(Contraportada

)

Laín Entralgo, cuya inteligente y disciplinada actuación
intelectual ha sido justamente recompensada al serle
otorgado en plena juventud, el alto cargo de rector de la
Universidad de Madrid, ha publicado ya en nuestra
biblioteca dos notables obras: La generación del 98 y
Dos biólogos: Claudio Bernard y Ramón y Cajal.
Escritor de sereno estilo y renovada retina crítica, en esta
obra que dedica al máximo crítico que ha tenido España,
Laín Entralgo no ha querido detenerse más de lo
necesario en la pesquisa biográfica, ni en disquisiciones
sobre las posibles últimas consecuencias a las que habría
podido llegar Menéndez Pelayo en sus investigaciones
histórico-literarias, sino que, para decirlo con sus propias
palabras, ha querido «recoger las íntimas aventuras
espirituales de un hombre cuya vida transcurrió sin grave
aventura visible», atendiendo particularmente a su triple
y esencial calidad de intelectual católico, español e
historiador. Después de adjetivar como a «una
promoción de sabios» a la generación a que pertenecía
Menéndez Pelayo, el autor fija el año 1876 como el de su
advenimiento a la vida pública, cuando, en respuesta a
unas afirmaciones de Azcárate acerca de lo Ciencia
española durante la Inquisición «el joven Menéndez
Pelayo» escribe su famosa carta que inicia la llamada
polémica de la ciencia española. Su nunca decaído
ímpetu polémico, la visión que tuvo de la historia, su
fervor católico, intenso y puro a lo largo de toda su
existencia, su concepto de España y su idea de «nación»,
«raza» y «genio nacional» —-que motivan uno de los
capítulos más lúcidos de este estudio—, ocupan la pri-
mera parte, esclareciendo Laín Entralgo la faz, ya
madura, de «Don Marcelino», en la segunda parte de este
gran libro que está todo él como electrizado por el ansia
intelectual de llegar a una mejor y más íntima compren-
sión del alma y el pensamiento de ese español portento»
que fue Menéndez Pelayo.
MENENDEZ PELAYO

SECUNDA EDICIÓN
Í N D I C E

PXo.
P r ólo go ..................................................................... 9

P A R T E PREVIERA

E l p o le m is ta

I. Promoción de s a b io s ...................................... ...19
II. El nacimiento del F é n i x ............................... ...32
III. Visión de la h is to r ia ...................................... ...41
IV . «A qu ella libertad esclarecida» .........................68
V. Radix h isp a n ia e.............................................. ...80
V I. Bajo el ala del á g u ila ..................................... 114

P A R TE SEGUNDA

D o n M a r c e l in o

I. Luz en la c u m b re .......................................... 125
II. Hacia la historia de v e r d a d ........................... 143
III. El contenido de la h is to r ia ........................... 187
IV. Irrequietum C o r .............................................. 19®
V. D el recuerdo a la esp eran za.......................... 223
PRÓLOGO

Esta que aquí veréis, sana sin manquedad y famosa
toda, es él alma de don Marcelino Menéndez Pelayo,
español de pro. Si yo acerté a cumplir mi propósito,
la veréis, viva y preocupada ante sus creencias y tus
problemas: España, su fe religiosa, la época entre bo­
nancible y tormentosa en que le tocó vivir, el indeciso
horizonte del tiempo futuro. He querido recoger, para
decirlo pronto, las íntimas aventuras espirituales de
un hombre cuya vida transcurrió sin grave aventura
visible.
De dos modos queda falseada por la exposición
la verdad de una persona. Uno consiste en hacer de
ella lugar común, «tópico», con lo cual se la con­
dena a cumplir el inevitable destino de los tópicos:
servir de pretexto a la intención del que los dispara.
¿Cuántas veces ha sido esgrimida, con tal o cual in­
tención, una imagen convencional y tópica de Menén-
dez Pelayo, sin que el esgrimidor se hubiese tomado
la molestia de indagar previamente la verdad o el
error de la imagen que como tópico usaba?
Aténtase también contra la verdad de una persona
convirtiendo su vida en «producto». El hombre en
cuestión es reducido al yerto contenido objetivo de su
obra, como si una vida personal pudiera quedar cris­
talizada y definida recontando las cosas que un hom­
bre supo, o copiando su descripción de un mineral o
de un experimento químico, o analizando su modo de
pintar un ropaje. También de esta limitación ha sido
víctima Menéndez Pelayo; y su vida personal, de una
intimidad tan caliente y acezosa, quedó falsamente en­
tendida como un repertorio inmenso de saberes y
lecturas. . .. .
A l hombre se le conoce por sus obras; pero, cuidado
que en la sentencia anterior es preciso dar tanta im­
portancia al sustantivo «obras* como al pronombre
«sus». S ólo se conoce a un hom bre — en cuanto un
h om b re puede ser conocido — viénd ole en viv ie n te y
cread or contacto con la obra que da testim onio y e x ­
p resión de su vida: preguntándose uno, no solamente
« l o q u e» ese h om bre hizo, sino «cóm o» lo hizo, «p o r
q u é» hizo a qu ello y no otra cosa, «q u é » le m o v ió a
h acerlo así. Es decir, indagando los « problem as» vivos
de ese hom bre en el m om ento de hacer su vida y dar
existen cia a los testim onios que de tal vida nos dan
fe : libros, cartas, cuadros pintados, piedras labradas,
u ten silios. Éste es el cam ino que yo m e he propuesto
seguir, no sé con qué fo rtu n a . S ólo respondo de que
m i n o rte ha sido la verdad, la v iv ie n te verdad de
M enéndez Pelayo.
D istin g u e al hom bre de ciencia, entre otras cosas,
el honrado y fastidioso p riv ile g io de ser un prestid i­
g ita d or con sus trucos a la vista del público. E l artista
m uestra su obra acabada y se calla la in ten ción que
le lle v ó a crearla y los recursos técnicos que en la
hechura em pleó. E l hom bre de ciencia que inventa
algo — sea su in ven to la aspirina o un nuevo sistema
de ca teg oría s— se ve en el deber de contar a todos
lo que quiso hacer con su in ven to y cóm o llegó a darle
cim a. Este im p e ra tiv o de la honradez cien tífica — una
honradez que, para colm o de desdichas, no inm uniza
contra el e rro r — m e obliga tam bién a decirle al lector
lo que no encontrará en este lib ro. N o hallará en él,
p o r lo p ron to, una reseña de los sucesos en que se de­
rra m ó la vida de M enéndez P ela y o; quien la desee,
deberá buscarla en los libros de B on illa y San M a rtín ,
A rtiga s, G arcía de Castro y M arañón, o en los m ú lti­
ples artículos de A rtiga s, Sánchez Reyes, Cossío, etc.,
aparecidos en el «B o le tín de la B ib lioteca de M en én ­
dez y P ela y o». Tam poco contiene m i lib ro in form ación
suficien te sobre los resultados a que pudo llegar don
M a rcelin o en sus trabajos sobre temas de estética y
en su investigación h is tó rico -lite ra ria : doctores tienen
para ello las ciencias de la litera tu ra y de la belleza.
N o se encontrará en estas páginas, n i siquiera en re ­
sumen, la im agen que M enéndez Pelayo tuvo de la
h istoria concreta de España, m enester ya eficazm ente
atendido p or J. V ig ó n ; n i deberá buscarse en él un
extra cto de sus opulentas páginas juveniles acerca de
nuestra ciencia y de nuestros herejes; ni, en fin , un
m anojo de pequeñas investigaciones monográficas, por
el estilo de las que hace diez años espigaron y re ­
unieron los colaboradores del « Alm anaque de los A m i­
gos de Menéndez y Pelayo*. M i pesquisa está delibe­
radamente circunscrita a tres temas: la posición ín ti­
ma de don M arcelino ante los problemas que le fué
deparando su trip le y esencial calidad de intelectual
católico, español e historiador. S i el curioso lector de
estas páginas tiene a ratos la im presión de dialogar
con una persona viva y de entender lo que ella le va
diciendo, me doy por satisfecho y hasta p or contento.
¿Logrará este Menéndez Pelayo verdadero, ya que
no entero, una mirada atenta y amistosa, en medio
de esta desatada frivolid ad con que el ibero se entrega
hoy a lo inmediato y cotidiano? ¿Hablarán sus pala­
bras al corazón de los españoles y abrirán sus ojos al
tiem po futu ro, cuando en el mundo — terrib le condi­
ción de nuestra época— todo, todo es o parece posi­
ble? N o me atrevo a contestar a estas preguntas. Mas
tampoco m e resuelvo a callar la inquietud que se le­
vanta desde el fondo de m i alma, ahora que dejo, tal
vez para siempre, la cálida y robusta compañía de
Menéndez Pelayo, camino de otros trabajos, de otras
cavilaciones, de otras zozobras.

M adrid, enero de 1944.
JVinpun hombre sabe lo del hombre;
sólo cabe del hombre que entá en él.

8a v AautfTtw, ConícitUmot, X» 0.
INTRODUCCIÓ N

«¡Qué obra más grande y bella es e*ta de la His­
toria!*, escribía don Marcelino, historiador por segun­
da y casi por primera naturaleza. Referíase nuestro
autor a la obra de escribir Historia, no a la más her­
mosa aún de crearla; pero hasta reducida la intención
de la frase al ámbito de la mera ocupación historio-
gráfica, todavía conserva la empresa belleza suficiente
para encandilar los ojos del alma. De tal índole es el
incentivo Que ahora mueve a mi pluma: porque mi
empresa es, justamente, escribir la historia de lo que
Menéndez Pelayo dijo, pensó y sintió acerca de la cul­
tura española. Pero este empeño tiene en su entraña
una nada liviana cuestión previa.
Tres son las sucesivas actitudes en que el aprendiz
de historiador — escribir de Historia es siempre apren­
dizaje, hasta para los maestros de la historiografía —
puede situarse ante la materia de su ocupación, sea
esta materia relato elaborado o fuente intacta. Está
en primer término la actitud puramente escolar, con­
sistente en aprender el texto en cuestión. Según este
criterio escolar, perdurable, no obstante su tosca sim­
plicidad, en la mente de muchos conspicuos historia­
dores, uno «sabe» Historia cuando ha aprendido con
mayor o menor precisión literal el virginal contenido
de una serie de documentos inexplorados o el texto
compendioso de una serie de manuales. Huelga sin
duda advertir que tal consideración de la Historia tie­
ne en su base los supuestos del positivismo naturalista
más flagrante. Se piensa que el «suceso» histórico, fal­
sa y artificiosamente interpretado como puro «hecho»,
sería captado de manera rigurosamente fiel, suficiente
y objetiva por la «fuente» que de él nos da testimonio,
cotno el relato del botánico situado ante el «hecho»
natural de la polinización aprehende en su real obje­
tividad la aventura amorosa de la planta. Puestas así
las cosas — esto es, convertida la fuente del conoci­
m iento histórico en puro positum ob jetivo y r e a l__ ,
¿cuándo podrá decirse de un hom bre que «sabe» H is­
toria? L a respuesta es inm ediata: cuando haya «ap ren ­
dido» la fuente o el relato que re fle ja n la presunta
o b jetivid ad de los «hechos» históricos, de la misma
m anera que sabe Botánica quien haya aprendido las
descripciones sistemáticas de la figu ra y la vid a de los
vegetales.
Si el aprendiz de historiador m edita unos minutos
sobre esa ruda y notariesca interpretación de su o fi­
cio, pronto echará de v e r la fundam ental manquedad
que la daña. Adm itam os, para no apartarme de m i
em peño actual, que yo he aprendido de m em oria toda
la producción escrita de M enéndez P ela yo y conozco
por menudo todos los relatos acerca de su vida. ¿P o ­
dría d ecir que «s é » la historia de ese suceso singular
e irrep etib le que es la existencia tem poral del escritor
M arcelin o M enéndez P ela yo? Más aún: ¿podría decir,
siquiera, que conozco «d e v era s» la historia de su pen­
samiento escrito? En m odo alguno, como v o y a d e­
m ostrar con un ejem plo.
¿Qué pensaba don M arcelino, ex e m p li gratia, sobre
la utilidad de los manuales históricos? Aparentem ente,
podrán contestar a esa pregunta todos cuantos hayan
«ap ren d id o» en el prólogo de M enéndez P elayo a la
H istoria de la L ite ra tu ra española, de J. Fitzm aurice
K e lly , que tales manuales «despiertan la curiosidad y
preparan y capacitan la m ente para recibir la sólida
nutrición de los hechos y de sus leyes» ( * ) . ¿Basta, sin
embargo, ese saber «ap ren d id o» para que la citada in ­
terrogación haya sido resuelta? Es suficiente este vago
reparo para a d vertir que el camino del aprendizaje
histórico tiene una segunda grada: la de saber qué
quieren d ecir por sí mismas las palabras del texto. D i­
chas las cosas de otro modo: para saber Historia no
basta con aprender; es preciso también com prender el
texto, la fuente o el relato.
Si las palabras empleadas por el texto en cuestión
fuesen todas expresión de realidades objetivas m era­
mente físicas, e l problem a de com prenderlo no exce­
dería en dificultad al que ofrecen las descripciones del

(i) Estudios, 1, 78-79.
INTRODUCCJÓN
~v' ~ ____________ ______ _________________ 15
mineralogista o del botánico. Raramente ocurre esto
en los textos históricos, cuyo tema propio es la acción
o el pensamiento del hombre. ¿Qué quieren decir por
ejemplo, las palabras «hechos» y «leyes» que aparecen
en el texto anteriormente trascrito? En cuanto nos
planteemos así nuestro problema, aparecerá a nues­
tros ojos con entera claridad la vía de su solución. El
significado de las palabras que no expresan realidades
meramente físicas, el qué de la pregunta por lo que
quieren decir esas palabras, sólo nos será accesible si­
tuándolas en la intersección de dos planos interpre­
tativos.
Uno de los planos es transversal y está constituido
por la malla de relaciones que ponen en conexión la
palabra o la frase de que se trata con e l pensamiento
o, más amplia y exactamente, con la vida de la época,
del país y del ámbito social en que esa palabra y esa
frase fueron escritas. No sabría yo qué quieren decir
los vocablos mencionados — «hechos» y «leyes» del
acontecer histórico— si no supiese también que la
aplicación sistemática de dichas palabras a la teoría
del quehacer historiográfico fué obra del positivismo
francés (aquí necesitaré saber qué era eso del «posi­
tivismo francés» y cómo, a través de Taine, Fouillée.
etc., influyó en la visión de la historiografía) y si no
estuviese advertido de la boga que en 1901, fecha del
escrito de autos, tenía en la España universitaria la
actitud intelectual del positivismo a la francesa.
El segundo de los planos es, si vale representar con
una m etáfora geométrica la carrera del tiempo, longi­
tudinal, extendido a lo largo del curso histórico, y
está constituido por la historia semántica de las pala­
bras que uno trata de comprender. No me basta, pues­
to a comprender la expresión antes transcrita, saber
qué significación tuvieron los términos «hecho» y «ley »
dentro de la historiología positivista. Para alcanzar un
entendimiento cabal de las palabras que veo escritas,
necesito también conocer, siquiera sea per summa ca-
pita, las vicisitudes históricas sufridas por la signifi­
cación de esas palabras hasta llegar a su ocasional
concreción semántica en el modo de pensar que lla­
mamos «positivista». Por ejemplo: nunca se entenderá
cabalmente el concepto positivista de «le y histórica»
si no se conoce con alguna precisión lo que fue la lex
naturae en los albores de la Física moderna — de Oc-
kani a Nicolás de Cusa y a G a lile o — y el ingeníe pro­
ceso histórico en cuya virtu d es trasplantado al munáo
de las acciones personales un concepto procedente del
campo de los m ovim ientos físicos.
Entram bas excursiones de la mente histórica, la
transversal y la longitudinal, son enteram ente necesa­
rias para «com p ren der» de veras lo que quiere decir
cualquier texto que no exprese realidades objetivas
m eram ente físicas. Una y otra tienen también su co­
rrespondiente técnica, acerca de cuyo procedim iento
no debo entrar aquí.
Mas no se acaba con ello el trabajo del aprendiz de
historiador. Y o tengo ante mis ojos esas palabras p or­
que un hombre, el hom bre que en vida se llam ó M a r­
celino M enéndez Pelayo, quiso un día escribirlas y
darlas a la estampa. Con lo cual se presenta a mi
m ente de historiador un nuevo y más arduo problema:
¿qué quiso d ecir con tales palabras el hombre M arce­
lino M enéndez P ela yo? Si el qué de lo que Menéndez
P ela yo «quiso d ecir» coincidiese plenam ente con el qué
de lo que esas palabras «qu ieren d ecir», esto es, con
su significado o b jetivo e histórico, el problem a que­
daría reducido a lo hasta ahora expuesto. A sí suce­
derá en algunas ocasiones. Cuantas veces lea estas
palabras: «la esfera es redonda», quien las escribió
«quiso d ecir» con ellas exactam ente lo que ellas mis­
mas significan o «qu ieren decir», salvo si fueron em ­
pleadas como clave o contraseña de una intención
oculta. P ero en cuanto las palabras que leo no hagan
referen cia a un objeto real o ideal rigurosamente in­
variable, jamás podré ser exacto o veraz si pretendo
responder a la pregunta por lo que un autor «quiso
d ecir» exponiendo lo que sus propias palabras «q u ie­
ren d ecir» por sí mismas. De otro modo: sólo posee­
remos el total significado de una palabra o de un
texto cuando al conocimiento de su significado o b je­
tiv o y de su significado histórico hayamos añadido el
conocimiento de un nuevo y sutil ingrediente sign ifi­
cativo: la intención expresiva con que el autor un
ser personal y lib re — quiso dar un sifjnificado perso­
nal a dicho texto en el momento de escribirlo. R ecor­
demos el anterior sím il geom étrico. El significado
INTRODVCCtóX

Wítórico de un texto venta determinare per k fe »
tersección de do* planos, uno traneveraal j otro k u i -
tudlnal. Pero la intersección de do* planee no deter*
mina un punto, sino una linea, una fueesión
de puntos; y, en nuestro caso, una serie indefinida de
diversos significados posibles. ¿Qué es lo Que, entre
todos los posibles significados históricos de una pala,
bra escrita — por ejemplo: la expresión «ley histó-
rica» repetida en textos de Taine, de Menéndez Pe-
layo, de Lamprecht o de Buckle — la confiere el suyo
singular e irrepetible? Evidentemente, la libre y per­
sonal intención expresiva del autor del texto.
Síguese, pues, de todo lo dicho, que cuando a la vista
de un texto me pregunto por lo que significa, en ese
qué se articulan o implican tres diversos componentes.
Es uno e l significado estrictamente objetivo, sea real
o ideal la objetividad, a que puede hacer referencia
el texto en cuestión: los Picos de Europa o el número
e. El segundo componente es el significado histórico
del texto: lo que sus palabras quieren decir por sí
mismas dentro del mundo histórico en que fueron es­
critas. L a «objetividad* de tal significado — una «ob­
jetividad* de segundo orden — es la del llamado «es­
píritu objetivo». La tercera fracción en la significa­
ción total d^l texto es su significado intencional o
personal: lo que quiso decir con esas palabras la per­
sona que las escribió. La «objetividad» del significado
personal — sólo existente cuando el autor del texto,
por manera más o menos claramente intencionada,
modifica personalmente con su expresión los signifi­
cados objetivo e histórico de las palabras que usa —
depende ahora de lo que suele llamarse una «subjeti­
vidad», la del autor de ese texto. La fracción personal
del significado se distingue por tener inmediatamente
detrás de sí un quién í 1).
¿Qué puede hacer el historiador para resolver lici­
tamente este nuevo problema que su oficio le plantea?
N o olvidemos los términos exactos en que tal proble­
ma se le ofrece: debe precisar lo que el autor del
texto quiso decir entre todo lo que con ese mismo tex-

•■ubjettvldade*» o. como «c»b o de decir, de *
w rnoDiKvióN
to pudo d tv ir ( l ). Kl historiador tiene que cumplir,
en consecuencia, dos diversos menesteres: adivinar v
elegir. Descartado todo cuanto el autor no pudo tlvclr
— por la literalidad misma del texto, por hu cronolo­
gía, ele. — el historiador debo «e le g ir » el itiAm v ero ­
sím il o el mas plausible entro todos los significados
que aquel pudo dar a sus propias palabras. O bserve­
mos que este ejercicio mental os una auténtica a d ivi­
nación. El historiador necesita (i)W i'nilvr y comprimi­
dor; poro, a la postro, esta necesaria comprensión no
puede ser realizada sin la osada aventura de adivinar
la posible intención de un autor que ya no existo.
Cuantió se dice que el historiador es poeta o «profeta
ai revés», se alude, si la expresión es algo más que
una frase ornamental, a osa excursión adivinatoria
que debe em prender en el alma del autor cuya obra
— libro, cuadro o piedra labrada — tiene ante sus ojos.
E scribir historia «d e veras» es, en fin do cuentas, ha­
cer una m ontería de intenciones ( a).
El prim er o b jetivo do esta última excursión ven a­
toria hacia la total significación de un texto — cum­
plidas ya la excursión «o b je tiv a » y la excursión «h is­
tórica», esta última en sus dos planos — es responder
a un cuándo y a un cóm o. Bien entendido que ese
cuándo no so refiero ahora a la cronología del texto
con relación a un sucoso histórico patrón, como es
para nosotros el nacim iento de Jesucristo o fu6 para
los romanos la fundación de? liorna, sino a su situación
en ln biografía del autor del texto, ¿Cuándo y cómo
fue escrito el texto, dentro de la vida del autor? Pues­
tos ante un texto inédito do San Agustín, ¿no sorA
distinta nuestra interpretación según cual hubiese sido
su situación cronológica respecto a la conversión del
santo? La comprensión cabal do unas lineas escritas
nos ha llevado, por fin, a la última T h u lc de una
bioirrufia.
PARTE PRIMERA

EL POLEMISTA
Lbar. — ¿En qué te ocupat?
Kent. M e ocupo en no ter menos
de lo que parezco.

UAKMrun: ti Itfy t*0r, «oto primero,
«•cena cuarta.

PROMOCIÓN DE SABIOS

Desde 1850 a 1860 ve por primera vez la cruda luz
española uno gavilla de hombres de metal largo tiem­
po desusado entre nosotros. En 1852 nacen Ramón y
Cajal, Hinojosa, el bacteriólogo Ferrán y el cirujano
Rlbern. En 1856 da en Santander tu primer latido el
corazón de Menéndez Pelayo, un año después de que
el anatomista Olóriz abriese en Granada sus ojos. Ri­
bera el arabista nace en 1858 y el fisiólogo Gómez
Ocaña en 1860. Algún otro nombre podría ser añadido
a la lista (el de Turró, por ejemplo), y más de alguno
si esa relación de hombre* de ciencia se ampliase con
otra de escritores, pintores y políticos ( l ).
Las notas que definen la singularidad de ese grupo
son, como en toda definición, negativas y positivas,
do contraste y de contenido. Contrasta la actitud de

(i) En IBM nacen doñn BmllU Pardo Batán y al F. Coloma: en
ISAS, ÓUtrin; Maura y Palada Valdéa, en 1859; CanaleJaa. en 1S$4¡
Manuel «alna, «1 poeta premortal nlata, en ISAS, y M. ».JC'oaaío,en
IBAS. Helna v Coaalo repreaentan la transición a la promoción nigulen*
te, Ih «dc»3 ¿a»; «alna, hacia >u linea modernista; Cósalo, hada au
castellanismo casticista. A esta aarla daban aAadlrse loa nombra* del
grupo finisecular de Barcelona.
este grupo, en efecto, con la de los españoles que in ­
m ediatam ente le preceden. El propio M enéndez P e -
layo dirá con toda explicitud: «L a generación presente
— habla, ya se comprende, de los hombres maduros
de su tie m p o — se form ó en los cafés, en los clubs y
en las cátedras de los krausistas la generación siguien­
te — es decir, la suya — , si algo ha de valer, debe
form arse en las bibliotecas» ( * ) ; y en los laboratorios,
hubiese añadido Ram ón y Cajal. E l mozo polemista
percib ía con toda claridad que los padres de su gene­
ración — •o, al menos, la fracción de ellos despierta a
la H is to ria — habían consumido en lucha armada in ­
eficaz o en escasamente inform ado verbalism o e l fuego
innegable de una sincera em oción histórica.
Será patente el contraste unos lustros más tarde,
cuando el problem a real de la España entonces p re­
sente — y no, como hasta entonces, el problem a ideal
de la España p asad a— tom e figu ra y urgente exp re­
sión en el alm a de los españoles. Esto es: cuando se
im ponga, hasta hacerse tópico, el tem a de la «re g e ­
neración española», el más característico de la España
de 1900. In ven tan tan acendrado tema hombres na­
cidos en el decenio anterior: Costa nace en 1846; M a ­
clas Picavea, en 1847, y Galdós, algo «regeneracionis-
ta* tam bién en su literatura, en 1843 ( 2).
¿Qué representa en su raíz este m ovim iento de la
«regen eració n »? ¿Qué son los hombres que la propug­
nan? Si se p refie re la concisión al fárrago, la prim era
de esas dos preguntas puede ser contestada así: la
inquietud «regen erad o ra» es la versión del arbitrismo

(1) C ien cia , I. 114. En otro lu gar habla también de su generación
y pondera su aión «de dar culto a la razón discursiva y estimar su
libre ejercicio* (C ie n c ia , II, 71).
i-) N o pretendo decir que Galdós escribióse novelas al servicio
expreso de esa tesis. Pero las novelns «sociales» y «religiosas» de
Galdós (F o rtu n a ta , M is e rico rd ia , N a za rin , D oñ a P e rfe cta , etc.) pintan
el m edio español tal corno lo vieron todos los arbitrismos regeneracio-
nistas. El Galdós maduro e» un novelista que proyecta en su obra su
«ideología», un novelista «ideológico»: y aunque todo novelista es un
poco «ideólogo», hasta que los que, como Stendhal, pretendan hacer
de sus novelas espejos, hay diferencias en la intensidad y en el modo
de serlo. Compárese su actitud con la menos «ideológica» menos
genial, también— de Palacio Valdés, de doña Emilia Pardo BazAn
y hasta de C la rín , los novelistas de la promoción inmediatamente P °9~
terior. La producción de estos últimos cstfi ganada por la blandura
de la España de la Restauración, en la cual abrieron por vez primera
sus ojos literarios. Hasta la mordacidad de C la rín es una mordacidad
convencional, entre doméstica y «de sociedad».
MENÉNDEZ PE LA YO ^
_____ __________ ________ _____ .___________ g
español que corresponde a lo* supuestos del naciona­
lismo democrático. España tiene un problema en ai
misma, y ese problema es, más que de «ideologías»
como vienen diciendo casi todos los españoles hasta
la Restauración ( x), de «realidades»; enderezando
torcidas realidades, se recobrará por añadidura la per­
dida unidad de los españoles. T al es la primera nota
que, a mi juicio, define la actitud «regeneracionista».
L a segunda consiste en admitir que todavía puede
ponerse remedio al problema de España. Los hombres
de la «regeneración» son unos rabiosos optimistas, pese
a todos los tópicos usuales y a las nigérrimas tintas
con que describen la España ante sus ojos existente.
Creen que España puede llegar todavía a vida salu­
dable y robusta si los españoles quieren y saben po­
nerse a ello. Basta tener a la vista el último capítulo
de E l problema nacional, de Macías Picavea, o leer el
folleto que Costa titula Los siete criterios de gobierno.
«E l español — dice Costa una v e z — penetra dentro
de sí propio y encuentra por ventura que lleva un
hombre en potencia, cabalmente el hombre que nos
hace falta» ( J) . Terrible definición, si se miran esas
palabras con mente aristotélica, y rosada esperanza,
si se recoge de ellas su fe en un futuro «potencial­
m ente» cierto.
Esta salvación, piensan los «regeneracionistas», pue­
den conseguirla los españoles por sus propios medios.
He aquí la tercera nota de su actitud: la autarquía de
España en esta obra de soteriología histórica. Mas
para ello habrían de renunciar los españoles a parte
de su pasado — «antiaustracismo» de Macías Picavea,
imposibilidad de que España viva sui juris en el mun­
do histórico de 1900 (Costa), etc. — y sumergirse en
los senos más vivos y originarios de su vida propia­
mente nacional ( - ) . Se postula una suerte de palinge-

(') N o pretendo decir que la actitud de los «regeneracionistas» no
tuviese ingredientes «ideológicos». Digo que para ella habían pasado
a ségimdo plano, frente a los problemas «reales» de España, que creó
o revoló el desastre colonial.
(1) Los siete criterios de gobierno, Madrid, 1914, pág. 167. Es cu­
riosa la annlocfa con el optimismo y hasta con la letra de una
de Ganivet- «Tenemos lo principal: el hombre, el tipo. Solo nos A lt .
ponerle manos a la obra».
(2) Esta voluntad de «interiorismo» encontrará luego su más clara
expresión en el ld ca riu m español, de Ganlvet.
nesia histórica, una re-generación de España allende
su historia conocida, como si nuestro pretérito hubiese
carecido de adecuación a las verdaderas exigencias del
ser «n atu ral* o castizo de España ( * ) . Las posibilida­
des históricas del español, nos acaba de decir Costa,
están «e n potencia», y sólo zam bullendo al ibero en su
propia v id a — esto es, retrotrayén dole a un hipotético
e incontam inado origen allende su h isto ria — podría
ser esa «p o ten cia» v iv ific a d a y convertida en actuali­
dad. En esto y en una correcta administración con­
sistiría la obra del soñado «ciru jan o de h ierro», im po­
sible especie de César «hacia dentro», un César castizo,
dom éstico y m ercantil. Demasiado programa, desde
luego, para term in ar pidiendo «escuela y despensa» o
una am pliación de nuestros regadíos. L o peor que se
puede im putar a Costa es la desproporción entre su
tesis fundam ental, una palingenesia cuasinietzscheana,
y sus caseras recetas para conseguirla. L o cual no
equ ivale a n egar la tosca y ardorosa honradez de su
corazón n i la justicia urgente de casi todos sus pos­
tulados económicos y sociales.
T a l vien e a ser, com pendiosamente expuesta, la ac­
titud glob al de los «regeneracionistas» y de casi todos
los que in tervien en en el famoso debate por ellos sus­
citado. Es el caso, empero, que en ese debate se dibu­
jan con toda claridad tres grupos generacionalm ente
diversos entre sí: las promociones o generaciones de
la regeneración, si v a le el retruécano. Oigámoslo de
Cajal, uno de los que entonces echaron su cuarto a
espadas: «Y o , al igual de muchos, jóvenes entonces,
escuché la voz de la sirena periodística. Y contribuí
m odestamente a la vibran te y fogosa literatura de la
regeneración, cuyos elocuentes apóstoles fueron, se­
gún es notorio, Costa, Macías Picavea, Paraíso y Alba.
Más adelante sumáronse a la falange de los veteranos
algunos literatos brillantes: Maeztu, Baroja, Bueno,
V alle-In clán , A z o rín » ( - ) . Distingue Cajal, fino his-

i Este teroa tic lo qup E^P'ifin «es* por debnjo de su historia
— cuestión, desde luego, falsamente planteada— se va o rePe^** luego
con toda expllcitud. Es el «vlrglnlallsm o» de Ganívet, la «intrahistona»
de Unam uno; la «gema Iridiscente de lo que España pudo ser», ae
Ortega. Luego veremos cómo se enfrenta Menéndez Pelayo con ese
mismo tema.
m R e c u e rd o » de mi vida, tercera edición, Madrid, 1823, pág. 294.
de aquella España
aquella
tólogo ahora de su propia historia j 0e L _ España
tras grupo» divaraos, que a nuestros ofc» w • * *
tituyen otras tantas promociones de emfioteaL b ft l
constituido el primero por los inventores y nriinnw
apóstoles de la «regeneración*: Costa, Macías Picavea.
etc. Son hombres que en 1898 han o están
pasando el ecuador de los cincuenta años. Forman al
segundo aquellos otros que, atraídos por «la sirena
periodística», dejan su trabajo investigador, docente
o profesional para terciar en el debate. Éstos — entre
ellos se cuenta Cajal — acaban de doblar la cuaren.
tena o se hallan llegando a su filo: es la generación
de Menéndez Pelayo. Los de la última promoción
— Maeztu, Baroja, Azorín, etc.— viven entonces el
brío de los veinticinco a los treinta y cinco años y
disparan sus nombres inéditos a público conocimiento
y futura fama: «la generación del 98». llamaremos
luego, restringiendo mucho la anchura de tal rótulo,
a este último grupo de españoles (* ).
Tres grupos de españoles ante el problema de Es­
paña y otras tantas posiciones en orden al dolor en­
trañable que ese problema plantea. Dejo aparte la
actitud de la última promoción, puesto que mi actual
propósito comprensivo sólo llega hasta la segunda dé
ellas. ¿Qué singulariza, entonces, al grupo coetáneo
de Menéndez Pelayo? ¿Qué diferencia hay entre Costa
y Macías Picavea, de un lado, y Cajal, Ribera o don
Marcelino por otro?
Los inventores y primeros apóstoles de la «regene­
ración» son hombres que llegaron a primera madurez

(>) El más viejo de ello* es Unamuno. que había nacido en 18*4;
el más Joven, A zorin , que abrió sus ojos al paisaje levantino en 1»73.
La generación del 08, entendida en su más lato sentido, tendría tres
promociones: la de Costa y Macías Picavea, la de Menéndez Pelayo J
Cajal y la de Unamuno, A z o rin , Baroja, etc. Esta ultima promoción
es la que habitualmente recibe el nombre restricto
98» No perdamos de vista, para calibrar el área de e s t e ultimo grupo,
qu, comS agudamente advirtió Juan Aparicio, a la misma i t e r a ­
ción” pertenece don Miguel Primo de Rivera. Con ella se cierra^ un
ciclo de la historia española. El siguiente es abierto, bajo signo algo
distinto por la dispersa generación que encabezan, cada uno a su

i s s s s s m
Inaugurar otros.
p or los años de «la G loriosa». P o r mucho que luego
se aparten de aquella vacua, exaltada y locuaz in e fi­
cacia que caracteriza a nuestros hombres de 1868, ni
Costa ni M acías P ica vea logran perder jamás un aire
de predicadores laicos y omniscientes. El honrado, en­
cendido arbitrism o de estos hombres viste todavía el
rop aje de su prim era época: hablan al pueblo, a todo
e l pueblo, con sincero y consecuente pathos dem ocrá­
tico. V an diciendo al oído de todos los españoles:
«España necesita regenerarse de vosotros, de todos y
cada uno de vosotros, depende el logro de esa re ge ­
n eración »; y lo dicen a gritos, con el fuego de la in dig­
nación y la pim ienta del sarcasmo, en páginas y dis­
cursos cuajados de interrogaciones, admiraciones y
puntos suspensivos. Con este encrespado ropaje p ro­
sódico y ortográfico, Costa y Macías Picavea hablan
de todo y a todos. H a y en sus escritos H istoria v ie ja
y reciente, Filosofía barata, Sociología, Economía,
A gronom ía, Derecho, Literatu ra, A r t e . . . ( * ) . Macías
P ica vea invoca de continuo el «criterio científico» de
su lib ro; pero basta leer algunas páginas para advertir
que sus párrafos son más bien prédica de reform ador
que m onólogo de hom bre de ciencia. Los inventores
de la «regen eración » — o de la «reconstitución», como
con más modestia filosófica e histórica p refiere de­
cir Macías P ic a v e a — son, en suma, predicadores y
arbitristas. Sus obras son sermones nacionales. Quie­
ren ser «dem agogos», educadores de su propio pueblo;
en la caliente voluntad de salvarlo todo y de salvar
a todos está la generosa nobleza de su actitud; en la
pretensión de saberlo todo, la irrem ediable manque­
dad de su empeño. Su ineficacia es la inevitable y
desairada ineficacia de todo el que se queda a mitad
de camino entre el intelectual verdadero y el caudillo
político auténtico.
M u y otra es la actitud de la promoción siguiente. Si
los anteriores llegaron a madurez cuando «la G lo ­
riosa», éstos inauguran su vida propia diez o doce años

O) Frente a ello», Menéndez Pelayo pensaría iin duda lo mismo
que acerca de Perojo, uno de sus contradictores en la «polémica de la
Ciencia Española». Hay en sus obras, como en los alegatos ue t c io j ,

botánica, blasón , co sm og ra fía ;
sacra, profa n a , u n iversa l H is to r ia ...
MENÉNDEZ PELAYO
.... “ ■ -----— ----- £5
más tarde en la anhelada calma inicial de la Restau­
ración. Alfonso X I I coloca por entonces la primera
piedra del Banco de España, prepárase la Exposición
de Barcelona, triunfan Campoamor y el género chico
mejora la Hacienda, y Cánovas pone en marcha la
recien estrenada Constitución sobre un doméstico eter­
no retorno de dos partidos turnantes: el «tum o» se
ha convertido en categoría histórica.
A fa v o r de tan gustoso remanso, unos cuantos hom­
bres que hacia 1875 salen de la Universidad consiguen
cultivar con calma, suficiencia técnica y fruto osten­
sible su vocación intelectual. Están cansados de tanta
ineficaz declamación, más cansados aún que sus her­
manos mayores í 1). Antes que ganar fama e influen­
cia política disertando en Ateneos y periódicos de omni
re scibili, prefieren levantar su personalidad en la in­
vestigación personal de un dominio concreto del saber,
y piensan, con razón, que también eso es patriotismo.
En 1882 ya ha publicado Menéndez Pelayo la primera
edición de los Heterodoxos. En 1880 aparecen en Za­
ragoza las Investigaciones experimentales sobre la gé­
nesis inflam atoria, primer trabajo científico de Cajal,
y la misma fecha lleva la Historia del Derecho romano,
según las más recientes investigaciones, el libro pri­
mogénito de Hinojosa. Entre 1882 y 1885 preparan
Codera y Ribera los tres volúmenes iniciales de la B i­
blioteca Arábico-Hispana.
En 1898 están todos ellos en plena producción y
disfrutan ya de sólido prestigio. Sin embargo, su in­
vestigación personal no se ha interpuesto como un
cendal entre su mente y España. Todos sienten en el
tuétano del alma la herida de la Patria. Menéndez
Pelayo deja hasta de contestar las cartas que recibe.
El 16 de mayo de 1898 escribe al portugués García
Peres y refiere su silencio epistolar a «la tristísima
crisis por que está atravesando nuestra desventurada
P atria» Entre 1898 y 1900 hay un visible bache en
su producción escrita: no más de seis trabajos menu­
dos salen de su pluma a lo largo de esos tres anos,
cuando sólo en 1892, por elegir el ejemplo de un ano

m muv Instructiva a este respecto la descripción que Cajal hace

más en aquellas patrióticas bullangas» ipags. 96-97).
calmoso, habían aparecido nueve. Cajal, que a la sa­
zón estaba trabajando sobre las vías ópticas, recibe la
«n u eva horrenda y angustiosa» — son sus propias pa­
labras — «com o una bom ba». «L a trágica noticia
— añade — interrum pió bruscamente m i labor, des­
pertándom e a la am arga realidad. Caí en profundo
desaliento. ¿Cóm o filo s o fa r cuando la P atria está en
trance de m orir? M i flam ante teoría de los entrecru-
zamientos ópticos quedó aplazada sine d ie» ( J). En el
curso del año 1890 había publicado C ajal hasta d ieci­
nueve trabajos; en los veinticuatro meses de la etapa
1898-1899, sólo ocho. A s í todos. «A q u e l desfalleci­
m iento de la voluntad fu é general entre las clases cul­
tas de la nación», dirá Cajal, dando anchura nacional
a su propia experiencia.
¿Será por ven tu ra sorprendente que estos hombres
intervengan en el debate de la «regen eración » con ac­
titud distinta de la que adoptaron Costa y Macías
P icavea? C a jal sigue la seducción de la «sirena p e­
riodística» y participa en el gen eral clamor. El tono
general de sus intervenciones está visiblem ente de­
term inado por su condición profesoral, mas no se apar­
ta gran cosa d el que im pera en todo el arbitrismo
«regen eracion ista» ( 2) . Pronto reaccionará, sin em ­
bargo, el in vestigador especializado y sobrio. Confiesa
que «n o puede releer aquellas ardientes soflamas sin
sentir algún ru bor». Disgústale en ellas «e l tono g e ­
neral declam atorio y cierto aire patriarcal y autori­
tario de un hum ilde obrero de la ciencia. ¿Qué auto­
ridad tenía un pobre profesor, ajeno a los problemas
sociales y políticos — comenta C a ja l— , para censurar
y corregir?» Esta actitud del profesor concienzudo
ante lo que cree una veleidad suya se halla a cien
leguas de la predicación om nilateral de Costa y Macías

í») O p. c it., pág. 294.
(*) El propio C ajal iará m á» tarde un resumen de sus receta» «re­
generadora»»: «Como rem edio» moraleg apuntábamos: renunciar ol m a­
tonismo internacional, a la Ilusión de tomar por progreso real lo que
no es msá que reflejo pálido de la civilización extranjera; desterrar el
empleo de adjetivos hiperbólico#, de que tan pródigos fuimos siempre
con nuestras medianías; y, eji fin, crear a todo trance cultura original.
En el orden pedagógico proponíamos: el pensionado de profesores y
doctores aventajados en el extranjero; la incorporación a nuestros
claustros de investigadores de renombre mundial; el abandono del ré­
gimen enervador del escalafón, sustituido por el sistema alemán del
reclutamiento del profesorado, etc., etc.»
M ENÉNDEZ PELAYO
----------- — ----------------------------------------------------- 27
A1 iab° de algunos 016668 recobra el gabio
Perdld<> aplomo y ge entrega con ardor a su trabajo
personal, el único en que ve una efectiva contribu­
ción a la verdadera «regeneración» de España «Re­
cobrando el equilibrio — concluye — me incorporé al
tajo con el antiguo ardor. Humillado mi patriotismo
español, quedó vivo y pujante, y aun diré que exalta­
do, mi patriotismo de raza. Y di cima, al fin, al aludido
trabajo, sin perjuicio de planear nuevas labores tiara
lo futuro» ( i ) . v
Tam bién don Julián Ribera, el arabista, toma cartas
en el debate. Su posición, como la segunda de Cajal,
es hostil al verbalismo «regeneracionista*. «L a fuerza
de una nación — dice una vez — no puede consistir en
que haya muchos habladores que sepan decir, sino que
haya muchos individuos laboriosos que sepan hacer»
( 2). En un trabajo escrito en 1904 examina el con­
junto de la literatura «regenerativa», vitupera «la ten­
dencia sentimental y poco discursiva de los primeros
momentos» (3 ), condena el interiorismo casticista y
postula como previa condición para llegar a la buena
salud «estudiar fría e imparcialmente nuestras aptitu­
des». P or todas partes, bajo el hondo y constante dolor
de España, se ve al investigador celoso del rigor y de
la especializada suficiencia.
L a actitud de Menéndez Pelayo frente al problema
de España antes y después del 98 se irá viendo en las
páginas subsiguientes. Mas no sin apuntar ahora que
Bonilla y San Martín, el más inmediato discípulo de
don Marcelino, no vaciló en considerar su obra desde
el punto de vista de la «regeneración». « A estos fines,
de crítica de lo presente, de reconstitución del pasado
y de regeneración para el porvenir, responde, a mi pa-

(1) Da bastante que pensar esa curiosa distinción de Caja] entre
«oatrictismo español* y «patriotismo de raza*. Adviértese en ella la
disociación entre el patriotismo histórico y el Pa^ 1^ i® ",°M cas °
subhistórico. He aquí una actitud muy típica de nuestro 98.
( 2) «La regeneración, ¿vendrá por medio de la enseñanza?*, en D i-
s c r tlin n ^ s t. II, Madrid, 1928, p ^ 5(>G^ Textos analogos
v hnsta mAs incisivos, pueden recogerse con facilidad enitoda la obra
de R ib e r a En otro ¿ ¿ cu lo. titulado' - j e c e d a ^ o .mpo-

¿«i será patriotismo, necedad o impotencia.*
(») El m isticism o, loe. clt., pág. 764.
recer. toda la ingente obra del Maestro, incluso la lite ­
ra ria » ( l ) Su posición, ya antigua, fren te a tanto ga r­
garism o retórico e in eficaz con los grandes nombres
de nuestra Historia, tiene una entrañable semejanza
con la de todos los corifeos de la «regen eración », des­
de Costa hasta M aeztu, pasando por Cajal. V eía en la
historia declam atoria al uso «un empalagoso ditiram bo
en que los eternos lugares comunes de Pavía, San
Quintín, Lepanto, etc., sirven sólo para adormecernos
e infundirnos locas vanidades» ( 2). Como Costa y M a­
cías Picavea. anhelaba v e r enfilada la proa de la po­
lítica española hacia la resolución de los problemas
«re a le s » e «in te rio res » de España: «Cuando el humo
de nuestras fábricas se rem onte al cielo; cuando el
h ierro arrancado a las visceras de nuestros montes
llegu e a ser algo más que prim era m ateria preparada
para el em barque y arrastre en naves extranjeras;
cuando e l trab ajo de sus hijos d evu elva a la patria,
centuplicado por la industria, el caudal que de ella
ha recibido...», decía en 1909 a los santanderinos con­
gregados en hom enaje a su Obispo ( 8) ; y cuando, en
su amorosa semblanza de M ilá y Fontanals, canta con
derram ado optim ism o las excelencias de la Barcelona
noucentista — encuentra palabras de loa hasta para la
arquitectura de G a u d í— , piensa que aquella ciudad
industrial y pujante está «destinada acaso en los de­
signios de Dios a ser la cabeza y el corazón de la Es­
paña regenerada» ( 4). Tam bién en la mente del sabio
late la idea de una «regen eración » nacional. La aver­
sión de don M arcelino por aquella política alicorta y
oratoria, con la que tuvo tan fugacísim o contacto, no
le im pide soñar con una posible política «regen era­
dora», una p olítica de «realid ad es» económicas y so­
ciales ( 1).
------------------------ ------------------- --------------------
Pero Menéndez Pelayo es un profesor, un sabio *
«lente, com o Cajal y Ribera, el sacro terror pánico’de
opinar sobre lo que no entiende. «En política en cues-
tiones de Gobierno — escribía Ribera en el’ otoño de
1898 , se atreven a hablar hasta los más audaces
iZ J " de que k * tachen de mentecatos* (¡>). tn
1876, a los veinte años — la edad en que todo español
de entonces, y aun de ahora, si tiene mente despierta y
alguna lecturilla, se las echa al propio Leibniz veía
Menéndez Pelayo como signo distintivo de la genera—
ción que con él apuntaba «la buena condición de no
tratar cuestiones que no entienda». He aquí la causa
en cuya virtud calla don Marcelino a la hora del om­
nisciente arbitrismo regenerativo y dedica las escás»
fuerzas que el dolor de España le deja libres a per­
geñar Nuevos datos acerca de Prisciliano o a comentar
La Celestina, sus dos únicos trabajos de 1899.
La generación de Menéndez Pelayo es una genera­
ción de profesores, de sabios pulcramente atenidos al
ámbito de su específico saber. Todos aman a España
en las telas mismas de su corazón, pero creen servirla
mejor con su diario trabajo investigador que derra­
mando en discursos y soflamas ese cordial amor a Es­
paña. A veces, ex abundantia coráis, sale de sus plu­
mas un grito de dolor o asoma a sus labios el ansia
nacional, hasta que el patriotismo profesoral sofrena
la voz anhelante del patriotismo sentimental y difu­
sivo. No es una generación de poetas, sino de sabios.
A la generación de los predicadores (Costa, Galdós,
Macías Picavea) sigue una de sabios (Menéndez Pe-
layo, Cajal, Ribera, Hinojosa), y a ésta, otra de lite­
ratos, y aun de «literatísimos», la llamada «del 98» ( ’ )•
Cada una se ha enfrentado a su modo con España en
la hora crucial de 1898: unos, con la derramada pasión

(*) Loe. clt., t.I,P*g. . 495
(1) Véa*e en la expresión «interior un esquema. Me refiero, como e*
obvio «1 Í^upo que .da el tono, a cada generación^ En la generación
rt* Menéndez Pelavo hav literatos (Palacio Valdé*. Pardo Bazón>. pero
cÓnvenwm” en W t¿do, ellos son menos .«.rttot.» de 1*

2! ^
ftit cuenta Renuevo y Superación. ®1 tono dfctin-
MvndeV . á . w l o m o miel, entenderá w U denominación, lo d « . k »
literatos, no lo» aabio*.
d el agitador; otros, con callado trabajo técnico; otros,
indagando literariam en te las raíces viva s de una su­
puesta España origin aria y pura. Todos han sentido
en sus tuétanos la em oción de la palingenesia ren o­
vadora ( - ) . ¿Acaso no se v e el signo distintivo de la
generación nueva hasta en la misma política de la R es­
tauración? ¿P o r ventura no tiene detrás una actitud
a la v ez regen era tiva y técnica, casi profesoral, aquel
intento de Maura, el p olítico de la generación de M e ­
néndez P ela yo y Cajal, enderezado a refo rm a r el a rti­
ficioso sistema de Cánovas? ¿Acaso no intentó V á z ­
quez de M ella, poco más jo v e n que Maura, «re g en e ­
ra r » e l cuerpo anquilosado del v ie jo carlismo?
Si la reacción al d olor del 98 es la p ied ra de toque
para el form al deslinde de estos tres grupos españoles,
la causa eficien te de su diferen cia h ay que buscarla
unos años más atrás. Desde los quince a los treinta
años de su vid a va e l hom bre adquiriendo d efin itiva
conciencia de su propia personalidad. Cuando qu era­
mos conocer el mundo in terior de un hom bre adulto,
preguntémonos inm ediatam ente por el m edio histórico
y social que dió marco y pábulo a esos quince decisi­
vos años de su vida. Costa, M acías P ica vea y Galdós
han vivid o la disolución de la M onarquía isabelina,
y con veintitantos años asisten a la llam ada «re v o lu ­
ción de Septiem bre». L os coetáneos de M enéndez P e -
layo gozan en su plena juventud la paz anhelada y
modesta de la Restauración. Los «d e l 98» — me r e fie ­
ro, como es obvio, a la últim a p ro m o ció n — salen a
la vida respirando la oquedad de nuestro fin de siglo,
cuando, pasadas las prim eras m ieles del codiciado r e ­
poso, em pieza a ad vertirse la radical inconsistencia
del artilugio canovista.
Son los años heroicos en que M enéndez P ela yo com ­
pone febrilm ente los H eterodoxos, se em borracha e l
ojo de C ajal sobre el ocular del microscopio, estudia
ardorosamente Maura, después de cum plir su agota­
dora tarea de pasante en casa de Gamazo, y aprende
T i c"?jo?;o, p or ejem p lo , que M en én d ez P e la y o v ea la «r e g e ­
n eración » del lenguaje, com o Unamuno, en una v u e lta p alin gen étlca ni
casticiFrr.o popular y cam pesino. «H a y qu e v o lv e r a la lengua v iv a de
los rústicos — dice don M .irceiin o al fin a l de la H is toria dv. las ideas
estéticas— siem pre que se qu iere in fu n d ir n ueva savia a una lengua
em pobrecida p or la etiqu eta académ ica y cortesana, y por el abuso
d el espíritu de sociedad* (¡deas, ed. de la «C o l. de E scritores C astella­
nos*, V, 244).
R ibera con empeño concentrado la técnica de la tipo­
gra fía árabe. T rabajo personal técnicamente suficien­
te, estar al día, creación original de cultura: tales son
las notas diferenciales e inéditas de una generasión
de españoles. Ellas son también las que, convertidas
ya en hábitos del alma, determ inarán la común acti­
tud de todos ellos cuando España, la misma España
se haga en 1898 urgente y doloroso problema í 1).
L a peculiaridad de M enéndez P elayo debe ser con­
siderada dentro de este cuadro generacional. Esa se­
m ejante posición de M enéndez P ela yo frente a muchos
hombres maduros de su tiempo, cualquiera que fuese
su rótulo político — Salmerón y Azcárate por un lado,
P id a l y O rtí y L a ra por e l otro — , se halla en buena
parte condicionada p or el pathos radical y originario
de toda su generación, y es en cierto modo equipara­
ble a la posición de C ajal ante algunos de los santones
de San Carlos cuando vino a M adrid para examinarse
d el Doctorado. L a aparición de M enéndez Pelayo en
el horizonte de las letras españolas será luego singu-
larísim am ente matizada por la virtud configuradora
de su acendrado catolicismo, por su condición de histo­
riador y de fabuloso erudito, por su brío polémico,
etc.; pero antes de indagar lo que de estrictamente
personal tienen sus prim eras obras — esto es, la d ife ­
rencia específica de su personal definición — era con­
veniente v e r con algún detalle el género próxim o en
que se halla incluido por haber comenzado a pensar
con personalidad propia en los primeros años de la
Restauración.

(i) A lgú n lector ingenuo, si es que quedan de éstos, se extrañará
viendo incluidos en un mismo grupo histórico — una «.veneración», en
este caso — a hombres que tanto discreparon por el contenido religioso
y político de su pensamiento. Quien así se extrañe, deberá pensar
que en la participación de un hombre en la Historia cabe distinguir
el contenido y la form a de tal participación. Según el co?i?C7iido. uno
puede ser, por ejemplo, católico, protestante o mahometano, médico,
pintor o filósofo. Pero este contenido puede adoptar jorn ias históri­
cas distintas: católicos y protestantes, médicos y pintores pueden ser
renacentistas, románticos, burgueses, etc. Las «épocas» lEdad Media.
Renacimiento, etc.), los «siglos» (el q u a ttro c e m o . lo «dieciochesco»,
etc.), los «tipos» históricos o sociales (naturalismo e idealismo, el
pueblo inglés, etc.) son, mientras la Historia no se sistematice de
m od o mejor, que buena falta hace, las grandes categorías de la jorma
histórica.
Pues bien: las unidades elementales de la forma con que uno par­
ticipa en la Historia son, indudablemente, ]a biografía y la suma his­
tórica de biografías coetáneas que llamamos g cn cra cw n . Dos hombres
pueden discrepar en muchas cosas, hasta pelear por ellas entre si y,
sin embargo, coincidir en su pertenencia a una misma generación.
E L N A C IM IE N T O D E L F E N IX

El m eteórico ingreso de M enéndez P ela yo en el coe-
tus stella ru m de los españoles famosos tuvo su ocasión
en la p rim avera de 1876, cuando el mozo no había
coronado aún el verd e alcor de los vein te años. L a v e r ­
de, maestro suyo en V alladolid, le incitó a refu tar una
afirm ación de A zcárate acerca de la producción cien­
tífica española durante la vigen cia de la Inquisición.
El resultado fué una extensa carta del discípulo que
L a verd e hizo publicar en la R evista Europea. Con
ello comenzó la «polém ica de la ciencia española», y
desde entonces, orlado de m ítico prestigio, el nom bre
de M enéndez P elayo estará perm anentem ente ante los
ojos de los españoles. Como un símbolo de su pueblo,
M enéndez P ela yo — en esta tierra española, que para
otorgar cualquier consideración o ficial a sus hijos les
exige «hacer oposiciones», oponerse — com ienza su
vida pública con una p olém ica .
Conocíanle antes, no contando sus deudos y amigos
santanderinos, algunos profesores — M ilá, Rubio, L lo -
réns, Laverde, Luanco — y tal cual fino catador de
talentos en agraz, como por entonces lo son Valera,
P idal y el M arqués de V alm ar. Eran éstas las personas
con que había ido durante su peregrinación académica
a través de Barcelona, V alla d olid y M adrid. Todos
ellos se hacían lenguas y casi cruces ante el insólito
espectáculo de aquel muchacho sapientísimo, grave e
ingenioso. N o obstante, su pública fam a comienza v e r ­
daderamente con el episodio polém ico de 1876.
¿Fué un azar que se iniciase con una polém ica y,
más aún, con «aq u ella » polémica, la vida famosa del
futuro don M arcelino? ¿Acaso no era muy probable
la presentación de aquel episodio o de otro análogo en
la exuberante juventud intelectual del santanderino,
y hasta la peculiar índole de su participación en él?
M irem os a la persona. Es el mozo, por confluencia
de sus dotes nativas y de su educación — no olvide­
mos su incidente escolar con Salmerón y sus artículos
de 1874 en la revista Miscelánea, de B arcelona— ,
pronto de genio y de palabra. Ha sido educado como
«católico a m acham artillo», según dirá luego de sí mis­
mo. Su prim er contacto con la vida histórica española
aconteció, sin embargo, en el seno de su mismo hogar.
En la paz provinciana de su casa fam iliar, dentro del
firm e catolicismo que la empapa, mézclanse sin acritud
las dos venas paralelas de la historia española ocho­
centista: los Pelayo, estirpe de la madre, son conspi­
cuos tradicionalistas; el lin aje de los Menéndez, en
cambio, tiene más bien piques de liberal y progre­
sista ( x). ¡Cuántos hijos españoles han vivido, a lo
largo de los últimos cien años, la íntima y delicada
tarea de fundir con pacífica, filia l piedad, el amor a
un padre honrada e ingenuamente liberal y a una
madre acendrada y sinceramente católica! Este hom­
bre así dotado y así form ado ( 2) es el que va a situar­
se a los vein te años cara a los vientos históricos a,ue
todavía corren sobre la calmosa y demasiado alegre
sobrehaz de la Restauración. ¿Debe extrañar que m e­
tiese su poderosa voz en aquel discorde coro? Cada
uno de los brotes en que constantemente reaparecía
la v ie ja polémica intelectual y política de los españoles
sobre su propia historia era un tentador cimbel para
la pluma del recién togado escritor. Bastó una leve
incitación epistolar de L averd e para que Menéndez
P ela yo contestase per longum et latum al ligero juicio
de Azcárate. H abía comenzado la polémica de la cien­
cia española.
En mi cuaderno Sobre la cultura espafiola estudié
con alguna amplitud la verdadera textura de esa po­
lém ica — existencia de tres grupos contendientes, no
de dos — , así como la situación intelectual e histórica

(1) Artigas, de quien tomo estos datos, refiere que un hermano del
padre de don Marcelino, un tal don Baldomcro («E l capitan Bombar­
da» fué su ruidoso nombre literario), había sido gobernador con
E spartero.
( 2) Luego veremos cómo actúan otros elementos de su formación,
singularmente la barcelonesa (Milá, L lo rén s).

1IRNÉNDEZ PELAYO 1 *
de sus grupos extrem os: el «reaccion ario», como le
llam ó el propio M enéndez P ela yo (P id a l y e l P. F on -
seca), y el «in n o vad o r» o progresista (A zcá rate, S a l­
merón, R e v illa y P e r o jo ). Contra los dos m ueve á g il­
m ente el brioso mancebo su bien abastecida panoplia.
Este bifron te combate nos perm ite ad vertir que M e ­
néndez P ela yo polem izaba con sus adversarios tanto
p or lo que uno y otro grupo decían — esto es, por lo
que de anticatólicos tenían unos y de reacionarios y
estancados los otros — como por el hecho de ser p o le­
mistas los dos. M enéndez P elay o p olem izó, p o r lo ta n ­
to , contra los polem istas y contra la polém ica m ism a;
es decir, contra una situación histórica de España que
perm itía y aun favorecía aquella escisión irreductible
entre los españoles. Como si quisiera don M arcelino
transfundir a España entera la cristiana y española
paz en que dentro de su hogar v iv ie ro n el progresism o
de los M enéndez y el tradicionalism o de los Pelayo.

Los muchos españoles que m iran esa polém ica con
un solo ojo propenden a v e r en el M enéndez P ela y o
polem ista un paladín de las «derech as» contra las « i z ­
quierdas» de su época. N ada más lejano de la realidad,
cualquiera que sea la p rim era apariencia de la p o lé­
mica famosa. L a intención perm anente de M enéndez
Pelayo, desde su aparición dentro d el horizonte his­
tórico español, fué superar católica, creadora y cien­
tíficam ente, dentro de una caliente fid elid a d a Cristo
y a la historia de España, la cruenta e inútil antino­
m ia de la España del siglo x rx . L u ego verem os cómo
se fué configurando expresam ente a lo largo de su
vida esa radical intención de su alma. A h ora sólo me
interesa demostrar que ta l intención existió desde los
años polémicos.
A las pocas líneas de com enzar su in vectiva contra
Azcárate surge ya con toda exp licitu d el tem a perm a­
nente: « Y en esto (e n despreciar la ciencia española)
pecan todos en m ayor o m enor grado, así el neoes-
colástico que se inspira en los artículos de L a C iv iltá
y en las obras de Liberatore, de Sanseverino, de Prisco
o de K le u tg e n . . . como el alemanesco doctor que re ­
funde a Hegel, se extasía con Schelling o m artiriza la
lengua castellana con traduciones detestables de K an t
SS
y de K rau se» C1). Pocos días más tarde escribe a L a -
verd e de re bibliogra phica y vu elve sobre e l mismo
tem a: «D ios sólo sabe si es útil o dañoso el sesgo que
al presente lleva n ciertos estudios en España, y si es
e l m ejor antídoto contra la exageración innovadora la
exageración reacionaria. L o que sí puede afirmarse es
que ambos fanatismos se inspiran en libros extranje­
ros...» ( 2). Preocupa al jo ven M enéndez Pelayo e l ha­
lla zgo de un antídoto adecuado a los males de España
y no lo v e en la receta intelectual que propugnan los
«avanzados» y los «reacionarios» españoles. P rogre­
sistas y reacionarios le parecen ajenos a España, y ésta
es la más gra ve objeción que su alma puede hacer a
la estéril polém ica por ambos grupos sostenida. Dis­
cute una v e z la españolidad de P ero jo y R evilla: «H ay
que tener sangre española en las venas para sentir y
entender esto. Los Perojo, R evillas y compañía, ni
hablan nuestra lengua ni son de nuestra raza» ( 3) ; y
a las pocas páginas, para que su intención quede bien
clara, lanza una saeta semejante contra O rtí y Lara:
«E l Sr. O rtí y Lara, que es casi tan forastero en ella
(la ciencia española) como los krausistas...» ( 4). Si
O rtí y L a ra hubiese sido más tibiam ente católico, le
suprime hasta el casi. De 1879 es su venablo contra
las dos opuestas interpretaciones escolares de la his­
toria de España que por entonces campeaban: «L a his­
toria de España que nuestro vulgo aprende, o es una
diatriba sacrilega contra la fe y la grandeza de nues­
tros mayores, o un empalagoso ditirambo, en que los
eternos lugares comunes de Pavía, San Quintín, L e -
panto, etc., sirven sólo para adormecernos e infundir­
nos locas vanidades» ( 5). A d vertía claramente M enén­
dez P elayo la necesidad de hallar un modo español de
vid a y de pensamiento a un tiempo distinto del que
por entonces hallaba su expresión en una «diatriba

(1) C ie n cia , I, 30. P ara fren o de m alintencionados, si es que a la
m ala in ten ción se la puede fren ar, rep ito aquí lo que acerca d e este
d ob le fre n te polém ico ad vertí en m i cuaderno Sobre la cu ltu ra es­
pañola, pág. 54. S ubrayar que M enéndez P e la y o polem izo contra dos
fren tes no qu iere d ecir que fuese igu al su distancia espiritual a
uno y a otro.
( 2 ) Ciencia, I, 57.
(8) C ien cia, I, 341.
(*) C ie n cia , I, 347.
(*r>) Estudios, V II, 216.
sacrilega» contra el Catolicismo, el tópico de las « iz ­
quierdas», y del que subyacía al «em palagoso d iti­
ram bo», la vana declamación de nuestro Historia, tan
usada por hierofantes de la «derech a». L a división de
los españoles semicultos y seudocultos en «ja b a líe s» y
«ten ores», más tarde propuesta por Ortega, tiene un
expreso equivalen te en esta dilem ática tip ología del
«sa crilegio » y el «em palago». Uno y otro ven la misma
realidad; y si hay alguna d iferencia en el tono de la
expresión con que esa realidad es juzgada — ironía
intelectual en la de Ortega, fe hondamente sentida y
m uy directam ente expresada en la de M enéndez P e -
layo — , sólo a la d iferencia personal entre los dos ju -
dicativos espectadores debe referirse.
Esta actitud de don M arcelino contra los polemistas
y contra la polém ica se m antendrá en él de por vida.
Es, como iremos viendo, uno de los temas cardinales
de su espíritu, y por doquiera se hallan destellos de
su constante presencia en la obra de nuestro historia­
dor. Cuando está coronando la cima de su H istoria de
las ideas estéticas, juzga la obra del P. Jungmann, re ­
cién vertid a al castellano por O rtí y Lara, y en el ju i­
cio intelectual del esteta se derrama, incontenida, la
cordial inquietud del español: «¡P o b re juventud nues­
tra, tan despierta y tan capaz de todo, y condenada,
no obstante, por pecados ajenos, a optar entre las lu ­
cubraciones de Krause, interpretadas por el señor
* G in er de los Ríos, y las que con el título de L a B elleza
y las Bellas A rtes publicó en 1865 el jesuíta José Jung­
mann, profesor de T eología en Innbruck, y tradujo al
castellano en 1874 el señor O rtí y Lara! Arcades am ­
bo» ( 2). Escribe esto M enéndez P ela yo hacia 1890, a
los treinta y tres o treinta y cuatro años. Es jo ve n
aún, y como m iem bro adelantado de la juventud espa­
ñola levanta su voz egregia contra todos los padres de
esa juventud, que no han sabido poner a España en
buena vereda. En el juicio del intelectual hay velado
el grito dolorido de una generación de españoles, la
que va desde Costa hasta A z o rín y Maeztu. L o que
M enéndez P ela yo expresa en esteta y en católico no
d ifie re mucho de lo que en arbitrista y en predicador

(*) Ideas , IV . 275.
democrático dirá poco más tarde Macías Picavea. Unas
páginas después insiste: «Es ya calamidad irremedia­
ble í 1) que esta ciencia (la Estética), y aun toda la
ciencia extranjera, ha de lle ga r a nosotros por el in­
term edio de esos espíritus estrechos y dogmáticos,
hom bres de un solo lib ro, que ellos en seguida convier­
ten en breviario, llám ese Krause o Sanseverino, T a-
p a relli o Ah rens» ( 2). N o deja de tener su significa­
ción un leve desplazamiento estim ativo de don M arce­
lino desde aquel juicio de 1876 acerca del extranje­
rismo «in n ovad or» y del extranjerism o «reaccion ario.
Entonces cargaba e l acento capital de su aversión so­
bre la palabra extran jero. Ahora, en su plena y precoz
madurez intelectual, lo sitúa sobre la mediocridad y
la estrechez de traductores y traducidos. Más adelante
verem os la situación espiritual subyacente a ese leve
cambio en el m atiz del juicio.
E l tem a perdura en su producción escrita hasta el
fin de su vida. Dos años antes de m orir escribe unas
cuartillas en honor de Balmes, y el congojoso pensa­
miento reaparece: «N o puede decirse que la admira­
ble doctrina de Santo Tomás sobre el concepto de la
ley, sobre el origen del poder civil y su transmisión
a las sociedades estuviese olvidada... P ero ni los lib e­
rales ni los absolutistas habían querido entenderla, y
con sus opuestas exageraciones, fanáticamente p rofe­
sadas, habían llenado de nieblas los entendimientos y
de saña los corazones» ( * ) . Unas líneas antes ha es­
tampado su párrafo famoso: «H o y presenciamos el
lento suicidio de un pueblo que, engañado m il veces
por gárrulos sofistas, empobrecido, mermado y deso­
lado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le
restan...» ( 2). N o conozco un juicio más duro y más
triste sobre la historia española de los cien años que
anteceden a esas líneas terribles. Con ellas a la vista,
se advierte sin ambages que don Marcelino, allá por
1876, polemizaba a la vez contra los polemistas y con­
tra la polém ica misma. Contra esto y aquello, como

í1) ¿Qué alcance podía ten er en el alm a d e don M arcelin o ese
rotu n do «irre m e d ia b le »?
( 2 ) Ideas, IV , 292.
(1) Ensayos, 371.
(2) Ensayos, 364.
algo más tarde había de escribir otro español cim ero,
más litera ria y menos realm ente angustiado que don
M arcelino.
T a l fué la intención cardinal de M enéndez P ela y o
en la polém ica famosa. N o debe extrañar, en conse­
cuencia, que los vigías más inteligentes de la España
«restaurada» advirtiesen pronto la insólita y p rom e­
tedora singularidad de aquel recién llegad o mozo.
Pronto la vislum bra V alera, situado como él, aunque
menos devota y animosamente, entre avanzados y r e ­
accionarios: ««C u íd ese usted mucho — le escribe en
1878, cuando M enéndez P ela yo no ha cum plido aún
los vein tid ó s — y v iv a sano largo tiempo, pues v a a
ser notabilísim o personaje en las letras españolas» C1).
Más sign ificativo es todavía e l juicio de C la rín : «M a r ­
celino no se parece a ningún jo v e n de su generación
— escribía el asturiano en 1886— ; no se parece a los
que b rillan en las filas liberales, porque respeta y am a
cosas distintas; no se parece a los que siguen el lábaro
católico, porque es superior a todos ellos con mucho,
y es católico de otra m anera y p or otras causas» ( 2).
C la rín ha advertido en M enéndez P elayo, con fin a
perspicacia, la singularidad de su persona, que depen­
día de su católica situación entre liberales y neos,
como entonces era costumbre decir. N o ha visto, sin
embargo, que en algo se parece a otros hombres de
su generación, menos conocidos en 1886 que el m e-
teórico M arcelin o: los Cajal, los R ib era y hasta los
Maura. Si le singulariza e l contenido específico e in ­
dividual de su actitud espiritual — por más expresa­
mente católica, p or serlo de un historiador, etc.— , le
enlaza con todos ellos la fo rm a genérica de esa acti­
tud ante el problem a histórico de España. Araqu istain
dirá en Berlín, ya de vu elta de muchas cosas, que
M enéndez P ela yo es el Fichte de la cultura españo­
la ( :i). Sin duda; pero de la misma generación esp iri­
tual que Fichte son Savigny, Hum boldt, Niebuhr, G n ei-
seau y los biólogos que harán posible a Johannes
M üller.
Dejemos a un lado el inútil problem a de valo rar re -

<y) E p is to la rio , pág. 37.
f2) Cit. por García de Castro, M. y P . f pág. 240.
(*) B o le tín de la B ib lio te c a de M . y P ., X V , 189-209.
lativam ente la aportación que a la cultura española
hicieron cada uno de los hombres de aquella genera­
ción. M irados en conjunto, une a todos ellos un triple
lazo: su común hostilidad contra la polémica escrita
y armada que fué la historia española desde 1815 a
1875; su im plícito o declarado proyecto de resolver
esa v ie ja polém ica mediante un trabajo personal téc­
nicam ente suficiente y creador; y, por fin, su volun­
tad de «estar al d ía» dentro de España, una España
sin_ sacrilegios ni empalagos, y de estarlo eficaz y es­
pañolam ente ( x). En el ámbito de esa concorde acti­
tud se singulariza M enéndez P elayo por su firm e y
v iv o catolicismo — menos retórico que el de los «tr i­
bunos» derechistas, más eficaz y original que el de los
españoles meram ente «d e v o to s »— , por su condición
de historiador cada v e z más historiador, por su alma
de literato y esteta, p or e l estilo cordial, generoso e
ingenuo de su v iv ir. En la obra de Menéndez Pelayo
jam ás se descubre doblez n i cauta cuquería. En sus
ataques polémicos, sobrados alguna vez de brío com­
bativo, se entrega ta l cual es; y si refrena su expre­
sión no es nunca p or obra de calculada reserva, sino
por la estima que siempre tuvo de la dignidad huma­
na — «es cristiano y tiene luego la vulgaridad de obrar
como tal», decía de él con punzante ingenio Clarín, en
1894 — o por destacar lo que de loable pudiera tener
su adversario, aun cuando éste se llamase Salmerón
o R evilla.
D e aquella compartida actitud y de esta personal
singularidad em ergen los problemas que estremecen
o brizan e l alm a de don Marcelino. De ellas manan
tam bién los proyectos y las intenciones centrales de su
vida. Bonilla, que tan de cerca conoció a su maestro,
escribía a los pocos días de m orir Menéndez Pelayo
que durante su vid a se había propuesto tres distintos
fines: «19, labor de crítica imparcial, pero, cuando
fuese necesario, dura, violenta, agria y contundente,
de los procedimientos seguidos por quienes represen-

P ) Todos ellos fueron «interioristas»: sólo que unos buscaban la
«interioridad* de España en una imaginaria raíz vital anterior y ajena
a nuestra historia («virginialism o» de Ganivet, «patriotismo de raza*
de CaJal, «intrahistoria* de Unamuno, etc.) y Menéndez Pelayo inda­
gaba lo «castizo* con mente deliberadamente católica y a través de la
expresión histórica de esa «castidad*. Luego veremos cómo lo hizo-
taban la decadencia; 29, labor paciente y amplia de
exposición de nuestra historia, para poner de relieve
los hechos y las ideas que en ella deben conocerse;
lal??r inspiración de nuestro pensar en alguna
dirección filosófica que no contrariase su naturaleza
ni sofocara su tradicional tendencia» (*). Más breve y
claramente puede decirse: Menéndez Pelayo se pro­
puso a sí mismo y propuso a los españoles la tarea de
salir con fidelidad católica, suficiencia científica y ac­
tualidad histórica de la pugna que desde 1815 hasta
su mocedad había sido la historia de España. A la luz
de este proyecto cardinal debe verse la obra entera
de su vida. ¿Consiguió llegar a una verdadera solución
de ese problema? ¿Cómo fué intentando resolverlo?
He aquí las dos preguntas que constituyen la clave de
este ensayo biográfico.
El período polémico de don Marcelino dura desde
1876 a 1880. Es la época en que más visiblemente
actúa sobre él la influencia de Laverde. Sus obras ca­
pitales de ese período son La Ciencia Española y los
Heterodoxos. Todavía no es enteramente dueño de
sí mismo, como nos dirá más tarde, dos años antes de
morir, en una breve y ejemplar retrospección de su
propia vida: «Mal podía esperarse (la serena eleva­
ción) en un mozo de veintitrés años, apasionado e in­
experto, contagiado por el ambiente de la polémica y
no bastante dueño de su pensamiento ni de su pala­
bra» (*). ¿Cómo intenta cumplir este apasionado, in­
maturo y sapientísimo mozo Ja tarea que él mismo se
ha propuesto? ¿Con qué problemas se encuentra? ¿Qué
tempestades y qué luces hay durante esa polémica
mocedad dentro de su alma caliente y preocupada?

(I) Reí), da Archivo ,t, t. XXVII, julio-diciembre 1012, p/itf. 01.
(») Uotarodoxot, I, 30. *No obíUmlu dueflo de mi pensamiento». ¿Sa
referiría don M arcelino con expresión, uparlo de «ludir a lo
dure* lntelaotun) de lu Juventud, o la rector» y decisiva Influencia dü
Lovarde, tan central tm todo el período polém ico de nuestro hiKtonadoi?
VISIÓN DE LA HISTORIA

Cada aventura lectiva es para el alma una ventana
abierta a un mundo inédito y fabuloso. La vida futura
se decide muchas veces en una de esas soñadoras pe­
regrinaciones del espíritu adolescente.
¿Qué ventanas se abrieron en el alma de Menéndez
Pelayo durante esos movedizos años? Si hemos de
juzgar por su inicial producción escrita, tres son las
que mostraron a nuestro adolescente más prometedor
paisaje: la poesía, el mundo clásico y la historia. De
las cuatro primeras obras que espontáneamente com­
pone, uno es de creación poética: Don Alonso de Agui-
lar en Sierra Bermeja — «Poema heroico en octavas
reales» la subtitula sin remilgos su incipiente autor — ;
dos son traducciones clásicas: la Égloga VIII y Píramo
y Tisbe; la última, escrita ya en Barcelona, histórica,
El teatro español. Dejemos ahora la poesía y el cla­
sicismo (de la primera no importa el fruto, sino la
afición, y el problema del segundo pronto reaparece­
rá) y miremos más despacio el acceso de Menéndez
Pelayo al pensamiento histórico.
Apenas hay un adolescente que no se sienta pren­
dido por un relato histórico sugestivo, por lo menos
desde que el humanismo, primero, y el Romanticismo,
después, enseñaron a los hombres a saciar en el pa­
sado los anhelos que el presente despierta y enciende.
¿Puede pasmar a nadie que un muchacho inteligente
y sensible se vea arrebatadoramente poseído por la vo­
cación histórica — la siga luego o no, esto no importa
ahora— si topa con un maestro capaz de alimentar
coni tacto y orientar con firmeza esa pasión por la
historia que ya existía en su alma?
Cosa tal debió ocurrir en la de Menéndez Pelayo
cuando, allá por 1872, frecuentó en Barcelona las le c ­
ciones y la discreta amistad de M ilá y Fontanals. Era
éste, juzgando por lo que más tarde nos contará el
propio don M arcelino, varón justo y profesor pulqu é-
rrim o. «Practicab a con el m ayor rigo r la m áxim a de
Juvenal m aximci debetur pu ero reveren tia , y no hu­
biera aplicado a los hijos de la sangre, si Dios se los
hubiese concedido, más vigila n te y amoroso celo que
a los hijos de su enseñanza, respecto de los cuales se
consideraba investido de una especie de cura de a l­
mas» í 1). En aquellos años decisivos, lleva d o p or la
palabra m agistral de M ilá, métese resueltam ente el
jo ve n M arcelino por las reductoras umbrías de la H is­
toria literaria. Su m ente de poeta y de intelectual
halla compañía en H oracio y Teócrito, en V iv es y F o x
M orcillo, en L op e y Séneca, cuyas tragedias tradujo
por entonces. Pero, aparte el encuentro espiritual con
estos héroes y el levantado diálogo con la voz solem ne
de su legado literario, algo más recibe de sus m en­
tores barceloneses este futuro y bien dotado h istoria­
dor: la iniciación en un modo de pensar más bien
histórico y abierto que excluyen te y dogm ático. « A es­
ta escuela debí — nos dirá en 1908, siete lustros des­
pués de haberla frecu en ta d o— , en tiempos verd a d e­
ramente críticos para i a juventud española, el no ser
ni krausista ni escolástico. .. A l l í contem plé en e je r­
cicio un modo de pensar histórico, relativo y condi­
cionado, que me llevó, no al positivism o (ta n tem e­
rario como el idealism o absoluto), sino a la prudente
cautela del ars nesciendi» ( 2).
M enéndez P ela yo nos da los cincuenta y dos años la
versión de una experien cia v iv id a a los dieciséis. S e­
guramente, sin ad vertirlo el mismo don M arcelino, la
pintaba más dura y expresa de lo que debió ser en
aquellos verdes años; que cuando el adulto rem em ora
experiencias infantiles o de mocedad, sobre todo si son
intelectuales, suele virilizarlas, dotarlas de esqueleto
y contorno más firm es y aristados. Pero, así y todo,
es evidente la iniciación de un hábito acusadamente
histórico en la mente de don M arcelino. Veamos en los

H) Estudios, V , 150.
( 2) Estudios, V. 134.
textos de entonces cómo se expresa esta temprana
y decisiva influencia.
Cuando se enfrenta con el P. Fonseca, v e en la ca­
rencia de sentido histórico la causa prim era de la
angostura del dominico: «C arece el P. Fonseca de
espíritu histórico, como todo el que se encierra en un
dogmatismo cerrado. Para él la historia no tiene auto­
ridad ni v a lo r propio sino cuando sirve de arma de
defensa para una tesis apologética» í 1). Más adelante
verem os lo que llegará a ser la «autoridad» y el
«v a lo r p rop io» de la historia en la mente de Menéndez
P ela yo maduro. A h o ra me im porta señalar que, ya a
los veintidós años, intu ye con toda claridad que la
historia tiene va lo r propio siem pre; aunque, como
católico y español, no llegue a pensar con Ranke que
ese v a lo r p rop io es siempre el mismo y «todas las
épocas están a igual distancia de D ios». V e nítidamen­
te el jo ven M arcelino que las grandes figuras y los
grandes sistemas de antaño sólo con mente histórica
pueden ser seguidos — «con ánimo de adivinación»,
diría José Antonio — , aunque la figu ra sea la de Santo
Tomás y el sistema se llam e tomismo. Si él, M enén­
dez Pelayo, hubiera de seguir a Santo Tomás, sólo
sería proponiéndose como faena p revia algo así como
«una condición de historiador», la de «pasar por la
h istoria» — valga la frase — al propio Santo Tomás:
«S i Santo Tomás v iv ie ra hoy, los estimaría (habla
de los resultados de la psicología m oderna) como nos­
otros, y la ciencia de Santo Tomás no sería entonces
lo que algunos malaconsejados discípulos suyos quie­
ren que sea, un caput m o rtu u m sin virtud ni eficacia,
sino vasta y armoniosa síntesis, que ni negaría lo pa­
sado, ni dejaría de abrir las puertas para lo por v e ­
n ir» ( 2). Sin proponérselo, M enéndez Pelayo, en 1878,
m e jora el program a de Lovaina.
E l «espíritu histórico» del M arcelino mozo y pole­
mista salva la natural y peligrosa tendencia hacia la
absolutización que hay en el alma de todo com batien­
te intelectual. Los «exclusivism os científicos», dice
«acaban por anular los impulsos particulares y por

(1) C ie n cia , II, 135.
(2) C ie n cia , II, 134-135.
patrificar la ciencia en una fórm u la ». P etrificación ,
he ahí el enem igo: tal es la m áxim a central de toda
m ente histórica, tal el terror del historiador M enéndez
Pelayo. ¿Cómo ve él, entonces, ese espíritu histórico
que tan de menos echa en el P. Fonseca? «Q uien po­
sea e l verdadero criterio histórico — aclara unas líneas
después— podrá entusiasmarse con sistemas distin­
tos del suyo, y no los traerá para acomodarlos a sus
ideas, sino que los pondrá en el m edio en que se des­
arrollaron, y com prenderá su razón de ser en el m un­
do». Todo suceso y toda obra humana, vien e a d ecir­
nos M enéndez Pelayo, deben ser com prendidos histó­
ricam ente; y en cuanto el espíritu adquiere este há­
bito intelectual, pronto ad vierte que la H istoria posee
autoridad y v a lo r p rop io, y que los sucesos y las doc­
trinas tienen siem pre su razón de ser. E l historiador
vence en don M arcelino al pensador sistemático. M ás
adelante, cuando su pensamiento llegu e a pleno vigor,
no se conform ará con seguir un solo térm ino del d ile ­
ma y querrá hacer de la H istoria un «sistem a». A lg o
de e llo se barrunta y a en un pasaje de su p rim era
réplica a P ero jo : « L a conciencia individual, que es
siem pre im p erfecta y está siem pre oscurecida p o r
el predom inio de una facultad sobre las restantes
(d e lo cual nace la d iferen cia p ersona l), debe acri­
solarse y purificarse en la conciencia universal, en la
conciencia histórica, que pocas veces y e rra ni sufre
m utilaciones» ( x). L a H istoria, crisol de la verdad,
piensa el historiador en ciernes.
Este resuelto ingreso de M enéndez P e la y o en e l m o ­
do de pensar histórico v a acompañado de una visión
de la Historia m uy propia de su época y nada idó­
nea en quien tan fina y certeram ente quería e jerc ita r
su oficio de historiador. Una visión de la Historia,
cuyo defecto fundam ental — curiosa inconsecuen­
cia de un siglo h istoricista— es de negarla. H e aquí
las propias palabras de don M arcelin o: «L a historia
demuestra que en todas las épocas se plantean todos
los problemas y se resuelven bien o m al todas las cues­
tiones ( 2), y que nada hay nuevo bajo el sol, y que
en el terreno filosófico no pueden presentarse ni re -

(i) C ien cia, I, 320.
(a) Los subrayados son del propio don Marcelino.
solverse más cuestiones que las presentadas y resuel­
tas por la filosofía griega, a no ser que añadamos una
nueva facultad al entendimiento humano o alteremos
esencialmente sus condiciones. En filosofía no se con­
cibe e l progreso de la manera que nuestros adversarios
le entienden. Puede form ularse en distintos términos
e l p ro b le m a .. ., pero de ahí no se pasa. Formular un
problem a realm ente nuevo es tan imposible como crear
un sexto sentido. L o que hacen los problemas es to­
m ar form a nueva en cada é p o c a .. . L á conciencia hu­
mana, una y entera, no form ula más cuestiones que las
que ha form ulado siem pre» ( J).
P olem iza M enéndez P ela yo contra los que cree he-
gelianos — en verdad, no había catado mucho a H e-
gel e l bueno de P e r o jo — y, sin advertirlo, está a dos
pulgadas de un craso hegelianismo. «E l espíritu, con­
sumiendo la cubierta de su existencia — dice Hegel,
expresando m etafóricam ente su idea de la Historia — ,
no se m ete simplemente en una nueva cubierta, ni se
levanta, rejuvenecido, desde las cenizas de su antigua
configuración, sino que de esa configuración antigua
em erge enhiesto y esclarecido un espíritu más puro.
E l espíritu se pone contra sí mismo, consume su exis­
tencia; pero, consumiéndola, la elabora de nuevo y lo
que fué form a deviene material, que su trabajo ensal­
za a nueva form a». Las «m odificaciones del espíritu»,
añade H egel, son sólo «reelaboraciones de sí m ism o»:
nuevas ediciones suyas en form ato distinto, podríamos
decir; tal vez mejoradas, pero no aumentada ni sus­
tancialm ente alteradas. P or eso, «absorbiendo el espí­
ritu la realidad, la persistencia de aquello que es, al­
canza a la vez la esencia, el pensamiento, lo general
de aquello que solamente era» ( 2). Para Hegel, como
para el M enéndez P elayo joven, nada hay esencial­
m ente nuevo en la H istoria y nada pasa en ella, en la
acepción genuina del pasar ( 3). Los nuevos problemas
del hombre son sólo figuras particulares de los pro­
blemas antiguos y permanentes. L a única diferencia

(1) C ie n cia , I, 319.
(2) P h ilo s o p h ie d er G csch ich te. E in le itu n g , Jubilaumausgabe, XX,
páginas 112-113 y 118.
(«) «N ada se ha perdido; todos los principios se han
dirá Hegel en el impresionante R esultat con que cierra su H istoria d*
la F ilo sofía .
esté en que para e l radiante optim ism o de H egel la
Historia, por una suerte de interna necesidud, va ha­
ciendo al espíritu cada v ez más esclarecido o tran sfi­
gurado ( v e r k la r t), más consciente de sí mismo, a lo
largo de esa serie de nuevas configuraciones; al puso
que M enéndez Pelayo, menos optim ista — por cre ­
yen te en el pecado origin a l y p or español católico de
1880 — , piensa que e l curso de la H istoria puede abe­
rrar. L a constitutiva fa lib ilid a d d el hom bre puede
conducirle a plantear falsam ente sus perm anentes
problem as y, por lo tanto, a soluciones históricas que,
como él dice, sean «abortos de una m ente enferm a,
nacidos de torcim ientos y m utilaciones» O ).
H egel y M enéndez P elayo, cada uno a su m odo —
¿de dónde le ven dría al m ozo santanderino esa idea
del acontecer histórico? — , aniquilan la H istoria a
fuerza de qu erer ser historiadores. ¿Cómo se e xp lica ­
ría don M arcelino, por ejem plo, el hecho de que la
filosofía propiam ente dicha com ience históricam ente
en G recia? ¿A d m itiría que, de golpe, le nació al hom ­
bre en las costas jónicas una n ueva facultad? ¿Cóm a
entendería, por otro lado — y, como católico, no p o­
día elu d ir el p ro b lem a — , la hazaña intelectu al de los
p rim itivos pensadores cristianos, los cuales, partiendo
de la idea de una creación e x n ib ilo su bjecti, se plan­
tearon problem a filosóficos e n t e r a m e n t e nuevos?
¿Acaso tenía O rígenes seis sentidos y A ristóteles sólo
cinco? Pese al fe liz ánim o con que M enéndez P ela y o
penetró en el reino de la historia, lo faltaba todavía,
como a todo su siglo, un entendim iento verd ad ero de
la índole peculiar que tiene la novedad del aconteci­
miento histórico, su carácter cuasicreador ( 2).
N o obstante, una idea fecunda está perfectam en te
clara en la mente del jo ven M arcelin o: todos los suce­
sos históricos tienen un v a lo r propio y una razón de
ser relativa, que el historiador debe esforzarse p or
aprehender y hacer patente. Esto le lle va a buscar con
ánimo abierto y con vivísim a sed de verdad, la verd ad

(*) Ciencia, I, 310.
(*) Una critica radica] de las do* concepciones do ln Hlstorln pro-
pie» del vigío x ix — la dialéctica y la biológica — , asi como uno pri­
mera singladura hacia nuevo y mfls adecuado puerto, pueden verse
en X. Zublri, «Oréela y la pervlvencla del pasado fllosíjflco», N a tu ­
raleza, Historia, Dios, Madrid, 1044.
o el ve^igio de verdad que hay en toda obra humana
honesta y seriamente construida. «De mí sé decir que,
siguiendo el consejo y el ejemplo del gran Leibniz!
en todo libro qUC cae en mjs manos busco primera­
mente lo que puede serme útil y no lo que puedo
reprender^ ( J), escribiré algunos años más tarde. Pre­
firió siempre Menéndez Pelayo imitar en esto a Santo
Tomás, del cual se conservan palabras muy semejan­
tes, que copiar a Savonarola. No es mala lección para
muchos españoles, cuyo primer propósito a la vista
de un libro nuevo es siempre inquirir el flanco por
donde mejor pueden meterle el agresivo diente.
Tal es la idea que del acontecer histórico tiene el
Menéndez Pelayo polemista. Así situado intelectual­
mente, ¿cómo ve el curso facticio de ese mismo aconi-
tecer? Por esta época, los ojos de Menéndez Pelayo
ven en Grecia la aurora de la Historia Universal. El
Oriente antiguo, si se juzga por la producción escrita
del período que he llamado, con Menéndez Pidal, po­
lémico, apenas desempeña un papel perceptible en su
visión do la Historia, aunque algunas alusiones a la
Antigüedad oriental haya en su epistolario con Valera.
Ante Grecia, en cambio, no vacilaría en hablar del
«milagro griego*, como Renán. Grecia y la Roma anti­
gua son las dos niñas de sus ojos. Toda la perfección
intelectual y moral a que puede llegar el hombre sin
la ayuda de la Revelación, la lograron plenariamente
griegos y latinos. «¿Y quién negará — escribe en
1880 — las grandezas morales e intelectuales de grie­
gos y latinos? Cuanto pueden alcanzar por sus fuerzas
el entendimiento y la voluntad humana, otro tanto
alcajnzaron ellos* ( 2). Dos son las grandes conquistas
que para don Marcelino hizo la Antigüedad clásica:
la verdad natural y la belleza ( 3).
Como cristiano, sabe bien Menéndez Pelayo, que
la razón humana no puede llegar a poseer la «verdad

(I) Cicnclrt. IT. 44#. El texto r i dp IBM. cual trr» ]u«tro« despulí
de ncnbndn el período polemista de nuestro héroe.
( “) Prólogo n los Poetatt bucólicos griegos, de don Ignacio Montes
de Ocn, Mndrld, 1880.
(n) También habrían ensefindo al mundo ln libertad. «Los griegos
ion escuela de libertad, y no escuela de servidumbre*, dice, fren**> •
ln estrechez de los neoclAsicos, en el último volumen de la H w o ria
<2a las idc*n# estética#.
total» ( 2); y si los griegos, como hombres que eran,
no pudieron alcanzarla, al menos descubrieran, piensa
nuestro historiador, las dos únicas vías que a ella pue­
den conducir. «La verdad total — dirá sin rodeos, lle­
no de juvenil entusiasmo — está en la desdada armo­
nía de Platón y Aristóteles, polos eternos del pensa­
miento científico» ( 3). Acabamos de oírle decir que
«en el terreno filosófico no pueden presentarse ni re­
solverse más cuestiones que las planteadas y resuel­
tas por la filosofía griega». Midamos por estas dos
expresiones del ardoroso helenófilo, sin discutir ni
comentar su evidente e ingenuo extravío, la conside­
ración que le merecía el maravilloso espectáculo de
la historia antigua.
Más aún que con las conquistas helénicas en el ca­
mino de la verdad, fruíase nuestro mozo con los impe­
recederos hallazgos antiguos en el dominio de la be­
lleza. «Sí, amigo — le escribía una vez Valera, enca­
reciendo el rendido amor de ambos a las musas áti­
cas— ; y usted y yo somos grecolatinos y clasicotes
hasta los tuétanos» ( 4).
La belleza eres tú; tú la encarnaste,

le canta a Horacio, en cuanto la poesía horaciana, a
juicio del juvenil cantor, cifra y compendia toda la re­
cién inventada belleza de la Antigüedad, desde las
«melosas voces» de Jonia hasta las magnilocuentes de
Marco Tulio. «Demasiado griego», dice una vez el
mediterráneo Milá al cántabro helenizante; el cual,
con el espíritu de un florentino renaciente, había es­
crito poco antes sobre la carpeta en que guardaba sus
versos, frente al anticlasicismo de L e v e r rongeur:
En arte soy -pagano hasta los huesos,
pese al ábate Gaume, pese a quien pese .

No quiero referir aquí la curiosa historia de las dis­
crepancias de Menéndez Pelayo con Laverde, el Már-
~ (J) Ciencia, I, 293.
(8) Cien cia , I, 294.
(*) Ep istolario , pág. 28. Esta devoción exaltada de Menéndez P e -
layo por la cultura grecolatina no va acompañada, cosa curiosa, por
una semejante estimación de las instituciones políticas más gloriosas
de la Antigüedad. El Imperio Romano, por ejemplo, le parece «ins­
titución arbitraria y hasta absurda* (H e te ro d o x o s , II, 168). Tam bién
en esto era hijo don Marcelino de su siglo.
qués de», Valmar y Milá acerca de los que más tarde
se titularían Estudios poéticos y del prólogo que había
de precederles ( x). La fervorosa devoción del joven
Marcelino por la belleza de los poemas antiguos, in­
cluidos lo# más osados pasajes de Teócrito o de Tíbu-
lo, llenaba de pía inquietud la conciencia de todos*
aquellos varones honorables. La pasión por la belleza
hizo latir siempre el espíritu de don Marcelino, y en
los clásicos grecolatinos la vió esplender con más me­
ritoria lumbre. Hasta llegó a pensar que ni siquiera al
arte cristiano le sería dado alcanzar otra vez la altura
estética de aquella prodigiosa cima ( ( 2) .
Sobre este providencial fondo de verdad, belleza y
libertad naturales vino a depositarse la sobrenatural
semilla del Cristianismo. Como Orígenes. Clemente de
Alejandría y San Agustín, vió Menéndez Pelayo un
felicísimo suceso en la asunción por el Cristianismo
de lo mucho bueno que en la Antigüedad había. «El
Cristianismo — dice una vez — no vino a destruir na­
da de lo bueno que había en la civilización antigua,
sino a restaurarlo todo en Cristo » ( 3). Instaurare om~
nia in Christo. Esta expresión del Apóstol, escogida por
Menéndez Pelayo como lema de su contestación a
Pidal, resume mejor que todas las digresiones imagi­
nables su actitud ante el curso de la Historia Univer­
sal. Si no hubiese existido el Renacimiento español,
en cuyo marco vió don Marcelino darse cita a los tres
ingredientes de la Historia por él más amados — el
Catolicismo, las humanidades clásicas y el genio na­
cional de España— , tengo por seguro que hubiese
hallado patria idea en la Antigüedad cristiana, cuan­
do era posible coronarse con «flores de la antigua sabi­
duría» todavía inmarchitas y, a la vez, cantar cristia­
na y horacianamente, como Prudencio, la fe robusta
y vivísima de los primeros discípulos de Cristo. Así

fi) Puede verse un relato en G arcía de Castro, M. v P-» P ^ í5- *37
y siguientes.
(2) «Es asimismo indudable que el arte histórico de los pueblos
cristianos no ha alcanzado, y quizá no alcanzará nunca, por lo mismo
que en él las ideas son de tal grandeza que se desbordan de la
en que pretende encerrarlas.. aquella perfecta y serena armonía y
compenetración de fondo y form a propias del verdadero arte cía-
s ic o ...» (C ien cia , II, 150).
(*) Prólogo a los P oetas bucólicos griegos , de Montes de Oca.
ve el joven cantor de Horacio la obra del verdadero
poeta cristiano:
Pero otra lumbre
antes encienda el ánimo del vate;
él vierta añejo vino en odres nuevos
y esa forma purísima, pagana,
labre con mano y corazón cristianos.
Esta recién alcanzada trabazón armónica entre la
Antigüedad clásica y el joven Cristianismo fué pronto
turbada por la irupción bárbara y confusa de las «nie­
blas hiperbóreas»; no sería otra cosa la entrada en es­
cena de los pueblos germánicos. Jamás cesan de fluir
palabras de execración e iracundia por los puntos de
la pluma del Menéndez Pelayo polemista cuando se
enfrenta con la invasión germánica. No es preciso ape­
lar para demostrarlo al natural fuego de los versos
que en la «Epístola de Horacio» la comentan: los mis­
mos acentos contiene la más serena prosa de los Hete­
rodoxos. «Cuando la mano del Señor, para castigar las
abominaciones del mundo romano, lanzó sobre él un
enjambre de bárbaros...», comienza diciendo el ca­
pítulo de los Heterodoxos en que habla sobre la España
visigoda C1). La raza hispano-romana, el pueblo cató­
lico — añade luego—, fué víctima de aquellas hor­
das. ..» «Su natural sanguinario», dice otra vez, y así
por doquiera.
Pero — piensa Menéndez Pelayo — el espíritu cris­
tiano y clásico de la Antigüedad, sal de la tierra, no
podía morir, pese a tanta barbarie. «El espíritu clásico,
ya regenerado por el influjo cristiano — léese en los
Heterodoxos— , ese espíritu de ley, de unidad, de ci­
vilización, continúa viviendo Qn la oscuridad de los
tiempos medios e informa en los pueblos del Mediodía
toda civilización, que en lo grande y esencial es civi­
lización romana por el derecho como por la ciencia y
el arte, no germánica, ni bárbara, ni caballeresca como
un tiempo fué modo imaginársela. (-). A esta salva­
dora pugna — defensiva primero, triunfal desde Car-
lomagno — de las parvas reliquias clásicocristianas
contra la «oscura confusión» de los bárbaros invasores

(1) H eterodoxos, II, 168-9.
(2) Heterodoxos, II, 152.
es a lo que Menéndez Pelayo llama Renacimiento. ^Yo
entiendo el Renacimiento de un modo más amplio
— escribe a Pidal— : para mí, lo que hubo en el si­
glo xvi no íué más que el remate, el feliz complemento
de la obra de reacción contra la barbarie que siguió
a las invasiones de los pueblos del Norte; para mí, la
historia de la Edad Media no es más que la gran ba­
talla entre la luz latina y cristiana y las tinieblas ger­
mánicas» í 1). Un pasaje de los Heterodoxos ratifica y
completa este pensamiento: «A la idea del Renaci­
miento sirvieron, cada cual a su modo, todos los gran -
des hombres de la Edad Media, desde el ostrogodo
Teodorico... hasta Santo Tomé» ( 2).
El esquema histórico que acerca de la Edad Media
tiene en su alma Menéndez Pelayo es bien patente.
La Antigüedad clásica cristianizada era la luz del
mundo. Esta lumbre, natural y sobrenatural a la vez,
fué casi sofocada por la confusa tiniebla que desde el
Norte inundó toda la latinidad: lux in tenebris, como
dice el Evangelio de San Juan, habrían sido el espíritu
cristiano y el espíritu clásico durante el Medievo. La
casi extinta luz va sucesivamente ganando espacio a
la calígine septentrional, desde que Casidoro y Boecio
recopilan, latinizan y filosofan en la corte de Teodo­
rico; y el largo proceso histórico en cuya virtud va
venciendo la claridad latino-cristiana a las nieblas
germánicas, ilustrando las oscuras mentes y ganán­
dolas a la causa mediterránea es, según nuestro his­
toriador, lo que verdaderamente debe llamarse Re­
nacimiento.
Esta concepción del Menéndez Pelayo polemista es,,
sin duda, poco sostenible. Si Pidal, lastrado por su
reaccionario medievalismo, erraba atribuyendo al Re­
nacimiento en sentido estricto, el de los siglos xv y
xvi, una protervia literalmente luzbeliana, acertaba de
lleno viéndole como una época cualitativamente dis­
tinta de la Edad Media. La situación espiritual desde
la cual heleniza Santo Tomás es, en efecto, cualitati­
vamente distinta de la actitud en que heleniza Marsilio
Ficino. El clasicismo del cinquecento no es una mera
prolongación lineal e intensiva del clasicismo del si­

(1) Ciencia, II, 23.
(2) H eterodoxos, II, 169.
glo x m ; entre el segundo y el primero ha tenido lugar
un decisivo giro — no es ésta la ocasión de precisar
cuál es su carácter— en la situación espiritual del
europeo. Pero yo no trato de exponer aquí una visión
de la Edad Media y del Renacimiento más satisfacto­
ria, sino de adivinar la más o menos explícita del don
Marcelino joven.
Para él, la luz llega a su plena victoria durante el
siglo xvi; es el Renacimiento de los restantes historia­
dores, el Renacimiento más propiamente dicho. En él
habrían renacido, cristianizadas, la sabiduría y la be­
lleza antiguas. Ni su larga permanencia en la tiniebla
ni su imitativa repetición las dañó: «aunque la Venus
Urania descienda al sepulcro, resurgirá tan hermosa
y radiante como al principio», escribe C1). Por eso no
halla óbice en su sincero catolicismo cuando quiere
ensalzar a Lorenzo el Magnífico y Angelo Poliziano,
al cual declara «uno de mis amores literarios más ín­
timos y- verdaderos» (2). Por eso puede decir, con
escándalo del verecundo Pidal, que «la obra del Re­
nacimiento era grande y necesaria y santa» (3). Con
razón le veía el colombiano Gómez Restrepo como «un
hombre del Renacimiento extraviado en las postrime­
rías del siglo décimonono» C1).
Este espléndido mediodía de la Cristiandad rena­
ciente fué turbado por un nuevo brote de barbarie y
confusión septentrionales: la Reforma. Dos notas his­
tóricas atribuye con reiteración a la Reforma nuestro
polemista: una es su condición específicamente ale­
mana; otra, su carácter bárbaro, esto es, antilatino y
anticlásico. «Hija legítima del individualismo teutó­
nico», llama una vez a la Reforma ( 2). «Lutero era
sencillamente un bárbaro» y en su discípulo, «el dulce
Melanchton, bajo la corteza humanística, duraba la
herrumbre germánica» ( 3). «Erasmo, Ulrico de Hütten,

(1) Ciencia, U, 26.
(2) Ciencia, I, 312.
(3) Ciencia, I, 299.
(1) «Elogio de M. y P. en la Academ ia Colombiana*, R ev. de
A rc h iv o s, julio-agosto 1912, pág. 90. La expresión de Góm ez Restrepo
es justa si se la aplica al Menéndez Pelayo juvenil. En el Menéndez
Pelayo adulto, como veremos, cambiaron algo las cosas. •
(2) H eterodoxos, I, 54.
(») Ciencia, II, 26-27.
Melanchton y Joaquín Carnerario eran humanistas; y
yo respondo que antes que humanistas eran germa­
nos, o, como en Italia se decía, bárbaros, lo cual se
conoce hasta en la pesadez de su latín y lo plúmbeo
de sus gracias... Y aun lo que tuvieron de humanis­
tas les impidió caer en ciertas exageraciones y extra­
vagancias, propias de Lutero y otros sajones de pura
raza» ( 4).
Por doquiera transparece esta visión del Protestan­
tismo como creación teutónica y bárbara. «La propa­
gación rápida del protestantismo ha de atribuirse, en­
tre otras causas — léese en otro lugar— , al odio in­
veterado de los pueblos del Norte contra Italia, a esa
antipatía de razas, que explica gran parte de la histo­
ria de Europa desde la invasión de los bárbaros hasta
las luchas del Sacerdocio y el Imperio, o cuestión de
las Investiduras, y desde ésta a la Reforma. En los
germanos corre siempre la sangre del Arminio, el que
destruyó las legiones de Varo. Hay en ella una ten­
dencia a la división, que ha tropezado siempre con la
unidad romana y con la unidad católica» í 1). Esta
parcial reducción racista del protestantismo al germa­
nismo — luego veremos la causa de este curioso ra­
cismo menéndezpelayino— le hace extender su cató­
lica aversión por la Reforma a casi toda la cultura
alemana. «La literatura alemana de los siglos xvr y
xvii ,«-por lo que de ella alcanzamos con hastío y con
asco los meridionales, o no existe, o es barbarie pura
o pedantería insufrible» (2), dice sin ambages, y más
tarde reitera la misma afirmación: «Esa decantada
cultura de las Universidades alemanas (durante el si­
glo x v i) no era más que una barbarie pedantesca» ( 3).
Mil textos análogos podrían encontrarse en sus obras
sin mayor esfuerzo.
La cosa es para nuestro historiador clara y simple.
La cultura clásico-cristiana fué capaz de vencer por
entero a la confusión germánica en los pueblos del
Mediodía europeo, e inclusive asimilar a nueva y más

(4) Heterodoxos, IV , 14-15.
(1) H eterodoxos, IV, 16.
( 2) Ciencia, I, 350-51.
(8) Ciencia, II, 26.
ilustre existencia histórica a los bárbaros que llegaron
a establecerse cabe la ribera del mar latino. En cam­
bio, no habría logrado penetrar hondamente en el alma
de las tribus que permanecieron allende el Rhin. A
lo más que por allá pudo llegarse, al menos hasta el
siglo xvi, fué a un «conocimiento material de los tex­
tos, sin que (tal cultura) tuviera nada que ver con la
penetración íntima y profunda del espíritu de la .anti­
güedad, que había en Italia» ( x). No debe extrañar,
en consecuencia, que los ánimos transrenanos, menes­
terosos de más cumplido pulimento, conservasen ruda
e indócil la braveza de su barbarie nativa;
Veía el Menéndez Pelayo polemista en la sangre de
los germanos un complejo de radical individualismo,
tendencia a la división y confusión nebulosa en la
mente y en los afectos. Tan explosiva e indómita m ix­
tura no necesitaba sino de un pretexto para rebelarse
contra el yugo luminoso y ennoblecedor de la unidad
latina. Fué pretexto para tal rebeldía la relativa co­
rrupción del clero durante la baja Edad Media y el
Renacimiento; fué su consecuencia la herejía protes­
tante. Así se entiende este párrafo de su famoso B rin ­
dis del Retiro, en 1881: «Brindo por la nación españo­
la, amazona de la raza latina, de la cual fué escudo y
valladar firmísimo contra la barbarie germánica y el
espíritu de disgregación y herejía que separó de nos­
otros las razas septentrionales» ( 2). La carta con. que
Menéndez Pelayo explicó su brindis al romanista ale­
mán Hugo Schuchardt, tras la protesta de éste contra
lo que supuso un ataque a la cultura alemana, reitera
las ideas que antes aparecieron: «la barbarie a que
aludo es la herejía de Lutero»; «el nombre de barbarie
aplicado a las ideas de los pueblos del N o rte... no
envuelve cuestión alguna de menosprecio (algo de
cortesía epistolar se ve en esta disculpa), sino dife­
rencia de razas, de historia y de inclinaciones»; «cuan­
do hablo de la barbarie germánica del tiempo de
Lutero, debe entenderse de los alemanes de enton­
ces. . . » ( 3).
Ve Menéndez Pelayo fundidos en la España del Si­

(1) Ciencia, II, 26.
(2) Estudios, III, 335.
(3) R evista de Estudios Hispánicos, m ayo de 1935.
glo de Oro, o como ya apunté, los tres ingredientes de
la Historia Universal que más entrañablemente ama
Es el primero la fe católica, profesada en todas las for­
mas del humano vivir con una altura pocas veces
igualdad: en la Teología como en la Milicia, en la Poe­
sía culta como en la costumbre popular. El segundo
es el clasicismo grecolatino, tan redivivo en lo tocante
al saber intelectual como en la belleza de la produc­
ción literaria. El tercero es el genio nacional español,
«armado siempre para la pelea, duro y tenaz, fuerte
e incontrastado, ora lidie contra el gentilismo en las
plazas de Zaragoza, ora contra la Reforma del siglo
xvi en los campos de Flandes y de Alemania» í 1). Más
adelante hemos de ver por menudo los caracteres que
Menéndez Pelayo atribuye a la expresión culta de este
genio nacional.
No contando el carácter recia y salvadoramente ca­
tólico de nuestro Siglo de Oro, don Marcelino vió en
él la culminación de la vena renaciente, clásica y anti­
bárbara que desde Casiodoro y Boecio ennoblece e
ilustra las «oscuridades medievales». Para Menéndez
Pelayo — sitúase con ello frente al medievalismo do­
minante entre los católicos europeos, incluidos los es­
pañoles, desde aquella inmensa nostalgia de pasado
que empapó los decenios románticos — la obra má­
xima de la historia española tuvo un carácter estric­
tamente renaciente o, como se dirá después, «moder­
no». El enamorado de Teócrito y Horacio, el estudioso
deambulador de las calles florentinas, tiene ante el
espectáculo de nuestro siglo xvi una inmediata y fir­
mísima intuición: «esto no es medieval, esto es rena­
ciente». Las letras, las artes plásticas, el pensamiento
y la misma religiosidad muestran a sus ojos de histo­
riador y humanista el inconfundible sello de los tiem­
pos nuevos. Basta leer un largo párrafo de su pri­
mera contestación a Pidal, en que, oratoriamente, va
bautizando y confirmando como artífices del Renaci­
miento a los editores de la Políglota Complutense y
de las primeras ediciones de los Santos Padres, a Se-
púlveda, a Vives, a Melchor Cano, a Vitoria, a Soto.
Si hubo en el siglo xvi grandes teólogos y filósofos, fué
«todo gracias a los artífices del Renacimiento. Hora

(i) H eterod oxos, II, 20.
es de hacerles justicia, ya que por medio siglo ha sido
moda repetir contra ellos las declaraciones de aquel
fanático, elocuente y desdichado tomista, Fr. Jerónimo
Savanarola» O ).
Conviene señalar una leve contradicción interna en
la visión que de la Historia europea tiene el Menéndez
Pelayo polemista. Tanto más conviene, cuanto que
éste será uno de los puntos de su ideología juvenil
implícitamente revisados por la ulterior madurez de
su mente. Por un lado, Menéndez Pelayo ve en el
Renacimiento la coronación del esfuerzo cristianizante
y clasicista de la Edad Media: sería, en suma, una
prolongación intensificada y terminal del Medievo.
P or otro, no vacila en presentar con un cierto tono
antimedieval el carácter renaciente de nuestro siglo
xvi. Si el Renacimiento no fuese sino un despliegue
lineal e intensivo del venero cristiano y clásico que
corre a lo largo de la Edad Media, ¿por qué habían
de situarse los renacentistas contra esa Edad Media?
Dos notas esenciales constituirían, según Menéndez
Pelayo, la peculiaridad del Renacimiento. Una es su
claro sentido de la belleza. «¡Q ué gran bien hizo el
Renacimiento — dice nuestro historiador — desterran­
do la ba rba rie de la escuela!» Otra es la exigencia de
una mayor y distinta libertad intelectual; libertad lí­
citamente exigida y ejercitada por casi todos los re­
nacentistas españoles, ilícitamente por algunos italia­
nos y por todos los reformados y cuasirreformados.
Véase como muestra suficiente la descripción que hace
Menéndez Pelayo del Renacimiento español: «¿Ofreció
entonces nación alguna el espectáculo de independen­
cia y agitación filosófica que caracteriza a España en
aquella era? Todos los sistemas a la sazón existentes
tenían representantes en nuestra tierra, y sobre todos
ellos se alzaba el atrevido vuelo de otros espíritus más
independientes, osados e inquietos los unos, sosegados
y majestuosos los otros, agitadores todos, cada cual a
su manera sembradores de nuevos gérmenes y nuncios
de ideas y de teorías que proféticamente compendia­
ban los varios y revueltos giros del pensamiento mo­
derno» (* ). Lo que entusiasma a Menéndez Pelayo ante

(i) C iencia, I, 299.
(i) C iencia , I, 34-35.
el espectáculo de nuestro Renacimiento es, evidente­
mente, ese vivaz, poderoso y creador ejercicio de la
humana libertad, sin mengua de su leal servicio a la
verdad católica, antes con notorio beneficio suyo. Este
libre desembarazo es justamente algo que echa de
menos, si no en los grandes maestros medievales, sí
entre lo que llama « servum pecus de los discípu­
los» ( 2). Mientras el escolasticismo supo recibir la
influencia de esta vigorosa y fecunda agitación de los
espíritus renacientes, todo fué bien, y así pudieron
nacer de la «Escuela» las figuras escolástico-renacien­
tes de Suárez, Gouvea y Sepúlveda. Cuando lo olvidó
y «aspiró a dominar sólo en las aulas..., huyó de
nuestras Universidades aquella grandeza, no se estu­
dió la filosofía en sus fuentes, olvidóse la crítica de
Vives, faltó independencia y serenidad en el juicio» y
sólo supimos producir zsumulistas, compendiadores de
compendios y disputadores en el vacío». «¡Tan nece­
saria es — concluye Menéndez Pelayo — una prudente
libertad en las indagaciones del espíritu!» ( 3).
Contra su propia aserción, nuestro historiador ve en
todo el Renacimiento — y por modo eminente en el
español — esas dos notas que cualitativamente le dis­
tinguirían de la Edad Media: el culto a la belleza y
una inédita autonomía en el uso y en el cultivo de la
experiencia y de la libertad individuales. La actitud
de Menéndez Pelayo en su larga polémica con el P.
Fonseca acerca de la psicología escolástica, tiene como
supuesto esa más libre y resuelta apelación del pen­
sador al testimonio de su propia experiencia intelec­
tual. Gracias a ella — en las enseñanzas de la escuela
escocesa la habría aprendido él — piensa el polemista
que puede mejorarse considerablemente la doctrina
psicológica (especies inteligibles, etc.) de la filosofía
tradicional.
En suma: el Renacimiento habría revivido con me­
jor gusto, esfuerzo inédito y más fructífera libertad
la belleza y la sabiduría clásicas. Sería una nueva y
más fecunda reinmersión del espíritu humano en las
aguas inexhaustibles de la Antigüedad; nueva por el
más depurado método filológico y por la intención

(») Luego modificará algo estas ideas suyas sobre la Edad Media.
(*) Ciencia, I, 310-11.
inusitada entre la Edad Media y el Renacimiento, po­
dría decir que el segundo supone una rectificación de
la primera. El Renacimiento habría rectificado el mo­
do de cultivar el legado antiguo y el modo de usar en
ese cultivo la libre autonomía de la inteligencia hu­
mana.
En cualquier caso, la significación histórica del Siglo
de Oro español es a sus ojos bien clara: nuestro Siglo
de Oro cristianizó el Renacimiento europeo, siendo él
mismo moderno y renaciente, y defendió de la Refor­
ma a Europa y al mundo entero. Luis Vives, por ejem­
plo, «cristianizó la filosofía renaciente.. . Esta filoso­
fía era de origen griego, como toda la filosofía moder­
na, y Luis Vives la cristianizó, de la misma manera
que Santo Tomás había cristianizado el pseudoperipa-
tetismo que corría en su tiempo» 0 ) . L a obra de V i­
toria, nos dirá en otro lugar, consiste en «haber re­
conciliado el Renacimiento con la Teología» ( 2), y
otro tanto advierte en la obra teológica de Melchor
Cano: «Cuanto más leo a Melchor Cano, más me con­
venzo de que no es escolástico, sino discípulo de V i­
ves . . . y escritor del Renacimiento. Pues cabalmente
lo que caracteriza y da valor propio al libro de M el­
chor Cano, es lo que ni soñó Santo Tomás ni pudo
soñarse en la Edad Media: la crítica de las fuentes
de conocimiento, el criticismo aplicado a la teolo­
gía» ( 3). Los textos probatorios podrían aumentarse
sin esfuerzo.
Los hombres de nuestro Siglo de Oro, a la vez re­
nacientes y católicos, aplicaron «aquella libertad es­
clarecida», por usar las hermosas palabras de Q ue-
vedo, a inventar inéditas formas de expresión de vida
y de pensamiento, en cuyo entresijo se hallaban crea­
dora y unitariamente implicados el dogma católico, la
fresca cosecha renacentista en los senos indeficientes
del piélago antiguo y las notas diferenciales del genio
intelectual español. España, muro contra la Reforma
y cristianizadora del Renacimiento: ahí está su gran­
deza y su originalidad.
¿Cristianización del Renacimiento?; luego el Rena­

(i) Ciencia, I t 297.
(») Ensayos, 239.
(») Ciencia, II, 31.
cimiento no era en sí mismo cristiano, sino pagano,
hubiese argüido Pidal, de continuar la polémica. Con­
fesemos que no habría faltacio una pizca de razón al
irreductible tomista. Pero la razón inexpresa del cris­
tianísimo Menéndez Pelayo era más honda y poderosa
que todas sus discutibles y expresas razones juveniles
— razones de humanista, no de historiador— acerca
del Renacimiento y la Edad Media. La respuesta de
don Marcelino podría decir, más o menos: ¿cristiani­
zación del Renacimiento?; luego el Renacimiento era
cristianizable. Ahí está la verdadera yema de la cues­
tión.
El problema que realmente acosaba la mente gene­
rosa de Menéndez Pelayo, como en el comienzo las de
San Justino, Orígenes y San Agustín, y luego la an­
chísima de Santo Tomás, era el de la posibilidad de
cristianizar las creaciones intelectuales de los hombres
desconocedores de la verdad cristiana o ajenos a ella.
Más tarde le veremos volver con más explicitud a
este tema, tan central siempre en su alma. Su pri­
mera intuición del problema, allá por las calendas de
1878, la debió recibir en tanto era «grecolatino y cla-
sicote hasta los tuétanos» y, por lo tanto, amante fer­
voroso del stil nuovo florentino. El Cristianismo pri­
mitivo cristianizó a la Antigüedad clásica en cuanto
ésta era cristianizable, debió pensar nuestro mozo.
Santo Tomás hizo otro tanto con Aristóteles. Análo­
gamente, los renacentista españoles cristianizaron el
Renacimiento; y pudieron hacerlo porque éste no era
la encarnación histórica del mal y el desorden, contra
lo que pensaban Pidal y el P. Fonseca. Diríamos hoy
que Vives, Suárez, Molina, Vitoria y todos los dii
maiores de nuestra falange clásica fueron histórica­
mente originales y creadores en cuanto pusieron en
acto una de las posibilidades que les brindaba su si­
tuación histórica renacentista í 1).
El Menéndez Pelayo joven no se hartó de pregonar
que prefería Luis Vives a Santo Tomás, y con ello
incurría en una evidente sinrazón. Es ahora cuando
podemos conocer lo que Don Quijote llamaría «la
razón de su sinrazón». ¿Qué quiso decir Menéndez

(1) Véase lo que luego se dice acerca de este tema.
Pelayo con esa preferencia? Lo entenderemos bien sí,
prescindiendo de argumentos accesorios — el mejor
estilo literario de Vives, su nativa y nunca desmentida
españolidad, etcétera— , vemos en sus palabras una
preferencia de historiador, no una preferencia de f i ­
lósofo. Advertía claramente el historiador Menéndez
Pelayo que todo filósofo, para ser verdaderamente
eficaz, necesita hallarse en el nivel histórico de su
tiempo, frente a los problemas con que su época le
urge y le desazona. El Renacimiento tenía sus pro­
blemas: mayor exigencia de libertad intelectual en el
método, más directa apelación a la propia experiencia,
crítica personal de las fuentes de conocimiento, belle­
za y elegancia en el método y en la expresión lite­
raria, etc., y esos son los problemas que Menéndez
Pelayo estima irresolubles por el fosilizado escolasti­
cismo de los tomistas cuatrocentistas. En cambio, cree
que la filosofía de Luis Vives, sin dejar de ser riguro­
samente fiel a la verdad católica, es capaz de resol­
verlos con gallardía, y por eso se queda con ella y
abandona el tomismo. Menéndez Pelayo no prefiere
Luis Vives a Santo Tomás porque sea más grande,
sino por más adecuado históricamente a la época de
que él, Menéndez Pelayo, se siente espiritual ciu­
dadano.
Junto a la preferencia intelectual del historiador y
del hombre renaciente — o que se siente tal, igual
d a — está la caliente preferencia del español y del
polemista. Certísimo es que el indudable nacionalismo
de Menéndez Pelayo no traspasó nunca la linde im­
puesta al pensamiento por la doble universalidad de
ser hombre católico: véase, como ejemplo suficiente,
su juicio sobre el desorbitado hispanismo a que el P.
Burriel se vió conducido por «aquella íntima devo­
ción suya, aquel, mejor diré, entusiasmo y fanatismo
por todas las cosas españolas» ( ’ ). Esto salvado, tam­
poco puede desconocerse que el calor de la patria es­
pañola — o de la «raza española», como él gustaba
decir por entonces— excitó alguna de sus preferen­
cias y de sus loas. Por ejemplo, la de Luis Vives. En
Luis Vives está todo lo moderno: lo bueno como aca-

O) Heterodoxos, I, pógs. 333 y 341.
bada doctrina o como germen sustancial, lo malo — és­
ta es su expresión literal — como en el dogma están
las herejías. «De Vives procede la filosofía moderna,
así en lo bueno como lo malo; pero lo malo procede
ocasionalmente, como proceden del dogma las here­
jías» ( 2). Movido de aquel pertinaz empeño por hallar
«influencias», «antecedentes» y «precursores», tan pro­
pio de la historiografía ochocentista, veía en Vives el
precursor de Bacon, Locke, Descartes y Kant. El
juvenil polemista abominaba expresamente de todos
ellos, como de casi todas las creaciones intelectuales
europeas posteriores a la derrota española; pero se­
ducido por la innegable grandeza de tales pensadores
y transido de aquella morosa delectación suya por los
herejes, muy donosamente advertida por d’Ors ( 1), no
vacila en presentarle como inocente padre de tan vi­
tandas criaturas, y hasta en amarlas un poquito, por
gracia de lo mucho que ama al presunto padre de
todas ellas ( 2).
¿Qué digo? Arrebatado ya por la pasión nacional,
y como quien alardease de tener lo peor de lo malo,
por ser siempre el primero, echa a pelear a nuestros
herejes con los más bravios de ultrapuertos: «Si Mon­
taigne y Charron fueron escépticos, escéptico fué
Francisco Sánchez y más radical que ninguno de
ello s...; y, después de todo, España dió a Miguel
Servet, que ni en audacia ni en talento cede a nin­
guno de los pretensos demoledores de allende el
Rhin» ( 3). M en e incoepto desistere victum?, diríase
entonces para su coleto, como la Juno virgiliana, el
animoso español Menéndez Pelayo. Porque su intento
era demostrar que en el siglo xvi España era en todo
la cima del mundo.
Todo esto, óptimo lo más, pésimo lo muy poco que

(*) Ciencia, I, 298.
(t) «Cierta delectación morosa, golosa, casi viciosa, por la herejía;
algo asi como el cariño del médico por sus hermosos caws clínicos...*
A lm a n a q u e de los AtnÍ0 Os de M. y P., Madrid, 1032, pág. 28.
(«) Véanse los largos párrafos que a ciertas conquistas moderna»
dedica en Ciencia, II, 32 y 135-36.
(») Ciencia. I, 118. En otro lugar dirá, sin embargo, más P^doso
y también más científico, que «uno de los caracteres que más_po<Se­
bosamente llaman la atención en la heterodoxia española ?ej£ d o s los
tiempos es su falta de originalidad, la pobreza de espíritu propio...
( H etero d o x o s , VI, 7).
no era óptimo, fué para Menéndez Pelayo nuestra épo­
ca dorada. En ella habría alcanzado la Humanidad su
máxima altura, porque España supo ser a la vez ver­
daderamente renacentista y verdaderamente católica.
Poco duró la gloria, sin embargo. A mediados del
siglo x v n éramos derrotados por la «locura de Euro­
pa», según sentencia del esclarecido Saavedra Fajardo:
la E u rop a e a u to n tim o ru m en o s , atormentadora de sí
misma, que diagnosticó hace ahora cuatro siglos en
la Universidad de Colonia la grave voz del segoviano
Andrés Laguna, médico de hombres y pulsador* de
pueblos. Menéndez Pelayo no admite la tesis pesi­
mista de una «decadencia»; sabe bien que el rápido
hundimiento de España en la segunda mitad del si­
glo x v u — luego insistirá tenazmente sobre ello L e -
desma Ram os— fué consecuencia de una «derrota».
Fué el término «de la lucha generosa y desesperada
que, en cumplimiento de un deber sagrado, como ca­
tólicos y como españoles, sostuvimos contra el torcido
espíritu de la época y contra media Europa coligada en
defensa de la Reforma. Fuimos, a la postre, vencidos
en la liza, porque estábamos solos; pero hicimos bien,
y esto basta, que las grandes empresas históricas no
se juzgan por el é x ito ... Nos habíamos desangrado
— añade unas páginas después — por la religión, por
la cultura, por la patria. No. debíamos ni debemos
arrepentimos de lo hecho» i 1) .
El dolor por la derrota de España y su consiguiente
apartamiento de dirigir o codirigir la Historia U n i­
versal, la pesadumbre del católico, reducido a vivir en
defensiva desde el siglo x v ii hasta fines del xix, y,
digámoslo todo, cierta petulancia entre juvenil y hu­
manística ( 2), determinan la situación de recelo o de
manifiesta hostilidad en que el Menéndez Pelayo po­
lemista se coloca ante toda la cultura europea coetá­
nea con la derrota española o posterior a ella. El
historiador Menéndez Pelayo dirá al P. Fonseca que,
ante «sistemas distintos del suyo», deberá «ponerlos

n) C ie nc ia , I, págs. 333 y 341.
j 2) L o s hum anistas, qu e tienen siem p re a m ano u n a b e lla e x p r e ­
sión de H o racio o una re sig n ad a sentencia estoica, creen qu e con eso
y un sic tr ans it... están al cabo de la calle de toda la sa b id u ría m o ­
derna. L ástim a qu e, no obstante esta elegan te a tarax ia de los h u m a ­
nistas, siga la H istoria U n iv e rs a l su curso in m isericorde.
es
en el medio en que se desarrollaron y comprender su
razón de ser en el mundo», y el lector Menéndez Pe-
layo quiere, a la vista de todo libro, «buscar primera­
mente lo que puede serle útil» pero la caliente sangre
del polemista no se aviene todavía a seguir sus pro­
pias razones. Será necesario su ascenso a la madurez
— tan precoz en él que a los treinta años está ya es­
calando sus últimas cotas — para que siga esas razo­
nes con serena y ejemplar entereza. El saudadoso de
Horacio, instalado en la clara ribera del Mediterráneo
o en «la dulce granja del cantor de Ofanto»,
allá en el bosque tiburtino oculta,

no se cansará de clamar contra el saber nórdico — el
falso saber, piensa él — que ha entenebrecido a Euro­
pa después del ocaso de la Italia renaciente y de la
España pluscuamrenaciente y vencedora.
¡L e jo s de m í las nieblas hiperbóreas!,

dirá, cual va d e re tro ! de poeta y humanista ante lo
que cree nuevo disfraz de Belial. Las mismas expre­
siones epocalípticas de Pidal'ante el Renacimiento las
disparará Menéndez Pelayo contra los siglos que al
Renacimiento siguen. Sólo la luz latina podrá librar
al mundo del «influjo de nieblas maldecidas — que
abortó el Septentrión...» ¿No serán estos trenos del
joven Menéndez Pelayo — sin que él, enemigo del re­
nuente Tertuliano, lo advierta — análogos a los del
violento númida cristiano ante la paganía antigua?
Es singularmente viva la inquina del polemista con­
tra la filosofía alemana. «Como no sé el alemán, ni
he estudiado en Heidelberg, ni oído a Kuno Fischer...»,
le espeta, más en postura de jaque que de penitente,
a Manuel de Revilla ( x). Otra vez habla, recurriendo
a su dilecta metáfora de las nieblas, de «la metafísica
vacía y nebulosa de allende el Rhin» ( 2) ; y refirién­
dose a Hegel, le dice, castizo, al calamilargo Perojo:
«¡Bendito sea el lujo y quien lo trujo!; es decir: ¡quien
trajo esta sal a Castilla!» ( 3). Es nuestro polemista

(i) Ciencia, I, 87-88.
(») Ciencia, II, 33.
(») Ciencia, I, 323.
como aquel napolitano de que le hablaba Valera en
una carta: «Diré yo — habla Valera — con cierto ami­
go mío, napolitano, a quien yo le echaba en cara la
sinrazón de llamar bárbaros a los hijos de Alemania,
donde han nacido Hegel, Kant, Goethe, Schiller, Mo-
zart, etc.... Mi amigo me respondía: Ma? Cosa v o -
lete? Sono barbari!, y no salía de ahí» ( 2). Mas lo
cierto es que Menéndez Pelayo, más inteligente y ge­
neroso que el napolitano de Valera, supo salir de ahí.
No salen mejor parados los pensadores de aquende
el Rhin. A l cartesianismo le llama «filosofía mezqui­
na, si es que el nombre de filosofía y no el de motín
anárquico merece» ( 3). P. Bayle fué hombre de «in­
genio cáustico, vagabundo y maleante, enamorado, no
de la verdad, sino del trabajo que cuesta buscarla» ( 4).
¡Quién dijera al joven Menéndez Pelayo que años más
tarde iba a definir sus propios amores intelectuales
con frase muy parecida a ésta! Diderot «sembró los
gérmenes de muchas cosas, casi todas malas» ( 5). Lo
que dice de Voltaire y Rousseau, por sabido se calla.
La obra de Littré es «grosera doctrina» ( 6), y en otro
lugar, como si en lugar de aludir al manso Augusto
Comte se refiriese a Gengis Kan, habla de «la furiosa
avenida de las hordas positivistas» ( 7). De los ingle­
ses, sin duda por la reciente influencia de Lloréns, se
salva alguno que otro, como Hamilton y Bacon; mas
no por eso deja de llamar «hipócrita» al sensualismo
de Locke ( 8) y de arremeter de pasada contra Hume.
No obstante su adolescente y latina hostilidad con­
tra la filosofía alemana y su fundamental discrepancia
del kantismo, el Menéndez Pelayo polemista trata a
Kant con objetivo respeto y hace expresivos elogios de
Hegel. Ve en él un «entendimiento de los más altos y
vigorosos que desde Aristóteles acá han pasado sobre
la tierra... No hay parte del saber humano donde
Hegel no imprimiera su garra de león. Todo lo que
ha venido después de él es raquítico y miserable com-

( 2) Epistolario, pág. 28.
(*) y (4) H e te ro d o x o s , V I, 11.
(R) H eterod oxos, V I, 21.
(«) H eterod oxos, V I, 10.
(T) Ciencia, II, 32.
(*) H etero d o x o s , V I, 14.
es
parado con aquella doctrina ciclópea...» (* ); lo cual
no es óbice para que en La Ciencia Española hable con
más desembarazo de «los trampantojos hegelianos» ( 2).
Menéndez Pelayo polemiza con la «exageración
reaccionaria» defendiendo el carácter «moderno» de
los ciento cincuenta años desde el Gran Capitán a
Rocroy; y con la «exageración innovadora» atacando
la «modernidad» europea que sigue a nuestra derrota
y comienza con Descartes. En una ocasión dice a Pi­
dal que sólo le separan de él «diferencias relativa­
mente mínimas». Tenía razón, sin duda, por lo menos
en orden al período de su vida que he llamado polé­
mico. Esas diferencias, ahora lo vemos claro, atañen
exclusivamente al carácter y a la valoración de irnos
doscientos años de la Historia Universal.
Tal vez se explique todo si se considera el terrible
pesimismo del Menéndez Pelayo juvenil frente al es­
pectáculo de su propia época. El causalismo cientí­
fico-natural de la historiografía ochocentista supuso
que el historiador había de contemplar en su presente
el puro resultado del curso histórico que le antecede,
como el físico ve en la piedra sobre el suelo el mero
resultado de su caída. Sin negar una relativa validez
a la consideración causalista de la Historia, hoy he­
mos descubierto algo que la historiografía del natu­
ralismo, con su idea del acontecer humano como una
cadena mecánica de causas y efectos, apenas podía
sospechar. El historiador contempla el curso del acon­
tecer histórico «desde» una situación histórica y per­
sonal, la suya; y esa situación presente en que como
hombre se halla, más o menos lúcidamente conocida e
interpretada por él, no es mero resultado de la visión
que como historiador tiene del pasado: posee entidad
propia, inédita, irreductible a mera consecuencia de
una cadena causal; y, por otra parte, condiciona en
buena medida la interpretación que como hombre e
historiador dará de todos esos «hechos» documental­
mente accesibles, cuya trama constituye para él la
osamenta del pasado histórico. Si mi presente es en
parte un resultado de mi propio pasado, mi visión de

(i) Heterodoxos, V I, 27.
(") Cienc ia. II, 33.

MENÉNDKZ 1'ELAYO
ese pasado mío es en parte un resultado de mi propio
presente o, mejor dicho, de mi juicio sobre él.
El Menéndez Pelayo polemista veía en torno a sí un
triste, casi desesperado presente espiritual. «¡Cuán
triste es hoy el estado de la filosofía disidente! El
ciclo abierto por Kant se cierra ahora, como en tiempo
de los enciclopedistas se cerró el ciclo abierto por
Descartes. Grande es la analogía entre uno y otro, y
bien puede decirse que la rueda está hoy en el mismo
punto que en 1879... ¡Qué amargo desengaño! Lo
que en los primeros cincuenta años del siglo x ix pare­
cía manjar plebeyo y tabernario, reservado a los ínfi­
mos servidores de la ciencia experimental, es hoy la
última palabra del entendimiento humano. Una oleada
positivista, materialista y utilitaria lo invade todo, y
el cetro de la filosofía no está ya en Alemania ni en
Francia, sino que ha pasado a la raza práctica y ex­
perimental por excelencia, a los ingleses, y de ellos
pasará, y está pasando ya, a sus hijos los yankees, que
harán la ciencia aún más carnal, grosera y mecánica
que sus padres» ( x). ¿No será esta visión apocalíptica
del presente, percibida por Menéndez Pelayo en tanto
hombre de su tiempo, lo que condiciona su agresiva
adjetivación del inmediato pasado; un pasado al que,
no obstante su grande y temprano saber, todavía co­
noce poco? ¿No será que el hombre manda sobre el
historiador?
Porque en esta época de su vida Menéndez Pelayo
es historiador puro, aunque todavía no sea historiador
perfecto. Todavía no ha pensado que dentro de ese
tan desventurado tiempo suyo puede emprenderse una
obra de creación original «verdaderamente sustanciosa
y humana», como dirá más tarde. El presente le pin­
cha, le desazona; y como entonces no ve nada que
hacer en él, se evade nostálgicamente hacia un pasado
glorioso. En él vive o cree vivir. Así se entiende que
vea en su tiempo un resultado del loco extravío a que
el europeo del seiscientos, ciego para la ventura de
aquella renaciente edad, se entregó durante los años
posteriores a las Guerras de Religión. Por eso, el Me­
néndez Pelayo polemista, pese al amor entrañable que

(i) H e te ro d o x o f, V I, 27-28.
como humanista rinde a las luces clásicas, es como
historiador un empedernido romántico. Los románti­
cos alemanes e ingleses (los Schlegel, Górres, Walter
Scott) instalaban en la Edad Media gótica o en una
Grecia transfigurada por la nostalgia (Hólderlin) la
sede ideal de su espíritu añorante. Los reaccionarios
españoles, románticos a su modo, vivían en la Edad
Media escolástica, cuyos cubículos diputaban por loca
inaccessa a la vesania moderna. El Menéndez Pelayo
juvenil, más animoso, conquista católicamente dos
centurias al mundo moderno y levanta sus tiendas en
el siglo x vi español. Unos y otros viven como fingido
presente ese anhelado pretérito y, puestos en él, dicen
a Dios lo mismo que los discípulos en el Tabor: «Se­
ñor, bueno es estar aquí». ¿Pensará lo mismo Menén­
dez Pelayo cuando sea historiador maduro y vea que
también en su calamitosa época cabe hacer, sin eva­
dirse de ella, contando con ella, algo humana, cristiana
y españolamente valioso?
«A Q U E L L A L IB E R T A D E S C L A R E C ID A »

Para conocer una cosa, un objeto ideal o, más ge­
neralmente, un tema cualquiera, preguntamos expresa
o tácitamente: ¿qué es? L a respuesta es una definición
genérica, suficiente siempre, aunque sólo sea por apro­
ximación, para el conocimiento de las cosas y las ideas.
Si, a la vista de un velador, me pregunto por lo q u e es,
unos cuantos conceptos genéricos, no muchos — mesa,
círculo, mármol, hierro, etc. — circunscribirán con
aceptable suficiencia el conocimiento del «singular»
velador que tengo delante.
Para conocer a un hombre, en cambio, la pregunta
debe ser distinta: ¿qu ién es? ¿ Q u ié n fué Alejandro?
Mas por una constitutiva insuficiencia de la mente
humana frente a las realidades allende la naturaleza
visible y la historia, no nos es posible obtener una
definición adecuada a la singularísima peculiaridad de
ese qu ién personal. Cuando, a la vista de una persona,
pregunto ¿quién es?, la respuesta no puede pasar de
darme alguno o algunos de los qués biológicos, sociales
e históricos a través de los cuales ese qu ién se mani­
fiesta: es médico, es inglés, es conservador, es rubio,
es alto. De otro modo la respuesta inmediata a la
anterior pregunta, el nombre de la persona en cues­
tión — Juan Pérez, Antonio L ó p ez — , no pasaría de
ser mero rótulo sin contenido.
El quién de una persona está, sin duda, más allá del
tiempo y del espacio, de la historia y de la naturaleza
visible, pero sólo puedo darme cuenta y dar cuenta
de él a través de qués cósmicos, psicológicos, sociales
e históricos. Un recurso último tengo, no obstante,
para aprender la singularidad personal del hombre a
quien quiero conocer: verle manejar y producir esas
notas naturales e históricas. De otro modo: escrutar
sus problemas y su modo personal, necesariamente
personal, de resolverlos.
¿Quién era el joven Menéndez Pelayo? Ya conoce­
mos algunos de los qués con los cuales podemos re­
signarnos a contestar nuestra curiosidad por ese quién.
Sabemos lo que él era por pertenecer a una genera­
ción de españoles; conocemos parte de lo que era por
su formación y por su índole nativa: era historiador,
era amante de la Antigüedad clásica, era devoto deí
Renacimiento español y hostil «por principio» a la
Europa posterior a Descartes. Sabemos, sobre todo,
que era católico. Hagamos un punto de meditación
sobre esta centralísima condición de su persona.
Menéndez Pelayo fué cuando joven y durante toda
su vida íntegro y fervoroso católico. «Católico a ma­
chamartillo», dice de sí mismo; «católico sincero, sin
ambages ni restricciones mentales», proclama otra vez,
y así en cien ocasiones más. No hay duda acerca de
ello, porque no sólo lo dijo, mas también lo demostró
con hechos innegables durante toda su vida. Tengo
por seguro que, de vivir en otra época, Menéndez
Pelayo hubiera sido de los que saben dar con su vida
testimonio de su fe, émulo de aquellos mártires can­
tados en versos de hierro por su amado Prudencio. Su
temporal existencia conoció tiempos de paz, en los
cuales no pasó de literario el combate religioso; y así
nuestro héroe salió de este mundo mezquino con in­
cruenta, pero harto confesada fidelidad a la buena
doctrina. Murió sosegadamente,

llevando en signo de menor victoria
palma incruenta,

como con romance de don Marcelino nos dice del con­
fesor Cayo el duro y encendido Prudencio.
Sí; tales eran la lucidez y la intensidad del catoli­
cismo de Menéndez Pelayo. Pero el problema comien­
za ahora; porque el problema que plantea ser católico
no sólo consiste en lo que se es y en cuánto se es, sino
también en cómo se es. Dos santos, San Pedro de A l­
cántara y San Francisco de Sales, son igualmente san­
tos, pero su modo de serlo es indudablemente muy
distinta. Así planteadas las cosas, preguntémonos con
toda decisión: ¿cómo era católico Menéndez Pelayo.
Más concretamente aún y para no tocar problemas to­
cantes a la vida que suele llamarse privada: ¿cómo era
católico Menéndez Pelayo en el orden intelectual?
¿cuáles fueron sus problemas intelectuales, en tanto
católico?
Antes de indagar el modo singular que de ser cató­
lico tuvo, como persona individual, el hombre Menén­
dez Pelayo, tratemos de precisar su modo histórico de
serlo, el tipo histórico de su catolicidad.
Todos los cristianos viven de y en su fe, sean jaya­
nes o Belarminos. Pero hay algunos cristianos que
viven además ante su fe, que se hacen problema de
su fe. Para unos, la revelación divina y Dios mismo
se hacen problema intelectual: son los teólogos. El
teólogo vive en su fe y se sitúa intelectualmente ante
su fe. Otros hacen de Dios problema de experiencia
espiritual, no meramente intelectual: son los místicos.
Para el místico, la Divinidad es objeto de amorosa ex­
periencia transítelectual. Pues bien; las respuestas del
teólogo a los problemas que ante su fe se plantea están
en cierto modo condicionadas por la mente con que se
los plantea y por las armas intelectuales de que dis­
pone para resolverlos: es decir, por la índole de su
propia personalidad y por su situación histórica. Así
se entiende que, además de una historia de los dog­
mas, pueda haber una historia de la Teología. No es
históricamente igual la teología de los Padres orien­
tales que la de Santo Tomás, aunque la Verdad con
que ambas teologías se enfrentan sea la misma; ni la
teología de Santo Tomás es idéntica a la de Suárez y
Molina, inventores de la «ciencia media». Menéndez
Pelayo percibe con toda claridad — en su madurez,
sobre todo — la necesidad de entrar con mente histó­
rica en la Teología (* ); pero don Marcelino no fué
teólogo, sino historiador de herejías y de letras pro­
fanas, y aunque vió y tocó el arduo tema de las rela­
ciones entre la Teología y la Historia, no tomó posi­
ción teológica personal ante él ni ante ninguno de los
dogmas de la fe católica.

(i) Véase, por ejemplo, el texto de M elchor Cano que don M arce­
lino aduce y exalta al comienzo de la edición definitiva de los H e te r o ­
d oxos: «E ten vm v ir i omnea con sen tiu n t , rudea om n tno Theologoa illoa
esset in q u oru m lucubrationibu8 hlatoria m u td est » ( H e te ro d o x o s , I,
14). Luego volveré sobre este tema.
El catolicismo y la historia se cruzan, por fin, en
cuanto la vida de la Iglesia discurre al hilo de la His­
toria Universal. Este cruce de la Religión y la Historia
coge ya de lleno a Menéndez Pelayo. No porque fuese
Pontífice ni Obispo, sino por su condición, nunca ocul­
ta, de fiel lúcidamente militante. Pues bien: ¿cuál es
el tipo histórico a que pertenece la católica sabiduría
del Menéndez Pelayo Polemista? ¿Cuál es la actitud
de Menéndez Pelayo intelectual en orden a su fe?
Adelantaré la respuesta: la actitud religiosa del
intelectual Menéndez Pelayo es, típicamente, nna de
las varias que el intelectual católico ha ido adoptando
en el seno histórico del mundo moderno. Muy a vista
de pájaro pueden distinguirse en lo que va de historia
cristiana tres tipos históricos fundamentales, tres di­
ferencias típicas en el género del «intelectual cristia­
no» : el tipo antiguo, el medieval y el moderno. Trataré
de caracterizar concisamente cada uno de los tres.
El cristiano antiguo vive, si vale decirlo así, inte­
lectual y éticamente deslumbrado por la proximidad
de la revelación. Es sobremanera viva y poderosa en
su alma la reciente impresión de saberse redimido por
Cristo, conocer que el mundo fué creado por Dios de
la nada y saber que él, como hombre, está hecho a
imagen y semejanza de Dios y así, cuando quiere pen­
sar como intelectual cristiano, apenas sabe hacerlo sin
poner las cosas en inmediata relación intelectual con
Dios.
La actitud del cristiano medieval en orden al saber
filosófico y científico es notoriamente distinta. La
mente de los pensadores cristianos ha conquistado un
concepto de excepcional importancia, el de la causa
segunda, esencial o accidental. En la mente del filó­
sofo cristiano medieval, los seres han ganado cierta
autonomía entitativa y operativa, no obstante su esen­
cial subordinación respecto al Creador. Muy distinta
de la medieval es la actitud del pensador católico mo­
derno. Desde el corazón del siglo xrv, por razones que
no son para consideradas ahora, se va apoderando de
los espíritus europeos el sentimiento de una vaga insa­
tisfacción y la sed anhelante de una mayor libertad
para resolverla, así en el orden religioso (mística me­
dieval,ansias difusas de reforma), como en el filosófico
(nominalismo, mística especulativa), en el literario
(Petrarca, stil n u o v o ) y el político-social (nacimiento
de la burguesía, barruntos del «Estado moderno»). Las
consecuencias de esa nueva y rara situación histórica
del hombre van a ser ingentes. Miremos con breve
pausa las tocantes a la vida religiosa e intelectual.
El término de esta acrecida autonomía de la criatura
respecto a su Creador, que no otra cosa es la antes
nombrada sed de mayor libertad individual, va a to­
mar tres figuras históricas diferentes: una abierta y
atronadoramente heterodoxa, la Reforma protestante;
otra, menos configurada, más difusa e individualmen­
te sentida, es el escepticismo renaciente, poco o muy
vestido, según los casos, de esteticismo humanístico; es
la tercera la que dicha autonomía adopta dentro del
mundo ortodoxamente católico. ¿Cuál fué la actitud
religiosa e intelectual del católico en la aurora de los
tiempos que llamamos modernos?
Dos consecuencias parecen inmediatas: la aparición
de saberes que el hombre considera casi exclusiva­
mente «humanos», las Humanidades, y la multiplica­
ción de los caminos conducentes a ese saber «natural»,
a la ciencia humana. La diferencia respecto a la cien­
cia medieval es bien clara. Hay saberes que apenas
se consideran referidos a Dios y se ven como de ex­
clusiva incumbencia humana. Por otro lado, se quie­
bra la antigua ordenación del saber en escuelas, por
la razón potísima de que van a existir casi tantas
escuelas como individuos capaces de pensar. Cada dis­
cípulo se siente con derecho a ser pensador original
y maestro, al menos de sí mismo. El cuadro vivacísimo
y abigarrado que Menéndez Pelayo ve en el Renaci­
miento español y con tan enérgico pincel pinta es la
consecuencia de la nueva situación. Muchos católicos
del Renacimiento creen que la antigua escolástica no
sirve para resolver los problemas que su tiempo les
plantea y se lanzan por cuenta propia a inventar nue­
vos caminos y nuevas respuestas: son Vives, Fox Mor­
cillo, Gómez Pereira, Suárez, Sepúlveda, Gouvea, Va-
llés y cien más.
El cuadro es visiblemente complejo y confuso. Más
lo será aún si se piensa que la situación histórica ini­
ciada en el siglo xvi va a durar tres siglos, y acaso no
esté conclusa todavía. Creo, no obstante, que la in­
gente copia y la hirviente diversidad de tanta postura
individual pueden ser ordenadas en unas cuantas acti­
tudes típicas. Supuesto lo cual, tratemos de situar la
personal actitud de Menéndez Pelayo dentro de ese
cuadro de posibilidades históricas.
Lo primero que debe anotarse, abundando en lo ya
dicho, es la sólida integridad de su fe. La entrega de
su entendimiento y su corazón a los dogmas de la Igle­
sia fué siempre sincera, absoluta. En esto no admitía
concesión alguna. Basta leer su juicio acerca de cual­
quier hereje, incluidos los que como esteta más ad­
miraba — Juan de Valdés, por ejemplo— , o los que
más ternura española le inspiraban, como Miguel Ser-
vet. En materias de dogma y moral su actitud de
íntegro creyente es la intolerancia. «Ley forzosa del
entendimiento humano en estado de salud es la in­
tolerancia, y todo el que posee o cree poseer la ver­
dad, trata de derramarla, de imponerla a los demás
hombres y de apartar las nieblas del error que les
ofuscan... La llamada tolerancia es virtud fácil; di­
gámoslo más claro: es enfermedad de épocas de escep­
ticismo o de fe nula. El que nada cree, ni espera en
nada, ni se afana y acongoja por la salvación o per­
dición de las almas, fácilmente puede ser toleran­
t e . . . » í 1). Lo cual no fué obstáculo para que Menén­
dez Pelayo, naturalmente abierto y cordial, tratase con
generosa afección a los disidentes del Catolicismo con
quienes convivió; ahí está la paladina declaración de
su amistad íntima con Revilla, en la «Advertencia pre­
liminar» a la tercera edición de L a Ciencia Española,
o aquella radiante efusión escrita de su alma, tan v er­
daderamente cristiana: «Es tal mi respeto a la digni­
dad ajena; me inspira tanta repugnancia todo lo que
tiende a zaherir, a mortificar, a atribular un alma,
hecha a semejanza de Dios y rescatada con el precio
inestimable de la sangre de su Hijo, que aun la misma
censura literaria, cuando es descocada y brutal, tínica
y grosera, me parece un crimen de lesa humanidad,
indigno de quien se precia del título de hombre civi­
lizado y del augusto nombre de cristiano* ( 2).

(i) Heterodoxot, V, 400.
(#) Ciencia I, 4. Esta acendrada fidelidad católica le hizo extremar
muy sinceramente su elogio de todo* los defensores de iu misma
aunque ae sintiese en política e intelectual discrepancia con alguno de
ellos (Orti y Lara, el P. Fonseca. Nocedal, etc.).
En cualquier caso, la Integridad He su fe, que no era
sólo cordial, más también Intelectual y teológica, no
admitió Jamás concesiones en materia de dogma. Pero
traspuesta la linde decisiva del dogma, exigía para si
la más desembarazada libertad Intelectual. Jira una
actitud por entero coherente con las dos condiciones
históricas que más acusadamente definen su persona­
lidad Juvenil: su oficio de historiador y su anhelo de
existir históricamente como ciudadano del siglo XVI.
Que era historiador, y cómo lo era en aquella gaíón,
queda ya suficientemente dicho. Convendrá añadir,
no obstante, que el historiador lo es en cuanto com­
prende la razón de ser que los sucesos — acciones,
pensamientos expresos, etc. — tuvieron en la Historia.
Y si el historiador católico debe rechaíar toda here­
jía formal, aunque históricamente la «comprenda» y
hasta ame un poquito al empecatado hereje que la
Inventó, es seguro que no podrá hacerlo con los he­
chos y los dichos no formalmente heréticos, vengan de
dond* vinieren. En ello esté la diferencia entre el
historiador, que piensa desde la Historia — es decir,
desde todo lo que los demás han pensado — y el filó­
sofo sistemático, que piensa desde «u propia cotistruc-
clón. Don Marcelino fué historiador, no constructor
de sistemas, y quiso siempre pensar desde la Historia.
El sucesivo problema de su vida fué justamente sope­
sar, por manera más o menos deliberada, desde cuánta
Historia deberla pensar, si sólo desde la que va de
Homero a Vives o si desde la que hay entre los Vedas
y el siglo xx.
Además de ser historiador, el Menénde* Pelayo po­
lemista quiere ser español del siglo xvt. Lo quiere
desde los tuétanos mismos de su alma: «¡Dichosa edad
aquélla, de prestigios y de maravillas; edad de ju ­
ventud y de robusta vida!#, dice, entre entusiasmado
y nostálgico, aludiendo a la gloria de nuestro Qui­
nientos ( ' ) . Disgústate, hasta el asco a veces, el tiem­
po en que vive, y a la Incómoda faena de Instalarse
en él y dsrle española y cristiana figura, prefiere to­
mar carta de ciudadanía en cualquier ciudad castella­
na o apenlna de aquella dorada centuria. /Deberá
extrañar que en su actitud religiosa Imite la de aque-

tv» # Vtt, 411»
líos Espíritus de nuestro católico Renacimiento, «m i­
do» e Inquietos Job uno», sosegados y majestuosos loi
otros, agitadores todos»? La exigencia de libertad per­
sonal, tan entrañablemente sentida por el hombre re­
nacentista, es jaculatoria permanente en todos los es­
critos del Menéndez Pelayo polemista. íntegra y sin­
cera atadura Intelectual al dogma, eso es lo primero;
en lo demás, ivlva la libertad!
Este es el sentido que tiene su curiosa distinción
entre la teología y la filosofía tomista. Él no es teó­
logo y prefiere no entrar en la espinosa cuestión de si
cabe una teología distinta de la de Santo Tomás. Por
eso, concediendo tácticamente una baza a gus adversa­
rlos tomistas, equipara a su Incondicional adhesión al
dogma la que puede prestarse a la teología tomista, a
cambio de quedar Ubre frente a la filosofía de las
especies inteligibles y de las formas sustanciales. Dice
Pldal: «S i tomismo es la verdad toda», y él responde,
more scholastlco: «en su parte teológica, concedo; en
su pafte filosófica, n ie g o . .. ¿Pof ventura se agotó en
Santo Tomás el entendimiento humano?» (* ). Más
tárde le insiste: «N o se puede admitir esa compene­
tración tan absoluta que ustedes suponen entre la teo-
» logia tomista y la filosofía.. ( #). No midamos ahora
la licitud de ese sutil distingo de Menénde* Pelayo,
que por e9ta vee, puesto a sutlliear, nos ha resultado
scholastMs scholastMor. Antes veamos en él su sen­
tido renaciente, la avlde* de nuda libertad Intelectual
— libertad meramente disponible, todavía Inemplea-
da — que el hecho mismo de la distinción revela.
Hay en el Menéndee Pelayo joven un Intimo y mo­
roso regusto por esa vivencia de la libertad intelectual
que antecede al ya oflentado y productivo empleo fi­
losófico de la Inteligencia. Mfis que filosofar por un
camino libremente elegido, lo que le gusta es ser libre
él mismo pnrn escoger entre varios o para combinarlos
eclécticamente, si asi le place. No otra es la intención
de sus reiteradas apelaciones al ejemplo del Brócense.
Hesea, desde luego, hablar con toda reverencia de
Santo Tomás, mas «sin que esto — advierte— obste
en nada a la libertad que tengo y deseo conservar

(?) t'lrftrfft. t. M 4.
1*1 rtpnrtn. ti. !M.
íntegra en todas las materias opinables de ciencia y
arte, al modo de aquellos españoles de otros tiempos,
cuyas huellas, aunque de lejos y longo intervallo, pro­
curo seguir, no captivando mi entendimiento sino en
las cosas que son de je, como dijo el Brócense» ( x).
Esta sed de nuda libertad, de libertad por la libertad,
podríamos decir (paralela a su enemiga contra la ser­
vidumbre del arte o cualquier tesis), le lleva a pre­
ferir entre todos los posibles el goliardesco título de
«ciudadano libre de la república de las letras». Se
aparta del campo escolástico, nos confiesa, como aque­
llos humanistas y «pensadores eclécticos e indepen­
dientes que en su bandera pudieron escribir el lema
de ciudadanos libres de la república de las letras» ( 2),
y luego se complace, casi se regodea repitiéndolo:
«Bien entendido (es decir, con el límite de la fidelidad
a la Iglesia), el título de ciudadano libre de la R ep ú ­
blica de las Letras es el más hermoso y apetecible que
pueda darse, y yo, por mí, no le trocaría por ningún
otro, ni siquiera por el de tomista , que al cabo indica
adhesión a una escuela determinada. Los principios y
las tendencias del vivism o dan, según yo entiendo, ese
libérrimo derecho de ciudadanía» ( 3). Lo que no so­
porta es la «adhesión» intelectual: quiere vivir suelto,
libre, y no es vivista por seguir a Vives, sino por ser
libre y aun libérrimo. Para serlo él, él solo, según
delata ese entre humilde y orgullosa apelación al yo:
<yo no lo trocaría», «según yo entiendo». L a avidez
renacentista de libertad individual está en esas frases
del renaciente y recién nacido historiador.
ln dubiis libertas es para él casi tan preciosa m áxi­
ma como Instaurare omnia in Christo. Una y otra fue­
ron, en efecto, lemas de sus contestaciones polémicas
a Pidal. «Déjenme los tomistas este resquicio de li­
bertad intelectual que reivindico aquí formalmente...»,
le dice al P. Fonseca desde el nervio de su alma «mo­
derna» y abrumado por el desconsiderado ataque que
sus hermanos en fe lanzan contra él ( 4) ; «esta inde­

(1) C ien cia , II, 35. L o mismo le dice al P. Fonseca en Cien­
cia, II, 119.
( 2) Cien cia , I, 33.
(*) C ien cia , I, 304.
{*) C iencia, II, 118.
pendencia mía en lo opinable» (*), añade luego, alar­
deando de su cristiano e individual derecho. Ve con
mucha razón la grandeza de la escolástica en la libre
genialidad creadora de Santo Tomás, no en el hecho
de que fuera seguido el tomismo por una «escuela»; y
si esa escuela tuvo luego días de gloria la causa estu­
vo, antes que en su pedisecua fidelidad a Santo To­
más, en la libre osadía de corregirle y « limpiarle;
porque — comenta — «es tal la fuerza expansiva del
entendimiento en las cuestiones de tejas abajo que,
aunque aparente estar sujeto a una doctrina y a un
nombre, siempre halla algún resquicio por donde re­
cobrar su libertad prístina» ( 2). Libertad de la inte­
ligencia, he aquí el motivo permanente de su polémica
con los reaccionarios y, esto es lo notable, con los
«avanzados». «Y o no detesto a los krausistas por li­
brepensadores — escribía a Valera — , puesto que hay
muchos pensadores libres que, por la grandeza de su
esfuerzo intelectual, me son simpáticos. Los detesto
porque no pensaron libremente (quiere decir: por su
dogmatismo de escuela), y porque todos ellos, y espe­
cialmente Giner, son unos pedagogos insufribles, na­
cidos para ser eternamente maestros de un solo espí­
ritu y de un solo libro» ( 3). Como cristiano fervoroso,
y en cuanto a las enseñanzas de la fe, Menéndez Pela­
yo proclamaba la sentencia evangélica: «la verdad os
hará libres». Como hombre que anhelaba vivir en el
Renacimiento, pensaba así frente al posible saber de
las cosas humanas y opinables: «la libertad os hará
sabios». Y era tan urgente esa vivencia de la propia
libertad, una libertad ganada por creer cristianamen­
te en la Verdad, que en ella prefería demorarse, sin
adhesión ni servidumbre a escuela alguna.
A lo más que llegó fué a enamorarse del vivismo y
a enamoriscarse de la filosofía escocesa. Pero ya he­
mos visto que en Luis Vives no adoraba una doctrina,
sino la posibilidad de libérrima cuidadanía en la Re­
pública de las Letras. Gustábale su tendencia crítica
y ecléctica, entendido el eclecticismo como un «no aca­
tamiento de la autoridad sino en las cosas que son de

(1) Ciencia, II, 123.
(2) C iencia, II, 33.
(«) Epistolario, II, págs. 54-55.
/** y como vía para acercarse a «lo mejor y más sólido
de todos, sin lúa exageraciones ni el exclusivismo da
ninguno». Por eso, y porque l.uis Vives no contiene
error grave, quiero Menéndez l'elayo resucitar el vi­
víame y llamarse vivlsta ('<•), Otro tanto puede décima
de »u afición a la filosofía escocesa. «En esto aoy es­
cocés y hamiltonúmo hasta Ion tuótuiton», escribe al
P. Fonseca ( *) . ¿ Y a qué se infiere ese en etto'f Pura
y simplemente, al libre derecho de no atenerse sino al
testimonio de la propia conciencia; ese derecho que,
cunto individuo, tiene y debe tener el investigador de
problemas psicológicos. Menéndez Pelayo es vivista y
hamiltoniano en cuanto siéndolo puede ser libre.
Mas, ¿puede el hombre evadirse de su propio tiein-
po? Este efugio de Menéndez Peluyo al siglo xvi es
un cómodo recurso de historiador y de esteta. Quié­
ralo él o no, su tiempo le acosa, le pincha por todos los
costados de su alma. Luego estudiaré el curso bio­
gráfico de las reacciones intelectuales de don M arce­
lino a su propia época. Ahora me baat» consignar que
las primeras son el desuego y el asco. Ellas deter­
minan en buena medida su nostálgica evasión a tiem­
pos de vida más robusta y encantadora. Pex*o M e­
néndez Pelayo es cristiano, verdadero cristiano, y no
puede quedar indiferente ante el crudo menester que
le eircunda.
De dos modos quiere cumplir el arduo empeño de
atenderlo. Según el más conocido, como polémico ad­
versario de todos los disidentes o adversarios del C a­
tolicismo desde Salmerón y Pl y M argall hasta su
cordial amigo Pérez Galdós. Según el otro, menos
visible, como apologista: «¡H aga Dios que esta his­
toria sirva de edificación y de provecho, y no de es­
cándalo al pueblo cristiano!», exclama en 1B77, al final
de su «Discurso preliminar» a los Heterodoxa». En otra
oeasión adoctrina a loa que quieren hacer apostolado
Intelectual: «L a critica histórica y literaria, lus len­
guas sabias, las ciencias naturales, la antropología en
todas sus ramas, la lógica en todas mus formas y pro­
cedimientos, Isa ciencias escriturarlas y patrísticas,
todo esto debe ser el principal estudio del apologista

(•) Cisnetu, i, JO#
<*) etanutii. II. los.
católico, en veas de afincante tanto en cuestione* que
ya paitaron, en errores que ya no volverán y que nadie
Nigua ni defiende» (*)<
Pronto' vuelve, sin embargo, a la ínsula soñada del
pretérito, a «vivir con los muertos», como de si mismo
dirá luego, o a la polémica contra esto o aquello. ¿Has­
ta cuándo? ¿No llegará a ver, por ventura, que frente
al propio tiempo le cuben al católico actitudes inte­
lectuales y politices distintas de la evasión, la reacción
polémica y la mera persuasión apologética? ¿Adivina­
rá un dia la posibilidad de hacer algo que sea crea-
doramente original, además de mer polémicamente
defensivo?
R A D IX H ISPANIAE

Sabemos ya cómo ve el joven Menéndez Pelayo lo
que España hizo y sufrió en su historia. Pero ¿qué
es España? ¿Qué idea tiene Menéndez Pelayo de su
propio pueblo? No olvidemos que Menéndez Pelayo
vivió en el siglo del nacionalismo. Desde fines del
siglo xvm , el tema de las naciones como entidades
históricas está sobre el tapete de los historiadores y
de los políticos. ¿Cómo ve nuestro polemista historia­
dor la nación a que como español pertenece? Sería
inútil buscar en sus obras un estudio sistemático del
tema o una tesis formalmente concebida. La implícita
actitud del Menéndez Pelayo joven frente a este tema
debe indagarse cuidadosamente a través de las leves
referencias que en torno a él hay en sus textos. En
las páginas subsiguientes voy a esforzarme por cum­
plir con alguna precisión esta labor entre venatoria
y policíaca (* ).
Debemos tener bien presente, antes lo he dicho, que
Menéndez Pelayo vive y escribe en el siglo del na­
cionalismo. Desde que en la batalla de Valmy se grita
v iv e la nation!, hasta que en la posguerra de 1918
aparecen barruntos de internacionalismo (económico,
clasista, imperialista, etc.), el vocablo nación ha sido
una de esas palabras mágicas que el hombre necesita
para hacer su vida histórica con alguna ilusión, como
lo fué el término de razón en el siglo xvn y lo viene

(i) Como las ideas de Menéndez Pelayo en torno a este tema no
varían de modo para mí ostensible a lo largo de su vida, me ha pare­
cido preferible componer este apartado con textos de todas sus obras,
sean de su período polémico o pertenezcan a su madurez intelectual.
Las ideas sobre el ser natural de España son siempre casi las mismas.
L o que varía es, como veremos, su pensamiento acerca de la e x p r e ­
sión histórica de ese presunto ser natural; esto es, su proyecto res­
pecto a España.
siendo el de naturaleza desde el xv. El hombre nece­
sita algo que exceda de su propia limitación, algo en
que su persona descanse y eche raíces. A veces tiene
el acierto de dar a las cosas su verdadero nombre y
llama Dios a eso que necesita. Otras, orgulloso de su
fingida suficiencia, no quiere o no sabe traspasar con
su vista los diversos cendales naturales o históricos
que a un tiempo ocultan y explicitan la operación di­
vina; y en lugar de adivinar a Dios a través de la
naturaleza, como Copérnico y Newton, o de la historia,
como San Agustín y Orosio, prefiere apoyar su vida
en esas causas segundas de que Dios se vale. Es en­
tonces cuando diviniza y escribe con presuntuosa letra
mayúscula la «Naturaleza» o la «Nación».
La nación es en el siglo x ix uno de esos sucedáneos
de Dios a que el hombre recurre cuando no quiere
ver ni nombrar a Dios. Pocas ideas históricas acerca
del siglo xrx me parecen tan afortunadas como la de
Ziegler (*), que ve en el «politeísmo de las naciones»
uno de los ejes cardinales para entender la historia
del Ochocientos. Europa sólo tiene entonces la unidad
de ser una suerte del Olimpo secularizado o histórico,
diversificado en un conjunto de naciones-dioses más
o menos amistadas o enemistadas entre sí. La nación
viene a ser para muchos una especie de divinidad se­
cularizada, y por un momento se pretende que los
hombres crean exclusivamente en la nación, esperen
exclusivamente en la nación, y se amen exclusivamen­
te en la nación, trasladando al ámbito nacional las
virtudes teologales del Cristianismo (-).
Dejemos ahora la cuestión de cómo se configuran
intelectualmente la idea y el sentimiento nacionales.
Dejémosla para luego, después de haber visto por
dentro el pensamiento de Menéndez Pelayo, y plan­
teémonos como problema la situación del católico del
siglo x ix — y, sobre todo, del católico intelectual —

(i) D ie mod ern e N a t i on . Tubinga, 1931.
(a) Este explícito reconocimiento de los excesos a Que llegó el na­
cionalismo del siglo pasado, cuando se hizo doctrina cerrada y siste­
mática, no equivale a afirmar que pueda o que deba prescindirse del
«hecho* histórico de la nación. El problema está tanto en evitar que
la nación se trague a la persona como en que la persona , so pretexto
de libertad o de cosmopolitismo, se desarraigue de la nación y pieraa
este ámbito de su inserción en la Historia.
ante esa ineludible situación que su mundo histórico
le ofrece y aun le impone.
Un portillo siempre abierto es el de la nostalgia. £1
católico, agobiado por la constante presión de una
vida cotidiana y una convivencia política totalmente
secularizadas, se evade imaginativamente de su situa­
ción presente y se instala, añorante, transfigurando
con su anhelo situaciones pretéritas, en las doradas
tiendas del feliz tiempo antiguo. Las metas del en­
sueño pueden ser distintas: unos buscarán asiento para
su espíritu en la Cristiandad medieval; otros, en las
ciudades católicas del siglo xvi; quiénes, más modes­
tos, en la inmediata comodidad del Anoten Régim e.
También pueden ser diversas las posturas del nos­
tálgico, desde la meramente soñadora y mansa hasta
la heroica y combativa del contrarrevolucionario. Sean
una u otra la meta y la disposición táctica, la actitud
profunda es siempre análoga y consiste en evadirse
imaginativamente del significado histórico que el si­
glo xnc ha dado a un viejo vocablo, la nación.
Pero el católico puede elegir un camino distinto de
la fuga soñadora y combativa. Puede, por ejemplo,
afrontar católicamente — más o menos católicamente,
esto no importa ah ora— la situación histórica nacio­
nal. Si es poco ambicioso se conformará con la con­
grua de con vivir como católico dentro del ámbito na­
cional y procurará concordar dignamente su vida y su
pensamiento con el pensamiento y la vida que le cir­
cundan. Nace así el concordismo: concordismo entre
la Sagrada Escritura y la Ciencia Natural, en lo to­
cante al pensamiento; concordismo entre la Iglesia y
un Estado teóricamente neutral, en lo que atañe a la
convivencia política. No es éste, sin embargo, el único
expediente. Si el católico es más ambicioso, procurará
ataorber en un «nuevo» modo de vida católico la «no­
vedad» de esa situación histórica nacional, como la
Iglesia primitiva absorbió la Antigüedad clásica y el
Catolicismo español del xvi absorbió la cultura del
Renacimiento ( •) .

O) Tal fu* «1 propósito cardinal de Joeé Antonio, Aceptaba, deade
Itiego, la ld«a M itifica de nación; paro, en lugar da tomarla como un
Mológico genio o «aaplrltu dal pueblo» (naclonalltmo romántico), co­
n o una concreción hlatórtca del Eaplrttu en eti evolución dialéctica
(Hegel), o como un «plebtecito da todo# loa días* i Renán), la entendía
V a implícita en el párrafo anterior la idea de que
ese contacto «concordista» o «absorbente» del católico
con la situación histórica «nacional» puede acontecer
por dos vías: la vía de la acción y la vía de la in­
teligencia.
Operan en la vía de la acción los partidos políticos
católicos y todos los movimientos de «opinión pública»
más o menos confesionales que surgen durante el si­
glo xrx y los primeros lustros del xx . Por un momen­
to, el Menéndez Pelayo joven creyó hallar en la acción
política cauce idóneo a la bien henchida vena de su
ánimo. Dos caminos se le ofrecían: la pelea nostálgica
y el diálogo concordista.
M uy cerca estuvo de la primera cuando el Brindis
del Retiro hizo olvidar los penosos incidentes de la
reciente polémica y los tradidonalistas e integristas
(E l Siglo Futuro, Nocedal, Mateos Gago, etc.) le col­
maron de felicitaciones y lisonjas. No obstante, llegó
a poco una ruptura que el propio Menéndez Pelayo no
vaciló en llamar estrepitosa. En 1882, pocos meses des­
pués del Brindis, contestaba Valera a una carta de don
Marcelino: «Hablando con franqueza — decíale en
ella — , desapruebo esa determinación que me dice us­
ted haber tomado de refugiarse en la Estética, enojado
de la estupidez e ingratitud de los carlistas» ( l ). De­
jemos a un lado los motivos y los incidentes concretos
de tal ruptura. L a causa eficiente no debe ser buscada
en la superficie, sino en las raíces del alma. Las que
ya conocemos de don Marcelino — mente histórica,
índole de su actitud religiosa, voluntad de superar la

como una Idea ejemplar en la mente de Dio* da «eterna metafísica de
España»). a U cual han de dar forma, adivinándola desde cada una
de las ocasionales situaciones histéricas, los «apartóles de esta España
física a histórica. Los hombres dan forma a la «Mea ejemplar», ana­
lógicamente expresa Me a lo largo de la Historia, mediante su acción
personal, a la ve* libre y comunal, y a través de sus rendírteme*
nartmiles. más o menos modificares por la voluntad (temperamento
nativo, geografía. etc.>* y de su» diversas situarlo*»'* ht¿rfórtc«s «Con­
trarreforma, siglo xtx. Estado del siglo xx, etcJ. El destino de Espa­
ña. uno en cuanto los españoles quieran perseguir esa «idea ejemplar»
(grandeza católica de España, bienestar de los españoleante. >. s e
diversifica históricamente por vía de •»«!<*<•. vta de equiv*-
cidnd Erente a la univocidad de la tradición «con Animo de copia»
y a la equivocidad del sufragio permanente, se afirma una tomista
í n í k i l a .con Animo de adlvlnaclín.. Pero la Une, de e » «dyrttoo»
puede perderte al la Ubre y pecable voluntad de 1 M eapaftolw
de svi deber hl.tórteo ante Kapafta. Ifna nacWn Ottotdrica» ea. P«*
definición, una entidad siempre en Peligro de desaparecer.
O) EptifotaHo, pág. 134.
polémica española ochocentista, etc.— habían de apar­
tarle casi forzosamente del sesgo que por entonces
tenían la política integrista e incluso de la tradicio-
nalista (*).
La permanente voluntad de eficacia de don Mar­
celino no podía entretenerle en disputar «prolija y
fastidiosamente — estas son sus propias palabras —
sobre temas tan interesantes y de tanta profundidad
filosófica como el de El liberalismo es pecado» (-). Su
ánimo naturalmente abierto, su mente de historiador
y su deseo de española convivencia habían de llevarle
hacia los campos del diálogo concordista. Así se en­
tiende que, no obstante sus diferencias con Pidal, fuese
diputado por la Unión Católica, grupo extremo de la
derecha liberal conservadora. Durante algunos meses
creyó ver en esta política la posibilidad de hacer algo
— nótese bien la índole de su expresión — «en sentido
católico y progresivo». Fué diputado por Palma de
Mallorca en 1884 y por Zaragoza en 1891. He aquí
su profesión de fe política concordista en su discurso
de Zaragoza, allá por los idus del febrero de 1891: «El
partido conservador es o debe s e r... la congregación
de los que en vez de la unidad yerta y puramente
administrativa sueñan con la unidad orgánica y viva;
de los que en cuestiones económicas tienen por único
lema el interés de la producción nacional, hoy tan
comprometida y vejada, y de los que en materias más
altas opinan que la mayor pureza de creencias no es
de ningún modo incompatible con los únicos procedi­
mientos de gobierno hoy posibles y con toda la racio­
nal libertad que puede tener una política amplia, ge­
nerosa, expansiva y verdaderamente española.. . » ( 3).
¿No se ve aquí al hombre que quiere concordar la
Nación y el Estado del siglo x ix con las más puras
creencias; esto es, con el dogma católico? ¿No se ad­
vierte, también, al hombre de esa generación profe-

M) M /i» detalle» sobre esto» Incidente» pueden leerse, m u y dls-
cretamente expuestos, en el libro M e n é n d e z y P ela y o , de García de
Castro, páginas 219-227.
«Advertencia prelim inar» a la traducción de El libro de Jo b , de
Caminero. Madrid, 1829. Traducción a nuestro tiempo: más im por­
tante que polemizar censorialmente contra R eb e c a es hacer novelas
mejores y más atractivas que R ebeca .
í») Clt. por Artigas, L a vida y la obra de M . y P . t Zaragoza, 1939.
página 104.
M E N fiN D E Z PELAYO
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soral, conciliadora y realista que forman los Cajal, los
Ribera y los Menéndez Pelayo?
Pronto iba a retirarse Menéndez Pelayo de la políti­
ca activa. Muchas razones se concitaban para ello. La
primera, que no fué político, sino intelectual. Quiero
dejar intacto ese arduo tema del intelectual y la po­
lítica, tan vivo en la Historia Universal y tan irreso­
luto desde que la figura del «sabio» hace su aparición
en las costas jónicas. Eduardo Schwarz, el excelente
historiador del mundo antiguo, apostillaba así los ava-
tares políticos de Platón: «Suministró al mundo el
primer ejemplo — no, por desgracia, el último— que
demuestra que la política es demasiado difícil para los
profesores y los profesores son demasiado buenos para
la política». El intelectual no puede prescindir jamás,
si se mete en la aventura política, de una cierta di­
mensión utópica, soñadora. ¿No se ve al utopista en
el bueno de Menéndez Pelayo, intelectual de casta,
cuando invita a los conservadores zaragozanos a «so­
ñar» o cuando pretende inyectar en aquel partido una
idea de España «amplia, generosa y expansiva»?
Menéndez Pelayo aspiraba a otra política más an­
cha y noble que la de un partido. «Debemos inspirar­
nos — decía a los zaragozanos— en algo superior a
lo que vulgarmente se entiende por espíritu de par­
tido. No lo es, en rigor, el nuestro, y sería grave in­
justicia confundirle con las infinitas banderías que en
nuestro país aspiran al régimen de la cosa pública».
Son palabras de profesor despistado, que desconoce la
verdadera condición del mundo político en que vive
— el partido conservador, en este caso: partido fué,
sin duda, y como tal había sido concebido — y hasta
es capaz de transfigurarle utópicamente. Mas también
son palabras de español sensible e incontaminado, de
hombre que pretende para España algo más ancho y
noble. Tal es, bajo tantas diferencias, el anhelo uná­
nime de muchos españoles, desde Costa al recién lle­
gado y contradictorio Unamuno: romper la opresora
costra de España, dar a España cauce más ancho que
el menguado de tres o cuatro partidos electorales y
turnantes. En el fondo, al católico Menéndez Pelayo,
intelectual y español, no le satisfacía la insuficiente
receta del concordismo: su utopía fué — más acusa­
damente cuanto más maduro — la «absorción» de su
época en una forma de vida intelectual y política a
un tiempo católica y nueva.
El hecho es que Menéndez Pelayo se retiró pronto
de la política militante. Pasó a la vera de la nostalgia
combativa, recaló breve y soñadoramente en el diá­
logo concordista y por fin se recluyó a «vivir con los
muertos». Como intelectual político, salió de la aven­
tura herido por un íntimo desengaño, contra el cual
lidiará a veces en los senos de su alma. Como inte­
lectual historiador, vuelve a las viejas páginas impa­
ciente por hallar más allá de la letra impresa el mundo
fabuloso y espléndido que su espíritu necesitó siempre
para no sentirse desesperadamente solo.
Es hora de recoger el hilo perdido. Dije antes que
la aproximación del católico a la idea ochocentista
de la nación podía tener lugar por dos senderos: la
acción y la inteligencia. Hemos visto ya la fugaz aven­
tura de don Marcelino por la vía de acción. Veamos
ahora la más dilatada por el flanco de la inteligencia.
¿Cómo entendió Menéndez Pelayo la realidad histó­
rica de la «nación española»? ¿Cómo su mente, tan
irrenunciable y ambiciosamente católica, se enfrentó
con este tema de su tiempo? ¿Qué relación existe
entre las alusiones de Menéndez Pelayo a este tema
— directas a veces, indirectas casi siempre — y el
pensamiento de su siglo?
Sus más inmediatos maestros — Laverde, Milá, Llo-
réns— , hombres formados en el corazón mismo del
nacionalista siglo xrx, llevan al alma del ávido ado­
lescente una patente actitud biologista o vitalista fren­
te al magno suceso de la diversificación de la Historia
Universal en «historias nacionales». En la carta que
Laverde escribió a Menéndez Pelayo, en 1876, como
prólogo de la primera edición de L a Ciencia Española,
léese este característico paso: «No ign oro... que la
ciencia es una y que la verdad no tiene patria; mas
nadie negará tampoco que la verdad y la ciencia adop­
tan formas y caracteres distintos en cada tiempo y
país, según el genio e historia de las razas, a cuyas
peculiares condiciones se atenta con la manía de in­
troducir lo extranjero sin asimilarlo a lo propio» ( 1).
Unas líneas antes se ha referido a la ciencia española

( 1) Ciencia, I, 19.
tradicional con la significativa expresión de «ciencia
castiza». Para Laverde, un pueblo sólo puede contri­
buir eficazmente a la cultura universal a través del
genio de su raza; empeñarse en otra cosa es subver­
tir el buen orden de la Historia y sustituir malamente
la asimilación por una « superposición nunca duradera
ni fructuosa». La nación no es para Laverde una em ­
presa decidida por la libre voluntad de los hombres
rectores y condicionada por las diversas situaciones
que va ofreciendo la Historia, sino un carácter dado
«a priorn , configurador de todo cuanto la voluntad y
la inteligencia deciden, decisivo en orden a la autén­
tica eficacia histórica y condicionado en última ins­
tancia por la naturaleza biológica de cada pueblo, ín­
sito en ella (el «genio de la raza»). Tradición es, a la
postre, fidelidad a la casta, casticismo; así se entiende
que Laverde llame «ciencia castiza» a la de «los Lulio,
Vives, Fox, Vallés, Gómez Pereira, Vázquez, Molina,
Suárez, Domingo de Soto, Ángel Manrique, Isaac Car-
doso, Caramuel y tantos otros». La norma de una
política nacional sería, en consecuencia, cultivar el
genio, suscitar lo espontáneo. No desconoce Laverde
la unidad de la verdad y de la cultura universal; pero
esa innegable unidad no pasaría de ser la de un mo­
saico, en el cual cada pieza, natural y cualitativamente
distinta de las demás, es el producto «castizo» de cada
«genio racial». José Antonio diría que con ello se pre­
tende convertir la voz universal de la lira, pitagórico
sonido del «ámbito eterno donde cantan los números
su canción exacta», por un orfeónico concierto de gai­
tas castizas. Otros, menos rigurosos con sus propias
expresiones, comentarían, sin duda, una curiosa con­
secuencia de esta actitud: la de llamar a Suárez
«castizo».
Lo mismo venía a decir Llórens, aunque con prosa
más alambicada y escocesa. En un Discurso inaugural
de la Universidad de Barcelona, en 1854, pronunció
estas palabras, que Menéndez Pelayo hace suyas:
«Cuando la civilización de un pueblo ha salido de sus
corrientes primitivas... no hay que esperar que la
importación de una doctrina filosófica venga a llamar
la vida a un cuerpo desfallecido y exhausto». Un sis­
tema filosófico extraño podrá alcanzar, sin duda, un
éxito aparente; pero «fijemos la vista en lo hondo de
la sociedad donde esto aconteciese, que allí descubri­
remos o una degeneración de su constitución íntima, o
un antagonismo entre el elemento pi'opio y el extra­
ño». Todo lo cual sucede, piensa Llórens, porque «el
pensamiento filosófico no es un nuevo elemento de la
conciencia humana, sino una forma especial que el
contenido de la conciencia va tomando; por manera
que la masa de ideas elaboradas por cada pueblo debe
ser la materia sobre la cual se ejercite la actividad
filosófica». Y añade: «El pensamiento filosófico viene
naturalmente a formar parte de aquel organismo in­
visible que, existiendo en el seno de cada nación, de­
termina su individualidad». Menéndez Pelayo no va­
cila en adherirse a este curioso modo de pensar: «Esto
dijo Lloréns en 1854 — comenta— . Lo mismo, aun­
que con menos gravedad y elocuencia, he procurado
yo inculcar en más de una ocasión» ( x).
Menéndez Pelayo cree en la nación y ve en ella un
modo de ser natural y biológicamente dado. Los hom­
bres del siglo xvm , un siglo que, como decía el propio
don Marcelino, «gustaba más de decidir que de exa­
minar» (-), decidieron que la nación era un producto,
algo hecho o elaborado, bien por la sucesiva influencia
de la naturaleza sobre una comunidad humana, ya por
la acción modeladora de los planes humanos endere­
zados al regimiento de esa comunidad. Montesquieu
pensaba en el clima; Voltaire, en la eficacia configu-
radora del gobierno y la religión; Rousseau, no obstan­
te ser el primer romántico, habla, además de la volonté
générále, del clima, del suelo, del aire, de la alimenta­
ción, del género de vida. Es la situación intelectual
en que Lamarck, el naturalista, construye su hipótesis
acerca de la producción y la transmisión de los carac­
teres biológicos. El cosmopolitismo dieciochesco afir­
ma: el hombre es «naturalmente» uno; todos los hom­
bres pertenecen a la especie «natural» homo sapiens.
¿De dónde vendrán, entonces, sus diferencias? La res­
puesta es inmediata: del medio geográfico y del modo
de convivir. Las naciones son las unidades sistemáti­
cas de esa diferenciación: son, en definitiva, natura
naturata.

(i) Engayos, 267.
(*) Ciencia, I, 475-470.
Los hombres del siglo xix, bajo la influencia de los
pensadores románticos, van a pensar que la nación es
natura natwrans. No es un producto9 una «segunda
naturaleza» consecutiva a determinadas habituaciones
biológicas, sociales o históricas, sino un modo de ser
previo a la Historia misma, una variante irreferible
a nada anterior, ínsita en la «primera naturaleza» del
hombre. Hasta aquí no es muy nuevo el pensamiento.
Es seguramente el mismo en cuya virtud veía Plinio
una nativa vehementia coráis como carácter diferen­
cial de la «nación» ibera, o llamaba Quevedo a los
españoles «pródigos de la vida» í 1). Mas lo caracte­
rístico del siglo xix, el siglo de la evolución y de la
historia, es ver en ese quid originario una virtud pro­
ductora, originariamente del curso histórico. Ese sus­
trato nacional en cuya virtud se distinguirían a nati-
vítate unos pueblos de otros, es también una fuerza
radical y específica, un verdadero motor de la His­
toria: es la tesis del Volksgeist o «espíritu del pueblo».
Luego vendrán las diferencias en tomo a lo que ese
«espíritu del pueblo» sea. Unos, siguiendo a Herder
y a la «Escuela histórica», lo interpretarán de modo
biológico, como un germen vivo y vivificador; otros,
con Hegel, verán en él una concreción del «Espíritu»
en su evolución dialéctica; quiénes, con Renán, pen­
sarán que l»áme de la nation, su principe spirituel, se
realiza históricamente a través de las voluntades de
los hombres, en un «plebiscito de todos los días». Lo
importante es, sin embargo, esa idea de la nación como
principio y fundamento de la diversidad histórica, en
cuya afirmación coinciden, cada uno a su modo, casi
todos los pensadores representativos del siglo pasado.
Desde el siglo xvm al x ix la nación ha pasado de ser
producto de la Naturaleza o de la Historia, a ser prin­
cipio natural originante del acontecer histórico.
He dicho ya que Menéndez Pelayo ve en la nación

(i) Pocas cosas se han dicho sobre la española «vocación de la
muerte» tan terribles como estos versos de Quevedo.

D e España vienen hom bres y deidades ,
pródigos de la vida, de tal suerte
que cuentan por afrenta las edades
y el no m orir sin aguardar la m u erte .

Procede la estrofa del P oem a heroyco de las necedades y locuras de
Orlando el Enamorado.
un modo de ser específico, biológicamente dado a los
hombres que la componen. Cada nación corresponde
a una determinada raza nativa. Esta raza se expresa
operativamente según la específica índole de su genio,
y este genio de cada raza se explana en varias notas
raciales activas, codeterminantes del quehacer histó­
rico — intelectual, político, etc. — de aquella nación.
«Y o creo — decía a Pidal — que hay siempre un lazo
más o menos íntimo entre los pensadores de un mismo
pueblo, y, en tal concepto, ninguno carece de filosofía
nacional, más o menos influyente o desarrollada. Y si
nunca oímos hablar de filosofía rusa ni de filosofía
escandinava, será, o porque estos y otros países no
han tenido pensadores de primero ni segundo orden, o
porque nadie se ha cuidado de investigar sus relacio­
nes y analogías, o porque estas investigaciones no han
entrado todavía en el general comercio científico. De
otra suerte, es imposible que filósofos de un mismo
pueblo y raza no ofrezcan uno y aun muchos puntos
de semejanza en el encadenamiento lógico de sus
ideas» ( 1). Poco después habla del «organismo» sub­
yacente a la historia del pensamiento español.
¿En qué consiste ese «lazo», por cuya virtud se
enlazan en un «organismo» los pensadores de «un mis­
mo pueblo y raza»? En otro lugar es más explícito
nuestro historiador y nos habla de la historia del pen­
samiento español como «cuerpo vivo, por el cual cir­
cula la savia de esa entidad realísima e innegable,
aunque lograda por abstracción, que llamamos genio,
índole o carácter nacional» ( x) . La tesis del Volksgeist
no puede ser más patente. Entidad realísima le llama;
y aunque el lúcido catolicismo de don Marcelino no
equiparase jamás esa entidad realísima al ens realis-
simum de los escolásticos, no creo que deba menospre­
ciarse la posible resonancia de estas palabras dentro
de su alma, si uno emprende la tarea de catar y cali­
brar la idea que de la nación tenía nuestro historia­
dor. Esa «entidad realísima» del genio nacional se
definiría biológicamente a través de la sangre y el
suelo, de la raza y del medio geográfico; es « material­
m ente imposible (dadas las leyes de la transmisión

( ') Ciencia , I, 200-291.
(») Ciencia, II, 72.
y de la herencia y salvando siempre los derechos del
genio y mucho más los del libre albedrío) que pen­
sadores de una misma sangre, nacidos en un mismo
suelo, sujetos a las mismas influencias físicas y mora­
les, y educados directamente los unos por los otros,
dejen de parecerse en algo y en mucho, aunque hayan
militado o militen en escuelas diversas y aun ene­
migas» ( 2).
Estos párrafos son, como suele decirse, cruciales.
Resulta de ellos que don Marcelino, como su maestro
Lloréns, y aun más explícitamente que él, afirma la
tesis romántica del Volksgeist. Por otra parte, inter­
preta el Volksgeist con mente fundam entalmente ra­
cista o biologista: aunque nombra a la educación como
determinante del «parecido nacional», su influencia
sería enteramente subordinada, puesto que el parecido
existe también entre «escuelas diversas y aun enemi­
gas». Adviértase, por fin, que como católico se siente
obligado a salvar expressis verbis los derechos del
genio y del libre albedrío. Tal consideración del genio
es sobremanera importante para entender el pensa­
miento de don Marcelino, y nos la encontraremos otra
vez. En cuanto al engarce que halla la mente de
Menéndez Pelayo entre el libre albedrío personal y
ese nacionalismo racista, véase lo que poco más ade­
lante diré.
Esta idea acerca del carácter nacional puede ras­
trearse hasta en los escritos de la más granada ma­
durez. Téngase en cuenta que los párrafos anteriores
fueron escritos en 1884, ya pasado el período que he
llamado polémico. En 1889 repetía en la Universidad,
con motivo de su Discurso de apertura, conceptos
análogos: «Todo organismo filosófico es una forma
histórica que el contenido de la conciencia va tomando
según las condiciones de tiempo y de raza. Estas con­
diciones ni se imponen, ni se repiten, ni dependen, en
gran parte, de la voluntad humaan. La historia de la
filosofía no vuelve atrás, como no vuelve ninguna
historia; pero a través de las formas pasajeras y mu­
dables, el espíritu permanece» (*). El magisterio de

(») ¿No C8 curiosísimo este hallazgo de] Blut und Boden en Me­
néndez Pelayo? El aubrayado es mió. V. Ciencia, II, 73.
(i) Ensayo», 114.
Laverde (alusión al «genio do la raza») y el de Llo­
rón* («organismo filosófico» como forma del contenido
de la conciencia) están detrás de ese párrafo; pero
debajo do él so adivina la potente garra sustentadora
de Hegol, el titán del siglo xix.
Cada nación tiene su Índole o genio propio, piensa
don Marcelino, y éste depende fundamentalmente do
la rara. Al comienzo del siglo xix, Fichte pensó que
la nota visible más radical de la especificidad nacional
es el lenguaje. Una nación llega a serlo en cuanto es
Sprachnation, nación locuaz y habladora del mismo
lenguaje. Poco después escribía Boeckh: «el lenguaje
es el lazo inequívoco que une a todos los miembros de
una nación en una comunidad espiritual». Esta idea
del lenguaje como lo más puro y originario de los
pueblos condiciona en buena medida el estilo de la
espléndida Filología del Romanticismo (enlace esen­
cial entre la Filología y la Historia, búsqueda de «raí­
ces puras». Filología comparada, etc.), y no es distinta
de la que latía en la mente de Unamuno, filólogo y
poeta, cuando pronunció en Salamanca su última lec­
ción de cátedra o cuando cantaba la soberanía esplén­
dida de nuestro idioma:
Lo sangre de mi espíritu es mi lengua,
y mi patria es alli donde resuene
soberano su verbo...
Menéndez Pelayo, no sé si conociendo la posición
de Fichte o por movimiento espontáneo de su pensa­
miento, veía la lengua más como vestidura que como
sustancia. Lo más radical de una nación no sería su
lengua, sino su raza, su raiz biológica: «No desconozco
ni en modo alguno niego — escribió para defender su
programa en las oposiciones a la Cátedra de Madrid
(1878) — la importancia de la lengua como prenda de
nacionalidad y signo de raza; pero creo que la lengua
no es más que la vestidura de la forma, y concibo la
forma sin la lengua, como concibo la estatua desnuda.
Ni lo sustancial ni lo formal lo da la lengua, sino ei
estilo». Tomemos nota de esa referencia al estilo. La
lengua es, pues, el instrumento con que se expresa un
estilo de vivir anterior a ella, el estilo propio del genio
nacional o de ¡a raza: «la lengua del Lacio — nos dice
poco después— sirvió de instrumento al genio espa­
ñol». Lo pi'imitivo y originario es la raza, la casta. Lo
auténtico es lo castizo.
Es casi increíble el número de veces que repite don
Marcelino las palabras «raza» y «castizo», así en sus
escritos juveniles como en los de su última madurez.
La raza es para Menéndez Pelayo el radical de la His­
toria. Antes vimos su concepción racista de la Refor­
ma protestante. Racista es también su interpretación
histórica de la fundamental ortodoxia que, casi sin dis­
cordancias heréticas, ostenta la historia de la teología
española. En España se dierqn — ex nobis prodierunt,
sed non erant ex nobis, dice al comienzo de los Hete­
rodoxos— «el gnosticismo de los priscilianistas, el
panteísmo ideológico o intelectualista de Averroes, el
panteísmo emanatista de Avicebrón, la concordia mo­
saico-peripatética de Maimónides, el misticismo quie-
tista de Tofail y, finalmente, la cristología panteística
de Miguel Servet»; pero «estas tendencias y desvia­
ciones parciales» son «disonancias que acaban por per­
derse», «las unas, por ser anteriores a la verdadera
historia de España (alude el estoicismo de Séneca);
las otras, por haberse desarrollado en el seno de razas
que, con haberse españolizado mucho, nunca llegaron
más que a salpicar con algunas gotas de sangre semí­
tica el torrente circulatorio de nuestra sangre aria» ( x).
Completando el pensamiento católico de Menéndez Pe­
layo, podríamos decir que para él la raza es el ins­
trumento primario de la providencia de Dios en la
Historia.
En ninguna de sus obras explana don Marcelino una
docti'ina sistemática acerca de la raza y las razas. Mas,
como se ve, es una de las ideas conductoras de su
implícita filosofía de la Historia y empapa, por decirlo
asi. sus más personales y apasionadas páginas. Acá y
allá, además de alusiones a la idea central — el «genio
nacional» o «genio de la raza» — , hay muy concretas
referencias a las diferentes razas. Acabamos de oírle
hablar de las razas semítica y aria. Este gran tronco
ario se diversificaría en distintas ramas. De la germá­
nica ya nos ha dicho bastante, y algo más nos dirá
luego, rectificando muchos de sus arrebatos juveniles.
A los ingleses les llama «la raza práctica y experimen-
tal por excelencia» ( 2). Los pueblos latinos constitui­
rían una unidad racial: «el modo español de filosofar...
no diferiría esencialmente en España de lo que es en
otras gentes latinas; pero todavía, bajo esa unidad en
lo sustancial, cabe infinita variedad y riqueza de por­
menores y accidentes» ( 3). La raza es, pues, lo que
diría «unidad sustancial» a los pueblos, y los latinos
constituyen una de tales «unidades». En otro lugar,
refiriéndose a españoles e italianos, habla de «la ló­
gica innata en los pueblos del Mediodía» ( x) , y en el
Brindis del Retiro llamó a España, abundando en el
mismo pensamiento, «amazona de la raza latina». Mas
dejemos para luego este tema de la «raza española».
¿De dónde vendría a la mente de don Marcelino este
curioso entendimiento racista de la nación y la His­
toria? Sus escritos no permiten puntualizarlo. ¿Ha­
brían llegado a sus manos los trabajos de Zachariá
(1839) y Maurenbrecher (1848), que, según los ente­
rados, abren vía a la interpretación racista de la na­
ción? ¿Leyó por ventura el Ensayo del Conde Go-
bineau, publicado en 1854? ¿Fué creación de su propio
pensamiento esta idea de la raza? Cualquiera que sea
la respuesta, siempre sorprenderá la evidente analo­
gía — sólo analogía, desde luego— existente entre
estas ideas de Menéndez Pelayo y la que el Conde de
Gobineau tiene de la Historia Universal. Ve Gobineau
la historia como una tela inmensa ( 2), en la cual cada
una de las razas pone la gruesa hilaza o el finísimo
hilo que naturalmente puede dar de sí: «Las dos va­
riedades inferiores de nuestra especie, la raza negra y
la raza amarilla — escribe Gobineau— , son el fondo
basto, el algodón y la lana que las familias secunda­
rias de la raza blanca suavizan con su seda; al paso
que el grupo ario, haciendo circular sus hilillos más
tenues a través de las generaciones ennoblecidas, apli­
ca a la superficie del lienzo, verdadera obra maestra,
sus arabescos de plata y oro» ( 3). Dios sería una es-

(a) H e te ro d o x o t, V I, 28.
(•) C ien cia , II, 73.
(1) H etero d o x o s t V I, 11.
(2) Esta visión metafórica de la Historia como unn tela st en­
cuentra también en Menéndez Pelayo, Estudios, VI I , 29.
(*) Ensayo sobre la desigualdad de ¿"4 razas humanas, trad. esp.,
Barcelona, 1937, p6g. 623.
pecie de maestro tejedor que, luego de haber creado
las razas, cada una con sus virtudes nativas, tejiese
cada día, usando como urdimbre la operación de esas
razas, el lienzo maravilloso de la Historia Universal.
Mas no está dicho todo. Todavía no nos ha expuesto
Menéndez Pelayo cómo se expresa la peculiar índole,
el «genio» de esas unidades raciales en que originaria­
mente se diversifica la global unidad de todos los hom­
bres. Don Marcelino no es antropólogo, sino historia­
dor, y por eso no habla de tallas, pigmentaciones, án­
gulos faciales, etc., etc., como por esa misma época
hablan Virchow, en Alemania; Quatrefages, en Fran­
cia, y Olóriz, en España, otro hombre de la generación
de Menéndez Pelayo. Él es historiador, ya lo he dicho;
y en tanto historiador, su tema es el modo de expresión
de la raza o del genio nacional en la Historia. Antes
le hemos oído una palabra rigurosamente decisiva: el
estilo. La lengua no es el «signo de la raza», ni nos
da «lo sustancial y lo formal» de ella; el signo de la
raza, su forma primitiva es el estilo. Esta idea central
se repite en diversos instantes y bajo diverso ropaje
expresivo. En el orden puramente estético es el estilo
«todo el desarrollo mórfico necesario para que la con­
cepción artística deje de ser idea pura» C1). Nos ha
dicho, además, que los filósofos «de un mismo pueblo
o raza» se asemejan en «el encadenamiento lógico de
las ideas». El modo de este «encadenamiento lógico»
sería la expresión de cada estilo filosófico nacional.
Más abiertamente habla en otra ocasión. La peculia­
ridad filosófica de un pueblo consistiría en la forma
de su filosofía. ¿Qué es para don Marcelino esa forma?
«No entendemos por forma — explica — la mera ex­
posición literaria, sino algo más íntimo y profundo;
es a saber: la facultad, si no creadora, ordenadora, que
encadena en una original disposición las ideas y forma
con ellas una trama que llamamos sistema; es decir,
un verdadero poema filosófico. . . Y en ese ritmo, en
esa serie lógica y animada de estrofas ideales, está la
mayor originalidad, casi la única que cabe en el pen­
samiento humano» ( 2).
Tal vez sea ya posible recoger con alguna coheren­

(i) Estudios, I, 9-
(•) C iencia, II» od.
cia sistemática las dispersas ideas de don Marcelino en
torno a la configuración nacional del pensamiento fi­
losófico. Según él, no hay problemas nuevos en la
historia del pensamiento. «En todas las épocas se plan­
tean todos los problemas», le oímos decir. «Los pro­
blemas están contados y las soluciones también, repi­
tiéndose eternamente los mismos círculos», piensa lue­
go, en extraña coincidencia temporal y expresiva con
el «eterno retorno» nietzcheano ( x). Estos permanen­
tes problemas son los que se propone el filósofo en
los pueblos que han llegado a tener filosofía; pero s©
los plantea y los resuelve — aquí se insertaría la na­
ción en el pensamiento filosófico — a través de la pe­
culiaridad biológica e histórica que le imponen su
«raza» y su «época». Suárez, por ejemplo, se plantearía
los mismos problemas que Aristóteles, sólo que a tra­
vés de su condición de católico renaciente y de su
«casta» o «raza» española. La raza, peculiaridad bio­
lógica radical, sería, si vale decirlo así, el cristal a cuyo
través toman matiz nacional los problemas genérica
y perm anentemente humanos, y el «genio de la raza»
el específico agente en cuya virtud se colorean castiza
o nacionalmente las respuestas dadas por el filósofo
a los problemas que como tal se propone. ¿En qué
consiste ese matiz? Ya lo hemos oído: en un estilo,
tanto literario como intelectual ( 2). Este último con­
sistiría en el modo según el cual los conceptos están
eslabonados, en la figura sistemática, en el ritmo o
cadencia de la respuesta a las invariables preguntas

(1) Ciencia, Tí, 73. Este paso d e d on M a r c e lin o fu é escrito en 1884.
E l capítulo corresp o nd ien te al «e tern o re to rn o » en el W i llc zu r M a c h t
nietzscheano fu é p roy ectad o en 1887. ¿C óm o lleg ó a la católica m ente
de den M arce lin o esta idea de q u e en la h istoria d e l pen sam iento h u ­
m ano «se repiten eternam en te los m ism os ciclos»? ¿A caso de sus le c ­
turas griegas — doctrin a estoica, H e r á c lit o — com o de las suyas la
re cib ió N ietzsche? ¿O es un a re so n an cia de los corsi e ricorsi d el n a ­
p olitan o Juan B autista Vico? «L o s dos m ás extrem os m odos de p en sa r
— el m ecanicista y el platónico— coin ciden en ser los ideales d el eterno
re to rn o », escribía N ietzsch e; y M en é n d e z P e la y o , sep arad o de él toto
coelo, incluso en su m odo de e n ten der ese «etern o re torn o » — M e ­
n én dez P e lay o adm itía católicam ente u n «fin del m u n d o » y un «ju ic io
f in a l»; N ietzsche, p agan am en te, n o — , h u biese puesto su firm a al pie.
¿N o es pasm osa la coincidencia? V é a se lo qu e so b re este tem a se dice
en un capítulo u lterior.
( 2) Este estilo no e q u iv a le al estilo de qu e h ab ló José A n to n io . E l
estilo es p ara José A n to n io un «m od o de se r» a d q u irid o por un a n ueva
fe y una n u eva volu n tad en la tarca de h acer la v id a 1 un «h ábito
a d q u irid o ». Este estilo a qu e alu d e don M arce lin o es un «m od o de
se r» nativo, ingénito, bio ló gico ; un «h áb ito de la p rim e ra n atu rale za ».
que el filósofo se hace. Francisco Sánchez se parece
a Montaigne en ser escéptico del Renacimiento; pero,
según todo lo anterior, Sánchez sería un escéptico «a
la española, un escéptico con ritmo y estilo genial o
racialmente ibéricos. El texto de la canción filosófica
nunca es nuevo; sólo son nuevos el estilo y el ritmo
de la melodía con que ese texto es cantado.
Adviértese con bastante claridad que a don Marce­
lino, después de haber afirmado con tanta decisión el
imperativo biológico-histórico del «genio de la raza»,
le asustan dos de sus consecuencias: el nacionalismo
panteísta de los románticos a ultranza y el entredicho
en que esa tesis racista pone al libre albedrío perso­
nal. Como si adivinara estos dos portillos de su na­
cionalismo, trata inmediatamente de taponarlos con de­
claraciones formalmente liberoarbitristas y con exor­
cismos ahuyentadores de ese panteísmo vislumbrado y
temido. A la vez que hace del estilo el más radical
«signo de la raza», se dice a sí mismo: «Si de algo
conviene huir en crítica es de ese afán de considerar
encerradas todas las fuerzas vivas de un pueblo en una
unidad panteística, llámese estado, genio nacional, ín­
dole de la raza» ( x). Seguramente adivina junto a sí
a la filosofía romántica alemana, y quiere hacer con
esa frase cauteloso sahumerio. Más tarde repetirá pa­
recida cautela. A poco de afirmar la «entidad realí-
sima» del «genio nacional» y su raíz biológica, salva
con necesaria decisión la unidad y la libertad de los
hombres: la idea de una ciencia nacional, dice, «no
envuelve la ridicula pretensión de creer que los es­
pañoles estemos conformados y dispuestos para la
filosofía de un modo distinto que el de los demás mor­
tales, de tal suerte que podamos plantear y resolver
los grandes problemas ontológicos de una manera di­
versa de como los plantea y resuelve casi indefecti­
blemente la inteligencia humana» (-). Ese «casi in­
defectiblemente» alude a la fundamental invariabili-
dad histórica de los problemas filosóficos, su tan repe­
tida tesis; y sospechando que alguien se moverá a
sorpresa, ’se apresura a dar sus razones: «es sabido
— añade — que, si la voluntad es libre, el entendí-
(M Estudios, I, 4.
i-'i Ciencia, II, 73.

MKNKNDK/ riíLAYO
miento no lo es más que a medias, y que los problemas
están contados y las soluciones también, repitiéndose
eternamente los mismos círculos» í 1). Quiere decir;
las posibilidades de elección de la inteligencia humana
están limitadas por su propia naturaleza y por el me­
dio histórico en que ejercita su actividad; y en ese
medio, con el curso del tiempo, se irían repitiendo in­
definidamente las situaciones del espíritu humano y
las respuestas de la mente filosófica ante cada situa­
ción.
El imperativo de la unidad del género humano ( 2)
lo salva Menéndez Pelayo, en orden a su problema
intelectual, con la tesis de la invariabilidad y la uni­
versalidad de los problemas filosóficos. El «genio na­
cional» sería entonces el filtro de los problemas uni­
versales y la fuerza espontánea y originaria que mueve
a planteárselos con esa castiza especificidad ( 3)..
Más difícil de salvar es el escollo del libre albedrío,
si la mente filosófica tiene tan determinado el camino
por obra de su natural limitación, por su época y por
ese «genio» de la raza a que pertenece el filósofo. La
cuestión es singularmente insoslayable para un hom­
bre como Menéndez Pelayo, católico español — libe-
roarbitrista acérrimo, por lo tanto — y apetentísimo
de personal libertad intelectual. Para conocer su res­
puesta, es preciso, no obstante, reconstruir su disperso
y sólo esbozado pensamiento.
Adviértese entre líneas que don Marcelino se siente
en el aprieto de encontrar espacio al libre vuelo del
albedrío humano, radicalmente libre, aunque su li­
bertad esté condicionada por la naturaleza y la histo­
ria. ¿Cómo podría sustraerse el hombre a esta casi
necesaria determinación de su rumbo y su estilo? Se­
gún el pensamiento de don Marcelino — en cuanto una

í1) Esta idea de que la voluntad tiene un ámbito de acción mucho
más amplio que el entendimiento es típicamente cartesiana. Véase, por
ejemplo, la «Meditación cuarta», que trata D u vrait et du faux. Es la
consecuencia del voluntarismo escotista.
<2) No quiero entrar aquí en la exposición de este arduo problema
antropológico y teológico, sobre el cual tantas cosas sutiles han dicho
recientemente los teólogos y escrituristas católicos. Véanse, por ejem ­
plo, I09 artículos «Monogénisme», «Polygénism e» y «Préadamitcs», en
el Dictionnaire de Théo log ie Catholique, de Vacant.
(•) Habla, por ejemplo, de «los impulsos y aspiraciones prim or­
diales del pensamiento español, siempre que libremente ha podido dar
muestra del sí» (Ensayos, 24).
lectura atenta puede adivinarlo— , dos son las vías
por las cuales elude la humana libertad el imperio de
tantos y tan estrechos cercos coactivos: la pluralidad
en los modos expresivos de un mismo «genio nacional»
y la excepción. La libertad es, en fin de cuentas, la
facultad en cuya virtud un hombre puede ser «ex­
cepcional», exceptuarse a sí mismo de seguir en sus
movimiento «humanos» la necesidad con que la natu­
raleza cósmica y biológica se mueve.
Son extraordinariamente significativas las «excep­
ciones» que Menéndez Pelayo se ve obligado a señalar,
puesto ante el concreto problema de definir con nom­
bres propios lo que de hecho es una filosofía nacional.
«Es exacto — dice — el nombre de filosofía alemana
aplicado a los sistemas germánicos que han aparecido
desde Kant a nuestros días, y no a la doctrina de
Leibniz, ni a la de Wolfio, ni a ninguna otra ante­
rior» ( x). Entonces, ¿qué hacía el «genio de la raza>
germánica antes de ser publicada la Crítica de la ra­
zón pura? ¿Dormitaba, acaso, de vez en cuando, como
dicen que dormitó Homero? ¿Por qué no es castiza­
mente alemán, por ejemplo, el pensamiento de Leibniz
y sí lo es el de Lotze y el de Wundt? Además, ¿no
habíamos quedado en que la Reforma y sus conse­
cuencias eran cosa, en parte al menos, racialmente
germánica? ¿Era Leibniz ajeno al suceso histórico de
la Reforma? Otro tanto cabe preguntarse cuando poco
después afirma nuestro polemista que «es también le­
gítimo el nombre de filosofía escocesa, con que se de­
signa el psicologismo de Reid, Dugald-Stewart y Ha-
miltoff, y nunca el escepticismo de Hume, aunque éste
naciera en Escocia», o cuando excluye a los no carte­
sianos de la presunta filosofía francesa.
Más claro aún es el sentido de estas «excepciones»
cuando se enfrenta con el españolismo de sus adver­
sarios en la polémica famosa. «Hay que tener sangre
española en las venas para entender esto — se refiere
a la grandeza moral de la derrota española en el si­
glo x v n — . Los Perojos, Revillas y compañía, ni ha­
blan nuestra lengua ni son de nuestra raza (J). ¿Qué

(i) Ciencia, I, 291.
m ficticia I 341. Otra vez afirma taxativamente que «dos stflos
para producir’ artificialm ente la revolución, aquí donde no podía
quiere decir Menéndez Pelayo con esas palabras, si se
las despoja del calor polémico con que han sido escri­
tas? «No hablar nuestra lengua» es bastante, mas no
lo decisivo, porque la lengua no es para don Marce­
lino el signo radical de la nación ( l ). Lo grave para
él es afirmar que «no son de nuestra raza». Grave en
doble sentido. En el primero, porque es el mayor dic­
terio de que su indignación puede echar mano. En
otro, porque el culatazo de ese disparo le desmonta
sus propias tesis. Que los Revillas y Pero jos llevaban
sangre ibérica, biológicamente ibérica, en sus venas,
no lo pondrá en duda ninguno de los que lean tan
ibéricos apellidos. Y si con tan ibérica crasis hemática
no deben ser contados en las filas de la «raza españo­
la» ¿sería por ventura «renunciable», esto es, no bio­
lógica, la raza a que don Marcelino alude cuando le
aprietan? Si la educación y la libre decisión personal
pueden hacer perder o adquirir a uno su raza, ¿será
que don Marcelino, a través de la contaminación bio-
logista impuesta por su época a toda visión del acon­
tecer histórico, quería decir «otra cosa» con esa pala­
bra? La «entidad» del «genio nacional», que antes ha
calificado como «realísima», ¿no será más bien posible
— esto es, susceptible de ser proyectada y consegui­
da — que real?
La excepción confirma a veces la regla, pero otras
la rompe. Cuando para obtener el resultado a que se
refiere la regla puede haber siempre una excepción,
como sucede con todas las reglas acerca de la conducta
de los hombres, la regla tiene una fisura en su propia
y más íntima constitución: libertad se llama esq cons­
titutiva fisura de todas las reglas pertinentes a la con­
ducta humana. Menéndez Pelayo, como todos los hom­
bres de su tiempo, pretendió hacer de la nación his­
tórica una entidad natural, nativa; pero su ineludible
afirmación de la libertad humana y la consiguiente
presencia de las «excepciones» le quebraban el esque­
ma. El error era de principio. Porque la Historia — y,

orgán ica, han conseguido, no re n o v a r el m odo de ser n acional sino
viciarle, desconcertarle y p e rv e rtirle » (JIetP.rodo.T()S, V II, f>14). L o que
se vicia, desconcierta y p ervierte d u ran te esos dos siglos no os la
biología de los españoles, sino su historia.
i *) V éase lo qu e antes se dice sobre las relacion es entre «le n g u a »
y «gen io de la ra za » en el pensam iento de don M arcelino.
en consecuencia, lo que de histórico tiene una na­
ción — no depende de algo que al hombre le esté na­
turalmente dado, sino de lo que él pone, de su libre
decisión, de su libre invención y de su libre acción.
La nación histórica no es primariamente cosa de raza,
6Íno de empresa.
La concesión de excepciones dejaba muy malparada
la tesis biológica del «genio nacional». Si las mani­
festaciones de ese «genio» son cosa de quita y pon,
según el libre albedrío y la educación de cada uno,
serían formalmente insostenibles la mayor parte de
los asertos que hasta ahora hemos oído a Laverde,
Lloréns y Menéndez Pelayo. No sé si por advertir va­
gamente esta inexorable consecuencia de la libre ex­
ceptuación, es el caso que don Marcelino pasa como
sobre ascuas a lo largo de tan peligrosa ribera. En
cambio, se detiene más morosamente en la considera­
ción de la otra vía abierta al humano albedrío: la
pluralidad en los modos de expresión del «genio na­
cional».
. La definición de la «raza española» le ocupa con
insistencia. Antes he glosado ya algunos de los textos
que a tal intento atañen. El tema burbujea en todos
sus escritos. «Razas como la nuestra, ya estéril, ya
fecundamente apasionada e inquieta...», dice una vez,
aludiendo a la dificultad del trabajo erudito en tiem­
pos tan polémicos como los de Moreno Nieto, español
de raza O ). «Digámoslo... con fundado orgullo de ra­
za», exclama, encareciendo los merecimientos de Fox
Morcillo ( 2). «Armado siempre para la pelea, duro y
tenaz, fuerte e incontrastable», ve al genio racial es­
pañol ( 3), y en otra ocasión le atribuye «grandeza
inicial y lucidez pasmosa para sorprender las ideas;
poca calma, poca atención para desarrollarlas». A
veces prefiere excitar a cristiana modestia: «No por
ser españolas han de ser nuestras cosas las mejores
ni las únicas del mundo; que no vinculó Dios en una
raza todas las grandezas intelectuales» ( 4). Mas no
me propongo capturar agotadoramente todas las innu-
4

(i) Estudios, VIT, 5.
Ensayos, 101. '
(?M Heterodoxos, IT. 20.
(<») Estudios, III, 87.
merables expresiones de don Marcelino sobre el tema,
sino explanar con cierto orden cómo ven sus ojos el
estilo de la actividad intelectual española, el «sello
dominante y característico» que ese «organismo» lla­
mado «ciencia nacional» presenta «en el curso de las
edades» ( l ).
Pese a todas las excepciones, piensa don Marcelino,
ese estilo existe en potencia desde que hay «raza»
ibérica o española, y en acto desde que esa raza se
pone a pensar. «Es cosa muy para considerarla y que
no debe atribuirse a mera coincidencia — subraya— ,
el encontrar bosquejada ya en el más antiguo de nues­
tros pensadores (Séneca), en un filósofo gentil del
siglo i de nuestra era, algunos de los que han sido
impulsos y aspiraciones primordiales del pensamiento
español, siempre que libremente ha podido dar mues­
tra de si» (-). Este nativo «estilo de la raza» se ma­
nifiesta tanto en la forma intelectual como en la lite­
raria. Luego expondré cómo ve don Marcelino los
caracteres de esa forma intelectual. Los iniciales del
estilo literario español fueron «la pompa y altisonancia
de dicción, el abuso de la hipérbole, lo exuberante y
encrespado, junto con cierta aspereza y genio indómi­
ta» ( 3). En el curso de sus oposiciones a la Cátedra
de Madrid expuso con mucha claridad su idea acerca
de las primeras vicisitudes históricas de este «genio
nacional»: «Si la historia de nuestra literatura es la
del ingenio español, menester será buscarle donde­
quiera que se halle y en cualquier lengua o dialecto
en que esté formulado. El concepto de nacionalidad
es harto vago y etéreo para que en él se pueda fundar
literatura alguna. Y, además, ¿cuándo empieza la na­
cionalidad española?, ¿desde cuándo hay espíritu na­
cional? Claro es que no lo hay entre los primeros po­
bladores de España, ni en la época romana, ni en la
visigoda; pero sí elementos y formas del carácter na­
cional, que se reflejan en la lengua y en el arte lite­
rario. Estos elementos se van depurando y llegan a su
madurez en los tiempos de la Reconquista, y no sólo
entre los cristianos independientes, sino hasta cierto

O) Ensayos, 129.
í2) Ensayos, 24.
(«) Estudios, I, 9.
punto entre moros y judíos» 0 ). Años después valo­
raría más aún esa españolidad del pensamiento semí­
tico medieval español: «apartada España de las co­
rrientes escolásticas del centro de Europa por causas
históricas bien sabidas, no daba entonces muestras de
su vitalidad filosófica en las escuelas cristianas, sino
en las escuelas árabes y judías. Durante los siglos xi
y x i i , esa y no otra es la verdadera filosofía españo­
la» ( 2). «No deja de ser Averroes una gloria muy es­
pañola ( 3), escribe a Pidal durante la polémica, y con
ello rompe una vez más en aras de la Historia su rei­
terada concepción biológica, racista, del «genio na­
cional».
El Cristianismo y el Renacimiento, felizmente con­
jugados, permiten en el siglo xvi que el genio español
alcance su triunfal madurez expresiva. «España era
o se creía el pueblo de D ios... Nada parecía ni re­
sultaba imposible...», dirá, encendido y añorante, nues­
tro gran español ( 4). Mas no debo esforzarme en aco­
piar más textos. Sobre el españolísimo entusiasmo del
español don Marcelino ante esta trina conjunción, di­
cho queda lo suficiente; sobre el estilo que el histo­
riador Menéndez Pelayo descubre en la obra intelec­
tual de nuestra gloriosa cima, véase lo que en seguida
se dirá. En la primera mitad del siglo xvn permane­
cería todavía indemne la virtud de nuestro «genios:
«Si queremos.. . conocer a los castellanos que afian­
zaron el trono del hijo de Doña María de Molina, bus-
quémoslos en la marvillosa creación de Tirso, que no
los conocía como erudito, pero que los adivinó y sintió
como poeta, por vivir en tiempos en que el antiguo y
castizo modo de ser nacional permanecía sustancial­
mente ileso» ( 5).
La derrota de España en la segunda mitad del si­
glo xvn quiebre el camino, y en los dos siglos subsi­
guientes se desquicia la libre expresión del «genio na­
cional». La desmedida inyección de cultura extraña,
engendrada en la entraña de «genios nacionales» aje­

(1) Estudios , I, 73.
( 2) Ensayos, 33.
(«) Ciencia, I, 294.
(<) H eterod oxos, V II, 513.
(«) Ensayos, 127.
nos, h abría inhibido y alterado la castiza producción
del nuestro, o por lo menos la de sus elem entos crea­
dores m ás nobles. La excesiva y seductora facilidad
de las interpretaciones biologistas ha llevado con fre ­
cuencia a in te rp re ta r la h istoria española de los si­
glos x v m y x ix como una «intoxicación». M enéndez
Pelayo no vacila en pensar que d u ran te esos dos siglos
su friría un proceso patológico — de etiología exógena,
como decimos los m éd ico s— nuestro genio nacional.
«Dos siglos de incesante y sistem ática labor p ara p ro ­
ducir artificialm ente la revolución, aquí donde nunca
podía ser orgánica, h an conseguido no ren o v ar el ser
nacional, sino viciarle, desconcertarle y p erv ertirle.
Todo lo malo, todo lo anárquico, todo lo desbocado de
nuestro carácter se conserva ileso, y sale a la su p er­
ficie, cada día con m ás pujanza. Todo elem ento de
fuerza intelectual se pierde en infecunda soledad, o
sólo aprovecha p ara el m al. No nos queda ni ciencia
indígena ni política n a c io n a l...» ( x). La tendencia
arm onista del genio nacional español se em pleará aho­
ra en u rd ir la casi ininteligible tram a del krausism o;
y la individual fiereza, siem pre la ten te y m al dom ada
en los españoles, está a punto de re tra e r a España
«al cantonalism o de los A récavos y de los Vectones».
Rompióse «la unidad de creencia», esa por cuya v irtu d
«adquiere un pueblo vida propia y conciencia de su
fuerza unánim e» ( 2), y cayó nuestro pueblo en el
estado que tan doloridam ente ve y describe M enéndez
Pelayo.
Tal sería, según nuestro historiador, la historia de
nuestro «genio nacional». El naturalism o biológico de
la tesis genialista, h iju ela no rem ota del Volksgeist
herderiano, condiciona la in terpretación de M enéndez
Pelayo. Ese «genio de la raza» sería como un p e r­
m anente germ en biológico, sólo capaz de crecim iento
fructífero cuando el medio y el pábulo nutricio le son
idóneos, susceptibles de enferm edad inhibidora y des-

M) H e t e r o d o x o s , VII, 514.
<*) Heterodoxo::, VII, 511. T am b ién por aquí se d isu e lv e el b io lo -
g lsm o q u e, por In flu en cia del clim a In telectu a l, p resid e la idea de don
M a rcelin o acerca de la n ación . SI un p u eb lo sólo ad q u iere «vida p ro ­
pia» por la un idad de una cree n c ia , com o d e h ech o su ced e, en to n c es
esa «vida propia» y n acion al no d ep en d e p rim ariam en te de un «genio»
b io ló g ico o racial.
concertante cuando el contenido del medio no es ade­
cuado a su biológica especificidad. No sé si con plena
deliberación, M enéndez Pelayo catoliza a su modo el
pensam iento de la filosofía rom ántica alem ana acerca
del carácter nacional. En el panteísm o de la identidad
schillinguiana o hegeliana, el «espíritu nacional» viene
a ser «Dios hecho Historia». En el católico pensa­
m iento de don M arcelino, el «genio de la raza» es el
instrum ento de Dios p ara h acer la Historia, la más
inm ediata «causa segunda» de su Providencia. Mas
cuando el historiador católico quería p asar adelante
e in sertar en ese cuadro la ineludible libertad personal
de los hom bres, sin la cual no es posible la Historia,
se le deshacía e n tre las manos su idea biológica o ge-
nialista de aquella «causa segunda».
Es imposible, en efecto, salvar la unidad histórica
de una nación m ediante la hipótesis del «genio nacio­
nal» (*). Si uno es consecuentem ente fiel a la idea de
u n «genio» nacional o racial biológicamente distinto
en cada com unidad hum ana, el fraccionam iento podrá
llegar h asta lo infinito; es decir, hasta lo absurdo. Los
vascos, los manchegos y los m aragatos invocarán pron­
to la especificidad de su genius loci. No fué ajeno
M enéndez Pelayo a este erro r cuando, pese a las fo r­
zosas salvedades que la realidad imponía a su mente
abierta, intentó referir la diferencia entre «los estilos
y las filosofías» de Balmes y Donoso a la diferencia
«genial» en tre las «razas» catalana y extrem eña. «Son
— d e c ía — naturalezas diversísimas y aun opuestas,
reflejando fielm ente uno y otro los caracteres, tam ­
bién opuestos, de sus respectivas r a z a s ... Balmes es
el genio catalán paciente, metódico, sobrio, mucho más
analítico que sintético, iluminado por la antorcha del
sentido común y asido siem pre a la realidad de las
c o sa s... Donoso es la impetuosidad extrem eña, y trae
en las venas todo el ardor de sus patrias dehesas en
estío. No es analítico, sino sintético; no desmenuza
con sagacidad laboriosa, sino que trab a y encadena las
ideas y procede siem pre por fórmulas» (2). ¿Cómo

(11 El lecto r h a b rá a d v ertid o que em pleo in d istin tam e n te las ex­
p r e s ió n ^ . g e n i o na cio n al, y «genio de la ra z a .. Lo hago porque as.
Ins usa tam b ién el propio M enéndez Pelayo.
(!) H e t e r o d o x o s , VII. 407-408. La* «salvedades, a que aludí s o n »
«educación. 1» procedencia y la cultura» a las cuales, au n q u e por m odo
explicaría don M arcelino la m ente serena, m etódica y
sabia del extrem eño A rias M ontano o el hecho de que
Ram ón Llull, afín a la catalanidad, se pareciese tanto
a la p in tu ra que él hace de Donoso? ¿Qué tiene de esta
«catalanidad» psicológica el arreb atad o A rnaldo de
V ilanova? Y, por o tra parte, ¿cómo podría im pedirse
la m ultiplicación de esa «catalanidad» en «genios r a ­
ciales» diferentes, tan diferentes en tre sí como el v e r­
dor del A m purdán y la rojiza gleba del Segre?

Igualm ente insostenible es la afirm ación de un es­
tilo histórico castizo, u n itario y racialm ente d eterm i­
nado si, como hace M enéndez Pelayo, em pieza uno a
disgregarlo en notas expresivas distintas e indepen­
dientes. P odrá así salvarse en cierto modo el escollo
de la lib ertad personal, puesto que a cada pensador,
sin d ejar de ser castizo, le será dad a la posibilidad de
o ptar en tre uno u otro de los distintos modos de ex ­
presión a que naturalm ente tiende por su casta; pero
por ese cam ino la idea del «genio nacional» se astilla
y, a la postre, se atom iza y disuelve.
U na de las m ás acuciantes preocupaciones del M e­
néndez Pelayo polem ista es ap reh en d er y definir las
tendencias distintas en que se ex p resa y diversifica la
actividad intelectu al del «genio español». No se ocupó,
ciertam ente, en exponer de modo sistem ático una con­
cepción de n u estra h isto ria como actualización espon­
tán ea o contrariada del conjunto de nuestras ten d en ­
cias ingénitas; una lectu ra aten ta de su obra perm ite,
no obstante, recoger y o rd en ar las que él fué distin ­
guiendo en diversos m om entos de su vida. Pensó don
M arcelino que en el estilo castizo de la producción in ­
telectual española cabe aislar las siguientes inclina­
ciones nativas: el sentido práctico y activo, el arm o-
nismo y el espíritu crítico. Estas serían las tendencias
fundam entales. Ju n to a ellas cabría poner una pecu­
liar viveza en el sentim iento del propio yo y, cuando
la voluntad y la m ente se desvían de la ortodoxia ca­
tólica, la propensión al panteísm o, «porque el pen-

co m p lem en ta rlo , apela t a m b i é n don M arcelin o para ex p lica r csns d i­
feren cia s. ¡C uriosa su g estió n la q u e con tan to im p erio ejerce sob re su
m en te la idea d e un «genio de la raza»!
sam iento español es lógico hasta en* sus aberracio­
nes» (*).
1. Sentido práctico y tendencia a la acción. — «La
gente española propende a la acción y se distingue
por el sentido práctico y por la tendencia a las artes
de la vida». Esta nota tem peram ental se haría visible
«en la abundancia de m oralistas y de juriconsultos, de
políticos y de publicistas, en las digresiones éticas a
que los mismos metafísicos propenden, en el gran
núm ero y excelencia de los geopónicos y economistas,
en la observación desnuda y franca de la vida que
caracteriza a nuestros grandes novelistas, en el n a tu ­
ralism o de los pintores (el de Velázquez) y en otras
mil m anifestaciones del genio nacional». El m ism a
florecim iento teológico h ab ría tenido en España el
carácter «activo, crítico, polémico, práctico, que aun
en sus m ayores audacias ostenta nuestra ciencia» (2).
L a tendencia práctica nos hizo abandonar el cultivo
de los saberes teóricos, y esto explicaría, a juicio de
don M arcelino, que hayam os dado «tantos pasos en
falso», incluso en el dominio de la acción. Esta ten ­
dencia práctica y activa se habría m anifestado desde
Séneca: «Sus doctrinas y estilo tienen cierta confor­
m idad con el sentido práctico de n uestra raza y con
la tendencia aforística y sentenciosa de nuestra len ­
gua» (3).
2. Armonismo y criticismo. — Tam bién h ab ría apa­
recido por vez prim era en Séneca la ingénita ten d en ­
cia del genio español a conciliar arm ónicam ente sis­
tem as intelectuales distintos y aun opuestos: «Séneca
— dice don M arcelino — no es estoico, sino ecléctico,
con m arcadas tendencias al armonismo» (4). «En Sé­
neca — léese en otro lugar — están apuntados ya los
principales caracteres del genio filosófico nacional.
Dos de ellos, el espíritu crítico y el sentido práctico,
]lam an desde luego la atención del más distraído» ( r>).
Años después insistirá: «la tendencia arm ónica del
genio español apunta ya en lo poco que de metafísica

(i) Ciencia , I, 205.
(a) Ciencia, I, 92-93.
(;>) Ciencia , I, 205.
(«) E n sa y o s , 24.
(f*) Ciencia , I, 292.
escribió Séneca, y luego se d ilata vigorosa en B en-
G abriol, Raim undo Lulio, Sabunde, León Hebreo, Fox
M orcillo y todos los platónicos del Renacim iento»; y
con ella «la tendencia crítica y psicológica, no menos
esencial en la historia de n u estra filosofía, la de Luis
Vives, Gómez P ereira y Francisco Sánchez» (*). La
m ism a afirm ación se rep ite por doquiera: «¡Siem pre
la m ism a tendencia al arm onism o — exclam a, en su
D iscurso sobre el platonism o en España — en todos
los grandes esfuerzos de la m etafísica española, lo
m ism o en A bén-G abriol que en Raim undo Lulio, lo
mism o en S abunde que en León H ebreo o en Fox
Morcillo!» ( J). «El espíritu crítico y el espíritu a rm ó ­
nico se disputan desde rem ota fecha el predom inio en
n u estra filosofía, tendiéndose a veces am orosam ente
la mano» (3). «La filosofía ortodoxa y castiza de todos
los tiem pos conviene en ser crítica y armónica» (4),
concluye. M enéndez Pelayo ve en la tendencia a rm o ­
nista del genio filosófico español la causa del fácil
arraigo que halló en España la doctrina k rau sista: «El
innegable aunque no m uy m erecido favor que por
m uchos años obtuvo el arm onism o k rausista, con de­
trim ento de otros sistem as alem anes de m uy superior
potencia m etafísica, quizá pueda explicarse p o r aq u e­
lla tendencia arm ónica del genio español» ( 5). El
krausism o, «esa p anteística filosofía, en m al h o ra v e ­
nida de allende el Rhin, sedujo y fascinó a m uchas y,
algunas, m uy nobles inteligencias, por lo que de a r­
mónico tenía o ap aren tab a tener» (°). A rm onista y
ecléctico h ab ría sido, en fin, el intento filosófico de
Balmes: «Balmes fué filósofo ec lé c tic o .. . con un gé­
nero de eclecticismo que está en las tradiciones de la
ciencia n a c io n a l.. . La Filosofía fundam en tal se cons­
truyó en gran p arte con m ateriales extranjeros, pero
la oculta concordancia en tre el espíritu de Balm es y

E n s a yo s, 216. O b sérv ese q u e don M arcelin o ap u n ta aq u í una
n u ev a n ota: la ten d e n c ia p sico ló g ica . En cu an to se ha m etid o u n o
por e ste ca m in o, el «genio» acab a por d iso lv erse en un n ú m ero In d e­
fin id a m e n te crec ie n te d e n o ta s sin g u la res.
(2) En sayos, 79.
(*) C ien cia , I, 238.
(+) Ciencia, I, 292.
<r>) E n s a yo s, 210.
(*) C ien cia , I, 239.
el genio filosófico de la raza le hizo preferir aquellos
más afines con el sentim iento propio y peculiar de
nuestra investigación filosófica en aquellas edades en
que había vivido con savia propia». Los reflejos de
Descartes, Leibnitz y los escoceses que hay en la obra
de Balmes no serían — piensa don Marcelino, ofus­
cado ya por la tesis rom ántica del «genio nacional» —
sino m ensajes del «genio filosófico de la raza» (Gómez
P ereira, Fox Morcillo y Vives) a través de los pen­
sadores europeos con ellos afines ( x).
3. Sentim iento del <¿yo¿> y panteísm o. — El pensador
español se distinguiría por el arraigo que en él tiene
el sentim iento del yo. «La genialidad española de
A b en to fail. . . no puede confundirse con el idealismo
nihilista, a p esar de todas las aparentes protestas de
aniquilam iento. Este arraigado sentim iento del propio
yoy que nunca, aun en sus mayores tem eridades, des­
am paró a los filósofos y místicos españoles, es la que
salva, en cierto grado, a A bentof ail» (2).
No casaría m uy bien con esta indom able resistencia
española del yo la tendencia nativa al panteísmo que
ve don M arcelino en nuestro «genio nacional» cuando
se extravía hacia la heterodoxia. A verroes y M aimó-
nides, árabe y hebreo, pertenecen a «razas sum am ente
m odificadas por las condiciones de nuestro suelo y
clima, y partícipes de las condiciones y leyes históricas
del pensam iento nacional; leyes y condiciones por las
cuales puede explicarse hasta cierto punto lú inclina­
ción al panteísmo, m anifiesta lo mismo en los filósofos
hispano-árabes y judíos que en todos los herejes es­
pañoles antitrinitarios, hayan sido o no filósofos, como
Prisciliano, Gundisalvo, Miguel Servet, Alfonso Lin-
curio, M archena y M artínez Pascual, porque el pensa­
miento español es lógico hasta en sus aberraciones» (3).
«Hay una filosofía panteísta española, resuelta y clara
— afirm a en otra p arte —, que se anuncia por prim era
vez en Prisciliano, asombra al mundo con Averroes y
M aim ónides.. pasa a Francia con el español M au­
ricio, se vislum bra en Fernando de C ó rd o b a ..., ins­
p ira 'e n el siglo xvi al audaz y originalísimo Miguel

(1) E s t u d i o s , V, 215-216.
(2) E n sa yo s , 338.
(») Ciencia , 1, 205.
Servet, y alcanza su últim a expresión en el siglo x v n ,
bajo la plum a de Benito Espinosa, cuya filiación h e ­
braico-española es indudable. . . El panteísm o está en
el fondo de toda filosofía española no católica e in ­
form a lo mismo el averroísmo y el avicebronismo que
el misticism o quietista de Molinos, y persigue como un
fantasm a a todo español que se a p arta de la v erd ad era
l u z . . .» (*).
No he m ultiplicado los textos por alard ear de e ru ­
dición m enéndezpelayina. Ni siquiera están aquí todos
los que yo mismo he recogido. Mi intención era de­
m o strar suficientem ente el arraigo que alcanzó en la
m ente de don M arcelino la tesis casticista de u n «ge­
nio nacional» n ativ a y biológicam ente condicionado.
L a historia del pensam iento español sería más la h is­
to ria de lo que los pensadores españoles tuvieron que
hacer, por im perativo de su sangre y de la época, que
la historia de lo que esos pensadores quisieron hacer
e n tre las distintas posibilidades que la h istoria y su
propia inform ación in telectual les ofrecían. Me im ­
portaba tam bién dem o strar cómo la consecuente in s­
talación del historiador en la tesis del casticismo n a ­
tivo acaba por red u cirla al absurdo. A fuerza de
querer ser castiza y libre, la católica y poderosa m ente
de don M arcelino rom pe la estrecha pelliza del casti­
cismo y gana anchura universal.
Notemos, en efecto, su contradicción in tern a. El
panteísm o de A verroes y A vicebrón — antes nos lo
dijo — no logró p e n e tra r en el «organismo» de n u es­
tra filosofía «por h aberse desarrollado en el seno de
razas que, con haberse españolizado mucho, nunca
llegaron más que a salpicar con algunas gotas de san ­
gre semítica el to rren te circulatorio de n u estra sangre
aria». Entonces, podría decirse a don M arcelino, ¿cómo
puede explicarse ese panteísm o m ediante el recurso
a la nativa tendencia pan teísta de la «raza española»
cuando se descarría? No logra p en etrar en España el
panteísm o averroísta porque los árabes sólo nos de­
jaron unas gotas de su sangre; y, por otro lado, se
pretende explicar el panteísm o de A verroes por «la
inclinación al panteísmo» que A verroes tiene en cuan­
to participa «de las condiciones y leyes históricas del
MENÉNDEZ PELAYO jjj

pensam iento nacional». La contradicción es flagrante.
El casticismo n atu ralista y biológico es suelo dem asia­
do estrecho para su sten tar científicam ente el complejo
curso de la Historia, y el historiador Menéndez Pe-
layo quiebra, sin advertirlo, el molde casticista en que
tan m orosam ente habría querido recluirse. La perte­
nencia de A verroes a la historia del pensam iento es­
pañol débese a razones históricas; las cuales, por su
índole misma, son form alm ente irreductibles a supues­
tos biológicos o raciales í 1). Carlos V y Averroes son
■españoles y se com portan como tales por su p artici­
pación en la historia de España; mas si nos empeñamos
en in terp reta r su conducta por la condición de su casta,
¿qué es, entonces, lo castizo?
A náloga disolución sufre la tesis casticista — y más
si se la aplica a la historia del pensam iento — cuando,
fieles a ella, nos proponemos enum erar las notas di­
versas en que el «genio de la raza» se m anifiesta.
R esulta: 1. Que en esa m anifestación puede hab er
notas form alm ente divergentes entre sí. ¿Qué unidad
de estilo puede descubrirse en tre el criticismo y el
arm onism o? 2. Que con el sucesivo astillam iento del
«genio» en notas expresivas parciales, cada «genio na­
cional» va a reflejar todos los modos de pensar gené­
ricam ente humanos. Sentido práctico, tendencia a la
acción, lógica innata, criticismo, armonismo, psicolo-
gismo, panteísmo, afirm ación del y o . .. ¿H asta dónde
p uede llegarse si se sigue por ese camino? 3. Que
siem pre hab rá pensadores de los llamados castizos cu­
ya peculiaridad es imposible entender con una m en­
talidad casticista. ¿Cómo catalogar, por ejemplo, a
Suárez? 4. Que las mismas nofas podrán hallarse sin
esfuerzo en la expresión intelectual de otra «raza»
cualquiera. Pensemos en la germánica, por vía de
ejemplo. ¿No fueron arm onistas Leibniz, K rause y

(i) T am poco q u iero d ecir q u e en el teatro de la H istoria n o ten ga
la raza un cierto p ap el subordinado. U no de los tem as m ás actu ales
es ol d e p recisar con ex a ctitu d c i e n tífic a — esto es al m argen de las
c o n v e n c io n e s p rop agan d ísticas — el p ap el d e la raza en la H istoria.
Lo q u e nunca podrá h acerse es red u cir el s u c e d e r h istórico a las
p r o p i e d a d e s raciales, del m ism o m odo que una sin fo n ía es form alm en te
irred u ctib le a las p ro p ie d a d e s a cú stic as de los in stru m en tos q u e la
ciren ta n . Lo cual, por otra parte, no e x c lu y e q u e una m ism a m elodía
su en o de m odo d iferen te cu an d o la ejecu ta un v io lo n ch elo o un fagot,
ni su p on e q u e todas las razas sean ig u a lm en te cap aces en su «rendi­
m ien to » h istórico.
Wolf, críticos K an t y los neokantianos, psicologistas
F echner y W undt, activistas F ichte y Nietzsche, p an -
teístas Schelling y Hegel, e cosí via discorrendo?
No; la acción histórica de los hom bres no es cosa
de biología, sino de lib re voluntad. La nación es antes
em presa planeada y q uerida que ingénita casta. F u i­
mos los españoles lo que fuim os por la encendida vo­
lu n tad de serv ir a la grandeza de E spaña y a la
verdad católica, no porque el Catolicismo se av in iera
m ejor con n u estras condiciones raciales que con las
de los hom bres del Rin o del Po. El parecido de todos
los españoles en tre sí — el estilo de n u estra acción
histórica — ten d ría y tiene, no lo niego, una raíz bio­
lógica o genética: tam bién la raza pone su cuño en
la obra hum ana. Pero, cu alquiera que sea el alcance
de ese cuño racial, me parece que en la configuración
del estilo común de u n pueblo tienen m ucha m ás im ­
portancia otros dos ingredientes. Uno de ellos es v o ­
luntario, claram ente decidido y voluntario en las m i­
norías rectoras, m enos visiblem ente voluntario en la
masa; y, según él, la vida de los hom bres se parece
entre sí en cuanto con ella quieren todos serv ir de un
modo análogo a una m ism a em presa. El otro es h is­
tórico, y depende de la época en que esa em presa h ay a
de ser cum plida. Más se parece en su fig u ra histórica
la A lem ania de H itler a la Italia de M ussolini que a
la A lem ania de Federico el G rande; más se asem eja
la España de la Regencia a la F ran cia de Sadi C arnot
que a la E spaña de Felipe II. Lo mismo en el orden
intelectual: m ás es crítico y ecléctico el pensam iento
de Luis Vives por ren acen tista que por ibérico, m ás
por historia que por casta. En el estilo de u n hom bre
son más decisivas su vocación y la H istoria que su
biología, y así puede ser españolísim a la vida del g er­
mano Carlos V y hacerse germ anicísim o el pensa­
m iento del celtíbero Sanz del Río.
El gigante M enéndez Pelayo se ahoga en el casti­
cismo. Lo aceptó de su época y complacióse en él
creyendo que con su ayuda podría d ar m ejor cuenta
intelectual de su am or a España. D urante sus p rim e­
ros años de escritor, en el casticismo se in stala y desde
él piensa y opera. Pero, poco a poco, su m ente u n i­
versal de historiador y su anhelo de historia española
creadora van quebrando la angosta cáscara en que
quiso alojarse. De él podría decirse lo que de F er­
nando el Católico escribió d ’Ors:
al que se embriaga de imperiales vimos
la nación pronto le parece estrecha.
La catolicidad de su fe y la universal anchura de
su saber darán a su am biente de español espacio más
dilatado que la morosa complacencia en los límites
de una presu n ta casta. En su m adurez irá advirtiendo
con claridad cada vez más luciente cómo la univer­
salidad de los grandes españoles estaba más en el
vuelo del espíritu que en la castiza condición de la
estirpe. Su sueño no será, entonces, excavar en el
subsuelo castizo de la historia pasada, sino, apoyán­
dose en ésta, volar, volar hacia una historia futura y
creadora.
BAJO EL ALA DEL Á GU ILA

¿Qué quería el M enéndez Pelayo polem ista p ara
E spaña? ¿Qué proponía p ara rem ed iar el bajísim o n i­
vel y el desconcierto de la cu ltu ra española, allá por
los años de 1875 y 1880, prim eros de la R estauración
canovista? La visión de la H istoria U niversal que
antes expuse y la idea de España que ahora he dise­
ñado determ inan necesariam ente u n a actitud re g re ­
siva. M ira el joven M enéndez Pelayo en torno a sí
y sólo ve m ediocridad, descarrío, retórica y descon­
cierto. V uelve su vista al pasado y se en cu en tra con
una España gloriosa: la cim a inigualada de las h isto ­
ria europea, en que el espíritu católico, dichosam ente
fundido con las le tras antiguas, fué cultivado con
lum bre y lib ertad jam ás usadas. ¿Cuál podía ser su
actitud, sino la regresión esp iritu al al perdido y año­
rado paraíso? Como los hom bres de la «exageración
reaccionaria», adversarios suyos en la polémica, p ro ­
pone entonces la receta cu ltu ral del retorno: «Hay
que volver». La diferencia estriba sólo en la m eta de
ese retorno. Los reaccionarios m edievalistas quieren
instalar su espíritu nostálgico en la cristiana cum bre
del siglo x i i i ; M enéndez Pelayo, en la católica cima
del Renacim iento español del siglo xvi. Q uiere ser
católico y español castizo; y como a la sazón no ve
o tra posibilidad de serlo, se refugia en el dorado re ­
cuerdo de n uestra p reté rita grandeza. Más que volar
con las alas propias, siguiendo con nuevo estilo — con
menos brío, ay, tam bién — el vuelo de la gran águila
m uerta, prefiere soñar que el águila vive aún y cobi­
jarse bajo la fingida e imposible presencia de sus alas.
Desde sus años más mozos propugna la fidelidad al
casticismo español. En 1876 comienza a publicarse en
S antander una revista literaria, La Tertulia, M enén-
dez Pelayo escribe anónim am ente el artículo inicial y
apunta en él con en tera nitidez la que habría de ser
su idea cardinal d u ran te toda la juventud: «Tendrá
nuestra Revista — d e c ía — un carácter español puro
y castizo, que im porta conservar hoy más que nunca,
que el contagio ex tran jero cunde y se propaga que es
u na m aravilla» (*). Q uiere predicar con el ejemplo.
Cuando se cree en el caso de definir su actitud, con­
fiesa el vivismo: «No soy tom ista a la hora presente
— dice a P id a l— ; quizá lo seré m añana. Lo cual no
quiere decir que yo tenga pretensiones filosóficas, que
en un pobre bibliófilo fueran absurdas. Pero sé que
cada hom bre está obligado a ten er más o menos su
filosofía, no sólo práctica, sino especulativa. Ahora
bien; esa filosofía, por lo que a mí toca, no es otra que
el criticism o vi vista» ( 2). Las razones de esa prefe­
rencia las conocemos ya. Bajo todas ellas late el an­
helo entrañable de un católico español que se siente
inseguro y busca asilo en tre las m urallas de la gran ­
deza pretérita. No es vivista Menéndez Pelayo porque
tenga la certidum bre de que el vivismo sea la doctrina
óptima, sino aporque dentro del horizonte de su situa­
ción católica y «moderna» no encuentra cosa mejor.
Más que una solución, su vivismo es un recurso.
Otro tanto desea y propone para España. M enguado
y pobre de esperanzas le parece su tiempo; pero si los
españoles saben volver los ojos a la grandeza antigua,
aún sería posible alguna esperanza. La esperanza
consiste en saber recordar, tal viene a ser la fórm ula
del M enéndez Pelayo polemista: «Lo futuro, ¿quién
lo sabe? No suelen venir dos siglos de oro sobre una
m ism a nación, pero m ientras sus elementos esencia­
les perm anezcan los mismos, por lo menos en las
últim as esferas sociales, m ientras sea capaz de creer,
am ar y esperar; m ientras su espíritu no se aridezca
de tal modo que rechace el rocío de los cielos; m ien­
tras guarde alguna memoria de lo antiguo, y se con­
tem ple solidaria de las generaciones que le precedie­
ron, aún puede esperarse la regeneración» (3). Está
aquí ya — 1882 — la palabra «regeneración», que tan-

(1) L a T e rtu lia , S an tan d er, 1876, pág. VI.
(2) C ie n c ia , I, 290.
(«) H eter o d o x o s, VII, 515.
tas veces va a ser repetida tres o cuatro lustros mas
tarde. Re-generación: v u elta a ser engendrado, vuelta
a nacer. Asistimos al te rrib le espectáculo de unos
hom bres que creen m uerto a su pueblo y sólo ven
a n te sí el rem edio de hacerle com enzar «nueva» vida.
M enéndez Pelayo entiende esa regeneración, con la
m ente de un hu m an ista del Renacim iento, como un
ritom o all’antico. Lo «antiguo» es p ara él la cu ltu ra
de nuestro siglo xvi; la regeneración española, por lo
menos en el orden del pensam iento, sólo podrá llegar
a través de una inm ersión m em orativa en los libros
de entonces.
Él, por su parte, ha elegido a Vives, y eso mismo
sugiere a los demás. E spaña está, dice, ar\te «la n e ­
cesidad de volver al espíritu de Vives p a ra salv ar la
ciencia española del olvido y de la m uerte» C1). Ig u a l­
m ente favorable le parece, sin em bargo, el retorno del
pensam iento al arm onism o de Fox Morcillo. «En la
ru in a de toda la v erd ad e ra filosofía a que asistimos
— se p re g u n ta — , ¿debem os volver los ojos a la filo­
sofía española?» L a respuesta afirm ativ a es ta jan te,
y no porque en esa filosofía esté, como P ld al creía del
tomismo, la v erdad total. «La verdad total — replica
M enéndez Pelayo — no la h a alcanzado el tom ism o ni
ninguna filosofía, como tal filosofía, pero debem os as­
p irar a ella. ¿Y dónde en co n trar m ejor dirección que
en el armonismo de la filosofía española, sobre todo
en Fox M orcillo? ( 2). Es curioso que M enéndez P e-
layo prefiera Vives y Fox M orcillo a Suárez, no obs­
ta n te ser el valenciano y el hispalense m uy inferiores
en hondura y vigor m etafísico al jesu íta granadino.
T al vez pareciese éste dem asiado escolástico a su casi
adolescente afán de ancha y renaciente lib ertad in te ­
lectual.
Es la actitud que José A ntonio d efinirá más ta rd e
con las palabras «tradición con ánim o de copia». El
rem edio que M enéndez Pelayo ve p ara los m ales de
1876 es copiar a Vives y a Fox Morcillo, aprender y
rep etir su doctrina o, a lo más, continuar sin m ayor
novedad el camino crítico y arm ónico por ellos in i­
ciado. Jugando un poco con las palabras, podría de-
cirse que en esos años polémicos no ofrece don Marce­
lino a los españoles un proyecto cultural, sino un
retro-yecto. Este afán de retrovisión y retorno es
tam bién el que determ ina la índole de sus fórmulas
«regeneradoras». Cinco son éstas, según mi cuenta.
1. La prim era es la creación de seis nuevas cátedras,
consagradas al estudio y la enseñanza de la ciencia
española. Con ello se adhiere a una antigua propuesta
de su m aestro Laverde. «El remedio de tanto mal
— escribe a Laverde, refiriéndose al de la cultura es­
p a ñ o la — , indicado está por usted, amigo mío, en su
excelente artículo «El plan de estudios y la historia
intelectual de España», donde propone el estableci­
m iento de las seis cátedras siguientes para el docto­
rado de las respectivas facultades:
H istoria de la Teología en España.
H istoria de la Ciencia jurídica en España.
H istoria de la M edicina española.
H istoria de las Ciencias Exactas, Físicas y N atura­
les en España.
H istoria de la Filosofía española.
Historia de los Estudios filológicos en España.
¡Qué vastísim o campo — com enta— abrirían ante
la clara inteligencia de nuestra juventud estudiosa seis
profesores, escogidos con acierto, dedicados exclusi­
vam ente a exponer de p alabra y por escrito el m agní­
fico proceso de la vida científica nacional en todas
sus fases y direcciones!» ( x).
Más tarde se duele otra vez de los mismos males y
postula el mismo remedio: «¿No sobra motivo para
afirm ar que si tal estado de cosas continúa, ha de
llegar día en que reneguemos de nuestra lengua y
nuestra raza, y acabemos por convertirnos en un pue­
blo de babilónicos pedantes, sin vigor ni aliento para
ninguna empresa generosa, maldiciendo siempre de
nuestros padres y sin hacer nada de provecho jamás?
Sólo un antídoto puede oponerse a tanto daño: el
cultivo oficial de la ciencia española, el establecimien­
to de esas seis cátedras. . .» ( 2).
Basta leer con algún cuidado los dos anteriores tex-

(i) C ien cia, I, 55.
(») Ciencia, I, 59
tos p ara a d v e rtir su intención estrictam en te reg en e­
radora y casticista. «Sólo» volviendo los ojos al p a ­
sado se ab rirá n a la inteligencia española «campo» y
«empresa». Historia spes vitae es la m áxim a del M e­
néndez Pelayo polem ista.
2. Segunda receta: publicación de repertorios bi­
bliográficos seguros y suficientes. A quí predicó con
el ejem plo. Dió las reglas que a su juicio debe seguir
el trab a jo bibliográfico. «¡Qué obra más útil, a la p a r
que deliciosa, es un catálogo bibliográfico redactado
de esta manera!», dice, aludiendo a la que propone í 1).
La edición definitiva de La Ciencia Española lleva un
dilatado apéndice bibliográfico de la producción cien­
tífica española, que com pleta y m ejo ra las dos B i-
bliothecas de Nicolás Antonio.
3. Ediciones críticas, El estudioso debe te n e r a su
mano ediciones m anejables y cuidadas de la sabiduría
y las letras antiguas. N ada irrita b a m ás a M enéndez
Pelayo que el esfuerzo inane de los llam ados biblió­
filos, m uy atentos a reim p rim ir la rareza baladí y des­
conocedores de cuanto realm en te valioso duerm e su
sueño de pergam ino en tre el polvo de las bibliotecas
antiguas. Al comienzo de su trab a jo sobre la A n to -
niana M argarita, escribía a su padrino V alera: «De
tiempo atrás es convicción m ía que el principal obs­
táculo p ara que la idea de la filosofía española cunda
y se propague (ap arte de las preocupaciones a n ti-n a -
cionales y an ti-relig io sas), es la rareza de nuestros
libros, la lengua en que por lo general están escritos
y la pereza y falta de resolución que a m ucha gente
aparta de leerlos. U sted lo dijo con su h ab itu al g ra ­
cia ante la A cadem ia Española. A unos les fa lta la
paciencia del bibliófilo, y no leen los libros porque
no los encuentran a mano, o porque no quieren b u s­
carlos ni gastarse en ellos buena cantidad de dineros.
A otros, por carestía de latinidad, les estorba lo negro.
Los bibliófilos, que tanto podrían ayudarnos, hacen
coro con los enemigos de n u estra cultura, y cuando
de reim prim ir rarezas se trata, no salen de Celestinas
y libros de jineta. Tem iendo estoy que el m ejor día
nos obsequien con el Libro de guisados, de R uperto de
Ñola» (*); y no es ésta la única ocasión en que así
habla.
4. Monografías expositivo-críticas: el «estudio de­
tenido y form al de cada una de las secciones y cada
uno de los escritores, y de su espíritu, doctrinas y
significación h istó rica. . . En esta p arte podemos decir
con dolor que casi todo está por hacer en Espa­
ñ a. ..» ( 2). Algo de esto quiso hacer él con sus tra ­
bajos sobre Gómez Pereira, Fox Morcillo y Raimundo
Lulio, y con sus proyectos en torno a Luis Vives y
Francisco Vallés. Hizo un repertorio de las monogra­
fías que entonces existían y un plan sistemático como
p au ta de las inexistentes y deseables. Ayudaríase al
cum plim iento de este olvidado m enester con la elabo­
ración de buenas tesis doctorales y con «la fundación
de una Revista, que exclusivam ente tuviese por objeto
la propaganda en favor del estudio de la Filosofía
Española, ya que existen revistas dedicadas en todo
a la ciencia alemana» (3).
5. Restablecim iento de ciertas comunidades religio­
sas, que «tuviesen por instituto el cultivo de la ciencia
p atria y el de los estudios de erudición en general».
Pensaba M enéndez Pelayo en dos o tres comunidades
de benedictinos, sem ejantes a la antigua de los M au-
rinos y a la más reciente de Solesmes, en Francia, y
h asta señaló los lugares que le parecían más adecua­
dos. En Covadonga y el Sacro Monte podrían hacerse
nuevas fundaciones, y la ya existente Abadía de M ont­
serrat debería recibir «el encargo y los medios p ara
explorar las antigüedades catalanas y aragonesas». Si
se realizase este program a — decía —, «veríamos su r­
gir de tales congregaciones trabajos inmensos, hoy
inaccesibles a las fuerzas aisladas de eruditos que
viven en el siglo, rodeados y distraídos de y en (ju n ­
temos proposiciones, al modo de Sanz del Río) mil
ocupaciones y cuidados. Pero hoy por hoy, y sin pecar
de pesimista, reputo muy difícil que algo de esto lle­
gue a e fe c tu a rse ...» ( 4).
Todo esto propuso el Menéndez Pelayo polemista

(O C ien cia, I, 396.
(5) Ciencia, I, 121.
(') CiCTicia, 1, 178.
<*) Ciencia. I, 175-177.
como receta de los m ales que en torno a sí veía, y
confesemos que todavía es en buena p a rte conveniente
y deseable. El problem a no es, sin em bargo, el de la
necesidad o la conveniencia, sino el de la suficiencia.
Nadie se justifica en la H istoria porque fuese necesario
lo que hizo, sino cuando eso que hizo fué suficiente.
¿Era en verdad suficiente la p ro p u esta de M enéndez
Pelayo p ara sacar a la cu ltu ra española de su lastim osa
situación? Él mismo se en carg ará en su m adurez de
d ar la respuesta.
Pero no es la suficiencia de tales recetas el p ro b le­
m a que ahora me ocupa, sino su sentido. ¿Qué sen­
tido tenía la proposición «regeneradora» del M enéndez
Pelayo polem ista? Uno y obvio, que podemos llam ar
casticismo histórico. Veía don M arcelino que E spaña
andaba mal. «No es esto lo que debe ser España», se
decía, como poco después se lo iban a decir G anivet
y U nam uno. El in sufrible m alestar que en sus alm as
producía la vida española les conducía a hacerse p ro ­
blem a de España, y el anhelo de lo que E spaña debía
ser ponía ante su m ente el tem a de lo que España
verdaderam ente es, el tem a del ser de España. ¿Qué
es España? Ésta es la p reg u n ta de todos ellos. Un
mismo supuesto da fundam ento y lastre a todas las
divergentes actitudes: la idea de que el ser histórico
de un pueblo puede ser concebido como un ser real y
natural. La perm anencia histórica de u n a peculiaridad
«nacional» la en tien d en todos ellos como se entiende
la identidad del ser real, y no ad v ierten que el ser
histórico fué y es un ser posible, u na posibilidad de
los seres reales (los hom bres) que hacen la H istoria.
La bellota llega a d ar u n a encina porque, o lo que
da es una encina, o no es bellota; España, en cambio,
llega a ser descubridora de A m érica pudiendo no h a ­
berlo sido y sin que hubiese dejado de ser España en
el caso de no h aberla descubierto. E spaña es España,
en consecuencia, de modo distinto de como la bellota es
bellota. Cosa sem ejante puede decirse de la p erm a­
nencia en el ser propio. La perm anencia idéntica con
que el oro es am arillo no es de la m ism a índole que
la perm anencia estadística con que la te m p eratu ra del
cuerpo hum ano es de trein ta y siete grados, y ninguna
de las dos igual a la perm anencia histórica con que
el hom bre español habla a través de los siglos la
m ism a lengua.
M enéndez Pelayo, historiador, intentó llegar al ser
castizo de España a trav és de su historia total, así
la historia de los dichos como la de los hechos. En
esto pensaba como Hegel: Was ihre Thaten sind, das
sind die Vólker; «lo que son sus hazañas, eso son los
pueblos». Su problem a hubo de ser, en consecuencia,
la distinción en tre las acciones históricas libremente
em anadas del «genio nacional» y otras añadidas o
postizas, que le hab rían sido im puestas contra las pe­
culiares tendencias de su naturaleza. Sería verdade­
ram ente genial lo activo y espontáneo, falsam ente es­
pañol lo pasivo o inducido. Claro que el problema
comienza ahora: ¿qué acciones históricas son las es­
pontáneas y cuáles son las inducidas o impuestas? ¿Es
por v en tu ra m ás espontáneam ente español el encabri­
tado barroco de C hurriguera que la clásica conten­
ción escurialense? ¿Sale más directam ente de la casta
española el sereno platonism o de F ray Luis, en la cima
más dorada de nuestra historia, o el apasionado hervor
del rom ántico Espronceda, cuando vivíamos a rem ol­
que de la H istoria U niversal? Menéndez Pelayo opta
por una solución cómoda: verdaderam ente castizo y
genial es el estilo de nuestra grandeza histórica, im ­
propio e im puesto casi todo lo que hacemos tras nues­
tra derrota y el estilo con que lo hacemos. Esta con­
clusión — o, mejor, este postulado — señala el rumbo
de sus prim eras fórm ulas regeneradoras. El mejor
program a de la cultura española es volver con fiel
añoranza al regazo de la pasada grandeza: aprender
y enseñar lo que escribieron nuestros grandes hom­
bres del siglo xvi, pensar como ellos pensaron.
Nos hallam os todavía muy lejos de haber cumplido
las prescripciones que don Marcelino nos impuso a los
españoles p ara el logro de su nostálgico anhelo inte­
lectual. Admitamos, no obstante, que sabemos todo
lo deseable respecto a Vives, Gómez Pereira y Fox
Morcillo. Por muy fielm ente que pensemos y sinta­
mos como ellos, ¿volverá acaso la perdida grandeza?
; B astará repetir su olvidada voz p ara que España sea
en 1890 lo que intelectualm ente fué en el siglo xvi?
Por muy alejado que el Menéndez Pelayo polemista
se sienta del tiempo en que vivió, no deja de presen-
tarse ante su m ente el problem a histórico que d elatan
estas interrogaciones. «No pretendo yo — escribía a
V a le ra — re sta u ra r la v ariad a tram a de ideas y opi­
niones, a veces opuestas y aun contradictorias, que
desde Séneca y h asta Balmes, y aun más acá, cons­
titu y en lo que llam am os filosofía española. Quiero
sólo que renazca el espíritu nacional a que Lloréns se
refería, ese espíritu que vive y p alp ita en el fondo de
todos nuestros sistem as, y les da cierto aire de p a re n ­
tesco, y tra b a y enlaza h asta los m ás discordes y
opuestos» O ). Algo más quería, sin em bargo, por de­
bajo de esas expresiones casticistas. ¿B astábale, acaso,
el krausism o, aunque en el krausism o de los españoles
se hiciese visible el «armonioso» de n uestro «espíritu
nacional»? Q uería don M arcelino, sin adv ertirlo to d a ­
vía con claridad suficiente, un pensam iento católico
capaz de hacer fren te a los problem as históricos de
su época.
Más perceptiblem ente viene a decirlo o tra vez. L la­
móle el P. Fonseca, con intención polém ica, «filósofo
del Renacimiento». M enéndez Pelayo recogió el p re ­
sunto dicterio con estas significativas palabras: «Yo,
como historiador de la filo so fía. . . y sin ser p recisa­
m ente filósofo del Renacim iento, como me llam a de
un modo algo estrafalario el P. Fonseca, sino filósofo
de mi tiempo, que busca en el R enacim iento y algo
más allá su genealogía, puedo sim patizar, m ás que con
ningún otro período histórico, con aquel de in m arch ita
gloria en que el hom bre, sintiendo extenderse ante sí
los lím ites del m undo físico, sintió la necesidad de
extender asimismo los de su p ropia conciencia, y no
se detuvo en la contem plación de la grandeza antigua,
sino que lanzó a g ranel nuevas ideas, p ara que los
hom bres de otros siglos las fecúndásem os» (2).
Pese a todos sus program as de retorno, M enéndez
Pelayo no se contenta con un moroso refugio en la
sabiduría antigua. H abla ahí el hom bre moderno,
sediento de no usado saber. Vives no le sirve ya como
pensador crítico o ecléctico de nuestro R enacim iento.
No ve ahora en el Renacim iento la m eta de un retorno,
sino el punto de p artid a de los siglos que conducen
hacia «su tiempo», ese tiempo del cual quiere ser fi­
lósofo. Mas p ara serlo, y hasta no más que para in ­
te n ta r serlo, ¿no necesitará rectificar muchos de sus
juicios juveniles? ¿No h ab rá de levantarse a un modo
de pensar más alto y difícil que el de su época po­
lem ista?
En 1882 escribe don M arcelino la fecha final de la
Historia de los Heterodoxos. Ha cubierto con ello una
etapa de su vida. ¿Cuál va a ser el ám bito de su
vuelo, cuáles los problem as de su m ente de historia­
dor, de historiador católico y español, en la definitiva
etapa de su vida, esa precoz m adurez que por entonces
comienza?
PARTE SEGUNDA

DON M A R C E L I N O
Crece en nosotros hierba viciosa cuando
no nos agitan los aquilones.
S hakespeare : A n t o n i o y Cleopatra, acto
p rim ero, escena segunda.

I

LUZ EN LA CUMBRE

En 1891, con m otivo de su ingreso en la Real Aca­
dem ia de Ciencias M orales y Políticas, decía M enén­
dez Pelayo al comienzo de su discurso sobre «Los orí­
genes del criticismo y del escepticismo»: «La era de
las polémicas ha pasado, y hemos llegado a la era de
las exposiciones desinteresadas, completas y fidelísi­
mas» (J). A ludía Menéndez Pelayo a las polémicas que
llenaron — si la vacuidad puede realm ente llenar —
la vida intelectual española desde 1815 a 1875, y fu e­
ron clausuradas por la que él sostuvo con avanzados
y reaccionarios entre sus veinte y sus veinticinco años.
Desde esa edad ha comenzado un nuevo período de
su vida, el de «las exposiciones desinteresadas, com­
pletas y fidelísimas», y, sim ultáneam ente, una nueva
época en la historia de España, la de la R estaura­
ción (2).

(i) E n sa yo s , 135.
(*) La obra leg isla tiv a de C ánovas y la h ab ilid osa resolu ción d el
prob lem a p o lítico de E spaña m ed iante el «tío vivo» d e los d os partido»
tu rn an tes abren en la historia españ ola una n u eva época. La D ictadura
clausurará este período con stitu cion al, d esp u és d e la agitada atom iza­
ción de los partidos p olíticos m onárqu icos — y, m ás gen eralm en te, d e
toda la vida social e s p a ñ o la - - q u e se con su m a en tre 1917 y 1923.
El período de la vida de M enéndez Pelayo que
ap u n ta en tre 1878, año de sus oposiciones a la cátedra
de M adrid, y 1882, fecha en que firm a la Historia de
los H eterodoxos, es el de su m adurez. K1 polem ista
deja de serlo y se convierte, precocísim nm ente, en v a ­
rón m aduro y victorioso. A quel mozo a quien llam a­
ban «Menéndez» o «M enéndez Pelayo) en las te rtu ­
lias literarias de la «buena sociedad», como entonces
se decía, tran sm ú tase en «don Marcelino». N adie en
España puede decir que ha llegado a pública fam a si
no se le nom bra, un poco agresivam ente, con su ape­
llido desnudo: Cánovas, M aura, C astelar, Cajal, M e­
néndez Pelayo. Mas, por o tra p arte, nadie en E spaña
puede decir que cuenta con v erd ad e ra estim ación cor­
dial o intelectual si, llegada cierta edad de su vida, no
recibe de un grupo m ás o menos ancho el hom enaje
del «don» antepuesto a su nom bre de pila: don M ar­
celino, don Santiago, don Miguel, don Ramón. No es
un azar que José A ntonio llam e «don José» a O rtega
o G asset en su artículo de «Hom enaje y reproche».
Desde 1880, M enéndez Pelayo va siendo p ara muchos
«don M arcelino». D iríanselo al comienzo con esa iro ­
nía am able y respetuosa del estu d ian te ante el p ro ­
fesor joven; luego con rendida y ad m irativ a costum ­
bre; por fin, el antiguo polem ista se convierte defi­
nitivam ente y p ara todos en «don M arcelino». La u n i­
versalidad en el em pleo de ese «don» es la canoniza­
ción civil en la E spaña contem poránea.
¿Cómo se define, positiva y negativam ente, este
nuevo período de la vida de M enéndez Pelayo? ¿Qué
llega a ser, qué deja de ser y qué renuncia a ser M e­
néndez Pelayo p ara que su vida alcance esa visible
y adelantada m adurez? Volvamos, p ara verlo con la
nitidez máxima, a la ya conocida m etáfora del camino.
Pongamos otra vez a M enéndez Pelayo nel mezzo del
camin della sua v ita .
Distinguen habitualm ente los alem anes — bajo la
influencia de Goethe, sin d u d a — tres etapas en la
biografía del intelectual: los Lehrjahre, o años de
aprendizaje; los W anderjahre, años de ávida y viajera
peregrinación, y los M eisterjahre, o anos de m agistral
y reposada m adurez. Podría decirse que estas tres
e ta p a s son en la vida del intelectual sistem áticam ente
necesarias; y, desde luego, el intelectual M enéndez
Pelayo la* reproduce con paradigmática fidelidad en
el curso de su camino biográfico. A sus año* de
aprendizaje — Santander, Barcelona, Madrid, Valla­
dolid; influencia decisiva de Milá, Lloréns y Laverde;
formación en la antigüedad ciánica y en las letras dei
Siglo de Oro español — suceden sus años de vivaz e
indecisa peregrinación, los años polémicos. Entre 1876
y 1878, al mismo tiempo que polemiza a diestra y
siniestra mano, rinde fraterna visita a la hermana
Portugal; se extasía en Roma y, entre perplejo y en­
tusiasmado, canta en un soneto la poderosa ambiva­
lencia de su destino político y religioso; deambula por
Florencia, entre las sombras de Lorenzo el Magnífico
y Angelo Poliziano conoce Nápoles, Milán y Bolonia;
trabaja en París, más ineludible entonces que nunca,
y llega hasta Bélgica y Holanda.
Su viaje de estudios es todo un símbolo. Es el joven
Marcelino un erudito español, nostálgico de otro tiem­
po: «desenterrador de osamentas» le llamó, entre la
admiración y el vituperio, don Miguel de Unamuno.
Va a buscar en los archivos el poso de la época re­
mota en que utópicamente quiere vivir; y, sin propo­
nérselo, por coincidencia fortuita y simbólica, copia
con su itinerario la linde de su utopia y recorre las sen­
das del antiguo circuito imperial: Portugal, Nápoles,
Lombardía, San Quintín, Flandes. Un anhelo de eru­
dición española hizo que el estudioso siguiese la huella
de la pasada grandeza: el Imperio de antaño es ho­
gaño mero «hispanismo», y la empresa de entonces se
ha hecho ahora triste erudición memorativa. Para que
la semejanza entre lo vivo y lo pintado fuese casi
total, el hispanista Menéndez Pelayo quiso también
ir a Londres, como el imperante Felipe II. El plan
estaba ya hecho para la primavera de 1878. Un su­
ceso imprevisto impidió el logro del propósito; mas
no fué esta vez una derrota, como tres siglos antes la
de la Invencible ,sino su victorioso combate intelec­
tual por la cátedra de Madrid.
La misma polémica fué en cierto modo una volan­
dera peregrinación. Viaja por necesidad el polemista
a través de los temas más diversos: Teología, Filoso­
fía, Humanidades, Historia. Esgrime su saber frente
a todos los grupos intelectuales y políticos de España:
krausistas, progresistas, escolásticos, integristas. Mide
su inquieta ju v entud, en fin, casi toda la reciente red
de los ferro carriles españoles: S an tan d er, M adrid,
Barcelona, Sevilla, G ranada. Los años polémicos
— viajes dentro y fu era de España, escritos de com ­
bate, oposiciones — son tam bién los W anderjahre del
intelectual M enéndez Pelayo. El saber, fren éticam en te
acum ulado en los años de aprendizaje, se despliega en
una increíble exhibición an te el pasm o de los espa­
ñoles, a la vez que sus ojos de casi adolescente a b re ­
van en las ciudades de E spaña y E uropa la sed in ­
mensa, irrepetible, de esos años en que pasa la m irad a
del libro a la vida, del lectivo ensueño al m aravillado
descubrim iento de u na realid ad inédita.
V arias fueron las sendas que se ofrecieron al co ra­
zón y a la m ente de don M arcelino en sus años de
peregrinación y polém ica. U na de ellas fué la p o líti­
ca. L a política fué p a ra él, hom bre de fe ro b u sta y
animosa, un deber y u na seducción. Son éstas las te n ­
taciones más peligrosas: las que ocultan el incitante
cuerpo de la seducción bajo el severo indum ento del
deber. M enéndez Pelayo no supo resistir em b ate tan
delicioso y tan h o nestam ente vestido. ¿Podía resistirlo
u n hom bre joven, generoso de sí mismo, encendido
por esa «noble ambición» a que alu d en las ordenanzas
de n u estra m alicia y situado en u n a época que en ­
trea b ría un resquicio d e n u ev a esperanza a la casti­
gada ilusión de los españoles? «Algún aum ento de r i­
queza, algún adelanto m aterial, nos indica a veces
que estam os en E uropa y que seguimos, aunque a
rem olque, el m ovim iento general», decía, allá por 1882,
en su «Epílogo» a los H eterodoxos.
A esa tenue esperanza quiso serv ir con su leve y
breve aventu ra política. A ntes expuse sum ariam ente
su curso. Fué dos veces diputado y ayudó a Pidal
cuando éste fué m inistro de Fom ento; m as no pasó de
ahí ni quiso pasar. A p a rtir de 1892, su apartam iento
de la política activa es casi total. En 1893 alude a la
política de los partidos españoles del siglo x ix con
estas significativas palabras: «aquella lep ra feroz de
fanatism o, aquella especie de p edantería sanguinaria
que por muchos años convirtió a Caínes a todos los
partidos españoles» ( x). No es menos reveladora de

(i) E s t u d i o s , V. 217.
su actitud la pintura que hace de los métodos políticos
en su tiempo usados: «el sistema de atropellar la hon­
ra del adversario, tanto más odiado cuanto más pró­
ximo en ideas, y cebarse en su buen nombre para
llegar a triunfar más fácilmente de sus ideas» í 1). No
es difícil adivinar las heridas por donde respira este
intelectual metido a político y luego arrepentido de
la aventura. Demasiado arrepentido; porque, a veces,
sumergido en el goce vocacional de la letra impresa,
embriagado por su pasión de lector y erudito, llega
hasta a hipovalorar las desgracias nacionales que en
torno a sus libros acontecen (2).
Otro camino que le tienta es la filosofía o, más
precisamente, la historia del pensamiento filosófico.
«Soy filósofo de mi tiempo», dice con alguna ligereza
al P. Fonseca, y en diversos lugares de su obra anun­
cia trabajos sobre Vives (3), sobre el pensamiento fi­
losófico de Vallés (4), o sobre la historia del aristo-
telismo (5). Le atraía singularmente la historia del
pensamiento español, movido indudablemente por la
rectora influencia de Laverde; y el servicio de Boni­
lla a este intento hizo que en él viese don Marcelino
continuada la empresa cuyo cumplimiento inició y so­
ñó. «A ese lauro — hacer la historia de la filosofía
española — aspiré en mi juventud, alentado por el sa­
bio y benévolo consejo de un varón de dulce memoria
y modesta fa m a...», decía, refiriéndose a Laverde, al
final de su contestación a Bonilla en la Real Academia
de la Historia; «en los libros del Dr. Bonilla veo pro-
(i) E s t u d i o s , V, 224-225.
(*) U n ejem plo. T iene noticia de que el M arqués de Je re z de lo*
'aballeros q u iere v e n d e r su biblioteca a u n e x tra n je ro , y escribe i
o driguez M arin: «M ayor d e sastre y m ás irrem ed iab le seria éste que
j s de C avite y S antiago de C u b a ...» (E pistolario de M. P. y R. M..
vladrld, 1935, pág. 203). T rátase, desde luego, de una e xpresión e x
a b u n d a n t i a calam i, q u e don M arcelino no h a b ría ratificado; pero re­
v e la d o ra, no o b sta n te , de q u e a veces el e rudito español podia má»
q u e el español erudito. E n el m ism o sentido habla su ya aludida carta
a V alere, com unicándole su propósito de «refugiarse en la Estética».
(») T enia h a sta pensado el titulo: Exposición e historio d el vivismo.
Vóase C ienc ia, I, 311-312.
(<) «Día v en d rá en q u e yo escriba de propósito acerca de la Sacra
P h i l o s o p h i a » (C iencia, I, 452).
(“) «Las e s p ccics i n t e l i g i b l e s . . . no son siquiera consecuencia le­
gítim a del sistem a p erip atético, como yo d em ostraré e n su d ía ...»
(C iencia, II, 137).
M ENENDEZ l'BLAYO
longarse algo do mi ser esp iritu al...» ( ’)• Fuese por­
que con la pronta madurez del discípulo decreciera en
importancia la influencia de Laverde — murió óste
en 1890—, o porque su vocación filosófica no fuese
tan viva como en algún momento de su mocedad pen­
só, o porque la capacidad humana, hasta la más titá­
nica, tiene su invencible límite, es lo cierto que nin­
guno de los anteriores propósitos fué íntegramente
cumplido por Menéndez Pelayo en su madurez, ni
siquiera atendido con diligencia visible. Tampoco por
aquí estaba el camino real hacia la altura definitiva
de los M eisterjahre, los años de magistral señorío so­
bre el tema de su vocación. Siguió en contacto con la
historia del pensamiento filosófico; pero por modo
muy secundario y mirándola desde un punto de vista
sensiblemente distinto.
También la libre creación literaria fué cimbel de su
juventud. Casi tanto como sumergirse en las letras
antiguas le seducía desde su infancia ese género de
creación literaria, entre imaginativo, preceptista y
erudito, tan amado por los humanistas del Renaci­
miento. ¿No hubiera seguido gozoso, por ventura, la
senda deleitable de los Poliziano y los Alberti, de los
Bembo y Sadoleto? No olvidemos su altisonante poe­
ma épico Don Alonso de A guilar en Sierra Berm eja,
ni los versos ama torio-eruditos que con tan buen deseo
y adolescente fiebre compuso en Barcelona:
Sueña el poeta en las nocturnas horas
sueño de amores que el amor inspira,
comenzaba una oda sáfica escrita en honor de un tal
«Epicaris», luego «Belisa» y siempre Isabel Martínez.
Estaba ya en Roma, durante su viaje de estudios, y{
todavía le aleteaba en el alma la comezón, literaria,
De entonces es el comienzo, jamás terminado, de una
tragedia titulada Séneca. Cuidó siempre de su estilo
literario, así en la manera neorromántica del período
polémico — «oratoria y enfática» llamará él mismo,
con ejemplar sinceridad, a la prosa de su juventud —,
como en la madurez, cuando pensaba que «el mejor
estilo es el que menos lo parece» (a). Mas también la
O) B n i a v o t , 398-399.
<*) Heterodoxo*. I. 35.
tendencia de b u alma a la creación literaria fué deca­
pitada en torno a 1878, año de su definitiva resolu­
ción vocacional.
No fué su más personal camino la creación literaria,
ni lo fueron el pensamiento filosófico o la acción po­
lítica. El cultivo de todos estos temas no pasó de ser
en su vida ocupación viajera y peregrina, diversión de
esos años en que uno cree poder serlo todo. Pronto
cercenó de su vocación todo brote adventicio y siguió
con monogémica fidelidad la que había de ser su ver­
dadera senda: la historia de las letras y de la estética.
La antigua actividad política quedó en preocupación
histórica e intelectual por España; la juvenil atención
al pensamiento filosófico hízose luego instrumento pa­
ra mejor entendimiento de las letras y de la belleza;
los proyectos de creación literaria trocáronse en sim­
ple degustación estética de la producción ajena. Des­
de 1882 hasta 1912, año de su muerte, la vida de don
Marcelino — si se descuenta su fugaz contacto con la
política activa— fué una constante dedicación inte­
lectual a los tres temas centrales de su vocación: la
historia, las letras y la estética literaria.
Pero este camino, si vale hablar así, no fué llano y
extensivo, sino ascendente e intensivo. Hay algunos
para quienes el cultivo de su vocación intelectual es
una mera adición sucesiva de conocimientos al acervo
adquirido en los años de aprendizaje. Los nuevos sa­
beres están en el mismo plano que los antiguos, y la
/ida personal en la cual se integran y toman unidad
ios saberes es un camino llano, aproblemático. Tal
la existencia intelectual del historiador erudito, li­
stado al descubrimiento y a la edición de nuevos
Pcumentos, o la del naturalista descriptivo, entregado
l"la tarea de hallar y reseñar nuevas especies de in-
, !ctos o nuevas estructuras petrográficas.
El camino de la propia vocación puede ser también
ascendente. El punto de vista personal es entonces
cada vez más alto — o más hondo, si se prefiere la
metáfora de la profundidad a la de la altura— y los
nuevos saberes son integrados desde un nuevo y más
elevado centro. No sólo se llega a saber más; se sabe
también de otro modo y mejor. El biólogo no es ahora
mejor biólogo sólo por conocer más hechos biológicos,
sino, sobre todo, por saberlos más biológicamente, por
integrarlos en unidad sistem ática desde u n a idea de
la vida m ás alta y verdadera. El historiador, análo­
gam ente, va haciéndose m ejor historiador por ser más
historiador, por saber los antiguos y los nuevos cono­
cim ientos históricos desde una idea de la H istoria más
alta, m ejor adecuada a lo que la H istoria es.
¿Cómo asciende en su camino biográfico el in telec­
tu al M enéndez Pelayo? ¿Hacia dónde asciende? Dos
son los medios de que se vale p ara ta l ascenso a su
m adurez intelectual 0 ) : uno de ellos es su fidelidad
al tem a cen tral de su vocación; el otro, la serv id u m ­
b re cada vez más estricta a su p rim itiv a idea del p e r­
fecto historiador. Fidelidad y servidum bre: no tiene
o tra vía la hum ana perfección.
P o r ineludible im perativo de la n atu raleza hum ana,
no puede el hom bre alcanzar perfección sin lim itación.
Que esta lim itación se tru eq u e m uchas veces en des­
m em brado especialismo, será un riesgo, m as no u na
exim ente de dicho im perativo. Así debió entenderlo
don M arcelino cuando abandonó todas las en can ta­
doras sirtes intelectuales y vitales que circundaban a
su ju v en tu d y puso decidido rum bo a la alta m ar de
su vocación histórica y literaria. E sta fidelidad al
rum bo antiguo y nuevo le hizo cam biar h asta la m a­
n era de su ocasional contacto con los tem as de la
juventud. El estilo literario se hace m ás claro y so­
brio, más refrenado. Los trabajos filosóficos de su
m adurez tienen un sello visiblem ente distinto de aquel
casticismo en que quiso en cerrar su m ente d u ran te la
años polémicos. Escribe, por ejemplo, sobre las vic
situdes de la filosofía platónica en España o en tor;
a los orígenes históricos del criticism o y del escep/
cismo. Sus tem as no son ya castizos, sino universa\
y lo que de estrictam ente español h ay en ellos es c¿
siderado sub specie universalitatis. N avega ya en ai
m ar, no arrim ado a las costas del ten tad o r casticismo.
Más en alta m ar, incluso, de lo que él creía, seducido
siem pre por la sirena costera del «genio nacional».
Va cumpliendo, además, su antigua idea acerca de
lo que el historiador debe ser ( 2). El calor de la po-

í 1) D escu én ta se, por ob via, bu esforzada y cotid ian a en trega al
trabajo.
V éase lo q u e sobre e ste tem a Be d ice en el ca p ítu lo «V isión
d e la H istoria».
lém ica y un m alentendim iento de su humanismo gre-
colatino le hicieron ser infiel d urante su prim era ju ­
ventud a su propio program a: recordemos sus apre­
surados juicios sobre casi toda la cultura europea pos­
te rio r a 1600 y, singularm ente, aquel menosprecio del
pensam iento germ ánico antes de haber estudiado ale­
m án. Este m ejor servicio a su vocación de historiador
le lleva, por lo pronto, a estu d iar de veras los idiomas
cultos m odernos y a conocer por dentro la cultura
que vituperaba. No es éste m al ejemplo para los m u­
chos españoles que se conform an con «saber refutar»
a D escartes o a K an t sin haberlos leído. Luego ve­
rem os los frutos y los conflictos que aquel aprendizaje
y estas lecturas producen en el alma de don Marcelino.
El honrado cum plim iento de esas dos exigencias
— fidelidad al tem a central de su vocación, leal ser­
vidum bre a su idea del historiador p erfecto — le
perm iten alcanzar la cima de su m adurez intelectual.
T riple objetivo le espera en la cum bre luminosa de
su propia vocación: una más am plia y m ejor com­
prensión histórica de todo el pasado histórico, la altura
de su propio tiempo y la serenidad de su alma.
El ascenso de su m ente a una comprensión histórica
m ejor le amplió considerablem ente su horizonte de
historiador. No olvidemos que en su visión de la His­
toria U niversal era el Renacimiento católico la cima
de los tiempos. Más allá de esa cima estaba la «oscura
confusión» de los siglos medievales; más acá, el in ­
gente descarrío de la cultura m oderna postrenacen­
tista, casi íntegram ente desdeñable. Pues bien; su es­
fuerzo de historiador maduro, su m ejor información y
la m ayor agudeza de su comprensión histórica incor­
poran con signo positivo a su imagen del acontecer
histórico europeo provincias inmensas del pensamiento
hum ano: más allá del Renacimiento, una noción de la
Edad Media mucho más acabada y exacta; después
del siglo xvn, una idea de la cultura m oderna b|en
distinta de aquella negativa y simplicísima de los años
polémicos. Más compleja y verdadera, desde luego;
más turbadora también.
Siglo tras siglo, llega don Marcelino a la conquista
de su propio tema. Nadie es capaz de hacer una obra
intelectual en verdad im portante si no está, como con
insospechada hondura suele decirse, «a la altura de su
tiempo». Esa es la altura que Menéndez Pelayo va a
ir conquistando intelectualmente, desde los años en
que nada quiere con ella, absorto en la nostálgica
contemplación del pasado. Es sobremanera interesan­
te el curso biográfico de sus reacciones ante la época
en que vivió. Las primeras, ya lo apunté, son de des­
pego y asco. Seguramente están motivadas por el nada
halagüeño espectáculo de la circunstancia espiritual
española en aquella sazón. Basta leer, para advertir
este medular desvío, el lastimero retrato que de la
vida española circunstante hace en su conocido «Epí­
logo» a los Heterodoxos (*) o la negra, casi emética
pintura del pensamiento europeo de su época en el
Discurso preliminar a las herejías españolas de los
siglos xvin y xrx. «¡Cuán horrendo retroceso, no sólo
respecto del Cristianismo, sino respecto de la civili­
zación grecolatina.. . concluye, colérico y añoran­
te C^-
Sentadas tales premisas, apenas puede extrañar que
intentase evadirse imaginativamente de tan mengua­
da época, y que a veces considerase nociva para el
historiador la atención intelectual hacia ella. «De la

(i) Heterodoxos, V I, 28-31.
(-) «Cuanto hacemos es remedo y trasunto débil de lo que en otras
partes vemos aclamado. Somos incrédulos por moda y por parecer
hombres de mucha fortaleza intelectual. Cuando nos ponemos a racio­
nalistas o a positivistas, lo hacemos pésimamente, sin originalidad
.alguna, como no sea en lo estrafalario y en lo grotesco. No hay
doctrina que arraigue aquí: todas nacen y mueren entre cuatro pare­
des sin más efecto que avivar estériles y enervadoras vanidades y
servir de pábulo a dos o tres discusiones pedantescas. Con la continua
propaganda irreligiosa, el espíritu católico, vivo aún en la muchedum­
bre de los campos, ha ido desfalleciendo en las ciudades; y aunque
no sean muchos los librepensadores españoles, bien puede afirmarse
de ellos que son de la peor casta d.e impíos que se conocen en el
mundo, porque (a no estar dementado, como los sofistas de cátedra)
el español que ha dejado de ser católico, es incapaz de creer en cosa
ninguna, como no sea en la omnipotencia de un cierto sentido común
y práctico, las más veces burdo, egoísta y groserísimo. De esta es­
cuela utilitaria suelen salir los aventureros políticos y económicos,
los arbitristas y regeneradores de la Hacienda, y los salteadores lite­
rarios de la baja prensa, que en España, como en todas partes, es
un cenegal fétido y pestilente.» Luego añade: «¿Será cierto, como
algunos benévolamente afirman, que la masa de nuestro pueblo está
sana, y que sólo la hez es la que sale a la superficie? ¡Ojalá sea ver­
dad! Por mi parte, prefiero creerlo, sin escudriñar mucho». (H etero­
doxos, VII, 514-515). Los años habían de dar cumplida razón a este
diagnóstico acerca de la real situación espiritual del pueblo español.
Nada más funesto que la entrega a uno de estos dos juicios apodíc-
ticos: «España sigue siendo católica», como afirmaban los «benévolos»
en la época de Menéndez Pelayo, o «España ha dejado de ser católica»,
como se dijo cincuenta años más tarde.
realidad actual — escribía en 1894 — debe el erudito
tomar aquella parte necesaria para vivir en ella y no
resultar quimérico o trasnochado; pero si se deja en­
volver en el torbellino de tanta pasión efímera que
hoy alza ídolos y mañana los abate, perderá todas las
ventajas que le daba el sereno estudio de lo pasado,
sin adelantar mucho por eso en la inteligencia de lo
pi’esente» ( x). Hablan aquí el erudito y el esteta. Con
usar chaqueta o levita y no decir maguer y facer al
conductor del tranvía, piensa don Marcelino, ha cum­
plido con su tiempo el erudito; y, en efecto, para de­
leitarse con Lope o aprender la doctrina estética de
León Hebreo, no hace falta más. ¿Podrá decir lo mis­
mo Menéndez Pelayo cuando en tanto historiador quie­
ra comprender la verdadera e íntima peculiaridad de
esa doctrina o de aquella creación literaria?
La historia se escribe siempre desde una determi­
nada situación espiritual, aquella en que como hombre
se encuentra el historiador. El Menéndez Pelayo eru­
dito y esteta se proponía escribir historia cerrando los
ojos a su propia situación histórica, y pensaba que eso
era lo mejor para él, como hombre y como erudito.
Pero, sin advertirlo, convertía en falso principio de
acción su acción misma. El erudito don Marcelino no
desconocía el presente porque ese desconocimiento
fuese óptima condición para escribir historia. Al con­
trario: escribía la Historia como la escribía porque,
en tanto hombre e intelectual, no quería contar con su
propio tiempo, se evadía de él. Menéndez Pelayo es­
cribió muchas veces la historia — ahí está su visión
meliorativa del Renacimiento o su idea optimista de
la Antigüedad clásica — desde la no actualidad, desde
su voluntad de rehuir la vida política e intelectual
circunstante. ¿Por ventura fué la antigüedad clásica,
en sí y por sí misma.
calma y serenidad, dulce concierto
de cuantas fuerzas en el hombre moran,

como el don Marcelino erudito y saudadoso pensó?
¿Eran objetivas e incontrovertibles esas notas des­
criptivas? ¿No cabía, frente a esa antigüedad, una

(i) Ciencia, II, 444.
interpretació n diferente: por ejemplo, la dolorosa y
pesim ista de los Nietzche y los Rohde?
Mucho más se acerca M enéndez Pelayo a su propio
tiem po cuando quiere ser pensador de la H istoria y
no sólo erudito y esteta. Léanse con atención los p á-
rragos finales de sus trabajos sobre «La filosofía p la ­
tónica en España» o «Los orígenes del criticism o y el
escepticismo». Su au to r no es ahora el erudito que
sólo desea tom ar de su época la lev ita y el tran v ía.
H ay una atención rigurosam ente positiva hacia «el
torbellino» de ese tiem po suyo, y en los hom bres y las
ideas descubre objetos m uy distintos de los «ídolos
hoy alzados y m añana abatidos» que en ellos veía el
nostálgico eru d ito de antaño. W undt, Lotze, R avais-
son, Taine o Claudio B ern ard son estim ados a la vista
del valor actual, histórico, que su obra tiene o parece
tener. Como erudito saudadoso y esteta, habló don
M arcelino en su ju v en tu d de «las hordas positivistas»;
hogaño, como h istoriador m aduro, hab la así del em ­
pirism o positivista: «Los excesos del idealism o fa n ­
tástico e intem p eran te no podían menos de tra e r esta
reacción, la cual desgraciadam ente h a ido ta n lejos
que está solicitando o tra en sentido contrario» ( x).
A laba sin reservas a Lotze y ve en su obra concilia­
toria «una profundísim a tentativa» (2) ; se complace
en elogiar el «vigoroso entendim iento» de Ravaisson
y reconoce «el carácter 'm etafísico de algunas de las
más elevadas m anifestaciones de positivism o cientí­
fico», así en la doctrina de H erb ert Spencer como en
la de Taine y Claudio B ern ard (3). La m ism a dispo­
sición atenta y preocupada fren te a su propia época
puede descubrirse en «La H istoria considerada como
arte bello», su discurso de ingreso en la Real A cade­
m ia de la H istoria. ¿Será extraño que quien así ha
cambiado el modo de su instalación en su propio tiem ­
po, cambie tam bién de actitud fren te al tiem po p a ­
sado?
El historiador, en cuanto ha querido serlo de veras
— no sólo p ara satisfacer hedonísticam ente una nos­
talgia — , se ha visto obligado a com prender su propio

Oj En sayos, 115.
(2) En sayos, 116.
(3) E n sa yos, 219-220.
tiempo. La actualidad fué en su juventud repelente
motivo de asco y evasión. Ahora, en la serena m adu­
rez, se ha hecho problema, y la atención preocupada
ha sustituido al irreflexivo desvío. Preocupada y pro­
blem áticam ente se sitúa el historiador Menéndez Pe-
layo ante su propia época cuando la m adurez le ha
convertido en «don Marcelino». Así dispuesto, pronto
descubre en ella su fundam ental índole crítica. «¿Quién
se atreve a dogm atizar en medio de la actual crisis
filosófica?», escribía en 1391 (*). «Ha llegado a tal
desm enuzam iento el trabajo intelectual, han triunfado
de tal modo las m onografías sobre las síntesis, que,
en vez de la luz, comienza a producirse el caos, a
fuerza de am ontonar sin térm ino, y a veces sin plan,
hechos, detalles, observaciones y experiencias», había
dicho dos años antes ( 2). «El momento es realm ente
angustioso para la vida del espíritu», dirá uno des­
pués (3).
Crisis, inseguridad, desorientación radical del pen­
samiento. ¿No se parecen estas palabras, escritas
m ientras im peraba el más desatado optimismo cien­
tífico que los siglos han conocido, a las que por e n ­
tonces escribía Guillerm o Dilthey, otro gran catador
de su propia época? «Si uno se pregunta en la actua­
lidad — decía el filósofo tudesco — dónde tienen pues­
to su fin las acciones de una persona individual o las
de la Hum anidad, pronto aparece la profunda contra­
dicción que encierra nuestra época. F rente al gran
enigm a del origen de las cosas, del valor de nuestra
existencia y del últim o valor de nuestras acciones, no
se halla esta época nuestra más orientada que un grie­
go en las colonias jónicas o itálicas o un árabe en la
época de Averroes» ( 4). El historiador Menéndez Pe-
layo advertía con claridad la gran crisis de la Historia

(i) E n s a y o s , 217.
(*) E n sa y o s , 115.
(») E n sa y o s , 314.
(«) Ges . S c h r ., VIII, 197. E sta radical conciencia de problem atici-
dad es la que d ete rm in a las dos a ctitu d es fundam entales del pensa­
m iento europeo de 1890: o una adhesión artificiosa y nostálgica a un
tipo cu alq u iera de sabiduría an tig u a (actitud neo: neokantism o, neo-
hegelianism o, neoescolasticism o, etc .), o la osadía creadora, el acto
de a rro ja rse a la conquista de un a inédita tie rra de prom isión intelec­
tual. El q u i d está en no hacerlo sin raíces en la tradición intelectual.
El in te lec tu a l es el hom bre a quien m enos perm itido está el adanism o.
U niversal que por entonces com enzaba y en la que
todavía estam os envueltos. R enouvier y Kuno F is-
cher, por ejem plo, fueron por él entendidos como filó­
sofos críticos y su criticism o incluido en esa gran onda
crítica que se inicia en el pensam iento europeo d u ­
ra n te el últim o cuarto del siglo x ix ( l ). Pero, quien
diagnostica una crisis, entrevé sim ultáneam ente una
esperanza. P ronto lo com probarem os.
A dem ás de g an ar una m ejor com prensión intelec­
tu a l de todo el pasado histórico y de conquistar la
altu ra de su propio tiempo, corona M enéndez Pelayo
en su m adurez una difícil y envidiable cota: llám ase
serenidad. De m ancebo polem ista pasa a varón m a­
duro y victorioso. T raspuestos los tre in ta años de su
edad, nadie le discute, si no se cuenta esa últim a e
irreductible m inoría que existe siem pre en España, y
unas veces niega la santidad a S an J u a n de la Cruz,
com bate otras la gloria de C ervantes o discute n o ta-
riescam ente la genialidad de U nam uno. H abía ganado
clam orosam ente la cátedra de M adrid. P ronto se le
abren las p u ertas de casi todas las Academ ias (de la
Lengua, de la H istoria, de Ciencias M orales y P o líti­
cas, de Bellas A rte s). No hay en E spaña.hom enaje,
congreso o libro h uérfano de prólogo que no req u ieran
su ayuda y su m agisterio. Si don M arcelino no logró
vencer la polém ica en tre los españoles, consiguió al
menos im poner su procer fig u ra intelectual sobre uno
y otro de los dos bandos adversarios (2).
No es su indiscutido prestigio, sin em bargo, lo que
trae a su alm a la serenidad, sino otra v irtu d más
difícil de alcanzar: la renunciación. No hay perfec­
ción irftelectual sin ascética lim itación, dije antes.
A nálogam ente, no hay serenidad — esa sosegada tra n s ­
parencia en que subjetiva y objetivam ente se expresa
la perfección m oral— sin el silencioso denuedo de la
renunciación. Bello es, ciertam ente, el espectáculo de

Oj E n sa y o s , 216-217. M enéndez P elayo tuvo el acierto de ad v ertí-’
— buena p u n tería de h isto ria d o r — que una filosofía cr ítica es uno
filosofía d e crisis. C ontra lo que el idealism o a u ltra n z a postuló, toda
filosofía em erge de una d e te rm in a d a situ ació n h istó ric a y de ella
recib e problem as y configuración.
i2) Parece, no o bstante, que en Jos últim os años de su vida conoció
el sabor de La soledad o, por m ejo r decir, del abandono. V éase lo
q u e cuenta Bonilla, testigo de m?»yor excepción de todo ese período,
e n su obra citada, pág. 106.
un alma sedienta de infinitud y limpiamente rebelde
contra todo lím ite: así el alma del místico, «toda cosa
trascendiendo»; así la del sabio moderno, poseído por
el arrebato de la infinita cupiditas sciendi, aquel afán
de «trascenderlo todo» que, en orden a la pura acción,
atribuía a los conquistadores españoles nuestro Bernal
Díaz del Castillo. No menos bella es, sin embargo, la
estam pa del hom bre que ha sabido dar armonía y
orden a su saber, dentro del lím ite que su humana
naturaleza y su situación histórica le imponen. Al
prim ero le acosa el tiempo. Del otro, en cambio, pue­
de decirse aquello de fray Luis en su glosa al Sal­
mo CIII:
da el hombre a su labor, sin miedo alguno,
sus horas situadas.
Mas para que cada hora esté en su sitio, es preciso
hab er sabido renunciar a todo lo que no cabe en cada
hora. F ren te a Novalis, consumido por inextinguible
anhelo de infinito, está fray Luis, sereno por su reposo
en la arm onía, por su ascética limitación al pedazo de
infinitud que cabe en cada hora del espíritu.
M enéndez Pelayo llega a su serena m adurez renun­
ciando. Escribió de mozo — él mismo lo dirá luego —
«sin conocer del mundo y de los hombres más de lo
que dicen los libros» i 1). Con su madurez, al mismo
tiem po que va conociendo mejor uno y otros, quiere
p ensar y escribir «aspirando a la serena elevación
propia de la historia, aunque sea contemporánea» (2).
Sólo renunciando podrá adquirir esa «serena eleva­
ción». Su m ejor conocimiento del mundo, de los hom ­
bres y — tam bién — de los libros, pondrá en su alma
dos nociones nuevas. Una meliorativa: el mundo p re­
sente no es tan radicalm ente empecatado y corrompido
como de joven pensó. Antes hemos visto los testimo­
nios del cambio. O tra peyorativa o restrictiva: el
mundo no perm ite razonablemente una esperanza tan
total como aquella mística esperanza de la juventud.
¿Podía esperarse en 1890, si uno se atenía a los datos
de su experiencia, que «los hombres» — así, en blo­

(i) C ie n c ia , I, 4.
(■) H e te r o d o x o s , I, 23.
que, refiriéndose a los eu ro p eo s— volverían al seno
de la Iglesia? ¿No era ésta una desm esurada esp eran ­
za, un anhelo de creyente fervoroso y poco conocedor
de su tiem po?
H ay que renunciar;, tal es el im perativo en ese d i­
fícil tránsito hum ano desde el infinitism o ju v en il a la
lim itación de la m adurez. Mas cuando esta renuncia
es inteligente, la p érd id a de vuelo que la esperanza
sufre queda com pensada por su ganancia en seguridad
y aplomo. Tam bién la crítica actualidad del mundo
que le circunda ofrece próxim os asideros a la espe­
ranza. «Grande es sin duda la tribulación de los espí­
ritus, pero la m ism a gravedad de la crisis puede d a r­
nos alguna esperanza de remedio», decía en 1892; y,
como p ara dem ostrarlo, describía así su delgada, pero
racional esperanza: «Empiezan a notarse, es cierto,
síntom as de regeneración esp iritualista; pero ta n ais­
lados, ta n pálidos, tan fugaces, que m ás bien parecen
los últim os destellos de un sol m oribundo que las p ri­
m eras luces de u n a n u ev a aurora. H ay sed y apetito
de creencia, y algo es esto, aunque no sea todo; pero
en generaciones desecadas p o r los crueles abusos del
análisis, p erv ertid as p o r u n a concepción m ecánica del
mundo, desfloradas por u n a lite ra tu ra b ru tal, mucho
ha de ta rd a r el germ en m ístico en rom per la d u ra
tierra y producir de nuevo sus rosas inm ortales» í 1).
O tra vez, más optim ista, ve próxim o el día que «cesará
el triste divorcio en que hoy viven la especulación y
la experiencia, y podrem os p en etrar inoffenso pede en
los templos serenos de la antigua s a b id u ría .. . Y en tre
tanto acaban de disiparse las tinieblas que todavía
nos encubren el sol de la M etafísica fu tu ra — am o­
n e s ta — , seamos prudentes, y no pequem os ni por
exceso de tim idez ni por exceso de confianza» (2).
Todos los textos de la época reflejan esta confianza
racional y empírica en el inm ediato p orvenir del p en ­
sam iento humano. «Esa reacción — dice, refiriéndose
al retorno de la M etafísica, en su discurso sobre «La
filosofía platónica en España» — h a venido, o com ien­
za a venir por lo m e n o s.. . Síntom as observados en las
escuelas y en los medios filosóficos más diversos, nos

O) E n s a y o s , 315.
(*) E n s a y o s , 220.
indican en aquellos pensadores que serán gloria más
indiscutible de nuestra edad, un hastío creciente del
puro em pirism o y del puro criticismo, y una tendencia
a volver a la afirm ación m etafísica más o menos disi­
m ulada. ..» í 1).
El triunfo en la vida, la m ejor comprensión histó­
rica y la renunciación — la renunciación, sobre todo —
han traído a su alm a la serenidad. En lugar de pro­
yectar su insobornable ilusión en una esperanza mís­
tica total, pero casi imposible, echa el ancla de su
razón serena y creyente en una esperanza limitada,
pero hacedera. Lo que en otros será pesimismo, en él
es racional limitación. Luego veremos cómo ante sus
ojos de español se configura la accesible y racional
esperanza de sus años maduros.
Así asciende en nivel y calidad el camino biográfico
de M enéndez Pelayo. A la vez que el hom bre y el
intelectual van cumpliendo este ascenso, compone el
investigador su poderosa obra literaria e histórica. La
Historia de las ideas estéticas, el libro cumbre de su
vida, coronado a los trein ta y cinco años; la Antología
de los poetas líricos castellanos, las Obras de Lope de
Vega, Los orígenes de la novela y tantas cosas más:
semblanzas, prólogos, discursos, cartas, estudios cor­
tos, todo ese inmenso cosmos de letras antiguas y fi­
guras históricas que su alma de historiador exhum a y
recrea. De su obra podrían decirse con plena razón
aquellas herm osas y penetrantes palabras de Fr. J e ­
rónimo de San José, por él citadas en ocasión solem­
ne: «Yacen como en sepulcros, gastados ya y deshe­
chos, en los monum entos de la venerable antigüedad,
vestigios de sus cosas. Consérvanse allí polvo y ceni­
zas, o, cuando mucho, huesos secos de cuerpos ente­
rrados; esto es, indicios de acaecimientos cuya memo­
ria casi del todo pereció; a los cuales, para restituirles
vida, el historiador ha menester, como otro Ezequiel,
vaticinando sobre ellos, juntarlos, unirlos, engarzarlos,
dándoles a cada uno su encaje, lugar y propio asiento
en la disposición y cuerpo de la historia; añadirles,
para su enlazamiento y fortaleza, nervios de bien tra ­
bajadas conjeturas; vestirlos de carne, con raros y

(i) E nsayos, 115-116.
notables apoyos; extender sobre todo este cuerpo, así
dispuesto, una hermosa piel de varia y bien seguida
narración y, últimamente, infundirles un soplo de vida
con la energía de un tan vivo decir, que parezcan
bullir y menearse las cosas de que trata en medio de
la pluma y el papel» O ).

(i) Estudios, v n , 11.
HACIA LA HISTORIA DE VERDAD

1. LA ESTRUCTURA DEL ACONTECER H ISTÓRICO

En el artículo que escribió Farinelli para honrar la
memoria de Menéndez Pelayo, reciente aún la muerte
del maestro, estampó estas palabras: Nel giro dei se-
coli, di tutti i secoli, vedeva una continuita di sviluppo,
ed un sapiente ricollegamento delle umane energie;
tutte le eta quindi gli sembravano egualmente degne
di studio. Non c’e morte, non c’ é sonno e sosta per lo
spirito che si svolge in perpetuo, vittorioso d’ogni lan-
guore e spirante Vetemitá stessa in ogni attimo che si
dilegua e fugge ( x).
No fué así durante los años polémicos. Sí lo fué, en
cambio, cuando la temprana madurez de su mente
hizo más fiel, íntegro y acendrado el servicio de M e­
néndez Pelayo a su vocación de historiador. La tan
ligera tendencia española a usar el vocablo «polí­
grafo» frente a los que, más o menos temáticamente,
escribieron acerca de varias materias, ha puesto en
plano de paridad con las restantes actividades de su
pluma la que verdaderamente es fundamental en don
Marcelino: la de historiador. Escribía en 1884: «Poco
se adelanta con decir que tal o cual metafísico es pan-
teísta o dualista, que es sensualista o que es escép­
tico: lo que nos importa es averiguar cómo y por qué
lo es, cómo se eslabonan las ideas de su mente, cuál
era el ritmo que las sometía y disciplinabas» ( - ) . No
satisface a Menéndez Pelayo el cómodo expediente de
poner una etiqueta al pensador de antaño, como hacen

(1) «Carta a Menéndez Pidal», publicada en la R evista de A rch i­
v o s, Bibliotecas y M useos, ju lio-agosto, 1912, pág. 4.
(2 ) Ciencia, II, 74.
todos los que carecen de m ente histórica y juzgan el
pasado, si es que llegan a te n er noticia de él, desde el
fanatism o de una excluyente e im perm eable actitud
in telectu al sistem ática. Él es historiador, y su am bi­
ción no consiste en pro n u n ciar sentencias, sino en com­
p ren d er la sin g u lar peculiaridad de cada filósofo o
escritor; descubrir, au n q u e sea desde fuera, su perso­
n al razón de ser en la H istoria. Q uiere «vivir con los
m uertos», según sus propias palabras ( ') • Mas p ara
ello necesita in fu n d ir nueva vida en la le tra que esos
m uertos escribieron como testim onio de su vida crea­
dora y e x tin ta : algo, en sum a, abism alm ente distinto
de esa judicativ a rotulación entom ológica con que m u ­
chos creen h acer historia.
In ten taré en las páginas subsiguientes exponer con
algún orden las dispersas ideas de don M arcelino acer­
ca de la H istoria y del historiador. Jam ás lo hizo él,
absorto como estuvo en la obra de ex h u m ar y re a n i­
m ar figuras y creaciones históricas. Sólo de cuando
en cuando, en las pausas que le deja su trab a jo de
historiador en acción, echa u na b reve ojeada sobre la
índole de su propio oficio y escribe a la ca rre ra una
opinión acerca de lo que la H istoria sea. No fué su
m ente la del pensador sistem ático. P ero así como «cada
hom bre está obligado a te n er m ás o menos su filoso­
fía ^ según él mismo dijo a P id al en su ju v en tu d , cada
historiador tien e siem pre, m ás o menos articu lad a y
conscientem ente, u n a cierta idea filosófica de la H is­
toria.
L a im plícita concepción que de la H istoria tuvo don
M arcelino en su m adurez está fo rm ad a por retazos de
las im perante en su época: Hegel, la «escuela histó­
ric a ^ el positivism o y el a rte n arrativ o de M acaulay
ponen su cuño en las ideas de n uestro historiador
acerca de su oficio. No obstante, todas estas influen­
cias alem anas (H egel y la «escuela histórica»), fr a n ­
cesas (el positivism o) y anglosajonas (M acaulay) se
funden en una curiosa unidad d en tro de la personal
y católica m ente del historiador M enéndez Pelayo. MI
propósito es reco n stru ir el torso de esa unidad com-

(¡) La frase procede del discurso con que recibió a Alfonso XIII
en la Biblioteca Nacional, cuando «1 Rey la visitó después de su
coronación.
poniendo en ordenada figura lo que sólo en la inten­
ción, y nunca en la expresión, tuvo figura y orden.
Tomaré para ello el material de los escritos más di­
versos y, a la vista de su pensamiento y de su crono­
logía, Intentaré penetrar en el seno viviente del espí­
ritu que los concibió. Veamos, ante todo, la ineludible
huella de la titánica garra hegeliana.
En esa filosofía de la H istoria que im plícitam ente
profesa don M arcelino, dos ideas fundam entales pro­
ceden del acervo hegeliano. Una ya nos es conocida,
y puede pasar por traducción m oderna de la vieja
m áxim a nihil sub solé novum. N ada esencialmente
nuevo — piensan Hegel y M enéndez P elay o — es crea­
do por el espíritu hum ano en el despliegue histórico
de su pensam iento. Los problem as serían siempre los
mismos desde que el hom bre se los planteó por vez
prim era, y las respuestas hum anas a dichos problemas
— en esto va M enéndez Pelayo algo más lejos que
H e g e l— tam bién. N ada pasa y nada es verdadera­
m ente nuevo, tal viene a ser la m áxim a fundam ental.
Cam biaría la forma, no el fundam ental contenido del
pensam iento filosófico.
En el ritm o de las ideas y en el estilo de su ordena­
ción lógica «está la m ayor originalidad, casi la única
que cabe al pensam iento humano», hemos oído decir
a don M arcelino. Siete años más tard e — en 1891 —
rep etirá con m ás fuerza y precisión la misma doctrina.
H abla de la crítica kantiana y la com enta así: «se­
m ejante prole sin madre no h a existido jam ás en nin­
guna ciencia, y menos que en otras ha podido existir
en filosofía, donde todo pensam iento nace de otro como
desarrollo o como antítesis, y donde un pequeño nú­
m ero de tesis tan antiguas como la filosofía misma,
idénticas en nuestras aulas a las que ya se discutían
en las escuelas del Indostán y en los pórticos de G re­
cia, ejercitan y ejercitarán siem pre la actividad h u ­
m ana, que en filosofía inventa siem pre por lo tocante
a la forma del pensar, y no inventa nunca por lo to­
cante a su materia> ( ’). La aparente Ttovedad del
pensam iento hum ano queda en simple configuración
distinta de un contenido antiguo y perm anente. «La

(i) Ensavot. i 46.
línea conductora del progreso es la dialéctica interna
de las configuraciones», había dicho Hegel (*).
Un punto de crítica. Si se miran muy por su so­
brehaz los grandes temas en que se ocupa el pensa­
miento humano, alguna razón tiene esta tesis de la
invariación. El mundo, el hombre. Dios y el conoci­
miento de estas tres distintas realidades son los temas
permanentes del pensamiento humano, desde que los
hombres piensan. Valga otro tanto para las actitudes
de la inteligencia humana ante dichos temas: el pan­
teísmo, el dualismo, el escepticismo, etc., son tipos del
humano pensar que se dan o pueden darse en todas
las épocas. Reconocido lo cual, es preciso volver la
página y recabar con urgencia y decisión los fueros
de la novedad. ¿Acaso no son verdaderamente nue­
vos los problemas que frente a esas constantes reali­
dades — el mundo, el hombre y Dios — va descubrien­
do la mente del hombre? Y, en consecuencia, ¿no se­
rán también rigurosamente inéditas, además de típi­
camente repetidas, las actitudes que la mente filosófica
va adoptando para resolver esos problemas y las pro­
visionales respuestas que ante ellos dieron y darán los
distintos hombres? Admitiendo que Enesidemo, Vives
y Kant coinciden en ser críticos o criticistas, ¿por
ventura no hay una singular e irrepetible novedad en
cada una de sus actitudes? La historiología del siglo
xix, empeñada en interpretar cada una de las situa­
ciones históricas del espíritu humano como mero des­
pliegue de otra anterior o como antítesis suya — como
actualización de algo potencialviente contenido en el
pasado, en uno y otro caso— , ha sido radicalmente
ciega ante la esencial novedad que distingue a la es­
tructura íntima y al contenido de cada situación y cada
respuesta filosófica. Menéndez Pelayo no supo ser una
excepción a este general carácter de su época.
También procede de Hegel la idea de la historia
del pensamiento humano como una evolución dialéc­
tica. A continuación del texto antes mencionado, dice
explícitamente don Marcelino: «No hay historia que
presente en su desenvolvimiento tan conciliadas la
unidad y la variedad como la historia de la* filosofía,

O) Gesc/i. d. Phll., Jubiltimausgabo, I, 66,
MENKNDEZ pelayo 1/fV
----------------- -- _ _lUf
ni hay otra donde pueda seguirse más claramente la
genealogía de las ideas y de los hechos, que jamás
aparecen como fortuitos y vagos, sino como enlazados
por ley superior y sujetos a cierto ritmo dialéctico.
Y esto, no tan sólo porque la historia de la filosofía
haya sido comúnmente escrita por filósofos hegelia-
nos o por pensadores armónicos que hayan querido
introducir en ella un orden artificial que quizá no
responda a la realidad de las cosas, sino porque así
como el sujeto de la historia universal puede ser con­
siderado (según aquella profunda concepción que por
primera vez explanó nuestro Orosio) como un solo
hombre, así el sujeto de la historia de la filosofía pue­
de ser considerado en rigor como un solo hombre que
filosofa, a través de muchedumbre de siglos, conforme
a ciertas leyes dialécticas que se cumplen lo mismo en
el individuo que en la especie». La huella de Hegel
en este párrafo es por demás evidente. Hay un inne­
gable ritmo dialéctico en la historia de la Filosofía,
piensa Menéndez Pelayo; y no porque arbitrariamente
lo construya la mente del historiador, sino por exi­
gencia de la realidad histórica misma. No habría de­
seado Hegel confesión más paladina.
Pero, después de haber seguido a Hegel en lo to­
cante a la forma o estructura del acontecer histórico,
apártase de él don Marcelino en la interpretación de
esa regularidad dialéctica que entrambos ven en la
historia del pensamiento. Apúntase, pues, la discre­
pancia en lo relativo a la materia de esa forma his­
tórica; o, de otro modo, en orden al sustrato ontoló-
gico titular de esa sucesiva y regular configuración
dialéctica.
Tampoco podía eludir el problema de explicar ese
ritmo dialéctico de la Historia, aunque él no fuese ni
quisiera ser un pensador sistemático. El problema le
acosa y pide respuesta. ¿Dónde hallarla? No es un
azar que Menéndez Pelayo, católico e historiador, des­
articule histórica y cristianamente la metafísica he-
geliana de la Historia. Tratemos de entender su acti­
tud intelectual a esta reveladora luz.
Dos modos elementales y contrapuestos hay de con­
siderar el curso de la Historia: o se le interpreta como
u n a serie de «casos» azarosamente sucesivos, o se ve
e n él un cierto orden final mas t> menos logreo; esto
es, más o menos accesible a la razón humana y expre-
sable por ella. Azar y teleología son los términos del
dilema. Fortuna, caso, veían los hombres del Rena­
cimiento italiano en el acontecer histórico:
Ogni cosa é fugace e poco dura;
tanto Fortuna al mondo é mal constante:
solo stá ferma e sempre dura morte,
escribe Lorenzo el Magnífico en un soneto, y Guic-
ciardini polemiza contra quienes, por demasiado cre­
yentes en la prudenza y la virtú, no estiman con justa
suficiencia la potestá della fortuna.
El pensamiento cristiano, en cambio, sobrenaturali-
zando la pronoia de los estoicos, ha preferido ver siem­
pre en el curso de la Historia un cierto orden teleo-
lógico, una pro-videncia de Dios, aunque la ley última
y total de esa ordenación, como cosa divina, sea ra­
dicalmente inaccesible a la limitada razón de los hom­
bres. Esa radical inaccesibilidad del orden providen­
cial no postula, sin embargo, la total irracionalidad,
la pura arbitrariedad del curso histórico. La mente
humana, atenta a la naturaleza propia del hombre o,
si se quiere decir de otro modo, a las causas segundas
de la Historia — condiciones naturales de la razón y
de la libertad humanas, sistema de las posibilidades
históricas, biología del hombre, medio geográfico, et­
cétera—, puede descubrir en ellas una cierta estruc­
tura racional y, por lo tanto, una cierta previsibilidad
del curso histórico. La relativa previsibilidad de la
Historia es a la vez molde racional de la libertad hu­
mana y un accesible relieve que la inefable Providen­
cia de Dios — Dios, el ineffabilis modulator de San
Agustín — ofrecería a la razón de los hombres para
consuelo de su limitación.
Ahora vemos con claridad lo que representa histó­
ricamente la filosofía hegeliana de la Historia. Con
Hegel, en el ápice mismo del racionalismo idealista,
el hombre moderno ha secularizado totalmente la idea
cristiana de la Providencia. La razón del hombre sin­
tió hambre y sed de infinitud y quiso poner medida
humana — logificando, haciendo humano y racional
el Logos del Evangelio de San Juan — a la inefable
Providencia de Dios. La dialéctica hegeliana es, si
vale hablar así, la forma a que fué reducida la idea
cristiana de una providencia divina cuando los hom­
bres pretendieron adaptarla a la medida de su razón.
Don Marcelino parece haber percibido este proceso.
En efecto; después de aceptar las conclusiones de la
dialéctica hegeliana en orden a la forma del acontecer
histórico, destruye, como diría Heidegger, el largo pro­
ceso histórico que ha hecho posible el pensamiento
hegeliano y quiere insertar esas conclusiones formales
en el arranque mismo de dicho proceso; esto es, en el
añoso y lozano tronco de las primeras concepciones
providencialistas del acontecer histórico. Es visible
en la obra de su madurez la tendencia de su mente a
instalarse, cargada con su experiencia de historiador
de 1890, en ese germinal momento en que se perfilan
con cierta claridad las primeras especulaciones filosó­
ficas del pensamiento cristiano acerca de la providen­
cia histórica. Su punto de referencia es siempre la
genial metáfora de San Agustín y Orosio: la Historia
Universal puede ser considerada como la biografía de
un hombre ( x). Hemos visto ya la referencia a Orosio
en el párrafo antes copiado. En 1883 había escrito don
Marcelino: Orosio «es el primer historiador universal,
en el más propio sentido del vocablo, no ya por la
extensión geográfica, en lo cual pudieran disputarle
la prioridad Diodoro Sículo, Trogo Pompeyo y otros
antiguos, sino por haber sido el primero que consideró
al género humano como una sola familia, y, lo que es
más, como un solo individuo, afirmando no sólo que la
divina Providencia rige al mundo lo mismo que al
hombre. . . , sino que cada, hombre, en sí y por sí,
puede contemplar todas las vicisitudes del género hu­

(i) Menéndez Pelayo atribuye la invención de la idea a Orosio,
acaso por arrimar la sardina al ascua española. N o obstante, esa m ism a
idea está taxativamente expuesta por San A gustín, de quien la habría
tomado Orosio. «Así también — dice San A gu stín , hablando del regi­
miento providencial— el género hum ano universal, cuya vida, desde
Adán hasta el fin de los siglos, es como la de un solo h o m b r e ...»
(de vera relig., X X V I I , 59). Análoga expresión se lee en La Ciudad
de Dios: «Del mismo modo que van fom entándose y aprovechando la9
buenas instrucciones de un hom bre virtuoso, así las del lin aje hum ano,
en lo referente al pueblo de Dios, fueron creciendo por determinados
períodos, como quien crece progresivam ente según el estado de su
e d a d ...» (de civ. D ei, X , 14). E l m ism o pensam iento se repite en
San Buenaventura (in IV S en t.f 40, dub. 3) y m ás tarde* algo secula­
rizado ya, en Pascal. Gilson (v id e: L 'esprit de la phil. m éd ieva le, n ,
París, 1932) ha entrevisto esta cristiana ascendencia de H egel.
mano» (*). Análoga referencia al texto de Orosio se
encuentra en la Historia de las ideas estéticas (-).
Con la vieja metáfora a la vista, don Marcelino in­
tenta explicarse el ritmo dialéctico que parece osten­
tar la historia del pensamiento humano. Esta historia
sería como el raciocinio del único hombre a que me­
tafóricamente puede reducirse el linaje humano: una
autodiscusión, no del Espíritu, en el sentido del Todo,
como decía Hégel, sino de la Humanidad creada a ima­
gen y semejanza de Dios. Una tesis filosófica propues­
ta por la mente humana es sucesivamente elaborada
en el curso de la Historia hasta alcanzar madurez ex­
presiva. Entonces, como si no estuviera satisfecho del
resultado conseguido ni seguro de sí mismo, el hombre
— es decir, la Humanidad — se propone la contraria,
discute o dialoga consigo mismo para alcanzar la ver­
dad. Procede consigo mismo dialécticamente, como
procedería Sócrates con los atenienses. Luego inten­
tarán los hombres armonizar las dos proposiciones,
zurciéndolas en un sistema ecléctico, o sintetizarlas,
asumiéndolas en una superior; y así, dialécticamente,
proseguiría su curso histórico el pensamiento humano.
En esta idea de Menéndez Pelayo no debe tomarse
en consideración el resultado, sino el propósito. El re­
sultado no llega a tal, y apenas pasa de ser comienzo.
En efecto; la historia del linaje humano parece la de
un solo hombre, mas sólo lo parece. A nadie se le ha
ocurrido decir que el linaje humano sea real y verda­
deramente un solo hombre. San Agustín y Orosio usa­
ron esta idea como simple metáfora (ita, sicut, tan-
quam, veluti, fueron sus expresiones); una metáfora
intelectual fundada, a lo sumo, en la comunidad ge­
nética de todos los descendientes de Adán y en la re­
dención de todos los hombres de Cristo. Pero aquí es
justamente donde comienza el problema para el filó­
sofo de la Historia: si el curso de la Historia Univer­
sal se parece algo a la biografía de un solo hombre,
¿cómo puede entenderse tal parecido? ¿Qué hay en
la estructura de la comunidad humana para que haya

(1) Estudios, V il, 23-24. El texto de Orosio es: «Jure ab initio ho+
minia per bona malaque aItemantia, excerceri hunc mundum sentit
quisquis per se atque in se humanum genus v id et. . . » (Lib. I, Pról.)
(2) Ideas, I, 299-300.
podido inventarse esa metáfora? ¿Cómo debe ser plan­
teada una filosofía cristiana de la Historia capaz de
explicar, todo lo racionalmente que el hombre pueda,
la estructura y las regularidades ofrecidas a los ojos
del historiador por el acontecer histórico universal?
Frente a estas preguntas, confesémoslo humilde y ca­
vilosamente, todavía nos hallamos en puro balbuceo.
Pero ahí, bajo la apariencia de un resultado defi­
ciente, late un propósito fructífero. Por muy vago e
indeliberado que fuese ese propósito intelectual de don
Marcelino, merece, ciertamente, más reflexiva aten­
ción que el ya descrito resultado de su pensamiento.
Menéndez Pelayo no fué un pensador sistemático. Fué,
eso sí, un hombre lector e inteligente, cada vez más
instalado en su tiempo. Este tiempo suyo le ofrece un
repertorio de ideas, de las cuales su mente rechaza
unas y acepta otras. Tales ideas — me refiero a las
aceptables — proceden a veces de supuestos poco acor­
des con la verdad indefectible del dogma: así el ritmo
dialéctico de la historia del pensamiento, aceptable
para don Marcelino como real estructura del aconte­
cer, aunque luego encuentre inaceptables los supues­
tos idealistas a que intentó reducirlo su inventor He­
gel. He aquí el problema que entonces se plantea su
mente: ¿cómo poner en unidad armónica esas ideas
con las que constituyen el edificio dogmático del Ca­
tolicismo: Dios personal y providente; hombre creado
a imagen y semejanza de Dios; redención de los hom­
bres por Cristo, etc.?
Ya expuse antes que don Marcelino admitía la posi­
bilidad del descarrío histórico. Su idea fundamental
no es la del progreso continuo, sino la del ciclo. «Los
problemas están contados y las soluciones también,
repitiéndose eternamente los mismos círculos», le he­
mos oído decir. Años más tarde explanará con mayor
claridad esta idea, que en ese primer texto parece un
correlato intelectualista del vital «eterno retorno»
nietzscheano. Para Menéndez Pelayo, en la historia
del pensamiento humano se repetirían permanente­
mente ciclos históricos compuestos por dos períodos:
uno, dogmático, y otro, crítico y escéptico. Al período
dogmático de Platón y Aristóteles sigue la disolución
crítica y escéptica de la filosofía griega, con la Acade­
mia Nueva, Enesidemo y Pirrón; la Edad Media es
cerrada por la crisis intelectual — crítica y escepti­
cism o — del R enacim iento, y el dogm atism o m etafí-
sico de los siglos x v n y x v m — D escartes, M alebran-
che, Leibniz — tiene como rem ate la crítica de H um e
y K ant. A cada período de escepticism o suele seguir,
a modo de reacción y antítesis, un brote de dogm atis­
mo entusiasta, especulativo y m ístico: Plotino, tra s el
escepticismo antiguo; Hegel, como reacción a la crí­
tica de K ant C1). Tal sería la estru ctu ra del p e rm a ­
nente ciclo dialéctico en la h isto ria del pensam iento
hum ano.
P or eso don M arcelino, historiador, reconoce sin vio­
lencia el evidente sentido histórico del escepticismo.
«El escepticismo y el criticism o, vistos serenam ente y
a distancia — dice a continuación de las anteriores
consideraciones— , no deben ser estimados, como ge­
neralm ente se les estim a, como filosofías p uram ente
negativas y disolventes, sino como m om entos obliga­
dos de la evolución filosófica». Pocas páginas después
insiste con m ás energía sobre el mismo punto de v is­
ta: «No ha de juzgarse del escepticism o por sus con­
secuencias, que pueden ser las m ás inesperadas y con­
tradictorias. El criticism o no es un sistem a de filoso­
fía, sino una p ecu liar posición del esp íritu filosófico.
Tan im posible es a la razón hum ana no d udar nunca
de sí misma, como detenerse y aquietarse en esta
duda. Todo el que h a filosofado ha sido a lte rn a tiv a ­
m ente, y en m ayor o m enor escala, escéptico y dog­
mático. Dios ha puesto en nosotros el germ en crítico
como estím ulo p ara la indagación, como preservativo
contra la ru tin a y la indolencia del espíritu, y al m is­
mo tiem po nos h a im puesto la necesidad de la afirm a­
ción en todo aquello que se p resen ta con caracteres
de evidencia. Tan insensato es p asar el lím ite de la
duda, cometiendo un verdadero suicidio racional que
h aría im posible toda conciencia y toda ley de vida,
como descansar tran q u ilam en te en una fórm ula esco­
lástica, sea ella la que fuere, aunque sea la misma
fórm ula de K ant, que en el m ero hecho de ser rep e­
tida de m em oria h ab rá perdido ya toda su eficacia
crítica, convirtiéndose en una nueva imposición dog-

(J) E n s a y o s , 136 y sigs.
m ática. La autoridad se queda para otras esferas; en
filosofía nadie posee sino aquello que personalmente
ha investigado y en propia conciencia ha reconocido.
Si esto es ser escéptico conforme al sentido etimoló­
gico de la palabra, esto es, examinador, indagador,
será porque la filosofía misma lleva implícito siem­
pre cierto grado de escepticismo» ( l ). Todavía añadirá
luego, hablando ya con aire de confesión filosófica:
«La M etafísica nada tiene de ciencia exacta, y en este
punto, queriéndolo o sin quererlo, todos somos más o
menos escépticos, por supuesto, en el buen sentido de
la palabra» ( 2).
Veamos en todos estos textos al historiador: pónese
con ellos ante nosotros un hom bre necesitado de com­
p ren d er la singular razón de existir que relativam ente
a su época histórica tuvieron — con m ayor o menor
justificación, con m ayor o m enor verdad — todos los
mom entos históricos del pensam iento humano. Vea­
mos tam bién detrás de esas palabras al hombre que,
por m ejor conservar su libertad y no adherirse filosó­
ficam ente a doctrina ajena, prefiere detener su inteli­
gencia en un indagador e inquieto ars nesciendi.
M enéndez Pelayo se conduce mucho más como his­
toriador «de figuras» — véase luego lo que con esta
expresión quiero d e c ir— que como filósofo. Piensa
nuestro historiador que en los distintos ciclos se repi­
ten con forma diversa, además de las actitudes funda­
m entales del espíritu filosófico (dogmatismo panteísto
o dualista, escepticismo, etc.), tam bién los contados
problemas especulativos que la m ente hum ana puede
proponerse y las respuestas dadas por los hombres a
tales problem as. No es ajena a este pensamiento de
don Marcelino, varias veces expuesto a lo largo de su
vida, la influencia intelectual de Lloréns durante su
prim era juventud. Dicho queda sobre ella lo suficien­
te. Pero, aparte ese posible vestigio pedagógico de
Lloréns, dos supuestos históricos sustentan e incitan
esa lim itada, casi indigente concepción de la inventiva
hum ana. Uno es más personal, la peculiar «manera»
del historiador Menéndez Pelayo; otro es rigurosa-

(«) E n s a y o s , 140-141.
(») E n sa yo s . 217-218. Todos estos textos son de 1891.
m ente histórico, la condición tipificadora del p en sa­
m iento historiográfico ochocentista.
Es M enéndez Pelayo un h isto riad o r de figuras, no
de intim idades intelectuales. Cuando, por ejemplo, ex ­
pone la doctrina estética de Platón, nos da, con larg a
y vivaz pincelada, el cuadro, la fig u ra total de lo que
P latón dijo sobre el tem a. Sus páginas son m ás bien
anim ada descripción de aspectos y figuras que íntim o
buceo de intenciones intelectuales y estéticas: expone
lo que P latón dijoy no indaga lo que quiso decir ( x) Si
se quiere ad v e rtir con en tera claridad lo que ahora
apunto — luego volveré sobre e llo — , com párense los
cuadros descriptivos que de los pensadores griegos nos
pinta don M arcelino con los buceos histórico-filológi-
cos de R ein h ard t en Parm énides, de Stenzel en P latón,
de Ja e g e r en A ristóteles o de Z ubiri en toda la filo­
sofía presocrática. E sta actitud de don M arcelino ante
la ta re a historiográfica, m uy de su tie m p o — te n g a­
mos presente su entusiasm o por R anke y M acaulay —
y m uy de su n ativ a condición de esteta more hellenico,
le llevaron a v er en la h isto ria del pensam iento los
grandes tem as, el cuadro g eneral de las grandes épo­
cas y el estilo dom inante en cada pensador. No olvi­
demos su program a de historiador: «Poco se adelanta
con decir que ta l o cual m etafísico es p an teísta o d u a­
lista, que es sensualista o que es escéptico; lo que nos
im porta es av erig u ar cómo y por qué lo es, cómo se
eslabonan las ideas en su m ente, cuál era el ritm o que
las som etía y disciplinaba». Im p o rta a M enéndez P e-
layo, sobre toda o tra cosa, el estilo y la fig u ra con que
se enlazan las ideas en la m ente del filósofo; todavía
no se p reg u n ta resu eltam en te por lo que esas ideas
tienen dentro de sí, en cuanto h an sido concebidas o
creadas en u na d eterm in ad a época y en el seno de la
singularísim a m ente de un hom bre. Pese a su vehe­
m ente deseo juvenil de viv ir en el Renacim iento es­
pañol o en la A ntigüedad clásica, del historiador M e­
néndez Pelayo podría decirse lo que acerca de R anke
escribía a D ilthey el Conde de Y ork: «Ranke fué p re -

(i) H ablo, com o es obvio, del estilo d o m in a n te en la p roducción de
don M arcelino. A u n q u e en la o bra h isto rio g rá fica de M enéndez Pelayo
aparezca acá y allá la pesquisa de intenciones, esta preo cu p ació n no
es en él d o m in an te, y m ucho m enos siste m á tic a y d e lib e ra n tem e n to
ate n d id a.
M ENÉNDEZ PELAYO ...
------------------- -------------- — ------------------------------------------- l o o
cisam ente u n estético... H asta sus principios críticos
son de natu raleza y origen ocular... Ranke es todo
ojos: ve la Historia, no vive la Historia» ( J).
M enéndez Pelayo, historiador de figuras. Junto a
esta personal condición de don Marcelino está la ten­
dencia tipificadora de todo el siglo x x, nacida induda­
blem ente por influencia de la m entalidad científico-
n atural. Tienden los historiadores ochocentistas — en
el últim o tercio del siglo, sobre to d o — a ordenar la
inm ensa tram a de las personas y los sucesos singulares
que constituyen el curso de la Historia como el n atu­
ralista ordena el ingente conjunto de los minerales o
las plantas. Surge así, paralelam ente a la ordenación
del elenco botánico en criptógam as y fanerógamas, en
angiosperm as y gim nospermas, etc. — tipos naturales
del ser n atu ral que llam am os p lan ta — , la idea de que
las figuras integrantes del espectáculo de la Historia
U niversal ad quirirán orden científico agrupándolas en
tipos históricos: tipos de la vida personal (el burgués,
el caballero medieval, etc.) o comunal (la ciudad rena­
ciente, la polis griega, etc.), tipos cronológicos (el
Renacim iento, la Ilustración, el Romanticismo) y te ­
máticos (sistem a diltheyano de las «visiones del
m undo»). No es ajena, en mi entender, a esta general
orientación tipificadora de la historiografía finisecular,
la personal orientación del historiador Menéndez P e-
layo cuando reduce a unos cuantos tipos perm anentes
la inm ensa variedad de las opiniones filosóficas en el
curso de la H istoria: «los problem as están contados y
las soluciones tam bién», dice taxativam ente ( 2).
Tal vez sea ya posible exponer con cierta coherencia
la im plícita idea que sobre la estructura del acontecer
histórico —en orden al pensamiento filosófico, sobre
todo — tiene en su m ente nuestro historiador. La for­
ma de ese acontecer ofrece un ritm o dialéctico, funda­
m entalm ente determ inado por la autodiscusión, el afán
de novedad y el hastío o la fatiga de la Humanidad
pensante. La form a total de esa sucesión dialéctica no
0) B r i e f w c c h s c l z w i s c h c n W i l h c l m D iU h e y u n d d e m G r a fe n P aul
Y o r c k v. W a r t c n b c r g , Halle, 1923, págs. 59-60.
(-’) La tipificación historiográfica es un expediente cómodo y hasta
necesario porque lo exige la índole de la inteligencia hum ana. Pero,
en c u a l q u i e r caso, insuficiente. Cada u n o es cada u n o , d i c e nuestro
pueblo; y m uy bien pu d iera ser este dicho la m áxim a c o n d u c t o r a del
histo riad o r, una d e cuyas m etas consiste en rev elar lo que tienen
de cada uno las personas y los sucesos.
es la línea continua y siem pre in term inada del p ro ­
greso perm anente, sino el ciclo. Mas no debe pensarse
que cada ciclo trae consigo a la H istoria carmina non
prius audita; es decir, ideas, estim aciones y problem as
verdaderam en te nuevos. Los pensadores que dan con­
tenido intelectu al y fig u ra histórica a cada uno de los
ciclos, no pasan de m odelar con form a d istin ta los
contados problem as y las contadas respuestas que se
p lan tea la m ente filosófica: tem as, problem as y re s­
puestas se irían repitiendo indefinida e in v a riab le­
m ente en el curso de la H istoria.
La m ente arro jad a y visual de don M arcelino no se
conform a sino con o b jetiv ar a la m an era platónica esos
contados tipos a que puede reducirse la producción
intelectual de todos los hom bres: «Las ideas — dice
en 1884 — son de todo el m undo o m ás bien no son
de nadie: son ex tra ñ a s al filósofo, y m oran en un
m undo superior, desde donde, puras, inm óviles, bien­
aventuradas, como las vió o fantaseó Platón, m andan
sosegadam ente sus rayos sobre la fren te del filó­
sofo» (*). Lo mismo venía a p en sar acerca de los
cánones literario s y estéticos: «Entiéndase siem pre
— advertía, hablando de ellos — que estos cánones no
son cosa relativ a y tran sito ria, m udable de nación a
nación y de siglo a siglo, aunque en los accidentes lo
parezcan, sino que, en lo que tienen de verdadero y
profundo, se apoyan en fundam entos m atem áticos e
inquebrantables, a lo menos p ara mí, que tengo to d a­
vía la debilidad de creer en la Metafísica». «N uestra
ciencia — añade a poco, refiriéndose a la Estética —
es sustancialm ente la m ism a de P lató n y de A ristó­
teles. ..» (2) Las ideas, como los antiguos pensaron de
las estrellas, están sobre la cabeza de los hom bres e
im ponen sobre ellos su ineludible dominio. N adie sería

n) C ien c ia , II, 74.
(2) I d e a s , I, 5-6. ¿No re su lta algo difícil a rm o n iza r estos p e n sa ­
m ientos con aquello de «en M etafísica, q u erié n d o lo o sin q u e rerlo ,
todos somos m ás o m enos escépticos»? T am b ién M enéndez P elayo,
como U nam uno, como O rtega, com o todos aquellos en q u e la vida es
la va r ia et m u l t i m o d a v i t a vt. i n m e n s a v e h e r n e n t e r , q u e en sí m ism o
veía San A gustín, p odría decir el ya citado dístico de U lrico de
H u tten , qu e O rtega hace suyo:
Y o n o so y u n libro h e c h o c o n r e f l e x i ó n ;
y o s o y u n h o m b r e co n m i c o n t r a d ic c i ó n .

¿Q uién, si bien se m ira a sí m ism o, no d irá mAs o m enos otro tonto?
capaz de pensar sino en lo que «ya estaba» antes de
que un hom bre pensase; y así, p ara el Menéndez Pe-
layo platónico, la historia del pensam iento humano
apenas pasaría de ser u n a proyección caleidoscópica o
cinem atográfica de estas ideas perm anentes sobre la
m ente de los hombres. O, dichas las cosas en lenguaje
geom étrico: el curso histórico sería u na curva aparen­
tem ente v ariab le en su nivel; pero de trazado rígida y
constantem ente establecido por su referencia al centro
o los centros que le determ inan.
Si se enlazan estas ideas en torno al acontecer his­
tórico con la tesis de un «genio de la raza»^, tan cara
siem pre a don Marcelino, se advertirá plaram ente el
estrecho encajonam iento del pensador — sit venia
v e rb o — dentro de tal concepción de la Historia. La
época en que el pensador vive le impone su poderoso
m andato; la parvedad de los caminos intelectuales que
le están abiertos — tipos históricos del filosofar —
estrecha más aún el ám bito de su libertad; el «genio
de la raza» a que negativam ente pertenece, impone a
su filosofar el a priori de un estilo racial o nacional.
Tres instancias, la M etafísica, la H istoria y la Biología,
acosan al pensador; más que ofrecerle caminos, le im ­
ponen problem as y soluciones. Sobre él está la parve­
dad de las soluciones m etafísicas; a sus costados, el
im perativo de la época; por debajo, las exigencias del
«genio de la raza». ¿Qué mínimo espacio queda enton­
ces a la libertad y originalidad personales?
Del positivismo historiográfico tom a Menéndez P e-
layo parte de su idea fundam ental, según la cual el
acontecer hum ano podría ser considerado como una
serie de «hechos» positivos causalm ente relacionados
entre sí por un conjunto de «leyes». Piensa, por ejem ­
plo, que un día será posible exponer con suficiencia la
historia de la filosofía española, o, por lo menos, la
historia de la filosofía de España; «la cual — añ ad e—.
en el mero hecho de ser historia, tendría ya sus leyes
im puestas por el objeto mismo; tendría su construcción
interna, su tejido de causas y efectos, y no podría
exponerse a retazos y como fárrago de mal hilvanadas
monografías, ni sería yuxtaposición inorgánica, sino
cuerpo vivo» 0 ) . En este texto mezclan visiblemente

(i) C i e n c ia , II. 72. El tex to es de 1884.
su influencia de la historiología positivista y el orga-
nicismo romántico de la llamada «escuela histórica»,
vía a través de la cual — no contando el ya comentado
magisterio de Lloréns y Milá — debió llegar a Menén­
dez Pelayo la idea del Volksgeist o «espíritu del pue­
blo» ( x). La historia del pensamiento español sería un
«organismo intelectual» en cuanto emerge de ese
«organismo viviente» que es la nación; pero esa emer­
gencia, viene a pensar don Marcelino, acontece a lo
largo del tiempo según un tejido de hechos, causas y
leyes.
En otra ocasión habla nuestro historiador acerca de
la utilidad de los manuales didácticos y resume su pa­
recer con estas palabras: «a lo menos despiertan la
curiosidad y preparan y capacitan la mente para reci­
bir la sólida nutrición de los hechos y sus leyes» (2).
El estilo no puede ser más inequívocamente positivista.
Más curioso es, sin embargo, que don Marcelino emplee
este mismo lenguaje para expresar la radical novedad
aportada por el Cristianismo a la teoría de la Historia
y a la práctica historiográfica: me refiero, como es
obvio, a la idea de un regimiento divino de la Creación.
«Adolecía la historia, escrita al modo antiguo — dice
Menéndez Pelayo —, de dos sustanciales defectos, que,
tocando al parecer únicamente a su fondo y materia,
influían al mismo tiempo, y como de rechazo, en la
forma. Nacía el primero de la carencia de leyes gene­
rales y de una concepción primera y alta del destino
del género humano, objeto de la historia. Por ser gen­
tiles sus primeros y nunca igualados maestros, y por
el estrecho círculo en que los encerraba la contempla­
ción exclusiva de su patria y ciudad, no habían podido
elevarse por las solas fuerzas racionales a la compren­
sión, a lo menos total y perfecta, del gobierno de Dios
en el mundo y de la ley providencial de la historia» (3) .

(1) «Organología» llama Troeltsch al rasgo cardinal de la «escuela
histórica alemana». Véase Der Historismus und seine Problema, Tu-
binga, 1922, págs. 277 y siguientes.
(2 ) Estudios, I, 78-79. El texto es de 1901.
(8) Estudios, VII, 22. El texto procede del discurso «La Historia
considerada como obra artística», pronunciando en 1883, con motivo
del ingreso en la Real Academia de la Historia. En ese año — uno
después de la total publicación de la Historia de los Heterodoxos —
comenzó Menéndez Pelayo su Historia de las ideas estéticas. Algo
tiene aquel discurso que puede ser entendido como proyecto inte­
lectual de la nueva época biográfica entonces iniciada.
Si Menéndez Pelayo acepta y utiliza a su manera el
concepto positivista de «ley histórica», no vacila en
rechazar la preponderante influencia que la historio-
logia del positivismo atribuye al medio geográfico y
social. «Si hay ingenio alguno — escribe — que paten­
temente y con el ejemplo demuestre lo falso de la teo­
ría de los medios, cuando se la extrema y saca de
quicio, es sin duda Martínez de la Rosa. Hijo era de
Granada, y amantísimo de ella, y, con todo, fuera
necedad buscar en sus obras el más leve reflejo de las
cualidades que hemos dado en tener por características
de la fantasía meridional y de la poesía andaluza» í 1).
Su tan confesado «genialismo» y la firme vivencia de
la personal libertad — en Menéndez Pelayo fué la li­
bertad, ya lo hemos visto, mucho más una vivencia
propia que un concepto intelectual— no le permitían
ver reducido el hombre y las obras humanas a la con­
dición de simples productos del medio. Pugnando tal
vez con< su juvenil menosprecio del pensamiento ale­
mán, prefería espontáneamente la idea de un Volks-
geist vivo y productivo a la mera pasividad de una
determinación histórica impuesta al hombre por el
«medio» (2). Mas tampoco olvida nuestro historiador
la ultima ratio de la libertad personal. «La eficacia de
la voluntad — escribe, arguyendo contra Hegel — no
exige condiciones sociales rudimentarias para dar
muestra de sí. El medio en-que vive puede modificarla,
pero no anularla» (3).
Dialéctica, positivismo y organología fueron los tres
ingredientes fundamentales en la tácita historiología
de don Marcelino. Tomó de su tiempo lo que su tiempo
le ofrecía, como hace, a la postre, todo el que no puede

(1) Estudios, IV, 263. Menéndez Pelayo atribuye la configuración
estilística de Martínez de la Rosa mucho más a la «época* que al
«medio» o al «genio de la raza». «Martínez de la Rosa — dice luego — ,
aunque ingenio andaluz, era ingenio del siglo xvn». Siempre la con­
dición de historiador acaba por romper los moldes «genialistas» en
que don Marcelino quiso situarse.
(2) Aunque a veces recurriese un poco ligeramente a esta idea del
«medio». Por ejemplo, cuando decía que «Donoso trae en sus venas
todo el ardor de sus patrias dehesas en estío», o cuando describe a
Tertuliano como «un retórico africano, a quien todo el fuego de las
calcinadas arenas en que nació arrastra a la declamación, al énfasis,
a la extremosidad en todo» (Ensayos, 302). Trátase sin duda de me­
táforas* pero también en la índole de las metáforas preferidas se
expresa la mentalidad de quien las escribe.
(3) Estudios, VII, 13.
ser un genio creador y no q u iere ser un anacoreta
intelectual. Pero lo tomó como recibe las ideas ajenas
quien, aun no siendo un genio creador, tiene y quiere
te n er una actitud intelectual propia: integrándolas en
esa actitud personal suya e inyectando en ellas, como
consecuencia, una significación inédita. ¿En qué m e­
dida fué deliberado en M enéndez Pelayo este singular
proceso de incorporación personalizadora? ¿H asta qué
punto fué espontánea e in v o lu n tariam en te cum plido
por su m ente? En algunos casos es fácil resolverse por
la prim era de estas dos posibilidades. En otros, sin
em bargo, debe q u ed ar el biógrafo en oscura y v aci­
lan te irresolución.
Fué don M arcelino, adem ás de h isto riad o r y hom bre
de su época, católico consecuente y esteta y como u n a
persona m u estra todo lo que es en cualquiera de sus
acciones parciales, no debe e x tra ñ a r que esa p erm a­
nente «voluntad de catolicismo» — si vale h ab lar así —
y esta condición de esteta, in flu y eran en su modo de
in te g ra r personalm ente los conceptos ajenos. Más o
menos deliberadam ente, M enéndez Pelayo p ro cu ra
im p lan tar en la tie rra viva y perenne de la verdad
cristiana, la dialéctica, el positivism o y la organología
histórica. Más aún: no lo intentó por vía de concor­
dismo, sino a m erced de u n a incipiente «destrucción»
histórica, como d iría H eidegger. No m irem os en este
proceder de don M arcelino sus resultados, porque él
no fué un pensador sistem ático, capaz de llev ar h asta
el fin un em peño filosófico de ta n to calado. M irem os
con cuidadosa atención, en cambio, la fecunda in te n ­
ción que le movía.

2. LA REALIDAD HISTÓRICA

Hemos estudiado h asta ahora la idea que el h isto ria­
dor M enéndez Pelayo tuvo sobre la estru ctu ra del
acontecer histórico. La atención hacia ella nos condujo
inevitablem ente al problem a de la «realidad» titu la r
de los sucesos históricos, subyacente a la H istoria y
agente de su visible curso. A dm itam os que la H istoria
sucede dialécticam ente. Pero, ¿quién es el sujeto que
va tom ando forma histórica según ese ritm o dialéc­
tico? ¿Cómo es la realidad subyacente al suceder
histórico y productora de tales sucesos? Vimos de pa­
sada la discrepancia radical en tre las respuestas de
Hegel y de M enéndez Pelayo. Hegel contesta: el Espí­
ritu. M enéndez Pelayo corrige: la Humanidad, que en
el curso de la H istoria U niversal se conduce, según la
vieja m etáfora agustiniana, como si fuese un solo hom­
bre. Con ello pasábam os de la historia del pensamiento
hum ano a la historia del hom bre productor y titular
de ese pensam iento; de la historia del saber a la histo­
ria de la vida.
Repito aquí una advertencia varias veces hecha.
Nadie espere encontrar en M enéndez Pelayo una doc­
trin a elaborada, ni siquiera en bosquejo, acerca de la
realidad histórica. Pero, aun sin haberse ocupado del
tem a como pensador sistemático, contienen sus obras
alusiones en núm ero suficiente para que el biógrafo
pueda componer, adivinando en la penum bra de lo
inexpreso o sólo a medias expresado, su im plícita acti­
tud intelectual. Veamos, pues, qué pudo pensar don
M arcelino acerca de la realidad histórica: esa realidad
hum ana, substante, libre y activa, por cuya virtud
puede h ab jer una historia del pensamiento o de la
literatu ra.
Llega M enéndez Pelayo al tem a de la realidad histó­
rica a través de un problem a estético: el planteado por
las relaciones en tre la poesía y la historia escrita. El
punto de partida de esta discusión, tan prolija a lo
largo de los siglos, es siem pre el famoso pasaje de
A ristóteles en su Poética sobre la diferencia entre el
historiador y el poeta: «No difieren el historiador y el
poeta — dice A ristóteles — porque uno haga sus rela­
tos en verso y otro en prosa (se podría versificar la
obra de Herodoto y no sería menos historia en verso
que en prosa), sino que se distinguen porque uno
cuenta acontecimientos que sucedieron y el otro acon­
tecimientos que podrían suceder. Por lo tanto, la poe­
sía es más filosófica y elevada que la historia; porque
la poesía cuenta más bien lo general; la historia lo
particular. Lo general; es decir, las cosas que verosímil
o necesariam ente dirá o h ará un hombre de tal o cual
condición; y tal es la representación a que atiende la
poesía, aunque atribuya nombres a los personajes. Lo
7
'BNftNDBZ rKLAYO
particular es lo que ha hecho Alcibíades o lo que le ha
sucedido» (Poét., 1451 a 38. b 11) (*).
Aristóteles deslinda con toda claridad la materia de
la poesía y la del relato histórico. Una y otra expresan
una misma realidad: el hombre en acción. Pero esta
realidad se hace materia histórica si el narrador atien­
de a lo que un hombre hizo, y materia poética si ima­
gina y cuenta lo que el hombre — es decir, una perso­
naje cuya fingida entidad representa un modo o cua­
lidad de ser hombre — pudo hacer. Hegel, fiel a la
distinción aristotélica, la mantiene a su manera en la
Estética. Según Hegel, la historia no es poética, sino
prosaica, porque en las edades propiamente históricas
no hay lugar a situaciones en las cuales pueda mani­
festarse con suficiente independencia y soberanía la
potencia individual. Sólo las narraciones atañentes a
las edades heroicas podrían tener carácter poético en
sentido estricto (2). Aristóteles expresaría así el pen­
samiento de Hegel: sólo en las edades heroicas, épicas,
pudo hacer el hombre algo distinto de lo que hizo.
Menéndez Pelayo, apoyado sobre una errónea inter­
pretación del texto aristotélico, pretende deshacer la
tajante diferencia que éste afirma. El poeta escribe
lo que debe ser, piensa don Marcelino, forzando la
verdadera significación de las palabras de Aristóteles.
Pero — prosigue, arguyendo contra Aristóteles — «la
necesidad implica la existencia y, por tanto, todo lo
que debe ser, es, y nada es sino como debe ser, con­
forme a su idea; lo cual anula de hecho la distinción

(i) De los dos pasajes en que Menéndez Pelayo se ocupa del texto,
en tirw? es la traducción algo inadecuada: «la poesía viene a ser algo
m i« filosófico y grave que la historia — dice algo Marcelino — , porque
fppir.ef ftfa do lo que es, sino lo que debe ser» (Estudios, V il, 8 ). La
versión de Menéndez Pelayo concede a la diferencia entre poesía e
historia un de necesidad (el deber ser), que no corresponde al
OTitv<o del texto íel poder suceder). Aristóteles, en efecto, contra­
pone las cosas sucedidas yero/ieva) y *° Que habría de suceder sL..
(el optativo yéroiro* - ^ el otro pasaje {Ideas, I, 60) da don M arceli-
c,o rr^.a versión acertada: «el historiador cuenta las cosas que suce­
dieron, el poeta las que pudieron o debieron suceder». Aquel error
de traducción condiciona la existencia de otro en la interpretación
de! pasaje. Luego vuelvo sobre este tema.
íit x o es éste lugar adecuado para exponer con detalle el punto de
vísta begeíiano. En las sociedades históricas, según Hegel, las insti-
tucicmes y costumbres — el «espíritu objetivo» — se tragan a la crea­
ción poética, creadora, del hombre individual, a diferencia de lo que
acontece en las edades heroicas. El hombre «civilizado» no podría
*alír originalmente de los cauces históricos que con su propia acción
ha construido,

é
aristotélica, ya que igual realidad tienen a los ojos
del espíritu el héroe real y el imaginado. Carlom^gno
o Don Quijote, Temístocles y Hamlet >. Es el caso, em­
pero, que, según el texto de Aristóteles, el poeta ro
relata lo que debe ser, sino lo que podría ser. y así
queda sin efecto la argumentación de don Marcelino,
Mas, como tantas veces ocurre, este error interpreta­
tivo va a ser fecundo. Luego lo veremos.
El mismo sentido tiene su polémica contra Hegel en
tomo al carácter poético de la historia. Menéndez Pe-
layo cree firmemente en éL porque a sus ojos hay una
esencial relación entre la narración histórica y la poe­
sía. «Bien puede afirmarse — escribe — que no h a y
dos mundos distintos, uno el de la poesía y otro el tíe
la historia; porque el espíritu humano, que crea la
una y la otra, y a un tiempo la ejecuta y la escribe, es
uno mismo, y cuando quiere aislar sus actividades y
engendrar, verbigracia, obras poéticas que no tengan
raíces en la historia y en la sociedad donde nacen, pro­
duce sólo un caput mortuum* . . . ( x). Con mayor cla­
ridad expresará este mismo pensamiento doce años
más tarde, en su contestación al Discurso del Marqués
de Pidal en la Academia Española. Habló don Maree-
lino del drama histórico, y dijo, entre otras cosas:
«Tampoco puede decirse que la historia viva sólo de
verdades positivas e incontrovertibles, sino que entran
en ella, por grandísima parte, lo verosímil, lo conjetu­
ral y lo opinable...» (2). Luego insiste en su idea y
la precisa: «De los pechos de la realidad se nutre la
poesía, como se nutre la historia, y entrambas cons­
piran amigablemente a darnos bajo la verdad real (en
que se incluye también, lo verosímil) la verdad ideaL
que va deletreando nuestro espíritu en confusos y me­
dio borrados caracteres> (3).
Siempre, en lides biográficas, los textos posteriores
nos ayudan a entender los anteriores. Esos dos textos
de 1895 nos ilustran con clara luz este otro de 1S83.
en el cual compendia Menéndez Pelayo su discusión
con Aristóteles y Hegel: «Lejos de ser la historia pro-

(i) Estudios, v n , 14. El texto es de 1883.
*4-) Estudios, VTI, 36.
(*> Estudios. V n . 38.
saica por su índole, es la afirm ación y realización m ás
b rillan te de toda poesía hum ana actual y posible, sin
que necesite el poeta otra cosa que ojos p ara verla, y
alm a p ara sentirla, y talento de ejecución p ara re p ro ­
ducirla; pues con esto sólo q uedará d ep u rad a y m agni­
ficada, no tan to por algo ex terio r y propio suyo que el
poeta le añada, como por algo que en la realidad m is­
m a está y que no todos los ojos ven, sino los del artista
solam ente. Este algo es precisam ente lo universal o lo
necesario, que A ristóteles dice; el reflejo de las ín te­
gras, sencillas, inm óviles y b ienaventuradas ideas, que
decía su m aestro P latón; la verdad ideal, que persigue
Hegel. Y esta v erdad está en el artista, porque él la
entiende; pero está tam bién en la cosa mism a, que no
sería inteligible sin esta luz. Sin este poder de visión,
sin esta facultad de descubrir lo u niversal que recono­
cemos en el artista como cualidad principalísim a suya,
no hay poesía, pero tam poco h ay historia» (*).
M enéndez Pelayo se sitúa platónicam ente ante la
realidad visible, in teg rad a por el m undo p resen te y por
los restos que dan a los ojos testim onio del m undo p a ­
sado. D etrás de ella está la verdad ideal o m etafísica,
a la cual podrían reducirse, en ú ltim a instancia, la
«verdad ideal» de Hegel, la «idea» platónica y el con­
cepto aristotélico de «lo general» o «lo universal».
H a dicho nuestro h isto riad o r que ju n to ^ las «verda­
des positivas e incontrovertibles» en tra en la historia,
por grandísim a parte, «lo verosím il, lo conjetural, lo
opinable». De otro modo: el h istoriador describe ta m ­
bién, so pena de no serlo verdaderam ente, algo distinto
de los «hechos positivos» que nos dan testim onio visi­
ble de la acción hum ana. Apóyase, es cierto, sobre la
verdad incontrovertible de esos «hechos», mas no se
detiene en ellos. Sólo alcanza v erd ad era je ra rq u ía de
historiador cuando conjetura las intenciones que hicie­
ron posible la existencia real de tales hechos, los fines
en cuya virtud adquiere una acción hum ana su genui-
na condición histórica. C laram ente lo advierte nuestro
historiador: «Algo de esto — refiérese a lo que el poeta
hace con sus personajes — hace tam bién la historia;
pero de un modo mucho más im perfecto y somero, p ro ­
cediendo por indicios, conjeturas y probabilidades,

(O E s t u d i o s , v i l , 14.
juntando fragm entos m utilados, interrogando testimo­
nios discordes, pero sin ver las intenciones, sin saberlas
ni penetrarlas a ciencia cierta como las ve y sabe el
poeta, arrebatado de un num en divino» í 1). Si recor­
damos que es la universalidad de esas intenciones en
lo que precisam ente consiste la vía de la historia hacia
la verdad ideal, podremos llegar, dentro del espíritu
de don Marcelino, a la siguiente conclusión:
1. El poeta adivina la verdad ideal arrebatado por
su num en. L a verdad ideal estaría representada en
poesía por la universalidad de las creaciones poéticas,
m ejor dicho, por lo que de verdaderam ente univer­
sal hay o puede hab er en tales creaciones.
2. El filósofo contempla la verdad ideal reduciendo
a teoría el m undo de sus experiencias naturales e his­
tóricas (de la opinión, como d iría Parm énides).
3. El historiador conjetura la verdad ideal seña­
lando por vía de verosim ilitud los fines universales de
las acciones históricas. La verdad ideal de la historia
está en la universalidad, en el carácter genéricamente
hum ano de ciertas intenciones hum anas: las intencio­
nes creadoras de los testimonios positivos en que el
historiador debe apoyar su relato. En consecuencia, el
historiador verdadero se ve forzado a un m enester de
adivinación. El objetivo específico de esta ergomántica
en que la historiografía consiste — adivinación de los
hom bres por sus obras — es el arcano propósito en
cuya v irtud un hombre, el autor del testimonio visible,
hizo lo que hizo entre todo lo que allí y entonces pudo
librem ente hacer.
A hora vemos con entera claridad lo que Menéndez
Pelayo quería decir cuando hablaba de la esencial
relación existente entre la poesía y la historia. Una
acción es histórica cuando la libre intención del hom ­
bre que la ejecuta acierta a crear algo general o um ­
versalmente válido . La acción histórica es, por lo ta n ­
to, creación o, como los griegos dirían, poiesis; la his­
toria es poesía, podría decirse si se quisiera hacer una
frase (2).
(0 E stu d io s, VII, 10.
(») En los orígenes de las lite ra tu ra s aparecen íntim am ente m ez­
cladas la poesía y la historia. «Tam bién la H istoria — dice don M arce­
lino __ crece a los pechos d e la epopeya, y al despojarse de la form a
m étrica no a b ju ra de su origen ni de la pasión a lo m aravilloso, m
d e la candorosa y p a tria rc a l ingenuidad del relato, que hacen a e
Este mismo carácter poético tiene la historia escrita
o historiografía; esto es, el arte de relatar las acciones
humanas cuyos fines tengan verdadero valor histórico.
El historiador, apoyado en los testimonios visibles de
las acciones históricas — dacumentos, libros, cuadros,
etc. — , vese en el trance de re-crear la intención crea­
dora que les hizo posibles y adivinar conjeturalmente
lo que en esas intenciones hay de verdaderamente
universal. O el historiador es vate — a su manera,
desde luego — , o queda en mero coleccionista. A estas
generosas actividades espirituales de creación y adi­
vinación se refería Dilthey en su definición del verda­
dero historiador: «Sólo ellas hacen posible dar una
segunda vida a las sombras exangües del pasado. El
enlace de entrambas con una ilimitada necesidad de
entregarse a una existencia ajena, y aun de perder la
propia personalidad en ella, es justamente lo que cons­
tituye al gran historiador» í 1). Mucho antes había
dicho fray Jerónimo de San José que «el historiador,
como otro Ezequiel, ha de vaticinar sobre los indicios
de acaecimientos». Es decir, ha de hacerse vate. La
personal libertad del que hizo la historia exige nece­
sariamente la adivinación por parte del que la escribe.
El error de Menéndez Pelayo en su interpretación
del pasaje de Aristóteles le condujo a un resultado fe­
cundo. No son infrecuentes tales azares en la historia
del pensamiento humano. Menéndez Pelayo quiso ver
una limitación del texto aristotélico en lo tocante a
su concepto de la poesía; y en esto se equivocó, porque
Aristóteles no dice que el poeta relate lo que debe ser,
sino lo que podría suceder. La limitación de Aristóte­
les — o, por lo menos, su imprecisión expresiva — no
está en lo que dice de la poesía, sino en lo que apunta
de la historia; porque la historia no sólo relata lo par­
ticular {ra xa&'éxatTTov), mas también en cierto modo
— como la poesía—, lo general o universal (ra xaScrAou).
Lo que Alcibíades hizo fueron, desde luego, cosas par­
ticulares; pero esas cosas particulares sólo se consti­
tuirán en objeto de la historia si sus fines alcanzaron a
ser en alguna medida generales o universales. Por

Herodoio un poeta é p ic o ...» (Orígenes, i, 9 ). Lo mismo ocurre en
el Poema tlel Cid, en la Canción de Roldún, etc.
<-¡ Ge*. Schr., V II, 201.
otra parte, esos fines fueron elegidos por Alcibíades
entre todos los que como hombre y como griego Je
estaban ofrecidos. De aquí que para nosotros, loa
hombres cristianos y modernos, la historia — a dife­
rencia de lo que la íorerpía, mero relato de lo sucedido,
fué para el g rieg o— tenga en su misma constitución
un ingrediente poético: el que le da su participación
en el reino del poder ser. El historiador no sólo se
ocupa en conocer lo que ha sido; también se emplea,
por constitutiva necesidad de su oficio, en conjeturar
lo que ha podido ser.

3. EL Á M B IT O DE L A HISTORICIDAD

Hemos estudiado las ideas que don Marcelino tuvo
— o, mejor dicho, pudo te n e r — sobre la estructura
del acontecer y acerca de la realidad histórica. Veamos
ahora lo que pensó respecto al ámbito de la histori­
cidad. De otro modo: cómo don Marcelino se contestó
a la pregunta por los límites de la historia. Advertiré,
como tantas otras veces, que Menéndez Pelayo no se
planteó de frente este problema. No obstante, lo tocó,
y del modo más insospechable.
Tomó parte don Marcelino en el Primer Congreso
Católico Nacional Español, que se celebró en Madrid
por mayo de 1889. Habló sobre el tema «La Iglesia y
las escuelas teológicas en España». Sus palabras fueron
antes pieza oratoria que trabajo de investigación, aun
cuando no faltase en ellas buen acopio de erudición
excelente y bien compuesta. Mas lo notable fué que
su discurso, tanto como a ensalzar con frase encendida
la contribución española a la teología católica, se ende­
rezó con curiosa insistencia a otro objetivo: la afirma­
ción de cierta historicidad en la estructura intelectual
de la Teología. En el seno de la especulación teológica
está la verdad inmutable del dogma; pero la inmuta­
bilidad del dogma se hallaría circundada, cuando el
hombre hace de ella problema intelectual, por el mu­
dable ropaje del pensamiento teológico.
«No hay duda de que la Teología, en cuanto a sus
principios esenciales — dijo don M arcelino— , parti­
cipa de la inmutabilidad y fijeza adamantina propias
de la dogmática religiosa, y que por esto mismo apare-
E ste mismo carácter poético tien e la historia escrita
o historiografía; esto es, el a rte de re la ta r las acciones
hum anas cuyos fines tengan verd ad ero v alor histórico.
El historiador, apoyado en los testim onios visibles de
las acciones históricas — dacum entos, libros, cuadros,
etc. — , vese en el tran ce de re -c re a r la intención crea­
dora que les hizo posibles y adivinar co n jetu ralm en te
lo que en esas intenciones h ay de v erd ad eram en te
universal. O el histo riad o r es v ate — a su m anera,
desde luego — , o queda en m ero coleccionista. A estas
generosas actividades espirituales de creación y ad i­
vinación se refería D ilthey en su definición del v e rd a ­
dero historiador: «Sólo ellas hacen posible d ar una
segunda vida a las som bras exangües del pasado. El
enlace de en tram b as con u n a ilim itada necesidad de
entregarse a una existencia ajena, y aun de p erd er la
propia personalidad en ella, es ju stam en te lo que cons­
titu y e al g ran historiador» ( x). M ucho antes h ab ía
dicho fray Jerónim o de S an José que «el historiador,
como otro Ezequiel, h a de v aticin ar sobre los indicios
de acaecimientos». Es decir, h a de hacerse vate. La
personal lib ertad del que hizo la h isto ria exige nece­
sariam ente la adivinación por p a rte del que la escribe.
El erro r de M enéndez Pelayo en su in terp retació n
del pasaje de A ristóteles le condujo a un resultado fe ­
cundo. No son infrecuentes tales azares en la histo ria
del pensam iento hum ano. M enéndez Pelayo quiso ver
una lim itación del texto aristotélico en lo tocante a
su concepto de la poesía; y en esto se equivocó, porque
A ristóteles no dice que el poeta relate lo que debe ser,
sino lo que podría suceder. La lim itación de A ristó te­
les — o, por lo menos, su im precisión expresiva — no
está en lo que dice de la poesía, sino en lo que apunta
de la historia; porque la historia no sólo relata lo p a r­
ticu lar ( t¿lxaS'cxaorov), m as tam bién en cierto modo
— como la poesía— , lo general o universal ( t u xaSaXov).
Lo que Alcibíades hizo fueron, desde luego, cosas p a r­
ticulares; pero esas cosas particu lares sólo se consti­
tu irán en objeto de la historia si sus fines alcanzaron a
ser en alguna m edida generales o universales. P or

H erodoto un poeta é p ic o ...» ( O r í g e n e s , T, 9). Lo m ism o o c u rre en
el P o e m a d e l Cid, en la C a n c ió n de R o ld á n , etc.
(i) Ges. S c h r . , VII. 201.
otra parte, esos fines fueron elegidos por Alcibíades
entre todos los que como hombre y como griego le
estaban ofrecidos. De aquí que para nosotros, los
hom bres cristianos y modernos, la historia — a dife­
rencia de lo que la lorapía, m ero relato de lo sucedido,
fué para el griego — tenga en su misma constitución
un ingrediente poético: el que le da su participación
en el reino del poder ser. El historiador no sólo se
ocupa en conocer lo que ha sido; tam bién se emplea,
por constitutiva necesidad de su oficio, en conjeturar
lo que ha podido ser.

3. EL ÁMBITO DE LA HISTORICIDAD

Hemos estudiado las ideas que don Marcelino tuvo
— o, m ejor dicho, pudo te n e r— sobre la estructura
del acontecer y acerca de la realidad histórica. Veamos
ahora lo que pensó respecto al ám bito de la histori­
cidad. De otro modo: cómo don M arcelino se contestó
a la pregunta por los lím ites de la historia. A dvertiré,
como tantas otras veces, que Menéndez Pelayo no se
planteó de fren te este problem a. No obstante, lo tocó,
y del modo más insospechable.
Tomó parte don M arcelino en el P rim er Congreso
Católico Nacional Español, que se celebró en M adrid
por mayo de 1889. Habló sobre el tem a «La Iglesia y
las escuelas teológicas en España». Sus palabras fueron
antes pieza oratoria que trabajo de investigación, aun
cuando no faltase en ellas buen acopio de erudición
excelente y bien compuesta. Mas lo notable fué que
su discurso, tanto como a ensalzar con frase encendida
la contribución española a la teología católica, se ende­
rezó con curiosa insistencia a otro objetivo: la afirm a­
ción de cierta historicidad en la estructura intelectual
de la Teología. En el seno de la especulación teológica
está la verdad inm utable del dogma: pero la inm uta­
bilidad del dogma se hallaría circundada, cuando el
hom bre hace de ella problem a intelectual, por el mu­
dable ropaje del pensamiento teológico.
«No hay duda de que la Teología, en cuanto a sus
principios esenciales — dijo don Marcelino , p arti­
cipa de la inm utabilidad y fijeza adam antina propias
de la dogmática religiosa, y que por esto mismo apare-
ce levantada sobro todo el fragor y tum ulto do las
opiniones hum anas; poro también, os cierto quo ol dog­
ma misino, vn cuanto al modo do sor ontondldo y
desarrollado m etódicam ente en form a do disciplina o
enseñanza científica, obedece a la m ism a ley de p ro ­
greso que em puja a todas las artes y clónelas hacia su
perfección, y por oso la Teología do San Ju stin o no es
la de T ertuliano, ni la do T ertuliano la de Orígenes,
ni la de O rígenes la de San Agustín, ni la de San Agus ­
tín la de San Anselmo, ni la de San Anselmo la de
S anto Tom ás; no porque vi objeto de esta ciencia d i­
vina. que son las verdades revoladas, cambio, sino
porque cam bia ol sujeto quo las entiendo y las en ­
seña» (*). Ve don M arcelino en la Teología, más que
un sistem a acabado y concluso, la historia do las reac­
ciones intelectuales del hom bre — cria tu ra histórica­
m ente m u d a b le — fren te a la verdad inm utable o im­
perecedera de las verdades dogm áticas. Con otras p a ­
labras: M enéndez Pelayo considera a la Teología con
m ente de historiador creyente, e históricam ente p re ­
tende enten d er las diferencias en tre los distintas es­
cuelas teológicas.
No se cansará de re p e tir esta idea. «La Teología
— añade en otro párrafo — tiene su historia como to ­
das las ciencias, y quien dice historia, dice algo de
relativo, transitorio y m udable. Donde hay un o rg a­
nismo de verdades y un entendim iento que le com­
prenda, queda siem pre la posibilidad de una com pren­
sión más alta. Y si esto es verdad de la Teología, cuyas
prem isas trascienden del orden n atu ral, ¡cuánto más
no ha de serlo de la filosofía, entregada eternam ente
a las disputas de los hombres! Ciencia absoluta, ciencia
eterna, ciencia inm utable, ciencia única, que resuelva
en una ley general todos los casos particulares, sólo en
la m ente de Dios existe, y fuera vano em peño buscarla
en esta pobre sabiduría hum ana, que si algo tiene de
grande, no e s tanto lo que posee cuanto el estim ulo
creciente de perfección que Dios puso en sus entrañas.
M ientras prosigan naciendo seres racionales, nadie po­
drá decir que la virtualidad o potencia metafísica está
a g o ta d a ... Esta filosofía — añude luego, refiriéndose

<*) KnMttyoa, .101303. ¿No hay una ptirfertn concordAnoln mías
paUbrta 4# Merttniltx P»Uyo y ln» qu» hao** poco (entro d« 1P44)
pronunció Pío XI! *nim •! pfttrtoiario romano?
' a lu cristiano; — ni esU ni puede «star agotada, porque
la Infinita bondad de Dios, que hizo al hombre capaz
do todo Inteligible, no puede consentir que caiga «obre
bu espíritu la «ombra de la Inacción, todavía más pe­
sada que la de la muerte» (>).
En estos dos largo# textos transparere con nitidez
la actitud intelectual de don Marcelino. M uéstrase en
ellos, como siem pre, el historiador: el mismo historia­
dor que diez afios antes había polemizado con Pidal y
el P. Fonseca, en defensa de la capacidad creadora del
pensam iento cristiano postmedieval. No es difícil p er­
cibir en las lineas transcritas la huella, serenada ya.
del antiguo fragor. Pero, no contando este evidente
vestigio biográfico, dos son las intenciones que en esas
lineas cabe advertir: una, tocante a la disposición in­
telectual del teólogo o, más generalm ente, del pensa­
dor cristiano; otra, pertinente a la vida intelectual de
España.
P retendo M enéndez Pelayo convencer a su auditorio
do que nada verdaderam ente eficaz puede hacerse en el
orden Intelectual sin información y sin mentalidad his­
tóricos. El no es un pensador original ni un teólogo; y.
por lo tanto, no debe esperarse verle instalado dp cara
ante el arduo y fecundísimo problema teológico y
filosófico de las relaciones entre la Historia y la Teo­
logía. Es, no me cansaré de repetirlo, un historiador y
— en su m adurez, al m enos— un erudito bien infor­
mado de lo que en su tiempo pasa. Por eso alza su voz
en pro de la formación histórica de los teólogos y del
cultivo de la Teología con m ente histórica. Al fin de
su vida, en sus «Advertencias preliminares» a la se­
gunda edición de los Heterodoxos, insistiré con energía
en la defensa de su ya antigua tesis: «Hora es ya de
que los españoles comencemos a incorporarnos en esta
corriente — el cultivo histórico de la Teología - . enla­
jándola con nuestra buena y sólida tradición del tiem ­
po v ie jo ... No faltan teólogos nim iam ente escolásti­
cos que recelen algún peligro de este gran movimiento
histórico que va invadiendo hasta la enseñanza de la
teología dogmática. Pero el peligro, dado que lo fuer»,
no es de ahora; se rem onta por lo menos a las obras
clásicas de Dionisio Petavio y de Thomasslno. que tu -

i*l KnmiVP*. JIO8--ÍI0S.
vieron digno precursor en nuestro Diego Ruiz de Mon-
toya. De rudos e ignorantes calificaba Melchor Cano
a los teólogos en cuyas lucubraciones no suena la voz
de la Historia. ..» ( x). «Si el historiador debe ser teó­
logo, el teólogo debe ser también historiador», añade,
a poco, parafraseando a Hergenroether. A través de
su mentalidad de historiador, la vivísima fe religiosa
de Menéndez Pelayo ha llegado a entrever y esperar
nuevos horizontes en el camino histórico del pensa­
miento cristiano.
Esta certidumbre es también la que determina su
intención frente a España. Quiere instalar a los cató­
licos españoles en la Historia, frente a los problemas
reales de su tiempo y a los posibles del tiempo que
está llegando. «Al respetar la tradición — advierte — ,
al tomarla por punto de partida y arranque, no olvi­
demos que la ciencia es progresiva por su índole mis­
ma, y que de esta ley no se exime ninguna ciencia.
Patet ómnibus veritas: nodum est occupata. Y aunque
quisiéramos detenernos sería empeño imposible...» ( 2).
La limitación de la inteligencia humana y la ineludible
historicidad del hombre dilatan el imperio de la His­
toria hasta los últimos límites de todo humano saber.
Donde hay hombres, hay historia. Pero este imperativo
de la Historia no pone a la inteligencia de Menéndez
Pelayo en la vía de un relativismo sin asidero. En pri­
mer término, porque cree en la validez absoluta de la
verdad revelada. En segundo, porque cree en la razón
humana, y, como luego veremos, sabe contemplar la
Historia sub specie rationis. Por ello postula con tan
segura esperanza la consideración histórica de todos
los problemas intelectuales, incluidos los teológicos.

(i) Heterodoxos, I, 13-14. El texto es de 1910.
<2) Ensayos, 306. La idea que Menéndez P ela yo tenía del pensa­
miento católico español de su tiempo está claramente expresada en el
dolorido párrafo final: « ¡Y entretanto los católicos e s p a ñ o le s ... no
acudimos ni a la brecha cada día más abierta de la metafísica, ni
a la de la exégesis bíblica, ni a la de las ciencias naturales, ni a la
de las ciencias históricas, ni a ninguno de los campos donde siquiera
se dilatan los pulmones con el aire de las grandes batallas!» (En­
sayos, 307).
4. MÉTODO Y FRUTO DE LA HISTORIOGRAFÍA

La idea que Menéndez Pelayo tiene acerca de la
realidad histórica condiciona su visión del método his-
toriográfico. A dos tipos de verdades se endereza el
esfuerzo cognoscitivo del historiador: las «verdades
positivas e incontrovertibles» y las «verdades posibles,
verosímiles o conjeturales».
La verdad de los testimonios visibles — una carta
auténtica, una edición original, un documento, etc. — ,
es, en efecto, positiva e incontrovertible, supuesta su
autenticidad. De aquí nace la primera exigencia del
método historiográfico: crítica positiva de las «fuen­
tes», hasta precisar con suficiencia la autenticidad de
su atribución y la índole de su contenido. La fisiología,
la lingüística, la paleografía, la arqueología, etc., son
las disciplinas que sirven al historiador para establecer
«la verdad positiva e incontrovertible» sobre la cual
ha de ejercitar su comprensión. Menéndez Pelayo no
se ocupa en describir con mayor detalle los problemas
y las técnicas de éste primer paso del método histo­
riográfico.
Sería el historiador, empero, indigno de este nombre
si se limitase a deletrear y ensamblar documentos crí­
ticamente bien depurados. El paso anterior es condi­
ción necesaria, mas no condición suficiente. Comienza
el historiador a serlo de veras cuando conjetura la
«verdad ideal o universal» que tienen o pueden tener
las intenciones humanas creadoras de aquellos testi­
monios «positivos e incontrovertibles». «Lejos de ser la
historia prosaica por su índole — decía en 1895 don
Marcelino —, es la cantera inagotable de toda poesía
humana actual y posible, sin que necesite el poeta otra
cosa que ojos para verla y alma para sentirla, y talento
de ejecución para reproducirla pues con esto sólo que­
dará depurada y magnificada, no tanto por algo exte­
rior que el poeta le añade, cuanto por algo que en la
realidad misma está, y que no todos los ojos ven, sino
los del artista solamente. Sin este poder de visión, sin
esta facultad de descubrir la verdad intrínseca y fun­
damental, oculta bajo las apariencias fugitivas y mu­
dables, no hay, ciertamente, poesía histórica ni de
ningún otro género; pero tampoco puede decirse en
rigor que h aya historia» ( ’ ). El h istoriador cum ple,
pues, su noble oficio cuando logra ser conjeturador,
casi adivino, de la verdad universal y necesaria que
late bajo la m udable apariencia de los sucesos histó­
ricos.
Así entiende M enéndez Pelayo el arduo y levantado
ejercicio de la comprensión histórica, y por eso esta­
blece un estrecho parangón en tre el histo riad o r y e l
poeta. P arécense am bos en un carácter negativo: «El
poeta no inventa — dice don M arcelino, osando una
p a ra d o ja — , ni el histo riad o r tam poco; lo que hacen
uno y otro es com poner e in te rp re ta r los elem entos
dispersos de la realidad. En el modo de in terpretación
es en lo que difieren» ( -). Ni el poeta puede hacer poe­
sía desligándose del m undo real — n a tu ra l e histó­
rico — , ni el histo riad o r escribirá historia propiam ente
dicha si sólo se atiene a lo visible con los ojos de la
cara. De aquí el trán sito continuo en tre la histo ria y
la poesía histórica. No resisto a copiar el largo párrafo
en que M enéndez Pelayo fija su posición acerca de este
tem a. «En vano se clam a contra la confusión de am bos
géneros. L a fan tasía conservará en todo tiem po sus
derechos h asta en la historia, siem pre que los ejercite
en el modo y form a que en la h istoria cabe y la sed de
realidades que aq u eja a nuestro espíritu, y que no se
sacia con la realidad presente, la cual le parece por lo
común opaca y m onótona, buscará siem pre en el arte
el atractivo de la evocación de lo pasado. T ruenen en
buen hora contra el arte histórico los investigadores
sin im aginación y sin estilo, que sólo abusando m ucho
del vocablo pueden ser llam ados historiadores; tr u e ­
nen por otro lado, contra el d ram a y la novela histó ­
rica, los espíritus prosaicos, que no conciben p ara la
lite ra tu ra m ás noble em pleo que la reproducción m i­
nuciosa y servil de lo más vulgar, cuando no de lo más
bajo y ruin de la vida contem poránea. El hom bre de
buen juicio contestará siem pre, en cuanto a lo p rim e­
ro, que no es lícito falsear la historia ni en lo grande
ni en lo pequeño pero que p ara escribirla hay que
saber leerla, y sentirla, e in terp reta rla, y concebirla
como un todo orgánico y vivo, p ara lo cual no basta

(J) Estudki!, vn , 7-8.
(*) Zftudio*. VII. 38.
la le tra m u erta de Jos documento»; pues, si asi fuera,
no h abría historia m ejor que un archivo bien orde­
nado, y hasta sería ilícito y aun pernicioso todo comen­
tario. Y en cuanto a ]o segundo, que por grande que
sea el prestigio de las ficciones individuales y por m u­
cho interés que tomemos en la representación de los
accidentes del vivir moderno, hay algo más profundo,
sereno y desinteresado en la contemplación retrospec­
tiva a que nos lleva la historia, y sin duda por eso los
grandes poetas dram áticos de todos los tiempos, nacio­
nes y escuelas (salvo en el campo de la comedia, que
por su índole esencial no puede ser histórica), han
preferido lo tradicional a lo inventado, y su fuerza ha
estado en razón directa de la com penetración de su
genio propio con el alm a de la tradición» ( J).
El poeta y el historiador se asemejan, pues, negativa
y positivam ente. N egativam ente, en cuanto no pueden
desligarse de la realidad n atu ral e histórica. Positiva­
m ente, en cuanto uno y otro cum plen su oficio leyendo
lo que de universalm ente hum ano hay en el fondo de
sus personajes. El poeta puede hacerlo plenam ente y
sin trabas, porque — en el momento inicial de la con­
cepción poética, al m en o s— es «dueño de sus perso­
najes, históricos o inventados, puede penetrar hasta el
fondo de su alma, escudriñar lo más real e íntimo,
sepultarse en los senos de su conciencia, poner en clara
luz los recónditos motivos de sus acciones».. . El his­
toriador, en cambio, sólo puede proceder «por indicios,
conjeturas y probabilidades» ( 2).
L a comprensión histórica tiene, pues, un fundam en­
tal carácter poético. Pero, cuidado, que esto no equi­
vale a declararla m ateria de ligera y alegre improvi­
sación. Como decía Dilthey, la herm enéutica histórica
exige «la conversión de la genialidad personal en téc­
nica». Apóyase en una dura y difícil técnica prelim i­
nar: filología, arqueología, paleografía, etc., y sólo a
través de determ inadas reglas técnicas puede ser eje­
cutada por el historiador. Veamos sinópticamente,
dando orden expositivo a la dispersa ocurrencia, las
condiciones que Menéndez Pelayo señala al historiador
en acción.

(i) Eirtudío». V il. 34-35.
m Entudio». VII. 10.
Primera entre ellas es, sin duda, la personal intimi­
dad del historiador con la obra, la persona o el suceso
a que quiere dedicar su atención historiográfica. Sólo
habremos comprendido históricamente a un pensador
cuando hayamos reconstruido, re-creado por cuenta
propia su pensamiento. Si los principios de cualquier
creación filosófica, dice Menéndez Pelayo, «han de
tener alguna eficacia y virtualidad, será preciso que
cada pensador los vuelva a pensar y encontrar por sí
mismo. Y entonces no serán ya de Platón ni de Aris­
tóteles, sino del nuevo filósofo que los descubra y en
sí propio los reconozca» (*). Es éste un pensamiento
muy arraigado en nuestro historiador. «Nadie posee de
verdad — dice en otro lugar — sino lo que por propio
esfuerzo ha adquirido» ( 2), y frases análogas pueden
leerse en distintos pasos de su obra. Aunque don Mar­
celino, como ya apunté, fuese mucho más historiador
de figuras que de intimidades intelectuales, no le pasó
inadvertido este primerísimo imperativo de la com­
prensión histórica: la recreación de las fuentes por la
mente del historiador.
No es condición menos importante la de aceptar ín­
tegramente la historia. «Cada nuevo sistema — dice
Menéndez Pelayo, siempre con su léxico organicista —
es un organismo nuevo, y como tal debe estudiarse,
aceptando íntegramente la historia y llegándonos a
ella con espíritu desapasionado» ( 3). Quien no sea
capaz de tomar en consideración toda la historia per­
tinente a su tema, gústele o le desplazca, no puede
llamarse historiador. Nada más ajeno al espíritu de la
verdadera historiografía que esas reconstituciones del
pasado hechas con retazos históricos, con objeto de dar
mayor «elegancia» al relato o por «demostrar históri­
camente» una tesis cualquiera. Junto al imperativo
de la recreación está, pues, la exigencia de la integri­
dad. «El primer deber de todo historiador honrado —
escribía don Marcelino en 1910— es ahondar en la
investigación cuanto sea menester. La exactitud es una
forma de la probidad literaria y debe extenderse a los

n) Ensayos, 114. C lnro es qu e esta recreación no supone alteración
d e l pensam iento origin al. Fiel r ec re aci ón , tal es la ex igen cia.
( 2) Estudios, I, 78.
(3) Ensayos, 113.
más nimios pormenores, pues ¿cómo ha de tener auto­
ridad en lo grande el que se muestra olvidadizo y
negligente en lo pequeño?» (*).
La tercera condición que Menéndez Pelayo señala a
la comprensión histórica, es un difícil equilibrio del
historiador entre la «imparcialidad» y el «interés». Es
notable la semejanza entre las actitudes historiográfi-
cas de Menéndez Pelayo y Ranke. Según Alfredo Dove,
sin duda el mejor conocedor de Ranke, pudo éste evi­
tar la parcialidad, no porque se mantuviese neutral,
sino por la universalidad de su simpatía ( 2). Más que
una despegada «objetividad», pareja a la objetividad
del mineralogista ante sus piedras, lo que hay en la
«imparcialidad» de Ranke es un «interés» caliente y
vivo por todo lo humano. También Menéndez Pelayo
prescribe como conditio sine qua non la «imparciali­
dad» del historiador: «La crítica histórica — nos dirá
en 1892 — tiene mucho de juicio contradictorio, y sólo
oyendo sin pasión a todos puede tenerse alguna espe­
ranza de equidad en el fallo, dados los límites que
alcanza la fe del testimonio humano, en que la histo­
ria estriba» ( 3). Gracias a este «juicio contradictorio»
podría llegar el historiador a la verdad. También el
método historiográfico consistiría en un modo de dia­
léctica.
La verdad: he aquí la gran pasión de Menéndez
Pelayo. Quiere escribir la historia cum ira et studio:
«la historia pide, a mi ver, cierto reposo de estilo —
decía — , que no ha de confundirse con la indiferen­
cia» ( 4). Mas, para él, esa moderada ira había de ser
la pasión por la verdad, incluso por profundas razones
religiosas. «Tiene la investigación histórica, en quien
honradamente la profesa — pensaba en sus últimos
años — , cierto poder elevado y moderador que acalla
el tumulto de las pasiones hasta cuando son generosas
y de noble raíz, y restableciendo en el alma la turbada
armonía, conduce por camino despejado y llano al
triunfo de la verdad y de la justicia, único que debe
proponerse el autor católico. No es necesario ni conve­

lí) He te r od ox os . I, 10.
(-•1 Cit. p or R icketr en Cicncia cultural y ciencia natural.
(«) Estudios, V II, 70.
<n Cit. p or G a rc ía de Castro, op. cit., pág. 168.
niente que su historia se llame apologética, porque el
nombre la haría sospechosa. Las acciones humanas,
cuando son rectas y ajustadas a la ley de Dios, no ne­
cesitan apología; cuando no lo son, sería temerario e
inmoral empeño defenderlas. La materia de la historia
está fuera del historiador, a quien con ningún pretexto
es licito deformarla. . . La apología. . . brota de las
entrañas de la historia misma; que cuanto más a fondo
se conozca, más claro nos dejará columbrar el fin pro­
videnciad ( ') . La verdad de la historia es para Menén­
dez Pelayo, historiador creyente, la voz misma de la
providencia divina. Podría decirse que su idea de la
imparcialidad histórica es una sobrenaturalización de
la tácita idea de Ranke. Éste es imparcial porque tiene
un cordial interés por todo lo humano. El Menéndez
Pelayo de la madurez también; pero su indudable in­
terés por todo lo humano — recuérdese, entre otras
cosas, su encendido elogio de la dignidad del hombre,
en el prólogo de 1887 a la tercera edición de La Ciencia
Española — no se agota en la pura «humanidad». Me­
néndez Pelayo está seguro de que ese interés, esa pa­
sión por «lo que propiamente sucedió», como decía
Ranke, le lleva a oír la secreta voz de Dios, oculta bajo
un espeso cendal tejido por las libres acciones de los
hombres. La «imparcialidad» del historiador sería la
única vía que puede conducirle a la conjetura de la
«verdad universal» y, a través de esa verdad, a Dios
mismo.
En este supuesto se apoya la pasión de Menéndez
Pelayo por la verdad histórica, y no otro es su con­
cepto de la «imparcialidad». «Grandes historiadores
católicos de nuestros días — escribe en tono de loa a
continuación de las líneas anteriores — han escrito
con admirable imparcialidad la historia del Pontifi­
cado en los siglos xv y xvi y la de los orígenes de la
Reforma.» Análogo pensamiento es el suyo frente a
la historia profana. El año 1892, en su trabajo «De los
historiadores de Colón», rompía una lanza en pro de
la tolerancia y la imparcialidad del historiador: «No
estaría bien que faltase (la tolerancia) al investiga­
dor histórico, que trabaja por lo común sobre materia
muy lejana de nuestras preocupaciones y hábitos nc-

(M H ete rod oxo *. I. 11.
tuales, la cual sólo nos puede mover e interesar por
un superior interés humano* ( J). Otra vez aparecen
polarmente enlazados la imparcialidad y el interés, un
«superior interés humano*. Más arriba hemos visto
el trascendente sentido que estas palabras tienen para
nuestro historiador (*). Como Lotze, pero desde un
punto de vista formalmente católico, Menéndez Pe-
layo veía en la Historia «un poema de Dios, nacido de
su creadora fantasía con la libertad y el calor de una
genuina obra de arte* ( 8).
Recreación personal, fiel integridad, imparcialidad
e interés: cuatro ineludibles condiciones de la com­
prensión histórica, según la entiende el historiador
Menéndez Pelayo. Veamos ahora cómo propone don
Marcelino la inmediata ejecución de tales exigencias
metódicas por quien aspire a escribir historia «de
verdad». «Para comprender el alma de un pensador
es necesario pensar con él, reconstruir idealmente el
proceso dialéctico que él siguió, someterse a su espe­
cial tecnicismo, y no traducirle bárbara e infielmente
en una lengua filosófica que no es la que él empleó.
Y se necesita, además, colocarle en su propio medio,
en su ambiente histórico, porque la especulación ra­
cional no debe aislarse de los demás modos de la vida
del espíritu, sino que con todos ellos se enlaza me­
diante una complicada red de sutiles relaciones que
al análisis crítico toca discernir. De donde se infiere
que el genio filosófico de un pueblo o de una raza

(i) Estudios, V I I , 70.
(») Esta pasión p o r la v e rd ad histórica — una «v e rd a d * subyacente
a las p artic u lare s y contradictorias acciones y opiniones de los h om ­
bres qu e hacen la H istoria — le llevaba a decir: « Y o Quisiera h ab la r
de los libros sin conocer a sus autores, sin saber n ad a de su género
de vida, sin im p ortarm e un ardite de sus ocupaciones extrañas a la
p u ra ciencia» (C ie n cia , II, 446-447; texto de 1884). A q u í se excedía u n
poco su afán de ob je tiv a im parcialidad, porq ue no puede entenderse
agotadoram ente lo qu e en un libro se dice sin p regun tarn os lo qu e su
autor quiso deeir con él y, p or lo tanto, sin ponerlo en relación con
su vida, P e ro en un tiem po como el nuestro, tan dado a pecar contra
la objetivid ad — ¿cuántas críticas se escriben hoy p or am or a la
verdad? — * no está m al tener en la vista esas lineas de M en én d e*
Pelay o. Bn otro lupar. sin em baíd o, a firm a don M arcelino con toda
decisión la necesidad de tener delante la vid a de un autor para e n ­
tender su obra: «E s cosa de sentido com ún — escribía, tam bién en
1894 — qu e p ara llegar a las intim idades de una ob ra de arte, m ucho
m ás si ha sido p roducida en época relativam ente lejan a de la nuestra,
no p uede ser indiferente el conocim iento de la v id a de su autor y
del m edio social en qu e se desenvolvió* ( Estudios, III, 52-53).
(•) Mikrokosmos, tercera ed., t. III, L eipzig, 1880, pAg. 45.
no ha de buscarse sólo en sus filósofos de profesión,
sino en el sentido de su arte, en la dirección de su
historia, en los símbolos y fórmulas jurídicas, en la
sabiduría tradicional de sus proverbios, en el concepto
de la vida que se desprende de las espontáneas ma­
nifestaciones del alma popular» ( x). No es difícil en­
tender ampliamente el sentido de este párrafo y, mu­
dando lo necesario, referir a toda posible historia (de
la literatura, del pensamiento jurídico, del arte, etc.)
lo que Menéndez Pelayo dice acerca de la historia del
pensamiento filosófico.
Dos jornadas se exigen del historiador en el texto
que ahora trascribo. Una, la personal y fiel recreación
de la obra estudiada, ya nos es conocida. Conexa ín­
timamente con ella está la segunda: situar esa obra
dentro del medio histórico y social en que fué creada.
La investigación analítica y desmembradora precisará
con la máxima exactitud las relaciones existentes en­
tre la obra y todos los componentes que por modo
sistemático componen la estructura histórico-social del
medio en cuestión: religión, política, economía, téc­
nica, etc.; las Wirkungszusammenhage o «conexiones
operativas» de que por entonces hablaba Dilthey. Esas
relaciones son a un tiempo vínculos y cauces que tra­
ban a cada obra humana con la vida histórica circun­
dante. Pero la mirada del historiador no debe per­
derse en el detalle de estas múltiples conexiones, y
menos verlas como una simple red de hilos asociati­
vos. Compañera de la investigación analítica y des­
membradora debe ser la intuición histórica, capaz de
ver la unidad en el seno de la asociación y de entender
la significación de la obra estudiada desde ese entra­
ñable y único centro intencional. Toda creación hu­
mana ha de ser comprendida, si de veras quiere com­
prendérsela, desde la entera conexión vital (Lebens-
zusammenhang) en que histórica y socialmente se ha­
lla engarzada. No tiene otro sentido esa expresa ape­
lación de don Marcelino al «sentido del arte, la di­
rección de la historia, los símbolos y fórmulas jurí­
dicas, etc.», para entender cabal e íntegramente la
significación de una obra filosófica. Que nuestro his-

<i) Ensayos, 378-379.
toriador interprete esta «conexión vital» según la tesis
romántica y nacionalista del «alma popular» — una
nueva huella de la «escuela histórica» — , es algo acce­
sorio al sentido historiográfico de sus palabras.
No es llano y hacedero, en consecuencia, el camino
del historiador; pero el fruto de la comprensión, piensa
Menéndez Pelayo, resarce de la fatiga que exige. He
aquí lo que dice nuestro historiador en torno a esa
cosecha espiritual prometida a la comprensión histó­
rica: «No hay cosa más rara en el mundo que este
género de comprensión, el cual en cierto altísimo gra­
do viene a constituir una verdadera filosofía, un cierto
modo de pensar histórico que los metafísicos puros
desdeñarán cuanto quieran, pero que, a despecho de
su aparente fragilidad, no deja de ser la piedra en que
suelen romperse y estrellarse los más presuntuosos
dogmatismos. La historia es la filosofía de lo relativo
y de lo mudable, tan fecunda en enseñanzas y tan le­
gítima dentro de su esfera como la misma filosofía de
lo absoluto, y mucho menos expuesta que ella a teme­
rarios apriorismos. Exponer con intento polémico una
doctrina que ha pasado a la historia y que no nos agita
ya con el calor de las pasiones contemporáneas es pro­
cedimiento anticuado y risible. Estudiemos desapa­
sionadamente lo que fué, y cuantas menos anticipa­
ciones llevemos a tal estudio y menos nos preocupe­
mos de su aplicación inmediata, más luces encontra­
remos en él para columbrar lo que será o debe ser. Al
que con verdadera vocación y entendimiento sano em­
prenda este viril ejercicio de la historia por la historia
misma, todo lo demás le será dado por añadidura, y
cuando más envuelto parezca en el minucioso y des­
lucido estudio de los detalles, se abrirán de súbito sus
ojos y verá surgir, de las rotas entrañas de la historia,
el radiante sol de la metafísica, cuya visión es la re­
compensa de todos los grandes esfuerzos del espíritu.
Por todas partes se camina a ella, y en todas partes
se la encuentra al fin de la jornada» t1).
Para el historiador Menéndez Pelayo la historia pue­
de ser en sí y por sí misma, si se la sabe interpretar
adecuadamente, el fundamento de un sistema metafí-
sico. El historiador verdadero va descubriendo a tra-

(i) Ensayos, 113-114.
vés «de lo relativo y de lo mudable» ese «radiante sol
de la metafísica», la «verdad ideal» que late en los
senos mismos de la cambiante realidad histórica. El
filósofo llamará a su hallazgo «la verdad»; el creyente,
para quien el hombre fué creado a imagen de Dios y
el curso histórico es obra del misterioso regimiento de
una providencia divina — radicalmente misteriosa,
por debajo de su relieve racional y accesible— , adi­
vina en esa verdad universal una «voz de Dios».
¿No pueden interpretarse las anteriores palabras de
don Marcelino, puestas al lado de cuanto hasta ahora
le hemos oído, como una balbuciente expresión cris­
tiana de lo que por entonces, y sin que nuestro his­
toriador tuviese de ello la menor sospecha, pensaba en
Berlín el filósofo Guillermo Dilthey? Pensaba Dilthey
que el permanente mudar de la historia humana puede
sistematizarse en unas cuantas «visiones del mundo»
típicas, cada una de las cuales contiene una fracción
de verdad. «Las visiones del mundo — escribía el pen­
sador alemán— están fundadas en la naturaleza del
universo í 1) y en la relación que con él tiene el lim i­
tado espíritu que le concibe. Cada una de ellas ex­
presa, dentro de los límites de nuestro pensamiento,
una cara del universo. Cada una es verdadera dentro
de esos límites. Pero cada una es unilateral y nos
está prohibido contemplar juntas a todas. A la pura
luz de la verdad sólo podemos mirarla en diversos y
partidos rayos» ( 2). Esa «luz de la verdad» a que alude
Dilthey es, sin duda, la misma que Menéndez Pelayo
prefiere llamar «radiante sol de la metafísica». Nues­
tro historiador expresa con mente realista y católica
— en incipiente esbozo, desde luego — el mismo pen­
samiento que Dilthey trató de elaborar a través de
sus geniales intuiciones y conceptos sin haber logrado
evadirse de un radical idealismo í 3).

n) E n tién dase esta p a la b ra en sentido m ás a m p lio que el p u ra ­
m ente cósmico.
( 2 ) Ges. Schr., V I I I , 222.
í3) N o puedo e xten d erm e a dem o strar la ex actitu d de este aserto.
A lg o m ás am pliam en te traté de ello en mi tra b a jo «D ilth e y y el m é ­
todo de la H isto ria », Bole tín Biográfico del Instituto A le m á n de C u l­
tura, año X , núms. 1-2, 1942. S o brad a m en te p rob a to rio es el texto
siguiente, no con signado en el a lu d id o tra b a jo : llegam o s n Ja c on clu ­
sión de qu e existen otros seres espirituales, piensa D ilth ey, «p o r ob ra
de un proceso de transposición de nuestro in ie rio r a eso m un d o e x te r-
La historia sería, en suma, un ineludible camino
hacia la verdad filosófica y hasta el camino más se­
guro, si hemos de creer a Menéndez Pelayo. Quien
sepa filosofar sobre lo temporal, relativo y mudable,
puede llegar a la verdad ideal; quien, sin perderse,
sepa perderse en las veredas del acontecer pretérito!
descubrirá tal vez el áureo núcleo de secreta certidum­
bre metafísica que vive en su entraña. ¿No hay aquí,
aparte el ya mentado parentesco con Dilthey, otro, no
menos curioso, con Ortega y Gasset? Recuérdense los
párrafos terminales de El tema de nuestro tiempo y de
Historia como sistema, «La peculiaridad de cada ser,
su diferencia individual — léese en El tema de nuestro
tie m p o — , lejos de estorbarle para captar la verdad,
es precisamente el órgano por el cual puede ver la
porción de realidad que le corresponde. De esta ma­
nera aparece cada individuo, cada generación, cada
época como un aparato de conocimiento insustituible...
Yuxtaponiendo las visiones parciales de todos se lo­
graría tejer la verdad omnímoda y absoluta..» Años
más tarde precisará Ortega con más rigor su intento
filosófico. No es una mera «yuxtaposición» el camino
de esa «razón histórica», sino una «intelección», una
mirada profunda en el seno mismo de esa temporal
diversidad y en la realidad a ella subyacente. «Hegel
inyecta en la historia el formalismo de su lógica — es­
cribe Ortega e Historia como sistema — ; Buckle, la
razón fisiológica y física. Mi propósito es estrictamen­
te inverso. Se trata de encontrar en la historia misma
su original y autóctona razón. Por eso ha de enten­
derse en todo su vigor la expresión razón histórica.
No una razón extrahistórica que parece cumplirse en
la historia (como la lógica de Hegel o la fisiología de
Buckle), sino, literalmente, lo que al hombre le ha
pasado, constituyendo la sustantiva razón, la revela­
ción de una realidad trascendente a las teorías del
hombre y que es él mismo por debajo de sus teo-

no C om o el ojo d eslu m brado p o r m ira r al Sol repite la im agen de
éste en los colores más diversos y en los m as diversos lugares del
espacio, así nosotros m ultiplicam os la im agen de nuestra vid a interior
v la im buim os, b a jo m últiples m odificaciones, dentro de distintos p a ­
ra je s del cosmos circundante» (G c s. Schr., I, 20). Con m ás razóni dirá
otro tanto respecto al conocim iento historico. P a ra D ilthey, la historia
escrita es una proyección expresa del espíritu del historiador.
rías» ( l ). El acontecer histórico se convierte así en el
tema fundamental de una nueva e incipiente prima
philosophia . El atisbo del historiador Menéndez Pe-
layo, visto desde la actual situación de nuestro pen­
samiento, es la primera toma de posición de un pen­
sador deliberadamente católico en este magno esfuerzo
por construir de veras una «ciencia de la Historia», la
scienza nuova del tiempo presente. Una nueva «gi-
gantomaquia en torno al ser», como diría Platón, en
la cual, de sesenta años a esta parte, vienen echando
su cuarto a espadas los mejores ingenios europeos ( 2).

5. E L H IS T O R IA D O R

Será historiador, en consecuencia, todo aquel que
reúna en su persona esa difícil suma de talentos na­
tivos y habilidades adquiridas que requiere el ejerci­
cio de la investigación y de la comprensión histórica.
«La naturaleza — escribía Menéndez Pelayo en 1893—
reparte desigualmente sus dones: a unos da el genio
filosófico y la penetración intuitiva de las grandes
leyes de la evolución humana; a otros, el talento lite­
rario, la magia de estilo, la adivinación semi-poética,
el poder de resucitar las generaciones extinguidas y
de interrogar a los muertos, leyendo en sus almas sus
más recónditos pensamientos, y haciéndoles moverse
de nuevo con los mismos afectos que los impulsaron
en vida. A otros, finalmente, negó estas dos facultades
tan grandes como prodigiosas, y ni les dió poder de
síntesis ni poder de estilo, pero sí diligencia incansa­
ble, amor a la verdad por sí misma, celo de propagarla
y difundirla, perseverancia modesta en la indagación
de cada detalle, espíritu curioso y ordenador que des­
entierra y reúne los materiales de la historia futura.
De estas tres naturalezas tiene que participar en ma­
yor o menor grado el historiador perfecto, y por eso

H) Obra s completas, II, 880, e Historia c o m o sistema, págs. 78-79.
í2) N o trato d e p resen tar a M en é n d e z P e la y o com o u n «p re c u rso r»
de D ilth e y o de O rte g a, según esa in ge n u a concepción de Ja historia
com o una serie de «p re ce d en te s» y «p re c u rso re s». N o fu é un p recursor,
sino un com batiente — m u y d e pasad a, desde lu e go — en la m ism a lid
intelectual. A u n q u e los supuestos de su m ente fren te a ella, poco
elaborad os, en todo caso, fu esen distintos de los q u e sirv ie ron de
fu n d a m en to a D ilth e y y de los qu e sirven a O rtega.
nada hay tan raro y difícil como su hallazgo» O ).
No son muchos, por lo tanto, los que para don Ma-
celino merecen el nombre de historiadores. «Investi­
gadores históricos puede y debe haber siempre en una
nación; grandes historiadores los habrá cuando Dios
sea servido de concedérselos», escribe poco después del
párrafo anterior. Habrían sido verdaderos historia­
dores Mommsen o Ranke, a los que elogia; lo fueron
también Niebuhr, Curtius, Grote, Rawlinson, Savigny,
Gervinus, de los cuales hace expresa mención. Pero,
sin poderlo remediar, su simpatía se va por Macau-
lay, «el más grande de los historiadores modernos»,
como le dice ( 2). «Si alguien me preguntara cuál es
— escribió pocos años antes — el libro más ameno,
variado, útil y deleitoso de este siglo, no dudaría en
responder que la colección de los Ensayos de Macau-
lay» ( 3).
¿Qué veía Menéndez Pelayo en Macaulay, tan poco
estimado como historiador por los historiadores «cien­
tíficos»? ( 4). El programa del historiador inglés era,
según sus propias palabras, «desplazar con sus libros
por unos días, en la mesa de las young ladies, la últi­
ma novela de moda». En modo alguno debemos pensar
que don Marcelino se sintiese arrebatado por tan tra­
viesa intención, y mucho menos por la conocida par­
cialidad whig del liberal historiador sajón. ¿Qué le
atraía, entonces, en la obra de Macaulay?
Veía en ella, según sus propias palabras, «la forma
oratoria, tan espléndida como en los mejores días de
la antigüedad y tan rica de pasión y de ardorosa elo­
cuencia como en el yerno de Agrícola: historia par-
cialísima, lo mismo que sus modelos; historia de fac­
ción y de bandería; pero tan sincera, tan honrada y
tan sabiamente parcial, que borra con lo que tiene de
poema lo mucho que tiene de alegato. Obra varia y
tan opulenta como la misma naturaleza: poema de la
libertad civil, de la industria y de la prosa; viril es­

(1) Estudios, V II. 222.
( 2) Estudios, V II, 29.
(») Estudios, V , 383. N o d ebe p erderse de vista qu e este texto es
de 1879.
(<) Basta lee r el apartado que le dedica F u eter en su co n ocid a
Owcschichte der neucren Historiographie, aunque le reconozca como
unerrcichter Mcis ter del arte descriptivo.
fuerzo de una alma romana, para ennoblecer con ma­
jestad patricia el trabajo moderno y llevar de frente
todas sus actividades, como si fuesen órganos de un
mismo cuerpo, y no aislados mecanismos, cual los con­
sideraba la filosofía del siglo xvm . A l fin, en esa his­
toria, que no es filosófica, ni religiosa, ni literaria, ni
comercial, sino todo esto y mucho más, y por fraccio­
nes atomísticas, sino todo a un tiempo, y con la misma
libertad y movimiento de la vida, el animal humano
respiró entero» ( l ).
Dos notas pueden señalarse en esa entusiasta loa. Es
una el elogio de la forma estética. Admira Menéndez
Pelayo en Macaulay sus maravillosas condiciones de
narrador, el arte insuperable con que expresa los su­
cesos históricos. Sedúcele, por otro, la visual condi­
ción de imagen total que tiene la historia del inglés:
es su obra, tal como la ve Menéndez Pelayo, la imagen
total y animada de todo un pueblo, su presencia colo­
reada y viviente en las páginas del libro que la des­
cribe: es la historia como representación dramática.
«¿No ve el lector en una como iluminación súbita la
Florencia de los Médicis, y recorre sus plazas, y habla
con sus políticos y artistas?», dice muy significativa­
mente don Marcelino, comentando la imagen que de
la Italia renaciente pinta Macaulay ( 2).
El entusiasmo de nuestro historiador por Macaulay
procede, por lo tanto, de su congenialidad. También
Menéndez Pelayo pretende ser un historiador artista y
visual. Su nativa y cultivada condición de esteta (es­
teta, no lo olvidemos, viene de aisthesis, sensación) y
su participación histórica en la cultura visiva de su
tiempo ( :i), le conducen a hacer historia con los ojos
y la sensibilidad artística. «La historia — piensa —
será tanto más perfecta y más artística cuanto más
se acerque, con sus propios medios, a producir los mis­
mos efectos que producen el drama y la novela. Pero,
entiéndase bien: con sus propios medios, los cuales en
gran parte no pertenecen al arte, sino a la ciencia;
aunque todo, en último resultado, venga a contribuir
(i) Estudios, V II, 29.
<*) Estudios, V , 385.
P) S o bre ol car.'ictor vis iv o de ln cu ltu ra positivista, véan se a lg u ­
n o* apuntes en mJ» Estudios de Historia de la Me di cin a y de A n t r o ­
pología médica, p/ígs. 127 y siguientes.
al gran arte, el arte de composición» (>). Efectos
artísticos y composición perfecta pide Menéndez Pe-
layo de la narración histórica. El esteta y el hombre
visual que lleva dentro aparecen sin veladura en laa
anteriores palabras.
Así escribió él la historia. Sus numerosas semblan­
zas históricas, tan bellas todas (semblanzas de poetas
medievales, retratos literarios de Milá, Martínez de la
Rosa, el Marqués de Molíns, Barbieri y tantas otras),
son como tallas policromadas en movimiento o como
personajes de una acción dramática representada ante
nuestros ojos. Sus descripciones históricas, imágenes
de sistemas intelectuales o estampas de libros cuida­
dosamente leídos y «vistos». Sabe nuetros historiador,
como pocos, elegir los «rasgos» esenciales de una fi­
gura o de un sistema estético, describirlos con viva
belleza y componerlos en un cuadro animado y ele­
gante. No le pidamos, en cambio, esa celosa, ahincada
sumersión del historiador de nuestro siglo — más su­
til, sin duda, pero* también menos robusto que el del
siglo pasado— en el entresijo de los problemas inte­
lectuales y vitales que constituyen el nudo más ver­
dadero de una intimidad personal. Como ya dije, Me­
néndez Pelayo es un historiador de figuras más que
de intimidades, de «presencias» más que de «buceos»;
y no sólo cuando hace historia descriptiva o exposi­
tiva, mas también cuando quiere hacerla psicológica.
No olvidemos que también la psicología de su época
tiene un carácter visual y «compositivo», hasta la que
por razones estéticas no quiere moverse en los estre­
chos cauces del atomismo asociaciónista ( 2).
No obstante su entusiasmo por Macaulay, Menéndez
Pelayo no está satisfecho con la historiografía de su
tiempo. Si ve en ésta, con manifiesto orgullo, la más
alta aportación de los hombres al conocimiento de la
Historia — «¿cuándo hubo otro siglo más glorioso para
los estudios históricos?», pregunta— , advierte con
claridad la condición propedéutica del inmenso trabajo
erudito cumplido en la centuria pasada. «Antes de que
el historiador perfecto llegue — dice — , es preciso que
se cumpla la obra de investigación en que nuestro
(i) Estudios, V II, 10.
<=i P o r ejem plo, la psicología estética de la novela psicológica
rtel siglo x ix .
siglo está empeñado». Entonces podrá llegar ese «his­
toriador perfecto». «Nos es lícito soñar para muy re­
motas edades con el advenimiento de un historiador
aún más grande que Tácito y que Macaulay, el cual
haga la historia por la historia, y con alta impersona­
lidad, y sin más pasión que la de la verdad y la her­
mosura, reteja y desenrolle la inmensa tela de la v i­
da». Pero ¿podrá retejerse la tela de esa vida — que
es, casi sobra añadirlo, la vida humana — sin una
nueva etapa historiográfica, en la que el investigador
atienda tanto a los hechos y las figuras como a las
intenciones y los problemas que constituyeron el cen­
tro de la vida personal, el más auténtico nudo del
suceder histórico de aquellas figuras humanas?
EL CONTENIDO DE L A HISTORIA

He dedicado las páginas anteriores a exponer con
algún detalle la idea tan escasamente expresa, tácita
a veces, que Menéndez Pelayo tuvo de su ocupación
fundamental: la Historia. Hemos visto a nuestro his­
toriador — ¿podría ser de otro modo? — en la encru­
cijada de todas las concepciones historiológicas domi­
nantes en su tiempo y en el atisbo de las que a poco
iban a entrar en vigor. Procuré, además, meterme en
los penetrales de su inteligencia, indagar con cuidado
sus secretos problemas, adivinar las interminadas res­
puestas que su mente católica adoptó ante ellos. No
se acaba ahí, sin embargo, el tema de la Historia.
Tres partes distintas componen la total figura del
historiador. Una es su idea de la historia o, cuando
menos, los tácitos supuestos de su actividad historio-
gráfica. La obra escrita de todo historiador tiene siem­
pre en su base, dígalo él o no lo diga, sépalo o lo
ignore, una cierta idea filosófica sobre la realidad
humana y sobre el acontecer histórico. Forman la se­
gunda parte de su figura la materia y la manera, el
contenido y el estilo de su propia obra. Es la tercera,
en fin, su idea acerca de los sucesos que constituyen
el curso de la Historia. Apenas es necesario indicar
la íntima conexión mutua de estas tres parcelas inte­
lectuales. Por ejemplo: el juicio de un historiador
acerca de la Reforma o de César se hallará siempre
en estrecha relación con los supuestos de su propia
actividad historiográfica (positivistas, progresistas,
románticos, historistas, etc.). No obstante, conviene
mirar por separado cada uno de estos tres dominios;
y así, por atender esa mejor conveniencia, expondré
ahora con algún detalle cómo Menéndez Pelayo vió
en su madurez el contenido de la Historia Universal.
Debe tenerse en la memoria el perfil de la imagen
que, cuando polemista, tuvo Menéndez Pelayo de la
Historia Universal. El antiguo Oriente apenas existía
para él ( x). La Historia Universal comenzaba glorio­
samente con la Antigüedad clásica, y en ella la vió
alcanzar una de sus más altas cimas. Proseguiría tan
dichosa altiplanicie histórica hasta la caída del Impe­
rio Romano. La Edad Media, en su conjunto, era para
nuestros historiador una confusa lucha entre la «os­
curidad germánica» y los débiles restos de cultura
clásica que sobrevivieron a la invasión de los bárbaros
septentrionales. Pero estos restos no son vestigios ca­
ducos, sino vigorosos gérmenes. Medran sin cesar a
lo largo de toda la Edad Media cristiana y dan, por
fin, el espléndido fruto del Renacimiento. España lo­
gra fundir el Renacimiento con el Catolicismo y al­
canza así para la Historia Universal la cúspide suma
de nuestro Siglo dorado. Después, la nueva confusión
y el ingente descarrío del mundo moderno, dentro del
cual sólo le quedaría al católico el recurso de la nos­
talgia y, cuando más, la empresa de reconstruir la
gloriosa cultura antigua.
Tal es, expuesta con brevísimo trazo, la línea de la
Historia Universal a los ojos de Menéndez Pelayo mo­
zo. Es también la cuadrícula cuyas lagunas va a llenar
el Menéndez Pelayo de la madurez. Veamos cómo.
Nunca pretendió ser don Marcelino un historiador
del Oriente antiguo. Mas, sin proponérselo, advirtió
con claridad la ampliación que gracias a su siglo logró
ese cabo de la Historia Universal. «El Extremo Oriente
nos entrega sus tesoros — escribía, ya en 1883 — : las
raíces arias, interpretadas por la filología, nos cuentan
la vida de los patriarcas de la Bactriana; dondequiera
se levantan, del polvo que parecía más infecundo, di­
nastías y conquistadores, ritos y teogonias. Empiezan
a sernos tan familiares las orillas del sagrado Ganges
como las del Tiber o las del Ylysso, y la leyenda Sak-
ya-Muni, tanto como la de Sócrates» ( 2). El capítu­
lo II de los Orígenes de la novela, dedicado al apólogo

O) B asta lee r p ara c o m p ro b a rlo las cartas cruzad as en tre él y
V a le ra acerca de un proyecto de Historia U n i v er s a l , com puesto p or
traducciones de d iversas m o n o g ra fía s y cap ítu los origin ales. Epis to ­
lario, p ágin as 48 y siguientes.
(*) Estudios, V II, 30.
y al cuento oriental, muestra la huella que ese mejor
conocimeinto de la historia de Oriente imprimió a las
investigaciones literarias de su plena madurez (*).
Otro tanto puede decirse de la Edad Media. Cier­
tamente, nunca fué el Medievo período especialmente
grato a Menéndez Pelayo. «Ensalcen otros a la Edad
Media: cada cual tiene sus devociones», decía en 1881,
en su discurso de ingreso en la Academia Española ( 2).
A pesar de perdurar invariable esta actitud funda­
mental, con los años va descubriendo más atractivos
sotos en el paisaje histórico medieval. «La Edad Me­
dia — escribe en 1883 — es ya amorosa esclava de la
ciencia, y manda ríos de luz desde cada tumbo mo­
nástico y desde cada privilegio o carta municipal» ( 3).
Más expresiva aún — más justa también— es la des­
cripción que de los siglos medievales hará en 1892:
«No fué perfecta aquella edad, ni la perfección cabe
en lo humano, y fácil es, examinándola en los detalles,
sorprender en los hombres de aquel siglo (el x in )
flaquezas, imperfecciones y escorias, rastros de bar­
barie por un lado, resabios de cultura pedantesca, há­
bitos mal domeñados de ferocidad y rudeza; pero aque­
lla sociedad tuvo, en medio de evidentes descarríos
que no conviene disimular, una alta y soberana cua­
lidad: la de ser fiel a su ideal de vida y la de haber
puesto este ideal en la esfera más alta del pensamiento
y en la más pura realidad de la conciencia. La Edad
Media, en general, y muy en particular el siglo xm.
que es su cumbre, desde la cual ya se adivina el pró­
ximo descenso, estuvo penetrada y saturada de espí­
ritu, y el espíritu la salvó y la hizo pasar desde las
torpezas de la barbarie hasta las suaves efusiones mís­
ticas; desde la desmembración anárquica hasta el con­
cepto del imperio cristiano; desde el balbuceo infantil
de las jergas informes que se repartieron los despojos
de la lengua clásica, hasta los resplandores de la ins­
piración épica de Francia y de Castilla, de la inspira­
ción lírica de Provenza y del maravilloso poema sim­
bólico de Italia, en que pusieron mano cielo y tierra;
desde las sutilezas de una dialéctica formal y de un

(1) Orígenes, I, 27.
(2) Estudios, II, 89.
<*) Estudios, V II, 30.
peripatetismo degenerado, hasta las grandes constru-
ciones sintéticas del Ángel de las Escuelas y del mártir
de Mallorca; desde los rudos y macizos pilares de la
iglesia románica, que parece que busca las entrañas
de la tierra, hasta la aérea y sutil ojiva, calada, afili­
granada y roseteada, pasmo de los ojos y tipo de toda
esbeltez y gentileza» (* ). Mídase por el contraste en­
tre el contenido de estas líneas y los juicios de La
Ciencia Española — cuando hablaba de la «santa ira»
contra la Edad Media — , el camino recorrido en doce
años por la mente del historiador. Los Prólogos de la
«Antología de poetas líricos castellanos» son el fruto
de ese mejor conocimiento de la Edad Media.
Pero donde se hace singularmente perceptible la
distancia entre el Menéndez Pelayo de la madurez y
el mozo polemista es en sus juicios sobre la cultura
moderna. Por lo que toca al período inicial de ésta,
el Renacimiento y su preludio de la Baja Edad Media,
no había de ser muy perceptible el cambio. Rena­
centista se sintió en su mocedad y renacentista fué
toda su vida, aunque los años hiciesen más sereno y
menos goliardesco su entusiasmo. La vida artística
del Renacimiento fué siempre para él «avasalladora y
luminosa»; siempre le deleitó aquella «mayor pureza
del gusto, la cual traia consigo la aversión a las suti­
lezas y argucias»; siempre le enardeció, aunque no
fuese naturalista, «la heroica infancia de las ciencias
naturales», y en todo momento celebró con clamor «el
advenimiento de la libertad filosófica» ( 2).
Su amor al Renacimiento y su mejor comprensión
de historiador le llevaron también a estimar positiva­
mente el sentido histórico del movimiento nominalista.
«El nominalismo — escribió— , si traía consigo otros
vicios más graves, producía, a lo menos, la ventaja de
sacudir un tanto el polvo de las abstracciones y de­
capitar muchos entes de razón, lanzando al pensa­
miento humano por los senderos de la filosofía expe­
rimental, que ya era hora de que tuviese su repre­
sentación y su valor propio, al lado de la tendencia
ontológica, que hasta aquella fecha había predominado
con verdadero despotismo. Cumplíase entonces de un

O) Estudian, V I I , 48.
<») Id eas, II. 7.
doble modo esta ley de natural reacción, levantándose
la tendencia empírica contra el idealismo, y la ten­
dencia mística contra el intelectualismo» ( ') . Sigue
clamando, en fin, contra la inanidad de la escolástica
decadente y ensalzando la gloría de su despertar, en
el siglo xvi, gracias al espíritu moderno y desembara­
zado de los españoles: «en la crítica general, por el
libro de Melchor Cano; en la Metafísica, por el de
Suárez; en la Psicología, por el del mismo Suárez y
el de Toledo; en el Derecho natural y de gentes, que
fué en su origen ciencia casi española, por las refec­
ciones de Vitoria y los preciosos tratados De Jure y
D e Legibus, de Domingo de Soto y del Doctor Eximio;
en la Ética, por la Concordia, de Molina» ( 2). «Bueno
fuera que los novísimos filósofos ultra-escolásticos
— dirá luego, y repetirá literalmente unos años más
tarde, abundando en la misma tesis — , antes de lanzar
atropellados anatemas sobre todo lo que a sus ojos
lleva el signum bestiae del espíritu moderno, diesen
un repaso de vez en cuando a las obras de nuestros
clásicos doctores...» ( 3).
No es, sin embargo, en los juicios sobre el siglo xvi
donde podemos descubrir la huella del tránsito a la
madurez intelectual. Más o menos, esos textos están
concebidos por el mismo espíritu renaciente que hemos
visto detrás de los escritos juveniles. Hállase la dife­
rencia en los párrafos tocantes a la cultura europea
de los siglos subsiguientes a la derrota española, y
muy especialmente en los dedicados a la producción
intelectual alemana.
Conocemos ya la cerrada hostilidad del polemista
contra la cultura alemana. «Nebulosidad», «confusión»
y «barbarie» son los conceptos que monótonamente
repite — exceptúese algún elogio de Leibniz y de He­
gel — cuando se refiere al espíritu de allende el Rhin,
así en sus creaciones filosóficas como en lo tocante a
su numen literario. «La gran literatura del Norte no
es para mí la alemana (¡Dios nos libre!), sino la in­
glesa», escribía en 1879 ( 4). Pocos años más tarde

(U Idean, II.
m Ideas, II. 120.
(«) Ensayos. 213. L as m ismas p alabras se leen en Ideas. IV , 42.
(<) Estudios. V , 306
estudia alemán y frecuenta los pensadores y poetas
germánicos; y, como por ensalmo, cambia de raíz el
tono de su estimación. Hay como un oculto deseo de
compensar las injusticias e inexactitudes de la hir-
viente juventud. Si, hablando de Farinelli, juzga la
cultura italiana contemporánea, dirá: «el preponde­
rante influjo germánico ha hecho a nuestros hermanos
el beneficio de emanciparlos de la dictadura francesa,
que nosotros no hemos sacudido todavía» O ). En 1887
revisa la tercera edición de La Ciencia Española, y
en una nota al pie procura compensar los juicios del
texto original llamando a la germánica «una de las
razas de Europa más activas, poéticas e inteligen­
tes» (-). Y, ya al fin de su vida, en la «Advertencia
preliminar» a la segunda edición de los Heterodoxos
(1910), verá en Alemania «la maestra de Europa» ( 3).
¿Qué ha pasado en su alma para que así hayan mu­
dado sus juicios? Nos dará la respuesta un examen
atento de la primera obra de madurez: la Historia de
las ideas estéticas .
Puesto ante la obra filosófica de Kant, he aquí la
definitiva estimación que de ella hace nuestro histo­
riador: «Apréciese como se quiera la obra de este me­
morable pensador, a nadie es lícito hoy filosofar sin
proponerse antes que nada los problemas que él se
planteó y tratar de darles salida. Así como en la
antigüedad toda poesía procede de Homero, así en el
mundo moderno toda la filosofía procede de Kant, in­
cluso la que niega y contradice su influencia, de la
cual nadie se libra, sin embargo, puesto que el idea­
lismo, lo mismo que el materialismo, encuentran ar­
mas en la Crítica de la Razón Pura , mirada desde
puntos de vista relativos y parciales» ( 4). Sin duda
pareció a don Marcelino algo absoluta la afirmación
que acababa de escribir, porque en una nota al pie
añadió la siguiente aclaración: «Aquí se habla sólo
de la filosofía racionalista. Nadie ignora que enfrente
de ella subsiste, con verdadera gloria, el espiritualismo
dogmático y creyente; pero aun éste sufre de un modo

Mj Estudios, V , 394.
(2) Ciencia, I, 351.
<3) Het ero do xos , I, 13.
(* ) Ideas, IV , 13.
indirecto el influjo de la crítica kantiana, teniendo que
hacerse cargo de las nuevas cuestiones promovidas
por ella. Y aun hay o ha habido filosofos cristianos
que aceptan una parte de esta Crítica ».
Una lectura atenta de estos dos pasajes y de su
contexto nos permitirá llegar a las siguientes con­
clusiones:
1* A pesar de su evidente admiración por la gran­
deza y el rigor intelectual de la obra kantiana, Me­
néndez Pelayo no es, ni mucho menos, un secuaz de
Kant. Basta seguir la exposición de su doctrina y leer
el pormenor de sus juicios sobre ella. No sólo no
acepta a Kant — aunque una vez se llamase a sí mismo
«filósofo de mi tiempo» y ahora diga que «en el mun­
do moderno toda la filosofía procede de Kant» — . sino
que se sitúa contra Kant, como, según sus palabras,
todo «el esplritualismo dogmático y creyente».
2 ^ Pero su actitud antikantiana parte, notémoslo
bien, de una consideración positiva de Kant. En Kant
podrá haber errores, y de hecho los hay, piensa don
Marcelino; pero Kant no es — como venía a pensar
en sus años polémicos — el error y, por lo tanto, algo
que ni siquiera vale la pena de tener en cuenta (la
«metafísica vacía y nebulosa»).
3^ La obra de Kant no es, pues, ni la verdad , como
piensan los kantianos, ni el error, como, al igual que
otros muchos, creía don Marcelino en su mocedad: es,
sencillamente, una experiencia histórica ineludible
para todo pensador digno de tal nombre. Es ineludi­
ble por dos razones. La primera, elemental y obvia:
no pocos de los resultados concretos a que llega el
pensamiento kantiano deben ser considerados como
verdaderos. Menéndez Pelayo, por ejemplo, pasa re­
vista a toda la estética de Kant. De ella rechaza algo;
pero, al final de su exposición, destaca una serie de
principios estéticos kantianos y dice de ellos, a modo
de sentencia histórica: «son puntos definitivamente
adquiridos para la ciencia, y de ningún modo deben
ser rechazados inodium auctoris, sino recibidos e in­
corporados en todo cuerpo de doctrina estética digno
de este nombre» (*).

(i) Ulí'cts, IV . 41.

MENftNOEZ l'ELAYO
Menos obvia y más profunda es la segunda de esas
dos aludidas razones. La obra de Kant podrá ser ver­
dadera, falsa o parcialmente verdadera y falsa. No
es éste, sin embargo, el único problema. Tan impor­
tante como esa judicativa sentencia es para don Mar­
celino el pensamiento siguiente: nadie, después de
Kant, puede pensar a la altura de su tiempo sin ha­
berse hecho cuestión del pensamiento kantiano, como
nadie, después de Aristóteles, puede filosofar sin haber
vivido por sí mismo la experiencia aristotélica y haber
tomado postura intelectual ante ella. Para vivir en
el propio tiempo con suficiencia es preciso, en suma
— valga la frase — , haber tenido una «cuestión per­
sonal» con todo el pasado. Es éste un imperativo cuya
validez a todos se extiende: kantianos y antikantianos,
creyentes y descreídos (*). Podría decirse que la ver­
dadera dignidad histórica de un suceso consiste en esa
obligatoriedad de vivirlo o experimentarlo, una vez
pasado, por parte de cuantos hombres quieren de veras
vivir en su época. Que la actitud con que el suceso
es vivido sea unas veces favorables y otras hostil, es
cosa adjetiva a ese elemental imperativo de la exis­
tencia histórica. ¿Acaso los teólogos de la Contrarre­
forma no vivieron por sí mismos la experiencia inte­
lectual de la Reforma, para tomar luego, frente a ella,
una postura a la vez adversa y católicamente crea­
dora?
Muy análoga a esta actitud de don Marcelino ante
Kant es la que adopta ante casi todos los grandes pen­
sadores modernos. A Schelling le llama «espíritu ar­
tístico y poético, opulento y brillantísimo escritor, lle­
no de luz y penetrado de realidad hasta en sus más
desenfrenados vuelos idealistas; rico de conocimientos
positivos.. . » ( 2). «Winckelmann y Lessing, Herder,
Kant, Fichte, los dos Humboldt — dice en otro lu­
ga r— , no son los clásicos ni los pensadores de una
nación particular, sino los educadores, en bien o en
mal, del mundo moderno» ( 8); y no escatima el elogio

P o r lo q u e atañe n la opin ió n de M en é n d e z Peln y o «o b r e el
cano, basta leer su nota de pie de p ágin a q u e antes transcribo.
Idea», IV , 161.
(«) Ideas, IV , 104.
cuando tropieza «con el gran nombre de Herder» y con
los de Juan Pablo Richter y los dos Schlegel.
Singularmente cálida es su voz cuando habla de
Hegel. «Hegel — escribe sin ambages— es el Aristó­
teles de nuestro siglo, y su monarquía, aunque no
menos negada y combatida que la del Estagirita, dura
y durará como la suya, no sólo en la filosofía pura
(que después de él no ofrece más que retazos de su
sistema, derivaciones y rapsodias, o bien ensayos po­
bres y raquíticos de sistematización calcados sobre el
suyo, aun los que más le contradicen y maltratan,
como el pesimismo y el evolucionismo), sino todavía
más en el corazón de las ciencias particulares, que
Hegel trató con tanta superioridad de entendimiento
y a las cuales dió una precisión y un método que antes
casi nunca habían tenido. En medio del clamoreo des­
acordado que por todas partes se levanta contra la
Metafísica, todavía los mismos materialistas están vi­
viendo de las migajas de la opulenta mesa de Hegel;
y cualquiera que sea el destino que la providencia re­
serve a los estudios filosóficos, hoy tan necesitados de
una total renovación, y aunque el tiempo, gran depu­
rador de las cosas, anule todo lo que hay de sofístico
en la dialéctica hegeliana y en la Filosofía de la N a ­
turaleza y en la Filosofía del espíritu, todavía seguirán,
por largas edades, informadas de espíritu hegeliano la
Filosofía del Derecho, la Filosofía de la Historia, la
Historia de la Filosofía y, sobre todo, la Filosofía del
Arte, a la cual levantó Hegel imperecedero monu­
mento en sus Lecciones de Estética» (>). «¿Quién más
filósofo que él entre los modernos?», dirá unas líneas
más adelante.
Repito aquí la advertencia hecha a propósito de
Kant. El tono levantado con que habla de Hegel, y
la aceptación de una parte de su pensamiento, no
quieren decir que Menéndez Pelayo sea hegeliano. Más
que un modelo, en Hegel ve don Marcelino, como en
Kant, una experiencia histórica a la vez peligrosa y
fructífera; pero, en todo caso, ineludible. «Los peli­
gros que Hegel ofrece a entendimientos mal preveni­
dos — escribe como remate de su exposición— son
peligres de otra índole y, por nuestra parte, no que­
remos negarlos ni disimularlos; pero conste que Hegel
enseña hasta cuando yerra; que sus mismas aberra­
ciones presentan un sello de grandeza, y que nunca,
al leerle, se siente degradada ni rebajada nuestra na­
turaleza moral, como la sentimos, mal que nos pese,
al terminar la lectura de los libros de filosofía que hoy
andan por el mundo.. .» (*). Eso por lo que atañe al
conjunto de la obra hegeliana. En lo tocante a la doc­
trina estética, punto central de la atención de don
Marcelino, las expresiones son aún más terminantes.
«La influencia estética de Hegel está en todas par­
tes. .. Todavía no ha aparecido construcción del arte
que supere a la suya ni se ha vuelto a ver en ningún
otro teórico aquella dichosa unión del Sentimiento
artístico y de la filosofía, que da tanta animación y
calor a la palabra de Hegel, y que le hace penetrar
tan adelante en los misterios de la forma» ( 2).
Si de este modo se sitúa Menéndez Pelayo ante los
filósofos alemanes, no es difícil calcular su actitud
frente a los poetas trasrenanos. He aquí cómo ve a
Schiller: «Schiller es, a no dudarlo, uno de los poetas
más excelsos y simpáticos de que la Humanidad puede
gloriarse, y el segundo, después de Goethe, en aquella
luminosa cohorte de ingenios que realzaron el ocaso
del siglo xviii... y saludaron la aurora del presente.
Quien dice Schiller, dice entusiasmo, pasión noble,
elevación generosa y magnánima, idealismo puro» ( 3).
No sólo le juzga así como poeta, también como pensa­
dor; poco después de escribir lo que antecede, alaba
don Marcelino «la extraordinaria riqueza de ideas nue­
vas, fecundas, inspiradoras, que, como luminosos en­
jambres de espíritus alados, corren por las páginas de
Schiller» ( 4). ¿A qué copiar los rendidos elogios que
hace de Goethe, cuando en su vejez ve nuestro histo­
riador la «majestuosa puesta del sol más espléndido
que ha iluminado al arte novísimo»? ( r,)«
Únanse a todas estas expresiones las que dedica a

i'i Ideas, I V , 230.
(-> Ibid em.
(*) Ideas, IV , 47.
(*) Idea3, I V , 83.
(■>) ídeas, IV 104.
los pensadores y poetas ingleses y franceses de su
siglo C1); compónganse luego estos juicios con los que
acerca de su propia época le hemos oído declarar, y
se tendrá una idea de la enorme anchura ganada por
el horizonte histórico de don Marcelino al pasar desde
su juventud polémica a su serena y victoriosa madurez.
Hubo un tiempo en que la historia del espíritu humano
se acababa para él en el siglo xvn; más acá todo sería
confusión y extravío. En su madurez, en cambio, tutte
le etá quindi gli sembravano egualmente degne di
studio, como de él dijo Farinelli en su elogio funeral.
En todo esfuerzo intelectual o estético de alguna mon­
ta veía algo positivo, y junto a toda sombra advertía
puntos o sábanas de orientadora luz. ¿Debe admirar
que quien así ha dilatado el ámbito de su visión sienta
agitada su alma de católico por nuevos problemas y
conmovido su corazón de español por una esperanza
distinta del puro recuerdo?

(i) H e tratado con a lgu n a am plitud la postura de la adelantada
m adu rez de M en éndez P e lay o ante los pensadores y poetas alem anes
p ara hacer m ás v isib le el contraste con las estim aciones intelectuales y
estéticas d e su m ocedad. Sin em bargo, don M arcelino tenía sus reser­
v a s ante el germ an ism o nacionalista p or aquellos años naciente, bien
distinto del «sa b o r de h um an idad no circunscrita a los estrechos lim i­
tes de una región o raza», qu e él advierte y encom ia en la edad de
oro de la cultura alem ana. E l casticista de la juven tu d abom ina ahora
del casticismo ajeno. «N a d a m ás opuesto a este espíritu hum anitario
q u e la cicga, pedantesca y brutal tcutovianía qu e hoy im pera y que
v a haciendo tan odiosa a todo espíritu bien nacido la A le m an ia m o­
derna como sim pática fué la A le m an ia idealista, optim ista y e x pan ­
siva de los prim eros años del siglo. Tan cierto es qu e el viento de la
prosp eridad em briaga a las naciones como a los individuos, y que no
lia - peor am biente para el genio filosófico qu e la atm ósfera de los
ru árteles». (Ideas, 104-105.) ¿Qué diría don M arcelino, si supiese que
no era ajen o a los cuarteles el auge nacional de su figura? En v erdad
— ese texto lo dem uestra — uno es h ijo de su tiem po tanto como de
sus padres.
IRREQUIETUM COR

Rehagamos imaginativamente la experiencia inte­
lectual de Menéndez Pelayo. Aquel que en su polémica
mocedad se jactaba de no saber alemán y tenía por
un «trampantojo» a lo más granado de la filosofía
moderna, ha sentido en su incipiente madurez la ne­
cesidad de completar la panoplia instrumental y de
leer con ahinco la obra de los pensadores y poetas
posteriores al siglo xvii. Su experiencia constituye
para su alma un auténtico descubrimiento, y los últi­
mos tomos de la Historia de las ideas estéticas son
como el diario de las reacciones intelectuales y esté­
ticas ante los hallazgos que ese viaje fabuloso depara
a un hombre ávido de saber, generoso e ingenuo.
Preguntémonos, pues, a la vista de esas reacciones:
¿qué ha pasado en el fondo del alma de Menéndez
Pelayo? ¿Fué esa experiencia, por ventura, no más
que un incremento cuantitativo de saberes, como para
el naturalista puede ser el conocimiento de una nueva
especie botánica o zoológica? ¿O suscitó en su mente
y en su corazón ese sutil estremecimiento que produ­
cen los nuevos problemas intelectuales en la mente y
en el corazón de quien verdaderamente los siente?
Nada se aprende en verdad si no es por la vía de una
verdadera pasión: ese estremecimiento espiritual que
en el alma del aprendiz produce, haciéndose problema,
la disciplina que desea aprender. Pasión y problemati-
cidad — el «asombro» de que hablaron los griegos —
son dos vivencias fundamentales de la vida intelectual.
Para el matemático o el lógico de veras , aprender ma­
temáticas o lógica es una suerte de celo agridulce —
dulce por lo que tiene de pasión de saber satisfecha,
agrio por lo que tiene de permanente problema — , del
cual se podría decir lo que del amor se dice en La C e ­
lestina: «un fuego escondido, una agradable llaga, un
sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable
dolencia, un alegre tormento, una dulce e fiera
h erid a...»
Vistas las cosas con criterio ontológico, el niño desea
el alimento para poder ser hombre, como lo apetece el
hombre para seguir siéndolo. Cresce de lóete ut ad
panem pervenias, decía San Agustín (E n. in Ps., 130,
11). Esto es: aliméntate de leche para que llegues a
un modo de ser hombre en el cual puedas alimentarte
de pan. Otro tanto debe decirse del nutrimento inte­
lectual. El verdadero intelectual aprende o inventa
algo porque necesita de aquello que aprende o inventa
para ser espiritualmente lo que cree que debe ser.
Todo aprendizaje es para él un tránsito necesario ha­
cia modos de ser más altos, más perfectos, más acordes
con el fin querido o entrevisto de la propia vida. Por
eso pudo decir un egregio intelectual que «la mucha
ciencia acerca a Dios»; y, a su modo, no pensaron esto
Descartes, Kant o Hegel con mucha menos vehemencia
que el santo de Hipona.
El primer signo de esa necesidad es una íntima, se­
creta vivencia de vacío o deficiencia espiritual. Es «el
deseo de saber» de que Aristóteles habla en la primera
línea de su Metafísica. Este deseo — natural en el
hombre, como Aristóteles decía; especialmente vivo en
el intelectual de casta y agudizado, en todo caso, por
la educación y el ejemplo — halla su primer pábulo en
las cosas escibles que el medio presenta y ofrece, en
el acervo de cuanto histórica y socialmente puede uno
aprender o inventar. El contacto del alma apetente y
necesitada de saber, penosamente advertida de su
ignorancia, por lo tanto, con aquello que su nesciente
indigencia apetece, es lo que despierta y pone en acto
las dos vivencias de que antes hablé: la pasión inte­
lectual y la problematicidad. El intelectual vive tanto
de cosas sabidas como de cosas escibles, de problemas.
Vive, en definitiva, a sabiendas; porque vivir a sabien­
das, si se atiende a la etimología, es vivir de las cosas
que no se saben y pueden ser sabidas: vivir de proble­
mas. Así, englobando problemas con trémulo y apa­
sionado corazón, extrayendo de su problematicidad el
zumo, a un tiempo sosegador e incitante, de un resul­
tado provisional, agridulcemente embriagado de sabe­
res y de indigencias espirituales, va cumpliendo ol
intelectual su destino. Quiero decir: va asumiendo
modos de ser hombre más cercanos a la remota, utó­
pica idea que de la perfección humana tiene. En su
más entrañable sentido, la sabiduría es para el sabio
verdadero la vía hacia la humana perfección; y el
intelectual que no la vea así no pasa de ser un simu­
lador, un hombre que pretende ocultar el instinto bajo
el disfraz de la inteligencia.
Volvamos a nuestro tema. Menéndez Pelayo hace en
su adelantada madurez la experiencia intelectual de la
cultura moderna. La hace por sí solo, porque la nece­
sita para ser lo que vocacionalmente quiere ser. Lo
hace, además, con el alma abierta por una menesterosa
curiosidad y conmovida por la pasión. Preguntémonos,
por lo tanto: ¿qué problemas despierta esta experien­
cia en el alma de don Marcelino? ¿A qué respuestas y
modos de ser espirituales llega en los entresijos de su
mente el hombre Marcelino Menéndez Pelayo, intelec­
tual de casta, católico y español alertado y fervoroso?
¿Qué hay en su espíritu después de cumplida aquella
ineludible experiencia?
Trataré de acercarme a la respuesta por vía nega­
tiva, exponiendo ante todo lo que no hay. Toda actitud
positiva es adoptada por el hombre no adoptando otras
igualmente posibles: todo hombre es lo que es no
siendo algo que podría haber sido. Lo que uno no es
constituye siempre el molde o contorno radical de lo
que es. Antes de que uno sea médico, por ejemplo,
tuvo que decidir no ser militar o abogado, y si uno se
convierte de la paganía al Catolicismo, junto al deseo
positivo de ser católico hay en él la voluntad de no
ser pagano. Veamos en primer término lo que no fué
ni hizo el Menéndez Pelayo autor de los recién trans­
critos textos sobre los pensadores modernos.
No fué, desde luego — como ya advertí — , un mero
secuaz de cualquiera de esos pensadores modernos. Su
admiración por Kant y por Hegel no nace de ser o
querer ser kantiano o hegeliano. Dos fundamentales
condiciones de su persona lo impedían. De un lado,
su lúcida y vehemente catolicidad. De otro, su abierta
y generosa mente de historiador. ¿Cómo podía adscri­
birse a un sistema filosófico moderno el católico que
no quiso ser tomista para poder acercarse con ánimo
libre y desembarazado — con mente de historiador, en
último extremo a todos los modos de pensar inven­
tados por el hombre en su multiforme historia?
Tampoco hay en su actitud esa curiosa especie de
panfilismo intelectual, esa beatería de la cultura, tan
frecuente hace unos años, que impele a encontrar
estupendo todo lo famoso y a poner los ojos en blanco,
entiéndase o no lo que se lee, frente a cualquier parto!
aborto o fantasmal embarazo de la inteligencia huma­
na. Menéndez Pelayo intentó siempre — algunas veces
no lo consiguió — discriminar con rigor y claridad el
verdadero valor de la producción intelectual ajena.
Ante Kant o Hegel no se derrite ni extasía. Toma su
obra, la lee y dice de ella, antes que toda otra cosa,
las precisas y difíciles palabras de Stendhal ante la
cúpula de San Pedro: «He aquí los detalles exactos».
Luego viene la admiración, el vituperio, o una donosa
y bien ponderada composición de entrambos.
No hay tampoco, por fin — aunque a veces peque
don Marcelino por este lado — , ese cómodo eclecticis­
mo del que se sitúa ante las creaciones intelectuales
diciendo esto, sí y esto, no, como si una obra intelectual
fuese mixtión mecánica o mosaico de piezas sueltas e
intercambiables. Hay personas, en efecto, para las cua­
les adquirir una formación intelectual es como ade­
rezar una receta farmacéutica o componer un guiso de
cocina: tómese tanto de esto y cuánto de lo otro, méz­
clese según arte — ¡menos mal si hay arte en la mix­
tura!! — y adminístrese a cucharadas. Un poco de
eclecticismo hay, es cierto — armonismo, diría él, y lo
achacaría a su condición de español castizo — , en la
formación intelectual del Menéndez Pelayo maduro.
¿Quién que no sea un genio creador puede prescindir
de ese parcelario acoplamiento de saberes ajenos?
Pero, como luego hemos de ver, su actitud intelectual
aspiraba a metas y caminos más nobles que esta cuasi
mecánica composición de saberes y noticias.
La secuacidad, el panfilismo intelectual y la mera
composición ecléctica constituyen el vaciado negativo
de la reacción de don Marcelino ante la cultura mo­
derna Tratemos de indagar el carácter positivo de
esa reacción estudiándola sistemáticamente y buscando
sus señales a lo ancho de la obra que subsigue a esta
radical experiencia.
Lo primero, quién reacciona. Sabemos ya que Me­
néndez Pelayo fué, según sus notas más esenciales, un
historiador deliberadamente español y católico; o, si
se quiere mayor concisión, un católico con vocación
intelectual.
La íntima condición de intelectual enciende en su
alma el escondido fuego de la cupiditas sciendi, ese
raro y entrañable apetito de saber a que hace poco
me referí. A veces nos habla de él Menéndez Pelayo en
las breves confesiones autobiográficas que espontánea­
mente, como un caliente surtidor, emergen de sus es­
critos: «A espíritus críticos y curiosos, aunque no
escépticos, como no lo es el mío — decía en 1884— ,
aun más que el punto de arranque y el punto de tér­
mino, nos interesan los amenos vergeles o las hórridas
fragosidades del camino» í 1). Apenas cabe una defi­
nición más paladina de ese tipo histórico del hombre
de ciencia que habitualmente llamamos «intelectual
moderno». La sabidísima frase de Lessing en el Nathan
no está muy lejana de este regusto intelectual por la
investigación misma que espontáneamente nos con­
fiesa el investigador Menéndez Pelayo ( 2).
Aunque más templado, no es menos alusivo a esa
entrañable codicia de saber el retrato que don Marce­
lino hace del intelectual perfecto en su crítica del esco­
lasticismo decadente. Los secuaces de éste — refiérese
Menéndez Pelayo a los del lapso comprendido entre los
siglos xiv y x v i — «miraban (a la ciencia) como algo
definitivo y perfecto, ya adquirido por el esfuerzo de
nuestros mayores, o más bien como un campo cerrado,
dentro del cual podían entregarse a juegos pueriles».
Frente a este menguado concepto del saber científico,
alza Menéndez Pelayo el suyo: es la ciencia, escribe,
«labor que debe empeñar individualmente la fuerza de
cada hombre en mejorarla y rectificarla cada día,
gozándose tanto por lo menos en el ejercicio racional
por sí, como en el resultado de la investigación» ( 8).
Vése aquí de bulto al intelectual amante de sus pro-

P) Ci en ci a , TI, 74.
<2) P o c o » años antes — recu érd ese lo d icho en el c ap ítu lo «V is ió n
de la H isto ria »— h ab ía vitu p e ra d o M en é n d e z P e la y o en B a y le esta acti­
tud in telectual q u e él tan g a lla rd a m e n te confiesa.
(») Ideas, II, 118.
blemas y sediento de la pregunta tanto como de la res­
puesta. Esta menesterosa avidez de su espíritu es jus­
tamente la que le lleva a descubrir por sí mismo las
costas incitantes y tormentosas de la cultura moderna.
A ellas se asoma el bauprés de su inteligencia, y en
su paisaje descubre las dos notas fundamentales de
que hablé en el capítulo anterior. La primera, su posi­
tividad: frente a los petulantes y expeditivos juicios de
la mocedad, advierte noblemente don Marcelino que
no es científicamente lícito despachar todo el entre­
visto continente de la cultura moderna con una ligera
estimación negativa. No es ajena a esta valoración
positiva de la cultura moderna la segunda nota que en
ella descubre Menéndez Pelayo: su condición de expe­
riencia intelectual históricamente ineludible para todo
hombre que verdaderamente quiera vivir en su propia
época. Todo intelectual que no se resigna a ser una
inclusión extemporánea e ineficaz en el mundo de
1890, piensa nuestro historiador, debe pasar necesa­
riamente por la experiencia de Kant y Hegel, por no
citar sino los nombres más significativos.
Tal es, en esquema, la primera actitud de Menéndez
Pelayo ante la recién descubierta cultura moderna. No
entenderemos bien, sin embargo, todo el proceso inte­
lectual que acontece en su espíritu, si no tenemos a la
vista las creencias en que se apoya: su inmutable fe
religiosa y la esperanza en España, mudable ésta en
vigor y figura, mas nunca ausente de su alma.
El espíritu humano necesita por igual del vuelo y
del peso. Si pretende volar sin peso, el impulso de sus
alas le extravía hacia una falsa infinitud: no otra cosa
fué, en definitiva, la aventura espiritual del idealismo
romántico. Una estrofa de Schiller expresa con elo­
cuencia soberbia este anhelo de vuelo ligero e infinito:

Sólo en el grave cuerpo dominan las potencias
que día a día tejen el oscuro destino
el alma, empero, libre del mandato del tiempo
y natal compañera de los seres gloriosos,
juega en las altas, puras, luminosas praderas,
divina entre los dioses su delgada figura.
Volcad, volad, humanos, sobre sos leves alas,
arrojad de vosotros el miedo terrenal,
huid de esta existencia sofocante y angosta
hacia el reino sublime del ideal eterno C
1).

Dió a don Marcelino permanente y nunca satisfecho
vuelo su condición de intelectual, la índole de su espí­
ritu que le hacía llamarse «investigador y curioso».
Diéronle peso y brújula para no extraviarse en cual­
quier aventura intelectual o entre las calientes veredas
del entusiasmo estético las dos indefectibles creencias
que antes nombré. «El hombre, en el fondo, es crédulo
— escribía hace poco Ortega y Gasset —, o, lo que es
igual, el estrato más profundo de nuestra vida, el que
sostiene y porta todos los demás, está formado por
creencias. Éstas son, pues, la tierra firme sobre que
nos afanamos» ( x). Tuvo don Marcelino la incalcula­
ble fortuna de que su afán de intelectual — insaciable
en esta vida, por imperativo de la constitutiva limita­
ción humana — se hallase aplomado y regido por
aquella doble creencia católica y española.
Incurriríamos, no obstante, en la habitual miopía,
si no viésemos o intentásemos adivinar la secreta con­
moción que la experiencia de la cultura moderna, tan
crucial en la vida de Menéndez Pelayo, imprimió sobre
la figura expresa de entrambas creencias en el espíritu
de nuestro historiador. Esto es: sobre el modo de creer.
«Es excelencia y privilegio divino de la doctrina cató­
lica — dijo el mismo en ocasión solemne — acomodarse
a todos los grados y esferas de la cultura humana, y
ser manjar*de vida, lo mismo para los sencillos de
corazón y humildes de entendimiento, que para aque­
llas inteligencias privilegiadas donde más de resalto
aparece la impresión y el reflejo de la lumbre divina.
Las mismas verdades son las que deletrea el rústico
en su Catecismo que las que ejercitan la sagacidad
del teólogo en la Summa de Santo Tomás...» (-). Tras
su magna odisea a través de la cultura moderna, Me­

tí) Procede la estrofa del poema Das Ideal und das Lcben («El
ideal y la vida»). Yo la he traducido en verso libre.
(2 ) Ideas y creencias, Madrid, 1942, pág. 31.
(3) Ensayos, 302.
néndez Pelayo adquiere otro modo de ser, en tanto
intelectual e historiador. Siéntese más alto, más rico,
más verdaderamente dueño de sí. ¿No es obvio pre­
guntarnos si se produce en él una nueva disposición
intelectual e histórica ante su siempre indefectible y
vivísima fe, paralela — toutes proportions gardéesr
como dicen ultrapuertos — a la nueva disposición inte­
lectual de Santo Tomás después de haber leído las
traducciones aristotélicas de Guillermo de Moerbeke?
Tengo la certidumbre moral de que esta conmoción
se produjo. Jamás — quede esto bien sentado — en el
sentido de la duda. La adhesión intelectual y cordial
de Menéndez Pelayo al dogma católico fué tan fervo­
rosa y sólida en su última madurez como cuando, allá
en sus años polémicos, se llamaba «católico a macha­
martillo». Un pasaje de la ponderada conferencia que
pronunció Araquistain en la Universidad de Berlín,
parece sugerir la existencia de una soterrada duda
religiosa en el alma de Menéndez Pelayo: «en su alma
de católico declarado — decía Araquistain — había un
hondo misterio, insinuado en la pasión que ponía por
comprender las doctrinas más heterodoxas, como si
su espíritu quisiera romper los muros en que estaba
encarcelado por la educación y por la herencia histó­
rica» (x). No entiende bien Araquistain — en cuyos
leales y encendidos elogios de Menéndez Pelayo no es
fácil reconocer al marxista español — lo que realmente
debió acontecer en el espíritu siempre creyente del
gran historiador. Su contacto vivo con la cultura mo­
derna produjo, es cierto, una conmoción en las dos
sólidas creencias que sustentaban su vida personal.
Pero esta conmoción no tuvo el signo de la duda; fué,
al contrario, la creyente necesidad de llegar a u t u i
nueva situación personal, a un nuevo modo de ser ca­
tólico, intelectual y españoly capaz de situarle como
católico, intelectnal y español a la altura de su tiempo.
Sintió don Marcelino, por lo tanto, la imperiosa nece­
sidad de resolver católicamente el ineludible problema
creado al hombre por la cultura europea posterior al
siglo xvii.

O) «Menéndei Pelayo y la cultura alemana*, conferencia prenun­
ciaría en la Universidad de Berlin y publicada lue$o en el Boletín ac
la Biblioteca ^ V p > rüo x v » 19SS' ***** 201*
Unas palabras pronunciadas por don Marcelino en
1903 expresan con tenue, pero inequívoca claridad, esa
situación de su alma: «He conservado intacto — de­
cía — el tesoro de la fe, en medio de las revueltas
aventuras intelectuales que forzosamente corre en
nuestros tiempos todo espíritu investigador y curio­
so» ( ') . Fe religiosa intacta en el fondo de la persona;
revueltas aventuras intelectuales en. la movible y cam­
biante superficie de su vida cotidiana. ¿Qué había en
el alma de don Marcelino como zona de unión entre
esos dos niveles de su personal existencia? ¿Cómo se
estableció el contacto entre su nueva situación intelec­
tual y su invariable fe religiosa?
Dos partes limpiamente distintas tiene la respuesta
de don Marcelino a estas preguntas. La primera con­
siste en dar cristiana cuenta del pensamiento moder­
no. De otro modo: puesto que el pensamiento moderno
no es el puro error, trátase de comprender con mente
cristiana su existencia histórica. La segunda porción
de la respuesta es mucho más ardua: consiste, nada
menos, en dar una solución católica y creadora — como
lo fué la Contrarreforma en los albores del mundo mo­
derno — a la situación espiritual históricamente pro­
ducida por los signos que subsiguen al decimoséptimo.
Apenas es necesario advertir que la mente de Menén­
dez Pelayo — mente de historiador, no de creador
intelectual — se movió de preferencia en torno a la
primera de estas dos gigantescas cuestiones. Trataré
de exponer la línea de su intelectual asedio.
Muévome aquí, lo diré con una certera frase de Dá­
maso Alonso, «en el tremedal de lo hipotético». Intento
adivinar algo que acaeció en las más secretas estancias
espirituales de don Marcelino y sólo de cuando en
cuando halló expresión indirecta en sus escritos. A
través de los rayos refractados, me esforzaré por con­
jeturar (según la verosimilitud y la necesidad», como
decía Aristóteles, una imagen de lo que en el centro
de su alma sucedió.
He aquí otra vez los términos del primer problema.
Después del siglo xvn han creado los europeos una cul­
tura al margen de la verdad revelada; con indiferencia

(i) Discurso en la tolem ne velada con m otivo del X X V aniversario
de la coronación de L eón X III, Madrid, 1903, pág». 05-73.
respecto a olla unas veces, en formal oposición con ella
algunas ( ') . Menéndez Pelayo rechaza con toda reso­
lución cuanto a la verdad católica se opone en el mun­
do moderno. Pero, descontada la doctrina que se con­
trapone al dogma o que abiertamente discrepa de él,
encuentra en la cultura moderna actitudes intelectua­
les, problemas, caminos y resultados que su mente en
modo alguno puede soslayar. En consecuencia, ya no
puede ver en ella un puro error o un extravío de inte­
ligencias «nebulosas y vacías». El problema que inme­
diatamente surge en el alma cristiana de don Marce­
lino es, pues, el siguiente: ¿cómo yo, en tanto cristiano
y católico, puedo explicarme esta parcial verdad del
mundo moderno, en cuya virtud es para mí histórica­
mente ineludible? Análoga debió sea, sea dicho de
paso, la experiencia de Santo Tomás frente a Aristó­
teles y Averroes.
Una lectura atenta de la obra de Menéndez Pelayo
permite advertir que su inteligencia halló la respuesta
a través de tres distintas vías: una, estrictamente filo­
sófica, su inquebrantada creencia en la dignidad de
la razón humana; otra, que podríamos llamar tradi­
cional, es un deliberado apoyo en la actitud de los pri­
meros pensadores cristianos ante el saber antiguo; la
tercera es ocasional o histórica: su idea del genio, tan
próxima, dentro de la ortodoxia católica, a la román­
tica del idealismo schellinguiano.
El elogio de la razón humana, la defensa de su na­
tural dignidad y la impugnación de los sistemas filo­
sóficos que, como el tradicionalismo de Bonald y La-
mennais, niegan a la nuda razón natural del hombre
capacidad para alcanzar la verdad, son motivos per­
manentes en la obra escrita de Menéndez Pelayo.
Apenas hay un trabajo suyo, entre los tocantes al pen­
samiento filosófico o teológico, que no contenga una
formal diatriba o un venablo sobre la marcha contra
ese tradicionalismo hiperfideísta y enemigo de la ra­
zón: La Ciencia Española, la Historia de los Heterodo­
xos, la Historia de las ideas estéticas y multitud de
discursos y de estudios breves (La Iglesia y las escue-

(i) La verdad es que toda la cultura moderna tiene alKo que ver
Con la revelación cristiana, por debajo de la Indiferencia o de la hosti­
lidad que respecto a ella pudieran tener los creadores de dicha cultura.
las teológicas, Quadrado y sus obras, y tantos otros
más) se ocupan de pasada en defender los fueros de
la razón humana contra los doctrinarios que postulan
su natural inclinación al error. «La razón, lejos de
tener pacto firmado por el error — escribe una vez — ,
puede elevarse, y de hecho se ha elevado, a la com­
prensión más o menos íntegra y clara de aquellas ver­
dades de teología natural que son preámbulos de los
artículos de la fe» C1). En esto está muy resueltamente
al lado de Santo Tomás, y con toda claridad lo dice en
dos pasajes. «De la razón no podemos decir mucho
mal — reza uno de ellos — , puesto que al fin es im ­
presión de las razones eternas , participación de la
lum bre increada, similitud de la verdad eterna que
resalta en nosotros, y, para decirlo todo con una pa­
labra de Santo Tomás, potencia en cierto modo infi­
nita para todo lo inteligible» ( 2). Textos análogos a
éstos podrían acopiarse sin gran esfuerzo.
El sentido de estos alegatos es harto evidente. Si la
razón humana es capaz por sí misma de elevarse al
conocimiento de una parte de la verdad cuando hon­
rada y noblemente se lo propone, ¿cómo no admitir
que los pensadores modernos, cualesquiera que fuesen
los supuestos de su punto de partida intelectual, pu­
dieron llegar a resultados filosóficos verdaderos, aun­
que en otros se equivocasen? ¿Por ventura no ocurrió
lo mismo mientras tuvo vigencia la ciencia medieval,
mirada ésta en lo que tuvo de creación humana e his­
tórica? Esta implícita argumentación de don Marcelino
adquiere mayor gravedad cuando él, en tanto historia­
dor, se sitúa intencionalmente en la actitud de un cris­
tiano primitivo ante la sabiduría del paganismo
antiguo.
La historia es bien conocida. Cuando el Cristianismo
primitivo se difundió en el mundo grecolatino, pronto
se dibujaron dos tendencias frente a la sabiduría anti­
gua. Una, manifiesta y hasta coléricamente adversa.
Tertuliano y Arnobio fueron sus campeones. Tal vez
habían interpretado mal las reservas de San Pablo
í 1) Estudios, V, 218.
• 2) Ensayos, 295.
respecto a «la sabiduría del mundo» ( I Cor„ 1 , 29 y
3, 19); tal vez había debajo de su encendido fanatismo
la poca fe verdadera del que teme al ejercicio de la
razón. ¿No es frecuente observar hombres que dis­
frazan la inconsistencia de su fe con la vestidura de
un fideísmo fanático? ¿No serán, en el fondo, «hom­
bres de poca fe» los que, aparentando mucha, caen en
el vicio maniqueo de llamar el error, o el mal, o el
pecado a todo lo que está frente a ellos, e incluso a su
lado? «¿Qué tienen de común — preguntaba, airado,
Tertuliano — un filósofo y un cristiano, el discípulo de
Grecia y el del cielo, el que labora por su fama y el
que trabaja por su salvación, el que compone bellos
discursos y el que hace buenas obras, el que edifica y
el que destruye, el que por doquier esparce el error
y el que todo lo colma de verdad, el que roba la ver­
dad c1) y quien la cela»? (A p ol., 46).
Más eficaz, inteligente y cristiana fué, sin duda, la
segunda tendencia. Afirmaba ésta la conciliabilidad
entre la verdad revelada del Cristianismo y la especu­
lación racional de los filósofos antiguos, entre el Logos
del Evangelio de San Juan y el logos de la sabiduría
helénica. La fe religiosa de estos hombres no temía
que esa fe suya fuese contrastada con las «buenas ra­
zones» de los hombres. Esto es: con las razones de los
hombres que, aun paganos, se hubiesen ocupado recta
y honradamente en buscar la verdad. Tertuliano, mal-
entendiendo la «sobrenaturalidad» como «antirracio-
nalidad» y lo «misterioso» como lo «absurdo», pensó
que a la fe religiosa sólo podía llegarse qerrando los
ojos a lo humanamente racional: credible est, quia
ineptum est, tales son sus palabras (d e carne Chr.,
5) ( 2). Estos otros — y, a su cabeza, San Justino, to­
davía en pleno corazón del siglo xi — piensan lo que
más tarde dirá con toda claridad San Anselmo: credo
ut intelligam. Y, si se apura el sentido de su esfuerzo
cristiano e intelectual, todavía más: intelligo ut
credam.
Esta actitud de San Justino — el primero en el es-

,n Hny »n n evidente alusión al texto de San P a b lo contra
«loa qu e iirn e n cmitiva la v e rd a d » (R o m . , I. 18>.
(ü E l dicho com únm ente atribuido a Tertuliano — < credo. QUta a b -
tu rd iim — ii'' se encuentra en ninguna de .as obras qu e de T e it u U n o
se conservan.
pléndido camino intelectual de Clemente Alejandrino,
Orígenes, y, ya en la cima, San Agustín — se apoyaba
en muy buenos textos de la Escritura. San Juan había
dicho que el Verbo erat lux vera , quae illumirutt
om nem hominen venientem in hunc m undum (Joh.,
I, 9). ¿Por qué no pensar, entonces, que los paganos
pudieron sacar algún fruto razonable de esa lumbre
que a todo hombre llega? San Pablo enseña, por su
parte, que «las perfecciones invisibles de Dios se han
hecho visibles a la inteligencia después de la creación,
por medio de las cosas creadas» (R o m ., I, 2 0 ); y en
otra parte no vacila en afirmar que también los gen­
tiles «tienen escrito en su corazón lo que la ley ordena»
(R o m ., 2 , 15). En los Salmos se dijo: Signatum est
super nos lumen vultus tui, y está escrito en el Libro
de la Sabiduría, como remoto preludio de la doctrina
paulina sobre el conocimiento de Dios, que «la gran­
deza y la hermosura de las criaturas hacen conocer
por analogía a Aquel que es su Creador» ( Sap., x iii, 5).
En la autoridad inquebrantable de todas estas pa­
labras descansa la actitud intelectual de los primeros
apologistas. Piensa San Justino, por ejemplo, que la fe
y la filosofía antigua con naturalmente conciliables;
mas no lo son por azar, ni por obra de argucia dialéc­
tica, ni porque la verdad revelada no sea rigurosamen­
te sobrenatural, sino por algo que, como suele decirse,
está en la naturaleza misma de las cosas y de los
hombres. Esto es: porque todos los hombres partici­
pan por naturaleza en el Logos. El Verbo sería un
Aóyos (rrrtpfUíTixós o V e rb u m seminale, cuyas semillas
están derramadas en todos los espíritus a fin de que,
si rectamente se esfuerzan por ello, alcancen a conocer
a lo menos una porciúncula de la verdad. «Los estoi­
cos — dice San Justino— llegaron a pensar recta­
mente, lo cual algunas veces sucede también con los
poetas, porque la semilla de la razón ( fnripfia rov Áóyov)
está implantada (Sea ro ifipwrov) en todo el linaje hu­
mano» (A p o l.f II, c. 8 ). Todavía es más explícito en
otro pasaje: «Cada uno (de los filósofos, poetas e
historiadores) habló bien cuando veía una parte de
la razón divina diseminada e implantada en él. Mas
los que estuvieron en contradicción consigo mismos
en cosas graves, éstos, al parecer, no alcanzaron doc­
trina más alta ni conocimientos que no puedan ser re-
cnazados. Así, pues, cuantas cosas han sido dichas con
acierto nos pertenecen a nosotros los cristianos» (A pol.
il, c. 13). Todo lo honesto y verdadero es cristiano,
piensa San Justino; y esto es así porque quien dijo
cosas honestas y verdaderas no hizo sino hablar con
fidelidad a la semilla del Verbo que por ser hombre
tuvo implantada en su espíritu. La verdad humana se­
ría a un tiempo fiel imitación del logos spermatikós
y fidelidad a uno mismo, sinceridad 0 ).
Observemos que esta idea de San Justino es una
suerte de explicación racional de la doctrina de San
Juan y San Pablo más arriba expuesta. El hombre, por
el solo hecho de serlo, puede llegar — con riesgo de
error si sólo a sus fuerzas se atiene, desde luego —
al conocimiento de una parte de la verdad y preparar­
se así a la creyente acepción de la Verdad cristiana
revelada. El cristiano podría decir credo ut intelligam,
como luego enseñará San Anselmo; y el pagano, por
su parte, intelligo ut credam. Por eso pudo afirmar
Santo Tomás que la razón humana es «participación
de la lumbre increada». Ni siquiera el duro y fanático
Tertuliano fué ajeno a este potentísimo movimiento
espiritual del mundo cristiano, cuando por dos veces
llama «naturalmente cristiana» al alma del hombre
(A p o l., 17 y de testim. an., 1 , ss.) O testimonium ani-
mae naturaliter christianae/, exclama el ardoroso afri­
cano, pensando en la general apelación espontánea de
los hombres a Dios.
He descrito con alguna extensión la postura intelec­
tual de los primeros apologistas cristianos ante la
sabiduría antigua, porque, estoy seguro, a ella recurrió
el espíritu de Menéndez Pelayo para entender en tanto
cristiano su personal estimación de la cultura moderna.
La lectura de los textos antes transcritos debió produ­
cir en su alma una poderosa y consoladora emoción.
Así lo ha de pensar el biógrafo a la vista de un hecho:

(M Sun Justino distingue entre ln ve rd ad absoluta del V e rb o y la
im itación a que ln rn/ón hum ana puede llegar por virtud de la «sem i­
lla del V e rb o » «U nn cosa es -d i c e - - la sem illa im plantada en cada
h o m b re v la im itación concedida a cada uno según sus propias fuerzas,
v otra ro*a es aquello m ismo (el V e rb o ) cuya com unicación e im ita-
HÓ ,on concedidas por su virtud * (A p o l. II. c. 13). L as verdades de
de la V e rd a d divina. P o r e « > d .c e S a n
Justino que si los hom bres, por obra de su nuda razón, llegan al co-
nocImlrnTÓ do la verd ad . .Alo pueden h acer o a través de una cierta
vela d u ra , m ediante una visión débil y confuso •
la insistente frecuencia con que don Marcelino impug­
na en su obra «el repugnante error tradicionalista que
mueve guerra impía a la razón en nombre de la fe»,
según sus propias palabras (*), y alude expressis v e r -
bis al ejemplo de San Justino y al testimonio del alma
«naturalmente cristiana». No menos de seis veces
puede descubrirse tal argumentación, y tres de ellas
con palabras casi idénticas, como si el autor copiase
siempre una papeleta singularmente valiosa; tan va­
liosa, que cree poder utilizarla como remedio tópico y
eficiente cuantas veces se pone sobre el tapete la dig­
nidad de la razón natural del hombre, sea este hombre
Aristóteles o Hegel.
Contrapone Menéndez Pelayo, por ejemplo, el escep­
ticismo racionalista, cuya desconfianza en la razón hu­
mana nace a fuerza de usarla sin apoyo en algo exte­
rior a ella, y el escepticismo tradicionalista, que me­
nosprecia y hasta niega a priori la validez de todos los
posibles resultados de su ejercicio. Ve en Tertuliano
y Arnobio los patriarcas de este segundo escepticismo
y se opone a él con las siguientes palabras: «el mismo
Tertuliano se veía obligado a invocar el testimonio
del alma naturaliter christiana, y entre los Padres
griegos, aun los más antiguos, predominó siempre
aquella hermosa doctrina de San Justino (A p o l. II, c.
8-10) sobre el A0709 oTrepfjLaTLxós que derramó la Sabi­
duría Eterna en todos los espíritus, para que pudieran
elevarse, aun por las solas fuerzas naturales, a una
intuición o conocimiento parcial del Verbo diseminado
en el mundo» ( 2). El mismo texto se lee en la Historia
de las ideas estéticas ( 3) y en el ensayo sobre Quadra -
do y sus obras ( 4), todavía con más directa alusión al
tradicionalismo filosófico del siglo x ix y a ese seudo-
piadoso desprecio de la razón humana tan frecuente
en tiempo de don Marcelino y en el nuestro.
Sobre esta doctrina apoya Menéndez Pelayo, expre­
samente unas veces, por manera implícita otras, no
pocas de sus ideas y actitudes intelectuales. A ella
recurre, verbigracia, para explicar la natural tenden-

n) Est udi os, V , 23.
<-) Ens ayos, 160-161.
(■t) Ideas, I, 145.
mi Estudios, V, 218.
cía teológica de toda filosofía, cuando se la cultiva
honrada y consecuentemente. «Así como la Metafísica
— escribe — en sus especulaciones más altas, implica
la Teodicea, y con ella una preparación teológica que
pone en el umbral de la fe el alma naturaliter chris-
tiana, así la Metafísica, llegada al término de su ca­
rrera, siente y reconoce la necesidad de otra ciencia
más alta que llene sus vacíos y aclare sus deficien­
c ia s ...» (*). Este texto es de 1889. Dos años antes,
en su discurso de contestación al de ingreso del P. Mir
en la Real Academia Española, había expresado el mis­
mo pensamiento: «Reconocida y confesada esta relati­
vidad del conocimiento (humano), y reconocida y con­
fesada también, de otra parte, el hambre y la sed de lo
absoluto y de lo ideal que aquejan a toda alma venida
a este mundo, aspiración que no se aquieta con los
áridos conceptos de la ley, de noción, de fuerza, de
materia, de evolución, de idea, ¿cómo no reconocer y
abrazar con entrañas de regocijo aquella más sublime
Metafísica, aquella lumbre del rostro del Señor que
está signada sobre nosotros, hasta cuando nosotros
queremos arrancar torpemente la impresión y el sello?
¡Ah, señores! El alma es naturalmente cristiana, como
el alma es naturalmente metafísica». Lo mismo ven­
drá a decir en 1904, conmemorando el quincuagé­
simo aniversario del dogma de la Inmaculada Con­
cepción: «Hay cuestiones sociales, filosóficas, estéticas;
pero hay en el fondo de todo una cuestión teológica,
como se ha dicho muchas veces, o más bien, no hay
tal cuestión, sino la luz verdadera que ilumina a todo
hombre que viene a este mundo, la cual, si en el Cris­
tianismo se acrisola y completa con la Revelación,
preexiste en germen en el alma naturaliter christiana,
que, precisamente por serlo, es capaz de recibir la
efusión de la luz sobrenatural» (-).
Si se leen con cuidado todos estos párrafos, se adver­
tirá pronto que todos están tejidos con los textos que
más arriba transcribí: el salmo Signatum est, la perí-

C) Ensayos, 294.

ri Discurso <iol Exente. Sr. D. M . M. y P. en la solemne fiesta
literaria ce le bra da. .. vara conm emo ra r el Quincuagésimo aniversario
de la definición dogmática del misterio de la Inmaculada, Sevilla 19o*
página 7.
cope de San Juan, los pasos de San Justino, y Tertu­
liano. Pondérese la importancia que don Marcelino dió
a esa doctrina en los senos de su mente, cuando tantas
veces, y desde tan discordantes materias, viene a dar
en citarla y comentarla con tan visible necesidad inte­
lectual y consuelo y de su espíritu tan evidente 0 ).
Hay, si se me permite esta expresión, a modo de un
creyente y gustoso paladeo de esas palabras, una sa­
brosa complacencia de cristiano verdadero en saber
que él, caminando por suelo moderno, aceptando par­
cialmente a Hegel, o al positivismo, o la «escuela his­
tórica», puede también sentirse apoyado, como los
cristianos platonizantes de los siglos antiguos y como
los cristianos aristotelizantes de los siglos medievales,
en la roca indefectible de una Verdad absoluta y tras­
cendente. No tiene otro sentido, a mi ver, esa perma­
nente tendencia de don Marcelino, a cobijarse en el
ejemplo intelectual del Cristianismo primitivo, ni otra
cosa significa su persistente enemiga contra el tradi­
cionalismo filosófico, ni a blanco distinto apunto el
afirmar que «la lumbre del rostro del Señor está sig­
nada sobre nosotros hasta cuando nosotros queremos
arrancar torpemente la impresión y el sello» ( 2).
Esta deliberada y amorosa regresión intencional de
Menéndez Pelayo hacia las actitudes intelectuales de
los cristianos primitivos — sobre cuyo último sentido
he de volver aún — no es el único expediente de su
inteligencia para entender cristianamente las razones
del pensamiento moderno. Junto a ella está, como ya
dije, su idea del genio.
Es sobremanera curioso el proceso de cristianización
con que la mente de don Marcelino elaboró personal­
mente, por modo más o menos deliberado, la idea ro­
mántica del genio, y sobre todo del genio artístico.
Nada más instructivo a este respecto que comparar las
palabras con que Menéndez Pelayo expone la doctrina

f 'i T am po co es ajen o a la In fluencia de estas ideas el pensam iento
d e don M arce lin o acerca de la verd ad histórica, m ás atrás expuesto y
com entado. Su m ente tendió siem pre hacia un platonism o cristiano.
<2> N o olvidem os que el tradicion alism o filosó fico nació h istórica­
m ente com o una m edrosa y torpe reacción fideísta contra el descarrío
religioso del m un d o m undo. Tan fu erte fu é la reacción, qu e hasta n e ­
g ab a la licitud de todo el esfuerzo in telectual del Cristianism o, desde
San Ireneo y San Justino.
schellinguiana acerca del genio (en Schelling ganó
suma expresión teórica, como se sabe, el entusiasmo
romántico por la creación genial) con las expresiones
que en torno al mismo tema salieron de su propia mi­
nerva. «Diríase que en esos hombres raros — escribe
Menéndez Pelayo, exponiendo a Schelling y refirién­
dose a los hombres geniales — , superiores a los demás
artistas en el sentido más elevado de la palabra, la
identidad inmutable se despojó de los velos que la
ocultan a los demás hombres... El artista, sea cual
fuere su propósito, parece estar dominado por una
fuerza que lo separa de los demás hombres y le obliga
a expresar cosas que él mismo no percibe completa­
mente y cuyo sentido es infinito. El arte es la revela­
ción única y eterna de la fuerza suprema, y el prodigio
que debe convencernos de su realidad absoluta» O).
Veamos ahora las expresiones del propio Menéndez
Pelayo: «Dondequiera que se encuentre el sello de lo
genial y creador, allí está el soplo y aliento de Dios,
que es el Creador por excelencia; dondequiera que esté
la verdad científica e histórica, allí está Dios, que es la
verdad esencial y el fundamento de toda realidad, de
tal modo que implicaría contradicción en su esencia
el que hubiese algún género de verdad que en Él no
estuviese contenida por modo eminente y trascenden­
tal; dondequiera que atraigan nuestra vista las per­
fecciones, ya naturales, ya artificiales, allí encontra­
remos el rostro y las pisadas de Dios» ( 2). En este
texto alude preferentemente Menéndez Pelayo al genio
intelectual. He aquí otro más directamente referido al
genio de la producción artística: «la propia excelencia
artística (de las formas bellas) no se concibe sin el
sello del ideal que lleva estampado, puesto que meras
combinaciones de líneas y de colores, de sonidos o de
palabras, serán un material artístico muerto, hasta
que la voz del genio creador flote sobre las ondas so­
noras y sobre el tumulto de las formas vivas, como
flotaba el espíritu de Dios sobre las aguas. Y no esti­
méis la comparación irreverente, pues entre todos los
dones del ingenio humano quizá no haya otro más ex-

P) Ideas, IV , 164-165.
(2) Solemn e velada ... págs. 69-70.
celso que el de crear una reprodución total y armónica
de la vida» (*).
Tres ideas fundamentales laten, a mi ver, bajo la
fronda oratoria de los dos anteriores párrafos: 1^ El
acto creador del genio es el acto humano más pare­
cido a la creatio ex nihilo divina. Enseña la Escritura
que el hombre fué hecho a imagen y semejanza de
Dios. Pues bien, cuando el hombre crea, inventa o des­
cubre genialmente es cuando más y mejor transparece
en él esa divina similitud de su naturaleza. 20- La ver­
dad que el hombre de genio descubre y la belleza que
crea, le ponen en contacto con la Divinidad. Toda ver­
dad y toda belleza humana tiene debajo de sí, a modo
de último fundamento, la verdad y la belleza infinitas
de Dios. Todo lo verdadero es cristiano, como pensaba
San Justino. 3^ En consecuencia, debe creerse que el
acto genial supone una especial asistencia de Dios:
«donde está el sello de lo genial, allí está el soplo de
Dios».
¿No hay, por ventura, en estas ideas de Menéndez
Pelayo una cristianización del archirromántico pen­
samiento schellinguiano? Basta sustituir en el texto de
Sehelling la expresión identidad inmutable por las
palabras verdad divina, y cambiar lo de fuerza supre­
ma por soplo de Dios, para advertir una notable co­
rrespondencia entre la concepción panteísta de Sche-
lling y la deliberadamente cristiana de Menéndez Pe-
layo. ¿Puede extrañar que Menéndez Pelayo, tan aten­
to siempre a la producción intelectual de los españoles,
se recrease con «la admirable teoría de los hombres
providenciales? (2), expuesta por Fr. José de Sigüen-
za en el prólogo de su Vida de San Jerónimo, y la pu­
siese en relación con el pensamiento de Emerson y
con la idea genialista de Carlyle acerca del acontecer
histórico? (3).
Su permanente creencia en la alta dignidad de la
razón humana, el consciente apoyo de su espíritu en
la actitud de los primeros apologistas cristianos ante

O) Discurso para conmemorar el quincuagósimo aniversario ná-
gína 11. ' *
(-) Estudios, VII, 26.
(3) Podría ser definida la doctrina de Menéndez Pelayo acerca del
genio y de su misión histórica como una versión ortodoxa y filosófica
del montañismo.
la sabiduría del paganismo antiguo y esta idea acerca
de la obra genial permiten a don Marcelino entender
cristianamente su valoración positiva de la cultura
moderna y aprovechar toda la cosecha de verdad y
belleza que en su viaje por el ancho campo de esos si­
glos pudo ir recogiendo. Un íntimo estremecimiento de
viajero por tierra insospechada conmueve la raíz inte­
lectual de su creyente espíritu a lo largo de aquellas
«revueltas aventuras intelectuales»; hasta que, al fin,
la inicial confusión halla renovada serenidad, descubre
la inteligencia suelo cristiano en que apoyarse y la
vocación vislumbra un camino por donde avanzar sin
angustia. La admirable fe religiosa de su espíritu en
el carácter divino de toda verdad sigue siendo para su
mente conmovida cimiento y norte. ¿No hay aquí un
nuevo contraste entre Unamuno y Menéndez Pelayo?
Unamuno necesitaba desasirse del pensamiento para
reposar en Dios. Toda su vida fué don Miguel, en efec­
to, un retórico enemigo de la razón ( x). Pensaba que
el corazón descansa sobre el pecho de Dios
lejos del recio mar de las pasiones,
mientras la mente, libre de la losa
del pensamiento, fuente de ilusiones,
duerme al sol en su mano poderosa (2)
Menéndez Pelayo, creyente en la razón humana,
porque la sabe hecha por Dios a imagen y semejanza
de la suya divina, siente latir bajo su pie, en cada paso
de su pensamiento, la presencia viva, infinita y realí-
sima del Dios cristiano.
Ahora comienza, sin embargo, el segundo y más
grave problema: ¿adonde ir por ese camino que la
mente vislumbra? ¿Cómo avanzar por él? ¿Qué puede
hacer el cristiano, después de haber reconocido y valo­
rado cristianamente la posible y parcial verdad del
mundo moderno? Si Menéndez Pelayo hubiese cumpli­
do íntegramente su programa intelectual, podríamos
exponer la respuesta de su espíritu a esas acuciantes
preguntas. Entre sus papeles ha encontrado Sánchez

(1) Siempre he pensado que en el irracionalismo de Unamuno ha­
bía más retórica que sinceridad. Retórica y aspiración hacia otra cosa
distinta del seudorracionalismo de su tiempo, como ha visto J. Marías
en su libro sobre la obra de don Miguel.
(2) Final del soneto «En la mano de Dios*.
Reyes el índice de lo que había de ser remate de la
Historia de las ideas estéticas. Dice así: «PARTE TER­
CERA. EPÍLOGO. Estado actual de la ciencia (esté­
tica). Principios fundamentales de ella que pueden te­
nerse por ciertos y seguros. Esperanzas de una futura
construcción sistemática de la Teoría de lo Bello» (' ).
Tuvo siempre don Marcelino, en consecuencia, el
proyecto de construir una doctrina sistemática y perso­
nal acerca de la belleza. Si hubiese dado cima a este
permanente propósito, sabríamos cómo una teoría esté­
tica deliberadamente cristiana y teológica — la suya
lo hubiese sido, sin duda — podría integrar en unidad
creadora su experiencia intelectual de la cultura mo­
derna. O, mejor dicho, cómo vió su mente la actualidad
creadora de tal integración. Pero don Marcelino no
llegó a ser en acto, pese a sus reiterados proyectos, un
pensador sistemático y original, o sólo lo fué en muy
parva medida. ¿Le faltó tiempo para ello? ¿Fué su
inteligencia, como pienso, más dotada para la visión
que para la creación? El hecho es que abandonó su
trabajo en la Historia de las ideas estéticas cuando se
acercaba a la parte más actual y sistemática del libro
en curso. Los temas de erudición y crítica sustituye­
ron definitivamente a la nonnata tarea de construcción
personal.
Queda uno reducido, por lo tanto, a la simple con­
jetura, y el biógrafo se ve obligado a hablar más de
tendencias y gustos que de ecciones y obras. Algo
cabe decir, sin embargo.
Cuando un cristiano se ve situado en un medio his­
tórico y social no directamente edificado sobre los su­
puestos espirituales del Cristianismo, cábenle, sin du­
da, diversas actitudes. Es una la total renuencia.
Ejemplos, el de Tertuliano y Arnobio ante la filosofía
griega y el de los medievalistas integrales — Pidal y
Mon, por ejemplo — ante el mundo intelectual mo­
derno. Hállase frente a esa actitud la estimación po­
sitiva de aquel medio histórico. Tal aceptación podrá
ser total o parcial y tendrá a veces cuantas reservas
se quiera; pero, en cualquier caso, se opone toto coelo
a la actitud de pura repulsa que antes mencioné.
En la estimación positiva caben modos diferentes.

O) Ideas, V, COI.
Y no sólo por lo que toca a la cuantía de Ja aceptación,
sino también — y esto es lo verdaderamente impor­
tante— respecto al modo de ponerse en acto esa posi­
tividad de la estimación. Dos maneras fundamentales
cabe distinguir, a mi juicio, en la práctica de aquella
parcial aquiescencia: el concordismo y la recreación.
Trataré de definirlos, mirando sobre todo el lado in­
telectual del problema.
Consiste el concordismo en aceptar de ese medio
extra o pericristiano los resultados de su pensnmiento
que no se oponen a las verdades dogmáticas. El expe­
diente mediante el cual se efectúa tal engarce es, ya
se ve, la mera no contradicción entre la presunta ver­
dad científica y la creída verdad dogmática. El pro­
cedimiento es perfectamente válido, sin duda, mas
también perfectamente insatisfactorio. Un oroblema
presentará siempre la validez de tal procedimiento:
discriminar si en los resultados de una mentalidad
extra o paracristiana no van metidos también supues­
tos de esa mentalidad poco acordes con las verdades
cristianas; pero, una vez comprobada la relativa inde­
pendencia entre el resultado y el supuesto, la validez
del método es indiscutible í 1). Bien. Pero ¿qué con­
sistencia y, sobre todo, qué eficacia histórica tienen
las construcciones intelectuales del concordismo?
¿Puede ser ciencia propiamente dicha el mosaico de
unas cuantas verdades sobrenaturales y naturales uni­
das entre sí por la sola condición de no conti'adecirse?
Basta pensar lo que hoy queda del intento de Was-
mann por concordar entre sí el Génesis y ciertos re­
sultados del evolucionismo darwinista.
Más eficaz ha sido en la historia la actitud que
antes llamé recreación intelectual. No se trata ahora
de yuxtaponer verdades por la vía de su «no contra-

O) Por ejemplo: muchos de los hallazgos de la Biología o de la
Física han sido hechos por hombres cuya mentalidad descansaba en
supuestos formalmente inconciliables con las verdades del Cristianis­
m o; pero les resultados de su investigación no se hallaban o \ rclaoión
intelectual univoca con tales supuestos. La verdad «empírica* de los
reflejos condicionados del lactante o del adulto 710 supone vcccsaria-
la verdad «interpretativa» de una comlici n puramente refle-
xológica de la naturaleza humana ni una negación del esn i-i'u , como
pretenden Beehterew o Speransky. El problema intelectual viene
ahora. ¿Fs r'Ci'ta í u'icientemente satisfactoria la qvc limita a
concordar la doctrina de los reflejos condiciona Jes con la idea cris­
tiana medieval del compuesto humano?
dicción». La mente cristiana, colocada en una situa­
ción intelectual que estima parcialmente aceptable o
históricamente ineludible, la v iv e en su íntegra pu­
reza y da ante ella una respuesta cristianamente crea­
dora, una respuesta que absorbe y recrea cuanto en
aquella situación se estimó digno de aceptar o impo­
sible de eludir. El espíritu del hombre se halla en­
tonces en plena y auténtica posesión intelectual de lo
que su situación histórica le ofrece o le impone; y
así provisto de saberes y problemas, se sumerge en
las aguas más puras y originarias de la verdad cris­
tiana y vuelve a la superficie de su propia época
— buzo del espíritu — con el hallazgo inédito que su
tiempo necesita y exige. San Agustín no se limitó a
concordar entre sí el platonismo y el Cristianismo, sino
que recreó cristianamente la mente de Aristóteles y
Suárez el espíritu histórico del Renacimiento. Hazaña
es ésta harto más difícil que el concordismo — actitud
de pura defensa, si bien se m ira— , pero también
mucho más verdadera y eficaz. Exige conocer y viv ir
de veras la propia época, creer de veras que la verdad
del Cristianismo puede existir con vida propia en todo
tiempo y lugar, saber de veras lo que el Cristianismo
es y las vicisitudes de su vida histórica; y, sobre todo,
estar penetrado por esa escalofriante osadía del hom­
bre que, a costa de todos los peligros — los peligros
dolorosos y fecundos de San Agustín, de Santo Tomás,
de Suárez y Molina, de San Juan de la Cruz— , se
echa a la mar tenebrosa de la creación intelectual. Sólo
a costa de peligros puede ser creador el hombre, en
la medida en que puede ser llamada creación una obra
humana. Vivir creadoramente es siempre, en todos los
órdenes de la existencia humana, vivere pericolosa -
mente.
No fué don Marcelino hombre de tan subido metal
como los que acabo de nombrar. Pero, aun no sién­
dolo, su espíritu cristiano sintió mucho más vivamente
la tendencia a la recreación intelectual que una incli­
nación al concordismo, tan en boga en Europa mien­
tras él vivió. Muéstralo con evidencia aquella procli­
vidad de su mente a buscar el ejemplo de los primi­
tivos cristianos o a mirarse en el espejo de los cató­
licos contrarreformistas. Su expreso contacto espiri­
tual con San Justino y Orosio revela un afán por
sumergirse en las más puras y radicales actitudes de
los intelectuales cristianos ante el problema del saber.
Su amor al pensamiento español del siglo xvi hállase
íntimamente determinado por lo que ese pensamiento
representó en la historia de la vida cristiana: una
respuesta moderna y creadora a los problemas que el
mundo inmediatamente posterior a la Edad Media
propuso a la mente y a la acción de los hombres.
La madurez de Menéndez Pelayo se consumió ín­
tegra en los trabajos de crítica y erudición, mas por
debajo de estos temas visibles llevaba vida oculta en
su espíritu el problema de hallar una salida cristiana
y original al tiempo en que vivió. También soñaba en
su madurez, como en su mocedad, con volver al espí­
ritu de nuestro siglo xvi. ¿Para quedarse en él, como
entonces? ¿Para levantar sus tiendas a la sombra es­
pañola y castiza de Vives o de Fox Morcillo? En modo
alguno. El siglo xvi — o, más generalmente, el pen­
samiento tradicional español — no podía ser para las
intenciones intelectuales de su conmovida madurez
campo de estadía, sino punto de arranque. No quería
detenerse morosamente en él, sino hacer pie en su
interminado esfuerzo y volar con alas propias por el
ámbito histórico en que a él le correspondió vivir. Por
eso no veía don Marcelino en el pensamiento de su
propia época un acervo de resultados en parte utili-
zables y en parte inútiles o dañosos, sino un repertorio
de problemas a los que había que contestar con voz
no usada: no un vademecum, sino un cuestionario, El
mundo moderno — Kant, Hegel, el positivismo, la
ciencia experimental, la filología y tantas cosas más —
fué a sus ojos, mucho más que un campo donde espi­
gar verdades hechas, una experiencia histórica inelu­
dible, de la cual el cristiano tenía que salir como salió
San Agustín de la sabiduría antigua, luego de haberla
vivido plenariamente.
Antes hemos visto algunas muestras de esta actitud
espiritual de don Marcelino en su modo de afrontar
la experiencia intelectual de la historiología hegeliana.
No quería limitarse a aceptarla según el socorrido
procedimiento del esto, sí y esto, no. Pretendió más
bien recrear cristianamente lo que de cristiano creía
encontrar en el pensamiento de Hegel. A veces, todo
lo rudimentariamente que se quiera, inició con este fin
8
MKNfiNDKZ PELAYO
una desarticulación histórica y regresiva de los con­
tenidos intelectuales de su mundo, como si pretendiera
seguir su propio camino después de haber reducido a
sus fuentes primeras los conceptos e intuiciones que
ese mundo le ofrecía. Por imperativo del «espíritu
del tiempo», la mente inquieta de Menéndez Pelayo
atisbaba confusamente las vías intelectuales a que
pronto habían de llegar otros espíritus, y singularmen­
te los preocupados por el ingente tema de la Historia.
En el próximo capítulo veremos con detalle las ex­
presiones concretas que don Marcelino dio en su ma­
durez a esta inquietud de su mente. Inquietud fué, sin
duda. Pero, por la fuerza de su invulnerada fe reli­
giosa, esa inquietud de su irrequietum cor nunca dejó
de ser al mismo tiempo, serenamente, quies in D e o .
Tan firme y entrañable sosiego le permitía vivir sin
angustia y con provecho las palabras de Shakespeare
que anteceden a estas páginas y pueden valer como
lema de todos cuantos quieren existir al compás man­
so o tormentoso de la Historia Universal: crece en
nosotros hierba viciosa cuando no nos agitan los aqui­
lones. ¿Quién, entre los que han pretendido existir
eficazmente, no ha sentido en el rostro su contacto?
DEL RECUERDO A L A ESPERANZA

La experiencia de la cultura moderna conmovió fe­
cundamente la sustentación de Menéndez Pelayo sobre
las dos creencias radicales de su espíritu: la fe reli­
giosa y su amada condición de español. Hemos visto
en el capítulo anterior la reacción del católico a esa
experiencia clave de la madurez intelectual. En las
páginas subsiguientes estudiaré con algún detalle el
cambio que tal experiencia introduce en su modo de
vivir el problema de España. Recordemos por lo pron­
to las ya conocidas premisas de este cambio de actitud.
Antes que toda otra cosa, debe tenerse en cuenta
que Menéndez Pelayo pertenece a la generación de los
que viven la situación histórica de España como un
problema irresoluto. La vida temporal de los hombres
y de los pueblos es siempre un problema pendiente de
resolución, por esencial necesidad de existir histórico.
Hay ocasiones, no obstante, en que ese problema pare­
ce casi enteramente resuelto, y el hombre vive el curso
histórico de su existencia como tranquila y cómoda
costumbre , Las costumbres históricas son siempre so­
luciones bastante viables de los problemas humanos.
Así debieron vivir los europeos transpirenaicos en el
filo de los siglos xvn y xvm, y así vivieron desde la
guerra franco-prusiana hasta el atentado de Sarajevo.
Con la Restauración, muchos españoles soñaron que
al fin podrían instalar su fatigada existencia sobre el
apacible cauce de unas cuantas costumbres históricas:
la Monarquía constitucional, los partidos turnantes y
la incorporación suave y continua de los españoles a
lo que Menéndez Pelayo llamaba el «movimiento ge­
neral» de Europa fueron las fundamentales.
Pronto advirtieron algunos españoles que el proble­
ma de España no estaba resuelto. Las recién nacidas
costumbres históricas do la España restaurada sólo
eran tales costumbres por modo muy precario e in­
consistente. El problema de la vida histórica de Es­
paña seguía en pie; tanto, que con motivo del 98 lle­
garían muchos a preguntarse si el problema, más que
de la vida española, seria do España misma. La pre­
gunta «¿cómo debe vivir España?» fué sustituida por
la de «¿puede vivir España, en tanto entidad histó­
rica?* La historia española del siglo x x es el dramá­
tico juego de las respuestas dadas por los españoles
a esas dos preguntas, cuya mera formulación delataba
el fracaso — el agotamiento, cuando menos — del no­
ble y hábil expediente canovista.
Menéndez Pelayo fué de los primeros en advertir,
cuando aún vivían casi todos los españoles el optimis­
mo inicial de la Restauración, que seguía pendiente
de resolución el problema de España. Su doble polé­
mica juvenil tuvo el oculto sentido de un :No es esto».
Ni España vivía de veras en su tiempo, ni vivía de
veras consigo misma; es decir, con su historia. Ya
conocemos las recetas que el Menéndez Pelayo polemis­
ta inventó para resolver ese problema en orden a la
vida intelectual. La realidad misma de España, en la
que siempre creyó don Marcelino, no se hizo nunca
problemática a su inteligencia. España fué para Me­
néndez Pelayo una realidad física , castiza, y esta su­
puesta realidad biológica del genio español fué en
muchas ocasiones un sólido descanso para su corazón;
sólo a veces le desfalleció en los senos más íntimos
del alma la confianza en los auspicios históricos de la
realidad genial de España. El problema capital de su
conciencia española fué, sin embargo, el tocante al
modo de pensar los españoles, y a él se enderezaron
las incumplidas prescripciones terapéuticas do La
Ciencia Espartóla. Su común sentido ya lo sabemos:
retorno al siglo xvr.
La madurez intelectual de don Marcelino modificó #
esencialmente el sentido de su programa cultural. Fue
parte en ello su más íntimo y cortero contacto espiri­
tual con la época en que vivió. Descubrió en ella la
condición crítica y difluente de sus fundamentos his­
tóricos, mas también advirtió la existencia de vías y
resquicios esperanzadoramente abiertos al futuro. Si
en este tiempo mío puedo hacerse algo verdaderamen-
te «sustantivo y humano» — debió pensar__, ¿por
qué no ha de poner España alguna de las piedras
del futuro edificio?
La causa eficiente de su cambio fué su experiencia
personal de la cultura moderna. No olvidemos que la
actitud regresiva y nostálgica de don Marcelino estuvo
fundamentalmente determinada por su renuente esti­
mación de la cultura posterior al siglo xv ii . Luego
descubre que esa cultura, tan menospreciada antaño,
no puede ser tan ligeramente arrojada por la borda
de su bajel intelectual: es por lo menos una experien.
cia históricamente ineludible. Entonces, ¿cómo re­
nunciar a ella? ¿Cómo podría ser triaca de nuestros
males intelectuales un puro retorno al pensamiento
del siglo xvi?
Desde 1884, apenas comenzada la segunda etapa de
su vida, pueden descubrirse en la obra de don Mar­
celino claros indicios de su cambio de actitud. Del
recuerdo pasa a la esperanza: de la fórmula, al pro­
blema. Prescribir la lectura de Luis Vives es una
fórmula equivalente a ordenar movimientos de fle­
xión articular a un anquilosado. Proponerse el logro
de una empresa personal o histórica es, en cambio,
lanzarse a un océano de problemas. No es posible ha­
cer algo original mediante la práctica de fórmulas he.
chas; éstas serán, a lo sumo, necesario adiestramiento,
como los ejercicios tácticos antes de la batalla decisiva.
Sobre las empresas de creación flota siempre, por muy
elaborado que sea su proyecto, el signo interrogatorio
del problema. ¿Deberá extrañar, pues, que en los
escritos de la madurez menudee la curva presencia de
las interrogaciones cuando don Marcelino se enfrenta
con el quehacer de España? Antaño era la cosa fácil:
hágase esto o lo otro, fúndense cátedras, editóse a los
clásicos. Hogaño es más arduo el ascenso de la au­
tenticidad: la esencial condición problemática de la
Historia futura y la multiplicidad de posibilidades
propia de toda crisis histórica imponen a todo proyecto
un signo de incertidumbre.
La primera señal de esta nueva situación del espí­
ritu es una más expresa ruptura con el casticismo in­
telectual. Nunca renunció a él formalmente don Mar­
celino. Sin embargo, cuando el pensamiento clásico
español deja de ser para él la meta de un retorno y
se convierte, intencionalmente al menos, en el punto
de partida de un vuelo, las apelaciones al casticismo
intelectual, tan resueltas antes, van mitigadas por
gravísimas concesiones a lo «ajeno»; tan graves, que
anulan virtualmente la esencia misma de la predicada
casticidad. Ya en 1884 escribía así don Marcelino:
«No pretendemos con esto (aludía a las recetas cas­
ticistas antes propuestas) aislamientos infecundos, ni
menos levantar murallas contra la invasión de todo lo
que no sea o parezca castigo, que, si ello merece vivir,
ello vivirá a pesar de todos nuestros esfuerzos, entran­
do a formar parte esencialísima de nuestro caudal
científico, como se han venido incorporando en él tan­
tos y tantos elementos extraños: árabes y hebreos,
italianos, franceses, escoceses y alemanes» ( x). ¿Qué
queda, entonces, del antiguo programa? ¿A qué se
podrá incorporar lo «extraño» si lo «propio» queda en
ser una fiel y repetida memoración del saber antiguo
y no se hace producción original adecuada a la situa­
ción histórica en que vive?
El mismo sentido que esta paladina acepción de lo
extraño, supuesto que lo extraño sea valioso, tienen
sus abiertas concesiones a lo nuevo , A nadie ^pasmarán
después de haber leído los dos anteriores capítulos.
En 1901 prologó don Marcelino con singular alborozo
el Algazel de Asín. Había sido ponente de la tesis
doctoral del mismo nombre, y a instancias suyas la
convirtió en libro su autor. Del texto del libro entre­
saca y copia el prologista este párrafo: «Para cumplir
con el espíritu y la letra de la encíclica A etern i Patris,
en que Su Santidai abogaba, años hace, por la res­
tauración de la Escolástica, es preciso seguir las hue­
llas de los más insignes doctores escolásticos. Así como
Alberto Magno, Raimundo Martín, Lulio y otros mu­
chos no se avergonzaban de tomar de la filosofía ará­
biga todo lo que en ella encontraban de utilizable para
adaptarlo a la dogmática cristiana, no de otro modo
debemos en nuestros días aprovechar todo legítimo
progreso que aparezca en la literatura filosófica con­
temporánea, seguros de que así haremos avanzar a la
filosofía cristiana más y mejor que permaneciendo pe­
trificados en los textos que ya pasaron, atentos exclu­
sivamente a repetirlos y comentarlos» ( x). ¿No era
esto algo de lo que propugnaba el propio don Marce­
lino? «Léanse atentamente estas palabras, que hago
mías sin restricción ninguna — apostilla — y que pue­
den marcar un nuevo rumbo a muchos espíritus pusi­
lánimes y asustadizos». No es otra la disposición espi­
ritual a que aludía José Antonio cuando postuló en­
tender la tradición «no con ánimo de copia de lo que
hicieron los grandes antiguos, sino con ánimo de adi­
vinación de lo que harían en nuestras circunstancias».
Contar con la Historia: he ahí el imperativo común
para el intelectual y el político.
Esa amplia aceptación de lo ajeno condiciona tam­
bién el juicio de Menéndez Pelayo sobre el malogrado
destino histórico de Balmes. «¡Qué distinta hubiera
sido nuestra suerte si el primer explorador intelectual
de Alemania, el primer filósofo que nos trajo noticias
directas de las Universidades del Rhin, hubiese sido
don Jaime Balmes y no don Julián Sanz del Río! Con
el primero hubiéramos tenido una moderna escuela de
filosofía española, en la que el genio nacional, enri­
quecido con todo lo bueno y sano de otras partes, y
ti abajando con originalidad sobre su propio fondo, se
hubiese incorporado a la cultura europea para volver
a elaborar como en mejores días algo sustantivo y
humano» ( 2). Mídase, a la vista de este párrafo, el
camino recorrido por la mente de don Marcelino en
los treinta años que separan esas palabras de las
escritas en L<i Ciencia Española. El simple ritorno
alVantico de entonces es sustituido ahora por la pro­
blemática complejidad de una triple exigencia: el
apoyo sobre «el propio fondo» ( 3), el abierto recurso
a «lo bueno y sano de otras partes» y, sobre todo, la
incorporación «con originalidad» a la cultura europea.
España no es ahora en la mente de don Marcelino una
imposible y nostálgica utopía, sino una «nación» euro­
pea cuyo destino está en contribuir con originalidad

(t) Ciencia, II, 73.
(2) Ensayos, 375.
(») ¿Quedaría en la contextura de ese «propio fon do» algo más Que
la fid elid a d a la ve rd ad católica, si don M arcelino hubiese explanado
integram ente su pensamiento?
católica al concierto o al desconcierto de las restantes
«naciones» ( l ).
¿Cuál podía ser, a los ojos de este Menéndez Pelayo
abierto al futuro, la empresa intelectual de España?
Sólo hemos visto hasta ahora los preámbulos: apoyo
en la tradición del pensamiento católico, y singular­
mente en la última gran hazaña creadora de éste;
amplia e íntima experiencia de lo nuevo y de lo ajeno;
anhelo permanente de actual y oportuna originalidad.
Bien; pero, ¿dónde estaba el sendero que conducía a
esa soñada originalidad futura? ¿Qué figura entrevio
don Marcelino a esa posible contribución «sustantiva
y humana» del pensamiento español? Moviéndome,
como siempre, sobre indicios, intentaré diseñar las
inconcretas intuiciones y los interrogantes propósitos
que se agitaron en el claroscuro de su alma.
Su esperanza descansaba sobre la personal expe­
riencia de aquella crisis histórica e intelectual del
mundo europeo, cuyos comienzos barruntó nuestro
historiador. «Firmemente hemos de creer — decía en
1891— que el actual angustioso momento de crisis y
desgarramiento filosófico ha de terminar, como ter­
minaron sus similares en la Historia, con una nueva
y más completa síntesis especulativa» ( 2). Presentía
Menéndez Pelayo una restauración de la Metafísica,
la cual no sería una nueva copia de cualquiera de los
sistemas antiguos, sino una nueva posición filosófica
del espíritu humano capaz de reducir a unidad y sis­
tema los resultados del inmenso despliegue alcanzado
por las ciencias particulares en el siglo xix. Era su
sueño un sistema «que levantándose sobre las combi­
naciones geométricas, mecánicas y químicas, y sobre
el determinismo puro, en vez de intentar la explica­
ción de lo superior por lo inferior (tentativa que el
mismo Augusto Comte declaró vana e infructuosa),
convierta los ojos al ideal eterno, sin cuya luz refleja
y dispersa no es inteligible siquiera el mundo de la
realidad» ( 3). Adviértase con claridad la impresión
que producía sobre su espíritu el magno edificio cons-

n) R ecuerd o aquí la nota al pie de la págin a 39 en mi p rim e r
cuad ern o Sobr e la cultura española.
Ensayos, 200.
Ensayos, 220.
truído en sólo cien años por la ciencia natural. Puede
compararse tal y tan justificado pasmo con su orgullo
de historiador frente a la filología y la historiografía
de su siglo. Y así, si antes soñó con el descubrimiento
de la Metafísica a través de la historiología, ahora
vislumbra una filosofía edificada sobre los saberes de
la ciencia natural. ¿No pensaría necesariamente nues­
tro historiador en una futura analogía del ente que,
fijos los ojos en el ideal eterno — esto es, en la verdad
trascendente y eterna de Dios— , diese cuenta meta­
física de los problemas que en su tiempo ofrecían y
ofrecen hoy a la mente humana la Naturaleza y la
Historia?
Así entendía él la idea de un «retomo a la Meta­
física». Véanse, si no, sus palabras acerca de la vuelta
hacia la psicología espiritualista. A ella habrá que
volver — dijo en 1892— , «aunque no en un día, ni
por el camino real de cualquier dogmatismo ni con
la aparente rigidez lógica que a alguno tanto enamora,
sino por largos rodeos y tras muchas experiencias y
desengaños, y seguramente también con algunos posi­
tivos hallazgos en la jornada, porque nada ennoblece
más el espíritu humano y nada es para él tan positiva
riqueza como aquella parte de la verdad, pequeña o
grande, que por su propio esfuerzo ha conquistado.
Tándem bona causa triumphat, y el esplritualismo ha
de triunfar, ciertamente; pero en qué forma, sólo po­
drán decirlo los días venideros» C1). Retorno al esplri­
tualismo ; pero creador, original y, por lo tanto, pro­
blemático. Apenas cabe una más clara repulsa de la
antigua tendencia de su mente a resolver con fórmulas
hechas, esto es, «pasadas» — sólo haciéndose «pasada’
puede una cosa estar «hecha» — los problemas incier­
tos y aún no palpitantes de la historia «futura». ¿Cómo
poner nombre usado a lo que no se sabe aún qué
rostro tendrá?
Aun expresó más claramente sus atisbos y proyec­
tos en orden a la tarea intelectual de aquella España.
En 1884 pronanció en Palma de Mallorca un discurso
electoral. El tema da una idea exacta de las aptitudes
para la vida política en aquel profesor que por enton­
ces hacía sus primeras armas oratorias como pater
conscriptus . Habló sobre Raimundo Lulio y soñó, ésta
es la palabra, en torno al quehacer científico de los
españoles. «¿Quién sabe — preguntaba— si derraman­
do en el lulismo el río de la ciencia experimental y
sustituyendo su mala y atrasada física y su psicología
deficiente por la física y la psicología de nuestros
tiempos, e interpretando la parte metafísica como Lu­
lio la interpretaría si hoy viviese, llegaríamos a la
constitución de una especie de hegelianismo?» O ). Si
nos atuviésemos a la letra del propósito, hoy lo ha­
bríamos de considerar excesivamente ingenuo. A cam­
bio de esta evidente ingenuidad nos da el texto una
pauta preciosa para comprender la intención «regene­
radora» de don Marcelino. Ahí están con limpia clari­
dad los tres elementos del programa intelectual de la
madurez.
1 . Él apoyo sobre «el propio fondo», que en este
caso aparece representado por el lulismo. Poco iba a
quedar de Raimundo Lulio, no obstante, si trocásemos
por otras su física y su psicología y retocásemos su
metafísica con «ánimo de edivinación; esto es, cómo
Lulio lo haría «si hoy viviese».
2 . La incorporación de todo lo bueno y valioso que
en lo nuevo y ajeno haya descubierto nuestra personal
experiencia.
3. La salida hacia una creación que se estima nue­
va, original y cristianamente oportuna: un «hegelia­
nismo cristiano», piensa el intelectual católico de 1884.
No miremos la letra, anticuada e insuficiente ya,
sino la intención de Menéndez Pelayo. ¿No era ésta
hacer a la España de entonces nación moderna y
actual — con la actualidad correspondiente a 1884,
desde luego — y meterla en la tarea de dar una ver­
sión cristiana de la cultura de su siglo? El enamorado
de nuestro siglo xvi ya no quiere copiar la letra de
éste, sino imitar su propósito. Si nuestros grandes
antiguos catolizaron el Renacimiento — piensa don
Marcelino, apenas traspuesto el río juvenil del casti­
cismo y la polémica— , ¿por qué nosoíros, sus here­
deros y posibles continuadores, no helios de intentar
la catolización de nuestro tiempo? Ésa y no otra es la
intención oculta del anhelado y nonato, del ingenuo
«hegelianismo cristiano». Menéndez Pelayo, admirador
de Hegel, aspiraba a que alguien hiciese con Hegel lo
que con Aristóteles hizo Santo Tomás.
Idealismo realista llamó en alguna otra ocasión don
Marcelino a esta posible vía abierta al pensamiento
católico de su tiempo. En 1889, al final de su discurso
universitario sobre «Las vicisitudes de la Filosofía
platónica en España», pasó revista Menéndez Pelayo a
los movimientos filosóficos que entonces intentaban
salir del puro positivismo y volver a la metafísica; las
concesiones finales del positivista Stuart Mili a lo
absoluto y a lo sobrenatural; la tentativa conciliatoria
de Lotze; la estética de Schasler; el aristotelismo de
Ravaisson. En todos ve como nota común y esperan-
zadora la tendencia hacia cierto realismo metafísico
capaz de armonizarse — Menéndez Pelayo no aban­
donó nunca su léxico— con el titánico movimiento
idealista del mundo moderno. En esa naciente vena del
pensamiento europeo veía nuestro historiador el ca­
mino del porvenir. «¡Quién sabe — decía al término
de su discurso — lo que puede esperarse mañana de
estas direcciones fecundísimas! ¡Felices vosotros (jó ­
venes alumnos que me escucháis), felices si llegáis a
ver en pleno desarrollo esa planta del idealismo rea­
lista, cuyo germen está escondido en nuestro suelo
bajo la espesa capa que tantos años de decadencia han
amontonado; felices si al realizarse la evolución meta­
física, que ya por todas partes, aunque de un modo
vago, se presiente, alcanzáis de la realidad un concepto
más amplio e ideal que el que nosotros hemos logra­
do!» 0 ). Otra vez la limitada y problemática esperan­
za de la madurez, en contraste con la utopía regresista
de la mocedad. Otra vez el anhelo de ver empeñarse a
España en las lides intelectuales de su tiempo, camino
de una futura y posible creación a la vez católica y
actual. Cuantas veces mira don Marcelino la faz de su
propia época y el rostro inexistente y posible del por­
v e n i r , sus palabras tienen un mismo sentido. ¿No fué
ésa, entonces, la más secreta ilusión de su espíritu
español? ¿No era la idea de tal empresa el problema
que latía en su alma por debajo de los inmensos y Coti­
dianos trabajos de critica y erudición?
A lgo más deseaba para España, sin embarg^. Es
cierto que en su madurez fué metiéndose cad^ vez
más en la ilimitada floresta de la letra im presa con
mengua de su preocupación por la inmediata realidad
de aquella España. Su visión de las necesidades de
España no se limitó nunca, sin embargo, al menester
intelectual En 1909, sólo tres años antes de morir,
escribió Menéndez Pelayo unas cuartillas en homenaje
al Obispo de Santander don Vicente Santiago Sánchez
de Castro. He aquí la oratoria expresión de su total
esperanza española: «Cuando, en edades que mi mente
finge próximas, el humo de nuestras fábricas se re­
monte al cielo; cuando el hierro arrancado a las vis­
ceras de nuestros montes llegue a ser algo más que
primera materia preparada para el arrastre y el em­
barque en naves extranjeras; cuando el trabajo de sus
hijos devuelva a la Patria, centuplicado por la indus­
tria, el caudal que de ella ha recibido; cuando nuestra
enseña vuelva a ser tan conocida, en pacificas empre­
sas o en trances de justa guerra, como lo fu é en aque­
llos antiguos días en que los navegantes cántabros
acosaban al monstruoso cetáceo en los mares del Norte
y triunfaban en las orillas del Támesis nebuloso y en
las costas de Normandía, ¡ay de nuestra ciudad si no
vuelve entonces los ojos al pobre y escondido templo
donde oraron los conquistadores de Sevilla, y donde
está amasada con lágrimas heroicas de tantas genera­
ciones nuestra futura y posible grandeza! ¡A y de ella
sí deja caer en ruinas »u Abadía, testimonio perenne
de su fe, escudo de sus libertades y atalaya de sus
glorias!» (*) . Cristianismo operante quería. En la base
de la «futura y posible grandeza», una fe religiosa
capaz de hablar al mundo el lenguaje inédito, tanto
tiempo anhelado, de una vida históricamente eficaz
y verdaderamente cristiana: un lenguaje total y ar­
mónico, concertadamente pronunciado por la teología,
el pensamiento filosófico, la ciencia, la técnica y 1*
convivencia social. ¿Sonará un día en el mundo, totto
vélame áeglí vertí gtraní, esta anhelada, necesa­
ria voz?

"> Cít. w r O n ei» y G»rcfa d* Ctttro, M. v P-. P**. 1*4-
Y o no %k sí M enéndez Pelayo lo creía, allá en el
fondo insobornable de su espíritu: «H oy presenciamos
el lento suicidio de un pueblo,..», escribió en 1910, con
motivo del centenario de Balmes. Sé, en cambio, que
quería creerlo. N o hay amor sin un ensueño de espe­
ranza, y era demasiado intenso su amor a España para
que frente a ella no soñase verla un día ágil y hernio­
sa. Soñar, soñar despierto, tras las vigilias febriles del
trabajo solitario. «E l ánimo se ensancha y augura me­
jores días, y hasta sueña con ver en plazo no remoto
levantarse de nuevo en este erial en que vivimos algo
que se parezca a un pensamiento propio y castizo, no
porque servilmente vaya a calcar formas que ya fene­
cieron, sino porque adquiriendo plena conciencia de
sí mismo, conciencia que sólo puede dar el estudio de
la historia, y entrando, por decirlo así, en total pose­
sión de su herencia, que ha desdeñado como harapos
de mendigo cuando era patrimonio de principe, em­
piece a realizar de un modo consciente y racional las
evoluciones que desde hace más de un siglo viene
realizando con temeraria y ciega inconstancia» í 1).
Siempre el anhelo de ver a España como amazona
jovencísíma y andariega por el camino real de la His­
toria. Quiérela adivinando el futuro y fiel a su legado
antiguo, actual y eterna, verde y avellanada, sabia y
popular, cortesana y robusta. ¿No sería la intimidad
de Menéndez Pelayo, en el fondo de su inmensa erudi­
ción, un sueño secreto, tibio y palpitante: un callado
ensueño de varón gigantesco y solitario?
I N D I C E

tu .
P rólogo ................................... .......................... 9

PARTE PRIMERA

EL POLrMlftTA

I. Promoción de sa b io*..................................... 1*
II. El nacimiento del Fénix .............................. 32
III. Visión de la historia ...................................... 41
IV. «Aquella libertad esclarecida» ............... 60
V. Radix hispaniae ............................................ 80
VI. Bajo el ala del ¿güila ....................... ........... 114

PARTE SEGUNDA

Don M ahcklino

I. Luz en la cu m bre........................................ .128
II. Hacia la historia de ve rd a d .......................... .148
III. El contenido de la h istoria.......................... .1»7
IV. Irrequietum Cor ....................... ....................IM
V. Del recuerdo • la esperanza................. — 22*