cuarto de invierno, donde el placer que se disfruta en los días

helados es el de sentirse separado del exterior (como la
golondrina de mar que tiene el nido en el fondo de un
subterráneo, al calor de la tierra); cuartos en los cuales,
como está encendida toda la noche la lumbre de la
chimenea, dormimos envueltos en un gran ropón de aire
cálido y humoso, herido por el resplandor de los tizones que
se reavivan, especie de alcoba impalpable, de cálida
caverna abierta en el mismo seno de la habitación, zona
ardiente de móviles contornos térmicos, oreadas por unas
bocanadas de aire que nos refrescan la frente y que salen de
junto a las ventanas, de los rincones de la habitación que están
más lejos del fuego y que se enfriaron; cuartos estivales
donde nos gusta no separarnos de la noche tibia, donde el
rayo de luna, apoyándose en los entreabiertos postigos, lanza
hasta el pie de la cama su escala encantada, donde dormimos
casi como al aire libre, igual que un abejaruco mecido
por la brisa en la punta de una rama;

Pero Swann estaba ciego, en lo que hacía a Odette, no sólo
para aquellas lagunas de su educación, sino para lo mediocre
de su inteligencia. Y es más: siempre que Odette contaba un
cuento estúpido, Swann la escuchaba complacido, alegre, casi
admirado, como con un rezago de voluptuosidad; y, en
cambio, en la misma conversación, las cosas finas o profundas

a los vulgares. se llegaría a la conclusión de que en muchos hogares es usual esa sumisión de los espíritus selecto.que él dijera las escuchaba Odette. sin interés. pero cerrada. mientras que ellas se extasían. implacable censor de sus más delicadas frases. como la puerta de una vitrina. a la inversa. no era aquel –muy diferente de los rayos de por la tarde. y la abuela se lamentaba de que no pudiésemos recibir el vivificador soplo del viento del mar por causa de la vidriera. y con la cantimplora de cuero de un limón echábamos unas gotitas de oro a aquellos dos lenguados que muy pronto dejaron en nuestros platos la panoja de sus espinas rizada como una pluma y sonora como una cítara. impaciente y de prisa. preguntándome si el “sol radiante sobre el mar”. ante sus más vulgares tonterías. Persuadido de que estaba yo “sentado en el muelle” o en el fondo del boudoir de que nos habla Baudelaire. por lo general. con la infinita indulgencia del cariño. en tantas mujeres de mérito que se dejan seducir por un zopenco. que nos separaba. Y si se piensa. pero que encuadraba el cielo tan perfectamente que su azul parecía ser el color de la ventana y sus nubes blancas manchas del cristal. del poeta. sencillos y superficiales como doradas flechas temblorosas– que en ese momento quemaba el mar . de la playa. transparente. Una hora después estábamos almorzando en el gran comedor del hotel. y muchas veces las contradecía severamente.

mientras que de vez en cuando se paseaban por su superficie grandes sombras azules. Pero en cuanto estaba con alguien. después del amor que sentía por su querida. de modo que mis pensamientos se dirigían ya a mi interlocutor y no a mí. Roberto hablaba de “nuestra amistad” como si se refiriera a alguna cosa importante y deliciosa que tuviese existencia fuera de nosotros mismos. sin compañía alguna. y no sabía qué contestar. en cuanto me ponía a hablar con un amigo. con ayuda de las palabras. lo ponía blondo y lechoso como espumante cerveza o como hirviente leche. Muy pronto quedó convenido entre nosotros que éramos amigos íntimos y para siempre. claro es.como un topacio. Porque en esos momentos en que no había nadie a mi lado. por obra indudablemente de algún Dios ocioso que se entretenía en hacer lunitas desde el cielo con un espejo. Cuando me separaba de Saint–Loup iba yo poniendo cierto orden. y en seguida llegó a llamarla la mayor alegría de su vida: la mayor. a veces sentía afluir de lo hondo de mi ser alguna impresión de esas que me causaban delicioso bienestar. porque la verdad era que cuando estaba hablando con él –e indudablemente lo mismo me pasaba con los demás– no me era posible sentir esa felicidad que gozaba en cambio cuando estaba yo solo. mi espíritu daba media vuelta. Sus palabra me causaban un sentimiento como de tristeza. en aquellos minutos confusos que había pasado con él – me decía a mí . lo hacía fermentar. y en cuanto seguían ese orden inverso dejaban de procurarme placer alguno.

que admiró mucho lo que yo le dije. pero no podía alegrarme un sentimiento que en vez de agrandar las diferencias existentes entre mi alma y las de los demás –esas que existen entre todas las almas– . pero el sentirme rodeado de cosas difíciles de adquirir me causaba una sensación opuesta al placer que en mí era natural: opuesta al placer de haber extraído de mi alma para llevarla a plena claridad una cosa que estaba allí encerrada en su penumbra.motivo de felicidad precisamente porque no la había sentido realmente. a ratos mi pensamiento . y que no podía considerar como horas perdidas aquéllas que pasé en construir un elevado concepto de mí en el ánimo de mi amigo. de los cuales no prescinden nunca otras personas. que eso es una cosa rara. Los bienes cuya desaparición más teme uno son aquellos que existen fuera de nosotros porque el corazón no llegó a apoderarse de ellos. me convencía fácilmente de que debía tenerme por feliz y deseaba con vivo ardor no perder nunca ese . En cambio. Me sabía yo capaz de poner en práctica todas las virtudes de la amistad mejor que muchos (porque yo siempre colocaba el bien de mis amigos por delante de mis intereses personales. Entonces me replicaba que no sólo es uno inteligente para sí mismo. que a los espíritus más excelsos les gustó ser estimados. contribuiría a borrarlas. sentía luego una especie de remordimiento.mismo que tenía un amigo de verdad. de cansancio y de pesar por no haberme estado yo solo y en disposición de trabajar por fin. Si me había pasado dos o tres horas hablando con Roberto de Saint–Loup. y que para mí no existían).

sabedora de que esos dos amos ociosos otra vez considerarían tal viaje como cosa maravillosa en caso de que no se llegara a efectuar. se oculta en la sombra. las deja divagar delante de la estación y entregarse a múltiples vacilaciones. desdeñada. porque la voluntad es la servidora perseverante e inmutable de nuestras personalidades sucesivas. mientras que la inteligencia y la sensibilidad empiezan a preguntarse si realmente vale la pena viajar. pero como es callada y no expone sus motivos. Mi inteligencia consideraba ese placer muy poco valioso desde que lo tuvo asegurado. el “noble”. incansablemente fiel. y trabaja sin cesar y sin preocuparse de las variaciones de nuestro yo. ordenaba sus acciones y ademanes. y en esos momentos. la voluntad. y las demás partes de . Pero mi voluntad no participó por un instante de esa ilusión. No era ya más que un objeto que mis ideas querían profundizar bien. para que no le falte nada de lo que necesita. En el momento de ir a realizar un ansiado viaje. parece casi que no existe. que a modo de espíritu interno regía el movimiento de sus miembros. y ella va tomando los billetes y nos coloca en el vagón para cuando llegue la hora de la marcha. me sentía solo como delante de un paisaje cuya armonía comprendiera mi ánimo. Todo lo que tienen de mudables sensibilidad e inteligencia lo tiene ella de firme. aunque estaba en su compañía.discernía en Saint– Loup un ser general.

nuestra personalidad obedecen las decisiones de la voluntad sin darse cuenta. para lograr una verdad. el modo de expresión de la amistad. y yo estaba convencido hacía mucho tiempo de que no lo sería nunca– tienen también el deber de vivir para sí mismos. en vez de continuar los viajes de exploración por dentro de las profundidades. mientras que el andar del pensamiento en el trabajo solitario dé la creación artística se cumple en sentido de profundidad. viene la amistad y nos convence para que la rectifiquemos cuando estamos solos. como la conversación. una abdicación personal. Y la amistad no sólo carece de virtualidad. y la amistad es una dispensa de ese deber. Porque la impresión de aburrimiento. Los seres que tienen la posibilidad de vivir para sí mismos – claro que esto seres son los artistas. que no puede por menos de sentir junto a un amigo cualquiera de nosotros que obedezca a una ley de desarrollo puramente interna. sino que además es funesta. es cierto. Podemos estarnos hablando una vida sin hacer otra cosa que repetir indefinidamente la vacuidad de un minuto. de quedarse en la superficie de sí mismo. en la dirección única que no nos está cerrada y por la que podemos adelantar. mientras que en cambio perciben muy bien sus propias incertidumbres. esa impresión de aburrimiento. es una divagación superficial que no nos deja nada que ganar. . aunque con mucho trabajo. es decir. digo. La conversación.

considerándolas como preciosos dones.para que recordemos con emoción las palabras que nos dijo nuestro amigo. cuando en realidad nosotros no somos al modo de fábrica arquitectónica a la que se pueden añadir piedras desde fuera. cada capa superior de su follaje. sino árboles que sacan de su propia savia cada nuevo nudo de su tallo. .