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Un motivo de optimismo

Siempre será mejor noticia saber que un grupo armado perdió a uno de sus
integrantes porque este decidió abandonar las filas voluntariamente y no porque fue
dado de baja o, incluso, capturado.
La de la reintegración es una batalla más bien silenciosa que ha librado el Estado
para restarle combatientes a la guerra a cambio de abrirles puertas en la sociedad.
Ha sido un proceso de aprendizaje de más de una década, en el que son visibles y
halagadores los avances. Desde aquellos primeros días, cuando a los desertores se
les daba lo mínimo, muchas veces muy poco, dado lo duro que es regresar a la
sociedad con el estigma de la guerra en la frente, bastante ha cambiado.
Hoy, cualquier persona que decida retornar a la civilidad sabe que tiene a toda una
dependencia del Estado, la Agencia para la Reintegración, dispuesta a apoyarla en
el difícil tránsito de combatiente a ciudadano. Y qué mejor prueba de que ha hecho
las cosas bien que una reciente encuesta realizada entre los mismos beneficiarios
de sus servicios. Sus buenos resultados deben ser motivo de optimismo.
Las cifras muestran que ocho de cada diez desmovilizados están satisfechos con la
forma como se ha desarrollado su regreso a la vida civil, mientras que noventa por
ciento asegura que su calidad de vida mejoró. Muy importante resaltar también que
71 por ciento de los indagados hoy cuenta con un empleo y que solo el 6 por ciento
tiene una actividad en la informalidad.
La nota discordante aquí pasa por los prejuicios que persisten. Debe preocupar que
uno de cada cuatro excombatientes integrantes del programa estatal todavía se
sienta discriminado. Inquieta, igualmente, que la mitad de las personas encuestadas
rechace que uno de sus familiares establezca vínculos con alguien que tenga este
pasado.
Hay que ser claros en que una sociedad que quiere superar un conflicto debe estar
dispuesta a abrirles las puertas a quienes por voluntad propia o a la fuerza
hicieron la guerra.
Así, se puede afirmar que la reintegración confronta a la ciudadanía. Si se quiere
una verdadera reconciliación nacional, a veces no basta con expresarse a favor de
la paz. Es mucho mejor que estas palabras se traduzcan en actos que, en este caso,
pasan por darles a los antiguos miembros de grupos criminales el mismo trato que a
cualquier otra persona a la hora de contratar un empleado, pero también de forjar
una amistad. Tiene razón Alejandro Éder, director de esta entidad, que sostiene
que, cuando se trata de buscar trabajo, ser desmovilizado debería ser un dato tan
irrelevante como la religión o la raza.
Y aunque es cierto que, al tiempo que avanza la reintegración, también,
lamentablemente, avanza el reclutamiento forzado, no menos verdadero es que
estudios como este dan un parte de tranquilidad, pues demuestran que el Estado
colombiano está preparado para recibir a los guerrilleros que abandonen las armas
en caso de firmarse un acuerdo en La Habana. Lo anterior, incluso a sabiendas de
que una cosa es la desmovilización con cuentagotas y otra, mucho más compleja, el
regreso en bloque de miles de guerrilleros.
Aun así, del conocimiento acumulado por esta entidad debe surgir la hoja de ruta de
un eventual retorno de los miembros de las Farc a la sociedad colombiana. Eso sí,
siempre en el entendido de que, para la posibilidad de que el país goce por fin de
paz duradera, lo más importante es contar con la disposición de todos los
colombianos para construirla.