El Espíritu Santo en la Adoración

por Jorge Aguirre, Perú Introducción ¿Cuáles son las razones que nos motivan a detenernos en un tema como este? ¿Por qué hoy se hace cada vez más un motivo no solo de interés sino también de extrema necesidad el conocer el rol que tiene el Espíritu Santo en la adoración de la iglesia? Creo que existen básicamente dos razones para que hoy se siga discutiendo entre los círculos cristianos este tema. Por un lado, está el criterio apologético que cierto sector de la cristiandad asume. Este sector entiende que se ha caído en prácticas que no son coherentes con las que las Escrituras (o la tradición bautista) entienden como correctas, sienten que se ha incurrido en excesos bajo el estandarte de que el Espíritu Santo ha iniciado una renovación en la iglesia teniendo como su instrumento la adoración. Suena como si este sector dijera: “¡Qué se habrán creído estos para decir y hacer estas cosas en el nombre del Espíritu Santo!” Existe, sin embargo, según mi parecer un sector que ante el avance de los grupos de renovación que hace un énfasis en la adoración se pregunta si tal vez se tenga que revisar nuestra teología de una manera honesta para encontrar errores que nos han conducido a descuidar la adoración como una ministración del Espíritu Santo a favor de la iglesia. En este sector la pregunta que se podría plantear sería: “¿No será que podemos estar equivocados?” O: “¿No nos habremos equivocados en algo, después de todo?” Sea lo uno o lo otro, lo cierto es que hoy, a pesar de que han pasado algunas décadas desde el inicio de los movimientos de renovación, el debate sobre el tema que abordaremos sigue vigente por lo que hablar del rol del Espíritu Santo sigue siendo un tema de interés o de extrema necesidad. EL ROL DEL ESPÍRITU SANTO EN LA ADORACIÓN I. La adoración 1. Problemas para una definición de la adoración Precisar el objeto de nuestro estudio es el paso inicial para el desarrollo normal de todo asunto de interés. El nuestro aquí es una actividad que el ser humano desarrolla y que la hace en relación con su Creador o con alguien a quien considera digno de esta. La llaman adoración y ya el nombrarla nos permite precisarla y excluirla de las demás actividades que desarrollamos los seres humanos. Sin embargo no le ha sido al hombre fácil definir la naturaleza de esta actividad en la que muchas veces se encuentra involucrado. En estas últimas décadas han surgido muchas corrientes de adoración que han hecho mucho más difícil su definición. Estas han dado mayor importancia a las formas que a la naturaleza misma de la adoración. Así la adoración ha sido considerada verdadera o espiritual cuando se ha cantado coros o himnos; cuando se ha aplaudido o se ha dejado de hacerlo; o cuando se levanta las manos o no se ha hecho, etc. Como resultado de esto las discusiones y divisiones que se han dado en la iglesia se dieron solamente en el nivel de la forma antes que en la naturaleza misma de la adoración.

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Otro factor que ha contribuido a no hacer posible una definición adecuada de adoración ha sido confundir las preguntas:” ¿Qué es la adoración?” con “¿Cuándo existe adoración?” Mientras la primera busca la esencia o la naturaleza de la adoración, la segunda apunta a las consideraciones que hacen posible tal actividad. Ahora el problema de esta confusión se manifiesta a causa de la relación que existen entre la experiencia y la conceptualización de las cosas. Conceptúo tal como lo experimento y siendo la experiencia en la adoración diversas en un mismo individuo y en diferentes, entonces surge el problema de cómo definir la oración, siendo más fácil desencadenar en la segunda pregunta anteriormente mencionada. Aquí se cumple lo que se afirma de los bautistas: “Donde dos o tres bautistas se juntan, hay por lo menos cuatro opiniones distintas”. Otro factor más que queremos abordar es el que afirma que por ser una actividad sobrenatural su definición es imposible. Así afirma Hugo McElrath: “Después de todo, la adoración es algo sobrenatural, y por lo tanto, en un sentido, está más allá de la comprensión, el razonamiento y la definición humana”(1). Se apela aquí a la sobrenaturalidad de la adoración, y aunque aceptamos este hecho, no podemos pensar que Dios nos ha dejado en la oscuridad para ignorar en que consiste ésta. No poder definirla podría llevarnos, como en realidad lo a hecho, a subjetivismos que serían dañinos para su praxis en la iglesia. 2. Definición de la adoración Son muchas las definiciones que se han dado sobre la adoración. Sin pretender agotarlas, mencionaremos algunas que consideramos de importancia. (1) Adorar es reverenciar, con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como cosa divina. Reverenciar y honrar a Dios con el culto religioso que le es debido. (2) La adoración es un acto definido de la criatura en relación con Dios. La adoración es inclinarse uno delante de Dios en reconocimiento de adoración y en contemplación hacia Dios. (R.A. Torrey, Como Obtener la Plenitud del Poder, p. 72). (3) Adorar a Dios es una necesidad tan profunda para el alma humana como la luz del sol para la planta. Así como las hojas de un girasol se vuelven hacia la luz del sol, así también nuestra alma es atraída por Dios. (Joao Falcao Sobriho, Teología de la Mayordomía Cristiana, p. 20). (4) Adorar es despertar la conciencia por la santidad de Dios, alimentar la mente con la verdad de Dios, purificar la imaginación por la hermosura de Dios, abrir el corazón al amor de Dios y dedicar la voluntad al propósito de Dios. (William Tyndale). (5) La adoración es la respuesta humana a la revelación de Dios en Cristo. Al definir la adoración debemos antes de considerar algunos de sus aspectos que posteriormente nos permitirán conocer la magnitud del papel que desarrolla el Espíritu Santo en esta actividad. Para ello acudiremos a Hugo McElrath, quien en su ensayo “La Teología de la Adoración”, los considera de una manera muy exhaustiva (2). 3. Aspectos en la adoración

a. La adoración como respuesta. La adoración es considerada como una respuesta del

hombre a la revelación que de sí mismo ha hecho Dios. La iniciativa es tomada por Dios, de allí que la adoración comienza con él. Nosotros los adoradores nos dirigimos solamente en respuesta a su iniciativa. Ahora bien, esta revelación de Dios es obra del Espíritu Santo, quien nos revela “. . . cosas que ojo no vio, ni oído

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oyó, ni han subido en corazón de hombre . . .” (1 Cor. 2:9) y quien nos ayuda a pedir como conviene (Rom.8:26). b. La adoración como diálogo en acción. En la adoración Dios toma la iniciativa revelándose y el hombre responde. Dios nos vuelve a hablar, y el hombre vuelve a responder. Esta no es un monólogo, es más un diálogo. Como afirma McElrath: “La adoración como respuesta no implica que es un acto que hacemos una vez y nada más. Es más bien un estado continuo de la mente y del espíritu a medida que confrontamos la revelación continua de Dios”(3). Podemos considerar como ejemplo de este diálogo, la experiencia de Isaías en el templo (Isa. 6:1-8), o la de Jeremías narrada en el cap. 1. c. La adoración como ofrenda. Adorar es ofrecer ofrendas a Dios. En el Salmo 96:8 se afirma: “Dad a Jehová la honra debida a su nombre. Traed ofrendas, y venid a sus atrios”. Aquí la adoración no implica tan solamente palabras sino ante todo también una acción. “Yo llevo algo para ofrecer a Dios”. Y esto que llevo es siempre lo mejor “No ofreceré a Jehová mi Dios holocausto que no me cueste nada” (2 Sam. 24:24). d. ¿Qué ofrendo, luego al Señor? Mi ser mismo es el sacrificio que rindo, mi ofrenda a Dios en su más alta expresión (1 Ped. 2:5; Rom. 12:1). e. La adoración como celebración. En la adoración el hombre expresa en forma gozosa la victoria de Dios en Jesucristo. Se celebra de manera jubilosa a Dios, lo que él es y lo que él ha hecho. Un ejemplo de la adoración como celebración la encontramos en el cántico de Moisés y María en Éxodo 15:1-18: “¡Cantaré a Jehovah, pues se ha enaltecido grandemente! ¡Ha arrojado al mar caballos y jinetes!” (15:1). Como afirma McElrath: “Como celebración es una actividad gozosa y agradable. Es una actividad en la cual nos atrevemos a creer en que Dios mismo se agrada”(3). f. La adoración como drama. Existe un drama en el encuentro entre Dios y el hombre. Es el drama de la respuesta a la iniciativa divina. Es el drama en el que el hombre se entrega de una manera simbólica a la divinidad. En este drama los adoradores son los actores principales, el auditorio solamente tiene a Dios como único espectador viendo y escuchando las oraciones y alabanzas. Es él quien mira en las vidas y en los corazones de los actores, el que discierne los motivos de la adoración y de su culto. En este drama, los pastores y directores de adoración no son sino los apuntadores entre bambalinas que ayudan a la congregación a que haga bien su trabajo. Ellos actúan como co-adoradores con la congregación, estando enfrente de ellos algunas veces para hablar o para cantar en la presencia de Dios, y a veces para cantar o hablar en beneficio de las personas, en la presencia de Dios. El orden del culto viene a ser el libreto o el argumento de este drama (4). Hasta aquí hay dos cuestiones fundamentales en la definición:

1. La adoración es una actividad humana. Es el hombre quien responde, él es quien

dialoga con Dios, el que ofrenda y celebra y quien además está involucrado como actor en este drama. 2. Es de naturaleza espiritual, porque involucra a la divinidad, quien se revela y es el objeto de la adoración del hombre. Es precisamente la conciliación de ambas cuestiones las que han creado los problemas en nuestra actualidad y han generado una diversidad en las formas de concebir y practicar la adoración.

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Al concluir esta parte creemos que podemos definir la adoración tomando en consideración los aspectos señalados por Hugo McElrath. “La adoración es una actividad del hombre con carácter sobrenatural, por ella el hombre responde como una ofrenda a los hechos de Dios en Cristo, a veces celebrándolos, otras estableciendo un diálogo con él; desarrollándose estos dentro de un ambiente de drama, el cual es inherente a todo encuentro entre Dios y el hombre”. II. El Espíritu Santo 1. El Espíritu de la experiencia Cuando nos decidimos hablar del Espíritu Santo, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo una cosa o cómo una persona? Obviamente existe una diferencia entre ambos modos de percibir este asunto. Si es una cosa, a ella la definimos, y en tanto inanimada, ella desarrolla su ser en función de nosotros y de nuestra experiencia. Lo utilizamos. Si esto no es así, entonces el Espíritu Santo define su propio ser, su propia existencia. Luego él desarrolla su ser independientemente de nosotros, y su relación con nosotros es definida por él, desarrollándose en igualdad de condiciones, de ser personal a ser personal. Como ser personal, es un ser de experiencias, es decir de vivencias, y esencialmente de convivencia. El Señor Jesucristo habla de él como un ser personal. Lo llamó Paracleto, el “otro Consolador” (Juan. 14:16). Paracleto, según los entendidos, tiene el significado de abogado o defensor. También se refiere a “un representante”, un mediador o ayudador. La inquietud que surge sobre las palabras de Jesús están centradas sobre el termino “otro”. Esta es una palabra que según el griego señala a alguien del mismo genero o especie, lo que evidencia que el Espíritu Santo, es otro, pero a la vez de la misma especie o género que Cristo. Luego, ¿qué define su igualdad? ¿De qué naturaleza es esta? Se afirma que lo que Jesús era a los discípulos, el Espíritu tendría que ser a la iglesia. Earl C. Davis dice al respecto: “Como lo describe gráficamente James Denney: ‘ Ningún apóstol, ni escritor del Nuevo Testamento recordaba jamás a Jesús’ porque él estaba siempre cerca. Por lo tanto, yo entiendo mejor la naturaleza y la obra del Espíritu Santo si simplemente pienso de él como el invisible pero siempre presente Jesús”(5). Guillermo Hendriksen comenta de Juan 14:16: “El pasaje indica claramente que el Espíritu Santo no es sólo un poder sino una persona, al igual que el Padre y el Hijo. Es otro Ayudador, no un Ayudador diferente. La palabra otro indica uno como yo que ocupará mi lugar, y hará mi trabajo”(6). 2. La iglesia adora por el Espíritu Santo Una experiencia vital a la cual el Espíritu Santo condujo a la iglesia fue la adoración. Se encuentra a los creyentes adorando en el templo y en las casas (Hech. 2:46, 46), adorando en circunstancias diversas, incluso en momentos de amenaza o prisión (Hech. 4:22 ss.; 16:25). La realidad de esto hizo que la iglesia primitiva mantuviera un sentido de expectación y sostuviera una experiencia continua con el Espíritu Santo. Pedro es guiado a ir por el Espíritu a la casa de Cornelio (Hech. 10:19), Felipe por el Espíritu se acerca al eunuco (Hech. 8:29), la iglesia espera la indicación del Espíritu para iniciar las misiones (Hech.13:2). Estos son solamente unos cuantos sucesos en los que notamos un sentido de convivencia constante del Espíritu Santo con la iglesia. Esto nos permite poder afirmar juntamente con Earl C. Davis lo siguiente: “Mucho antes de que el Espíritu Santo fuera un tema doctrinal, era un hecho experimentado, una persona, para la comunidad cristiana(7).

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Analizaremos a continuación algunas de las evidencias que nos muestra el Nuevo Testamento en cuanto al papel del Espíritu Santo en la iglesia primitiva.

a. En Hechos 4:23-31. Encontramos que antes una situación de crisis la

iglesia se encuentra clamando y adorando a Dios: “Soberano Señor, tu eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay” (v. 25). En esta circunstancia se nos dice que fueron llenos del Espíritu Santo todos aquellos que estaban congregados y hablaban con denuedo la Palabra de Dios. Es evidente que lo último se hizo realidad cuando ellos salieron de allí. Sin embargo, vemos como el Espíritu hace su presencia en el contexto de la adoración de su pueblo con una ayuda adecuada para la iglesia. b. En Hechos 13:1-3. Se menciona a los hermanos de Antioquía “dando culto público al Señor” (v. 2), interpretación sugerida por la palabra griega leitourgouton que es traducida como “ministrando”. Es en este contexto que de pronto entra en escena el Espíritu Santo para decir a la Iglesia: “Apartadme a Bernabé y a Pablo para la obra a la que los he llamado”. Notemos además que es muy probable que esta acción haya sido realizada a través de un profeta, involucrando los dones como parte de la adoración en la iglesia. c. En 1 Corintios 12:3. Los exégetas están de acuerdo en que los capítulos 12 al 14 están íntimamente unidos. En ellos se aborda el tema de los dones espirituales. Pablo habla de los diversos dones y el origen común de los mismos (cap.12), del amor como aquello que hace que un don tenga valor (cap.13), y del valor y del uso del don de lenguas, en su relación con el don de profecía (cap.14). Al considerar estos tres capítulos en un solo conjunto nos podemos dar cuenta que su contexto tiene que ver con el culto público y con la adoración. Los corintios estaban teniendo problemas con su forma de adorar en el culto público. Los dones espirituales que habían sido dados para que la iglesia adorara, en este caso concreto, el de las lenguas, estaban ocasionando problemas a la iglesia en su uso en el culto público. Pablo, entonces busca poner en orden a todo esto, corrigiendo no solamente el uso de las lenguas, sino también el de profecía, y podemos añadir, dándonos pautas para el uso de estos y otros dones en el culto público de la iglesia en la actualidad. Hoke Smith, a propósito de lo anterior afirma: “Toda esta sección de Corintios, incluyendo los capítulos 11 al 14, es de suma importancia para la adoración hoy en día en la iglesia. Si no tuviera nuestra Biblia la Primera Epístola a los Corintios, tendríamos muy pocos conocimientos en cuanto a cómo era la adoración en la iglesia del primer siglo”(8). Tomando esto como trasfondo para 12:3, Pablo está pensando en dos afirmaciones que se estaban dando en el culto público: una que afirmaba que Jesús era anatema, frase que obviamente no podía nunca ser guiada por el Espíritu Santo; y otra que afirmaba que Jesús era el Señor. Esta declaración muestra su reconocimiento de una intervención del Espíritu Santo en la vida del adorante, y del papel de éste en la adoración. Sin la obra del Espíritu Santo, afirmaría Pablo, el hombre no podría llamar Señor (en su sentido real) a Jesús en el acto de la adoración. Estos capítulos también nos permiten poder afirmar que el Espíritu Santo conduce o ayuda a su pueblo en la adoración al conceder ciertos dones que la

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hacen posible. Por lo que se discute en el capítulo 14, resulta obvio que tanto el don de lenguas como el de profecía tenían un uso preferencial en el culto público. Si bien Pablo no menciona otros, es del todo factible que un número mayor haya sido involucrado en el culto público, como elementos de adoración en la primera iglesia.

d. Filipenses 3:3. Es por la presencia del Espíritu Santo que se desarrolla la
verdadera adoración en la iglesia. Pablo dice en Filipenses 3:3: “ Porque nosotros somos la circuncisión: los que servimos a Dios en espíritu, que nos gloriamos en Cristo Jesús y que no confiamos en la carne ”. En este texto Pablo afirma a la iglesia como el verdadero pueblo de Dios, la palabra servimos puede también traducirse por adoramos ya que se usa el participio latreountes, del verbo latreuo que significa también adorar. Afirma Hoke Smith en su libro Teología Bíblica del Espíritu Santo que la palabra “espíritu” en este versículo bien podría escribirse con mayúscula como refiriéndose al Espíritu de Dios. Llo mismo se afirma en el libro Clave Lingüística del Nuevo Testamento Griego de ISEDET, editado por Ediciones la Aurora en Argentina (p. 380). Por lo tanto Pablo estaría diciendo que la Iglesia del Señor adora a Dios por medio del Espíritu Santo, y que la verdadera adoración es entonces inspirada y guiada por el Espíritu de Dios. III. El papel del Espíritu en el adorador Pretendemos en esta sección hacer una síntesis de lo que hemos tratado hasta aquí. La pregunta que nos va ha conducir en esta tercera sección es: ¿Cómo obra el Espíritu Santo en el adorador? O: ¿De qué manera actúa el Espíritu Santo en el individuo que adora?

1. El Espíritu Santo en el adorador El papel del Espíritu Santo en el adorador es de vital importancia para una adoración espiritual. Pablo afirma: “...sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y canciones espirituales; cantando y alabando al Señor en vuestros corazones”(Ef. 5:18b, 19). Hay un sentido más amplio de la adoración que es expresado por Pablo en estos versículos; sin embargo, nos resulta claro que el control que el Espíritu Santo tenga del individuo determinara el tipo de adoración que este brinde a Dios. Que la condición del adorador sea importante es algo que el Señor Jesús lo establece como una verdad ineludible. Él sostiene que hay un verdadero adorador y que éste es aquel que adora al Padre en espíritu y verdad. Termina afirmando: “el Padre busca tales [adoradores] que le adoren” (Juan 4:23). Luego, no todos son adoradores verdaderos, no todos son guiados e inspirados por el Espíritu Santo para una adoración espiritual. De hecho solo la realizan aquellos en los que él tiene control sobre sus vidas (1 Cor. 12:2). Asumir el control del Espíritu Santo sobre la vida del adorador es de sustantiva importancia. Si Él no lo asume, la adoración será meramente carnal y ella no es solamente dañina, sino además una abominación para Dios. Malaquías confrontaba a los sacerdotes de su tiempo que habían caído en semejante situación al presentar pan inmundo sobre el altar de Dios como un acto de adoración: “ ... , oh sacerdotes que menospreciáis mi nombre... en que ofrecéis sobre mi altar pan indigno... pensando que la mesa de Jehová es despreciable” (Mal. 1:6, 7). Sobre el peligro de una adoración no guiada por el Espíritu Santo R.A.Torrey

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afirma: “La adoración que la carne promueve es abominación a Dios. No toda adoración ferviente y honrada es adoración en el Espíritu. Un hombre puede ser muy honesto y muy honrado en su adoración, y, sin embargo, no estar sometido a la dirección del Espíritu Santo en este asunto; por tanto, su adoración es en la carne. Aun cuando haya una gran fidelidad a la letra de la Palabra, la adoración puede no ser ‘en el Espíritu’, es decir, inspirada y dirigida por Él”(9). Poco se ha enfatizado el papel del Espíritu Santo en el adorador. Hemos puesto mayor atención en la liturgia o en las formas y hemos pasado por alto el hecho de que todo intento de presentar ofrendas de adoración depende en gran medida del carácter de aquel que la presenta, y que a fin de cuentas el carácter del adorador le deviene de su experiencia con el Espíritu Santo, de su ser lleno de Aquel “por el cual adoramos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús” (Fil. 3:3). Toda ofrenda que provenga de una vida guiada por la carne no puede, ni podrá nunca, ser una ofrenda de adoración grata a Dios, así tenga esta la forma más estilizada o la más anticuada, así exprese renovación en la liturgía o conserve los rasgos más conservadores. La razón es esta: quien determina la adoración es el Espíritu en el adorador. 2. El Espíritu en la adoración. (1) En el culto público. La iglesia básicamente adora en el culto público que se desarrolla en el templo. En estas últimas décadas este ha sido el lugar que por excelencia se ha convertido en el escenario de la más grande renovación. Todo se ha preparado cuidadosamente para asegurar que quienes participen del culto de adoración puedan alcanzar un verdadero encuentro con Dios. La música apela a los sentidos y a los sentimientos, y conduce al adorador de un estado de exaltación y júbilo a otro de profunda emoción que trae como consecuencia un profundo quebrantamiento. El sermón, luego, apela al alma y hace que ella sea saciada del hambre que por la Palabra tiene. Después, dependiendo de las diversas tendencias, surgen los rituales que buscan llenar la necesidad de experiencias reales que el adorante quiere conseguir con el Dios de los cielos. Nada se ha descuidado y dejado al azahar para satisfacer la necesidad del hombre actual que quiere realmente adorar. Pero, ¿cuál es el papel del Espíritu Santo en todo esto? ¿Cómo se manifiesta él en el culto público? En el contexto de la adoración, el Espíritu se muestra como un espíritu de libertad. La adoración verdadera es la respuesta libre a la acción del Espíritu. Pero, es también un espíritu de cierta restricción. McElrath afirma: “El Espíritu de Dios es el Espíritu de Cristo. La función del Espíritu Santo es dar testimonio de Cristo, es decir, tomar las cosas de Cristo y revelárnoslas. La adoración que es verdaderamente iniciada o movida por el Espíritu de Cristo, estará sujeta a ciertas restricciones teológicas”(10). Existe, luego consideraciones de índole teológico que no se pueden pasar por alto, pero no es lo único que queremos decir. Queremos también afirmar, por un lado, que en la adoración existe libertad para aceptar o rechazar formas litúrgicas pues “la verdadera adoración no depende de dichas formas sino de la unión del adorador con Dios en poder del Espíritu Santo”(11). Por otro lado, queremos también afirmar que el Espíritu Santo ha dejado, por medio de las Escrituras y en el transcurrir de la historia, formas fijas acerca de cómo su pueblo puede acercarse a Dios: los himnos, los cánticos, la oración, la lectura de las Escrituras, la predicación, y otras; yno deja duda alguna de la acción de todo esto sobre la iglesia.

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En el contexto de libertad y restricción, podemos también considerar a los dones espirituales dados por el Espíritu Santo, los cuales juegan un papel importante en la adoración. En 1 Corintios capítulo 14, Pablo describe el uso de los dones en el culto público de la iglesia. Habla concretamente del dones de lenguas y de las profecías, aunque nos sugiere la música (“cantaré con el espíritu”; v.15). Él afirma: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros. Sin embargo, en la iglesia [es decir, en el culto] prefiero hablar cinco palabras con mi sentido...” (vv. 18, 19). Más adelante nos dice: “¿Qué significa esto, hermanos? Que cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene un salmo o una enseñanza, o una revelación o una lengua o una interpretación. Todo se haga para la edificación” (v. 26) ¡No son acaso cada una de estas una manifestación de los dones dados por el Espíritu Santo! Hoke Smith llama la atención al hecho de cómo era el desarrollo del culto en Corinto, que puede ser más o menos la característica de las demás iglesias del primer siglo. Por lo que Pablo señala es evidente que había mayor oportunidad para la participación de todos los concurrentes y que se oían varias voces en lugar de una sola voz desde el púlpito. Smith dice: “...al ir al culto uno no sabría realmente quién iba a hablar o cuántos iban a hablar o qué iban a decir”(12). Esto nos plantea las preguntas siguientes: (1) ¿Hasta qué punto una liturgia formal e inflexible puede estar sofocando el papel del Espíritu en la adoración, dejando solamente a la gente como receptores pasivos de todo ese engranaje llamado ministerio de adoración? (2) ¿De qué manera ayudaría dejar a la espontaneidad del Espíritu los hechos que se desarrollan dentro del culto público? ¿Cuáles son los peligros que tendríamos que enfrentar si dejamos todo a la espontaneidad? (2) En la adoración en general. Llamamos adoración en general a aquella actitud que el creyente mantiene más allá del ámbito del culto público y del templo, que es a su vez la que genera la adoración en éstas y que es también un resultado de lo que en ella sucede. El Señor Jesús, en el capítulo 4 de Juan, rompe con los esquemas tradicionales de la adoración. Los samaritanos y los judíos, acostumbrados a la adoración en el templo, asociaban la verdadera adoración a un lugar específico, Jerusalén o el monte Gerizim. Jesús señala que la verdadera adoración no depende de un lugar concreto sino del adorador, quien ha aprendido a adorar al Padre en espíritu y verdad. Adorarle en verdad es hacerlo a la luz de los que la Palabra afirma de Dios. Este es el contexto en que debe surgir nuestra adoración. Adorarle en espíritu, es, a la luz de esta verdad, considerar que Dios es completamente espiritual en su esencia, que “¡No es un dios de piedra, ni un árbol, ni una montaña para que se le tenga que adorar en este o aquel monte; p. ej., el Gerizim! Es un Ser incorpóreo, personal e independiente!”(13). Luego, nuestra adoración debe trascender a lo que hacemos en el culto público, si queremos ser los adoradores que Dios busca. Pablo, en Romanos 12:1, hace del creyente una ofrenda permanente de adoración. Hay una radical diferencia con anteriores conceptos en los que el hombre es el que presenta ofrendas y sacrificios como un acto de adoración a su Dios. En esos actos hay adoración en relación con el momento en que los sacrificios son presentados y no antes, por ejemplo un cordero sólo es ofrenda en tanto es llevado al altar y presentado en sacrificio a Dios, y no antes. En este nuevo concepto, es el hombre quien es a su vez el que adora y la ofrenda ofrecida en adoración. El cómo adorador se presenta así mismo como ofrenda de adoración. Su capacidad de adorador depende de su condición de ofrenda, estableciéndose así una relación indisoluble. Pablo plantea que el adorador debe presentarse como ofrenda y obviamente no está pensando que esto es algo esporádico o temporal, sino que esto es una actitud que debe ser mantenida de manera constante en todo creyente, como manteniendo

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entonces también una actitud de adoración constante. Esto dice Pablo, es vuestro culto racional o espiritual. Tomando como base este hecho es que podemos entender a Pablo sosteniendo la necesidad de la llenura del Espíritu Santo a fin de podamos siempre en todo tiempo hablar con “salmos, himnos y canciones espirituales, cantando y alabando al Señor en nuestros corazones” (Ef. 5:18, 19), pues esto no es sino un culto racional o espiritual. NOTAS
(1) Hugo McELRATH, “La Teología de la Adoración”. En Diálogo Teológico, # 14. C.B.P. 1979, p.11. (2) Ibid., pp.10-38. (3) Ibid., p.32. (4) Ibid., p.38. (5) C. Earl DAVIS, “La Vida en el Espíritu”. El Paso; C.B.P. 1988, p. 21. (6) Guillermo HENDRICKSEN, “El Evangelio según San Juan”. Michigan; Subc. de Literatura. 1981, p. 548. (7) DAVIS, op.cit., p. 9. (8) Hoke SMITH, “Teología Bíblica del Espíritu Santo”. El Paso; C.B.P. 1976, pp.88,89. (9) R.A. TORREY, “Como Obtener la Plenitud del Poder”. El Paso; C.B.P. 1980, pp.72,73. (10) McELRATH, op. cit., pp. 10,11. (11) Ibid. p. 11 (12) SMITH, op. cit., p. 89. (13) HENDRICKSON, op. cit., p. 180.

http://www.casabautista.org/dialog/dialog/aguiere1.htm

PRIMER CONGRESO LATINOAMERICANO BAUTISTA DE ADORACIÓN
http://www.casabautista.org/dialog/dialog/congres1.htm Ponencias Para reaccionar o expresar sus sugerencias, por favor, escríbanos a jpoe@casabautista.org

Primer Congreso Latinoamericano Bautista de Adoración Primera Iglesia Bautista de Niterói, RJ, Brasil 15 al 18 de marzo de 2000

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