Dos visiones del firmazo

Al cumplir el Partido Nacional sus 175 años, Adolfo Garcé publicó una nota en "El
Observador" titulada "La historia continúa". Destaca que la historia del Partido
Nacional se asocia naturalmente al ejercicio de la oposición y a su lucha por la
libertad, sin dejar de reconocer la huella dejada por gobiernos blancos, como los
primeros pasos de la organización del Estado con Oribe, el esfuerzo modernizador de
Bernardo Berro, el impulso a la liberalización de la economía en los dos gobiernos
herreristas (el primer colegiado y el mandato del Dr. Lacalle) y a los planes de la
CIDE durante el segundo gobierno colegiado. Pero debió aprender a sobrevivir en la
oposición.
Ortega y Gasset decía que los hombres son inseparables de sus circunstancias, y los
partidos, para Garcé también. El que echó raíces en la oposición tiende a
reproducir los comportamientos políticos que le permitieron sobrevivir a la
intemperie.
Pero observa que en las décadas de opositor el Partido Nacional nunca dejó de
intentar el poder. La lucha por las garantías del sufragio, es un capítulo central
de su historia. Y al mismo tiempo, desarrolló una propensión a colaborar con los
gobiernos. Esa actitud tuvo en el discurso y práctica de la gobernabilidad
wilsonista su punto alto más reciente. El partido anhelaba el poder pero aprendió
compartirlo.
Mientras la historia continúa, observa Garcé que hoy como tantas veces en su
historia, el nacionalismo muestra cierta propensión a la cooperación con el
gobierno, especialmente en los sectores que más enfáticamente reivindican el legado
de Wilson Ferreira. Y concluye que ello podría jugarle al Partido Nacional una mala
pasada al dificultarle un perfil opositor nítido, y que la vieja historia de su
rivalidad con el Partido Colorado puede conspirar contra la construcción de una
estrategia común que les permita desafiar más eficazmente el predominio electoral
del FA. Los blancos - dice - , que tienen muchas razones para sentirse orgullosos
de las ideas y trayectoria de su Partido que sin duda hizo mucho por sembrar la
semilla de la libertad en el país, deberían preguntarse hasta qué punto las
tradiciones son realmente funcionales a sus necesidades electorales y objetivos
políticos de hoy.
Hasta aquí, Garcé con su opinión. Sin dar nombres, la referencia a la colaboración
con el gobierno es la Alianza Nacional. Hoy el wilsonismo impregna todo el Partido,
está por encima de los sectores. Es cierto que el liderazgo del Dr. Larrañaga no es
el mismo que el del Dr. Lacalle. Si de compartir el gobierno se tratara, no hay una
predominancia de Alianza Nacional sobre la UNA. Si no es al contrario, a lo sumo,
hay paridad.
El punto álgido del momento está en la actitud de la mayoría partidaria de
acompañar la campaña de recolección de firmas promovida inicialmente por Vamos
Uruguay para rebajar la edad de imputabilidad y otras medidas contra la
delincuencia juvenil, mientras Alianza Nacional quedó en la vereda de enfrente.
Es un tema discutible. Se entiende la adhesión del lacallismo porque la prédica de
la reforma proyectada nació precisamente en su seno - lo que ha sido reconocido por
el propio Senador Bordaberry - y políticamente no debe entregar esa bandera en
exclusividad a nadie. Larrañaga, con su proceder, no le está tendiendo la mano al
gobierno, sino manejando argumentos de contrapeso que hacen a la eficacia misma de
la propuesta, y que tienen el respaldo de opinión de algunos especialistas en la
materia.
Que Larrañaga tenga una relación más cordial y de confianza con el Presidente que
la que tiene Lacalle, es verdad. Pero los hechos demuestran que no ha obtenido ni
pretendido sacar ventajas sectoriales de ello. Ni es la primera espada del gobierno
- como no lo fue Wilson Ferreira del gobierno de Sanguinetti - ni cabe ahondar en
otra diferencia entre los dos líderes partidarios que en sus personalidades. Son
dos estilos de hacer oposición.
Entonces no hay tradición que condicione comportamientos políticos, ni razones para
preocuparse por la unidad partidaria.