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La forma del bien

¿Qué es el bien según Platón?Para Platón, el Bien es lo que da la verdad a los objetos cognoscibles,
el poder conocerlos al hombre, luz y belleza o las cosas, etc.; en una palabra, es la fuente de todo
ser en el hombre y fuera de él. El bien es comparado por Platón con el sol, que da a los objetos, no
solo la posibilidad de ser vistos, sino también la de generarse, crecer y nutrirse; y lo mismo que el
sol que a pesar de ser la causa de estas cosas, no es ninguna de ellas, así el Bien, fuente de la
verdad, de lo bello, de la cognoscibilidad, etc. y en general, del ser, no es ninguna de es ninguna de
estas cosas y se halla fuera de ellas.

Lo más característico de la actitud de Platón, fue el haber ligado el problema ético a lo que
podríamos llamar el problema cósmico y metafísico, para Platón el por qué de la conducta humana
no puede desligarse del por qué de todo el universo y del mismo ser, y el “Bien” ético referido
inmediatamente al hombre, no es más que un aspecto del Bien absoluto referido a todo lo
existente.

El nuevo enfoque de Platón, empieza a manifestarse con toda su fuerza a partir del Simposio y del
Fedón, diálogos anteriores a la república. En ambos establece la realidad de un absoluto ético-
metafísico, que en el simposio se concibe como: “lo bello en sí”; y en el Fedón como: “el bien en
sí”. Esta última forma corresponde a la “idea del bien” de la república, su tema principal es, como
es sabido, el de la inmortalidad del alma y las cuestiones éticas.

La forma del Bien aparece en la república como un principio iluminador y creativo (la luz del bien
hace posible el conocimiento y también la vida.)

El sol representa la forma del Bien a cuya luz se ve la verdad, revela el mundo, hasta entonces
invisible y es también una fuente de vida.

Lo que Platón dice es que no basta, para la visión, con que la vista este en el ojo, ni el color en el
objeto, sino que hace falta además, la presencia de la luz, y más concretamente la del sol, “señor
de la luz en el firmamento”, el cual, en fin no sólo comunica la visibilidad de los objetos, sino al ojo
mismo órgano solar por excelencia, la facultad de ver, como por un fluido que el sol directamente
le envía. El sol resulta ser así. En suma la causa total de la visión, tanto por el lado del ojo como por
la del objeto.

“Lo que por lo tanto, comunica la verdad a los objetos de conocimiento, y al sujeto cognoscente la
facultad de conocer, ten por cierto que es la idea del Bien, o la cual debe representarse como causa
de la ciencia y de la verdad, hasta donde podemos conocerla; y así, por muy bellas que sean una y
otra cosa: el conocimiento y la verdad, juzgaras rectamente al pensar que hay algo distinto y
superior a ambos en belleza. Y así como en el mundo de aquí es correcto pensar que la luz y la
visión se parecen al sol, así también, en el mundo de allá, será correcto pensar que una y otra,
semejantes al bien, pero será desacertado pensar que uno u otra sean el bien, porque es mayor
aún la reverencia que debe tenerse a la naturaleza del bien.”

Dice Platón que es la idea del Bien, y no el sujeto cognoscente, la que comunica o dispensa la
verdad a los objetos del conocimiento, en función de la conformidad o adecuación de estos
objetos con aquella idea. La metáfora solar, es de gran ayuda. Del mismo modo, que es el sol quien
dispensa la luz, y por ésta, y no por nuestros ojos, son visibles las cosas físicas, así también es el
Bien, y no el “ojo del alma” que es nuestro entendimiento, el dispensador de la ciencia y la verdad.
Eros, también es el deseo del bien y la alegría que está activo en el alma en todos los niveles y por
medio del cual somos capaces de dirigirnos hacia la realidad.

El alma tiene una cantidad limitada de energía, de modo que, para bien o para mal, un deseo
debilitará a otro. Eros es una forma de de deseo de inmortalidad, de posesión perpetua de lo
bueno, no importa que entendamos por bien. Ningún hombre yerra voluntariamente; sólo lo
bueno es siempre deseado como genuino, aún más, sólo se desea lo bueno. Este deseo toma la
forma de un anhelo de crear en y por medio de la belleza.

El otro texto que nos parece igualmente fundamental, es aquel en que Platón, después de haber
expuesto la alegoría de la Caverna, por la cual entra la idea del Bien en el programa de la
educación de los guardianes, encarece la necesidad de volverse “con toda el alma, de las cosas
perecederas a la contemplación del ser y de lo más luminoso del ser, que es aquello a que
llamamos el bien”. Platón introduce el Bien en función de los requerimientos que le plantea la
constitución de la ciudad ideal, entre los cuales el primero y el principal es el de la formación de los
regentes o guardianes.

En el alma individual como en el Estado han de tener asiento, si han de ser uno y otra lo que deben
ser, las cuatro consabidas virtudes: fortaleza, templanza, justicia y prudencia o sabiduría.

La idea del Bien va a tomar un vuelo incomparablemente más alto, más allá y muy por encime del
campo de la moralidad; y esta dilatación, prácticamente infinita, lleva consigo, forzosamente, su
inefabilidad.

Declara Platón que el Bien es el aspecto más brillante y luminoso del ser, por ello mismo, si el texto
dice lo que dice, reduce el Bien al ser, y no admite por tanto, la disociación entre ser y valor. Lo
primero, por tanto, en la aprehensión del entendimiento, será el ser (para Platón sinónimo de
idea), y lo segundo el valor o bien, términos que, a su vez, podrían darse como sinónimos.

A este modo de ver, éste sería uno de los textos fundatorios, cuando no simplemente el texto
fundatorio, sobre las propiedades trascendentales del ente. Así se llamó a ciertas notas o
caracteres que se predican del ser en general y de todo ser en concreto.

El bien trascendental, por último, se predica del ente por el orden o relación que guarda con el
“apetito”, o en lenguaje más moderno, con toda tendencia, o más generalmente aún, con toda
actitud estimativa.

La idea platónica del Bien, afirma que el Bien se dice en tantos sentidos como el ente, es decir que
le acompaña en todas sus predicaciones categoriales, como una de sus notas más invariables, por
serle inherente.