brevemente. Pensaba que la había enviado alguien a quien importo un comino. pero no me dieron detalles. Había pasado muchos tragos amargos y supongo que el cuerpo acabó tirando la toalla. sabe si fue quien preguntó por mí? —No tengo la menor idea. Christie y él aún no tienen hijos. Es posible. Se volvió hacia mí. pero quizá no lo sepa nunca. ¿Fue él…. —¿Ha muerto mi padre? —Hace dos semanas. —Ah. dado que es uno de los beneficiarios. Puede preguntar a la abogada cuando hable con ella. la verdad es que es más complicado. No me sorprende —dijo—. —La contrató Donovan. Lo que al principio había sido alegría se había transformado en dolorosa comprensión.

Miró a su alrededor. Me dijeron que se metió en muchos problemas. —Quizá cambien las cosas ruando hable y o con ellos. Hasta que me di cuenta de que no me los iba a quitar de encima. pero tampoco necesito mucho. sonriendo con amargura. ¿Cuánto hace? ¿Dieciocho años? —Más o menos. —Miró el reloj—. —¿Y ha estado aquí desde entonces? —No siempre —dijo—. Estaba tan colocado que ni siquiera sabía lo que hacía. . Ni ellos de mí ni y o de ellos. pero me da la impresión de que no están en realidad interesados por mí. Pintar. volvía a las andadas. —Corríjame si me equivoco. Fue entonces cuando tomé partido y encontré a Jesús en mi corazón. —¿Adónde fue cuando se marchó? ¿Le molesta que se lo pregunte? —¿Por qué iba a molestarme? No tiene tanta importancia. Me convenció. Dio un giro total a mi vida. Estaban pegados a mí como la cola. No importaba lo que hiciera. bueno. chapuzas en general. ¿Qué más puedo decirles? ¿Trabaja usted? —Claro que trabajo. —Si no. —Es verdad. No tengo coche. La abogada dijo que tenían que hacer esto y por eso lo hacen. Ya sabe…. esas cosas. me emborrachaba y huía…. —Supongo que no. Escuche. Mantenimiento de la iglesia y. Lo que haga falta. —¿Y nunca se puso en comunicación con su familia? —pregunté. La casa no es mía —dijo—. estaría muerto. pero trabajo lo suficiente para proveer a mis necesidades básicas. —Tampoco mi familia me ha buscado a voces. fontanería. pero Peter y su mujer siempre me encontraban y me hacían volver. por lo que parece desde su perspectiva. nadie pensaba realmente que pudiera dar con usted. —Ha cambiado usted mucho. no quiero apremiarla. así que lo que recuerdan de usted no es precisamente agradable. si vamos a eso. pero sí una bicicleta que me lleva casi a todas partes en un pueblo de este tamaño. No fue cosa de corregirse y y a está. pero es probable que sea por la situación vigente cuando se fue usted. ¿Es así? Quiero decir que ninguno de los tres vibra de amor por mí. —Bueno. —Parece que sabe salir adelante sin ay uda. La Iglesia me proporciona alojamiento. Me lancé a la carretera e hice autoestop. pero soy el único que lo hace. La cagué más de una vez. reparaciones. con la cabeza en las nubes de tanto ácido. no tengo mucho. Me dirigía a San Francisco. Casi todo por el precio mínimo. electricidad. —Además. No ha sido suficiente. El individuo que me recogió era un predicador contratado por una iglesia que está a kilómetro y medio de aquí. así que tengo faena. Comida y algunos aparatos. Negó con la cabeza.

Se sentó en uno de los bancos delanteros y vi que miraba a su alrededor. Cogimos la 166 y fuimos hacia el este. Durante un rato mantuvimos un cordial silencio. —Ah. Ladeó la cabeza. ¿Quiere entrar a verla? Si le pagan por horas. estaba orgulloso del lugar.pero tengo que ir a la iglesia. El rótulo rezaba: IGLESIA EVANGÉLICA DEL JUBILEO. Me miró de reojo. —De acuerdo. Al fondo había un púlpito de madera. pero habría dicho que. debería hacer el recorrido completo. —Pare ahí —dijo—. La iglesia era pequeña. un edificio de madera con una única sala. Cada una estaba dividida en seis sencillos paneles de color oro pálido con una inscripción debajo. Usted dijo que era uno de los beneficiarios. —¿Cómo ha conseguido sentar la cabeza? Tuvo que costarle. —Tuve fe en el Señor. Las ventanas de vidrios coloreados no tenían una disposición complicada. aunque Peter dice siempre que el trabajo lo he hecho . Hablaremos por el camino. antaño de asfalto. ¿Puedo llevarlo? —Gracias. —Hablaba con ligereza. Los gladiolos blancos del último domingo estaban por todas partes. No lanzó ninguna proclama. le enviará una nota comunicándole lo de la herencia. A la derecha. El firme. Gracias por su tiempo. Estoy seguro de que Donnie puede permitírselo. Tasha Howard. —La iglesia se incendió hace unos diez años. Sacó un manojo de llaves y entramos. —No lo entretengo más. en el límite de un prado. Pensaba que necesitaba algo de esas personas. Aparqué y bajamos del coche. se había reducido a grava suelta y veía por el espejo retrovisor el revoloteo del polvo blanco. —¿Para qué la han contratado entonces? ¿Para encontrarme y hacer un informe? —Aproximadamente —contesté—. por su forma de comportarse. Lo había olvidado. me indicó cómo volver a la autopista. —Señaló el cruce que se acercaba y giré a la derecha por una pequeña carretera comarcal. Una vez en el coche. —¿No le interesa? —No especialmente. La iglesia estaba un kilómetro más allá. Vacilé un instante. Había algo en su aspecto anónimo que irradiaba bondad. un órgano y tres filas de sillas plegables para el coro. —No se preocupe. No intentaré convertirla. tal vez para ver el lugar desde mi punto de vista. Ahora que tenemos su dirección. La congregación la reconstruy ó desde los cimientos. casi con burla. pero resulta que no. es verdad. a la izquierda de una tribuna alfombrada. la abogada.

Quiero decir que haber nacido de nuevo no significa que hay a bajado mi coeficiente intelectual. Es difícil pensar en eso ahora. El reformatorio no me importaba mucho. No estoy culpando a nadie. Sonrió con humildad. —Sí. ni siquiera de niños…. No encontraba sentido a las normas. pero es una realidad que está ahí. con el aturdimiento de las mentes jóvenes. Comparaba las enseñanzas religiosas con la corrupción intelectual. Generación de víboras. Era un maníaco. Vay a. esperando que alguien me dijese dónde estaban los límites. nunca fuimos a catequesis o a la iglesia. No lo entiendo. Es como si la gente pensara que como vas a la iglesia no puedes ser inteligente. sin valores de ninguna clase. Deme un pisotón y le diré de todo. Antes siempre estaba oscilando en el borde. todo eso. Donovan dice que pasó más tiempo en el reformatorio que en casa. me ponía histérico por cualquier cosa. Creía que la droga era la forma más rápida de conseguirlo. No sé qué significaba esta expresión para ellos ni qué entendían al respecto. No tomar el nombre de Dios en vano. no voy al baile. estaba descontrolado. Creo que esperaba que al final mis padres dijeran basta. Crecí sin una orientación. pero nunca hablaban de Dios ni de la fe ni de sus creencias religiosas. en estado salvaje. Como si fuera una enfermedad o algo parecido. Pero ¿sabe una cosa? Mi padre era demasiado blando. y a lo sé. Usted debía de conocer las ley es. —El caso es que fui criado sin una orientación moral. Tenía problemas conmigo mismo y de identidad. . sí. De vez en cuando me tomo una cerveza. De esta vez no pasa» . » A mis padres no les gustaba la “religión organizada”. No bebían ni me pegaban ni nada por el estilo. —Para mí. Me sentía mal y quería sentirme mejor. No he tocado las drogas ni la bebida fuerte desde hace quince años. eso está bien. pero casi siempre evito las blasfemias. y a que cada vez que infringía alguna acababa en el juzgado. que me parece que no. —Hay gente que piensa así —dije. Simplemente fue así. Mis padres eran buenas personas. Recuerdo que tenían un libro de un tipo llamado Philip Wy lie. Al menos estaba con chavales tan estropeados como y o. —Pero. suponiendo que tuvieran alguna. Que dijeran: « Hasta aquí hemos llegado. Seguí cruzando la frontera. pero no puedo imaginarme haciéndolo. no juego a las cartas. Sé lo que me pasaba. no blasfemar…. siempre tenía problemas con la ley. Quería sentirme bien. Quiero decir que sé lo que hacía. —Estoy segura de que no. pero no fumo. —Bueno. así que me las saltaba. Mis hermanos y y o…. Lo he pensado mucho y es la mejor explicación que he encontrado. por lo que he oído.y o —dijo—. pero les enorgullecía comprobar que ninguno de nosotros estaba a su merced. —Es verdad y ahí está lo extraño.

A estas horas estarán en la cocina preparando la cena para el estudio bíblico del jueves por la noche. Cuando me echaba durante unos días. Según mi biblia particular. Me gustaba aquello. navegando en círculo. Guy se rio. Pero ¿a qué se refería? ¿Qué tenía que comprender? No me daba pistas. Los adornatapias eran los alumnos que se sentaban en lo alto de una tapia que había detrás de los terrenos de la escuela. —No sé si era fantástico. —¿Dónde estudió? —En Santa Teresa. —Bueno.Gritaba por todo. supongo. Me movía con tipos marginales. incluso cuando me expulsó de casa. —¿Una adornatapias? —Completamente —respondí. Mucho tabaco. Hacía novillos. Yo era la rara y ellos también. Carecía de timón. Fui policía antes de ser detective. Lo seguí por el pasillo central hasta una puerta que había al fondo. pero es lo que hacía. hijo. Era como un barco a toda máquina y sin ruta. No quería que nadie me convirtiese. Todos los de mi clase eran niños bien. —¿Cómo sentó usted la cabeza? —¿Quién dice que la hay a sentado? Se puso en pie como si hubiera tomado una decisión. pero y o no. ropa extravagante y pelo teñido con agua oxigenada. el exceso de virtud es tan fastidioso como la depravación. —¿No se burla? ¿Bebía y fumaba droga? —Entre otras cosas —dije con modestia. me gustaba aquella gente —dije—. ¿Qué? —No sé. ¿Sabe lo que quiero decir? —Claro que sí. Yo también era una colgada en la época del instituto. Se echó a reír. Por dentro sentía y a los primeros movimientos de resistencia. no hacía más que decir: « Medita lo que has hecho. Sonrió. Vuelve cuando lo comprendas» . . —Diga. —Vamos a la vicaría y le presentaré a Peter y a Winnie —dijo—. es fantástico. Era una salvaje.

Seguí a Guy por el patio. El aire olía a sofrito de cebollas y apio. 6 La vicaría estaba situada en la propiedad de al lado y consistía en una destartalada casa de campo de madera blanca. curtida por los elementos y flanqueada de bancos donde imaginé clases dominicales de catequesis y cenas parroquiales durante los meses de verano. Sus ojos azules me sonrieron bajo unas cejas blancas y desiguales. El horno de la iglesia ha estado haciendo otra vez de las suy as. Peter era un sesentón medio calvo. Winnie. Detrás de la casa había un granero grande y rojo. Nos miró con placer cuando entramos. —Se dio la vuelta y me miró. —Será la ignición electrónica. Las bandejas del horno de su derecha estaban cubiertas de filas de discos perfectos de masa listos para cocerse. Con la pálida luz del sol que entraba por la ventana parecía que de la pelusa blanca de la coronilla le saliesen llamas. —Guy parecía pendiente de sí. había varias sillas plegables de metal en semicírculo. con una corona romana de pelo canoso que bajaba por las patillas y le envolvía la mandíbula con una barba recortada y unida al bigote. Lo mismo se enciende que se apaga. como para calentárselas—. con un garaje adjunto. Fuimos a las escaleras traseras y entramos en la cocina. Le echaré un vistazo. de una sola plaza y hecho un asco. de dos pisos. al pie de un inmenso roble virginiano. Tenía a un lado un porche cubierto y notablemente inclinado. Menos mal que eres tú. Guy. con contraventanas verdes y un cochambroso tejado de tablas verdes interrumpido por buhardillas. Os presento a Kinsey Millhone. En aquel momento estaba amasando pasta de bollería. —Ah. Se frotó la nariz y luego se metió las manos en los bolsillos del mono. Al lado había una mesa rústica. . Peter tenía la piel rojiza. una investigadora privada de Santa Teresa. como si un terremoto hubiera aflojado los cimientos de hormigón. Tanto la casa como el granero necesitaban una mano de pintura y advertí que la luz del sol se filtraba por los agujeros del tejado. Me preguntaba si estarías aquí todavía. Peter Antle y su mujer. inclinando la cabeza hacia el ministro y su señora mientras hacía las presentaciones—. Llevaba un jersey de cuello alto rojo debajo de otro ribeteado de verde. En el patio.

Siempre trata de endosarle el trabajo a quien sea —dijo con una rápida sonrisa—. cómo me las había apañado para localizar a Guy y qué sabía de su familia. Estaba cortando verduras para hacer sopa y tenía y a un montón de discos de zanahoria en el mármol de la cocina. —Espero que no te hay as metido en ningún lío. —¿Es verdad eso? —preguntó Pete—. —Estoy bien —repuso Guy. pero nunca envié ninguna. Tienes que vigilar a este hombre. Hace muchos años que perdió el contacto con su padre. ¿Qué tal se te dan los bizcochos caseros? ¿Tienes ganas de trabajar? —No. Pensaba que tendría tiempo. —Sin duda le llegó su hora. —Si no tienes ganas de trabajar hoy. Parecía dirigir sus comentarios hacia mí y su tono era nostálgico. Tenía los ojos pardos. se mirase como se mirase. Guy murmuró la explicación. Vi dos ramos de apio y varios pimientos esperando el relampagueante cuchillo. Pete… —Y se le quedó mirando. Nos las arreglaremos. cuy as anteriores emociones estaban y a bajo control. al parecer avergonzado de ser el portador de tan malas noticias. castaño y corto. una sonrisa abierta y los dientes muy blancos. otra vez incómodo por ser el centro de la atención. —Hola. sonaba…. Hemos hablado a menudo de una posible reconciliación. No le hagas caso. . Vay a. el pelo. tejanos y un largo chaleco de punto que le cubría las anchas caderas y el amplio trasero. me entristece saberlo. —Encantado de conocerte. Al mismo tiempo vigilaba una cacerola llena de verdura que hervía alegremente. —Mi padre ha muerto. Vestía una camisa de hombre. Cada vez que intentaba explicarme. no sé. —No sé cuántas cartas he llegado a escribir. que no era mucho. La albacea le encargó que me localizase. Mis habilidades domésticas dejan mucho que desear. gracias —contesté—. Kinsey. Te estrecharía la mano. algo grandes. pero no creo que te gustara. puedes irte —dijo Winnie—. Estaba a punto de insistir cuando su mujer dijo: —Vamos. Quiero decir que no era un anciano. Peter y Winnie concentraron toda su atención en Guy. Guy cambió el peso de pierna y se apoy ó en el mármol con los brazos cruzados. hasta que descubriera qué era lo que quería decir. —Su sonrisa era desenfadada y estaba claro que realmente no esperaba que Guy tuviera algún problema. ¿Qué te trae por aquí? Peter miró a Guy. lo llevaba peinado hacia atrás. Finalmente lo dejé. inadecuado o torpe. —Me miró—. Pasamos unos minutos intercambiando información. Con una cosa así no se discute —dijo Peter. Winnie Antle parecía andar cerca de los cincuenta.

construidas todas con los mismos planos. Winnie no quería que me detuviera. Sin pretensiones. Ya tiene mi tarjeta. —¿Qué piensas hacer? ¿Volver a Santa Teresa? Tal vez hay a llegado el momento de que te sientes con tus hermanos y habléis del pasado. Peter cabeceaba. ¿Le parece que la llame dentro de un par de días? —Ningún problema. Si no estoy en la oficina. —Saqué otra tarjeta y escribí al pie el nombre de Tasha Howard—. y me fui. pero creo que en este asunto tengo algo que decir. Rodeé la manzana y recorrí las escasas calles residenciales. llame al otro teléfono y atenderán la llamada automáticamente. Casi todas las casas estaban destartaladas y mostraban un aire deprimido. Llevábamos a los dos niños en el asiento trasero y pensaba que acabaríamos engrosando las estadísticas de homicidios. Kansas. Los exteriores estaban pintados en tonos pastel. de paredes estucadas y sin aleros. —Yo también lo espero. Podría concertar una cita y tener una charla con ella. visiblemente apenado por las noticias que traía. Le estreché la mano. Sé que no la han enviado para rogarme que vuelva. A Winnie y mí nos habían llamado de esta iglesia y vinimos a California en coche desde Fort Scott. Al pasar por delante del autoservicio del pueblo. Pete miró a Guy. La primera vez que lo vi su aspecto era lamentable. Y allí estaba Guy. pero a mí me pareció más bien digno de lástima. Pequeño y tranquilo. murmuré ruidos de cortesía hacia donde estaban Peter y Winnie Antle. estructuras de una sola planta. Ahora no recuerdo su teléfono. Necesitará que le aconseje un abogado. Las casas eran pequeñas. en el arcén de la carretera y con un cartel que decía SAN FRANCISCO. de aclarar viejos asuntos. —Han pasado muchos años —dijo Winnie. —Guy es uno de nosotros. —Me miró—. colores claros de huevo de Pascua rodeados de hierba invernal tan seca como el papel troceado. en dirección a la carretera principal. Supongo que sí. Espero que todo salga bien. Tiene la oficina en Lompoc. . Recorrí de nuevo la calle principal de Marcella tratando de calar en el espíritu del lugar. Si tienen ganas de sentarse conmigo —dijo Guy —. Le doy las gracias por haber venido —dijo Guy —. Creo que todavía no estoy preparado para tomar una decisión. Sólo vi un inquilino. —No sé. Chicos con los ojos quemados por quedarse mirando al sol completamente drogados. como creo que les llamaban. los porreros y los ciegos de ácido. No está lejos. Habíamos oído toda clase de rumores sobre los hippies. Tenía los ojos de un rojo brillante y le giraban en las órbitas como canicas calientes. Es la abogada. Así ha sido mucho más personal. Llame a información y allí le dirán su número. vi un rótulo en el escaparate anunciando bocadillos recién hechos. Hasta entonces me voy a casa —dije—. Quería estar a la moda.

Rompió un pedazo de la cinta de papel de la caja y me lo dio. Manifestó poca curiosidad por saber quién era y o o por qué había ido a visitar al pastor y a su mujer. entré y pedí uno de pan de centeno con ensalada de atún a la mujer que había tras el mostrador de comestibles del fondo. Me recordaba a Jack. Uf. Comí mientras conducía. —Gracias. Le di un billete de diez dólares y lo metió en la caja registradora. Digo y o que siempre cabía la posibilidad de que el pastor y él fueran unos impostores astutísimos que hubieran preparado un montaje para cualquier forastero que apareciese. Hablamos de trivialidades mientras preparaba el bocadillo y me envolvió los variantes en un trozo de papel encerado. A mí me gusta salir a bailar. Donovan y Bennet habían salido a uno de los progenitores. mientras que Guy y Jack habían salido al otro. había escapado a mi percepción. pensando que así cubría todos los grupos nutricionales necesarios. empuñando el volante con una mano mientras mordía alternativamente los variantes y el bocadillo de atún. Hasta que rebasé Santa María y tomé la 101 en dirección sur no reparé en que Guy Malek no me había preguntado a cuánto ascendía su parte de la . satanistas o forajidos en moto. Había olvidado preguntar a Guy por el nombre de soltera de su madre. para que el pan. Demasiado tranquilo para mi gusto. no se reblandeciese. como si la emoción de la ropa de segunda mano fuera superior a sus fuerzas—. aparqué. —Cuídese. pero a fe mía que no veía ni creía que hubiera nada siniestro en marcha. contando siete billetes de un dólar y la calderilla. —Por favor. Usted también —dije. — Se abanicó cómicamente. su color y sus rasgos eran muy parecidos. pero no tenía ninguna duda de que era quien decía. A mis espaldas había un par de clientes recorriendo los pasillos con los pequeños carros de la compra. —Parece un pueblo agradable —comenté cuando me alargó el bocadillo por encima del mostrador. que también masticaba. no dejé de valorar la transformación de Guy Malek ni su actual asociación con los Evangelistas del Jubileo. —Si le gustan los pueblos así —replicó—. Nadie se volvió a mirarme ni me prestó la menor atención. Mencionar a Guy Malek no produjo silencios incómodos ni confidencias espontáneas sobre su historia pasada o su carácter. pero lo mejor que tenemos aquí es una tómbola de vez en cuando. Por el precio de este me habían dado además una bolsa de patatas fritas. ¿Quiere el tíquet? —dijo. según dijo. A pesar de ser escéptica.Movida por un impulso. Le conté que acababa de estar en la iglesia. pero mi marido nació aquí e insistió en que viniéramos. Si la bucólica Marcella era el cuartel general de alguna secta de neonazis.

Dietz hizo la cena aquella noche. Llegué a Santa Teresa a las dos y sin contratiempos. pero la clientela no. Como había vuelto antes de lo previsto. pero el tema no había salido a colación y y o había estado demasiado ocupada valorando su situación para el informe que tenía que presentar a Donovan. patatas fritas y salchichas fritas. y preparé una factura por los servicios prestados. la cantidad de californianos fumadores ha ido disminuy endo sin cesar. Las mesas de Formica y cromo son de una casa de muebles de segunda mano y los reservados que forran las paredes son de chapa manchada de oscuro y encima astillada y con rudos mensajes garabateados. ¿Era esto lo que hacían las parejas por la noche? Lo que recordaba con may or claridad de mi vida bimatrimonial era el conflicto y la tristeza. mecanografié las notas y las metí en el expediente. Bueno. Fin de la historia. así que la calidad del aire había mejorado. a menos que nos hay amos vacunado contra el tétanos hace poco. mientras Dietz leía el periódico de la tarde. no la vida cotidiana. pero sí inquietante para una persona no acostumbrada a la compañía. con elevadas dosis de ajo en polvo y pimienta roja. Sólo dos solteros consumados podían comer aquello e imaginar que alimentaba. me dirigí a la oficina. Recogí el coche. El local de Rosie había sido un refugio para los bebedores locales que querían empezar temprano y quedarse hasta la hora de cerrar. uno en el bufete de Tasha y otro en el contestador de la casa de los Malek. los cubiertos y los vasos y de frotar la sartén. de fregar los platos. El restaurante de Rosie está mal iluminado. es un anticuado establecimiento de barrio que lleva aquí un cuarto de siglo. me dije. a la que añadí el tíquet del bocadillo de atún. A las ocho fuimos al local de Rosie y nos sentamos en un reservado del fondo. una bandeja con cebollas fritas. Dejé dos avisos telefónicos. Sin duda habría tenido que decírselo y o sin que me lo preguntara. junto con pegotes de una mostaza pardusca y granulada que quemaba la lengua. Con el paso de los años. no desagradable. los kilómetros recorridos y gastos varios.herencia. Al día siguiente lo pondría con el informe del hallazgo y enviaría una copia a Tasha y otra a Donovan. Últimamente es famoso por los equipos de deportistas aficionados que acuden en masa después . El tema de los beneficios lo consideraba al parecer secundario. emparedado entre una lavandería automática y un taller de reparaciones de electrodomésticos. Su atención emocional se había concentrado en la muerte de su padre y en la pérdida de la oportunidad de hacer las paces con él. Deslizar el trasero por los asientos es un acto de imprudencia temeraria. Suponía que Tasha se pondría en contacto con él y le explicaría los detalles. Aquello era demasiado casero…. sin multa. Calculé las horas invertidas. Yo me encargué de recoger la mesa. Al menos habría podido decirle lo que le tocaba aproximadamente. del lugar prohibido donde lo había dejado y me fui a casa sintiéndome en términos generales satisfecha de la vida.

tuve una visión repentina: una larga cola de féminas donde y o ni siquiera estaba en el pelotón delantero. —No quiero acostumbrarme a ti. y él me contó detalles de su estancia en Alemania. y menos en plural. Casi echaba de menos su charla ininteligible. Es mala política. una versión estropajosa de una variedad californiana que Rosie. tan parecido a una calentura que me pregunté si no me habrían contagiado la gripe. le hablé de la boda de William y Rosie. hasta el día siguiente y al camarero de la barra no lo había visto en mi vida. enlazando los dedos con los míos. Robert Dietz empezaba a parecerme guapo y no sabía bien cómo afrontar aquello. Dietz se tomó un par de cervezas y y o un par de vasos del mejor Chardonnay de tapón de rosca que había en la casa. Por decir algo. compraba a granel. lista para soltar la lengua. menos inhibida de lo normal. Yo duermo abajo. Me reí. Eres de las pocas que parecen tener algo de interés —dijo sonriendo ligeramente. pero la situación no era graciosa y los dos lo sabíamos. Los habituales. —Buena pregunta. Junto con la atracción experimentaba un ligero pesar. Ahora unas palabras para los listos: en medio de una conversación tierna con una mujer. No podría subir las escaleras ni aunque mi vida dependiera de ello. —¿Qué estamos haciendo? —pregunté. —Muchas mujeres no pueden acostumbrarse a mí. habían tenido que emigrar a otros bares.de cada partido importante. Hemos cenado. Rosie se había ido. Puse la mano en la mesa y la cubrió con la suy a. no se os ocurra mencionar a otra…. llenando el aire de voces estridentes. Mi rodilla está tan mal que no corres peligro de sufrir ataques indeseados. risas y patadas en el suelo. como una tortuga que se encuentra con un perro. Me sentía blanda y relajada. Sentí que mi sonrisa se desvanecía y me quedé en silencio. Hemos tomado unas copas. Tú duermes arriba. En el minuto en que lo dijo. En cierto momento me puse a tiritar y Dietz se me quedó mirando. Dímelo tú —dijo. es decir. —¿Qué he desenterrado? No hemos hecho nada. —¿Estás bien? —preguntó. —¿Por qué has tenido que volver y desenterrarlo todo? Estaba muy a gusto. los cuatro borrachos de ojos legañosos. —¿Eso son las buenas noticias o las malas? —No lo sé. y de mis aventuras en la carretera. Confieso que fue el alcohol lo que me causó problemas aquella noche. ¿Por qué no lo hablamos? Tú primero. Su cara estaba esculpida en sombras y su mirada recorría el local sin descanso mientras hablábamos de naderías. . que nunca molestaba. al parecer. probablemente.

Enciérrame y reventaré la jaula para escapar —dijo—. Tiene que ver conmigo. no quiero ser la causa de tu dolor. Vas a estar aquí cuatro días. ahora me voy. Detesto sentirme atrapado. —No sé cómo decirlo. Nunca he estado en un lugar más de seis meses. Quieres hablar de la muerte. Siempre estábamos de un lado para otro. No puedo fingir que voy a quedarme si sé que no va a ser así. Es la historia de mi vida. pero tendría que ser idiota para dejarme liar otra vez. no te lo discuto. Es lo peor. —¿En qué? —En todo. Soy de familia nómada. He soportado todas las formas de traición emocional que existen. traición. ¿y qué? No me gusta ir por ahí compadeciéndome. Llámalo como quieras. No se castiga la sinceridad. Te escucho y. —Vale. así que dilo. Dietz había puesto cara de compunción. Soy inquieto por naturaleza. estar en un solo lugar es algo opresivo. es verdad. —No sé qué decirte. cuando la verdad es que sabes tanto como y o acerca de lo que vendrá después. ¿Para qué voy a dejarme enredar. —Kinsey. Estoy bien. si nos quedábamos en una ciudad mucho tiempo. No puedo prometer que vay a a quedarme. ¿qué crees que tengo que hacer? No me gusta que me dejen. ¿Qué te hace pensar que pase algo? —No juguemos a rebotar preguntas —replicó—. arrugando la cara con perplejidad. para terminar con el corazón destrozado? Dietz enarcó las cejas. A todo el mundo le ha pasado algo en la vida. —Yo creo que sí —dijo—. Lo que digo es que no quiero verme envuelta en una relación de ahora me quedo. Infidelidad. Bueno. es increíble. Para mí. Soy así. Vivíamos para hacer y deshacer maletas. —No quiero mentir. —¿Pasa algo? —No. mi viejo . Sólo trato de ser sincera. Unas veces por muerte y otras por deserción. —Lo entiendo. ¿Qué sacaríamos con eso? Empecé a sentirme contrariada. ¿Por qué no podemos vivir el momento? ¿Por qué todo tiene que tener un certificado de garantía? —No estoy hablando de garantías. No tiene importancia. —Qué. Quieres que hay a un libro de reclamaciones contra el futuro. —Vamos. Cuando era pequeño. o sea. esta. Siempre en la carretera. créeme. Dilo. Los demás me han rechazado durante toda la vida. Está claro que tienes algo que decir. No tiene que ver contigo. Su expresión se volvió cautelosa. —No quiero. —No quiero que mientas y no te estoy pidiendo que prometas nada.

—¿A qué viene eso? —Es desesperante —dije—. ¿A quién le importa si lloras? Hazlo y y a está. no cambies de conversación. No quiero que quede así. eso lo explica todo. Sabes lo que quiero decir. Terminaba en la cárcel. Yo no me refería a eso —atajó—. Me miró de soslay o. —¿Y me lo dices ahora? —¿Qué? —preguntó exasperado. Estamos ahora en tu intermedio bienal y aquí me tienes mientras dure. —¿Tu propia qué? —No es asunto tuy o —dije—. Al final parezco una llorica y no es lo que pretendía. lo dijiste. estupendo. Fuera a la escuela que fuese. Ni siquiera sé por qué nos molestamos. Dijiste que muy pocas mujeres lo conseguían. Dejemos esta conversación. en el hospital o en la celda de los borrachos de la comisaría más cercana. Emocionalmente claustrofóbico. —Libre por fin —dije. Ya que estamos en ello. ¿Qué significa eso? —Lo que es. Incapaz. —Exacto. —me detuve. Bueno. lo que significa que seguramente estoy condenada a pasar toda la vida con tipos como tú. —¿Yo dije eso? —Sí. —No seas tan susceptible. —Ah. Y tú eres una jaula de grillos. Es estupendo. no estoy orgulloso de mí mismo. Ni siquiera recuerdo haberlo dicho y probablemente estaría hablando de otra cosa. Pero no quiero engañarme ni engañarte. Adopté una expresión de paciencia que a duras penas tenía. —¿Tipos como y o? Qué simpática. No disfruto siendo un culo de mal asiento. Tú no puedes quedarte y y o no puedo irme. y o siempre era el recién llegado y tenía que pelearme en el patio para sobrevivir. El día que nos poníamos otra vez en camino era el más feliz de mi vida.se hundía. —Siempre te preocupa parecer una llorica —dijo—. —Una de las primeras cosas que me dijiste es que querías… ¿Cómo era la frase? « Obediencia sin lágrimas» . —No seas ridícula. —Gracias. No es que no quiera quedarme. sintiéndome como uno de esos perros de los dibujos animados que dan un patinazo en un suelo. Tú llevas el vagabundeo en la sangre y y o he echado raíces aquí. Debería haber cerrado la boca. Así que mientras me sienta atraída por tipos como tú. Es que soy incapaz. Mientras tanto. puedo saltarme mi propia…. Estás perdonado —dije. porque me gusta esto. De todas formas. estoy segura de que sabes cómo entretenerte. Dios todopoderoso. . Desde entonces he intentado con todas mis fuerzas no llorar en tu presencia.

Siento haberlo traído a colación. Eso es psicología barata de California. pero la curiosidad y la codicia se apoderaron de mí. se acabó. pero la herida queda —dijo—. —¿Cómo puedes repetirte si no me has contado nada? Me pasé la mano por el pelo y clavé la mirada en la mesa. Retiro lo dicho. ¿Por qué no se meten en sus asuntos? No me siento cómoda con tantas intimidades. me agarrarán hasta el brazo. —Bobadas. fuera la que fuese. Además. ¿cuál es el problema? —No quiero hablar de eso. Sé que lo lamentaré. no es tanto ella como las otras dos. Tengo que ganarme la vida y no quería negarme sólo por mezquindad. —Tienes razón. El problema es que me gustaría que ellos respetaran mis fronteras. —No —dije y lo miré con fijeza y arrugando el entrecejo—. —Retiras el cuchillo. Lo que pasaba era que no quería. Además de lloriquear. No quiero que me eches en cara lo que te he contado sobre mis hijos. —¿Qué fronteras? Te contrató para hacer un trabajo. de aceptar. Y además. En cuanto te paguen. Ya tengo bastante con esta absurda historia de la familia. —Eso es un golpe bajo. ese no es el problema. —Si se mira bien. Si les doy la mano. parece bastante inofensivo. No puedes vivir tu vida como si fuera un programa radiofónico con micrófono abierto. —No es inofensivo. ¿Es eso cierto? . pero no tenía intención. ¿Qué te pasa? Estás muy quisquillosa estos días. Puede que esté alterada por eso. sí. Estás haciendo lo imposible por mantenerme a distancia. No se me ocurría ningún argumento racional para defender mi resistencia a comprometerme con la familia que había reencontrado. No tiene solución. —Esperemos que sí. Ya sabes lo cabezota que me pongo cuando me obligan. Vi que se le contraían los músculos.arreglémoslo de una vez. Lo siento. Había querido eludir el tema. —¿Y tú qué sabes? No te veo tan deseoso de hacerte el bueno con tu familia. Mi intención era negarme. —Entonces. Están muy ocupados tratando de recuperar el tiempo perdido. así que dejemos el asunto en paz. pero parecía más seguro que hablar de nuestra relación. Es molesto. Finalmente dije: —Es que no me gusta que me presionen. detesto pensar que me estoy repitiendo. pero ahora estoy en ello y no tiene sentido darme de bofetadas. ¿por qué aceptaste trabajar para esa abogada? ¿No es tu prima? —Bueno. Su expresión adoptó de pronto un aire herido e irritado. —¿Qué absurda historia? Estás emparentada con esas personas. —¿Qué hay que arreglar? No podemos arreglar nada. Liza y Pam.

Estiró la mano y me dio un tirón en el pelo. ¿quién sabe? Yo tengo mi versión y ella la suy a. —¿Por qué no lo hiciste? No te lo pregunto por morbosidad. pero no podría asegurarlo. pero me gustaría saberlo. La nuestra lo agotó. ¿Qué pasó? —Bah. cuando tratas de encontrarle un sentido. —¿Son tus dos únicas opciones? —Eso parece. A veces creo que las relaciones tienen un periodo natural. Volvamos a ti. . Las explicaciones vienen después. ¿Por qué? No he recorrido todo este camino para pelearme contigo. Me enternecía la idea de pasar un tiempo juntos. Mierda. Ni siquiera llevo dos días aquí y y a estamos peleando. me habría quedado con Naomi. Quería verte. ¿Qué pasa por tu cabeza? —Prefiero pelear a no sentir nada. Eso es todo. —¿Qué voy a hacer contigo? —¿Qué voy a hacer y o contigo? —repliqué. Si hubiera querido peleas. —Bueno. fíjate en tu conducta.

Estaba sentado en la mecedora. con el periódico y un vaso de Jack Daniel’s. me devolvió el saludo y dejó el periódico para abrirme. Es mi casero desde hace cinco años. No sabía lo que quería de él ni estaba segura de cómo decirlo. Desde el principio mismo. desde el día que vi el anuncio de la casa en una lavandería. 7 Cuando volvimos. Desde entonces. así que se fue a casa con intención de tomarse un par de calmantes. la luz de la cocina de Henry estaba encendida. Con los años se las ha arreglado para civilizarme un poco y ahora . ha sido bombardeado y reconstruido. Sonrió. La vida en el parque de caravanas. Llamé a la puerta trasera de Henry y lo saludé con la mano por la ventana cuando levantó la cabeza para mirarme. La conversación que habíamos tenido en el local de Rosie no nos había llevado a ningún lado. pero predispuesta a limitar el contacto con vecinos cercanos y revoltosos. Henry buscaba un realquilado a largo plazo que fuera limpio y tranquilo. Dietz dijo que la rodilla le estaba matando. era adicta a los espacios comprimidos. No soportaba la idea de continuarla ni la de comportarme como si el asunto no se hubiera abordado. En general mi política es esta: si tu mente no está abierta. me gusta guardar mis asuntos para mí. Como me gano la vida fisgoneando. a las diez y cuarto. supone un trato íntimo con los asuntos privados de otras personas. Fuera hace frío de verdad —dije. y con las piernas más bonitas que he visto en mi vida. fiestas ruidosas ni perros chillones. así que había terminado por parecer que estaba en la indigencia. Tenía la calefacción puesta y el interior no sólo estaba caliente sino deliciosamente perfumado por los rollos de canela del día anterior. —Se está aquí fenomenal. amable y responsable. pese a todas sus ventajas. Desde mi punto de vista. La mesa de la cocina estaba cubierta de viejas fotografías en blanco y negro distribuidas en varios montones. El garaje monoplaza que ofrecía Henry era mejor que mis fantasías y además lo podía pagar. Henry y y o establecimos una relación que nos iba bien a ambos. recubierto de teca por dentro y con un diseño tan inteligente como el de un barco. ten la boca igual de cerrada. sin niños. Henry Pitts es la perfección personificada: educado. Las miré por encima mientras me acercaba una silla y me volvía hacia él. poner los pies en alto y aplicarse la bolsa de hielo. Como habitante vitalicia de casas móviles.

Ninguno de nosotros tiene hijos. He leído artículos sobre personas que viven para llegar a los cien años. —Cogió la foto que estaba mirando y o y la observó fijamente cerca de la luz. —De eso se trata —dijo—. Miré por encima de sus hombros. Si quitamos las guerras y los accidentes. en 1915. Ella no tiene ni idea de quiénes son y los demás hermanos tampoco. la hermana menor de mi madre. Creo que es mi tía Augusta. Todos quieren convencer de algo. No somos escandinavos. —¿De dónde es el apellido Tilmann? ¿Alemán? No sé por qué. y que la foto se hizo en Topeka. Sólo he pasado a saludarle antes de meterme en el sobre. Absurdo. Hazme caso. Me las envió Nell. —Eso es muy triste. falda hasta la pantorrilla. aseguran que es porque fuman o porque no fuman. Algunos añadirían que insoportables. —¿Le suenan sus caras? —Un poco. ¿Cuál era el nombre de pila del abuelo? —Klaus. Encontró dos cajas llenas de viejas fotografías familiares. aunque sólo sea una breve nota detrás. La mujer de la foto tendría veintitantos años. pero eso no es más que una forma de interpretarlo. Ficha todas tus fotografías. Poco a poco fuimos forjando el vínculo y ahora lo considero una mezcla ejemplar de amigo y pariente inconcreto. así que cuando hay amos muerto no importará quiénes sean estas personas. No hay nombres ni fechas. —No. calcetines oscuros y zapatos planos y oscuros con un lazo en el empeine. Sólo tú sabrás luego quién es quién. Vay a lío. gracias. A su lado había una niña enfurruñada de unos ocho años. tenía la cara ancha y amable y el pelo recogido detrás en un moño. La longevidad es genética y no permitas que nadie te diga nunca lo contrario.soy ciertamente más simpática que entonces. —Oh. Ahora que lo pienso. La niña se llamaba Rebecca Rose. Los Tilmann somos alemanes de pura cepa. Mi madre se llamaba Gudrun. —¿Quieres un té? —preguntó. Kansas. Me sorprende que Nell no los hay a reconocido. porque comen y ogur. me había imaginado que eran ustedes suecos o finlandeses. Son tipos melancólicos. no. a menos que la vista le esté empezando a fallar. pero ninguna trae garabatos. vives mucho tiempo . no sé qué importancia puede tener. —El hombre que miraba fijamente a la cámara debía de tener casi ochenta años y su hija cincuenta y tantos. Mi madre y mi abuelo Tilmann. ¿Son fotos familiares? —pregunté alcanzando una al azar. fuertes y exigentes. Voluntariosos. Su madre y ella murieron durante la gran epidemia de gripe de 1918. con un vestido marinero de cintura baja y botines con cordones—. —Tomó otra foto—. autócratas. ¿Por qué no las pone en un álbum y me las regala? Fingiré que son mías. si no me falla la memoria. Llevaba una blusa blanca de corte marinero. a juzgar por su aspecto. toman vitaminas o una cucharada de vinagre al día.

—¿Cuánto tiempo se quedará Dietz? He pensado en invitaros a cenar una . Ha sido uno de esos casos rápidos que se recuerdan con cariño cuando se presentan los difíciles —dije. pero tienes que olvidar la vanidad en lo sucesivo. Lo hemos hablado y estamos seguros de que el encogimiento es el medio del que se vale la naturaleza para que no ocupemos mucho sitio en el ataúd. claro. Puedes mantener el espíritu. —Nos mantenemos sanos en lo principal. Te sientes como si te entrara aire en los huesos. Cuando envejeces has de olvidarte de tu dignidad. ahora que se ha mudado aquí. —Algo hemos hablado sobre eso. Estamos como en pañales. Mi madre vivió ciento tres años y supongo que los cinco hermanos que quedamos viviremos tanto como ella. claro. —No puedo creer que todavía les guste soportar los inviernos de Michigan. Sacudió la cabeza. Charlie dice que últimamente tiene la sensación de llevar la cabeza envuelta en una almohada. aunque y a nos vamos encogiendo. desde luego. Los demás se mean encima cada vez que tosen o se ríen abiertamente. Bueno. Dice que cuando y a no esté entre ellos. Henry asintió e hizo como si tocara madera. —En realidad y a lo he terminado. —Usted. pero Nell no tolera a otra mujer en la casa. según quienes queden. Es una responsabilidad que hay que aceptar. ¿Cuántos años tiene Nell? ¿Noventa y seis? Y usted cumplirá ochenta y seis el día de San Valentín. Bueno ¿qué tal estás? He tenido una agradable charla con tu amigo Dietz. Facilitas el trabajo a los enterradores. pero Tasha cree que llegarán a un acuerdo. Ya veremos.porque vienes de personas que viven mucho tiempo. pero porque soy el benjamín de la familia. » Nell dice que una de las razones por las que echa de menos a William. Y tus facultades se debilitan. Tienen que jugar entre tres y no es divertido. parece estar en buena forma. Te quedas tan ciego como un topo y te falla el oído. que hagan lo que quieran. Dice que ha cuidado de sus hermanos durante sesenta años y que no piensa cambiar ahora. Lewis pensaba pedirle a una prima que se fuera a vivir con ellos. Todo el mundo habla de la tercera edad y de una dignidad que y o no he visto hasta ahora. Tienes que evitar toda clase de excesos. Nell tiene sus reuniones de señoras y no quiere abandonarlas. Dice que estás trabajando en algo. —Henry dejó la foto y volvió a sentarse—. En pocos minutos le conté lo de la búsqueda de Guy Malek. —¿Qué pasará ahora? ¿Crees que conseguirá su parte de los bienes? —¿Quién sabe? Todavía no he oído el final. es que y a no pueden jugar al bridge como antes. y o no. ¿Por qué no se vienen todos aquí? Podrían jugar al bridge todo el tiempo que quisieran. También te vuelves más ligero.

había caído al suelo. tal vez leche. probablemente. Me descalcé y subí las escaleras. La puerta del frigorífico se abrió y se cerró. No quise molestarle. Oí que Dietz se levantaba e iba a la cocina. Cuando llegué a casa. pero no me pareció buena idea. . y a Moza Lowenstein si está libre. Tenía la pierna apoy ada en el brazo del sofá-cama y una manta sobre el pecho y los hombros. vino. zumo de naranja. Me pregunté en qué estaría pensando y qué pasaría si le oy era subir las escaleras.noche de estas. Suelo dormir desnuda. La tenía hinchada y la carne ofrecía un aspecto pálido y sensible. Quizá debería haberme puesto una bata y bajado a reunirme con él. con los rasgos animados por la fuerza de su energía nerviosa. Cogí una camiseta de tamaño extragrande de un gancho de la puerta del cuarto de baño. siempre estaba en movimiento. buscar la bolsa de hielo que se balanceaba en su hinchada rodilla. pero es que oía el murmullo de la sexualidad en la base de la columna. Dietz duerme a rachas. Cuando estuve lista para dormir. haber enviado a paseo la prudencia y a la mierda las consecuencias. Haber estado soltera durante tanto tiempo me había vuelto prudente con los hombres. Tomó un vaso y se sirvió bebida. Oí que corría un taburete de la cocina y el crujido de cuando se abre el periódico. La bolsa de hielo. Lo miré desde arriba. hundido en el sillón. La televisión estaba con el volumen bajo y emitía un documental sobre los ataques de los tiburones. Era inquieto por naturaleza.05. Pocas veces lo había visto tan inmóvil. Conecté la alarma del despertador mientras la esfera digital pasaba de las 11. Invitaremos a William y Rosie. medio derretido. como un animal en la selva. pensando en los riesgos que suponía estar con él. Me puse a mirar la claraboy a de plexiglás que quedaba encima de la cama. y roncaba ligeramente. Dietz dormía en calzoncillos. cogí otra y se la puse con cuidado en la rodilla sin despertarle. para ver a sus hijos —dije. pues sabía que se despertaría mucho antes del amanecer. Lo vi parpadear. Su cara cubierta de arrugas parecía extraña en pleno sueño. apagué la luz y me deslicé bajo el edredón. entérate de si estará aquí todavía el sábado y prepararé algo especial. algo líquido. como si estuviera moldeada en arcilla. —Bueno. Está de paso para Santa Cruz. Era sin duda la proximidad de toda aquella testosterona. pero ¿qué hacer entonces? Si pudieras tenerlo todo pero sólo por breve tiempo. donde me lavé la cara y me cepillé los dientes. —No mucho. ¿valdría la pena pagar con sufrimiento el delirio amoroso? Sentí que me hundía en el sueño como si me arrastrara un montón de piedras. La metí en el congelador. No desperté hasta las seis.04 a las 11. Mientras lo miraba se despertó y se irguió de un salto con expresión desorientada. y sé por experiencia que no pasa noche sin levantarse al menos un par de veces. La pasión no dura. pero no estaba en mi naturaleza. Me aparté de la barandilla y entré en el cuarto de baño.

pero tenía el aspecto blancuzco de una vieja fotografía en blanco y negro. Por la puerta abierta del lavabo observé que había recogido todas sus pertenencias personales. Dietz estaba sentado en la cocina cuando entré. Y y o correteaba sin orden ni concierto. En los últimos años. personal de ambulancias). Recorrí los kilómetros de rigor. —He pensado que es mejor que me vay a —dijo. Dietz estaba en la ducha cuando salí. que se secaba en el escurridor. Me puse la sudadera y me preparé para mi carrera matutina. Las sábanas usadas las había dejado junto a la lavadora. Al principio me costaba varios minutos de intensa concentración. pero está claro que no se refieren a los repulsivos y desagradables. Tras cruzar el portillo delantero. al lado del sofá y a plegado. la desconexión emocional es a veces la única forma de reaccionar ante la muerte y sus archisabidas variantes. Su maleta. y con morbosidad. La manta estaba doblada en un extremo. Lo que advertí. me detuve para estirarme. me sentía afligida por un agudo sentido de pérdida al ver que se marchaba. Había preparado una cafetera y sacado mi tazón de los cereales. como si el húmedo aire de la mañana pudiera aliviarme el fuego del pecho. Se me escapó sin querer un sonido que habría sido un sollozo si me hubiera permitido a mí misma estas cosas. con la bolsa de la ropa. al trabajar de detective. Ya había lavado y enjuagado el suy o. asistentes sociales. así que lo más inteligente sería no conducir las cosas más lejos. Había estado conmigo dos días y y a estaba sufriendo. Al igual que otros miembros de las profesiones « serviciales» (médicos y enfermeras. un húmedo perfume masculino que lo impregnaba todo. Llevaba tanto tiempo con la castidad a cuestas que no me importaba otro año sin sexo. fue que. El aire era tan penetrante que ni siquiera conseguí sudar como Dios manda. sin acabar de coger el ritmo. La luz del día se impuso poco a poco a la oscuridad. mientras ahuy entaba con firmeza la sensación de estar hecha una facha. Tal vez pensara que su éxodo arreglaría nuestro contencioso al minimizar las posibilidades de enganche. había perfeccionado un truco para acallar los sentimientos. cerrada del todo. . pero ahora me pongo en punto muerto en un abrir y cerrar de ojos. aunque no había sentido nada al verlo llegar. como siempre. El cielo estaba encapotado y de un tono gris melancólico y no lo alegraba ni un mísero ray o de sol. policías. estaba al lado de la puerta. La última manzana la recorrí andando. sintiéndome satisfecha por hacerlo a pesar de mi estado. dejando la mente en blanco. El olor a jabón se mezclaba con el del aftershave. Cerré la puerta en silencio y respiré hondo. Algunos días la disciplina es un fin por sí misma. Los entusiastas de la salud mental enseguida aseguran que nuestro bienestar psicológico está mejor servido si no perdemos el contacto con nuestros sentimientos. Tenía la maleta abierta en el suelo. pero vislumbré con una punzada de dolor que estaba empaquetando sus cosas. La carrera no me gustó. una manera de imponer la voluntad ante los reveses de la vida.

Espero que no lo hagas por mí. no hay problema. no. seguro que tienes mucho trabajo. Lo acompañé hasta la acera y nos dimos uno de esos besos insinceros que suelen darse con sonido incluido. ¿Cómo puede pasarle esto a alguien con mi espíritu e independencia? Hice unos cuantos solitarios. ¿Te vas a Santa Cruz? —Sí. me vestí y me comí los cereales sin detenerme a leer el periódico. respondí sintiéndome absurdamente aliviada por la interrupción. Subiré por la costa y quizá pase un día en Cambria. como correspondía. Esta rodilla me obliga a hacer paradas. Bajo la furia se hallaba el viejo y conocido sufrimiento. Para expresar la indiferencia que sentía por su brusca partida. Así me sentía cuando me dejó la otra vez. Los nervios me susurraban en las tripas como si tuviera diarrea. mientras se alejaba por la calle. Ninguno habló mucho y lo que dijimos fue circunstancial. El día bostezaba ante mí como un pozo de cloaca. —¿Cuándo te irás? —En cuanto te vay as al trabajo. Mejor así. —No. « Bicho asqueroso» . Esperaba que el mensaje fuera que la iba a ocupar otro en cuanto él se marchase. —Tómate tu tiempo. Bueno. bajar a estirarla un poco cada hora. pensé. —Qué bien. Ya me conoces. —Ya lo veo —dije subiendo al piso superior. No sé estarme quieto —replicó—. No hay inconveniente. —Bueno. Tasha tiene que volar a San Francisco esta mañana. ¿Por qué todo el mundo me abandona al final? ¿Qué les he hecho? Hice las faenas de la mañana tan eficientemente como me fue posible. « ¿Dónde está la otra almohada?» y cosas así. escuche. Iba a pasar a máquina el informe para . —Kinsey. Tenerla abrigada y floja. saqué sábanas limpias y le pedí que me ay udara a ponerlas en el sofá-cama. ¿Podría pasar por casa a tomar una copa a última hora de la tarde? —Claro. Ya sabes. Esta vez no me preguntó si estaba enfadada. Entonces me daré una ducha para que puedas irte. Cuando sonó por fin el teléfono. Soy Donovan. pero no crey ó que a usted le importara darnos la información directamente. ¿Cómo está usted? —Bien. ¿Y usted? —Vamos tirando. De lo contrario se soldará. De todas formas. Fui a la oficina sin prestar atención a la ligera tendencia a romper a llorar sin motivo justificado. porque la verdad es que estaba furiosa. No tengo prisa —dijo. poco antes de comer. Una vez listo el sofá. ¡Muuaacc! Arrancó el Porsche y le dije adiós con la mano. pagué algunas facturas y calculé el saldo de mi cuenta corriente. recibimos su mensaje y nos gustaría recompensarla por un trabajo tan bien hecho. toneladas —dije—. —Claro. llevó la maleta al coche y volvió en busca de la bolsa de la ropa.

The end. si tienen alguna pregunta. un cepillo y una fregona. pero me importaba un comino. Lonnie Kingman tiene un equipo de mantenimiento que se ocupa del local todos los viernes por la tarde. Espero que Jack y Bennet también quieran estar presentes. Busqué un cubo de plástico. Así. y había olvidado por qué era tan desgraciada. si lo prefiere. Aparte de Guy. salté a la ducha ejecutiva y empecé a frotarme. Bueno. Incluso pasé veinte minutos quitándole el polvo al ficus artificial que no sé quién había tomado por natural en cierta ocasión. El espacio que ocupaba y o había sido al principio una sala de reuniones con un cuarto de baño estilo ejecutivo. atravesaba la entrada de la propiedad de los Malek. y me entretuve matando gérmenes imaginarios. A las tres y a olía a sudor y a lejía. Mi método para enfrentarme a la depresión es dedicarme a faenas tan repelentes y asquerosas que. Estaba convencida de que Guy había abandonado el camino de la perdición. A las cinco y veinticinco.echarlo al correo. no tenía nada mejor que hacer. como Dietz se había ido. me quité la ropa. esponjas. ¿Quién sabe qué intrusos se esperaban en aquellos tiempos? Se había . —De acuerdo. pero si había reticencias acerca de lo que valía aquel hombre. ataviada con mi mejor (y única) chaqueta de mezclilla. Después de sanear el lugar. y o tenía algo que decir al respecto. metí una copia en el archivo y otra en el bolso. Además. Al colgar me encogí de hombros. la realidad parece agradable. Finito. ¿Le va bien a las cinco y media? —Sí —dije. Ya casi había oscurecido. Me salté la comida y pasé la mañana limpiando el despacho. los hermanos Malek no me entusiasmaban precisamente. La tercera la envié a San Francisco. eché el pestillo de la puerta. Acabado y concluido. Nunca más volvería a trabajar para ella. pero le puedo dar los detalles en persona. No tenía nada en contra de los informes distendidos mientras no me viera metida en el drama familiar. al bufete de Tasha Howard. puede informarnos a todos a la vez y ahorrarse repeticiones. Volví a ponerme los tejanos y cogí un jersey limpio de cuello alto de la ropa que tengo a mano para los imprevistos. roto y a por varios puntos y más bien inefectivo. La tapia estaba coronada por tres trenzas de alambre espinoso instalado hacía años. pero estar allí con la escoba en la mano tuvo algo de terapéutico. así que a lo mejor podía hacerle un servicio convenciendo a los otros. —Se lo agradecería. en comparación. en realidad lo recordaba. No es que el reparto del dinero fuera asunto mío. los breves días invernales aún se caracterizaban por sus tempranos crepúsculos. La esperaremos con impaciencia. ¿Qué es la vida sin un cepillo de dientes y unas bragas limpias? Escribí a máquina la versión oficial de mi encuentro con Guy Malek. Los faros del coche trazaron un arco en la tapia estucada que rodeaba las siete hectáreas de la finca. trapos limpios.

Me vio y su rostro se iluminó—. Usted debe de ser Kinsey. —Soy Christie Malek. La ausencia de maquillaje le daba un aire retraído. Su uniforme consistía en una bata gris sin botones encima de unos pantalones a juego. La luz del porche se encendió por fin y My rna entreabrió la puerta. pero sus modales eran cordiales y su sonrisa cálida. —¿My rna? ¿Era el timbre de la puerta? Estamos esperando a una persona. Era muy delgada. Encantada de conocerla —dijo al estrecharnos la mano —. llevaba tejanos y un ancho jersey ribeteado de negro que le llegaba casi hasta las rodillas. Estuve aquí el otro día. Su dentadura era tan perfecta como la de un anuncio de dentífrico. El ama de llaves había olvidado encender las luces exteriores. un tanto nervioso. Deduzco que y a ha conocido a My rna. ¿Quiere subir? My rna se alejó sin decir una palabra y desapareció en la parte trasera de la casa mientras y o subía las escaleras. Hola. —Donovan ha llamado para decir que se retrasaría un poco. .levantado un aire frío y los oscuros árboles oscilaban y se estremecían. Era una morena de rasgos delicados. Soy Kinsey Millhone. Había luces en la casa. como quien hace una fotografía instantánea. Jack está en camino y Bennet anda por alguna parte. con un cabello brillante y oscuro que le llegaba hasta los hombros. de un azul oscuro penetrante bajo una frente ligeramente huidiza. que era y a de un rubio blanquecino y con aspecto de estar frío al tacto. — Miré hacia arriba siguiendo el sonido de la voz. Al parecer. Christie alargó la mano cuando llegué al descansillo. Estaba mirando los papeles de Bader y me gustaría un poco de compañía. susurrando entre sí sobre cosas invisibles. en los cursos avanzados de la Academia de Amas de Llaves aconsejan a las estudiantes que contengan los arrebatos de júbilo. Aparqué en la rotonda y crucé el patio empedrado hasta el oscuro pórtico que resguardaba la puerta principal. My rna. Una morena casi cuarentona estaba apoy ada en la barandilla. —Más o menos —comenté. —Por aquí —me indicó. Al oírme no puede decirse que estallase a cantar de alegría. Una voz de mujer resonó por encima de nuestras cabezas. La evalué de un vistazo. En los dos días transcurridos había renovado el tinte del cabello. Tenía las mangas subidas y sus muñecas eran delgadas. Habría apostado a que por debajo de la bata llevaba desabrochado el pantalón. cruzándome de brazos para entrar en calor. Los ojos eran pequeños. dos ventanas del piso superior estaban iluminadas de un amarillo pálido y casi toda la planta baja estaba a oscuras. y sus dedos largos y desenvueltos. Sus zapatos de suela de crepé chirriaban en el suelo de taracea pulimentada. Pulsé el timbre y esperé. —Hola. Donovan me ha invitado a tomar una copa.

Era una faena que y o . La superficie de la mesilla de noche estaba desnuda. —Pensaba que era Bennet quien lo hacía. A su lado había dos sofás iguales. Vi recordatorios impresos que esperaban el momento de partir hacia el domicilio de cuantos habían mandado flores para el entierro. Sin duda eran figuraciones mías. sin una sola arruga en la colcha de seda blanca como la nieve. que vi a través de una puerta abierta. Las pálidas y pesadas cortinas se habían corrido para dejar al descubierto las ventanas de cristal emplomado que daban al patio de la entrada principal. como si efectos antaño personales se hubieran escondido. pero el despacho era. Sin dejar de hablar. abultados y tapizados en cretona estampada. —¿Verdad que sí? Tras las puertas de corredera se había instalado un despacho con una gran mesa de nogal y ficheros de madera de diseño antiguo. donde y a había vaciado el contenido de dos cajones en unos recipientes que había etiquetado con un rotulador negro. —Es deslumbrante —dije. Una seda rosa que hacía aguas cubría las paredes. la estancia más acogedora de las dos. Había una chimenea de mármol en la pared de la izquierda. en aquel momento abiertas y metidas en las guías de la pared. Vi una fotocopiadora. La cama era de dosel y estaba impecablemente hecha. un fax. Como no estaba segura. Había dos grandes bolsas de basura llenas de papeles desechados. Una trituradora de papel que había a un lado de la mesa tenía iluminado el botón verde de encendido. Sobre la mesa se habían amontonado varias carpetas de archivo llenas de papeles y en la alfombra y acían algunas carpetas simples que estaban vacías. Le gusta encargárselas a los demás. Esperaba que hubiera habido ironía en su tono de voz. se dio la vuelta y se dirigió hacia el dormitorio principal. La alfombra era gruesa y había sido blanca antaño. pero la habitación parecía tener un olor a enfermedad que se resistía a desaparecer. Atravesamos la antealcoba. —Así es como Bennet hace las cosas. Vi que los armarios habían sido vaciados y que su contenido (trajes y camisas de vestir) había sido empaquetado en grandes cajas de cartón de una compañía de depósitos y almacenajes. un ordenador y una impresora en los estantes empotrados que había a ambos lados de la chimenea. —Todavía estamos buscando el testamento desaparecido. Los techos de ambas habitaciones estaban casi a cuatro metros de altura. Christie volvió a la mesa. Las paredes estaban cubiertas de nogal tan oscuro y brillante como un caramelo de café. entre otras cosas. La esperanza es lo último que se pierde —añadió con una mueca. La estancia en que entramos era enorme. que estaba amueblada como un dormitorio. El fuego estaba encendido en otra chimenea de mármol y Christie echó un tronco a un fuego y a chisporroteante. me callé. dos grandes habitaciones separadas por dos puertas correderas. con mucha diferencia.

en realidad. si alguna vez me dicen que soy una enferma terminal. en el patio. ¿Y si una guarda fotos pornográficas o algo por el estilo? Detesto pensar que alguien pueda curiosear mis efectos privados. sacando papeles arrugados del cubo de la basura. En algunos casos. es posible que los dos testigos del primero fueran también testigos del segundo. aunque. ¿Sabe? Se me ocurre que si los dos testamentos se redactaron con una diferencia de tres años. El solo hecho de pensar que hay que tomar esas decisiones resulta agotador. —Cogió una carpeta del montón que había encima de la mesa y me la dio—. —Bader solía ser muy organizado. Es extraño —dije. un artículo fechado en 1956 que detallaba la detención de dos adolescentes de catorce y trece años a los que se creía culpables de cubrir el barrio de graffiti. por lo que a mí respecta. se identificaba a Guy Malek por el nombre. Seguro que en cuanto tire algo. —Oigo la Harley. los pongo en un montón. . Este tercer montón es de lo que parece importante. ¿y o qué sé? Si no estoy segura. Bader debió de reunir todos estos papeles a principios de los sesenta. oímos el ruido de una motocicleta que rugió con furia antes de quedar en silencio. Se lo juro. Bueno. Sobre todo si eran pasantes o miembros del bufete. No me atrevo a romper nada y me da miedo tirar mucho. Su expresión era una extraña mezcla de escepticismo y desesperación. ¿Quiere que la ay ude? —En realidad no. Christie ladeó la cabeza. aquí hay algo que a lo mejor le interesa. Conozco a Bennet. Y y o allí en la oscuridad. clasificar los retales abandonados por los muertos. Abajo. limpiaré mis cajones antes de que la debilidad me postre. —En mi vida no hay nada interesante —dije—. Ya me lo ha hecho dos veces y fue una suerte que todavía no se hubieran llevado la basura. —Quizá para recordarse a sí mismo por qué había desheredado al muchacho. como una pordiosera. Los inútiles los meto en una bolsa de basura. si llega el caso. Debía de haber unos veinticinco recortes como aquel.conocía bien. Tengo que mirar todos y cada uno de los papeles y adivinar si vale la pena conservarlos. —Me pregunto por qué guardaba los recortes. Por ejemplo. Llevo aquí metida varias horas. Leí uno al azar. Uno de los chicos había acabado en el reformatorio y al otro se lo habían devuelto a sus padres. En otros. —Todo un trabajo —dije y cambié de tema—. Creo que ha llegado Jack. las autoridades ocultaban los nombres porque los detenidos eran todavía menores de edad. Fíjese en todo esto. aunque me vendría bien el apoy o moral —dijo—. Un rápido vistazo puso al descubierto una colección de recortes de periódico relativos a las pasadas fechorías de Guy. Supongo que Bennet los querrá como munición. casi ninguno la vale. pero seguro que había perdido el entusiasmo por los trabajos de esta clase. irrumpirá aquí preguntando dónde está.

pero es la única persona de la casa que no discute con nadie. —Será de pocas palabras. Me miró con interés. nos giramos y vimos entrar a My rna. My rna procesó la orden. —Bien pensado. Christie sacudió la cabeza y bajó la voz. —Ha llegado Donovan. . Ninguno de nosotros está deseoso de que cinco millones de dólares se vay an por la ventana. en cuanto me lave las manos. Ah. Llamaron a la puerta. —Dile que bajaremos enseguida. Me ha dicho que sirva los entremeses en la sala. Tiene que comentárselo a Donovan. murmuró algo inaudible y desapareció de la habitación. y a ver si puedes localizar a los otros dos.

Se había cambiado los zapatos de calle por un par de zapatillas de piel de oveja que le duplicaban el volumen del pie. al lado de la ventana. macizos. La alfombra oriental debía de tener cinco metros de ancho por ocho de largo. Se había quitado la ropa de trabajo y se había puesto un jersey de punto color crema y unos pantalones informales. —Veo que y a conoce a Christie. Le agradecemos que hay a venido. Qué idea. había cuatro sillones de orejas enfrentados dos a dos. un escritorio y dos mesas de madera tallada y veteada) eran de los que y o sólo había visto en las tiendas de antigüedades. En el extremo más alejado. ¿Puedo servirle algo? Tenemos de todo. algo aparatosos y con unos precios que te . Tres grandes sofás formaban una herradura hacia el centro de la estancia. Volvió a poner la reja y se limpió las manos en el pañuelo mientras me miraba. La bebida de invierno de Bennet es la ginebra —añadió dirigiéndose a mí. Los muebles estaban divididos en dos grupos. Una botella de Chardonnay estaba enfriándose en un cubo con hielo. Empezó a quitar el papel metálico del cuello de la botella y miró a Donovan—. quizá vodka en primavera. examiné la habitación. —Creo que me tomaría un vaso de Chardonnay. era inmensa. y cubría las paredes un papel de estrechas franjas azul y crema que se habían decolorado con los años. los alcohólicos de las cuatro estaciones. Mientras Christie abría la botella. Ah. Primero me tomaré un Martini. El fuego estaba encendido y se entretenía hurgando los troncos. que tenía cuatro metros de alto. Fue a un aparador abarrotado de botellas. como en un aparte teatral. frente a la chimenea. al lado de una cubitera transparente y de un montón de vasos. ¿Tú también quieres vino? —Con la cena. 8 Las luces estaban encendidas y Donovan se encontraba en la sala cuando bajamos. Lo hace todo más sencillo. —Yo lo serviré —dijo Christie en el acto. Al igual que el dormitorio de arriba. Ginebra en invierno. Una moldura de veinticinco centímetros perfilaba el techo. Cogió otro leño y lo puso encima. Una nube de chispas subió por la chimenea. Los muebles restantes (un aparador grande. dando la vuelta a una gruesa cuña de roble para que se prendiera la parte superior. En verano sería tequila y el otoño se podía capear con un poco de bourbon o whisky escocés.

Mientras pensaba en aquello. Llevaba un chaleco naranja brillante encima de un polo rosa y andaba inclinado. Jack se sirvió un whisky con agua tan oscuro como el té helado y Bennet se preparó una jarra de martinis que mezcló con una larga varita de cristal. y Jack se sentó de cara a la chimenea. los ritos del alcohol parecen una técnica para hacer tiempo mientras los reunidos se sitúan psicológicamente. como si todavía llevara tacos en el calzado. Lo había llevado para dárselo a Donovan. Mi tía Gin estaba enferma y no pudo acudir. Era interesante ver a los tres hermanos juntos en la misma habitación. así que tuve que dar mis alegres saltos delante de una multitud de adultos desconocidos que no parecían encontrarme encantadora. que no es una de mis especialidades. Oí pasos en el vestíbulo y rumor de voces. saqué el informe y lo puse en la mesa que tenía delante. frente a mí. con Bennet a su izquierda. Mis piernas eran demasiado flacas y mis orejas falsas no querían quedarse tiesas. y varios números de Architectural Digest en la cuadrada mesa de café que estaba en la curva de la herradura. cambiamos frases de cortesía. poniendo una aceituna en cada vaso. porque aún tenía el pelo deformado por la huella de la visera. Preparó uno para Donovan y otro para él. Tuve una extraña sensación en el pecho. A pesar de su semejante color de piel. ninguna sincera. la misma punzada de nervios que había sentido antes de una representación de tercer curso en la que y o hacía de conejo. Hablaran de lo que hablasen. El diseño de flores azules se estaba gastando y adquiriendo un tono blancuzco y la tela de los brazos y cojines estaba raída. Se sentó en uno de los sofás y y o me senté enfrente murmurando « gracias» . sus caras eran muy diferentes. La bandeja era tan grande como la tapa de una alcantarilla y muy sosa. Llevó la jarra a la mesa de café y la puso al alcance de la mano. la de Bennet la que más a causa de la barba y el bigote. Jack y Bennet entraron juntos en la sala. la expresión de ambos era y a neutral y verme sólo les despertó un ligero interés. Christie volvió con dos vasos de vino y me tendió uno. de plata maciza y claramente oxidada en los . Los hermanos Malek me miraban con el mismo entusiasmo. Jack parecía que acabara de llegar del campo de golf. Creía que Donovan iba a preguntarme por el informe cuando llegó My rna con una bandeja llena de cosas para picar. Al igual que con el tabaco.arrugaban el entrecejo pensando que lo habías leído mal. aunque ninguno era tan atractivo como su hermano Guy. Jack se inclinó y empezó a mirar sin ganas las tarjetas de pésame. Bennet llevaba un chándal de un material sedoso que crujía al moverse. aproximadamente dos partes por millón. Donovan y Jack estaban hechos con trazos más delicados. Tomé nota de la proporción de ginebra y vermut que había echado. Donovan se sentó al lado de Christie. Había un jarrón grande de bronce lleno de flores recientes. También había un desordenado montón de lo que me parecieron tarjetas de condolencia. Mientras se preparaban las bebidas.

¿Queréis dejar de criticar? My rna es enfermera. pero parece arreglárselas bien. —Por lo que sé. centrando su atención en mí—. Christie. más unas cosas que parecían galletas saladas cubiertas de crema de queso. —No se lo pregunté. Actualmente es una especie de encargado de la Iglesia Evangélica del Jubileo. En ningún momento habló de ninguna esposa. Eres cojonuda —replicó Jack. Admito que los exageré para que parecieran más complicados de lo que en realidad habían sido. Los entremeses consistían en un tazón de cacahuetes y otro de aceitunas verdes en salmuera. La iglesia parece muy estricta. ¿Podréis aguantar hasta que la hay amos oído? —Cogió un puñado de cacahuetes y se los comió de uno en uno. Apuesto a que de niños se detenían en plena cena y abrían la boca para enseñarse lo que masticaban. ha estado en Marcella desde entonces.bordes. Básicamente. pero le gusta. El lugar es un cuchitril. Sin mencionar a Darcy Pascoe ni a La Fidelidad de California. Hizo un sonido ronco al atragantarse y vi que le salía ginebra por la nariz. La iglesia le da alojamiento a cambio de sus servicios. —Dejadlo y a —dijo Donovan—. —¿Qué mierda es esto? Bennet se echó a reír con la boca llena de Martini. —¿Está casado? —preguntó Donovan. Creo que además hace reparaciones para varios vecinos de Marcella. Aquí nadie levanta un dedo excepto y o. Jack se inclinó. no para serviros a vosotros. Dice que es el único del pueblo que hace chapuzas domésticas. ¿Querría usted ponernos al corriente? Tardé sólo unos minutos en detallar cómo me las había arreglado para localizar a Guy Malek. pero nada de drogas. Sacó el pañuelo para toser mientras Jack le sonreía. Dijo que se tomaba una cerveza de vez en cuando. el hermano de ustedes purgó su hazaña. La contrataron para cuidar a papá. Nada de baile. Christie les dirigió una mirada de reproche. según sus parámetros. Tenemos suerte de que se hay a quedado y los dos lo sabéis condenadamente bien. —¿Por qué Marcella? Es un cubo lleno de mierda. Les prevengo que estas observaciones son superficiales y que en realidad no me detuve a hacer indagaciones. Su estilo de vida es sencillo. —Gracias por leernos la cartilla. ni cartas ni cosas por el estilo. pero no me lo pareció. —Es la noche libre de Enid. Bennet descarnó una aceituna con los dientes y dejó el hueso en una servilleta de papel. —El pastor de esta iglesia fundamentalista lo recogió cuando hacía autoestop en la 101 el día que se fue de casa. . les conté los pasos que me habían conducido a la información contenida en su documento de identidad. de manera que tiene unos ingresos decentes.

—Me detuve en el pueblo y mencioné a Guy de pasada mientras hablaba con la mujer que dirige el autoservicio local. Puede que mintieran. —No se ofenda —dijo—. Los últimos vestigios del combinado de ginebra formaron una especie de rebaba en el borde. —¿Y cuál es el intríngulis? ¿Ha vuelto a nacer? ¿Se ha bautizado? ¿Cree que ha aceptado sinceramente a Nuestro Señor Jesucristo? —Su sarcasmo resultaba ofensivo. Está en la miseria.Así ha sido durante casi quince años. —¿Eso le molesta? —¿Por qué iba a molestarme? Es su vida —dijo Jack. He tratado otras veces con drogadictos y. —¿Con quién más habló? —preguntó Donovan. No creo que hay a averiguado mucho si estuvo allí tan poco tiempo. Me giré para mirarlo. —Es fantástico. Por su parte. —En el caso de que hay a dicho la verdad —dijo Bennet—. ¿Cuánto tiempo estuvo? ¿Una hora? —Más o menos —contesté—. Me encogí de hombros. Si es tan buen cristiano. Tomó la jarra y se sirvió otra copa. Bennet resopló con fastidio. Estaba claro que era él quien dirigía el asunto y quería que Bennet se diera cuenta. Vi que se le suavizaban las arrugas de tensión que le marcaban el rostro. No ha conseguido nada. El pastor y su mujer parecían sinceramente encariñados con él y hablaron con orgullo del largo trecho que ha recorrido. Donovan se removió en el asiento. Pero no soy precisamente una aficionada. quizá prefiera lo espiritual a lo material. El objeto de sus preguntas había sido dar constancia de su autodominio. Quiero decir que a lo mejor no quiere el dinero. créanme. Pocas personas habrían improvisado tan bien. Ya lo has oído. pero lo dudo. Siempre se le dio bien hacer comedia. Bennet parecía más interesado en la bebida que en la conversación. —Terminó el Martini sosteniendo la copa por el pie. Soy escéptico por naturaleza en lo que se refiere a Guy. no tiene aspecto de serlo. —Que sea cristiano no tiene nada que ver con esto. El pueblo tiene quinientos o seiscientos habitantes y supuse que todo el mundo conocería los asuntos de los demás. —¿Quiere preguntar alguien más? Jack se metió la galleta en la boca y se limpió los dedos con una servilleta mientras masticaba. Ni siquiera pestañeó y no hizo ningún comentario sobre él en ningún sentido. También sé distinguir a los embusteros. No tiene ni un penique. . que todo fuera teatro. Jack tomó una galleta salada y levantó la capa de queso fundido como si estuviera chupeteando el relleno de un barquillo de chocolate. imponiendo su presencia.

Si Guy la llama. —Buena pregunta —dijo—. Al principio estaba conmovido. Bennet fue derecho al grano. Me aconsejó que no lo hiciéramos. Donovan no le hizo caso. —Si pensara que nos lo vamos a comer a besos. Me dijo que si los dos testamentos . En aquel momento me pareció que le preocupaba más el hecho de que ustedes hubieran contratado a alguien para buscarlo. —Pensó que me habían encargado que lo buscara porque su familia estaba interesada o preocupada por él. Creo que Tasha tenía razón. No es ningún misterio. —¿Comentó algo sobre hablar con algún abogado? —En realidad no. pensando en que Kinsey se lo llevaría. —¿Cómo sabes lo que quiere Guy ? —respondió Christie en un arranque de irritación. —Kinsey ha pensado algo interesante. puede que renuncie al dinero y elija el amor —sugirió Jack. —No sé si estará en la miseria. —¿En serio cree que va a rechazar un buen fajo de billetes? Donovan me miró. Le sugerí redactar un documento de renuncia. porque Guy podría alegar después que no estaba debidamente representado o que se encontraba influido por las emociones del momento. de modo que el documento carecería de valor. Dijo que una renuncia no tendría ningún peso. Yo no he dicho eso —interpuse. Christie volvió a intervenir. No es tonto. Haber llegado a un acuerdo con él antes de que tuviera oportunidad de pensárselo. Fue Bennet quien se quedó perplejo en esta ocasión. —En otras palabras —dijo Donovan—. —Kinsey debería haberle presentado un documento de renuncia. ¿Decirle al muchacho que su padre ha muerto y después sacarle una renuncia? Sería como agitar una bandera roja delante de un toro. está usted diciendo que no tenemos ni idea de lo que va a hacer. Le dije que se pusiera en contacto con Tasha. —Ya hablé de eso con Tasha —dijo Donovan—. —¿Qué equivocación? —preguntó Christie. Guy quiere el dinero. Pronto se dio cuenta de que el objeto de mi visita era notificarle la muerte de su padre y avisarle de que era un posible beneficiario del testamento de Bader. si es que no tiene y a uno. ¿Qué opina sobre ese asunto? —No preguntó por el dinero. Haber conseguido que renunciara a sus derechos por escrito. —Claro que sí —dijo Bennet—. tonterías así. lo remitirá a otro abogado. pero Tasha representa al testador y no pude asesorarlo con respecto a ese punto. pero se sintió avergonzado al darse cuenta de su equivocación.

¿De parte de quién estás tú? Al menos los testigos podrían declarar que se firmó el segundo testamento. —Si hubo documento —dijo Jack. Ya sabes cómo era con Guy. Sabía que sus días estaban contados. —Vale la pena intentarlo. —No importa lo que dijese. —Un momento. Jack. Yo mismo podría escribirle una nota. los testigos del segundo podrían haber sido los mismos que los del primero. Lo guardaba en una carpeta del primer piso. —¿Una secretaria o un pasante? —preguntó Donovan. dejadlo y a.habían sido firmados con tres años de diferencia. —¿Con qué fin? —preguntó Jack—. Bennet se impacientó. Te estoy diciendo que papá dijo que Guy no recibiría nada. Jack. Además. Donovan se aclaró la garganta y dejó el vaso con brusquedad. Adelante —dijo Donovan—. Todos conocemos tu opinión. Ya hemos tenido bastante. Donovan frunció los labios mientras meditaba sobre el asunto. —Joder. ¿y si en el segundo testamento se lo deja todo a Guy ? Nos tocaría realmente las narices. Alguien tuvo que preparar el documento —dije. Tenía lucidez de sobra. ¿es que eso no tiene importancia? —No veo por qué. todos lo oímos. Te comportas como si fueras su enemigo y con esa actitud le pondrás contra la pared. ¿Cómo sabes que al final no lo revocó? Supón que lo rompiera antes de morir. Nunca cumplía su palabra. Oí decir a papá media docena de veces que Guy no iba a recibir nada. Si encontráramos la pista de los testigos. pero no creo que sirva de nada. ¿Quién te ha puesto al mando? ¿Por qué no podemos hablarlo? Nos afecta a todos. a ver qué nos dice. Por ahora no sabemos nada. Puede que incluso la mecanógrafa firmara como testigo. ¿Qué te hace estar tan . Crees que Guy es escoria. Papá hizo ese testamento. —Nos lo habría dicho —dijo Bennet. —Vamos. Estoy hablando de ti. No digo que no debamos hacer el esfuerzo. —No estoy hablando de él. —¿Quieres hablarlo? Estupendo. —Sabes de él tanto como y o —atajó Bennet. Quizá no tengamos ningún problema. Esto no nos lleva a ninguna parte. Lo oímos un montón de veces y era inexorable. Quizá nosotros nos hubiéramos visto obligados a conformarnos. Se puede ser testigo de un testamento sin saber lo que contiene. —No necesariamente. —Es posible. podría suceder que alguno estuviera al corriente de las estipulaciones. Esperemos a ver qué hace Guy. —Bueno. Bennet se irguió. pero él no. Tasha dijo que se pondría en contacto con Guy si él no lo hacía antes.

Se comunicaron algo. Es el rey —dijo Bennet. papá hizo muchas operaciones fallidas y tú también. Piensa que soy un gilipollas. Papá siempre fue un tacaño conmigo y que Guy pueda presentarse ahora para reclamar su parte es. Papá te dio cientos de miles de dólares y tú los desperdiciaste. Finge que nos apoy a.seguro de que quiere el dinero? —Que nos odiaba. Bennet. coge esta calderilla. Por eso se fue. pero todo es mentira. Le había visto echarse al gaznate dos Martinis en menos de quince minutos y a saber los que habría consumido antes de entrar en la sala—. ¿Cuántas oportunidades crees que tienes? Ni un solo banco en la ciudad te habría dado un centavo… —¡Mentira! Eso es mentira. ¿Por qué iba a odiarme? —preguntó Jack alegremente. « Eh. pero no supe qué. el guión que papá y tú preparasteis. Donovan lo miró con incredulidad. Estás tan ocupado haciéndote el magnate que no atiendes a los negocios. —Un momento. cuando una operación se iba a pique. No esperarás que te financiemos toda la aventura» . ¿A qué viene todo eso? —Nunca me he plantado para pedir lo que es mío —espetó Bennet—. —Nunca le he hecho nada a Guy. Eso es lo que siempre he oído. sacudiendo la cabeza. por lo que a mí respecta. ¿y qué mejor manera que la presente oportunidad? —Eso no lo sabes —dijo Donovan—. —¿Dónde está el capital que han invertido tus socios? Te lo has fundido también. —¿Podríamos ceñirnos al tema? ¿Alguien tiene algo más que aportar? —Donovan dirige la familia. Me miraba con los ojos ligeramente acuosos de los que han bebido mucho. ¿Quién cuida de nuestros intereses? Él no —dijo señalando con el pulgar a Donovan. Etcétera. etcétera. Ni mi padre ni él me dieron nunca el dinero que necesitaba para sacar algo adelante. Donovan intervino de nuevo con una mirada de advertencia a los dos. —No te creo. etcétera. Donovan lo miró de soslay o. No sabes lo que ocurrió entonces. Debería haberlo hecho hace muchos años. Bennet volvió a resoplar y Jack y él se miraron a los ojos. Puede que no esté resentido. les faltaba tiempo para señalar lo mal que la había administrado. una continuación de la historia. Apáñatelas y habrá más en el mismo sitio. Pero ponte a darle golpes y pasará a la ofensiva. Haz lo que puedas con esta ridícula cantidad. . ¿no? Haría cualquier cosa por volver a jugárnosla. De repente tengo que estar aquí justificando como un capullo todos mis movimientos. y todo para conseguir un poco de financiación. Espera. Joder. He trabajado como un animal y lo sabes. Parecían hacerle gracia los fuegos artificiales que cruzaban sus dos hermanos y me pregunté si tendría la costumbre de pincharles. pero me aprendí la lección. Pero cuando fracasaba.

Y aquí se acaba la historia por lo que a mí respecta. explicaciones precipitadas por la tensión a que todos estaban sometidos tras la muerte de Bader. Tú jugabas sobre seguro. Tú nunca has estado en la línea de fuego. Siguió una torpe parrafada: disculpas por la discusión. Nos estrechamos la mano. Cogí la indirecta y aproveché la oportunidad para ponerme en pie. Las luces exteriores estaban encendidas y a. en el camino del garaje. Hay que joderse. como si estuviera apretando el botón de un ascensor. Lo más probable era que los tres hermanos Malek estuvieran y a dándose de puñetazos en la sala. Vi la débil sombra de mi coche aparcado en el extremo más alejado del patio y nos dirigimos hacia allí. muchachos —dijo—. Parece un buen hombre. Hay señoras delante —canturreó Jack. me aseguraron que no habían querido ofenderme y y o les aseguré a mi vez que no me habían ofendido. Me dieron las gracias por mi tiempo. Les di las gracias por la bebida y me fui. ¿No podríamos dejar esto para más tarde? Kinsey no ha venido aquí para oírnos. —Eh. Bennet estiró un dedo y punzó el aire con él varias veces. Eras el niño bonito de papá. Soy el único que se la juega. pero la iluminación era escasa. el hermanito repelente que se quedaba en casa y hacía todo lo que papá decía. —Te acompaño —dijo Christie. —Voy por una chaqueta —dijo Christie mientras cruzábamos el vestíbulo. Hubo un momento de silencio mientras salíamos de la sala. —Cállate. Se desvió hacia el armario y se puso un chaquetón oscuro de lana mientras salíamos al aire de la noche. —Será mejor que me vay a. Vete a la mierda. peor para ti porque acabarás en la cárcel. En mi opinión no eran más que unos patanes maleducados y se lo habría dicho talmente si me hubieran pagado y a los honorarios. Y si no lo sabes. . —Cuidado con las jotas.La mitad de lo que haces es abiertamente fraudulento y lo sabes. Espero que todo vay a bien. pero no creo que tengan que preocuparse por Guy. ¡Nadie está hablando contigo! Christie me dirigió una mirada y levantó la mano. No me di cuenta de que había contenido la respiración hasta que la puerta se cerró y pude respirar aire fresco. Las ventanas delanteras proy ectaban haces amarillos truncados delante de nosotras. Como suele suceder. soy el único que corre riesgos. así podrán hablar del asunto. imbécil. Y ahora quieres que te reconozcamos como al triunfador que se las sabe todas. La invitamos a tomar una copa. Puedo mentir como la que más cuando hay dinero por medio. —Oy e. La temperatura había descendido y la humedad parecía salir de los adoquines. no a un combate de boxeo.

—Me hace sentirme contenta de ser huérfana. —En eso estoy de acuerdo. —¿Por qué se queda? —¿Quién dice que me quedo? Se lo dije a Donovan el otoño pasado. Puede que ahora se pongan los tres contra él. La tensión en esta casa es irreal la may or parte del tiempo. —Se detuvo con una sonrisa—. Se metió las manos en los bolsillos—. —¿No tienen hijos? —Todavía no. El uno para todos y todos para uno no tiene razón de ser aquí. Vay a colección de animales. Ocurre continuamente y me está sacando de quicio. Se pelean absolutamente por todo. pero ¿y o qué sabía? Están todos tan sonados que no reconocería a una persona sana aunque me mordiera. No tengo hermanos y pensaba que era una idea fabulosa. Debería haber imaginado que tres adultos viviendo aún en casa de papá no sonaba lo que se dice a cordura. Las alianzas varían según el tema. y me largo» . supongo que todavía albergo la débil esperanza de que las cosas se arreglen de alguna manera. Pasa cualquier cosa y al instante toman las posiciones más dispares. Bennet y Jack forman equipo contra Donovan. al mismo tiempo. en medio de una discusión general. ¿Y qué pasó entonces? Bader se murió. Bueno. Todos quieren tener razón. Al siguiente. ¿qué hijo querría venir a una casa como esta? Es asquerosa. Al principio parecían llevarse bien. Voy a cumplir los cuarenta y si algo no sucede pronto. —No es sólo eso. será demasiado tarde. —No sé. —Siento que lo hay a visto. —Gracias por sacarme de allí. Quiero decir. pero parece que en este ambiente no hay forma de quedarse embarazada. amigo. Vivo con un continuo dolor de estómago. Es como vivir en una guardería. —Yo no. Aún se pelean por el mismo camión de juguete. Le dije: « Una pelea más. —Creía que hoy en día las mujeres podían tener hijos a los cincuenta. Yo quería tener hijos. ser moralmente superiores y. —Haber encontrado a Guy no creo que sirva de mucho —comenté. Puede que sólo esté molesta porque ninguno se pone nunca de mi parte. Un día son Donovan y Jack contra Bennet. ¿verdad? —dijo. No puedo irme cuando todo está patas arriba. Luego forman partidos y hacen coaliciones temporales. Además. todos se sienten del todo incomprendidos. Tendría usted que verlos en acción. Detesto ver sus peleas infantiles y encima tener que consentirlo. Parece que y a los tengo —añadió con una mueca—. seguro que me engañaron. Me casé pensando que iba a formar parte de una familia entrañable. —Beber no le sirve de mucho a Bennet. Sigo intentándolo. Todos tienen tres años. . Al final será lo único en que estén de acuerdo. Olvídelo. La vida y a es bastante difícil. pero nunca hay entente.

Tasha no le hizo ningún favor cuando fue a buscarla. —¿A eso le llama « estar de acuerdo» ? —Oh. pero les ha impresionado lo que ha hecho usted. no se preocupe. pero en este momento no necesitan ningún detective… —Necesitan un arbitro —dijo riéndose—. —Bueno. La tensión me había congelado los sentimientos y fui a casa con la calefacción al máximo. —Donovan parece buena persona —dije. —Llegué hasta Santa Maria y tuve que dar media vuelta. abrí la puerta y tiré el bolso al mostrador de la cocina. Crucé el chirriante portillo con la llave preparada. pero la trifulca había hecho que hasta las galletas con queso me parecieran poco apetecibles. Pero todo es fachada. Oí la cadena del lavabo de abajo y me recorrió de arriba abajo un escalofrío de miedo. La verdad es que Guy es el único por el que lo siento. gracias. Cuando entré en mi calle pensé en ir a cenar al local de Rosie. dedicando unos momentos a calentar el vehículo. Al menos sabe y a con qué tengo que vivir. Miré hacia las ventanas iluminadas de la sala. Olvidé devolverte la llave. Estoy segura de que nadie se lo ha dicho. Nos dimos las buenas noches y me senté al volante. Mejor antes que después. No había comido más que una aceituna sin hueso durante la merienda en casa de los Malek. —No te he oído entrar —dijo—. le darán vueltas. Había imaginado comer suntuosos canapés en lugar de la cena. —No se preocupe. En el fondo sabía que estaba eludiendo la idea de volver a una casa vacía. Siento que los hay a visto en su peor momento. y a que un jersey de algodón y una chaqueta de lana aíslan muy poco. algo frágil y agudo que me hizo respirar hondo. Cada minuto que pasara sería peor. Al menos no me sentiría una intrusa al entrar. No hay como un enemigo común para unificar las tropas. Una densa niebla se extendía desde la play a y me estimuló recordar que me había dejado la luz de la sala encendida. Lo dejarán sin un centavo si pueden y. Estaba en medio de la calle y te echaba de menos con locura. Eso pensaba y o también. . —¿Qué estás haciendo aquí? Pensaba que te habías ido. El caso está cerrado —dije. Aparqué el coche en la esquina y entré por el camino del garaje de Henry. Se abrió la puerta del cuarto de baño y salió Robert Dietz con una cara tan asombrada como la mía. Ha aprendido a funcionar en el mundo de los negocios y por eso está un poco más pulido. Consistía en una delgada lengua de aire cálido que me lamía las suelas del calzado. es el mejor de la camada. por lo que ha dicho usted. No quiero que nos separemos de mala manera. El resto de mi cuerpo estaba como el hielo. Sentí una punzada en el pecho. —Ja.

La cautela era como una pared que había construido para mantenerme a salvo. Habría superado la situación si no hubiera vuelto. Las palabras sonaban extrañas y quería darme palmaditas en el pecho para consolarme. Dietz se apoy ó en mí como una escalera de mano abandonada por un ladrón. —Podemos ser amigos sin definición. —¿Entonces qué? Tú decides. En mí. Hizo un gesto con la mano. Tenía una inexplicable necesidad de llorar por algo. Normalmente. —Ven —dijo. Crucé la sala. —No veo la manera de resolver nuestras diferencias básicas. Haré lo que quieras. apremiándome para que me acercase. las despedidas producen algo así. tiernas separaciones como en las películas acompañadas por música garantizada para partir el corazón. —¿Has cenado? —Todavía no me he decidido. Acabo de tomar unas copas con los Malek — dije con un hilo de voz. Pero la seguridad es una ilusión y el peligro de sentir demasiado no es peor que el de embotarse. el instinto de supervivencia y la necesidad de amor habían estado en guerra durante años. el tierno dolor implícito en todos los vínculos entre dos criaturas. no me fiaba de mi voz. El silencio entre nosotros era así de doloroso para mí. pero había sobrevivido. . El día había sido difícil. ¿No crees? —¿Cómo quieres que lo sepa? —Quería calmarme. Lo miré de nuevo y vi mi dolor reflejado en sus ojos. pero no podía. la posibilidad de la pérdida. no importa que sean humanas o animales. —¿Quieres hablar? Negué con la cabeza. Miré hacia otra parte pensando en los riesgos de la intimidad.

Me sentía como una serpiente enroscada en un pedazo de tierra soleada. Para lo que y o quiero. Apagamos la lámpara y gateamos desnudos como osos polares en una cueva. Era un tiempo en que el sexo no parecía tener consecuencias que no se curasen fácilmente. el celibato es mi estado habitual. pero y o estoy pasada de hambre —dije—. La herida de Dietz requería paciencia e ingenio. Bajé el edredón del dormitorio de arriba. la expresión de su cara. a las diez. Treinta minutos después. el hambre disminuy e y el apetito se debilita. Finalmente. Hubo una breve época durante mi juventud en que mi conducta era imprudente y promiscua. nos encontrábamos en mi reservado favorito del local de Rosie. y y a duchados y vestidos. —No sé tú. El calor de su cuerpo derretía mis miembros helados. así que estiramos el sofá-cama. Durante un rato me limité a embriagarme con su aroma almizcleño. 9 La rodilla de Dietz estaba tan hinchada y le dolía tanto que no podía subir la escalera de caracol. Creo que se parece mucho a vivir en tiempos de hambruna. todos mis sentidos se aguzaban y el deseo de contacto se sobreponía a mi natural reticencia. mientras recorría ciegamente todas sus superficies. que se calienta hasta los huesos después de un largo e implacable invierno. Si no paramos y comemos pronto. aparté las frazadas dejando nuestros cuerpos sudorosos expuestos a la temperatura polar que nos rodeaba. Tal como están hoy en día las cosas en el mercado hay que ser idiota (o suicida) para tener un contacto casual sin haber hecho antes muchas preguntas directas ni intercambiado los correspondientes análisis de sangre. El proceso generó muchas risas a causa de las contorsiones y silenciosa concentración durante los intermedios. Me acordaba de su forma de actuar por los tres meses que habíamos pasado juntos. el pelo y la piel. Con Dietz. los sonidos apagados que emitía. Sin ninguna esperanza de darse un atracón. William y ella estaban trabajando. él detrás de la barra y Rosie sirviendo las mesas. pero nos las arreglamos. Normalmente la cocina cierra a las diez y advertí que Rosie estaba a punto de decírnoslo cuando se fijó en el colorete que . Hicimos el amor en el fofo iglú del edredón mientras la luz de la calle se colaba por la ventana circular como el resplandor de la luna en la nieve. Lo que había olvidado era la fogosa respuesta que despertaba en mí. habré muerto antes del amanecer.

pimienta. salchichas ahumadas y crema agria. pero de todos modos me vio el rubor erótico. Está garantizado que levanta los ánimos cansados. Dietz había hecho café y estaba ley endo el periódico. No os vay áis. espirar. con el pelo húmedo y unas gafas apoy adas en la punta de la nariz. Rosie debe de andar cerca de los setenta. Se puso de lado ante la mesa. Luego os daré pollo frito con puré de champiñones. también llamado sopa del borracho. aspirar. Por fin me dormí (oh sorpresa) y me levanté a las siete llena de energía. . noté que su inglés había mejorado. pero no tanto como para atraer el fuego del enemigo. o al lado. Me descubrí contando mientras respiraba. se me dormía el brazo y me aplastaba la oreja izquierda. La mitad del tiempo sentía el esqueleto metálico del sofá en la espalda. balanceándose un poco. No nos fuimos hasta medianoche. me ahogaba de calor. Necesitáis dormir. En honor al regreso de Dietz. Dietz dormía como un soldado en el frente. enroscados los dos en la estrechez del sofá-cama. pero no café.me enrojecía las mejillas. Había momentos en que el ritmo cambiaba y había una larga pausa durante la que me preguntaba si estaría muriéndose. A veces sentía su aliento en la mejilla y el efecto me ponía a cien. lo suficientemente altos para mantenerme en guardia. y a vestido. Con Rosie no tiene sentido pedir nada. sin mirarnos a los ojos después de la primera mirada furtiva. Sus ronquidos eran débiles bufidos. Probé una posición y luego la otra. pero no le falta perspicacia. Pareció comprender de un vistazo tanto la causa de nuestra satisfacción como nuestro ávido interés por la comida. esto es lo que vais a comer y mientras lo digo no me pongas esas caras que haces siempre… —Frunció la boca y puso los ojos en blanco para enseñar a Dietz el entusiasmo que solía manifestar y o por sus elecciones—. aspirar. hasta que me miró. ni siquiera esforzarse por hacerlo. No estoy acostumbrada a dormir con alguien y no puedo decir que me reportara un sueño reparador. Traeré el vino enseguida. Estoy preparando Korhelyleves. pero Rosie sonreía por lo bajo mientras recitaba la comida que nos iba a preparar. con una almohada debajo de la pierna izquierda. boca arriba. Dietz tenía que dormir de espaldas. aunque se diría que y a os habéis tomado un cazo entero. está riquísimo. Lo observé unos minutos. espirar. Lleva un kilo de col en vinagre. con los costados en contacto. Apoy é la barbilla en la palma de la mano. Pensaba que al ponerme el maquillaje había conseguido disimular la irritación de las mejillas. removiéndome sin descanso mientras las horas pasaban. No dormimos hasta la una. lo que me daba dos opciones: o estar sobre él. —Bueno. —No sabía que llevaras gafas. pero si cambiaba a la otra posición y ponía la cabeza en su pecho. Comes lo que ella considera perfecto para la ocasión. A causa de su rodilla. y de postre hay torta de avellanas. con la cabeza sobre su pecho.

—¿Quieres compañía? —Dietz —dije medio escandalizada—. —Sí. —Antes era demasiado vanidoso. si no? . me quedo casi sin conversación. Lo mismo hace frío que tenemos una temperatura templada. —Eres una aficionada. Me puse de costado y apoy é la mejilla en el brazo derecho. dándome un fuerte abrazo antes de subir al coche. El océano tenía una tersura brillante al reflejar el blanco uniforme del cielo. —Si vuelvo dentro de un par de semanas. Los inviernos de Santa Teresa están llenos de contradicciones así. He hecho reservas en un motel cercano. Probablemente me quedaré en la cama. ¿Y tú? ¿Cómo se presenta el día? —No lo sé. ¿estarás aquí? —¿Dónde voy a estar. si vuelves a meterte en mi cama no seré capaz de andar. Empezaré pronto. tendremos dónde. Las gaviotas revoloteaban chillando encima de nuestras cabezas mientras dos perros saltaban al mismo tiempo. Me apoy é en el capó y nos besamos durante un rato. No los he visto desde hace dos años…. así que no tengo que ir a trabajar. como si fueran platos voladores en vuelo bajo. Me las ponía en cuanto trasponías la puerta —dijo con su típica sonrisa lateral. Finalmente se apartó y observó mis rasgos. Si quieren pasar la noche conmigo. Hoy es sábado. Nunca sé muy bien de qué hablar con ellos. desde que me fui a Alemania. pero también estoy nervioso. Dietz se fue a las nueve. No estoy acostumbrada a esto. —Lo soy. No soy precisamente una fuente de consejos paternos. —¿Cuándo te esperan tus hijos? —A primera hora de la tarde. Nos quitamos los zapatos y nos perseguimos por la orilla con las olas espumosas salpicando nuestros pies desnudos. con cierto aroma tropical. —¿De qué hablas con el resto de la gente? Generalmente de tonterías. tratando de cazar a los pájaros a mordiscos. —Apuesto a que estás deseando verlos. Después del desay uno nos fuimos a la play a. El día estaba nublado y la calina flotaba en el calor como espuma aislante. También es extraño para ellos. —¿Qué tal un café? —Espera a que me cepille antes los dientes. Cuando les he hecho las habituales preguntas por las novias y las clases. A veces acabamos y endo al cine para tener algo de qué hablar después. La temperatura rondaba los veinte grados centígrados y la brisa era suave y afrutada. —Lo harás fenomenal. —Eso espero. —Incluso las tonterías piden un contexto.

tenía la despensa llena y el frigorífico a tope. claro. —¿Cómo le dio por hacer esto? Nunca me ha contado nada sobre esas aficiones. Los crucigramas que . —Hasta entonces —dijo. Solté una especie de gemido. La textura de la crema de cacahuete ponía un contraste sublime en el crujido de los variantes. así era y o quien se quedaba atrapada por culpa de su ambigüedad. A veces. pero no está mal. Pero. —Gracias. Estaba a la misma altura que el sexo con la ropa puesta. de modo que mi virtuosa actividad tuvo que ver más con el restablecimiento de mis fronteras que con ahuy entar la melancolía. —No te preocupes por mí. que completaba enseguida. Cualquier día servirá —dije despidiéndome con la mano mientras su coche se alejaba. casi me desmay é de placer y Henry me miró. Le puse al tanto del romance y charlamos de naderías mientras me comía el bocadillo. —Es lo que siempre dice cuando prueba esta maravilla culinaria. libros de consulta y un diccionario de crucigramistas. Había extendido encima papel cuadriculado. El corte diagonal dejaba al descubierto más relleno que los cortes verticales y saboreé la proporción de salinidad y acidez que tenía. para entretenerse. Me preparé un bocadillo de mantequilla de cacahuete con variantes y me reuní con él en el sol. —¿Quiere uno? —pregunté. Di otro bocado y señalé el crucigrama que estaba haciendo. Esta vez no me sentía deprimida. —Henry era un fanático de los crucigramas y estaba suscrito al New York Times para hacer el crucigrama diario. dejaba en blanco una letra sí y otra no o rellenaba primero los bordes exteriores avanzando en espiral hacia el centro. ¿Cómo había acabado con un hombre como él? Pasé el resto de la mañana limpiando. ¿Dónde ha ido Dietz? Creía que tenía intención de quedarse. Sacudí la cabeza mientras volvía a casa. Como pasatiempo. Henry confecciona y vende crucigramas a las casas que publican esos folletos amarillos que se adquieren en la caja de los supermercados. —Dame un mordisco. pero a pesar de todo resultó satisfactorio. algo que siempre fortalece mi sentido de seguridad. ante una redonda mesa de campo que había adquirido en una tómbola el otoño anterior. En realidad no necesitaba mucha dedicación. Como Dietz había ido de compras. —Muy extraño. pero acabo de comer —dijo—. poniendo los dedos de manera que no pudiese dar un mordisco muy grande. A la hora de la comida vi a Henry sentado en el patio trasero. la vida no puede ser del todo mala. Dietz detestaba concretar fechas porque le hacía sentirse atrapado. alargándole el plato. Mientras tengas suficiente papel higiénico. Le ofrecí la parte más abultada del centro. Sabía que Dietz iba a volver. Masticó un momento. saboreando la intensa mezcla de sabores.

Lo he visto preparar docenas sin enterarme de la estrategia. —He fortalecido mi técnica. Jack y él. He usado este varias veces y me va bien. no utilizar palabras de menos de tres letras y cosas así. Ahora estoy mejor organizado. alcancé el teléfono en el momento en que se ponía en marcha el contestador. como los torneos de bridge. Deberías probarlo para ver cómo es. aunque él aseguraba que eran muy sencillos. —Me bajé de la mesa y eché a correr hacia mi casa. no hay ninguna área cerrada. si te fijas. Donovan me llamó a la iglesia. es un asunto muy serio. Las normas dicen que los cuadros negros no pueden superar la sexta parte del total. —Irguió la cabeza—. Esta es la medida que uso —dijo señalando una plantilla con los cuadros negros y a puestos. Los crucigramas se proy ectan sobre una pantalla grande. —Soy demasiado lento y me aturdo con facilidad. Tendrías que ver a todos los cachorros que acuden. Además. Una lumbrera de verdad puede contestar sesenta y cuatro preguntas en menos de ocho minutos. Los mejores son los que tienen un tema alrededor del cual giran todas las respuestas. Este es pequeño. de quince por quince. se reunieron anoche. Ese otro es para terminar los crucigramas y tiene listadas palabras hasta de siete letras en orden alfabético inverso. —¿Así que no dibuja el formato también? —Por lo general no. Busqué el botón de apagado mientras mi voz solicitaba el mensaje del interlocutor—. Incluso hay campeonatos de crucigramas. Dice que quieren que esté con ellos unos días. —¿Cómo se metió en esto? Agitó una mano para quitar importancia al asunto. —¿De veras? Su oído está mejor que el mío. Cogí uno de sus libros de consulta y le di la vuelta en la mano. hola. para hablar del testamento. Estoy en casa —canturreé. Soy y o. Son todos simétricos y. Por ejemplo. Mi enfoque era antes aleatorio. Hola. desde 1980. Espero no molestarla por llamarla durante el fin de semana. Sentí que mi cuerpo se quedaba rígido.ideaba él me parecían muy difíciles. —¿Le ha tentado alguna vez la idea de participar? Negó con la cabeza mientras apuntaba una definición. —En absoluto. Es tu teléfono — dijo. —Haz varios y no lo podrás evitar. Sonreí ante el entusiasmo que había en su voz. Soy Guy. ¿Qué ocurre? —Poca cosa —contestó—. Bennet. —¿Qué es esto? —Ahí están listadas en orden alfabético las palabras de tres a quince letras. Supongo que los tres. —Hola —dijo una suave voz de hombre—. Hay otras normas menores. .

¿sí? Qué interesante. según he descubierto. Poner las cartas boca arriba y jugar limpiamente —dijo. Se lo digo sinceramente. Estuve allí anoche y todo parecía muy tenso. sí. pero luego me puse a pensar. Bueno. entendía por qué se sentía tentado. así que el problema está resuelto. Me quedé en silencio un momento. ¿Va a hacerlo? —Creo que sí. Gritar. —Esa fue mi primera reacción. —Entonces es posible que tengamos que hablar de eso. —Quizá sí. Será el fracasado. pero pensaba que sería mejor hablar antes con usted. Hay mucha fricción entre ellos y su aparición no hará sino atizar el fuego. pero muy necio tendría que ser para meterse en aquella casa sin que lo asesorase nadie. Será una pesadilla. La muerte de Bader ha fustigado emociones de todas clases —comenté—. No creo que deba usted exponerse. —¿Quiere que le diga la verdad? —Bueno. No me habría fiado de aquellos tres en ninguna circunstancia. Mañana tiene congregación en Santa Teresa. —Yo en su lugar no lo haría. No se imagina usted la dinámica que hay allí. pero no estoy muy seguro. pero no de esa manera. Por eso he llamado. Pude oírle encogerse de hombros. creo que no lo entiende —dije—. No puede hacerme daño. —Advertí que había elevado el tono y el volumen de la voz. Me parece que si quieren presentarme una tregua. —Entiendo. Debería hacerlo. Yo no lo llamé a él —dijo—. Pueden llevarme después del servicio religioso. —¿Por? —Los sentimientos están exaltados y su aparición en este momento sólo empeorará las cosas. He tenido una larga charla con Peter y Winnie. —Tengo que intentarlo —dijo. no es un método para convencer a nadie de tu propio punto de vista. . —Quizá sea una tregua y quizá no. No es por criticar a sus hermanos. Reprimí un deseo urgente de gritarle. —¿Qué quiere decir? —Se encontrará usted en la misma situación en que estaba cuando se fue. —Ah. el chivo expiatorio de su hostilidad. —No. Peter cree que es hora de dialogar. al menos debería recorrer la mitad del camino. Dado el estado emocional de Guy. Había visto a sus hermanos en acción y Guy no encajaba allí. No está usted preparado y terminará tragando un montón de mierda. me llamó Donovan. pero no son buena gente. al menos en lo que se refiere a usted.

pero y a se había ido a San Francisco y. Terminará siendo el blanco de toda la ira que han acumulado. No lo necesito. según la secretaria. El dinero no me importa. después pasaría diez días esquiando en Utah. —Todo eso está muy bien. pero esto no tiene que ver con usted. —Que es precisamente lo que hará de usted un pato sentado en espera de los cazadores. Tiene que ver con la relación que hay entre ellos. —Eso es lo que dice ahora. pero nunca he sabido guardarme lo que opino. —Mentira. Eso es mentira. Llame a otro abogado. Bennet y Jack tampoco. Dijeron que si ella llamaba. —Yo no lo veo así. no tiene usted necesidad de que le salpiquen con su veneno. Si su única . He cometido fechorías. Lo admito y quiero repararlas ante ellos. —Pues llámela a Utah. Llamé al bufete de Lompoc. Los conflictos se dirimen allí al aire libre. pero ¿cómo sabe que no cambiará? ¿Por qué crearse problemas de efecto retardado? ¿Ha hablado con Tasha? ¿Qué opina de esto? —No he hablado con ella. Allí tienen teléfono. —Lo intenté. Tiene que ver con su padre y con lo que ocurriese después de que usted se fuera. —Ya sé que no. Les importa una mierda el perdón y disculpe usted mi francés. —Mire. y que se pondría en contacto conmigo si podía. Soy feliz como estoy. Ninguno de los tres conoce el pudor. —Ya están boca arriba. ¿Sabe usted de cuánto estamos hablando? —Me da lo mismo. ¿Y si le presionan para que tome una decisión? —¿Sobre qué? —¡Sobre cualquier cosa! Ni siquiera sabe usted lo que le conviene. pero hay muchas más cosas en litigio. Peter dice que no habrá ninguna solución si no nos sentamos a hablar todos juntos. —Donovan no parece guardarme rencor y. sino de enmendar las faltas. No quisieron darme el número. Por eso estamos discutiendo —grité—. Sabía que sería más inteligente tener la boca cerrada. Su calendario laboral no tiene nada que ver con el de ellos. le darían mi nombre y mi número. ¿Por qué ha de pasar por eso? —Porque quiero comunicarme con ellos otra vez. y créame. ¿Y si sale a relucir el tema del dinero? —No me importa el dinero. Guy. —Entonces inténtelo en otra parte. por lo que dice. no quiero estar aquí diciéndole lo que debe hacer. —No se trata de abogados. ¿De qué otra forma puedo convencerlos si no es cara a cara? Me puse a bizquear para contener la impaciencia. delante de Dios y del mundo. La verdad es que he cambiado y necesitan verlo. No quiero que hable con sus hermanos sin asesoramiento legal.

—Bueno. y lo harán mucho mejor. Se echó a reír. podía recitar versículos de la Biblia como si fueran letras de canciones. no de acuerdo con los de él. pruebe a preguntarle a El otra vez. si no quiere usted el dinero. en este todo el que cree es justificado» . hasta que vuelva Tasha. No haga caso. Usted debería obrar de acuerdo con sus propios intereses. Ir con él era lo último que quería. —¿Cómo puedo acabar mal si no quiero nada? Pueden quedarse con el dinero si eso es lo único que se interpone entre nosotros. varones hermanos. toda esta historia . He rezado para que ocurriera esto. entendido. —Bueno. —Eso no se lo discuto. Ni siquiera sé lo que significa. Consiga ay uda para no hacer nada que luego podría lamentar. —« Tened. y a lo he hecho. —Como muchos fieles. Esta vez fui y o quien guardó silencio. acabará mal. Pedí a Dios una señal orientadora y he aquí la respuesta. Mire. lo hará. No hay razón por la que saltar cuando Donovan silba. —¿Por qué no viene usted? Solté un gruñido y se rio por toda respuesta. —Olvídela. Ir a hablar con ellos sería una insensatez. Percibía su resistencia a aceptar lo que le decía. Aquel hombre necesitaba protección. Como la may oría de los mortales. Es una buena idea. y de todo aquello de que en la ley de Moisés no pudisteis ser justificados. había tomado una decisión antes de informarse. No conozco la ley y no sé cuál es su situación legal. Yo no sé una palabra de asesoramiento. pero no creía indicado inmiscuirme. Lo único que le digo es que no vay a solo. Sus razones eran limpias. ¿Qué tenía que ofrecerle como asistente legal? —Porque no es mi sitio. —¡No estoy hablando de mí! ¿Y Peter y Winnie? Estoy segura de que estarán deseosos de ay udarle si se lo pide. Se lo he pedido a usted.intención es hacer las paces. Además. Espere diez días. que por medio de este se os anuncia la remisión de los pecados. Lo único que le digo es que lleve a alguien. ¿Por qué complicar las cosas? Guardó silencio un momento. de mediaciones ni de nada. —En cierta manera. estoy segura. ¿por qué no se lo da a la iglesia? —En el momento en que lo dije tuve ganas de morderme la lengua. —No lo había pensado. Abrí la Biblia y puse el dedo en una página. pues. —¿Sabe una cosa? Voy a contarle la verdad —dijo—. ¿Sabe cuál era el pasaje? —No puedo imaginarlo —contesté con prontitud. No haga nada todavía. No soy objetiva. —Acabo de intentarlo. Quizá malinterpretó usted el mensaje. si está resuelto a hacerlo.

porque de alguna manera es como si formara parte del asunto. Si me deja en su casa.del parentesco familiar me ataca los nervios. Vacilé. —¿Quién. No sé por qué. —No lo sé. Es el único vínculo que veo. ¿podría acercarme usted? No tiene que quedarse. pero no quiero que se meta en la guarida del león. Peter me llevará a la ciudad. —No parece mal plan. ¿Por qué dice eso? Se echó a reír. —No tiene intención de escucharme. La congregación de Peter se celebra en el centro. y a que una inexplicable gota de sudor se me había escurrido hasta las bragas—. —No la tiene. —Mi integración es únicamente profesional. Claro que puedo hacerlo —dije—. El problema es que no estoy de acuerdo. No quiero ser una molestia. pero a mí me lo parece. ¿A qué hora llegará? —¿A las tres? Más o menos a esa hora. Se quedó un momento en silencio y cambió de tema. ¿por qué no me llama en cuanto llegue? Me acercaré a la iglesia y lo recogeré. pero no encontraba ninguna razón para negarme. Sólo le pido que me lleve en su coche. ¿No tendrá usted también algún conflicto con la familia? Aparté el teléfono y miré el auricular. ¿Por qué no vuelve a hablar con Peter? Ya sé que está deseando hacer las paces. Comprendo que no quiera verse envuelta y no tengo nada que objetar. Afrontaré todo lo demás si me lleva allí. —Bastante cerca —dije sintiéndome irritable y resignada—. ¿verdad? —atajé. Me contrataron para hacer un trabajo. Todos sabemos cómo se llevaban los leones y los cristianos. —A ver qué le parece esto. Mire. Donovan dice que todo el mundo estará fuera mañana hasta las cinco de la tarde. Ya me sentía grosera por oponer tanta resistencia. . —Es curioso que diga usted eso. —No sé qué relación puede tener eso con lo otro. Se me ha ocurrido de repente. Quizá podamos hacerlo de otra forma. pero tuve que llevarme la mano a los riñones. pero tiene una agenda demasiado apretada para hacer nada más. pero es como si estuviese usted integrada en este circuito. en la iglesia que hay en el cruce de State y Michaelson. Percibí la sonrisa de Guy y habló con tono afectuoso. —¿Dónde vive usted? —¿Por qué lo pregunta? —No quería darle detalles hasta conocer sus intenciones. —Ya la he escuchado. y o? Pues claro que no. Quizás esté equivocado. ¿Queda cerca de su casa? Puedo recorrer andando lo que falte. —Mantuve el tono en registro despreocupado para expresar mi indiferencia.

—Eso es fantástico. ¿Está segura de que le va bien?
—No, pero no abuse de su suerte. Quiero hacerlo, pero no me pida
seguridades encima.
Se echó a reír.
—Lo siento. Tiene razón. Hasta luego —dijo y colgó.
Mientras dejaba el teléfono y a tenía dudas. Es sorprendente lo rápido que los
problemas ajenos se convierten en propios. El problema crea un vacío que nos
absorbe a todos.
Me descubrí paseando por la sala, refutando por dentro la absurda afirmación
de que su situación era relevante para la mía. Su conflicto con la familia no tenía
nada que ver conmigo. Me senté a la mesa y tomé algunas notas. En el caso de
que Tasha preguntase, pensaba que sería prudente tener un resumen de la charla
que acabábamos de sostener. Esperaba que no le diera más vueltas a lo de dar
todo el dinero a la iglesia. Si se volvía avaricioso por culpa del Evangelismo del
Jubileo, sí que sería un problema. Omití toda referencia a donaciones caritativas,
pensando que si no lo ponía por escrito, no existiría el objeto.
Volví a coger el teléfono y llamé a los Malek. Contestó My rna y pedí hablar
con Christie. Mientras esperaba, oí que My rna cruzaba el vestíbulo y llamaba a
Christie al pie de las escaleras. Cuando Christie se puso finalmente al habla, la
puse al corriente de mi conversación con Guy.
—¿Querrá informarme usted de lo que suceda? —pregunté—. Lo llevaré a la
casa, pero luego lo dejaré solo. Creo que necesita protección, pero no quiero
ponerme el uniforme de la brigada de rescate. Es un adulto y esto no es asunto
mío. Me sentiría mejor si supiera que hay alguien en su terreno que se preocupa
por él.
—De acuerdo. Deje el rescate para mí —dijo con entonación maliciosa.
Me eché a reír.
—No quisiera parecer superficial, pero es un hombre apuesto —dije.
—¿De verdad? Bueno, eso está bien. Soy muy aficionada a los hombres
apuestos. En realidad es la razón por la que voto en las elecciones presidenciales
—dijo—. Creo que no tiene usted nada de qué preocuparse. La otra noche,
después de irse usted, los tres hermanos hablaron largo y tendido. Primero se
destriparon y luego se pusieron a hablar razonablemente.
—Me alegro de saberlo. En realidad, estaba algo confundida por el hecho de
que Donovan lo llamara. ¿Qué intenciones tienen? ¿Le molesta que se lo
pregunte?
—Creo que depende de lo que Guy les cuente. Claro que, en última instancia,
eso es algo que tendrán que resolver los abogados. Creo que ellos quieren obrar
con sentido del honor. Por otra parte, cinco millones de dólares pueden
distorsionar la idea de justicia de cualquier persona.
—Y que lo diga.

10

Me detuve junto a la acera, delante de la Iglesia Evangélica de la Fe, a las tres de
la tarde del día siguiente. Guy me había llamado a las tres menos cuarto y salí de
casa al poco rato, deteniéndome sólo para poner gasolina. El sol volvía a brillar y
parecía un día de verano. Me puse los tejanos de costumbre y una camiseta, pero
me quité las Reeboks y los calcetines, y los cambié por unas sandalias abiertas en
honor del repentino calor. Habían cortado la hierba del patio de la iglesia
recientemente y la acera estaba bordeada de verde. El césped tenía un pálido
color castaño allí donde las hojas cortadas habían tenido ocasión de tostarse al sol.
Algunos narcisos se habían tomado la subida de la temperatura como una
invitación para sacar sus estambres a la luz.
No vi ningún rastro de Peter, pero Guy estaba en la esquina con una mochila
a los pies. Vio mi coche e hizo como que hacía autoestop, levantando el pulgar
con una sonrisa. Confieso que cuando lo vi se me partió el corazón. Se había
cortado el pelo y su cara estaba recién afeitada, incluso llevaba todavía un trozo
de papel higiénico donde se había cortado. Vestía un jersey azul marino que no le
sentaba bien. Los pantalones le colgaban por la culera y le quedaban un poco
largos, y a que barrían el suelo con la parte trasera del dobladillo. La chaqueta era
ancha de pecho, lo que hacía que las hombreras fueran tan exageradas como las
de los trajes chicanos de 1940. La prenda podía proceder perfectamente de las
donaciones para la tómbola de la iglesia o quizá se la había comprado a alguien
que pesaba veinte kilos más que él. Fuera cual fuese la explicación, llevaba
aquella ropa espectacular con palpable torpeza, y saltaba a la vista que no estaba
acostumbrado a las camisas de vestir y a las corbatas. Me pregunté si también a
mí se me habrían notado los puntos débiles durante mi comida con Tasha. Me
había adecentado entonces con la misma inseguridad, quizá consiguiendo los
mismos resultados lastimosos.
Guy recogió la mochila de lona, claramente contento de verme. Parecía tan
inocente como un perrito. Había dulzura en él, una cualidad abierta y sin formar,
como si su asociación con los Evangelistas del Jubileo lo hubiera aislado de las
influencias mundanas durante los últimos años. Su inquieta naturaleza se había
convertido en una amabilidad que pocas veces había visto en un hombre.
Se deslizó en el asiento del copiloto.

—Hola, Kinsey. ¿Qué tal está? —Se puso la mochila entre las piernas, como
un adolescente que va de excursión.
Le sonreí.
—Va usted elegantísimo.
—No quiero que mis hermanos piensen que he olvidado cómo hay que vestir.
¿Qué le parece el traje?
—El color le sienta bien.
—Gracias —dijo sonriendo con complacencia—. Ah, Winnie le manda
saludos.
—Salúdela usted de mi parte —dije—. ¿Qué hay de su regreso? ¿Cuándo
volverá a Marcella?
Guy apartó los ojos, miró por la ventanilla de su lado y habló con una
indiferencia que contradecía el contenido de sus palabras.
—Depende de lo que pase en la casa. Donovan me ha invitado a pasar un par
de días y no me importaría quedarme si todo marcha bien. Supongo que si no
funciona, no habrá ninguna diferencia. Tengo dinero en el bolsillo. Cuando esté
listo para irme, alguien me llevará a la parada del autobús.
Estuve a punto de ofrecerme voluntaria, pero lo pensé mejor. Lo miré y
observé con disimulo su perfil. Según la luz, a veces parecía rondar los cuarenta
y tres años. En otros momentos, su infantilismo parecía una parte permanente de
su carácter. Era como si su desarrollo se hubiera detenido a los dieciséis años, a lo
sumo a los veinte. Observaba las calles como si estuviera en un país extranjero.
—Parece que no viene usted con frecuencia —comenté.
Negó con la cabeza.
—No tengo muchas oportunidades. Cuando vives en Marcella, Santa Teresa
parece muy grande y muy lejana. Cuando necesitamos algo, vamos a Santa
María o a San Luis. —Me miró—. ¿Podemos hacer un recorrido rápido? Me
gustaría ver cómo es.
—Claro que podemos. ¿Por qué no? Tenemos tiempo.
Di la vuelta a la manzana y volví a State Street. Giré a la izquierda, en
dirección al centro, tres manzanas más allá. El distrito comercial no tenía más
que unas veinte manzanas de largo por tres de ancho; terminaba en Cabana
Boulevard, que corre paralelo a la play a. Durante muchos años, los
establecimientos de la parte norte de State habían atraído a la may oría de los que
compraban en el centro. La parte meridional de State se consideraba el límite
urbano menos deseable, con las aceras salpicadas de tiendas baratas, casas de
comidas de tercera, un cine que olía a orina y media docena de bares ruidosos e
insalubres hoteles temporales. Últimamente se estaba recuperando la zona y los
establecimientos con clase habían empezado a deslizarse por aquella arteria en
dirección sur. Actualmente era en la parte norte de State donde se veían
escaparates vacíos, mientras que la parte baja se había quedado todo el comercio

turístico. Cuando hacía buen tiempo, la gente subía de la play a y veías desfilar
todo un ejército popular de turistas en pantalón corto, chupando cucuruchos de
helado.
—Ha crecido —dijo Guy.
Santa Teresa, con una población de ochenta y cinco mil habitantes, no era una
ciudad grande, aunque había prosperado. Traté de verla desde su punto de vista,
catalogando mentalmente todos los cambios que habían tenido lugar en los
últimos veinte años. En una fotografía de larga exposición habríamos visto
árboles que ascendían, ramas estirándose como la goma, la construcción de
algunos edificios nuevos y el desvanecimiento de otros en una nube de humo. Los
escaparates habrían chisporroteado con cientos de variaciones: toldos, rótulos,
artículos ordenados, las rebajas por liquidación de una tienda parpadeando tras el
vidrio antes de que otro establecimiento ocupara su lugar. Los edificios de
construcción reciente se perfilarían como apariciones, llenando los espacios
vacíos hasta no dejar ni un resquicio. Recordaba cuándo se habían ensanchado
las aceras del centro, estrechando State Street, para plantar árboles importados de
Bolivia. También habían puesto bancos de estilo español y cabinas telefónicas.
Habían aparecido fuentes decorativas como si estuvieran allí desde hacía años. El
fuego se había llevado dos comercios y un terremoto había inhabilitado otros.
Santa Teresa era una de las pocas ciudades que ganaban en distinción con el
tiempo. Las estrictas normas de la Junta de Urbanismo imponían un aire de
refinamiento que en otras ciudades había sucumbido ante las luces chillonas de
neón, los carteles gigantes y un batiburrillo de materiales y estilos de
construcción. Por mucho que los ciudadanos se quejaran de la tardanza
administrativa de las autorizaciones, el resultado era una mezcla de sencillez y
gracia.
En Cabana conduje a lo largo del muelle, acusando con las ruedas las grietas
del suelo. Giré al llegar al final y volvimos a la ciudad. Fuimos hacia la parte
norte de State y vimos el mismo paisaje desde la perspectiva contraria. En Olive
Grove giré a la derecha, pasé ante la Misión de Santa Teresa y de aquí fui a la
base de las colinas, donde se alzaba la finca de los Malek. Sentí crecer el interés
de Guy mientras aumentaba la cuesta de la carretera. El terreno de esta zona
estaba sin explotar en su may or parte y el paisaje estaba salpicado de
gigantescos pedruscos calizos y cactos espinosos con hojas que parecían palas de
jugar al tenis de mesa.
La finca de los Malek estaba en los límites del cinturón agrícola de la ciudad y
era un oasis verde oscuro en una región poblada de robles de tonos pálidos. A
intervalos irregulares podía verse que el fuego se había ensañado con las colinas
con espectaculares incendios y que las llamas habían avanzado de cerro en
cerro, llevándose casas y árboles y consumiendo cada matojo de vegetación. A
raíz de estos incendios habían surgido las plantas nativas apodadas « seguidoras de

—¿No quiere ver la finca? ¿Por qué no se queda un rato para que se la enseñe? —Ya estuve aquí para tomar una copa. —Bueno.incendios» . —Aún puede dar la vuelta. delicadas bellezas que emergían de las cenizas de los carbonizados y los muertos. Los garajes del final del camino estaban cerrados. Todas las ventanas estaban a oscuras y la may oría de las cortinas corridas. El aspecto general de la casa no era muy acogedor. Sus dedos estaban fríos y su nerviosismo era contagioso. Llame si le hago falta. Tengo que calmarme. No tuve valor para abandonarlo. Supongo. Cerramos las puertas en dos tiempos que se superpusieron como los disparos de una escopeta de caza. Se lo agradezco de veras. Aún se distinguían de vez en cuando las negruzcas y retorcidas ramas de las gay ubas. —Muy asustado. aunque no tenía nada que hacer aquella tarde. pero no puedo quedarme mucho rato. Es igual que una boda cuando y a has mandado las invitaciones…. pero es más fácil continuar que complicarle la vida a todo el mundo. —No quiero entrar. No ha cambiado desde el viernes por la noche. —Fantástico. —Es demasiado tarde. Creo que es curiosidad. aunque habían pasado cinco o seis años desde el último gran incendio. Entré en el patio y fui hacia la izquierda. Guy me miró con inquietud. La casa parecía desierta. y a sabe. —No es nobleza. Es fantástico. Mientras cruzábamos . Estiró la mano impulsivamente y me tocó el brazo desnudo—. —No derroche tanta nobleza conmigo. todavía es posible cancelarla. Guy dejó la mochila en el asiento delantero y bajamos del coche. Le deseo suerte. La verja de la entrada estaba abierta también aquel día y el largo camino del garaje desaparecía tras la curva sombreada de delante. Es muy bonito —dijo. y a está. ¿Por qué no le enseño el lugar? Podemos dar una vuelta por fuera. Sólo el ronroneo del motor alteraba el silencio. En el último momento volví a abrir la puerta y tiré el bolso en el asiento trasero antes de cerrar con llave. Apagué el motor. Los arbustos y las palmeras de los Malek parecían de otro mundo vistos contra el paisaje montañoso del fondo. —¿Ya se va? —Debería —dije. —¿Nervioso? —pregunté. —Está bien —dije con desgana—. Por favor. Al entrar en la finca intuí lo mucho que los años de cuidadosos cultivos y la introducción de plantas exóticas habían alterado incluso el aire que impregnaba los jardines.

En cuanto se cerró la puerta. El aspecto de Guy le causó sin duda el mismo efecto que a mí. Llevaba algo parecido a un uniforme. carecía de sentido del humor. Fui su principal cuidadora durante los últimos ocho meses. My rna abrió la puerta principal y salió al porche. Guy sonrió con dulzura. ¿Cómo está? Creía que no había nadie. —Se volvió hacia mí—. La familia necesita tiempo para volver a conocerse. Lo haré enseguida. My rna —dije—. —Hola. —Recuerdo a Enid —dijo Guy —. Le presento a Guy. . —Como usted guste —dijo—. Hubo un momento de torpeza en que ninguno supo cómo terminar la conversación. Guy me ha preguntado por su padre y acaba de ocurrírseme que usted debe de saber tanto como el que más. ¿Usted también se quedará a cenar? —Le agradezco la invitación. como si retáramos su derecho a permanecer en la casa. pero con Guy había añadido una nota gratuita de resentimiento. My rna lo hizo finalmente. —Mucho gusto —dijo la otra maquinalmente—. Quizás en otra ocasión —dije—. Les dejo con lo suy o. Guy me tomó del codo y me condujo hacia la derecha. Estaré en la cocina si necesitan algo. —Está usted lleno de gracias —señalé. en medio del calor que se elevaba de los adoquines cocidos al sol. A usted le corresponde hacer los honores de la casa. La puerta principal se quedará abierta. Cruzamos el patio juntos. Su modo de expresarse era firme. La cena es a las siete. No recuerdo que nadie me dijera su apellido.el patio. Le concedió uno de esos apretones de manos que parecen más bien deficiencias endocrinas. La familia volverá hacia las cinco. Una cosa. Pensaba enseñarle antes los alrededores. ¿No era su enfermera? —Una de sus enfermeras —contestó—. Me quedé como ama de llaves en funciones a petición de sus hermanos —dijo mirando a Guy. —Sweetzer —dijo My rna. —Bueno —dijo—. señor. una especie de cruce entre enfermera y doncella. querrá subir sus cosas. si no le importa. por si quiere entrar por aquí. falda de poliéster blanco sin forma definida con una blusa a juego. —Me gustaría hablar con usted de mi padre en alguna ocasión. —Sí. —Gracias. la cocinera se llama Enid. reflejando la actitud general de la familia. —Mucho gusto en conocerla —saludó Guy. Si no me encuentran. —Gracias por quedarse —dijo. Guy alargó la mano y la mujer se quedó un poco perpleja. Perdón. Era un buen hombre y le tenía afecto. Imagino que recordará dónde está su habitación. pero creo que no debo aceptar. Por lo que había visto de ella. Gracias.

se elevaban aromas que se mezclaban dando lugar a una colonia de baño terrenal. —Sus recuerdos parecen felices. En menos de dos metros dejamos atrás el verano. Dicen que las chicas no juegan así. Decían que el propietario anterior había muerto asesinado. Donovan tenía cinco y los dos pensamos que habíamos muerto y estábamos en el cielo. Nos hacíamos espadas con ramas. Había muchas plantas que crecían a su aire. En las zonas donde daba el sol. pero la may or parte de la finca era como un páramo. —Juegos infantiles —dijo—. No es que la casa estuviera encantada. Había estado en oferta cerca de diez años y. donde la seca brisa soplaba entre las flores. Junto a la casa vi indicios de la presencia de los jardineros: senderos rastrillados. como si los meses fueran al revés y corrieran hacia el invierno. durante todo ese tiempo. —Es un lugar fantástico para crecer. renunciando al calor del sol para abrazar las sombras. De las montañas que había detrás de nosotros bajaban vestigios de aire seco y caliente. En realidad. Es como haber recibido una bendición. Iremos por aquí. Las ramas llegaban hasta aquí y mire ahora. —¿Cómo pudieron sus padres permitirse una casa como esta? Pensaba que su padre se había hecho rico más tarde. Un viburno violeta colgaba por el muro de la terraza. Una alfombra de agujas de pino ahogaba nuestros pasos. una sólida masa de mastuerzos alfombraba las orillas de un riachuelo seco. —Lo estoy. pero parecía contaminada. —Mamá había heredado algún dinero. Le decíamos que lo quemaríamos si no se callaba. —Qué bonito. ni siquiera para la época. Jugábamos a indios y vaqueros y organizábamos safaris entre los matorrales más espesos. Era como un patio de recreo gigante. impidiendo que se oy eran. El primer pago lo hizo ella. La casa era un elefante blanco. Me acuerdo de cuando plantaron algunos de estos árboles. En cierto modo me sorprende. Paseamos bajo una bóveda de enebros y pinos que olían a humedad. después de irse usted. Recorrimos la parte sur de la casa. sacudiendo sin descanso las copas de los árboles. Fue como cambiar de estación sin previo aviso. Nunca había esperado volver a ver la casa. arbustos bien recortados y multitud de helechos bordeados de piedras pequeñas. siempre vacía. Cuando Bennet era pequeño. A la derecha. Construíamos fuertes y casas en los árboles. lo atábamos a un poste y se ponía a gemir como un alma en pena. Vamos. Nadie acababa de . Mis padres lo compraron cuando tenía tres años. Era menor que nosotros y por tanto nuestra víctima. Una buganvilla rosa salmón trepaba por unas matas. Guy observaba cada centímetro de tierra que pisábamos. —Todo parece mucho más grande. En las lóbregas sombras se percibía clara y molestamente la bajada de temperatura. no era mucho dinero. Podíamos ir adonde quisiéramos sin que nadie se preocupara.

Tenemos una piscina cubierta. —Claro. que tenía la superficie agrietada y los bordes llenos de hierbajos. Tardaron años en ponerlo todo en su sitio. Las ratas corrían por todas partes y había una familia de mofetas viviendo en el desván. y llevaba tanto tiempo a merced de los elementos que se había combado y las cuerdas de nailon se habían soltado. era comprar las propiedades ady acentes si se ponían a la venta. Para mí fue lo mismo que forzar la entrada con palanqueta. un deporte que prefiero practicar cuando me pagan. flotadores de plástico para la piscina y varias tablas de surf de fibra vítrea que parecían haber estado apoy adas en la pared durante años. La luz del sol se colaba por los agujeros del tejado. —¿Cuánto mide ahora? ¿Siete hectáreas? —¿Es eso cierto? La parcela tenía seis entonces. La sensación de intrusismo era inconfundible. y el suelo era demasiado pobre para alimentar muchos árboles. Más allá de la cancha había una estructura de cristal que no había visto desde el camino del garaje. —El término « bosque» se había utilizado mal. Pasamos ante la cancha de tenis. El plan de papá. El jardinero guardaba en un rincón la aspiradora y la . En un rincón habían dejado una raqueta. pero el marco estaba hinchado y hubo que propinarle un buen empujón para abrirla con el clásico chirrido que me produce dentera. con una cubierta de tejas rojas alteradas por el tiempo hasta adquirir el color pardo quemado de los ladrillos viejos. La construcción era baja y de líneas rectas. Lo seguí mientras se dirigía hacia un patio de losas irregulares. En los puntos más altos podía haber algunos pinos si los incendios no los habían alcanzado. —¿De verdad quiere hacer esto? —pregunté. py racantha y matojos costeros. ¿Quiere verla? —Bueno —contesté. y eso que teníamos permiso para fisgar. palos de golf. mientras tanto. Era grande y estaba descuidada. es parte de la excursión. —¿Forma parte de la ciudad o y a es campo? —Estamos en el límite mismo de la ciudad. La montaña que se elevaba ante nosotros estaba sembrada de ortigas. Los cables de electricidad estaban en malas condiciones y las cañerías rotas. Probablemente no hay mucha más tierra disponible en esta zona. ceanothus. Se acercó a las ennegrecidas ventanas y miró dentro. bates de béisbol y un bastidor con la serie completa de mazos y bolas de cróquet. —¿Qué es eso? —La casa de la piscina.quedársela. Fue a la puerta y trató de abrirla. Mucho de lo que ve pertenece al Bosque Nacional de Los Padres. La puerta no estaba cerrada con llave. Entramos en una antesala que se utilizaba para guardar equipos deportivos: raquetas de bádminton. casi sexual en el tono. Nos dijeron que se había quedado sin fiador cinco o seis veces antes de que mis padres la compraran.

—¿Sabían sus padres lo que sucedía aquí? —Quién sabe. Era más fácil ser tolerante. Se me ha quedado grabado. —Supongo que el jardinero cuidará de ella cuando se acuerde —dijo Guy —. Guy sonrió con el pensamiento en otra parte. cróquet. El borde estaba pavimentado con pizarra gris que parecía áspera como la lija. el lugar tenía una atmósfera aracnoide. Su amor era incondicional. Aunque no vi ninguna araña. Ninguna responsabilidad. Debía de saber que sus días estaban contados. muy necesitada. ¿sabe a qué me refiero? Todo formaba parte de la patraña aquella del sentirse bien de los años sesenta. Cualquier vestigio de cloro se había evaporado hacía mucho y en las profundidades habían empezado a fermentar formas inclasificables de vida. No estoy seguro. Una chica en bañador no es difícil de seducir. Prefería a las salvajes. Jack era el campeón. Al mirar atrás entiendo que debía de estar muy afectada por la enfermedad. Yo era entonces un chico malo y ella era demasiado especial para trabajarla como a las otras. Este lugar era como el club de campo. La piscina estaba medio llena y el agua era realmente asquerosa. —¿Por qué rompiste con ella? —No lo recuerdo bien. En un extremo había un espacio con muebles de mimbre. —¿Qué le hacían aquí a Bennet? ¿Lo ahogaban? ¿Lo ahorcaban en el trampolín? Seguro que se divertían como enanos. aunque sobrevivió a muchos. lo que para ella significaba ausencia total de prohibiciones. Me habría sacudido la ropa inmediatamente si algo invisible me hubiera caído encima. —Una vez rompí con una chica aquí mismo. Sabía que era frágil y no quise aprovecharme. No quería ser una madre inflexible y censora. El aire era lúgubre y a lo lejos se oía gotear agua. tenis. Eran partidarios de la escuela moral que sostenía que « los hombres han de ser hombres» . Me gustaba mucho. Cualquier chica que viniera con nosotros se merecía lo que le pasara. una superficie que nadie querría sentir bajo los pies desnudos. softbol. A mi madre le preocupaba más ser amiga de todo el mundo. Nunca lo dijeron de una forma tan explícita. pero era su actitud general. Estaba más salido que un conejo e iba detrás de todas. Invitábamos a los ligues a un chapuzón y nos poníamos las botas. En aquella época recibía quimioterapia y . —Parece que hace tiempo que despidieron al encargado de la piscina — señalé. Natación. aunque los cojines habían desaparecido del tresillo. Un poco tonta. Ponle límites a un niño y tendrás que plantarle cara en algún momento. Quizás extraña sea una palabra más adecuada. Cuando éramos niños esto era fantástico. Un raro momento de virtud y autosacrificio.máquina de cortar el césped. ninguna lamentación. ningún tabú.

Es como si se tratara de otro. Ahora es diferente. Yo era el que más me identificaba con ella. En cierto momento estiró la mano y me la puso en el cuello. y y o era el favorito de mamá. Le escribí una vez. —¿Cómo se siente? Parece relajado —dije. Bennet y Jack estaban más unidos a papá. —¿Estuvo con ella cuando murió? —Sí. Aquel día me pasé con ella en la habitación horas y horas. inclinado sobre ella. —No tengo ni idea. He pensado en Patty a menudo. sobre todo de la vida que llevaba entonces. tal cual. Estábamos en la terraza que quedaba debajo de la casa y las sombras se inclinaban delante de nosotros mientras andábamos por la hierba. —Estaré bien cuando lleguen. Me volvía loco verla hundirse. pero estaba todo tan mal medido que probablemente mataban a más gente de la que curaban. En silencio. He olvidado dónde estaban. a lo mejor volvía de nuevo. ahora tienes una posibilidad real de sobrevivir.radiaciones. Los demás se habían ido. —Pero ahora es usted una buena persona. Salimos de la casa de la piscina y nos encaminamos hacia la soleada planicie de hierba donde había visto a Jack lanzando pelotas de golf. —Yo no pienso tan bien de mí. como si rondara por allí cerca y pudiera regresar a su cuerpo si nadie se daba cuenta de que se había ido. Me cuesta mucho sintonizar con aquellos tiempos. No tenían la tecnología ni la variedad que hay hoy en día en los tratamientos especiales. No me moví durante una hora. Puede que hay a sido la mejor acción de mi vida. Ya sabe cómo son estas cosas. Estaba incapacitada y sufría mientras avanzaba en lo que y o sabía que sería su último viaje. » Me quedé sentado junto a la cama. Tenía tanta morfina en el cuerpo que apenas podía mantenerse despierta. Las fantasías siempre son más extrañas que la realidad. —¿Qué imagina? Sonrió brevemente. con la cabeza vuelta para no verla y la cara enterrada entre las sábanas. —Un calvario —dijo—. . pero a saber dónde estará ahora o qué será de ella. Pensaba que. Qué canalla era. si no la miraba. Yo estaba agotado y apoy é la cabeza en la cama. Negó con la cabeza. los dos últimos años de vida fueron el infierno mismo. Toqué sus dedos y se murió. No me pregunte por qué. Estuve. Para ella. pero Donovan. —Debió de ser difícil para usted. —¿Qué fue de la chica con la que rompió? —¿Patty ? No tengo ni idea. pero a veces creo que estoy cerca de ser real. pero no volví a saber de ella. Dormía la may or parte del tiempo. No quería perder la fe.

Durante mucho tiempo he ido por el mal camino. Agité la mano al pasar y lo observé por el espejo retrovisor al enfilar el camino del garaje. Guy Malek estaba condenado y y o lo había dejado en manos del enemigo. Al cruzar la verja vi un coche que se aproximaba. pero tengo curiosidad. Ya me contará cómo ha ido todo. Le dirigí una sonrisa de compromiso y lo saludé con la mano. sea lo que sea. Conducía Bennet. —Irá bien. —Será mejor que me vay a —dije—. lo vi dirigirse hacia la puerta principal con la mochila. Ya estábamos otra vez en la puerta de la casa. Me resulta doloroso recordarlo retrospectivamente. . Me miró un momento y apartó la vista. —Bueno. Tomé la curva y quedó fuera de mi vista. En algún momento me reencontraré con mi pasado y haré las paces. —Yo también. pero y a he dado media vuelta y voy en sentido contrario. aunque ¿qué importancia puede tener a la larga? No puedes esconderte de Dios y esa es la cuestión —dijo—. —Seguro. espero que consiga lo que quiere. Mientras subía al coche y giraba la llave de contacto.

—¿Qué es eso de « como bien sé» ? Yo no he dicho una palabra a la prensa. Es mejor que la lotería. Un pobre lampista de Marcella. medio esperando. Al mundo. ¿A propósito de qué? —Hace una hora recibimos una llamada del Dispatch. No haría una cosa así. ahora que había hecho el esfuerzo. descubre de repente que es millonario y vuelve a casa a recoger el dinero. como bien sabe. pero la vuelta de Guy no me parecía un suceso de primera plana. Estoy seguro de que usted sabe de qué va. pero y a estaba en la calle y he tenido que correr para contestar al teléfono. corrí por el sendero y doblé la esquina. Imaginé un signo de interrogación sobre mi cabeza mientras meditaba a qué se referiría. —¿Ha hablado con la prensa? No era un tema que esperase que abordara ni a aquella hora ni a ninguna otra. —¿Hola? —Kinsey. —¿Quién más conoce el asunto? Ningún miembro de la familia filtraría una . —Ah. —¿Sí? Qué raro. —Están explotando el aspecto sentimental. El hombre no parecía de humor para la charla desenfadada. sin contar la propia familia. hola. Fue directamente al asunto. Alguien ha soplado a un reportero lo de la vuelta de Guy. Me había despertado tarde y estaba cerrando el portillo del jardín cuando oí a lo lejos los timbrazos del teléfono. le traía completamente sin cuidado. Soy Donovan. dada la historia personal de Guy. Descolgué al cuarto timbrazo. una equivocación o una encuesta sobre productos de consumo. Abrí la puerta. Di media vuelta rápidamente. Andrajosos contra ricos. Al mirar atrás veo que a partir de ese momento empezaron a acumularse los problemas a un ritmo desconcertante. California. ¿Para qué? —Sabía que el Santa Teresa Dispatch se esforzaba a veces por descubrir acontecimientos notables para la sección de noticias locales. la dejé de par en par y tiré a un lado la chaqueta y el bolso. —Claro que no. 11 A las diez de la mañana del lunes recibí una llamada que tendría que haberme puesto sobre aviso. ¿Qué tal está? ¡Uf! Disculpe el jadeo.

no nos gusta que nos reconozcan en esta profesión. tratando de eliminar cualquier malentendido que pueda haber entre nosotros. No necesito más encargos. Es ridículo. ¿Cómo va a beneficiarme un reportaje periodístico sobre Guy ? —El reportero que llamó mencionó su nombre. Sabía que había sido contratada y estaba interesado por los pasos que había seguido para encontrar a Guy después de todos estos años. —Bueno. . —Pero y a está bien. —No era totalmente cierto. —Sólo pienso que es muy sospechoso que el periodista la mencionara a usted. a menos que estuviera buscando confirmación. en ninguna circunstancia. Creo que lo ha aireado una emisora de radio. ¿por qué iba a sentir curiosidad por mis métodos? Ya los conocería. El meollo de la cuestión era que y o jamás daría a la prensa información sobre los clientes. Y aquí estamos. Si ha habido una filtración. en eso tiene razón. sobre todo cuando el profesional tiende a utilizar. Donovan. —¿Yo? Eso no tiene sentido. y o no he sido. alguien ha dado la voz y usted es la única que puede beneficiarse. —Bueno. Primero los periódicos locales. Para conseguir clientes es mucho mejor que un anuncio. Casi todos los investigadores se dejan ver lo mínimo. y el teléfono no ha dejado de sonar desde que se dio el primer aviso. Lo que menos necesitamos es publicidad. Seguro que es algo sencillo o evidente. hombre. —No entiendo. Se lo preguntamos y punto. No le dé más vueltas. —Katzenbach. —Donovan. luego Los Angeles Times. y a está bien. Conozco a Jeffrey. Siempre es preferible el anonimato. Si estás fingiendo que eres del gas o repartidora de una floristería. Recapacite. —Bueno. —¿Quién es ese hombre? ¿Le preguntó dónde consiguió la información? —No me dio ocasión de hacerlo. pero él no tenía por qué saberlo. algún que otro ardid. Si fui y o quien le dio la noticia. —Donovan. se lo juro. como y o. Antes de que nos demos cuenta habrá pasado a la televisión por cable y tendremos a media docena de equipos de filmación acampados en el sendero del garaje. ¿Recuerda su nombre? —Katzennoséqué. déjeme llamarlo. Nunca chismorreo sobre los asuntos de mis clientes. Es un buen hombre. Tengo de sobra. Tengo una reputación que proteger. no tendría por qué preguntar. Aparte de las consideraciones éticas.noticia como esa. pero no creo que hablar con él sea muy inteligente. no interesa que el público sepa tu verdadera identidad—. ¿Quién está llamando? —Pregunte más bien quién no llama —dijo exasperado—. Es cuestión de sensatez. Tuvo la amabilidad de decirme que quería enfocarlo desde la siguiente perspectiva: « Investigadora privada local encuentra heredero perdido durante dieciocho años» .

A la segunda vuelta vi detenerse una furgoneta junto al segmento de bordillo pintado de rojo que hay ante el edificio. La delgada rubia que presentaba las noticias de las seis bajó del asiento delantero y miró el número del edificio. deseoso de proteger su territorio. La dificultad de esta conclusión era que Guy nunca había manifestado interés por el dinero ni parecía preocupado por defender su parte. acabé ideando excusas. en el caso de que lo llamase. Ya estoy harto. seguramente se echarían sobre él. Si el asunto de la herencia se hacía público. Pobre Guy. Parecía improbable. a sus hermanos les costaría echarlo a puntapiés. Después de mi negativa. Tenía la boca seca y sentía los latidos del corazón en los oídos. pero ¿por qué iban a querer que se supiera? Tuve el fuerte impulso de ir al teléfono y llamar a Katzenbach. pero no me importó. y o era la única persona que sabía lo que pasaba. En cuanto interrumpió la comunicación. La puerta del copiloto se abrió deslizándose y un tipo con una cámara saltó a la calle. le caerá una demanda judicial antes de que llegue el martes —dijo y colgó con violencia. comprobando la dirección en un cuaderno de notas. También Peter y Winnie sabían lo que estaba pasando. aparte de la familia. Si descubro que está usted detrás de esto. se me disparó la adrenalina. No había manera de convencer a los Malek de mi inocencia. El « jódete» con que repliqué llegó un segundo tarde. Procuré sacudirme la ansiedad mientras iba hacia el coche. pero no imposible. Tenía razón en el hecho de que. My rna podría haber filtrado la información al periódico. Me pregunté por encima si no habría sido el mismo Guy el informante. Cualquier comentario que hiciera podría citarse en un artículo y mi credibilidad caería en picado. Si no encontraba nada. Donovan volvió a la carga. Quería protestar. pero la advertencia de Donovan todavía resonaba en mis oídos. como si realmente fuera culpable de traicionar la confianza de la familia. aunque podía enfocarlo desde su punto de vista. pensé. que estaba a tres manzanas. —Le digo que lo deje. siempre podría utilizar el aparcamiento público. Lo que me preocupaba. Desde donde y o estaba no podía ver el logotipo de la furgoneta. Cuando llegué al casco urbano me distraje preguntándome si encontraría sitio para aparcar a una distancia razonable del bufete de Lonnie Kingman. ¿Sería tan retorcido y manipulador como aseguraba su familia? Recogí la chaqueta y el bolso y volví a salir. pero me costaba imaginar por qué habría hecho una cosa así. haciendo una pausa para corregirme. más o menos» . y podía distinguir una astuta lógica si el movimiento había sido suy o. era que el periodista empezara a pincharme para conseguir información. Probé la táctica de la espiral. que estaba aparcado media manzana más allá. No quiero que hable con él acerca de nada. pero tenía en el techo una antena . comenzando por el centro. como en una investigación en pleno escenario del crimen. « Bueno. Acusada de la infracción.

Siempre ha sido brusco cuando se le pillaba por la mañana. Te están esperando en recepción. girando hacia la acera de enfrente. metí un cuarto de dólar en la ranura y llamé al número privado de Lonnie. señor. Rebusqué en el fondo del bolso y saqué otra moneda. Mientras miraba. ¿Y ahora qué? No me gustaba la idea de esconderme entre los arbustos como si fuera una traidora. te lo juro. ¿Qué pasa? —Es muy complicado de explicar. te llamaré cuando se hay an ido. Si me dices cómo encontrarte. —No sé dónde estaré. Dejé el coche junto a la acera. Sin duda estaba en los juzgados porque Ida Ruth contestó: —Diga. vi parpadear una luz de neón en la ventana. Te contaré lo que ha pasado —dije. ¿Puedes librarte de ellos? —Bueno. —Ida Ruth. podemos echarlos de aquí. No se quedarán mucho tiempo. La puse al corriente en pocas palabras y oí un cloqueo por respuesta. y pensándolo bien. —Me dejó un momento a la espera y volvió al rato—. Soy completamente inocente. —Colgué y miré la esquina de enfrente. soy Kinsey. No lo conocía bien. Por otra parte. Tenía cincuenta y tantos años y su tray ectoria se había estancado por su afición a la cocaína y al Percocet. —Ida Ruth. todavía podía funcionar. Puede que así los de la tele me tomaran por una potentada móvil con dólares para invertir. Espera y le preguntaré a Alison. Seguí avanzando sin apartar los ojos del espejo retrovisor mientras el cámara y su compañera se dirigían hacia la entrada. A lo mejor me estaba volviendo paranoica y el equipo iba a cubrir otra noticia. Había un bar que parecía abierto. Malo. ¿Ha aparecido un equipo de televisión preguntando por mí? —No creo. ¿Qué has hecho. Llamé al Dispatch y pregunté por Jeffrey Katzenbach. no había hecho nada para tener que comportarme como una fugitiva. pero no impedir que se queden en la calle. —Muy bien. vi las siglas KEST-TV pintadas en el lateral. Recorrí varias manzanas hasta que vi una cabina. pero había tratado con él un par de veces. un sujeto con delantal abrió la puerta y puso el calce en su sitio de un puntapié. Te lo diré dentro de un rato. aunque desde mi mesa no veo nada. querida. bebiendo cerveza y respirando humo de segunda mano. mientras decidía qué hacer. Al caer la noche. pero. Siempre podía quedarme allí un rato. Yo en tu lugar me escondería. que está en la entrada.que parecía bastante potente para captar mensajes del espacio exterior. pero sus razonamientos eran a veces incorrectos y no siempre . conforme avanzaba la tarde. Cíñete a esa versión —me aconsejó. Mejor para ti. —Mi madre. hablo en serio. Reprimí el impulso de salir corriendo cuando la joven se volvió hacia mí. Miré a la izquierda. malo. Rectifico. Al adelantar a la furgoneta. resultaba más difícil tratar con él. Saludé con alegría a uno que salía de las oficinas de Dean Witter. si me permites el atrevimiento? —Nada.

Traté de localizarte anoche. esto es estrictamente confidencial. me identifiqué y cambiamos las acostumbradas frases de cortesía antes de ir al grano. —¿Cómo se enteró? ¿O es una « fuente confidencial» ? —No hay nada confidencial en esto. salvo que me olvide de algo.recordaba las promesas que había hecho. El número está en la guía y para averiguarlo no hace falta ninguna investigación minuciosa. así que llamé a los Malek. ¿Quién es ese hombre y de dónde saca la información? —¿Cómo voy a saberlo? Se comporta como si fuera un amigo de la familia. Había una carta en mi mesa cuando llegué anoche. Los Malek son clientes míos y no me puedo permitir el lujo de que me citen. fue localizado después de una ausencia de dieciocho años. —¿Por qué? ¿Cuál es el problema? —No hay ningún problema. Guy. la carta dice que se puso en marcha una investigación y que el hijo de Bader Malek. Cuando me pusieron con Katzenbach. —Lo siento. —Jeffrey. Es una de las razones por las que deduje que el asunto tenía tela. pero sólo conseguí hablar con tu contestador. —¿Y se mencionó mi nombre? —Desde luego. ¿no? Dime que me he equivocado y me comeré los pantalones de play a. . Supuse que estarías celebrándolo con ellos. ¿Y qué? —Nada. creo que se llama Christie. —¿Quién envió la carta? —Un tal Max Outhwaite. —No me lo creo. No me molesté en dejarte ningún mensaje. —Es exacto. Siempre animamos a nuestros suscriptores a ponerse en contacto con nosotros si creen que hay una noticia que no conocemos. A veces son tonterías o chifladuras. Como dice el de la carta. ¿Cómo encontraste al tipo? La carta de Outhwaite dice que localizaste su pista a través de la Jefatura de Tráfico. tenemos a un individuo que trabaja haciendo chapuzas en un pueblo del interior y que descubre que ha heredado cinco millones de dólares. domiciliado en la Connecticut Avenue de Colgate. El tipo pensó que el asunto valía la pena. Hablaba como si los conociera desde hacía años. —¿Cómo se enteró? —Ni idea. Donovan está enfadado porque cree que y o lo llamé a usted y estropeé la reunión familiar. que me confirmó la historia incluso antes de hablar con Donovan. Básicamente. Hablé con la señora Malek. Y eso es todo. ¿Cada cuánto pasa una cosa así? Él pensó que interesaría a la comunidad y y o pensé que era un notición. Su mujer lo había abandonado dos años antes y lo último que había sabido de él era que se había enderezado con la ay uda de Narcóticos Anónimos. Es exacto. pero esta me llamó la atención. Guy Malek no era el único que había cambiado.

—Ojalá lo hubiera consultado conmigo antes. sobre todo cuando vi que estabas metida en el ajo. —No estoy haciendo un trato…. y a basta. Podrías haberme informado de los detalles. No hay ningún Outhwaite en la guía y no existe ese número de Connecticut Avenue. No es que importe mientras la noticia sea cierta. Probé un par de posibilidades. La familia me la confirmó. ¿Y la carta? ¿Qué ha sido de ella? —Aquí la tengo. Quise ponerme en comunicación con Outhwaite. Le dije que era confidencial. Outhwaite les envió una nota…. Pensé que valía la pena profundizar. pero haré lo que pueda. —Escuche. salió en primera plana. pero no me llevaron a nada. Estoy tratando de convencer a los Malek de que y o no filtré nada. —Claro que puedo darte una copia. si puedes decirle algo. Nos interesa el punto de vista de Guy. El deseo de sonsacar información era más fuerte que él. no paro de oír su máquina de escribir desde que hemos empezado a hablar. Procuré no darle las gracias con mucho énfasis. Esto era mejor que un gatito atrapado en un pozo. pero tengo que defender mi reputación. —¿Por qué? ¿Cuál es el problema? —Le repito que no hay ningún problema —dije irritada—. sección segunda. —Una lástima que no lo hicieras. como si fuera un comunicado de prensa. a Jeffrey le interesaba hablar con él. No veo por qué no. No he llamado para que me sonsaques. Jeffrey. Si conseguía localizar a Max Outhwaite. Por cierto. No es que . Le di el número de Lonnie Kingman y dijo que me faxearía la carta. Pero creo que a la familia le gustaría tener algo de intimidad antes de que todo el mundo se ponga a aporrear su puerta. Nada me costaba asegurarle mi cooperación incondicional. Me siento una imbécil dando explicaciones. —¿Y Los Angeles Times? ¿Cómo se enteraron allí? —Igual que y o. pero el tipo no existe. —¿Le importaría darme una copia? Tendré que recorrer un largo camino para recuperar mi credibilidad. ¿A qué viene tanto secreto por Guy ? ¿Es que quieren desheredarlo o algo así? Alcé los ojos al cielo. Era justo. —Estupendo. Dime tu número de fax. compañero. —¿Por qué? Es una noticia preciosa. Era un personaje importante en la comunidad y el homenaje los puso contentos. Una fantasía tremenda. Ha sido una semana baja de noticias y todos estamos a la espera de asuntos de interés humano. tengo tan pocas pistas como usted. ¿Qué pasa con los Malek? ¿Por qué les cabrea tanto que les dediquen atención? Cuando murió Bader Malek.¿Nunca has hablado con él? —Jeffrey. Dije que haría lo que pudiera.

No creía que Guy accediera a concederle una entrevista. Fui a mi despacho ley éndola por el camino. de acuerdo con lo prometido. ¿no levantará esta el ánimo de la gente? ¡Sería una inspiración maravillosa para la comunidad! Ojalá Guy Malek quiera contarnos la historia de su “buena fortuna”. Si usted ha vivido en la ciudad tanto tiempo como y o. La búsqueda informática de Darcy Pascoe había degenerado en chasco. pero sentía curiosidad por el contenido y pensaba que me convenía tener una copia para mis archivos. . Con todas las malas noticias que nos asedian día tras día. » He pensado que le interesaría la historia de una “Cenicienta” de Nuestros Días que ha tenido lugar aquí. Miré en el fax del despacho de Lonnie y encontré la copia de la carta de Max Outhwaite. le saldría estupendo. pero y a veríamos. Volví al coche y me dirigí al aparcamiento público. tiene que ser desesperante. y. pero Milhone (el susodicho Detective “Hembra”) hizo averiguaciones en la Jefatura de Tráfico ¡y lo encontró en menos de dos días! Parece ser que ha vivido en Marcella durante todo este tiempo ¡y que es encargado de una iglesia de allí! Es un “Renacido” de esos. no tenía un centavo. « Atentamente. ¡en Santa Teresa! Recuerdo que fue usted el reportero que escribió sobre la muerte de Bader Malek el mes pasado. Pensará usted que buscar a alguien así. de joven. Creo que a la gente le gustaría saber cómo se las arregló para cambiar de vida. gracias a la Fe Cristiana. A la gente le gustará también enterarse de lo que piensa hacer con su recién hallada riqueza. después de tanto tiempo. para localizar a Guy. a Guy Malek lo atraparon en varios líos y. recordará que. pero a lo mejor me llevaba una sorpresa. Katzenbach. Ahora los rumores dicen que su Albacea ha contratado a una Investigadora Privada (nada menos que una “Hembra”). finalmente. despareció de la escena local. Subí los peldaños de dos en dos y entré en Kingman e Ivés por la puerta sin distintivos que había en un pasillo lateral. si usted lo escribiera. de repente. Esperaba que no tuviera problemas por mi culpa. seguramente. Con mis neuronas más ocultas daba vueltas a la posibilidad de que hubieran sido Bennet o Jack quienes hubieran mandado la carta al Dispatch. No se me ocurría qué podía sacar ninguno de los dos con aquel gesto. pero la muerte de su padre lo ha hecho millonario. « Estimado Sr. Espero con impaciencia un artículo así y sé que. Sentí otra vez un débil pinchazo de inquietud. el hijo perdido. No había ni rastro de la furgoneta de KEST-TV. pero alguien tenía interés en ver en la prensa el regreso de Guy y era alguien que sabía cosas hasta un punto que me incomodaba.planeara llevarle la carta directamente a Donovan. hace casi veinte años. Fui andando hasta la oficina. Buena suerte ¡y que Dios le bendiga!» . Katzenbach trataría de sonsacarme algo a cambio.

una precaución ridícula. incluido mi nombre. No me gustaba que conociera tan bien los detalles y no podía por menos de preguntarme por los motivos. pero la maniobra había sido efectiva. un uso excesivo de comas. puede siempre esconder bienes u ocultar pertenencias del Estado. los asuntos privados de Guy Malek habían pasado a ser de dominio público. Por norma trabajo en quince o veinte casos a la vez. cierta tendencia al pleonasmo ¡y May úsculas Innecesarias!. Hago comprobaciones de antecedentes para una empresa de investigación y desarrollo de Colgate. No todos son urgentes ni necesitan mi atención al mismo tiempo. Maximilian (o Maxine) Outhwaite creía por lo visto que los suscriptores del Santa Teresa Dispatch se emocionarían conociendo aquella historia del Chico Malo Ahora Bueno ¡y las Recompensas Resultantes! Outhwaite no parecía tener motivos personales y no había allí ningún asomo de mala intención que empañara su entusiasmo por la anécdota. transferencias de propiedades. Pasé el resto de la mañana en los juzgados. aviones y niños menores de edad. y a que ni siquiera era el original. barcos. También hago indagaciones sobre aspirantes a empleados y deudores desaparecidos para un par de pequeñas empresas de la zona. avales y garantías en los registros públicos. CA» . La nota estaba mecanografiada con pulcritud. El tono era inocente. Hay algo inquietante en pasarse la mañana revisando licencias matrimoniales y partidas de defunción. ocupándome de otros asuntos. en busca de conexiones genealógicas. De repente. Me di cuenta de que estaba sujetando la carta por las puntas. ¿Qué estaba pasando entonces? Dejé la carta y oscilé en la silla giratoria mientras la observaba de reojo. Aparte de alertar a la prensa de algo que no era asunto de nadie. pero. Claro que había palabras mal escritas. Archivé la carta en el expediente de Malek y se la confié a mi psique hasta una nueva evaluación. Un cóny uge. como coches. por otra parte. De vez en cuando acabo haciendo registros normales y rutinarios para un abogado de divorcios que hay en la misma calle. las intenciones del remitente parecían buenas. Colgate. Como Detective Hembra me sentía vagamente molesta por la carta de las narices. incluso sin cometer un solo delito. no veía allí ningún deseo particular de inmiscuirse en la vida de Guy Malek. A veces no puedo creer la buena suerte que tengo por trabajar en algo en lo que me pagan por poner al . sin correcciones visibles ni palabras tachadas. » Max Outhwaite 2905 Connecticut Ave. como para no borrar las huellas. o la tarde husmeando testamentos registrados.

Para rebuscar entre papeles no hace falta que el detective se ponga un chaleco Kevlar. pero seguro que di esa impresión. ni en la guía telefónica local ni en los directorios municipales de los últimos seis años.descubierto asuntos que la gente preferiría mantener ocultos. y me senté en el césped que hay delante de los juzgados. produciendo cierto olor a brea. donde me puse a mecanografiar los descubrimientos relacionados con los casos que había trabajado. A mi juicio. Las ramas de los grandes árboles que flanqueaban la calle parecían humear en la brisa. pero reacio a incurrir en responsabilidades. Crucé la calle en dirección a la biblioteca pública y lo intenté en la sección de consulta. efectué una búsqueda preliminar de Max Outhwaite. Sugería que « Max Outhwaite» era un seudónimo y que. No puedo decir que me durmiera. . pero el resultado puede ser tan peligroso como un tiroteo o una persecución de coches. primero en la oficina del censo y luego en los listados fiscales. Escribir semejante carta no era un delito. pero podía sentirme culpable a pesar de todo y no gustarme que las consecuencias me alcanzaran. podía relacionarse con la maniobra. Podía ser perfectamente una persona importante que no quería ver su nombre asociado con el tema en cuestión. En menos de una hora averigüé que uno de los dos socios se había declarado en bancarrota personal y que el otro tenía un total de seis juicios pendientes. aquello no significaba nada en particular. Así es la vida de los detectives en la actualidad. escrito literalmente así. Si y o quisiera llamar la atención del periódico local sobre un hecho. A la hora de la comida me compré un bocadillo y saqué un refresco de una máquina. Paso más tiempo practicando mis habilidades con la Smith-Corona que con la Smith & Wesson. El día era cálido y el aire seco del desierto azotaba la copa de los árboles. Me apoy é en los codos y levanté la cara al sol. según y cómo. Podía ser un miembro de la familia deseoso de causar problemas a Guy. Mientras me ocupaba de aquello. Mi misión aquel lunes por la mañana era comprobar las afirmaciones que una empresa hacía de sus finanzas en el folleto de promoción. A la una me levanté y volví al despacho. utilizaría un nombre y una dirección falsos. No había ningún Outhwaite. Un empresario de la localidad había recibido una oferta para invertir cincuenta mil dólares en lo que parecía una operación comercial prometedora.

Juro que no lo hago tanto por obligación como por un deseo de alivio. No sabía nada de la existencia de aquellas bestezuelas extrañas y desagradables que había en la play a hasta que leí aquel folleto vistoso e informativo. Conduje hasta Harley ’s Beach y encontré sitio para aparcar en el refugio de la montaña. Lo había hojeado con interés. está compuesto casi por completo de criaturas copulantes que luego se comen entre sí. ¿Cómo me iba a sentar poner el pie desnudo . o de bocas pequeñas con tres filas de dientes. El lugar estaba casi vacío. Había cumplido con mi deber y corrido dos kilómetros de ida por el carril de bicicletas y otros dos de vuelta. en este caso mezclado con una suave depresión. aficionados a correr. pero no había encontrado el ritmo y el deseado riego endorfínico no se había producido. Lo único que vi aquel día fue una familia de gatos salvajes tomando el sol en la ladera de la colina que da a la play a. De buena gana me habría quitado las zapatillas y los calcetines y me habría subido el pantalón para correr por el agua. lo cual me sorprendió en cierto modo. Anduve por la arena suelta y seca hasta que llegué a la arena amazacotada de la orilla. algunas realmente minúsculas. La estrella de mar se saca su propio estómago. o de pérfidas ventosas con que se pegan unos a otros. muerte y desmembramiento. la táctica se traduce en la presencia de partes espinosas o pinzas. o de aguijones largos. Entre las formas de vida marina. A veces se sorbe el jugo de la víctima mucho antes de su muerte. envuelve a la víctima con él y la digiere fiera de su cuerpo. imaginándome una naturalista inquisitiva que rebusca entre las rocas pequeños cangrejos y estrellas de mar (aunque por debajo son unos bichos asquerosos y nauseabundos). causando dolor. a veces el único remedio es repetir el ejercicio. Casi todos los animales conocidos han desarrollado a este fin una estrategia para atraer a los otros. A falta de alcohol y drogas. No soy de las personas que se ponen sentimentales con la naturaleza. He notado que los días en que la carrera no me comporta beneficio alguno me quedo con un picor emocional que se parece al nerviosismo. Normalmente hay turistas y vagabundos play eros. parejas de enamorados. El exterior. todo en nombre de la nutrición. perros que ladran y padres con hijos pequeños. 12 Aquella mañana hacer ejercicio no me había procurado la satisfacción habitual. pero alguien me había dado hacía poco una publicación sobre los depósitos sedimentarios de las mareas. por lo que sé.

. —¿Ya? —Eso pensé y o también. corrí contra el tiempo y galopé treinta minutos hacia el norte antes de dar la vuelta. de Santa Teresa. el pastor de la iglesia de Guy. Avanzaba despacio y me obligué a centrarme en la arena que humeaba delante de mí. no entiendo cómo ha podido organizarse todo esto. Recogí el correo y comprobé si había llamadas en el contestador. Estuve un rato apoy ada en el capó del vehículo mientras recuperaba el aliento. Cuando regresé a Harley ’s Beach. Pronto tuve los tejanos empapados y sentí la frialdad del grueso tejido en las espinillas.encima de todo aquello? Corrí con los zapatos puestos. Gracias por contestar tan pronto. Eran cerca de las cuatro y no tenía sentido volver a la oficina. He recibido su mensaje. a su nombre. atravesando los cañones locales y eliminando la humedad de la atmósfera. Sé que el periódico local se puso hoy en contacto con la familia. Los pies me pesaban como si llevara piedras y el sudor me resbalaba por la camiseta a causa del esfuerzo de la carrera. Marqué el número que había dejado y lo descolgó tan aprisa que me dije que había tenido que estar esperando junto al aparato. El calor de la montaña iba subiendo de grado en grado. Había recibido cinco: dos interrumpidas en el acto y otras dos de sendos reporteros que habían dejado el respectivo teléfono y querían que me pusiera en contacto con ellos. Era y a el tercer día que el viento de Santa Ana soplaba del desierto. Todavía no he visto las noticias. —Peter. Hay periodistas acampados en la gasolinera que hay enfrente de su casa. Soy Kinsey. Creo que se envió a Los Angeles Times una carta parecida. quitándome las ropas húmedas mientras llegaba. Los Malek tienen el contestador puesto y nadie responde. No conozco los planes de Guy. la llamada restante era de Peter Antle. Mejor. pero no consigue hablar con él. Winnie ha estado llamando a Guy. —Kinsey. pero pensamos que sería mejor ponerlo sobre aviso. dejé las empapadas zapatillas de correr en los peldaños de la entrada. El dolor era preferible al nerviosismo cualquier día de la semana y el sudor era mejor que la depresión. el aire era opresivo. Todavía estoy investigándola. Una vez en casa. A pesar de la brisa húmeda que llegaba del océano. —Es una larga historia. a primera hora de la mañana. Aflojé la marcha hasta ponerme al trote y poco después cambié de velocidad para volver al coche andando. jadeaba como un tubo de escape y me ardían los muslos. Como allí no tenía forma de medir las distancias. una camiseta y una falda de algodón. como cuando se construy e una pared de ladrillo. Subí las escaleras. Me di una ducha caliente y me puse unas sandalias. Así estaba mejor. El periodista había recibido una carta en el periódico. Francamente. levantando salpicaduras cuando las olas llegaban muy cerca. Hay gente llamando a la puerta de la iglesia y un montón de mensajes para él.

Faltaba una hora para las noticias de la tarde. Discutí conmigo misma un rato y finalmente volví al coche y me dirigí a la casa. francamente. —Gracias. Llamé cada diez minutos durante una hora. En cualquier caso. —A ver si encuentro la manera de ponerme en contacto con él. pero el canal emitía a menudo avances rápidos del programa siguiente. al otro lado de la finca de los Malek. no entiendo por qué la noticia genera tanta atención. el regreso no era precisamente un éxito. o el contestador estaba lleno. Los periodistas montaban guardia. Les contaremos la historia a las cinco» . ejem. Casi vi la beatífica sonrisa de Peter. Supongo que es su cuarto de hora de fama. si lo localizo. Comunicaba. la cámara dejó ver un asomo de un desgalichado Guy Malek que miraba impasible desde la ventanilla del BMW de Donovan mientras cruzaba la verja de la finca de los Malek. Los dos estaban fumando y sostenían sendos vasos de plástico con café. —Todo el mundo quiere creer en algo. —Supongo que sí —dije—. . lamentando no haber sabido disuadirle de sus propósitos.pero me da la sensación de que irá a más antes de que se olvide. Después de casi veinte años de pobreza. pu…. —Aquí todavía es peor. Seguramente habían descolgado el teléfono. Después de colgar. la respuesta literal a sus oraciones es que lluevan del cielo billetes de banco. dividiendo el suelo en secciones alternativas de luz y sombra. Soporté seis tandas de anuncios y vi las imágenes que sospechaba que encontraría allí. a saber cuándo podría ponerme en contacto con él. Detrás de ella. En cualquier caso. El pueblo es tan pequeño que no hay forma de evitar a la prensa. puse la televisión y sintonicé el canal KEST. No queremos que se desmorone por culpa de la tensión. A veces. dos charlando en mitad del camino. estamos aquí. le diré que les llame. La presentadora rubia sonrió a la cámara y dijo: « No todas las noticias son malas. ¿Tienes idea de cómo ponerte en contacto con Guy ? Que sepa que. unos apoy ados en los parachoques. El sol del atardecer se ocultaba tras los eucaliptos. hasta la nube más negra tiene una aureola plateada. Sentí un pinchazo de culpa. La verja estaba cerrada esta vez y había seis vehículos aparcados en el arcén. Había tres cámaras montadas en los trípodes y parecía como si las tropas estuvieran preparadas para quedarse. ¿Por qué tiene que darle nadie esta pu…. aunque. purísima importancia? Guy aún no tiene el dinero y a saber si alguna vez verá un centavo. Cogí el teléfono y marqué el número de los Malek. Para la may oría de las personas. Dada su expresión desolada. un lampista de Marcella acaba de enterarse de que va a heredar cinco millones de dólares. si nos necesita.

Pulseras de oro. Su voz era ronca y su tono despectivo. pero el zumbido no encontró otra respuesta que el silencio sepulcral del interior de la casa. ¿Qué eres? ¿Amiga de la familia? ¿Una antigua novia? Tuve que admirar la serena actitud con que quería sondearme. eso es un club de hombres —señaló—. La mujer sujetaba el bolso por la correa y caminaba junto al coche. —No corras tanto. Aparqué detrás del último coche y fui a pie hasta el interfono que había al lado de la verja. continuando la conversación. lo puso de lado y lo introdujo en el espacio que había abierto para que no pudiera subir la luna. El tobillo humano no se adapta por las buenas a semejantes exigencias. No fumo. ¿Fue aquí o en el norte? Giré un poco la manivela de la ventana y puse el coche en marcha. Mientras la observaba. —Hola. Era alta y delgada. pero soy curiosa. Seguramente se meaba encima de ganas de que le echara algún hueso que la pusiera por delante de sus rivales de profesión. ¿por qué no procurar que sea fidedigna? Dicen que el chico estuvo mucho tiempo entre rejas. Hizo un movimiento circular y me indicó que bajara el cristal de la ventanilla. Lo intenté otra vez. rebuscó en el bolso de mano y sacó un cigarrillo. Zapatos de tacón de diez centímetros. Admiré su contoneo. Me maravilló que lo llevara sin rechistar con el calor que hacía. Voy a conseguir la información de todas formas. Pisé ligeramente el acelerador y me alejé del arcén. Volví al coche y lo puse en marcha. ¿Cómo estás? —dijo. indiferente. aunque cuando se acercó a mí me di cuenta de que descalza era más baja que y o. Al igual que los otros. quita el bolso. —¿Esos? Bah. ¿Por qué no preguntas a los otros? Se volvió y miró a los dos hombres que había en la calzada. esperando que sacara el bolso para seguir mi camino. ¿Y tú? No pareces periodista. tendría que quedarme por allí esperando a que alguno de los Malek saliera o entrara. ¿No eres la investigadora privada de la que tanto se habla? Giré la llave de contacto. despreocupada. Levantó el bolso con rapidez. Para mi gusto. —Por favor. Una periodista morena avanzaba y a hacia mí. y vestía pantalón informal y jersey corto de algodón. Me enseñó el cigarrillo—. Ahora había un hueco de quince centímetros. —No te ofendas —dijo—. ¿Por qué esa prisa? El público tiene derecho a saber estas cosas. No te dan ni la hora si no tienes algo para negociar. andar con tacón alto es como aprender a patinar. Comencé a subir la ventanilla. ¿Tienes fuego? —Lo siento. la anchura del bolso que hacía de cuña. Pendientes de oro. —Sus ojos se volvieron hacia mí—. Debía de andar por los cuarenta y llevaba gafas grandes y los labios pintados de rojo brillante. Cesó toda actividad y sentí la atención concentrada en mi espalda. Supongo que . Nadie contestó a mi llamada. —Bajé un poco la ventanilla.

Dio un tirón a la correa y gritó « ¡Eh!» cuando empecé a acelerar. enroscado como un gato dormido. Algunas acusaciones se remontaban a su ficha de delincuente juvenil y si no se habían juzgado en su momento tenían que seguir en manos de las autoridades. Soltó el bolso y se detuvo. aquel detallado historial delictivo. Oí un ligero golpe y vi el zapato rebotando en el suelo cuando alcancé velocidad. La primera había sido el regreso de Guy . con detalles escandalosos. vi dos periódicos en la acera. junto con « fuentes confidenciales» . No iba a más de tres kilómetros por hora. el refugio más indicado para un culpable que quiere parecer bueno a los ojos de la junta de libertad condicional. que por lo visto encontraban graciosas las groseras observaciones que me gritaba su compañera. Evidentemente se había orientado por la alusión de Max Outhwaite a los líos del joven Guy. embriaguez y comportamiento inmoral. La noticia estaba en la sección segunda y el tono era extraño. y me fui a casa. gamberrismo. se habría dicho que Katzenbach consideraba a Guy Malek un canalla despreciable. Encendí la luz y me serví un vaso de vino. el público iba a acabar ofendido por su súbita riqueza. me detuve el tiempo suficiente para bajar la ventanilla y darle un empujón al bolso. agresión y violencia física. mirando con consternación cómo me alejaba. pero captaba el sentido. « antiguos conocidos» y « amigos de los Malek que quieren permanecer en el anonimato» . Aumenté la velocidad lo suficiente para obligarla a trotar. Se quitó un zapato y lo lanzó contra mi ventanilla trasera. luego me senté ante el mostrador de la cocina y abrí el periódico delante de mí. la segunda. Unos cien metros más allá. como quien dice. Lo dejé en la calzada. pero era una velocidad difícil de mantener con aquellos tacones. Ley endo entre líneas. pero me preguntaba cómo había sabido dónde consultar. Cuando llegué. Jeff Katzenbach había elaborado. Los recogí y dejé uno en el escalón de la puerta trasera de Henry antes de entrar en mi domicilio. el inventario de todos los pecados del joven Guy : incontables episodios de conducta automovilística temeraria. ¿Dónde había conseguido Katzenbach aquella información? En parte era de conocimiento público. . había habido dos filtraciones. La palabra « presunto» aparecía unas seis veces. Recordé con incomodidad la carpeta de recortes de prensa de Bader Malek. Lejos de ello. Dejé atrás a los dos sujetos de la calzada. ¿Los había visto? En tal caso. su separación de la familia y su transformación espiritual. Su actual faceta religiosa parecía en cierto modo interesada e hipócrita. No oía las palabras. La larga correa del bolso se agitaba y golpeaba la portezuela del coche.estaba acostumbrada a reducir a los conductores con el truco del bolso. Lejos de celebrar la buena fortuna de Guy. Vi que Katzenbach había acolchado sus revelaciones con los habituales clichés periodísticos. Había esperado una versión fabulística de la vida de Guy hasta la fecha. Vi por el retrovisor que me enseñaba el dedo corazón y pinchaba el aire con él. « informadores cercanos a la familia» .

es usted. —No va bien. pero estaba fuera. mierda. Creen que he sido y o quien ha informado al periódico para llamar la atención. recogí los restos del bocadillo y tras lamerme los dedos. Para cenar me preparé un bocadillo de huevo duro con mucha may onesa y sal. Es otra vez la vieja historia. —Es lo que supongo —dijo con despreocupación. ¿verdad? —Tampoco va tan mal —dije para animarlo—. pero no conseguí que nadie respondiera al timbre. —Me incliné. Se llama política. que él te leerá la cartilla» . Tenemos consejo de guerra después. —¿Se encuentra bien? Peter ha llamado. Acabo de estar en su casa. La tardanza me ha puesto fatal. tal como están las cosas. . Si era un reportero. Había may onesa en el suelo. pero y a la limpiaría más tarde. pero ¿por qué tengo que hacerlo? Aquí todo el mundo me está pinchando. no…. Está tratando de ponerse en contacto con usted. Al menos ahora y a sabe lo peor. La he llamado hace un rato. y me encaramé en el mostrador de la cocina para comérmelo mientras leía el resto del periódico. cuando llegue Donovan. ¿Recibió su mensaje? —No. —Gracias a Dios que llama. —¿Sí? —Hola. ¿Qué está pasando? —Acabamos de cenar. —¿Por qué no? El daño y a está hecho. —Sí. Guy. le habría dado un sesgo diferente. —Desde luego que sí. ¿Ha visto las noticias? —Tengo el periódico delante de mí. Me gustaría salir de aquí. —Sí…. colgaría. ¿Cómo está? —preguntó—. Parece que alguien quiere jugársela. Me ha dado un susto de muerte. Debía de estar más concentrada de lo que pensaba porque cuando sonó el teléfono tiré el bocadillo del sobresalto. pero lo único que ha conseguido hasta ahora es hablar con el contestador. « espera a que vuelva tu padre. pero y o hice todas esas cosas. Sonreí. Es hora de pagar las consecuencias. —¿Y de qué modo? No se puede dar un sesgo diferente a la verdad. Le dije que había sido malo. soy y o. —Sí. Si hubiera sido usted el filtrador de la noticia. —¿Quiere que vay a a buscarlo? Puedo estar ahí en quince minutos. Me hice con el auricular con el corazón latiéndome como si acabaran de disparar una escopeta junto a mi oído. supongo. no sé lo que quiero. Ha estado reunido hasta las nueve. —Ah. Quien ha dado la voz lo ha presentado con las tintas más negras que ha podido. me metí en la boca un trozo de corteza de pan. pero no me atrevo a desaparecer.

¿Qué hago? ¿Llamo al timbre de la verja? —No. pero ella no me vio a mí. Vi a la periodista morena. pero quería estar preparada para maniobras nocturnas. no. cuando había más peligro de incendio. allí estábamos. una frágil curva de plata en un cielo blanqueado por las estrellas. Me subí al arcén del otro lado de la avenida y la grava crujió bajo mis ruedas. Estaré allí dentro de quince minutos. Al llegar a la mansión de los Malek. Lo único que necesito en este momento es conversación civilizada. El cielo nocturno estaba despejado. Soy experto en fugas. —No me tiente. acompañada por la crujiente percusión de la seca fronda de las palmeras y el . un oscuro borrón fragmentaba la tapia en un único punto. el suelo era de un gris ceniciento y claro. déjalo y a. El polvo del aire era tan fino como la niebla. dos semanas de lluvias que esperábamos que satisficieran la cuota anual. Había focos portátiles encendidos y un hombre con un micrófono hablaba directamente a la cámara. De niño lo hacía continuamente. —Claro que sí. pasé de largo ante la verja. con el viento seco agitando las copas de los árboles. escuchando el tintineo del metal caliente y el murmullo del viento. Rodeé la finca pegada a la valla y giré a la izquierda en Wolf Run. Con aquella luz. Aparque en la arboleda que hay enfrente de la verja. Parecía estar pidiendo fuego a una desdichada fuente informativa que no sabía lo que le esperaba. fines de agosto. Si el portillo lateral está cerrado. Sin embargo. El aire del anochecer era inusualmente cálido. comienzos de septiembre. una camisa oscura y las Reeboks. aunque la luna se había reducido a una estrecha rebanada. eso no. El balanceo de las hojas creaba una especie de susurrante música nocturna. escalaré la valla. Nos encontraremos en Wolf Run Road —dijo—. Divisé el portillo. Lo único que me importa es sacarlo de ahí. —Vamos. Jack y Bennet están abajo y Christie en el despacho. Junio y julio eran tradicionalmente secos y y o asociaba el viento de Santa Ana con el final del verano. —¿Quiere venir de visita? Podría escabullirme unos minutos. revisando papeles antiguos de papá. Tardé unos minutos en recoger la cocina y a continuación me puse unos tejanos. en caso de necesidad. No me importan esas historias. señalando hacia la casa. —¿Por qué no se trae la mochila y lo saco de ahí? —pregunté—. Lo llevaré a Marcella y usted contratará un abogado que se ocupe de sus intereses de ahora en adelante. Puedo acercarme otra vez. No había ni una farola en aquel sector de la avenida. Había otros dos equipos informativos y la reunión parecía y a una vigilia carcelaria. Apagué el motor y me quedé allí. Enero venía siendo el mes más lluvioso en los últimos años. La valla estucada que rodeaba la finca de los Malek había perdido su brillo rosáceo y se extendía como una franja fantasmal de un blanco apagado. Así me metí en tantos problemas entonces.

pero Jack parece el mismo. Mañana. —Supongo que sí. Su tensión era contagiosa y habría jurado que su aliento olía a alcohol. Y Donovan no ha cambiado. antes de que empezara toda esta basura. y y o también. Se volvió y miró por la ventanilla. Me da vergüenza decirlo. —¿Qué te han dicho hasta ahora? . Hoy ha sido muy parecido. se comportaban hasta ese momento. se lo toma muy en serio. —Ya sé que no es asunto mío. Por la mañana. Saltaba la valla y jodíamos en el asiento trasero del coche. encogiéndose de hombros. El portillo se abrió en silencio y salió Guy con la cabeza gacha. —Lo haré. No entiendo por qué no rompes con todo y huy es mientras puedes. —Sonrió a pesar de sí mismo. y a ellas también. Cuando me di cuenta. Supongo que es la única manera de aguantar esta situación. Cuando llega la hora del cóctel. —Blanco. pero me estaban vigilando como halcones. —Bennet y sus martinis. salvo que el humor de todos era diferente. loco por el golf. en los viejos tiempos. pero se notaba que estaban nerviosos. las calles estarían cubiertas de hojarasca y de trozos pelados de rama rota. Me estiré para abrir la puerta del copiloto. —Eso es porque todavía no te has doblegado —dije. lo hemos hecho. Cada vez que aparece. Me gusta. Quien me sorprendió fue Bennet. —Eso me parece a mí también. —Tranquilo. Gracias por venir. Llevaba una chaqueta oscura y las manos metidas en los bolsillos como si tuviera frío. como para protegerme a mí misma. Solía encontrarme aquí con chicas. Te habría llamado antes. No sé qué me pasó. Había algo en el peligro que me excitaba mucho. Lo hacemos. No me malinterpretes…. pero no puedo evitarlo. —Oy e —dijo—. —Me tomé un par de copas anoche. —Pensaba que y a habíais hablado. Ablandó y suavizó la conversación. Guy se deslizó en el asiento y cerró la portezuela con cuidado. Es como si me deslizara hacia los viejos tiempos. Te dije que teníamos otra reunión esta noche para hablar de unas cuantas cosas. Creía que me iba a volver loco sin una cara amiga. cuando estaba castigado sin salir. tenemos una charla. pero el alcohol nos ay udó.ocasional chasquido de las ramas. había cruzado los brazos y las piernas. —Esto es como si estuviéramos liados —dije. —Bueno. Casi todas parecían así más interesantes de lo que en realidad eran. O pasado mañana. pero ¿has estado bebiendo? —pregunté. la aprovechan a tope. A Peter no le gustaría saberlo. —¿Qué opinas de Christie? —Es buena chica.

—¿Habéis resuelto algo? —Bueno. por mi comportamiento. —Hablemos de otra cosa. Es como una gran nube negra que pendiera sobre nosotros. Y en el fondo irritados. sólo empeoraré las cosas. Guy. Quizá sea una prueba de tu paciencia. —Me ha gustado volver a ver la casa. si no? Quiero decir que es un tema que sale. Es lo que dice Donovan: no podemos hacer como si no existiera. emborracharme o una barbaridad así. porque entramos directamente en el tema. cuando la única intimidad posible era estar escondida en el coche de algún chico. —¿Por qué te esfuerzas? ¿Por qué no estallas? Ellos no vacilan en hacerlo. tirar una silla por la ventana. Sacudió la cabeza. —Bueno. pero no de tu fe en Dios. —¿Y qué más ocurre? ¿Aparte de las interminables reuniones? —pregunté. el parabrisas se empañaba. Los demás son basura. Siento que la ira también está brotando dentro de mí. Para ser sincero. pero si abro las compuertas. todo el mundo salta. no podía resistirme. Elvis o los Beatles. Como si quisiera volcar lámparas. Esto me pone tan nervioso que podría escapárseme un pedo. fumábamos hierba y pensábamos en la increíble majestad de la vida. ¿de qué. en general. Estar doblada allí en el asiento delantero me hacía recordar los ocasionales encuentros sentimentales que había tenido en mi época de estudiante. eso no —dije—. hemos hablado del dinero. Creo que al principio todos estábamos incómodos. apretándose las manos con las rodillas. Probablemente bebíamos cerveza robada. Lo único que se me ocurre es que quizá sea una especie de prueba de fe. Si la noche era fría. —Sin duda es una prueba. Quiero convencerles de que he cambiado y de pronto me siento como me sentía antes. Al principio pensé que estaban maravillados. Esta vez sonreía y su tono parecía más ligero. —No. tampoco podía resistirse. aunque sólo estuviéramos hablando. drogarme. —Ya lo sé. Ni siquiera recuerdo de qué hablábamos. debía seguir hurgando. Encontré algunas cartas de mi madre y las he leído. Ahora. por lo visto. había olvidado cómo eran. Probablemente de nada. —¿Qué te parecen? —Furiosos. no. No mucho. y a sabes. —Y que lo digas. Además. No se me ocurre otra cosa para contenerla. Como si tuviera una uña rota. literalmente. Es la única a la que siempre he echado de menos. movimientos lánguidos y tensión sexual. Si la noche era cálida como la de aquella misma noche. . en cuanto digo algo. Me reí y cambié de conversación. nos sentábamos con las ventanillas bajadas y sintonizábamos en la radio una emisora de rock. Durante un rato hablamos de naderías.

No dejes que te maltraten. —Cuando les dije que me gustaría dar algo a la iglesia. porque todo lo que hago parece que siempre sale mal. pero hay algo peor. Saben perfectamente que tienes derecho a la cuarta parte de la herencia. —¿El qué? —Ni siquiera sé cómo describirlo. —¿Crees que debo irme? —¡Pues claro! Te lo estoy diciendo desde el principio. —Esa es la parte fácil. conozco eso. desde luego. Ya sabes cómo habla. Lo que hagas con ella no es asunto suy o. ¿entiendes? Me miran como si hablase en otro idioma y luego los veo cambiar unas miradas… —Ah. en absoluto. —Lo sé. algo pomposo. Te juro que se comportaban igual antes de que aparecieras. Por eso te marchaste entonces. pero no parece que sea así. para y a. Pienso que tengo que quedarme. Pero la Evangélica del Jubileo me salvó la vida y quiero darle algo a cambio. lo sé. Papá trabajó por el bien de todos. Es la tercera vez que lo dices. Algo bajo la superficie. No caigas en el autorreproche. —No quiero recordarte que te lo dije. después de todo. Lo digo en serio. no quiero el dinero para mí. Creo que deberías largarte de aquí mientras puedas. A lo mejor estoy como una cabra y. « Nuestra familia nunca ha sido religiosa. —Pon un ejemplo. Tus hermanos no cambiarán. —Pero ¿por qué atraigo tanta cólera? —Guy. Sinceramente. A mí no me parece que eso esté mal. Quiero decir que no dejo de preguntarme si habrá algún defecto en mí. no se trata de ellos. No sigas. parece fuera de lugar. pero y a lo había previsto. no en beneficio de una Iglesia de la que nunca había oído hablar» . —Porque estás acostumbrado a ellos —dije—. con ese aire suy o. A lo mejor tienen razón ellos y mis valores están hechos un lío. —Quizá sí —dijo—. serás tú. Lo dijo con un tono completamente razonable y de inmediato me pregunté si lo que me proponía estaba realmente bien. Y no lo pospongas. Diga lo que diga. ¿A ti te parece mal? —No. Bennet decía que no le parecía justo. Pensaba que podríamos sentarnos como personas maduras y aclarar antiguos asuntos. No lo sé. Quieren que renuncies a tu parte para repartírsela entre ellos. —Yo no creo que me maltraten. así que empiezo a cuestionarme mi propio proceso de pensamiento. pues lo dije y de repente nos encontramos en una disputa de poderes. para alejarte de toda esta historia. Jack y Bennet son muy buenos intercambiando miradas. Algo que se desliza en secreto y que nadie controla. —Bueno. puesto que y a . Está claro que aquí se practican los golpes bajos desde hace muchos años. Si alguien cae a la lona. —Una razón sí tienen.

por favor. —Juraría que no estás escuchando. Y tú eres preciosa. Eres un adulto. Antes de que pudiera responder. Tienes cuarenta y tres. tengo que irme antes de que descubran que me he escapado. Bueno. Se dio la vuelta para despedirse con la mano y se lo tragaron las sombras. nunca encontraremos la manera de entendernos. Puedes estar fuera toda la noche. Se inclinó rápidamente y me rozó la mejilla con los labios. Y armar la de Dios. —Guy. . Sentí el suave roce de sus patillas en la cara y una ráfaga de su aftershave. no te comprometas a nada sin haber hablado antes con un abogado. —Adiós y gracias —dijo. —Te lo prometo. Si corto y echo a correr. —De acuerdo. no tienes dieciséis años. había bajado del coche y doblado la espalda para protegerse del viento mientras se dirigía al portillo. Te lo juro. —Prométemelo. —Me siento como si tuviera dieciséis años. No volví a verlo. Quédate si quieres. Se echó a reír. Pero por favor.he llegado hasta aquí.

. pero no estaba segura de con quién. tratando de analizar la frase. para testificar en el juicio de un hombre acusado de desfalco. He interrumpido el viaje y he vuelto de Utah esta misma tarde. Resultó que estaba liado con su hermana y la esposa rompió relaciones con ambos. 13 Guy Malek fue asesinado en algún momento de la noche del martes. adoro a Guy pero no soporto al resto… Tasha me interrumpió con voz apagada. Conocía el sujeto. ¿Te has enterado? Bueno. aunque y o no me enteré hasta el miércoles por la tarde. ¿Qué ha pasado? No puede haber « muerto» . está claro. te he llamado por eso. El lunes lo vi y estaba bien. me di cuenta de lo enfadada que estaba porque Guy hubiera llegado a Santa Teresa estando ella ausente. —Bromeas. —Lo mataron anoche. fui directamente al grano. encontré en el contestador un mensaje de Tasha. después de levantarse la sesión. esperando que My rna respondiera al teléfono. al ver que no bajaba a desay unar. me resulta satisfactorio cuando el proceso funciona como debiera. Cuando volví al despacho. pero algunos años antes lo había vigilado a requerimiento de su esposa. y a era hora de que volvieras. « ha muerto» . —Por fin —dije—. habría podido disuadir a la familia de aquella campaña de presión y acoso. Ella sospechaba que la engañaba. Sinceramente. Pasé la may or parte de la mañana en los juzgados. No tenía que ver con el caso (lo habían pillado los polis de verdad después de siete meses de intensas pesquisas). « Guy » . —Kinsey. En el momento en que la oí. Me quedé en silencio durante unos segundos. Christie lo encontró en la cama esta mañana. Le golpearon el cráneo con un objeto contundente. Aunque me quejo con frecuencia de la escasez de justicia en este mundo. si no no estarías ahí. como si se hubiera hecho cargo de las comunicaciones con el exterior. Aquel hombre era tramposo hasta la médula y confieso que me gustó ver que el sistema legal lo machacaba. Llamé. no tenía sentido. pero el predicado. Esto se ha convertido en un infierno. En lugar de ella contestó Tasha. Como soy lista. Al oírlo comprobé que había dejado el teléfono de los Malek. Si hubiera estado en su puesto. Guy ha muerto.

Sólo tienes que teclearlo en el interfono que hay al lado del camino del garaje. —¿Han detenido a alguien? —Hasta ahora no —contestó—. Aún están peinando la finca. Lo dejé todo y me subí al primer avión. pero ¿quién sabe? Estaré ahí dentro de un cuarto de hora. —A mí también. La casa es un enjambre de policías desde entonces. Los fuertes vientos habían cambiado. ¿Necesitas algo? —De momento no. Ahora le están tomando declaración en Jefatura.La policía echó un vistazo al lugar de los hechos y consiguió una orden para registrar la finca. El cuarto de My rna está junto a la cocina. Aún tenía frío y me encogí en la chaqueta antes de ponerme al volante. Esto me da náuseas. —¿De quién sospechan? —No tengo ni idea. pero no hay ninguna forma mejor de decirlo. Acabo de hablar con el inspector de homicidios que está a cargo de todo esto. —Lamento habértelo comunicado. pero el caso no tiene buen aspecto. No cuelgues. pero sospechan que está aquí. Es asqueroso. El tiempo había sido agradable. pero dice que. pero dice que dormía como una marmota y que no oy ó nada. —Fantástico —añadió—. Hasta ahora —dijo. Se puso otra vez al habla. y a que fuiste tú quien encontró a Guy. Quiere tener libre la línea. La familia está haciendo lo que puede para cooperar. Es terrible. Le dije que le convenía hablar contigo. gracias. llevándose el calor antinatural. el código es 1-9-2-4. Es horrible. La luz empezaba a desvanecerse y en cuanto se pusiera el sol. Christie se fue a la cama temprano y Donovan se quedó viendo la televisión en su habitación del piso superior. Un colega me llamó a Utah esta mañana. Colocó una mano en el auricular y oí al fondo una conversación ahogada. No han encontrado el arma homicida. dirá a los chicos de la puerta que te dejen entrar. —Es asqueroso. —Lo dudo. —¿Lo mataron en la cama? ¿Mientras dormía? —Parece que sí. Dice que los policías continúan hablando con Donovan. —Tasha. Horas antes había querido utilizar los limpiaparabrisas para quitar el polvo del parabrisas con ay uda de un líquido y el cristal estaba ahora cubierto de cuartos . Yo le estaba dando vueltas a lo que había dicho dos frases antes. no me lo creo. la temperatura bajaría. Recogí la chaqueta y el bolso y fui en busca del coche. Si no hay nadie en la verja. Por lo que he oído. Todos estamos anonadados. después de que Donovan le llamara a él. Jack y Bennet se encontraban fuera anoche. Christie ha estado aquí hace unos minutos. Le comenté que a lo mejor podías aportar algo. si quieres venir. No puedes hablar en serio.

No reconocí a nadie. Había coches aparcados delante de la verja. A Guy Malek ni siquiera lo mencionarían en algunas emisoras. como si Guy hubiera salido de este mundo para irse al otro en aquel preciso momento. Coches llenos de curiosos iban y venían por la periferia de la finca. estirando el cuello para ver si era alguien importante. Mis procesos internos se habían suspendido por momentos. afluy eron los periodistas para echarme un vistazo. Veía el tráfico de Cabana Boulevard. en la misma dirección. No sentía absolutamente nada. Lo más extraño era que la vida seguía igual. Cada vez que llegaba un coche. comunicados de interés público. los medios de comunicación nacionales se las habían arreglado . Ahora apenas podía recordar su cara. ¿Era así la vida? ¿La gente no está realmente muerta hasta que nos informan? Yo lo sentía así. Sólo cuando me acerqué a la verja y le dije mi nombre al guardia. sobre todo si era como el mío. una serie de imágenes fragmentadas sin permanencia. Por lo visto. casi con comicidad. Mi percepción de las cosas había cambiado y con ella muchas de las presunciones sobre mi seguridad personal. habría intervalos de música. mi vecino barría las hojas secas y las amontonaba en el césped. el sonido de su « Hola» o el roce de su mentón en mi mejilla. Puse las manos en el volante y apoy é la cabeza en ellas. Puse el motor en marcha. Al acercarme a la finca de los Malek vi que el tráfico se había multiplicado. Sobre el capó había la misma fina capa de polvo. la multitud se volvía. a ambos lados de la avenida. Supongo que nadie crey ó que los Malek tuvieran un Escarabajo. Había ocupado mis pensamientos y me había producido reacciones de simpatía y de exasperación. sólo forma sin contenido. Se había perdido y lo habían encontrado. Las cabezas estaban vueltas. Dos casas más allá. Debían de ser tropas de repuesto.crecientes. Si ponía la radio del coche. con su polvo y su surtido de manchas. como si en un mando a distancia hubieran apretado el botón de pausa. aplastando arbustos y arbolillos extraviados. El paisaje familiar me resultaba extraño y hubo un momento en que no pude recordar exactamente en qué ciudad estaba. Daba grima tocar incluso el tapizado de los asientos. sólo un destello aquí y allá. Las ruedas habían invadido la zona de hierba. tan pálido como la harina e igual de blando a la vista. Si Guy podía ser asesinado. sin ningún temblorcillo de tierra en mi paisaje subterráneo. ¿por qué no Henry o y o? Conduje con el piloto automático mientras dejaba atrás escenas callejeras. Era y a tan insustancial como un fantasma. Mi coche no pareció despertar interés al principio. Todos los actos cotidianos parecían teñidos de extrañeza. ¿Cómo era posible que Guy Malek hubiera muerto? Durante la última semana había sido una parte importante de mi vida. anuncios y noticias. Había vivido todo aquel día sin la más ligera sospecha de que Guy había sido asesinado.

Había un coche patrulla aparcado a un lado. varios extraños golpearon la ventanilla gritándome preguntas. Le dije mi nombre y le vi mirar su lista y mi cara. a este lado de la casa. la cocinera que no conocía aún. tratando de impedir que la multitud se acercara demasiado. Pronto necesitarían linternas para continuar la búsqueda. Había otro policía uniformado apostado en la puerta principal. —Gracias. se apartó del coche. incluso la de Enid. todas las ventanas de la parte delantera estaban a oscuras. —¿Hay sitio aquí? —Puede usted aparcar detrás. Se acercó a mí y bajé la ventanilla. con expresión imperturbable. la de My rna. había y a varios coches apelotonados. con la cabeza gacha como si buscaran tréboles de cuatro hojas. Que menos de veinticuatro horas después de que mataran a Guy se emitiera el primer plano de una cara arrasada de lágrimas. Las sombras se condensaban y a bajo los árboles. era uno de los milagros de la tecnología. En el patio de la izquierda. Excepto la de la cocina. Dos reporteros me siguieron en el momento de entrar. Un policía de uniforme comprobó mi nombre en su cuaderno y me indicó con la mano que entrara. junto a un vehículo de una compañía privada. En aquel breve intervalo. la de Christie. habrían podido ser vendedores de chucherías. en el sector de la rotonda de adoquines. en dirección a la casa. y la de la biblioteca. Con los micrófonos de mano extendidos hacia mí. Luego dé la vuelta y utilice la puerta principal para entrar —dijo y me ordenó con la mano que circulara. que estaba al otro. Mantuve la mirada al frente. La puerta de la biblioteca estaba entreabierta y un haz de luz dibujaba una cuña triangular en . demasiado débil para contrarrestar la creciente oscuridad.para enviar y a sus equipos de filmación y y o sabía que a las siete de la mañana siguiente alguien muy relacionado con los Malek aparecería en una entrevista de tres minutos. No sé cómo las grandes agencias de noticias negocian las cosas con tanta rapidez. La verja giró unos cuantos grados hacia dentro y tuve el motor en punto muerto hasta que la abertura fue lo bastante ancha para pasar. Por el espejo retrovisor vi que empezaban a discutir con el policía. La iluminación exterior parecía puramente decorativa. Vi al guardia de seguridad paseándose por el camino. El corazón se me aceleró mientras avanzaba por el camino del garaje. trotando a mi lado como agentes de tercera del Servicio Secreto. probablemente recitando sus derechos morales. Vi cinco o seis policías de uniforme merodeando por la finca. Giré a la izquierda y aparqué al fondo del garaje de tres plazas. Tres focos activados por sensores de movimiento relampaguearon para señalar mi presencia. La luz menguaba rápidamente a aquella hora del día. El guardia de seguridad y el policía se acercaron al mismo tiempo y les cortaron el paso. Satisfecho al parecer. El policía de uniforme me abrió la puerta y entré en el vestíbulo. legales y constitucionales.

el funcionario del juzgado y los enfermeros. El pantalón. Había tenido un breve romance con Jonah durante una de las veces que se había separado de su mujer. no me habría buscado al principio.la taracea del suelo. culpaba a Tasha de lo que había pasado. circunstancia bastante frecuente en sus tormentosas relaciones. El traje. con sus grupos de sillones de agrietada piel de color rojo oscuro. el dibujante. me pregunté si los técnicos se habrían ido. Dejé el bolso al lado de un sillón de orejas y recorrí la sala con nerviosismo. Llevaba un traje negro de tela de gabardina. ¿Cómo lo llevas? Dije « Bien» en un tono que la animó a mantenerse a distancia. Si no hubiera sido mi prima. Ella lo sabía tan bien como y o y la sombra de culpa que cruzó su cara fue un reflejo de la mía. no me habría preocupado y no tendría aquella sensación de que me habían quitado algo. Cuando lo conocí. La habitación estaba revuelta y despedía un olor tan rancio como la vez anterior. El homicidio me enfurece. Tasha fue encendiendo las lámparas de mesa mientras cruzaba la habitación. los expertos en huellas dactilares. —¿Jonah? Qué bien. estrecho y sin dobladillo. con frunces invertidos en la parte frontal. Al jubilarse el teniente Dolan. —¿Lo conoces? —Lo conozco —contesté. por sus trampas y por sus disfraces. hacía sólo una semana. Advertí que tenía ganas de ser grosera tanto con ella como con las circunstancias. Los botones de la chaquetilla eran de cobre y las mangas estaban adornadas con una trencilla dorada. ni siquiera habría sabido quién era. autoritaria y poquita cosa. Allí había conocido a Bennet. estaba trabajando en Personas Desaparecidas. la quisquillosa Policía Militar que enviaban los abogados para que todo estuviera en orden. pero el Departamento de Policía de Santa Teresa sigue por norma un sistema de turnos rotativos y los inspectores van de un destino a otro. frío como la escarcha. me parecía que iba más allá de la moda. el fotógrafo. Dado el silencio que reinaba en la casa. Las altas ventanas emplomadas estaban teñidas con el tono grisáceo del crepúsculo. no sé por qué. —El teniente Robb. era de cinturilla muy ancha. con una chaquetilla hasta la cintura. Quería que me devolvieran a Guy Malek y por alguna complicada lógica emocional. quedó una vacante en homicidios. —¿Quién está a cargo del caso? Dijiste que había alguien aquí. Si no me hubiera contratado. Es perfecto. Las rojas alfombras orientales parecían sin color a aquella hora. Tasha apareció en la puerta. La seguí y entramos en la biblioteca. —Te he visto llegar. Tasha estaba impecable. y o no habría encontrado a Guy. La veía decidida. Pese a haber interrumpido las vacaciones a toda prisa. Ni siquiera el barniz de las paredes de madera oscura conseguía dar un aire acogedor a la fría losa del hogar. Habían .

Cogió otro vaso y volvió a servirse vino—. Ahora nos cruzamos en público de vez en cuando y me he convertido en una experta en fingir que nunca jugueteé con él entre mis sábanas de Wonder Woman. supongo. Apenas se había maquillado y me pregunté si habría llevado la misma indumentaria al descubrir el cadáver de Guy. Ha costado treinta y seis dólares con noventa y cinco centavos. ¡Mierda! — dijo. No cambia la realidad. La biblioteca. Al servirse el vino. totalmente fuera de control. —Yo puedo encenderlo —dije. —Dio la vuelta a la botella para ver la etiqueta con el precio—. —Procure no destruir ninguna prueba —dijo Christie. un minifrigorífico. pero me quedé enganchada. En este momento no —dijo Tasha. Oí pasos en las escaleras y levanté la vista cuando entró Christie. el azul de la tela realzaba el de sus ojos. Llevaba unas abultadas zapatillas de correr y un chándal de material sedoso. Había seis o siete troncos en un bastidor de bronce. La miré sin expresión. pero no debería desahogarme contigo. Ojalá estuviera Donovan en casa. Una grieta vertical ray aba ahora la copa. Olvídalo. Tiró el contenido en la pila y el vaso a la basura. una cubitera y un buen surtido de licores. Más tarde. Vimos en silencio que Christie rasgaba el capuchón de estaño de la botella y empuñaba el sacacorchos. —Ted Bundy mató a una de sus víctimas con un tronco —dijo y se encogió de hombros. —Si fumara. encendería un cigarrillo. deteniéndose a comprobar los daños. como los búhos. pero no fumo —dijo. como suele suceder. Aquí necesitamos fuego. —No sea absurda. No es gracioso. Estoy como borracha desde esta mañana. Fui a la chimenea y aparté la rejilla. pero mejora la actitud. Sus ganas de verme en la escena no eran ajenas a nuestro pasado. Fantástico. No consigo hacerme a la idea. Kinsey ? —El alcohol no me sirve —repliqué. Tomé uno y lo puse en la chimenea. Christie fue al frigorífico y sacó una botella de vino blanco. avergonzada—. —¿Qué pasa? —preguntó Tasha.sido novios desde séptimo de Básica y sin duda estaban destinados a pasar juntos toda la vida. Supongo que habría tenido que percatarme. —Yo tomaré una copa más tarde. Era un . Claro que sí. Sabía que podía confiar en que tendría la boca cerrada. la botella golpeó con torpeza el borde de cristal Waterford—. —Nada. Eché otros dos leños en la parrilla mientras Tasha y ella hablaban. estaba equipada con un bar: una pequeña pila de latón. —¿Alguien quiere vino? ¿Usted. ¿Tasha? ¿Te apetece una copa de Chardonnay ? Este es bueno. descontando los intervalos de radical separación que tenían lugar cada diez meses. como el salón. Y el Valium también. No me haga caso. Vay a día — añadió—. Me siento mal. ella curvó el dedo y él volvió al redil.

Nos han tomado las huellas para hacer comprobaciones. pero sin embargo haría aquel lugar un poco más cómodo. Ahora han traído más policías y están registrando palmo a palmo la propiedad. Seguro que a la mujer le advirtieron que tuviera la boca cerrada. —¿Y Guy ? —Se fue a la cama más o menos a la misma hora que y o. me introduje en la conversación. Es absurdo. —Los he visto desde mi habitación midiendo las puertas y examinando todos los puntos de entrada y salida. apoy ada en la superficie de piel—. Aunque tarde. Parece que pasaron mucho tiempo en la casa de la piscina. las lámparas. Seguía en la barra. Tasha se volvió hacia mí. —¿Solicitaste la presencia de un abogado? —decía Tasha. ¿Qué me pasa? Estoy totalmente vacía. —Se miró las y emas de los dedos y se las restregó. —Cuando retiraron el cadáver y los de huellas terminaron el trabajo. el inspector llamó a una de las encargadas de la limpieza de la casa para que le describiera la posición habitual de los muebles.consuelo hacer una faena básica e inconsecuente. Christie se puso en guardia. Lo siento. Tienen dividido a todo el mundo. Casi todo el calor se iría directamente por la chimenea. —¿Encontraron algo? —No tengo ni idea. —Todavía andan por ahí. Donovan estaba viendo la tele en la antesala del dormitorio. Se contamina con facilidad. La madera era roble en su justo punto. Sólo era rutina —repuso Christie con voz irritada. . Bebí demasiado durante la cena y me quedé dormida a las nueve. Christie la interrumpió. ¿Quién queda por aquí? —Jack y Bennet. La memoria es frágil. creo. esas cosas. Pero ¿por qué miran el exterior? Tuvo que ser alguien de la casa. Estaba borracho como una cuba gracias a los Martinis de Bennet. como hicieron aquí. Los he visto al entrar. pero no sé exactamente el qué ni por qué eran significativas. No hice nada. los ceniceros. —Ninguno de nosotros tiene mucho que contar —dijo—. —No te preocupes por eso. Volví a poner la reja y ajusté la altura de las llamas. —Claro que no. abrí la llave del gas y oí el confortable funk al encenderse los quemadores. Nos dio la espalda y abrió el grifo del agua—. ¿Qué creen? ¿Que Donovan y y o no vamos a contarnos hasta el último detalle en cuanto tengamos ocasión? —No quieren arriesgarse a que os influy áis entre vosotros —dije—. Sé que etiquetaron y envasaron muchas cosas. Cogí el encendedor eléctrico.

Anoche estaba desconectada. —Es culpa mía. pero ahí está el problema —dijo—. No quiero que lo hagas. Tendría que habértelo dicho. si quiere. sí. no. Vine en cuanto me enteré. Me decidí y cambié el menú. pero creía que ninguna de estas personas tenía acceso a la casa por la noche. No tenía ganas de discutir con los altos vuelos de su fantasía. Una mujer con uniforme de doncella y delantal se asomó por la puerta. sin articular palabra. Siento interrumpir. Con el fuerte viento que ha soplado estos dos últimos días. Me llamó My rna. los lavacoches. las señoras de la limpieza y la que se ocupa de las plantas. —Es posible —admití—. Pensaba que teníais un sistema de alarma. Entre las diez y las once. Enid. Me dio un susto de muerte. Han hablado con todos los demás. Déjalo todo en el horno y y a nos serviremos nosotros. Al final la desconectamos. He preparado patatas al horno y una cazuela de col agridulce. Puedo quedarme y servir la mesa. No estaba claro si era un adorno o una manera sencilla de impedir que los pelos colgantes le condimentasen la comida. señora. Al menos unas quince personas por semana. . creo. y se notaba que la grasa que ingería hacía tiempo que obstaculizaba cualquier actividad encaminada a quemar la acumulada. —¿Ha hablado la policía contigo? Supongo que sí. así que hay mucha comida si hay invitados. El inspector no lo dijo. Bennet y Jack estuvieron fuera hasta tarde. —Alrededor de las diez. Ya sé que llegaste temprano. Tendría cuarenta y tantos años. Donovan no ha vuelto aún y no sé cuándo llegarán Jack y Bennet. contando a los jardineros. —Sí. Si le gustaba la idea. Era baja y gorda. Puedes irte cuando termines. no. —No. Christie hizo una mueca. para que no volviera a saltar. y llevaba el pelo oscuro recogido con una cinta roja y blanca que le rodeaba la cabeza. podrían ser presidiarios o fugados de un manicomio. —En cierto modo vino a decir. —No necesariamente. Por lo que sabemos. El lunes por la noche se disparó dos veces cuando y a estábamos todos acostados. —Perdón. —Bueno. ¿Qué vamos a cenar? ¿Se conservará? —Pechugas de pollo asadas. no quería ser y o quien la desilusionara. Pasé por el mercado al venir. ¿Por qué dices eso? Siempre estamos rodeados de gente. Enid se pellizcó el delantal con actitud incómoda. Ignoramos la procedencia de toda esa gente. pero me di cuenta de que era el periodo de tiempo que más le interesaba. que quedarse para servir la cena era lo que menos gracia le hacía. las ventanas se abrían continuamente y la alarma no dejaba de sonar. La policía también preguntó por eso. —¿Cuándo supone la policía que mataron a Guy ? —pregunté. pero me gustaría saber a qué hora quiere que sirva la cena.

—Por ahora no. Ocupé el sillón que había junto a la chimenea y Tasha se encaramó en el brazo del que había al lado de Christie. Trato de analizar tu posición aquí. —¿Quieres dejar de hablar así? Él no mató a Guy y y o tampoco. no tienes que preocuparte de que se defienda. Pareces agotada. Quizá tengas que venir antes. si no te importa. Vamos a sentarnos. —Me tomaría ahora esa copa —dijo Tasha—. Si uno de nosotros hubiera querido matarle. gracias. así que no te ofendas. Fue a la fiesta de los emparejamientos con un amigo. Habría podido presentártela. —Pero Tasha. —Christie. Se había notado mucho que había evitado dar cualquier clase de información. no te estoy acusando. Tendrás que preguntárselo a él. Apunté mentalmente que tendría una charla con Enid en algún momento. —Desde luego que no. —¿Qué me dices de Bennet? —preguntó Tasha—. Christie me miró con un gesto para preguntarme si estaba lista para beber vino. Hay un torneo este fin de semana. No me refiero a ti en concreto. No he querido ser grosera. Remetió las piernas y cruzó los brazos. Dada la situación. pero ¿quién tenía un motivo mejor que la familia? Hay mucho dinero en juego. ¿Dónde estuvo anoche? —No estoy segura. Es Enid Pressman. Tasha fue hacia la barra. Levanté la mano como una estudiante. ¿por qué hacerlo aquí? ¿Por qué no en cualquier otra parte? Habría podido fingir un accidente o un acto de violencia casual. —Piensa en la oportunidad. Christie dijo: —Disculpad la interrupción. las sospechas recaerán sobre alguno de vosotros. eso es ridículo. la cocinera. recogió el cubo y lo puso en una mesa. Si matas a un hombre mientras duerme. con cien personas. creo. pero bebed vosotras —dije. Jonah Robb apareció en la puerta con los ojos clavados en Christie. Los circuitos de ensay o comienzan el jueves. Yo me serviré. ¿Quiere que venga mañana a la hora de siempre? —Todavía no lo sé. —No pasa nada —disculpé. —Eso será fácil de comprobar —comentó Tasha. —Hablé con la teniente Bower poco antes que usted. En cuanto desapareció. Hay más personas con acceso a la finca. Christie se encogió en uno de los sillones de cuero. entre dos sillas. . —¿Y Jack? —En el club de campo. Christie había puesto la botella de vino en un cubo con hielo y trajo otros dos vasos. Llámame por la mañana y veremos lo que hay. Tasha y a la conoce.

Está estrictamente prohibido entrar hasta que se lo digamos. —Es verdad. Mantuvo abierta la puerta y salimos al vestíbulo. —¿Qué tal está Camila? —Embarazada. Jonah asintió. —Nos iremos pronto. Me alegro de ser útil. Con suerte. a los hombres de mi vida. Creo que los llaman « irlandeses negros» . Ojos azules y pelo como el carbón. El dormitorio seguirá precintado hasta que decida el juez. para que nos proporciones información general. —No es mío. Volveremos mañana temprano para terminar lo que hay a pendiente. —De acuerdo. —Desde luego. seguían tomándole declaración. . —Le diré que la llame. —Ah. Con Jonah había una radiación oscura en el aire. —Tendrás que prestar declaración mañana. —Gracias. —¿Puedo verte fuera? Me levanté y crucé la habitación. si está allí cuando llegue. queriendo decir « no es asunto tuy o» . Quizá por un efecto secundario de mi sexualidad recuperada me puse a comparar. Es difícil saberlo. Me sentía como una mosca de la fruta y me preguntaba si las feromonas eran mías o suy as. Siempre había pensado que Jonah era atractivo. Puedo pasar a las nueve. los ojos estaban rodeados por una trama de finas líneas y su piel parecía más áspera de lo que recordaba. y a habrá terminado y estará en camino. la teniente Bower. —¿Y tú? ¿Sales con alguien últimamente? —A lo mejor. sin darme cuenta. Hablaré con ella. cuando vay a al trabajo —dije—. —Felicidades. Parecía cansado y tenso. —Desde luego. La mirada de Jonah se posó en mí y me saludó inclinando la cabeza. Nos miramos durante medio segundo más de lo estrictamente necesario. —Donovan nos ha dicho que fuiste tú quien localizó a Guy por encargo de la familia. Su sonrisa fue breve. ¿Hay algo más? —Tengo entendido que su cuñado recibió una carta… —Se la dimos a la mujer. —¿Sabe a qué hora volverá mi marido? Cuando salí de Jefatura. ¿Qué es esa historia de la carta? —Todavía no la he visto —dijo saliéndose por la tangente.

pensé. .—Hasta mañana. « Qué más quisieras» .

directa al desagradable olor a coles hervidas que salía del final del pasillo. La habitación en que Guy había sido asesinado a golpes se convertiría en un dormitorio común donde los adolescentes se masturbarían con sigilo después de apagarse las luces. Dadas las circunstancias. Al pie de las escaleras había un pasillo que se ramificaba en dos direcciones. Jóvenes con zapatos duros patearían los pasillos entre las clases. Fui hacia la izquierda. En el improbable caso de que me encontrara con un poli. Al otro lado de la biblioteca estaba el salón. El suelo era claro y totalmente construido con brillantes tablones de roble encolado. Me pareció enorme. a pesar del aire destartalado que se apreciaba en multitud de detalles. Había estado allí. pero no había visto el resto de la planta baja. Observé el vestíbulo vacío tratando de centrarme. habían cambiado de tema. me parecía imprudente curiosear de manera indiscriminada. Cuando me di cuenta. Habría rumores constantes sobre la pálida aparición que se deslizaba por el corredor y rondaba por el descansillo. En una repentina visión del futuro imaginé que la casa se vendía y se transformaba en instituto privado. Vi un lavabo al otro lado del vestíbulo. 14 Cuando Jonah se fue. deseosa de compañía humana. podía fingir que estaba buscando la cocina para echar una mano. La casa había tenido que resultar acogedora en otra época. Ya era agudamente consciente de la huella que me había dejado la muerte de Guy. Los armarios eran de color cereza oscuro y los mostradores y otras superficies de apoy o eran de mármol verde . andaba con rapidez. El amor propio está mal preparado para tratar con la muerte durante mucho tiempo. seguramente porque mi reino culinario cabría en la parte posterior de un cinco-puertas. y que el olor a crucíferas lo impregnaba todo. Oía hablar a Christie y a Tasha amistosamente. Incluso en los velatorios y entierros. Obviamente. Las dos puertas de la derecha estaban cerradas. los temas de conversación tienden a deslizarse hacia terrenos más seguros cuando se puede. no tenía ganas de volver a la biblioteca. Hasta el aire parecía pesado y la oscuridad tan lánguida como una densa niebla que recorriese las habitaciones. Detrás del comedor y de la despensa vi la puerta oscilante de la cocina abierta. en voz baja e interrumpiendo la conversación con risas nerviosas.

y a que las dos tenían cara de culpables cuando entré. Será mejor que me vay a mientras pueda —murmuró. Dada su proximidad al suceso. Estoy a punto de irme. —Bueno. Encenderé las luces de atrás. Enid y My rna debían de haberlos oído a menudo y sin duda habían cotejado sus apuntes. —Es lo que he venido a preguntar y o —dije—. Vació la taza en la pila. —No te preocupes —replicó Enid—. utensilios y pequeños electrodomésticos a la vista para llenar una pequeña sección de cualquier establecimiento Williams-Sonoma de ventas al por menor. La familia no era precisamente recatada a la hora de airear sus conflictos. El fogón de la cocina era más grande que la cama de matrimonio de mi casa y el frigorífico tenía puertas transparentes. Había suficientes libros de cocina. Se había quitado la cinta del pelo. si quieres —se ofreció My rna. Con la cabeza descubierta. no en los últimos minutos. dejando a la vista todo su contenido. Quiero que le cuentes a mi quiropráctico lo de la sinovitis. La pequeña señorita Virtudes sumando méritos para ganar una medalla de Girl Scout. Sostenían una taza de té en la mano y debían de haber estado haciendo los últimos comentarios sobre la muerte de Guy. Hasta mañana.jaspeado. Enid alargó la mano y le dio unas palmadas suaves en el brazo. —¿Estás segura? —Completamente. A la derecha había una pequeña zona de descanso y detrás un porche acristalado que abarcaba toda la longitud de la estancia. seguramente antes. Si puedo serles útil. Enid y ella estaban al lado de uno de los dos fregaderos. Empleaba el mismo tono que adoptan los vigilantes de los museos cuando piensan que estás a punto de tocar algo del otro lado del cordón. ¿Por qué la comida que preparan los demás huele siempre mucho mejor que la propia? My rna había vuelto de Jefatura. y . abrió el lavavajillas y la colocó en la rejilla superior—. El rico olor a pollo al ajillo se sobreponía allí al de las coles hervidas. su pelo parecía un hirsuto nido de pájaros oscuros veteados de gris. Se había puesto una gabardina de popelín y los metros de tejido pardo le daban la forma de una patata asada. —Puedo hacerlo y o —dijo My rna—. —Se lo agradecería —dije. pero tardaré menos de un minuto. Vete. —Puedo salir contigo. —Y mirándome—: ¿Quiere que le sirva una taza de té? El agua está caliente. La cocinera tenía la cara hinchada y la rojez que rodeaba sus ojos sugería que había estado llorando. —¿La puedo servir en algo? —preguntó Enid. Adiós. debían de estar enteradas de todo. No es que me chifle el té. pero está todo bajo control —dijo. Dios sabe que se habían peleado delante de mí. pero había esperado un contacto más prolongado. —Gracias.

Los enfermos se ponen difíciles a veces y eso no significa nada. La vi vacilar. En cierto modo estoy acostumbrada. —¿Qué tal se encuentra. seguramente. Abrió un armario cercano y sacó una taza. Se dobló para alcanzar una lata y sacó una bolsa de té que metió en la taza. Observé a My rna mientras enchufaba la tetera eléctrica. Alguien tenía que llevar la casa. Procuro dejar correr las cosas. —Es lo que dice el médico. Esperé a que llenara la taza y me la diera. pero no dejo que me afecte. preparo cenas ligeras. pero esta… —Se detuvo para sacudir la cabeza. —La tensión le influy e también. el rugido del motor. En mi trabajo. al parecer debatiendo consigo misma su comentario siguiente. Vivía como una bohemia. —¿Hay algo que le preocupe? —pregunté. —Anoche estaba usted aquí. las noches que libra Enid. algunas mucho may ores que esta. —No sé qué es lo que se me permite decir exactamente —contestó con algún titubeo—.llámame si me necesitas. La familia se queja. sí. Aquí tengo un pequeño apartamento propio y mi obligación consiste. La familia me pidió que me quedara después de la muerte del señor Malek. en dirección a la puerta trasera. —Es por la sinovitis. Enid estaba cansada de hacerlo y a mí no me importó. —Bueno. ¿Los ha visto ahí fuera? . A veces. ¿verdad? De la tetera salió un silbido áspero que rápidamente se convirtió en un grito. Frunció los labios. Me acerqué al mostrador y me senté en un taburete de madera. desde luego. de trabajo en trabajo. Son difíciles de contentar. El teniente nos pidió que no habláramos con la prensa… —No me sorprende —dije—. Usted lleva trabajando para los Malek… ¿Cuánto tiempo? ¿Ocho meses? —Aproximadamente. en supervisar. pero eso es todo. Lleva varios días molestándome —explicó. —Ha tenido que ser un día infernal. My rna? Parece usted cansada —dije. poco después. pero necesitaba descanso después del entierro. la he visto muchas veces. Oí fuera el ruido que producía al cerrarse la portezuela del coche de Enid y. —Tomó una bolsa grande de lona y desapareció por el cuarto de la colada. Casi no podía creerlo cuando me lo dijo Tasha. Suelo coger afecto a los pacientes y cuando se mueren me siento perdida. —¿No ganaría más dinero de enfermera particular? Tomó un azucarero y un recipiente de leche que llenó con un cartón de semidescremada que sacó del frigorífico. Estoy acostumbrada a la muerte. —Gracias. He administrado muchas casas. en su may or parte. My rna dejó de hablar para desenchufarla y el vociferante aparato enmudeció con un suspiro de alivio. Estaré en casa toda la tarde. Creía que y a lo había visto todo. Desde abril.

Bennet la envió arriba a buscarlo. No podía salir así de la casa sin llamar la atención. Además. Le habían aplastado el cráneo y había sangre por todas partes. Oí el alboroto. viendo en la tele las noticias de la mañana. estaba aquí. y a que y o misma llevo ropa a limpiar. porque no me gustan los efectos. Hablaron largo rato con Enid. Tenía un aspecto horrible. pero no sé qué querían de ella. Solicitaron mi colaboración. pero no oí nada. —Eso me temo —dijo—. Yo me había preparado una taza de café y estaba en la cocina. Les di todo lo que iba a lavarse hoy. y no me moví hasta cerca de las nueve de la mañana. —¿No hay ninguna duda? —Ninguna. —Seguramente empeorará. Me fui a la cama alrededor de las ocho y media. —¿Quién descubrió el cadáver? —Creo que Christie. Me sentía como esos delincuentes que salen en la televisión. Cuando volví de la Jefatura. Cuando me di cuenta. Iba a salir cuando entró Donovan. y estiraban los micrófonos hacia mí. al comprobar que Guy no bajaba. y a habían marcado el 911. En absoluto. Me dieron ganas de taparme la cabeza con la chaqueta. —¿A qué hora? —Poco después de las diez. sí. . Había perdido el color y estaba tan blanco como una sábana. Pensaba que a lo mejor podía hacer algo. Sé que la policía está intrigada por ese aspecto del crimen. No quiero parecer vulgar. al menos eso es lo que me dijo Christie más tarde. —¿Qué aspecto? —Lo que hizo el asesino con sus propias ropas. —¿Encontraron algo significativo? —No lo sé. Empezó como una breve noticia de interés humano. por sus heridas. Volviendo a su pregunta. Guy debía de llevar y a varias horas muerto. supongo que Bennet se puso furioso. De sangre y sesos. Estaba frío y su piel era cerúlea. Yo diría. Últimamente duermo mal por culpa del brazo. —¿Vio usted el cadáver? —Lo vi. casi toda seca o coagulada. Ahora es titular de primera plana. que la muerte tuvo que ser rápida. el sueño es tan profundo que a veces no es reparador. No suelo hacerlo. —Son como buitres —dijo—. Los analgésicos normales no me hacen nada y me tomé un Ty lenol con codeína y un somnífero que me habían recetado. pero aún no sabía lo que pasaba. Los inspectores buscaban determinadas prendas de vestir. si no instantánea. Habían quedado en verse durante el desay uno para hablar del testamento y. todos se pusieron a gritar y a competir por mi atención. Al día siguiente estoy aturdida. pero la verdad es que no pude hacer nada. como si no acabara de despertarme. sí. pero tenía que estar totalmente pringado. Me dijo que subiera. Pensaba que Guy lo hacía por táctica. Además de sucia.

Si hubieran arreglado algo. moviendo los labios. pero oigo cosas sin querer cuando estoy trabajando. My rna descubrió un pegote seco en el mostrador y se puso a quitarlo con la uña sin mirarme. Y esperemos no llegar a eso. Ambas los oímos pelearse. sobre todo anoche. —En absoluto. ¿La ha contratado la familia para investigar? Sentí que la mentira me subía por la garganta. no sé qué alternativa tenían. Se le veía en la cara. —En realidad. —Ay. preguntándome hacia dónde iría con aquel rodeo. quizá no estuvieran convencidos. al menos por lo que vi. —¿Sabe usted? Bennet nunca estuvo de acuerdo en compartir el dinero. Ay udé a Enid con los platos y se percató de que me encontraba muy agotada. —Estoy segura de que sólo quiere ser útil —dije. No había nada en la habitación. esto no es asunto mío. No es un tema en el que me crea cualificada para opinar. Empezaron con cócteles y durante la cena abrieron cuatro o cinco botellas de vino. —Aún no —contesté—. Guy se habría vuelto a su casa. Era infeliz aquí. Todavía seguían cuando me fui a la cama. Incluso me dio la sensación de que se me ladeaba la cabeza como si fuera un perro que trata de localizar el origen de un silbido agudo. Imagino que el forense tendrá una opinión —dijo—. —No quiero que nadie piense mal de mí. pero como se perdió el testamento. aparte de los tribunales. Claro que Jack se pone siempre de parte de Bennet. No creo que ninguno de la familia sea responsable. —¿Sabe cuál fue el arma? —No quisiera aventurar suposiciones. eso es verdad. O al menos me gustaba. ni Jack tampoco. Esperaba que My rna saltara con juramentos de conformidad. Y después oporto y licores. —Bueno. admitió que había estado bebiendo. —Sí. Deduzco que no habían decidido nada. Por el único por quien sentía respeto era el señor Malek… —Desde luego. —¿Bennet y Guy se pelearon? Negó con la cabeza. Cuando hablé con él el lunes. No estaba convencido de que fuera la intención de Bader. pero no podía imaginar cual. La miré a los ojos con una expresión que esperaba que pareciese de confianza y estímulo. Intuía su deseo de hacer una confidencia. . pero lo pensé mejor. Me pagan bien y Dios sabe que me gusta el trabajo. pero el silencio que siguió fue significativo. Oí decir a uno de los agentes que la autopsia iba a hacerse mañana a primera hora.

Estoy segura de que Enid confirmará lo que diga. —Jack. No la he oído. Eran casi las seis—. Tengo que ir allí mañana y terminaré haciendo ni más ni menos que lo que usted. Pase lo que pase. no quiero entretenerla más. camino de su apartamento. quiero decirle una cosa. Claro que no. La ansiedad brilló en sus ojos. pero no debe preocuparse usted por eso. pero no es asunto nuestro interpretar los hechos. vamos. no debe sentirse responsable. que entiendo lo que dice. Bennet y Donovan se acaloraron. —Disculpe. De todas formas. Se lo conté al teniente y ahora me pregunto si no debería haber mantenido la boca cerrada. Me gusta Jack. pero todos teníamos la obligación de cooperar en las investigaciones. Lo más seguro es que y o también me vay a. —No se enfadará Jack. pero primero quiero tener unas palabras con Christie. Eso no los convierte en asesinos. —Se lo agradezco. Tiene que decirle a la policía lo que oy ó. su deber era decírselo a la policía. Los oí discutir la noche que vine a tomar una copa. Lo único que oí fue una discusión. Otra cosa es que hubiera visto a Jack saliendo de la habitación de Guy con un palo de golf ensangrentado. No le corresponde a usted proteger a nadie. Si ha terminado usted por hoy. Guy fue asesinado anoche. no detendrán a nadie por eso. —Precisamente —dije echando un vistazo a mi reloj. —¿Le contará nuestra conversación? —¿Quiere dejar de preocuparse? No diré una palabra ni quiero que la diga usted. Espero que tenga razón. Quisiera lavarme la cara. ¿cree que y o no voy a acabar en la misma posición? La policía también quiere hablar conmigo. pero me di cuenta de que no la había convencido. Si fue eso lo que oy ó. Esperé hasta que salió por el cuarto de la colada. No oí a Jack amenazarle. Sospechaba que la familia entera sufriría un ataque cuando se enterase. —¿Sí? —Desde luego. ¿verdad? —Su voz era anhelante y su cara de aprensión casi infantil. Christie me dijo que siempre hacían lo mismo. Asintió en silencio. . Me puse una mano en la oreja. —Es posible que sí. Guy y Jack discutieron antes de que Jack se fuera al club de campo. —Vi que menguaba la tensión de su cara—. —Escuche. —La verdad es la verdad. No puedo creer que hay a hecho daño a nadie. —My rna. —Pero no tendría que habérselo dicho. —No. Se aclaró la garganta y levantó la voz medio decibelio. La verdad es la verdad.

Mi té estaba intacto. Pensé que la policía querría echarle un vistazo. —¿Estaba escrita a mano o a máquina? —El sobre estaba escrito a máquina. En el sobre estaba el nombre de Guy. Tasha pensaba que te habías ido. ¿A ti te dice algo? Tasha negó con la cabeza. Christie contestó antes de que lo hiciera y o. —Se volvió hacia Tasha—. Hace mucho tiempo de aquello. De no ser por eso. —¿Mencionó alguna vez a un tal Max Outhwaite? ¿Significa ese nombre algo para ti? —Que y o recuerde. pero no había remitente. . ¿Puedo hacerte una pregunta antes de irme? Te oí mencionar una carta cuando hablabas con el teniente Robb. pero sé que molestó a Guy. Anoche. Un movimiento en falso y todos los platos saldrían volando hechos añicos. Volví a la biblioteca. pero deduje que era algo desagradable. Entra y únete a nosotras. Quitó el sonido cuando entré y se volvió a mirarme. Mmm. Alguien llamado Max Outhwaite envió una carta al Dispatch. Vacié la taza y la dejé en el fregadero. nada más ver la carta. Recuerdo que. —Bader tenía una carpeta con recortes de prensa sobre las detenciones de Guy y sus líos con la ley. —Ah. —Nunca he oído ese nombre —dijo Christie—. veamos. la dejó en la mesa del vestíbulo. No dijo qué era. A pesar del buen ejemplo de Enid. no creo que Jeff se hubiera enterado. puso a Jeff Katzenbach en la pista del historial delictivo de Guy. pero cuando Katzenbach quiso hacer averiguaciones. —Es posible —dije—. Ese Outhwaite. ¿Te importa si reviso la carpeta de Bader que está arriba? —¿Qué carpeta? —preguntó Tasha. a última hora de la mañana. no. cuando se fue a la cama. Christie empuñaba el mando a distancia y cambiaba de canal continuamente para sintonizar noticiarios. ¿No podría estar relacionado con las antiguas orgías de Guy ? Ese tal Outhwaite podría ser alguien a quien Guy ofendió por entonces. Christie y Tasha habían puesto la televisión. ¿Te importa si te pregunto a qué te referías? —Claro. nunca he tenido lavavajillas e ignoro cómo se meten los utensilios. —¿Leíste la carta? —Claro que no. Fui a la cocina para ver si podía echar una mano. alguien dejó una carta anónima en el buzón. no había nadie con ese nombre y la dirección no existía. me pregunté si no habrían sido Bennet o Jack los autores de la misma. —Ya me voy —dije—. Me parece que el lunes. —¿Cuál es la conexión? —A través de él se enteró el periodista de que Guy había vuelto. —Es que se me ha ocurrido algo más —dije—. Yo también lo comprobé y no encontré nada. quienquiera que sea. estás ahí.

Vi la carpeta de los recortes sobre el pasado de Guy y suspiré de alivio al comprobar que los polis no se la habían llevado. podría estar totalmente equivocada —dije—. Eché un rápido vistazo a los recortes. La fuerza vital de Bader iba borrándose sistemáticamente. alguien que le tenía manía a Guy y quería complicarle la vida. accionando interruptores mientras avanzaba. pero sin saber por qué reduje la velocidad. Inspeccioné unas carpetas de cartulina que había en la mesa. Cerré la puerta a mis espaldas y me detuve en el pasillo. Por primera vez me di permiso para sentir todo el horror de la muerte de Guy. Allí pasaba algo. pero no encontré nada pertinente. Todo parecía en orden. la cinta pareció iluminarse y vibrar. Los armarios estaban vacíos y todos los objetos personales se habían retirado de la mesa. La última vez que la vi estaba en la mesa del despacho de Bader. —¿Utilizando el nombre de Outhwaite? —No es imposible —respondí. Eché un vistazo a lo que me rodeaba. hacia las habitaciones iluminadas de la planta baja. El aire era frío y olía ligeramente a algo animal. Me gusta la idea de que Outhwaite sea alguien contra quien pecó Guy en los viejos tiempos. aunque la idea era buena…. Por otra parte. Subí los escalones de dos en dos y me negué a mirar hacia el fondo del pasillo. Mi primer impulso fue bajar corriendo las escaleras. apagando las luces al salir. crujiendo y dando chasquidos como si la sacudiera una corriente. un perro mojado o un trozo de piel antiguo. —Llévate la carpeta si quieres. —Pero ¿por qué iba a hacer una cosa así ninguno de los dos? ¿Con qué fin? —He ahí el problema. ley éndolos por encima en busca del apellido Outhwaite o algo que se le pareciera. pero no quería acercarme. —Subiré por ella. con la excepción de la cinta oficial que precintaba tres puertas dibujando una equis gigante. Oí un crujido y miré a mi izquierda. Empecé a bajar las escaleras con una mano en la barandilla y la otra . la orden de registro no era seguramente tan general. La habitación estaba fría y olía ligeramente a moho por el desuso. como si la sacudiera el viento. No lo sé. Puede que la lista de objetos embargables se centrase de forma exclusiva en el arma del crimen. Mientras miraba. No sabía cuál era la habitación de Guy. Salí de la biblioteca y atravesé el vestíbulo. El final del corredor estaba envuelto en sombras. De todos modos. La lámpara del techo era de escasa potencia y los pálidos colores de la habitación parecían apagados. No había nada. abrí la puerta y encendí la luz. Otro callejón sin salida. Giré bruscamente a la izquierda al final de las escaleras y fui directa a la habitación de Bader. Por un instante pensé que la cinta iba a romperse. Me puse la carpeta bajo el brazo y abandoné la habitación. Pasé al despacho. Vuelvo enseguida. Puede que cuando hablara con Jonah me contara lo que supiera de la carta.

me levanté del escalón en que había estado sentada durante sabe Dios cuánto tiempo. Me giré. Me esforcé por emitir algún sonido. Vi chispas de luz. Hacía menos de un día. Mientras la enfermera se entretenía burlándose de mi miedo. se volvía agudo y luego desaparecía. un ruido que asociaba con lejanos conjuros infantiles. Los latidos del corazón se me aceleraron hasta alcanzar una velocidad peligrosa para la salud. Menos de una noche. Cerré los ojos con fuerza. quizá varios. casi convencida de que vería al asesino de Guy Malek pasar camino de las escaleras. Nada. A veces. Mientras Guy Malek dormía durante la noche anterior. aumentando de intensidad como el silbido del viento. reacia a volver la espalda a la oscuridad que había detrás de mí. consciente de los zambombazos de mi corazón y de la humedad que me impregnaba las palmas de las manos. Sentí una oleada de calor y en mis oídos sonó un timbrazo. Lo que me inquietaba era la idea del primer hueso rompiéndose mientras el cráneo se resquebrajaba y comprimía. Giré la cabeza lentamente. pero la subida de adrenalina me había dejado las manos temblando. sentía lo mismo…. Enfrente de mí no había nada. Quizá sólo había necesitado un golpe. De alguna parte de la planta baja salía una mezcla de voces . Durante un momento escruté el fragmento de corredor que podía distinguir. El timbre que sonaba en mis oídos proseguía. La boca se me llenó de algo que sabía como la sangre. La luz incandescente de la lámpara del techo. casi gimiendo de miedo. estaba rodeada de caras que me miraban anhelantes y sentía bajo la nariz el penetrante aroma de las sales. Me senté en las escaleras. Vi con el rabillo del ojo que algo se movía. Nadie. en las pesadillas. Estaba paralizada de miedo. Traté de abrir los ojos. Mi campo de visión se encogía y la luz daba vueltas sobre sí misma hasta reducirse a un punto.sujetando la carpeta. el timbrazo empezaba a sonar. una apremiante necesidad de correr. alguien se había deslizado por aquel pasillo a oscuras. Los habituales sonidos de la casa volvieron a oírse. Pobre Guy. asegurándome que las « chicas may ores» no armaban tanto alboroto. El sonido cesó de repente. empuñando un objeto contundente de un material lo bastante duro para quitarle la vida. El frío se apoderaba de mí y cuando me daba cuenta. Por fin. pero era incapaz de moverme. como si fueran motas de polvo materializándose en la quietud. resonando en mis oídos como un rumor de pies corriendo. Mi fobia a las agujas me había inspirado con frecuencia semejantes episodios. Esperaba que no se hubiera despertado antes del primer impacto. Miré hacia atrás y comprobé que la cinta que había puesto la policía volvía a ser una simple cinta. me hacían pruebas de tuberculosis y me ponían iny ecciones antitetánicas periódicamente. De joven a menudo me vacunaban contra el tifus. Abrí los ojos. Habría jurado que había una presencia. Me apoy é en la pared. Un pasillo vacío. Mejor que estuviera dormido antes de que aquel último sueño pasara a ser definitivo. Suelo pulimentado. alguien o algo que avanzaba y se detenía. La experiencia no había durado ni siquiera un minuto.

Llegué a la biblioteca.femeninas y masculinas. metí la carpeta en el bolsillo exterior y me dirigí a la puerta principal con el corazón todavía al galope. seguramente mientras y o estaba en el despacho de Bader. Bajé el último peldaño. Pensar que alguien de aquella casa había matado a Guy Malek no tenía nada de ilógico y que me ahorcaran si volvía a sonreír hasta averiguar quién había sido. escruté el interior y respiré de alivio al verla vacía. Fui por el bolso. y supe que Donovan. Cerré la puerta tras de mí procurando amortiguar el chasquido del pestillo. En la zona de la cocina oí el lejano tintineo de cubitos de hielo y botellas. La puerta de la biblioteca estaba abierta. Todos los habitantes de la casa parecían necesitar alcohol y un tratamiento psiquiátrico en profundidad. Bennet y Jack habían regresado de Jefatura. Sin saber por qué. . se me antojaba de importancia escabullirme sin que me vieran. me sentía incapaz de mantener una conversación superficial. deseosa de evitar a la familia. Después de lo que me había pasado en las escaleras. Hora de beber otra vez. fuera lo que fuese. Tasha y Christie debían de haberse reunido con ellos.

En otra época solía llevar encima un arma de fuego. con una servilleta doblada encima. pero no me acuerdo de lo que mastiqué. 15 En los alrededores de mi casa había tan poco sitio para aparcar que tuve que dejar el VW en otra manzana. Atravesé el portillo de entrada. Ahí fuera hace un frío que pela. Es fantástico. La casa estaba a oscuras. Dejé el bolso. Sólo quería sentarme aquí un rato. No quería estar sola. Tomó una barra de pan casero. Medio me saludó con la mano al verme y cruzó la cocina para abrirme. Unos minutos . —No me extraña. Crucé los brazos para calentarme. Estaba a punto de servirme un plato. —Gracias. Había oscurecido por completo y el frío se deslizaba entre los árboles como si fuera viento. —Tengo estofado de ternera. servilletas y vasos de vino. —No se moleste por mí —dije—. moviéndose por la cocina con su agilidad y eficiencia habituales. —Estoy helada. me la puse como un chal y me senté en la mecedora. Cerré el coche y fui a paso ligero hasta mi domicilio. pero vi luz en la cocina de Henry. la partió en grandes pedazos que puso en una cesta. —Siéntate y entra en calor. Lo vi salir de la salita. ¿Has cenado y a? —Creo que comí a mediodía. pero había abandonado la costumbre. Y mezquino. asiendo la correa del bolso para que no me rebotara en el costado. Fui hacia su puerta trasera y golpeé el cristal. Mal asunto. si te apetece. Hablan del asesinato en todos los canales. Pareces tener frío. Sacó platos y cubiertos. —Estaba viendo las noticias. Más que nada es tensión. sujeté la manta de lana. —No seas tonta. —Horrible. —Pues abrígate. Lo miré mientras regulaba la llama que ardía debajo de la olla. Entraré en calor enseguida. que emitió su habitual chirrido de bienvenida. —Por favor.

—Puede que sepa usted más que y o. No estaba acostumbrado a los licores fuertes. Me senté ante el mostrador de la cocina durante lo que me pareció una hora. El estofado está buenísimo. Me siento culpable de lo que le pasó a Guy. Sus hermanos me cargan. cuéntame la historia. Me mantendré a distancia hasta que me digan lo contrario. Es una su posición peligrosa y sé que no debería sacar conclusiones precipitadas. Me siento culpable de haberlo encontrado y culpable de su regreso. Por lo que he oído. Soy demasiado lista para meter las narices en la investigación de un homicidio. Era un buen tipo. No pensaba que irían por él y lo matarían a golpes. he acabado por detestar tanto a la familia que apenas soporto estar bajo el mismo techo. No tenemos aquí el típico caso en que un extraño irrumpe en la casa para robar y mata a Guy porque lo ha pillado con las manos en la masa. —Tú no eres precisamente una aficionada.después ponía los platos de ternera en la mesa. Habría tenido que detallarle la actitud de sus hermanos. mientras reunía el valor suficiente . Los han estado aireando en la tele durante toda la tarde. —Tampoco soy una experta. Me gustaba Guy. Mi interés por este caso es personal. pero siempre es más fácil sospechar de alguien que no te gusta. de modo que lo normal es suponer que se encontraba más que mareado. donde estaba a salvo. Pensaba que el peligro era emocional. que es como los Malek los toman. sobre todo en grandes cantidades. —¿Tienes alguna teoría sobre el asesinato? —Pongámoslo de esta manera. Mientras hablaba me puse a comer y fui entonces consciente de lo hambrienta que estaba. Conozco los detalles básicos. pero tampoco me opuse con firmeza. aunque en realidad no es asunto mío. Me levanté de la mecedora y me acerqué a la mesa de la cocina sin despojarme de la manta. —Tú no lo animaste a venir. Empujó la mantequilla hacia mí mientras tomaba asiento. Volví a mi casa alrededor de las ocho y media. pero ojalá lo hubiera dejado en Marcella. todos habían estado bebiendo. El pobre estaba durmiendo. El asesino sabía cuál era su habitación y probablemente también sabía que no estaría en condiciones de defenderse. No sé qué otra cosa podía hacer y o. —Bueno. Debería haber sido más explícita. —No. —¿Crees que fue uno de sus hermanos? —La idea me tienta —dije con reticencia—. Dejemos que los técnicos y los del instituto forense cumplan con su trabajo. sacar adelante un caso sin que hay a moscones interfiriendo es bastante difícil. En los últimos tiempos. Con la posible excepción de Christie.

y unas . en lo que en Jefatura llamaban seguramente vestíbulo. Tenía el pelo oscuro. Cambié de posición varias veces. Los ojos parecían abrírseme cada veinte minutos. resultó que la teniente Bower era la mujer menos alegre que había tenido el placer de conocer en mi vida. Estaba aterrorizada. como un bocado caliente sin digerir. pero sentía clavado en el pecho. porque cuando recuperé la noción de las cosas el maldito chisme me estaba zumbando en la oreja. No dormí bien. La muerte de Guy había generado algo mucho peor que el dolor. pero había sentido alguna curiosidad por ella. sentada en un pequeño banco de dos plazas. sino con la teniente Bower. Al final no hablé con Jonah. No había forma humana de salir del capullo de edredones generadores de calor. aunque su fe les daba sin duda más paz de la que y o podía ofrecerles. Tenía una cita con Jonah Robb en Jefatura. y me obligué a despegarme de la cama. Al principio tuve mucho calor. tratando de entender lo que había pasado aquel día. Bajo la vigilante mirada del policía del mostrador de recepción. me giré y me coloqué boca arriba. No experimentaba tristeza. Probé a ponerme sobre el costado izquierdo. —¿Señorita Millhone? No conocía a Betsy Bower. Tenía mal color y ojeras. conmocionada y entristecida por el asesinato. El nombre hacía pensar en una persona alegre y rubia. con los brazos metidos bajo la almohada. Me tuvo esperando un cuarto de hora. que habían estado pendientes de las noticias que daba el canal local de Santa Maria. un pesar profundo. Me negué a correr. sacándome de golpe del único sueño decente que había conciliado en toda la noche. Cuando volví a abrir los ojos y a eran las nueve y cuarto. me quedé en la cama con varios edredones encima. Me puse boca abajo. Apagué la alarma. Esperaba aliviar su sufrimiento. Debí de conectar el despertador sin darme cuenta. luego mucho frío. No dejaba de pensar que la siguiente vez que moviera los miembros estaría lo bastante cómoda para conciliar el sueño. volví a girarme y me apoy é en el costado derecho. una antigua animadora del equipo del colegio. me deslicé en el asiento y hojeé los folletos sobre prevención del delito que había en el expositor del suelo. con las rodillas dobladas y los brazos en medio. Era una policía en versión amazona: maciza. veinte centímetros más alta que y o y probablemente veinticinco kilos más gorda. dejando un pie fuera. peinado hacia atrás. Bien. Tras apagar las luces. Toda la congregación de la iglesia había acudido al caer la tarde. Les dije que haría lo que pudiera para tenerlos informados y colgué sintiendo poco o ningún consuelo. No tuve reparo en escuchar disimuladamente a seis automovilistas que se presentaron para quejarse de las multas de tráfico que les habían puesto. acomodando los edredones. con unos muslos de campeonato y ningún cerebro. Ante mi consternación. con los hombros descubiertos. Eché un vistazo a mi reflejo en el espejo del cuarto de baño. La teniente Bower asomó finalmente por la puerta de la División de Investigaciones.para llamar a Peter y Winnie Antle.

pequeñas gafas redondas de montura dorada. Su cutis era impecable. Si se
maquillaba, lo hacía muy bien. Cuando habló, le vi unos dientes simpáticamente
torcidos, sin duda la causa, según me dije más tarde, que explicaba su aversión a
sonreír. También era posible que y o no le gustara y deseara aplastarme como a
una sabandija.
La seguí hasta un pequeño cubículo con dos sillas de madera y una mesa
llena de arañazos que se tambaleaba cuando apoy abas el brazo en ella para
ponerte cómoda. La teniente no llevaba nada encima, ni bolígrafos, ni cuadernos,
ni expedientes, ni notas. Me miró fijamente y recitó unas frases rápidas, me
cedió el turno y hablé y o. Sin saber por qué, tenía la sensación de que aquella
mujer recordaría todas y cada una de las palabras que y o dijera. Era muy
probable que grabaran en secreto nuestra conversación. Habría palpado debajo
de la mesa disimuladamente, en busca de cables, pero me preocupaban los
chicles y mocos secos que tal vez accidentaban la superficie.
—Gracias por venir —dijo—. Entiendo que fue contratada por los herederos
para localizar a Guy Malek. ¿Puede decirme cómo lo consiguió? —Su mirada era
vigilante y sus modales contenidos.
La pregunta me pilló por sorpresa. Sentí un brusco ramalazo de miedo y se
me colorearon las mejillas como si acabara de salir de una cabina de lámparas
bronceadoras. Me atasqué como una avioneta con el depósito lleno de
combustible adulterado. Me di cuenta con retraso de que habría tenido que venir
preparada para aquello. Normalmente no miento a los agentes de policía, porque
estaría muy feo, ¿verdad? En el fondo pertenezco al bando de los que creen en la
ley y el orden. Creo en mi país, en mi bandera, en los impuestos y las multas de
tráfico, en devolver los libros de la biblioteca dentro del plazo y cruzar la calle
con el semáforo en verde. También se me llenan los ojos de lágrimas cada vez
que oigo el himno nacional cantado por alguien que sabe darle emoción. Sin
embargo, en aquel momento sabía que iba a tener que hacer un breve zapateado
verbal, porque no « había conseguido» encontrar a Guy Malek de un modo cien
por cien legal. Ni Darcy Pascoe ni y o teníamos por qué utilizar el ordenador de
La Fidelidad de California para registrar las bases de datos de la Jefatura de
Tráfico a propósito de un tema que no tenía nada que ver con los seguros.
Seguramente habíamos infringido alguna ordenanza administrativa o algún
artículo del código penal, apartado tal y tal. En última instancia habíamos
infringido seriamente la política de la empresa, las reglas del ramo, la honradez y
las buenas costumbres. Aquello podía acabar manchando mi expediente por los
siglos de los siglos, una amenaza que el director de la escuela profería cada vez
que hacía novillos con Jimmy Tait en quinto y sexto cursos. No creía que se
tratase de delitos merecedores de la cárcel, aunque, después de todo, estaba en la
Jefatura de Policía y con una licencia de detective que proteger. Como y a había
vacilado durante cinco delatores segundos, pensé que sería inteligente decir

cualquier cosa.
—Bueno, verá —comencé—. Me reuní con Donovan, Bennet y Jack Malek el
miércoles pasado. Durante la conversación me dieron la fecha de nacimiento de
Guy Malek y su número de la Seguridad Social. Al día siguiente, jueves, fui a la
Jefatura de Tráfico y pregunté si tenían registrado en los archivos algún permiso
de conducir a nombre de Guy Malek. Me dijeron que le habían retirado el
permiso en 1968, pero que le habían expedido un documento de identidad
californiano. Su dirección postal estaba en Marcena, California. Se lo comuniqué
a Tasha Howard, representante de los bienes de la familia, y también a Donovan
Malek, que me autorizó a ir a Marcella para comprobar la dirección. Marcella es
un pueblo muy pequeño. Lo encontré en menos de diez minutos. Francamente,
pensaba que Guy no debía venir a Santa Teresa.
—¿Por qué?
Bueno, no tenía inconveniente en llamar la atención sobre otros mientras
dejaran de apuntarme.
—A sus hermanos les molestaba la idea de repartir la herencia paterna con él.
Según ellos, y a había cobrado lo que le pertenecía. La polémica era el otro
testamento, que desapareció cuando murió el viejo. Bennet estaba convencido de
que su padre había desheredado a Guy, pero como este documento no ha
aparecido, el primer testamento es el único que puede validarse. —En aquel
punto di un breve rodeo y le conté lo de Max Outhwaite, cuy a carta al Dispatch
había desencadenado toda aquella publicidad adversa. No saltó de emoción, pero
sirvió para distraerla (eso esperaba) del asunto de mi intrusismo informático.
Me hizo una serie de preguntas directamente relacionadas con la actitud de
los Malek hacia Guy, la cual caractericé como hostil. Le hablé de la agarrada que
habían tenido Bennet y Donovan en mi presencia. Luego me interrogó acerca de
las manifestaciones de Jack a propósito de Guy, pero, sinceramente, nada de
cuanto había dicho aquel hombre me sugería que pudiese tener inclinaciones
homicidas. Durante nuestra primera conversación había expresado resentimiento
por la fuga de Guy, pero aquello había sucedido hacía más de dieciocho años, así
que no estaba convencida de que tuviera importancia. Sin embargo, no se lo dije
así a la teniente, más bien lo describí como la mascota de la familia, un ser
inofensivo y servicial educado para distraer a los otros con sus gracias. No lo
presenté como al protagonista de ningún drama doméstico.
—¿Cuándo habló por última vez con Guy ?
—Me llamó el lunes por la noche. Necesitaba un respiro, así que fui a la casa
y nos encontramos junto al portillo lateral. Me alegró tener noticias suy as. Había
estado preocupada porque sabía que la prensa se había enterado de la historia.
Peter Antle, el pastor de su iglesia, había tratado inútilmente de ponerse al habla
con él. La casa estaba literalmente sitiada y era imposible hablar con nadie de la
familia. Ya me había acercado antes a la casa, esperando localizar a alguien, y

acababa de renunciar.
—¿Por qué le interesaba tanto hablar con él?
—En gran parte, porque Peter y su mujer, Winnie, estaban preocupados.
—Aparte de eso.
La miré fijamente, preguntándome qué le rondaría por la cabeza. ¿Pensaría
que teníamos una aventura romántica?
—Usted no conoció a Guy —dije afirmándolo, no preguntándolo.
—No. —Su cara no reflejaba ningún tipo de animación. Su curiosidad era
profesional y tenía un sesgo analítico. Era su trabajo, desde luego, pero sin darme
cuenta me esforzaba por rendir justicia al atractivo de aquel hombre.
—Guy Malek era un alma bella —dije con voz repentinamente frágil. De
forma inexplicable, me sentí acuciada por el dolor. Los ojos se me llenaron de
lágrimas. Noté que la cara se me congestionaba y que se me calentaba la nariz.
Resultaba extraño que en compañía de Henry no hubiera sentido nada y que
delante de la fría autoridad de Betsy Bower saliera a la superficie toda la tristeza
sin reciclar. Respiré hondo para ocultar mis emociones. Evitaba sus ojos, pero
tuvo que darse cuenta de mi angustia porque se hizo con un pañuelo de papel que
apareció súbitamente en mi campo visual. Se lo tomé de las manos con
agradecimiento, sintiéndome vulnerable y desnuda.
Al instante me sentí mejor. Tengo mucha fuerza de voluntad y conseguí
volver a guardar mis emociones en la caja.
—Disculpe. No sé de dónde me habrá salido esto. No he dado mucha rienda
suelta al dolor desde que me enteré de su muerte. Debería haber imaginado que
estaba escondido dentro. Era una buena persona y siento de veras que hay a
fallecido.
—Lo entiendo —dijo—. ¿Quiere un vaso de agua?
—No, gracias —murmuré—. Es extraño…, sólo lo había visto tres veces.
Hablamos por teléfono, pero no éramos lo que se dice amigos íntimos. Parecía
infantil, un alma joven. A lo mejor siento debilidad por los hombres que nunca
crecen. Ya le había entregado la factura a Donovan y mi trabajo había
terminado. Pero el sábado me llamó Guy. Donovan lo había llamado antes e
insistido en que viniera para hablar del testamento. Personalmente, no creía que
la visita fuera una idea muy buena, pero Guy estaba decidido.
—¿Dijo por qué?
—Tenía cuentas sentimentales pendientes. Cuando se marchó de casa, andaba
metido en drogas. Se había buscado muchos líos y se había aislado de casi todo el
mundo. Cuando se instaló en Marcella, cambió de actitud, pero dejó un montón
de asuntos sin terminar. Decía que quería hacer las paces con su conciencia.
—¿Mencionó por casualidad, la última vez que hablaron, si se había puesto en
contacto con alguien del pasado?
—No. Sé que le enviaron una carta, Christie lo comentó anoche, pero llegó el

lunes y Guy no me habló de ella cuando nos vimos. Que y o sepa, no hubo nada
más. ¿Era importante?
—Preferiría no hablar de su contenido hasta que la hay amos analizado.
—¿Quién la escribió? ¿O prefiere no hablar de eso tampoco?
—Exacto.
—¿Estaba escrita a máquina?
—¿Por qué lo pregunta?
—Por la carta que enviaron al Dispatch y que originó todo este circo. Si no
hubieran escrito aquella carta, nadie habría sabido que había vuelto a la ciudad.
—Ya veo lo que quiere decir. Lo investigaremos.
—¿Puedo preguntar por la autopsia?
—El doctor Yee todavía no ha terminado. El teniente Robb se halla allí ahora.
Sabremos más cuando regrese.
—¿Y el arma homicida?
Su cara se volvió otra vez inexpresiva. Estaba gastando saliva, pero por lo
visto no podía contenerme.
—¿Tienen algún sospechoso? —pregunté.
—Estamos barajando varias posibilidades. Investigamos a varias personas
relacionadas con la familia. También estamos comprobando el paradero de todos
los implicados, para ver si todas las versiones coinciden.
—En otras palabras, no me lo quiere decir.
Sonrisa helada.
—Exacto.
—Bueno. Me gustaría ser útil.
—Se lo agradecemos.
No hizo ningún movimiento para acercarse, lo cual me desconcertó. Desde
mi punto de vista, la conversación estaba casi agotada. Me había formulado todas
las preguntas que había querido y y o le había dicho lo que sabía. En la estructura
oculta del interrogatorio, la inspectora Bower mandaba y y o tenía que bailar al
son que me tocase. Tras aquella inesperada pausa vi de repente que le había
llegado el turno de calársele el motor a ella.
—Se cuenta que ha estado usted liada con el teniente Robb —dijo.
La miré con incredulidad.
—¿Se lo dijo él?
—No, otra persona. Me temo que esta es una ciudad pequeña, y más aún
cuando se trata del cumplimiento de la ley. Entonces, ¿no es cierto?
—Bueno, estuvimos liados, pero y a no —contesté—. ¿Por qué lo pregunta?
La expresión de su cara sufrió una transformación notable. La máscara de la
indiferencia cay ó al suelo y en una fracción de segundo pasó de la palidez
impasible al rojo del rubor.
Me apoy é en el respaldo de la silla, mirándola con otros ojos.

—¿Está usted enamorada de él?
—Hemos estado juntos dos veces —respondió con cautela.
—Aaaah, y a veo. Ahora lo entiendo —dije—. Escuche, aprecio a Jonah, pero
todo está acabado entre los dos. Soy la última que ha de preocuparle. Por quien
debe usted preocuparse es por la temible Camilla.
La inspectora Betsy Bower no adoptaba y a ninguna pose de profesionalidad.
—Pero si está viviendo con otro y está embarazada.
Levanté la mano.
—Créame. En la interminable historia de Jonah y Camilla, la aparición de
este niño no afecta en absoluto a su historia sentimental. Jonah podrá comportarse
como si estuviera curado, pero no lo está, se lo digo y o. Camilla y Jonah están tan
atados que no sé cuánto se tardaría en deshacer los nudos. En realidad, ahora que
lo pienso, seguramente tiene usted más posibilidades de conseguirlo que ninguna.
—¿De veras lo crees?
—¿Por qué no? Yo siempre he estado obsesionada por la idea del abandono.
Detestaba ser una actriz secundaria en la pequeña comedia de esos dos. Era una
aventura de séptimo curso. Un romance de instituto. No podía competir. Me
faltaba fuerza emocional. Pero tú sí podrías dar la talla. ¿Tienes problemas de
autoestima? ¿Te muerdes las uñas? ¿Te meas en la cama? ¿Eres celosa o
insegura?
Negó con la cabeza.
—Nada de nada.
—¿Qué me dices de los enfrentamientos?
—Me gusta una buena pelea —dijo.
—Bueno, pues será mejor que te prepares, porque, por mi experiencia, se
muestra indiferente con él hasta que aparece alguien. Y, por el amor de Dios, no
juegues limpio. Camilla va a por todas.
—Gracias. Lo recordaré. Seguiremos hablando en otro momento.
—Me muero de impaciencia.
Cuando pisé la calle me sentí como si saliera de un túnel oscuro. El sol
brillaba con fuerza y todos los colores parecían dar alaridos. Había nueve coches
patrulla aparcados en batería junto a la acera. Al otro lado de la calle había una
fila de pequeños bungalós californianos pintados de diferentes tonos pastel. Las
florecillas púrpura, naranja y magenta destacaban en relieve sobre el
chisporroteante verde del nuevo follaje. Dejé el coche en el aparcamiento
público y recorrí a pie las manzanas que me separaban del trabajo.
Entré en Kingman e Ivés por la puerta lateral. Abrí la puerta de mi despacho
y entré mirando al suelo. En la moqueta había un sobre blanco corriente, de
tamaño comercial, con mi nombre y dirección escritos a máquina. El matasellos
era de Santa Teresa y estaba fechado el lunes por la tarde. Con la cabeza y a en
otra parte, dejé el bolso en la mesa, saqué la carpeta de Bader y la puse encima

del archivador. Me acerqué a la carta y la recogí con cuidado. La puse en el
centro de la mesa, tocando sólo las puntas, me acerqué al teléfono y marqué el
número de Alison, la recepcionista.
—Hola, Alison. Soy Kinsey. ¿Sabes algo de la carta que me han metido por
debajo de la puerta?
—La trajeron ay er por la tarde. Te la guardé, pensando que volverías, y al
final decidí meterla por debajo de la puerta. ¿Por qué? ¿He hecho algo mal?
—No. Has hecho bien. Sólo era curiosidad.
Colgué el auricular y observé el sobre. Hacía poco que había adquirido un
equipo para tomar huellas dactilares en una feria de muestras y, durante un rato,
pensé en espolvorear el sobre en busca de huellas. A decir verdad, no parecía
tener mucho sentido. Alison lo había tocado y, aunque descubriese un juego de
huellas, ¿qué iba a hacer con ellas? No me imaginaba a los polis investigándolas
sólo porque y o lo sugiriese. Sin embargo, decidí obrar con cuidado. Con un
abrecartas rasgué el cierre del sobre, utilizando la punta para sacar la carta y
dejarla en la mesa. El papel era barato, estaba doblado dos veces y no tenía
fecha ni firma. Utilicé una goma de borrar para desdoblarla y sujeté los bordes
con el abrecartas y la agenda.

« Estimada señorita Milhone,
» He pensado que debía dedicar unos momentos a alecionarla sobre Guy
Malek. Me pregunto si realmente sabe con quien está tratando. Es un mentiroso y
un malhechor. Es indignante que pueda tener otra oportunidad en la vida gracias a
la adquisición de Nuevas Riquezas. ¿Por qué se tiene que beneficiar con cinco
millones de dólares cuando nunca a ganado ni un triste centavo? No creo que
podamos esperar que purgue sus delitos pasados. Será mejor que tenga cuidado
de no arañarse usted con la misma maleza» .

Busqué una bolsa de plástico transparente y metí la carta dentro, luego abrí el
cajón de la mesa y saqué la copia de la carta que Max Outhwaite había escrito a
Jeffrey Katzenbach y la puse al lado de la otra para compararlas. Tras un
examen superficial me dije que la máquina que las había escrito parecía la
misma. Al igual que en la primera carta, a mi apellido le faltaba una ele, por
favor. El remitente parecía tener problemas con los acentos y las haches y
repartía ambos a su antojo, y había otras rarezas dignas de atención. Mi carta era
la mitad de larga que la de Katzenbach y sin embargo tenía más faltas de
ortografía. Ante mis ojos de profana, no había concordancia entre aquellos
errores. Si el autor de la carta escribía de oído, omitiendo las consonantes
prosódicamente molestas en palabras como « aleccionar» e « indignante» , ¿por
qué otras igual de conflictivas, como « usted» , « oportunidad» o « adquisición»
estaban bien escritas? En mi carta había muchas menos comas, menos signos de

admiración ¡y menos May úsculas! Era posible que todo se debiera al descuido,
pero tuve que preguntarme si el autor no estaría fingiendo un analfabetismo que
no tenía.
Desde otro punto de vista, ¿por qué había puesto el nombre de Max Outhwaite
en la primera carta, añadiéndole el adorno de la dirección falsa, y había dejado
la mía sin firmar? Tuve que imaginar que Outhwaite había supuesto
(acertadamente, a juzgar por los resultados) que una carta sin firmar al Dispatch
iría directamente a la papelera. También era probable que el remitente no
supiese que y o acabaría teniendo las dos. Entendía la razón que le había
impulsado a enviar una carta al Dispatch, pero ¿por qué me había mandado otra
a mí? ¿Cuáles eran las intenciones de Outhwaite?
Saqué la lupa y moví la lámpara trifásica para iluminar la carta al máximo.
Gracias a la lente de aumento descubrí más similitudes. En ambos documentos,
la letra « a» tenía el eje torcido y se inclinaba ligeramente a la izquierda; a la
« i» minúscula le faltaba una parte del rabillo inferior. Además, las letras
minúsculas « e» , « o» , « a» y « d» estaban sucias y tendían a imprimirse como
pegotes circulares y no como circunferencias, lo que sugería que la cinta podía
ser de las antiguas de algodón. Para limpiar los tipos borrosos de mi Smith-
Corona portátil solía emplear un objeto puntiagudo.
Dejé las cartas encima de la mesa y comencé a pasear por el despacho.
Luego me senté en la silla giratoria, abrí el cajón principal y saqué un paquete de
fichas. Tardé un cuarto de hora en anotar los hechos tal como los recordaba, una
información por ficha hasta que agoté todo lo que sabía. Las puse en la mesa,
cambiando el orden y organizándolas en columnas, por si descubría alguna
conexión que no hubiera visto antes. No me sirvió de mucho, pero no tardaría en
haber más información disponible. Ya habrían terminado la autopsia y el
patólogo tendría una opinión concreta del cómo y el porqué de la muerte. Todos
habíamos supuesto que Guy había muerto a consecuencia de un golpe traumático
en la cabeza, pero podía haber alguna patología por debajo. Cabía la posibilidad
de que hubiera muerto de un ataque al corazón, o envenenado, y que y a
estuviera muerto al recibir el primer golpe. Me pregunté qué importancia tendría
si en vez de una cosa era otra. Guy tendría que descansar y probablemente
enviarían el cadáver a Marcella, para que lo enterraran allí. Los de instituto
forense analizarían las pruebas hasta que el caso quedara resuelto. Con el tiempo
se recompondría toda la historia y quizás entendiera entonces cómo encajaba
todo. Mientras tanto, sólo tenía piezas sueltas y el estómago revuelto.
Cogí las cartas y recorrí el pasillo con la mía metida aún en la bolsa de
plástico. Hice reproducciones de ambas en la fotocopiadora para tener dos
juegos. Puse las copias en el maletín, junto con las fichas que había escrito.
Guardé los originales bajo llave en el cajón inferior de mi mesa. Cuando sonó el
teléfono, dejé que respondiera el contestador automático.

Necesito ay uda. —Muy bien. en el campo. pero para mí son todos iguales. no habrá fianza que valga. No tengo dinero…. Christie. Lo sé. Estoy asustada. —Dame cinco minutos y veremos lo que se puede hacer. ¿Quieres que vay a a ver si está? Tú no lo harías mejor que Lonnie. —¿Estás segura de que lo han detenido? ¿No se lo habrán llevado a Jefatura para interrogarlo otra vez? —Kinsey. soy Christie Malek. Lonnie Kingman tiene el despacho aquí mismo. la policía acaba de llegar con una orden de detención contra Jack… Cogí el auricular rápidamente. No está mal pensado. —¡El único abogado que conozco es Tasha! —gritó—. He oído hablar de él. gracias a Dios. Si Jack está acusado de asesinato. Los dos estábamos conmocionados. ¿Qué hago? ¿Sacar un nombre de un sombrero? —Por favor. Kinsey. He llamado a Donovan. Se quedó en silencio un momento. sí. Lo que necesita es un buen abogado criminalista y cuanto antes mejor. Espera un poco —dije—. —Lo sé. ¿Qué pasa? —Ah. Siento molestarte. los que van camuflados. Es un campeón. pero está fuera. —¿Christie? Soy y o. le pusieron esposas. No sé adónde ha ido Bennet. pero no sabía qué hacer. Le ley eron sus derechos y lo metieron en el asiento trasero de un coche K. ¿Conoces a algún gestor de fianzas que sea bueno? Jack me dijo que le consiguiera uno y he mirado en las páginas amarillas. Tengo una idea. Se marchó a eso de las nueve sin decir nada a nadie. . —No quiero calmarme. Cálmate. menos de cien dólares…. —Kinsey. Escucha. pero si supiera a quién llamar… —Olvida al gestor.

Lonnie parece más un gorila de discoteca que un abogado. habitualmente sucio y largo. nerviosismo o insomnio. No sé su talla. Personalmente. La camisa se le tensaba en los hombros y los bíceps. Se la tragó como si estuviera haciendo un truco de magia. que se chuta esteroides anabólicos para compensar todo el hierro que le corre por las venas. Una de las cápsulas gelatinosas tenía el tamaño y el color de un topacio de sortija. blanca como la nieve. Está casado con una cinturón negro de kárate y su mujer nunca se ha quejado de que los testículos del cóny uge se hubieran reducido al tamaño de una pasa. la abrí y asomé la cabeza. lo dudo. pero aquel día no. Es un manojo de nervios desde los nueve años que lo conozco y nunca le he visto manifestar la ira o la agresividad que según dicen produce el consumo crónico de esteroides. cien kilos de peso). estaba muy arrugada y se había subido las mangas. y la chaqueta colgaba limpiamente de una percha enganchada a la manija de un cajón del archivador. Había grumos de polvo seco flotando en la superficie y un ligero bigote lechoso en el labio superior de Lonnie. cuando volvía de la cocina con una cafetera llena en la mano. Se tragó un puñado entero de pastillas. La camisa. y repleto de músculos gracias a los veinte años que había pasado levantando pesas. Se había aflojado la que llevaba y desabrochado el último botón de la camisa. otro desgraciado efecto del abuso de esteroides. 16 Pillé a la secretaria de Lonnie. Llamé a la puerta. —¿Está? —Desay unando. levantando la mano para indicar que se había dado . Ida Ruth. Lonnie estaba sentado a su mesa ante un gigantesco recipiente de una bebida proteínica blanca como la cal. Es bajo y fornido (metro sesenta de estatura. Se había cortado y arreglado el pelo. A veces se ponía un chaleco para disimular las arrugas. Tú misma. Por su turbometabolismo quema calorías como loco e irradia alta energía además de calor corporal. He oído decir que empina el codo. Había sacado un surtido de vitaminas y suplementos nutritivos de varios frascos y engullía píldoras y grageas mientras daba sorbos a un batido tan espeso que habría podido ser helado derretido. Señalé la puerta de Lonnie con el pulgar. Su lenguaje es sincopado y normalmente se estimula con café. pero afirma que ponerse una corbata le recuerda la muerte en la horca.

vi cómo pisaba el embrague y las ruedas empezaban a girar. Le expliqué el caso tan sucintamente como pude. No tengo que ir al juzgado hasta las dos. Qué bueno. Me acercaré a Jefatura y veré lo que está pasando. —Lo último que he sabido. Se la puso encogiéndose. Le dije a Christie que te preguntaría si estabas interesado. Mientras tanto. Espero que Jack tenga sentido común suficiente para mantener la boca cerrada hasta que llegue. Se levantó y descolgó la chaqueta de la percha. ¿dónde hay que ubicar a Jack? ¿Es el hermano may or o el más joven? —El más joven. —¿Y cómo piensan empapelarlo? Lo lógico es que lo vieran allí al menos media docena de personas. —¿Estás ocupado en este momento? —En absoluto. —Lonnie echó un vistazo al reloj y empezó a bajarse las mangas—. Donovan es el may or.cuenta de mi presencia. ¿Quieres que haga algo antes de que vuelvas? —Dile a Christie que la llamaré en cuanto hay a hablado con Jack. Entré en el despacho y cerré la puerta al pasar. Mientras hablaba. ve a la casa. —¿Cuándo lo han detenido? —Hace quince o veinte minutos. —Me senté en uno de los sillones de cuero de los clientes. luego Jack se fue a una fiesta de jugadores de golf que daban en el club de campo. —Por cierto. se abrochó el botón de la camisa y se ajustó la corbata. Así tenía más pinta de abogado. Haremos una lista de testigos que puedan confirmar la coartada del martes por la noche. Pasa. aunque de abogado bajito y gordo. —Acaba de llamarme Christie Malek. ¿Has seguido la historia? —¿El asesinato? ¿Y quién no? Siéntate. Apuró lo que quedaba del brebaje proteínico y sacudió la cabeza con satisfacción. siéntate. por el ama de llaves. es que Jack y Guy estuvieron discutiendo después de haber bebido en abundancia. —¿De qué se trata? Ponme al corriente. Bennet está en medio. creo. Dirige la compañía. Era el que más se oponía a que Guy tuviera parte en la herencia. —Guau. Lonnie se puso a enroscar los tapones de la colección de frascos que tenía encima de la mesa. Yo no lo descartaría. si quieres desviar las sospechas. ¿Qué ocurre? —Han detenido a Jack Malek y necesita un abogado. ¿Ha encontrado la policía el arma del crimen? —Es probable. Sé que registraron la finca palmo a palmo porque los vi en . Era nuestra primera conversación sobre el crimen y quería que conociera el máximo de detalles.

y a sabes lo que quiero decir. servilletas de papel arrugadas y envases de comida rápida. Yo misma había vivido aquel proceso hacía un año y aún tenía en la piel la sensación de estar contaminada. —¿Precios de costumbre? —Por supuesto. Siempre cabe la posibilidad de que Jack no quiera contratarme a mí. Sería interesante saber a qué nos enfrentamos. —Adelante. Mi opinión sobre Jack Malek se había modificado y a. Todavía recordaba el olor rancio del aire. la tierra alfombrada de colillas. pero trabajando para Lonnie Kingman estaba en el ajo. cacheado. como si un circo ambulante hubiera embalado los trebejos y se hubiera ido al clarear el día. que aglutinaba el tufo a colchonetas podridas. No va a contratarte porque esté desesperado… —Largo de aquí. vasos de plástico. La zona de la verja tenía aire de abandono. A menos que quieras trabajar gratis. —Cuando hay a terminado con Jack. Al llegar a la finca de los Malek suspiré de alivio al ver que la avenida estaba prácticamente desierta a ambos lados. sobacos sucios y aliento alcohólico. Para Jack era el comienzo de un proceso en el que sería fotografiado. pero me había sentido humillada por todos los aspectos del proceso. pero sigue siendo un edificio de la administración pública. —Me echó sonriendo. amabilidad y profesionalidad. Advertí su mirada y entonces rectifiqué—. Y Christie dice que se llevaron de todo. El arcén estaba cubierto de huellas de neumáticos. planearía. —¿Estoy oficialmente contratada? Miró su reloj. los funcionarios de prisiones se habían comportado con educación. en pos del coche patrulla que había conducido a Jack a la cárcel del condado. Yo no era precisamente una entusiasta de Jack. me encaminé hasta el aparcamiento público y recogí el coche. Por lo que sabía. Lonnie desenterraría hasta la última prueba exculpatoria que hubiese y conspiraría. En el breve contacto que había tenido con ellos. —No seas tonto. Las instalaciones son limpias y están recién pintadas. Ese hombre está desesperado —dije. Tanto si era inocente como si no. pintura plástica a palo seco y muebles de inspiración ministerial para soportar toda clase de usos. maniobraría y haría movimientos estratégicos para defenderlo.plena faena. Jack no había sido detenido en toda su vida y sospechaba que estaría tan . Con el maletín en la mano. La prensa había desaparecido casi por completo. tendré una charla con la policía y averiguaré por qué piensan que es culpable. Bueno. fichado y puesto entre rejas. desde la entrega de los objetos personales hasta el confinamiento en la celda de las borrachas.

que se le había formado entre los ojos. Tenías que haber visto a Jack. —¿Ha quitado la policía el precinto del dormitorio? —Todavía no. No entiendo lo que pasa. como de cera barata en un suelo de nogal. Los viejos robles de ancha copa se extendían por todas partes. Todo es tan irreal… Tendremos problemas. Sin darme cuenta me pongo a pasear. Es ridículo. como pintado a la acuarela. creando un paisaje brumoso. Christie debía de haber estado al acecho. —Oí el coche y pensé que serían Donovan o Bennet. Sacar fotos. Los tonos verdes y grises parecían sucederse en abanico y alternar con espacios vacíos que producían un vivido contraste. pero hasta ahora no ha dado señales de vida. Cruzaba los brazos como si así estuviera más cómoda. Están fríos como el hielo. uno con una aspiradora y otro con un rastrillo. —No me extraña. de color azul oscuro. ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras? —Muerta de nervios. Nunca imaginé que vinieran a detener a nadie. tomar medidas o mover muebles. la vida había vuelto a la normalidad.desmoralizado como lo había estado y o. Señor. diciendo que era urgente. ¿Y Lonnie Kingman? ¿Has hablado con él? Le conté las intenciones de Lonnie. Suponía que tenían que venir a hacer algo. Pensaba preguntarlo cuando llegaran esta mañana. La casa estaba bañada por la luz del sol y la tierra tiznada de sombras. Me indicó por señas que continuara y conduje por el camino del garaje hasta el patio de los adoquines. Y a saber dónde estará Bennet. . Cuando llegué a la verja. Con la detención de Jack se había olvidado de todas sus quejas. murmurando la mitad del tiempo. no de frío sino de tensión y ansiedad. Vi dos jardineros trabajando. Un rumor de maquinaria me indicó que se estaban podando ramas en un punto que no podía ver. Llevaba una camiseta blanca y una falda de varias vueltas. Todo iba bien y ahora esto. pero no nos matamos entre nosotros. un guardia de seguridad se me acercó y me impidió el paso hasta que me identifiqué. había salido al porche. exceptuando el delgado pliegue. El brillo de su pelo moreno se había apagado hasta convertirse en una película mortecina. En apariencia por lo menos. —¿Todavía no has hablado con Donovan? —Le dejé un recado en la oficina. He estado esperando junto al teléfono. El aire olía a humus y a eucalipto. Estaba asustadísimo. semejante a una grieta. Me estoy volviendo loca aquí sola. quizás esperando a Donovan. Tócame los dedos. me alegro de verte. —Sufrió un escalofrío. Antes de bajar y o del vehículo. bajado las escaleras y echado a andar hacia mí. No había rastros del equipo de búsqueda ni ningún agente uniformado de guardia en la puerta. No quería contarle nuestros asuntos a la secretaria. Su cara revelaba muy poco de sus emociones.

Nunca he conocido a nadie que hay a sido detenido y mucho menos acusado de asesinato. el inspector a cargo de la investigación. ¿Qué día es hoy ? ¿Jueves? La acusación será seguramente hoy o mañana. A la lámpara del techo le faltaban varias bombillas de rosca pequeña y otras estaban inclinadas como dientes torcidos. claro. Al final. en el plazo de diez días de sesiones. Quizá fueran los Malek de esas personas que no invitaban a tales familiaridades. Eso quiere decir que. dos semanas. —Supongo que depende de lo que le acusen y de si se fija una fianza —dije —. parecía que estaban afrontando los hechos sin el consuelo de los amigos. estaba gastada y descolorida y describía actos de incontinencia y crueldad con hilos de colores. entonces preguntaron si estaba Jack y y o seguí sin darme cuenta de nada. si resulta que no se ha infringido ninguna ley o que no hay suficientes pruebas de la culpabilidad del acusado. La tapicería de la pared era auténtica. pedirá una vista preliminar sin perder un minuto. el secretario. etcétera. Para eso estarán presentes el fiscal. pero la parte de arriba estaba vacía y no se oía ningún ruido extraño que me diese dentera. levantaba la vista hacia el piso superior. Jack tiene que comparecer ante el juez antes de que transcurran cuarenta y ocho horas hábiles. —Es el procedimiento por el que lo acusarán formalmente. el acusado y sus abogados. Los testigos prestarán juramento y declararán. sinceramente pensé que venían a buscar más información. Christie seguía hablando de la detención de Jack. es decir. Fuera cual fuese la razón. o que guarde silencio. si hay pruebas suficientes que demuestren que se ha infringido la ley y suficientes causas para creer en la . No vi que nadie apareciese con comida o llamara para preguntar si necesitaban algo. Es que no podía ni imaginar lo que iba a ocurrir después. Lo llevarán al juzgado y lo identificarán como a la persona cuy o nombre figura en la orden de detención. Jack tendrá que comparecer a la vista preliminar. dados los sucesos de los últimos días. Aquella gente no parecía tener muchos amigos de los que corrían a ofrecer ay uda. —Cuando vi al inspector Robb en la puerta. la fiscalía del distrito dispone de veinticuatro horas para presentar el caso. Sin poder evitarlo. —¿Y después qué? —Ahí es donde interviene Lonnie. etcétera. Entramos en la biblioteca y me hundí en un mullido sillón de orejas mientras Christie se paseaba. El vestíbulo estaba frío y de nuevo me sorprendió el aire destartalado de todo. el caso se sobresee. Por el contrario. —¿Qué quiere decir eso? No entiendo nada. sin contar domingos y festivos. Una vez que lo encierran. Un aplique de pared colgaba de un modo raro. Me he dado cuenta de que la gente tiende a hablar por los codos cuando está nerviosa. Le informarán de la naturaleza de lo que se le imputa y le pedirán que se declare culpable o inocente. Si piensa que las pruebas son poco consistentes. La casa estaba curiosamente en silencio. La seguí hasta el interior de la casa.

no soporto esa palabra. —Lonnie esperaba que supieras quién había en el club aquella noche. Necesitamos a alguien que pueda confirmar la presencia de Jack en la fiesta de los golfistas. Aún no te he preguntado cuál es. Es la verdad —dije—. Paul podría darte los nombres de los otros ocho que se sentaron con ellos. Todo esto es una locura. Hay cosas peores en la vida. —No me hace gracia. —Disculpa. Hizo lo que le indiqué y se sentó en el sillón que había a mi lado. Coartada supone que eres culpable y has preparado un cuento para no quedarte con el culo al aire. ¿Cómo pueden creer que Jack sea culpable de nada? Debía de haber cientos de personas en el club aquella noche. —Has venido por alguna razón. pero esto es esencialmente lo que pasa. Jack lo recogió y lo llevó al club. para decir que necesitaba hablar con Jack enseguida. No sé para qué exactamente. Se instruy e por escrito una acusación formal que se eleva al Tribunal Superior. —No será difícil. Puedo averiguarlo en un momento. —Será mejor que te sientes. se presenta una alegación de descargo y el asunto queda listo para juicio. Lo siento mucho. se habrá recorrido un largo trecho. —¿Y Jack estará en la cárcel durante todo ese tiempo? —No hay fianza en un caso de homicidio. —No quiero ser graciosa. —No te preocupes. No es el fin del mundo. seguramente por eso me gustó —añadí en un aparte. este tendrá que responder de las acusaciones. La compañía no es muy agradable y la comida está exenta de calificación por lo que se refiere a su contenido en lípidos…. Dios mío! —Christie. Mierda. Dejó de pasearse y dio media vuelta para mirarme con expresión horrorizada. —¿Cuál es el teléfono de Paul? —No lo sé. Suele haber muchas minucias. Quizás a Jack no le guste. —¡Oh. Tiene que venir en la guía. —¿Puedo utilizar el teléfono? . En cuanto confirme la coartada de Jack. Christie hizo una mueca. pero sobrevivirá. Estoy segura de que se sentaron a la misma mesa. —« Coartada» .culpabilidad del acusado. No quería hostigarte. —¿Estuvieron juntos el martes por la noche? —Sí. una de Paul Trasatti. Voy a mirarlo. He recibido dos llamadas esta mañana. Estiró la mano y se apoy ó en la repisa de la chimenea para no perder el equilibrio. Supongo que la policía habrá hablado y a con gente del club. y o también he estado en la cárcel.

Además. —Bueno. ¿Está Enid en la casa todavía? —Creo que sí. Quiero tener la línea libre hasta hablar con ellos. Christie se pasó por el pelo una mano visiblemente trémula. Sé que está por alguna parte. —Miraré en la cocina y le diré que te prepare un té. repitió el proceso y volvió a descargar el puño. tan redonda y estrujable como un rollo de papel higiénico. Tienes un aspecto espantoso. ¿Sabes cuáles? Apoy ó los codos en las rodillas y se tapó los ojos con las manos. Como desviara la posición de la hoja terminaría golpeando el filo y cortándose hasta el hueso. —¿Lo vio alguien? —Tendrás que preguntárselo a él —dijo—. Enid estaba ante el mostrador central con un tajo de madera ante sí. palos de golf y bates de béisbol. —Soy y o otra vez —dije al entrar en la cocina. Con los ojos clavados en mí como manda la buena educación. —Prefiero que esperes a que llamen Donovan o Bennet. tienes que comer algo. —Me siento espantosamente —dijo. No podía creer que estuviera repitiendo lo de la operación del té. La dejé en la biblioteca y me dirigí al pasillo. pregunté: —¿Y Bennet? ¿Dónde estuvo aquella noche? —Fue al restaurante que está remodelando para ver qué habían hecho los trabajadores aquel día. —En absoluto —respondí—. Donovan y y o nos quedamos aquí. colocó ante sí una fila de dientes de ajo sin pelar. Me había quedado inmóvil. Dijiste que la policía se había llevado algunos objetos. Deberías comer unas galletas o fruta. Donovan fue a la casa de la piscina en cuanto se fueron. Estoy demasiado nerviosa. les puso encima la hoja del cuchillo y le dio un golpe despiadado con el puño. no quería dejar pasar la oportunidad de hablar con Enid si aún seguía en la mansión. Cualquier actividad me servía. Los ajos estaban aplastados como cucarachas albinas y la piel tan suelta que podía quitarse de un manotazo. picando ajos con la hoja de un cuchillo chino. Mientras la miraba. pero el solo hecho de encontrarme en aquella casa me ponía en tensión. Dice que se llevaron mucho material deportivo…. Espero que no te importe. Llevaba un delantal blanco y un pañuelo de algodón blanco en la cabeza. —Dejaron una copia de la orden de registro y una lista de lo que se habían llevado. Sentí cómo me encogía. Levantó la hoja del cuchillo. Necesita comer . —¿Has comido? —No he podido probar bocado. —Voy a prepararle una taza de té a Christie —comenté—. pero no la he visto aún. Cambiando de conversación. Hice una mueca al pensar en el impacto de semejantes objetos en un cráneo humano. Las obras son una pesadilla y pasa mucho tiempo allí. Habíamos bebido mucho durante la cena y y o me fui derecha a la cama.

Si lo pone en una bandeja. Por el dibujo de las suelas…. Había pensado recurrir a mi astucia. —No se preocupe. Las había visto a ustedes en la tele. —Hay uva. Bajó los ojos a lo que estaba haciendo. Asintió. se lo llevaré. abrió el compartimento de las bandejas y sacó una de madera de teca con reborde. ¿Se llevaron las zapatillas ay er? —No. Al parecer. —Se lo llevaban cuando llegué a la verja. Me dirigí al armario y saqué una taza. tratando de disimular mi sobresalto. como si estuviera tomándome la medida. Esto es una injusticia. . Siga con lo que está haciendo. —¿En serio? —repliqué. Es más fría que las piedras. —Supongo que se habrá enterado de la detención de Jack. Encontré las servilletas y puse una en la bandeja. —Pobre —suspiré—. Las bolsas de té están en el armario. Sacudí la cabeza con pesar. —Pues y a la ha conocido —dije—. una cesta de cebollas y una lata de aceite de oliva. la mujer. pero Enid no parecía compartir la reserva de My rna a la hora de chismorrear—. La colocó en el mármol al lado de seis grandes latas de tomate triturado. pero estoy preparando una salsa. Estaba impaciente por sacarle más información sobre las zapatillas. como si me importara. cuando me han interrogado. Se dobló hacia la izquierda. Me llamaron esta mañana a casa. Ha ido a Jefatura para hablar con Jack. —La policía se interesó por sus zapatillas de correr —dijo—. dos de tomate concentrado. no le importaba hablar de los asuntos de la familia. Miré a Enid.algo… ¿hay fruta? Enid señaló el frigorífico. En el fogón vi una olla de acero inoxidable. Habría tenido que verle usted la cara. pero hasta ahora no había conocido a una de verdad. —La he conocido esta mañana. —Esperaba que no se me notase la exageración. Lo haría y o. dar golpecitos rápidos con la hoja del cuchillo para picar los ajos y reducirlos al tamaño del arroz. Lonnie Kingman. aunque no me hacía falta preocuparme. —My rna me dijo que era usted investigadora privada. —¿Hay servilletas de papel? —El tercer cajón de la derecha. pero me preocupaba que diese marcha atrás si se me notaba el interés. Me echó un vistazo. —¿El teniente Robb? —No. llené la tetera eléctrica como había visto hacer a My rna. Antes de que viniera a trabajar. Espero que no sea amiga suy a. junto con una cucharilla. seguramente había huellas de sangre en el dormitorio de Guy. La verdad es que trabajo en el mismo bufete que el abogado de Jack.

—¿Cómo se llevaba con Jack? —Creo que Jack lo admiraba y tenía una idea romántica de él. No me había preparado para ser cocinera. y a sabe. Ese parecía ser su papel. —Dieciocho. En cuanto a Guy. Enid se había fijado en todos los pormenores de la investigación. Jack pensaba que Guy era como James Dean. pero estaba muy enferma. la señora Malek. . Los dos menores tendían a orbitar alrededor de ellos mismos. Nunca he tratado mucho a Bennet. Yo era más bien una compañía para la señora Malek —explicó—. Solía sentarse en la cocina conmigo sin decir una palabra. Bennet y Jack. También cavaron en los bancos de flores. Me remuerde la conciencia al recordarlo. Incluso entonces y a tenía buena cabeza para los negocios. Registraron todos los armarios y cubos de basura. pero se me rompía el corazón. durante todo el día. Desde luego. diecinueve. —¿La contrataron de niñera? —Los chicos y a eran may ores para eso. —Me dijeron que era y o quien en realidad les había puesto sobre la pista — confesó—. Yo hacía lo que podía. —Lo de las zapatillas tuvo que producir una gran sorpresa —pinché. estaba y a achacosa y en aquella época no hacía más que ir y venir del hospital. En mi vida había visto cosa igual. Cuando empecé a trabajar en la casa. Se siente culpable por haberles hablado de la disputa. se llevaban bien. My rna está fuera de sí. El señor Malek necesitaba alguien que dirigiera la casa en su ausencia. Se metía en un lío tras otro. Nunca había visto a nadie tan revoltoso. Hice un ruido de preocupación con la boca. incomprendido. pero recuerdo cómo le miraba Jack. —¿Cuántos años tenía Guy ? Se encogió de hombros. Era como un niño pequeño. Era mi primer empleo y no esperaba quedarme mucho tiempo. Jack estudiaba entonces en el instituto y se le notaba muy alterado. no sabía que las zapatillas fueran de Jack. Rona. siempre calculaba las probabilidades. —¿Y Donovan? —Era el más inteligente de los cuatro. Por entonces y a hacía años que venía dándoles disgustos. era el conflictivo. —Estuvieron buscando las zapatillas ay er. —Jack es mi preferido. Yo hacía galletas y se comía una bandeja entera lo más aprisa que podía. pero siempre había en el aire una especie de culto al héroe. Fui aprendiendo con el tiempo. Trabajo aquí desde hace veinticinco años. Nunca tuvieron mucho que ver el uno con el otro. rebelde y trágico. No salían juntos. sin embargo. Sabía que de lo que tenía hambre en realidad era de los estímulos y la atención de su madre. estaba y a en la universidad y planeaba volver para trabajar con su padre a jornada completa. Donovan quiere a la compañía más que a ningún ser vivo. Hay algo escurridizo en él.

Debió de darse cuenta de que había dejado una huella en la alfombra del piso de arriba. Siempre lo ha sido. tarareando una canción y. —A mí me ha pasado lo mismo. —Eso es interesante —dije—. —Así que vio la partida de Guy como una traición. Carece de autoestima y de eso le echo la culpa a su padre. Se oy ó un silbido y a continuación brotó una nube que olía a ajo. No sé cómo lo relacioné. pero My rna dice que la vio cuando entró en el dormitorio de Guy. Bader nunca encontró tiempo para enseñarles que valían algo. Para él no. pero sé que pensaba que Guy le había traicionado. en la universidad. ¡zas!. cuando Guy se marchó. —¿La vio usted? —No. Estaba lejos. Es como si la mente diera un salto por su cuenta. de repente lo supe. volvió a dejar el tajo en el mármol y cogió una cebolla. Nunca ha tenido empleo. —En una caja. Lo que pensaba Jack era que Guy. debería habérselo llevado con él. El camión de la compañía de almacenamiento vino a recogerlas ay er a primera hora de la mañana. Porque la primera vez que estuve aquí me dijo más o menos lo mismo. La piel era tan frágil como el papel y crujió ligeramente mientras la pelaba. Más tarde se me ocurrió…. Levantó el tajo de madera del mármol y apoy ó el borde en el recipiente para que el ajo resbalase por la superficie. Vi el recibo en el mármol de la cocina y apenas le eché un vistazo. Ninguno ha abandonado la casa. —¿De verdad cree usted que Jack ha tenido algo que ver con la muerte de Guy ? —Detesto pensarlo. —¿Cómo adivinó dónde estaban? —Pues así como se lo cuento. al marcharse para correr la gran aventura. ¿verdad? Enid movió negativamente la cabeza. —Pues sí. No hay más que ver la realidad. Estaba cargando el lavavajillas. Ni siquiera ha tenido novia. Enid me dirigió una mirada. que si las zapatillas no estaban en la casa. —Eso no es sano. tenían que estar en otra parte. —¿Antes de que se descubriera el cadáver? —Antes de que nadie se levantara. ¿Recuerda las cajas con la ropa de Bader que Christie había empaquetado? Estaban en el porche delantero. —Eso no habría sido un obstáculo. Jack es un fanático de la lealtad. —Es una desgracia. —Exacto. ¿Hombres adultos? —Abrió la lata de aceite de oliva y vertió un chorro en la olla mientras encendía el fuego. —Se . Jack depende totalmente de los demás. —¿Y las zapatillas? ¿Dónde las encontraron? Ajustó el fuego.

No puede planearlo todo. Jack no me pareció un hombre tan resuelto ni tan rápido. pulverizan. —Es que la idea no me casa. Sus ojos se posaron en los míos. —No parece convencida. una vez ingeridos. —Bueno. claro que no. como desechando la idea. Las mujeres normales pasan sin duda buena parte de su tiempo contemplando felizmente las herramientas de su oficio: objetos que aplastan. —¿Cree usted en los fantasmas? —No. trinchan y deshuesan. —Esta huele a animal. utensilios que punzan. Me preguntaba si creería usted en las presencias. recordando el frío del aire y la vibración que había sentido en los oídos. Menudo arsenal había allí: cuchillos. quitarse las zapatillas y meterlas en la caja al salir de casa. tuvo que matar a Guy. —Supongo que un asesino ha de depender de la suerte. tijeras. hachas y rodillos. Apretó una palanca y se quedó contemplando la rotación del envase mientras las cuchillas giratorias separaban la tapa con limpieza. brochetas. a algo húmedo y sucio. o pensó que la tenía. Había una Presencia en el pasillo. No quiero pensar que fue él. por no hablar de los productos caseros que. —Si es que lo hizo él —replicó. ver la huella. —Cuesta creerlo —dije—. cortan. básicamente. son capaces de erradicar la vida humana junto con los gérmenes. muelen y hacen puré. Tiene que improvisar. ¿A usted no le choca? Lo pensó unos momentos y se encogió de hombros. fuego. Tuvo suerte. —Ay er subí a llevar unas sábanas. en este caso le salió el tiro por la culata. Las cocinas son peligrosas. Quiero decir que. ¿Por qué lo pregunta? Miró hacia un rincón de la cocina y vi por primera vez que allí había una escalera. Negué con la cabeza. . Es muy extraño —dijo. Tomó una lata y la puso debajo del abrelatas eléctrico.detuvo y sacudió la cabeza—. pensé tontamente mientras miraba y o también.

Trasatti respondió antes de que terminara de sonar el primer timbrazo. y trabajo para el abogado de Jack Malek. Aquel hombre hablaba como si hubiera estado esperando instrucciones para entregar el dinero del rescate. —Trasatti —dijo escuetamente. pero necesitaremos a alguien que respalde su declaración. Yo… —¿Cómo ha conseguido mi número? —Lo busqué en la guía telefónica. En realidad no. vi una cabina telefónica en una gasolinera que hacía esquina. Libros raros y curiosos. Había dos teléfonos a su nombre: uno de una residencia de Hopper Road y el otro. pensando que sería más probable que se encontrara allí. —¿Qué clase de información? —He estado hablando con Lonnie Kingman y quiere saber lo que hizo Jack aquella noche. Busqué a Paul Trasatti en la guía. Tendría suerte si no acababan mojándome a mí también. Christie dice que lo llevó usted en coche al club de campo el martes por la noche. Aparqué al lado. el precio era de cinco dólares y los beneficios se emplearían para costear un viaje a San Francisco. —Señor Trasatti. Fuera del área de servicio. soy Kinsey Millhone. 17 Dejé la mansión de los Malek poco después de la una. Llamé para hablar con Jack y su cuñada me dijo que se lo acababan de llevar. no. Camino de casa. —¿Por qué no le pregunta a Jack? —Estoy segura de que lo hará —repliqué—. ¿Es eso cierto? . un grupo de chicos del instituto alternativo local había montado un servicio de lavacoches. sin dirección. Según el cartel escrito a mano. Necesito información y pensé que quizás usted podría ay udarme. investigadora privada. ¿Sabe que ha sido detenido? —Me he enterado esta mañana. Había cubos de agua espumosa aguardando y los chicos se entretenían de una manera que dejaba presumir que estaban a punto de regarse unos a otros con las mangueras. ¿Le dijo ella que llamara? —Bueno. decía simplemente Paul Trasatti. No había ningún cliente a la vista. Encontré monedas sueltas en el fondo del bolso y metí unas cuantas por la ranura. Primero marqué el número del establecimiento.

pero ¿y usted? ¿Se puede aplicar lo mismo a su caso? —Nuestra conversación no tiene privilegios. Me recogió después de cenar. ¿Se sentó usted con Jack? —Mire. Puede que la línea estuviera pinchada y estuviesen tomando nota de mi actitud. He hecho todo lo que he podido. Cerré los ojos. En la calle que quedaba detrás de mí pasaban vehículos en ambas direcciones. eso mismo es lo que me ha estado preguntando la policía — respondió. pero. Kingman. ¿no? —No soy periodista. Se me puede confiar información. pero claro que sí. después. —Eso. Fuera. En aquel momento no lo pensé. atenta al subtítulo. cuando se supo el otro asunto. Tuvo que habérsele secado la boca porque le oí lamerse los labios antes de hablar—. Teníamos asignado el asiento —dijo. Aquel hombre era tan cauto como un político. —¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo. estaría en el paro —dije—. —¿Cuál? —Si está trabajando para ese abogado…. en otra parte. —Lo es. paseando hasta el hoy o diez. —Pues no. Lo que quiero decir es que no puedo asegurar que Jack estuviera en mi campo visual. cómo le diría. ¿Qué pasaba aquí? —Eso no es lo que le he preguntado. ¿qué nombre dijo? —Lonnie Kingman. mmm…. claro. La verdad es que nos cambiamos de sitio y fui y o quien condujo. Vaciló durante un segundo. —¿Sabe dónde estuvo? —Sé dónde dijo que estuvo. —¿Se sentaron a la misma mesa? —Las mesas estaban reservadas. Esto es estrictamente confidencial. De lo contrario. Jack es un buen amigo y no quiero causarle más problemas de los que tiene. menos contar mentiras. ¿Cuánto rato? —Hora y media a lo sumo. —Ajá. si es eso lo que pregunta. al menos de momento —dije—. ¿Puede usted confirmar su presencia en la fiesta de los golfistas? Se produjo un breve y curioso silencio. Es mi trabajo. Cualquier cosa que sea relevante para la defensa de Jack se la comunicaré a Lonnie. —Pero usted no quiere mentir a la policía —deduje. —¿En la oscuridad? . me pregunté por aquel espacio de tiempo. Será confidencial. que quede esto entre nosotros. No lo expresé exactamente así. Sé que él no puede repetir nada de lo que hay a hablado con Jack. no podría. ¿Achispado quiere decir borracho? —Dejémoslo en que y o fui el conductor en este caso. Estaba demasiado achispado. Y de eso se trata —dijo—. No me gustaría que se reprodujeran mis palabras. pero Jack estuvo un rato….

Yo diría que por el dinero. Sé guardar un secreto —dije. —Ajá. si estaba tratando de serenarse y despejarse. tiene lógica…. —¿Y eso se lo dijo a la policía? —Bueno. Mire. el caso es que. ¿Y cómo descubrió dónde había estado Jack? —Llamó a primera hora de la mañana para disculparse y entonces me lo explicó. —¿Sobre qué? —Probablemente sobre el dinero. —¿Lo crey ó usted? —¿Lo de dar un paseo? Más o menos. ninguno de los cuales me sonaba—. Quiero decir que. —¿Estaba su coche todavía allí? —Creo que sí. Tuve que buscar a otra persona. en fin. No podría jurarlo. —¿Y parecía más sereno cuando volvió? Durante un momento creí que se había cortado la comunicación. —Dijo que Guy y él habían discutido. Creo que lo vi en el aparcamiento cuando me iba. así que perderse o caerse en un foso resulta poco probable. —¿Señor Trasatti? —Estoy aquí. —Pero ¿por qué hizo eso en mitad de una fiesta de profesionales? —Estaba alterado. . —¿Está seguro de que no había rastro de Jack? —Eso es. en realidad. —No es tan extraño como parece. no volvió a tiempo para llevarme a casa. pero podría estar equivocado. otro tipo me llevó a casa. tuve que hacerlo. —Se refiere usted al dinero que tenía que heredar Guy. —Sí. no quería mentir. Yo también lo he hecho. —Así que Jack estaba borracho y alterado cuando llegaron al club y después desapareció. cuando pasó a recogerme. —¿Le comentó cuál era el motivo de su alteración? —Esperé—. Un amigo me dijo que lo había visto perderse por el fairway del primer hoy o. Luego. Los fumadores salen a encender un cigarrillo de vez en cuando. Jack tiende a ser descuidado en esas cosas. —¿Podría decirme el nombre de los dos? —Levanté un hombro para apoy ar el teléfono y hurgué en el bolso en busca de un boli y un papel. muy alterado diría y o. Anoté los nombres. Es otra de las razones por las que insistí en conducir. Me sentí mal pero me insistieron mucho y. Muchos miembros del club conocen el recorrido palmo a palmo. como ha dicho usted.

Espero que no le cuente que le he hablado de todo esto. joder. —Soy Kinsey —dije—. en la casa de la piscina. Le agradezco su ay uda. —¿Has oído hablar de las zapatillas? —Qué remedio —contestó—. —Quiero estar segura de que lo entiendo correctamente. así que podemos dar gracias a Dios por los pequeños favores. Y así estamos. El teniente Robb me contó la feliz noticia con el may or entusiasmo. —Dudo que tenga ocasión de entrevistarme con Jack —dije—. —Pues sí. Al menos no había huellas dactilares. ¿Recuerda a qué hora llamó? —Alrededor de las ocho. chicos. —¿Qué dijo Jack? —No he tenido oportunidad de preguntarle. —Debió de ser así. Comprobé las monedas que quedaban en el estante que había junto al teléfono. —¿Llamó el miércoles por la mañana? —Eso he dicho. ¿cómo va a explicar Jack un pegote de materia gris metido en un agujero de los cordones? No es aquello de « bueno. En cuanto le ley eron sus derechos. —¿Y el arma del crimen? —Encontraron un bate de béisbol escondido entre un montón de objetos deportivos. lo habría dicho. Guy se cortó accidentalmente y parece que me manchó de sangre» . Y para mejorar las cosas. creo. Alguien hizo un torpe intento de limpiarlo. Colgó antes de que pudiera sonsacarle algo más. Probablemente me dirá que le robaron las zapatillas. Quiero decir. Iré más tarde y tendré una larga charla con él. —« Lo más seguro es que termines subiendo al estrado de los testigos» . Lonnie Kingman o y o podríamos llamarlo otra vez por este asunto. Sé que Jack no lo mencionó. Podría abrirme las venas. Metí más monedas en la ranura y marqué el número privado de Lonnie. pensé. —¿Recuerda algo más de su conversación? —No se me ocurre. —Así que fue antes de que se supiera que Guy Malek estaba muerto. ¿Y su coartada? Espero que me digas que hubo cien miembros del club que no le . Descolgó sin identificarse. Creo que y a le he causado suficientes problemas con lo que he dicho. —Deduzco que la suela coincide con la huella del escenario del crimen. los polis se lo llevaron a la cárcel del condado. como si me hubiera leído la mente. —Supongo que es inevitable —dijo con hosquedad. dijo que el laboratorio había encontrado pegotes y fragmentos del cerebro de Guy Malek en el empeine. Supongo que si lo sabía. pero había huellas de sangre todavía en la parte del golpe. ¿Cómo ha ido? —No me digas nada cortante.

Le relaté los sucesos tal como me los había contado Paul Trasatti. sacaron un puñadito de sesos. en la finca. —No. limpiar la sangre del bate y volver a la casa de la piscina antes de regresar rápidamente al club de campo. Sólo tenía que deslizarse de un dormitorio a otro. —Me acercaré por allí y lo comprobaré. buscaron las zapatillas en el armario y rociaron el empeine . Cualquiera que viva en la casa pudo haber entrado de la misma forma. —No creo que sea difícil. Lonnie me bufó en el oído. Por ahora centrémonos en buscar otro culpable. Hay media docena de sitios por los que habría podido saltar la valla. no tienen las huellas de Jack. cuando lo mataron. —No ha habido tanta suerte —dije. y tampoco las de nadie más. Los polis tienen el arma del crimen. Pudo haber escondido la moto. seguro. También puedo calcular el tiempo que se tarda en ir a la casa y volver. —¿Por qué no le daría por tirarse a la mujer de otro? Tienes una teoría. ¿Hay alguna garita de vigilancia en el club? Puede que alguien viera a qué hora se fue. Quiero decir que Jack no es el único que pudo entrar en el dormitorio de Guy. ¿cómo van a probar que Jack empuñó el maldito chisme? A lo mejor le han tendido una trampa. ¿Alguien vio la Harley durante el periodo de tiempo del que estamos hablando? —Puedo averiguarlo —dije. —Deja eso de momento. detesto decírtelo. —Entonces. El club de campo está a varios kilómetros de la finca de los Malek. —No es tan sencillo —dije—. —Buen punto. Le oí suspirar. —Conozco la línea que está siguiendo la policía. —Puedo hablar con Bennet esta tarde. —¿Y qué? ¿Dónde estuvo Bennet aquella noche? ¿Y Donovan? Estaba allí mismo. No olvides que tuvo que esconder las zapatillas en el fondo de la caja de embalar. —¿Vio alguien a Jack saltando la valla? Lo dudo.quitaron el ojo de encima durante toda la noche. Dicen que la habitación de Jack está al lado de la de Guy. pero tiene una Harley -Davidson. —¿Y qué? —cuestionó Lonnie—. pero. —Podría haber salido del club a pie. —Tomaron unas pinzas. La casa debe de estar a una hora andando. ¿Cómo iba a ir desde allí a su casa sin que nadie lo viera? —Lonnie. Ya lo haremos en otra ocasión. pero en coche está sólo a diez minutos. por lo que has dicho. machacarle los sesos y salir. fueron de puntillas a la habitación de Jack.

me detuve para llenar el depósito. abrí el sobre y saqué una hoja de papel. Sentí que se me formaban cristales de hielo . Todo este asunto apesta. —En realidad. El rocío matutino del capó del coche se había mezclado con el polvo de los vientos de Santa Ana del lunes. —Hasta ahora. Me lo tendió. Aboné la gasolina y encendí el motor. —Qué optimista eres —dijo. ¿no? —Es posible que Santa Claus bajara por la chimenea e hiciera la proeza él mismo. —Me gusta lo de los testigos oculares. —Lo sé. —No nos pagan para que nos caiga bien. pues vamos a peinarlo nosotros también. Me quedé a un lado mientras uno se arrastraba por dentro con un frasco de limpiacristales. —Bueno. los tres encima del coche. Antes de abandonar la gasolinera. —¿Lo buscaba? —¿De dónde ha salido? —Lo he encontrado al lado del asiento del copiloto. Parece que se metió en el hueco. En mi actual y crujiente modelo de 1974. Ni siquiera me cae bien. Esperé a que el chico se marchara. El mensaje estaba escrito a mano con tinta negra. El chico de la aspiradora terminó de limpiar el interior y se me acercó con un sobre en la mano. Eché un vistazo a la firma.con vísceras. Mi primer VW era de un beige apagado y nunca estaba sucio. —Cogí el sobre. Los chicos empezaron a silbar y a aplaudir y sin darme cuenta esbocé una sonrisa ante aquel entusiasmo. pero estoy seguro de que los polis están peinando todo el barrio. Por el contrario. Me eché a reír. —Gracias. Otro puso en marcha el aspirador y comenzó a absorber la suciedad de las alfombrillas. —Haré lo que pueda. Nos pagan para sacarlo de esto — dijo Lonnie. Apesta. una mezcla muy personal de escritura corrida y letra de imprenta. Un equipo de tres enjabonó el exterior. las huellas chorreantes resaltaban más y eran como riachuelos azul pálido recorriendo una película de hollín. Hasta ahora parece que nadie lo vio en la escena del crimen. medio esperando ver la y a conocida letra de la máquina de escribir. También algún pájaro me había dejado sus opiniones encima del capó. Guy Malek. la caligrafía era muy clara. no puedo creer que esté defendiendo a Jack. vi mi nombre garabateado con pluma estilográfica. miré por encima del hombro y di marcha atrás para ir a la zona donde lavaban coches. —Siempre es posible.

» Piénsalo y dime lo que decidas para comprar reservas de Clearasil. Era como un mensaje del muerto. » Cuando esté solucionado todo este embrollo familiar. . Esperando que aparezcas. » De todas formas. ¿te gustaría tomarte un día libre y venir a Disneylandia conmigo? Comeríamos helados de cucurucho y jugaríamos a los Piratas del Caribe.entre los omóplatos. Cuando terminé de leerla. K… » Espero tener valor para darte esta nota. parpadeando con rapidez. « Lunes por la noche. —Gracias. el calor me perfiló los rasgos faciales y se me ensancharon los orificios de la nariz. si algo me pasara. Junto con el sufrimiento sentí un ramalazo de cólera pura.: A propósito. El pecho empezó a dolerme. —¿Señorita? Su coche está listo. D. —Le di diez dólares y me fui con la radio a todo volumen. Juro que lo haré. Me pregunté si se podría morir asfixiado por el sufrimiento. Yo me pondría cursi y tú también. allá va. Respiré hondo. haz que mi parte de la herencia vay a a la Iglesia Evangélica del Jubileo. Me quedé mirando al otro lado de la calle. Lo juro» . Y me puse a hablar con Guy a través del Éter. No pido a una mujer que salga conmigo desde que tenía quince años y entonces y a me salía mal. » P. » Oy e. Amo de verdad a esas personas» . mis ojos estaban llenos de lágrimas. » Guy Malek. Ha quedado magnífico. y luego pasearíamos en barca por Small World cantando esa canción que no podrás quitarte de la cabeza durante seis meses. Tenía un grano gordo en la barbilla y estuve toda la noche inventando excusas para tener la cara vuelta hacia el otro lado. Supongo que lo habré hecho si la estás ley endo. « Voy a descubrir quién te mató y voy a averiguar por qué.

obstinado. desconfiaba de sus preocupaciones. El interior tenía el aspecto y el espíritu de un barco de vela: integral. La hinchazón había disminuido notablemente y por lo vivido de sus gestos se habría dicho que le habían extraído el fluido. sin moverse de la silla. moviéndonos hacia la puerta trasera y fuimos a mi casa sin decir palabra. lo conocía como la palma de mi mano…. Las ropas de Dietz se amontonaron . Levantó la vista y me vio. con sillas de lona azul oscura. temerosa de creérmelo. Henry ofreció café. Doblé la esquina y abrí la puerta. Dietz me puso la mano en el codo. vi aparcado el pequeño Porsche rojo de Robert Dietz. de buen corazón. me resentía de su necesidad de peregrinaje y suspiraba porque se definiera en nuestra relación. Ni siquiera recuerdo y a de qué estuvimos hablando. Con el rabillo del ojo capté su expresión inquisitiva. un hombre guapo. Era como ver una película muda.Cuando llegué a casa. Sintiera y o lo que sintiese. La pálida luz del sol se filtraba por las contraventanas formando láminas horizontales. los dos hombres metidos a fondo en asuntos médicos. Rodeé el coche y miré la matrícula. tan inteligente como Henry pero más popular que intelectual. sin artificios. —¿Dietz? —pregunté. Dietz era un consuelo. Durante la tertulia. pero Dietz declinó la invitación. Dietz abrió el sofá-cama en el mirador y se quitó los zapatos. produciéndome una oleada de calor. Cuando me di cuenta. creo que se lo transmití. delgado. Cuando vi que hacía como que le clavaban una aguja hipodérmica. me empezaron a sudar las manos. Con todo lo que oprimía. Yo zumbaba y a como un cable de alta tensión porque incluso la capacidad conversadora de Henry comenzó a titubear y a desvanecerse. sencillo. Me saludó alzando la mano. Había pasado sólo una. paredes de teca y roble pulidos. No obtuve respuesta. con la pernera arremangada. me asomé a la ventana de la cocina. en la que ponía DIETZ. impulsivo. sonreía mientras los miraba. inconmovible. Dietz miró su reloj e hizo un ruido de sorpresa. A Henry. sólido. consciente del deseo chisporroteante que me invadía cada vez que me quitaba una prenda. Donde Henry era apacible. como si fuera a llegar tarde a una cita. con sus ochenta y cinco años. Me había dicho que volvería al cabo de dos semanas. La casa estaba fría. Nos excusamos precipitadamente. inteligente. Su bolsa de ropa colgaba de lo alto de la puerta del baño. Recogí el maletín y crucé el portillo. Henry fue hasta la puerta y me dejó entrar. Dietz era inquieto y rudo. Cerramos la puerta. Valoraba su sinceridad. Dietz se bajó la pernera del pantalón mientras me hacía un breve aparte sobre una clínica de Santa Cruz. enseñando la rodilla herida. La maleta de Dietz estaba al lado del sofá. Dietz era de una pasta más dura…. Dejé el bolso y el maletín en el mostrador de la cocina y atravesé el patio hasta la casa de Henry . Me quité la ropa. Dejé el maletín en el suelo y me quedé en la acera observándolo. Dietz estaba sentado en la mecedora de Henry. Al principio no me vio.

tan desnudo como vino al mundo. Era el único medio que se me ocurría para consolarme. que utilicé la intimidad con aquel hombre para compensar la pérdida del otro. Hay pan en el congelador y medio frasco de mantequilla de cacahuete en el armario de arriba. hurgó entre unos paquetes de productos cárnicos envueltos en plástico y cubiertos de cristales de hielo. —No puedo creer que hay as vuelto. Nos desplomamos juntos en un movimiento rodante.en el suelo con las mías. Pero incluso en aquellos momentos me pareció extraño no saber con certeza a qué hombre estaba traicionando. bañándonos en su transparencia. Las sábanas estaban frías al principio. Les faltó tiempo para meterme en el coche. Arranqué y miré por el espejo retrovisor. No suelo pensar en el sexo como en un antídoto contra el dolor. Su piel era luminosa. —Y estuvo bien. pregunté a Dietz: —¿Quieres comer? Me muero de hambre. Hicimos el amor en silencio. pero ellos saltaron de alegría. Habían dado media vuelta y corrían y a en busca de los sacos de dormir. fue hasta el frigorífico y se puso a mirar el interior. —¿Cómo es que no hay comida? ¿No comes cuando no estoy y o? —Hay comida —dije a la defensiva. Tenemos que comer —dijo. —Me voy a gastar. Me miró como si le hubiese sugerido que preparara un potaje de babosas. Ni siquiera se habían quedado para despedirme. —Resultó que y a habían planeado ir de acampada a Yosemite con unos amigos y no sabían cómo decírmelo. —Un frasco de variantes. Parecía como si estuviéramos nadando en los bajíos de la play a. Adiestrada y a por el resumen que le había hecho a Lonnie. Más tarde. Me molestó un poco. Como era un caballero. Cuando leí lo del asesinato en los periódicos de Santa Cruz. Creía que ibas a llevar a los chicos de excursión. interrumpido sólo por los gemidos que daba él de vez en cuando. Cerró el congelador. Ahora háblame de ti y cuéntame qué ha pasado por aquí. tan azules como el mar. por aquello de la perversidad de la naturaleza humana. tan tersa como la concha de un abulón. y se calentaron al tocar nuestros miembros desnudos. les dije que tenía que volver. —Pasasteis unos días juntos. le expliqué los . —Puedo preparar unos bocadillos. El bailoteo de las sombras confería un elemento acuático al aire. bañado por un haz de luz. pero eso es lo que fue y confieso de todo corazón…. Cerró la puerta del frigorífico y abrió el congelador. volvió al sofá-cama y se metió bajo las sábanas. Me sentí muy culpable. Los disfruté —dijo—. tan tiernos y graciosos como dos nutrias de mar dando volteretas entre el oleaje. —Yo también —dijo.

Soy paranoica con estas cosas. te dio pereza —dijo suavemente. . volví al sofá con el paquete de fichas y las dos cartas. —En otras palabras. Metí la carta en una bolsa de plástico. pero no parecía tener mucho sentido. Pude haber buscado huellas. —Necesitas un plan de acción —dijo animado. pero me hice la tonta. Agité la mano. —¿Miraste el callejero? —Sí. —Mañana seguramente llevarán a Jack ante el juez. Dejé un juego en la oficina. ¿Me estaba ofreciendo su ay uda en serio? —¿Qué hay que seguir? —pregunté—. —Vamos a echar un vistazo. La otra está mecanografiada en papel blanco normal. —¿Hasta qué año? —Seis años. por mucho que retroceda. —Lo que significa que exigirá una vista preliminar antes de diez días hábiles. cerrada bajo llave en mi mesa. —¿Tienes el otro juego aquí? —En el maletín. —¿Y qué me dices de las cartas? —Una es un fax. Creo que no. si no lo han llevado hoy. y me puse de costado para verle trabajar. Hice copia de ambas. —¿Por qué seis? ¿Por qué no miraste hasta el año en que desapareció Guy ? O antes. El nombre es tan falso como la dirección. —Exacto —dije sin ofenderme. —Si el nombre es falso. Me deslicé entre las sábanas y le di los papeles. también. —¿No ha pedido Lonnie un aplazamiento? —No lo sé. No tendríamos forma de identificarlas ni de compararlas con nada en el caso de que encontráramos alguna. El sonido de su nombre bastaba para abrirme las compuertas del dolor. Se puso las gafas. Fui por el maletín al mostrador de la cocina y rebusqué entre el contenido. ¿Y ese asunto de Max Outhwaite? Podemos seguir esa pista. sin distintivos. Aparté la sábana y me levanté. —¿Guías telefónicas antiguas? —Sí. para protegerla. No tenemos mucho tiempo. Puede que Max Outhwaite sufriera alguna de sus fechorías durante sus años de delincuente juvenil. no lo encontraré.sucesos con rapidez y sólo titubeé ligeramente al hablar de Guy. quizá-sí-quizá-no. Advertí el plural. Ya estuve en el registro civil y en la oficina del censo electoral. También miré en los directorios municipales.

Lonnie espera encontrar a otro a quien señalar con el dedo. Algunos eran triviales: gamberradas. porque acababa de empezar la búsqueda y quería encontrar su pista. salvo que tuviera que ver con su búsqueda. ¿por qué otro motivo habría informado Max Outhwaite a la prensa? —cuestioné—. En aquel momento no lo pregunté. —Bueno. ¿lo sabías. Me la dejó Christie cuando estuve en la casa. por lo menos. Dietz? —No podemos estar follando todo el día. Soy viejo. Me habló de los líos en que había estado metido Guy durante años. —Cuantos más. si la quieres ver. No me preocupaba lo que hubiera hecho. La tengo en la oficina. —Echémosle un vistazo. Escribí todo lo que recordaba de mi primera entrevista con Donovan. Soy un cincuentón. imprudencias automovilísticas y cosas así. Los polis creen que el motivo de Jack fue la herencia de Guy. Bueno. así que el mismo caso se puede aplicar a los otros. pero son todas circunstanciales. Tengo que reservar fuerzas. —Quizá valga la pena investigar a fondo su pasado. La nota decía: « Viuda estafada pierde sus ahorros» . A lo mejor nos pone sobre otra . Para cualquiera de los dos habría sido igual de fácil deslizarse hasta el dormitorio de Guy. La gente sabía que había vuelto. mejor. Las pruebas parecen críticas. También acaricié la idea de que el autor de las cartas pudiera ser uno de los hermanos de Guy. Por cierto. —Lonnie dijo lo mismo. nada del otro jueves. que a alguien ajeno a la familia le habría gustado verlo muerto. ¿Qué es esto? ¿A qué estafa te refieres? Le quité la ficha y la observé. no estoy segura. Creo que sus predilectos son Donovan y Bennet. —Sí. —¿Algo interesante? —Bueno. —También y o lo pensé. Parece como si el objeto del ejercicio fuera encontrar otro candidato y desviar la atención de Jack. Suena prometedor. —¿Qué opinas? —pregunté. —Esto es muy romántico. —Estaba pasando las fichas con el pulgar. Puede que alguien quisiera ajustarle las cuentas. pero también estuvo envuelto en una especie de estafa. —¿Por qué? —Para que pareciera que tenía enemigos. Doblamos las almohadas y nos apoy amos en ellas codo con codo mientras Dietz leía las dos cartas y repasaba las fichas. claro. Sacó una del taco—. Dietz se giró para mirarme. Bader guardaba una carpeta con recortes de prensa sobre las escapadas de Guy. —Creo que Outhwaite es una buena apuesta.

Pero apostaría a que la escribió la misma persona. Si están convencidos de que le pueden colgar el mochuelo. ¿por qué se van a preocupar por otro? —¿Quieres que te ay ude con el trabajo rutinario? —Me encantaría. ¿Y la tercera? ¿Qué dice la carta que enviaron a Guy ? —No lo sé. La teniente Bower no quiso decírmelo y no pude sonsacarle mucho. —Quizás. . A lo mejor no se preocupan de Max Outhwaite ahora que han detenido a Jack.pista. —Seguro que los expertos de la policía y a están haciendo comparaciones. —Volvió a las cartas y las analizó a conciencia—.

La cara de Donovan se arrugó al sonreír. Sólo estaré fuera una hora. —Tengo unos asuntos en la cantera. lo dejó en el suelo y me abrió la puerta de la furgoneta. —Está bien —accedí. Lonnie está preparando la estrategia. ¿Cómo están las cosas en este momento? —Es difícil de decir. y una camisa azul a cuadros con las mangas subidas. No esperaba que me fuese a llevar mucho tiempo. Se subió las gafas a la frente. Llegué a casa unos diez minutos después de irse usted. Seguramente iré más tarde al club de campo para localizar a gente que estuviera el martes. Quitó el sombrero del asiento del copiloto. . dos más allá de la suy a. saludé con la mano y metí el coche en una plaza para visitantes. Medité unos segundos. Calzaba unas botas de montaña con las suelas tan acanaladas como un neumático. —¿Dónde está la cantera? —En el puerto de montaña. ¿Estará fuera mucho tiempo? Me gustaría hacerle unas preguntas. lo digo por si quiere venir conmigo. ¿Ha hablado usted con Christie? —He comido muy tarde —dijo—. Veo que está a punto de irse. Lo llamé. Subí de un salto. 18 Dejé a Dietz en la biblioteca pública y me dirigí a Construcciones Malek por la autopista. pero Lonnie Kingman tenía que verlo antes de que lo devolvieran a la cárcel. —Puso en marcha la furgoneta y salimos del aparcamiento—. No tenía ni idea de lo que había pasado. pero cuando giré para entrar en el aparcamiento vi a Donovan subiendo a una de las furgonetas descubiertas de la compañía. sus ojos oscuros eran prácticamente invisibles tras las gafas de sol. Esperó a que me aproximara y bajó la ventanilla. —No será muy difícil. Nos gustaría encontrar a alguien que pudiera confirmar que Jack permaneció en el club entre las nueve y media y las once y media. —Bien. Donovan llevaba tejanos y chaleco vaquero. gracias. ¿Hay alguna novedad sobre Jack? —No he hablado con él. —¿Cómo está usted? —preguntó.

Sale más caro transportar los materiales hasta aquí que el material en sí. ahora tenemos dos plantas móviles. estaba diciendo: —En estos momentos. ¿Sabe dónde estaba la Harley -Davidson aquella noche? —En el garaje de casa. producimos casi la misma cantidad en la cantera que en el y acimiento de arena y grava. —Nos ponemos a reciclar donde están el hormigón y el asfalto desechados. pero según . Transformamos los materiales en el lecho de hormigón que se nos pide. casi me quedé dormida. No hay ninguna fábrica de hormigón de asfaltado que esté más cerca de Santa Teresa que la nuestra. Usted quiere hablar de Jack. pero era más barato fabricar el producto aquí y transportarlo a Santa Teresa. Cuando volví a sintonizar con su voz. Me sorprende que a Bennet y a mí no nos investiguen. En lo alto de las laderas. encerrado entre las montañas bajo el sol ardiente. Creo que fuimos de los primeros en esta zona. lo que y o digo es que Jack no lo mató. Antes de que llegáramos a la estrecha carretera que subía el puerto serpeando. Hay algo tranquilizador en ser un simple pasajero de un vehículo en movimiento. supongo. Apenas había brisa. la tensión me había desaparecido casi por completo. el tomillo y la artemisa se habían extendido por el paisaje como una colcha dorada que suavizaba las aristas rocosas. —Bueno. Seguramente soy el único ser vivo que se extasía con el hormigón para el asfalto y el cemento de Portland. Estaba cansada de pensar en el asesinato. Antes teníamos una en Santa Teresa y llevábamos la arena. —Se sorprendería usted —dije. Llegamos al puerto por una carretera serpeante y flanqueada por robles. La Harley es de Jack. —Preferiría hablar de Guy. Los arbustos estaban tan secos como la y esca. El aire estaba inmóvil. Siguió en la misma vena mientras me preguntaba. una en Monterrey y otra en Stockton. aunque por el momento todas las pruebas parecen apuntar a Jack. Cuando me subo en una furgoneta me pongo más alegre que unas castañuelas. y una planta móvil. si valdría la pena comprobar sus afirmaciones sobre la solvencia de la compañía. la grava y el asfalto líquido y lo hacíamos allí. —Seguramente lo están haciendo. porque no tiene sentido. por eso hay que ahorrar en el transporte. aquella noche no tuve ocasión de verla. aunque tarde o temprano tendría que sacar el tema a colación. La may or parte de la arena y la grava va a la producción de hormigón de asfaltado. el guardalobo. Lo primero que hará la policía es fijarse en nosotros tres. Tenemos un almacén en Colgate donde lo recogemos. —Le hablé de las zapatillas de correr y del bate de béisbol—. Mientras tanto. no mía. Y entre el ronroneo del motor y el zarandeo de la cabina. por hacer algo. Estaba en el piso de arriba viendo la tele. le pregunté por la faena y encontré un placer absurdo en su prolongada respuesta. En realidad. Donovan llevaba el volante con una mano y a causa del ruido tuvo que hablar levantando la voz. bueno.

Aparte de su paradero. incluso la más inocente chispa de una motosierra podría propagarse entonces en cuestión de minutos y convertirse en un incendio. alfombrados de robles virginianos. Usted mencionó a una viuda a la que dejó sin dinero. Guy y a se había ido y. Fue una de las pocas veces que se puso duro. La carretera de dos carriles se ensanchó hasta . —¿Se fue a otra ciudad? —Están todos muertos. no acabo de comprender lo que está usted buscando. Es un callejón sin salida. Cualquier pequeña fogata. —Olvídelo. que se curvaba hacia el norte. así que no puedo serle de utilidad en ese punto. —Podemos hacer dos cosas. El viento. Caería algo de humedad. cualquier cigarrillo encendido.avanzara el día. pero la may oría no se veía desde allí. No estaba en casa. —No volví a ver a Jack aquella noche después de que se fuera al club —dijo Donovan—. el Pacífico se extendía hasta el horizonte como una niebla azul. —La primera vez que nos vimos me habló usted de los tropiezos de Guy con la ley. es todo lo que sé. Podía ver el relieve de la costa. Los grandes incendios solían declararse en agosto y septiembre. —Cuéntemelo de todos modos. Donovan negó con la cabeza. Llegó tarde. a lo lejos. de las montañas empezaría a soplar aire cálido. Y también hasta la época posterior. Debajo de nosotros. No se mueven ni siquiera cuando deberían hacerlo. pero estoy seguro de que no lo hizo. comprimido entre los cañones. el clima se había vuelto impredecible últimamente y no había manera de pronosticar lo que haría. —¿Y de qué se trataba? Llegamos a la cima y ante nosotros apareció una vista que me encanta. después de varios meses de anticiclón. ¿No podría haber una persona resentida en alguna parte? —¿Quiere retroceder usted hasta su época de delincuente juvenil? —Quizás. o demostrar que Jack no lo hizo o sugerir que lo hizo otro. —La viuda era una tal señora Maddison. Supongo que y a estaba harto de limpiarle las migajas que iba dejando. El paisaje abundaba en ranchos y terrenos de camping. Le dijo a la mujer que presentara una denuncia. Hay personas así. —¿Por qué? —Porque esa familia desapareció. empezaría a tomar velocidad. un valle de color caramelo y salpicado de montículos verde oscuro. Sin embargo. se negó a compensarla. ¿Dónde estuvo Bennet aquella noche? ¿Puede dar cuenta de sus movimientos? —Tendrá que preguntarle a él. cuando el viejo se enteró de lo que Guy había hecho.

tener cuatro y aceleramos al cruzar Cold Spring Bridge. vuelve con las copias y le da la mala noticia. Dice que las está sometiendo a una serie de pruebas científicas. Se rumorea. no con tanta pericia. Maddison con « d» doble. porque las cartas son lo único que tiene. En cualquier caso. —Guy estuvo liado con una chica que se llamaba Patty Maddison. Bueno. —Siga. como se comprobó después. así que le da las cartas a Guy y este se las lleva. y él había sido contratado por el padre para analizarlas. la madre vendiera las cartas para costear los estudios de las hijas. Murió alrededor del día de Acción de Gracias. pero no pude situar el nombre. —¿La conoce? —preguntó. le dice. La hija may or había terminado el primer ciclo de estudios superiores y estaba esperando el momento de matricularse en la Facultad de Medicina. necesitaba un tasador para venderlas. —¿Todavía estaba vivo el padre? Negó con la cabeza. falsificarlas con pericia. A las dos semanas. Guy tenía preparadas unas tarjetas de visita y le dio una. No sabe absolutamente nada de que se hubiera contratado a un tasador. consigue un resultado lo bastante bueno para pasar una inspección superficial. La madre se pone muy nerviosa. ¿Qué sabía ella? De todas formas. —Bien. Dice que es amigo de Patty y se presenta como tasador de documentos raros. unas cartas que valían un buen pellizco. pero no sé cómo había adquirido unos documentos raros. pero lo que realmente hace es copiarlas. —Hacía un mes que había muerto. y tiene lógica que su marido lo hay a hecho al ver que se acercaba el fin de sus días…. Seguramente se me escapó algún ruido porque Donovan se dio la vuelta para echarme un rápido vistazo. La chica tenía una hermana may or que se llamaba Claire. « Que Dios nos ampare. Una campanita sonó en mi cerebro. —Su padre nunca había tenido un centavo. son falsas» . ¿Sin decirle siquiera que le enseñara algún documento identificador ni credenciales? —Parece que no. Le dice que tiene que hacerle unas preguntas sobre la autenticidad de las cartas. Tiene que entender que todo esto se recompuso meses más tarde. —Por eso sigue habiendo estafadores —dijo. Guy guarda las cartas durante dos semanas. al morir. Ya me acordaré. pero todo parece legal. » En la Navidad anterior a su partida. y la señora crey ó lo que ponía en ella. —¿Sin más ni más? —pregunté—. señora Maddison. Guy visita a esta mujer. que son falsas. le . El viejo estaba enfermo y había dispuesto que. Una parte del dinero tenía que ser para ella y otra para pagar la universidad de Patty. —Me suena el nombre. Continúe con la historia. —No puedo creer que la gente sea tan confiada.

Gran parte de la zona era de un gris y eso que contrastaba violentamente con las colinas verdigrises que la rodeaban y con el pálido azul del cielo. De la ladera montañosa se habían cortado bloques macizos de piedra y suelo compacto. No había árboles ni otra vegetación en la zona. —¿Cómo descubrió que había sido Guy ? —Guy había salido con Patty Maddison… —Aaaah.dice. el cual se curvaba a la izquierda ensanchándose y poniendo a la vista la cantera. apagó el motor y puso el freno de mano. Así que nos encontramos con esta señora que acaba de enviudar y que. no usó su verdadero nombre. Patty —dije—. Perdone que lo hay a interrumpido. Las montañas del otro lado estaban alfombradas de vegetación de una tonalidad verde oscura. Las piedrecillas saltaban mientras la furgoneta avanzaba dando tumbos. Las lleva rápidamente a otro experto y le confirma lo que le ha dicho Guy. Le sugiere que consulte con cualquier experto. Por todas partes había empinados montones de grava. pero acabo de recordar dónde había oído el nombre. Dijo que había roto con ella. claro. La mujer casi se muere del disgusto. —Voy a hacer unas diligencias y cuando vuelva terminaré de contarle la historia. bloques de piedra caliza y arenisca. —Vay a usted. y granito. El estrépito de la maquinaria pesada taladraba el pacífico aire de la montaña. tierra seca. no tiene nada. Donovan redujo la velocidad y giró para salir de la carretera principal. « y no valen un centavo» . . Seguimos por una carretera asfaltada de dos carriles durante un par de kilómetros hasta que el asfalto se convirtió en grava. pero Guy había puesto pies en polvorosa y la señora Maddison sumó dos y dos. Como es natural. Antes de que nos diéramos cuenta y a estaba en casa pidiendo una indemnización a papá. cuy as vibrantes fauces reducían a escombros pedruscos tan grandes como mi cabeza. Un polvillo blanco se elevaba caracoleando del camino. ¿Y cómo supieron que había sido él? ¿Lo acusó Patty ? Donovan negó con la cabeza. Cribas y cedazos puestos horizontalmente y en diagonal clasificaban la piedra triturada por tamaños. —Nada de eso. —¿No lo conocía y a la señora Maddison? —Lo conoció personalmente cuando se presentó para tasar las cartas. de repente. Ya caigo. hay un casco en la parte trasera. jaspeada por el dorado de las pequeñas áreas de hierba seca. Habían ido cortando la falda montañosa en gradas. Guy me habló de ella el día que estuvimos paseando por la finca. Donovan se detuvo al lado de un remolque. Patty trató de protegerlo. aunque todos le dirán lo mismo. No se preocupe. Las cartas no valen nada. Si quiere dar un paseo. Las cintas transportadoras subían el material hasta las trituradoras.

Cerró la puerta. Me quedé mirando una cinta transportadora que arrastraba piedra suelta en un reguero continuo que caía al final como una catarata. algo así. Su padre fue el tasador al que acudieron después del cambiazo. No me di cuenta de que me había adormecido hasta que oí un crujir de botas y Donovan abrió la portezuela del conductor. Ambos desaparecieron en el remolque mientras esperaba. La verdad es que también había desplumado a Patty. La había descrito como inestable. la maquinaria parecía de juguete. Estaba preparada y predispuesta a aceptar gamberradas y faltas menores. Sólo estaba descansando los ojos —dije rápidamente. Por lo que recordaba de las alusiones de Guy. hecho estaba. pero aquello era muy feo. no quería pagar. No quería que Guy fuera culpable de un delito de aquella magnitud. Golpeó el estribo con las botas de lado para que se desprendiera la gravilla antes de deslizarse ante el volante. nunca volvieron a verse. feísimo. de todas formas. Donovan me dejó en la furgoneta mientras conferenciaba con un hombre que llevaba mono y casco. porque. buscando alguna lógica a lo que me había contado Donovan. El sol daba de lleno en la cabina de la furgoneta descubierta. —¿Por dónde iba? —preguntó. Oía el estampido hueco del metal. se abrochó el cinturón de seguridad y puso en marcha el motor. Alcé la barbilla y contemplé el paisaje campestre que se extendía más allá como un lienzo primitivo de brumosas montañas y matorrales verde oscuro. Paul Trasatti podría darle más detalles. —No se preocupe. Las cartas estaban valoradas en unos cincuenta mil dólares. —Y que lo diga. Me desperté sobresaltada. Me erguí y volví a ponerme el cinturón de seguridad. El polvo blanco nublaba el aire y los gruñidos del pesado equipo destripaban el silencio. Donovan había dejado las ventanillas bajadas para que no me cociera. Me desabroché el cinturón de seguridad y me recosté en el asiento con las rodillas apoy adas en el salpicadero. y a que el dinero de las cartas iba a ser para ella. Lo hecho. emocionalmente frágil. Por entonces papá no tenía ese dinero y. . —¿Qué fue de las cartas? ¿Las vendió Guy ? —Debió de hacerlo. incluso después del tiempo transcurrido. —Guy cambió unas cartas auténticas por otras falsas y desapareció. Dejé vagar los ojos por el lugar. botábamos por la carretera rumbo a la autopista. pero un robo con alevosía y dolo era difícil de pasar por alto. Decía que su padre se negó a reparar la fechoría. por lo que sé. Costaba creer que hubiera querido convencerme de su honradez cuando había llegado al extremo de desplumar a la madre de la muchacha. Al poco rato. —Siento haber tardado tanto —se disculpó. el agudo gemido del motor de una excavadora que maniobraba en un terreno tan y ermo como un paisaje lunar. Vista de lejos. este consideraba el haberse sincerado con Patty su único acto decente.

¿Por qué me iba a impresionar? —Guy era un embustero. Se sometió a un aborto « de tapadillo» . se supo que Patty estaba embarazada. No entró en detalles. era una borracha y llevaba varios años tomando pastillas. No quiere aceptar que era un mal bicho cuando le daba. No estaba presionándole para que me contara nada. —¿Y Patty ? —Eso sí que fue mala suerte. y que era más frecuente de lo que se cree. Tenía diecisiete años y no quería que nadie se enterase. —¿Qué fue de la señora? —Para empezar. Se siente protectora. —No. Se hizo sin medidas higiénicas…. La chica cogió una infección en la sangre y murió. —¿Fue este hombre quien confirmó la mala noticia a la señora Maddison? —Sí. ¿Por qué diría eso? —Esperaba impresionarla. Por algo detestábamos a Guy. pero no lo aireamos delante de otras personas. —Puede que fuera embustero entonces. —¿Qué? —Eso he dicho. En may o de aquel año. No quiere creer que Guy fuera capaz de una cosa así. a los cinco años y a había muerto. Es lógico —replicó. como solía decirse. No podía evitarlo. abortó y murió de septicemia. A muchas mujeres les gustaba. Lo comentamos entre nosotros. Estábamos hablando de naderías y me lo contó. y a sé que simpatizaba usted con él. Ya sé que piensa que somos una pandilla de gilipollas hostiles. —¿Por qué no se ha dicho nada hasta ahora? —¿En qué contexto? El tema nunca salió a la luz. —Pero cuando me lo dijo tampoco venía a cuento. ¿Cree que nos gusta sentirnos responsables? Medité aquello mientras miraba la carretera. Todo lo que hacía era por el estilo. Guy me contó que Patty estaba loca por él. —No me extraña. fue un médico sin escrúpulos de San Diego. pero ¿por qué iba a mentir sobre la chica al cabo de tantos años? Yo no la conocía. pero hemos tenido que vivir con esto y no ha sido fácil. Entre el alcohol y el tabaco. —La verdad es que me cuesta creerlo. Todos sabíamos lo que había pasado. No duró mucho. dos meses después de la partida de Guy. ¿Por qué iba a molestarse en mentir cuando no tenía nada que ganar? —Mire. Pensaba que no haberla seducido cuando tuvo ocasión fue el único gesto honrado de su vida. Padecía muchos problemas mentales y creo que le daba miedo que la rechazaran. lo que probablemente habrían hecho. no quiero —dije—. —¿Bromea? —Es la verdad —dijo—. Usted está apenada por él. . En cualquier caso.

Miente por puro placer. Te arrepientes de tus pecados y. no se podía resistir. El otro era un cretino. Seguramente fue eso lo que inspiró a Guy. Aprendía rápido. No se necesita mucho cerebro para saber que se ha dado con algo valioso. —¿Y usted es un experto? —interrogué. pero tú tenías buenas razones para hacer lo que hiciste. Es algo que todos hacemos. pero ¿quién tiene agallas para echarse un vistazo a sí mismo? Nos lavamos las manos. Créame. Todo es una patraña. —No es eso —dije. Era un mal bicho. Yo me he drogado. —¿Sabe usted algo de embusteros? —preguntó. Te crees grande. robaba coches y equipos estéreo para comprarse drogas. Había dedicado su vida a Dios. porque sabe hacerlo. Si podía contar una mentira. No tiene lógica que se inventara un cuento sobre Patty Maddison. sintiéndome ofendida—. —Está usted hablando del Guy Malek de los viejos tiempos. empezando a sentirme ofendida. pero en realidad te limitas a funcionar. pero no todas. —Lo conocía usted desde hacía menos de una semana y creía todo lo que le contaba. hombre. —Sabrá usted cuándo mienten algunas personas. Ninguna se parece a esta —dije—. aunque no tuviera ninguna finalidad. ni de lejos. —Le dirá lo mismo. aunque no ganara nada con ella. La falsificación supone un plan demasiado complicado para una persona que se pasa el día tomando drogas. en la memoria. Así era Guy. —Me está diciendo que era un embustero patológico —le atajé. fíjese en la naturaleza de sus fechorías. —Entiendo lo que dice. Desestimó la pregunta agitando la mano. Lo único que sé es que me cuesta mucho imaginarme a Guy haciendo eso. reacia a ceder. —Hablaré con Paul —repliqué. miente porque puede. comienzas a limpiar lo que no te gusta. De pequeño era un gamberro. Sospechaba que no estaba . Está en la naturaleza humana. un mentiroso consumado. tan malo como decía la gente. Estoy convencida de que sé identificar a un embustero. creo que sí. repitiendo su afirmación con un tono de incredulidad. Tienes un buen amigo cuy o padre trabaja con documentos raros. No podía evitarlo. —Desde luego. Más tarde. —Estoy diciendo que le gustaba mentir. —Pero. Donovan también estaba molesto conmigo. Había estado buscándose durante mucho tiempo. —Guy era inteligente. No del que y o conocí. por supuesto. ¿Qué pasa con ellos? —Un embustero. No tardas en convencerte de que no eras. —No me lo creo —dije—. —Estaría revisando y corrigiendo su propia historia. pero no encaja. porque le gusta engañar y salirse con la suy a.

si me afectase tanto como para matar. por ejemplo. Piense usted lo que quiera —dijo—. o la mejor amiga de Patty. no. —Ni y o a usted —dije con acritud—. —¿No quiere vengarlo? —¿Matando a alguien? Rotundamente no. —Eso es verdad —dijo. no por los Maddison. —Olvídelo. Pero ¿un primo o una sobrina? —Bueno. se quitó de en medio. Pero no tengo mucha relación con mis parientes. . —¿Qué hizo? ¿Se tiró por la ventana? —No sé cómo lo hizo. durante seis meses más o menos. finalmente. algo la empujó y cay ó al vacío. —¿Se suicidó? —¿Por qué no? Toda su familia había fallecido. Donovan se volvió y me miró con cara de sorpresa. volvió a la Costa Este. —Entonces cabe la posibilidad de que a Guy lo matara uno de los Maddison. Puede que se fuera a Connecticut. Imagine que pasara algo así en su familia. a Rhode Island u otro lugar de por allí. Durante un tiempo estuvo cuidando de ella. ¿está claro? —Desde luego. —¿Podría tener alguna relación con esto el nombre de Max o Maximilian Outhwaite? También podría ser Maxine. —Pero Guy estuvo todo ese tiempo en paradero desconocido. Se casó con no sé quién. ¿Qué fue de la hermana may or? Donovan hizo una mueca de fastidio. —¿Y cómo sabe que no queda nadie? Primos. Supongo que. Volví a guardar silencio. renunció a la idea de estudiar medicina. Luego. No lo decía en sentido literal. —Ha pasado algo así en mi familia.acostumbrado a que las mujeres discutieran con él. No tenía dinero y su madre se estaba hundiendo como una piedra. ¿Mataría usted a alguien porque perjudicó a un pariente suy o? Si se tratara de un hermano. —¿Me creerá o es una excusa para otra discusión? —Hemos discutido por Guy. o tíos. El periódico local publicó la noticia. Claire. Ya le he dicho que han muerto todos. Estamos hablando de algo ocurrido hace dieciocho años. No tenía a nadie. no esperaría mucho. Cuando murió la madre. hace aproximadamente un año. pero no funcionó. ¿Verdad que tendría sentido? —Está dando palos de ciego. quizá. No puedo asegurar el género. Habrá advertido que murió a los pocos días de reaparecer. Además. todos eran unos maniacos depresivos. la may or. Sucedió en alguna parte del este. —Vamos. Ya me doy cuenta de que no voy a convencerla de nada. La familia y a estaba un poco tocada. Eso dijeron al menos. Han matado a Guy —dijo.

Lo miré frunciendo el entrecejo. —¿Por qué lo pregunta? —¿Conoce el nombre? —Claro que sí. ¿Cómo se ha enterado? —« Max Outhwaite» fue quien envió las cartas al Dispatch y a Los Angeles Times. Maxwell Outhwaite es el nombre que puso Guy en las tarjetas de visita que preparó para engañar a la señora Maddison. Así fue como se enteró la prensa de que Guy había vuelto. . —¿Está seguro? —No se olvidan esas cosas —dijo—.

Nadie con ese nombre ha figurado en la guía telefónica ni en ninguna otra parte. O se nos escapa algo o ese nombre es ficticio. sí. Igual que a Max Outhwaite. Había olvidado lo agradable que era tener a alguien con quien consultar. Donovan habría podido mencionarlo. Todos los seres vivos dejan algún rastro. No se ha casado. pero Donovan lo da por supuesto. Lo de Max Outhwaite no tenía ningún sentido. —Maxwell Outhwaite fue el nombre utilizado por el falso tasador que robó unos documentos por valor de cincuenta mil dólares. Ahora respóndeme con sinceridad —dije—. Subir y bajar del puerto de montaña nos había llevado más de hora y media. —No te preocupes. no ha tenido propiedades inmuebles ni licencias para construir. Outhwaite es un mito. 19 Al volver a Construcciones Malek dejé a Donovan en el aparcamiento y recogí mi coche. Tengo noticias para ti. No estoy convencida de que fuera Guy. Me sentía nerviosa y confusa. Le puse al corriente de mi conversación con Donovan mientras nos dirigíamos a casa. Me acerqué a la acera y se deslizó en el asiento contiguo. ni juicios ni nada de nada. a mí —respondí—. Puede que Dietz hubiera encontrado algo sobre él. He comprobado los directorios municipales de los últimos veinticinco años y luego crucé la calle y miré en el registro civil. ¿qué saldría de aquí? Miré el reloj. —Siento llegar tarde —dije. Si tú hubieras sabido lo de los Maddison. Dietz estaba esperando delante de la biblioteca pública. . parpadeando al ver lo tarde que era. —Hay una conexión. Si metía a los Maddison en la batidora. pero no es lo que esperabas —dije. no se ha muerto. ¿se lo habrías contado a alguien? —¿Por ejemplo a ti? —Bueno. ni que el remitente fuera Outhwaite. El nombre vuelve de pronto a la superficie al cabo de los años… ¿por qué no se lo contó a nadie? —Puede que Katzenbach no le revelase la existencia de la carta. Le hablé de los Maddison y de la presunta responsabilidad de Guy en el hundimiento de la familia.

Y en el presente caso no había necesidad de tomarse tantas molestias. O buscaría un lugar donde las vendiesen y utilizaría cualquiera que hubiera allí. zas. pero no eran denunciables. —¿Y qué? Si y o quisiera escribir anónimos. las de la biblioteca no son precisamente recién salidas de fábrica. Las cartas tocaban las narices. Utilizaría una de las máquinas de alquiler de la biblioteca pública. Hay un par de defectos que podrían ay udarnos a identificarla. y el Ministerio de Hacienda. Pueden identificar la marca y el modelo de casi cualquier máquina. Los caracteres tienen un aspecto anticuado y muchas letras están sucias. sobre todo a los que envían cartas amenazadoras a los funcionarios públicos. tiene muestras de la escritura de casi todas las máquinas conocidas. —Seguro. —Olvídalo. La dirección general de Correos también las tiene. el detalle me crispa. Asegura que están todos muertos. Así es como identifican a estos chiflados. —Entiendo lo que dices. Es posible. Tal como va la cosa. Además. Seguramente la cinta es de tela y no de carbón. —¿Qué más te contó Donovan sobre los Maddison? —No mucho. —¿Ya te la imaginas en la mesa de alguien? —Quizás. Les das con un líquido limpiador y. Ojalá encontráramos la máquina. no está mal. Alguien escribió las dos cartas con la misma máquina. —Bueno. La única forma de jugar seguro es desmantelar la máquina. —Las letras sucias no sirven de mucho. pero ¿quién tira una máquina de escribir? Si te creías tan seguro como para utilizar tu propia máquina. no se me ocurriría hacerlo con mi IBM. pero ¿no crees que casi todas las personas que escriben anónimos están convencidas de que no van a descubrirlas? —Que estén convencidas no quiere decir que no se las descubra —dijo Dietz —. —Sí. Dietz sonrió. Aun así. Es posible —dije—. Estoy segura de que un experto en documentos encontraría otros. desaparecen. Es la mejor pista . no la tirarías a la basura después. —Pues ten los ojos bien abiertos. El FBI tiene un amplio archivo de anónimos. —Ya sé que lo dices para animarme —dije. pero creo que no deberíamos darlo por hecho. No es posible. Sería un buen tanto. Yo sólo vi lo que me llamó la atención. —Vale la pena averiguarlo —dijo Dietz—. —¿Qué quieres decir con que « no está mal» ? Yo creo que es fabuloso. —¿Por qué lo dices? Tiene que estar en alguna parte. Quiero decir que estamos hablando de un motivo para matar. Soy demasiado paranoico para eso. —Esta máquina no es nueva. —Consigue unas cuantas muestras y las compararemos.

formas oscuras y sólidas contra el cielo azul sólido. —Es bueno practicar. Los últimos ray os del sol vespertino habían empezado a desaparecer. Recuerda haber leído la noticia de su muerte en el periódico local. Así sé que no he perdido facultades —comentó—. —Es una sugerencia muy sexy. programas de entrevistas y oscuros acontecimientos deportivos. Es posible que conservara su nombre de soltera. —¿Lo harás? No puedo creer que te ofrezcas voluntario. —Donovan dijo que el padre murió alrededor del día de Acción de Gracias de 1967. con « d» doble. si conseguimos la cooperación de Katzenbach. —Será de lo primero que me ocupe. Y echarte una mano me resulta útil. Era evidente y no le hice caso. Por fin recuperé el aliento y el calor generado por la carrera se escabulló. así que debe de haber alguna gacetilla en el Dispatch. —Y por si fuera poco. mientras el oxígeno me inundaba por dentro. Mientras me dirigía a casa. —Soy un tipo sexy —dijo. tenemos a Outhwaite. Pensaba que detestabas hacer estas cosas. noté que los vientos de Santa Ana regresaban . Alargué las zancadas. tuvieron que venir de alguna parte. —No será muy difícil seguir la pista del apellido Maddison. Al final de la carrera. Los músculos se me licuaron y el sudor me corrió por la cara. todavía exhalaba un calor que olía fuertemente a algas y a sal marina. Donovan dijo que se fue a vivir a la Costa Este y se casó. Dejé a Dietz en la sala de estar con la pierna levantada y hielo en la rodilla. Hice algunos estiramientos y me levanté. pero eso es todo lo que sé. pasando de un canal a otro. Me dirigí a la puerta de la calle. alcanzando un ritmo que me sentaba divinamente. Si no eran de aquí.que tenemos… —La única pista —señaló. La rigidez y la fatiga dieron paso a la comodidad. que nos remite directamente a los Maddison. Tenía la mente en blanco y sentía los huesos como lavados con lejía. Del océano soplaba apenas una suave brisa. probablemente en may o o junio de 1968. caldeada durante todo el día. Incluso el ardor del pecho me sentaba divinamente. dando gracias por la oportunidad de estar un rato a solas. Me había saltado la sesión de las seis de la mañana y notaba y a los efectos. A Claire es posible que no la encuentres en ningún sitio. Cuando llegamos a casa. pero la play a. Le siguió Patty. viendo alternativamente la CNN. La madre murió cinco años después. me puse la sudadera para hacer la carrera de costumbre. Las hojas de las palmeras parecían de recortes de papel. me tiré en la hierba y me quedé allí jadeando. Podemos mirar en los archivos del Dispatch. Puede que guarden viejos recortes de los Maddison junto con sus notas necrológicas.

Mi cama no es muy grande. —En nada. Me imaginé a Dietz a los ochenta y siete años. A la hora de acostarnos. —La rodilla me está matando otra vez. pero sólo presté atención a medias. Dietz y y o fuimos a cenar al local de Rosie. Y había empezado a delegar responsabilidades. A primera hora del jueves. Dietz. Me pasaría toda la noche preocupada por la posibilidad de hacerte daño. Lo dejé abajo abriendo el sofá-cama y subí las escaleras. la pareja había adquirido una cómoda rutina. lo que le permitía estar con él más tiempo. —¿Que y o vivo el momento? —Que para ti es suficiente. sobre todo con esa rodilla tuy a. Desde la boda. El cariño que se profesaban era evidente y sus ocasionales enfados no parecían tener consecuencias. William se había olvidado de algunas de sus dolencias imaginarias y ella había reducido su autoritarismo. Dietz estuvo hablando de Alemania con William. Rosie parecía cederle poco a poco la dirección del establecimiento. en consecuencia. hablando con él por encima de la barandilla. ¿Qué haríamos? ¿Abrir una academia de investigadores privados? —¿En qué piensas? Tienes una expresión muy rara —preguntó. Me duché y me cambié de ropa. poniéndome unos vaqueros y una camiseta. —Estarás mejor abajo. William estaba otra vez trabajando detrás de la barra. afectados por la artritis y sin dientes. me preguntaba si nosotros dos llegaríamos alguna vez a un acuerdo. Dietz se montó en su coche y se dirigió a la redacción del Santa Teresa Dispatch mientras y o iba a casa de Paul Trasatti. tenía ahora mejores empleados. Dietz se ofreció a subir a la pata coja por la escalera de caracol. conmigo. —Deberías aprovecharte mientras puedes. Hopper Road . —Ultima oportunidad —dijo sonriéndome. En la jubilación. A sus ochenta y siete años era para él como una nueva profesión.bajando por la ladera de los montes. pero William la había convencido de que pagara sueldos decentes y. que en comparación sería una criatura de setenta y dos. —Esa es la diferencia básica entre nosotros. Ella seguía manteniendo un férreo control de las operaciones diarias. —Preferiría comerme la pistola. Me detuve para mirarlo. alejados de las tensiones del trabajo detectivesco. —No estoy segura de que sea inteligente acostumbrarme a ti. así que lo único bueno que puedo ofrecerte es compañía —dijo.

se encontraba a mitad de tray ecto entre la finca de los Malek y el club de campo. Era alto y delgado. excepto una carta del Marqués de Sade por la que se pedían dos mil dólares. con la ebanistería cuidada y los postigos pintados de blanco. En la repisa de la chimenea había un reloj con un segundero que giraba con latidos audibles. de las que vemos dibujadas en el dorso de las barajas. la densa hierba bordeada de hiedra oscura. La casa era de una planta. ligeramente hundido. y había flores rosas y rojas plantadas a lo largo de la parte delantera. Trasatti apareció en la puerta con la servilleta en la mano. Pase. Frunció el entrecejo al verme y miró su reloj sorprendido. —Según mi reloj. —Dijo a las nueve. con pequeños macizos de flores a lo largo del camino de ladrillo que conducía a la puerta. Dos jarrones de esmalte cloisonné estaban llenos de flores artificiales rosas y azules de no sé qué género. son las ocho. piedra gris con un tejado cubierto de paja que se curvaba como las olas del mar donde se alzaban las buhardillas. El pasaje que se reproducía estaba en francés y parecía muy impertinente. de estilo rural inglés. Me ha cogido desay unando. con perfiles frutales tallados en los bordes. En respuesta al timbrazo. había llamado la noche anterior. y una colección de catálogos de Sotheby ’s limpiamente amontonados en una de ellas. La sala de estar era pequeña y estaba muy bien amueblada. para asegurarme de que Trasatti estuviera en casa. Las ventanas eran de pequeños cristales emplomados. Volveré en un segundo. pero no vi nada interesante. El jardín estaba rodeado por una valla de estacas blancas. Los muebles tenían un ligero aire Victoriano. Tenía el pecho estrecho. Hojeé uno de los catálogos de Sotheby ’s. gracias. Llevaba camisa blanca de vestir y pantalones de tubo. parecía más el despacho de un médico que un lugar para tirarse con los pies en alto. Creo que mis gemidos quedaron ahogados por los rugidos que producía el cortacésped de un vecino. Mierda. Había tres mesas de madera oscura con la superficie de un mármol veteado de rosa. Tome asiento. El barrio era pequeño y la calle estaba flanqueada por olmos y manchada de sombras. y se ensanchaba al llegar a la cintura. La moqueta era un lecho de lana azul claro con un friso de dragones chinos y crisantemos. Tómese su tiempo —dije. Las sillas eran pequeñas y recargadas. Como es lógico. El pequeño jardín estaba inmaculado. ¿Le apetece un café? —No. —Son las nueve. Al llegar al porche. aunque para mi ojo inexperto no parecían auténticos. gafas de culo de vaso y barbilla pronunciada. olí a huevos con beicon y a jarabe de arce. Dos estrechas chimeneas de piedra encorsetaban la casa como un par de sujetalibros. —Se lo acercó al oído—. . Los pájaros piaban en el joven roble que crecía en un rincón de la propiedad. Tenía la nariz larga. calvo como una bombilla.

El aire olía a rancio y al moho de los libros. lo que reducía mucho la luz que entraba del exterior. —¿Qué le ha pasado a la cola? —Es un gato de la isla de Man. Es mi idea de las cosas. fechada en agosto de 1710. a cola. estaban abarrotadas. T. No tenía razones para pensar que Trasatti estuviera complicado en la historia. —Estaba admirando el gato —dije con indiferencia. Coleridge. —Dígame ahora qué puedo hacer por usted. el maletín y el montón de periódicos y me senté. apartando un montón de libros encuadernados. Jacob Broom (quienquiera que fuese). a papeles viejos y a bichos del polvo. Franz Liszt. Laurence Sterne. —Parece todo un carácter —dije. Juan José Flores (ídem de ídem). Y venga hablar de jolies fleurs y de respecteusements. —¿No tiene secretaria? —pregunté. salpicada de tinta marrón y tachaduras. y una especie de recibo o pagaré en blanco firmado por George Washington. —El negocio no es tan grande para necesitar ay udantes. William Henry Harrison. señalando la única silla de la habitación. algunas delante de las ventanas.También había una pequeña postal de Erik Satie a la señora de Ravel. La criatura tenía un muñón en lugar de rabo y parecía buscar un sitio para mear. —Puse en el suelo los libros. utilizo el Mac que tengo arriba. ¿Quién habría tenido estómago para salvar todos aquellos desperdicios? ¿Es que y a por entonces había gente que adivinaba el futuro y se ponía a rebuscar en los cubos de la basura? Al otro lado del pasillo vi lo que seguramente había sido un comedor transformado luego en oficina. Recorrí el perímetro de la estancia y vi multitud de cartas y autógrafos enmarcados. póngase cómoda —dijo. —Gracias. Cuando tengo que hacer algo. Todas las superficies. las mesas y las sillas. Un gatazo de color pardo se paseaba elegantemente por una mesa llena de libros. pero me habría gustado poner en su sitio una pieza del rompecabezas. Es Lady Chatterley. con « los bordes decorados y un bajorrelieve en la cabecera con dos manos enlazadas delante de una rosa. Trasatti no pareció apreciar el cumplido. y con un aire sucio y arrugado. todo en color…» . Yo me expreso así con alguna frecuencia. En realidad. Había estanterías en todas las paredes. —¿Haciéndose a la casa? —dijo una voz detrás de mí. Había una larga e incomprensible carta con la firma de S. A la gente con animales le gusta oír cosas así. Me sobresalté y casi di un respingo. —Disculpe si la he asustado. no puedo añadir . comprendidos los suelos. Adelante. Me indicó por señas que entrara en el despacho y se sentó ante la mesa. No había ninguna máquina de escribir. Había otra carta escrita con letra irregular.

Ni siquiera parpadeó. Pareció recibir la pregunta sin dificultad. Siempre . Espolvoreé el prólogo con un surtido de expresiones tranquilizadoras (« estrictamente confidencial» . Colocó recta la torre de libros que tenía delante. como si le estuviera pasando a otra persona. Estaba fuera. Era extraña. Tenía que mirar así. pero y o olí a carne chamuscada. Se mordía las uñas sin cesar y le gustaba pincharse con cosas. pero no era lo que se dice un hombre rico. Me preguntaba qué podría contarme usted sobre los Maddison….nada a lo que y a le conté sobre Jack. de modo que todos los bordes estuvieran alineados y que los lomos coincidieran. —Se trata de otra cosa —dije mientras el gato de siete kilos saltaba sobre mi regazo y se apoltronaba entre mis rodillas. —Trasatti se puso las manos en las rodillas para no tocar los objetos del escritorio. en la universidad. —¿Pincharse? ¿Con qué? —Agujas. Nunca tuvieron tanto dinero como nosotros…. Morena. cuando la familia se mudó a Santa Teresa y Patty empezó a salir con Guy. Le bajé el lomo con la mano. tenía muchas fobias y amaneramientos nerviosos. con las tetas grandes. —Era muy guapa. Con el pelo por aquí —dijo—. y no es que fuéramos ricos —añadió—. No tengo ni idea de lo que Guy pensaba de ella. en realidad no. con indiferencia. lápices. « sólo entre nosotros» . Era may or que nosotros. —¿Qué quiere saber? —Lo que quiera contarme —respondí. —¿Qué pasa con ellos? —Me preguntaba por dónde andaban entonces. —Hábleme de Patty. A Bader Malek le iba bien en aquella época. Patty y su hermana Claire. imperdibles. —¿Y los otros? Donovan y Bennet. —Donovan estaba trabajando con su padre. Habían estado viviendo en Colgate y compraron una casa más cerca. por lo que recuerdo. La vi quemarse una vez. Desgarbada. —¿Iba Guy en serio con ella? —Volví a bajar el lomo de la gata y empezó a clavarme las garras en los tejanos a la altura de las rodillas. Lady Chatterley olía igual que unos calcetines usados durante dos semanas. De cerca. —¿Eran nuevos en la ciudad? —Bueno. —Se puso la mano a la altura de los ojos para dibujar un flequillo—. y otras oportunas garantías de confianza) antes de ir al grano—. —No conocí a la hermana. entre el pelo. Rasqué la pequeña mancha que tenía al comienzo de la cola y la gata irguió las posaderas hasta ponerme el pimpollo delante de la cara. —Ella iba en serio con él. Se puso un cigarrillo encendido en la mano….

Noté que sacaba las uñas y las retraía. pero la gata parecía contenta y seguramente pensaba en los ratones—. Si estaba loca y drogada. Lo llamábamos amor libre. Lo he olvidado. ¿Y Bennet? ¿Dónde estaba? —Aquí. Estamos hablando de 1968. sacudiendo la cabeza. Todos fumábamos droga. Él. ¿Hubo alguna prueba? ¿Se hizo alguna prueba sanguínea para determinar la paternidad? —Lo dudo. Saqué las uñas de la gata de mi rodilla y le inmovilicé la garra derecha con la mano. tal vez hacienda pública. —¿Qué carrera? —Yo. —¿Se sorprendió usted al saber que Patty estaba embarazada? Trasatti lanzó un bufido. así que seguro que no me equivoco. económicas o empresariales. Siempre estábamos salidos y hambrientos. ¿Qué sacaba la chica diciendo que era mío? Los Malek tenían clase. —Patty se acostaba con todos. Ella podía estar loca. —Donovan me habló ay er de Patty. Pasó de una especialidad a otra. —Muy simpático. historia del arte. Por Navidad y Semana Santa. Estoy seguro de que no. —¿Qué tiene esto que ver con Jack? Creía que trabajaba usted para ponerlo en libertad. claro. Donovan no me dijo que fuera una chica promiscua. —Yo no tenía dinero. Es como el viejo chiste… —Conozco el viejo chiste —repliqué—. —¿Cómo sabe que no se acusó a Guy por conveniencia? Por entonces y a se había ido. aunque estaba mal de la azotea. En aquella época se jodía mucho. —Pudo haber mentido. aprovecharse de una menor —dije—. Su cara se había vuelto inexpresiva. —A mí no me lo parece. Salvo Patty. Creo que la historia puede estar . La mitad de las chicas con las que salíamos estaban hechas unas guarras. Dada su licenciosa conducta. pudo habérselo inventado. —No era la única. —Vay a —murmuré—. Él y y o estábamos terminando la carrera en la universidad de aquí. en la ciudad.estaba trabajando con su padre. pero no era idiota. Jack por entonces estudiaba fuera y sólo volvía a casa para las fiestas. que era preciosa. —Es lo que estoy haciendo. ¿cómo se supo que el niño era de Guy ? —Porque ella dijo que lo era. —Y para asistir al entierro de su madre —dije. ¿Qué mejor culpable que un tarambana crónico como él? Trasatti cogió un lápiz y lo volvió a dejar. Estaba desesperada por conseguir atención y la complacíamos con mucho gusto. ¿Cómo sabe que el niño no era de usted? Trasatti se removió con incomodidad. Éramos hippies de provincias o al menos lo intentábamos.

—¿Por qué está tan seguro? Paul Trasatti guardó silencio. —Entonces es una suposición. Creo que la historia de Patty Maddison está vinculada con esto. ¿Cuál es la relación? —No lo sé. —Le recomiendo que pruebe en otro sitio. Lo que digo es que Guy Malek no fue. —¿En serio? —dije tratando de no parecer interesada—. —¿Cómo lo hizo? —Contraté a una genealogista. —No entiendo adónde quiere ir a parar con todo esto. —¿Cuándo? —Hace unos diez años. —¿Le vio usted hacerlo? —No. —Sí. Por eso se lo pregunto —dije—. sí. ¿Vio alguna vez las cartas? —¿Por qué iba a hacerlo? —Su padre las tasó cuando se descubrieron las falsificaciones. —Vamos. Su muerte. legados a otros miembros de la familia. Sabía que me sonaba. Pensé que a lo mejor le había enseñado las copias. Es el nombre que al parecer puso Guy en sus tarjetas de visita falsas. En ningún momento he dicho que hiciera usted nada. —Traté de buscarlas una vez. Se puso a ordenar una hilera de sujetapapeles en el lateral de una cajita imantada que había en la mesa.relacionada con los hechos actuales y la estoy investigando. Todos tenían que estar a la misma distancia de los demás por arriba y por abajo. Ahora lo recuerdo. ¿Vio usted las cartas que Guy supuestamente falsificó? —¿Por qué lo dice de ese modo? Es lo que hizo. sí. Quedará entre nosotros —dije. Me limito a echar sondas. Trasatti. Que lo hizo otra persona y echó la culpa a Guy. Le dije que buscaba a unos parientes con los . —Porque si lo está haciendo. Pensé que podía haber más documentos raros. las cartas falsificadas. ¿Me está acusando de algo? —En absoluto —dije. La familia está muerta. se ha salido usted de madre. si lo estaba educando para seguir sus pasos… —¿Quién le ha dicho eso? —Le cedió a usted la dirección del negocio. claro que no. ¿Y « Max Outhwaite» ? ¿Cómo encaja en esto? —¿Outhwaite? —Vamos. ¿no? Trasatti me sonrió parpadeando. Ya sabe. —No ha sido una acusación. Seguro. ¿Por qué? —Sentí curiosidad.

pero en el extremo que nos interesaba. Mi . al menos y o no los vi. El inventario detallaba seis documentos: una enmarcada Cédula de Miembro de la Sociedad de Boston y una carta personal. Ahora valdrían más. pudo haberlos robado. No quedaba nadie. valorada en nueve mil. ambas firmadas por George Washington y valoradas en once mil quinientos y nueve mil quinientos dólares respectivamente.que se había perdido el contacto hacía mucho tiempo. Algunos los consiguió en una subasta y el resto ¿quién sabe? Por lo que sé. los primos…? —Ambos progenitores eran hijos únicos de hijos únicos. Era un coleccionista aficionado. en estanterías. fechado en diciembre de 1847 y valorado en seis mil quinientos dólares. ¿Quiere verlo? —Me gustaría. Sacó una ficha. Tardó meses. Encima de ellos. diez páginas de un manuscrito original de Arthur Conan Doy le. le echó un vistazo y volvió a cerrar el cajón. Rastreó la pista del apellido hasta Inglaterra. un documento de la guerra firmado por John Hancock y valorado en cinco mil quinientos dólares. Parecía saber exactamente dónde tenía que buscar y me pregunté si lo habría buscado recientemente. un escrito judicial firmado por Abraham Lincoln. dándome la ficha al pasar junto a mi silla. valoradas en siete mil quinientos dólares. —¿Sabe lo que eran? —Tengo el inventario. La gata se me había dormido encima y era como un saco de siete kilos de arena caliente. Entreví una caja fuerte empotrada y cuatro archivadores grises de metal. no había herederos masculinos y la línea se acababa. —Es impresionante —dije—. Y los precios que está viendo son de hace veinte años. —Lo son. pero estos parecen fabulosos. Trasatti se levantó y se dirigió a un cuarto ropero. —¿Cómo se las arregló el padre de Patty Maddison para poner las manos sobre semejantes documentos? —Nadie tiene ni idea. Mi padre era muy minucioso con sus archivos. había una serie de ficheros antiguos de tarjetas. la rama de California. No se han puesto a la venta en todos los años que llevo en el negocio. —¿Y los originales? —Nadie volvió a verlos. Bueno. Dejó la puerta del armario entornada y volvió a su sitio. —Un día de estos lo meteré todo en el ordenador. No entiendo un rábano de documentos raros. —¿Y los tíos. y una carta firmada por John Adams. —¿Qué pasó con las copias de las cartas? —Las falsificaciones fueron destruidas. La buena señora investigó el asunto.

No va a ninguna parte. —Ya le he dicho que estaba en la universidad. Su padre era tasador. En aquel momento. Vi que miraba su reloj. —No me obligará usted a que hable de lo que no sé. —Supongamos que fue Jack el que dejó embarazada a Patty. pero me indicó que continuara. Hasta que Guy volvió a casa. Pasé por alto su comentario. —La verdad es que me gustaría dejar esto zanjado de una vez. Hacía muchas cosas raras. —¿Por qué iba a hacerlo? —¿Cómo voy a saberlo? Para presumir. Es pura especulación. Estaba loca. He oído decir que Jack era el más calentón. —Vino al entierro de su madre y durante las vacaciones de primavera. —Lo que dice me parece ofensivo. Trasatti no hizo ningún comentario. —Todo se había enfriado. Ustedes dos eran amigos. aunque lo que decía era cierto. Trasatti mantenía el semblante inexpresivo. Sería en marzo. Trasatti se removió con inquietud. sin darme ninguna clase de ánimos. con la diferencia que a mí no me salía tan bien como a él. Estaba destrozado porque Guy se había ido sin él. ella debía de necesitar tanto consuelo como él. Tengo trabajo. Según Guy. Pudo haberlo ideado todo usted y enseñar a Jack cómo se hacía. —¿Tiene algún compromiso? —pregunté. así que quizá recurriera a Patty para consolarse. —Cinco minutos y me iré. el señor Maddison. no le dejó examinarlos. con los dedos entrelazados sobre la mesa. Ni siquiera estaba aquí —dijo Trasatti. sintiéndome como Perry Masón en un enfrentamiento tribunalicio. —¿Qué importancia podía tener y a su regreso? . ¿verdad? Trasatti me miró fijamente.padre había oído hablar de ellos. ¿no? —La verdad es que no lo recuerdo. Nada de todo esto salió a la luz hasta que Guy se marchó. —Su viuda debía de ser idiota para entregarlos de la manera que lo hizo. —Jack pudo haber falsificado las cartas. jodía con todo lo que tenía piernas. —Permítame exponerle una pequeña teoría. pero Francis. —Por lo que sé. —¿Cómo se enteró Guy de la existencia de las cartas? —Probablemente se lo diría Patty. Jack se sintió traicionado. Guy y a se había ido por entonces. No tuve más remedio que continuar.

Jack sería el único que terminaría con la soga al cuello. —Vay a. No había nada en juego. —Adelante. Dijo que había venido para ay udarle. ¿Quiere que descuelgue el teléfono y llame a Lonnie Kingman? Le encantará saber su actitud. es quien paga sus honorarios. pero usted no hace más que echarle fango encima. allá él. Aunque su suposición fuera acertada. —No la sigo. y a no hay delito. Las responsabilidades penales han prescrito y a. —¿Sabe una cosa? Le diré la verdad. —Puede que el motivo de la muerte de Guy no fuera el dinero —dije—. —En los viejos tiempos. Si es culpable. No es asunto mío. muy bonito. Me importa una mierda el fango que le caiga encima. Guy cargaba con las culpas de los pecados de todos. Lonnie puede despedirme si no le gusta lo que estoy haciendo. El robo se produjo hace dieciocho años. Que y o sepa. —¿De qué? No lo entiendo. y a Jack también. . Según la ley. Puede que Jack estuviera tratando de protegerse. así que tiene lógica que todo el mundo se sintiera a salvo hasta que reapareció.

A la derecha había una puerta grande de persiana metálica por la que se veía un solar lleno de hierbajos. cada uno conseguiría más de un millón. Según los rumores. un autoservicio. Es mejor que vay as a encontrarte con Bennet. al igual que el tendido eléctrico. que tuvo la gentileza de echarse a reír cuando le conté la conversación que había sostenido con Paul Trasatti. En el barrio había un almacén de neumáticos. Si la parte de Guy se dividía entre sus hermanos. Por lo que he oído. Al fondo se había habilitado un despacho: una mesa. un videoclub y unos billares donde las peleas estallaban sin necesidad de más provocación que el exceso de cerveza. pero el interior se había transformado. —Vay a. Los tubos de la calefacción y las vigas de acero estaban a la vista. Ese tipo es un capullo. Iba a costar mucho dinero completar la obra y poner el negocio en marcha. No se . Menudo soplapollas. archivadores y equipo de oficina en un cubículo de paredes desnudas. Me dio la dirección del restaurante de Bennet. reflejándose en las botellas rotas y recalentando una variada exposición de cacas de perro. El espacio era cavernoso y sombrío. El sol pegaba allí con fuerza. el lugar había sido antaño un comercio que formaba parte de una cadena que se había declarado en bancarrota. 20 Me detuve en una cabina y llamé a Lonnie. la gente se está empezando a poner nerviosa. eso es interesante. Por lo visto. —Olvídalo. está hablando con un abogado por si el ceñudo ojo de la ley se fija en él. Acaba de llamarme lloriqueando y quejándose de hostigamiento. —Sí. —¿Por qué está tan preocupado por Jack? —Olvida a Jack por el momento. Yo me ocuparé de él. Aún se veía en la fachada el viejo rótulo. No era de extrañar que Bennet estuviera tan deseoso de poner las manos en el segundo testamento. No había ningún aparcamiento cerca y era difícil imaginar de qué viviría el restaurante. el suelo de hormigón desnudo y los techos altos. estaba en el centro. y o no he podido. La pared trasera era maciza y a través de una estrecha puerta vi una taza de retrete. cantidad a la que daría un uso inmediato. en una travesía de State Street. todavía no tiene coartada. una pila pequeña y un botiquín encima. Es una buena señal —dijo.

Habría podido registrar los cajones. lo cual. Cogí uno. Aún podía ser la máquina utilizada para las notas. Escribí el nombre « Max Outhwaite» . pero la buena educación me lo impedía. Sonó el teléfono. Seguía sin haber moros en la costa. Todavía no había visto el anónimo que Guy había recibido la víspera de su muerte. a plena vista. Una incorpórea voz masculina me dijo que el mensaje había sido borrado. Llámame en cuanto puedas. con redondas teclas amarillentas que seguramente había que pulsar con fuerza. En la cinta de papel de la calculadora había una larga serie de números sin suma final. Estiré la mano y pulsé la tecla de borrar. —Bennet. no quería decir mucho. Era una vieja Underwood negra. La miré por encima y a continuación me fijé en los detalles. Sentí la tentación de contestar. pero el edificio estaba abierto por los cuatro costados y estaba convencida de que Bennet o algún obrero asomarían la cabeza en cualquier momento. Trasatti estaba muy ocupado llamando a todo el mundo. Saqué el papel y lo doblé. Mi ángel malo revoloteaba a mi izquierda. El mensaje que dejaron también lo fue. Mierda. Lo miré por un breve instante y erguí la cabeza por si oía pasos que se acercaran. Mi ángel malo me dio un golpe en el hombro y apuntó con el dedo. Soy Paul. que parecía más firme. Luego aquel viejo refrán: « Donde menos se espera salta la liebre» . Me dirigí a la puerta principal y eché a correr al llegar a la calle. Además. La cinta estaba tan gastada que por el centro parecía papel de fumar. Eché un vistazo a la puerta de persiana metálica y al vacío espacio del restaurante. me puse en pie y me lo guardé en el bolsillo de los vaqueros. y a que se puso en marcha el contestador automático. La luz del mensaje se quedó parpadeando. había salido un poco escarmentada del reciente encontronazo con Paul Trasatti. Fue él quien me señaló el paquete abierto de folios que había allí mismo. Cuando estuviera en mi despacho. Nada. El saludo de Bennet era breve y expeditivo. Una Harley -Davidson entró rugiendo en mi campo visual. No quería que Lonnie recibiera dos quejas el mismo día. El teléfono volvió a sonar. Escribí « Estimada señorita Milhone» . Las vocales no parecían manchadas. miraría con lupa si la « a» y la « i» tenían defectos. Miré de cerca. con la cadera apoy ada en la mesa. pero no hizo falta. lo puse en la máquina y me senté en la bamboleante silla. como había señalado Dietz. aunque cabía la posibilidad de que Betsy Bower se ablandara y me pasara una copia clandestinamente. El aparato se detuvo. Mientras esperaba. Había una máquina de escribir en una mesilla con ruedas.veía un alma. Todos los objetos del despacho tenían aspecto de haber sido prestados o comprados en tiendas de segunda mano. La silla estaba desvencijada y supuse que hablaría por teléfono de pie. me dirigí al despacho y me senté ante la mesa de Bennet. Escribí mi nombre. Puede que Bennet hubiera limpiado los tipos. Bennet .

llevaba una cazadora de cuero negro. Lo que nos interesa es el mercado de los solteros. Parecía el cráter que deja una bomba. . Apagó el motor y desplegó el caballete de apoy o. Nosotros la ponemos en onda y usted se libera. Bennet acercó la moto de Jack a la acera. —¿Otra vez trabajando? —Siempre estoy trabajando —dije. —¿Qué tal va la obra? Tiene buen aspecto —dije. El hombre tenía respuesta para todo. También tendremos ensaladas y hamburguesas a un precio más que razonable. Atraeremos a las multitudes incluso de San Luis Obispo. —Ya le daré invitaciones para la gran inauguración.volvía precisamente cuando y a creía haberme escapado. —¿Quiere hablar conmigo? —La cazadora le crujía al andar. ¿no? —dije. —La construcción es lenta. —Ya —dije—. Don Listo. Quizá jazz dos noches por semana. Esta ciudad no tiene ningún lugar que funcione por la noche. —Muy alborotado. sin duda para protegerse si caía de la moto y resbalaba en el suelo. superguay » . —Estupendo —dije. La sonrisa que le dediqué fue de lo más desangelado. Yo sólo escuchaba a medias. —Espero que el asunto de Jack se hay a resuelto y a por entonces. Se quitó el casco y se lo puso bajo el brazo. Fui tras él. Pondremos música de baile los fines de semana y creo que llenaremos un hueco en el sector. Olvidar las inhibiciones. « ay. Vamos a pavimentar el solar de al lado. Lo que menos deseo en esta vida es un tipo animándome a « liberarme» y a « sentir experiencias» . Llegamos al despacho y le vi echar un vistazo al contestador automático. la verdad es que no. Vi que tenía los rizos aplastados por el sudor. ¿Hay problemas con el aparcamiento? —En absoluto —dijo—. sentir experiencias —dijo. Nuestros pasos resonaron al recorrer el suelo de hormigón. pensé. Reduje la velocidad como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Chascó los dedos y dobló las rodillas de un modo que quería ser. A pesar del calor. ¿Le gusta bailar? —No. —No se preocupe. preocupada por mantener la conversación a flote—. Un jefe de cocina de Nueva Orleáns y todos los grupos locales de moda. si tenemos suerte. —¿Qué clase de restaurante será? —Caribeño y acadia. Hay sitio para treinta coches ahí y para otros diez en la calle. pero le estaba haciendo la pelota. Entró en el restaurante. —¿Como un bar de ligue? —Con clase —dijo—. ¿Cuándo ha pensado inaugurarlo? —En abril. En estos momentos lo estamos negociando. Hay mucho trabajo que hacer. a menos de tres metros de distancia.

era un testamento de su puño y letra. —¿La noche del asesinato? Estuve recorriendo los clubes de Los Angeles. escuchar a algunos grupos de Los Angeles. pero no sorprendida. La carta estaba totalmente escrita a mano y. Un ligero cambio en su expresión me sugirió que lo había pillado. Quiero saber lo que funciona y lo que no funciona. Saqué del bolso la carta de Guy y volví a leerla. Lonnie quiere que le pregunte dónde estaba usted. ¿Quiere venir a la parte de atrás? Tengo unas cervezas en una nevera portátil. Me sentí decepcionada. Encendí la lámpara de mesa y saqué la lupa. —¿Adónde va ahora? —A la oficina. las cartas mecanografiadas y el papel en que había escrito con la máquina de Bennet. Buscaré a ver qué encuentro. en la posdata. Los caracteres eran diferentes. alcancé la carpeta de los recortes y la puse en la mesa. Aparte de su invitación a Disney landia. —¿Fue en coche a Los Angeles y volvió? —Lo hago a menudo. Dejé la bolsa de los bocadillos encima del archivador. ¿Le apetece? —Gracias. Guardé los refrescos en el pequeño frigorífico que tengo en el despacho y tiré el bolso al suelo. Es más fácil así. en esencia. me di cuenta de que estaba mirando lo que. Tengo una reunión —dije. La policía dice que se ha encontrado una huella ensangrentada de su zapatilla en la habitación de Guy. ¿Cómo va hasta ahora? —No puede aclarar cómo empleó el tiempo. Me senté en la silla giratoria y reuní las fichas. No quiero aburrirle con los detalles. cosa que no le beneficia — contesté—. Noventa minutos ir y noventa volver — dijo—. adoptando la seriedad que convenía al caso—. Ya sabe. Por el camino me detuve en un autoservicio de comestibles y compré refrescos y bocadillos. —¿Tenía algún compromiso? —Exclusivamente de negocios. Parte de aquella noche la pasé viajando. —Alguno tendré por ahí. Es un poco temprano. al lado de la silla. especificaba lo que quería que se hiciera con su parte de la herencia . Los pagos los hice may oritariamente en efectivo. Es un paseo. En ausencia de respuestas concretas. que habría aceptado sin vacilar. siempre ay uda parecer organizada. —¿A qué hora volvió usted? —Alrededor de las tres —dijo—. hacer un muestreo entre la oferta. alineándolo todo con cierto orden. —Supongo que lo podrá usted confirmar con los resguardos de la tarjeta de crédito. —Por supuesto —dijo suavemente. Dietz había dicho que se reuniría conmigo en cuanto acabara la búsqueda.

un sucedáneo. Si hubiera vivido. Y una vez al año habríamos ido a Disney landia a ponernos cursis. callejones sin salida. el número de una cuenta corriente. un excóny uge resentido. pero comparten algunos rasgos. no sé si habríamos tenido una relación intensa. pero. por ejemplo la concienzuda acumulación de información y la paciencia que se requiere. ¿Sería cierto aquello? Miré de cerca con la lupa y observé las letras. Volví a las fichas y empecé a tomar notas. El combinado Kinsey Millhone y un renacido no eran de los que llegan a ninguna parte.paterna. una nota garabateada en la esquina de un documento. Se habría necesitado un experto para demostrarlo. un objeto pasado por alto en el escenario de un crimen. rastros que no conducen a ninguna parte o que se desvanecen en el aire. He aquí lo que aceptamos: algo equivalente. No conozco los requisitos técnicos que validan un testamento autógrafo. En el brevísimo intervalo que se produjo entre marcar el número y esperar el primer timbrazo me devané los sesos buscando una razón para la llamada que estaba haciendo. contradicciones. Supuse que había hablado con Paul Trasatti. pero no me atreví a preguntárselo. fuera cual fuese su contenido. Todas las investigaciones tienen su propio carácter. Me levanté y salí del despacho. el roce de sus patillas cuando me rozó la cara con los labios. pero sus rasgos y a se habían borrado de mi memoria. Posé los ojos en el escritorio y vi la etiqueta de la carpeta de recortes. Yo sabía que Guy había recibido una carta desagradable el lunes por la tarde y. Me acerqué el teléfono y llamé a los Malek. pero y a lo haría Peter Antle cuando lo viese. llevándome la carta al cuarto de la fotocopiadora. Noticias del Dispatch» . debía de haberle alarmado lo suficiente para que quisiera concretar sus deseos. Quedaban su dulzura. junto con los otros. que me saludó con frialdad cuando me identifiqué. cabezonería administrativa. —Buscaba a Bennet —dije—. Metí la copia en el bolsillo exterior del bolso. He aquí lo que nos gustaría: un comentario casual sobre una persona desaparecida en boca del primer vecino al que preguntamos. Estaba pulcramente mecanografiada: « Guy Malek. Mierda. pero estaría en otra parte. pero y o habría dicho que aquellas letras se habían escrito con la misma máquina. miradas inexpresivas de los testigos hostiles. La caligrafía tendría que darse por buena. Las dos cartas de Outhwaite estaban a la altura de la etiqueta. motivo por el que advertí que la « a» y la « i» minúsculas eran defectuosas en los tres casos. ¿Está en casa por casualidad? Pasé por el restaurante. He aquí lo que queremos: justicia. Quise recordar a Guy. Hice una copia y guardé el original bajo llave. He aquí lo que esperamos: pistas falsas. . He aquí lo que sabemos: que lo hemos hecho antes y tenemos la constancia y la determinación de repetir. el sonido de su « Oy e» . aquel los reunía todos. mierda. Respondió Christie. para mí. mierda. Pero habríamos podido ser amigos. mentiras. en el cajón inferior del escritorio.

—¿Paul medicándose? ¿Quién te ha dicho eso? Nunca había oído cosa igual —dijo. En fin. —¿Es de eso de lo que querías hablar con Bennet? —No. La actitud de Christie había cambiado y volvía a ser cordial. —Luego fue y llamó a Lonnie. Pensaba que lo sabías. Ya habló con la policía y todos estuvieron conformes. Qué tipo más raro. No sé escribir a máquina. Mi madre me previno en contra. o su secretaria. —Llegará enseguida. no es nada grave. —Claro. —Tuvo que ser hace tiempo. ¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Recuerdas la carpeta que me prestaste? —¿La de los recortes? —Exacto. ¿Quieres que te llame? —No estoy segura de que pueda localizarme. claro. pero así no favorece a nadie. —Lo dijo con la voz que ponía para despedirse. —Estoy segura de hablará contigo con mucho gusto. Bader pensaba que escribir a máquina era relajante. Creo que dijo que comería en casa. No quería traicionar una confidencia. disculpa. Seguramente la escribió Bader. —Le daré tu recado. ¿Todavía se medica? Casi oí el avivamiento de su atención. Estoy segura de que lo hace con la mejor intención. Olvida lo que he dicho. Tenía que idear algo para continuar con la conversación. No recuerdo haber visto ninguna máquina de escribir en su despacho cuando estuve allí. ¿Quieres que le deje una nota? —Perfecto. Es que está muy paranoico por lo de Jack. Dejé pasar un ángel. Te lo agradecería. —Pero ¿por qué lo dices? ¿Hay algún problema? —Bueno. es otra cosa. —Eeeeh. No importa. Incluso se puso a acusarme de socavar la credibilidad de Jack y nada podría estar más lejos de la verdad. —¿Qué fue de la máquina de escribir? —Creo que se la dio a Bennet. Y pienso que a lo mejor le da otro ataque telefónico y se pone a marear a todos sus conocidos con sus extravagancias. Lo llamaré más tarde. ¿La mecanografiaste tú? —No. No quería alertarla de la importancia de aquella . Estoy en la oficina. Cerré los ojos y contuve la respiración. Demuestra lo mucho que sabía. Lonnie y y o nos estamos rompiendo el culo por él. —He hablado con Paul esta mañana. Me intriga la etiqueta. —Se compró un ordenador personal hace un par de años. Lonnie quiere que averigüe dónde estuvo el martes por la noche. pero tengo que hacer unos encargos.

la guarda en el armario o la esconde debajo de la cama. Al acercarme a la finca. Con las pistolas ocurre lo mismo. Es una tontería. No sabía a qué « nos» se había referido Christie al hablar del compromiso de las once. Conducía Donovan. en lugar de tirar el arma. —¿Qué hizo Bennet con ella? No es la que tiene en el restaurante. Si conseguía llegar a la finca de los Malek antes que Bennet. Una pequeña teoría que tengo. esperaba pacientemente a que me apartara del camino del garaje. Llegué a la finca en un tiempo récord. El vecino de los Malek. No podía precisar el motivo. a menos que esté él presente. me saludó y le devolví el saludo. Sonrió. claro. al volante de un cinco-puertas azul oscuro. hasta que el BMW pasó a toda velocidad. Nada más dejar el auricular.información. No hay problema. Seguramente estará en su habitación. pero me gustaría verla en alguna ocasión. puse un par de papeles en blanco en la carpeta y metí esta en el bolso. podría colarme en el piso de arriba y echar un vistazo a la máquina de escribir. aunque no estuve segura. pero lo lógico es que fuesen Donovan y ella. Su habitación es como el tabernáculo del templo. vi abrirse la verja y aparecer el morro de un coche por la curva del camino del garaje. Salí del camino retrocediendo y me detuve al otro lado para dejarlo pasar. Es mejor tirarla al mar. Tenemos un compromiso a las once. saltando los peldaños de dos en dos. con la mirada fija en el asfalto. Estamos a punto de salir. Ya se me había ocurrido más de una vez que Jack o Bennet podían estar detrás de las cartas y de la filtración a la prensa. Sólo otra pregunta. Dietz. Oí un claxon y miré por el parabrisas. ¿Por qué no se lo dices a Bennet cuando lo veas? —Naturalmente. Y encima me reiría de ti. pero quizá Bennet ponga pegas. devorando el tray ecto que había recorrido y a un millón de veces. con los ojos fijos en el espejo retrovisor. ¿Te importaría si pasara a echarle un vistazo? —Bueno. Pisé el freno y giré para meterme en la propiedad más cercana. ¿Por qué lo preguntas? —Por nada. Hice muchos gestos de sumisión mientras daba la vuelta al coche. Una persona utiliza un revólver para cometer un crimen y. Cuando . Salí por la puerta lateral y bajé a la calle. a mí no me importa. derrapando ligeramente. Lo dudo. ¿Viste realmente a Donovan la noche del asesinato? ¿O supusiste que estaba viendo la televisión porque el aparato estaba encendido en el cuarto adjunto? Christie colgó sin decir palabra. Me pareció ver también a Christie. Es una buena idea —dije—. escribí una precipitada nota para Dietz. porque le había dicho que quien había escrito las cartas no se había deshecho de la máquina. Vocalicé la palabra « disculpe» en silencio cuando se volvió para mirarme. pero localizar la máquina de escribir representaría un gran progresó en el establecimiento de la conexión. Nadie entra en ella salvo él. ¿verdad? —Nooo.

—My rna se ha echado un rato. Dejé atrás la puerta principal. tiendo a mezclar los ingredientes a mi aire y no me doy cuenta de que he olvidado un ingrediente importante hasta que llego al momento crítico de la receta. Me asomé para llegar al interfono y marqué el código que Tasha me había dado. una lata de sucedáneo de levadura y una jarra de leche entera. Volvió al mármol. Vi a Enid por el mirador. —Llevaba un delantal grande y blanco encima de unos tejanos y una camiseta. Aún estaba secándose las manos con un trapo cuando dio un paso atrás para dejarme entrar. —¿De verdad? No los he visto. ¿Cómo está usted? —Bien —dijo—. Tendría que dejar el coche delante de la casa. doblé la esquina y me dirigí hacia la cocina. —Hola. y se había remetido el pelo en un gorro de punto. Sabía que no cocinaría nada y a preparado y que sus pasteles siempre saldrían perfectos. Supongo que no tardará en levantarse.lo perdí de vista. Enid —saludé—. . ¿por qué tenía que molestarme en esconder el coche? Si los Malek volvían. pensé. delante del fregadero. Voy con el tiempo justo —dije. El horno estaba encendido y y a había puesto mantequilla y harina en una bandeja. Las puertas de la verja se agitaron un poco y se abrieron para dejarme entrar. Llamé dos veces al timbre. cuando lo hago. No puedo creer que se hay an ido precisamente ahora. y a que no parecía haber ningún camino que la rodeara. utilizó un cucharón para echar más harina. En fin. No había coches en el patio. Dos de los tres garajes estaban abiertos y ambos vacíos. tomó el cedazo y se puso a colar harina hasta formar una montaña cónica. Si mis intenciones eran legales. Supuse que no me oía y decidí dar la vuelta. Por el confuso fondo de la cabeza me pasó la idea de que Christie podía haberse quedado en casa. y a encontraría la forma de salir del paso. Tenía que urdir una buena mentira para explicar mi aparición. sacando la carpeta del bolso. Me vio y me saludó. Conduje por el camino del garaje y doblé la curva. Encima de la mesa vi los ingredientes de un proy ecto de repostería: dos pastillas de mantequilla sin la envoltura. las mejores mentiras son las que se nos ocurren en el momento. Oí un pitido prometedor. una medida de quinientos gramos llena de azúcar blanco. A menudo. Raramente cocino y. me puse en marcha y crucé la calzada en dirección a la verja de los Malek. Mientras la observaba. dirigiéndose a la puerta trasera para abrirme. El guardia de seguridad no estaba. —¿Adónde ha ido todo el mundo? No he visto ningún coche en el garaje — dije. buena señal. ¿Cómo es que viene por la puerta trasera? Christie y Donovan acaban de salir por la principal. « Añadir inmediatamente clara de huevo batida y jengibre fresco muy picado…» Enid era metódica y fregaba los cacharros mientras los utilizaba.

sólo para familiares y amigos íntimos. —Como guste —dijo—. El papel de las paredes tenía un dibujo floral que se repetía interminablemente. Las cortinas de damasco del fondo sugerían la presencia de otra bóveda y más escaleras. Sin duda habrá periodistas de todos los medios. ¿Qué está preparando? —Pastel de limón. —Yo no estaría tan segura. Llamaron del juzgado. —Quizá debería hablar con ella. comunicándose con el pasillo principal por una bóveda oculta por pesadas cortinas de damasco que colgaban de una barra de hierro labrado. He estado allí antes. que era igual que la que estaba recorriendo. ¿Sabe dónde está el despacho? —Claro. El pasillo trasero era práctico. Cerré la puerta y miré a continuación en un cuarto ropero lleno de sábanas y en una pequeña habitación con una cómoda antigua. Sin duda estaban allí desde que se había construido la casa y en algún momento se habían pasado del gas a la electricidad. y reduje la velocidad cuando llegué al descansillo del final. Vi la pulida barandilla de la escalera principal en la parte central del pasillo. Suba por la escalera de servicio si quiere. Abrí con cuidado una puerta que había a la izquierda. El corredor giró noventa grados a la derecha. —¿Cuándo es el entierro? ¿Lo ha dicho alguien? —Hablaron del lunes. Les devolvieron el cuerpo esta mañana y han ido a elegir el ataúd. eran de las que tienen forma de tulipán. suelos sin enmoquetar. Había tres puertas a mi izquierda. Dijo que la dejara en el despacho de Bader. ventanas desnudas. Saldré después por la puerta principal. Parece preocupada y creo que no duerme muy bien. Al otro lado del descansillo se extendía la otra ala de la casa. separadas por distancias regulares. Donovan y ella han ido al tanatorio. Una estrecha escalera ascendente se perdía entre las sombras de arriba. con la carpeta en la mano. Las lámparas de pared. —¿Deseaba algo? —La verdad es que no. —Tiene buen aspecto —dije. —¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal? —No lo sé. Aquella casa se había construido en una época en que los ricos tenían a los criados viviendo bajo el mismo techo. todas precintadas por la gran equis que dibujaba la cinta de la policía. ¿Dónde están los demás? —Christie dijo que Bennet vendría a comer. Subí al trote por la escalera de servicio. Una ancha alfombra oriental cubría la longitud del oscuro pasillo. Será privado. en agujeros y rincones de alguna ala de la parte trasera o encajonados en un desván dividido en habitaciones minúsculas. He hablado con Christie hace un rato y le dije que vendría a devolverle esta carpeta. Supuse que una de las puertas sería la habitación .

A la derecha había dos puertas más. No había tiempo que perder. ¿y ahora qué? La cerradura era de las sencillas y anticuadas y se abría con una llave maestra que seguramente servía para las puertas restantes. Sabía que la segunda daba a las habitaciones de Bader: dormitorio. Había una llave sobresaliendo limpiamente del agujero por la parte de dentro. Cerrado. La casa estaba en silencio. Puse la mano en el pomo y lo giré con cuidado. La puerta más cercana estaba cerrada. La saqué y volví a toda prisa a la habitación de Bennet. Tardé unos treinta segundos. Observé la puerta. pero la llave giró de súbito y entré. Las habitaciones de Bader eran las más cercanas. baño y despacho. aunque encontraba cierta resistencia. Noté que la llave encajaba. Fui corriendo hasta su dormitorio y así el pomo. otra la de Jack y otra la del cuarto de baño que comunicaba las dos.de Guy. . La giré con más fuerza mientras movía la puerta con cuidado. Abierto. Inserté la llave en el ojo de la cerradura y probé a girarla. Escruté el pasillo en ambas direcciones. Miré hacia atrás para asegurarme de que Enid no me había seguido. Bueno.

El mar que nos rodea. Encima había un montón de libros. con unos pantalones negros muy guapos. estantes con tebeos del año de la pera. Estaba todo revuelto: recibos. anotando mentalmente todo lo que podía. No había recuerdos posteriores a 1968. Habían dejado dos lámparas de mesa encendidas. Encendí la luz del techo y crucé la habitación. En el centro de la mesa había un ordenador personal y una impresora de gran tamaño. facturas y montones de cartas sin abrir por todas partes. Había enmarcado un retrato de Jimmy Durante. con dos ventanas en medio. papeles sueltos. Todavía conservaba la quincalla de sus aficiones juveniles. Costaba poco adivinar el año más importante de su vida. uno de esos dibujos que se hacen siguiendo la línea de puntos numerados. los primeros números de la revista MAD y trofeos de la Liga Infantil de Béisbol. Carson. Moorehead. Aquello tenía que ser el dormitorio de Bennet. Si me pillaban. una camisa rosa y un corbatín negro. y una fotografía propia en color en la que aparecía a la edad de trece años. Aviones y coches en miniatura. La mesa era de las empotradas y ocupaba la pared delantera de un extremo a otro. Poco o nada de ficción. El tablón de anuncios todavía colgaba detrás de la puerta del armario. no vi a nadie y cerré la puerta de la habitación. Maxwell. no habría manera de explicar mi . Eché un rápido vistazo. Vi la máquina de escribir a la izquierda. El anillo de agua resplandeciente. No me extrañaba tampoco. Al acecho de la vida comestible. Bennet no me había parecido ni preocupado por las ideas ni imaginativo. a mis pies. 21 Inspeccioné rápidamente la habitación. Paseé la mirada por los lomos. Había estanterías en el sector de pared que quedaba encima de la mesa. Había fotos del Apolo 8 despegando de Cabo Kennedy. No hay sitio en el arca. cubierta por una funda de plástico negro con polvo y todo. Retrocedí y me asomé al pasillo. La máquina estaba apagada y la pantalla grisácea del monitor reflejaba en franjas distorsionadas la luz que llegaba del pasillo. Casi todos los libros parecían antiguos y los títulos sugerían que se trataba de libros de texto acumulados a lo largo de los años. Un cartel enmarcado de la película La extraña pareja colgaba sobre la deshecha cama. Clavados en el corcho había varios recortes sobre los atentados contra Martin Luther King y Robert Kennedy. Gibbons. dejando el bolso en el suelo.

En cualquier momento oiría a Enid llamándome desde la escalera de la cocina. mientras la sombra se movía hacia un rincón y se fundía con la pared. ¿Veía visiones? Me fijé otra vez en la fila de libros de texto y fruncí el entrecejo al coger los dos libros que habían llamado mi atención. . Los miré fijamente. las tres comentando el terremoto. La casa entera osciló adelante y atrás. Maxwell Outhwaite. Unas perchas vacías se pusieron a tintinear en el armario como carillones movidos por el viento. sintiéndome como si hubiera echado raíces en el suelo. Puse la funda a la máquina y el montón de libros en su sitio. « Max Outhwaite» . quité el montón de libros de encima de la máquina y retiré la funda. El autor era Leonard Outhwaite. como si los cables estuvieran sueltos y se tocaran. salta la liebre» . Me apoy é en la estantería para no perder el equilibrio. Salí al pasillo. en medio de las cuales se coló una sombra oscura. El temblor cesó poco a poco y las luces se estabilizaron. pero fue como recibir de repente una fuerte ráfaga de viento o como estar en un tren que corría bamboleándose. como un trueno. Las luces parpadearon débilmente. Incluso un vistazo superficial me convenció de que había dado en el blanco. pero me puse alerta. Saqué el papel. lo doblé y me lo guardé en el bolsillo. Gavin Maxwell y Leonard Outhwaite. « Estimada señorita Milhone» . pero nunca se sabe qué otras cosas vienen con ellos. El primero de aquel estante era El anillo de agua resplandeciente. unos dos centímetros a lo sumo. Volví a la mesa. Imaginé a My rna levantada. Con la puerta del pasillo cerrada. Por el momento daba a aquel entre un tres y un cuatro en la escala. tratando de ver con claridad. de Gavin Maxwell. No sentí miedo. pero no podía evitarse. « Donde menos se espera. Rebusqué en el bolso y saqué de la carpeta un papel en blanco. Era la máquina que estaba buscando. Lo metí en el carro y tecleé las frases y expresiones que había escrito antes. no causaría muchos daños. Me detuve. de carro grande y retorno manual. Oí un rumor apagado. Todas las junturas de la casa comenzaron a crujir y el cristal de la ventana vibró con sequedad en los puntos en que se había desprendido la masilla. tratando de reprimir el escalofrío que me bajaba por la columna vertebral. Miré parpadeando. La máquina traqueteó ruidosamente. Una mansión vieja como aquella debía de haber sobrevivido a muchos temblores de tierra. En el centro. Bader tenía que haber estado atado al maldito trasto durante cuarenta años. Si no continuaba. imaginaba que estaría a salvo. Recogí el bolso y crucé la habitación. Hice un ruido con la garganta. estaba El Atlántico: Historia de un océano. La « a» y la « i» estaban torcidas. La intermitencia creó una serie de imágenes saltarinas de color azul claro. Me incliné y apoy é la cabeza en el brazo. preguntándome si tendría tiempo de abandonar la casa. Cerré la puerta tras de mí. Los clavos y tornillos de madera crujieron. Con el rabillo del ojo vi de repente el apellido Outhwaite. a seis libros de distancia. No quería que ninguna de las dos subiera a buscarme. Era una vieja Remington negra.presencia. incapaz de moverme. mirando rápidamente en ambas direcciones.

No había rastro de My rna. —¿De qué está usted hablando? —Los fantasmas no se nos aparecen. —La vi coger una espátula de caucho para echar en la bandeja la pasta que quedaba en el cuenco. Durante un minuto he pensado que nos quedábamos en el sitio. Volví a atravesar la habitación y salí al pasillo. ¿No han parpadeado las luces aquí abajo? —Yo no me he dado cuenta. —Se ha movido toda la casa. —Mi madre. —No. ¿No ha notado nada? Se quedó un momento en silencio con la mirada puesta en el cuenco. —El temblor de tierra —dije. Corrí por el pasillo de puntillas. —No he notado ningún temblor. Cuando llegué al despacho. Bajé trotando por la escalera y entré en la cocina. ¿verdad? —¿Qué? —Le cuesta soltarse. ¿Cuándo ha sido? —No se burle.girando la llave con tanta fuerza que casi la doblé. Empezó a sacudir la cabeza antes de terminar lo que le decía. Me dirigí rápidamente hacia las pesadas cortinas del fondo. Me quedé en punto muerto. Una de las bolsas de bocadillos estaba abierta y daba bocados a la hamburguesa con queso. Enid. Están presentes entre nosotros porque no dejamos que se vay an. La gente me dice que soy demasiado independiente tal como soy. Ha tenido que ser por lo menos de magnitud cuatro en la escala de Richter. Me puse la mano en el pecho para recuperar el aliento. donde pudiera encontrarla más tarde. No me haga esto. crucé la bóveda y corrí por el pasillo trasero. Abrí un archivador y metí la carpeta entre otras dos. alcancé el . Enid estaba derramando tranquilamente una espesa pasta amarilla en la bandeja. —Se aferra usted a las personas. Me miró sin expresión. Habría jurado que no tenía ni la más remota idea de lo que le decía. No es así como son las cosas. Ha sido tremendo. haciendo un rápido desvío hacia la habitación de Bader. Como no había comido aún. —Hay personas que no pueden distinguir el color rojo. No es cierto. Eso no quiere decir que no exista —replicó. —La independencia no tiene nada que ver con aferrarse —dijo. Dejé la llave donde la había encontrado y fui a paso ligero hasta el despacho. Dietz estaba sentado en mi silla giratoria con los pies encima de la mesa. —No creo en los fantasmas —dije con un hilo de voz.

Amante y amado esposo de Caroline B. —¿Qué tal te ha ido por el Dispatch? Dejó en la mesa las cuatro necrológicas de los Maddison para que las viese. En lugar de flores. Era joven. Dietz había copiado las cuatro en un papel. Las necrológicas estaban ordenadas por fechas y la primera era del fallecimiento del padre. Claire todavía está entre signos de interrogación. —Puse a Jeff Katzenbach a escarbar en los archivos. acaecido a finales de noviembre de 1967. « MADDISON. Maddison durante 25 años. querido padre de sus hijas Claire y Patricia. de manera repentina. como el veneno? Dietz alargó la mano y le pasé el bocadillo envuelto por encima de la mesa. —Todos eran jóvenes —comentó Dietz. el martes 21 de noviembre. así que fui a la biblioteca y busqué en el directorio municipal si había otros Bangham en la zona. Hice una pausa para comer mientras repasaba la información. y le dejé un largo mensaje en el contestador. —¿Y si la mataron? ¿Y si murió atropellada por un conductor que se dio a la fuga? —Deslió el bocadillo y me lo devolvió. ¿Sería a prueba de niños.. —¿Y qué más da cómo muriera? —Probé a romper el celofán con los dientes. y su abnegada . He comprobado tres de las cuatro defunciones en el obituario del registro civil. Entierro el miércoles a las 11. Patricia Anne. Era director de servicios del Centro Automovilístico de Colgate y miembro de la Iglesia Cristiana de la comunidad. para olvidarnos de ese cabo. Miré a Dietz y le dije: —Cincuenta y tres años. —En ningún sitio se indica cómo murió —dijo Dietz—. Connecticut. se agradecería que se enviaran donativos a la Asociación Cardíaca Americana» . Maddison. Rezan por su alma su amante madre. Francis M. Sus familiares y amigos no lo olvidan. Ninguno. Saqué un refresco de la nevera y me senté delante de Dietz. —Bien pensado —dije.otro bocadillo. « MADDISON. Espero que me llame alguien. fallecido » a los 53 años de edad. Localicé el nombre de una investigadora privada de Bridgeport.30 de la mañana. Quería ver si podíamos confirmar el suicidio. fallecida » a los 17 años de edad el jueves 9 de may o en el hospital de Santa Teresa. Caroline B. —¿Cómo es eso? —Destapé la lata de refresco y me puse a pellizcar el celofán y el plástico que envolvían el bocadillo. El apellido de soltera de la madre era Bangham.

y estudió economía doméstica en la Universidad de Indiana. en su casa. en Bridgeport. Los nombres de los supervivientes disminuy en hasta que no queda ninguno. el servicio será privado» . Leí dos veces la necrológica de Claire. « MADDISON. No se menciona a ningún familiar. Maddison. —Suerte que había vuelto a utilizar el apellido de soltera —dijo Dietz—. Enseñó francés e italiano en una escuela femenina privada de Bridgeport. Connecticut. No sé cómo la habríamos localizado si hubiera seguido utilizando el del exmarido. no habría . en Indianápolis. » antigua habitante de Santa Teresa. Connecticut. pero dijo que y a nos llamaría. « MADDISON. llamé a un investigador privado de Indianápolis y le dije que comprobara la partida de nacimiento de Caroline Bangham. —Quizá no —dijo—. Francis M. No habrá servicio religioso. —Fuera quien fuese —dije—. ¿no? —Pensé que la madre podría tener familiares vivos en Indiana. Caroline fue esposa. A petición de la familia. Si no hubiera sido por la muerte de Bader. pero no pude encontrar ninguna pista —dijo Dietz—. por si nos llevaba a alguna parte. y su hija Patricia Anne Maddison. —Esto fue el año pasado. No había ningún Bangham en el listado. Completó el curso de Aptitud Pedagógica y se licenció en románicas en la Universidad de Boston. que vive en Bridgeport. después de una larga enfermedad. y Caroline B. fallecida » a los 58 años de edad el martes 29 de agosto. Hice una mueca. Caroline B. Connecticut. Nació un 22 de enero. Hija de los finados Francis M. su marido. Entierro el martes en la capilla del Parque de los Caídos» . Seguramente llevaban siglos divorciados. Claire estudió en el Instituto de Santa Teresa hasta 1963 y en la Universidad de Connecticut hasta 1967. La precedieron en la muerte. Patricia. No me entra en la cabeza que un familiar perturbado pueda querer vengarse dieciocho años después. así que. Para terminar de asegurarme. fallecida a los 39 años de edad el sábado 2 de marzo. Quizá no cosechemos mucho. Claire Maddison. no se trataba de ningún clan numeroso con fuertes lazos familiares. ama de casa y cristiana con la misma abnegación. Pueden enviarse donativos al Hospicio de Santa Teresa» .hermana. Indiana. de Helen y John Bangham. la precedió en la muerte su única hermana. Qué deprimente. Maddison.. Claire. Probé en información telefónica de Indianápolis. —¿Sabes qué? Creo que estamos dando un patinazo. al menos en apariencia. Ruega por su alma su amante hija Claire Maddison. madre.

pero más lógico habría sido esperar a que y o volviera para llevarla. —Sin duda. Su coche todavía está detrás. Sonó el teléfono. Eso es lo más raro —dijo. vamos. —Exacto. —Lo que nos lleva de nuevo a los cinco millones. Pero sigue siendo doloroso. Me dijo que me ay udaría a hacer la cena. —Escucha. Eso no es verdad. Enid. Tasha habría contratado a cualquier otro investigador. —Es posible. ¿Sabes lo que me duele? Que me siento como si hubiera tenido parte en lo que le pasó a Guy. —Creo que sí —dije—.habido ninguna razón para buscar a Guy. Sé que algo la preocupaba. —Hola. aquí no hay nada. —Ya lo he pensado —dijo—. pero ha desaparecido. pero se ha ido y no hay el menor rastro de ella. —Vay a. seamos realistas. Yo no causé su muerte en el sentido estricto de la palabra. Voy a mirar en el contestador. pero si no hubiera sido por mí. Dijo que estaría aquí cuando volviera. —No fue exactamente la muerte de Bader. —Supongo que sí —dije—. . Asentí y me puse al aparato. —Enid. diciendo « Enid» sólo con los labios. No sé nada de ella. ahora estaría sano y salvo. Tengo una reunión a las siete y he de salir de aquí enseguida. ¿La ha llamado My rna? —No. ¿De qué quería hablarme? —No estoy segura. Y dio la casualidad de que fuiste tú. Fui al supermercado y estuve fuera sólo quince o veinte minutos. —Eh. Salí y la llamé. ¿Ha llamado el ama de llaves de los Malek o ha dejado algún recado para mí? Dietz negó con la cabeza y me puse otra vez al habla. que y o sepa. Habría seguido viviendo en Marcella durante el resto de sus días. ¿Cómo está usted? —No muy bien —dijo de mal humor—. Se lo hice prometer. contestó Dietz y me pasó el auricular. —Quizás esté dando un paseo por la finca. alguien tenía que encontrarlo. Quizá no tan bueno como tú… —No me des coba. Quedó muy claro cuando lo hablamos. —¿No habrá ido al médico? Si no se encontraba bien. Soy Kinsey. Esto es muy raro en ella. Fue el testamento —comenté. —No. —Lo siento. No creo que estar ausente menos de una hora sea una desaparición. pero no quiso revelarlo. qué extraño. —Porque lo encontraste. Me juró que iba a llamarla. —Cubrí el micrófono con la mano—. Y pensé que tal vez le había dicho usted que fuera a su casa. quizá pidiera un taxi.

pero hay algo que no me cuadra. —¿Qué? —La persona que vio. —Tengo la impresión de que My rna sabe algo del crimen. My rna es muy maniática. pero creo que se ha ido. —¿Ha mirado en su habitación? —Fue lo primero que hice. Creo que aquella noche vio algo que no tenía que haber visto. —Ya me he dado cuenta. Pensaba que estaría en peligro si abría la boca. Vino a comer. —Y es verdad. No estará usted hablando de fantasmas… —De ningún modo. —¿Quién más está en la casa. ¿Cree que la han secuestrado los extraterrestres o algo así? Noté su vacilación. Enid. pero es la verdad. ¿Quién? —No quiso decírmelo. —Me preocupa que hay a podido pasar algo. Es lo que ella dijo. Dijo que prefería hablar antes contigo y luego hablaría con ellos. Y es otra de las cosas que me preocupan. —No. Se sentía culpable por no haber dicho nada hasta ahora. No es propio de ella marcharse sin decir palabra. Por eso la he llamado. Pero creo que también estaba preocupada por las consecuencias. se lo contara a la policía. ¿sí? ¿Se lo dijo ella? —Me lo insinuó. Estaba demasiado nerviosa para decir nada más. —Ah. Le dije que. Hay algo que no me cuadra. —¿Está revuelta su habitación? —No exactamente revuelta. Ha debido de irse mientras y o estaba en . no lo es. pero cuanto más lo pensaba. pero le daba miedo. aparte de usted? —Bennet estuvo por aquí. Se está dejando algo fuera. —My rna se siente culpable por todo —dije. Enid. Se lo juro. pero más tarde recordó que se había despertado y visto a alguien a los pies de su cama. —¿Qué más? —Eso es todo. —¿Por ejemplo? —No lo sé. Todo tiene que estar donde ella lo pone. Dijo que al principio había creído que era un sueño. más convencida estaba que había sido real. —Lo sé —admitió Enid—. No quiero criticarla. Quiero decir que nada de lo que me ha contado tiene sentido hasta ahora. Porque estoy asustada. —A mí me dijo que estaba durmiendo. en ese caso. Le preparé un bocadillo y se lo llevó a su habitación. —Espere un poco. Se tomó un calmante y un somnífero y se quedó dormida como un tronco.

—¿Todavía no ha aparecido? —pregunté. Como oía sólo mi parte de la conversación. —No se preocupe. estaba desconcertado. Al menos conocía la carretera. A lo mejor le dijo algo a Christie antes de salir para el tanatorio. —Un momento —cubrí el teléfono con la mano—. Me llevé el bocadillo y conduje con una mano mientras terminaba de comer. Christie y Donovan volverán en cualquier momento. Cambiar de velocidad es peor que una lavativa cuando estás intentando comer con estilo. pero en esto hay algo que no me gusta. —Ni rastro —dijo—. ¿Quiere que vay a a la casa? —pregunté—. La habría recorrido con los ojos cerrados. El sendero doblaba hacia la casa por la izquierda. Dietz me miraba inquisitivamente. ¿Cuál es el problema? —Es My rna. Entre los muslos llevaba la fría lata de refresco. —Estaré ahí en quince minutos. Me estoy portando como una tonta. delante de una puerta . Los dos garajes abiertos todavía estaban vacíos. Al principio pensé que había vuelto. Entré en el cuarto de la lavadora. ¿Cuánto tiempo vas a estar aquí? —Al menos una hora —dijo—. Todos están con los nervios a flor de piel. como si el duelo le diera frío. Siento ser tan pesada.el supermercado. La furgoneta descubierta de Donovan estaba aparcada a un lado del garaje. de un pálido azul metálico y con tres o cuatro años. Enid me había dejado la verja abierta. —No se preocupe. un espacio para aparcar con tres plazas. ¿Está segura de que no ha dejado por ejemplo una nota? —Completamente segura. Ha habido un asesinato en la casa. No quiero ser pesada. Vi también un VW descapotable de color amarillo chillón y lo que parecía un Toy ota. siguiendo a Enid por una puerta que daba a un pasillo trasero. Te lo cuento enseguida. pero luego recordé que se había ido con el BMW. Entonces vi lo que no había advertido hasta entonces. ¿Su coche es uno de esos de ahí fuera? —El Toy ota —respondió. —Volví a ponerme al habla con Enid—. es posible que reciba la llamada de la Costa Este que estoy esperando. Se había quitado el delantal para ir al supermercado y llevaba un chaquetón. Llegué al patio y dejé el coche en un lugar que empezaba a pensar que estaba reservado para mí. —No quiero causarle molestias. Se detuvo al final del pasillo. Enid había abierto la puerta trasera y estaba en el umbral. Si te acuerdas de colgar.

Así el pomo. Llamé a la puerta con la cabeza pegada a la madera. —¿Cuándo la vio personalmente por última vez? —Me arrodillé para mirar debajo de la cama. Este es su cuarto. —Me dio miedo. —My rna. Comprendí por qué Enid había pensado que algo no le cuadraba. Entreabrí la puerta y miré por el resquicio. sintiéndome idiota. Al pasar puse la mano sobre el televisor. Un cuadro de la pared estaba algo torcido. Miré hacia abajo y vi un pegote de tierra seca. pero estaba frío. La cama estaba hecha. —Creo que está todo aquí —dijo. Eran los detalles secundarios. dinero y todo lo demás. sintiéndose probablemente tan intrusa como me sentía y o. Sabía que me lo preguntaría y lo abrí. —¿Y su bolso de mano? —Está en la cocina. En apariencia. ¿está usted ahí? Soy Kinsey Millhone —dije. y su permiso de conducir. las minucias. pero la colcha tenía arrugas. Enid me siguió como una niña. recién salida de la ducha. Cuando regresé del supermercado. ambas habitaciones estaban ordenadas e intactas. La salita estaba vacía. que giró con facilidad. señalando a continuación con el dedo—. Podía estar durmiendo o desnuda. —Ya le dije que aquí no estaba —dijo Enid. Oí un leve taponazo bajo mis suelas y a continuación el chirrido que hace pensar en vidrios rotos en un suelo de baldosas. en la pared de enfrente. Volví a llamar con un nudillo—. —¿Sabe si están aquí todas sus ropas? ¿Echa a faltar algo? ¿Zapatos? ¿Abrigo? Enid observó las perchas. ¿Habría habido algún forcejeo? Miré en el ropero. por si escuchaba algún ruido que indicara que My rna había vuelto. No quería hacer nada hasta que llegara usted. No quería pillarla sin la dentadura postiza o con la pierna de madera sin enroscar. Esperé un momento y atravesé la habitación. estaba abierta y la habitación parecía vacía. tres pasos atrás. Enid —dije. y a no estaba. como el que desprendería la suela . Miré en el dormitorio. —¿Estaba Bennet aquí entonces? —No me acuerdo. Me resistía a entrar descaradamente. ¿My rna? Silencio absoluto. La lámpara de pie de la salita tenía la pantalla ladeada y se notaba que la habían movido por la huella dejada en la moqueta. Ahí están su maleta y su bolsa de ropa. pero había algo que no estaba como debía. Entré en el cuarto de baño. —¿Se le ha ocurrido llamar a la puerta desde que hablamos? Negó con la cabeza.—. No había más que unas zapatillas viejas. me está usted asustando. —Porras. La cartera está dentro. La puerta del dormitorio. —Hacia mediodía. Es lo único que sé.

hasta la puerta de atrás. esta vez no podrían culpar a Jack. El coche de My rna estaba cerrado con llave. crucé el pequeño patio trasero y giré a la derecha. Había un poco de agua alrededor del aro metálico del desagüe. los cosméticos. —Deje y a de decir disparates. Miré desde más cerca la media bañera. que entraba en el cuarto de baño pegada a mis talones. Miré en el botiquín. habían estado esperando para pillar a My rna a solas. —Será mejor que llame al 911. Alargué la mano. —Parece como si hubieran querido poner las cosas en orden y no lo hubieran conseguido —dijo Enid—. Puede que sí. —¿Ha estado alguien aquí? —Todavía no lo sé. lo rodeé. Esto es sangre —dije. fijándome en la lona. hablando con un tono agitado y un poco estridente. Ambos estaban vacíos. —Tenga cuidado. Me aparté de la furgoneta . inspeccionando el exterior. Miré por encima de la puerta abatible de atrás. Rodeé el vehículo con las manos en la espalda. Un chorrito rojo brillante cay ó en el blanco de la media bañera. En un borde vi algo que parecía una mancha oscura. por el camino del garaje. No quise tocar nada. La lona que protegía la base de la caja estaba alfombrada de grava y hojas secas. Una vez fuera. No había nada en el salpicadero. y dos pequeños guijarros. Hubiera ocurrido lo que hubiese ocurrido. La cortina de la ducha estaba completamente seca. el cepillo. Oí a Enid en el teléfono de la cocina. Todo estaba en su sitio: la pasta de dientes. pero había un trapo azul oscuro tendido en el borde de la media bañera que se había usado recientemente. Más allá había una grisácea pared estucada y un montón de troncos. Había algo en los guijarros y en la tierra seca que me picaba por dentro. Sentía curiosidad por saber si la furgoneta estaba cerrada. No quiero que se toque esto —dije a Enid. A menos que me engañaran los ojos. ¿Y si la habían matado con prisas? ¿Qué habría hecho y o con el cadáver? Di la vuelta y me dirigí a los garajes. No sale así. El camino del garaje formaba a mi derecha un callejón sin salida con espacio para tres coches más. Por lo visto. no obstante. La furgoneta de Donovan estaba aparcada mucho más cerca de la parte delantera de la casa que de la trasera. Cogí el trapo y lo escurrí un poco. por las buenas. los frascos de medicinas. My rna siempre deja notas cuando va a alguna parte. Quiero concentrarme. Cuando Enid salió para llamar a la policía. pero no quise tocarla. el agua tenía un ligero matiz rosa. Oí el rugido de una moto a lo lejos y momentos después aparecía Bennet por el camino del garaje con la Harley -Davidson de Jack. observando los asientos traseros y los delanteros. el desodorante.de un zapato. Que lo hiciera la policía. El motor de la furgoneta estaba caliente. cerré la puerta de las dependencias de My rna y volví sobre mis pasos por el cuarto de la lavadora.

—Lo sé. Hable. Lo siento. Enid ha llamado a la policía. Se nos fue de las manos. —Un momento. —¿Cómo sabe lo que pienso? Pienso que ustedes estafaron a las Maddison cincuenta mil dólares en documentos raros. —Al parecer. Cometieron un delito. los dejó en el asiento y puso el casco encima. . No teníamos ni veinticinco centavos entre todos. ¿Qué ocurre? —No lo sé. Se los quitó. —Espere un poco. —Sé que piensa que hicimos algo reprobable. empezaré a ofenderle. no tuvimos valor para admitir que lo habíamos hecho. Imagino que no tardará mucho en llegar. —De acuerdo. Enid me dijo que no se encontraba bien. Me puse en movimiento. De todas formas se lo habría contado. No pareció muy emocionado al verme. —¿Y qué? —dije. Espere. Éramos unos críos —dijo. Me he enterado de su encuentro con Paul. No la he visto a la hora de la comida. Vale. Estaba cabreado como una mona. ¿Cuándo la vio por última vez? —Durante el desay uno. pero estábamos en la ruina. Me gustaría escuchar lo que tiene que decir. —Escuche. Parece que ha desaparecido. porque la verdad no es tan mala como piensa. —¿Críos? No eran críos. Bennet. Bennet anduvo a mi lado. Tenían veintitrés años. Queríamos ir a Las Vegas. Sus guantes negros de cuero parecían tan toscos como manoplas de cocina. No pensábamos llevarlo a término y. —No sería la primera vez. —Adelante. Sólo queríamos unos cuantos dólares. ¿Esa es su excusa? ¿Llamarlo gamberrada? Habría ido a la cárcel. Era una gamberrada. cuando nos dimos cuenta de lo serio que era. ¿Pamplinas? ¿Qué le pasa a usted? Estoy harto de que me traten como a un bicho raro —se sulfuró.y vi cómo ejecutaba la ceremonia del aparcamiento. —¡Desde luego! Me tocó el brazo. —¿Adónde va? —¿A usted qué le importa? Si me quedo aquí un minuto más. Espere un momento y hablemos de eso. No queríamos hacer ningún daño. —¿Qué hace usted aquí? —Enid me llamó para preguntarme por My rna. —¿La policía? ¿Para qué? —Guárdese las pamplinas para la poli —dije. no les importó echarle la culpa a Guy —repliqué.

Bennet. —Su socio está al teléfono —dijo—. —No tengo tiempo de contártelo. Creo que eso es verdad. Le dije que las destruy era. Sin perder un instante. Nunca le puso las manos encima —dije. —El niño no era mío. La boca se me torció de asco. Guy se había ido. Tardaría un mes. Ya que estaba en ello. vamos. hizo un par de llamadas telefónicas y consiguió su última dirección. ¿de quién era el niño? —Seguramente de Jack —dijo Bennet—. —Así que ni siquiera consiguieron el dinero. Dejaron que Guy cargara con las culpas de todo lo que habían hecho otros. pero no se atrevió. —Escuche. Guy todavía estaba vivo en aquel momento. Lo juro. Nunca me acosté con ella. No sabía cuánto tiempo llevaba escuchando. ¿Qué pasa? —¿Te encuentras bien? Tienes la voz rara. ninguno de ustedes. —Oh. —¿Qué podía decir y o? Era demasiado tarde. Pasé junto a Enid. —Entonces. Yo tampoco lo hice. La policía está en camino. Acabo de hablar con la investigadora privada de Bridgeport. No le quitaron el dogal del cuello ni siquiera después de volver. Cometimos un error. Pero eso no significa que matara a Guy. fue al negociado correspondiente y solicitó un extracto de la partida de defunción de Claire Maddison. Alcé los ojos y vi a Enid al lado del seto. Fuimos unos cabrones. Nunca han admitido ninguna responsabilidad por lo que pasó. Estaba casualmente en los juzgados y llamó a su despacho para oír los mensajes del contestador. —Guy no. Connecticut. —Paul sí. —Presta atención. —Bueno. —No para él. A ella no le importaba. ¿verdad? Y Jack también. eso lo absuelve —dije—. Ahora sí es demasiado tarde. ¿Qué pasó con las cartas? ¿Dónde están? —Las tiene Paul en su casa. bajé el pequeño tramo de escaleras y crucé el patio hacia la puerta de la cocina. Y había cometido un montón de fechorías. . Me remuerde la conciencia desde entonces. Yo no haría una cosa así. —Guy no —repitió—. Había traído de cabeza a la familia y papá lo dio por hecho. ¿eh? Bicho raro —dije—. Según las compañías de servicios. Siempre ha tenido miedo de ponerlas en circulación. lo sé. —Se la tiraron muchísimos tíos. Tendría que haberme arrojado sobre Bennet y haberlo matado a golpes. Crezca de una vez. Hablemos de Patty. —Soy y o. —¿Cuál fue la causa de la muerte? —No la hubo —contestó—. Vi el auricular en el mármol y lo cogí.

pero era demasiado arriesgado. Una vez en la casa. —¿Qué quieres que haga? No puedo irme. ¿Qué haría y o si fuera Claire Maddison? Todo el psicodrama de la desaparición de My rna era una tapadera para escapar.Claire estuvo viviendo en Bridgeport hasta marzo del año pasado. Claire Maddison se había enterado. Debió de imaginarse a los polis cavando en la propiedad. el bolso y la ropa. de la enfermedad terminal de Bader. Puede que hubiese robado un coche. —¿Y adónde ha ido? —A eso voy. Claire nunca fue profesora. Mi cerebro seguía girando ruedecillas. la familia fue suy a. La investigadora de Bridgeport se ha enterado de otra cosa. buscando un cadáver que nunca estuvo allí. —Así que ella lo hizo todo. tren. Recibieron la información y la publicaron tal como estaba. ¿Dónde estaría en aquellos momentos? Había cumplido buena parte de su misión y era hora de desaparecer. Subí al coche y giré la llave de contacto. No tenía ganas de formalidades y protocolos. lo que descartaba los taxis. autobús? Quizá tuviera un compinche. He llamado al Dispatch y he comprobado todo el procedimiento. Había esperado mucho tiempo. de modo que My rna sólo tenía que esperar el momento propicio. Debía de haber llegado la policía. Era enfermera particular. había tenido que salir sin ser vista. pero la oportunidad de acarrearles la ruina debía de haberla saboreado. Levanté la cabeza. ¿Y cómo abandonaría la ciudad? ¿Haciendo autoestop? Un conductor de paso no sabría nunca que se buscaba a una persona o se la consideraba muerta. empaquetó sus pertenencias y volvió a Santa Teresa. tiempo de sobra para atravesar la parte trasera de la finca y llegar a la carretera. ¿Avión. —Estoy seguro —dijo. —Mierda. Había dejado el coche. Oía voces en el vestíbulo. —Es lo que dije y o. Se convirtió en My rna Sweetzer. Traté de ponerme en su lugar. Nadie pidió pruebas. Envió una necrológica al Dispatch con el único objetivo de cerrar aquella puerta. Faltaban algunas respuestas. por el medio que fuese. Tenía que haber pasado por muchas enfermeras particulares. pero todo lo demás estaba en su sitio. aunque todo lo que había hecho hasta ahora requería un ingenio solitario. Voy para allá. Como paciente era sin duda insoportable. Bader era un regañón. No hagas nada hasta que y o llegue. Enid estaba diciendo: —Me pareció tan raro que llamé a… Me escurrí por la puerta trasera y troté por el patio y el camino del garaje. Para que la desaparición surtiera efecto. Hacía más de una hora que se había ido. . —¿Cómo es que el Dispatch publicó su necrológica? —Porque la envió ella. ¿Cuánto tiempo estuve en la cocina con el auricular en la mano? De pronto encajaron todas las piezas.

Rondaba los cuarenta años. Bader había comprado todo lo que había al alcance de la vista. Además. De acuerdo con las modas culturales. en que la juventud y el encanto se recompensan y recuerdan con admiración. Traté de recordar lo que sabía de ella y me di cuenta de que era muy poco. se había hecho invisible. para darse la gran vida atiborrándose de moras silvestres y agua de cacto. Que la desestimaran había tenido que alimentar su resentimiento y que fortalecer su determinación de vengarse. Podía elegir izquierda o derecha y seguir a pie en cualquiera de las dos direcciones. tratando de imaginar el trazado de la finca en relación con el terreno que la rodeaba. Vivimos en una sociedad en que la delgadez y la belleza tienen prestigio social. se había tomado algunas molestias para implicar a los otros. La montaña era demasiado agreste e inhóspita. Dirigía la casa. pero estaba casi segura de que era culpable de la muerte de Guy. con el depósito lleno y preparado para salir corriendo. Volví a desechar esta idea porque no creía que se atreviera a correr aquel riesgo. disfrutaba de los privilegios del dinero mientras ella no tenía nada? Por su culpa se había quedado sin familia y sin la carrera de medicina. Estaba gorda. No querría que nadie pudiera identificarla o describirla más tarde. así que no habría sido extraño que estuviera aún caminando por las tierras de la familia. en los últimos dieciocho años. Podía haber escondido una bicicleta entre los arbustos. Claire Maddison había conseguido el disfraz definitivo. servía canapés y enfriaba las bebidas mientras las señoras y los caballeros de la casa hablaban sin parar. Si una mujer es desaliñada o está un poco gorda. y a que. aparte del físico. dejando a Bennet en segundo término por si las pruebas contra Jack no convencían a la policía. compuesta may oritariamente por farsantes. No hacía nada por dar lustre a su aspecto. Más probable era que se hubiese limitado a cruzar las hectáreas sin cultivar que había entre la finca de los Malek y la carretera. para que Jack pareciera culpable. No sabía cómo había conseguido instalarse.tratando de encontrarle sentido a las circunstancias. Puede que hubiera adquirido otro vehículo y lo tuviera aparcado en una travesía. Quizá confiara en su habilidad para hacer autoestop. Traté de pensar en lo que haría en cuanto llegara a la carretera. ¿Por qué aquella familia. Salí a la avenida y giré a la izquierda. A saber qué conversaciones secretas habría oído colocando almohadas y cambiando sábanas. La verja se abrió delante de mí. La habían robado. A lo mejor había llamado a un taxi y lo tenía esperando al salir a la carretera. agredido y maltratado y ella había . Claro que siempre cabía la posibilidad de que. Claire Maddison se hubiera convertido en una experta de la vida salvaje. Para Claire había sido perfecto. había adoptado la personalidad de la clase doméstica. el ojo colectivo pasa por encima de ella y la olvida. ajenos a su presencia porque no era de los suy os. Claire Maddison estaba viva y residía en Santa Teresa desde la primavera del año anterior. A lo mejor había planeado irse a vivir a los robledales. No me parecía que se adentrara en el Bosque Nacional de Los Padres.

pero ¿cuánto han de pagar? Escuche. Usted lo dice y y o me lo creo. Comencé por la más evidente. Entiendo cómo se siente. que seguía andando y tenía las mejillas arrasadas de lágrimas. Guy no lo sabía. Ellos se llevaron todo lo que tenía. —My rna… —Me llamo Claire. quiero hablar con usted. Guy no le hizo nunca nada ni a usted ni a su familia. Apagué el motor y bajé. delante de ella. —Pues y o no quiero hablar con usted. Le diré la verdad. Claire entonces. zapatillas de deporte y una mochila. Bajé la ventanilla del copiloto. Me encontraba y a en la carretera de dos carriles que al parecer limitaba la finca de los Malek por la parte sur. echó un vistazo en mi dirección y se quedó mirando el asfalto.echado la culpa de todo a Guy. girando por la primera calle y peinando las siguientes. sin apartar un ojo de My rna. todos menos Guy. sin dejar de conducir. Probablemente tomaba LSD. —Los hijos de puta —dijo. Avancé a su paso mientras los coches que venían detrás tocaban el claxon con impaciencia. —Vamos. Se lo ha inventado. Negué con la cabeza. A todos nos embriagaba la idea de la fraternidad y la paz mundial. buscando rutas posibles mientras procuraba no chocar con los postes de teléfonos. no ha terminado. Les indiqué por señas que me adelantaran. ¿Lo recuerda? Patty era una hippy. En cuanto oy ó el traqueteo del VW. My rna. la cabeza descubierta. —Sí. Llevaba tejanos. una inocente… —Era una esquizofrénica —saltó Claire. Le escribió una vez. Trató de ponerse en contacto con Patty. Fue el único que trató bien a Patty. Me habló de ella con nostalgia y cariño. Todo ha terminado —dije. Mató usted al hombre que no debía. De verdad que se preocupó por ella. —Vale. Lo único . —Está bien. No terminará hasta que lo hay an pagado. Deténgase. pero por entonces y a había muerto. adelantándome para salir a su encuentro. ¿Hasta dónde podía llegar My rna? Volví a la carretera principal y recorrí aproximadamente un kilómetro. La vi andando a paso vivo a unos cien metros por delante de mí. Se aturdía con cosas. —My rna. Lo doblé como pude y lo puse sobre el volante. Uno se habría fijado en los peatones mientras el otro conducía. Drogas y amor libre. —Patty se acostaba con todos. Sabe que tenía problemas. Comía hongos alucinógenos. Habría tenido que esperar a Dietz. Eran tiempos salvajes. Saqué de la guantera un plano de la ciudad y lo abrí sacudiéndolo. Y todos los chicos se aprovecharon de ella. Aceleré y me detuve en el arcén. —No. Está mintiendo. —Embustera. Se lo juro.

me pasó por la cabeza. ¿Te gusta? —Muy oportuno. —Muy mal hecho. —¿Qué más? ¿Cuál es el resto? Sé que hay más —dije—. En su lugar. pero en el fondo era un buen hombre. —Me lo quitaron todo. pero no lo era. y tu vida no tendrá seguridad» . culpó a Guy. Hay una pala detrás del cobertizo de las herramientas. También tiene sangre. ¿verdad? —Por supuesto. Para la de Guy recurrí a la Biblia. un pasaje del Deuteronomio… « Y tu vida correrá envuelta en dudas ante ti. Era un mierda. —Pero no generoso. Hizo un montón de estupideces por aquel entonces. —¿De quién era entonces? —De Jack. y temerás día y noche. De Paul Trasatti. No seas idiota. lo más evidente…. Mejor que sus hermanos. Fueron Bennet y Paul. Habría ido tras él si no hubiera adivinado . —Era un mierda. Y ahora usted les ha quitado algo a ellos. Te lo agradezco. —¿Y la sangre de su habitación? ¿De dónde ha salido? Levantó el dedo pulgar. una comedia que se les ocurrió para ganar unos dólares aquella primavera. Usted escribió el anónimo que recibió Guy. cuando empecé a trabajar aquí. —No lo culpo por eso. Rebuscaba entre los papeles de Bader siempre que podía. Rompí el segundo testamento para que tuvieran que buscar a Guy. Patty seguramente deseaba que el niño hubiera sido suy o. Todo. —Muy bien. —¿Qué? —dijo con los ojos llameando de desdén. el que tiene la policía. Encontré los dos testamentos hace meses. muñeca. Pensé que le gustaría…. Su madre de usted le pidió el dinero y se negó a dárselo. Te has perdido la mejor parte…. —¿Y la tierra y los guijarros que hay en el suelo del cuarto de baño? —Pensé que Donovan merecía un poco de atención. —Bader era decente. —Les ha arrebatado al único hombre decente que ha llevado el apellido Malek. Y Guy tampoco falsificó las cartas.que sabía es que no había vuelto a tener noticias de ella y se sentía mal por eso. —Eso no es todo. —Vete a la mierda —atajó. Dejé caer un par de gotas en el patio y otra en la furgoneta. —Lo sé. Ellos se aprovecharon de él. No sé con cuántos se acostó. tú y esa albacea de bragas de fantasía. que era inocente. —Utilicé un bisturí. Escribí todas las cartas con la máquina de Bennet. Una buena elección —dije. Hiciste todo el trabajo por mí. ¿No pensaste en él cuando lo viste? —Es verdad.

Tienes que conformarte con lo que tienes. Ni siquiera ahora estoy segura de lo que quería hacer. —Vuelva. derrapando para esquivarla. —No me preocupa Guy —admitió.lo que estaba pasando. —Quizá no existan los finales felices. ¿Qué quieres? —Quiero que paren los asesinatos. La carretera trazaba una amplia curva más adelante. El plan se ha ido a pique. Lloraba y a a moco tendido y. Y ahora ¿qué? Nada de esto va a salir y a. Se dio la vuelta y empezó a caminar de espaldas. . alegre como una alondra. —My rna…. Me miró fijamente durante unos instantes y dio un salto. Pensé que tal vez se librara de lo peor. Vuelva y enfréntese a sus demonios antes de que la devoren viva. pero los hay que satisfacen. como quien hace autoestop. de cara a ella. Echó a correr y tropezó al pisar el carril del otro lado. curiosamente. como tocada por la gracia. Quiero que cesen las muertes. No me ha costado localizarla. Responsabilícese de lo que ha hecho. Hacer autoestop ha sido una estupidez. —dije con paciencia. pero no es así. porque el primer vehículo la evitó y el siguiente pareció golpearla sin producirle lesiones ni hacerle daño. —¿Y qué? Me voy de aquí. me pareció muy bella. —¿Y Patty ? ¿No cree que se habría preocupado? —No lo sé. Aléjate de mí —dijo. con el brazo estirado y la mano vuelta. Pensaba que me sentiría mejor. Los conductores de los dos carriles pisaban los frenos. Su voz temblaba de emoción y su cara parecía cansada y tensa. Vio mi mirada y sonrió. Yo avanzaba al mismo paso. —Dime uno. Ya he perdido la pista. arrojándose bajo las ruedas de los coches como un submarinista que salta desde cubierta. Quiero que Guy Malek descanse en paz dondequiera que esté. echó un vistazo por encima del hombro. flácida como una muñeca de trapo. Estoy cansada. Habíamos llegado a un cruce. —Siguió avanzando por la carretera mientras y o trotaba tras ella—. La luz del semáforo había cambiado y los coches arrancaron aumentando la velocidad. —Claire —replicó—. No existen los finales felices. para ver el tráfico que venía por el otro lado. Un coche que se acercaba la atropelló y la levantó por el aire.

Su presencia es breve pero su influencia es profunda. Me abracé a él. Lo hecho. pero algunas personas nos afectan de esa forma. Sin saber cómo. Lo hice por él. pero seguramente se lo pensaron mejor. Anoche soñé con Guy Malek. No había tenido la oportunidad de decirle lo mucho que había significado para mí. Epílogo Peter y Winnie Antle se presentaron en Santa Teresa para el servicio fúnebre de Guy . hecho está. Recuerdo que sentí un gran consuelo. pero me dio a entender lo que quería. no con pesar. Pensaba que si me negaba lo retendría. Mis padres. No fue por mí. Los reuní como si fueran pétalos de una flor y los arrojé al viento. No habló. No me dio prisa. Ahora no recuerdo de qué trataba el sueño. Lo que está escrito. Cuando desperté supe que se había ido. Pensé que los Malek pondrían objeciones. sino con amor. Era como cualquier otro. Pensaba que podía estar conmigo para siempre. No dije a nadie que Claire había destruido el segundo testamento. Recé una oración por los muertos y abrí la puerta para que todos los fantasmas pudieran salir. mi tía. un paisaje sólo conocido a medias donde sucedían cosas sin ningún sentido. escrito quede. . cuando llegue el momento. su parte de la herencia pasará a la Iglesia Evangélica del Jubileo. Guy se merecía la parte proporcional que le correspondía y no creo que la familia proteste a causa de su última voluntad. Al final lo dejé libre. Su tiempo en la tierra había terminado. Tenía que ir a otros lugares. pero las cosas no funcionan así. Las lágrimas que derramé por él entonces fueron las mismas que había derramado por todas las personas a quienes había querido alguna vez. No lo había conocido durante mucho tiempo. lo celebró Peter el lunes por la tarde. Era demasiado educado para reprenderme por mi insistencia. Su labor ha terminado. pero supe que quería que lo dejara ir. No dijo una palabra. supe en el sueño que había venido a despedirse. Recuerdo haber llorado en el sueño. Guy estaba vivo y entero y se parecía mucho a sí mismo. Tampoco había tenido ocasión de despedirme de ellos y había llegado la hora de recordarlo. Tasha aceptó registrar la carta autógrafa de Guy y. La nuestra está aún por hacer.

Grafton recibió el Premio Literario Ross Macdonald. . el 24 de abril de 1940. se graduó en la Universidad de Louisville. ha escrito para la televisión y para el cine. Kentucky. En 2004. donde obtuvo su título en Literatura inglesa. W. Steven Humphrey. algunas de estas obras en colaboración con su marido desde hace más de veinte años. En 2008 Grafton recibió el Cartier Dagger otorgado por la British Crime Writers’ Association.SUE TAYLOR GRAFTON. una especie de alter ego. nacida en Louisville. Entre los premios recibidos por la escritora encontramos el My sterious Stranger Award (1983). el Shamus Award (1986) y el Anthony Award (1987). tras trabajar como guionista de televisión en Holly wood. En 1982. y dio comienzo a su magnífico Alfabeto del Crimen. Hija del novelista C. para desquitarse de los disgustos del divorcio por el que estaba pasando. Además de sus libros. y en 2009 el Grand Master Award entregado por My stery Writers of America. es una escritora estadounidense autora de novelas detectivescas. dado a « una escritora californiana cuy a obra supera el estándar de la excelencia literaria» . Grafton. creo el personaje de la investigadora privada Kinsey Millhone. ambientado en la ficticia ciudad de Santa Teresa en California.