Semejanza preocupante

Hace ya ocho años que la economía crece de continuo: en 2010, terminó haciendo a
una tasa mayor al 8% anual. Las expectativas son también muy buenas para 2011.
Pocas veces hubo tan poco desempleo - una cifra de 6,1% que representa poco más de
100.000 personas - , con una tasa de actividad tan alta - más de 1.600.000 personas
trabajando. Los salarios han aumentado su poder adquisitivo sin interrupciones
desde 2005, y a una tasa nunca menor al 3,5% anual. La inflación no conoce los
guarismos altísimos de otrora y se mantuvo dentro de un rango controlado de menos
de 7% en 2010. Las exportaciones baten récords de crecimiento. El sector de la
construcción está floreciente. El gran aumento en la recaudación del BPS señala que
se viene avanzando en la formalización de la economía.
Cuesta encontrar en la Historia del país una bonanza económica tan marcada y
duradera. El antecedente más cercano es el de la época de Maracaná, hace ya 60 años
atrás. Fue en el auge del llamado "segundo batllismo", caracterizado por el
liderazgo político de Luis Batlle, en la década que se inicia a mediados de los
años cuarenta.
En un cálculo menos riguroso que el que permite el actual seguimiento de la
economía, se estima que entre 1944 y 1955 el Uruguay creció a un promedio anual de
más del 6%. Fueron años de desarrollo del Estado benefactor. La industria de
sustitución de importaciones creció en todo el período; y el gasto público social
lo hizo a un ritmo de 7% anual.
El Uruguay guarda un recuerdo idealizado y positivo de aquella época. Tiene cierta
razón, cuando se piensa que hubo que esperar sesenta años para vivir un período de
crecimiento económico más vigoroso que el de esos años. Pero no la tiene, cuando se
analiza que ese país no supo sostener en el tiempo su prosperidad y se hundió en un
nefasto estancamiento que duró décadas. Lo grave es que, como en aquel tiempo de
bonanza de los años cincuenta, también hoy surgen motivos para preocuparse por el
futuro del país si se analizan en detalle las cifras económicas.
En primer lugar, porque nuestra inserción internacional responde casi
exclusivamente a la colocación de productos primarios. De los 6.762 millones de
dólares exportados en 2010, 5.740 millones corresponden a esos productos y a
manufacturas basadas en recursos naturales o de bajo contenido tecnológico. Al
mismo tiempo, las de alto contenido tecnológico, que son las de mayor valor
agregado, retrocedieron 11,4% con respecto a 2009, y solo llegan a 115 millones de
dólares. Nuestra dependencia sigue siendo, como a mediados del siglo XX, de
nuestros productos del campo. Es decir: nuestros mayores ingresos desde el exterior
penden de un hilo que no manejamos (el precio internacional de nuestros productos
primarios).
En segundo lugar, porque a pesar de que hay más trabajo, su calidad no es buena.
Uno de cada tres trabajadores no tiene cobertura de seguridad social o está
subempleado; alrededor de 800.000 perciben menos de 10.000 pesos por mes. Además,
la educación en el país es tan mala que la productividad del trabajo no podrá
oficiar de principal motor del crecimiento de la economía en los próximos años.
Así, la riqueza no se derrama en unas clases populares que, con trabajos poco
calificados, no podrán evitar la fragmentación social y el estancamiento.
Finalmente, porque el viejo reflejo clientelista de los años cincuenta permanece
incólume. Entre 2005 y 2010, aumentaron en 25.220 los nuevos empleados estatales.
Con una tendencia a agravarse: solo en el primer semestre de 2010, entraron 8.333
nuevos. En vez de ganar en eficiencia, el Estado engorda sobre bases clientelistas,
como ocurría hace sesenta años en tiempos de la otra bonanza.
Tenemos que aprender de nuestra Historia para no repetir errores, y ser capaces de
extender en el tiempo nuestra prosperidad. Lamentablemente, no lo estamos haciendo:
la sensación es que aplaudimos los buenos resultados, pero no reparamos en las
graves debilidades a futuro que ellos dejan entrever.