1868-1898 GUERRAS SEPARATISTAS EN CUBA

Los movimientos separatistas en Cuba tienen sus orígenes en las mismas fechas
que se produjeron las guerras separatistas en el continente, pero por desavenencias entre
Inglaterra y su filial americana, los Estados Unidos, no llegaron a tomar cuerpo.
No obstante, el movimiento separatista en la isla se mantuvo largado, y en
ocasiones, activo.
Así, debemos destacar las acciones de Narciso López, que en 1847 organizó la
conocida como la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana, que se produjo con la
intención de anexionar la isla a los Estados Unidos. La conspiración fue descubierta,
pero el Capitán general alertó a López, que pudo huir a los Estados Unidos, donde
reiniciaría sus actividades para la invasión de la isla.
Las conspiraciones se sucedieron y López llegó a efectuar un desembarco sin
consecuencias en 1849, y en 1851, cuando acudía en apoyo de la sublevación de
Joaquín Agüero, hizo un nuevo desembarco en Pinar del Río, donde sería apresado y
ejecutado.
Otras intentonas usenses se desarrollarían a lo largo de 1854 y hasta 1866. Pero
no sería hasta el 3 de agosto de 1868, cuando en el ingenio de San Miguel de Rompe
(Tunas), se encontraron los principales separatistas del Oriente Cubano, constituyendo
la primera Junta Revolucionaria, de la que fue elegido presidente Vicente Aguilera.
Coincidiendo con la revolución “gloriosa” de 18 de septiembre de 1868, se
iniciaba en Cuba la que acabaría siendo conocida como “Guerra de los diez años”,
precedida por la revuelta en Puerto Rico, que tuvo bastante menor incidencia: la
conocida como “el grito de Lares”, por el nombre de un pequeño pueblo donde se
produjo el 23 de septiembre.
Al siguiente día 24 se dirigieron los insurgentes, que llegaron ya á 700, al
inmediato pueblo de Pepino con objeto de tomarlo y establecer otro gobierno, pero
bastó una pequeña resistencia que encontraron en sus habitantes para desmoralizarlos y
hacer que huyeran á los bosques. Al recibirse esta noticia en Lares hicieron otro tanto
los sublevados liderados por Emeterio Betances, que abandonaron la plaza.
Más tarde fueron capturados en su mayoría y otros se presentaron
voluntariamente acogiéndose al decreto de la amnistía concedida por el gobierno
peninsular. La revuelta duró apenas un mes.
No tuvo mayor incidencia la revuelta de Puerto Rico, cuyo caso fue tenido por
los observadores del momento como un error de la administración pública, que
comentaban lo sucedido acusando a éstas de candidez.

más que condescendientes ó tolerantes, fueron cándidas las autoridades; á sus
ojos se ponían de acuerdo los conspiradores de Mayágüez, Las Marías, Camuy
y otros pueblos de aquel extremo de la Isla; apresuráronse los iniciados en la
revolución á tomar de los comerciantes peninsulares víveres y efectos al fiado,
con ánimo de no pagarlos después, y sí despojarlos completamente; y el 23 de
Septiembre . —1868—se dio en Lares el grito separatista, anticipándose el día
de la revolución, señalado para el 29. (Pirala 1895: 157)

Una candidez que exculpa de responsabilidad a quienes, a la luz de los
acontecimientos anteriores y posteriores a estos hechos, denota no menor candidez, o tal
vez complicidad, de los analistas, que no se extrañan de la coincidencia en las fechas y
parecen no tener en cuenta las circunstancias que envuelven toda la política nacional,
que si hasta la guerra franco británica para la dominación de España (vulgo guerra de la

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Independencia) estuvo subordinada a los intereses de Francia, desde ese momento
estuvo subordinada al plácet de Inglaterra.
Lo cierto es que cuando menos resulta curiosa la coincidencia de la Revolución
Gloriosa con las revoluciones en Cuba y en Puerto Rico, como también resulta curioso
que los analistas, como el mexicano Enrique Mendoza, afirmen que

Los gobiernos de una y otra isla no tuvieron noticia de los sucesos de
Septiembre ocurridos en España, sino hasta el día 7 de Octubre, mientras que
los revolucionarios lo supieron casi inmediatamente por sus corresponsales de
Estados Unidos, y gracias á la organización masónica que tenía impuesta por
los propagandistas americanos: así es que pudieron hacer sus preparativos sin
ser molestados por la autoridad. Había logias que trabajaban incesantemente
en Puerto Príncipe, Tunas, Manzanillo, Bayamo y Holguín. (Mendoza 1902:
33)

Y resulta curioso entre otras cosas porque, si masones eran los señalados,
masones eran los artífices de la “gloriosa”.
Y es que debemos tener presente que en el gobierno provisional surgido de la
Revolución Gloriosa de 17 de Septiembre de 1868, se encontraban políticos como Ruiz
Zorrilla, Sagasta, Serrano, Topete, Prim (grado 18 Rosacruz), Mendizabal, Argüelles,
Cea Bermúdez , Martínez de la Rosa, Claudio Moyano, Manuel Becerra, generales
como Espoz y Mina, Castaños, Méndez Núñez, Riego, y científicos y hombres de letras
como Ramón y Cajal, Esporonceda, Larra, Quintana, Lista, Núñez de Arce… Parece
evidente que el triunfo del golpe de estado que llevó a la Revolución del 68, se debió en
gran medida a los grupos masónicos, que como consecuencia posibilitará el
fortalecimiento del control británico sobre España, gracias al control masónico del
sexenio revolucionario, y como consecuencia, parece extraño que los mismos no
estuviesen al tanto de lo que sucedía en Cuba y Puerto Rico.

La insurrección en Lares y el comienzo de la revolución iniciada por la marina
en Cádiz, arreciaron los trabajos de los separatistas cubanos, dirigiéndolos
muy especialmente á borrar disidencias, suavizar asperezas, unir opiniones,
estrechar sus filas y mostrarse fuertes para conseguir el triunfo en cuanto al
campo se lanzaran. (Pirala 1895: 234)

Por su parte, los separatistas de Yara, trufados de masones que el día 10 de
Octubre de 1868, controlado el movimiento separatista en Puerto Rico, proclamaron la
independencia de Cuba fueron:
Carlos Manuel de Céspedes, Manuel Calvar, Bartoloraé Masó, Isaías Masó, Rafael
Masó. Manuel Socarras, Ángel Maestre, Juan Ruz, Emiliano García Pavón, Emilio
Tamayo. Juan Hall, Luis Marcano, Manuel Medina, Jaime Santiesteban, Rafael Torres
García. José Rafael Yzaguirre, Francisco Mañano, Félix Marcano, Ignacio Martínez
Roque, Agustín Valerio, Francisco Vicente Aguilera, José Pérez, Rafael Gaymau,
Manuel Santiesteban, Aurelio Torres, Bartolomé Labrada, Miguel García Pavón, Pedro
Céspedes Castillo, Francisco Céspedes Castillo, Enrique del Castillo, Juan Rafael
Polanco. Amador Castillo, José Rafael Cedeño y Francisco Cancino.
La proclama que suscribieron los citados en la mentada fecha fue conocida como
Manifiesto de Manzanillo, y con ella dio comienzo la revuelta que daba comienzo a la
guerra de los diez años, o guerra grande. En el mismo, entre otras cosas se decía:

La plaga infinita de empleados hambrientos que de España nos inunda, nos
devora el producto de nuestros bienes y de nuestro trabajo; al amparo de la

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despótica autoridad que el gobierno español pone en sus manos y priva á
nuestros mejores compatriotas de los empleos públicos, que requiere un buen
gobierno, el arte de conocer cómo se dirigen los destinos de una nación,
porque auxiliada del sistema restrictivo de enseñanza que adopta, desea
España que seamos tan ignorantes que no conozcamos nuestros sagrados
derechos, y que si los conocemos no podamos reclamar su observancia en
ningún terreno. (Pirala 1895: 258)

Pero esa proclama, al menos, adolecía de ciertos fallos si consideramos que
quién en 1880 sería el rector de la Universidad de La Habana, Joaquín F. Lastres era
cubano, y en esos momentos, docente en la facultad de farmacia. Igualmente era
cubano el que fue vicerrector, José María Carbonell; Juan Gómez de la Maza y Tejada
fue secretario general, así como los decanos de todas las facultades… resultando que de
80 catedráticos eran cubanos 60… Y si abordamos otros ámbitos de la administración,
podemos señalar a título de ejemplo a Dámaso Berenguer que con el tiempo sucedería a
Miguel Primo de Rivera en el gobierno de España o a Emilio Mola.
Nada nuevo, y nada circunscrito a Cuba, como deja bien señalado Francisco
Núñez del Arco en su memorable trabajo “Quito fue España, historia del realismo
criollo, donde señala:

Por tanto son insostenibles las pretendidas tesis de que existía rivalidad
efectiva por el poder entre criollos y peninsulares, aun cuando pudo haber
existido una rivalidad teórica, una construcción ideológica, utilizada por la
oligarquía criolla para obtener mayores beneficios de los que ya gozaba.
Demostrativos en este aspecto son los casos de criollos quiteños y quitenses
que ostentaron altos rangos en la cultura, el gobierno, la Iglesia y el ejército
hispánicos (Núñez 2016: 24)

Y al respecto sigue diciendo:

Parte de la visión sesgada y unilateral del proceso histórico que significó la
Conquista y el Poblamiento de las Indias Occidentales o América por parte de
la Corona de Castilla, es creer que no existió intercambio humano de un
continente a otro, sino solamente “ocupación” del uno (Europa) por sobre el
otro (lo que sería América). En términos actuales, la movilidad humana desde
América hacia Europa desde el primer momento del proceso histórico
mencionado fue muy amplia y hasta ahora muy poco estudiada y
comprendida. Se ven criollos y mestizos de todos los rincones conquistados ir
y venir por el Atlántico y de un lado a otro de América (numerosos son, por
ejemplo, los conquistadores mestizos de América del Sur, demostrativamente
véase el caso de Buenos Aires, donde casi la totalidad de sus fundadores y
primeros pobladores eran mestizos biológicos aunque europeos culturalmente
hablando, idos desde el Paraguay. Valga recordar que las primeras
generaciones de mestizos americanos, lo vemos en México como en el
Paraguay, siempre fueron considerados castellanos o hispanos como sus
padres), dejando en muchos casos descendencia en ambos lados del Océano.
(Núñez 2016: 75)

Los firmantes del “grito de Yara”, con un importante apoyo en las provincias de
Camagüey y Oriente, iniciaban una guerra civil, que acabaría pasando a la historia como
la “Guerra de los Diez Años” con el asesinato de un recaudador de impuestos.
Es de destacar la actitud del general Lersundi, gobernador de la isla, cuya
indecisión posibilitó que los rebeldes venciesen a la guarnición de Bayazo el 18 de

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octubre, lugar donde instalaron su primera capital, y desde donde obtuvieron sucesivas
victorias sobre varios destacamentos enviados por el capitán general, que contaba con
un ejército compuesto por 8.350 soldados del ejército regular, de los que la cuarta parte,
por enfermedad, no estaban disponibles, y siendo que los presupuestos generales de
1867 señalaban una fuerza de 20.809 hombres, y unos 35.000 voluntarios.
¿Dónde estaban los 13.000 hombres que faltan en las cuentas?

A partir del 10 de octubre de 1868, con el acto insurreccional de La
Demajagua, la escaramuza de Yara, el alzamiento en diversos puntos de
Oriente y la toma de Jiguaní, Baire y otros lugares, la guerra se extendió como
un incendio por los cañaverales. Carlos Manuel de Céspedes marchó sobre
Barrancas y atacó Bayamo, que fue ocupada por los insurrectos al rendirse el
gobernador, coronel Julián Udaeta. (Arrozarena 2012: 18)

Las fracasadas expediciones de Lersundi posibilitaron que las fuerzas de la
insurrección se incrementasen con nuevas aportaciones, unos, abducidos por las
proclamas separatistas, y otros, forzados, lo que posibilitó que la insurrección tomase
fuerza a primeros de noviembre.

Los hermanos Cisneros Betancourt, los tres hermanos Roza. Augusto Arango,
los tres hermanos Agramonte, Ignacio Mora, junto a otros muchos, se unieron
a la insurrección el 4 de noviembre de 1868. A estos pronto se sumaron otras
destacadas figuras locales, como Mala, Argilagos, Varona, Silva, etc. La
insurrección crecía en tamaño e importancia por momentos. (Togores 2010)

Por otra parte, Lersundi era conocedor de los movimientos de los filibusteros por
informaciones que le llegaban, tanto del gobierno español como de informadores de
Estados Unidos y de México, pero el 28 de septiembre, emitía telegrama al ministro de
Ultramar desmintiendo esos extremos y asegurando que esas informaciones obedecían a
un fin político.

me consta, por más que otra cosa se diga, que hoy por hoy los revolucionarios
no encuentran dinero, ni tienen buques, ni se hacen aprestos de ningún género
para llevar á cabo sus planes, cuya realización inmediata vociferan en todos
los tonos y de todas maneras, debo creer que se obedece aquí á un
pensamiento utilitario más que á un próximo fin político.(Pirala 1895: 159)

Y dos días después, escribía al ministro de Ultramar

que el orden en Cuba era inalterable, que la sorpresa causada por los
acontecimientos de la Península, había cesado al publicarse los telegramas el
gobierno, y que nada haría creer que la marcha tranquila de aquel país se
perturbase, porque los Estados-Unidos, de quienes más debía temerse, se
hallaban muy ocupados con la elección presidencial. (Pirala 1895: 238)

Una confianza que había desaparecido tan sólo un mes después, cuando el 28 de
octubre de 1868 enviaba un telegrama al ministro de la Guerra en el que, explicando la
situación declaraba:

esta isla se pierde si se asimila á todo lo que hoy se establece en la Península y
mi lealtad y patriotismo me obligan á consignarlo así para el día en que tenga
que responder de mis actos ante mi país y ante la historia. (Pirala 1895: 285)

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Algo más acorde a la realidad, siendo que, cuando cursaba el primero de los
telegramas citados, Céspedes y los rebeldes de Oriente habían constituido por sí mismos
una república y habían nombrado un Parlamento rebelde, si bien en los enfrentamientos
perdieron gran cantidad de combatientes, huyendo los demás en desbandada.
Evidentemente, Céspedes, que había sido capitán de milicianos en Barcelona, y
en 1842 había conspirado con Prim con el resultado de verse en la obligación de huir a
Francia y luego a Inglaterra (siempre Inglaterra), estaba más al corriente de la situación.
¿Cómo debe ser calificada la actuación de las autoridades cuando variaban sus
apreciaciones en tiempo tan breve?, y sobre todo, ¿cómo debe ser calificada la actuación
de una autoridades que permitían los perennes ataques a la patria mientras protegían a
quienes los urdían?
Parece inconcebible que, cuando ya la inadmisible permisividad había
conseguido que los traidores a la Patria estuviesen en armas, además, las autoridades
protegiesen sus actividades y abandonasen sus obligaciones más elementales. Todo ello
significó que

Por entonces y en virtud de tales novedades, la Isla entera se vio poblada de
periódicos que predicaban descaradamente doctrinas incendiarias; la
enseñanza pública costeada por el Estado desde la Universidad hasta la última
escuela de aldea, convertida en una conspiración constante contra la unidad
nacional; aun á los obreros más rudos, sin distinción de colores, se les daban
lecturas en sus propios talleres encaminadas al mismo fin, consiguiendo con
tan diabólico sistema minar por su base dos de los más robustos pilares en que
se fundaban el poder de España y el sosiego de esta provincia. (Pirala 1895:
239)

La manipulación educativa, a la que forzosamente no podía ser ajeno, sino
cómplice, el gobierno, hacía que algunos observadores se alarmasen; pero entonces,
como ahora, esos observadores eran marginados por el propio gobierno:

Nadie se apercibía de que se estaba educando una nueva generación de manera
peligrosa, y nadie concedía importancia al hecho de que, en muchas escuelas,
se enseñara por separado Geografía e Historia de Cuba y Geografía e Historia
de España, y que la distinción entre la Península y aquellas provincias llegaba
al Palacio del representante del Rey, donde en anuncio colocado en la escalera
se decía: «S. E. no recibirá los días de entrada y salida de los correos de
España.»
Y esto, que al parecer no era nada, llegaba a significarse en multitud de
detalles, entre los que citaremos como ejemplo una revista demográfica en que
se leía:
Fallecidos:
Cubanos, tantos.
Ingleses, tantos.
Españoles, tantos.
Chinos, tantos.
Cuando alguien hacía sobre esto observaciones, se le calificaba de apasionado,
intransigente, etc.
Estos y otros muchos detalles formaron conjunto tal en la educación de la
generación naciente, que se revelaba en todos los niños. (Gallego 1897: 80)

Pero no era esa la preocupación de las autoridades. Por su parte, Isabel II
telegrafió a Lersundi desde el exilio. No era vano su interés si tenemos en cuenta los

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intereses económicos que la reina exiliada tenía con la trata de esclavos. No obstante
sabía guardar las formas. El texto del telegrama era el siguiente:

Lersundi: Como española y como reina ruego y mando resistas todo
pronunciamiento y defiendas á todo trance esas provincias de la revolución.
Mi residencia actual explica la razón.—Comunica hoy mismo á Pavía á
Puerto-Rico. Contesta aquí.—Isabel.—Pau 4 Octubre 1868

Tampoco el pretendiente D. Carlos perdió la oportunidad de intentar la
adscripción de Cuba a la causa carlista.

El 30 de octubre de 1868 Don Carlos escribió a Lersundi nombrándolo Virrey
de las Antillas e instándolo a introducir las convenientes reformas, autonomía
y representación en Cortes, para la buena gobernabilidad de la isla, a la que
Lersundi contestó que su reina era Isabel II, y dando a entender que la
propuesta tenía también un carácter separatista; aspecto que en ningún caso
puede deducirse de la carta del pretendiente. (Pirala 1895: 308-312)

Finalmente, Lersundi consiguió reducir la revuelta casi a la inacción gracias a las
buenas artes del general Manuel Gutiérrez de la Concha, que organizó el Cuerpo de
Voluntarios o Nobles Vecinos, tras lo cual dimitió reiteradamente del mando, llegando a
declinar toda responsabilidad en los acontecimientos. Fue entonces cuando el mismo
capitán general cayó en la cuenta de algo obvio: la importancia de las Leyes de Indias,
que habían sido barridas por el régimen liberal.

Las leyes de Indias, ese monumento tan glorioso que elevó á tanta altura el
nombre español y la riqueza de la América española, ha sido destruido, así
como la poderosa é inquebrantable organización de nuestras colonias,
sustituyéndoles sin orden ni concierto con un sistema burocrático, que á la par
que costoso, ignorante y sin ventaja legítima alguna, permitía por un lado la
inmoralidad más escandalosa, y contribuía por otros al desprestigio del
gobierno superior civil, de la capitanía general, del Tribunal Superior del
Territorio, de toda autoridad en fin; y todo ¿para qué? para dar vida y explicar
la existencia de un centro que se llama ministerio de Ultramar. (Pirala 1895:
339)

El aserto, casi perfecto, dejaba incólume la cuestión por el hecho de referirse a
los territorios de Ultramar como a colonias; algo que, con las Leyes de Indias nunca
fueron, como nunca carecieron de las garantías sociales y jurídicas y que significaban
unan cortapisa a los posibles abusos de las autoridades, sometidas como estaban a los
juicios de residencia, siendo que, además, podían acudir al gobierno central exponiendo
que el gobernador se había extralimitado en tal ó cual facultad ordinaria o
extraordinaria.
Adquirieron esa condición por obra y gracia del sistema liberal, que en sesión
secreta de 16 de Enero de 1837 tomó el acuerdo de excluirlas de las Cortes y privar a las
mismas de los derechos que les eran propios desde su constitución, convirtiéndolas, en
el mismo acto, de provincias en colonias, llevando a cabo un aberrante hecho
antijurídico dado que, desde la redacción de las Leyes de Indias, habían sido declaradas
parte integrante de la monarquía.
No es de extrañar esta medida si tenemos en cuenta que, ese mismo año 1837, el
embajador británico Villiers impuso a Mendizábal como ministro de Hacienda, y que el

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año 1843, en que era coronada con trece años Isabel II, y la política nacional estaba
barajándose entre Cea Bermúdez y Martínez de la Rosa, liberales.
Es el caso que, aunque tarde, Lersundi logró poner un poco de orden, a lo que
Céspedes, contestó ordenando el incendio de todos los plantíos de caña.
En medio de esta situación, EE.UU volvió a la carga en sus insistentes
pretensiones sobre la gran Antilla; en esta ocasión, el enviado Hamilton Fish propuso la
independencia de Cuba, para lo que ofrecía la intervención de José Morales Lemus,
representante de los separatistas a quién los usenses reconocían como agente autorizado
del partido revolucionario de la isla de Cuba.
Pero el gobierno de España, tras esta nueva intervención inamistosa de los
Estados Unidos no veía ninguna mala intención por lo que, actuando como si no
hubiesen escuchado nada, y teniendo como no existentes las constantes muestras de
enemistad manifestadas al menos desde 1809 con Madison como presidente usense; en
1822, 1823 y 1825 con Monroe; en 1826 con Adams; en 1843 y 1845 con Tyler; en
1848 con Polk, en 1949 con Taylor; en 1854 y 1855 con Pierce; en 1857 y 1859 con
Buchanan; en 1866 y 1867 con Jhonson; y desoyendo, además, las advertencias
recibidas y cerrando los ojos ante el filibusterismo generado desde los mismos Estados,
Unidos, decidió encargarles la construcción de unas naves para la defensa de Cuba.

En las condiciones de la "Guerra Grande", el buen uso de la diplomacia
permitió a Estados Unidos algo realmente inaudito, que revela hasta qué punto
los gobernantes españoles carecían de toda visión estratégica del conflicto:
¡contratar con España la construcción de treinta cañoneros para la defensa
marítima de la isla! Es decir, España dejaba en manos de Estados Unidos, su
principal competidor en la zona, el suministro de los medios necesarios para
preservar la soberanía de la isla. Evidentemente el encargo sufrió todo tipo de
dilaciones, hasta el punto de que los buques fueron embargados por el
gobierno norteamericano y sólo después de una larga negociación una parte de
ellos llegó por fin a manos españolas en enero de 1870, cuando la insurrección
cubana había adquirido ya unas notables proporciones. (Pérez 1998: 5)

Para Julio Pérez la acción se debió a un buen uso de la diplomacia usense y a
una carencia de visión estratégica por parte del gobierno español… Para otros, tal vez,
se trató de otra cosa… La suerte estaba echada; el gobierno de España, desde 1808, está
más en manos de Inglaterra que de nadie más, y esa situación ha ido creciendo
constantemente con alguna laguna, a lo largo de dos siglos. ¿Candidez del gobierno
español?... ¿Candidez haber hundido el proyecto del submarino en 1890 cuando las
pruebas resultaron un éxito y la guerra con los Estados Unidos estaba cantada?...
¿Candidez?, ¿o traición?
Una diplomacia que posibilitó que en 1869 se propusiese una constitución
separatista cubana en cuyo artículo 24 declaraba: “Todos los habitantes de la República
son totalmente libres”. Pero en una reunión posterior, el Parlamento rebelde estipuló que
tras la esclavitud habría un reglamento de libertos. Los libertos trabajarían para su amo
anterior, y estaría obligado, no sólo a pagarles, sino también a alimentarlos y vestirlos.
En estas fechas, finalmente eran escuchadas las súplicas de Lersundi, que era
relevado por quién le haría buen capitán general: Domingo Dulce, fiel representante de
“la Gloriosa” que entre otras medidas, puso en libertad a los separatistas presos,
parlamentó con Céspedes y se enfrentó a los voluntarios.
Los hechos se sucedían de forma vertiginosa, y mientras el nuevo capitán
general trataba con una dulzura que podría interpretarse en coincidencia con la traición
que se llevaba tramando, Blas Villate, conde Valmaseda, que en 1870 detentaría la

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capitanía general, mandaría ejecutar el cuatro de abril de 1869, en pleno campo de
batalla, a los mayores de quince años capturados en acciones de guerrilla, al tiempo que
inicia lo que sería seña de identidad del general Weyler años más tarde: la concentración
de las mujeres y de los niños que no viviesen en casa propia.
Mientras tanto, los agentes británicos no paraban en sus acciones; así, el 30 de
Abril de 1869, Chile, colonia británica especialmente significada como tal, reconoció
como beligerantes, en el sentido legal e intencional de la palabra, a los insurrectos
cubanos. Trece días después hizo lo mismo el gobierno del Perú, y el 10 de Junio lo hizo
Bolivia.
Pero la verdad de la sublevación era bastante triste; de una tristeza sólo
equiparable a la acción de la capitanía general.
En este sentido, los separatistas sólo se batían cuando las circunstancias
señalaban que estaban en una más que evidente superioridad, fuese por emboscada o por
atentados. Cuando la batalla se llevaba a efecto de forma típicamente regular, lo normal
era que la victoria fuese de las tropas nacionales sobre los separatistas, si bien éstos la
consideraban victoria propia si conseguían bajas en el ejército nacional, aunque el
enfrentamiento les hubiese costado el control de determinada zona o población.
En definitiva, se trataba de una guerra de guerrillas que no sería debidamente
contrarrestada a lo largo de todo el periodo de la Guerra Grande, y que se reproduciría
en 1896, cuando Valeriano Weyler utilizó métodos más acordes, utilizando unidades de
contraguerrilla compuestas por cubanos, que se encontraban en mejores condiciones que
los peninsulares para la lucha en la manigua.
Tan triste fue la acción del general Dulce, que el 28 de mayo de 1869 fue hecho
preso por los patriotas, hasta que dimitió el dos de junio y fue deportado a la península.
Sería sustituido por Antonio Fernández Caballero de Rodas, que detentaría el cargo
hasta diciembre de 1870, cuando sería sustituido por Blas Villate, conde de Valmaseda.
En estos momentos el Ejército Español dominaba la parte Occidental de la Isla,
las grandes ciudades, los puertos y las grandes vías de comunicación, y los separatistas
se veían notablemente reducidos en sus acciones, manteniendo la guerra gracias al
aporte de sus protectores usenses.

Los mambís sobreviven a la presión del Ejército Español gracias a la ayuda
que llega desde el exterior. Una partida de armas y refuerzos transportada por
el “Perit” logra desembarcar en Nipe; el “Salvador” logra hacer lo mismo en
Guanaja, el 11 y 13 de mayo de 1869, respectivamente. Estos suministros
permiten a Agramonte volver a atacar Puerto Príncipe que es defendido por el
general español, negro de origen dominicano, Eusebio Puello. (Togores 2010)

Una ayuda sin la cual hubiesen sido manifiestamente incapaces de conseguir el
menor de sus objetivos, ni aún teniendo a su favor, como tenían, la política llevada por
el gobierno de Madrid.
El aporte procedente de los cercanos Estados Unidos era constante, notorio y
públicamente conocido, pero todo se dirimía en un juego del escondite, como intentando
averiguar, para acciones posteriores, aquellos lugares que podían resultar más
convenientes para llevar a efecto la invasión planeada.
Para hacerse una idea de la importancia de ese apoyo logístico, veamos en el
siguiente cuadro la relación de alguna de las expediciones filibusteras de las que se tiene
noticia fueron llevadas a cabo durante los cinco primeros años de la Guerra Grande:

AÑO LUGAR DE SALIDA NOMBRE DEL BUQUE TÉRMINO DE LA EXPEDICIÓN

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1868 Long Island, Hornet (V) Desembarcó su cargamento
1869 East Port, Maine Mary Lawell Apresada antes de desembarcar
1869 Nueva York Uruguay Desembarcó
1869 Nueva York Arago (V) Desembarcó
1869 Nueva York Perrit (V) Desembarcó
1869 Long Island Hornet (V) 2ª vez Apresada al desembarcar
1869 Nassau Galvanic (G) Apresada al desembarcar
1869 Cayo Hueso Uruguay 1ª vez Desembarcó
1869 Boston Catherine Whigting Apresada antes de desembarcar
26-IV-69 Filadelfia Goleta sin nombre Desembarcó
10-V-69 Boston Goleta sin nombre Desembarcó
1869 Cayo Hueso Octavia (Uruguay 2ª vez cambiado de nombre) Apresada
1870 Nueva Orleáns Uthon (V) Apresada
1870 Nueva Orleáns Virginius (V) Apresada después del desembarco
1870 Nueva York Salvador (V) Desembarcó
1870 Nueva York Florida Apresada antes de salir
1870 Nueva York Guanahani Apresada al desembarcar
1870 Nueva York Hornet (3ª vez) (V) Apresada en Haití después del
desembarco
1871 Nueva York Virginia Desembarcó
1871 Nueva York Bolívar Desembarcó
1871 New-London Edgar Stewart Tuvo que regresar sin haber desembarcado
1872 Cayo Hueso Ocean Queen Desembarcó
1872 Nueva York Fannite (V) Apresada al desembarcar

No tenían los mambís posibilidades, pero en 1872, la situación más que convulsa
de la península, donde Amadeo I bregaba por mantenerse en el trono, servía de
combustible para el mantenimiento de la sublevación, y la voluntariosa (y falta de visión
política) actuación de Valmaseda, fue cortada, para bien o para mal, con su destitución
en Julio, pero el 31 de octubre de 1873 Pieltain, el nuevo capitán general, renunciaba a
su cargo y regresaba a España, el mismo día que empezaba en Santiago de Cuba el
dramático episodio del Virginius, recrudeciéndose la lucha con sonadas victorias de los
separatistas.
El triste episodio del Virginius es una señal de la nulidad de España en el
concierto internacional.

Desde el año 1870 corría a cargo de la Junta revolucionaria el vapor Virginius,
que había pertenecido a los Estados del Sur en la guerra de Secesión, después
de la cual se matriculó como buque norteamericano, registrándose en Nueva
York el 26 de Septiembre de dicho año a nombre de Patterson; pero quedó
demostrado, por varias declaraciones, que pasó a ser propiedad de varios
ciudadanos cubanos, habiendo facilitado los fondos para la compra el célebre
Mora, que ya hacía tiempo tenia entablada la famosa reclamación. (Gallego
1897: 36)

El 31 de octubre de 1873 fue apresado cuando, procedente de Kingston
(Jamaica), se dirigía a Cuba cargado con unos cien filibusteros que se dirigían a Cuba
para sumarse a los separatistas. En Jeremie (Haití) y Puerto Príncipe cargó armas y
municiones para después ir a Cuba, pero puesto sobre aviso el comandante del cañonero
Tornado, inició su persecución que culminó con la captura antes de su llegada,
procediendo a remolcarlo a Santiago de Cuba, donde los componentes de la expedición,

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entre los que se encontraban británicos y usenses, fueron sometidos a consejo de guerra
en el que, hallados culpables de piratería, resultaron condenados a muerte.

El día 2 (de noviembre) se reunió el Consejo de guerra, que condenó como
piratas a todos los mayores de edad, siendo fusilados y ejecutados 54,
concurriendo como circunstancias especiales, que en aquellos días no se
encontraba en Santiago de Cuba el Cónsul de los Estados Unidos, estaban
interrumpidas las comunicaciones con La Habana, efecto de un gran temporal,
y eran difíciles entre esta capital y Madrid. (Gallego 1897: 37)

Las ejecuciones de 53 de los condenados se llevaron a cabo entre el 4 y el 9 de
noviembre, pero estas ejecuciones ocasionaron un conflicto con los usenses que acabó
con un acuerdo diplomático con los Estados Unidos, que presentaron reclamaciones
serias y ocasionaron discusiones con el gobierno español.
Finalmente, las conversaciones llevaron a que el 29 de Noviembre de 1873 se
firmase en Washington un protocolo en el que el ministro plenipotenciario de España,
Contralmirante D. José Polo de Bernabé, se comprometía a la entrega del barco y de las
personas que se hallaban a bordo, y algo más humillante: saludo a la bandera americana
en tiempo y forma, lo que ocasionó un gran alboroto en Cuba, donde la población se
negaba a acatar la orden, que finalmente fue cumplida el día 13 de diciembre.
España suspendía las demás ejecuciones al tiempo que devolvía el barco y se
comprometía a pagar una fuerte indemnización.
Esta nueva humillación ocasionó un gran malestar en la población, que se
quejaba amargamente por el sometimiento a los intereses foráneos y por la falta de
energía para combatir la piratería.
Pero, ¿qué podía pedirse a un sistema que estaba generando, justo en ese
momento, algo tan esperpéntico como el cantonalismo? Aún gracias que, sin ser en
absoluto un exabrupto, Cartagena no se convirtió en base naval usense.

La difícil situación que atravesaba la Península estaba incidiendo sobre la
marcha de la guerra y los resultados de la misma no eran nada favorables para
las tropas españolas. Sólo al terminar el gobierno parlamentario de la I
República y constituirse el del general Serrano el 3 de enero de 1874,
comenzará un periodo de más firmeza que se verá consolidado con el
pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto. (Miguel 2011: 64)

Esa situación posibilitó el reforzamiento de las fuerzas separatistas cubanas, que
el 11 de enero de 1875 y al mando de Gómez, comienzan el intento de Invasión a
Occidente.
Capitaneando 1000 hombres, Gómez cruzó la trocha de Júcaro a Morón1 e
invadió Las Villas, cuyos habitantes le obligaron a la retirada, mientras en Camagüey
las tropas rechazaban también a Maceo, haciendo fracasar rotundamente el intento de
invasión.

En 1875 Máximo Gómez invadió con ímpetu el territorio de Las Villas, con la
decisión de quemar la colmena, es decir: «...entregar a las llamas todos los
ingenios azucareros de Las Villas y Occidente y reducir a escombros y cenizas
el comedero de nuestros enemigos, el elemento que representa su titánico
1
La trocha de Júcaro a Morón era una línea fortificada que desde el puerto de Júcaro al sur
de ciego de Avila, hasta el poblado de Morón al norte, y a lo largo de 68 km fue
construida entre 1869 y 1872 por inciativa del conde de Balmaceda, al objeto de aislar a
los separatistas.

10
poder, y en que se apoya su bárbara dominación. Persistimos en hacernos
libres, no tan solo por medio del plomo, sino también por medio de la tea y del
machete. (Arrozarena 2012: 39)

Era evidente que, para conseguir la destrucción de España, las medidas del
gobierno no estaban resultando suficientes, pues a pesar de su actuación en todos los
campos, el pueblo no acababa de seguir la senda deseada. Ni la prostitución de las
administraciones, ni la manipulación de la educación conseguían que el pueblo cubano
se alzase contra la Patria.
Tan es así que tras estos fracasos separatistas, en los años de 76 y 77, y
atendiendo las medidas aplicadas por el nuevo capitán general, Martínez Campos, que
compaginaba la dulzura con la mano dura, se presentaron muchos insurrectos
deponiendo las armas; algunos de ellos iban acompañados de sus familias. En los partes
que rendían las autoridades se hacía mención de gran número de mujeres y niños.
El ascenso de Martínez Campos a la jefatura del ejército de operaciones en Cuba
en noviembre de 1876, representó un cambio en la política del gobierno. Ya en Cuba
Martínez Campos puso en práctica un plan de pacificar la Isla desde occidente a oriente.
Con tal objetivo, a principio de 1877 adoptó medidas inmediatas, como la preparación
de un plan de campaña en toda la Isla, poniendo a los jefes de mayor confianza en las
diversas regiones para llevar su ofensiva.

Martínez Campos humanizó la guerra, prometiendo dinero y tierras a los
desertores del ejército mambí. Facilitó la salida de Cuba a quien lo solicitó y
devolvió los bienes a los que depusieron las armas; suprimió los destierros y
ofreció el indulto a los desertores. (Miguel 2011: 67)

Finalmente, el 27 de octubre de 1877, Céspedes era destituido de su cargo por
los propios separatistas. Poco después sucumbiría en un enfrentamiento con las tropas
nacionales. Le sustituyó en la presidencia Salvador Cisneros Betancourt, marqués de
Santa Lucía.
El 10 de febrero de 1878, con la paz de Zanjón, se dio fin a la Guerra de los Diez
años de Cuba. La mayoría de las fuerzas de Oriente, dirigidas por Maceo, rechazaron el
Pacto de Zanjón al no aceptar las condiciones impuestas y pedir la abolición inmediata
de la esclavitud.
El jefe mambí Bonaechea continuaría combatiendo con su escuadrón de
caballería hasta abril, momento en que depuso las armas; la partida Pedro Martínez
Freire, se rendiría el 6 de junio, y aún así, continuaron los enfrentamientos hasta el 29
de junio de 1880 en la que fue conocida como “Guerra chiquita” (1879-1881)..
¿Qué se consiguió con la guerra de los diez años? Los separatistas, nada, sino
muertos y heridos; el ejército, lo mismo, si bien los muertos del ejército fueron más
como consecuencia de las enfermedades tropicales que de los efectos de la guerra. Algo
que para las víctimas resultó indiferente. Lo verdaderamente lamentable, es que para el
gobierno también resultó indiferente; duro es reconocerlo, pero parece que la flema
inglesa, seguramente anexa a su condición de agentes británicos, era la causante de que
los políticos y gran parte de la jerarquía militar, fuesen indiferentes a este hecho, que
debieron tenerlo como daño colateral, dada la terquedad de España en no autoinmolarse.
La guerra había cerrado en falso; es de suponer que no habían sido conseguidos
los objetivos británicos; tal vez por ello se firmó la paz, para permitir la liberación de
destacados separatistas presos como Calixto García, que se incorporaría a la lucha
separatista el año siguiente.

11
El 7 de mayo desembarco en Cuba Calixto García, jefe militar de la nueva
insurrección, quedando en Estados Unidos José Martí como presidente
interino del Comité Revolucionario Cubano. El país no apoyo la insurrección,
agotado tras diez años de guerra, y Polavieja imprimió tanta actividad a las
operaciones que logró aislar a los insurrectos y les obligó a capitular. El 3 de
agosto de 1880 Calixto García, Maceo, Rabi, Moncada, etc. se rendían a las
fuerzas del gobierno. La ultima partida en armas, la de Emilio Núñez, depuso
las armas el 3 de diciembre de 1880. La Guerra Chiquita se podía dar por
concluida. Solo la pequeña partida de Filomeno Sarduy continuó en la
guerrilla hasta mayo de 1881. (Togores 2010: 352)

Es el caso que antes de finalizar el año 1878, seis meses después de haberse dado por
finalizada la guerra de los diez años, dieron comienzo los preparativos que llevarían a la
conocida como “guerra chiquita”, iniciada oficialmente el 24 de agosto de 1879 y que
prolongaría el fuego hasta el año 1880.
Parece evidente que la paz de Zanjón no era más que una tregua, pues el
problema de fondo causante del conflicto no se resolvió debido en gran medida a la
actitud de los posteriores gobiernos españoles de la Restauración que incumplieron
sistemáticamente todas y cada una de las promesas. La guerra se había cobrado 58.414
vidas de soldados españoles, la inmensa mayoría como consecuencia de enfermedades
tropicales, y el autor de la pacificación, el general Martínez Campos, prometía
desarrollar una política reformista que de antemano sabía que acabaría encontrando
oposición el parlamento.

Después de la paz del Zanjón en 1878, parecía natural que el Gobierno de
España se preocupase de conservar nuestra soberanía en la Isla, concediendo
reformas políticas á que tenían derecho los cubanos, por su cultura y otras
razones, procurando que su mercado fuese la Península, ó bien preparando los
medios necesarios para dominar por la fuerza cualquier otra insurrección, que
era de esperar estallase, alentada y protegida, como siempre, por los Estados
Unidos; pero no hizo nada, y en 1881 estalló la que se llamó guerra chiquita,
que fue pronto terminada. (Weyler 1910: 19)

Para ratificar el acuerdo de Zanjón, Martínez Campos se desplazó a
Madrid para entrevistarse con Antonio Cánovas del Castillo, quién rehusó
someter a Cortes el tratado firmado, lo que ocasionó una crisis parlamentaria
que llevó a la dimisión de Cánovas el tres de marzo de 1879. Pero no pudo
imponer las condiciones del pacto de Zanjón, y dimitió el siguiente nueve de
diciembre, ocupando de nuevo su cargo Cánovas del Castillo.
Mientras, en Cuba continuaban las tensiones; así, El 24 de agosto de 1879 el
caudillo mambí Belisario Grave de Peralta se sublevo en el río Rioja, cerca de Holguin.

El 26 se sublevo con retraso Quintín Banderas en Santiago con escaso
resultado. A este siguieron alzamientos en Holguín y Tunas de nuevas
partidas. Los mambís se nutrieron en este fallido intento de muchos de los
antiguos Voluntarios y guerrilleros españolistas que habían sido maltratados
por el Gobierno. El 7 de septiembre de 1879 se produjo el primer combate de
cierta importancia, cuando Moncada y José Maceo se enfrentaron a un
batallón español en Sabana Abajo. Pronto los mambis reunieron una fuerza de
4.800 libres y 650 esclavos. (Togores 2010: 351)

El trece de octubre de 1880 decía José Martí en carta a Emilio Núñez:

12
Nuestra misma honra y nuestra causa misma exigen que abandonemos el
campo de la lucha armada…/… yo le aconsejo, como revolucionario y como
hombre que admira y envidia su energía y como cariñoso amigo, que no
permanezca inútilmente en un campo de batalla al que aquellos a quienes Ud.
hoy defiende, son impotentes para hacer llegar a Ud. auxilios. (Martí 1880)

Al terminar la Guerra Chiquita, los cabecillas separatistas Máximo Gómez y
Antonio Maceo huyen (con el apoyo de las autoridades españolas) a Sur América, de
donde se trasladaron a los Estados Unidos para recabar ayudas.
Desde allí continuarían una guerra de insidias cuyo reflejo, durante los
siguientes quinte años, carecería de mucha importancia, si bien mantenía la
inestabilidad.
En enero de 1895 se había recrudecido la inestabilidad, mientras el gobierno
continuaba con un empacho de legalidad que lo hacía inoperativo, como ya era
costumbre a lo largo de todo el siglo.
El 23 de febrero de 1895, coincidiendo con un cambio de gobierno en Madrid,
nuevamente presidido por Cánovas, comenzó la guerra separatista en Cuba, cuando los
jefes rebeldes Bartolomé Massó, Antonio López, Amador Guerra, Santos Pérez Colona,
Manrara, Miró, Rabí, Juan Gualberto Gómez, Martí y otros se sublevaron en el pequeño
pueblo de Baire.
El acto pasaría a la historia como “el Grito de Baire”, que realmente significó un
levantamiento simultáneo en 35 localidades mediante partidas que se organizaron, se
armaron y fueron sostenidas por los Estados Unidos, que dio un fuerte apoyo logístico y
posibilitó un intenso contrabando de armas.

Los cubanos dependían de los Estados Unidos para la adquisición de armas y
municiones; y si el gobierno hubiera decretado un embargo y se hubiera
dispuesto a hacerlo cumplir, es casi seguro que los rebeldes no habrían podido
sostenerse mucho tiempo, ya que las armas y demás pertrechos de guerra eran
absolutamente indispensables. (Soto 1922: 53)

La guerra había vuelto a estallar gracias al impulso de José Martí que supo
organizar la insurrección desde Estados Unidos y superar las rencillas heredadas de la
derrota anterior, sumando a Máximo Gómez y Antonio Maceo como principales
dirigentes militares, siendo encargada su represión al general Martínez Campos, que
tomaría posesión el 28 de marzo de 1895.

Para el año 1895, en el Proyecto de Ley (DOMG 28-111-1895), que firmó el
General Marcelo Azcárraga, Ministro de la Guerra, se indicaba que la fuerza
del Ejército permanente en la Península para el año económico 1895-1896 se
fija en 82.000 hombres de tropa. La de la isla de Cuba será de 13.842 hombres
de tropa, quedando sin embargo facultado el Gobierno para elevar esa cifra
hasta el número que se considere para dominar, con la mayor rapidez posible,
la insurrección que actualmente existe en la región de Oriente. En Puerto Rico,
3.091. Se fijó en 13.291 hombres la de las islas Filipinas, que podrá ser
aumentada si así conviniera para la continuación de las operaciones militares
emprendidas en la isla de Mindanao. (Pascual: 480)

A su llegada a Cuba, Martínez Campos se encontró que cuatro días antes, el 24
de marzo de 1895, José Martí y Máximo Gómez habían lanzado un manifiesto que
terminaba con la proclama: la victoria o el sepulcro. Al mismo se adherían Bartolomé
Masó, José Miró Argenter, Carlos Roloff, Calixto García, Antonio y José Maceo, Juan

13
Gualberto Gómez, Flor Crombet, Perico Pérez, Julio y Manuel Sanguily, Pedro
Betancourt.
Para unirse a la sublevación, a finales de marzo de 1895 había salido de Costa
Rica una expedición filibustera al mando de Maceo y otros cabecillas, y de Santo
Domingo habían salido también los cabecillas Martí y Máximo Gómez. Las
embarcaciones encargadas del traslado eran británicas.
También en esas fechas, el 27 de marzo de 1895 Martínez Campos era nombrado
Capitán General de Cuba.
Pero, a pesar del gran desconcierto existente en el ejército nacional, dos meses
después de la arribada de Martínez Campos acontecía un hecho importante: El 19 de
mayo moría José Martí en una acción guerrillera cerca de Dos Ríos en la que la partida
de Máximo Gómez se enfrentó al coronel Jiménez de Sandoval.
La muerte de Martí, como toda su vida política, estaría marcada por su condición
masónica, entendiendo como tal, lejos del esoterismo, como agente británico. Más
exactamente, como ajuste de cuentas entre masones si consideramos que el mismo
responsable de su muerte, Jiménez de Sandoval, escribió una nota de pésame a los
separatistas repleta de signos masónicos. ¿Estaba dispuesto Martí a sellar un acuerdo
que contradijese las aspiraciones británicas y fue eso lo que le costó la vida? Por
supuesto es aventurado aseverar tal cosa; no obstante,

Hubo quien dijo que contrarió mucho al general Martínez Campos y retrasó la
conclusión de una paz como la del Zanjón, pues se creyó que Martí iba á
entenderse con el general en jefe. (Soldevilla 1896: 266)

Pero lejos de aprovechar esta circunstancia, el general Martínez Campos, tal vez
siguiendo consignas, tal vez mostrando una incompetencia que no parecía poseer hasta
el momento, vio cómo los insurrectos invadían el occidente de la isla y tomaban
Camagüey el 13 de junio, y no se quedaban ahí, sino que ponían en un verdadero
compromiso al propio capitán general cuando en plena estación de lluvias fue vencido
por Antonio Maceo en Sierra Maestra, que al frente de un ejército de unos setecientos
mambises acosó al ejército comandado por Martínez Campos entre Peralejo y Bayamo,
causando la muerte del general Santocildes y de veintiséis soldados, así como un gran
número de heridos, debiendo ser rescatado por una nueva expedición, y dejando Sierra
Maestra en manos de los separatistas, que ya no la abandonarían hasta la invasión
usense.

Por otra parte, el terrorismo era un arma que los separatistas utilizaban con
verdadera diligencia. En ese sentido se prodigaron comunicados como el de 1 de Julio
de 1895:

A los señores hacendados y dueños de fincas ganaderas:
En armonía con los grandes intereses de la Revolución por la Independencia
del país; considerando que toda explotación de productos, cualesquiera que
ellos sean, sirven de ayuda y recurso al enemigo que combatimos, este Cuartel
general dispone:
1.° Queda terminantemente prohibida la introducción de frutos de comercio a
poblaciones ocupadas por el enemigo.
2.° Queda asimismo prohibida la introducción de ganados en pie.
3.° Las fincas azucareras paralizarán su labor y las que intentaran realizar la
zafra, serán incendiadas sus cañas y demolidas sus fábricas.

14
4.° Los que infringiendo estas disposiciones, trataren de sacar lucro de la
situación actual, evidenciarán desde luego poco respeto a los fueros de la
Revolución redentora, serán considerados como desafectos, tratados como
traidores y juzgados como tales, caso de ser apercibidos.—El General en jefe,
—M. GÓMEZ. (Weyler 1910: 34)

La insurrección fue extendiéndose rápidamente y el 16 de Septiembre de 1895 se
constituyó en Jimaguayú el gobierno provisional separatista de Cuba, que rápidamente
organizó el movimiento de invasión de Oriente a Occidente, que se iniciaría el 22 de
octubre de 1895 en Mangas de Baragua, provincia de Santiago, y que duraría hasta el 22
de enero siguiente, cuando entraron en Mantua.
En el curso de la misma, denuncia Weyler, los voluntarios acostumbraban a
rendirse sin combatir, los trenes eran asaltados; las estaciones, las vías y los puentes,
eran sistemáticamente destrozados al carecer de la indispensable protección, y los
separatistas extorsionaban a la población al tiempo que incendiaban cañaverales e
ingenios. (Weyler 1910: 63)
La acción de los separatistas era de tierra quemada, no quedando en pie ningún
medio de producción, y arrasando las poblaciones, de donde se nutrirían de
“voluntarios” y donde ejecutarían a quienes no quisiesen hacerlo.
No se trataba de una actuación de incontrolados, sino que, por el contrario, era la
norma marcada por los dirigentes, que curiosamente coincidía con la labor llevada a
cabo por el ejército británico en la península durante la guerra contra los franceses,
donde se destruían centros de producción sin que en ellos existiesen enemigos.
Curiosamente, la destrucción de centros textiles en la península beneficiaba el
comercio de los textiles ingleses, y también curiosamente, la destrucción de los ingenios
y plantaciones en Cuba beneficiaba la producción de los asentamientos británicos en el
Caribe.
La orden de actuar de ese modo venía dada desde las altas estructuras del
separatismo cubano, que reafirmando y corrigiendo las amenazas vertidas cuatro meses
antes, el seis de noviembre añadían la orden de destruir las vías férreas y de fusilar a
quienes trabajasen en los ingenios, señalando que estaban dispuestos a enarbolar su
victoria sobre escombros y cenizas.
Los bandos son sobradamente explícitos; además de destruir toda la riqueza, se
condenaba a muerte a todo el que no apoyase la causa separatista. Terreno sembrado que
la autoridad tenía en completo abandono.

Siempre ha sido en Cuba el campesino el principal auxiliar del bandolero. El
aislamiento en que vivía le dejaba por completo á merced de éste, y para
librarse de sus venganzas, había de ser su confidente, su proveedor de víveres
y el que muchas veces le facilitaba armas y municiones.…/…unos por serles
simpático el movimiento separatista y otros por terror, todos eran auxiliares de
los insurrectos, quienes encontraban en las sitierías cuantos recursos pudiesen
necesitar. (Corral 1899: 68)

Esas disposiciones y esas realidades cotidianas auguraban una actuación
concreta; así, la insurrección, incapaz de medir sus fuerzas con el Ejército, apeló al
extremo de reducirlo todo á cenizas, siempre que encontraba ocasión.

En Pinar del Río quedaron reducidos á cenizas los pueblos de Cabanas, Bahía
Honda, San Diego de Núnez, Santa Cruz de los Pinos, Palacios, Paso Real de
San Diego, San Diego de los Baños y San Juan y Martínez. Sólo se salvaron la

15
capital, Vinales, Artemisa, Candelaria y Mantua, donde solemnizaron su
entrada hasta con baile en el Casino. (Weyler 1910: 56)

La situación calamitosa en que los insurgentes dejaban a la población con esa
actuación de tierra quemada obligó a Martínez Campos a emitir una orden, el 13 de
enero, por la que cada soldado daba al mes un día de paga para sostener a los
desplazados, dando libertad a cada uno para cumplir la citada orden.
Pero a pesar de todo, el estado de guerra no sería declarado hasta el 2 de enero
de 1896, casi un año después de haberse iniciado, y cuando las fuerzas de Gómez y
Maceo entraron en Vereda Nueva, en Caimito y en Hoyo Colorado, donde los
voluntarios entregaron las armas.

El 2 de enero proclamaba Martínez Campos el estado de sitio en La Habana.
El día 7 estaban los mambís en el arrabal habanero de Marianao. La
insurrección estaba en su momento álgido. Con todo no eran capaces de tomar
la ciudad fuertemente defendida y en la que la decidida actuación de los
Voluntarios impedía cualquier tipo de manifestación en favor de la causa
mambí. Gómez, tras una sangrienta cabalgada, abandono la provincia de La
Habana para al poco tiempo volver. Maceo campaba por la región de
Artemisa, en Pinar del Río. (Togores 2006: 564)

La actuación de Martínez Campos, así, fue cuando menos dudosa, ordenando,
entre otras cosas, que no fuesen requisados los caballos… ni sacrificados los que por
cualquier circunstancia tuviesen que ser abandonados por el ejército, siendo que los
mismos acabarían siendo utilizados por los separatistas.
Esta circunstancia es comentada por el general Valeriano Weyler, que critica
amargamente el mando de su antecesor.

las contemplaciones y bondades del general Martínez Campos, que, por no
hacer daño, no dispuso oportunamente la requisa ni permitió que las tropas se
apoderasen de los caballos, dejándoselos á los insurrectos para que, montados,
pudiesen burlar la persecución de nuestras tropas. (Weyler 1910: 43)

En definitiva, siguiendo el relato del general Weyler (quizá el único capitán
general de Cuba que a lo largo del siglo XIX es digno de respeto), podemos deducir que
la absurda política del general Martínez Campos se vio reducida a recibir los mayores
agravios con la más complaciente sonrisa.
Martínez Campos, en el mejor de los casos, demostró en esta ocasión que si bien
su pericia militar había evitado algún desastre, se encontraba demasiado mayor para
seguir al frente del ejército, por lo que pidió el relevo, siendo sustituido por Valeriano
Weyler, que se hizo cargo de la situación el diez de febrero y dominó la situación
aplicando un uso adecuado de los medios militares que estaban a su disposición, cuyos
miembros alcanzaban el número de 220.000.
El desastre, así, no fue culpa ni del pueblo cubano ni del ejército de base. Esa
idea parece ser manifestada por el propio Valeriano Weyler, quién señala que justamente
el ejército español en Cuba estaba compuesto por un más que importante número de
cubanos.

el ejército que en la Isla pelea por la integridad de la patria hay más de 500
entre generales, jefes y oficiales cubanos (sin contar muchos miles de
soldados), de cuya absoluta é incondicional fidelidad no podemos dudar sin
ofensa suya y daño nuestro. (Weyler 1910: 75)

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A estas alturas, quedaba manifiesto que la presencia de Martínez Campos en
Cuba estaba sobrada. Así, sobrepasado ampliamente por las circunstancias, el 17 de
enero de 1896,

el general Martínez Campos reunió en Palacio á las Autoridades principales,
de uniforme de gala, y explicó los motivos de su relevo diciendo: "El enemigo
se halla en las cercanías de la Habana, y á pocas leguas de la capital... Me he
equivocado también en cuanto al éxito de mi política en Cuba... No ocultaré
que he sido poco afortunado en mi campaña, puesto que al llegar á la Habana
la insurrección sólo existía en parte del departamento Oriental, y hoy se ha
extendido á toda la Isla... (Weyler 1910: 61)

Martínez Campos desaparecía de la escena cubana justo en los momentos en que
José Martí Gómez habían entrado secretamente en la isla.

Los cubanos filibusteros que habitan en la gran Antilla afirman, que el
desembarco de los dos jefes rebeldes había de ser la señal para un
levantamiento general, que se iniciarla en varios puntos de la isla. (Soldevilla
1896: 72)

Quién se enfrentaría al jefe separatista sería el general Valeriano Weyler, quién a
su llegada a la Habana señaló:

Encuentro el ejército tan subdividido y fraccionado que se da el caso de existir
secciones del mismo cuerpo en distintas provincias.
Hay pequeños destacamentos mandados por jefes que pudieran mandar
columnas. (Soldevilla 1897:75)

Ciertamente ese no era un mal circunscribible a Cuba, ya que lo mismo sucedía
en toda España, dada la inflación de mandos que se habían ido generando a lo largo de
todo el siglo para satisfacer favores del más variopinto origen.
A pesar de estas dificultades, Weyler puso en huída a Maceo, que finalmente
caería muerto en combate el siete de diciembre de 1896, y llevó a cabo un efectivo
acoso sobre los separatistas que lo puso en disposición de alcanzar la victoria final.
De evitar la misma, por vías extraordinarias, se encargarían otros…
Weyler tomó una medida que sería arma arrojadiza de sus enemigos: El 16 de
febrero de 1896, lanzó un bando en el que ordenaba:

Primero.
Todos los habitantes de las jurisdicciones de Sancti-Spíritus, Puerto Príncipe y
Santiago de Cuba deberán reconcentrarse en lugares donde haya cabeceras de
división, brigada de tropas, provistos de documentos que garanticen su
personalidad.
Quinto.
Todos los dueños de fincas de campo no exceptuados por la correspondiente
instrucción, deberán desalojar sus haciendas y casas (Soldevilla 1897:84)

Con motivo de esta medida, pulcra desde el punto de vista militar, los usenses
iniciaron una terrorífica campaña que no sólo tenía fines políticos, sino además
intenciones mercantiles, y se abrogaban, ¡justo ellos! la defensa del humanitarismo.
Frente a semejante campaña, sólo voces aisladas repetían la realidad de los hechos.

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La mayoría de los reconcentrados son vagos, y puede asegurarse, sin faltar á la
verdad, que aquí hay menos miseria que en cualquier gran capital de Europa.
Viendo el reparto de socorros se aprecia que sólo acuden á recibirlos inválidos
y ancianos y los pobres que hay en todas partes, y que aquí existirían también,
aunque no hubiera guerra. (Soldevilla 1899: 106)

Pero lo que preocupaba era que Weyler estaba controlando la situación; a los
separatistas los tenía acorralados y privados de suministros. Ahora tocaba el turno de los
instigadores principales de la guerra. Con ese motivo, el 14 de Julio de 1896, decretó:

Se concede un plazo de treinta días á todos los extranjeros residentes en la isla
de Cuba para que se inscriban en el registro correspondiente, como ordena el
capítulo 7.° del reglamento-ley de Registro civil de 1884, y como dispone el
artículo 7.° de la ley de extranjería de 1870. (Soldevilla 1897: 294)

Mientras, en la península, el masivo envío de tropas, generalmente sin
instrucción, era motivo de inquietud; así, en Julio se produjeron protestas en Zaragoza
por el envío de tropas a Cuba. Estas protestas se extendieron; así, en Barcelona,
Logroño, y en Valencia se reprodujeron en agosto.

Y en plena impotencia, Maceo lanzó un manifiesto el 13 de agosto de 1896 en el
que animaba a llevar a cabo acciones de pura destrucción.

Compañeros de armas: ¡Destruir! ¡Destruir! Destruir siempre, á todas horas,
de día y de noche; volar puentes, descarrilar trenes, quemar poblados,
incendiar ingenios, arrasar siembras, aniquilar á Cuba, es vencer al enemigo.
Es tenaz, es valeroso, ya lo sabemos, y por eso apelamos á medios tan
extraordinarios y supremos, etc. —A. Maceo (Soldevilla 1897: 328)

Esta política acarreó, efectivamente, grandes destrucciones y crímenes, lo que
motivó que, aún desde la impotencia, se diesen casos de resistencia por parte de
aquellos que, abandonados en la manigua no tenían otras armas que ofrecer que sus
propias manos.

Desmanes como la destrucción de las fincas en la región de Holguín-Gibara y
el incendio de Velasco en 1896 por las fuerzas de Calixto García motivaron
actos de resistencia civil en otros lugares más tarde, como la defensa por sus
habitantes de Guisa contra el Ejército Libertador a principios de 1898.
(Tarragó 2009: 216)

El fin planteado estaba siendo desmontado por la acción del general Weyler, que
sufría los insultos usenses con poca paciencia y forzado por la actitud del gobierno, que
por su parte recibía constantes avisos. Así, el 8 de diciembre de 1896, el presidente
usense Cleveland lanzaba el enésimo.

Nuestra nación, dice, no podrá guardar indefinidamente la actitud actual, y
podríamos vernos obligados á imponer a España un plazo para terminar la
guerra de Cuba, ya sea sola, yacen la cooperación yankée. Cuando la
impotencia de España sea manifiesta los Estados Unidos sabrán cumplir con
su deber. (Soldevilla 1897: 485-486)

A pesar de todo, a finales de 1896 las tres provincias occidentales de Pinar del
Río, La Habana y Matanzas se fueron pacificando gradualmente gracias a la acción de

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Weyler. La rendición de los separatistas era cuestión de tiempo. Por entonces, la muerte
de Maceo en un enfrentamiento dio lugar a una nueva embestida de la prensa usense,
que acusó a España de asesinato.
Pero la mortandad de los soldados, ocasionada principalmente por las
enfermedades tropicales, era un mal que no recibía la necesaria atención por parte de las
administraciones.

Durante este año fallecieron 667 soldados españoles por acciones de guerra y
3.200 por enfermedades tropicales. Los separatistas sufrieron 23341 bajas
(9112 muertos en campaña, 752 heridos y 13477 entre prisioneros y
presentados. (Soldevilla 1898: 556-447)

Esas malas condiciones, económicas, políticas, ambientales… y de captación
política por parte de los separatistas, ocasionaron otras bajas, los desertores.

Según noticias facilitadas en los centros oficiales, los prófugos de Pontevedra
fueron 1.173, los de Oviedo 585, los de Gijón 488, los de Santiago 441, los de
Santander 316, los de Orense, 563, los de Monforte 248, los de Lugo 228, los
de Lérida 223, los de Coruña 204, los de Málaga 151, los de Bilbao 138, los
de Murcia 135, los de Barcelona (zona núm. 60), 131, los de León 119, los de
Almería 112, los de Pamplona 102, los de San Sebastián 101. En las demás
zonas no llega á 100 el número de prófugos. Entre las dos zonas de Madrid no
hubo más que 16. (Soldevilla 1897: 525)

Las tropas de Cuba en 1897 eran
7.182 jefes y oficiales, 184.647 hombres de tropa, 20.403 caballos y 5.932
acémilas. Y el de voluntarios: 4.595 jefes y oficiales, 82.033 soldados y
15.165 caballos (Pascual)
En Puerto Rico había 7.219 hombres, y en Filipìnas 43.656.

Mientras tanto, las agresiones usenses no cesaban. El 1 de enero de 1897 llegaba un
comunicado de Nueva York:

Según despachos de Jacksonville, el vapor Commodore, autorizado en forma,
ha salido de dicho puerto con rumbo y cargamento declarados, para las costas
de Cuba.
Como si se tratara de comercio licito, parece que va consignado á Cienfuegos,
á la orden de Salvador Cisneros, Presidente de la República Cubana.
Lleva á bordo 27 hombres, y su cargamento se compone de mil libras de
dinamita, doscientos fusiles, doscientos mil cartuchos, trescientos machetes,
gran cantidad de drogas y mucho vestuario.»
Publicamos esta noticia como tipo de las que con frecuencia se reciben de los
Estados Unidos y que prueban la indigna conducta seguida por esta nación
para con España.
No publicamos todas las de este género, por que llenarían el libro, así como
también omitiremos aquellas otras que se refieren á detención de barcos
filibusteros y prisión de sus tripulantes, pues todo esto fue siempre una farsa
ridícula.
Durante este año, como en los anteriores, los barcos eran cogidos cuando
habían desembarcado en Cuba las armas y municiones; si alguna vez les
cogían cargados, les devolvían el cargamento, y siempre eran absueltos los
tripulantes. (Soldevilla 1898: 2)

19
El 4 de febrero de 1897 es concedida la autonomía a la isla, en un momento en
que, si bien Weyler iba tomando el control, existían zonas que todavía estaban bajo
poder de los separatistas, y la concentración de tropas se centraba principalmente en los
territorios que nominalmente estaban pacificados.
Lo que creyó gran parte de la opinión, fue que, el gobierno, deseoso y
necesitado de algún éxito para presentarse ante las Cortes, había insinuado al
general Weyler la necesidad de que, siquiera parte del territorio cubano,
apareciese pacificada y que, el gobernador general de Cuba, se había prestado
de buen grado á complacer al gobierno. (Soldevilla 1898: 146)

No sería esta la única contrariedad que tendría Weyler, pues el día 24 de abril,
por orden del gobierno y con el general desagrado, eran puestos en libertad varios
filibusteros.
No obstante, Weyler siguió con su campaña, y el 18 de mayo de 1897
telegrafiaba:

El aniquilamiento de la insurrección desde cabo San Antonio á trocha Júcaro
Morón es un hecho palpable: los trenes circulan con regularidad como en
tiempo de paz; en el campo y alrededores de los pueblos se trabaja; la zafra se
hace sin interrupción; sólo grupos de malhechores acusan rara vez su
presencia con fechorías, aprovechando descuido de trabajadores y de
guerrillas, nunca de fuerzas regulares, sin cabecillas importantes por haber
muerto ó capturado á principales. Más que insurrección política, quedan hoy
hordas criminales procedentes de antiguo y casi permanente bandidaje existe
en esta isla, imposibilitados de presentarse, en su mayoría por ser autores de
delitos comunes…/… Máximo Gómez anda sólo con 50 hombres, y respecto á
Calixto, Cebreco, Rabí y otros de la pasada guerra, los documentos cogidos
prueban el estado de descomposición en que se encuentran, por no poder
sostener la guerra en Occidente, y negarse los de Oriente á hacer expediciones.
(Soldevilla 1898: 169)

Siguieron los avances, y a principios de verano de 1897 todo señalaba el fin de
la guerra en Cuba. El único rebelde destacado que quedaba era Quintín Banderas, que
estaba rodeado, mientras Máximo Gómez, en Santa Clara, no tenía muchos seguidores,
y sólo Oriente se mantenía insumiso.
Máximo Gómez estaba dispuesto a darse por vencido y regresar a Santo
Domingo, de donde era natural. Y si Cánovas no hubiese sido asesinado el ocho de
agosto de 1897, es muy probable que Weyler hubiera acabado con la insurrección.
Pero, evidentemente, el asesinato de Cánovas había cambiado el escenario,
motivo por el que el día 16 de Julio, Máximo Gómez podía proclamar:

No aceptamos las reformas ni la autonomía. A las puertas de La Habana
haremos pública nuestra gratitud al ejército cubano por los servicios que ha
prestado. (Soldevilla 1898: 255)

Pero Weyler, que era la víctima propiciatoria, sería el encargado de la
proclamación de la autonomía el día 6 de octubre de 1897, tres días antes de ser
sustituido en el mando por el general Ramón Blanco, más proclive a los dictados del
gobierno, y que sería una permanente fuente de conflictos.
La proclamación de la autonomía ocasionó manifestaciones contrarias a
la misma, que fueron duramente reprimidas.

20
No obstante, parecía que la proclamación de un régimen de autogobierno iba a
facilitar lo que con el asesinato de Canalejas y la destitución de Weyler se quería evitar.

El gran número de insurrectos que desertaron y se presentaron a las
autoridades después del decreto de amnistía que siguió a la concesión de la
autonomía en 1897 hace pensar que la autonomía no llegó demasiado tarde
para triunfar por su propio peso. Por eso el Generalísimo Máximo Gómez
emitió un decreto condenando a muerte a todo aquel soldado del Ejército
Libertador que se entregase a las autoridades y a todo aquel que fuera a un
campamento de dicho ejército en nombre del gobierno autonómico cubano.
(Tarragó 2009: 218)

Si bien no todos los analistas opinan lo mismo, porque debemos tener en cuenta
que por estas fechas, la labor de Weyler había sido ya deshecha, y los separatistas
habían ganado ampliamente toda la influencia que habían perdido bajo su mando. En el
mejor de los casos reinaba una profunda incertidumbre.

A comienzos del año, las tres cuartas partes de la Isla estaban dominadas por
los rebeldes, y según el general Blanco de los 192.000 hombres que, como
tropa regular había recibido Weyler (185.277 transportados por la compañía
Trasatlántica según sus datos) sólo quedaban operativos 84.000, distribuidos
entre la Habana (40.000) Matanzas (20.000) y Oriente (30.000). (Adán García:
65)

Había llegado el momento. Stewart Lindon Woodford, ministro plenipotenciario
de los Estados Unidos en España ya había hablado con Segismundo Moret, ministro de
Ultramar, a quién le había declarado las intenciones de los Estados Unidos que, desde el
6 de noviembre, con ocasión de los altercados producidos en la Habana con motivo de
la amnistía general concedida por el gobierno, estaban preparando lo que había de venir.

A finales de 1897 el general en jefe del ejercito norteamericano Nelson A.
Miles tenía ordenes concretas sobre la futura anexión de Cuba y Puerto Rico,
en tanto que la flota del Pacifico recibía instrucciones para atacar Filipinas.
(Togores 2006: 569)

Con estas circunstancias, y con la excusa de una visita amistosa no programada,
Mackinley envíó a Cuba el acorazado “Maine” y el “Montgomery”, que arribarían a
primeros de 1898.
Excusa que se vio reforzada por los acontecimientos ocurridos en la Habana,
cuando los patriotas se amotinaron y saquearon las propiedades de los autonomistas,
haciendo especial hincapié en los periódicos y contra la política del general Blanco, al
tiempo que reclamaban la vuelta del general Weyler.
Y es que el general Blanco, que no fue bien recibido merced a la experiencia
acumulada en Filipinas, provocó gran malestar en todos los ámbitos sociales.

El desacuerdo con la nueva política de pacificación que impuso el
general Blanco provocó que muchos militares, amparados en su fuero,
pidieran destino a la Península. El periódico panfletario El Reconcentrado
publicó, en su edición del 10 de enero, una lista de oficiales que embarcaban
en vapor-correo, encabezada con la frase “Fuga de granujas”, lo que provocó
que otro grupo de oficiales arrasaran la redacción”. Y casualmente, temiendo
el secretario de estado norteamericano el fracaso de la autonomía “Con motivo
de la sublevación o algaradas que los weyleristas e intransigentes promovieron

21
en Cuba contra el general Blanco y la autonomía en 12, 13 y 14 de enero, se
dirigió a la Habana repentinamente el crucero Maine”. El acorazado fondeó en
la bahía de la Habana (25Ene.98) y cinco torpederos americanos se
concentraron en las costas de Florida. (Adán García: 65)

Pero la verdad es que, para tratarse de una visita amistosa, es sospechoso que los
barcos usenses llegasen cargados con ingentes cantidades de armamento. Al respecto, el
teniente de navío José Müller Teijeiro señalaría en su momento:

Está probado que el buque de que me ocupo, á pesar de la comisión amistosa
que á desempeñar vino, llevaba en sus pañoles más cantidad de pólvora y
municiones de las que generalmente llevan los buques en tiempos normales,
como también que el día en que tuvo lugar la catástrofe recibió, de un
cañonero llegado del Norte, gran cantidad de explosivos, cuyo trasbordo
observaron perfectamente los vapores mercantes que cerca de él estaban
fondeados y el natural cuidado con que lo efectuaron. (Müller 1898: 17)

El 25 de enero fondeaba el Maine en la Habana, y a principios de febrero
merodeaban Cuba, los acorazados
Maine, Masachussest, Indiana, Iowa y Texas; los cruceros Montgomery,
Detroit, Nashvill, Brooklin, New-York y Marblehead, y los torpederos
Vesuvius, Forter, Dupont, Ericson y Terror. Total, 16 barcos de guerra.
(Soldevilla 1898: 34)

El general Bermejo, entonces ministro de Marina, decía en carta dirigida al general
Cervera, con fecha 6 de Febrero. Lo siguiente:

Seguimos siendo visitados en Cuba por buques americanos, siempre bajo las
seguridades del Gobierno de los Estados Unidos que significa que estas visitas
son de pura cortesía y amistad; si envuelven otro objetivo, tal vez el hacer una
exhibición de sus buques que patentice su superioridad sobre los estacionados
en aquellas colonias, su objeto está conseguido; mientras, el núcleo de sus
fuerzas navales se encuentra, so pretexto de hacer maniobras navales,
estacionado en las Tortugas secas y Cayo Hueso, debiendo durar éstas hasta 1º
de Abril. Veremos lo que resulta de todo esto, que me hace cavilar mucho.
(Isern 1899: 400)

El 15 de febrero de 1898 el acorazado Mayne estallaba en el puerto de La
Habana, con la circunstancia curiosa que ninguno de los oficiales se encontraba a bordo.
Todo estaba preparado para la traca final. La prensa usense acusó de inmediato a España
de un ataque a traición, cuando todo indicaba que la explosión había sido interior, tal
vez orquestada por el mismo gobierno de los Estados Unidos, tal vez consecuencia de
un mal almacenamiento de los explosivos…
La guerra se anunciaba; la prensa usense incitaba a diario, y el gobierno
español… esperaba acontecimientos.
El 5 de marzo de 1898, el general Ramón Blanco envió a Máximo Gómez una
propuesta de colaboración contra la invasión usense (ver anexo 2).
Y en breve comunicado de Máximo Gómez al general Ramón Blanco, como
contestación a su solicitud, decía:

hasta el presente sólo he tenido motivos de admiración para los Estados
Unidos. He escrito al presidente McKinley y al general Miles. No veo el
peligro de exterminio por los Estados Unidos a que usted se refiere en su

22
carta. Si así fuere, la Historia los juzgará. Por el presente sólo tengo que
repetirle que es muy tarde para inteligencias entre su ejército y el mío.

La condición moral de Máximo Gómez quedaba bien reflejada, como bien
reflejada quedaba la de J. Phelps, ex ministro de los EE.UU en Londres, que el 28 de
marzo de 1898 declaraba:
Combate España una rebelión contra su autoridad en Cuba, que hace tiempo
hubiera terminado por agotamiento de no haber estado apoyada y alimentada
por expediciones continuas desde este país en violación de nuestras leyes de
neutralidad y de los deberes que los tratados nos imponen. (El Mundo Naval
Ilustrado nº 27 Junio de 1898)

Decía más esta benemérita persona

Es un hecho notorio que durante toda la guerra la devastación de hogares y
sembrados de estos moradores ha sido realizada por los rebeldes en armas,
quienes han puesto á tributo, en forma de extorsiones por medio de las
amenazas, á estos desdichados en tanto poseían algo. (El Mundo Naval
Ilustrado nº 27 Junio de 1898)

Las fuerzas insurrectas se componen de cubanos, negros, renegados y
aventureros de todas layas procedentes de los Estados Unidos y de otras
partes. ¿Hemos de hacer nuestra la causa de esta gentef ¿Puede sostenerse que
las atribuciones de la humanidad consistan en arrojar de la isla al Gobierno en
ella establecido, el único Gobierno que allí existe, dejando entregada la
población á merced de gentes como aquéllas? (El Mundo Naval Ilustrado nº
27 Junio de 1898)

¿Quiénes son, pues, los verdaderos insurrectos? Pues son un conjunto de
hombres en número indeterminado que escurren el bulto, y no tienen ni
capital, ni residencia, ni conato siquiera de gobierno organizado (a no ser una
Junta avecindada en la ciudad de Nueva York); meros guerrilleros y bandidos
que han estado haciendo lo que ellos llaman guerra, por medio de crímenes
que no se reconocen como guerra en ningún país civilizado. (El Mundo Naval
Ilustrado nº 27 Junio de 1898)

Más digno de encontrarse en el callejero español, por honrado, es J. Phelps que
muchos “héroes” y “personajes ilustres” que, con nombre español buscaron la ruina de
España a lo largo de todo el siglo XIX.
Y todos, menos aparentemente el gobierno español, estaban al cabo de lo que se
estaba maquinando. Todos, pues Máximo Gómez ya lo había anunciado:

Pronto, y como coronación de nuestra campaña, sobrevendrá una gran
sorpresa; una intervención extraña determinará el fin de nuestros esfuerzos.
(Isern 1899: 415)

La guerra civil en Cuba había finalizado con la supresión unilateral de
hostilidades por parte del ejército español habiéndose saldado la campaña de 1895 a
1898 con las siguientes bajas:

Muertos en el campo de batalla: 2.032
Muertos a consecuencia de las heridas recibidas: 1.069
Muertos por el vómito: 16.329

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Muertos por enfermedades diversas o accidentes: 24.959
Total: 44.389 (Pascual)

Y después, la guerra con los Estados Unidos. España derrotada, España
mutilada, España traicionada.
Se calcula que alrededor de 15 mil contendientes cubanos perdieron la vida
durante los enfrentamientos, pero las víctimas civiles oscilan entre 40 mil y 70 mil.
Cuba independiente pasó a sufrir la imposición de la Ley Platt, como apéndice,
para mayor escarnio, a su Constitución. En base a la misma, los Estados Unidos se
aseguraron el derecho de poseer Guantánamo y Bahía Honda, no pudiendo Cuba
arrendar, ceder, hipotecar, ni hacer ningún acto de dominio sobre su territorio sin la
intervención y beneplácito de los Estados Unidos; ni concertar empréstitos con otras
Naciones.
La enmienda Platt limitó la soberanía cubana en temas económicamente
estratégicos. Los grandes beneficiarios fueron los grandes terratenientes, ya que la
situación del campesinado apenas mejoraría.

ANEXOS:

Anexo 1

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Carta de Dupuy a Canalejas

—Excelentísimo Sr. D. José Canalejas.

Mi distinguido y querido amigo: No tiene usted que pedirme excusa por no haberme
escrito.

Yo debí también haberlo hecho, y lo he dejado por estar abrumado de trabajo y nous
sommes quHtes.

Aquí continúa la situación lo mismo. Todo depende del éxito político y militar en Cuba.
El prólogo de todo esto, en esta segunda manera de hacerla guerra, terminará el día en
que se nombre el Gabinete colonial y nos quiten ante este pueblo parte de la
responsabilidad de lo que ahí sucede, y tengan que echarla sobre los cubanos, que tan
inmaculados creen.

Hasta entonces no podrá verse claro, y considero una pérdida de tiempo y adelantarse
por un mal camino el envío de emisarios al campo rebelde, negociaciones con los
autonomistas aun no declarados legales y averiguación de las intenciones y propósitos
de este Gobierno.

Los emigrados irán volviendo uno por uno, y en cuanto vuelvan, irán entrando por el
redil, y los cabecillas volverán poco á poco.

No tuvieron ni unos ni otros el valor de irse en masa, y no lo tendrán para regresar así.
El Mensaje ha desengañado á los insurrectos, que esperaban otra cosa, y ha paralizado
la acción del Congreso; pero yo lo considero malo.

Además de la natural é inevitable grosería con que se repite cuanto ha dicho de Weyler
la prensa y la opinión en España, demuestran una vez más lo que es Mac-Kinley; débil y
populachero y además un politicastro, que quiere dejarse puerta abierta y quedar bien
con los jingoes de su partido.

Sin embargo, en la práctica, sólo de nosotros dependerá que resulte malo y contrario.
Estoy de acuerdo en absoluto con usted: sin un éxito militar no se logrará ahí nada, y sin un
éxito militar y político, hay aquí siempre peligro de que se aliente á los insurrectos, ya que no
por el Gobierno, por una parte de la opinión.

No creo se fijan bastante en el papel de Inglaterra. Casi toda esa canalla periodística que pulula
en ese Hot^^l, son ingleses, y al propio tiempo que corresponsales del Journal, lo son de los
más serios periódicos y revistas de Londres. Así ha sido desde el principio.

Para mí, el único fin de Inglaterra es que los americanos se entretengan con nosotros y les dejen
en paz, y si hay una guerra, mejor; eso alejaría la que les amenaza, aunque no llegará nunca.

Sería muy importante que se ocuparan, aunque no fuese más que para efecto, de las relaciones
comerciales, y que se enviase aquí un hombre de importancia para que yo lo usara aquí para
hacer propaganda entre los Senadores y otros, en oposición á la Junta, y para ir ganando
emigrados.

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Ahí va Amblard. Creo viene demasiado empapado de política menuda, y hay que hacerla muy
grande ó perdernos.
Adela devuelve su saludo, y todos deseamos que en el próximo año sea mensajero de la paz, y
lleve ese aguinaldo á la pobre España.

Siempre su devoto amigo y servidor, que besa su mano, Enrique Dupuy de Lomer>

Anexo 2:
PROPOSICIÓN DEL CAPITÁN GENERAL RAMÓN BLANCO ERENAS AL
GENERALÍSIMO MÁXIMO GÓMEZ 5 de Marzo 1898.

General Máximo Gómez, jefe de las fuerzas
revolucionarias

Señor:

Con la sinceridad que siempre ha caracterizado todos mis actos, me dirijo a
usted, no dudando por un momento que su clara inteligencia y nobles
sentimientos, los que como enemigo honrado reconózcole, harán acoger mi
carta favorablemente.

No puede ocultarse a usted que el problema cubano ha cambiado
radicalmente. Españoles y cubanos nos encontramos ahora frente a un
extranjero de distinta raza, de tendencia naturalmente absorbente, y cuyas
intenciones no son solamente privar a España de su bandera sobre el suelo
cubano, por razón de su sangre española. El bloqueo de los puertos de la Isla
no tiene otro objeto. No sólo es dañoso a los españoles, sino que afecta
también a los cubanos, completando la obra de exterminio que comenzó con
nuestra guerra civil.

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Ha llegado, por tanto, el momento supremo en que olvidemos nuestra pasadas
diferencias y en que, unidos cubanos y españoles para nuestra propia defensa,
rechacemos al invasor. España no olvidará la noble ayuda de sus hijos de
Cuba, y una vez rechazado de la Isla el enemigo extranjero, ella, como madre
cariñosa, abrigará en sus brazos a otro nueva hija de las naciónes del Nuevo
Mundo, que habla en su lengua, profesa su religión y siente correr en sus
venas la noble sangre española. Por todas estas razones, General, propongo a
usted hacer una alianza ambos ejércitos en la ciudad de Santa Clara. Los
cubanos recibirán las armas del Ejército español y, al grito de ¡viva España! Y
¡ viva Cuba!, rechazaremos al invasor y liberaremos de un yugo extranjero a
los descendientes de un mismo pueblo".

Su afectísimo servidor,

Ramón Blanco Erenas

Capitán General

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