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2 @rsuada ANTOLOGIA Cuentos de ciencia ficcién Esregan VALENTINO, ANGELICA GoropiscHer, Héctor OFSTERHELD 360Cti‘#~‘SC La caracteristica central de \ todo relato de ciencia ficcién radica siempre en una pregunta vinculada a un \ elemento cientifico 0 tecnol6gico. Por ejemplo: gqué sucederia si fuéramos capaces de viajar a otras | galaxias?, gcémo seria el mundo si_ | un Gran Hermano controlara la. vida de todos los demas?, ;qué | ocurriria si los humanos m establecieran contacto con seres | inteligentes de otros planetas? a ciencia ficci6n es un género que | | goza de gran popularidad entre publicos de muy diversos tipos, que encuentran en él un excelente entretenimiento, pero también — AsTorocia " Cuentos de ciencia ficcion_ una invitacion para reflexionar | ft nuevos que enfrenta la humanidad, Desde 1269 ‘trada apoyando la educacion Azulejos Cuentos de ciencia ficcion Antologia > Grsieia Esta obra fue realizada por el equipo de Angel Estrada y Cia. 5. A. bajo le coordinacién general del profesor Diego Di Vincenzo. Director de coleccién: Alejandro Palermo. Compilaci6h, introducci6n, notas y actividade Edicién: Gabriela Comte y Alejandro Palermo. Correccién: Ediciones Pluma Alta. Realizacién grafica: Olga Lagleyze y Juan Deleau. Foto de tapa: Sebastién Izquierdo. Documentacién grafica: Maria Alejandra Rossi Jefe del Departamento de Disefio: Rodrigo R. Carreras. Jefe de Preprensa y Produccin Editorial: Carlos Rodriguez, Cuentos de ciencia ficién / compilado por Adriana Fernandez; dirgide por AlejandroPalermo ~ 18 ed. - Suenos Aires: Estrada, 128 p., 19x 14 em - (Azulejos: 36) ‘aN 950-01-0975-1, 1. Material Aunilir de Ensefianza |, Ferndnde2, Adtiana, comp. I Palermo, Alejandro, di Il. Titulo cop 371.33 & Coleccién Azulejos © Angel Estrada y Cia. 5. A, 2005. Bolivar 462, Buenos Aires, Argentina, Internet: wwwvestrada.com.ar E-mail: azulejos@estrada.com.ar Obra registrada en la Direccién Nacional del Derecho de Autor. Hecho el depésito que marca la Ley 11.723, Impreso en la Argentina, Printed in Argentina. ISBN 950-01-0975-1 No se permite fa reproduccién parcial 6 total, el almacenamiento, el alqui- ler la transmisién o la transformacién de este libro, en cualquier forma o por ‘cualquier medio, sea electrénico 0 mecénico, mediante fatocopias, digitali- zacién y otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infrac= cién esté penada por las leyes 11.723 y 25.446, Cuentos de ciencia ficci6n Antologia Indice La ciencia ficci6n ..... Preguntas y respuestas. El futuro zya legs? Una guia para curiosos . Los cazadores césmicos, de Philip Dick.. El peatén, de Ray Bradbury. La iiltima pregunta, de Isaac Asimov. Plebster y Orsi, del planeta Procyon, de Roberto Fontanarrosa. 61 Los metales mudos, de Esteban Valentino.. El Sefior Caos, de Angélica Gorodische Una muerte, de Héctor Germén Oesterheld Actividades Actividades de comprensién de lectura.. Actividades de produccién de escritura Actividades de relacién con otras disciplinas Sobre la compiladora "ADRIANA FERNANDEZ es profesora de Castellano, Literatura y Latin egresada del Instituto Nacional Superior del Profesorado “Dr. Joaquin V, Gonzélez". En esa misma institucién, realiz6 el Curso de Especializacién en el Seminario de Literatura Argentina ¢ Hispanoamericana, bajo la direccién de la Prof. Elsa Drucaroff. Se ha desempafiado como docente e investigadora en la Uni- versidad Nacional de Buenos Aires, en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y en la Universidad Nacional de General Sar- miento. Desde hace varios afos trabaja también como editora. Ha publicado Ensefiar literatura, Fundamentos tedricos, propues- 4a didactica, en coautoria con Martina Lopez Casanova (2005, Ma- nantial-Universidad Nacional de General Sarmiento) y Leer lifera- fuera en Ia escuela media. Propuesta para docentes, en coautoria con Martina Lopez Casanova y Maria Elena Fonsalido (2003, Universi- dad Nacional de General Sarmiento). Particip6 en la compilacion de dos antologias de cuentos de autores argentinos, publicadas por Emecé Editores: una sobre el amor y el erotismo, y otra sobre la ciencia ficcién. Como poeta ha publicado El valle (2000, La Bohe- sia) y Los hechos (2004, La Bohemia). Por este tiltimo libro, obtuvo la Beca del Fondo Nacional de las Artes en el rea de poesia. La ciencia ficcion Con el nombre de “ciencia ficcién” englobamos una varie- dad de cuentos, novelas y peliculas, de la que a veces resulta di- ficil explicitar qué tienen en comtin, En primer lugar, hay que observar que la expresién se compone de dos palabras, que pa- recen tener significados contrapuestos: la ciencia que pretende ser objetiva y rigurosa— se encontraria en la vereda opuesta de Ia ficcién —que se relaciona con la fantasia y lo subjetivo, En realidad, el nombre “ciencia ficcién” tiene su historia, y su origen no se encuentra demasiado alejado. Es una traduccién de la expresion inglesa science-fiction, que fue acufiada en 1926 por Hugo Gernsback, un escritor e inventor belga, nacionaliza- do estadounidense, a quien muchos consideran el “padre de la ciencia ficci6n’. Ese afio Gernsback lanz6 una revista que harfa conocidos para el gran pablico a los autores y a las obras de es- te nuevo género, La revista se lamaba Amazing Stores; es decir, “historias asombrosas” y, con los afios, llegaria a convertirse en un clisico de culto para miles de lectores. En la tapa de la revis- ta, Gernsback queria dar una sefial para que los lectores com- prendieran en qué consistia la novedad de las historias que se publicaban en ella, ya que, Rasta ese momento, la ciencia ficcién no existia como tal. En aquella época, las narraciones que hoy en dia no dudamos en calificar de ciencia ficcién — tales como mu- chas de las novelas de Jules Verne’ o de Herbert George Wells’ — recibian diversos nombres: viajes fantésticos, relatos de mundos perdidos, novelas cientificas. Para unificar todos esos, tipos de narraciones en una sola categoria y dar una indicacién clara al piblico, a Gemsback se le ocurrié usar la expresi6n science-fiction, abreviatura de la frase scientific fiction, que, tradu- cida al espaftl, significa “ficcién cientifica”, A partir de entonces, este termino se usa en todo el mundo, | Esscritor francés (1828-1905), autor de Viaje al centro de la Tierra, entre otras obras. 2 Escritor inglés (1866-1946); algunas de sus novelas mas famosas son La guerra de los mundos y La mdguina del tiempo. Preguntas y respuestas La caracteristica central de todo relato de ciencia ficcién radi- ca siempre en una pregunta vinculada a un elemento cientifico 0 tecnolégico. Por ejemplo: qué sucederia si fuéramos capaces de viajar a otras galaxias?, zcOmo seria el mundo si determinadas per- sonas tuvieran el poder de “espiar” Io que piensan los demas?, qué ocurrirfa si los humanos establecieran contacto con seres in- teligentes de otros planetas? ‘Algunas de estas hipétesis’ provienen de las ciencias lama- das “duras”, como la Fisica o la Biologia (por ejemplo, las que se plantean la posibilidad de realizar viajes ala velocidad de la luz, 0 Jas que especulan acerca de la anatomfa que tendrian los habitan- tes de otros planetas), Pero también pueden surgir de las cienci sociales, como la Economia, la Histotia, la Psicologfa o la Sociolo- gia (por ejemplo, las hipétesis que plantean el agotamiento de re- cursos energéticos en el futuro, 0 las que imaginan una sociedad dominada por un “Gran Hermano” que controla a los demas y les impide cualquier iniciativa individual) ‘Muchas personas suponen que los relatos de ciencia ficcién solo estin relacionados con la ciencia, las maquinas, los extrate- rrestres y los viajes intergalActicos. Tal vez. esto se deba al hecho de que los primeros autores de ciencia ficcién elaboraron sus his- torias alrededor de esos ejes. Sin embargo, desde 1950 hasta la ac- tualidad, a lista de los temas y las problematicas que aborda el género crecié mucho més alld de estos limites. Los autores actua- les elaboran sus argumentos en torno de problemas que abarcan, entre otros: los viajes en el tiempo, los alcances de la “realidad virtual” y de la conexion global a través de redes informéticas, la diferenciacién del ser humano con respecto a los robots, los ex- traterrestres y otros seres, Ia exploracién y la eqlonizaci6n det espacio, la clonacién’ y la manipulacién genética 3 Suposiciones que se admiten provisionalmente para sacar de ellas una congecaenda, aunque su verdad no estécomprobada. 44 Produccion de clones; es decir de células o series de individuos multice- Iulares nacidos de estas, absolutamente homogéneos desde el punto de vis- ta de su estructura genética. 5 Intervencién artificial en los procesos de la herencia biol6gica. El futuro zya leg6? ‘Cuando se publicaron los primeros textos de ciencia ficcién, Ja mayor parte de los autores y de los lectores imaginaba que el comienzo del siglo 200 era un limite leano y, por eso, muchas de las historias parecfan estar planteadas en esa época futura. Final- mente sucedi6 que termin6 el siglo xx y comenz6 el siglo». YY muchos se preguntaron si ese futuro tan temido y tan espera- do no habia llegado ya. Para algunos, este hecho significa que la ciencia ficei6n es- t4 recorriendo el final de su camino. Como argumento, sostienen que todo lo que esos relatos habian anticipado se ha hecho rea- lidad: las maquinas, la ciencia y la cibernética® han copado efec- tivamente el mundo y ya no son ficciones posibles en un futuro incierto, Estan aqui, Sin embargo, ante esta situaci6n, el género se fe modifican- do y produjo sus propios cambios internos. Los textos de ciencia ficcién que se escriben actualmente pueden tomar elementos clé- sicos del género para presentarlos desde enfoques novedosos. O pueden trabajar con la parodia’ del género para conseguir un efecto humoristico. O también pueden acercar la cienciafieci6n al mbito de lo doméstico, para causar un efecto de extrafteza en el lector. Desde este punto de vista, las posibilidades de la ciencia ficcién parecen inagotables. Por eso, laciencia ficcién es un género que goza de gran po- pularidad entre piiblicos de muy diversos tipos, que encuentran en él un excelente entretenimiento, pero también una invitacion para reflexionar sobre problemas antiguos y nuevos que enfren- tan los seres humanos. La prueba del éxito de la ciencia ficcién esté presente en las colecciones de libros con extensos catalogos en los que conviven los autores clasicos con los mis recientes. Lo cierto es que, en los comienz0s del siglo x01, el género si- gue tan vigente como siempre y, tanto en la literatura como en el cine, contintia deleitando a personas de distintas edades. 6 Ciencia que estudia Ios sistemas de comunicacin y regulacién autométi- «ade los seres vivos en comparacién con sistemas electrénicos y mecénicos semejantes a ellos. 7 Imitacion bariesca de los procedimientos del estilo de un escrtor, una obra oun género iteraro, 10 Una guia para curiosos Dentro de la gran diversidad que ofrece el género, lo mejor es buscar los autores y los temas que son més afines a cada tipo delector. En la Argentina existe, desde la década de 1960, la colec- cion Minotauro, pionera en lengua espafiola, que incluye en su catélogo una selecta variedad de obras clave ‘Tambien el cine es una excelente puerta de entrada, ya que muchas obras de grandes autores de la ciencia ficcién fueron Ile- vadas a la pantalla por importantes directores. Entre las muchas peliculas que se pueden recomendar, se destacan las siguientes: 2001: odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968, basada en la no- vela de Arthur C. Clarke), Solaris (Andrei Tarkovski, 1973, basa~ da en la novela de Stanislav Lem), El vengador del futuro (Paul ‘Verhoeven, 1990, inspirada en un relato de Philip Dick) e Inteli- sgencia artificial (Steven Spielberg, 2001, basada en un cuento de Brian Aldiss). Esta antologia esta pensada para que los lectores recorran las diversas posibilidades de la ciencia ficcién y conozcan a al- gunos de sus autores. Los cuentos de Philip Dick, Ray Bradbury e Isaac Asimov presentan planteos clasicos del género. El prime- ro se centra en los viajes intergalcticos y en las hipétesis acerca de cémo seria el contacto entre los seres humanos y los extrate- rrestres. El segundo muestra un mundo en el que las personas son controladas por las méquinas. Fl tercero plantea una historia desplegada en varios momentos de la evolucién del universo, apoyandose en un concepto de la Fisica. Para reflejar las corrientes de renovacién de la ciencia ficcién, se eligieron cuatro autores argentinos. El cuento de Fontanarrosa muestra las posibilidades del género cuando es abordado desde la parodia para producir un efecto humoristico. Con otros recur- sos, Angélica Gorodischer acerca los temas de la ciencia ficcién al dmbito de lo doméstico, a través de las divertidas aventuras de un viajante de comercio interplanetario. El texto de Esteban Valentino toma como punto de partida los clésicos relatos de viajes espaciales, pero gradualmente el tono del cuento se torna poético. La antologfa concluye con un relato de Héctor German Cesterheld, que ofrece una mirada profunda acerca del encuentro con seres de otro planeta. Los cazadores césmicos de Philip Dick n El autor Philip Dick nacié en los Estados Unidos de Amé- rica, en la ciudad de Chicago, en 1928, pero vivi6 la mayor parte de su vida en California. Muri6 de un ataque al co- raz6n en 1982, justo cuando el reconocimiento internacional de Ia critica empezaba a sumarse a su reciente popularidad entre el piiblico. Escribi6 mas de cien cuentos y treinta novelas. Muchos de sus textos fueron llevados al cine. Tal ver. el més importante de ellos sea su novela ¢Suerian los androides con ovejas eléctricas?, que se convirti6 en la conocida pelicula Blade Runner (1982), dirigida por Ridley Scott, y estrenada poco después de la muerte de Dick. El conjunto de la obra de Dick puede considerarse como ‘uno de los més brillantes de toda la historia de la ciencia ficcién norteamericana. Su surgimiento suele identificarse con la madu- rez de la ciencia ficci6n como género. ee Philip Dick fue el primer escritor que emple6 la ciencia fic- cién como medio para expresar sus obsesiones personales; de este modo, le confirié al género una dimensién ética y humana, que era inusual hasta ese momento. El cuento que aqui presen- tamos, como muchos de su autoria, se interesa por mostrar el costado oscuro de “lo humano’, para contraponerlo a caracteris- ticas moralmente valorables de “lo no humano” o “Jo extrate- rrestre”, 13, Los cazadores césmicos o(_)ué clase de nave es esa? —pregunté el capitan Shure, mirando fijamente la pantalla, sin soltar el sinfonizador' de precision. El piloto Nelson miré por encima del hombro. —Espere un momento. Giré la cémara de control y tomé una foto de la pan- talla. La instanténea desapareci6 por el tubo de mensajes, rumbo a la sala de mapas. —Tranquilicese. Barnes nos daré una identificacion. —Qué estén haciendo ahi? ,Qué quieren? Han de sa- ber que el sistema de Sirio esta cerrado. —Fijese en los costados, hinchados como globos —Nel- son recorri6 la pantalla con el dedo—. Es un carguero. Observe el tamafio. Una nave de carga. —Pues fijese en eso. Shure giré el ampliador. La imagen de la nave aumen- t6 de tamafio hasta llenar la pantalla. —Observe esos salientes. — {Qué quiere decir? —Armas pesadas. Antihundimientos. Para disparar en el espacio. Es un carguero, pero también va armado. —Piratas, tal vez. 1Sistema que permite aumentar o disminuir la longitud de onda propia de un aparato para ponerlo en sintonia con una estacién determinada. 14 Philip Dick —Es posible ~Shure juguete6 con el micréfono de co- municaciones—. Estoy tentado de Hamar a la Tierra. — {Por qué? —Tal vez se trate de una nave exploradora. Los ojos de Nelson relampaguearon. — Cree que nos estan sondeando”? Y, si hay mas, :por qué no los detecta nuestra pantalla? —Puede que el resto se halle fuera del campo visual. — A més de dos afios luz? He puesto los radares al maximo. Y son los mejores que existen. La identificacién procedente de la sala de mapas sur- gié del tubo y cayé sobre la mesa. Shure abrié el sobre y examin6 la hoja con toda rapidez. Después, se la pas6 a Nelson. —Mire. Lanave era del tipo utilizado en Adharan. De prime- ra clase, perteneciente a un grupo de cargueros nuevos. Barnes habfa escrito de su puiio y letra: “Se supone que no va armada. Habran afiadido el cafién. Los cargueros de Adharan no suelen llevar armas”. —Entonces, no es un cebo? —murmur6 Shure—. Podemos descartarlo. {Qué pasa en Adharan? ;Por qué aparece una nave de Adharan en el sistema de Sirio? La Tierra cerré esta regién hace afios. Han de saber que aqui no pueden comerciar. —Nadie sabe gran cosa sobre Adharan. Participé en la Conferencia Comercial Galactica, pero eso es todo. — {De qué raza son los adharanos? —Del tipo ardcnido'. Tipico de esta zona. Provienen 2 Averiguande con cautela la intencién de alguien o las cizcunstancias o estado de algo. 3 Alimento con el que el pescador intenta atraer y atrapar los peces 4 Relacionado con las arafias, Los cazadores césmicos 15 de la rama Gran Murzim. Son una variante del Murzim original, y muy reservados. Estructura social compleja, pautas muy rigidas. Una sociedad regida por un estado organico. —Quiere decir que son como insectos. —Supongo que sf. En cierta manera son lémures®. Shure miré atentamente la pantalla. Redujo la amplia~ cién y observ6 con atencién lo que ocurria, La cémara si- guié automaticamente a la nave de Adharan, alineada rectamente con ella. La nave adharana era negra, maciza, fea en comparaci6n con la lisa nave terricola. Parecfa un gusano bien alimentado, y sus voluminosos costados eran casi esféricos. Alguna luz de posicién parpadeaba de vez en cuando, a medida que la nave se aproximaba al plane- ta ms exterior del sistema de Sirio. Se movia con Ientitud y cautela, como tanteando el terreno. Entr6 en la 6rbita del décimo planeta y empezé a maniobrar para descender. De los cohetes de frenado brotaron chorros rojizos. El enorme gusano derivé hacia la superficie del planeta. —Van a aterrizar —murmuré Nelson. —Estupendo. Se quedarén inméviles. Los tendremos atiro. El carguero adharano se pos6 sobre la superficie del décimo planeta. Sus cohetes enmudecieron. De ellos sur- gid una nube de particulas de escape. El carguero habia aterrizado entre dos cordilleras, sobre una drida exten- sion de arena grisdcea. La superficie del décimo planeta era, en su mayor parte, drida. No existfan vida, atmésfe- ra ni agua, El planeta se componia principalmente de ro- ca, frfa roca gris, con sombras y oquedades*® enormes. 5 Mamiferos semejantes a los mones. 6 Espacios huecos en el interior de un cuerpo. 16 Philip Dick Una superficie insalubre, corrofda, hostil y pelada. De repente, la nave adharana cobr6 vida. Las escoti- Ilas se abrieron, Diminutos puntos negros salieron a toda prisa de la nave. Los puntos se hicieron cada vez més nu- merosos, una Iluvia de manchas vomitadas por el carguero y que traqueteaban sobre la arena. Algunas llegaron a las montafias y desaparecieron entre los crateres y los pica- chos. Otras se lanzaron hacia el lado opuesto y se perdie- ron en las largas sombras. —Que me linchen —murmur6 Shure—. Esto no tiene sentido. Qué buscaran? Hemos rastrillado estos planetas milimetro a milfmetro. Ahf no hay nada que valga la pena. —Tal vez ellos opinen de manera diferente. Shure se puso rigido. —Mire. Sus vehiculos vuelven a la nave. Los puntos negros habian reaparecido, procedentes de las sombras y los crateres. Corrieron hacia el gusano madre. Las escotillas se abrieron. Los vehiculos entraron de uno en uno en la nave y desaparecieron. Algunos reza- gados los imitaron. Las escotillas se cerraron. —{Qué diablos habrén encontrado?—se pregunt6 Shure. El oficial de comunicaciones Barnes entré en la sala de control y alargé el cuello. —{Todavia siguen ahi? Déjenme echar un vistazo. Nunca he visto una nave de Adharan. La nave adharana se movié, estremeciéndose de proa a popa. Se elevé y gané altitud rapidamente. Se dirigié hacia el noveno planeta. Describié circulos alrededor de ese planeta durante un rato. Mientras tanto, observaba la superficie erosionada y horadada’ por crateres. Las cuen- 7 Perforada, ahuecada Los cazadores césmicos 17 cas vacias de océanos desecados se extendian como in- mensas tarteras. Lanave adharana eligié una cuenca y aterriz6 arrojan- do gases de escape hacia el cielo. —Otra vez igual —murmur6 Shure. Se abrieron las escotillas. Los puntos negros saltaron a la superficie y se movieron en todas direcciones. Shure hizo una mueca, airado. —Tenemos que averiguar qué estan haciendo. jMiren c6mo corren! Saben exactamente lo que buscan —agarré el micréfono de comunicaciones, y luego lo solté—. Nos las arreglaremos solos. No necesitamos a la Tierra. —Van armados, no lo olvide. —Los atraparemos cuando aterricen. Se van parando por orden en cada planeta. Los seguiremos hasta el cuar- to —Shure actué con rapidez, ajustando los controles—. Cuando aterricen en el cuarto planeta los estaremos es- perando. —Quizés opongan resistencia. —Quiza, pero debemos descubrir lo que estan car- gando..., y sea lo que fuere, nos pertenece. El cuarto planeta del sistema de Sirio tenfa atmésfera y un poco de agua. Shure pos6 el crucero entre las ruinas de una vieja ciudad, abandonada desde hacia mucho tiempo. El carguero adharano atin no habia aparecido. Shure escudrifié el cielo antes de abrir la escotilla principal. Bar- nes, Nelson y él salieron al exterior con cautela, armados con pesados rifles Slem. La escotilla se cerré a sus espal- das y el crucero despegé y se elev. Lo vieron perderse en la lejanfa. Se quedaron inmé les, con los rifles dispuestos. El aire era frio y tenue. Nota- ron que soplaba en torno de sus trajes presurizados. 18 Philip Dick Barnes aumenté la temperatura de su traje. —Demasiado frio para mi. —Consigue recordarnos que todavia somos terricolas, a pesar de encontramnos a afios Iuz de casa —coment6 Nelson, —Mi plan es el siguiente —dijo Shure—. No dispara- remos contra ellos. Eso queda descartado por completo. Es su cargamento lo que nos interesa. Si los desintegra- mos, también desintegraremos el cargamento. — {Qué utilizaremos? —Dispararemos una nube de vapor. —Una nube de vapor? Pero... —Capitan, no podemos utilizar una nube de vapor ~dijo Nelson—. No podremos acercarnos a ellos hasta que el vapor esté inactivo. —Hay viento. El vapor se disiparé en seguida. De to- dos modos, es lo tinico que podemos hacer. Habra que correr el riesgo. En cuanto salgan los adharanos abrire- mos fuego. —2Y sila nube falla? —Tendremos que luchar —Shure escudriiié el cielo—. Me parece que ya vienen. Vamonos. Corrieron hacia una colina formada por rocas amon- tonadas, restos de columnas y torres, mezclados con cas- cotes y escombros. —Esto servira —Shure se agach6 y aferré su Slem—. Aqui vienen. Lanave adharana se preparaba para aterrizar. Los co- hetes rugieron y las particulas de escape se elevaron. Golped el suelo con gran estruendo, rebot6 un poco y, por fin, se inmoviliz6. Shure asié el teléfono. —Ya. Los cazadores césmicos 19 El crucero aparecié en el cielo y se lanzé en picada so- bre la nave adharana. Cohetes presurizados dispararon una nube blancoazulada hacia los adharanos. La nube dio de Ileno en el carguero y se infiltré en el interior. El casco brillé por unos momentos. Empezé a desmo- ronarse, corrofdo. El crucero terricola pasé por encima para completar la maniobra. Desapareci6 en el cielo. ‘De la nave adharana surgieron unas figuras que sal- taron al suelo. Se esparcieron en todas direcciones, dando grandes saltos con sus largas piernas. La mayorfa brincaba sobre la nave, arrastrando sus pertrechos. Las figuras tra- bajaban con frenesi y pronto quedaron ocultas por la nu- be de vapor. —Estan recibiendo una buena dosis. Aparecieron més adharanos. Saltaban como locos por todas partes, sobre su nave, sobre el suelo, completamente desorientados. —Es como pisar un hormiguero —murmuré Barnes. El casco de la nave adharana estaba cubierto de enlo- quecidos tripulantes que corrian con desesperacién, en un intento de frenar la accién corrosiva del vapor. El cru- cero terricola reaparecié e inicié una segunda maniobra. Pas6 de ser un punto a un alfiler en forma de lagrima, centelleando al sol de Sirio. La fila de cafiones del cargue- ro intent6 apuntar al veloz crucero. —Lancen bombas muy cercanas —ordené Shure por teléfono—, pero que no los alcancen de Ileno. Quiero sal- var el cargamento. Los depésitos de bombas del crucero se abrieron. Ca- yeron dos proyectiles, que describieron un habil arco y estallaron a ambos lados del carguero. La negra forma retembl6, y los adharanos que se habian refugiado sobre el casco sé arrojaron al suelo. La fila de cafiones dispar6 20 Philip Dick una inGtil andanada®, pero el crucero pas6 de largo y de- sapareci6. La mayor parte de los adharanos abandoné la nave para esparcirse en todas direcciones. —Ya casi ha terminado —dijo Shure; se levant6 y sa- li6 de las ruinas—. Vamos. Los adharanos dispararon una bengala blanca que inund6 el cielo de chispas. Vagaban sin rumbo fijo, confu- sos por el ataque. La nube de vapor casi se habia disipado por completo. La bengala era la sefial convencional de ca- pitulacién’. El crucero describia circulos sobre el carguero, aguardando las érdenes de Shure. —Miralos —dijo Barnes—. Insectos grandes como personas. —jVamos! — grit6 Shure, impaciente—. Estoy ansioso por saber lo que hay adentro. El comandante adharano los recibié fuera de la nave. Avanz6 hacia ellos, al parecer aturdido por el ataque. Nelson, Shure y Barnes lo miraron con repulsién. —Dios mio —murmuré Barnes —., ;Qué aspecto! El adharano media alrededor de un metro y medio, y estaba cubierto por un caparaz6n quitinoso" negro. Se sostenia sobre cuatro delgadas patas, y dos més se agita- ban vacilantes a mitad del cuerpo. Lievaba un cintur6n holgado, del que colgaban su pistola y otros pertrechos". Sus ojos eran complejos, con muchas facetas!2, Una estre- 5 Descarga 9 Accién de rendisse en una guerra 2ORelativo a la quitina, que es la sustancia que le confiere una dureza especial al ‘esqueleto externo de los artrépodos. ‘4M Municiones, armas y demas instruments necesarios para el uso de soldados en la defensa de las foriicaciones ode los buques de guerra. 12 Caras de un poliedro, Los ojos de los insectos presentan muchas facetas, Los cazadores césmicos 21 cha abertura que hacfa las veces de boca se abria en la base de su craneo alargado. Carecia de orejas. ‘Algunos miembros de la tripulacién aguardaban de- trés del comandante. Alzaron un poco sus armas en forma de tubo, indecisos. El comandante emitié una serie de chi- rridos agudos y agité las antenas. Los adharanos bajaron Jas armas. —(Podremos comunicarnos con esta raza? —pregun- t6 Barnes a Nelson. —Da igual —dijo Shure, avanzando un paso—. No te- nemos nada que decirles, Saben que venir aqui es ilegal. Lo tinico que nos interesa es el cargamento. Pas6 junto al comandante, y el grupo de adharanos le abrié paso. Entr6 en la nave, seguido de Bames y Nelson. El interior de la nave olfa a limo®, que cubria el suelo. Los pasadizos eran estrechos y oscuros, como largos tti- neles. El piso era resbaladizo. Algunos miembros de la tripulacién se removian en la oscuridad, agitando las garras y las antenas con nerviosismo. Shure ilumin6 un pasillo con su linterna. —Por aqui. Parece el conducto principal. El comandante adharano los segufa casi pisandoles los talones. Shure prescindia de él. El crucero habia aterri- zado cerca de la nave. Nelson vio que los soldados de la Tierra se desplegaban en cfrculo. Una puerta metélica les cerr6 el paso. Shure indicé con un ademén que la abrieran. —Abrala. Elcomandante adharano retrocedié, sin querer obede- cer. Aparecieron més tripulantes, armados con los tubos. —Quiza pretendan oponer resistencia —dijo Nelson con calma. Lodo, barro. 22 Philip Dick Shure apunt6 a la puerta con su rifle Slem. —Tendré que destruirla. Los adharanos emitieron chirridos excitadamente. Ninguno de ellos se aproximé a la puerta. —Muy bien —dijo Shure, con semblante sombrio. Dispar6. La puerta se desintegré y el paso qued6 libre. Los adharanos se precipitaron hacia adelante, chirriando entre si. Cada vez habia més que penetraban en la nave, rodeando a los tres terricolas. — Vamos —dijo Shure, atravesando el boquete. Nelson y Barnes lo siguieron, con los rifles Slem dispuestos. El pasaje se inclinaba en pendiente. El aire era opresi- vo y denso, y mas adharanos se congregaron tras ellos mientras caminaban pasillo adelante. —Atrés. Shure se volvié en redondo y levants el rifle. Los adha- ranos se detuvieron. — Vamos, retrocedan. Los terricolas doblaron una esquina y desembocaron en la bodega. Shure se interné con cautela, Varios guardias ad- haranos custodiaban el lugar con los tubos desenfundados. —Apartense. Shure movi6 su rifle Slem. Los guardias, a regafia- dientes, dieron uno o dos pasos. —iVamos! Los guardias obedecieron. Shure avanz6, y se detuvo en seco. Asombrado. Vieron ante ellos el cargamento de la nave. La bodega estaba medio Ilena de esferas de fuego lechoso cuidado- samente apiladas, joyas gigantescas que parecian perlas inmensas, a millares. Por todas partes. Montones intermi- nables que desaparecian en las profundidades de la nave. Los cazadores césmicos 23 Todas desprendfan un brillo suave, un resplandor interior que iluminaba la vasta bodega. —jIncrefble! —murmuré Shure. —No me extrafia que quisieran entrar aqui sin permi- so —Barnes, los ojos abiertos de par en par, contuvo el aliento—. Creo que yo haria lo mismo. ;Fijense! —Qué grandes son —dijo Nelson. Intercambiaron una mirada. —Nunca habia visto nada parecido —coment6 Shure, aturdido. Los guardias adharanos no les quitaban el ojo de en- cima; tenfan las armas a punto. Shure avanz6 hacia la pri- mera fila de joyas, apiladas con matematica precision. —Parece imposible que pertenecieran a los adharanos hace tiempo — dijo Nelson con aire pensativo—. Quizé les fueron robadas por los constructores de ciudades del sis- tema de Sirio, y ahora las estan recuperando. —Interesante —sefialé Barnes—. Eso explicarfa por qué los adharanos las encontraron con tanta facilidad. Tal vez existian planos o mapas. —En cualquier caso, ahora son nuestras — grun6 Shu- re—. Todo lo que contiene el sistema de Sirio pertenece a la Tierra. Estd firmado, sellado y aceptado. —Pero si les fueron robadas a los adharanos. —No tenfan que haber aceptado los tratados que clau- suraron el sistema. Ellos tiene sus propios sistemas. Esto pertenece a la Tierra —Shure alargé la mano hacia una jo- ya—. Quiero saber cémo se siente al tacto. —Cuidado, capitan. Puede ser radiactiva™. Shure tocé la joya. Los adharanos se arrojaron sobre él. Shure se debatio. 14Que emite radiaciones invisibles e impalpables, procedentes de la desintegracion esponténea del dtomo y dotadas de una actividad particular. 24 Philip Dick Un adharano asi6 su rifle Slem y se lo quité de las manos. Barnes dispar6. Un grupo de adharanos quedé desin- tegrado. Nelson, de rodillas, abrié fuego sobre la entrada que daba al pasillo. Este se hallaba abarrotado de adhara- nos. Algunos repelieron la agresion. Los chorros calorificos pasaron sobre la cabeza de Nelson. —No pueden alcanzarnos —jadeé Barnes—. Tienen miedo de disparar, por las joyas. Los adharanos se alejaron de la bodega retrocediendo por el pasillo. El comandante dio orden de retirada a los que Ilevaban armas. Shure le quité el rifle a Nelson de un manotazo y desintegré a un grupo de adharanos. Sus compafieros estaban cerrando el pasadizo. Llevaban pesadas plan- chas de emergencia y las estaban soldando. —jAbran la brecha™! —ladré Shure; apunt6 el fusil a Ja pared de la nave—. Intentan encerrarnos aqui. Barnes y Shure dispararon al unisono sobre la pared. Una parte circular de ella se desgajé y cayé hacia fuera. Los soldados terricolas luchaban con los adharanos en el exterior. Los adharanos retrocedian como podian, saltando y disparando. Algunos se refugiaron en la nave. Otros daban media vuelta y huian arrojando sus armas. Corrian y brincaban en todas direcciones, confusos e in- defensos, chirriando ruidosamente. El crucero cobré vida y sus cafiones se colocaron en posicién de fuego. —iNo disparen! —ordené Shure por el teléfono—. Dejen la nave en paz. No es necesario, —Estan acabados —jade6 Nelson, saltando al suelo. Shure y Barnes lo imitaron. —No hay nada que hacer. No saben luchar. 15 Espacio que queda entre dos lugares Los cazadores césmicos 25 Shure llamé, por sefias, a unos soldados. — ;Por alli! Dense prisa, maldita sea. A través del agujero practicado en la nave se despa- rramaban las joyas lechosas, que rodaban y rebotaban en el suelo. Algunos de los puntales de contencién estaban destruidos y una cascada de joyas se esparcié a sus pies. Barnes recogié una. Quemé6 levemente su mano en- ada y le produjo un hormigueo en los dedos. La alz6 ala luz. El globo era opaco. Formas vagas flotaban en el fuego lechoso. El globo latia y centelleaba, como si estu- viera vivo. —Admirable, verdad? —sonrié Nelson. —Encantador. Barnes agarr6 otro. Un adharano le dispar6 inutil- mente desde el casco de la nave. —Fijense. Los hay a millares. —Llamaremos a un mercante para que los recoja — dijo Shure—. Lo cierto es que no estaré tranquilo hasta que va- yan camino a la Tierra. Los combates casi habian cesado. Soldados terricolas rodeaban a los adharanos supervivientes. — Qué haremos con ellos? —pregunt6 Nelson. Shure no contest6, Examinaba una joya, déndole vueltas. —Fijense —murmuré—. Exhibe un color diferente en cada movimiento. Habian visto alguna vez una cosa pa- recida? El gran carguero terricola aterrizé con enorme es- truendo. Las escotillas de la bodega descendieron. Una flotilla de camiones achaparrados" salié bamboledndose. Se dirigieron hacia la nave adharana. Se dispusieron ram- pas para que palas robot empezasen a trabajar. —Recéjanlo todo. WAdjetivo que se aplica a las cosas bajas y extendidas. 26 Philip Dick Silvanus Fry se acercé al capitan Shure. El gerente de Empresas Terricolas se secé la frente con un pafiuelo rojo. —Un botin sorprendente, capitan. Qué gran hallazgo. —Parece mentira que no las localizéramos — dijo Shu- ze—. Los adharanos llegaban y las tomaban, Iban de un planeta a otro, como abejas. No entiendo por qué nuestros equipos no las encontraron. —Eso ya no importa. Fry se encogié de hombros. Examin6 una de las joyas; luego, la lanz6 al aire y la atrap. —Ya imagino a todas las mujeres de la Tierra llevando una alrededor del cuello..., o deseando llevar una alrede- dor del cuello. Dentro de seis meses no se acordaran de lo que era vivir sin ellas. La gente es asi, capitan. Guard6 el globo en su maletin, tras cerrarlo herméti- camente. —Creo que le regalaré una a mi esposa. Un soldado terricola Uevaba al comandante adhara- no. Este guardaba silencio. Los adharanos supervivientes habjan sido despojados de sus armas, y tenfan permiso para reparar la nave. Habian arreglado ya casi todos los desperfectos del casco. —Los dejamos marchar —dijo Shure al comandante adharano —. Podriamos tratarlos como a piratas y fusilarlos, pero serfa absurdo. Sera mejor que informen a su gobierno; manténganse alejados del sistema de Sirio a partir de ahora. —No lo entiende —dijo Barnes. —Lo sé, Es una mera formalidad. Supongo que se ha- x4 una idea general. El comandante adharano aguardaba en silencio. —Eso es todo —Shure, impaciente, sefial6 la nave ad- harana—. Vamos, vayanse. Largo de aqui. Y no vuelvan. El soldado solt6 al comandante. Este regres con par- Los cazadores césmicos 27 simonia” a la nave. Desapareci6 por la escotilla. Los adha- anos que trabajaban en el casco reunieron sus herramien- tas y siguieron al comandante al interior de la nave. Las escotillas se cerraron. La nave adharana se estre- mecié cuando los cohetes cobraron vida. Se elev dando bandazos. Después, describio una curva y se dirigié hacia el espacio. Shure la sigui6 con la mirada hasta que desapareci6. —Ya esta —Fry y él se encaminaron répidamente ha- cia el crucero—. {Cree que estas joyas llamaran la atencién en la Tierra? —Por supuesto. ;Tiene alguna duda? —No —Shure estaba enfrascado en sus pensamien- tos—. Solo fueron a cinco de los diez planetas. Tiene que haber més en los restantes. Cuando este cargamento Ile- gue a la Tierra, empezaremos a trabajar en los planetas interiores. Si los adharanos fueron capaces de encontrar- las, nosotros también podremos. Los ojos de Fry brillaron detras de sus gafas. —Estupendo. No me habia dado cuenta de que habra mas. —Las hay —Shure fruncio el cefto y se acaricié la man- dibula—. Al menos, en teoria. — {Qué le ocurre? —No entiendo por qué no las encontramos. —No se preocupe. Fry le palmeé la espalda. Shure asinti6, todavia absorto. —Pero sigo sin entender por qué no las descubrimos. ¢Cree que puede significar algo? El comandante adharano se sent6 ante la pantalla de control y ajust6 los circuitos de comunicacién. 7 Lentitud, 28 Philip Dick La base de control situada en el segundo planeta del sistema adharano apareci6 en la pantalla. El comandante se Ilevé el cono de sonido a la garganta. —Mala suerte. — Qué ha ocurrido? —Los terricolas nos atacaron y se apoderaron del res- to de nuestro cargamento. —;Cudnto quedaba todavia a bordo? —La mitad. Solo habfamos descendido en cinco de los planetas. —Una gran desgracia. ¢Se llevaron la carga a la Tierra? —Supongo que sf. Hubo unos instantes de silencio. —2Es muy célida la Tierra? —Bastante, segtin tengo entendido. —Quizé salga todo bien. No habiamos previsto la idea de una incubaci6n en la Tierra, pero... —No me gusta que los terricolas tengan una buena parte de nuestra siguiente generacién. Lamento no haber avanzado mas en Ia distribucién. —No lo lamente. Pediremos a la Madre que ponga un nuevo grupo en compensacién. —Pero, ;qué van a hacer Jos terricolas con nuestros huevos? Cuando empiecen las incubaciones, solo se pro- duciran problemas. No puedo entenderlos. Las mentes terricolas escapan a mi comprensién. Tiemblo solo de pen- sar en lo que sucederé cuando los huevos se abran...Y en un planeta hémedo, eso no tardaré en ocurtir... De: The Cosmic Poachers, 1953. El peatén de Ray Bradbury 30 El autor Ray Bradbury nacié en Waukegan (Ilinois), Es- tados Unidos, en 1920. Es uno de los escritores de li- teratura fantastica y ciencia ficcion més importantes del siglo xx. Escribié novelas, cuentos, obras de teatro, guiones para el cine y la television, ensayos y articulos para diarios y revistas. Entre sus obras més conocidas se destacan Crénicas marcianas (1951), El hombre ilustrado (1951), Fahrenheit 451 (1953) y El pais de octubre (1955). Ha recibido muchtsimas distinciones, entre ellas: el pre- mio literario Bram Stoker (1989) en tres de sus categorias (Mejor obra de ficcién, Mejor historia corta y Reconocimiento por toda una vida de trabajo); el premio Nebula (1988) como mejor escri- tor de ciencia ficcién; el premio Salén de la Fama de la Ciencia Ficcién (1970), por su relato “La tercera expedici6n”; el premio Jules Verne (1984). Pero seguramente el reconocimiento mas inusual que se le ha tributado fue el hecho de que un astronauta de las misiones Apolo bautizara un crdter lunar con el nombre de “Crater Dan- delion”, en homenaje a un libro de Bradbury, Dandelion Wine (traducido al espaftol como El vino del esto) Ray Bradbury vive actualmente en California con sus cua- ‘ro gatos, rodeado por sus cuatro hijas y sus ocho nietos. Sigue escribiendo sin cesar. El texto Este cuento pertenece al grupo de relatos de ciencia ficcién que se preocupan por dar una visién del final del mundo. En “El peaton”, asistimos a una especie de Apocalipsis provocado por los excesos en el uso de la tecnologia, En un futuro en el que pa~ recen haberse agotado los recursos de la humanidad, un hombre anda por las calles solitarias... 31 El peaton ntrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba mds al sefior Leonard Mead. Se detenfa en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué ca- mino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del afio 2052, 0 era como si estuviese solo. Y una vez que se decidia, caminaba otra vez, lan- zando ante él formas de aire frio, como humo de cigarro. A veces caminaba durante horas y kilémetros, y volvia a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de Ventanas oscuras y parecia como si pasease por un cementerio; solo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecian manifestarse en las paredes interiores de un cuar- to, donde atin no habian cerrado las cortinas a la noche. O se ofan unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde atin no habian cerrado una ventana. El sefior Leonard Mead se detenia, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y segufa caminando, sin que sus pi- sadas resonaran en la acera. Durante un tiempo habia pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues 32 Ray Bradbury entonces los perros, en intermitentes jaurias, acompajia- rfan su paseo con ladridos al ofr el ruido de los tacos, y se encenderian luces y aparecerian caras, y toda una calle se sobresaltaria ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre. Enesta noche particular, el sefior Mead inicié su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Habfa una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un Arbol de Navidad. Podia sentir Ja luz fria que entraba y salfa, y todas las ra- mas cubiertas de nieve invisible. El sefior Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otofiales, y silbaba quedamente una fria cancion entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pa- sar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado’ olor. —Hola, los de dentro —les murmuraba a todas las ca- sas, de todas las aceras —. {Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? {Por dénde corren los cowboys"? {No viene ya la caballeria de los Estados Unidos por aquella loma? La calle era silenciosa y larga y desierta, y solo su sombra se movia, como la sombra de un halcon en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmavil, podia imaginarse en el centro de una Ilanura, un desierto de Arizona, invernal y sin viento, sin ninguna ca- sa en mil kilmetros a la redonda, sin otra comparifa que los cauces secos de los rios, las calles. — {Qué pasa ahora? —les pregunto a las casas, mirando 1 Oxidado, 2Vaquero, protagonista masculino de las peliculas norteamericanas sobre el “Lejano Oeste". Elpeaton 33 su reloj de pulsera—. Las ocho y media. ;Hora de una docena de variados crimenes? {Un programa de adivi- nanzas? ;Una revista politica? ;Un comediante que se cae del escenario? jEra un murmullo de risas el que venta de aquella casa ala luz blanca de la luna? El sefior Mead titubed, y sigui su camino. No se ofa nada més. Trastabillé en un saliente de laacera. El cemento desaparecia ya bajo las hierbas y las flo- res. Luego de diez afios de caminatas, de noche y de dia, en miles de kilémetros, nunca habia encontrado a otra perso- na que se paseara como él. Llegé a una parte cubierta de tréboles donde dos carre- teras cruzaban la ciudad. Durante el dia se sucedian alli atronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de in- sectos. Los coches escarabajos corrian hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una estacién seca, solo piedras y luz de luna. Leonard Mead doblé por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche so- litario aparecié de pronto en una esquina y lanz6 sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se qued6 paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz. Una voz metélica lamé: —Quieto. Quédese ahi! ;No se mueva! Mead se detuvo. —jArriba las manos! —Pero... —dijo Mead. —jArriba las manos, o dispararemos! La policta, por supuesto, pero qué cosa rara e increfble; en una ciudad de tres millones de habitantes, solo habia un coche de policia. No era asi? Un afio antes, en 2051, el 34. Ray Bradbury afio de la eleccion, las fuerzas policiales habian sido redu- cidas de tres coches a uno. El crimen disminufa cada vez mas; no habia necesidad de policia, salvo este coche soli- tario que iba y venia por las calles desiertas. — {Su nombre? —dijo el coche de policia con un su- surro metalico. Mead, con la luz del reflector en los ojos, no podia ver a los hombres. —Leonard Mead —dijo. —jMas alto! —jLeonard Mead! —{Ocupacién 0 profesién? —Imagino que ustedes me Ilamarian un escritor. —Sin profesién —dijo el coche de policfa como si se hablara a si mismo. La luz inmovilizaba al sefior Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja. —Si, puede ser asi —dijo. No escribia desde hacfa afios. Ya no se vendian libros y revistas. Todo ocurria ahora en casas como tumbas, pens6, continuando sus fantasias. Las tumbas, mal ilumi- nadas por la luz de la television, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente. —Sin profesién —dijo la voz de fondgrafo, sisean- do—. ;Qué estaba haciendo afuera? —Caminando —dijo Leonard Mead. —jCaminando! —Solo caminando —dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frio en la cara. —Caminando, solo caminando, caminando? —Si, sefior. —{Caminando hacia dénde? ;Para qué? El peaton 35 —Caminando para tomar aire. Caminando para ver. — (Su direccion! —Calle Saint James, once, sur. — (Hay aire en su casa, tiene usted un acondiciona- dor de aire, senior Mead? —St. —2Y tiene usted televisor? —No. —jNo? Se oy6 un suave crujido que era en s{ mismo una acu- saci6n. — {Es usted casado, sefior Mead? —No. =No es casado — dijo la voz de la policia detras del rayo brillante. La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas. —Nadie me quiere —dijo Leonard Mead con una sonrisa. — No hable si no le preguntan! Leonard Mead esperé en la noche frfa. — Solo caminando, sefior Mead? —Si —Pero no ha dicho para qué. —Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar sim- plemente. — Ha hecho esto a menudo? ~Todas las noches durante afios. El coche de policia estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente. —Bueno, sefior Mead —dijo el coche. — {Eso es todo? —pregunté Mead cortésmente. —Si —dijo la voz—. Acérquese —se oy6 un suspiro, 36 Ray Bradbury un chasquido; la portezuela trasera del coche se abrié de par en par—. Entre. —Un minuto. jNo he hecho nada! —Entre. —;Protesto! —Sefior Mead... Mead entré como un hombre que de pronto se sintie- ra borracho. Cuando pasé junto a la ventanilla delantera del coche, miré adentro. Tal como esperaba, no habia na- die en el asiento delantero, nadie en el coche. —Entre. Mead se apoyé en la portezuela y miré el asiento trase- ro, que era un pequefo calabozo, una eércel en miniatura con barrotes. Olfa a antiséptico®; olfa a demasiado limpio y duro y metalico. No habia alli nada blando. —Si tuviera una esposa que le sirviese de coartada’.. dijo la voz de hierro—. Pero... —{A donde me llevan? El coche titube6, dej6 ofr un débil y chirriante zum- bido, como sien alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas’ bajo ojos eléctricos. —Al Centro Psiquiatrico de Investigacion de Tenden- cias Regresivas. Mead entr6. La puerta se cerr6 con un golpe blando. El coche policia rod6 por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces. Pasaron ante una casa en una calle un momento des- pués. Una casa més en una ciudad de casas oscuras. Pero 3 Desinfectante, que sirve para prevenir infecciones. & Argumento que itenla demstar qu alguien noe ciple de lg, por hale en lugar en el momento del crimen. 5 Tarjetas que, mediante perforaciones que representan dats, pueden ser leidas por una computadora Elpeaton 37 en esta casa en todas las ventanas habia una resplande- ciente claridad amarilla, rectangular y célida en la fra os- curidad. —Mi casa —dijo Leonard Mead. Nadie le respondio. El coche corrié por los cauces secos de las calles, ale- jandose, dejando atrés las calles desiertas con las aceras desiertas, y no se oy6 ningtin otro sonido, ni hubo ningan otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre. De: The Golden Apples of the Sun © Ray Bradbury, 1953. en La altima pregunta de Isaac Asimov 40 El autor Isaac Asimov es tal vez el autor de ciencia fic- cién més famoso y, a su vez, quien conjugé, mejor que ningiin otro, el doble valor de la expresi6n, ya que fue escri- tor de ficei6n y cientifico. Nacié en Petrovichi, Rusia, en 1920 y murié en Nueva York, Estados Unidos, en 1992. Se doctor en Bioquimica, al mismo tiempo que empezaba a publicar sus relatos de ficci6n. Entre esas dos actividades, la cientifica y la literaria, se de- sempefié varios afios; hasta que, en 1958, decidi6 dedicarse exclu- sivamente ala escritura de ficciones. A partir de entonces escribi6 alrededor de quinientas obras, de temiticas que se fueron exten- diendo paulatinamente desde la ciencia y la ciencia ficcién hasta las historias de misterio y humor. Entre sus obras de ciencia ficcién més conocidas esta la co- leccién de relatos sobre robots, en los que se destaca Yo, robot (1950), que en el afio 2004 fue Hevada exitosamente al cine por Alex Proyas e interpretada por Will Smith. Son también muy famosas las dos trilogias de la Fundacién. La primera de ellas recibi6 el premio Hugo a la mejor serie de novelas de ciencia fic- cién de todos los tiempos. Otros titulos destacados del mismo autor son: El sol desnucio (1957), Los propios dioses (1972) y El hom bre bicentenario (2001). Entre sus principales obras cientificas se encuentran la Enciclopedia biogréfica de Ciencia y Tecnologia (1964; revisada en 1982) y Nueva guia de Ia Ciencia (1984). Una autobio- grafia suya, Memorias, aparecié en 1979. El texto Este cuento tiene una compleja estructura narrativa, ya que esta integrado por historias dispuestas en distintos momentos del futuro. En cada una de ellas, diversos personajes vuelven a formular la misma pregunta. El gesto de hacerla resulta cada vez ms desesperado. {Cuil es la respuesta a esta pregunta? Lean el texto para participar de ese interrogante y conocer la respuesta. La altima pregunta a tiltima pregunta se formulé por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se baié en luz. La pregunta lleg6 como resultado de una apuesta por cinco délares hecha entre dos hombres que bebfan cerve- za, y sucedi6 de esta manera: ‘Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fie- les asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de Jo humano, sabfan qué era lo que pasaba detrds del rostro frio, parpadeante e intermitentemente luminoso —kilé- metros y kilémetros de rostro— de la gigantesca com- putadora. Al menos tenfan una vaga nocién del plan general de circuitos y retransmisores que desde hacia mu- cho tiempo habian superado toda posibilidad de ser domi- nados por una sola persona. Multivac se autoajustaba y autocorregia. Asi tenfa que ser, porque nada que fuera humano podia ajustarla y co- rregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendfan al monstruoso gigante solo en forma ligera y superficial, pe- ro lo hacian tan bien como podria hacerlo cualquier otro hombre. La alimentaban con informacion, adaptaban las preguntas a sus necesidades y traducian las respuestas que aparecfan. Por cierto, ellos y todos los demés asistentes 42. Isaac Asimov tenfan pleno derecho a compartir la gloria de Multivac. Durante décadas, Multivac ayud6 a disefiar naves y a trazar las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero; después de eso, los pobres re- cursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las na- ves. Se necesitaba demasiada energia para los viajes largos y, pese a que la Tierra explotaba su carbon y su uranio con creciente eficacia, habia una cantidad limitada de ambos. Pero, lentamente, Multivac aprendié lo suficiente co- mo para responder a preguntas mds complejas en forma més profunda, y el 14 de mayo de 2061 Jo que hasta ese momento era teoria se convirtié en realidad. La energfa del Sol fue almacenada, modificada y uti- lizada directamente en todo el planeta. Ces6 en todas par- tes el hébito de quemar carbon y fisionar uranio, y toda la Tierra se conect6 con una pequefia estacién —de un kil6- metro y medio de diémetro— que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para funcionar con rayos invisibles de energia solar. Siete dias no habfan alcanzado para empafiar la gloria del acontecimiento, y Adell y Lupov finalmente lograron escapar de la celebracién ptiblica, para refugiarse donde nadie pensaria en buscarlos: en las desiertas cémaras sub- terréneas, en que se vefan partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa, clasificando datos con clics satisfechos y perezosos, Multivac también se habia ganado sus vacaciones, y los asistentes la respe- taban y originalmente no tenian intencién de perturbarla. Se habian Ievado una botella, y su tinica preocupa- cién en ese momento era relajarse y disfrutar de la bebida. —Es asombroso, cuando uno lo piensa —dijo Adell; en su rostro ancho se veian huellas de cansancio; removié len- tamente la bebida con una varilla de vidrio, observando Lailtima pregunta 43 el movimiento de los cubos de hielo en su interior—. To- da la energia que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energia, si quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una enorme gota de hierro liquido impuro, y no echar de menos la energia empleada. Toda la energia que podremos usar por siempre y siempre y siempre. Lupov ladeé la cabeza. Tenfa el habito de hacerlo cuando queria oponerse a lo que ofa, y en ese momento querfa oponerse; en parte porque habfa tenido que llevar el hielo y los vasos. —No para siempre —dijo. — Ah, vamos, précticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert. —Entonces no es para siempre. —Muy bien, entonces. Durante miles de millones de afios. Veinte mil millones, tal vez. {Estas satisfecho? Lupov se pas6 los dedos por los escasos cabellos, co- mo para asegurarse de que todavia le quedaban algunos, y tomé un pequefio sorbo de su bebida. —Veinte mil millones de afios no es “para siempre”. —Bien, pero superara nuestra época, ,verdad? —También la siperaran el carbén y el uranio. —De acuerdo, pero ahora podemos coneciar cada na- ve espacial individualmente con la Estacion Solar, y hacer que vaya a Pluton y regrese de alli un millén de veces sin que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con carbon y uranio. Pregiintale a Mul- tivac, si no me crees. —No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé. —Entorices deja de quitarle méritos a lo que Multivac ha hecho por nosotros —dijo Adell, malhumorado—. Se porté muy bien. 44 Isaac Asimov —{Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durard eternamente. Eso es todo lo que digo. Esta- mos a salvo por veinte mil millones de afios, pero Ly juego? —Lupov apunt6 con un dedo tembloroso al otro—. Y no me digas que nos conectaremos con otro Sol. Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la co- paalos labios solo de vez.en cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron. De pronto Lupov abrié los ojos. —Piensas que nos conectaremos con otro Sol cuando el nuestro muera, ;verdad? —No estoy pensando nada. Seguro que estas pensando. Eres malo en logica, ese es tu problema. Eres como ese tipo del cuento a quien lo sorprendi6é un chaparrén, corrié a refugiarse en un monte y se paré bajo un rbol. No se preocupaba porque pensaba que, cuando un 4rbol estuviera totalmente moja- do, simplemente iria a guarecerse bajo otro. —Entiendo —dijo Adell—. No grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habran muerto también. —Por supuesto —murmur6 Lupov—. Todo comenz6 con la explosin césmica original, fuera lo que fuese, y todo terminaré cuando todas las estrellas se extingan. Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, los gigantes no duraran cien millones de afios. El Sol durara veinte mil millones de aftos y tal vez las enanas durarén cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trill6n de afios estaremos a oscuras. La entropia’ tiene que incrementarse al maximo, eso es todo. : —Sé todo lo que hay que saber sobre la entropia —di- 1 fin Fisica, la entropia es la magnitud termodinémica que mide a parte dela energia que rho puede stizase para produce un trabajo. En un sentido mas ampli, se interpreta co- mo la medida del desorden de un sistema. La tiltima pregunta 45 jo Adell, tocado en su amor propio. —jQué vas a saber! —Sé tanto como ti. —Entonces sabes que todo se extinguird algtin dia. —Muy bien. ;Quién dice que no? —Ta, grandisimo tonto. Dijiste que teniamos toda la energia que necesitébamos, para siempre. Dijiste “para siempre”. Esa vez le tocé a Adell oponerse. —Tal vez podamos reconstruir las cosas algiin dia. —Nunca. — Por qué no? Algiin dia. —Nunca. —Pregantale a Multivac. —Pregtintale ti a Multivac. Te desafio. Te apuesto cinco délares a que no es posible. : ‘Adell estaba lo suficientemente borracho como para intentarlo, y lo suficientemente sobrio como para tradu- cir los simbolos y operaciones necesarias para formular la pregunta que, en palabras, podria haber correspondido a esto: “;Podré la humanidad algtin dfa, sin el gasto neto de energia, devolver al Sol toda su juventud, aun después que haya muerto de viejo?”. O tal vez podria reducirse a una pregunta més sim- ple, como esta: “;Cémo puede disminuirse masivamente la cantidad neta de entropia del universo?”. Multivac enmudeci6. Los lentos resplandores cesa- ron, los clics distantes de los transmisores terminaron. Entonces, mientras los asustados técnicos sentian que ya no podian contener mas el aliento, el teletipo” adjunto ala computadora cobr6 vida repentinamente. Aparecieron 2 bpaato tego ue pert nei camer eo, or mda dew teclado, 46 Isaac Asimov cinco palabras impresas: DATOS INSUFICIENTES PARA RES- PUESTA ESCLARECEDORA. —No hay apuesta —murmuré Lupov. Salieron apresuradamente. Ala mafiana siguiente, los dos, con dolor de cabeza y con la boca pastosa, habian olvidado el incidente. Jerrodd, Jerrodine y Jerrodette I y II observaban la ima- gen estrellada en la pantalla mientras completaban el pasaje por el hiperespacio” en un lapso fuera de las dimensiones del tiempo. Inmediatamente, el uniforme polvo de estrellas dio paso al predominio de un unico disco de marmol, bri- Hante, centrado. —Es X-23 —dijo Jerrodd con confianza; sus manos delgadas se entrelazaron con fuerza detras de la espalda y los nudillos se pusieron blancos. Las pequefias Jertodettes, nifias ambas, habfan expe- rimentado el pasaje por el hiperespacio por primera vez en su vida. Contuvieron sus risas y se persiguieron loca- mente alrededor de la madre, gritando: —Hemos legado a X-23... Hemos Ilegado a X-23.:. Hemos legado a X-23... Hemos llegado... —Tranquilas, nifias —dijo répidamente Jerrodine—. ¢Estds seguro, Jerrodd? — {De qué hay que estar seguro? — pregunté Jerrodd, echando una mirada al tubo de metal ubicado justo debajo del techo, que ocupaba toda la longitud de la habitacién y desaparecia a través de la pared en cada extremo; tenia la misma longitud que la nave. Jerrodd sabia poquisimo sobre el grueso tubo de me- 3 Espacio de més de tres dimensiones. La titima pregunta 47 tal excepto que se amaba Microvac, que uno le hacia preguntas si lo deseaba; que, aunque uno no se las hiciera, de todas maneras cumplia con su tarea de conducir la nave hacia un destino prefijado, de abastecerla de energia desde alguna de las diversas estaciones de Energia Subgalactica y de computar las ecuaciones para saltos hiperespaciales. Jerrodd y su familia no tenfan otra cosa que hacer sino esperar y vivir en los cémodos sectores residenciales de la nave. Cierta vez alguien le habia dicho a Jerrodd que el ac al final de Microvac queria decir analogic computer* en in- glés antiguo, pero estaba a punto de olvidar incluso eso. Los ojos de Jerrodine estaban htimedos cuando miré la pantalla. —No puedo evitarlo. Me siento extrafia al salir de la Tierra. —1Por qué, caramba? — pregunt6 Jerrodd—. No te- niamos nada alli. En X-23 tendremos todo. No estards so- la, No serés una pionera®. Ya hay un millén de personas en ese planeta. Por Dios, nuestros bisnietos tendran que buscar nuevos mundos porque llegard el dia en que X-23 estar superpoblado —después de una pausa reflexiva agregé—: te aseguro que es una suerte que las computa- doras hayan desarrollado viajes interestelares, conside- rando el ritmo al que aumenta la raza. —Lo sé, lo sé —respondi6 Jerrodine con tristeza. Jerrodette I dijo de inmediato: —Nuestra Microvac es la mejor Microvac del mundo. Eso creo yo también —repuso Jerrodd, desorde- néndole el pelo. 4 Computadora analégica 5 Primera pobladora de un lugar. 48 Isaac Asimov Era realmente una sensacién muy agradable tener una Microvac propia y Jerrodd estaba contento de ser parte de su generacién y no de otra. En la juventud de su padre, las tnicas computadoras eran unas enormes maquinas que ocupaban un espacio de ciento cincuenta kilémetros cuadrados. Solo habia una por planeta. Se lamaban AC Planetarias. Durante mil afios, habian cre- cido constantemente en tamajio y luego, de pronto, lleg6 el refinamiento. En lugar de transistores hubo valvulas moleculares, de manera que hasta la AC Planetaria més grande podia colocarse en una nave espacial y ocupar solo la mitad del espacio disponible. Jerrodd siempre se sentia euf6rico® al pensar que su propia Microvac personal era muchisimo mas compleja que la antigua y primitiva Multivac que por primera vez resolvié el problema del viaje hiperespacial e hizo po- sibles los viajes a las estrellas. ~—Tantas estrellas, tantos planetas —suspir6 Jerrodi- ne, inmersa en sus propios pensamientos—. Supongo que las familias seguiran emigrando siempre a nuevos plane- tas, tal como lo hacemos nosotros ahora. —No siempre —respondié Jerrodd, con una sonrisa—. Todo esto terminaré algiin dia, pero no antes de que pasen billones de afios. Muchos billones. Hasta que las estrellas se extingan, gsabes? Tendra que aumentar la entropia. — {Qué es la entropfa, papé? — pregunté Jerrodette II con voz aguda. —Entropia, querida, es solo una palabra que si la cantidad de desgaste del universo. Todo se desgasta, como sabrés: por ejemplo tu pequefio robot walkie-talkie, grecuerdas? S Lieno de energia y optimismo, La Gltima pregunta 49 —{No puedes ponerle una nueva unidad de energia, como a mi robot? . —Las estrellas son unidades de energia, querida. Una vez que se extinguen, ya no hay mas unidades de energia. Jerrodette I lanzé de inmediato un chillido. —No las dejes, pap4. No permitas que las estrellas se extingan. —Mira lo que has hecho —susurré Jerrodine, exaspe- rada. —4Cémo podia saber que iba a asustarla? —respon- dié Jerrodd, también en un susurro. —Pregintale a la Microvac —gimié Jerrodette I—. Pregtintale c6mo volver a encender las estrellas. — Vamos —dijo Jerrodine —. Con eso se tranquilizarén. Jerrodette II ya se estaba echando a llorar, también. Jerrodd se encogié de hombros. —Ya esta bien, queridas. Le preguntaré a Microvac. No se preocupen, ella nos lo dira. Le pregunt6 a Microvac, y agregé répidamente: —Imprimir la respuesta. Jerrodd retiré la delgada cinta de celufilm y dijo ale- gremente: —Miren, la Microvac dice que se ocupara de todo cuando legue el momento, y que no se preocupen. Jerrodine dijo: —Y ahora, nifias, és hora de acostarse. Pronto estare- mos en nuestro nuevo hogar. Jerrodd leyé nuevamente las palabras en el celufilm antes de destruirlo: ‘DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA. Se encogié de hombros y miré la pantalla. El X-23 es- taba cerca. 50 Isaac Asimov ‘VJ-23X de Lameth miré las negras profundidades del mapa tridimensional en pequefia escala de la Galaxia y dijo: —{No seré una ridiculez que nos preocupe tanto la cuestion? “ MQ-17J de Nicron sacudi6 la cabeza: —Creo que no. Sabes que la Galaxia estara ena en cinco afios, con el actual ritmo de expansion. Los dos parecfan jovenes de poco mas de veinte afios. Eran altos y de formas perfectas. —Sin embargo —dijo VJ-23X—, me resisto a presen- tar un informe pesimista al Consejo Galéctico. ~Yo no pensarfa en presentar ningtin otro tipo de in- forme. Tenemos que inquietarlos un poco. No hay otro remedio. ‘VJ-23X suspiré. —El espacio es infinito. Hay cien billones de galaxias disponibles. —Cien billones no es infinito, y cada vez se hace me- nos infinito. ;Piénsalo! Hace veinte mil afios la humanidad resolvi6 por primera vez el problema de utilizar energia estelar, y algunos siglos después se hicieron posibles los viajes interestelares: A la humanidad le Ilevé un millén de afios Ilenar un-pequefio mundo y luego solo quince mil afios Ilenar el resto de la Galaxia. Ahora la poblacién se duplica cada diez afios... VJ-23 interrumpié: —Eso debemos agradecérselo a la inmortalidad. —Muy bien. La inmortalidad existe y debemos consi- derarla. Admito que esta inmortalidad tiene su lado com- plicado. La Galactica AC nos ha solucionado muchos problemas, pero, al resolver el problema de evitar la ve- jez y la muerte, anulé todas las otras soluciones. —Sin embargo, no creo que desees abandonar la vida. La Gltima pregunta 51 —En absoluto —salté MQ-17], y luego se suaviz6 de inmediato—: No todavia. No soy tan viejo. :Cuantos afios tienes ta? —Doscientos veintitrés. ZY ta? —Yo todavia no tengo doscientos. Pero volvamos a lo que decia. La poblacién se duplica cada diez afios. Una vez que se Ilene esta galaxia, habremos Ienado otra en diez afios. Diez afios mas y habremos llenado dos més. Otra década, cuatro mas. En cien afios, habremos Ilenado dos més. Otra década, cuatro més. En cien afios, habremos Ienado mil galaxias; en mil afios, un millén de galaxias. En diez mil afios, todo el universo conocido. Y entonces, equé? VJ-23X dijo: —Como problema paralelo, esta el del transporte. Me pregunto cudntas unidades de energia solar se necesita- ran para trasladar galaxias de individuos de una galaxia ala siguiente. —Muy buena observacién. La humanidad ya consu- me dos unidades de energia solar por afio. —La mayor parte de esta energia se desperdicia. Al fin y al cabo, nuestra propia galaxia sola gasta mil unidades de energia solar por afio, y nosotros solamente usamos dos de ellas. —De acuerdo, pero, aun con una eficiencia de un ciento por ciento, solo podemos postergar el final. Nues- tras necesidades energéticas crecen en progresién geo- métrica, y a un ritmo mayor que nuestra poblacién. Nos quedaremos sin energia todavia més rapido que sin ga- laxias. Muy buena observacion. Muy, muy buena obser- vacién. —Simplemente tendremos que construir nuevas es- trellas con gas interestelar. 52. Isaac Asimov —;O con calor disipado? —pregunt6 MQ-17J, con tono sarcastico. —Puede haber alguna forma de revertir la entropia. Tenemos que preguntarselo a la Galactica AC. VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17 sacé su contacto AC del bolsillo y lo colocé sobre la mesa frente a él. —No me faltan ganas —dijo—. Es algo que la raza humana tendré que enfrentar algan dia. Mir6 sombriamente su pequefio contacto AC. Era un objeto de apenas cinco centimetros ctibicos, nada en si mismo, pero estaba conectado a través del hiperespacio con la gran Galactica AC, que servia a toda la humanidad y, a su vez, era parte integral suya. MQ-17J hizo una pausa para preguntarse si alga dia, en su vida inmortal, llegaria a ver la Galactica AC. Era un pequefio mundo propio, una telarafia de rayos de energia que contenia la materia dentro de la cual las oleadas de los planos medios ocupaban el lugar de las antiguas y pesadas valvulas moleculares. Sin embargo, a pesar de esos funcio- namientos subetéreos, se sabia que la Galactica AC tenia mil diez metros de ancho. Repentinamente MA-17] pregunté a su contacto AC: — {Es posible revertir la entropfa? VJ-23X, sobresaltado, dijo de inmediato: —Ah, mira, realmente yo no quise decir que tenias que preguntar eso. — (Por qué no? —Los dos sabemos que la entropia no puede rever- tirse. No puedes volver a convertir el humo y las cenizas en un arbol. —jHay arboles en tu mundo? —pregunté MQ-17J. El sonido de la Galactica AC los sobresalté y les hizo La dltima pregunta 53 guardar silencio. Se oy6 su voz fina y hermosa en el con- tacto AC en el escritorio. Dijo: — DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA. VJ-23X dijo: —iVes! Entonces los dos hombres volvieron a la pregunta del informe que tenian que hacer para el Consejo Galéctico. La mente de Zee Prime abarcé la nueva galaxia con un leve interés en los incontables racimos de estrellas que Ja poblaban. Nunca habia visto eso antes. ;Alguna vez las veria todas? Tantas estrellas, cada una con su carga de hu- manidad..., una carga que era casi un peso muerto. Cada vez més, la verdadera esencia del hombre habia que en- contrarla all afuera, en el espacio. En las mentes, no en los cuerpos! Los cuerpos inmor- tales permanecian en los planetas, suspendidos sobre los eones’. A veces despertaban a una actividad material, pero eso era cada vez mas raro. Pocos individuos nuevos na- cian para unirse a la multitud increfblemente poderosa, pero, gqué importaba? Habia poco lugar en el universo para nuevos individuos. Zee Prime despert6 de su ensofiacién al encontrarse con los sutiles manojos de otra mente. —Soy Zee Prime. zY ta? —Soy Dee Sub Wun. Tu galaxia? —Solo la llamamos Galaxia. ;Y ta? —Llamamos de la misma manera a la nuestra. Todos los hombres llaman Galaxia a su galaxia, y nada més. ¢Por qué sera? 7 Periodos de tiempo indefinido, de larga duracién; en Geologia, unidad de tiempo equivalente a 1000 millones de afi. 54 Isaac Asimov ~Porque todas las galaxias son iguales. —No todas. En una galaxia en particular debe de ha- berse originado la raza humana. Eso la hace diferente. Zee Prime dijo: —2En cudl? —No sabria decirte. La Universal AC debe de estar enterada. —Se lo preguntamos? De pronto tengo curiosidad por saberlo. Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las galaxias mismas se encogieron y se convirtieron en un polvo nuevo, mas difuso, sobre un fondo mucho més grande. Tantos cientos de billones de galaxias, cada una con sus seres inmortales, todas llevando su carga de inteligencias, con mentes que vagaban libremente por el espacio. Y, sin embargo, una de ellas era tinica entre todas por ser la Galaxia original. Una de ellas tenia, en su pasado vago y distante, un perfodo en que habia sido la tnica galaxia poblada por el hombre. Zee Prime se consum(a de curiosidad por ver esa ga- laxia y grité: — Universal AC! En qué galaxia se origin6 el hombre? La Universal AC oy6, porque en todos los mundos te- nfa listos sus receptores, y cada receptor conducia por el hiperespacio a algtin punto desconocido donde Ja Uni- versal AC se mantenia independiente. Zee Prime solo sabia de un hombre cuyos pensamien- tos habian penetrado a distancia sensible de la Universal AC, y solo informé sobre un globo brillante, de pocos centimetros de diémetro, dificil de ver. — {Pero como puede ser eso toda la Universal AC? —ha- bia preguntado Zee Prime. —La mayor parte —fue la respuesta— esté en el hi- La diltima pregunta 55 perespacio, No puedo imaginarme en qué forma esté alli. Nadie podia imaginarlo, porque hacia mucho que habia pasado el dia —y eso Zee Prime lo sabia— en que al- gan hombre tuvo parte en construir la Universal AC. Ca- da Universal AC disefiaba y construia a su sucesora. Cada una, durante su existencia de un millén de afios o mds, acumulaba la informacién necesaria como para construir una sucesora mejor, mds intrincada, mas capaz, en la cual dejar sumergido y almacenado su propio acopio de infor- maci6n e individualidad. La Universal AC interrumpié los pensamientos erré- ticos de Zee Prime, no con palabras, sino con directivas. La mentalidad de Zee Prime fue dirigida hacia un difuso mar de Galaxias donde una en particular se agrandaba hasta convertirse en estrellas. Llegé un pensamiento, infinitamente distante, pero infinitamente claro: —ESTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE. Pero era igual, al fin y al cabo, igual que cualquier otra, y Zee Prime resopl6 de desilusion. Dee Sub Wun, cuya mente habia acompafiado a Zee Prime, dijo de pronto: —2Y una de estas estrellas es la estrella original del hombre? La Universal AC respondié: —LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE SE HA HECHO NO- va. ES UNA ENANA BLANCA. —{Los hombres que la habitaban murieron? —pre- gunté Zee Prime, sobresaltado y sin pensar. La Universal AC respondié: —COMO SUCEDE EN ESTOS CASOS, UN NUEVO MUNDO PA- RA SUS CUERPOS FISICOS FUE CONSTRUIDO EN EL TIEMPO. —Si, por supuesto —dijo Zee Prime, pero aun ast lo 56 Isaac Asimov invadi6 una sensacién de pérdida. Su mente dejé de centrarse en la Galaxia original del hombre, y le permitié volver y perderse en pequefios puntos nebulosos. No queria volver a verla. Dee Sub Wun dijo: —{Qué sucede? —Las estrellas estén muriendo. La estrella original ha muerto. Todas deben morir. :Por qué no? —Pero, cuando toda la energia se haya agotado, nuestros cuerpos finalmente moriran, y tt y yo con ellos. —Llevaré billones de afios. —No quiero que suceda, ni siquiera dentro de billo- nes de afios. {Universal AC! Como puede evitarse que Jas estrellas mueran? Dee Sub Wun dijo, divertido: —Estds preguntando cémo podria revertirse la direc- cién de la entropia. Y la Universal AC respondio: —TODAVIA NO HAY DATOS SUFICIENTES PARA UNA. RES- PUESTA ESCLARECEDORA. Los pensamientos de Zee Prime volaron a su propia galaxia. Dejé de pensar en Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podria estar esperando en una galaxia a un trillon de afios luz de distancia, o en la estrella siguiente a la de Zee Prime. No importaba. Con aire desdichado, Zee Prime comenzé a recoger hidr6geno interestelar con el cual construir una pequefia estrella propia. Si las estrellas debian morir alguna vez, al menos podrian construirse algunas. El Hombre, mentalmente, era uno solo, y estaba con- La dltima pregunta 57 formado por un trill6n de trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su lugar, cada uno descansando, tranquilo e incorruptible, cada uno cuidado por autématas perfec- tos, igualmente incorruptibles, mientras las mentes de todos los cuerpos se fusionaban libremente entre si, sin distincion. El Hombre dijo: —El universo esta muriendo. El Hombre miré a su alrededor a las galaxias cada vez mas oscuras. Las estrellas gigantes, muy gastadoras, se habfan ido hace rato, habfan vuelto a lo mas oscuro de la oscuridad del pasado distante. Casi todas las estrellas eran enanas blancas, que finalmente se desvanecian. Se habfan creado nuevas estrellas con el polvo que habia entre sf, algunas por procesos naturales, otras por el Hombre mismo; y también se estaban apagando. Las enanas blancas atin podian chocar entre ellas, y de las po- derosas fuerzas asi liberadas se construirfan nuevas estre- las, pero una sola estrella por cada mil estrellas enanas blancas destruidas, y también estas llegarian a su fin. El Hombre dijo: —Cuidadosamente administrada y bajo la direccién de Ta AC Césmica, la energia que todavia queda en todo el uni- verso puede durar billones de afios. Pero, aun asf, con el tiempo todo llegar a su fin. Por mejor que se la administre, por més que se la racione, la energia gastada desaparece y no puede ser repuesta. La entropfa aumenta continua- mente. El Hombre dijo: — Es posible revertir la entropia? Preguntémosle a la AC Césmica. La AC los rode6 pero no en el espacio. Ni un solo fragmento de ella estaba en el espacio. Estaba en el hiper- 58 Isaac Asimov espacio y hecha de algo que no era materia ni energia. La pregunta sobre su tamajio y su naturaleza ya no tenfa un sentido comprensible para el Hombre. —AC Césmica —dijo el Hombre—, como puede re- vertirse la entropia? La AC Césmica dijo: — LOS DATOS SON TODAVIA INSUFICIENTES PARA UNA RES- PUESTA ESCLARECEDORA. El Hombre ordené: —Recoge datos adicionales. La AC Césmica dijo: —Lo HARE. HACE CIENTOS DE BILLONES DE ANOS QUE LO HAGO. Mis PREDECESORES Y YO HEMOS ESCUCHADO MUCHAS VECES ESTA PREGUNTA. TODOS LOS DATOS QUE TENGO SIGUEN SIENDO INSUFICIENTES. —{Llegar4 el momento —pregunté el Hombre— en que los datos sean suficientes o el problema es insoluble en todas las circunstancias concebibles? La AC Césmica dijo: —NINGUN PROBLEMA ES INSOLUBLE EN TODAS LAS CIR- CUNSTANCIAS CONCEBIBLES. El hombre pregunt6: —,Cuando tendrds suficientes datos como para res- ponder a la pregunta? La AC Césmica respondio: — Los DATOS SON TODAVIA INSUFICIENTES PARA UNA RES- PUESTA ESCLARECEDORA. — (Seguirés trabajando en esto? ~pregunto el Hombre. La AC Césmica respondié: —St. El Hombre dijo: —Esperaremos. Las estrellas y las galaxias murieron y se convirtieron La tltima pregunta 59 en polvo, y el espacio se volvi6 negro después de tres tri- Iones de afios de desgaste. Uno por uno, el Hombre se fusion6 con la AC; cada cuerpo fisico perdié su identidad mental en forma tal que no era una pérdida sino una ganancia. La altima mente del Hombre hizo una pausa antes de la fusién, contemplando un espacio que solo inclufa la borra de la Ultima estrella oscura y nada aparte de esa materia increfblemente delgada, agitada al azar por los restos de un calor que se gastaba, asintéticamente’, hasta legar al cero absoluto. El Hombre dijo: —AC, es este el final? zEste caos no puede ser rever- tido al universo una vez mas? {Esto no puede hacerse? AC respondié: —Los DATOS SON TODAVIA INSUFICIENTES PARA UNA RES- PUESTA ESCLARECEDORA. La tltima mente del Hombre se fusioné y solo AC existié en el hiperespacio. La materia y la energia se agotaron y con ellas el espa- cio y el tiempo. Hasta AC existia solamente para la tiltima pregunta que nunca habfa sido respondida desde la época en que dos técnicos en computacién medio alcoholizados, tres trillones de afios antes, formularon la pregunta a la computadora que era, para AC, mucho menos de lo que un hombre era para el Hombre. Todas las otras preguntas habian sido contestadas y, hasta que esa tiltima pregunta fuera respondida también, AC no podria liberar su conciencia. 8 Dicho de una curva, que se acerca continuamente ana recta 0 2 otra curva, sin legar a encontrarla nunca, 60 Isaac Asimov Todos los datos recogidos habian Ilegado al fin. No quedaba nada para recoger. Pero toda la informacién reunida todavia tenfa que ser completamente correlacionada y unida en todas sus posibles relaciones. Se dedicé un intervalo sin tiempo a hacer esto. Y sucedi6é que AC aprendi6 como revertir la direccion de la entropia. Pero no habia ningtin Hombre a quien AC pudiera dar la respuesta a la iiltima pregunta. No habia materia. La respuesta —por demostracién— se ocuparia de eso también. Durante otro intervalo sin tiempo, AC pensé en la mejor forma de hacerlo. Cuidadosamente, AC organiz6 el programa. ‘La conciencia de AC abarcé todo lo que alguna vez habia sido un universo y pens6 en lo que en ese momen- to era el caos. Paso a paso, habia que hacerlo. Y AC dijo: —|HAcase La Luz! Y Ia luz se hizo... De: Nine Tomorrows, 1956. Plebster y Orsi, del planeta Procyon de Roberto Fontanarrosa o El autor Roberto Fontanarrosa nacié en Rosario en 1944 y vive alli actualmente. Es muy conocido como hu- morista grafico, ya que es autor de famosos personajes de histo- rietas como Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso, También son muy lefdas las tiras y las viftetas cémicas que publica en diarios y revistas. Es fandtico del fatbol y, en particular, de su cuadro, Rosario Central. Entre su producci6n literaria, figura Best seller (1981), El drea 18 (1982), El mundo ha vivido equivocado (1985), No sé si he sido cla- 19 (1986), El mayor de mis defectos (1990). El fitbol y las charlas de amigos en un bar son temas cons- tantes en la literatura de Fontanarrosa, en la que se aprecia su particular y humoristica mirada sobre la cultura de masas y al- gunos géneros literarios como la ciencia fiecién, el policial o las biografias. El texto Este es un cuento que seguramente los haré reir. En él, las cosas estén un poco invertidas: las criaturas extraftas son los se- res humanos; més particularmente, los clientes que asisten a un espectéculo de tangos en una ciudad que bien podria ser Buenos Aires, en un futuro incierto. 63 Plebster y Orsi, del planeta Procyon lebster estaba mirando por la ventanilla frontal de la nave el paso oscilante de los meteoritos'. Como todos los dermolinfomas del planeta Procyon, el pequefio Plebster experimentaba una inusual melancolia a la vista de aquellos inmensos pedazos de roca que surcaban el es- pacio, ya que le recordaban a Vendelinus, la segunda lu- na de Procyon, estallada tempranamente. Esa melancolia no llegaba a ser tristeza, pues la tristeza, en su planeta, era un liquido. Mas alla, abstraido en la conduccién de la nave, se ha- llaba Orsi, su compaiiero de vuelo. Orsi era extrafiamente inquieto para ser un nativo de Procyon y hallaba interés aun en las cosas mas mundanas y rutinarias del espacio. Plebster, en cambio, acusaba ya el cansancio de la larga misién que les fuera asignada y su leve piel casi traslticida habia comenzado a tomar el tinte ceniciento del hastio. No deseaba otra cosa que volver a la exultante” atmésfera de Procyon y reunirse con Enif. —Oye, Plebster —dijo Orsi, de pronto —. Hemos teni- do que desviarnos bastante de la ruta. Plebster no le contest6. Empezaba a molestarle, incluso, 1 Fragmento de piedra césmica que flota en el espacio. 2 Muy alegre. 64 Roberto Fontanarrosa el acento apagado de la voz de su compafiero. —Pero es que atin subsiste la lluvia de meteoros —ex- plicé Orsi. —Apenas termine, regresemos a nuestra elipse’ —bu- £6 Plebster. —No es eso. No es eso lo que queria decirte. Ocurre que nuestro desvio nos ha llevado al area de influencia de un planeta muerto, el viejo Maurolycus. Plebster volvié a resoplar y la expulsién del aire hizo que su cobertura dérmica* se arrugara con leves crujidos. El imbécil de Orsi habia encontrado un nuevo motivo de curiosidad para su espiritu simple. Tiempo atras habia perseguido durante seis dias la cola de un cometa’, sub- yugado’ por el destello cambiante de la luz solar sobre las particulas en suspenso. —No sé si recuerdas —continué Orsi— que Maurolycus era un planeta habitado. Y que sus habitantes lo llamaban “Tierra”. {Recuerdas? Plebster aprobé con la bamboleante cabeza experi- mentando el consabido hormigueo en su zona motriz. La memoria era una funcién fisiologica’ en los naturales de Procyon, que se incentivaba con la inmovilidad. —Decia mi padre —continué Orsi, entusiasmado— que la atmésfera de la Tierra debié haber sido bastante simi- lar ala nuestra. Y, por lo tanto, sus habitantes parecidos a nosotros. 3 Curva cerrada simétrca especto de dos ej, lamados “focos" 4 Referidoa la piel 5 Astro formado por un nicleo y una larga cola o cabelera nebulosa, SSeducide, 7 Orgénica. La fistlogfa es la parte de la biologia que estudia los Grganos y sus funciones Plebster y Orsi, del planeta Procyon 65 —No sigas, Orsi. Ya sé a dénde quieres llegar. —Te explico, solamente. —No. Lo que tii quieres es bajar en ese puto planeta. Orsi se mantuvo unos instantes en silencio. Le moles- taba grandemente cuando Plebster hacia uso de malas palabras. Plebster lo sabia y abundaba en ellas cuando deseaba incomodar a Orsi. ~Te explico, solamente —repitié. — Te conozco, Orsi. Se te ha metido esa insana idea en tu centro de reflexiones y no habré poder en el universo que te la quite. Orsi no contest6 pero, como corroborando lo dicho por Plebster, buscé algo frenéticamente en la consola de informes. Tomé entonces uno de los compendios de co- nocimiento y lo introdujo en la memoria de la pantalla. Pronto, una sucesién de caracteres poblé el recuadro Juminoso. —Mira, Plebster —anunci6—. Algo raro ocurri6, Iue- go, en ese planeta. Combatieron entre ellos mismos. Se elev6 una enorme nube de polvo que lo cubrié todo y ya fue imposible observarlo desde afuera... —Se cansaron, Orsi. Se cansaron de que los espiéra- mos —grufié Plebster. —No. Nada de eso. Fue una guerra total. No qued6 nada vivo... —Se cansaron de que criaturas como ti se la pasaran espiando qué era lo que ellos hacfan o dejaban de hacer... —Dos sensores que enviamos hace mucho tiempo no detectaron ni actividad humana, ni vegetacién. Solo de- siertos arrasados y secos. —Se hartaron de tipos como td y su puta curiosidad. Oira vez aquella fea palabra, absolutamente prohibi- da en el ambito de Procyon, pero tolerada en el espacio 66 Roberto Fontanarrosa abierto, en las naves expedicionarias, en los navegantes. Orsi procuré dominarse. —Pero... Mira lo que dice acd... —sefialé la panta- lla—. Hay versiones que sostienen que pueden haber quedado terr4queos vivos en refugios subterraneos, blin- dados, preparados para soportar una guerra nuclear... {No serfa eso maravilloso? —Oh, Orsi —grufié Plebster—. No jodas. —jVamos alli a comprobarlo, Plebster! Plebster lo miré largamente. Sabia que era totalmente intitil Juchar. Orsi no posefa la clésica indolencia de los dermolinfomas y toda iniciativa se enraizaba en él como una planta trepadora. —Oye, Orsi. Quiero volver a casa. ~Y volveremos, Plebster, ,quién dice que no? —Orsi ya habia tomado aquella plafiidera® peticién de su com- Pafiero como una afirmativa y manipulaba ahora los mandos con velocidad y precisién—. Seré solo una visita. {No tienes interés por conocer la Tierra? Plebster volvié a observar, silencioso, el paso raudo de los meteoritos. Sus mayores, mucho tiempo atras, cuando atin existia Vendelinus, le habfan hablado acerca de aquel planeta cubierto de agua. Meme Plebster Jacobi, incluso, le habia descripto un terraqueo con el que habia mantenido relaci6n, al comienzo de los tiempos, en una Tuna de Mercurio. —Dicen que los terréqueos no serian demasiado dife- rentes de nosotros —exclam6 Orsi, excitado, como si le estuviese leyendo el pensamiento. —No tengo ningun interés en encontrarme con seres parecidos a ti. 8 Llorosa y lastimera Plebster y Orsi, del planeta Procyon 67 —Serd répido, Plebster. Sino los hallamos en seguida, subimos de nuevo a la nave y régresamos a casa. —Me tienes harto, Orsi. —Ya verds. Mira..., comienza a cambiar el entorno. Plebster lo habia percibido. El espacio, por los visores de la nave, se observaba més azul y mérbido, y casi ha- bfan desaparecido los meteoritos. Las redondeadas extremidades inferiores, aptas para insertarse en la poceada superficie de Procyon, no eran, sin embargo, las ideales para desplazarse sobre la corteza terrestre. Con la torpeza propia de los forasteros, Orsi y Plebster se movian en aquel terreno, explorando las adya- cencias de la nave. Todo era desolacién. En la brufida’ transparencia de sus escafandras™ rebotaban apenas los débiles rayos del Sol que acertaban a pasar entre las densas nubes de polvo. Cada tanto, rafagas de viento levantaban toneladas de cenizas, pedregullos y residuos metélicos que castigaban a los dos investigadores espaciales. El pai- saje era gris y achatado. —Buena idea la tuya —dijo Plebster, dejando de ca- minar. Orsi no contest. Se habia parado sobre uno de los tantos monticulos de rocas y giraba su cabezota con ex- ptesion de desencanto. —Busquemos un poco més —dijo al fin—. Es légico que si estaban refugiados bajo tierra no podriamos verlos asimple vista. —Nos llevaria una eternidad hallarlos. Por otra parte, no olvides que el compendio de conocimientos decia que SLustrosa, 20Vestiduras impermeables que se completan con un casco de metal, perfectamente cerrado, con orifici y tubos para renovar el are. 68 Roberto Fontanarrosa también solian detectarse explosiones nucleares subte- rraneas... —Algunas de sus tribus estaban muy preparadas para subsistir, Plebster. Habfan esperado esa guerra por siglos. ‘Tenfan de todo alli abajo. Plebster empez6 a caminar hacia la nave. El peso de su ropaje aislante comenzaba a fatigarlo. —Han pasado ya cientos de afios de aquella guerra —grité, sin darse vuelta—. Por mejor preparados que estuvieran, ya hubiesen muerto de hambre o por las en- fermedades. No jodas, Orsi. —Espera. Espera un poco, Plebster —Orsi deposits todo el peso de su cuerpo sobre una suerte de viga que asomaba del suelo—. Me fatigo. Esto no es Procyon. — jTe fatigas, ch? {No se te ocurre alguna otra buena idea como esta? Con la de Petavium ya son dos. En el segmento més abierto de la elipse programada, Orsi habia insistido en descender en la estrella Petavium, argumentando que allf habia mica. Pero la pulposa Pe- tavium estaba podrida. Atravesado el interior de su masa por infinitos canales que conducian jugos minerales, el desmedido calor del Sol la habfa hecho entrar en putre- faccién y el olor que despedia la macilenta" estrella era insoportable. Una semana tuvo que estar luego Plebster aspirando aroma de cristales de sal para restablecer el funcionamiento de sus papilas. —Ya voy, Plebster. Aguarda un poco —pidi6 Orsi. Plebster giré y regres6 para ayudar a su compajiero. — Vamos —dijo, sosteniéndolo por debajo del primer par de extremidades superiores. De pronto Plebster advirtié que el cuerpo de Orsi se envaraba—. Qué pasa? —pregunts. 11 Descolorida. Plebster y Orsi, del planeta Procyon 69 Los dos sensores 6pticos de Orsi se habfan fruncido, atentos, y meneaba espasmédicamente la cabeza, como buscando. —zQué pasa? —se alarmé Plebster, girando a su vez lasuya. Habfan dejado las armas en la nave, y tanto la valentia como la cobardia eran condiciones desconocidas en Pro- cyon. Es més, la audacia consistia en una fruta pequefia, agridulce, que brotaba en la estacién del fosfato”, —iOyes eso? —pregunt6 Orsi. — Que? —Escucha bien. Orsi tenfa razén. En el aire se dilufa una especie de mu- sica, una melodia que llegaba y se marchaba con la brisa. —iMitisica! —se exalté Orsi—. jEs misica! —Es solo el viento, Orsi. —jEs mtsica! —Orsi se desembaraz6 de las extremi- dades superiores de Plebster y giré sobre si mismo varias ‘veces, como una antena, deslumbrado por la recepcion de aquel idioma universal. Ahora la melodia llegaba mas nitida, con cadencias extrafias y desconocidas para la per- cepcién de los dos expedicionarios. — {De donde viene? —se sum6 Plebster a la inquietud. —No sé si es una miisica fuerte que nos llega desde muy lejos... O es una mtisica muy débil que se origina muy cerca de nosotros —dudé Orsi, lo que preocup6 a Plebster, ya que la duda antecedfa a la constipacién’® bronquial en los dermolinfomas. — {Cerca de nosotros? —dijo Plebster, abarcando con sus 6rganos dpticos los alrededores inmediatos. ¥2 Compuesto quimico con fésforo. B Restrio. 70 Roberto Fontanarrosa —jAquil ;Aqui! —dijeron los dos, casi al unisono, afe- rrando un oxidado tubo metélico que sobresalfa entre un monticulo de escombros—. ;La muisica viene por este tubo! Orsi apreté la escafandra sobre la boca del tubo, pro- curando escuchar mejor. En tanto, Plebster se habia sentido inopinadamente™ melancélico, como algunas veces en que escuchaba historias relatadas por Meme Plebster Ja- cobi. Pero Orsi no le dio tiempo para bucear en sus sen- timientos. —jCavemos! ;Cavemos por acé, Plebster! —grit6, es- carbando con su bastén de titanio entre los escombros—. {Esta mtisica nos llega desde abajo! {De alguno de esos re- fugios que mencioné antes, Plebster! Plebster olvid6 por un momento su indolencia, su de- sinterés y sus ganas de regresar a casa, y con un trozo de chapa ennegrecida comenz6 también a apartar rocas y cascotes. Poco después, y ante la febril atencién de ambos investigadores, una superficie de madera se hizo visible ante ellos. Continuaron removiendo con mas ahinco™ y aparecié entonces una puerta, de doble hoja, practica- mente horizontal, que cubria una boca de acceso. Plebster y Orsi se miraron. La puerta mostraba una superficie des- cascarada, atin con restos de pintura, y por las junturas de su madera llegaba, ahora sf, claramente, la cadencia de la extrafia misica. — {Vamos por las armas? —vacil6 Orsi. Plebster encogié el ensamblamiento de sus extremi- dades superiores, las prensiles”®. — {Te parece? 18 Sin que se haya pensado en ello 15 Empefio grande en hacer o solicitar algo. 16 Que sirve para asi o agarrar. Plebster y Orsi, del planeta Procyon 71 =Yo digo... —No creo —dijo Plebster, decidido, y se lanz6 sobre la puerta, la que abrié de un tirén. Una bocanada melédica los envolvi6 y, luego, tam- bién una serie de sonidos breves, como médicos estalli- dos, desacompasados. Después, el silencio. Plebster y Orsi se miraron. Tal vez habfan sido descubiertos y aho- ra, al fondo de ese ttinel oscuro y profundo que se abria ante ellos, los aguardaba el temor agresivo de los nativos. Con infinita cautela, Orsi adelanté uno de sus miembros locomotores y lo deposité sobre el primer peldafio de la escalera descendente. De pronto volvié la muisica, y es- to tranquiliz6 a ambos dermolinfomas, que cerraron la puerta detras de ellos, sin hacer ruido. Por un momento quedaron sumidos en una oscuridad absoluta, pero pronto advirtieron que, muy abajo y al fondo, se veia una luz. Una luz rojiza. Ganados por la ansiedad, Plebs- ter y Orsi continuaron el descenso. Un par de veces se detuvieron ante el eco de aquellos extrafios sonidos inarménicos, cortos golpes de superficies ahuecadas, que les llegaban desde el fondo. Por tiltimo se detuvie- ron ante una abertura cubierta por un cortinado de tela que, al tacto de Orsi, se revelé como levemente afelpado y de cierto peso. Ya se escuchaba, con més nitidez, una voz humana metilica y altisonante. Orsi corrié la corti- na y ambos visitantes se hallaron ante un recinto poco iluminado. Una veintena de seres humanos se encontra- ban diseminados en pequefias mesas redondas, distri- buidas en torno de una tarima de madera. Los humanos eran, al menos, de dos sexos diferentes, calcul6é Plebster. Bebjan extrafios tragos, hablaban poco entre ellos y no parecian demasiado jovenes. Sobre la tarima, un terré- queo con la cabeza cubierta por un cabello oscuro y en- 72 Roberto Fontanarrosa grasado, de pie frente a un adminiculo” de metal que ampliaba el sonido de su voz, los observé de una ojea- da. También hicieron lo propio otros nativos de los que estaban sentados. —1Y sigue llegando gente a nuestra Pefia Tanguera “El Sotano del Dos por Cuatro”, mis queridos amigos! —anun- cié el terréqueo del cabello Iustroso—. ;Y es porque vienen a escuchar a Angelito Delfino, “El Ruisefior de Floresta”, que ahora nos va a regalar, de Esteban Celedonio Flores y Ciriaco Ortiz, Atenti, pebeta! Los humanos de las mesas golpetearon unas contra otras sus extremidades superiores y alli supo Orsi que, de esa accién impensada, provenfan los breves estallidos que habjfan ofdo en la escalera. iY esta cancién, sefiores —continué el anuncia- dor—, es para los nuevos amigos de la noche de Buenos Aires...! —y luego, dirigiéndose a Plebster y Orsi, pre- gunté—: ;De dénde son, muchachos? —De Procyon — grité Orsi, complacido. —jPara los amigos de Procyon, entonces..., Angelito Delfino, “El Ruisefior de Floresta”, y Atenti, pebeta, de Flo- res y Ciriaco Ortiz! ‘Hubo nuevos aplausos. Dichos gestos eran, al parecer, de aprobacién, ya que un humano rechoncho y bajito, que acababa de subir a la tarima, agradecia con leves re- verencias y sonrisas. E] humano que habia hecho la pre- sentacién en la tarima camino entre las mesas, con aire cansado, hasta Plebster y Orsi. Estos, para no sentirse de- masiado ajenos al ambiente, se habian depositado sobre sendas sillas, ante una mesa vacia, Dos terréqueos, con la misma expresién desmayada y ausente que los demas, 17 Objeto que sirve como ayuda para hacer algo. Plebster y Orsi, del planeta Procyon 73 comenzaron a extraer de sus instrumentos una mtisica arrastrada y sinuosa. El humano regordete y oscuro de arriba de la tarima comenz6 con lo suyo. —"Cuando estés en la vereda y te fiche un bacanazo, vos hacete la chitrula y no te le deschavés, que no manye que estas lista al primer tiro de lazo y que por un par de lompas bien planchados te perdés...” El terréqueo que oficiaba de anunciador lleg6 hasta la mesa de Plebster y Orsi. Se inclin6 hacia ellos y los ob- servé por un instante. Plebster detect6, con la particular sensibilidad que los dermolinfomas tienen para los mati- ces, que el cabello del humane, en la parte superior de su cabeza, mostraba una coloracién diferente de la que lucia sobre los costados. Se veia mas rojizo y rebelde que el res- to. Aquella misma anomalia habia detectado también en varios de los presentes, pese a la luz escasa y al humo que invadia el local. —{Qué van a tomar, muchachos? —pregunté el anfi- trién. —Ehhh una pregunta. —No se preocupen —desestimo el anunciador. Y ba- jando la voz, agreg6—: No se preocupen por el precio. La casa invita. —No. No —dijo Orsi—. Queriamos preguntarle otra cosa... ,Cémo hicieron para sobrevivir? El humano enarcé las cejas y se tomé un instante pa- ra contestar. —“Cuando vengas para el centro” —segufa el can- tor— “camind junando el suelo, arrastrando los fanguyos y arrimada a la pared.” —2Cémo hicimos para sobrevivir? —repiti6, teatral, el anunciador—. Bajando los precios, hermano. Cuidan- —vacilé Orsi—. Antes querfamos hacerle 74 Roberto Fontanarrosa do la clientela y ofreciendo calidad. No hay otra. De lo contrario, hubiésemos tenido que cerrar... —Pero... digo yo... —vacilé Orsi—. ;Cémo pudieron sobrellevar la gran tragedia? El anunciador habia apoyado las dos manos sobre la mesa y sus ojos se cubrieron con una patina” himeda. —Fue tremendo... Tremendo... Lo de Medellin fue tremendo... Pero hay que seguir adelante, hermano. No queda otra. Por el Zorzal mismo. Yo sé que Carlitos” no hubiese querido que aflojaramos... Plebster miré al hombre y vio que una milimétrica es- fera de liquido se desprendia de uno de sus ojos. Record6 que, en Procyon, la tristeza era un liquido. Y el recuerdo de su planeta, y la masica aquella que escapaba de un ex- trafio instrumento que parecfa respirar, lo hicieron sentir- se invadido por una pegajosa melancolia. —{Vamos, Orsi? —pregunt6. —Espera. Espera a que termine esto —dijo Orsi mos- trando una copa translicida Hena de un liquido rojizo que les habfa traido el anunciador. Se quedaron un poco mas y cuando terminaron de beber se levantaron y se marcharon hacia la puerta. Con un bamboleo de sus cabezas se despidieron del anuncia- dor, que estaba sentado a otra mesa, cerca de la tarima. El anunciador levanté una mano y deletreé en el aire “Chau, querido. Vuelvan cuando quieran”. Plebster y Orsi salieron a la superficie y se encaminaron hacia la na- ve, Por un rato los siguié la misica y la voz del cantor ba- jo y regordete. 18 Barniz que se forma sobre los objetos antiguos de bronce, por accién de la humedad. 19 Referencias a Carlos Gardel (1890-1935), famoso cantante de tangos y actor de cine. Seo conoce como el Zorzal Criollo. Murié en un accidente aerondutico, en la ciudad de Medellin, Colombia, Plebster y Orsi, del planeta Procyon 75 —"Tomé leche con vainilla y chocolate con churros, aunque estés en el momento propiamente del vermut... “ De: Uno nunca sabe © Roberto Fontanarrosa, 1993, Los metales mudos de Esteban Valentino ey El autor Esteban Valentino nacié en Castelar, provincia de Buenos Aires, en 1956. Es licenciado en Letras, pro- {fesor universitario y periodista. Ha recibido numerosos premios por sus poemas y por su obra literaria para chicos y jOvenes. En- ‘re sus libros figuran los siguientes titulos: El hombre que crefa en Ia luna, Las lgrimas nacen en Grecia, Sobre ruedas, Mafiana tiene nombre, Pahicaplapa, A veces la somibra, Historia de un monstruo soli- tario, Todos los soles mienten, Un desierto leno de gente. El texto Este cuento de Esteban Valentino comienza como un cldsi- co relato de ciencia ficcidn, en el que aparecen todos los compo- nentes habituales del género: los viajes intergalécticos, las naves espaciales, la tecnologia. Sin embargo, la historia nos sorprende con un final poético: al final, hay algo que supera las posibilida~ des de la técnica y también las de la escritura. Los metales mudos a Guerra Fria hacia afios que era apenas un articulo de historia en las enciclopedias tematicas, y Estados Unidos y Rusia se miraban mas como una vieja pareja lle- na de rencores gastados que como enemigos, cuando el médulo de investigacion del proyecto Saturno empez6 a dejar de enviar informacién. Su tarea central era sencilla: debfa acercarse hasta los anillos del sexto planeta de nuestro sistema hasta una distancia que no habia logrado nunca una méquina humana. Los resultados serfan ana- lizados en la Tierra y el espacio tendria entonces un enig- ma menos para las curiosas mentes de los hombres. Pero algo de pronto empezé a funcionar mal y hacia ya mas de doce horas que en la base no se recibfa una maldita foto ni un miserable anélisis de composicién gaseosa de la zo- na que transitaba el médulo. —Esto no marcha —dijo Levin Stonhause, el respon- sable de la misién, un negro de casi dos metros, que se parecfa mas a un jugador de basquet que a un ingeniero espacial—. Llamen a Karen. Karen Blevint actuaba como la mano derecha del bas- quetbolista y estuvo de acuerdo con su jefe. Eso no marcha- ba, Se lamenté de la falta de oportunidad del desperfecto. —Justo cuando fbamos a recibir las primeras image- nes directas de los anillos. No es un buen momento para 80 Esteban Valentino que se venga abajo el sistema. Intentaron con los meca- nismos alternativos? —No te llamé para que me preguntes obviedades —le dijo con mal humor Stonhause —, sino para que propongas algo imaginativo. Karen era una rubia atractiva y estaba demasiado acostumbrada a que su figura le hiciera més llevadera la telacién con sus colegas masculinos. Pero eso no funcio- naba con Stonhause y todavia le costaba recordar ese de- talle. Se dijo mentalmente que debfa ser mas cuidadosa cada vez que hablara con el gigante negro. —Buena, si ya se intenté con todo y nada funcion6, me parece que el tinico camino que queda es una misién tripu- Jada hasta el médulo, Olvidarnos del bendito aparato has- ta que los hombres lleguen, y a ver qué pueden hacer. —Pero estamos hablando de afios de espera. Y con hibernacién’ de los tripulantes incluida. Pero no veo que tengamos otro camino. A menos que quieras colocar desde ahora a la misién Saturno en la co- Tumna de fracasos y por lo tanto en el rengl6n de Plata Ti- rada a la Basura. Los tipos del Congreso no van a estar muy felices. En cambio, una nueva misi6n tripulada es otro tema. La podemos vender con otra jerarquifa. Al fin y al cabo va a ser la primera vez que ojos humanos vean los anillos tan de cerca. Storthause evalué unos minutos la idea que le proponia su ayudante y termin6 por aceptar que no tenfa otro cami- no, La Agencia no podia permitirse el lujo de un nuevo fra- caso. Disfrazar la derrota con el ropaje de un nuevo desaffo era una salida elegante y posible. Pensé en el perfil de los enviados. 1 Procedimiento que reduce o anula las funciones del organismo, por medio del fro, Los metales mudos 81 —Tienen que ser los mejores técnicos, solteros y sin hijos. Ningan especialista casado va a aceptar pasarse diez afios lejos de su familia. Esta bien que para ellos no va a pasar el tiempo; pero en la Tierra, si. ¢Quién va a querer dejar a su esposa con treinta afios y reencontrarla al dia siguiente con cuarenta? Karen ya tenia la respuesta preparada. Conocia per- fectamente los legajos de cada uno de sus hombres. No necesitaba computadora para la elecci6n. —Vladimir Evutchenco, ruso, 33 afios. En este mo- mento esta en la base. Brian Carlson, 37 afios, nuestro. En una semana pueden estar listos y viajando. Si les asegu- ramos el futuro econémico a su Tegreso, no van a poner obstaculos. Y ademas son los que mas saben sobre pro- blemas como los que presenta el modulo. —Que vengan —dijo el Gran Jefe—. Quiero hablar con ellos. Dos horas més tarde, un astronauta ruso y un astro- nauta norteamericano entraban en esa misma oficina, se sentaban frente a un ingeniero de tamafio inusual y escu- chaban en silencio que se pasarfan los proximos diez, afios de su vida durmiendo dentro de una maquina. Los preparativos para el viaje se hicieron en tiempo ré- cord. En menos de un mes las dos maquinas hibernadoras estaban ubicadas en el trasbordador, y los hombres, instala- dos en su puesto de partida. La consigna del viaje era sim- ple. Debfan despegar, programar las coordenadas para se- guir el mismo camino del médulo de investigacion e hiber- narse para que, en los préximos cinco afios, el tiempo se de- tuviera para ellos. Oportunamente serian despertados, cuando estuvieran a unos dias de su destino final. Una vez alli, deberian intentar reparar lo que se hubiera descom- puesto y regresar a la nave. Reprogramarla para desandar 82 Esteban Valentino el camino, volver a hibernar y despertar otra vez, poco an- tes del ingreso en la atmésfera terrestre, diez afios después del dia que estaban viviendo. Les habfan dicho la verdad. Nunca se habia intentado algo asi y ese nunca los llenaba de orgullo, pero también de miedo. Entre ellos se trataban con respeto y cierta lejanfa. No eran amigos, no se conocian de antes y, si bien pasarian diez afios juntos, en los hechos ese tiempo se reducia a unos pocos dias; de modo que no era necesaria una familiaridad que superara lo estrictamente profesional. Pero no se levaban mal y eso ya era bastante. El despegue del trasbordador se llev6 a cabo sin no- vedades negativas. Una vez que estuvieron en el espacio, Evutchenco establecié el curso definitivo y program6 las dos cémaras hibernadoras. Cuando miré a su compafiero para decirle que estaba todo listo, encontré que los ojos del norteamericano le decian mas que todas las palabras que habjfan cruzado hasta entonces. —Esto no le gusta ni medio, zno, Carlson? —Para nada. Esta bien que no tenemos mujer ni hijos, pero eso no quiere decir que estemos solos. Se da cuen- ta de que, cuando regresemos, nuestros amigos, nuestros padres, nuestros sobrinos, van a ser diez afios mas viejos? Y nosotros, con Ja misma edad que hoy. Va a ser un poco como volverse loco, gno cree? —Si. Yo también pensé lo mismo. Y en un momento du- dé si aceptar. Pero también se me ocurrié que quedariamos en la historia, en los libros y todo eso, y pensé que la gloria y el recuerdo son también una de las formas de la belleza. Eso me convenci6. —Tal vez tenga raz6n. Pero igual ahora tiene tanto miedo como yo, y meterse en esa maquina le parece, co- mo a mf, meterse en una trampa. —Bueno, si es cierto que somos dos ratones, vamos a Los metales mudos 83 ver qué tan rico es este queso del tiempo. Y entraron en las maquinas alimentadas con hidroge- no Ifquido, el elemento més frio que conoce el hombre, y se acostaron sobre las cémodas camas, y se durmieron. Tal vez sofiaron mucho, pero tal vez no. Cinco afios duré el viaje de ida. Ellos no se enteraron, pero Stonhause perdié su empleo en ese tiempo; de mo- do que el hombre que los envi ya era apenas un retrato en la agencia cuando Ilegaron a ponerse a tiro del médu- lo. La nave robot se habia ubicado en un lugar estratégi- co. Desde alli, la vision de los anillos de Saturno era ideal. En la Tierra habfan calculado que esas exactas coordena- das permitfan aproximaciones casi magicas. El primero en despertar fue el norteamericano. Pocos minutos des- pués, el ruso abrié los ojos. Una vez afuera de las cémaras hibernadoras, se permitieron apenas unas pocas sonrisas y alguna broma sobre lo bien que habfan dormido esa noche. Sabian que hablar sobre el tiempo transcurrido podria llevarlos al desconcierto, y se necesitaban enteros para la tarea que enfrentaban. Los contactos con la Tierra no eran posibles a esa distancia y con esa interferencia, as{ que estaban librados a su buen juicio y no querfan ponerse piedras en el camino. Evutchenco intenté un primer andlisis de los sistemas del médulo a partir de la lectura de sus propias computadoras. La nave se veia co- mo un pez muerto en medio de un mar oscuro. =No tiene sentido —dijo el ruso—. No parece haber ningdn dafio, pero a la vez nada responde. Es como si to- dos los instrumentos se hubieran puesto de acuerdo para detenerse. Es un disparate cientifico. Ese juguete tiene siete sistemas alternativos. No es posible que los siete se hayan descompuesto. —Bien, para eso vinimos hasta aqui. Ayademe con el 84 Esteban Valentino traje, Vladimir. Una vez. que me haya instalado en el m6- dulo, vamos a saber bastante mas de todo este asunto, Carlson abrié la escotilla de salida y su mochila pro- pulsora le permiti6 llegar en pocos minutos hasta la nave enferma. Entr6 por la camara principal y empezé a trans- mitir lo que veia a su compafiero. —No comprendo, Evutchenco. Parece estar todo en orden, Estén todos los paneles encendidos y trabajando. tPor qué dejaron de enviar informacién? — {Ya investig6 en la cabina de comando? —pregun- t6 el ruso. —Todavia no. Ahora voy a abrir la puerta. Y entonces todo se volvié enormemente confuso. Lo que hasta el momento habia sido una comunicaci6n co- herente se volvié de golpe una serie de suspiros y gritos y lantos que Evutchenco no entendia. Trataba, por medio de lamados desesperados, que Carlson explicara lo que estaba pasando; pero el norteamericano parecia haberse perdido en la locura. Solo después de varios minutos pu- do volver a decir algo entendible. —No puede ser, Vladimir. No puede ser. Deje todo y venga. Tiene que venir a ver esto. El ruso no se hizo esperar. Al poco tiempo se sent6 junto a su compafiero a ver lo que ningiin ojo humano ha- bia visto nunca. Alli delante, los anillos de Saturno se mezclaban con la luz del Sol en una pelicula de colores y formas que los dejé con la boca cerrada y las manos quie- tas. Se olvidaron por completo de la misién y solo se de- dicaron a observar la maravilla que les era regalada. —Un suefio no podria ser mas hermoso, Brian — dijo Evutchenco. —No, Vladimir, no podria, pero ahora vamonos. Ya no tenemos nada que hacer aqui. Los metales mudos 85 ‘Ya en su nave pusieron rumbo a la Tierra y prepara- ron todo para volver a hibernarse. Pero, antes, Carlson pregunté a su copiloto de infinitos: —{Usted piensa que en la base nos creerén cuando digamos que los instrumentos no tienen nada, que deja- ron de transmitir porque sencillamente no podfan enten- der lo que estaba pasando? —No, Brian, no nos van a creer. Van a decir que esta- mos locos y nos van a acusar de ineptos. Asi que vamos a informar lo que se espera de nosotros: que los sistemas del médulo de investigacion sufrieron dafios irreparables por la accion gravitatoria de los anillos y que no hubo ma- nera de solucionar el deterioro. Eso es serio y les a va en- cantar. Pero usted y yo sabemos la verdad y ahora, cada vez que tengamos que trabajar con una computadora, la trataremos con més respeto, :no es asi? Su compafiero le devolvié una sonrisa como respuesta. Se acostaron en las cémaras hibernadoras y se dispusieron a un nuevo suefio de cinco afios. El espacio los fue devo- rando de a poco y el silencio regres a ese minimo terri- torio de universo. Atrés, el médulo de investigacién seguia mudo, con las computadoras Ienas de admiracién, los telescopios paralizados de asombro, las pantallas sin saber qué decir ante el milagro que tenfan delante. © Esteban Valentino, 2005. El Sefior Caos de Angélica Gorodischer 88 El autor Z FK Angélica Gorodischer naci6 en Buenos Aires en | ¥ 11928, pero es rosarina por adopcién, ya que vive en Rosario desde muy temprana edad. Ha publicado numerosos bros, entre los que merecen destacarse Bajo las jubeas en flor (cuentos, 1973), Casta luna electrénica (cuentos, 1977), Kalpa impe- rial (novela, 1983), Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara (nio- vela, 1985), La noche del inocente (novela, 1996), Menta (cuentos, 2000) y Doquier (novela, 2002). ‘Gorodischer es una de las voces més destacadas de la ciencia ficcién en la Argentina. Cuando se le pregunta qué es la ciencia fic- ion, contesta: “No tengo la menor idea acerca de lo que es; pero eso no me importa, porque nadie la tiene” EI texto Este relato pertenece al libro Trafilgar, en el que un singular personaje, Trafalgar Medrano, un viajante de comercio intergalac- fico, le cuenta a su vecina las aventuras que vive en sus viajes. Lo peculiar de este cuento —y del resto de los que componen el li- bro— es que, tanto el personaje protagonista como Ia vecina a la que le cuenta las historias, conversan como si estuvieran hablando de temas cotidianos. 89 El Sefior Caos ué sé yo —dijo Trafalgar—, estuve en tantos lugares, hice tantas cosas que me confundo. Preguntalé a Elvira, ella lo tiene todo anotado. —Elotro dia estuvo Josefina —le dije— y tomamos el té aqui en el jardin y se sent6 en ese mismo sill6n donde estas vos y me dijo que le habias contado lo de Serprabel. —No me hablés. Me enferma acordarme de lo que le hicieron a esa pobre chica. Con ese motivo se tom6 un café y durante un rato no dijo nada. Y yo no le pregunté nada: a Trafalgar se lo puede apurar, discretamente, en medio de un cuento pero nunca antes de un cuento porque ahi empieza a ha- blar de cualquier otra cosa, de tangos digamos, 0 a to- marse el pelo a si mismo y a sus andanzas con mujeres o en los negocios y sigue con el café y de repente se va y uno se da cuenta de que se ha quedado sin saber lo que queria saber. ~Ya debe estar frio ese café —dijo. —Te has tomado tres tazas. —Andé, calenté lo que queda, geh? Y de paso hacés un poco més. Lo dejé un rato solo en el jardin. —Pero eso fue en el viaje anterior —me dijo cuando volvi con la cafetera—, en cambio en este no pas6 nada. 90 Angélica Gorodischer —Mentis como un cafre’. —En serio. Hice muchas paradas y todas muy cortas y en lugares que ya conocia de antes menos en dos, asi que todo fue muy bien y muy répido. —¢Y en esos dos que no conocias de antes qué pas6? —Nada —abrié otro paquete de cigarrillos—. As{ me gusta el café, bien caliente. Aunque esta un poco flojo; ¢tu marido no se queja? —No te olvidés de que tuvo una tilcera y no puede to- mar café fuerte. —Pobre Goro, c6mo no va a tener tilcera después de veinticinco afios de matrimonio. —Dale nomas, defendé la solteria vos. Algin dia te vas acasar con una arpia” que te engatuse’ y vasa terminar con tilcera, cidtica y urticaria. No encontraste ninguna candi- data en este viaje? —Més 0 menos como siempre. —¥ en esos dos mundos que no conocfas? —Nada que valiera la pena. Una rubita muy linda y mas loca que una cabra en Akimaréz, pero me la saqué de encima en cuanto pude. —Qué es eso de Akimaréz. No me acuerdo habértelo oido nombrar. —Te debo haber dicho algo porque sabia que existia y que ahi se podia comprar grafito' y caolin®. Baratos los dos. Bastante lindo es, ninguna maravilla pero no esta mal. 1 Persona cruel o bruta, 2 Bruja 3 Convenza. 4 Mineral de carbén de textura compacta, color negro y lustre metalic 5 Arcilla blanca muy fina que se usa en la fabricacién de porcelana. ElSefior Caos 91 Muy grande, mucha agua y siete continentes como enor- mes islas en medio de los océanos. Las islas tienen agua y vegetaci6n solamente en los bordes y alli estan planta- das las ciudades que decile a Goro que son el suefio del urbanista: ciudades chicas, edificios bajos de nunca mas de dos pisos, con jardines; poco trafico, nada de ruidos ni de humo ni de olor. Ademés les gusta la musica. Y en el medio de las islas, de los continentes, el paisaje es fan- tastico, blanco y negro, seco, imposible de fertilizar. Pero a ellos qué les importa, Venden el grafito negro y el cao- Iin blanco y feldespato* y granito y no sé qué cosas més y viven muy campantes tafiendo la lira. —Qué bacanes. —Si, pero aburridos. Elllos lo pasan bien, yo a los dos dias estaba harto. Les compré y me fui. —2¥ el otro que tampoco conocias? —Aleicarga. Casi casi todo lo contrario: poco mar y mucho verde. Dos mares chicones en los polos y otro més grande cerca del ecuador. Llueve mucho, el resto es tierra fértil y las ciudades son un asco. —Grandes, sucias, con humo y drogas y altoparlantes. —No te apurés. Ciudades chicas porque ellos, y no son los tinicos, parecen haberse dado cuenta de lo que noso- tros estamos por aprender, muy limpias, sin humo, drogas ni pensar, altoparlantes algunos pero no molestan. —Entonces estén bastante bien. No sé por qué decis que son un asco. —Estén demasiado bien organizadas. —Que yo sepa eso no es ningtin defecto, —Vos porque sos dofia organizacién, pero cuando to- da una ciudad y todas las ciudades y todo es como una © Grupo de minerales, compuesto de silcato de aluminio y de uno o mis metales alealinos 92, Angélica Gorodischer enorme y eficiente empresa presidida por una logica de trocha angosta donde los efectos vienen siempre después de las causas y las causas marcan el paso de a una en fon- do y los pajarones no dudan de nada ni se asombran de na- da y se deslizan al lado tuyo levemente contentos, yo y cualquier tipo normal siente muchas ganas de matar a al- guien o de suicidarse. —Gracias. —No te ofendas —y me sonrié un poco—. En Akima- réz uno se aburre pero en Aleicarga hay que andar con mucho cuidado para no caer en la trampa y no entrar en el jueguito de la sensatez. Eso es lo que pasa, que son sen- satos, tanto que o te contagian o hacés una barbaridad. —Y vos qué barbaridades hiciste. —Ninguna. No te digo que no pas6 nada? — {Nada pero nada? —Nada, mir que sos porfiada. Hice lo de siempre: vender, hablar, comer, dormir, andar por ahi para conocer un poco. Y descubri un tipo interesante. Me parece que se esta terminando el café. ~Te hago mis si me decis quién era el tipo y por qué era interesante. —No sé quién era, no llegué a saberle el nombre. Y era interesante porque no era sensato. —{No? —No. Estaba loco. Y sino hay mas café me voy. —Chantajista. —Vos empezaste. Fui a hacer café y pensé que era seguro que Trafalgar habfa estado macaneando cuando decfa que no habia pa- sado nada y que no habfa hecho nada. —2Y? “le pregunté desde la puerta de la cocina. ~Y qué. El Seftor Caos 93 —2¥ el loco? —Mira: hay tanto loco por ahi que uno més a quién le importa. —A mi me importa. Aqui viene el café. Un lio, con la cafetera. Si la Ievaba bien Ilena, se iba a entriar; si llevaba poco iba a tener que hacer mas. Pero co- mo con Trafalgar hay que aprender a resignarse con eso del café, la levé por la mitad. —Vamos, contame. —Pero che, si ya te dije que no hay nada que contar. Los aleicarganos son sensatos, racionales, eficientes, me- didos, discretos, y este otro era todo lo contrario, asi que estaba catalogado de loco. —Pero ofme, uno puede ser todo lo contrario de efi- ciente y discreto y sensato y no ser loco. Vos estas seguro de que era loco? —No. —Aia. —iYa empezamos? —Si no hemos empezado nada todavia —lo miré tra- gar el café—. {No podrias ser vos mas o menos eficiente y sensato y empezar de una vez por el principio? —Ufa, bueno, llegué a Aleicarga un dia de primavera a las nueve y cuarto de la mafiana, bajé, cerré el cacharro, fui a la oficina de recepcin, me recibieron muy bien un tipo bajito y otro un poco més alto y bastante gordo, el puerto no era muy grande pero s{ muy completo, me die- ron café, me arreglaron en un santiamén todo el papelerio que no era mucho, me indicaron un hotel y alla me fui en un transporte colectivo muy cémodo, en el hotel desayuné con més café, ~Te voy a estrangular. —Subi a mi habitacion, me bafié, me cambié, no me 94 Angélica Gorodischer afeité porque me habia afeitado antes de llegar, sali del hotel, tomé un taxi, fui al Centro de Comercio, hablé con el secretario que parecia un tero y averigiié si tenfan interés en comprar caolin y grafito y me dijo que sf, fuimos a al- morzar juntos. —Andate. Fuera de mi casa. No te quiero ver mas en Ja vida. ~—Esperd, esperate un poco. Al principio pensé que to- do era perfecto y no me gust6 porque vos sabés que a mi las cosas perfectas me huelen mal, si tengo que elegir una copa de Murano’ elijo una que tenga una burbuja. Pero co- mo ademds de andar sobre ruedas todo me beneficiaba, me dejé engafiar, engatusar como decis vos. Che, zy la ga- ta que no la veo? —Salié a tomar una copa con el gato de al lado. Segut. —Claro que no soy del todo gil y tardé poco en apio- larme. —Me gustarfa que Josefina hubiera ofdo esa frase. —{Por? —Nada. Segui. —Uno esté acostumbrado a la palabra perfecio y la usa cuando algo salié bien y para de contar. Pero si una cosa esta bien, sin fisuras y sin remedio, entonces es que esta muy mal —fumé y tomé café y quizé miré por ahi buscan- do a la gata—. Algo celestial és por fuerza infernal. Y debe haber flotado en el aire otra amenaza de despe- dida violenta porque se apuré: —En Aleicarga todo el mundo tiene una cara placida y de vez en cuando sonrfe pero nadie se rie a carcajadas, nadie grita, nadie corre para alcanzar el colectivo y si lo alcanza no pelea con el colectivo y sino lo alcanza no pu- 7 Cristal muy preciado. ElSefior Caos 95 tea, ningtin chico se cachetea con otro ni llora para que le compren un chicle con figuritas —dejé la taza vacia sobre el plato—. Probablemente los chicles no traigan figuritas. Y se sirvio més café y yo esperé porque ya me parecia dificil que interrumpiera ahi el cuento de que no habia pa- sado nada pero nada. —No sé con seguridad —dijo— porque no soy de los otarios que mascan chicle. A la tarde volvi al Centro con el secretario y ya tenfan alli a los posibles compradores. Les pedi bastante. En fin, a vos te voy a decir que les pedi mu- cho, cuesti6n de bajar hasta cierto punto. Sonrieron, dijeron que no y se levantaron para irse. Me quedé con la boca abierta. Es como para no creerlo: no sabian regatear®. ~Y qué. Supongo que hay gente que no regatea. —No te digo que no. Pero pocos, creeme, muy pocos. Poquisimos. Quien més quien menos, todo el mundo pelea los precios. Y hay lugares en los que el regateo es un arte refinado, sublime, lugares a los que tenés que ir muy bien preparado porque si no estas frito. Yo no soy un maestro pero tengo un poco de carpeta. Y ahi con los tipos a punto de escaparseme, se me ocurrié que podria inventarles un cuento y decirles que venfa de un lugar en el que el rega- teo es una forma de cortesfa comercial y hacerles el gran ‘verso, pero me di cuenta de que lo mejor era agarrar al to- ro por los cuernos y antes que terminaran de despedirse les mostré el juego. Se desorientaron un poco pero enten- dieron en seguida. Todos entienden todo en seguida en ese mundo de porqueria. No, no te lo lleves que todavia esta to- mable. Vendi todo lo que tenia en menos de medio minuto. —No me digés que a un precio ridiculamente bajo por- que no te creo. 8 Discutir el precio para lograr uno mas barato. 96 Angélica Gorodischer —Ridfculamente bajo no, sensato, eso es lo malo, sen- sato, razonable. No es que no haya ganado nada, no, eso no es admisible en Aleicarga justamente porque no es ra- zonable ni légico. Gané pero no tanto como si me hubieran dejado desplegar mi labia de mercachifle? del zoco". Y ellos se encargaron de todo, de Jas facturas, los permisos, Ios sellados, la descarga, todo. Asi que un minuto después yo ya no tenfa nada que hacer y al dia siguiente me iba a poder ir —Y por qué no te fuiste, me querés decir. —Cémo sabés vos que no me fui. —Elloco, querido, estoy esperando que aparezca el loco. —No me fui porque les tenia bronca. Maquiné algu- nas jugadas sucias como por ejemplo mezclarles el caolin de calidad mas baja con el de primera, engafiarlos en el peso, hacerme invitar a las casas de los tipos y seducirles a las mujeres y a las hijas. —No te agrandés. —No me agrando. Estaba jugando con mi bronca només. Y no eran tantas. Con un poco de tiempo quién te dice. Y volvié a sonrefr pero no para mi sino para las hipo- téticas hijas de los compradores de caolin. —En vez de eso. Comprendeme, no mezclé la merca- deria ni arreglé el peso porque uno tiene escrdpulos. A veces. Y no traté de conocer a las hijas porque seguro que silos papas no saben regatear, las nenas no saben fintear"™ antes de decir que si. —O que no. En vez de eso qué hiciste. 9 Comerciante habilidoso para el engaio y los negoctos, 10 Mercado, Hacer amagos, ElSefior Caos 97 —O que no, tenés raz6n, En vez de eso le pregunté al secretario donde habia una libreria. = Una libreria? —No por corazonada, Cuando vayas a algin lugar del que no conocés nada nia nadie, tenés que dedicarte a tres cosas: las librerfas, los templos y los burdeles. Hay otros, claro, por si no encontras de eso: también podés ir a los colegios, a los casinos, a los hospitales, a los cuarte- les. Pero yo habia visto librerfas y fui a lo seguro. Le dije al tipo que queria comprar algo para leer esa noche en el hotel y me mand6 a una libreria chiquita donde habia de todo, gentendés? —No sé qué tengo que entender, no te pongés miste- rioso. —Que se escribe poco en Aleicarga, muy poco. Una so- Ja obra monumental de historia con su correspondiente compendio en un tomo, cédigos, matemdticas, medicina, fisica, légica, no mas de media docena de novelas, nada de poesia. —Qué brutos. —Es0 es lo que vos te creés. Y cuando vayas a la libre- ria tenés que comprar dos cosas: historia y una novela. Me compré el compendio y una novela que se llamaba Los Ragamca. —¢Los qué dijiste? —Es un apellido. Era la historia de una familia. Y me lef los dos esa misma noche y casi me muero de aburri- miento. Me lef la historia primero y descubri que nunca pasé nada. Se supone que los primeros aleicarganos vi- vieron en los bosques, desnudos, comiendo frutas y dur- miendo bajo las enredaderas, todo muy saludable. Y que tenfan instrumentos de madera y que cuando se morfan no Jos enterraban sino que los subian a las ramas més altas de 98 Angélica Gorodischer los arboles mas altos y los ataban por allé arriba, a lo me- jor para ahorrarles un tramo del camino, pero eso lo digo yo, no los historiadores de Aleicarga, que no se permiten que esas fantasfas. Después construyeron casas de made- 1a, claro, y sembraron, hicieron fuego, vino la rueda y des- pués vino el alfabeto y listo. —{C6mo listo? ;Para decir esa pavada escribieron tanto libro de historia? —Fsa era la parte més interesante. Cuando inventaron la escritura, y se ve que los prehist6ricos que se paseaban bajo los Arboles eran més interesantes que los modernos si se les ocurrié lo de la rueda y lo del abecedario, se pusieron a hacer crénicas de lo que pasaba pero lo malo es que no pa- saba nada. Segin los primeros escritos nadie les robé el fue- goa los dioses, los espfritus del bosque no hablaban con los hombres quiz4 porque no habia espiritus del bosque, los muertos se morfan y chau, no hubo ningtin héroe que se perdio buscando la inmortalidad, ninguna mujer le metié Ios cuernos al marido con ningiin semidiés, y asi por el esti- Jo. Entonces lo que quedaba era un plomo: las cosechas, los viajes, las pestes, algdn descubrimiento casual, y nada mas. —{Leyendas? —le pregunté—. ;Sagas? ;Cosmogontas? {Mitologias? :Suefios? —zLos aleicarganos? Vamos, cémo se ve que no los conocés. Con la rueda, el fuego, la escritura, un poco de medicina empirica”, otro poco de ingenierfa y arquitectu- ra también empiricas y nada de control de la natalidad ni de catastrofes naturales ni animales peligrosos, se fueron. extendiendo y desde el principio tuvieron un solo estado, un solo gobierno, bastante laburo, nada de religién ni de poesia ni de politica. 12 Que se puede comprobar mediante la experiencia o que esta basada en ella, ElSefor Caos 99 —Guerras —se me ocurrié—. Habré habido guerras, invasiones, reyes destronados, capitancitos con ambiciones imperiales, asesinatos por el poder, no me digas que no. ~Te digo que no. Los que son més aptos para gober- nar, gobiernan. Los que son més aptos para operar son ci- rujanos. Los que son mas aptos para manejar un tractor, —Manejan un tractor, gracias, ya me doy cuenta. Pe- ro entonces sin visionarios, sin ambiciosos ni intrigantes ni profetas ni delirantes, zme querés decir cOmo progre- saron? —Muy despacio. Son muy viejos y tuvieron mucho tiempo. —Son unos zoquetes. —De acuerdo. Lo més espectacular, los grandes in- ventos, lo que ellos dejaron de lado porque creian que era imposible, todo eso les lleg6 de afuera. Todavia tenfan arados de madera y carros tirados por bueyes atados del cogote y cocinas de lefia cuando los alcanzaron tipos que ya viajaban por las estrellas y que les ensefiaron cosas. ‘Ahi, entraron a progresar de veras porque aprenden rapi- do, siempre que las grandes ideas se les ocurran a los otros. —No sé como no siguieron hamacandose en los arbo- les. Decime, zy la novela? —Bastante mas aburrida que el compendio de historia. Generaciones y generaciones de una familia de idiotas in- dustriosos, en donde no habia ni peleas ni adulterios ni quiebras fraudulentas ni choques entre padre e hijos ni tias locas ni incestos ni monstruos ni genios, nada, nada, nada. Me quedé dormido cuando no sé qué tipo hijo de no sé quién y casado con no sé quién construfa una casa no sé donde y ponia una fabrica de no sé qué y tenfa tres hijos y una hija. —La préxima vez no les vendas grafito, vendeles las 100 Angélica Gorodischer obras completas de Shakespeare” y de Balzac" y los ma- tas a todos de un infarto. —Ni eso. Para empezar, no voy més. Y si voy y les ven- do a Shakespeare y a Balzac te juego lo que quieras que los Teen, los estudian y deciden que todo eso son tonterias. Te felicito. Qué viaje divertido. ~Yo te dije y vos no me crefste. —Porque uno ya te conoce. Casi me levanté para ir a hacer més café pero me acordé de algo y empecé a desconfiar de nuevo: —Esperate un poco. ZY el loco? —Bueno, claro, el loco. Si, el loco. Lo encontré al dia siguiente, a la noche. No me decidia a irme, y seguia va- gando por ahi. No podfa creer acostumbrado a, vos sabés, a tantas cosas raras y absurdas y estipidas no solo acé si- no en muchos otros mundos, no podfa creer que hubiera gente tan razonable pero ya me estaba convenciendo y casi caigo conquistado por tanta tranquilidad. Me fui a caminar, sali de la ciudad y me meti por las sendas para peatones que corren junto a las rutas y que de vez en cuando se abren y te llevan al campo 0 a los bosques. El tipo estaba sentado en el suelo y silbaba. Cuando of el sil- bido dije no, no puede ser. No tienen poetas, gte dije? ‘Tampoco mtisicos, como no sea para bailar en fiestas o acompafiar actividades fisicas. De paso, tampoco pinto- res, Ilustradores si, pero no pintores. Asf que nadie silba, gno te parece razonable? ;Para qué? No, claro, cémo van 13 William Shakespeare (1561-1616). Tlustre dramaturgo y poeta inglés, autor de Romeo y Julieta, Hamlet, Otel, El merender de Venecia y Sueiio de wna noche de verano, entre muchas otras obras, 14 Honoré de Balzac (1799-1850). Famoso novelista francés. Entre 1890 y 1848 escribi6 un ciclo de novelas, al que denominé La comedia lnunana, en el que retrataba la sociedad de su época. El ciclo consta de 85 titulos, entre los que se destacan La piel de 2npa, Pap Go- riot, La prima Bette. ElSefior Caos 101 a silbar. Y yo estaba oyendo un silbido, un poco monéto- no pero un silbido de persona que silba porque se le da la gana, qué tanto. Me paré en seco y me pregunté si no se- rfa yo el que silbaba. No, no era yo. Sali de la senda, enfi- Ié para el lado del bosque y Io encontré. Se qued6 callado. Y lo peor fue que ni siquiera recla- mé café. —Trafalgar —le dije. —.Eh? —Supongo que no me vas a dejar colgada ahi. =No. —Te hago café. —Bueno. Fui, calenté el agua, hice café, volvi, Trafalgar se sir- vi6 y se tomé media taza: —Era grandote —me dijo— y rubio y tenia barba y sil- baba sentado en el suelo. Le dije hola buenas noches y me contesté que las grullas. —Que las grullas qué. —Nada, eso, que las grullas. Se tom6 la otra media taza y se sirvié més: —Ahi mismo y miré que yo no soy un sentimental. —No sé. —No soy. Ahi mismo me acordé de un juego idiota que jugabamos con mis primos cuando éramos chicos en a quinta de Moreno y vine a darme cuenta de que no era un juego idiota. Alguien decia una frase y los otros tenfan que contestar por turno répidamente con frases que no tuvieran nada que ver con las anteriores. Parece facil hasta que probas. No podés pensar nada de antemano porque no sabés qué van a decir los que hablan antes que vos, asi que de repente tenés que decir algo y si te demords o si lo que decis tiene relaci6n con lo que ya se dijo, sonaste. 102 Angélica Gorodischer Eran més las veces que pagdbamos prenda que las que acertébamos. Hola buenas noches, y en seguida: que las grullas, sonaba como eso. Mird, ahi est la gata. —Voy a prender a luz. —Ahji tenés. Acabamos de hacer lo mismo. Ahi esta la gata, voy a prender la luz. Es razonable o no? —No, pero nos entendemos, asi que esta bien. —No nos entendemos, nos comprendemos y claro que esté bien. Pero los aleicarganos no opinan lo mismo y decian que el tipo era loco. Fuia prender la luz y cuando volvi Trafalgar se servia més café: —Tuvimos una conversacién muy interesante. Yo to- davia no sabia quién era él ni qué era, pero a partir de las grullas y de lo que me habia acordado de Moreno, seguf adelante. De haber estado jugando con mis primos hu- biera tenido que pagar prenda porque me quedé callado un rato pensando en todo eso que te dije antes, pero me rei para mis adentros, me olvidé de que estaba en Aleicar- ga, y le largué, zsabés qué? Ni esperaba que yo le contestara ni me dio tiempo pa- ra decirle que no, que como iba a saber. —Mi prima Alicia esta casada con un japonés. En realidad la pobre Alicia Salles, que es muy linda pero bastante pavota, est4 casada con un saltefio simpati- co, calvo y dermatélogo. —Y entonces, magnificamente, é] me contest6 que ha- bia mucho que decir de Jas flores de papel siempre que fueran rosadas. Y yo le dije que mi reloj de pulsera ade- Tantaba cinco minutos. O atrasaba, no me acuerdo. —Es que no me explico como te acords de tantas co- sas inconexas. —Me acuerdo perfectamente porque no son inconexas. ElSefior Caos 103 — Vamos, viejo, hola, las grullas, el reloj, la retardada de Alicia, las flores de papel, el japonés imaginario, vamos. —iY? ~Y qué. — Me vas a decir que mi reloj no ha atrasado alguna vez.cinco minutos y que mi prima Alicia no esta casada y que vos no tenés flores de papel en el perchero ese y que no hay ningiin japonés casado con una mujer que se Ila- ma Alicia y que no hay grullas en alguna parte? Quise protestar pero no me dejé: —Més todavia. {Me vas a decir que en algan momen- to tanto un japonés como Alicia y vos y yo y él no hemos visto grullas o pensado en grullas o en flores rosadas de papel y que Alicia no habra tenido un reloj de pulsera que adelantaba y que alguna grulla no habré pasado volando, en fin, no sé si las grullas vuelan como las cigiiefias o si ca~ minan picoteando gusanos como las gallinas, sobre una torre que tenfa un reloj que adelantaba y sobre una tienda donde vendian flores de papel? —Si, ya me doy cuenta —le dije. Y me daba cuenta, Ahi en el jardin oscuro todo fue un gran fresco en el que se movia el ballet alocado y estricto de las grullas y los relojes y las Alicias y los japoneses y las flo- res de papel y més, muchas cosas y gentes y animales y plantas mas y Trafalgar y yo y la gata, los gatos, las porta- das de los libros, los collares, la sal, los guerreros, anteojos, sombreros, fotografias viejas, arafias y trenes. Las botellas de Giorgio Morandi®, mariposas grises, boletos de tranvia, cdlamos", emperadores y pastillas para dormix, hachas, in- cienso y chocolate. Y més todavia. Todo, para decir la verdad. 15 Pintor italiano (1880-1964) 16 Talo desprovisto de hojas. Be de lapluma de un ave, lama para escribir. 104 Angélica Gorodischer Entonces Alicia no es una retardada. —Tu prima Alicia no es una retardada —le dije—, por Jo menos no més que el resto. Por qué no hablamos to- dos siempre como vos y tus primos en Moreno 0 como el loco en Aleicarga? —Porque tenemos miedo, me parece —dijo Trafal- gar—. Y no era loco, era que por fin Aleicarga habia ad- quirido como ningan otro mundo en el universo, en el que yo conozco, la verdadera conciencia del orden total. Por el momento lo tinico que puede hacer es rechazarla, claro, por eso dicen que es loco, pero no creo que eso du- re mucho. Como nosotros también girdbamos cémodamente en el universo, en el que conocemos por ahora, nos habiamos olvidado del café no porque estuviéramos pensando en otra cosa sino porque tenfamos presente también a todo el café posible y estaba ahi y yo podia preparar mas en ese momento 0 ires horas o diez meses 0 siete afios después porque el tiempo también estaba ahi. —En otras partes —dijo Trafalgar fumando—, aqui mismio, esa conciencia esta fragmentada y oculta. Ten- drias que juntar por ejemplo, no sé, a un pastor de cabras, un matemético, un sabio, un chico que todavia no vaa la escuela, un esquizofrénico”, una mujer dando a luz, un maestro, un moribundo, un qué sé yo, no sé cudntos mas, y podria ser que te acercaras de lejos al verdadero pano- yama. Allé lo tenfan todo en nada més que dos mitades. Por un lado los aleicarganos sensatos, légicos, racionales, eficientes, incapaces de una paradoja™, un vicio, una so- 17 Que padece esquizofrenia, enfermedad mental en la cual el individuo presenta la pérdida de contacto con el medio que lo rodea, 18Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones 0 frases que aparentemente contienen contradicciones. ElSefior Caos 105 nata, una broma absurda, un haiku”. Y por el otro el loco. —No estaba loco. —No, qué iba a estar loco. Ellos decian que si porque si lo aceptaban se les movia la estanteria. Pero yo decidi que no era loco. Era. —Te voy a hacer més café — dije. —Dale. Y se levant6 y me acompafié a la cocina. —Era el caos” primordial —dijo mientras se calenta- ba el agua y yo lavaba la cafetera—, veia las formas y por eso lo que decfa parecfa informe, vivia todos los tiempos y por eso hablaba sin orden, era tan completo que uno no podia abarcarlo todo y lo veia fragmentado, y tan normal que los aleigarganos decian que estaba loco. Creo que era lo que nosotros ya deberiamos haber legado a ser. Trafalgar agarré la cafetera y nos fuimos de nuevo al jardin, donde la gata andaba al acecho de mariposas gri- ses que habfan venido a la luz. Se tom6 una taza de café y saco cigarrillos y me convidé pero yo no fumo negros. No sé cémo podés fumar esa porqueria —me di- jo—. Te herrumbra™ los pulmones. —Ah, claro, los negros no. —También pero menos —se sirvié més café. —