Noemí Goldman – Alejandra Pasino (2008) OPINIÓN PÚBLICA

En el Orden de la Primera Junta Gubernativa que dio vida a la Gazeta de Buenos-Ayres en junio de 1810 la noción de opinión pública empieza a usarse para dotar de legitimidad al naciente gobierno. En el citado documento se fundamenta la creación del nuevo periódico en la necesidad de una “continua comunicación pública” de los actos de gobierno y de sus principios políticos. A la función legitimadora de la opinión pública, Moreno agrega la de esclarecimiento en los principios que debían fundamentar la acción política. Esta nueva tarea será no sólo obra del gobierno sino de los “sabios” u “hombres ilustrados” convocados para desplegar sus discursos en el periódico, dirigir el patriotismo y expresar fidelidad a las nuevas autoridades, al mismo tiempo que obraría como antídoto para evitar el “choque de opiniones”. Estas primeras apariciones del concepto se distinguen claramente de su uso previo. En el Río de la Plata, el término “público” en el período tardo-colonial, formaba parte de la celebre trilogía “Dios, el Rey, el Público” como principio constitutivo de la Monarquía y del “buen gobierno”. Pero a principios del siglo XIX, el nuevo clima de ideas abierto por la monarquía ilustrada de los Borbones introdujo cambios en la vida cultural rioplatense que se vincularon con la aparición de los primeros periódicos Telégrafo Mercantil, Rural Político e Histórico del Río de la Plata (1801-1802), etc., etc. En estos textos surge una nueva acepción de “público”: el término empieza a referirse a aquellos hombres que capaces de aportar sus “luces” a la comunidad. Estas “luces”, también denominadas por la naciente prensa “opiniones”, debían surgir de la labor de los editores y de la reproducción de artículos y catas de colaboradores. Este reconocimiento de una variedad de “opiniones” fundadas constituye el punto de partida de un debate en cuyo desarrollo se genera el “ajuste de opiniones”. Pero esta acepción positiva convive con otra negativa del término que se relaciona con el vulgo y la falta de fundamento de las “opiniones”, que era necesario desterrar por medio de la educación pública. La aparición del concepto de opinión pública fue el resultado de la crisis de legitimidad abierta por los acontecimientos peninsulares de 1808, que se acompaña de la difusión del conceptote soberanía del pueblo. En esta coyuntura el concepto de opinión pública cobra dos acepciones: como controlador y guía de la acción de los nuevos gobiernos provisionales, y como nuevo espacio libre de comunicación y discusión sobre asuntos de interés común. En el Río de la Plata, el concepto parece oscilar entre dos significados que entran en disputa: como resultado de razonamientos que se trasmiten a la sociedad luego de un debate de ideas en el seno de la elite, o como realidad empírica. Así la “opinión pública” se encuentra jaqueada por la expresión de “opiniones” que no consigue integrar conceptualmente. La libertad de imprenta se estableció en el Río de la Plata en 1811. Este impulso por alentar la difusión de las ideas coexiste con una orientación direccional en la formación de la opinión pública, que al mismo tiempo se relaciona con la necesidad de legitimar los actos de los gobiernos centrales provisionales. Para entender este rasgo direccional asignado a la opinión pública es necesario vincularlo con el concepto complementario de constitución. La opinión pública aparece menos como el fundamento real de la constitución, que como resultado de la tarea formativa de la ley. Se trataría entonces de encontrar un “principio” que demarque el “imperio de la opinión”, ligando a los pueblos y sus diversas “opiniones” sobre las formas de organización política. En la primera década revolucionaria este “principio” se buscó afanosamente en una carta constitucional escrita. (Véase Constitución) En 1820, a pesar de los esfuerzos constitucionales, se produjo la caída del poder central y Buenos Aires se constituyó en Estado autónomo, e inició un conjunto de reformas tendientes a reformar las instituciones vigentes. En este contexto, el grupo dirigente, bajo el impulso reformador de Bernardino Rivadavia, concibió a la opinión pública como el motor de la nueva vida pública; opinión que debía irradiarse desde Buenos Aires hacia el interior para garantizar el desarrollo de la “ilustración” de los pueblos y restituir los lazos que darían en un futuro nuevo fundamento para la creación de un Estado-nación. La opinión pública se distinguía así de la opinión oficial, y gracias a la difusión de la prensa, debía servir de sostén al nuevo régimen representativo y de contralor a los excesos del poder. Sin embargo, el proyecto de crear un nuevo espacio público separado del Estado resultó limitado: las mismas personas que ocupaban los cargos públicos solían ejercer la crítica ilustrada a través de la prensa y en los nuevos ámbitos de sociabilidad. Bajo al expresión “uniformizar la opinión” reaparece en esos años la función direccional asignada a la opinión pública desde 1810, pero al mismo tiempo, y en asociación a las nuevas prácticas deliberativas, es una pieza clave del nuevo régimen representativo. Si bajo la denominación de “opositores, “imparciales” y “ministeriales”, los editores de periódicos se disputaban por aquellos años a la opinión pública porteña, la discusión se tornó en guerra de prensa cuando la legislatura empezó a tratar los artículos de la reforma eclesiástica. La acalorada discusión llevó al despliegue de inéditas definiciones conceptuales del término. La noción de “opinión popular” en oposición a “opinión pública” emerge en ese contexto de debate en vinculación con el concepto de representación. La opinión pública se presenta como par complementario de la nueva representación de la provincia, que se identifica a la vez con la “opinión legal”, y en oposición de una “oposición popular” calificada negativamente. En este sentido, los representantes no debían, a su entender, subordinarse a la opinión popular sino ilustrarla y dirigirla. En ocasión de la reunión del Congreso General constituyente (18245-1827), convocado con el objetivo de intentar organizar constitucionalmente a los Estados provinciales, el concepto de opinión pública se disloca entre las opiniones expresadas dentro del recinto y la de los pueblos. Esto se relaciona con el gran problema de la indefinición del sujeto de poder constituyente que recorrió los debates de las asambleas constituyentes reunidas con anterioridad. Durante más de un año y a través de numerosas sesiones se generó un intenso debate en torno a los significados y valores de “opinión pública”, “opiniones” y “opinión general de los pueblos”. A pesar de que los pueblos al igual que los hombres tienen “derechos”, afirman ciertos diputados, sólo pueden ejercerlos a través de sus representantes. La “opinión pública” debía ser la expresión de la “voluntad general” depositada en el Congreso. Pero ese enunciado se confrontaba con otra expresión que dislocaba el sentido unitario que quería dársele a la opinión, y ponía a los diputados ante la necesidad de aceptar la consulta previa a las provincias. En este contexto, la opinión pública pierde su carácter original de autoridad ilustrada para identificarse con un instrumento al servicio de una de las partes en pugna.

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Fracasado el último intento de constituir el país en el período pos-revolucionario, llegaban también a su fin las reformas de cuño liberal emprendidas al inicio de los años 20. El fusilamiento de Dorrego marcó el inicio de la búsqueda de un nuevo tipo de orden político que se fue construyendo a lo largo de las gobernaciones de Rosas. Su visión de que la inestabilidad se originaba en las divisiones y debates entre los sectores de la elite, condujo a una política cuyo principal objetivo fue la eliminación de la deliberación política y su reemplazo por prácticas tendientes a consolidar una única opinión. En 1832 se suscitó una fuerte discusión en el seno de la Sala de Representantes de Buenos Aires acerca de la renovación de las Facultades Extraordinarias otorgadas a Rosas en 1829. Los federales adeptos al gobernador defendían la continuaciónd e las facultades, mientras los federales doctrinarios consideraban que dichos poderes atentaban contra el “sistema representativo republicano” y la “soberanía del pueblo”. En este contexto la opinión pública pasa a ocupar el centro de la escena como fuerte principio legitimador de la vida política. Pero la lucha entre los federales adictos y opositores al régimen rosista que se desarrolló entre 1832 y 1835 dio inicio a la consolidación de la institucionalización del poder en torno a la “uniformidad de opinión”. Cuando la Legislatura nombró a Rosas como gobernador en 1835, depositando en sus manos la suma del poder público, él mismo decidió someter la delegación de estos poderes al veredicto popular por intermedio de un plebiscito. Así la deliberación en el seno de la Legislatura de Buenos Aires fue reemplazada por una autorización plebiscitaria que consolidó la institucionalización del poder en trono a la unanimidad de la opinión pública. Paralelamente aparece en el Río de la Plata una nueva generación de intelectuales bajo el influjo del romanticismo, la denominada Generación del 37. Ésta se auto postula como guía para la nueva tarea que debe desarrollar el Estado en la transformación moral de la sociedad. Durante los primeros años del segundo gobierno de Rosas buscaran, sin éxito, convertirse en el agente de esa transformación encarnada en una nueva figura: la del intelectual en reemplazo del letrado colonial. En el exilio Juan Bautista Alberdi redacta las celebres Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, que se constituye en el texto fundacional de la ansiada organización constitucional. Su perspectiva de la opinión pública, planteada desde la necesidad de conciliar las libertades de las provincias y las prerrogativas de toda la nación en un proyecto de transformación institucional y cultural liberal, retoma al mismo tiempo la diferencia expresada por Esteban Echeverria entre razón pública y opiniones. Así, si bien la formula alberdiana busca la combinación armónica de la individualidad con la generalidad, del localismo con la nación, y de la libertad con la asociación, sólo restituye a la opinión pública su fuerza integradora en el seno de la elite (razón pública), excluyendo a los sectores populares cuyas opiniones carecen aún de la racionalidad necesaria para ser integradas.

[Noemí Goldman – Alejandra Pasino “Opinión pública”, en Noemí Goldman (editora), Lenguaje y revolución. Conceptos políticos claves en el Río de la Plata, 1780-1850, Prometeo, Buenos Aires, 2008, pp. 99-113.]

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