5.

VOLUNTARIADO Y PRISIÓN

5.1. El voluntario
5.1.1. Ser voluntario

Un cuento
Carta del 21 de enero: «Hoy he encontrado, junto al muelle, a un hombre que pasa hambre...» Carta del 8 de febrero: « ¿Recuerdas a aquel hombre del que te hablé? Raquel y yo hemos decidido acercarnos al muelle una vez al día y darle algo de pescado que comer.» Carta del 15 de febrero: «...Continuamos visitándole (...) con la comida diaria. Tememos, al mismo tiempo, que llegue el día en que no podamos acercarnos hasta allí y el hombre del muelle se quede sin su pez. Él nos lo agradece. Sus mejillas empiezan a recuperar color. Le vemos algo más fuerte. Alguna noche le hemos invitado a casa a cenar con la familia. Es bastante tímido (...).» Carta del 10 de marzo: «Raquel y yo hemos decidido comprarle una caña de pescar. Le pensamos regalar un manual, comprensivo y a todo detalle, sobre aparejos y técnicas de pesca. Raquel era una aficionada hace algunos años y se ha comprometido a pasar unos días a la semana para enseñar al hombre del muelle a pescar. Dicen que el río está lleno de peces. Nosotros creemos que en poco tiempo sabrá autoabastecerse de pescado. Podrá conseguir comida por su cuenta y quizá algún dinerillo con la venta de la pesca sobrante.» Carta del 23 de marzo: «Surgen los problemas. Al hombre del muelle de nada le ha servido aprender a pescar para prescindir de nosotros. Necesita una licencia y no sé qué otros papeles para poder coger peces del río. Los permisos cuestan un buen dinero y no tiene con qué pagar. Hemos sabido que la explotación del río es exclusiva del municipio y no se puede pescar allí sin los dichosos papeles en regla.» Carta del 25 de marzo: «Más problemas: la policía local pilló al hombre del muelle pescando sin licencia y ahora se encuentra retenido. La fianza (o la multa, que no me he enterado muy bien de qué va la cosa) no es muy barata que se diga. Vamos a intentar costeársela. La gente del pueblo va diciendo de él que ha intentado aprovecharse de la comunidad, que es un ladrón y que le está bien merecido (...)» Carta del 29 de abril: «Otra complicación, y esta parece grave. ¿Te conté que el hombre del muelle salió de prisión y se hizo con los permisos de pesca necesarios? Pues de nada le sirven: la fábrica de plásticos del pueblo, río arriba, ha contaminado las aguas y todos los peces del río se han muerto. No queda ni uno y la visión resulta desoladora. Dicen que no volverá a haber pesca hasta dentro de diez años o así. La industria pagará una multa astronómica (de sobra se lo podrá permitir), adquirirá no sé qué filtros para residuos y seguirá produciendo...» Carta del 30 de abril: « (...) El hombre del muelle vuelve a pasar hambre.»

DOCUMENTO
El trabajo social voluntario es un fenómeno social siempre presente en el devenir social, pero con numerables altibajos. En la última década del siglo XX fue "un valor en alza". Se pasó de un fenómeno desconocido en los años 70 a un "hecho de moda" en los años 90. Al comienzo del siglo XXI, la efervescencia del voluntariado va sufriendo los avatares de cualquier moda y vuelve a ser un fenómeno valorado y tenido en cuenta, pero sin grandes pretensiones. Si nos preguntamos el por qué de esta evolución en las dos últimas décadas, encontraremos fácilmente algunas razones: La actual situación socio-económica de muchos países hace que las personas se encuentren con más tiempo libre (jóvenes que se incorporan cada vez más tarde al mercado de trabajo; personas adultas con jubilaciones anticipadas, etc.). Hoy, las nuevas tecnologías, al disminuir notablemente la duración de la jornada laboral, han creado las condiciones materiales para que pueda desarrollarse el voluntariado. El trabajo voluntario, desde una perspectiva económica, representa una importante reducción de los costos y, en consecuencia, hace posible que la mayor parte del presupuesto de una institución revierta directamente sobre los grupos carenciales (lo cual, por desgracia, no siempre ocurre). No es, sin embargo, el aspecto económico, el más importante, sino el hecho de que el voluntario sea, en medio de nuestro mundo competitivo y pragmático, portador de una "cultura de la gratuidad". Lo normal es que los voluntarios sean ciudadanos movidos por el desinterés personal más absoluto y, en este caso, equivalen a un grito a favor de la fraternidad en medio de nuestro mundo. Ellos deben ser un testimonio viviente de aquellas palabras del Señor Jesús: "hay más dicha en dar que en recibir" (Hch 20, 35). La crisis del estado de bienestar. El Estado Protector, que proporcionaba a los ciudadanos todo lo que necesitaban para vivir dignamente, hoy se encuentra con presupuestos muy recortados para dispensar los Servicios Sociales. El despertar de la conciencia ciudadana a la participación e implicación en los problemas de la comunidad.... De un modo general, podemos decir que el Voluntariado ha surgido allí donde se han detectado necesidades sociales y donde los propios afectados no han podido o no han sabido organizarse para pedir sus derechos o cambiar una realidad que era un obstáculo a su crecimiento. Las Asociaciones Voluntarias han surgido a través de los años, no como elementos artificiales, sino como respuesta espontánea a las demandas de los grupos menos oídos. Estas Asociaciones han sido un factor de cambio en muchas ocasiones. Baste recordar que lo que hoy son servicios sociales en casi todos los países occidentales fueron en un principio tareas de Voluntarios. La realidad de hoy, también demanda la intervención del Voluntariado: Débil tejido social. Servicios sociales precarios. Crecimiento de la pobreza. Desempleo masivo. Sectores con necesidades especiales: ancianos, menores, jóvenes. Extranjeros. Minorías étnicas. Minusválidos. Presos. Drogadictos. Alcohólicos. Mujer marginada. Insensibilidad social

5.1.2. Decálogo para una búsqueda Tomado de Joaquín García Roca, Solidaridad y voluntariado, Ed. Sal Terrae, 1994. García Roca pretende en primer lugar realizar una visita guiada por los territorios de la acción voluntaria y en este sentido posee un innegable interés sociológico. Sitúa al voluntario en un horizonte nuevo, abre ventanas y le da elementos críticos para poder entrar en este mundo, tan a menudo desconocido. El libro resulta guía y acompañamiento; además de alentar, da pautas para la reflexión y acción. Lo recomendamos y queremos transcribir el siguiente decálogo con que termina el libro. 1. El voluntariado necesita descubrir la complejidad de los procesos sociales; una idea simple es una idea simplificada. Los problemas sociales tienen la forma de la tela de araña: están tejidos por multitud de factores. Saber estar en una sociedad compleja disponiendo de una buena información es una cualidad esencial del voluntariado hoy. 2. El voluntariado sólo tiene sentido cuando no pierde de vista el horizonte de la emancipación. Es necesario darle ternura a un enfermo terminal o acoger a una persona que lucha contra su adicción, pero ello sólo merece la pena si es un pa-

so más en la remoción de las causas de la marginalidad y del sufrimiento innecesario. 3. La acción voluntaria sólo tiene calidad ética cuando es la opción libre de un sujeto en el interior de una triple aspiración: la estima de sí mismo, la solidaridad con los demás y el compromiso por una sociedad justa. 4. El voluntariado no es una coartada para desmantelar los compromisos del Estado, sino más bien para reclamarlos. Si su presencia es, en algún momento, un pretexto para que la Administración se retire o reduzca sus esfuerzos, el voluntariado ha entrado en zona de peligro. 5. La acción voluntaria es como una orquesta: lo importante es que suene bien; importa poco si la flauta es de madera o de metal, si es propiedad de éste o de aquél. A la orquesta debemos exigirle coordinación, coherencia y concentración de esfuerzos. El voluntario es siempre un "co-équipier". La fragmentación no conduce a nada, y en el equipo cada cual juega en su propio lugar colaborando con el resto en función de la partida. 6. La acción voluntaria ha de tener competencia humana y calidad técnica. Con el amor no basta; si, por ignorancia o por incompetencia, hiciéramos sufrir a una persona frágil, aunque fuera con la mejor intención, sólo lograríamos aumentar su impotencia y su marginalidad. 7. El voluntariado debe ganar espacios en las clases populares. No puede ser una institución que interese sólo a las clases medias ni a aquellos a quienes les sobra tiempo; más bien responde al ejercicio de la ciudadanía que se responsabiliza de los asuntos que afectan a todos. 8. El voluntariado estima al profesional de la acción social y buscará siempre la complementariedad; pero, por lo mismo, no se convierte en auxiliar ni en correa de transmisión, sino que defiende el espacio de libertad que le es propio. 9. El voluntariado necesita hoy disciplinar su acción. Las mejores iniciativas se pierden por incapacidad de someterlas a un programa, a unos objetivos, a un método, a unos plazos, a una dedicación seria, a una evaluación. La buena intención es un camino viable si hay disciplina; si no la hay, es un fracaso. El voluntario rehuye las palabras vanas y se acerca a los gestos eficaces. Es importante servirse de palabras justas y de expresiones exactas.
10. La acción voluntaria requiere reciprocidad: no se orienta simplemente a la asis-

tencia del otro, sino al crecimiento de ambos, aun cuando sean diferentes sus contribuciones. La estima del otro no sólo exige la acogida, sino que además espera una respuesta análoga.

5.2. El ‘tren’ del voluntario
Sin duda vivimos tiempos de fuertes cambios culturales y sociales que afectan al mundo del voluntariado. La cultura postmoderna, la legislación sobre el voluntariado, la nueva moda solidaria afecta de lleno a las personas e instituciones que andamos en esto del voluntariado. Y esa realidad cambiante hay que conocerla para mejor situarse. Con todo, unos ignoran esa nueva realidad, otros se retiran, algún otro la niega... A través de esta dinámica pretendemos situarnos en lo que está pasando a nuestro alrededor y en lo que nos está pasando a nosotros respecto a esa realidad que se mueve bajo nuestros pies, y que no la podemos controlar. Es una dinámica que busca el diálogo abierto y el debate de ideas y posicionamientos personales.

5.2.1. PARABOLA DEL TREN

El tren avanza rápido. Sin detenerse, hacia su destino... En el tren se está viviendo un drama: el drama de la humanidad. Gente de toda raza. Gente que habla y gente que calla. Gente que trabaja y gente que dormita. Gente que come y gente que bebe. Gente que mira el paisaje. Gente que habla de negocios, preocupados. Gente que nace y gente que muere. Gente que ama y gente que odia sin querer revelarlo. Gente que discute la dirección que lleva el tren: "Este tren se equivoca". Gente que cree que el tren ha descarrilado. Gente que protesta contra el mismo tren: "No tendría que haber más trenes". Gente que está pensando en trenes más rápidos. Gente que no se hace problema del asunto: "Ya llegaremos, nos lleva el tren". Gente que corre angustiada hacia los vagones delanteros, como para llegar los primeros. Gente desconcertante que huye hacia el vagón de cola, como si quisiera escapar del mismo tren. Y el tren sigue corriendo, como si nada pasara.

Los lleva a todos, a unos y a otros, sin distinción... L. Boff Primera • Repartimos en una hoja "La parábola del tren". Como tal parábola tiene muchas aplicaciones; puede leerse pensando en la realidad global de nuestro mundo, en el "progreso económico" que se alimenta desde el Norte del planeta, etc. Nosotros lo vamos a referir al mundo del voluntariado.
Podemos leer cada uno en silencio la parábola y, a continuación, para fijar mejor la atención, podemos leerlo en voz alta, repartiéndose el texto entre dos personas, por ejemplo: En un primer momento, el animador puede invitar al grupo a que exprese su identificación inicial repitiendo en voz alta aquella frase del texto con la que más está de acuerdo.

Tras este momento inicial, sería oportuno realizar un primer diálogo sobre esas identificaciones iniciales. En qué estamos de acuerdo; en qué no. ¿Tenemos todos/as la misma valoración sobre la marcha y la dirección del "tren" del voluntariado? Importa esclarecer al máximo las razones y argumentos que damos y en los que fundamentamos nuestras posiciones. Nos posicionamos desde argumentos sólidos o a partir de experiencias esporádicas que van en una determinada dirección
Hay tres valoraciones fundamentales sobre la marcha del tren: "Este tren se equivoca"; "no tendría que haber trenes"; "ya llegaremos, nos lleva el tren". ¿Apuntamos alguna nueva valoración global? ¿Con qué

frase-valoración nos quedaríamos como animadores del voluntariado? ¿Con qué frase creemos que se quedarían los/as voluntarios/as con los que estamos?

Segunda
Ahora estamos ya montados en el "tren del voluntariado"; seguimos charlando animadamente sobre este mundillo en el que nos encontramos. Nos imaginamos que, en un momento dado, pasa el revisor, y queda sorprendido por la conversación que tenemos. A él le interesa el tema y promete regresar en cada parada y realizarnos alguna pregunta que le interesa. Conversemos. 1ª estación: el revisor nos pregunta: ¿por qué empezáis en esta cosa del voluntariado? ¿Creéis que otros voluntarios tienen las mismas motivaciones? 2ª estación: el revisor se incorpora de lleno al "tren del voluntariado": oye, ¿y quién va en la locomotora de este tren?;  ¿estáis de acuerdo con ello? 3ª estación: de nuevo, el revisor insiste: y en el tren del voluntariado ¿hay vagones de primera y vagones de segunda? 4ª estación: se acerca el final del trayecto y el revisor nos busca preocupado: ¿habéis pensado cuál es el punto de llegada del tren del voluntariado?, ¿los voluntarios montan en este tren para pasearse un rato o para llegar a algún lugar?, ¿y vosotros/as?

5.3. El voluntario cristiano
5.3.1. El secreto de la felicidad
Nos vamos a servir en esta dinámica de un texto de Paulo Coelho. En él se nos va a invitar al doble ejercicio de acción-contemplación. Cuento Cierto mercader envió a su hijo a aprender el Secreto de la Felicidad junto al más sabio de todos los hombres. El muchacho anduvo durante cuarenta días por el desierto, hasta llegar a un hermoso castillo, en lo alto de una montaña. Allí vivía el Sabio que el muchacho buscaba. Sin embargo, en vez de encontrar a un hombre santo, nuestro héroe entró en una sala y vio una actividad inmensa; mercaderes que entraban y salían, personas que conversaban por los rincones, una pequeña orquesta tocaba suaves melodías y había una mesa cubierta con los platos más deliciosos de aquella región del mundo. El Sabio conversaba con todos, y el muchacho tuvo que esperar dos horas hasta llegar a ser a su vez atendido. El Sabio escuchó con atención el motivo de la visita de muchacho, pero le dijo que en aquel momento no tenía tiempo para explicarle el Secreto de la Felicidad. Sugirió que el muchacho se diese un paseo por su palacio y volviera al cabo de dos horas. —Mientras tanto, quiero pedirte un favor —concluyó el Sabio, entregando al muchacho una cucharita en la que dejó caer dos gotas de aceite—, mientras vas caminando, lleva esta cucharita sin dejar que se derrame el aceite. El muchacho comenzó a subir y bajar las escalinatas del palacio, manteniendo siempre fijos los ojos en la cucharita. Al cabo de las dos horas, volvió a la presencia del Sabio. —Entonces —preguntó el sabio—, ¿viste las tapicerías de Persia que hay en mi comedor? ¿Viste el jardín que el Maestro de los Jardineros tardó diez años en plantar? ¿Reparaste en los bellos pergaminos de mi biblioteca? El muchacho, avergonzado, confesó que no había visto nada. Su única preocupación era no derramar las gotas de aceite que el sabio le había confiado. —Vuelve, pues, y conoce las maravillas de mi mundo —dijo el Sabio—. No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa. Ya más tranquilo, el muchacho cogió la cucharita y volvió a pasear por el palacio, fijándose esta vez en todas las obras de arte que pendían del techo y de las paredes. Vio los jardines, las montañas en derredor, la delicadeza de las flores, la exquisitez con que cada obra de arte estaba colocada en su sitio. Al regresar al lado del Sabio, relató con pormenores todo lo que había visto. —Pero, ¿dónde está, las dos gotas de aceite que te confié?- preguntó el Sabio. Mirando hacia la cucharita, el muchacho se dio cuenta que las había derramado. —Pues éste es el único consejo que tengo para darte —dijo el más Sabio de los Sabios—. El secreto de la felicidad está en mirar todas las maravillas y no olvidarse nunca de las dos gotas de aceite en la cucharita. (P. Coelho)

En la lectura personal nos podemos servir de un lápiz o "boli" para retener aquellas expresiones, palabras o frases que más nos impacten. Lo que anotamos o subrayamos lo podemos poner en común en el grupo. Abrimos un poco más el diálogo: ¿Creemos que es importante mantener este equilibrio entre acción y contemplación?

5.3.2.

Reflexiones sobre el voluntariado desde una perspectiva cristiana

Para comenzar nos situamos en lo que entendemos por voluntario: “Es aquella persona que, además de sus propios deberes profesionales, dedica parte de su tiempo a actividades en favor de los demás de un modo continuo y desinteresado” (Marciano Vidal). El Voluntariado es presentado en muchos ámbitos como un signo positivo de nuestro tiempo. El mismo Papa Juan Pablo II lo valoró así en la encíclica Centesimus annus (1991) o en la Evangelium Vitae (1995), al relacionar el voluntariado con la atención y cuidado a favor de la vida humana. El voluntariado es un signo de elevación de la conciencia solidaria de la humanidad en el momento actual. En España hay más de 500.000 voluntarios reconocidos. Hasta aquí parece que todo va muy bien y podemos afirmar con objetividad que el voluntariado representa un signo de los tiempos de carácter positivo. En él confluyen tradiciones religiosas y sensibilidades humanistas, éticas laicas y éticas creyentes, convicciones razonadas y sentimientos espontáneos... Pero... también es necesario reconocer que aparecen muchas contradicciones que están a la vista: Nunca hubo tanto dinero y tanta gente dedicada a la acción social y nunca hubo más hambre y más desestructuración en la sociedad civil. Se multiplica simultáneamente la pobreza y el número de ONGs, el número de pobres y el número de voluntarios/as. ¿Cómo es posible que, aumentando el número de personas que luchan contra la pobreza, ésta no haga más que crecer hasta límites inimaginables? ¿Cómo es posible una solidaridad tan insolidaria? ¿Cómo hacer, sobre qué asentar una acción para que sea realmente solidaria? 5.3.3. Para reconocer los errores y orientar el cambio:

Las ONGs son parte del sistema neoliberal en cuanto que la mayor parte de las ONGs se dedican a buscar dinero -captación de capital- o personal barato -voluntarios/as- para poder “hacer más”. El problema de los supuestos “beneficiarios” pasa a un segundo término. No hay nadie más interesado en las ONGs y el voluntariado que el imperialismo. A través de todas sus estructuras se está lanzando una permanente campaña de promoción de un modo de ser “solidarios”. Y esto tiene que ser al menos sospechoso. No se trata de luchar contra la pobreza, sino de hacer voluntariado. La ley del Voluntariado se mueve también en este esquema. El ser voluntario te da un cierto prestigio social y privilegios relacionados con la prestación social y otros servicios sociales. ¿Se necesitan incentivos para ser voluntarios? Será que es verdad lo que afirma J. Mª Castillo, “La sociedad y el sistema establecido está dispuesto a hacer todo el bien que quiera, pero con tal que cada uno se quede donde está”. El seguimiento de Jesús. Pág. 103). Podemos preguntarnos, sin ir más lejos, por qué son bien vistas por los poderosos las personas que se dedican a la beneficencia, mientras se persigue a los que trabajan por la justicia. ¿Tal vez porque los primeros realizan el trabajo sucio de aliviar las consecuencias de sus injusticias, al tiempo que los segundos los acusan y ponen en evidencia? La expresión de H. Cámara puede ser reveladora: si doy limosna a un hambriento, me dicen que soy un santo; si pregunto por las causas de su hambre, me llaman comunista. Y lo curioso es que no sólo entre los poderosos: también entre nosotros -entre los creyentes- tiene mejor prensa la beneficencia que la justicia.

5.3.4.

Peligros en los que caemos frecuentemente:

Pérdida de memoria histórica: el pensar que con todo el movimiento del voluntariado estamos inventando la solidaridad. La aconfesionalidad y el carácter apolítico en el que ponen acento muchas ONGs es un rasgo postmoderno que no responde a la realidad. Nadie puede ser neutral, ni político, ni aconfesional. Desvincular el trabajo de la solidaridad. Existe una propuesta del voluntariado del tiempo libre. Hay que trabajar para comer y tener tiempo libre para dedicarlo a la solidaridad, a jugar al fútbol o a tocar en un grupo de música o a visitar centros comerciales. ¡Qué más da! El trabajo, por poco solidario que sea, se reviste así de dignidad porque nos va a permitir después hacer voluntariado. Individualización del concepto de pobreza. La pobreza es fruto de las estructuras sociales, económicas, políticas y religiosas que sirven sólo al bien de unos pocos. Sin embargo, la mayoría de las definiciones de pobreza que nos encontramos hablan de un individuo pobre. Preocupación por los problemas de otras partes del mundo y total desvinculación de los problemas de nuestro mundo. Pérdida de utopía. ¿Cómo enfrentarnos a un sistema si partimos de la base de que ya no se puede hacer nada, que ganó el mercado, que llegamos “al fin de la historia” (Fukuyama)? Convertimos la acción en agitación. No podemos movernos por la inercia de lo que nos dicten los medios de manipulación social. Hoy toca Irak, mañana vendrá Kurdistán y el pasado... Para Mounier (hace más de 60 años) la urgencia de la realidad es una traición misma a la acción. Suponemos demasiado... Que sólo con buenas intenciones va a solucionarse el mundo, que todos somos estupendísimos... 5.3.5. Y surgen preguntas:

- ¿Por qué se toma el sistema tantas molestias? ¿No sería más lógico esconder la pobreza y no mostrarla animando a la sensiblería? - ¿Que hay detrás de todo esto para que se tomen tantas molestias en decirnos qué y cómo tenemos que actuar?

Visto así, parece claro que el sistema neoliberal ha hecho una apuesta por un voluntariado que no cambie nada, deje las cosas como están y anime a la gente a “hacer algo” que “no moleste”. Mientras la alternativa venga propuesta por el sistema, está claro que no será alternativa. ¿Estamos dispuestos a hablar, soñar, hacer... otra propuesta? Delante de la realidad de los pobres vale poco la lógica del voluntariado. Y no porque menospreciemos el valor de lo pequeño, sino porque dentro de su lógica no tiene en cuenta la asignatura que tenemos pendiente: transformar la sociedad.

5.3.6.

Es posible una visión positiva del voluntariado

El voluntariado requiere una mística, es decir un “espíritu” que dé sentido pleno y fuerza definitiva a las acciones voluntarias. El P. Jaramillo ve este espíritu en la “mística de la gratuidad”. Según él, el voluntariado es la expresión de un modo nuevo de ser hombres y mujeres, así como la concreción de un modo nuevo de hacer. Aunque se pueda discutir si es correcto hablar de un “voluntariado cristiano”, lo que sí se puede afirmar con plena objetividad es la existencia de voluntarios cristianos. Muy brevemente recordamos aquellos factores de la fe que proporcionan apoyo a la opción del voluntariado: La tradición cristiana, y de modo especial la tradición bíblica, ofrece un lenguaje de compasión y de apertura al otro que tiene un papel importante a la hora de dar sentido a la experiencia de la acción voluntaria. El “privilegio epistemológico de los pobres” que está incluido en la definición del voluntariado social, queda bien enmarcado y justificado en el principio cristiano de la opción preferencial por el pobre. La pertenencia a una comunidad hace que el voluntariado creyente sienta y viva su acción solidaria con un fuerte sentido comunitario, venciendo así las tentaciones del individualismo que acechan a la opción del voluntariado.

El voluntariado auténtico está alejado de concepciones “benéficas” y “paternalistas” de la acción social, aunque a veces la opinión pública tienda a entenderlo desde esos esquemas. Como dice claramente Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987): “La solidaridad no es un sentimiento superficial y vago por los males que sufren tantas personas cercanas y lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de trabajar por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos de verdad responsables de todos”. En nuestro mundo se necesitan cambios sociales, no sólo superficiales, sino estructurales, cambios que, partiendo de lo más profundo de nuestro ser, vayan transformando nuestra sociedad.

5.3.7.

El voluntariado ha de insistir en crear ciudadanos:

• • •

Críticos ante el sistema y las estructuras de injusticia, de donde brotan las situaciones de desigualdad que requieren las acciones solidarias. Utópicos: siempre abiertos a la posibilidad de soluciones positivas. Radicales en la propuesta de un nuevo modo de “ser” y de “hacer” en la vida social. Un tipo de voluntariado volcado hacia la promoción del cambio social.

Y lo que es más importante aún, sólo la utopía nos puede motivar: “Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte queda diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la Utopía? Para eso sirve: para caminar” (Eduardo Galeano).

Para reflexionar y compartir

1º) Señala las tres afirmaciones que más te han llamado la atención. De ellas, buscad una que, por cualquier motivo, os parezca más discutible. 2º) Comenta brevemente la experiencia que tienes en la educación en el compromiso de los muchachos a los que animas y en tu propia experiencia de compromiso. ¿Qué dificultades vas descubriendo y qué logros te animan? 3º) Destacad 2 ó 3 ideas que os parezcan fundamentales para educar en la justicia de modo que consigamos cristianos críticos, utópicos y radicales.

5.4. El voluntario en tanto que discípulo La fe cristiana reclama una nueva identidad para aquellos que han "nacido del agua y del espíritu" (Jn 3,5). ¿Cómo se relaciona esta nueva identidad con la identidad ciudadana que nos caracteriza como miembros de la sociedad secular? ¿Qué relación tiene esa "nueva identidad" cristiana con el voluntariado del que aquí hablamos? Mi respuesta es doble: por una parte, el voluntariado social es un modo (no el único, pero sí uno de los más privilegiados) de vivir la identidad cristiana en el mundo; por otra, el discipulado cristiano radicaliza el voluntariado social, y con él nuestra ciudadanía, al dotarle de una narrativa de entrega radical al otro. Es una respuesta al amor incondicional del Padre, es decir, la narrativa existencial de Jesús de Nazareth.

5.4.1. Discípulos que responden al "amor primero" La comunidad cristiana encuentra la motivación para la "caridad" (amor fraterno, hecho de justicia y misericordia, al estilo de nuestro Dios) en el haber sido amados por Cristo. Es ese amor y no otra cosa (Ley, Tradición, seguridad, etc.) lo que constituye la norma para nuestra moralidad. Por tanto, todas nuestras acciones altruistas, solidarias y compasivas nacen de la gratitud a un "amor primero", inmerecido e impagable. Esto que puede sonar a "perogrullada" es la clave de cuanto vamos a analizar seguidamente. La radicalidad que hemos planteado hasta ahora sólo puede vivirse desde la respuesta agradecida a un amor que nos ha desbordado. Como afirma P. Jaramillo, "el voluntariado vendría a ser la expresión práctica de entender la propia existencia como don recibido. Quien se entiende a sí mismo desde esa radicalidad creyente, necesariamente expresa ese reconocimiento en una existencia vivida como don ofrecido. Somos don de Dios en orden a ser don para los demás". La ética cristiana no es un compendio de normas y deberes, sino una respuesta agradecida. Ahora bien, no podemos olvidar que Jesús sí formuló un único mandamiento, el del amor. Tampoco podemos separarlo de la narrativa (la historia) de Jesús que define este amor y su imperativo para todos nosotros: "amaos como yo os he amado" (Jn 13,34-35). El lavatorio de los pies y la cruz son el modo de entender, contemplar y vivir este mandamiento. La palabra "cristiano", en su sentido más propio, significa "seguidor de Cristo". En los Evangelios, cuando se habla de seguir a Jesús, sólo se usan dos términos: mathetes (discípulo) y akoloutheo (siguiendo tras...). El sustantivo "discipulado" como concepto no aparece. Esto refleja la idea práctica que las primeras comunidades tenían del discipulado, como un "camino", un proceso, una práctica, no un status o concepto teórico. Se trata de un proceso en marcha, dinámico, de adhesión y participación con Jesús, el Cristo. Una última consideración. Sólo una de cada diez veces que la palabra "discípulo" aparece en el Evangelio se refiere a los Apóstoles. Se trata, por tanto, de un término referido a cuantos seguimos a Jesús: no hay castas en la Iglesia cristiana, o al menos, no debiera haberlas. * Las características de este discipulado son: a) Una ruptura total con el pasado. Implica abandonar familia e intereses propios (Mc 1,1620; 2,14; Lc 14,26), decir no a uno mismo (Lc 14,27), perder la autonomía económica y romper con los valores imperantes (Cf. Mc 10, 41-45). La llamada de Jesús pide y hace posible romper con el pasado a la vez que ofrece al discípulo/a un nuevo futuro.

b) Entrar en una relación de por vida con Jesús. El texto de Mc 3,14, "para que estuvieran con El" nos da el sentido de discipulado. Esto incluye la participación en la incierta vida de Jesús, en su sufrimiento y muerte (Cf. Mc 10,39; 8,34). No se trata de repetir las doctrinas del Maestro a modo de imitación, ni de adherirse a Él de una manera intimista. El discípulo colabora día a día con Jesús en la venida del Reino. c) Ser enviado en misión. El elemento crucial es la inclusión en el ministerio de Jesús. El discípulo es tan pronto llamado como enviado. En él coinciden desde el inicio. La Iglesia es la "comunidad de los discípulos de Jesús". Esto exige, en expresión de Schillebeeckx, escribir el "quinto evangelio", añadiendo con la propia historia los relatos de tantas vidas aparcadas fuera de la sociedad e, incluso, de la comunidad cristiana.

5.4.2. Discípulos como ciudadanos Hemos visto cómo nuestra identidad cristiana es un regalo del que nos hacemos conscientes por Jesús. De ahí que sólo podamos comprender esta identidad recibida mediante la actualización de la "historia" de Jesús y de la comunidad creyente, en nuestras propias vidas. Esta historia nuestra ha de ser analizada en función de nuestra relación con Dios, con nuestro prójimo, con el mundo y con nosotros mismos. Para ese análisis contamos con tres grandes criterios: fe, esperanza y amor. Estas tres virtudes son el esquema básico donde se enraízan otras virtudes más específicas que nos dan el "perfil" del discipulado cristiano: - La apertura a escuchar y responder a la llamada de Dios. - La gratitud, como característica de nuestra relación con Dios. Gratitud que debería afectar al resto de nuestras relaciones (con nosotros mismos, con los otros y con el entorno) y que se actualiza en la alabanza. - Compasión, perdón y justicia, como las virtudes básicas de nuestra relación con el prójimo. La misericordia y fidelidad de Dios, la justicia "parcial" de Dios en favor del huérfano y de la viuda, son el paradigma del modo cristiano de relación con el otro. La relación intratrinitaria también nos enseña a basar nuestras relaciones en la reciprocidad, no en la necesidad o el dominio. Por último, la universalidad de la voluntad divina de salvación empuja a romper las fronteras sociológicas de la Iglesia. - La solidaridad en el uso compartido de los recursos naturales, que son regalo de Dios para toda la humanidad, la de hoy y la del futuro. - Un uso creativo de los recursos personales como modo de hacerse plenamente humano. Por ello, el discípulo lleva a su plenitud lo que significa ser humano. La formación de una persona con estas características es la tarea de la comunidad cristiana. Para ello, ésta se funda en la memoria viva de Jesucristo, a través de palabras y hechos de salvación. En este sentido, la narrativa de Jesús se re-actualiza por medio de la comunidad y, al hacerlo, modela el carácter de los cristianos. La comunidad de discípulos de Jesús tiene un doble objetivo: estar con El y predicar la Buena Noticia. Restringir nuestra concepción -personal y comunitaria- del discipulado al "estar con El" (vida intraeclesial), lleva al aislamiento y rechazo sectario del mundo. Limitarse a la misión conlleva la devaluación de la mediación comunitaria.

5.4.3. Discípulos: ciudadanos y forasteros

Al analizar este tema, no podemos olvidar el trasfondo escatológico que impregna todo el NT.: el final de un tiempo caduco y el inicio de un tiempo nuevo, el del Reinado de Dios. Desde esta perspectiva, lo mejor que se puede decir del poder del Estado y de la ciudadanía es que, aunque son meramente provisionales, pueden ser considerados como un instrumento al servicio de la voluntad de Dios. La distancia crítica que se observa en los textos neotestamentarios responde a esta tensión entre el "ya" del tiempo de Dios, iniciado en Cristo, que relativiza absolutamente la estructura social, y el "todavía no" de la espera al triunfo definitivo de Cristo. Las "estructuras" no son exaltadas, mucho menos legitimadas como reflejo del orden eterno de Dios; el orden existente ha de ser reorientado. De este modo, la "nueva secta" de los cristianos que no tenía un ethos cultural propio, fue capaz de asumir lo mejor de su cultura circundante y subordinarlo al "Señor". Según el teólogo estadounidense Stanley Hauerwas, "la Iglesia no ha de preocuparse de si está o no en el mundo; la única preocupación es cómo estar en el mundo, de qué forma y con qué objetivo". Ese "cómo" de la presencia eclesial en el mundo se debate entre dos extremos: desde el polo sectario, que reclama una mayor distancia crítica y aislamiento de las estructuras sociales, hasta la inculturación total, que deja lo cristiano reducido al ámbito de lo privado (actitud muy presente en el ambiente secularizado del catolicismo "progre" español). Aunque un estilo de Iglesia "confesante", crítica radicalmente con los poderes y estructuras del sistema, nos resulta muy atractiva, no podemos olvidar el papel que la razón y la cultura desempeñan en el desarrollo humano (y, por tanto, cristiano) de la persona. Si queremos transmitir la Buena Noticia al mundo, no podemos romper los canales de comunicación que nos ligan con él. También, hemos de reconocer que Dios trabaja no sólo dentro de la comunidad eclesial sino en todo lugar. Se requiere, por tanto, una actitud humilde que sepa reconocer las contribuciones de la cultura y la sociedad secular a la comprensión y praxis cristiana de la vida. La Iglesia ha defendido, históricamente, su derecho y obligación a transformar el mundo y se ha opuesto al abandono sectario del mismo. De ahí, su lucha por la libertad de "ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona" (Gaudium et Spes, 76). La pregunta sobre el cómo de la relación Iglesia-mundo sigue abierta; no hay una respuesta sencilla y universal. La perspectiva escatológica nos obliga a vivir en una perpetua tensión entre sectarismo y aculturación (pérdida de identidad en el proceso de inculturación). De hecho, silenciar la crítica que viene de los movimientos proféticos podría llevar a la Iglesia a ligarse excesivamente a los poderes políticos. Pero, subrayar en exceso la especificidad de la vida cristiana haría imposible la misión de evangelizar la cultura y el mundo. La tensión nos obliga a ser ciudadanos sin perder la distancia del que se sabe forastero (1 Pe 2, 11).

5.5. El voluntario cristiano en la cárcel 5.5.1. A. La cárcel Para hablar de las cárceles, conviene dejar de lado la poesía y utilizar la prosa en toda su crudeza. Hay lugar para la poesía, y un lugar importante, pero no es lo primero que hay que manejar. La cárcel es una de las peores experiencias que pueda pasar un ser humano. Sólo quien lo haya vivido o quien lo haya visto a diario de cerca puede hablar de ello, y de ahí la importancia de escuchar relatos autobiográficos, a los que aludiremos más adelante. El interno (hombre o mujer, joven o adulto) se encuentra apartado de su medio social, arrancado violentamente de su espacio vital, en la mayoría de los casos sin esperanza de recuperar la libertad en mucho tiempo. Su mujer, su marido, sus hijos, su madre, sus amigos... están fuera, extra muros. En la cárcel, no son tratados como ciudadanos, sino como presos. Sus derechos civiles quedan en suspenso durante un largo período de su vida. Y no estamos pensando en malos tratos. Tenemos que congratularnos de que las cárceles españolas estén en el grupo de las mejores del mundo. Nada que ver con las latinoamericanas, norteamericanas, africanas, asiáticas. Esto es un paraíso comparado con aquello, y lo dicen los reclusos que han estado en aquéllas y en éstas. Y, sin embargo, esto es un infierno. Simplemente porque es una cárcel, más allá de la higiene habitual, el orden, el respeto de los funcionarios, el horario de visitas, las horas de patio, las actividades culturales, todo lo cual suele ser casi impecable en nuestra geografía penitenciaria. Los reclusos son basura social. Se les echa al vertedero penitenciario para que se pudran, para que purguen por lo que han hecho, para que se lo piensen dos veces la próxima vez. Los ciudadanos no visitan la cárcel como no visitan las cloacas. No hay relación habitual entre calle y cárcel. Los presos sólo ven a algunos de sus familiares, a sus escasos amigos y a los contados funcionarios y voluntarios que merodean por la galería. Nada de esto llega a sociedad. Todo esto es la negación de la sociedad. Muchos no tienen ni eso: ni familia ni amigos. Sus familias están a miles de kilómetros, o más cerca pero no quieren saber nada de ellos. Curiosamente son las reclusas las que sufren un mayor rechazo por parte de sus propias familias, como si fuera más indignante ser reclusa que recluso. En cambio, los varones a veces son semihéroes en ciertos ambientes sociales cargados de delincuencia y marginación.

5.5.2. Dios está en la cárcel más que en otros lugares Encontrar a Dios en la cárcel es como un gran milagro, una sorpresa inesperada. Sentir el amor en aquel lugar de olvido es algo insospechado. Todo ello nos lleva a pensar que la cárcel, como otros terrenos de marginación social, quizás sea lugar teologal precisamente por ser un no-lugar social, o un lugar de in-humanidad. Allí donde están algunos de los grandes criminales, se dan gestos de enorme ternura; allí donde se palpa el abandono y la soledad, se da la experiencia de un Dios que acompaña; allí donde se da el vacío, Dios llena. Como decía el Hermano Adriano, “el vaso vacío permite que Dios entre”. Y no se trata aquí de mitificar a los presos como si fueran excelentes personas (que de todo hay), sino de descubrir que Dios opta por los pequeños, por los que sufren, por los que lloran, por los dejados en la vida social (Bienaventuranzas de Lc 6,20-23 y de Mt 5,1-12). Como dice María Luisa Pascual, “Dios no ama a los pobres porque sean buenos, sino porque son pobres”. Nadie se merece el amor de Dios, nadie lo obtiene por méritos propios, como tampoco nadie puede lograr que Dios le deje de amar. Su amor es gratuito y llega a todos, pero donde se hace más patente es allí donde el amor es negado, en el vaso vacío.

“Amor”, “ternura”, “milagro”, son palabras que pueden sonar a música celestial cuando pensamos en las cárceles. Francesc Vicente expuso su trayectoria personal con una prosa realista y acentuó la importancia del diálogo dentro de los muros de una cárcel. Es muy importante “estar”, y es muy importante “hablar”, pues estas dos cosas son el polo opuesto de lo que sufren el recluso o la reclusa: abandono y silencio, o sea, “no estar” y “no hablar”. A través del “estar” y del “hablar” va surgiendo la confianza, la presencia del otro, el saberse apreciado, el ser alguien. El amor se canaliza a través del “estar”, del “hablar” y de múltiples gestos. Por ejemplo, Francesc nos contó que él acabó siendo amigo del hombre que años atrás le había tomado como rehén en un motín carcelario, y hasta le acompañó en su etapa final, antes de morir. Nada de eso llegó de golpe, sino que fue un proceso lento, como la “brisa suave” del actuar de Dios (1Re 19,12-13), como la mayor parte de los milagros de la cárcel, que requieren tiempo. Tenemos que cambiar de mentalidad. Dios no se encuentra donde nosotros hemos decidido que esté, sino allí adonde Él quiere que nos desplacemos para desbloquear nuestra vida social, que parece tener una enfermedad crónica. Si el ir a misa cotidiano, o el asistir al grupo cristiano de siempre, o nuestra participación activa en una ONG supuestamente humanitaria no nos remueve las entrañas ni nos hace descubrir los hermanos y hermanas de humanidad que sufren, entonces Dios se ausenta de esos lugares nuestros y se muestra en otros para que tengamos que desplazarnos, salir afuera, más allá de los márgenes, para encontrarlo allí, quizás en lugares socialmente y eclesialmente nada “sagrados”, como por ejemplo la galería de una cárcel o la unidad de enfermos terminales del Sida. Esos lugares no sagrados son los lugares sagrados de Dios. Para el Dios Padre de Jesús, nada hay más sagrado que el hombre, y de todos los hombres, ninguno es más sagrado que el que vive inhumanamente.

5.5.3. Delincuencia y sociedad Ante un tema tan complejo, hemos de plantearnos, en primer lugar, por qué existe la delincuencia. De entrada, podemos decir que la delincuencia existe porque alguien transgrede alguna norma que una sociedad se impone, y que, en principio, se impone en aras del bien común de las personas que componen dicha sociedad. El conjunto de estas normas en forma de leyes procuran velar por la seguridad de la ciudadanía –por la de los individuos y por la de sus pertinencias–; también pretenden, entre otras cosas, establecer un orden en la vida cotidiana y una moral. Las razones por las que se da la delincuencia son muchas y variadas, pero, dentro de nuestra sociedad actual, podemos destacar las siguientes: o La pobreza y la marginación, que sufren personas cuyas condiciones de vida quedan muy por debajo de la media. Suele tratarse de colectivos afectados por los problemas de exclusión y de supervivencia que impone el sistema en el primer mundo: inmigrados, parados de larga duración, jóvenes no integrados en el mercado laboral, inadaptados a la era telemática o a la agresiva competitividad del sistema de trabajo. o La sociedad de consumo, generadora de ciertos sectores que delinquen, paradójicamente, por "apatía existencial". A menudo son "hijos de papá" aburridos de conseguirlo todo sin esfuerzo y hastiados por la falta de sentido de sus vidas, que buscan nuevas experiencias a cualquier precio. Para estas personas, las drogas resultan una tentación capaz de arrastrarlas al mundo del delito.

o Las adicciones (como el alcohol, las drogas o el juego) pueden cambiar la personalidad de algunos individuos, anular su madurez, autocontrol y sentido de la responsabilidad, y llevarlos a hacer lo que no desean. Normalmente, se hace hincapié en la peligrosidad de las drogas duras, pese a que otras adicciones socialmente aceptadas, como la que crea el alcohol, pueden revelarse tan o más nocivas. o Sin embargo, hay que tener en cuenta que, como apunta el psicólogo Jaume Funes, frente determinados problemas ligados a la delincuencia, a menudo podemos dar respuestas que creen más marginación que la que pretenden evitar. Entre estas desviaciones podríamos destacar las siguientes: o La patologización, como tendencia dominante entre muchos profesionales, que consiste en considerar los problemas de marginación social como problemas de patología individual. En efecto, se tiende fácilmente a convertir en enfermedades individuales lo que en realidad es un conflicto colectivo. o La penalización, que conduce a utilizar el código penal como respuesta a todos los problemas sociales, independientemente de su identidad. De este modo, la respuesta siempre a punto ante cualquier conflicto viene dada por la policía, los jueces o la prisión. o La protección de les débiles sin contar para nada con ellos, sin modificar las circunstancias que producen su desamparo. La tendencia a proteger no siempre resulta positiva en términos absolutos, puesto que a veces, a largo plazo, lleva a agravar el problema. Cabría plantearse, por ejemplo, si, ante el aumento del número de menores internados, esta respuesta se revela como la más idónea y efectiva a largo plazo para que no se agudice su marginación. o La burocratización, tendente a dar respuestas formales, complicadas, sin ningún posicionamiento respecto a la realidad de sufrimiento de los demás. En ocasiones, por ejemplo, se retira a un menor de su familia porque sus padres no disponen de posibilidades económicas para mantenerlo y, al tiempo, se les exige que acudan a repetidas visitas y entrevistas evaluadoras, obligándoles a gastar en transportes y en tiempo que podrían dedicar a actividades de supervivencia los recursos con los que ni tan siquiera pueden mantener al hijo. Da la impresión de que sólo se consigue marearlos, sin confiar en absoluto en su posible recuperación, sin esperanza alguna en la posibilidad del cambio.

El mismo Jaume Fuster propone un decálogo para el diseño de intervenciones en el ámbito de la marginación: 1) Partir de acciones destinadas a reducir el contexto social injusto que provoca y perpetúa la marginación, así como actuar para controlar sus efectos. 2) Actuar desde el derecho a ser persona y no desde la amenaza de convertirse en un problema. 3) Trabajar sobre las vivencias, las imágenes o las ideas colectivas que construyen y desplazan el problema más allá de su realidad objetiva. 4) Renunciar a las respuestas que generen más marginación, aunque ofrezcan una rentabilidad política inmediata; es decir, sopesar la incidencia socializadora o desocializadora de las medidas susceptibles de ser tomadas. 5) Recuperar la confianza en la intervención global, diseñando los mecanismos concretos que la hagan aplicable en las condiciones actuales.

6) Centrar las acciones en la atención primaria socio-sanitaria, redefinida y actualizada. Recuperar a los profesionales "inútiles". Evitar a los inhabilitadores. 7) Buscar la dimensión colectiva y comunitaria de los conflictos sociales. Volver a valorar el trabajo con la comunidad. 8) Diseñar acciones específicas para los colectivos en proceso intenso de socialización. 9) Recuperar la dimensión territorial, el pueblo, el barrio, el polígono, etc., como contexto de intervención diferenciada. 10) Evitar los discursos innecesarios y buscar respuestas a los problemas de la gente. Plantearse siempre el alivio de sus sufrimientos. Lo que tendría que quedar claro, a modo de síntesis, es que no existe ninguna persona con certificado de garantía, que nuestra condición humana siempre nos empuja a atribuir a alguien nuestras faltas. Hemos de distinguir entre un preso o interno y un marginado –el que no puede aportar nada a la sociedad–, porque un preso o interno no es necesariamente un marginado. A continuación desarrollaremos someramente algunos apuntes sobre el papel que juegan la sociedad y la Iglesia ante la realidad de la prisión. Para ambas, la normalización de la prisión es una asignatura pendiente. En efecto, ni las parroquias ni las comunidades de base acaban de asumir esta realidad. Hoy en día sólo se piensa en construir centros penitenciarios fuera del ámbito urbano. La reivindicación de trasladar las prisiones fuera de la ciudad lleva a pensar que, desgraciadamente, las prisiones tienden a convertirse en las leproserías de antaño. ¿Podemos hablar de una gran ciudad sin universidad o sin hospitales? Parece ser que no. ¿Podemos hablar de una ciudad sin prisiones? Parece ser que sí. En efecto, la prisión no está normalizada, no la hemos asumido como parte de nuestra realidad. Otro dato significativo que da que pensar es la terminología que empleamos desde hace tiempo y que costará erradicar. Hablamos de pastoral de salud para referirnos a la pastoral de los enfermos; en cambio, hablamos de pastoral penitenciaria (y no de pastoral de justicia y libertad) para designar la pastoral de los presos. Entendemos que resulta difícil cambiar los hábitos en el uso de estas expresiones, sobre todo en un tiempo en el que la justicia y la libertad son palabras muy devaluadas. Aun así, no deberíamos claudicar, sino recuperar estos términos en clave evangélica, interpretando la libertad como amor y la justicia como misericordia. Es algo que debería sensibilizar a toda la comunidad cristiana, y no sólo a las personas que tienen algún contacto con el mundo penitenciario.

5.5.4. Decálogo del voluntario en el ámbito penitenciario 1. El voluntariado necesita descubrir la complejidad de los procesos sociales; una idea simple es una idea simplificada. Los problemas sociales adoptan la forma de una telaraña: están tejidos por multitud de factores. Saber estar en una sociedad compleja disponiendo de una buena información es una cualidad esencial del voluntariado. 2. El voluntariado sólo tiene sentido cuando no pierde de vista el horizonte de la emancipación. Es preciso transmitir cariño a un enfermo terminal o acoger a una persona que lucha contra su adicción, pero todo ello sólo vale la pena si es un paso más en el camino que conduce a eliminar las causas de la marginalidad y del sufrimiento innecesario.

3. La acción voluntaria únicamente reviste calidad ética cuando constituye la opción libre de un sujeto implicado en una triple aspiración: la estima de sí mismo, la solidaridad para con los demás y el compromiso a favor de una sociedad justa. 4. La acción del voluntariado no puede convertirse en ninguna coartada para que el Estado desatienda sus responsabilidades, sino, todo lo contrario, ha de conducir a reclamar su cumplimiento. Hay que evitar el peligro de que las tareas del voluntariado sean utilizadas como pretexto para que la Administración reduzca sus esfuerzos. 5. El voluntariado ha llevar a cabo una acción orquestada. No importa que la flauta sea de madera o de metal, lo que cuenta es que suene bien. Lo esencial para el buen funcionamiento de una orquesta es la coordinación, la coherencia y la concentración de esfuerzos. El voluntariado es siempre un "co-equipier". La fragmentación no lleva a ninguna parte; en el equipo cada cual juega en su lugar colaborando con los demás en función de la partida. 6. La acción voluntaria ha de basarse en la competencia humana y en la calidad técnica. El amor no es suficiente: si, por ignorancia o por incompetencia, hiciéramos sufrir a una persona frágil, aun con la mejor intención del mundo, solo conseguiríamos aumentar su impotencia y marginalidad. 7. El voluntariado ha de ganar espacios entre las clases populares. No puede ser una institución que no interese más que a las clases medias o a las personas sobradas de tiempo, sino que tiene que fundarse en el ejercicio de una ciudadanía que se responsabilice de los asuntos que afectan a todo el mundo. 8. El voluntariado valora al profesional de la acción social y busca su complementariedad; no ha de convertirse en auxiliar ni en correa de transmisión, sino que ha de defender el espacio de libertad que le es propio. 9. El voluntariado necesita actualmente una acción disciplinada. Las mejores iniciativas pueden perderse por no haberlas sometido a un programa, a unos objetivos, a un método, a unos plazos, a una dedicación seria, a una evaluación. La buena intención es un camino viable cuando hay disciplina, si no puede desembocar en el fracaso. El voluntariado ha de huir de las palabras vanas y valorar los gestos eficaces. Es importante emplear palabras justas y expresiones exactas, con significado y contenido. 10. La acción voluntaria reclama reciprocidad: no se orienta únicamente a la realidad del otro, sino también al crecimiento conjunto, aunque las aportaciones de cada cual sean diferentes. La estima hacia el otro no se reduce al gesto de acogida, sino que espera una respuesta análoga.

5.5.5. Lo que esperan los internos y las internas de nosotros "Que nos respeten. El que estén autorizados a entrar no significa que tengan derecho a meterse en nuestras vidas." "La cárcel es nuestra casa. Más mísera que una chabola. Pero es nuestra casa y nadie puede meterse en ella para hacer lo que quiera sin contar con nosotros." "Sean personas normales, con las que se pueda hablar como amigos." "Que se nota cuando nos quieren. Y eso mola."

"No queremos salvadores puros y perfectos que nos den la mano a los presos... y acallen sus conciencias." "Que no me den consejos. ¿Qué saben ellos de mi vida?" "Que nos miren a los ojos. Si no nos miran así es porque nos desprecian o nos temen. Y así no podemos hablar." "Nos gusta que vengan algunos mayores. Como si fueran nuestros abuelos. A ellos les conocimos tan poco..." "Que no nos pregunten por qué estamos aquí. Estamos hartos de interrogatorios, tests, preguntas morbosas..." "Que, si les contamos por qué estamos aquí, nos escuchen sin prisas y sin juzgarnos." "Que nos cuenten ellos algo también de sus vidas. Como amigos." "Que no nos traten como a gente perdida a la que hay que salvar. Nos jode el paternalismo." "Que nos hagan sentirnos útiles. Ellos también necesitan de nuestra ayuda." "Que nos hablen de cosas de fuera. Estamos hartos de hablar entre nosotros de temas talegueros." "Que no se queden siempre con los más apañaos. Los que somos indigentes también tenemos derechos. Y los que somos más bordes, más desconfiados, más mentirosos, más enfermos, o más lo que sea, también." "Que esto no es el zoo. Si no están dispuestos a venir asiduamente, y no esporádicamente, porque tienen algo más urgente que hacer, ¡QUE NO VENGAN!