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ELEGÍA (I

)

Jorge C. Trainini

El puñal en el costado ya no era un presagio. Obtenía su identidad al mismo tiempo que me

depositaba imprevistamente en las cercanías del olvido. Me fui alejando de ese ámbito de

bautismo en donde se fundaba mi pasado. Llevaba un rictus de indiferencia y no albergaba

la menor necesidad de absolución. No había lugar al temor por lo desconocido, sino la

perspectiva de ingresar en las proximidades de lo absoluto. Los pasos eran cansinos,

extraños a mi personalidad y quehacer rutinario. Ninguno de los sentidos en forma

desacostumbrada se hallaba apresurado. Abdicaba ser un traficante de vida, el mercader

para sostener a ultranza la existencia. De pronto me convertía en un espectador de mi

quebranto y no incidía en los propios acontecimientos. Había transmutado hacia otro

individuo. A cada tramo recorrido notaba un desapego mayor hacia lo que era mi yo, y esa

desconexión incipiente que establecía el cuerpo con la conciencia, se convertía en el último

atisbo de la razón que me justificaba en la tierra. Un fuego crecía desde la profundidad de

mi garganta, para elevar su libertad plena en el aire a bocanadas que oscilaba desde la boca.

El flanco doliente era apenas un peso sordo y extravagante que ya no intrigaba con su duda.

Se hallaba incorporado a mi íntima sustancia. Compartía el ánimo de esta tarde desterrada y

quiescente, mimetizada con el abandono.

Los árboles del invierno se asemejaban a perpetuos centinelas, con sus cortezas oscuras,

erigidas desnudas al infinito. Catedrales de madera y savia, permanecían enhiestos y

consagrados a la formación en línea en que habían nacido. A la espera de la estación

ardiente que les devolvieran las sombras desde las crestas verdes, todavía insospechadas.

Comprobé un cierto estremecimiento al imaginarme ausente, cuando este mismo horizonte

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En este crepúsculo quedaban prisioneros de la desfiguración. No tenía la ilación que proporcionan los presentes que transcurren vigentes e imperceptibles. Inmóvil.se hallase preñado de luz. Fecundaba la emancipación extrema de no saber ni siquiera quién se es. como perteneciente a un espectro que aún ocupaba la póstuma melancolía de un espejo insondable. soñados hacia las predicciones. Todos los acontecimientos se abroquelaban precipitadamente en un territorio de escenas detenidas. 2 . También de necesidad de dar. Fotografías sepias de rostros borroneados. quedaban atrás. en una conjunción de oración y creencia. Un trepidar que me obligó a detenerme y alzar la vista hacia las pequeñas ramas que simulaban frágiles manos. pero con la osadía de la exención y liberalidad restablecidas. Huía de mí arrastrando una reminiscencia pálida. con la mirada desmoronada en su propia omisión. Intuí indefectiblemente que mi continuidad de hombre. a través de los varios nacimientos con memoria. solo representaba destilar la desolación provocada por ingresar al óxido de lo olvidado. Este nuevo ser en que me había mudado dejaba mustio al anterior. Había fenecido la posibilidad de procurarle quimeras. imposibles de ser animados. Hoy partía del desenlace del pasado. Ese tiempo en el cual ya no era posible imaginar y en donde se suelen amontonar los recuerdos en el punto inicial de la desmemoria. Mi nombre me pareció deshilachado. pudiese identificarme con el nombre de mi principio. A partir de este momento yo adolecía de ellas. Percibía que retrocedía hacia esas imágenes en la búsqueda de una desmemoria fatal. Yacía desconcertado. Sabía que este atardecer que sugería un nuevo yo. la cual llegaría a la conjunción que nadie podría recordar quién había sido o menos aún.

situación que permitía traspasarme entre ellos insensiblemente. Sabía que a partir de hoy la coartada existencial entre esos dos ámbitos había sido cercenada. ese tiempo pretérito quedaba herrumbrado. despojado de ambición. se esfumaba velozmente. dicha situación escenificaba el acto premeditado que se evadía de los riesgos. Del propio cuerpo. Ya no quedaba espacio para lo ilusorio. ya no podría vivir en dos mundos simultáneos: el real y el imaginario. Recorrerlo sin temores preconcebidos. Diluida. Advertí que a partir de esta resolución que se precipitaba sobre mi cuerpo. Era trajinar el camino vislumbrado. Desprovisto de accidentes azarosos. Caminaba por las calles con la percepción del éxodo definitivo. Entonces. me aferraba a las quimeras para hallarle sentido a la realidad. Me refugiaba de las inclemencias contingentes. No retenía formas definidas ni acaparaba nombres de sitios o personas. sin embargo. Sujeto a la posibilidad de la ficción.Me llamó la atención el esmero que disponía en pormenores que siempre fueron intrascendentes. Con el afán de alejar el pensamiento testimonial iba al ser de la 3 . En ese juego posible iba trazando el derrotero de la existencia. Esa dualidad de los mundos paralelos constituía una estratagema consumada. su rehén. Y esa invención ya no arraigaba en mí. porque lo soñado se estaciona inevitablemente en el futuro. Tampoco contemplaba semblantes. a quien palpitaba desprovisto de intenciones y de quien era. pero no ya de un lugar sino de la conciencia. Era la despedida al encantamiento de la fantasía. En un soplo minúsculo de tiempo veía épica la defensa existencial que propugnaba el organismo más ignorado y anónimo que se deslizaba alrededor. Este estado de seducción me despojaba del presente real cuando se ofrecía hosco e intrincado. Solo perduraba el real con una mueca despectiva y sarcástica. De pronto. así yo disponía de la geografía falaz para la representación de la estabilidad pretendida. Hasta la vida más diminuta e imperceptible se evidenciaba presuntuosa.

materializado. era el mundo real. sino irrevocable. De tanto asimilar esta concluyente situación. Llevaba incandescente esa extraña perceptibilidad de quien presume su propia desaparición antes de que acontezca.tierra ceniza. 4 . la de seguir perteneciéndome a pesar del adiós al que la materia se abalanzaba en una destitución inexorable. salvo que este no era circunstancial. bajo una danza de ocre y sangre. Se mostraba preciso. advertía que sobrevivía allende del límite que desliga a la vida de la muerte. Desde ese linde contemplaba a mi ser derivando desde la conciencia y desprovisto de todo engarzamiento corporal. En esa actitud residía mi última alucinación. lejos del ideal de mi conciencia condenada. Tenía la convicción de que este entorno que merodeaba con los ojos perplejos y desaguados en los objetos circundantes. Sostenía en la memoria al propio olvido y esa emoción que producen los destierros.

Trainini Este paisaje que se extendía virtuoso no presumía de castidad ni eternidades. Su sinceridad poseía la frialdad que atesoran las cosas ciertas. De las transformaciones azarosas y perpetuas. Tampoco se inmutaría por mi partida. Yo veneraba esa indiferencia como un acto de pureza y vigor. las órbitas se transformaron en fuegos humeantes. No sentirme desamparado. Mi legítimo ser. Discernir sobre los afectos me producía una sensación indefinida. Yo había buscado en esos sentimientos lo que no pude concretar en los cristos. Entre ellas y la nostalgia se interponía una neblina húmeda apenas perceptible. como lo hace el oleaje. Sin embargo pasé por esas armonías equivocadamente sin asimilar que eran parte del destino. No trataba de involucrarlos en este arqueo de lo que había consumido en la estadía terrenal. Cobijaba en mi centro una sensación íntima. Cada azote era un nombre. Intentaba disuadir a la mente de las pasiones que golpeaban en la piel. que iba ocupando lentamente las cuencas de los ojos. era el que por necesidad y pánico. exento de sentimientos y superficialidades. tenaz e intermitente. un rostro. Y entonces me dolía cada 5 . un sonido. Alquimia de dolor y congoja. apenas percibía que la geografía me acechaba con lumbreras de hielo. se había dejado embaucar hasta este día de revelaciones contundentes que decidían el final de la residencia existencial. una palabra. Abstraído en extrañas cavilaciones. Era indolente a mi presencia. ELEGÍA (II) Jorge C. Su contemplación no despertaba sensaciones contrarias.

El cielo de la tarde aceleraba su caída. De evocar mi anónima vida. Nunca entendí porque nos dejamos engañar imponiéndole deliberadamente imaginaciones a la conciencia. ¿Por qué nos abrazamos a las hipocresías en vez de medir la soledad con la exacta dimensión de la razón? Sujeto a estas incidencias mis pasos eran crecientemente pausados. La vida es una lucha desleal y artera. Tenía la vocación del asceta. Los muros y las calles se esfumaban al escaso recorrido de la vista en un manto húmedo y sombrío. Me detuve sin conocimiento del rumbo. como si temiese alejarme de las evocaciones que recalaban desde todos los tiempos.ocaso de ellas como si no pudiese tolerar otro sufrimiento. Todo el entorno asemejaba una cúpula estrecha y amenazadora. ante la delación que declaraba a mi ser vacío de existencia. Tan falaz como majestuoso. ese cielo ostentaba la magia de su 6 . El escaso trayecto pendiente de vigencia que se me ofrecía ya no pertenecía al futuro. Lo consideraba un tiempo agregado a las experiencias acontecidas. Entreví en esta lentitud el cuño de quien no desea consumir los momentos que quedan. En rigor lo desechaba. El prisma terroso del invierno se había sedimentado no solamente sobre el paisaje. El color plomizo que ostentaba era símil al gris de los árboles que se elevaban fantasmagóricos. si en realidad esta es la llave para demostrar dignidad ante lo inevitable. sino también sobre mi cuerpo. De sus egolatrías y declinaciones. No podía nacer a otro éxtasis hasta que su caudal pudiese derrotar a la morriña del recuerdo. No percibía si debía regresar a los aposentos cotidianos o extraviarme en el anonimato para preservar la intimidad.

Por un lapso apenas intrascendente. Con su candil alumbraba a los hombres. Anidaba en las horquetas de los árboles. Detrás de ellos los hombres sobrellevaban sus días y sus pasiones. Este crepúsculo enfrentaba a mi conciencia con la memoria a la cual pertenecía. La fascinación de un impostor. con todo lo incomprensible que me inducía ese vocablo. Mi residencia no dejaría de ser terrenal aunque fuese en absoluta desmemoria. Recuerdos que perduraban anónimos. Después de haber sido atestiguado clandestino para la vida. hacia él las pupilas se ofrecían insignificantes para poder soportar toda la ignominia del mundo real. ¿A dónde irían mis emociones? Este estremecimiento no partía del cuerpo. hasta que la demolición los regresaba al polvo desprovistos de pasado y sentimientos. Refugios en cuyos rincones se acumulaban historias de gozos y aflicciones. Era una angustia como una llama que me castigaba y dolía desde las entrañas. el cenit se ofrecía a retazos. Advertía que era un huérfano de proyecto y que no había por dónde treparse al hechizo del infinito. Con su oscuro tejido denunciaba la pléyade de astros extintos tras una mortaja subyugante y seductora. Entre las ramas. Ocuparía un lugar desprovisto de conciencia. sentía por primera vez un sobresalto. sería pasado en la recordación de algún labio y luego nada. A mi lado los contornos de los edificios se escurrían sigilosos. No ostentaba límites y exasperaba no conseguir aplacarla. análogo a náufragos en su última desesperación para atarse a una bendición.túnica y la profundidad mítica de lo imposible. 7 . olvidados. las cuales se hacinaban en esos ángulos disipados que sobrevivían a las desmemorias y a las mudanzas de sus ocupantes.

¿A cuántos seres con desdichas y pasiones habría correspondido lo que contemplaba esta tarde? ¿Cómo podría formar parte la sensibilidad de los hombres de lo insensible. los hombres intentaban encontrar en sus refugios una parcela de tregua. pero aún desconocido. El cuerpo quedaría confundido en su infinitud para llegar a ser en el futuro tantas partículas incalculables como un arenal. Indiferente a la compasión que necesitaba. aún sin la sutileza de la razón y aunque estuviese apartado de la imaginación de la conciencia. después de haber pertenecido a una conciencia? Una disposición ambigua me fue invadiendo a través de esa percepción hasta sentirme reconfortado por pertenecer a la inmensidad y compungido por no poder seguir entregándome al cruce de los sentidos. De la piel. mientras el crepúsculo se ponía un vestido de pesadumbre con nostalgias de domingo a la tarde. No vislumbraba ruptura entre esa altura cósmica que me contenía y el yo.Esa visión divorciada entre el yo corporal y el espíritu me paralizó debajo del firmamento impasible. 8 . Pero era tangible mi decisión de arder en cada oportunidad. Los transeúntes se introducían bruscamente en sus casas. Abandonadas a la inclemencia. En un intervalo ya sentenciado. Las tristezas se arremolinaban en los umbrales y en las puertas cancel. la calle se fue despoblando. las tristezas se acurrucaban a la espera de sus dueños resucitados a la primera transparencia de la mañana. mi osamenta tendría el mismo matiz de imperturbabilidad que lo observado. Asentada la aflicción como un miedo atávico. Alguien tropezaría con ellas indiferente al interrogante de si alguna vez poseyeron memoria. No había fulgores en este ocaso que se había desplomado inerte como una inmensa mano de piedad para ocultarme. apenas las tinieblas se fueron apoderando de la ciudad.

Trataba de hallar en sus expresiones la representación de mis interrogantes. sin revelaciones. Esa ceremonia callada. la pálida luz escurrida hacia la acera denunciaba a la taberna. tampoco lo necesitaba. 9 . Si no había hacia dónde ir. Caminé sin derrotero definido. y que sorprendentemente no sabía cómo disiparlo. se fue apagando a medida que las siluetas desaparecieron paulatinamente por el claroscuro de la puerta. La taza reiterada de café humeaba cálida sonrojándome a trazos la tez empalidecida por el frío retenido en ella. El tiempo transcurrido albergaba la percepción de un lapso de éxtasis. Seguramente mi tristeza. fiel cómplice del extravío. rápidamente desmemoriado. Ingresé para consumir ese tiempo que se ofrecía escaso. sitiado por un sosiego que se extendía aletargado por los recovecos. atisbaba alternativamente los rostros que me flanqueaban ignotos. permanecer padecía la misma finalidad incierta que ostenta el presente sin imaginación. Me complací en ser un observador de otras vidas. Adolecía de mensura. En un atajo. Marginado deliberadamente de la mía. fue quien no toleró que nos rondaran. Me había quedado solo.Unos pocos permanecíamos como acompañantes errantes y ocasionales del misterio ancestral que destila la umbría de las noches. Detrás de sus ventanas el calor de los parroquianos con sus cigarros volvían geográficos los cristales empapados de vapor. No había lugar para desolaciones inesperadas en nuestro deambular. La trascendencia de cada ser suele morir al abrigo de un recuerdo ajado.

detrás. a veces se adelantaba muda y perseverante. La distancia las volvía eternas. 10 . En mi costado el pulso se mantenía vivaz. Titilaban como si latiesen y sin embargo estaban apagadas.El manto grisáceo del cielo se hallaba desgarrado por un puñado de estrellas. ignorando la sentencia de ser un corazón de olvido. Mi sombra.