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¿Profeta yo?

La cuchara y el espejo
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Toda profesión por digna que sea puede ser desprestigiada. Del desprestigio se
encargan los falsos y los torcidos. Por ejemplo, así como hay buenos médicos, también
hay médicos ineptos, médicos tramposos y falsos médicos. Y por encima de los
médicos están los sistemas nacionales de salud, la economía y los (d)efectos de la
globalización en cada país. Pero bueno, nuestro tema es la profecía.

Resulta teológicamente más productivo hablar de las funciones de los profetas que de
los términos hebreos que usa la Biblia para designarlos.[1] Las etimologías de idiomas
antiguos suenan muy impresionantes y autoritativas, pero muchas veces bajo el manto
de sapiencia se esconden falacias metodológicas monumentales. De nada sirve hablar
de la etimología de la palabra “político”, por ejemplo, si sabemos que la función
verdadera de muchos es apropiarse de los tesoros de la nación. Por eso algunas
profesiones y oficios llegan a perder su significado etimológico y se convierten en
sinónimos de otra cosa: tramposo, corrupto, sinvergüenza, pillo, atracador, ladrón,
entre otros. Pero nuestro tema tampoco es ese, sino el profetismo y cómo éste se
desprestigia.

Moisés es el primero y más grande de todos los profetas bíblicos (Nm 11:6–8; Dt 34:10;
18:18; Hc 7:37). Por medio de Moisés Israel recibe de Dios la constitución que ordena
la vida y relaciones de Israel. Esta constitución abarca todo: fe, familia, política,
economía y sociedad. Samuel inaugura otro período profético, el cual crece paralelo a
la monarquía. Samuel le recuerda a Israel que la política puede cambiar, pero lo más
importante es mantener el pacto por medio de la obediencia (1S 8 y 12).

Los profetas en la Biblia, como grupo con unas características más o menos comunes,
surgen a partir de Samuel. Su misión principal es anunciar la palabra de Dios en cuatro
formas principales: ordenar y corregir (dentro de los parámetros del pacto y la ley),
consolar y dar esperanza (dentro y más allá de los parámetros del pacto y la ley). Los
más sobresalientes fueron Elías y Eliseo (más actores que escritores) y después de
ellos todos los profetas clásicos o literarios desde Isaías hasta Malaquías (según el
orden canónico). Pero como nunca faltan los aprovechados, en el profetismo tampoco
faltaron.

La cuchara, en algunos países dónde se usa, llega a ser sinónimo de alimentación,


estómago, economía y ambición. Así, podemos decir que muchos corazones se
corrompen y muchas profesiones se desprestigian por causa de la cuchara. Pero
además de la cuchara existe el espejo y la cámara: cómo nos queremos ver y ¡cómo
queremos que nos vean! El poseer algo sobrenatural es para algunas almas
atribuladas una forma de figurar, de ser reconocido, de tener poder. Por eso la
profecía es tan apetecida; pero no según la Biblia, sino muchas veces según el público,
la cuchara, el espejo y la cámara.

Cuando el profeta depende de su profecía para la supervivencia de su estómago y/o de


su ego, la profecía difícilmente vendrá de Dios, se hace altamente sospechosa. Así lo
registra Jeremías 28 y Zacarías 13. ¿Se imaginan qué puede profetizar un profeta
empleado del gobierno? ¿Qué puede profetizar alguien que gana comisión por profecía
o alguien que, por fin, como profeta puede ser “alguien” en la vida? Con tanto
desempleo y tanto maltrato infantil hay suficientes razones para sospechar. En el
Nuevo Testamento también hubo gente que vio el Espíritu Santo como un buen
negocio. “¿Por cuánto me vendes el Espíritu Santo—dijo Simón el mago a Pedro—para
yo también rebuscarme?” (Hc 8:9–25). Al emprendimiento de Simón súmele un pueblo
en vilo y automáticamente obtendrá multitudes, engañadas, pero multitudes.

En la secuencia bíblica del ministerio profético, Juan el Bautista es el último de los


profetas (Mt 11:9; Lc 7:26). Con el Bautista termina el tiempo de la profecía (al estilo
del Antiguo Testamento), y comienza el cumplimiento.[2] Volver a la forma de la
profecía del Antiguo Testamento, según Jesús, es realmente volver atrás. La revelación
más completa y perfecta de Dios se da en Jesús: “dichosos los ojos de ustedes que ven
y sus oídos porque oyen. Porque les aseguro que muchos profetas y otros justos
anhelaron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, pero no
lo oyeron” (Mt 13:16–17). Y si así son las cosas, ¿por qué hay gente que quiere
devolverse en el tiempo y en la teología pronunciando oráculos cuál Isaías, Jeremías,
Hageo o Malaquías? Por la mala maña de la mala teología. Continuará . .

©2008Milton Acosta

[1]Para un estudio del uso de las palabras, véase Paul Ricoeur, "Reflexión sobre el lenguaje: hacia
una teología de la palabra," in Exégesis y hermenéutica, ed. R. Barthes, P. Ricoeur, and X. Léon-
Dufour (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1976).

[2]J. Jeremías lo llama “superprofeta”. Joachim Jeremias, Teología del Nuevo Testamento
(Salamanca, España: Ediciones Sígueme, 1974), 63–65. Debe notarse que en versiones más
recientes, Lc 7:8 no dice “no hay mayor profeta que Juan” (RV60), sino “nadie más grande que
Juan” (NVI, Biblia de las Américas).

¿Profeta yo? (2 No, pero sí)


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La Biblia no se puede leer como Condorito: en cada página una obra completa (un
chiste). No; en la Biblia las cosas tienen un orden y una secuencia. Así como la historia
de la humanidad se divide en a.C. y d.C., así también se debe hacer teología bíblica.
Hay cosas que sólo son a.C., otras que sólo son d.C. y otras que son a.C. y d.C. Ese
orden y secuencia es fundamental en el gran drama de la salvación. Por eso los
maestros de la Escritura se preparan y estudian la Biblia con diligencia, como lo han
hecho los maestros judíos y cristianos siempre. Uno no puede ser su propio maestro. El
eunuco etíope lo sabía (Hc 8:26–40).

Ud. dirá, “sí, pero cuántas barbaridades no han dicho los grandes eruditos de la Biblia.”
Y habrá que contestarle: “tiene toda la razón.” Pero antes que ud. diga “ah, se da
cuenta”, hay que decir que así como la alternativa a los malos médicos no es montar
un quirófano en cada esquina y hacer cirugías con cuchillos oxidados, la alternativa a
los malos maestros no es la ignorancia caprichosa y atrevida. La alternativa es estudiar
y con la ayuda de Dios ser un buen maestro.

En la historia de la salvación, entonces, los profetas (tipo Isaías) son cosa del pasado:
“Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras
épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su
Hijo” (Hb 1:1–2). El apóstol Pedro añade: “Recuerden las palabras que los santos
profetas pronunciaron en el pasado, y el mandamiento que dio nuestro Señor y
Salvador por medio de los apóstoles” (2P 3:2). Eso significa que Jesucristo es el clímax
de la revelación de Dios. No hay más que añadir ni que inventar. Por eso, Peter Wagner
camina en aguas supremamente peligrosas al sugerir que Dios continúa hoy dando
nuevas revelaciones.[1]

En la teología bíblica, los profetas del Antiguo Testamento cumplieron una misión única
para un tiempo específico que ya pasó.[2] Si el uso del término “profeta” persiste en la
iglesia hoy, será en un sentido metafórico y limitado, muy limitado. Así como no
llevamos coronas de reyes ni hacemos sacrificios de animales por ser llamados los
cristianos “reyes y sacerdotes” (1P 2:9), así tampoco los profetas y apóstoles después
de Jesucristo pronuncian oráculos como lo hicieron los profetas del Antiguo
Testamento.

Del Nuevo Testamento aprendemos algunas lecciones al respecto. Los escritores del
NT en vez de autoproclamarse profetas y de andar profetizando maridos y riquezas a
diestra y siniestra; se dedicaron a escuchar a Jesús y a estudiar los profetas del Antiguo
Testamento para ver de qué manera éstos anunciaban al Cristo y de qué manera en
Jesús se cumplía lo que los profetas del Antiguo Testamento habían dicho (Hc 3:24–25;
8:26–40). [3] El único escritor del NT que dice ser profeta es Juan en Apocalipsis.

“Profeta” después de Jesucristo, no representa una condición, ni títulos, ni unciones


especiales, ni nada distinto a anunciar a Jesucristo muerto y resucitado por nuestros
pecados (1 Cor 14:24, 37; 1P 2:9). El predicador es un profeta porque anuncia la
palabra de Dios. Los misioneros son apóstoles porque Dios y la iglesia los envían a
anunciar el mensaje de Cristo. Pablo habla de profecía como un mensaje de Dios
emitido en el poder del Espíritu Santo “en una lengua que entienden tanto el que habla
como el que escucha.”[4]

Si una persona dice hoy que Dios le dio una “revelación”, entonces esas palabras
deberían añadirse a la Biblia, ¿no es cierto? Pero como eso no se puede, entonces
cualquier cosa que alguien hable en nombre de Dios, debe salir de la Biblia, de lo que
ya ha sido revelado, y de la coherencia interna de la revelación. Y si ese es el caso,
entonces hay que tener cuidado con eso de “Dios me dijo”; primero porque los
latinoamericanos arrastramos la excesiva reverencia al brujo y al cura; y segundo
porque si lo que supuestamente “Dios le dijo” está en la Biblia, ¿qué necesidad tiene
de maquillarlo de una espiritualidad superior? Cuidado debe tener quien lo dice y quien
lo escucha. Resulta arrogante pensar que la Biblia no es suficiente como para necesitar
que venga Dios ahora a decirle a una persona nuevas revelaciones. Sin embargo, y a
pesar de todo lo que hemos dicho, y para ser absolutamente honestos, debemos
reconocer que en el Nuevo Testamento sí hay profetas. ¡¿Cómo?! Así es.
Continuará

©2009Milton Acosta

[1]Peter Wagner, "Power Ministries," in Evangelical dictionary of world missions, ed. A. Scott
Moreau (Grand Rapids, Michigan, EUA: Baker, 2000).

[2]Véase el argumento sintáctico en Daniel B. Wallace, Greek grammar beyond the basics. An
exegetical syntax of the New Testament (1996), 285–286.
[3]En Qumrán y en Josefo la idea de David como profeta es más amplia. Véase Joseph A. Fitzmyer,
Los Hechos de los Apóstoles (Salamanca, España: Sígueme, 2003), 350. Hasta el rey David es
llamado “profeta” porque comprendió el tema del Mesías (Hc 2:29–31; cp. Sal 16). Y en Lucas
¡Abel está en una lista de profetas! (Lc 11:49–51).

[4]F. F. Bruce, Paul, Apostle of the Heart Set Free (Grand Rapids, Mich., Estados Unidos:
Eerdmans, 1977; reprint, 1999), 272.

¿Profeta yo? Claro que no y claro que sí [3]


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Aunque en el Nuevo Testamento no hay profetas al estilo de los del Antiguo


Testamento (excepto, hasta cierto punto, Juan y su Apocalipsis), sí hay personas
llamadas profetas, hombres y mujeres: Zacarías (Lc 1:67), Ana (Lc 2:36), Caifás (Jn
11:49–51), Agabo (Hc 11:27–30; 21:10), los profetas y los que profetizaron (Hc 13:1;
15:32; 19:6–7), las cuatro vírgenes (Hc 21:8–9); además, existe el don de profecía (1
Cor 12:31; 14:5, 12). Pero, (1) son escasos; (2) no formaron jerarquías ni dominios; (3)
no ejercieron ministerios proféticos con continuidad como los profetas del AT y (4) ¡no
hay registro de lo que dijeron al profetizar! (excepto Zacarías, Caifás y Agabo). En
cambio, (1) predicaron el evangelio (Hc 26:16–18)[1] y (2) animaron a los creyentes en
su fe (1 Cor 14:3, 24).[2]

¿Por qué se llaman profetas entonces? Algunos textos del NT hablan como si todos los
creyentes recibieran el don de profecía (Hc 2:17, 38; 4:31; 10:46; 19:6), pero
aparentemente se les llamó “profetas” a los que profetizaban con regularidad. Aunque
Lucas nunca presenta a Pablo profetizando, sino siempre enseñando o predicando,[3]
de todas maneras, la profecía es sumamente importante para Pablo pues es el único
don que aparece en todas sus listas (Rom 12, 6-8; 1 Co 12, 8-10. 28 ss.; 13, 1-3. 8 ss.;
14, 1-5. 6 ss. 26-32; Ef 4, 11; 1 Ts 5, 19-22). Así entonces, no se puede negar que
existe la profecía en el Nuevo Testamento. Pero, tampoco se debe “distinguir
demasiado netamente profecía y enseñanza: Una vez reconocido que la enseñanza
incluye la interpretación, la línea divisoria entre las dos desaparece virtualmente.” No
se debe olvidar que en la Escritura la enseñanza también es carismática porque ser
maestro es un don del Espíritu y el que enseña debe estar lleno del Espíritu.[4] Ojalá
que todos los predicadores y maestros de la Escritura nos esforzáramos más por
conocer las Sagradas Escrituras para poder decir con Pablo: “Nada de lo que yo digo
está fuera de lo los profetas y Moisés dijeron que iba a suceder” (Hc 26:22; cp. 3:24;
28:23 ). [5]

Pablo no condena los dones. ¡De ninguna manera! El problema que Pablo observa es
que hay personas que piensan haber alcanzado en la tierra “el estado máximo de la
existencia espiritual” y se olvidan que los dones espirituales son temporales y
parciales, porque “ahora vemos como por espejo”. Esto lo dice Pablo no para devaluar
los dones espirituales, sino para ponerlos en la perspectiva escatológica apropiada
(642).

La profecía cayó en desprestigio a manos, o mejor bocas, de muchos por las mismas
razones que cae en desprestigio hoy: el abuso.[6] Los más famosos son Montano y sus
profetizas en el siglo segundo, quienes llegaron a creer que podían prescindir de las
Escrituras, por aquello de que “si tenemos el Espiritu Santo, la Biblia sobra.” La falsa
profecía y los falsos profetas siempre han existido. ¿Cuándo es falso? Cuando (1) se le
dibuja el signo de dinero en la frente ($, £, €, Bs, ₡); (2) llama la atención sobre sí
mismo y su espectáculo; (3) se le ve a leguas que es tramposo (sin olvidar los lobos en
traje de oveja); (4) te hace sentir que tu vida depende de él o ella; (5) ofrece milagros
como mercancía en subasta; y (6) distorsiona las Escrituras para beneficio propio.
Cuando Dios los llame a cuentas por sus engaños van a decir como dijeron en el libro
de Zacarías “¿profeta yo?” (Zac 13:5).

El llamarse alguien hoy “profeta” y creerse un Isaías o un Habacuc hoy, pone en


peligroso la cristología porque la manera como entendemos la profecía determinará
cómo entendemos la obra misma de Cristo y su carácter definitivo. Jesucristo reúne en
sí los grandes pilares de la fe veterotestamentaria: ley, profeta, sacerdote, tierra,
templo y rey. No podemos utilizar la Biblia a la topa tolondra; es necesario observar
cuidadosamente la secuencia de la revelación, al igual que la continuidad y
discontinuidad que se da entre el AT y el NT. La Biblia es una, es toda y es secuencial.
La venida de Jesús es tan definitiva en la historia de la salvación que se puede decir:
¡ya llegamos![7] Y si ya llegamos, ¿qué más profecía y profetas necesitamos?
Solamente los que anuncien que ya llegó y ya llegamos.

El profesor carismático Gordon D. Fee dice lo siguiente: Cuando Pablo habla de profecía
en 1 Corintios 14, “no se refiere a un sermón preparado, sino a “una palabra
espontánea dada al pueblo de Dios para la edificación de todos.” Fee recomienda a las
iglesias carismáticas y pentecostales que no se les olvide probar los espíritus para
asegurarse que la palabra profética es verdaderamente para la edificación, exhortación
y consuelo de la comunidad,[8] lo cual es la esencia de la profecía. Entendido así, el
don de profecía es vital para la salud de la iglesia[9] (cp 2P 2).

Pero por otro lado, estamos llamados a ser profetas y ejercer los dones a lo bien, a lo
bíblico y a lo sano. No por nosotros, ni por la cuchara, ni por el espejo, sino para que
otros se vean mejor, se alimenten mejor y glorifiquen a Dios; el Dios de toda verdad,
consolación y esperanza.

©2009Milton Acosta

[1]Véase el comentario de Fitzmyer, donde conecta el ministerio de Pablo con el de los profetas.
Fitzmyer, 212.

[2]Véase también Leland Ryken, James Wilhoit, and Tremper Longman, ed., Dictionary of Biblical
Imagery (Downers Grove: IVP, 1998).

[3]James D. G. Dunn, Jesús y el Espíritu: Un estudio de la experiencia religiosa y carismática de


Jesús y de los primeros cristianos, tal como aparece en el Nuevo Testamento (Salamanca, España:
Ediciones Secretariado Trinitario, 1981), 277–279.

[4]Ibid., 300–301.

[5]Esta forma de referirse al Antiguo Testamento aparece más que todo en Lucas (Lc 16:31; 24:27,
44). Por eso a Lucas lo han llamado “el teólogo de las Escrituras por excelencia.” Véase Fitzmyer,
146–147. La excepción es tal vez Juan 1:45.

[6]Dunn, 561–562.

[7]Véase Walter Kasper, Jesus, el Cristo, 2 ed. (Salamanca, España: Sígueme, 1978), 84.
[8]Gordon D. Fee, The First Epistle to the Corinthians (Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos:
Eerdmans, 1987), 660. Cp. Dunn, 380.

[9]P. G. Heltzel, "Prophecy," in Global Dictionary of Theology, ed. William Dyrness and Veli-Matti
Kärkkäinen (Downers Grove, Illinois, USA: InterVarsity Press, 2008), 712.