Grupos de autodefensa y legalidad fallida

En el marco de la firma de un convenio con la Comisión Nacional de los Derechos
Humanos, el titular de la Procuraduría General de la República (PGR), Jesús Murillo
Karam, aseguró que los grupos de autodefensa –como los que actualmente operan en
localidades de la tierra caliente michoacana– no se extenderán por todo el país,
pues los operativos del gobierno federal para recuperar la seguridad en todo el
territorio nacional están dando resultados y les quitarán el “pretexto a quienes
dicen estar buscando la justicia”.
Sin pasar por alto que las autodefensas o guardias comunitarias son contrarias a la
legalidad vigente, debe señalarse que declaraciones como las del titular de la PGR
soslayan que el surgimiento de esas grupos en Michoacán y en otras entidades son
síntoma y no causa del quebranto generalizado del estado de derecho y que
constituyen una respuesta social desesperada a la descomposición institucional
prevaleciente en el país. En efecto, ante el vacío generado por la claudicación a
sus funciones de las dependencias del Estado, frente al acoso sistemático de la
delincuencia organizada convertida incluso en autoridad de facto –dedicada al cobro
de cuotas a los pobladores a cambio de protección–, y en el contexto de la crisis
económica que se abate sobre los sectores mayoritarios de la población, resulta
inevitable que diversas comunidades pongan en práctica formas de organización
autónoma para proveerse de seguridad y procurar una forma –así sea ilegal e
irregular– de justicia.
Otro factor que alienta el surgimiento de esas formas de organización es que, a
pesar de los deslindes iniciales que la actual administración formuló hace
prácticamente un año, la estrategia de seguridad de este gobierno no ha cambiado en
lo sustancial con respecto a la de su antecesor: como admitió el propio Murillo
Karam ayer, en Michoacán y en otras entidades del país la presencia del Estado se
sigue limitando al despliegue de militares o de elementos de la Policía Federal y a
la realización de operativos que no han logrado traducirse en una disminución
efectiva de la violencia ni en un debilitamiento de las organizaciones delictivas.
En cambio, hasta ahora han brillado por su ausencia las acciones concretas de
combate a la corrupción en los tres niveles de gobierno y las medidas orientadas a
impedir la connivencia entre autoridades y grupos delictivos, elementos sin los
cuales no será posible restablecer el clima de paz social cuya ruptura explica el
surgimiento de organizaciones irregulares como las referidas.
En suma, no es con advertencias como las formuladas ayer por Murillo Karam y por
otras autoridades del ámbito federal y local como podrá contrarrestarse la
proliferación de grupos de autodefensa: por el contrario, la circunstancia nacional
requiere de un deslinde inequívoco del gobierno federal con respecto a la
estrategia de seguridad pública impuesta por la administración calderonista; de una
intervención coherente e integral, orientada a combatir la delincuencia organizada
desde sus causas profundas –que son económicas, políticas y sociales– y a sanear en
forma efectiva los cuerpos policiales federales, estatales y municipales.