Apuntes sobre la tradición

de la literatura clásica
CARLOS GARCÍA GuAL,
Universidad Complutense

Toda tradición supone una previa valoración, una selección y una
reinterpretación de lo que se transmite. En el anhelo de hacer perdu-
rable un legado cultural, de salvar del olvido algunos textos, de trans-
ferir de una época histórica a otra ciertos conocimientos y ciertas
obras como las creaciones más valiosas y los monumentos más repre-
sentativos, entran en juego siempre retóricas y estéticas puntuales que
definen lo que merece salvarse del naufragio del tiempo voraz.
tradición se así en ese largo y variado empeñQ_Qor transmi-
!ir CQn un 12-ªralelo y descuido del
tinado al olvido, en un proceso valorativo de caracteres muy comple-
jos. Esos criterios de valor varían, según ha destacado la estética de la
recepción, a lo largo de los tiempos, como cambian las modas y los
modos de sentir y pensar a lo largo del decurso histórico, es decir, se-
gún los textos se van inscribiendo en nuevos contextos y leídos en re-
novados horizontes y expectativas.
Así nos ocurre que lamentar qY.e la tracli,iGll haya dejado
como sucede con los
textos deTos poetas líricos griegos, mientras que nos ha conservado con
todo cuidado otros que ahora nos interesan mucho menQ'S.;c -p&._
ejemplo, tantas prosas y glosas retóricas de oradores ··,,.
Esa selección es muy peculiar, pues en ella han cul- \
turales muy diversos, ideológicos, pedagógicos, como es notorio:
La transmisión del antiguo legado ha decidido, con razones ligadas a

25.
glo n d.C., cuando surge esa perspectiva diacrónica de una literatura
sus varias épocas, entre alternativas según los-contextos históricos y no griega clásica, modélica e inolvidable, en el marco de lo que podemos
por una consideración estética abstracta. Así textos de muy mediocre ver como un primer Renacimien.to. . .
estilo literario, como las Crónicas troyanas de Dares y Dictis o la fabulo- El valor ejemplar de los clásteos se ha discutido muchas veces, Y
sa Vida de Alejandro del popular Pseudocalístenes, han tenido una enor- de modo resonante en la famosa Querelle des Anciens et des
me repercusión e influencia en la Europa medieval, mientras que obras apasionada disputa de larga sombra. Al desdibujarse la de la li-
de mucho más valor literario, desde una perspectiva estética y crítica teratura como mímesis, «imitación», y al poner en un plano el
más universal, quedaban largo tiempo relegadas y marginadas. valor de la originalidad, la famosa ejemplaridad de los debe
Las obras y autores que la tradición ha estimado como dignos de ser sustituida en la óptica más moderna, por la de su atractivo Y:" hon-
perdurar son, esencialmente, los calificados de «clásicos». Esas obras dura. la poesía de Homero o es empresa de.satinada,
«de primera clase» son las que parecen ofrecer una lección perdurable, pero su vivaz belleza literaria nos sigue :mocwnando.
las que, por así decir, se definen como paradigmáticas e inagotables y, Densidad y distancia son rasgos de la gran escntura y
diríamos, parecen poder releerse infinitamente. El conjunto de esos lidad o inactualidad son, a la vez, factores de su JOVIal pervivenCia.
textos clásicos es lo que forma el «canon» de la literatura. No vamos a Y la tradición atestigua cómo esos clásicos han seguido dando fuego
extendernos mucho sobre un tema tantas veces tratado, pero sí recor- a las antorchas de muchos otros. Porque, como escribió Ernst Robert
dar que la formación y la permanencia del canon tiene unas razones Curtius: «El presente intemporal, rasgo constitutiyo de la litera.tura,
claras en la economía cultural. Se trata de presentar un programa de implica que la literatura del pasado J?Uede actuar siempre en la litera-
los textos esencialmente memorables; pero, claro está, también esta tura de cualquier presente ... Para la literatura todo pasado es presente
nómina de afán perdurable depende de factores históricos. El canon o puede hacerse presente». .
de los clásicos del siglo XIII es muy distinto de los del siglo XVI, por Por otra parte, cada época ha de leer e mterpretar a los del
ejemplo, y éste del de los clásicos del siglo XX, suponiendo que aún pasado desde su propio nivel histórico. Eso es un hecho obvio, subra-
pueda fijarse tallista canónica. Y, a la vez, algunos textos y autores per- yado por el historicismo. Y esa renovación incesante de las de
sisten al margen del canon. los clásicos da a la tradición un especial interés. Por poner un eJemplo,
Conviene distinguir, entre los clásicos, a aquellos que podemos leemos la Ilíada, tras las excavaciones de Troya y las investigaciones so-
llamar «universales» de los que calificaremos de «clásicos nacionales». bre su «composición oral», de modo muy distinto a como la leyeron los
Entre los primeros merecen estar, por ejemplo, Homero, Virgilio, neoclásicos del XVIII y los eruditos del XIX, que de la
Shakespeare, Cervantes; entre los segundos, Milton, Lope de Vega y lidad de Homero. Y, además, leemos esos textos antiguos en relaCiona
Corneille. Los clásicos nacionales tienen especial prestigio en su len- otros modernos, en el juego de reflejos que se suscita en nuestra memo-
gua y su nación; los universales traspasan esas barreras. (Se trata de ria de lectores. Así El asno de oro de Apuleyo invita a su contraste con las
una distinción útil, funcional, y no vale la pararse a discutir aho- primeras novelas picarescas o con La m_etamoifosis.de Kafka, Y. no sólo
ra si tal o cual autor debe entrar en una lista u otra). En todo caso, los con El asno de Luciano. No podemos evitar leer la antigua des-
grandes clásicos griegos y latinos estarían en los del primer grupo. Ho- de nuestros actuales hábitos y conocimientos, lo que Impnme un sello
mero, el primer autor de la literatura occidental, sigue encabezando nuevo a las relecturas, reflejos e incluso pastiches. . .
nuestro canon. Los griegos y los latinos son los clásicos por excelen- Y un aspecto más que, desde luego, no deberíamos olyidar. Habi-
cia, kath'exochén, de toda Europa (a menos de eliminar a los antiguos tualmente, leemos esos textos griegos y latinos en traducCiones actll:a-
y reducir esa lista canónica a los autores modernos, como hace por les renovadas versiones a la nuestra u otra lengua moderna, que revis-
ejemplo Harold Bloom en su difundido libro) 1• Si la tradición de los a los prestigiosos textos de un acento y a vece.s personal.
clásicos arranca de los griegos, la idea misma del canon es también Odisea, gracias a mi oportuno desconoCimiento del gnego, es una li-
una idea helenística. Es en la época de la Segunda Sofistica, en el si- brería internacional de obras en prosa y verso, desde los pareados d,e
Chapman hasta la Authorised Version de Andrew Lang o el drama. cl.a:
1
Harold Bloom, El canon occidenta4 Barcelona, Anagrama 1997 (=Nueva York 1994) sico francés de Bérard o la irónica novela de Samuel Butler», escnb10
[nota eds.].

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Jorge Luis Borges. Borges leía a Homero en inglés y francés, notando
los diversos tonos y matices de sus traductores, bastante famosos y de
varias épocas. Es posible repetir la experiencia leyendo las varias ver-
siones de la Ilíada (unas veinte) y la Odisea (unas doce) en castellano.
Los traductores son los intermediarios en nuestro conocimiento de
los clásicos. Cuando leemos sus versiones debemos contentarnos con
sus palabras y sus estilos -a excepción de los filólogos, esos happyfew,
que pueden degustar los frescos textos originales. Una historia com-
pleta de la tradición clásica debería dar cabida ahora a esos traducto-
res, modestos pero imprescindibles obreros en la reconstrucción de la
gran tradición clásica, y a una perspectiva crítica de sus logros dentro
del marco de la literatura.
Las páginas que siguen aluden en diversos modos a todo esto y re- Sobre el concepto de tradición clásica
fieren con muy precisos detalles y multitud de datos los largos cami-
nos de la tradición clásica, sus contextos y sus variados vericuetos en
épocas y lenguas diversas. Y hacen ver cómo esa tradición se imbrica VICENTE CRISTÓBAL,
muy a fondo en la secular historia cultural europea -en un espacio Universidad Complutense
amplio de más de veinte siglos-. Todo un magnífico panorama de
muy sugestivas vistas y variados paisajes. Es un concepto, el de «tradición clásica», gue requiere su cierta
glosa. Dando por sentado que el adjetivo, a pesar de su amplitud refe-
P. S. Acerca de la cuestión del canon y sobre los clásicos en Borges ·- rencial, a unta concretamente al com le· o cultural recorromano de
he escrito con mayor amplitud en Sobre el descrédito de la literatura y la Antigüedad, tal vez no estaría de más detenerse en la etimología e
otros avisos Barcelona, Península, 1999. Para las versiones sustantivo «tiadición». Así se entenderá mejor lo que significa esta eti-
de Homero es también muy interesante por su riqueza de datos y sus co- queta, hoy felizmente tan manipulada, y de la que nos servimos para
mentarios el libro de George Steiner, Homer in English, Harmondsworth, denoruill.au _campo _gue amplía conside-
Penguin, 1996. Sobre la «Q!lerella de antiguos y modernos» quiero re- o Ei1 omgia
comendar el excelente prólogo de Marc Fumaroli en La Querelle des «Tradición» viene del latín traditio, un sustantivo abstracto de la mts-
Anciens et des Modernes, París, Gallimard, 200 l. ma raíz que el verbo do ('dar'), con el sufijo propio de abstractos -tío
y con el prefijo tra- (trans), que está también en el verbo compuesto
trado ('transmitir'); y significa, por tanto, algo así como 'acción de dar
a través de una serie de mediadores', 'transpaso', 'donación sucesiva',
l 'transmisión hereditaria'. Curioso es constatar cómo tal término lati-
no ha evolucionado de doble manera hasta el castellano: una, por vía
culta, como mera transcripción, dando «tradición»; y otra, por vía po-
pular, con pérdida de la dental sonora intervocálica, dando «traición».
En ambos términos resultantes subsiste la noción de 'entrega' -pero
con la connotación en el segundo de ellos de daño y perjuicio para
aquello que es objeto de la entrega-, y en ambas palabras el prefijo
tra- imprime la idea de sucesión o diacronía, nota especialmente sig-
nificativa para nuestro propósito. El uso de esta palabra le ha genera-
do también una acepción nueva, fruto de un leve desplazamiento se-

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mántico: «tradición» se entiende a veces no como proceso de transmisión guarda de restos arqueológicos). De esta manera,
sino como conjuntp estático de tradita, COfll:O sobre el latín posterior al de la Antigüedad, ya sea medieval, humams-
_tido. E incluso -y sin duda a partir de esta desplazada acepción-la tico o neolatín, podría muy bien quedar comprendida en ese concep-
secuencia «tradición ha llegadn.a ente11de"rse -abusiva y erró- to etimológico, primario y amplio, de y I_Tie-
.. todología particular que requiere el estudio de la evoluc10n
y así la vemos. e.iupleada a veces en alguno.s Sea como sea y y las dimensiones extraordinarias del mismo, justifican una acotaciÓn
aun contando con estas ocasionales ampliaciones significativas del aparte. Toda búsqueda sobre etimología que se las len-
término, el sustativo «tradición» es, en efecto, el más recurrido y el guas clásicas entraría aquí del mism? modo. Una mdagac10n
más exitoso en los últimos tiempos -también el más tecnificado- pervivencia artística clásica que atendiera, pongamos por caso,. a la m-
para hablar de las secuelas de la cultura y literatura grecolatina en la fluencia de los órdenes arquitectónicos griegos en la arqmtectura
posteridad, aunque con él coexisten como alternativas otras denomi- neoclásica de Occidente, o la influencia de la pintura romana y bizan-
naciones como las de «pervivencia», «influencia», «presencia», «lega- tina en la pintura románica medieval, entraría, por supuesto, dentro
do», «herencia» o «recepción». de este mismo ámbito. E igualmente un hipotético estudio
Con la fórmula «tradición clásica» -que aparece por primera vez, conservación de formas y ritos originariamente paganos en la hturgia
que nosotros sepamos, en el título del famoso libro de Gilbert Highet, de la religión cristiana. Y ni. que decir tiene que lo
The Classical publicado en Londres en aunque los dos polos, el emisor y el receptor, fueran de dis-
cer referencia a la transmisión de lo tintos, literario el primero y artístico el segundo, co.mo, por.
... .. Pero la cuando se estudia la pervivencia de las Metammfoszs de OvidiO en la
práctica, no obstante, nos pone ante la vista .. obra pictórica de Picasso o la presencia y adaptación del E_dipo de Só-
pan tendido a textJial=ae .. focles en el Edipo de Pasolini, o la del Satiricón de Petromo en la pe-
otro polo, o, cuando menos, podemos decir que, en el campo de la lícula, de igual título, de Fellini. .
gue suele ocurrir 12or de ohcio. Y me he querido referir precisamente a esas obras del siglo XX para
Así, el aludido libro de Highet trata de estas relaciones bipolares casi recordar que las secuelas de lo clásico han sido continuas hasta
exclusivamente y sólo en su subtítulo (Greek and Roman Injluences on tros días. Es evidente que en determinadas épocas, el
Western Literature) se precisa bien el alcance del estudio; pero el autor miento (y también dependiendo de los lugares), el Impacto ha sido
es, sin embargo, muy consciente de que proceder de ese modo supo- más ostensible y de mayores consecuencias, y que en otras y
ne una evidente restricción y lo justifica desde el principio por razo- lugares, como el Romanticismo en España, se ha procurado una
nes metodológicas de acotación de campos. huida de la tradición grecolatina; pero, con mayor o menor fuerza, di-
Nos parece conveniente insistir ahora -en los preliminares de un cho impacto ha sido constante a lo largo de la historia de Occidente.
libro que aspira a atender el fenómeno de la tradición clásica en unos Y en el siglo xx y en la actualidad, aunque lo clásico sufra una profun-
márgenes más anchos que los de la sola literatura- en esa vastedad de da reinterpretación y se combin.e modert;Ios
fronter?s que se implica en el adjetivo «clásica». Dentro muflarse y oscurecerse, su prestigio y atractivo no ha sufndo nm-
claro está, una guna definitiva decadencia; y sólo acaso, como en el hbro, la
más allá de lo puramente hterano: __ necesidad de poner unos límites determinados al estudio. o la
. 1a tel i gi.oscWQfold.Q_rjs:_Q,Jo sión de atenerse a una perspectiva y distancia que garantice la obJeti-
instüncional.,.,etc...El estudio de la tradición vidad justifican la no atención a nuestro pasado más inmediato y a
por tanto, ckbe_atepder legítimamente a nuestro presente.
Qg_dll;racióp. de grie&a __ impoge
y latina, ..c;;Qtllit.obieto.de no sólo la mida
·:reelciboración o uso de tales elementos, sino también su mera conser-.
por ejemplo, la tradición manuscrita, o el rescate y salva-
prime-ra
ta. una evol?ción natural
de el origen, con su consiguiente desgaste y su paulatina metamorfosis,

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y con el aporte sucesivo de nuevos ingredientes: así es en el Medievo mera coincidencia o poligénesis, no el mero aflorar espontáneo de pa-
occidental, mayoritariamente, la tradición clásica. La segunda supone, ralelismos en tiempos y lugares alejados. Y conviene previamente ha-
en cambio, una regresión, un rescate, una mímesis, una conciencia de cer deslinde de unos y ✓ otros casos siempre que sea posible.
una buscada fidelidad, un-eñtéñCfírñ!eñ'to ·del pasado Otra imagen, por último, que refleja bien el concepto de tradición
como modelo: tal fue, con respecto a la Antigüedad clásica, la actitud es la del flujo de una corriente de agua, con su fuente, su arroyo y su
predominante en época renacentista en Italia y demás naciones del río o sus tierras de regadío. Y esa imagen nos la ofrece ya, en la senci-
Occidente europeo. llez de su prosa pionera, Alfonso X el Sabio (General primera
El fenómeno de la tradición se ilustra bien con la imagen del pasar parte, ed. Solalinde, Madrid 1930, pág. 165), remontándose a la auto-
de la antorcha de un corredor a otro; en esa secuencia cronológica, ridad del gramático Prisciano: «Ca nos los latinos del os griegos au e-
entre el primero y el último que la tuvieron entre sus manos ha habi- m os los saberes. Onde dize Precian en el del so Libro mayor
do una serie de mediadores, que han hecho posible el viaje del fuego que los griegos son fuentes delos saberes e los latinos arroyos que ma-
y su no extinción. Y de las mediaciones en nan daquellas fuentes delos griegos». En efecto, durante mucho tiem-
la transmisión de lo Clásico es deuda por el mento que po se ha reconocido a Grecia la genialidad de la invención de muchos
eso conlleva y porque esa mediación a menudo implica una cierta de- de los elen1entos que conformaron el clasicismo (lo que se ha dado en
formación: así, la importancia de la cultura árabe en la difusión por el llamar «el milagro griego»). Pero, en cualquier caso, hay que reconocer
Occidente medieval de la filosofia griega; así, la importancia de Italia igualmente que la transmisión pertenece casi por entero a Roma; el
como origen del Renacimiento; o la de Francia como conservadora y arroyo de Roma fluye desde Grecia hasta Occidente, y en este sentido
propulsora del legado antiguo en la Baja Edad Media, o remodeladora es francamente curioso constatar -centrándonos sólo en el ámbito
del mismo y modélica en ese sentido durante el siglo XVIII; o la de Es- de los textos- cómo los estudios de pervivencia de la literatura griega
paña, como importadora a buena parte de América de aquella heren- no pueden evitar ser estudios de la pervivencia de la literatura latina;
cia recibida. Y la mediación acaso más importante de todas estas y porque casi siempre el legado de Grecia se transmite a través de obras
previa a ellas: la del cristianismo, que seleccionó, asumió e interpretó latinas, siendo escasas las veces en que ha sido directa la recepción
lo recibido de Grecia y Roma. Pero es, en realidad, una cuestión suje- (esto atañe de manera especial a la mitología). La mediación está ya
ta a debate y de dificil solución -creemos- la de dictaminar si el dentro, pues, del propio clasicismo, y distinguiendo en él esa duali-
cristianismo, como fenómeno surgido y difundido en el seno del he- dad de lo griego y lo romano, hay que notar que, en buena parte, lo
lenismo y la romanización, es parte integrante del acervo clásico, o primero está subsumido en lo segundo, desde que, como señalaba
más bien una mediación del mismo. «la Grecia cautivada hizo cautivo a su feroz vencedor e intro-
En cualquier caso, y recogiendo el hilo de lo dicho, hay que dejar dujo la cultura en el agreste Lacio». Pero aún podríamos profundizar
establecida la siguiente condición inherente a los estudios sobre tradi- más en la imagen de Alfonso X. Demos, sí, por sentado que Grecia
ción clásica: . estudios sea la fuente; pero las fuentes se alimentan de veneros subterráneos.
elementos culturales unidos por ei nexo Y también en el caso que comentamos, la cultura de Oriente, al me-
nos, es venero del que Grecia en muchos casos, sin duda con genial
.. E incluso hlQ§ J29f6s.. aporte y transformación, hace surgir sus creaciones, pues nada sale es-
cer a la cultura Virgilio pontáneamente de la nada. De modo que esto que entendemos por
ción clásica, yJQ.. tambiép)a en kl.!creciQ. Esa condición tradición clásica también tiene su ampliación por el otro extremo, en
deja al margen el estudio de elementos interculturales a los que une demanda de sus más remotos orígenes en las culturas primitivas y es
una semejanza casual, elementos cuyo parecido obedece acaso a una -como la evidencia nos dicta- sólo un momento de una tradición
cierta identidad de estructura del espíritu humano por encima de más larga. Y desde Oriente, y en movimiento contrario al giro de la
tiempos, lugares y culturas, o bien es resultado coincidente de unas tierra, la tradición clásica se ha ido extendiendo paulatinamente hacia
motivaciones y condiciones históricas afines (poligénesis). Para que el Oeste: de Grecia a Roma, de Roma a Europa y al resto del Imperio,
pueda hablarse de tradición se requiere, pues, la dependencia, y no la y de Europa a América.

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En fin, es la tradición clásica también y todavía para nosotros,
hombres occidentales del siglo XXI, «una vasta presencia innumerable»
que «como el aire circunda al individuo y se entra en él» -usando
ahora imágenes de Pedro Salinas, en su libro jorge Manrique o tradición
y originalidad-. Y hacerse conscientes de ese aire que nos rodea y nos
llena por dentro, de esa circunstancia inesquivable que nos conforma,
puede ser una experiencia muy placentera. A ello precisamente nos
invita el presente libro.

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