SELECCIÓN
DE CUENtoS
PoLICIaLES

Juan Sasturain . CABA Impreso en la Argentina Hecho el depósito que marca la Ley 11. . 20x14 cm. . Título.1a ed. I. Ministerio de Educación de la Nación Pizzurno 935. 64 p. 2. Elvio Gandolfo III. Juan Sasturain II. . ISBN 978-950-00-0979-9 1.Buenos Aires : Ministerio de Educación de la Nación. Narrativa Argentina. CDD A863 Fecha de catalogación: 28/11/2012 . : il. DIRECTORA DE EDUCACIÓN SECUNDARIA Lic.723 Pablo De Santis Selección de cuentos policiales / Pablo De Santis . 2012. Elvio Gandolfo. Virginia Vazquez Gamboa COORDINACIÓN DE MATERIALES EDUCATIVOS Gustavo Bombini RESPONSABLE DE PUBLICACIONES Gonzalo Blanco DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN Paula Salvatierra Corrección Cecilia Pino © 2012. Cuentos.

ÍNDICE La marca del ganado 5 Pablo de Santis Con tinta sangre 19 Juan Sasturain Un error de Ludueña 39 Elvio Gandolfo .

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La marca
del ganado
Pablo de Santis

El primer animal apareció en el campo de los Dosen y
a nadie le hubiera llamado la atención de no haber estado
tan cerca del camino y con la cabeza colgando. Fue a fines
del 82 o principios del 83, me acuerdo porque hacía pocos
meses que había terminado la guerra y todos hablábamos
del hijo de Vidal, el veterinario, que había desaparecido en
el mar. Para escapar del dolor, de esa ausencia tan absoluta
que ni tumba había, Vidal se entregó al trabajo, y como no
eran suficientes los animales enfermos para llenar sus horas,
investigó cada una de las reses mutiladas que empezaron
a aparecer desde entonces. En realidad nunca supimos con
certeza si el de los Dosen fue el primer caso, porque sólo des-
de entonces nos preocuparon las señales: aquí nunca llamó
la atención una vaca muerta.
Al principio los Dosen le echaron la culpa al Loco Spica,
un viejo inofensivo que andaba cazando nutrias y gritando
goles por el campo, con una radio portátil que había dejado
de funcionar hacia un cuarto de siglo. A todos nos pareció
una injusticia que los Dosen le echaran la culpa, porque el
viejo podía matar algo para comer, pero nunca hubiera he-
cho algo así: la cabeza casi seccionada, tiras de cuero arran-
cadas en distintos puntos de una manera caótica y precisa a
la vez, como si el animal se hubiera convertido en objeto de
una investigación o de un ritual. Y quedó claro que el Loco
Spica no había tenido nada que ver, porque en marzo del
83, durante la inundación, apareció flotando en el río diez
kilómetros al sur, y las mutilaciones –esa fue la palabra que
usó Vidal, el veterinario, la primera vez y que todos nosotros
usamos desde entonces– continuaron.
No me acuerdo si siguió después aquel novillo en el cam-
po de la viuda Sabella o el ternero que apareció atado al mo-
lino derrumbado, con la cabeza de otro en lugar de la suya.

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y que sabía de casos parecidos en las afueras de Trenque Lau- quen. A nadie le importaba una vaca de más o de menos. a veces vivo todavía (así lo aseguraba el veterinario). Soria. Baus. El comisario parecía desconcertado: nunca en su vida había investigado nada. porque acá cuestan poco y nada. me res- pondió tranquilo: es uno de nosotros. In- vestigó a los crotos que siempre andan por aquí y a fuerza de tantos interrogatorios terminó espantándolos. solo. inventando formas dis- tintas para cortarlo. paseaba solo por el campo en espera del encuentro. Baus. derribando al animal con un golpe en la cabeza. las cosas son o bien demasiado evidentes o completamente invisibles. las langostas encerradas en las heridas. Las mutilaciones eran para él experimentos. si tenía alguna teoría. sacaba fotografías. los extraterrestres analizaban las muestras de tejido. el bar que heredé de mi padre y que apenas me permite sobrevivir. ya que en el campo. y hasta el día de hoy casi no ha vuelto a aparecer ninguno. en la noche. Como le dije que eso podría explicar los cortes pero no otras aberraciones (las cabezas trocadas. a dife- rencia de la ciudad. el mecánico. cuando le pregunté si realmente creía que eran ellos. las flores emergiendo de las orbitas oscuras) Soria se defendía: era un experimento. y tanto en un caso como en otro la investigación es inútil. A partir de entonces. Yañez. decía que era una secta. pero sobre nosotros: estudiaban nuestras reacciones ante lo malvado y lo desconocido. Una noche. sí. pero asustaba imaginar al culpable. él siempre estaba viendo luces en el cielo. se convirtió en una especie de foro sobre las mutilaciones. el jefe de estación. 8 .En cada caso nuestro comisario. fue a buscar al vete- rinario para que estudiara las marcas y tratara de encontrar alguna pista. la callaba. el comisario. hablaba de ovnis.

Ya no veíamos los animales muertos como pertenecientes a uno u otro dueño. y se los veía a la hora de la siesta de aquí para allá. Hubo casos más espectaculares que otros. Los animales muertos le servían de excusa para estar siempre en movimiento. Podían caer en el campo de cualquiera. Vidal anotaba todo en una libreta de tapas azules. en busca de nuevos ejemplares. sin 9 . se- guramente habían usado un coche o una camioneta para izarlo. Es- tuvieron unos días en el hotel Lavarden. no había otra constante. pero salvo cierta abundancia de marcas en la cabeza. como el ternerito que apareció colgado en la finca de los Dorey. muy cerca de la casa. día y noche. por las calles vacías. la rama casi quebrada por el peso. los perros apenas ladraron y se callaron en- seguida y el matrimonio siguió durmiendo. Los Dorey no oyeron nada. A la tarde. pero las lluvias habían borrado las huellas. leía en voz baja aquella lista monó- tona. siempre solo. para huir de su casa desierta y de los portarretratos con las fotos de su hijo. Vinieron algunos periodistas. y de una ejecu- ción más arriesgada. y cuando a veces cenaba en mi estable- cimiento. sino como reses marcadas a través de las mu- tilaciones para señalar su pertenencia a un mismo rebaño fantasmal. como si se tratara de un rezo. mientras jugaban al dominó y esperaban con ansiedad que el próxi- mo parroquiano irrumpiera con alguna nueva noticia. –¿Pero quién? Porque aquellas mutilaciones no traían ningún beneficio ni seguían un plan reconocible. todos hablaban con una autoridad infinita en la materia. que los perros ladran por cualquier cosa. y tampoco dentro de su locura seguían un sistema determinado. de la capital inclusive. que no cesaba de crecer. A la mañana se encontraron con el ternero colgado. Iba a todos lados con su libreta. frente a los vasos de ginebra o de fernet.

parecían cautivarlo. y esas voces. Interrogaron a todo el mundo. con un faro busca- huellas. A veces lo veía. intentaba adivinar el próximo caso. con los sitios donde habían aparecido los animales encerra- dos en círculos rojos. aun mientras los otros po- licías invadían su lugar. volvía para es- cuchar las cintas con las voces de todos. nos preguntaba por los vecinos. por las rarezas que podía tener alguno. También vi- nieron policías enviados por la jefatura de la provincia. los mapas del campo extendidos en la mesa. esperando la hora del regreso. pero se fueron también al poco tiempo sin respuestas y sin demasiado interés por las respuestas que no habían encontrado. si le quedaban fuerzas. Hasta al cura inte- rrogó. y el comisario se sintió un poco relegado. ponía un viejo grabador encima de la mesa y nos hacia hablar. convencido de que el culpable había ido a confesarse y que el padre Germán lo protegía debido al secreto de con- fesión. oyendo las cintas que había grabado. el comisario siguió investigando. hasta que se quedaba dormido en algún camino o. Nuestras voces lo atraparon y lo enloquecieron. Ahí empezó a tener problemas con su esposa. todos los secretos del pueblo. y cuando no estaba en la comisaría atravesaba los campos en su camioneta. sacaron fotografías y recogieron muestras para el laboratorio. que nada sabían de las mutilaciones. Nos interrogó a todos. Las mutilaciones se convirtieron en una obsesión para él. porque iba poco para su casa. bajo los tubos fluorescentes. por las noches. Trataba de encontrar en esas marcas dispersas una figura. Durante todo ese tiempo. Hasta las cuatro o las cinco de la mañana se quedaba ahí. las conversaciones tri- viales. como un alucinado.saber qué hacer. en la comisaría. Buscaba contradicciones y las 10 . fue su primera investigación y también la última.

Me parecía que la explicación estaba más cerca de una fuer- za ciega. Greis. impersonal. a relevarlo de su insomnio y su desconfianza para dejarle libre el terreno al mal. El comisario sufría y se alejaba de todo. 11 . que nada lo hubiera dejado contento. y que él era el único al que esa verdad le estaba vedada. lo habría considerado un engaño. había construido con paciencia un misterio insondable que no encerraba sólo al culpable sino a todos. porque aquí nadie presta aten- ción a nada y quien dice una cosa puede decir otra. o la viuda de Sabella. algo destinado a hacerlo caer en una trampa. y a la vez imposibles. Hasta tal punto llegó su desconfianza que cuando entraba en el bar todos callábamos y cambiábamos de tema. lo hubiera creído también. inclusive la de los extraterrestres.encontraba una y otra vez. y por eso yo tuve la tentación de entrar de noche en la comisaría para apartar los mapas y las grabaciones y decirle la verdad. porque él ya había hecho algo tan grande con aquellas vacas muertas. un cuidador de caballos que dormía abrazado a su escopeta. El comisario se acostumbró a esa bienvenida que se le brindaba. El co- misario parecía creer que todos sabían lo que pasaba. y si yo hubiera hablado. que nacieron malva- dos. hecha de silencio incómodo y lugares comunes. pero no hablé. que de un culpable minucioso y obs- tinado. No hubiera servido de nada. Podían ser los hijos de Conde. o el veterinario Vidal o el mismo comisario. La verdad le hubiera parecido insuficiente. a las inundaciones o a algún chisme local. Todas me parecían verosímiles. y pasábamos tímidamente al fútbol. si me hubieran hablado de una enfermedad inexplicable que golpeaba a las vacas con esos síntomas atroces. De todos en el pueblo quizás yo era el único que no tenía ninguna teoría.

practicaba los cortes con pulso firme. pero al instante se me borraron las huellas del sueño y del alcohol. que esperaban a ser sepultados en la herida. Pensé que se le había quedado el motor: Vidal iba seguido a verlo al mecánico por una cosa o por otra. a cuarenta y cinco kilómetros del pueblo. y cuando ya a las cuatro. pero Vidal no me respondió. Cuando me acerqué. y él un juez inalcanzable. Detuve el rastrojero y me bajé dispuesto a ayudarlo. también escarabajos. sus ovnis. cuando empezaban a llegar los muchachos. No dormí esa noche. me di cuenta de que no había llegado el momento oportuno. in- clinado sobre la res abatida. Esperé que ha- blaran. sus sospechas. fue por ca- sualidad. muchas mariposas sobre todo. por invadir la ceremonia privada que nunca llegaría a comprender. de la casa de unos pri- mos. Vidal sacó de su maletín un frasco de vidrio lleno de insectos muertos. y fui el primero. Yo estaba cansado y había tomado de más. detenida a un costado del camino. que expusieran sus teorías. nunca investigué nada. No soporto camas ajenas y a pesar del sueño decidí volver. Nunca hice ninguna conjetura firme. vi con claridad al veterinario que. y abrí el bar más tarde de lo habi- tual. tan remoto en su dignidad e investidura que ni siquiera llegaba a saber de la existencia del imputado. y si llegué a la verdad. Empuñaba con firmeza el viejo bisturí alemán con sus ini- ciales en el mango. 12 . sin preocuparse por el testigo que seguía el procedimiento. quise decirles la verdad. Se festejaba un cumpleaños y cuando se terminó la ultima botella me invitaron a dormir. Dije “Buenas noches. Durante algunos segundos fui yo el culpable. con los faros apagados. Volvía. un poco entonado. La noche estaba clara y vi desde lejos la vieja Ford de Vidal. Era tal su indiferencia que yo me sentí culpable por estar allí. doctor”.

entraba todo: después de esa revela- ción. Después de tomarla de un trago me preguntó por qué no había habla- do. moviéndose a ciegas en un mundo cuyos mecanismos ignoraban por completo. al contrario. con tal de que aquellas voces no callaran nunca. me daba cierto pudor. y a causa de esa satisfacción. Decidí dejarlo para el día siguiente. diría la verdad y ellos me oirían en silencio. sino también ridícula. Pero el ve- terinario dejó dos monedas en la mesa y respondió. era evidente que él también pensaba que el asunto no era de la incumben- cia de nadie más. que había lle- gado a entender a los animales a través de señales invisibles para otros. Me gustaba escucharlos hablar. Pero entonces tampoco me pareció que era el momen- to oportuno. Estudiaba el pelaje. como si fuéramos cómplices de alguna situación no sólo espantosa. confrontar en silencio sus torpes deducciones con el secreto. 13 . Le dije que no era asunto de mi incumbencia.cuando el último terminara de hablar. callado hasta ese entonces. ahora que los veía inocentes. Pasaron tres semanas desde la noche en que vi la Ford de Vidal junto al camino hasta la mañana en que el veterinario entró a mi establecimiento para pedir una grappa. perdería el poder del secreto. incapaz de terminar la pregunta. Me costaba hablar con él. me sentí más cerca de ellos. ingenuos. en el idioma hecho de reses muertas y combinaciones abominables. y serví medidas más generosas y la casa invitaba con cualquier excusa. dije sólo por qué. nada. En un instante. pero al fin pregunté por qué. fui más amable que nunca. yo. No esperaba respuesta. porque me parecía que todo lo que se podía decir estaba escrito ahí. y pareció aceptar mi respuesta como algo razonable. en un nombre. pero también sus huellas. Mi secreto no me distanció. Dijo que siempre había sido un buen veterinario.

Sentía que con cada animal enfermaba un pedazo del mundo. Después las cosas cambiaron. Entonces se dedicó a curar pero también a matar y a mutilar. cruzados por una cinta negra. Se notaba que nunca había hecho lo que ahora le tocaba hacer. y no podía pasar este hecho por alto. los árboles cercanos. No existía ninguna armonía ni ninguna verdadera curación posible. que a todos podían mentir. la señal que decía con claridad que él no había sido engañado. Así lo había hecho por años y por eso los ganaderos de la zona confiaban en él. A su hijo le tocó primero la marina. Él lo esperó sin optimismo y sin miedo hasta que una mañana un Falcon blanco de la marina con una ban- derita en la antena se detuvo frente a su casa. y que a él le tocaba la tarea de restaurar la armonía. La mano del joven oficial temblaba al sostener la carta donde decía que el hijo del doctor Vidal había sido tragado por el mar. como esperando que en el ca- mino le ocurriera algún incidente que lo hiciera desistir de su misión. y después de pronunciar un vago saludo le tendió con torpeza una carta con los colores patrios en una esquina. Él lo vio llegar desde la ventana. No podía seguir curando animales. ni creer que trabajaba para alguna armonía que los otros hombres eran incapaces de ver. pero decidió dejar en la noche y en los campos una marca. luego una base naval en el sur. porque era su trabajo y no sabía hacer otra cosa. Entonces el doctor Vidal descubrió algo que hasta ese entonces se le había ocultado: el mundo era maligno. pero no a él. por el mar que nunca antes había visto. Del auto bajó un joven oficial que caminó con lentitud hacia la puerta. a dejar en la no- 14 . Sintió que la cura era una falta a la verdad. que sabía de qué se trataba la cosa.las marcas en el pasto. y finalmente la guerra. Siguió sanando a los animales.

Baus miró por última vez los planos. después de una expedición nocturna. Yo lo había escuchado en silencio. Diez días después. No dijo destinado a quién o qué. la esposa de Baus. Beatriz. etcétera. De vez en cuando yo intentaba. que las cosas no podían seguir así. los ataques de ira y el misterio. donde la mujer decía que no soportaba más. las vacas de juguete en las que practicaba las incisiones. La mujer había hecho una grabación porque decía que lo único que escuchaba su esposo eran aquellas cintas. y comentaban sin énfasis que el primo de un amigo de un conocido la había visto en un bar de La Plata. uno cada tres semanas. pero a partir de allí hubo menos casos. y cuando el comisario llegó casi al amanecer a su casa. lo dejó. sin interrumpirlo ni hacerle ninguna otra pregunta. que desde entonces contaron como haza- ñas algunos episodios menores de su actuaci6n policial. desde la sombra. y que si dejaba un papel escrito probablemente no le prestaría atención. se encontró con una grabación. Hizo las valijas y desapareció. No sé si la explicación tuvo algo que ver. hecha en la misma grabadora del comisario. y no lo saludé ni me sa- ludó cuando se fue. La muerte convirtió a Baus en un héroe para los mu- chachos del bar. y salió para meterse en el terreno de Greis. el comisario. cansada de las ausencias. llevar el tema hacia los animales 15 . que dormía abrazado a la escopeta y disparaba a cualquier cosa que se moviera en la noche. no más.che las letras sangrientas de su mensaje. sin avisarle nada. Del capítulo final echaban la culpa a la esposa. Otras noticias nos distrajeron un poco y alargaron las partidas de dominó hasta que empezaba la noche. aunque sabía que estaba loco. que se había cambiado de nombre y se hacía pagar las copas.

Cuando el veterinario se levantó para ir al baño abrí su maletín y saqué el bisturí alemán. y no me animaba a ir a buscarlo para pregun- tarle por qué había terminado. hasta que no quedo nadie más. como si hubiera toma- do la decisión mucho tiempo antes. malvendió la 16 . días después de que el nuevo comisario. Después seguí aco- modando las sillas boca abajo sobre las mesas. un hombre joven. a las dos semanas. como una ofrenda a un dios malvado y hambriento. porque Vidal confesó todo. mudo. con el vasito de grappa en la mano. Cuando la vaca ya estaba caída y marcada. inclusive la última mutilación. pero la había llevado tanto tiempo conmigo que ya no sabía cómo decirla. y el bisturí en el bolsillo izquierdo de mi camisa. y a los dos días se presentó en la casa del veterinario. lle- gara al pueblo. en espera del momento oportuno. Ese era mi mensaje para quien lo supiera entender. lo supo entender. cerca de fin de año. Cuando salió en libertad. No dio explicaciones ni mostró ninguna forma de arrepentimiento.mutilados. y otras distracciones. de apellido Lema. si acaso creía que el mundo se había curado o que su mensaje había dejado de tener impor- tancia. Esa misma noche caminé y caminé sin rumbo. y ya nadie volvió a hablar de las vacas muertas. Después vino la sequía. y se dejó arrastrar por salas de espera de juzgados y hospitales y calabozos de comisaría. Nunca estuve tan cerca de decir la verdad. armado con una llave inglesa. y la avioneta que cayó en el cam- po de los Ruiz. el filo envuelto en papel de diario. No fue necesario que preguntara nada. Actué sin pensar. Vidal casi nunca venía al esta- blecimiento. Vidal se sentó junto a la ventana y se quedó ahí. Una noche. Lema. y más de uno a esa altura me respondía: a quién le importa. pero no lograba interesarlos. dejé caer el bisturí en la herida. El nuevo comisario.

El día anterior el viento había tirado el alambrado y que- dó ganado suelto en el camino. donde nadie lo conocía. antes tan ajeno. pero el veterinario. aceleró contra las formas lentas y oscuras que lo esperaban. Hablaban con frases sin terminar. Nada supimos de Vidal durante cinco años hasta que lle- gó la noticia de su muerte en un accidente automovilístico. fuera cual fuera su destinatario. Fue en la ruta. Los animales se avistaban a lo lejos. y que hacía falta un último sacrificio para hacerlo legible. ahora formaba parte de algo que nos involucraba. como si supieran que el misterio. no había sido lo bastante claro. del otro lado del río. una noche clara después de una tormenta. Acaso pensó que el mensaje. en lugar de frenar la marcha. Yo volví a mi silencio: había vuelto a tener mi secreto. En el bar se volvió a hablar de las mutilaciones y cada uno barajaba los distintos motivos que podía haber tenido el veterinario.casa y se asentó un poco más al sur. Pero todos hablaban con una rara cautela. 17 .

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Con tinta sangre Juan Sasturain 19 .

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ella ríe y brillan su dientes en la penum- bra. de a dos.. las estrellas son bajas. –No entiendo los mapas. la escribiré con sangre / con tinta sangre / del corazón.. Y cuando recuerdas todo está más lejos. es algo vivo. la penúltima luz de la costa antes del faro de Santa Bárbara. “. con un puñado de dólares para la complicidad de la guardia y un poco más. chico. el espacio abierto desparrama las voces y la música se deja llevar de un lado a otro de la isla. En el recuerdo.. Nuestro juramento En tu recuerdo es más fuerte o cercano el sonido del mar. No hay tantas luces como ahora. el Caribe se mueve en la oscuridad. Eso pasa solamente en los mapas..” Julio Jaramillo. –No es lo mismo –porfías–. el resplandor rojo contra la noche tropical. En New Orleans o aquí. Este camino que se escurre fácil ahora bajo las ruedas y te deja pensar era más largo: casi cinco kilómetros andando bajo la luna entre risotadas y empujones por el malecón hasta el Guayaba Club.. Santa Bárbara está más oscura y vacía en la memoria. En tu recuerdo los uniformes blanquean cada noche a lo largo de la ruta costanera todavía de pedregullo. Te esca- pabas de la base. las no- 21 . un gran animal echado que murmura y se agita en sueños más allá del malecón o a los pies de la terraza del club donde ella dice: –Piensa que es el mismo mar. –Son una cosa grande y celeste con algunas excepcio- nes. de a tres cada noche. En el recuerdo también está más fresca la noche.. se escapaban agitados. hay rachas de olores vio- lentos a pantano.

Pero el olor es igual. pero no oyes nada aún. Acaso porque aún no está todo preparado para recibir a los habitantes de la noche. –Buenos días.. apellidos en tres o cuatro idiomas. Te entrega una ficha nacarada que reconoces y por el numero bajo y gastado sabes que eres de los primeros clientes de la noche. Entras al club como a una iglesia. nada que no sea olvidable ha cambiado pero la sala semivacía te resulta pequeña. –saludas ritualmente. Adentro. Pero estas mentiras te interesan menos. señor – te corrige formal. Los tuyos también.. Te detienes un momento ante el resplandor opaco del neón que pone Gua- yaba en rojo. Tal vez algunas de las sillas que esperan todavía invertidas sobre las mesas más lejanas tengan las patas flojas y acaso en el pequeño escenario donde alguien se prodiga con cables 22 . el latido unáni- me de una esponja. la reconoces. No tiene por qué saber que el saludo era la contraseña trivial para hacer la noche más joven. exagera como antes. vieja y demasiado pintada que recoge tu impermeable en el guarda- rropas apenas si levanta los párpados. El colorido portero que aún no ha terminado de abro- charse la librea es joven y otro: –Buenas noches. la fiesta interminable. Deberías escuchar una mú- sica que antes sentías brotar del edificio blanco pintado a la cal entre los arboles.ches sucesivas que evocas como una sola. mi sargento. y no sólo eso. Por la ventanilla del automóvil sientes la misma antigua brisa que erizaba de excitación tu nuca húmeda y rapada de soldado mientras es- tacionas en el raleado cercado de palmeras y hay demasiado lugar para un viernes. sin sonreír. parpadea Club en amarillo. Pisas la grava. como una respiración. La mujer gorda. Un cartel ofrece atracciones desconocidas. Los ho- rarios de Santa Bárbara han cambiado en tantos años. aunque ha de ser temprano.

/ Pero mucho más. vacilaba hasta quedarse allí. como si caminaran sobre el teclado en puntas de dedos. Primero era sólo la voz. y el ritmo que la sos- tiene vibra en un escobilleo lento sobre el parche más tenso. –Caballero.. diferente de aquella intimidad. prometiendo rencor.. Y allí. así. la limadura de vidrio. sientes que te queda holgada... diciendo. y la piel se te afloja. se derramaban mentón y cuello abajo. la acari- ciaban chorreando el cuerpo nuevo y sabio que se hamacaba sólo lo necesario. No ha cambiado demasiado. Te han sacado del recuerdo con voz profunda. y luego entraba ella. En tu recuerdo ella casi balbucea. como si alguien acariciara un gato electrizado a contrapelo. todos res- piraran. Ella apenas movía el extremo de la gruesa tela car- mesí y se deslizaba como por un suave tobogán hecho con su propia voz hasta quedar en el centro de la luz.y micrófonos haya menos espacio... separados como suspiros. junto al cor- tinado. Te das vuelta y es él. El spot la buscaba. como si fuera papel húmedo que se va secando al sol de su voz: Y bésame así/así. Almita. entraban los acordes bajos. Piensas que el sonido de todo eso debe ser muy fuerte ahora. inolvida- ble.. esperando ternura en letras de bolero. Almita Velázquez no cantaba: las palabras se caían apenas de su boca. aquel susurro: Acercate más / y más y más. Los 23 .. /como besas tú.. Y recuerdas. que ponía Johnny Spinoza para que ella respirase.. saturado como está por una batería de demasiados parches y parlantes grandes como armarios.. gotea despacio y espaciado en las tumbadoras y fluye en esa maraca rumorosa que Almita acuna contra su pecho mien- tras hace susurrar las semillitas rojas y verdes que imaginas en su interior..

como si ayer no fuera hace veinte años. Se acerca. y los gordos. 24 . cómo. –Whisky doble. lejos de él y de la caja.. no llegan. –Es temprano –interpreta él y se ocupa clásicamente de limpiar cosas limpias. te da la espalda un momento. que se mueve lenta por la corredera. Te encaramas en el último taburete. –Bien. Milpalmeras. Ni un gesto. –Es muy tarde –murmuras.. los gruesos y apresurados anteojos te han convertido en otro hombre. blanda y sin agujeros. Te sirve una medida generosa..mulatos envejecen raro. nada que indique que te ha reconocido. El bigote espeso y oscuro. –Bien. como en un estuche que le queda cada vez más justo. y te mira como si tuvieras la cara un poco más adelante: sus ojos no te tocan. –No hay nadie –dices casi sin pensar. acierta y no pone hielo. –recomienza. Es una gran bola de bowling. Ha cambiado la vieja camisa estampada que le dio el apodo por un esmoquin morado que hace años no puede abotonar.. –¿Cómo anda todo? – dices casualmente. negra. y lo miras deslizarse por el estrecho espacio entre la barra y la fila de botellas como en una trinchera. El Milpalmeras ocupa más lugar que antes tras la barra. Esta ahí. el busto de un emperador romano menor en un pasillo del Louvre. ya viene. –Caballero. Pero no te ha oído. Y tú. No sabe quién eres pero te tutea. el cabello ralo y largo. rasgo de oficio. Mientras descorcha el Old Black te miras en el espejo entre botellas semillenas. Es la vieja mirada de barman.

a tus espaldas: –Esa chica también es buena. Solíamos venir con los compañeros todas las noches.. Ante dos o tres mesas ocupadas. asegura que no y no. cuando cantaba Almita Velázquez. Ni siquiera te vuelves.. –y te expones como la luz cenital como un pez de acuario. seguro. –Eso está muy bien –dice. Crees recordar.. mujeres y botellas. –No me reconoces. cuando levantaron la base ameri- cana. Hay una mesa ruidosa de soldados. –Almita..... 25 . –¿Tú estás aquí. –No como Almita –dices y adelantas el vaso. Y se la señalas como a un niño en el retrato coloreado donde muestra antiguas piernas junto a galanes cantores de bigotito recortado y combos con blusa floreada de mangas anchas. –Soy uno de éstos. Pero él no quiere. –dice.. –Mal. sabes. Notas cierto brillo contenido en sus ojos pero él agita la cabeza. –Piensa. la miras por el espejo.. –y te empinas el whisky con decisión imposta- da–. pero acostumbrado. No sonríe. claro. –asiente Milpalmeras y desvía la mirada hacia el escenario. Milpalmeras. La escuchas hasta que llega al estribillo. y crees recordar que sonreía. una rubia muy joven co- mienza a decir The Man I Love con los hombros desnudos y las manos perdidas en el piano. Buscas bajo el vidrio de la barra entre las fotografías que registran la desordenada historia del Guayaba Club.. chico? –Ahá. Son de- masiados. –dices. en el sesenta... frasea prolijo.

a veces. Te sirve y te deja la botella cerca.. Era demasiada mujer.. El mulato va de las piernas de Almita a tus palabras. por primera vez–. exactamente: –Bradley era un pendejo. –sentencia–. Bill Carter. –Erais varios de New Orleans.. a mano. La barra está vacía.. Y no para él. dos centímetros detrás de tus cejas. a lo que recuerda o no de Bradley y menea la cabeza: no te cree.. Asiente pero no te recuerda.. –Claro.. Des- vías la mirada en el espejo y te encuentras otra vez con las piernas de Almita. entonces. Milpalmeras. Lo miras a los ojos: –Carter. –¿Cómo te llamas tú? – se atreve.. Tuvo su momento pero Almita le quedaba grande. pero llegarás. Te empinas el whisky otra vez y no llegas al fondo. Grande de vida. Tal vez no era para nadie.. –Sí.. 26 . de Bradley Ortiz. ¿Qué ha sido de él? ¿Lo ves tú? –Lo veo. chico. –Bradley estaba enamorado de ella... de edad. De él sí me acuerdo. Se hace un silencio breve luego del último acorde del piano y la rubia se dobla en una reverencia exclusiva para juntar del suelo los pocos aplausos que le han tirado.. –Bradley. –Tampoco –confirma y se arrepiente de inmediato –. creo recordar.. chico. –Tampoco para Johnny Spinoza. No era para nadie. Por primera vez le ha cambiado la mirada y ya no mira delante de ti sino más atrás. Demuestras vocación de ser preciso: –Yo era amigo de Bradley. –se ilumina apenas.

. chico.. Sentía que el viejo Johnny Spinoza no podía ser un obstácu- lo entre los dos.. –tratas de convencerlo con golpecitos de tu vaso otra vez vacío contra el vidrio–. La gruesa mano del barman te cae sobre el hombro con el peso de una confesión.. Y mírame ahora. sabes. nos embarcábamos muy temprano para Ma- racaibo. y no a cualquier mo- mento sino a uno en particular que no es necesario nombrar.. Estás a punto de preguntarle cómo y por qué ha pasado de la camisa al esmoquin pero no te dejará: –¿Sabes que murió en mis brazos el muy cabrón de Jo- hnny? Claro que lo sabes: –Me lo ha contado Bradley. casi mi padre. que en reali- dad has venido por eso y para eso al Guayaba Club después 27 ... –Esa noche. la som- bra de un pájaro ante los ojos del mulato: –Johnny no era un obstáculo.. En la pausa que se produce sientes que cada uno vuelve secreta y vertiginosamente al pasado. –¿Estabas tú? –te interrumpe.. Él me trajo aquí de lavacopas cuando yo era una mierdita... Él había jurado que no se iría sin ella. sin embargo. Un “obstáculo” dices.. Ella era su mujer y él era mi amigo. –y la palabra se dibuja en los labios del Milpalmeras como si la amasara para hacer un globo con ella–. cruza como un pájaro.. Lo ves.. Al decirlo sientes que estás por tocar fondo. muchas veces. – dices.... Está hablando de algo de lo que no suele hablar y le interesa que lo sepas. leve y duro a la vez. Milpalme- ras. –Mírame ahora –te invita otra vez.. –Estaba con Bradley pero me fui enseguida porque había que madrugar. Ella le había prometido que. Bradley estaba dispuesto a todo. Algo.

Para retener a una mujer como esa Johnny tuvo que pelear con ingenio. Te levantas del taburete. –Tinta. Eso era lo que Jo- hnny quería decir o al menos dijo aquella noche. El cuero del tapizado es viejo y la mesa tiene muescas que la mugre y el tiempo han equívocamente prestigiado. junto a los lavabos... –Tenía imaginación. sombras en la madera. –reitera Milpalmeras–.de tanto tiempo.. –Tinta. No te dará tiempo a la objeción. Sabía qué inventar.. El mulato regresa caminando hacia la barra agitando la cabeza y no sabes si sonríe. casi al fondo. –No es muy imaginativo morirse. –te explica casi pa- ternal–. apenas esboza una dirección con el mentón.. la tenía.. Insistes en los detalles: –¿Cómo fue en realidad. llora o simplemente se balancea como un oso escéptico o memorioso. 28 .. Él mueve los ojos. Pareciera que una curiosidad casi morbosa te lleva hasta allí. ha abandonado la barra para acompañarte y señala el suelo jun- to a tu pie. chico. Carter: ahí están todavía las manchas –y te mues- tra los borrones oscuros. Milpalmeras? ¿Dónde estaban sentados esa última noche? –y giras tu cuerpo y tu mira- da por todo el salón. pero te indica sin dudas el último reservado. Todo ese sector del salón está vacío. como buscándolos en el lugar y en el tiempo. el Milpalmeras ya está a tu lado. chico. Cuando te vuelves a acordar tienes otro doble servido y el Milpalmeras empina su propio vaso: –Johnny tenia imaginación. –Sangre. Cuando te das cuenta. él sabía cómo y supo ganársela. a un costado del asiento: –Mira..

.. sabes. está más atento a su cuidadoso recuerdo: –Piensa que Johnny Spinoza tenia sesenta años cuando encontró a Almita. y ya había sido muy famoso. Pero ganó mucho dinero.. Y verás lo que 29 . con la moda de la salsa y todo eso. todos le grababan. Javier Solis. una astilla dura en el sólido cristal: –Bradley creyó. ella lo había abandonado o estaba por dejarlo por un galán de la televisión portorriqueña.. Y yo lo he visto todo aquí.. Todos estaban locos por ella y Johnny lo sabía. Es como el reco- nocimiento de una verdad que no sospechabas tan impor- tante o tuya.. Este club se lo montó con el dinero que cobró de los gringos de la CBS. chico. –dices como si temieras apagar una vela al hablar... cuando compuso el bolero Lágri- mas de hielo. Te parece descubrir algo nuevo en la voz del Milpalme- ras. Ella no se levantaba así del suelo cuando él ya tocaba con Cugat o grababa con Manzanero al principio de todo. oye. Lucho Gatica.. Cada vez que ella lo chantajeaba con dejarlo. generosa raya de cocaína en el dorso de la mano. usaba la imaginación. Prieto. Hoy ya no se es- cuchan casi. –y el bar- man carga una ilusoria.. Los Panchos... Claro que nada alcanzaba para ella en aquella época. Una vez. Asientes. esnifa y parpadea–.. –Ella.. Almita estaba muy pasada de todo.. Johnny era un artista. más de cien boleros compuso Johnny. chico. pero es apenas un quiebre. –Hasta que la perdió... esa noche. chico. casi insensiblemente asientes. No le alcanzaba el dinero de él y necesitaba otras fuentes. te digo.. que ella quería o podía irse con él. otros hombres de recursos. Pero el mulato ahora ha cambiado de tono y vuelve a zonas más blandas: –Johnny tenía imaginación. No te oye. Carter.

diluye el tiempo para ti.... Canta la primera parte con esa voz cascada y suya..... así. Por una mujer como Almita había que pagar caro. –Y Bradley se volvió solo a New Orleans. El Milpalmeras monta la escena con dos gestos. y mientras ella está bebiendo le dice: “¿Sientes un sabor salado?. le pone dos cubitos y empieza a jugar con los acordes. de una subasta en Hollywood. nena. no sé si serían los verdaderos pero el petrolero se volvió solo a Dallas.hizo Johnny. chico.. 30 . Se llamaba Deberías dejarte los guantes y para la noche del estreno le trajo.... los guantes que usaba Rita Hayworth en la película aquella con el Glenn Ford.. –Una tarde Johnny trae la partitura con la letra del bole- ro nuevo y va al piano. Y ella lo puso a prueba.. –y lo del mula- to no es una opinión sino un diagnóstico–... lo hace presente. Bah. Es como si estuvieras amaestrando a un lobo. estar dispuesto a perder algo.. –Y cuando se iba a ir con el petrolero le hizo otra can- ción –insiste el barman–. Una semana antes de esa noche le pidió la medalla que el chico llevaba al cuello para hacerse un pendiente de oro. sabes.. –y los dedos del mulato van y vienen por el borde de la barra–. Son mis lágrimas.. Las he derramado y conservado para ti. Terminó el bolero y ella se quedó dos años más. –Tu amigo no aceptó las reglas. a una ser- piente distraída que no acostumbra hacer lo que esperan de ella. Milpalmeras se emociona y tu sientes el whisky curiosa- mente amargo o salado quién sabe por qué lágrimas. ingrata”. –Lo sé –dices. la invita a sentarse con él. y en realidad lo sabes–. –le insinúas trayéndolo a la noche que te interesa. le ofrece un whisky doble como el suyo. Carter.

Te arrepientes de haber usado la palabra “chico” pero ante la mirada entrecerrada del Milpalmeras sigues adelante. –repites y le arrebatas la mano... suelo enterarme tarde y mal al día siguiente.. Tú sabes... entrecierra los ojos. se apoya en un puño: –¿A qué viene todo esto. –Para Bradley el amor no era un forcejeo. una cuestión de fuerzas. servida en la barra para beberla como una cicuta: –Bradley le dijo que le pidiera cualquier cosa pero que esa era una medalla de su madre. Bradley estaba muy turbado. Milpalmeras. una pulseada. Los soldados tienen algo con la madre que nunca.. –Un pulso –parece admitir el mulato. Siempre me he ido demasiado temprano a dormir y me pierdo las mejores histo- rias. la desmesura–. Y sabes qué hizo. Descubres en la expresión del Milpalmeras que no en- tiende. apoyas su codo y el tuyo sobre la barra y haces fuerza por doblegar ese trozo de hierro que se oculta bajo la manga del esmoquin. era un muchacho y no concebía la idea del amor como si fuera echarse un pulso. ella lo llevaba a terrenos desconocidos. decía.. Carter? ¿Qué quieres saber? –Cuéntame esa noche.. y hablará con la certeza de que lo miras hablar: 31 . Le dijo que si él era incapaz de entregar una sucia medalla por ella había quién era capaz de arrancarse los dientes de oro por complacerla... Pedirle esa medalla era una prue- ba de amor. El barman te mira. Lo explicas y es como si la duda de hace veinte años estu- viera allí.... Milpalmeras.. Te observa sabiendo que estás atento a sus palabras. toma distancia de ti. –Un pulso. Y él dudó. Para Almita sí. –y haces la pausa para darle espacio a la atrocidad. Pero ella se burló.

Y decidió buscar al hombre. donde siempre la esperaba. pequeñito. –Así.. Y pensó que esa vez la perdía... Es el dueño de la historia. Johnny sabía lo que eso significaba y entonces se jugó todo..... Me quedé un rato. chico.. algo borracho. Carter. Ahí fue a buscarlo Johnny. siquiera de una tibia amenaza. Johnny sabía quién era ese soldadito pero no le habló cuando lo vio en la barra junto a los de- más. tan temprano y con el pendiente que brillaba como un desafío contra el pelo negro.. –dice e insiste en fregar ensimismado esa barra vacía e impecable–. O mejor dicho: primero habló conmigo y después fue a la mesa de Bradley dispuesto a impresionarlo. Milpalmeras. cuando me fui a dormir. Bradley estaba aún aquí... –el brazo se detiene como una flecha indicado- ra en la dirección correcta–. según me dices.. el orgulloso y equívoco testigo: –Johnny era incapaz de un acto violento. –A Bradley... Tú estabas. cuando ella empezó a cantar. apostó una vez más a su imaginación.. –El pendiente... –y el barman te incluye en su relato–. bah... El mulato extiende el brazo y traza un arco. –Eso: a Bradley. Así que montó un número especial 32 . Johnny estaba improvisando en el piano cuando lo vio lle- gar.. chico. –Fue muy raro lo que pasó esa noche. que Bradley siguió bebiendo en el reservado que ya sabes. –¿Dices que lo amenazó? El barman ya es algo más que el narrador. –indica el Milpalmeras como si gra- duara la medida escasa de un valioso licor–.. a hacerlo renunciar. un itinerario en el espacio y el tiempo: –Fue después.. Asientes: –Y te recuerdo particularmente serio.

–¿Y se mató. mojando la pluma en su propia sangre.. comenzó a escribir: “Este será mi mejor bole- ro.” decía. Porque lo habíamos arreglado todo con Johnny. se apoyó el arma en el vientre. después aparecía yo y lo espantaba con la excusa de la policía y el escándalo mientras Johnny se quedaba tirado ahí.para el soldadito. desangrándose.... Fingió no saber con quién se sentaba y be- bió con él... sabes. No necesita estímulos. le indicas con el gesto que eso ya lo sabes. Hasta que en un momento dado sacó un estilete y se hizo un tajo en la muñeca. sobre una servilleta de papel.. Carter.. contó y lloró como ante un confidente ocasional su mal de amores.. Y para mí. hizo un gesto desesperado y sin que Bradley pudiera hacer nada. Ahí mismo. Te interesan más la mano y su dueño. lo fue ablandan- do.. Asientes. El Milpalmeras es un narrador desbo- cado: –Johnny comenzó el acto final de su número. la hundió y cayó de costado. El mulato enarca las cejas. chico. Un buen tajo. va creciendo un contrabajo y las palabras del Milpalmeras serán para ti como la letra de una canción que no tiene tonada todavía: –Fue demasiado para el chico también. hace la pausa final y llena otra vez los vasos sin una palabra. Car- ter.. El chico estaba blanco del susto. Hasta que en medio de la escritura Johnny agarró el estilete... hasta que llegara 33 . Milpalmeras? Eso es demasiado bolero para mí. El piano ha vuelto a sonar a tus espaldas. Te quedas mirando el dedo que señala el lugar y no el lugar. falsamente malherido.. le habló de los boleros. sabes: él lo asustaba al soldadito lastimándose un poco en el vien- tre. Sacó una pluma que llevaba en el bolsillo de la guayabera y ahicito no- más.

. mi amor. o una burla final de Johnny. “No... un error de cálculo tal vez. 34 .... sabes. describir la gradual revelación de la muerte con la displicencia de un forense de guardia que recorre los pasillos de su propia me- moria: –Enseguida me di cuenta de que algo andaba mal. lo empuje a Brad- ley que se tambaleaba borracho y perplejo para que se alejara y me agaché junto a Johnny para preparar la comedia. Es un na- rrador especial. a decirle lo de la tinta en un murmullo. chico. y en ese momento él abrió mucho los ojos. que no lo sabes todavía.. Sólo es tinta. chico... Almita se asustó y yo también: él no fingía. se iba.Almita a su lado y él pudiera montar la escena final. como si no lo creyera.” le diría él con un hilo de voz antes de fingir desma- yarse y dejarle entre manos un bolero recién sangrado de su pulso.. Tanto que cuando apareció ella y lo abrazó. –¿Qué escena final? –Imagínate: “¡Esto es sangre!” diría ella cayendo junto a él. chico. Y demasiada sangre... Carter.. Entonces me incliné sobre él.. dotado para el grotesco como tú. junto a ella. O si –te dice ya sin pesadumbre–.. Carter. Y ahí vi el estilete.. corriendo. que sobresalía tanto así de la camisa.. Era una buena idea.. Cuando llegué. comenzó a recitar su libreto. Algo había fallado.. arrepentida y entre lagrimas. en un charco de sangre. Porque él parecía tranquilo. El Milpalmeras no quiere... hizo un ruido como de cañería y quedó muerto ahicito nomás... –¿Qué hicieron los demás? –Cuando me di vuelta tu amigo había desaparecido. El barman puede contar el acceso al espanto. No puedes sonreír.. –Pero esta vez no funcionó.

. chico.. así quedado es mejor elegir cómo pagar. Al decírtelo ha cambiado por tercera vez en la noche la 35 . entonces insistirás: –¿Cómo te lo explicas. que me engañó.... Milpalmeras? Se va. y quiso demostrárselo a ella... Mira.y hay que pagar... y a mí también. Y supo decírselo por última vez sin esperar la respuesta. como si fuera una noticia fresca–. Ella siempre se cobra. qui- so quedarse con la última palabra. otras cicatrizan.. No puedes decir nada. a mí. –Lo sé. los recuerdos. chico: con el tiempo. a tu amigo incluso. Almita se quedó largo rato tendida sobre él. por todo hay que pagar en la vida – prosigue el Milpalmeras sin oírte–.. Johnny estaba enamorado. algunas se borran. Te quedas rígido.. porque. Pero no parece dispuesto. Dejas que se haga una laguna de silencio. Pero algo dices.. –Te he dicho que soy Bradley –repites y te quitas los an- teojos como si te desnudaras. esperas que él siga adelante. las heri- das y las marcas de la juventud cambian de sentido.Y nunca más volvió por aquí. sin embargo: –Bradley. borroneado con sangre y más sangre ilegible. seguramente –te inte- rrumpe–.. Él sí que lo estaba.. Con cualquier pretexto te deja solo y se afana du- rante unos momentos en el otro extremo de la barra con clientes que no lo necesitan. Hacen trampa: a ella.. sollozaba y apretaba el bolero recién escri- to. –Bradley soy yo. –dice al vol- ver.. Nunca lo pudo cantar. –Oye.. sabes. –Él te habrá contado otra versión. Eso es lo que tienen los cabrones suicidas. –.

Milpalmeras?.... Deberíamos estar muy locos para hacer esas cosas. En ella no. ¿no crees? La sonrisa se convierte paulatinamente en risa franca.. Pero creo que en estos años me he hecho otra versión de esa muerte. histérica. –balbuceas. ni más acá ni más allá. Y ahora volvía. No se le mueve un músculo del rostro cuando te dice: –¿Por qué lo habría de hacer yo. 36 . –dice–. tal vez alguien lo ayudó a último momento con el estilete. Aquella noche había de- jado de hacerlo. tal vez no fue un error de cálculo. –Eso es cierto. Él ha hecho lo po- sible por evitarlo pero tú sientes que insistirás.. Te has quedado mirando... No piensa contestarte eso. –¿Piensas en ella? –No. esa boca que recor- dabas brillante en la sonrisa de oro y que ahora es un oscuro hueco devastado por violencias de amor y de extraña locura: faltan dos. –Lo sé desde el momento en que llegaste. –Demasiados boleros –repite. ni bien ni mal–. No piensa hablar más. No de- berías tampoco preguntarle por ella. hipnotizado.profundidad de su mirada. Milpal- meras.. Pero no oyes lo que dice. Tal vez no se suicidó. Comienza a sonreír. una vez terminada la comedia. que le descubre por primera vez la boca. tú lo dijiste. ¿Qué quieres? Todavía estás a tiempo de detenerte.. –¿Cómo pudiste.. Milpalmeras. Levemente. que es inútil pero insistirás: –¿Qué quiero? No sé muy bien qué. –y es cierto que no lo sabes. Bradley? –Tal vez por ella: todos estábamos locos por ella. tres dientes de oro allí. Ahora te mira al centro de las pupilas. cuando estaba en el suelo. Demasiados boleros.

Te señalará el guardarropas. como hace veinte años. te aconsejará que des por perdido el impermeable pero que no vuelvas a mirar esos despojos de mujer que no quisiste reconocer al llegar. 37 . Han apagado repentinamente casi todas las luces y en el Guayaba Club. el spot busca a alguien en la oscuridad.

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Un error de Ludueña Elvio Gandolfo 39 .

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accionando palancas en la máquina 41 . el pelo muy negro y bien peinado hacia atrás. La dueña es pequeña. sentada en un sillón de mimbre junto a la puerta. tres arrugas pro- fundas en la frente si levanta las cejas. Mira la hora en la torre de la iglesia cercana. cruza el patio. se aparta del espejo y se escruta con cuidado. cerca- no a los cuarenta años. Nunca le preguntó a Ludueña en qué trabaja. se oscurece el tono de las paredes. Vive adelante. Llega al bar de Malabia y Bunsen con cinco minutos de adelanto. de pelo blanco. Mientras se acerca al centro el tráfico se espesa. Aunque está perfectamente peinado. ojos como botones de vidrio negro. atraviesa el corto pasillo que da a la calle y saluda a la dueña. desapare- cen las sillas o la gente parada junto a la puerta. sabiendo de antemano que Gonçalves no está. crece el ruido. Mientras esquiva con lentitud las mesas y las sillas alza una mano y el mozo. inmóvil. Ludueña se pasa un peine por el pelo. mira distraídamente el limonero al pasar. una boca delgada. lo guarda en un bolsillo del saco. Tiene tiem- po. ni intentó averiguar sobre la vida anterior o externa a la pensión. Luego toma un pequeño fajo de billetes que hay sobre la cómoda. Ella contesta mos- trándole por un instante la dentadura blanca. encaramada a una estrecha escalera de metal. perfecta. Por las dudas pasea la mirada sobre las mesas. en la casa propiamente dicha. La mesa de siempre la ocupa una pareja joven. decide ir caminando. Ludueña le agradece con una cortesía cercana a la amistad. Si se mira al espejo ve un rostro delgado y oscuro. I Ludueña vive en la piecita que está al fondo del patio. Elige otra junto a la ven- tana.

en plena siesta. Ludueña no puede evitar mirarlo con simpatía. Los ojitos de Gonçal- ves lo enfocan aun antes de entrar. mien- tras va hacia la mesa con una decisión muy distinta al cal- moso balanceo de Ludueña. envuelto en una nube de vapor. con un bigote fi- nísimo sobre la boca delgada y estirada hacia atrás en las puntas. –Lo llamé por un trabajo. –Bueno. Cuando llega el mozo Ludueña parte la medialuna en 42 . –Hace dos meses que no me muevo– dice como para sí mismo. En esos pocos instantes re- cuerda la extraña urgencia de Gonçalves. esperando los cafés. Gonçalves se sienta con tres movimientos secos. ya vemos –Ludueña hace un gesto al mozo y pide dos cafés y una medialuna. tratando de convertirse en sonrisa. y la mueca escéptica se acentúa un poco. –Y pico –agrega Gonçalves–. A Ludueña le es imposible imaginarlo sin el impecable gabán a cuadros y el portafolios bajo el brazo derecho. Saca un par de anteojos del bolsillo. Mientras apoya la espal- da contra la silla y estira un poco los pies bajo la mesa. Es un hombrecito perfecta- mente proporcionado en su pequeñez. como haciendo una mueca escéptica. Lo último fue lo de Bru- gueras en Brasil. aumentando la sensación de nitidez del rostro.express. levanta las cejas y sonríe un instante. se los coloca y los ojitos se agran- dan. mirando la ca- lle. Gonçalves entra a las seis en punto. hace un rápido cálculo mental. Quedan en silencio. el llamado a las dos de la tarde. la voz delgada de la dueña gritando su nombre desde el patio. moviendo de vez en cuando la cabeza para alargar la imagen de alguna mujer.

varios trozos y hunde dos o tres en el pocillo. Hace doce años que trabaja. Espera. quince. Aguarda con un leve temblor del bigote. Bien pago –se detiene en seco y mira fijamente a Ludueña. moviendo me- cánicamente la mano que revuelve el café. Ludueña enciende con lentitud un cigarrillo. como si estuviera viendo un espectáculo inde- cente. Ludueña asiente. que forma un remolino microscópico a su alrededor. esporádicamente. Gonçalves echa dos terrones de azúcar en el suyo y comienza. –El trabajo propiamente dicho sí. el grupo que lo con- trata no. Así como él no puede evitar la simpatía cuando ve a Gonçalves. –¿Terminó? –pregunta. Dentro del país. –¿Es nuevo? –Regular. y para disimular se frota los ojos. Más que nada es distinto. Revuelve un poco y los alza con la cucharita. sin soltar la cucharita. No sé cuántos en el grupo que paga. Unos dos años. Gonçalves no puede evi- tar el disgusto ante lo que una vez llamó la “maldita manía” de Ludueña. sin sacarla del líquido. Ludueña mira hacia la calle. con Gonçalves. Lo depo- sita sobre el plato y espera. como si los tuviera cansados. Se vuelve a calzar los anteojos. –Es un trabajo grande. Vuelven a quedar en silencio. –En el trabajo. Gonçalves deja la cucharita a un lado y vacía el pocillo con dos sorbos rápidos. “El chi- 43 . –¿Cuántos intervienen? –pregunta sin apartar los ojos de la ventana. se saca los anteojos. –¿Tiene algo que ver con lo que hice anteriormente? Gonçalves inmoviliza la mano que revuelve. revolviendo lo que queda del café.

Ludueña espera un mo- 44 . –¿Tengo que decidirme ahora? –No –dice Gonçalves. junto al fajo de billetes. piensa.” Deja escapar el humo por la nariz. más cansado. Levanta un trocito de medialuna del pla- to y lo mordisquea. y tiene un aspecto más humano. con una dirección y una fecha anotadas con su letra pulcra y precisa. Pero es la primera vez que lo noto ner- vioso. Un poco más pesado. Abre la puerta y su pequeña estatura desaparece de pronto en la corriente que desfila afuera. –No. “así que el trabajo no debe ser inaceptable. –Lo invito a comer –le dice a Gonçalves. aliviado. –No puedo hoy.quito me conoce los gustos”. –De acuerdo –dice Ludueña. Abre el portafolios y saca una tarjeta. Esperaba otra cosa. –A las doce y media. Con la otra mano apaga el cigarrillo en el cenicero. Aunque parece querer que lo acepte. y la guarda en el bolsillo del pantalón. que se ha sacado los anteojos. Rápido. Gonçalves aparta la silla. –La memoriza y la tira. –¿En el Santa Rosa? –Sí. –Manejar un coche. Se adelanta un poco. Deja de sonreír. –Perfecto. “Debe ser algo nuevo. Luego llama al mozo. bien y en condiciones di- fíciles. Tal vez el sábado. con los ojos enormes tras los cristales. Ludueña sonríe.” –¿Qué hay que hacer? Gonçalves parece despertar. –¿Como en Paso de los Libres? –pregunta sonriendo. toma el portafolios y parte.

Vuelve a balancearse entre las me- sas. Ya está trabajando. unas pocas botellas sobre los estantes. Sonríe. Hay dos mesitas desparejas y chuecas y cuatro sillas de distinto tamaño y color. sin tratar de ganar su simpatía. el balanceo que lo acerca. Murmura “Ah. sí. con una barba de tres días. espere un momento”. destruida por las raíces. Ludueña distingue ahora un patio con ropa colgada e in- numerables macetas con plantas de hojas anchas. paga y se levanta. Los movimientos lentos 45 . no se mue- ve un milímetro. Decide regresar caminando. La puerta se abre chirrian- do dolorosamente sobre un local angosto y largo. No lo siguen. Al menos no ve a nadie sobre la vereda despareja. El piso de madera está astillado. por las dudas. II Se descuelga del ómnibus tres cuadras antes. Se limita a medir la camisa de Ludueña. Tarda casi medio minuto en moverse. El hom- bre acodado sobre el mostrador. la calva sucia y los dientes amarillos de nicotina. Mientras camina por la ancha calle arbolada mira dos o tres veces hacia atrás. la peinada impecable.” Es un bar viejísimo. Luego arrastra los pies hacia el fondo. Hay un mostrador con escaño de bronce a la derecha. “A lo mejor ya acepté. que filtran la luz en tonos verdosos hasta transformar el aire en una masa semejante a la del bar. destrozado en algunos sitios. cuidando algunos detalles. No han pasado más de quince minutos. Los vidrios tienen mugre de años y apenas dejan ver el interior. suculentas. –Vengo de parte de Gonçalves –dice Ludueña con serie- dad.mento.

El muchacho duda.” Deja la idea flotando. Me gustaría saber exactamente cuál es el trabajo.” –Está bien –dice el muchacho. como si los tendiera sobre la mesa–. los datos de Gonçalves. piensa Ludueña. –Algunos datos –dice Ludueña. Y por último el precio. de piel blanca y espeso bigote. de alguna manera desentona aun más que él dentro del bar. Donde él dijo que tiene que manejar un auto rápido y bien en condicio- nes difíciles. y los cita. nombres ni lugares. y amplía. no exagerada: como para vivir un año tranquilo. “Me estudia”. “nada más que para el con- tacto y este trabajo. Ludueña prefiere una caña y aprovecha la pausa para estudiar al muchacho. que es tragado por la oscuridad del bar. Se detiene como una rueda. lentamente. las manos. Los dos beben en silencio. explica el pago en tres partes. sin citar fechas. “Es como si estuviéramos ju- gando a los naipes. El muchacho la pronuncia con claridad. Le pregunta qué quiere tomar. piensa. Aunque tiene puesta una camisa gastada y calza chancletas. Lo invita a sentarse en las sillas tambaleantes e incó- modas.del hombre no tardan en desaparecer en esa selva doméstica. “Un refugio pasajero”. el recorri- do posible. sin confirmar: es tan posible eso como que haga años que el muchacho vive allí. Una buena suma. le mira el rostro delgado. transformado en silueta por la luz del patio hasta que está a medio metro de él y le tiende la mano. el muchacho explica las velocidades. Al fin el muchacho pregunta si Gonçalves le explicó. y espera. 46 . Al rato las hojas vuelven a moverse y durante un segundo Ludueña puede ver con claridad a un hombre joven. las exactas condiciones difíciles.

está bien. piensa Ludueña. “El clásico momento clave”. Ludueña se estira con el índice y el pulgar en el labio inferior. –Ahora. “La acepta- ción o la negación. 47 . –No hay elección. El muchacho se pone imperceptiblemente nervioso. –Me gusta trabajar solo –dice Ludueña con pereza. –¿Cómo saben que sirvo? ¿Que no voy a fallar? Es un tiro al aire.” –¿Cuándo será el primer pago? –pregunta para ganar tiempo. Con un acompañante armado. un tipo específico de mercadería). Y dice la última frase. –¿En el auto iría solo? –No. para ver cuánto saben. un lugar geográfico. Lo interrumpe dos años antes del trabajo anterior. Quedan otra vez en silencio. Ludueña ve desfilar todos y cada uno de sus trabajos anteriores. Apoya las manos sobre la mesa y mira al muchacho. evita cuidado- samente a la dueña y va a desayunarse al café de la esquina. Tiene que ir un acompañante. La respuesta lo sorprende. un nombre. “Ahora parece que estuviéramos jugando al ping-pong”. III El sábado Ludueña se levanta temprano. –Está bien. se rasca con una uña el pelo aplastado y negro. satisfecho de la firmeza del muchacho. El muchacho habla mecánicamente. –Acepto. piensa Ludueña. con voz neutra (una fecha.

“En fin. –Perfecto. Y el miércoles comenzará lo que el muchacho llama “entre- namiento”. haciendo breves comentarios sobre la calidad de la carne o el aceite. los limpia metódicamente con la servilleta y al fin. Compra un diario. Vacila. 48 . Desde las mesas surge el bracito de Gonçalves haciéndole señas. Llega al Santa Rosa a las doce y treinta y cinco. “Entrenarse a los cuarenta”. Me atreví a pedir un antipasto –saluda seña- lando un plato con rodajas de fiambre y ensalada rusa. o bajando a este mismo bar. Siguen así unos minutos. y al fin se sienta ante los anteojos y la mueca del hombrecito. abre los labios. sin sonreír. Luego discuten sin pasión el plato a pedir. se saca los anteojos. intercambiando informaciones o datos monosilábicos.” Más tarde va hasta el centro. –Calor –dice. En determinado momento Gonçalves deja los cubiertos en el aire. piensa. Camina entre las sillas. Deberá seguir con la rutina hasta el miércoles. dice: –Anoche estuve con Marga. a jugar un casín para matar el tiempo. mastican en silencio. inmóviles. con los ojos pequeños mirando la calle. Me parece muy bien –dice Ludueña mientras se afloja el pantalón y estira las piernas bajo la mesa. ahora envueltas en sombra. mirando el limonero del patio. sobre las mesas de paño verde del fondo. quieto en la pieza. Cuando llega. vuelve a cerrar- los. Apoya los cubiertos en el borde del plato.Mientras revuelve el líquido marrón. Deja el diario sobre el banco y sigue. Mastica algunos trozos de jamón y mira la calle. Elige un banco en una plaza y lee distraído la página de deportes. pierde la mirada en la calle vacía y piensa en el trabajo. –Qué tal.

Pero era como si Gonçalves hubiera borrado esa conversa- ción del recuerdo: no la tenía en cuenta. y pasaban a otra cosa. y café. Desde que se conocen. Gonçalves habla de alguna mujer. había permanecido con él durante casi un año. Lu- dueña volvería caminando. le pedía consejo a Ludueña. casi siempre en algún trabajo. Lu- dueña le explicó que había conocido pocas mujeres. “Cuando uno de los dos tiene ganas de matar al otro. El miércoles a las ocho pasa- rá a buscarlo a dos cuadras de la pensión. –El tipo se llama Rodolfo. 49 . siempre de manera fugaz. Primero detalla. se resguardaron del sol bajo el toldo de un kiosco. Sólo una de ellas. que contestaba generalidades que no venían al caso. sobre la avenida. Se encontraban. vuelve al reparo del toldo. no más de doce. Nos vemos des- pués. bajaba el cordón y trataba de ver el número de su ómnibus entre los destellos y los movimientos de los demás coches. le había dicho. hasta las muecas que integraron el encuentro. casi siempre distinta. Ludueña aprovecha la escasa visión del hombrecito para sonreír. cada vez que almuerzan o toman un café sin propósitos definidos. Cuando al fin lo distingue. Pero se habían separado. los distintos movimientos. las palabras. su opinión general o una elección entre dos opciones. Yo lo llamo. en una leja- na capital del norte. a una cuadra y media de dis- tancia. hay que largar”. Caminaron hasta la calle. contaba su encuentro con una mujer. Hace mucho tiempo. Al fin pidieron los postres. y una sola vez. El hombrecito daba dos pasos hasta la calle. Creo que el trabajo termina en veinte días. como ahora lo está haciendo. aunque a veces intensa. Luego se detiene y le pregunta a Lu- dueña algo sobre la mujer. le tiende la mano a Ludue- ña y habla.

“Cien kilómetros en un minuto. piensa. dentro del automóvil. Uno es el acompañante de Ludueña. Se apoya en la ventanilla y palmea el hombro de Ludueña. imagina los blancos móviles saltando en pedazos y. Detiene el coche en el punto exacto de partida. Frena gradualmente. al uruguayo tratando de concentrarse en las 50 . Ludueña le agrega limón. “Exhibicionismo”. Ludueña le sonríe y hace un gesto al bajar. Ludueña aprieta el acelerador y mueve con rapidez la palanca de cambios. aumentando la presión del pie a medida que el poste se acer- ca. Rodolfo destapa una botella de agua mineral y sirve dos vasos. IV El hombre rubio y alto baja la mano. Gira a su alrededor sobre dos ruedas y vuelve en sentido contrario. Afuera suenan varios disparos. No deja de hacerlo cuando esquiva tres señales pintadas sobre el suelo. Frena treinta metros antes. bajo la sombra de la casilla. sin permitir que el auto dé sacudones. Ludueña cierra los ojos. piensa. Habría que mejorar la acelerada inicial. Se sientan en dos si- llas de paja. Una mirada por el retrovisor le muestra sólo la enorme nube de polvo blanco que levanta el coche. El rubio está en cuclillas. Pasable”. Cien en menos de un minuto. Rodolfo se acerca corriendo. –Casi perfecto –jadea un poco–. Se concentra en el poste indicador. Afuera han su- bido otros dos al coche. El muchacho se aparta. Caminan hacia la casilla y entran. Soltó el pedal del freno en mitad de la curva y ahora aprieta con fuerza el acelerador. Cuando entran a la oscuridad del cuarto oyen el rugir del motor. Un vistazo al acelera- dor. Llega al punto de partida. Sintiendo el frío del vidrio húmedo contra la mano. Es el mo- mento clave.

Sólo lo- gra entenderse con el futuro acompañante. No ha manejado una en su vida. un poco más gastada. Cuando descansan intercambian algunas frases. tan distinta a las mil imprecisiones que habrá luego en el terreno real. mientras levantan dos vasos de la obligatoria agua mineral. uruguayo. 51 . “Así será”. se saludan hasta el otro día o dicen salud. casi totalmente calvo. pesada. dis- parando innumerables balas. casi idéntica ahora. piensa. El nombre es difícil de pronunciar. Hace una semana que están en ese campo pelado. arrojándose por un terraplén construido con tablones y fardos de pasto. que debe derribar mientras las cápsulas servidas saltan en el aire. irónicamente. dice. “Prefiero la 38”. Es bajo y gordo. –¿No es demasiado ruido? –No. Es como el Ejército de Salvación. calibre 45. cambiando veloz- mente de un auto en marcha a otro. Tiene su misma edad. Recuerda haberlo vis- to años atrás. Ni una cantina para mandarse un vino. Estamos perfectamente aislados. “¿Para qué tanto aparato?” Le explican que hace falta efectividad: la bala tiene que golpear con fuerza. A Ludueña le dan una pistola negra. Dos o tres segundos en una frontera. Abre los ojos. haberle dejado caer un paquete en la mano y luego separarse. breves. –Es como estar en la colimba. acelerando sobre la tierra seca y blanca. Rodolfo entra y le dice al uruguayo que el auto está listo. golpean el techo. quizás eso los acerca y los se- para del resto.siluetas instantáneas. Ludueña le dice y lo recuerda como el uruguayo. “Una simple fuga”. alguna cae fuera del automóvil. Le quedó grabada la sonrisa. Le molesta la excesiva precisión del entrenamiento. le molestan los intentos fallidos de hacer amistad con el grupo. –Peor. se dice Ludueña. de piel tostada.

no –dice al fin Ludueña. cuando llegue el momento. –¿Qué le parece ese tipo? –pregunta Rodolfo en voz baja. mi sargento –bromea cansado. nada más. dice. “Y está bien”. Ludueña advierte que el muchacho no se ve a sí mismo como muchacho. Eso es suficiente concesión. algo artificial se interpone entre los dos. el muchacho está en silencio a su lado. Quizá por ser el primer contacto. Dos días más tarde discuten. Ludueña tarda en definirlo. Alza la mano y levanta la voz. nombra palabras que Ludueña no conoce demasiado –lumpen. Pero a la segunda o tercera con- versación. Se ha irritado. mercenario– pero que adivina insultantes. ya calmado luego de intentar la discusión. Al fin cae en la cuenta de que el mucha- cho trata de convencerlo para que se una definitivamente al grupo. Esto es un trabajo. –A la orden. Afuera se oyen los disparos del uruguayo. y sale a la luz perezosamente. Usted necesita un tipo de confianza que maneje un auto sin perder la cabeza y yo necesito el dinero. el muchacho es quien más habla con Ludueña. sonriendo. El muchacho trata de ha- cerle ver los trabajos anteriores como equivocaciones. Luego vuelve a escucharlo. Ahora. Ocúpese de las dos cuotas que faltan. Siempre me gustó trabajar solo y ahora voy a entrar en un engranaje de quince tipos. días después. dentro de un plan general de acción. Queda en silencio junto a Ludueña. Le explica que sus habilidades en- contrarían un destino más lógico dentro del grupo. y tan amigos. 52 . “gol- pes en el vacío”. mientras lo ve mover los la- bios frente a él. Rodolfo se sienta. –No. Un día le pide que hable claro y Rodolfo lo hace. moviendo la cabeza–. Mientras lo oye. quizá despreciativas. Rodolfo. no. no sea pelotudo. piensa. –Acábela.

Es de noche. gradual- mente. Se siente de pronto molesto. en el Odeón. se deja caer a su lado y sonríe. “Nos está contando”. Compra un atado de negros en un kiosco. –Hasta el viernes. Con lentitud comienza a andar. por eso mis- mo. El últi- mo es Rodolfo. Cuatro días antes de la fuga. Ludueña es el último. “No vaya a ser que se le quede algún alumno. inquietantes. V Los tres días de espera le resultan vacíos y. Dos cuadras más allá abre la puerta y baja. Cuando le toca al uruguayo le da un golpecito en el hombro a Ludueña. Pasea la mirada sobre los bancos. Cuando Rodolfo le hace la seña se levanta maquinalmente. “Una ruta. casi ridículo. Siente el peso y el contacto frío de la 45 metida en la cintura. A las nueve y media. Luego la marcha suave y pareja del pavimento. Se detiene junto al muchacho. compañero. Enciende uno.” Al fin arrancan. Está a cua- tro cuadras de la pensión. –El jueves. Trepan nuevamente a la caja cerrada del camión y se van ubicando en los bancos. los sonidos de la ciudad rodeándolos. piensa. Juega interminables partidas de casín en el bar de la esquina. “Un tipo del centro”. –La segunda cuota. A ver cómo maneja. Durante media hora siente los barquinazos de un camino de tierra.” Al fin. sonríe Ludueña. –Va a hacer bien lo que tiene que hacer –contesta Lu- dueña. vuelven a la ciudad. Bajan de a uno. El uruguayo busca con la mirada a Ludueña. atrás. Extraña la figura pequeña y nítida de 53 .

aunque fuera para cortarlo. todas más suaves y comprensivas que el insulto. también cómoda al amanecer. como si estuviera contando una película o una anécdota. “Usted puede tener razón. que incluye dos cuadras a contramano por una calle angos- ta. sus anécdotas sexuales. y las posibilidades de acción en cada una. cubriendo el resto de líquido con una delgada película de grumitos negros.Gonçalves. En el Odeón. en- cajonados entre espaldas y mozos que tratan de vadear las si- llas y las mesas con bandejas oscilantes. Y él mismo descansa. la esquina final donde un 600 esperará a Ludueña y el uruguayo para que abando- nen el Ford y puedan perderse. Cierra la hoja de madera y tantea hasta la puerta. Rodolfo le pasa el sobre con la segunda cuota por encima de la mesita. sacude un poco la cabeza y alcanza la camisa de sobre la silla. Es en un barrio lejano. Están rodeados de gente. Recuerda la conversación con Rodolfo. Antes de bajar a lavarse se apoya un momento en el borde de la ventana y contempla la forma borrosa del árbol en el patio. pero ya estoy viejo. podría haberle dicho”. le marca con frases cortas el lugar del parque donde harán el trasbordo. Le dice también en qué cárcel será. Rodolfo. con los limones manchando apenas de amarillo la forma oscura. sonriendo. Lamenta haberlo insultado. piensa. Trata de adivinar en cuál de las tres cárceles se hará la fuga. con 54 . Inventa otras fórmulas. los autos inmóviles cubriéndose de tierra blanca. el polvo entrando a la pequeña casilla y ensuciando la botella de agua mineral y el vaso. Ludueña imagina rápidamente una salida. con seguridad sin tráfico a esa hora. y una picada fuerte por la avenida. Para distraerse imagina el lugar donde practicaron. salvo impre- vistos. Imagina con claridad la pesada 45 descansando en el fondo de un cajón de la cómoda. A las nueve se sienta.

con la valija de cartón y el viejo traje del padre. hace tantos años. Ludueña aprovecha para contemplar la gente de las mesas cercanas. tranquilo. a la noche. Lo hace con calma. se dice. las muchachas de larga cabe- llera y perfiles suaves moviéndose hacia atrás y adelante. cómo el precio de un sandwich y una gaseosa lo había dejado rígido. No puede imaginar a Gonçalves en ese am- biente. y volveremos a recorrerla esta noche. Con eso terminamos. VI “Aflojarse”.calles de tierra. Ludueña le dice que deje. La tercera cuota mañana. sa- cándose el pelo de la cara. para siem- pre. y relaja los músculos de la espalda y las manos aferradas al volante. que corre por su cuenta. Viene poco al Odeón. “Qué será de su vida. casi mudo. incrédulo. –¿Y si está ocupada? –pregunta Ludueña. riendo y mostrando los dientes. Recuerda con precisión. en esta mesa. todo en orden. –En otra –contesta el muchacho. por puro gusto.” Rodolfo busca con la mirada al mozo. O le molestaba el ruido excesivo. abre la puerta encristalada. –Me voy entonces –hace una pausa breve–. moviendo los labios para beber o asombrarse de algo. el movimiento sin fin de jóvenes levantándose y sentándose en las mesas. Rodolfo le pide que repita. Ya no hablan. Después de las instrucciones Ludueña apoya la espalda en la silla. después del trabajo. y pregunta si alguien recorrió la zona durante el día. –Sí. y le dice que está todo claro. Acá. Quizá le había queda- do esa primera impresión. desaparece. mascando. Cayó de casualidad cuando llegó a la ciudad. El muchacho sonríe. Y se aparta. piensa. “Gonçalves”. En la luz incierta del ama- 55 .

necer espía al uruguayo. se pone tenso y ve que el uruguayo también: ha bajado la manija de la puerta y la mantiene entreabierta. cerca de la mano derecha. lista. Lo hace el uruguayo. cargado de verdu- ras. ve el coche y se abalanza sobre la puerta equivocada. sentado y fumando en el asiento trasero. desemboca en la esquina patinando. que los alcanza y los justifica. Decide que no. No quiere llamar demasiado la atención. las dos cuadras en contramano. vestido con una es- pecie de pijama gris. Sin perder un segundo el uruguayo cruza y la abre. y acelera. estacionado sobre la izquierda. Hasta ese momento los mo- vimientos histéricos de los tres parecen ridículos en la tran- quilidad de la calle. la callecita vacía. Entonces comienza a sonar una sirena cada vez más intensa. no pasaron dos minutos. sin esperar que la cierre. En ese momento. oye pasos co- rriendo. sin respirar. Está tan concentrado que prácticamente no oye la sirena. que gira el volante con fuerza para tomar por la calle sin tráfico. El reloj otra vez. El tipo. desembocar como un loco ante testigos. tras el ángulo de la esquina. Esquiva por milímetros un camión verde. Cuando faltan cincuenta metros hasta la avenida aminora la marcha. Ludueña pone en marcha el motor. Las dos paredes que encajonan la calle se 56 . “Increíble. Mueve la muñeca y mira el reloj. que sostiene en la mano su 45. sombría y almenada.” Mira otra vez hacia adelante. a dos cuadras de distancia.” Se pregunta si Rodolfo será uno de los quince del trabajo. La de Ludueña descansa en la guantera abierta. con la derecha colgando floja entre las piernas. Se pregunta si estará más tranquilo que él o si la postura es su forma de estar nervioso. acercándose. Sólo puede ver un ángulo dimi- nuto de la cárcel. Le alegra empezar. “Tres minutos y medio. El tipo se tira por la puerta y Ludueña pone la primera y pica. pintada de amarillo.

no huir o matarse. toma a la izquierda y se sumerge en las calles curvas y verdes del parque. Casi no hay coches y una rápida mirada le confirma que tampoco gente en las veredas. Ve el semá- foro en rojo y disminuye apenas la velocidad. cuatro o cinco jeeps con luces rojas titilando sobre el techo. El uruguayo le prende uno. 57 . le acomoda el cuello con la mano izquierda. El uruguayo lo ayuda a ponerse el saco. como quien quiere llegar pronto. siempre con la 45 en la derecha. hacia el bule- var. oyendo el zumbar monótono del motor y las ruedas. cada vez más lejana a medida que el camino se aparta.abren de pronto al espacio amplio de la avenida. hundiéndose en el parque. algún trasnochador perdido que lo haya visto salir de contrama- no y memorice el coche. Alcanzan a ver. Al fin el tipo se deja caer de espaldas y en voz baja pregunta si tienen cigarrillos. piensa Ludueña divertido. Cuando pene- tran en él. Llega cuando pasa al verde. Luego el sonido se acerca. de ubicar el sonido en medio de las curvas grises. denunciándolos. Los dos tratan de distinguir algo entre los árboles que los separan de la avenida. Ahora conduce con calma. justo antes de que la masa del estadio se interponga definitivamente. Por curiosidad observa al tipo por el retrovisor. Trata de ver entre los árboles que los rodean por los cuatro costados. Ludueña vuelve a concentrarse en el camino. Corren en silencio hacia el bulevar. esperando. los tres se vuelven instintivamente a la izquierda. Ya se ha cambiado el pantalón y la camisa. “Es una madre”. Es como si despertara. Oye lejana la sirena. Aún no han apagado las luces de mercurio y las dos bandas de cemento liso y gris parecen irreales. –Por la avenida –confirma el uruguayo en el mismo ins- tante en que él lo piensa. Instintivamente aprieta el acelerador.

titilando. Tarda en advertir que no pasan coches ni gente en la ca- lle. cobrar y alejarse. hombres apurados. amplio. Se daban la mano y prometían verse en poco tiempo. leyendo el diario en una plaza. Es como si tuviera todo el tiempo del mundo. se bajaba con el uruguayo y subían a un 600. sacudiendo la bandeja. –Un café y una medialuna –pide. Antes de sentar- se mira las otras. Le extraña un poco: llegó quince minutos tarde para estar seguro de encontrarlo. Está repleto. pero no ve a Rodolfo. –Medialuna no hay –grita el mozo. Unas horas atrás cruzaba el parque a toda velocidad. cruzaban la ciudad en sentido inverso y bajaban en una esquina. VII Camina tranquilo. Ríen a un mismo tiempo. gris. y comienza a alejarse. Sonríe. Ahora hace tiempo mirando vidrieras. conducía intranquilo hasta una pésima calle de las afueras. Curiosamente. Hace veinte minutos que está sentado en la mesa. despreocupado.El bulevar. como si estuviera corriendo una maratón. está vacío. Tarda en ubicar un mozo y cuando éste se acerca. sin las armas. con las luces rojas en el techo. se detenía para que el tipo saltara a un Citroen chico. imaginan por qué remoto lugar andarán ahora los jeeps. en el momento en que abre la puerta se desocupa la mesa del día anterior. intercambian frases jocosas. para alcanzarlo. salvo dos o tres coches. limpios. Llega al Odeón a las nueve y cuarto. lo hace jadeante. Vuelve 58 . A su lado pasan mu- jeres cargadas con paquetes. tranquilo. –El café solo entonces –dice Ludueña en voz alta. con la cara roja.

trata de imaginar alguna salida en medio del ruido. ubica una cara en la multitud y empuja para acer- carse. pero se detiene. Levanta la cabeza y mira a través de los enormes ventanales. viendo de lejos los jeeps que cortan el trá- fico.” Imagina a Rodolfo llegando a unas cuadras del bar. Ludueña sabe que ahora es el momento con más proba- bilidades a su favor. a la iz- quierda. Está a punto de pensar en cómo pudieron saber que ven- drían a encontrarse en el bar.a concentrarse en el pocillo. son como una onda expansiva. pero son ínfimas. las pa- labras que el último reparte en otras dos mesas. Todos los de la mesa (cuatro o cinco. sobre el pecho. sonríe con una mueca. “Quizá para posar de pistolero”. “Fue un error. que dan a la calle como una doble pantalla panorámica. lo aceitó un poco. observa con ojos asombrados la deserción masiva. retrocediendo y perdiéndose en la noche. Ludueña no tiene ganas de contarlos) se levantan y el último llama al mozo agitando una mano con billetes. No sabe por qué en el par de horas que pasó en la pensión lo sacó del cajón de la cómoda. Como si fal- tara alguna confirmación. El bar es ganado por una actividad aún más intensa y ruidosa que momentos antes. La entrada del muchacho. aparta con violencia algunas sillas y al fin se inclina y dice algo. un muchacho entra visiblemente nervioso. y casi no justifican la fuga. lo cargó. “Si saben que veníamos. Prefiere con- centrarse en el presente. en la forma de escapar. 59 . posibles heridos. la casi seguridad de ser herido o muerto él mismo. Imagina el tiroteo afuera. resistiendo ante dos capuchinos y un plato de medialunas. Tiene el viejo 38 en una funda.” Un matrimonio de cierta edad. la partida de los otros. también nos deben saber las caras. sentado en un rincón.

como todos los anteriores. ro- deado de innumerables policías. piensa. Un desprevenido llega a la mi- tad del vidrio y se detiene. rodeada de oscuridad y calles. mirando el techo de la pieza. móvil. o en una posibilidad humorística. El matrimonio maduro se pone de pie. salgo y me pierdo entre la muchedumbre”. esperando. “Le están haciendo señas desde la esquina”. en una rapsodia de sangre. calor y sonido. junto a los hor- nos. No hay ninguna. lo tapo un poco con los papeles sucios que hay bajo la mesa. Ya es suficiente haber venido al bar en la noche. reconoce Ludueña. imagina viendo las veredas vacías a través de los ventanales. donde el enemigo atacaba y él se arrojaba en el aire desenfundando la pistola. El hombre ayuda a la mujer a colocarse el tapado. sentados en el suelo. un mozo me lo alcanza y le digo que no es mío. hace gestos. Está solo. “Seis balas y ningún carga- dor de repuesto. Él. y recoger el 38 al salir. Ludueña los imagina en la cocina. le alcanza la cartera. Trata de ver el bar desde afuera: “Una caja amarilla. con un solo parroquiano ante un pocillo de café frío. la reconstruc- ción mental del interior y el exterior del bar. Pero en su imaginación era una escena de colores brillantes.” No pensó en entregarse ni en el primer momento. me levanto. retrocede y desaparece. llama al único mozo. que se acerca veloz. y comenzaba a ver como caían cuerpos a unos metros y como las balas lo clavaban contra la pared heroicamente. “Con música de ópera”. asiente. solo. terminan siempre en un vacío gris. irrealizable. en un sitio cerrado y expuesto. rodeado ahora por esos 60 . “Dejo caer el revólver. cobra y desaparece por la puerta del baño. para complicar las cosas. Las cadenas de ideas.” Había imaginado esta situación mil veces.

Quiere detener los pensamientos desordenados y una última corriente. Cuando la granada describe un arco perfecto y entra por la puerta abierta. o a mitad del ascenso en el patio. la silueta de Rodolfo recibiendo de pronto la luz del sol en la puerta de la cabañita del campo. 61 . “Si fuera ellos. Se arrojará allí. empezaría con gases lacrimógenos. imagina la for- ma en que rodean la manzana. segu- ra de la mano del uruguayo despidiéndose. casi un tubo. inmóvil. una especie de des- pedida. en un patio apretadísimo. lo inunda: la cara de una mujer que conoció hace mucho en el norte. y la sensación cálida. Gonçalves sonriendo escépticamente. tratará de arrastrarse hasta el baño y trepar por las paredes del patio microscópico. hasta los techos. frus- trada. echando gas por los cuatro costados. La manzana está rodeada y lo van a alcanzar de cualquier modo: quizá contra el mostrador. Ubica un corredor libre entre tres mesas hasta el mos- trador. recuerda la disposición del baño de caballeros. quizá en la mesa. antes de saltar. Sabe que falta poco. deja de pensar y salta. quizá en el salto.” Saca un pañuelo del bolsillo del pantalón. se atará el pañuelo sobre la nariz y la boca. Por fin ve nada más que las mesas vacías.innumerables policías pero en una situación silenciosa.

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