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DESARROLLO (LOCAL): ¿ DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO ?

Sergio Boisier

Síntesis

El propósito del documento es reflexionar acerca de la creciente “nomenclatura” del


desarrollo. Hay una adjetivización en aumento del sustantivo “desarrollo” y ello no sólo
produce confusión sino que sobre todo, lleva a una verdadera “tautologización” del concepto,
ya que el desarrollo es precisamente –si se le entiende bien-- exactamente todo aquello que
se le atribuye. Como consecuencia, la identificación de medidas a favor del desarrollo se hace
difícil e ineficiente. El documento se divide en tres partes. En la primera se hace un breve
memento de la aparición del concepto de desarrollo y se presenta el proceso de
subjetivización creciente en las definiciones de él; en la segunda se examinan los diversos
adjetivos: territorial, regional, local, endógeno, descentralizado, del “centro-abajo”, capilar,
etc. En la tercera parte se apunta a la lógica de la dinámica inicial o de la primera fase del
desarrollo, que es siempre territorial, pudiendo, sin embargo, dar paso enseguida a una lógica
funcional, cosa por demás frecuente, pero no inexorable.

Desarrollo: una idea política de la posguerra

La economía clásica, para estos efectos representada por nombres como Smith, Ricardo y
Marx, hizo del crecimiento económico su tema central, en tanto que la economía neo-clásica,
asociada principalmente a nombres tales como Marshall, Walras, Pareto, Pigou y otros, hizo
de la distribución su tema central. En este sentido es que puede decirse que el concepto de
desarrollo tiene sus raíces más en la economía neo-clásica que en la clásica. No obstante en
los últimos años han aparecido modelos de crecimiento y también de desarrollo que se
enraizan indiscutiblemente en la economía neo-clásica, como muy didácticamente lo escribe
Vázquez-Barquero (1997), una lectura imprescindible para comenzar a adentrarse en este
campo. Esta divergencia / convergencia hacia una misma matriz teórica es importante para
entender ahora las diferencias entre ambos conceptos.
El concepto de desarrollo, como acertadamente lo sostienen Sunkel y Paz (1970) en un
texto considerado como clásico en su tiempo, es un tópico de la posguerra y habría que
agregar, es un tópico de las Naciones Unidas. Ya en la Carta del Atlántico firmada en 1941
por Churchill y Roosevelt se expresa que el único fundamento cierto de la paz reside en que
todos los hombres libres del mundo puedan disfrutar de seguridad económica y social, y por
lo tanto, se comprometen a buscar un orden mundial que permita alcanzar estos objetivos una
vez finalizada la guerra. Idéntica declaración de principios se establece en la Conferencia de
San Francisco en 1945 que diese forma a las Naciones Unidas. Es de sobra conocido que
desde sus inicios, las Naciones Unidas, particularmente a través de las Comisiones

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Artículo publicado en Madoery, Oscar y Vázquez Barquero, Antonio (eds.), Transformaciones globales,
Instituciones y Políticas de desarrollo local. Editorial Homo Sapiens, Rosario, 2001.
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Regionales y muy en particular a través de la Comisión Económica para América Latina y el


Caribe (CEPAL) hace del análisis del desarrollo un tema preferente tanto en la reflexión
como en los estudios empíricos.
Inicialmente el concepto de desarrollo (económico) fue asociado al crecimiento. Por
ejemplo, como lo citan Solari, Franco y Jutkowitz (1976;91), José Medina Echeverría, el
español considerado como el padre de la sociología latinoamericana del desarrollo, sostenía
que:

“El desarrollo económico es un proceso continuado cuyo mecanismo esencial consiste en


la aplicación reiterada del excedente en nuevas inversiones, y que tiene, como resultado la
expansión asimismo incesante de la unidad productiva de que se trate. Esta unidad puede ser
desde luego una sociedad entera..."

Idéntica postura es listada por Sunkel y Paz (1970) al enumerar las características o
enfoques actuales del desarrollo (los autores escribían en 1970) subrayando la identidad entre
crecimiento y desarrollo.
Durante dos décadas el desarrollo continuó siendo casi un sinónimo de crecimiento y el
PIB agregado y sobre todo, el PIB per cápita fue la medida corriente del nivel de desarrollo.
Esto contribuyó a consolidar el dominio profesional de los economistas en el tema del
desarrollo, algo que generó una suerte de circularidad viciosa de reduccionismo económico,
que poco ha ayudado a entender la verdadera naturaleza del fenómeno y al diseño de formas
eficaces de intervención promotora.
El economista británico Dudley Seers (1970) provocó a fines de los sesenta una verdadera
revolución en materia de desarrollo con su conocido artículo acerca del significado del
desarrollo.
Según Seers el punto de partida de una discusión acerca del desarrollo es reconocer que
“desarrollo” es un concepto normativo, lleno de juicios de valor. El mismo se pregunta acerca
de la fuente de tales juicios de valor, rechazando la posición de Tinbergen (el gobierno) tanto
como la propuesta implícita en la teoría de la modernización social (copiar el sendero de
desarrollo de otros países) y también rechaza un liberalismo a ultranza que implicaría la
permisividad para que cada individuo introduzca sus propios juicios de valor. Seers,
fuertemente inspirado en el pensamiento de Gandhi, sostiene que debemos preguntarnos a
nosotros mismos acerca de las condiciones necesarias para la realización del potencial de la
personalidad humana, algo comúnmente aceptado como objetivo. A partir de esta pregunta
Seers apunta a la alimentación, como una necesidad absoluta (inmediatamente traducida a
pobreza y a nivel de ingreso). Una segunda condición básica para el desarrollo personal es el
empleo y la tercera, es la igualdad entendida como equidad, aquí por tanto ya se introduce un
elemento subjetivo e intangible puesto que el concepto de equidad tiene tales dimensiones,
como se plantea por ejemplo en un trabajo de la CEPAL (1990).
Finalmente Seers señala textualmente (1970; 33):

“The question to ask about a country´s development are therefore: What has been
happening to poverty? What has been happening to unemployment? What has been
happening to inequality? If all three of these have declined from high levels, then beyond
doubt this has been a period of development for the country concerned”.
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Sería necesario esperar otra vez dos décadas para que el Programa de las Naciones Unidas
para el Desarrollo (PNUD), inspirado particularmente en ideas de Amartya Sen, de Mahbub
ul Haq, de Richard Jolly y otros, introdujese una nueva acepción y una nueva forma de medir
el desarrollo a través del concepto de un Índice de Desarrollo Humano. Desde comienzos de
los noventa el PNUD ha publicado sistemáticamente el resultado de la aplicación empírica de
este concepto en países y también a nivel mundial enriqueciendo enormemente la idea de
desarrollo.

Según se escribe en el informe del año 1996 (55/56):

“El desarrollo humano puede describirse como proceso de ampliación de las opciones de
la gente...Más allá de esas necesidades, la gente valora además beneficios que son menos
materiales. Entre ellos figuran, por ejemplo, la libertad de movimiento y de expresión y la
ausencia de opresión, violencia o explotación. La gente quiere además tener un sentido de
propósito en la vida, además de un sentido de potenciación. En tanto miembros de familias y
comunidades, las personas valoran la cohesión social y el derecho a afirmar sus tradiciones y
cultura propia”.

Desde el punto de vista conceptual el Índice de Desarrollo Humano (IDH) intenta ser una
aproximación a la medición de los niveles de Desarrollo Humano de las personas en los
distintos países, según se afirma en el informe sobre Chile del año 1996. Por razones
metodológicas, este Índice no incluye todos los ámbitos que el concepto de Desarrollo
Humano considera. Es así como reúne sólo tres componentes del Desarrollo Humano: calidad
de vida, longevidad y nivel de conocimiento. Estas dimensiones, ligadas al nivel de vida de la
población, pero también al desempeño de indicadores sociales del ámbito de la salud y de la
educación, reflejan en sí mismas la evolución de muchas otras variables a lo largo del tiempo.
Por tanto, se concluye en el estudio citado, constituyen una síntesis de diversos elementos
que conforman el Desarrollo Humano.
En el caso de salud, se mide la esperanza de vida al nacer. En el área de educación
actualmente se usa como variable la Mediana de Años de Escolaridad de personas de más de
25 años. Finalmente el Índice considera la disponibilidad de recursos económicos medida a
partir del poder adquisitivo sobre la base del PIB per cápita ajustado por el costo de vida. Es
importante destacar la diferente naturaleza de las variables incluidas en el Índice, algunas de
tipo “stock” y otras de tipo “flujos”.
Nuevamente hay que apuntar a la creciente “subjetivización” e “intangibilización” del
concepto de desarrollo y de su medición, algo que, como se verá más adelante, reclamará un
verdadero cambio de paradigma.
A mediados de los años noventa, el entonces Secretario General de las Naciones Unidas,
Boutros Boutros-Gali publica en 1995 el informe titulado An Agenda for Development,
documento que incluye con el mismo título un capítulo correspondiente al Report of the
Secretary General A/49/665 del 11 de Noviembre de ese año. En este capítulo el Secretario
General define cinco dimensiones del desarrollo, llevando definitivamente este concepto al
plano de lo intangible y abriendo entonces la puerta a profesionales provenientes de
disciplinas distintas de la economía en el trabajo sobre desarrollo. Sociólogos, politólogos,
psicólogos, historiadores, ecólogos, antropólogos y profesionales de la cultura encuentran
ahora nuevos espacios de trabajo. La inter y la multidisciplinariedad comienzan a abrirse
paso.
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Las dimensiones introducidas por Boutros-Gali son las siguientes:

“1) Peace as the foundation. Traditional approach to development presuppose that it


takes place under conditions of peace. Yet that is rarely the case....Development cannot
proceed easily in societies where military concerns are at or near the centre of life.
2) The economy as the engine of progress. Economic growth is the engine of
development as a whole....Accelerating the rate of economic growth is a condition for
expanding the resource base nad hence for economic, technological and social
transformation...It is not sufficient, however, to pursue economic growth for its own sake.
3) The environment as a basis for sustentability. Development and environment are
not separate concepts, nor can one be succesfully address witout reference to the other.
4) Justice as a pillar of society. Development does not takes place in a vacuum, nor
its is built upon an abstract foundation. Development takes place within a specific societal
context and in response to specific social conditions....People are a country´s principal
asset. Their well-being defines development.
5) Democracy as good governance. The link between development and democracy is
intuitive, yet its remains difficult to elucidate...In the context of development, improve
governance has several meanings. In particular however, its means the design and pursuit
of a comprehensive national strategy for development. Its means ensuring the capacity,
reliability and integrity of the core institutions of the modern State”.

En este breve recuento de la historia del concepto de desarrollo resulta obligado incluir
una propuesta, intermedia en el tiempo, publicada en español en un número especial de la
revista Development Dialogue (Fundación Dag Hammarskjold) en el año 1986 y que
representa, a juicio de muchos, la más acertada propuesta para un verdadero desarrollo, pero
que, lamentablemente, nunca logró traspasar las barreras del mundo académico. Se trata de la
propuesta conocida como Desarrollo a Escala Humana, en la versión de Manfred Max-
Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn, economista, sociólogo y filósofo
respectivamente, algo por demás sugerente. En las palabras de sus autores:

“Tal desarrollo (el desarrollo a escala humana) se concentra y sustenta en la satisfacción


de las necesidades humanas funda mentales, en la generación de niveles crecientes de
autodependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza y la
tecnología, de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo
social, de la planificación con la autonomía y de la Sociedad Civil con el Estado”.

Hay que reconocer la extraordinaria contemporaneidad de esta definición. De hecho,


buena parte de los conceptos que se discutirán en las secciones siguientes podrían ser
simplemente remitidos a esta definición. En particular, y este reconocimiento sólo lo puede
hacer con honestidad el propio autor, hay múltiples puntos de coincidencia o al menos de
semejanza entre esta propuesta y su lenguaje y la última propuesta de Boisier (1999) sobre
capital sinergético y desarrollo territorial, si bien ambas han sido formuladas en forma
absolutamente independiente entre sí.
En el “desarrollo a escala humana” se avanza en la subjetivización del desarrollo, se
categorizan los recursos no convencionales (notablemente similares a las varias formas de
“capital intangible” de Boisier) y se hace hincapié en la utilización de la sinergía como motor
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de desarrollo. Tales similitudes hablan por sí mismas de una época de transición


paradigmática, como lo sostendría seguramente Kuhn, transición caracterizada por el hecho
de que miembros de una misma comunidad de saberes, sin contacto entre sí, comienzan a
plantear las mismas dudas, a explorar los mismos nuevos senderos, a inventar similares
neologismos, a formular nuevas y parecidas propuestas.
Esta última reflexión lleva a otra, de particular importancia. En la medida en que se
reconoce en el desarrollo un concepto complejo, profundamente axiológico,
multidimensional, constructivista, cualitativo en su esencia e intangible por consecuencia, el
paradigma científico que ha dominado el desarrollo científico de la modernidad, el paradigma
asociado a Isaac Newton y a las leyes de la mecánica celeste, a Francis Bacon y al método
experimental como único fundamento del conocimiento científico y a René Descartes y al
razonamiento analítico, deja de ser útil para entender el desarrollo por su carácter de un
paradigma reduccionista, mecanicista y lineal. Entender el desarrollo requiere de enfoques
holísticos, sistémicos y recursivos. Morin, Prigogyne, Capra, Drucker, Fukuyama, Habermas,
Maturana y otros, son algunos de los nombres que comienzan a estar detrás de un nuevo
paradigma.
La cuestión práctica, lo que debiera interesar a los practitioners del desarrollo, entre los
cuales los más importantes son precisamente las autoridades locales, es que se requiere de un
verdadero re-entrenamiento mental para poder intervenir con alguna posibilidad de éxito en
el fomento del desarrollo, no sólo del crecimiento. Hay por delante una tarea gigantesca e
imprescindible para la comunidad académica, para instalar en la estructura curricular de pre y
post grado el paradigma propio de la complejidad.
Hablando sobre subjetividad social y desarrollo humano, Güell (1998) señala con mucho
acierto que:

“Un desarrollo que no promueve y fortalece confianzas, reconocimientos y sentidos


colectivos, carece en el corto plazo de una sociedad que lo sustente. Entonces la viabilidad y
éxito de un programa de desarrollo dependerá del grado en que las personas perciban ese
programa como un escenario en que su subjetividad colectiva es reconocida y fortalecida”.

El mismo autor desarrolla un documento cuyas secciones son sumamente llamativas y


cuyos títulos son: 1) Las personas y su subjetividad no son un recurso adicional, sino un
requisito indispensable del desarrollo; 2) Reconocer la subjetividad social no significa
construirle defensas y refugios frente a la globalización, sino potenciar su capacidad de
manejarla; 3) La reinvindicación de la subjetividad colectiva como objetivo y motor del
desarrollo no debe derivar en un populismo voluntarista; 4) La toma de decisiones para el
desarrollo no puede ser tecnocrática, pues involucra incertidumbre, respeto a la diversidad y
discernimiento público.

Los adjetivos del desarrollo: demasiados y redundantes

El desarrollo es la utopía social por excelencia. En un sentido metafórico es el miltoniano


paraíso perdido de la humanidad, nunca alcanzable ni recuperable debido a su naturaleza
asintótica al eje de su propia realización. En la práctica, y el breve recuento de su historia más
contemporánea así lo prueba, cada vez que un grupo social se aproxima a lo que es su propia
idea de un “estado de desarrollo”, inmediatamente cambia sus metas, sean cuantitativas o
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cualitativas. Demos gracias a ello: de otra manera la humanidad todavía estaría dibujando
bisontes en alguna cueva del sur de Europa! Hay autores, como Veiga (1993), que hablan de
la “insustentable utopía del desarrollo”.
Quizás en parte debido a ello, a su propia naturaleza utópica y en parte también debido a
nuestro sobre-entrenamiento intelectual en las disyunciones analíticas cartesianas, se ha
producido paulatinamente una verdadera polisemia en torno al desarrollo, es decir, una
multiplicidad de significados cada uno de los cuales reclama identidad única en relación al
adjetivo con que se acompaña el sustantivo “desarrollo”. Así se asiste a una verdadera
proliferación de “desarrollos”: desarrollo territorial, desarrollo regional, desarrollo local,
desarrollo endógeno, desarrollo sustentable, desarrollo humano y, en términos de su
dinámica, desarrollo “de abajo-arriba” (o su contrapartida, “del centro-abajo”) y otros más.
Incluso se observa, en el más puro estilo del cartesianismo, la especialización funcional de
instituciones académicas y políticas, unas ocupadas de ésta o de esta otra categoría, como si
fuesen categorías independientes.

1.- Desarrollo territorial. La más amplia acepción de desarrollo (desde el punto de vista
del tema central de este documento) es la de desarrollo territorial. Acá se trata de un
concepto asociado a la idea de contenedor y no a la idea de contenido. Territorio es todo
recorte de la superficie terrestre, pero no cualquier territorio interesa desde el punto de vista
del desarrollo.

Como recorte de la superficie terrestre el territorio puede mostrar a lo menos tres


características de complejidad creciente. Se habla de “territorio natural” para hacer referencia
precisamente a un tipo de recorte primario en el cual sólo es posible reconocer los elementos
de la naturaleza, sin que medie aún penetración ni menos, intervención humana. Se trata de
lugares vírgenes en el lenguaje habitual. En seguida puede reconocerse un tipo de “territorio
equipado” o intervenido, en el cual el hombre ya ha instalado sistemas (por precarios que
sean) de transporte, obras de equipamiento (como represas por ejemplo) y aún actividades
productivas extractivas (campamentos mineros por ejemplo). Finalmente se habla de
“territorio organizado” para denotar la existencia de actividades de mayor complejidad, de
sistemas de asentamientos humanos, de redes de transporte, pero sobre todo, de la existencia
de una comunidad que se reconoce y que tiene como auto referencia primaria el propio
territorio y que está regulada mediante un dispositivo político-administrativo que define las
competencias de ese territorio y su ubicación y papel en el ordenamiento jurídico nacional, es
decir, un territorio organizado tiene una estructura de administración y, en algunos casos,
también de gobierno. Estos territorios pasan a ser sujetos de intervenciones promotoras del
desarrollo.
Así es que la expresión “desarrollo territorial” se refiere a la escala geográfica de un
proceso y no a su sustancia. Es una escala continua en la que es posible reconocer los
siguientes “cortes”: mundo, continente, país, región, estado o provincia o departamento,
comuna, y en ciertos casos, “veredas”, “corregimientos” u otras categorías menores. El
término “ingeniería de las intervenciones territoriales” acuñado en el ILPES en los años
noventa, no hace distinción alguna entre territorios ya que pretende incluirlos a todos y a cada
uno.
Hay que recordar en este contexto que el término “país” originalmente no estaba asociado
al concepto de Estado-Nación, sino más bien a “lu gares” pequeños de características
específicas portadoras de una gran identidad. Pays y paysan en francés y paese y paesano en
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italiano son todavía gentilicios que aluden al “campo”, a lo campesino y a lo “lugareño”, a


territorios de pequeña escala.

2.- Desarrollo regional. El desarrollo regional consiste en un proceso de cambio


estructural localizado (en un ámbito territorial denominado “región”) que se asocia a un
permanente proceso de progreso de la propia región, de la comunidad o sociedad que habita
en ella y de cada individuo miembro de talo comunidad y habitante de tal territorio.
Obsérvese la complejidad de esta definición al combinar tres dimensiones: una dimensión
espacial, una dimensión social y una dimensión individual. El “progreso” de la regió n debe
entenderse como la transformación sistemática del territorio regional en un sujeto colectivo
(cuestión que muchos, por razones ideológicas, discuten); el “progreso” de la comunidad
debe entenderse como el proceso de fortalecimiento de la sociedad civil y el logro de una
percepción de pertenencia regional y el “progreso” de cada individuo debe interpretarse como
la remoción de toda clase de barreras que impiden a una persona determinada, miembro de la
comunidad en cuestión y habitante de la región, alcanzar su plena realización como persona
humana.
No es el propósito en esta oportunidad entrar a un análisis más detallado del concepto de
desarrollo regional, pero es inescapable señalar que el meollo de la cuestión reside en la
definición de “región”. ¿Qué es una región? es una pregunta con varios siglos de edad y que
ha motivado innumerables debates y publicaciones. No hay sino respuestas convencionales,
desde aquellas que enfatizan los aspectos psico sociales, como por ejemplo lo hacía Hilhorst
(1980) al preguntarse si acaso las regiones no eran sino construcciones mentales o como lo
hace Hiernaux (1995) al sostener que la región es una articulación coherente de articulaciones
sistémicas entre diversos grupos y cosmovisiones espacio -temporales, hasta las definiciones
más tradicionales basadas en la geografía o en la economía.
La posición de este autor, expresada en muchos textos, es que la región es un territorio
organizado que contiene, en términos reales o en términos potenciales, los factores de su
propio desarrollo, con total independencia de la escala. Así, podrán existir regiones grandes
o pequeñas, de facto o de jure , con continuidad espacial o con discontinuidad en la
virtualidad del mundo actual, pero con un atributo definitorio: la propia complejidad de un
sistema abierto. Pero, entonces, ¿ en qué se diferencia el desarrollo regional del desarrollo
local? Esta pregunta quedará pendiente por el momento.

3.- Desarrollo local. Si se tratase de un concurso de popularidad, el concepto de


“desarrollo local” ganaría el primer lugar en las preferencias. Aquí, sin duda, hay mucho que
decir. Desde luego, ahora se trata de un concepto sustantivo (contenido más que mero
contenedor) que alude a una cierta modalidad de desarrollo que puede tomar forma en
territorios de variados tamaños, pero no en todos, dada la intrínseca complejidad del proceso
de desarrollo. Es evidentemente una sobre simplificación asimilar el concepto de desarrollo
local a la idea de comuna, a lo municipal. En realidad, lo “local” sólo hace sentido cuando se
le mira, por así decirlo, “desde afuera y desde arriba” y así las regiones constituyen espacios
locales miradas desde el país así como la provincia es local desde la región y la comuna lo es
desde la provincia, etc. Al respecto Di Pietro (1999) dice que:
“Lo local es un concepto relativo a un espacio más amplio. No puede analizarse lo local
sin hacer referencia al espacio más abarcador en el cual se inserta (municipio, departamento,
provincia, región, nación). Actualmente se juega con la contraposición ‘local/global’
mostrando las paradojas y relaciones entre ambos términos”.
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Hay una considerable confusión en la literatura en relación a la idea de desarrollo local.


Ello se debe, al parecer, a dos causas: a) se trata de una “práctica sin teoría” al decir de
Guimaraes (1997; 281), quien escribe:

“The term ‘local economic development’ (LED) describes a practice without much
theoretical underpinning: a practice that would benefit from, but may actually never find,
comprehensive and applicable sustantive theory”.

y, b) es un concepto que reconoce por lo menos tres matrices de origen. Primeramente, el


desarrollo local es la expresión de una lógica de regulación horizontal que refleja la dialéctica
centro / periferia, una lógica dominante en la fase pre-industrial del capitalismo, pero que
sigue vigente aunque sin ser ya dominante, como lo señala Muller (1990). En segundo lugar,
el desarrollo local es considerado, sobre todo en Europa, como una respuesta a la crisis
macroeconómica y al ajuste, incluido el ajuste político supra-nacional implícito en la
conformación de la UE; casi todos los autores europeos ubican el desarrollo local en esta
perspectiva. En tercer lugar, el desarrollo local es estimulado en todo el mundo por la
globalización y por la dialéctica global/local que ésta conlleva.

En otras palabras, hay tres racionalidades que pueden operar detrás del concepto de
desarrollo local y no pocos errores prácticos provienen de una mala combinación de
instrumentos y de tipo de racionalidad. Por ejemplo, se copian instituciones y medidas de
desarrollo local ensayadas en Europa (desarrollo local como respuesta) y se intenta aplicarlas
en América Latina (desarrollo local como lógica de regulación horizontal).
Son muchos los autores que en diversos continentes escriben sobre desarrollo local y acá
se hará referencia a varios de ellos. Curiosamente, pocos se atreven a la osadía de definir con
exactitud el concepto mismo de desarrollo local.
Muller (1990) dice que las sociedades tradicionales, son, sobre todo, sociedades
territoriales o a menudo conjuntos más o menos integrados de territorios relativamente
autónomos. En este tipo de sociedad, agrega, es el territorio el que confiere a los individuos
su identidad fundamental: se es ante todo “de alguna parte” (en tanto que hoy día es la
identidad profesional la estructurante). De tal manera que es una referencia común a un
territorio lo que otorga coherencia a las comunidades humanas. Cada territorio, continúa
Muller, funciona como un sistema relativamente cerrado que encuentra en sí mismo las
fuentes de su propia reproducción. ¡Cuidado con las palabras! Las palabras de Muller
describen o pueden describir la Francia feudal pre Richelieu tan bien como la Alemania
contemporánea y sus “länders”!
Lo que sucede es que la lógica de regulación horizontal propia de las sociedades
territoriales antiguas no ha desaparecido sino que coexiste con la lógica de regulación
vertical, propia, según el mismo autor, del funcionalismo introducido por la industrialización
y la modernización. Es más, es el mismo autor quien a continuación habla de la crisis de la
proximidad originada en la complejidad creciente de la lógica vertical y en la necesidad
entonces de “volver a lo local”:

“C´est dans un tel contexte de crise de la proximité qu´il faut resituer la résurgence du
local. En effect l´espace local apparit aujourd´hui à la fois comme un lieu potentiel de remise
en cohérence de la sectorialité permettant dépasser les effects pervers du corporatisme et
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comme lieu où peuvent se reconstruire de relations de proximité dans les quelles les individus
retrouvent un part de maîtrise de la complexité du monde. Autrement dit, le local apparaît
aujourd´hui comme un space où l´exigence de rationalité peut se réconcilier avec l´exigence
de proximité”.

El desarrollo local, en el contexto del análisis de Muller, fue la forma normal de


reproducción social y vuelve, envuelto ahora en un velo tecnológico, a reinstalarse como
forma de reproducción social y territorial. Se trata de un caso similar al de los polos de
desarrollo à la Perroux, que han renacido desde la industrialización fordista a la
industrialización flexible.

Buarque (1999; 23/25) es uno de los especialistas que se atreve a definir el desarrollo
local; algunas de sus proposiciones son las siguientes:

“Desenvolvimento local e um proceso endógeno registrado en pequenas unidades


territoriais e agrupamentos humanos capaz de promover o dinamismo económico e a
melhoría da qualidade de vida da populaçao.
A pesar de constituir um movime nto de forte conteúdo interno, o desenvolvimento local
está inserido en uma realidade mais ampla e complexa com a qual interage e da qual recebe
influências e presiones positivas e negativas.
O conceito genérico de desenvolvimento local pode ser aplicado para diferentes cortes
territoriais e aglomerados humanos de pequena escala, desde a comunidade (...) até o
municipio ou mesmo microregiôes homogêneas de porte reduzido. O desenvolvimento
municipal é, portanto, um caso particular de desenvolvimento local com uma amplitude
espacial delimitada pelo corte político-administrativo do municipio ” (Itálicas en el original).
Estos planteamientos de Buarque se enmarcan en la primera matriz referencial del
desarrollo local, como lógica de regulación horizontal.

Arocena (1997; 91), uno de los autores latinoamericanos más importantes en este campo
asume una postura próxima a la tercera matriz de origen al ubicar el desarrollo local en la
dialéctica global/local:

“El desarrollo local no es pensable si no se inscribe en la racionalidad globalizante de los


mercados, pero tampoco es viable si no se plantea sus raíces en las diferencias identitarias
que lo harán un proceso habitado por el ser humano”.

Indesmentible la postura humanista y “tourainiana” del sociólogo uruguayo ! En una


posición similar se encuentra también Buarque (op.cit.) quien en la parte inicial de su libro
había adoptado una visión más cercana a la enmarcada en la lógica horizontal. Ahora
Buarque sostiene que:

“O desenvolvimento local dentro da globalizaçao é uma resultante direta da capacidade de


os atores e de a sociedade locais se estruturarem e se mobilizarem , com base na suas
potencialidades e na sua matriz cultural, para definir e explorar suas prioridades e
especificidades, buscando a competitividade num contexto de rápidas e profundas
transformaçoes” (Itálicas en el original).
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Como se indicó más atrás, la conceptualización del desarrollo local como respuesta ha sido
la manera preferida en que los europeos se refieren al tema. En 1995 la OCDE había puesto
esta cuestión con claridad meridiana, como lo cita Cuervo (1998):

“El enfoque local del desarrollo es una respuesta a los problemas del desempleo y
desorganización económica causados por la decadencia industrial y las deslocalizaciones.
Después del fracaso relativo de los proyectos organizados y aplicados por organismos
públicos nacionales, la idea de utilizar procedimientos locales ha ido ganando vigencia”.

Como lo han comentado varios autores, las fuertes transformaciones que se están
produciendo en el modelo de acumulación de capital plantean problemas de regulación como
la gestión del mercado de trabajo o la adaptación y difusión de la tecnología moderna que las
instituciones que fueron eficaces durante la última fase expansiva del ciclo, no son capaces de
afrontar. Los instrumentos de intervención del Estado han perdido eficacia en la regulación
de la economía, lo que produce un desajuste entre las demandas de regulación y el marco
socioinstitucional. De esta manera las transformaciones que están ocurriendo en el sistema de
intervención del Estado adquieren carácter estratégico. Es más, como lo señala Vázquez-
Barquero, la reestructuración del Estado está impulsando formas nuevas en la gestión pública
como es la política de desarrollo local. Ante un problema global de reestructuración del
sistema productivo europeo, en la última década las comunidades locales han tratado de dar
una respuesta a sus problemas intentando dinamizar el ajuste de los sistemas productivos
locales. Algunos gobiernos locales / regionales han intervenido en el proceso, impulsando
políticas encaminadas a solucionar los problemas que presenta la reestructuración productiva.
Es en este contexto en el cual uno de los máximos exponentes del pensamiento
regionalista europeo, Vázque z-Barquero, define el desarrollo local (1988; 129):

“Un proceso de crecimiento económico y de cambio estructural que conduce a una mejora
en el nivel de vida de la población local, en el que se pueden identificar tres dimensiones: una
económica, en la que los empresarios locales usan su capacidad para organizar los factores
productivos locales con niveles de productividad suficientes para ser competitivos en los
mercados; otra, sociocultural, en que los valores y las instituciones sirven de base al proceso
de desarrollo; y, finalmente, una dimensión político-administrativa en que las políticas
territoriales permiten crear un entorno económico local favorable, protegerlo de
interferencias externas e impulsar el desarrollo local”.

Cuervo (1998) agrega también que es en este contexto de “desafío / respuesta”, que se
descubre la naturaleza ambivalente del desarrollo económico local: se trata de una respuesta
residual, desencadenada por un vacío generado por la ausencia y el debilitamiento del
gobierno naciona l; se trata igualmente de una oportunidad, creada por las nuevas y viejas
virtudes de lo local, como ámbito de construcción de procesos de desarrollo.
Borja y Castells (1997) señalan que lo global y lo local son complementarios, creadores
conjuntos de sinergia social y económica, como lo fueron en los albores de la economía
mundial en los siglos XIV-XVI, momento en que las ciudades-estado se constituyeron en
centro de innovación y de comercio a escala mundial. Los mismos autores apuntan a la
importancia estratégica de lo local como centro de gestión de lo global en el nuevo sistema
tecno-económico, cuestión que puede apreciarse en tres ámbitos principales: el de la
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productividad y competitividad económicas, el de la integración socio-cultural y el de la


representación y gestión políticas.
Para finalizar este sintético recuento de opiniones conviene citar a Calafati (1998) quien
afirma que la introducción del concepto de “sistema local” en la discusión sobre desarrollo
(nacional) hace aparecer, en torno a la idea de “sistema”, dos cuestiones muy básicas:
primeramente, un sistema cuyas unidades fundamentales son seres humanos debe tener un
mecanismo de control, es decir, su naturaleza debe ser homeostática (debe tener un
“cerebro”); en segundo lugar, puesto que un sistema local es un “sistema abierto”, se hace
necesario entender sus procesos en términos de un determinado patrón de interacción entre el
“sistema” y su “entorno”. Estas dos características de lo territorial sub- nacional han sido
punto obligado en los últimos trabajos de Boisier (1997 y 1998) quien ha insistido, en verdad
desde hace tiempo, en que un nuevo entorno del desarrollo territorial es parte integrante de un
nuevo y necesario paradigma y que la complejidad sistémica es en verdad un objetivo a
lograr estratégicamente para permitir, precisamente, una adecuada articulación entre el
sistema local o regional y el medio externo contemporáneo, caracterizado, a lo menos en el
núcleo, por una creciente complejidad.
Ahora puede volverse a la pregunta con respuesta pendiente: ¿cuál es la diferencia entre
lo local y lo regional? Hay que responder diciendo que la diferencia entre ambos conceptos
reside en una doble cuestión escalar. Por un lado, tratase de una escala territorial en la cual en
distintos segmentos de ella se ubican tanto lo local como lo regional, aunque no hay ninguna
regla matemática que marque el límite, pero obviamente choca al sentido común referirse al
desarrollo de la Región CORPES/OCCIDENTE de Colombia (que incluye ocho
Departamentos, ciudades tan importantes como Cali y Medellín y que representa casi el 20 %
del territorio y casi el 40 % de la población y casi el 50 % del VA industrial del país) como
desarrollo local. Es obvio que en este caso el adjetivo regional aparece, incluso
intuitivamente, como el apropiado. A la inversa, también parece contradecir el sentido común
referirse al desarrollo de la ciudad de Manizales (que no queda circunscrito al plano urbano
de ella) como desarrollo regional; contrariamente al caso anterior, acá local parece “calzar”
mejor con la realidad. Si se tratase de hablar del desarrollo del Departamento de Caldas, parte
de la Región y cuya capital es Manizales, se entra ya a un terreno de traslapos y
superposiciones. Por otro lado, se trata de una escala funcional, poco precisa también, pero
dotada de una cierta sensatez. Es evidente que la función de promover el empleo se entiende
hoy como una función muy apropiada a la escala local, pero es igualmente evidente que una
función como la promoción de la investigación científica y tecnológica (parte importante de
la idea de desarrollo), altamente dependiente del funcionamiento de un sistema de ciencia y
tecnología, no podría ser considerada una función local, sino regional, que sería la escala
funcionalmente adecuada (y con no pocas dificultades habría que añadir!).
Otra importante diferenciación entre lo local y lo regional reside en la distinta importancia
relativa de los actores individuales y corporativos o institucionales en uno u otro caso. Se
espera, razonablemente, que un territorio “local” sea un territorio proxémico en el cual las
relaciones inter-personales, los contactos “cara a cara” y las tradiciones familiares y sociales
sean de mayor importancia que las relaciones impersonales mediatizadas por ins tituciones y
que las tradiciones sean cuando menos tan importantes como el marco legal. Stöhr (1990) en
Global Challenge and Local Response presenta con mucha fuerza el papel desempeñado
por actores individuales en gatillar procesos de desarrollo en varias regiones y localidades
europeas.
12

No obstante y en definitiva, la línea de separación entre lo local y lo regional será siempre


bastante casuística y arbitraria en el buen sentido de la palabra.

4.- Desarrollo endógeno . Casi tan popular como la idea de desarrollo “local” es ahora la
idea de desarrollo “endógeno”. Y también es una idea casi tan confusa como el concepto
anterior. El concepto de desarrollo endógeno nace como reacción al pensamiento y a la
práctica dominante en materia de desarrollo territorial en las décadas de los 50 y 60,
pensamiento y práctica enmarcados en el paradigma industrial fordista y en la difusión “del
centro-abajo” de las innovaciones y de los impulsos de cambio.

Sin embargo, en las últimas décadas, una nueva acepción de desarrollo “endógeno”
aparece de la mano del concepto de crecimiento endógeno, propio de los nuevos modelos de
crecimiento económico global o agregado que hacen de la innovación tecnológica un
fenómeno interno a la propia función de producción, como en Lucas y en Romer, dejando en
el pasado la concepción neo-clásica del “factor residual” de Solow, como lo muestra
Vázquez-Barquero (1977). Esto ha introducido una considerable confusión puesto que los
calificativos de “exógeno” y “endógeno” juegan un papel muy diferente a medida en que se
desciende en la escala territorial. Boisier (1997) ha mostrado que en el contexto de la
globalización (y de alta movilidad espacial del capital) el crecimiento territorial es más y más
exógeno (como regla general) a medida que el recorte territorial es más y más pequeño
debido a que la matriz de agentes que controlan los actuales factores de crecimiento
(acumulación de capital, acumulación de conocimiento, capital humano, política económica
global, demanda externa) tiende a separarse más y más de la matriz social de agentes locales,
siendo los primeros en su mayoría agentes residentes fuera del territorio en cuestión. Por el
contrario, sostiene el mismo autor, el desarrollo debe ser considerado como más y más
endógeno, debido a su estrecha asociación con la cultura local y con los valores que ella
incluye. Si el desarrollo es un fenómeno de un alto contenido axiológico, algunos valores son
universales (el valor de la vida, o el de la libertad, por ejemplo), pero la mayoría tienen un
carácter particular a la sociedad local.
Cuadrado-Roura (1995) recuerda que el cambio en el balance de “movilidad y de
inmovilidad” producido en los factores productivos desde los años 70 motivaron diversos
trabajos que definieron los cuatro elementos que se consideraban responsables del éxito de
ciertas economías locales: el talento empresarial, un sistema productivo flexible, economías
generadas en los distritos industriales y la existencia de algún agente “individual o colectivo”
capaz de actuar como catalizador para movilizar el potencial “autóctono”. Es así como las
primeras teorías que consideraban dichos elementos como auténticas causas de desarrollo
local surgieron en Italia durante la segunda mitad de la década de los setenta de manera tal
que el “desarrollo endógeno” tiene un profundo “aire itálico” debido a su asociación con
nombres como los de Bagnasco, Becattini, Brusco, Garofoli, Fuá y otros.
Garofoli (1995), uno de los más notables exponentes del “nuevo regionalismo” europeo
define el desarrollo endógeno de la manera siguiente:

“Desarrollo endógeno significa, en efecto, la capacidad para transformar el sistema socio -


económico; la habilidad para reaccionar a los desafíos externos; la promoción de aprendizaje
social; y la habilidad para introduc ir formas específicas de regulación social a nivel local que
favorecen el desarrollo de las características anteriores. Desarrollo endógeno es, en otras
palabras, la habilidad para innovar a nivel local”.
13

Un figura tan señera de la teoría regional como John Friedmann respaldaba desde antes
(1989) definiciones como la de Garafoli diciendo que:

“Only cultural regions have the capacity to develop ‘from within’, because only they have
a collective sense of who they are, and because their presence in the wor ld makes a
difference”.

Conviene recordar que a pesar de la enorme influencia intelectual de Friedmann y a pesar


de su prolífica producción, el concepto explícito de “desarrollo endógeno” no pertenece a su
vocabulario, si bien no caben dudas de su vocación “territorial/local”, como de una manera
tan expresa se plantea en su concepción de “distritos agropolitanos”.
Aunque sin emplear el término preciso de “desarrollo endógeno”, tampoco cabe duda
alguna que la propuesta de Stöhr y Todtling (1997) conocida como la estrategia de
cerramiento espacial selectivo se ubica plenamente dentro de la idea de desarrollo endógeno.

El “cerramiento espacial selectivo”, lejos de cualquier autarquía según sus propios autores,
propone un conjunto de políticas que permitirían canalizar los ampliamente conocidos e
incontrolados efectos de drenaje (backwash) de carácter económico, social y político a fin de
facilitar una mayor equidad espacial en las condiciones de vida. Tales políticas presuponen
varios requisitos: a) la ampliación de las políticas espaciales más allá de la economía para
considerar explícitamente los procesos sociales y políticos; b) la reformulación del concepto
negativo de fricción de distancia a uno positivo ligado a la estructura de un sistema decisional
espacialmente desagregado; c) una mayor atención a las actividades no mercantiles y no
institucionales y a los requerimientos de la pequeña escala humana y de las relaciones con el
medio; d) un cambio en los poderes decisionales desde las actuales unidades sectoriales
(verticales) a unidades territoriales (horizontales). Los autores finalmente proponen varias
medidas generales para aumentar el cerramiento espacial selectivo desde el lado de la oferta
así como desde el lado de la demanda.
Buscando nuevamente en Vázquez-Barquero (1997) definiciones más rigurosas del
desarrollo endógeno se encuentran un par de opiniones del mayor interés. En primer lugar,
afirma que las teorías del desarrollo endógeno se diferencian de los modelos de crecimiento
endógeno en el tratamiento que dan a la cuestión de la convergencia. Consideran que en los
procesos de desarrollo económico lo verdaderamente importante es identificar los
mecanismos y los factores que favorecen los procesos de crecimiento y cambio estructural y
no si existe convergencia entre las economías regionales o locales. Y agrega que las teorías
del desarrollo endógeno sostienen que la competitividad de los territorios se debe, en buena
medida, a la flexibilidad de la organización de la producción, a la capacidad de integrar, de
forma flexible, los recursos de las empresas y del territorio. Según este autor, el desarrollo
endógeno obedecería a la formación de un proceso emprendedor e innovador, en que el
territorio no es un receptor pasivo de las estrategias de las grandes empresas y de las
organizaciones externas, sino que tiene una estrategia propia que le permite incidir en la
dinámica económica local.
Más preciso es Boisier (1993) quien sostiene que:

“La endogeneidad del desarrollo regional habría que entenderla como un fenómeno que se
presenta en por lo menos cuatro planos que se cortan, se cruzan entre sí.
14

Primero, la endogeneidad se refiere o se manifiesta en el plano político, en el cual se le


identifica como una creciente capacidad regional para tomar las decisiones relevantes en
relación a diferentes opciones de desarrollo, diferentes estilos de desarrollo, y en relación al
uso de los instrumentos correspondientes, o sea, la capacidad de diseñar y ejecutar políticas
de desarrollo, y sobre todo, la capacidad de negociar.
En segundo lugar, la endogeneidad se manifiesta en el plano económico, y se refiere en
este caso a la apropiación y reinversión regional de parte del excedente a fin de diversificar la
economía regional, dándole al mismo tiempo una base permanente de sustentación en el largo
plazo...
En tercer lugar, la endogeneidad es también interpretada en el plano científico y
tecnológico, es decir, la vemos como la capacidad interna de un sistema –en este de un
territorio organizado—para generar sus propios impulsos tecnológicos de cambio, capaces de
provocar modificaciones cualitativas en el sistema. En cuarto lugar, la endogeneidad se
plantea en el plano de la cultura, como una suerte de matriz generadora de la identidad
socioterritorial”. (Itálicas en el original).
De esta manera, según el autor, se va generando un escenario que es ocupado por una
variedad de actores públicos y privados de cuya interacción surge la sinergia necesaria.
Cuando se piensa en profundidad en la esencia del desarrollo endógeno, viene a la
memoria algo que estuvo de moda en todo el mundo hace unos pocos años: aquellos
coloridos cuadros formados por una infinidad de puntos de distintos colores que había que
mirar de una cierta manera para “ver” como emergía de ese conjunto una figura. En cierto
sentido, era necesario ensayar una mirada “holística y sistémica” para descubrir aquello
oculto a primera vista, oculto precisamente a una visión analítica (cartesiana) que ve partes y
no ve el todo. Este ejemplo ilustra lo que se denomina en análisis de sistemas como
propiedades emergentes del sistema (una emergencia sistémica).
Pues bien, el desarrollo endógeno puede ser entendido como una propiedad emergente de
un sistema territorial que posee un elevado stock de capitales intangibles y sinergético,
siguiendo la última propuesta de Boisier (1999; op.cit.) sobre este concepto. En otras
palabras, el desarrollo endógeno se produce como resultado de un fuerte proceso de
articulación de actores locales y de variadas formas de capital intangible, en el marco
preferente de un proyecto político colectivo de desarrollo del territorio en cuestión.
Todo proceso de desarrollo endógeno se vincula al desarrollo local de una manera
asimétrica: el desarrollo local es siempre un desarrollo endógeno, pero éste puede encontrarse
en escalas supra locales, como la escala regional por ejemplo.

5.- Desarrollo descentralizado. La descentralización es una cuestión que se plantea con


gran fuerza en América Latina desde los años setenta, al comienzo asociada al modelo neo
liberal de política económica que acompañó al entronamiento de los gobiernos de facto y
posteriormente, vinculada precisamente a la recuperación democrática que se instala
definitivamente en todo el subcontinente a partir de Marzo de 1990. Como es claro, para
poder servir a dos señores tan distintos, la descentralización, o es un fenómeno de alta
complejidad o es una cuestión “difusa y confusa”, como este autor la caracterizó en alguna
oportunidad. Hay algo de verdad en ambas lecturas. Es un proceso multidimensional
complejo sin duda alguna y hay mucho de confusión y de error en la forma en que se le
presenta y discute.
15

Pero no este el momento de entrar de lleno en una discusión sobre el contenido del
término descentralización. Hay una sobre abundancia de literatura bien conocida en el tema.
Lo que interesa acá y en este momento es de un alcance más limitado: se trata de escudriñar
un tanto en la relación entre desarrollo territorial y descentralización.
Hay que decir para comenzar que descentralizació n es un concepto que se despliega en
tres dimensiones: la funcional, la territorial, y la política. En cualquier caso, descentralizar
siempre implica una redistribución de poder y normalmente significa crear instituciones que
tienen como características básicas el contar con una personería jurídica independiente de
otras figuras jurídicas (como el Estado), con recursos o presupuesto propio y con normas de
funcionamiento propias. Por supuesto, que como es ya bien conocido, deslocalización y
desconcentración son conceptos que se encuentran en la misma cadena argumental, pero al
mismo tiempo son completamente distintos al de descentralización; el parecido lleva a
confundirlos a veces, como sucedió en Chile durante largos años, particularmente en relación
a la instalación del Parlamento en la ciudad de Valparaíso.
La descentralización funcional lleva a la creación de organismos con las propiedades
citadas en el párrafo anterior, pero con competencias restringidas a una determinada actividad
o sector (como por ejemplo, un Banco Estatal Ganadero). La descentralización territorial
también implica la creación o el reconocimiento de entidades con, nuevamente, las
características señaladas, pero estando sus múltiples competencias restringidas a un ámbito
geográfico determinado (como es el caso de los actuales Gobiernos Regionales en Chile).
Finalmente la descentralización política agrega el requisito de la generación del ente
mediante elecciones políticas democráticas (libres, secretas e informadas) como sería el caso
de los gobiernos autónomos de las comunidades españolas.
Estas tres categorías o dimensiones “puras” de la descentralización pueden combinarse por
pares para dar origen a formas mixtas y de entre ellas, la que interesa definitivamente a esta
discusión es la descentralización política-territorial, es decir, el establecimiento de entes de
gobierno para los territorios mediante su generación por votación popular.
El desarrollo descentralizado supone la configuración del territorio en cuestión como un
sujeto colectivo con capacidad para construir su propio futuro. Desde luego, no es el territorio
como recorte geográfico el que puede operar como sujeto; sí lo es la comunidad que habita
tal territorio en la medida en que ella misma se alimenta del regionalismo (regionalismo: un
sentimiento de identificación y pertenencia a un territorio, que es permanente en el tiempo y
que permite subsumir intereses particulares en un interés colectivo y que genera una cultura
de características particulares, que unifica hacia adentro y separa y distingue hacia afuera) y
en la medida en que es capaz de darse a sí misma un proyecto de futuro común consensuado
para dar cabida a la diversidad. Como se sabe, la idea de un “sujeto colectivo territorial”
produce pánico en el marxismo ortodoxo que ha cortado algunas ilustres cabezas por apoyar
esta herejía, ya que tal sujeto, pluri- clasista por definición, desplazaría a la lucha de clases
como motor del cambio social.
Hay, finalmente, una clara intersección entre desarrollo endógeno y descentralizado,
puesto que es el poder transferido y también creado a partir de la descentralización el que
permite tomar decisiones en relación a opciones de desarrollo y el que permite la apropiación
parcial del excedente a fin de realimentar el proceso de crecimiento in situ.

6.- Desarrollo de abajo-arriba. Otro concepto usado con frecuencia en la literatura es el


“desarrollo desde abajo” o “de abajo -arriba” (bottom-up) en contraposición con la corriente
dominante desde los cincuenta entronizada en el paradigma de “desarrollo del centro-abajo” .
16

Stöhr y Taylor (1981) prácticamente dijeron, ellos mismos o sus colaboradores en el libro,
todo lo que era aparentemente posible decir acerca de esta propuesta paradigmática.
El punto de partida de esta propuesta es el reconocimiento del escaso éxito de las formas
consideradas “adecuadas” en la transmisión de innovaciones (tanto tecnológicas como
económicas y culturales) basadas en los canales inter firmas propios del insumo-producto, en
los canales intra firma propios del modelo organizacional casa matriz/filial y en los canales
inter urbanos implícitos en el ordenamiento del sistema de centros urbanos (la regla “rango -
tamaño” como ordenamiento paretiano óptimo). Cada tipo de canal definía al mismo tiempo
un campo de política pública: globales, sectoriales y “espaciales”. Esto es lo que lleva a
Stöhr y Taylor a afirmar que:
“The available evidence as quoted above indicates that traditional spatial development
policies (predominantly of the centre-down-and-outward type) in most cases have not been
able—at least within a socially or politically tolerable time-span—to improve or even
stabilize living levels in the lest- developed areas of the Third World countries. Alternative
spatial development strategies therefore should be urgently considered...Development “from
below” needs to be closely related to specific socio-cultural, historical and institutional
conditions of the country and regions concerned.[...].The guiding principle is that
development of territorial units should be primarily based on full mobilization of their
natural, human and institutional resources”.

En este contexto los autores definen los siguientes elementos como componentes
esenciales de estrategias de desarrollo “desde abajo”:
1) El establecimiento de un amplio acceso a la tierra y a otros recursos naturales del
territorio, como factores claves de producción en la mayoría de las áreas menos desarrolladas
en el mundo;
2) La introducción de nuevas estructuras decisionales organizadas territorialmente (o el
restablecimiento de antiguas estructuras) para garantizar la equidad en la comunidad;
3) La concesión de un nivel más elevado de auto-determinación a las áreas rurales así
como a otras áreas periféricas para generar una institucionalidad propia;
4) La elección de una tecnología “regionalmente adecuada” orientada a economizar
recursos escasos y a maximizar el uso de los recursos abundantes;
5) Prioridad a los proyectos que satisfacen necesidades básicas de la población;
6) Introducción de políticas de precios nacionales que favorezcan los términos de
intercambio de las regiones periféricas;
7) Ayuda externa admisible como compensación de los efectos de erosión causada por
dependencias previas;
8) El desarrollo de actividades productivas que excedan la demanda regional sólo si ellas
conducen a una amplia mejoría en las condiciones de vida de la población.
9) Reestructuración de los sistemas de transporte y del sistema urbano para mejorar y
hacer más equitativo el acceso de la población en todo el territorio;
10) Mejoramiento del transporte y de las comunicaciones rural-rural y rural-aldea,
11) Estructuras sociales igualitarias y una conciencia colectiva son, a juicio de los
autores, elementos importantes para una estrategia “de abajo-arriba”.

Como suele suceder, a veces la buena intenció n termina por generar proposiciones
demasiado ambiciosas, si no en contenido, en alcance, y ello conspira en su contra. La
17

propuesta estratégica “de abajo arriba y hacia adentro” tiene un gran valor intrínseco y se
inserta plenamente en el contexto del desarrollo local endógeno.
Sin embargo, posiblemente Stöhr y Taylor pecaron de optimistas al suponer un franco
declinio en las formas “modernas” de transmisión de innovaciones, puesto que, al contrario
de lo que podría haberse supuesto, la globalización ha significado un marcado incremento en
la importancia de la transmisión intra firma al acentuar tanto la segmentación geográfica de
un mismo proceso productivo (dando origen a una red de establecimientos) como la fusión de
grandes conglomerados internacionales (como por ejemplo, la reciente compra de la Volvo
por parte de la Ford) y la revolución científica y tecnológica, parte integrante de la misma
globalización, ha significado una densificación de las relaciones de insumo-producto o sea,
de la transmisión de innovaciones inter firmas, en parte debido a la subcontratación.
Paralelamente, la agudización de los fenómenos de metropolización, en algunos casos, o de
crecimiento muy irregular de los sistemas urbanos, parcialmente debido a la diferente
capacidad de adaptación de las ciudades al nuevo entorno (falta de desarrollo local) ha
significado una menor importancia de los mecanismos inter urbanos de transmisión de
innovaciones. Así, la propuesta de desarrollo “de abajo arriba” no encontró un escenario
adecuado para su propio desarrollo como alternativa.

La irreductible lógica territorial del desarrollo

Probablemente no hay otro economista contemporáneo cuya memoria merezca más ser
rescatada que François Perroux, cuyo nombre aparece casi siempre vinculado a la teoría (¿era
realmente una teoría?) de los polos de crecimiento, pero cuyo pensamiento abarcó áreas
mucho más amplias y complejas del pensamiento económico. En cualquier caso, aquella
afirmación célebre: “El hecho burdo, pero sólido, es éste: el crecimiento no aparece en todas
partes a la vez, se manifiesta en puntos o polos de crecimiento con intensidades variables; se
esparce por diversos canales y con efectos terminales variables para el conjunto de la
economía”, mantiene una validez insospechada seguramente por el propio autor.
Desde luego, los polos de crecimiento, lejos de estar muertos, están sumamente
saludables, aunque se han vestido ahora con el ropaje propio de la revolución científica y
tecnológica, como lo planteaba en una oportunidad Boisier (1981) porque, bien pensada la
cuestión, los “tecnopolos” no pueden desmentir su propio ADN que los liga indudablemente
al concepto perrouxiano original. Pero más allá de esta afirmación, lo que interesa en el
contexto de este documento es que la dinámica de crecimiento descrita en la frase del
economista francés corresponde casi exactamente a la dinámica territorial del desarrollo, a
aquella dinámica que Muller, según se anotó, define como la lógica de la regulación
horizontal o territorial que según él, era la lógica propia pre- moderna, de las sociedades
primitivas o feudales.
Se equivoca el politólogo francés en asumir que esta lógica habría sido completamente
desplazada por la lógica de regulación vertical propia de la sectorización del modernismo. Se
equivoca porque ello nunca ocurrió del todo, porque si bien la prevalencia de la lógica
vertical ha sido clara en relación al crecimiento, el más complejo y escurridizo desarrollo no
ha dejado de estar regulado por una lógica horizontal.
¿Puede alguien citar un caso de un proceso de desarrollo que se haya difundido
instantánea y simultáneamente sobre todo el territorio nacional? ¿Puede alguien citar el caso
inverso, es decir, un desarrollo esparcido desde abajo instantánea y simultáneamente hacia
18

todo el territorio nacional? No, porque los casos extremos de desarrollo “del centro-abajo” o
“de abajo-arriba” ni siquiera se plantean como una cuestión teórica. Lo que la evidencia
empírica muestra y lo que el sentido común respalda es un proceso de difusión del desarrollo
que se asemeja mucho a la proposición de Perroux.

Vázquez-Barquero (1995) afirma:

“El crecimiento económico y cambio estructural en los países recientemente


industrializados han sido analizados tradicionalmente, mediante el modelo de crecimiento de
concentración / difusión, que explica como el desarrollo económico toma la forma de
crecimiento urbano/industrial, liderado por las grandes empresas”. (Subrayado de este autor).

A pesar de que Vázquez-Barquero claramente es un crítico de esta explicación, por lo


menos en referencia al Sur de Europa, comete el error, tan frecuente por lo demás, de
intercambiar libremente “crecimiento” por “desarrollo”. En efecto, si en el recuadro anterior
la palabra ahora subrayada (desarrollo) hubiese sido simplemente crecimiento, el juicio
habría sido correctísimo y, por lo demás, en total y completa concordancia con la explicación
teórica de la lógica de expansión territorial del capitalismo (pre modelo neo liberal) ofrecida
por Boisier (1991; 5ª ed.) en el texto Política económica, organización social y desarrollo
regional.
Efectivamente el crecimiento económico ha estado regulado por una lógica funcional, a
partir, diríase, de la Revolución Industrial, una lógica que hizo del sector industrial el sector
motor del crecimiento y como toda vez que se elige un sector motor para asentar en él el
crecimiento se hace necesario “ordenar” el espacio en que naturalmente tal sector se
desenvuelve, lo “urbano” resultó el acompañamiento natural y de ahí la dupla
urbano/industrial anotada.
Desde el punto de vista del desarrollo, la dinámica territorial ha sido completamente
distinta, aunque pretender separar absolutamente ambos procesos es un error.
El punto de partida está en reconocer que el desarrollo –tal como se le entiende hoy día,
pero como siempre ha sido—es un proceso que, requiriendo una base material, no oculta su
naturaleza intangible, como se discutió inicialmente. Siendo ello así, procede reconocer, con
toda lógica, que sus factores determinantes o causales deben ser de igual dimensión y estos
varios factores se han agrupado en categorías o diferentes clases de capital intangible. Se ha
argumentado a continuación que tales capitales intangibles (alrededor de nueve o diez) deben
ser articulados, potenciados y direccio nados por una forma aún superior de capital intangible:
el capital sinergético latente en casi toda comunidad y definido como un potencial catalítico
de la sociedad que le permite promover acciones en conjunto dirigidas a fines colectiva y
democráticamente elegidos con el conocido resultado de obtenerse así un resultado final que
es mayor que la suma de los componentes. Se ha sostenido también –y éste es un punto
crucial—que tales capitales intangibles y en particular, el capital sinergético, se encuentran
más fácilmente en espacios sociales y territoriales pequeños, de naturaleza proxémica, en que
los contactos cara a cara, las costumbres y las tradiciones son muy importantes.
Si estas proposiciones son correctas, entonces el desarrollo comienza por ser un
fenómeno local, de pequeña escala, y ciertamente endógeno. Pero para poder desplegarse
como un proceso endógeno ya se sabe que se requiere previamente adquirir la cualidad de
descentralizado.
19

Y entonces a partir de este momento y de este punto el desarrollo comienza a expandirse


desde abajo, hacia arriba y hacia los lados de acuerdo a un proceso de capilaridad, tal
como se observa en la mecánica de fluidos. Pero también a partir de este momento y de este
punto se presenta la dialéctica entre la antigua y aún presente lógica de regulación horizontal
y la nueva lógica de regulación vertical: es el conflicto entre el territorio y la función à la
Friedmann y Weaber (1979). Dos resultados pueden, de aquí en adelante, graficar la
geografía del desarrollo: una expansión tipo mancha de aceite, rara en la práctica y que
significaría una equidad creciente en el territorio o bien una expansión tipo archipiélago o en
un caso extremo, la patología estricta de centro-periferia.

Ahora sí tiene razón Vázquez-Barquero, cuando en el mismo texto, apunta:

“El proceso de concentración industrial tuvo lugar cuando la producción industrial había
comenzado en centros urbanos menores y las actividades manufactureras se habían difundido
en las áreas rurales... Así pues, la difusión industrial (es decir, la creación de empresas en
áreas menos industrializadas) se ha producido, no sólo gracias a la descentralización
productiva y funcional de las empresas urbanas (nacionales / internacionales), que cambian
su estrategia de localización, sino también debido a los procesos de industrialización local en
las ciudades medias y, en todo caso, en las áreas no metropolitanas”.
La conclusión final es que al menos durante una fase inicial del ciclo largo de expansión
territorial de los procesos de crecimiento y desarrollo, el crecimiento puede ser inducido
desde arriba y también desde abajo, pero el desarrollo se mostrará siempre como un proceso
local, endógeno, descentralizado, capilar y continuo o discontinuo sobre el territorio. A fin de
cuentas, los adjetivos del desarrollo son redundantes y tautológicos, ya que sólo dicen lo que
el propio concepto de desarrollo dice. Son, en el mejor de los casos, copulativos y no
disyuntivos.
No conviene colocar expectativas sobre dimensionadas en el desarrollo local; cuestiones
técnicas de escala y de complejidad pueden funcionar como fuertes “barreras de entrada” al
desarrollo e insistir en operar en esta escala puede dejar a la población (el sujeto, después de
todo) en una suerte de limbo de desarrollo, entre la nada y la nada. En materia de desarrollo
territorial hay que atenerse a la Ley de la Variedad Necesaria de Ashby: niveles distintos de
complejidad requieren escalas distintas y homólogas de intervención.

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