Cultura: oportunidad de viraje

Con el telón de fondo del cambio de partido en la administración pública federal,
diversos actores del ámbito cultural han manifestado expectativas de una
transformación favorable en la conducción de las políticas en este ramo, que
permitan superar el extravío y el abandono observados durante los pasados 12 años.
Resultan significativas las palabras de Fernando González Gortázar, Premio Nacional
de Ciencias y Artes 2012, de que uno de los retos principales de la nueva
administración del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA) –ahora bajo
el mando de Rafael Tovar y de Teresa– es avanzar “hacia una descentralización
verdadera y que el país reciba los beneficios de promoción, de inversión y de todo
tipo que hasta ahora han recaído en un porcentaje ofensivamente alto en el Distrito
Federal”. A renglón seguido, el arquitecto y escultor expresó su crítica a las dos
administraciones federales de Acción Nacional, cuyo desempeño “en el terreno de la
cultura y en muchos otros ha sido muy desventurado”.
En efecto, si algo caracterizó a las administraciones federales panistas en el
rubro de la cultura fue la ausencia de una política de Estado efectiva y
consistente, y la adopción, en cambio, de una visión pragmática, frívola y
mercantilista del patrimonio cultural tangible e intangible del país. Dicho
extravío se reflejó, entre otros muchos episodios, en la construcción de obras
faraónicas e inútiles, como la “megabiblioteca” José Vasconcelos; en el apoyo de la
administración calderonista –con recursos públicos– a la candidatura de Chichén
Itzá en el certamen de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo, organizado por un
empresario suizo; en la explotación irracional de zonas arqueológicas como centros
de espectáculos multimedia; en la exclusión de expresiones artísticas y culturales
de la agenda de las autoridades del ramo, e incluso en escándalos como el que
precedió a la renuncia de Sergio Vela, ex titular del CNCA, quien abandonó el cargo
en marzo de 2009 en medio de acusaciones por gastos excesivos en viajes,
subejercicios presupuestarios y distanciamiento del entorno cultural del país.
Ante estas consideraciones, el diagnóstico formulado por González Gortázar luce
acertado. Pero además de atender la demanda –sin duda procedente– de descentralizar
las políticas gubernamentales en la materia y extenderlas a todo el país, es
necesario lograr la dignificación presupuestaria de ese rubro que tendría que ser
visto como instrumento invaluable de cohesión social y como vehículo para expandir
y consolidar las herramientas de la población para defender sus propios derechos.
Por desgracia, más alla del beneplácito que ha causado en el medio cultural el
nombramiento de funcionarios como Tovar y de Teresa, el gobierno que arranca no ha
dado muestras de comprender a plenitud la importancia de una política cultural de
Estado: muestra de ello es la determinación de eliminar el Programa Nacional de
Lectura de las partidas presupuestales del ramo, medida improcedente en un país en
el que se lee, en promedio, menos de tres libros al año.
Es necesario, en suma, dar un viraje en las inercias que se vienen arrastrando en
materia de política cultural; suplantar la actual visión mercantilista por otra que
conciba la riqueza cultural del país como un fin en sí mismo, como factor de
resarcimiento de tejidos sociales y como componente imprescindible para una
sociedad justa, fuerte y sana.

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