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Los puercos comen mucho y de todo, no son

remilgosos y de hecho se les puede dar todo,
absolutamente todo revuelto y ni pio, o mejor dicho
ni oinc, todo se lo comen.
Los puercos que llegaron a ocupar los chiqueros de
mi casa cuando yo era una niña, no era diferentes,
pero si tenían especial predilección por las cascarás
de sandía y debo de confesar que en mucho yo era
culpable.
Por las tardes y después de la tarea sólo había dos
posibilidades: la calle o el corral; las dos opciones en
si eran igualmente atrayentes, pero debo confesar
que no eran opciones sino oportunidades ya que mi
madre era una mujer de mucho ingenio y cuando no
quería que fuéramos a la calle decía muy seria y con
voz enérgica: “a donde quieran menos al corral” y
nosotros por consiguiente decidíamos que aunque
nos fuera la vida en ello necesitábamos ir al corral.
En la calle eran los juegos, en el corral la aventura.
En la calle podía perder en la roña o en los
encantados, tener poco éxito haciendo la comidita
(esto porque no siempre encontraba una un buen
ladrillo para el mole o porque se pasaba de agua la
tierra y entonces en lugar de “masa para tortillas”
terminaba con un “jarro de chocolate” y ¿dónde ha
visto nadie y menos en esos días, que el mole se
coma con un jarro de chocolate, pues no verdad?)

no podían ir las que apenas hacía unos minutos habíamos sido amonestadas por necias (que les digo: de mi mamá lo herede) Había que darse uno prisa. Y les digo que era cuestión de ingenio. de lo panzones . Una vez superada esta pequeña dificultad había que organizar a la palomilla: uno para entretener a los puercos con las cascaras. las armas. la mamá y la tía ya iban rumbo a la calle así que ¡rápido piensa! La Güera es la indicada. ya está hecho. Toda una hazaña y si fuera del norte añadiría ¡Si’ iñor! En tiempos de calor abundaban las sandías y era más sencillo. los nervios. poco le niegan y si se lo niegan chilla y listo.Pero en el corral era otra cosa. yo tenía el in genio. otra más para que corriendo se subiera al palo en espera de los demás para ayudarlos a encaramarse. todo lo necesario para burlar a los puercos y así poder meternos al chiquero a encaramarnos al palo de las gallinas. primero había que mandar una comitiva por las consabidas cascaras y desperdicios. de los “salvados” uno que forzosamente se descuelgue del palo por el lado de la barda que divide el chiquero en dos para que el primer burlador se puedas lanzar a la carrera y trepara al palo antes de que le suelten su mordida los puercos. a veces ni chiste tenía.

los puercos fueron unos excelentes amigos y compañeros de juego. después de un gran rato ahí trepados en ese grueso palo que las gallinas utilizaban como “empujón” para alcanzar sus nidos. y con el jugo de la sandía latiendo en nuestras venas. bajábamos sosegados. Ahora que lo pienso con calma ellos. que si comen todo y haciendo mucho ruido.que estaban de tantas cascaras poco empeño ponían en detener nuestra incursión en sus hogares. más grandes y más sabios que antes. con luciérnagas en el pelo e iluminada el alma. reconciliados con los mismísimos puercos y su hediondez. En el crepúsculo. pues igual hacíamos nosotros en aquel entonces y los adultos igual nos tentaban y burlaban con la deliciosa sandía. .

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