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SAMUEL NOYOLA

NADAR SABE MI LLAMA
A Marcela Guerra: cifra y sentido
Nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa
Francisco de Quevedo y Villegas
Yo abandoné las aulas con un lápiz sin luz
que me dieron demiurgos tan venerados.

Ni Nabucodonosor en toda su elocuencia
salió a buscar a Dios
–esa antigua necesidad del sacrificio–
entre las armas de una revolución tropical
con vivísimo fondo de palmeras.

Bajo ese tórrido sol en la memoria
hoy veo el acento delirante del hombre
pintado como el cuervo de Poe sobre su cabeza.
Nevermore: histeria de la historia.

Tarde pero temprano también decidí desertar.

Volví.
Entonces ellos me colgaron un precio,
y yo seguí con mi bohemia silbando
su enamorada llama adolescente por los caminos.
I. VÉRTIGO CANTADO
El versador

Entre las indiferentes flores que se abren como un puño
el día me come con sus llamas de gracioso espíritu.
A un vecino cielo se mudan las nubes, al charco
se caen, y todo lo que antes fuese infierno
ahora es bienvenida: porque de los árboles gotean
millones de diamantes para la bellísima, estridencia
de esas joyas que sacude agónico el grillo del corazón,
con un ritmo avivado por las sucias lágrimas de mayo.
Ah
la cintura de esta fermosa es un laúd de fuego,
temblor de sol su respiración, terco zumbido
mi palabra.
¿Y el muerto, el increíble?

No es que lo crea necesario en la sombra al hombre,
pero ahí ya respira el otro lado de la miserable luz del día,
cerca de la noche y lo estelar de sus lámparas.
Nadador de la oscuridad lúcida y misteriosa,
bajo la llama sensual de la vela
que se defiende de lo amargo del cajón.

Sin embargo, a pesar de las rosas familiares
y la constelación del rocío en los pétalos apretados,
hay algo de insoportable en la rigidez de las tablas funerales,
hay asfixia en el aire y la ausencia de algo veloz,
algo como aroma de música fresca vibrando mosca en la vitrina del difunto,
marimba de sílabas hondas contra el compás del llanto.
Y que la más bella se desnude
al ritmo de su corazón asustado por el pudor y la muerte,
contrasten sus muslos con las ramas tronchadas del ataúd,
y sea por siempre la esposa de ése su viudo vuelo de astronauta,
como una estrella veloz quemándose en el espacio.
Requiescat in pace

Especular el cáliz de la eucaristía, si
al coro aquí reunido le rematan el cielo
por kilómetros de oraciones, no
le veo nada de alas a ese cura, sí
al esfuerzo de estas voces vanamente endurecidas que estallan
con una alta derrota de notas amargas.

Pero tras aquel vestido de muchacha
ocúltase pagano el ángel anterior
al soborno de las luces eternas: espíritu de paz
su consagración, milagroso el vino de su boca, pan
su voz de resurrección.

Y esta colina del perdón es una ola
y dura sal castigada la cresta de su espuma:
húndese la nave del templo. Tal vez el paraíso
sea el paisaje de pronto sorprendido por el mármol aquel
del cementerio.
Vértigo cantado

Es la mujer del hombre lo más bueno
Lope de Vega

Te quiero de golpe, amor,
somos el reflejo terrestre de alguna estrella.
Para ti la llama espiritual de mis besos
y el sol profundo del deseo,
déjame a mí la altura y el abismo del corazón,
déjame el rascacielos en la sangre.

Porque desde la firme rosa madre vengo cayendo,
como abeja en celo volando vagabundo
hacia la soledad de un jardín más oscuro,
caí largo hasta que el vértigo me hizo mártir,
luego me perdió para siempre el infarto del amor.
Cama con ola

Sólo porque en el movimiento
quiébrase una ola delgada como un látigo
en esta cama sin orillas,
la sábana
es íntima luna que ilumina
al afiebrado beso de dos cuerpos
el más alto momento de la espuma.
Acedia con juglar

Vocales, diré algún día
vuestros latentes nacimientos

Rimbaud

Larva o palabra: duermo horas de horas
buceando al destello de las sílabas,
encerrado en una oscuridad de cobijas
por respirar el otro tiempo de mí.

No la ciega artillería contra las páginas,
que teclea y teclea como un kamikazi
en el azar de muchas línea de vuelo
que a veces da en blanco por exceso de todo,
sino provocar la espuma del silabeo
en un hermoso choque lúcido de sintaxis
contra las rocas del balbuceo cotidiano.

Ese primer grito del gallo es la poesía.
El castellano

El castellano es el idioma más hermoso del aire.
Lo digo yo que vuelo
al silabear la palabra paloma
llamada por el deseo.

Como quiso Rimbaud
los clásicos entintaron mi sangre
fijando con preciosa precisión su vértigo
en endecasílabos, liras
que aplacan viento y gravitan la mar,
sonetos como diamantes constantes
más allá de la muerte.

El castellano es el del timbre más sonoro.
Si no, consulte su estridente latín
con las estrofas del Cántico espiritual,
que al oído del poeta siguen hablando despiertas.
Rolling Stones y San Juan de la Cruz

El caballo de San Juan de la Cruz
todavía galopa en el aire: esa
percusión que hace reír al espíritu
en ascenso, incienso
de una música de calle: mucha
estridencia, mucho frenesí para
darle a la palabra alcance: que
el cielo vulnerado entre
las llamas del éxtasis asoma, que
todos escalamos esta noche
en un remolino de sentidos y saxofones.

A Juan Villoro
Cicuta o cerveza

Como te ven te tratan: –¿cicuta o cerveza?

En la escalera de los veintiuno
el fuego blanco de la bellísima:
dorada artillería de palomas,
hilo de oro el perfil,
oscura llama de su cabellera.

Con esqueleto de marfil de estos
veintiuno, puedo conectarme a Nueva Delhi vía
satélite, enterarme del sol en la piedra viva de sus
templos, en su río sucio como el espíritu.

Porque no importa nada de la nada ni del
vacío, en el viaje con veintiún espejos hacia la
muerte, el Ser es una rosa de alambre,
un naipe de cristal frío.
Neolítico dichoso

El vacío pregona
una filantropía que despena
Octavio Paz

Hoteles, relojes, teléfonos,
satélites, automóviles, viajes
a la luna, rosas a domicilio,
American Express, computadoras,
ritual sin rito, burocracias,
estridencia punk, balas
de plástico, napalm, etcéteras
por télex: no me interesan,
nada de ese unánimamente afamado
argumento del progreso
me interesa, mejor tomar de lámpara
al sol, seguir esperando lluvia
cuando me alcanza la sed.
Octavio

Dos amarillos y lúcidos ojos
ven lo que el hombre histérico de historia
no puede mirar, dos ojos y un verbo
dentro de la visión, semilla
cimbrada que cae
sobre la página de la nube
y estalla la escritura, inventa
una rosa de palabras.

De sangre la rosa de la videncia, cinco
los pétalos de sus sentidos, porque
Rimbaud escribe hoy sin hoy de espaldas
a todos, escribe contra la tribu
sentado en su pabellón multicolor a mitad
del cielo, porque Octavio
nos presta las dos O de sus ojos para ver el verbo:
–cazarlo con los sentidos.
La marcha de Zacatecas

Parto para participar del viaje,
para dejar que mi cabeza vuele como un naipe
en el remolino de la suerte,
pato con el corazón recién aceitado,
y suficiente gasolina en las venas.

Noche del domingo: Eclesiastés,
que me asista la fría trayectoria de las estrellas,
porque el Coro de la Tragedia afinará su garganta,
y será necesario que la sílaba del amor estalle,
que la casa del aullido se derrumbe.

Porque no soy más que un hijo del vértigo:
bendición y transgresión, y exceso.
De las prostitutas por la canonización del placer y el alcohol
del caballo del amor soy hijo.
Y porque vengo del viento que lima el sonido y sentido
de mis palabras. Salud.

Zacatecas de López Velarde, con barroquísimo
vuelo de palomas: hacia ciudad de México.
Alumno de Platón

Eructo romano en el aire: asegure su futuro en abonos
sin Esfinge ni Sibila de por medio, ni
peligro de imperio.
Caballo de Troya la mujer: cerrando
los siglos con elegancia única, mordiendo
con fuego de abismo los días.
Sílaba del hombre: suena
hermosa contra el mercader, la página aún es desierto, espejismo
con llama de cielo.
Elocuente exhibicionismo
del monarca: vómito y loción, travestista el
trapecista que comparte su banquete.
Esto
no se encuentra en los libros de historia: Círculo
Vicioso, estoico el telescopio
que apuntará la verdad allá muy lejos de las estrellas:
rascacielos y pirámide es lo mismo, oficina por cámara mortuoria
da igual.
II. INTERMEZZO DEL VIUDO
The lost paradise

Ahora sí, yo también me vuelvo.
Saco mis libros de la casa de tu madre,
le digo adiós al perro, a tu padre
–que nunca me devolvió el saludo–,
y a tu confuso desdén.

Te convencí de ir juntos al paraíso,
pero te espantaste
ante aquel fulgor desafortunado
de la espada encendida por el caduco arcángel
que ronca todavía a sus puertas.

Difícil e irritado era entonces creer
que ese lugar fuera el mejor.

Por eso yo veo con limpieza la duda
del mendigo arrostrado ante el súbito oro
ofrecido al instante.

Si es que tú también alcanzaste a comprender,
en el centro de una realidad imantada
a la espiral venenosa del encanto,
que hasta en aquel hermoso y perfecto jardín
existe un árbol bajo la luz del cielo
cuyo afán apunta a sus ramas hacia una ley diferente;
hacia donde –ahora recuerdo a Milton:
“y recogieron los duraznos más hermosos del edén”–
no ha nacido aún medida para lo perfecto.
El siempreviudo

Bajo el lecho del hombre solo
corre la noche un viento de cabelleras

como el serpentear de un río
en la oscuridad, sonando.

Bajo el lecho del animal humano
pule un gemido la cifra de los días

y hay un gato sin luna,
sin diosa qué blasfemar.

Y el hombre, el siempreviudo,
amamantado largamente por la sombra,
sin hollarla siquiera
se levanta con un simple puño de palabras
–huérfanas, aisladas–

y el sueño
abriéndose como una gran flor en su cabeza.
SIETE EN CONTRA

I

Enamorado y desesperado
cualquiera se pone a escribir
versos de amor
como si fueran de perrito dolido,
enamorado desesperado.
Pero esas cosas
no hay ya quién las aguante,
y el mismo amor enfermo
anda en busca de un hospital
cuya blancura de sábanas
sea menos indiferente
que la lámpara de tu cuerpo.

II

Para besar de nuevo al ídolo
de breve pie dichoso
tendré que desgarrar
la túnica del orgullo,
clamar en el desierto
como alguien deshonrado
ante los ojos de una mujer,
como alguien que intuye
un ceño desdeñoso
en el rostro de todos los objetos.

III

Si vuelvo a ese perfil
de glorioso friso latino,
recordaré que Leda
hasta con caballos fornica,
que las Ninfas
se casan con los ingenieros,
que Amor es un amén
sellado en mi pecho.

IV

A cielo abierto espero tu perdón.
Pero los dioses griegos,
tallados con velocidad en las nubes,
no alcanzan a escuchar este ruego.

V

De madrugada,
cuando los hombres sueñan,
salgo a buscar la plaza
donde un estanque memorioso
me devuelva nuestra imagen,
que días y dioses han borrado.

VI

Cuando alguien me habla de ti,
de tu milagro,
una sonora matancera
zumba con fervor en mi sangre:
y ya no queda espacio
para que Agamenón
gima con estruendo otra vez,
porque todo mi cuerpo
es una columna herida
que comienza a ceder ante el incendio.
Epitafio

Y nació cuando la
mujer todo aroma era y
todo ternura él, pero
dicen que murióse al momento
–como pescado sin mar
cuya pupila es diamante ciego–
ahíto de amar: lo
demás es un secreto de mujer.
Coda fragante

–Adiós Samuel, dijiste,
con un tierno acento salpicado de ironía.
Y yo mudo, mundano, quedé escuchando
el vacío interminable e intermitente del teléfono,
la noche acústica y universal
para la ciega orfandad de una oreja
ya viuda de todo consuelo.

Porque antes de abrir la más falsa excusa,
a sólo una hebra mortal en el salto del trapecio,
alcancé a darme cuenta que, ni la muerte,
con toda su elocuencia y la podrida estela de su fama,
la hubiera pronunciado a la vida un adiós más hermoso,
como ése de aire silbado que me diste.

Fue entonces que partí de allí alegre y desamparado,
dispuesto a defender mi amargura
aun en el más hosco desierto.
Daniel, IV, 33

Ya tengo el pelo como de árbol
y las uñas como de ave.
Vellos me van trepando el lomo.
En el espejo un círculo frío
me mira: ojo como de animal.
Los perros ya no me ladran
y los gatos me tienen miedo.
Mi lengua señala el césped del patio:
si allí bajara la lluvia
creo me sacudiría entre ella
como soberbio tigre agradecido.
No puedo empuñar la pluma con la mano.
Creo que me estoy olvidando de ti.
Para el ojo de Goya, esta mujer

Si un hombre para por una mujer,
y decide montar con ella los caballos de la noche.

Y si luego ya borracho de mujer
–aún el pecho vibrando enamorado,
y el aura del vino que pesa
como una rosa cargada de veranos–
apoya su cabeza contra un muro y sueña:
con otra noche más honda que aquella mujer,
cuando viajaba como herida la sangre de los años,
y era la ubre de la vida un astro poderoso:
de leche imantado, y afirmado por el entibiarse mudo,
como la luna,
pero ajeno al cielo de los pájaros.
Mujer dormida

La sangre palpitando con melancolía
sube hasta el pecho que sueña
el dolor de la rosa levantada a tu nombre,
la rosa invisible del amor
cuyos pétalos se transparenten en tu alma.

Esa roja sangre de la vendimia canta
una dulce letanía de puerto,
de donde zarpa niña a un arrullarse puro
mecida por sábanas de espuma
bajo un oro de estrellas guiñando en la vigilia.

Allí la luz acecha tu perfil
y un tenue zumbido de abejas enamoradas
se ocultan a la sombra de tu pelo,
vibrando eléctricas como el alba tras las colinas
cuando cierras los ojos y sueñas al tiempo.
Siempre me debes una pregunta

Hay cuatro naranjas en el centro de un sueño
Tres naranjas como llamas grandes
Una naranja como llama pequeña

Las cuatro son de mi madre pero algo arde
Es el amarillo de las naranjas
Y la sed oscura de mi garganta

Mi madre me ha perdonado y me regala la pequeña
Ya la entierro en mi pecho
Y se enciende mi corazón
Con el corazón azul del fuego

La naranja pequeña estalla
Y germina una muchacha:
Ella se llama llama bajo el día

Entonces abro los ojos
Y entre mi sien y la almohada
En lento fluir el sol trabaja
El centinela

Con el aceite de la noche lúcida
me desvelo puliendo tu nombre
que empieza a brillar como un arma.

Con el aceite de la noche lúcida
me desvelo bronceando tu cuerpo
que empieza a brillar como un alma.
Señora del fuego

Asombrada la luz del día estalla
ebria de resplandor contra el asfalto:
luz como la lima, ácida, de un salto
se abre paso entre la savia y destella.
Savia del corazón y de la estrella,
ritmo de uva dorada, cantar alto,
que hondo al cielo toma por asalto
y cae como cae un ángel de batalla.
Contra ese chorro oscuro de tu pelo
late la luz del mango enamorada:
mujer y fruto empujan todo al vuelo.
Señora de los hombres y la nada,
que alimente tu sangre mi desvelo,
si ella olvida su dura luz de espada.
Marcela Alejandra

Yo sé que eres la Esfinge.
El sueño que asusta con palomas.

Eres el ojo risueño con su teoría
sobre la estética y la charla.

La mujer que dispara con su risa
la antigua ballesta de los sentidos.

Yo sé que eres la Esfinge.
Una muda Esfinge ante su sola belleza.

La pregunta del Ser
ante el asombro del espejo.
III. MEMORIA EN LLAMAS
Feria de San Antonio

Vengo de los días que giran
junto al carrusel y la noche,
con fuego ebrio de orquesta
y trompetas que estallan olas
en los ojos de un niño.

Donde el aplauso del sol y la moneda:
la luz de una canica,
el círculo veloz de la pelota,
un cristal que espanta,
cucharas en cruz,
son la memoria en llamas.

1980
Abuelo

Las espuelas de plata que arrastrabas
por el barro de las calles de tu pueblo
se quedaron constelando
el fondo del ropero de mi abuela y su memoria,
junto al brillo de tu navaja de rasurar
y el rizo cortado de cuando ella era tu novia.

A veces las reconozco en las fotografías
donde los zapatistas las encajaban
a la oscura piel de sus caballos
abriendo bajo las enconadas pezuñas una dirección de pólvora:

que casi roce de avispas,
chispas del fósforo contra la suela gastada del zapato,
sangre de la mano que al tocar la blancura de unas nalgas
vuela.
Dinastía Pound

Anónimos los dioses no perdonan
el hecho de que hayas nacido
con una mano mucho más oscura
que el silencio:
–¡no eres nadie!
te viven gritando.

Pero tú sigues a través de los días
que siempre son para ti
como páginas desnudas.
Sílaba Sibila

Si la veo, silabeo

Xavier Villaurrutia

Ese vivo deseo que la letra hila
Espuma larga de Sílaba ciega
Sonando en la memoria de Sibila
Soñando lo que la razón le niega

Un dioscuro noche y día te llama
El odio de tu lenta sobre dura
La muchacha que te llama con su llama
Y dulce quema su vocal madura

Escuchas el zumbido de la muerte
Dorar la sucia luz de tu mañana
Oscurecer lo hermoso de la suerte
De roto mármol es la risa humana
Ars con página y pétalo

Levantar palabras de la ceniza
cotidiana, es el trabajo del poeta:
abre con fresca sílaba la veta
del poema, con llamas que canto atiza.

Si la página en blanco es una risa
como de muchacha, que invita en alta
voz por la calle, a bifurcar su delta
en otra sábana, a besar la prisa.

Y es su cuerpo reflejo de ese cielo
donde palabra es ángel derribado
al hallar su razón en el infierno.

Entonces la muchacha quiebra el cielo
con su centro de pétalo animado,
que conmueve la página cual trueno.
Telegrama

Marcela: la mar
está celosa de ti.
Marcela, la mar.
Los enemigos

Un silencio dorado frente al mar.
Ante la sombra de las lanzas en la arena
retrocede la espuma.

Los guerreros duermen, es mediodía.
La sal del sueño salpica sus venas
con lágrimas de mujeres.

Olas orillan una nave no esperada.
Brillan espadas calladamente.

Estalla el sueño de los guerreros
contra las rocas de la muerte.

Creta, 1460 a.c.
La pierre publique

Como la misma mar
la muchedumbre es incesante.
Se agolpa contra
la piedra de los palacios,
cárceles y templos.

A sus puertas pide
el negado pan,
cuchillo y perdón.
La muchedumbre es mar,
terrible mar sin orilla ni descanso.
TRES HAIKU

Rosa

Más luz que color
Es la sangre del aire:
Herida y beso.

Ch’i

Humor de mujer,
Casi viento sagrado:
Clamor de mi sed.

Plaza

Estanque seco
Donde suena la luna
Agua sin tiempo.

Ch’i es en el Tao
el perfume del sexo de la mujer.
El sueño y el sol

Todo empieza cuando te asomas del sueño
a la poderosa lámpara del mediodía
con tu sombra vibrando sonora.

De la corriente del sueño sales
a pisar de nuevo la luz.

Porque en el estanque de la memoria
todavía resuena el alto grito de la muerte
que te pide moverte en las calles
como sobre el lecho de un río seco.
El silencio y la sed

El silencio de los días es inmenso,
inmerso en el estanque con nubes de piedra
y luces de estrellas que vibran varadas.
Los días son aljibes y espejos,
animales de polvo que levanta el sol,
cántaros dorados por un río de risas,
ánimas con zumbido de llama,
espejismos donde el hombre duda
entre el filo de su rostro y su máscara.
Los todólogos

Yo los he visto,
orgullosos alumnos de dorada estrellita en la frente.
Niños malditos de facultad,
con una afilada certeza por cuchillo
que blanden el ver un laico.

Ilustres especies del aula.
Fetichistas de la cita y la discusión.
Neófitos del diccionario.
Marxistas de cantina y café, sin fe.
Gloricuelas locales.

Yo los he visto mostrar con solemnidad su biblioteca
(a tres libros de El capital
está la colección Selecciones del Reader’s Digest)
como quien se ampara en el firmamento sin vacilaciones,
ebria la lengua de pretensiones enciclopédicas.

Ortopédicas también, por lo impotente.
Heráclito ríe

Veo mi cabeza rápidamente,
desde la ventanilla del camión
me veo ondular como río en los escaparates,
hasta que un semáforo en rojo me fija,
como la muerte.

En algún recodo del tiempo
Heráclito ríe.
Palomas barrocas

Yo conocí Zacatecas
un día en que sus palomas
picoteaban la piedra barroca
y el aire
con nubes
que son otras palomas inconformes.

Frente a la gran catedral
cruzaba la calle
junto a la sombra de López Velarde:
–¡palomas barrocas!

El viento se detuvo a esculpir
lentas palomas contra el cielo.
Visión en un restaurante

Un enjambre sonoro de cucharas y platos
carga el tiempo de la memoria
con páginas de batallas cantadas por Homero.

Los meseros son dioses
que controlan el relámpago de los cuchillos
y los truenos de la vajilla.

Vamos a calmar su ira
con el humeante sacrificio de un bistec caro.
Infierno: ciudad

Esta avenida se llama Aqueronte.

Ésos de ahí, que marchan muy serios al trabajo,
perdonen a los dioses, ellos no saben lo que hacen,
yo sé que las semanas se dejan caer como una red
para ver cuántos de nosotros salimos vivos.

Jamás pensé que la muerte nos esperara a tantos.
Nocturno de la calzada Madero

Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche

San Juan de la Cruz

No le temo a los perros que me saludan
en el fondo de la noche
como niños hambrientos de luna,
con aullidos de alucinante sombra
y viento extraviado en las esquinas.
Porque mis días se han levantado
contra una ciudad enjoyada de mendigos,
circos donde la razón atraviesa aros de fuego,
pirámides con sacerdotes adorando la cifra y el puñal.
Y donde ciertas desnudeces de cantera
–imitadoras del pulso de Miguel Ángel–
se alzan virtuosas de muslos y de pechos
en el centro de la plaza pública,
pero con una mueca de asombrada Medusa,
ya vuelta piedra con el destello del espejo
arrullado por el terror, transparente
como la respiración de los ciudadanos,
cuando corre un alcohol dividiendo la sangre
de otras ninfas de cintura anochecida.
Y donde los frutos de un follaje centenario
altos y eléctricos
se debaten
como galeón anclado por un tonelaje de peste
contra el aire podrido de fábricas y tubos oxidados,
cuando ya silba el maguey de filosa punta
–violenta ceniza desde la orilla del siglo–
por los desiertos del norte:
helado y sonoro monzón de la sierra
hinchando la carpa de una comedia desconocida.

Y porque los pasos de la bellísima
resuenan como cascos de caballo en mi memoria,
casi trayéndose espectros de carreras tristes
y elegantes sombreros de ala tuteadora
a este bulevar, hasta aquí,
donde el resplandor de su nuca lejana y dormida
ya baja por mis hombros, se instala como una canción
en el centro de mi pecho cerrado,
hasta el pozo de tiempo de mi corazón.
De este corazón que limita al norte
con esa madre loba de dulce camada,
y al sur, un poco al poniente, hacia los bares
donde el miedo también sueña,
y la vida modorrea con la mejilla rasurada
contra el piso vomitado de la cantina,
junto a los ciegos que palpan la música y la moneda
frente a vitrolas luminosas como dentadura de calavera.
Allí donde la puta, el califa y el maricón
se deslizan orgullosos de su techo de estrellas,
como una corriente afiebrada que va puliendo las mesas,
el vidrio turbio de las botellas
donde respiran rumorosas abejas,
orillan la espuma de la cerveza
y levantan burbujas hasta el ojo ebrio,
que revientan con el tambor y las maracas
si dos bailarines se tallan
entre el viento dorado de una cumbia.
En el sitio donde enviuda siempre el filo de los puñales,
cuando un vértigo de águila o mosca
entra en la noche,
como el aciago brillo de aquel farol.
Creo en los sacrificios sobre la piedra oficial,
donde la retina de los policías se contrae
siseando madrugadora la sangre en la cuneta
al tibio encuentro con la tinta de los periódicos.

El Señor de las Leyes –harto como un gusano–
se entroniza, y a su mirada ciega
responde la ciudad entera
con un silencio de cementerio.

Un rojo de semáforos late en mis sienes.

Allá, donde se empieza a abrir el horizonte,
silba un tren fantasma, chispean fuego sus ruedas,
como incendiando un tiempo de catedrales profanadas:
no le temo a los perros que me saludan
en el fondo de la noche.

A Roberto Vallarino Monterrey, 1983

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