Domingo, 25 de marzo de 2012

Cuestión de fe
Un reverendo evangelista y su hija llegan a un taller mecánico perdido en la nada del
interior del país. Ahí habitan un hombre rudo y un muchacho frágil que pronto será
tomado como un nuevo Cristo. Mística, gótico sureño y relevancia del paisaje confluyen
en una atrapante novela de lenguaje tan preciso como sugestivo.

Por Damian Huergo

Una de las influencias más notorias en la narrativa argentina proviene del sur de los Estados Unidos, un
sur americano que se fue convirtiendo en un centro de la literatura mundial. William Goyen, Carson
McCullers, Eudora Welty, Flannery O’Connor, Cormac McCarthy son sólo algunos de los nombres que
ensancharon el territorio literario que fundó Faulkner durante el siglo XX. En sus libros –situados en
escenarios abiertos y paradójicamente claustrofóbicos– predominan el fervor religioso, la indiferencia del
progreso en zonas rurales, personajes de una moral ambigua, trabajadores sudorosos y diálogos breves y
profundos como tajos hechos por una cuchilla cuatrera.

Todas estas características aparecen en El viento que arrasa, la primera novela de la escritora entrerriana
Selva Almada. A la vez, se mezclan con una mirada íntima, tierna, local y poética que ofreció a
cuentagotas en antologías, lecturas abiertas y libros de relatos, como el poco difundido Niños.

El viento que arrasa empieza cuando se detiene un auto. El reverendo Pearson y su hija Leni deben dilatar
su llegada a Chaco por una falla en el vehículo que los traslada. Una camioneta los remolca hasta una
estropeada estación de servicio. Allí funciona el taller mecánico del Gringo Brauer y de su ayudante
Tapioca, un adolescente que está bajo su tutela desde que su madre se lo confió. Ambos son los
encargados de meterle mano al auto para ponerlo nuevamente en la ruta. Sin embargo, durante ese largo
día estival no será lo único que hay que arreglar. Almada, como una niña traviesa que quita los tacos que
equilibran la mesa, corre los hábitos que sostienen los vínculos frágiles de los personajes. Y, desde las
primeras líneas, los presenta inestables, envueltos en deseos individuales y en conflictos mayores que los
exceden, como la tensión entre lo público y lo privado. Leni la padece cuando percibe un desfase entre el
pastor que acerca “paraísos eternos” a multitudes deseosas de fe y el hombre incapaz de brindarle a su
hija un paraíso pequeño, terrenal, simple, como una casa, una madre, un jardín donde jugar con sus
amigos.

El viento que arrasa. Selva Almada Mar dulce 160 páginas

El viento que arrasa se aleja de la ficción autobiográfica que Almada exploró en la trilogía Una chica de
provincia, donde marcó un contrapunto preciso entre la ilusión de eternidad –propia de la infancia y
adolescencia, centro de las historias– y la continua presencia de la muerte. De lo que no toma distancia –
al contrario, profundiza– es de los ambientes rurales. Almada, como una paisajista, se detiene en detalles
mínimos para captar el modo que tienen los personajes de relacionarse con la soledad y el silencio; lo
hace con naturalidad, utilizando rasgos propios del lugar –como el temprano bautismo del reverendo en el
río– que en la ciudad rápidamente serían tildados como bizarros o grotescos, por falta de adjetivos
calificativos o de imaginación crítica.

Otro de los recursos que vuelve a utilizar Almada en su último libro es mezclar a una niña/joven en un
universo de hombres. Leni pasa las horas entre chasis de autos vencidos y platos sucios que se
autoimpone limpiar por ser “la única mujer de la casa”. Está atrapada: ser mujer, en su imaginario, es
reproducir estereotipos femeninos al servicio de los hombres. De todos modos lo percibe. Y busca un
cambio en su vida, cansada del rol que ocupa en los viajes y de las actuaciones de su padre. En El viento
que arrasa los únicos que pueden salir de sus moldes son los chicos. Las decisiones que tomaron los

hace aparecer sólo por ausencia. que Almada. La influencia de los “góticos del sur” en la narrativa de Selva Almada.adultos son chalecos de fuerza. en la creación de ambientes potenciales de erotismo y perversión. con inteligencia. sin retorno. en la aflicción y la esperanza. . caminos de llegada. no asoma en acciones escabrosas o en la aparición de elementos fantásticos. sino que se aprecia en la hondura metafísica de las imágenes. en el terror soterrado. en la verba salmódica del reverendo. En cambio Leni y Tapioca miran la ruta esperando el disparo de largada.