HORA SANTA (18

)
EL VELO EUCARÍSTICO
San Pedro Julián Eymard, Apóstol de la Eucaristía

Iglesia del Salvador de Toledo (ESPAÑA)
Forma Extraordinaria del Rito Romano

 Se expone el Santísimo Sacramento como habitualmente.
 Se canta 3 de veces la oración del ángel de Fátima.
Mi Dios, yo creo, adoro, espero y os amo.
Os pido perdón por los que no creen, no adoran,
No esperan y no os aman.
 Se lee el texto bíblico:

D
el la primera carta del Apóstol San Pedro 1 , 3-9
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo,
que, por su gran misericordia,
mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos,
nos ha regenerado para una esperanza viva;
para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible,
reservada en el cielo a vosotros,
que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios;
para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.
Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco
en pruebas diversas;
así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro,
que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego,
merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo;
sin haberlo visto lo amáis
y, sin contemplarlo todavía, creéis en él
y así os alegráis con un gozo inefable y radiante,
alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.
EL VELO EUCARÍSTICO
Cur faciem tuam abscondis?
“¿Por qué ocultas tu rostro?” (Job 13, 24)
I
¿Por qué se oculta nuestro señor Jesucristo en el santísimo
Sacramento, bajo las sagradas especies?
Cuesta bastante trabajo acostumbrarse uno a contemplar a Jesús
en ese estado de ocultación. Por lo cual, hay que volver con
frecuencia sobre esta misma verdad, porque es preciso que
creamos firme y prácticamente que Jesucristo, aunque invisible a
los ojos corporales, se encuentra verdadera, real y
substancialmente presente en la santa Eucaristía.
En presencia de Jesús, que guarda un silencio tan profundo y, a la
vista de ese velo impenetrable, nos sentimos frecuentemente
tentados a exclamar: “¡Señor, muéstranos tu rostro!”
El Señor, aun sin verle, nos hace sentir los efectos de su poder, nos
atrae y hace que le respetemos; pero ¡sería tan dulce y tan
agradable oír las palabras salidas de la boca del Salvador!
¡Qué consuelo tan grande si le pudiésemos ver, y qué seguridad
tendríamos entonces de su amistad!, porque no se muestra, dirían,
más que a los que ama.
II
Pues bien: Jesucristo, permaneciendo oculto, es más amable que si
se manifestase visiblemente; silencioso..., más elocuente que si
hablase; y lo que pudiera interpretarse como signo de un castigo
no es sino efecto de su infinito amor y bondad.
Sí, si Jesucristo se dejase ver de nosotros nos sentiríamos
desgraciados; el contraste de sus virtudes y de su gloria con
nuestra suma imperfección nos humillaría sobremanera. “¡Cómo –
diríamos entonces– un Padre tan bueno y unos hijos tan
miserables!” No tendríamos ánimos para acercarnos a Él, ni para
comparecer en su presencia. Ahora, al menos, no conociendo más
que su bondad, nos llegamos a Él sin temor.
Así, todos se acercan a Jesús. Supongamos que nuestro Señor se
mostrase solamente a los buenos, porque, una vez resucitado, no
puede dejarse ver de los pecadores; ¿quién se tendría por bueno a
sí mismo?, y ¿quién no temblaría al entrar en la iglesia, temiendo
siempre que Jesús no le encontrase bastante bueno para
mostrársele?
De aquí nacerían los celos y la envidia. Únicamente los orgullosos,
confiados en sus pretendidos méritos, se atreverían a presentarse
delante de Jesús.
Mientras que de este modo, todos tenemos los mismos derechos y
todos podemos creernos amados.
III
Quizá piense alguno que si viésemos la gloria de Jesús, esto nos
convertiría.
No, no; la gloria no convierte a nadie. Los judíos, al pie del monte
Sinaí envuelto en llamas, se hicieron idólatras. Los Apóstoles
disparataban en el Tabor.
La gloria asusta y enorgullece, pero no convierte. El pueblo judío
no se atrevía a llegarse ni hablar a Moisés, porque brillaba en su
frente un rayo luminoso de la divinidad. ¡Jesús mío, permanece
así..., quédate oculto! Más vale esto, porque yo puedo aproximarme
a ti y confiar en que me amas, puesto que no me rechazas.
Pero su palabra, tan poderosa, ¿no tendría suficiente eficacia para
convertirnos?
Los judíos estuvieron oyendo a Jesús durante tres años, y ¿cuántos
se convirtieron? Solamente algunos; muy pocos.
La palabra que convierte no es la palabra humana, no es la palabra
del Señor, que se percibe con los oídos, sino la palabra interior, la
voz de la gracia, y Jesucristo, en el santísimo Sacramento, habla a
nuestro corazón, y esto debe bastarnos porque es realmente su
palabra.

IV
Si al menos –dirán otros– me fuese concedido sentir alguna vez los
latidos de su corazón amante o percibir algún calor del fuego que
arde en su divino pecho, yo le amaría muchísimo más y mi
corazón quedaría transformado y abrasado en su amor.
Nosotros confundimos el amor con el sentimiento del amor.
Cuando pedimos a nuestro Señor que nos encienda en su amor, lo
que deseamos en realidad es que nos haga sentir que le amamos, y
esto, ciertamente, sería una verdadera desgracia. El amor es el
sacrificio, la renuncia de nuestra voluntad y entera sumisión a la
de Dios.
¿Qué es lo que necesitamos para luchar contra las seducciones del
mundo y contra nosotros mismos? ¿Fortaleza? Pues por medio de
la contemplación de la Eucaristía y de la Comunión, que es la
unión perfecta con Jesús, conseguimos esta fortaleza. La dulzura
que podemos sentir es una cosa pasajera, mientras que la
fortaleza es cosa permanente. La fuerza es paz.
¿No experimentáis cierta paz y calma delante de nuestro Señor? Es
prueba de que le amáis; ¿qué más queréis?
Cuando dos amigos están juntos, pierden mucho tiempo
mirándose uno a otro y diciendo que se aman, sin que esto
acreciente su amistad; pero separadles algún tanto y veréis cómo
el uno piensa en el otro: se forman en la memoria la imagen de su
amigo y cómo se desean. Lo mismo pasa con nuestro Señor. Tres
años vivieron los apóstoles en compañía de Jesús y bien poco
adelantaron en su amor a Él.
Jesucristo se ha ocultado para que nosotros, una vez conocida su
bondad y sus virtudes, las rumiemos, por decirlo así, y le
tengamos un amor formal y sincero, un amor que saliendo de la
esfera de los sentidos se conforme con la fortaleza y con la paz de
Dios.

V
Digamos, para terminar, que Jesucristo está allí verdaderamente
bajo los velos del sacramento; pero oculta su cuerpo a nuestra
vista para que sólo pensemos en su adorable persona y en su
amor. Si permitiese que un rayo de luz de la gloria de su
sacratísimo cuerpo escapase fugaz hasta nosotros, o que
percibiésemos algún rasgo de su faz divina, le dejaríamos a Él por
fijarnos únicamente en esta gloria exterior que nos absorbería por
completo. Mas Él ya ha dicho que su cuerpo no es nuestro fin, sino
más bien un medio para llegar al conocimiento de su alma y por
ésta al de su divinidad, cuyo cometido le está encomendado al
amor.
Nuestra fe llegará a una certeza absoluta con la fuerza que le
comunique el amor; paralizada la acción de los sentidos, nuestra
alma entra rauda en comunicación con Jesucristo; y como
Jesucristo es la dicha, el reposo y la alegría, cuanto mayor sea
nuestra intimidad con Jesús, tanto mayores serán nuestra ventura
y felicidad.