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Kaori no Uta (Canción de Kaori

)
I. Cerezos
Sublime. No existe palabra distinta con la que Masuo pueda percibir o
nombrar el aroma que las flores del cerezo le otorgan esta mañana. Arrodillado frente
a las escalinatas del templo de Sekigahara, ha agachado la cabeza para sentir ese
perfume que anuncia una muerte secreta que es, en la esencia real y misteriosa del
universo, una explosión hacia la vida otra, que se deshoja pero revive en el aroma
acompasado por el viento. Toshiro Masuo piensa que esta contemplación íntima de un
aroma es una declaración de la naturaleza, una revelación inminente. Al final de las
escalinatas de Sekigahara, sabe Masuo que Kaori lo está recordando y quizás quiera
que él decida no quedarse allí abajo a esperar. Kaori quiere contener su pena y reza.
Masuo, ya no de rodillas, piensa en su espada, en la astucia de un ataque certero, en la
rapidez de Yoshi Kanegaru, en la causa absurda que lo ha llevado a esperarlo en las
escalinatas el templo para redimirse mutuamente. Piensa, también, en Kaori, la
percibe llegando al muelle del río Hikaru aquella tarde de otoño, recogido el cabello,
impaciente por contarle las noticias que había en Kyoto. La recuerda caminando con
la cabeza gacha, tímida pero decidida, Kaori…levantando la mirada, saludándolo,
Masuo sonriendo ante su presencia de sutiles pasos. Para él, Kaori es más que un
cuerpo ocupando el aire y un espacio en la tierra, para Masuo, Kaori destella cerezos
en flor que caen al río. Ahora habrá de estar allá, en la cima de Sekigahara,
intentando no llorar, rezando con cantos antiguos entre susurros, con palabras que ya
no se usan pero que son, en su articulación incomprensible, una forma de que el
tiempo no muera.

II. El templo de ébano
La balsa de bambú avanza por el río Hikaru. Sobre ella viaja un noble
acero, Kanketsu. Reposa como un emperador en la vaina de ébano y sabe,
presiente, que el fuego que le dio vida renacerá en el contacto de su esencia
de acero contra la de otro. El acero solo debe ceder su trono ante el acero,
Kanketsu, en su vaina, no lo ignora, lo asume, lo añora.
Yoshi Kanegaru posa su mano derecha sobre la empuñadura de Kanketsu
y dirige el timón de la balsa con la izquierda. Bajo el sombrero de mimbre,
sus ojos cerrados dejan ver la paz que lo ha hecho un samurái venerable.
En Kyoto saben que esa paz es el preludio de una fuerza contenida en el
impacto veloz de su espada. Kanketsu nunca ha probado el aire sin razón;
cuando sale de su templo de ébano no hace más que desatar el fuego que en
otros tiempos le diera vida. El fuego del acero es implacable cuando
encuentra donde arder, ese es el destino final de una espada, arder en otros
cuerpos para seguir con vida y no herrumbrarse ni declinar en su imperio.
Kanegaru es más que un cuerpo portando una espada, es, en su profundo
silencio, parte de ese fuego hecho en el acero que ha templado con ríos
enteros de otras sangres. La balsa sale de un recodo y Kanegaru, que ha
bajado de ella, camina ahora por el sendero de cerezos que llega hasta las
escalinatas de Sekigahara. Sus ojos permanecen cerrados, y su mano
derecha no se ha movido de la empuñadura. En el aroma de las flores,
percibe una voz lejana que canta. Al final del sendero, esa voz se hace más
nítida. Yoshi Kanegaru se detiene, levanta del suelo un hoja de cerezo y

Ignoran que el único que se ofreció para esta tarea fue el venerable Kanegaru. Toshiro Masuo habría de estar contemplando cerezos. éste enfureció y exigió una retaliación. Eso es todo lo que saben porque nadie sabe que tres días antes. han de ignorar que hubo una tarde lejana en la que Kaori decidió soltar su cabello frente a Masuo y no frente a Kanegaru y que desde entonces. ninguno volvió a ser el mismo porque Masuo entregó su fuerza vital a otro fin distinto al de servir al Shogún y Kanegaru empezó a caminar con los ojos cerrados. III. aunque saben de oídas que el lugar de encuentro es el templo de Sekigahara. Pero esos muchos ignoran el llanto melodioso de Kaori. luego de sentir su aroma abre los ojos para ver a Toshiro Masuo que lo espera con otro acero anhelante por arder. como también ignoran que cuando los espías del Shogún le informaron de la deserción de Masuo. Ninguno de esos muchos presencian ahora lo que sucede. que Yoshi Kanegaru arribaría allí por la mañana. Pero ante la mirada desprevenida. como si meditara. . porque siempre caminaban juntos por las calles cercanas al palacio. quien en otros tiempos supo pelear junto a Masuo y le enseñó que un golpe certero es más eficaz que un ataque elaborado. el fuego de los aceros que están por arder. Han de saber. el surcar pasivo de la balsa de Kanegaru por el río. que los unía el respeto honorable de maestro y discípulo. para intimar a Toshiro Masuo a que se entregara y fuera con él a Kyoto a dar respuestas al Shogún. La ignorancia Son muchos los que saben que en el templo de Sekigahara. Masuo se había escapado del palacio del Shogún sin el permiso de rigor para ir a buscar a Kaori y proponerle huir. ¿Sabrán acaso que el Shogún le prohibió a Kaori ver a un samurái porque no habría vida honorable para una dama como ella junto a un guerrero? De seguro lo ignoran. temprano.