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En este contexto, el impacto de los desastres sobre un territorio se relaciona

directamente con el concepto de vulnerabilidad social. Desde Wilches-Chaux (1993) la

vulnerabilidad social es global, y se crea por la interacción de distintos aspectos

sociales, físicos, económicos, políticos, culturales, educativos y geográficos. Para

Moser (1998), ésta se entiende como aquella inseguridad del bienestar de los

individuos, los hogares o las comunidades ante un medioambiente cambiante; ya sean

cambios ecológicos, económicos, sociales y/o políticos. Además de identificar la

amenaza, desde este análisis se identifica también la capacidad que tienen las

comunidades para utilizar sus recursos, vistos éstos desde el concepto de estructura

de oportunidades (probabilidades de acceso a bienes, servicios o desempeño de

actividades: estado, mercado y sociedad) y activos (grados variables de posesión,

control e influencia que los individuos tienen sobre los recursos y las diversas

estrategias que desarrollan para movilizarlos).

La noción de vulnerabilidad social tiene entonces un amplio campo de aplicación en

la temática de desastres, ya que no sólo se remite al concepto de pobreza, sino que se

refiere también a un estado de los sujetos, hogares, y/o comunidades que varía en

relación inversa a su capacidad para controlar las fuerzas que modelan su propio

destino, o para contrarrestar sus efectos sobre el bienestar (Kaztman, 1999; Cutter and

Emrich, 2006). Por ende, las condiciones de vulnerabilidad social se refieren tanto a la

disponibilidad de recursos como a las probabilidades de acceso que ofrecen el Estado,

el mercado y la comunidad; es decir, se refiere a la relación de activos y estructura de

oportunidades. (MARIA, 2005)