Programa y la Biblia

Lo recordamos todos. Fue el compromiso de Tabaré Vázquez, de gobernar con las manos
sobre dos Biblias: una, la Constitución, otra, el Programa del Frente Amplio. No es
hora de recordar la secuencia de sus violaciones constitucionales, pero sí el
desfigurar la promesa que tributaría más quien más tenga, por un impuesto al
trabajo. Un sistema en el que paga más el que trabaja con mayor rendimiento, lo que
no significa "tener más" o ser más rico. Pero además, tampoco cumplió con la
promesa de bajar dos puntos de IVA al consumo en general. Ni una Biblia, ni la
otra.
Los gobiernos de izquierda han convertido al nuestro en el país de los récords. Se
ha conseguido una baja récord en la tasa de desempleo. Es una buena noticia, sin
duda. La mala, es que este gobierno ha logrado la sanción de un presupuesto récord
en recursos, que es la consecuencia de una presión fiscal asfixiante, para
volcarlos íntegramente al gasto público, que consecuentemente alcanzará también
dimensiones récords. No queda nada, ni para comprar una caja de fósforos.
El ahorro no existe en el diccionario de la gestión de esta política económica. Los
sindicatos consiguieron todo lo que querían. Y ahora el debate se ha centrado en
otras iniciativas, para aumentar más la recaudación - es el caso de Couriel con su
idea de imponer detracciones a las exportaciones, como si el Uruguay "productivo"
no estuviera sufriendo ya las consecuencias de un dólar planchado - o en aras de
redondear una mejor redistribución del ingreso. Entonces alguien se acordó del
compromiso de rebajar en dos puntos la tasa del IVA.
Hay que partir de la base que difícilmente exista un país en el mundo con una
tributación indirecta - no grava la riqueza, sino al consumo - más alta que este
22% despampanante, agresivo. Esto no fue obra de la izquierda, hay que reconocerlo.
Pero sí es verdad que a lo que la izquierda se comprometió, fue a bajar en dos
puntos la tasa del IVA. De eso no hay ninguna duda, es lo que la gente votó, sin
discriminar entre quienes tienen ingresos bajos o ingresos altos.
Resulta que ahora Mujica convoca al debate sobre cómo proceder con respecto a esta
promesa incumplida. Seguramente la inquietud presidencial está inspirada en dos
razones. La primera es que al haberse inflado como se infló el presupuesto de
gastos, perder 260 millones de dólares en recursos es demasiado. La otra se cae de
madura. Si tal como se planteó la intención en el programa, de lo que se trata es
de una rebaja generalizada para todo consumidor, es evidente que va a favorecer más
a los pudientes que a los carenciados, porque son los que consumen más. Eso es
pecado contra la prédica asistencialista de Vázquez.
Alguien se despabiló y avisó que la iniciativa apuntaba justamente al revés de lo
que se quería hacer. Pero promesas son promesas. Entonces se piensa en cumplir con
la rebaja del 2% generalizada, pero también se estudiará una especie de "yapa" a
los beneficiarios del Mides. No es seguro el cómo, pero está en los planes.
Aun así, esto en la práctica sería muy difícil de implementar. Se habla de exhibir
la tarjeta del Mides como credencial para obtener el beneficio, pero ¿quién hace el
control? ¿El que cobra? ¿El cajero de los supermercados? ¿Quién distingue si la
tarjeta es del portador o de otra persona?
¿Habrá góndolas o comercios exclusivos para los privilegiados con esta
personalización de un impuesto que como es de rigor se trasladará a los que
trabajan y producen, como lo destaca el editorial del domingo pasado?
No hay espacio fiscal para esta fiesta, pero es aconsejable ajustarse el cinturón
si es que esta discriminación prosperara porque no hay almuerzo gratis.
Esta es la consecuencia de la supremacía del afán de la demagogia por sobre la
seriedad de los compromisos que se asumen.
Aunque nadie se extrañe tampoco que finalmente, al mejor estilo discepoliano, a
esta Biblia la veamos llorar sobre el calefón.