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Grijpstra y De Gier investigan la muerte de una joven. Entre los
sospechosos se encuentran un diplomático belga, un oficial norteamericano
y un empresario holandés que habían mantenido relaciones con ella, pero las
claves del caso están enterradas en el misterioso pasado de la víctima.
De nuevo los singulares protagonistas de las novelas de Van de Wetering
deberán recurrir a su enorme capacidad de deducción para seguir las pistas
que en esta ocasión se hallan diseminadas por todo el mundo.

.Janwillem Van de Wetering Arrastrado por el viento Grijpstra & De Gier .2 Titivillus 05.2 Crimen & Cia.50 ePub r1.15 .08.

Para Anne Barrett .

1

EL BRIGADA GRIJPSTRA tenía la sensación de que aquella no era la mejor
mañana del año. Estaba desmadejadamente sentado tras su escritorio de acero
gris en la espaciosa habitación de la Jefatura que compartía con su ay udante, el
sargento De Gier, sosteniendo entre las manos su pesada y cuadrangular cabeza.
Estaba estudiando los informes del día anterior recibidos por télex, impresos en
un barato papel rosado y archivados en una gastada carpeta para hojas sueltas.
Le dolía la cabeza y se notaba la garganta reseca y dolorida cada vez que trataba
de tragar saliva.
—¿Te has dado cuenta —preguntó con voz ronca— de que en Amsterdam
nunca pasa nada?
Se lo preguntaba a sí mismo, y por eso habló en tono muy bajo. El denso
tráfico de primeras horas de la mañana en la calle Marnix habría debido ahogar
su pregunta, pero dos coches que habían chocado un par de calles más abajo
estaban obstruy endo el tránsito, y De Gier le había oído.
« Debería estar en la cama» , pensó De Gier, y emitió un sonoro « ¿Hmm?»
porque no quería dejar a su superior desprotegido en su soledad.
—En Amsterdam —repitió Grijpstra— nunca pasa nada.
—Estás enfermo —observó De Gier—. Tienes la gripe. Vete a casa y métete
en la cama. Tómate unas aspirinas y bebe un poco de té. Té y brandy, en un vaso
con limón. Bien calentito. Luego, a dormir. Duerme todo el día. Mañana puedes
leer el periódico. Pasado mañana, puedes leer un libro. El día siguiente, otro libro.
El día siguiente es sábado. El día siguiente es domingo. Sal a dar un paseo. Vuelve
el lunes.
—Estoy perfectamente —replicó Grijpstra con voz apagada, y encendió un
cigarrillo. Tosió unas cuantas veces, le entró un acceso de tos y estuvo a punto de
ahogarse.
De Gier sonrió y siguió pensando. « No es de extrañar que no quiera irse a
casa. Dos plantas en un estrecho edificio del Lijnbaansgracht no ofrecen mucho
espacio. Y y a está la señora Grijpstra para llenarlo, y los tres pequeños
Grijpstras, y la tele» .
Grijpstra también pensaba. Sus pensamientos eran negativos, irritables,

rencorosos. « Míralo» , pensaba Grijpstra. « Un tipo apuesto, ¿verdad? Qué
hermoso traje lleva. De dril azul oscuro, hecho a medida. Camisa azul cielo. Y
ese pañuelito al cuello. ¡Un verdadero dandy! ¡Y ese pelo rizado! ¡Y la nariz! Un
asqueroso artista de cine. ¡Bah!» .
Pero Grijpstra se corrigió. Se dijo que no debía estar celoso. Se recordó que
De Gier era su amigo. Un amigo modesto y fiel. Se obligó a recordar las dos
ocasiones en que De Gier se había jugado la vida por él. Se obligó a olvidar las
tres ocasiones en que él se había jugado la vida para salvar la de De Gier.
« Estamos en Amsterdam» , se dijo. « En Amsterdam, los delincuentes
amenazan, pero no matan. Es una ciudad fácil. Nunca pasa nada, en
Amsterdam» .
Había vuelto a decirlo en voz alta, y De Gier se inclinó para leer los rosados
informes de télex.
—¿Qué quieres decir? —preguntó De Gier—. Mira esto. Pasan muchas cosas.
Estaba de pie junto a la batería de tambores que un día apareciera
milagrosamente en su despacho, mucho tiempo antes, y que Grijpstra se había
negado a devolver a quienquiera pudiera ser su propietario. Grijpstra utilizaba la
batería en sus momentos libres para resucitar los antiguos sueños de su juventud,
cuando tenía el propósito de convertirse en músico de jazz, y De Gier lo
acompañaba a veces con una pequeña flauta, una reliquia de los viejos tiempos
en que interpretaba música religiosa en la Escuela Reformada Holandesa.
De Gier cogió una de las baquetas.
—Ocurren muchas cosas. Mira. Accidentes de tráfico (golpe de tambor),
bicicletas robadas (¡bam!), un coche caído al canal (¡bam!). —Grijpstra gemía a
cada golpe—. ¡Y mira! (Redoble de tambor). Atraco a mano armada. Tres
hombres han asaltado a una viejecita en un estanco. La señora ha resultado
herida. Esto es un auténtico crimen. Un homicidio frustrado, conque habría
debido correspondernos a nosotros.
—A nosotros, no —replicó Grijpstra—. Sietsema y Geurts se ocupan del caso.
—Sietsema es un poli motorizado —observó De Gier.
—Lo han trasladado a la brigada criminal. Se caía de la Guzzi demasiado a
menudo, ¿no lo sabías?
De Gier dejó las baquetas y miró por la ventana. El tráfico volvía a moverse
y rugía ante la Jefatura, escupiendo sus humos hacia las abiertas ventanas tras las
cuales unos policías se disponían a enfrentarse con un nuevo día de mantener el
orden legal. En otro tiempo, De Gier había querido ser un poli motorizado, pero
se dejó convencer de que debía dedicarse a la investigación. « Usted tiene un
buen cerebro, De Gier» , le había dicho el jefe de personal. « No malgaste su
buen cerebro, De Gier» . Desde entonces, nunca había dejado de preguntarse si
su elección había sido acertada. Habría podido ser un sargento motorizado, con la
misma paga y las mismas condiciones. Una Guzzi grande, blanca,

resplandeciente. Los polis que van en moto no tienen los pies planos. Tampoco De
Gier los tenía, pero algún día acabaría teniéndolos. Los detectives andan
demasiado. Esperan en las esquinas. Suben interminables escaleras, por lo
general escaleras equivocadas. Los polis de las motos nunca han de subir
escaleras.
—Puede que Sietsema y Geurts organicen un embrollo y el inspector jefe
acabe dándonos el caso a nosotros.
—No nos lo dará —negó Grijpstra, y estornudó.
—¿Quieres que vay a a buscarte una buena taza de café?
—Sí —contestó Grijpstra.
De Gier se dirigió hacia la puerta, la abrió y se quedó petrificado.
—Caballeros… —saludó el commissaris.
El commissaris sonreía. La época en que los suboficiales se cuadraban de un
salto ante la mera visión de un commissaris que se cruzaba con ellos pertenecía
y a al pasado. Pronto ni siquiera le llamarían « señor» . Pero algunos de los
hombres aún recordaban los viejos tiempos y demostraban su recuerdo.
—Señor —decían en aquel momento algunos de estos hombres.
—Iba a salir a por un poco de café. ¿Le apetece una taza?
—Por favor —asintió el commissaris.
—¿Un cigarro, señor? —le ofreció Grijpstra, abriendo el cajón en que
guardaba una lata de los finos cigarros que le gustaban al commissaris.
—Por favor —repitió el commissaris.
—Siéntese, señor —dijo Grijpstra, y señaló la única butaca cómoda que
había en la habitación.
El commissaris tomó asiento y se frotó la pierna izquierda, que lo había tenido
despierto parte de la noche. Grijpstra advirtió el movimiento de la mano y se
preguntó por cuánto tiempo seguiría aquel frágil anciano vagando por el enorme
edificio de la Jefatura. Todavía le faltaban cinco años de servicio para retirarse,
pero últimamente su reumatismo parecía estar empeorando. Por dos veces
Grijpstra había visto al commissaris apoy ado contra una pared, paralizado por el
dolor, con el rostro convertido en una horrible máscara blanca.
De Gier regresó con una bandeja de plástico que contenía tres vasos de papel.
El commissaris tomó un cauteloso sorbo y contempló a sus dos detectives.
—¿Se acuerdan de la casa flotante del Schinkel? —preguntó el commissaris.
—¿La que el inspector jefe nos pidió que vigilásemos de vez en cuando? —
inquirió Grijpstra.
—Exacto —asintió el commissaris—. Ahora el inspector jefe está de
vacaciones, y no sé cuánto les ha dicho. ¿Qué es lo que saben?
Grijpstra sonrió forzadamente.
—No gran cosa, señor. El inspector jefe nunca nos cuenta gran cosa. Lo único
que sabemos es que debemos estar atentos a esa casa.

—No. su esposa. La casa flotante es de las caras y tiene dos pisos. —Háblenos de la mujer —le invitó el commissaris. Conduce un Citroën negro. Se enroló en el ejército británico y regresó como combatiente. —Pasamos ante ese barco al menos dos veces por semana. El commissaris se volvió hacia Grijpstra. y podría ser que estuviera ganándose algún dinero extra. De Gier captó la indicación. cruzando Francia y Bélgica. —¿Lo están? Grijpstra miró a De Gier. Por lo menos tres hombres la visitan y pasan con ella la noche o parte de la noche. por la noche. —Una hermosa mujer —prosiguió De Gier—. además. Conduce un Mercedes deportivo de color blanco. Hemos investigado al holandés. con destino en La Hay a. —¿Sabe quiénes son esos hombres? De Gier asintió. —Podría no ser más que una mujer a la que agrada un poco de compañía — opinó Grijpstra—. Se llama IJsbrand Drachtsma. una mujer de treinta y cuatro años. señor. Me gusta ir hasta allí. —¿Ha averiguado algo sobre los otros dos? . un coronel destinado en Alemania. —¿Ha extraído alguna conclusión? De Gier mantuvo un aire reservado. señor. Muy rico y muy respetable. Tenían un pequeño motor. y estamos en primavera. Posee una casa en la ciudad. IJsbrand Drachtsma. con otros tres. Un magnate de los negocios. El tercero es holandés. nacida en la isla de Curaçao. Pero no hay mucho que decir. mejor dicho. pero su familia vive en Schiermonnikoog[1] . Él es director de una fábrica textil. Productos químicos. Se llama María van Buren. presidente de varias compañías. o. pero se les estropeó. y enviamos los informes al inspector jefe. un hombre alto que empieza a quedarse calvo. Tiene cuarenta y cinco años de edad y aspecto de tenista. Es un paseo agradable desde donde y o vivo. en el Norte. y un par de veces a pie. El segundo es un oficial del ejército norteamericano. materiales para la construcción. cuando los alemanes vigilaban las play as. Tengo las matrículas de sus coches. porque sus hijos y a están crecidos. Huy ó a Inglaterra en el segundo año de la guerra. No es del todo blanca. Las empresas para las que trabaja funcionan muy bien. textiles. Parece un ciudadano intachable. de cincuenta y ocho años. Creo que fue en un bote de remos. —Uno de ellos es un diplomático belga. Está divorciada pero sigue utilizando el apellido de su exmarido. También he ido y o solo en bicicleta. Y es un héroe. He hecho averiguaciones y he comprobado que se trata de un pez gordo. Solo hay un ocupante. con cinco años de antigüedad pero en buen estado de conservación.

¿Cuándo fue la última vez que le echaron un vistazo a la casa flotante? —Hoy es martes —dijo De Gier—. El departamento de impuestos los tiene. pero puede que nos enteremos. —Sonrió. tales como las instalaciones de abastecimiento de agua potable. según Grijpstra. un anciano en un cuarto sobrecalentado. había susurrado Grijpstra en cierta ocasión. pero ellos no. Nos dijeron que debíamos ser discretos. Verificamos los archivos municipales. Podríamos hacerlo. Ya saben que en este país tenemos un Servicio Secreto. la teología. Les gusta utilizarnos a nosotros. una poderosa manifestación que usaba zapatillas y se interesaba en una amplia gama de fenómenos. Ocupaba dos despachos en el piso inmediatamente superior. Pensaba acercarme durante el fin de semana. las aduanas los tienen y el ejército los tiene. Pero el Servicio Secreto no se agotaba con lo que ocurría en el piso de arriba. Dice que lleva unos cuantos días sin verla y quiere que vay amos a echar una ojeada. Estaban incluso vinculados con la corona. Grijpstra aseguraba que Holanda carece de secretos. El gato de la mujer anda suelto por la zona y . —Sí —contestó el commissaris—. pero tuve una invitada. —No. Están interesados en la señora Van Buren. Malos poemas. —El Servicio Secreto —repitió Grijpstra. Quizás. —¿Ha efectuado indagaciones acerca de la mujer? —No —dijo Grijpstra—. y nos han pedido que le tengamos echado el ojo. el precio de la mantequilla. —¿Tiene algo de especial esa mujer. y que el Servicio Secreto se había creado exclusivamente para llenar un hueco en los presupuestos del estado. el equipo nacional de fútbol. en Rotterdam y en La Hay a. dos despachos repletos de hombres de mediana edad y secretarias entradas en años. tratando de no dar ninguna muestra de excitación. señor? —inquirió De Gier. el Dios holandés. y los dos policías se rieron a carcajadas. pero eso fue todo. señor —respondió Grijpstra—. Estaban vinculados con diversos ministerios. Parece que algo anda mal. con alcaldes y con jefes de policía. Poemas. tuvieran alguna conexión con Dios. el derecho a disentir y el Ajax. Por alguna razón. ¿Sabe por qué se interesa el Servicio Secreto. Le comunicamos todos los detalles y pareció muy interesado. haciendo todo lo posible por mostrarse serio. de modo que preferimos no ir preguntando por ahí. Estaban enterados de la existencia del Servicio Secreto. Ocupaban también otros despachos. parece que no disponen de detectives propios. por supuesto. Nos ha llamado el hombre que vive en la casa flotante más próxima a la de ella. —Sí —prosiguió el commissaris—. Hay otras casas flotantes en las inmediaciones. Los hombres de mediana edad hablaban mucho de fútbol. pero estoy seguro de que el inspector jefe sí lo ha hecho. y las secretarias estaban siempre escribiendo a máquina. señor? —No —reconoció el commissaris—. el misterio supremo de la democracia. Estuve allí el jueves.

esperando ante un semáforo. a un Volkswagen blanco de la policía. —No —dijo De Gier. —¿Crees que ha muerto? —preguntó De Gier. Un poco más tarde oy eron las sirenas. si es necesario. Una motocicleta pequeña hizo caso omiso de la luz roja y aceleró ante el morro de un camión que venía por la derecha. —¿No quiere venir con nosotros. Llámeme Bart. pero no podemos detenernos. . Si pasa algo malo. señor? —preguntó De Gier. tratando de olvidar el accidente y concentrándose en lo que sabía de la casa flotante. se incorporó con cierta dificultad y salió del cuarto tratando de no cojear. Es posible que se hay a roto el hombro y la pierna. Cierro —contestó la voz de Jefatura. —En la esquina de las calles Marnix y Passeerders. —El commissaris se frotó la pierna. Hace apenas un cuarto de hora. Un hombre bajo y barbudo esperaba junto a la puerta de la embarcación. Un motor caliente te quema la carne en un instante. El automóvil de la mujer está aparcado enfrente del barco. pero tiene que estar muy malherido. Les he traído una autorización. esquivó incluso otro camión. Los detectives Grijpstra y De Gier somos testigos. Aun con todos los semáforos en contra. —Puede que el casco le hay a salvado la vida. De Gier condujo con calma. —Policía —anunció Grijpstra al salir del coche—. Tengo una reunión con el jefe de policía. Una motocicleta. Quizá no pueda volver a andar correctamente nunca más. Cambio. Haga el favor de llamar a una ambulancia. pero entonces el conductor perdió el control y la moto empezó a derrapar. ¿Es usted quien nos ha llamado? —Lo soy —asintió el hombre—.quiere quedarse a vivir con él. pero no abre nadie. no tardaron mucho tiempo. Cuando el casco del joven chocó contra la acera. La motocicleta esquivó el camión. Grijpstra se encogió de hombros. Grijpstra descolgó el micrófono. —No. Mi nombre es Bart de Jong. —Entendido. Ha llamado a la puerta. unos segundos después. señor? —quiso saber Grijpstra. A los pocos minutos se encontraban en la calle Marnix. pero y a había sucedido. —Ahora mismo. —¿Cuándo se ha recibido esa llamada. Quiero que vay an allí y echen la puerta abajo. Ambos vehículos hacían destellar sus luces azules. consiguiendo esquivarlo. pueden comunicarse conmigo por la radio del coche o por teléfono. De Gier abrió paso a la ambulancia y.

Vivo en aquel bote de allí. —Probemos otra vez el timbre —propuso De Gier. Era un hombre de baja estatura y fuerte complexión. lo mando a su casa. y estoy dispuesto a ofrecerle leche y carne siempre que él quiera. pero no abre la puerta. —¿Qué es esa historia sobre el gato de la señora? —inquirió Grijpstra. acechante. —Creía que en este país ni siquiera los policías tenían derecho a romper las puertas —apuntó Bart. De Gier se fijó en que su mano temblaba al sostener la cerilla encendida. un gato persa. golpearon la puerta y gritaron. Tiene muchísimo pelo. Y si te niegas a cepillarlo. araña la puerta y y o lo dejo entrar. por el angosto sendero que conducía a una pequeña casa flotante atracada junto a la lujosa construcción que se hallaba justo enfrente de ellos. Bart tenía un aspecto extravagante. pero es que exige mucho más. e incluso su cabellera estaba pulcramente peinada. Está acostumbrado a que lo mimen. —Somos unos policías especiales —contestó De Gier—. hasta por encima del tobillo. Miren. de unos cuarenta años de edad. No hubo respuesta. empieza a maullar y a arañarte las piernas. No me importa que venga a visitarme. y tenemos un . Personalmente. pero este es muy bonito. pero no demasiado extravagante si se tenía en cuenta que estaban en Amsterdam. El gato lleva dos días dándome la lata. De Gier fue hacia ellos. —Ah. Grijpstra estrechó la mano del hombre y le dijo cómo se llamaba. Pulsaron el timbre. espléndidamente lustradas. y o prefiero los gatos siameses. Su oreja izquierda estaba adornada con un arete de oro. y estoy seguro de que se encuentra en casa. pero en estos dos últimos días no he podido quitármelo de encima. Cuando hace eso. ahí viene. negros y relucientes. —Romperemos la puerta. El hombre parecía limpio. La barba parecía crecerle hasta el mismo borde de sus ojillos chispeantes. —Precisamente —asintió Bart—. Un gato se acercaba. Y él se mete entre las plantas y acaba hecho un asco. Es un hermoso animal. He llamado al timbre de la señora Van Buren. ¿qué? —preguntó Bart. y hay que cepillarle el pelo diez veces al día porque no soporta llevar nada enganchado.todo el mundo lo hace. una camisa de cuello abierto y botas de cuero. De Gier se puso en cuclillas y acarició la cabeza del felino mientras este se frotaba contra sus piernas. A menudo suele venir a visitarme. Las estrechas perneras de los pantalones estaban embutidas dentro de las botas. como abalorios. Su coche está aquí delante. de manera que tal vez le ha ocurrido algo. Eso es lo que a mí me molesta. El hombre les ofreció cigarrillos. Ojos oscuros. —Y ahora. —Un animal cariñoso —observó De Gier—. El gato. entrecerrando los grandes y luminosos ojos amarillos en una expresión de evidente placer. Vestía un traje de pana.

En cuestión de segundos se abrió la puerta delantera. Dio un golpecito en el hombro a De Gier. con largos pezones. La última vez que te colaste por una ventana te hiciste daño y te manchaste todo el traje de sangre. El vidrio se rompió al primer golpe con la culata. En un estante vio una docena de hombrecillos. De Gier se detuvo en la pasarela y examinó la ventana. que estaba con ellos en la pasarela del bote y parecía sumamente deseoso de entrar en la vivienda. ¡Mierda! ¡Con cuidado! El gato. una gran chimenea de piedra. No tardaremos. había emitido de pronto un sonido extraordinario —un aullido profundo terminado en un espeluznante chillido—. La señora había decorado su vivienda con un gusto curioso. Eran guerreros africanos. Bart meneó la cabeza. como si su ferocidad se dirigiera contra un objetivo común. Un gusto curioso. —Sí —dijo Grijpstra. con un giro vertiginoso. —No. Quizá fuese un símbolo de fertilidad africano. cuy a altura variaba entre cinco y quince centímetros. . Alfombras persas. Sus pechos eran exagerados y puntiagudos. Había otras estatuas en el cuarto. —Y no vamos a romper la puerta —intervino Grijpstra—. Será mejor que entren y vean qué ha pasado. y las frentes bajas. Su espesa capa de pelo parecía tener el doble de su tamaño habitual. provistos de lanzas y otras armas. estaban pintadas de rojo. Todo parecía en orden. introduciendo el brazo por el agujero del vidrio roto. Las tres lenguas. pensó. Buscaremos otra manera. sostenido por Grijpstra. pasó al interior. En la planta baja del bote no encontraron nada extraño. De Gier asintió y sacó su pistola. Todos los hombrecillos parecían muy decididos. De Gier aún seguía contemplando el gato. pero caro. —Eso no me ha gustado. Espere ahí. pero en aquellas tres figuras había algo más que fertilidad. Parecían irradiar una poderosa energía. había huido a toda prisa. El animal se detuvo a una distancia prudencial y se sentó en el suelo. y. y los blanquísimos dientes eran puntiagudas conchas marinas. —Uno vive y aprende —replicó De Gier. poniendo su cuerpo en marcha.mandamiento judicial. Los labios eran gruesos. La ventana se abrió en seguida y De Gier. colgando de las tres abiertas bocas. —Tienes las piernas más largas —dijo Grijpstra. Aquí ha pasado algo. —¿Quieren que entre? —preguntó Bart. De Gier se detuvo unos instantes ante una estatua tallada en madera que representaba tres figuras femeninas de pie una encima de otra. aunque tal vez un poco polvoriento. —Ve con cuidado —le advirtió Grijpstra—.

En la universidad hay clases nocturnas. Pero ahora todo está sereno. Hay tres. ¿Quieres saber cuánto vale esta casa? —Sí —respondió De Gier. pero conozco a este pintor. —Sí. pero los dos están completamente vestidos. Es muy sexy. Piel auténtica. —Un sitio agradable —comentó Grijpstra. de modo que debía ser el invierno. He leído un libro sobre su vida y he visto exposiciones de sus obras. El fondo de la escena consistía en una hilera de álamos. porque es una lámina. —Sí —contestó Grijpstra. Y esta . álamos deshojados. solo brazo con brazo. un jardín pálido y oscuro. —Sí —dijo lentamente—. Grijpstra contempló la glorieta. De Gier se fijó. —Yo —pensó De Gier—. Quizá cuando me jubile. nubes pequeñas con nítidos bordes blancos. —Mucho dinero. soñadora. Rousseau el aduanero. —No sabía que te interesara el arte —comentó De Gier—. Pero el marco debe de valer unos cuantos centenares. No sé nada sobre arte. Ni siquiera van cogidos de la mano. Una reproducción de un cuadro de Rousseau. —Deben de haber estado haciendo el amor en esa especie de glorieta que hay junto a los álamos —observó De Gier. sí —asintió De Gier—. —Sí —admitió Grijpstra—. Muy agradable. La pintura era pacífica. Esa es la atmósfera sexy que y o veía. y también un sofá. Hermosos y cómodos sillones. ¿Para qué mierda me quieren? Pero de inmediato se sintió aliviado. —¿Tú crees? —preguntó De Gier con cortesía. muy agradable. querrían del mismo modo a cualquiera que se cruzara en su camino. Un funcionario del estado que ganaba un pequeño sueldo. Estos sillones de piel valen unos miles de florines cada uno. Es el único objeto barato que he visto hasta ahora. quiero decir. Es un pintor ingenuo. Había unas cuantas nubes de extraña forma en el cielo azul metálico. y a lo ves. todo muy respetable. Fíjate en esa pintura. Hay muchísimo espacio. —¿Te gusta esta pintura? —inquirió De Gier. Ojalá y o supiera pintar. No lo querían precisamente a él. paseando la vista en torno—. Un tipo como y o. —Ya lo sé —dijo Grijpstra—. La alfombra también es cara. Grijpstra seguía mirando la pintura. ¿Cuánto crees que vale esta casa? Con muebles y adornos. Me quieren a mí. Es mucho mejor que toda esa carne rosada que se ve hoy en día. Todavía puedes aprender a pintar. que había pasado al cuarto de al lado. Un hombre podría sentarse aquí y leer su periódico o uno de esos libros mientras se fumaba un cigarro. Un Pierrot y su Colombina paseaban por un jardín iluminado por la luna. —Este cuadro vale unos diez florines —respondió—.

la blusa blanca y la suelta cabellera negra extendida en parte sobre la alfombra y en parte sobre la blusa blanca. no. Buena y sólida madera. interrumpida su alimentación por la llegada de los policías. De Gier volvió a quedar impresionado. con tres de sus lados rodeados por una barandilla que se sostenía sobre columnas de madera tallada. debe de medir más de veinte metros de largo y más de seis de ancho. La blusa tenía una gran mancha roja. la breve falda. Grijpstra suspiró cuando vio a la mujer tendida en el suelo. —Lo averiguaremos —declaró De Gier— si le ha pasado algo. y el centro de la mancha era el mango de latón de un cuchillo. ¿eh? —le preguntó a Grijpstra. apenas un armario grande con un frigorífico en miniatura y dos hornillos. Allí había aprendido a cocinar con los brazos pegados al cuerpo. Avanzaron ambos con buen cuidado de no tocar nada. —Tal vez hay a heredado el dinero —dijo Grijpstra en tono conciliador. Subieron por la escalera.embarcación debe de ser la mejor casa flotante que jamás hay a visto en Amsterdam. Puede que doscientos mil florines. Es un palacio flotante. Había caído de frente. o quizá más. Tres grandes moscas de abdomen azulado zumbaban por la sala. Si no. De Gier llevaba las manos en los bolsillos y Grijpstra las mantenía sujetas a la espalda. . Se había desplomado sobre la gruesa alfombra blanca. y eso que se supone que estamos en un país socialista donde las diferencias son cada vez más pequeñas. El extremo de la escalera era un agujero en el suelo de esta habitación. —Hay gente verdaderamente rica —contestó Grijpstra—. —Hermosa cocina. y ambos vieron las largas piernas. Sería interesante averiguar cuál es su fuente de ingresos. que estaba admirando el gigantesco frigorífico y la cocina automática con su profusión de interruptores. En el piso superior solo había una sala muy grande que ocupaba toda la longitud y toda la anchura de la embarcación. dos pisos. Llegaron a la cocina. Pensó en su propia cocinilla.

Era el olor. Querían regresar a la herida y a la gruesa costra de sangre coagulada. 2 CONTEMPLARON A LA MUJER MUERTA y quedaron impresionados. claro. —¿Y bien? —inquirió Bart. ¿se lo andaba buscando? —quiso saber De Gier. las tres grandes moscas seguían zumbando por la habitación. De Gier. Bart no dijo nada. Había instalado su cuerpo en una butaca baja. —¿Por qué? —¿No sabe nada de ella? —preguntó Bart. y en su zumbar había una especie de gemido irritado: estaban alimentándose tranquilamente. Yo solía traerle el gato de vuelta y ella me invitaba a tomar una taza de café. —Un cuchillo en la espalda —añadió De Gier. hacia el teléfono que había visto en la espaciosa salita del piso inferior. No deberíamos hacernos daño el uno al otro. Eso está mal. —Me temo que su vecina está muerta —respondió De Gier. Yo te espero aquí. De Gier se precipitó escaleras abajo. no éramos amigos. Sus negros ojos saltones no reflejaron ninguna expresión en absoluto. Una taza rápida. solo vecinos. Salió al exterior. además. se sintió un poco mareado. Tuvo que meter la mano por entre las plantas del alféizar para encontrar el tirador de la ventana. Esta se abrió fácilmente. ¿La conocía? —Sí. Bart meneó la cabeza. y de pronto se había perturbado la calma de la habitación. El sargento no había olvidado utilizar un pañuelo y tocar únicamente el extremo del tirador. Cuéntemelo usted. y empezó a toser. Cuando se dio la vuelta. . ni siquiera cuando lo andamos buscando. colgó el auricular y atisbó por la ventana. —Y ella. cerca del cadáver—. Bart asintió. La pequeña y cuadrangular figura de Bart de Jong seguía esperando al extremo de la pasarela. —Telefonea tú —dijo Grijpstra con voz ronca. La conocía. El gato nos relacionaba. —No. Usted es su vecino. Cuando se dirigió a una ventana se tambaleaba ligeramente. Dio su informe. por supuesto. —Violencia —dijo lentamente—. un denso olor que le revolvía el estómago.

Y esta mujer podía. y a sabe. y no . Usted forma parte de la sociedad. —¿Vive usted solo? —preguntó. Tienen que pedírmelo ellas. igual que y o. nosotros. sí. vay a que sí. era una puta. La sociedad debe protegerse. Solo hay sitio para una persona. —Quizá tenga usted razón. —Ella mordía a los demás. Y las putas lo saben. Mucho dinero. No soy muy bueno con las mujeres. Pero. No me gusta recibir visitas. y lo único que saben hacer es morderse entre sí. pero ¿por qué ha dicho que ella andaba buscando un acto de violencia? Bart no respondió. Parece una mujer muy atractiva. De Gier sonrió. Bart se echó a reír. Tienen que dejar bien claras sus intenciones. —Si pueden. ni siquiera lo intentaba. —Ya veo —asintió De Gier—. Los hombres deben ir a alguna parte a descargar su energía. —¿No acepta usted a las putas? Bart pareció cobrar cierta animación. Un montón de egoístas que solo piensan en ellos mismos. en realidad. Me falta valor. sorprendido—. Quizá fuese tímido y no le gustase tratar con la gente. los portadores de esperma. la mano del hombre había temblado al encender su cigarrillo. en cierto modo. De Gier reflexionó sobre la cuestión y asintió lentamente. Si no lo hacemos. no —contestó Bart—. Pero podemos tratar de no mordernos el uno al otro. Las acepto. —No. y gesticuló con su brazo derecho. La sociedad es una farsa. y a sabe. como puede ver. cinco minutos antes. y aun así les pido permiso para asegurarme de que no pasa nada. Se acostaba con hombres que estaban dispuestos a darle dinero. no disfrutan y endo de putas. —¿No está de acuerdo? —No. —Y por eso nos muerden. —El bote es bastante pequeño. —Sí. Tendremos que encontrarlo. Mire su barco. Saben lo débiles que somos. He visto salir del bote a sus clientes. porque entonces la casa se llena demasiado y tropieza uno con las piernas del otro. puede matar a alguien más. —¿Cómo? —Bueno. Por alguien. —¿No le hacía usted proposiciones? —preguntó De Gier. Son como insectos encerrados en una botella. ¿Por qué decir cosas desagradables de la gente? —Está muerta —le recordó De Gier—. Asesinada. —¿No quiere decírmelo? —En realidad. Recordaba que. Bart señaló su casa flotante. Bart frunció el ceño.

Me gustaría que volviera usted a su bote y nos esperase allí. esos llevaban dagas. La habitación forzosamente tenía que proporcionarles alguna indicación. observando la mujer muerta.parecían felices. —Desde hace unos meses. ¿Qué otros ejércitos conocía? El norteamericano. Mi último empleo fue como chófer de una furgoneta. Ya se había encontrado antes con hombres así. y el mango terminaba en una pequeña protuberancia con una esvástica tallada. No le molestaremos más de lo estrictamente necesario. y comenzó a escarbar pacientemente en su memoria. Me corté las manos con una navaja de bolsillo y me paseé por todo el cuartel. Se caló las gafas y se concentró en la mancha de sangre y su brillante centro. El silencio de la habitación le resultaba opresivo. —¿Usted no es un hombre violento? —quiso saber De Gier. Monté un número y me echaron a las pocas semanas. Estudió el mango del cuchillo. Recordó los oficiales navales alemanes. De Gier vio los coches de la policía que se acercaban por la estrecha carretera. Pero las dagas eran distintas: estaban decoradas con borlas. se dijo. El inglés. y nunca dejaban de irritarlo. tal vez. « Un cuchillo del ejército» . a unos dos metros de sus ojos. Me negué a ir al ejército porque no quería llevar armas. El cobre del mango resplandecía como si lo hubieran bruñido. Los dejaba secos. He tenido muchos trabajos. pero espérenos en su bote. Grijpstra permanecía sentado en la butaca baja. Se acordaba de los comandos ingleses . « Pero ¿por qué me lo parece? No teníamos cuchillos así en el ejército» . Tendremos que hacerle unas cuantas preguntas. llorando y sangrando. —Eso fue un acto violento —observó De Gier. Se concentró y vio a los soldados alemanes desfilando por las calles de Amsterdam. —¿Estoy detenido? —En realidad. Sentía grandes deseos de levantarse y expulsar a los moscardones por la ventana. Fue una cosa autodestructiva. No tenían cuchillos. —¿Cómo se gana usted la vida? —inquirió. —Están llegando mis compañeros. ¿Qué otros ejércitos conocía? El ejército alemán. —Tal vez. Pero seguía convencido de que era un cuchillo militar. cosa de treinta años antes. Bart meneó la cabeza. desde luego. no sabemos de nadie más que la conociera. El canadiense. —¿Cobra el seguro de desempleo? —insistió De Gier. No era ese ejército. solamente bay onetas. Por el momento. De Gier hizo un esfuerzo para controlar su enojo. Uno de ellos debía de ser un hombre violento. Podemos tardar unas horas. no. pero el jefe siempre acaba despidiéndome. pero se mantenía pegado al asiento porque no quería destruir ninguna pista. Se recordó que no debía discutir con el hombre.» asintió para sus adentros. —No. « Sí. Los oficiales.

aquella era precisamente la clase de observación que De Gier habría hecho.alojados en barracones. reluciendo en el frontal de un equipo estereofónico. El día anterior había visto . efectuando una incursión. de repente. se preguntó Grijpstra. Un cuchillo con mango de cobre. o acaso habían lanzado el cuchillo? ¿Había este vibrado tras hundirse en su blanco? Miró a su alrededor. y el soldado se rio de él y limpió la hoja en la pernera de sus pantalones y devolvió cuidadosamente el arma a su vaina de cuero. Y antes de que uno supiera adonde quería ir a parar. Un montón de arena en la acera de una calle destripada por el departamento de Obras Públicas le recordaba de inmediato el desierto. pero falló. la alada daga se había clavado en ella. vibrando. el cuchillo había volado por el aire. Uno de los soldados vació el tambor de su revólver y se lo prestó. O sea que no había podido oír a su asesino. Quizá la mujer no sabía que tenía un visitante. Y. Y el desierto le hacía pensar árabes a lomos de sus camellos. pero ahora había matado a una ciudadana holandesa nacida en la isla de Curaçao. Un cuchillo usado para matar. pensó Grijpstra. se había clavado en la espalda de la mujer y había cortado el palpitante hilo de la vida en el interior de su cuerpo. Habrían podido lanzarlo. de modo que la mujer debía de haber estado escuchando un disco. Menos mal que De Gier había salido. Era una máquina eléctrica y el piloto aún estaba encendido. Un perverso y malvado cuchillo. una islita del Caribe. Muertes legales y autorizadas. de la luna y de las flores. cuando. De Gier era un romántico incurable. La radio no estaba conectada. como tenía que haberlo estado durante varios días. un cuchillo largo y cruel. ¿Le habían dado una puñalada. ¡Zas! Ni siquiera habría sabido quién la mataba. una lucecita roja. y a estaba desvariando sobre el eterno silencio del espacio y los blancos ray os de la luna y el silencioso vuelo circular de los majestuosos buitres. El cuchillo había sido diseñado para matar a los enemigos del pueblo británico. La mujer estaba vuelta de espaldas. Estaban almorzando bajo un grupo de árboles. Quizás algún cantante romántico estaba hablándole de su pasión. y el soldado apuntó a uno de ellos y lanzó el cuchillo. sin embargo. Un hermoso cuerpo. Sus ojos advirtieron algo fuera de lo corriente. Grijpstra también lanzó el cuchillo. Sonrió. Le habían dado permiso para acompañar a algunos de ellos en una excursión por Holanda. La alada daga. y él había querido ver sus armas. cerca de la casa en que vivían sus padres. Una mujer. Un segundo ojillo rojo lo miraba desde el otro extremo de la habitación. El policía se estremeció. El soldado sabía lanzarlo. y él apretó unas cuantas veces el gatillo antes de devolvérselo. muy melodramático. El asesino habría podido subir sigilosamente hasta el final de la escalera. que destelló bajo el sol y se hundió en la corteza del árbol. pacíficamente atareada en su propia habitación. Pero muerto. Conque una alada daga. La mujer había estado cosiendo a máquina. otro soldado le dejó su cuchillo.

escuchar música y cuidar de sus plantas. Nada de moralizar. pero una prostituta.un perro muerto en la calle. que había cedido la embarcación a los fotógrafos. un alsaciano joven y juguetón perteneciente a un limpiacristales que vivía en la misma calle. La muerte es. comenzó a mirar de nuevo en torno. Una habitación de mujer. Pero en seguida se corrigió. Así que. Todo eran suposiciones. a una distancia respetable pero aun así formando parte de aquel reducido círculo interior. ¡Mil florines! El salario de un obrero. llegaron los coches de la policía y comenzaron a maniobrar para aparcar ante la vivienda. Tenía que encontrar al asesino y presentar un caso sin cabos sueltos para que el acusador público supiera lo que debía hacer. Seguramente no recibiría en ella a sus visitantes. contemplando ominosamente el cadáver. La última vez que recurrieron a nosotros nos hicieron perder tres semanas con un viejo uniforme militar. Sus honorarios debían de ser muy elevados. no debía juzgarla. . Y el cadáver de aquella mujer era un objeto. —¿Muerta dice? —preguntó el commissaris—. y Grijpstra. Grijpstra. Algunas de ellas le resultaban conocidas: la espina santa. se dijo. atropellado por un autobús municipal. ¿Cuánto les cobraría? Una puta corriente pide veinticinco florines. pero le había resultado difícil relacionar su cuerpo muerto con la imagen viviente que recordaba. El commissaris también había venido. y no había nada que encontrar. Una tarea sencilla. el final definitivo. llena de luz. Otras no supo reconocerlas. Había plantas en todos los alféizares. Tal vez invitaba a esos hombres para tener compañía y ellos la utilizaban y quizás ella se sentía agradecida. Un cuerpo se convierte en un objeto. Esta era la habitación en que podía estar a solas. ¿Se acuerdan? —Sí. sin duda. Tenían aspecto de malas hierbas. le presentó su informe con De Gier a su lado. Tal vez la pobre mujer no les cobraba nada en absoluto. ¿Cuánto debía de pedir la señora Van Buren? ¿Quinientos florines? ¿Mil? Grijpstra gruñó. Una agradable habitación. De categoría. pero de hermosa forma. Grijpstra se detenía a menudo para jugar con el perro. el Servicio Secreto tenía razón. Tranquilizada así su mente. El uniforme lo había encontrado él. En cualquier caso. por una vez. los especialistas en huellas dactilares y el forense. señor —respondió De Gier. un diplomático belga. Trató de recordar lo que sabía de las malas hierbas. o quizás un centenar si el cliente tiene exigencias especiales. Conocía bien a aquel perro. confeccionar vestidos. mientras intentaba recordar. Una prostituta. él. Un coronel norteamericano. Tenía que haber sido muy buena en su oficio. con ventanas en tres de los lados. Un obrero especializado que trabajara un mes entero recibiría esta cantidad. Y. un magnate holandés. un poco más abajo. la planta-camarón con una florescencia rosada al final de cada tallo. Se quitó las gafas y limpió los cristales. el amaranto.

Solo un montón de trabajo. pero no hubo caso. Ahí dentro tienen trabajo para un buen rato. Se movieron las comisuras de sus labios. —Un cadáver asesinado —añadió Grijpstra. La ambulancia y a estaba allí. No creerá que la han envenenado. ni espías. doctor. y se movieron a ciegas hasta que una noche les comunicaron que se había tratado de una falsa alarma. —Pero ahora nos han guiado hacia un cadáver —observó el commissaris—. —Bueno —dijo—. nada de nada. —¿Plantas? —Sí. El Servicio Secreto concedió la máxima prioridad al caso. —Es posible —admitió el doctor—. lo recuerdo —repitió De Gier. El commissaris esbozó su sonrisa de anciano. Plantas. Tendremos que volver adentro. y él podrá seguir tomando el sol unas cuantas semanas. El cuchillo se clavó limpiamente. porque ni Grijpstra ni De Gier ni la media docena de policías que habían participado en la búsqueda sabían qué estaban buscando. Hierbas. Lleva muerta dos días. señor. trabajo a tientas. . y ustedes pueden volver con los demás. Mañana podré decirlo con más certeza. Les dieron nebulosas órdenes y muchísimas direcciones. No hubo secretos.abandonado por un sargento norteamericano en un cuarto de hotel. Buenos días. Me llevaré su coche. de modo que quizá tengan algo de inteligencia. —Buenos días —le dijo a Grijpstra este último—. Al inspector jefe le sabrá mal haberse perdido todo esto. ¿verdad? Grijpstra le explicó a qué se refería. —Sí. ¿Sabe usted algo de plantas? El médico pareció sorprenderse. Es un cuchillo poco corriente. —¿Es posible que fuera lanzado? —inquirió Grijpstra. y De Gier le entregó al commissaris las llaves del Volkswagen gris. seguidos por el médico de la policía. y los dos hermanos del Servicio Sanitario abandonaron el bote transportando cuidadosamente su camilla. —Señor —saludaron ambos policías. El médico estaba y a cerca de su automóvil cuando Grijpstra se acordó de las plantas y corrió hacia el coche. y o no voy a entrar. por lo menos. —Sé algo —dijo el doctor—. —Disculpe. Ustedes y y o tendremos que resolver el caso. pero no pienso interrumpir sus vacaciones. —¿Cree usted que han movido el cuerpo? —No. —Entiendo —asintió el doctor—. Nunca había visto uno igual.

Yo mismo compré una el otro día. Limpio y buen sexo. da unas flores muy hermosas. Si se embadurna las axilas. —Venenosas. Grijpstra esperó. ¿Qué somos ahora? ¿Botánicos? —¿No ha oído hablar nunca de las malas hierbas. —He oído hablar de la hierba —respondió De Gier—. . que contemplaba las plantas con ojos como platos. Cincuenta céntimos la pieza en el mercado de la calle. Venenosas. Quizás una bruja pudiera preparar un filtro amoroso con ellas. —Habría mucha diversión en la fiesta —añadió el doctor. el pene y los testículos con ese ungüento es probable que note algunas sensaciones interesantes. ¿Sabe usted algo sobre plantas? —En realidad. son plantas venenosas. —¿No te gustaría eso. contemplando a De Gier con aire placentero. con un desconcertado De Gier a sus espaldas. Seguro que él lo sabe. no cabe duda. no el tipo de plantas que suele tener la gente en sus casas. —No estoy seguro —prosiguió el doctor—. O un ungüento. —¿Cómo es que se ha fijado en ellas? —quiso saber el doctor. —Hmmm —dijo el doctor. dice usted —comentó Grijpstra. Tendré que llevármelas conmigo. me parece. Las hay de tres clases. amigo. De Gier? —Y tanto —respondió De Gier. Pero estas plantas son otra cosa. y tengo unos cuantos geranios en el balcón y una planta bulbosa que me regaló mi tía. amigo? —inquirió el doctor. —Venenosas. Peonza se llama. no —reconoció Grijpstra—. Grijpstra posó una pesada mano en el hombro de De Gier. de camino a una fiestecita. volviéndose al oír el gruñido—. —Peonía —le corrigió el doctor—. —¿Qué clase de diversión? —quiso saber De Gier. —Sexo —contestó el doctor—. —Pero ¿qué es todo esto? —preguntó De Gier—. Si son lo que y o creo. Examinaron entre los dos los tiestos de plantas. El doctor encendió su pipa y volvió a contemplar las plantas. con unas bonitas flores rojas. Grijpstra emitió un gruñido. desde luego. montado sobre una escoba. fíjese. —Puede encontrarse volando por el aire. pero me he pasado un rato a solas en esta habitación y me ha dado la impresión de que parecían malas hierbas. Lo consultaré con un amigo mío que trabaja para el ay untamiento como jefe adjunto de todos los parques. diría y o. y bastante malignas. Son malas hierbas. —¿Sí? —preguntó De Gier. Pero tal vez puedan utilizarse para otros fines.

De Gier descendía por la escalera tambaleándose bajo el peso de la maceta más grande. —Una bruja —mascullaba De Gier para sí. —¡Muchacho! —exclamó De Gier. El doctor llevaba otra más pequeña y Grijpstra cargaba con una pequeñísima. Poco después. como si aquel vegetal de inocente aspecto pudiera estallar ante su rostro. —Puede ay udarme a llevarlas hasta mi coche. muy cautelosamente. .

El cliente no quiere ser humillado. Contéstame. O sea que la prostituta detesta a su cliente y le hace sentir su poder. —¿Crees que estas hierbas son peligrosas? Grijpstra examinó las hierbas que De Gier señalaba. solía trabajar para un granjero. —Ja —replicó De Gier. Juntos anduvieron hacia la pequeña casa flotante donde se alojaba su primer sospechoso. y tienen razón. Todo el mundo tiene siempre razón. bastante sucio. Todavía me acuerdo de algunas de ellas. Sí. durante las vacaciones de verano. A las prostitutas no les gustan sus clientes. Su deseo es mucho más poderoso que su fuerza de voluntad. Grijpstra contempló el último automóvil que abandonaba la pequeña zona de aparcamiento junto a la casa flotante. Conque trata de hacerle daño. —No habrías debido prestarle nuestro coche al commissaris —dijo al fin. es el trabajo en equipo. Grijpstra volvió a estornudar. conque podemos suponer tranquilamente. Parecía pensativo. Estaban cruzando un pedazo de terreno virgen. En realidad no quiere volver. que expresaba todo el desprecio de Grijpstra hacia el mundo. los detestan. Culpan a sus clientes por ser lo que son. Supongamos que lo sea. Eso es amaranto. lo conozco por las manchitas negras en las hojas. y De Gier se detuvo a contemplar las hierbas que crecían en torno a sus pies. ¿Las ves? . de hecho. —No. Probablemente es cierto. Él la necesita. Grijpstra sacó un gran pañuelo blanco. pero lo hace. Ella ve que vuelve y lo humilla. También el cliente tiene razón. 3 —LO QUE ME GUSTA de la policía —comentó De Gier—. porque no puede evitarlo. Caminaban despacio. De chico. —Ideas —dijo Grijpstra—. y se sonó la nariz. De Gier dio un salto hacia atrás. Tenía que arrancar las malas hierbas de sus campos. no lo olvidemos. Vuelve a verla. Bart de Jong. Y el asesinato es la forma más extrema de daño. Había sido un estornudo potente. Es una verdad fundamental. ¿Por qué no? Nos ha dicho que la señora era una prostituta. —¿Tienes alguna idea? —preguntó De Gier. —No estornudes.

Grijpstra no contestó. —No tiene importancia. y el olor. y aquellas tres malignas moscas de abdomen azul. Pero quizá. porque a menudo tenía que leerles cuentos a sus dos hijos menores y a ellos les gustaba que cambiara de expresión según lo exigía el argumento. notable porque apenas contenía nada. —Su alma sigue viva —adujo De Gier. —Lamentamos haber tardado tanto —se disculpó De Gier. En aquel momento adoptó su expresión más truculenta. Había visto el estremecimiento y estaba preguntándose si habría sido auténtico. —¿Crees que es capaz de volar sobre una escoba? —insistió De Gier. pensó Grijpstra. —Que no haga. plantas de magia negra. aquel estremecimiento fuese auténtico. Pasen. entornó los párpados y contrajo el labio superior de tal forma que los extremos de su erizado mostacho se elevaron un poco. De Gier hacía algo que contradecía directamente la definición recién encontrada. plantas de brujería. —Quería arrojar un hechizo sobre sus clientes —siseó. —Eso estaría aún mejor. Ahora está muerta. —¿Para qué querría ella esas hierbas? —preguntó. la que reservaba para los personajes verdaderamente perversos. Al fin y al cabo. Solo estaba tratando de explicarte algo. —¡Vamos! —exclamó De Gier—. El interior del bote era notable. —Y también unos bocadillos —añadió Bart. Bart cortó el pan y sirvió el café. Entonces De Gier había sentido náuseas. —Eso estaría muy bien —respondió Grijpstra. agradecido. tan enormes. Y luego habían descubierto las plantas. pues cada vez que etiquetaba el comportamiento de De Gier y lo encasillaba de una u otra forma. Eso Grijpstra lo hacía muy bien. ¿qué? —No hables de esa manera. si les apetece. Nunca había logrado conocer del todo a su colega. Llegaron a la puerta de la pequeña casa flotante. Grijpstra se volvió hacia su amigo y adoptó una expresión truculenta. La casa flotante se componía de una sola habitación. Pueden tomar una taza de café. La puerta se abrió en cuanto De Gier alzó la mano hacia el timbre. —Era —dijo Grijpstra—. De Gier veía las manchitas negras. y se estremeció. Bart sonrió. aquella mañana habían descubierto el cadáver de la señora Van Buren. —Yo no hablaba de ninguna manera —protestó Grijpstra—. por favor. Descubrió sus grandes dientes cuadrados. Las . No hagas eso.

Tengo cosas. —Sí. Me parece que si hubiéramos tenido hijos no la habría dejado. gracias —dijo Grijpstra. De Gier meneó la cabeza. en realidad. un catre del ejército. tiene la habitación llena de ellas y ha de comenzar a tirarlas. una silla y un banco de madera en el que se acomodaron los policías. y siempre he tenido cosas. De haber sabido que se quedarían a almorzar. como alumnos de una escuela bien disciplinada. —No estoy de acuerdo —objetó—. —No. Hace mucho tiempo. Los cinco habían sido tomados en préstamo de la biblioteca pública. Había una mesa grande. Yo pinto. Todo eso lo tengo. con aire pulcro y obediente. Yo he sido pobre. y los dos restantes contenían reproducciones de pinturas modernas. por favor —dijo De Gier. una mesa. no sé —dijo Bart—. una cocina completa. Y allí hay un armario que todavía no han visto donde guardo un tocadiscos y una estufa eléctrica y ropa y unas cuantas cosas variadas. Sobre la mesa había unos cuantos libros. ¿Cómo se las arregla para vivir sin cosas? —Oh. Pero usted vive en un bote vacío. por supuesto. marcos y muchísima pintura. Tres de ellos habían sido escritos por autores de alto copete. —Entiendo —dijo Grijpstra. —Tiene un hermoso bote —comentó De Gier. estaban pintadas de blanco y desprovistas de cualquier adorno. había un caballete con un cuadro a medio terminar. Mi padre me dejó cuando y o era un bebé. mientras disponía rápidamente la mesa —. Atiborran toda la casa. y el colchón y las mantas eran también del ejército. engullendo un bocado de la gruesa rebanada de pan recién horneado que Bart había cubierto generosamente con un pedazo de salchicha ahumada y una hoja de lechuga—. —¿No ha estado nunca casado? —inquirió Grijpstra. —Me gusta cocinar —explicó Bart. lienzos. —Sí. Asimismo. Tomo dos buenas comidas cada día. Una cama. Había un viejo frigorífico. además de otra mesa sobre la que Bart estaba preparando una ensalada. hechas de grandes y sólidos tablones. Demasiadas. De Gier se puso en pie y los examinó. —No. les habría preparado algo mejor. de modo que necesito pinceles. Solo Dios sabe de dónde salen. pero un poco vacío. —Un pobre no puede permitirse poseer muchas cosas —contestó Bart. eso compensa la soledad.paredes. . un sencillo hornillo eléctrico y un gran fregadero. pero antes de que uno se dé cuenta. —¿Niños? —prosiguió Grijpstra. Un rincón del cuarto estaba acondicionado para servir de cocina. En el bote había también una cama. —¿Les gustan las aceitunas? —preguntó Bart.

y para eso tuve que comprar algunos materiales. Se necesita disciplina. y las mantas. Y tabaco. hago todo lo que puedo. —Explíqueme su forma de vida. cada vez que vemos un poli. Pero pagué muy poco. gano el salario mínimo. aparte de eso. Probablemente son ustedes inteligentes. Pero. Tuve que rehacer la superestructura. y cuando pierdo el empleo solo recibo un porcentaje. El ciudadano piensa « ahí va el Estado» . salarios y seguro de desempleo. y lo que dice que guarda en ese armario. —Entonces. pero no le importó. El casco lo robé del cementerio para barcos que hay en el río. Pero sé que lo soy. todos los policías son estúpidos» . . —Sí —dijo Bart—. de modo que. Creo que el encargado vio cómo me lo llevaba. —Lo hice. La gente le interesa muchísimo. trato de adaptarme. representantes del Estado. Buena comida. desde luego. pensamos: « Ahí va el Estado» ? —Lo sabemos —asintió Grijpstra. Es una pena. no compro nada. —Claro que sí —añadió Grijpstra—. Jamás conseguiré conservar un empleo. y los utensilios de cocina. igual que a mí. —Ustedes son policías —observó Bart—. Esta embarcación la construí y o mismo. los vemos como representantes del Estado? ¿Que. Me paso el tiempo diciendo « no» . pero no muchos. pero ¿dónde está el resto? Bart se echó a reír. Todo viene de subastas y tiendas de segunda mano. y debo pagarlo. Es un descubrimiento que hice hace mucho tiempo. ¿Se han parado alguna vez a pensar que nosotros. Bart volvió a llenar las tazas con la cafetera de hojalata. bueno. Ahorro la mitad de lo que gano. hace años. De Gier seguía meneando la cabeza. y están todos pudriéndose. los ciudadanos corrientes. y desde entonces me he ahorrado una buena suma en alquileres. procuro no gastar nada. La comida y el tabaco tienen un precio. Y tal vez se equivoca. haga lo que haga. Se puede vivir con bastante comodidad por muy poco dinero. por favor —le rogó De Gier. No creo que gastara más de la mitad de los ahorros de un año. quizá lo sepan. Empiezo a trabajar. Compro comida. —Compró usted los muebles —apuntó Grijpstra—. Quizá los policías no son tan estúpidos. —Tiene usted lo estrictamente necesario —concedió—. —Soy un inadaptado. —¿Y entonces? —preguntó De Gier. Tengo una vieja bicicleta para ir de un lado a otro. Allí hay montones de barcos. Cuando trabajo. nada más. nunca tendré dinero. pero al cabo de algún tiempo se tuercen las cosas y me echan a la calle. —¿De veras quiere que le explique mi forma de vida? ¿Le interesa la gente? —Sí —respondió De Gier. esa es mi explicación. pero también « oh. sí.

—¿Usted también pinta? —quiso saber Bart. Posee una vida propia. . no —protestó Grijpstra—. El día anterior. —¿Puedo echarle una mirada a su trabajo? —Desde luego. Hay muchísimas cosas que me gustaría hacer. justo antes de que se vay a la luz. También pensaba en todo el dinero que había dilapidado a lo largo de los años. —No. y creo que me será muy difícil reproducir su movimiento. arrastrada por un enérgico remolcador del río. leo el periódico. El cuadro representaba un edificio. y mi mujer no deja de hablarme. —No. Su pintura me gusta. construido por el ay untamiento durante la depresión de 1929 para alojar a alguno de sus numerosos departamentos. —Pero usted pinta —arguy ó. Le dan al edificio el aspecto que debería haber tenido. una lástima. pero no sé por qué. pero los hijos exigen tiempo. Pero me gustaría. me voy a dormir. Era un gran montón de y eso y ladrillos. Podría instalar un pequeño motor eléctrico. con minuciosa atención a los detalles. A última hora de la tarde. —Una lástima —dijo Bart. Todavía no he hecho los ventiladores. entonces? —¡Ah! —Grijpstra hizo un ademán—. « ¡Qué diablos!» . —No —objetó Bart—. y estoy tratando de captarla. La pintura era sumamente realista. A veces voy a pescar. y nunca se le había ocurrido pensar que tuviera nada de particular. y se dio la vuelta. De Gier se había levantado y estaba mirando por la ventana. Pinto. montarlos tras la pintura y hacerlos girar. Lo envilecería. y la tele está conectada. —Sí. —Mire otra vez —le sugirió Bart. construir unos pequeños ventiladores de metal. También tiene una hilera de ventiladores en el tejado que están constantemente girando. pensó. sin ir más lejos: dos camisas a ray as que no le hacían ninguna falta. Grijpstra conocía aquel edificio. Grijpstra se acercó al caballete. —Quizá sea el contraste —opinó Grijpstra—. Realmente tiene este aspecto. pero eso es todo. De Gier estaba pensando en su propio apartamento en los suburbios. y siguió contemplándola. llego a casa. ¿Por qué no pinto? Trabajo. —¿Por qué no lo hace. Pero Grijpstra descubrió que le gustaba. Lo mejor sería recortar unos agujeritos en el lienzo. así se convertiría en una cosa pop. Los grises y los blancos. —Sí. y a un precio muy excesivo. —Puede ser. Por eso procuro no desperdiciarla. Una gran barcaza pasó junto a ellos. y nunca he logrado encontrar la manera de comprar pintura a mejor precio.

—Bien —aprobó De Gier. —¿Le preocupa el gato? —Sí —respondió De Gier—. sea cual sea la hora exacta. Muchas veces doy de comer a su gato. Sus manos no temblaban. —Bueno. pero el doctor podrá decírnoslo mañana. De Gier se había aproximado y estaba también contemplando el cuadro. y a ha sido hecho antes. —¿Se cuidará usted del gato. pero nunca tuvimos una verdadera conversación. Yo mismo no me protegería. no —respondió De Gier—. ahora? —inquirió De Gier. Nunca llegué a conocerla muy bien. conque supongo que quizá quisiera hacer algo a cambio. Yo no mataría. Haga lo que haga. Alguien le clavó un puñal en la espalda. Siempre estoy aquí solo y me habría sido muy fácil escabullirme hasta su bote y asesinarla. Yo también tengo uno. —De modo que no sabe usted nada de su muerte —resumió De Gier—. pero no es original. —De su muerte no puedo decirles gran cosa. Lo llenará todo de pelos. —Lo que a ustedes les interesa es que les hable de la muerte de la señora Van Buren. estoy seguro de que no tendré ninguna coartada. Antes dejaría que me mataran. y ella me aconsejó que les pusiera un abono especial en el agua y hasta me dio una caja llena. —Podría quedar muy bien —dijo De Gier—. —No se preocupe. Tengo algunos geranios que no crecían muy bien. Estoy seguro de que en este mismo instante hay otra persona que está pensando en instalar ventiladores en miniatura en una pintura de dos dimensiones. —Ah. pero no tengo ninguno. —Ya se lo he dicho. Bart sacudió la cabeza. ¿verdad? —Y de su vida —añadió De Gier. Solo nuestras combinaciones son exclusivamente nuestras. —No hay nada original —respondió Bart—. Yo me cuidaré de él. pero incluso las combinaciones han sido hechas antes. un puñal. pero me haré cargo de él si nadie más lo quiere. ¿Cómo murió? —Ya se lo he dicho —contestó De Gier—. ¿Saben y a cuándo murió? —La hora exacta. —¿Qué usaría usted? —Nada. Bart comenzó a liar un cigarrillo con tabaco de una lata abollada. He visto cuadros de molinos de viento con aspas que giraban de verdad. porque desde mis ventanas se ve su barco y podría saber si estaba sola o no. —Sí —asintió Grijpstra. sí. Más fácil que a ningún otro. Bien. Alguna vez me hizo pasar para tomar café. Tal vez mataría para proteger a mi hijo. háblenos entonces de su vida. . Yo nunca usaría un puñal.

—¿Alguien más? —inquirió De Gier. Muchas veces me había preguntado qué pasaría si algún día llegaban los tres al mismo tiempo. —Eso es. —¿La visitaba alguien más? Bart reflexionó de nuevo. —¿Y cuando venía sin el niño? —También a pie. a lápiz. . Gracias por el almuerzo. A pie. Solía traer un niño de unos cinco años. Puede que alguien los reconozca. —¿Un hombre alto? ¿Bajo? —Poco menos de un metro ochenta y con tendencia a engordar. Un Buick grande con matrícula de Estados Unidos. pero no ocurrió nunca. Testigos de Jehová. —Bart parecía muy tranquilo. pero enseñaremos el dibujo por ahí. y siempre venía los domingos por la mañana. por favor —le pidió Grijpstra. parece que les gustamos. también nuevo. Pero puedo describir sus coches. —¿Uno de sus clientes. no eran clientes. pero ahora mismo no los recuerdo. No tengo las matrículas. vendedores ambulantes y gente que se había perdido. A veces venía sin el niño. —¿Quién cree usted que la mató? —preguntó Grijpstra. El hombre del chaleco rojo. Repartidores. con una cadena de oro. —No le molestaremos más —dijo Grijpstra—. —Dibuje también al niño. —¿Venía en coche? —No. —No. y un hombre que le traía huevos. Supongo que solo los recibía con previa cita. Un Citroën nuevo de color negro. —Sí. Nunca supe a qué venía. El niño siempre llevaba una pelota. y otro Citroën de color plata. Tenía otros visitantes. con tapicería de cuero auténtico y muchísimos cromados. Un tipo gordo. Bart esbozó rápidamente una figura. quizá? —Es posible. Y siempre llevaba un chaleco de terciopelo rojo oscuro. Podría hacerles un bosquejo. —¿Por qué? ¡El niño no sería capaz de clavarle un puñal a una mujer! —No. De unos cuarenta años. —Nadie que ahora recuerde. calvicie incipiente. —Lleva una pelota bajo el brazo —observó De Gier. Eran siempre los mismos coches. ¿Sabe quiénes son? Bart reflexionó durante casi medio minuto. Solía venir los domingos por la mañana. con matrícula belga y una placa del cuerpo diplomático. con una cara como uno de esos pequeños quesos de Edam. supongo que de algún oficial del ejército destinado en Alemania. —Y usted —concluy ó De Gier. totalmente vacía de expresión. con el niño. esos siempre están viniendo. —Exacto. Sabía dibujar bien. Bart dibujó también al niño. De todos modos.

—Está usted de broma —replicó De Gier. asombrado. por favor? —¿Es que no tienen coche? —preguntó Bart. y también hay una parada de taxis. —Se lo ha llevado el commissaris. Bart se rio de buena gana. Allí pueden tomar un tranvía. —No le has preguntado si la vio alguna vez volando en una escoba —dijo Grijpstra mientras andaban por el largo sendero hacia la carretera principal. Luego tendrán que caminar hasta el campo de fútbol. —Recorran todo el sendero y al final giren a la izquierda. .¿Dónde está la parada de tranvía más cercana.

Un oso gris. dirigiéndose al hombre de la embajada. Los policías de todo el mundo tienen ciertos rasgos en común. señor —contestó el policía militar. en cierta ocasión había visto un ejemplar disecado en el museo zoológico. —Nos comunicamos por télex con el coronel ay er por la tarde —explicó el hombre de la embajada norteamericana. Los otros dos hombres no dijeron nada. 4 —PASEN. Aunque compartía su rango con otros cuatro oficiales. pero peligroso. En circunstancias parecidas. Los cuatro hombres entraron en tropel. recordándole una especie de oso grande. Se estrecharon las manos. Aceptaron cigarros. Se ofrecieron fuego el uno al otro. y ellos me han hecho venir aquí. Se comunicaron con la policía militar. señor —respondió el más joven—. —¿Y si me hubiera negado? —Pero no se negó usted. acentuaba la impresión. La situación le divertía. no muy apropiado para un día tan caluroso como el que estaba haciendo. El commissaris sonrió. muchas plantas de interior y su propia cafetera particular. mientras tomaba asiento y señalaba hacia las sillas con un gesto de la mano. sonrientes. —Me alegro de que pudieran venir inmediatamente —comenzó el commissaris. él era el de may or antigüedad y su categoría era solo inferior a la del jefe de policía. y había utilizado los galones para obtener un despacho cómodo. creía que se llamaba. . Al commissaris le pareció que hablaba con voz bastante alta. demasiado alta en realidad—. antiguas pinturas en las paredes. El hombre situado justo enfrente del commissaris se puso tieso. El commissaris disponía de una buena habitación en la Jefatura. —No se comunicaron conmigo —protestó. Permítame explicarle por qué le hemos invitado a venir aquí. con una gruesa alfombra en el suelo. —No lo retendremos más de lo necesario —dijo suavemente el commissaris —. Pero estaban tensos. Su grueso traje de tweed. —No del todo. —¿Es verdad o no? —les preguntó el coronel a los dos hombres silenciosos. PASEN —dijo amablemente el commissaris. El coronel tenía un aspecto amigable. Le invitamos a venir. él habría dado la misma respuesta.

Mi guarnición está justo al lado de la frontera. se volvió hacia los dos oficiales de la policía militar. El coronel se relajó un poco. como suele decirse. ay udaré en lo que pueda. No sabemos casi nada de la víctima. Estaba mirando por la ventana. —Discúlpeme. la mataron entre las ocho de la tarde y la medianoche del sábado pasado. —Efectivamente —asintió el commissaris—. Alguien la ha asesinado. Con muchas ganas de ay udar. y pasé la noche allí con unos amigos. Si no hubieran tenido tanta prisa. Están perdiendo el tiempo conmigo. No he querido ser descortés. Tal vez esté dispuesto a hablarnos de ella. para ser exactos. pero no parece lamentarlo . Pensó durante todo un minuto y. le ruego que me disculpe. lo único que pretendemos es obtener información. Me alegro por usted. Un puñal militar. Los policías militares se rieron educadamente y dejaron de reír en el mismo instante. —¡Ja! —exclamó—. Una daga. Cuando se cansó de mirar por la ventana. —Bien —aprobó el commissaris—. por favor —dijo el commissaris—. La encontramos con un cuchillo en la espalda. con la sonrisa todavía en la cara. Pero el coronel no le escuchaba. Me parece que no estuve ni un minuto a solas en todo el día. pero comprenda que he estado sometido a cierta tensión desde que estos dos caballeros vinieron a buscarme. Usted la conocía bien. pensó. El coronel se quedó pensativo. No le hemos invitado a venir aquí para acusarlo de haber cometido un asesinato. finalmente. No me han dejado ni por un minuto. Un joven muy agradable. —Por favor. Era amiga mía. habría podido demostrar mi coartada sin necesidad de salir de Alemania. y es fácil llegar en automóvil. —Ok. El commissaris respondió antes de que pudieran hacerlo sus colegas. Y puedo demostrarlo. Según nuestro médico. —Ya sé por qué estoy aquí —adujo el coronel—. Quizá temían que pudiera escabullirme por la ventana. vamos —dijo en tono conciliador—. Lamento que hay a muerto. Creo que no han dejado de vigilarme ni cuando he ido al lavabo del avión. —Ok. El commissaris le dedicó una mirada. y tampoco por la noche. íntimamente. —El sábado pasado y o estaba en Düsseldorf. —Vamos. Me lo han dicho sus colegas. Tenía la costumbre de venir a Amsterdam al menos una vez al mes. coronel —intervino el hombre de la embajada. Era su amante. Es cierto que conocía bien a María. esbozó una amplia sonrisa. En esta fase de la investigación. Desde hace tres años. ok —dijo el coronel—. El commissaris le había producido una buena impresión. María van Buren ha muerto.

pero hay muchas mujeres que son bellas sin ser atractivas. no? —No. En los Estados Unidos. —Como la may oría de los holandeses. El commissaris sonrió. desde luego. A veces. y nadie habla holandés excepto nosotros. Estaba enterada de lo de María. ¿cree que le habría hecho chantaje? El coronel pasó a rascarse la otra rodilla. —Muy bien —prosiguió el coronel—. —Si no se lo hubiera usted contado a su mujer. Pero era muy atractiva. es un alivio saber que puedo demostrar que no la he matado y o. Más bien parece aliviado. deseoso de ser útil. la belleza resulta aburrida. —Sí. No podía. —¿Diría usted que María van Buren no era una mujer muy escrupulosa? — preguntó el commissaris. Pero quería dejar de verla. usted encontraba atractiva a la señora Van Buren e iba a visitarla . —Así pues. —¿Está usted casado? —inquirió el commissaris. El coronel empezó a rascarse la rodilla de nuevo. porque y o mismo le había hablado de ella a mi mujer. Mi esposa permaneció conmigo en Alemania durante un tiempo. Puede que también sepa algo sobre las mujeres. quizá sí que me siento aliviado. Ya no tendré que volver a verla nunca más. María no me hacía chantaje. —¿Es usted un experto? El coronel se echó a reír. pero luego se volvió a casa. —Sí —dijo lentamente—. El coronel asintió.mucho. ¿sabe? —observó el coronel. —Pero eso le habría resultado muy fácil —se extrañó el commissaris—. podría decirlo. Le habría bastado con no volver a su casa. —¿Se había cansado y a de ella? —Cansado no —respondió el coronel—. —Es posible. —Se supone que soy un experto militar. Sé unas cuantas cosas sobre armamento nuclear. —Ya veo —asintió el commissaris. —¿Ah. —¿Se había cansado y a de ella? —Su inglés es excelente. No tenemos más remedio: el mundo es muy grande y nuestro país es muy pequeño. Bella también. El coronel se rascó la rodilla. ¿Le importaría servirnos a todos otra taza de café? El joven se levantó de un salto. —Se volvió hacia el joven de la embajada—. si es a eso a lo que se refiere. —Bueno.

regularmente. Él abrigo me costó dos mil dólares. un vestido. —¿Alguna vez se mostró interesada por su trabajo. Solía venir con mis amigos. pero es que entonces la deseaba muchísimo. y no le haremos muchas más. Si hace tres años que conoció a la señora. Había dejado de rascarse las rodillas y sus manos estaban buscando otra actividad. las embutió en los bolsillos de su chaqueta. Una puta de alta categoría. El dinero sobre la mesa o no había diversión. señor? —No —replicó secamente el coronel—. de pronto. florines. Pero la diversión era muy buena. a pagar por adelantado. Amsterdam es una buena ciudad para nosotros. pintores. Le agradecería que me explicara un poco la naturaleza de sus relaciones. entonces debe de haberse gastado con ella unos diez mil dólares. —Sí. una pregunta brotó de sus labios. Y además estaban los extras: perfumes. Se movió unos instantes y. mejor que Alemania. señor? —preguntó el más joven de los dos policías militares. Diez mil. Pero quinientos florines es mucho dinero. nunca me preguntó nada sobre armamento nuclear. —Una suma considerable —observó el commissaris—. pero ahora se alegra de no tener que verla de nuevo. un anillo. Era una puta. y uno de ellos tenía conocidos aquí. —En efecto —admitió el coronel—. En la fiesta había muchos invitados. El coronel se removió en su asiento. porque es un tipo muy frío[2] . Incluso un abrigo de pieles. un hombre llamado Drachtsma. Me parece que su nombre de pila es Ice. —¿Dólares? —No. y si le cobraba quinientos florines por noche. y si le hacía costosos regalos. creo: músicos. Cuando se dio cuenta. Yo también lo he calculado en el avión. Aun antes de conocer a María. algunos bastante famosos. importantes hombres de negocios. —¿Mucho? —quiso saber el commissaris. Pero he estado haciendo un cálculo rápido. El rostro del may or de los dos policías militares se movió. —¿Cuánto le pagaba? —Muy bien —cedió el coronel—. —¿Le pagaba usted a la señora. le pagaba. Y le sienta bien el nombre. o algo por el estilo. Cobraba quinientos por noche. si desean saberlo. . El ambiente es perfecto. ¿Le importaría decirnos cómo y dónde la conoció? —La conocí en una fiesta. —Todas estas preguntas deben de resultarle muy desagradables —comentó el commissaris—. y si la visitaba por lo menos una vez al mes. solía venir a Amsterdam con frecuencia. En el Leidse Gracht hay una casa con gabletes que pertenece a un holandés muy rico. —No era barata.

supongo —respondió el coronel—. Un hombre grande. Un Citroën negro con una placa CD. —No debe sentirse violento —dijo—. la acompañé hasta su casa y me quedé a pasar la noche. En este despacho somos todos hombres. aunque en realidad no deseaba hacerlo. Ice se interesaba por ella. Ella le hacía sentir como un idiota a menudo. Estoy en lo cierto. —Y luego siguió y endo a verla —concluy ó el commissaris—. aunque al principio y o iba con mucho cuidado porque creía que era la amiguita de Ice. Yo creía que le había producido una gran impresión. —¿Y no estaba celoso? —No —contestó el coronel—. —Tal vez ella se lo habría curado. pero puedo tener todo el sexo que quiera sin salir de Alemania. El commissaris adoptó su expresión de anciano comprensivo. —Ya ha utilizado antes la palabra « idiota» . calvo.profesores… Les gusta que vay an extranjeros. creo que no lo estaba. Eso me hizo sentir como un idiota. Usted mismo lo estaría. —Yo y a soy viejo —objetó—. Yo solo podía verla cuando ella quería. María era la estrella de la fiesta y. Me sentí como un idiota. aunque las luces estaban encendidas. desde luego. —¿Sabía usted quién era el propietario del automóvil? —No. Un hombre grande y robusto. —¿Sabe de otros hombres que estuvieran interesados en la señora Van Buren? —Cualquiera que la conociese. ¿no es así? El coronel no respondió. Era sexo. Estoy seguro de que también era su amante. el hombre que dio la fiesta y que era el dueño de la casa. No puedo explicarlo. El commissaris sonrió. ¿no es así? —Es cierto —reconoció el coronel. —¿No planteaba eso dificultades? Me refiero al hecho de tener que compartirla con otros. —¿Le hizo pagar? —Y tanto —asintió el coronel—. y padezco de reumatismo. Tal vez. No se trataba de amor. no. —Bueno. lo cierto es que me puso las cosas muy fáciles. Pero ahora está muerta. —En realidad. Había un coche aparcado al otro lado del camino. Ya sabemos lo que es sentirse como un idiota. si la hubiera conocido. —¿La visitó alguna vez sin cita previa? —Una vez lo intenté y no me abrió la puerta. pero tuve que pagar. . —Ilógico. ¿no cree? —Sí. eso es todo. No. Al salir. —Sí.

¿qué va a hacer ahora? —inquirió el commissaris. —Armamento nuclear —asintió el commissaris—. cualquier cosa que pueda ay udarnos a encontrar a nuestro hombre. y allí la cosa es muy distinta. —Antes preferiría vérmelas con su caso que con el mío. La ha matado uno de sus clientes. El doctor opina que fue lanzado. y el cuchillo es un arma profesional. El coronel y el joven de la embajada abandonaron el despacho. diría y o. —No —dijo De Gier. Se estrecharon la mano. La casa flotante estaba sometida a vigilancia desde mucho antes de que la mujer fuese asesinada. Pero no hemos encontrado huellas digitales. —Entonces. Estoy completamente seguro de que encontrará a su hombre. Los dos policías se pusieron en pie y comenzaron a dirigirse hacia la puerta. dirigiéndose a los dos policías militares. El coronel conoce algunos secretos. —¿Por qué dice que incluso en Amsterdam? —quiso saber el commissaris. —Ok —admitió el coronel—. Un puñal de comando británico. Había sido un largo viaje. El commissaris se puso en pie. —Exactamente —dijo el oficial—. ¿no cree? O el brazo derecho de un cliente. Incluso en Amsterdam debe de ser posible contratar a un asesino. él mismo se lo ha dicho. Sin problemas. Si se gasta diez mil dólares en una puta. Solo la tienen cuando hay un asesinato. y esa mujer hacía de él lo que quería. no deje de llamarme. —Vigilarlo —respondió el de más edad—. y suele haber muy pocos al cabo del año. —Es una ciudad tranquila y agradable. —Sí —admitió el commissaris—. Yo soy de los Estados Unidos. quizá resulte un caso fácil. —¿Y quién lo es? —preguntó el commissaris. y en Amsterdam no hay muchos ciudadanos capaces de lanzar certeramente un puñal de comando. —¿Tiene usted un caso? —Ya sabe cuál es el trabajo del coronel. —Le agradezco que hay a venido. Un caso claro y sin complicaciones. —Mucho —asintió el de más edad—. tres horas hacia el norte y casi tres horas hacia el . —No ha sido él —declaró Grijpstra. —Interesante —comentó el commissaris. Si se le ocurre alguna cosa. Muchas veces me hizo sentir como un idiota. no es un buen riesgo de seguridad. Han sido ellos quienes nos han conducido hasta el caso. Nuestro Servicio Secreto está interesado. Aquí tiene mi tarjeta. He oído decir que ni siquiera tienen una brigada de homicidios permanente.

—No. Resumiendo: hemos ido a ver al exmarido de María van Buren. Permanecieron un año más en la isla y luego vinieron a Holanda. lo más importante de todo. —Puede que no —concedió Grijpstra—. El marido protestó y acabaron divorciándose. tiene una coartada. conocer en carne y hueso a un hombre verdaderamente feliz. De Gier obedeció. Podrías pararlo y pedirle que te enseñara el libro de ruta. —No —objetó De Gier—. o sea que no la mató él. —No es natural. —Le hemos salvado la vida —dijo Grijpstra—. cuando ella contaba veinticuatro. Yo le he creído. Ella se aburría. los maridos y los exmaridos son siempre los principales sospechosos. también sola. y ahora es feliz.sur. Te has pasado demasiado tiempo de uniforme. ¿Qué más nos ha dicho este . Su actual esposa es muy agradable. Unos niños muy hermosos. y estaban a punto de llegar de nuevo a Amsterdam. Y. donde él consiguió un empleo como director de una fábrica textil. A menudo solía pasarse todo el día fuera. ¿Y tú? —Claro —contestó De Gier—. No estuvo allí. —Sí —asintió Grijpstra. un bebé y otro que y a empieza a andar. Al principio le enviaba una pensión. y a veces salía a navegar a vela por los lagos y a visitar las islas. Se casó con ella en Curaçao hace diez años. No tenían hijos. con voz cansada—. Toca la bocina. deprimido. y le gustaba ocuparse del jardín. —Cierto —admitió Grijpstra—. Debe de llevar conduciendo más de las ocho horas legales. —Ha sido una pérdida de tiempo —replicó De Gier. Hemos visto a los niños. tampoco tenía ningún motivo para matarla. —Le pone a uno enfermo. mientras trataba de adelantar a un gran camión que circulaba haciendo eses. Yo también le he creído. así que dejó de hacerlo. Él volvió a casarse. No pudo estar en Amsterdam el sábado. —Un buen tipo —prosiguió Grijpstra—. —Se ha dormido. ni el viernes o el domingo. pero ella le escribió para decirle que no hacía falta que le mandara nada. hemos hablado con ella. Se instalaron en el norte. Eso fue hace tres años. Y parecía lamentar sinceramente que la hubieran asesinado. Un hombre feliz. ¿Por qué? Todos los hombres deberían ser felices. Su marido le gustaba. Vamos en un coche sin marcas. conque la señora se aficionó a navegar sola. Él no podía dedicarle mucho tiempo. Por la ventanilla del camión apareció una mano que les hizo señas para que pasaran. pero aun así se aburría. No ha vuelto a verla desde que se divorciaron. pero es reconfortante encontrar una excepción. ¿verdad? —comentó De Gier. se pasaba todo un fin de semana en Amsterdam. Además. hace y a seis años. De vez en cuando. En un caso de asesinato. y eso que nunca creo a un exmarido cuando su antigua esposa aparece asesinada. feliz en su trabajo y felizmente casado.

no —le contradijo Grijpstra—. de la alta sociedad de Curaçao. —Botánicos —saltó De Gier—. otra era beleño y la tercera era una datura. —Es imposible perder un día —objetó Grijpstra—. Ya he telefoneado a Curaçao alguna vez. Y tú sabes que no sé qué eran. Ha sido un día hermoso y soleado. Tiene varias hermanas. Quiero comprar más plantas para mi balcón. Podemos comunicarnos con ellos por télex o por teléfono. Le enseñó aquellas hierbas a su amigo. . Es bueno quedarse en casa. —Plantas —repitió Grijpstra—. todas muy bellas. ¿Sabes qué eran? —No. —¿Y qué? —Son venenosas. Todavía vive. también llamada estramonio. Antes de salir.principal sospechoso? —Que ella procedía de una buena familia. —Una era belladona. Su padre es un importante hombre de negocios. La enviaron a Holanda y cursó aquí sus estudios secundarios y algunos cursos en la universidad. Hemos perdido un día. Tendremos que pedir a la policía de Curaçao que efectúe algunas indagaciones. Hemos hecho algo. al igual que su madre. Habría podido leer un libro en el balcón de mi apartamento. Tendremos que convertirnos en hechiceros. Será fácil. Habría podido hablarle a mi gato y habría podido ir a unos viveros. donde estudió literatura holandesa. Las tres. he estado hablando con el doctor. —¿Y qué más? —Nada más —contestó De Gier—. y solo hay unos minutos de demora. Ya te dije que nos convertiríamos en botánicos. —En botánicos. ¿no? —Habríamos podido quedarnos en casa —adujo De Gier—. Y son utilizadas por los hechiceros.

pero procure que sea interesante. me he salido de la carretera media docena de veces. El pasajero de la derecha del conductor es siempre el que sale más malparado. Dice que y a se acostumbrará. —No logro mantener los ojos abiertos —decía el joven agente de policía—. —No serviría de nada. no sirvo para chófer. Y ahora. un gran automóvil negro se dirigía hacia Amsterdam. El commissaris dormía en el asiento posterior. Se lo digo en serio. pero a él le da lo mismo. O. hábleme de fútbol. Acabo de presentar mi cuarta solicitud de traslado. ¿Qué clase de historia? —Da lo mismo —respondió el agente—. . Soy y o el que no se acostumbrará nunca. de matarme y o y de matar a los ocupantes de otros automóviles. —Ya le he dicho que no deberían tenerme de chófer. El ruido del motor me da sueño. Seguramente rebotaremos en la valla de acero de la izquierda y daremos unas cuantas vueltas de campana. Es inútil. —¿Una historia? —se sorprendió De Gier—. si no. ¿me contará una historia o prefiere que destroce el automóvil? Vamos exactamente a cien kilómetros por hora y este coche es bastante pesado. He estado a punto de matarlo. 5 AQUEL MISMO DÍA. Cuénteme una historia. sargento. De Gier y el chófer de la policía hablaban en susurros. Usted investiga crímenes. y a me entra sueño. nada más girar la llave de contacto. me he quedado dormido mientras esperaba que cambiaran las luces de los semáforos. ¿verdad? Seguro que conoce montones de historias interesantes. En los asientos delanteros. —¿Quiere que le dé un puñetazo en la cara? —preguntó De Gier. Voy a quedarme dormido. he estado de servicio desde las siete de la mañana. —¡Vay a chófer! —gruñó De Gier. estoy muerto de sueño. donde había permanecido una hora aparcado ante la embajada de Bélgica. a cuarenta y cinco minutos de La Hay a. Grijpstra estaba despierto y contemplaba hoscamente los oscuros campos que iban dejando atrás mientras reconstruía en su mente la larga e infructuosa conversación que acababan de mantener. con su frágil cuerpo recostado sobre el de Grijpstra. Solo aguanto despierto cuando hay alguien que me habla. Ahora mismo. cerca y a de la medianoche. pero volverán a rechazarla porque parece que le caigo bien al commissaris.

—Solamente mataba mujeres. una noche el asesino liquidó a dos mujeres y el commissaris decidió atraparlo a toda costa. no se detenga. sino colmillos. y cuando las mujeres pasaban bajo él. y poco a poco nos fuimos haciendo una imagen del aspecto que debía tener el asesino. —Sí —añadió De Gier en voz muy baja. No andaba. —Érase una vez. siempre encontrábamos cáscaras de cacahuete. pero encontramos algunos rastros. Pero la cosa se puso demasiado fea. Descubrimos que era capaz de trepar a los tejados de los almacenes y de agazaparse en un alféizar hasta quedar convertido en apenas una mancha negruzca. cuando los comerciantes abren sus almacenes para meter y sacar mercancías. desgarrando venas y músculos. que tuvimos un asesino en el barrio antiguo. Lo que me mata es la combinación del movimiento y el ruido del motor. casi un siseo—. A veces las estrangulaba. pero encontramos las huellas de sus pies donde había pisado la sangre de sus víctimas. de más de un metro ochenta de estatura y complexión muy robusta. No puedo controlar los músculos. —Eso es —aprobó el agente—. cuando y o llevaba dos como agente uniformado de servicio en la calle. y había testigos. Además. sí —respondió el agente que conducía—. tenía el pelo largo y negro y una cerrada barba rizada. —Dios mío —musitó el agente. —¿Por qué no ha dormido en el coche mientras nos esperaba delante de la embajada? —Lo he intentado. ¿Está escuchándome? —Sí. Fíjese en mis párpados. Las descuartizaba. y a veces les clavaba sus colmillos en el cuello. ¿Qué encontraron? ¿Huellas digitales? ¿Huellas de pisadas? —Llevaba guantes —explicó De Gier—. se arrojaba encima de ellas. y sus restos aparecían dispersos por los callejones. hace diez años. —Ha dicho que encontraron algunos rastros —susurró el agente—. De Gier suspiró. excepto algunas prostitutas baratas y sus clientes. En los callejones solamente hay movimiento durante el día. Este asesino no tenía dientes como usted y y o. Le escucho. en aquella época sí que teníamos auténticos crímenes. Llegamos a la conclusión de que era un hombre muy corpulento. aunque la cosa era difícil porque solo mataba a altas horas de la noche y en oscuros callejones donde no vivía nadie. Las pocas personas que aseguraban haber visto fugazmente al asesino nos daban extrañas descripciones. —Nunca podíamos verlo. y a están medio cerrados. no se detenga. . y encontrábamos los cadáveres por la mañana. dando grandes zancadas. pero nunca puedo dormir cuando el coche está quieto. sino que parecía ir a saltos. sus ojos eran pequeños e iny ectados en sangre y llevaba siempre un chaquetón de tres cuartos con capuchón. por la noche allí no va nadie.

Teníamos una autorización de registro general y nos habían dado las llaves de todos los almacenes. Mientras nos deslizábamos sigilosamente por las angostas callejuelas con nuestros zapatos de gruesas suelas de goma. Él nunca se rinde. incluso los tipos inútiles como oficinistas. —De modo que el commissaris decidió atraparlo. que en aquella época todavía usaba Harley Davidsons: los motores rugían en primera. y y o estaba al frente de tres hombres que sabían combatir con lanzallamas. los semiorugas eran muy espectaculares. —Movilizó a toda la fuerza de policía. bloqueando los canales por si acaso el asesino intentaba huir por el agua. —No grite tanto. y todos los agentes llevaban carabinas. salió con un plan. ni siquiera su chófer predilecto. donde el commissaris roncaba suavemente apoy ado en el hombro de Grijpstra. Y al cabo de los dos días. —¡Vay a historia! —exclamó el agente en voz alta. pero no se rindió. pues llegamos a encontrar hasta seis bolsas vacías en los lugares donde había permanecido algún tiempo al acecho. Todavía no he terminado. que despertará al commissaris —le reconvino De Gier—. y nadie podía molestarle. Los chinos compraban cacahuetes baratos al por may or. y sus cadenas metálicas arrancaban chispas de los adoquines. También estaban allí los carros blindados de la policía militar. Averiguamos que las bolsas procedían del barrio chino. y duró toda la noche. Por detrás se oía la brigada motorizada. —¿Cáscaras de cacahuete? —Exactamente. Íbamos adecuadamente armados para la ocasión. Y también encontramos las bolsas vacías. También vinieron los de la policía montada. volviendo la cabeza hacia el asiento de atrás. También participaban los botes de la Policía Náutica Estatal. oíamos sus motores diésel zumbando en punto muerto. Los sargentos y los brigadas llevaban subfusiles y granadas de mano. Daba la impresión de que vivía a base de cacahuetes. subinspectores y chóferes. El commissaris quedó muy frustrado. afilándose los colmillos con una lima y haciendo ejercicios gimnásticos para estar en forma. y los detectives que venían detrás nuestro examinaban todas las casas y todos los edificios. ¿Qué commissaris? ¿El nuestro? —El mismo —asintió De Gier. los tostaban y los vendían en las calles por muy poco dinero. ¿eh? —comentó el agente —. al que tenía mucho afecto. —Fue la may or operación en que jamás he participado —prosiguió De Gier —. naturalmente. pero en ningún momento llegamos a ver al asesino. Todo el mundo tuvo que ir. y sus caballos resoplaban por todas partes. Seguramente se había quedado en su guarida. y la luna hacía brillar los cascos de los conductores. donde por entonces había mucha gente en el paro. —¿Y qué hizo entonces? —quiso saber el chófer. Se encerró en su despacho dos días enteros para pensar. Aquella noche sacamos unos seiscientos hombres a la calle. . —¿Y qué pasó? —susurró el agente.

Grijpstra obedeció. —¿Por qué no viene a mi casa. con Grijpstra? No vivo muy lejos. —Cacahuetes. —Señor —dijo De Gier. Felicidades. Nos llamó a Grijpstra y a mí. Su estado de ánimo mejoró cuando el commissaris alzó su copa. junto con otros tres hombres. y le ofreció a Grijpstra la mejor butaca del cuarto. Les presentó excusas por retenerlos hasta tan tarde y los halagó a ambos diciéndoles que era un placer trabajar con ellos. pero logramos dominarlo. Grijpstra puede tomar un taxi. señor. —Un plan psicológico. y le dijo a Grijpstra que aquella noche tendría que ir él solo al barrio antiguo. Luego fue a la cocina y llenó dos cuencos de patatas fritas. pero Grijpstra estaba alerta. y finalmente capturamos al asesino. La lucha fue tremenda y el asesino estuvo a punto de escapar. con un dejo de suspicacia en su voz. El commissaris le había dicho que debía ir comiendo cacahuetes todo el rato y hablando él solo. por supuesto. volviendo a hablar con voz normal—. —Cacahuetes —repitió el agente. El automóvil se detuvo y el commissaris abrió los ojos. Vivo aquí cerca. —¿Baja aquí. Grijpstra se había comido y a cuatro bolsas y acababa de comenzar con la quinta cuando el asesino se abalanzó sobre él. y volvió a meterse en el coche. Tomaremos una copa de brandy y hablaremos de lo que hemos de hacer mañana. vivo en esta calle. Entonces nos arrojamos todos sobre él y lo envolvimos en una red especial que el commissaris había encargado a una firma especializada en la confección de redes para capturar tiburones. Ha conseguido llegar a Amsterdam. y el commissaris estaba encantador. —Sí. Grijpstra iba provisto de una gran bolsa de papel con los más selectos cacahuetes recién tostados. muy bien. —¿Y quién era? —quiso saber el agente. Puede dejarme aquí mismo. Nosotros lo seguíamos. —Un plan —repitió el agente. a pesar de que estaba conmocionado y atiborrado de cacahuetes. Tenía que decir « estos cacahuetes son excelentes» y « estos cacahuetes están fresquísimos. . Incluso Grijpstra tuvo que ay udarnos. De Gier? —preguntó. de modo que lo esquivó y le echó la zancadilla. y podrá regresar dando un paseo. El brandy olía bien. —Ya se lo diré otro día —respondió De Gier. Intentó golpear a Grijpstra en el cuello y arrebatarle la bolsa al mismo tiempo. y todos los demás llevábamos bolsas de recambio para dárselas a Grijpstra si se quedaba sin cacahuetes. ¡y qué crujientes!» y « ¡Muchacho! ¡En mi vida había comido unos cacahuetes tan deliciosos!» . pero a distancia.

El coronel se sentía aliviado. no había ido a Amsterdam y no había matado a la señora Van Buren. mucho dinero en el caso del coronel y posiblemente también en el del diplomático. —La señora Van Buren lo hacía —intervino Grijpstra. pero que siempre había fingido ignorarlo. —Reconoció que María van Buren era su amante —dijo el commissaris—. —Bueno —comenzó por fin el commissaris—. Pero la gente las cultiva para la cocina y para fines medicinales. he olvidado el nombre. Ha quedado bien claro que el señor Wauters. de modo que se veían obligados a seguir visitándola? De Gier no respondió. Plantas. Ya he visto el informe. —Una bruja. —Sí —asintió el commissaris—. —Una bruja —comentó De Gier. ¿Filtros que hacía beber a sus víctimas y que paralizaban de alguna manera su fuerza de voluntad. mirando a De Gier—. Belladona. Dijo que estaba enterado de que ella tenía otros amigos. O tal vez quemaba unos polvos y ellos inhalaban el humo . La tercera era datura. Un auténtico diplomático. Vivir y dejar vivir. sí —contestó el commissaris—. no estaba dispuesto a decirnos nada más que lo indispensable. —No parecía lamentar que hubiera muerto —observó De Gier. y reconoció que le pagaba una cantidad mensual. Parece que no hemos avanzado mucho esta noche. —¿Pretende sugerir que confeccionaba pociones? —inquirió el commissaris. Había pasado la noche del sábado en su piso de soltero. nuestro amigo del cuerpo diplomático belga. se gastaban dinero con ella. señor. Esta mañana. Este se había mostrado sumamente cortés. No había salido del piso. beber o fumar. él solo. ¿cómo ha dicho? —preguntó el commissaris. —Ah. todo el mundo las cultiva. A nadie se le ocurre cultivar plantas venenosas. beleño y algo más. al igual que el señor Wauters. No quiso decirnos cuánto. Veía de nuevo el evasivo rostro del diplomático. Hoy en día las plantas están de moda. Puede que los tuviera hechizados. También ha quedado claro que no tiene ninguna coartada. Un acuerdo entre los dos. Lo indicamos en nuestro informe. Tal vez el hechizo consistía en su propia energía sexual y en algo que les hacía comer. iban a verla por propia voluntad. Había estado un rato mirando la televisión y se había acostado temprano. Evitar enfrentamientos indeseados. Muy conveniente. he advertido la misma reacción. esa es una importante observación. Visitaban a la mujer regularmente. cuando ha venido el coronel norteamericano. Cultivaba plantas extrañas. De Gier tomó otro sorbo de brandy y lo paladeó lentamente. —Podría ser —admitió el commissaris—. pero ambos se han sentido aliviados al enterarse de que no tendrían que ir a verla nunca más. —Perdón. y el doctor ha confirmado que las plantas que encontramos en su casa flotante eran venenosas.

Lo he visto en los hippies. Y romántico. Es una época que hemos olvidado. y entonces sí que te lo enseñaba todo acerca de las plantas. pero viva. a las épocas oscuras en que la gente vivía en pequeñas comunidades rodeadas de inmensos bosques. Pero esto es muy fantasioso. Son muy hermosas. Yo me paso un rato en el jardín todos los días. El commissaris cloqueó y volvió a llenar las copas. Una fuerza potenciaría la otra y las víctimas solo quedarían satisfechas cuando las tenían las dos a la vez. Los libros auténticos no están en venta. —¿Qué plantas tiene? —quiso saber el commissaris. —Sí —asintió el commissaris—. —Sin duda se habrá dado cuenta de que los libros sobre plantas son muy populares. Los antiguos ermitaños tenían libros. —Sí. y una planta que se llama peonza. En mi opinión. tratando de cultivar diversas plantas y estudiándolas a fondo. señor —contestó De Gier. y Grijpstra se sintió de pronto muy apacible. —A su salud. pero todavía se mantiene en la memoria de la gente. Había hablado con cierta emoción. señor. y tenías que vivir con él durante años y años. Es la primera lección que hay que aprender. una serie de datos que pueden hallarse en cualquier enciclopedia pero reunidos en un volumen con un par de dibujos para completar el lote. una planta bulbosa con flores encarnadas. —¿Y qué ve? —Son muy hermosas. y en la habitación se hizo de nuevo el silencio. Y. y son muy hermosos. oculta. ¿Tienen ustedes jardín? —Yo tengo algunas plantas en el balcón. señor —respondió De Gier. . Yo mismo he leído unos cuantos. ¿contempla usted alguna vez sus plantas? —Sí. Era un silencio agradable. no es más que basura. pero solo podías utilizarlos si el ermitaño accedía a instruirte. —Peonía —le corrigió el commissaris—. señor —contestó Grijpstra—. Bebieron todos. puro siglo XIV. Algunos de ellos deben de tener exactamente el mismo aspecto que los discípulos de antiguos magos. Me atrevería a decir que también se podría aprender por uno mismo. aparentando un gran interés. y es asombroso lo que se puede llegar a aprender. —La palabra correcta es nostálgico —prosiguió el commissaris—. Últimamente parece que está volviendo a resurgir. —De Gier es muy romántico —apuntó Grijpstra. Estamos retrocediendo hacia la Edad Media. —Geranios —dijo De Gier—.tóxico. desde luego. No muy a menudo. Incluso los geranios son hermosos. todo el mundo los tiene. ¿Van alguna vez a las librerías? —No. dígame. caballeros.

pero dijo que era muy atractiva y que y o mismo me habría interesado por ella si la hubiera conocido. un poder pasivo. —Podría ponerse en contacto con la policía militar norteamericana y preguntárselo —sugirió Grijpstra. señor? —inquirió Grijpstra. A los hombres no les gusta ser manipulados. —No —negó el commissaris—. —No. —Pero no estoy dispuesto a creer que la señora Van Buren era una bruja. Es muy difícil curar el reumatismo. Y tal vez ella los sometía a un chantaje. desde luego. Nadie ha sacado nada de la casa flotante. y entonces él dijo que tal vez la señora Van Buren me habría curado. No la apreciaba porque . esperando que el commissaris dijera algo. —Es un hombre inteligente —respondió el commissaris—. pero se trataba de una mujer sexy y hermosa. —¿Qué impresión le ha producido el coronel. En aquel momento. Y tal vez no. Puede que tuviera las plantas por alguna otra razón. —Quizá no. pero una fortuna que entraba dentro de sus posibilidades. Tiene una coartada y estoy seguro de que resultará buena. —¿Le preguntó usted si la señora Van Buren estaba interesada en las plantas? —inquirió De Gier. mañana por la mañana sabremos qué han encontrado. no se me ocurrió. Es posible que encontremos algo. Le contesté que y a soy viejo y que sufro de reumatismo.De Gier estaba sentado en el borde de su asiento con la copa de brandy en la mano. pero lo son. —Tal vez lo haga. Sin embargo. Les basta sonreír un poco y los hombres corren hacia ellas. Admitió muchas cosas. el coronel dijo algo que concuerda con su teoría. Incluso admitió haberse gastado una fortuna en ella durante los tres últimos años. De Gier. También poseía muchas otras plantas. La policía militar norteamericana la comprobará. No fue hasta más tarde cuando caí en la cuenta de su comentario. pero estoy seguro de que resultará auténtica. y es comprensible. por las mujeres y por sus propios deseos incontrolados. aparte de esas. —¿Dijo que era una bruja? —preguntó De Gier. La chantajista ha muerto y se ha llevado con ella su secreto. Tal vez el coronel y el señor Wauters se sienten complacidos porque ahora pueden salir en busca de caza fresca. El commissaris sonrió. porque ha estado vigilada toda la noche y toda la mañana hasta la llegada de los detectives. Las mujeres tienen poder. Los coroneles cuentan con buenos ingresos. —¿Le parece que no tiene importancia? —quiso saber De Gier. Quizá le gustaba su aspecto. La mató un hombre que no la apreciaba. lo cual es buena estrategia si tiene algo que esconder. Nuestros amigos niegan que les hiciera chantaje. y estoy seguro de que tenía hechizado a nuestro señor Wauters. sobre todo en el ejército norteamericano. Tres detectives han registrado hoy la vivienda. Tenía al coronel en su poder.

Mañana será otro día. Hablaré con IJsbrand Drachtsma y lo citaré para la tarde. —¿Por qué no? —Porque es un diplomático y no podríamos detenerlo. Iré andando hasta la parada de taxis. y supongo que querrán irse a la cama. y las mujeres hermosas escasean. que aún no se ha demostrado que sea un hecho. y y a veremos qué nos trae. quizá no tuvo nada que ver con su muerte. Todavía tengo que telefonear a un taxi para Grijpstra. Llámenme mañana a la una en punto y les diré a qué hora va a venir. El hecho de que fuera una bruja. Tal vez la daga fue lanzada por un asesino profesional contratado por alguna embajada. —Esperen —los retuvo el commissaris—. comer buenos alimentos y jugar a toda clase de juegos hasta que estuvieran curados de nuevo? —Sí —admitió De Gier—. Este asesino ha matado a una mujer hermosa. —¿Quieres que alguien sea castigado? —se extrañó Grijpstra—. El Servicio Secreto se interesaba por ella desde hace algún tiempo. Ustedes también estarán presentes. Hace una noche muy agradable. También es posible que la mataran porque sabía algo. El commissaris se puso en pie. Por la mañana. caballeros. Buenas noches. Pueden preguntar por él a todos los residentes de la zona y mostrarles su dibujo. Pero hay excepciones. ¿Acaso no me dijiste el otro día que sería mucho más divertido capturar delincuentes si supieras que luego iban a llevarlos a un lugar agradable con un gran parque donde pudieran relajarse. Puede que debamos considerar sus prácticas de hechicería como un simple pasatiempo. —Se hace tarde. el que lleva un chaleco rojo y tiene un hijo pequeño que juega a la pelota. —No se preocupe.ella estaba haciéndole chantaje o porque lo había humillado. Un hombre así tendría . Tenía un aspecto muy amistoso. El commissaris los acompañó hasta la puerta y sonrió al estrecharles la mano. y o me pondré en contacto con la policía de Curaçao y averiguaré todo lo que pueda sobre el historial de María van Buren. Mientras ustedes buscan a chaleco rojo. Los delincuentes son unos enfermos y habría que curarlos en un entorno placentero. —Espero que no la matara el diplomático belga —comentó De Gier mientras se dirigían hacia la parada de taxis. —Como guste. —Que duerma usted bien. y podremos hacerle todas las preguntas que deseemos sin vernos rodeados de diplomáticos y policías militares. Tenía entendido que no creías en el castigo. podrían tratar de encontrar al hombre que tiene una cara como un queso de Edam. señor —dijo De Gier. señor —rehusó Grijpstra—.

dándole a De Gier una palmada en la espalda—. Además. —La vida y a es un sueño —observó De Gier. Cerró de golpe la portezuela del taxi y el automóvil se puso en marcha. De Gier lo despidió agitando la mano. Ahora. Me habría gustado conocerla. vete a casa. métete en la cama y sueña dulces sueños. la señora Van Buren era una bruja. —Ah —dijo Grijpstra. —¿No estás de acuerdo? —Estoy de acuerdo —respondió Grijpstra. —Basta por hoy. Grijpstra no volvió la cabeza. .que ir con bola y cadena. Buenas noches.

La mujer obesa buscó las gafas. De Gier acababa de llamar a la puerta de una casa flotante y estaba esperando a que le abrieran. sargento. le miró con ojos turbios. Se había levantado el cuello de su elegante gabardina y mascullaba una sarta de maldiciones. Un chaleco rojo. ¿Qué desea. 6 ERAN LAS DIEZ DE LA MAÑANA y llovía. Se abrió la puerta y una mujer obesa. sosteniéndolo al extremo del brazo y pronunciando las palabras en voz alta—: Policía Municipal de Amsterdam. o llamaré a la policía. Mucha gente viene a pasear por aquí y no me fijo en sus caras. —¿Sabe cómo se llama? —No —respondió la mujer—. con el hombre del chaleco rojo y el niñito de la pelota. y por eso se me ha quedado en la memoria. pero no lo quiero. ¿Cómo quiere que lo sepa? Nunca he hablado . R. sargento? —¿Podría entrar un momento? La mujer se hizo a un lado. —Lo tengo visto —anunció—. La puerta se abrió de nuevo. No sé qué vende. los domingos por la mañana. A continuación. pero a este lo recuerdo por su absurdo chaleco. enfundada en una vieja bata y greñas en la cara. —¿Conoce usted a este hombre. —Váy ase —chilló la mujer—. señora? —Espere que me ponga las gafas. Solo viene los domingos. de oro. De Gier volvió a llamar. —Enséñeme su identificación —exigió la mujer. —Muy bien —dijo al fin—. Lo examinó. de Gier. De Gier le entregó una fotocopia del dibujo que había hecho Bart de Jong. Se pasea con su hijo. Me recordaba a mi abuelo. También lleva una cadena para reloj. contra sí mismo por haber comprado aquella gabardina y contra el fabricante que se había olvidado de hacerla impermeable. limpió sus cristales y se las caló. —Yo soy la policía —gritó De Gier. y le arrebató el carnet de las manos. —Váy ase —gritó la mujer desde el interior del bote—. estudió atentamente el dibujo.

« Tendría que ponerse a régimen y dedicar una hora diaria a cuidarse. el esfuerzo la hizo menos fea. Estamos demasiado lejos de la ciudad para que viniera a pie.con él. —Preferiría un buen apartamento —protestó la mujer. —¿Qué significa eso de que y a lo sabías? —inquirió Grijpstra con irritación. De Gier volvió a respirar hondo. —No. señora —dijo suavemente—. Todo se hallaba en su lugar. Es posible que aparcara por aquí cerca y luego diera un paseo. —Tiene usted un hermoso bote. Es posible que viniera en coche. ¿Es que has encontrado alguna chica guapa por ahí? De Gier respiró hondo. muchas gracias. Era la decimoséptima puerta a la que había llamado en el curso de la mañana. —Ya lo sabía. sargento? —No. « Típico» . —El hombre solía venir hasta aquí en un Rover rojo —anunció Grijpstra—. Llevo casi media hora esperándote. los muebles daban la impresión de haber sido lustrados escasos momentos antes. tales como no fumar antes del desay uno. Pero y o nunca he visto su coche. paseando la vista en torno y advirtiendo lo bien cuidado que estaba el interior del bote. Todavía me queda mucho trabajo por hacer. y podría ser bastante atractiva si lo intentara» . Esta vez perdió. —Sí. —¿Por casualidad se ha fijado si el hombre venía hasta aquí en automóvil y lo aparcaba en las cercanías? La mujer reflexionó. Regresó al VW de la policía y halló a Grijpstra esperándole. —¿Le apetece una tacita de café. —¿Por qué has tardado tanto? —gruñó Grijpstra—. Pero los ejercicios eran difíciles y no siempre vencía. « Fea mujer» . Te he estado buscando. . pero esbozó una sonrisa. las ventanas estaban tan limpias que tuvo que mirar dos veces para asegurarse de que tenían cristales. Llamó a diez puertas más y finalmente obtuvo una respuesta. sobre todo y endo con un niño pequeño. Quería decírtelo. —Gracias —dijo De Gier. Ha de ser estupendo poder vivir en el agua. Aún no puede haber cumplido los treinta. ¿Por qué lo busca? —Queremos hacerle unas cuantas preguntas —explicó De Gier. pensó De Gier. obligándose a dirigir la mirada hacia la mujer. En los últimos tiempos estaba entrenándose en disciplina mental y se había impuesto diversos objetivos. no utilizar palabras malsonantes. detenerse ante los semáforos en ámbar o ser modesto. fumando pacientemente un cigarro. De Gier se marchó. que estaba contemplándolo con suspicacia. se dijo De Gier. señora.

Comieron deprisa y. llamando a un montón de puertas y hablando con un montón de señoras maduras con el pelo lleno de rulos. Un Rover rojo. —Entonces. —Estoy empapado —dijo Grijpstra—. —No. Una estudia inglés y la otra medicina. —contestó De Gier. He estado trabajando y he averiguado algo más que lo del Rover rojo. Con eso les bastará a los oficinistas de la Jefatura. También dio las gracias al commissaris: era él quien le había nombrado ay udante de Grijpstra. iremos primero a tu piso y me tomaré un café mientras tú te cambias de ropa. las dos estudiantes. He estado y endo de arriba abajo como un tonto. —El hombre conducía un Rover rojo. Grijpstra salió del coche y le dio a De Gier una palmada en el hombro. Habían visto el coche y se acordaban de las letras de la matrícula. —Muy bien. ¿Quién es el propietario? —Interesante pregunta —observó uno de los hombres. D. y luego pasaremos un momento por mi casa para que pueda cambiarme y o. ¿Por qué te has entretenido tanto? —No me he entretenido —protestó De Gier—. Antes de volver. —¿Qué letras? —V. . —Tú no sabes nada —gritó De Gier—. y telefonearemos al commissaris desde allí. —Sí —dijo el commissaris por el teléfono de Grijpstra—. de modelo reciente. Excelente. Ya lo sé. ¿por qué no me lo habías dicho? —preguntó Grijpstra—. pero me gustaría que estuvieran ustedes en mi despacho a la una. todavía masticando el último bocado. pero no sabemos el número. IJsbrand Drachtsma vendrá a las dos. y resulta que tú y a lo sabías. Los dos policías almorzaron en un pequeño restaurante económico cercano a Jefatura. Conocía a otros brigadas. donde dos hombres en mangas de camisa estaban jugando a cartas. Pero ellas sí que sabían algo. La matrícula empieza con las letras VD. Y cuando has llegado estaban duchándose y has tenido que secarles la espalda y luego te han invitado a tomar café y habría sido una descortesía negarse. En la última casa flotante viven dos chicas. De Gier tuvo los primeros pensamientos gratos del día y dio las gracias a su suerte. —Muy bien —asintió De Gier. Has encontrado a nuestro hombre. —¿Tenéis ganas de trabajar un ratito? —inquirió cortésmente De Gier. —Sí. —¡Espléndido! Buen trabajo. salieron apresuradamente hacia un cuarto en el último piso del edificio de la policía. y tú también. Los detectives han terminado de registrar el bote de la señora Van Buren y me gustaría comentar su informe con ustedes.

toda clase de frutos secos. supermercados y demás. . ¿Cuánto tiempo hace falta para lanzar un cuchillo? ¿Y cómo puede un policía detener a un hombre que no deja rastros? Incluso era posible que el asesino fuese un extranjero. Los dos hombres interrumpieron su partida de cartas. cacahuetes. según la suerte que tengamos. Localizó la duda insidiosa y la identificó: ¿Y si había sido un asesino a sueldo? Nunca había tenido que vérselas con un asesino a sueldo. importado especialmente con el único fin de acabar con la vida de la señora Van Buren. Le habrían enseñado la casa flotante y una fotografía. pero siempre va bien tener los detalles por escrito. anacardos. —Parece usted preocupado —observó el commissaris. Siéntense y les diré lo que hemos averiguado. Los sospechosos acudían uno a uno. Hemos telefoneado a su oficina y lo hemos citado para las cinco de esta tarde. vendrá aquí. y le habrían indicado una fecha y una hora. y empezó a revolver los papeles que tenía sobre su escritorio—. De Gier se frotaba las manos. Los importa y los revende a may oristas. —¡Ah! —exclamó el commissaris—. —¿Frutos secos? —Nueces. El caso iba bien. ¿Han encontrado al hombre del chaleco rojo? —Sabemos quién es. pero en el fondo de su mente una duda insidiosa le inquietaba. Se llama Holman y vive en la ciudad. No tienen un auténtico motivo. mientras estáis en ello. —¿Cuánto tardaréis en averiguarlo? —Un par de minutos o un par de horas. podríais comprobar si tiene antecedentes. Solo efectúan una visita a la casa de la víctima. Los asesinos a sueldo son profesionales. señor —respondió Grijpstra—. Los detectives me lo han contado todo esta mañana. señor. pensaba. Son fríos. Los dos policías tomaron asiento y se pusieron cómodos. desapegados. —Bien —aprobó el commissaris. Ya están aquí. pero me gustaría conocer el nombre y la dirección del propietario antes de diez minutos. Y. Estaban haciendo progresos. pues solo trabajan por una suma de dinero previamente convenida que les llega en el interior de un sobre cuando su misión está cumplida. a nuestro despacho. No tienen ninguna relación personal con la víctima. Tengo aquí el informe sobre el registro de la casa flotante. De Gier le comunicó su duda insidiosa. Parecía muy alterado. Es el propietario de una pequeña empresa dedicada al comercio de frutos secos. —¿Le han dicho por qué deseaban verle? —No. ¿verdad? —No es nada urgente —respondió De Gier—. No es urgente.

siempre me interesa saber qué lee la gente. La he mandado abrir. Los detectives hicieron una lista con todos los títulos extranjeros. Estamos interrogando a los sospechosos. El pasamanos de la escalera también había sido limpiado. o sea que el asesino no llevaba guantes. salvo dos ventanitas muy pequeñas que la señora Van Buren debió de dejar abiertas para ventilar el lugar. La casa flotante es propiedad del señor Drachtsma. —Hay un poco más —añadió el commissaris—. —El commissaris sacó dos objetos y los depositó sobre su escritorio—. También he recibido un archivador con resguardos del banco. los detectives encontraron una caja fuerte cerrada. La señora sabía leer en inglés. Las ventanas del bote estaban cerradas. por lo menos. en francés y en alemán. Venía pagando impuestos sobre unos ingresos anuales de veinticinco mil florines. porque había dos estantes de libros sobre brujería y hechicería. con piernas ahusadas y sendos penes. debió de costarles una hora. Y puede que De Gier estuviera en lo cierto. Los hombrecillos tenían incluso cara. De Gier examinaba las raíces con aire estupefacto. Miren esto. el doctor no estaba seguro. que no le cobraba ningún alquiler. En la librería. y esas son las reglas que estamos siguiendo. ¿Qué dirían que es? —Raíces —respondió Grijpstra. La mujer fue asesinada y alguien la asesinó. con ojos y nariz. Algo sabemos. el tirador de la puerta delantera había sido limpiado por dentro y por fuera. en cinco idiomas distintos. . según los cuales la señora Van Buren tenía más de treinta mil florines en su cuenta corriente. —Bueno —observó Grijpstra—. Aunque quizás el cuchillo no fue lanzado. En el ejército solo se enseña a combatir con cuchillo a algunos cuerpos especiales. La señora Van Buren tenía muchos libros en holandés. —Sí —admitió el commissaris—. largos y delgados. y también en español. Les pedí a los detectives que se fijaran en su librería. Y hemos registrado la vivienda. No había huellas digitales. Puede que alguno de ellos nos dé una pista. Es imposible pasar por cualquiera de esas ventanitas. —Curaçao está muy cerca de Sudamérica —señaló De Gier. y su fuente de ingresos se describe como « entretenimientos» . Y aún hay otra cosa interesante. y en su interior había más de mil florines en efectivo. no había indicios de allanamiento. Nuestra investigación debe atenerse a ciertas reglas básicas. la cosa no está tan mal. Pero no debemos preocuparnos: la preocupación es una pérdida de tiempo. lo cual significa que el visitante disponía de una llave o bien que la propia señora Van Buren le abrió la puerta. Medían unos quince centímetros de longitud y parecían un par de hombrecillos resecos. también a mí me preocupa. todos ellos novelas de autores conocidos. Casi toda la información que me han proporcionado los detectives esta mañana es de tipo negativo. —En efecto. Hay muy poca gente capaz de lanzar un cuchillo. pero también había libros en otros idiomas. después de todo.

a fin de cuentas —dijo Grijpstra. estas cosas tienen un aspecto maligno. Me ha contado una extraña historia. son realmente humanas. y esperma y baba y vómito y pus y mocos y sudor» . estas plantas solían encontrarse al pie de los patíbulos. —No tiene importancia. De Gier seguía estudiando las raíces. —¡Bah! —exclamó Grijpstra. y y a debería estar acostumbrado a este tipo de charla. pero sonó el teléfono y él mismo lo descolgó. Y los hechiceros siempre buscaban las raíces. Por lo tanto. tienen apariencia humana y. ¿verdad? Son raíces de mandrágora. meneando la cabeza—. —¿Y qué se supone que hacen estas raíces? —inquirió. —El doctor no estaba muy seguro. Las usan en brujería. y se decía que no crecían a partir de una semilla. —Lleva usted mucho tiempo en la policía. Le he pedido al doctor que les echara un vistazo y las ha reconocido de inmediato. Grijpstra. de todos modos. luego. . Supongo que se podría preparar una poción con ellas. Cuando se arranca la raíz. pero. Y sangre. ¿verdad? —Así es. La planta a la que pertenecen estas raíces está considerada como la más poderosa de las conocidas por los hechiceros. señor. —Commissaris —comentó con voz queda—. pero estaba inclinado sobre la mesa para verlas más de cerca. —Sí que lo parecen. El commissaris iba a responder algo. No las había tocado. según los hechiceros. sino que las originaba el esperma que los criminales ahorcados en el patíbulo ey aculaban mientras libraban su combate final con la muerte. —Parece que la señora sí era una bruja. Como pueden ver. esta emite un espeluznante aullido que es capaz de volverlo a uno loco y hasta dejarlo muerto en el sitio. un talismán que confería poderes especiales a su portador. Yo creía que y a estaban pasadas de moda. —Parecen hombrecillos —dijo al fin. se tapaban los oídos con cera y llamaban al perro. Las raíces son tan poderosas que no puede uno arrancarlas de la tierra sin jugarse la vida. El commissaris fijó la vista en el brigada. y así arrancaban la raíz de la tierra. De Gier alzó la vista. Le parece que las llevaban en torno al cuello a modo de talismán. Los rastros que descubrimos con frecuencia proceden del cuerpo humano. Y tiene usted razón. así es cómo se suponía que nacía esta planta. Es como las canciones que suelen cantar los chiquillos: « Mierda y meados. Lo siento. —Sí —admitió Grijpstra—. En la Edad Media. por supuesto. los hechiceros cavaban muy cautelosamente y ataban un cordel a la raíz y el otro extremo a la pata de un perro. pero también es posible que fueran molidas y mezcladas con otras hierbas y hongos secos. El cuadro que estaba pintándoles no es muy hermoso.

había cogido un cigarro de la caja que había sobre la mesa y procedía a encenderlo con sus fuertes y atezadas manos. IJsbrand Drachtsma inclinó ligeramente su calva cabeza en respuesta a la observación. Sus gestos eran medidos. cogemos un teléfono. Drachtsma era el presidente de cierto número de empresas bien conocidas. De Gier sabía que Drachtsma andaba cerca de los sesenta años. IJsbrand Drachtsma se había acomodado en la butaca señalada y estaba contemplando al commissaris. Las agencias de publicidad que ellos poseen nos dicen qué debemos comprar y hacer. más poderoso. —El sábado pasado por la noche —respondió Drachtsma con una voz profunda. Drachtsma. Drachtsma. como si controlara todas sus actividades. pensaba De Gier alegremente. —Haga pasar el señor Drachtsma —ordenó. son ellas las que conforman la rutina de nuestras vidas. Manipulamos a los manipuladores. que un ministro del estado. estuve con mi esposa en . De Gier pensó en el suy o. unos simples policías. El escaso cabello que enmarcaba su pulimentado cráneo aún no se había vuelto completamente gris. pero el cuerpo que tan cerca de él estaba en aquellos momentos irradiaba más energía de la que debería corresponderle por su edad. utilizando un encendedor de oro de maciza apariencia. También debía de ser muy poderoso. quizá. Parecía envuelto en un imperturbable silencio. un dirigente nato. El encendedor produjo una llamita el primer intento. ante la hospitalaria invitación del commissaris. Se lo habían descrito como un magnate. —Solamente unas pocas preguntas —decía el commissaris—. que jamás funcionaba correctamente y que cada vez debía ser engatusado de un modo distinto para que diera lumbre. pensaba De Gier. Las empresas dirigidas por hombres como Drachtsma dan empleo a miles de personas. los hombres como Drachtsma comparecen ante nosotros. erigido a su alrededor de la misma manera en que un huevo envuelve y protege al polluelo. Debía de ser riquísimo. —Y Drachtsma había vuelto a inclinar su calva frente. Mientras colgaba el auricular. tenía que ser un hombre muy poco corriente. como si aquella entrevista fuese para él una nueva experiencia que pensaba disfrutar a fondo. De Gier admiraba a este recién llegado al pequeño círculo de sospechosos. se apresuró a recoger las raíces con la otra mano y las guardó en el cajón de su escritorio. que reverberaba en su amplio pecho—. —Me alegro de que hay a podido venir —decía el commissaris. Flotas enteras de mercantes se mueven por los océanos porque hombres como Drachtsma han descolgado un teléfono. No le retendremos más de lo imprescindible. Pero. Los claros ojos azules de Drachtsma chispeaban con un brillo expectante. si nosotros.

Era muy celosa de su intimidad. Además. y ambos quieren mucho a su madre. y me gusta que participen en todas sus fases. quizá podamos averiguar quién la asesinó. —Bien —dijo Drachtsma. Se divorció. Si sabemos quién era la señora. lo siento. a mí también me gustaría saber quién la ha matado. Puedo darle sus nombres y direcciones. Espero que no le moleste la presencia de mis dos ay udantes. Están a cargo de la investigación. Me pregunto si podría facilitarnos algunos detalles sobre la vida de esta señora. Ahora hay muchos cerca del suy o. —Sí —asintió Drachtsma—. Tengo un hijo y una hija. ¿Qué puedo decirles? La conocí cuando todavía estaba casada. por otra parte. y dirigió una sonrisa a los dos policías. No sufrió. si lo desea. sin saber qué le había ocurrido. Cuando hubo terminado. y a estaba casado. —Me parece bien —respondió Drachtsma. y el cuchillo se clavó con gran precisión. y . —No quería casarme con ella —dijo Drachtsma—. Por la tarde los llevé a navegar. Fue una sonrisa cordial. Los tres policías estaban mirándolo. —Lo lamento —comenzó el commissaris—. ¿verdad? —Creo que no. Y. y pasamos la velada escuchando música. —Díganos. Drachtsma garrapateó en una hoja de su agenda. su bote era el único que había en aquella parte del río Schinkel. por favor —le urgió el commissaris. Lo más probable es que muriera inmediatamente. Por entonces. —Oh. su exmarido dirige una fábrica textil que forma parte de la organización para la que y o trabajo. La conocí en una fiesta y creo que me enamoré de ella. Drachtsma sabía cómo tratar a los subordinados. y quienquiera que fuese debía de tener una buena razón. unos socios comerciales de Alemania. —Se lo ruego —dijo el commissaris. Tuvimos invitados. Suelo pasar muchos fines de semana en la isla. arrancó la hoja y se la tendió al commissaris. y nos veíamos en los lagos. Estaba pensando en Maria van Buren. Alguien la mató. pero me veo en la necesidad de hacerle preguntas de índole personal. una agenda encuadernada en piel que extrajo del bolsillo interior. —¿Por qué no se casó con María van Buren? —quiso saber el commissaris. Tenía su propia embarcación. no creo que María hubiera aceptado casarse conmigo. —Entiendo.Schiermonnikoog. También y o quiero a su madre. La mataron por la espalda. —Era mi amante. —¿Le importaría explicarnos la naturaleza de sus relaciones con la señora Van Buren? —inquirió el commissaris. Compré una casa flotante para ella porque le gustaba vivir en el agua.

Me pareció un tipo muy educado y cauteloso. —El cuchillo —apuntó el commissaris— me tiene preocupado. —¿No le importa que hay a muerto? —Es un hecho inalterable. Todas las cosas llegan a su fin. . No creo que tuviera ningún enemigo. que y o sepa. Esta contundente respuesta desconcertó un tanto al commissaris. llevaba uno idéntico. Drachtsma se volvió y miró a Grijpstra a los ojos. —Espero que no le moleste lo que voy a decir —observó suavemente el commissaris—. con aire dubitativo. permítame que se lo enseñe. —¿Sabe qué clase de puñal es? —inquirió de pronto Grijpstra. —Y supongo que los dos tendrán sus coartadas. pero ella estaba acostumbrada a vivir allí. y sus amantes no éramos celosos. —Supone bien —admitió Drachtsma. El tercero es un belga. Drachtsma cogió el cuchillo. un coronel norteamericano llamado Stewart. —¿Sabe usted de alguien que conociera a la señora Van Buren y que fuera capaz de lanzar este cuchillo? —No —contestó Drachtsma—. y a uno de los otros lo conozco personalmente. pero apenas unos segundos. y maté a un alemán con él. Éramos solo tres. Siempre la telefoneaba antes de ir a verla. pero no parece usted muy afectado por su muerte. —¿Sabe usted de alguien que quisiera verla muerta? —No —repitió Drachtsma—.a menudo le había sugerido que debería mudarse. Lo vi en una fiesta. Es un cuchillo de los comandos británicos. Cuando desembarqué en Francia. No hubo respuesta. Lo guardo aquí. Y no me importaba. —Ya hemos interrogado a ambos caballeros —anunció el commissaris. con aire pensativo. —¿Sabía usted que tenía otros amantes? —Sí. y pasó algún tiempo antes de que la conversación reanudara su curso. —Me parece que no debe de haber mucha gente que sepa cómo lanzar un cuchillo así —dijo el commissaris. A excepción de mí mismo —añadió casi inmediatamente. y ella solía telefonear a mi oficina. nos entrenamos con puñales como este. —Si era su amante y vivía en una embarcación de su propiedad. —Sí —respondió—. —Creo que y o podría hacerlo —afirmó Drachtsma—. en absoluto la clase de persona que se diría capaz de lanzar un cuchillo contra la espalda de una mujer. ¿no cree? —alegó Drachtsma—. No puedo hacer nada. Durante la guerra. supongo que le enviaría usted un cheque mensual. —Un puñal de combate —observó.

—Nunca se debe subestimar a los provincianos —intervino De Gier. Pero ella nunca me pedía dinero. Pensaba pagarle un poco más. —Una mujer muy fuerte que murió asesinada —concluy ó el commissaris—. —Plantas —repitió Drachtsma. ¿le importaría decirme cuánto le pagaba a la señora Van Buren? —Veinticinco mil al año —respondió Drachtsma—. pero era una amenaza vana. era un motivo de irritación. frotándose vivamente las manos—. debido a la inflación. —No creo que nadie sea capaz de azorarlo —observó Grijpstra en cuanto el señor Drachtsma se hubo retirado. en Harlingen. señor Drachtsma —comenzó—. y siempre estaba ley endo libros sobre este tema. —Ya veremos —respondió el commissaris suavemente—. Grijpstra? —Sí. Me pregunto si… —No terminó de formular la pregunta. —Yo nací en Franeker —dijo el commissaris. Las últimas preguntas: hemos descubierto que la señora Van Buren se interesaba mucho por las plantas. Pero no es el único frisón del mundo. Para mí. pues a menudo se pasaba la noche hablando de plantas. Gracias. La única isla que verdaderamente me gusta es Schiermonnikoog. De vez en cuando le compraba joy as y vestidos. y y o no la visitaba para eso. Espero que no tengamos que molestarle de nuevo. y a sé lo de sus plantas. Sus padres viven cerca de Willemstad. —Muchas gracias —dijo el commissaris. señor Drachtsma. y los frisones son unos cabezotas. e incluso la amenacé con dejarla si no abandonaba sus ridículas hechicerías. No creo que le hubiera importado en lo más mínimo que la dejara. Con frecuencia me llevaba a pequeñas herboristerías donde venden plantas medicinales. —Una cosa más. ¿No nació usted en el norte. —¿Fue alguna vez con ella? —Tengo muy poco tiempo libre —negó Drachtsma—. señor. y dos veces al año le regalaba un billete a Curaçao. Tuvimos algunas disputas por esta causa. y se echó a reír—. El commissaris pasó por alto el comentario. Es un frisón. Sí. Era una mujer muy fuerte. . —¿Algún extra? —Sí.

—Deberías haber ido a buscar al encargado. Prefiero ir al estanco. hermosura —insistió Grijpstra—. enojado—. ¿Qué encargado? —Ese tipo bajito con perilla y bata gris. —Más de una hora —repitió De Gier—. A continuación. No contestó. ¿Qué vamos a hacer con ella? —Toma un pitillo —le ofreció De Gier. y se quedó mis dos florines sin darme nada a cambio. —Grijpstra encendió el cigarrillo. Una hora que podemos aprovechar para algún propósito auténtico. Te estoy hablando. En realidad. inhaló y logró sonreír. ¿Por qué no podemos tener una cantina como debe de ser. él tiene la llave. Siempre está vagando por los pasillos. Metes dos florines por la ranura y aprietas el botón que prefieras. ¿Qué haremos mientras esperamos a nuestro amigo Holman? Aún falta más de una hora. Una hora que es parte de hoy. Ay er lo hice. atendida por un simpático sargento entrado en años que a veces hasta se olvidaba de cobrar? —Ya no nos quedan simpáticos sargentos entrados en años —respondió De Gier. obediente. —Y a mí no me quedan cigarrillos. De Gier . Una hora llena de posibilidades. expulsaba un vaso de papel que se había quedado atascado en algún lugar de sus misteriosas entrañas y lo llenaba de un líquido denso y espumoso. Una hora. —Sí —asintió Grijpstra—. —Menos cuando y o lo necesito. —Gracias. Grijpstra hizo una mueca de disgusto en dirección a la máquina. De Gier dio un paso atrás. —Ahora le falta agua —protestó Grijpstra. te he hecho una pregunta. —Oy e. —El encargado —repitió Grijpstra—. —Ahí tienes otra máquina —le indicó De Gier—. el día más maravilloso de nuestras vidas. —No. 7 —¡ADELANTE! ¡Golpea! —exclamó Grijpstra. estudió fríamente a su adversario y golpeó. se frotó la mano mientras la máquina de café. Grijpstra derramó el contenido de su vaso en una papelera de plástico y comenzó a registrarse los bolsillos. De Gier estaba peinando sus rizos y contemplándose en un espejo. como la que teníamos antes.

finalmente. —¿Música religiosa moderna? —inquirió Grijpstra—. Un hombre que toca música religiosa con una flauta melódica. Es un animal muy hermoso. mientras tú te duchabas.guardó el peine y se ajustó el pañuelo que llevaba anudado al cuello. A mí me hace lo . pero esta mañana me habría encantado retorcer su espléndido cuello. ¿Sabes lo que ha hecho? —Espero que te hay a arañado —dijo De Gier. —Sigue —le azuzó De Gier—. Se ha pasado más de medio minuto olfateando. —No —rehusó—. Su padre procedía del Lejano Oriente. Solo tardaremos diez minutos. no tenemos tanto tiempo. No me importa escuchar música religiosa. Luego ha saltado hacia tu estantería y ha desaparecido. Ha hecho varias cosas. —Kwong —repitió Grijpstra—. Mi gato tiene pedigree. con voz súbitamente fuerte. Seguro que te preguntarías qué se siente cuando te dan un mordisco en la axila. ¿sabes? De Gier saltó como si le hubieran pinchado. ¿Por qué lo llamas Oliver? —Es su nombre —explicó De Gier—. y y o no sabía qué quería decir aquel gruñido. Otro día. —Exacto. —Sí —admitió De Gier—. Se desliza por cualquier rendija y se mete detrás de los libros. meneó la cabeza. Tendrías que deshacerte de ese gato. Además. suele hacerlo a menudo. debo reconocerlo. —Vay amos a mi casa —sugirió—. —¿Por qué no te deshaces tú de tu mujer? —preguntó. pero si hemos de ir a toda prisa y volver a toda prisa no podremos concentrarnos. Oliver Kwong. Primero. Es capaz de mover hasta veinte libros de una vez. así que me he limitado a esperar. Seguro que el viejo Kwong pertenecía a un jefe de las tribus montañesas que hervía viva a la gente que no se arrodillaba en su presencia. Podemos llevarnos el coche. —No la quiere nadie —contestó Grijpstra—. ¿Con batería? —No —respondió De Gier. Estoy convencido de que eso es precisamente lo que Oliver pretendía que me preguntara. se ha cansado de olfatear y se me ha subido al hombro. así que he dejado de pensar en él hasta que me han caído unos cuantos libros en la cabeza. Habría debido suponerlo. tal vez. seguro que tu gato vuelve a meterse conmigo. La buena música exige concentración. —No. ¿Qué más ha hecho? —Finalmente. Pero alguien habrá que quiera tu gato. era una sensación muy extraña. —¡Ja! —exclamó De Gier—. Prepararé un verdadero café y pondré un disco que compré la semana pasada en unas rebajas por solo tres florines. Le gusta tenerte en vilo. Grijpstra sopesó la proposición y. Entonces. ha saltado sobre mi regazo y ha gruñido un poco. Tiene muchos dientes y muchas uñas. Es más sutil que eso. Luego ha metido el morro bajo mi axila y ha empezado a olfatear. Ya lo ha hecho esta mañana. se estira en toda su longitud y empuja.

dando unas palmaditas a la gran pistola automática que llevaba sujeta al cinturón—.mismo. te pegaré un tiro a ti. nada es permanente y todas las cosas llegan a su fin. haciendo ver que era un tigre. Creo que es un gato muy inteligente. Y vay a si se ha asustado. de repente he dado una palmada y he pegado un grito para asustarlo. . —Ah. ¿No ha hecho nada más? —Sí —dijo Grijpstra—. —Si me muerde —contestó Grijpstra con aire solemne. Ha intentado saltar en dos direcciones a la vez y se ha caído del armario. —La próxima vez. —Tú estarías muerto —señaló De Gier. dando unas palmaditas a la pequeña pistola automática que llevaba en una funda sobaquera —. te morderá —le advirtió De Gier. —Nunca me atraparán —afirmó De Gier. —Sí —contestó Grijpstra—. eres mi amigo. Habían regresado a su despacho y estaban sentados tras sus respectivos escritorios de acero gris. Nunca he oído hablar de ningún gato que les tire libros a las personas. No veas la cara que ponía cuando se ha levantado del suelo. Una auténtica caída. y luego se asoma y sonríe. Ojalá encargasen el caso a Sietsema y Geurts. Le he dado un susto de muerte. —¿Me la contarías? —¿Por qué habría de hacerlo? —Porque soy tu amigo —dijo Grijpstra con dulzura. —Sí. eso estaría bien. —Nunca lo conseguirían. al menos por el momento. como el señor IJsbrand Drachtsma nos ha explicado hace un rato. No le pego nunca. en pleno corazón. eres mi amigo. —Si le pegas un tiro —replicó De Gier con aire solemne. te lo aseguro —insistió De Gier. —Entonces. —¿Tienes pensada alguna brillante estrategia para escapar? —Sí —respondió De Gier. porque. Como me ponía nervioso. es verdad. —Deberías pegarle cuando lo hace. Ha saltado sobre ese armario antiguo que tienes y se ha puesto a acechar. —Claro que te atraparán. De Gier asintió. —No —protestó De Gier—. Yo no creo en la amistad. le pegaré un tiro entre los ojos. —Conque asustando a un pobre animalito —observó De Gier despectivamente. Ya era hora de que alguien lo hiciera. —Sí. Cuéntame por qué Sietsema y Geurts no te atraparían. cuéntame por qué no te atraparíamos. Pero. por lo que son ilusorias y desprovistas de sustancia real.

y me pasaría todo el día tomando el sol y holgazaneando y hablando con la gente y sería feliz. Era una señora muy agradable. El commissaris lo había acomodado en una butaca baja. Gracias. Creía que éramos nosotros los que estábamos a cargo del caso. lo ha hecho pasar a su propio despacho. El chico estaba pisoteando las plantas . ¿Y la policía no te identificaría nunca? —Nunca —aseguró De Gier. —No le niegues su placer a un anciano —replicó Grijpstra. Cuando el señor Holman aún trabajaba para un patrón. Grijpstra sintió compasión de aquel gordo. —¿Piensas hacer la prueba? —inquirió De Gier. apretaría unos cuantos botones y tendría un nombre nuevo. se había apropiado de unos cuantos miles de florines que un cliente le había pagado por mercancías recibidas. Tres meses de prisión. Me supo muy mal enterarme de que la habían asesinado. me confundiría con las demás batas blancas. El commissaris nos espera. de los que dos habían quedado en suspenso. Me pondría una bata blanca. pero el hombre trató de dar fuerza a su apretón. cosa de diez años antes. Y luego me buscaría un empleo de barrendero y me darían uno de esos bonitos vehículos motorizados y una escoba. y los tres policías contemplaban desde lo alto a su víctima. El señor Holman le devolvió la sonrisa. Intentaba mostrar una apariencia de coraje. alquilaría otro apartamento. —Porque sé cómo funciona el ordenador de la ciudad. pero el señor Holman había firmado un recibo. —¿Y nunca te identificaríamos? —Tú estarías muerto —insistió De Gier con tono de reproche. Tomó asiento a su vez y le sonrió. que se revolvía en el asiento. un año más tarde. —Bien —dijo De Gier. —Siempre se me olvida. De Gier recordó que había leído el expediente del señor Holman esa misma mañana. Dos condenas. y otra por lesiones graves. pero la suy a apenas aleteó unos instantes en sus regordetes labios y se desvaneció tal como había surgido. había golpeado al hijo de un vecino. —Pero ¿qué es esto? —protestó De Gier—. golpeando suavemente el lado de un tambor—. Grijpstra había cogido sus baquetas y dio un vacilante redoble. Buena idea. Luego. No existía factura. La mano del señor Holman era húmeda y fofa. El sargento había estudiado los detalles de ambos casos. —Ha llegado el señor Holman —anunció Grijpstra. y sacó su flauta. Una por desfalco. —Leí en el periódico que habían matado a la señora Van Buren —comentó con voz aguda—. —Lo más probable es que no —concedió Grijpstra—. Entonces. Estuvieron tocando hasta que sonó el teléfono.

A veces. —¿Y recuperaron la pelota? De pronto. El chico solo tiene cuatro años. Le prometí que le compraría una pelota nueva porque no podíamos alcanzarla desde la orilla. pensaba Grijpstra. A consecuencia del golpe. que a veces compraba envasados en latitas. y tenemos la costumbre de ir en coche hasta el Schinkel. A mi hijo le gusta que salgamos a pasear los domingos por la mañana. —Debió de ser una mañana entretenida —apuntó Grijpstra. Ya sabe usted que la mataron. Tres meses de cárcel. aparcar por allí y dar una vuelta. Pero no muy amiga. señor Holman? — comenzó el commissaris. al Schinkel. y me iría a casa a comérmelos» . jugamos con su pelota. Nos interesa mucho. el señor Holman contuvo una risita. « Un tipo jovial» . —Háblenos de ella —le pidió el commissaris con tono placentero—. Si era amiga suy a. era amiga mía. seguramente querrá usted que encontremos al asesino. al final la recuperamos. A Grijpstra le gustaban los frutos secos. Todo empezó a causa de mi hijo y su pelota. pensando en los numerosos paseos que sus hijos le habían obligado a dar los domingos por la . y trató de disimularlo con un carraspeo. « Si y o fuera un policía corrupto» . « Lástima que sea tan nervioso» . Se cay ó por la ventana. con que normalmente suele echarla él de un lado a otro. —¿Cuáles eran sus relaciones con la señora Van Buren. Se le cay ó al río. más fácil nos será encontrar a su asesino. que la asesinaron. y quedó muy desconsolado. Se le quebró la voz. Acababa de recordar que el señor Holman vendía frutos secos. « le obligaría a que me diera todo un saco de anacardos. sobre todo los anacardos. —Sí. —La conocía —respondió el señor Holman. Entonces y o no la conocía en absoluto. había caído contra un poste de la verja y había debido ser conducido al hospital. pero se puso a llorar y a dar gritos. Estuvo muy amable. el señor Holman tenía un aire jovial. y cuanto más sepamos sobre ella. « Un individuo astuto y violento» . ¿verdad? —Sí —contestó el señor Holman—. Grijpstra también pensaba. y un domingo se le cay ó al río. Una fisura en el cráneo. Al igual que muchos otros hombres obesos. pero vagamente. pensaba De Gier. —¿Su pelota? —se extrañó el commissaris. Pero su precio era bastante elevado. A mí no me gusta jugar a pelota.del jardín del señor Holman. pensaba el commissaris. —¿Y les hizo pasar? —Sí. sí. pero lo que estaba viendo no concordaba con la imagen que se había formado por la lectura del expediente. pero entre tanto mi hijo se las compuso para caerse al Schinkel. —Sí. así que llamé a la puerta de la señora Van Buren pensando que quizá desde su bote podríamos alcanzar la pelota.

Y acaba de decirnos que no le gustan los deportes. Tuvimos que quitarle la ropa y ponerla a secar. El señor Holman meneó la cabeza. La habitación estaba muy silenciosa. —¿Cómo sabe lo que estoy pensando? —preguntó De Gier. —No. Ella me invitaba a tomar café y mi hijo se tomaba una limonada. Tengo la costumbre de ir a trabajar los sábados. El señor Holman permaneció en silencio. —Me gusta mucho el deporte. —¿Llegó a hacerlo? —No. sin llamadas ni visitas. en absoluto. —El sábado estuve en mi despacho toda la tarde y parte de la noche. —¿Y su esposa? ¿Estaba enterada de sus visitas a la señora Van Buren? El señor Holman emitió otra risita. . ¿Por qué? —Solo preguntaba —dijo Grijpstra—. Pero no fue así. es el mejor día de la semana. —El sábado por la noche —repitió el señor Holman—. —Una mañana muy complicada —respondió el señor Holman—. Solo íbamos a visitarla. y no pudimos irnos. —Sí. Bueno. —¿Llegó a conocerla bien? —inquirió De Gier. Para mí. —Y a usted. Nos quedábamos media hora. —Ha visto a la señora Van Buren ¿no? —preguntó el señor Holman. Los policías esperaron. Estaba solo. señor. —¿Había alguien con usted en el despacho? —No —respondió el señor Holman—. Mala cosa. —¿Nada de relaciones íntimas? —No. Mi hijo siempre le hablaba de aquella señora tan simpática. —No. El señor Holman estaba sudando. Mi mujer decía que quería ir a conocer a la señora simpática. No del modo en que está pensando. Sacó un gran pañuelo y se enjugó el rostro. —Vi su cadáver en el depósito. ¿le molestó eso? —quiso saber el commissaris. —Lo sé. —Entiendo. —La mataron el sábado por la noche —anunció Grijpstra. —¿Algún deporte en particular? —inquirió el commissaris. No quería jugar a pelota con su hijo. —¿Y solamente hablaban? —preguntó el commissaris. —¿Ha estado en el ejército? —quiso saber Grijpstra. Siempre los domingos por la mañana. Tengo un problema en la columna. Llegué a casa sobre las once.mañana. más o menos. cuando vivía era una mujer muy hermosa. y siempre con mi hijo.

y se puso a llorar. El estilete de Grijpstra se hundió en el mismo centro de la caja de puros. —Los dardos —explicó el señor Holman—. El despacho estaba nuevamente en silencio. . Ningún motivo en absoluto. el señor Holman empezó a comprender. —Difícil —sentenció Grijpstra. Juego muy bien a dardos. —¿Y bien? —preguntó el commissaris. No es un deporte muy popular en Holanda. perforando la delgada madera. Soy el presidente del club. ¿Por qué habría de querer matar a una mujer que le daba tazas de café e invitaba a su hijito a beber limonada? No era cliente de ella. —Así es —asintió el commissaris. pero espere un momento. señor. El señor Holman se levantó y se balanceó sobre sus pies. —No. —¿Por qué no? —inquirió el commissaris. Mientras Grijpstra se acercaba al archivador para recobrar su cuchillo. tras pasarse más de una hora contestando preguntas. ¿saben? —Los dardos son un deporte de lanzamiento —observó Grijpstra lentamente —. Tenía los párpados entornados y sopesaba el cuchillo en la palma abierta. La caja quedó destrozada. —No tiene ningún motivo —intervino De Gier—. ¿Dónde quiere que lo clave? —En la caja de puros —dijo el commissaris—. Grijpstra. pero me gusta. y. por ejemplo? El estilete destelló en su mano. Grijpstra y De Gier se lo quedaron mirando. al cabo de unos minutos. —El commissaris colocó la caja vacía sobre un archivador—. Lo había abierto mientras lo sacaba del bolsillo. El commissaris seleccionó un cigarro de entre el desordenado montón que tenía sobre su escritorio. y no es posible que le hiciera chantaje. Aquí está bien —concluy ó. —¿Y bien? —volvió a preguntar el commissaris. En casa tengo un cuarto especial donde podemos jugar. El señor Holman se había marchado. —Debo conseguir una caja nueva —murmuró para sí. ¿verdad? —preguntó en un susurro. —¡Ya está! —exclamó. Antes quiero sacar los cigarros. —Sin duda —contestó el señor Holman—. —Yo no la he matado —dijo el señor Holman. ¿Cree que sabría lanzar esto. —La mataron lanzándole el cuchillo. sonándose ruidosamente la nariz. añadió—: No debería llevar ese estilete. en voz más alta. El movimiento había sido rapidísimo.

bonito y complicado. Llámenlo a su oficina mañana por la mañana y díganle que se presente aquí a las tres de la tarde. Ahora disponemos de mucha información. —Pues a mí no —replicó De Gier—. ¿Y a ti? —Sí —dijo Grijpstra—. —Lo que las mujeres encuentran de atractivo en un hombre —empezó el commissaris con voz de conferenciante— no suele ser su apariencia. y tenía pequeñas atenciones con ella. Vámonos a un café a tomar algo y empecemos otra vez por el principio. Y finalmente le hundió un puñal en la espalda. y Grijpstra sonrió. —Tendremos que volver a hablar con él —decidió el commissaris—. Le cantaba canciones de amor. Se puso en pie y abrió la puerta. Quizás eran amantes. Es un bonito caso. —¿Esa bola de carne? —se mofó De Gier. De Gier pareció quedar dolido. —No iría a visitarla los domingos por la mañana si ella fuese su puta los días entre semana. —Tal vez le regalaba flores —sugirió Grijpstra—. y le recitaba poesía. —Este caso le está gustando —dictaminó Grijpstra mientras regresaban a su propio despacho. —Quizá no tuviera que pagarle nada —apuntó el commissaris—. . —No —se rebeló De Gier. Eran amantes. —De acuerdo —admitió De Gier—. —Cierto —asintió Grijpstra.

Tropezó con un adoquín y se apoy ó en la barandilla de hierro forjado de un puente. Finalmente llegó a su destino y contempló la deteriorada y angosta casa con gabletes. pero. La lluvia exacerbaba su reumatismo y. La entrevista había quedado concertada en cuestión de minutos. a pesar de todos sus esfuerzos. . Se forzaba a respirar lentamente. El Servicio Secreto había alertado a la policía. Estaba pensando en el Servicio Secreto. hacía años que la conocía. no le importaba. de forma que su expresión era una mezcla de alegría y sufrimiento que resultaba en una extraña mueca. y tuvo que esperar hasta que de nuevo consiguió regular su respiración. y se preguntó si habría alguien a quien le importara. esa mañana su cojera era evidente. hecho que no podía ser pasado por alto. pero jamás había tenido ningún motivo para penetrar en aquel lugar de misterios. 8 LA LLUVIA ERA TORRENCIAL. un pulcro peatón con impermeable negro y sombrero flexible. El dolor había empeorado un poco. Conocía la dirección. Deseó haber podido evitar aquella visita. Conocía bien aquella casa. Soltó una maldición. en su fuero interno. habían descubierto que María van Buren no era la sencilla mujer sola. Conocía la casa. Se preguntó cuánta gente sabría que el Servicio Secreto tenía una sede local al margen de sus tres habitaciones en la Jefatura de policía. La había visitado varias veces. tuvo que reconocer que era una gestión ineludible. inquilina de una casa flotante. El commissaris meneó la cabeza y rezongó. fría y sumamente desagradable. Verificó el número y sonrió. y hacia allí se dirigía. una maldición larga y venenosa. Aquella mañana había estado hablando con el jefe de policía para pedirle que le concertara una entrevista con el director del Servicio Secreto. Volvió a sonreír. La única preocupación que acosaba su cerebro en aquellos momentos se refería al dolor de sus piernas. pero al commissaris. También se forzaba a pensar en algo que no tenía nada que ver con el dolor. pero mucho tiempo atrás. Seguían sin saber gran cosa sobre la muerta. que a primera vista parecía. y sus pensamientos le divertían. acentuando todas las sílabas. Respirar lentamente aumentaba su capacidad de resistencia. Por alguna razón hasta el momento inexplicada.

¿Conocerían sus actuales ocupantes la historia del edificio? Probablemente no. La chica era francesa. La herida no era grave. Recordó el rostro mofletudo y aceitoso de Madame y el voluptuoso cuerpo de Mimí. Había muerto de un ataque cardíaco. Aún había visitado la casa una vez más. decorada con tupidos cortinajes de terciopelo rojo. súbitamente activada. El cliente y la chica estaban comiendo pedacitos de tostada con mantequilla. Un cliente —un extranjero. Su aspecto era más bien bulboso. pero el médico no estaba del todo seguro y llamaron a la policía.Treinta y cinco años atrás. y ella le había corregido los errores. no constituía una visión muy agradable con todas las luces encendidas. antes de que estallara la guerra. pero solo le cobraron una cuarta parte del precio habitual. enervado por el reflejo de su propio cuerpo visto desde todos los ángulos posibles. abundancia de encajes semitransparentes y una gran profusión de muebles Victorianos. pero también bastante interesante. La muchacha disponía de una espaciosa habitación propia en la segunda planta. Hizo sonar el timbre. Eso sucedió el día en que el anciano señor De V. la casa tenía un mejor aspecto. fue hallado en aquella habitación. Había sido una gran casa. le proporcionó una serie de fotos en color razonablemente nítidas. y por cierto que el anciano señor De V. Madame se mostró muy atenta con él: le permitió elegir entre cuatro chicas deliciosas. por cuarta vez. Aquella noche. pues era de primera categoría. le reservó el cuarto de los espejos y descorchó ella misma la botella de champaña con sus gordezuelas y enjoy adas manos. Una velada memorable. Su memoria. en un arrebato de cólera y frustración. . pero de todas maneras el cliente fue detenido. generosamente cubiertos de caviar. Allí se atendía a los peculiares gustos de algunos de los hombres más ricos de la capital. El commissaris se había pasado varias horas ante los espejos. como un hongo blanquecino exageradamente grande. y los minúsculos huevos negros se mezclaron con la sangre sobre el alabastrino cuerpo de la muchacha. digna y tranquila. por fortuna—. sin duda. y había practicado con ella sus conocimientos del idioma. Y en aquellos momentos iba a visitar la casa de nuevo. En aquella época. una muchacha javanesa que solo podía alquilarse por breve plazo y a un precio exorbitante. La segunda botella la pagó él de su bolsillo. se había reído maravillosamente y había hecho mucho más de lo que él esperaba que hiciera. Por entonces. había herido a una de las jóvenes con un pequeño tenedor. y esta insinuación le hizo regresar al cabo de quizás una semana. y aquella noche produjo una honda impresión en su inexperta mente. La menuda figura enfundada en un impermeable se irguió en los peldaños del viejo edificio mientras los recuerdos inundaban su cerebro. una habitación llena de espejos. auténticamente francesa. el commissaris era un inspector. Madame dejó caer una apenas velada insinuación. Un espectáculo muy desagradable.

como él mismo. Un anciano con el uniforme municipal. Advirtió también que el rostro del comandante le recordaba la cara de una tortuga. Los buques están amarrados en el río y aquí tenemos al último de sus hombres. pues entonces también había un portero anciano que se quedaba mirando a los clientes como si no supiera por qué se habían molestado en llamar.pensó el commissaris. y su graduación. estaba aburrido. y el portero dobló la espalda en una leve inclinación y se hizo a un lado. aunque tal vez decir « cara a cara» fuera una exageración. una cara reseca con pacientes ojos enterrados bajo gruesos pliegues. Al commissaris le gustaban las tortugas y tenía una en su jardín. Pero algunos de los muebles aún seguían allí y el commissaris se acomodó en una butaca tapizada de terciopelo rojo. las solapas de su chaqueta decoradas con las tres cruces del escudo de Amsterdam. Los espejos habían desaparecido. Conque eso es lo que ha ocurrido con la marina. Tal vez el anciano fuese mudo. sin falta. pero su estado de ánimo era muy distinto. La llamaba « Tortuga» . pero ella jamás acudía cuando la llamaba por su nombre. Estrechó la mano de su anfitrión y ambos se mostraron de acuerdo en lo tocante al tiempo. El commissaris se rio entre dientes y casi pensó que su guía iba a detenerse y pedirle una explicación. su sombrero fue a coronar el impermeable. Advirtió. un anciano. en realidad. La puerta se cerró a sus espaldas y fue conducido por un tramo de escaleras hacia la habitación de los espejos. El anciano. depositaba sobre el césped en el centro de su pequeño jardín. —Estoy citado con su director —dijo el commissaris. Un lento ruido de pasos arrastrados fue acercándose y la puerta se abrió con un chirrido. Su anfitrión le ay udó a desembarazarse del impermeable y lo colgó de una pesada percha de cobre. una vez más. y. El commissaris se halló ante una máscara hecha de vieja masilla amarillenta. porque el comandante y a era un viejo cercano a la jubilación. no tenía cara. Era un comandante naval. una butaca antigua. pensó en el burdel de aquel pasado tan remoto que y a casi parecía pertenecer al tiempo de los sueños. Mientras esperaba a que alguien le abriera la puerta. se dijo secamente. que los pies de su anfitrión estaban cubiertos por unas raídas y usadas zapatillas. esa era la palabra: aburrido. También conocía el nombre de su anfitrión. miró al commissaris cara a cara. A él le complacía la suprema indiferencia de su tortuga y la alimentaba cuidadosamente con hojas frescas de lechuga. Ni siquiera conocían cuando alguien llamaba a la puerta. No se sentía impaciente y excitado. que cada noche. pero su actitud reflejaba servilismo y el commissaris se sintió agradecido de que su presencia hubiera sido reconocida. se dijo. se sintió cada vez más seguro de que no la conocerían. . Volvió a pulsar el timbre. pero su lento avance no se interrumpió y otra puerta se abrió ante ellos. En aquellos momentos. sin la menor sorpresa. una butaca en la que y a se había sentado antes. Sí.

Las piernas estaban doliéndole mucho. el caso Van Buren. La seguridad del estado. Nos solicitaron que la tuviéramos bajo observación. y los del commissaris estaban cerrados. El cigarro fue encendido. —Así es —asintió el commissaris. Esta misma señora Van Buren había iniciado relaciones con uno de sus hombres. —Pero me temo que no podemos hacer gran cosa. Sobre el escritorio de la tortuga aparecieron dos tazas con sus platillos. La tortuga hablaba sin ser preguntada. hasta seis al exhalar. En la pared latía lentamente un reloj. —¿Un cigarro? —Por favor. La puerta se abrió y volvió a cerrarse. y no siempre hacemos lo que nos piden. no es mucho lo que sabemos. Pero al commissaris y a no le pareció divertido: había aceptado por completo la fusión del pasado y el presente. El dolor quedó controlado y el commissaris hurgó en sus bolsillos. —No pensamos mucho —apuntó la tortuga. —Pero luego Bruselas también dio la alarma. No se miraban el uno al otro. —No. un diplomático a cargo de asuntos de seguridad. después de todo —sugirió el commissaris. El commissaris siguió contando. La tortuga tomó aire. una cafetera. un experto en guerra atómica. . —Comprenda. —Sí —dijo el commissaris. Los ojos de la tortuga se habían vuelto hacia su interior. deseosa de compartir sus conocimientos. al parecer. había trabado amistad con un oficial. utensilios todos que se remontaban a la época del burdel. hasta cuatro al inspirar. —Mucho —respondió el commissaris. —Muy triste —añadió la tortuga. La tortuga sonrió. —Sí —estaba diciendo la tortuga—. —Pero recibimos muchas solicitudes de este tipo. El commissaris no se sintió en la necesidad de decir nada. un azucarero y una jarrita con crema de leche. El commissaris respiraba muy quedamente y contaba para sí. esperó y comenzó a hablar: —Nos gustaría serle útiles. y todas sus energías se concentraban en el ritmo de su respiración. —Y ustedes pensaron que tal vez ahí hubiera algo. —La señora Van Buren tenía amistad con varios hombres. Tengo entendido que la pobre ha sido asesinada. Los servicios de inteligencia norteamericanos nos informaron de su posible importancia.

Sigue haciendo un tiempo de perros. —Da igual —decidió al fin—. quiero decir. « Estoy obteniendo mucha información» . ¿no es eso? —Naturalmente —asintió la tortuga—. seco y curtido. Me pregunto cómo lo adquiriría. —No. Pero se encogió de hombros y desechó este pensamiento. Pero cumplimos con nuestra función. La tortuga estaba en lo cierto. que no he podido esperar más. seguía haciendo un tiempo de perros. Procedería tal y como dictaban las reglas. —Lo compraría. todo el mundo debe de querer un taxi. El silencio se prolongaba y el commissaris se puso en pie. —Podría ser —admitió la tortuga—. El portero le saludó y una vez más se abrió y se cerró la puerta. No pensamos. El commissaris tuvo la impresión de que debía formular la pregunta: —¿Llevan mucho tiempo aquí? En este edificio. Supongo que están muy atareados. Tome un poco más de café antes de irse. sintiéndose en cierto modo atrapado. supongo —replicó amablemente la tortuga. hacía algún tiempo que deseaba que surgiera un caso difícil. El commissaris vació su segunda taza y extendió la mano. Nada de prisas. La prisa es un error . —Sí —respondió la tortuga. Se quedó esperando en el vestíbulo. Pensó en su plazo límite: faltaban diez días para que regresara el inspector jefe. se dijo el commissaris mientras caminaba hacia la Jefatura. Esta conclusión le animó. —No —repitió la tortuga—. El commissaris pulsó el timbre de nuevo y le pidió al portero que telefoneara para llamar a un taxi. si es que viene. —¿Eso fue todo? —inquirió. Resultaría embarazoso tener que decirle a su ay udante que un asesino andaba suelto. No llegamos a ninguna parte» . con esta lluvia. Dígale al taxista. —Sí —dijo la tortuga. sintiendo que tenía la obligación de asegurarse. —Y se pusieron en contacto con nosotros. —Podría ser que la muerte de la señora Van Buren no tuviera nada que ver con ningún secreto —señaló débilmente el commissaris. pero el taxi no llegaba. ¿Por qué? —Simple curiosidad. « y toda es negativa. La mano de la tortuga tenía el tacto que le correspondía. —Propiedad del estado. —Diez años —contestó la tortuga.

Su teléfono sonó al cabo de diez minutos. si usted lo juzga necesario. por favor —solicitó educadamente. « Tal vez tengan alguna relación» . recién bañado. la señora Van Buren era hija del señor De Sousa. —Nunca saben nada —contestó el jefe de policía. con champaña y una chica de esbeltas caderas y bien formados senos. El inspector jefe se mostró muy atento. señor —le saludó un sargento uniformado. « Dolor y sabiduría» . Sí. pero no podía decirle nada más. y el commissaris se encontró mirando fijamente el auricular. el señor De Sousa era un ciudadano prominente. pero. Con el inspector jefe Da Silva. y el commissaris tenía que hablar casi a gritos. En el Servicio Secreto no saben nada. joven. Hubo un breve silencio. mientras doblaba lentamente la esquina y comenzaba a bordear otro canal. Había comenzado a leer obras sobre la China antigua más o menos al mismo tiempo que el reumatismo empezaba a incendiar los nervios de sus piernas. —Póngame otra vez con la policía de Curaçao —le pidió el commissaris a la chica de la centralita—. El inspector jefe Da Silva lo sentía mucho. Preferiría no tener sabiduría y tampoco dolor. una narración filosófica. pues le conducía a nuevos descubrimientos. Sí. en la Jefatura—. El commissaris suspiró y marcó un número de dos cifras. —Creo que debería ir a Curaçao. señor. —Buenos días. rechazó esta conclusión.fundamental. en la isla no sabían nada. un anochecer de septiembre de 1938. La noche en el cuarto de los espejos. —Para las ranas y los oficiales —dijo el sargento en voz baja. nada que hubiera podido conducir a la prematura muerte de la señora Van Buren en su domicilio de Amsterdam. se preguntó el commissaris. . pensando en los tiempos en que carecía de sabiduría. Magnífico día. No. La conexión era mala. —Buenos días. Sí. Anduvo durante otro cuarto de hora. ¿De dónde he sacado y o eso?. Se le ocurrió la idea de que quizá debería sentirse agradecido a su dolor. Se vio entrar en el burdel. se había interesado por el asunto. ¿Cómo está usted esta mañana? —Muy bien —respondió el commissaris—. Lo recordó al instante: lo había sacado de una narración china. Esperó. pensó. —Bien. —Con el jefe de policía. de Curaçao. lleno de expectación. en Willemstad.

9 —ABRÓCHATE LA CAMISA —dijo Grijpstra—. —No. Cada vez estaba más gordo y se compraba corsés cada vez más fuertes. De Gier se llevó las manos a la pechera. —No. me parece. Se te ve la camiseta. No te preocupes. Yo tenía un tío con una figura parecida a la tuy a. Parecía asombrado. Encontró a De Gier contemplándose en el espejo de cuerpo entero que habían instalado en el corredor por orden de un jefe de policía que deseaba que sus hombres tuvieran un aspecto pulcro. ¡Ja! —¿Qué significa ese « Ja» ? —Estás engordando —sentenció Grijpstra. La camiseta naranja. —Un poco gordo —le corrigió Grijpstra—. ¿Por qué? —¿A qué edad? —A los cuarenta y ocho o cuarenta y nueve. ¡Respira! Si retienes el aire. y un día le estallaron las venas del cuello. ni quiero verla. —Oh. tuvo que ponerse un corsé. con aire de triunfo. —Adopta una postura normal —le indicó Grijpstra—. De Gier se levantó de un salto y abandonó la habitación. —Pero puede empeorar. Yo siempre leo todas las notas que hay sobre tu . Al final. mirando más de cerca—. Es la edad. Pero ¿qué te importa a ti lo que le pasó a mi tío? ¿Has leído la nota del commissaris que hay sobre mi escritorio? —Sí —contestó De Gier—. Los músculos se reblandecen y el estómago empieza a sobresalir poco a poco. De tanto mirarse al espejo. se murió. De pura vanidad. —¿No has visto nunca una camiseta naranja? —preguntó De Gier. —¿Y qué le pasó a tu tío? —quiso saber De Gier. —Gordo —masculló De Gier. te asfixiarás. —¿De qué? —De vanidad —respondió Grijpstra—. Grijpstra corrió en pos de él. —Se ha caído el botón —observó Grijpstra.

No está tan gordo. —¿Por qué no ha sido él? Al final reconoció que había visto a la señora Van Buren a solas. y entonces el jovial señor Holman se convirtió en su verdadero amante. ¡Zas! ¡Chof! —No —protestó De Gier. un día. —Entonces. No más de lo que vas a estarlo tú dentro de unos años. luego hacían perezosamente el amor y luego él se iba corriendo a su casita. ¿qué piensas hacer? —Sígueme. Podríamos telefonear otra vez al señor Holman y pedirle que venga a vernos. de modo que él se pasó un par de días sudando hasta que por fin se decidió y comenzó a practicar con sus dardos. No creo que pudiera mimar a sus amantes de pago. —Y anteay er. Quizás ella lo mimaba. Muy romántico. encontró ese magnífico y perverso cuchillo en una tienda de segunda mano del barrio antiguo y se lo llevó a casa y estuvo practicando una o dos horas y el sábado pasado fue a verla y se lo clavó en la espalda. Se tomaban una taza de café. donde Grijpstra esperó hasta que De Gier hubo encontrado las monedas adecuadas. —Exacto —asintió De Gier—. —Ya te he seguido —observó De Gier—. Y tiene una cara simpática y agradable. ¿Y ahora qué? —No sé —dijo Grijpstra—. pero ¿por qué no habrían podido hacer el amor los domingos por la mañana? ¿Qué tienen de malo los domingos por la mañana? —¿Ese gordo? —Desengáñate —replicó Grijpstra—. Luego. pero luego admitió que había ido a verla él solo. Se ha ido a Curaçao y no volverá hasta dentro de unos días y nosotros debemos seguir con la investigación. —Si tiene que venir hoy. guapos y dinámicos. Un muchachito pisa una flor de su jardín y . ¿verdad? Al principio decía que siempre la visitaba acompañado por su hijito. De Gier le siguió y fueron a parar junto a la máquina de café. Quizás él le proporcionaba cierta sensación de seguridad. —Ya lo hicimos ay er.escritorio. —¿Por qué no? Es un tipo violento. Tanto el coronel como el diplomático y nuestro amigo Drachtsma son altos. de complexión robusta. —Sí. o de leche con miel y nuez moscada. o de cacao caliente. Grijpstra se apoy ó contra la pared encalada y tomó un sorbo de café. Pero al final se cansó de ella y ella le amenazó con contárselo todo a su mujer. Grijpstra asintió. Los domingos por la mañana. —No ha sido él —decidió De Gier. Puede que ella se cansara de sus siluetas y sus músculos. Maravilloso. —Eso es lo que él dice. volverá a llorar. —Únicamente los domingos por la mañana.

—¿Jugar con él al gato y el ratón? ¿Hacerle venir todos los días. —Sí —admitió Grijpstra—. Estoy convencido de que es un hombre inteligente: para levantar un buen negocio en pocos años hace falta cerebro. El hombre se halla en un estado lamentable. Tal vez tengas razón. Eso fue una tontería. darle un respiro. encontrados por la patrulla nocturna. Solo podríamos retenerlo unos cuantos días. Su patrón se fio de él y el tipo le robó un par de miles de florines cuando creía que nadie estaba mirando. el hombre tuvo un ataque de nervios y su esposa estuvo a punto de divorciarse de él. La última vez que lo hicimos. Y disciplina. No existe ninguna prueba. Vámonos. un genio —comentó De Gier.del golpe que le da tienen que llevárselo al hospital con el cráneo roto. fingiendo que deseaba informarme sobre su crédito comercial. esperaban a sus legítimos propietarios. —Además de amante. ¿no crees? —Sí —admitió Grijpstra—. El Rover es un automóvil bastante lujoso. De Gier se acercó a la ventana y miró hacia el patio. . No tiene coartada. —Es un juego sucio. El jefe se ha ido y no tenemos ningún plan concreto para hoy. hacerle venir de nuevo? ¿Telefonear a su casa para hacerle preguntas extrañas? Grijpstra no contestó. Pero tarde o temprano nos habríamos enterado de su afición a los dardos. no es de fiar. Además. y los dos me han hablado muy bien de él. una vieja solterona que atiende al teléfono cuando él no está. Cada vez que le hacemos una pregunta. y luego resultó que era inocente. Sabía que nos enteraríamos. ¿recuerdas? Se instaló por su cuenta después de haber estado dos veces en la cárcel. fue una tontería. —¿Y? —Puede ser. —Tiene un negocio de frutos secos. Se encarga personalmente de todas las compras y las ventas. y a lo sabes. Pero lanzó tu estilete contra la caja de puros del commissaris. —¡A la mierda con todo! —exclamó De Gier—. Pero no lo creo. Ya has leído su expediente. conque quizá fue una muestra de astucia por su parte. Se rascó pensativamente el trasero. Hemos de conseguir que confiese. Dirige él mismo su negocio. se enjuga la cara con ese gran pañuelo suy o y se le llenan los ojos de lágrimas y acaba echándose a llorar. Jamás olvidaré ese caso. —¿Adónde? —A mi piso —respondió De Gier. y solo tiene una empleada. y lo hace tan bien que es propietario de una bonita casa y de un flamante Rover rojo. donde cuatro coches robados. ¿no? —He leído su expediente. He llamado a dos de sus clientes. —¿Crees que deberíamos detenerle? —No —respondió Grijpstra—.

—No podemos resolver el caso antes de que vuelva —observó De Gier. —¡Mierda! —comentó Grijpstra—. El gato volvió a ronronear. y De Gier puso un disco para que lo escuchara Grijpstra y se encerró con Oliver en la cocina. El commissaris quedaría como un tonto. De Gier se incorporó y quedó sentado en el suelo. —Ya te meterás con él luego. Curaçao es una isla calurosa. Y vigila al gato. Algo tiene que andar mal contigo para que te guste tanto ese gato. . si quieres. —No —objetó Grijpstra—. Tiene que investigar su historial. El caso no avanza y la señora era de Curaçao. Y aquí tienes café del bueno. Oliver saltó sobre el regazo de Grijpstra. un órgano que interpretaba composiciones de Bach. —Te olvidas del Servicio Secreto. —Puede ser. Solo hay ocho horas de vuelo hasta Curaçao. —Si el commissaris crey era que lo había hecho Holman. —¿Por qué no? —No podía. con la cabeza apoy ada sobre las manos. Puedes comerlas con jamón. Oliver maulló y arañó la puerta. Ahora mismo estará tendido en una hamaca. —Sí —dijo Grijpstra—. y el estado paga el billete. Se ha presentado la ocasión y él la ha aprovechado. con sus claros ojos azules fijos en Grijpstra. El hombre no está casado. no se habría ido a Curaçao. Ponles mermelada a las tortitas.Llegaron al piso al cabo de un cuarto de hora. Quizás ella conociera secretos que el diplomático no hubiera debido contarle. Aceptadas todas las sugerencias. De Gier puso otro disco y ambos se dedicaron a escuchar música religiosa. —Runrunrún —dijo suavemente Grijpstra. en la terraza de algún hotel. —Tortitas —anunció al poco rato—. De Gier estaba tendido en el suelo. Ellos también están metidos en el caso. con miel o con mermelada. Apoy a los pies en esa silla. —Hermoso —comentó Grijpstra. Y duerme en mis brazos. Puedes fumarte un buen puro. Empezó a rascar a Oliver detrás de las orejas. Oliver estaba gruñendo en un rincón y afilándose las uñas en la alfombra. —Ella no le hacía chantaje al diplomático. abriendo los ojos. eructó y encendió un cigarro. Sé que te gustan las tortitas. ronroneó y se quedó dormido. Se comió las tortitas. Al commissaris siempre le están doliendo las piernas. rodando para ponerse de espaldas—. —Se llama Oliver. —¿Te das cuenta? —preguntó De Gier. Déjame preparar unas tortitas. Ha querido calentarse las piernas. El disco llegó a su fin.

—¡Ja! —se burló Grijpstra—. ¿Qué secretos? Bélgica no está en guerra. Son
como nosotros. Bélgica es un país pequeño y confortable que dedica todo su
tiempo a producir cosas y venderlas.
—Exactamente. Secretos comerciales o secretos que afectan a la economía.
—De Gier bajó el tono de su voz—. Ciertas naciones están muy interesadas en
arruinar la economía de la Comunidad Europea. Los diplomáticos siempre saben
muchas cosas, y por eso les envían mujeres seductoras que los atraen hacia sus
casas flotantes. Los diplomáticos se jactan.
—No —le interrumpió Grijpstra—. Nuestro diplomático, no. Él no es de los
que pierden el tiempo jactándose. Iba a su bote para acostarse con ella. La hacía
trabajar. Jugaba con ella, o la obligaba a jugar con él. Y luego se vestía, subía a
su Citroën negro y se iba a su casa.
—¿No sospechas del diplomático?
—No —respondió Grijpstra.
—¿Y del coronel?
Grijpstra vaciló.
—¿No?
—El coronel está lejos de su esposa. Nos dijo que vivía en algún lugar de los
Estados Unidos. Ella y a debe de imaginarse que el coronel no pasa las noches
solo. La señora Van Buren no habría podido chantajearlo por este motivo.
—El armamento nuclear —apuntó De Gier.
—Sí. Pero eso no es cosa nuestra. La policía militar está investigándolo. Y
tiene una coartada.
—Habría podido enviar un esbirro; un paracaidista, un ranger, un hombre de
los servicios especiales o como sea que llamen a sus asesinos. Los
norteamericanos se matan entre sí a las primeras de cambio.
Grijpstra se echó a reír.
—A las primeras de cambio —insistió De Gier.
—El coronel, no.
Grijpstra suspiró.
—Sabes que nos estamos acercando, ¿verdad? —preguntó De Gier.
—Sí —dijo Grijpstra.
—IJsbrand Drachtsma —declaró De Gier con voz firme.
—Tiene una coartada.
—Eso dice.
—El commissaris la ha comprobado.
—Eso dice el commissaris.
—¿No le crees?
—Oh, sí, claro que le creo. Habló con los hombres de negocios alemanes que
Drachtsma tuvo como invitados aquella noche y le confirmaron que habían
estado allí con él. No hay manera de llegar a Amsterdam desde

Schiermonnikoog sin tomar el ferry, y en esta época del año el ferry solo hace dos
viajes al día. En Schiermonnikoog no hay ningún aeropuerto. Pero Drachtsma es
un hombre muy rico.
—¡Ja! —exclamó Grijpstra—. Un helicóptero lo recogió en la play a. Lo dejó
en otra play a, donde estaba esperándole un veloz automóvil. Corrió con él hasta
Amsterdam, se introdujo en la casa flotante con su propia llave y ¡zas! y ¡chof!
—Sí —asintió De Gier.
—Una mierda.
—Sí. En Holanda hay unos 350 habitantes por kilómetro cuadrado. El
helicóptero no podría haberlo transportado sin que nadie lo viera. Cierto, cierto. O
sea, que no lo hizo él. Y es una lástima —añadió De Gier—, porque no cabe duda
de que es un hombre peligroso. El diplomático no me asusta, y si el coronel
viniera a por mí le invitaría a tomar algo, pero IJsbrand Drachtsma…
—¿Hablas en serio?
—Y tanto —dijo De Gier—. Recuerda que huy ó a Inglaterra en 1943, cuando
los alemanes tenían vigilado hasta el último centímetro de la costa.
—Y el motor de su bote se estropeó.
—Imagínate lo que debieron de pasar —prosiguió De Gier—. Veinte o treinta
horas de camino y todas las play as contemplándote con un millar de ojos.
Malignos ojos alemanes atisbando desde debajo de sus pesados cascos, con
ametralladoras y cañones por todas partes y el cielo lleno de aviones, y tú
sentado ahí, en tu cascarón de nuez, peleándote con un motor fuera borda
mientras los otros reman, y sueltan los remos, y maldicen.
—Sería divertido —opinó Grijpstra.
—Yo siempre había deseado hacer algo así, pero entonces era un chiquillo.
¿Y tú? ¿Dónde estabas?
—Pasé el último año de la guerra en una granja, trabajando e intentando
reparar una moto vieja. Me llevó todo el invierno, y cuando se acabó la guerra
aún no funcionaba.
—¿No te asusta? —quiso saber De Gier.
—No. No tengo nada que perder. Además, me resulta irritante. Un gallito, eso
es lo que es. Se ha pasado la vida triunfando.
—Tú no has perdido, ¿verdad?
—No —admitió Grijpstra—. O tal vez sí. No hay mucha diferencia. Pero eso
él no lo sabe. ¿Te acuerdas de la sonrisa que nos dirigió cuando el commissaris
nos presentó como sus ay udantes?
—Sonrió hacia abajo.
—Justo. Parecía amistoso, pero no lo era.
—No la mató él, sin embargo, porque no estaba allí. Debió de enviar a
alguien.
—Pero ¿por qué querría matarla?

—Chantaje —respondió De Gier—. ¿Qué otro motivo podía tener? Él es un
hombre casado, y ella amenazaba con romper su matrimonio. Tal vez tiene todas
sus propiedades a nombre de su esposa: la casa de Schiermonnikoog, la casa de
Amsterdam, el y ate, el avión particular, la casa flotante, las acciones.
—Tendríamos que hablar con su mujer.
—Hay otra cosa —anunció De Gier—, una cosa que aún no te he contado.
—Deberías contármelo todo —observó Grijpstra.
—Sí; es ese joven bajo, con un abrigo de piel de imitación y aire de músico.
—¿Qué le pasa?
—Le pedí que esperase en el pasillo mientras le apretábamos las tuercas a
Drachtsma, o tratábamos de apretárselas, debería decir, porque esa vez ganó él.
Quería saber qué haría Drachtsma cuando hubiéramos terminado con él.
Cardozo esperó fuera y, cuando Drachtsma salió, echó a andar detrás suy o,
fingiendo que iba a alguna parte. Bajaron por la escalera hasta el vestíbulo
principal, uno tras otro. La puerta está siempre cerrada, y el agente de guardia en
la entrada tiene un botoncito que abre la cerradura al pulsarlo. Drachtsma le
mostró su tarjeta, el agente pulsó el botón y la cerradura se abrió. Pero para salir
hay que empujar la puerta.
—Sí, sí —asintió Grijpstra—. Ya conozco esa puerta; la cruzo al menos cien
veces cada día.
—Exacto. Pero Drachtsma no empujó la puerta, sino que le dio una patada
con su enorme y maloliente bota, y en el momento de cruzarla se tiró un pedo.
Un hediondo y ruidoso pedo.
—¿Y Cardozo lo recibió en sus propias narices?
—Eso mismo.
—No debes confiar en esos detectives jóvenes. Te dicen siempre lo que creen
que deseas oír.
—No —objetó De Gier—, Cardozo es de fiar. Me contó lo que vio, o, en este
caso, lo que olió.
—Sí —dijo Grijpstra—, y Drachtsma tiene su casa en Schiermonnikoog, ¿no
es eso?
Grijpstra se puso en pie sin pensar en Oliver, que despertó de pronto y clavó
sus garras en la pierna del policía. Grijpstra soltó un aullido y Oliver siguió
aferrado. Grijpstra retrocedió hacia la estantería y De Gier trató de ay udarle. Un
jarrón cay ó al suelo y se hizo añicos, derramando su agua sobre Oliver, que y a
se había soltado. Oliver maulló y mordió a De Gier en la pierna. Pasó un buen
rato antes de que volviera a reinar la tranquilidad en el cuarto.
—Este gato es un desafío —observó Grijpstra—. Te obliga a estar
constantemente en guardia. Todos los policías deberían tener un gato así; se lo
propondré al jefe de policía. Seremos la fuerza de policía más alerta de la tierra.
—Sí. Me alegro de que empieces a apreciarlo. De modo que nos vamos a la

La mitad de la gracia del judo está en dejar que te derriben. ¿Cuándo? —Mañana —respondió Grijpstra—.isla. claro. Y entonces lanzaré cuchillos hasta que consiga acertarle a algo y luego me iré a casa. —¿No me crees? —Sí. En el primer barco que salga. —Todavía nos queda la tarde —prosiguió Grijpstra—. y puede que tengamos que pasarnos unos cuantos días en la isla. No podemos llevarnos el coche. —Espero que eso te lleve toda la noche —dijo De Gier. y a he estado antes. Aprovéchala para ir al gimnasio y practicar un poco de judo. colgando el auricular—. claro —repitió Grijpstra. claro. Ya no eres tan bueno como antes. . Últimamente estás muy perezoso. Pasaré a buscarte a las siete. De Gier estaba enfundándose la chaqueta y mirándose en el espejo. y nos lo tomaremos con calma. —Sí. Nos encontraremos en la estación a las seis y media. Así es como se aprende a caer. Es una isla muy hermosa. Mascullaba para su coleto. Es muy importante saber caer bien. El barco sale a las diez de la mañana —anunció. —Sí. Le preguntaré al sargento si puedo tirar con la carabina y después buscaré a alguien que sepa lanzar cuchillos. Será mejor que vay amos en tren. —Muy bien —dijo De Gier—. Iremos como turistas y y a veremos qué averiguamos. ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer esta tarde? —Iré a la galería de tiro a disparar treinta cartuchos y luego limpiaré la pistola. En el ferry no dejan subir coches. ¡Un tipo como Geurts! —El instructor me había pedido que le dejara practicar un poco —se defendió De Gier. —Escucha —insistió De Gier—. La otra noche vi cómo Geurts te derribaba dos veces en un par de minutos. y marcó un número de teléfono—. e incluso conozco al jefe de la policía local. El commissaris también está en una isla. Es un brigada y le gustan los pájaros. —No —objetó Grijpstra—.

los y ermos de Curaçao. Me pregunto quién talaría los bosques. Antes había bosques e indios. Ellos estuvieron allí antes que nosotros. —Supongo que los asesinamos. —Ah —dijo su esposa. ¿Quieres muchas corbatas? —No muchas. comprándolos en los puestos de segunda mano de Old Man’s Gate. solo conocía el mundo por los libros que coleccionaba. y aparte de la costa del sur de Francia. pero esta y a había dejado de . Su rostro pequeño y enjuto parecía casi anhelante. donde había pasado varias vacaciones con su familia —primero en hoteles baratos y luego en una casita de alquiler—. ¿Qué querrá decir eso? —Se volvió hacia su esposa. aunque le habría gustado hacerlo. Ley ó los versos en voz alta. Nada más llegar a su casa para decirle a su esposa que partía a la mañana siguiente. y el commissaris despertó de su sueño. en Curaçao. él volvía las páginas de un delgado volumen escrito por un poeta que había vivido en la isla. —Campos en los que no vive nada —explicó el commissaris—. en el barrio antiguo. —Una tierra de saltamontes y profetas —ley ó el commissaris en voz alta—. embutiendo unos cuantos calcetines en un rincón de la maleta. —Ya no queda ninguno. querido? —Cunucu quiere decir los y ermos. supongo. —¿Sí. y a sabes. Espero que fuesen los españoles. O quizá lo hicieron los españoles. y tal vez algunas cabras. y mientras ella se afanaba con el equipaje y buscaba su pasaporte y sus medicamentos. —¿Dónde se fueron? —inquirió ella. —¿Y los indios? —preguntó su esposa. —Ah. No había viajado mucho en su vida. Solo cactus. y él mismo aceptaba su propia excitación con comprensiva indulgencia. doblando una camisa—. —¿Yermos? —preguntó su esposa. —Cunucu —dijo el commissaris. repitiendo algunas de las palabras. había estado hojeando unos cuantos que hablaban de Curaçao. 10 EL APARATO DE LA KLM inició el descenso hacia el aeropuerto Plesman.

¿Ha tenido un buen viaje? El commissaris sonrió y farfulló una frase de cortesía. ni siquiera la leve punzada en los huesos que durante los últimos cinco años le había acompañado constantemente. una angosta franja de alquitrán que bordeaba la costa. Los arbustos espinosos y los grandes cactus de color verde claro parecían haber sido arrojados al azar. El avión volaba y a muy bajo y la vista era perfecta. Meneó la cabeza. Se vio instalado permanentemente en la isla. Estaban de pie en el bar del aeropuerto. pensó. No —contestó—. « Maravilloso» . No sentía dolor. Un país desolado. Pero seguía estando entusiasmado.escucharle. fumándose un cigarro. luchando contra el dolor de sus piernas. —¿Jenever? —preguntó Silva—. y no sentiría dolor. La diluimos con agua en una pequeña factoría. —Silva —se presentó el hombretón de rostro bronceado mientras estrechaba cuidadosamente la mano del commissaris—. pero entonces vio la línea de la costa y cambió de opinión. envasado en bidones. Había unos cuantos coches. pensó el commissaris. frescos y transparentes telones inundados de sol. ¡A su salud! . frotándose las manos. Reconoció las insignias holandesas pintadas sobre sus grises fuselajes. Divisó un viejo negro a lomos de un borrico. —¿Producen ron en Curaçao? —Dos daiquiris —ordenó Silva al camarero—. alzando chispeantes oleadas de rítmica espuma. Jalea de ron. mucho en lo que pensar más tarde. Es un honor. En ese mismo instante se dio cuenta de que el dolor había cesado. « Tengo que llegarme hasta allí. Alquilaré un coche e iré y o solo» . Vio la carretera. ¿O prefiere ron? Aquí. No sentía el menor dolor. en una casita o incluso en una choza de adobe como la que acababa de ver en el cunucu. Bombarderos holandeses en una isla del Caribe. la bebida es el ron. Hace mucho tiempo que no doy la bienvenida a ningún oficial de la policía holandesa. Esta constatación le sorprendió. unos bombarderos que recordaba haber visto durante la guerra. El ron viene de Jamaica. aquí no producimos nada. Pero entonces regresó la punzada y el commissaris se encogió de hombros. cuando estuviera de vuelta en su jardín de Amsterdam. También pudo ver el aeropuerto y una hilera de aviones anticuados. Había mucho que ver. El mar rompía contra ásperos acantilados. Pasaría el tiempo sentado a la sombra de un árbol. en algún lugar de la isla. En aquellos momentos estaba contemplando el cunucu —una reseca llanura parduzca que se extendía kilómetros y kilómetros— con la nariz aplastada contra la ventanilla.

sin duda. y los turistas y petroleros se gastan aquí su dinero. ¿no? El mar lo rodea todo. tratando en vano de clasificarlo. y a lo descubriría más adelante. Bebieron. Por supuesto. según me ha dicho. —Sí. se encontró de nuevo a tientas. no es más que una roca pelada. —Creía que a ustedes. —Holandés de la isla. —¿Reconoce el uniforme? —Es idéntico —respondió el commissaris. y el mar no cesa de erosionarlo. Pero usted también es holandés. y el commissaris chasqueó los labios. con pantalones cortos y . Amo esta isla. charlamos de esto y de aquello y mañana será otro día. La roca tiene forma de seta. bebemos un poco. cuando somos lo bastante sinceros para reconocerlo. es otra variedad. Pero deben de tener play as. de pronto. Era como si perteneciese a una especie humana distinta. Un día. Bueno. jugamos un poco. pero cuando quiso decidir qué rasgo en particular era el que delataba a Silva como policía. —Silva. Un apellido portugués. e ingleses. Un agente de policía trajo la valija del commissaris. Lo habría identificado como un policía en cualquier lugar. La may oría de los que se van no vuelven nunca. —Nos gustan. Silva advirtió cómo lo miraba. corroy endo constantemente nuestros cimientos. El cóctel helado pasaba muy bien. Hay muchos apellidos portugueses en la isla. y este se quedó mirando su uniforme azul. —Sí. pero estudié en Holanda y regresé. Exactamente igual. Se preguntó si debería comentárselo a Silva. a pesar de sus ojos azules y su cabello castaño oscuro. —¿Una roca pelada? —preguntó—. Se trataba de un policía. de ojos azules y cabello castaño oscuro. —Eso suena estupendo —dijo el commissaris. se sentía muy amistoso. y tocó ligeramente el antebrazo del commissaris. Ninguna de las categorías generales que su cerebro almacenaba parecía corresponderle. —Le gusta su isla —dijo el commissaris. Hay unos cuantos hoteles y refinerías. La punzada en las piernas había desaparecido de nuevo. atónito—. Pero soy holandés. Eso estaba muy claro. ¿verdad? Silva asintió. Es nuestro uniforme. el mar está ahí —asintió Silva—. los holandeses. Nací aquí. y españoles. mientras nosotros holgazaneamos. No era la primera vez que veía un hombre sano y atezado. El commissaris tomó otro sorbo de ron y contempló a aquel hombre de saludable aspecto. Pero la roca en sí está pelada. Suponía que irían ustedes de caqui. —Sí. no les gustaban los ociosos. el tallo se romperá y nos hundiremos todos. sostenida por un estrecho tallo. A Silva se le iluminó la cara.

reflexionó el commissaris. y nadie lo ha olvidado. —Comprendo —dijo el commissaris. el papiamiento. —Tengo uno igual en casa —dijo Silva. —Macamba es una palabra fea. hecha de villas y jardines. y el queso. —¿Le dan mucho trabajo? —No. una mezcla de muchos idiomas. si se acostumbra. Pero la isla es peligrosa. es aún mejor.correajes de piel. un holandés nacido en Holanda que no conoce la lengua local. Algunas de las casas eran de estilo holandés del siglo XVII. bebida para macambas. Llegaron a la capital. El agente se echó a reír. La ciudad parecía limpia. de amarillo o de verde pálido. « Somos la maldición del planeta. algún que otro robo. pero no así sus colores. con ron y leche de chota. —Pero a usted lo aceptan. Hablo el idioma. todavía sorprendido. Su leche sabe muy bien. Si no fuera así. En otros tiempos. tenía que estar cubierta de árboles. La leche de vaca es cara. —¿Macambas? —Un macamba es un holandés. Según sus libros. —¿Un insulto? —Sí —contestó Silva—. acercándose a Willemstad desde el norte. . esta isla fue el centro de la trata de esclavos. Aquí nací y aquí me crie. Estaba tratando de imaginar cómo debió de ser la isla cuando las primeras naves españolas divisaron sus costas. en realidad no. algunos chiquillos de raza negra cuidaban de un pequeño rebaño de cabras. Demasiada miseria. Entiendo a los pobres de la isla. —Las llamamos chotas —explicó Silva—. « Somos nosotros» . —Yo soy de la isla —adujo Silva—. jamás conseguiría resolver ni un solo caso. señor. Alguna que otra riña. Era la primera vez que el commissaris veía una casa de gabletes pintada de rosa. siempre existe el peligro de una explosión. La isla es pequeña: ciento cuarenta mil habitantes en menos de ochocientos kilómetros cuadrados. Las lomas desnudas ocultaban el horizonte. la tierra aún sería hermosísima si no hubiera existido el hombre» . —Y y o también —afirmó el commissaris. demasiado poca seguridad y una gran mezcla de razas. Todo el mundo lo sabe todo. —Con que soy un macamba —comentó el commissaris—. No lo sabía. Pero el paisaje que se veía desde el automóvil no tenía nada que ver con los verdes prados de Holanda. Ellos ganan todo el dinero. y nada más. Los auténticos holandeses no son muy apreciados.

Aquella isla. Aún seguía sintiéndose amigable. que sería la culminación de todos sus viajes imaginarios a través de los libros. aturdido por el ron y por la fatiga de un día de trabajo en alta mar. Podrá tomar un baño. y el orden sería restaurado. « ¡La vaina! ¡No joda. Terrible. al otro lado del puerto. « Es la clase de gesto que imitaría al instante» . . en Punda. se dijo que había muerto y vuelto a renacer. que jamás había resuelto. si quiere. El orden había sido alterado. Porque el asesino sería atrapado. El zumbido del potente acondicionador de aire que regulaba la temperatura del cuarto comenzó a irritarle. hombre! ¡Santa Purísima!» . No hacía falta que se preocupara por el caso esa misma noche. Un hombre. Voces resonantes que hablaban en español. asintió para sí el commissaris. En el muelle y a no había tantos coches como antes. sin duda. donde veía. también mi madre. que se cuida del marinero y de mí. « Menos mal que De Gier no está aquí» . que seguían sin dolerle. cuando debía reunirse con Silva en la comisaría de policía. Mientras bebía el zumo de naranja. en palabras de Silva. la exquisita prostituta de Amsterdam. descansar un poco y quizá comer alguna cosa. se sintió muy próximo al origen de todo lo que había confundido sus anhelos de saber. Obscenidades. y resultó claro que decía lo que pensaba. De todas formas. madre de la roca. No podemos consentir que nadie lance un puñal contra la espalda viviente de un conciudadano. Silva sonrió y le tocó de nuevo el antebrazo. la víctima cuy a muerte debía ser vengada. Suspiró y removió el café. pero le gustaba su sonido. Pero no le molestaba. por entre los coches que pasaban. —Una ciudad encantadora —observó. Las dos últimas palabras. Parecían estar disputando. las siluetas de las goletas atracadas en una ordenada fila— muy alejado de su rutina ordinaria. —Lo llevo a un hotel cercano a mi oficina. y las voces de los tripulantes de las goletas llegaban hasta el hotel. madre del pantano. La madre de todos nosotros. invocaba a la madre. El secreto de la vida. tenía que ser terrible. desde luego. iba a quedarse varios días en aquella isla misteriosa. Nos encontraremos más tarde. pronunciadas por una voz aguda y entrecortada. Estaba —pensó mientras miraba por la ventana hacia el muelle iluminado por farolas. muy próximo al terrible secreto. El commissaris cerró la puerta del cuarto tras el sonriente y rollizo negro que había cargado su maleta y subido una bandeja con un gran vaso de zumo de naranja y una cafetera llena. Madre sagrada. pensó el commissaris. aquella roca pelada. o mañana por la mañana. de modo que lo desconectó y abrió las ventanas. María van Buren. Pero no sentía ningún temor. El mundo era todo suy o hasta la mañana siguiente. Sonrió y se frotó las piernas. debían de referirse a la Virgen. no admitía comparación alguna con el fértil humus cubierto y protegido por las bajas nubes grises que habían frustrado pero también resguardado su mente durante más de sesenta años. Aun preguntándose si la idea no sería excesivamente descabellada. aquella roca rodeada por un mar tropical. de eso no le cabía la menor duda. la vieja comadreja que ha jurado atrapar al conejo asesino.

Tuvo la impresión de que despertaba en el mismo instante. esperando pacientemente la llegada del día en que podría inundar las marismas y acabar con la vida de sus moradores. Las voces se apagaron y percibió el sonido de las suaves olitas que lamían la madera de las goletas. para los delfines y los innumerables animalillos que se convertirían en los nuevos pobladores de Amsterdam. gracias —respondió el commissaris en inglés—. y antes de que concluy era el suspiro y a se había sumido en la nada. y había dejado de existir. hundiéndose por un agujero en su conciencia. se vistió y salió de la habitación enfundado en un traje nuevo de shantung que su mujer le había comprado delante suy o y que pensaba estrenar durante sus próximas vacaciones en Francia. .palpándose mecánicamente los bolsillos en busca de su latita de cigarros. apagó la luz y suspiró. y a me entiende. Los muros del patio estaban cubiertos de enredaderas con una amplia profusión de flores multicolores entre las que el commissaris reconoció a las buganvillas. Me alojo en el hotel. contempló las goletas y se detuvo a examinar sus cargamentos de verduras. Cerró de nuevo las ventanas. —No. Cruzó el muelle. —De Colombia. aspirando con satisfacción el humo de su cigarro. En el patio del hotel. ¿De dónde es usted? El indio señaló hacia el mar. sus edificios y sus puentes de conchas y de algas ondulantes. conectó el aire acondicionado y abrió el grifo de la bañera. Aún disponía de varias horas antes de reunirse con Silva en la comisaría de policía. Y. pero habían transcurrido ocho horas. el rollizo camarero del servicio de habitaciones jugaba con un perrito y le hablaba en papiamiento. Un indio se dirigió a él a gritos para recomendarle la calidad de sus coles. y luego consultó su reloj. ingiriendo una abundante comida a base de tomates y huevos fritos con salchichas y bacon. el mar lamía sin cesar los diques. el commissaris se deslizó entre las sábanas. unas vacaciones varias veces pospuestas a causa de su vacilante salud. En su país. Desay unó a solas. de modo que se afeitó. para los tiburones y las tortugas. atractivamente expuestos bajo toldos de lona a ray as. —Comprendo —asintió el commissaris con una inclinación de cabeza. El hombre le devolvió la sonrisa—. Tiene una embarcación muy hermosa. El suave oleaje que erosionaba los cimientos de la isla. cuando la ceremonia del baño hubo terminado y la colilla del cigarro quedó apagada en el cenicero. ¿Realmente le importaba? Quizá sí. que cubrirían sus calles. que entrarían y saldrían a placer por sus rotos ventanales. creando un nuevo espacio vital para sus propios habitantes. quizás a alguna parte de su mente le importaba. que mezclaban el sutil violeta de sus pétalos con los chillones rojos y amarillos y los chispeantes azules de sus compañeras. Al poco rato se hallaba placenteramente sumergido.

los petroleros de las refinerías y los mugrientos cargueros de servicio irregular. Querrá usted decir antes de la guerra. Me gano la vida. Era caro. El commissaris examinó un escaparate de alimentos en conserva. El commissaris meneó la cabeza. y corrió hacia el camarote. Regalo. Al final. Cigarrillos de mi país. pero los comerciantes judíos y a habían abierto y estaban esperando a sus clientes. Mostraba la cabeza de un indio. Muy buenos. Todo parecía proceder de los Estados Unidos. El commissaris ley ó la marca « Pielroja» . Todos éramos judíos. El commissaris compró un vestido de batik. Le gustan. aún no habían dado las nueve. sudando tras los mostradores. Estoy vivo. —Antes de la guerra —le corrigió el commissaris—. Mi sugerencia no ha estado muy acertada. Al otro lado se veían los escaparates de las tiendas. —No —insistió el vendedor—. que entregó al commissaris—. y latas de nata holandesa. —Espere —dijo el indio de repente. y no podíamos ir a ningún otro sitio. Llegué durante la guerra. —¿De dónde es usted? —le preguntó al vendedor. a su derecha. El commissaris cogió el paquete y le dio vueltas entre sus manos. Para usted. durante la guerra. madre sagrada. Su esposa quedará muy complacida si le lleva alguna. —¿Es feliz aquí? El vendedor estaba envolviendo el vestido y tardó en responder. Soy feliz. o de pie en la calle. estrechó la mano del indio y se alejó lentamente. —Buenos días —le saludó el vendedor—. Solo he venido a pasar unos días. ¿Qué talla usa su esposa? Tengo algunos vestidos de batik de Singapur. —¿Cuánto vale? —No. tan a salvo como si estuvieran amarrados en un lago interior. delante de la puerta. Era temprano. Ya no nos quedaba combustible ni dinero. Cruzó el puente que unía las dos partes de Willemstad y. y el vendedor le rebajó un diez por ciento aunque el commissaris no había dicho nada. Tabaco negro con azúcar. —Mi esposa está en Holanda —explicó el commissaris—. —Holanda —dijo el vendedor—. Regresó al poco con un paquete de cigarrillos. pensó el commissaris. Vine en un buque que tuvo que navegar durante mucho tiempo porque en ninguna parte nos querían. con las axilas empapadas. Santa Purísima. vio el puerto donde atracaban los blancos cruceros. En Holanda hay fresas frescas. nos admitieron en Curaçao. El commissaris se guardó el paquete en el bolsillo. ¿Puedo servirle en algo? Tengo unas excelentes fresas al natural. ¿Y usted? —preguntó a . Dos de tus hijos acaban de encontrarse. En 1941. —De Polonia. —Sí. crudamente dibujada.

Holanda tiene un buen gobierno. el barrio de las putas. gracias. pues. se dijo el commissaris. —¿No conoce usted Campo Alegre. La mano de la mujer obesa era robusta. agitando una libreta ante su rostro. pensó él. pensó el commissaris. La mujer rompió en una franca carcajada. y se había persignado al reconocer una fe que él mismo sentía a menudo. ¿A qué se dedica usted? —Trabajo para el gobierno —contestó el commissaris. Pero había permanecido cinco largos minutos en contemplación. « no te pases. macamba. señora —contestó el commissaris. azul celeste y morado bajo una faz ridícula e inane. —Shalom significa « paz» . y el apretón le dolió. me echaré a llorar» . Madre Santa» . Siguió paseando lentamente. ganará un montón de dinero y podrá irse a Campo a buscar una mujer hermosa como y o. y se detuvo a . « Todo el mundo hace lo mismo» . Si hoy vuelvo a encontrarme con otro de tus hijos. El commissaris se descubrió y ella le dio un apretón en el antebrazo. —Eso es bueno —aprobó el vendedor—. y era un buen sacerdote a pesar de que se hubiera emborrachado la noche anterior y perdido parte de su menguado salario en una partida de póker. —Aún tiene tiempo —comentó la mujer. Un sacerdote de raza negra estaba haciendo algo frente al altar. vestido de shantung y con un paquete bajo el brazo. cargado con su paquete marrón. y salió de la iglesia. Buenos días. y el sacerdote se había vuelto y había visto al anciano que miraba la estatua. por lo que he oído. —Sí —admitió el commissaris. Siempre es bueno trabajar para el gobierno y. Pasó ante una iglesia y decidió entrar. —Shalom —dijo el vendedor. « Madre Santa» . Una mujer obesa abordó al commissaris en la calle. « Pronto voy a tener el brazo lleno de moretones» . Los números de hoy son buenos. Es usted afortunado. y se guardó el paquete bajo el brazo—. —No.continuación—. con un vestido de y eso rosado. Una empalagosa estatua de María dominaba el pequeño recinto. Doblemente bueno. —Paz —asintió el vendedor—. —¿Campo? —repitió el commissaris. el paraíso de Curaçao? ¿Cuánto tiempo lleva en la ciudad? —Llegué ay er. Le dio un par de florines y juntos pensaron en un número y la mujer lo anotó en su libreta con un pequeño cacho de lápiz. Paz para usted. —¿No juega a los números? Así no tendrá suerte. —¿Números? —preguntó. « Así es cómo te vemos. ¿no es eso? —inquirió el commissaris. Gracias.

unos cigarrillos excelentes. —« Pielroja» —observó—. A menudo les digo a los comerciantes que deberían tenerlos en stock. ¿Ha dormido usted bien? Es la primera vez que visita los trópicos. —Lo ha hecho muy bien —dijo al fin—. especialmente cuando uno no sabe con quién está hablando. Yo voy de vez en cuando a Colombia y los compro allí. —No —rehusó Silva. donde se desnudó. Se fumó un cigarro sentado en una silla de mimbre en plena acera. Yo solo fumo cigarros. Incluso he salido a dar un paseo esta mañana. —Debe de resultar muy interesante ver la isla por vez primera. Solo vienen aquí para estafarnos con sus verduras. y se preguntó qué diría su mujer si le anunciara que se iban a vivir allí. He dormido muy bien.tomar más café y zumo de naranja. pero prefieren importar esas marcas norteamericanas que saben todas igual. —Sí. y el indio le ha regalado un paquete de cigarrillos. se duchó y volvió a vestirse. se lo ruego —le urgió el commissaris. tocándole el antebrazo con gentileza y dándole unas palmaditas en el hombro—. Asombroso. Finalmente. El commissaris le entregó el paquete y Silva lo sostuvo en la palma de su mano. animándolo a continuar. se encontró de nuevo en el hotel. —Me alegro de que hay a venido —comentó Silva—. Pero uno de ellos le ha hecho un regalo. Ahora —prosiguió Silva —. —Hábleme de ella. Pero es usted muy amable. —Pero ahora está usted aquí y puedo verle la cara. Permítame ver los cigarrillos. y ¿cómo puede explicarse un laberinto cuando se habla ante un pedazo de plástico? —Es difícil —reconoció el commissaris. por favor. y luego se van a su casa riéndose de nosotros. Debe usted llevárselo a casa para enseñarlo a sus amigos. Resulta difícil hablar con la gente por teléfono. ¿no es cierto? —Sí —respondió el commissaris—. frotándose las piernas que no le dolían. ¿Qué ha estado haciendo? El commissaris le narró algunas de sus aventuras y Silva le escuchó con una sonrisa. devolviéndole el paquete—. —Buenos días —dijo Silva. antes llamada María de Sousa y actualmente muerta. Se lo agradezco. —Puede quedárselo. . que nos venden a precios escandalosos porque saben que no podemos comprarlas en ninguna otra parte. querrá usted hablar de María van Buren. Esta islita nuestra es un laberinto. Ahora es más fácil.

—Para empezar. ella habría podido contarle una larga historia sobre mi vida. Me encuentro perfectamente. ¿verdad? Es este maldito aire acondicionado. Hizo una pausa. 11 —SÍ —dijo el inspector jefe Silva—. Le contaré todo lo que sé. Yo conozco personalmente a María. negocios legales. de lo que me he encontrado desde hace tiempo. Hay cosas que las he averiguado hace poco y hay cosas que las he sabido desde hace tiempo. y el commissaris esperó. Bajaré un poco la potencia. —No. No estamos en la mejor temporada y afuera el calor llega a ser agobiante. pero aunque nadie nos hubiera presentado. Pero la cosa es complicada. —Muy bien. pero no deja de ser también un peligro. probablemente cierta en lo fundamental aunque algunos de los detalles resultaran muy exagerados. —María proviene de una buena familia. Aquí tenemos tendencia a la exageración. Aunque es probable que me hay a estremecido por el cambio de temperatura. desde luego. También se dedica al contrabando. —No se habrá resfriado. en realidad. Es un alivio. en efecto. pero aquí en la oficina hace demasiado frío. —Sí —dijo el commissaris. el clima mental quiero decir. El commissaris se estremeció y Silva manifestó de inmediato su preocupación. Es propietario de una firma may orista. aunque no hubiéramos asistido a las mismas fiestas ni nos hubiésemos encontrado en la play a. Si le hubiera mencionado mi nombre. no —se apresuró a protestar el commissaris—. María de Sousa. posee un peculiar carácter propio. Aquí se cruzan y entrecruzan tantas influencias que el clima. Y ella habría oído hablar de mí. Su padre se dedica a los negocios. igualmente la conocería de nombre. en Amsterdam. pero aun sumándolo todo puede que no signifique nada. pero aquí el contrabando no es ilegal. Un carácter muy extraño. ¿Cómo podría empezar a explicarle lo que ocurre aquí en la isla? La llamamos « isla» . mejor. siempre y cuando no se trate . todo el mundo conoce a todo el mundo. es una palabra española.

cactus y alguna que otra higuera en las viejas plantaciones donde hace muchos años que no se labra la tierra. Los contrabandistas que traen el café también salen ganando. porque no pagan impuestos y el precio que nosotros les damos es más elevado que el que les ofrecen sus propios gobiernos. —Su esposa le ha dado tres hijas. Hay otros.de armas ni de drogas. Algunas de ellas viven en chozas de adobe en el cunucu. Al parecer llevaba una vida inmoral. dejó de ir a esperarla al aeropuerto. Hubo una pelea. María y su esposo se fueron a Holanda. y su padre acudía a esperarla al aeropuerto y la llevaba a casa. Apenas le dirigía la palabra. Luego se divorció de él y no volvió a casarse. —Las hijas del señor De Sousa son muy hermosas y les resultó fácil encontrar maridos. pero ella siguió viviendo. Lamento haberle interrumpido. El señor De Sousa no quedó muy complacido con el fracaso. es posible que nuestra mano de obra no sea muy eficiente. él la llamó puta y dejó de acogerla en su casa. . Nos llegaron algunos rumores. en whisky y cigarrillos que los contrabandistas se llevan con ellos al regresar a su país. —Ambas partes obtienen un beneficio —observó el commissaris— y no se quebranta ninguna ley local. sino en especies. Su padre sí que se preocupaba. María fue la última en casarse. y aquí se pueden importar productos textiles de cualquier país del mundo. —Continúe. El café de Curaçao se vende a precios muy competitivos. —¿Tiene otros hijos? —Sí —respondió Silva—. Un comerciante rico siempre tiene amantes. Aquí no crece nada. Algunos de los comerciantes llegan a hacerse riquísimos. pero no pudo hacer nada. —¿Tiene muchos hijos el anciano señor De Sousa? Silva sonrió. y nosotros estampamos en los sacos « Producto de Curaçao» . Solía venir un par de veces al año. Al cabo de algún tiempo. Tenía problemas laborales. pero como la llevaba muy lejos de aquí. a nadie le preocupaba. —Exactamente. maridos aceptables para el anciano. El commissaris se estremeció de nuevo y Silva abandonó su silla de un salto. un auténtico holandés que durante uno o dos años se esforzó por fundar una pequeña fábrica en la isla hasta que al final se rindió. por supuesto. y se casó con un ingeniero. Los accionistas de la empresa para la que trabajaba le dijeron que lo dejara correr. Pero nuestros comerciantes son muy astutos: no les pagan en dinero. Se hospedaba en el mismo hotel en que se aloja usted ahora. pero aun así los comerciantes obtienen un beneficio porque pueden ofrecerlo más barato que el café legalmente exportado del continente sudamericano. Los colombianos traen mucho café sin pagar tasas de aduana. Aquí no se cultiva café. y otras viven en Miami en apartamentos de lujo. por favor —le invitó el commissaris—. excepto espinos.

siempre procura atracar justo enfrente de la comisaría para asfixiarnos con sus humos. No es esa clase de hotel. No lo habrían consentido. me planto delante de su barco y le amenazo y o con mi puño. Un sucio mercante de bandera venezolana estaba amarrado prácticamente bajo la ventana. Las mujeres que se van de la isla se vuelven más libres y nos parece que sientan un mal ejemplo para las que se quedan. —Un momento —se excusó—. es un tipo muy agradable. Las madres son veneradas y los padres hacen lo que les da la gana. Y no volvió a casarse. mientras el commissaris disfrutaba del panorama del puerto. . Estuve indagando en el hotel y me aseguraron que jamás compartió su habitación con nadie. Un viejo con una barba amarillenta y una raída gorra alzó la mirada desde el puente. De modo que María siguió volviendo a la isla a pesar de que y a no era bien recibida en la casa de sus padres. —Sí. Yo entendía la actitud de su padre. supongo. conque ¿por qué no se casaba otra vez? —Sí —dijo el commissaris. —Bien. como usted mismo. —Gracias —contestó el commissaris. separado de la comisaría solo por la anchura del muelle. acto seguido. pero parece ser que no lo tenía. El tipo rompió una botella en la cabeza del sargento. El hombre es feliz así. María se convirtió en objeto de críticas. Cuando no está borracho. estaba alborotando en un bar de postín y le hice arrestar. Silva se echó a reír y miró por la ventana. le gritó algo y blandió el puño. Probablemente ha creído que era y o el que estaba ante la ventana. —Pensé que quizá tuviera un amante por aquí. lo cual empeoró la situación. una mujer o es respetable o es una puta. pero tenemos aire acondicionado y no nos importa. Silva permaneció unos minutos fuera del despacho. —Aquí está el té —anunció Silva. Al divorciarse de su marido. Era una mujer hermosa y educada. conque tuvo que pasarse una temporada encerrado. Un anciano de barba amarilla. —Alguien me ha amenazado con el puño —comentó el commissaris—. Cuando vio al commissaris. —¿Le ha gustado la historia? —quiso saber Silva. desapareció en la cabina y casi inmediatamente la chimenea del buque escupió una densa nube de humo y carbonilla que se esparció poco a poco hasta oscurecer la vista desde la ventana. Desde entonces. Le traeré un té muy caliente con un chorrito de ron y unas gotas de zumo de limón. —¿No le molesta el hollín? —No —dijo Silva—. Muchísimo. El commissaris sorbió un poco de té y se rio entre dientes. A veces. ahí se alojan huéspedes importantes. Lo detuve una vez. Aquí. —El viejo cabrón ha vuelto a las andadas.

—¿Lo sabía? . avisé a mis detectives. Yo mismo no soy del todo blanco. no se apiade de él. por eso se tiñe la barba. Dos grandes ojos de cristal se clavaron en el commissaris. como el Don en español. Cuando supe que iba usted a venir. María tenía dos motivos para seguir viniendo a la isla: la añoranza y sus relaciones con Shon Wancho. se convirtió de inmediato en un puño. gritando que le perseguían todos los cangrejos de la isla con sus malignas y cortantes pinzas. cuando apareció Silva en la ventana junto al commissaris. de unos setenta años quizá. —Con que María no tenía ningún amante. casi nadie lo es. y es negro. Por eso no le llaman Wancho. El año pasado entró corriendo en la comisaría. Me gusta. pero no creo que ella llegara jamás a poner un pie en él. Seguramente le ofrecería un viaje gratis en su barco. El capitán corrió a su cabina y el commissaris se preparó a recibir otra descarga de hollín. Su tripulación es una banda de locos. Alguna vez les vi hablando juntos. —¿Quiere otro? —Si no es molestia. sino Shon Wancho. y volvió a tomar asiento. Le saludó con la mano. Se niega a reconocer que y a es viejo. que. y supongo que ellos avisarían a todos sus contactos en la isla. Todo depende de las ley es de Mendel y de cómo se combinan los cromosomas. un temido y respetado personaje local. que permaneció a la expectativa. Al pobre le dará un ataque al corazón o algo así. —¿Le ha gustado el té? —Mucho. Shon Wancho es negro como el carbón. un título de respeto. —Pobre hombre —musitó el commissaris. El capitán bajó los gemelos y movió torpemente la mano. La información que me proporcionaron parece concordar. Mi hermana es mucho más oscura que y o. —Dejémosle un rato en paz —sugirió Silva—. —No es lo que usted piensa. Shon Wancho es viejo. Silva golpeó su escritorio con cierta violencia. —Es un hechicero —afirmó el commissaris. Lo lamentaré cuando falte. Es un hombre importante. Es bastante viejo y ha llevado una buena vida en el Caribe. y a lo sé. —¿No? —se extrañó el commissaris. Aquí. María es más oscura que sus hermanas. el commissaris se acercó de nuevo a la ventana y vio al capitán de la barba chillona paseando por su puente. También María le conocía. Cuando Silva abandonó el despacho. —Ah —dijo el commissaris. Tampoco María es completamente blanca. Silva le dirigió una radiante sonrisa. pero mi cabello es un poco demasiado crespo. pero el hombre regresó con unos gemelos. —No aquí. —Tengo aspecto de blanco. —Oh.

al parecer. de veras me gustó. —No. Hace algún tiempo hubo una muerte y fui a su choza para preguntarle si había visto algo. —¿Sabe qué es esto? Silva se puso unas gafas y examinó las raíces de mandrágora. ¿verdad?. —De modo que la tenía por sospechosa de hechicería. A decir verdad. Vive él solo en una choza de adobe en el extremo norte de la isla. Resultó que no tenía ninguna relación con el caso. Se persignó. o sea que no podíamos tenerla por sospechosa. Las encontramos en la casa flotante de María van Buren. El commissaris no contestó. Sí. El commissaris le contó a Silva lo que sabía de esta planta y Silva escuchó con atención. —Me gustó. está relacionado con la magia negra. —Sí. y el homicida se presentó voluntariamente al día siguiente. —Sí —asintió el commissaris—. Tiene una cara hermosa. —¿Y qué opinión se formó del señor Wancho? Silva se pasó una mano por la cara. muy serena y pacífica. —Es grotesco. eso está claro. Y estaba usted en lo cierto: Shon Wancho es un hechicero. lo mucho que se parecen a unos minúsculos hombrecitos. cerca de Westpoint. Quizá sea más frecuente aquí. quedé sumamente impresionado y muchas veces he vuelto a pensar en él. Los hippies parecen fascinados por ella. —¿Y estas son raíces de mandrágora? Nunca había oído hablar de la mandrágora. Las raíces son de mandrágora. Es asombroso. No sale de allí casi nunca. Deshizo cuidadosamente el envoltorio y depositó su contenido sobre la mesa de Silva. y tienen un aspecto maligno. plantas de brujería. Fue una riña de borrachos. y el culto de las drogas. También encontramos plantas. gente que recoge las uñas y el pelo que otra gente se ha cortado. Son raíces. nunca había visto nada parecido. No es que le conozca bien. a mí también me asustan. ¡Y esos cuerpos velludos! Incluso tienen pelo en la cabeza. pero sacó un objeto envuelto en un pañuelo de papel. —¿Lo conoce usted? —inquirió el commissaris. y las piernas están perfectamente formadas. Las cultivaba en macetas. y tienen brazos y cabeza. y esos puntos más oscuros son como ojos. —Eso no es ningún delito —objetó el commissaris—. pero he hablado con él. pero la gente va a verle. y se dice que tienen un gran poder. en los alféizares de sus ventanas. La magia negra sigue practicándose y y a hemos tropezado con ella antes: figuritas con agujas clavadas. —¿No cree que sea un hombre malvado? . pero puede que en Europa vuelva a ponerse en boga. Esa ramita de ahí es muy parecida a un pene.

Supongo que y a estará enterado de que ha muerto. La may or hazaña consiste en conocerse a uno mismo. Pero no sé qué iba a hacer allí. Su vivienda está cerca del mar. —Y tendré que ir a ver a su padre. alquilaba un automóvil y todos los días iba hasta su choza. —Como guste —asintió Silva—. —¿Sabe que fue asesinada? —Lo sabe. y no creo que nadie se atreviera a espiar al viejo. —¿Y María iba a visitarlo? —Así es. Veré más cosas si debo orientarme y o solo. Quedó muy afectado. —Preferiría un mapa de la isla. . —No —protestó Silva—. —Quizá sea conveniente. Creo que Sócrates dijo algo así. Tendré que acercarme hasta allí. —Nosotros se lo dijimos —le aseguró Silva. Eso solo lo sabe Shon Wancho. oculta tras unos acantilados. —Tendré que alquilar un coche. según mis informes. y por consiguiente conoce a los demás. Cada vez que venía a la isla. Le proporcionaré un coche de la policía y un chófer. aunque intentó disimularlo. Bajaré al garaje con usted y le daremos un coche sin distintivos. —No. En absoluto. —Hmmm —musitó el commissaris—. Yo diría que Shon Wancho es un sabio. Me dio la impresión de ser una persona que se conoce a sí misma. Salía del hotel después de desay unar y regresaba antes del anochecer.

De Gier dejó de contemplar el mar. manteniendo el equilibrio con leves movimientos de la punta de sus alas. Las olas eran pequeñas. que se erguía junto a la borda del ferry. bien calentito bajo su carga de ropas. Ya he estado aquí antes. Schiermonnikoog se mostraba y a como una línea verde oscuro en el horizonte. —Ya lo sé —gruñó Grijpstra—. interrumpieron el vasto espacio líquido del poco profundo mar de Wadden. Su voz había sido áspera. 12 GRIJPSTRA SE HABÍA REÍDO MUCHO en la estación central de Amsterdam. que estaba asomado contemplando el mar. —¿Qué? —preguntó Grijpstra. mientras Grijpstra sentía filtrarse el cortante viento a través de su impermeable y tenía que sujetarse constantemente el sombrero. la primavera es más cálida. Mira los pájaros. —¿Por qué no? —Demasiado lleno. —¿Te gustó a ti? —No. —Es magnífico —comentó De Gier. Pero entonces hacía más calor. cuando vio a De Gier enfundado en un grueso chaquetón azul marino y provisto de un estuche de binoculares que oscilaba al extremo de su correa de cuero. —¿No te gustó? —Los chicos se lo pasaron muy bien. Fui de acampada con los niños. estamos aquí. una barrera artificial que protegía los ricos pastos del sur de la isla. En la ciudad. Vamos a ver muchos pájaros en la isla. Había tantas tiendas y casetas de play a y gente con carritos y bicicletas que llegué a pensar que la maldita isla se hundiría. —El mar —respondió De Gier—. Los diques cubiertos de hierba. y la isla que se ve por allí. y el cielo. pero en aquellos momentos envidiaba al sargento. por el que navegaban. Todo . porque era a finales de julio. —Pero no estamos en la ciudad. —Hace frío —protestó Grijpstra—. reflejando los densos nubarrones que las cubrían. Por encima y por detrás del buque flotaban sin esfuerzo las gaviotas. agitadas y grises. es un paraíso para las aves.

trescientos… Su voz era cada vez más fuerte. las vacaciones todavía no han empezado. Y arena. Ya sé qué son los ánsares. —Ahora no habrá problema. —No importa —dijo De Gier con aire magnánimo—. Ostreros de pico rojo. y ánsares. —Parece ridículo. Un ánsar no es más que uno de esos estúpidos patos de Amsterdam que flotan en los canales. doscientos ánsares. De todos modos. Grijpstra contempló con suspicacia la franja de tierra cada vez más próxima. —Ya es algo. y negretas. tengo que sujetarlo todo el tiempo para que no salga volando. . en los restaurantes te hacían esperar media hora antes de servirte. En el tren no has dejado de hacer comentarios sarcásticos a costa suy a. Tuvimos un horrible ventarrón casi todo el tiempo y estuvimos a punto de perder la tienda: los vientos se rompieron y se nos iba volando hacia el mar. Me entraba arena en la nariz. arena por todas partes. pero había olvidado que íbamos a ser observadores de pájaros. no dejará de lucir sus conocimientos y me bastará con decir que tiene razón. qué? —Ya lo sé. ¿Sabes tú algo sobre pájaros? —Claro —contestó De Gier—. No trates de impresionarme. Sabes qué es un ánsar. —Creía que mi chaquetón de tres cuartos era ridículo. —No encontraremos ninguno. y… —Sí —dijo Grijpstra en voz bien alta. —¿Sí. —Gorriones —añadió Grijpstra con impaciencia—. Incluso tengo un libro sobre aves. ¿Sabes algo sobre pájaros? —Gaviotas. Pero ¿sabes qué es un cormorán? —No me importa —replicó Grijpstra. Y puede que encuentre un chaquetón como el tuy o en alguna tienda. ¿Qué más? —Cisnes. con una mancha blanca en la cabeza y con una mancha roja en la cabeza. ¿No llevas ninguna gorra en la maleta? Aquí nadie usa sombrero. —De acuerdo —asintió De Gier—. pero me guardaré el sombrero en la bolsa. —No tienes aspecto de ir a observar los pájaros —comentó De Gier—. Más bien tienes aspecto de policía. ¿Y qué más da? Si tropezamos con algún experto. Cada día veo cien ánsares. —No —respondió Grijpstra con expresión culpable—. Tenía que estar limpiándomela constantemente. dos clases de negretas.estaba lleno. y estornudó. Había comenzado a llover. Anoche estuve estudiándolo.

El viento le arrebató el sombrero. Al poco tiempo regresó con dos vasos de papel llenos de caliente y espumoso café y cuatro gruesas salchichas envueltas en una piel de plástico. Solo estaba un poco indispuesto. Grijpstra contempló el café que daba vueltas en el vaso de papel. y se metió en el salón de pasajeros. —No se ha mareado —le dijo De Gier a un hombre que caminaba a su lado . De Gier contempló tristemente su salchicha. —Ahí va tu sombrero —observó De Gier—. El ferry se acercaba y a a la embocadura del pequeño puerto de Schiermonnikoog. —Toma un poco de café —le invitó. que está quemando. pero antes has de tomarte el café. y los ojos. He traído dos para ti. Grijpstra se volvió y echó lentamente hacia atrás su robusto brazo derecho. No has desay unado. —Lo has conseguido —dijo De Gier. —Espera —dijo De Gier. y De Gier recogió su maleta y la de Grijpstra. Comenzó a arrancar la piel de plástico que recubría el compacto cilindro de grasosa carne. La piel de su cara parecía haber perdido toda la elasticidad. arrojó el café por la borda y se inclinó sobre la barandilla. Grijpstra vomitó de nuevo y De Gier se apartó hasta el otro costado del buque. Atento. ofreciéndole uno de los vasos con gran cuidado—. Y has vomitado encima de mi salchicha. Deberías haber tomado algo en el tren. Su gruesa mano se cerró para formar un puño y su vista se fijó en el mentón de De Gier. Vio el sombrero de Grijpstra danzando sobre las vigorosas olas cubiertas de blanca espuma. No he comprado las salchichas para que te marearas. —Estas salchichas son buenas —comentó—. Creía sinceramente que debías de tener hambre. —No me he mareado. Grijpstra no tenía buen aspecto. —No me importa el resfriado. Se hundió. En su superficie se habían formado pequeñas burbujas que giraban describiendo círculos irregulares. Ambos se reunieron de nuevo en la pasarela. Abrió la mano y la dejó caer al agua. pero esta vez ni siquiera trató de sujetarlo. donde consumió las tres salchichas restantes. Grijpstra miró la salchicha. De Gier estudió el rostro de su amigo. De Gier engulló su café de un sorbo y extrajo una salchicha del bolsillo. —Aún sigues resfriado. —Lo siento —añadió De Gier—. —¿Estás mejor? Grijpstra asintió y apoy ó su pie derecho en el firme suelo de la isla. ligeramente hundidos en sus cuencas.

Quizá le inquiete saber que estamos investigando por aquí. Quiero ver la casa de IJsbrand Drachtsma y hablar con gente que le conozca. Más adelante. pero en ninguna de ellas tenían chaquetones de tres cuartos. Cuando Grijpstra estuvo de vacaciones por aquí me contó muchas cosas de usted. pero siempre ha de haber alguien dispuesto a burlarse de los demás. Hoy en día se encuentra gente muy desagradable. Tomaron una habitación doble y Grijpstra abrió de inmediato la maleta y comenzó a hurgar en su interior. —Sal tú y cómprame alguna cosa. Se puso unos gruesos pantalones de pana y un pesado jersey de obrero. y debes darle y eso al taco antes de cada jugada. Encontró una bufanda y se la envolvió en torno al cuello. y salió a la calle. todo ello del mismo género. se echan a reír. El vendedor le prometió que se lo cambiaría por cualquier otra cosa si el cliente no quedaba satisfecho. Se supone que eres un hombre de gusto. Sus pies se hundieron en un viejo par de botas. sargento. pero te hará falta un chaquetón. —Muy bien —dijo De Gier. Mucho gusto en conocerle. Yo bajaré a jugar al billar y telefonearé al brigada de la policía estatal. —Así vas mucho mejor —asintió De Gier—. —De acuerdo —asintió De Gier—. Vendrá a jugar conmigo y podremos hablar y hacer algunos planes. Encontró tres tiendas en las que vendían ropa. un salón de techo bajo. —¿Qué clase de cosas? —Cosas buenas —dijo Grijpstra—. Sabes qué talla gasto. —Eso puede pasarle al mejor de nosotros —replicó el hombre—. empezaremos a husmear por la isla. —Tienes un amigo —le anunció De Gier a Grijpstra. ¿Me toca y a? . camisa blanca y corbata. Finalmente. No se dijeron nada más hasta que el autobús que los había recogido los dejó en el centro de la población y el conductor les indicó cómo llegar a un hotel. nos daremos a conocer. Al regreso. encontró a Grijpstra en el bar del hotel. cargado de humo. En cuanto ven que alguien tiene un problema. —Brigada Buisman —se presentó el individuo fornido—. —Ya está —anunció. Puedes jugar con nosotros si nos prometes que no vas a rasgar el tapete. compró una chaqueta impermeable de color amarillo con unos inmensos pantalones a juego y un sueste. Solo ha vomitado un poco. Por la tarde. donde su amigo jugaba al billar en compañía de un individuo de aspecto fornido enfundado en un traje azul con los codos raídos. —No —insistió Grijpstra—. —Podría equivocarme.—.

sí —asintió el brigada—. ¿Y vosotros creéis que ha tenido algo que ver con vuestra señora asesinada? —Era su amante —adujo De Gier. Podría ser el alcalde si quisiera. pero marcó un punto. Ella hace calceta. —Muy bien —aprobó Grijpstra—. Tendría que calcular el ángulo adecuado y utilizar las bandas de la mesa. —La suerte del principiante. Trató de recordar lo que había aprendido en la academia de policía. Esta sí que… Le conozco bien. —¿Cuál es la mía? —La que tienes más cerca. —No ha estado mal —reconoció Grijpstra—. y pidió tres vasos de jenever bien fría. pero tiene otras cosas que hacer. Un tiro poco elegante. He salido a navegar en su y ate y a veces él viene aquí a jugar al billar y ha estado con nosotros en la lancha de la policía. y le explicó el motivo de su visita. De Gier consiguió un tercer punto. De Gier untó con tiza la punta del taco y su bola salió disparada. pero la próxima vas a fallarla. Era una jugada fácil y los dos brigadas suponían que De Gier la estropearía. donde uno de sus amigos le obligaba a jugar al billar so pena de no invitarle a cerveza. Jugó y ganó otro punto. pues su amigo recibía una generosa asignación de su familia. —Bueno —respondió De Gier con aire modesto—. por supuesto. he estado muchas veces en su casa. y un cuarto. De Gier estudió la posición de las dos bolas blancas y la solitaria bola roja. Aquí en la isla es un personaje importante. muchacho. Su chimenea es espléndida. solo consiguió los tiros más fáciles. . golpeando a la roja en un lado y a la blanca de pleno. —Adelante. Aquí sale a pasear por la play a y se sienta delante del fuego con su esposa. Buisman demostró su aprobación golpeando el suelo con el extremo de su taco. —Sí. todo es cuestión de concentración. De Gier se había visto en la necesidad de jugar con más frecuencia de la que hubiera deseado. ¿Cuánto tiempo pensáis quedaros? —No mucho —contestó Grijpstra. ¿no? —Pero no habría debido decirlo: después de eso. allí es otro mundo. El brigada Buisman meneó la cabeza. —IJsbrand Drachtsma —dijo el brigada con voz queda—. eso es todo. Tengo una bufanda que me tejió ella. En Amsterdam debía de ir tras las faldas. Las bolas habían quedado muy separadas y De Gier comenzó a usar de nuevo la tiza. y Grijpstra empezaba a sudar cuando por fin falló. y a lo sabes. El sargento ha jugado bien. Creía que detestabas todos los deportes menos el judo. —No sé —comentó—. le falta práctica. Buisman miró a Grijpstra. y Grijpstra le dio unas palmaditas en el hombro.

De Gier sonreía abiertamente. —Ya veo qué quieres decir —comentó al fin—. una hermosa isla llena de pájaros y de focas. tú te ríes. y seguro que en los negocios debe de ser duro como el hierro. que llegó hasta Inglaterra a remo y regresó combatiendo. —Sí. Suele pasar aquí los fines de semana en vez de irse al extranjero. y podría ser implacable si alguien fuera contra él. Vagabundean por todas partes como lunáticos. Ni una brizna de prueba. como hacen otros. Permaneció unos instantes en silencio. sale en su y ate. —Sí. paseos. muy suave y relajado. ¿No tenéis ningún otro sospechoso que no pueda presentar una coartada? —Los tenemos —respondió Grijpstra. Su padre nació en la isla y me parece que considera a Schiermonnikoog como su verdadero hogar. —Pero no pueden arrancar los edificios. . —Sí —asintió De Gier—. Tenemos que poner cercas y carteles. —No tenéis ninguna prueba. Si no se lo impedimos. entonces? Grijpstra se lo explicó. y patrullar las reservas durante la noche. Pero nunca ha habido ningún crimen. —¿Por qué os tomáis tanta molestia. Pululan por toda la isla como ratas sobre un cadáver. ni siquiera en la temporada de los turistas. Todavía los hay. pero el brigada siguió meneando la cabeza. Vosotros sois detectives y debéis saberlo mejor. Yo no sé nada. Cuando hay luna llena. pero a costa de grandes esfuerzos. y tiene un jardín enorme con un muro de piedra alrededor. ¡Dios Todopoderoso! ¿De veras creéis que le pagó a alguien para que liquidara a una mujer hermosa? —Cabe la posibilidad de que lo hiciera. y entonces mirarían a su alrededor y se preguntarían por qué está tan pelada la isla. El brigada volvió a menear la cabeza. pero sospecháis de él. pero aquí es completamente distinto. cuando se les dicen las cosas con educación. Cuando esto se llena demasiado. y también cabe la posibilidad de que no lo hiciera. —Pero ¿no me has dicho que tiene una coartada? —le preguntó a Grijpstra. pero si no los vigiláramos a todas horas acabarían pisoteando el último huevo y arrancando la última flor. son peores que nunca. son bastante dóciles. y cada año vienen más. Debemos tenerlos ocupados en algo. claro. pero antes esta isla era un lugar tranquilo y encantador. La gente no lleva mala intención y. y procedió a exponerle la situación. y a lo sé. Nuestro IJsbrand es un hombre poderoso. un día se llevarán toda la arena dentro de sus zapatos. —Sí. Les organizamos juegos. nunca hemos tenido un asesinato en la isla. competiciones y cosas así. Dicen que durante la guerra se portó como un héroe. Amsterdam también se nos llena de turistas todos los veranos.

Podría averiguar quién sabe lanzar un . después de que saliera el último ferry. —¡Ah! —exclamó Buisman—. y desde allí un coche rápido podría llevarle a Amsterdam en cuestión de un par de horas. ni aeropuerto ni nada. alguien que necesitara una buena suma de dinero o que sintiera una gran admiración por él. quizá tomó una sin que su propietario llegara a saberlo. —Suponiendo que hubiera enviado a alguien para que hiciese el trabajo por él. —Desde luego. No hay forma de salir de la isla. Pero esos alemanes dicen que pasaron la velada en su casa y que él estaba con ellos. Habría podido estar de vuelta esa misma noche. Es imposible que estuviera en Amsterdam aquella noche. ¡El puñal! Era un cuchillo de combate. —Su coartada no acaba de convencernos —dijo De Gier—. —¿Cuándo decís que asesinaron a la señora? —El sábado de la semana pasada. quizás un viejo amigo del tiempo de la guerra. Claro que Drachtsma habría podido utilizar otra embarcación. —Hoy es domingo —dijo el brigada—. —Desde luego. Solo tenemos la palabra de dos hombres de negocios alemanes. —Hoy en día podemos fiarnos de los alemanes. un Citroën. que salió con la lancha. —Quizá no la pidió —apuntó De Gier—. Tendré que preguntárselo a mi colega. hoy en día las relaciones con las policías extranjeras son muy buenas. pero me parece que el y ate no se movió de aquí. Según me han dicho. y muchas veces sale a navegar solo por divertirse. capaz de llegar a la costa tan de prisa como el ferry. chasqueando los labios y mirándose el uno al otro. —La guerra terminó hace tiempo —observó el brigada. El brigada Buisman reflexionó unos instantes. IJsbrand estará en su casa. y cualquiera le prestaría la suy a si él se lo pidiese. Vuestro commissaris tiene sus nombres y sus direcciones. —Sí —reconoció el brigada—. ¿cómo pensáis demostrarlo? Tendríais que encontrar a ese alguien. En el puerto hay muchas. Debe de ser un y ate veloz. —Sí —asintió Grijpstra. ¿no es eso? —Podría ser alguien de la isla. un puñal militar. Recuerdo que fue una noche muy agradable. —Es posible. Y él tiene un coche rápido. —¿Y su y ate? —sugirió Grijpstra—. lo recuerdo porque le vi en el pueblo por la tarde. y el asesino lo lanzó. y probablemente y a habrá pedido a la policía alemana que verifique su declaración. El último fin de semana también estuvo aquí. Buisman pidió otra ronda y permanecieron un rato bebiendo. y el commissaris habló con ellos por teléfono. Si conoce las embarcaciones.

espectáculos que jamás veréis en la ciudad. Te prestaré unos de la policía. aunque lo intentó. « Nosotros. Llevad ropa de abrigo. Cuando veníamos en el ferry. —A mi amigo le interesan mucho los pájaros. Podéis convertir vuestra visita en unas breves vacaciones. Yo no tengo gemelos. quieres decir? —inquirió De Gier. los que navegamos» . Son pesados. Salimos al mar con frecuencia. —No. pero aquí te mostraré seis o siete clases distintas de patos. Quizá solo estamos aquí porque el commissaris se ha ido a Curaçao y no sabemos qué otra cosa podemos hacer. Veré si logro encontrar por ahí algún lanzador de cuchillos. —Temprano —respondió Buisman—. Tendrás que ir con mucho cuidado. Grijpstra? —No —contestó Grijpstra—. —¡Mierda! —exclamó Grijpstra en cuanto se hubo cerrado la puerta a . ¿Tenéis unos gemelos? De Gier asintió. Estaré aquí a las tres y media en punto. —Eso está mejor —dijo el brigada—. ¿Qué os parece? El rostro de Buisman era todo sonrisas y a Grijpstra le faltó valor para rehusar su ofrecimiento. ahora mismo. Tenemos que salir temprano o no veremos nada. y entre tanto vosotros descansáis y os dais algún paseo. entonces. Habéis venido como observadores de pájaros. —¿« Nosotros. pero no los lanzan. Ya veréis qué bien nos lo vamos a pasar. —Buisman sonrió—. haciendo todo lo posible por poner algún entusiasmo en su voz. —Sí. Reconozco que no tenemos nada concreto en que basarnos. —No —se apresuró a protestar De Gier—. —¿Y tú. os esperaré en la calle. Los guardas de las reservas llevan cuchillos. Tengo un velero propio. y hay algunas especies de pájaros que quiero que veas. porque valen una fortuna. tú también has de venir —insistió Buisman. ¿Qué tal si os acostáis temprano y paso a buscaros mañana a primera hora? Estamos en pleno período de celo y podré mostraros espectáculos maravillosos. y nosotros también llevamos cuchillos. No tardará en regresar. Puede que veamos algunos ánsares. y un cuchillo siempre resulta útil a bordo. pero mucho mejores que los míos. ¿Por qué no salís los dos juntos y nos reunimos mañana por la tarde? Yo estoy un poco resfriado. Tú también vienes. y esta es la mejor época del año para eso. y seguramente nos dirá que volvamos a Amsterdam en cuanto vea la nota que dejamos sobre su escritorio. ¿sabéis? —Tal vez valdría la pena que lo averiguaras —intervino Grijpstra—. Puedes ver ánsares en cualquier parte. los policías» . no sabría decirlo. no ha dejado de hablar de ellos.cuchillo. poniéndose en pie—. —No importa. Hasta mañana. pájaros verdaderamente raros. —¿A qué hora vendrás? —preguntó Grijpstra.

y este. ¿verdad? Tampoco me gusta beber jenever tan temprano. acabó haciendo lo mismo. mierda y mierda. ¿Quién le ha dicho al brigada que a mí me gustaban los pájaros? Ya sabes que en el ferry solo estaba bromeando. Necesitamos a este hombre. —¿Te has creído que a mí me gusta? —replicó De Gier. riéndose entre dientes cada vez que se miraban. Y no me gusta jugar al billar. tras tratar infructuosamente de intimidarlo con la mirada.espaldas del brigada—. Y te aseguro que no tengo la menor intención de ir a meterme en el barro mientras tú estás roncando en tu hedionda cama. con la cara igual de encendida—. . ambos hipaban y daban palmadas en la mesa entre incontenibles carcajadas. ¿sabes? Tenía el rostro congestionado y golpeaba la mesa con el puño. pero esto y a es ridículo. A veces te pasas. agotados tras treinta partidas de billar y unos siete u ocho vasos de jenever fría por cabeza. Mierda. A los pocos instantes. ¿Porqué has tenido que meterme a mí en el asunto? Ya me hiciste marear en el barco. Grijpstra pidió a gritos otra ronda de jenever y terminaron jugando al billar. cormoranes y lo que sea? Apenas unos cuantos nombres que se han quedado por casualidad en la memoria. Una broma es una broma. Se estrecharon la mano y pasaron al comedor para tomar un tardío almuerzo. pelando tu asquerosa salchicha como si fuera una polla de mono hervida. pero he aceptado para no ofenderle. A las nueve de la noche dormían profundamente. ¿Qué sé y o de negretas. ¿verdad? Y no podemos ofenderle rechazando su invitación. Grijpstra había comenzado a reír antes de que De Gier terminara su parrafada. y ahora quieres hacerme chapotear por el barro en mitad de la noche para ver revolotear un montón de pájaros asquerosos. —Prometido —respondió De Gier. —Prométeme que no se lo dirás nunca a nadie. —A las tres y media de la madrugada —dijo De Gier.

Le vi ay er en el aeropuerto. El señor Van der Linden sonrió. —No. que parecía recubierta de un viejo cuero blanco amarillento. Y entonces había aparecido aquel desconocido que esperaba pacientemente ante él para pedirle algo. En Curaçao resulta insólito ver a una misma persona por tres veces en dos días y no saber cómo se llama. —Ah. Estoy seguro de que debe usted ver miles de turistas vagando por las calles de su ciudad. —No. Viste una camisa abierta con un estampado de flores o de ray as. Perdone que le lleve la contraria. El commissaris sonrió y examinó el rostro del anciano caballero. ¿Le importa que me siente un momento a su mesa? El commissaris levantó la vista de su plato de tallarines fritos con gambas. Un turista carece de objetivo. —Se lo ruego —respondió el commissaris—. por favor. le vi anoche en el vestíbulo del hotel y ahora vuelvo a verle por tercera vez en dos días. —Un turista no lleva un traje de shantung con chaleco. pues de lo contrario perdería su identidad. Se pasea por las calles mirando los escaparates. pero no es usted un turista. —¿No? —preguntó el commissaris. extendido sobre la mesa al lado del plato. de modo que me he tomado la libertad de abordarle. —Le ofreció su mano. Su chaleco me intriga. —Soy un turista —dijo el commissaris—. 13 —DISCULPE —dijo una voz agradable y bien modulada—. señor. y habla en voz alta. —Van der Linden —se presentó el pulcramente ataviado caballero—. Estaba comiendo y estudiando al mismo tiempo el mapa. La intromisión no dejó de perturbarle un poco. tras pasear durante unos minutos. . Tome asiento. El señor Van der Linden no debía de andar muy lejos de los setenta años. había encontrado un restaurante chino de apariencia limpia donde podría disfrutar de su comida favorita. Debe hacerlo así. haciendo vibrar los encerados extremos de su bigote. había rechazado la invitación de Silva a fin de almorzar él solo y. pero un par de ojos muy despiertos chispeaban en su cara.

Aquí siempre tenemos puros cubanos. Es una hermosa idea. ¿verdad? —Sí —reconoció el commissaris. —María era la amante de al menos tres hombres ricos —dijo el commissaris. —¿Tiene alguna idea que pueda ay udarme en algo? —inquirió el commissaris. Me había acostumbrado a este lugar. quizá por fortuna. Algunas jóvenes tienen ideales. Curioso. No está forrado. sentado bajo el tamarindo del jardín. —Venía con el traje —explicó. Pero María no era una prostituta. Es una lástima. gracias. La conocía de pequeña y creo que tenía la mentalidad de una descubridora o una exploradora. con aire culpable—. en Amsterdam. María era una joven muy valiente. —Ha venido para investigar la muerte de María van Buren. Tenía ideales. Soy abogado y he ejercido en esta isla durante muchos años. —No. ¿no cree? Y eso que soy un verdadero holandés. Estaba divagando. desde . Le gustaban los hombres. Ya no me dejan fumar. —Sí. —Ya suponía que vendría algún oficial de la policía holandesa. Usted es un oficial de la policía. y habríamos podido bebérnosla debajo de mi árbol y comentar la posibilidad de un mundo sin gente. Era un auténtico placer. cuando uno de nosotros se mete en líos por allí. Todavía me queda una botella de brandy añejo. —No me debe usted ninguna explicación —dijo al fin—. —Sí. quiero decir.Hace años que no veo a nadie que use chaleco. Y tiene unos bolsillos muy convenientes. Cierto. las causas deben buscarse aquí. Yo siempre llevo chaleco. Sí. es un auténtico placer. aunque. De otro modo. Normalmente. y no da mucho calor. ¿Se quedará mucho tiempo? El commissaris negó con la cabeza. Al jubilarme. Una vieja costumbre. Quería saber. Guardo el encendedor en el bolsillo izquierdo y el reloj en el derecho. —Veo que y a ha aprendido algo. no quise irme. quizás algún día decidieran no tener más hijos y este sería nuestro fin. —Un macamba —dijo el commissaris. más de los que puedo recordar. —Lástima. —Sí. tratando de formar un anillo de humo. se ha convertido en « por allí» . Interesante teoría. es posible que tenga una idea. extraños ideales. Últimamente suelo hacerlo a menudo. —Quizás este fuera el mejor ideal de todos —comentó el commissaris. vea. y fumarse uno al atardecer. El commissaris bajó la vista hacia su chaleco. abriendo su latita de cigarros y tendiéndola hacia su interlocutor. Soy y o quien se la debe a usted. El señor Van der Linden emitió una carcajada atronadora. no son demasiadas. No estaríamos ahí para lamentar el hecho de que no estuviéramos ahí. Ya habrá averiguado qué estaba haciendo María por allí. Para mí.

El automóvil llegó a la hondonada y el commissaris aparcó en el arcén. Su cuerpo se inmovilizó.luego. —Sí —dijo el señor Van der Linden. cuando en Curaçao aún vivían tribus de indios dedicados a la pesca y a la caza. indios que recibían cordialmente a los forasteros y cuidaban de ellos. por supuesto. y todas las perversiones son estúpidas. —Esa es una posibilidad —admitió el señor Van der Linden—. paró . Es una charlatanería absurda. —Hechicería —repitió el señor Van der Linden. —Sí —respondió al fin. a toda mujer hermosa le gustan. El coche se bamboleó un poco sobre un tramo de asfalto en mal estado y el commissaris perdió el hilo de sus pensamientos. He vivido mucho tiempo. estoy convencido de ello. —Y a alguien no le gustó la idea y la mató. La magia negra es una perversión de la auténtica. —La magia negra. pero también lo es la publicidad y nadie puede negar que la publicidad da resultados. Había modificado su teoría de forma que pudiera incluir las observaciones del señor Van der Linden. y su rostro se relajó. La magia negra da resultados. El bosque medía unos doscientos metros. Los hombres confirman el hecho de que una mujer es hermosa. y buena parte de él lo he pasado en esta isla y en otras islas parecidas. —Tenemos motivos para creer que ella sentía cierto interés por la hechicería. que construían grandes cabañas que no desentonaban con el paisaje. igual que la publicidad. debía detener el coche y salir al exterior. la atmósfera que tenía a comienzos del siglo XV. —¿La magia es estúpida? —preguntó el commissaris. según sus informes. Silva le había dicho que dedicara al menos cinco minutos a visitar el bosque para tratar de captar la antigua atmósfera de la isla. sí. —¿Cree usted que fue eso lo que la mató? De nuevo el commissaris tuvo que esperar a que le respondiera. —¿Acaso no cree usted en la hechicería? —Desde luego que creo en ella. La magia negra. pero en aquel momento recordó que Silva le había recomendado que no dejara de ver el bosque de Curaçao. Si llegaba a la hondonada. y se echó a reír. y justo enfrente había una hondonada en la carretera. es estúpida. empero. Otra idea que se me había ocurrido es que a alguien no le gustaba su forma de vida en general. No la auténtica. Creo que hacía experimentos sobre cómo manipular a la gente. El deseo de perjudicar a los demás es infantil. —¿Cree usted que María practicaba la magia negra? El señor Van der Linden apoy ó las manos en sus rodillas y se las quedó mirando durante unos instantes. cuy a religión estaba centrada en torno a la magia.

aprovechándose de su miedo o de su sensación de importancia. quitándose el sombrero. el restaurar. y a fuera un sospechoso o un testigo. y podía oír el rugido del mar contra los acantilados. algún que otro automóvil le adelantaba o se cruzaba con él. Encendió un cigarro y se metió de nuevo en el coche. El commissaris no había fracasado nunca. La carretera no llegaba hasta la casa. de reconstruir su entrevista. El commissaris le dio las gracias y se descubrió. La mujer negra que salió a la puerta le indicó el camino en un puro y lento holandés. la tarea le resultaba imposible. lo auténtico ha de ser el curar. y la mujer respondió con una sonrisa afable e intrigada. Siempre conseguía burlar a sus oponentes. De vez en cuando. y siempre fracasaba. Lo intentaba a menudo. —Lo auténtico —dijo en voz alta—. Pero a Shon Wancho no le importaba nada. —Buenas tardes. Y ellos hablaban. Más tarde. pero su mente se negó a dejarse tranquilizar. mostrándose cortés con ellos. Arrinconaba a sus oponentes con tranquilidad. Fue una desconcertante experiencia. haciendo alguna observación insignificante o formulando alguna pregunta irrelevante. cada vez que trataba de recordar. pensó. no había existido una verdadera conversación. la llanura reseca con arbustos espinosos. Arrinconaba a sus oponentes. No podía estar y a muy lejos de la vivienda de Shon Wancho. el commissaris estaba muy acalorado y el traje se le pegaba al cuerpo. Los bosques habían vuelto a ceder su lugar al cunucu. pero no había nada más que se moviera salvo unas pocas chotas que mordisqueaban las agostadas plantas. El commissaris no había fracasado nunca. y se detuvo junto a una choza. Shon Wancho —le saludó. Y ellos temían ir a la cárcel o perder su reputación. les amenazaba y les halagaba. La perversión es hacer daño. Su interlocutor. Procuró no pensar. Por lo tanto. no la perversión. y al cabo de un rato el commissaris había dejado de formulárselas. Cuando el commissaris llegó . sino sentir los árboles que le rodeaban. En realidad —y esta parecía ser la principal dificultad que se burlaba de su memoria—. En tanto que oficial de policía. de modo que tuvo que andar casi un kilómetro hasta llegar a los acantilados. se hallaba en considerable desventaja. Conducía a lo largo de la costa. Shon Wancho no había contestado ni a una sola pregunta.el motor y salió afuera. Una vez tuvo que frenar bruscamente ante un enorme lagarto que se deslizó a través de la carretera y le dirigió una colérica mirada con sus ojos de pesados párpados. Les importaba algo. estaba entrenado para crear situaciones. Se sentó en una roca y cerró los ojos. Eran celosos y querían incriminar a otros. Cuando por fin halló al delgado negro. Y ellos hablaban.

y un noble necesita su rango» . « Este hombre no necesita nada» . El commissaris se sintió irritado y comenzó a repetirse. No respondía a las preguntas del commissaris. Juntos experimentaron el repentino y explosivo crepúsculo tropical. « No. Al cabo de algún tiempo. sus palabras tropezaban unas con otras. Le indicó dónde podía lavarse la cara y las manos. ni tan solo daba muestras de oírlas. . Vio el rostro de Shon Wancho. pensó a continuación. de un noble. tuvo la impresión de estar empujando un obstáculo que no existía. se dijo el commissaris. y una tenue sensación de aprobación cruzó por entre sus pensamientos. Shon Wancho le tocó suavemente el antebrazo y sonrió. un bien construido edificio con dos habitaciones y un porche cubierto.junto a él. El commissaris lo había intentado. su nariz aquilina. no es un jefe» . la amplia extensión de aquel panorama sin límites y el fresco y poderoso sonido del mar se combinaron para arrasar los últimos baluartes de la inquieta mente del commissaris. La serenidad de Shon Wancho era demasiado fuerte. su pequeña y puntiaguda barba. los gruesos y curvados labios que enmarcaban la amplia boca. « Un jefe necesita una tribu. blanqueadas por cien años de sol. Y antes de irse. que alcanzó un estado de conciencia que no era vigilia ni sueño. Sus intentos de encasillar a aquel hombre fueron vanos. y se rindió a ella. atendiendo a una planta trepadora con delicadas flores amarillas. de pronto. mantenía la vista al frente. le ofreció fresco zumo de fruta para beber y lo instaló en una mecedora a la sombra del porche. Tomó asiento en un taburete bajo. cansado y sudoroso. Shon Wancho había dejado de mirar al commissaris. pero sus frases se interrumpían a la mitad. dirigida hacia el jardín y el distante mar. desde donde podía ver las flores del jardín. Su espalda estaba erguida y su mirada era firme. Y. sino que permanecía silenciosamente en pie. los altos pómulos. cerca de la mecedora. los vivos colores. pero al mismo tiempo empezó a percibir cierta respuesta en su propia mente. conque ¿porqué se inquietaba tanto el oficial de policía? Comenzó a prestar atención al silencio de su anfitrión. se lo puso y se fue. Era el rostro de un jefe. el commissaris descubrió que a él tampoco le importaba. Los serenos ojos entornados del delgado y elegante negro expresaban un pacífico desinterés por los parloteos de una mente distraída. lo halló trabajando en su jardín. El jardín estaba al lado de una casa pequeña. como si aquel negro de elevada estatura tuviera la razón. apoy ado contra una viga blanqueada. No había tenido necesidad de explicarle el motivo de su visita. Shon Wancho recibió a su huésped y lo trató como si fuese un niño pequeño. encontró su sombrero. sostenido por unas resistentes vigas que daban la impresión de haber sido encontradas en la play a. No había ocurrido nada.

mientras comenzaba a enjugarse la humedad del rostro—. El señor De Sousa le abrió la puerta y le hizo pasar. a la que se accedía por un camino bordeado de palmeras. El inspector jefe Da Silva y a me ha dicho que iba usted a llamarme. ataviados con pantalones de montar y provistos de látigos. ¿qué has averiguado?» . un criado se deslizó tras ellos portando una bandeja de plata con vasos y botellas. Quedaba una última visita por hacer. Se detuvo ante una cabina telefónica y marcó el número del señor De Sousa. ando bastante justo de tiempo. Esperó. Pero Europa es . Desgraciadamente. —Me gustaría ir a verle —dijo el commissaris. —Quizá lo comprenda. esculturas y retratos al óleo de hombres con aspecto de propietarios de plantaciones. con plantas en macetas. Mientras se dirigían al despacho del señor De Sousa. Mi propia hija. « ¿Qué has averiguado?» . Le respondió el propio señor De Sousa. El pasillo era amplio y de techo alto. una mansión palaciega edificada sobre una pequeña colina. Tenía que desaprobarla. Si no le representa ninguna molestia. Desaprobaba su forma de vida. El silencio de Shon Wancho aún seguía envolviéndole. y parte de él alcanzó al rico y obeso hombre de negocios y lo calmó un poco. No quise admitirla en mi propia casa. Según veo en mi mapa. Mi hija. —Será usted bienvenido —respondió el señor De Sousa antes de colgar. Frases corteses llenaron diez minutos antes de que el commissaris pudiera mencionar el nombre de María. El commissaris descubrió que le resultaba imposible formular ninguna pregunta. commissaris. la más hermosa de todas. commissaris —comenzó—. Mañana debería emprender el regreso a Holanda. Creo que podría llegar en unos minutos. ¿lo comprende? El commissaris tomó un sorbo de su whisky. —Rechacé su presencia —prosiguió el señor De Sousa. y los pliegues de su cara temblaron—. —Sí —dijo el señor De Sousa.« Entonces. Muerta. me gustaría ir a visitarle ahora mismo. El commissaris no tardó en encontrar la casa. —¿Mañana? —No. estoy muy cerca de su casa. —Sí. y de mujeres con elaborados peinados y rígidos trajes de encaje. se repetía una y otra vez el commissaris mientras recorría el camino de regreso a Willemstad. La casa respiraba riqueza. Quizá tenga usted hijos propios. la más inteligente.

porque deseaba ir a Haití. y un jorobado enfundado en una chaqueta rasgada les trajo vasos. se puso un traje limpio. y emitió una risita—. » Y ahora está muerta —añadió el señor De Sousa tras una pausa—. Tenía una voz muy suave. El capitán lo recibió en la cubierta inferior. —¡Hola! —respondió el commissaris. a las inglesas. Era una niña inteligente y aprendí muchas cosas de ella durante nuestros paseos por la isla. La goleta del indio que le había regalado los cigarrillos y a no estaba allí. Finge que no le importa que le eche carbonilla. que le sonreía por entre la barba mostrando unos dientes rotos y separados por amplios huecos. policía —le invitó el capitán. Salió al muelle y me amenazó con el puño. —Le he visto esta mañana en la ventana de Silva —comentó el capitán. y ellas me han dado experiencias que jamás olvidaré. —¡Usted! —exclamó el capitán de la barba amarilla—. Luego. Esa comisaría estará muy sucia cuando termine con ella. extendiendo su mano. —Pero soy su padre. Pero mi propia hija se convirtió en una de ellas. De pequeña. He estado muchas veces en Europa. El commissaris la tocó ligeramente pero estaba limpia. Incluso la llevé a Haití. se fumó un cigarro y el agua caliente desprendió el sudor y la suciedad de su cuerpo. Estoy agradecido a estas mujeres. pero el otro día se delató. y cuando hablaba y o siempre la escuchaba. ¿Usted? ¡Venga aquí! El commissaris cruzó la pasarela. No quebranto ninguna ley. Siempre había creído que los padres enseñan a los hijos. La llevé a las otras islas. a las islas holandesas. y quizás habría debido aceptarlo. hablábamos. El commissaris regresó a su hotel y tomó un baño. El señor De Sousa volvió a llenar el vaso del commissaris y se afanó con los cubitos de hielo y el agua y la cucharilla de plata para agitar la mezcla. Les he pagado dinero. pero María me enseñaba a mí. Bebió su café y su zumo de naranja. —Tómese un vaso de ron conmigo. pero y o lo ignoro.distinta. limpia como su propietario. estábamos unidos. una botella de ron verde y plana. Querrá usted saber quién le lanzó el cuchillo. Conozco a las hermosas mujeres de Europa. Parte de su sangre era negra y a ella le interesaba mucho esta raza y Haití es un país negro. y eso no pude aceptarlo. —¿Qué está usted mirando? —gritó una voz desde el puente. Soy un hombre rico y tengo grandes negocios. ¿verdad? Llegaron al camarote del capitán. a algunas de las francesas. pero lo único que pueden hacer al respecto es ponerse a toser. Tengo que mantener en marcha mi viejo motor. Se detuvo a contemplar el viejo carguero. con la preocupación de no ensuciarse el traje. y un abollado cubilete . salió del hotel y vagó frente a las embarcaciones atracadas en el muelle. siempre acudía a mí.

Una vez me hizo ganar un caso. igual que el barco.de plata lleno de hielo. Esta silla está haciéndose vieja. Me advirtió. Escanció ron hasta la mitad del vaso y terminó de llenarlo con hielo. —Gracias —dijo el commissaris. pero eso fue por culpa mía. Mañana debería ir a Otrabanda a recoger su premio. ¿verdad? Uno de mis hombres le vio hablando con el señor Van der Linden. Su mano no era muy firme. Al final. pero entonces y o aún era joven. también perdimos otro. ¿Qué tal le ha parecido el viejo buitre? —Un hombre muy agradable —respondió el commissaris. pero al siguiente viaje me lo hicieron pagar. llenándolo de nuevo y mirando de soslay o al commissaris—. Hay que ir con cuidado. —El capitán se acomodó cautelosamente en una silla de caña de aspecto desvencijado—. inclinada sobre una carta que obviamente acababa de recibir y que le producía una intensa emoción. El capitán dio la vuelta a la botella y el commissaris pudo ver una hermosa mujer negra de abundantes y bien formados senos. —Todos los hombres que beben este ron piensan que la carta la han escrito ellos —explicó el capitán— y se olvidan del sabor de la bebida. He hablado con la mujer que le vendió un número. —Hoy ha ganado usted algo de dinero —prosiguió el capitán vaciando su vaso. —Por la etiqueta. y tuvo problemas con los cubitos de hielo. Ha tenido un día muy ocupado. El commissaris le ay udó. Pero de todas maneras es un buen ron. —No es mala persona. cogiéndolo entre sus manos—. —¿Y y a no cree? —Je. le cay ó usted bien a la vendedora. Lo escamoteé en un club nocturno de Barranquilla. El commissaris se arrellanó en el asiento y probó un sorbo del crudo licor. pero y a no me importa. depositando el vaso vacío sobre la mesa con un fuerte golpe. la máquina. menos sé. Todos nos hacemos viejos: y o. je. —Hermoso cubilete —comentó el capitán. Aún creía en el bien y en el mal. —Carta Blanca —observó el capitán—. Un día se desprenderá el fondo. diciéndose que debía ser cauteloso. ¿eh? ¿Qué impresión le ha causado? . ¿Sabe usted por qué? —No. El bien y el mal. Cuanto más viejo me vuelvo. que su cuerpo no resistiría una gran cantidad de aquella fuerte bebida. No sé qué decirle. —También ha ido a ver a nuestro curandero. El capitán se lo llenó de nuevo. la tripulación. El mejor ron de la isla. siempre ganan ellos. El commissaris olvidó sus buenas intenciones y apuró el ron.

siempre y cuando no me hay a muerto. La punzada había vuelto a dejarse sentir por la mañana. No espere demasiado. Es un brujo y un curandero. Ese hombre sabe. —Shon Wancho —repitió el capitán. Incluso he pensado en venirme a vivir aquí algún día. cuando bebemos. —Shon Wancho —dijo el commissaris. He estado tantas veces en Curaçao que y a he adquirido sus costumbres. ¿Qué tienes. Ese hombre se sabe todo el lote. —Y gratis —añadió el capitán—. —¿Le aconsejó que dejara de beber? El capitán pareció sorprenderse de la pregunta. quizá más. El capitán asintió con aire solemne. —¿Por qué? —Por los cangrejos. —Usted es holandés —comentó el capitán—. puede venir a navegar un poco conmigo. —No —respondió—. pero había subestimado la capacidad de resistencia del anciano. —¿Lo ve usted con frecuencia? —Con frecuencia. En Venezuela. Fui a verle el otro día. ¿comprende? El ron los atrae. en casa de Shon Wancho. y no había vuelto a notarla. con ron o sin él. El capitán dio dos patadas en el suelo y un chino de avanzada edad apareció en el umbral. —Es una buena isla —le dijo al capitán—. —Sí. El capitán hablaba farfullando. Me perseguían los cangrejos. Y cuando se aburra de ver siempre la misma gente y las mismas cabras. —Eso estaría muy bien. —Lo que sea. y el commissaris crey ó que iba a caer dormido o insconsciente en cualquier momento. pero expulsó a los cangrejos. Tengo un camarote para pasajeros. bebemos. Miles de cangrejos. —¿Le conoce? —Desde luego —respondió el capitán—. El commissaris recordó de pronto el dolor de sus piernas. y el cocinero es chino. cocinero? . —¿Qué sabe? El capitán gesticuló. y los holandeses siempre comen algo cuando beben. —¿Le gusta Curaçao? —inquirió este. buena idea. asintiendo vigorosamente con la cabeza. Los veía todo el tiempo. no —contestó el capitán—. iré a verle otra vez. —¿Y no han vuelto? —Si vuelven. Su padre lo fue antes que él. quizá treinta años. pero había desaparecido cuando estaba en la mecedora. Yo mismo le traje aquí hace mucho tiempo. A veces.

Pero si solo tiene hermanas. de revoluciones. pero a este le tenía un afecto especial. —Distinta madre —explicó—. y el jorobado preparó la mesa y se llevó la botella de ron. —¿Lo conocía usted bien? —quiso saber el commissaris. —¿Puedes traerme otra vez la botella? —No —gritó el jorobado—. —Pues claro. ¿Qué tal está. El hermano de María. pero puedo subirle una cerveza. Llegaron dos latas. patrón. —Sopa de tallarines. No podía . lo arrojó por el ojo de buey y eligió uno nuevo de la lata que el commissaris había dejado sobre la mesa. La comida llegó en cuestión de minutos. Su madre se casó y no tenía mucho tiempo para su primer hijo. Era un hijo natural. —¿Capitán? —preguntó el jorobado desde la cubierta inferior. Le oy ó hablar de los puertos de Venezuela y de Colombia. —¿No hay rollos de primavera? —También hay rollos. —Salud. Oy ó hablar de muchas islas. con su Biblia y todo. —El pobre tipo —le recordó el commissaris. escuchando los relatos del capitán. Su madre había venido de Holanda para hacer de maestra en la isla. a veces. y hubo una larga historia sobre Guajira. El commissaris aún se quedó una hora más. Se volvió muy cristiano. ahora que hablamos de él? —¿Su hermano? —se extrañó el commissaris—. El chico hizo sus estudios secundarios en Amsterdam y luego se graduó en la escuela de la marina mercante. y a sabe. El chico odiaba a su padre. por favor —dijo el commissaris. —Sí. —El capitán dio tres patadas en el suelo. El capitán trató de encender un cigarro saturado de humedad y. pero el mismo padre. —¿Pobre tipo? —Sí. —¡Cerveza! —rugió el capitán. y el capitán empujó una hacia el commissaris. a pesar de las protestas del capitán. venían los dos a jugar en mi barco. pero él lo parecía. Navegó a mis órdenes durante varios años Pobre tipo. Recibió el apellido de su madre. —Aquella vez estuve a punto de perder a mi primer oficial —dijo el capitán —. la península entre ambas naciones donde mandan los contrabandistas y los indios siguen viviendo como indios. Además. tras varios intentos infructuosos. —Sí. Después volvió aquí. Cada uno abrió la suy a. los hombres bajitos lo pasan mal en la vida. de huracanes inesperados. Y es un hombre bajito. De Sousa cuidó de ella cuando se quedó embarazada y le construy ó una casita en el sur. parece bajo. Y entonces y a no quiso seguir conmigo. María conocía a su hermano. Hay gente baja que no lo parece. El padre de María tiene muchos hijos.

« El ojo del monje gris» . Pero era un buen marino. Es un extraño nombre para una isla. Se hizo guarda de una reserva natural.aprobar la bebida y las cosas que pasaban. ¿dónde está ahora? —Se volvió a Holanda. —Vive en Schiermonnikoog. —Muchas gracias —dijo el commissaris. —Lleva el nombre de su padre y el apellido de su madre: Ramón Scheffer. —¿Cómo se llama? —inquirió el commissaris. y me gustaba. ¿No habló con él cuando mataron a María? —No. —Entonces. por eso lo recuerdo. pero no podía alejarse del mar y se instaló en una isla. No pude ay udarle. Siempre le gustaron las plantas y las aves. . Dejó de navegar. y a veces solía encerrarse en su camarote. Seguro que y a lo sabe.

14

ERAN CERCA DE LAS CUATRO y aún no había amanecido. El brigada
Buisman acababa de encallar su pequeño bote en la fangosa play a.
—No podemos acercarnos más —explicó en voz baja—. Será mejor que os
quitéis las botas, porque se atascan en el fango. Vale más ir descalzos.
Grijpstra se quedó mirando el agua, negra como tinta. De Gier empezó a
quitarse sus botas de caña corta.
—Oh, bueno —masculló Grijpstra, más para sí que para los otros dos. Le
resultaba difícil moverse dentro de su traje impermeable, y el sueste le caía
sobre los ojos. Con un gruñido, consiguió quitarse las botas y extendió un pie
cautelosamente. Se veía muy blanco bajo la tenue claridad de antes del alba.
El agua estaba fría, más o menos tan fría como había temido.
—Arrrgh —exclamó en voz alta cuando el pie se hundió en el espeso lodo.
—Sssh —siseó el brigada—. Los pájaros. No debemos asustar a los pájaros.
—Pájaros —murmuró Grijpstra. Sintió cómo el fango se deslizaba entre sus
dedos—. Bah —le susurró a De Gier—. ¿Estás seguro de que esto es fango?
—¿Qué puede ser, si no?
—Mierda de perro —replicó Grijpstra.
De Gier se rio cortésmente. También él tenía sus problemas con el lodo que
tiraba de sus piernas.
—Cuidado con los gemelos —le advirtió a Grijpstra el brigada—. Si no los
devolvemos en buen estado, el sargento se enfadará mucho. Acaba de recibirlos.
—Sí, sí —contestó Grijpstra, y comenzó a vadear hacia la orilla. El bote
parecía reposar sobre un pequeño banco de arena, pues el agua se extendía otros
cincuenta metros.
Grijpstra procuró no pensar en nada mientras andaba; solamente deseaba
llegar a la orilla. Su pie chocó contra una lata vacía. Estuvo a punto de perder el
equilibrio, pero logró mantenerse erguido. Fue el último en llegar.
—Límpiate el fango de los pies —dijo el brigada, tendiéndole un puñado de
hierba—. ¿Qué te has hecho en el pie? Está sangrando.
De Gier se puso en cuclillas y examinó el pie de Grijpstra.
—Un corte —anunció.

Grijpstra bajó la mirada, pero únicamente consiguió ver sus holgados
pantalones impermeables.
—Vay amos un poco más adentro —propuso De Gier—. Por allí hay algo de
arena seca. Tengo una linterna.
El corte era bastante profundo y De Gier lo limpió y lo vendó.
—Mala suerte. A ver, prueba a andar.
Grijpstra aún podía caminar. Se pusieron de nuevo los calcetines y las botas.
—¡Ajá! —observó el brigada—. Ya empieza a haber luz. Este es el mejor
momento. ¡Mirad!
Grijpstra miró y vio un pájaro, seguido casi inmediatamente por otro.
—Frailecillos —anunció el brigada, enfocando sus gemelos.
Grijpstra siguió dócilmente sus indicaciones y alzó los pesados binoculares.
Vio una forma borrosa, pero tenía demasiado frío y estaba demasiado cansado
para tratar de enfocar los gemelos. De Gier no vio nada, porque se había
olvidado de retirar las tapas que protegían las lentes. El brigada le llamó la
atención hacia este detalle.
—Ah, sí —dijo De Gier.
Vio dos pájaros pequeños.
—Frailecillos —repitió el brigada—. Hay bastantes por aquí; más que el año
pasado. Son unos pájaros preciosos. ¡Qué elegantes! ¡Mirad cómo corren! No
están asustados; si lo estuvieran, se irían volando. Estamos en una reserva y saben
que no vamos a hacerles ningún daño.
Grijpstra se movió y sus pantalones crujieron.
—Mala cosa —dictaminó el brigada—. ¿No podrías quitártelos? El crujido
irritará a los pájaros. ¡Mirad! ¡Una agachadiza!
—¿Dónde? —preguntó Grijpstra, bajo la impresión de que debía dar alguna
muestra de interés.
—No sé —contestó De Gier—. El único pájaro que veo es uno gordo y
completamente amarillo.
El brigada se había apartado de ellos. Grijpstra se volvió bruscamente y De
Gier, sobresaltado por la amenazadora figura de Grijpstra, dio un vacilante paso
atrás.
—Corta el rollo, ¿quieres? Fuiste tú el que compró estas monstruosidades
amarillas.
—Pero son cómodas ¿no? Son impermeables. Está empezando a llover.
—Ya me he dado cuenta —rezongó Grijpstra.
Lloviznaba, pero el entusiasmo de Buisman iba en aumento. Estaban rodeados
de pájaros por todas partes y el brigada recitaba constantemente sus nombres e
informaba a sus invitados de las costumbres de cada especie.
—¡Ostreros! Con ese fuerte pico rojo son capaces de abrir hasta las ostras
más grandes. ¡Mirad!

Grijpstra y De Gier miraron.
Se pasaron varias horas mirando, avanzando a trompicones de un lado a otro,
demasiado fatigados para sostener sus gemelos, observando obedientemente las
afanosas siluetas de las gaviotas y las en apariencia interminables variedades de
patos.
—Huevos —susurraba Buisman de vez en cuando—. ¡Con cuidado! Todo esto
está lleno de nidos.
—Huevos fritos —le susurró Grijpstra a De Gier, que se había escondido
detrás de un árbol para fumar un poco y resguardaba su cigarrillo de la lluvia—.
Huevos fritos, bacon, tomates y tostadas.
—Café —añadió De Gier—. Habríamos debido traer un termo lleno. Siempre
me olvido de lo más importante. ¡Café caliente!
—Dime —inquirió Grijpstra, con aire confidencial—. ¿Por qué hemos
venido? Dímelo, De Gier; y o no me acuerdo.
—No sé. Somos observadores de pájaros.
—Pero ¿por qué? —insistió Grijpstra—. A mí no me gustan los pájaros. ¿Y a
ti?
—Sí. Pero no tantos a la vez. Esta isla debe de ser su casa. Viven aquí. ¿Qué es
eso?
Un pájaro se lanzó hacia ellos y De Gier se agazapó. Hubo un rumor de alas
y un airado y agresivo chirrido.
—Un avefría —dijo de pronto el brigada, que había estado buscándolos,
surgiendo junto al codo de Grijpstra—. Es un pájaro muy listo. Seguramente
debe de tener el nido por aquí cerca. Mirad lo que hace.
El avefría corría de un lado a otro sobre la hierba, arrastrando un ala por el
suelo.
—Se la habrá roto contra la cabeza de De Gier —opinó Grijpstra, en tono de
admiración.
—No —negó el brigada Buisman—, solo lo hace ver. Quiere que lo
persigamos. Quiere hacernos creer que está herido y que es una presa fácil, pero
en cuanto nos acerquemos demasiado se echará a volar. Su nido tiene que estar
hacia el otro lado.
—Un pájaro astuto, ¿eh? —observó De Gier.
Grijpstra no estuvo de acuerdo. Si el pájaro corre hacia la izquierda, su nido
está hacia la derecha. Fácil de recordar. Empezaba a sentirse sumamente
hambriento.
—Dicen que los huevos de avefría son exquisitos —le comentó a Buisman.
—Ahora no, y a está muy adelantada la temporada. Habrías debido venir
hace un mes. Él primer huevo de avefría lo encontramos aquí; se lo enviamos a
la reina.
Siguieron adelante. La mente de Grijpstra se había hundido en un pantano

Casi me he sentado encima de ellos. Si levanta la vista es que y a ha hecho su elección. De Gier. El termo no era grande. a bastantes kilómetros de la civilización. buena. la rama de un árbol se lo había arrancado de la cabeza y en aquellos momentos pendía sobre el sendero. casi un kilómetro por detrás de él. De Gier estaba sonriendo. Solo lo había visto una vez antes. Como las . —Yo y a los he visto —masculló Grijpstra. y se negó a mover su cuerpo. fíjate. Sus intestinos se agitaron. Buisman profirió un grito de alegría y salió hacia los árboles como una exhalación. quedó impresionado. Cuando regresó. A continuación. No tengo papel. Parecen pollos.gris. Regresó de inmediato. Se habrán escapado de alguna granja. en cambio. —Hierba —repitió Grijpstra. Ya no captaba nada. —¿No habría ningún retrete por ahí? —preguntó. De Gier. Pero no es problema. « pero en cierto modo. Había olvidado su dolor de cabeza. y apenas pudieron tomar un sorbo cada uno. El mejor papel higiénico que existe. y se sentó en un tronco. henchidas de color. Estamos en plena naturaleza. Hay un montón de pájaros detrás de ese árbol. Es medio agresión y medio espanto. sin advertir que tenía los pies mojados y que la herida en el dedo gordo de su pie derecho estaba inflamándose. puedes irte detrás de esos árboles de allí. agitando ambos brazos. y el macho al que mire será su compañero. ¡Venid a ver! Un grupo de becadas macho danzando en torno a la hembra. —Usa un poco de hierba. Grijpstra masticó su panecillo. Ya no fingía ningún interés y había quedado rezagado. —¿Te das cuenta de cómo bailan? —preguntó el brigada—. echando a andar hacia los árboles. Los otros se marcharán. para impresionar a la hembra. No paraban de dar vueltas los unos alrededor de los otros. e incluso la sensación de hambre había desaparecido. pero ella no levanta la mirada y se limita a escarbar el suelo. —Este es un buen sitio —decidió Buisman. igual que cuando nosotros nos pavoneamos ante una mujer. —Papel —masculló Grijpstra—. Había perdido el sueste. Están actuando. a pesar del frío y la humedad y de su sensación general de incomodidad. abrió la bolsa de lona gris que llevaba colgando de la espalda y extrajo un termo de café y algunos panecillos con queso. —¡Es fantástico! —les gritó—. —¿Todo bien? —inquirió. Los machos habían erizado las plumas de sus cuellos y sus pequeñas colas estaban erguidas. diría y o. como una alegre banderola sobre un interminable laberinto de verdor y humedad. —Magnífico —declaró Grijpstra—. pero no ha parecido importarles. « Una ostentación ridícula» se dijo. Se movía mecánicamente. —No —respondió jovialmente Buisman—. fue a ver el espectáculo.

Utilizaba un cuchillo de hoja larga y fina. y también una salchicha. Llevaba una escopeta y lucía una pluma en la cinta de su sombrero verde. Buisman carraspeó. pero estoy de servicio. También él iba provisto de un termo de café. Todos engalanados con el mejor uniforme y una. Buisman. acabamos de tomar café.fiestas en la academia de la policía. —¿Buisman? ¿Está por aquí? —Detrás de esos árboles. Además. —Somos invitados del brigada Buisman —anunció con aire afable. ¿eh? —Eso hacía —asintió Grijpstra. Se estrecharon las manos y Scheffer tomó asiento. —Bueno… —comenzó Grijpstra. Me temo que voy a tener que pedirle que se vay a. ¿por qué no te vienes con tu amigo a nuestro hotel? Nos gustaría que desay unarais con nosotros. . —Estamos en una reserva. y De Gier se sentó junto a Grijpstra en el húmedo tronco. de pronto. Scheffer había abierto su zurrón y estaba cortando el pan. —Observando a los pájaros. —Os presento a mi amigo Rammy Scheffer —dijo Buisman—. el desay uno. No se debe molestar a las aves. —Muy amable por su parte —respondió—. y menos en esta época del año. y Grijpstra comenzó a tener pensamientos amables en cuanto el caliente líquido hubo activado su estómago. Es uno de los guardas de la isla. echó a andar hacia Grijpstra y le dio un golpecito en el hombro al pasar por su lado. Podríamos invitarles a desay unar con nosotros. —Sí —dijo Grijpstra en voz alta—. dos y tres. Grijpstra advirtió que el hombrecillo vestía alguna clase de uniforme. Siguió andando sin detenerse. Buisman miró el cuchillo y. Llevo encima algo de pan y queso. contemplando unos pollos. si le apetece. y a lo sabe. pero demasiado tarde. y si ella te mira puedes darle un beso ante su puerta» . Buisman y Scheffer iniciaron una conversación que parecía consistir casi exclusivamente en nombres de pájaros. se puso en pie. —Las siete en punto —observó—. —Buenos días —le saludó este. Podemos compartirlo todo. Scheffer alzó la vista. que y a no sentía como una nuez reseca y arrugada. y Grijpstra se levantó y fue en pos de él. El hombrecillo desapareció tras los árboles y regresó en compañía de Buisman y De Gier. —Buenos días. Grijpstra estaba solo en el claro cuando apareció el hombrecillo. aproximadamente el doble de grande que el de Buisman. Cuando estuvieron lo bastante apartados para no ser oídos. vueltas y más vueltas por la pista.

pero preferiría no hacerlo. El gemido de una sirena despedazó el silencio que los envolvía. está en contra de las blasfemias y las expresiones malsonantes. Podríamos pedirle al commissaris que lo invitara por carta o enviara un coche a buscarlo. De vez en cuando llega hasta la otra orilla y se pasa algunos días fuera. El brigada se detuvo. Era oficial de la marina mercante y se instaló aquí. y seguramente me retiraría la palabra para siempre. pero en seguida nos ocupamos de acabar con eso. en la isla. ahora. —Lo siento —comenzó—. pero no llegué a sacar nada en claro. ¿Quién es este tipo? ¿Sabes algo de él? —Naturalmente. Es uno de esos naturistas. No estaban lejos de la play a y llegaron a . le seguían por todas partes repitiendo palabras soeces. he vuelto a acordarme. Los chicos se burlaban de él. Le gusta estar a solas y leer la Biblia. Lo recuerdo porque en aquel momento me molestó mucho que lo hiciera. tres años. —Sí —dijo Grijpstra—. Es una isla muy pequeña. Un poco fanático. no fuma. nos conocemos todos. La señora que asesinaron procedía de Curaçao. —Curaçao —musitó Grijpstra. hace años y a. Parecía estar muy cercana. mientras miraba a Rammy Scheffer y ese impresionante cuchillo que tiene. No habla mucho. Es un hombre tranquilo. me parece. pero fue mi puerta la que salió perjudicada. —¿Amigos? ¿Parientes? —Ninguno que y o conozca. nos relacionará contigo igualmente. Si lo hacemos nosotros. Vive él solo en una casita. Estuve haciendo indagaciones acerca de quién sería capaz de lanzar un cuchillo. —Podríamos pedirle que viniera a la comisaría para interrogarle —apuntó Buisman—. y a sabes. La gente de la isla lo aprecia y todo el mundo lo saluda. Es la lancha de la policía. Sin embargo. —Sí —admitió Grijpstra—. No bebe. Estábamos navegando en mi bote. Lleva varios años viviendo por aquí. y lanzó un cuchillo contra la puerta de mi camarote. Echó a correr. y Grijpstra le siguió. pero no tiene ningún amigo en particular. La compró. —¿Cómo dices? —Curaçao —repitió Grijpstra—. me parece. Deben de estar buscándome. También tiene una embarcación y a veces sale a navegar alrededor de la isla. pero me había olvidado por completo de lo de ay er. Aquí. —Una sirena —exclamó—. Me consta que él sabe lanzar un puñal. Quería lucirse. Cultiva sus propias verduras y él mismo se hace el pan. Nació en Curaçao y no tiene antecedentes policiales.

de la policía de Amsterdam. procedía de Curaçao. Tengo un télex para usted. Buisman se quitó las botas y comenzó a vadear. . De nuevo sufrió la desagradable sensación del fango entre los dedos. Grijpstra ley ó el télex. Scheffer es medio hermano de María van Buren. Aquí lo tiene.ella en cuestión de unos minutos. « Vay an de inmediato a Schiermonnikoog y localicen a Ramón Scheffer. Grijpstra suspiró y siguió su ejemplo. Un télex urgente. El télex estaba fechado el día anterior. mi brigada —saludó a Buisman el sargento del bote. Buisman comenzó a saltar y a agitar los brazos. se volvió hacia Grijpstra y le estrechó la mano. Scheffer descrito como fanático religioso» . —Muy bien —dijo el sargento—. Sabía que el brigada había venido por aquí con ustedes esta mañana. A continuación. —Grijpstra. Precaución importante. —Buenos días. y alguien respondió del mismo modo en la embarcación. Los de la lancha lanzaron un bote de goma y un policía de uniforme remó hacia la costa. iba dirigido a la jefatura de policía de Amsterdam y estaba firmado por el commissaris.

Todos los días trato de limpiar las play as de la reserva. pronto tendremos que despedirnos del último. tal vez lograríamos conservar unos cuantos. —Eso está bien —aprobó Rammy —. como si el mar no estuviera y a lo bastante sucio. ¿No lo sabía? Hay miles de ellos en la isla. —Sí —respondió De Gier. —No ha ido a ver la danza de las becadas. Es tremendo. Si hubiera más gente que se interesara por los pájaros. He oído decir que están instalando nuevos colectores. Tal y como van las cosas. Terminó de engullir el último pedazo de pan y alzó esperanzado la taza para que se la llenara de nuevo. —Sí —admitió De Gier—. —Es un ostrero —explicó Rammy. volviéndose hacia De Gier—. —¿Le gusta el queso? —preguntó Rammy. 15 —AQUÍ TIENE —dijo Rammy Scheffer. son los pájaros más corrientes que hay por aquí. —Su amigo. —¿Le interesan los pájaros? —Desde luego —contestó De Gier. ¿también se interesa por los pájaros? —Claro —respondió De Gier. Tengo dos cabras y las ordeño y o mismo. ¡Mire! ¡Allí! ¿Qué pájaro es ese? Rammy volvió la cabeza y De Gier aprovechó para retirar el queso de entre el pan y arrojarlo a los arbustos. y ahora. —Lo había olvidado —dijo De Gier. ¿Qué clase de queso es? —Queso de cabra. que vengo aquí todos los días. pero es increíble la cantidad de botellas de plástico y tarrinas de helado que arroja la gente. y De Gier le dio las gracias y hundió los dientes en la gruesa rebanada de pan. Estuvo un rato masticando en silencio. tendremos los residuos industriales. pero en el termo de Rammy y a no quedaba café. ni siquiera y o. Después de las gaviotas y los patos. —¡Ah! —exclamó—. se apresuró a meterse el pan en la boca. De Gier masticó durante unos instantes más. titubeante. En seguida. Es un espectáculo muy poco frecuente. puedo contemplarlo a . y siguió mascando—. encima.

menudo.
—Se ha herido en un pie —explicó De Gier—. Se ha cortado con una lata o
con una botella rota. Creo que quería sentarse a descansar un poco.
—Ya comprendo —dijo Rammy, cogiendo la escopeta que llevaba en
bandolera y dejándola en equilibrio sobre sus rodillas.
Sonó el chillido de la sirena y De Gier se levantó de un salto.
—¡Mierda! —exclamó—. ¿Qué ha sido eso?
Rammy también se había levantado y estaba mirando hacia el mar.
—Un barco —respondió—; puede que un barco en apuros. Quizás hay a
encallado en la arena. Vamos a verlo.
Apuntó hacia la play a y De Gier echó a correr.

De Gier llegó a la play a.
—¡Tú! —gritó Grijpstra cuando vio surgir a De Gier de la espesura—. ¿Qué
estás haciendo aquí? ¿Dónde está Rammy ?
De Gier jadeaba.
—Viene detrás mío. ¿Dónde está la barca?
—Allí. —Grijpstra señaló hacia la lancha de la policía, que flotaba
silenciosamente a medio kilómetro de la orilla.
—¿Qué le pasa?
—Nada —respondió Grijpstra—. ¿Dónde está Rammy ?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—¿Lo has perdido?
De Gier contempló boquiabierto a Grijpstra y el brigada. Para entonces,
también el sargento había llegado junto a ellos.
—¡Burro! —dijo Grijpstra con tristeza—. Es el hombre que buscábamos, y lo
tenías en tus manos.
—¿Cómo…? —comenzó De Gier, pero lo dejó estar.
—Él no sabe nada, Grijpstra —observó el brigada Buisman.
—¿Qué es lo que no sé? —inquirió De Gier.
—Da igual —dijo Grijpstra—, sigues siendo un burro. Habrías debido darte
cuenta. ¿Intentamos seguirlo, Buisman?
—No. Rammy conoce la reserva mucho mejor que nosotros. Más vale que
nos sentemos por aquí y tratemos de pensar en algo.
—¿Qué…? —comenzó nuevamente De Gier.
—De acuerdo —intervino Buisman—. Enséñale el télex, Grijpstra.
De Gier ley ó el télex y al instante montó en cólera.
—Conque habría debido darme cuenta de que él era el hombre que estamos
buscando, ¿eh? ¡Yo estaba con un hombrecito de sombrero verde que me había
dado de comer! Además… —Se interrumpió—. ¡Tenía una escopeta!

—¿Y qué? —preguntó Grijpstra.
—Habría podido matarme —respondió De Gier—. Se la quitó del hombro
mientras charlábamos. Sospechaba algo.
—Tonterías —protestó Grijpstra—. Él creía que estábamos observando a los
pájaros.
De Gier miró fijamente a Grijpstra.
—¡Observando pájaros! Tú no observabas ningún pájaro. Tú estabas sentado
en un tronco, gruñendo y rezongando, mientras las extraordinarias becadas
realizaban su sublime danza. Eso es lo que le ha hecho sospechar.
—Ya las había visto —se defendió Grijpstra—. Estaba descansando. Los
observadores de pájaros también descansan.
—Sí. Y luego te escabulliste con Buisman.
—Estaba diciéndole a Grijpstra que tal vez Rammy fuera vuestro hombre —
explicó Buisman—. Acababa de acordarme de que Rammy sabe lanzar
cuchillos.
—¿Lo ves? —gritó De Gier—. ¡Y no me has avisado! ¡Me has dejado en
compañía de un peligroso asesino armado con una escopeta y ahora dices que
soy un burro!
—Sí —admitió Grijpstra en tono conciliador—, es verdad. A estas horas
podrías ser un burro muerto. Deberías estar agradecido.
De Gier respiró hondo. El brigada le dio unas palmaditas en el hombro.
—Vamos, vamos —dijo Buisman.
—¡Bah! No le hagas caso —dijo Grijpstra—. Siempre está exagerando.
—¿Que y o exagero? —aulló De Gier.
—Desde luego —respondió Buisman—. Hace años que conozco a Rammy
Scheffer. No es un hombre violento, y lo ha demostrado, ¿verdad? Se ha
escapado. Habría podido pegarte un tiro, pero no lo ha hecho. Ni siquiera te ha
amenazado.
—Le clavó un puñal en la espalda a su propia hermana —adujo De Gier.
—Es posible. Aún está por demostrar.
—Tal vez deberíamos intentar capturarlo —apuntó Grijpstra—. ¿Dónde puede
haber ido? No creo que trate de esconderse en este pantano, ¿o sí?
—No —intervino el sargento de policía, que hasta entonces se había limitado
a ser testigo de la escena mientras liaba un cigarrillo—. Ni siquiera tratará de
esconderse en la isla. Es un marino y tiene una embarcación.
—Una embarcación —comenzó Grijpstra, pero el resto de la frase quedó
ahogado por un repentino y ensordecedor rugido. El ruido sonaba sobre sus
cabezas y seguía aumentando de volumen. Los cuatro hombres se agazaparon
instintivamente.
—Ya están otra vez con lo mismo —se quejó el sargento en cuanto el ruido
hubo disminuido. El reactor de combate y a solo era una manchita en el horizonte.

—¡Uff! —exclamó Grijpstra—. ¡Vay a escándalo! Tenéis una islita muy
tranquila, desde luego.
—Ahora solo lo hacen dos veces por semana —explicó Buisman—. Aviones
de combate. Practican durante todo el día, disparando contra los blancos que les
preparan en la isla de al lado. A veces, también bombardean un poco. Siempre
pasan sobre esta parte de la isla. Antes era mucho peor, pero nuestro alcalde
presentó una protesta ante las Fuerzas Aéreas.
—¿Qué estabas diciendo? —inquirió De Gier.
—Ah, sí —respondió Grijpstra—. El sargento dice que Rammy tiene una
embarcación, pero nosotros tenemos otra. Ahí está. Una hermosa lancha rápida
de la policía. ¡Subamos a bordo!
—¿Y hacia dónde quiere que vay amos? —preguntó el sargento.
—Hacia donde tiene amarrada su embarcación, por supuesto.
El sargento meneó la cabeza.
—No sé dónde está su barca. No está en el puerto, en su lugar de costumbre.
Se la llevó la semana pasada. Podría estar en muchos sitios, y si ha subido y a a
bordo, podría estar navegando en cualquier dirección. Necesitaríamos
muchísima suerte para dar con él.
—Un avión —sugirió el brigada—. Un avión de observación. Tenemos
aviones de la policía, ¿verdad?
—Podríamos solicitar que enviaran alguno de esos reactores —propuso De
Gier.
—No —objetó el brigada—, son unos locos. Vuelan a un millón de kilómetros
por hora y solo saben dar pasadas para ametrallar y bombardear. Si les pedimos
que nos ay uden, se lanzarán contra todos los y ates de recreo y todas las barcas
de pesca, y la gente se arrojará por la borda. Solo serviría para crearnos
problemas. Lo que necesitamos es una avioneta de observación. Vamos a la
lancha y llamemos por radio al aeropuerto.

La cosa no resultó tan sencilla como creía el brigada. De las dos avionetas de
la policía de que podían disponer, una estaba en reparación. De los cuatro pilotos
de que podían disponer, uno se había tomado el día libre, otro estaba enfermo y
los dos restantes no aparecían por ninguna parte. Hubo de pasar una hora antes de
que despegara la avioneta. El brigada se consumía de inquietud. El sargento
empezó a preparar café. Grijpstra se afanaba con su pistola, que se había
encasquillado. Únicamente De Gier parecía satisfecho, sentado sobre el techo de
la cabina de la lancha para contemplar el panorama. Eran las nueve de la
mañana y el firmamento estaba despejado, con alguna nubecilla aislada flotando
sobre la isla. Los reactores habían desaparecido, pues la policía del aeropuerto les
había solicitado que se mantuvieran apartados durante algún tiempo para no

Una naturista de esas. Gracias a Dios que construimos los diques y desecamos las marismas. No se ve gran cosa. porque siempre puedes irte si te cansas. La avioneta de observación. Tengo una sobrina que hace sopa con ellas. —No —protestó Grijpstra—. —Me hubiera gustado ser piloto —comentó De Gier. satisfecho—. mucho mejor que todo ese fango.estorbar al avión de observación. —Ya te he perdonado —dijo De Gier. No me digas que no fue toda una aventura. Supongo que debe de comer ortigas hervidas. ahí arriba dentro de una mosca mecánica. —Queso de cabra —dijo al fin—. millones y millones de ellos. era delicioso. —¿Es guapa? —se interesó De Gier. El sol comenzaba a calentarlos. Tenía un sabor exquisito. y luego me quedé dormido. Lo había elaborado él mismo con la leche de sus propias cabras. que se va de vacaciones a Francia para corretear por ahí desnuda. en serio. Y los pájaros y a empezaban a ponerme nervioso. No me importa verlos en el zoo. Ves mucha tierra verde y muchos cochecitos. Una vez volé en avioneta. Todo el país era un pantano. —Me dio un pedazo de queso de cabra —anunció De Gier. vivir en un fangal con millones y millones de pájaros aleteando a tu alrededor y lanzándose contra tu cabeza como ese avechucho que te ha atacado . y a sabes. Los de la ciudad estamos muy mal acostumbrados. —¿Sí? ¿Qué tal fue? —Primero me asusté. —¿Era bueno? —Delicioso —respondió De Gier—. —No está mal —comentó. meneando la cabeza. Grijpstra se encaramó al techo de la cabina y se sentó a su lado. ahí viene nuestro avión. y se estremeció. —Sí —dijo De Gier—. —Creía que estabas enfadado —comentó Grijpstra. Yo he viajado en avión. —Había corriente —repitió De Gier. Mira. una pequeña Piper Cub. Demasiada altitud. —No está mal —contestó Grijpstra—. como todo el mundo. Quizá no te gustara. Estaba mascullando algo. —¡Puá! —exclamó Grijpstra. Había conseguido dejar en buenas condiciones la pistola y se sentía algo mejor. Grijpstra alzó las piernas y se sujetó ambas rodillas con los brazos. no se podía cerrar bien la ventanilla y había corriente. Pero no en una avioneta. Además. y a sabes. —No. estaba ganando altura. Dicen que en otro tiempo Holanda estaba llena de pájaros. pero estoy seguro de que el guarda no te habría hecho nada. Déjate de fantasías por hoy. sentado en aquel tronco con tu chaquetón de tres cuartos. Quizás habría debido avisarte. —Gracias. Tenías un aspecto la mar de inocente. Imagínate. —No lo fue.

¿Quiere que lo asuste? —Dé unas cuantas vueltas —respondió Buisman—. Algunos son bastante bonitos. De Gier se echó a reír. De roble. dos remiendos bastante grandes. Y diarrea. —Ya lo tengo —dijo el piloto al cabo de unos minutos—. ¿Y cómo puedo reconocer el roble desde aquí? —Es una madera marrón. —Gracias —contestó el piloto—. ¿y la suy a? —Brigada.antes. —Sí. Qué pájaro más extraño. dice. —Sí. El foque tiene dos remiendos. —Nuestro hombre va vestido de verde. —Traje verde —confirmó el piloto—. —¿Cuál es su graduación? —quiso saber Buisman. —Un avefría. —Me voy hacia el este —anunció el piloto—. —Brigada es superior. y seguramente se les inundaban dos veces por semana. —Escucha —dijo De Gier. señor. con un uniforme de guarda. Una chica guapa. quizá. —Un y ate pequeño —decía—. con la vela may or y el foque de color blanco. —Sargento. La radio crepitó durante algún tiempo. Lo mismo que y o. en una choza miserable. ¿Puede comunicarnos su posición? —Un momento —dijo el piloto—. a menos que hay a alguien más en la cabina. —Solo veo una barca de pesca —respondió el piloto. Y estos malditos pantalones impermeables. pero te aseguro que no me gustaría vivir justo en medio de una bandada de ellos. solo un foque. Estoy volando muy bajo. Un y ate pequeño. Yo estoy buscando el mío. —Vay a hacia el este —le ordenó Buisman. Las antiguas tribus debían de vivir en chozas. El sargento de la policía náutica accionó una palanca y la lancha cobró . Solo lleva un ocupante. Por aquí solo hay una barca de pesca y un y ate azul que parece carísimo. Deberían resultar bien visibles. Saque su mapa. —Y tenían resfriados —apuntó De Gier—. El brigada Buisman estaba hablando por radio con el piloto. No conseguía bajármelos correctamente. —No hay ningún distintivo en las velas del y ate. La embarcación que nos interesa mide unos diez metros de eslora y está hecha de roble. —Un avefría. y Grijpstra lo miró con aspecto dolido. Veo una chica en el timón. de unos diez metros.

—Aléjese. —Lo siento —se disculpó el sargento—. —Váy ase a casa —respondió el brigada—. sus hélices gemelas batían el agua formando profundos remolinos. —Se dirige al Banco del Inglés —anunció el piloto—. Tiene una escopeta. —No se le acerque demasiado —le advirtió De Gier—. Puede que tengamos una bonita persecución. tiene el motor en marcha y ha recogido la vela may or. ¿Qué quiere que haga? La lancha estaba rodeando el extremo meridional de la isla. La lancha dio un ceñido viraje y el rugido del motor fue en aumento. y y o tengo una pistola. Los estoy viendo a los dos. y de pronto vieron ante ellos el y ate del fugitivo y la Piper Cub. sujeto a la cabina. que no pudo sostenerlo. y no podrán impedir que llegue. sargento? —Una carabina. ¿eh? Ahora mismo me está apuntando con algo. Desde hacía unos instantes sonaba una voz por la radio. ¿Lleva alguna cosa en la lancha. Ahora y a lo vemos. —La próxima vez nos avisa. —Ya me he alejado. —Tres pistolas y una carabina contra una escopeta —calculó De Gier—. No creo que . junto al sargento. piloto? —preguntó Buisman. e incluso Grijpstra estaba poseído por la sensación de la caza y comenzaba a olvidar el dolor de sus pulmones y el ardor de sus intestinos. ¿de acuerdo? —rezongó Grijpstra. —Hola —gritó la radio. De Gier. —No —gritó Buisman—. La lancha avanzaba a toda velocidad. Localizaron la posición sobre el mapa y el sargento adoptó una expresión ceñuda. —¡Hola! —gritó al fin. —¿Qué tenemos nosotros? —inquirió Grijpstra. Voy a darle una pasada. trataba de verlo todo al mismo tiempo y se sentía tan excitado que le costaba respirar. pero nadie la escuchaba. —Yo voy desarmado —dijo Buisman—. incorporándose penosamente. Grijpstra comenzó a deslizarse hacia De Gier. Estoy un poco excitado. con los ojos convertidos en meras ranuras. —¿Quiere la posición o no la quiere? —Por favor. —Adelante —dijo Buisman. —¿Sí. y el motor mantenía un rugido grave y constante. y ambos cay eron sobre la reducida cubierta de popa. —Conque es una escopeta. Debería ser suficiente. rasgando la serena superficie del mar.bruscamente velocidad. Está muy cerca. Buisman preparaba la carabina. Tiene una escopeta.

Era una bonita cabaña. con el techo inclinado. Cuando el mar está muy alto. Una vez recogí a una tripulación embarrancada que llevaba ahí medio día. Solo le quedarán unos cuantos metros cuadrados para corretear de un lado a otro. y también una pistola de señales. El sargento comenzó a bajar el ancla. ¿verdad? —Sí —contestó Grijpstra. Vieron la cabaña. Le vieron saltar al banco de arena. —De acuerdo —asintió el piloto. Buisman suspiró. Si alguien se queda aislado en el banco de arena.pueda usted hacer nada más. raciones de emergencia. Supongo que tendrían la intención de poner algún vigía. Corto. —No podemos ir más deprisa —observó el sargento—. ni siquiera una hoja de hierba. tampoco hay nada que vigilar. nada más —explicó Buisman—. Es posible que tengamos que quedarnos aquí un buen rato. Los cuatro policías se miraron entre sí. Dentro hay agua y comida. por supuesto. pero la cabaña permanece siempre en seco. puede instalarse en la cabaña a esperar que le llegue ay uda. —Piensa ir a la cabaña —dijo Buisman. Lo construy eron los de obras acuáticas. y están los pájaros. —¿Qué es eso? —inquirió De Gier. —Muchas gracias. —Algo que está ahí. la arena queda completamente sumergida. —Está subiendo por la escalerilla —anunció De Gier. Buisman y Grijpstra contemplaban a la diminuta figura verde a través de sus gemelos. A veces vienen unas cuantas focas a tomar el sol en la arena. —¿Qué habrá venido a hacer aquí? —preguntó el sargento—. ¿Qué . un estrecho balcón que la rodeaba por los cuatro costados y varias ventanas. una pequeña construcción sostenida sobre postes de unos diez metros de altura. —Puedes parar el motor —le indicó el brigada—. —Tiene una utilidad —añadió el sargento—. Seguía cubierto con su sombrero y armado con la escopeta. —Tú —le dijo Grijpstra a De Gier—. Tú a veces tienes ideas geniales. El sargento fue reduciendo las revoluciones del motor hasta dejarlo al ralentí. pero hasta donde alcanza mi memoria no lo ha habido nunca. nos ha prestado una gran ay uda. y él y a casi ha llegado. —No se merecen —dijo la radio—. Dentro de cuatro horas estará casi completamente cubierto por las aguas. Ese banco de arena tiene quizá unos cinco kilómetros cuadrados y no crece nada en él. —Ya sabes qué pretende hacer. Rammy estaba de pie en la proa de su embarcación. sargento. De todas formas.

Buisman se detuvo y comenzó a gritar algo. es el único policía que queda en la isla. Probablemente podríamos responder con la carabina. —Jehováh tampoco era muy fácil de tratar —asintió Grijpstra—. ¿Qué otra cosa podemos hacer? Tiene comida. De Gier vio que Rammy meneaba lentamente la cabeza. pero él estará a cubierto y nosotros no. y no puede estar en todos los sitios al mismo tiempo. mirando a Buisman. —Mira —dijo De Gier. no me gusta tener que dispararle. como ha dicho el sargento. sargento? El sargento de la lancha se rascó el cuello. ¿Tiene algún hombre más? —Riekers —respondió el sargento—. y o le conozco. haciendo bocina con las manos. . Y cuando habla. Soy capaz de sacar la pistola más deprisa que tú. Si nos acercamos demasiado. En estos momentos. Hay unos cuantos centenares de turistas por ahí y algún que otro hippy. Bueno. además de los novecientos isleños. Se supone que debemos recibir a los ferry s y patrullar los campamentos. —El Dios de la venganza —comentó De Gier—. Los tres hombres contemplaron cómo se acercaba el bote a la orilla. Además. —Se volvió hacia el sargento—. Todos oy eron la sorda detonación de la escopeta. No bebe. quizá pueda meterle una bala en el brazo. Iré y o. Buisman estaba bajando del bote. sargento. Tendrá que regresar a la isla. No disparará contra mí a sangre fría. gastará un par de cartuchos. remaré hasta el banco y trataré de acercarme a nuestro hombre. pero no somos íntimos. Le vieron caminar hacia la cabaña y vieron que Rammy se echaba la escopeta al hombro. —Bueno. pero Buisman no quiso ceder. Rammy Scheffer había salido al balcón. Supongo que desde tierra firme podrán enviarnos unos cuantos hombres para que nos releven. Si arría ese bote. —¿Lo conoce usted bien. es siempre de la Biblia. he hablado con él. con cuidado para no volcarlo. desde luego. sargento —dijo Buisman con voz queda—. Jehováh. no podemos quedarnos aquí todo el día. No podemos pasarnos todo el día aquí. —No —objetó De Gier—. Si veo que coge su escopeta. La semana pasada. gané el segundo premio en la competición de tiro con rifle. —Arríe el bote. Tendremos que ir haciendo turnos hasta que se rinda por hambre.hacemos ahora? De Gier le dedicó una radiante sonrisa. —Podemos tratar de razonar con él —sugirió Grijpstra. Del Antiguo Testamento. —No —dijo Buisman—. señalando hacia la cabaña elevada. —Esperar —respondió—. Después de todo. tiene agua y está armado. Es un tipo difícil de tratar. iré y o. Grijpstra protestó y el sargento se ofreció para ir él.

—No se preocupe —le gritó el sargento—. hablándole con suavidad. y Rammy desapareció en el interior. Yo iré con Buisman y usted puede volver en el otro bote. La radio de la isla no respondía. —Se pondrá bien. pero se movía muy lentamente. —¡Corra! —le gritó De Gier al sargento mientras volvía a abrir fuego contra la cabaña. —¡El muy cabrón! —exclamó el sargento. ¿no? —No —contestó el sargento—. —Riekers debe de haber salido de la comisaría —masculló el sargento—. El brigada aún seguía en pie. Llegaron al banco de arena en pocos minutos y De Gier apuntó con la carabina. Habría podido llamar. La carga de perdigones había hecho manar mucha sangre. —Es verdad —reconoció el sargento—. El sargento siguió intentándolo. el muy idiota. pero las heridas no eran profundas. Escaparía a nado. acertando justo debajo del tejado. El disparo. deliberadamente fallido. ¿Y ahora qué? No podemos dejar sola a esa rata asesina. Agárrese de mi cuello. Buisman. No había sufrido daños en la cara. hablando con la avioneta. El sargento echó a correr y sujetó al vacilante Buisman. Seguramente estará buscándonos. Entre los dos. arriando furiosamente un segundo bote. La chaqueta de Buisman le había protegido bastante. Es un buen nadador. —Podríamos llevarnos su y ate con nosotros. ¡Ahora sí que pueden . Buisman seguía en pie. El sargento era un hábil remero y el bote surcó velozmente las olillas que una leve brisa comenzaba a formar. ¿Sabe remar? —Sí —respondió De Gier. Huiría en su embarcación. De Gier tomó la carabina y ambos descendieron cautelosamente al pequeño bote de goma. Le vieron girar en redondo. —Ocúpese usted de él —dijo el sargento—. Voy a ver si puedo conseguir ay uda. Aquí no puede darnos. —Estábamos en otra frecuencia —le recordó De Gier—. Un reactor pasó aullando sobre sus cabezas. no acertó a Rammy Scheffer. —¡Los reactores! —gritó de repente Grijpstra—. cubriéndolos con su sombra y anegándolos en un mar de ruido. pero la bala dio en la pared de la cabaña muy cerca de su cabeza. Se apretaba el pecho con una mano y avanzaba tambaleándose. —Lo único que nos faltaba… —protestó De Gier cuando el avión se hubo alejado. De Gier disparó una vez más. le abrieron la chaqueta. pero no se veía ni rastro de Rammy ni de su arma. Los dos botes llegaron a la lancha al mismo tiempo y Grijpstra ay udó al sargento a izar a Buisman a bordo.

El sobrecogedor aullido del caza le paralizó todo el cuerpo y le hizo saltar las lágrimas. Les enviaremos una lancha con un médico. —De acuerdo —asintió la voz—. solamente dan pasadas. señor? —¿Por qué? —inquirió una voz adusta. en apariencia a escasos palmos del mismo. —¿No lo entiende? —bramó Grijpstra—. pero eso será más tarde. El primer reactor apareció a los cinco minutos. La verde figura de Rammy apareció en el balcón.ay udarnos! De Gier y el sargento se lo quedaron mirando. —Óigalo usted mismo. Eso le hará salir a toda prisa. —¿Están ahí? —preguntaba el oficial de policía desde tierra firme. —No. Tardará una hora. ¿verdad? —inquirió la voz. Seguramente tendré problemas. Llámelos por radio y pídales que den unas cuantas pasadas sobre esa cabaña. vio cómo el aparato aumentaba de tamaño hasta oscurecer todo el firmamento. —No estarán utilizando sus armas. señor —respondió el sargento. —¿Puede llamar de mi parte a la base de reactores. señor. el segundo aparato iniciaba su picado mientras el primero ascendía y se ladeaba para recobrar la posición original. Y hablaré con la base aérea como me ha pedido. —¿Cómo está el brigada? —Necesita asistencia médica. De Gier pronto cesó de lamentar no haber tomado parte en la guerra. Tuvo que explicárselo varias veces. y el sargento subió su volumen. A continuación. señor —adujo el sargento. El sargento conectó de nuevo la radio. Corto. La radio murmuraba algo. —Ahí viene el otro —anunció el sargento. volvió la cabeza y lo vio pasar rozando el techo de la cabaña. Los hombres de la embarcación se cubrieron los oídos y se agacharon todo lo que pudieron. de modo que telefonearé también a la isla y les diré que envíen a su médico en el y ate de alguien. Estaba agitando los brazos y no llevaba la escopeta. —La situación es bastante irregular. El segundo caza pasó aún más cerca del techo de la cabaña. . o quizá dos. El sargento le explicó lo que deseaba. —¡Genial! —exclamó De Gier. Obligándose a mantener los ojos abiertos. —¡Ya está! —exclamó De Gier. ganó altura y descendió bruscamente en picado. Cuando volvió otra vez la vista. alzando el micrófono sobre su cabeza mientras el primer reactor volvía a descender con un bramido. —Muy irregular —objetó la voz adusta. Tras describir un amplio círculo para asegurarse de cuál era su blanco. —Pues suena como el fin del mundo.

—¡Levante las manos! —le ordenó De Gier en voz alta. De Gier cogió la carabina y descendió a uno de los botes. con los brazos colgando junto al cuerpo. Rammy los esperaba en la orilla. No tardó en encontrar el cuchillo. Grijpstra remó mientras De Gier cubría a Rammy con la carabina. y se lo quitó. Rammy alzó la vista. Le vieron correr hacia ellos. silencioso. La voz de Rammy era muy baja y Grijpstra inclinó la cabeza para tratar de captar el sentido de sus palabras. para empezar a volar en círculo. Grijpstra se situó a espaldas del prisionero y tentó su chaqueta. . Las esposas se cerraron con un chasquido. Pronto podrá echar un buen sueño. —No sé —contestó al fin—. y pasó una pierna sobre la borda de la lancha. Algo acerca de Satanás. Rammy —le dijo De Gier suavemente—. olvidando que Rammy no podía oírle. pero Rammy no le oy ó. Los pilotos de los reactores también lo habían visto y dejaron de dar pasadas. pensando en el largo cuchillo que debía de estar oculto bajo su chaqueta verde. Suba al bote y le llevaremos a la lancha. —¡Baje de ahí! —le gritó De Gier. Cuando llegaron a su lado. —¡Espera! —dijo Grijpstra. Nadie va a hacerle daño. Rammy comenzó a farfullar. vieron que tenía la boca abierta y un hilillo de saliva en la comisura de los labios. —Estará usted bien —le aseguró Grijpstra. —¿Qué está diciendo? —le preguntó De Gier a Grijpstra. —Venga con nosotros. Rammy empezó a bajar. con tanta prisa por llegar al suelo que casi se cay ó de la escalerilla.

—Tendré que quitarle los perdigones del pecho. El doctor le tocó muy levemente la cabeza. pero está herido. ¿Tan mal? Se habían dirigido al otro lado de la lancha y estaban apoy ados en la barandilla. De Gier contempló a Rammy Scheffer. —¿Qué es lo que tiene? —Úlceras. mientras la embarcación regresaba al puerto de la isla. Estaba temblando y le castañeteaban los dientes. y otras enfermedades de origen nervioso. Rammy ? —inquirió. —¿Está muy mal. Su mente está muy perturbada. Se han quedado casi todos en la ropa. —¿Sí? —preguntó De Gier. ¿Quiere venir con nosotros? En vez de contestar. Podemos llevarlo al continente y dejarlo unos días ingresado en un hospital. sentado en la cubierta de la lancha. doctor? —Está mal. Problemas . de cara al mar. ¿Le duele mucho? —No mucho —respondió Buisman con voz quejumbrosa. —No. Tiene una fuerte conmoción. —Conmoción —le explicó el doctor a De Gier—. La comida es mucho mejor. Siempre ha vivido bajo una gran tensión. 16 —NO ESTÁ USTED muy malherido —dijo el doctor—. Conozco a Rammy desde que se instaló en la isla. —¿Prefiere quedarse en casa? —Se lo ruego —respondió Buisman—. —Sí —contestó el doctor—. sorprendido—. —¿Adónde va a llevarlo? —A un hospital mental. El doctor asintió y se volvió hacia la figura de Rammy. pero también tiene unos cuantos en la piel. —¿Qué tal se encuentra. Tendrá que ir al continente. Es uno de mis pacientes habituales. pero el guarda no pareció darse cuenta. El pequeño y ate particular en que había llegado el médico los seguía a unos cien metros de distancia.

Una vez hice un crucero con mi esposa. Me dijo que debía operarle de urgencia. Tendrá que quitarle las esposas. —¿Podría hacerme un favor? —preguntó súbitamente De Gier. Su cara estaba cubierta de sudor. y estuve mareado casi todo el tiempo. —¿Lo hizo? —No. Grijpstra estornudó. doctor —dijo De Gier—. pero no en las embarcaciones pequeñas. A menudo creía que iba a asfixiarse. Iré con él. no voy a decirle nada más. Pero no pueden detenerle. —Échele un vistazo a mi compañero —le pidió De Gier—. —¿Qué cree usted que le pasa? —No —objetó el doctor—. —¿Y qué tenía? —quiso saber De Gier—. ¿Por qué? . —¿En la cama? —gruñó Grijpstra—. —Desde luego. eso es evidente. El doctor tenía una forma de expresarse que resultaba agradable. dos semanas por el Mediterráneo. —Debería estar en la cama —añadió De Gier. Me parece que está enfermo. Tal vez el psiquiatra de la institución a la que pienso llevarle pueda darle más explicaciones. —Hermoso día —observó el doctor. Ay er también me mareé en el ferry. Le administraré algo para tenerle calmado mientras la lancha nos conduce a tierra firme. —¿Entonces? —Le recomendé que visitara a un psiquiatra. —Su amigo tiene razón —decidió el doctor—. cogiéndose el cuello con las manos. —Sí —dijo el doctor—. Ya pasará. Grijpstra sonrió. Encontraron a Grijpstra en la proa de la lancha. Una vez se presentó en mitad de la noche. ¿Asma? —No padecía nada que y o pudiera diagnosticarle —respondió el doctor. No es solo un mareo lo que tiene. a menos que usted me lo pida. —Tiene la gripe. Grijpstra dejó de toser y lanzó una furibunda mirada a De Gier. —¿Me permite que le tome el pulso? Grijpstra extendió el brazo y comenzó a toser. Yo también suelo marearme.respiratorios. —Estoy un poco mareado —explicó—. Grijpstra volvió la cabeza y trató de sonreír. y también diarrea. ¿Quiere acompañarnos? —No. Habrá de meterse inmediatamente en la cama. cuenta usted con todas mis simpatías. Permanecieron un rato en silencio.

y se alejó. —¿Cómo que perfecto? —preguntó De Gier. que levantó una mano. Te quedarás en casa de Buisman. aunque comprendía que era descortés observar así a los dos hombres. —Se pondrá bien —le aseguró Buisman—. No me irán mal unos cuantos días de cama. y De Gier. El commissaris seguía enfundado en su traje de shantung. Soy médico y le digo que está usted enfermo. Podremos jugar a cartas y pasar el rato charlando. El sargento había hecho todo lo posible para que estuviera cómodo. pero estaré mucho mejor cuando vea a mi mujer. —¿Y a tu mujer no le importará? —No —dijo Buisman—. —Fatal —contestó Buisman—. Y tendrá que guardar cama. —Así tendré compañía —explicó Buisman—. No muy enfermo. —Ya está todo arreglado —dijo De Gier—. alzando la voz. Antes trabajaba de enfermera. —¿Cómo te encuentras? —preguntó De Gier. Míralo. ¿Y por qué no te ocupas de tus cosas? —No —intervino el doctor—. —No puedes volver a Amsterdam —dijo De Gier. pero soltó un estornudo. —Volveré a Amsterdam —afirmó Grijpstra—. y De Gier la examinó con sus gemelos. —¿Por qué? —repitió De Gier—. —Es cierto —asintió el doctor. En el puerto de la isla les esperaba una multitud. —¿Por qué no me llevas al cementerio. y me pondré bien. pues? —replicó Grijpstra—. no se altere. —¿Eso es lo que dice el médico? —El médico dice que está enfermo. no bajó sus . Saludó con el brazo al commissaris. Probablemente tienes neumonía y disentería. Grijpstra fue a decir algo. Le gusta hacer de enfermera. tendido sobre un banco. No había pasado por su domicilio: un automóvil de la policía lo había llevado desde el aeropuerto de Amsterdam al ferry de Schiermonnikoog. No estoy acostumbrado a tanta naturaleza. colocándolo sobre una colchoneta y cubriéndolo con una manta. y acababa de llegar a la isla. Vio al commissaris junto a IJsbrand Drachtsma. —No creo que quiera jugar a cartas contigo —comentó De Gier—. Estaba hablando con el señor Drachtsma. Encontró a Buisman en el camarote. y cocina muy bien. Tú no conoces a mi mujer. Su mujer es enfermera y cocina muy bien. Tiene gripe y disentería. pero enfermo. —Grijpstra está enfermo —le anunció De Gier. —Perfecto.

Justo al lado había amarrada otra lancha similar. Estuvo un buen rato hablando. La lancha rozó el muelle y se detuvo. vamos a algún sitio donde podamos tomar café. El médico de la isla habló con el médico que había llegado en la lancha. Las esposas fueron retiradas y Rammy tuvo que tragarse una píldora. Algunos policías llegados del continente ay udaron a De Gier a transportar a Rammy Scheffer. De Gier presentó ambos médicos al commissaris. La esposa de Buisman. Veo que han recibido mi mensaje. De Gier notó una mano en el hombro y dio media vuelta. Drachtsma comenzó a decirle algo al commissaris. Buisman fue desembarcado en una camilla y De Gier sostuvo a Grijpstra. El pequeño guarda y a no temblaba como antes. se fue con ellos. pero sus ojos seguían desprovistos de expresión.gemelos. Un coche local se ofreció para llevar a ambos policías a casa de Buisman. —Bueno —comenzó el commissaris—. . que había dejado de fingir y se mostraba dispuesto a aceptar su ay uda. una mujer rolliza y de afable aspecto.

La sirena de la lancha de la policía le hizo perder la cabeza. volvieron a tomar café y a continuación pidieron una copa de brandy. veo que de todas formas lo habrían encontrado ustedes solos. porque venía a traernos su télex. El commissaris no tenía impermeable y caminaban a paso vivo. Y fue usted quien envió la lancha. —¿Qué tal van sus piernas. señor? —Vuelven a dolerme. muy relajado y sonriente. El viaje a Curaçao ha sido muy bueno. —¿Qué le ocurrió? —quiso saber De Gier. Pero no me habría importado que lo descubrieran ustedes por su cuenta. señor. —El commissaris sonrió—. Luego tomaré un baño caliente. estoy seguro de que lo habrían encontrado. Yo no estoy tan seguro. En Curaçao no me dolían. —Tal vez no —contestó De Gier. Podemos ir a verles luego. hubo terminado de hablar—. Tomaron asiento en el cuarto de De Gier y el commissaris se frotó las piernas. cuando De Gier. Quizá sea mejor que lo dejemos para mañana. . Tomaron más brandy. o telefonear. almorzaron. —De acuerdo. —Sí. —Vamos al hotel. —Sí —admitió el commissaris. es posible. me inscribiré en el hotel. señor. El commissaris se tendió sobre la cama en que De Gier había dormido. 17 TOMARON CAFÉ. —No. ¿Por qué Drachtsma? —Es un hombre poderoso —dijo De Gier. —Bueno —dijo finalmente el commissaris. quitándose con esfuerzo su chaquetón de tres cuartos. La tarde fue pasando mientras el commissaris hablaba. —Sí. —Pero ¿por qué? —inquirió el commissaris—. ¿Por qué pensaron en Drachtsma? Iban andando hacia la casa de Buisman y había empezado a llover de nuevo.

Podría ser un motivo. Y quería a su hermana. Tenía cierto poder. —Tal vez Drachtsma también había aprendido algo de hechicería —observó. De modo que la mató. ¿no es cierto? —Sí. —Quiere usted decir que utilizó a Rammy Scheffer. El gran magnate. De Gier no respondió. De Gier? —Sí. —Sí —dijo De Gier. El commissaris se incorporó en la cama y miró hacia la espalda de De Gier. Aprendía de él. Me quedé dormido en su porche y. y son personas respetables. —Ella era una hechicera. de acuerdo —concedió el commissaris—. Hablé con la policía alemana. —Sí —prosiguió De Gier—. Odia a su padre. todo el día y toda la noche. Algunas partes del Antiguo Testamento me las sé de memoria. Usted conoció a su maestro. La magia funciona en ambos sentidos. De Gier encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana. —Un libro muy peligroso. —Una vez vi un cinturón del ejército alemán —comentó De Gier—. al despertar. Digamos que tenía hechizado a Drachtsma. el intelectual. y María van Buren era una mujer poderosa. Abandonó la marina mercante. Él pretendía ser su dueño y ella lo manipulaba. —Y lo utilizaba en sentido contrario. Los dos invitados confirmaron que habían pasado el sábado con él. el jefe. Rammy Scheffer es un perturbado mental. el deportista. ¿Ha leído usted la Biblia. Ella era discípula suy a. —Tal vez fuese un brujo bueno —opinó De Gier—. una bruja —añadió De Gier—. —La Biblia es un libro muy interesante —dijo el commissaris. el héroe de la guerra. —Jehováh —musitó De Gier. Y ella lo tenía en sus manos. Cuando el puñal se clavó en la espalda de María. Yo mismo la he verificado. ¿Cómo era? —Ya se lo he dicho —respondió el commissaris—. —Podría ser —admitió el commissaris. —La Biblia —añadió el commissaris—. Alguien . —Pero eso no es posible —objetó el commissaris—. En la escuela dominical. me marché. —Cuando se interpreta mal. Yo también lo había pensado. De Gier se volvió con rapidez. Drachtsma estaba en Schiermonnikoog. con voz lenta—. el presidente de varias empresas. Tiene una coartada. señor. Un conflicto de intereses. —De acuerdo. Se mostró muy amable conmigo. —Entiendo —dijo el commissaris—. —IJsbrand Drachtsma es un hombre poderoso. Nunca llegué a descubrir cómo era. Su padre no se casó con su madre.

Pero podríamos satisfacer nuestra curiosidad. señor? —Sí —respondió el commissaris—. En cuanto se desató. De forma que Drachtsma jugó con los sentimientos del hermanastro de María. ¿verdad. y a no me dejó meter baza. Me preguntó qué pensaba. —Dios con nosotros —tradujo el commissaris. —Será difícil demostrarlo —dijo De Gier. Asesinaron a seis millones de judíos. —¿Dijo algo? —No. —Sí —concedió el commissaris—. No dejaba de hablar. Le dijo que Satanás se había apoderado de ella y que la utilizaba como agente suy o. —Será imposible demostrarlo.lo conservaba como recuerdo de la guerra. —Estuvieron conversando en el muelle. Me dijo que conocía bien a Rammy y que es un desequilibrado. —¿Y? —Me contestó que no lo sabía. —¿Le dijo usted que Rammy Scheffer era medio hermano de María van Buren? —Sí. y lo encontré muy nervioso. Si y o creía que la había asesinado ese pobre diablo. Podríamos ir a ver a Drachtsma. En la hebilla había grabadas unas palabras: GOTT MIT UNS. —También los soldados de la SS llevaban esos cinturones —añadió De Gier —. .

18 ERAN LAS CINCO DE LA TARDE y el commissaris estaba a punto de sumergirse en la bañera cuando empezó a sonar el teléfono de su habitación. El sargento también está invitado. —Soy Drachtsma. el sargento De Gier? No creo que le apetezca cenar a solas. en casa de los Buisman. —Estoy seguro de que se sentirá muy a gusto. No creo que hay a más de unos kilómetros desde el hotel. que se deslizaba de sus delgadas caderas. Un drama familiar. Encendió un cigarro nuevo. —¿Ha confesado? —No. empeñado en encender un cigarro y sostener la toalla al mismo tiempo—. . El commissaris masculló algo y trató de sujetar la toalla. muy trágico. ¿Les iría bien llegar sobre las siete o siete y media? ¿Quiere que envíe un coche a buscarlos? —Conozco su casa. De Gier estaba telefoneando a la jefatura de policía. —Ya lo tenemos —le decía al brigada Geurts—. recogió la toalla y pasó al cuarto de baño. y me preguntaba si querría cenar con nosotros. lo rompió y lo escupió al suelo. y el brigada Grijpstra está enfermo. —He pensado que seguramente se quedaría en la isla hasta mañana. Es un hermanastro de la víctima. ¿Le importaría que trajera a mi ay udante. y me ha parecido que quizá le gustaría conocerlos. entonces —dijo Drachtsma. —Gracias —respondió el commissaris. y a me la han mostrado. —¡Bah! —exclamó el commissaris. —Hasta la noche. También vendrá el alcalde y algunos notables de la isla. Hubo un breve silencio. Se ha vuelto loco. —De acuerdo —asintió Drachtsma—. —No sé si el sargento se sentirá a sus anchas entre la compañía de esta noche. Me parece que iremos paseando. El commissaris mordió el extremo del cigarro. en Amsterdam.

También hay un y ate. pero es un caso bastante extraño. —No. —Felicidades. Sentados en la play a. Y he conocido a unas chicas. ¿no? —Sí. —Lo más probable es que no hay a pagado suficientes impuestos —respondió De Gier—. y nos dejan utilizar la lancha de la policía. y a sabes. —¿De qué se trata? —Esta mañana han llevado un hombre al hospital en ambulancia. Las chicas se acercan y te preguntan « ¿te gustaría acostarte conmigo?» . Llámale y dile que y a hemos encontrado a nuestro hombre. Además. Es luna llena. Quizá dentro de unos días. A Sietsema y a mí nos gustaría que nos lo contaras todo. está en casa de unos amigos. Aún no hemos terminado. —Yo no estaría tan seguro. pero tengo que colgar. además. —¿Qué quiere decir eso de que aún no habéis terminado? Habéis capturado a vuestro hombre. nos ha llegado otro caso. Ahora voy a visitarle. Está muy nervioso. Telefonéame cuando llegues a Amsterdam. Nos perseguiremos por la play a. Y esta tarde. el tipo del chaleco rojo? Tiene que volver esta noche. ¿Te das cuenta de que siempre les toca a ellos? A nosotros nunca nos pasa nada. Tiene una . —¿Pero estáis seguros de que ha sido él? —Él arrojó el cuchillo. Parece interesante. Y ahora lo siento. —Muy bien —asintió el brigada Geurts—. no. que había estado escuchando—. —¿Todavía siguen cortando cabezas? —Beben cerveza en los cráneos de sus enemigos y se cubren con pieles de conejo. —Sí —dijo De Gier—. —Estáis de vacaciones —protestó Geurts—. Ay er también le hicimos venir. y me parece que esconde algo. Esta isla está llena de naturistas. tienen unos magníficos bailes populares. Una orgía. y a nadie le molesta. —¿En serio? —Sí —dijo De Gier. —No. Ni siquiera a sus novios o sus maridos. y a lo sé. Todavía tenemos a esa ancianita que fue golpeada en la cabeza por dos árabes. Podemos ir por ahí a tomar algo. sí —admitió De Gier—. Esta noche iremos a una fiesta. —No te preocupes —respondió Sietsema—. y a sabes. La gente es muy desinhibida. —¡Bah! —le dijo Geurts a Sietsema. ¿Qué hacemos con el señor Holman. ese no tiene nada que ver —respondió De Gier. mientras estabas en la cantina. y el tipo que tiene la casa llena de bicicletas robadas. esta noche. Estas islas son distintas a lo que conocemos en el continente. —¿Y Grijpstra? ¿Qué le pasa? —Tiene la gripe. y Grijpstra está enfermo. todos desnudos.

Los habitantes de la isla permanecían encerrados en sus casas. pero este seguía enfocando al caballo. —Te estás volviendo como De Gier —comentó. —¿Qué historia es esa? —Bueno —comenzó Sietsema. ha echado a correr. según creo. de modo que el doctor no le ha creído y nos ha telefoneado. de modo que le han preguntado qué le había pasado. una especie de sótano reformado. Al otro lado del dique. De Gier iba caminando por el dique principal de la isla.fisura en el cráneo y el brazo roto. parecía concentrarse en el cuadrúpedo y le daba el aspecto de estar envuelto en fuego. La marea estaba baja y el mar de fango se extendía kilómetros y kilómetros. repasando sus notas—. La historia que le ha contado al doctor resulta muy inverosímil. una tubería del gas que pasa cerca del cielo raso. Geurts se quedó mirando al sargento Sietsema. o sea que ha salido al pasillo sin ropa. un animalito joven y juguetón. como sintiendo que formaba parte de lo inexpresable. —Sí —prosiguió Sietsema—. relinchaba un caballo. El sol. y él se lo ha dicho. La abertura se cerraba poco a poco y y a solo dejaba pasar un haz de luz anaranjada. Ha venido la ambulancia y los enfermeros lo han atado a la camilla. Alguien lo ha visto tendido en el pasillo. De Gier se detuvo a mirar. se encabritó y agitó . De Gier contempló el caballo. De Gier suspiró. o sea que le ha hecho daño de veras. atado a un poste en una pradera. un llameante caballo blanco corveteando en el prado verde oscuro. Los médicos opinan que su historia no puede ser cierta y que alguien debe de haberle pegado una paliza. —Ja. Como el timbre seguía sonando. pues estaban demasiado atareados buscando su comida. Entonces el hombre ha pegado un salto y se ha roto la cabeza contra un tubo. y alrededor del sargento el mundo estaba en silencio. —No. le ha tirado un zarpazo a las pelotas. Todavía estaba consciente. que brillaba por una abertura entre las nubes. Estaba un poco turbio por la bebida de anoche y no se ha molestado en vestirse. Pero tenía las uñas extendidas. Entonces se han reído tanto que han dejado caer la camilla y se ha roto el brazo. Alzó la vista hacia las nubes. El tipo es un estudiante que vive en un apartamento con jardín. que. y sus cuerpos blancos contrastaban con las oscuras nubes que cubrían el horizonte. y no sé qué lesión en la pierna. y esta mañana Se ha levantado a las once únicamente porque llamaban al timbre con insistencia. Suele dormir hasta muy tarde. Aquí está el número. Millares de pájaros se alimentaban en el lodo. Llama al hospital. y su gato. Geurts descolgó el auricular. espero haberlo entendido bien. tomando el té. ni siquiera los pájaros producían ruido alguno.

Un gato entró en la cocina. Tenía usted razón. pero tiene la piel perforada por muchos sitios. La señora Buisman llenó una taza de té y cortó una porción de pastel. y ataca a cualquiera que trate de entrar en casa. ¿Y su esposo? —Le han quitado los perdigones del pecho. Quizá mañana mismo. —Ya lo sé —asintió. —Menos mal que no le dio en la cara. un viejo borracho. Ha resultado fácil. Trabaja en el zoológico y sabe cómo tratar a Oliver. Oliver. ¿Le importa que utilice su teléfono? —¿Qué tal está? —preguntó la señora Buisman cuando De Gier hubo colgado el auricular. Son cosas que pasan. Seguramente deberá quedarse aquí algún tiempo. Debo telefonear. Quedan perdidos. —Su padre y a estaba casado —explicó De Gier. —Rammy no le habría disparado a la cara —adujo la señora Buisman—. pero pronto se encontrará mejor. El vecino es cariñoso con él. pero mejor padre para él que el verdadero. —Sí. Quiere cariño. levantándose de un salto—. Pero está enfermo. . el pobre hombre. Le asustaba la gente. por lo que decía. —Pobre hombre —murmuró De Gier—. Solía venir con frecuencia a tomar el té. por fortuna. señora Buisman —dijo De Gier—. Su amigo se ha dormido. —Ya lo ve —comentó la señora Buisman—. A menudo me hablaba de su capitán de Curaçao. y a lo sabe. Solo pretendía impedir que mi marido lo arrestara. —Todos los seres vivientes necesitan amor.las patas delanteras. y le ha subido la fiebre. porque está acostumbrado a los animales. —¿Aprecia usted a Rammy ? —Sí. Pero es terrible para los hijos. cuy o delantal blanco le confería un aspecto muy eficiente—. —Buenas tardes. Así se llama. miró a la señora Buisman y ronroneó. y el mundo está vacío para ellos. y se sentaba en el mismo sitio en que está usted sentado. Al vecino no le importa. y a me entiende. Rammy es igual. Tiene neumonía. Tengo que cogerlo veinte veces al día y decirle que no está solo. espero que lo traten bien en el hospital mental. —Está bien. —¡Mi gato! —exclamó De Gier. pero mi gato es un animal difícil. y Oliver no sabe defenderse del cariño. Hace tiempo que nos conocemos. También este. Tenía que sobrellevar una gran carga. Mató a su hermana. No come gran cosa si no estoy y o. Ella lo subió a su regazo y le acarició el lomo. Cuando salgo de la ciudad lo cuida el vecino. —Bien. ¿Cómo están sus pacientes? —Pase y tome una taza de té —le invitó la obesa mujer. y lamentaba mucho haber dejado el mar.

agitando mecánicamente sus respectivas cucharillas. —Le conozco. —¿Qué opinión le merece el señor Drachtsma? La señora Buisman y a no mostraba un aspecto tan afable como antes. Era su amiguita. sargento? ¿Conoce las plantas rodadoras? —Conozco algunos pájaros. siempre y cuando no trajera sus queridas a la isla. señora Buisman? —inquirió. —¿Lo conocía Rammy ? —Rammy lo conocía bien. —Eso parece —respondió con la boca llena. ¿no? —preguntó la señora Buisman. No se trata de simple curiosidad. mi marido y a me ha contado su aventura de esta mañana. —Sí. Para ellos. una mujer no es bastante. La señora Buisman se echó a reír. me dijo. ¿verdad. su amante. —¿Por qué no? La señora volvió a llenar las tazas de té y durante unos instantes se miraron a los ojos. —Sí. Intentaba comprenderlo. —Me recordaba una planta rodadora. sí —dijo De Gier. Me dijo que en realidad no le importaba demasiado. —Pobre señora Drachtsma. Su esposa no sube nunca al y ate. —No es un buen hombre —declaró la señora Buisman después de respirar hondo. De Gier se fijó de pronto en el rígido moño que coronaba su cabeza.pero tiene una forma muy agresiva de pedirlo. —¿Conoce usted al señor Drachtsma. De Gier revolvió el té. Los hombres importantes viajan mucho y tienen muchísima energía. no —contestó hoscamente la señora Buisman—. Su rostro reflejaba resolución. —¿Ignoraba ella que su esposo le era infiel? —Oh. Usted es hombre de ciudad. . También suele venir a tomar el té conmigo y a veces me hablaba del asunto. De Gier comenzó a comer su ración de pastel. —He estado pensando —dijo la señora Buisman—. —Ya tienen a su asesino. —Puede decírmelo —insistió De Gier con suavidad—. ¿Conocía el señor Drachtsma a la mujer que asesinaron en Amsterdam? —Sí. La señora Buisman entornó los párpados. Estaba enterada. Muchas veces llevaba invitados a su y ate. porque le da miedo el mar. y su tez parecía más tensa. —¿Lo hizo alguna vez? —Es posible.

Ya no somos tan jóvenes como antes. señora Buisman —preguntó cuando la mujer hubo regresado a la . a finales de año. —No importa. y un día el viento los arranca. —¿Quién lo está? —preguntó De Gier. Y será arrastrado por sus interminables deseos del mismo modo en que las plantas rodadoras son arrastradas por el viento. No entiendo de almas. claro. será arrastrado hacia el mar y desaparecerá —concluy ó De Gier. Murieron mucho antes de romper el tallo y perder su alma. el alma —dijo la señora Buisman—. —Oh. mucha gente. Grijpstra. —Y. se rompe el tallo y comienzan a dar vueltas por la isla. Primero se secan y se vuelven quebradizos. —No es lo que está usted pensando —protestó la señora Buisman. De Gier había dejado su taza en la mesa y contemplaba a la rolliza mujer. aunque. Es un hombre desdichado y no está realmente vivo. siempre se sale con la suy a. y soltó una risita contenida—. si me ha gustado —se apresuró a asegurarle De Gier—. Pero el señor Drachtsma es un hombre muy duro. estábamos un poco obsesionados por el asesinato. No soy una mujer muy cristiana. cuando el viento cambia. él siempre sabe muy bien quién es. Las plantas parecen muy decididas y llenas de energía. Cruzan las carreteras. naturalmente. y me acerqué a él y le dije « Buisman» . algunos se rompen. finalmente. Pero Drachtsma no es así. y entonces me miró como si no supiese quién era él. « Drachtsma» es la palabra más importante que conoce. ¿cree usted que Drachtsma ha perdido su alma? —El alma. Cada año se compra un y ate aún más grande. contemplando el mar y los pájaros y las nubes. tan lleno estaba de todo lo que le rodeaba. y las que no están vivas también. De Gier telefoneó al hotel y recibió instrucciones de reunirse con el commissaris a las siete en punto. De Gier sonrió. para entonces y a están muertas. Las dunas están repletas de ellas. Voy a contarle cómo son las plantas rodadoras. —No. Es un espectáculo sorprendente. no se encontraba bien y. Todavía disponía de media hora. —Dígame. Pero el brigada. cambia constantemente de coches y siempre hay carpinteros y albañiles trabajando en su casa. regresan de nuevo. Cuando mueren los arbustos. y siempre está pensando en cómo hacerla aún may or. Es un hombre capaz de amar. —Entonces —comenzó—. se enganchan en nuestras cercas e incluso entran en los jardines. van a todas partes y. solo es una forma de hablar. Mi marido. siempre va de un lado a otro y nunca parece sentirse feliz. por ejemplo. El otro día lo vi de pie en el dique. quiero decir. La señora Buisman fue a cuidar de sus pacientes y tardó un rato en volver. Pero finalmente llegan a las play as y se ahogan en el mar. Quiero decir que ama las cosas vivas.

y fue a abrir la puerta principal—. No soy tan tonta como parezco. —No tan deprisa —protestó el commissaris mientras se dirigían hacia la mansión de Drachtsma—. Nadie ha logrado pillar al señor Drachtsma en nada. sargento —añadió en el último momento—. Además. —Muchísimas gracias. El señor Drachtsma hablaba acerca del « mal» . Drachtsma siempre finge que le interesa mucho la naturaleza. Si pudiera construir un hotel en la isla. pero al ver a mis dos gorditos bebés se me ha ido de la cabeza. La señora Buisman me interesa. y Rammy le escuchaba. Mis piernas son la mitad de largas que las suy as. pero no creo que al señor Drachtsma le importen los pájaros. porque son personas muy distintas. sonriendo por algún motivo—. Rammy escuchaba con mucha atención. y a partir de entonces se los podía ver juntos de vez en cuando. Ya sé lo que anda buscando. desde luego. y mi Buisman está estornudando constantemente. Creo que Rammy fue a verle por un asunto de un cercado nuevo o algo así. es su hogar. Rammy se aparta de la gente. quiero que vuelva a contármelo todo. « El mal debe ser destruido. aprovecha las horas libres para trabajar en su jardín y lee la Biblia. probablemente lo haría. después de todo. De Gier le repitió toda la historia. señora Buisman —dijo De Gier—. decía usted. al principio. Rammy Scheffer. Me pareció extraño. le decía. pero creo que no tiene la menor posibilidad. Esta noche estamos invitados a cenar en casa del señor Drachtsma.cocina. Habría debido ir con usted. La señora Buisman comenzó a juguetear con su cucharilla. Estoy segura de que se preocupa por la isla. pero hace cosa de un año. ¿qué clase de relación mantenía el señor Drachtsma con Rammy Scheffer? —Precisamente estaba pensando en eso —contestó la señora Buisman—. apenas se trataban. pero ahora está completamente prohibido construir más hoteles. no creo que llegaran a verme. y ha hecho considerables donaciones a las reservas. su padre era de aquí y su abuelo nació en la isla. —¿Tiene idea de lo que se decían? —En una ocasión oí parte de una conversación entre los dos —admitió la señora Buisman—. y luego lo repitió otra vez. —Vuelva cuando quiera —le invitó la señora Buisman. Se conocían. no cabe duda. mientras que Drachtsma siempre está rodeado de gente. comenzaron a intimar. De Gier sonrió y le dio las gracias por el té. porque aquí nos conocemos todos. Su señor Grijpstra tiene un potente ronquido. Yo estaba en el jardín y pasaron por delante. Rammy » . si no recuerdo mal. No comprendo cómo no se despiertan el uno al otro. Bueno. . Debo reunirme con el commissaris.

—Plantas rodadoras —repitió el commissaris cuando llegaron a la puerta y vieron a su anfitrión que salía a recibirles—. Ya había oído hablar de las plantas rodadoras. . Interesante. Mucho.

pero a mí me gusta sobre todo justo antes de que empiece el invierno. y De Gier se había liado un cigarrillo con el tabaco de una pequeña bolsa que había encontrado en el bolsillo de su chaquetón. —Eso es lo que y o hacía. al contrario de lo que había imaginado. Lo habían situado enfrente de la señora Drachtsma. porque no hay nada de aire» . pesadamente inmóviles. Normalmente no solía liar sus propios cigarrillos. « igual que mi estómago. El interior de la casa. y. sus finos labios y la gruesa capa de maquillaje que casi se resquebrajaba cada vez que ella trataba de mostrarse agradable le habían alterado la digestión. —Ya había estado antes en esta isla —comenzó el commissaris. « Sólido» . Fueron dirigidos hacia la chimenea y Drachtsma escanció el brandy. casi con descortesía. los árboles estaban desnudos. Los turistas y a se han marchado y tenemos toda Schiermonnikoog para nosotros. pero no se había aplicado ninguna imaginación y los macizos muebles se hallaban allí donde debían hallarse. todo era de la mejor calidad posible. No podría eructar ni aunque quisiera. se adelantaban volando y se posaban en alguna roca para contemplarme. las gaviotas volaban en círculos y daban roncos graznidos. Aquel atardecer me impresionaron muchas cosas. y unas cuantas cornejas iban siguiéndome. como camiones aparcados en el patio de una fábrica. era mortecino. pero esta vez lo había hecho como una débil protesta contra el poco acogedor ambiente en que se había visto sumergido por la fuerza. 19 A PESAR DE LA EXCELENTE COMIDA y de los vinos de precio que les fueron servidos de polvorientas botellas. La naturaleza había muerto. La isla es encantadora en todas las estaciones. Había una extraña atmósfera a mi alrededor. a finales de otoño. Es una buena época para pasear por las play as. De Gier no disfrutó de la cena. Las . y la dura expresión de la mujer. La casa demostraba que su propietario era rico. pensó De Gier. —También es una buena época —dijo el alcalde—. El commissaris sostenía un enorme cigarro. había rechazado el cigarro que Drachtsma le ofrecía. cuando por fin logró hallar un modo de manejar su cigarro— pero en otoño. En aquellos momentos se sentía como si tuviera el estómago lleno de arena. Cada vez que me movía.

Lo que más me fascina es que fui atacado por un cadáver. Corrí hacia la izquierda. A menudo he vuelto a pensar en aquel día. por una cosa sin voluntad propia. pero cuando aún estaba viva. y estas raíces no se hunden en el terreno. Jamás lo he olvidado. Rebotaba en el suelo y agitaba sus tentáculos amarillentos hasta que por fin me atrapó y me empujó hacia el mar. entre sorbos de brandy y sonrisas—.cornejas son unas aves inteligentes. pero no hay ninguna maldad en ellas. y me había acercado al mar cuando vi una planta rodadora que bajaba por las dunas dando vueltas. y venía directamente hacia mí. La planta no había planeado nada. corrí hacia la derecha. y entonces queda libre y comienza a rodar cuando el viento la arrastra. aunque en aquellos momentos y o eso lo ignoraba. sin duda alguna. Tocan el suelo. y empuja hasta desprenderse de sus verdaderas raíces. y todos los presentes le escuchaban. y estoy de acuerdo con usted en que es una imagen fantástica verlas rodando por las play as y por las dunas. Las plantas muertas ruedan por ahí para dispersar sus semillas. muy amplia quizá. y aun así siguen creciendo. y había utilizado su propio cadáver y los de otras plantas para construir un arma. Era muy grande. Fue un suceso completamente natural. . pretendiendo ahogarme. y hablaban entre sí con sus ásperas voces. —No pretendía fracasar —dijo el commissaris—. por fortuna. y a medida que rueda se encuentra con otras masas de ramas secas y se engancha con ellas y sigue encontrándose con otras y todas se unen y al final las plantas acaban formando una bola gigantesca. y no era únicamente una planta muerta. de modo que la planta fracasó. Son como brazos que el arbusto utiliza para darse impulso cuando llega el momento. La cosa ocurre cuando y a han muerto. y estoy seguro de que ocurrió exactamente como nos lo ha contado. Era una bola así la que veía y o aquella tarde. y me dio un buen susto. —Vamos. y sabía que algunas de ellas hacen su truco a propósito. La planta lo había planeado todo. pero la planta cambió de rumbo. —Y entonces vi la planta rodadora. Ya conocía las plantas rodadoras. en las últimas fases de su vida. pero no se entierran. vamos —comenzó el alcalde. y volvió a cambiar de dirección. quizá de hasta tres metros de diámetro. Es un buen relato. Desarrollan unas raíces especiales. y este se ocupó de volver a encenderlo. Entonces empieza a empujar con sus fuertes y largos brazos. —El cigarro del commissaris se había apagado. pero su aspecto no era despreocupado. —Sigue usted vivo —observó Drachtsma—. Yo estaba en una amplia franja de play a. Drachtsma había dejado la botella y se apoy aba contra la repisa de la chimenea. con las largas piernas cruzadas y las manos en los bolsillos. pero me parece que está usted exagerando. Había algo en la forma de hablar del commissaris que no admitía interrupciones. y es extraordinario. arrastrada por el viento.

Los hombres de negocios suelen utilizarlo con frecuencia. Gracias por la agradable velada. señor Drachtsma. les sirvieron café y la conversación derivó hacia unas y otras cosas durante la siguiente hora y media. —Creo que eso habría debido decirlo usted —le dijo Drachtsma al commissaris. Es un buen ejemplo del poder del pensamiento. hasta que el alcalde y los notables de la isla se pusieron en pie y dieron las gracias a la anfitriona por su hospitalidad. Drachtsma se quedó mirando a sus dos visitantes. El commissaris estrechó su mano.Cambiaron de tema. —Una entidad que mata a otra por mediación de una tercera —apuntó el commissaris. —Y María van Buren muere —concluy ó—. su vehículo… De Gier dejó la copa. —La planta rodadora utilizaba su propio cuerpo muerto para matar a un ser vivo —añadió Drachtsma. Buenas noches. El commissaris y De Gier se levantaron también. Toman asiento y empiezan a pensar en cierta dirección. saboreando el fuerte licor. y gradualmente se va acumulando un poder que por fin encuentra su oportunidad. ¿verdad? . y los dos policías esperaron a que continuara. pero Drachtsma les ofreció una última copa y la señora Drachtsma se disculpó y fue a acostarse. Utilizan a otros para lograr sus fines. No creerán en serio que voy a llamarles. —No —respondió—. señor Drachtsma. —Y otros cuerpos —le recordó el commissaris—. —Me ha gustado su historia de la planta rodadora —comentó Drachtsma. Puede ver que figura un número de teléfono. Los tres hombres quedaron de pie junto a la chimenea. pero Drachtsma no estaba dispuesto a decir nada más. —Aquí tiene mi tarjeta.

sonó el teléfono del commissaris. y podrá regresar en el ferry de la tarde. pero ¿dónde está usted? —En la isla —contestó Drachtsma. ¿no es cierto? —Ya no —respondió la voz—. y estamos bastante atareados. Hablaba lenta y cuidadosamente—. Estoy enfermo. Perderá usted un día. —Sí. —Le habla Drachtsma —anunció una voz débil—. El commissaris miró hacia su ventana. La lluvia la golpeaba con tal fuerza que era imposible ver nada a su través. —Muy bien —accedió el commissaris. muy enfermo. Me acuerdo de usted. —¿No podríamos aplazarlo hasta que tenga que venir a Amsterdam? — preguntó el commissaris—. Tengo entendido que viene a Amsterdam muy a menudo. —¿A qué hora sale el próximo ferry? —Si sale ahora de su oficina llegará a tiempo de cogerlo. la naturaleza casi acaba con él. cuando los cerebros y las memorias de los policías que se ocuparon del caso de María van Buren y a habían quedado empapados con numerosos incidentes relacionados con otros diversos casos. De aquí a Schiermonnikoog hay todo un viajecito. El automóvil acababa de cruzar el puente de Utrecht y estaba a punto de unirse a la corriente de tráfico de la autopista. La última vez. —No puede reprochárselo —respondió el commissaris—. La . Hace meses que no salgo de la isla. —Lástima que Grijpstra no hay a querido venir —comentó De Gier. ¿Se acuerda de mí? El commissaris necesitó unos segundos. 20 SEIS MESES DESPUÉS. —Desearía hacer una declaración —añadió la tenue voz. pero me rendirá un servicio inapreciable. señor Drachtsma —respondió—. —Sí —dijo el commissaris—. Le agradecería muchísimo que viniera a visitarme. y creo que y a debe de conocer la isla a fondo.

de armazón metálico. Drachtsma sonrió. No ha querido que lo llevaran al hospital. ¿Recuerdan? —Sí —asintió el commissaris—. Deje que se lo diga. ¿no es eso? —En efecto —asintió De Gier—.señora Buisman lo tuvo a su cuidado un mes entero. Tiene cáncer de pulmón y el médico cree que y a está muy cerca del final. señora? —inquirió el commissaris. y usted puede afirmar o negar con la cabeza. pero cierto calor humano parecía irradiar de su ser. —Planta rodadora —dijo al cabo de un rato. Tengo que hablar. Mi marido está esperándoles. no queremos que hable. Sé qué quiere decirle. Si hablar le perjudica. sobre la que se retorcían las venas como gusanos azulados. señor —respondió De Gier. Ahora está muy debilitado. —Hace tres meses que le diagnosticaron el cáncer. y se ha negado a someterse al tratamiento de radiación que le recomendaban. nos sentaremos aquí en el cuarto y quizá le hagamos unas cuantas preguntas. Nos quedaremos un rato por aquí. Tres almohadas le sostenían la cabeza y los hombros. La señora Drachtsma les abrió la puerta. —Ya puede estar agradecido —dijo el commissaris. En mi vida había hecho tantas horas extras como durante ese mes. Pero no se esfuerce. —Sí. IJsbrand Drachtsma reposaba en una gran cama de hospital. Decía que los ray os solo prolongarían el tormento. si lo desea. Drachtsma tosía y resollaba con cada respiración. Trataba de decirles algo. Pero quiere decírselo a usted. señor Drachtsma. —Déjele hablar. eso le dará paz. por favor. pero la señora Drachtsma le puso una mano en el hombro. tosiendo a cada sílaba—. —¿Cuánto tiempo lleva enfermo su esposo. Me lo ha dicho y le he perdonado. Creo que puedo entenderle sin necesidad de hablar. . en el continente. —Me alegro mucho de que hay an podido venir —les dijo—. El commissaris y De Gier tocaron su blanca mano. Estaba usted en lo cierto. la cosa sucedió tal como usted lo dijo. —No. sin comprender. commissaris. Incluso le he comprendido. Su cara era del color del marfil y sus ojos estaban profundamente hundidos bajo el fino y seco vello de sus cejas. Iba sin maquillar y parecía vieja y cansada. El commissaris quiso interrumpirlo.

pero mi mujer ha telefoneado a la clínica y todavía sigue enfermo. De Gier sintió que se asfixiaba y habría querido salir del cuarto y fumarse un cigarrillo en el corredor. Era mi propio cuchillo. Habría podido ay udarle. y ella no disfrutaba y endo allí. El orgullo debería ser una herramienta. —Sí. No por esto. Muchos viajes a Curaçao. Pero lo que he estado haciendo toda mi vida eran tonterías. Las hierbas ay udaban. pero y o entonces no lo sabía ni quería saberlo. —¿Buena? —inquirió el commissaris. Lo utilicé. Cuando quería que fuera a su lado. lo que y o creía que era mi propio beneficio. una . Lo guardaba en una caja. Era demasiado inteligente para hacerlo y o en persona. Podía arrastrar a la gente. Y ahora es demasiado tarde. A veces el orgullo es bueno. Tenía poder. Me pareció que eso era muy astuto. Hice que la mataran. ser abrazado por la propia esposa no es infantil. Drachtsma asintió. que era una puta. Podía tener otros amantes. pero la quietud del commissaris. Lástima. Me sentía orgulloso de mi inteligencia. Y y o no quería que fuese una bruja. Por culpa mía. esa es la palabra. Elegí a su propio hermano. pero su lealtad tenía que ser para mí. Le impuse mi voluntad de lanzar el cuchillo. Siempre he sido orgulloso. Le di el cuchillo. y nadie sabía que lo tenía. —Sí —añadió Drachtsma—. Llegué a pensarlo. —¿Y por eso la mató? —preguntó el commissaris. durante la guerra. Sé cómo conseguir que otras personas trabajen para mí. Pero llegó a alguna parte. —Una bruja —murmuró De Gier. y no quería que tuviera una vida propia. y o iba como una marioneta. Trabajé a Rammy durante mucho tiempo. Le decía que su hermana era malvada. Eficaz. cómo utilizar a la gente. todo hombre debería poder controlar su propio orgullo. y a saben. pero en seguida me habrían relacionado con su muerte. Siempre he sido infantil. le ay udó a contenerse. Drachtsma cerró los ojos. practicado y experimentado. Conocía su trabajo. no con toda su familia en contra de ella. me ay udó a salir adelante. Su esposa llenó una taza de té y le ay udó a tomar un sorbo. —No importa —dijo Drachtsma. Me gustaría que Rammy pudiera estar presente. dirigiendo una sonrisa a su mujer—. Rammy fue mi herramienta. María era una buena bruja. pero no lo eran todo. María era mi juguete. Había estudiado. —Una buena bruja mala. Una mujer dedicada. Infantil. Las cosas así no se obtienen fácilmente. También a mí. Pero también es peligroso. —Sí. en vez de intentar ay udarle. No sé dónde. sentado junto a él. Su marido apoy ó la cara en el cuello de ella. —Rammy —dijo de pronto—. Comenzó a toser de nuevo y la señora Drachtsma le rodeó los hombros con su brazo. Siempre buscaba mi propio beneficio.

Sí. Discernimiento mágico. —No. —Hubo una pausa—. No pudo evitarlo. Simple discernimiento. Puede ser mal utilizado. Volvió sobre sus pasos y se inclinó sobre el y erto cuerpo que ocupaba la enorme cama. —¿Qué le parece? ¿Es un hombre malvado? Drachtsma meneó de nuevo la cabeza. No puedo preguntárselo a ellos. Es lo que hizo ella. y creo que ella tampoco quería que fuese. Querer ganar es infantil. La odiaba. La blanca mano se alzó penosamente y se cerró sobre la muñeca de De Gier. —Shon Wancho —dijo el commissaris. mucho tiempo antes. esperando a que terminara aquella prueba. —Sí. —¿Qué es lo que aprendió de Shon Wancho? —quiso saber el commissaris. Mi esposa me ha perdonado —prosiguió Drachtsma—. muchos otros. y tosió un par de veces—. Los celos hacen que resulte muy fácil manipular a la gente. Habría preferido permanecer sentado en silencio. Drachtsma bebió otro sorbo de té. Me gustaría tener otra oportunidad. —No gane —dijo Drachtsma—. Ella me dijo que la había advertido. se acaba mal. Hablaba de él en sueños. Malvado. María era una auténtica hija de su padre. —Sargento —susurró Drachtsma. No tenía ganas de ir. Él sabía dónde vivía. De Gier estaba y a en el umbral cuando Drachtsma lo llamó. Nunca he estado en Curaçao. pero la mano seguía sujetando su muñeca. Poderoso. —Discernimiento —respondió Drachtsma. —¿Qué sucede cuando se utiliza mal? —preguntó De Gier. no. y y a no tendré otra oportunidad. ¿Me perdona usted.bruja. Rammy es uno de ellos. De Gier trató de irse. y él no. Advirtió a María. commissaris —dijo la señora Drachtsma. Los ojos de Drachtsma se abrieron de nuevo. —Hay otros. —¿Le conocía? Drachtsma meneó la cabeza. estaba celoso de ella. y el commissaris miró a la señora Drachtsma y señaló la puerta con la cabeza. No parecía quedar nada más por decir. —¿Un hombre bueno? —Sí —dijo Drachtsma—. había estado una vez en su casa. —¿Y ella debía averiguar qué hacer con él? —Así es. . —No. que debía exterminarla para mantener limpio el mundo. —El médico brujo —asintió—. commissaris? —Sí —contestó el commissaris. —Si se utiliza mal —respondió lentamente Drachtsma—.

. —Sí. señor Drachtsma —dijo De Gier. —Sí. Puede desaprender muchísimo. señor Drachtsma. —No trate nunca de ganar. Todavía es usted joven.

Ellery Queen 22. Janwillem Van de Wetering 16. VÍCTIMA SIN ROSTRO. James. CALIFORNIA ROLL. MUERTE EN EL DIQUE. M. D. David Goodis 15. Janwillem Van de Wetering 10. David Goodis 7. 4. Roger L. Nicholas Freeling 17. Simon 3. JUGAR DURO. Barbara Vine (Ruth Rendell) 8. Gill 24. BLUES PARA CHARLIE DARWIN. Roger L. NO APTO PARA MUJERES. ¿POR QUÉ SUENAN LAS CORNETAS?. SIDRA SANGRIENTA. HERENCIA MALDITA. Elmore Leonard 14. Simon 23. Maj Sjöwall y Per Wahlöö 6. Elmore Leonard 20. FULGOR DE MUERTE. McGivern 9. EL ANOCHECER. ASESINATO EN LA SINAGOGA. Eric Ambler 5. Peter Lovesey 25. INOCENCIA SINGULAR. CHANTAJE MORTAL. Nat Hentoff 11. CONTRA EL MAÑANA. ABRACADÁVER. Elmore Leonard 2. William P. CRÍMENES INFANTILES. TÍTULOS PUBLICADOS 1. AGENTE ESPECIAL. LA HUIDA. B. ASESINATO EN EL SAVOY. LOS TERRORISTAS. Harry Kemelman 12. P. EL ZAPATO HOLANDÉS. Maj Sjöwall y Per Wahlöö 13. CAÍDA DE UN CÓMICO. Nicholas Freeling . LOS AMOS DE LA NOCHE. Nat Hentoff 18. Charles Williams 19. RATEROS. Peter Lovesey 21.

EL CASO DE LOS BOMBONES ENVENENADOS. Nicholas Freeling 30. M. ESTACIÓN TÉRMINO. Peter Lovesey 40. EL CLUB DEL CRIMEN. Pierre Boileau y Thomas Narcejac 50. Anthony Berkeley 29. Nicholas Freeling 43. DESCENSO A LOS INFIERNOS. BAILE DE MÁSCARAS. M. Simon 47. Peter Lovesey 31. CAUSAS NO NATURALES. MISTERIO PARA TRES DETECTIVES. Ruth Rendell 42. Gill 27. TRAPOS SUCIOS. LOS CONDENADOS. Leo Bruce 45. LA VIUDA. Anthony Berkeley 41. David Goodis 37. Pierre Boileau y Thomas Narcejac 44. CAMINO DEL MATADERO. B. AMOR DE MADRE. M. Ruth Rendell 36. Roger L. David Goodis 33. DETECTIVE EN JERUSALÉN. EL VIENTO DEL NORTE. EL JURADO NÚMERO DOCE. EL FALSO INSPECTOR DEW. Gill 34. SECRETOS PELIGROSOS. B. David Goodis 28. Janwillem Van de Wetering . B.26. Malcolm Bosse 48. Gill 46. CAÍDA MORTAL. Gill 39. ME MUERO POR CONOCERTE. Thomas Noguchi 49. McGivern 35. William P. ETERNA DESPEDIDA. CUIDADO CON ESA MUJER. UN CASO DIFÍCIL PARA EL INSPECTOR QUEEN. Harry Kemelman 32. Ellery Queen 38. ARRASTRADO POR EL VIENTO. M. SU ALTEZA Y EL JOCKEY. LA CHICA DE CASSIDY. B.

Una tragedia que le marcaría hasta el extremo de buscar a partir de entonces una explicación a aquel horror. nunca pudo olvidar la ocupación y posterior desaparición de sus compañeros de clase judíos.2. vista su inmersión posterior en la filosofía budista. con obras filosóficas. 12. Porque Van de Wetering tuvo en realidad dos vidas literarias simultáneas: una trascendente. que residía en la ciudad más martirizada de Holanda por las bombas nazis durante la II Guerra Mundial. como el famoso presidente de los Estados Unidos. Porque el chico. O mejor aún. se decidieron por Lincoln.JANWILLEM VAN DE WETERING (Rotterdam. .7. EEUU. 4. Al final. el escritor holandés de novela policíaca que acaba de fallecer tras una larga enfermedad. plena de novelas policiacas. Países Bajos.2008). de lograr la forma más pura de compromiso con la vida.Blue Hill. y la otra más mundana.1931 . sin saber la profunda huella que ambas opciones dejarían en su vida. Cuando nació en 1931 en Rotterdam. sus padres quisieron ponerle « Crisis» de segundo nombre a Jan-Willem van de Wetering.

El testimonio de sus meditaciones. Llamados Henk Grijpstra y Rinus de Gier. del Gran Premio de la Literatura Policiaca. el escritor solo desvela que era bajito. Grijpstra era un tipo maduro con problemas matrimoniales que hubiera querido ser músico de jazz. le gustaba tocar la flauta. algo may or y muy agudo. para un género hasta entonces de consumo popular. Esta parte de su producción gozó de gran eco en Estados Unidos. y después de pasar por la universidad. bien parecido y con mucho éxito entre las mujeres. formó parte de una banda de moteros.Para poder ilustrar la primera de ellas. Jan-Willem van de Wetering creó una legendaria pareja de detectives. publicadas en castellano en los años setenta por la editorial Kairos. Isabel Ferrer El País Wikipedia The Guardian . su personalidad y calado emocional resultaba tan entretenido como sus andanzas. Así. El éxito de esta serie le hizo merecedor. Su segunda identidad novelesca no pudo ser más diversa. Ambos improvisaban melodías en plena oficina bajo la mirada de un comisario llamado Jan. De este último. Y algo más valioso aún. Gracias a la experiencia adquirida como voluntario de la policía de Ámsterdam. por su parte. prestigioso galardón francés. Le convirtió en uno de los primeros autores que ganó lectores considerados intelectuales. A De Gier. donde acabaría instalándose y donde ha muerto a los 77 años en el Estado de Maine. más joven. en 1984. entrevistas y conversaciones con los monjes aparece en obras como Reflejos de la nada y El espejo vacío. vagabundeó por Suráfrica y acabó siendo discípulo de un maestro zen en un monasterio japonés. viajó durante una década por siete países.

Notas .

<< .[1] Una isla al norte de Holanda. de unos 47 kilómetros cuadrados y 900 habitantes.

<< . lo mismo que IJs en holandés y con la misma pronunciación.[2] En inglés Ice significa « hielo» .