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Seminario “Pensando las adicciones”. Clase 2

Conceptos básicos psicoanalíticos para entender y tratar las adicciones

Lic. Mariano Iusim

En esta clase veremos algunos conceptos teóricos y su aplicación al

tema que nos aboca en este curso. Algunos de estos conceptos son: instintos,

pulsiones, autoerotismo, necesidad, deseo.

El objetivo de esta clase es conocer algunos conceptos que nos

permitan comenzar a respondernos “qué se le pasa por la mente al sujeto

adicto que lo lleva a hacer lo que hace”.

Necesidad y deseo

Para Freud el deseo se relaciona más con el anhelo (de repetir una

vivencia de satisfacción) que con la codicia. En el caso de las adicciones

encontramos que por lo general los sujetos no tuvieron esta vivencia o la

tuvieron de forma insuficiente.

Para el psicoanálisis (como para Schopenhauer) el deseo no se cumple

nunca de forma completa.

Para Freud: (1905a, 1915) el deseo busca satisfacerse a través de la

descarga, pero debe quedar un montante de carga que asegure la recarga y la

posterior descarga, así el deseo no se satisfaría nunca en forma completa, y se

aseguraría que la pulsión tiendan a pasar indefinidamente de un objeto a otro,

manteniéndose la tensión vital y necesaria. Freud pone el acento en el

cumplimiento de deseo con la descarga.
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También en psicoanálisis como para Hegel) se pone el acento en lo

vincular: uno es el deseo del otro (Lacan). El deseo se generaría en la

interacción.

La necesidad se dirige a un objeto específico, con el cual se satisface.

Tendría que ver más específicamente con lo biológico.

Las necesidades no se crean, sino que son propias de cada individuo.

Por ejemplo, la publicidad las realza a través de productos o servicios (que

prometen cumplir los deseos del consumidor). El deseo le da forma a la

necesidad. Desde este punto de vista la necesidad se ve satisfecha (más

nunca el deseo).

La excitación no está por lo tanto destinada a alcanzar el fin biológico

que sería, por ejemplo, la satisfacción instintiva de la necesidad natural a través

de la captura real de algo, como en el animal. La excitación real del sujeto

rodea a un objeto que no se puede captar, y constituye la pulsión.

Las sucesivas experiencias de satisfacción no pueden repetir

especularmente la primera, es imposible la copia (“nunca nada será como la

primera vez”, pero recordemos que por lo general en los adictos esa primera

vez es idílica, ya que nunca sucedió); queda entonces siempre un residuo

irrepetible imposible de satisfacer pero al que permanentemente se tiende: es

el deseo.

El deseo es irreductible a la necesidad, puesto que en su origen no es

relación con un objeto real, independiente del sujeto, sino con la fantasía.
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¿Necesidad o deseo?

El deseo es la forma que toma la necesidad (por ejemplo, desde el punto

de vista del marketing un producto, marca o empresa). Ejemplo: Se tiene sed

(necesidad de hidratarse) y se desea un vaso de agua para satisfacer dicha

necesidad, o una bebida gaseosa, o una bebida alcohólica.

Las necesidades no se crean, lo que se puede intentar crear o fomentar

es el deseo. El papel del marketing es detectar necesidades, que puedan

transformarse en oportunidades de negocio, producir satisfactores (productos

y/o servicios), y despertar el deseo por dichos satisfactores, es decir,

convencer al consumidor que la mejor opción para satisfacer dicha necesidad

es el satisfactor desarrollado por la empresa.

En resumen, la necesidad tendría que ver con un objeto específico, no

contingente que la calma (por ejemplo, en el caso de un bebé la leche

materna). Freud llamaba a las pulsiones de autoconservación (conservación de

sí mismo y de la especie) “necesidad”.

La necesidad sería la base y el deseo es la forma que parte de esa

base. En el caso de las adicciones esta necesidad esta “trunca” por falta de

empatía del contexto humano 1) por falta (vivida como abandono), 2) exceso

(vivido como sobreprotección, o por 3) insuficiencia. Por eso el deseo también

estará “trunco”.

La necesidad tendría que servir para que el sujeto se conserve a sí

mismo (para seguir vivo), pero en el caso de las adicciones los sujetos tienden

a la descarga absoluta, a la falta total de tensión, o sea, a la muerte, porque

siempre debe haber un mínimo de tensión que tenemos que sentir, porque la
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vida es tensión. A los sujetos esa tensión se les torna insoportable y la tienen

que descargar a través de cualquier conducta y/o actitud adictiva.

Instinto

El instinto es un esquema de comportamiento heredado, propio de una

especie animal, varía poco de uno a otro individuo, es transmitido

genéticamente, se desarrolla según una secuencia temporal poco susceptible

de perturbarse, es una configuración rígida que prefigura un tipo estable de

comportamiento.

Con este término Freud designa comportamientos preformados y fijos,

susceptibles de ser observados, analizados, y específicos del orden vital.

Pulsión

Diferenciamos a los instintos de la pulsión. La pulsión es un concepto

límite entre lo psíquico y lo somático, recubre las vicisitudes de una energía

psíquica fundamentalmente móvil. Para Freud las pulsiones son los estímulos

internos propios de cada sujeto que tienen una fuerza constante, pujan por

tramitarse, es imposible fugarse de ellas (por ejemplo, cuando un bebé siente

hambre, puede chupetear, pero en un momento tiene que alimentarse), en esto

se diferencian de los estímulos externos de los cuales si es posible evadirse

(por ejemplo, si a un bebé se lo ilumina con un haz de luz puede cerrar los ojos

o girar la cabeza para un lado evadiendo este estímulo externo).
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Pulsiones de vida

Las pulsiones de vida están formadas por las pulsiones de autoconservación

y las pulsiones sexuales.

Pulsiones de autoconservación y pulsiones sexuales

Término mediante el cual Freud designa el conjunto de las

“necesidades” ligadas a las funciones corporales que se precisan para la

conservación de la vida del individuo; su prototipo viene representado por el

hambre. Serían “funciones básicas”, no sería sinónimo de “necesidades

fisiológicas” ya que estarían en el límite entre lo psicológico y lo biológico.

Las pulsiones sexuales se apoyan sobre las pulsiones de

autoconservación, por ejemplo, a nivel oral, el placer sexual encuentra su

apoyo en la actividad de nutrición (el placer al ser satisfecho por la

alimentación). El sentido que debemos darle en psicoanálisis a la palabra

“sexual” no es el de relación sexual o el de genitalidad, sino al placer.

Las pulsiones de autoconservación sólo pueden satisfacerse con un

objeto real, un objeto concreto, (como hemos dicho antes, el objeto concreto de

un bebé es la leche materna, luego “sustitutos” de esta) efectúan muy pronto el

tránsito del principio de placer (búsqueda de placer y evitación del displacer) al

principio de realidad (principio de existencia, discierne lo útil de lo perjudicial,

establece una espera necesaria para una satisfacción en lo real), hasta el

punto de convertirse en agentes de la realidad, oponiéndose así a las pulsiones

sexuales, que pueden satisfacerse en forma fantasmática y permanecen

durante más tiempo bajo el dominio del solo principio de placer.
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Es decir, las pulsiones de autoconservación se rigen por el principio de

realidad (el objeto concreto tiene que ser real), en cambio las pulsiones

sexuales se rigen con el principio del placer (el objeto puede ser fantaseado).

Muchos llaman a las adicciones las patologías del deseo pero las

consideramos “patologías de la necesidad”

Freud designo con el término “necesidad” a las pulsiones de

autoconservación, podríamos nosotros relacionar al deseo con las pulsiones

sexuales. En síntesis, la necesidad estaría más del lado de lo biológico, y el

deseo más del lado de lo psicológico.

A la pulsión sexual se le atribuye la variabilidad del fin y la contingencia

del objeto. Por el contrario, para las pulsiones de autoconservación las vías de

acceso están preformadas y el objeto que las satisface se halla determinado

desde un principio.

Pulsiones de muerte

Se contraponen a las pulsiones de vida, tienden a la reducción completa

de las tensiones, es decir, a devolver al ser vivo al estado inorgánico.

Las pulsiones de muerte se dirigen primeramente hacia el Interior y

tienden a la autodestrucción (por ejemplo, masoquismo, la agresividad se

descarga primero en uno mismo); secundariamente se dirigirían hacia el

exterior, manifestándose entonces en forma de pulsión agresiva o destructiva

(si la agresividad es dirigida hacia otro la llamamos sadismo).
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La agresividad actúa precozmente en el desarrollo del sujeto y se

entrama en un complejo juego de unión y desunión con las “pulsiones de vida”

(sexualidad y autoconservación).

Su misión consiste en volver inofensiva esta pulsión destructora, y se

libera de ella derivándola en gran parte hacia el exterior (sadismo), dirigiéndola

contra los objetos del mundo exterior, lo cual se hace pronto con la ayuda de

un sistema orgánico particular, la musculatura. Esta pulsión se denomina

entonces pulsión destructiva, pulsión de apoderamiento, voluntad de poder.

Otra parte no sigue este desplazamiento hacia el exterior; persiste en el

organismo [...]. En ella debemos reconocer el masoquismo primario, erógeno».

Freud considera, en muy diversos registros, que los fenómenos de

repetición, difícilmente pueden reducirse a la búsqueda de una satisfacción

libidinal o a una simple tentativa de dominar las experiencias displacenteras;

Freud ve en esto la marca de lo «demoníaco», de una fuerza independiente del

principio de placer y capaz de oponerse a éste. Partiendo de este concepto,

Freud va a parar a la idea de un carácter regresivo de la pulsión, idea que,

seguida sistemáticamente, le conduce a ver en la pulsión de muerte la pulsión

por excelencia.

Es por eso que podemos decir que en los sujetos adictos hay un

incremento considerable de las pulsiones de muerte

La oposición entre las dos pulsiones fundamentales (pulsiones de vida y

pulsiones de muerte) guardaría relación con los grandes procesos vitales de
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asimilación y desasimilación; en último extremo, desembocaría incluso en el

par antitético: atracción y repulsión.

De hecho, lo que Freud intenta explícitamente designar con el término

«pulsión de muerte» es lo que hay de más fundamental en la noción de pulsión,

el retorno a un estado anterior y, en último término, el retorno al reposo

absoluto de lo inorgánico. Lo que así designa, más que un tipo particular de

pulsión, es lo que se hallaría en el principio de toda pulsión.

Por eso decimos que en los sujetos adictos las pulsiones de muerte (las

cuales podríamos hacer sinónima de tendencias hacia la muerte) tienen mucho

poder, los sujetos adictos tienden a la descarga absoluta, todo estímulo es

sentido como tensión y la tensión se la deben descargar instantáneamente, sin

tener en cuenta a los demás, a la realidad, ni tampoco a ellos mismos (ya que

no miden las consecuencias).

Las pulsiones de muerte se rigen por el principio de inercia, como

principio económico de la reducción de las tensiones a cero. En cuanto al

principio de placer, cuya definición se vuelve entonces más cualitativa que

económica, representa la exigencia de la libido (pulsión sexual).

Así podemos atribuir al principio de nirvana una tendencia a la descarga

completa de la excitación y al principio de placer una tendencia al

mantenimiento de un nivel constante de tensión (homeostasis).

Las pulsiones de vida, contrariamente a las pulsiones de muerte que

sería una fuerza disruptiva y eminentemente perturbadora, implicarían el

principio de cohesión, su fin consiste en crear unidades cada vez mayores y
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mantenerlas: es la ligazón; el fin de las pulsiones de muerte es, por el contrario,

disolver los conjuntos y, de este modo, destruir las cosas.

De esta manera Freud postula el dualismo dialéctico (par antitético, dos

términos opuestos y complementarios): pulsiones de vida versus pulsión de

muerte.

Hasta la época de Freud se concebía al placer como algo inherente a

ser buscado por los seres humanos, mientras que se consideraba que las

personas innatamente buscan evitar el dolor. A partir de Freud surge la idea de

que esto puede trastocarse (por ejemplo, en las adicciones), eso lo lleva a

postular un “más allá de principio del placer”.

Autoerotismo

El autoerotismo es la forma de manifestación de la pulsión sexual, en

cuanto no se dirige hacia otras personas, o, más en general, hacia objetos

exteriores, sino que se satisface en el cuerpo propio del sujeto.

En “Tres ensayos de teoría sexual” (1905), Freud muestra que las

satisfacciones erógenas se apoyan en las funciones del cuerpo; el placer bucal,

por ejemplo, en la nutrición, en la succión del seno materno. Cuando interviene

el destete, e incluso antes, el chupeteo se instala como actividad autoerótica

vuelta sobre el propio cuerpo. Lo que da idea, en el límite, de lo que es el

autoerotismo, es la satisfacción de los labios que se besan a sí mismos, más

aún que la succión del pulgar o del pecho.
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A) En sentido amplio, cualidad de un comportamiento sexual en el cual

el sujeto obtiene satisfacción recurriendo únicamente a su propio cuerpo, sin

recurrir a otro (como si no necesitase de los otros): en este sentido se dice que

la masturbación es un comportamiento autoerótico. Y también podemos

entender al acto adictivo como un acto autoerótico. Se recurre a un objeto

exterior (por ejemplo, la droga, se la descarga en el propio cuerpo, alterándose

psicológicamente y somáticamente) para no necesitar de nadie, pero establece

una relación de dependencia con ese objeto que se transforma en un objeto

necesario (pero en “realidad” es un objeto que lo lleva a situaciones en las que

predominan las tendencias hacia la muerte).

Bibliografía

- Freud, S. (1950 [1895]) “Proyecto de Psicología”. Buenos Aires: A.E., Vol. I.
- Freud, S. (1905) “Tres Ensayos de Teoría Sexual”. Buenos Aires: A.E., Vol.
VII.
- Freud, S. (1914) “Introducción del narcisismo”. Buenos Aires: A.E., Vol. XIV.
- Freud, S. (1915) “Pulsiones y destinos de pulsión”. Buenos Aires: A.E., Vol.
XIV.
- Freud, S. (1920) "Más Allá del Principio de Placer". Buenos Aires: A.E., Vol.
XVIII.
- Freud, S. (1940 [1938]) "Esquema del Psicoanálisis”. Buenos Aires: A.E.,
XXIII.
- Laplanche, J.; Pontalis, J. (1971) Diccionario de Psicoanálisis. Barcelona:
Labor.