MARIA, LA PARIDORA

Madre

La distingo a través de nubes cargadas de años en aquella casa de tres
habitaciones y la cocina alrededor de un patio empedrado. En la más pequeña
está ella, la paridora, la reina del hogar, la dueña de nada. Está sentada sobre el
gran camastro de fierro, amamantando a su décima hija, la recién nacida.

Puerta trancada, ventanas cubiertas con telas negras y un olor a rancio haciendo
piruetas burlonas en el aire. Madre, es la imagen de la mater dolorosa de la iglesia
Santa Ana. Rostro sombrío, extraviado en la triste oscuridad de la habitación, solo
se distingue el trapo rojo que lleva atado a la cabeza, sujetando las hojas de coca
que le evitarán el dolor de cabeza del puerperio. Desde hace tres días la consume
una fiebre desconocida, a ratos tiembla de frío, de un frío que debe estar
congelándole el alma. ¿Por qué llora, porqué reza, por qué maldice? La aborrezco.

Es un día negro, solo sus sollozos y las quejas del viento colman ese dormitorio.
Él ha fugado.

Padre.

La bruma de los años me dificulta ver su rostro. Era alto, fornido, rostro osco,
mirada huidiza. Siempre estoico, siempre silencioso. Recuerdo que llegaba cada
tres meses -trabaja en las minas, decían las tías- entonces madre transpiraba,
cantaba y sus carcajadas retumbaban en las tres habitaciones, en la cocina, en el
patio empedrado. El alborozo alcanzaba hasta la tiendecita con puerta a la calle, -
en la que solo se vendía pan, azúcar, velas, kerosene y fósforos. Ese día, solo ese
día se tendía la mesa con un mantel blanco, bordado con punto cruz. Madre, la
generala, de pie frente a la gran olla servía en estricto orden: el primer plato para
él, el siguiente para Edgar, el mayor, luego seguían Eloísa, Doris, Gualberto,
Alfonso, Elena, Sofía y los mellizos. Él, nos miraba apenas, leía el periódico y
después se paraba a inspeccionar toda la casa para protestar por algún rincón
sucio, por algo que no encontraba en su sitio. Iba a la tiendecita, observaba, daba
órdenes, madre y los tres mayores pendientes de que suba o baje el pulgar. Lo
aborrecía.

El día de la desgracia, los nueve deambulamos en el patio nuestro abandono,
nuestro desconcierto Los mellizos y la de tres años berrean, llaman a madre a
todo pulmón, los de cuatro, cinco y seis, parece que están jugando: se empujan,
se pegan, se persiguen; nosotros los mayores, nos miramos sin mirarnos, damos
vueltas y vueltas, tropezamos los unos con los otros, perdidos los papeles que
antes cumplíamos a la primera orden de ella: lavar, vestir, dar de comer a los más
chicos. La rutina se hacía trizas.

Al atardecer aparecen la abuela, las tías, la vecina: todas con ropa de casa, todas
con el cabello sujeto atrás, todas con la cara lavada, todas atrapadas en los
mismos murmullos: “dicen que él…”, “también ella nunca…”, “el otro día
escuche…”, “me han contado que él…” Diligentes limpian los dormitorios –menos
el de madre- la cocina, el patio, preparan la comida, cambian a los pequeños,
atienden a los mellizos, todo, sin parar de desollar a padre y a madre. Las
aborrezco.

Casi es de noche cuando tía Delia entra a tientas al dormitorio con un humeante
caldo de gallina negra –para la que pare, tiene que ser gallina negra- coge en sus
brazos a la recién nacida, la coloca en la cuna y hace la señal de la cruz ante el
insignificante bulto. Sin pronunciar palabra, a ella le acomoda las almohadas, le
arregla el pañuelo rojo y la hace tomar el caldo, cucharada a cucharada, madre
continúa perdida y la deja hacer con una débil letanía. Luego madre queda como
dormida, la tía sale con cara de santa y va de frente a la cocina donde están las
demás mujeres:

- ¿Y no le habrá pasado un accidente?
- ¡Dios no lo permita! diez huérfanos, Dios nos libre.
- …
- Pero se ha llevado una muda de ropa,
- Tal vez para cambiarse después del accidente …

Sucedió en la ciudad del Cusco el año 1954.

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