El viento que arrasa, Selva Almada

El viento que arrasa (Mardulce, 2015), de Selva Almada, tiene todo lo que una buena
novela de clima necesita. A saber: un entorno desolador, un territorio singular, un
tiempo narrativo acotado, un calor que raja —literalmente— la tierra, una tormenta de
proporciones bíblicas en ciernes y, claro está, un viento caliente que lo envuelve todo
«en un sopor infernal» y es capaz de secar el alma de cualquiera. Todo está impregnado
aquí de tensión narrativa. Todo es pura inminencia, sensación de que alguna ficha está
descolocada y arrastrará el dominó completo en el momento más inesperado.

Es aquello de la obra de teatro donde hay un clavo en una de las paredes del escenario a
la espera de que algún personaje se decida a usarlo para ahorcarse. Pero también es
aquello de que el paisaje es un personaje más, de que no se puede vivir a 40 ºC en mitad
de un páramo perdido y pensar que eso no condicionará tu identidad, tus actos, tu
manera de vivir. El clima —en el sentido narrativo y en el literal— y el paisaje son dos
elementos fundamentales en esta novela.

Encuentros casuales en un taller mecánico

La acción transcurre un día de verano en algún punto indeterminado del norte argentino,
en la provincia del Chaco. El decorado básico lo componen una carretera secundaria, el
«polvo de los caminos abandonados por vialidad nacional» y un taller que hace las
veces de gasolinera y casa particular de un tal Brauer. Alrededor, un páramo donde el
follaje crece de manera irregular, los árboles están torcidos y negros gracias a los rayos
que descargan las tormentas y los pájaros, de tan quietos como están sobre las ramas,
parecen embalsamados. Aunque no lo parezca, Brauer y su cementerio de coches
averiados, más una docena de perros, hacen las veces de oasis en el desierto.

Con todo, alguien se detiene allí de vez en cuando. Hace algunos años, por ejemplo,
paró un autobús del que bajó una mujer con un niño pequeño. Ella buscó a Brauer, le
recordó que se encamaron no sé cuándo y le dijo que Tapioca, el niño que la
acompañaba, era también hijo suyo. A continuación, le explicó que ya no tenía dinero
para mantenerlo y que se iba a Rosario a buscar trabajo. Brauer aceptó que el chico se
quedara con él; quizá le enseñara el oficio cuando creciera. Han pasado varios años de
aquello y Tapioca es ahora su ayudante; sin embargo, Brauer aún no ha encontrado el
momento oportuno para aclararle que es algo más que un ahijado.

Casualidades que se dan en las novelas, en esa misma estación de servicio, un día de
verano aparecen el reverendo Pearson y su hija Leni. El reverendo es un pastor
itinerante: su casa es la carretera y recorre, sobre todo, las provincias de Corrientes,
Entre Ríos y el Chaco, una zona que le resulta propicia porque abunda la inmigración
gringa, las iglesias protestantes y el tipo de público, como su amigo el reverendo Zack,
al que dirige sus sermones:
... la gente abandonada por los gobiernos, los alcohólicos recuperados que se han
convertido gracias a la palabra de Cristo, en pastores de pequeñas comunidades:
hombres que durante el día el trabajan de albañiles, a la tardecita venden biblias y
revistas puerta a puerta, y los domingos se paran frente a un auditorio sin la fortaleza

Leni. No del corazón del monte.que les daba el alcohol y hablan con un discurso tal vez torpe. ubicado en la frontera entre Santa Fe y Chaco». Tapioca. podría decirse. De tanto ir y venir por la ruta. El recuento olfativo continúa cuatro párrafos más. gatos de los pajonales—. pero sostenidos y marchando con el combustible de Cristo. Y continúa por los topónimos —Pampa del Infierno. nos lo empieza a describir así en el capítulo 16: Estaba el olor de la profundidad del monte. sino de mucho más adentro. los dos gatos de cemento. Tostado. una región fértil a la migración europea de la primera mitad del siglo XX. En ellos. Es más: son tan reales como «. zorritos. Gringos. El olor de la madera de un árbol tocado por un rayo. Cuatro personajes algo existenciales . Parte del encanto de esta novela reside ahí. debe creer es el olor del páramo donde Brauer tiene su taller. es tan singular el territorio literario que suena a inventado y deudor del Santa María onettiano o del Yoknapatawpha faulkneriano.. El olfato de Bayo. Zack—. enrarecido. El olor de las plumas que quedan en los nidos y se van pudriendo por las lluvias y el abandono. El olor de la humedad del suelo debajo de los excrementos de los animales. Esa brisa extraña comienza con los nombres de los personajes —Brauer. que parece elegida para que el Diablo sople y deje constancia de la temperatura de su aliento. sentados sobre dos pilares a la entrada del pueblo. dueños y señores de ese pedacito de suelo umbrío. Pearson. insectos diminutos y los escorpiones azules. los ranchos mal ventilados donde abundan las vinchucas —causantes del Mal de Chagas— o el basural que limita con el pueblo más cercano. uno de sus perros. esa mañana su coche se ha roto y. de las entrañas. del microcosmos que palpita debajo de las bostas: semillitas. vemos qué clase de mamíferos habitan aquellas tierras —osos mileros. sinestesia mediante. el tipo de cultivo que hay —algodonales—. gatos rojos de cemento y un perro que lo huele todo Casi cada página de El viento que arrasa está recorrida por un aire turbio. según Google Maps. Lo dicho: el viento trae y lleva mucha información en esta novela. su hija y él llegan hasta el taller de Brauer. Sin embargo. pintados de rojo furioso. Lo que no puede verificar el lector y. usurpado por gusanos y por termitas que cavan túneles y por los pájaros carpinteros que agujerean la corteza muerta para comerse todo lo vivo que encuentren. un pueblo con barrios sin red cloacal. sencillamente. que traslucen la particular demografía de la zona. Gato Colorado o Bermejito—. De hecho. gracias a un caritativo camionero que los remolca.. incinerado hasta la médula. junto con las ramitas y hojas y pelos de animales usados para su construcción. todos esos pueblos existen. en esos detalles narrativos que chispean como fuegos artificiales y dotan de profundidad a la propuesta estética.

mientras que los respectivos hijos. Es más: ella nunca se creyó los vehementes y aplaudidos sermones de su hijo. Eso sí. por un lado. consideraba que se le daba muy bien embaucar a la gente y que. Él es más hombre de problemas mecánicos que espirituales. Diseminados por todo el texto y escondidos tras una estructura no lineal. no una vocación o una iluminación. Y. la infancia infeliz de Leni y la bisoñez con que Tapioca se asoma al mundo. gracias a eso. el tímido Tapioca. los suyos son el tabaco —tiene los pulmones podridos—. ojo. sabe poco de la vida: él es un árbol más del paisaje. Desde el Chaco. su madre no profesaba fe alguna y lo bautizó en «las mugrientas aguas del Paraná» porque en la radio le habían dado mucha publicidad a la llegada de un pastor evangélico a la ciudad. De hecho. de algún modo. está de acuerdo a medias con la visión de Brauer. si bien considera que el sermoneo de Pearson no es «la lengua de Dios» sino «palabras meloneras». que pensaba que todo empezaba y terminaba en Brauer. Por su parte. a Brauer tampoco le parece que el reverendo sea trigo limpio. ella veía en lo suyo un oficio. Leni y Tapioca. los dos habían salido de pobres y tenían de qué vivir. a él no le molesta lo de la religión. le fascina la oratoria y la capacidad que tiene su padre para enardecer a un auditorio. rumbo al matadero El viento que arrasa es una novela donde lo que se calla tiene tanta densidad o más que lo dicho. sin embargo. La hija del reverendo. La carga está ahí. Leni le parece una chica de mundo y Pearson. ve alterada de repente su reducida cosmovisión y tiene que recolocar la información en su cabeza. le estaba agradecida por ello. un tipo que sabe de cosas raras. De hecho. a la manera carveriana. los coches averiados y los perros. esta novela destaca también por los cuatro personajes que se reparten el protagonismo: Pearson. A ella. Leni. Cada quien que se encomiende a los dioses que quiera. Los dos primeros funcionan como antagonistas entre sí. Brauer. la cerveza. desconfía de alguien que siempre sonríe «pletórico de fe» ante cualquier adversidad. el lector encuentra los detalles suficientes para reconstruir una trama de la que va sabiendo a fogonazos: mientras una . latente. Así. siempre y cuando sea algo personal y nadie intente evangelizarlo a él o a su ayudante. otro de los perros que hacen compañía a Brauer. su madre ni siquiera ha vuelto a visitarlo y su mentor es un hombre poco dado a la efusividad. por otro. a los 16 años. el infierno o el alma. Él. Por último. Entre todos urden una trama existencial —¿un poco Di Benedetto?— donde se hilvanan los turbios aires mesiánicos de Pearson. y nunca un hogar al que volver. que prefiere ejercer de mesías a desempeñar el papel de padre o que le ha hurtado una explicación de por qué hace diez años abandonó a su madre en mitad de la carretera. en todo caso. descubrimos que el reverendo Pearson llegó a esto de la religión de carambola. el hastío vital de Brauer. para mortificación de su vástago. como eso del cielo.Además de por la tensión atmosférica. Así las cosas. También está cansada de esa vida itinerante donde solo existen la siguiente iglesia y el próximo pueblo polvoriento. les hacen de contrapunto.

la otra viaja hacia atrás en el tiempo. Rubén Arribas 11/10/2015 . Todos ustedes pueden cambiar el mundo. En conjunto. el verano con sus tempestades? ¿Por qué seguir mirando la vida desde el borde del camino? No somos reses para mirarlo todo desde detrás del alambrado. el invierno. Tras la lectura de El viento que arrasa. lleva la omnisciencia hasta el olfato de un perro para contarnos algo a través del olor del sitio.línea de tensión avanza en el presente de ese día de verano. potente y genuino edificio narrativo. Y todo hecho con una gran economía de medios. Si en el caso de Martel ya no hay manera de pensar Salta sin que te venga a la cabeza la atmósfera opresiva de La ciénaga o de La niña santa. ya no es posible pensar en el Chaco argentino sin recordar el clima agónico que envuelve estas 160 páginas. no es posible hacerlo sin que el reverendo Pearson. ¿Por qué dejar pasar el tiempo. Somos personas que pueden pensar. sentir. Es más. como si se tratara de vaciar el texto y dejar un tenso hueco dentro. esperando que llegue el camión de carga y nos deposite a todos en el matadero. la novela deja un poso parecido al de las películas de Lucrecia Martel: un clima narrativo asociado a un espacio geográfico. elegir su propio destino. como en el capítulo 16. a lo Robert Mitchum en La noche del cazador. recoge sermones de Pearson o. algo similar sucede con Selva Almada y el territorio sobre el que levanta su sólido. te guiñe un ojo y trate de evangelizarte: Yo les digo: mañana es ahora. sus heladas.