José Dirceu

El caso del líder del Partido de los Trabajadores de Brasil, José Dirceu, no es
para complacer a nadie, y se justifica plenamente el sentimiento nacional de
estupor que la caída de tan importante dirigente ha causado entre grandes sectores
del país. Tal vez sus enconados enemigos celebren la sentencia a diez años de
prisión que acaba de caer sobre Dirceu, pero la desgracia que pone fin a su carrera
política no puede ser celebrada porque hay mucho de lamentable y mucha frustración
en el proceso.
En primer lugar, el Partido de los Trabajadores, fundado por el ex presidente Lula
da Silva, tenía muy poco tiempo en el ejercicio del poder, prácticamente estaba en
sus años de debut, con extraordinarias posibilidades y con un líder, el propio
presidente, que contaba con gran respetabilidad, confianza y respaldo. Si bien el
sistema político brasileño es complejo, y predomina el multipartidismo, José
Dirceu, jefe de la Casa Presidencial, (como allá se conoce al ministro de la
presidencia), no necesitaba recorrer los caminos prohibidos que lo llevaron a esta
penosa situación.
Con Dirceu fueron procesados otros 33 personajes entre parlamentarios, banqueros y
hombres de negocios. Unos fueron absueltos, otros sentenciados. Allá se habla de
este episodio como del “juicio del siglo”, y los analistas concurren en la tesis de
que el ejercicio de la política cambiará para siempre en Brasil. Ha sido un país
permisivo, y estas son las consecuencias de décadas de tolerancia.
No dudamos de que el caso del “Mensalao” tendrá repercusiones en América Latina. Un
vecino de Brasil y socio en Mercosur, como Argentina, bate en estos tiempos el
récord de permisividad hasta extremos inimaginables. La corrupción se ha convertido
en denominador común, con el agravante de que juez que pretenda investigar algún
caso es sustituido de inmediato. Tiempo llegará de que la caída de un gran
personaje se convierta en aviso de que la política no debe ni puede ser el espacio
de los negocios.
En el país del Plata la permisividad se traduce en una guerra permanente del
gobierno de la señora Kirchner contra los medios independientes, especialmente
contra los diarios La Nación y Clarín. Quisieran tener un país sin periódicos que
denuncien o investiguen y así disfrutar sin límites de las mieles del poder. Un
paraíso de silencio. La magnitud de los abusos se convierte en bumerang, porque la
nación comienza a reaccionar fuertemente, y a oponerse a los proyectos
reeleccionistas de la señora Presidente.
De modo que el caso de Brasil, lamentable sin duda, tendrá repercusiones en toda la
región. Especialmente influirá en los poderes judiciales de América Latina donde
hacerse de la vista gorda ha sido un recurso cómplice. Es preciso consignar el
ejemplo de la presidente Dilma Rousseff y su decisión férrea de hacer un gobierno
donde predomine la transparencia. Sus colegas de Mercosur deberían mirar hacia el
Brasil de vez en cuando.