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Kate Steele Tentar a un lobo

TENTAR A UN LOBO
Kate Steele
Los lobos de Whispering Springs - 2

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Kate Steele Tentar a un lobo

Resumen

Hay lobos en Whispering Spring. En su primera noche allí, Hayley Royden
se encuentra cara a cara con uno. Un hermoso lobo negro con unos sorprende-
dentes ojos azul verdosos. En su segundo día se encuentra con un lobo de dos
patas, de nombre Jace McKenna. Él también tiene unos hermosos ojos azul ver-
dosos y un encanto que acelera el corazón de Hayley. Aunque se siente instan-
táneamente atraída hacia él, las bromas de Jace hacen que Hayley esté insegura
de si quiere besarle o darle una patada en el trasero. Cuando las cosas se calien-
tan entre ellos, Hayley aprende una cosa. Hay más en Jace de lo que se ve. Este
despreocupado chico malo está escondiendo un secreto.
Jace McKenna ha encontrado a su compañera. Para este hombre lobo alfa,
libre y sin ningún compromiso, el pensamiento es un poco desconcertante, pero
Hayley es una tentación que no puede resistir. Por desgracia, el camino del
amor verdadero está lejos de ser un camino de rosas. Unos problemas inespera-
dos asoman la cabeza en la forma de un zarrapastroso matón rencoroso y cierto
accidente que amenaza con separarles.
El resultado de todo será que siempre hay un precio que pagar por tentar a
un lobo.

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Kate Steele Tentar a un lobo

Prólogo ..................................................................................................................... 4
Capítulo Uno ........................................................................................................... 7
Capítulo Dos .......................................................................................................... 19
Capítulo Tres ......................................................................................................... 24
Capítulo Cuatro .................................................................................................... 32
Capítulo Cinco ...................................................................................................... 46
Capítulo Seis .......................................................................................................... 60
Capítulo Siete ........................................................................................................ 72
Capítulo Ocho ....................................................................................................... 97
Capítulo Nueve ................................................................................................... 109
Capítulo Diez ...................................................................................................... 121
Capítulo Once ..................................................................................................... 135

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Kate Steele Tentar a un lobo
Prólogo

Hayley estaba agitada. Se había ido a la cama y permanecido totalmente in-
consciente a la realidad que la rodeaba durante un par de horas, luego se había
despertado bruscamente, sintiéndose al instante totalmente despejada. El pro-
blema era que funcionaba como un ave nocturna, y no estaba acostumbrada a
irse a la cama tan temprano. Eso, y el hecho de encontrarse en una cama que no
la era familiar, había causado que se despertara.
Fue a por el libro que había guardado en una de sus bolsas, decidiendo que
un poco de romance e intriga era justo lo que necesitaba. Cuando cruzaba la
habitación una tabla crujió bajo sus pies. Hizo una pausa y oyó un ruido de ras-
guños y una risa sorda que avanzaba por el pasillo. Aparentemente Bryn y Lo-
gan estaban yéndose en esos mismos momentos a la cama.
Hayley recogió el libro, contemplándolo distraídamente mientras su mente
reflexionaba sobre Bryn y Logan. Su sonrisa era algo triste mientras pensaba en
su propia falta de vida amorosa. ¿Por qué no podía encontrar nunca al tipo co-
rrecto? Se concentró en el libro, hasta darse cuenta de que no funcionaría. Se
vistió silenciosamente y caminó suavemente por el pasillo, descendió las escale-
ras y avanzó a través de la casa a oscuras, con la ayuda de la pequeña linterna
que siempre llevaba en su llavero. La cocina estaba justo delante y, si recordaba
correctamente, había una puerta que conducía al patio trasero.
Cuando salió exhaló un suspiro de alivio y alegría. El aire de la noche era
frío y tranquilo, y sintió que su espíritu se elevaba mientras se alejaba de la casa
y se adentraba en los bosques circundantes. La luna, a pocos días de ser llena,
cabalgaba alta en el cielo, facilitándole el ver el camino que serpenteaba entre
los árboles.
Hayley caminaba lentamente, sin ningún destino en mente. Siempre había
tenido un buen sentido de la dirección, y se encontraba a gusto en mitad de la
naturaleza. Mientras seguía el camino escuchó el chapoteo suave del agua en la
distancia.
Al descubrir el destello reflejado de la luz de la luna siguió hacia delante,
hasta que entró en un claro, donde un riachuelo de cauce suave alimentaba una
charca poco profunda. Una sonrisa iluminó su rostro mientras caminaba al bor-
de del estanque. Se arrodilló y deslizó los dedos por el agua clara. Estaba calien-
te.
Le dirigió una mirada especulativa y luego comprobó el área circundante.
Tras decidir arriesgarse, comenzó rápidamente a despojarse de su ropa y, des-
nuda, entró en el agua acogedora.
No vio el par de ojos que brillaban con una incandescencia verde azulada,

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mientras la observaban hundirse en el estanque.
El agua era lo suficientemente profunda como para que pudiera nadar, lo
que así hizo, dando unas pocas vueltas a su circunferencia. Cansada de ese ejer-
cicio, se tumbó sobre la espalda y flotó, admirando el claro cielo nocturno con
su luna y sus innumerables estrellas que brillaban tan alegremente. Su cuerpo
estaba tan relajado que sofocó un bostezo mientras se encontraba echando de
menos la cama que había abandonado no hacía mucho. Con un suspiro avanzó
dando patadas hasta el borde del estanque y se puso en pie, saliendo del agua.
Hayley era ajena a la imagen que presentaba cuando el agua se deslizaba de
su cuerpo, y lo dejaba pálido y brillante bajo la luz de la luna. Su cabello, echa-
do hacia atrás, revelaba los rasgos puros y encantadores de su rostro. Alta y
ágil, sus curvas eran plenas y firmes. Los pechos generosos estaban coronados
por pezones rosados que se habían endurecido por el frío aire nocturno. Una
cintura esbelta acentuaba su generoso contorno y la curva impecable de sus
firmes nalgas. Debajo de un vientre ligeramente redondeado, el nido de rizos
que adornaba su montículo era pálido y relucía con el agua del estanque. Sus
piernas eran largas y curvilíneas, desde lo alto de sus muslos proporcionados a
sus pies delgados y arqueados.
Con intención de recoger su ropa, se inclinó para recuperar su camisa y co-
menzó a secarse. El sonido de un leve crujido captó su atención y buscó en la
oscuridad hasta que sus ojos encontraron al lobo.
Estaba parado, con un aire tranquilo y majestuoso, a no más de seis metros.
Hayley se quedó helada por la sorpresa. Un ligero escalofrío de miedo contrajo
su vientre, hasta que recordó todas las cosas que había leído sobre los lobos.
Una investigadora en particular había dicho que los lobos normalmente no ata-
caban a la gente y que, mientras los estaba estudiando, los lobos, especialmente
los machos, habían sentido curiosidad por ella y a menudo habían pasado horas
en su cercanía, aparentemente estudiándola mientras ella les estudiaba a ellos.
Hayley se esforzó en relajar sus tensos músculos mientras admiraba al lobo.
Su piel era espesa y lustrosa, principalmente negra, aclarándose hacia el pecho,
el bajo vientre y las patas. Parecía enorme, aunque no tenía nada con que com-
pararlo al no haber visto nunca antes un lobo. Y sus ojos… ¿Estaban brillando?
Seguramente era un reflejo de la luz de la luna en el agua, reflexionó ella. Como
no estaba segura de qué color tenían normalmente los ojos los lobos, encontró el
verde y azul completamente notables.
Un jirón de aire nocturno sopló en su piel, haciéndola temblar.
—Espero que no te importe —le dijo al lobo suavemente—, pero tengo que
moverme. Yo no tengo pelo, ¿sabes?, y hace un poco de frío aquí sin ropa.
Como respuesta el lobo ladeó la cabeza y luego se sentó, contemplándola
expectante.

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—Supongo que eso significa que está bien —refunfuñó Hayley mientras se
vestía cuidadosamente, con movimientos tranquilos y pausados.
Todo el tiempo el lobo la miraba con interés.
Tras ponerse los zapatos se puso de frente al lobo.
—Bueno, fue un placer conocerte —expresó ella—. Pero tengo que irme.
Espero que hayas disfrutado del espectáculo.
Como respuesta, la boca del lobo se abrió y su lengua quedó colgando en
una gran sonrisa canina.
Un ceño suspicaz cruzó el rostro de Hayley.
—¿Te ha dicho alguien alguna vez que eres un poco extraño? —preguntó, y
luego admitió—: Pero muy hermoso. Gracias por hacerme compañía. Tal vez
nos encontremos alguna vez.
Ella retrocedió unos pocos pasos, solo para ver si había alguna objeción.
Cuando el lobo no hizo ningún movimiento, se volvió y siguió el rastro de vuel-
ta a la casa. Tras deslizarse silenciosamente en la cocina, cerró con llave y se
arrastró escaleras arriba a su habitación, se cambió rápidamente y se deslizó de
vuelta a la cama.
Segura, cálida y agradablemente soñolienta, Hayley comenzó a dejarse lle-
var hasta que el aullido evocador de un lobo perforó la quietud de la noche.
Escuchó el sonido con temor mientras por la espina dorsal le bajaba un escalo-
frío.
Justo al final del pasillo, tanto Logan como Bryn escucharon el aullido.
—Jace —identificó Logan.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Bryn con un bostezo somnoliento.
Logan la abrazó.
—Probablemente solo salió a correr.
—Mmm —murmuró Bryn mientras se acurrucaba contra él y se dormía.
Logan permaneció despierto y escuchó un segundo aullido agitado. Antes
había oído regresar a Hayley de su paseo a la luz de la luna. Se quedó tumbado
silenciosamente, especulando sobre las posibilidades…

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Uno

Las risas sonaron en la cocina, mientras Hayley, Bryn y Logan disfrutaban
de un desayuno informal, sentados en unas sillas alrededor de la zona para co-
mer, en la isleta central. Logan se había ofrecido para cocinar unas, más que
pasables, excelentes tortillas, acompañadas de tostadas, fruta fresca, café y zu-
mo. Después, incluso se ofreció para recogerlo todo, ordenando a las chicas que
permanecieran sentadas. Mientras trabajaba, escuchó su relajada conversación.
—Tengo que decirte, Bryn, que has descubierto un tesoro. —En el fregade-
ro, Logan se giró para mostrar una sonrisa burlona hacia Hayley, acompañada
de un guiño—. Steve no levantaría ni un solo dedo para ayudar en la cocina,
este es uno de los muchos motivos por los que rompí con él.
—¿Has roto con Steve? —preguntó Bryn incrédula—. Creí haberte oído de-
cir que era el tipo perfecto para ti.
—Sí, pues el señor Perfecto ha resultado tener unos cuantos defectos que no
se podían dejar pasar. Incluido el hecho de que no quería más hijos.
—Oh no, Hay. Cuanto lo siento.
—Está bien, hermanita, me enteré de que era un pésimo padre. —Se giró
para incluir a Logan, que se había dado la vuelta para escuchar—. Steve tiene
una hija de un matrimonio anterior, pero en realidad no la quiere, la abandona
con sus padres en cuanto puede. Estos están encantados de quedarse con su
nieta, por supuesto, pero hasta la madre de Steve admite que no pasa suficiente
tiempo con ella.
Con gesto disgustado, Logan continuó con la limpieza de la encimera.
—¿Cómo es posible que alguien pueda abandonar a su propio hijo de tal
manera? —preguntó Bryn con tristeza, mientras permanecía sentada con la vis-
ta clavada en la mesa y frotaba distraídamente su vientre.
Hayley la miró con creciente sospecha y una gran sonrisa extendiéndose
por su cara.
—Bryn, ¿estás embarazada?
Bryn alzó la vista con rapidez, para encontrar la expectante mirada de Hay-
ley y después buscó la mirada de Logan. Su expresión resultó inexpresivamente
neutral. Dejaba la decisión en manos de Bryn.
Hayley observó como una lenta sonrisa se extendía por el rostro de su her-
mana.
—Sí —confesó.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Hayley —. Es maravilloso. —La abrazó con fuerza

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mientras la mecía entusiasmada, hasta que se percató de lo que estaba hacien-
do—. Te estoy batiendo como a una coctelera, no me dejes hacerlo —la regañó.
Sus ojos brillaban con lágrimas de felicidad, a la vez que saltaba de su silla y se
acercaba a Logan—. Te voy a dar un abrazo, tipo grande —le avisó y echó sus
brazos alrededor del cuello de Logan, besándole ruidosamente en la mejilla.
Logan le devolvió el abrazo, riéndose ante el entusiasmo que demostraba.
—¡Mamá y Papá van a alucinar! —declaró mientras volvía a su silla—. Esta-
rán en el séptimo cielo con su primer nieto, y puedo asegurarte que me quitarán
de su punto de mira —confesó, cuando Logan regresó a su asiento—. Se pasan
el tiempo lanzándome sutiles indirectas sobre lo bueno que sería tener un nieto.
Observó como Logan cubría los hombros de Bryn con el brazo y la acercaba
para plantar un dulce beso en su sien.
—Me alegro de que lo apruebes —replicó con voz grave, mostrando una
clara alegría en su tono.
Hayley rió, con los ojos brillantes por las lágrimas no derramadas.
—¿Estás bien? —la preguntó Bryn.
La sonrisa de Hayley se amplió.
—Os amáis el uno al otro —contestó—. Es tan dulce que estoy estupefacta.
—También estás chiflada —la acusó Bryn con cariño.
—Eso también —admitió Hayley alegremente, emocionada por el insulto de
su hermana—. Vamos Logan, te ayudaré a terminar de limpiar, y tú, querida
hermana, te quedarás sentada.
—Hayley —se quejó Bryn—, el bebé no nacerá hasta dentro de ocho meses,
no vayas a creer que voy a empezar a tomármelo con calma desde el principio.
—No obstante, tengo la intención de echar a perder a mi sobrino o sobrina,
y creo que voy a comenzar desde este mismo momento.

*****
Después de terminar la limpieza, Logan entró en su despacho para realizar al-
gunas llamadas telefónicas referentes a su trabajo.
Hayley no estaba segura de cuál era exactamente su profesión. Bryn le ha-
bía explicado vagamente de qué se trataba; era un trabajo independiente, algo
así como que estaba especializado en algún tipo de mediación.
A pesar de la deliberada imprecisión de Bryn, Hayley sabía que había algo
más. No la presionó, sabiendo que se lo contarían en su momento. Esta era una
de las ventajas de haber conocido a alguien durante toda una vida. Después de

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un rato, sabías cosas de ellos por el simple hecho de haber compartido tanto
tiempo.
Una vez que Logan se dirigió hacia su trabajo, Hayley acompañó a Bryn a
su librería, donde ella y Clare, la mejor amiga de Bryn y socia de su negocio,
organizaron una ruidosa y alegre reunión. La amistad de Bryn con Clare se ha-
bía ampliado para incluir a Hayley, y las tres pasaron la mayor parte de su cre-
cimiento juntas.
El día pasó rápidamente entre el trabajo y la charla amena, con la que se
fueron poniendo al corriente de las noticias de cada una. Hayley quedó impre-
sionada con la librería y resultó evidente que los clientes también lo estaban,
dado el gran número de ellos que entraron y salieron en el transcurso de las
horas.
Cuando la tarde llegó a su fin, Hayley decidió compartir una pequeña in-
formación que se había guardado. Después de que el último de los clientes se
marchara, y mientras estaban ocupadas ordenando, se dirigió al frente de la
librería y se detuvo delante de la sección de novedades.
—¿Sabéis? —dijo con voz claramente audible—, mi libro quedaría estupen-
do aquí.
—¿Y de qué sería el libro, Hay? —preguntó Bryn con indulgencia.
—El de suspense romántico, con una gran carga erótica, que escribí y que
fue aceptado para su publicación hace unas semanas.
Bryn se quedó mirando fijamente a Hayley, buscando algún signo de que
hablaba en broma. No apreció ninguno.
—Hablas en serio. —Bryn se giró hacia Clare—. Habla en serio. —Su mira-
da regresó con incredulidad hacia Hayley—. ¿Hablas en serio?
Ante su gesto afirmativo, Bryn y Clare se precipitaron sobre ella, envol-
viéndola en un abrazo.
—¿Por qué no nos contaste que estabas escribiendo un libro? —preguntó
Clare.
—Sí, ¿por qué no nos lo dijiste? —repitió a su vez Bryn, mientras la daba
otro abrazo, junto con un vengativo pellizco en el brazo.
—¡Ow! —se quejó—. ¿Ya ha averiguado Logan que te encanta pellizcar?
—Sí —contestó complacida—. Pero no te preocupes por él. También consi-
gue anotarse algún tanto.
—Puedo imaginármelo —dijo Clare, moviendo las cejas de manera insi-
nuante.
Bryn se ruborizó mientras Hayley y Clare intentaban contener las risas.

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—Bueno —las amonestó—. ¿Podéis dejarlo ya? —Fijó su mirada en Hay-
ley—. Explícate hermanita.
Hayley frunció la nariz ante el tono de hermana mayor de Bryn.
—Hace unos años, se me ocurrió la idea de escribir un libro. Ya sabes lo que
me gusta leer. —Bryn hizo un gesto afirmativo y Hayley continuó—. Escribí
media docena de capítulos y perdí el interés, por lo que le dejé de lado. El año
pasado sentí de nuevo la necesidad, desenterré el material que ya tenía escrito y
lo leí por encima. —Se rió—. ¡Era malísimo!
»Sin embargo, continuaba con esa necesidad, y pensé que algunas ideas
eran realmente buenas, así que lo intenté de nuevo —explicó entusiasmada, con
los ojos brillantes—. De hecho, me entregué totalmente a ello. Decidí no comen-
tar nada hasta haberlo terminado y que lo hubiera visto un editor. Si era recha-
zado, lo mantendría enterrado, para quizá intentarlo un par de años más tarde.
Hayley sonrió ampliamente y encogió los hombros con cierta timidez.
—No me lo rechazaron. Por lo tanto, he guardado en bolsas todo mi trabajo
en Sistema de Datos Davis y me voy a dedicar a la escritura con dedicación ex-
clusiva.
—¿Dejas el trabajo?
—Sí, Bryn, deseo hacer esto y tengo mucho dinero ahorrado, por si lo nece-
sito. Ya sabes lo tacaña que soy. Y he pensado que —se lanzó jadeante—, ahora
que te has ido a vivir con Logan, ¿querrías alquilarme tu casa? Quiero decir, si
no tienes ningún plan para ella.
Hayley observó atentamente a Bryn para captar su reacción, reconociendo
una mirada algo aturdida. Lo último que quería era alterar a su hermana, sobre
todo en su estado actual, pero esto era muy importante para ella. Hayley sentía
que su vida estaba a las puertas de un cambio radical y, de alguna manera, tras-
ladarse aquí, a Whispering Springs, estaría… bien.
—¿Estás bien? —preguntó Hayley, mostrando cierta agitación en su voz.
Necesitaba la aprobación de Bryn.
—Estoy bien. Solo necesito sentarme un momento —contestó. Se dirigieron
hacia uno de los rincones de relax dispersados por la librería, para el disfrute de
los clientes, y se sentaron sobre un cómodo sofá—. Me has tomado por sorpre-
sa. Realmente has pensado todo esto, ¿verdad?
Hayley hizo un gesto afirmativo con gran seriedad.
—Bien, si estás segura de que es lo que quieres, la casa es tuya. —Bryn tomó
la mano de su hermana—. Pero ya sabes que eres bienvenida si prefieres que-
darte con Logan y conmigo, ¿verdad?
—Hermanita, ya sé que me dejarías quedarme con vosotros, pero es lo úl-

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timo que necesitas en estos momentos. Logan y tú acabáis de empezar una nue-
va vida juntos. —Oprimió la mano de Bryn—. No necesitas a una hermana me-
dio loca conviviendo contigo.
—No estás loca —negó Bryn, con un visible temblor en su labio inferior.
Con los ojos húmedos por las lágrimas, Hayley le dirigió una acuosa sonrisa
burlona.
—Ahora no os echéis a llorar las dos —ordenó Clare, captando la gran car-
ga emocional del ambiente—. ¡Esto merece una celebración! La hermanita pe-
queña va a ser una escritora famosa y, además, se viene a vivir a nuestra ciu-
dad. ¿Me puedes firmar un autógrafo? —preguntó con fingido entusiasmo, con
los ojos muy abiertos mostrando gran apasionamiento.
Bryn esbozó otra acuosa sonrisa.
—¿Alguna vez has tenido ganas de darle una bofetada? —le preguntó Hay-
ley a su hermana mientras le dirigía una mirada enfurruñada a Clare.
Esta retrocedió con fingido horror y las tres se rieron, rompiendo la tensión
del momento.
—Podríamos ir en coche hacía la casa —les dijo—. Tengo que recoger algu-
nas cosas y así puedes ver la zona para cerciorarte de qué es lo que quieres. Si
mal no recuerdo, había helado de mantequilla de pacana♥ en el congelador —
dijo con una sonrisa—. Podríamos hacer algo con él, ya que estamos de celebra-
ción y todo eso.
Con un coro de ansioso consenso se dirigieron a la casa de Bryn. Esta llevó a
Hayley como pasajera. Clare las siguió en su propio coche, para poder irse di-
rectamente a su casa cuando hubieran terminado.
Mientras recorrían la ciudad en dirección a la zona periférica donde se ha-
llaba la casa de Bryn, Hayley se dedicó a admirar el paisaje. Whispering Springs
era una de esas pintorescas y tranquilas ciudades, con una zona comercial in-
teresante, diversa y no muy grande. También disponía de pequeños barrios
donde las casas no eran reproducciones unas de otras, y se encontraban lo sufi-
cientemente alejadas como para permitir cierto aislamiento a los residentes.
Los patios estaban limpios y muy bien cuidados. Flores de diferentes tipos
crecían alineadas e incluso daban forma a los jardines, estaban situadas en jar-
dineras sobre los alfeizares de las ventanas y formaban pasillos en la zona pea-
tonal.
Grandes árboles atestiguaban el hecho de que el lugar tenía profundas raí-
ces y no se podía clasificar como una urbanización aparecida de la noche a la
mañana. Había una sensación de tranquilidad y solidez en el lugar que la llegó


Fruto seco muy similar a la nuez tradicional.

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a los huesos, haciendo que se sintiera inmediatamente como en casa.
Cuando entraban en el camino de acceso a la casa de Bryn, Hayley vio que
ya estaba aparcada allí una camioneta. Llevaba un logo en el lateral que anun-
ciaba Diseños McKenna.
—¿Qué es lo que hará Jace aquí? —preguntó Bryn en voz alta.
—¿Quién es Jace?
—Jace McKenna. Es el mejor amigo de Logan.
Salieron del coche y, cuando Clare se las unió, caminaron hacia el porche
que daba paso a la puerta de entrada. Bryn probó el picaporte. No estaba cerra-
do y dio un paso al interior.
—¿Jace?
—Aquí —llegó la respuesta, ligeramente apagada.
Hayley sintió como un involuntario temblor se deslizaba por su espalda.
Algo en aquella voz profunda y potente golpeó un punto desconocido de su
interior. La sensación no resultó desagradable y le desconcertó sentirse afectada
por alguien a quien todavía no había visto. Su curiosidad creció bruscamente.
Clare y ella siguieron a Bryn hacia la cocina.
Delante del fregadero, tomando la última cucharada del helado de mante-
quilla de pacana, se encontraba el ejemplar más magnífico de belleza masculina
que ella hubiera visto jamás. «Señor ¿Es que todos los hombres de esta ciudad eran
unos portentos físicos?» Parece que había llegado al lugar ideal, pensó, mientras
una onda de anticipada tensión la recorría.
Jace McKenna, totalmente relajado, se apoyaba contra el fregadero mientras
terminaba su helado. Un metro y ochenta y cinco centímetros de altura llenaban
sus vaqueros y su camiseta de tal manera que llamaban la atención de una mu-
jer. Duro, musculoso y fuerte en los lugares correctos.
Su hermosa pero severa cara estaba enmarcada por un cabello negro, corto
a los lados y mucho más largo en la parte superior que, como una espesa y bri-
llante capa, relucía bajo la luz del sol que penetraba a través de la ventana de la
cocina. Sus oscuras cejas enmarcaban unos brillantes ojos azules-verdosos, pro-
tegidos del sol gracias a unas abundantes pestañas, mientras que una recta na-
riz señalaba el camino a unos labios invocadores de calientes pensamientos y
noches repletas de sensuales besos. Su cálida piel, de un tono oliváceo, estaba
bronceada por el sol.
Jace pasó su vista de Bryn a Clare de manera amistosa antes de detenerse
ostensiblemente sobre Hayley. Sintió como el estómago se estremecía cuando él
capturó su involuntaria y fascinada mirada de admiración. Raspando los últi-
mos restos del helado en el envase, Jace fijó en Hayley toda su atención, mien-

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tras se concentraba en limpiar la cuchara con la boca. Su lengua realizó cosas
malvadas y maravillosas en aquel trozo de inanimado y desagradecido metal.
Cosas que desencadenaron un fogonazo de calor por sus venas.
Un acaloramiento que comenzó en su vientre y fluyó hacia abajo como cera
caliente. El resultado fue una humedad instantánea en sus bragas. Mientras to-
da la humedad de su cuerpo viajaba hacia el sur, el fuego de sus venas cargó
hacia el norte. Hayley sintió como una ola de calor se esparcía por su pecho,
garganta y mejillas. Jace le dio a la cuchara un último y sensual lametón antes
de sonreír. Esta fue una lenta, malvada y provocadora sonrisa, como si fuera
conocedor del efecto producido y estuviera muy, muy complacido.
Irritada y mortificada por la facilidad con la que Jace había conseguido tal
reacción en ella, Hayley se sintió instantáneamente insultada. El hombre estaba
demasiado seguro de sí mismo. Estaba decidida a demostrarle que no era nin-
guna virgen influenciable. Enderezó la espalda, levantó la barbilla y le dirigió
una mirada furiosa, sin tomar en cuenta las miradas intrigadas de Bryn y Clare.
Jace la lanzó una obstinada sonrisa y devolvió su atención a Bryn
—Espero que no te importe —dijo, indicando el cartón vacío—. Son mis ho-
norarios.
—¿Honorarios por qué? —preguntó con una sonrisa desconcertada.
—Logan me mencionó que tenías una ventana rajada en la sala de estar. Me
ofrecí para sustituirla. —Tiró el cartón y aclaró la cuchara—. Hola Clare, me
alegra volver a verte.
—Jace —devolvió el saludo—. ¿Cómo va tu negocio de arquitecto? ¿O quizá
no debería preguntar, ya que has caído hasta tener que sustituir ventanas a
cambio de un helado?
—Me gusta regresar a lo básico de vez en cuando —rió— El negocio va ex-
celentemente. ¿Conoces a Gracie Stevens?
Clare hizo un gesto afirmativo.
—Acaba de recibir un maravilloso y enorme cheque de su carcamal. Parece
que sospechaba que la estaba engañando y contrató a un detective privado para
sorprenderlo in fraganti. Cuando terminó el proceso de divorcio, su imagen
valía más que mil palabras. Y un montón de dinero en efectivo. Está pensando
en realizar alguna renovación en aquel mausoleo donde vive. Va a ser un traba-
jo muy interesante.
—Hmmm, ¿está pensando solo en la renovación de la casa o tiene en mente
alguna otra renovación más personal? —preguntó Clare en broma. Estaba bien
enterada de la reputación de Jace. Era el preferido entre la población femenina
local y no tan local.

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—Imagino que de ambas cosas —contestó Jace, lanzándola un malvado
guiño.
Bryn carraspeó.
—Ahora no estoy tan segura de querer presentarte a mi hermana.
Hayley, que había observado el intercambio entre Clare y Jace con involun-
tario interés, se sintió disgustada por sus proezas con las mujeres. La irritación
que sentía era sobre sí misma. «¿Por qué demonios debería importarme lo que hace?»
Se preguntó antes de decir en voz alta:
—No seas tonta, Bryn. —Su tono de voz fue cortante y frío—. Si el señor
McKenna decide disfrutar de aventuras amorosas con sus clientes, es asunto
suyo. —Le ofreció la mano—. Hayley Royden, encantada de conocerle.
Jace trasladó su mirada turquesa a la amplia sonrisa de Hayley, tomando su
mano. En el pasado, había conocido a hombres que la habían desnudado con
los ojos, pero, por cómo la miraba Jace en esos momentos, se podría pensar que
este hombre en realidad ya la había visto desnuda. Se quedó perpleja ante el
reconocimiento inexplicable y el calor que reflejaban sus ojos. Este hecho le
produjo una oleada de carne de gallina por toda su piel. Una repentina imagen
de Jace desnudo se presentó ante ella para su propia inspección por una imagi-
nación demasiado activa. Con gran esfuerzo Hayley conservó la calma, mante-
niendo su expresión neutral.
—Llámame Jace. ¿Puedo llamarte Hayley? —Ante su gesto afirmativo, él
aplicó un suave masaje al presionar su mano—. Lo que tienes que tener en
cuenta, Hayley, es que un hombre no siempre acepta lo que le ofrecen. Tal como
estoy seguro que no lo haces tú. —Su voz transmitía una suave advertencia.
Hayley se indignó.
—Tienes razón, Jace —concordó dulcemente, mientras, deliberadamente,
retiraba la mano de la de él—. Hay cosas que una mujer no podría tolerar —
agregó con frialdad.
A pesar de su irritación, Hayley no pudo negar la carga eléctrica que hizo
que su piel se erizara donde sus manos se habían tocado. El calor que fluía de
las yemas de sus dedos barrió como una ola por su brazo, llegando a todo su
cuerpo y haciendo que su temperatura se elevara un poco más. La sensación era
parecida a sumergirse en una cálida y acogedora bañera.
—La experiencia me ha enseñado que una persona puede adquirir gran
cantidad de tolerancia —afirmó Jace en un ronco gruñido mientras daba un pa-
so para acercarse—. Incluso se puede llegar a disfrutar de algo que al principio
pudo parecer antipatía.
Entornó los ojos de manera sensual, una mirada que sin duda había seduci-
do a muchas mujeres imprudentes. Hayley no se dejaría capturar tan fácilmen-

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te, y dio un paso hacia atrás, alejándose e inspirando profundamente para in-
tentar tranquilizarse. Resultó ser un error.
El suave y sutil olor de Jace invadió sus fosas nasales. El cálido y almizcleño
aroma masculino la atrajo y tentó, haciendo que su deseo se elevara repentina-
mente de manera rápida e insistente. No ayudó que se percatara del sensible
abultamiento que apareció en la parte frontal de sus vaqueros. Hayley sintió
como se le secaba la boca, al mismo tiempo que se humedecía aun más su sexo.
—Quizá algunas personas no seamos tan flexibles —logró decir, tras despe-
gar la lengua de su paladar.
—Oh bien, flexibilidad. Eso es algo sobre lo que se puede trabajar.
El tono de Jace había tomado un timbre caliente e invitador, que recorrió su
piel y le acarició hasta las puntas de sus nervios. Bien podía imaginarse algunas
de las cosas que haría para mejorar la flexibilidad de una mujer. Aplastando las
provocativas imágenes que inundaban su mente, entrecerró los ojos y enderezó
la espalda. Estaba determinada a no caer víctima de este hombre tan peligrosa-
mente seductor. Jace era un hombre que utilizaba claramente su físico para las
conquistas fáciles.
—Sí, es cierto, pero para lograr un objetivo, primero hay que querer lograr-
lo. ¿Si es algo que no quieres, qué razón tiene intentarlo?
—A veces una persona no siempre está segura de lo que quiere, y se requie-
re de alguien más que les lleve hacia una experiencia que muy fácilmente po-
dría cambiar su vida —insistió Jace.
—¿Y qué pasa si esa persona esta totalmente satisfecha con la vida que lle-
va?
—¡Oh, Hayley! —Jace sacudió la cabeza con fingida tristeza—. A pesar de
eso, creo que hasta la satisfacción más perfecta puede ser mejorable. —La obse-
quió con una mirada que quemaba por su intensidad—. Creo que siempre hay
tiempo para un cambio en la vida de las personas. No hay nada como agitar las
cosas e intentar algo nuevo. ¿No estás de acuerdo?
Hayley se relajó un poco, mientras una sonrisa renuente aparecía en sus la-
bios. Su irritación se convirtió rápidamente en diversión. Obviamente Jace era
un hombre que usaba su atractivo sexual para sus conquistas, pero tenía cere-
bro e ingenio para dirigir aquellas devastadoras miradas. Sus bromas no solo
estimulaban sexualmente, sino que, además, divertían.
Elevó la frente de manera orgullosa y le dirigió una mirada de considera-
ción.
—Aunque esté de acuerdo en que no hay nada malo en probar algo nuevo,
eso no significa que automáticamente sea algo bueno para ti. Esto último podría
resultar muy, muy malo.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Y para algunas personas lo malo puede ser estimulante.
—Eso es cierto. Ser imprudente y salvaje puede resultar atractivo, pero a
menudo la gente se lamenta cuando retorna la serenidad.
—He descubierto que hay ciertas cosas sobre las que el intelecto no debería
influenciar. Algunas veces es mejor dejar actuar al instinto.
—¿Y qué pasa si tu instinto te dice que corras antes de que sea demasiado
tarde?
—En realidad correr también podría estar bien. No hay nada como la emo-
ción de una buena persecución.
Hayley había abierto la boca para contestar cuando Clare estalló en carcaja-
das. Se giró para descubrir que Clare y Bryn observaban el claro intercambio de
insinuaciones. Bryn les miraba fijamente, con el asombro reflejado en sus ojos.
—Esto hace que haya valido la pena que nos quedáramos sin el helado de
mantequilla de pacana —rió Clare—. Tal vez deberíais dejarlo en empate.
Hayley miró a Jace, captando el leve brillo de sus ojos.
—Estoy de acuerdo si él lo está —ofreció.
Jace inclinó la cabeza como aceptación.
—Por mí muy bien, teniendo en cuenta que yo tenía la mejor mano.
—Si tú lo dices —resopló Hayley.
—Oh, dulzura, no es que yo lo diga.
—Tú solamen…
—¡Alto! —gritó Bryn—. Me estáis mareando. Jace, ¿has terminado con la
ventana? —Él hizo un gesto afirmativo—. Muy bien, gracias por el arreglo, ha
sido un estupendo detalle. Vete a casa. ¡Hayley, si dices una palabra más, te
amordazo!
Sus palabras de protesta quedaron amortiguadas por el sonido del teléfono
móvil de Bryn.
—¿Diga? —contestó Bryn, manteniendo un ojo vigilante sobre Jace y Hay-
ley, mientras Clare se giraba para intentar acallar sus risas—. Hola cariño. No,
todo está bien. Estamos en mi casa. Necesitaba recoger algunas cosas y, además,
Hayley quería ver el barrio. ¡Oh, tengo muy buenas noticias! Hayley ha decidi-
do venirse a vivir aquí, va a alquilar la casa.
Hayley observó la lenta y depredadora sonrisa que curvó los labios de Jace,
mientras sus ojos relucían con un brillo intenso y salvaje. Un escalofrío de incer-
tidumbre encogió su estómago y frunció el ceño, preguntándose si era posible
que sus ojos pudieran provocarle esas sensaciones. El brillo en los ojos de Jace

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Kate Steele Tentar a un lobo
fue tan fugaz que dudaba de haberlo visto de verdad. De mala gana, decidió
que debió ser cosa de la luz que entraba por la ventana. Aún así, la dejó cierta
sensación de inquietud. Brillo o no, aún tenía una sonrisa satisfecha por la con-
tienda.
No le dio oportunidad de contestarle que no se hiciera ilusiones. Sin decir
más, se giró y se dirigió hacia la sala de estar para recoger la caja de herramien-
tas. A escondidas, le vio irse. «Maldición, el hombre sabía moverse», pensó y des-
pués ahogó un gemido cuando se agachó para recoger sus herramientas disper-
sas. La visión de aquel pequeño y firme trasero, cubierto por unos estrechos
vaqueros, le hizo la boca agua. De mala gana trasladó su atención a la conversa-
ción entre Bryn y Logan.
—A propósito, Jace está aquí. Arregló la ventana. Ha sido algo muy dulce
que te acordaras. —Escuchó un momento y Hayley sonrió cuando observó co-
mo el rubor cubría las mejillas de su hermana—. Oh bien…Ya pensaré en eso —
contestó Bryn con un leve ronroneo en la voz—. Sí, está aquí mismo. Bien. ¿Ja-
ce? Logan quiere hablar contigo.
Jace tomó el teléfono que Bryn le ofrecía y se retiró a la sala de estar. Mien-
tras hablaba con Logan, Bryn enfrontó a Hayley.
—¿Qué pasa contigo? —le preguntó.
—¿Qué? ¡No soy yo, es él!
—Empezaste tú. Y para tu información, creo que más te vale alejarte de él.
No es precisamente un tipo común.
—No soy ninguna virgen inexperta, Bryn. Puedo cuidar de mí misma.
—Incluso si lo fueras, estoy segura de que Jace sería feliz de ayudarte con
eso —dijo Clare sarcásticamente—. ¿Viste la manera en que te miró? Sentí cómo
el calor lo inundaba todo —dijo, abanicándose.
Hayley sonrió a Clare —aprovechando la ausencia de él—, para ir directa
hacia los hechos más calientes de la situación.
—Bueno, puede ahorrarse su calor —les aseguró—. Estoy estupendamente
de temperatura.
—Estoy de acuerdo con eso —interrumpió Jace—. Caliente. —Le devolvió
el teléfono a Bryn, que se despidió de Logan.
Los ojos de Jace capturaron los de Hayley. Ardían con un suave tono tur-
quesa, un claro y sutil resplandor que prometía convertirse en un rugiente in-
fierno si se le alimentaba adecuadamente. Otro rubor se deslizó a lo largo de
todo su cuerpo y Hayley se obligó a permanecer derecha, sin mostrar ningún
tipo de reacción.
Jace trasladó su atención a Bryn.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Logan me ha pedido que haga una minuciosa inspección de la casa. Dado
que tú hermana va a quedarse aquí, quiere que esté en perfectas condiciones.
Dijo que me avisarías si hay algo en particular que necesites que se haga, o se
repare —le dijo—. Si te parece bien, me quedaré con la llave que me dio Logan.
Mañana traeré algunos hombres para comenzar con el trabajo.
—Eso suena muy bien, Jace. Entonces regresaremos mañana para recoger el
resto de mis pertenencias. Te pasaré una lista con las cosas que creo deberías
revisar.
—De acuerdo —contestó y, recogiendo su caja de herramientas, se dirigió
hacia la puerta—. Señoras, ha sido un placer, como siempre. —Le lanzó a Hay-
ley una intensa mirada que le dijo todo—. Te veré mañana, Hayley.
—Bien, no quiera Dios que mañana sea un buen día para mí —contestó sar-
cástica.
Reconociendo claramente la atracción que sentía por Jace, estaba segura de
que una relación con él sería muy probablemente de lo más peligroso. Jace sería
un dolor que terminaría por padecer.
Jace soltó una carcajada y continuó hasta la puerta.
Hayley le vio salir, con un ceño fruncido desfigurando su cara. Algo en
aquellos endiablados ojos le resultaba terriblemente familiar.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Dos

Bryn se detuvo en su casa y salió del coche con la lista en la mano. La ca-
mioneta de Jace ya estaba aparcada en la entrada del garaje y podía ver el mo-
vimiento a través de las ventanas de la sala de estar. Subió los escalones del
porche y caminó hasta la puerta principal que permanecía abierta. Jace estaba
hablando con dos de sus hombres, tomando nota sobre diversos aspectos del
estado de la casa.
Viéndola entrar, le dio la bienvenida con una sonrisa y envió a sus hombres
a hacer sus encargos.
—Eh, Bryn, genial, has traído la lista. —Luego echó un vistazo por la puerta
abierta—. Veo que Hayley decidió que una retirada era la mejor solución. Por
ahora.
Bryn se rió entre dientes.
—Me dijo que le provocaste dolor de cabeza. Bueno, la verdad sea dicha, di-
jo que eras un grano en el culo y que se quedaba en casa para poder terminar
algo de trabajo.
Una mueca facilota apareció en la cara de Jace.
—Me gusta tu hermana pequeña. Lo dice todo tal y como es.
La sonrisa de Bryn decayó.
—Jace, Hayley es adulta y puede hacer lo que quiera, no me voy a entrome-
ter, pero ante todo es mi hermana. No juegues con ella.
—No estoy jugando, Bryn. Es mía.
Un pequeño temblor recorrió el estómago de Bryn.
—¿Estas seguro? —preguntó incrédula.
—¿Logan estuvo seguro en cuanto a ti?
—Supongo que esa es una pregunta tonta. —Frunció el entrecejo y se mor-
dió el labio—. ¡Oh Dios mío!, esto es tan inesperado. ¿Se lo has dicho a Logan?
Jace negó con la cabeza.
—Eres la primera y tienes mi permiso para contárselo. Voy a discutirlo con
Cade. Como mi beta, tiene el derecho de ser informado, pero nadie más debe
saberlo hasta que este arreglado.
Bryn asintió.
—Jace, sabes que no resultará fácil. Es distinto al hecho de que Logan esco-
giera a una compañera humana, aunque supongo que escoger no es la palabra
idónea, pues la verdad es que no hubo prácticamente ninguna opción. La gran

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Kate Steele Tentar a un lobo
diferencia es que él no es alfa de una manada. Tú, por otro lado, eres el alfa de
Torre de Hierro. No es muy probable que a todos les encante aceptarla como tu
hembra alfa, sobre todo para algunas de las otras mujeres. Es un secreto a voces
que algunas esperan ganar esa posición.
—No creas que no he pensado en todos estos problemas, Bryn, pero, como
ya te he dicho, en esto no tengo otra opción. Hayley es mi compañera. La reco-
nocí en cuanto olfateé su olor. No es algo que se pueda decidir, es una situación
que tiene lugar debido a un reconocimiento físico y emocional. Cualquier ex-
pectativa que pueda tener algún otro miembro de mi manada, será solucionada
en su momento. Me he percatado de que Hayley no es ninguna cobarde, y su
voluntad es firme. Solo tengo que mostrarle mi verdadera personalidad y con-
vencerla de que soy el hombre de sus sueños. No tengo ninguna duda de que
podrá ocuparse del resto. —Un brillo sardónico iluminó los ojos de Jace.
—Eso va a ser muy divertido — se rió Bryn—. Por supuesto, ayer tuvisteis
un estupendo comienzo.
—Es verdad, creo que tuvimos un gran comienzo. Las buenas relaciones
empiezan siempre con un buen conflicto, es una reacción subconsciente de los
dos involucrados, que les incita a luchar debido a sus carencias y necesidades.
—No sabía que fueras un psicólogo aficionado.
—Tengo muchos talentos —contestó Jace con un guiño.
Bryn suspiró y puso los ojos en blanco.
—Pobre hermanita. —Miró con aprecio a Jace, pero luego su mirada se tor-
nó repentina y mortalmente seria—. ¿Sabes que si la hieres no tendrás que en-
frentarte solo con Logan, sino también conmigo, verdad?
Jace le cogió la mano y la atrajo hasta su mejilla, frotándola contra su piel
antes de besar sus nudillos.
—Si la hiriera, tienes mi permiso para darme unos cuantos puntapiés en el
trasero, pero Bryn, eso no va a suceder. Lo prometo, cuidaré de ella. Yo… yo
no…
Alzando su mano le acarició su mejilla.
—No eres solo la imagen de soltero despreocupado que proyectas. Eres un
buen hombre, Jace, fuerte, fiable, protector. —Sonrió, sus ojos brillaban—. Tie-
nes mi consentimiento para cortejar a mi hermana y puede que los dos disfru-
téis de la persecución, hermano.
Su sonrisa iluminó la habitación.
—Gracias, hermanita. A propósito, ¿mencioné que necesitas un nuevo teja-
do?

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Qué?
—Tienes suerte, a la familia solo le facturo el coste de los materiales.
*****
Sus muslos se abrieron ampliamente, arqueándose hacia abajo para dar facilidad a los
sensuales golpes de la diestra lengua que exploraba su tembloroso sexo. El sudor perlaba
su piel, y la suave brisa que llegaba del ventilador del techo hacía que sus pezones fueran
meros puntos prietos. Estiró la mano para alcanzar su duro pico y gimió cuando una
mano grande se deslizó por toda la longitud de su cuerpo y se moldeó contra el otro pe-
cho, copiando sus propios movimientos con los dedos.
Gimió de nuevo y empujó hacia abajo cuando él chupó su clítoris, su lengua acari-
ciaba despacio por encima del sensibilizado brote, muy suavemente.
—¡Oh, fóllame! James, James, por favor —imploro ella—. ¡Fóllame, Jace!
—¿Jace? —exclamó Hayley dando al botón de retroceso rápidamente y
agregando el nombre correcto.
Aliviada después de borrar toda evidencia suspiró, se estiró y apagó el or-
denador portátil. Estaba contenta por haber conseguido escribir un gran núme-
ro de páginas para su último libro, a pesar de su tendencia a distraerse pensan-
do en Jace. Sumergirse en las vidas de sus protagonistas la ayudaba a eliminar
durante un tiempo todo tipo de realidades, pero el problema con la realidad era
que siempre reaparecía.
Lo cierto era que estaba preparada para admitir que este espécimen llama-
do Jace McKenna había dejado una impresión bastante contundente en ella. Le
fascinaba la imagen de muchacho-malo, y su cuerpo reaccionaba en cierto mo-
do ante este hecho, y vaya que no podía negarlo. Lo deseaba. Hayley se retorció
en la silla. Las escenas de sexo que estaba escribiendo siempre conseguían au-
mentar su deseo, pero el meter a Jace en la ecuación hacía que se quemara por
dentro.
—Demonios —susurró—. ¡Quiero algo más que eso!
El sentimiento era tan intenso que su pecho se comprimió y las lágrimas re-
lucieron en sus ojos. Barriéndolas con una mano, se sostuvo la barbilla para mi-
rar fijamente por la ventana. «Vaya mierda», pensó. Definitivamente no era el
tipo que estaba buscando una esposa, hijos y estabilidad. «Seguro que ni me esco-
gería».
Hayley se sentó y pensó durante algún tiempo, sin ser capaz de obtener una
solución a su dilema. La queja brusca de su estómago la hizo salir de su letargo.
Decidió ir abajo a buscar algo para comer. Allí encontró a Logan.
—Eh, hermano, ¿que estas cocinando? —dijo en tono de broma.
—Llegas justo a tiempo, hermanita —soltó con una mueca—. Bryn regresa a

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Kate Steele Tentar a un lobo
casa con costillas para hacer a la parrilla y estoy preparando una ensalada para
acompañarlas. Hazme un favor y saca la barra de pan del horno.
Hayley obedeció y luego se sentó en la isleta, para observar como Logan
preparaba eficazmente la ensalada.
—Logan —empezó, pero entonces se detuvo, no muy segura de cómo con-
tinuar.
—¿Qué te ronda por la cabeza?
—Jace McKenna —dijo bruscamente, después se movió inquieta en la silla,
con el rubor cubriendo sus mejillas.
—Ya veo. Bryn me dijo que le conociste ayer.
—Sí.
—¿Te gusta?
—No sé si ésa es la palabra que utilizaría. No estoy segura de cómo me
siento. Solamente sé que agitó algo en mi interior y no tengo ni idea de cómo
reaccionar.
Logan sonrió y se lavó las manos antes de tomar asiento a su lado.
—Permíteme que te cuente un pequeño detalle acerca de Jace. Su padre mu-
rió cuando tenía once años. Su madre lo tomó muy mal y Jace tuvo que crecer
más rápido que cualquier otro niño de esa edad. Se esforzó por ser el cabeza de
familia. Tuvo éxito. Cuidó de su madre y sus hermanas. Esto hizo de él una
persona segura de sí misma y muy responsable.
Hayley asintió, fascinada ante la inesperada visualización de Jace.
—Cuando tenía diecinueve años, su madre conoció a un hombre, se enamo-
ró y volvió a casarse. Ella y las chicas se mudaron a dos estados de distancia,
para estar con él. Jace decidió quedarse aquí. Por primera vez en ocho años no
tenía que ser responsable de nadie más salvo de sí mismo. No creo que deba
entrar en demasiados detalles cuando digo que, como cualquier hombre joven y
libre, Jace tuvo una buena cuota de buenos momentos.
Hayley sacudió la cabeza y le dirigió una pesarosa sonrisa.
—Compensó de sobra aquellos años perdidos de su juventud pero, al mis-
mo tiempo, estudió duro e hizo algo de sí mismo. Tuvo éxito y consiguió ser un
arquitecto que sabe valorar la responsabilidad y la formalidad. Sí, tiene cierta
vena salvaje, pero cuando quiere algo lo persigue, lo cuida e incluso lo alimenta.
—Es duro de creer que todo eso esté bajo la superficie. Parece ser el típico
muchacho alocado que simplemente quiere pasar un buen rato.
Logan sonrió.

22
Kate Steele Tentar a un lobo
—Lo sé. Temo que parece el típico hombre. Nos gusta aparentar que solo
nos preocupa divertirnos y no necesitamos ningún tipo de estabilidad en nues-
tras vidas. Pero tengo que decirte, Hayley, que esa clase de vida la valoramos
muchísimo.
—Eh, ¿eso quien lo dice, la voz de la experiencia?
—¡Oh sí! No tienes ni idea de lo feliz que fui al encontrar a Bryn. Ha cam-
biado mi vida de maneras que solo podía imaginar. No podría estar más con-
tento.
—¿Crees que Jace podría estar buscando lo mismo?
—Nunca lo admitiría, pero sí, creo que lo hace.
—Sería bueno saberlo, estoy indecisa… bueno… asustada, de hacer cual-
quier tipo de movimiento. Quiero decir, ¿y si me pongo en plan seria y a él no le
interesa?
Logan sonrió abiertamente.
—Bueno, pues ahí es donde tienes ventaja.
Hayley frunció el entrecejo.
—No te sigo.
—Jace sabe que si te engaña y te hiere, va a tener que responder ante Bryn
y, sobre todo, ante mí. Si le dejas saber que estás interesada y no siente nada por
ti, te evitará para no tener ningún conflicto con nosotros. Pero si siente que hay
algo especial entre vosotros, nada podrá mantenerle lejos.
La comprensión despejó la mirada de Hayley y se rió entre dientes.
—Podría llegar a ser divertido.
Logan levantó una ceja.
—¿Por qué tengo la sensación que a mi mejor amigo le va a caer un proble-
ma de los gordos?
—Pero, Logan —Hayley le fastidió un poco más—. ¿Por qué crees que le
causaría algún problema a tú amigo?
La examinó, notando el destello diabólico en sus ojos.
—Oh sí, ya lo creo que está en problemas.
Los dos rompieron a reír al tiempo que Bryn entraba por la puerta de la co-
cina.
—Vaya, ¿qué me he perdido?

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Tres

El tiempo había sido desapacible durante unos días, hasta que por fin ama-
neció luminoso y despejado. Hayley se preparó para el siguiente encuentro con
Jace. Sabía, gracias a Bryn, que estaría en la casa trabajando en el nuevo tejado y
decidió que era hora de empezar a llevar sus cosas, dado que había terminado
con las reparaciones del interior.
Bryn y Logan la habían instado intensamente para que se quedara, pero
quería darles espacio; se imaginaba cómo se sentiría si tuviera que acomodar a
su hermana cuando empezaba una nueva vida con el hombre que amaba. Eso
solía eliminar la espontaneidad en el romance. No habría ningún encuentro ar-
doroso delante del hogar o en la mesa de la cocina si la hermana de una podía
entrar en cualquier momento.
«Eso sería una situación bastante desagradable», pensó con una mueca.
Después del desayuno pasó algún tiempo cargando el coche con las cajas
que sus padres la remitieron, tras telefonearles para comunicarles su decisión
de mudarse a Whispering Springs. Igual que Bryn, tenían sus dudas sobre que
hubiera dejado su trabajo pero, como de costumbre, le dieron todo su apoyo. Se
alegraron al saber que sus hijas estarían juntas en la misma localidad y que po-
drían cuidarse mutuamente.
Habiendo dejado para el final su precioso ordenador portátil último mode-
lo, Hayley cogió el estuche que le guardaba e hizo el último viaje a la planta
baja. Logan y Bryn habían estado ausentes todo el día. Cerró la puerta con llave
e instaló su ordenador cuidadosamente en el asiento del pasajero, antes de si-
tuarse detrás del volante.
Hayley se dirigió hacia la casa con parsimonia, relajada, admirando la vista
y permitiendo que la anticipación tomara las riendas. Después de su charla con
Logan, estaba en ascuas, preguntándose cual sería el siguiente movimiento por
parte de Jace, si es que hacía alguno. Odiaba la idea de que él no pudiera sentir
nada salvo deseo y, la verdad, eso sería una gran desilusión. En conclusión, se
alegraba de que, de una manera u otra, en los próximos minutos lo sabría con
toda seguridad.
Al acercarse a la casa, la imagen de la camioneta de Jace en la entrada del
garaje hizo que se tensara. Aparcó su coche al lado, intentando tranquilizarse.
La primera cosa que notó fue el sonido del golpeteo, pero sin nadie a la vista.
Tomando su ordenador portátil, avanzó unos pasos y subió al porche. Usando
su llave entró por la puerta delantera.
Hayley puso su ordenador en el sofá y atravesó la cocina, saliendo por la
puerta trasera que estaba abierta. Siguiendo los rítmicos sonidos del martillo,

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Kate Steele Tentar a un lobo
bajó por la parte trasera del camino y el cercado; una vez que estuvo algo aleja-
da de la casa se volvió para levantar los ojos hacia el tejado. Encaramado sobre
él, trabajando duro y aparentemente indiferente a la altura, se encontraba Jace,
golpeando con un martillo un clavo en una tabla.
El corazón de Hayley brincó sobresaltado y la mandíbula se le descolgó. En
deferencia al calor, Jace se había quitado la camisa. Su torso brillaba lustroso
con una ligera capa de sudor, los músculos se tensaban con cada movimiento y,
cuando ajustó su posición volviéndose ligeramente, pudo ver los esculpidos
músculos, la espalda y el valle de su pecho. La parte superior de su pecho esta-
ba recubierta por una alfombra oscura de vello, que hizo que los dedos de Hay-
ley sintieran la necesidad de tocarlos.
Para ella, la única cosa manifiestamente masculina, aparte del vello del pe-
cho, era una verga dura y gruesa. ¡Oh esto sí que no era justo!, pensó, mientras
automáticamente concedía el primer punto a Jace, en una competición de la que
ni siquiera era consciente. Con esfuerzo mantuvo la mandíbula encajada, dán-
dose la orden de respirar profundamente para poder llamarle la atención.
—¡Yuju! —le gritó.
Jace volvió su cabeza y sonrió cuando la vio.
—¡Eh!, ¿a que hace un día estupendo?
—¡Oh sí! —contestó ella solícitamente.
Jace sonrió ampliamente, como si conociera la razón de su vehemencia.
—¿Te dispones a instalarte en tu nueva casa?
—Sí, mis padres me enviaron algunas cajas y tengo un par de maletas.
—Espera un segundo y te echaré una mano para trasladar todo.
No pudo negarse el goce que recibía al mirarlo, Hayley esperó paciente-
mente mientras nivelaba los tableros y colocaba el clavo, después de martillar
con bastante facilidad cruzó el maltrecho tejado hacia la escalera de mano que
reposaba a un lado. Jace bajo sin vacilar y pudo admirar sus movimientos segu-
ros y firmes.
En cuanto sus pies golpearon el suelo caminó hacia ella. Un escalofrío invo-
luntario la atravesó. De repente le vio como un depredador listo para la caza y
Hayley deseó ser la presa. Permaneció de pie fascinada, hasta que se detuvo
delante de ella.
Su mirada se fijó en la suya y extendió la mano, mientras colocaba un dedo
bajo su barbilla y la alzaba suavemente.
—Mejor ciérrala, cariño. Nunca se sabe lo que podría entrar entre esos la-
bios tan deliciosos que tienes.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Hayley se ruborizó furiosamente e hizo un ruidito cuando la cerró brusca-
mente.
Jace sonrió, sus ojos centelleaban de diversión.
—Así que, ¿dónde están esas cajas?
Hayley se volvió y regresó hacia la casa.
—En el maletero de mi coche, si quieres ayudarme.
—Sin ningún problema, estoy aquí para ayudar. En todo lo que necesites.
Por delante de él, Hayley puso los ojos en blanco y silenciosamente se riñó.
Estaba perdiendo rápidamente el terreno. El despliegue sexy e imperturbable
de Jace la había convertido en un esponjoso bollo con abundante crema y rodi-
llas de gelatina. Reafirmando sus defensas, decidió que llegaría el momento en
el que cambiaría su suerte.
Cuando le guió hacia el coche, pudo sentir su silencioso escrutinio a su es-
palda. Solamente para darle más material, osciló un poco más sus caderas. Son-
rió para sí cuando escuchó una profunda inspiración. Aparentemente no era la
única que disfrutaba de la buena vista.
Al llegar al coche, hizo desaparecer la sonrisa mostrándose seria y abrió el
maletero. Cuando se retiró y Jace se acercó para tomar la primera caja, su brazo
rozó accidentalmente un lateral de su pecho. Al momento Hayley contuvo la
respiración, sintiendo como si la hubiera recorrido un rayo.
—Lo siento —se disculpó secamente, y recogió la caja para llevarla al inte-
rior de la casa.
—No ha pasado nada —reconoció débilmente y se apoyó un momento con-
tra el coche para respirar.
«Si alguna vez me toca en un intento de seducción, es muy probable que termine
desmayándome», murmuró ultrajada, antes de abrir la puerta trasera del coche
para sacar una de sus maletas.
Estuvieron pasando uno al lado del otro durante un tiempo indefinido, has-
ta que finalmente descargaron el coche. En cada una de las ocasiones en las que
Jace se acercaba a Hayley, hacía que esta fuera extremadamente consciente de
él, con sus músculos tensándose hasta hacer que se sintiera como si caminara
sobre un campo de minas, esperando la primera explosión. Suspiró de alivio
cuando todo acabó y noto que Jace se frotaba el cogote. De repente, comprendió
que no era la única en padecer aquella tensión. Y eso la hizo sentirse mucho me-
jor, consiguiendo relajarse cuando le siguió a la cocina.
Con familiaridad, Jace abrió uno de los armarios y sacó un vaso.
—¿Te importa? Es que estoy sediento.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Claro que no me importa. Puedes quedarte deshidratado si trabajas bajo
el sol. ¿Llevas algún protector solar?
Volviéndose, con el vaso lleno de agua en la mano, Jace se lo acercó a los la-
bios y bebió. Claras gotas de agua gotearon del vaso, yendo a parar a su pecho.
Hayley miró con extasiada fascinación como seguían su camino por el espeso
bosque de seda negra de su vello. Una gota intrépida resbaló por encima de su
redondeado pectoral y se posó en la punta de su pezón. Allí se balanceó jugue-
tonamente, antes de caer y aterrizar en un muslo vestido con unos vaqueros
que cubrían una espectacular pierna.
—Oh joder —suspiró con brusquedad, después tosió para cubrir su exa-
brupto.
—¿Estas bien? —preguntó Jace con preocupación—. Me parece que podrías
aprovechar algo de agua para ti misma.
Rellenó el vaso y se lo dio. Hayley terminó el contenido en tiempo record,
mientras Jace permanecía delante con una ceja levantada. Alzó una mano des-
cuidadamente para frotar las zonas húmedas de su pecho y las gotas errantes
de más abajo. Cuando las diminutas protuberancias castañas de sus pezones se
endurecieron bajo su toque, la última gota de agua que bebió Hayley se le fue
por mal sitio y empezó a toser compulsivamente.
—Tómatelo con calma cariño, hay más agua de donde salió esa —bromeó
él, mientras le daba suaves golpecitos en la espalda—. No hay necesidad de te-
ner prisa. La mayoría de las cosas saben mejor cuando se toman con calma.
Hayley soltó un jadeo final y le miró a través de sus ojos llenos de lágrimas.
El hombre era un experto en soltar indirectas al tiempo que las hacía parecer
absolutamente inocentes.
—Estaba sedienta —se defendió débilmente.
—Ya veo. Regresaré ahora mismo. Me gustaría que hicieras algo por mí, si
quieres claro.
Afortunadamente para ella, no pudo ver la encantadora mueca que se for-
mó en la cara de Jace cuando este se alejaba.
Con cuidadosa deliberación, puso el vaso vacío en el fregadero y movió la
cabeza pesarosa.
«Hayley Royden, ¿qué infiernos te pasa? ¡Está realmente interesado y te estas con-
virtiendo en algún tipo de payasa! ¡Ahora mismo contrólate antes de que consigas pare-
cer la idiota más grande y lo eches todo a perder¡»
El ver a través de la ventana cómo regresaba Jace con una botella en su
mano, hizo que se enderezara de donde estaba apoyada en el mostrador. Este
entró por la puerta y le sostuvo la botella.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Protector solar, gracias por recordármelo. Me puse un poco por delante
hace tiempo, pero me las vi negras para la parte de atrás. Seguramente me he
dejado zonas sin protección, así que… ¿te importaría? —preguntó inocentemen-
te, mientras le daba el bote y se daba la vuelta.
Hayley miró fijamente toda esa ancha extensión de carne masculina que te-
nía ante ella, en su cara se formó una mueca, pero inspiró hondo. «Puedo hacer
esto, puedo hacerlo», pensó mientras le contestaba enérgicamente:
—Anda pues claro, me encantaría ayudarte.
Abrió el bote y apretó, haciendo que saliera una gran cantidad de blanca
crema sobre su mano, luego colocó el bote en el suelo y se frotó las manos con
ella, calentándola antes de extenderla sobre Jace. Él dejó escapar un pequeño
hum de placer cuando sus manos empezaron a masajear la crema en su espalda.
Su piel era tan cálida y suave como parecía. Los músculos de la espalda
eran sólidos y sus dedos trazaron fácilmente los delineados bultos mientras sus
manos se deslizaron por encima. Hayley inspiró profundamente y se perdió en
el ritmo de su masaje. En vez de sentir incomodidad al tocar a Jace, resultó co-
mo si fuera lo más normal del mundo. Una conexión fácil y abierta se formó
entre ellos, hasta que ambos se sintieron capturados por el ritmo de las caricias
de aquellas manos. Estas se movieron por sus hombros, masajeando los múscu-
los allí presentes, hasta que un gemido ronco de placer por parte de Jace rompió
el hechizo que los arrastraba.
Hayley se echó hacia atrás. —Bueno, creo que ya estas bien protegido —dijo
jadeante y dio otro paso hasta el fregadero para lavarse las manos.
Pudo sentir la mirada de Jace y supo el momento justo en el que se movió.
Escuchó su voz a su lado cuando la habló con suavidad.
—Gracias, Hayley, masajeas muy bien, cariño. Sabes, de vez en cuando ten-
go un dolorcillo aquí atrás, ¿crees que podrías encargarte?
Hayley se volvió, con una sonrisa en sus labios.
—Vete a trabajar, Jace.
—Vale, vale, pero no hace falta ser cruel.
Riéndose entre dientes salió por la puerta.
Hayley continuó sonriendo mientras le observaba irse. Sus ojos se estrecha-
ron al tiempo que ideaba un plan. Jace, definitivamente, había resultado el ga-
nador en esta ronda, pero la lucha simplemente había empezado.
—Ahora vamos a ver quien gana en el segundo asalto —murmuró y fue al
dormitorio para cambiarse.
*****

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Kate Steele Tentar a un lobo
Jace regresó al tejado, dejando que su rostro adoptase la mueca que no pudo
reprimir ni un momento más. Hayley era suya y le respondía sin ningún tipo de
duda. El encanto del antiguo McKenna estaba dejando huella, pensó con aire
satisfecho mientras volvía a poner los travesaños en el tejado y los clavaba.
Rememoró el encuentro con satisfacción. Había permanecido tranquilo y
confiado, mientras Hayley estaba claramente alterada, y era ahí precisamente
donde la quería tener. Su propia calma casi se había venido abajo, tras rozar su
pecho accidentalmente mientras la ayudaba a sacar las cajas del maletero de su
coche. No fue el único afectado en ese incidente, pero se había recuperado con
rapidez.
Cuanto más tiempo estaba en contacto con ella, más profunda era la necesi-
dad primitiva que tenía en su interior. Esta se centraba directamente en el lugar
que albergaba a su lobo y sus instintos alimentaban la necesidad. Solo su fuerza
de voluntad le mantenía alejado de Hayley, evitando que le dijera lo que quería
y lo que ella significaba para él. Pero sabía que era demasiado pronto, no quería
arriesgarse y echarlo todo por la borda. Lo mejor que podía hacer era aparecer
por allí a todas horas, y así Hayley tardaría menos en ser suya.
Captando un movimiento por el rabillo del ojo, miró hacia abajo para en-
contrarse a Hayley saliendo hacia el césped. Descalza, llevaba una toalla grande
bajo un brazo y se había cambiado de ropa. Los ojos de Jace se agrandaron
apreciativos. Llevaba puestos unos pantalones sumamente cortos. Pudo apre-
ciar un lazo colgando por su espalda desnuda y otro atado a la parte posterior
de su cuello. Mientras la observaba, esta se detuvo, sacudió la toalla y se inclino
para extenderla sobre el suelo.
Cuando los pantaloncillos cortos se subieron para revelar la carne cremosa
que había debajo, ocurrieron dos cosas. La primera, el ritmo cardiaco de Jace
aumentó, la sangre que recorría velozmente sus venas se agolpó repentinamen-
te en su verga, y esta se alzó al instante. El siguiente golpe del martillo encontró
su dedo pulgar en lugar de la punta del clavo que estaba apuntando y la sangre
que había llenado su verga de sopetón retrocedió y se fue por donde había ve-
nido.
—¡Hijo de puta! —gritó, al tiempo que se ponía de pie y agitaba el dedo
maltratado antes de acunarlo en su otra mano.
Hayley se dio la vuelta, y ahí Jace consiguió su segunda sorpresa. La camisa
que llevaba, si es que se podía llamar así, ya que apenas la cubría. Era un tejido
rojo-cereza que solo cubría el centro de sus lujuriosos pechos. Acunaba genero-
samente esa carne firme, ocultando únicamente los pezones, mientras dejaba
una buena porción de la parte superior de sus pechos expuesta.
—¡Hijo de puta! —gimió impresionado, mareándose cuando su sangre
reinvirtió de nuevo la dirección, yéndosele de la cabeza y llenando su verga.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Perdió pie.
Hayley gritó cuando Jace se agitó para recobrar el equilibrio, lográndolo
apenas, y terminó sentado en el tejado con un duro golpe.
—¿Estas bien? —gritó ella, claramente preocupada.
Jace puso los ojos en blanco, completamente disgustado consigo mismo.
—Estoy bien, muy bien —gruñó a través de los dientes apretados.
—Me alegro. La verdad, pensé que te ibas a caer. No deberías bromear con
esas cosas, ya sabes.
—Es un buen consejo, me aseguraré de seguirlo de ahora en adelante.
—Ahora no seas grosero. No es culpa mía que seas un poco torpe.
—¡No soy torpe!
—Lo que tú digas. Voy a ver si tomo un poco de sol, si no te importa.
—¿Por qué debía importarme?
—Por nada en absoluto. Ya que has interrumpido tu trabajo, ¿te molestaría
bajar y ponerme algo de crema en la espalda?
Jace la dirigió una mirada larga, silenciosa y muy penetrante.
—No me tientes, Hayley. Ése puede ser un juego muy peligroso.
—¿Qué quieres decir?
—Si bajo ahí y te pongo las manos encima, no me voy a limitar a extender la
crema por tu espalda. Esa minúscula camisa que llevas será la primera cosa que
salga disparada —la informó, mientras sus ojos se transformaron en ascuas ar-
dientes—. Luego serán esos pantaloncillos los que desaparecerán, y si llevas
bragas, no será por mucho tiempo —prometió—. Entonces sí que empezaré a
extenderte la crema. El primer lugar al que mis manos irán será a ese dulce y
escultural culito, luego subiré hacia arriba a tu pecho.
Hayley se irguió conmocionada y silenciosa, su cuerpo electrizado por cada
una de la palabra que Jace pronunciaba.
—No puedo esperar a sostener tus pechos en mis manos. Son preciosos,
Hayley, un verdadero tesoro, y estoy deseoso de mostrarte cuánto los admiro.
Tengo la intención de hacer que disfrutes mientras lamo y succiono tus pezo-
nes.
Al pronunciar la palabra «pezones», estos reaccionaron y un escalofrío in-
voluntario recorrió toda su piel. Se endurecieron y empujaron atrevidamente
contra el tejido que los ocultaba.
Jace gruñó, no existe otra palabra mejor para describir el sonido que retum-
bó de su pecho.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Eso es, cariño, simplemente piensa en lo bien que te vas a sentir cuando
te saboree.
—Jace, detente —murmuró sin fuerzas. Su respiración se había convertido
en un entrecortado jadeo.
—Mientras los succiono, mis manos tendrán plena libertad para dirigirse
hacia tu caliente, mojado e hinchado sexo, Hayley. ¿Vuelves a estar mojada, no
es así?
—¡Vale ya! —gritó, cuando una ola de puro vértigo la recorrió por entero.
—Entre la crema y tus dulces y calientes jugos, podré resbalar un par de
dedos dentro
—¡Para ya! Tú ganas. ¿De acuerdo? ¡Tú ganas! Entro en la casa, bastardo ul-
tra competitivo. —Hayley se largó agitada.
Jace sonrió y murmuró para sí.
—Nunca tientes a un lobo, cariño.
Permaneció allí de pie, haciendo muecas debido a su maltratado pulgar y
frotándose el golpeado trasero, mientras se decía que, aun a pesar de todo lo
sufrido, había merecido la pena si así había podido observar la mirada que re-
flejaba la cara de Hayley. Silbando regresó a su trabajo.
En el interior de la casa, Hayley se dirigió a su dormitorio, se dejó caer so-
bre la cama y soltó una risita.
—Oh sí, me quiere.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Cuatro

Un par de días más tarde, mientras estaba sentada ante su ordenador, sonó
el teléfono. Le cogió, pero antes de poder preguntar nada, dijeron:
—¿Estas preparada para divertirte?
Se rió al escuchar la voz de su hermana.
—Bryn, ya sabes que en estos momentos no estoy interesada en los tríos —
bromeó.
—No tienes tanta suerte, querida hermana —contestó Bryn con un resopli-
do—. Logan nos invita a salir. Si te interesa, podemos encontrarnos con él en
Morgan’s. Es una de las tabernas de la localidad, un lugar verdaderamente
tranquilo. El dueño no permite ningún tipo de altercado. ¿Qué te parece?
—Parece divertido. Me puedo permitir una noche libre.
—Me lo imaginé. Te has empleado a fondo, ¿verdad?
—Tengo que conseguir cierta estabilidad, Bry. Estoy totalmente decidida a
tener éxito en esto.
—Ya sabes que me alegra verte tan profundamente interesada en algo.
Siempre he tenido la impresión de que no llegabas a ser totalmente feliz con
ninguno de los trabajos que realizabas.
—Tienes razón. La mayoría de las veces, la única razón para aceptar un tra-
bajo era por el dinero que conseguiría. Esa no es una motivación suficiente co-
mo para que el trabajo me satisfaga. ¿Pero escribir? Es divertido, Bryn. Me satis-
face de una manera que no sabía que necesitara.
—Me alegro profundamente por ti, Hayley. Ahora dejemos este tema tan
serio a un lado, te recogeré a las seis cuarenta y cinco. Logan nos espera allí a la
siete.
—Estaré lista. ¿En cuanto al vestuario?
—Estrictamente informal. Con un par de vaqueros es suficiente.
—Eso es fácil. Te veo en un momento.
—Adiós.
Hayley colgó el teléfono y se dirigió al dormitorio para desenterrar sus va-
queros favoritos, que conjuntaría con un top de algodón rojo. Después de tomar
una ducha rápida y secarse el pelo, se puso un sujetador de encaje rojo y unas
bragas a juego. Se aplicó el maquillaje con mano experta, una ligera base con un
poco de rimel. Una vez vestida, se guardó en los bolsillos su permiso de condu-
cir, algo de efectivo, un peine, las llaves de su casa y un lápiz de labios.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Se calzó un par de sandalias, y acababa de coger una cazadora de ante color
rojo intenso, por si llegaba a refrescar, cuando escuchó el claxon de Bryn en el
camino de entrada.
—Justo a tiempo —comentó con una sonrisa y se dirigió a la puerta de la ca-
lle. Salió, se aseguró de cerrar bien con llave y se unió a su hermana en el coche.
El viaje fue corto y llegaron a los diez minutos. Morgan’s estaba situada a
las afueras de la ciudad. Estaba flanqueada a un lado por una gasolinera, re-
convertida en una tienda de veinticuatro horas, y al otro por una bolera. Al ser
temprano, el aparcamiento estaba medianamente libre. Morgan’s era un lugar
muy frecuentado, sobre todo, y con el desconocimiento de Hayley, por las dos
manadas de hombres lobos de la localidad. David Morgan, el dueño, miembro
de Torre de Hierro, manejaba y controlaba el lugar de manera muy diplomática.
No se permitía ningún tipo de disputa; si alguien rompía las normas, quedaba
expulsado sin ningún tipo de rodeo y no se le volvía a permitir la entrada. Co-
mo no querían perder sus privilegios, la mayoría de los clientes encontraban la
manera de mantener la paz.
Las dos hermanas atrajeron muchas miradas de admiración cuando atrave-
saron la puerta. La gente del lugar conocía a Bryn y sabían que era la compañe-
ra de Logan Sutherland, además de ser la copropietaria de la Librería Whispe-
ring Springs. Y los chismes de la pequeña ciudad ya habían dado la noticia de la
llegada de su hermana Hayley.
David captó su llegada desde detrás de la barra y la rodeó para acercarse y
saludarlas con una sonrisa de bienvenida.
—Bryn, me alegro mucho de verte. ¿Va a venir Logan?
—Sí, debería llegar de un momento a otro. David, me gustaría presentarte a
mi hermana, Hayley. Hayley, este es David Morgan. Es el dueño de este estu-
pendo local.
David amplió su sonrisa.
—Encantado de conocerte, Hayley.
—Lo mismo digo —contestó devolviéndole la sonrisa.
—Síganme señoras. Tengo un reservado vacío esperando por vosotras.
David les mostró el camino hasta uno de los reservados más grandes, y
después de que se sentaran tomó nota de lo que querían beber.
—Para mí solamente coca cola —dijo Bryn, después de que Hayley pidiera
una cerveza suave.
Hayley observó el lugar, mientras movía el pie al ritmo que marcaba la alta
música ambiental. Era bastante espacioso, con reservados y mesas grandes a
una distancia prudente, para que los clientes no se sintieran hacinados. Incluso

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Kate Steele Tentar a un lobo
había una pequeña pista de baile delante de la máquina de discos, para aquellos
inclinados a realizar un poco de ejercicio. El lugar, en su conjunto, era todo un
recordatorio de las cabañas rústicas. Al fondo se divisaba un desván al que se
llegaba mediante unas escaleras laterales. Habían colocado unas mesas para
quien quisiera una vista panorámica de la planta baja o un poco más de priva-
cidad.
En su imaginación, Hayley pudo imaginarse este lugar como una típica es-
cena de Alaska durante la fiebre del oro. Estaría lleno de chicas de salón y rudos
mineros gastándose el oro en busca de un buen revolcón. Sonrió y tomó un sor-
bo de su cerveza.
—¿Te gusta? —preguntó Bryn.
—Es precioso —contestó—. Estaba pensando en lo bien que quedaría como
escenario en un libro.
—Yo también lo veo —aceptó Bryn.
Siguieron charlando y tomando sus bebidas mientras los minutos pasaban.
Bryn miró su reloj.
—Llega tarde, espero que todo esté bien.
—Estoy segura de que lo está. No te preocupes, hermanita, vendrá.
Al momento, una sombra cayó sobre la mesa. Ambas levantaron la vista es-
perando ver a Logan, pero en cambio encontraron a un extraño de pie ante
ellas. El hombre era alto y de constitución fuerte, con unos toscos rasgos bajo
una abundante barba. Hayley estaba segura de que probablemente el hombre se
creía atractivo. Sus ojos desprendían una expectante arrogancia, por lo que se
sintió instantáneamente molesta. Por esto y por el hecho de que su ropa descui-
dada y el olor que desprendía indicaban una carencia total de higiene personal.
Él dirigió su atención hacia Bryn.
—Hey, pequeña, ¿te hace un baile?
—No, gracias —contestó Bryn fríamente—. Estoy esperando a mi pareja.
—Oooh, tu pareja, está bien que le esperes. Pero estoy seguro de que no le
importará que bailes mientras lo haces. Vamos, te gustará estar con un hombre
de verdad.
Extendió la mano con la intención de coger el brazo de Bryn. Hayley le gol-
peó como un relámpago, sujetó su muñeca mientras se alzaba, levantándose del
reservado y obligándole a dar un paso atrás.
—No toques a mi hermana —le ordenó aparentemente tranquila, con una
mirada dura y directa. Le liberó y a escondidas se limpió la mano en el panta-
lón—. Te ha dicho que está esperando a alguien. ¿Por qué no vuelves a tú mesa?

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Bueno, no hay ninguna necesidad de que estés celosa. Tengo en abun-
dancia para las dos —la miró con lascivia y se agarró de la entrepierna, frotán-
dose obscenamente—. ¿Quién quiere ser la primera en probarla?
De nuevo extendió la mano, esta vez dirigiéndola hacia el pecho de Hayley.
Sin ningún tipo de vacilación, ella le sujetó el brazo, dio un paso al lado y con
un movimiento totalmente inesperado y armonioso, barrió los pies del camo-
rrista, enviándole estruendosamente al suelo. Mientras caía, se escuchó un rui-
doso rasgón; debido a que todavía estaba sujeto a su cazadora, le había roto la
costura del hombro, dejándolo suelto.
Hayley se mantuvo de pie sobre el hombre. Incluso despeinada, con la cara
ruborizada y la mitad de su sujetador visible a través de su cazadora rasgada,
era la mismísima imagen de una vengativa Amazona. Lo que no sabía era que
en el mismo momento que lanzaba al hombre al suelo, la puerta de la calle se
había abierto y Logan, acompañado de Jace, entraban justo a tiempo de verla en
acción.
Durante una fracción de segundo, la sala entera se congeló. El único sonido
era el continuo rum-rum del tocadiscos. Tan rápidamente como se había conge-
lado, la sala se descongeló y un zumbido de conversaciones barrió la muche-
dumbre. David Morgan apareció, en el mismo momento que Logan y Jace, em-
pujando, se abrían camino entre la gente.
—¿Qué demonios pasa aquí? —exigió Jace.
—Este imbécil intentó propasarse con Bryn. Cuando le pedí educadamente
que se marchase, intentó agarrarme —explicó Hayley.
David pasó la mirada de Logan a Jace y vio como surgían gemelas tormen-
tas.
—Me ocuparé de esto —les dijo, mientras se formaban en sus bocas coléri-
cas protestas dirigidas hacia él. No les dio ni una sola posibilidad para oponer-
se—. Ahí fuera, vuestra palabra es la ley y la respeto. Pero esta es mi casa, son
mis reglas y no hay ninguna excepción. Esta mierda no merece los problemas
que una lección privada de modales podría traer. Sentaos. Cuidad de vuestras
señoras. Todas las bebidas que toméis esta tarde van a cuenta de la casa.
Hizo una seña a dos de sus camareros. Ellos sujetaron al hombre, cada uno
de un brazo, y marcharon hacia la puerta. Otros dos hombres se levantaron de
su mesa y siguieron a su desafortunado amigo hacia el exterior. Unos minutos
más tarde se escuchó el sonido de tres motos alejándose del aparcamiento.
—Bryn, Hayley, siento lo sucedido, esto no es algo que ocurra a menudo. Es
obvio que esos tres no conocían las reglas —se disculpó David.
—Está bien, David, no ha sido culpa tuya. Todo ocurrió demasiado deprisa.
Por suerte, mi hermana es algo así como una maestra ninja —les comunicó Bryn

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Kate Steele Tentar a un lobo
con una amplia sonrisa.
—Tonterías —se ruborizó Hayley. Se deslizó en el reservado y se sentó con
un suspiro, pero al instante se tensó ligeramente cuando Jace se situó a su lado.
Logan y Bryn tomaron sus sitios frente a ellos.
—Estás sangrando —comentó Jace quedamente, con la voz vibrante por la
cólera suprimida y la frustración.
Estirando el cuello, Hayley intentó ver de qué hablaba.
—No puedo verlo —se quejó.
—Aquí, gírate un poco.
Jace tomó una servilleta y la mojó en una de las copas de agua que les ha-
bían llevado a la mesa, junto con los refrescos que habían pedido Bryn y Hay-
ley, y las cervezas para Logan y él mismo. Su mano cubrió el hombro de Hayley
y limpió suavemente el enrojecido arañazo que estropeaba la cremosa piel de su
garganta.
Hayley siseó ante el gentil contacto de su toque, mientras la limpiaba el ras-
guñó y lo secaba con suaves golpecitos. Amablemente, metió su hombrera rota
bajo la tira de su sujetador, con un movimiento que la hizo temblar.
—Ya está, no sangrará más, pero mas vale que te pongas alguna pomada
antibacteriana cuando llegues a casa. Si no tienes una, te compraré una en la
tienda que hay al lado, de hecho, tal vez debería hacerlo ahora —se ofreció, e
hizo el gesto de levantarse.
—Jace, siéntate. No vas a ir a buscar a ese tipo —le ordenó Logan.
Jace se calló; sus ojos color turquesa estaban tempestuosos mostrando su
protesta, mientras luchaba por controlarse.
—La tocó. La hizo daño. —Jace habló con frases entrecortadas y roncas por
la emoción.
—Lo sé, pero está bien. Hayley, dile a Jace que estás bien. —La voz de Lo-
gan era apaciguadora y la orden fue pronunciada suavemente.
Hayley frunció el ceño y miró de Jace a Logan y de nuevo a Jace. Estaba
ocurriendo algo, pero no tenía ni la menor idea de qué podía ser. La mirada de
Logan estaba llena de preocupación, claramente dirigida hacia Jace. Su expre-
sión declaraba evidentemente que ella tenía que hacer algo al respecto.
Giró su mirada hacia Bryn, que hizo un gesto afirmativo como estímulo.
Encogiéndose de hombros, se volvió en su asiento para encararle.
—Jace, estoy bien. De veras que lo estoy.
Un leve jadeo escapó de sus labios cuando él trasladó su atención hacia ella.
Los ojos de Jace estaban iluminados. No había ninguna duda. No había ningún

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Kate Steele Tentar a un lobo
rayo de sol o luz de una vela o de una lámpara que pudiera causar aquel fuego
interior. Fascinada, se inclinó hacia delante, acercando la mano a la mejilla de él.
Inmediatamente capturó su mano y giró la palma para acercarla a su nariz,
inhalando profundamente su olor. Cerró los ojos en lo que pareció un compla-
cido éxtasis y su lengua se deslizó sensualmente hasta tocar la palma de su
mano.
Hayley tembló mientras su aliento se aceleraba. Cuando Jace abrió los ojos,
el brillo había desaparecido.
—¿Estás segura de que te encuentras bien, cariño? —preguntó suavemente,
con su acariciante voz envolviéndola con calor.
Como se había quedado sin habla, solo pudo afirmar con la cabeza, aturdi-
da por la intensa preocupación de Jace por ella.
La tensión desapareció en él. Pudo ver cómo su cuerpo tomaba una postura
más relajada.
—Bien. —Liberó su mano, cogió una de las cervezas y tomó varios tragos—.
Ahora es cuando me cuentas donde aprendiste ese pequeño truco que usaste
con aquel tipo.
Ella parpadeó. De repente todo había vuelto a la normalidad. Era casi como
si hubiera hecho un mini-viaje a otra dimensión y de repente estuviera de vuel-
ta a la realidad. Nadie comentó el extraño comportamiento de Jace o el increíble
hecho de que sus ojos se habían iluminado como linternas chinas. Logan y Bryn
les miraban con complaciente aprobación, sin el menor desconcierto por lo que
había sucedido momentos antes.
—Lo hago si me cuentas por qué te brillaban los ojos hace un momento.
—Ah, eso —rió Jace—. Eso es algo que solamente me pasa cuando estoy al-
terado. Eso es una… bueno… es algo que forma parte de mí. Te lo explicaré más
detalladamente un día, pero no ahora, ¿de acuerdo?
Motivada por una inesperada súplica en su voz, hizo un gesto afirmativo.
—Tu turno.
—Um, me apunté a algunas clases de defensa personal. Pensé que podría
serme útil, ya sabes.
—Ciertamente ha sido útil esta noche —comentó Logan—. Gracias por cui-
dar de Bryn.
Hayley rió avergonzada y se encogió de hombros.
—Es mi hermana, siempre nos cuidamos la una a la otra.
—Sí, es cierto —dijo Bryn con una sonrisa—. ¿Te acuerdas de cuando éra-
mos pequeñas y Johnny Tebbits intento robarnos el dinero del bocadillo? Era un

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Kate Steele Tentar a un lobo
matón de primaria, estudiaba en un curso por delante de mí y dos cursos por
delante de Hayley —les dijo a los chicos—. Pensó que iba a ser fácil aterrorizar
a un par de muchachas. —Se rió con ganas—. Hayley y yo brincamos sobre él.
¡No nos volvió a molestar!
—Logan, creo que nos hemos sentado con un par de atrevidas y espabiladas
mujeres. Deberías tener cuidado, compañero.
—Oh, yo no lo necesito. Bryn ya me tiene donde quiere. Creo que eres tú el
que debería tener cuidado. Hayley nos acaba de mostrar cómo maneja a los
hombres que no saben comportarse.
Jace hizo una pausa, con una mirada pensativa y especulativa en su cara.
—Es cierto, pero a mí me gusta luchar con mis compañeras.
—Yo no lucho, y en las clases nos enseñaron que el mejor método para so-
meter a un macho recalcitrante era ir directamente a sus testículos.
—Ouch. —Jace se retorció en su asiento—. Creo que te concederé este asal-
to. —Levantó su copa en un brindis, mientras Logan y Bryn se reían entre dien-
tes y Hayley le dirigía una sonrisa satisfecha.
Pasaron el resto de la tarde disfrutando de la agradable atmósfera, las bebi-
das y la conversación. Cuando no jugaba a «ser todo un hombre», Hayley en-
contraba que Jace era bastante inteligente. Estaba muy bien informado sobre las
últimas noticias y daba sus opiniones con una meticulosidad que daba muestras
de que había algo más en su cabeza aparte de las medidas corporales de las mu-
jeres. A pesar de que las bebidas eran gratis, se limitó a dos cervezas, igual que
Logan. Tenía que admirarles por eso. La mayor parte de los hombres se hubie-
ran aprovechado de esa oportunidad.
—¿Te apetece un baile?
—¿Hmm? —contestó Hayley, comprendiendo que se había perdido en sus
pensamientos, sin prestar atención a la conversación que seguía a su alrededor.
—¿Bailar? —repitió Jace.
—Oh, bueno…
—Ve, Hayley. A ti te gusta bailar —la animó Bryn con una pícara sonrisa.
Hayley entrecerró los ojos y lanzó una mueca en su dirección. Pensar en
bailar con Jace, o tener cualquier tipo de contacto físico con él, hizo que sintiera
las rodillas débiles.
Jace se deslizó fuera del reservado y extendió la mano.
—Vamos, cariño. Sé que no eres ninguna cobarde.
Incapaz de pensar en una excusa viable, tomó su mano, se deslizó a través
del asiento y le dejó conducirla hasta la pequeña pista de baile, delante del to-

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Kate Steele Tentar a un lobo
cadiscos. Varias parejas ocupaban ya parte del espacio, cosa que agradeció. Al
menos no se sentiría observada por ser la única pareja de baile. La selección del
tocadiscos eligió aquel momento para, con un chasquido, cambiar a una canción
lenta y de ritmo sensual. Jace la tomó expertamente en sus brazos y comenzó a
moverse.
Hayley siguió automáticamente sus movimientos, su cuerpo captó su ritmo,
acomodándose a él. Le miró fascinada, observando como el vibrante turquesa
se transformaba en resplandeciente fuego. Sus ojos reflejaban sus emociones
con absoluta claridad. Además de su inequívoco deseo, se veía florecer algo
más, algo que provocó que una descontrolada esperanza creciera en ella, de la
misma manera que lo hizo el temor. Incapaz de mantener el contacto visual,
Hayley giró la cabeza y la apoyó en su hombro. Jace suspiró y la acercó un poco
más, hasta que no hubo ningún espacio entre ellos.
Enterró la cara en su pelo y Hayley pudo sentir el movimiento de su pecho
cuando inhaló profundamente.
—Hueles endiabladamente bien —gruñó—. Me haces sentir cosas. Nunca
me había pasado antes. —Su voz estaba cargada de asombro.
Hayley tembló ante el tono ronco y se acercó más, sintiendo la inequívoca
dureza de su erección sobre el vientre. Lejos de ofenderse, se deleitó ante su
propio poder como mujer. Sus mismos deseos aumentaron en la misma propor-
ción y Hayley les dio la bienvenida, reconociéndolos como verdaderos, apro-
piados y naturales —como una respuesta a ese hombre que le hacía un lugar en
su vida.
Bailaron juntos en un mundo propio, lleno de calor y necesidad, atempera-
do por la paciencia, el anhelo y la esperanza, junto con la comprensión del ca-
mino que emprendían. Cuando la música terminó, se hicieron a un lado y se
sonrieron el uno al otro. Cada uno de ellos sabía, sin necesidad de preguntas,
que el otro comprendía exactamente lo que sucedería. Jace posó un suave beso
sobre su mejilla y empujó su trasero en dirección a la mesa.
Hayley tomó asiento y se giró hacia Jace mientras este se deslizaba a su la-
do.
—A propósito, ¿qué haces aquí? Nadie me dijo que vendrías.
Jace se rió.
—Más o menos me invité cuando Logan me dijo que había quedado con
Bryn y contigo.
—Ya veo —contestó—. ¿Por alguna razón en particular?
—¿Preguntas con alguna intención, cariño?
—Solamente por curiosidad.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Uh-huh. ¿Necesitas que te explique detalladamente por qué estoy aquí?
—Jace le dirigió una mirada que derritió sus entrañas hasta dejarlas como la
mantequilla.
Hayley tragó con fuerza.
—Creo que tu mirada me dice todo lo que tengo que saber.
Al otro lado del reservado Logan resopló con una sonrisa y le lanzó un gui-
ño a Hayley, con una expresión que le decía claramente «Ya te lo dije». Hayley
se encogió de hombros tímidamente, pero estaba satisfecha.
Cuando la tarde llegaba a su fin, Bryn comenzó a bostezar y Logan declaró
que era hora de irse. Era muy atento con ella, la ayudó a levantarse, colocó un
brazo por encima de sus hombros y la acercó a su lado. Hayley vio la líquida
calidez que iluminaba los ojos de Bryn cuando alzó la vista hacia él, y suspiró
cuando Logan se inclinó para posar un suave beso sobre sus labios.
Jace ya se había levantado y ella se deslizó fuera del reservado para encon-
trarse con su mirada y una solemne expresión en sus ojos. Él se giró hacia Lo-
gan.
—¿Por qué no llevas a Bryn a casa en su coche? Yo podría llevar a Hayley.
Si estás de acuerdo —la preguntó.
Hayley hizo un gesto afirmativo, sintiendo como una única mariposa pro-
vocaba una leve agitación en su estómago. No estaba segura de lo que sucede-
ría, pero al mismo tiempo se sentía inexplicablemente segura a su lado.
Como todos estuvieron de acuerdo con la distribución, se despidieron en el
aparcamiento. Jace condujo a Hayley hacia su camioneta y abrió la puerta del
pasajero para que entrara. Se instaló y sujetó su cinturón de seguridad mientras
él daba la vuelta por la parte delantera de la camioneta y se situaba a su lado.
Jace sintonizó la radio en una emisora de música suave y, a pesar del hecho
de que no hablaron durante el viaje, Hayley pudo relajarse. Recostó la cabeza en
el asiento de cuero y cerró brevemente los ojos.
—¿Estás cansada? —preguntó Jace suavemente cuando dirigió la camioneta
hacia la entrada de su casa.
—Un poco. Ha sido una tarde muy interesante.
—Es cierto —concordó y apagó el motor, dejando encendida la radio—.
¿Cómo está el rasguño?
—Escuece un poco.
—Déjame ver.
Se inclinó sobre ella, girándose para poder verlo. Las yemas de sus dedos
pasaron suavemente por la zona exterior del rasguño.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Ha sangrado otra vez. Déjame que te cure —suspiró.
Sin comprender lo que pretendía, Hayley se quedó sin aliento cuando él
acercó su boca a su piel y su lengua se deslizó húmeda y lentamente a lo largo
de todo el arañazo. Expulsó el aliento con leves jadeos y gimió suavemente
cuando repitió el gesto una y otra vez.
Jace se retiró ligeramente, sus ojos relucían con la brillante luz, ahora tan
familiar.
—¿Te sientes mejor?
Ella hizo un gesto afirmativo, incapaz de hablar.
—Me sentí verdaderamente alterado cuando te vi lanzar al suelo a aquel ti-
po. Me pareció que te había fallado, que debería haber estado allí para proteger-
te. Odio el hecho de que te hiciera daño. No volverá a pasar, Hayley. Te prome-
to que nadie volverá a hacerte daño.
Hayley se estremeció ante la profunda emoción que mostraban sus ojos.
—Jace… yo
—Shh, no digas nada por ahora. Limítate a sentir, cariño.
La tomó en sus brazos y buscó su boca. Sin ningún tipo de pensamiento o
vacilación, Hayley abrió la boca cuando la pasión explotó entre ellos. La lengua
de Jace se adentró en ella y la recibió con atrevidas e insistentes caricias, que
extrajeron un gemido desde lo más profundo de su garganta.
Sus brazos le rodearon los hombros, mientras que él estrechaba fuertemente
su espalda. Sus manos se deslizaron lentamente arriba y abajo, acercándola
más, hasta que sus senos quedaron presionados contra su pecho. Jace se recostó,
en ningún momento interrumpió el contacto con su boca mientras arrastraba a
Hayley con él. Ella terminó medio sentada en su regazo, con las piernas estira-
das sobre el asiento del pasajero.
Siguieron explorando las cálidas y húmedas bocas del otro. Jace retiró uno
de los brazos de su espalda y se movió hacia el frente de su blusa, tirando de la
tela rota que había metido bajo la tira de su sostén. Lo suficientemente conscien-
te como para comprender hacia donde se dirigía él, hizo una profunda inspira-
ción, descubriendo su mirada interrogativa.
La mirada de sus ojos transmitía un increíble calor, pasión y necesidad, to-
do ello unido a una voluntad de hierro. Su mano trazó ligeramente, hacia abajo,
la roja tira de su sujetador.
—No puedes imaginarte lo intrigado que estoy por esta pequeña y delicada
cosa que llevas. ¿Tus bragas también son de encaje rojo?
Hayley se sonrojó.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—La verdad es que me gusta bastante ese color… y sí, lo son.
—Oh, cariño, a mí también me gustan esas cosas tan bonitas. Sobre todo me
gusta quien las lleva puestas. —Su mano continuó el recorrido hasta que se de-
tuvo sobre un seno, amoldando la mano a él. Hayley gimió y se acercó más para
aumentar la presión de su tacto—. Tranquila, cariño, déjate llevar por las sensa-
ciones.
Jace se inclinó sobre ella para apoderarse con la boca, de la pequeña rigidez
de su pezón que se apretaba contra el sostén. Con la lengua moviéndose sobre
el suave sujetador comenzó a succionar. Hayley se tensó, empujándose contra
él, ofreciéndole aun más. Su respiración jadeante, junto con sus desesperados
gemidos, llenaron el habitáculo, y sus caderas comenzaron a moverse con un
ritmo que mostró su creciente necesidad, haciendo que él deslizara la mano por
su torso hasta llegar a sus muslos ligeramente abiertos.
Perdida en el sensual fuego y buscando el orgasmo que rápidamente se
formaba en su interior, Hayley se abrió a él. Un gemido animal reverberó en
ella cuando la mano de Jace comenzó una firme y acariciante fricción, que pro-
vocó una creciente oleada de calor. Se arqueó contra él, jadeando, cuando liberó
su pezón con un punzante pellizco. Una vez más colocó la boca contra su gar-
ganta, utilizando los labios y la lengua de tal manera que la hicieron temblar.
Jace ascendió un poco más. Con un movimiento que hizo que su estomago se
tensase y vibrara de necesidad, lamió el sensible hueco bajo su oído antes de
ejercer una suave succión.
Su espalda se arqueó.
—Mmm, Jace, por favor.
—Eso es, dulzura. Tan buena y tan salvaje, para mí. —El enronquecido tono
de su voz, envió vibraciones a través de sus terminaciones nerviosas—. Un día,
muy pronto, voy a tenerte en mi cama. Voy a extender estos deliciosos muslos y
hundir mi miembro profundamente en tu interior. Directamente aquí. —Jace
acentuó sus palabras aumentando la presión entre los muslos de Hayley—. Di-
rectamente aquí, cariño. Jodiéndote hasta que grites.
Hayley se sintió ascender con una intensidad insoportable de placer. Con
un gemido se corrió; sus caderas se cimbrearon con una serie de movimientos
entre lentos y rápidos, que extrajeron cada gramo de placer, gracias al seguro
toque de Jace. Toda la tensión que se había acumulado en su cuerpo durante la
tarde desapareció mientras se recostaba sobre él, descendiendo lentamente del
pináculo al que la había subido. Exhaló profundas y estremecidas inspiraciones
que, tras unos minutos, volvieron a la normalidad. Cuando esto ocurrió, la
realidad se abrió paso de golpe y se tensó en sus brazos.
—Esto ha estado bien —murmuró él—. Ha sido hermoso mirarte, Hayley,
simplemente hermoso.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Ella se relajó ligeramente, pero no pudo detener la ola de turbación y la
multitud de emociones que la recorrieron.
—Jace, lo siento. No debería haberlo hecho. Sé que querrías que yo… te lo
devolviera, pero…
Jace la hizo callar con un suave beso.
—Lo puedo querer, pero no lo espero. Todavía no estás lista y, por mucho
que lamente admitirlo, tampoco yo estoy listo. Al menos no para algo más allá
de lo físico. Solo estoy listo para esto. —Se rió entre dientes—. Estoy tan listo
que me duele, pero hay algo más entre nosotros, y tú y yo necesitamos tiempo.
—La ayudó a sentarse en su sitio y a arreglarse la ropa—. Hay algunas cosas
que deberías saber sobre mí, cosas que son… complicadas. Pero ahora mismo
voy a acompañarte hasta la puerta de tu casa y darte un beso de buenas noches,
¿vale?
Hayley hizo un gesto afirmativo, afectada por su sensibilidad. Esperó mien-
tras él salía de la camioneta, observándole dar la vuelta para abrir su puerta.
Cuando salió, le pasó un brazo por su cintura y ella le dio la bienvenida al calor
y la seguridad que la transmitió. Anduvieron hasta el porche y Jace esperó pa-
cientemente a que buscara en el bolsillo las llaves de su casa.
Al abrir la puerta, la débil luz de la lámpara que descansaba sobre la mesa
del pasillo se derramó hacia el exterior. Iluminó una zona del porche y lanzó su
suave brillo sobre ellos. La expresión en las facciones de Jace era grave.
Él extendió la mano y acarició su mejilla.
—¿Eres una mujer de mentalidad abierta, Hayley?
—Me gusta pensar que lo soy —contestó suavemente, perpleja ante la pre-
gunta.
—Es bueno saberlo —reconoció Jace y se inclinó para besarla. Fue un beso
suave y dulce, cargado con un amortiguado fuego y promesas—. Buenas no-
ches, amor.
—Buenas noches —murmuró y le observó dirigirse a la camioneta.
No pudo evitar la sonrisa que curvó sus labios cuando le escuchó refunfu-
ñar y reajustarse disimuladamente los pantalones. Cuando brincó en su camio-
neta, ella se despidió agitando las manos y cerró la puerta, echando la llave
desde el interior.
Más tarde, aquella noche, Hayley se despertó debido a diversos dolores
musculares. Gimió y se giró saliendo de la cama. Se puso de pie balanceándose
ligeramente y su mente, aún enmarañada por el sueño, le advirtió que debería
haber estirado sus músculos después de tumbar a aquel bastardo camorrista en
Morgan’s. Con una murmurada maldición y medio atontada arrastró los pies

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Kate Steele Tentar a un lobo
hasta el baño, llenó un vaso de agua y engulló un par de las pastillas más fuer-
tes que tenía para el dolor.
Todavía medio dormida, se lanzó de nuevo a la cama, deslizándose bajo las
mantas e inmediatamente se quedó dormida. En ningún momento se preguntó
sobre el hecho de ser capaz de ver con perfecta claridad en la total oscuridad de
su dormitorio.

*****
Al día siguiente, Hayley se sintió extrañamente molesta, como si no estuviera a
gusto con su propia piel. De vez en cuando inquietantes sensaciones parecían
recorrer su cuerpo, poniéndola intranquila e incómoda. Extraños pero convin-
centes sueños habían poblado su mente durante la noche. Uno particularmente
vívido se sobreponía al resto y se quedó pensativa mientras bebía relajadamen-
te una taza de café en la mesa de la cocina. Jace había llamado a primera hora
para decirle que tenía una reunión con un cliente. No había nada que distrajera
su atención del recuerdo.
Estaba oscuro y se hallaba fuera, caminando por el bosque. Cuando levantó
la vista, observó el cielo claro y la luna brillante a través de un espacio que de-
jaban las ramas de los árboles. La opalescente luz, combinada con la suave bri-
sa, dejaban ver unas extrañas y amenazantes sombras bailando entre la maleza.
Debería haber resultado atemorizante, pero Hayley sintió una extraña mezcla
de paz y alegría. Una parte de ella sabía con firme certeza que en aquellas som-
bras no había nada que pudiera dañarla. Pertenecía a aquel lugar, hasta podría
convertirse ella misma en una sombra si lo quisiera.
Frunciendo el ceño, Hayley depositó la taza de café y cerró los ojos. En el
sueño aparecían más cosas de las que había pensado y lentamente estaban re-
gresando.
Recordó que había andado buscando algo o a alguien. No tenía miedo de
estar sola, pero sentía que algo no estaba bien. La estaban esperando y su sitio
estaba con ellos.
—¿Ellos? —susurró Hayley temblorosa. Algo en este sueño le hacía parecer
casi real. Manteniendo los ojos cerrados, suspiró y se relajó, abriéndose a las
imágenes de su mente, que se revelaban ante ella.
Aceleró el paso, buscando continuamente algo que le mostrase el camino.
Lo encontró. Un olor que rozó sus fosas nasales. Era extraño, pero de una ma-
nera extrañamente familiar. Tiraba de ella, provocándola, hasta que se abrió
paso entre la poblada maleza, adentrándose en un espacioso claro. Reunida allí,
misteriosamente tranquila y silenciosa, había una manada de lobos. Se percibía
en ellos un aire de anticipación y Hayley supo que la estaban esperando. Eran
«ellos». Era donde ella pertenecía.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Hayley se percató de que jadeaba ligeramente. Luchó por apartar toda dis-
tracción y permanecer en el sueño.
Los lobos eran hermosos, lustrosos y ágiles bajo sus pelajes, que se exten-
dían en diferentes matices, desde el gris al negro, rojizo y marfil. La observaban
con ojos de un amarillo pálido, pasando por una variedad de colores que iba de
los dorados oscuros a los marrones. Por alguna razón no se sorprendió al ver
también diferentes matices de verde y azul, aunque algo le dijera que no era
natural en los lobos.
Al otro lado del claro, los lobos se movieron. Lentamente, la manada se di-
vidió para dejar un sendero entre Hayley y el lobo que había entrado en el claro
frente a ella. El reconocimiento la traspasó. Ya había visto a ese lobo. Era el lobo
negro que se le apareció en el lago la primera noche que paso en Whispering
Springs. Sus ojos turquesa atrajeron su atención. Sus propios ojos se dilataron
cuando los de él cobraron un suave resplandor. Hayley, fascinada, caminó hacía
él a través del pasillo dejado por los lobos.
Hasta que no se encontró a solo unos pocos metros de distancia no com-
prendió algo extraño. No estaba mirando hacia abajo, ni a él ni a cualquiera de
los otros lobos. Sus ojos estaban al mismo nivel que los de ellos. Se detuvo y
miró hacia abajo. Donde deberían haber estado los pies solo había patas. Patas
grandes, cubiertas por pelos y largas uñas, parecidas a unas negras garras. Con
el corazón acelerado, Hayley alzó de nuevo la cabeza. Unos ojos color turquesa
estaban concentrados en los suyos. La cabeza del lobo comenzó a desdibujarse y
los rasgos de un hombre aparecieron sobre aquel hocico cubierto de pelo.
—Jace.
Con ese suave murmullo, Hayley rompió su aturdimiento. Se sentó tensa en
la silla, parpadeando y observando fijamente la mesa. Inspiró profundamente y,
con una estremecida exhalación, consiguió trasladar sus ojos hacia la luz del sol
que entraba por la ventana de la cocina. Lentamente comenzó a relajarse.
—Demonios, ya sé que tengo una imaginación muy activa, pero vamos. Jace
puede que sea un lobo, pero es uno totalmente humano —murmuró.
Levantándose de la silla, llevó su taza al fregadero y vertió el café frío por el
desagüe. Hayley abandonó la cocina y se preparó para salir.
Satisfecha ante la idea de que era su subconsciente el que creaba aquellos
cuentos dejó la casa, entró en su coche y se dirigió hacia la librería y hacia Bryn.
Por alguna razón se encontró impaciente por tener compañía. Estar sola
simplemente le parecía… malo.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Cinco

Los siguientes días pasaron sin ningún problema. Jace continuó trabajando
en el tejado, al mismo tiempo que se adentraban en la fase de agradable compa-
ñerismo que incluía hacerse bromas mutuamente y un obvio aumento de su
afecto. No se volvió a repetir esa intensa sesión que tuvo lugar en la camioneta.
Jace no ocultó el hecho de que tenía su total y lujuriosa atención puesta en Hay-
ley, pero que ante todo tenía una paciencia llevada hasta límites extremos. Sus
ligeras caricias y besos eran, en cierto modo, muestras dulces y apasionadas que
solo hacían que su deseo se encendiera y la chamuscara por dentro.
Por los indicios que la daba, Hayley sabía que se estaba abriendo, pero a su
manera, para contarle cosas sobre sí mismo. No podía negar que este hecho la
intrigada, pero también se encontró que estaba siendo extraordinariamente pa-
ciente.
Los dos se habían propuesto de manera muy clara edificar los cimientos pa-
ra un compromiso, quedando de acuerdo, aunque solo fuera por un corto pe-
riodo de tiempo, en controlar el deseo que les consumía, disfrutando de su mu-
tua compañía sin ninguna presión y permitiendo que la relación fuera a su rit-
mo. En la superficie parecían tranquilos, pero en lo más recóndito de su interior
seguían burbujeando sus sentimientos. Sabían que solo era cuestión de tiempo
que esta tregua se rompiera y, la verdad, los dos parecían determinados a dis-
frutar de la tensión que crecía con cada momento.
Una tarde, varios días después del incidente en Morgan’s, Hayley estaba en
la librería esperando para almorzar con Bryn. Sentada en uno de los rincones
donde se podían relajar los clientes, empezó a pensar cuánto le encantaría com-
partir con Bryn lo que estaba ocurriendo entre ella y Jace, y cómo progresaba su
relación. Por un lado quería gritarlo a los cuatro vientos, pero por el otro, quería
abrazar esta trémula alegría para sí.
No se le ocurrió que la persistente sonrisa que llevaba puesta era de lo más
delatora. Bryn y Clare llevaban todo el día dándose codazos e intercambiando
sonrisitas ante la muy obvia distracción de Hayley. Bryn había pasado toda la
mañana contándole a Clare su aventura en Morgan’s y lo que parecía una inci-
piente relación entre su hermana y Jace.
El sonido de la campanilla de la puerta anunció la entrada de otro cliente y
Hayley salió de su distraído ensueño ante el sonido de la voz de Bryn. El habi-
tual tono de bienvenida resultó ser en este caso una fría pregunta.
—¿En qué le puedo ayudar?
—Bueno, pues es maravilloso que me lo pregunte. No fue usted demasiado
amistosa la otra noche.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Señor, le recuerdo que este es un establecimiento comercial. Si no hay
ninguna lectura que le atraiga, le sugiero que salga.
—¿Alguna lectura, hmm? ¿Tienes revistas porno?
—No vendemos esa clase de literatura en este establecimiento.
—¿Eres demasiado finolis para ese tipo de lectura, eh, putita?
El insulto del hombre atrajo la atención de Hayley y Clare, que se acercaron
para defender a Bryn. Cada una le flanqueó un costado, presentando un frente
unido contra los tres hombres que enfrentaban a Bryn en el mostrador.
—Largaros ahora mismo —ordenó Clare fríamente.
—¿Y si no lo hacemos?—desafió el líder.
—Me encargué de ti la otra noche. No me hagas repetirlo —amenazó Hay-
ley.
—No hay necesidad de llegar a ese extremo —dijo Clare, mientras enseñaba
el teléfono en su mano—. Ya he llamado al 911.
El líder se quedó mirando fijamente a Hayley.
—Eso te lo debo, perra, y siempre pago mis deudas. —Maldiciéndolas fer-
vorosamente, el hombre hizo una seña a sus compañeros y salieron.
—¿Qué le pasa a ese tipo? —preguntó Hayley, sacudida por el miedo, pero
decidida a poner cara de valiente.
—Su ego salió mal parado la otra noche y ahora está intentando demostrar
algo. Está intentando recuperar el terreno perdido —contestó Bryn.
—¿Ese fue el tipo que Hayley sacó la otra noche de Morgan’s? —preguntó
Clare con os ojos desorbitados por la preocupación.
—Sí. ¿Realmente llamaste al 911?—preguntó Hayley.
—No pero, ¿no deberíamos hacerlo? Quizá no sería tan mala idea que lo no-
tificásemos a la policía. Ese tipo y sus compañeros podrían ser peligrosos.
Bryn frunció el entrecejo.
—No quiero remover más el problema. Y no quiero que Logan se entere de
esto. —Alzó la mano, intentando calmar la protesta de Clare—. Si pasa algo
más, llamaremos a la comisaría y lo informaremos. ¿De acuerdo?
Clare estuvo de acuerdo de mala gana.
—Ahora, sobre ese almuerzo. Hayley, ¿te parece bien que pidamos algo y lo
comamos aquí o lo dejamos para otro día? No creo que regresen, pero no me
gustaría dejar sola a Clare.
—Sabéis, si estos tipos continúan con sus intenciones, no me siento lo sufi-

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Kate Steele Tentar a un lobo
cientemente fuerte como para defendernos —confesó Hayley.
—¿Y eso?
—Debo de tener algún músculo dañado. He intentado ignorarlo, pero este
pequeño episodio me ha dejado más tensa. Creo que me dañé algo cuando tiré
al tipo la otra noche.
Su confesión atrajo un coro de ahhs compasivos, y le dieron una serie de
consejos para conseguir algún alivio. La idea que propuso Clare de que se diera
un buen baño caliente preparado por Jace produjo un coro de carcajadas. Hay-
ley salió con una sonrisa en su cara ligeramente ruborizada. Mientras conducía
hacia su casa, no notó el coche que la seguía a una distancia prudencial.
Cuando aparcó en la entrada de su garaje, al lado de la camioneta de Jace, el
coche continuó lentamente su camino. Atraída por el movimiento, le dirigió una
mirada distraída, notando que las ventanas estaban oscurecidas, pero descartó
cualquier extrañeza mientras se giraba hacia la casa. Lo único que deseaba en
ese momento era hacerse un ovillo en la cama, tapada con su manta eléctrica.
Se dirigió hacia la parte de atrás, solo para echar un vistazo rápido hacia el
tejado, pero no había señales de Jace, salvo la escalera de mano que todavía
permanecía apoyada contra la casa. Subiendo las escaleras posteriores, abrió la
puerta y entró en la cocina para encontrarse a Jace de pie enfrente del fogón,
removiendo algo en una cacerola.
—Eh, cariño, pensé que estabas almorzando con Bryn.
El día había amanecido fresco y nublado, por lo que Jace estaba totalmente
vestido. La ropa sucia evidenciaba el duro trabajo que había realizado y una
mancha indefinible estropeaba su varonil mandíbula. Aun en su estado actual
estaba estupendo, y Hayley fue muy consciente de la cruda masculinidad que
proyectaba. Una irracional irritación consigo misma se manifestó al verle.
—Ha habido cambio de planes —contestó brevemente.
—Mejor, así puedes almorzar conmigo.
Mordiéndose la lengua y luchando por permanecer civilizada, Hayley em-
pezó a caminar alejándose de él.
—No tengo hambre.
Jace extendió la mano, tomó su brazo y la atrajo.
—¿No estarás enfadada porque estoy utilizando la cocina, verdad?
Su réplica mordaz murió al instante. Los ojos de Jace se ensombrecieron con
una expresión que nunca había visto, la de la vulnerabilidad. Supo instintiva-
mente que en este momento, con la guardia baja, podría herirle, y era algo que
no quería hacer.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Inspiró profunda y tranquilizadoramente.
—No estoy enfadada contigo. No me importa que utilices la cocina. Puedes
hacer lo que quieras.
—¿Cualquier cosa? —preguntó con ojos centelleantes y manteniendo una
expresión de broma.
—Casi cualquier cosa —contestó haciendo una mueca, como si un dolor in-
definido escogiera ese momento para hacer que se retorcieran sus entrañas.
—¿Estas bien, Hayley?
—No, por eso, si no te importa, me voy a acostar.
—¿Qué es lo que te ocurre? —preguntó Jace preocupado, mientras la seguía
hacia su dormitorio.
Hayley revolvió en el armario hasta que encontró su manta eléctrica. Luego
se dirigió a un lado de la cama y se inclino para desenrollar el cordón y así po-
der enchufarla en la toma que había en la pared al lado del cabecero.
—Supongo que forcé algunos músculos la otra noche, nada más. Estaré
bien. Jace, por favor, vuelve a la cocina y come o trabaja o haz cualquier cosa,
¿de acuerdo? —Sus últimas palabras fueron una súplica.
La preocupación encendía sus ojos.
—¿Hay algo que pueda hacer? Quizá deberías ver a un médico.
Hayley no pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios. Agachán-
dose un poco más se quito los zapatos.
—No necesito ningún médico. ¿Te molestaría traerme un vaso de agua?
—Muy bien —dijo y se apresuró a salir de la habitación, sin darse cuenta de
que la fuente de agua más cercana estaba en el cuarto de baño.
Hayley aprovechó su ausencia para quitarse rápidamente los pantalones
vaqueros y la camisa. Los cambió por una camiseta de color lavanda claro y un
pantaloncito a juego. Cuando Jace volvió con el agua, estaba tapándose con la
manta.
—Podrías acercarme un frasco de ibuprofeno del botiquín. ¿Por favor?
Jace le acercó el frasco, mirando como lo abría y dejaba caer dos pastillas en
la palma de la mano. Le dio el vaso de agua y Hayley se las tragó.
—Gracias —dijo con un suspiro, tumbándose de lado y dándole la espal-
da—. Desearía tener dos como esta —murmuró—. Mi espalda me está matando.
—¿Te ayudaría si te doy un masaje?
Hayley volvió su cabeza y le miro en silencio.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Quizá, pero sin jugar, Jace, realmente no me siento muy bien, ¿vale?
—Sin ningún tipo de juego —prometió y se sentó en la cama.
Jace dobló la manta, exponiendo la larga línea de su espalda.
—¿Dónde te duele? ¿Aquí? — Tocó la parte central de su espalda.
—Un poco más arriba.
Hizo que sus dedos se arrastraran hacia arriba.
—Ahí.
—De acuerdo, ahora solo tienes que relajarte. Te voy a levantar la camiseta.
Después de avisarla, alzó la parte de atrás de la camiseta, exponiendo su
tersa y pálida piel. Hayley se movió ligeramente, mientras arrugaba la parte
delantera para darle mejor acceso. Poniendo las manos en su espalda empezó a
darle un suave masaje, sonriendo ante el gemido de placer de Hayley.
—¡Oh sí, esto es tan bueeeeno!
—Me alegro de que te guste —comentó mientras continuaba masajeando su
espalda.
Podía sentir como la tensión de sus músculos iba desapareciendo mientras
los trabajaba. Con una mano continuaba su masaje en el área maltratada, permi-
tiendo que la otra mano vagara hasta ubicarse en sus hombros y en la nuca. Su
contacto era firme, pero sus movimientos resultaban suaves, rítmicos e hipnóti-
cos. Disfrutando de la percepción del cuerpo de Hayley bajo sus manos, tardó
un buen rato en percibir que esta había flotado hasta llegar al mundo de los
sueños.
Continuó con su ligero masaje, aliviándola con su suave contacto, hasta de-
tenerse por completo. Tiró de su camiseta hacia abajo y con cuidado la cubrió
con la manta. Se sentó a su lado silenciosamente, permitiendo que sus ojos va-
garan por su durmiente perfil. Su olor había cambiado. Era más fuerte, vibran-
temente maduro y apremiante. Pensando en eso, comprendió que sus fuertes
reacciones de las noches anteriores no solo se habían debido al hecho de que
Hayley fuera su compañera, sino que además estaba ovulando. Si la otra noche
hubieran tenido sexo sin algún tipo de protección, ahora mismo estaría llevan-
do a su hijo.
Esa idea agitó algo en su interior, el deseo de tener lo que realmente no ha-
bía pensado nunca. Hijos. Nunca había tenido mucho contacto con los niños. Su
beta, Cade, educaba a los jóvenes de la manada, enseñándoles cierta educación,
buenos modales y lo que significaba ser parte de la manada. Siempre les había
observado con divertida tolerancia.
Había crecido con dos hermanas y, después de que su padre muriera, pasó

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Kate Steele Tentar a un lobo
años sintiéndose responsable de su comodidad. Quizá fuera por eso que nunca
pensó en la paternidad. Cuando su madre volvió a casarse, la responsabilidad
familiar cayó sobre otro. Fue libre para comportarse como el resto de los jóve-
nes, y lo hizo con bastaste intensidad. Durante mucho tiempo no había querido
que nadie dependiera de él.
Fue tremendamente cuidadoso con todas las aventuras que había tenido
con las mujeres. Aunque le resultaba imposible engendrar un hijo con una mu-
jer que no fuera su verdadera compañera, había tomado precauciones. Siempre
usaba condones, diciéndoles de esa manera que solo estaba pasando el tiempo
con ellas por pura diversión y entretenimiento. Nada serio, y sin ninguna ex-
pectativa.
Por supuesto, había crecido con la comprensión de que tener ciertas respon-
sabilidades traía sus propias recompensas. Era líder por naturaleza. Y nadie
podría ostentar este cargo sin asumir un extenso manto de responsabilidades.
Esta situación cerraba el círculo. Había pasado de ser un muchacho dema-
siado cargado de responsabilidades a ser un hombre joven dedicado a desfo-
garse todo lo que podía. Ahora, siendo un hombre adulto, lo suficientemente
duro y fuerte, buscaba las responsabilidades de las que una vez había escapado.
Centró su mirada en Hayley y se la imaginó embarazada, llevando a su hijo.
Inesperadamente, su verga empezó a alzarse. «Abajo, muchacho, todavía no ha
llegado tu momento», pensó él. Comprendió que ese momento llegaría, y cuando
ocurriera estaría listo. Estaría listo para Hayley y para todo lo que conllevaría
tenerla en su vida.
Una cálida ola de anticipación y satisfacción le atravesó. Se agachó y la besó
suavemente en la sien. Ella se revolvió, mascullando.
—Shh, cariño, duerme —la susurró, se irguió y muy silenciosamente salió
de la habitación.

*****
Hayley se estiró y bostezó mientras se despertaba lentamente. Inspirando pro-
fundamente sonrió. Jace todavía estaba en la casa. Pudo oler su distintivo y
masculino aroma cuando inspiró profundamente de nuevo y mantuvo el aire en
su interior durante un momento, antes de permitirse exhalar. Un ligero ceño
estropeó su frente. ¿Cómo era posible que pudiera percibir su olor a esta distan-
cia? Dejó esa pregunta a un lado, a pesar de que le creara un pequeño grado de
inquietud. Debía de ser la esencia que permanecía desde que estuvo antes en su
dormitorio.
Podía oír el débil murmullo de la televisión, junto con un delicioso olor que
llenaba la habitación. Obviamente, Jace había estado cocinando algo.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Su estómago protestó cuando rodó por la cama y se sentó. Apagó la manta
eléctrica y la dejó a un lado. Permaneció de pie un segundo, atenta a cualquier
señal que pudieran emitir sus doloridos músculos, pero sus dolores habían des-
aparecido. Un suspiro de alivio brotó de sus labios; caminó hacia el baño para
lavarse las manos, la cara y pasarse un cepillo por el pelo.
Se puso una bata corta, salió al pasillo y entró en la sala al mismo tiempo
que Jace salía de la cocina. Obviamente se había ido a casa para cambiarse. La
mancha de suciedad de su cara había desaparecido. Estaba afeitado y llevaba
puestos un par de vaqueros limpios, de los que se veía un botón blanco por de-
bajo de su remetida camisa, y unas zapatillas de deporte blancas.
—Oí que te levantabas. La cena está lista. ¿Tienes hambre? —preguntó con
una sonrisa curiosa.
—Estoy famélica. ¿De verdad cocinaste?
—Algo.
—¿Algo?
—Es mi cazuela rápida.
Hayley sonrió.
—¿Qué es eso?
—Compro un pollo asado en la tienda de comida preparada, lo troceo y lo
pongo en la cazuela, le echo brócoli, queso rallado y caldo de arroz; después lo
meto en el horno junto con algunos panecillos, los saco a los veinte minutos, y
chachan, cena preparada —explicó orgullosamente.
—Muy diestro —se rió entre dientes—. Huele deliciosamente.
—Y lo está —afirmó resueltamente—. Ya lo verás, cariño.
Jace la introdujo en la cocina y retiro una silla para ella. Ya había puesto la
mesa con los platos, la vajilla de plata y las copas. Inclusive un mantel limpio y
una vela encendida colocada en el centro.
—Fantástico, esto te ha quedado estupendo, Jace —le felicitó Hayley cuan-
do tomó asiento.
Con una floritura, Jace puso en el plato una porción del contenido de la ca-
zuela que ya había llevado a la mesa y agregó el cesto cubierto que contenía el
pan.
—No creí que tuvieras ganas de cocinar, y como te perdiste el almuerzo
pensé que lo mejor sería alimentarte antes de irme. Te ves muy pálida, cariño.
Hayley bajó los ojos al sentirse repentinamente algo avergonzada. —Quería
agradecerte lo de antes, me hiciste sentir mejor.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—De nada —contestó—. A propósito, ¿sabes que roncas?
—¡No ronco!
Jace se rió.
—Solamente era una broma. Ahora venga, pruébalo.
Le miro con el ceño fruncido cuando se percató de la gran porción que ha-
bía servido en su plato. Hayley cogió su tenedor, llevó una pequeña cantidad a
su boca y la masticó precavidamente. Luego sonrió.
—No mentiste al decir que estaba bueno.
—Anda, pues claro.
Jace llenó sus copas de limonada helada y luego se sentó. Untaron la man-
tequilla en los panecillos. También había calentado maíz tierno en conserva, y
Hayley le confesó que era su verdura favorita. Disfrutaron de una comida rela-
jada y charlaron amigablemente. Hayley le preguntó a Jace sobre su trabajo y al
revés.
El tiempo pasó agradablemente y más rápidamente de lo que creían posi-
ble. Había algo doméstico y acogedor en la forma de comportarse de ambos, y
lo disfrutaron inmensamente.
Jace miró su reloj.
—Voy a ir recogiendo todo esto. Tengo que irme dentro de un rato. He
quedado esta noche para una reunión de negocios.
—¿Con Gracie Stevens? —dijo Hayley bruscamente y, a continuación, deseó
haberse mordido la lengua al ver la expresión en la cara de Jace.
Este se puso de pie y recogió los platos vacíos silenciosamente, poniéndolos
en el fregadero. Cuando se giró le dirigió una mirada firme.
—No, la cita que tengo es por un asunto del municipio. Estamos diseñando
unos planos para ampliar la biblioteca.
Abrió el grifo del agua y llenó el fregadero antes de volver a hablar, mien-
tras se mantenía de espaldas a ella.
—Sé qué tipo de reputación tengo, Hayley. No lo niego. Me la gané, lo sé.
—Hizo una pausa y frunció el entrecejo como si buscara las palabras idóneas—.
Nunca he cocinado para otra persona. Nunca he tocado a una mujer con la sim-
ple finalidad de aliviar su dolor. Cuando he estado con una mujer, siempre ha
sido con una meta en la mente. Sexo.
—Jace se giró para encararla—. Pero no me malinterpretes, también quiero
sexo contigo. Rápido, lento, al rojo vivo, húmedo, de cualquier forma y manera
en la que podamos tener sexo, pero quiero algo más. Quiero hacer el amor con-
tigo. Nunca he querido hacer el amor con una mujer. Tampoco he querido otras

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Kate Steele Tentar a un lobo
cosas.
—¿Qué cosas? —susurró Hayley, agitada ante su vehemencia.
—Cosas de las que todavía es pronto para hablar —contestó suavemente—.
Pero quiero que sepas que voy en serio. No quiero sexo ocasional. ¡Joder! —Se
giró hacia el fregadero y empezó a lavar la vajilla con movimientos bruscos—.
Esto es importante y no encuentro las palabras adecuadas para expresarlo. ¡Es-
toy haciéndolo todo al revés!
Hayley permaneció sentada en silencio durante unos momentos, el corazón
le latía velozmente, el aire entraba agitadamente en sus pulmones y las lágrimas
le escocían en los ojos. Las palabras de Jace la emocionaron tan profundamente
que estaba muy cerca de sentirse tan abrumada como él. Se obligó a calmarse y
permitir que su mirada se deslizara por todo su cuerpo.
Estaba obviamente tenso; los músculos de sus hombros se abultaban con
cada uno de los movimientos que hacía al lavar la vajilla. Sintiendo que la sacu-
dida de la declaración de Jace menguaba, Hayley se permitió a si misma relajar-
se. Con la relajación llegó la aceptación, el afecto y la necesidad de hacer que se
sintiera tan tranquilo como ella.
Se levantó y anduvo hasta colocarse tras él. Levantando las manos, las colo-
có sobre sus hombros y sintió cómo se tensaba bajo las yemas de sus dedos.
—Lo siento —se disculpó suavemente y empezó a masajear sus músculos
agarrotados—. Y me parece que has encontrado las palabras perfectas para ex-
presarlo, Jace.
Hayley deslizó las manos hacia abajo, por encima de sus costillas, hasta ro-
dear su cuerpo, y entonces ciñó su propio cuerpo al de él, abrazándole fuerte-
mente. Sentía el tronar del placer vibrar a través de los dos, y con una sonrisa
alzó su mejilla para descansarla contra sus omoplatos. Elevándose sobre las
puntas de los pies, colocó su boca sobre su nuca, atormentándole con besos ar-
dientes.
Un tipo diferente de tensión se formó en el cuerpo de Jace. Sonriendo satis-
fecha, vagó con las manos por su pecho. Las yemas de sus dedos encontraron y
acariciaron los endurecidos puntos de sus pezones y Jace gimió; notó como em-
pezaba a respirar con dificultad y como sus pulmones aceleraban su trabajo.
Una mano se dedico a excitar uno de sus duros pezones, permitiendo que la
otra fuera hacia abajo, hasta llegar al botón de sus vaqueros. Sus dedos des-
abrocharon el primer botón hábilmente, luego el segundo, y estaba alcanzando
ya el tercero cuando la mano de Jace se cerró sobre la suya.
Sujetándola, se giró entre sus brazos.
—¿Qué estás haciendo, Hayley? —gruñó.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Acariciándote —ronroneó.
—No tienes por qué hacerlo.
—Anda, eso ya lo sé —contestó como si hablara a un tontaina—. Si tuviera
que hacerlo no sería tan divertido.
—Si estás haciendo esto por lo que acabo de decirte, no quiero que lo hagas.
Es como si me estuvieras premiando por ser un buen chico —refunfuñó.
Hayley suspiró.
—Eres una contradicción, Jace McKenna. Ahora escúchame. Sí, me gustó lo
que me dijiste. Sí, me encanta que cocines para mí. Sí, me pareció delicioso que
me dieras un masaje y que me hicieras sentir mejor. Pero es algo más que todo
esto, yo... siento algo por ti. Me molestas y haces que mi corazón lata más rápi-
do, algunas veces desearía darte una patada en el trasero y en cambio otras
simplemente te daría besos hasta volverte loco. Y ahora mismo, en este momen-
to, en lo único en lo que puedo pensar es en lo dulce y sexy que eres, y que ne-
cesito tocarte. ¿Me dejas hacerlo, por favor?
Percibió el movimiento de la garganta de Jace al tragar y un destello brillan-
te llenó sus ojos hasta trasformarse en una luz abrasadora, propagándose por
sus profundidades.
—Te diría «tómame, soy tuyo», pero este es uno de esos momentos serios,
¿verdad?
Hayley sonrió abiertamente y rió entre dientes.
—Muy serio. —Echó un vistazo alrededor como si considerara todas las po-
sibilidades, entonces le empujó hacia atrás, contra el aparador—. Esta será la
señal de salida —murmuró e inició su asalto con un beso húmedo, que cubría
su boca con los lánguidos movimientos de su lengua.
Jace gimió y se abrió para ella, saliendo al encuentro de su lengua, emulan-
do sus lentos y sinuosos movimientos. Las manos de Hayley se deslizaron hacia
sus hombros y brazos, mientras acariciaba los duros músculos que se agolpaban
bajo su camisa. Continuando con el beso, movió sus manos sobre su pecho; em-
pezó por arriba, desabotonó su camisa y la sacó del cinturón y sus vaqueros.
Abrió el tejido para exponer su pecho e introdujo los dedos entre el sedoso y
oscuro vello que encontró allí.
—He querido hacer esto desde el primer día que te vi sin la camisa. ¿Tienes
idea de lo condenadamente sexy que estabas? —murmuró contra sus labios,
mientras las yemas de los dedos rozaban toda su superficie pectoral.
—No lo sabía, pero ahora lo sé —contestó suavemente, mientras la boca de
ella se movía para morder ligeramente los diminutos pezones—. Maldición,
cariño —gimió.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Mmm, me gusta que tus pezones sean tan sensibles. Cuando tocas los
míos, parece como si pequeñas descargas me recorrieran hasta llegar a mi vagi-
na —susurró ella—. ¿Lo sientes aquí? —preguntó, llevando su mano a la cre-
ciente protuberancia entre sus piernas.
—¡Oh sí! —gimió y empujó hacia su mano, presionándose.
—Bueno, quiero saber todo lo que te hace sentir bien.
Empezó a besarle de nuevo mientras sus manos se ocupaban de desaboto-
nar los últimos botones de sus vaqueros. Luego los empujó hacia abajo, dejando
al descubierto sus deslumbrantes calzoncillos. Rompió el beso para arrastrar sus
labios a lo largo de su mandíbula, le mordió y miró hacia abajo para ver su res-
puesta.
Claramente visible a través de sus calzoncillos, la verga estaba totalmente
erecta, rogando por su liberación.
—Oh Dios mío, ahora sé por qué lo llaman «la senda hacia el tesoro» —
comentó reverentemente, mientras las puntas de sus dedos flotaban hacia abajo,
siguiendo el sedoso camino de su vello que guiaba hacia su ávido miembro. Los
músculos del estómago de Jace se tensaron bajo su ligera caricia y su respira-
ción empezó a ser más trabajosa.
Hayley enganchó la cinturilla de sus calzoncillos con ambas manos y los ba-
jó, revelando la gruesa e hinchada longitud de Jace.
—Aquí esta el premio gordo —suspiró y sonrió ante la risita jadeante e in-
voluntaria de Jace.
Deslizó las manos alrededor de su cuerpo y empujó los vaqueros y calzonci-
llos hacia abajo, hasta terminar posándolas sobre las tensos glúteos, asegurán-
dose de conseguir una buena cantidad de esos tentadores músculos. Agachán-
dose, desató sus zapatos y se los quitó.
—Súbete a la encimera —le pidió.
Jace arqueó una ceja pero obedeció sin preguntar. Hayley tiró de sus vaque-
ros y calzoncillos retirándolos totalmente de su cuerpo, después colocó toda la
ropa sobre la silla más cercana.
—Mmm, perfecto —murmuró Hayley, colocándose entre sus muslos.
Jace se agachó para darle un beso, aceptado ansiosamente por Haley. Su bo-
ca encontró de nuevo la de él y los besos se intensificaron hasta alcanzar tempe-
raturas extremas; la danza de las lenguas nubló las mentes y tornó el deseo en
un febril caos. Cuando rompió el beso su boca bajó, encontrando la senda que
guiaba a su tesoro y siguiéndola, buscando conseguir su premio. La verga de
Jace se irguió completamente y con alturas inimaginables, observando su audaz
acercamiento; Hayley sonrió descaradamente ante ese despliegue masculino.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Humedeció sus labios y se inclinó hasta encontrar la gran cabeza en forma
de hongo; la beso prolongadamente, mojándola y deslizando su lengua por en-
cima y alrededor de toda el área, antes de abrir la boca y tomarla en su interior.
Jace gimió, brincó sobresaltado y se apoyó hacia atrás, golpeándose la cabeza
con el armario que había a su espalda.
Hayley se retiró y se enderezó. Extendiendo la mano, palpó la parte poste-
rior de su cabeza.
—¿Estas bien, cariño? —preguntó, mientras le daba un ligero masaje en el
cuero cabelludo.
—Estoy bien —contestó, con voz grave y ronca.
—Entonces, ¿puedo continuar con lo que estaba haciendo? —le dijo bro-
meando.
—Por favor —contestó Jace, mostrando la desesperación en su voz.
Hayley apenas pudo refrenar su sonrisa cuando se agachó y tomó de nuevo
la verga en su boca. La percepción de él era increíble. Zumbidos de placer atra-
vesaban su lengua y su boca al percibir los sabores y texturas de Jace. Podía no-
tar las nudosas venas que envolvían su longitud y sentir el latir de su corazón
en la sangre que lo llenaba. Su piel era suave satén, un contraste afilado con la
dura columna de hierro que cubría. Acarició toda la extensión de arriba abajo
para luego soltarla y deslizar la lengua con premura hacia la parte inferior, di-
recta a su escroto.
Su cuerpo exudaba calor, y con él su olor. Hayley enterró la cara entre sus
muslos y respiró profundamente la abrumadora mezcla de almizcle y testoste-
rona. El aroma intoxicante hizo que su cabeza diera vueltas y su vagina se con-
vulsionara con fuerza, exhalando un profundo gemido de lo mas recóndito de
su pecho. Sus manos se deslizaron más agresivamente por sus muslos al tiempo
que su lengua se deleitó largamente en sus cargados testículos, antes de tomar
uno en su boca haciéndolo rodar, para luego chuparlo, lamerlo y soltarlo. Tomó
el otro dentro de su boca y repitió el mismo procedimiento. Jace gemía como un
poseso, sus muslos se tensaban instintivamente mientas sus caderas se alzaban
en busca de su diestra boca.
De nuevo deslizó la lengua por la larga longitud de su verga y, al elevar los
ojos, se encontró con su mirada caliente y hambrienta. Su cara era la desespera-
ción personificada al intentar mantener a raya el placer. Hayley lo tomó en su
interior y gimió, entreabriendo los labios para dejar escapar sutiles jadeos y pe-
queñas expresiones de placer. Sus caderas ondularon rítmicamente, permitién-
dole resbalar su verga al interior de su boca a la velocidad deseada. Deslizándo-
lo completamente fuera, reemplazó la boca por la mano manteniendo un ritmo
constante y acariciante, para así poder acercar sus labios a los de él, en un beso
abrasador. Sus lenguas se encontraron y aparearon, retorciéndose en un baile

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Kate Steele Tentar a un lobo
húmedo y sensual.
Un profundo gemido gutural vibró entre ellos, y Hayley tragó el sonido an-
tes de soltar sus labios.
—Hayley, cariño, me voy a correr —dijo mordisqueándola con dureza.
Hayley se inclinó con ansiedad y engullo la palpitante punta roja, acari-
ciándola y lamiendo la muy sensibilizada parte inferior de su verga. Sintió co-
mo se engrosaba aún más, antes de que la primera descarga de su caliente y
cremoso semen tocara su lengua. Tragó la primera dulzura salada que la llenó y
después los sucesivos borbotones que fueron entrando en su boca. Jace se es-
tremecía y gemía perdido en el placer, sus manos sujetaban su pelo, sostenién-
dose, sus dedos la apretaban y soltaban convulsivamente.
Hayley lo sostuvo suavemente en su boca. Sabiendo cómo de sensible esta-
ría después de correrse, aplicó una serie de golpecitos con su lengua para que
terminara, luego, lentamente, le soltó. Jace dejo que sus manos cayeran flojas y
Hayley se alzó para mirarle la cara. Sus ojos estaban cerrados, su intensa expre-
sión se relajaba paulatinamente hasta la normalidad. Con los ojos todavía ce-
rrados, extendió una mano y tiro de ella, buscando el contacto con su boca.
Hayley gimió suavemente ante el placer de sentir su lengua explorándola
mientras buscaba y saboreaba. Le gustó que no le importara saborearse a sí
mismo y se acurrucó contra él, dándole gustosamente todo lo que quería.
Jace se apartó y se movió con esfuerzo lanzando un suspiro saciado, abrió
los ojos y se encontró con los suyos. Hayley vio como sus ojos se abrían un poco
más sorprendidos, pero se recuperó rápidamente.
—¿Me he pasado? —preguntó ella.
Jace la abrazó fuertemente.
—No, de hecho, ha estado malditamente bien. Pero, ¿y tú?, ¿te encuentras
bien?
Ella asintió, devolviéndole el abrazo y mirando la hora en el reloj que estaba
sobre la nevera.
—¿A qué hora era la reunión?
—A las ocho.
—Pues te quedan diez minutos para llegar allí.
—¡Mierda!
Jace la echó a un lado y saltó de la encimera, vistiéndose febrilmente y cal-
zándose los zapatos. Hayley le miró, con una sonrisa divertida curvando sus
labios.
—Huh, ¿crees que esto es gracioso? —le preguntó, entrecerrando los ojos y

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Kate Steele Tentar a un lobo
mirándola mientras se ataba el último de los cordones.
—Sí —confesó con una risita.
Se alzó, la tomó entre sus brazos y la besó con dureza.
—Cuando te la devuelva vas a querer ir al infierno, cariño. —Le dio un gol-
pecito en la espalda y se dirigió hacia la puerta. Hizo una pausa antes de salir y
se dio la vuelta para mirarla—. Hayley. Yo… ¡Demonios! Mañana tendremos
una charla bastante seria, ¿vale?
Ella hizo un gesto afirmativo, y percibió una mezcla entre excitación y preo-
cupación en los ojos de él; un pequeño escalofrío de ansiedad subió por su es-
palda, pero consiguió esconderlo y sonreír.
—Ya sabes dónde encontrarme.
Jace retrocedió, dándola un beso rápido y furiosamente posesivo, antes de
salir disparado hacia la puerta. Hayley cerró con llave cuando se marchó y se
mordió el labio, pensando qué sería lo que ocupaba la mente de ese hombre, y
sabiendo que estaría intranquila hasta que se lo revelara.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Seis

Jace se sentó tras el volante de su camioneta, clavó durante unos momentos
los ojos en la casa y arrancó el motor para dirigirse hacia la reunión. Se alegraba
de que Logan también estuviera allí. Este repentino giro de los acontecimientos
le había sacudido, llenándole de júbilo, pero al mismo tiempo amenazándole
con el hundimiento total si Hayley no aceptaba lo que tenía que contarla.
Su estómago se tenso ante ese pensamiento.
—Por favor, Dios, no dejes que me rechace. Demonios, ¿cómo diablos ha
ocurrido esto? —murmuró.
Llegó al ayuntamiento y se dirigió hacia la oficina del concejal de urbanis-
mo, percatándose de que era el último en hacer acto de presencia. Todos los
presentes le saludaron mientras tomaba asiento junto a Logan.
—Llegas tarde —comentó Logan en un murmullo cuando comenzó la
reunión.
—Ha ocurrido algo inesperado.
—Puesto que no estás nada contento, ¿debo asumir que también has caído?
—Te has equivocado de profesión. Deberías haber sido cómico —comentó
Jace ácidamente.
Logan sonrió ampliamente.
—Es lo mismo que me dice Bryn. Tendré que pensármelo.
Jace puso los ojos en blanco.
—Bromas aparte, tengo un problema sobre el que necesito hablar contigo.
Implica a Hayley.
Instantáneamente Logan se puso serio.
—¿Después de la reunión?
—Sí.
No hubo más tiempo para charlas cuando Jace se inclinó hacia delante para
revisar los proyectos y explicar detalladamente las renovaciones planeadas para
la biblioteca. La reunión fue rápida, puesto que estaban en las etapas finales de
aprobación del proyecto. Cada uno de ellos se alegró de llegar a un acuerdo tan
tempranero y unánime.
Cuando la reunión terminó, el marido de Clare, Brian Harrelson, se acercó a
Logan y Jace, y sin ningún preliminar les soltó.
—Tenemos un problema.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Qué pasa? —preguntó Logan, asumiendo que era un tema de la reunión.
—El tipo que les dio problemas a Bryn y a Hayley en el local de Morgan's se
ha presentado esta mañana en la librería con un par de amigos. Se metió con las
chicas. Amenazó a Hayley, le dijo que tenía una deuda con ella y que siempre
pagaba sus deudas.
—Hijo de puta. Bryn no me ha dicho ni una palabra. —Logan echaba humo.
Jace permaneció callado, la cólera y la alarma le dominaban tan profunda-
mente que no podía hablar.
—Clare no quería contármelo, pero me di cuenta de que algo la preocupaba
en cuanto llegó a casa. Os conozco, sé que esto no os gusta más de lo que me
gusta a mí. Creo que deberíamos comentárselo al jefe de policía para que tenga
un ojo en esos chicos.
Jace encontró la voz.
—De acuerdo. Brian, ¿podrías ocuparte de eso? Mientras tanto, voy a pedir
algunos favores, para ver si podemos localizar donde paran. Creo que es hora
de mostrarles lo inoportuno de su presencia en Whispering Springs.
—Solamente una cosa más —añadió Brian antes de irse—. Si encuentras a
esos tipos, quiero estar presente.
—Comprendido —aceptó Jace y le dio una palmada en la espalda. Se giró
para encontrar la mirada penetrante que le dirigía Logan—. ¿Qué pasa? No me
digas que no quieres arrancarles algo.
Habían llegado al aparcamiento y los ojos de Logan relucían claramente en
la oscuridad.
—Ya sabes que mi primera reacción ha sido arrancarle la cabeza a ese tipo.
—Inspiró profundamente y las llamas de sus ojos se transformaron en vacilan-
tes rescoldos—. Pero esa es la razón de que sea el enlace entre las manadas. No
sigo mi primera reacción, a diferencia de algunos exaltados alfas que conozco.
Jace hizo una mueca, pasándose, inquieto, una mano por el pelo.
—Caray, Logan, ya sabes que intento mantener el control. ¿Cuándo fue la
última vez que comencé algo que te vieras obligado a arreglar?
—Fue hace mucho, y no creas que no lo aprecio, pero tenemos que mante-
ner nuestras cabezas despejadas. A pesar de que me gustaría propinarles algún
tipo de daño, ya sabes la clase de problemas que esto acarrearía. —Logan elevó
la mano anticipando la protesta de Jace—. Pero eso no significa que no poda-
mos asustarlos a muerte —sugirió con una malvada sonrisa.
Jace sonrió ampliamente al notar el brillo en los ojos de Logan, reavivado
por su entusiasmo. Esto le recordó su actual problema.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Y acerca del problema que tengo con Hayley?
—Continúa.
—Se está transformando en una de los nuestros.
Logan aulló y dio una fuerte palmada a Jace en la espalda.
—Felicidades. ¿Se lo has dicho a Bryn?
—Ese es justo el problema —contestó, dirigiendo una incómoda mirada a
Logan—. No se lo he dicho a Hayley.
—¿Qué? ¿Qué diablos significa eso? ¿Cuándo piensas contárselo? ¿La trans-
formaste sin decirla ni una sola palabra?
—¡No! No es nada de eso. No sé cómo pasó. Estábamos, hum, divirtiéndo-
nos, y cuando terminamos, los ojos de Hayley estaban iluminados. Me sobresal-
tó endiabladamente.
—Aclaremos algo, ¿de qué tipo de diversión estamos hablando? ¿De una re-
lación sexual?
—No, nada de eso, Logan. Todavía no nos hemos apareado —confesó Jace,
un poco sonrojado ante su sorprendida mirada—. Le he dado un tiempo para
que me conozca —explicó, dejando de lado el hecho de que necesitaba conse-
guir el coraje suficiente para decirla que era un hombre lobo—. Nos hemos be-
sado, tocado y, últimamente, también hemos hecho alguna que otra cosa oral,
pero nada que implicara mordiscos ni acoplamientos, ni nada más.
—Jace, esto no tiene sentido. En algún momento, mientras Hayley estaba
ovulando, tu saliva ha tomado contacto con su corriente sanguínea.
De repente, Jace se sintió como si hubiera sido golpeado por un rayo.
—¡Oh, Dios mío! —susurró cuando el recuerdo apareció ante sus ojos—.
Aquella noche, en Morgan's, cuando le hicieron aquel arañazo en la garganta.
Al llevarla a casa, noté que había comenzado a sangrar de nuevo. Lamí la heri-
da para limpiársela. Ahora me doy cuenta de que podría haber estado ovulan-
do. Recuerdo pensar que podía ser la causa de mi fuerte reacción aquella noche.
—Miró hacia Logan con creciente horror—. No pensé en ello. Simplemente
reaccioné ante la herida. Quise hacerla sentir mejor. ¡La cambié sin su permiso!
Sin siquiera decirla quién y qué soy, sin decirla que es mi compañera. ¡Cristo,
Logan! ¿Qué he hecho? Si no acepta esto, va a odiarme.
Logan permaneció silencioso durante un momento pensando su respuesta,
después colocó una mano sobre el hombro de Jace y le dio un apretón antes de
liberarle.
—¿Quieres a Hayley?
—Desde luego. ¿Cómo me puedes preguntar eso? Ahora lo es todo para mí.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Qué crees que siente por ti?
Jace pensó un momento antes de contestar.
—Estoy bastante seguro de que siente algo parecido.
Logan asintió con la cabeza.
—Entonces todavía no usemos la pistola. Tú la amas, ella comienza a amar-
te. Dale una oportunidad para que funcione, pero lo primero que tienes que
hacer es decírselo.
—Lo sé, he estado trabajando en eso, pero ya sabes, por experiencia perso-
nal, lo difícil que es. Si rechaza mi otra naturaleza, estoy jodido. Nada de aman-
tes, ni esposa ni niños. Podría vivir sin los niños, pero no quiero vivir sin Hay-
ley —confesó—. Nunca en mi vida he lamentado ser un hombre lobo, pero casi
lo podría hacer ahora.
—Bueno, eso no va a ocurrir, por lo tanto haz lo que mejor se te da. Lucha
por ella. Muestra toda la magia que supone ser uno de nosotros. Si eso no la
persuade, su amor por ti debería hacerlo.
—Deseo con todas mis fuerzas que tengas razón.
—Se resolverá, Jace.
—Es por lo que estoy preocupado. Que se resuelva mal.
Logan hizo un gesto negativo.
—Lo sé. Escucha, me voy a casa. Tengo una compañera a la que reprender
muy seriamente por guardar secretos.
Jace le dirigió una sonrisa poco entusiasta.
—Su co-conspiradora también se ha ganado algún castigo.
Logan se rió entre dientes y le dio una palmada en la espalda.
—Buenas noches, Jace. Si hay algo que pueda hacer por ti, ya sabes cómo
localizarme.
—Gracias, Logan. Buenas noches.
Los dos amigos se separaron, subieron a sus respectivos coches y partieron.
Mientras conducía de nuevo hacia la casa de Hayley, Jace repasó los aconteci-
mientos de esa tarde; en su mente se arremolinaban la confusión, la ansiedad y
la cólera. Temía pensar en contarle a Hayley la verdad sobre su naturaleza y la
reacción que provocaría. Ese sentimiento de inseguridad le tenía muy pertur-
bado. Jace no se sentía cobarde. Había hecho frente a cada situación difícil que
se le había presentado, hasta llegar a esta. Sintió un creciente enojo consigo
mismo.
Ahora no solo tenía que tratar con las consecuencias de su indecisión —

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Kate Steele Tentar a un lobo
después de, accidentalmente, transformar a Hayley, tenía que tratar con un va-
gón de culpa. Y a la cabeza de todo estaba el que mantuviera secretos. Secretos
que podrían poner en peligro su vida. De mala gana, reconoció el hecho de que
no estaban en esa etapa en la que Hayley debía saber que podía confiar en él
para que la protegiera. Aún así, irrazonablemente, se sintió como si ella descon-
fiara de su capacidad para hacerlo. Su negativa a acudir a él le hizo sentir como
si le hubiera juzgado inadecuado para manejar la situación.
Aquella línea de pensamientos se afianzó en sus enmarañadas emociones,
aumentando su cólera hasta tal punto que, para cuando llegó a la casa de Hay-
ley, no estaba seguro de cómo afrontarlo. Estaba endemoniadamente enfadado
y listo para una pelea. Saliendo de la camioneta, subió a grandes zancadas las
escaleras del porche, alcanzó la puerta y aporreó duramente aquel tembloroso
panel.
Como había oído la llegada de la camioneta, Hayley estaba ya en la puerta.
—¡Eh! Mantén la calma con la puerta, amigo —bromeó cuando abrió para
dejarle pasar.
Con gesto serio, Jace entró y muy deliberadamente cerró la puerta.
—¿Creíste realmente que no me enteraría? —preguntó ásperamente, con los
ojos brillando como lava ardiente.
Hayley frunció el ceño.
—¿Enterarte de qué?
—De que tuviste compañía en la librería.
—¡Oh eso! No tiene importancia.
—¿No tiene importancia? ¿No tiene importancia? ¿Ese hombre tiene toda la
intención de hacerte daño y piensas que no es importante? —Jace le dirigió una
desconfiada mirada—. ¿Por qué no me dices la verdadera razón por la que no
querías que lo supiera, Hayley?
—Vale, de acuerdo —dijo mordiendo las palabras, con sus propios ojos co-
menzando a arder—. Bryn y yo sabíamos que Logan y tú reaccionaríais de ma-
nera exagerada, justo como lo estás haciendo. Supongo que Logan le estará ha-
ciendo el tercer grado a Bryn en estos mismos momentos.
—Estás en lo cierto. Logan no va a aguantar que su compañera le oculte se-
cretos y puedo decir lo mismo.
Hayley frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso de compañera?
El enfado de Jace se detuvo momentáneamente, pero se recuperó con rapi-
dez.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Solamente es una palabra, Hayley, otro término para nombrar a la esposa
o la amante. No intentes distraerme. Tú y yo sabemos que no tenías miedo de
que reaccionara exageradamente. La verdadera razón de que no me hablases
del hombre que te ha amenazado es porque no confías en mí. No crees que sea
suficientemente hombre como para manejarlo por ti.
—¿Qué? Eso es una tontería y lo sabes, Jace McKenna. No creo eso de ti. Te
presentas aquí, furioso e indignado, para hacerme creer que he hecho algo mal,
cuando lo único que quieres es que complazca tu ego. Creí que eras un hombre
y no un adolescente.
Una ola de furia barrió toda la sensatez de la cabeza de Jace. La sujetó por el
brazo, cerrando el espacio que les separaba.
—Lo único que quería que complacieras tuvo ya ese beneficio hace unas ho-
ras, cariño. Tus sentidos deben de estar fatal, si no puedes decir que fue a un
hombre al que chupaste.
La cara de Hayley palideció, respirando con temblorosos jadeos.
—¡Sal de aquí! —le ordenó.
—Con mucho gusto —contestó Jace amargamente. Liberando su brazo, giró
sobre sus talones y abrió la puerta, cerrándola con un golpe tras él. Al llegar a
su camioneta saltó dentro, arrancó el motor y aceleró antes de soltar el freno de
mano, levantando una polvareda en el camino de entrada. Se dirigió directa-
mente a Morgan's.
*****
—Las jodidas dos y cuarenta y tres de la mañana —gruñó Cade D´jorlin cuando
miró el reloj al lado de su cama—. Si uno de esos cachorros ha vuelto a meterse
en problemas, juro que voy a despellejarlos vivos. —Cogió el estruendoso telé-
fono—. D´jorlin.
—Cade, soy David Morgan.
—Hijo de puta. ¿Qué pasa esta vez, Dave?
Dave se rió entre dientes.
—Bueno, en realidad, es nuestro alfa.
—¿Jace?
—Es a él al que le pasa.
—Ya voy.
Cade rodó fuera de la cama y, desnudo, se dirigió hacia el cuarto de baño
mostrando un leve indicio de cojera. Cómodo en la oscuridad, utilizó el inodo-
ro, se lavó las manos y se salpicó la cara con el agua, antes de coger el enjuague
bucal y darle un trago. Hizo unas gárgaras, después lo escupió en el lavabo y

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Kate Steele Tentar a un lobo
abrió el agua para limpiarlo. Cogió su cepillo, le dio un par de pasadas a su ru-
bio y corto cabello —no necesitaba peinarlo mucho. Cade mantenía el pelo corto
debido a un hábito inculcado en sus tiempos como marine.
Regresó al dormitorio y cogió los vaqueros que había dejado caer en el sue-
lo, al lado de la cama. Sabiendo que estaban limpios se los puso sin ropa inte-
rior, pues le gustaba sentir la tela de los vaqueros contra su piel. Se enderezó,
fue al armario y sacó una cazadora verde y una camiseta que se pasó por la ca-
beza, cubriendo su musculoso torso.
Tomó las llaves del aparador y atravesó la casa, se detuvo de nuevo para
ponerse los zapatos y después continuó su marcha hasta el garaje. Solo entonces
encendió la luz e hizo un alto para poder admirar el brillo de su bebé. Un Cor-
vette rojo y negro modelo de 1982 le esperaba, y no perdió tiempo en sentarse
tras el volante. Suspiró con placer. El asiento se ajustaba como un guante.
—Al menos obtengo algún placer después de que me levanten de la cama
en mitad de la noche —refunfuñó mientras cogía la dirección que llevaba a
Morgan’s.
Cade hizo el viaje en quince minutos; al acercarse, notó que la camioneta de
Jace y el coche de Dave eran los únicos vehículos presentes. Aparcó junto a la
camioneta y salió, cerrando la puerta tras él. Suficientemente familiarizado con
Morgan’s, entró y, al ver que no había nadie por los alrededores, se dirigió a la
oficina situada en la parte de atrás. Dave estaba allí solo, concentrado en algu-
nas facturas.
—Hey, Dave, ¿dónde está?
—Arriba. Me alegro de que estés aquí, Cade. —Se levantó y le condujo ha-
cia el frente del local—. No estaba tan preocupado porque condujera (ya sabes
lo rápido que desaparecen los efectos del alcohol entre nosotros, y podía espe-
rar a que se le hubiesen pasado) sino porque hay algo que le preocupa. No me
lo ha dicho, pero creo que necesita hablar y, ¿quién mejor que Logan o tú para
hacerlo?
Cade le siguió hasta que se detuvieron delante de la escalera. Una vez allí,
le dio una amistosa palmada en la espalda a Dave.
—Ya me ocupo yo. Gracias.
—No hay problema. Me voy a casa. Cierra cuando os marchéis, ¿de acuer-
do?
—Hecho.
Cade subió la escalera. Era la primera vez que lo hacía sin el aullido del to-
cadiscos, y sonrió ante los crujidos que hasta ahora le habían pasado desaperci-
bidos. Sus oídos también captaron el suave sonido de una canción. Al menos
suponía que era una canción.

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Kate Steele Tentar a un lobo
El pequeño Jace estaba dando la nota, pensó con una sonrisa irreverente.
Llegó a la planta de arriba y le divisó repantingado en el reservado más le-
jano. La mesa estaba cubierta con los restos de servilletas y botellas vacías. Pa-
recía como si hubiera comenzado con cerveza y después hubiera continuado
con el whisky, tomándolo directamente de la botella, de hecho, de varias bote-
llas.
Con los ojos enturbiados, Jace descubrió a Cade.
—¡Eh, Cade!, mi querido camarada. Siéntate hermano lobo y tómate algo.
Tengo para elegir. Es cierto. —Soltó un eructo y una risita de borracho.
Cade se acercó al reservado y retiró algunas botellas antes de tomar asiento
frente a Jace.
—¡Eh, jefe!, ¿cómo estás?
—Jodido y, por Dios, es la simple verdad.
Cade alzó las cejas. Estaba sorprendido de que Jace confesara tan fácilmente
tener un problema. Había pensado que le llevaría un rato conseguir sonsacárse-
lo.
—¿Cuál es el problema? La solución no es recurrir a esto —le indicó, reco-
rriendo con la mirada las botellas vacías.
—Lo jodí, Cade, lo jodí del todo. Le hice daño a Hayley y estoy seguro de
que ahora me odia. Mi compañera me odia. —Con los brazos sobre la mesa,
Jace dejó caer la cabeza encima, hundiendo los hombros.
—¿Por qué no me cuentas qué pasó?
Jace comenzó, al principio su explicación resultó algo confusa, pero cuando
terminó estaba mortalmente sobrio.
—Bueno, ha sido una pelea. Estás realmente enamorado. Cuando se trata de
mujeres, normalmente eres el arquetipo del señor Cariñoso —sonrió Cade—.
Pero esta vez has metido la pata. ¡Demonios!, la has metido hasta el fondo.
Jace gimió.
—Con eso no me ayudas.
Cade rió entre dientes.
—Te diré algo. Piensa en ello. Estás aquí, sintiéndote endemoniadamente
culpable y castigándote por hacerle daño a Hayley. ¿No es cierto?
Jace hizo un gesto afirmativo.
»Me parece recordar que ella también te dijo algunas palabras bastante du-
ras, algo así como que «pensó que eras un hombre». ¿Qué te apuestas a que
también se siente culpable?

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Eso crees? —preguntó Jace esperanzado.
—¡Oh, sí! Mira, las mujeres, a diferencia de los hombres que salen corriendo
y se emborrachan, empiezan a pensar en lo que ha ocurrido. Analizan cada pa-
labra y cada gesto, para intentar comprender en qué se equivocaron. Se obse-
sionan hasta que están seguras de haber exprimido cada pequeño dato que
pueden recordar. Y en ese caso, a no ser que sea una puta hecha de hierro y sin
corazón, que esté determinada a culparte de todo, apostaría lo que quieras a
que se siente tan mal como tú.
Jace pensó unos momentos las palabras de Cade, entonces la realidad le hi-
zo mostrar una sonrisa.
—¿Cómo sabes tanto acerca de las mujeres?
—En cierta ocasión estuve enamorado. El problema es que resultó ser una
puta más dura que una barra de hierro.
—No me lo has contado nunca.
—Algunas cosas es mejor olvidarlas. ¿Estás preparado para regresar a casa?
—Sí.
Ambos se deslizaron fuera del reservado y se dirigieron a la parte baja del
local. Cade tiró de la puerta, asegurándose de que quedaba bien cerrada. El sol
comenzaba a elevarse cuando se dirigieron a sus respectivos vehículos. Una
fresca brisa atrajo los aromas mañaneros hacia sus sentidos superdotados. Jace
suspiró, despejando los últimos restos que enmarañaban su cabeza.
—Gracias, Cade. Lamento haberte sacado de la cama tan temprano.
—No hay problema, jefe. A propósito, la próxima vez que intentes cantarme
algo, avísame y te traeré un cubo. Aunque dudo que eso ayude.
Jace gruñó.
—Muy gracioso. Logan y tú deberíais formar un equipo. Seríais un gran
dúo de comediantes.
Cade se rió.
—Tendré que comentarlo con él.
Introdujo la llave en la puerta de su coche, la abrió y se deslizó dentro. Con
un gesto de despedida inició su camino. Jace se sentó en su camioneta y perma-
neció unos momentos pensando en las palabras de Cade, haciendo planes. Con
una expresión esperanzada arrancó y se dirigió a casa.
*****
Hayley había estado haciendo lo predicho por Cade. Repasó la discusión deta-
lladamente. Después de que Jace saliera, se sintió tan enfurecida que maldijo

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Kate Steele Tentar a un lobo
cada pelo de su cabeza. Cada vez que pensaba en el duro comentario que la
lanzó sentía un dolor agudo en su interior. De la misma manera que no podría
olvidar un dolor de muelas, era incapaz de olvidar el incidente. Su mente lo
recorrió desde el principio hasta el fin, una y otra vez, hasta que se sintió ma-
reada.
Finalmente se preparó una taza de té, se obligó a sentarse en el sofá y reali-
zó algunos ejercicios de respiración que había aprendido para aliviar la tensión.
Una vez que se relajó y se concentró, pudo aclarar sus ideas, pudiendo pensar
tranquilamente en lo sucedido. No solo eso, también pudo pensar en Jace, acer-
ca de lo que era y lo que conocía de él.
Empezaba a descubrir que nunca le haría daño de manera deliberada. Lo
que la dijo fue como resultado de su descontrolada lengua. En lugar de centrar-
se en el verdadero problema había soltado la primera tanda de insultos, provo-
cándole hasta degenerar en la actual situación.
—Maldición —murmuró, y se sintió abatida ante el recuerdo de lo que le
espetó.
Jace estaba alterado porque la habían amenazado y no se lo había contado.
Mirándolo fríamente, supuso que se podía interpretar como que no confiaba en
él para que la ayudara a solucionarlo, pero que él pensara que no le creía sufi-
ciente hombre le parecía absurdo. El hombre no estaba utilizando su inteligen-
cia, y ella comenzaba a preguntarse por qué le sucedía eso.
Decidió que necesitaba hablar con alguien; cogió el teléfono y marcó veloz-
mente el número de su hermana.
—¡Hey! —le dijo cuando Bryn descolgó—. ¿Estás ocupada? Jace y yo hemos
tenido una pelea. Necesito hablar. —Escuchó un momento—. De acuerdo, esta-
ré allí en unos minutos.
Veinte minutos más tarde se sentaba en la cocina de Bryn y Logan con una
taza de café, relatando los detalles más sórdidos de la discusión. Después les
miró expectante.
—Bueno —dijo Bryn—. Montasteis un buen espectáculo.
—Lo sé. Y no tienes que decirme que inicié una discusión que terminaría
mal. En ningún momento debí decir lo que dije. Ahora me doy cuenta de que
Jace estaba preocupado por mí. Esa es la principal razón de su enojo. Lo que no
termino de comprender es cómo puede haber pensado que yo no le creería lo
suficiente hombre como para enfrentarse con cualquier cosa.
—Cuando un hombre está enamorado no siempre se comporta de manera
racional. El proceso mental a veces se tuerce un poco —exclamó Logan.
Bryn y Hayley giraron hacia él sus miradas, con los ojos muy abiertos.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Enamorado? —preguntó Hayley—. ¿Qué te hace pensar que está ena-
morado?
—Aparte del hecho de que me lo contó, y de paso, yo no te he dicho nada
de esto, creo que es bastante obvio. Es listo y sensato; es un tipo que se muestra
seguro y se hace cargo de cualquier situación. Más aún cuando hay una mujer
implicada. Llegas tú, y de repente actúa como un idiota. —Hayley sonrió y Bryn
rió entre dientes—. El amor es el único capaz de hacerle esto a un hombre.
—¿De verdad dijo que me ama?
Logan fijó la mirada en Hayley, mostrando su preocupación.
—En realidad necesitas oírlo de Jace. Solo te lo he dicho porque creo que en
estos momentos necesitáis un poco de ayuda. Me molesta ver que os hacéis da-
ño el uno al otro. —Los ojos de Hayley se cubrieron de lágrimas—. Espero que
sea un incidente del que ambos aprendáis. Cuando tengáis algún problema,
tenéis que hablarlo y tratarlo de manera coherente, no insultándoos el uno al
otro.
Hayley hizo un gesto afirmativo, regañándose a si misma, mientras Bryn
miraba a Logan, mostrando con total claridad el orgullo y el amor que la em-
bargaban.
—No dejas de asombrarme —le dijo suavemente—. Vas a ser un padre ma-
ravilloso.
La sonrisa de Logan resultó casi tímida.
—Lo espero con verdadera ansia.
—Antes de que esto degenere en algún tipo de celebración —comentó Hay-
ley con una sonrisa—, tengo una pregunta más. —Tras captar su atención, pro-
siguió—. Jace hizo un extraño comentario durante nuestra discusión. Dijo, y
cito textualmente, «Logan no va a aguantar que su compañera le oculte secretos
y puedo decir lo mismo». —Notó la mirada que cruzaron Bryn y Logan—. ¿Qué
quiso decir con eso?
—Que no debería haberle ocultado a Logan lo que nos ocurrió —dijo
Bryn—. Lo cual, reconozco, fue una equivocación —añadió considerando su
incisiva mirada.
—Eso no es a lo que me refiero. Estoy hablando de la palabra «compañera».
—Es una expresión muy común. Algunas personas se dirigen a su esposo
como compañero.
—Lo sé, pero me dio la impresión de que lo decía con otro significado, co-
mo si fuera algo más trascendente. Especialmente si tenemos en cuenta que no
estamos casados.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Logan se levantó de su silla, llevó su taza al fregadero y mientras la aclaraba
comentó.
—Eso es algo que tienes que hablar con Jace. Creo que Bryn y yo ya hemos
interferido bastante. ¿No te parece, cariño?
—Sí, es cierto —concordó, llevó su propia taza al fregadero y después de
aclararla se apoyó en Logan. Pasó un brazo alrededor de su cintura e hizo un
frente unido juntó con él, haciendo que Hayley captara la indirecta.
—De acuerdo, hablaré con Jace. Después de que aclaremos las cosas. —le
pasó la taza de café a Bryn que la aclaró y la puso junto a las otras. Se levantó y
les dio a cada uno un abrazo—. Gracias por escucharme e impedir que olvidara
algún detalle.
—Ya sabes que siempre me ha hecho feliz poder mostrarte los errores de tu
conducta —bromeó Bryn.
—¡Qué hermana más perfecta tengo! —se burló Hayley mientras salía de la
cocina y se dirigía a la puerta de la calle. Logan y Bryn la siguieron, despidién-
dose de ella mientras la veían partir.
—¿Crees que esos dos conseguirán unirse? —preguntó Bryn, apoyando la
espalda en el pecho de Logan.
—Creo que han aprendido una lección muy importante. La llave es la co-
municación, no la reprimenda. Y hablando de conseguir estar unidos… —Se
inclinó y acarició su cuello con la nariz, mordiendo ese lugar entre el cuello y su
hombro que siempre la hacía temblar—. ¿Qué tal si hacemos precisamente eso?
Ella empujó su trasero contra él, presionando sensualmente contra el cre-
ciente bulto de sus vaqueros.
—Estoy en ello.
Logan hizo que se girara y la cogió. Acunándola en sus brazos, subió las es-
caleras en dirección a su dormitorio.
—En realidad, seré yo el que lo haga —murmuró contra su oído, antes de
morder el lóbulo de su oreja.
Bryn gimió.
—Me parece bien, pero date prisa.
Logan se apresuró, alcanzando la planta de arriba y cruzó a grandes pasos
el dormitorio. Al instante, los únicos sonidos que se escucharon fueron suaves
susurros, gemidos y el rítmico crujir de la cama.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Siete

A las nueve y de media de la mañana sonó un golpe en la puerta principal
de Hayley. Esta se levantó de su escritorio con el estómago agarrotado, pensan-
do que podía ser Jace. Cuando abrió la puerta, se encontró a un repartidor suje-
tando un gran ramo de flores dentro de un florero de cristal. Aceptó las flores y
después de cogerlas las llevó al interior, depositándolas sobre su escritorio. Ha-
bía una pequeña tarjeta. Tomó el sobre y leyó: «¿Me perdonas? Jace».
El ramo era una bella mezcla de flores color pastel, rosas rosadas, blancas,
crisantemos amarillos, margaritas blancas con el centro amarillo, pálidos defi-
nios rosados y alguna que otra pequeña flor de lavanda que le era poco fami-
liar. Sonrió mientras las miraba, sintiéndose un poco emocionada. Jace se había
disculpado y ella también quería tener esa oportunidad. Allí sentada, sintió la
profunda necesidad de hacer algo. Cogiendo el teléfono, hizo su propio pedido
a la floristería.
Dos horas más tarde sonó el teléfono. Hayley lo recogió y dijo «hola».
—¿Te llegaron mis flores?
—Sí, lo hicieron. ¿Te llegó mi planta?
—Sí, lo hizo. ¿Quiere eso decir que estoy perdonado?
—Sí. ¿Y tú me perdonas a mí?
—No hay nada que perdonar, cariño. Está completamente olvidado.
—Jace, empecé yo. Nunca debería haber dicho lo que te dije.
—Yo no debería haber ido a tu casa estando de ese humor, pero me tenías
preocupado.
—Sé por qué viniste y me hace sentir muy bien saber que te importo. Debe-
ría haberte contado lo que sucedió.
Hubo una pausa significativa y ambos se rieron.
—Me parece que al final coincidimos en algo —comentó Hayley.
—Ves, sabía que ocurriría si poníamos un poco de interés.
—Creo que tienes razón.
—Hayley, cariño, estoy desesperado por la necesidad que tengo de verte. Si
pudiera, estaría allí ahora mismo en lugar de llamarte por teléfono. Pero me
encuentro en el trabajo y estoy en la etapa más complicada de mi proyecto.
—Está bien. Lo más importante es saber que todo se ha solucionado entre
nosotros.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Entiendo lo que quieres decir. Me siento mucho mejor ahora. Espera un
segundo. —Hayley pudo oír la conversación que tenía lugar entre Jace y otro
hombre.
»Cariño, tengo que colgar, me están volviendo loco. Hablaré contigo pron-
to, ¿vale?
—Sí. Adiós.
Hayley colgó el teléfono y suspiró. Había sido sincera cuando le dijo lo im-
portante que era para ella que las cosas estuvieran bien entre ellos, especialmen-
te después de lo que le había dicho Logan la noche anterior.
—Paciencia, chica, paciencia —se dijo a sí misma y volvió a trabajar.
*****
Hayley apagó la televisión y se desperezó. Eran las once y media, y las noticias
acababan de terminar. Estaba debatiéndose entre escribir una nueva escena que
tenía en mente para su siguiente libro o dejar de trabajar cuando sonó el telé-
fono. Levantó el móvil. El número que aparecía le era desconocido, pero aun así
contestó.
—¿Diga?
—¿Hayley?
—¡Jace! Hola.
—Hola. ¿No te he despertado, verdad cariño?
—No. Precisamente acababa de apagar la televisión. Estaba sentada inten-
tando decidir si debía trabajar un poco más o irme a la cama.
—¿Y si en cambio hablas conmigo?
—Vaya, creo que también podría hacer eso —bromeó Hayley con una son-
risa complaciente curvando sus labios—. ¿Cómo te van las cosas?
—Bastante bien, ahora que he conseguido reunir al cliente y a su esposa pa-
ra aclarar algunas cosas. Es un poco difícil decidir cómo actuar cuando te tiran
en dos direcciones diferentes. Especialmente cuando quieren alterar los planes a
mitad del trabajo.
—Dios mío, eso no suena nada bien.
—Créeme, no lo es. Cuando el trabajo alcanza cierto punto, es imposible
realizar algunos cambios. Ahora dime tú, ¿cómo estas?
—Estoy bien. —Hayley se reclinó en el sofá—. Trabajando en el nuevo libro
y perdiendo el tiempo en el jardín. He plantado en la parte delantera algunas
flores de iris y un par de arbustos en flor. Las flores de iris se van a ver estu-
pendas en la próxima primavera.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—No tan bonitas como tú.
—Gracias. Eres realmente dulce, ¿sabes?
—Eso intento.
—Si tratas de llegar a mi lado bueno, lo estas consiguiendo. Y tú, ¿cómo es-
tas? Pareces un poco cansado.
—Lo estoy un poco. Estaba, uhhh, viendo un poco la televisión.
Hubo una leve pausa en la voz de Jace, que hizo que la curiosidad de Hay-
ley se revolviera.
—¿Qué estas viendo?
—Oh, hum, simplemente una película.
—¿Es buena?
—Bueno, estaba bien.
—Hmm. — De repente se imaginó la película que Jace podía estar viendo.
—¿Qué?
—Jace McKenna, ¿estás viendo una película porno?
Hubo una leve pausa antes de que Jace contestase.
—Está bien, me has pillado. Sí, así es.
—Lo sabía —alardeó Hayley—. Entonces, lo repito. ¿Está bien?
—Hayley, es porno. No es un material exactamente digno para un Oscar.
Hayley se rió entre dientes, encantada ante la leve vergüenza que mostraba
la voz de Jace. Sin pensar mucho más en ello preguntó:
—¿Has estado tocándote mientras la veías?
La línea se quedó completamente silenciosa.
—Jace, ¿estás ahí?
—Un momento. Creo que casi me he tragado la lengua.
Hayley soltó una carcajada.
—¿Y eso? ¿No me digas que te he avergonzado?
—¿Quieres la verdad? ¡Sí! Primero me obligas a confesar que estaba viendo
una película porno, luego quieres saber si me he corrido al observarla. Cariño,
te diré una cosa, tú sí que no eres nada tímida.
—¿Y eso esta mal? —Hayley se mordió el labio, preocupada por si tal vez
había ido demasiado lejos.
—No, la verdad es que no. Me parece excitante.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Estas seguro? A mí me parece que también es algo excitante. Quiero de-
cir, ver la película y tocarse.
—¡Oh joder! —se quejó Jace, con la voz ronca—. Cariño, si pudiese, atrave-
saría la maldita línea telefónica hasta llegar a ti. Me tienes durísimo otra vez.
Puse esta película con la intención de tener la cabeza ocupada y no darle más
vueltas a lo que me hiciste en la cocina. No soy capaz de olvidarlo, y el simple
hecho de pensarlo me hace estar continuamente excitado.
—Umm, cielo. Me gusta como suena eso —ronroneó Hayley—. Entonces,
en la película, ¿el tipo tiene el pelo tan oscuro como tu?
—Sí, ¿por qué?
—¿Y la chica? ¿Es rubia?
—Sí.
—¿Imaginaste que ella era yo, y que él me follaba?
—¡Infiernos no! Imaginé que era yo quien te follaba. Nadie más te va a to-
car, Hayley. Nadie. Ni siquiera en una fantasía —gruñó Jace.
Su posesividad le envió a Hayley un temblor a lo largo de la columna ver-
tebral y al centro de su lujuria, humedeciendo su sexo.
—Sabes, realmente tienes una veta muuuy posesiva. Es tan erótico. Me hace
sentir como si me quisieras de verdad.
—Oh, cariño, te quiero. Y no es solo sexo. ¿No te lo había dejado claro?
—Pues sí, pero es posible que me encuentre un poco insegura con esta si-
tuación. Nadie me ha hecho sentir de la forma en que tú lo haces —confesó
Hayley.
—Hayley, cariño, no tienes por qué sentirte insegura. En caso de que no te
hayas dado cuenta, me tienes alrededor solo con que muevas tu dedo meñique.
—Jace. —Hayley se mordió el labio, saboreando la admisión de Jace—. Ca-
riño, no quiero que estés alrededor de mi dedo. Quiero que me rodees, pero al
completo.
—Oh y ahora que puedo hacer. ¿Te vale que lo haga tan pronto como llegue
a casa?
—Sí, pero mientras tanto, como has conseguido calentarme, creo que sería
justo que hicieras algo al respecto.
—¿Que he conseguido calentarte? Eh, ¿no debería ser al contrario?
—Bueenoo, aceptamos barco como animal acuático —habló Hayley arras-
trando las palabras—. Pero de todas formas, ¿no deberías hacer algo por mí?
—¿El qué?

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Correrte para mí.
—¡Oh, joder!
—¿Qué?
—Ahí está ese lenguaje de nuevo.
La risa de Hayley fue suave y sensual.
—¿Eso es un sí o un no?
—Depende.
—¿De qué?
—De si te vas a desnudar y a jugar con tu dulce sexo para mí o no lo vas a
hacer.
—Jooo —exhaló Hayley—. Eso de tragarse la lengua se está volviendo con-
tagioso.
Esta vez fue el turno de Jace para reírse.
—Dos pueden jugar al mismo juego, ya sabes. De hecho, es un juego en el
que absolutamente se requieren dos participantes.
—Completamente de acuerdo. Um, deja que me prepare.
—¿Dónde estás?
—Me dirijo al dormitorio y me voy a desnudar. Si vamos a llevar a cabo es-
ta función, prefiero estar cómoda.
—Mmm, pensar que estas en la cama, más exactamente, desnuda en la ca-
ma. Haremos muy buena pareja.
—¿Eso quiere decir que estás en la cama, también desnudo?
—¡Oh, sí!
—Ummm, eso no es justo. Estás jugando conmigo.
—¿Que estoy jugando? Mira quién habla, Señorita «mosquita muerta pero
mastúrbate para mí, por favor».
—¡Oye! La mosquita muerta no es la única que dijo lo de masturbarse, que
yo recuerde, tú también lo dijiste.
Jace gimió.
—¡Eh!, eso no es justo. Lo vas a pagar, ¿lo sabes, no?
—Mmm, tengo la esperanza de que lo cumplas, pero espera un momento.
No hables. Estoy tratando de quitarme la ropa.
Hayley se rió entre dientes cuando escuchó otro gemido, soltó el teléfono y
se desnudó rápidamente. Retiró la colcha, después la sábana y se deslizó en la

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Kate Steele Tentar a un lobo
cama. Se removió hasta ponerse cómoda y, agarrando el teléfono, se lo colocó
de nuevo en la oreja.
—Muy bien, ya estoy lista.
Un silencio preñado de anticipación cayó entre ellos. Habiendo alcanzado
esta etapa, Hayley no estaba muy segura de cómo proceder. Hasta ahora solo
había habido bromas entre ellos, nada de carácter sensual. Se movió inquieta,
no muy segura de qué decir a continuación.
—¿Estas nerviosa por mí, cariño?
—¿Por qué lo preguntas? —preguntó ella a su vez
—Porque de repente te has quedado callada.
—Bueno, ya sabes… no suelo hacer este tipo de cosas a menudo.
—Lo mismo digo. Y, la verdad, estoy un poco decepcionado.
Hayley sintió como un gran peso caía sobre su estómago.
—¿Por qué?—preguntó ella cuidadosamente. «Si odia esta serie de cosas. ¿Por
qué tuve que sugerir algo tan tonto? Ahora va a pensar que soy idiota».
—No consigo averiguar qué es lo que llevas puesto.
Una sonrisa de alivió curvó los labios de Hayley.
—Serás bobo.
—¡Oye! Así es como ocurre en las películas.
—Te estoy escuchando. ¿Eso no hace que desaparezca el morbo del asunto?
—No, tengo la intención de trabajar en eso más tarde. De hecho —la voz de
Jace cayó un decibelio—, ¿me podrías hacer un favor?
—¿Cual?
—Simplemente relájate y no digas nada durante un momento. Quiero que
cierres los ojos y respires al mismo ritmo que yo. —Hayley tembló ante el tim-
bre ronco de su voz—. Imagina que estoy tumbado a tu lado y cómo te sentirías
si te tocase, venga hazlo. Imagina que soy yo quien lo hace.
El silencio cayó entre ellos. Hayley cerró los ojos y se relajó. Una imagen de
Jace, repantigado desnudo entre las suaves sabanas blancas, llenó su mente. Sus
labios se abrieron, su mano se deslizó lentamente por su propio torso. La movió
en círculos lentos, acariciándose la piel, temblando ante la suavidad de la cari-
cia.
En su cabeza podía ver a Jace haciendo algo muy similar, y repentinamente
la quietud se convirtió en algo mayor.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Cuando te vi por primera vez, en lo único que pude pensar fue en lo
guapo que eras y cuánto me disgustaba que estuvieras lamiendo a esa conde-
nada cuchara. Quería ser yo lo único que lamieras. —Un temblor atravesó la
piel de Hayley después de admitir tal cosa.
—¿No sabes que quise lo mismo? Cuando te vi atravesar la puerta, quedé
aturdido. Eres tan bella. Me apoye en el mostrador para evitar caer de rodillas.
Te deseaba desesperadamente. En ese mismísimo momento, allí mismo.
—He soñado en cómo tocarte, cómo deslizar mis manos sobre tu piel. Por
favor hazlo para mí, Jace. Cariño, por favor. —La repentina necesidad fue tan
aplastante, que Hayley apenas podía respirar.
—Lo estoy haciendo, Hayley, lo estoy haciendo.
—¿Dónde? ¿Qué te estas tocando?
—Mis manos están donde más calor tengo. Solamente me estoy acariciando
la piel.
—Sube. Toca uno de tus pezones. —El cuerpo de Hayley se tensó ante el
gemido apenas audible de Jace—. ¿Te gusta eso?
—¡Oh sí!
—¿El pezón está duro?
—Mmm-hmm.
—Si estuviese allí contigo lo lamería, lo chuparía. Sería tan maravilloso sen-
tir esa dureza contra mi lengua. Me encantan tus pezones, son tan sensitivos
como los míos. Me gusta ver los cambios que se producen en tu cuerpo cuando
te toco. Hazlo y siente cómo tus pezones se ponen duros —jadeó Hayley—.
Quiero observar cómo tu suave verga se pone dura. Quiero sentirla crecer en mi
mano. Es algo tan asombroso, tan bello.
—Las pollas no son bellas, cariño —Jace estaba sin aliento.
—¡Oh, en eso te equivocas, cielo!, y la tuya es magnífica. Y sabe deliciosa.
La tuya es dulce. ¿No lo sabías? Cuando te corriste en mi boca el sabor fue bue-
nísimo, un poco amargo y salado, que me embrujó. Me encantó sentirte en mi
boca. No puedo explicar lo bueno que fue tenerte entre mis labios y mi lengua
mientras la tomaba. La piel en tu pene es tan suave como terciopelo o raso. En
contraste con la dureza que hay debajo. Todo calor y fuerza en esa dura barra.
Cuando te sujeté en la boca pude sentir el latido de tu corazón en mi lengua.
Tócate la polla para mí, Jace.
El fuerte gemido de Jace hizo que se le agarrotara el estómago a Hayley.
Todo el tiempo que había hablado se había recorrido su propio cuerpo con la
mano. Sus dedos pasaron por encima de las crestas de sus pezones y los apretó
suavemente. Su gemido traspasó las millas que los separaban.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Qué me estás haciendo, Hayley? Habla conmigo, amor.
—Estoy tocándome el pecho. Imaginando que eres tú quien me toca. ¿Sabes
cuánto me gusta como hueles? Cuando estábamos en la cocina, teniéndote en
mi boca, podía olerte. El perfume de tu piel es puro almizcle, y lo exudas cuan-
do estas excitado. Cuando por fin estemos juntos en la cama, voy pasar por lo
menos una hora simplemente inhalando ese perfume, mientras chupo y lamo
tus pelotas.
—¡Joder! Me vas a volver loco, cariño.
—Solo quiero que sepas lo que siento cuando estamos juntos. ¿Acaso esta
mal? Quiero sentir tu respiración sobre mi piel. Quiero sentir tu calor y tu peso
cuando te introduzcas con fuerza al follarme. Necesito tus manos y tu boca so-
bre mí. —Hayley se movió sobre el colchón, ante el incremento de su necesidad.
—Pronto, te lo prometo, cariño, muy pronto. Pero por ahora, solo esto. Es-
cúchame. Desliza la mano hasta tu sexo. Quiero que juegues con el vello. Sola-
mente pasa los dedos por encima.
Hayley obedeció, su aliento cada vez más rápido. Abriendo aun más los
muslos, hizo lo que Jace le había pedido. Un escalofrió recorrió su columna ver-
tebral.
—¿Qué sientes?
—Me hace cosquillas. Más. Dime más.
La risa ahogada de Jace la tensó.
—Extiende las piernas para mí. Ahora escúchame. Quiero que abras los la-
bios hinchados de tu sexo y te toques con un dedo, de la misma manera que lo
haría mi polla si se deslizara en tu interior. ¿Estás húmeda?
—Síiiiii, muy húmeda.
—Eso está bien, cariño, muy bien. Con la punta del dedo, frota alrededor de
la entrada de tu sexo. Así, solo esa zona.
—Mmmm, Jace, se siente tan bien.
—Imaginaba que te gustaría. Ahora desliza la punta de tu dedo hacia arriba
y tócate el clítoris. De la misma manera que cuando te quieres correr. Juega con
tu clítoris un poco y luego regresa a la entrada. Ve de un lado al otro, cariño.
¿Te gusta?
Hayley se contorsionó en la cama, arqueándose hacia atrás, su mano ubica-
da entre sus muslos. Tener a Jace dirigiendo sus movimientos era salvajemente
excitante, sus sentidos estaban sintiendo su exquisito toque. El placer estaba
aumentando, el interior de sus muslos se tensó cuando ella los abrió más am-
pliamente.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Síiiiii. Jace, ¿te estas tocando la polla? ¿Te acaricias?
—Sí, lo estoy haciendo. Es increíble.
—Recuerdo la sensación y su sabor.
—Tengo la intención de saborearte dentro de poco. Voy a sepultar la cara
entre tus muslos. Usaré la lengua como estás utilizando los dedos en estos mo-
mentos. Y mientras lo haga deslizaré los dedos en tu sexo y te follaré. ¿Te gusta-
ría eso?
—Sí, me encantaría. Quiero que me poseas con los dedos, la lengua y tu po-
lla. Pero ahora quiero tu polla. ¡Oh Dios, Jace! Es tan bueno, es una sensación
tan buena. Voy a correrme.
—Eso es, cariño. Córrete conmigo. ¡Oh joder!
El gruñido bajo y gutural de Jace, se clavó como un arpón en Hayley. Ella
gimió con fuerza ante el rápido y duro placer que la inundó. Olas de puro pla-
cer irradiaron a través de su cuerpo, cabalgándolas, mientras sus caderas rebo-
taban e hincaba los talones sobre el colchón. Una primera culminación, una se-
gunda y una tercera liberaron cada una de las sensaciones que su cuerpo era
capaz de producir. Parecía que iba a continuar hasta la eternidad. Perdió cual-
quier noción de la realidad, situándola en algún lugar lejano, que no tenía nin-
gún poder sobre la destructiva liberación que recorría todo su cuerpo.
Poco a poco, e inevitablemente, todo volvió a la normalidad; la envolvente
nube de dicha se fue disipando muy lentamente. Se percató de que todavía ja-
deaba, aunque más despacio. Escuchó los pequeños gemidos que emitía su gar-
ganta. Sintió el cuerpo completamente relajado, pero extrañamente vigorizado,
como si cada uno de sus poros se abriera, permitiendo que el aire la alcanzara.
Inspiró lentamente y se estremeció.
—Gracias Dios mío, por los orgasmos múltiples.
La risa ahogada de Jace retumbó en su oreja. Ella sonrió ante el sonido y
sumó una suave carcajada a la de él.
—¿Eso quiere decir que no tengo que preguntar si estuvo bien?
—¿A ti que te parece?
Jace soltó un bufido y le pregunto riendo:
—¿Tú no me preguntas?
Una perezosa sonrisa curvó sus labios.
—¿Para ti estuvo bien, cariño?
—Ni que lo digas. Tengo restos hasta la barbilla.
—Vaya por Dios. Lo que me hubiera gustado saborearlo si estuviese allí.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Quieres que lo saboree en tu lugar?
La boca de Hayley se abrió sorprendida, su lengua lamió sus labios.
—Sí. —Esperó un momento para así escuchar la reacción de Jace.
—Mmm, es tal como dijiste. Un poco amargo y un poco salado.
Imaginarse el caliente semen de Jace en sus dedos hizo que Hayley se retor-
ciera.
—¿Cuánto tiempo más vas a estar fuera?
—Un par de días.
—Convénceme de que un par días no son tan largos.
—No creo que pueda. Estoy pensando que este par de días van a ser los
más largos de mi vida.
—Huh, ¿crees que sobreviviremos?
—Lo haremos cariño, tengo trabajo que hacer.
—Oye, que lo sé. No esperaba menos de ti. —Hayley se desperezó y boste-
zó—. Umm, cielo, me agotaste.
—Me pasa lo mismo. ¿Estas preparada para irte a dormir?
—Mmm-hmm.
—Tápate muy bien con las mantas y piensa que soy yo abrazándote. Antes
de que te des cuenta, lo estaré haciendo.
—Así lo haré. Buenas noches, Jace.
—Para ti también, amorcito.
Hayley colgó el teléfono y se mordió los labios. Había estado cerca de decir-
le que le amaba.
*****
Los siguientes dos días fueron los más largos que Hayley había sufrido en su
vida. Su estado de ánimo vaciló entre el deseo casi doloroso de ver a Jace y el
nerviosismo de pensar en estar realmente con él. La llamó por teléfono en varias
ocasiones, simples llamadas rápidas para saludarla y contarle cómo progresaba
su trabajo. No hubo ninguna repetición de sexo telefónico.
Daba la impresión de que habían dado un paso atrás en su relación. Jace se
mostraba bastante reservado en sus conversaciones. Regresó a su habitual ma-
nera de ser y dejó claro su afecto por ella, pero no hizo ningún tipo de declara-
ción de amor, por lo que Hayley se alegró enormemente de no haber expresado
impulsivamente lo que sentía. Por mucho que lo quisiera, no había llegado la
hora.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Tras pasar el día en la librería, Hayley estaba con un auténtico mal humor
cuando no encontró el único libro que le servía para su investigación, pues es-
taba agotado. Llamó por teléfono a la biblioteca del pueblo más cercano, Hib-
berd, y descubrió que lo tenían y que se lo guardarían. Había planeado acostar-
se pronto para madrugar y así hacer el viaje a primera hora, por lo que decidió
parar y comprar comida china para llevar.
Una vez que llegó a su casa, se acomodó y comió delante de la televisión,
observando un documental sobre la fauna salvaje. En cierto momento se encon-
tró con los ojos clavados en la pantalla, fascinada por cómo una manada de lo-
bos perseguía a un viejo ciervo. En lugar de estar horrorizada, sintió que sus
músculos se tensaban ante una extraña e irracional necesidad de estar allí. Ob-
servar a la manada alimentándose después de la matanza le hizo la boca agua.
Miró la caja de cartón de pollo agridulce con poco entusiasmo. El deseo repen-
tino de tener delante un bistec poco hecho hizo que su estómago gruñera.
Hayley negó con la cabeza y frunció el ceño. Cambió de canal para ver al-
guna comedia y acabó la comida con una disposición de ánimo menos carnal.
Cuando terminó, tiró a la basura las cajas de cartón y comprobó la puerta prin-
cipal y después la trasera, asegurándose de que ambas estaban bien cerradas.
Frunció el ceño con preocupación cuando comprobó que la puerta trasera
no permanecía cerrada. La posición del cierre indicaba que debería cerrar bien,
pero cuando tiraba de la puerta esta se abría sin problema alguno. Cogió la guía
telefónica de su escritorio y se sentó para buscar algún cerrajero. Marcó un telé-
fono. No hubo respuesta, algo que no la asombró dada la hora que era.
Suspirando molesta, marcó el número de Logan y Bryn, esperando que co-
nocieran a alguien que pudiera venir a arreglar el cerrojo. Contestó Bryn.
—Oye, hermanita, soy yo —dijo Hayley, intentando ocultar la irritación en
su voz.
—¿Qué pasa?
—El cerrojo de la puerta trasera está roto y no soy capaz de encontrar a un
cerrajero que trabaje a estas horas.
—Pues vaya, eso no está nada bien.
—Oye, que no es una broma. Supongo que podría encajar una silla bajo el
picaporte de la puerta.
—¿Como hiciste cuando mama y papá nos dejaron solas por primera vez?
Hayley bufó.
—Vaya, ¿nunca me vas a dejar que olvide eso?
—No. Pero no te preocupes por eso. No le diré a nadie que eres una gallina.

82
Kate Steele Tentar a un lobo
—Córcholis, gracias. ¿Supongo que no conocerás a alguien que pueda venir
a arreglarlo esta noche?
—Este es tu día de suerte, hermanita. Da la casualidad de que conozco a un
tipo que es experto en estas chapuzas. Te lo enviaré ahora mismo.
—¡Oh genial, maravilloso! Mil gracias, Bryn. Te debo una.
—Me conformaré con una comida en O'Neils.
—Dalo por hecho.
Se despidieron y Hayley se dispuso a esperar a su salvador. No pasó mucho
tiempo antes de que le llegara el sonido de un vehículo entrando por el camino.
Miró por la ventana y quedó sorprendida, después desilusionada y por último
enojada al ver a Jace. Se preguntó por qué no le había dicho que estaba de re-
greso en la ciudad. Caminó hacia la puerta cuando escuchó su llamada, prepa-
rándose para la batalla. Abriéndola, se lo encontró allí de pie, con una gran son-
risa en la cara, presumido, arrogante y ¡oh, tan delicioso! Este hombre tenía to-
do lo que una mujer podría querer, al menos físicamente. «Y anda que no lo sabe»,
pensó ella.
—Oí que me necesitabas. —Sus palabras se referían tanto a sus necesidades
físicas como a la cerradura rota.
—Necesito un cerrajero. No te necesito a ti pero, ya que estás aquí, quiero
que...
—Ah, bueno, querer es casi tan bueno como necesitar. Tal vez incluso mejor.
Hayley le dirigió una penetrante mirada.
—Deja de interrumpirme. Me gustaría que te encargaras del cerrojo de la
puerta trasera.
Jace sonrió ante el cambio en la elección de sus palabras. Se dirigió hacia la
puerta, deliberadamente no le dio tiempo para que se retirara, a fin de poder
rozar su cuerpo con el de ella.
—¿Qué te pasa con el cerrojo? —preguntó bruscamente. Su contacto le ha-
bía provocado una brusca contracción en su interior, y su fragancia alcanzó su
nariz, una nube de ambrosía que le dejó famélico.
—Si lo supiese, lo habría arreglado yo sola.
Él se percató del delicado rubor que inundó sus mejillas y escuchó su tono
ligeramente jadeante. Inevitablemente, su polla comenzó a endurecerse. Sin
ningún preliminar, la tomó entre sus brazos y la besó suavemente.
—¿Por qué estas enfadada, cariño? —murmuró con ligereza.
—¿Cuándo has regresado? —preguntó ella, y Jace pudo escuchar un dimi-
nuto indicio de dolor.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Hará como una hora. Tenía que discutir algunas cosas con Logan y des-
pués iba a venir a tu casa para darte una sorpresa. Estaba allí cuando llamaste a
Bryn y ella me contó lo de la cerradura de tu puerta. —Jace frotó delicadamente
su espalda—. ¿No creerías que iba a regresar a la ciudad y no iba a decirte nada,
verdad?
Hayley se encogió de hombros y Jace la enfrentó, tomando firmemente su
barbilla con la mano.
—¿Verdad? —preguntó de nuevo, buscando sus ojos.
—No —contestó tímidamente.
—Vale. Ahora arreglemos ese cerrojo. Hay algunas cosas de las que quiero
hablar contigo.
Sintiéndose inquieto y con los nervios de punta, se retiró y pasó por en me-
dio de la sala de estar hasta la cocina. Hayley le siguió y casi se tropezó inespe-
radamente con él cuando se detuvo abruptamente.
Un perfume asaltó sus fosas nasales y en ellas obtuvo la respuesta, e inme-
diatamente sus instintos más bajos se alzaron. Reconoció el aroma agrio del
hombre que había acosado a Bryn y Hayley en Morgan's. Una oleada de furia y
de incredulidad le recorrió de arriba abajo.
—¿Qué demonios estaba haciendo ese hombre aquí? —Su pregunta fue la-
cónica y acusadora cuando se dio la vuelta para encararla.
Hayley sintió cómo un temblor la recorría de pies a cabeza ante el resplan-
dor furioso y posesivo de sus ojos. A su vez, su cólera se alzó como respuesta a
tal agresión.
—¿Qué hombre? Si esta es tu idea de un chiste, no tiene gracia.
Jace dio un paso para aproximarse más a ella.
—No estoy bromeando. ¿Para qué ha venido, Hayley?
Le miró ceñudamente ante el tono mortalmente serio de su voz y sintió co-
mo su ira se aplacaba.
—Jace, te estoy diciendo la verdad. No ha venido nadie a casa, salvo tú.
¿Qué te hace pensar que ha habido alguien más?
Parpadeó ante la sinceridad y la perplejidad que se denotaban en su voz.
Ella realmente no lo sabía.
—Le estoy oliendo.
Elevó las cejas e inspiró profundamente. El asombro hizo que sus ojos se
abrieran sorprendidos.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Yo también le huelo. ¿Por qué no lo noté antes? Pensé que estabas bro-
meando.
—No con algo tan serio —contestó y atravesó la cocina para examinar la ce-
rradura de la puerta—. En lo que se refiere a por qué no lo notaste, puede que el
olor de tu comida china lo camuflara. —En un momento pasó de la escalofriante
alarma a una furia completamente helada que inundó todo su ser—. Este cerro-
jo ha sido manipulado. ¿Cómo sabías que no funcionaba? Se ve normal.
Hayley se movió hasta quedar a su lado.
—Siempre compruebo las puertas una vez que las cierro. —Se sintió inco-
moda durante un momento, pero decidió compartir lo que la había pasado, y
por lo que Bryn había bromeado con ella hacía un rato—. Cuando era adoles-
cente, nuestros padres salieron de viaje durante un fin de semana. Era la prime-
ra vez que nos dejaban solas y estaba muy emocionada, al menos en apariencia.
No se lo dije a Bryn, pero también me sentía un poco inquieta. —Se encogió de
hombros.
»Mamá y papá nos proporcionaban seguridad, y por primera vez no esta-
ban con nosotras. Tuve una pesadilla la primera noche que estuvieron fuera.
Soñé que cerraba la puerta principal, pero que volvía abrirse. Que algo malo
sucedería. No importaba cuantas veces la cerrara, no había manera de que per-
maneciese cerrada. —Ella le dirigió una sonrisa sardónica—. Me desperté y,
como no podía dormir, coloqué una silla bajo el picaporte de la puerta princi-
pal. Volví a la cama y dormí como un tronco. De cualquier manera, me acos-
tumbré a comprobar las puertas después de cerrarlas y, precisamente, esta vez
se abrió solita. ¿Qué te hace pensar que ha sido manipulada?
—Estos arañazos son marcas de herramientas. Alguien manipuló este cerro-
jo para asegurarse de que no se cerrara completamente. —Miró a Hayley, la
preocupación estaba claramente impresa en sus ojos—. ¿Estás segura de que
nadie ha revuelto entre tus cosas? ¿No has perdido nada?
Sorprendida, y algo alarmada, Hayley miró a Jace, con el ánimo totalmente
por los suelos, y una vulnerabilidad claramente visible en sus ojos.
—No he notado nada. Si alguien estuvo en casa no desordenó nada.
Ver la preocupación en los ojos de ella le hizo sentir como si le hubieran
dado una patada en pleno estómago. Echó una ojeada a su reloj de pulsera.
—La ferretería está cerrada. No podré conseguir las cosas que necesito hasta
mañana, lo que quiere decir que una de dos: O te vas a casa conmigo esta no-
che, o me quedo aquí.
—¡No me voy a ir a tu casa! Me quedo aquí —contestó alterada, sin gustarle
la idea de que la echaran de su propia casa—. Quién sabe lo que podrían hacer
si yo no estuviera.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Entonces me quedo contigo, el sofá parece cómodo. —Jace se adentró en
el espacio personal de Hayley—. Por mucho que quiera, no compartiré una ca-
ma contigo. No bajo estas circunstancias. Si este tipo aparece, quiero atraparle y
me distraerías. —Se apoyó sobre su cuerpo y le dio un apresurado beso en los
labios.
El estómago de Hayley se contrajo con fuerza y sintió una corriente de san-
gre trasladarse hasta su sexo en respuesta a su contacto y su dulce admisión. No
podía decir nada, porque su orgullo quería mantener el control y, por supuesto,
porque él no dijo nada más. Dio un paso hacia atrás e inconscientemente se re-
lamió los labios. El sabor de Jace casi le hizo cambiar de opinión, pero se man-
tuvo firme.
—No recuerdo haberte pedido que compartieras mi cama —comentó al-
zando arrogantemente la barbilla. Pero se encontró con algo que no esperaba.
La idea de Jace en su cama trajo de vuelta a su cabeza lo ocurrido la otra noche
y lo que compartieron al teléfono. Incluso antes de esa noche había tenido sue-
ños de una decadente seducción y de cuerpos contorsionándose, en los cuales
Jace ocupaba el papel principal. Simplemente el pensar en todo eso hizo que
rompiera a sudar.
Jace todavía no había mencionado la palabra que empezaba por A, y Hay-
ley no estaba ansiosa por empezar otra relación que no fuera a ninguna parte.
Esto era demasiado importante para que Jace lo tomara a la ligera. Quedaban
demasiadas preguntas sin responder. La indecisión que sentía entre lo que le
decía su cabeza, lo que quería su corazón y lo que su organismo exigía hacía
que su cabeza le diera vueltas.
La dulce sonrisa de la cara de Jace dio paso rápidamente a una expresión to-
talmente seria.
—Creo que esa es una pregunta de la que nos ocuparemos muy pronto, pe-
ro ahora no, alguien ha roto el cerrojo de tu puerta. Ese hombre te amenazó. Me
creas o no, lo importante es que esa persona no lo ha hecho para robarte nada.
Eso me induce a pensar que lo que verdaderamente quiere es cogerte por sor-
presa en alguna ocasión en la que estés sola. —Miró intensamente los azules
ojos de Hayley—. Si crees que voy a permanecer con los brazos cruzados y de-
jar que eso ocurra, piensa de nuevo guapa. Y si vas a decirme que no hace falta
que me quede, ahórrate la saliva. No te voy a dejar aquí sola.
Ella sintió cómo la recorría una cálida ola de amor. Jace estaba verdadera-
mente interesado en ella y no podía evitarlo, le encantaba ese pensamiento.
—Te traeré una almohada y una manta —contestó, cediendo de manera to-
lerante.
Jace sonrió.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Muy bien, esperaba que dijeras eso. No quiero pelearme contigo, solo
quiero estar aquí cuando ese bastardo regrese. —Abrió la puerta y salió un
momento a la terraza situada en la parte trasera de la casa—. Voy a aparcar mi
camioneta en el garaje, de esta manera, quien pase por delante pensará que es-
tas sola.
—¿Ese conocimiento lo has adquirido después de todas esas aventuras
amorosas que has tenido con las señoras de Whispering Springs?
—Un caballero nunca comenta esas cuestiones —contestó él, y le dirigió
una sonrisa claramente impúdica.
Con un molesto ceño fruncido en la cara Hayley le observó dirigirse hacia
su coche, entonces se dio la vuelta para regresar a la cocina. Al sentir una pre-
sión en el pecho por fin cedió a la verdad ante sí misma, aceptando definitiva y
completamente sus sentimientos. Estaba enamorada de Jace McKenna.
El pensamiento de que él estuviera con otra persona era inquietante. Sabía
que había tenido algún que otro lío antes de empezar su relación, así como el
hecho de que ella hubiera tenido en el pasado una o dos. Olvidando ese tema,
se encogió de hombros con resignación, pasando por la sala de estar y yendo
por el pasillo hasta su dormitorio. Una vez allí, tomo una manta y una almoha-
da extra para que pasara la noche.
*****
Jace no podía dormir. Para atrapar al posible intruso habían decidido acostarse
muy temprano y apagar todas las luces. Después de varias horas sin incidentes
Jace todavía permanecía completamente despierto. El sofá no estaba mal. Era
suficientemente cómodo para lo que necesitaba, y lo suficientemente largo co-
mo para poder estirarse. Como todo permanecía tranquilo se había despojado
de sus ropas, pues normalmente dormía desnudo. Al principio vaciló pensando
en que debería dejarse algo puesto, pero decidió que no importaba si permane-
cía o no vestido. Con ropas o sin ellas podía atrapar al tipo fácilmente, y si nece-
sitaba cambiar apresuradamente no tendría que preocuparse en desvestirse.
El problema era que la ligera manta y la almohada que Hayley le había
proporcionado estaban impregnadas por su exquisito perfume. Le estaba vol-
viendo loco. Su polla no había menguado ni siquiera un poquito desde que se le
endureciera la primera vez. En lugar de estar en reposo estaba dura y orgullo-
samente erecta, declarando su esplendor al mundo. Insistía en permanecer con
el asta alzada hasta que el alivio le fuera ofrecido,
«Joder, ¡cómo si uno no quisiera!»
No ayudó que pudiera oír a Hayley moviéndose por el dormitorio. Lo pri-
mero que captó su atención fue el momento en que entró en el baño. Escuchó
correr el agua de la ducha. La imagen de su cuerpo totalmente desnudo, con el

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Kate Steele Tentar a un lobo
agua cayendo sobre su satinada piel, le llevó de vuelta a la primera noche que la
vio en su estanque, iluminada por la luna. Pensar que estaba en la ducha hizo
que gimiera al imaginarse sus manos deambulando sobre su cuerpo mientras se
enjabonaba. Podía imaginar con total claridad sus exuberantes pechos, resbala-
dizos por el espumoso jabón. Su imaginación continuó el camino de sus manos
mientras vagaban por su torso, su vientre y llegaban a la zona inferior de su
cuerpo. Los labios de Jace se abrieron cuando su respiración se agitó al visuali-
zar la imagen de sus manos deslizándose hasta sus muslos. Se acariciaría el sexo
y se dedicaría un buen rato a esa tarea.
Su imaginación entró en la fase de describir cómo se daría ese placer; sus
dedos enjabonados frotarían muy hábilmente su clítoris, deslizando por todo su
sexo la cálida crema de su lubricación. Jace inspiró con fuerza y se retorció in-
quieto cuando percibió el sonido que hizo Hayley al meterse en la cama. Sin
saltarse una pulsación, su imaginación cambió el escenario, y de nuevo aparecía
Hayley dándose placer a sí misma. Esta vez tumbada en su cama, con los mus-
los totalmente abiertos y sus expertos dedos tocando en cada uno de sus puntos
más sensitivos.
El hecho de que estuviese inquieta solo ayudada a fomentar su imagina-
ción. Cada vez que la oía moverse podía fingir que se retorcía del placer que
experimentaba mientras se masturbaba en su imaginación.
Mascullando un juramento, Jace arrojó hacia atrás la manta, se enderezó y
puso los pies en el suelo. Reclinándose, recorrió con la mirada cada parte de su
cuerpo y silenciosamente contempló su gruesa longitud; la cabeza de su polla le
devolvía la mirada con su único ojo. Cediendo a lo inevitable, colocó los dedos
alrededor de la base y presionó, para luego deslizarlos hasta la punta enrojecida
y vuelta a empezar.
*****
En la habitación, Hayley tenía un problema similar. Saber que tenía que ma-
drugar para ir a la librería de Hibberd a recoger el libro que necesitaba no la
ayudaba. Había tomado una ducha caliente esperando que la relajase, pero to-
davía se sentía tensa y necesitada. Se removió nerviosa y trató de encontrar la
posición para quedarse dormida, pero le era imposible. Su cama, normalmente
confortable, se había convertido repentinamente en inhóspita y poco acogedora.
Sabía por qué estaba incomoda. Y era el hecho de que Jace estuviera a solo
unas habitaciones de distancia y probablemente medio desnudo. Solo pensar en
eso hizo que rodara para cambiar a una nueva posición. Al final se quedó con la
mirada perdida en el techo. Ya se le había imaginado quitándose la camisa an-
tes de acostarse, y eso la hizo jadear.
Al borde de ceder ante los más malvados pensamientos que poblaban su
cabeza, Hayley escucho un ruido y se quedó quieta. Ansiosa por saber si al-

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Kate Steele Tentar a un lobo
guien aparecía durante la noche había dejado entornada la puerta del dormito-
rio. Se levantó y se deslizó fuera de la cama, acercándose silenciosamente a la
puerta. Otro sonido apagado llegó a sus oídos y frunció el ceño, intrigada por
este último. No sonaba a lucha, más bien era como si Jace tuviese una pesadilla
o posiblemente hablara en sueños.
Como necesitaba satisfacer su curiosidad, pasó la puerta y atravesó el pasi-
llo. Se mantuvo cerca de la pared a fin de quedar fuera de la vista de quien es-
tuviera en la sala de estar. Por qué, no estaba segura, pero algún instinto le de-
cía que lo hiciera así y no iba a discutirlo. Cuando alcanzó el final del pasillo se
detuvo y escuchó un momento, oyó el sonido de una profunda respiración.
Frunciendo el ceño, echó una ojeada desde la puerta y apenas pudo mantener la
boca cerrada.
Apoyado descuidadamente contra el respaldo del sofá, con las piernas lige-
ramente abiertas, Jace no solo estaba completamente desnudo, ¡se estaba mas-
turbando! Con los ojos abiertos desorbitadamente, se dio cuenta de que era la
imagen más electrizante que alguna vez hubiera visto, y sintió como una ola de
puro ardor se centro en su sexo, derritiéndola hasta formar un charco de cremo-
sa humedad.
Había millones de hombres bien parecidos en el mundo, pero para Hayley,
ninguno era como Jace. Tenía algo evasivo que rezumaba por cada célula de su
ser, haciéndola desearle ardientemente. Su cuerpo era magnífico. Ya había visto
sus anchos hombros y sus musculosos brazos. Y su pecho, con esos magníficos
pectorales delineados, cubiertos por una pelusilla de vello oscuro. Sus dedos la
picaron ante el deseo de pasarlos por su espalda y por el sedoso pelo de su pe-
cho.
Sus músculos estaban tensos y cincelados, era lo mejor que hubiera visto
nunca. Se veían apetitosos, y podía imaginarse recorriendo con su lengua aque-
llos valles y musculosas colinas. Los pezones rígidos y masculinos, rodeados
por aureolas de color cobre oscuro, estaban a la vista, y cerró los ojos en un es-
fuerzo por abstenerse de gemir cuando Jace alzó un brazo para pellizcarse uno
de los duros picos.
Él gimió, un gruñido profundo que puso su corazón a cien por hora, al
tiempo que se retorcía por la humedad que inundaba su sexo. Nunca se había
encontrado así de mojada en tan poco tiempo. Era gratificante y desconcertante
al mismo tiempo, especialmente cuando sintió una diminuta humedad mojar el
interior de sus muslos.
Devolviendo su atención a Jace, sus ojos siguieron la huella del vello oscuro
de su pecho, que se movía con el ritmo agitado de su respiración, dividiéndose
alrededor de su ombligo, para luego bajar por un surco tentador hasta la parte
inferior, donde se transformaba en un vello más tupido que rodeaba la base de

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Kate Steele Tentar a un lobo
su miembro. Hayley tuvo problemas para seguir respirando cuando canalizó
toda su atención en su sexo. Aunque se lo había visto antes, todavía le quitaba
el aliento.
Gruesa, dura y larga, la longitud se alzaba fácilmente más allá de su ombli-
go. La cabeza gruesa y sedosa filtraba su semen y la hacía brillar suavemente.
Bajo la mano que utilizaba para acariciarse podía apreciar las hinchadas venas
que la recorrían bajo la satinada piel rojo oscuro. Era lo más bello que hubiera
visto nunca, y se estremeció de deseo al pensar en montar ese magnifico eje.
Jace era moreno, su cuerpo entero resplandecía como oro puro. El vello os-
curo de sus piernas y brazos iba a la par de la maravillosa piel de su pecho; ha-
cía que Hayley se quisiera frotar contra él como una gata en celo. Parecía tan a
gusto, recostado sobre el sofá con los ojos cerrados. Su mano libre había llegado
lentamente a la altura de su torso, y de nuevo se pellizcó el brote rígido de su
pezón, mientras su otra mano se paseaba lentamente por toda la longitud de su
polla.
Cuando su puño regresó arriba se demoró en el tercio superior de su erec-
ción. Su mano se ciñó con fuerza y realizó un pequeño golpe que causó que su
miembro se endureciera aún más; a la vez que sus caderas empujaban hacia
arriba y su respiración se aceleraba, nuevas gotas de líquido preseminal apare-
cieron por la abertura de la engrosada cabeza. Eran casi transparentes, la poca
luz disponible la permitió ver cómo resbalaban, dejando una huella fresca de
humedad. Con la boca abierta, tuvo que cerrar momentáneamente sus labios,
después su lengua se deslizó hacia el exterior para deslizarse sensualmente por
su labio inferior.
Cada uno de los movimientos que le veía realizar hacía que Hayley estuvie-
ra más cerca de gemir en voz alta, especialmente cuando otro ronco gemido
resonó en las profundidades de su pecho. Luego se percató de que habían sido
los gemidos de placer de Jace los que la habían llevado a la sala de estar.
«¡Y te agradezco Dios mío, haber estado despierta para escucharlos!», pensó.
Con una mirada de admiración recorrió el resto de su cuerpo, sus muslos,
pantorrillas y pies. No podía evitar estar maravillada por sus pies. Largos y ele-
gantes, eran clásicamente bellos, como si les hubiera dado forma un escultor.
Él continuó el movimiento repetitivo de su mano y, un momento más tarde,
su cuerpo pareció agarrotarse, sus músculos se tensaron y flexionaron. Observó
el rítmico acariciar de sus dedos sobre la gruesa columna que palpitaba en su
puño. Fue acelerando el empuje paulatinamente, concentrando el contacto cada
vez más en la parte superior de su miembro. Su respiración se hizo más rápida,
hasta que un fiero y quebrado gruñido salió de su garganta.
Hayley respiraba con él, y juró que su polla era aun más grande unos mo-
mentos antes de que estallara en un abundante y blanco chorro de semen que se

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Kate Steele Tentar a un lobo
derramó sobre su torso. Varios borbotones volaron llamativamente hasta su
pecho y vientre, dejándolos cubiertos con líneas y gotas de la caliente y aromá-
tica semilla varonil. El cuerpo de Jace se fue relajando lentamente y exhaló lo
que pareció un satisfecho suspiro.
La respiración de Hayley permanecía agitada, haciendo trabajar esforzada-
mente a sus pulmones, especialmente ahora que se percató de que Jace no tenía
nada con que distraerse. Iba a tener que ser doblemente precavida para silenciar
su regreso al dormitorio. Antes de que pudiese dar el primer paso, Jace habló en
alto y ella pegó un brinco.
—¿Te ha gustado observarme, Hayley?
Se quedó sin aliento, enrojeciendo instantáneamente de mortificación al ser
atrapada. «¡Oh mierda!»
—Lo siento —tartamudeó, y dio un paso al frente, temblando bajo su acalo-
rado escrutinio—. Oí un ruido. En realidad no tenía la intención de espiarte.
—No te preocupes, me alegro de que me observaras. Lo hiciste mucho más
excitante —confesó Jace, mientras con su dedo índice recorría el caliente semen
que coloreaba su cuerpo. Recogió un poco con el dedo y se lo llevó a los labios,
su lengua salió para probarlo antes de introducírselo y chuparlo.
Con la boca abierta, la propia lengua de Hayley salió por entre sus labios
deseando emularle, observándole con arrobada fascinación.
—¿Quieres un poco? —le preguntó con voz ronca.
Hayley inclinó la cabeza afirmativamente, sin poder negar la verdad, pero
antes quería una respuesta.
—¿Cómo sabías que te observaba?
—Oí un movimiento en el pasillo.
—¿Por qué no te detuviste?
—No quería, pero todavía no has contestado mi pregunta. ¿Te ha gustado
observarme?
La expresión en los ojos de Jace era apremiante, su resplandor brillante hizo
que Hayley temblara de nuevo. Se movió inquieta, la reacción de su cuerpo se
estaba volviendo insoportable. La honradez innata le impidió mentirle.
—Sí. Me gustó observarte. Muchísimo.
Jace alargó una mano hacia ella.
—Ven aquí, cariño.
Su voz era grave y suave, tierna pero claramente dominante. Se encontró
caminando hacia él, su mano tratando de alcanzarlo. Sus dedos se tocaron, sus

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Kate Steele Tentar a un lobo
palmas se deslizaron juntas y sus dedos se entrelazaron. Jace la urgió a sentarse
en su regazo. Perdida en una niebla de deseo y hambre abrumadora, Hayley se
dejó guiar voluntariamente. Su mano libre buscó su cara y la atrajo hacia su bo-
ca, haciéndola exhalar un gemido por los labios entreabiertos.
Sin dejar pasar la oportunidad, Jace deslizó su lengua en la boca de ella, y
emitió su propio gemido cuando su sabor explotó dentro de su boca con una
fuerza que le dejó mareado.
Él exploró, y Hayley contestó a su necesidad con la de ella, hasta que sus
lenguas se enredaron ansiosas la una con la otra. Su mano se deslizó de su cara
a su garganta y bajó para moldear su hinchado pecho. El perlado pezón era un
punto duro que se apretaba insolentemente en la palma de su mano, mientras él
lo masajeaba con suavidad. Hayley se quedó sin aliento, retorciéndose en su
regazo y presionándose aún más contra los dedos que la recorrían.
Dejando la tentación de su pecho, se movió sobre su abdomen y bajo por la
longitud del muslo hasta encontrar el dobladillo de su camisola. Deslizó los de-
dos por debajo. El calor de su piel quemaba contra su mano y trazó el irresisti-
ble camino ascendente, buscando su febril centro.
Perdida en sus besos y en la exploración sensual de sus manos, Hayley re-
cobró el conocimiento con una sacudida de percepción, cuando su mano estaba
a tan solo unos centímetros de su sexo.
—Jace —susurró, cubriéndole la mano y sujetándola contra su muslo. Clavó
en él los ojos llenos de incertidumbre.
—Me necesitas —gruñó suavemente—. Déjame dártelo.
Hayley vio un profundo resplandor en sus ojos. Parecía todo tan simple,
necesitar y querer, dar y tomar. Un estremecimiento de deseo la atravesó por
completo y asintió, soltando su mano. Le necesitaba, ¡oh, tan intensamente!, y
era el único con el que deseaba aliviar tan ardorosa necesidad.
—Ábrete para mí cariño, para que esto sea muuuuy bueno.
Ella abrió los muslos, y un gemido se precipitó por su garganta cuando Jace
no desperdició ni un segundo para colocar su mano entre ellos. No se había
puesto los pantaloncitos cortos que iban a juego con la camisola. Nada impedía
su avance. Sus largos dedos acariciaron el empapado vello púbico que protegía
su montículo y emitió un suave gruñido que la llevó casi a la locura. Dividiendo
los labios henchidos de su sexo, uno de sus diestros dedos sondeó y se deslizó
profundamente entre la húmeda hendidura.
Ella se quedó sin aliento y apretó sus músculos, manteniendo al invasor en
su profundo interior. A pesar del fuerte apretón, Jace deslizó su dedo dentro y
fuera con facilidad en el resbaladizo y estrecho calor de su canal, y rápidamente
introdujo un segundo dedo, aliviándola.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Jace —murmuro Hayley entre gemidos, jadeando cuando las olas de pla-
cer inundaron sus sentidos.
Jace retiró los dedos y delicadamente le silenció su gemido de decepción.
Levantó los dedos, mojados con su fragante rocío y se los llevó a la boca, sabo-
reándola. Hayley le observó con los ojos muy abiertos, temblando por el in-
fierno que se erigía en los ojos de él.
—Tan dulce —gruñó—. Sabes tan dulce. Miel y calor, pasión y deseo. Todos
mezclados en un néctar dulce y salvaje. Un día de estos me voy a dar un festín
entre tus muslos —prometió mientras deslizaba su mano a su anterior posición,
penetrando de nuevo en las profundidades de su tembloroso sexo—. Pero por
ahora, solamente esto —susurró, cuando su pulgar encontró el clítoris.
Hayley se puso rígida y se estremeció, su respiración se hizo más fuerte y
rápida mientras Jace jugaba experta y apasionadamente entre sus deseosos
muslos.
—¡Por favor, por favor, por favor!, necesito… —se quedó sin aliento y se
contorsionó contra él.
—¿Qué necesitas? ¿Esto? —preguntó él, presionándose contra ella, su polla
estaba de nuevo enhiesta y dura.
—¡Sí!—admitió Hayley, liberando sus controladas emociones.
Ella se revolvió para cambiar de lugar, hasta quedar montada a horcajadas
sobre su regazo, e impacientemente se quito la camisola por la cabeza, tirándola
al suelo y lejos de ellos. Teniendo mayor libertad, sus dedos envolvieron la hen-
chida longitud. Jace echó hacia atrás su cabeza, gimiendo cuando ella le acarició
lentamente. Ella necesitaba montarle con dureza. Alzándose sobre sus rodillas,
se sujetó con una mano mientras descendía sobre él.
—¡Un momento! Hayley, cariño, un momento —gimió Jace.
—Nooo —gimió ella y se contorsionó contra él.
—El condón. Necesitamos un condón.
—No lo necesitamos, estoy tomando la píldora —dijo sin aliento.
Al instante, la mano de Jace apareció para tomar la suya y ella soltó su
miembro, apoyando ambas manos en sus hombros. Le dejó guiarse en su inte-
rior y se sujetó con fuerza cuando la suave y gruesa cabeza se apoyó en su en-
trada y empezó a introducirse en su interior. Ella osciló las caderas, esparciendo
su humedad mientras empujaba hacia abajo, y se quedó sin aliento cuando la
caliente y palpitante cabeza se abrió paso con rapidez, haciéndola amoldarse a
su grosor. Una vez logrado esto, el resto de su miembro entró fácilmente cuan-
do se sentó en su regazo.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Sintió cómo se abrían sus músculos, mientras la enriquecedora fricción de
sus cuerpos enviaba escalofríos por toda su columna. Los dos respiraban pesa-
damente, y sintió un soplo abrasador unos momentos antes de que su boca en-
gullera su pecho y comenzara a succionar la punta de su pezón.
Hayley gimió de placer. Sus caderas se ondularon contra las de él, estimu-
lando a un mismo tiempo la vagina y el henchido clítoris con breves empujes.
La cabeza de la verga golpeaba su matriz, enviando crecientes y deliciosas sen-
saciones a través de todo su cuerpo, haciéndola cabalgar más fuerte contra él y
gemir ante las dulces sensaciones. Jace le permitió llevar el ritmo durante un
tiempo, hasta que emitió un gruñido frustrado. Ella sintió como sus manos to-
maban sus glúteos. Atrayéndola fuertemente hacia él, se levantó sin esfuerzo
alguno. Hayley le rodeó el cuerpo con sus largas piernas y esperó mientras él
caminaba con pasos cortos.
Rebotaba contra él con cada movimiento.
—Jace, por favor —imploró, hasta que repentinamente su espalda entro en
contacto con la pared.
Con voz enronquecida por el deseo, le murmuró en el oído.
—Así esta mejor. Duro y rápido, cariño. Follemos en condiciones.
Él se retiró y ella esperó su retorno, pero Jace se había detenido. Clavando
las uñas en los duros músculos de sus hombros, se retorció sin conseguir nin-
gún resultado.
—¡Ahora, maldita sea, ahora! — exigió, apretando los muslos alrededor de
sus caderas.
Jace le dirigió una sonrisa fiera y accedió, deslizándose en su interior por
completo, con una fuerza y un poder tan grande que la dejó sin aliento, e hizo
que su garganta emitiera un gemido jadeante. Hayley fue incapaz de hacer otra
cosa que agarrarse, mientras él empujaba una y otra vez, durante mucho tiem-
po, duros golpes que enviaban su gruesa polla dentro y fuera, hasta que sintió
que perdería la razón debido al placer.
El sudor perlaba la piel de ambos. El aire se caldeó a su alrededor, saturado
por el perfume de sus cuerpos, y se convirtió en un adictivo cóctel del deseo de
un hombre y una mujer. El dulce y especiado almizcle perfumaba el aire, dando
fe de su necesidad y animando su lascivo deseo para realizar un puro y descon-
trolado apareamiento.
Hayley estaba ciega y pérdida en una niebla de sensaciones, repleta de sua-
ve piel y duro músculo, un áspero vello que raspaba sus pezones, el sudor y los
fluidos que resbalaban por entre sus muslos y que producían un sonido de suc-
ción con cada uno de los empujes de la polla de Jace. Sus gruñidos y gemidos
de esfuerzo y placer se escuchaban acompañados por el tremendo golpe de sus

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Kate Steele Tentar a un lobo
cuerpos cuando estos se unían con fuerza. El perfume intoxicante de sexo los
envolvía, atándolos con lazos invisibles.
Con los brazos alrededor de sus hombros y abrumada por el placer que rá-
pidamente se transformaba en una explosión, hincó lo dientes en la piel de Jace
y le mordió. Él se congeló en un abrir y cerrar de ojos, emitiendo un profundo
gruñido, rápidamente transformado en un intenso aullido, que causó que el
vello de los brazos de Hayley se pusiera de punta. Al mismo tiempo, envió una
flecha de puro deseo desenfrenado a través de ella, que retorció sus tripas con
una sensación muy cercana al dolor.
Jace reaccionó con salvaje intensidad; sus empujes se convirtieron en pe-
queños y duros golpes armónicos que rápidamente tuvieron a Hayley sollozan-
do con ansias de liberación, cuando la presión que había creado se volvió cada
vez más insoportable. Él se movió con un interminable y fluido ritmo, llevándo-
la hasta el borde con un lastimero aullido. Su sexo se convulsionó con pulsos
rápidos y abrasadores, ordeñando la gruesa longitud, envolviéndolo hasta que,
con un rugido gutural, explotó y se vació en su interior. Largos borbotones de
semen salieron expedidos a causa de los pulsantes estremecimientos del canal
de Hayley. Se creó una nueva mezcla formada por el cálido y lechoso semen y
la dulce crema de Hayley, que se deslizó entre ellos hasta alcanzar su vello pú-
bico.
Jace logró llegar al sofá medio tambaleante, para dejarse caer con bastante
exactitud, evitando así caer al suelo y quedando de este modo repantigados
como un montón de exhaustos músculos. Hayley descansó encima de él con
total abandono. Ambos lucharon por recobrar el aliento, y pasaron varios minu-
tos hasta que lo consiguieron. Lentamente fueron recobrando las fuerzas en las
extremidades, y Jace comenzó un lento acariciar por la suave espalda de Hay-
ley.
Si bien fuera todavía permanecía oscuro, por el horizonte emergía la prime-
ra promesa de la luz del día. Se escucharon algunos gorjeos somnolientos pro-
venientes de entre los árboles que sombreaban la casa.
Los brazos de Hayley comenzaron a temblar. La alarma inicial de Jace se
convirtió en comprensión cuando escuchó su risa satisfecha. La ciñó entre sus
brazos, acariciando su cara y su pelo con la nariz.
—¿Feliz? —la preguntó.
Ella intentó hacer un gesto afirmativo.
—Más que feliz.
Su cuerpo se había tensado bajo el suyo y Hayley se alzó apoyándose en los
tensos bultos de sus músculos. Le miró, mostrándole con total claridad el amor
que impregnaba sus ojos.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Tus ojos resplandecen —le dijo, viendo la satisfacción y la pura alegría re-
flejadas allí.
—Así como los tuyos —contestó él suavemente.
Hayley frunció el ceño, con una confusa sonrisa en su cara.
—¿Qué quieres decir?

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Ocho

Jace abrió la boca para explicarlo y se quedó congelado, con la cabeza incli-
nada como si estuviera escuchado. Decidida a saber qué secretos le estaba ocul-
tando, Hayley no paraba de pensar, en primer lugar, por qué estaba él allí, pero
se levantó, se apartó de él y exigió:
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo pueden estar brillando mis ojos? Yo no estoy
en tu situación médica, sea cuál sea esta. Lo que me recuerda. Dijiste que me
explicarías eso.
—Lo haré, solo que no en este mismo instante —replicó Jace en un tono dis-
traído—. Lo que quería decir es que estabas, hum, estabas reluciendo. Ya sabes,
como al atardecer. Ahora, cállate un minuto.
Hayley entrecerró los ojos. ¡Cómo se atrevía a decirle que se callara! Defini-
tivamente aquí había algo mal. Obviamente Jace estaba intentando encubrir lo
que había dicho originalmente, pero al mismo tiempo no parecía estar poniendo
mucho esfuerzo en ello. No la estaba mirando, y parecía preocupado por algo.
Estaba a punto de preguntarle de nuevo cuando Jace maldijo y la hizo a un
lado. Se levantó del sofá y corrió hacia la puerta trasera. Hayley se quedó mi-
rando por donde se había ido con profunda sorpresa, hasta de que repente le
asaltó una idea. Cogió su camiseta del suelo y corrió tras él. Jace ya había desa-
parecido de la vista. Ella estaba parada en el porche, escuchando cualquier so-
nido que le diera una pista de en qué dirección se había ido cuando sonó un
disparo. Hayley jadeó y sintió que su corazón se detenía.
—Jace —dejó escapar en un susurro afligido, se apresuró en busca del telé-
fono de la cocina y marcó rápidamente el 911.
Después de explicarle la situación al operador y darle su dirección, colgó y
agarró la linterna que había colocado en la esquina de la encimera de la cocina
para las emergencias. Estaba decidida a encontrar a Jace, sin fijarse en la forma
en que iba vestida. Cruzó el porche y estaba atravesando el patio trasero cuan-
do la detuvo bruscamente la voz de él que la llamaba.
Se giró, se le encontró viniendo hacia ella por el costado de la casa y corrió a
su encuentro, lanzándose en sus brazos.
—¿Estás bien? —preguntó ansiosamente, con la voz tensa de ansiedad.
—Muy bien —respondió él brevemente, con indignación—. Se fue. El bas-
tardo tenía alguien esperándole con un coche. Ni siquiera pude quedarme con
el número de matrícula.
—Llamé al 911. Oí el disparo y temí... temí que tú…
Jace la abrazó fuertemente.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Estoy bien, nena, todo está bien. Por eso no lo atrapé. Tuve que zambu-
llirme en el seto para evitar que me dispararan.
Su voz estaba tan llena de indignación que Hayley se vio sorprendida por
una risa nerviosa de alivio. Él le dio otro fuerte abrazo.
—Pongámonos algo de ropa. No quiero hablar con el sheriff con mis ver-
güenzas colgando.
Para cuando el sheriff llegó, les tomó declaración y se marchó, el sol estaba
bien alto. Estaban agotados. Jace se negó a dejarla sola, a pesar del hecho de que
había pocas probabilidades de que el supuesto asaltante volviera pronto. En ese
momento Hayley vio pocas razones para mantenerlo en el sofá, así es que le
arrastró a la cama. Él protestó, diciendo que necesitaba arreglar la cerradura,
pero Hayley insistió en que durmiera algo. Una vez en la cama, no hubo ningún
pensamiento de nada más, salvo descansar. Ambos se quedaron dormidos.
Hayley fue la primera en despertarse. Era casi mediodía y se encontró en-
redada con Jace. Estaba tumbada sobre su costado derecho. Él estaba sólida-
mente acurrucado contra su espalda, un brazo firmemente colocado bajo sus
senos y una pierna sobre las suyas, con la pierna izquierda de ella entre las de
él.
Sonrió somnolienta, inundada por la calidez y el afecto, mientras comenza-
ba el complicado proceso de desenredarse del posesivo abrazo de Jace. No llegó
muy lejos. Tan pronto como intentó liberar su brazo cuidadosamente, la agarró
más fuertemente y olisqueó su cuello.
—¿Dónde crees que vas? —preguntó con una voz áspera, profunda y ronca.
—A la ducha —respondió ella acurrucándose contra él—. Tengo que ir a la
biblioteca en Hibberd para recoger un libro.
Jace comenzó a besarle la nuca, enviando escalofríos por su espina dorsal.
—Tenemos una biblioteca aquí en la ciudad, querida —murmuró, provo-
cándola con su aliento un cosquilleo tenue y cálido.
Hayley sintió que sus pezones se tensaban mientras el pene de Jace se en-
durecía contra ella.
—Lo sé querido —dijo sin aliento, emulando su arrumaco—. Pero no tienen
el libro que necesito para una investigación que estoy haciendo.
—¿Hum, quieres que vaya contigo?
—¿A Hibberd o a la ducha?
—A cualquiera, a ambos. Las dos cosas podrían ser divertidas —murmuró,
localizando ese hueco sensible detrás de su oído y acariciándolo sensualmente
con la lengua.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Hum —gimió Hayley y tembló—. Se supone que me vas a arreglar la ce-
rradura.
—Imagino que eso deja solo la ducha. Vamos, corazón —gruñó, separándo-
se de ella y forzándola a levantarse—. Veamos lo sucios que podemos estar an-
tes de limpiarnos.
Hayley se rió y permitió que la arrastrara dentro del cuarto de baño, equi-
pado con una gran ducha rodeada de una mampara de cristal esmerilado. Ha-
bía mucho espacio para los dos, y Jace abrió el agua mientras Hayley se cepilla-
ba los dientes. Tan pronto como la temperatura quedó fijada a su satisfacción, él
salió y Hayley le ofreció un cepillo de dientes. Ella comenzó a quitarse la camisa
que usaba para dormir.
—Déjame ayudarte con eso —ofreció Jace, y colocó el cepillo de dientes en
la encimera.
Sus manos se dirigieron hacia el dobladillo, donde descansaron contra sus
muslos y comenzaron a deslizarse lentamente hacia arriba por su cuerpo, arras-
trando la camisa con ellas.
—Tu piel es tan suave —comentó reverentemente.
Hayley tembló cuando las puntas de sus pulgares rozaron su vello púbico.
—Igual que otras cosas —murmuró mientras su camisa subía más.
Ella inhaló bruscamente, con un temblor de estómago. Las manos de Jace
continuaron hacia arriba. Se movieron sobre su cintura y su abdomen, sus de-
dos acariciaron sus costados mientras sus pulgares comenzaban a seguir el ca-
mino redondeado que subía por sus firmes y plenos senos. Sus pezones, ya ten-
sos, se irguieron fuertemente, arrancándole un gemido sin aliento cuando sus
pulgares rozaron las puntas sensibilizadas.
—Y algunas cosas son duras —bromeó él con un centelleo diabólico en sus
ojos.
Hayley compuso una sonrisa y extendió una mano para recorrer con un
dedo tembloroso la longitud de su pene, duro como una piedra.
—Muy duras —estuvo de acuerdo ella, y su sonrisa se amplió con el pe-
queño gruñido que emitió Jace.
—Alza los brazos —la ordenó con urgencia.
Hayley obedeció y su camisa le pasó por la cabeza. Antes de que estuviera
completamente libre de ella, Jace se inclinó, tomó un pezón duro en su boca y
comenzó a succionarlo. Gimió por la ola de deseo que la recorrió, y las manos
de Hayley acunaron su cabeza, sus dedos se enredaron en el cabello de él.
—Jace —gimió, mientras la boca y la lengua de él trabajaban diligentemente

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Kate Steele Tentar a un lobo
con su pezón.
—Entra en la ducha, cariño, que ahora voy yo.
Sonriendo ante el aturdimiento de ella, la giró en dirección a la ducha y le
dio a su delicioso trasero una palmadita cariñosa. Hayley obedeció y Jace se
cepilló rápidamente los dientes antes de unirse a ella. Hizo una pausa para re-
crearse en la excitante vista, recordatorio de la primera vez que había visto a
Hayley. Estaba de pie bajo la alcachofa, con su cuerpo brillante y mojado por los
chorros de agua que caían en torrente sobre ella.
Jace la interceptó cuando iba a agarrar la botella de champú.
—Déjame —propuso él, tomando la botella y exprimiendo parte de su con-
tenido en su mano.
Mientras él masajeaba con cuidado el champú en su cabello y su cuero cabe-
lludo, Hayley murmuró su aprobación.
—Si alguna vez quieres cambiar de carrera, podrías hacer una fortuna como
peluquero. Las mujeres vendrían desde kilómetros por esto.
—¡Peluquero! Creo que no, nena. Además, no haría esto por nadie salvo por
ti.
—¡Ay, Jace, eso es verdaderamente dulce!
—Oye, soy un chico dulce. Aclaremos tu pelo.
Con eso terminado, Jace se enjabonó y se aclaró rápidamente su propio pe-
lo.
—Ahora lo mejor —dijo él dirigiéndole una sonrisa malévola mientras se
enjabonaba las manos con gel de ducha—. Trae aquí ese extraordinario cuerpo
tuyo, cariño.
Hayley se rió por la forma en que él movía las cejas.
—Eres un tonto —le dijo, pero de todos modos se movió más cerca y ronro-
neó de placer cuando él le recorrió con sus manos los hombros y la espalda.
—Ayer por la noche fantaseé con esto.
—¿Oh? —preguntó Hayley, complacida y curiosa.
—De hecho, en mi fantasía estabas sola en la ducha y comenzabas a darte
placer. —Deslizó sus manos para tomar en ellas sus senos, amasando tierna-
mente los sensibles globos—. ¿Alguna vez haces eso, Hayley?
—Por supuesto —admitió ella sin aliento, inclinándose hacia su toque.
Las cejas de Jace se alzaron ante la franca admisión y sonrió maliciosamen-
te.
—¿Y qué tal si me muestras lo que haces?

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Tengo una idea mejor, ¿por qué no me muestras tú tu fantasía?
—¡Oh, sí!, me gusta esa idea —dijo él con el fuego llameando en sus ojos—.
Pon tus manos aquí.
Jace guió las manos de Hayley para que tomara sus propios senos y colocó
las suyas sobre las de ella, dirigiendo sus movimientos. Resbaladizas con jabón,
sus manos se movieron lentamente sobre la parte delantera del cuerpo de ella,
mientras él se apretaba fuertemente contra su espalda. Su gruesa erección esta-
ba comprimida entre sus cuerpos, alojada en la atractiva grieta que separaba sus
nalgas. Con unos pocos movimientos cimbreantes de sus caderas pudo encajar
firmemente su pene entre ellas. Una vez ahí comenzó un movimiento lento y
ondulante que hizo que su pene se deslizara tiernamente sobre su sensible ca-
pullo rosado.
Hayley se estremeció y gimió por la desacostumbrada sensación. Nadie la
había tocado nunca ahí. El impulso salvaje de saborear un placer tan duro y pe-
caminoso la inundó; mientras, Jace continuaba el sensual tormento y deslizaba
sus manos sobre su vientre curvo y más abajo. La impulsó a colocarse con las
piernas más abiertas y luego guió sus manos derechas unidas entre sus muslos.
Hayley arqueó su espalda cuando la yema de su dedo se deslizó sobre su clíto-
ris.
—Pasa tu dedo sobre el lado izquierdo de tu clítoris, nena —canturreó Jace
suavemente.
Hayley deslizó su dedo a la izquierda mientras Jace deslizaba el suyo a la
derecha, atrapando con eficacia su clítoris entre ellos. Con su mano sobre la de
ella mantuvo sus dedos moviéndose en un ritmo lento y constante que lanzó
una ráfaga de calor y necesidad entre los pliegues hinchados de su sexo. Su dul-
ce crema, espesa y sedosa, cubrió sus dedos, y el olor delicado y almizcleño as-
cendió como una súplica silenciosa.
Hayley jadeó y empujó contra él.
—Jace, por favor, estoy ardiendo.
—Lo sé, dulzura, lo sé. Puedo sentir tu calor. Es como sostener fuego líqui-
do en mis manos, tan caliente, tan húmedo. Márcame, Hayley.
Jace la giró para ponerla de cara a la pared de la ducha, con las palmas con-
tra los azulejos, mientras la urgía a doblarse hacia delante. Se colocó entre sus
muslos y, doblando sus rodillas, tomó su exigente pene en la mano y lo guió a
los labios hinchados de su sexo. Tras encontrar su entrada empujó.
Hayley gimió su placer y luchó por echarse hacia atrás para presionarse
contra él. Su cuerpo y la púa gruesa de su erección la clavaron en su lugar. Jace
hizo rodar sus caderas. El movimiento removió su pene dentro de ella con in-
crementos cortos y juguetones que entraban y salían.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¡Hum, Jace! Te sientes tan bien. Tan grande, duro y caliente. Fóllame, ne-
ne. ¡Por favor!
Las palabras lascivas de Hayley lo electrificaron. Jace agarró sus caderas, y
las suyas empujaron hacia delante y hacia atrás mientras su pene golpeaba ha-
cia dentro y hacia fuera.
—¿Es esto lo que quieres, dulzura? ¿Así?
—¡Sí!
Jace descansó su barbilla en el hombro de ella con su boca contra su oído.
—Hayley, Hayley, nena. Dime cómo se siente esto. —Su mano izquierda li-
beró la cadera de ella para deslizarse entre sus muslos. Tras separar los pliegues
resbaladizos de su sexo, su dedo encontró su clítoris y manipuló con cuidado el
brote henchido.
Hayley se puso rígida y se estremeció contra él.
—Bueeeeno, tan bueno, tan bueno, tan bueno —gimió ella—. No pares. Haz
que me corra. ¡Oh, Dios, Jace, necesito correrme!
—Pronto, nena, pronto —prometió.
Mientras la sujetaba fuertemente entre su cuerpo y la pared de la ducha, Ja-
ce soltó su otra cadera. Echando la parte superior de su cuerpo hacia atrás, des-
lizó su mano entre ellos. Encontró la grieta invitadora entre sus firmes nalgas y
dejó que sus dedos se deslizaran sobre esa tentadora pista. Moviéndose hacia
abajo, tocó la base de su pene donde desaparecía dentro del cuerpo de ella. Tras
untar sus dedos en la crema nacarada de Hayley, realizó el viaje de vuelta a tra-
vés de la tentadora hendidura de sus nalgas. Su dedo encontró su tenso capullo.
Se apretó convulsivamente ante su toque y Hayley gimoteó, temblando contra
él.
—Dime cómo se siente esto —susurró Jace mientras deslizaba su dedo den-
tro del terciopelo caliente de su oscuro canal.
Hayley se convulsionó y se agitó contra él, mientras gritaba su liberación.
Atacado por tantos frentes, su cuerpo se rompió. Ni un solo nervio de su cuerpo
se libró del placer ardiente que la quemaba. Sus rodillas se doblaron. Solo la
fuerza de Jace la mantuvo sobre sus pies mientras él completaba el ritual, ha-
llando su propia liberación profundamente introducido en la exigencia apreta-
da y temblorosa de su lloroso sexo.
Respirando pesadamente, Jace la envolvió con sus brazos.
—¿Estás todavía conmigo, cariño?
Hayley asintió temblorosamente mientras su cuerpo seguía sobrellevando
los temblores finales. Unos pequeños gemidos acompañaron cada electrificante

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Kate Steele Tentar a un lobo
cima hasta que sus estremecimientos se calmaron y cesaron. Tomó aire profun-
da y temblorosamente.
—Jace —susurró.
—Aquí estoy, dulzura, aquí estoy.
Se quedaron de pie, juntos, silenciosos, mientras el agua caliente continuaba
cayendo en cascada sobre sus cuerpos. Hayley se giró en los brazos de Jace y
alzó la mirada hacia él. Sus ojos gris plateado fulguraban con calidez, estaban
líquidos por las lágrimas no derramadas. Mudamente se liberó y derramó jabón
en sus manos. Lo lavó, adorando su cuerpo con su toque.
Su mundo se redujo a un cubículo rodeado de cristal y lleno con vapor, ca-
lor húmedo y amor no expresado. Encontró su camino en miradas sinceras que
no ocultaban nada, y toques que irradiaban un sentimiento intenso y una tierna
pasión. Fue solo el enfriamiento del agua el que finalmente los hizo salir riendo,
mientras escapaban de la fría rociada.
Retozando como niños despreocupados, se secaron, se vistieron y se arre-
glaron. Juntos prepararon el almuerzo y lavaron los platos. Como no encontró
ninguna otra razón para retrasarse, especialmente ya que eran casi las dos de la
tarde, Hayley agarró su monedero y sus llaves.
—¿Sabes cómo ir a Hibberd? —bromeó Jace.
—Sí, señor espabilado. Incluso tengo un mapa. ¿Lo ves? —Lo agitó bajo su
nariz.
—Si me lo pides de una manera verdaderamente amable, te enseñaré la ruta
con el paisaje más bonito.
—De acuerdo —accedió ella. Hayley dio una vuelta en torno a él, pasando
su mano por su pecho, alrededor de sus hombros y sobre su espalda. Tras colo-
car ambas manos sobre sus hombros, se reclinó contra él frotando sus senos
contra su espalda. Sus labios jugaron sobre su nuca y luego encontraron su oí-
do.
—¿Es esto lo bastante amable? —susurró ella antes de tomar el lóbulo de su
oreja en su boca para mordisquearlo y chuparlo.
—Hum —gruñó él—. Eso es más que amable, cariño. Si no paras, tu viaje se
va a ver retrasado.
Hayley se rió entre dientes, se separó y le rodeó. Le envolvió con sus brazos
y plantó un suave beso sobre sus labios.
—Tú lo pediste, cariño —bromeó ella y luego retrocedió.
Jace tomó el mapa y lo extendió sobre la mesa.
—Aquí estoy esperando que me des todo lo que te pida —murmuró él.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Hayley sonrió y se situó a su lado. Jace le pasó un brazo por la cintura
mientras señalaba su ruta favorita a Hibberd.
—Si vas por este camino, hay colinas, bosques y un antiguo puente cubier-
to.
—¡Oh, me encantan! Son tan pintorescos.
—Te llevaré al festival del puente este otoño. Tengo la sensación de que
realmente te gustará.
—Eso suena divertido.
—De acuerdo. Este es el plan —explicó Jace y la giró para mirarla de fren-
te—. Voy a arreglar la cerradura de tu puerta y ocuparme de alguna otra cosa.
Haz lo que tengas que hacer y nos encontraremos aquí esta tarde. Hay algunas
cosas que necesito hablar contigo —le dijo con ojos solemnes y sinceros—. Es
muy importante. ¿Está bien?
Con una sonrisa caprichosa en su cara, Hayley asintió.
—Es en serio, Hayley.
—No dije que no lo fuera.
—Deja de sonreírme así.
—¿Por qué?
—Hace cosas divertidas en mi estómago.
Su sonrisa se amplió.
—Ahora sabes cómo me siento.
—¿Hago volar mariposas en tu estómago? —le preguntó con una sonrisa
complacida de chiquillo.
—Sí —admitió ella suavemente.
Jace la acercó más y la sostuvo, balanceándose hacia delante y hacia atrás.
Suspiró.
—Es bueno saberlo, cariño. Es muy bueno saberlo.
Hayley se relajó contra él. Podía oír la sonrisa en la voz de él y cerró los
ojos. Durante algunos largos y silenciosos momentos permanecieron de pie jun-
tos, dejando que la alegría los envolviese en su cálido abrazo.
Finalmente Jace la liberó. La besó. Un beso lento y apacible, lleno de pala-
bras y promesas no pronunciadas.
—Vete y ten cuidado, ¿me oyes?
—Lo tendré. Tú también —bromeó Hayley.
Al ver las chispitas es sus ojos, Jace le dirigió un gesto de burla.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—¿Eso qué quiere decir?
—Quiere decir que no te golpees ninguna parte importante de tu cuerpo
mientras estoy fuera.
—Muy divertido. Te recuerdo que el que me golpeara mi pulgar con el mar-
tillo fue todo culpa tuya.
—Lo sé —admitió ella dirigiéndole una sonrisa de contrición—. Lo siento.
—No, no lo sientes —la acusó él.
Una pequeña sonrisa curvó los labios de ella.
—Tienes razón. No lo siento. Me sentí halagada.
—Me alegra que disfrutaras de mi dolor.
—¡Ay, pobre nene! Cuando vuelva a casa te lo besaré para que se cure.
—Bueno —respondió Jace con una mirada lasciva—. Esa es una oferta
realmente buena, pero mi pulgar ya está bien. Aunque tengo algo más que
puedes besar.
Hayley sonrió y alzó una ceja burlonamente.
—Apuesto a que sí.
Ella se dirigió hacia la puerta de atrás, riéndose mientras se iba.
—¿Es eso un sí? —dijo Jace a su espalda, mientras la seguía hasta la parte
delantera.
—Hasta luego —respondió ella, entró en su coche y retrocedió por el ca-
mino de entrada. Agitó la mano y se marchó.
Jace sacudió la cabeza. Sonriendo, murmuró para sí mismo:
—Amo a esa mujer.
Se detuvo bruscamente. Por alguna razón las palabras le produjeron un
choque. Había aceptado la idea de que Hayley era su compañera, incluso le ha-
bía dicho a Logan que la amaba, pero esta era la primera vez que sentía real-
mente el poder de las palabras. Se derritieron por todo su ser y electrificaron
cada nervio, bañándole con entusiasmo. La amaba. Sintió que le faltaba el alien-
to. Se vio asaltado por una ola de maravilla e incertidumbre. Estaba bastante
seguro de que ella sentía lo mismo, pero solo cuando le dijera las palabras sería
capaz de detener las náuseas que revolvían su vientre.
Esperaba la tarde que debía llegar, con anticipación y temor. Esta noche, sin
importar las consecuencias, le diría a Hayley que era un hombre lobo. El pen-
samiento trajo un estremecimiento casi de pánico.
—¡Maldición! —refunfuñó—. Tengo que hablar con Logan.

105
Kate Steele Tentar a un lobo
*****
Hayley realizó el viaje a Hibberd sin incidentes. Jace había tenido razón. El pai-
saje a lo largo del camino era hermoso. Había bosques y prados abiertos, cam-
pos cultivados y varias granjas que obviamente pertenecían a familias Amish.
Mientras estaba en el camino habían pasado dos carros Amish, con los ocupan-
tes vestidos con sus tradicionales negro, blanco y gris.
La ciudad de Hibberd era considerablemente más grande que Whispering
Springs. Por suerte, tuvo la precaución de pedir indicaciones al bibliotecario.
Encontró la biblioteca con pocos problemas y aparcó su coche en un pequeño
solar del este, evitando la parcela grande que bordeaba la calle principal con su
flujo de tráfico más pesado.
Se guardó las llaves en el bolsillo y agarró el bolso, sin molestarse en cerrar
el coche. Mientras entraba en la biblioteca no fue consciente de la mirada hostil
que la seguía.
—¿Puedes creerte la suerte que hemos tenido? ¿Esa perra engreída, aquí en
Hibberd? Y además totalmente sola. Esta vez no se escapará.
—No sé, Jim —dijo su amigo—. Sabes lo que nos contó Harold. Nos han es-
tado buscando en Whispering Springs. Has removido un nido de avispas al me-
terte con esa tipa y su hermana en Morgan’s. Y ese novio suyo casi te atrapó la
otra mañana.
—Pete tiene razón —dijo Randal, que era el tercer hombre en Morgan’s esa
noche—. Si algo le sucede, seguro que irán tras nosotros.
Jim, su seudolíder, miró a sus colegas con disgusto.
—Cobardes. No hay forma de que sepan que tuvimos algo que ver con lo
que le ocurra a ella.
—¿Qué te hace pensar que no lo contará?
—Cuando haya terminado con ella, no le contará nada a nadie. —Jim se rió,
con un sonido que helaba los huesos y que hizo que Pete y Randal se miraran
alarmados.

*****
Mientras Hayley estaba ocupada con su investigación, Jace arregló la cerradura
de su puerta y luego llamó a Logan para pedirle una sesión de consejo cara a
cara. Logan invitó a Jace a comer. Cuando llegó, se quedó sorprendido al encon-
trarse allí también a Bryn.
Se llevó a Logan aparte cuando Bryn les precedió hacia la cocina.
—¿Crees que debería estar aquí mientras hablamos?
Logan le dirigió a su amigo una mirada tranquilizadora.

106
Kate Steele Tentar a un lobo
—Acabo de ajustar cuentas con Bryn por tener secretos conmigo. No voy a
darle la espalda y hacer lo mismo. Además, Hayley es su hermana, es más pro-
bable que Bryn sepa cómo podría reaccionar. Al haber estado en la misma si-
tuación, probablemente puede darte algunos consejos sobre cómo decírselo.
Estoy convencido de que podría ser de gran ayuda.
Jace asintió pensativamente.
—Tienes razón. En realidad —añadió con una sonrisa creciente—, no te ne-
cesito en absoluto. Piérdete, ¿vale?
—Sí, ya —gruñó Logan—. ¿Piensas que voy a dejar sola a mi esposa con un
hombre de tu reputación?
—No le dejarás a esa mujer divertirse en absoluto, ¿verdad?
Los dos entraron en la cocina, ambos sonriendo.
—Si vosotros dos habéis dejado de hacer el tonto, sentémonos en la mesa y
comamos. Estoy hambrienta —se quejó Bryn.
Con una indulgente sonrisa, Logan retiró una silla para ella.
—Siéntate aquí corazón. Será un placer para nosotros servirte.
Bryn se sentó y suspiró con placer.
—Así está mejor.
Mientras se preparó, comió la comida y se recogió todo, discutieron la si-
tuación en la que se encontraba Jace. Una vez que se le disipó la conmoción de
saber que Jace había convertido accidentalmente a Hayley, Bryn pudo darle
algunos consejos que él podría encontrar provechosos.
Al final todo se redujo a unos pocos y simples hechos.
—Jace, no importa cómo se lo digas, al final va a ser un golpe. Para voso-
tros, chicos, el nacer dentro de una manada y crecer con el conocimiento de
quién y qué sois, es solo un hecho de la vida. ¿Pero para nosotras? ¡Ay Dios! —
Bryn sacudió la cabeza ante el recuerdo—. Es como caminar hasta un lugar ex-
traño donde la realidad ha quedado suspendida. Cosas que posiblemente pen-
saste que no podían existir, de repente son demasiado reales. Hayley siempre
ha sido sensata, pero también es aventurera e imaginativa, más de lo que yo
nunca lo he sido. Creo que sobrellevará bien lo que le digas. Sinceramente, creo
que una vez que la conmoción desaparezca le va a encantar poder transformar-
se.
Jace asintió y se levantó de la silla.
—Gracias. A ambos —añadió, concediéndoles igual reconocimiento a los
dos—. Habéis sido una gran ayuda. Todavía siento como si tuviera una piedra
en la boca del estómago, pero ya no rueda tanto.

107
Kate Steele Tentar a un lobo
Bryn le dirigió una sonrisa y le dio un generoso abrazo.
—Estará bien. Simplemente sé que lo estará.
—Si yo puedo hacerlo tú puedes —estuvo de acuerdo Logan—. Creo que te
entrené lo suficientemente bien como para que puedas manejar esto.
Jace puso los ojos en blanco.
—¿Cómo aguantas a este perro arrogante?
—Tiene unas cuantas cualidades que lo redimen. Compensan sus defectos
—comentó Bryn dirigiéndole a Logan una sonrisa cariñosa que él devolvió.
—Veo que tengo que salir de aquí antes de que la cosa se ponga demasiado
sentimental —comentó Jace y se dirigió a la puerta—. Te llamaré más tarde y te
haré saber cómo fue. Es decir, si no estoy demasiado ocupado —dijo con una
sonrisa y meneando las cejas.
—Mira quién llama a quién perro —se quejó Logan.
Jace se rió y se marchó con un estado de ánimo mucho mejor que cuando
había llegado.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Nueve

Con un suspiro de extrema satisfacción Hayley cerró el cuaderno. Había
profundizado bastante en su investigación y estaba sumamente contenta con los
resultados. Recogió sus cosas y el libro que había venido a pedir al principio y
se dirigió hacia la puerta. Notó con cierta sorpresa que al sol le faltaba poco pa-
ra desaparecer por el horizonte.
Las tres horas previas habían pasado con una velocidad que encontró
asombrosa.
—Es una pena que el tiempo no pase así de rápido cuando estás haciendo
algo que no disfrutas —musitó mientras caminaba hacia el coche.
Tras sentarse detrás del volante arrancó el coche y miró al reloj del salpica-
dero. Con una hora de camino por delante, serían casi las siete antes de que lle-
gara a casa. En ese momento sonó su teléfono móvil.
—¿Diga?
—Hola preciosa. ¿Dónde estás?
Hayley sonrió.
—Todavía estoy en Hibberd. Lo siento. Encontré algunos libros geniales y
perdí la noción del tiempo. Sé que dije que nos veríamos esta noche. Me daré
prisa.
—No, no lo harás. Te tomarás tu tiempo y conducirás con cuidado. ¿Qué te
parece si pedimos una pizza de Antonias’s y nos la comemos en casa cuando
llegues?
—Hum, suena maravilloso. Gracias. Eres un amor.
—Nuestro objetivo es complacerte, querida. Te veo en una hora.
—De acuerdo. Adiós.
Hayley colgó con un cálido sentimiento en su corazón y una sonrisa en su
rostro. Jace era un hombre realmente dulce y considerado. Había mucho más en
él de lo que sabía mucha gente. Estaba muy contenta de estar entre los pocos a
los que se les daba la oportunidad de conocer al hombre que estaba oculto en su
interior, el hombre que había llegado a amar.
Arrancó el coche y se dirigió a casa. Conduciendo dentro del límite de velo-
cidad, había recorrido más o menos tres cuartas partes del viaje sin incidentes
cuando el coche comenzó a pegar tirones.
—¡Oh no! ¿Qué estás haciendo, nene? —Se echó a un lado de la carretera
mientras perdía velocidad.

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Kate Steele Tentar a un lobo
El coche se frenó hasta pararse del todo. Hayley trató de arrancarlo de nue-
vo pero no había nada más que un extraño sonido de carraspeo.
—¡Maldición! —maldijo con sentimiento.
Alcanzó su teléfono móvil y llamó a Jace.
—Hola —dijo cuando respondió él—. Mi coche se ha parado. No tengo ni
idea de lo que le pasa. No arranca.
—¿Dónde estás?
—Acabo de pasar la granja grande que tiene la veleta del caballo sobre el
granero.
—La casa de Dixon. Sé dónde estás. Estoy a unos quince minutos. Acabo de
llegar de darle a los Buell una estimación de una ampliación en su casa. Aguan-
ta nena, el rescate está en camino.
—Gracias a Dios —suspiró, y luego se volvió ante el sonido de un coche
que se aproximaba—. Viene un coche. Se están parando. —Hubo un silencio
momentáneo—. ¡Oh no, Jace, es ese hombre! El que irrumpió en mi casa.
—¡Hijo de perra! —resopló él—. Hayley, hay una gran zona de bosque a la
derecha. Corre, nena. Ocúltate en el bosque. Ya voy. ¿Me oyes, Hayley? ¡Corre!
Hayley se quedó congelada por un momento, con la mirada clavada en el
hombre que había prometido hacerla pagar por humillarle. Consideró la posibi-
lidad de enfrentarse a él hasta que sus dos amigos salieron del coche. Un ca-
lambre de puro terror atenazó su estómago. Un rápido examen de las probabi-
lidades fue todo lo que necesitó. Corrió.
Detrás de ella escuchó el sonido de los gritos. Las maldiciones que le orde-
naban que se parase no hicieron nada salvo animarla a correr más rápido. Llegó
al bosque y comenzó a escabullirse entre los árboles. Como había logrado lle-
varse su teléfono móvil, Hayley luchó por marcar el 911. Un único pensamiento
se repetía continuamente en su mente. No había forma de que permitiera que
Jace se enfrentara solo a estos tres hombres. Temerosa de parar, temerosa inclu-
so de reducir la velocidad, su atención dividida le costó caro. Se tropezó con la
rama baja de un árbol.
Hayley se tambaleó y apenas logró mantenerse en pie. Cuando las manos se
tendieron para agarrarse a una rama de árbol cercana, el teléfono se fue volando
entre la espesa maleza. Temblorosa, asustada y enfadada, siguió asida a la rama
hasta que sus rodillas recobraron las fuerzas. Estaba tratando de decidir si bus-
car el teléfono cuando un sonido cercano captó su atención. Con un gruñido
lloriqueante de frustración corrió. Su vuelo, alentado por el pánico, la llevó más
y más dentro del bosque. Corrió hasta que una punzada en el costado hizo que
bajara la velocidad y se parara. Se agachó y trató de contener la respiración, tan
silenciosa como le era posible.

110
Kate Steele Tentar a un lobo
En la distancia oyó el sonido de voces elevadas. Casi parecía como si los
hombres estuvieran discutiendo entre ellos. No sabía por qué y no le importaba.
Le daba más tiempo. Tiempo para descansar, tiempo para que Jace llegara allí.
Las voces se hicieron más débiles hasta que se acallaron. Un silencio ominoso.
Hayley tembló, aplastando la repentina necesidad de correr, de irse tan rápido
y tan lejos como pudiera.
Su cuerpo comenzó a estremecerse. Al principio pudo convencerse de que
era la conmoción, hasta que los músculos y los huesos comenzaron a estirarse
de una forma que era extraña y atemorizante. Tapándose la boca con una mano,
se arrojó completamente sobre la tierra y yació de costado, sobrellevando el do-
lor, meciéndose hacia delante y hacia atrás, su mente un laberinto de miedo y
confusión.
Algo se movía dentro de ella, algo estaba surgiendo a la vida, luchando por
liberarse. En su cabeza se estaban formando pensamientos e imágenes descono-
cidos. Sus sentidos estaban repentinamente abiertos, como si se hubieran libe-
rado de una capa amortiguadora. El olor de la tierra, la hierba y las hojas llega-
ba a sus fosas nasales. Una ardilla había pasado recientemente sobre esta tierra
y el pensamiento le produjo añoranza. Añoranza de perseguir, de jugar, de ca-
zar.
Un resplandor nuevo de dolor ardió en toda ella y gimió, incapaz de impe-
dir que el sonido abandonara su garganta tensa. Con el dolor llegó una deter-
minación obstinada. No sería conquistada. Era salvaje y libre. Este era su lugar,
su territorio, y nadie la humillaría. Lentamente el dolor comenzó a cesar.
Mientras sus oídos se esforzaban por captar cualquier sonido, se dio cuenta
de lo que era ser la presa, y su psique se rebeló ante ese pensamiento. Sin saber-
lo ella, sus ojos comenzaron a brillar. ¡Esto estaba mal! ¡Esto estaba todo mal!
Ella era la cazadora, la depredadora. ¿Por qué estaba corriendo? Respiró pro-
fundamente, haciendo a un lado el dolor, y rodó sobre sus manos y rodillas.
Entonces se quedó helada.
—¿Pensaste que podías esconderte de mí, verdad?
Su enemigo salió de detrás del tronco de un viejo roble. Hayley se tensó.
—Te dije que iba a hacerte pagar, perra. Quédate a cuatro patas. Vas a dar-
me lo que me debes.
Con cautela observó como se aproximaba, con sus manos trabajando para
abrir la hebilla del cinturón. Hayley sintió que en su pecho se formaba un gru-
ñido. Suavemente dio alas al sonido, y sus labios se retrajeron para mostrar un
atisbo de dientes blancos. Cuando él abrió el botón superior de sus mugrientos
vaqueros, ella saltó. Tomado por sorpresa, cayó bajo su ataque. Mordiendo,
arañando y pateando, Hayley infligió instintivamente tanto daño como pudo.

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Kate Steele Tentar a un lobo
El hombre estaba gritando, rodando sobre el suelo, luchando por agarrar
alguna parte del torbellino de furia que lo estaba desgarrando literalmente. Lo-
gró doblar su pierna y patear, pillando a Hayley en el estómago. Con un siseo
generado por el aliento que se le escapaba, la envió volando y aterrizó con un
golpe sólido contra un tronco de árbol cercano. Atontada, yació allí, jadeando
en busca de aliento.
Recuperando primero el aliento, el hombre luchó por ponerse en pie. Metió
la mano en la parte de atrás de la cinturilla de sus vaqueros y sacó una pistola.
Lleno de rasguños y sangrando, apuntó el arma hacia ella.
—Eres una perra loca. Yo voy a salir de aquí como sea. Pero tú no.
Justo cuando apretaba el gatillo, una sombra enorme saltó entre ellos. El lo-
bo negro clavó sus dientes en el brazo del hombre, haciendo crujir los huesos en
sus poderosas mandíbulas. El hombre aulló y de nuevo fue lanzado al suelo. El
arma cayó de sus dedos sin nervios mientras golpeaba con una fuerza que lo
hizo sonar contra un tronco caído. Su cabeza se volcó hacia atrás, impactando
con el bulto sólido del tronco del árbol. Bruscamente, sus gritos cesaron cuando
se golpeó y quedó inconsciente.
Toda una vida pasó en meros segundos mientras Hayley miraba fijamente
llena de conmoción y sorpresa. El lobo negro volvió su mirada hacia ella y ella
jadeó. El azul verdoso de sus ojos llameó. Hayley reconoció al hombre del inte-
rior.
—Jace —susurró ella.
El aire se hizo borroso alrededor de él. Hayley fue asaltada por un golpe de
vértigo mientras se llevaba a cabo una transformación que era incomprensible
para el ojo humano. Donde había estado el lobo estaba agachado Jace. Su mag-
nífico cuerpo estaba desnudo. Se puso en pie totalmente inconsciente de sí
mismo. Se aseguró que la pistola estuviera fuera del alcance de su atacante, por
si recobraba la conciencia y se movió rápidamente a su lado.
—Hayley —dijo él con la voz ronca de emoción—. ¿Estás bien? —Él tendió
la mano y le tocó la cara con cuidado.
—Eres un lobo —respondió ella. Todavía aturdida, las palabras salieron ja-
deantes.
Jace le dirigió una sonrisa vacilante.
—El término apropiado es hombre lobo, pero sí, puedo convertirme en lo-
bo. Él vive en mí.
Antes de que pudiera replicar la recorrió un rápido latigazo de dolor. Hay-
ley se dobló cuando el cambio insistente de músculos y huesos la sacudió de
nuevo. Jace le deslizó un brazo por los hombros. Hablaba suavemente. Ella se
esforzó por oírle, por entenderle, pero las palabras le parecían casi ajenas.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Cuando por fin el dolor retrocedió lo suficiente como para permitirle pen-
sar, le miró con la sospecha y la acusación claramente escritas en su mirada.
—¿Qué me está pasando?
Apagado, Jace la miró a los ojos.
—Es el cambio, Hayley.
—¿Qué cambio? —Su voz se alzó por el pánico.
—Tienes que calmarte, dulzura. Por eso duele. Necesitas relajarte. No lu-
ches.
Jadeando, Hayley le gruñó.
—No estás respondiendo a mi pregunta. ¿Qué cambio?
—Te estás convirtiendo en una mujer loba. Como yo —admitió él.
Hayley estaba sacudiendo la cabeza para negarlo.
—Lo siento, nena. Lo siento tanto. Fue un accidente. Nunca te habría hecho
esto sin tu permiso. Esto es parte de lo que he estado queriendo decirte. Sobre
mí, sobre este otro lado de mí.
La incredulidad, la conmoción, el miedo y la rabia repentina, la recorrieron
salvajemente. Su mente pareció fragmentarse, sus pensamientos mezclarse. Al-
gunos eran claros, otros desconocidos, primitivos e incomprensibles. Antes de
que pudiera encontrar sentido a todo ello y hablar, llegó Bryn con un lobo a su
lado.
Bryn se arrodilló al lado de Hayley.
—¿Estás bien? Hayley, mírame —ordenó ella.
Hayley alzó la vista ante la orden en la voz de Bryn.
—Todo está bien, hermanita. Todo va a estar bien.
—¿Sabes de esto? —susurró Hayley.
Bryn asintió. Ella atrajo la mirada de Hayley al lobo.
—Ese es Logan.
—¡Oh, Bryn! —se estremeció Hayley—. No puedo creer esto. No sé qué de-
cir, qué sentir, qué hacer. Duele, duele tanto.
—Tienes que dejar que Jace te ayude —le dijo Bryn firmemente.
—¡No! No le quiero. Él me hizo esto. ¡Haz que se vaya!
Un silencio atónito llenó el pequeño claro.
Tranquilamente, Bryn rompió el silencio.
—Jace, Logan. ¿Nos daríais algo de intimidad? Y llevaos eso con vosotros,

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Kate Steele Tentar a un lobo
por favor —añadió señalando al hombre que permanecía inmóvil y silencioso
en el suelo.
Logan se transformó. Él y Jace pusieron en pie al hombre y lo apartaron
arrastrándole.
Bryn se volvió de nuevo a Hayley.
—¿Te he mentido alguna vez?
—No —admitió Hayley con una voz temblorosa.
—Entonces escúchame. Quiero que te sientes y te relajes. Respira lenta y
profundamente. —Cuando Hayley hizo lo que le había pedido, Bryn conti-
núo—. Te ha sido dado un don, Hayley. —Ante la mirada de incredulidad de
Hayley, Bryn sonrió—. ¡Oh, lo sé! Ahora no piensas eso. Pero con el tiempo lo
harás, créeme. No es como en las películas. No te conviertes en una criatura
irracional y asesina con la salida de la luna. Controlas el cambio. —Bryn utilizó
su voz para aplacar y calmar—. En cualquier momento que quieras puedes
convertirte en lobo. No se parece a nada que puedas experimentar nunca. Co-
rrer tan rápidamente que sientes como si pudieras volar. Tus sentidos están vi-
vos. El mismo aire guarda secretos, pero todos serán tuyos solo con inspirar
profundamente.
—¿Cómo? —susurró Hayley, estremeciéndose, cuando de nuevo su cuerpo
procuraba convertirse en aquello para lo que no había nacido.
—Lo primero de todo —sonrió Bryn—. Tienes que quitarte la ropa.
—Genial —respondió Hayley y la sonrisa de Bryn se amplió.
Ayudó a Hayley a ponerse en pie y a quitarse la ropa.
—Ahora mírame a los ojos.
—Suenas como un vampiro. ¿No vas a morderme, verdad?
—¡Anda, eso es justo lo que le dije a Logan! Y no, no voy a morderte. Ahora
hazlo.
Esforzándose en dejar de lado su miedo, Hayley respiró profundamente.
Dos pares de ojos grises plateados se encontraron. Casi inmediatamente, Hay-
ley sintió que su pánico retrocedía. Su cuerpo abandonó los remanentes del do-
lor, inundándola con un sentimiento de paz y bienestar. Muy profundamente,
vio al lobo en los ojos de su hermana. Le devolvió la mirada, reclamándola,
dándole la bienvenida, invitándola a unirse en la gracia y el misterio de su ser.
La calidez la envolvió. El calor rieló sobre su cuerpo y Hayley se estremeció
de placer ante las sensaciones fundidas que fluían sobre ella. Se sacudió y luego
se congeló por la conmoción. En lugar de estar cara a cara con Bryn, ahora tenía
los ojos al nivel de los muslos de Bryn. Se asustó, retrocedió mientras alzaba la

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Kate Steele Tentar a un lobo
mirada y luego se sentó bruscamente.
Bryn bajó la mirada hacia ella con una sonrisa.
—Eres una hermosa loba, hermana mía. Vamos a divertirnos mucho co-
rriendo juntas. Creo que es hora de que les mostremos a Jace y Logan tu nuevo
yo.
Ante la mención del nombre de Jace, un laberinto de emociones la asalta-
ron. Añoranza, confusión, necesidad, cólera —se mezclaron y confundieron en
un revoltijo incomprensible. Oyó que Bryn los llamaba y vio aparecer a los dos
hombres. Su mirada se clavó directamente en Jace y atacó.
Aquí estaba el autor de su dolor, habló el lobo, pero su humanidad le re-
cordó el amor que sentía. Su pata delantera conectó con el pecho de Jace, tirán-
dole al suelo. Aterrizó con un ruido sordo sobre su espalda y ella se elevó sobre
él, con las mandíbulas a unos centímetros de su garganta.
Tanto Bryn como Logan gritaron:
—¡No!
Avanzando y retrocediendo, las mitades humana y lobuna de Hayley dis-
cutieron en su interior. Pensamientos de amor, traición, gratitud, dolor, añoran-
za de su toque y necesidad de devolver dolor por dolor recorrieron su mente
mientras miraba hacia abajo, al hombre a su merced. Con los dientes descubier-
tos le gruñó como advertencia, retándole a moverse.
—Hayley, nena, lo siento tanto. Nunca quise hacerte daño. Yo... —Jace tra-
gó saliva fuertemente—. Sé que no tengo ningún derecho a decirte esto ahora
pero... te amo.
La loba se congeló. Lentamente se relajó, permitiendo que disminuyeran los
gruñidos. Retrocedió un paso, luego otro, mientras miraba cómo una lágrima
cristalina se deslizaba desde el rabillo del ojo de Jace. El horror por sus propias
acciones la arrolló como una ola. Elevó su hocico al cielo y aulló su pena y ver-
güenza. Tras echar una mirada en su dirección, se giró y corrió.
—¡Hayley! —gritó Bryn.
—Ve tras ella, Bryn —ordenó Logan suavemente—. Llévala a casa. Jace y yo
arreglaremos todo este lío.
Bryn lanzó una mirada preocupada en dirección a Jace. Se había sentado
pero permanecía en el suelo, con su mirada enfocada en el punto donde Hayley
había desaparecido. Tenía la expresión en blanco, sus ojos mostraban una resig-
nación triste y cansada.
—Habla con él, Logan. Esto no puede terminar así. Tenemos que arreglarlo
—insistió Bryn, con una voz en la que había algo semejante al pánico.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Logan la envolvió en sus brazos.
—Lo sé, corazón, lo sé. Lo primero es lo primero. Ve tras Hayley. Cuida de
ella. Yo me ocuparé de Jace. Todo estará bien.
—Espero que tengas razón —replicó Bryn fervientemente. Rápidamente se
deshizo de sus ropas y se las tendió a Logan—. Te veré en casa.
—Ten cuidado —insistió Logan dándole un beso ardiente—. Te amo.
—Yo también te amo —respondió Bryn con una sonrisa y unos ojos nubla-
dos. Se transformó y siguió el olor de Hayley en el bosque.
Logan se movió para ponerse cerca de Jace. Sin alzar la mirada Jace mur-
muró:
—Ha terminado.
—No habrá terminado hasta que estés muerto —replicó Logan sin rodeos,
atrayendo la mirada de Jace hacia él—. A mí me parece que estás muy vivo.
Vamos, hermano lobo —extendió la mano hacia Jace. Jace asió su mano y per-
mitió que Logan le ayudara a ponerse en pie—. Aquí han pasado muchas cosas
en un período muy breve de tiempo —le dijo Logan—. Hayley fue asaltada y
enfrentada a una información que era más que suavemente sobrecogedora. Va a
necesitar algo de tiempo. Dale ese tiempo, Jace.
Jace asintió, sin decir nada, pero muy en su interior se sentía perdido. El
primer acto de Hayley como una loba fue atacarle. ¿Podría haber expresado
más claramente sus sentimientos? Cerró los ojos y alzó una mano a su frente
como si tratara de borrar físicamente el recuerdo. Y esa mirada en sus ojos antes
de escapar. El dolor que la había causado. ¿Cómo podría llegar a perdonarle?
—Logan, ¿cómo he podido joderlo de tan mala manera? Debería habérselo
dicho esa primera noche en la que me percaté de su cambio. Si no hubiera sido
tan cobarde...
—Bueno, puedes dejar esa mierda ya mismo. No eres un cobarde, Jace
McKenna. ¿Solo porque querías estar seguro de los sentimientos de Hayley?
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Unos pocos días? Vamos, seamos realistas. Si es en
esto en lo que estás basando tu idea de cobardía, no tienes dónde agarrarte.
Ahora deja de sentir pena por ti mismo y ayúdame con este bastardo.
Los ojos de Jace tomaron un brillo feroz cuando su atención recayó en el
atacante de Hayley. El hombre inconsciente gruñó y comenzó a moverse.
—¿Por qué no vas a por nuestras ropas y yo llevo a este tipo a mi camione-
ta?
Logan echó una mirada al rostro de Jace.
—Creo que no. Tú vas a por las ropas. Yo le llevo. Y él se va conmigo a la

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Kate Steele Tentar a un lobo
oficina del sheriff.
—Parece como si no confiaras en mí.
—Digámoslo de esta forma. Si este tipo hubiera atacado a Bryn, yo no con-
fiaría en mí mismo. Si ese hubiese sido el caso, ¿tú confiarías en mí para estar a
solas con él?
Jace miró a Logan por un momento.
—Iré a por nuestras ropas.
—Chico listo.
Jace permaneció en forma humana hasta que estuvo fuera de la vista, y lue-
go se transformó. Logan arrastró al sinvergüenza hasta ponerlo en pie.
—No tienes ni idea de lo afortunado que eres en este momento —gruñó—.
Vamos. Tienes una cita con el sheriff.
Logan llevó al hombre desaliñado y sometido hacia el camino.
*****
Hayley permanecía con la mirada fija en el estanque koi, observando a los peces
realizar sus vueltas perezosas pero llenas de gracia. Sus pensamientos se mo-
vían en círculos lentos que emulaban sus movimientos. Mientras ellos parecían
contentos con los giros, Hayley estaba perdida. Había transcurrido una semana
desde que la atacaron. Bryn y Logan habían insistido en que permaneciera con
ellos durante un tiempo. Su testimonio, junto con el de los dos amigos de él,
tenía a su asaltante enfriándose en la cárcel. Estaba esperando el juicio por los
cargos de asalto y homicidio en grado de tentativa.
Los pensamientos sobre su atacante, y la participación que había tenido en
el incidente ocurrido en el bosque, eran mínimos. Lo que más capturaba su
atención era Jace. Dónde estaba, cómo estaba, lo mucho que quería verle. Pero
no se atrevía. No después de lo que le había hecho, lo que había sentido. Hayley
sentía miedo. Vergüenza por la forma en que casi le había herido. No había na-
da más que pudiera hacer, salvo permanecer alejada.
De vez en cuando sus pensamientos se transformaban en un barullo confu-
so. Se despertaba gritando, incapaz de hallar sentido en el laberinto de turbias
emociones. Cualquier paz que lograba era duramente ganada, pero aun así
inadecuada. La felicidad parecía una cosa del pasado, una emoción que nunca
volvería. Lanzó un suspiro y giró la cabeza para ver a Bryn y Logan, que se
aproximaban por el césped. Se movió para hacerles sitio en el banco de piedra.
—Por el aspecto de vuestros rostros, veo que pensáis que ha llegado la hora
de la charla. Para lo que va a servir, podéis ahorraros el aliento —les dijo sin
alzar la vista.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—No seas tan sabelotodo —replicó Bryn con algo de aspereza. Se arrodilló
sobre la hierba a los pies de Hayley.
Logan se sentó en el banco a su lado.
—¿No le has dado vueltas ya demasiado tiempo?
—Creo que no —replicó Hayley con un deje de disgusto en su voz.
—Una pena —respondió Bryn—. Es hora de hablar.
—Bryn —comenzó Hayley.
—No, no quiero oír ninguna excusa. Quiero saber cómo te sientes. ¿Qué es-
tá pasando por tu cabeza? ¿Has decidido que no amas a Jace?
—Sí. ¡No! ¡Oh, no lo sé! —respondió Hayley violentamente—. Viste lo que
hice. Le ataqué. ¿Qué significa eso? Si verdaderamente le amara, ¿cómo podría
haber hecho eso?
—Espera un minuto. ¿Es eso lo que te tiene disgustada? —preguntó Logan.
—¡Bueno, por supuesto que sí!
Bryn y Logan se miraron el uno al otro.
—Pensábamos que era todo eso de «ser un lobo».
Hayley frunció el ceño.
—Aunque admito que me está costando un poco acostumbrarme, no lo veo
como un verdadero problema. Si Bryn puede manejarlo yo también.
—Bueno, gracias —replicó Bryn sarcásticamente.
Hayley sonrió por primera vez en días.
—¿Entonces no estás enfadada con Jace?
—No.
Logan se frotó la frente.
—De acuerdo, pongamos aquí un poco de lógica. Hayley, ¿qué sentías
cuando atacaste a Jace?
—Dolor, cólera, gratitud, amor. No lo sé. ¡Estaba todo mezclado! —lloró.
—Cálmate —la instó Logan, y le pasó un brazo por los hombros. Bryn ex-
tendió las manos y cubrió las de Hayley con las suyas.
»De la forma en que yo lo veo, había dos hombres en ese claro. ¿Podría ser
que algunas de las emociones estuvieran dirigidas a uno y otras al otro? Aun-
que mantenemos la posesión de nuestras facultades cuando nos transformamos,
el lobo tiene cierta influencia —explicó Logan—. Habías sido herida. Temías
que ese Jim te atacara. La gratitud que sentías podía haber estado dirigida a Jace
por el rescate. Y, con un poco de suerte, el amor.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Hayley le miró con la esperanza alboreando en sus ojos.
»Los lobos son criaturas inteligentes pero es posible que, con tantas cosas
sucediendo tan rápido, todo se volviera confuso. Un animal confundido a me-
nudo se comporta con agresividad. Y Hayley, no hiciste un verdadero daño a
Jace. Le diste una patada en el trasero, cierto. Pero vamos, quién dice que no se
mereciera que le dieran un poco. Después de todo, te cambió sin tu permiso.
—¡Logan! —Tanto Hayley como Bryn protestaron por su última frase.
—Eso fue un accidente —defendió Hayley.
Logan se rió en silencio.
—¿No crees que deberías decirle todo esto? Ve y saca al hombre de su mise-
ria. Y hablo en serio de miseria. A Cade y a mí se nos está acabando la cuerda.
Jace está hablando de dejar la ciudad. De hecho, mencionó algo sobre marchar-
se esta tarde.
—¡Qué! —gritó Hayley—. Ese idiota —susurró mientras las lágrimas llena-
ban sus ojos—. No le odio, le quiero.
Bryn apretó sus manos.
—Ve. Ahora. Díselo.
Hayley abrazó primero a Bryn y luego a Logan.
—Lo haré. Gracias, a los dos.
Hayley se fue corriendo. Bryn miró a Logan con un ceño de sospecha.
—¿Realmente dijo que se iba de la ciudad?
Logan la miró con los ojos muy abiertos y asintió.
—Lo mencionó. Por supuesto solo era por un trabajo. Va a volver en un par
de días.
La boca de Bryn se abrió por la conmoción y luego una sonrisa cubrió su ca-
ra.
—Eres diabólico.
—No soy Enlace de la Manada por casualidad. Lleva aparejado cierta canti-
dad de manipulación —confesó Logan con una sonrisa.
—Hum, me consideraré advertida.
—¿Usaría yo la manipulación contigo? —preguntó Logan inocentemente—.
Y por cierto, ¿te dije lo bonita que estás hoy? —Sus ojos adquirieron un suave
brillo dorado.
—Logan. Te dije que quiero ir a Hibberd. Allí hay una tienda que vende
muebles para bebé. —Bryn se levantó y comenzó a andar hacia la casa.

119
Kate Steele Tentar a un lobo
—Lo sé, corazón. Estoy perfectamente dispuesto a ir. Solo pensaba que po-
díamos retrasar el viaje una hora o algo así. —Logan siguió sus pasos delibera-
damente.
Bryn aumentó su velocidad hacia la casa.
—No sé. Tu hora tiene tendencia a convertirse en horas, plural.
—Pero nena, sabes que no puedo evitarlo. Una vez que te tengo en mis bra-
zos, tú eres todo en lo que puedo pensar. —Logan alargó su zancada.
—Chorradas —le acusó Bryn y salió corriendo.
Logan la atrapó fácilmente y la alzó en brazos.
—No son chorradas, amor mío. Es toda la verdad y nada más que la ver-
dad. —El beso que la dio fue largo, profundo y lleno de pasión.
Bryn se separó jadeando en busca de aire, sus ojos eran dos estanques de
plata fundida.
—Supongo que podemos ir a Hibberd mañana —concedió ella con gracia.
—Puedes apostar a que sí —estuvo de acuerdo Logan y la llevó dentro de la
casa.
—Pero mañana vamos.
—Desde luego.
—Logan, lo digo en serio.
—Lo sé.
—Maldito seas.
—Vamos, Bryn…

120
Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Diez

—¿Entonces qué vas a hacer? —Cade hizo la pregunta mientras daban un
paseo por los terrenos que rodeaban la casa de Jace en los bosques.
Jace sacudió la cabeza con agitación.
—Logan me dijo que le diera tiempo. Pero ya hace una semana y está ma-
tándome. Tengo que ocuparme del trabajo de Williams; iba a pasártelo a ti pero
necesito la distracción. Cuando vuelva voy a tratar de verla. No puedo soportar
más esta situación.
—Puedo entender cómo te sientes —se compadeció Cade.
—¿La puta de hierro?
—Sí.
Terminaron su paseo delante de la casa de Jace y ambos se sentaron en el
borde del porche.
—Nunca me dijiste qué pasó. ¿Asumo que esta mujer era importante para
ti?
—Supongo que podrías decir eso.
—Bueno, dijiste que la amabas.
—La amé una vez. Hace mucho tiempo —replicó Cade—. Algunas veces las
cosas no funcionan de la forma en que esperamos que lo hagan. No tengo nin-
guna esperanza de que cambie esta situación.
Jace suspiró.
—¡Maldición! ¿Qué ocurre con las mujeres? Seguro que pueden volver a un
hombre del revés.
Cade dio un resoplido y se rió suavemente.
—No es más que la verdad.
En ese momento hizo su aparición un coche, siguiendo lentamente el largo
y retorcido camino. Contemplaron silenciosos como se detenía un BMW depor-
tivo negro. La puerta se abrió y salió una mujer. Jace oyó como Cade inspiraba
profundamente y sintió como la tensión llenaba a su beta.
La mujer era de altura media, con un cabello oscuro largo y ondulado, que
flotaba libremente sobre sus hombros y caía por su espalda. Incluso desde esa
distancia Jace podía ver el brillo zafiro en sus ojos. Vestía un conservador traje
negro de chaqueta y falda a juego, que acentuaba sus generosas curvas. Caminó
hacia ellos sobre unos zapatos negros de tacón.
—¿La conoces? —preguntó Jace mientras ella se aproximaba.

121
Kate Steele Tentar a un lobo
—Sí —respondió Cade con su voz cuidadosa y controlada—. Esa es la puta
de hierro.
—¡Guau! —comentó Jace—, a mí me parece bastante suave.
Cade le dirigió una mirada represora y se alzó para saludarla.
—Delilah Christensen en carne y hueso —dijo arrastrando las palabras—.
¿Qué estás haciendo tú en el quinto pinto, querida?
—Sabes por qué estoy aquí, Cade —replicó ella con una voz suave y culti-
vada—. Eres mi compañero.
—Vete a casa, Del. No ha cambiado nada. No voy a dejar que tu padre me
aplaste bajo su dedo. Rechacé esa... hum... oportunidad hace cuatro años —
respondió Cade. Su voz estaba llena de sarcasmo—. No voy a sucumbir ahora.
—Sé que no lo vas a hacer. Pero estás equivocado en que nada ha cambiado.
Quiero estar contigo.
Hubo un momento de silencio.
—Demasiado tarde cariño, pero gracias por el ofrecimiento. Por cierto, este
es mi alfa, Jace McKenna. Jace, Delilah Christensen —dijo él para presentarles—
. Jace, las cosas se van a resolver entre Hayley y tú. Algunos están destinados a
estar juntos. —Se volvió hacia Del—. Mientras otros no. Hasta luego, Jace.
Sin una mirada hacia atrás, Cade entró en su Corvette y se alejó.
Jace y Delilah le vieron irse. Ella empezó a dar golpecitos con el pie y luego
musitó:
—Si piensa que se va a escapar tan fácilmente, ya puede ir cambiando de
idea. —Se volvió hacia Jace—. Encantada de conocerle, Sr. McKenna. Estoy se-
gura de que nos vamos a ver a menudo. He comprado una casa en Whispering
Springs. No importa lo que diga Cade, me voy a quedar.
Jace sonrió.
—Bueno, supongo que eso son buenas noticias. Pero parece como si tuviera
por delante un gran reto.
Del le devolvió la sonrisa.
—No es que no lo supiera. ¿Qué se dice? ¿Que hay que esforzarse por cual-
quier cosa que merezca la pena? —Ella suspiró—. Estoy preparada para un tra-
bajo duro. Bueno, que pase un buen día, Sr. McKenna —dijo y se dirigió hacia
su coche.
—Llámame Jace —le dijo él.
Ella se sentó detrás del volante y bajó la ventanilla.

122
Kate Steele Tentar a un lobo
—Gracias, Jace. Soy Del. —Agitó la mano como despedida y se marchó, si-
guiendo la retirada de Cade.
—Bueno, ¿no es estupendo? —murmuró y se volvió para entrar en la casa.
Pocos minutos más tarde, un coche entró a toda velocidad por el camino. Se
detuvo con un chirrido delante de la casa en medio de una nube de polvo.
—¿Qué demonios? —murmuró Jace y fue hacia la puerta principal.
Justo cuando la abría apareció Hayley y, sin esperar a ser invitada, cruzó a
su lado con paso airado y entró en la casa. Se quedó mirando fijamente la male-
ta que esperaba al final de la escalera.
—Es cierto. Te vas. ¿Cómo eres capaz? —le acusó con sus ojos plateados
llameando por la ira.
—Hayley, yo...
Ella alzó la mano.
—No quiero oírlo, Jace McKenna. No puedo creer que te escapes sin más.
Pensé que lucharías por mí. Dijiste que me amabas. ¿Lo decías en serio o era
una mentira? —Hayley le miró mientras el fuego y la cólera llenaban sus tor-
mentosos ojos.
—Nunca te he mentido. Admito que debería haberte contado antes todo so-
bre mí, pero no te mentí en nada. ¡Te amo, maldita sea!
Hayley le dirigió una mirada arrogante y entró en el cuarto de estar. Delan-
te de la chimenea comenzó a desabrocharse la camisa.
—Pruébalo —le desafió.
Jace la siguió y le dijo con una voz áspera y ronca:
—Cariño, ¿recuerdas lo que dije sobre tentar a un lobo?
Ella se quitó la camisa con un encogimiento de hombros y la dejó caer al
suelo.
—Lo recuerdo. Dijiste que era un juego peligroso. No estoy jugando.
Ella se desabrochó los vaqueros y se bajó la cremallera. Con un meneo sen-
sual los hizo pasar las caderas y deslizarse por las piernas. Sin molestarse con
los botones, Jace se abrió de un tirón la camisa. Los ojos de Hayley adquirieron
un brillo plateado y salvaje y le dirigió una sonrisa cargada de invitación carnal
mientras salía de los vaqueros.
Jace la emuló y se libró no solo de los vaqueros sino también de los calzon-
cillos. Su pene estaba completamente erguido, ardiente, hinchado y listo. Hay-
ley dejó vagar la mirada por su cuerpo musculoso y bruñido. Echándose las
manos a la espalda, se desabrochó el sujetador y le hizo deslizarse por los bra-

123
Kate Steele Tentar a un lobo
zos. Dio unos pocos pasos hacia él con un contoneo sensual. Tras arrastrar los
dedos por el cuerpo de él, lo rodeó.
—Mi compañero —murmuró ella con una voz sensual y gutural.
Alejándose de él, se colocó sensualmente sobre sus manos y sus rodillas so-
bre la alfombra delante de la chimenea. Volviendo la vista hacia él le invitó:
—Móntame.
Jace echo la cabeza hacia atrás y aulló. El sonido era profundo, ronco, crudo
y lleno de hambre. Hayley tuvo una duda momentánea, hasta que la recorrie-
ron unos deseos y necesidades primitivos y antiguos. Impulsos viejos como el
tiempo tomaron el control antes de poder moverse, dándole la oportunidad a
Jace de situarse sobre ella, con el cuerpo cubriendo el suyo. Sin el más mínimo
esfuerzo le desgarró las bragas.
—Abajo —ordenó.
Ella obedeció con un gruñido ronco y femenino, cruzando los antebrazos
mientras se apoyaba sobre los codos. Se presentó con impaciencia ante él, abier-
ta y esperando ser follada. En vez del pene, recibió una lengua impaciente. Hay-
ley gritó y se estremeció bajo el ataque de su degustación. Todo lo que recibió
fueron unos pocos golpes de su lengua antes de que Jace se retirara.
Gimió de frustración pero obedeció cuando la impulsó a separar aún más
sus muslos. Al notar los movimientos de él esperó sentir su pene, pero quedó
de nuevo sorprendida cuando le envolvió los muslos con sus brazos. Hayley se
alzó sobre los codos y miró hacia abajo, para encontrarse a Jace sobre su espalda
y bajo ella. Se había colocado con su cara en la unión de sus muslos.
—¿Jace? —preguntó ella.
—Miel dulce y cálida. Aliméntame —gruñó.
—¡Oh, Dios! —gimió Hayley y se bajó hacia él.
Sus labios y su lengua se clavaron ansiosamente en ella, separando los péta-
los hinchados de su sexo. El movimiento sinuoso de su lengua volvió a Hayley
loca de necesidad. Ella saltó sobre él pero Jace la controló fácilmente, mante-
niéndola justo donde la quería. Había prometido darse un banquete entre sus
muslos y un banquete se dio.
Su lengua se deslizó sobre su clítoris palpitante, jugueteando, luego hume-
deciéndolo rítmicamente, hasta que ella estuvo gritando y retorciéndose sobre
él. Al sentir que el orgasmo de ella se aproximaba cambió de táctica y sumergió
profundamente su lengua, taladrando su canal húmedo y palpitante mientras
se tragaba la crema que daba la bienvenida a sus maniobras sensuales.
Hayley estaba perdida, atontada por sus acciones. Se apretaba inconscien-
temente los pechos, masajeando los senos llenos y carnosos mientras sus cade-

124
Kate Steele Tentar a un lobo
ras se ondulaban asidas por Jace. La boca y la lengua de él se dedicaron a un
juego maravilloso hasta que, cerrándose sobre su clítoris con verdadera inten-
ción, lo chupó entre sus labios.
Su orgasmo estalló de manera salvaje. Lloró y cayó hacia delante mientras
su cuerpo se sacudía y se estremecía bajo el ataque de sensaciones. Jace la liberó
y salió de debajo de ella. Se alzó y cubrió el cuerpo femenino con el propio,
montándola. Su grueso pene se deslizó profundamente dentro de su canal to-
davía tembloroso. Hayley jadeó y gimió ante su entrada, incapaz de hacer nada
más que permitir que las furiosas olas de placer la recorrieran.
Jace comenzó lentamente a bombear dentro y fuera. La presión convulsiva
de la vagina húmeda y caliente de Hayley le exprimía. Gruñó y continuó empu-
jando contra la presión de los músculos que le masajeaban y le animaban a libe-
rarse. Decidido a desafiar los cantos de sirena de su cuerpo, no estaba listo ni
dispuesto a dejar escapar tan rápidamente tal éxtasis.
Montó su cuerpo, la abrazó, la cubrió.
—Mi mujer, mi compañera, mía —gruñó contra su hombro y la mordió, su-
jetándola para dominarla.
El gusto fuerte y salado de su piel se tiñó con el sabor cobrizo de la sangre
que llenaba su boca. Jace gruñó de nuevo mientras una roja neblina nublaba su
visión. Hayley corcoveaba bajo él. Su lucha y sus gritos de pasión le inflamaban.
Sus caderas se movieron adelante y atrás, los músculos de su ano se apretaban
con cada movimiento. Su pene se impulsó dentro y fuera, lleno y profundo, una
y otra vez hasta que solo hubo carne, calor, sudor y placer.
La jodió ciegamente, buscando la liberación de ella, necesitando su clímax
con un deseo tan fuerte que era imposible de ignorar. La rodeó con un brazo y
sus dedos encontraron su sexo. Tras separar los suaves labios hinchados, las
puntas de los dedos hallaron su clítoris. Colocó la yema de uno contra la dura
protuberancia y comenzó un movimiento rápido y vibrante. El gemido de libe-
ración de Hayley arrancó de su pecho un gruñido agitado.
Un estremecimiento creciente se deslizó por toda su espina dorsal. Sus bo-
las cargadas de simiente se prepararon. Golpearon dura y plenamente contra el
monte acolchado de su sexo. Esos choques pequeños y electrificantes simple-
mente se añadieron a su placer. Un placer que finalmente fue demasiado gran-
de para negarlo. En una ola, su semen recorrió apresurado la longitud de su
pene y estalló hacia la libertad, inundando el canal de Hayley. Espasmos duros
contrajeron sus entrañas, empujándole fuertemente contra Hayley con cada
chorro de simiente que liberaba. Agarró las caderas de ella, gruñendo ante la
fuerza pura de placer que anudaba su vientre.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Los momentos pasaron y los espasmos se aliviaron. Jace liberó el hombro
de Hayley y jadeó contra su piel. El olor de ella se derramó sobre él en una ola y
la realidad regresó lentamente.
Los debilitados estremecimientos de ella le urgieron a rodearla con los bra-
zos. Apartándose un poco, giró su cuerpo, sin ninguna oposición, entre sus bra-
zos. Se derrumbaron en un lío de miembros lleno de gracia, para recostarse en
silencio salvo por sus alientos jadeantes.
Un quejido aislado y apenas audible de Hayley hizo que Jace se alzara so-
bre un codo.
—¿Estás bien? ¿No te hice daño, verdad? —preguntó con un ceño preocu-
pado y con una chispa renovada en sus ojos azul verdosos debido a su preocu-
pación.
—No, no me has hecho daño —respondió aturdida y sin aliento. Ella suspi-
ró, con un sonido saciado y satisfecho.
Una sonrisa tierna curvó los labios de él.
—Descansa un minuto. Luego iremos arriba para que pueda ocuparme de
ti.
—Creo que ya lo has hecho —replicó Hayley—. Mis huesos se han conver-
tido en papilla. ¿Qué hay arriba?
—El cuarto de baño. Mi dormitorio. Primero voy a lavarte. Luego voy a ha-
certe el amor —murmuró, inclinándose para hociquear su garganta.
Hayley tembló.
—Pensé que acabábamos de hacerlo.
—¡Oh, no! Eso fue un apareamiento, fuerte y rápido, para satisfacer al lobo.
Esto va a ser lento y pausado, solo para nosotros.
Unas lágrimas repentinas llenaron los ojos de ella.
—Jace —susurró—, las cosas que me haces. Las cosas que me haces sentir.
Algunas veces es simplemente demasiado.
—¿Quieres que pare, Hayley? —preguntó él retirándole suavemente el pelo
de la cara.
Ella le envolvió con los brazos y le atrajo más cerca.
—Nunca. No pares nunca.
—Nunca —prometió y se sentó arrastrándola con él.
Jace se puso en pie y acunó a Hayley en sus brazos. La sostuvo posesiva-
mente y subió las escaleras con facilidad. Su primera parada fue el baño. Como
había prometido, los puso a ambos en la ducha y la lavó tiernamente. El agua

126
Kate Steele Tentar a un lobo
estaba caliente y refrescante. Hayley se deleitó en su atención. Moviéndose en
su dirección, terminó aferrada a sus hombros mientras él la recostaba contra la
pared y dejaba que sus dedos jugaran entre sus muslos.
A un paso de que ella alcanzara el orgasmo la llevó fuera de la ducha, don-
de la secó y después a sí mismo, y la condujo al dormitorio. La levantó, la acos-
tó y se unió a ella en la cama. Las horas siguientes pasaron en una nube sensual.
Jace amó a Hayley lenta y pausadamente. Acarició cada centímetro de su piel.
Sus manos grandes, ligeramente ásperas por el trabajo, se deslizaron sobre ella.
Caderas, muslos, trasero y torso, todos fueron explorados una y otra vez con
igual profundidad.
Su toque encendió un ascua que llameó hasta convertirse en un fuego par-
padeante y finalmente se convirtió en un infierno furioso. Hayley se movió ha-
cia su toque, gimiendo suavemente cuando sus dedos rozaron su piel y masa-
jearon con cuidado los firmes músculos de debajo. La volvió sobre su estómago,
y acarició su espalda y sus nalgas. Dejó que su boca vagara sobre su piel. Bajó
por su cuerpo y mordisqueó cuidadosamente los globos plenos de su trasero,
sonriendo ante su temblor.
Yendo más lejos todavía, su boca encontró la parte trasera de su rodilla, be-
sándola y lamiéndola con la lengua antes de chupar suavemente su piel. Hayley
gimoteó y tembló como reacción. Satisfecho, Jace le dio la vuelta de nuevo y se
elevó sobre ella. La instó a separar sus muslos y se colocó entre ellos. Se acercó
más y alzó ligeramente el trasero de ella hasta colocarlo sobre sus rodillas. Se
tomó en la mano. Su pene se había engordado hasta estar a punto de explotar.
La piel estaba tensa y enrojecida, la abultada cabeza lloraba espesas lágrimas de
cristal.
Su mirada sostuvo la de ella mientras separaba sus pliegues delicados e
hinchados y encajaba la cabeza de su pene sobre ella. Recorrió con su cabeza
palpitante la seda líquida, hacia abajo por su entrada y luego de nuevo hasta su
clítoris, una y otra vez. Los labios de Hayley estaban separados, sus jadeos de
anticipación se hicieron más rápidos cuando él deslizó dentro ese pequeño pri-
mer bocado.
Entró igual de lentamente. Sintió el calor delicado y sedoso de su canal
abrirse para él mientras se introducía fácilmente. Las piernas de Hayley se alza-
ron, le envolvieron, le urgieron a moverse más rápido, pero Jace estaba decidi-
do. Una eternidad más tarde había entrado completamente. Agarró las manos
femeninas con las suyas y las elevó por encima de la cabeza de ella mientras se
inclinaba hacia delante para descansar sobre los codos.
—Te amo, Hayley Royden —susurró y tomó los labios de ella con los suyos.
Sus labios se encontraron y fundieron mientras sus lenguas se exploraban
lánguidamente. Jace empezó a mecerse lentamente con un movimiento que hizo

127
Kate Steele Tentar a un lobo
que su pene se deslizara adelante y atrás con un paso lento e infinito. Su acto de
amor siguió y siguió. Sus empujes medidos y deliberados provocaban temblo-
res constantes en Hayley. Cada orgasmo diminuto hacía que se estremeciera.
Jace la miró. El delicado rubor de sus mejillas, el destello plateado de sus
ojos. Sus labios estaban hinchados por sus besos, húmedos y rotundos. Su len-
gua lamió las curvas plenas cuando otro gemido suave escapó de su boca. Sus
pezones eran de un atractivo rojo, hinchados, las aureolas inflamadas por sus
repetidas succiones.
—Jace, por favor —suplicó sacudiendo la cabeza sobre la almohada.
—¿Me amas, Hayley? —preguntó suavemente.
—¡Sí!
—Di las palabras. Por favor, Hayley, di las palabras.
Hayley le sonrió con labios temblorosos.
—Te amo, Jace McKenna. Te amo.
Jace le devolvió la sonrisa.
—Eso es todo lo que necesito. Eso es todo lo que necesitaré siempre.
Con esas palabras incrementó el ritmo. Empujó más profundo, más fuerte,
más rápido, y los envió a ambos en una espiral sobre el borde, en la salvaje caí-
da libre del clímax. Con los cuerpos pesados y los brazos fuertemente sujetos,
cabalgaron el placer hasta su conclusión decreciente y luego descansaron jun-
tos, deslizándose pacíficamente en el sueño, uno en los brazos del otro.
*****
Hayley despertó sola en la cama de Jace con el sonido de los rugidos de su pro-
pio estómago. El olor del café y el tocino llegó a sus fosas nasales, provocando
otro insistente estruendo. Salió de la cama e hizo un viaje rápido al cuarto de
baño para ocuparse de lo esencial.
Al darse cuenta de que no tenía nada que ponerse, abrió la puerta del arma-
rio del dormitorio de Jace. Encontró una hilera impecable de camisas y sacó una
azul oscura. Siguiendo su nariz encontró la cocina donde Jace, con los pies des-
calzos y llevando encima solo un par de vaqueros, estaba trabajando. Se acercó
a su espalda en silencio.
—Sé que estás ahí. Puedo olerte —dijo, depositando el tenedor que estaba
usando antes de volverse y tomarla en sus brazos.
—Genial. Apesto —se quejó Hayley.
Jace se rió en voz alta y sus ojos brillaron con alegría.

128
Kate Steele Tentar a un lobo
—Cariño, estás lejos de apestar —proclamó hundiendo el rostro entre su
cuello y su hombro mientras inhalaba profundamente.
Su acción envió un escalofrío por la espina dorsal de Hayley.
—Hueles tan condenadamente bien que no puedo tener suficiente —
confesó en un gruñido ronco—. ¿Qué estás haciendo aquí abajo? Iba a servirte
el desayuno en la cama.
Hayley giró la cabeza y besó su mejilla.
—Ya sabes que no podemos permanecer en la cama para siempre. Me esta-
ba cansando de estar en horizontal, necesito un poco de tiempo en vertical —
bromeó ella.
Jace alzó la cabeza y le dirigió una sonrisa procaz.
—Puedo hacerlo en vertical. Ya lo sabes.
Ella se rió silenciosamente y le devolvió la sonrisa.
—Lo sé. Pero antes de que te excites demasiado, creo que es mejor que sal-
ves tu tocino.
—¡Oh, mierda! —exclamó Jace y la liberó. Transfirió rápidamente el tocino
a un plato cubierto con toallas de papel—. Hayley, pon la mesa, ¿quieres? Los
platos y el resto de las cosas están en el armario de ahí arriba y la plata en el
cajón que está justo debajo.
Hayley sonrió y obedeció, le gustaba la sensación doméstica de todo. Puso
la mesa mientras Jace preparaba la comida. Ya había hecho tortitas y las tenía
calentándose en el horno.
—¿Cómo te gustan los huevos?
—Revueltos estaría bien.
—Entonces revueltos. La mantequilla y el zumo están en el frigorífico y el
sirope en el armario a mi izquierda —la instruyó.
Hayley completó sus tareas y unos pocos minutos más tarde la comida es-
taba lista y en la mesa. Jace sirvió café y zumo antes de sentarse en la silla al
lado de ella. Observó a Hayley dar su primer bocado.
—¡Hum! —murmuró ella mientras masticaba. Tragó su primer bocado y
luego le dijo—: ¿Te das cuenta de que es la segunda vez que cocinas para mí?
Creo que estamos sentando un precedente.
—No me importa —respondió él con una sonrisa—. He vivido por mi cuen-
ta desde los diecinueve años. Aprendí a cocinar en defensa propia, para evitar
envenenarme. Pero…, esto, y tú ¿Sabes cocinar?
Hayley le sonrió.

129
Kate Steele Tentar a un lobo
—Sé desenvolverme en la cocina. No soy ningún gourmet, pero mamá se
aseguró que Bryn y yo conociéramos lo básico. Guardo algunas recetas que me
dio. Hago una ternera mediana con fideos que está estupenda.
—Suena bien. Ya ves, hay muchas cosas que no sabemos el uno del otro.
—¿Estás preocupado por descubrir algo que no te guste?
—No, más bien preocupado de que tú descubras algo que no te guste.
Hayley le dirigió una mirada llena de entendimiento.
—Jace, te amo. Creo que hemos atravesado algunas barreras bastante altas.
Comamos y hablemos luego. Quiero que me digas todo lo que te preocupa. Lo-
gan dijo que la comunicación es la clave, y he aprendido la razón que tiene.
Jace asintió y le dirigió una sonrisa.
—Es bastante bueno en esa clase de cosas. Por eso es enlace de manadas.
—¿Enlace de manadas? —Preguntó Hayley con una ceja alzada—. ¿Como
en una manada de lobos?
—¡Oh, cariño!, vamos a tener una conversación interesante.
—¡Ay, Señor! —gimió Hayley. Sin decir otra palabra, se abalanzó sobre el
alimento como un prisionero disfrutando su última comida.
*****
Unos pocos días más tarde, Hayley y Jace aparecieron en la casa de Logan y
Bryn.
—Estaba empezando a preguntarme si alguna vez ibais a salir a tomar el ai-
re —bromeó Bryn.
Los cuatro se sentaron, cómodos y relajados, en el despacho de Logan.
—No sé por qué os lo preguntasteis. Logan y tú todavía no habéis salido —
replicó Hayley con una sonrisa burlona.
Jace y Logan se rieron entre dientes de sus bromas fraternales.
—¿Y qué habéis estado haciendo? —preguntó Bryn inocentemente y luego
se puso de un rojo encendido por sus palabras—. Quiero decir, sé lo que habéis
estado haciendo. No. Espera. Esto... bueno, mierda.
Jace, Hayley y Logan rompieron a reír y Logan atrajo a su compañera con
un abrazo.
—Sabemos lo que quieres decir, corazón.
Hayley se apiadó de su hermana y entró.
—En realidad hemos pasado bastante tiempo haciendo algo constructivo.
—Ante la ceja arqueada de Logan sonrió—. Hemos estado hablando. Jace me ha

130
Kate Steele Tentar a un lobo
contado todo sobre las manadas de Torre de Hierro y los Pinos Gemelos y el
hecho de que tú eres enlace de manadas. Lo cual, por cierto, pienso que es ge-
nial. Es agradable saber que mi hermana se va a casar con un tipo tan sensato.
—¿Y cómo te tomaste las noticias sobre la nueva realidad en la que has sido
arrojada? —preguntó Logan con una ceja arqueada y expresión curiosa.
—Me dio una bofetada —respondió Jace con un brilló juguetón en sus ojos.
—No lo hice, aunque tenía algunas reservas sobre ser la compañera de un
alfa. Todo el mundo sabe que son unos sabelotodos mandones —respondió ella
con una sonrisa—. ¿Realmente tuviste que pelear por Logan? —le preguntó a
Bryn con seriedad.
Bryn frunció el ceño ante el recuerdo.
—Lo intenté, pero dos alfas prepotentes se metieron por medio.
—Bueno, Bryn —comenzó Logan.
—Bryn, nena —intervino Jace.
Ella extendió la mano para detenerlos.
—Lo sé, lo sé. Lillian me habría hecho pedazos y Reece necesitaba el enfren-
tamiento con ella para ganarla como su compañera.
—Eso es cierto —estuvo de acuerdo Logan, dirigiéndole una mirada apro-
batoria.
—Pero eso no significa que me guste.
—Moza sanguinaria —bromeó Jace.
—Hablando de eso, ¿te ha llevado Jace ya de caza? —preguntó Bryn. Diri-
gió la mirada a Jace y se lo encontró sacudiendo la cabeza, intentando avisarla
que se callara.
—No... —Hayley volvió su mirada a Jace por un momento. Él se detuvo
inmediatamente, dirigiéndole una mirada de total inocencia. Hayley le miró con
una ceja arqueada por la sospecha—. ¿Cazar qué?
Bryn no le dio tiempo para intentar salir de esa.
—Conejitos —anunció ella con una sonrisa jocosa.
—¡Conejitos!
—O ciervos o ardillas.
—¡Oh, Dios mío! No me digas que has estado cazando.
—Sí. Es natural para los lobos.
Hayley miró a Jace.
—Algo me dice que tenemos muchas cosas más de las que hablar.

131
Kate Steele Tentar a un lobo
—No dije que lo hubiéramos cubierto todo —replicó Jace dirigiéndole una
sonrisa de disculpa.
—Ya lo veo —declaró Hayley mientras su temperamento comenzaba a in-
flamarse.
—¿Quién quiere café? —interrumpió Logan, dando un descanso a su ami-
go.
Jace inmediatamente se agarró a la cuerda que Logan le había lanzado.
—Yo.
—Ustedes, señoras, siéntense y descansen, Jace y yo prepararemos el café —
dijo Logan mientras se levantaba.
—¿Galletas? —preguntó Bryn con una sonrisa esperanzada.
Él se inclinó para besarle en la cabeza.
—Para ti cualquier cosa, corazón.
—¿Qué hay de ti, cariño? ¿Te gustaría algo en particular? —preguntó Jace a
Hayley cautelosamente.
Hayley le estudió por un momento, y sintió que la pequeña ira que hubiera
podido despertarse por la conversación se derretía. Sacudió la cabeza.
—Tengo todo lo que necesito —respondió suavemente.
Una sonrisa agradecida curvó los labios de Jace.
—Pienso lo mismo, cariño, exactamente lo mismo.
Bryn sorbió y los dos la miraron. Sus ojos estaban brillantes por las lágrimas
que brotaban.
—Eso es tan bonito.
Hayley sacudió la cabeza y rió. Se alzó y se colocó al lado de Bryn, pasándo-
le un brazo por los hombros.
—No más bonito que Logan y tú. Vamos, chicos. Mi hermana y yo necesi-
tamos algo de intimidad —explicó gentilmente—. ¿Qué pasa? —preguntó Hay-
ley una vez que los chicos salieron.
—Nada. Solo que estoy realmente feliz. Cuando nos contaste lo de Steve su-
frí por ti.
—¡Oh, Bryn! —replicó Hayley verdaderamente conmovida—. Steve fue una
decepción, lo admito, pero no sufrí ni de lejos el dolor que ese imbécil de tu ex
te hizo pasar. Verte con Logan me da mucha alegría. Y respecto a mí, no cam-
biaría nada. Todo conducía a Jace, y no podría ser más feliz.

132
Kate Steele Tentar a un lobo
Las dos se abrazaron y derramaron unas pocas lágrimas sentimentales an-
tes de reírse la una de la otra.
—¿Habéis hablado Jace y tú de matrimonio o de tener niños? —preguntó
Bryn.
Hayley sonrió indulgentemente y sacudió la cabeza.
—Danos un poco de tiempo, hermanita. Estoy segura de que llegaremos a
eso. —Le dirigió una mirada especulativa a Bryn—. Hablando de casarse,
¿cuándo vais a cumplir Logan y tú con la tarea?
—Pensé que ya lo habíamos hecho —interrumpió Logan antes de que Bryn
pudiera responder. Jace y él habían regresado con café y las galletas que había
pedido Bryn.
—No esa tarea. La tarea de la boda —respondió Bryn dirigiendo una mira-
da especulativa en su dirección.
—¡Oh! Tres meses. El tres de noviembre. ¿Vais a venir, chicos? —anunció
con un brillo bromista en los ojos.
—¡El tres de noviembre! —respondió Hayley.
—¡Demonios, sí, vamos a ir! —replicó Jace con un gruñido disgustado.
—Eso está bien, porque eres mi padrino. Si es que aceptas el trabajo —le
preguntó Logan con una sonrisa esperanzada.
Una sonrisa burlona y encantada cubrió el rostro de Jace.
—Ya era hora de que me lo pidieras, bastardo. —Los dos rieron mientras
Jace golpeaba a Logan en la espalda.
Bryn estaba sacudiendo la cabeza.
—Debe de ser cosa de hombres esta falta de delicadeza. Hayley —se dirigió
a su hermana con calma—, Logan y yo hemos decidido casarnos el tres de no-
viembre. Me gustaría mucho que fueras mi dama de honor.
—Sería un privilegio, Bryn —replicó Hayley con una sonrisa y un centelleo
en sus ojos, mientras imitaba la formalidad de Bryn.
—Ved, así es como se hacen correctamente las cosas —instruyó Bryn.
—Debe de ser una cosa de chicas —respondió Logan dirigiendo una sonrisa
burlona a Jace.
—Sí pero, ¿sabes? Estoy empezando a apreciar algunas de estas cosas de
chicas —replicó Jace con una cariñosa mirada fija en Hayley.
—¡Oh, tío! Está atrapado —se lamentó Logan—. ¿Quién era el que decía al-
go, no hace mucho debo añadir, sobre chorrear demasiado azúcar? Creo que
necesito unas botas de goma.

133
Kate Steele Tentar a un lobo
Jace se limitó a sonreír, mientras Hayley le devolvía la sonrisa. Estaba to-
talmente atrapado.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Capítulo Once

Tres meses después, en una fresca tarde de noviembre, Hayley y Jace iban
de regreso a su casa, después de que la boda de Bryn y Logan hubiera salido a
las mil maravillas. Los padres de Logan habían regresado varias semanas antes,
con el único propósito de conocer a su futura nuera y a su familia. Los padres
de Bryn y Hayley llegaron tan solo con una semana de antelación, y se alojaban
en la antigua casa de Bryn, ya que esta había quedado libre y con muchas habi-
taciones vacías, después de que Hayley se instalara con Jace.
Mientras el coche entraba lentamente en la vereda que llevaba a la casa, los
faros iluminaron toda la zona, reflejándose en los grandes ventanales. Las hojas
caídas por el frío otoñal se movían erráticamente por todo el césped, y la hierba
se doblaba bajo el intenso viento. Muy pronto darían paso a las tormentas in-
vernales, y Hayley ya soñaba con las noches pasadas junto al fuego al lado de
Jace.
Posó la mano sobre su muslo y le dio un ligero apretón.
—Todo fue muy bien —dijo con un suspiro feliz—. Bryn estaba magnifica
—Sí que lo estaba. Es una lástima que su dama de honor casi la superara —
dijo picándola.
—Pues la verdad, no sería muy bonito que llamara más la atención que la
novia. Oye, ¿y que es eso de que solo casi? —preguntó Hayley con cierta nos-
talgia.
—Para mis ojos, cariño, brillaste más que el sol.
—Oh, Jace. —La voz de Hayley se estremeció emocionada.
Aparcó el coche y, despacio, salió para abrirle la puerta en silencio. Jace la
ayudó y pasó un brazo alrededor de los hombros de Hayley, guiándola hasta la
entrada e instándola para que entrara con rapidez y así evitar el intenso frío.
Una tenue luz iluminaba la sala de estar, y de allí el pasillo. Jace la llevó en bra-
zos y la besó. Hayley le envolvió con sus brazos, absorbiendo su calor, necesi-
dad contra necesidad y amor contra amor. Cuando rompió el beso los ojos de
Jace ardían. Eran un total reflejo de los de Hayley
—Cásate conmigo, Hayley. Te amo. Quiero tener hijos contigo ya. Ahora.
Esta misma noche.
—¿Qué quieres decir? —Hayley se tocó el estómago.
—Estás ovulando de nuevo. Hueles tan dulce y madura que me siento co-
mo un lobo feroz. Listo para comerte.
Hayley inspiró profundamente antes de contestar cuando un súbito olor
provocó que el vello de la nuca se le pusiera de punta.

135
Kate Steele Tentar a un lobo
—¡Vaya, que escena tan conmovedora! —Esta réplica vino desde la oscuri-
dad, cargada de sarcasmo.
»Nadie me creyó cuando les dije que eras un hombre lobo. Pensaban que
estaba loco. —Jim Beeman, vestido con ropa hospitalaria, se mostró ante la es-
casa luz. En su mano portaba un arma—. Así que les hice creer que estaba loco.
—No —susurró Hayley cuando el miedo se extendió a través de ella.
Jace dio un paso hacia delante, intentando dejar a Hayley detrás suyo, pero
esta no le hizo ni caso y se volvió a colocar a su lado, dirigiéndole una mirada
colérica. Jace en respuesta le envió una mirada exasperada y de advertencia.
—¿Cómo es que estas fuera de la cárcel, Beeman? Pensaba que te habían en-
cerrado. —Se movió un poco para quedar enfrente de Hayley.
—Los dos quietecitos ahí de pie — advirtió Beeman—. Y respondiendo a tu
pregunta, eso es lo bueno de que te crean loco. Me trasladaron a un centro psi-
quiátrico. Algún médico pensó que sufría de psi... psi…
—¿Psicosis? —le ayudo Jace.
—Ésa es la palabra —admitió Jim asintiendo feliz—. Les seguí la corriente.
Era el paciente ideal. Obediente y cooperativo, así me dijo el doctor Henderson.
Cuando tuve que golpearlo en la cabeza casi me dio lástima. Espero que no esté
muerto.
—Eso es ser muy generoso —dijo Hayley sarcásticamente.
—¡Cállate, perra! Todo esto es por tu culpa. Tuya y de esa repipi de tu her-
mana. Todo que lo que teníais que hacer era comportaros como mujeres. Pa-
gando vuestra deuda con el coño, como es mi forma habitual. Pero no, no era
demasiado bueno. Así que ahora vais a pagar las deudas de otra manera. Voy a
dispararle a un lobo genuino —añadió orgullosamente—. Mi padre, ¡que se pu-
dra en infierno!, me contaba historias sobre lobos cuando era niño, con el único
propósito de asustarme. Pero no soy estúpido. Sé que eres un lobo. Y todavía
tenía amigos fuera. Aprendí todo sobre ti, Señor Jace McKenna, y he consegui-
do balas de plata para aquí mi amiga —dijo agitando el arma.
Hayley agarró el brazo de Jace.
—Eso sería homicidio. Con eso te meterán entre rejas para siempre.
—No sería homicidio, dulzura, es un lobo. —Jim negó con la cabeza—.
Ahora toma la forma de un perrito bueno, ¿vale? —Jim giró el arma en la direc-
ción de Hayley. Su expresión se torno en una mascara de maldad—. ¿O sim-
plemente la tengo que disparar?
Jace gruñó.
—Hiérela y estás muerto.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Jim movió la cabeza con tristeza.
—Eso no está bien —dijo y apretó el gatillo.
Jace saltó por delante de Hayley, y su cuerpo se convulsionó cuando la bala
dio en el blanco. Hayley gritó, el peso de Jace contra ella los envió al suelo. Un
segundo después, el infierno se desató. Las ventanas se hicieron añicos, envian-
do los fragmentos sobre ellos. A través de las ventanas rotas entró una manada
de enfurecidos lobos.
Jim Beeman gritó y cayó muerto de miedo bajo una masa enfurecida y pe-
luda de cuerpos. Su grito acabó bruscamente, en la noche solo quedaron los
gruñidos y la voz aterrorizada de Hayley.
—¡Jace! ¡Oh Dios mío, Jace! ¡No te mueras! ¡Que alguien nos ayude! —
Acunó a Jace en sus brazos. Su cara se había vuelto blanca y sus ojos se cerra-
ron. La sangre empapaba rápidamente la parte delantera de la chaqueta de su
esmoquin.
Afuera llegaron algunos vehículos llegaron, incluyendo el del sheriff. Den-
tro, algunos de los lobos habían tomado sus formas humanas y se estaban
reuniendo alrededor de la pareja que estaba en el suelo. Un lobo, todavía en
forma animal, volvió su cabeza y aulló. El sonido fue un lloro escalofriante y de
pura melancolía.
—Déjame pasar —ordenó una voz.
Logan se arrodilló en el suelo al lado de Hayley.
—Espera, hermanita. Espera. Dejad que pase el doctor Maigrey —pidió a la
multitud.
—Logan —murmuró Hayley. La conmoción hizo que su voz sonara insegu-
ra.
Un hombre al que nunca había visto, cayó de rodillas sobre el suelo a su la-
do.
—Veamos que es lo que a pasado aquí —dijo con tomo firme y serio.
El doctor Maigrey cortó con unas tijeras medicas la chaqueta y camisa de
Jace, exponiendo la herida. Limpió la zona para mostrar el punto de entrada y
descubrió que la bala había ido a parar en la parte carnosa del hombro de Jace.
—Bueno, no es para tanto —comentó.
—¡Qué no es para tanto! ¡Un maniático le disparó una bala de plata! —le
gritó Hayley indignada.
—Eso puedo verlo, jovencita —dijo, aliviado pero todavía con autoridad—.
En caso de que no me hubiera dado cuenta, la herida todavía suelta humo.
Ahora cállese y déjame sacar la bala antes de que haga algún daño irreversible.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Trabajando con rápida eficiencia y firmeza vertió desinfectante sobre la he-
rida, causando una mueca y un quejido por parte de Jace, que estaba volviendo
lentamente en sí.
»Ahora tienes que soltar a tu compañero, hija —advirtió—. Logan, Cade,
sujetadle los hombros. Y por favor consíganme un poco de luz. —Hayley fue
suavemente apartada, para que los dos hombres ocuparan su lugar sujetando a
Jace. Todos parpadearon cuando las luces les deslumbraron.
Otro coche se detuvo fuera y Bryn salió corriendo de el.
—¡Hayley!
—¡Aquí estoy, Bryn! —la llamó Hayley, y una Bryn muy preocupada se de-
jó caer de rodillas a su lado.
—¿Estás bien?
—Estoy bien, pero a Jace le han disparado.
—¿Es grave?
Logan la miró.
—Se va a poner bien —les dijo Logan. Un consuelo no solamente para Bryn
sino también para Hayley—. Se pondrá bien cuando el medico extraiga la bala.
— Luego él se volvió y Bryn tomó la mano de Hayley, sujetándola con fuerza.
Después de una larga exploración, el doctor Maigrey encontró la bala y em-
pezó a sacarla. Jace empezó a gemir, con cara de dolor.
—¿Dónde esta Hayley? ¿Se encuentra bien?— Empezó a agitarse, intentan-
do librarse del agarre de Cade y Logan.
—Resiste amigo —pidió Logan—. Ella esta sana y salva.
Con esto Jace se calmó con un quejido.
—Muy bien, Jace. Tu cuerpo ya está tratando de curarse. —Tan suavemente
como fue posible, el doctor Maigrey extrajo la bala de la carne de Jace—. Aquí la
tienes —dijo, dejándola caer al suelo. Luego vertió más desinfectante en la heri-
da de Jace.
—¡Serás hijo de puta, Doc! Joder ¿Tenías que hacer eso? —se quejó Jace con
los dientes apretados.
—Solo por precaución, hijo, solo por precaución. ¿Por qué no lo llevan a la
sala de estar y lo colocan sobre el sofá? —El doctor Maigrey los siguió, pero sin
dejar de impartir ordenes—. Quiero que esté ahí por lo menos media hora. ¿Me
oyes? Nada de ejercicio vigoroso durante las próximas doce horas, come algo y
bebe mucho líquido. Dale tiempo al cuerpo para que recupere la pérdida de
sangre.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Sus órdenes se llevaron a cabo. Con un Jace instalado sin peligro sobre el
sofá y con Hayley arrodillada junto a él. Después de unos minutos de espera
para observar que estuviera bien, Hayley estrujó una toalla húmeda. Lo ayudó
a quitarse el resto de la ropa y muy suavemente comenzó a lavarle la sangre.
El sheriff, que afortunadamente era miembro de la manada de los Pinos
Gemelos, apresó a un Jim Beeman inconsciente sin ningún peligro y se lo llevó
en una ambulancia. Sería devuelto al hospital psiquiátrico, con la recomenda-
ción de que lo ingresaran en uno de máxima seguridad. Los cargos ya estaban
presentados contra él por escapar y por la agresión contra el doctor Henderson.
—Cuando presentemos el caso se le sumarán los cargos de intento de asesi-
nato, por no mencionar allanamiento de morada y posesión ilegal de armas de
fuego; no saldrá durante mucho tiempo. No creo que su «psicosis» le ayude esta
vez —les aseguró el sheriff antes de partir.
La mayoría de los miembros de la manada, después de asegurarse que su
alfa estaba bien, se fueron, pero otros se quedaron para ayudar a recoger el es-
tropicio. Los vidrios de las ventanas rotas fueron barridos y las taparon con ta-
bleros de madera para guarecer el interior de las inclemencias climáticas. Logan
dirigió todo el trabajo, mientras Bryn se iba a la cocina para calentar un poco de
sopa de tomate y sándwiches de queso fundido.
Jace permaneció tendido sobre el sofá, con su brazo ileso colocado alrede-
dor de Hayley. Esta había posado la cabeza en su hombro y la mano sobre su
pecho. Ninguno de ellos hablaba. Se alegraron cuando todo el ajetreo de su al-
rededor decayó hasta que finalmente se hizo el silencio. Logan se despidió de
los demás, agradeciéndoles la ayuda, en tanto Bryn les llevaba la sopa, los
sándwiches y unos vasos de leche.
Puso la bandeja sobre la mesa café.
—Comamos.
—No tengo hambre —murmuró Hayley.
—El doctor Maigrey dijo que Jace tenía que comer. Ha sufrido una conmo-
ción. Tú también tienes que comer. Come, vamos, incorpórate. Alegra esa cara,
niña —ordenó Bryn.
Hayley se incorporó agitando la cabeza, pero dirigiendo una débil sonrisa a
Bryn.
—Mandona.
—Venga, ponte derecha. Ayuda a Jace con la comida. Logan, ayuda a Jace a
incorporarse.
—Puedo hacerlo yo —gruñó Jace—. No soy un inválido, ¿sabes?. Estaré to-
talmente curado como mucho en un par de horas.

139
Kate Steele Tentar a un lobo
—Sí, sí, sí, lo sé. Eres el hombre más fuerte del mundo y no tienes ninguna
debilidad —le criticó Bryn, luego de repente se puso a llorar.
—¡Bryn!, cariño, todo esta bien —le dijo Logan dulcemente y la alzó en bra-
zos. Se sentaron en un sillón cercano al sofá. Con Bryn en su regazo, la acunó
contra él al tiempo que le decía a Jace—. El sheriff llamó después de que voso-
tros os hubierais ido. Nos dijo que Beeman se había escapado y que había sido
visto por esta zona. Tratamos de llamaros, pero no hubo respuesta, ni aquí ni en
el móvil. Bryn estaba muy preocupada. Demonios, todos lo estábamos.
—No me molesté en traer el móvil y nos dimos una vuelta antes de dirigir-
nos a casa —les explicó Jace—. Lamento que estuvierais preocupados. Pero
maldita sea, estoy muy contento de que os presentarais cuando lo hicisteis.
Bryn, dulzura, ¿no te encuentras bien? —preguntó él suavemente.
Bryn levantó su cabeza desde donde la tenía escondida contra el hombro de
Logan.
—Estoy bien. Solo tenía que desahogarme un poco. — Se levanto del regazo
de Logan y se acerco a Jace. Tomando su cara con sus dos manos, besó primero
una mejilla y después la otra—. Gracias por mantener segura a Hayley.
Jace sonrió.
—Hey, eso es parte de mi trabajo. Ahora volvamos a la comida. Estoy famé-
lico.
Entre sonrisas, todos atacaron la comida. Hayley ayudó a Jace, acercándole
el sándwich de queso para que lo mordiera y el tazón con la sopa. Tan pronto
como la comida acabó los platos se llevaron al lavavajillas y luego Bryn y Logan
se despidieron. Bryn ofreció cancelar su viaje de luna de miel, pero Jace y Hay-
ley la disuadieron, para alivio de Logan.
Los acompañaron a la puerta y les dijeron adiós. Después Jace cerró.
—¿Estas bien, Hayley?
—¿Yo? Eh, que no fui yo a la que la dispararon, si no a ti.
Jace tomó su barbilla con su mano y la miró profundamente.
—Lo sé, y doy gracias a Dios por ello. Es solo que… has estado demasiado
silenciosa.
Sonriéndole, capturó las manos que estaban en sus mejillas.
—Ha sido una noche muy larga. Estoy cansada y debes de estar cansado.
Creo que la cama sería el mejor lugar para los dos en este momento.
Jace alzó sus cejas estilo Groucho.
—Ahora me quieres seducir.

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Kate Steele Tentar a un lobo
—Ehhh, a dormir. El doctor Maigrey dijo bien clarito que nada de ejercicio
«vigoroso» durante doce horas —luego miró su reloj—. Según mis cálculos, nos
quedan nueve horas y media.
—Vaya, entonces supongo que tendré que ir a dormir —masculló—. Así el
tiempo pasará más rápido.
Hayley se río entre dientes.
—Eres incorregible. Venga vamos.
Ante la insistencia de Hayley, subieron las escaleras con paso lento y cuida-
doso. Después de limpiarse a fondo y bastante rápido, se acostaron juntos en la
cama. Jace se colocó a su lado, acariciando la espalda de Hayley y con su brazo
herido encima de ella. No pasó mucho tiempo antes de que se adentraran en el
bendito sueño. Pasando algo del bendito tiempo.
Jace se despertó cuando Hayley trató de salir de la cama.
—¿Dónde vas? —preguntó aturdido.
—Tengo que ir al baño. Regresaré en un minuto —respondió y se escabulló.
Jace dormitó hasta que un suave sonido lo despertó. Se acercó hacia el lado
de Hayley para encontrarse que su espacio en la cama estaba vacío y las saba-
nas carecían de su calor corporal. En silencio, se puso de pie y fue al baño,
abriendo la puerta silenciosamente. Hayley estaba en el suelo, con una toalla
sobre la boca para bloquear todo sonido y meciéndose de un lado para otro,
llorando a lágrima viva.
Angustiado, Jace se sentó en el suelo a su lado y la rodeó con sus brazos y
piernas, presionándola contra él.
—¡Shh, cariñín! Debes calmarte, ahora todo esta bien —murmuraba solícito,
mientras la mecía suavemente de una lado a otro.
Hayley dejó caer la toalla y apoyo la cabeza en su hombro; estremeciéndose
siguió llorando. Jace la sujetó fuerte y se meció, murmurando palabras de con-
suelo. Cuando trató de cantar, Hayley ahogó un sollozo que fácilmente se había
convertido en una mezcla de risa e hipo.
—Sabía que eso lo conseguiría —murmuró Jace contra su cabeza. —Cade
dice que soy incapaz de entonar una melodía.
En contestación, ella le dirigió una sonrisa acuosa.
—Tiene razón. — Extendió la mano hacia arriba y acarició su mejilla sua-
vemente—. Casi te pierdo —dijo en un susurro afligido.
—Esto del «casi» no cuenta, Hayley. No podemos dejar que el «casi» nos
deprima. Tenemos mucho que desear, cariño. ¿Te vas a casar conmigo o no?
—Claro que sí —afirmó suavemente.

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Kate Steele Tentar a un lobo
Jace sonrió radiantemente. Luego miró su reloj.
—Y en pocas horas, vamos a empezar a crear nuestra familia. Vamos a ob-
servar a nuestro hijo crecer aquí, dentro de ti —dijo suavemente, su mano se
depositó como una pluma sobre su estómago—. Vamos. Estás helada —dijo,
frotando sus brazos con las manos—. Vámonos a la cama.
Mientras la ayudaba a levantarse, Hayley le dirigió una mirada intranquila.
—Tardaré un minuto, tengo que sonarme y lavarme la cara.
—Esperaré.
—No.
—¿Por qué no?
—No quiero sonarme la nariz delante de ti.
—Cariño, estoy aquí desnudo y eso no te molesta.
—¡Jace!
—¡Muy bien! Te esperaré en la cama. Y mejor será que llegues pronto. Si
tardas mucho, vendré y te arrastraré —le advirtió alejándose, mascullando algo
sobre las rarezas de las mujeres.
Un minuto después, Hayley se reunió con él en la cama. Jace se echó sobre
su espalda y ella se acurrucó contra él, colocando su brazo sobre su pecho. Pasó
su brazo herido alrededor de sus hombros y la abrazó acercándola y colocando
su cabeza sobre su pecho.
—¿Todo bien?
Hayley empezó a reírse entre dientes cuando el pecho de Jace se agitó con
alegría. Estaban tendidos juntos, sus cuerpos vibraban felices y despreocupa-
dos. Finalmente, Hayley inspiró profundamente y le dijo:
—Estás loco. Lo sabes, ¿verdad?
—Entonces formamos una buena pareja, cariño, porque no soy el único que
esta metido en el ajo.
Hayley sonrío, bostezó y después froto la mejilla contra él.
—Eso es verdad —admitió mientras flotaba hacia el mundo de los sueños.
Jace la abrazó fuertemente y la siguió.

*****

Aproximadamente doce horas después del tiroteo, a Jace le despertaron un par
de manos y unos labios que se demoraban haciéndole apetitosas y excitantes
caricias por todo el cuerpo. Gimió cuando su erecto pene fue engullido por una

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Kate Steele Tentar a un lobo
afectuosa y húmeda boca. Sus caderas se agitaron, iniciando un ritmo que
acompañaba los golpes de succión de la boca de Hayley
Ella se lo trabajó unos minutos, luego le soltó, sus manos sustituyeron la
boca mientras se alzaba por su cuerpo y se inclinaba sobre él.
—Hola —murmuró contra sus labios—. ¿Cómo te sientes?
—Como nuevo. ¿Pero que estás haciendo, cariño? —Estaba sin aliento, es-
tremeciéndose de placer por las caricias de su experta mano.
—Tentando al lobo —explicó razonablemente. —Dicen que es peligroso ju-
gar con un lobo. ¿Lo es?
Jace levantó una ceja.
—¿Te tengo que contestar?
Hayley se rió suavemente entre dientes.
—Estoy haciendo progresos, porque no veo ninguna señal de peligro. Sim-
plemente veo a un animalito tendido esperando ser acariciado —le provocó,
apretando la gruesa erección que llenaba su mano.
Jace se quedó sin aliento y se liberó. Antes de que pudiera decir otra pala-
bra, Hayley se encontró sobre sus rodillas con Jace cubriéndola por la espalda.
—Es mi turno para jugar —dijo cuando su pene encontró su entrada.
—Jace, ¿qué estás haciendo? —gimió ella.
—Recordándole a mi compañera que soy un lobo de pura cepa y que es el
único que manda en esta cama —y empujó hacia delante, llenando su resbala-
diza funda con su duro y grueso pene.
—Mi lobo —gimió Hayley, empujando su redondeado trasero contra él.
Jace gruñó contra su oreja.
—Eso es, Hayley. Nunca lo olvides. Tu lobo, por siempre jamás.
La cama tembló cuando sus cuerpos se movieron al unísono, mientras in-
tercambiaban palabras llenas de amor y deseo. Hayley y Jace se amaron, dando
y recibiendo placer, disfrutando de la gratificante recompensa que había resul-
tado de «tentar a un lobo».

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