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MATRIMONIO DE

CONVENIENCIA

Claire Phillips
Argumento:

Lady Camile Albanier, hija del conde de Cromerton, empezaba a conformarse
con su destino de solterona en ciernes, pues a sus veinticinco años seguía sin contraer
matrimonio cuando nada más y nada menos que uno de los hombres más deseados de
la sociedad pidió su mano en matrimonio. Sí, lord Lucas Laydon, marqués de
Galvert, había sorprendido a su familia y a ella misma pidiendo su mano, bien era
cierto que no era una petición cargada de palabras de amor, de dulces halagos ni
coloridas promesas, más, por el contrario, era una petición formal para un
“matrimonio de conveniencia”.
Sin engaños, sin promesas tiernas ni dulces ofrendas acudía al altar, más, no por
ello una chica no sueña con lograr el corazón de un esposo atractivo, seductor y
experimentado. ¿Conseguiría aquélla joven que parecía avocada a la soltería lograr el
corazón de su adusto marido? ¿Conseguiría derribar las trabas que él le había
impuesto desde el mismo momento en que era declarada su esposa y a él su esposo?
¿Estaría él dispuesto a dejarse vencer por ella? Quizás se había casado, pero el
destino la había marcado como solterona y solterona sería o esa era la firme
conclusión a la que la nueva marquesa de Galvert llegaría con pronta certeza.
CAPITULO 1

Camino de la Iglesia, en el coche junto a su padre, lord Arthur Albanier, conde
de Cromerton, lady Camile iba mirando por la ventanilla intentando atar en corto la
amalgama de sentimientos y sensaciones que se acumulaban en su interior. Por un
lado, mucha ilusión y esperanzas que se veían encumbradas en su imaginación hasta
las verdes colinas de Galvert Hills, la propiedad ancestral del novio, y que nacían de
los sentimientos nobles y animosos surgidos de la ilusión jovial de una novia que
lucía el bonito vestido que, antes que ella, llevaron en sus respectivas bodas, sus dos
hermanas Stephanie y Amelia, ambas casadas felizmente con hombres que las
querían y a los que ellas querían, lo que le alentaba a soñar con tener un matrimonio
medianamente feliz con el que, en pocos minutos, se convertiría en su marido, lord
Lucas Laydon, marqués de Galvert. Pero también pesaban y luchaban contra esos
sentimientos alegres otros no tan reconfortantes, al menos no para una novia camino
del altar.
El día que se presentó frente a ella para pedir su mano, fue tremendamente
franco con ella. Eso le dijo.
Recordaba el inicio de tan franca declaración… “Lady Camile, no la insultaré
ni la engañaré, seré franco desde el principio. No fingiré sentimientos que no existen,
no diré que os amo, que estoy enamorado de vos, ni que lo estaré en el futuro, así
como tampoco que espero que vos lo estéis de mí, ni ahora ni en el futuro…” así
comenzó su declaración y así comenzó una explicación detallada y crudamente
sincera de por qué la elegía como esposa. Porque era viudo y necesitaba una esposa
de alcurnia, con la cuna y educación adecuadas que le ayudara en el cuidado de una
casa y principalmente de sus hijos, y como ya tenía heredero a él no le urgía
preocuparse en modo alguno de ese detalle.
También porque, dado sus intereses y aspiraciones políticas, había entendido
que era necesario y conveniente una esposa y anfitriona que le ayudara en esa labor, y
no cualquier anfitriona, sino una que contase no solo con las relaciones adecuadas y
la educación necesaria, sino con las dotes, la inteligencia y la experiencia para
manejar los, no siempre fáciles, ambientes políticos, especialmente cuando entre ellos
circulaban desde nobles y aristócratas hasta la pujante, aunque aún considerada
socialmente inferior, clase comercial y financiera. Necesitaba una esposa que lo
ayudase sin tener que preocuparse de si ella podía o no dejarle en buen lugar y, dado
que desde la muerte de su madre y, posteriormente, los enlaces de sus hermanas, ella
había ayudado en esas lides a su padre y a su hermano Albert, aunque a éste desde su
matrimonio con Marion ya no era necesario, era del todo improbable que se viere
sobrepasada o en modo alguno incapaz de realizar y lidiar con tales tareas. Así le
constaba porque la conocía, a ella y a su familia, desde hacía muchos años pues las
fincas de ambas familias colindaban cerca de Lincolnshire, y también porque todas
las matronas y anfitrionas parecían estar de acuerdo en considerarla una joven apta
para ser esposa de alguien con ese tipo de aspiraciones.
Así se lo expresó y así se lo hizo saber él en su detallada lista de motivos para
él proponerle matrimonio y para ella aceptar.
Suspiró discretamente en su asiento. Su padre consideraba que hacía un
excelente matrimonio con un hombre inteligente, de buena posición y fortuna y
carente de la indolencia de muchos de los de su clase.
Su padre siempre los había criticado, por considerar que, aquellos aristócratas
que no cumplieren con su título y sus deberes, eran simplemente unos hombres
díscolos e irrespetuosos con sus linajes y su país.
Por eso, a ojos de su padre, Lord Lucas Laydon, sería un buen marido.
Eso esperaba ella también, más cuando, a sus veinticinco años, ya iba camino
de ser considerada una solterona a ojos de muchos. Ojos que, además, no la
consideraban en modo alguno una dama atractiva ni siquiera pasable frente a las
bellezas que pululaban por los más elegantes salones de la Beau Monde londinense,
lo que no hacía sino acentuarse cuando estaba junto a un marido como Lord Lucas
que, bien sabía, era uno de los más atractivos solteros, viudo en realidad, de los que
cualquier dama querría para ella.
Camile le conocía desde niña. Sus padres y los del marqués poseían fincas
limítrofes en Lincolnshire y cuando era pequeña coincidía en muchos lugares con el
marqués. Ya de joven era guapo, seguro de sí mismo y con una capacidad nada
desdeñable de atraer la admiración de los hombres y la atención mujeres. En cierto
modo, como toda jovencita de su zona, se había enamorado del guapo heredero del
marqués, más a diferencia de ellas, Camile nunca, ni en sus más locos sueños, había
pensado que algún día la eligiera por esposa, aunque fuera la segunda esposa y dicha
elección no tuviere más que una clara intención pragmática, nada más. Era un
matrimonio de conveniencia y, desde el principio, él parecía haberle dejado claro que
no solo no le amaba sino que no llegaría a hacerlo en el futuro, más, aun así, una
novia joven camino del altar para contraer matrimonio con un hombre inteligente,
atractivo y joven, no iba a abandonar esa idea… Su hermana Stephanie se había
casado enamorada de su esposo, Lord Charles Carly y éste solo sentía, según le había
dicho ella a Camile, cariño y una mera atracción física al principio, pero tras un
tiempo le hubo confesado que reconocía quererla y que al poco de casados ella lo
notaba simplemente con la intimidad y la relación entre ellos. En el caso de su
hermano, Albert, ocurrió algo similar. Él y Marion se tenían cariño desde hacía
tiempo y, poco a poco, habían ido consolidando ese cariño y transformándolo en algo
verdaderamente profundo. Así que, Camile, se decía a sí misma que solo tenía que ir
ganándose poco a poco a su marido y si no llegaba a amarla, al menos esperaba que le
tuviere afecto sincero o, por lo menos, algo lo bastante sincero y real como para
tenerla el respeto y el cariño que compensase un amor que ella sabía ya sentía por él
pues no solo sentía atracción física por el marqués sino que le gustaba su forma de
ser, tan seguro, tan poderoso en su forma de relacionarse con el mundo, tan divertido.
Ella era tímida y tendía a mostrarse reservada pero iba a esforzarse por ser la
mejor esposa, la mejor anfitriona y esperaba sinceramente, la mejor madre para los
dos hijos, aún muy pequeños de lord Lucas, Viola, una preciosa niña de cinco años,
que empezaba a ser una belleza ya con su corta edad, y Samuel de cuatro, que apenas
llegó a conocer a su madre pues ésta murió poco después de su nacimiento. Poco
sabía Camile del primer matrimonio de lord Lucas, salvo que lady Violet, su primera
esposa, había sido toda una belleza y que él se casó con ella enamorado, al menos eso
se decía tanto en la zona de donde eran oriundas sus familias como en Londres.
Por su parte, Camile era la tercera hija de los cuatro que tuvieron lord Arthur
Albanier y lady Cressinda, condes de Cromerton, y la única soltera de los cuatro. El
mayor, Albert, había sido el último en casarse.
Primero se casó su hermana Stephanie, dos años mayor que Camile y que lo
hizo a los veinte años con lord Charles Carly, hijo del vizconde Frasier y tras casi
siete años, ya tenían dos preciosos hijos, Charles y Francis, de cinco y cuatro años
respectivamente. Su hermana menor, dos años más joven que Camile y que ahora
contaba con veinte tres años, llevaba más de tres años casada con el señor Jefferson
Comwell, uno de los directivos de la Compañía de las Indias Orientales que, a pesar
de no tener título propio, era pariente de varios condes, vizcondes y un duque, lo que,
junto con su alto cargo en la compañía y los contactos de su familia y cargo, le hacían
apto a los ojos de la buena sociedad. Amelia era la más joven y la más hermosa de
sus hermanos y la que decidió contraer matrimonio también más joven ya que se
prometió con el señor Comwell a los dieciocho y a los diecinueve ya contraía su
ansiado enlace. Pero no por ser joven no era decidida y segura, decía siempre Camile,
pues era vivaracha y alegre pero también tenía un carácter y un temperamento fuerte
como su padre. Ya tenían una hija de algo más de dos años, Cressinda llamada así por
la abuela materna, y venía en camino el segundo que esperaba fuera una niña según,
Jefferson, su esposo y padre, aficionado a rodearse en su hogar de damas hermosas tal
y como le gustaba decir.
Lady Cressinda murió de una enfermedad pulmonar cuando Camile contaba
con casi dieciocho años y, desde entonces, su hermana Stephanie y ella, se ocuparon
de la casa y de hacer de anfitrionas de su padre y su hermano, asumiendo ese papel
ella sola desde que Stephanie se hubo casado. Estaba, pues, acostumbrada a llevar
una casa y más a recibir y atender en las propiedades a las visitas, amigos y
conocidos de su padre y familia. Bien era cierto que empezaba a creer que acabaría
soltera y dejando su papel a su recién llegada cuñada, Marion, que como esposa del
heredero poco a poco iría ocupando su sitio como anfitriona del condado. Cuando
hizo su presentación, tras un año de luto por la muerte de su madre, se reconoció
emocionada pensando en posibles pretendientes o galanteos. Era consciente de que no
era hermosa y atractiva pero esperaba que su educación, su carácter afable y lo que su
hermana definía como su innata capacidad para no ofender nunca a nadie, le ayudaren
a conseguir un marido adecuado y un hogar propio, pero salvo un par de
proposiciones de claros cazafortunas y jugadores deseosos de hacerse con una dote o
de un suegro con dinero, a los que les valía ella o cualquier otra joven con carácter
dócil, según escuchó decir una vez a su hermano cuando rechazaron tajantemente
ambas proposiciones, no había recibido oferta alguna para casarse ni tampoco recibió
las atenciones y flirteos de distintos caballeros como sus hermanas o algunas de sus
amigas. Por ello, todo el mundo no hacía más que hacer todo tipo de alharacas y
aspavientos ante su “inesperada fortuna” porque un hombre como lord Lucas, nada
menos que el marqués de Galvert, la hubiere elegido a ella. Y Camile en su interior se
sentía profundamente halagada y agradecida. Sabía que la había elegido por unas
razones casi ajenas a ella como persona o mujer, solo por su posición, educación y
habilidades a la hora de manejar una casa y para al menos dejarlo en buen lugar frente
a sus pares y sus esposas, pero aún con ello, era un comienzo y no cejaría, nunca
cejaría en su labor y papel. Sería la mejor esposa que pudiere y quizás lograse de su
marido algo más que simple cortesía y amabilidad.
Con ella, desde que se hubo anunciado la boda tres meses atrás, se había
comportado con el decoro esperado, había sido correcto, educado y amable cuando
debía serlo. Había hecho lo que se esperaba de él como prometido, incluso aun
cuando este compromiso hubiere ocurrido ya al final de la temporada social y con
casi toda la aristocracia retirándose a sus casas de campo o a lugares de descanso
como Bristol o Bath para pasar los meses de verano. Había paseado con ella en tílburi
por Hyde Park en un par de ocasiones, había acudido con ella y su familia a varias
cenas, actos públicos como el teatro o la ópera y a otros de lugares de buen tono,
siempre acompañados de su padre o de su hermano y de Marion o de Amelia y
Jefferson. Había sido muy minucioso, detalle exaltado por su padre, a la hora de
programar ese noviazgo y la posterior celebración de la boda justo antes del inicio de
la apertura del Parlamento y del curso político, siempre previo al comienzo de la
temporada social y del definitivo desembarco de la aristocracia en Londres. Aún con
ello se esperaba que la bonita iglesia de Saint George en Hannover Square estuviere
concurrida pues habían sido muchos los que habían aceptado la invitación a la
esperada boda.
Durante todas aquéllas semanas se había asegurado de aprender de lord Lucas
todo lo que él no le contaba directamente. Se había fijado en cada detalle, procurando
estar atenta a sus gustos, a sus comentarios, aunque fueren inocentes o
intrascendentes. Había prestado atención y memorizado las personas que mencionaba
o tuvo a bien presentarle en alguna de esas contadas ocasiones en que se hubieron
visto. Así fue como supo que sus mejores amigos eran, como él, unos mujeriegos
reformados, pues ahora estaban casados o prometidos, y, cuando lo pensó, deseó
ferviente que su prometido y futuro marido, aun cuando no se casare por amor, como
él mismo destacó con esa franqueza a la que tanto valor otorgaba, no le fuere infiel o
que se hubiere hecho el propósito de concederle una oportunidad y no pretendiere
serlo.
Así conoció en un soireé a dos de sus amigos y a la esposa y prometida de los
mismos. Lord Gabriel Grissom, conde de Gallier, y su esposa lady Brianna y a Lord
Thomas Galvy, vizconde de Fresalm cuya prometida era lady Alana a la que escuchó
todos cariñosamente llamaban Holly. En la noche de la ópera coincidieron con lord
Marcus Falcon, el muy adinerado y aún más apuesto barón de Varite, casado con lady
Ariana a la que no conoció en esa ocasión y por el modo en que tanto él como sus
amigos eludieron esa noche la conversación, no debía tener buena relación con la
dama o debía ser un matrimonio concertado o de resultado distinto al esperado.
Cuando más tarde preguntó a su hermano Albert, este simplemente comentó que no
aludiese ese tema en presencia de lord Lucas y que esperase a que él creyese tener la
suficiente confianza con ella para contarle esa historia, de modo que optó por hacer
caso a su consejo y no mencionar a la dama en cuestión en presencia de nadie.
Asimismo, se aseguró de conocer, en la medida de lo posible, mediante
sencillas preguntas o comentarios, el día que visitó a sus hijos, los gustos y
predilecciones de éstos y llevaba una libreta con todo lo que recordaba o escuchaba
para intentar no olvidar detalles o cosas de todos ellos.
La información que, durante ese tiempo, le había ido dando lord Lucas en las
breves conversaciones que mantuvieron, parecían estar presididas por la practicidad,
como un capitán que informa a su subalterno de las tareas a él encomendadas y las
cosas que esperaba y deseaba de él y su labor. Prácticamente se había limitado a
hablarle de su labor como señora de la casa, explicándole todo lo relacionado con la
misma, de su papel anfitriona, haciéndole hincapié en las personas que quería
frecuentar o recibir en su casa y las razones de ello, al menos las que, él juzgó, a sus
ojos, le pudieren interesar. Le había hablado de sus hijos y de lo necesario para que
pudiere empezar a tomar las riendas de los mismos y de las personas encargados de
ellos, especialmente porque tenían una edad en que necesitaban ya cierta educación,
preceptores e institutrices cuyo manejo iba a corresponderle a ella aunque las
decisiones finales de la educación o llevanza de sus hijos, como tajantemente dejó
claro desde el primer momento, le corresponderían a él.
En más de una ocasión, ella estuvo a punto de tocar el tema de los hijos en
común, pero para ello tendrían que tocar el de su relación más íntima y por lo que
parecía él no estaba muy dispuesto a tratarlo ya que las dos veces en que ella lo
intentó de la manera más sutil posible, cuando consiguió armarse de valor, él la cortó
en seco muy educada y amablemente, o eso le pareció a Camile, pero también fue del
todo tajante. Esa mañana había ido Stephanie a hablarle de la noche de bodas y
aunque ella alegó que tenía veinticinco años y podía más o menos hacerse una idea de
lo que esperar, debía reconocer que era una completa inocente en ese tema. La única
vez que la hubieron besado fue precisamente lord Lucas y apenas fue un mero beso
en los labios la noche de la fiesta de su compromiso, casi por obligación, pensaba por
el gesto tenso de él. Stephanie se limitó a aconsejarle que le dejase a él tomar las
riendas de la situación, que confiase en su marido y, salvo consejos del todo
absurdos, aunque con cierto sentido del humor, como no te muestres demasiado
pasiva ni miedosa pues el dolor es apenas un momento y nada que no sea soportable
para damas acostumbradas a llevar corsé o a mantener la postura en una silla durante
largas horas en un recital de poesía tedioso y eterno, no llegó a sacar grandes
conclusiones de lo que esperar o no de esa noche de bodas, en la que sabiéndose no
ya tan jovencita se iba a sentir como la más torpe e ingenua jovencita, se temía. Eso
sí, le entregó entre risas un camisón y una bata distinta a la que ella había incluido en
su ajuar para esa noche porque decía debía llevar algo del gusto de su marido no del
de ella, y también le dio un pequeño frasco de perfume de rosas y lavanda que debía
ponerse nada más subir a su dormitorio.
Pensó en ese instante. Él con su imponente físico y su atractivo innegable,
entrando en su dormitorio.
Lord Lucas era un hombre extremadamente apuesto, alto de espaldas anchas,
cuerpo bien formado, y poderosas y largas piernas. Tenía una mirada profunda con
esos ojos azules que aún se veían más de ese color gracias al contraste con su pelo
ondulado negro azabache. Los rasgos de su rostro no podían haberlos esculpido mejor
un artista clásico. Nariz y pómulos patricios, barbilla que denotaba apostura de clase,
pero, también, determinación y un poderío que iba más allá de su linaje. Desprendía
cierta aura de peligro, de fiereza y temeridad.
Camile, en cambio, aparecería ante él como una lastimosa solterona sin gracia
ni atractivo alguno. Su cabello era de color castaño, ni siquiera era del bonito marrón
chocolate de Amelia y sus ojos simplemente de un color marrón con algunas trazas
que parecían aclararlos cuando se enfadaba o lloraba lo que siempre le había
mortificado porque era imposible disimular sus sentimientos. Y para rematar el
desastroso conjunto, no era una mujer tan delgada como Amelia o como muchas de
esas damas que pululaban por doquier por los salones y las casas de la nobleza. Ella
tenía caderas, pechos, y, además, era más alta que muchas jóvenes. Lo único que
tenía según el estilo de su época, era el tono níveo de su piel, pero en eso se parecía a
su padre, en cuanto le daba de más el sol no se le ponía la piel roja como sus
hermanas que tenían después que pasarse varios días poniéndose camomila, sino que
ella se ponía un poco tostada y tardaba unos días en irse ese color, y en ocasiones le
dejaba algunas pecas.
Aún estaba dándole vueltas en su cabeza a esas ideas y a su ligero nerviosismo
ante esa noche, más incluso que a lo que estaba a punto de pasar, cuando su padre le
apretó animoso el brazo sacándola de su silencio y de sus divagaciones interiores
—Bien Camy, —dijo sonriéndola incluso ya antes de ella mirarle al rostro—,
hemos llegado. Aquí parece que acaba mi labor, pequeña. Mi última hija a punto de
casarse y yo con cierto pesar alegre. —Le sonrió cariñoso.
—Siempre me ha gustado el que emplees al hablar términos o expresiones
antagónicos, papá. —Lo besó cariñosa en la mejilla—. Pero creo que, en esta ocasión,
no solo son acertados sino que definen los sentimientos de ambos a la perfección.
Sentiré cierto pesar por no verte a diario, pero me alegra que, al menos, te liberes de
una de esas pesadas cargas que siempre acompañan a los padres, especialmente de
tres jóvenes… —Enderezó la espalda y le sonrió con amable y agradecido cariño —.
Vamos, no hagamos esperar a nadie.
Su padre la ayudaba a bajar del carruaje mientras le decía: —Creo que hoy te
está permitida esa licencia, Camy. —Le dio un par de palmaditas en la mano que ya
había depositado en el brazo que le había ofrecido—. Pero no seré yo el que te haga
retrasar tu boda ni a esos invitados que seguro esperan con ansia el momento del
champagne y el festín nupcial.
Camile se rio suavemente comenzando a caminar por la enorme escalinata que
llevaba a la gran puerta principal de la Iglesia, siendo éste el último recuerdo
realmente nítido de la ceremonia. Recordaba ver a sus dos sobrinos junto a los dos
hijos del marqués entrar antes que ella, escuchar el comentario de Stephanie que le
susurró que la marquesa viuda, la madre de lord Lucas, lady Lucila, le había insistido
en infinidad de nimiedades hasta casi volverla loca pero que, sobre todo, le hizo
hincapié en que al llegar la novia le dijese dónde estaban situadas ella y sus dos hijas
lady Armony y lady Priscila, así como sus maridos para que las saludare al terminar
la ceremonia. Camile se limitó a sonreír a su hermana comprensiva y también
cómplice pues se temía que la marquesa viuda era una mujer acostumbrada a mandar
y que no le llevaren la contraria, pero gracias a Dios, ella residiría en la casa del
campo y solo unas semanas durante la temporada, en la ciudad.
Recordó al novio serio, muy serio, esperándole junto a su padrino, lord Marcus
que, al menos, sí le dedicó una suave e indulgente media sonrisa. Fue una ceremonia
corta y muy formal y, cuando salieron de la Iglesia, su ya declarado esposo, solo
tomó su mano que posó cortésmente en su manga antes de ayudarla a caminar por el
pasillo y finalmente acomodarla en el asiento del carruaje con el blasón del marqués.
El viaje a la mansión de su padre fue muy silencioso, pensó Camile al ser
ayudada por él a bajar del mismo. Él se dedicó a mirar las calles de Londres por la
ventanilla mientras ella, sentada frente a él, intentó en dos ocasiones iniciar una
conversación en vano. La primera, señalando lo amable que había sido lord Marcus al
felicitarla el primero con una sonrisa cordial y amigable nada más acabar la
ceremonia, a lo que él simplemente señaló:
—Marcus siempre ha sido el más afable de todos mis amigos.
Pasados unos minutos lo volvió a intentar alabando la bonita guirnalda que
lucía Viola en sus cabellos, hecha con flores de los colores del escudo del
marquesado, a lo que de nuevo contestó con un somero; —Ha debido ser idea de
alguna de mis hermanas.
Guardó silencio desde entonces ya que era obvio él no tenía intención alguna de
mantener conversación de ningún tipo en el carruaje, aunque en su interior gimió
esperando sinceramente que su gesto sombrío y esa especie de tensión en su rostro
solo se debiera al cansancio ante tanto preparativo. Realmente esperaba que no le
pusiere las cosas tan difíciles como en esos treinta minutos para intentar mantener
una relación con él.
Al llegar a la mansión de su padre, donde se celebraba el almuerzo, ya le
esperaban su hermano y Marion para acompañarles a recibir a los primeros invitados
y a partir de ese instante solo se dedicó a hacer el papel de desposada y, por lo tanto,
de anfitriona como el resto de su familia. Para cuando se retiró a cambiarse el vestido
para marchar a su nuevo hogar, fue consciente de nuevo de que no había
intercambiado con él ni media palabra y a cada intento de relajar su gesto con una
sonrisa amable o simplemente una mirada suave, él se había limitado a hacerle un
ligero gesto de cabeza formal y a no decir palabra alguna. Suspiró ante el espejo que
le devolvía una extraña imagen de sí misma, una mujer casada, con un hombre
apuesto que le gustaba a pesar de no conocerlo muy íntimamente y, sin embargo, una
mujer recién casada que no tenía una sonrisa en los labios ni en los ojos, ni tampoco
el rubor nervioso de la anticipación. Solo tenía esa vaga sensación que algo no iba
bien, de que ante sus ojos ocurría algo que se le escapaba. De nuevo suspiró y tomó
sus guantes para bajar dándole la señal a la doncella para que advirtiese a lord Lucas
que cuando él lo considerase oportuno, dado que él le había insinuado un poco antes
que era hora de marcharse, podrían irse pues ya estaba lista. Incluso se había
despedido de sus hermanas y su hermano para no hacerlo esperar y suponía que, al
menos, le dejaría abrazar a su padre antes de partir.
Al bajar la escalera que daba a la puerta principal y frente a la que ya se hallaba
el carruaje con el blasón de lord Lucas, éste se hallaba junto a su padre.
—Bien Camy, creo que será la última vez que pueda llamarte como tal salvo en
los momentos privados. — Su padre la sonrió antes de darle un abrazo y un beso en la
mejilla—. Cuídate y no has de preocuparte, pequeña, —le susurraba en el oído —, lo
harás muy bien.
Le dio un último beso y le cedió su mano al marqués que la depositó en su
manga y la guio hasta el carruaje. Antes de entrar giró una última vez para observar a
su padre que le sonreía bajo el umbral de la puerta junto a Donalson, su mayordomo
de tantos años. Le hizo un gesto con la mano sonriéndole y entró en el carruaje
donde, para su sorpresa, se hallaban los hijos del marqués medio adormilados del
cansancio de ese día acurrucados en el asiento de enfrente.
Cuando él se sentó a su lado y dio en el techo un golpe de aviso al cochero para
que se pusiere en marcha, miró a sus hijos y después a ella.
—Como hemos decidido no hacer viaje de novios, no creí conveniente dejar a
los niños a merced de mi madre.
Camile se esforzó por dibujar una sonrisa en su rostro lo más sincera posible
mientras se tragaba la réplica de que él, solo él, había decidido no hacer ese viaje ni
marchar al menos unos días lejos de la ciudad. Asintió y miró a los pequeños.
—No, por supuesto. Así podremos acostumbrarnos los unos a los otros con
mayor facilidad.
Fue la respuesta más inocua que se le ocurrió. Justo en ese momento el coche
debió pillar un agujero en los adoquines porque se zarandeó demasiado haciendo que
los niños cabecearan y se golpearan ligeramente la cabeza. Por instinto, ella se
levantó y asió al pequeño antes de que rebotase hacia delante y el pequeño pareció,
también por instinto, abrazarla pues se aferró fuerte a su cuello antes incluso de abrir
los ojos.
—Creo que sería mejor que cada uno se sentare con uno de mis hijos o
acabarán tan magullados como zarandeados. —Dijo lord Lucas.
Antes de poder siquiera pensar y darle tiempo a reaccionar o contestar tomó a
su hija y la sentó donde antes estaba ella obligándola a acomodarse en el asiento de
enfrente. Como Samuel aún permanecía en sus brazos lo sentó en su regazo
consiguiendo que el pequeño le soltare el cuello y reposase entre sus brazos en una
postura menos tensa. Al alzar la vista solo vio a lord Lucas rodeando con un brazo los
hombros de su hija Viola que permanecía con la cabeza apoyada en su padre mientras
éste simplemente miraba por la ventanilla de nuevo con gesto serio.
No supo qué decir pues parecía como si solo obedeciere sus órdenes, él
expresaba sus deseos y ella obedecía sin tiempo a reaccionar o pensar. Se quedó
sentada mirándolo un instante antes de sentir vergüenza por mirarlo fijamente como
si fuera una jovencita arrobada por un caballero ducho en ciertas lides, indiferente a
esa señorita e incluso a su existencia. Decidió no pensar más así y no darle
importancia. Acomodó mejor a Samuel en sus brazos y permaneció callada con la
vista fija en las calles más allá del carruaje aun cuando su mente no le permitía
asimilar lo que veía.
Lord Lucas Laydon, era marqués desde hacía más de quince años. Desde que su
padre se cayó de un caballo estando ebrio cuando regresaba de la visita a cualquiera
de las damas que solía frecuentar desde hacía muchos años. A sus treinta y cinco años
había cumplido con sus deberes. Había dado un heredero al título, había mantenido y
aumentado la fortuna familiar, había ayudado a casar a sus dos hermanas con buenos
hombres, decentes y de buena posición que ellas habían elegido libremente. Y, ahora,
con todo eso hecho y sin descuidar sus deberes, podría dedicarse a lo que más le
gustaba y se le daba tan bien y, de hecho, había demostrado tener dotes y futuro en
política, y muchos tenían sus miras puestas en él. De modo que hizo lo que más le
convenía, buscarse una dama apta y que le ayudase en sus aspiraciones. No quería
una esposa que le diere quebraderos de cabeza sino una mujer apta dentro y fuera de
la casa, que gobernare su casa, que le ayudare a educar a sus hijos y que fuere una
anfitriona competente y quién mejor que la única hija soltera del Conde de
Cromerton. Muchas matronas le habían susurrado al oído, convenientemente, que era
la candidata perfecta para ello. No sería una beldad, aunque desde luego tampoco era
fea ni carente de atractivo, pero era de buena cuna, con una familia influyente y de
buenos contactos. Era educada, inteligente y con experiencia en materia de recibir,
agasajar y ayudar a dos varones en su familia en ambientes políticos y moverse tanto
en un salón meramente social como en uno de ambiente político. De modo que no
necesitó pensarlo mucho. Tendría un matrimonio agradable, sereno y que le
permitiese llegar donde quería.
Además, se decía a sí mismo, había sido sincero con ella. No había fingido
amarla y, desde luego, no le prometió hacerlo ni esperar que ella lo hiciere, aunque
eso sí, no esperaba conductas escandalosas o que dieren lugar a murmuraciones, pero
por ello también la había elegido. La conocía desde su infancia, a ella y su familia.
Era la que pasaba más desapercibida de sus hermanas, pero también la que más se
ajustaba a lo que buscaba en ese su segundo matrimonio. Quería una señora para su
casa, una mujer que le aliviare un poco de la carga de la educación en solitario de sus
dos hijos, a los que quería muchísimo, y por supuesto, quería y necesitaba una
anfitriona. En cuanto a su relación personal e íntima, suponía que la joven, que a sus
veinticinco años era desconocedora de ese tipo de cosas, no querría o no debería
querer una pasión desbordante pues, de hecho, aun sabiendo que tarde o temprano
debiere llegar a tener relaciones con ella, en esos momentos, se sentía del todo
incapaz. Una virgen de veinticinco años, educada y recatada no era algo que, por el
momento, quisiere añadir a sus preocupaciones. Esa noche hablaría con ella
civilizada y reposadamente y le haría comprender que debieren darse tiempo para
acostumbrarse el uno al otro y conocerse. Eso le daría un poco de tiempo para no
lidiar de antemano con las posibles esperanzas de una novel en materia sexual por
muy esposa suya que fuera. Suspiraba para sus adentros viendo pasar Londres ante
sus ojos camino de su casa.
Se casó con Violet cegado por un enamoramiento que le duró tanto como su
ceguera, es decir, hasta que abrió los ojos ante su carácter veleidoso, caprichoso y,
sobre todo, infiel. Duro fue saber que había mantenido relaciones con un hombre al
mismo tiempo que con él mientras él, cegado por su belleza, su aparente dulzura y
sus ojos violetas que parecían transmitir sinceridad, le declaraba su amor y se
comprometía con ella pensando ser el único hombre que compartía sus besos, brazos
y su lecho. Pero peor, mucho peor, fue descubrir su traición pocos días después de
regresar del romántico viaje de novios que él, como un estúpido, preparó, al hallarla
besándose con quién entonces no supo había sido su amante durante los mismos
meses que ellos estuvieron prometidos. Ella le juró en tal momento que solo había
sido un beso robado y casi lo reta en duelo por ello, pero gracias a los cielos no
sucedió. A partir de entonces ese matrimonio se convirtió en un martirio personal,
como también su relación con ella. Intentó suavizar constantemente la situación no
recriminándole ese comportamiento que, por entonces, aún no sabía tan arraigado y
propenso a repetirse. Durante unos meses dudaba de cada hombre que se le acercaba
y solo porque tenía certeza de que su hija Violet fue concebida durante los tres meses
del viaje de novios no se volvió loco de dolor cuando nació. Semanas después volvió
a las andadas y solo cuando la obligó a regresar al campo con él y no volver a
engañarle hasta darle un heredero, pudo controlarla, pero solo durante unos pocos
meses más, hasta que nació Samuel. Y esos meses de embarazo fueron infernales con
su carácter caprichoso, tendente a las rabietas más absurdas, tenía mal carácter, era
despótica y veleidosa y solo porque ya estaba embarazada de su segundo hijo, que
esperaba fervientemente fuere un varón para no verse abocado a tener que compartir
lecho con ella para asegurar el linaje, aguantó tal período. Desde el mismo día del
regreso del viaje de novios, comprendió que nunca la había amado, se había obcecado
con ella, se había encaprichado y embelesado con esa belleza deslumbrante carente de
ningún otro atributo y pagaba las consecuencias de ello. A partir del nacimiento de
Samuel, que era idéntico a él, pudo reconocerse a sí mismo que, no solo no le
importaba lo que hiciere Violet, sino que no permitiría que le influyese más, ni a él ni
a sus hijos, de modo que llegaron a un civilizado acuerdo, ella podría hacer su vida
siempre que fuere discreta y no afectare a sus hijos y él haría la suya. Y así lo
hicieron durante escasos cuatro meses. Ella con su amante y él con varias cortesanas
o viudas. Pero Violet era tan caprichosa como inconsciente y esos meses después del
nacimiento de Samuel comenzó a tontear con otro hombre distinto a su amante
habitual y acabó pagando por ello y él tapando un posible escándalo de saberse que
ese nuevo amante la hubo matado en el lecho tras una fuerte discusión que acabó con
la vida de ambos por las graves heridas que se infligieron el uno al otro con la pistola
de ese borracho con el que andaba, tapó el escándalo y decidió, libre por fin de su
error, de su callado y silenciado error, del que solo eran conocedores sus tres amigos
y su hermana Armony, pues lo ayudó a tapar más de una discusión con Violet, que
jamás repetiría tal experiencia.
No, esta vez había elegido con la cabeza no por un impulso ni dejándose guiar
por los instintos de su cuerpo o anatomía masculina. Miró a su callada esposa a la que
había, conscientemente, tratado con cortesía, pero con clara frialdad y, sin duda, ya se
había dado cuenta. A lo largo de todo el día había evitado mirarla al rostro, en las más
de las veces porque, en el fondo, sabía que estaba siendo algo injusto con ella, no
cruel porque fue franco desde el principio, pero si algo injusto, pues sabía que por
mucha aprehensión que pudiere tener como inocente que era aún, esperaría de su
noche de bodas y de sus primeros días de casada, más de lo que él estaba dispuesto a
darle y, para rematar, había hecho algo para asegurarse que la podría mantener a
distancia sin sentir ansiedad, pues era un hombre con un apetito sexual sano y no
debía avergonzarse por ello, pero sí por el modo en que lo mantendría a raya sin
necesidad de acudir al lecho de su esposa hasta que no fuere de veras necesario. Y eso
sí que era reprochable.
Había pensado en despedir a su amante del último año desde el momento del
compromiso, pero, finalmente, no lo había hecho y había acabado convenciéndose de
la necesidad de encontrar un desahogo sexual discreto a su apetito si pretendía
mantener una cordial y ajena a complicaciones, relación con su esposa. De tal modo
que mantenía a su amante, una joven viuda discreta y satisfecha de gozar de la
protección de un caballero como él, a la que no exigía más que discreción y
exclusividad, pues no era de los que le gustase verse expuesto a los vicios de otros
hombres, y, a cambio, la mantenía muy holgadamente. Rachel era una joven sin más
aspiración que vivir tranquila y cómoda, sin preocupaciones y tener a un hombre
protegiéndola y satisfaciéndola sexualmente, lo que a sus ojos era perfecto para su
situación actual. Era una joven muy atractiva, con experiencia como viuda que era y
de trato afable. Con eso le bastaba y estaba complacido con tal acuerdo. Bien era
cierto que era consciente de que era perfecto para él pero injusto para su esposa. La
miró de soslayo un segundo y decidió no pensar en ello.
¿Para qué? Mientras no se enterase, no saldría dañada y cuando por fin se
sintiere animoso a compartir ese tipo de intimidad con ella, pondría fin a su acuerdo
con Rachel discretamente.
La noche anterior, mientras tomaban una copa, él, Marcus, Thomas y Gabriel,
todos le habían expresado su parecer contrario a su comportamiento en cuanto a
seguir manteniendo su acuerdo con Rachel, claro que a ninguno había tenido el valor
de confesarle que pretendía mantener la distancia con su esposa todo el tiempo que le
fuera posible. Miró a Camile ¿cuánto sería eso? ¿Cuánto acabaría ella decidiendo que
podría exigirle a su marido ser, por fin, una esposa? ¿Resentiría ella demasiado su
comportamiento?
Volvió a mirarla un instante ¿Y si al final decidía que ya habría aguantado
bastante esa indiferencia de un esposo frío y distante y decidiere que podría encontrar
el calor o pasión que le faltaba en brazos de otro?
Frunció el ceño pues no permitiría ese comportamiento de nuevo y lo impediría
incluso antes de ocurrir.
La miró de nuevo y sin saber cómo, tenía la absoluta certeza de que ella no
engañaría a un esposo por frío, distante e indiferente que éste fuere. Viéndola con su
hijo Samuel en brazos era fácil comprender que no era de esa clase de mujeres. No le
había recriminado su comportamiento distante y fría cortesía de todo el día, más por
el contrario, parecía intentar siempre hacerlo sentir cómodo o menos tenso, mirándolo
con amable paciencia o dedicándole una sonrisa amigable y cercana, y ese
comportamiento lo obligaba, por mera vergüenza, a desviar sus ojos o simplemente
dedicarle un gesto aséptico de cabeza.
¿Pero por qué sentirse culpable? Había sido sincero con ella, bueno, casi
sincero. No le había contado todo la verdad pero tampoco le había mentido. Sería un
buen marido, excepto en lo de la intimidad, al menos durante un tiempo y luego ya
vería.
Todavía con ese pensamiento bailando en su cabeza el carruaje se detuvo. Le
quitó a Samuel de los brazos, tras despertar a Viola y, en cuanto la puerta del carruaje
fue abierta por uno de los palafreneros, hizo salir a sus hijos que pronto fueron
recogidos por su niñera y salió tras ellos para ayudarla a descender. En cuanto la giró
para que viere al servicio de la casa perfectamente cuadrados para su presentación
ante la nueva señora, le presentó al mayordomo: —Permite te presente. —Decía ya
usando una expresión y unos términos más coloquiales y menos formales entre ellos
que hasta ese instante había eludido—. Ronald, el mayordomo. —El cual hizo una
rápida reverencia —y la señora Prinfet, el ama de llaves —que también hizo una
rápida reverencia tras lo cual expresaron sus parabienes a sus señores.
Agradeció con una amable sonrisa su amable acogida y concedió que le
presentasen uno a uno a todo el servicio de la casa, algunos de cuyos nombres ya
identificaba de haberlos escuchados mencionar, como Callum Ferguson, el valet de
lord Lucas o la señorita Anderson, la niñera de los niños. Tras las presentaciones y
unas breves palabras corteses con cada uno, lo cual Lucas no pudo por menos que
reconocer como un dato muy a tener en cuenta a su favor pues la supo memorizando
los detalles del personal, sus nombres y ganándose a su favor su primera impresión
favorable, ya que todos parecieron relajados al saber que su señora tendría un trato
amable y cordial con ellos, la acompañó al vestíbulo tras lo que de inmediato el
mayordomo preguntó si era de su agrado el que sirvieren la cena a las ocho.
Él procuró mirarla amable al decir:
—¿Te parece bien? Tendrás tiempo, si lo deseas, para refrescarte y tomar un
poco posesión de tus habitaciones. Podemos reunirnos en el salón a las siete y media.
Camile asintió intentando esbozar una sonrisa lo menos forzada posible: —Me
parece perfecto. —Miró de reojo a la doncella y a la niñera que mantenían asidos de
las manos a los niños —. Y quizás no sea demasiado aventurado decir que Viola y
Samuel están extenuados del día, por lo que quizás convendría que la señorita
Anderson los acompañare arriba y les diere una cena suave antes de acostarlos pues
los pobres parecen que van a caerse de puro agotamiento. —Dijo con voz suave y
procurando que él fuera el que decidiere y así hacérselo notar Él la miró un segundo
con una media sonrisa que a ella le pareció tan poco espontánea como la anterior,
pero de nuevo prefirió ignorarla, no tenía sentido torturarse por naderías nada más
poner un pie como señora de aquél lugar.
—Sin duda sería lo mejor. Señorita Anderson, creo que lo expresado por
milady es una excelente idea.
Por favor, encárguese de los dos.
Se inclinó y dio un beso en la frente a los niños y ella les deseó dulces sueños,
le salió sin pensar, como hacía con Charles, Francis o Cressinda cuando se quedaban
a dormir en casa de su padre. En cuanto los niños desaparecieron por la escalera, él
bajó un poco la voz y le preguntó: —¿Deseas que te acompañe a tus habitaciones o
crees que bastaría con que te acompañare una doncella?
Seguro que tu doncella personal se halla allí esperándote.
No necesitó pensarlo, el modo en que lo preguntó y ese bastaría, dejaban
claro su preferencia por no tener que acompañarla así que, de nuevo, obedeció sus
deseos tan evidentes sin rechistar.
—No, no es necesario, gracias. Seguro Gloria se haya desempacando las
últimas cosas y estará deseosa de saber mis indicaciones. Gracias. —Añadió con una
suave sonrisa.
Miró al mayordomo de modo que este entendiera que le indicase a una doncella
que la acompañare.
<< Bueno, Ronald está bien entrenado pues entendió su petición con una
simple mirada y pareció escoger a una de las doncellas más antiguas de la casa>>,
se consoló a sí misma, al subir los primeros escalones.
Al llegar a sus habitaciones, miró en derredor antes incluso de saludar a Gloria,
su doncella desde hacía muchos años y que la había acompañado sin dudarlo. No le
gustaron sus habitaciones. La decoración era un poco… la primera idea que le vino a
la cabeza era vulgar, con esos colores y esas telas tan recargadas. Bien, pensó, si el
me da la oportunidad hoy le sugeriré la posibilidad de redecorarlas y si no esperaré
unos días para decirlo un poco más directamente.
—Milady. —La llamó con suavidad Gloria—. Os he dejado preparado el
vestido de satén azul oscuro como pedisteis y los zafiros. ¿Deseáis que os prepare el
baño?
Camile se sentó un segundo en la banqueta de los pies de su cama y volvió a
mirar su dormitorio y la puerta abierta que daba a su saloncito privado:
—Sí, por favor, Gloria y, —la miró —, dime ¿has tenido algún contratiempo
con el servicio o con alguien de la casa?
—No, milady. En la casa estoy al mismo nivel que el mayordomo y el valet de
su señoría, así que todos parecen creer que han de tratarme bien desde el principio.
Camile la miró con una sencilla sonrisa mientras ella le devolvió una mirada
cómplice pues era evidente el paso enorme que había dado ya que ella solo rendiría
cuentas ante la señora de la casa, a la que, a los ojos de los criados, podría susurrar
los comentarios que quisiere del servicio y eso era algo muy a tener en cuenta para
todos ellos.
—De todos modos, Gloria, sabes que salvo que ocurra algo importante o grave,
preferiría que preservásemos un poco la intimidad del personal para que no haya
roces entre ellos y tú e incluso entre ellos o con su señoría.
Gloria asintió sonriendo pues ambas llevaban demasiado juntas para no saber
que si a Camile no le gustaba escuchar los cotilleos, a Gloria menos tener que ser ella
la que los contase, de modo que ambas sabían bien que, salvo algo realmente
preocupante, mantendría en reserva lo que sus ojos y oídos vieren en las habitaciones
del servicio o en cualquier otro lugar.
—¿Gloria? —La doncella se giró cuando ya entraba en el baño —. ¿Soy yo o
estas habitaciones tienen la más espantosa y mareante de las decoraciones?
Gloria sonrió en una clara conformidad con la apreciación de Camile.
Casi dos horas después bajó al salón previo al comedor cuya ubicación le
señaló oportunamente Ronald y al entrar su ya marido se puso en pie esperando hasta
que ella tomó asiento.
—Espero, —dijo al cabo de un par de minutos cediéndole una copa de jerez—,
que tus habitaciones sean de tu agrado, más, he supuesto desearías cambiarlas.
—Muchas gracias.
Se limitó a decir mirando la copa de jerez pues su alegría por que él hubiere
sacado el tema de la redecoración de las habitaciones y que le diere carta blanca al
respecto se vio eclipsada por la bofetada que suponía el no haber hecho ni siquiera un
mero cumplido, aunque fuera de mera cortesía, a su aspecto.
Había encargado ese traje especialmente para esa noche y lucía los zafiros que
sus padres le regalaron las últimas navidades que pasaron todos juntos antes del
fallecimiento de su madre. Eran sus favoritos y también los que reservaba para
ocasiones que esperaba fueren especiales. Mirando su copa tuvo un mero sentimiento
de desilusión más hacia sí misma que hacia él. Ese era el mejor aspecto que una
mujer como ella podía lucir con su falta de belleza y había pasado por completo
desapercibido. Se obligó a alzar la vista y parecer despreocupada o al menos no
forzada ya que él había vuelto a decir algo de la casa, debía concentrarse, se dijo
tajante a sí misma.
—Es posible que alguna de las habitaciones o salones para recibir invitados
consideres conveniente cambiar o mejorar. Por supuesto, también podrás hacerlo,
solo te pido me consultes aquéllos cambios que sean realmente importantes.
—Camile asintió pensando que era lo que parecía esperar—. Por supuesto, acordaré
una asignación especial para cuantas reformas estimes oportunas…
Durante varios minutos estuvo contándole lo que podía o no hacer con la casa,
los criados, e incluso algo decía sobre mencionar tras la cena algunos asuntos y,
cuando Ronald anunció la cena, no pareció cejar en su enumerada lista de deberes,
personas a las que creía adecuado u oportuno visitar o de las que ser visitados,
indicándole que tras la cena le daría algunas tarjetas de las personas de las que
probablemente debiere esperar alguna visita en los próximos días. Y así continuó toda
la cena sin ella apenas hacer más que asentimientos o algún comentario suelto
corroborando sus ideas. De nuevo, en su mente apareció la imagen de él como su
capitán adiestrando convenientemente a su subalterno. << ¡Por Dios!>>, empezó
a pelearse consigo misma al llegar a los postres, << ¿esto es de lo que debiéramos
hablar? Porque de ser así, Stephanie tendría que haberme advertido para no
hacerme ilusiones sobre que él contaría algo de él o se interesaría algo por ella, sus
gustos, sus ideas>>. Tres segundos después se reprendía a sí misma, << seguro que
no querría hablar de temas demasiados personales en su primera noche en la casa
delante de los lacayos y del mayordomo>>, lo disculpó para sí. Para cuando
terminaron el postre le hizo un sutil gesto al mayordomo para que retirase su silla
mientras le decía: —Te dejo para que disfrutes con tranquilidad el oporto. —Esbozó
una sonrisa y una mirada tranquila sabiendo que era la primera vez que había dicho
más de tres palabras seguidas esa noche.
Se retiró al salón donde se sentó y cerró los ojos intentando bajar su dolor de
cabeza tras dos horas escuchando una larga lista de nombres y detalles que se
esforzaba en cada instante por retener para no preguntarle más adelante y obligarle a
repetir las cosas. Bien, una cosa buena de todo ello es que había estado tan
concentrada que no le había dado tiempo a pensar en la noche de bodas. Abrió los
ojos y suspiró en su interior, lo bueno acaba de esfumarse al aparecer ante su imagen
la noche de bodas. De nuevo se vio su pensamiento interrumpido por la irrupción en
el salón de lord Lucas, << Lucas, Lucas>>, se decía mentalmente, << he de llamarlo
por su nombre…>> Tras tomar asiento, miró unos segundos el fuego de la chimenea
y después a ella, pero permaneció en silencio como si esperase que ella se esfumase
de allí a la mayor brevedad. Se puso lentamente en pie para darle tiempo a
incorporarse mientras decía:
—Creo que ya es tarde y será mejor que me retire.
Él solo asintió y ella no tuvo ni una pizca de valor para decir nada más.
Mientras se encaminaba a sus habitaciones solo pareció ser capaz de decirse a sí
misma que no pasaba nada, que no se lo estaba poniendo fácil, pero que a lo mejor
para él era algo incómodo el tener una nueva señora, esposa y mujer en esa casa, en
esas estancias. Sintió un escalofrío justo antes de abrir la puerta del dormitorio al
preguntarse si aún la amaría, ¿aún estaría enamorado de su primera esposa? Intentó
desechar ese pensamiento, al menos esa noche, y se puso en manos de Gloria que la
ayudó a desvestirse, ponerse su bonito y algo ligeros, más que ligeros, a decir verdad,
camisón y bata. Se perfumó y despidió a Gloria quedándose ella cepillándose el
cabello. Miró el pequeño reloj que tenía en el tocador cuando se levantó del mismo.
Cuarenta minutos. No sabía si eso era mucho o poco tiempo que darle a su esposo. Se
sentó en la banqueta a los pies de la cama desde donde podía ver la puerta que
comunicaba su habitación con la del marqués, dejando reposadamente las manos en
su regazo. Tras otros cuarenta minutos decidió que quizás debiere haberle preguntado
si debía esperarlo y si debía hacerlo un tiempo determinado.
Empezaba a ponerse más nerviosa de lo que era capaz de soportar
permaneciendo sentada pues no podía esperarle de pie o ansiosa frente a su puerta y
tampoco se veía capaz de hacerlo en la cama. Por fin escuchó el clic de la puerta y
alzó la vista encontrándoselo entrando discretamente en el dormitorio y manteniendo
su vista fija en ella desde que la vio. Aun iba vestido de noche y reconoció para su
interior que no esperaba eso. Caminó hacia ella despacio, pero seguro, y se detuvo a
más de un par de metros de distancia.
—Camile. —Dijo con la voz calma y reposada. Extendió el brazo frente a ella y
le ofreció la mano —. Por favor, sentémonos en los sillones.
Señaló desviando momentáneamente la mirada a los dos sillones frente a la
chimenea. No pudo evitar fruncir ligeramente el ceño desconcertada, pero aceptó su
mano asintiendo. Se dejó guiar hasta los sillones y se sentó en el que él le indicó,
tomando de inmediato asiento frente a ella. Solo una cosa resonaba en la cabeza de
Camile mientras caminaba hacia esos sillones y tomaba asiento, una plegaria en
realidad, << por favor, Dios, que no continúe con su inagotable lista de tareas o
personas a las que he de conocer o agasajar. Por favor, Dios, solo unos instantes de
charla intrascendente, si es que de verdad quiere hablar>>.
Lucas la miró mientras caminaba hasta ella nada más entrar en el dormitorio,
aunque siendo sinceros solo veía a su casta esposa esperándole a los pies del tálamo
nupcial cuando en él aún reverberaban en su cabeza las frases que tenía pensado
decirle, más ahora parecían un poco vacías y carentes del mínimo tacto. Se sentó
frente a ella tomando aire.
—Verás, Camile, he pensado que, aunque nuestras familias se conocen desde
hace muchos años, no así nosotros, que, sin embargo, siendo vecinos aún somos unos
completos desconocidos el uno para el otro. —
Se levantó de su asiento y se apoyó en la chimenea volviéndose para mirarla,
allí, con su sencilla postura con sus manos cruzadas en el regazo y mirada de
desconcierto—. Y, además, ahora hemos de adaptarnos y acostumbrarnos el uno al
otro, sin mencionar que te encuentras en una casa que aún te resulta extraña, con
responsabilidades nuevas y una nueva vida. Es por ello que creo conveniente,
—Camile dio un respingo en su interior pues apenas llevaba un día casada con él y
cada vez que decía “creo conveniente” lo que le seguía era un mandato y una orden
imperiosa aunque cubierta bajo el falso velo de la sugerencia—, que nos demos un
tiempo para conocernos, para iniciar esta nueva vida poco a poco, antes de
relacionarnos más íntimamente.
Vio como las pupilas de Camile se dilataron lo que le dejó ver con claridad que
acababa de entender lo que le había dicho y el ligero temblor en sus manos,
rápidamente disimulado por ella, denotaban que no solo no se esperaba nada de ello,
lo que era lógico, sino que, además, la había disgustado o desilusionado o… recuperó
de inmediato el hilo de la conversación antes de que ella le preguntare o le
recriminare nada pues no se veía capaz de ponerse a justificarse más de lo necesario y
menos a discutir con una novia inexperta con sueños inocentes de lo que no era más
que una tarea casi mecánica y carente de todo romanticismo.
—Seguro, —añadió separando su espalda del dintel de la chimenea en la que se
había apoyado ligeramente para no parecer tan frío—, que dentro de unos días o un
tiempo prudencial nos sentiremos del todo cómodos ante esta nueva idea del
matrimonio, de estar casados y formar parte de una nueva familia.
Camile permanecía aún en silencio intentando por todos los medios no ponerse
en ridículo y llorar como una boba adolescente a la que acaban de negar un beso en
una fiesta popular, un baile o velada musical.
<< Por favor>> , pensaba, << que no lo deje así, que no acabe esta especie de
absurdo discurso en el que me rechaza sin más, en nuestra noche de bodas, solo
aduciendo que mejor esperar a sentirnos cómodos el uno con el otro y con la idea de
estar casados>>.
—Bien. —Dijo enderezando la espalda y mirándola fijamente—. Supongo que
estando ambos de acuerdo en que ha sido un día largo, debiere dejarte descansar, a
ambos, naturalmente.
La miraba como si esperase que ella asintiere, pero ella permaneció en silencio,
se sentía incapaz de articular palabra y ni siquiera de mover la cabeza ni para asentir
ni para negar. Solo intentaba que el aire llegare a sus pulmones. Tenía frente a sí a un
hombre apuesto, sano, su marido, que en pocas palabras acababa de rechazarla sin
contemplaciones, ni siquiera había considerado acercarse a ella lo más mínimo.
—Creo entonces, querida, —decía dando un paso hacia ella y logrando con la
expresión querida que alzase la vista para fijarla en sus ojos azules, de un azul muy
claro que de pronto se le antojaron fríos, carentes de sentimiento alguno mientras ella
sentía que esa frialdad la había alcanzado y la había traspasado de un modo que se
instalaba y permanecía dentro de ella—, que lo mejor es que me retire deseándote
buenas noches pues mañana comienza realmente nuestro primer día juntos.
De pronto la sonrió como si intentare embelesarla y cautivarla cuando a ella lo
único que deseaba era abofetearlo con todas sus fuerzas por tratarla como si ni
siquiera tuviere nada que decir al respecto, como si ni siquiera mereciese una mínima
mirada más allá de su lista de tareas. << ¿Qué acababa de decir? ¿Que mañana sería
su primer día de matrimonio? Se aferraría a eso para no perder ni su orgullo ni su
dignidad frente a él. ¿Quería que se adaptasen y acomodasen a esa nueva vida?
Bien, está bien>>, se decía para insuflarse valor y algo de estima, << pues mañana
comenzaré a demostrar que soy una excelente pareja y que de mí no escuchará queja
alguna ni de otros ni de mí misma, así quizás, quizás empezase a ver tras la mujer
con la que se había desposado, o mejor dicho, empezaría a verla directamente>>.
Con algo de temblor en las piernas y respirando hondo para que no se le notase
ni esa humillación que sentía aún en la boca de la garganta ni el dolor de saberse
invisible a ese hombre, se puso de pie y lo miró intentando sostenerle la mirada:
—Como deseéis, milord.
Quiso darse una patada en el trasero a sí misma por notar algo temblorosa y
ahogada su voz, pero no podía dejarle ver la humillación que sentía, se giró para
rodear el sillón y poner un poco de distancia entre ellos pues a un metro de él podía
perfectamente ver sus cincelados y perfectos rasgos e inhalar su aroma como si fuera
una bofetada más a su maltrecho amor propio.
—Ronald, me, me ha informado que acude al comedor de mañana a las siete y
media ¿tendría algún inconveniente en que yo también lo hiciere?
Ya no le miraba a él, la distancia entre ellos y el hallarse tras el sillón como si
fuere una muralla de defensa en la que se apoyaba levemente para disimular el ligero
temblor de su cuerpo, le permitieron, además de procurarse un poco de valor, el fijar
la vista en un punto que no era él.
—Me gustaba revisar la agenda de la semana con mi padre o con Albert. —Dijo
intentando suavizar más su propia incomodidad—. Y sopesar lo que cada uno
estimare mejor y procurar ajustar las actividades en función de lo que era necesario
cada vez.
Como si fuere ese capitán satisfecho de su subalterno y como si no hubiere
ocurrido nada sonrió tranquilo y asintió.
—Sería perfecto, así podremos organizarnos como corresponde. —Caminó
hacia la puerta de su dormitorio como quien pasea relajado por un salón de baile y
antes de llegar a ella, se giró e hizo una elegante inclinación—. Buenas noches,
Camile.
Camile tuvo que hacer acopio de todo su coraje para mirarlo de nuevo al rostro.
—Buenas noches, milord.
Él se giró para marcharse, pero reculó y volvió a mirarla.
—Creo conveniente, —<< ahí está de nuevo, otra orden>>, se castigó ella al
pensarlo—, que aunque aún no nos conozcamos en demasía, favorecería el llegar a
hacerlo el llamarnos por nuestros nombres, además, así nadie pensará que existen
roces o problemas y seguro a Viola y a Samuel les resulta más fácil si no mostramos
formal cortesía entre ambos.
En esta ocasión, Camile guardó silencio pues si esperaba que respondiese “si,
Lucas, estoy de acuerdo en que, desde el momento en que te llame así y no milord,
todos pensarán que somos un matrimonio de lo mejor avenido, unos recién casados
como otros cualquiera, a salvo el hecho de que tu esposa, de veinticinco años seguía
siendo incólume…” y ¿qué importaba? Realmente no tenía prisa porque a su edad
podría esperar uno o dos o tres años si él lo creía conveniente para mantener
cualquier tipo de intimidad con su marido, al fin y al cabo, él tenía sus hijos y no
tendría ni prisa ni deseos de aumentar la familia.
Camile permaneció en silencio y cuando por fin él comprendió que no iba a
decir nada ni añadir nada a lo que ordenaba, salió por fin dejándola con una tremenda
sensación de vacío y soledad como nunca creyó posible. Se dejó caer en el sillón que
ocupaba antes y miró sin mirar el fuego de la chimenea ¿de verdad había ocurrido
aquello? ¿De verdad iba a pasar su noche de bodas sola con su marido durmiendo a
pierna suelta en el dormitorio contiguo? Por todos los santos, tenía veinticinco años,
había esperado más que suficiente y ni siquiera le había pedido amor o sentimientos
profundos a aquél hombre, pero sí esperaba un poco de cariño o por lo menos un trato
algo cariñoso o suave y, desde luego, esperaba perder su virginidad esa noche, era
una mujer casada ¿por qué no debiera esperarlo? ¿Qué había de malo o de
“inconveniente” comenzar a tener intimidad con su marido? Quizás eso suavizase la
“incomodidad” de la que él hablaba… Sintió un frío helador recorrerle la columna
como si una mano de hielo le hubiere dibujado la misma.
Empezó a pensar los motivos por los que ese marido no quería iniciar esa parte
del matrimonio con ella y solo le venía a la cabeza el hecho de que no le gustaba a su
marido, no la miraba ni cuando tenía los ojos fijos en ella. Le resultaba invisible, o
peor, completamente indiferente con absoluta certeza. Ningún comentario amable al
unirse a él en el salón previo a la cena, ni por mera educación o cortesía.
Realmente debía resultarle menos atractiva de lo que ella pensaba en un
principio. Había evitado tocarla incluso de la manera más inocente. Cerró los ojos
recordando lo ocurrido paso a paso esa noche intentando encontrar algo que le diere
un motivo añadido a esa falta de atracción hacia ella, algo que mitigase, no ese vacío
o esa soledad, sino esa sensación de no valer como mujer. Repasó palabra por palabra
lo dicho por ambos, los gestos, todo, y lo único que recordó en lo que hasta ese
momento no había caído es que el marqués tenía entre las manos, cuando ella
apareció en el salón, un cuaderno y un lápiz, que se apresuró a quitar de su vista.
¿Estaría anotando más tareas para ella? ¿Una lista de cosas pendientes de hacérselas
saber? Suspiró y después llenó sus pulmones de aire varias veces para impedirse
llorar, para prohibirse a sí misma caer en esa humillante realidad de no ser bastante
para él. Se levantó y caminó casi a ciegas a su vestidor, se quitó esas absurdas
prendas que no hacían más que recordarle que unos minutos antes él había entrado en
el dormitorio y la había visto llevando aquello y pensaría de seguro que era un torpe,
desesperado e inútil intento de atraer su atención, de seducirle.
Seguro que al verla tuvo que contener una carcajada ante la imagen de esa
solterona, poco atractiva y no tan joven, que buscaba por todos los medios que la
intentaren tocar por primera vez. Cerró los ojos fuertemente mientras anudaba la bata
de sencillo algodón que acababa de ponerse solo para no echarse a llorar, solo para
impedirse caer en el desasosiego. No, no. Ella no era de las que se rinden o de las que
dejan vencer cada vez que alguien la infravaloraba o la hacía de menos. Abrió el
cajón de su vestidor donde guardaba esa libreta en la que anotó desde el compromiso
todas las cosas del marqués, sus hijos y demás, y se metió en la cama apoyando la
espalda en el cabecero y obligándose a mantener la mente ocupada y alejar ese cada
vez más pesado golpeteo en su corazón. Dos horas después aún anotaba cada cosa
que se obligaba a recordar, las personas que les saludaron, las que él mencionó, las
visitas que debiere hacer pues él las “creía conveniente” y otras que ella entendió
necesitarían. Tomó otra libreta y decidió que cambiaría por completo esas
habitaciones, le había dicho que podía y lo haría, si antes no le gustaron, ahora le
resultaban de un agobiante casi asfixiante. Retiró la manta y se bajó de la cama
tomando notas de lo que iba a eliminar, cambiar o reformar por completo. No podía
cambiarse a sí misma para gustarle a él, pero transformaría esas habitaciones para que
le gustasen a ella. Al día siguiente comenzaba su nueva vida, según él, bien, pues que
comenzare, la tomaría con ímpetu. Trataría con el ama de llaves y la cocinera los
menús y los temas para poder recibir invitados. Recorrería la casa para conocerla
bien, vería las habitaciones de los niños e intentaría pasar un rato con ellos para ver
cómo lograr hacerles sentir más cómodos con la nueva situación, y prepararía la casa
para que pudieren comenzar a recibir visitas en un máximo de tres días y, mientras,
ella, además, visitaría a algunas personas interesantes según el marqués y según lo
que ella apreció en la boda.
Comenzaba a amanecer cuando todavía seguía sentada anotando cosas. Al notar
el primer rayo de tenue luz posarse en la mano con la que estaba aún escribiendo se
detuvo y miró su lista de tareas. << Dios>>, se dijo al final de una de ella, << no he
pensado en él ni una sola vez en estas horas de un modo distinto a marqués o milord,
incluso anotaba en su libreta su referencia como MG, marqués de Galvert.
¿Llamarle Lucas? ¿Pretendía que le llamare Lucas? >> Frunció el ceño y cerró la
libreta. Se puso de pie y caminó al vestidor eligiendo el traje y lo necesario para la
mañana y después tiró del cordón e inmediatamente apareció Gloria con un chocolate
caliente, que dejó en la mesilla, y con una sonrisa animosa que desapareció en cuanto
vio la cama y más tarde a su señora con un camisón de algodón en la puerta del
vestidor. Intercambiaron una mirada y Camile pudo ver en toda su crudeza la
expresión de pena y compasión por ella en el rostro de Gloria, pero parecía no querer
ahondar en ello pues rápidamente desvió la mirada e hizo una rápida reverencia.
—Buenos días, milady. Le he traído chocolate caliente y un poco de bizcocho
que ha elaborado el pastelero.
—Gracias, Gloria. —Le dedicó una esforzada sonrisa y respiró hondo para no
desmoronarse delante de ella—. Por favor, avisa a Ronald que de orden en los
establos de que preparen mi yegua y un mozo que me acompañe, iré a montar a
Rottem Row antes del desayuno para despejarme un poco. Después regresa y con
tranquilidad prepara las cosas para mi vestuario de mañana, he dejado sobre la
banqueta del vestidor el traje que me pondré. Mientras iré poniéndome el traje de
montar. Gracias.
No esperó a escuchar la contestación, tenía un nudo en la garganta que parecía
ahogarla y si le viera de nuevo esa mirada apenada y compasiva se derrumbaría sin
remedio. Desapareció en el vestidor y se apresuró a ponerse el traje de amazona
dejándola después peinarla —Milady. —La llamó cuándo Camile estaba con el pomo
de la habitación en la mano. Se giró y la miró—.
¿Os encontráis bien?
Camile respiró hondo y asintió:
—Sí, Gloria, no te preocupes. Solo es que tengo muchas cosas en la cabeza y
necesito despejarme y montar seguro me ayudará.
Realmente se sintió más despejada al regresar y rápidamente se bañó, cambió
de atuendo y bajó al comedor de mañana donde él estaba ya sentado frente a un
copioso desayuno y con el período abierto frente a él y con la bandeja de correo a su
derecha. Al entrar, él la vio por fin y se puso de pie mientras decía con formal
cortesía.
—Buenos días, Camile.
—Buenos días, milord.
Contestó mordiéndose la lengua y sin el menor entusiasmo, no se hallaba
preparada aún para llamarle Lucas y era posible que tardase mucho en hacerlo.
Quizás fuere porque estaba enfadada o resentida por lo de la noche anterior, pero
fuere como fuere, no lo llamaría por su nombre. Él no la quería como una esposa de
verdad pues ella a él tampoco como alguien a quien tratar con esa familiaridad
Ronald había retirado la silla frente a la de su señor al otro lado de la mesa para ella
que ocupó de inmediato para que ambos pudieren sentarse. Ronald se colocó a su
lado.
—¿Deseáis té, milady?
Camile lo miró con una sonrisa.
—No gracias, Ronald, por las mañanas tomo café. Y un poco de esos huevos
con jamón que huelen de maravilla. —Tras servirla se retiró y ella probó la selección
que le había puesto y de nuevo lo miró—.
Felicite a la cocinera de mi parte, Ronald, todo está delicioso y pídale que se
reúna conmigo más tarde en el saloncito de la mañana junto con la señora Prinfet, me
gustaría tratar con ellas los temas de los menús y las despensas.
—Enseguida, milady. —Contestó haciendo un gesto a aun lacayo para que
avisare a ambas señoras mientras él volvía a su discreta ubicación.
Antes de darle oportunidad de volver a recalcarle sus deberes, Camile decidió
tomar ella las riendas de la conversación que tarde o temprano habían de tomar.
Abrió su libreta, que mantenía asida con una mano junto a su plato y sin apenas
mirarle a él, señaló.
—Si estáis de acuerdo, milord, en la mañana inspeccionaré la casa para
conocerla y poder hacerme una idea exacta de lo que se necesita. Además de la
decoración de mis habitaciones, creo conveniente asegurarme que no necesitan algún
cambio o retoque, los salones o habitaciones para recibir visitas o posibles invitados y
las habitaciones del servicio o zonas comunes. Supongo que es de las cosas más
urgentes ya que espero poder recibir no más tarde de tres o cuatro días como
pedisteis. —Lo miró de soslayo y pareció no querer contradecirla de modo que
continuó con voz suave y calma—. Por supuesto, si fuere necesario algún cambio de
importancia lo consultaré previamente para que deis vuestro visto bueno y
consentimiento. —Lo miró y asintió simplemente—. Con mi padre y mi hermano
adopté una costumbre sencilla y muy práctica, a mi parecer, que consistía en que, a
principio de semana, comentábamos los eventos a los que considerábamos
conveniente o interesante asistir por uno u otro motivo o las cenas, almuerzos o
reuniones que celebrar en casa, e intercambiábamos sugerencias. Por supuesto, a lo
largo de la semana, nos veíamos obligados a hacer algunos cambios en uno u otro
momento, pero los exponíamos entre nosotros para estar seguros de que ninguno
ponía en un compromiso a los demás. —Y de nuevo se limitó a asentir mirándola
acomodado indolentemente en el respaldo de la silla. Le entraron ganas de
zarandearlo, pero se obligó a concentrarse para no dejarse llevar por la ira que sentía
crecer dentro de ella—. Durante estos días intentaré hacer algunas visitas en las tardes
a algunas de las personas que me señaló y alguna otra que estime adecuada o de buen
tono y les haré saber que en los próximos días estaremos preparados para recibir
visitas y que pronto organizaremos alguna cena o recepción. —Y de nuevo asintió
con una sonrisa de satisfacción consigo mismo, ¿podía odiar a su marido veinticuatro
horas después de la boda? Suspiró para su interior y se concentró de nuevo en su
libreta—. Sería aconsejable, aprovechando que aún no ha comenzado la temporada,
seleccionar y entrevistar a las institutrices.
Acudiré a la misma agencia que mi hermana Stephanie pues contamos con
excelentes referencias de la misma y la institutriz de Charles y Francis ha resultado
una buena elección, ciertamente, más, —frunció ligeramente el ceño mirando sus
notas y golpeando ligeramente la libreta con su pequeño lápiz—, quizás le pida a
Amelia que esté presente en las entrevistas. No es lo mismo tener al cargo dos niños
que un pequeño y una niña y Viola está en una edad en la que todo lo que ve y oye lo
aprende.
Su voz era ya casi un murmullo y si hubiere levantado la vista se habría vuelto
a enfadar con ese hombre pues el marqués la miraba con una sonrisa de
autocomplacencia felicitándose a sí mismo por no haberse equivocado con la elección
de esposa en esta ocasión. Pero controló el no sonreír cuando ella levantó por fin la
vista de ese cuaderno suyo en el que parecía tenerlo todo bien organizado.
—Más, no habéis de preocuparos, sé que la última palabra es vuestra, recuerdo
que así lo especificasteis.
Bajó la vista a su libreta sin esperar respuesta más él parecía dispuesto a darla
aun así.
—Confío en tu criterio, por supuesto, y estoy seguro harás la elección acertada,
si bien, creo conveniente conocer a quién va a guiar los primeros pasos de mis hijos
en las aulas.
Camile le dedicó un mero asentimiento formal sin apenas mirarlo volviendo la
vista a sus notas. Él miró entonces a Ronald.
—Entregad a milady su correo y, a partir de ahora, deberéis entregádselo
directamente, Ronald.
Eso hizo que lo mirase y asintiera con una media sonrisa de agradecimiento
siendo consciente de que esa era una gran concesión y hacérselo notar al servicio
también pues en la inmensa mayoría de los matrimonios la correspondencia se
entregaba primero al marido y después a las esposas.
—Entregad también sus nuevas tarjetas a milady. —Puso en la bandeja de plata
donde se hallaba el correo de Camile dos pequeñas cajas de madera y la miró—. Las
entregaron esta mañana temprano.
Cuando Ronald le entregó las cartas y las tarjetas las miró, blancas con un filo
de color ocre y una marca de agua con el blasón del marquesado con su nombre y
nuevo título escrito en una bonita letra: —Muy bonitas, gracias.
Se puso de pie y tiró del borde de su chaleco de seda antes de comenzar a
caminar hacia la puerta teniendo que pasar a su lado
—Espero puedas utilizarlas ya en esas primeras visitas. Tengo que atender
varias citas ineludibles por lo que no llegare para el almuerzo, más sí a la cena. Si me
retrasare enviaré aviso.
Sin más hizo una inclinación y desapareció dejándola con esas palabras aun
flotando en su cabeza << citas ineludibles>> o, dicho de otro modo, había concertado
citas previamente sin molestarse ni siquiera en preocuparse por pasar sus primeras
horas en la casa con ella o simplemente pasar su primer día de casados, como el
mismo lo definió la noche anterior, con ella. Esa idea hizo que surgiera en su cabeza
la sospecha, que se abría clara en su mente casi como una certeza, que concertó esas
citas a primera hora de la mañana como si de antemano supiere o hubiere planeado no
compartir su cama con ella. Se le formó de nuevo el nudo en la garganta, un nudo de
humillación, vergüenza y tristeza. Tomó aire, parecía que lo necesitaba cada vez que
terminaba de hablar con él, respiró hondo y decidió imbuirse con ímpetu en sus
obligaciones diarias para calmar ese tamborileo ya constante en su corazón y su
pecho que le advertían, desde el instante en que se sentó frente a él en el carruaje
terminada la ceremonia, que algo no iba bien y que ese matrimonio no iba a ser bueno
para ella, aunque su padre sí lo creyera.
No, no. No iba a dejarse vencer por esas sensaciones. Hizo un gesto para que
Ronald retirase su silla y enseguida se lanzó de cabeza a ese primer día. Trató con la
señora Prinfet y la cocinera, la señora Muffel, los temas de los menús de diario, todo
lo relativo al abastecimiento de la despensa y los preparativos de cenas o almuerzos
para poder atender sin previo aviso invitados. Trataron los menús de los niños,
decidiendo en ese instante que almorzaría con ellos para conocerlos mejor. Les
entregó una lista de platos, incluyendo oportunamente los que ellas habían
considerado su especialidad pues las dejó explayarse en sus mejores talentos y poder
alardear ante su nueva señora, consiguiendo enseguida que se sintieran satisfechas y
tranquilas respecto a ella. Les entregó otras listas sobre cómo atender invitados, o qué
galletas, pastas o bizcochos elaborar para poder atender visitas en cualquier
momento, ensalzando el bizcocho que esa mañana le había subido Gloria, lo que hizo
de inmediato sonreír a la señora Muffel.
Puso en sus manos, además, un listado de tiendas y de delicatesen para
abastecer la cocina y las licoreras de la casa y donde comprar chocolates, dulces,
algunos productos y vinos o licores que, por la experiencia con su padre y hermano,
siempre era bueno tener para agasajar a las visitas y los invitados.
Después recorrió toda la casa incluidos el jardín y las habitaciones del servicio,
anotando algunas cosas que cambiar, reformar o mejorar y cuando se aproximaba la
hora del almuerzo, se acercó a las habitaciones de los niños encontrándose a Viola
con cara de aburrida ante un libro y a Samuel dormitando en un sillón. Iba a tener que
empezar a buscar actividades para los niños y decir a la niñera, antes de acabar el día,
que quería que los pequeños pudieran salir al parque a pasear y relacionarse con otros
niños, empezando por sus sobrinos.
—Buenos días. —Dijo entrando en la habitación y de inmediato la señorita
Anderson se levantó e hizo una reverencia y los dos pequeños la imitaron—. Espero
no importunaros.
—Buenos días, milady. —La saludó con la oportuna reverencia la señorita—.
Por supuesto que no, milady, estábamos haciendo tiempo para el almuerzo.
Camile sonrió sentándose frente donde estaban los niños.
—Viola, Samuel, venía buscándoos para preguntaros si os gustaría hacer
conmigo un pequeño picnic en la terraza. Comeríamos un poco de comida fría,
limonada y, si no me equivoco, la señora Prinfet ha prometido que hoy harían una
tarta de chocolate.
— ¿Podemos? —Preguntó Samuel con sus bonitos ojos, tan azules como los de
su padre, muy abiertos, pero enseguida bajó la mirada como si creyese haber obrado
incorrectamente ante ella.
Camile se rio suavemente y sentó al pequeño a su lado.
—Bueno, creo que no hay motivos para no hacerlo y si uno importante para
hacerlo.
—¿Cuál? —Preguntó ansioso.
—Bien, en mi opinión, nunca hay mejor motivo para cualquier cosa que el
chocolate y una tarta, umm. —
Hizo un gesto con la boca y el pequeño se rio—. Entonces, ¿os gustaría que
almorzáramos en la terraza del jardín? —Samuel asintió enérgicamente y entonces
miró a Viola que parecía un poco recelosa—. Quizás sería una buena ocasión para
que hablásemos de vuestra institutriz.
Viola frunció el ceño:
—¿Institutriz? Lady Lucila no nos dijo que tendríamos institutriz.
Camile, cuando cayó en la cuenta, tras un ligero desconcierto inicial, que lady
Lucila era la marquesa viuda, la abuela paterna de los niños, se tragó preguntar si es
que todos en esa familia estaban acostumbrados a mantener una fría distancia incluso
con los niños.
—Vuestro padre ha considerado acertado que tengáis una y vamos a buscaros
una que sea del gusto de todos, no temáis. Yo recuerdo aún con cariño a la que
tuvimos mis hermanos y yo. Era un poco estricta en las horas de clase, pero también
justa y muy cariñosa con todos y jugaba mucho con nosotros y no nos regañaba si no
mostrábamos demasiada destreza en alguna actividad. En cambio, nos ayudaba con
paciencia. Yo siempre he carecido de talento para la pintura y nunca me reprochó esa
falta de habilidad ni me comparó con mis hermanos, más, al contrario, me enseñó a
hacer mosaicos con piezas rotas de porcelana.
Viola la miró con los ojos tan grandes como los de Samuel antes: —¿Mosaicos?
¿Milady le dejaría enseñarnos eso?
Camile sonrió.
— ¡Pues claro! A mí me encantaba y era una buena forma de demostrar
creatividad pues el dibujo del mismo saldrá de tu imaginación, ya verás. Y no habéis
de llamarme por el título de cortesía. Me gustaría que me llamaseis por mi nombre,
aunque en casa todos me llaman Camy, si queréis podéis llamarme Camile o Camy,
como gustéis.
—Me gusta Camy. —Dijo Samuel asintiendo como si afirmase su
contestación—. Viola y papá me llaman Sam. Puedes llamarme Sam si quieres.
—Me encantaría, Sam. —Le sonrió.
Ese fue el primer día de muchos en los que almorzó con los dos niños pues lord
Lucas parecía evitar regresar a la hora del almuerzo en la inmensa mayoría de las
ocasiones, pero ella se acostumbró, al igual que a esa especie de rutina que se instaló
entre ellos durante las siguientes semanas. Temprano cabalgaba sola por el Row con
un mozo que la seguía, lo que lograba acallar un poco ese pesar y esa tristeza con la
que abría los ojos cada día. En esos casi dos primeros meses, ella seguía esperando
cada noche sentada en un sillón mirando la puerta que conectaba con su dormitorio y
cuando se despertaba acurrucada en el mismo sillón, casi al amanecer, se sentía
dolida y tan sola como durante las noches, pero se obligaba a no desfallecer e intentar
hacerle ver que ella era lo que pedía y más. Atendía la casa, a los niños, con los que
no le fue difícil encariñarse de inmediato y con los que procuraba realizar algunas
actividades sin la presencia de la institutriz que escogieron y, muchas veces los
llevaba al parque ella, con sus dos sobrinos o a distintos lugares para que estuvieren
entretenidos y se relacionasen con niños de su edad. Realizaba para él las tareas de
anfitriona a la perfección, relacionándose o fomentando relaciones con las esposas y
los caballeros que consideraba adecuados para él. Se informaba sobre sus actividades
como hacía con su padre, de modo que pudiere no solo agasajar a los invitados sino
escucharles, entablar conversaciones adecuadas e interesantes. Por otro lado,
intentaba hacerle sentir cómodo en la casa, reformó algunas cosas, asegurándose de
informarle de lo importante, procurando que todo estuviese a su gusto. Sabía lo que le
gustaba y cómo le gustaba y siempre procuraba que lo tuviere sin necesidad de
pedirlo. Invitó a cenar en varias ocasiones a sus amigos y sus parejas, a lord Gabriel
Grissom y su esposa lady Brianna y a lord Thomas Galvy con lady Holly, su
prometida, y, aunque en la primera ocasión en la que invitó a los tres también
formuló la invitación a lady Ariana, esposa de lord Marcus Falcon, al acudir solo y al
decirle el marqués que no era necesario volver a incluirla en las invitaciones, sin
considerar aún necesario informarla de los motivos, se abstuvo de hacerlo más.
También invitó a lady Briana y a lady Holly al té y a alguna reunión que creía les
agradaría, tanto en su casa como en la de sus hermanos, especialmente a lady Holly
pues, aunque pertenecía a la aristocracia rural, carecía de los contactos y relaciones a
los Camile estaba acostumbrada desde niña y pensaba que la favorecería no solo
socialmente sino en su día a día que se supiere que contaba con la amistad y apoyo de
la marquesa de Galvert y la familia del conde de Cromerton.
Durante ese tiempo, se había acostumbrado a los comentarios críticos de la
marquesa viuda cuando almorzó o cenó con ellos en alguna ocasión, bien sola bien
con alguna de sus hijas y sus esposos, y no se le pasó por alto que, en ninguna de esas
ocasiones, el marqués no hizo amago alguno por frenarle los pies a su madre ni por
defenderla y, lo peor, cuando empezó a hablar de la necesidad de tener al menos un
segundo hijo que asegurase el título, él ni siquiera titubeaba a la hora de contestar con
un mero, “no es necesario que presiones a Camile, lo tendrá cuando tenga que
tenerlo”. Dos veces le escuchó decir eso delante de ella y dos veces tuvo que
morderse la lengua y bajar la vista acallando a los ojos de los demás su dolor y la
contestación que pugnaba por salir de sus labios de que a ella le resultaría imposible
quedar embarazada si no acudía a su cama ningún hombre.
Aun así, intentaba ser la perfecta esposa, la perfecta madre, la perfecta
anfitriona callándose su soledad incluso ante sus hermanas a las que les ocultaba lo
que ocurría, o mejor dicho lo que no ocurría, por vergüenza y, sobre todo, para que no
la vieren tan herida ni dolida.
A mediados de noviembre, era el cumpleaños de lord Lucas así que decidió
encargar un regalo especial para él. Quería intentar de nuevo acercarse a él puesto que
desde hacía un tiempo apenas lo veía, salvo en cenas o fiestas a las que debían acudir
juntos o en los desayunos en los que él cortaba de raíz cualquier intento de entablar
una conversación ajena a la agenda social o a algo relativo a los niños.
Había empezado a sentirse como un secretario que apenas si tiene permiso a
dirigir la palabra a su señor más que lo necesario y, por ello, quería aprovechar que
era el cumpleaños del marqués para intentar de nuevo iniciar una relación menos fría
con él pues cada vez se sentía más sola, más triste y más aislada de todos y de todo y
como no empezare a intentar poner fin a esa especie de rutina que le había impuesto,
acabaría convirtiéndose en una mujer tan callada y tan triste como se sentía. Por eso,
había elaborado unos originales gemelos con los nombres de Samuel y Viola
grabados bajo su blasón. Regresaba de recogerlos y, como era una sorpresa, había ido
con Gloria en un coche de alquiler a la joyería. Los llevaba en su bolsito entre sus
manos, con ella sentada en el coche mirando por la ventanilla y pensando en el menú
de la cena que elaboraría la cocinera con los platos y bebidas preferidas del marqués,
cuando el coche se detuvo en un atasco en una calle cercana a Curzon Street por la
que no había pasado nunca, pero en la que había muchas casas bonitas, de gusto
discreto, no eran mansiones, pero era un barrio bastante elegante. Iba a comentarlo
con Gloria pero dormitaba en el asiento de enfrente así que volvió la vista a la calle y
lo vio. Vio al marqués subir la escalera y llamar a la puerta de una de ellas, justo
donde se habían detenido. Abrió una señora mayor que debía ser el ama de llaves,
pero pudo ver tras ella a una mujer atractiva que abrió los brazos en cuanto él dio el
primer paso dentro del vestíbulo y acto seguido se fundieron en un abrazo y un beso
fogoso justo antes de cerrarse la puerta dejándola con la vista clavada en esa puerta de
color azul con una aldaba en forma triangular y conteniendo el aire en los pulmones.
Aún miraba por la ventanilla con los ojos tan nublados como su mente varias calles
más allá, pues no se hubo dado cuenta que el coche se había puesto en marcha.
En cuanto llegaron a la mansión subió a su habitación y despidiendo a Gloria
alegando que tenía un poco de jaqueca sin saber de dónde le salían las fuerzas o las
palabras para decir aquello. Casi cayó a plomo en la banqueta a los pies de la cama
quedando sentada mirando la alfombra bajo sus pies. Tenía una amante, tenía una
amante. Casi se rio, una bonita amante con la que compartir las sábanas mientras que
a su esposa ni siquiera la miraba. Pero ¿para qué mirarla o tocarla si podía hacerlo
con ella? Era bonita, delgada y bonita figura, rubia y seguro tendría los ojos tan claros
como un cielo de verano, aunque desde la distancia en que la vio no pudo saberlo. Y
la besó, la abrazó… Dios mío… cerró los ojos… ¿cuántas veces había intentado ella
inútilmente que la besara, que la abrazara?, ¿Cuántas veces lo había soñado en esas
semanas, esforzándose cada día más y más para hacerse merecedora de ello?… él
había alegado tantas semanas atrás que debían conocerse, que debían sentirse
cómodos el uno con el otro. ¡Qué estúpida había sido! Por mucho que se conocieren,
por mucho que llegare a sentirse cómodo con ella, no tenía intención de acercarse a
ella lo más mínimo. ¿Para qué? Era evidente que no le gustaba, era evidente que no
era lo bastante atractiva siquiera para intentarlo y ¿conocerse? Estaba segura que él
no sabría de ella más que cuando se hubieron casado, nunca mostraba interés por ella
salvo que pudiere afectarles a los niños o a sus relaciones sociales o políticas. ¡Por
todos los santos! si incluso después de varios meses seguía diciendo en ocasiones a
Ronald en el desayuno que le sirviere té cuando todos, todos en la casa sin siquiera
prestar atención, sabían que ella no bebía té, que no le gustaba… Estaba llorando,
sintiéndose sola y engañada cuando llamó Gloria para entregarle un recado del
marqués. Gloria se sorprendió al encontrarla con los ojos enrojecidos y claramente
llorosos, pero se contuvo de decir nada sabiéndola incapaz en esos instantes de
intentar hablar, simplemente le pasó la nota y ella la leyó.
Necesitó tomar aire antes de hablar pues le faltaba la voz: —Por favor, Gloria,
dile a Ronald que su señoría llegará tarde y a la señora Prinfet y a la señora Muffel
que no hará falta que, finalmente, preparen la cena. Milord no vendrá y yo solo quiero
dormir un poco, no hace falta que vuelvas a subir para asistirme, Gloria, creo que voy
a intentar descansar.
—Milady ¿os encontráis bien? —preguntó con clara preocupación en la voz y
en la mirada.
Camile tuvo que girarse para no mirarla o se derrumbaría: —Sí, Gloria, no has
de preocuparte, es posible que me haya enfriado, eso es todo.
Aunque la supo dudando, finalmente se retiró dejándola sola de nuevo. Se sentó
en el banco al pie de la ventana intentando contener el llanto y sobre todo un grito
que amenazaba con desgarrar su pecho. Se sentía tan desilusionada consigo misma
¿cómo había dejado que ocurriere aquello? ¿Cómo no le reclamó antes su
indiferencia hacia ella? Pero ¿qué le diría? “Tengo la certeza de que no te agrada la
idea de tocarme y menos de yacer conmigo, pero aun así has de hacerlo…” ¿cómo iba
a decirle eso? ¿Y cómo iba a rebajarse de tal manera? ¿Cómo iba a sentirse cuando él
la tocase sabiendo que le disgustaba hacerlo y que lo hacía por mera obligación?
Acabaría sintiendo repulsión de sí misma, por sí misma. Miró su bolso que
permanecía encima de la banqueta. Se acercó y lo abrió sacando la caja de terciopelo
envuelta en un bonito papel de seda y un lazo con la tarjeta en la que había escrito un
sencillo feliz cumpleaños pues no sabía que más decir pero, además, pensaba
entregárselo en persona. En persona… resonó una y otra vez en su cabeza. Iba a
celebrar su cumpleaños con esa mujer pues era evidente que su cita ineludible en esta
ocasión era celebrar su festividad en los brazos de la compañía que sí le agradaba.
Tomó aire y miró de nuevo la pequeña caja en su mano. No se la daría en persona
porque no se sentía capaz de dárselo por la mañana a la hora del desayuno sabiendo
ahora lo que sabía. Sin saber por qué necesitó deshacerse de ese regalo, no iba a
conservarlo en un cajón como recuerdo perenne de ese día a pesar de tener la absoluta
certeza de que no conseguiría olvidarlo de ninguna de las maneras, se lo daría y ya
está, no tenía sentido conservarlo. Se secó las marcas del llanto de su rostro y con el
regalo en la mano fue a su despacho. Él le hubo dado permiso para entrar y tomar de
sus estantes algunos libros de leyes y temas que debatían en el Parlamento cuando se
lo hubo pedido pues era una forma de conocer los temas que trataban él y las
personas que a él le interesaba en cada momento y alabó el que ella procurase
mantenerse informada y leída sobre ellos para poder conversar con no solo
inteligencia sino con conocimiento. Entró en su despacho y dejó encima de la mesa
su regalo y al girar vio en una esquina el cuaderno que recordó él escondió la primera
noche que ella pasó en esa casa. Abrirlo era un abuso pero, en ese momento, no le
importó, no le importó y lo tomó. Se sentó en uno de los confidentes frente a la
enorme mesa de caoba. Abrió y fue pasando las páginas. Eran retratos de personas
que ya podía identificar algunas eran caricaturas cariñosas, otras mordaces, otras
simplemente eran retratos de esas personas. Llegó a unas páginas llenas de retratos
hechos de memoria, reconoció a Viola junto a su hermano con el vestido y la
guirnalda que lució el día de su boda, estaban las dos hermanas del marqués y
también lord Marcus Falcon con su flor prendida en el chaqué, y de pronto allí estaba
ella. Había pasado de retratos bastante buenos de todos ellos a una caricatura de ella
en la que se quedó hipnotizada de un modo doloroso. La había dibujado con una
figura oronda, de anchas caderas y gesto adusto, pasó temblorosa la página y, de
nuevo, otra de ella sentada en el carruaje, supuso que cuando salieron de la iglesia,
otra vez estaba deformada de forma exagerada como si fuera una enorme y fea
calabaza. Tuvo que cerrar los ojos fuertemente antes de ponerse a llorar. Tardó unos
minutos en abrirlos y cuando lo hizo arrancó las dos caricaturas del cuaderno, lo dejó
como estaba en el escritorio y subió a su dormitorio casi como si fuera un muñeco al
que otro mueve los hilos.
Se sentó en el asiento de su tocador con las dos caricaturas posadas encima de
la mesa y se miró al espejo con nuevos ojos, sus ojos, los de él. La veía así… miró los
dibujos. Sí, eran caricaturas, pero no eran como las del principio del cuaderno en las
que había más sentido del humor que maldad, en los dos frente a ella había, había…
Dios mío, pensaba mirándose en el espejo. La mujer que tomó en sus brazos, que
besó era delgada, atractiva, rubia. Todo lo opuesto a ella, pero claro, él no la eligió
por gustarle sino por mera conveniencia. Dejó caer su rostro en sus manos. Hasta en
los matrimonios de conveniencia los esposos mantenían una relación no meramente
formal. Parecía más el secretario del marqués que su esposa. Esa idea se le tornó
dolorosa pues hacía las mismas funciones que para su padre solo que su padre la
trataba con cariño, le agradecía cada cosa que hacía y se preocupaba por su bienestar.
Desde la boda nunca, nunca, había mostrado interés alguno por ella, nunca le
preguntaba cómo estaba ni agradecía su labor, ni siquiera con un mero gesto o una
sonrisa amable. Nunca le hubo dedicado una palabra amable e intentó recordar algún
gesto o momento en que se dirigiese a ella con algo distinto a su mera cortesía formal
y fría y fue incapaz de recordar ni uno solo, ni uno… por Dios Santo. Guardó los dos
dibujos en el primer cajón de su tocador y miró su cama. Aún era de día pero solo
deseaba cerrar los ojos y dormir, intentar soñar con algo bonito o agradable que le
diere un poco calor en el corazón unas horas, aunque solo fuere un mero sueño. Se
fue al vestidor y se desprendió de sus ropas para ponerse un camisón de algodón y sin
más se metió bajo las mantas de la cama. Era la primera vez en meses que no se
quedaba esperando en el sillón, y era la primera de muchas porque ya sabía que no
debía esperar que él fuere a su dormitorio. ¿Para qué mantener esa estúpida idea en su
cabeza y en su corazón? Él no iría a su lado y ella debía dejar de torturarse cada
noche por no ser capaz de lograr que su distante marido ni siquiera la mirase dos
segundos seguidos por mucho que se esforzase día tras día.
Al despertar tras una noche en un duermevelas angustioso y mortificante,
Gloria la ayudó a ponerse el traje de amazonas antes de salir a cabalgar, pero ese día
ni siquiera una vigorosa cabalgada parecía servirle de alivio alguno y cuando regresó
seguía con un incesante martilleo en la cabeza, parejo al de su pecho. Al bajar a la
sala del desayuno, ahí estaba él tal displicente y acomodado como siempre. Se puso
de pie y la saludó con un sencillo, “buenos días, Camile” mientras ella tomaba asiento
y de nuevo, de nuevo pidió a Ronald que sirviera a “milady” una taza de té que el
mayordomo convenientemente sustituyó, sin necesidad de decir nada, por una taza de
café. Ni siquiera eso, ni siquiera eso. Tan poco le importaba que era incapaz de
recordar algo tan sencillo como que no tomaba té. Llevaban más de dos meses
compartiendo a diario esa mesa a la hora del desayuno, semanas en las que ella se
había tomado la molestia de aprenderlo todo de él, pero aunque no lo hubiere hecho,
había cosas que solo de verlo a diario podía haber aprendido aun cerrando los ojos,
pero ni por asomo debía esperar eso de él. No supo cuantos minutos estuvo mirando
la taza de café, sin probar bocado cavilando sobre aquello cuando la voz de él le sacó
de su ensoñación, algo le había preguntado, pero no supo el qué y, de pronto, se le
antojó indiferente, pero se esforzó por alzar la vista y mirarlo sin decir ni una palabra.
—¿Estás de acuerdo?— insistió mirándola fijamente.
—No lo sé. —Respondió bajando la vista y mirando su libreta—. Lo lamento,
pero no he prestado atención a lo que decíais, creo que me encuentro un poco cansada
o quizás esté comenzando a enfriarme y no me encuentro bien, lo siento.
Él solo la miró un segundo antes de decir:
—Te preguntaba si los niños estarán listos para la visita a casa de mi madre esta
tarde, es extremadamente puntillosa con los horarios y los planes y si llegaren tarde
se enfadará incluso antes de la visita y estará arisca y de malhumor con ellos.
Camile frunció el ceño, << Santo Dios>>, pensaba asombrada, << le estoy
diciendo que puede que esté enfermando y que no me encuentro bien y ni se molesta
en preguntarme por mi salud o por aparentar un mínimo de cortés interés… solo le
importa que su madre no se enfade y que ella diligentemente cumpla con sus
deberes>>. Tardó unos segundos de más en contestar: —Estarán —Carraspeó
sintiéndose de pronto sin aire en los pulmones ni voz con la que hablar—. Estarán
listos. La señorita Anderson les acompañará. —Se comenzó a poner de pie algo
temblorosa y de inmediato Ronald le retiró la silla mientras él también se ponía en pie
por cortesía—. Si me disculpáis, milord, creo que necesito echarme un rato.
Ni entonces le preguntó o mostró un ápice de interés por ella dejándola marchar
sin decir ni una palabra.
Subió a su dormitorio donde Gloria enseguida salió del vestuario para
atenderla. La miró antes de sentarse en el banco de los pies de la única ventana que
no tenía balcón pero que daba justo donde aún permanecían frondosos algunos
árboles del jardín.
—Gloria. —Le temblaba la voz tanto como las manos pero aun así se obligó a
no derrumbarse. Tomó de nuevo aire y con la voz aún algo baja continuó—. Puedes
retirarte, si te necesito te haré llamar. Creo que intentaré dormir un poco.
—Milady ¿no queréis que os ayude a desvestiros para estar más cómoda?
Aun con la vista en el jardín cerró los ojos y negó con la cabeza: —No, gracias,
Gloria, estoy bien.
Gloria se marchó y la supo haciéndolo con gesto preocupado. Esa mañana le
había insinuado suavemente que se veía algo cansada y la reprendió por no probar el
chocolate que le subió. Era incapaz de probar bocado, tenía tal nudo en la garganta
que no le pasaría nada y en el desayuno… ni tocó el café, todo se le antojaba pesado
y parecía quedarse sin apetito solo con mirar la comida. Se levantó y fue al tocador
sentándose de inmediato en la banqueta y abrió el cajón de modo que viere ese
dibujo, su dibujo. Cerró el cajón de nuevo y miró la imagen que le devolvía el espejo.
—Eres una estúpida, Camy, una estúpida y una ciega. —Le dijo a su reflejo—.
Y lo malo es que ya no tiene solución, estás casada con él, no podrás soñar con
encontrar a alguien, por difícil que fuere incluso sin estar casada, pero ahora, ahora
estás unida a un hombre que ni te ve ni tiene interés alguno por verte.
Miró su mano donde estaba la alianza que la declaraba mujer casada sintiendo
que se burlaba de ella; Sí, Camy, eres una mujer casada, aunque no lo parezca, una
mujer casada… una mujer casada de veinticinco años y virgen. Cerró fuerte la mano
y los ojos.
—Esto no tiene solución, lo hecho, hecho está. He de conformarme e intentar
sobrellevar esta vida del mejor modo posible y no esperar cosas que sé no tendré.
Durante unos minutos se quedó mirando una solitaria tarjeta que estaba en una
esquina del tocador y que debió de caer de su bolso o de un sobre. Una tarjeta con su
nombre y su título bajo él. << Marquesa de Galvert, marquesa de Galvert>>. Lo
repitió una y otra vez intentando sentirse como tal, intentando asimilar que no era
simplemente Lady Camile, la hija del conde de Cromerton pues parecía que solo era
eso, solo eso. No era la esposa del marqués, no realmente, no era la madre de esos
hijos, no realmente aunque ya los quisiere como tales, no era la señora de esa casa
pues el señor de la misma no le permitió más que convertirla en una casa más
elegante, más confortable, pero no en su casa. No había un retrato suyo en ningún
sitio, no había nada personal suyo en la casa salvo en esas habitaciones, en las que
bien sabía Dios no entraría nunca nadie más que ella, pues nadie más parecía
interesado en entrar, ni en conocer a su moradora. No, por mucho que lo indicase esa
tarjeta, ella no era realmente la marquesa de Galvert y, por mucho que esa alianza la
proclamase como tal, tampoco era una mujer casada. Iba a tener que aprender a vivir
con ello, iba a tener que encontrar el modo de hacerlo.
Lo hizo, al menos durante unas semanas más. Se levantaba cada día, cumplía
con sus deberes con buena cara y regresaba de noche a su solitaria alcoba a esperar el
día siguiente. Durante semanas consiguió mantener a raya su dolor y su soledad.
Durante semanas siguió ejerciendo de perfecta anfitriona, de perfecta esposa y de
perfecta madre. Los únicos momentos agradables de esos días los pasaba con los
niños que parecían haberle tomado tanto cariño como ella. Samuel era un pillo
adorable, muy listo y curioso y Viola era un poco tímida a veces, pero con un carácter
fuerte que no se dejaba intimidar.
Ambos parecían mantener siempre un reservado comportamiento cuando se
hallaban junto a Lady Lucila a la que no veían con mucha asiduidad, lo que
sospechaba era un alivio para ellos. En cambio, habían desarrollado el gusto por
visitar o ser visitados por Charles y Francis y, como habían prometido, lograron que
su padre, el marqués, les dejase pasar los tres días de Navidad en la casa del padre de
Camile, donde se congregaban en privada reunión, los hijos del conde con sus
cónyuges e hijos. Promesa que se demostró, al final, no les costó trabajo obtener del
marqués pues iban a pasar los diez días estivales en la finca Galvert Hills que
colindaba con la de su padre, de modo que pasarían las navidades juntos sin mayor
inconveniente. Ella había terminado de organizarlo todo y se marchaban dos días más
tarde, lo que todos, especialmente los niños, ansiaban llegare pronto. Pero ella, por
primera vez en su vida, no deseaba la llegada de esas fechas, no tenía ilusión alguna
por celebrar las navidades, incluso las temía. Temía permanecer bajo el mismo techo
que su familia pues, por poco que se fijaren y por mucho que ella intentare
disimularlo, notarían que algo no estaba bien. Era consciente de que en esas semanas
apenas probaba bocado, pero era casi incapaz de hacerlo, cada vez que lo intentaba se
le venía la imagen de ese dibujo y de los bonitos retratos de las damas de ese
cuaderno, la esbelta y delicada figura de la amante del marqués y la vacía imagen que
le devolvía cada mañana su espejo. Gloria había mandado a la modista unos días atrás
casi todos sus vestidos pues decía no le quedaban bien porque estaba perdiendo peso,
pero ella se miraba al espejo y no veía más que a la Camile de siempre con una única
diferencia, sus ojos, algo eran diferente en ellos.
Se estaba terminando de arreglar para la cena y repasando mentalmente los
detalles de la misma.
Acudirían a cenar la marquesa viuda, su hija lady Armony con su marido Lord
Brendan, Lord Marcus y Lord Thomas, éste sin su prometida ya que había partido esa
mañana con su familia a la finca familiar a celebrar las Navidades y, para equilibrar la
mesa, invitó a su hermana Amelia que esa mañana había enviado a su marido y su
hija por delante de ella a la casa de su padre pues Amelia viajaría con Albert y
Marion al día siguiente a Mandershall, la casa ancestral de los condes de Cromerton.
Camile sabía que Jefferson, el marido de Amelia, lo había hecho así para que
descansare en el viaje y no tuviere que lidiar con su hija, los criados que les
acompañaban a la finca y demás preocupaciones pues viajando con Albert y Marion
ella podrían despreocuparse de todo y dejarlo en manos de los dos que la cuidarían y,
dado que faltaban poco más de dos meses para el nacimiento de su segundo hijo,
Jefferson solo quería que ella estuviere cuidada, cómoda y atendida y ajena a
cualquier preocupación. No podía evitar sentir una punzada de dolor al recordar la
mirada de su padre cuando la dejó en manos del marqués en la Iglesia cuando se casó.
Tan parecida a la que tenía cuando se casaron sus hermanas y las entregó a sus
maridos y, sin embargo, cuán diferentes eran sus vidas, cuán ajenas le eran las
miradas, los gestos de cariño, de apoyo y respeto de esos maridos. Se miró una vez
más en el espejo tomando aire varias veces como hacía cada vez que tenía que
adoptar su pose de esposa frente a otros, su careta de marquesa. Sí, pensaba
poniéndose en pie y tomando sus guantes, soy una esposa y una marquesa sin esposo
ni marqués. Soy una solterona que finge estar casada. Bajaba las escaleras para unirse
a ese esposo y ese marqués que no eran ni su esposo ni su marqués antes de recibir a
sus invitados y de nuevo inspiró y expiró varias veces aire mientras se repetía una y
otra vez, no te derrumbes, no te derrumbes…
Tras recibir a los invitados y acomodarlos en la mesa, las conversaciones
fluyeron con nitidez y sin mayores inconvenientes, pues al haber pocos invitados,
escogió el comedor con la mesa redonda. La marquesa viuda estaba sentada cerca de
Camile y de Amelia, a la que ella sentó entre lord Marcus, y lord Thomas, éste a su
vez sentado a su derecha. La marquesa había permanecido en relativo silencio
interviniendo solo en contadas ocasiones, pero, por algún motivo, cada vez que la
miraba, lo hacía con el ceño fruncido lo que sabía indicaba que tarde o temprano algo
le diría en forma de crítica velada o no tan velada y sospechaba que se contenía por
haber invitados distintos a su hija y yerno y esperaba que la contención se debiere
también a su hermana y no a los amigos del marqués pues de lo contrario, cuando
dejaren a los caballeros solos con el oporto, lo que estaba a punto de acontecer, no se
privaría de soltar esos comentarios que a buen seguro le picaban en la lengua y le
insistirían en salir con premura. Al fin se retiraron al salón dejándolos solos y en
cuanto el mayordomo cerró la puerta del salón lord Thomas habló con sinceridad.
—Creo que no puedes sino darle gracias a los cielos por haberte enviado a lady
Camile, Luc. Mira tu casa, tu servicio, tus hijos, están de maravilla, amigo. Creo que
le diré a Holly que pida consejo a tu esposa en algunas cosas como la elección de los
licores. Tu bodega, —sonrió pícaro—, ha mejorado notablemente desde que te
casaste.
Lucas sonrió pero no añadió ningún comentario que sí su cuñado Lord
Brendan: —Mi hermano me hizo notar ayer con cierta reserva, que se comentaba, a la
salida de la ópera hace unos días, que lady Camile era un acierto para tu posición. La
cena a los notables de la cámara de unas semanas atrás dejó a los mismos y,
especialmente a sus esposas, muy impresionados y, teniendo presente lo que dice
Armony que contentar a muchas de esas damas es casi milagroso, el que salieren
contentas y satisfechas es todo un logro.
—Fue una excelente velada, he de reconocerlo, y más de uno de los más
celosos defensores de las ideas arcaicas parecieron dispuestos a escuchar algunas
nuevas propuestas tras ella y, ciertamente, lo han hecho. Sin duda, Camile sabe
desarrollar muy bien su cometido.
Lord Marcus lo miró frunciendo el ceño unos minutos.
—Pues por mucho que no desatienda lo que tú denominas su cometido,
sinceramente, Luc, creo que tu esposa no está bien.
Lucas lo miró serio y casi molesto por el comentario.
—No sé a qué te refieres.
—Hasta un ciego notaría que ha perdido mucho peso, parece cansada y puedo
asegurarte que, desde la última vez que la vi, parece distinta. —Señaló con voz
calmada.
—Está perfectamente, Marcus, si le pasare algo lo diría. —Respondió lacónico.
—Lo diría. —Repitió Thomas en un suave murmullo mirándolo serio—.
¿Necesitas que tu esposa te diga que le pasa algo para notarlo? —Preguntó pero
continuó sin esperar que respondiere—. Holly coincidió con ella hace unos días en el
parque. Ella estaba con tus hijos y ahora recuerdo que también me hizo el comentario
de que la notó muy delgada, Luc. Puede que esté enferma.
Lucas se irritó << ¿Enferma? ¿Enferma? Pero ¿qué dicen? Lo sabría si fuere
así, la veía cada mañana y muchas noches a la hora de cenar y no había notado
nada>> —No le pasa nada. —Respondió más que malhumorado—. Está
perfectamente.
Marcus lo miró, esta vez preocupado, guardándose su opinión pero no así un
leve tirón de orejas: —No debieres mostrarte molesto, Luc, sino agradecido pues no
pretendemos más que alertarte de que estés atento a tu esposa. Al fin y al cabo, es tu
esposa. Además,— hizo un gesto con la mano para abarcar todo lo de alrededor y
después a él—, a la vista está que no ha hecho más que cuidar de ti, de tus hijos y de
tu casa. Debieres procurar que parezca que tú intentas corresponderle, no querrás que
te consideren en marido displicente para con una buena y entregada esposa.
Lucas lo miró severo unos segundos antes de enderezarse y ponerse en pie.
—Bien, caballeros, regresemos con las damas antes de que nos acusen de
abandonarlas sin compasión y sí mucha displicencia. —Miró alzando la ceja a
Marcus que le sonrió para rebajar un poco la tensión que parecía haberse creado.
Unos momentos antes, con las damas ya sentadas en el salón y las bandejas de
té frente a ellas, Camile iba sirviendo a cada una de ellas una taza cuando lady Lucila
sin mediar aviso señaló —Creo, querida, que debieres pedir consejos a tus hermanas
pues es evidente algo debes pasar por alto.
Camile la miró sin querer comprender lo que sabía quería insinuar.
—¿Milady?
—Hijos, querida, hijos. —Dijo con ese tonillo de reprobación que ya conocía
bien. Miró a Amelia y su abultado vientre y con una sonrisa, que a ella le pareció en
ese instante ladina, añadió—: Parece que los misterios de la vida no les son ajenos a
las restantes damas de vuestra familia como tampoco a mis hijas que ya tienen dos
preciosos hijos cada una. No debes olvidar que te has desposado algo mayor y no
debieres esperar mucho.
Armony miró ceñuda a su madre, pero permaneció en silencio.
Camile se supo ruborizándose de vergüenza pero Amelia salió presta a defender
a su hermana con fiereza:
—Quizás, milady, no sepa que no siempre el problema es de la mujer, al fin y al
cabo su hijo es aún más mayor y aunque ya tenga dos hijos, ello no significa que siga
ahora tan vigoroso. —Señaló con retintín y un poco de descaro. Sonrió a Camile
cómplice y animosa—. Además, nunca es conveniente presionar demasiado en una
dirección pues puede que la presión acabe mermando las posibilidades de obtener un
óptimo resultado. No por menos, se dice, no sin razón, que a veces las personas nos
obcecamos en llevar la contraria cuando otros nos tiran en una dirección, más cuando
éstos lo hacen de un modo algo, digamos, forzado. A veces hay que dejar espacio
para que las cosas ocurran y no al contrario.
La marquesa viuda iba a contestar, seguro con dureza, pero en ese instante se
abrió la puerta lo que dejó en sus labios la respuesta y el posible insulto a Camile y
Amelia que intercambiaron una mirada de apoyo y ánimo mutuo. Realmente le vino
bien la ayuda de Amelia porque hacía días que ni se molestaba en contestar a la
marquesa ni hacía comentario alguno a las órdenes veladas bajo el paraguas del “creo
conveniente” del marqués.
De cualquier modo, la velada transcurrió sin ningún incidente más y,
prácticamente, de modo relajado.
Supo, antes de que se marcharen, que el marqués había invitado a lord Marcus
y a lord Thomas a pasar las fiestas en Galvert Hills esperando en su interior que, en
algún momento tuviere a bien contarle el por qué un hombre casado pasaba las fiestas
en casa de un amigo y sin su esposa o demás familiares y por qué lord Thomas
prefería la compañía de casi extraños a la de su prometida, especialmente porque era
evidente que formaban una excelente pareja unida por el amor y la elección mutua.
Cuando se despedían de ellos en el vestíbulo, lord Marcus, que como siempre
se mostraba muy amable con ella señaló:
—Milady, creo que Luc le ha colocado en un difícil aprieto invitándonos sin
más a Galvert Hills, pero no querríamos ponerla en una situación comprometida o
incómoda.
—Y no lo hacen, milord. Créedme, será un placer tenerles con nosotros y por
los días que pasemos en la casa de mi padre, no han de preocuparse, mandaré aviso
con Amelia de que les esperen a ambos, además de a nosotros. Estaremos encantados
de someterlas al martirio de algunas de nuestras tradiciones familiares, desde beber el
horrible brebaje que mi hermano llama ponche y que no pasa de ser un fracasado y
difícilmente digerible intento de tal, hasta las carreras en trineo por la colina, en las
que o mucho me equivoco o Samuel insistirá en que alguno le haga de pareja pues
mis dos sobrinos no han tenido mejor idea que ilustrarles las carreras de pasados años
y, peor aún, con mucho detalle, sus temerarias hazañas en las mismas, de modo que
Samuel está más que ansioso por hacer lo que él llama sus primeros lanzamientos.
Lord Marcus se rio.
—En tal caso, diré a mi valet que incluya en el equipaje botas aptas para tales
hazañas y procuraremos no defraudar ni a Samuel ni a esos osados instigadores de
peligros.
Camile le sonrió.
—Sugiera a su valet que incluya también vendas y alguna pomada para
magulladuras pues no puedo asegurarle que salga ileso de la contienda y algo para el
ardor de estómago, pues lo que sí puedo asegurar es que no es vana la advertencia
respecto al ponche. —De nuevo él se rio —. Y, no, no se le ocurra decir que intentará
no probarlo pues advertido queda que desde que pise Mandershall no podrá librarse
de ese martirio.
—Bien, advertido quedo, milady, aunque ahora no se si temer más la osadía de
sus sobrinos y de Samuel o a su hermano y su ponche.
—Ambos, milord, ambos. No os confíeis con ninguno. —Le ofreció la mano
para despedirse—. Buenas noches, milord. Os agradezco que vinieréis a cenar, ha
sido un ejemplar compañero de mesa y de velada.
Supongo que nos veremos dentro de dos días.
—Ha sido un placer, milady, como siempre, y aunque no puedo decir que esté
deseando degustar ese sabroso ponche sí, en cambio, disfrutar de las fiestas.
Cuando se hubo marchado el último de los invitados y tras despedirse en el
vestíbulo de Amelia, Camile fue a darle las gracias, como siempre hacía, a la señora
Prinfet y a la cocinera por la excelente velada y después subió a su dormitorio sin
importarle donde se hallare el marqués. Demasiado había soportado de él y de su
familia esa noche y poco le importaba ya no verle o verle y que la ignorase. Llevaba
demasiado tiempo pensando en él solo como el hombre con el que se topaba en
ocasiones, que le daba órdenes o le pedía que hiciera esta o aquélla cosa y a quién
debía rendir cuentas a final de semana de todo lo referente a sus hijos.
Llegaba a su dormitorio con casi todo el pasillo a oscuras salvo un par de luces
que el lacayo de noche dejaba encendidas, cuando la voz del marqués sonó a su
espalda.
—Camile.
Se paró en seco, tomó aire y cuadró los hombros como hacía ya por puro
instinto de supervivencia cada vez que hablaba con él y se giró despacio para verle.
Se encontraba en la puerta de su propio dormitorio con el hombro apoyado en el
dintel, con la bata puesta y con los brazos cruzados a la altura del pecho.
—Creo que ha sido una velada agradable. —Señaló sin más. Camile solo
asintió lentamente sosteniéndole la mirada—. Me preguntaba si ibas a necesitar algo
para el traslado, especialmente por haberte avisado con tan poca antelación de la
compañía de Marcus y Thomas.
Camile negó con la cabeza.
—No, gracias, milord.
Vio como él la miraba entrecerrando los ojos.
—Será la primera vez que residas en Galvert Hills desde la boda de modo que,
si has de adaptar algunas cosas como aquí, espero sepas que puedes hacerlo, al fin y
al cabo eres la marquesa de Galvert y es la casa ancestral de la familia.
Camile suspiró para su interior mientras por pura inercia asentía. Con él
siempre era así, él decía algo y ella asentía. Hacía mucho que había dejado de intentar
empezar conversaciones con él pues siempre decía o hacía algo que la empujaba a
callarse de inmediato tras mostrarle indiferencia no solo a lo que decía sino a su
persona. Solo escuchaba o hacía algún comentario cuando se trataba de algún
compromiso social o cuando se refería a sus hijos, pero jamás le preguntaba su
opinión sobre nada, nunca consultaba nada con ella, nunca se interesaba por ella o sus
actividades si no le afectaban a él, nunca le preguntaba por lo que le gustaba o
deseaba, pero si incluso tuvo que rogarle para acudir a la fiesta de cumpleaños de su
hermana pues coincidía con una cena de un viejo noble que él consideraba interesante
para uno de sus proyectos de ley. Y ahí estaba mirándola como si fuere una simple
secretaria a la que le da las últimas indicaciones, por mucho que la llamase marquesa
de Galvert. Ahí estaba el hombre que no intentaba ni siquiera mostrarle una sonrisa
amable cuando hacía algo para que él estuviere contento o a gusto.
Comenzó a girarse para entrar en su dormitorio y así poder dar por concluido
otro día de tareas y deberes, como ya pensaba en sus días desde que se casó. Solo
eran horas en las que cumplir con un listado de tareas.
—Buenas noches, milord. —Decía ya con el pomo de la puerta en la mano.
—No hace falta que me sigas tratando por mi título, estamos solos. —Dijo a su
espalda con la voz ronca y algo ruda.
Camile se giró y lo miró sin decir nada y tras unos segundos en silencio volvió
a girarse y comenzó a abrir la puerta mientras escuchó:
—Buenas noches, Camile.
Ella ni se detuvo ni lo miró. Estaba tan cansada de que solo se dirigiese a ella
para ordenarle una u otra cosa bajo frases de peticiones veladas o para reprocharle
como en ese momento alguna cosa. En esta ocasión que le llamase por su título. Pues
no le importaba, se decía así misma mientras cerraba la puerta a su espalda, no le
llamaría por su nombre, nunca le llamaría por su nombre ni tenía derecho a pedírselo.
Nunca una palabra amable, nunca un gesto afable o cordial con ella, nunca una
seña meramente agradable que le hiciere notar que apreciaba o que simplemente
notaba lo que hacía por él. No, nunca nada de eso.
Tantos meses y cada vez se sentía más triste, sola y dolida. Tomó aire varias
veces. No, no, se decía, no dejaré que él me haga sentir mal. No es justo.
Tres días más tarde se instalaban en Galvert Hills con los niños y los invitados.
Durante los dos días previos no había hecho más que evitar al marqués pues no era
solo que no deseare verlo, sino que la mañana siguiente a la cena, durante el
desayuno discutió con él por primera vez en esos meses, por primera vez contestó a
sus palabras de un modo distinto a como él esperaba y no quiso darle oportunidad de
añadir más dejándolo con la palabra en la boca y evitándolo desde entonces. Y es que
en esa mañana, nada más tomar asiento, lo supo mirándola fijamente y pasados unos
minutos dijo mirando el plato aún intacto frente a ella:
—Creo conveniente alimentarse bien a primera hora del día para emprender las
actividades posteriores con la fuerza necesaria. Quizás debieras probar un poco del
revuelto de riñones y un poco de té.
Camile lo miró frunciendo el ceño:
—No os preocupéis, milord. —Dijo remarcando el título—. No desatenderé
ninguno de mis cometidos del día por no comer huevos con riñones y menos aún el
té. No tendréis queja alguna de mis deberes, os doy mi palabra. Me comprometí a
cumplir con mi deber y no tendréis quejas al respecto.
Se levantó más furiosa que nunca aunque hubiere hablado con aparente calma y
no esperó a escuchar respuesta ni a comprobar si le seguía. Salió del comedor y subió
a su dormitorio a tomar su capa y sus guantes pues tenía que ir a recoger los últimos
regalos de los niños y debía comprar un presente para lord Marcus y lord Thomas y
que tuvieren al menos algo en el árbol como los demás. Desde ese momento, ella lo
evitó a como dio lugar, aunque le fue fácil pues durante esas dos noches el marqués
alegó reuniones para no aparecer en la cena de ese día, y era fácil suponer que
pretendía pasar sus últimas noches en la ciudad en brazos de su amante antes de partir
al campo por unos días, y ya la última noche, bueno ni se molestó en pensar en ello.
Subió antes de la cena disculpándose alegando estar agotada después de organizar los
baúles y bolsas de todos para el viaje y se retiró temprano dejándolo cenar solo,
aunque era probable que él saliese en cuanto ella se hubo retirado a su dormitorio. Ni
lo sabía ni le importaba. No podía seguir torturándose más, tantos meses habían sido
agotadores, absolutamente devastadores para su ánimo y más para su corazón que ya
funcionaba solo por pura inercia.
Lucas pasó esos dos días siendo consciente, por primera vez desde que se
casare con ella, que lo evitaba y que, ciertamente, parecía exhausta ¿más delgada?
Pues realmente no sabría a ciencia cierta decir que sí o que no. Sentado en el comedor
del desayuno tras verla marcharse malhumorada, siendo la primera vez que la veía
así, fue consciente de sus dudas a la hora de poder contestar a la pregunta que él
mismo se hubo formulado. Empezó a sentir el peso de la culpabilidad de un modo
profundo. Marcus le había dicho que ella le había cuidado, a él, a su casa, a sus hijos
y, en cambio, él era del todo consciente, o mejor dicho, por fin se dignaba a reconocer
que no solo él no la había cuidado sino que la había evitado y desatendido salvo en lo
estrictamente necesario. Sabía, desde hacía semanas, que parecía más callada, que no
mostraba una sonrisa más que cuando estaba con Viola y Samuel. Suponía que debía
empezar a notar su indiferencia y era de suponer que sintiere algo, y no precisamente
alegría, por su falta de interés hacia ella. Desde el principio creyó que podría alargar
aquélla situación una, dos, tres semanas, pero cuanto más tiempo pasaba más
culpable se sentía, y por alguna razón, sentía aprehensión ante la idea de intimar con
ella pues podría cambiarlo todo, podría empezar a interesarse por ella y con ello a
encariñarse. Se había esforzado por mantener las distancias y había logrado más,
mucho más de lo que hubo esperado con ese matrimonio. Como bien destacaron
Thomas, Marcus y Brendan la noche anterior, ella había cumplido con creces, y más
aún, con su papel, con lo que esperaba de ella y lo sabía, no podía negarlo. La casa
funcionaba como un reloj, todo el servicio estaba encantado con su señora y atendía a
las mil maravillas a sus hijos que sentían una clara inclinación por ella. Había
atendido con dedicación su casa, a la familia y a los invitados. Invitados que meses
antes no hubiere podido, no ya atender, sino hacerlo de esa manera, pues si hubiere
pedido a su madre que lo hiciere e incluso a Armony, por mucho empeño que
hubieren puesto, no habrían logrado favorecerlo social y políticamente como lo hacia
ella.
Recibía alabanzas por su acertada elección de esposa y por la excelente
anfitriona y esposa que era, y no podía sino reconocerle ese mérito a ella sola, pues
no es que la hubiere ayudado en exceso en ese tiempo.
Sentado más tarde en su despacho meditó bien sobre esos meses y sobre ella,
intentando recordar momentos compartidos. Empezó a comprender la horrible
realidad de su comportamiento. No es que la hubiere tratado mal, es que simplemente
la había ignorado, a ella, a sus sentimientos, a sus deseos. De hecho, los desconocía,
no había mostrado atisbo alguno de interés, ni siquiera curiosidad, hacia su esposa y
por la forma en que ella se anticipaba a sus deseos, gustos y caprichos, no había sido
recíproco.
Frunció el ceño mirando la mesa. Le regaló unos bonitos gemelos por su
cumpleaños. Se los dejó encima de esa mesa. Era fácil suponer que habría querido
dárselos en persona pero no la vio. Frunció el ceño intentando recordar si le hubo
agradecido el gesto. Seguro que sí. Al menos era educado con ella… o eso esperaba.
A media mañana decidió ir a comprarle un presente para navidad, seguro que al
menos eso podía hacerlo. Un detalle que le agradase. Tras comprárselo decidió ir a
ver a Rachel resuelto a poner fin a su acuerdo, no porque estuviere descontento, sino
porque si continuaba con ella encontraría otra excusa que añadir a las demás para
seguir alejándose de su esposa y, por lo menos, iba a intentar fijarse en ella, intentar
atenderla un poco o cuidarla. Ello no tenía necesariamente que significar que le
cogiere cariño o algo más allá de eso, lo que solo podría acarrearle problemas como
con Violet y nunca volvería a cometer ese error. No, ese matrimonio funcionaba
perfectamente sin ese tipo de complicaciones. Él estaba satisfecho, sus hijos estaban
encantados y su vida marchaba mejor que nunca. Solo había de tratarla con un poco
más de interés, solo eso. Un par de palabras amables, unas sonrisas agradecidas y
todo iría sobre ruedas. Intentaría hacerla sentir un poco apreciada y con eso todo
seguiría a la perfección como hasta ese momento.
Solo hubo un momento de ese día, en el que vio peligrar su nuevo
planteamiento para afrontar esa nueva idea y su matrimonio, pero solo fue un
momento que luego desechó pensando que, a la larga, carecería de importancia. Fue
por un pequeño incidente, chocar a la salida de una conocida joyería, con lord Charles
Carly, el marido de la hermana mayor de Camile, Stephanie, que obviamente se
disponía a entrar. Tras un saludo de mera cortesía consiguió acortar el encuentro lo
máximo posible.
Charles llevaba semanas preocupado, al igual que Stephanie, por la paulatina
pérdida de peso de Camile, pero especialmente porque la conocía bien y parecía
constantemente tensa, siempre procurando que no apreciasen en ella ni esa tensión ni
esa mirada cada vez más y más apagada. Stephanie le contaba, ya desde las primeras
semanas desde la boda de Camile, que la marquesa viuda no hacía sino criticarla por
doquier, pero que Camile optaba, inteligentemente, por obviar sus comentarios, pero
lo que no podía obviar era la frialdad y el trato seco, distante y en exceso formal de
lord Lucas y que ella notaba, aunque Camile procurase no hablar con Amelia ni con
ella, de su marido, lo cual aún hacía más evidente, a sus ojos, según ella, que algo no
iba bien.
Desde entonces, procuró fijarse más, en las veces que coincidía con ellos, en el
modo en que el marqués trataba a Camile para dilucidar si podía ser la causa de esa
tristeza que parecía acompañar la mirada de su cuñada por mucho que intentare
ocultarla o disimularla, y notó esa frialdad enseguida. Era formalmente cortés con
ella, pero del mismo modo en que lo sería con cualquier dama. Camile le sonreía,
intentaba comenzar conversaciones con él, la veía pendiente del marqués, de sus
deseos y sus gustos, pero él, en cambio, parecía simplemente tratarla con esa distante
educación que incluso, en ocasiones, le dieron ganas de zarandearlo con rudeza y
gritarle que fuere un poco más atento y agradecido con ella.
Camile siempre era amable y cariñosa con todo el mundo, siempre sonreía a
todos y conforme pasaban las semanas notaba que en presencia del marqués se iba
quedando cada vez más y más callada, sonreía poco por no decir nunca o lo hacía con
una sonrisa forzada. Bajaba constantemente la mirada para que no se le vieren los
ojos y con ello lo que sentía o pensaba en cada momento. En algunas ocasiones, notó
como los ojos de Camile se oscurecían de inmediato en cuanto el marqués aparecía en
una habitación y apenas decía dos palabras y ese temblor en sus manos cuando él
simplemente le indicaba algo con una fría educación. En un par de ocasiones casi lo
golpea por ordenar a su esposa hacer algo mientras le dedicaba una sonrisa propia de
un seductor que se sabe atractivo mientras ella solo bajaba la miraba y asentía. Le
dolió verla hacer eso pues sabía que Camile ahogaba así no solo su dolor sino el
mostrarlo ante nadie. Steph se tensaba en presencia del marqués porque empezaba a
odiarlo, Amelia ni siquiera se molestaba en disimular su desprecio por él por mucho
que mostrase formal educación en su presencia y Marion prácticamente evitaba la
presencia del marqués. Él, Albert y Jefferson habían intercambiado en alguna ocasión
sus opiniones y sobre todo su preocupación por Camile, especialmente en las últimas
semanas en que no era solo su estado anímico sino su salud lo que parecía resentirse.
Habían decidido aprovechar las fiestas para tomar cartas en el asunto antes de que
Camile se hallare realmente enferma o en un estado tan preocupante que hicieren
difícil que la ayudaren.
Pero verlo salir de la joyería antes de las vacaciones de Navidad, le hizo
recobrar esperanzas. Bueno, pensó Charles intentando animarse, quizás fuere un
símbolo de que iba a cambiar y de que intentaría ser más cariñoso o atento con ella.
Seguro le había comprado un bonito regalo por Navidad. Él acudía a recoger la
pulsera de diamantes y zafiros que iba a regalar a Stephanie para tal ocasión, de modo
que quizás él hiciere lo mismo. Preguntó al dependiente por el objeto adquirido por el
caballero, explicando que era cuñado de lord Lucas y que, al igual que él, iba a
regalar a su esposa un detalle y que, dado que ambas agasajadas eran hermanas, no
querría coincidir en modo alguno en el objeto de sus presentes, y el dependiente,
comprensivo, le reveló que el marqués había adquirido un bonito collar de oro con
topacios en forma de lágrimas. Sonrió al dependiente aunque en su interior frunció el
ceño pensando que no era un regalo muy del estilo de Camy pero aun así,
conociéndola, por el hecho de ser un regalo hecho pensando en ella, le encantaría y
pasaría a ser uno de sus favoritos. Sonreía al salir de la joyería. Stephanie iba a
adorarle por su regalo y un poco antes iba adorarle un poco más cuando le dijere lo
del presente de Camile. Quizás así empezaren a ir mejor las cosas para ella, porque si
no era así, puede que el motivo de esa tristeza fuera otro y no se le ocurría ninguno.
Al llegar a su casa y contárselo a Stephanie se olvidó de inmediato de lo que
estaba haciendo, que no era sino dar las últimas instrucciones a los palafreneros y
lacayos que estaban montando los baúles en uno de los coches en los que marcharían
a Mandershall, para abrazarlo contenta. Lo estaba tanto que incluso no le preguntó
por el motivo por el que él se hallaba en la joyería, aunque era evidente que lo
supondría.
CAPITULO 2

Una vez instalados en Galvert Hills y tras haberse encargado con Ronald que
todos quedaran perfectamente instalados y tratado con la cocinera Muffel y la señora
Prinfet, que les hubieron acompañado, los temas relacionados con la cena y demás
asuntos de la casa, parecía haber dejado claro a la marquesa viuda, siguiendo el
consejo de Stephanie, que aunque ella siguiera residiendo allí, la señora de la casa era
Camile y que, por lo tanto, era ella la que decidía sobre cómo había que llevar la
propiedad. Tendría que aguantar los comentarios, las críticas, las veladas
insinuaciones de la marquesa, pero no soportaría que le ordenase cómo llevar la que
ahora era su casa. Bastante humillada se sentía por su hijo para dejarse pisar, además,
por la madre. De tal modo que, con su mejor sonrisa y su voz calmada, desde que
llegó comenzó a poner orden en la mansión. Al día siguiente visitaría a los
arrendatarios presentándose como la nueva marquesa, aunque a muchos de ellos los
conocía desde pequeña, y también invitaría a cenar una noche junto a su familia, al
vicario y a varios de los nobles y terratenientes de la zona. Además, una de las cosas
que más debía centrar su atención esos primeros días eran las habitaciones de los
niños, las de Londres las había reformado y estaban bastante bien acondicionadas
especialmente para que los niños se sintieren cómodos así como la institutriz, pero en
Galvert Hills era necesario tomar algunas medidas.
Al llegar instaló y acomodó adecuadamente a los invitados y mientras éstos se
retiraron a descansar o relajarse, ella inspeccionó la mansión y especialmente esas
habitaciones infantiles. Había planeado pasar todo el tiempo posible ocupada con los
niños, los arrendatarios, las mejoras de la casa y la recepción de los vecinos como
medio de eludir a su marido, pues cada vez que lo miraba se sentía más y más
humillada, y tan desestimada que necesitaba mantenerlo alejado para no acabar
derrumbándose. Con su libreta con las notas y los niños ya en uno de los salones
entretenidos jugando, vigilados por la niñera, fue a la biblioteca donde el marqués se
encontraba relajándose con sus amigos y, tras llamar, entró. Al verla los tres se
levantaron e hicieron la cortesía.
—Lamento molestar, —dijo sonriendo a lord Thomas y lord Marcus—, pero he
de rogarles me concedan unos minutos para tratar algunos asuntos de la casa con su
señoría, prometo no demorarme más que lo necesario. —Señalaba con amabilidad,
aunque a los dos amigos no se les pasó por alto que Camile seguía llamando a Lucas
como milord o señoría y, sonriendo, se retiraron con suavidad.
Camile entonces caminó hasta donde se hallaba él y tomó asiento en uno de los
sillones frente al de él.
—Realmente lamento importunar, pero necesito vuestra aprobación para
algunas cuestiones que no admiten demora.
—Por supuesto. ¿Quieres que pida un té mientras charlamos?
Camile negó con la cabeza ignorando tanto esa sonrisa cordial que lucía cuando
estaban en presencia de otras personas como que hubiere empleado el término charlar
como si aquello no fuere más que lo que eran sus breves “conversaciones” con él, una
breve conversación para tratar los asuntos relativos a sus actividades.
Hacía tiempo que había desistido de intentar tener conversaciones
intrascendentes y relajadas con él, hacía tiempo que dejó de intentar que él quisiere
“charlar” relajada y tranquilamente con ella de cualquier cosa, como una pareja o
simplemente como dos personas que disfrutan de su compañía. Lo intentó con ahínco
durante semanas, dándose una y otra vez con un muro, hasta que llegó un momento
en el que se rindió, dejó de intentar lograr un acercamiento con él que, por lo visto,
solo ella deseaba. Dejó de intentarlo desde el día de su cumpleaños y dejó de
engañarse sobre lo que podría conseguir con ese posible acercamiento con él, también
en ese momento. Tras las primeras semanas no buscó su amor ni un cariño profundo,
se conformaba con que fuera alguna vez amable de verdad, algo cariñoso o solo
agradecido, pero tras ese día, tras ese día en que por fin se asentó del todo su
humillación, ni siquiera lo intentaba, ¿para qué? Ya estaba cansada de darse
cabezazos contra la pared día tras día. Así que se mantuvo serena pero firme
—No, gracias, pero sí vos lo deseáis.
—Bueno, seguro que un té te sentará bien. Le pediré a Ronald una bandeja para
ti.
Lucas notó la mirada de ella clavada en su rostro, clavada como si de verdad
hubiere dicho algo del todo incorrecto, pero seguía sin atisbar el qué, así que tiró del
cordón de llamada justo cuando ella preguntaba:
—¿Puedo empezar, milord?
Lucas la miró con el gesto contrariado pero asintió y antes de que ella fuera a
abrir la boca entró Ronald —Una bandeja de té para milady.
A Lucas no se le pasó por alto el gesto del mayordomo y como éste le dedicaba
de nuevo esa mirada antes de desviarla hacia Camile. No era de asombro sino de algo
distinto que aún no atisbaba a identificar, pero miró a Camile cambiando su expresión
como si necesitare confirmación. Camile suspiró discretamente.
—Lo que su señoría quiere decir es que me gustaría que llevare una bandeja de
té al salón donde están los niños. —Ronald pareció entonces que sí comprendía —.
Por favor, Ronald, diga a la señora Prinfet que se asegure de recordarle a la señorita
Anderson que le de sus gotas a Viola y un poco de bizcocho de jengibre o no
conseguirá eliminar el sabor de la medicina.
—Enseguida, milady.
Cuando se hubo retirado Lucas obvió el rechazo al té para preguntar ese último
comentario.
—¿Gotas? ¿Viola está enferma?
—No, no. Pero lleva unos días con la voz un poco tomada y no quiero que
ahora que va a dedicarse a corretear con Samuel, Charles y Francis, acabe con un
catarro y menos en estas fechas.
Lucas sonrió con esa sonrisa satisfecha y autocomplaciente que ella detestaba.
Era como si cada vez que ella hacía algo bien él se felicitase a sí mismo por la
elección efectuada y a ella le resultaba ofensivo por muchas razones entre otras la
más evidente, porque le recordaba que ella, en cambio, no hizo una buena elección
cuando aceptó ese matrimonio.
Conseguía de nuevo que se sintiere como una solterona con el disfraz de una
mujer casada, como una mujer a la que no mira nadie ni siquiera ese supuesto marido
y que hiciera lo que hiciera había de resignarse a esa existencia y a esa cruda realidad.
Habría preferido seguir siendo una solterona sin más, porque, al menos, recibiría el
cariño de los suyos a los que vería con más asiduidad. Decidió centrarse en lo que
había ido a hacer y acortar así cuanto antes esa absurda situación.
—Bien, bueno. Como prometí consultar cualquier cambio que quisiere realizar,
—miró su libreta—, había pensado visitar mañana a los arrendatarios y entregarles
las cestas de navidad que hemos elaborado, lo que significará que ellos y muchos
vecinos vendrán a visitar Galvert Hills aprovechando las festividades.
Tras ver las estancias, y aun sabiendo que lady Lucila empleaba el salón verde
para recibir a las visitas, creo acertado para tal menester emplear el salón amarillo, es
más bonito, tiene mejor iluminación y, además, permite que las visitas no tengan que
cruzar media casa para ser recibidas, pero para ello he de hacer algún cambio en el
mobiliario y mandar limpiar la chimenea lo que puede dar lugar a que tenga que
avisar no solo al deshollinador sino, también, al tapicero del pueblo para que lo hagan
sin demora y podamos usarlo antes de que los vecinos comiencen a venir.
Lo miró esperando su respuesta.
—Como gustes, lo dejo en tus manos.
Se limitó a asentir sin siquiera mirarlo de nuevo:
—Realmente no es eso lo más urgente. He revisado las habitaciones infantiles
y, además, de estar demasiado anticuados algunos muebles, hay corriente en varias de
ellas y el aula de clases lleva sin ser abierta mucho tiempo. Aprovechando que el hijo
del señor Lomber, que es arrendatario de Galvert Hills, y, por lo tanto, lo visitaré
mañana a primera hora, tiene una carpintería, le querría pedir que venga a reformar
esas habitaciones, además, me consta que él y uno de sus hermanos son excelentes
tallistas de modo que le encargaría un bonito conjunto de muebles y de otras cosas
como pupitres, pizarras, caballetes, que sean prácticos, pero también del agrado de los
niños, y algunas cosas para sus habitaciones como arcones con sus nombres para los
juguetes. Les gustaron mucho los que les regalé en Londres y seguro les agradará
tener otros aquí. Tardará varios días, pero hasta que no arreglen las corrientes de esas
estancias, he instalado a los niños en las habitaciones del ala de la familia y pediré a
mi hermana Stephanie que les deje acudir a las habitaciones infantiles con Charles,
Francis y Cressinda en Mandershall, así no importará que se tomen esos días para
adecuar tales estancias.
—¿Cressinda? —preguntó de repente.
Camile lo miró unos segundos con ganas de estrangularlo, << ¡por todos los
santos! ni siquiera recordar los nombres de sus únicos tres sobrinos, tampoco era tan
difícil ella se sabía los de sus cuatro sobrinos>>.
—La hija de casi tres años de mi hermana Amelia, mi sobrina Cressinda.
—Contestó someramente y en tono cansado.
—Ah sí, claro, claro.
Lo miró unos segundos de más, molesta y ofendida. Bastante malo era que
fuere descortés con ella, pero más con su familia.
—Os haré una lista con los nombres de mis hermanas y sus maridos así como
de mis tres sobrinos, no me gustaría que mi padre o mis hermanos se ofendieren en
modo alguno o pensaren que les resulta tan del todo indiferentes que no recordéis
siquiera sus nombres, milord. —Vio para su placer como él fruncía el ceño y hacía un
esfuerzo por no espetarle una respuesta mordaz, pero se adelantó de cualquier modo
pues continuó—. ¿Entonces? Milord ¿Os parece bien que haga ese encargo al señor
Lomber? —insistió ella.
—Desde luego, desde luego. No es necesario que me consultes cada detalle.
—Contestó claramente molesto.
—Solo cumplo con vuestras peticiones. En todo lo referente a los niños, milord
decide. Eso fue lo que especificasteis. —Señaló con cierto tono adusto volviendo a
mirar su libreta y sabiéndolo con ganas de replicar añadió—. Como accedisteis a
pasar la Navidad en Mandershall, he pensado que no estaría de más, que, al regresar,
invitaseis a unos cuantos de los terratenientes, al vicario y unos cuantos de los
personajes más representativos de la zona, invitaré a mi familia que servirán para
mitigar un poco la atención del vicario y así podrá volver loco a más de un
aristócrata.
Lucas se rio:
—Ese es un comentario malicioso.
Camile se encogió de hombros sin molestarse en mirarlo pues había aprendido
que esas sonrisas suyas eran letales para sus sentidos de mujer y que no le convenía,
en su estado, siquiera permitirse mirarlas, ¿para qué? Ya no iba a volver a soñar.
—He vivido demasiados años en esta zona para no conocer lo bueno y malo de
ella.
Lucas frunció cada vez más el ceño. No lo miraba, se concentraba en lo que
había ido a hacer y en sus tareas. Comprendió que hacía mucho, pero que mucho
tiempo, que se había instalado esa pauta entre ellos. Camile dejó de intentar hablar
con él, no instaba conversaciones ni procuraba su compañía. Él siempre la había
detenido educadamente, pero de modo tajante y ahora comprendía que había marcado
un camino en el que ella parecía haber comprendido que él no quería una relación
personal de ningún tipo con ella. Había no solo desatendido a su esposa, sino
aplastado insistentemente cualquier atisbo de acercamiento de ella. Día tras día la
había estado apartando más y más y rechazándola sin tregua. Camile ya no le sonreía
buscando un gesto amable por su parte, ya no buscaba su mirada que él
constantemente le negaba. Parecía como si ya se hubiere convencido de que no iba a
tenerlas y, por lo tanto, no debía esperarlas. Estaba resignada o vencida, sí, sí, estaba
triste, Marcus lo había dicho. No la había tratado bien, era evidente y eso había hecho
mella en ella y en su carácter. Marcus tenía razón, Camile no era la misma, no estaba
bien.
—Creo, —dijo sacándolo de sus pensamientos y poniéndose en pie—, que eso
era todo. Os dejo para que podáis volver con vuestros amigos.
Ya se giraba cuando él, sin saber por qué, de repente, dijo: —Pareces un poco
enferma. —Camile se giró y lo miró sin decir nada durante unos segundos y él
intentando corregir su expresión al comprender lo crudo y duro que había sonado
añadió —. Lo que quería decir…
Ella lo interrumpió comenzando a caminar hacia la puerta de nuevo: —Lo he
comprendido, milord, no ha de preocuparse, me esmeraré en aparecer con buen
aspecto, intentaré no causar mala impresión y menos delante de vuestros amigos y
familia. Lo comprendo, no es correcto.
No es lo que deseáis y esperáis, cumpliré con mi deber, milord, os doy mi
palabra. Le diré a mi doncella que disimule en la medida de lo posible mis defectos.
—Abrió la puerta y salió sin darle tiempo a añadir nada.
—Maldita sea. —Masculló cuando se cerró la puerta.
Camile caminó directamente hacia su dormitorio que odió desde el primer
instante como el de Galvert House, era tan estridente como aquél y tan falto de gusto
como de buen tino a la hora de elegir colores, muebles e incluso la colocación de los
mismos. Resultaba asfixiante y extremadamente mareante, pero en ese preciso
instante le daba igual todo. Ya ni se molestaba en ser educado o tratarla con cortesía,
por fría y falsa que fuere. Ahora optaba por la cruda sinceridad. Miró el reloj de la
repisa, aún faltaban tres horas para la cena y necesitaba salir de allí a como diere
lugar. Entró en el vestidor donde Gloria terminaba de colgar los vestidos planchados.
—Gloria, por favor, ayúdame a ponerme el traje de amazona de terciopelo
verde. Necesito salir a cabalgar antes de la cena o gritaré a alguien por primera vez en
mi vida.
Gloria la miró preocupada, pero obedeció sin preguntar y cuando terminó le
preguntó: —¿Qué vestido os preparo para la cena, milady?
Camile lo pensó un instante.
—El azul, Gloria, y los zafiros. Creo que hoy necesito no sentirme tan…
Cerró los ojos mordiéndose la lengua para no mortificar a Gloria, bastante malo
era que se mortificase ella para que otros lo hicieren…
En el vestíbulo se cruzó con lord Thomas corriendo tras Samuel que al verla fue
directo hacia ella sonriendo. De inmediato se agachó y le abrió los brazos sonriendo.
—Camy, Camy, dile que no puede hacerme cosquillas. —Decía riéndose.
Camile sonrió y miró a lord Thomas:
—Ya lo ha oído, milord, no puede hacerle cosquillas, aunque…
Tomó en los brazos a Samuel que de inmediato la rodeó con sus bracitos y se
incorporó susurrándole una cosa al pequeño que se rio asintiendo antes de mirar
fijamente al caballero.
—He decidido que podemos hacer una batalla de bolas de nieve y si gana puede
hacerme cosquillas como castigo pero si no… —miró a Camy que le susurró de
nuevo y él volvió a asentir tajante—. Ha de prometer que vendrá con nosotros a jugar
con los trineos.
Lord Thomas miró a Camile y después al pequeño con una sonrisa: —Umm, no
me parece mala idea, primero te utilizo como diana y después como... —movió las
dos manos y los dedos frente a Samuel—… mi particular torturado.
Samuel se rio divertido.
—¿Entonces acepta el reto, milord? —preguntó Camile sonriendo.
—Acepto. —Respondió tajante.
Camile se reía dejando a Samuel en el suelo que salió corriendo llamando a voz
en grito a Viola.
—Un momento, —decía a la espalda a Samuel que no se detuvo—, la batalla
era contigo pequeño tramposo.
Se giró a Camile que poniéndose los guantes decía inocentemente.
—En realidad, milord, no ha exigido batallar solo con Samuel, ha aceptado
hacer una batalla de bolas de nieve, pero no contra qué contrincantes. —Lo miró
sonriendo y mientras caminaba hacia la puerta tras una rápida reverencia añadió—.
Que lo paséis bien, milord. Recordad, no vale hacer trampas contra dos niños
indefensos.
Lord Thomas se reía a su espalda diciendo.
—Me han enredado, milady, me han enredado y no lo olvidaré.
Camile se volvió estando ya bajo el umbral de la enorme puerta de roble.
—Y haríais bien, milord. No dice demasiado de vuestra capacidad de
maquinación el dejarse enredar por un pequeño de cuatro añitos por muy pillo que
éste sea.
Hizo una rápida reverencia con una sonrisa en los labios y se apresuró a salir de
allí notando como un poco de la tensión de sus hombros y del martilleo de su cabeza
se había suavizado gracias a Samuel.
Estuvo montando durante más de una hora por los campos que tan bien conocía
desde niña. Campos que se hallaban nevados y que le recordaron sus años de mocita
con sueños en su inocente cabeza, con ilusiones y esperanzas muchas de las cuales
eran tan alcanzables como la luna pero soñar por entonces no hacía daño, no como
ahora que soñar le provocaba un dolor profundo y callado y dejar de hacerlo un vacío
y una soledad que cada vez pesaba más que cualquier otro sentimiento, incluso que el
enfado sordo que sentía por ese hombre con el que se hubo casado sin ser consciente
de lo que le esperaba realmente al hacerlo.
Dejó que Gloria le arreglase el cabello con esmero, se puso ese vestido azul que
tanto le gustaba y que lució en su desastrosa noche de bodas y se puso el juego de
joyas de zafiros junto con sus guantes largos de seda y piel de cabritilla y fue a dar las
buenas noches a Viola y a Samuel antes de bajar al salón donde ya se encontraban
Armony con su esposo, Brendan, el marqués y sus dos amigos. Saludó con cortesía al
entrar y se acercó a Ronald para preguntarle por la cena por si había habido algún
contratiempo y, tras cerciorarse de que estaba todo bien, se centró en saludar un poco
a los presentes a los que ya se había incorporado la otra hermana del marqués,
Priscilla, y su marido, Jason, con los que no había coincidido apenas. Intercambió las
cortesías de rigor y alguna frase sencilla con la pareja hasta que llegó lady Lucila y
prudencialmente se quitó de su campo de visión directa y con ello de que comenzase
con sus frases críticas y maliciosas ya desde antes de la cena, pero se equivocó, al
poco de llegar la vio dirigirse hacia ella que se hubo sentado cerca de la chimenea
frente a Armony que, en ese instante, hablaba con el marqués.
—Camile. —Dijo el marqués con una media sonrisa—. Ese vestido que llevas
es realmente elegante, supongo que es nuevo.
Camile lo miró completamente desconcertada y de nuevo dolida y rendida a la
evidencia de lo poco que importaba a ese supuesto marido, pero se tragó la réplica
pues la marquesa viuda se sentó junto a ella, que permaneció unos minutos intentando
parecer meramente distraída mirando el fuego, pero tras varias frases con sus hijos
atrajo su atención.
—Bien, querida, —dijo con ese tonillo petulante que le crispaba los nervios—,
veo que has considerado conveniente cambiar algunas de las costumbres de la casa
nada más arribar en ella.
<< Ya empezamos, un claro reproche teñido de sarcasmo y de malicia…
“considerado conveniente”…
¿es que en esta familia les enseñan las frases precisas para marcar distancia y
mostrar soberbia desde niños? >>, pensaba conteniendo su lengua.
—Pero previamente he consultado con milord, como sé que he de hacerlo,
milady.
La referencia a su persona hizo que el marqués la mirase aunque le constaba
que ambos hermanos habían estado pendientes de lo que decía su madre.
—Entiendo. —La miró con clara intención de no cejar en su empeño en su
crítica—. De modo que expresas tus deseos a mi hijo y éste los concede.
Ahí no dudó en no morderse la lengua:
—Ni por asomo, milady. Conozco bien mi papel y posición en este matrimonio
y esta casa y el de ser la persona cuyos deseos se cumplen no es precisamente el que
me corresponde.
Se supo mirada fijamente por el marqués que no tuvo a bien, sin embargo,
frenar a su madre aunque era evidente pretendía continuar.
—¿De veras? ¿Lo conoce? Umm, interesante. En ese caso, ¿qué le impide
cumplir con su principal cometido, querida? Quizás debieres consultar un médico que
te ayude en esa labor. —Camile permaneció callada unos segundos mordiéndose la
lengua para no soltar un exabrupto, pero la marquesa fue a más—: Una mujer que no
es capaz de concebir no cumple con su principal cometido, querida, y es un poco
mortificante para la familia no saber qué te impide cumplir con él.
Los ojos de Camile se dilataron y casi los desvía por inercia al marqués
esperando que a ese comentario se dignase a responder o, por lo menos, mostrase
cierta consideración para con ella.
No lo hizo y esa suspiró lentamente. Miró a la marquesa.
— Bien, no puedo por menos que reconocerme incompetente en ese campo, al
menos desde su punto de vista, como constantemente parece interesada en
recordarme. — Vio como la marquesa viuda sonrió con malicia y cómo su hijo la
veía y aun así no dijo nada en su defensa el muy canalla, así que lo miró
directamente—. Milord, milady puede tener mucha razón. Quizás no sea mala idea
consultar a un especialista y quizás después de reconocerme convenientemente, pueda
determinar la falta o el motivo que me impide cumplir con eficacia ese cometido.
—Alzó la ceja mirando al marqués entendiendo que él había comprendido
perfectamente su insinuación y su desafío.
—Madre, —dijo al fin y Camile esperó que por fin la defendiere y pusiere fin
de una vez por todas a las constantes insinuaciones de su madre—, debiere dejar que
Camile cumpla con ese cometido, como bien lo denominabais, cuando Dios tenga a
bien procurarlo.
Camile lo miró asombrada, abriendo ligeramente la boca aunque tras unos
segundos la cerró, ofendida, enfadada y sintiéndose humillada más allá de lo
admisible. << El muy canalla no solo no ponía freno a su madre, sino que tenía el
valor de insinuar que el peso de ello recayere sobre sus hombros “que Camile
cumpla con ese cometido…” ¡por Dios bendito! ¿Pero a ese hombre qué le pasaba
con ella?
¿Es que ni siquiera podía mostrar un poco de respeto o aprecio aunque solo
fuere por haberle dado todo lo que le pidió, y con creces, sin haber recibido ni
pedido nada a cambio? >>.
—Voy a pedirle, milady, que haga de anfitriona esta noche, pues realmente me
encuentro algo extenuada y creo que estoy empezando a acatarrarme y no quisiera
contagiar a los demás, espero puedan disculparme.
—Iba a ponerse en pie y a marcharse pero algo dentro de ella se reveló, se
reveló por fin contra toda aquélla situación, contra toda aquella humillación y añadió
con calma—. Pero me gustaría decir tres cosas.
—miró con fijeza al marqués—. En primer lugar, no me gusta el té, nunca me
ha gustado y por ello no lo bebo nunca, tras tantos meses compartiendo la mesa del
desayuno, habría sido un gesto de mera educación que os percatarais de ello, no por
cortesía, no por amabilidad y menos aún por respeto o cordialidad hacía mi persona,
sino simplemente por mera costumbre o rutina por indiferente que le resulte la
persona sentada día tras día frente a vos. En segundo lugar, gracias, milord, a mí
también me gusta mucho este vestido pero no, no es nuevo, de hecho lo lucí el día de
nuestra boda, en la cena, pero, por supuesto, es un recuerdo a olvidar con rapidez, o
lo sería si fuere capaz de recordarlo cosa que obviamente no ocurre. Pero no os
preocupéis, ya no puedo ofenderme o molestarme en modo alguno, esa parte de mi
persona hace mucho quedó olvidada o “para el recuerdo”. Y en tercer lugar. —Miró a
la marquesa—. Milady, quizás el error en cuanto a no cumplir con mi cometido,
como tan frecuentemente tenéis a bien resaltar, puede, no, con certeza, no reside en
mi persona sino en la otra parte de este matrimonio o mejor dicho en la costumbre
que tiene esa otra parte de ignorar convenientemente la existencia de su esposa más
allá de lo que considera el cumplimiento de unos deberes bien detallados desde el
primer día del enlace, en una extensa lista que tuvo a bien recitarme durante esa cena
en la que lucí este alabado vestido. Lista en la que, sin embargo, el tener hijos no fue
mencionado, pues claramente no es una prioridad, al menos no para algunos de los
presentes. Más si sirve de algo, todos esos deberes y cometidos que sí están en mi
mano cumplir por mí misma, he procurado realizarlos con la diligencia esperada, pero
no me pidan milagros, milady, incluso ciertas cosas no pueden realizarse sin ayuda.
—Hizo una rápida reverencia mientras añadía—: Y ahora si me disculpan, creo que
he de descansar para no faltar a ninguna de mis tareas mañana.
Sin más se giró y salió del salón. Solo la habían escuchado Armony, la
marquesa viuda y él, pero el simple hecho de poder decir en alto, aunque solo fuere
un atisbo de lo que le pesaba dentro, le hizo sentir un alivio inmediato. No serviría de
más, pero, al menos, ella se supo algo mejor que mientras volvían a humillarla y
pisotearla.
Lucas la miraba salir con una sensación de vértigo en el cuerpo que desconocía.
Había hablado calmada, con voz suave y, sorprendentemente, sosegada, pero tanto su
mirada como sus palabras le dejaban claro no solo que estaba enfadada con él sino
cuán profundo era el daño que había infligido desde el inicio.
Con esas tres cosas, como había dicho, le abrió los ojos a la más absoluta
realidad. Había abusado sin escrúpulos de una esposa entregada, que se dedicó en
cuerpo y alma a él, a sus hijos y a su casa desde el principio sin quejas, sin reproches
ni malas caras, y él, a cambio, no le hubo dado nada. No, no era cierto, le hubo dado
absoluta dejadez, abandono y el pasar sistemáticamente por encima de ella sin
ninguna compasión o mesura.
La marquesa viuda lo miró.
—¿A qué ha venido todo eso, Lucas? ¿Y qué ha querido decir con que el error
era tuyo?
Lucas miró a su madre furioso consigo mismo pero también con ella.
—Madre, no vuelva, jamás, a intentar menoscabar a Camile ni en mi presencia
ni lejos de ella y menos en mi casa. —Dijo serio—. Y no pregunte cosas que no
quiere ni tiene por qué saber. —Se puso en pie e hizo una rápida reverencia—.
Disculpadme.
Sin más, salió del salón y subió tras ella. Iban a tener que hablar, sabía que tenía
que hablar con ella y hacer frente a la situación y mejor hacerlo ahora y en esa casa y
no dentro de dos días cuando se trasladasen a Mandershall con toda la familia de
Camile bajo el mismo techo.
Nada más cruzar la puerta de su dormitorio cerró el pestillo y sin mediar
palabra, bajo la mirada asombrada de Gloria, también cerró el de la puerta de
comunicación con el marqués. No la había cruzado en Galvert House ni una sola vez
estando abierta y estaba segura que no iba a querer hacerlo allí, pero había sido
demasiado grosera unos minutos antes y, probablemente, estaría furioso con ella,
querría recriminarle esa falta de decoro ante su madre y su hermana y ausentarse en
una cena en la que era la anfitriona faltando, además, a sus invitados. Seguro le
querría reprender por “no cumplir con sus deberes”. Pero no iba a escucharlo, al
menos esa noche no. Necesitaba meterse en la cama aunque solo fuere una vez
sintiendo que no se había dejado pisar. Era cobarde cerrar las puertas pero qué más
daba, por primera vez desde hacía meses podría acostarse sabiendo que se había
defendido, que no se había dejado avasallar.
Miró a Gloria.
—Por favor, aunque llamen a la puerta y aunque sea su señoría, no contestes,
prefiero no hablar con nadie esta noche.
Gloria por algún motivo sonrió y eso la hizo sonreír a ella también aunque tenía
los ojos ya enrojecidos y brillantes de lo que sabía eran lágrimas a punto de salir.
Suspiró.
—Ay Gloria. —Negó con la cabeza—. Anda, ayúdame a quitarme este vestido
y después podrás retirarte a descansar tranquila. Mañana iré temprano a montar y no
te llamaré hasta que regrese.
Solo le hubo quitado las joyas cuando llamaron a la puerta pero ambas
permanecieron calladas mirándola sin más. Al no haber respuesta y no volver a
escucharse golpecitos de nudillos pensaron que quién fuera se hubo marchado, pero
unos minutos después se escuchó el pomo de la puerta de comunicación girar
ligeramente y segundos después de nuevo golpe de nudillos —Camile, por favor, abre
la puerta, querría hablar contigo.
Camile suspiró y aunque no iba a responder finalmente lo hizo. Abrió la puerta
y sin mirarlo dijo con voz calmada:
—Habremos de dejarlo para mañana, milord, necesito descansar y no me creo
capaz de tener una conversación con vos en este momento, lo siento. Buenas noches.
Cerró la puerta sin darle oportunidad a decir nada, miró a Gloria y tras un par
de minutos en que no se escuchó nada continuó ayudándola a cambiarse para retirarse
veinte minutos después.
Se levantó antes de amanecer con una nueva sensación. Determinación. Había
decidido centrarse en sus tareas y evitar al marqués antes de lo ocurrido la noche
anterior y viéndolo en perspectiva, creía que nada tenía por qué cambiar esa decisión
pues no hizo nada incorrecto, más bien lo contrario, solo se defendió. Se puso el traje
de montar que Gloria le hubo dejado preparado la noche anterior y bajó al vestíbulo
donde Ronald ya permanecía en su puesto dando instrucciones a los lacayos y
criadas.
—Buenos días, Ronald. —Lo saludó sonriendo nada más llegar a su altura
—Milady. —Hizo la reverencia —. ¿Desea que envíe aviso al establo para que le
preparen una montura y un mozo para acompañarla?
—No, gracias, Ronald, no se preocupe, lo haré yo misma aunque sí me gustaría
que avisase a la señora Prinfet y a la señora Muffel que cuando regrese marcharé a la
visita a los arrendatarios y la entrega de las cestas, y me gustaría me acompañaren
puesto que ambas han sido las que más han participado en su elaboración y es justo
que puedan participar también en su reparto, además, en merecido premio las llevaré
a tomar un copioso y rico desayuno en el pueblo.
Ronald a pesar de ser un mayordomo curtido y experimentado dejó escapar una
leve sonrisa.
—Lo haré, milady. Tendrá el coche listo y la carreta cargada para cuando
regrese.
—Gracias, Ronald. Les prometí a los niños dejar que me acompañen, ¿le
importaría asegurarse de que en una hora la señorita Anderson los levanta y los viste?
Que no les den más que un chocolate, pues como pararemos en la confitería del
pueblo de camino a la primera visita, les instaré a degustar con nosotras uno de sus
famosos desayunos. Aún no los han probado y estoy convencida les van a encantar.
—Estoy seguro, milady. —Dijo esta vez sonriendo abiertamente De nuevo salió
a cabalgar y al regresar se cambió deprisa para no tener que coincidir con el marqués
ni con ninguno de los residentes de la casa, fue a buscar a los niños que ya se
hallaban listos para su primera visita a los arrendatarios y al pueblo. Estaban en la
enorme escalinata de la mansión a punto de subir al carruaje y ella tenía a un niño en
cada mano.
—La señorita Anderson dice que este vestido es adecuado para hacer la visita.
Era evidente que Viola estaba preocupada porque las pocas veces que había ido
de visita había sido a casas de aristócratas y llevaba sus mejores vestidos, en cambio,
hoy llevaba un vestido algo menos opulento y un abrigo sin cuello de armiño.
—Estás preciosa, Viola. —Decía Camile mirándola con una sonrisa—. Una
princesita campestre. Piensa que si llevares los vestidos de seda o con encajes se
podrían estropear con las cestas, además, he pensado que a los dos os gustaría tener la
oportunidad de ver algunos de los animales de los granjeros. De estas visitas con mi
madre, lo que más me gustaba era conocer a los niños de la propiedad y los
animalitos. No solo gallinas o caballos, también tienen cerdos, vacas, ovejas, conejos,
perros. Los arrendatarios de la propiedad de mi padre solían dejarme ver a algunos
recién nacidos y los terneritos y las ovejitas recién nacidos son muy bonitos, ya
veréis.
Viola la miró y asintió:
—Y con mis vestidos de encajes no podría acercarme ¿es así?
Camile la sonrió:
—Así es. Pero aun con ello, has de saber que llevas un vestido precioso que
resalta el azul de tus ojos.
Creo que cuando regresemos a Londres deberíamos comprarte un abrigo de ese
tono de azul, con capucha con forro de terciopelo de un tono más claro. Parecerías
una pequeña hadita de invierno. —Viola se rio coqueta y Camile miró a Samuel que
parecía un poco nervioso tambaleándose de un pie a otro—. Y
nuestro caballero luce como un niño mayor con sus botas de campo—. Samuel
la miró sonriendo—. Y creo, mi señor, que nunca le había visto con corbatín.
Samuel se rio tocándose el nudo y de refilón a Ronald que permanecía a su
lado: —El nudo me lo ha hecho Ronald, es como los que lleva papá. Es la primera
vez que voy a las granjas.
Camile sonrió a Ronald y de nuevo al pequeño:
—Muy elegante, caballero, creo que debiere dejarle a usted, hacer las
presentaciones oportunas, al fin y al cabo, es nuestro caballero.
Samuel alzó la barbilla, orgulloso.
—Las haré.
Camile se rio divertida justo cuando llegó el carruaje. Ronald los ayudó a subir
mientras ella le decía: —Regresaremos antes del almuerzo, más, no ha de
preocuparse porque falten hasta entonces la señora Muffel y la señora Prinfet, ya está
todo bien organizado.
Ronald asintió antes de cerrar la portezuela. Cuatro horas después regresaban a
la mansión y los niños fueron eufóricos buscando al marqués al que encontraron en
uno de los salones junto a los demás relajados, unos jugando a las cartas, otros
leyendo o conversando tranquilos.
— ¡Papá, papá!
Samuel fue corriendo desde la puerta hacia él con Viola siguiéndolo de cerca
con igual ansia. Al llegar a su lado comenzó a hablar sonriente y como un torbellino
meciéndose nervioso sobre ambos pies.
—Hemos ido a la confitería del pueblo a tomar el desayuno de señor Frullier,
dice que de pequeño tú también ibas allí. Y después hemos ayudado en la entrega de
las cestas. Camy ha ido presentándonos a todos los habitantes de Galvert Hills, a mi
como el caballero. —Sonrió alzando la barbilla, orgulloso—.
Son muchos. Y hemos visto muchos animalitos y hemos visto los pollitos de la
esposa del molinero y terneritos y ovejas enormes. Y Camy ha jugado con nosotros y
los pollitos. Y nos ha enseñado a poner un cencerro a un ternerito. Y, oh sí, —Abrió
mucho los ojos—. Hemos comido tarta de melaza de la esposa del herrero. —Se rio
travieso—. Camy estuvo hablando con ellos y aproveché para comerme su trozo de
pastel y la señora y Camy me llamaban glotón roba dulces. Y…
Lo interrumpió Viola mientras estiraba los brazos frente a su padre.
—El señor Craver nos ha regalado este conejito, es así de pequeñito, ya no
crece más, son de una especie que se queda así de pequeño. Camy nos ha dicho que
primero hemos de preguntar si podemos quedárnoslo ¿podemos? —Lo miró con ojos
brillantes —. Lo cuidaremos. El señor Craver nos ha enseñado qué hemos de hacer y
con qué alimentarle y prometemos cuidar de él ¿verdad Sam? —El pequeño asintió
enérgicamente—. Camy dice que si nos das permiso será nuestra mascota y
deberemos cuidar de él porque ahora estará a nuestro cuidado y deberemos
protegerlo.
Su padre se rio y miró el conejito y después a sus hijos.
—¿Prometéis cuidarlo? —los dos asintieron con fuerza—. En ese caso no veo
por qué no.
—Gracias, gracias.— Empezaron a decir camino de la puerta—. Camy, Camy,
nos lo podemos quedar. —
Decían gritando eufóricos.
—No corráis dentro de la casa, niños. —Les indicaba Camile desde la puerta
con suavidad, se agachó y les rodeó con un brazo a cada uno—. Subid a bañaros y
cambiaros antes del almuerzo, yo iré enseguida a ayudaros y podéis dejar a vuestro
amiguito en una de vuestras habitaciones hasta que esta tarde le pidamos al joven
Lomber que le haga una camita. Cuando os hayáis aseado podéis enseñárselo a
vuestros primos mientras le dais de comer. —Los dos niños frente a ella asintieron y
Samuel tiró de su mano para que le abrazase. Le rodeó el cuello con los bracitos
mientras la besaba y le susurraba algo riéndose—.
Anda trasto, corre a bañarte, ahora subo a ayudaros.
Después se marcharon a la carrera riéndose traviesos. Camile entró en el salón
y tras un saludo a todos miró a las dos hermanas del marqués:
—Lady Priscilla, lady Armony, el señor Craver también me ha ofrecido dos
conejitos más, los he traído pensando que a lo mejor los querrían para sus hijos, pero
si no es así, nada pasa, se los llevaré a mis sobrinos.
Armony sonrió:
—Muchas gracias, estoy segura que a mis hijos les encantará.
—En tal caso, le diré a Ronald que se los traiga, pues supongo querrán
entregárselos personalmente. La señora Prinfet les puede repetir las instrucciones
para su cuidado que el señor Craver explicó a los niños.
—Se giró y miró al marqués cambiando su rostro claramente pues frente a él se
tornaba, ya por naturaleza, serio y tenso—. Esta tarde vendrá el joven Lomber para
encargarse de las habitaciones infantiles, le iré detallando lo que necesitamos y
deseamos y le diré a la institutriz que esté presente para que aporte lo que crea
necesario para el mejor desempeño de su cargo. El señor Lomber me ha entregado
esto para vos, milord. —Extendió el brazo ofreciéndole un pequeño paquete que
enseguida él asió—. Si me disculpan, voy a asearme y asegurarme de que todo está
listo para el almuerzo.
En cuanto salió del salón la marquesa viuda miró a su hijo.
—No considero lo más acertado llevar a los niños a repartir cestas.
Armony miró furiosa a su madre, molesta por el comentario, bastante malo
había sido lo de la noche anterior para que insistiese en menoscabar sin freno a una
Camile que cada vez parecía más y más extenuada.
—Pues yo creo que es una excelente idea. Los niños conocen a los
arrendatarios y a los niños de la zona, muchos de los cuales acabarán trabajando en
Galvert Hills o en el pueblo. Sin mencionar que parecen haberse divertido. Además,
siempre ha sido una de las tradiciones de los condes Cromerton que he envidiado. La
condesa llevaba a sus hijos en navidad con ella en sus visitas y gracias a ello lo cuatro
hijos del conde conocen a la perfección a los habitantes de la zona y todos ellos les
conocen, les respetan y les tienen cariño.
Su marido Brendan sonrió divertido a su esposa.
—Ha sido un bonito detalle que se acordare de nuestros hijos y les trajese un
conejito. —Dijo Brendan sonriendo a su esposa—. Dillon y Robert se van a volver
locos con él, sobre todo cuando vean a sus primos con uno.
Marcus miró serio a Lucas que aún permanecía mirando la puerta. Esperó a que
se iniciaren otras conversaciones para que nadie más los oyese:
—¿Ocurre algo?
Lucas desvió la mirada por fin y lo miró:
—Nada.
—Luc, nos conocemos desde hace demasiados años, ¿qué ocurre? —insistió
con suavidad.
—Creo que he cometido un error imperdonable y que ahora se me torna de
difícil arreglo. —Murmuró, lo miró fijamente y añadió—. No pasa nada, ya
encontraré una solución.
Marcus le mantuvo la mirada unos segundos sabiendo que se trataba de Camile
y que ese error debía ser realmente grave, pero prefirió callar de momento y no
insistir y menos en un sitio en que había tantos oídos que podrían llegar a escucharles
El almuerzo transcurría con normalidad aunque Lucas, por primera vez,
comenzó a fijarse bien en su esposa. Desde que se habían sentado no la había visto
probar bocado, jugueteaba con la comida del plato mientras departía con Brendan y
Thomas, pero no hacía amago alguno de comer. Quizás fuere solo que no tenía
apetito, seguro que las esposas de los arrendatarios habrían insistido en ofrecerle té y
pastas y no se habría negado para no desairarlas. La conversación se centró entonces
entre ella, Brendan y Armony.
Como su madre y sus dos hermanas, con sus esposos e hijos, permanecerían los
días de navidad en Galvert Hills, lo que él supuso habría sido por insistencia de su
madre que aduciría cualquier excusa para no aceptar acompañarles a la casa del
conde, en un momento dado Camile, sonriendo a Armony, le recordó que esperaban
se acercaren a Mandershall para el desayuno de navidad y la entrega de regalos lo que
le recordó que tenía que hablar con ella de una pequeña cuestión que ella le hubo
pedido tiempo atrás, pero a la que entonces no había prestado demasiada atención.
Por ello en cuanto se unieron a las damas en el salón tras el almuerzo para tomar el té,
aprovechó que había terminado de servir a todos para pedir que se reuniera con él en
su despacho. Quizás ese tema podría darle pie para iniciar la conversación que le
había hecho permanecer en vela toda la noche y que al no verla en toda la mañana
comenzaba a martillear en su cabeza.
Tomó asiento en uno de los confidentes de la mesa de su despacho nada más
entrar obligándolo a él a sentarse en su sillón, sabiendo que ella había optado por ello
y no por los sillones de la chimenea para poner distancia
—Camile, Ronald me ha informado esta mañana que dejarás para la mañana de
navidad en Galvert Hills una cesta con presentes para todos los criados y que le has
entregado a él una cesta aparte con sobres con dinero para todos ellos que se les
entregará el día de nuestra marcha a Mandershall.
—Así es. Os consulté lo de los presentes antes de partir de Londres pues quería
dejar también para aquéllos que permanecieren en Galvert House y no mostró
disconformidad, y en cuanto a los sobres con dinero es un pequeño aguinaldo para
todos ellos, podrán comprar presentes a sus familiares en estas fechas o celebrarlas
mejor. Pero como no me dio su conformidad, no ha de alarmarse, no he empleado
dinero de la casa ni se lo he pedido a su secretario.
Lucas entrecerró los ojos.
—No me negué a que hicieras tal cosa. —Dijo algo rudo, pero como de
inmediato se dio cuenta suavizó su tono y su expresión—. Reconozco que no asentí
en su momento de modo categórico, pero comprendo que es correcto recompensar el
trabajo leal del personal. ¿De dónde ha salido el dinero pues?
—De mi asignación. —Dijo sin más.
—Diré a mi secretario que lo reintegre en tu partida.
—No es necesario. —Dijo ella poniéndose en pie. Era evidente que ahora era
ella la que mantenía las distancias—. Es un regalo que he querido, en justicia,
hacerles. No espero nada a cambio. —Señaló molesta.
—Camile, espera. Debiéramos hablar. —Dijo con suavidad intentando no
parecer imperativo ni reclamante.
La vio suspirar de espaldas a él antes de volverse y tomar asiento de nuevo
apoyando las manos en su regazo relajadamente. No lo miraba a los ojos, ni siquiera
al rostro sino que mantenía la vista algo baja—.
Camile. —Carraspeó—. Creo que no he hecho demasiado para facilitarte las
cosas en este matrimonio y ahora me doy cuenta de ello. Supongo que no he sido
demasiado receptivo a tus necesidades. —Camile alzó la vista mirándolo con los ojos
entrecerrados y Lucas comprendió al instante que no estaba enfocando bien aquélla
conversación, carraspeó—. Lo que quiero decir es que quizás podamos empezar a
conocernos mejor.
Camile lo interrumpió:
—Conocernos mejor. —Negó con la cabeza cerrando los ojos—. ¿Para qué
milord? ¿Va a volver a señalar que hemos de darnos tiempo para conocernos, para
sentirnos cómodos el uno con el otro? Porque de ser así, le ahorraré ese tiempo y más
el posible esfuerzo. No ha de preocuparse, milord, no espero conocerle mejor. Lo
comprendo, no es necesario que intente insistir en lo evidente y, de cualquier modo,
no ha de preocuparse en lo importante, en lo que esperáis le conozca para cumplir mi
papel, le conozco. Le conozco, milord, le conozco mejor que a mí misma, incluso.
Conozco sus gustos, aficiones, aspiraciones y lo que desea para el futuro. Sé lo que le
molesta, lo que le irrita, lo que le disgusta y aborrece. No ha de preocuparse por eso,
no haré nada que provoque su ira. En cuanto a lo de sentirnos cómodos, bueno, hace
tiempo que desistí de esa idea pero, de nuevo, no ha de preocuparse, no dejaré que
eso me impida cumplir fielmente con mis deberes. Conozco bien cuáles son y no los
desatenderé. Di mi palabra y la cumpliré. —Se puso en pie sin esperar decirle nada
más—. Y ahora, me temo ha de disculparme, pues uno de esos deberes me reclama.
Se giró y caminó hacia la puerta y ya tenía en la mano el pomo de la puerta
cuando escuchó a su espalda: —Estás enfadada y lo comprendo.
Camile se giró como un resorte y lo miró.
—¿Enfadada? Quizás a veces pero —Suspiró y cerró los ojos unos segundos—.
No, milord, siendo sincera, —
los abrió—, me enfadé en un momento determinado, pero más conmigo misma
que con nadie. No me engañó cuando me propuso matrimonio, pero tampoco fue
sincero. —Lucas la miró frunciendo el ceño sintiendo la certeza de esas palabras
como un dardo al pecho—. Omitió cosas, cosas que yo debía saber, cosas importantes
que me habrían hecho actuar de otra manera y, desde luego, que no me habrían
llevado a este matrimonio. Pero quizás si hubiere estado más atenta me habría
percatado de ello, pero fui una ciega y ahora pago por mi ceguera. —Tomó aire
cansinamente—. No estoy enfadada, ya no, más desde luego, no estoy cómoda, pero
ya he desistido o quizás me he resignado a no estarlo nunca. Este matrimonio no es
como lo había esperado, pero las cosas son como son y he de aceptarlas, no hay
vuelta atrás. No pienso reclamaros nada porque de hacerlo, si decidiereis darme lo
que le pida, lo haréis de mala gana y por pura obligación y sabiéndolo me sentiré peor
que si no lo hiciereis, así que me inclino por esto último. Continuad, si queréis, como
hasta ahora, no escucharéis quejas por mi parte, ni malas caras ni malos modos. Mi
padre me enseñó a respetar la palabra dada de modo que no ha de temer, cumpliré con
mis deberes y no me quejaré ni tampoco esperaré de vos nada más que ser, a los ojos
de los demás, el marqués de Galvert al igual que yo seré a los ojos de los demás, la
marquesa de Galvert. —
Entrecerró los ojos —. Tengo unas tarjetas que así lo dicen, vos me las
entregasteis, no lo olvido.
Lucas la escuchaba en una mezcla de enfado contra sí mismo y vergüenza
comprendiendo que la idea de que la había estado dañando durante meses no era más
que una pequeña parte de su pecado pues todo lo que decía era cierto, nada podía
responder o negar. Pero había una idea que volaba en su cabeza de lo dicho por ella y
que no era sino que ella no se habría casado con él de saber entonces lo que sabía
ahora.
No se habría casado con él, no quería estar casada con él. Y lo más grave era
que parecía resignada a ello… ” Las cosas son como son y he de aceptarlas…”
“continuad si queréis como hasta ahora, no me quejaré” “cumpliré con mis deberes y
no me quejaré…”
—Camile. —La hizo detenerse cuando de nuevo se había girado y estaba a
punto de abrir la puerta—. Te dije que sería un buen marido y he faltado a mi
palabra…
Se vio interrumpido por unos golpes suaves en la puerta y Camile dio unos
ligeros pasos atrás para retirarse de la misma para que quién fuera pudiere entrar
cediendo el paso enseguida a Ronald.
—Disculpad. —Decía haciendo una reverencia—. Milady, el hijo del señor
Lomber ha llegado acompañado de un tallista en madera.
Camile asintió antes de mirar a Lucas de nuevo:
—Disculpadme, milord. —Hizo una rápida reverencia y se marchó con Ronald
siguiendo sus pasos mientras le indicaba—: Por favor, Ronald, avise a la institutriz y
a la señorita Anderson así como a Viola y Samuel, me gustaría escuchar las
peticiones de todos, especialmente la de los niños.
Tras eso desaparecieron los dos dejando a Lucas de nuevo sin posibilidad de
encontrar una solución a aquélla situación que él solo había creado y llevado hasta
ese punto por lo que no podía exigir responsabilidad a nadie más que a sí mismo.
Tras unos minutos mirando desde lejos el fuego de la chimenea, entraron Marcus y
Thomas a los que instó a servirse una copa mientras él iba a sentarse en uno de los
sillones de cuero para poder hablar más cómodos.
—¿Vas a decirnos de una vez lo que ocurre? —Preguntó tras unos minutos
Marcus mirándole con gesto preocupado.
Lucas suspiró mientras tomaba la copa que le ofrecía.
—Que he hecho las cosas tan mal desde el principio con Camile que, me temo,
ya no tenga arreglo y lo peor de todo es que si continúo como hasta ahora, acabaré
despreciándome a mí mismo más de lo que acabé despreciando a…
Se detuvo abruptamente sin terminar la frase pero Thomas lo miró con fijeza
mientras lo hacía por él: —A Violet. Acabarás odiándote como odiabas a Violet.
—Lucas expiró despacio tras asentir—. ¿Esto es por esa viuda con la que te ves?
—Puse fin a eso antes de venir, pero eso no es más una parte de esto. Desde el
principio he mantenido las distancias con Camile. He sido frío y he procurado
mantenerme ajeno a ella todo lo posible, tanto que he marcado una pauta en el
comportamiento de Camile que ya no parece tenga camino de retorno— —Suspiró
—. Y creo que ahora es ella la que mantendrá esa distancia conmigo a como dé lugar.
—¿Y se puede saber por qué has hecho eso? —Preguntaba Marcus con gesto de
enfado—. Camile es un tesoro por el que deberías dar las gracias a los cielos.
—Lucas lo miró abriendo los ojos con cierta sorpresa—. ¡Por Dios, Lucas! Después
de tu experiencia con Violet y conociendo la mía con Ariana, no puedes por menos
que reconocer que Camile es una bendición que ni tú mismo podías haber imaginado.
Conocemos las razones por las que decidiste casarte, pero tú has de darnos la
razón en que no es solo que sea la esposa adecuada para alguien que aspira a lo que tú
y que, además, tenga la nada desdeñable habilidad de moverse por salones sociales y
políticos con la soltura, la destreza y la inteligencia para ayudar y alentar esas
aspiraciones, sino que, a nivel personal, es encantadora, inteligente y, además, adora a
tus hijos y, por si tu testarudez no se ha dado cuenta, ellos la adoran más allá de la
cordura. Solo tienes que ver el cambio que han dado en estos meses. Están más
alegres, más juguetones. —Se rio—.
Samuel era toda energía contenida, ahora es capaz de desbordarla y Viola, en
fin, sinceramente he de reconocer que no había escuchado su voz hasta ahora y eso
que he visitado tu casa prácticamente cada semana desde nació. Y desde que te
casaste, Camile no ha hecho más que estar pendiente de ti, cuidarte a pesar de esa
distancia que dices ponías entre ambos.
—Sin mencionar lo que Holly destaca cada vez que ha ido a tu casa. Ronald y
todo el personal de la mansión, no es solo que funcione como un reloj sino que dan la
sensación de que se dejarían quemar por Camile. —Se rio ante la expresión del rostro
de Lucas—. Solo transmito la opinión de mi muy perceptiva prometida. De hecho,
está dispuesta a rogar a Camile que la deje pasar una semana en tu casa para que le
enseñe trucos y le dé consejos sobre cómo llevar una casa y conseguir que mi
mayordomo la trate como Ronald a ella.
De nuevo se rio al igual que Marcus, pero cuando recuperaron la compostura
Marcus insistió: —Entonces ¿vas a intentar arreglarlo?
Lucas se dejó caer en el respaldo del sillón pesadamente antes de tomar un
trago de su copa: —Sí. Al menos lo voy a intentar. Intentaré mostrarme más atento y
amable.
—Por favor, Lucas. —Dijo Thomas riéndose—. ¿Más atento y amable? ¿Eso es
todo?
—¿Y qué más quieres que haga? —preguntó ceñudo.
—¡Por el amor de Dios, hombre! Cortejarla, galantearla, ganártela. Tienes
experiencia más que sobrada con mujeres como para no saber cómo lograr embelesar
a una mujer y conseguir su cariño.
—Tom, no sé si quiero ese cariño. El cariño es el primer paso al desastre.
—Respondió sardónico.
Marcus carraspeó:
—No me extraña que tu esposa sea la que ahora quiera mantener esa distancia.
—Negó con la cabeza.
—Como bien habéis dicho tengo la experiencia de Violet para que me sirva de
escarmiento—añadió mirándolo enfadado
—Vamos, Luc, esa excusa no es lícita ni contigo mismo. En primer lugar, lo
que había entre Violet y tú fue solo atracción física, un mero encaprichamiento que,
de no haberos casado, se te habría pasado en pocas semanas, incluso tú reconociste
eso antes de que ella falleciera. En segundo y más importante lugar, Camile no es
Violet. Es más, si me apuras, es todo lo opuesto a ella. No es la clase de mujer que
desprecia lo que se le entrega ni que devuelve el cariño que recibe con desidia o
traición. Es más, pondría la mano en el fuego a que jamás te engañaría ni te haría
daño. Conocemos demasiadas mujeres para no saber distinguir, a estas alturas, a las
que son como Violet y a las que, en cambio, son como Camile o como Holly. —Miró
a Thomas que asintió sonriendo.
—Pero ya que estás dispuesto a mejorar la situación. —Intervino de nuevo
Thomas—. ¿Por qué no empiezas por intentar que se encuentre un poco mejor en tu
presencia? Es capaz de bromear con todos menos contigo. Creo que no le agradas
mucho, sinceramente, puede que incluso menos que tu augusta madre.
Lucas se removió del asiento:
—¿No crees que exageras?
—En fin, tú mismo. —Se rio de nuevo —. Solo te digo que cuando está con
cualquiera puede sonreír y bromear y eso quiere decir que es capaz de relajarse y
sentirse cómoda con cualquiera menos contigo.
Este comentario de Thomas trajo de inmediato a su cabeza lo que ella le había
dicho “En cuanto a lo de sentirnos cómodos… bueno, hace tiempo que desistí de esa
idea” . Ella había desistido de sentirse cómoda con él y, por lo tanto, de relajarse, de
mantener una conversación más allá de lo puramente cortés o cordial y no podía por
menos que reconocer que durante semanas ella lo intentó pero él, una y otra vez, le
ponía freno a sus intentos, procuraba no alentarla y no por menos que hacía tiempo
que incluso había notado que ella permanecía callada y en las más de las veces se
retiraba en cuanto sabía que su presencia no era requerida ni necesaria. Solía
permanecer pocos minutos tras la cena y no había intentado iniciar conversaciones
con él desde tiempo atrás, no recordaba cuándo exactamente, pero ciertamente lo
había dejado de hacer. Debía resultarle frustrante, duro y posiblemente
desesperanzador, sentir día tras día que la persona que estaba a tu lado procuraba
apartarte cada vez que intentabas acercarte. Ella simplemente había desistido, le dijo.
Desistió de hablar con la persona que le había prometido ser un buen marido…
En ese instante le vino la imagen de Camile en su noche de bodas, su nerviosa e
inocente esposa sentada frente a él, desconcertada, claramente devastada al verse
rechazada sin más motivo y explicación que la cobarde excusa de darse tiempo y
llegar a conocerse y sentirse cómodos. Excusa que ella, menos de una hora antes, le
había arrojado a la cara del mismo modo que hizo él, con la pequeña diferencia de
que ella tenía motivos más que sobrados para hacerlo. Miró a Thomas entrecerrando
los ojos —No puedo por menos que reconocer la veracidad de esa apreciación pues
no he hecho más que empujarla una y otra vez en cuanto ella intentaba acercarse a mí,
de modo que es justo que ahora sea la persona con la que menos se sienta inclinada a
bromear, de hecho, con la que menos desee hablar.
—Realmente no la has tratado bien, ¿verdad?— Marcus preguntó sin atisbo de
reproche sino por mero interés. Lucas negó con la cabeza—. Pues arréglalo, Luc,
arréglalo antes de que sea tarde y te conviertas en tal extraño para ella que, al final,
tengas eso que en tu estúpida mente deseabas, un matrimonio de pura conveniencia
en la que tanto ella como tú seréis perfectos extraños. Además, siendo justos, no creo
que se lo merezca, Luc.
—Será mejor que dejemos el tema antes de que me sienta el ser más miserable
del mundo. —Dijo al fin cansado y sintiendo el peso en su cabeza de la realidad que
por fin había decidido afrontar.
Durante un buen rato estuvieron conversando relajadamente con sus copas en
las manos hasta que entró como un vendaval Samuel que sin mediar aviso se plantó
frente a su padre jadeante.
—Papá, Camy me ha pedido que te pregunte si podemos encargar dos trineos al
señor Lomber. Por favor, di que sí, di que sí. —Hablaba aceleradamente y saltando
ansioso—. Ha prometido tenerlos listos para el día que iremos a casa del abuelito
Arthur y así podremos correr con Charles y Francis.
Lucas lo miró un instante desconcertado:
— ¿El abuelito Arthur?
—El papá de Camy, el conde, ahora podemos llamarle así porque dice que es
también nuestro abuelo.
Charles y Francis le llaman abuelito y, y, —daba saltitos nerviosos—. Bueno,
Camy es nuestra nueva mamá, y, y, nosotros somos sus pequeños. El abuelito dice
que siendo los pequeños de su pequeña hemos de llamarle a él abuelito, y, y, por
favor. —alargaba pedigüeño las palabras —. Siempre hay premios para los ganadores
y con unos trineos nuevos podremos ganar. Di que sí.
Marcus y Thomas miraban con una sonrisa socarrona a Lucas ante la referencia
de Camile como su nueva mamá mientras Lucas suspiraba.
—Bien, no veo por qué no, pero tendréis que practicar un poco antes de
lanzaros en carreras.
Samuel se giró de golpe y se lanzó a por Thomas.
—Eso significa que habréis de cumplir la promesa.
Thomas estalló en carcajadas atrapándolo casi al vuelo.
—Lo haré, lo haré. Pero más te vale que le digas a ese señor Lomber que haga
trineos resistentes y veloces.
Samuel se rio escurriéndose de sus brazos y saliendo a la carrera.
—Lo haré, lo haré. Serán los más rápidos y bonitos.
Un lacayo cerró la puerta tras él mientras Thomas miraba a Marcus.
—Eso significa que deberemos empezar a recordar cómo se lanza uno colina
abajo. — Decía riéndose mientras Marcus asentía divertido.
—Deduzco que le habéis prometido a Sam enseñarle a deslizarse en trineo.
—Dijo Lucas mirándolos a ambos indistintamente.
—En realidad, tu esposa y esos dos trastos tuyos nos enredaron ayer tarde y
acabamos perdiendo una apuesta cuyo castigo era enseñarles a deslizarse lo bastante
rápido para vencer a los hijos de lord Carly.
—Aclaró divertido Thomas.
Fue entonces cuando llamaron con suavidad a la puerta pareciendo de
inmediato Ronald.
—Milord. —Decía con la reverencia—. Lord y lady Albanier y lord y lady
Carly, desean ser recibidos por sus señorías.
Lucas se levantó y asintió:
—Mande a buscar a mi esposa mientras yo les doy la bienvenida.
—Como guste, milord. Los hemos acompañado al salón amarillo.
Lucas asintió y miró a sus amigos:
—¿Me acompañáis? Al fin y al cabo dentro de dos días seremos todos sus
invitados.
Marcus y Thomas que ya se habían puesto en pie le hicieron un gesto relajado
de asentimiento con la cabeza y lo siguieron. Al entrar en el salón enseguida
saludaron a lord Albert, lady Marion, lord Charles y lady Stephanie
—Esperamos no importunar, más, regresamos de pasar el día en el pueblo y
hemos decidido aprovechar para acercarnos un momento y darles la bienvenida así
como para invitar a lord Samuel al pequeño paseo que los caballeros de la familia
solemos hacer al bosque en busca del árbol para el salón. —Dijo lord Albert sin
darles tiempo a contestar pues en ese momento hizo su entrada Camile que enseguida
dio un fuerte abrazo a todos, tras lo que Albert insistió—: Camy, le decía a milord si
consentiría en cedernos la compañía de su hijo para el paseo por el bosque, este año,
pensamos superar nuestro record. —Decía divertido mirándola con aire de juego
entre hermanos.
—Por favor, Albert, no crees falsas expectativas a las damas que luego
hacemos acopio de una enorme cantidad de elementos decorativos y acabamos
empleando la mitad para la decoración de otras partes de la casa.
—Eso es una crueldad, Camy. —Decía Albert sonriendo —. ¿Cuándo hemos
regresado con un árbol que no haga honor a nuestras damas?
Camile, Stephanie y Marion carraspearon a la vez y lord Charles se rio.
—Una respuesta dolorosamente unánime, Albert. —Se giró de nuevo a lord
Lucas y sus dos amigos—.
Permitan que les explique, caballeros, lo que realmente ocurre aquí. Las crueles
damas de esta familia, —
Miró de soslayo con una sonrisa falsamente inocente a las tres damas en
cuestión—, tienen una preocupante tendencia a la grandilocuencia a la hora de
describir sus deseos y sobre todo a magnificar los posibles ejemplares arbóreos que el
bosque de Mandershalls es capaz de producir, de modo que jamás podremos hacer
justicia a sus deseos ni a lo que sus elevadas imaginaciones son capaces de soñar.
Stephanie le dio un pequeño golpecito en el hombro mientras él se reía.
—Lo que mí no tan grandilocuente esposo quiere decir es que nosotros le
solicitamos un árbol lo bastante grande para que admita un mínimo de decoración sin
que se resquebraje y ellos suelen regresar con árboles que no llegarían ni a la
categoría de arbustos lo que nos lleva, año tras año, a solicitar el auxilio del
guardabosques que es el que finalmente nos proporciona un ejemplar digno de ser
calificado de abeto y no de ramajo inútil.
Las tres damas, como si estuvieren coordinadas, asintieron tajantes mirando a
los dos pobres lord Albert y lord Charles que se reían.
—Infamias y calumnias. —Decía lord Albert. Miró de nuevo a Lord Lucas —.
De cualquier modo, es una actividad francamente divertida y los niños se divierten
sobremanera y pensábamos que lord Samuel podría disfrutar acompañándonos.
—Estoy seguro que le encantará y, por supuesto, tienen mi permiso. —Contestó
Lucas sonriendo y mirando de soslayo a Camile que, sin embargo, miraba a sus
familiares—. ¿Quizás les apeteciere descansar un rato y tomar un té con nosotros?
Camile lo miró de soslayo, pero no dijo nada y fue de nuevo Charles quien
contestó: —Nos encantaría, más, hemos de declinar la invitación pues me temo mis
dos monstruitos se hallan dormidos y agotados en el carruaje. Solo queríamos
aprovechar el trayecto de regreso para saludar y hacer en persona la invitación.
—En ese caso, —Camile enlazó su mano en el brazo de su hermana
sonriendo—, os acompaño a la puerta y aprovecho para ver a los peques. —Miró a
los tres caballeros—. Si nos disculpan.
Dejó que su familia se despidiera y le acompañó a la puerta, pero antes de subir
de nuevo al carruaje su hermana la llevó sin muchas contemplaciones a un aparte y le
susurró —Camy, he de contarte una cosa, pero has de prometerme que no le dirás a
Charles que te lo he contado. —
Camile puso los ojos en blanco pues su hermana mayor era incapaz de guardar
un secreto más allá de los verdaderamente importantes pero el resto. Asintió sin
más—. Pues. —Miró por encima de su hombro cerciorándose que no las oían—.
Charles se encontró el otro día a lord Lucas saliendo de una joyería de Bow Street
justo cuando él entraba y como tenía curiosidad le sonsacó al dependiente que había
comprado un collar de oro y topacio como regalo de Navidad. —Camile abrió mucho
los ojos pensando que dudaba que fuere para ella pero, en el fondo un poco de
esperanza ante la idea de que se hubiere molestado en ir a buscar y elegir una joya
para ella, le hacía despertar de nuevo un poco la ilusión que hacía demasiado había
perdido—. Ay, Camy, —le decía su hermana abrazándola—, yo que empezaba a estar
preocupada porque ese hombre no fuera bueno contigo. Quizás haya decidido
rectificar su actitud.
Camile se desasió de su abrazo y la miró alarmada.
—Stephanie. —Murmuró—. ¿Cómo sabes qué? —se calló avergonzada pero su
hermana rápidamente la abrazó.
—Camy. Eres mi hermana y te conozco, no eres feliz y es evidente que ese
hombre es demasiado distante contigo, nunca te trata de modo cariñoso o cercano.
—La soltó y la miró con una sonrisa animosa—. Pero, no te apures, seguro que se ha
dado cuenta de que no puede seguir tratándote así y que no te merece.
Tiene que saber lo afortunado que es, y seguro ahora comprende que, de no
cambiar, te perderá. Estoy segura que todo cambiará Camy. Seguro ahora empieza a
ser más atento contigo. —Le dio un par de palmaditas en las manos que le había
tomado antes de darle un beso y añadir antes de despedirse—.
Siempre es bueno rectificar a tiempo, Camy. Escucha mis palabras, si empieza
a agasajarte y atenderte como debiere es que quiere empezar a cambiar contigo. —Se
rio—. Con suerte en un mes te empiece a regalar joyas de tu gusto, no topacios.
—¡Stephanie! No seas mala. —Le decía sin poder evitar sonreír ante el humor
de su hermana—. Vete de una vez o los dos monstruitos de Charles acabarán
abandonándote aquí por no dejarles dormir.
No pudo evitar sentir por un lado un hilo de esperanza pues quizás no llegare a
amarla ni siquiera a sentir cariño por ella, pero sí un poco de aprecio o afecto, sin
embargo, temía que no fuera cierto y que, ahora, tanto Charles como Stephanie
empezaren a preocuparse por ella, lo que añadiría otro peso más en su pecho, además,
de a su humillante situación. Hallarse en ella sin que nadie lo supiere era horrible,
pero que su familia comenzare a preocuparse por todo ello era terriblemente
mortificante. Caminó sin prestar demasiada atención a su alrededor llegando hasta
donde se hallaba la señora Prinfet ultimando los detalles de la cena que ella le había
previamente indicado y tras cerciorarse de que todo estaba bien subió hasta las
habitaciones infantiles para dar las últimas instrucciones a la institutriz y a la señorita
Anderson ya que el día siguiente tenían que terminar las maletas de los niños pues la
siguiente mañana, temprano, se trasladarían a Mandershalls.
Se acercó a Samuel que estaba dibujando en una esquina en su cuaderno de
dibujo.
—Sam. —Se agachó frente a él—. Has de ir a bañarte y ponerte la ropa de
cama antes de que la señorita Anderson os suba la cena. —Le iba diciendo mientras
lo tomaba en brazos y salía del cuarto de juegos con él—. Pero antes deberías bajar y
dar las gracias a tu padre por consentir que mañana te vayas de excusión con Charles
y Francis por el bosque a buscar un árbol de Navidad.
—Oh ¿de veras? —preguntó de pronto entusiasmado.
Camile lo besó en la mejilla antes de dejarlo en el suelo.
—De veras. Ve y dale las gracias y después sube a darte un baño calentito y
cenar. —El niño salió casi a la carrera riéndose—. No corras dentro de casa, Sam.
Sonreía sabiendo inútil su petición.
Cuando un par de horas más tarde entró en el salón en el que se encontraban
Marcus y Thomas charlando relajados con Priscilla y su marido, Jason, se acercó
tranquila.
—Buenas noches, milady, milores—dijo haciendo las cortesías.
Todos la correspondieron.
—Lady Camile. —la sonrió Jason—. He de darle las gracias por el conejito de
mis hijos, pues gracias a él les he sacado una promesa a Julia y Joshua de que se
comerán lo que les pongan en sus platos sin rechistar hasta el día mismo de regresar a
Londres.
Camile se rio.
—En ese caso, ha sido más útil que el de Viola y Samuel pues yo solo he
conseguido que se coman las verduras.
Jason se rio.
—Debiera haber regateado. No debe aceptar la primera concesión que les
saque, debe seguir un poco más y podrá lograr si se lo propone la Luna, pero, de
momento, ¿puedo ofrecerle una copa de jerez?
—No, no, muchas gracias, para mí aún es pronto para eso, esperaré a la cena, lo
que me trae a la memoria que he de decirle una cosa sobre ella a la señora Prinfet, si
me disculpan un momento. —Hizo una rápida reverencia pero sin tiempo a salir
chocó con Viola que entraba a la carrera buscándola—. Cielo ¿qué pasa?
—Preguntaba acercándose de inmediato.
—¿Puedo dormir contigo? —murmuraba—. En mi habitación hay ruidos y
sombras y…
Camile la tomó en brazos:
—Cielo, no estás acostumbrada a dormir en una habitación tan grande pero
dentro de unos días vuestras habitaciones estarán arregladas, mientras, —comenzó a
caminar hacia la puerta—, sí puedes dormir conmigo, al menos estos dos días, ya que
después marchamos a Mandershalls y allí dormirás en una de las habitaciones de
niños y si quieres podrás dormir con Cressinda.
Justo a la altura del primer escalón se encontró con el marqués.
—¿Ocurre algo? —preguntó con la vista fija en su hija en brazos de Camile—.
¿Viola?
La niña lo miró negando con la cabeza.
—No, milord, no os preocupeis, es solo que en su habitación hay un poco de
corriente y vamos a acomodarla en un sitio más confortable pues solo serán dos días.
—Voy a dormir con Camy. —Le informó tajante la pequeña.
El marqués miró a Camile entrecerrando los ojos.
—Salvo que lo crea inconveniente, milord. —Señaló ella sosteniéndole la
mirada desafiante.
—No, por supuesto, si ambas creen estar cómodas con esa solución.
Miró a Camile de nuevo con fijeza, pero ella desvió la mirada antes de darse
cuenta y subió con la niña a su dormitorio donde la acostó y bajó a tiempo para no
retrasar la cena.
En esta ocasión, charló animadamente con Brendan y con Priscilla e
intercambió algunos comentarios o frases con Marcus y Armony, pero de nuevo le
entró curiosidad por verla comer. Como durante el almuerzo, lo único que hacía era
probar casi por cortesía cada uno de los platos que le servían o simplemente
jugueteaba un poco con ellos. ¿Desde cuándo ocurría aquello? ¿Realmente había
perdido tanto peso como para que Marcus, Thomas y Holly lo notaren? No se podía
negar que era un esposo negligente si era incapaz de darse cuenta de ello porque su
falta de atención iba más allá del hecho de no compartir su cama con ella y no poder
medir sus curvas por desconocerlas íntimamente. Lo cierto es que llegaba hasta el
extremo de no percibir esos cambios en su esposa ni su estado de abandono, ya que,
él, la persona que debiere procurar su cuidado y protección, no hacía ninguna de tales
tareas y por lo tanto, era el responsable de toda esa situación y de su desmejora.
Cuando las damas se levantaron dejándoles con el oporto y el coñac la observó mejor
mientras salía del salón. Realmente estaba más delgada, pues recordaba el día que
solicitó su mano y tenía mejor aspecto. Había desaparecido algo en ella, ¿la alegría?
¿El brillo en los ojos? Estaba distinta, como Marcus le había dicho, definitivamente
no era feliz, no estaba a gusto en esa vida, en ese matrimonio. Empezaba a temer que
hubiere aplastado algo dentro de ella a lo largo de esos cuatro meses. Tenía que
empezar a esforzarse, tenía que tratarla mejor, procurar que se sintiere bien. Thomas
y Marcus habían dicho la verdad, ella era una buena y dedicada esposa y él había
pagado esa dedicación con absoluta indiferencia. Quererla no, pero podría tratarla con
algo de afecto. No le había prometido amor pero sí ser un buen esposo. Si no supiere
que no estaría bien acudir sin más a su cama ahora pues parecería un canalla sin
sentimientos, lo haría pero iría poco a poco acercándose a ella.
Tras unirse a las damas y tomar el té, se dividieron en grupos para jugar a las
cartas, pero ella prefirió la mesa en la que no estaba él, esperó a que él se sentare para
optar por la otra. Si no hubiera estado pendiente de sus movimientos, no lo habría
notado pero, sin duda alguna, ella parecía sentirse cómoda con todos menos con él,
bueno y siendo sinceros ni con su madre, pero en eso no podía culparla, incluso él
acababa saturado de su madre por poco que compartiesen tiempo. Fue pareja de
Marcus en el Whist y sin duda, bromeaba con él y con Priscilla y Jason. Sí, sí,
ciertamente se mostraba relajada con todos menos con él, al menos ahora era
consciente de ello. Para cuando se retiró, él seguía intentando recordar los momentos
pasados en su compañía los últimos cuatro meses, pero solo recordaba las cenas, las
recepciones o eventos a los que habían ido juntos y las personas con las que
coincidieron, pero apenas recordaba intercambiar más de dos o tres frases con ella.
Recordaba el momento en que veía su figura aparecer en el comedor de mañana, pero
apenas se hubo fijado en ella, después de tantos meses no era capaz de recordar gran
cosa de esos instantes, salvo que ella poco a poco parecía haber ido perdiendo la voz
en ellos y ya solo hablaba para informarle de las cosas de los niños, o para responder
a alguna pregunta que él le hiciera puntual sobre eventos o personas que creía de
interés y poco más y él nunca hizo intento alguno por hablar con ella o iniciar
conversación alguna de modo que había alentado más y más ese silencio.
Al día siguiente, al bajar al comedor de mañana, coincidió con ella en el
vestíbulo pues regresaba, al parecer, de montar. En ese instante tuvo que reconocer
que con esas mejillas encendidas por el esfuerzo y el frío y esa mirada brillante que
denotaba que había disfrutado del paseo, resultaba extremadamente atractiva. Le
sorprendió esa idea. Nunca se había molestado siquiera en pensar en ella como mujer.
Se había aferrado tanto a la idea de no coger cariño a Camile que, desde el principio,
no se hubo molestado en mirarla realmente. Tenía un espeso cabello castaño y los
ojos almendrados y puede que no fuere una belleza pero, desde luego, no estaba
desprovista de atractivo. Se sorprendió de nuevo ante esa idea o ese descubrimiento.
Aún flotaba en su mente esa especie de descubrimiento cuando ella se acercaba
camino de la escalera a cuyos pies él se hallaba y, de inmediato, lo percibió, fue muy
sutil, pero tan claro como una bofetada. La expresión completa de su rostro, de sus
hombros, todo en ella cambió. Se tensó, como si hubiere levantado un muro de
defensa ante su sola presencia. Desapareció la sonrisa natural y abierta que lucía al
entrar y fue sustituida por una meramente formal o de cortesía, sus ojos se
oscurecieron e incluso percibió cómo cuadró los hombros al verlo.
—Buenos días, milord.
Lucas sintió como una bofetada esa forma de referirse a él, pocas eran las
ocasiones en que le llamaba por su nombre y empezaba a darse cuenta de que las
veces que lo hacía era porque se sentía en la obligación de hacerlo.
—Buenos días, Camile ¿has disfrutado de tu paseo? —le dijo con una de sus
sonrisas más encantadoras.
—Mucho, milord. Me gustan mucho los caballos de Galvert Hills, tiene algunos
ejemplares magníficos.
—Cuando regresemos a Londres puedes decir en los establos que te envíen el
que desees y podrás comenzar a montar también en la ciudad.
De nuevo allí estaba esa expresión de asombro, de extrañeza, ¿quizás de
enfado? Se cercioró de borrarla de sus ojos y de su rostro con rapidez, pero él ya la
había notado antes de que ella contestare con un cortés:
—Muchas gracias, milord, sois muy generoso, pero no será necesario. Mi yegua
se encuentra en los establos de Galvert House. —Sin duda, algo se le había escapado
de aquello pues se sabía cometiendo un grave error pero no sabría decir cual—. Si me
disculpais. —Continuó ella—. Será mejor que suba a asearme y cambiarme pues he
de llevar a Samuel para reunirse con mi hermano y los demás y no quiero que, por mi
culpa, llegue tarde a su excursión en el bosque y no habéis de preocuparos, Albert,
Charles y Jefferson cuidarán muy bien de él.
—Estoy seguro de ello.
Sonrió intentando mostrarse más cordial con ella, pero no le dio oportunidad de
intentar acercamiento alguno pues subió de inmediato. Mientras entraba en el
comedor intentaba averiguar el motivo de esa expresión de asombro, ¿a qué se
debería? Le había sugerido llevarse una montura pues quizás le gustaría comenzar a
montar de vez en cuando en Londres también… ¿qué había de malo en ello? En ese
instante entró Armony y tomó asiento junto a él.
—Buenos días, Luc.
—Buenos días. —La miró con una media sonrisa—. ¿A qué milagro debemos
el que te halles levantada a estas horas?
Su hermana sonrió:
—Milagro no, hijo nervioso deseoso de ir a esa especie de excursión por los
bosques. Después de escuchar a Samuel contar a todos en la cena que iría a buscar un
árbol, Sebastian, ha decidido que si Samuel puede ir siendo dos años menor, él
también podría. Gracias a Dios, Lance es un poco más perezoso que su hermano
pequeño y ha decidido que tener que madrugar tanto no merece la pena. El caso es
que acabo de pedir a Camile que le deje acompañar a los varones de su familia y se
ha mostrado encantada, por lo que no puedo sino dar gracias a los cielos, ya que tener
que lidiar con Sebastian tras decirle que no hubiere podido ir, habría sido un martirio.
Últimamente no hace más que decir que tus hijos siempre tienen cosas divertidas que
hacer.
Lucas la miró sonriendo aunque en su interior sentía una punzada de
remordimiento pues también sus hijos habían notado una mejoría en manos de
Camile, demasiado grande a sus ojos, pues significaba entre otras cosas que mientras
estaban solos con él, algo de atención les faltaba de su padre y para eso no había
excusa, por mucho que se la inventare o la buscase
—No puedo sino reconocer que Viola y Samuel están muy contentos con
Camile y ella parece haber logrado que se comporten un poco más como niños que
son. —Su hermana sonrió tras su taza de té—. Había pensado dejar que Camile elija
uno de los caballos de los establos y que se lo lleve a Londres para montar, parece
que le gustan algunos de los ejemplares que tengo.
Armony sonrió.
—Sería un detalle pero ¿le ha pasado algo a la yegua de Camile? Si no recuerdo
mal era una magnífica pura sangre que su padre le regaló por vuestro compromiso y
que yo sepa es con la que monta a diario.
<< Maldita sea, debiera saber eso>>, pensó, << si hasta Armony sabía que
Camile montaba a diario con una yegua regalo de su padre ¿no debería él como su
esposo saberlo sin que nadie se lo dijere?
>>, era evidente el motivo del asombro de ella unos minutos antes.
—No, no. No le ha pasado nada, solo que no está de más tener otra montura por
si acaso—contestó someramente logrando que para su hermana pasare desapercibido
su estrepitosa ignorancia y metedura de pata.
Por Dios, cinco meses y no sabía que ella montaba a diario, o que no le gustaba
el té. ¿Qué fue lo que ella dijo el día anterior? “le conozco, milord, incluso mejor que
a mí misma…” ¿Y él? ¿Qué sabía de ella?
Démonos un tiempo para conocernos, le había dicho, ¿y que había hecho él? No
se había molestado lo más mínimo por ella y la había ignorado hasta el extremo de
que no sabía nada de ella. Durante esos meses ¿qué había hecho él? Pues valerse de
esa excusa para ganar tiempo para… en ese momento se le antojó absurdo y casi
cobarde el motivo o la razón y más el modo de conseguir la distancia que él quería
con ella.
Unos minutos después entraban Sebastian y Samuel como un vendaval en el
comedor, en el que ya se encontraban todos los demás habitantes de la casa menos su
madre, que hacía que le subieran una bandeja todas las mañanas, y Camile que debía
estar arreglándose para partir.
—Buenos días, papá. —Decía Samuel risueño dándole un beso en la mejilla.
Hasta en eso se notaba la mano de Camile. Sus hijos se mostraban más
cariñosos y abiertos con él.
—Camy me ha pedido que te informe que Seb y yo no almorzaremos aquí y
que, —se mordió el labio—.
Umm, se me ha olvidado. —Miró a Sebastian que extendía encima de la mesa,
delante de su padre, un puñado de artilugios que sacaba de una pequeña cesta que
llevaba colgada de un hombro parecida a las de los pescadores—. Seb ¿qué era lo que
teníamos que preguntar?
Sebastian lo miró y después a su padre:
—Si cuando regresemos del bosque podremos aceptar la invitación a
“merendar” en la casa del guardabosque.
Lo interrumpió entusiasmado Samuel:
— ¡Eso, eso! Camy dice que está segura que nos invitarán a “merendar” en casa
del viejo guardabosque.
Dice que el de Mandershall está casado con una señora que ese día prepara para
los nietos del abuelito Albert, galletas, chocolate y asa las castañas y que los
comeremos alrededor de la chimenea mientras el viejo guardabosques cuenta
historias ¿podremos? ¿Podremos? —Movía los pies, nervioso, a su lado.
Lucas se rio ante la cara de puro nervio de su hijo. Lo tomó y lo sentó en sus
rodillas.
—Podéis, podéis. —Tomó la cesta que le colgaba del hombro y la abrió—.
Dime que llevas en esta cesta.
Samuel se rio y empezó a sacar, al igual que Sebastian, un montón de artilugios.
—Pues, Camy nos ha ayudado a prepararla. Llevo una correa de cuero y unas
cuerdas porque Camy nos ha dicho que lo primero que haremos será buscar palos
para hacer tirachinas y que lord Albert nos los fabricará con esto. —Se rio—. Es para
hacer guerras de bolas de nieve en el bosque. —Lo miró pícaro—. Y
después estas cuerdas y cueros son para que nos enseñen a fabricar cosas con
las que alcanzar las ramas de los árboles y obtener piñones y otras cosas, y, esta tela
es para hacer sacos donde meteremos las castañas y los piñones que cojamos, y, aquí
llevo bizcocho y galletas por si tenemos hambre que nos han hecho en las cocinas.
Lucas se reía.
—Está bien, está bien. Veo que vais bien pertrechados para la batalla.
Samuel frunció el ceño:
—Pero Camy no me deja llevar navaja.
Lucas sonrió.
—Y hace bien, Sam. Aún eres demasiado pequeño para una, puedes hacerte una
herida grave por tu inexperiencia.
Samuel resopló.
—Ya soy un niño grande. —Alzó un poco una pierna—. Llevo las botas de
niño grande que compré con Camy y, —se abrió ligeramente el abrigo—, también el
jersey de niño grande.
Lucas sonrió.
—Y vas muy elegante con tu atuendo campestre, más, aún has de crecer un
poco para las navajas.
De nuevo Samuel resopló cerrando la cesta que de nuevo había llenado con sus
“enseres de cazador”
como los llamó Sebastian.
Ronald apareció en la puerta.
—Disculpen. —Decía haciendo su formal cortesía—. Lord Samuel, lord
Sebastian, el carruaje está listo.
Los dos pequeños ni esperaron a que se les dijese más salieron a la carrera con
un simple adiós.
—Empiezo a compadecerme de lord Albert y sus cuñados. No saben la que les
espera. — Thomas se reía—.
Dos ansiosos más que unir a esa extraña partida de caza de árboles.
Aún se reían cuando Viola, vestidita como una damita elegante, se colocó junto
a su padre y como Samuel le saludó con un beso.
—Papá, ¿puedo acompañar a Camy al pueblo? Cuando dejemos a Sebastian y a
Sam ha de ir al pueblo a encargar varias cosas y se me había olvidado comprar un
regalo a Cressinda. ¿Puedo ir y comprarle algo en alguna de las tiendas del pueblo?
Por favor.
Lucas la sonrió y asintió:
—Puedes, pero pórtate bien.
En cuanto la niña salió del comedor, Thomas se inclinó ligeramente hacia él
que se hallaba sentado a su lado y le murmuró:
—Luc, ¿no se te ha ocurrido pensar que es una oportunidad de galantear un
poco a tu esposa? Pasear por el pueblo relajados con la única compañía de Viola y
llevarlas de compras. —Alzó la ceja impertinente.
Lucas lo miró entrecerrando los ojos pues realmente no era mala idea. Sería una
forma inocente y sin muchas complicaciones de acercarse a ella, además, estando
Viola, no lo despacharía sin más.
—No es ninguna mala idea encontrarme con ellas en el pueblo. —Murmuró.
Thomas le sonrió negando con la cabeza.
—Menudo galán de tres al cuarto estás hecho. —Murmuraba conteniendo una
carcajada.
Dos horas después tras ver su carruaje con el blasón dejó su caballo en manos
de su cochero y se encaminó a buscar a Camile y Viola hallándolas unos minutos más
tarde saliendo de una tienda y varios paquetes en las manos que se apresuraron a
dejar al lacayo que esperaba en la puerta, al girarse, Viola lo vio y corrió riéndose
hacia él.
— ¡Papá! —Gritó antes de que la aupase para tomarla en brazos —Hola, cielo,
¿has hecho muchas compras? —Preguntaba regresando junto a Camile que lo miraba
manteniendo la compostura.
—Hemos comprado telas y cosas para el cuarto de juegos y el aula de clases y
antes hemos comprado pizarras, cuadernos, ceras y pinturas.
—Así que te estás divirtiendo.
La niña se rio.
—Nunca he comprado mis materiales, es divertido.
—Me alegro, cielo. —Miró a Camile que se hallaba frente a él y aún mantenía a
Viola en brazos—. ¿Os importa que os acompañe? He terminado lo que venía a hacer
y creo que yo también querría divertirme. —
Miró a Viola sonriendo.
—Vamos a tiendas de fruslerías femeninas, lazos y ese tipo de cosas, milord.
No creo que vayáis a divertiros mucho. —Señaló Camile con clara intención de
desanimarlo en aquélla extraña idea de acompañarlas.
—¿Qué no me divertiré? Al contrario, una tienda llena de cosas con las que
agasajar a dos damas elegantes, ¿qué más podría pedir?
Camile lo miró unos instantes claramente conteniendo una réplica, pensó Lucas
que sonreía al saberla incapaz de negarse y desilusionar a Viola con ello. La vio
suspirar disimuladamente —Como gustéis, entonces. —Señaló con la mirada la otra
acerca—. Hemos de ir un poco más allá.
Lucas asintió y dejó a Viola en el suelo, pero tuvo que reconocer la destreza de
Camile que viendo su intención de ofrecerle el brazo tomó de una mano a Viola
mientras la sonreía.
—Coge de la mano a tu padre, nena, vamos a cruzar y la calle esta desnivelada.
Lucas sonrió tomando la mano de Viola que quedaba de ese modo entre ellos.
Muy, muy hábil, reconoció admirado. No, no iba a darle oportunidades sin más.
Sonrió.
—Bien, señoras, a por lazos y fruslerías pues. —Dijo con aire desgarbado y la
supo conteniendo esta vez una sonrisa. Quizás no se le hubiere olvidado como
galantear a una dama después de todo.
—Peque, recuerda. —Le decía Camile a Viola acercándose a la tienda —.
Antes de tocar nada debes indicarle a la dependienta que deseas verlo. No has de
preocuparte, estará deseando enseñarte la tienda entera con tal de que te guste su
género.
Lucas la sonrió, realmente se le daba francamente bien el papel de madre,
acababa de aleccionar a Viola de un modo muy agradable, le hablaba con dulzura y
amabilidad, comprendiendo que Viola, desde pequeña, las lecciones las había
recibido de su abuela que tendía a dar órdenes secas, no hagas esto, haz esto otro.
—¿Puedo pedir que envuelva el regalo de Cressinda en un paquete bonito?
—Puedes, pero ahora que has aprendido a hacer lazos bonitos y paquetes con
papel de seda, podrías envolverlo tú como mejor te parezca. Si quieres compramos un
lazo y un papel bonito que tu elijas y esta tarde te ayudo a terminar de envolver los
presentes de lady Armony y lady Priscilla y, también, el de Cressinda.
Viola asintió sonriendo justo antes de llegar a la tienda cuya puerta él se
apresuró a abrir y sostener para que ambas pasaran sin dejar de sonreír como un
seductor arrogante a Camile.
—Buenos días, señora Fextan.
Camile saludó sonriendo a la oronda mujer tras uno de los mostradores de
aquella tienda, efectivamente llena de lazos, encajes y fruslerías femeninas
—Buenos días, milady. —Contestó sonriéndola pero en cuanto tras ella
apareció Lucas pareció quedarse petrificada—. Milord. —Tartamudeó y él pudo
escuchar el suspiro de Camile y casi pudo verle alzar los ojos al cielo.
Lucas se iba a divertir en esa tienda pensó porque ella no podría sin más hacerle
un desplante ni tampoco contestarle como a buen seguro querría en más de una
ocasión.
—Buenos días.
La correspondía sonriendo como un pirata y haciendo una ligera inclinación de
cabeza mientras miraba de soslayo a Camile que se azoró ligeramente. Después miró
con una sonrisa petulante y vanidosa a la señora y con un tono despreocupado dijo
antes de que Camile tomare las riendas de la situación.
—Me temo que, por una vez, va a ver su tienda invadida por un caballero,
señora… Fextan. —Recordó al instante el nombre empleado por Camile—. Más, no
se apure, prometo no estorbar y dejar que mis damas sean las que lleven las riendas
de la situación, apenas notará mi presencia, lo prometo. —Vio como Camile se
mordía el labio inferior y lo miraba entrecerrando los ojos. Lo había calado, pero aun
así sabía que había de dejarle hacer sin decir nada, así que tomó a Viola y la sentó en
uno de los mostradores diciendo—. Bien, cielo, ¿qué te gustaría ver? —miró alzando
la ceja a Camile y añadió con una sonrisa de clara diversión—. ¿Y tú, querida? ¿Con
qué me permitirás tentarte?
Si las miradas matasen habría caído fulminado en ese instante, pensó
conteniendo una carcajada, más cuando escuchaban las exclamaciones entusiastas y
nerviosas de la pobre señora que no iba a dejarlos salir de allí, después de eso, sin
enseñarles toda la tienda. Camile tomó aire y se puso junto a Viola al otro lado de
donde permanecía él que la había sentado de modo que los tres estaban en un
mostrador que iba a obligarlos a permanecer juntos mientras les mostraban las cosas.
—Nena ¿por qué no empiezas por los lazos y cintas para el cabello? Querías
regalar uno a Cressinda.
Viola asintió —Cintas de terciopelo, o de satén. —Camile carraspeó
suavemente—. Por favor. —Añadió de inmediato Viola.
La señora Fextan sonrió y se fue corriendo a un lado de la tienda. Camile miró a
Lucas, << quizás lo que dijo Stephanie ayer fuere cierto y querría rectificar, quizás
debía darle un poco de margen a ver si era cierto ¿qué tenía que perder? Más
indiferente no se iba a poder mostrar con ella que hasta entonces…>> Suspiró para
su interior pues había de ir con mucho cuidado, quizás si tenía aún mucho que perder.
La señora Fextan volvió con infinidad de cosas y durante veinte minutos
disfrutó viendo a Camile controlar el entusiasmo de la oronda señora con amabilidad
y demostrando que sabía conducir con cariño a Viola controlando que no perdiese la
cabeza ante tanto objeto llamativo ante sus ojos.
—Bien, cielo, entonces, ¿te has decidido? —Preguntaba Lucas que
sorprendentemente no había parado de reírse viendo a Viola perder el oremus ante
todo lo que le mostraban, a la señora Fextan loca de contenta al tenerlos de clientes, y
a Camile controlándolas a ambas con mucha sutileza y maña.
Viola asintió:
—El lazo y la cinta de terciopelo verde para Cressinda. —Miró a su padre—.
Tiene los ojos verdes como su papá, aunque es igualita a tía Amelia.
Lucas sonrió.
—Un bonito detalle y qué me vas a dejar comprarte.
Viola sonrió.
—Los amarillos, los amarillos. —Camile disimuladamente, mirando a Lucas,
negó con la cabeza y le señaló los azules.
—No sé, cielo, a mí me gustan más los azules pues tus ojos son azules.
Viola lo miró un segundo y después asintió sonriendo.
—Azules, azules.
—Viola. —Decía Camile bajándola del mostrador donde ella, por su parte,
había hecho también sus selecciones—. Ve a ese estante de allí y escoge los lazos que
más te gusten y, después, del que está justo al lado, los papeles y telas que creas más
bonitos para envolver tus presentes. Puedes tomar cuantos te gusten, nunca sobran así
que puedes tomar los que gustes sin mesura.
—¿De veras? —preguntó ella con los ojos enormes y, cuando Camile asintió,
salió a la carrera al otro lado de la tienda.
Camile se enderezó y miró a la señora Fexton.
—En fin, ya lo ha oído, señora Fexton, los verdes y azules y todo esto de aquí y
el corbatín para mi pequeño Samuel para que esté elegante la mañana de Navidad
como me ha ordenado esta misma mañana.
Le acercó lo que ella había seleccionado y la señora se apresuró a tomarlo todo
para envolverlo, contenta de su venta. Camile se giró y vigiló en la distancia a Viola
que tomaba por doquier lo que podía.
—Un poco temerario dejar que ataque sin mesura esos dos estantes. —Decía
Lucas acercándose a ella sin dejar de sonreír
Camile se encogió de hombros sin apenas mirarlo y centrando su atención en
ella.
—Viola tiene un gusto francamente excelente, muy desarrollado para su edad y
tiene buen ojo con los colores y las combinaciones pero aún tiene manos de niña
pequeña y por cada lazo y papel que consiga que queden bien envueltos, le aseguro
que tres acabaran destrozados. Mejor que tenga una buena provisión para que no se
sienta mal por quedarse sin ellos.
Lucas se rio.
—Muy precavida. Pero, en ese caso, ¿por qué no me ha dejado comprarle los
lazos amarillos?
—Porque a lady Lucila no le gusta el color amarillo y cada vez que la ve con
algo de ese color, se lo critica y si se lo compra hoy querrá estrenarlo de inmediato,
prefiero dejar que lleve cosas de otro color cuando sé que no la verá milady.
Lucas entrecerró los ojos.
—Los niños no se sienten a gusto con mi madre ¿no es cierto?
Camile lo miró.
—No diría tanto, pero es comprensible, yo tampoco me acababa de acostumbrar
a mi abuela paterna, era muy estricta y severa con las normas, aunque también se
mostraba complaciente con todos nosotros. Son distintas generaciones. No ha de
tenérselo en cuenta más de lo necesario. Pero, ciertamente, no debiere esperar de
niños tan pequeños el comportamiento de un adulto ni reprenderlos tan firmemente al
no recibirlo. Pero, como indicaba, son distintas generaciones y es de suponer que a
nuestros abuelos los educasen de un modo distinto.
Lucas la sonrió, pero no pudo decir más pues regresó Viola con las manos
llenas de cintas y habiendo dejado encima de un estante el enorme montón de papeles
que había escogido.
—Creo que estos son los más bonitos. —Decía estirando los brazos para
dárselos a Camile que se rio.
—Estoy segura, nenita. Ve a por los papeles para que la señora Fexton pueda
envolverlos.
Salió corriendo y Lucas se reía.
—Eres consciente de que ha tomado uno de cada color y dibujo ¿no es cierto?
Camile se rio.
—Lo había supuesto en cuanto la he visto ir uno por uno tirando de las puntas
de cada rollo. Creo que ha decidido que lo mejor es no hacer prisioneros.
Los dos se rieron viendo el enorme revoltijo de cintas que dejó en el mostrador.
—¡Ya está! —La voz de Viola los hizo girarse para encontrársela con los dos
brazos extendidos sobre los que había un buen alijo de papel de seda y retales de tela
—. Estos son los que más me gustan.
Camile y Lucas intercambiaron una mirada pues era evidente que había hecho
lo mismo que con los lazos.
Lucas los tomó y los dejó en el mostrador y después la tomó a ella y la sentó en
el borde.
—Bien, pues, en ese caso, salvo que quieras que nos llevemos también a la
señora Fexton, creo que podremos por dar por concluida tu compra en este instante.
Viola se reía pegando la mejilla al pecho de su padre que quedaba a su altura
estando ella subida allí.
—Pero ahora hay que ir a la confitería. Sebastian y Samuel van a tomar dulces
con el guardabosque así que nosotros vamos a hacer nuestra merienda también.
—Miró a Camile—. Y tendremos esos bizcochos del señor Frullier y hemos de
comprar los dulces y caramelos para el árbol.
Camile asintió ligeramente mientras hacía un ligero gesto al lacayo de la puerta
para que entrase y tomase los paquetes y Lucas se apresuró a pagar sabiendo que ella
pretendería una excusa para hacerlo salir y después despedirlo.
—Bien. —Dijo en cuanto despachó con la señora Fexton sabiéndola a su
derecha mirándolo ceñuda. Tomó de nuevo a Viola en brazos y miró a Camile—. En
ese caso, ¿nuestra próxima parada es la confitería del señor Frullier?
Viola se apresuró a contestar —Sí, sí.
Camile asintió resignada y más resignada fue su expresión cuando ya en la calle
tras despedirse de una muy sonriente señora Fexton, él tomó a Viola de la mano
colocándola en el lado contrario en el que se hallaba Camile y ofreciéndole
rápidamente el brazo que no pudo sino aceptar depositando su mano de inmediato en
su manga suspirando y mirándolo ceñudo pero él le devolvió una sonrisa desafiante,
triunfante y algo engreída.
—Bien, mis damas, díganme que es eso de comprar caramelos para el árbol.
Camile lo miró ligeramente caminando a su lado.
—Bastones de caramelo, bolsitas de caramelos de distintos sabores, algunas de
mazapanes y unas galletas de jengibre con formas diversas para decorar el árbol y que
la mañana de navidad los niños. —Hizo una mueca—. Y siendo justos, también los
adultos, podrán coger y comer.
—Entiendo, ¿y la merienda?
—Ronald ha prometido que nos pondrá, en el salón grande, una alfombra con
cojines y podremos hacer un picnic. —Sonrió Viola—. Vamos a comprar dulces
como los del desayuno.
Lucas miró a Camile alzando la ceja:
—Como los de los famosos desayunos del señor Frullier. —Aclaró.
Lucas se rio.
—Dios mío, hace años que no pruebo uno. —La miró francamente divertido—.
Me encantaban sus buñuelos rellenos.
—Aún los hace, y las tartaletas de miel que ponía cuando ya no había forma de
comer más después de todo lo que nos había servido. —Se rio Camile.
Lucas sonrió pues era la primera vez en muchas semanas que realmente volvía
a hablar con él, claro que era la primera vez que él se lo permitía o la instaba a
hacerlo.
—No vengo desde hace años —Decía nada más cruzar la puerta de la confitería
inundándose de inmediato de los olores tan reconocibles por su memoria —. Pero
todo parece igual.
Camile asintió —Lo que es perfecto no ha de cambiarse. —Contestaba
sonriendo pero mirando a Viola a la que había tomado de la mano y caminaba delante
de él unos pasos —Buenos días, milady —La saludó y sonrió efusivo el ya ajado
señor Frullier y después miró a Viola con una enorme sonrisa—. Buenos días, lady
Viola, me alegra tenerla de vuelta en mi establecimiento.
Viola se reía corriendo al mostrador:
—Veníamos a por los caramelos del árbol, y a por dulces para hacer una
merienda.
El señor Frullier que se había inclinado un poco sobre su mostrador de cristal
para verla se reía: —Umm, dulces para una merienda, eso suena estupendo. —Miró a
Camile—. Los caramelos y las galletas que encargasteis están listos, milady.
—Gracias, señor Frullier. No puedo por menos que considerarme afortunada,
sus caramelos son una de las mejores cosas de la navidad.
El hombre se rio encantado.
—Bien, estimada lady Viola. —Centró de nuevo la atención en la niña—. ¿Y
qué habíais pensado para vuestra merienda?— Había salido del mostrador para
guiarla por la exposición de dulces.
—Los bizcochos del desayuno. El de chocolate, y el de caramelo, y el de
crema, y …
Camile la interrumpió riéndose:
—Creo, señor Frullier, que lo mejor sería que nos pusiere una selección, para
unas diez personas, pero incluya pasteles y dulces para cuatro golosos niños.
El señor Frullier asintió sonriendo. Lucas que había permanecido un poco
apartado intervino entonces: —Buenos días, señor Frullier.
—Milord. —El buen hombre le sonrió cordial recordándole seguro como otro
de los niños que acudía asiduamente allí a por sus dulces
—Como, al parecer, las dos damas le han hecho un encargo que tardarán un
poco en empaquetar, sugiero —
miró entonces a Camile y a Viola que estaba a su lado— que mientras
esperamos, degustemos uno de esos deliciosos bizcochos y un poco de la sabrosa
empanada de carne que solía preparar.
Camile asintió sabiendo que no podía desairarlo y menos desilusionar a Viola.
—Sería agradable, nos sentaremos en una de las mesas de aquí dentro pues aún
hace demasiado frío para permanecer fuera.
El señor Frullier asintió sonriendo haciendo un gesto a una de las ayudantes que
tenía tras el mostrador.
Camile se agachó y le susurró algo a Viola que se giró y salió tras el señor
desapareciendo detrás el mostrador
Lucas se acercó y la tomó del codo para guiarla a la mesa.
—¿Dónde ha ido?
Camile sonrió tras tomar asiento y empezó a quitarse los guantes, lo que era un
gesto de confianza al lugar en el que se hallaban.
—Le he sugerido que corra tras el señor Frullier para que le enseñe la casa de
galleta antes de que la envuelva pues irá, juntos con los caramelos, mazapanes y
galletas, directamente a Mandershalls y no tendrá oportunidad de verla hasta la
mañana de navidad ya que es lo único que no se pone en el árbol hasta entonces.
Cooker, la cocinera de la casa, la esconderá en una urna de cristal hasta entonces. Es
uno de los premios para los vencedores de trineos.
Lucas sonrió.
—De ahí que Samuel esté tan empeñado en ganarlas.
Camile miraba al mostrador.
—Sospecho que él pretende más hacerse con las espadas de juguete o con la
catapulta en miniatura.
Lucas estalló en carcajadas:
—No puedo imaginármelo. —Decía mientras les servían las cosas en la
mesa—. ¿Una catapulta en miniatura?
—Eso comentó mi padre hace unos días. —Tomó aire—. Siempre hay regalos
para los niños que nos lanzábamos en trineo. Ahora son regalos para los nietos, la
casa de galletas y tres juguetes que mi padre encarga, desde que éramos pequeños, al
señor Lomber y, ahora, a su hijo que es un excelente carpintero, pero también tallista.
Con los años, los juguetes se han seleccionado en función de quienes podían ser los
ganadores. Cuando éramos pequeñas había cosas que nos gustarían a nosotras y a
Albert, pero, ahora, como Cressinda aún es pequeña, se decanta por juguetes que
gusten a Charles a Francis y este año también a Viola y Samuel, de modo que,
presumo, habrá una espada para dos de ellos, la catapulta para el tercero y la casa
para Viola.
—Un detalle que he de agradecer. Lord Arthur parece haber incluido con
facilidad a Viola y Samuel en su familia.
De nuevo ella se encogió de hombros y miró al mostrador.
—Jane, por favor, ¿puedes decir a lady Viola que salga pues la mesa está lista?
Una joven desapareció tras una leve reverencia.
—¿Conoces a todos los del pueblo? —Preguntó acomodándose en la silla de
modo relajado.
—No, no creo que a todos, pero sí a la mayoría. Tengo veinticinco años y he
pasado la mayor parte de ellos aquí. …—Bajó un poco la voz—. De cualquier modo,
Jane es hija del molinero de Galvert Hills, debiera conocerla, milord, y estuvo en la
visita que le hicimos a sus padres. Dejó que Samuel y Viola jugaren con los pollitos y
patos de la granja y —Se mordió el labio para detenerse.
Lucas la miró entrecerrando los ojos —¿Y?
Camile gimió.
—Y. — miró por encima de su hombro para asegurarse que Viola no había
aparecido —. Cuida del cachorro de Teckel que mi padre va a regalarles por navidad
y que aún no está destetado.
Lucas estalló en carcajadas:
—Mi madre va a odiar a tu padre. —Camile lo miró con los ojos abiertos sin
comprender—. Odia los perros. Nunca nos dejó tener uno en casa y los perros de caza
de mi padre habían de quedarse en una de las granjas de Galvert Hills porque ella los
prohibía.
Camile se sonrojó:
—Oh… —enderezó la espalda y suspiró—. Pues ahora tendrá que conformarse
porque yo no pienso quitarles su perrito una vez lo tengan en las manos.
Lucas estalló en carcajadas mientras Viola, que regresó corriendo, se
encaramaba a sus rodillas.
—Papá, es preciosa, una casita entera de dulce y tiene las tejas hechas de
chocolate como la puerta y la valla…
Hablaba mientras él se recuperaba de su ataque de hilaridad.
Camile la sonreía pasándole un plato con un poco de empanada y de bizcocho
con un vaso de leche caliente y a continuación le sirvió a él otro plato y un té.
—Y, además de ser preciosa, estará deliciosa, te lo aseguro.
Lucas degustaba la empanada fijándose en ella, pero solo tomó un trozo de
bizcocho poniéndolo en su plato sin probarlo siquiera dedicándose a dar de comer a
Viola y a atenderla. No, definitivamente, no comía mucho y debiere empezar a
instarla a hacerlo y por mucho que deseare hacerlo allí, no iba a colocarla en una
situación comprometida con personas que, aunque inferiores en rango, la conocían
desde hacía mucho tiempo.
—Papá. —De nuevo Viola centró su atención—. ¿Podemos llevarnos una bolsa
de caramelos de menta para Ronald?
Lucas frunció el ceño y miró a Camile que sonrió inocente lo que le hizo
sonreír pues era una absoluta calamidad fingiendo.
—Caramelos de menta para Ronald, hum hum.
Miraba de nuevo a Viola alzando la ceja sosteniéndole la mirada hasta que bajó
ligeramente la vista —Bueno, es una especie de soborno. —La ayudó Camile—. Por
cuidar el conejito mientras estemos en Mandershall. A Ronald le encantan los
caramelos de menta.
Lucas estalló de nuevo en carcajadas:
—A ver si lo entiendo ¿vais a convertir a Ronald en cuidador de un conejito a
cambio de caramelos de menta? —se reía negando con la cabeza—. ¿Y de verdad
aceptará?
Viola se rio tapándose la boca con las dos manos y asintiendo: —A veces nos
cuidaba mi gatito cuando nos íbamos de paseo al parque si le traíamos caramelos de
menta o de regaliz.
—¿Gatito? —miró Lucas a Camile que gimió.
—Bueno, no es suyo, solo lo cuidó unos días hasta que Amelia se lo pudo
regalar a Cressinda y como es hembra y la estuvo cuidando, la han llamado Viola.
—Entiendo. —Miró a Viola con una sonrisa—. ¿Caramelos de menta o de
regaliz, verdad? —Viola de nuevo asintió riéndose y tapándose la boca con las dos
manos—. Está bien, dile al señor Frullier que te dé una bolsa grande de caramelos
para Ronald, pequeña maquinadora, así puedes estar segura de que cuidará de tu
conejito con dedicación.
Viola saltó de la silla y corrió al mostrador mientras Camile suspiraba viéndola.
—Tiene la misma costumbre que Samuel de ir con prisas a cualquier sitio.
Lucas la miró unos minutos mientras ella vigilaba a Viola que estaba volviendo
loca a una de las dependientas del señor Frullier eligiendo uno por uno los caramelos
como si en realidad no fueren todos idénticos. Hasta que llegó al treinta y seis y se
paró y entonces lo comprendió empezando a reírse.
—No me lo puedo creer. —Camile lo miró—. Estás dejando que vuelva loca a
esa pobre muchacha para comprobar hasta donde sabe contar.
—Sshh. —Lo reprendió y bajó la voz—. Sabe contar hasta cien, pero se traba
en unos números concretos y he insistido a su institutriz que realice juegos con los
que la obligue a contar para que los afiance sin darse cuenta.
Lo miró ceñuda antes de volver a mirar a Viola que había conseguido continuar
sin ayuda. Lucas de nuevo se rio.
—Deduzco que dejarás que le compremos a Ronald cien caramelos de menta.
Camile lo miró de soslayo con una sonrisa maliciosa.
—Cien de menta y cien de regaliz.
Lucas estalló en carcajadas:
—Gracias a Dios podemos esperar sentados. —Decía estirando las piernas
acomodándose en la silla en completo relajo.
—No sé yo, quizás debiere ayudarla a contar. —Lo miró un segundo alzando
las cejas—. Nenita, tu padre quiere contar contigo, pues dice que conmigo se aburre y
lo que haces le parece sumamente divertido.
Viola sonrió y se plantó en un suspiro frente a su padre tirando de él hasta
ponerlo en pie y mientras caminaba hasta el mostrador con Viola la miró de perfil y le
dijo sonriendo —Eso ha sido muy, pero que muy cruel. —De nuevo le sonrió
inocente.
Cuando una hora después se hallaban en el carruaje con sus compras y sus
dulces para la tarde, Viola sentada en su regazo con sus dos grandes bolsas de
caramelos le contaba con detalle su visita a los arrendatarios mientras Camile
permanecía en el asiento de enfrente aparentemente distraída mirando el paisaje.
Lucas se reconoció divertido con esa salida y con una Viola mucho más dicharachera
de lo que él recordaba. Para cuando llegaron a la mansión ya les esperaba Ronald en
la puerta con dos lacayos que rápidamente bajaron los paquetes tras ayudarles a bajar
y tras las instrucciones oportunas de a donde llevar cada cosa, Camile entró con Viola
de la mano. Se agachó al pie de la escalera y le señaló calmada: —Sube a asearte y
cambiarte y después reúnete para el almuerzo con tus primos. Más tarde subiré a
ayudarte a envolver los presentes y a terminar tu baúl antes de la merienda. —bajó la
voz y le añadió—: Antes de la cena, tú y Samuel le daréis sus caramelos a Ronald.
Viola asintió antes de despedirse de su padre y subir presta. Camile se giró e
hizo una rápida reverencia: —Si me disculpáis, milord, voy a asegurarme de que todo
está bien antes de subir a asearme y cambiarme para el almuerzo.
Lucas asintió con amabilidad y la dejó marchar y al girar se encontró a Thomas
y Marcus mirándolo desde la puerta de uno de los salones. Se acercó a ellos pues era
evidente que querían preguntar.
—¿Y bien?
—Desde luego no se puede negar que sois inquisitivos, ¿ni siquiera me ofrecéis
una copa antes de interrogarme?
Thomas sonrió dirigiéndose servicial al mueble donde se hallaba la bandeja de
las bebidas y mientras le entregaba la copa insistió:
—¿Y bien?
Lucas negó con la cabeza.
—Bien, muy bien, reconozco que me he divertido.
—Estupendo, pero lo que nos interesa es si has conseguido ganártela un poco,
cabeza hueca. —Señalaba Marcus en tono jocoso y riéndose entre dientes.
Lucas iba a contestar que sí pero lo cierto es que no lo sabía y, si lo pensaba
bien, era ella la que había conseguido ganárselo un poco a él… curioso.
—Creo que voy en el buen camino. —Contestó sencillamente.
—Bien, bueno, supongo que ya es algo. —Thomas sonreía negando con la
cabeza tras su copa mirando de reojo a Marcus.
—Reconocerás que empiezas a ser consciente de tu fortuna. —Marcus sonrió
de igual modo a su amigo alzando las cejas en dirección a Lucas.
—No es necesario que os volváis tan impertinentes y sí, siguiendo el hilo de tu
impertinente comentario, no estoy inconsciente de ello. —Dijo con sarcasmo en la
voz antes de ponerse en pie y dejar la copa en la mesa—. Y si me disculpáis creo que
subiré a asearme y cambiarme para el almuerzo.
Salió de la sala escuchando la risa sorda de sus dos amigos a su espalda.
Durante el almuerzo conversó relajada con Marcus y con Priscila y, de nuevo,
apenas si probó la comida, pero al menos ya no lo miraba furiosa, claro que tampoco
es que lo mirase demasiado y eso sí empezaba a molestarle, más cuando, al unirse a
las damas, tras el almuerzo, ella de inmediato se disculpó y se marchó. Desde luego él
había propiciado que ella estuviere siempre ocupada para no solo servir a sus
propósitos sino también para mantenerla alejada y ahora no podía sino ver los frutos
de meses actuando de ese modo. Suspiró para sus adentros viéndola alejarse. Al
menos, una cosa buena iba a tener estar en casa del conde unos días. Ella no tendría
que ocuparse de los detalles de la casa ni de atender a los invitados pues ello
correspondía a lady Marion como esposa del heredero y nueva señora de la casa.
Sonrió de manera involuntaria al pensar que de ese modo no podría eludirle
constantemente y quizás así podría relajarse y descansar.
Ya no volvió a verla hasta la hora de la cena cuando bajó al salón previo con
Samuel de la mano, ya bañado y vestido con ropa de cama. En cuanto vio a su padre
fue a por él corriendo.
—Papá, papá. —Lucas lo aupó y dejó que le diera un beso—. Hemos
encontrado un árbol enorme y jugado con los tirachinas y hemos cogido castañas que
luego hemos asado. Y hemos comido en la mansión en la mesa de los mayores y
después hemos merendado en una casa de madera y rocas.
Hablaba tan deprisa que se pisaba las ideas y al cabo de unos minutos Lucas lo
llevó con él a un sillón sentándolo en sus rodillas.
—De modo que te has divertido.
Samuel asintió tajante:
—Aja, y el abuelito Arthur nos ha enseñado a Sebastian y a mí los trineos. Los
que nos ha hecho el señor Lomber, Ronald los subirá mañana al carruaje para que no
nos los olvidemos.
—¿Así que estás dispuesto a participar en las carreras de trineos?
—Aja. El abuelito nos ha explicado las reglas y hay algunas en las que nos
lanzamos solos los niños porque la salida está más baja y después hay otras en las que
nos lanzamos con un adulto cada uno. Tío Albert dice que el tío Jefferson es el que
suele hacer trampas pero el tío Jefferson dice que es él, por eso Camy cree que he de
entender que ambos hacen trampas.
Lucas estalló en carcajadas al igual que Marcus que casi escupe el trago que
acababa de tomar.
—¡Pero milady! —Decía Marcus riéndose y mirando a Camile que se había
sentado en un asiento cercano—.
Eso no dice mucho de ambos caballeros ni tampoco el que, además, vos no lo
neguéis.
Camile se encogió de hombros.
—En materia de carreras de trineos, ambos son unos consumados tramposos y
unos pésimos perdedores, dicho sea de paso. Por otro lado, mi deber es prevenir a
Samuel y cuando llegue el momento instarle a cometer más trampas que ellos.
Disimuladamente, por supuesto.
Marcus de nuevo estalló en carcajadas:
—Por supuesto, ¿qué sería de una trampa sin una buena porción de disimulo?
Camile sonrió.
—Veo que lo entendéis. —Miró a Samuel antes de decir—. Sam da las buenas
noches y te acompaño arriba, aunque antes recogeremos a Viola que sigue con
Ronald.
Lucas sonrió:
— ¿De modo que ya se ha producido el soborno?
—En realidad, hemos decidido tildarlo mejor de “inocente estipendio”.
Lucas estalló en carcajadas.
—Me temo que de inocente no tiene nada. —Miró a Samuel—. Ve a descansar
de tu emocionante día pues presumo el de mañana lo será más aún ya que estarás con
Charles y Francis y, probablemente, no paréis quietos ni un segundo.
Samuel asintió y le dio un beso y en cuanto saltó de su regazo, Camile se puso
en pie y estiró el brazo para que Samuel le tomase la mano. Mientras los caballeros se
ponían en pie.
—Si nos disculpan, este caballero ha de descansar.
Salió de la estancia con él de la mano y no regresó hasta que Ronald anunció la
cena en la que Thomas y Marcus se apresuraron a sentarse junto a ella, lo que Lucas
sospechó tenía intención, pero solo les lanzó una mirada de advertencia mientras
tomaban asiento. Ya casi al final de la cena dedujo cuál era el motivo de esa artimaña.
Conocer los planes que tendrían los siguientes días para darle la oportunidad de
planear un poco esa especie de cortejo casi postrero dado el estado en el que se
hallaba su relación con ella, pero no sería él el que se quejare.
—Bien, milady, entonces hemos de dar por ciertas las carreras de trineos.
—Dijo Marcus—. ¿Qué más podemos esperar de nuestra estancia en Manderhalls?
—Recuerde que os advertí de eso que tan graciosa y autocomplacientemente mi
hermano Albert tiene el descaro de llamar ponche.
—Cierto, cierto, estoy ansioso y al tiempo temeroso por probar tal delicia. —Se
reía —Bueno, veamos, ¿qué más les espera? Umm, supongo que mañana por la tarde
se dedicarán a entretener a los pequeños con los trineos pues han de conocer un poco
la colina antes de las carreras del día siguiente, lo que no es sino una burda excusa
que emplean los caballeros para liberarse de las labores de decoración de la casa.
—Sonrió—. Como lo es que les lleven una mañana a pescar en hielo en el lago, lo
que encierra también una excusa no solo para librarse de ayudar a decorar el árbol
sino, en este caso, además, de los niños, pues éstos disfrutan como locos con el árbol
y se saben por ello libres de los pequeños durante las horas que empleamos esa
mañana decorándolo.
Marcus y Thomas se rieron.
—Una estrategia loable.
Camile los miró con las cejas alzadas a ambos indistintamente.
—Loablemente interesada y cobardica, sin duda, más cuando las damas nos
hacemos las ignorantes del hecho de que pasan más tiempo disfrutando de la cerveza
caliente y de las empanadas de carne y salmón que llevan consigo para sus horas de
pesca que dedicados realmente a tal deporte.
De nuevo se rieron.
—Y por ello insisto. —Decía Thomas—. Muy loable.
Camile negó con la cabeza sonriendo.
—No dirán lo mismo cuando esa tarde se vean desbordados por el desatado
instinto competitivo de los niños en las carreras de trineos y lo que es peor, de los tres
adultos que se convierten en niños grandes en cuanto se acomodan en los trineos.
—Sin olvidarnos que cierta dama ha destacado, no hace mucho, que hemos de
considerarlos unos tramposos en tales lides. —Sonrió Marcus alzando su copa
ligeramente en su dirección.
—Y unos pésimos perdedores, no lo olvide, milord. —Sonrió—. Aunque eso,
no puedo achacarlo solo a ellos, mis hermanas y yo adolecemos del mismo defecto y
Albert tiene sobradas cicatrices en el cuerpo que lo demuestran. —Lo miró sonriendo
—. Que les sirva de lección, caballeros, nunca se enfrenten a tres hermanas a la vez,
no saldrán bien parados de la contienda.
Marcus y Thomas se rieron.
—Una lección que deberemos tener muy presente en el futuro, sin duda.
—Contestaba Thomas sin parar de reírse.
—Claro que han de saber que la noche de Navidad es cuando mayor peligro
correrán.
Marcus la miró entrecerrando los ojos.
—¿Y podemos preguntar la causa de tal peligro?
—Es el baile de Navidad, caballeros, y teniendo en cuenta que por estos lares
hay tres mujeres por cada hombre, y de ellas, casi la mitad son matronas de campo,
les aseguro que ni escondiéndose se librarán de bailar desde la primera hasta la última
pieza. Y para ello no sirve de excusa estar casado, soltero y prometido, cojo, ciego o
sordo. La única excusa admisible, a los ojos de esas matronas, para no estar toda la
noche dando vueltas como peonzas por el salón de baile es hallarse en compañía de
nuestro Hacedor y aún entonces solo la admitirán si se han celebrado sus funerales
por un vicario ordenado.
Marcus fingió un escalofrío.
—Eso sí me asusta de veras, no puedo negarlo. Suena aterrador.
Tras la cena y cuando se unieron de nuevo en el salón con las damas, Camile
permaneció los minutos de cortesías necesarios y se disculpó para atender algunos
detalles de la casa y, por curiosidad, y también porque creía que simplemente lo
evitaba hasta el extremo de salir de una habitación cuando él llegaba, la siguió y
realmente tenía que atender asuntos con la señora Prinfet como la entrega de los
regalos al servicio la mañana de Navidad, que ella había dejado preparados, los
aguinaldos para los mismos y algunos asuntos sobre el cuidado de las personas que
quedaban en la casa que no eran sino su madre y sus hermanas con sus familias. De
regreso al salón, dejándolos solos, pensó que declinar sin motivo la invitación a
Mandershalls por su madre había sido un gesto de considerable grosería, pero que era
evidente el conde y los suyos obviaron por mera educación pues aún entonces les
invitaron al desayuno de navidad y el baile de esa noche. Si lo pensaba bien, él no
hubo dado respuesta a esa invitación cuando Camile se la trasladó, claramente
deseando poder permanecer unos días con su familia y su silencio seguramente la
hizo suponer que declinaría, como habría hecho si Samuel y Viola unos días más
tarde no le hubieren suplicado dejarles pasar unos días con ellos. No, definitivamente
no había atendido en modo alguno las necesidades y deseos de su esposa… Aún
pensaba en ello cuando entraba en el salón y comprobó que Marcus se hallaba
sentado en los sillones de cuero, sin compañía alguna, leyendo un libro.
Fue directo hacia él y tras servirse una copa de oporto se sentó en el sillón
frente al suyo. Lo miró unos minutos antes de que éste levantare la vista.
—¿Vas a decirme qué ronda por esa cabeza tuya o piensas seguir mirándome
como si con ello pudieras descifrar tú solo los enigmas del mundo?
Lucas sonrió.
—Pensaba en que desde el primer día has mostrado una considerable
inclinación hacia a Camile y no te he preguntado a qué es debido.
Marcus apartó el libro y lo dejó en una mesita.
—Pues veras. Creo que tú y yo debiéramos ser los primeros y los más capaces
para valorar las virtudes de tu esposa frente a cualquier otra mujer. Estoy convencido
que Gabriel y Thomas han tenido muy en consideración nuestros casos a la hora de
elegir esposa, bien es cierto que ambos se hallan enamorados de sus damas y, por
desgracia, nosotros, solo creímos estarlo por un breve momento de locura cuando al
final solo estábamos encaprichados de unos encantos evidentes y de otros que
simplemente no existían, aunque nosotros nos empeñáramos en creer que así era. Y
¿el resultado cual fue? Qué tomamos una decisión irreparable en ese momento de
obcecación en el que creíamos estar enamorados de mujeres equivocadas. Al menos
tú has tenido la oportunidad de enmendar ese error o una segunda oportunidad para
hacerlo mejor. Yo, en cambio, sigo unido a Adriana que, aunque tarde o temprano
cometerá algún error que la lleve a un fatal desenlace, pues así parece que ocurrirá
por las noticias que me llegan de ella, ya que hace tiempo perdió todo sentido de la
realidad. —Bebió un trago de su coñac y de nuevo lo miró—. El hecho cierto, Luc, es
que ni en tus mejores sueños podrías haber encontrado una joya como Camile y, de
seguir como venías actuando con ella, acabarás perdiéndola. —Lucas reconoció la
verdad de esas palabras aunque no pudo expresarlo verbalmente—. ¿Qué por qué
tengo esa inclinación por ella? La pregunta debiere ser ¿por qué tu no? A diferencia
de ti, yo veo lo afortunado que eres desde que la tienes a tu lado. Te cuida, os cuida a
todos y lo hace de modo cariñoso, generoso y amable. Es entregada y tiene un
enorme corazón y una lealtad inquebrantable hacia los suyos. Incluso ahora, aun
mostrándose distante es leal hacia ti ya que no muestra a nadie que la trates mal, ni
siquiera con su familia o se habrían presentado ante tu puerta hace mucho exigiéndote
rectificar o llegar un acuerdo para que hiciereis vidas separadas. Y si ahora se muestra
distante contigo es porque debe haberse cansado de darse contra un muro de piedra.
—Lucas abrió la boca para protestar pero Marcus se apresuró a continuar—: Luc, en
las veces que íbamos a tu casa a cenar, almorzar o simplemente a verte, ella intentaba
acercarse a ti y tú la detenías de inmediato, con palabras, gestos o simplemente
guardando silencio, y eso, amigo mío, era cuando estábamos delante, de modo que
imagino eras aún más tajante sin nadie más alrededor. Hasta el ser más paciente tiene
un límite y has sobrepasado el de ella. Mi inclinación, —sonrió—, Sí, Luc, se
encuentra hacia ella. —Se rio suavemente—. Lucas, somos amigos desde que
llevábamos pantalón corto y siempre estaré a tu lado y te apoyaré, más, no por ello,
dejo de sentir inclinación por Camile. Si yo estuviera en tu lugar, te aseguro que no
solo no pondría distancias con ella sino que la mantendría tan cerca de mí como me
fuere posible y haría lo imposible por no perderla ni soltarla jamás. Una casa
ordenada, agradable, acogedora, a tu gusto, sin ningún problema o disgusto, alguien
que te pone por encima de cualquier otra consideración, que vela por ti, tus deseos y
tus aspiraciones. Alguien que está ahí, esperándote cada día, entregándose de modo
generoso. Posee cuna y educación y eso está muy bien, pero ella tiene cualidades que
deberías valorar y apreciar por encima de todo eso, especialmente dada tu experiencia
con Violet que tenía cuna y educación, pero ello no impidió que careciere de ninguna
cualidad reseñable salvo belleza y saber fingir ser quién no era. Camile es educada,
juiciosa, de conversación animada, inteligente, con un fino sentido del humor, sabe
tratar a los demás, es cariñosa y generosa y es difícil que mienta pues su rostro y sus
gestos la delatan, y ella lo sabe, sin mencionar que dudo que ella se plantee la mentira
y el engaño como medio para conseguir nada. Es demasiado franca para ello. Aunque
esa franqueza se ve superada por una discreción y una timidez nada desdeñables, lo
que para muchos pueden ser defectos, más, a mí se me antojan virtudes muy a tener
presente en especial en la mujer que se toma por esposa. —Ensanchó su sonrisa—. Si
yo he visto todo eso de tratarla en algunas ocasiones ¿cómo es que tú no has visto y
valorado eso y mucho más? —Estiró las piernas cruzándolas a la altura de los
tobillos—. Y si me dices que no es atractiva, bueno, eso depende del gusto de quien
mire, más, a mí me parece que tiene un rostro dulce y bonito y con los años seguirá
siendo del mismo modo y también tiene una muy bonita figura. —Carraspeó y sonrió
pícaro—. Con unas curvas deseables, incluso estando tan delgada como ahora. Lo
que dicho sea de paso, si fuera mi esposa, remediaría a la mayor brevedad y la
instaría, con tacto, —lo miró fijamente alzando una ceja—, a que cogiese un poco de
peso.
Sinceramente, creo que cuando os casasteis, estaba perfecta, lo que significa
que algo has estado haciendo muy, pero que muy mal para que ella se descuide
durante tanto tiempo.
Lucas lo miró entrecerrando los ojos unos segundos antes de hablar.
—Soy consciente de que no la he tratado como debiera ni tampoco cuidado de
ella, más aun así, Marcus, acercándome a ella solo conseguiré encariñarme.
—¿Se puede saber que tiene eso de malo? Con suerte, cabeza de chorlito,
incluso puede que llegues a enamorarte de ella, lo que sería una bendición. Mira a
Thomas, desde que ha reconocido que está enamorado de Holly parece relajado y
satisfecho consigo mismo. ¿Y Gabriel? Bueno, el caso de Gabe es aún más evidente,
Brianna y él forman una excelente pareja precisamente porque son del todo opuestos.
En lo que él es tempestivo, impulsivo y temerario, ella es calmada, sensata y
relajada.
Lucas se dejó caer en el respaldo de la silla y miró el líquido dorado de su copa
durante unos largos segundos.
—No sé si quiero dejar en manos de otra persona mi bienestar, Marcus. Dejar
que sea tu corazón y más el de otra persona el que gobierne mi vida no me parece lo
más acertado después de esa experiencia que bien señalabas. Cierto que solo me
encapriché de Violet, pero ese encaprichamiento me llevó a tener mi vida pendiente
de los vaivenes de otra persona y fue una tortura que no estoy dispuesto a repetir.
—Ni yo te lo aconsejaría, Luc. Pero ni tú eres el mismo de hace seis años ni ella
es Violet. Si no recuerdo mal tardaste menos de una semana desde que regresaste de
tu viaje de novios en darte cuenta de la verdadera naturaleza de Violet y con ello de tu
error. Llevas casado con Camile varios meses y, por indiferente que te hayas
mostrado con ella, ya debes ser consciente de su verdadera naturaleza y que no es otra
que la que ya conocías, de hecho, es más de lo que esperabas, tú mismo lo has
reconocido así en más de una ocasión. —Marcus bebió de su copa—. A mi entender,
negándote ese cariño y la posibilidad de algo más, lo único que haces es perder que
no ganar, como tú pareces empeñado a creer. Y, como te descuides, acabarás
perdiéndola a ella y todo lo que ella te ofrece.
—Sé que he de corregir mi comportamiento con ella, pero en cuanto a lo
demás. —Hizo una mueca con los labios —. Tengo que pensarlo, Marcus.
—Como quieras, más no tardes mucho en decidirte y menos en corregir tu
comportamiento, la paciencia y la capacidad de resistencia tienen un límite, Luc, y
dudo que tu esposa sea ajena a ese límite. —Marcus se enderezó y lo miró ya de
pie—. Cualquier otra mujer habría superado ese límite hace mucho. Al menos, en
casa de su padre se hallará libre de responsabilidades, de modo que aprovecha para
intentar ganártela un poco. Si de algo podemos presumir todos nosotros, es de
conocer el arte de la seducción como pocos. De algo ha de servirnos. —Le sonrió
mientras le daba una palmada en el hombro—. Seduce a tu mujer, puede que te lleves
gratas sorpresas. —Se rio suavemente—. Y ahora, si me disculpas, creo que voy a
retirarme a descansar pues presumo que mañana nos esperan algunas sorpresas en
casa del conde, ya que por lo visto, las fiestas navideñas son las preferidas de su
familia y estoy seguro nos tendrán entretenidos y voy a aprovechar para ver los
famosos caballos de carrera del conde y sus campeones. ¿Quién sabe? A lo mejor me
deje verlos entrenar a pesar de ser uno de sus competidores en Ascot. —Sonrió
divertido.
Lucas lo miró mientras se retiraba quedándose con las palabras que le había
dicho bailando en su cabeza junto con las que había tenido con Camile el día anterior
y los recuerdos de esa agradable mañana con Viola y ella en tranquila y cordial
compañía.
Para cuando Lucas, Marcus y Thomas se encontraban tomando relajadamente el
desayuno, Camile ya había salido a cabalgar, se había encargado de supervisar junto
con Ronald la colocación de todos los enseres que llevarían a Mandershalls en los
carruajes y había preparado a los niños para su marcha.
—¡Papá! —Samuel corrió por el comedor de mañana con su elegante atuendo
campestre. Se aupó a las rodillas de su padre mientras este se reía por la cara de haber
hecho alguna travesura que traía.
—Buenos días, Sam ¿por qué sospecho que alguna trastada has hecho ya?
El pequeño se rio travieso.
—He encontrado un sapo en la fuente del jardín y Ronald me ha dado un bote
para meterlo. Voy a llevarlo conmigo y hacer carreras con el sapo gordo de Charlie.
Lucas sonrió.
—No quiero ni pensar de dónde ha sacado él el sapo y cómo ha conseguido que
su madre no se lo quite.
—Tía Stephanie nos ayudó a cazarlo. —Se reía travieso—. En el Serpentine.
Camy se burlaba de ella porque casi cae en el río y tío Charles tuvo que ayudarnos
para no caernos con ella. —Lo miró sin dejar de reírse—. Fue gracioso ver la cara de
enfado de algunas señoras mayores que se detenían a observar lo que hacíamos.
Marcus se reía.
—Me lo imagino, dos damas, un caballero y unos pillastres a la caza y captura
de un anfibio en medio del parque.
Viola apareció entonces con gesto enfurruñado mirando a su hermano y
plantándose frente a él con los brazos en jarras le espetó:
—Le has cambiado la correa a Bonnie.
—Claro. Un chico no puede llevar un lazo rosa. —Asintió tajante.
—Bonnie es chica, bobo.
—No lo es. —Replico firme.
—Si lo es. Es blanco y tiene las orejitas y la cola blancas. —Lo miraba furiosa.
—Eso no tiene nada que ver.
Lucas suspiró:
—Deduzco que habláis del conejito.
Los dos asintieron.
— ¿A que siendo blanco es niña? —Le preguntó con los ojos esperanzados
Viola.
Lucas buscó con la mirada a sus dos amigos que sonreían sabiéndole en el
aprieto de tener que explicar a su hija de casi seis años cómo saber que un animal es
hembra o macho —Buenos días, caballeros. —La voz calmada de Camile que entraba
en el comedor le salvó del aprieto, pensaba él mientras todos se ponían en pie por
cortesía—. Peque. — Dijo sin apenas mirarlos centrando su atención en Viola—. Lo
cierto es que Bonnie es chico y solo es blanco porque se parece a su madre. Los bebés
a veces se parecen a su madre, otras a su padre y a veces a ambos. Bonnie se parece a
su madre aun siendo chico. —Se inclinó un poco y viendo que iba a replicar
añadió—: Recuerda que el molinero dijo que todos los de la camada habían sido
chicos, incluido Bonnie. Pero eso es bueno, cielo, así podrá cuidar de ti y de tus
muñecas cuando lo dejes en tu habitación. Los conejitos son muy fieros protegiendo a
sus damas incluso te protegerá de ese feo sapo que cierto caballero ha intentado
esconder en el carruaje.
Miró alzando la ceja a Samuel.
—Bueno, no lo he escondido, lo he dejado a buen recaudo. —Alzó la barbilla,
orgulloso.
—A buen recaudo. —Repitió—. Creo que Charlie empieza a tornarse una
peligrosa influencia para ti. —Se enderezó y lo tomó en brazos antes de depositarlo
en el suelo—. De todos modos, ha estado mal que le quites la correa que le había
puesto tu hermana a Bonnie. El conejito es de los dos y habéis de decidir juntos esas
cosas.
—Pero una correa rosa no es digna para un chico. —Cruzó los brazos en el
pecho con firmeza.
—Bien, bueno, eso, me temo, no puedo rebatirlo. —Miró a Viola—. Cielo ¿y si
le ponemos un lazo azul?
Seguro que está muy elegante con él y cuando regresemos a Londres le
compraremos una bonita correa azul y una placa con vuestros nombres.
Viola pareció pensarlo:
—Bueno, supongo que azul es elegante para un chico.
—En tal caso, id a despediros de Bonnie y después tomad vuestros abrigos y
guantes que dentro de poco partiremos. —Los dos asintieron antes de salir a la
carrera—. No corráis dentro de casa. —Les decía ya a sus espaldas—. Inútil, jamás
conseguiré que caminen. —Murmuró negando con la cabeza.
—Una solución muy salomónica. —Decía Lucas sonriéndola.
Camile se giró y lo miró encogiéndose de hombros antes de sentarse para
dejarles poder hacer lo mismo y terminar su desayuno.
—No tanto, en realidad preparo el terreno para más adelante cuando a cierto
cachorrito haya que ponerle una correa rosa. —Lo miró alzando la ceja.
Lucas estalló en carcajadas:
—¿Así que es hembra?
Camile asintió.
—En cambio, el que regalará a Charlie y Francis es macho, de modo que,
presumo, dentro de poco tendremos una camada entera sobre la que discutir si se les
llena de lazos rosas, azules o a rayas. —
Suspiró
Lucas estallaba en carcajadas:
—Sin mencionar lo que dirá mi madre cuando lo descubra. —Lucas miró a sus
amigos—. Lord Arthur regalará un cachorro de teckel a los niños lo que a buen
seguro a ellos les hará muy feliz, pero no tanto a mi madre.
Thomas asintió.
—¡Es verdad! Tú madre odia a los perros. —Miró a Camile—. Y después de
que les entregue tal presente me temo que odiará a su padre también.
Camile sonrió casi complacida.
—Oh no tema, milord, creo que mi padre podrá soportarlo.
Thomas movió un dedo al aire con una sonrisa.
—Eso es un poco malicioso.
La contestación de Camile quedó en el aire pues entró de nuevo Viola corriendo
y fue directa a por Camile que enseguida la sentó en su regazo y la miraba esperando
que le dijere algo.
—Estás muy elegante, cielo. —La sonrió y miró de soslayo a Lucas y a los
caballeros para que hicieren algún comentario que de inmediato sonrieron.
—Viola, eres una princesita del bosque. —Dijo Marcus de inmediato.
Viola se rio complacida.
—Gracias. —Miró a su padre y Camile le señaló la cabeza para que notare el
detalle de los lazos sin que la niña la viere hacerlo.
—Cielo, estás preciosa y me complace que luzcas mi regalo.
Sonrió mientras Camile ponía los ojos en blanco y la niña se reía de nuevo
coqueta.
—Nenita, ve a por tu hermano y dale un beso a la señora Prinfet y otro a la
señora Muffel deseándoles feliz navidad y no os olvidéis de Ronald. —La bajó de su
regazo y de nuevo salió corriendo—. Y no corr… en fin qué más da. —Suspiró
negando con la cabeza.
Marcus se reía.
—¿Por qué será que debería entender que hemos de tomar por costumbre alabar
los atuendos de la pequeña Viola?
Camile sonrió.
—Porque es un hombre inteligente y porque de no hacerlo se ganará mis idus.
—De nuevo le sonrió inocente—. Está empezando a elegir algunas de sus prendas y
le gusta que se le reconozca, dentro de un par de semanas se le pasará, pero ahora es
una novedad así que, ya saben caballeros, algún galante comentario no sobrará.
Thomas se rio.
—De metro y medio o de medio metro, una mujer es una mujer ¿no es cierto?
—Veo que hay más de un caballero inteligente por estos lares. —Le respondió
sonriendo—. Aunque sea necesario un empujoncito para despertar dicha inteligencia.
Marcus y Thomas estallaron en carcajadas:
—Aceptamos elegantemente el tirón de orejas, milady. —Añadió Thomas sin
dejar de reírse.
—Y de nuevo una muestra de esa perezosa inteligencia, caballeros, van
mejorando.
—Ese es un comentario algo cruel, más, estaría dispuesto a perdonároslo si
intercedieseis ante vuestro padre para que permitiese que visitáremos su cuadra de
caballos de carreras. —Dijo Marcus mirándola con una sonrisa seductora y sugerente.
—Claro, no veo por qué no, ¡Un momento! —Lo miró entrecerrando los
ojos—. Vos también poseéis una. —
Negó con la cabeza—. Debería daros vergüenza, intentar espiar a la
competencia, milord. —De nuevo negó con la cabeza chasqueando la lengua.
—Espiar es una palabra muy fea, milady. —Replicó truhan.
—Lo es, y, sin embargo, vos no habéis negado la acusación. —Suspiró
poniendo los ojos en blanco—.
Merecéis escarmiento, milord, y uno muy severo acorde al delito cometido.
—Lo miró unos segundos entrecerrando los ojos —. Creo que me encargaré
personalmente de que podáis gozar del grato placer no ya de probar cierto delicioso
ponche, sino de que no os falte durante cada uno de los días de vuestra estancia en
Mandershalls.
Marcus se rio.
—Tenéis una peligrosa vena vengativa, milady, y creo que deberé tenerlo en
cuenta pues presumo seré reprendido sin remordimiento ni piedad de ahora en
adelante.
—Inteligente e intuitivo. —Camile sonrió—. No seréis un oponente aburrido,
milord.
Ronald entró en ese instante en el comedor y tras las cortesías entregó una nota
a Camile.
—Si me disculpan caballeros, mi padre ha enviado un par de mozos para que se
ocupen de los ponys de Viola y Samuel. Al parecer les había prometido que
Christian, —miró a Marcus con una sonrisa petulante—, el entrenador de sus caballos
de carreras, —sonrió pícara—, les enseñará algunos trucos para mejorar su montura.
—Volvió a mirar a Lucas—. Voy a asegurarme de que tienen lo necesario. —Añadía
poniéndose en pie—. Creo que podremos partir en media hora, salvo que necesiten
más tiempo.
Lucas ya de pie asintió.
—Media hora pues.
Sin más se marchó y de nuevo tomaron asiento y ni Marcus ni Thomas
perdieron el tiempo en reprochar que se mantuviera siempre al margen cuando ella
estaba presente.
—De veras que no logro entenderte. —Decía Thomas en tono cansino—.
Cuánto más encantadora se muestra, tú te tornas más frío. No has dicho una palabra
ni siquiera cuando ella ha favorecido que quedes como un encantador padre delante
de tus hijos. Para ser alguien que ha hecho el propósito de mostrarse más atento y
gentil con ella, no pareces muy presto a contribuir a su buen fin.
Lucas expiró lentamente el aire.
—Me siento incapaz. Lo reconozco. —miró a sus amigos—. Algo en mi
interior me susurra que en cuanto comience no podré dejar de hacerlo porque me
gustará más y más y ya sabemos lo que ocurre cuando pierdo el control de mis actos
y me dejo guiar por algo distinto a mi cabeza.
—¡Por todos los cielos, Luc! ¿Quieres abandonar, de una santa vez, esa
obcecación tuya que nada bueno puede traerte? —lo miraba con fijeza Marcus—.
¿Qué es lo peor que puede ocurrir por encariñarte con Camile? Y si me vuelves a
decir que se repita la historia de Violet te lanzo algo a la cabeza.
Lucas lo miró en silencio.
—Si sirve de algo. —Intervino Thomas—. A todos nos gusta Camile, Luc.
Holly y Brianna la aprecian y han congeniado a las mil maravillas con ella. Gabe cree
que es perfecta para ti, y no se refiere a tu papel de marqués o de promesa política,
sino a que formáis buena pareja. Y en mi opinión, Luc, para ser feliz solo te falta
permitírtelo, lo tienes todo para serlo, pero pareces empecinado en negártelo por la
idea de que se repetirá una historia que, desde el momento en que te casaste con
Camile, es imposible que se repita y cuanto antes lo aceptes antes serás feliz de
verdad y podrán serlo las personas que tienes alrededor.
—¡Papá! ¡Papá!
Las voces de los niños resonaban por el vestíbulo les avisaban que regresaban.
Viola se quedó en la puerta con una postura de niña buena mientras que Samuel
corría sin freno hacia él. Se levantó y lo aupó en cuanto lo tuvo a mano.
—El abuelito Arthur ha venido para acompañarnos. —Decía entusiasmado—.
Está con Camy, pero le hemos invitado a entrar.
—Me alegro, así podremos saludarle como corresponde. —Decía él sonriendo.
—¿Puedo ir montado en su caballo hasta Mandershall? Prometo ser bueno.
Lucas sonrió dejándolo en el suelo cuando por el rabillo del ojo vio la figura de
Camile y su padre en el umbral.
—Buenos días, caballeros. —Hizo una suave inclinación—. Espero no llegar
demasiado pronto, más, pensé que si los caballeros partían a caballo quizás les
gustase tomar los caminos cercanos al lago, llegaremos antes que el carruaje y que las
damas, lo aseguro. —Tomó de la mano a Viola llevando del otro brazo a Camile.
Lucas sonrió.
—Hace años que no voy por esos pastos. Ciertamente sería agradable.
—Abuelito. —Samuel se soltó de la mano de Lucas y corrió a por lord Arthur
al que Camile sonriendo dejó libre para tomarlo, soltando su mano de su brazo—.
Papá me permite ir contigo.
Lucas carraspeó.
—En realidad, no he tenido ocasión de mostrar mi parecer. —Miró a su hijo
alzando la ceja y cuando éste lo miró con cara pedigüeña suspiró—. Está bien, puedes
ir con lord Arthur, pero, —lo miró firme —, recuerda que has prometido ser bueno, lo
que a mi sabio entender implica que obedecerás lo que diga milord.
Samuel asintió sonriendo y después miró a lord Arthur.
—He cazado un sapo.
Aquél se rio.
—Imagino que ese detalle será del agrado de ciertos mozalbetes que
compartirán su dormitorio con tan diestro cazador.
—Aja. —Asintió una vez sonriendo—. Charlie y yo podremos hacer carreras
con su sapo. Es más grande, pero también más gordo así que el mío saltará más.
Lord Arthur estalló en carcajadas:
—Una buena suposición. —Miró a Camile—. Camy, si estáis listas creo que
podríais adelantaros.
Camile asintió y después miró a Lucas.
—Salvo que quede algo pendiente.
Lucas sonrió negando con la cabeza.
—Nosotros partiremos de inmediato. Dejaremos que os adelantéis. Partid
tranquilas.
De nuevo ella asintió y miró a Viola:
—Vamos, cielo. Despídete de todos.
Viola sonrió y antes de tomarle de la mano besó a lord Arthur en la mejilla y se
despidió de los demás con la mano.
—Una pequeña adorable. —Dijo lord Arthur en cuanto hubieron dejado el
comedor.
—Gracias. —Sonrió Lucas—. ¿Os apetece un café o un té mientras preparan
nuestros caballos?
Al decirlo hizo un gesto a Ronald para que ordenare tener listos los caballos
enseguida.
—Un café sería bien recibido para entrar en calor, gracias.
Tomó asiento sentando en sus rodillas a Samuel que sonreía relajado. Lucas lo
observaba y ciertamente tenía confianza con él al igual que con toda la familia de
Camile lo que denotaba que asiduamente se habían relacionado, en cambio, él solo
había coincidido con lord Arthur y su hijo en la cámara o en White’s o en alguna cena
multitudinaria. Nunca había acompañado a Camile ni a sus hijos en esas visitas o en
los paseos por el parque. La voz de su hijo lo sacó de sus pensamientos.
—No es cierto. —Se reía en respuesta a un comentario que le había hecho lord
Arthur pero al que él no hubo atendido—. No eran tantas.
—Pequeño glotón. Fueron seis que las conté. ¿Dudas de la veracidad de mis
palabras? —Lo miraba alzando las cejas y con gesto falsamente severo
Samuel sonrió:
—Bueno, a lo mejor fueron seis, pero, pero, —se rio travieso—, eran pequeñas.
—Ahh pequeño falsario. Eran tan grandes como tu cabeza. —Le hacía
cosquillas—. Eres un tragón, seis galletas enormes sin tomar aliento entre una y otra.
Cuando Samuel recuperó el aliento miró a su padre.
—Papá, Camy nos ha dicho que durante las fiestas podremos hacer las comidas
en la mesa de los adultos.
En casa comemos con Camy y nos ha enseñado cómo comen los adultos.
Lucas miró al rostro a lord Arthur que se reía del comentario “cómo comen los
adultos” y se apresuró a aclarar.
—En mi casa, milord, siempre hemos tenido la costumbre de dejar a los niños,
desde que pueden sostener los cubiertos, compartir la mesa con nosotros, salvo las
cenas formales en las que recibiéremos invitados, por supuesto. Pero salvo en tales
ocasiones, siempre hemos preferido compartir esos momentos con ellos,
especialmente porque en la mayoría de los días era cuando podíamos verlos. —Miró
a Samuel—. Además, así aprenden estos granujas a comportarse como es debido.
—Pero. —Intervino Thomas—. ¿No es engorroso para ellos pues se les deben
hacer pesadas tanto las conversaciones de los adultos como las comidas de los
mismos?, sin mencionar que tener niños alrededor limita mucho las conversaciones y
la marcha de las comidas.
Lord Arthur sonrió.
—Puede que a quienes no estén acostumbrados a incluir a los pequeños en las
conversaciones se les pueda hacer un poco extraño al principio, a mi yerno Charles,
por ejemplo, le resultó un tanto curioso las primeras veces y eso que era su propio
hijo el primero al que incluimos en nuestra mesa de la nueva generación de la familia.
—Miró sonriendo a Samuel y después de nuevo alzó la vista—. Sin embargo, es
cuestión de tacto. De cualquier modo, en una mesa con más de seis comensales es
frecuente que haya varias conversaciones a la vez y los pequeños no son una
excepción, acaban charlando entre ellos. Y en cuanto a la comida. Bueno, mi esposa,
y ahora mis hijas, suelen cambiar para ellos algunos platos y también solemos
dejarles levantarse antes de que terminen los mayores. Digamos que es cuestión de
adaptar un poco las normas. Pero tiene, al menos a mi entender, grandes ventajas,
aprenden antes los rituales de las comidas y, en el caso de las damitas, están más que
habituadas a las normas, conversaciones y ambiente de un comedor, sin mencionar
que tanto si son tímidas como Camile o extrovertidas como Amelia, para cuando
alcanzan la edad de relacionarse con sus pares más allá de los ambientes familiares,
se conocen a la perfección las reglas y trucos tanto para socializar como para
organizar tales cenas y almuerzos.
—Visto de ese modo. —Asintió Thomas
—Además. —Sonrió abiertamente—. Se darán cuenta enseguida que hacen más
entretenidas tales ocasiones, sobre todo los almuerzos. Ahora adaptamos un poco el
horario de la cena para compartirlas con ellos por hallarnos en las fiestas, pero, de
ordinario, solo compartimos, el desayuno y los almuerzos y suelen ser más amenos
con niños en ellas incluso aunque ellos, como digo, estén en ocasiones, más
pendientes de sus propias conversaciones. Aunque como ya indicaba, solo lo
hacemos en ambiente estrictamente familiar de modo que nos permitimos ciertas
licencias en el protocolo que pronto vuelven a su cauce en cuanto los niños dejan de
ser tan infantes.
—Pues me parece una costumbre bastante acertada para tener una cercana
relación con los pequeños de la familia. —Inquirió Marcus—. Desde luego, yo
apenas guardo recuerdos de mi padre y menos de compartir momentos de ocio o de
ambiente relajado con él hasta que fui un adulto.
Lord Arthur asintió.
—Lo comprendo. Yo tampoco guardo recuerdos de mis padres cercanos salvo
siendo un hombre ya formado. En cambio, mi esposa, que era irlandesa, mantuvo las
costumbres con las que creció y eso me permitió no solo disfrutar de mis hijos en su
infancia sino ahora de mis nietos. —Zarandeó divertido a Samuel que se rio—. Aún
con ello, a mí me educaron bajo unas normas y costumbres que he inculcado a mis
hijos. Las buenas maneras no han de perderse. —Se rio mirando a Samuel—. Por
muy pillos que sean los comensales.
Ronald entró avisando de que las monturas estaban listas de modo que todos se
marcharon sin dilación con Samuel de la mano Lord Arthur que le iba embromando
hasta llegar a su montura y una vez en ella, Ronald le alzó al niño al que sentó delante
de él en el caballo para sujetarlo bien y para que fuera viendo bien el camino
aferrando con fuerza las crines del enorme pura sangre. Durante todo el camino Lucas
observó con detalle el intercambio entre su hijo y Lord Arthur y era evidente que en
esos cuatro meses sus hijos habían entablado lazos más estrechos con ellos que con su
propia familia, no solo sentían cercana a Camile sino a todos los suyos.
CAPITULO 3

Llegaron a Mandershalls y antes de descender de sus caballos ya habían
aparecido todos para recibirles, especialmente esos los pequeños de los que tanto
hablaban sus hijos y que él solo había visto el día de su boda y francamente no les
prestó una segunda mirada.
—Bienvenidos. —Albert bajaba los escalones de la enorme escalinata de
entrada sonriendo y ayudando a Samuel a bajar del caballo en cuanto los mozos
tomaron los bocados de los caballos para sujetarlos—.
Buenos días, caballerete.
—Buenos días. —Respondió Samuel que enseguida corrió a por sus dos amigos
ignorando a los demás.
—En fin. —Decía Marion siguiendo a su esposo—. No nos daremos por
ofendidos pues conocemos las preferencias de ciertos caballeros. —Miró de soslayo a
los tres niños antes de sonreír a los tres caballeros—. Lord Lucas, lord Thomas, lord
Marcus, —decía cordial y refiriéndose a ellos por sus nombres y no el de sus títulos
como deferencia hacia ellos—. Nos alegra recibirles en nuestra casa.
Esperamos que tengan una estancia agradable.
Los tres caballeros hicieron una elegante inclinación.
—Milady, milord, estamos seguros que así será. —Contestaba Lucas.
—Debiéremos esperar dentro la llegada de las damas. —Señalaba Arthur
caminando hacia las escaleras—.
Sus valets se adelantaron y ya están acomodando sus enseres en sus
habitaciones, de modo que podremos relajarnos mientras tanto.
Los tres caballeros siguieron a la familia hasta uno de los salones donde
charlaron relajados mientras esperaban a Viola y Camile que no tardaron demasiado
en llegar pues enseguida el mayordomo las anunció sin tiempo a más que retirarse de
la puerta pues toda la familia del Conde se les abalanzaron para saludarlas
efusivamente antes incluso de cruzar la puerta del salón. Camile, por su parte, en
cuanto todos se hubieron acomodado de nuevo, se sentó en la alfombra frente a la
chimenea donde había estado jugando la hija pequeña de su hermana Amelia a la que
tomó en brazos y la sentó en su regazo.
—Hola, nenita. —Le decía tierna y cariñosa —. ¿Estabas jugando con los
cuadrados de madera?
La niña asintió:
—Mami no quiere que juegue fuera.
Camile miró a su hermana que estaba en el sillón cercano.
—Está un poco acatarrada. —Le susurró ésta
—Ahh, pero jugando dentro podrás acaparar la atención de todos y todos
jugaremos contigo.
Durante unos minutos Camile jugó e hizo carantoñas a la pequeña e
intercambió comentarios con su hermana y su marido Jefferson mientras Lucas la
observaba de soslayo y participaba en una conversación con lord Arthur y su yerno
Charles sobre los últimos acontecimientos en la cámara hasta que entraron en tropel
Viola, Samuel, Charles y Francis que fueron directos a Lord Arthur.
—¡Abuelito, abuelito! —Reclamaron casi al unísono su atención—. La yaya
nos ha dicho que Madeleine ha tenido a su bebé. ¿Podemos ir a verlo?
Lord Arthur fingió un suspiro y meditarlo.
—Con unas condiciones. Veamos. La primera, no podéis ir solos, os
acompañarán las dos niñeras. —Los niños asintieron—. La segunda, no podéis
molestar a Madeleine. El mozo os acercará el ternerito y los podréis ver con
tranquilidad. —De nuevo asintieron—. Y la tercera, que después subáis directos a
asearos antes de uniros a nosotros en el salón. —De nuevo todos asintieron—. En fin,
en ese caso podéis ir. —Los cuatro salieron como alma que lleva el diablo mientras
lord Arthur miraba a Lucas—. Madeleine es una vaca galesa enorme que me regaló
un granjero el pasado año, es la preferida de Charles y Francis y desde que los niños
saben que iba a tener un ternero están ansiosos por verlo.
Lucas sonrió.
A los pocos minutos Camile entregó a la pequeña a su padre que la acomodó en
sus brazos mientras, en una relajada postura, sentado en el sofá, mantenía casi
abrazada junto a él a su esposa. Eso hizo que involuntariamente Lucas mirase con
disimulo a los miembros de la familia del conde y parecían cómodos unos con otros,
permitiéndose cierto relajo en las normas sociales pues no solo los Comwell se
hallaban sentados en una postura en exceso relajado hallándose otras personas en la
sala, sino también Albert y su esposa Marion pues ésta estaba sentada en un sillón
orejero y su esposo en uno de los brazos del mismo y de vez en cuando le acariciaba
distraído el hombro o la mano. Stephanie se hallaba charlando con ellos dos, junto
con Marcus y Thomas, y era evidente que todos ellos parecían habituados a esas
muestras de cordialidad y cariño pues no se extrañaban de ello, y aunque estaba
seguro Thomas y Marcus también lo habrían notado, sin embargo, estos parecían
imbuidos en ese ambiente de comodidad y familiaridad sin atisbo alguno de reproche
o recriminación por ello. Se le aligeraron un poco las comisuras de los labios al
imaginar la cara de reprobación de su madre si viere a dos parejas mostrar esas ligeras
muestras de ternura ante otros. De refilón vio la figura de Camile salir del salón tras
decirle algo a su cuñada en reserva y tuvo curiosidad pues ahora no era anfitriona ni
señora de la casa de tal modo que pudiera relajarse y disfrutar un poco más que en
Galvert Hills. Se disculpó unos instantes y salió en pos de ella a la que ya vio en la
parte superior de la escalera a punto de girar hacia la derecha. Aceleró el paso y la
alcanzó a la mitad de un elegante pasillo
—Camile. —La llamó con suavidad y esta se giró y casi pudo notar el asombro
en sus ojos—. ¿Ocurre algo? —
Ella frunció ligeramente el ceño como si no entendiere la pregunta—. Cómo te
has ido tan de repente.
Camile suavizó su expresión de inmediato:
—No, no. Es solo que voy a asegurarme que Gloria y su valet han terminado de
acomodar nuestros enseres y después, aprovechando que los niños están entretenidos
en los cercados, subiré a asegurarme de que los has instalado bien.
—Debieres relajarte, ya no has de hacer de anfitriona. Puedes disfrutar como
una simple invitada.
Camile asintió:
—Solo veré que no hemos olvidado nada y enseguida regreso.
Lucas suspiró para su interior, era innato en ella lo de ocuparse de que todo
marchase bien.
—En ese caso, —le ofreció el brazo—, quizás debieres guiarme hasta donde se
encuentran nuestras habitaciones pues no conozco esta casa.
Camile se ruborizó:
—Es cierto, lo siento. Supongo que con el entusiasmo ninguno les ha ofrecido
la posibilidad de subir antes. Lo lamento. —Miró su brazo y pareció dudar pero
finalmente puso su mano en el brazo—. Nos han asignado una suite en la zona de la
familia que es el ala norte—lo miró caminando ya con él—. Toda la zona derecha
desde que se sube la escalera principal. —Lucas asintió—. Estamos en la suite azul.
Eran las habitaciones preferidas de mi madre. Apenas las hemos tocado desde que
falleció, solo para mantenerlas en buen estado.
—Tu padre, esta mañana, ha comentado que tu madre era irlandesa. Desconocía
ese detalle.
Camile solo se encogió de hombros. Empezaba a reconocer ese gesto como
algo propio de ella. Lo hacía como gesto de resignación en muchas ocasiones pero, en
la mayoría, como una respuesta sencilla en vez de la que a buen seguro tendría en la
punta de la lengua.
—También ha comentado que los niños suelen compartir la mesa con los
adultos desde que pueden sostener los cubiertos, salvo que haya invitados o en
ocasiones formales. Y, por supuesto, Sam está entusiasmado ante ese hecho.
—En dos o tres días se habrá acostumbrado a que le sirvan lacayos y no
doncellas en las habitaciones infantiles y respecto al ritual de los almuerzos, no ha de
preocuparse, suelo almorzar con ellos en uno de los comedores pequeños y tanto
Samuel como Viola se manejan estupendamente en una mesa informal.
Además, como habrá más niños en la mesa, podrán sentirse relajados.
—Es una costumbre curiosa viniendo de un hombre como el conde que siempre
ha dado importancia a las normas de cortesía y a la educación.
—Supongo. Pero en poco tiempo los niños, aun siendo niños, y comportándose
como tales, han asimilado esas normas como algo natural y antes de tener edad de
llevar pantalones o falda larga ya las conocen y manejan con soltura y sin tener que
pensar en ellas. Sale de manera natural. Al menos a mis hermanos y a mí nos pasó.
Ya antes de los once años teníamos bien aprendidas las lecciones de protocolo en una
mesa y en reuniones a las que de ordinario un niño de esa edad tiene prohibida la
entrada.
—Sí, parece lógico que las normas de decoro y cortesía sean de las cosas que se
aprenden con más facilidad con la práctica que con simples lecciones en el aula
infantil.
Camile se detuvo frente a una puerta:
—Esta es la puerta de entrada común. —La abrió, sin darle ocasión a él de
hacerlo, y entró soltándose de su brazo—. Este es el saloncito que compartimos.
—Giró ligeramente hacia la derecha manteniéndose firme en el sitio—. Esa es la
puerta de vuestra alcoba. —Dijo señalando una puerta lateral. Después giró el rostro
para poder mirarlo—. Si me disculpáis, creo que iré a revisar a Gloria y salvo que
necesite algo, después subiré a ver las habitaciones de los niños.
Esperó un par de segundos, pero como él no dijo nada comenzó a caminar hacia
la puerta contraria que sin duda sería la de su habitación.
Lucas la llamó:
—Camile. —Esperó a que se detuviere y lo mirase antes de abrir la puerta de su
habitación—. ¿Crees que podrías empezar a usar mi nombre de pila?
Camile lo miró más tiempo del que él deseó.
—No lo sé.
Esa fue toda su respuesta antes de girarse de nuevo y abrir por fin la puerta de
su habitación que traspasó sin decir nada más ni volver la vista atrás, dejando a Lucas
con la extraña sensación de que ella no confiaba en él, que desconfiaba de sus
intenciones o mejor dicho que siempre esperaba que detrás de cada una de sus
palabras hubiere una intención, un propósito.
Suspiró y entró en su habitación con intención de asearse y cambiarse para el
almuerzo. Para cuando hubo bajado ya todos se habían cambiado también. Miró en
derredor y Camile no se hallaba en la sala de modo que entró y saludó cortés a los
demás. Faltaba también la hermana mayor. Pasados unos minutos en los que todos
departían relajados con una copa de vino o de licor y algunos aperitivos entraron las
dos damas con los pequeños a la zaga con unos atuendos más apropiados para el
almuerzo. Todos se levantaron, pero Jefferson fue directo a por su hija que iba en
brazos de Camile y la tomó como si el sostener a su hija fuere tan natural para él
como andar. Se acercaron y, tras saludar a los adultos, se fueron acomodando entorno
a una mesa baja donde los lacayos les sirvieron limonadas. Viola, por su parte, se
sentó junto a Camile que, de inmediato, lanzó una mirada alzando las cejas a Lucas
que comprendiendo su intención se acercó y se sentó frente a su hija.
—Cielo, estás preciosa. Luces un vestido muy bonito. —La niña sonrió y saltó
del sillón para sentarse con su padre—. ¿Te ha gustado el ternerito?
Asintió.
—Pero es un bebé muy grande, más grande que yo. —Lucas sonrió—. Y la
señorita Anderson dice que se pondrá tan grande como Madeleine en unos meses.
Se acercó de inmediato Samuel que se colocó junto a él apoyando las manos en
sus rodillas confiado.
—Podemos elegir su nombre. A mí me gusta Thor, porque es grandote y a
Charlie le gusta tornado. Francis quiere llamarle Gustav, como el gnomo de su cuento
y Viola no se decide. —Frunció el ceño mirando a su hermana que, sentada en las
rodillas de su padre, lo miraba también—. Las chicas siempre tardáis una eternidad
en decidiros. —Miró a su padre—. Como en elegir vestido. Se ha probado tres.
—Puso los ojos en blanco.
—Sam, no seas malo, tus has sacado varios corbatines antes de elegir ese que
llevas. —Le reprendió suavemente Camile. Samuel se acercó a ella.
—Pero porque Callum me había pedido varios para probar el nudo. —Se quejó
él.
—¿Callum? ¿Callum mi valet? —preguntó Lucas y miró a Camile.
Camile asintió.
—Le he pedido que entrene a su sobrino para que empiece a asumir la atención
de Samuel. —Miró al pequeño —. Un niño grande necesita vestir elegantemente y
para ello un ayuda masculino que le asista en vez de una niñera ¿no es cierto?
Samuel alzó la barbilla orgulloso y asintió firme.
—Callum ha prometido que le enseñará a hacer lazos y a vestirme como a ti.
—Miró a su padre henchido de orgullo masculino que resultaba casi cómico en un
niño tan pequeño.
Lucas sonrió.
—Bueno, no puedo por menos que reconocer que estás muy elegante con ese
nudo, de modo que creo debieres empezar a tener un asistente que te ayude en esas
tareas.
—Pero solo para esas labores, Sam. Recuerda lo que hablamos. Seguirás
haciendo tus tareas y ordenando el cuarto de juegos antes de cenar.
Samuel asintió y después miró de nuevo a su padre.
—¿Me llevarás a la tienda de mayores contigo?
Lucas sonrió.
—¿Al sastre? ¿Quieres que te lleve a mi sastre?
Samuel asintió y Lucas desvió su mirada interrogativa a Camile.
—Solo para comprar algunas prendas para vestir. —Y como vio que Samuel
abría la boca para protestar—.
Y botas. —De nuevo se enderezó nervioso—. Y, sí, sí, no se me ha olvidado,
ropas y botas para montar.
Lucas se rio y miró a Samuel.
—Pero solo algunas prendas, Sam, sigues siendo aún pequeño para vestir como
yo.
Samuel asintió, pero de inmediato se lanzó a por Camile cuando ésta abrió la
mano.
—Decidido pues. Ahora queda por decidir el nombre del ternerito. Sugiero que
vayáis a plantearle la cuestión al abuelo a ver qué solución encuentra.
Viola saltó del regazo de su padre y tomó de la mano a Samuel tirando de él
para llevarlo hasta donde Charles y Francis charlaban con su padre y Albert.
Lucas sonrió mirando a Camile.
—Eso ha sido muy cobarde. —Camile lo miró—. Desembarazarse de la
discusión y dejarla en manos de lord Arthur—chasqueó la lengua negando con la
cabeza sin dejar de sonreír.
—En realidad, traslado al causante de la discusión su solución pues mi padre no
ha tenido mejor idea que dejar en manos de cuatro mentes ansiosas la elección libre
del nombre. De modo que es justo que sea él quién lidie con una solución pacífica.
—Visto de ese modo. —Se rio —. Supongo que sí, es justo que se vea abocado
a poner fin a una discusión que él mismo ha generado, más no por ello deja de ser un
poco artero desembarazarse sin más del asunto.
Camile sonrió conteniendo una risa.
—No diría lo mismo si hubiere tenido que escuchar a los cuatro lanzar al aire
propuestas de nombres de lo más descabellado como si una tormenta de ideas
absurdas se hubiere apoderado de todos. En menos de diez minutos sugirieron,
mientras luchábamos con ellos parar terminar de vestirlos, desde llamarlo Donalson,
como el mayordomo porque, decían, “es grandote y tiene los ojos marrones”, hasta
George, por el príncipe, pues alegan que es “tan gordito como él”.
Marcus que había estado en silencio junto a ellos escupió el trago de coñac
antes de estallar en carcajadas.
—Yo voto por ese nombre. —Decía riéndose—. Es irreverentemente
apropiado.
—No sea malo, milord. —Le decía con una sonrisa Camile—. Bastante nos ha
costado a Stephanie y a mí convencerles de desistir.
—Oh ¿pero por qué han hecho eso? Ciertamente resulta un nombre adecuado.
—Insistió él riéndose.
—Milord, creo que ha llegado el momento de cambiar esa copa que sostiene en
su mano por una de delicioso ponche. —Le sonreía alzando las cejas.
Marcus se rio.
—Bien, como aún no he tenido ocasión de probarlo no puedo juzgar, todavía, el
grado de malignidad de su castigo o de dolor que ello ocasionaría en mi persona.
—Hum hum. —Miró más allá de ellos—. Albert. —Esperó que su hermano lo
mirase—. Lord Marcus arde en deseos de tomar un poco de ponche navideño y
espero no le defraudes. —Alzó la ceja desafiante.
—Por supuesto que no. —Sonrió levantándose animado e hizo a una señal a un
lacayo que salió presto por la puerta del salón—. Milord, ha de saber que constituye
una tradición en esta familia que mis diestras manos preparen el ponche cada día.
—Se escucharon varios carraspeos, sobre todos femeninos a su espalda, que él ignoró
convenientemente antes de sentarse en el brazo del sillón ocupado por Camile frente
a Marcus—.
Se trata de una receta que inventamos Charles y yo cuando estudiábamos en
Eton.
—No exactamente. —Le corrigió rápidamente el mentado —. Él ha tenido a
bien modificarla para hacerla algo más —Hizo una mueca—, digamos original.
Se rio mirando con la ceja alzada a Camile que se reía por la forma de
denominarlo. El mayordomo entró acompañado de un lacayo con una bandeja que
dejó en la mesa situada entre los sillones de Marcus, Lucas, Camile y Albert.
—Bien, caballeros. —Señalaba Albert entregando a cada uno una copa
mientras que Camile sonreía divertida mirando a Marcus—. Regocíjense.
Camile empezó a reírse mirando a su hermano.
—Estás muy pagado de ti mismo ¿no es cierto? —preguntó a Albert sin dejar
de reírse, pero de nuevo a Marcus—. Bien, milord, no sea tímido, como dice mi
humilde hermano “regocíjese”.
Marcus se rio y alzó la copa en su honor antes de tomar un trago que casi
escupió y por la cara que puso, Camile empezó a reírse sin dejar de mirarlo.
—Recuerde, milord, una cada día.
—Me lo tengo merecido, sin duda, por poner en tela de juicio su palabra y
amenaza, milady—decía Marcus mirando con desconfianza el contenido de la
copa—. Válgame el cielo, ¿cómo ha dicho que llama a este brebaje, milord?
Camile se reía mirando a su hermano mientras contestaba:
—Tiene la audacia y osadía de denominarlo Ponche, más, todos nosotros no
nos atreveríamos a calificarlo de un modo tan generoso por nada del mundo.
Albert alzó la barbilla y resopló.
—Es evidente que la ambrosía no ha de ser probada por simples mortales.
—Oh vamos, Albert, convéncete. Aún no has encontrado ser vivo que haya
alabado tu ¿Cómo lo ha llamado? —intervino de nuevo Camile que miró a Marcus—,
“brebaje”, de hecho, aún no has encontrado ser vivo alguno que consiga siquiera dar
más de un trago del mismo.
—Eso es, Camy, porque hay pocos paladares cuyo refinamiento permitan
deleitarse de tal gozo.
Camile estalló en carcajadas.
—Reconoce que lo haces para torturar por doquier bajo el paraguas de una
tradición. —Intervino Amelia que se hallaba en un sillón cercano y miraba a
Albert—. Estoy convencida de que no solo eres consciente de que es imposible
ingerirlo sin que el cuerpo entero se rebele en contra de ello, sino que disfrutas ante
esa verdad irrefutable.
Albert se rio.
—Una teoría ciertamente interesante, hermanita, pero dinos ¿en qué la basas?
—¿Además de que tú jamás lo pruebas a pesar de que finges hacerlo? —le retó
ella con la mirada.
—Patrañas. No paro de beberlo, lo que ocurre es que, mientras lo preparo, estoy
constantemente probándolo.
Se escucharon las carcajadas de las tres hermanas, de Charles y Jefferson ante
la excusa, pero se vio salvado de tener que corroborar la veracidad de sus palabras
por la llamada al comedor de Donalson.
Camile de inmediato se levantó y tomó de la mano a Viola y guio al resto de los
niños hasta el comedor a los que sentó en uno de los lados de la mesa donde los
lacayos habían puesto cojines en las sillas para que llegaren sin problemas y los
servicios de cada uno un poco más juntos para sentarse cerca los unos de los otros.
Camile sentó a Viola en el lugar más cercano a los adultos ocupando ella la silla
inmediatamente contigua y junto a ella se sentó Jefferson que colocó inmediatamente
después a su pequeña y junto ella a su madre. Lucas decidió, dado que era evidente
que, salvo los asientos de los pequeños, no había colocación previa de los
comensales, sentarse frente a Camile y Viola, la cual parecía entusiasmada de verse
en la mesa de los mayores. Para cuando empezaron a servir el vino y a los pequeños
una bebida que pareció encantar a sus hijos, y que Camile le aclaró que era de
grosellas, Lucas reconocía la facilidad con que la familia del conde se relacionaba
entre ellos y lo duro que debía ser para Camile sentarse día tras día en una mesa en la
que, salvo las ocasiones en que tenían invitados, estaban ellos dos solos y él eludía
por costumbre cualquier conversación más allá de las meras cortesías o lo
estrictamente necesario. Aún observaba a los comensales cuando empezó una
conversación en la de pronto estaban todos incluidos especialmente los niños.
—Es decir. —Intervenía el conde mirando a los pequeños—. Pretendéis
dilucidar quién ha de poner el nombre del ternero atribuyendo tal honor al vencedor
de una carrera de trineos, ¿lo he entendido bien?
—Bueno, es lo más justo, abuelo. —Decía el pequeño Charles tajante—. No
nos ponemos de acuerdo, y si uno ha de ser el que se lo ponga al final, lo, —miró de
soslayo a su padre que le susurró algo y sonriente concluyó—, “lo procedente” es que
se lo haya ganado.
—¡Por todos los santos, Charles! No conviertas a mi hijo en un revolucionario
progresista a los seis años no cumplidos. —Refunfuñó Stephanie.
Poniéndose la mano en el pecho teatralmente Charles la miró con los ojos
falsamente indignados: — ¿Yo?, pero si solo amplio su vocabulario.
Stephanie resopló. El conde de nuevo intervino con la mirada fija en los niños.
—En fin, en fin, de cualquier modo, la idea de dilucidar quién da nombre al
ternerito con una prueba no me parece desacertada del todo.
—Pero no debiere ser con las carreras de trineos, pues para ellas ya hay
premios. —Intercedió Camile.
—Pero existe un juego en el que creo nos podremos divertir y que estoy seguro
habrá igualdad de condiciones entre los participantes. —Añadió Albert que miró a su
padre sonriendo con malicia—. El croquet. Además, con un poco de nieve en el
jardín será más divertido.
—¡Estupendo! —Palmeó sus manos Amelia—. A eso yo sí puedo jugar.
—Jefferson carraspeó a su lado—. O
bueno, iré con calma, — suspiró—. ¿Cuándo aprenderán los hombres que un
embarazo no es una enfermedad?
—Cuando las mujeres asuman que no pueden hacer las mismas cosas con un
hijo en su seno que sin él. —Le respondió aun sabiendo que era una mera pregunta
retórica —. Nunca, querida, nunca.
—De todos modos, —la miró ella ceñuda —, al croquet si puedo jugar pues no
requiere mucho esfuerzo y sí maña y destreza.
—Eso te deja fuera, Amelia.
—Eso te elimina de la competición.
—Dos cosas de las que careces.
Señalaron a un tiempo sus tres hermanos y empezaron a reírse.
—Decir eso es una crueldad, y más estando embarazada. —Los miró a los tres
ofendida.
—¿Así que para eso sí estas embarazada? —la miraba Albert con una sonrisa
petulante.
—Bien, bien, dejaos de tonterías. —Intervino su padre—. Veamos, jóvenes,
—miró a los niños—. ¿Una partida de croquet para decidir quién elegirá el nombre
del ternerito?
Viola lo miró apenada.
—Nosotros no sabemos jugar.
Camile la sonrió.
—Lo que os da cierta ventaja, cielo. La suerte del principiante. Además, es muy
sencillo y como bien ha indicado tía Amelia, se requiere más maña que fuerza, de
modo que con lo hábiles que sois con los juegos, nos ganaréis sin compasión.
Además, peque, competís entre vosotros y ninguno habéis jugado aún. Así que partís
en igualdad de condiciones.
—Oh bueno. —Lo meditó unos segundos—. Supongo que siendo así.
—En ese caso, damas y caballeros, batalla de croquet. —Asintió tajante
Albert—. Veamos, podemos jugar esta tarde y dejar para más adelante las carreras de
trineos. —Miró a los niños entrecerrando los ojos—. De ese modo, tendremos otro
motivo para competir con fiereza; compensar y devolver posibles agravios.
Camile se rio.
—Un momento, un momento, si ya estás adelantando que del croquet surgirán
agravios es porque prevés la existencia de trampas y argucias arteras y nada limpias.
—Chasqueó la lengua negando con la cabeza—.
Cuando éramos pequeñas podías enredarnos, más, eso ahora, ya no es posible,
nos conocemos todos tus ardides.
—Cierto, cierto. —Asintió Stephanie mirando a Albert—. Nada de trampas o
quedas eliminado.
—No, no. Quedarás relegado al último puesto que es lo más horripilante que tu
tramposa mente puede imaginar. —Amelia sonrió mirándolo satisfecha.
—Eso es, quedarás en el último y humillante lugar. —Confirmó Camile
sonriendo a su hermano satisfecha.
—El último, sí señor, el último. —Convino sonriendo Stephanie.
Albert suspiró teatralmente.
—Dios, líbrame de las hermanas con mal perder.
Thomas miró a Albert sonriendo.
—¿Hemos de suponer que todos ustedes son, además, de competitivos algo
belicosos?
—En realidad, lo son ciertas hermanas. Yo, por mi parte solo demuestro mis
dotes superiores en ciertas artes. —Volaron hacia su cabeza tres uvas procedentes de
las tres hermanas mencionadas—. Competitivas, belicosas y vengativas, milord.
—De nuevo otras tres uvas hicieron diana en su cabeza.
—Y con excelente puntería, Albert. Tenlo en cuenta. —Se reía Charles mirando
a su cuñado.
—Niños, esto es algo que jamás debéis hacer. —Se apresuró a decir Camile
mirando a los niños—. Solo pretendíamos daros un ejemplo de comportamiento
inadecuado y nada educado en la mesa.
Albert se reía.
—No lo digas, Camy, “no hay mejor lección que el ejemplo llevado a la
práctica”.
Camile lo miró reprobatoria, pero pronto empezaron a fluir de nuevo las
conversaciones, bien entre algunos comensales bien entre todos.
Los pequeños terminaron antes el almuerzo pues algunos platos no se les
sirvieron pero sí los postres y tras ellos se les dispensó permitiéndoseles marchar a un
salón a jugar mientras esperaban los adultos, aunque Camile y Stephanie tuvieron la
previsión de pedir al mayordomo que enviase a las niñeras para vigilarlos.
Lucas participó en las conversaciones aunque principalmente se dedicó a
observar a los comensales encontrando a una Camile un poco distinta con su familia.
Más como cuando se encontraba con Viola y Samuel. Una Camile más cercana,
cariñosa, parlanchina y relajada. Se le vino a la cabeza la imagen de ella un poco
nerviosa, casi asustada la noche de su boda. Sentada frente a él en el comedor de
Galvert House escuchando atenta todo lo que él decía. Recordaba haberse propuesto
antes de la cena hablar con ella sobre lo que esperaba de ese matrimonio y se lo
expuso sin ambages, ahorrándose hasta más tarde esa especie de tonta idea de darse
tiempo, de conocerse, de sentirse cómodos el uno con el otro.
Viéndolo en perspectiva recordaba como su expresión fue poco a poco
cambiando, ahora lo podía apreciar. La observó a ella y a sus hermanas con sus
maridos, no solo plenamente integrados en la familia sino que estaban pendientes de
sus esposas sin reparos en mostrarlo. Comprendía que había mantenido las distancias
con ella y de ese modo también con su familia, que no así sus hijos que estaban más a
gusto allí que en su propia casa y desde luego con su madre y hermanas y eso que
Priscilla y Armony eran cariñosas con ellos. Tenía que agradecerle a Camile más que
simplemente ayudarle y fomentar sus aspiraciones, eso era innegable. Las damas se
retiraron dejando a los caballeros con su oporto pero antes de servirlo Jefferson se
puso en pie con su pequeña en brazos que había permanecido dormida en su regazo
desde hacía un buen rato.
—Enseguida vuelvo señores. Voy a llevar a mi pequeña a su cama. Disculpen.
Albert se rio de algún comentario que debió hacerle Thomas y eso trajo de
regreso a Lucas.
—En realidad, Jeff solo quiere niñas a su alrededor. Si lo pensamos bien,
caballeros, ¿quién no desearía estar rodeado de mujeres bonitas que nos consideran el
hombre perfecto? —se rio—. Confieso que en ciertos momentos era un engorro estar
rodeado de hermanas, pero ser el único varón tiene más ventajas que molestias.
—Te recuerdo que no eras el único varón. —Le corrigió el conde mirándolo
con las cejas levantadas—. Y de los dos, te aseguro que no era a ti al que
consideraban su ideal. —Sonrió mientras su hijo se rio.
—Me considero reprendido, padre. —Miró a Thomas—. De cualquier modo,
mi cuñado siente una debilidad por Cressinda rayana en la ciega adoración, mi esposa
piensa que es porque es una copia exacta de Amelia, más, yo sospecho que es porque
Jefferson perdió a sus padres y hermanos siendo niño y tener familia propia era lo que
de verdad deseaba desde hace muchos años.
—¿Y vos, Lord Charles?— preguntó Marcus.
—Charlie y yo fuimos compañeros en Eton, y con el paso de los años comenzó
a frecuentar Mandershalls más que su propia casa, así que era prácticamente uno más
de la familia incluso antes de casarse con Steph. —Contestó primero Albert.
Charles sonrió.
—Lo cierto es que sentía cariño por Steph desde que éramos unos niños y con
los años empecé a sentir cierta predilección por ella, bien es cierto que no es un
secreto que no fue hasta que nos casamos cuando empecé a sentir por ella lo que
ahora nos une. Para ser sincero, nunca he sido demasiado romántico de modo que
pensaba que con sentir cariño sincero, afecto y respeto por mi esposa era más que
suficiente. —
Sonrió pillo—. Pero cuán equivocados podemos estar los hombres. —Se rio—.
Me confieso encantado de haberme convertido en un estúpido romántico, al menos,
con ella. —Sonrió y miró al conde—. ¿Qué puedo decir? Cuando le sale la vena de su
madre no hay quien se le resista.
El conde estalló en carcajadas.
—No seré yo quién te critique por eso, Charles.
Charles miró a Thomas.
—Pero confieso que aunque adoro a mis dos diablillos no me importaría tener
una o dos pequeñas a las que consentir.
El conde intervino mirando a Marcus y a Thomas.
—Verán señores, en esta familia tendemos sentir debilidad por las damitas, de
modo que, —miró a su hijo—, dejando al margen el hecho dar heredero al título y
cuantos varones tengáis a bien traer Marion y tú, es evidente que espero más nietas.
Dos no son suficientes.
Lucas miró al conde pues incluía sin reparos a su hija como nieta de pleno
derecho lo que no era sino de agradecer, más con ello no hacía sino aumentar su
sentimiento de culpa. Había sido desleal con Camile, pero también con todos ellos
por no cumplir con lo que les prometió. No cuidaba y protegía a su hija y hermana
como había jurado hacer y, desde luego, no la trataba como se merecía. En ese
momento regresó Jefferson y de nuevo la conversación fluyó pero por otros
derroteros.
Para cuando se unieron a las damas, Camile se encontraba sentada en una
alfombra con los cuatro niños explicándoles cómo se jugaba al croquet con los palos,
bolas, aros y el poste de madera para ayudarla a hacerlo, aunque unos minutos más
tarde, se llevaron dos lacayos para dejarlos en la terraza para más tarde.
—Yo quiero la bola y el palo rosa. —Dijo Viola.
—Tuyos son, cielo. Podéis elegir el que os guste menos el negro que es mío.
—Afirmó tajante Albert sentándose en el sillón cercano—. Es una tradición que no ha
de cambiarse. —Sonrió orgulloso.
—Oh sí, Dios ampare aquél de nosotros que se atreva quitarte a trueno de tus
manos. —Decía entre risa Amelia sentada relajada en otro de los sillones
—Dios bendito. Es cierto. Lo llamabas trueno. —Stephanie se reía—. Lo había
olvidado.
—Y rayos a sus golpes magistrales como el los calificaba arrogante. —Se reía
también Camile.
—No os reiréis tanto, pequeñas brujas, cuando os derrote implacable. —Las
tres estallaron en carcajadas—.
Y ni se os ocurra aliaros contra mí que os conozco.
Una hora más tarde cada uno con sus martillos y bolas escogidos repartieron los
aros para entre todos formar el recorrido a sortear y casi tardaron media hora más en
terminar de diseñarlos pues todos parecían empeñados en complicarlo tanto para los
oponentes que acabó convirtiéndose en una contienda el terminar de diseñar el
recorrido entre risas y chascarrillos diversos. El conde hacía de juez para lo que
adoptó su pose más solemne mientras sus hijos se reían tanto como sus nietos.
—Bien, peque. —decía Camile colocada tras Samuel—. Tú sales ahora.
Recuerda lo que te dije. Has de hacerla pasar por el primer aro pero si tienes ocasión
de dar a la bola de algún oponente y desviarla de su recorrido puedes hacerlo. Has de
pensar la jugada. —Le colocó la bola a sus pies y se apartó un poco—.
Vamos, Sam, piensa en el ternerito. —Sonrió por encima de él a su hermano—.
O mejor piensa en poder derrotar al tío Albert.
—Muy bonito, sí señor, pero que muy bonito. Fomentar el convertirme en el
blanco de todos no impedirá que os derrote, brujas impertinentes. —Decía Albert con
su martillo apoyado despreocupadamente sobre su hombro.
Samuel apuntó y pasó con cuidado el primer aro.
—¡Muy bien, cielo! —Camile lo celebró eufórica—. Ahora ve a regodearte de
tu pericia ante el tío Albert.
Samuel se reía mientras miraba a Albert que estallaba en carcajadas.
—Menudo ejemplo le das al pobre Samuel. —Miró al niño—. Ha sido un
excelente golpe, Sam, más ahora le toca al maestro.
Comenzó a caminar hacia ellos que era donde se hallaba el punto de inicio
mientras Samuel se lanzó a por su padre.
—¿Has visto, papá? ¿Has visto? —sonreía orgulloso.
—Un tiro excelente, Sam, creo que tendré que tener cuidado contigo. Eres un
oponente demasiado diestro.
El niño sonreía entusiasmado por pensar que su padre le consideraba un duro
oponente.
Después de una hora quedó corroborado que Viola o Samuel, y en realidad
todos los pequeños, sí que eran esos diestros oponentes pues iban a la cabeza y,
además, dejando en franco mal lugar a todos los adultos que no hacían sino dar
vueltas con sus bolas y torpes golpes, sin mencionar que Camile y sus hermanas se
dedicaban, principalmente a desviar sus bolas, especialmente la de Albert que se
había convertido en su objetivo común
—¡Se acabó! —gritaba desesperado al ver cómo Amelia desviaba su bola hasta
casi atravesar todo el jardín—. Exijo la eliminación por conducta no deportiva e
indecorosa. —Amelia se reía mientras que Albert iba directo a por ella—. Amelia, ni
siquiera estaba en tu trayectoria, lo has hecho por pura inquina.
Ella lo miraba sin dejar de reírse.
—¿Yo? Pero que sandez. Lo he hecho porque me distraía evitando que pudiere
apuntar correctamente.
—¡Por todos los cielos! ¿Evitarte apuntar? —se paró frente a ella mirándola
ceñudo con los brazos en jarras—. Si ni siquiera estaba cerca de la trayectoria que
tenías que tomar para tu siguiente aro. —Gruñó desesperado.
—Me distraía. —Insistió ella sonriendo y alzando la barbilla.
—Amelia te mereces un par de azotes. —La miraba aún ceñudo.
—Albert, si mi esposa decía que le distraía tu bola es que le distraía, de modo
que no se te ocurra llevarle la contraria o seré yo el de un martillazo en eso que
llamas osadamente cabeza.
Amelia se reía poniéndose de puntillas y dando un beso en la mejilla a su
esposo.
—Estupendo, cobardica, escóndete tras tu marido. —Resopló —. Primero te
escudas en tu embarazo, ahora en tu esposo. —Negaba con la cabeza mientras
refunfuñaba caminando ya en busca de su bola—. Así no hay quien juegue.
Amelia aún se reía mientras miraba hacia los jugadores más adelantados.
Camile se situó junto a Viola.
—Nenita, te toca, si le das al taco de allí serás la vencedora. —Miraba a los
demás adultos y sobre todo lo alejadas que se hallaban las bolas de la mayoría—. Lo
que resulta un poco humillante para el resto de nosotros, dicho sea de paso.
—No hace falta que hagas leña del árbol caído, Camy. —Le decía Charles—.
Al menos no hemos quedado tan mal como Albert.
—¡Lo he oído! —gritó el mentado desde la otra punta del campo de juego—. Y
la culpa la tienen unas hermanas vengativas y con ganas de saltarse las reglas del
juego a la menor ocasión.
Camile de nuevo se centró en Viola.
—Vamos, cielo, tú puedes lograrlo, tómate el tiempo que desees.
Viola asintió y se concentró en su tirada. En cuanto se escuchó el golpeteo de la
madera de la bola chocando con la madera del poste de fin del recorrido, todas las
damas empezaron a saltar como si fueran niñas pequeñas y Viola fue a por su padre
que estaba junto al poste riéndose.
—¡He ganado! ¡He ganado! —se reía mientras su padre la aupaba.
—Lo has hecho de maravilla, cielo. Una victoria muy merecida.
Lord Arthur se acercó y abrió los brazos y la pequeña soltó a su padre y se fue a
por él.
—Bien, mi damita, puesto que eres la justa vencedora de la contienda, te
corresponde el honor de elegir el nombre del ternerito ¿has pensado cual será?
Viola asentía cerrando los brazos en el cuello de Lord Arthur.
—Croquet, le llamaré Croquet.
Lord Arthur se rio.
—¿De veras? ¿Lo bautizarás como el juego?
Asintió tajante.
—Aja. Así quedará y se recordará siempre mi victoria.
Lord Arthur estalló en carcajadas:
—Muy hábil. Eso es muy hábil. —Miró a Lucas—. Sin duda quedará para la
posteridad su victoria. —Reía mientras su padre la tomaba en brazos de nuevo—. Le
diremos a Donalson que encargue un cencerro para el ternerito con su nombre
grabado.
—Uy, sí, sí. —Sonreía Viola de oreja a oreja—. Papá, tendrá un cencerro con el
nombre que yo he elegido. —
Se abrazaba a su padre—. Será mi ternerito.
—Cielo, tu ternerito dentro de poco será más grande que yo. —Sonreía Lucas
dejándola en el suelo.
Camile la tomó de la mano:
—Vamos cielo, vamos a regodearnos un poco con tío Albert. —Se reía
caminando en dirección a su hermano—. En ocasiones como las de hoy, no está de
más presumir un poco de los méritos y victoria frente a caballeros tercos como el tío
Albert.
—Camy, haz el favor de no corromper jóvenes mentes en contra de tu hermano.
—Le decía su padre a su espalda mientras ella lo miraba por encima del hombro con
una sonrisa maliciosa.
—Yo no haría eso nunca, papá, a lo sumo guio a esas jóvenes mentes por el
camino del adecuado uso de los poderes superiores frente a hombres no aptos para la
batalla encarnizada contra las damas de esta familia.
Tras disfrutar unos minutos aguijoneando al pobre Albert, las tres hermanas
tomaron a los niños y los dejaron en manos de sus niñeras para que los preparasen
para la cena mientras ellas se dedicaban a dejar en un salón todo lo necesario para
decorar el árbol la mañana siguiente dejando a los caballeros relajarse antes de subir a
cambiarse para la cena.
Cuando Lucas bajó al salón ya se encontraban en él sus hijos jugando a las
cartas con Albert y Jefferson mientras que Marcus y Thomas se reían con Camile y su
hermana Amelia cerca de la chimenea. Al acercase se sorprendió al ver que la
pequeña de los Comwell se hallaba en el regazo de Marcus. Lo miró alzando las
cejas.
—Me he visto asaltado por las bellezas de la familia. —Comentaba pícaro y
seductor dedicándoles una sonrisa de impenitente hechicero a las dos damas sentadas
frente a él.
—¿Asaltado, Milord? ¿No cree que sobreestima su encanto? —Amelia lo
miraba con una sonrisa burlona.
—Ni por asomo, milady, cierta damita de excelente gusto, —Lanzó una mirada
a Cressinda que jugueteaba con la muñeca de trapo que tenía en sus manos—, ha
tenido el excelente criterio de dirigirse directamente a por el más apuesto de los
caballeros presentes y elegir su protectora presencia para acomodarse en ella. —Alzó
la barbilla petulante.
Camile le sonreía negando con la cabeza.
—Teniendo presente que también corre hacía las ovejas del prado en cuanto las
ve, no debiera presumir en demasía, milord.
—No sea mala, milady. —Se reía Marcus mirando a la pequeña—. No puede
negar que se halla en la gloria.
Camile miró a Amelia y tras intercambiar una mirada la desviaron hacia él.
—En fin, — suspiró —, algo de buen gusto si tiene. —Reconoció al final.
Por algún motivo el que Camile, aunque fuere bromeando con él, reconociere
considerar a Marcus atractivo molestó sobremanera a Lucas que lo miró
entrecerrando los ojos.
—Luc. —Thomas atrajo su atención—. Lady Amelia nos comentaba que
mañana por la mañana las damas y los niños se entretendrán decorando el árbol que
los caballeros trajeron de su excursión por el campo mientras que a nosotros se nos da
esas horas de ¿cómo lo ha llamado, milady? —miró a Amelia—. ¿Asueto?
—ella asintió sonriendo—. Bien, pues unas horas de asueto para pescar en el
lago helado. Lord Arthur nos proporcionará cañas de pescar adecuadas.
Lucas sonrió.
—Será realmente interesante vernos de nuevo en esa tesitura, ya que hace años
que no pescamos en hielo.
—No os preocupéis, Charles, Jefferson, Albert y mi padre os guiarán, no tanto
en la pesca como en el arte de disfrutar de cerveza, empanada y el regresar sin
pescado alguno.— sonrió Amelia —Camy. —La pequeña llamó a su tía extendiendo
los brazos desde las rodillas de Marcus.
—Ven, nenita. —Camile la tomó en brazos y la acomodó en su regazo—.
¿Estás cansada? — La pequeña negó con la cabeza apoyándola después en su
pecho—. Mañana decoraremos el árbol y podrás comer un bastón de caramelo
mientras tanto.
—¿Pondremos mi angelito?
—Claro, nenita. Y pondremos el de mamá, el de tía Elizabeth y el mío y
mañana le podrás dar el suyo a Viola para que lo coloquéis juntas. —Dio un beso a la
pequeña y le hizo un gesto a su padre que de inmediato fue a por ella—. Peque, da las
buenas noches a todos que papá te va a llevar a la camita.
La pequeña sonrió a todos pero sobre todo a Marcus mientras su padre la
tomaba en brazos.
—Buenas noches—dijo ya con su padre caminando hacia la puerta.
Marcus sonrió.
—Esa pequeña irá rompiendo corazones en pocos años.
—No se le ocurra decir eso delante de su padre o encerrará a mi pequeña en una
torre muy alta. —Se rio Amelia.
El mayordomo anunció la cena y Marcus se apresuró a ofrecer el brazo a
Amelia para dejar a Camile libre para Lucas, sin embargo, cuando Camile se hubo
levantado en vez de ofrecer su brazo se quedó unos segundos quieto y después solo
giró para dejar la copa en la mesa, de modo que ella, acostumbrada como estaba a
valerse por sí misma cuando se trataba de él y no esperar nada de su parte, miró a
Thomas y le sonrió.
—Bien, milord, creo que ha llegado el momento de explicarle las reglas de
nuestras carreras de trineos, no queremos que luego alegue falta de deportividad o
trampa alguna de nuestra parte cuando se encuentre en un poco honroso puesto de
vencido.
Thomas la sonrió ofreciéndole el brazo al tiempo mientras ella ponía la mano
en su manga.
—Aun desconociendo esas supuestas reglas, creo precipitada su predicción de
mi derrota, pues quizás yo desconozca sus reglas, más, vos, milady, desconocéis cuál
hábil puedo resultar o cuánta es mi destreza sobre un trineo.
Comenzaron a caminar hacia el salón no sin antes lanzarle una mirada
reprobatoria a Lucas por su más que patente falta de consideración hacia Camile
Alex suspiró echando a andar tras ellos escuchando los comentarios que se
lanzaban uno y otro a cuenta de la supuesta carrera de trineos. Camile pareció adoptar
como propia la indiferencia que él hubo mostrado unos minutos antes porque se
aseguró de tomar asiento en un lugar lejano al suyo y de ignorarlo no solo durante la
cena sino también posteriormente apresurándose a subir a acostar a los niños
disculpándose antes de su ausencia no solo por unos momentos sino ya para el resto
de la velada.
—Por Dios, Luc. —Se sentó Marcus a la primera ocasión que encontró esa
noche lejos de oídos de la familia—. Pareces más dispuesto a empujar a tu esposa en
sentido contrario al tuyo que en intentar no ya ganártela sino incluso ser amable con
ella. ¿Tanto esfuerzo te habría supuesto acompañarla a la mesa y sentarte a su lado?
hasta yo me he sentido ofendido con tu actitud y lo peor es que ella parece asumirla
como normal y no esperar nada distinto pues se apresuró con suma naturalidad a
asegurase que Thomas le ofreciese su brazo como si tal cosa. No es de extrañar que
no solo las damas de la familia sino los caballeros te consideren frío. Tu actitud con
una esposa que se muestra siempre amable y agradable resulta desconcertante incluso
para los que te conocemos.
—¿Has acabado? —le preguntó Lucas en un tono aparentemente calmo.
Marcus suspiró negando con la cabeza y enderezándose antes de ponerse en pie.
—Sí, Luc, he terminado. Si no la has perdido ya, te aseguro que no falta mucho
antes de que la pierdas definitivamente. Todos tenemos un límite, Luc, te lo recuerdo.
En mi opinión, si no lo has sobrepasado, estás a un paso de hacerlo y los que sufrirán
por ello no solo serán tus hijos y tu esposa, sino tú. —Una vez en pie lo miró tras
dejar la copa en la mesita entre los sillones que ocupaban—. Cuando no la tengas,
quizás empieces a valorarla como se merece y sufrirás por lo que has hecho y más por
lo que no has hecho cuando debías.
Lucas lo vio alejarse y disculparse de los miembros de la familia que aún
quedaban en el salón para retirarse a dormir, dejándolo a él meditando sobre la verdad
de las palabras de Marcus pues no le habría costado nada mostrarse un poco amable
con Camile, de hecho ese era el problema. Le costaba más esfuerzo mostrar y
mantener la distancia con ella ahora que no hacerlo. Incluso le resultaba más natural
mostrarse amable con ella y tenía que controlarse para no hacerlo y por ello siempre
parecía seco, brusco o callado estando a su lado, porque si se dejase llevar, quizás
perdería la batalla que tanto le había costado ganar durante meses.
Al día siguiente no la vio en el desayuno pues supo que había ido a cabalgar
temprano con su padre antes de que éste se reuniere con los caballeros para ir a pescar
al lago, aunque sí pudo disfrutar de un rato con sus hijos antes de partir ya que se
hallaban con los hijos de lord Charles en un salón esperando ansiosos que aparecieren
las damas para decorar el árbol que se encontraba allí listo para ello. Tampoco la vio
al mediodía pues, tras decorar el árbol con los pequeños, Camile marchó junto a su
padre y su cuñada Marion a entregar las cestas a los arrendatarios y vecinos de
Mandershall, aunque sí la vería ya por la tarde pues estaba prevista la tarde familiar
con las carreras de trineos y el chocolate en torno a la hoguera.
—Papá.
Lo llamó Samuel que estaba sentado a su lado tras el almuerzo estudiando el
libro de ilustraciones de piratas que Camile le hubo comprado en el pueblo unos días
antes.
—Dime. —Respondió casi mecánicamente dejando a un lado el libro que él
mismo estaba leyendo y saliendo de su callada concentración.
—Cuando regresemos a casa, a Londres, ¿me podré llevar el trineo conmigo?
Charlie dice que hay un lugar en St. James Park en el que podríamos lanzarnos en
trineo.
—No sé, creo que primero deberé ver cómo te desenvuelves con él, porque en
un parque pasan muchas personas y no querríamos que hicieres daño a nadie ni que te
lo hicieres tú en un accidente.
—Puff, —resopló—, Camy ha dicho lo mismo esta mañana.
Lucas sonrió:
—Y tú has venido a preguntarme a mí por si era más permisivo. Chico travieso.
Le sonrió y Samuel se rio divertido por haber sido pillado en falta.
—¿Esta noche vendrás al cuarto de Camy? Tomaremos chocolate caliente y
galletas mientras nos lee un cuento a Viola y a mí y después dormiremos con ella
para esperar la mañana de Navidad.
Lucas deseó decirle de inmediato que sí pero dado su comportamiento con
Camile, no podría imponerle su presencia y menos en su dormitorio. Quizás podría
pedirle que les leyese el cuento frente a la chimenea que había en el saloncito común
entre sus dos dormitorios y al menos así no se sentiría invadida en su propio espacio
privado.
—Ya veremos.
Samuel se aupó un poco y se sentó en su regazo dejando caer su cuerpo en su
torso y acomodando la mejilla en su pecho y enseguida bostezó. Lucas que lo hubo
dejado hacer lo miró unos segundos.
—Sam ¿te estás durmiendo? —de nuevo bostezó y él sonrió mirando de
inmediato el reloj a los lejos de encima del dintel de la chimenea—. ¿Quieres dormir
un poco para coger fuerzas para la carrera?
Asintió ya cerrando los ojos. Lucas sonreía negando con la cabeza mientras
tomaba una de las mantas que había en el escabel a sus pies con cuidado y lo tapaba.
Marcus que lo había visto se sentó a su lado entregándole una copa de coñac.
—Toma, la vas a necesitar si has de quedarte quieto un rato. —Dijo bajando la
voz.
Lucas sonrió.
—Al parecer soy una excelente fuente de calor.
—Con lo tranquilo que se ve ahora cualquiera podría imaginar el torbellino en
el que se convertirá en menos de una hora subido a un trineo.
Lucas se rio por lo bajo.
—Sobre todo con el incentivo de hacerse con una pequeña espada de madera
como premio con la que combatir con otros torbellinos como él.
Miró un poco más allá al sillón en el que se encontraban los hijos de Lord
Charles adormilados junto a su padre.
Y no andaban muy desencaminados. En cuanto el conde, Marion y Camile
regresaron la familia se marchó a una colina sobre la que, durante más de dos horas
hicieron carreras sin parar y en las que la advertencia que en su día les hizo Camile a
Marcus y Thomas de que todos eran unos tramposos redomados en lo que a las
carreras de trineos se refería no era en vano pues, para sorpresa y constante hilaridad
de todos, no pararon de hacer trampas unos contra otros sin mesura ni disimulo
alguno. Aunque, eso sí, algunas de ellas estaban destinadas únicamente a lograr que
todos los pequeños consiguieren ciertas victorias que les granjeasen los puntos. En un
momento determinado, Lucas se preguntó cómo es que, siendo vecinos y conocidos
de tantos años, nunca hubo participado en ese tipo de actividades con los hijos del
conde, ni él ni sus hermanas, así como tampoco en muchas de las actividades del
pueblo a las que los cuatro hijos del conde parecían tan asiduos y, como bien dijo en
su momento una de sus hermanas, explicaba no solo que fueren conocidos por casi
todos los habitantes de la zona sino también tan respetados y queridos.
La cena transcurrió con relativa calma ya que los niños la hicieron en las
habitaciones infantiles pues estaban agotados de la tarde sin parar de subir y bajar la
colina y de las emociones de las carreras y Camile acabó disculpándose al igual que
sus hermanas nada más terminar la cena, dejando a los caballeros solos, mientras
ellas colocaban todos los regalos al pie del árbol para que al despertar los niños los
encontrasen nada más abrirse las puertas del salón. Tras ello, recordó lo que le había
dicho Samuel del cuento en el dormitorio de Camile y a la menor oportunidad que
encontró se disculpó y se retiró a descansar. Se hallaba ante la puerta del dormitorio
de Camile en el saloncito que lo comunicaba al suyo, indeciso de si llamar o no. Veía
luces desde el bajo de la puerta y escuchaba las risillas de sus hijos así que sabía que
estaban aún con su cuento. Tomó aire y finalmente decidió llamar suavemente con los
nudillos. En apenas unos segundos se abrió la puerta y apareció Camile en camisón
con su cabello recogido en una trenza sencilla
—¿Milord? ¿Ocurre algo? —preguntó tras unos dos o tres segundos de evidente
sorpresa.
—No, no. No quería asustarte. Samuel me pidió esta tarde que les acompañase
mientras le leías el cuento.
Camile suspiró y miró tras de ella unos instantes y de nuevo suspiró retirándose
un poco de la puerta cediéndole el paso.
—Está bien. Acabo de acomodarles para empezar la lectura.
Lucas asintió y dando unas simples gracias entró encontrándose a los niños
acomodados entre los almohadones y tapados con mantas colocados frente a la
chimenea como en una especie de picnic con una bandeja con galletas, bizcocho y
chocolate caliente en el centro.
—Papá. —Lo llamó de inmediato Samuel en cuanto lo vio—. Corre, corre, aún
no hemos empezado. —Lo llamaba moviendo la mano y sonriéndole.
Debía reconocerlo. Le encantaba que sus hijos se mostrasen tan contentos de
verlo y que esperasen ansiosos su atención. Eran mucho más cariñosos y abiertos
gracias a la influencia de Camile, sobre todo con él, y eso era justo reconocerlo.
Sonrió a Samuel y vio que Viola, entre risillas, siseaba para dejarle sitio a su lado
mientras que Samuel, como era, al parecer, innato en él, levantaba los brazos para que
Camile lo abrazase a él y ésta respondía con naturalidad.
—Peque, —decía colocándolo entre sus piernas y apoyando la espalda en los
almohadones para mantenerlos a ambos erguidos—, recuerda lo prometido. —Lo
besaba cariñosa mientras extendía los brazos y tomaba las puntas de la manta—. Te
quedarás tapadito todo el tiempo.
—Aja. —Asintió Samuel estirando sus piernecitas acomodándolas bajo la
manta —Bueno, a ver. —Extendió los brazos y manteniendo a Samuel cómodo,
sirvió las dos tazas de chocolate que fue entregándoles a ambos—. Ahora tomaréis el
chocolate y coged las galletas y el bizcocho que queráis. La señorita Andersen me ha
dicho que apenas si habéis cenado.
—Es que había eso verde. —Decía Viola mirándola un poco avergonzada.
—¿Brócoli? —Viola asintió—. Cielo, tenéis que comer verduras para crecer
bien. Además prometisteis comeros toda la verdura a cambio de quedaros con
Bonnie, ¿recordáis?
—Puag, esa es la peor de todas. —Decía Samuel mirándola sin rubor—. Sabe a
hierba.
Camile se rio —¿Y puedo preguntar cómo conoces el sabor tiene la hierba?
Samuel se rio mirándola travieso:
—Bueno, me lo imagino.
—Hum hum. —Los miró a los dos—. Os propongo una cosa. Cada vez que
tengáis que comer brócoli u otra verdura que no os guste, yo la comeré también, así
los tres estaremos igual de fuertes y no podréis decir que os obligamos a comer cosas
que nosotros no comemos.
Samuel se rio con una risilla nerviosa pegándose mucho a Camile.
—A ti no te gusta esa verde.
—Bueno, pero como es buena la comeré con vosotros.
—¿Y también la calabaza?— preguntó Viola.
Camile asintió:
—También la calabaza. Aunque sois un poco tramposos porque sé que os gusta.
—Viola abrió la boca para protestar—. ¿Os gustó la tarta del almuerzo?
Viola frunció el ceño —Sí. —Respondió un poco dubitativa intuyendo que
había trampa en esa pregunta.
—Pues era de calabaza.
—No. Era dulce y sabía bien. —Insistió Viola.
—Cielo, te prometo que la tarta de hoy era de calabaza. Hay muchas cosas que
se cocinan de formas distintas y le dan distintos sabores. Piensa un momento en las
patatas, a ver ¿de cuantas maneras se os ocurre que podéis comerlas?
—Asadas con mantequilla. — Respondió Samuel orgulloso de saber la
respuesta.
—Muy bien. ¿Qué más?
—No sé.
—¿Qué comiste ayer con el pollo?
—Puré. —Se rio Viola—. Es verdad.
—Y los guisos de carne muchas veces tienen patatas. Y esos buñuelos tan ricos
que te gustan del parque, son de masa de patata. —Miraba a Samuel.
—¿Los que comemos con el abuelito? —abría mucho los ojos.
Camile asintió.
—Pues con la calabaza ocurre lo mismo, la puedes cocinar de muchas formas y
tiene distintos sabores.
—Ahhh. —Abría la boca Samuel meditando la información.
—Pues deberíamos comerla solo en tartas. —Concluyó Viola—. Así está rica.
Camile se rio.
—Tramposilla, hay que comerla también de otras formas.
—Bueno. —Se enderezó un poco Samuel y la miró solemne—. Si prometes
comer esas cosas como nosotros, las comeremos. —Extendió la mano y Camile se rio
tomándosela.
—Bien caballero, tenemos un acuerdo y nuestra palabra dada, recuerde, los
caballeros…— alargó un poco la última palabra dándole pie a Samuel a terminar.
— ¡Nunca rompen su palabra! —sonrió orgulloso alzando la barbilla.
—Bien, pues la hemos dado, no lo olvide.
Samuel asintió y de nuevo se acomodó sonriendo en brazos de Camile que
tomó el libro que tenía a un lado dejando un poco de tiempo para que los dos
disfrutasen del chocolate antes de comenzar la lectura.
Lucas que hubo permanecido en todo momento con Viola sentada en su regazo
mientras él mantenía la espalda apoyada en los almohadones, mantuvo callado
silencio observando la interacción de sus hijos con Camile. Francamente, conseguía
de ellos lo que nadie más y sus hijos no solo respondían a Camile con absoluta
franqueza y confianza sino que era evidente la adoraban por encima de nadie más en
el mundo. Viendo cómo su hija atendía a Camile, sus explicaciones y cómo seguía
sus instrucciones de modales fijándose en ella, que marcaba con ella algunos gestos
para que los asimilase, y viendo además a Samuel que adoraba a Camile como solo
un pequeño adora a una madre cariñosa y atenta y que le prodiga los cuidados y la
dedicación que le hacen sentirse a uno querido, a salvo y lo más importante del
mundo, comprendía que de alejarse Camile de él y por ello de sus hijos, él les iba a
causar un daño irreparable, casi, casi que los sabía odiándole si pasase eso.
No tardaron mucho en quedarse adormilados con la lectura y con el chocolate
caliente que junto con el cansancio y las emociones de ese día acabó sumiéndolos en
un sueño profundo poco tiempo después.
En cuanto los supo dormidos, Camile tapando bien a Samuel lo tomó en brazos
y se enderezó para, de inmediato, ponerse en pie con él.
—Será mejor que los metamos ya en la cama, así no se enfriarán. —Dijo casi
en un susurro a Lucas que asintió siguiéndola con Viola.
Tras colocarlos en un lado de la cama y taparlos bien, Camile fue hasta la
chimenea y apagó las velas que había allí. Mientras él la observaba, pero cuando se
giró para volver a la cama lo miró y sin darle opción a nada más simplemente señaló
en voz baja:
—Buenas noches, milord.
Lucas la miró un instante entrecerrando los ojos, pero no podía decir o hacer
nada sin resultar forzado, o peor, del todo fuera de lugar, más aún con sus hijos
durmiendo a menos de un metro de donde estaba él, sabiendo, además, que ella no
solo le había permitido entrar en su dormitorio por mera consideración a ellos sino
que él, en todo ese rato, ni dijo o hizo nada para participar con ella y los niños, lo que
había sido del todo inaceptable no solo porque los tres estaban relajados sino porque
ella le había concedido una oportunidad excelente para estar con sus hijos y con ella
lejos de miradas ajenas o de toda formalidad y él, claramente, la había
desaprovechado. Suspiró para su interior viéndola rodear la cama con clara intención
de situarse junto al lado por donde ella entraría en ella.
—Buenas noches, Camile.
Camile asintió sin ni siquiera mirarlo.
—Recuerde que mañana los niños estarán ansiosos por ir a buscar sus regalos
así que es de suponer se levanten más temprano de lo habitual. Si lo deseáis le diré a
mi doncella que, cuando se despierten, avise a su valet para que le dé tiempo a bajar
para verlos asaltar el árbol.
Lucas sonrió aunque ella no alzó el rostro para mirarlo.
—Gracias, me gustaría.
Esperó unos segundos, pero al no añadir nada más giró para marcharse. Lo
curioso de todo ello era que la encontraba extremadamente deseable. Con esos
sencillos camisón y bata, tan alejados de los elaborados camisones de encajes o las
negligés que tanto empleaban las mujeres con las que se hubo acostado desde que era
jovencito con el objeto de atraerlo y despertar su deseo, y, sin embargo, ahí estaba
ella, con su sencilla ropa de cama, su cabello recogido en una sencilla trenza
mostrándose indiferente a él, no, más que eso, claramente deseando que se marchase.
Tomó la chaqueta que hubo dejado en el respaldo de uno de los sillones para poder
acomodarse con Viola y salió por la puerta que daba al saloncito común con un deseo
de detenerse y decirle algo e incluso de hacer algo que la hiciera saber, ¿Saber qué?
¿Qué había disfrutado de ese rato? ¿Qué debía disculparse con ella? ¿Saber qué? Aún
intentaba aclararse con ello entrando en su dormitorio sin llegar finalmente a
conclusión alguna.
CAPÍTULO 4

Nada más abrir las puertas del salón los niños se lanzaron como locos al árbol
en cuya base y a su alrededor había infinidad de paquetes envueltos con bonitos y
coloridos lazos pero antes de tomar ninguno de ellos la voz del conde resonó en la
estancia.
—No podéis tomar ninguno de ellos, niños. Podéis mirar, pero después habréis
de sentaros en la alfombra situada junto a él donde os iremos entregando todos los
presentes con vuestro nombre.
Los niños fueron caminando en derredor del árbol mirando con detalle cada
paquete, cada bulto envuelto y señalando cada poco “ese lleva mi nombre” “ese es
mío”, después de poner orden y con todos los adultos sentados o situados cerca del
árbol, el mayordomo y dos doncellas fueron entregando, según se los iban pasando
las damas de la familia, los distintos paquetes con el nombre de cada uno, mientras al
otro lado del enorme salón colocaban una extensa mesa con el desayuno e iban
entregando tazas de chocolate, café o té a los caballeros, pues los niños ignoraban
cualquier cosa que no fueren sus regalos.
Tras la entrega de los suyos a los niños se procedió de igual modo con los
adultos con lo cual las damas fueron tomando asiento junto a los caballeros. En
cuanto Marcus y Thomas desenvolvieron el que les había dejado Camile se acercaron
a agradecérselo.
—Un placer, milores. —Miró a Thomas sonriendo divertida—. Aunque quizás
debiere agradecer el suyo a su prometida pues ella me lo recomendó amablemente.
—¿Holly le sugirió una libreta de plata?
—Me sugirió algo con que pudieseis apuntar las cosas, pues según ella, tenéis
una preocupante costumbre de olvidar los detalles. —Se rio—. Supuse que
necesitaríais una libreta de bolsillo para apuntar lo que os pida que recordéis u os las
tendréis que ver con una prometida que os reprenderá sin mesura, cada vez que os
vea, por vuestra mala memoria.
Thomas se rio.
—Me temo que eso ya lo hace, más, os aseguro, haré buen uso de vuestro
presente para mitigar un poco mis faltas.
Camile sonrió.
—En ese caso, daré por bien elegido y empleado el presente. —Miró a
Marcus—. A vos, siento decirlo, pero me he guiado por un comentario que os
escuché hace unos meses en la que confesabais que nunca llevabais cigarros puros
por olvidarlos, ahora solo habréis de dejar la purera de bolsillo en la cómoda y
vuestro valet se encargará de rellenárosla y de ponerla en la chaqueta en cuanto os
vista, os lo aseguro.
Marcus sonrió.
—Estoy seguro de ello, con lo puntilloso y perfeccionista que es, no hará falta
ni que se lo diga. Gracias, milady, un presente del que, al igual que Thomas, haré
buen uso.
—Me alegro entonces.
Les sonrió dejándoles regresar a sus asientos pues aún tenían que abrir algunos
presentes más de sus hermanas que se aseguraron de que tuvieren algunos regalos en
cuanto Camile les informó de que les acompañarían esos días. Camile se hallaba
sentada junto a su hermana Stephanie y frente al sillón que solía ocupar su padre que,
cariñoso, le había dado a cada hija su presente él mismo.
—Bien. —Le decía bajando la voz Thomas a Lucas que se hallaba junto a él y
Marcus—. ¿Qué le has regalado a tu esposa? Habrás tenido en cuenta tu propósito
¿verdad?
Lucas había sabido incluso antes de que comenzaren a abrir los regalos que el
suyo iba mal encaminado.
¿En qué demonios pensó cuando lo compró?, si malo era su presentimiento
peor se fue tornando conforme las hermanas de Camile abrían los presentes de sus
esposos, más aún cuando Camile desenvolvió el bonito broche de zafiros que le
regaló su padre y peor aun cuando él desenvolvió el que ella le había hecho y que
tenía en ese momento en la mano. Lo miró antes de contestar a Thomas.
—Me temo que no he estado en exceso acertado a la hora de elegirlo.
Tomas frunció el ceño y miró la caja que él sostenía.
—¿Tan malo es en comparación al que ella te ha hecho?
Lucas cerró los ojos ligeramente antes de mirarlo y asentir.
— ¿Recuerdas los pasadores que tanto alabaste hace unas semanas?
—¿Los de tu escudo y las iniciales de los niños? Sí, sí. Me parecieron un bonito
detalle, ciertamente.
—Pues me ha hecho una botonadura y un alfiler a juego.
—¿Y no te gustan? —preguntó desconcertado.
—Al contrario. Pero el que se tomare tantas molestias en hacerlos, sumado a lo
que nos rodea, —Miró significativamente a las damas de la familia del conde que
lucían los presentes de sus esposos y que Thomas miró—, digamos que no puedo por
menos que sentirme avergonzado por mi regalo.
—Por Dios bendito. —Murmuró Thomas preocupado—. ¿Qué demonios le has
regalado?
Lucas casi gimió cuando le hizo un gesto para que mirase lo que Camile estaba
desenvolviendo. Camile sabía que su hermana la miraba de soslayo, aunque simulaba
tenía puesta toda la atención en el presente que desenvolvía pues era el de Lucas, pero
procuró actuar con discreción pues algo le decía que era mejor no hacer en exceso
alharacas ante ese presente que, en cuanto lo tuvo en las rodillas, y aún envuelto,
sabía que no era una caja de una joyería, era demasiado pesado para ello. Aun así
disimuló y abrió el paquete en aparente calma y sin levantar la vista. Un libro, frunció
el ceño ligeramente sacándolo del envoltorio. Un libro con una tapa de cuero sin
letras. Lo abrió pasando algunas hojas. << Una agenda, me ha regalado una agenda
¿qué clase de? >> Se tragó el comentario. Desde luego, si quería recordarle su papel,
no había mejor modo de hacerlo. Su hermana ahora no la miraba a ella ni al presente
con disimulo alguno sino con gesto frío y de claro disgusto. Camile se apresuró a
dejarlo bajo otros de sus presentes y se centró en los dos de Viola y Samuel. Sonrió al
verlos.
—Peques. —Los llamó y se acercaron—. Son preciosos, gracias. Los
enmarcaré y los pondré en mi dormitorio para verlos todas las mañanas.
Samuel se encaramó a sus rodillas.
—Somos nosotros en el parque. —Señalaba su dibujo con el dedo—. Esa eres
tú, ese soy yo. El día que tomamos barquillos. —Señaló lo que debieren ser los
bastones de barquillos en las manos de las dos figuras dibujadas.
—Eres un artista, peque, pero, que yo recuerde tú tomaste más de uno, bribón.
—Lo besaba en la mejilla mientras le rodeaba por la cintura y él se reía travieso.
Tomó el de Viola—. Y estas somos nosotras el día que fuimos a comprar tus botas de
montar. —La sonrió.
Viola asintió sentada junto a ella.
—Esas son mis botas y esos los guantes que compramos a Sam.
—Es verdad. —La sonrió y le dio un beso en la cabeza—. Es precioso, cielo.
Cuando regresemos iremos a escoger un marco bonito para los dos.
Viola asintió y ella vio por el rabillo del ojo que su padre se levantaba con una
enorme sonrisa. De inmediato aparecieron dos lacayos que dejaron a ambos lados de
él dos grandes cajas y después dieron un paso atrás.
—Bien, Viola, Samuel. —Dijo mirándolos sin dejar de sonreír. —Poneos a este
lado. Charles, Francis. —Miró un poco más allá—. A este otro. —Los cuatro
corrieron y se colocaron como él les pidió—. Bien. Damita, caballeros. Cierren los
ojos. —Los miró entrecerrando los suyos—. Y no admito veros hacer trampa. —Los
cuatro se rieron pero obedecieron. Cada uno de los lacayos quitó las tapas a las cajas
y de nuevo dieron un paso atrás—. Ya podéis abrirlos.
Los niños los abrieron y se inclinaron a ver las cajas frente a ellos —¡Un perro!
—Exclamó Samuel—. ¡Un perro!
Repetía metiendo los dos brazos en la caja para alzar el cachorrito mientras
Francis hacía lo propio con su caja. Ambos alzaron cada uno un cachorrito de pocos
días.
—¿Son nuestros? —preguntó Viola con los ojos abiertos a Lord Arthur.
—Lo son, pequeña. Tú y Samuel tenéis este. —Acarició detrás de las diminutas
orejitas del cachorro que Samuel acunaba contra él—. Y este otro, —miró al de
Francis—, es de Francis y Charles. Podréis pasear juntos con ellos por el parque,
entrenarlos, pues son perros de caza, que no os engañe su tamaño, los Teckel son
excelentes perros de caza, y habréis de cuidarlos. —Miró fijamente a los cuatro.
—Sí, sí. —Respondieron de inmediato.
—Dentro de las cajas tenéis unas camas y unas mantitas para cada uno y
habréis de ponerles un collar, y llevarlos de paseo con correa cuando estéis en la
ciudad. —Añadía el conde tomando asiento pero enseguida los cuatro niños se
lanzaron a darle un beso —. En fin, ¿qué puedo decir? —miró sonriendo a los adultos
con sobrada y satisfecha arrogancia—. Tengo ideas brillantes.
Al cabo de unos minutos en que los niños se acomodaron cerca de la chimenea
con sus cachorros, Camile y Stephanie se encargaron de que les dejaran bandejas con
el desayuno a mano mientras ellas junto con las niñeras tomaban los regalos y los
subían al cuarto de juego y sus habitaciones. Al terminar Camile llevó los suyos a su
dormitorio tras lo que se sentó en uno de los sillones frente a la chimenea de su cuarto
a descansar en silencio. Necesitaba unos minutos a solas para poder seguir
manteniendo la compostura ante los suyos.
—¿Camy? —La voz de su hermana a su espalda, al cabo de un rato, la despertó
de su ensimismamiento. La miró mientras cerraba la puerta tras ella una vez
dentro—. ¿Quieres que hablemos? —preguntaba Stephanie caminando hacia los
sillones.
Camile negó con la cabeza desviando de nuevo los ojos al baile de las llamas
frente a ella, sabiendo, no obstante que su hermana no lo dejaría estar, como así fue,
pues tomó asiento en el sillón contiguo y la miró,
—Camy, —insistió con la voz relajada —. Habla conmigo, por favor.
Camile suspiró y cerró los ojos.
—No debí casarme, Steph.
—Camy. —Susurró apesadumbrada—. Cuéntame lo que ocurre, Camy, a lo
mejor no es tan malo.
Camile la miró un segundo antes de bajar la vista a su regazo.
—Lo es, Steph, y haga lo que haga no hay solución que valga. He hecho todo lo
que me ha pedido, he —se quedó callada unos momentos. Expiró lentamente—.
Steph. Promete no decir nada mientras lo digo en alto porque creo que si me detengo
no podré continuar. —Stephanie la miró unos segundos con una expresión muy seria
y después asintió —. Sabía que pasaba algo desde el momento en que abandonamos
la Iglesia…
Comenzó a hablar bajando la vista a las llamas. Desde ese instante comenzó a
narrarle la cena del día de su boda, la conversación cuando él entró más tarde en su
dormitorio, donde nunca más lo hizo, las noches en que esperó y esperó sin saber qué
más hacer pues todos los días hacía lo que él le había pedido, intentaba ser la mejor
esposa, la mejor madre, la mejor anfitriona. Intentaba hablar con él pero siempre se
encontraba con un desalentador y cortés muro de indiferencia o un comentario en que
paraba en seco cualquier posibilidad de conversación o de incluso cortesía. Le contó
cómo, de regreso de la joyería el día de su cumpleaños, con su regalo entre las manos,
lo vio entrar en aquélla casa, abrazar y besar apasionadamente a aquélla rubia de
bonita figura. Cómo él envío poco después una nota alegando tener una cita que le
haría llegar tarde y cómo eso le hizo abrir los ojos a la verdad. Por perfecta que fuera
en lo que se suponía debía hacer, por mucho que cumpliere lo que él le pedía, nunca
hubo intención de tenerla como una esposa de verdad ni siquiera como una basada en
un acuerdo de conveniencia. No era tan boba, le dijo, para no saber que muchos
maridos no enamorados de sus esposas tenían amantes, y aunque hubiere deseado
sobremanera que él no fuera de esos, también sabía que, al menos, esos maridos
trataban a sus esposas como tales y no como meras secretarias o amas de crías que era
como ella se sentía a diario. Le habló de la marquesa viuda y de sus constantes
reproches que ella ignoraba sin darle importancia excepto los relativos a los hijos, que
era consciente empezaban a hacer mella en ella, sobre todo por el silencio interesado
ante los mismos del marqués, o peor, por los comentarios como los de unos días atrás
en los que hacía recaer sobre sus hombros todo el peso de ello. Aunque sí le
reconoció que los niños eran lo único bueno de toda aquélla situación. Cuando
terminó de hablar se sabía llorando pero, aún con ello, expresar todo aquello en alto
le hizo sentir un poco más ligero el peso de sus hombros.
Stephanie que había permanecido en silencio, se puso lentamente en pie y
caminó de un lado a otro de la chimenea con una expresión que Camile no supo
identificar. Al cabo de unos minutos, que a Camile se le hicieron una eternidad, la
miró fijamente y anduvo los pasos que las separaban sentándose en la banqueta frente
a ella.
—Camy, ese hombre no merece ni siquiera respirar el mismo aire que tú. Es un
canalla sin corazón y, desde luego, no es ni el hombre ni el caballero que creíamos.
—Le tomó las manos—. Sinvergüenza. —
Espetó furiosa. La miró a los ojos al cabo de varios segundos—. Camy, tienes
que salir de esa casa.
Tienes que empezar a recuperar un poco de alegría o acabarás consumiéndote
por culpa de un matrimonio y un hombre que ni te merece ni conseguirá merecerte en
mil vidas.
—Steph, Viola y Samuel.
—Camy. —Le apretó las manos—. Por ellos nos has de preocuparte, no temas.
Escúchame bien. Padre recibió una carta de tía Hester, ha tenido un nuevo achaque.
Albert y Marion pensaban ir a cuidarla dos o tres semanas, pero creo que debieras ir
tú. —Camile iba a protestar—. Camy, piénsalo. La casa de tía Hester siempre te ha
gustado, está en el campo pero cerca de Dublín y aunque estés pendiente de ella, no
tendrás que permanecer todo el día a su lado, ella nunca te dejaría hacer eso, ya sabes
cómo es. Conoces a muchos de sus vecinos, de modo que podrás visitarlos y recibir
visitas y, estoy segura, te agradará ver de nuevo a algunos de nuestros amigos de la
infancia. Al fin y al cabo pasamos muchas semanas de los veranos de nuestra niñez
en la casa de campo de tía Hester. Podrás descansar, meditar y, sobre todo, alejarte de
ese dichoso Lord Lucas. —Abrió la boca para protestar pero otra vez Stephanie se lo
impidió—.
Y no, no has de preocuparte por Viola y Samuel. Ronald, la señora Prinfet y su
niñera y su institutriz se ocuparán de ellos por unas semanas, puedes darles precisas
instrucciones, Camy. Además, Amelia y yo nos aseguraremos de que están bien,
iremos a visitarles constantemente, les invitaremos a casa, los llevaremos al parque
con Francis, Charles y Cressinda. —La miró fijamente y le apretó las manos—.
Camy, has de escucharme. Antes nos tenías preocupados, estás muy delgada, a veces
permaneces mucho tiempo callada y se te ve muy triste y si hemos esperado hasta
ahora ha sido porque pensábamos que tarde o temprano ese hombre empezaría a ser
consciente de la suerte que tiene y sí, sí, —afirmó tajante cuando ella la miró
preocupada—, aunque no dijeses nada, no somos ciegos, Camy. Ese hombre no es
más que simplemente cortés contigo como lo es con un desconocido. Cuando te dije,
hace unos días, que pensaba que por fin había abierto los ojos ya que Charles pensó,
al igual que yo, que el regalo era para ti, me equivoqué. Es evidente que no los ha
abierto o que si lo ha hecho no ha pensado rectificar ni su comportamiento ni su
actitud y eso no puede seguir tolerándose y menos dejar que siga afectándote—Se
levantó y se sentó en el brazo del sillón pasando su brazo por los hombros de Camile
abrazándola—.
Camy, ve a Irlanda y medita lo que quieres hacer, nosotros respetaremos tu
decisión, más, piénsalo bien, pues no puedes dejar que las cosas sigan como hasta
ahora.
Camile alzó el rostro y la miró.
—¿Y qué he de decidir Steph? Estoy casada tanto si me gusta como si no.
—Sí, lo estás, y puesto que anularlo sería un escándalo…
Camile la interrumpió:
—¿Anularlo?
Steph frunció ligeramente la frente:
—Camy. —Intentó hablar con el mayor tacto posible—. Si no ha sido
consumado puede anularse.
Camile enrojeció de vergüenza.
—Entiendo. —Murmuró y negó con la cabeza—. No, no Steph. Eso sería un
escándalo y no puedo haceros eso. Papá, Albert. —Cerró los ojos negando—. No
puedo hacer eso.
Stephanie cerró los brazos con cuidado en torno a ella.
—Lo suponía, más, hay otras opciones. Padre y Albert pueden exigirle vidas
separadas aunque sigáis casados. —Camile la miró con los ojos abiertos—. Lo sé,
Camy, suena algo drástico, pero es mejor que vivir bajo el mismo techo con un
hombre que obtiene todo lo que le proporciona una esposa entregada y devota, que no
le exige nada, pero que no cuida ni se preocupa por ella, que la trata como a alguien
que está a su servicio.
Camile suspiró.
—Lo sé, por horrible que suene, llevo demasiado tiempo siendo consciente de
que esa es la realidad o por lo menos me siento así. —Dejó caer la cabeza en el
regazo de Stephanie.
—Otra opción es dejar las cosas como están, pero dejando todo claro que
aunque viváis, al menos parte del año, bajo el mismo techo, acordéis vidas separadas.
Al menos así podrás tener a los niños contigo.
Camile asintió sin separar la cabeza de su regazo.
—Supongo que es otra opción, viviríamos en la misma casa, yo tendría a los
niños pero llevaríamos vidas independientes y los veranos y las fiestas las pasaría con
vosotros y que él haga lo que guste, como ahora, pero sin que yo tenga que verle.
—Suspiró—. Irlanda, tía Hester, y podría pensar. —Cerró los ojos—.
Echaría en falta a los niños.
—Solo serían dos o tres semanas. Escríbeles, yo les leeré las cartas y te
escribiré contándotelo todo de ellos. —Le decía calmada acariciándole el brazo—. La
tía Hester es la excusa perfecta para alejarte unos días sin que pueda generarse
escándalo o se dude de la razón de tu ausencia unas semanas. Le diremos a Albert
que te acompañe hasta allí para que llegues sin contratiempos.
Camile se incorporó.
—No, Steph, por favor, no puedes decírselo.
Stephanie cerró un poco los ojos.
—Ay, Camy. Todos sospechamos lo que ocurre, bueno, no todo. —Se ahorró
decirle que nunca imaginaría que ese hombre ni siquiera había consumado el
matrimonio —. Y después de que el muy egoísta haya hecho alarde de ese poco tacto
y cariño hacia ti con semejante regalo de navidad, créeme, Camy, todos preguntarán y
prefiero ahorrarte el tener que contar detalles. —Camile gimió bajando el rostro—.
Mírame, Camy, mírame. —Esperó que ella la mirase—. No has de preocuparte y
menos avergonzarte, no has hecho nada malo, al contrario, has hecho más de lo que
cualquiera de nosotros hubiere hecho y aguantado en callado silencio más de los que
ninguno habría podido. Les contaré lo ocurrido, pero no diré nada que no deba,
tranquila.
—Steph. —Gimió cansada.
—Camy, mañana al regresar a Galvert Hills. Le dirás, si quieres conmigo o con
Albert delante, o si quieres tú sola, que partirás a Irlanda pues has de visitar a tía
Hester y cuidar de ella unos días. No podrá negarse y aunque lo haga, no importará,
para eso estaremos nosotros. Regresa a Galvert Hills y organízalo todo para que los
niños queden bien atendidos durante el regreso a Londres y el tiempo que estés lejos.
Da instrucciones a Ronald y a la señora Prinfet. Tú siempre has dicho que son
competentes y leales de modo que no creo que tengan mayor inconveniente para
cuidar de la casa y de los pequeños ese tiempo y, en cualquier caso, Lord Lucas
también es su padre y es su casa, velará por ellos. Podrás partir para Irlanda
directamente desde aquí, sin necesidad de regresar a Londres, de hecho, podrías
marchar en dos días.
Esta noche es el baile de navidad, deberíamos esperar a mañana. Dejemos a los
niños disfrutar del día de hoy ignorantes a cualquier asunto ajeno a ellos. Los niños se
pasarán entretenidos todo el día con sus juguetes nuevos y sus perritos, y nosotras
podremos mantenernos ocupadas ayudando a Marion a ultimar los detalles de la
fiesta. Le diré a Charles que mantenga entretenidos a los caballeros. —Camile asintió
suspirando. Stephanie le alzó el rostro tomándole la barbilla—. Voy a bajar y pedir
que no te molesten unas horas, que necesitas descansar porque tienes jaqueca y
prefieres descansar para estar fresca esta tarde y sobre todo esta noche.
Se levantó del sillón y tiró del cordón y enseguida apareció Gloria.
—Gloria. —Dijo Stephanie—. Mi hermana necesita descansar. Creo que lo
mejor es que se recueste un par de horas y que no sea molestada.
—Sí, milady. —Se acercó a las dos—. Le ayudaré a cambiarse y cerraré las
puertas. Así nadie podrá molestarla.
Camile suspiró poniéndose en pie.
—Está bien. Pero solo hasta el almuerzo o los niños se alarmarán.
Stephanie le dio un par de palmaditas en la mano.
—Bien, hasta el almuerzo. Subiré a buscarte entonces.
Caminó hacia la puerta y le hizo una señal a Gloria para que saliere cuando
terminase con ella, quedándose esperando fuera hasta que la doncella salió.
—Gloria, ven un momento conmigo. —Le pidió suavemente. La guio hasta su
propio saloncito y tras cerrar la puerta la miró—. Gloria, llevo tiempo preocupada por
mi hermana, más, confieso, que nunca imaginé que fuere tan serio. —Le hizo un
gesto para que se sentare en una silla junto a ella—. ¿Desde cuándo ocurre esto?
Gloria no necesitó que le aclarase a qué se refería.
—¿Puedo hablar abiertamente, milady?
—Por favor.
—Desde el primer día, milady. Su señoría no es bueno con ella. No es que sea
malo exactamente. No le grita, ni nada semejante. —Dijo rápidamente por temor a
haberse expresado de un modo desacertado—.
Pero, no es bueno. Milady está cada día más triste y agotada. Siempre está
ocupada, pero nunca se preocupa por sí misma. He…— se mordió el labio y se quedó
callada unos segundos.
—Gloria, por favor, sea lo que sea, puedes decirlo, no es una deslealtad hacia
ella. Mi hermana me ha confesado lo que sucede, pero quiero saber si ella ha
mitigado la gravedad de lo que ocurre. Estamos preocupados.
Gloria asintió.
—La he escuchado muchas veces llorar y apenas come, milady. Yo intento
tentarla con cosas que sé que le gustan, pero —negó con la cabeza—. He llevado sus
vestidos tres veces a la modista para que los ajusten y tampoco duerme demasiado.
—Entiendo. —Murmuró grave antes de alzar la mirada y centrarla en la
doncella—. Gloria, la he convencido para que se marche a Irlanda, a casa de Lady
Callinger, al menos unos días. Voy a encargarte que cuides de ella y que, de ocurrir
algo, nos informes sin dilación, a mí o a cualquiera de mis hermanos.
Gloria asintió y prometió hacerlo antes de regresar al cuarto contiguo al de su
señora. Tras eso Stephanie bajó al salón con gesto despreocupado y disculpando
como si nada a Camile alegando que le había ordenado echarse un rato porque la veía
cansada y con signos de que la jaqueca que tenía un rato antes había empeorado. Con
disimulo instó a su padre a que propusiera a los dos invitados de Lord Lucas y con
ello a él a que visitaren con libertad, antes del almuerzo, las cuadras de los caballos
de carreras pues ya el primer día Lord Marcus había expresado su interés por
conocerlas, mientras los caballeros de la familia se ofrecerían a entretener a los niños
y las damas se podrían ocupar de algunos detalles pendientes para la fiesta.
En menos de diez minutos los tres invitados se hallaban, acompañados por dos
lacayos, camino de las cuadras y mientras que las niñeras vigilaban a los pequeños,
Stephanie los reunió a todos, menos a Camile, en el despacho de su padre donde les
explicó que lo que todos sospechaban, que Camile no se encontraba bien y que el
motivo sería Lord Lucas, era cierto pero que el problema era más serio de lo que ellos
imaginaron en su momento. Cuando les explicó lo sucedido en esos meses, la desidia
de Lord Lucas, su amante, el tratar a Camile no solo con indiferencia sino casi como
algo de lo que sacar partido y aprovecharse a su conveniencia, ignorando su
bienestar, su cuidado y atención, lo triste que estaba sabiéndose poco más que una
sirvienta de ese marido egoísta, la forma en que la hacía sentir con conciencia e
intención, la reacción de todos fue de puro enfado y molestia.
Su padre entró en cólera y por unos minutos quiso ir a por el marqués y echarlo
a patadas de su propiedad espetándole que consideraba no existente el vínculo con su
familia y que pediría la anulación inmediata de ese supuesto matrimonio, pero entre
Stephanie y Amelia le hicieron ver que si Camile quería actuar con reservas no solo
era por ella sino también para evitar escándalo alguno. Cuando por fin se hubo
medianamente calmado comprendiendo la necesidad de permanecer con la cabeza
fría, fue Albert el que insistió en tomar cartas en el asunto y ni Charles ni Jefferson
parecían muy dispuestos a frenarlo porque, realmente, estaban extremadamente
molestos con el marqués y su conducta hacia Camile y, sobre todo, preocupados por
ella. Sin embargo, de nuevo las damas los calmaron, sobre todo, gracias a que
Stephanie sugirió el viaje a Irlanda para que Camile tomare distancia de todo, pudiere
meditar con calma y recuperarse con un poco de sosiego y serenidad.
Para cuando los caballeros regresaron de las cuadras, la familia había tomado la
decisión de considerar acertado que Camile se alejare unas semanas y pudiere tomar
con calma su decisión sobre lo que hacer, pero, pasare lo que pasare, tanto lord
Arthur como su hijo fueron terminantes a la hora de expresar su propia decisión de no
dejarla regresar a casa del marqués bajo las mismas condiciones pues no permitirían
que Camile siguiere sufriendo como en esos meses. Mientras los caballeros se
aseaban y cambiaban para el almuerzo, Stephanie y Amelia subieron a por Camile a
la que encontraron terminando de arreglarse y con aspecto de no haber dormido nada.
Parecía calmada, pero tanto una hermana como otra sabían que Camile tenía
tendencia a guardar sus sentimientos y lucir relajada o tranquila aunque por dentro
estuviere destrozada.
—Camy. —Amelia abrazó a su hermana en cuanto se colocó a su lado—.
Vamos a almorzar. Seguro que Cooker nos ha hecho la crema de setas que nos gusta.
—la sonrió antes de soltarla—. Esta tarde nos mantendremos ocupadas mareando a la
pobre Marion que aún ha de terminar de decorar el salón.
Camile la sonrió y besó en la mejilla.
—Estoy bien Amelia, no has de preocuparte. Ya he tomado la decisión de pasar
unos días en Irlanda. Me encantará ver a la refunfuñona tía Hester y a algunos viejos
amigos. Solo prometedme, —miró a las dos—, que cuidaréis de Samuel y Viola y no
dejéis que la marquesa vuelva a imponerles esas extrañas costumbres de no dejarles
hablar para no molestar ni salir al parque por si se ensucian.
Stephanie se rio.
—Incluso nos aseguraremos de que ni se le ocurra decir palabra alguna sobre el
perrito. De hecho, esta noche en el baile puedes mostrarle tú misma tu tajante
resolución de declarar al perrito de preferente interés para ti antes que ella.
Camile se rio.
—Te diría que no seas mala, pero lo cierto es que no creo que pueda resistirme
ante esa idea. Desde luego pienso darle a conocer cuál ha sido el regalo de papá y
dejarle muy claro que no admitiré quejas al respecto y, si insiste en mostrar
disconformidad, le recordaré que le guste o no, yo soy la que decide sobre las casas.
—Suspiró —. Al menos eso sí puedo imponerlo ya que el marqués dejó claro que las
casas eran mi responsabilidad.
Amelia sonrió.
—Y nosotras nos aseguraremos de ello mientras estés en Irlanda, no temas. Una
de nosotras irá a verlos todos los días, les invitaremos a casa y también a pasear por el
parque. Y cuando vayamos con los niños a alguna excursión o actividad, los
invitaremos. Seremos insistentes y ese estúpido del marqués no podrá decirnos que
no. Podemos ser muy persuasivas cuando nos lo proponemos.
Camile sonrió:
—¿No sería más correcto decir que sois muy cabezotas?
Amelia le dio un golpecito en el hombro.
—Tenaces, vehementes, pertinaces, sí, cabezotas, no, eso no es elegante.
Camile sonrió negando con la cabeza.
—Está bien, está bien, pertinaces. —Suspiró tomando su pañuelo—. Vamos
pues, mis pertinaces hermanas, antes que la vehemencia de unos niños hambrientos
acabe con la casa.
Camile llegó al salón previo al comedor donde los niños jugaban a un juego de
mesa de acertijos, regalo de Jefferson. Tras hacer una reverencia, y siguiendo el
acertado consejo de Stephanie, iba a procurar mantener las distancias con el marqués
sin preocuparse en disimular o en si era o no molesto para él. Él lo había hecho
durante esos cuatro meses y ella, incluso en esas semanas anteriores en que había
decidido dejar de intentar lograr una inútil relación cercana con él, no había llegado a
mostrarse tan tajante como él lo había sido con ella, o no tan eficaz, al menos no a
juzgar por el inalterado ánimo y feliz desinterés de él mientras que ella, sin embargo,
se había encontrado inmersa en un permanente estado de desánimo. Pero durante esos
días previos a su marcha a Irlanda lo haría, procuraría a como diere lugar mantener
las distancias y cuando regresase, bueno, para entonces ya debiera haber tomado una
decisión.
Se sentó junto a Jefferson y miró el juego y a los niños.
—Deduzco que os acaban de subyugar a un juego de ingenio.
Charles asintió.
—Tío Jeff opina que quién sabe resolver acertijos sería un excelente detective.
—Ciertamente es una conclusión acertada, creo yo. —miró a Viola que
mantenía en el regazo de su vestido a su cachorro—. ¿Habéis decidido que nombre
ponerle a vuestra perrita?
—¿Es chica? —preguntó Samuel con los ojos abiertos.
Camile le sonrió.
—Y eso es estupendo, Sam. Las hembras son protectoras y cariñosas con sus
dueños. Además, dentro de un tiempo es posible que tenga cachorritos. Tendréis
vuestra propia camada de pequeños Teckels.
Samuel se levantó como un resorte y se sentó en sus rodillas.
—¿De veras? ¿Tendremos más cachorritos?
Camile se rio suave.
—Sí, pero será dentro de dos años cuanto menos. Vuestra cachorrita ha de
crecer y tendréis que cuidarla muy bien, pasearla por el parque o, cuando estéis en el
campo, salir con ella por los jardines y la propiedad, cepillarle el pelo para que esté
acicalada y elegante en vuestros paseos, deberéis aseguraros que tiene comida y agua.
—Lo haremos, lo haremos. Como Bonnie dormirá con Viola, la perrita dormirá
conmigo. —Frunció el ceño—. Ahora no le servirá el nombre que quería ponerle.
—Resopló—. ¿Qué nombre se le pone a una perrita?
—Umm, veamos, es una perrita cazadora, la diosa cazadora era Artemisa, o
también Diana según los romanos. ¿Podríais llamarla Artemisa? Aunque como es un
poco largo, usad un diminutivo más fácil.
—Artemisa. —Repitió Samuel como meditándolo—. ¿Una diosa cazadora?
¿De veras?— Camile asintió y Samuel miró a Viola—. El nombre de una diosa
cazadora.
Viola los miró:
—Me gusta más Diana, Artemisa —hizo una mueca de disgusto—. Podemos
llamarla Diana o Dina. —Miró a Samuel con los ojos abiertos ante su repentina
idea—. Me gusta Dina.
—Dina. —Repitió él—. Dina. Me gusta Dina, sí, me gusta Dina.
Camile se rio.
—Bueno, es una versión original de Diana. Es gracioso y alegre. Dina, a mí
también me gusta.
—Entonces la llamaremos Dina. —Afirmó tajante Samuel. Miró a Camile—.
Tío Charles ha prometido que en cuanto lleguemos a Londres iremos los cuatro con él
a comprar collares, correas y unas placas para los dos cachorros.
Camile miró por encima de la cabeza de Samuel a su cuñado que permanecía
con el hombro apoyado en la chimenea frente a ellos en una postura aparentemente
despreocupada.
—Los llevaré al hombre que prepara las cinchas y riendas de mis caballos y les
hará unas correas adecuadas para los cachorros. —La sonrió cómplice
Camile asintió agradecida sabiendo que Charles se aseguraría de que los niños
estuvieren bien.
—En ese caso. —Miró de nuevo a Samuel y a Viola—. Solo debéis aseguraros
de que graben, en un lado de la placa de Dina, su nombre y, en el otro, el vuestro.
—¿No hay ningún Dios cazador? —Preguntó Charles sorprendiéndolos Camile
le sonrió mientras dejaba de nuevo a Samuel sentado junto a Viola.
—Bueno, hay un nombre que seguro os gusta, el Dios de la guerra era Marte, es
un nombre adecuado para un perro cazador y diestro ante sus presas.
—Uy, sí, sí, Marte. —Contestaba Francis entusiasmado mirando al cachorro
que mantenía entre sus manos —.
Marte, Marte. ¿Papá? —Miró a Charles con ojos brillantes—. ¿Podemos
llamarle Marte?
—Como gustéis, es vuestro perro. Habéis de elegir su nombre vosotros.
—Contestó.
—A mí también me gusta. —Contestó el pequeño Charles rascando las orejas
de su cachorro —. Suena poderoso. —Dijo enronqueciendo la voz.
Su padre se rio mientras los miraba.
—Bien, pues vosotros cuatro y esos dos poderosos y cazadores cachorros subid
arriba a asearos antes de almorzar y reuniros con nosotros en el comedor. Dejad a los
perritos en sus camas y cerrad las puertas de la habitación de juegos para que no se
escapen sin que nos demos cuenta o nos pasaremos horas buscándolos como locos.
—Los cuatro se levantaron de un salto y salieron a la carrera—. No corráis. —
Suspiró tras verse ignorado. Miró a Camile—. Inútil.
Ella le sonrió y después miró a Jefferson.
—Deja que la coja. —Abrió los brazos y enseguida su cuñado le cedió a
Cressinda que parecía adormilada.
—Está agotada de correr tras los cachorros por el salón de baile. —Sonrió el
orgulloso padre—. Los mayores han estado entretenidos jugando con las espadas y,
mientras, Cressi perseguía a los cachorros.
Gracias a Dios son tan pequeños que más que correr, se arrastran. —miró a
Cressinda—. Y la nena es aún tan pequeña que con tres pasos que dé se agota.
—Bueno solo da pasitos cortos pero no te confíes, Jeff, con casi dos años
necesita muchos pasos para agotarse. —Sonrió manteniendo abrazada a la
pequeña—. Le diré al jefe de las cuadras de tía Hester que le haga un columpio a
Cressi. Cuando éramos pequeñas, nos hizo uno a cada una de nosotras para los
árboles de casa. Eran unas sillitas preciosas de madera. Nos pasábamos horas allí
subidas y gritando al pobre Albert que nos empujara.
Jefferson sonrió.
—Estoy seguro le encantará. —Miró con arrobo a su hija en brazos de Camile.
Donalson entró anunciando el almuerzo y Jefferson se apresuró en tomar de
nuevo a la pequeña y en ofrecerle de inmediato su brazo a Camile que, supuso por sus
expresiones, que ni Charles ni Jeff iban a dejar que Lucas se le acercase en modo
alguno, lo que implicaba que ya todos habían hablado y, aunque sentía cierta
vergüenza, no era tanta como había imaginado en su cabeza y sí, en cambio, un poco
de alivio.
—He de confesar que temo un poco el baile de este año. —Decía caminando a
su lado Charles—. Pues Marion ha admitido haber invitado a las hermanas Pottifield
al completo.
Camile sonrió.
—No exageres, Charles. Eran temibles cuando estabas soltero. De hecho, el
único caballero que debiere temerles en alguna medida sería lord Thomas y ni
siquiera él pues su compromiso ya ha sido anunciado.
—Ahh, cuán equivocadas estás. —Decía llegando al comedor—. Ahora no
hacen distinción entre caballeros, salvo la de si están vivos o muertos. No hay
caballero que respire libre de su asedio.
Camile se reía tomando asiento donde Jefferson la había guiado. Sentándose a
su lado de inmediato y frente a ella Charles y Marion dejando libres los asientos junto
a Charles y ella pues eran los de los niños.
—Charles, creo que pecas de excesivo recelo hacia ellas. No son tan malas.
—Pregunta a Albert si no lo son. —La miró alzando la ceja —Albert no es
objetivo respecto a ellas. Siempre ha sido su predilecto y saberlo casado fue un duro
golpe para todas las hermanas. —Sonrió con cierta malicia—. De hecho, sospecho
que ese puede ser el motivo por el que Marion, —miró a su cuñada sentada junto a
Charles—, las ha invitado a todas. Reconócelo, Marion. Te sientes un poquitín
culpable por haberles privado de su único amor verdadero. —La miró sonriendo de
oreja a oreja.
Marion se reía claramente divertida.
—Bueno. —Miró de soslayo a su marido sentado a su vera —. Podría
reconocer cierta culpabilidad por haberles arrebatado su juguete preferido.
—Ni. Se. Te. Ocurra. —Dijo el susodicho mirándola fijamente y marcando con
vehemencia cada palabra—.
Esas hermanas serán unas damas bonitas y de buena familia, pero son una
pesadilla. Todas ellas, sin excepción. —Desvió su mirada a Camile —. Y tú no
sonrías. Aún recuerdo las pasadas navidades en las que tuve que bailar con las dos
mayores por tu culpa y me pasé el resto de la noche escondiéndome de ellas.
Camile sonrió.
—Pobrecillas, se las veía tan desoladas buscándote por doquier.
—¿Desoladas? —Su hermano fingió un escalofrío—. Mide tus palabras, son un
terror andante, Camy. Ni se te ocurra decir delante de ellas mensajes tan viles como
“deseoso de girar por la pista de baile con viejas y queridas amigas” o señalarme
como “un caballero esperanzado de poder complacer y galantear en el salón de baile a
estimadas amigas de la infancia” porque soy capaz de trincharte como a un pavo sin
piedad.
Camile se rio.
—¿Les dijiste eso? —preguntaba entre carcajadas Charles antes de mirar a
Albert—. Me imagino que con un acicate como ese no cejarían en toda la velada en
su persecución.
—Fue como si una horda de desaforados piratas hubieren abordado
Mandershalls en busca de presas indefensas y a la cabeza de su lista figurase la mía.
—Respondió frunciendo el ceño Albert y de nuevo miró a Camile señalándola con el
dedo que movía tajante—. Si te veo acercarte a una milla de cualquiera de las
hermanas Pottifield no llegarás a ver un nuevo amanecer, Camy.
—Desventurado futuro, sin duda, más cuando quien pretende ocasionarlo no es
sino mi querido hermano. —
Lo miró con inocencia —. Procuraré satisfacer tus deseos, claro que, una cosa
es que yo no me acerque a ellas, y otra distinta es que pueda evitar que ellas se
acerquen a mí.
—Camy, te lo advierto. Este año no pienso dejar que ninguna de ellas me
pellizque el trasero y menos por tu culpa.
Camile, Marion, Charles y Jefferson estallaron en carcajadas y Albert iba a
volver a hablar cuando irrumpieron imperiosos los niños en el comedor.
Samuel se apresuró a sentarse junto a Camile mientras que Viola se sentó junto
a Charles que le retiró la silla, sin dar oportunidad al lacayo de hacerlo y la niña
coqueta le sonrió llamándolo amable caballero.
Lucas quedó sentado junto a Stephanie, en el mismo lado de la mesa que
Camile, lo que Stephanie, hábilmente propició no solo para mantenerlo a cierta
distancia de Camile, sino, también, para evitarle a ella el tener que verle al otro lado.
A su lado se encontraba Thomas y al lado de éste el conde. Frente a él, Marcus
sentado entre el conde y Amelia que permanecía en la silla contigua a Albert. El
conde nada más sentarse inició una conversación con Marcus sobre los caballos en la
que participaba animada Amelia, que, al parecer, era una acérrima seguidora de las
carreras en las que participaban los caballos de su padre, mientras que Stephanie
permanecía entretenida con la pequeña hija de su hermana sentada entre ella y su
cuñado Jefferson. Thomas fue el que inició, en susurros, una conversación con él:
—Para ser alguien que se había propuesto galantear a su esposa, no vas bien
encaminado, Luc. Apenas intentas acercarte a ella, hablarle o mostrarte un poco
atento. —Miró al otro extremo de la mesa—. Al menos parece que sus cuñados y su
hermano están dispuestos a hacerle olvidar tu desafortunado presente.
Lucas lo miró unos segundos.
—Reconozco mi torpeza al elegirlo, no me lo recuerdes.
—Solo te doy un pequeño tirón de orejas, como amigo. —Esbozó una media
sonrisa—. Sinceramente, Luc, aunque no intentares ganártela o galantearla, ¿no
podrías haber sido un poco más considerado? Es tu esposa no tu secretario. —Negó
con la cabeza
—La verdad, como es tan organizada supuse que una agenda sería práctico.
—Luc, el presente a una esposa no tiene por fin la practicidad. —Suspiró —.
Dejemos a un lado ese presente.
Sigues pareciendo distante con ella. Solo te relajas un poco cuando Viola y
Samuel se te acercan, e incluso entonces, es ella la que consigue que seas atento con
ellos. Intenta comportarte con ella como con nosotros, y ya puestos haz lo mismo con
los niños. Llevas tanto tiempo imponiéndote esa especie de trato frío con los que
tienes más cerca que parece que has olvidado como acomodarte con los demás.
Lucas no llegó a contestar porque fue en ese momento cuando aparecieron los
niños en tropel y se acomodaron para el almuerzo que pronto comenzaron a servir.
Thomas y Lucas escuchaban las voces de los niños mezclándose con la de los adultos
y las risas de todos mezclándose y aunque Stephanie, el conde y Amelia los trataban
con corrección y educación, Lucas notó cierto cambio en ellos, pues no parecían
relajados ni agradados ante su presencia. Antes de que sirvieren los postres a los
adultos, los niños fueron dispensados de la mesa y salieron despedidos a su cuarto de
juegos y durante el pequeño ajetreo Viola se le acercó y le preguntó si podría dormir
esa noche con Camile sin darle detalles del porqué de tal petición, pero estando todos
pendientes ni podía preguntar ni podía negar la petición de su hija sin parecer
descortés, de modo que aceptó sin más y cuando miró a Camile sentada en el otro
extremo ésta permanecía charlando animadamente con sus dos cuñados y mantenía a
la pequeña Cressinda en su regazo a la que sin duda su padre le habría cedido.
Aunque fingió prestar atención a la conversación entre Marcus, Thomas y el
conde, agudizó el oído para escuchar a las personas de su banda de la mesa y podía
escuchar con nitidez la voz de la niña hablando con su padre y con Camile y las
bromas entre ellos. Una vez las damas se levantaron de la mesa dejándolos con el
oporto y el coñac pudo ver a Camile marcharse sin ni siquiera girarse a mirar en su
dirección. ¿Estaría enfadada por su presente? Desde luego no la culparía, más, en tal
caso, preferiría oírselo decir, pues podría disculparse. Durante unos minutos
permaneció ajeno a las conversaciones hasta que entró corriendo Samuel con Charles
a su lado y fueron directos a por el conde.
—Abuelito, ¿podemos ir a las cuadras? —Preguntó Samuel aferrado al brazo
del asiento del conde aupándose ligeramente.
Charles se aupó por el otro brazo del asiento.
—Queremos entrenar con las sillas nuevas y Donalson nos ha dicho que
Christian está en los campos de entreno. ¿Podemos pedirle que nos entrene? Por
favor, por favor, —Lo miraban pedigüeños.
El conde frunció el ceño y fingió meditarlo.
—Veamos, si os doy permiso, tenéis que prometer obedecer al señor Christian
en todo lo que os indique. —
Los dos movieron enérgicamente las cabezas, asintiendo—. Y después habréis
de cepillar y atender vuestros ponys porque todo jinete ha de saber tratar y cuidar su
montura.
Samuel se rio travieso.
—Camy nos enseñó a Viola y a mí. Por favor, lo prometemos.
El conde sonrió.
—Bien, no puedo por menos que considerar vuestras promesas, de modo que os
lo permito, ahora subid, id a por Francis y Viola a poneros ropa adecuada y que os
acompañe una de vuestras niñeras.
—Gracias, gracias. —Las voces de los pequeños corriendo sin freno por el
comedor resonaba mezclándose con el golpeteo de sus zapatos en el mármol de la
sala mientras los lacayos se apresuraban a abrir las puertas para dejarlos pasar.
—No los veremos en al menos dos o tres horas. —Decía Charles mirando al
conde riéndose—. El señor Christian necesitará dos días de descanso tras una sesión
de equitación con esos cuatro.
Cuando caminaban al salón para unirse a las damas tras la copa, Marcus y
Thomas lo detuvieron y esperaron hasta hallarse solos los tres.
—Luc ¿podrías al menos intentar mostrarte cordial y atento con Camile? —Le
preguntaba malhumorado Marcus.
—Marcus, por si no lo has notado, apenas la he visto hoy y cuando he estado en
la misma habitación que ella, había al menos diez personas alrededor y ¿no
pretenderás que me ponga a cortejarla frente a todos sus parientes?
—A ver si logro entenderte. —Decía Marcus mirándole entrecerrando los
ojos—. Pretendías ser cordial con ella y parecía que ibas a seguir la senda marcada
por ese paseo por el pueblo, que si no recuerdo mal, calificaste de agradable y
placentero. Tras ello, prácticamente has vuelto a permanecer educado y no tan frío
como antes pero, desde luego, no puede calificársete de ser un atento galán. Y, esta
mañana, no has tenido mejor y más brillante ocurrencia que regalar a tu esposa, a tu
generosa, amable y atenta esposa, un libro como presente navideño. Ni siquiera
aunque sea de poemas es un presente adecuado. ¿De verdad quieres ganártela o solo
nos has seguido la corriente para que dejemos de comportarnos como matronas
pesadas que intentan emparejar a terceros?
—Una agenda. —Dijo Thomas.
—¿Perdón? —preguntó Marcus desconcertado
—No le ha regalado un libro, era una agenda. —Le aclaró Thomas.
Marcus giró el rostro y miró fijamente a Lucas.
—¡Por Dios bendito! Eso se le regala a un secretario el día que comienza a
trabajar con uno, no a una esposa. —Refunfuñó Marcus.
Lucas inspiró y expiró lentamente.
—Reconozco mi error. —Marcus le sostuvo la mirada ceñudo—. Mi craso
error. —Insistió—. Supongo que procede que la compense. —Suspiró—. Está bien,
está bien, me rindo. Empezaré a pensar en esto como un cortejo y lograré ganármela
sin presionarla. —Se metió las manos en los bolsillos y miró la puerta del salón—.
Sería más fácil si no me sintiere observado, pero no por menos reconozco que me
merezco una pequeña tortura.
Marcus negó con la cabeza manteniendo su gesto contrariado.
—¿Cómo diantres has conseguido seducir a tantas mujeres, Luc? Una agenda.
—Refunfuñó echando a andar en dirección al salón—. Suerte has tenido que no te la
lanzase con ira a la cabeza. Incluso mi regalo, que era una sencilla cajita de Limoges,
era un presente más delicado que el tuyo. Bendito sean los santos. —
Negaba con la cabeza—. Una agenda. ¿Qué se te cruzó por la cabeza al ir a
buscar tal presente?
Thomas y Lucas caminaban tras él manteniendo prudente silencio antes de que
le saltase a alguno al cuello a morderles.
—¡Vaya por Dios! —Lucas se paró en seco antes de entrar en el salón—. Creo
que puedo tener un problema mayor que todo eso. —Se giró y caminó en dirección
contraria y los dos amigos le miraron para a continuación seguirle—. El regalo de
lady Stephanie. —Se giró y los enfrentó.
—No alcanzo a entender, Luc. —Señaló Thomas.
—Acabo de recodar que me crucé con lord Charles en la puerta de la joyería.
—Añadió.
—Explícate. —Lo instó Marcus.
—Lord Charles le ha regalado a su esposa un brazalete y creo que fue a
comprarlo o recogerlo el día que me lo encontré justo cuando yo salía de la misma
joyería. —Suspiró—. Había comprado un collar para Rachel. Fue el día que puse fin
a nuestro acuerdo.
Marcus expiró.
—Y claro, es fácil inferir que lord Charles dedujere que te hallabas allí para
comprar alguna joya y puesto que has dejado tan palpablemente claro que no lo has
hecho para tu esposa.
—No tiene que significar necesariamente un problema, Luc. —Lo animó
Thomas—. Puedes haber ido allí por infinidad de motivos, no solo para comprar
joyas a una dama, sea esta o no tu esposa.
Lucas lo miró significativamente.
—Thomas, por favor.
—Sí, bueno, quizás lo sea. —Aceptó—. Quizás lord Charles haya optado por la
discreta circunspección en este asunto y se haya guardado para él tal información y
con ello lo que debe pensar de ti.
—Es posible, más espero que Camile no llegue a saberlo pues se sentirá aún
más humillada después de —se detuvo antes de decir “después de lo que le dije la
noche de bodas, después de tratarla con desidia y completa falta de interés”. Tomó
aire y los miró—. Será mejor que regresemos al salón antes de que se pregunten por
nuestro paradero.
Al entrar en el salón, el conde y Camile no se encontraban en la sala e iba a
preguntar cuando las damas se disculparon para ir a atender algunos detalles de
última hora de la fiesta de la noche. Se disculpó con todos y decidió ir a ver a Viola,
ya que ésta, al parecer, finalmente no quiso ir a montar. Después del toque de
atención de sus amigos, debiera empezar a mostrarse más amable no solo con Camile
sino, también, con sus hijos que de seguir así tarde o temprano notarían sus faltas y
puesto que Samuel estaría entretenido unas horas montando con el entrenador de
Lord Arthur, podría pasar un tiempo junto a Viola.
Siguiendo las indicaciones del mayordomo subió al cuarto de juegos donde se
encontró a Viola sentada en una sillita de niños con los dos cachorritos en su regazo
mirando a Camile que se hallaba frente a ella con un cuento en las manos y con
Cressinda en el regazo. Se paró en el umbral de la puerta apoyando el hombro y
cruzando los brazos a la altura del pecho. Era evidente que las tres estaban relajadas y
a gusto.
—En la fiesta de disfraces quiero vestirme de hada. Me gusta la historia de las
hadas. —Decía Viola—.
Cuidan de las flores y de los animales del bosque, y además pueden volar.
Camile la sonrió.
—Bien, podemos vestiros a ambas de bonitas hadas con alitas y todo, y a
Charles, Francis y Samuel de gnomos fuertes y gruñones. —Sonrió—. Podríamos
hacer que la fiesta gire en torno a los bosques y decorar los jardines como si fuere el
reino de hadas, gnomos y seres del bosque.
—Uy sí, sí, ¿el abuelito nos dejará llenarle el jardín de flores?
Camile sonrió.
—Cielo, la fiesta será en primavera, el jardín ya se encontrará repleto de flores.
Además, al abuelo le encantan las fiestas infantiles. Le encanta ser el árbitro y severo
juez en todos los juegos. Te aseguro que durante semanas estará más ansioso que tú
por la llegada de ese día.
—Tía Amelia me contó que cuando eráis pequeñas celebrabais el cumpleaños
las tres juntas ¿no es mejor que cada una tenga su fiesta?
—Bueno, las tres nacimos más o menos por las mismas fechas y celebrándola
todas juntas la fiesta era mayor, con más niños, más juegos. Además, compartíamos
los regalos. Mi madre se pasaba semanas organizando ese día y como siempre era de
disfraces, nos vestíamos conjuntadas. Un año, el tema central fue el teatro y mi padre
se disfrazó del fantasma de la ópera y nosotras tres de bailarinas con nuestras
zapatillas de valet y unos vestiditos de cisne. Montaron un pequeño escenario y
trajeron de Londres un grupo de teatro que representaba pequeñas comedias y cuentos
infantiles. Este año Cressi y tú podréis llenar la casa de personajes de los bosques y
pedir que todos los invitados vayan vestidos según el tema elegido, y los juegos
girarán en torno a ese tema, tiro al arco, pesca y juegos así.
Viola asintió.
—Pero tiene que haber juegos solo de niñas también.
Camile se rio.
—Bueno iremos pensando algunos solo para niñas, como hacer guirnaldas de
flores. —Le dio un beso en la mejilla a Cressinda—. Y tú, señorita, ahora vas a
dormir un ratito. —Se la entregó a la niñera—. Avise al señor Comwell pues querrá
acostarla él. —Pidió a la niñera que salió por otra puerta mientras ella se centraba en
Viola—. ¿Quieres ayudarnos a las tías y a mí a terminar de decorar el salón de baile?
Podrás poner flores donde te plazca.
Viola asintió levantándose de un salto.
—¿Podré bajar un ratito a ver la fiesta? Nunca he visto una.
Camile la liberó de los dos cachorros.
—Habrás de preguntar a tu padre, pues es muy tarde para vosotros.
—Te dejaría si prometes portarte bien e ir a acostarte sin quejas cuando se te
diga.
La voz de Lucas las sobresaltó a ambas que se giraron de inmediato hacia la
puerta.
—Papá. —Enseguida Viola se abalanzó hacia él que la aupó al tenerla al
alcance—. ¿Puedo bajar un rato al baile?
Lucas la miró y después a Camile y había tornado su rostro ligeramente más
serio.
—Si Camile no se opone no veo por qué no. Pero solo mirar discretamente y un
ratito, pues ciertamente esas horas no son las adecuadas para que una niña de tu edad
esté levantada.
Camile se alisó la falda y caminó hacia la puerta y al llegar a la altura donde él
permanecía quieto con Viola en brazos se detuvo un instante antes de continuar
pasando delante de ellos.
—Peque, te enseñaré un balcón del salón de baile desde el que podrás ver sin
que te vean. Le diré a la señorita Anderson que te lleve unos minutos cuando
comience el baile, pero habrás de regresar a la cama en cuanto te lo indique.
—Uy sí, sí.
Camile suspiró y salió del cuarto con Lucas colocándose de inmediato junto a
ella.
—Le diré a Donalson, que deje la puerta de esa salita abierta y la chimenea
encendida. Y en cuanto subas que te lleven chocolate caliente.
—Papá, espera. —lo hizo detenerse y soltarla y en cuanto la dejó en el suelo
salió corriendo al cuarto—. Los perritos. —Desapareció por la puerta y Lucas miró a
Camile.
—¿Hay un balcón desde el que se ve la pista de baile?
Camile asintió.
—El cuarto de las damas. Es una pequeña habitación donde mi madre se
relajaba, ahora es una de las salas preferidas de Marion. Con el chocolate caliente
Viola se adormecerá en poco tiempo a pesar de la expectación.
Lucas sonrió.
—Eso es un poco maquiavélico.
Camile se encogió de hombros mirando al puerta del cuarto de juegos.
—Viola, te estamos esperando. —La instó a apurarse y enseguida salió con los
dos cachorros pegados a su pecho. Camile se agachó y le tomó uno de las manos—.
Vamos, cielo, los dejaremos corretear por el salón mientras estemos allí.
De nuevo se pusieron a caminar hacia el ala principal de la casa.
—¿Puedo preguntar qué era eso de una fiesta de disfraces? —Intervino Lucas al
poco.
—Para mi cumpleaños. —Respondía Viola —. Cressi y yo nacimos en Abril y
hemos pensado celebrarlo juntas en casa del abuelito. Una fiesta de disfraces, me
disfrazaré de hada.
—Y estarás preciosa. —Sonrió a la pequeña que miró a su padre encantada—.
Bueno supongo que eso significa que deberemos preguntar antes a lord Arthur si
podremos invadir su casa en tal ocasión.
Camile que simplemente lo miró de soslayo señaló.
—No es necesario. Ha sido él el que lo ha sugerido.
—Es muy amable de su parte. —Contestó algo cohibido Lucas. Realmente no
estaba poniéndoselo fácil, pensó—. Deberé darle las gracias por ello.
—Si gusta, más no creo que sea necesario. Mi padre disfruta teniendo cerca a
sus nietos y, de hecho, salvo que se le ponga freno, los mimaría en exceso,
especialmente a sus niñas.
Viola se rio y asintió enérgicamente
—Ha prometido llevarnos al zoo y al teatro de títeres de palacio.
Lucas miró a Camile que rápidamente aclaró.
—Mi padre recibe invitación para la fiesta de palacio cada año y nos ha llevado
desde que puedo recordar, ahora les toca a los pequeños.
—Siempre sorprenden e impresionan las relaciones e influencias del conde.
—Sonrió Lucas —¿Le sorprenden? ¿Cómo es eso posible? Creía que ese era uno de
los grandes atractivos de mi persona a vuestros ojos, uno de los pocos, de hecho.
—Dijo casi sin saber porque había escogido ese momento para atacarlo sin ambages.
Lucas se detuvo.
—Cielo. —Miró a Viola y esperó que ella lo mirase—. ¿Te importaría
adelantarte? Espéranos en el salón, enseguida vamos. —Viola asintió y continuó
escaleras abajo. Lucas tomó a Camile del codo y la hizo girarse para mirarlo—.
Camile. —Miró más allá de ella hacia una puerta y sin pensarlo la giró y guiándola la
hizo entrar en una habitación tras lo que cerró la puerta. Inspiró mientras volvía a
ponerse frente a ella—. Camile, es evidente que estás enfadada y no puedo por menos
que reconocer el derecho que te asiste a ello.
Camile le interrumpió girándose y abriendo la puerta.
—Me asiste, sí, me asiste. Mis hermanas me esperan.
Iba a cruzarla cuando de nuevo él la detuvo sujetándola del codo.
—Camile tienes que darme la oportunidad de disculparme.
Camile se giró y lo miró:
—¿Disculparse? —Preguntó entrecerrando los ojos.
Lucas suspiró.
—Debiera haber sido un poco más delicado o atento a la hora de elegir el
regalo. Ahora entiendo lo desafortunado del mismo.
Camile negó con la cabeza comenzando a girarse para salir.
—No, milord, era un regalo muy apropiado, no temáis. Os aseguro haré buen
uso del mismo, de acuerdo a los deberes que me corresponden. Si me disculpais,
prometí ayudar a Marion.
Está vez se apresuró a salir sin darle oportunidad ni de replicar ni de detenerla.
Lucas se quedó mirándola salir con la sensación de no haber comprendido realmente
el alcance de lo ocurrido, pero fuere lo que fuere le marcaba la pauta de empezar a
tomar las riendas de aquélla situación o acabaría ocurriendo lo que Marcus tanto
anunciaba.
La alcanzó ya en el salón donde las damas, con infinidad de lacayos y doncellas
parecían atareadas. Sin duda no era un lugar ni un momento adecuado para intentar
acercamiento alguno con ella. Suspiró y salió en busca de los caballeros, y también de
una copa con la que mitigar el mal sabor de boca que tenía y el nudo en la garganta
que se había formado en cuanto ella lo miró enfurecida. El baile. El baile sería una
buena ocasión para cortejar a Camile y galantearla. Cuan equivocado estaba en esa
idea.
Desde el primer momento aquello no pudo ir peor. Tras arreglarse cruzó el
saloncito y llamó a su puerta con la idea de acompañarla al salón previo a la cena y
poder conversar con ella en un ambiente relajado mientras su padre y su hermano con
su esposa recibían a los primeros invitados, aquéllos que estarían presentes en la cena
previa al baile, pero cuando la doncella le abrió, le informó que Camile hacía bastante
que había bajado. Bien, pensó, me reuniré con ella en el salón. De nuevo estaba
equivocado.
Camile se hallaba atendiendo junto a sus hermanas y sus cuñados a los
invitados que iban llegando. Se acercó tras unos minutos y la instó a ir a un rincón en
el que poder conversar tranquilos y supuso que ella se dejó guiar para no montar una
escena delante de nadie.
—Lamento no haberte acompañado. Debí haber preguntado si deseabas que
permaneciese a tu lado esta noche.
Camile lo miró seria hasta que suspiró y rebajó un poco la tensión de sus
hombros.
—No os molestéis, milord, no espero que os comportéis como no deseáis.
Lucas suspiró para su interior pues de veras que no iba a resultarle fácil
ganársela.
—Camile…
Ella le interrumpió:
—Han llegado vuestra madre y hermanas.
Lucas siguió con los ojos la dirección de su mirada y vio a su madre junto a
Priscilla, Armony, Brendan y Jason entrando en el salón.
—No por menos espero que mi madre se haya disculpado con lord Arthur por
su ausencia en el desayuno de Navidad.
Camile dio un paso para echar a andar en dirección a la marquesa viuda y él se
apresuró a tomar su mano y ponerla en su manga.
—Bien, miradlo de este modo, milord. Pienso hacerle partícipe de en qué ha
consistido el presente de mi padre y puesto que no le gustan los perros, tal y como me
ha informado, seguro tendrá algo que decir al respecto. Mejor que lo haga ahora que
no frente a los niños.
Su madre que ya les había visto y caminaba imperiosa en su dirección, llegó
enseguida deteniéndose frente a ellos.
—Buenas noches, milady. —La saludaba Camile haciendo una leve reverencia.
—Querida. —miró a su hijo—. Buenas noches, Lucas.
—Madre. Nos alegra verla. Ciertamente empezaba a creer que eludiría el baile
del mismo modo que ha eludido el desayuno de Navidad.
Alzó la ceja significativa e impertinentemente, pero su madre lo ignoró.
—No seas tonto, Lucas, no eludo nada, pero hay momentos que mejor reservar
en familia.
—En eso tenéis razón, milady. —intervino Camile haciendo caso omiso a la
indirecta de la condesa—.
Siempre es agradable poder relajarse con las personas que uno considera como
parte de su vida más privada. —Sonrió con fingida inocencia—. Sin duda, de ese
modo se disfrutan mejor y preservan en la memoria algunos detalles que para otros
carecen de sentido o son una nimiedad mientras que para los miembros de una familia
son momentos e instantes inolvidables, como ver la cara de mi sobrina abriendo por
sí misma sus regalos de navidad por primera vez o la cara de Viola y Samuel al ver el
perrito que les ha regalado mi padre. Ha sido enternecedor.
Lucas contuvo una carcajada ante el gesto de su madre y la destreza de Camile
al darle semejante noticia.
—¿Lord Arthur les ha regalado un perro? —preguntó con claro disgusto.
—Sí, una perrita, la han llamado Dina y si grata ha sido la sorpresa al recibirla,
el saber que en unos años tendrán su propia camada de cachorritos los ha llenado de
alegría. Por supuesto, les hemos hecho saber que deberán cuidar de su perrita ellos
mismos, pues ahora es una de sus tareas diarias, pero no les importa pues tener su
mascota es más importante para ellos que saberse con esas tareas de más. Por otro
lado, como en casa siempre hemos tenido mascotas, conozco los beneficios de crecer
con ellas y me parece una excelente idea que los más pequeños se acostumbren a
tener animales cerca y sepan tratarlos desde niños.
Lucas sonreía ya abiertamente viendo como su madre se contenía a duras penas
de soltar algún exabrupto pero tal y como se lo estaba narrando Camile difícil le
estaba poniendo quejarse, aun así…
—Nunca he permitido que mis hijos tengan perros en casa…
—¿De veras? —La interrumpió Camile—. Supongo que vuestros motivos
tendríais para ello, más, a Samuel y Viola le encantan los animales y no veo por qué
no dejarles cultivar esa faceta. Tanto Galvert House como Galvert hills resultarán
más acogedores con uno, dos o, quién sabe, más perros correteando y recibiendo a
sus habitantes cuando regresen a casa o acompañándoles en sus paseos o simplemente
permaneciendo cerca los días de lluvia. Es una pena que no permitiereis a vuestros
hijos tener esa compañía de pequeños. Yo, por mi parte, fomentaré la misma en Viola
y Samuel sin ningún rubor, es más, no permitiré que nadie me lo impida ni que se les
diga a los niños que no es adecuado o conveniente tener a su mascota, pues
ciertamente no hay nada malo en ello y sí, en cambio, a mi parecer, muchos ventajas.
Lucas casi escuchaba el rechinar de los dientes de su madre que tardó poco en
disculparse para ir a saludar a una conocida.
—Me postro a tus pies. —Le dijo Lucas cuando su madre se hallaba a una
prudente distancia—. Ahora no solo le has dejado claro que piensas tener a los
perritos en Galvert House y en Galvert House sino que, también, le has dado a
entender que no permitirás que haga o diga nada al respecto y menos delante de los
niños. Muy hábil.
Camile se soltó de su brazo mirando hacia donde se hallaba su padre.
—Si me disculpais, creo que dentro de unos segundos anunciarán la cena. Será
mejor que vaya a buscar a su madre para acompañarla a la mesa.
—Debiere acompañarte a ti. —Dijo mirándola fijamente y bajando la voz.
—No, milord. —Ella también bajó la voz y lo miró muy seria—. Debeis
acompañar a vuestra madre pues yo he de hacer lo propio con mi padre. Recuerde,
milord. Normas de decoro y protocolo. Soy marquesa de Galvert, al menos así lo
indican mis tarjetas de visita y, por lo tanto, la dama con mayor rango del salón, el
anfitrión ha de acompañarme y vos, como marqués, deberéis acompañar a vuestra
madre, marquesa viuda.
No esperó a que le contestase y echó a andar hacia su padre que la miraba
fijamente con una media sonrisa sabiendo por su gesto y por el de Lucas que le había
dicho algo que no agradaba a éste. Desde que Stephanie confirmó no solo sus peores
sospechas, sino la tristeza profunda de Camile, sentía ganas de gritar a ese hombre,
que juzgó tan erróneamente meses atrás, que se marchare de su casa y se alejare de su
hija para siempre. Sin embargo, tendría que controlarse, al menos hasta cierto punto.
<< Bien>>, pensaba Lucas viéndola caminar en pos de su padre, << me paga
con la misma moneda, no por menos que puedo admirarme de ello.>>
—No te piensa dar cuartel ¿verdad? —la voz de Thomas en su hombro le hizo
girar el rostro.
—No, no piensa hacerlo.
Thomas sonrió y le dio un golpe en el hombro.
—No te desanimes. Sabías que ibas a tener que ganártela paso a paso, así que
ánimo.
Lucas esbozó una media sonrisa.
—Lo malo es que ella me va ganando a mí más que yo a ella. —sonrió ahora
del todo—. Acaba de dejar muda a mi madre y le ha impuesto su voluntad con una
cortesía muy tajante. Si vieras la cara de mi madre cuando le ha anunciado que Viola
y Samuel tienen un perro y que no admitirá comentarios al respecto, casi podías oír
cómo sonaban truenos en su cabeza y cuando le ha insinuado que era posible que
tuvieren una camada más adelante tuve que contener la respiración para ahogar una
carcajada.
—Pues siento tener que sofocar tu carcajada, Luc—Marcus a su lado los hizo
mirarlo—. Pero tengo la ligera sensación de que o bien lord Charles ha dado a
conocer sus sospechas a la familia del conde o éstos han entendido, por fin, que el
desánimo y el estado de tu esposa es culpa tuya pues, cuando te has acercado a ella,
los ojos de todos ellos, sin excepción, estaban puestos en ti y no te miraban con
mucho aprecio precisamente.
Lucas entrecerró los ojos.
—Espero te equivoques.
—Y yo, Luc, porque de las dos opciones, creo que lo menos malo es que te
crean con una amante. Te considerarán un canalla, más aún las damas, pero no te
negarán, al menos no en público. Pero si creen que eres responsable de la infelicidad
de su hija y hermana hasta el extremo de preocuparse por su salud, tomarán medidas
drásticas. El conde y los suyos forman una familia unida, Luc, debieres tenerlo
presente.
Lucas miró al conde y a Camile y supo que Marcus tenía razón y esa razón se la
dieron las horas posteriores en las que Camile se encontró, en todo momento, con
algún miembro de su familia a su lado, en la cena, en el baile. En todo momento.
Incluso cuando subió a ver a Viola cuando ésta fue a espiar un poco la fiesta, Camile
subió a verla con una de sus hermanas.
Lucas esperó y no se retiró del baile hasta que ella lo hizo. La esperó en lo alto
de la escalera, pues ella se despidió al pie de la misma de Marion quedándose ésta
unos minutos esperando a su marido que daba unas últimas instrucciones al
mayordomo. La sorprendió verlo allí y más saberlo esperándola.
—Te acompaño hasta el dormitorio pues toda el ala se haya ya casi a oscuras.
—Decía ofreciéndole el brazo y aunque durante unos segundos dudó finalmente
aceptó. Tras recorrer uno de los pasillos en silencio señaló—. Es de suponer que
Viola estará profundamente dormida, más no tuve ocasión de preguntar por qué
deseaba dormir en tu habitación esta noche.
—Cressi duerme en el cuarto de Jefferson y Amelia y Viola no quería estar sola
en el cuarto de las niñas.
Además, le gusta escuchar las historias de la infancia de Gloria, mi doncella, y
hoy tenía oportunidad de hacerlo.
—¿Las historias de la infancia de tu doncella?
—Su padre era sargento y sirvió algunos años en Marruecos. Gloria nació y
vivió allí hasta los diez años.
—¿Y aún mantiene los recuerdos de tales años con viveza?
—Tiene un hermano viviendo allí con su esposa e hijos y todos los años, ella y
su hermana pequeña, Gertudre, que es la doncella de Amelia, les hacen una visita por
unas semanas. —Llegaron a la puerta del saloncito que compartían y cuando Lucas
fue a abrirla ella se soltó de su brazo y siguió caminando hasta la siguiente puerta—.
Buenas noches, milord. —Se despidió desde esos pocos metros que le separaban y sin
mirar o esperar nada más, entró cerrando tras ella la puerta.
Lucas entró en el salón común y giró hacia su dormitorio. No iba dejarlo
acercarse así como así, pero él no iba a dejarla marchar.
A la mañana siguiente, Camile desayunó temprano con su padre y Albert y
planearon juntos el viaje a Irlanda. Albert la llevaría hasta Rosehills, la casa de tía
Hester, la recogería en Galvert Hills al día siguiente y la acompañaría hasta dejarla
sana y salva en la propiedad de tía Hester y tras haberse cerciorado de que el achaque
de la ajada dama no era más que eso, uno de sus achaques, él regresaría.
Camile iba a dejar ese día a los niños en Mandershall donde disfrutarían de
juegos y de la compañía de sus primos ya que ella estaría muy ocupada organizando
su traslado y todo lo necesario para que tanto el regreso a Londres de los niños como
en las siguientes semanas estuvieren bien atendidos. Una vez hubo salido del
despacho el conde que miraba con fijeza la puerta cerrada tras Camile cuando ésta ya
hubo salido, suspiró.
—No pienso dejar que vuelva a vivir bajo el mismo techo que ese canalla.
—Inquirió antes de girar y mirar a su hijo—. Si cuando regrese no quiere que
pidamos la anulación, llegaré a un acuerdo con ese malnacido y Camile vivirá en una
casa distinta a él aunque mantenga sobre el papel el matrimonio. Deberé tener
presente a los pequeños, pero no dejaré que siga abusando de mi hija a costa de su
salud y felicidad. Ese hombre no merece ni siquiera que ella respire el mismo aire que
él.
Albert miró a su padre y asintió.
—Y una vez hagamos eso, le daré una buena paliza por lo que ya le ha hecho.
—Negó con la cabeza—.
Sinceramente, me importa poco un pequeño escándalo por la anulación pues, al
menos, Camy podría volver a casarse y ser feliz con alguien que sí la merezca, pero
dudo que ella quiera poner a la familia en esa tesitura de modo que se resignará a
estar casada y a llevar una vida ajena a ese supuesto marido. Pero mejor eso que
seguir permitiendo que ese hombre siga abusando de Camy, nuestro apellido e
influencias y sobre todo de su bondad. Como bien dice, padre, él no lo merece.
Al cabo de un rato, los niños entraron en el comedor de mañana y ocuparon sus
lugares y mientras les servían los lacayos, Camile se colocó en cuclillas entre Viola y
Samuel ignorando que, cerca de ellos, Lucas había tomado asiento con Thomas.
—Bien, niños. —Decía entre las sillas de ambos—. Hoy os dejaré pasar el día
con el abuelo y los primos.
Tío Albert os llevará de regreso a Galvert Hills antes de la cena. Sed buenos y
obedeced a los mayores.
—¿Podemos ir a montar? —preguntó Samuel.
—El abuelo montará con vosotros tras el desayuno, os enseñará los mejores
lugares de la propiedad y después iréis al pueblo, a la sesión de cuentacuentos y a
tomar chocolate y galletas de jengibre. —Miró a Viola—. Estás muy bonita con tu
vestido nuevo. Puedes ponerte el abrigo que te ha regalado la tía Amelia y el
manguito del tío Jefferson. Serás la niña más bonita de todas. —Le dio un beso en la
mejilla y Viola la rodeó con los brazos antes de soltarla. Después miró a Samuel—.
Como tú, Charles y Francis, iréis en los caballos con el abuelo y los tíos, tras el
desayuno, sube corriendo y ponte esas bonitas botas y los guantes de montar que te
compramos y, además del abrigo, habrás de ponerte gorra y bufanda, esta noche ha
nevado y hará frío por los caminos. —Samuel asintió antes de darle un beso —. Me
llevo a Dina conmigo, la cuidaré bien y me aseguraré de que os espere junto a Bonnie
en vuestro cuarto.
—Tienes que rascarle las orejitas para que duerma. Le gusta que le acaricien
mientras se adormece. —Le decía Samuel.
—lo haré.
—Y la leche tiene que estar un poco calentita. —Añadió Viola.
—Se la daré calentita. —Sonrió mientras se enderezaba—. Desayunad
tranquilos y no os preocupéis, cuidaré bien de Dina. Pasad un buen día y portaos bien,
aunque se os permite volver un poco loco al abuelito.
Los dos asintieron riéndose antes de que ella se disculpare y se retirase del
salón para cerciorarse de que los lacayos y palafreneros tomaban todos baúles y
paquetes para llevarlos de regreso a Galvert Hills.
En el vestíbulo se despidió de sus hermanas y cuñados aunque bajando la voz
les prometió que, cuando Albert fuese a buscarla al día siguiente, antes de emprender
camino a Irlanda harían una parada allí para despedirse de todos con calma. Tras eso,
esperó a los tres caballeros para emprender el regreso a Galvert Hills y ya antes de las
diez se encontraban entrando en la mansión.
—Bienvenida, milady. —La saludaron encantados Ronald y la señora Prinfet.
—Buenos días. Espero que no hayan tenido ningún contratiempo en nuestra
ausencia. —Les sonrió.
—Nos alegra decir que no, milady. —Sonrió la señora Prinfet con complicidad.
—Es un alivio. —Miró disimuladamente en derredor y vio que tanto Lucas
como sus dos amigos habían continuado camino hasta uno de los salones y que el
resto de la familia aún se hallaba descansando tras regresar tarde del baile—. Les he
traído a ambos una cesta con bombones, mermeladas y cremas que les envían mi
padre y mis hermanas, es un batiburrillo de dulces pues cada uno de nosotros ha
escogido los que más les gustaba, de modo que no se asombren por encontrar desde
bombones de licor hasta caramelos de tofe y crema. —Los dos sonrieron
divertidos—. Mi padre le envía una botella de coñac y otra de aguardiente. —Miró a
Ronald—. Y a la señora Prinfet, — sonrieron las dos—, unos guantes para pasear y
un poco de licor de cerezas que, según dice, está seguro una dama como vos
apreciará. —La señora Prinfet se rio divertida—. Me gustaría reunirme con ambos y
con la institutriz de Viola y Samuel antes del almuerzo. Pero les rogaría que lo
mantuvieren en reserva pues querría hablar con los tres con tranquilidad y privacidad.
—Como gustéis, milady. —Sonrió Ronald antes de hacer una cortesía y
retirarse.
Camile subió sin demora a su dormitorio donde con ayuda de Gloria hizo los
baúles con todas sus cosas para que a primera hora de la mañana los lacayos los
dejasen en el vestíbulo hasta la llegada de Albert.
Tras ello se reunió con Ronald, la señora Prinfet y la institutriz en su salón
privado.
—Por favor, les rogaría se sentaren unos minutos pues esto nos llevará un poco,
además, creo que necesitaremos organizarnos tranquilos. —Aunque se mostraron un
poco reacios a tomar asiento junto a su señora, especialmente Ronald, finalmente
aceptaron—. Pues, bien. Voy a pedirles me ayuden un poco tanto en Galvert House
como en el cuidado de lady Viola y lord Samuel durante las próximas semanas, al
menos las próximas tres semanas. Todos ustedes han demostrado con creces ser
competentes y confiables no solo a la hora de desempeñar sus trabajos sino en cuidar
de la familia, por ello puedo sentirme un poco menos preocupada en ese aspecto
durante el tiempo que he de permanecer lejos. —Miró a los tres intentando parecer
calmada y despreocupada—. Una de mis tías, una hermana de mi madre, se encuentra
enferma. Esperamos que no vaya a mayores y que quede solo en uno de los achaques
propios de su edad, más, precisamente, por su avanzada edad y el hallarse lejos, toda
precaución es poca, por ello voy a trasladarme a su casa, cerca de Dublín una o dos
semanas para cuidarla. Aún no he informado a su señoría ya que la decisión no la
hemos tomado mis hermanos, mi padre y yo, hasta esta mañana. De cualquier modo,
aun cuando solo sean unos días me preocupaba dejar desatendido Galvert House y,
sobre todo, a los niños por ese tiempo, sin embargo, enseguida he comprendido que
puedo confiar en todos ustedes para hacer más llevadera mi ausencia, especialmente a
los niños. Mis hermanos estarán pendientes de ellos, y, por supuesto, su señoría se
encargará de cualquier cosa que necesiten, más, seré sincera al confesar que saberlos
en sus manos, —les sonrió con amabilidad—, es lo que me alivia realmente.
La señora Prinfet asintió.
—No habéis de preocuparos, milady, haremos todo lo que esté en nuestras
manos para que estén bien cuidados y atendidos este tiempo.
—Les he anotado en estas listas todo lo que creo necesitarán para estas
semanas, pero de cualquier modo, si necesitaren cualquier otra cosa o surgiere algún
inconveniente o contratiempo, acudan a su señoría, aunque les agradecería que
cualquier cosa relacionada con los niños se lo comuniquen también a lady Stephanie
o lady Amelia pues ellas me lo notificarán a la mayor brevedad.
—Así lo haremos, milady. —Contestó Ronald.
—Me gustaría, además, que vigilaren a los dos animalitos de los pequeños
pues, aunque éstos se encarguen de su cuidado, siempre es conveniente asegurarse del
bienestar de todos ellos y aunque la marquesa viuda muestre desagrado ante ellos,
tanto su señoría como yo hemos sido tajantes a la hora de mostrar nuestra resolución
de que tanto lady Viola como lord Samuel pueden y han de tener a sus mascotas
consigo.
Ronald sonrió asintiendo.
Durante unos minutos hablaron sobre la organización de la casa y el cuidado y
atención de los pequeños y tras ello, Camile permitió a los tres que regresaren a sus
quehaceres. Tras ello, se cambió con tiempo para el almuerzo y bajó al salón donde
esperaba encontrar al marqués pero solo estaban la marquesa y Armony en relajado
silencio.
—Milady, milady. —Las saludó con la cortesía antes de tomar asiento.
—Oh bien, querida, supongo que ya te has acomodado tras esos días en
Mandershall. —Señaló la marquesa viuda sin levantar la vista de su bastidor donde
fingía bordar, pero en el que, Camile sabía, no había dado puntada alguna desde que
ella cruzó el umbral de la puerta.
—Así es, milady. —Miró a Armony—. He entregado a Ronald los presentes de
sus hijos y de los de lady Priscilla. Me temo que en la cesta de caramelos y dulces
hay ración suficiente para que estén comiendo dulces durante una o dos semanas,
pero mis hermanas no tienen medida alguna a la hora de incluir azúcar en las cestas
navideñas de los niños. Le he pedido a Ronald que deje las cestas en manos de sus
doncellas para que se las entreguen cuando gusten.
—Muy amables, gracias. Estoy segura que se volverán locos con ellas.
—Contestó con una sonrisa.
—Me temo que no tanto como con las espadas de juguete y a lady Julia le
hemos regalado un juego de acuarelas con pinceles y cuentas de madera para hacer
figuritas. Recordé que lady Priscilla comentó que tiene destreza con las manos y le
gustan ese tipo de manualidades. Viola le compró todo un juego de lazos y prendidos
para el pelo pues, según ella, nunca se tienen suficientes lazos.
Lady Armony se reía cuando giró el rostro y vio a Lucas entrando en el salón.
—Madre, Armony, Camile. —Hizo una ligera inclinación.
—¿Tus hijos no van a venir a saludarnos, Luc? Después de tantos días, al
menos debieren cumplir con su familia.
—Me temo, madre, ese saludo habrá de esperar hasta la tarde. Mis hijos
permanecerán el día de hoy en compañía del conde que amablemente les ha invitado
a algunas actividades.
Escuchó a su madre resoplar en claro disgusto. Camile se levantó y se giró
hacia él: —¿Podríais concederme unos minutos, por favor? —Preguntó casi en
susurros.
Lucas asintió ofreciéndole el brazo:
—Madre, Armony, disculpadnos.
Salió de la estancia y la miró como preguntándole si quería hablar en un lugar
en privado o en otro lugar más abierto.
—¿En vuestro despacho, milord?
Lucas asintió y la guio hasta allí donde de inmediato cerró la puerta mientras
ella iba a sentarse en uno de los sillones cercanos a la chimenea. La imitó y se sentó
al frente esperando que ella tomase la palabra.
Lo miró antes de hablar:
—Mi tía Hester, la hermana mayor de mi madre, se encuentra enferma. Es
viuda y su único hijo está de viaje desde hace meses en Egipto, pero antes de partir
nos pidió que estuviéremos pendientes de su madre. Me he ofrecido a cuidarla hasta
que se recupere pues siempre fue atenta y considerada con todos nosotros y todos
sentimos un especial cariño por ella. Mañana me marcharé con mi hermano que me
acompañará hasta allí y se asegurará, antes de regresar, que solo sea un achaque
propio de su edad y no algo más alarmante, al menos eso esperamos.
Lucas entrecerró los ojos mirándola con clara desconfianza.
—Tu tía Hester…
—Lady Callinger, vizcondesa viuda de Callinger.
—Ah sí, sí, ¿su residencia estaba…?
—Rosehills, en Irlanda, cerca de Dublín.
Respondió con un tono algo cansado, como si intentare ahogar la molestia que
sentía porque fuera incapaz de recordar el más mínimo detalle concerniente a su vida
o a las cosas que en alguna ocasión hubiere podido mencionar.
—Entiendo, luego esperas permanecer allí…
—El tiempo que sea preciso, una, dos, a lo sumo tres semanas. Es una mujer
mayor y por leve que sean sus achaques de pulmón, tarda un poco en curar. Más, no
habéis de preocuparos. Ya he organizado todo lo necesario con Ronald, la señora
Prinfet, la institutriz y la señorita Anderson para que los niños estén bien cuidados y
la casa permanezca atendida sin mayores contratiempos.
De nuevo Lucas entrecerró los ojos claramente mordiéndose la respuesta que a
buen seguro tenía entre los dientes.
—Supongo que has pensado en todo.
—Mañana me despediré de los niños antes de partir. No he querido decirles
nada hoy para no estropearles su día.
—Comprendo. —La miraba con seriedad—. Es evidente que me estás
comunicando una decisión ya tomada. —
Camile asintió—. Aún a riesgo de resultar rudo ¿no crees que podrías haber
consultado conmigo tan repentina decisión?
—¿Por qué debería haberlo hecho? Voy a atender a la hermana de mi madre,
una mujer que siempre nos ha cuidado a mis hermanos y a mí y a quien tenemos un
aprecio sincero.
—Bueno, quizás porque se trata de un viaje largo, de una estancia prolongada y
porque, al fin y al cabo, tus decisiones afectan a varias personas.
Esta vez fue Camile la que le miró entrecerrando los ojos.
—Por ello, he tomado la precaución de dejar bien organizada la casa y el
cuidado de los niños que son quienes realmente notarán mi ausencia.
Esto último revelaba claramente a quienes sabía afectaría su ausencia y la no
mención de él, con intención, lo hizo levantarse del sillón y caminar los pasos que le
separaban de la chimenea como único medio de contener un exabrupto. Tras unos
segundos se giró y la miró: —Camile, creo que ha llegado la hora de que hablemos
pues no puedes estar enfadada siempre conmigo, así no conseguiré acercarme a ti.
—¿Y desde cuando quiere acercarse a mí?
Espetó mirándolo fijamente, de pronto asombrada por el giro tan drástico de la
conversación y sobre todo porque él se creyese ahora con derecho de acercarse a ella
porque ella ahora se negare a tal cosa.
Lucas suspiró.
—Al menos deberías intentar permitirme hacerlo…
Camile le interrumpió:
—¿Qué yo debería? —preguntó aparentemente calmada—. Debería intentar
permitir que se acercase a mí, —
Repitió casi en un susurro bajando la voz. Alzó de nuevo la vista y lo miró
mientras inspiraba lentamente aire—. A ver si lo entiendo. Debería dejar que se
acerque a mí, cosa distinta es que deba esperar que lo haga porque, claro, aún
debemos conocernos y sentirnos cómodos.
—Camile. —Murmuró vencido cuando le arrojaba sus propias palabras.
Camile lo ignoró y añadió:
—Debo dejar que se acerque a mí y con ello dejar en sus manos decidir cuándo
hacerlo a su antojo y más aún, si llega algún día a considerar conveniente acercarse a
mí. —Lo miró fijamente—. Debo dejar que se acerque a mí, pero no esperar que eso
signifique que, por fin, tenga a bien hacerlo, o que simplemente pueda llegar a decidir
que quiere mostrarme algo más que la necesaria y estricta cortesía, ni que decida
dedicarme más de dos palabras seguidas, o que no solo sea amable, aunque distante,
cuando haya personas delante o cuando lo considere necesario para la situación o sus
intereses… No debo esperar que el permitirle acercarse a mí implique que quiera
considerarme, verme o pensar en mí como su esposa. No, no debo esperarlo porque
yo solo soy la cara de la moneda que le proporciona los medios para que todo a su
alrededor funcione como espera y desea, mientras que la cara de persona individual,
de mujer, esposa y compañera se encuentra en otro lugar. —Lucas la miró fijamente
casi cruzando los dedos para que lord Charles no le hubiere hablado de sus sospechas.
Camile se levantó y lo miró fijamente—. Como le dije milord, usted no mintió, al
menos no exactamente, al hacer su proposición, pero no fue honesto conmigo, no me
dijo la verdad, no me contó lo necesario para saber qué era lo que iba a encontrarme
con este matrimonio, aunque más que un matrimonio es un pacto muy distinto. He
hecho lo que me ha pedido, pensando, estúpidamente, que con ello me daría la
oportunidad de considerarme de verdad su esposa, no alguien que está a su servicio,
una secretaría, un ama de cría, ama de llaves y organizadora de las rutinas de su vida.
—Lucas abrió la boca pero de inmediato la cerró pues era una bofetada directa que no
podía devolver pues no era más que la verdad, lo sabía, lo comprendía—. He hecho
todo lo que exigió esperando que, tarde o temprano, mostrase un poco de respeto o
aprecio si no por mi persona, sí por el papel que me obliga a desempeñar de cara a los
demás, aunque ambos sabemos que no es más que eso, un papel y uno que, además,
nunca fue mío, porque nunca tuvo intención de concedérmelo. He cumplido con todo
lo que reclamó en base a la palabra que, sin ser consciente realmente de lo que
implicaba, le di al aceptar casarme con vos y, más tarde, al convertirme ante los ojos
de Dios, de mi familia y conocidos, en su esposa. Más nunca, jamás, habéis tenido
intención de concederme esa oportunidad porque jamás pensasteis en mi como una
esposa, sino solo como en alguien que trabaja por y para vos. Pues bien, milord,
durante meses le he concedido, sin exigir nada, miles de oportunidades y ocasiones
para que se acercase a mí aunque solo fuere un poco, y durante semanas incluso deseé
que lo hiciere, que me viere más allá de la posición, de los contactos o de la
influencia que podía proporcionarle el tenerme, a los ojos de los demás, como su
esposa. Más, ahora, ni lo deseo, ni lo espero. No romperé el matrimonio, evitaré
escándalos y rumores, no por vos, no por mí, sino por los niños y por mi familia. A
pesar de ello, dejemos las cosas claras desde ahora. Yo no tengo el deber de dejarle
acercarse a mí. Ese deber dejó de existir desde que no solo me despreció, sino que me
manipuló bajo unas falsas promesas para conseguir lo que quería. Ahora tiene lo que
quiere, y salvo que me haga a mí o a los míos algo que implique un mayor daño del
soportable, seguirá recibiendo el cumplimiento de todos esos deberes que, tan
elocuentemente, detalló y explicó el día de nuestra boda, pero ello no implica que le
deba el permitir acercarse a mí. Ese derecho ya no existe, milord, usted lo rechazó y
lo quemó, y puesto que ya no existe, ni lo exija ni lo espere. Si quiere acercarse a
alguien hágalo a esa joven hermosa en cuyos brazos le vi el día de su cumpleaños en
una calle cercana a Curzon Street. Estoy segura, ella no solo es de su agrado, a
diferencia de mí, sino que, además, estará encantada de permitirle acercarse a ella. Yo
no os dejaré acercarse a mí puesto que, milord, no me habéis dejado acercarme a vos,
de modo que he comprendido que ni lo desea, ni lo espera ni lo quiere. Lo he
comprendido, aceptado y asumido.
Solo he de cumplir con los deberes que me reseñó la noche de nuestra boda, y
en ellos, comprendí al cabo de un tiempo, ni se mencionó ni se incluyó bajo ningún
concepto, verme o tratarme como esposa, mujer ni compañera. Pues bien, yo cumplo
con mi parte día tras día, sin exigirle a vos nada de nada, ni un deber, ni una
responsabilidad ni siquiera una palabra amable. Pero una cosa es que no le pida nada
y otra muy distinta que le conceda ahora algo que ya rechazó tantas y tantas veces
pues dejó claro que no lo apreciaba, ni lo deseaba. Y ahora, —caminó hacia una
puerta—, voy a terminar de empaquetar lo que queda para mi viaje. —Se giró y lo
miró—. Salvo que creáis que he de cumplir con algún deber más ¿Creéis que hay
alguien a quien deba dirigirme con amabilidad como marquesa de Galvert o puedo
considerarme por unas horas libre de tales responsabilidades? —Lucas la miró con
gesto serio pero sin decir nada—. En tal caso, milord, si me disculpáis.
Camile salió de la habitación dejándolo con el cuerpo y la cabeza como si le
hubieren apaleado. Por mucho que la cortejase, el daño que le había hecho era
irreparable. Había hablado serena, calmada, y con aparente tranquilidad, pero no le
costaba mucho saberla herida hasta límites que nunca pudo imaginar, claro que nunca
pudo imaginar hasta dónde ella conocía el grado de su engaño y mala conducta hacia
ella. Era evidente que se sentía engañada, traicionada y humillada, pero sobre todo
dolida ante la certeza de que él la había mentido desde el primer día y se había
aprovechado de ella sin rubor alguno en su propio beneficio. Se dejó caer en un sillón
agotado y enfadado. Se iba a ir unas semanas a Irlanda, a cuidar de ese familiar que o
bien era una mera excusa para alejarse de él o simplemente el falso pretexto creado
por sus familiares para sacarla de su casa. Había hablado de dos o tres semanas,
luego, en principio, pensaba regresar, pero ¿y si no estaba dispuesta a hacerlo? Y si lo
hiciere, ahora que sabía que ella iba a mantener con él una relación de conveniencia
meramente formal para evitar un escándalo, ¿lo soportaría? ¿De verdad él quería eso?
Al cabo de casi media hora apareció Marcus buscándolo.
—Menos mal que te encuentro, ya no sabía dónde buscar. —Decía caminando
hacia él que se hallaba mirando por la ventana hacia los jardines con las manos
cruzadas a la espalda—. Tu augusta madre hace rato pregunta dónde estás —se calló
al verle el gesto serio—. ¿Qué ocurre?
—He perdido, en justicia, algo importante por no ser capaz de valorarlo.
Mantenía la mirada fija en el jardín del que solo se veía colores sin fijar
realmente la vista en objeto o figura alguna. Marcus se sentó en un sillón tras él.
—Camile. —No necesitó que se lo confirmare—. ¿Qué ha ocurrido? Te vi salir
del salón ella pero hace rato subió las escaleras.
—No sé ni por dónde empezar. —Lo miró y expiró lentamente caminando de
nuevo hacia el sillón y dejándose caer desgarbado—. Voy a contarte una cosa en la
más absoluta reserva. —Marcus alzó las cejas manteniendo silencio—. No quería que
Camile supiere que tenía un acuerdo con Rachel porque, además de los motivos
obvios de sentirse esposa engañada, sabía de antemano que ello iba a dolerle más que
a cualquier esposa que descubre que su marido mantiene a una amante, más aun
teniendo presente que era una joven recién desposada. —Suspiró y se echó hacia el
respaldo del asiento apoyándose cansado en él—.
El día de la boda tuve la desafortunada ocurrencia de mantenerme alejado de
Camile más allá de lo lógico. Me presenté en el dormitorio y, sin darle oportunidad
alguna para hacer o decir nada, la rechacé sin más explicación o excusa que el de que
aún éramos dos extraños. Argüí que debiéremos darnos tiempo para conocernos y
sentirnos cómodos y sin más me marché. Cuando decíais que me mostraba distante
con ella, frío e indiferente no os alejabais de la verdad, sin embargo, dudo que
imaginaseis lo lejos que he llegado en este sentido.
Marcus abrió mucho los ojos unos segundos, pero después templó el gesto
intentando no alarmarse.
—Luc, no puedes hablar en serio. ¿Llevas meses rechazándola y evitando toda
intimidad con ella? ¿Eso es lo que estás diciendo?
Lucas suspiró cansado.
—Y lo más grave es que el daño que eso le ha estado causando es aún más
hondo de lo que jamás podría reparar. Ella misma me vio con Rachel hace semanas.
—¿Al menos le habrás dicho que eso se ha acabado?
Lucas negó con la cabeza
—Me he quedado petrificado, Marcus, por primera vez en mi vida, me he
quedado petrificado. —Miró a su amigo—. Y si su familia no lo sabía antes, ahora lo
sabrá de modo que su humillación y dolor, que ha llevado en callado silencio durante
meses, ahora es mayor o más difícil de soportar pues ahora sumará el pesar de sus
familiares.
—¿Te ha dicho ella que su familia lo sabe?
—No hace falta que lo diga, Marcus. Después de verme lord Charles salir de la
joyería y ver el presente a mi esposa, deben saber que tengo o he tenido una amante.
Aunque una cosa sí tengo claro, aun cuando Camile no los haya mencionado, no
había hablado de esto con ninguno de ellos antes o el conde jamás me habría recibido
en su casa.
Marcus se inclinó hacia delante apoyando los codos en sus rodillas.
—A ver, Luc. Por lo que dices, tu insidia hacia tu esposa es mayor de la que me
había imaginado pero sigo sin entender que esperabas conseguir con ello. ¿Mantener
las distancias para no encariñarte con ella? —
negó con la cabeza—. Creo que lo único que has logrado es hacerle tanto daño
que es ella la que nunca logrará encariñarse contigo. Eso si alguna vez logra
perdonarte. —Juntó las manos entrelazando los dedos —. ¿Quieres o no quieres tener
un matrimonio con ella, Luc?
Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Tengo un matrimonio con ella, Marcus. El problema es que tenía la
posibilidad de tener un buen matrimonio y la he echado a perder precisamente por
creer que encariñándome con ella no tendría un buen matrimonio, al menos no uno
que pudiere controlar.
—No, Luc, tú no tienes un matrimonio con ella. Ella ha intentado tenerlo, pero
tú no se lo has permitido. — Lucas alzó el rostro para mirarlo—. Te lo pregunto de
nuevo, Luc ¿quieres tener un matrimonio con ella?
Lucas lo miró fijamente.
—No importa ya. Ahora es ella la que no lo quiere, y no puedo culparla. Según
sus palabras, seguirá comportándose como hasta ahora con la diferencia que ya no
esperará nada de mí, pero por esa misma razón yo no tengo derecho a pedir y menos
exigir nada de ella. Seguirá como hasta ahora, cumplirá con sus deberes, según ha
explicado, para evitar escándalos o rumores, no por mí, por supuesto y tampoco por
ella, sino solo por los niños y su familia.
—Entiendo. —Marcus mantuvo silencio un par de minutos—. Luc. Tal y como
yo lo veo tienes tres opciones.
La primera, dejar las cosas como están, claro que, de hacerlo, puede que ella
tarde o temprano elija buscar cariño en otra persona. —Lucas lo miró molesto—.
Aunque no la creo del tipo de mujeres que engaña a su marido ni se lanza a los brazos
de otro hombre. Sin embargo, de no hacerlo, —miró fijamente a Lucas—, esta
situación acabará con ella, Luc. La soledad durante tanto tiempo no es buena
compañera.
Bien puedo hablar de ello, aunque al menos yo no tengo reparos en buscar
consuelo en brazos de otras mujeres. —Lo miró con una media sonrisa—. Y tú
tampoco, pues no dudo que acabarías buscando nueva amante de dejar las cosas en
este punto. Más, si lo hicieras, serías tan egoísta como estúpido. —Lucas lo miró con
mayor atención y fijeza—. Te seré sincero, Lucas. Mataría por tener a alguien como
tu esposa a mi lado y te creía del tipo de hombre capaz de valorar la suerte que tienes,
más, parece que me equivoqué. Tu segunda opción pasa por dejarla libre, Luc. Si no
la estimas en su justa medida ni quieres tenerla como esposa, —afianzó su mirada en
su amigo—, como verdadera esposa, déjala libre, Luc. Ínstala a pedir la anulación. Si
no ha sido consumado el matrimonio, aunque hayan pasado casi cinco meses, puede
ser declarado nulo. Sería un pequeño escándalo, eso es innegable, pero, al menos, ella
podría rehacer su vida. Es evidente que quedará marcada, más aun así, las influencias
de su familia y su propia valía podrían permitir que encontrare un buen marido.
—Ella ha dejado claro que no hará nada que genere escándalo o que perjudique
a su familia. —Alzó la vista y lo miró—. Y ni pienses por un segundo que pediré la
anulación.
—¿Porque te perjudicaría? Vamos, Luc, un escándalo, que tarde o temprano se
mitigará, es mejor que lo que le espera de continuar así. No está bien, y de
prolongarse esta situación, Camile acabará enferma de veras.
Lucas se enderezó y lo miró furioso.
—¿Crees que antepondría mis intereses al bienestar de Camile?
—Es lo que has estado haciendo, Luc. Y me es indiferente que entres en cólera.
—Lo miró serio—. Hasta ahora has permitido que se pase día tras día sufriendo y lo
grave es que lo hacías siendo consciente de que no estaba bien. Pero tu casa estaba
mejor que nunca, tus hijos la adoran, te favorece social y políticamente tenerla a tu
lado…
Lucas se levantó enfurecido:
—Detente, Marcus.
—¿Por qué? ¿Por qué te estoy diciendo la verdad?
Lucas lo miró:
—¡Maldita sea! —Caminó hasta la ventana furioso consigo mismo, con Marcus
y con todo. Al cabo de unos minutos se volvió de nuevo a mirarlo—. Has dicho tres
opciones ¿cuál es la tercera?
—Conquistarla, Lucas, conquistarla. —Se dejó caer en el respaldo y estiró las
piernas cruzándolas a la altura de los tobillos quedando en una postura relajada y
aparentemente despreocupada—. Pero, para eso, te aconsejo que estés seguro de que
la quieres como esposa, y no me refiero a tenerla como esposa de cara a terceros, sino
de verdad, Luc, una esposa con todo lo que ello conlleva. Pero insisto, has de estar
seguro, porque no solo habrás de conseguir que te perdone, lo que a estas alturas es
francamente complicado, sino que después habrás de conquistarla. Eso sí, Luc, ten
presente que después no podrás volver a actuar como hasta ahora, ya que de hacerlo
no se sentirá solo defraudada y dolida como ahora, sino que, le provocarás un daño
irreparable. Si la conquistas y después le haces daño, se sentirá devastada y no sin
motivos. Si no la quieres como esposa, Luc, déjala libre. Deja que encuentre a alguien
que de verdad la valore y la estime como se merece. En mi opinión, y entiendo de
mujeres, Camile es una joya, aunque ella no lo crea, y de hallarse libre, más de uno la
querrá a su lado.
Lucas se quedó con la misma sensación que cuando ella lo dejó solo en esa
sala, sin palabras y con un nudo en el estómago que empezaba a creer algo distinto a
la mera culpabilidad. Le gustaba tener a Camile cerca y no solo porque su vida
estuviere organizada, ajena a problemas o incertidumbre como cuando se casó con
Violet en que se convirtió en un caos imposible de manejar y menos controlar, sino
que le gustaba saberla en su casa, en su vida, con sus hijos y con él. Con él. Al
pensarlo se supo egoísta e injusto con ella porque no había estado con ella, no la
había cuidado, ni protegido como correspondía, no se había preocupado por ella, sus
sentimientos, sus deseos.
—¡Maldita sea, Marcus! —Se giró y miró la oscuridad más allá de la
ventana—. No quiero que se vaya.
—Sí, Luc, eso ya lo sé. Pero lo que no sé es si no quieres que se vaya porque es
lo más cómodo y conveniente para ti y tus hijos o si es porque realmente no quieres
que se vaya.
—Se marcha a Irlanda unas semanas. Según me ha informado, a cuidar de la
hermana de su madre que ha enfermado. No sé si es verdad o no y aun siéndolo si es
una mera excusa para alejarse. Ha dicho que regresará en dos o tres semanas a lo
sumo. Quizás sea bueno para ella descansar y tomar distancia de todo esto.
Marcus le sostuvo la mirada unos segundos antes de ponerse de pie y dando un
tirón a su chaleco asintió.
—Quizás también sea bueno para ti, para que medites bien lo que quieres y lo
que no. Más no tardes demasiado en decidir o puede que ya sea tarde. —Le dio un
golpe en el hombro—. Luc, sea lo que sea lo que decidas, ahora recompón tu cara y
regresemos. Deben estar a punto de anunciar el almuerzo y cuanto menos hagas
entrever a tu madre, menos preguntas e interferencias en tu vida te encontrarás
mientras Camile se halle lejos.
Lucas asintió y entró en el salón en el que efectivamente Ronald acababa de
anunciar el almuerzo. Miró en derredor y al no verla hizo un gesto a Ronald que se
acercó.
—¿Milady?
—Se ha disculpado y ha subido las habitaciones infantiles, milord.
Lucas procuró mantenerse sereno en el almuerzo tras el que, sin dar mayores
explicaciones, subió a buscarla. Se hallaba en el cuarto de juegos de los niños
empaquetando los juguetes y regalos en un baúl dando instrucciones a la institutriz
que iba anotando en una libreta lo que le iba diciendo. Al verlo la joven hizo una
rápida reverencia y esperó que Camile le diere instrucciones, pero él se adelantó.
—Por favor, déjenos solos.
Camile miró a la joven y asintió corroborando su orden. Lucas esperó a que
cerrase la puerta antes de sentarse en el banco de uno de los ventanales mirando en
derredor. Realmente había reformado en dos días todas las habitaciones infantiles.
Debía decir a su administrador que diere un estipendio extra al señor Lomber y sus
hijos por ese trabajo.
Camile al ver que él permanecía en silencio continuó con su tarea sin mediar
palabra. La observó trabajar. Esa era una tarea que podría, simplemente, dejar en
manos de las doncellas pero suponía que lo hacía para mantenerse ocupada y alejarse
de él.
—¿Tu tía Hester?...
Camile lo interrumpió sin levantar la vista ni detener su actividad: —Lady
Callinger.
—Lady Callinger—se corrigió —. ¿Espera tu llegada?
—Espera la llegada de alguno de mis hermanos o la mía. Mi padre le escribió
hace dos días notificándole, en cuanto recibió la misiva informándonos de su estado,
que iríamos a atenderla. Es una mujer a la que no gusta tener gente preocupada por
ella a su alrededor, pero que sabe que jamás la dejaríamos sola por mucho que
refunfuñe. Así que respondiendo a vuestra pregunta, sí, nos espera. —Decía sin dejar
de guardar cosas en el baúl.
—Camile.
Sabía que no podía dejarla partir sin más, creyéndole tan indiferente a sus
sentimientos como en el pasado, con una amante en su cama a pesar de su esposa e
incluso ajeno a todo interés por su persona, pero era incapaz de decir nada sin que
pudiere malinterpretarse, sin sentirse como un canalla que volvía a mentirle, porque
¿cómo le iba a decir ahora que sería un buen marido para ella si no sabía cómo
hacerlo?
De pronto ella lo miró pues se había quedado callado sin decir nada más que su
nombre tras unos minutos. Se levantó lentamente.
—Si me disculpáis, milord, aún tengo cosas que hacer.
—Camile, espera. —Ya se había puesto en pie pero se mantenía a una prudente
distancia de ella. De nuevo se sentía incapaz de decir lo que debía o lo que quería.
Suspiró—. Espero que tu tía mejore.
Camile asintió.
—Gracias.
Se giró y se marchó con esa mirada triste sabiéndola de nuevo desilusionada o
desesperanzada hacia él.
Lucas miró en derredor antes de salir del cuarto y los dominios de sus hijos a
los que, era evidente, Camile quería tanto como si fueren suyos pues tanto su
comportamiento con ellos, su preocupación y todas las habitaciones hechas y
reformadas para ellos, lo revelaban sin necesidad de tener de prestar en exceso
atención. Sus hijos lo iban a odiar si dejaren de ver a Camile o si esta solo acudiere a
verlos ocasionalmente por trasladar su residencia lejos de él. Aunque por otro lado,
también le constaba que sus hijos eran el principal, si no el único motivo, para que
ella no le hubiere abandonado hacía tiempo.
Seguramente eran lo único que le frenaba a la hora de tomar una decisión
drástica como la de mantener un matrimonio a distancia.
Regresó al salón donde estuvo jugando al ajedrez con Jordan casi tres horas y
después a los naipes con Marcus, Thomas y Brendan y durante toda la tarde no vio ni
supo nada de Camile. Comenzaba a pensar en subir a cambiarse para la cena cuando
Ronald abrió la puerta y entraron como dos vendavales Viola y Samuel buscándole.
—¡Papá, papá! —Gritaban corriendo e ignorando a cualquiera que no fuera él.
En cierto modo le agradaba en extremo que sus hijos siempre lo buscasen a él
ignorando a los demás, salvo a Camile, mostrándose tan deseosos de verle y departir
con él, haciéndole partícipe de su día a día.
Sentó a Viola en su regazo mientras Marcus, a su lado y riéndose, se apresuraba
a tomar a Samuel que llevaba entre sus manos una especie de saco lleno a rebosar.
—Hola, cielo. —Le dio un beso a Viola—. ¿Habéis pasado un buen día?
Viola asintió sonriendo de oreja a oreja.
—Hemos estado en el pueblo. El abuelito nos ha comprado galletas de jengibre
y chocolate para sentarnos frente a un señor mayor, el cuentacuentos, narraba
historias divertidas.
—Hemos jugado en los puestos de la plaza. —Le contaba Samuel
emocionado—. He ganado una montaña de cosas en los tenderetes de puntería, y una
hucha en los caza sapos.
—¿Los caza sapos? —preguntó Thomas sonriendo.
—En la fuente de la plaza ponen unas ranas y sapos de madera con unas
argollas y hay que atraparlos con unas cañas. —Sacó una hucha de barro con forma
de rana y la puso encima de la mesa después de moverla para hacer sonar algo de su
interior—. El abuelito me ha dado mi primera moneda para meterla por la ranura.
—Añadió orgulloso—. Ahora tengo mi tesoro.
Viola le enseñó un pequeño hatillo que abrió encima de la mesa lleno de telas,
lazos y horquillas.
—Yo he ganado todo esto y el abuelito me ha comprado esto. —Sacó un
saquito de terciopelo y dentro de él una peineta de nácar que enseñó orgullosa a su
padre—. Es para el día que vayamos a palacio. Me ha dejado elegirla a mí sola.
—Muy bonita, cielo. —La sonrió
—¿A palacio? —preguntó de repente interesada lady Lucila.
—El abuelito nos llevará a Samuel y a mí con Francis, Charles y Cressinda a
ver el teatro de marionetas de palacio. Dice que es precioso y después pasearemos por
los jardines reales y tomaremos el té junto a la terraza donde pasea su majestad.
Su madre de pronto se levantó y miró a su hijo.
—Bien, supongo que siendo la abuela de los dos, se me invitará a mí también.
Lucas iba a contestar pero Camile desde la puerta lo hizo con voz calmada:
—Lo lamento, milady, pero ese día mi padre acude solo con niños, pues la invitación
es para ellos, más, mi hermano y lady Marion acudirán, por supuesto, para
acompañarles en tal ocasión. —Había caminado despacio hasta ellos.
—Pero ¿no sería conveniente que Viola y Samuel acudieren acompañados de
una dama de su familia? —
insistió su madre con un tono algo imperativo.
—Lo sería, sin duda, de ahí que sea una dama de la familia Cromerton quien los
acompañe, milady. Al fin y al cabo, acuden a la fiesta como miembros de la familia
Cromerton.
Se agachó y tomó a Samuel en brazos que ya estaba estirando los suyos
reclamando su atención para que lo tomase, ansioso por acapararla. Lo que hizo
sonreír a Lucas porque Samuel siempre parecía deseoso por estar cerca de Camile, la
cual, ignorando sin más a la marquesa viuda, que no podía replicar a su tajante
respuesta, sonrió a Samuel tomándole en brazos.
—¿Y bien, mi diestro y triunfal caballero? ¿Cuántas ranitas has cazado? Tío
Albert acaba de decirme que no has dejado ni una en toda la fuente.
Samuel se reía rodeándole el cuello con los brazos.
—He cazado doce, más que nadie. He sido el campeón. Pero Francis me ha
vencido en el tiro con arco.
—Bueno, eso solo significa que eres un hábil cazador de ranitas, pero que has
de practicar más con el arco. Le diré al abuelo que ponga dianas en el jardín en
Londres y al tío Albert que te enseñe sus trucos de arquero. Aunque no sea lo
bastante hábil para vencerte en el croquet, aún puede considerarse un buen arquero.
—Le dio un beso en la mejilla mientras él se reía y lo dejó en el suelo—. Recoge tu
botín que ahora hay que subir a tomar un baño caliente y cenar. —Cuando Samuel
comenzó a recoger miró a Viola que se bajaba del regazo de Lucas—. Guardaremos
tu peineta en tu baúl para que no se pierda y debieras permitir a lady Julia que elija
algunos de los lazos y horquillas de la feria para que ella también tenga algunos.
—Viola asintió dándole la mano mientras en la otra llevaba su pequeño hatillo como
si fuere de gran valor. Cuando tomó la mano de Samuel giró con ellos—. Si nos
disculpan, milores, miladies, creo que es hora que Viola y Samuel se retiren. Dad las
buenas noches. —Les dijo bajando la voz.
Tras obedecer se los llevó con Samuel narrándole entusiasmado sus anécdotas
del día y en cuanto se cerró la puerta su madre atacó furiosa:
—Es una descortesía no invitarme a acompañar a mis nietos a palacio.
Lucas suspiró y la miró firme:
—No, madre, lo que es una descortesía es exigir tal invitación cuando el mero
hecho de que incluyan a Viola y Samuel en el grupo del Conde Cromerton es ya de
por sí un honor y una muestra de generosidad. —
Su madre abrió la boca para protestar—. Y de ser acompañados por alguna
dama de la familia Galvert, no olvidéis que Camile es la actual marquesa.
Le sostuvo la mirada alzando las cejas hasta que su madre resopló y elevando la
barbilla se giró imperiosa y comenzó a caminar hacia la puerta.
—Es hora de cambiarse para la cena. —Dijo antes de marchar.
—¿El conde Cromerton acude al teatro de marionetas de palacio?— preguntó
su hermana Armony con un tonillo de clara envidia.
Lucas asintió.
—Todos los años. Antes acudía con sus hijos y ahora con sus nietos.
Marcus se empezó a reír.
—¿Os imagináis a Samuel dando vueltas alrededor de la fuente intentando
atrapar las argollas de las ranas de madera? —Se reía con fuerza—. Apuesto que lord
Arthur tuvo que ir sujetándolo para que no se metiere de cabeza en la fuente. —Lucas
sonrió— ¡Dios mío! y poner un arco y flechas en sus manos con seres vivos
alrededor. Habría pagado por ver al pobre hombre responsable de esa atracción
intentando que apuntare a la diana y no a todo lo que se moviere.
Aún estaban hablando de ello cuando entraron Sebastian y Lance con gesto de
enfado yendo directos a su padre.
—¿Nos llevarás mañana al pueblo a jugar en las casetas? —preguntó Lance.
Brendan suspiró.
—Creo que solo están hoy. Se ponen el día siguiente al de Navidad, creo
recordar. —Miró a su esposa buscando confirmación.
Armony asintió.
—Lo lamento niños, pero vuestro padre tiene razón, solo se ponen el día
después de Navidad, habréis de esperar al año próximo.
Sebastian resopló.
—¿Y por qué no hemos ido hoy? Samuel y Viola han ido. —Cruzó los brazos
al pecho y la miró enfurruñado—. No es justo.
—Y les han regalado un perro. ¡Tienen un cachorrito! —se quejaba Lance
alzando los brazos al aire con clara desesperación por la incomprensión de sus
padres—. Siempre los llevan a los mejores sitios y encima les regalan un perro.
—Resopló enfurruñado.
Armony consiguió llevarse a sus muy enfadados hijos de nuevo arriba mientras
Brendan miraba a Lucas.
—Sin duda alguna, ahora hemos ascendido a la categoría de los peores padres
del mundo. —Sonrió—. A este paso nos pedirán que los adoptéis.
Lucas sonrió.
—Ni se te ocurra, creo que Viola y Samuel agotan a cualquiera, si les sumas a
Lance y Sebastian, necesitaré llenar la casa de hombres armados para controlarlos.
—Se puso en pie—. Creo que seguiré la senda de mi furiosa madre y subiré a
asearme y cambiarme para la cena.
Media hora después bajaba al salón previo a la cena donde aún no había llegado
nadie de modo que decidió ir a ver a Samuel y Viola. Entró en el cuarto de los niños,
después en el dormitorio de Samuel y en el de Viola pero seguía sin encontrarlos.
Alcanzó a la señorita Anderson saliendo de una de las salas y le preguntó
directamente tras hacerle esta la reverencia: —Mis hijos no se hallan en sus
habitaciones.
—No, milord. Se encuentran en las habitaciones de milady.
Lucas asintió y sin esperar nada más tomó la escalera que conducía a las
habitaciones de Camile. Al llegar llamó con suavidad escuchando ya las risas de sus
hijos a través de ella. Le abrió la doncella de Camile que rápidamente hizo una
reverencia.
—Creo que mis hijos se encuentran aquí… —No terminó la frase porque
enseguida apareció Viola vestida con su camisón y su bata y sonriendo le tomó de la
mano y lo empujó hacia dentro.
—Camy nos deja dormir con ella hoy. —Le soltó la mano en cuanto llegaron al
centro del dormitorio para salir corriendo y subirse a la cama donde Samuel, con su
ropa de cama y su perrita en las manos permanecía sentado mirándolo. Miró entonces
a un lado de la cama donde Camile estaba sentada con un libro en las manos aunque
vestida ya para la cena.
—Bueno, ahora, —decía poniéndose en pie—, quitaos las batas —iba abriendo
un lado de la cama—y meteos dentro. —Esperó que los dos se metieren bajo las
mantas—. Gloria se quedará con vosotros, os leerá un poco más y dentro de un ratito
os subirá un poco de leche caliente y comida para Bonnie y Dina. —Los tapó bien—.
No os preocupéis, cuando suba los meteré a ambos en sus camas.
Se apartó ligeramente de la cama mirándolo a él de refilón para que si quisiere
se acercare a darles las buenas noches. Se acercó al borde de la cama viendo por el
rabillo del ojo que ella iba al otro lado de la habitación. Para cuando se giró de nuevo,
ella estaba a los pies de la cama con sus guantes en la mano mirando a su doncella.
Esperó a que él se apartase para decir a la doncella —Diez minutos y después la
leche. —La doncella asintió y de nuevo miró a los niños—. Portaos bien.
Los dos asintieron viéndose muy pequeños entre tanto almohadón.
Lucas no esperó que saliere huyendo sino que se colocó a su lado, le ofreció el
brazo.
—Mejor que bajemos juntos.
Ella lo miró entrecerrando los ojos pero con Viola y Samuel mirándolos no
podía ni replicarle ni negarse. De modo que puso su mano en su manga y caminó con
él hasta la puerta pero nada más cruzarla retiró su mano y comenzó a andar mientras
se iba poniendo los guantes largos de noche. Se colocó a su lado andando a su mismo
paso.
—Creía que a Sam y Viola les gustaba cómo habían quedado sus habitaciones.
Camile lo miró de refilón sin detenerse.
—Y así es. Querían dormir conmigo pues les he dicho que me ausentaré unos
días para atender a mi tía. Es lógico que no les guste la idea. Se han acostumbrado a
unas rutinas y que las vean alteradas los próximos días no les agrada. —Se terminó de
ajustar los guantes llegando a la escalera.
—Se han disgustado mucho, ¿no es cierto?
—Bueno, un poco. Pero enseguida les he asegurado que no han de preocuparse.
Seguirán acudiendo al parque, a jugar y pasear. Stephanie y Amelia se encargarán de
ello y les recogerán para almorzar y salir con frecuencia y los llevarán con mi padre
algunos días. Además, por las mañanas su institutriz ya tiene el plan de actividades de
las próximas semanas, por lo que no se aburrirán.
—Entiendo.
La miraba mientras caminaban, pero ella permanecía con la vista fija hacia
delante o la bajaba ligeramente. Justo al girar para tomar la escalera principal hasta la
planta baja se encontraron con Thomas y enseguida se le suavizó el rostro e incluso
sonrió ligeramente. Le molestó descubrir eso. ¿Por qué sonreía a Thomas? No le
gustaba esa idea, ni tampoco descubrir su propio malestar por ese hecho.
—Buenas noches, milord. —Decía deteniéndose para esperarlo.
—Buenas noches, milady. —Sonrió Thomas, miró a Lucas—. Luc.
—Creo que debiereis darme las gracias, milord. —Le decía Camile echando de
nuevo a andar.
—¿Puedo preguntar antes de hacerlo a qué se debe esa gratitud? —Thomas
sonrió.
—A que vuestra prometida os va a considerar el hombre más atento del planeta.
—Le sonrió—. Y yo fingiré convenientemente que es así. He entregado a vuestro
valet dos bolsitas de pétalos de flores, una de azahar y otra de nenúfares. Creedme
cuando os aseguro que en cuanto se las entreguéis os va a adorar.
—Bien, os doy las gracias aunque presumo que el alcance de mi gratitud no se
me revelará en su justa medida hasta que vea la expresión de asombro y los saltos
eufóricos de Holly. Pero dadme una pista, ¿qué importancia tienen esos pétalos en
concreto?
—Bueno, junto a los pétalos van los filamentos y los ejes florales de ambas
flores, son muy difíciles de obtener, especialmente las flores de azahar que no crecen
en Inglaterra. Los empleará para elaborar un perfume, pero vuestra prometida no
lograba conseguirlas.
—Y si no crecen en Inglaterra ¿Cómo es que vos tenéis esa flor?
—El invernadero de mi madre, milord. Cuando era pequeña mi madre y yo
hicimos un viaje a España y ambas quedamos cautivadas con esas flores y el árbol
que da tan aromática flor. Nos trajimos varios ejemplares y mi madre consiguió que
floreciesen año tras año en su invernadero. Yo suelo usar la flor para un perfume
especial y su prometida pareció prendarse del mismo así que le elaboraron una prueba
con un poco de la esencia pura que guardé y necesitaba las flores para poder elaborar
el perfume definitivo. Decidle que las hallasteis en el invernadero de un conocido. Un
conocido que, por vuestra insistencia, os cedió unas pocas. Nos saltaremos el trámite
de la insistencia pues temo seáis realmente ducho en volver loco a alguien hasta
lograr vuestros propósitos, considerad que he cedido a vuestra posible presión y así
no os atribuiréis un mérito no merecido.
Habían llegado al salón donde ya se hallaban los demás con sus copas. Thomas
se reía: —Obviaré el que presumáis que puedo ser obstinado hasta la extenuación de
mi oponente y me quedaré solo con que me brindáis la posibilidad de quedar como el
más atento de los prometidos a los ojos de mi dama.
—Oh vaya, ¿solo os vais a quedar con eso? —Negó ligeramente la cabeza—. Y
yo que esperaba os declaraseis en deuda conmigo hasta un límite difícil de alcanzar lo
que me permitiría abusar de vuestra buena voluntad y disposición en cualquier
ocasión en base a tal deuda.
Thomas se reía mientras ella tomaba asiento.
—Ese, se me antoja, un favor interesado, milady.
—Ni por asomo, milord. Solo soy una mujer precavida que abona el terreno
para una futura siembra aunque aún no he decidido si seréis el abono o el humilde
labriego al servicio de mis intereses y de mi tiránica voluntad.
Thomas estalló en carcajadas:
—¿Así que o el abono o el labrador explotado? Milady, tengo la ligera
sospecha de que no es vana la advertencia que subyace en vuestras palabras.
—Bien, no hace mucho os dije que eráis inteligente e intuitivo, milord. Creo
que me reitero en mi apreciación. —Sonrió con una mirada divertida y pícara.
—No sé si admiraros o temeros, milady.
—Creo que os convendría tener una admiración temerosa, milord.
—Touché. —Sonrió—. Sois una rival a tener en cuenta.
—Teniéndoos por oponente, prefiero ser una rival a temer. —Miraba por el
rabillo del ojo la puerta pues acababa de entrar Ronald—. Aunque en estos momentos
creo que el personaje a temer es la señora Muffel si retrasemos la cena después de
haberse pasado toda la tarde elaborando deliciosos manjares que no debiéremos echar
a perder por retrasarnos…
Se puso en pie y acudió al comedor del brazo de Thomas mientras Lucas
soportaba la mirada de reproche de Marcus por no haber sido él el que se lo ofreciese.
Para cuando hubo terminado la cena, Camile se despidió discretamente de
Thomas y Marcus por si al día siguiente no tenía ocasión de hacerlo y tras
permanecer unos minutos en el salón se retiró a descansar.
Una hora más tarde Lucas no pudo resistirlo más y subió a su dormitorio donde
tomó de la bandeja de bebidas una copa de coñac y se sentó en un sillón frente a la
chimenea despidiendo a Callum sin que le ayudare a cambiarse. Meditó seriamente
sobre lo que le había dicho Marcus, sobre si de verdad quería no solo un matrimonio
con Camile sino estar de veras casado con ella. Pensó en cómo se sentía ahora
sabiéndola rendida, sin interés alguno por acercarse a él, cómo se sentía al saberla
interesada o dispuesta a alejarse de él, a evitarlo o, en caso de no poder hacerlo, de
eludir hablar o relacionarse con él más que lo estrictamente necesario y no le gustaba
ser ahora el que sufría tal posición por merecida que fuere.
Le molestaba verla bromear y charlar relajadamente con los demás,
especialmente con Marcus y Thomas.
Le molestaba que les sonriere y se le suavizare el rostro con ellos. Le gustaba
verla con esa sonrisa amable y cariñosa con Viola y Samuel pero no cuando la dirigía
a otros. Era como un crío egoísta con un juguete con el que no quería jugar pero
tampoco compartirlo ni dejar a otros jugar con él. Frunció el ceño mirando el líquido
dorado de su copa ¿Realmente no quería jugar con Camile? ¿Realmente no se había
encariñado ya con ella? ¿No la consideraba deseable o atractiva? Recordó la mañana
con ella en el pueblo, donde no solo disfrutó sino que incluso deseó por momentos no
tener que regresar a la mansión al almuerzo. Recordó fijarse en ella, por primera vez,
cuando regresó de su paseo a caballo y le resultó extremadamente apetecible, con
esas mejillas, esos ojos brillantes, esa sonrisa en los labios y aunque estuviere más
delgada, lo cual ya era capaz de ver por sí mismo, tenía unas curvas bonitas y
femeninas.
Cerró fuerte los ojos. No era buena idea pensar en esas cosas, no lo era.
Acabaría en un camino del que no habría retorno. Una vez dejase a Camile entrar ya
no saldría. Tendría que encontrar el modo de llegar a un punto intermedio entre su
deplorable conducta del pasado y perder la cabeza por ella. Debía haber un punto
entre ambos extremos, uno en el que ambos pudieren encontrar un equilibrio
satisfactorio para los dos. Dejó caer la cabeza en el respaldo del sillón. A esas alturas
no existía ese punto intermedio porque Camile ya jamás se sentiría cómoda o
medianamente feliz o satisfecha en ese matrimonio, le había hecho demasiado daño.
Se levantó y dejó la copa en el dintel de la chimenea sin haberla probado y, sin
pensarlo dos veces, se encaminó directo a la puerta de separación de ambos
vestidores. Giró el pomo con cuidado y, para su sorpresa, no tenía el pestillo echado,
supuso que la puerta estaría cerrada pero siendo sincero, no sabía qué debía haber
esperado pues nunca intentó cruzar la puerta de separación de sus dormitorios y ahora
no sabía qué o qué no debiere esperar. Abrió con suavidad procurando no hacer ruido,
la luz que iluminó el vestidor de Camile era el que se abría paso tras su propia figura
proveniente de su propio dormitorio pero pudo notar que más allá del vestidor debía
haber una vela o una lámpara de aceite encendida en una mesita de noche pues había
una ligera luz eliminando la oscuridad total frente a él. Se acercó con cuidado a la
puerta que daba al dormitorio y se escuchaba solo silencio, miró, acostumbrándose a
la escasa luz del dormitorio, y en la cama a unos pasos de él, se veían tres figuras. Se
acercó más aun, deteniéndose junto a uno de los postes de la cama. Viola estaba en el
lado más cercano al suyo aferrada a un osito de peluche y junto a ella se encontraba
Camile de costado y si Viola aferraba con fuerza un osito, Samuel se aferraba más
aun al brazo de Camile. Se apoyó en el poste y los observó. Su familia, pensó, ellos
eran su familia. Se detuvo en Camile con su pelo ligeramente ondulado esparcido en
la almohada. Era más claro de lo que se apreciaba bajo los sombreros y recogidos, era
color caramelo y llamaba por enredar sus dedos en él. Camile era una mujer
realmente bonita, tenía los rasgos suaves, dulces y con ese aspecto relajado incluso un
poco aniñado. Se fijó en las líneas de su mandíbula, de su barbilla, los pómulos, su
nariz y sus labios, tenía unos bonitos y apetecibles labios. Nunca la hubo mirado
realmente, nunca se hubo tomado dos segundos siquiera para observarla. No sería una
beldad como la hermana pequeña, pero Camile era bonita. La había visto moverse por
los salones, con sus andares discretos, serenos y elegantes, sin llamar la atención pero
tampoco escondiéndose. Era una mujer discreta que procuraba no ser el centro de
atención. No como Violet que necesitaba constantemente la atención y apreciación de
su aspecto y de su belleza como reafirmación de su persona. Recordó lejanos aquéllos
ojos azules que lo obnubilaron durante semanas y que, en cuanto comprendió que no
era más que obcecación sexual por un cuerpo y una apariencia y el encaprichamiento
absurdo por una mujer sin nada más que esa belleza, los detestó de inmediato por la
falsedad que encerraban. Si no se hubiere empeñado en casarse con ella habría
desaparecido tal atolondramiento en pocas semanas, pero se empeñó en casarse y su
vida se volvió un caos agotador y devastador. Lo único bueno de aquéllos meses
fueron sus hijos y esos dos hijos que ahora tenía frente a sí, le odiarían si Camile se
alejare de ellos o si no haciéndolo, comenzaren a notar el daño que era capaz de
causar un padre y un marido indiferente.
Se separó con suavidad de aquél poste y tras un último vistazo a esas tres
figuras se giró y regreso con sumo cuidado a su dormitorio donde tomó al copa que
hubo dejado en el dintel de la chimenea y caminó hasta la ventana para observar la
oscuridad más allá de los primeros pasos de la terraza. ¿Quería que Camile se
apartare de él aunque permaneciesen unidos por un vínculo y un acuerdo meramente
formal?
La idea de regresar a su casa sabiéndola en ella, llevando vidas ajenas el uno
del otro se le antojaba de pronto horrible. Lo que antes pensaba le permitiría tenerlo
todo bajo control, sin problemas, sin complicaciones, ahora parecía tornarse en
pesadilla. Camile no le engañaría porque no era de esas mujeres capaces de la
falsedad o la mentira necesaria para ello pero ¿y si un día se presentare frente a él
para informarle de que dado ese acuerdo de vidas separadas se consideraba libre de
encontrar cariño en brazos de otro? Como Marcus señaló la soledad no es buena
compañera y ella tendría derecho a mitigarla sin que él pudiere siquiera quejarse pues
era él quien la había conducido a esa situación. No, no dejaría que ningún hombre
tocase a Camile, no lo permitiría. Se sentía molesto ante la idea de que ella deseare a
un hombre distinto a él. No, no se sentía molesto, se sentía enfadado, con un nudo en
la boca del estómago y con un cosquilleo recorriendo su piel que no era agradable.
Recordó cómo se sentía cuando se enteró de la traición de Violet y se supo enfadado,
molesto con ella y sobre todo consigo mismo por no haber sido capaz de juzgarla en
su justa medida. Nunca fueron celos sino ira contra ella por engañarlo tan fácilmente
e ira contra sí mismo por su absurda ceguera. No hubo celos, ni dolor por un amor
perdido o unos sentimientos traicionados. No hubo nada de eso pues nunca se hubo
enamorado ni puesto en juego sentimientos realmente profundos o sinceros, pero sí se
molestó, enfado y traicionado, por ella y por él mismo, pues su cuerpo traicionó a su
corazón y su mente cegándolo hasta el extremo de creer que existían unos
sentimientos inexistentes y una persona inexistente pues nunca existió la Violet que él
se creó en su mente.
Ya había amanecido cuando se separó de la ventana. Llamó a Callum y se vistió
para montar, necesitaba cabalgar, correr por los campos para despejar su cabeza.
Camile se levantó temprano y antes incluso de salir de la cama los niños se
despertaron.
—Buenos días, peques. —Les decía mientras los niños se estiraban y
desperezaban. Salió de la cama —. No os mováis de ahí, voy a pedir a Gloria que
suba chocolate y esas ricas magdalenas de arándanos que hornea la señora Muffel.
Les puso entre las manos a Dina y Bonnie que hubo tomado de la banqueta a
los pies de la cama y después los acomodó con la espalda apoyada en los
almohadones. Tiró del cordón y en dos minutos entró Gloria a la que pidió que
llamase para que les trajesen chocolate y bollos a los niños y los tomasen mientras
ella se vestía con el único traje que hubo dejado en el vestidor. En apenas unos
minutos los niños devoraban sus bollos con su chocolate en la cama mientras ella,
desde el vestidor, les iba explicando su viaje, por dónde pasarían, que lugares vería en
su camino hasta Rosehills y dónde pasarían ella y Albert las noches que iba a tardar
en llegar a Irlanda.
Una vez vestida se sentó en la cama con ellos, pues los dejaría allí hasta que su
niñera acudiera a vestirlos un poco más tarde.
—Os escribiré con frecuencia, con mucha frecuencia y tía Stephanie o tía
Amelia os leerán mi cartas y espero me contestéis y me narréis vuestras aventuras y
las de Bonnie y Dina.
—Pero regresarás en cuanto tu tía se ponga bien ¿verdad?
Samuel gateó hasta ella y se sentó de inmediato en su regazo rodeándola con
los brazos —Pues claro. No pienso estar lejos de mis niños más que el tiempo
necesario. Me acordaré tanto de vosotros y os echaré tanto de menos que seguro me
paso horas mirando vuestros dibujos.
—Tienes que regresar pronto. —Gimoteó Violet echándose en sus brazos—.
Eres nuestra mamá.
Camile los abrazó fuerte.
—Lo soy, cielo. No has de preocuparte, quiero demasiado a mis niños para
permanecer lejos de ellos mucho tiempo. Prometo desearos buenas noches cada vez
que me vaya a dormir y os escribiré tan a menudo que apenas notaréis mi ausencia.
Al cabo de unos minutos Ronald llamó a la puerta avisando de la llegada de
Albert, ordenó que comenzaren a subir sus baúles al carruaje. Se despidió de los
niños con un nudo en el corazón dejándolos en la cama, llorosos y abrazados a sus
mascotas. Ya caminaba por el pasillo enfilando las escaleras cuando se detuvo y
volvió sobre sus pasos deteniéndose frente a la puerta del marqués. Respiró hondo y
llamó con los nudillos, esperó y al cabo de unos segundos apareció Callum,
—Buenos días, Callum, no querría molestar a su señoría si aún se encuentra dormido.
Solo quería despedirme pues parto de inmediato.
—Lo lamento, milady. Milord se fue temprano a cabalgar y aún no ha
regresado. ¿Deseáis que le entregue algún mensaje?
Camile frunció ligeramente el ceño:
—Umm, no, no, Callum, gracias. Será mejor que marche pues lord Albert me
espera en el carruaje.
—Que tengáis buen viaje, milady.
Camile le sonrió antes de echar andar para reunirse con Albert.
De inmediato partieron a Mandershall donde hicieron una parada para
despedirse de todos haciendo prometer de nuevo a Stephanie y a Amelia que
cuidarían de Viola y Samuel y su padre le prometió pasarse esa misma tarde para
montar con ellos, pues iba a llevarles de regreso sus ponys y los llevaría con ellos
hasta el pueblo donde les invitaría a tomar un refrigerio en la confitería. En poco más
tranquila, Albert y ella se pusieron en marcha pues les quedaban muchas millas que
recorrer aún en un viaje que esperaba no se hiciere demasiado arduo con las nieves y
las lluvias propias de la época.
CAPITULO 4

Tardaron dos días en llegar a Liverpool pues apenas hicieron paradas más que
las necesarias para pasar la noche y cambiar de caballos o comer. Allí pasarían la
noche tomando a primera hora el barco que les dejaría en Dublín desde donde solo
tardarían una hora en llegar a Rosehills pues la propiedad de tía Hester se encontraba
en el camino de Naas y corta era la distancia desde Dublín y bastante bueno el
camino que los separaba.
Aunque resultó agotador llegar hasta Liverpool, tanto Camile como Albert se
alegraron de no haberse demorado haciendo más paradas así pudieron hacer noche en
un cómodo hotel de la ciudad costera y partir sin dilación hacía Irlanda en el primer
barco de pasajeros que salía del puerto. Además, Camile escribió una carta a los niños
que les leería Stephanie contándoles esa primera parte del viaje sabiendo que
mandándola desde Liverpool podrían recibirlas gracias a los correos de postas en
apenas dos días mientras aún permanecían en Galvers Hills y justo antes de su
regreso a Londres.
Tras la breve travesía en barco llegaron a Dublín donde les esperaba el carruaje
de Lady Callinger para llevarles a Rosehills. Al principio temieron que la tía se
encontrare peor de lo que daban a entrever sus cartas, pues era su costumbre enviar a
su dama de compañía al puerto a buscarles cuando iban a visitarla, más en esta
ocasión no se hallaba allí, lo que les alarmó por creer que a lo mejor hubiere tenido
que quedarse con la anciana señora. Sin embargo, al llegar a la mansión, su miedo
desapareció y aunque se hallaba con uno de sus achaques, éste no parecía ir a
mayores y así se lo confirmó el médico unas horas después de su llegada.
Albert permaneció con ellas dos días asegurándose de que la salud de su ajada
tía no era algo de lo que preocuparse en exceso, más allá de lo propio de su edad, y de
que Camile quedaba bien instalada. Por su parte Camile lo acompañó al barco de
regreso y en el camino les compró unos presentes a los niños que entregó a Albert
para que se los diere, junto con una carta para cada uno, nada más llegar a
Londres—Cuando esa mañana regresó de su cabalgada su valet le informó que
Camile se hubo marchado y que antes de hacerlo le hubo buscado para despedirse,
pero que al no hallarlo partió. Lucas maldijo para su interior pues le hubiere gustado
despedirse de ella. Debiere haber esperado a que se marchare para salir a cabalgar.
Fue a la habitación de Camile donde aún permanecían los niños en la cama aunque
despiertos con sus mascotas.
—Buenos días. —Decía acercándose a ellos con una sonrisa.
—Papá. —Lo miró llorosa Viola—. Camy ya se ha marchado.
—Lo sé, cielo. —Se sentó a su lado y enseguida ella gateó y se sentó en su
regazo pegando el rostro a su pecho—. Tiene un largo camino por delante y había de
salir temprano.
—¿Podemos ir tras ella? Podemos ir a ver a su tía con ella. —Samuel se dejó
caer en su costado—. Por favor, la ayudaremos a cuidar a su tía.
—Sam, volverá en unos días y mientras estará pendiente de su tía y su delicado
estado de salud. —Samuel que tenía entre los brazos a su cachorrito lo miraba con los
ojos enrojecidos de haber llorado—. Voy a avisar a la señorita Anderson para que os
vista y después bajaremos juntos a desayunar ¿os gustaría?
Viola se encogió de hombros sin ninguna efusividad.
—Hemos tomado chocolate y bollos con Camy. —Suspiró.
—Tomaremos el desayuno en el comedor de mayores como hacíais en
Mandershall.
Los dos asintieron sin mucho entusiasmo antes de tirar del cordón y avisar para
que los asearen y vistieren mientras él también se cambiaba de ropa.
Ya en la sala del desayuno los niños parecieron animarse un poco más gracias a
Marcus y Thomas que no pararon de bromear con ellos, pero lo que les animó fue
recibir una nota de lord Arthur anunciando su visita para llevarles sus ponys de
regreso e invitándolos a dar un paseo con ellos hasta el pueblo donde se reunirían con
los demás miembros de la familia del conde. Desde ese momento contaban las horas
hasta la llegada de su “abuelito Arthur” y antes de la hora a la que se le esperaba ya
estaban los dos preparados y listos con sus ropas de montar y sus abrigos en el
vestíbulo para, en cuanto llegase, irse con él. Y así ocurrió. En cuanto Ronald anunció
la llegada del conde, salieron despavoridos al vestíbulo entusiasmados con su padre
siguiéndoles casi a la carrera.
—¡Abuelito! —Se lanzaron a sus brazos al llegar a su altura.
—Buenas tardes, caballero, mi damita. —Les dio un beso cariñoso a los dos—.
Veo que estáis listos para el paseo.
—Sí, sí. — Samuel gritaba entusiasmado.
—Buenas tardes, milord. —Lo saludó Lucas al llegar tras los niños.
—Lord Lucas. —Lo saludó formal y con un tono frío dedicándole una mirada
glacial.
—Papá ¿podemos irnos ya? Si no cuando lleguemos el señor Frullier no tendrá
buñuelos ni tartaletas de chocolate. —Preguntaba nervioso Samuel balanceándose
como hacía cada vez que se ponía ansioso.
—Cerraos bien los abrigos y los guantes y portaos bien. —Los dos asintieron.
Miró al conde cuando los niños se separaron un poco para dejar que Ronald les
pusiere bien los abrigos—. Os agradezco que los llevéis a pasear y los animéis un
poco. Llevan alicaídos todo el día por la marcha de Camile.
—Lo entiendo. —Se limitó a contestarle y miró a los niños de nuevo—. Bien,
mi damita, caballero ¿listos? —
los dos asintieron y se aferraron a sus manos ansiosos—. Si nos disculpa. No
los traeré de regreso tarde y si empieza a nevar regresaremos en el carruaje, no os
preocupéis.
Lucas asintió y se despidió de los niños que, por primera vez en todo el día,
sonreían. Aún permanecía parado con las manos en los bolsillos viendo a los lejos las
figuras de sus hijos en sus caballos cuando la voz de Marcus le sacó de su silencio.
—Vamos a jugar un rato al billar ¿te animas? —le dio una palmada en el
hombro antes de que el girase el rostro para mirarlo.
—Sí. Me vendrá bien distraerme.
Durante los tres días siguientes Samuel y Viola solo parecían contentos cuando
iban a pasar unas horas con los hijos de lord y lady Carly en Mandershall. Pero al
cuarto día, el anterior a su partida a Londres, lady Stephanie fue a visitarlos para
despedirse de ellos pues esa tarde regresaría con su familia a la ciudad. Tras saludar
con cortesía a los habitantes de la casa, pidió ver a Samuel y Viola por lo que Ronald
la acompañó al cuarto de juegos donde estaban los dos que enseguida la abrazaron al
verla.
—Hola, peques. —Se sentó en una sillita frente a los lugares que ocupaban y en
cuanto se sentaron colocó en el regazo de cada uno dos pequeñas bolsitas de
terciopelo que abrieron sin darle tiempo a decir nada.
—Uy que bonito. —Decía Samuel—. Un pececito de madera. —Miró a
Stephanie sonriendo.
—Es para que los pongáis en el collar de vuestras mascotas, ¿veis? —señaló
una de ellas—. Llevan grabados detrás sus iniciales. La B, de Bonnie y la D, de Dina.
Son un regalo de Camy. Os los compró antes de embarcar en el barco en Liverpool,
y, —metió la mano en su bolsillo—, os traigo además, —sacó un sobre—, una carta
suya para los dos. —Se levantaron de un salto para verla, les señaló en el sobre donde
estaban escritos sus nombres—. Sentaos y os la leeré y después si queréis le
escribimos juntos. La recibirá estando ya en casa de tía Hester así que estará
deseando tener noticias vuestras.
Los dos asintieron enérgicamente y se sentaron con rapidez para que les leyese
la carta donde Camile les narraba el viaje, los ronquidos de Albert en el carruaje lo
que hizo a los niños reírse mucho, les describió el barco en el que iban a viajar hasta
Dublín y su breve visita al puerto donde les compró el pececito para sus mascotas
pidiendo a un viejo marinero que les grabase las iniciales a sus pececitos.
Tras eso, los dos se pusieron a dictar a Stephanie mil ideas que tenían en la
cabeza sin orden ni concierto, sus visitas a Mandershall, su paseo al pueblo, lo que
hacían sus mascotas y lo que comían porque la señora Prinfest les decía que Camile
había dejado una lista con un menú para ellos y que estaban siendo buenos y que se lo
comían todo, detalle que hizo reír mucho a Stephanie porque si realmente era cierto
iba a tener que preguntarle a Camile cómo lograba tal milagro. Tras escribir la carta y
prometer que su padre la enviaría de inmediato para que Camile la recibiese a la
mayor brevedad, los niños insistieron en acompañarla hasta el vestíbulo y se
despidieron de ella cariñosos, prometiéndoles ella que dos días después los llevaría
con Charles y Francis de paseo al parque con sus perritos.
Los niños, cuando el coche de Stephanie se puso en marcha, corrieron a ver a
Lucas que estaba en el salón previo al comedor del almuerzo.
— ¡Papá!
Samuel ya gritaba desde la puerta y corría frenético hacía él delante de Viola y
en cuanto llegó a su sillón se encaramó a las rodillas de su padre ignorando los
reproches de lady Lucila por haber gritado y corrido como un salvaje, así como Viola
ignoró que la reprendiese por subirse al brazo del sillón, pero como su padre se reía
no pareció importarles la cara de enfado de la dama.
Samuel abrió la mano dejando ver su pececito de colores con la pequeña argolla
para colgarla del collar: —Son un regalo de Camy. —Decía orgulloso y con una
enorme sonrisa —De, de, de…
Frunció el ceño y miró a su hermana buscando ayuda.
—Liverpool. —Le ayudó enseñando el suyo—. Son para los collares de Bonnie
y Dina. Tienen sus iniciales. —
Le mostró la letra del suyo con detalle.
—Tía Stephanie nos ha leído nuestra carta y le hemos escrito para que no se
ponga triste. —decía Samuel sonriendo—. Hemos prometido ser buenos y hacer
nuestras tareas.
—Bueno, eso espero. —Contestaba Lucas mirándolo con una media sonrisa—.
¿Entonces estáis contentos?
Los dos asintieron.
—Le diremos a la señorita Anderson que nos lea otra vez la carta al acostarnos.
—Señalaba Viola bajándose del sillón—. Y el abuelito enviará hoy nuestra carta.
Tomó la mano de Samuel y tiró de él—. Nos vamos a almorzar y después iremos a
pasear con Dina.
—Os recogeré después del almuerzo y pasearé con vosotros. —Dijo Lucas en
cuanto Samuel se bajó de sus rodillas.
Los dos niños se le quedaron mirando unos segundos con los ojos abiertos.
—¿De veras? ¿Vas a pasear con nosotros? —preguntó con cara de asombro el
pequeño.
Lucas asintió un poco dolido en el fondo al saber a sus hijos tan sorprendidos
porque él mostrase deseos de pasar tiempo con ellos.
—Al fin y al cabo conozco los mejores lugares de Galvert Hills.
Les sonrió y los niños se marcharon con la sonrisa que solo Camile parecía ser
capaz de sacarles y ahora era fácil verlo tras tres días caminando como alma en pena
por la casa.
—Deberías empezar a refrenar ese entusiasmo exacerbado de los niños, Lucas.
—Dijo su madre en cuanto éstos salieron del salón—. Debieres someterles a unas
reglas algo más férreas. A mi entender, tu esposa es demasiado permisiva con ellos.
¿No querrás que se conviertan en unos caprichosos y veleidosos?
—Madre. —La miró serio—. Estoy muy satisfecho con la influencia que
Camile ejerce en Viola y Samuel y en la educación que les está dando. ¿Caprichosos?
¿Veleidosos? —Sonrió—. Madre, Camile les está proporcionando la educación y les
está inculcando los mismos valores que ella recibió de sus padres y si de algo no
puede tachársele es de ser caprichosa o veleidosa en modo alguno, así que dudo mis
hijos corran tal riesgo de ser ella la que marque las pautas de su comportamiento.
—Sonrió petulante—. Y en cuanto a lo de refrenar su entusiasmo, creo que lo ha
tildado de exacerbado, más en cualquier caso, refrenar cualquier tipo de entusiasmo
de mis hijos, no lamento informarle, madre, que no haré tal cosa, ni ahora ni nunca.
Me gustan mis hijos tal y como son y, por lo tanto, no pienso hacer o decir nada para
cambiarlos de ninguna manera y espero que se cuide mucho de intentar hacerlo usted
pues no será bien recibida esa oposición a mi voluntad tratándose de mis hijos.
Su madre resopló.
—Las normas de conducta y decoro no sobran, Lucas, ya sea en un adulto o en
un niño el que haya de respetarlas y permitiendo ciertos comportamientos alientas el
que dichas normas sean sobrepasadas e ignoradas sin mesura.
—Si eso es lo que os preocupa, madre, puedo aseguraros que mis hijos han
demostrado un comportamiento y una educación impecables, para su corta edad,
mientras han permanecido en Mandershall, incluso reconozco mi propio asombro al
verlos comportarse con corrección en una mesa con lacayos y servicio completo de
adultos, lo que no demuestra sino que su preocupación en este aspecto carece de
fundamento, al menos de tener presente semejante resultado.
Su madre lo miró con seriedad, pero parecía darse por vencida.
—Bien, tú sabrás, más acuérdate de mí cuando las varas se tuerzan y más aún
cuando lo hagan en una dirección distinta a la esperada.
Lucas se rio.
—Madre, lleva años diciendo eso de todos nosotros. No creo que puedan
torcerse más de lo que lo hemos hecho Armony, Priscilla o yo mismo.
Armony se levantaba riéndose.
—Dejemos esas varas como están no vaya a ser que acaben torciéndose más.
Creo que debiéremos ir ya al comedor antes de que se enfríe el almuerzo.
Tras el almuerzo, Lucas subió a buscar a Viola y Samuel y los encontró
dibujando concentrados en uno de sus nuevos pupitres. Se acercó con sigilo y se
colocó detrás de Samuel tras hacer un gesto a la niñera para que no hiciere ruido.
—¿Estás pintando a Dina?
Samuel giró el rostro y al verlo sonrió:
—Aja. —Volvió de nuevo el rostro a su dibujo—. Con su correa. —Señaló una
línea de un color distinto—. Y
este es el pececito. Voy a pedirle al abuelito que se lo envíe a Camy.
—Seguro le encantará. —Sonrió mirando a su derecha donde Viola terminaba
su dibujo—. Y tú, cielo, ¿qué dibujas?
Viola alzó el rostro y le sonrió mostrándole su dibujo:
—A Bonnie, con su pececito. —Señalaba con el dedo.
—Muy bonito. Supongo también es para Camile. —Viola asintió—. Podéis
terminadlos más tarde. Coged vuestros abrigos y guantes y esos gorros de piel que
tanto os gustan. Voy a llevaros hasta el templete del bosque y a enseñaros donde se
encuentra el mejor sitio para ver ciervos de Galvert Hills. —Les sonrió mientras ellos
se ponían de pie como un resorte—. Podéis llevaros a Dina con nosotros. Como
perrita cazadora debiere empezar a acostumbrarse a los bosques e ir acostumbrando
su olfato.
Diez minutos después bajaban las escaleras principales con un Samuel eufórico
con su cachorro en brazos y con Viola de la mano preguntándole infinidad de cosas
sobre sus lugares preferidos de la propiedad y prometiéndoles al final salir a pasear
con ellos por la ciudad en algunos de sus paseos por el parque o los jardines.
Casi dos semanas después Lucas comprendía, consciente de su propio estado de
ánimo y del de todos los que le rodeaban, que echaba de menos a Camile. Levantaba
el rostro sentado en la mesa del desayuno y no saberla allí le provocaba un
sentimiento de rechazo, al igual que no verla al regresar a casa, el cenar a solas o
simplemente el verse abordado por los niños al llegar y saberlos tristes y
melancólicos por su falta. Viola y Samuel pasaban de un estado de alegría cuando
llegaban las hermanas de Camile a buscarlos para ir a almorzar, a pasear o llevarles a
alguna actividad, a la más absoluta tristeza. Las cartas y presentes de Camile para
ellos llegaban cada tres días y o bien sus hermanas o bien el conde se las leían,
aunque después obligaban a la señorita Anderson a leérselas hasta la extenuación
antes de acostarse. Les contaba sus días en Rosehills, las mejoras de su tía a la que
ellos ya habían imaginado como una mujer anciana refunfuñona pero amable, les
contaba las visitas a viejos amigos de su infancia, o los paseos por Dublín donde les
compraba algunos regalos y les describía los lugares de la propiedad o de los
alrededores a los que acudía o recorría por uno u otro motivo. Les comentaba las
cartas que recibía de ellos con sus nuevas y sus anécdotas y les decía que los echaba
de menos y que cada día les deseaba buenas noches antes de dormir como les había
prometido.
Dos semanas en las que él no recibió noticias suyas, en las que en las cartas a
sus hijos, que leía cuando éstos se habían acostado, nunca preguntaba por él ni le
dedicaba pensamiento alguno, lo que ya era consciente le molestaba tanto como
saberse interesado por conocer lo que hacía y con quién. Sí, la echaba de menos, lo
que era enervante, pero también lo era el querer saber de ella y el saber que a ella no
le ocurría igual con él.
Durante esas dos semanas regresaba mucho antes de la hora de cenar pues había
descubierto que le gustaba pasar un rato con sus hijos antes de que se acostasen, que
le contasen cada detalle de su día, siendo consciente de que Camile había encargado a
su familia cuidar de sus hijos pues raro era el día que no almorzaban en casa de
alguna de las hermanas o incluso con el conde y todos los días iban a pasear con
ellos. En varias ocasiones estuvo tentado de quedarse en casa y acompañarles él
también, pero era dolorosamente consciente de lo poco que agradaba, desde la
Navidad, al conde y sus familiares. Lord Albert y el conde, cuando hubo coincidido
con ellos en White’s, en la Cámara e incluso en dos cenas formales, eran fríamente
corteses con él. Las hermanas y cuñados de Camile procuraban solamente coincidir
con él lo necesario para pedir su permiso para llevar a Viola y Samuel a tal o cual
sitio, pero solo para ello. Se abstenían en todo momento de mencionar a Camile y él
no podía preguntar por ella abiertamente sin hacer patente su absoluto
desconocimiento de ella y que, al igual que ella no le escribía o informaba de su
estancia en Irlanda, él tampoco había encontrado cómo escribirle línea alguna sin
rozar el ridículo pues no sabía ni qué escribir ni cómo escribirlo.
Todos los días Viola y Samuel le preguntaban si sabía cuándo regresaba
Camile, le decían que la echaban mucho de menos y, en los últimos días, Viola
insistía en ir a verla, en ir con ella y quedarse en la casa de esa tía que, de tanto leer
sobre ella, parecían conocer como si de otro pariente más se tratare, y regresar todos
juntos a Londres.
Al comienzo de la tercera semana de su ausencia y con Viola y Samuel pasando
el día en el zoo con lord Arthur y el resto de sus nietos, Lucas acudió a almorzar a
White’s con Gabriel, Marcus y Thomas. Tras media hora, sentado sin haber
intervenido para nada en la conversación, Gabriel lo miró y le preguntó al fin:
—¿Te molesta nuestra compañía? —Lucas alzó la vista y lo miró ceñudo—. Lo
pregunto porque no solo no has dicho palabra desde que has llegado, sino que pareces
malhumorado.
—Lo lamento. —Señaló—. Tengo muchas cosas en la cabeza.
—Sí, eso es evidente. —Le sonrió Gabriel—. ¿Sigues buscando apoyos para tu
proyecto de ley? ¿Aún no tienes el necesario?
—Sí, sí, hace meses que los conseguí, no creo que tarde demasiado en que se
presente. —Respondía con aire distraído mirando su copa.
—Pues si no es eso, ahhh, acabáramos. —Se rio—. Echas de menos a tu
ausente esposa. Ya era hora. —Los tres se rieron mientras él miraba a Gabriel
enfadado—. Oh vamos, Luc, no hay nada de malo en que la añores. —Esbozó una
media sonrisa de pura diversión—. Al fin y al cabo lleva casi un mes fuera.
Thomas se reía.
—Si no recuerdo mal, Holly me comentó que regresará antes de una semana de
modo que… —Se encogió de hombros restando importancia a su mal humor.
Lucas lo miró entrecerrando los ojos:
—¿Holly? ¿Holly tiene noticias de Camile?
Thomas sonrió:
—Consiguió que le confesare de dónde hube sacado aquéllas flores que le
regalé e insistió en agradecérselo, de modo que la escribió y, desde entonces, ambas
mantienen asidua correspondencia. —
sonrió—. Te dije que Holly y ella se habían caído en gracia, de hecho,
congenian a las mil maravillas.
—¡Espera un momento! —Gabriel se enderezó un poco riéndose—. Acabo de
comprender que tú ni siquiera sabías cuándo regresaba. —se rio—. ¡Por Dios bendito,
Lucas! ¿Aún sigues con esa absurda idea de mantener las distancias?
—Yo diría que es al contrario. No he recibido misiva alguna de Camile en este
tiempo. Escribe constantemente a los niños, les envía regalos, incluso ha escrito a
Ronald y la señora Prinfet. Pero yo no he recibido carta alguna. —refunfuñó
—Oh, pobre, pobre marqués abandonado. —Dijo con sorna Marcus y cuando
Lucas lo fulminó con la mirada, él se rio más—. Te recuerdo que las cartas pueden
enviarse en los dos sentidos, Luc. ¿No pretenderás que sea Camile la que te escriba
cuando tu comportamiento anterior parecía dejar claro que no te preocupabas lo más
mínimo por ella? Debieras ser tú el que dé el primer paso, hombre. Hasta el más
ciego y obtuso de los seres vivos vería eso claro.
—Sí, hombre. —Decía Gabriel sonriéndole—. Debieres intentar un
acercamiento y ni se te ocurra seguir con esa estúpida idea de alejarla porque, me
temo, has llegado a un punto en el que solo lograrás perderla y si me niegas que la
añoras te prometo que te tiro el coñac a la cabeza, lo que sería una pérdida de
considerables proporciones pues es excelente.
—Escribirle. —Murmuró—. ¿Y qué propones? ¿Le pregunto sin más por su
regreso? —Preguntó malhumorado.
—Pues —Marcus iba a contestar, pero se detuvo de inmediato al ver a lord
Charles dirigirse hacia ellos—.
Luc. —Hizo un gesto con la cabeza para que mirase quién se dirigía hacia ellos.
Lucas se puso en pie antes incluso de que les alcanzare.
— Lord Gallier, lord Fresalm, lord Varite. —Les saludó con un gesto de cabeza
antes incluso de detenerse—.
Lamento importunarles en su almuerzo.
Al igual que Lucas todos se levantaron.
—Lord Carly. —Le sonrió Marcus—. Nos alegra volver a verle. Espero su
encantadora familia se encuentre bien.
—Sí, muchas gracias. —Agradeció sonriente antes de girarse y mirar a Lucas
serenando su rostro—. Milord ¿me concedería unos minutos de su tiempo?
—Por supuesto.
Señaló unos sillones de cuero al otro lado de la sala, Charles asintió y se
disculparon con los demás antes de ir hacia ellos. Tras tomar asiento Lucas esperó a
que él hablare.
—Hemos recibido noticias de Rosehills. Lady Callinger se encuentra mejor por
lo que Camile regresará en los próximos días. Más, le hemos escrito para que retrase
su regreso. —El gesto de Lucas se torció ligeramente y se mordió la lengua para no
preguntarle con rudeza por qué se había atrevido a hacer tal cosa, pero gracias a Dios
se quedó entre sus dientes su exabrupto—. Lord Callinger, el sobrino de Lord
Cromerton e hijo de la tía que cuida Camile, acaba de regresar de Egipto. Ayer por la
noche llegó a puerto su barco y parte mañana mismo con él a Dublín. Nos ha ofrecido
la posibilidad de acompañarle en su yate, un viaje familiar, y regresar en el mismo
tras bordear las costas de Irlanda haciendo puerto en algunas ciudades, tras pasar dos
o tres días en Rosehills y recoger a Camile. Pero estamos seguros que, dado que
añora en exceso a lady Viola y lord Samuel, no estará dispuesta a pasar las dos
semanas que calculamos durará el viaje de regreso, prolongando así su ausencia. Por
ello, hemos pensado que, quizás, nos permitiese llevar con nosotros a los niños. No
ha de preocuparse, estarán perfectamente atendidos y cuidados y disfrutarán no solo
con la travesía en barco, sino con las excusiones que hagamos en cada parada. Más,
es presumible los niños estén fuera de casa unas tres semanas a contar desde mañana,
pues tardaremos seis días en llegar a Rosehills saliendo desde aquí y calculamos que
recorreremos la costa de Irlanda en dos semanas.
Lucas lo miró con seriedad dividido entre el deseo de complacer a sus hijos con
tal viaje y con ello a Camile, y su propio deseo de no verse casi otro mes sin noticias
de ella, sin saber si regresaría y bajo qué condiciones, su deseo de negarse sabiendo
que ello obligaría a Camile a regresar por no permanecer otras tres semanas lejos de
los niños. Pero tendría otro motivo para odiarlo por su egoísmo y por pensar siempre
en él y nunca en ella.
—De antemano sé que cuidarían de ellos y mis hijos disfrutarían del viaje y de
tener de nuevo a su lado a Camile, que he de reconocer añoran hasta límites
inimaginables, más, la idea de alejarme de ellos tanto tiempo, supongo
comprenderéis, no me resulta agradable.
Charles simplemente se limitó a asentir ahorrándose el extender a su persona la
invitación pues no era solo que ese hombre no le agradase por cómo trataba a Camile
sino que si regresaba a casa informando que él les acompañaría su mujer dejaría de
hablarle y el conde le desollaría vivo, pues desde Navidades, el conde y Albert no
disimulaban su desprecio por lord Lucas y su forma de tratar a su hija y hermana y el
insulto que denotaba hacia ella con el mismo, y sabía que solo la idea de evitar un
escándalo que dañase más a Camile era lo que les impedía matarlo a golpes.
Lucas suspiró y pensó en la cara de sus hijos cuando les dijere que verían a su
adorada Camile, que pasarían con ella unas semanas en un barco, y con sus queridos
abuelo y sus primos.
—Sé que no he de negarme, por Camile y mis hijos. No puedo negarles ese
viaje y esa oportunidad. —
Suspiró—. Tenéis mi permiso, milord. Se lo comunicaré a mis hijos esta tarde y
los tendré listos para el viaje.
Charles esbozó una media sonrisa.
—Muy agradecido. Os doy mi palabra que cuidaremos de ellos.
Se iba poniendo ya en pie lo que Lucas imitó.
—Estoy convencido que así será.
—En ese caso, mañana por la mañana recogeremos en Galvert House a los
pequeños. Le dejo terminar su almuerzo que tan descortésmente he interrumpido. Si
me disculpais, creo que ahora me volveré loco con los miles de preparativos para el
viaje. Milord. —Hizo una cortesía antes de partir.
Al regresar a la mesa todos esperaron a que les dijere qué ocurría. Les contó la
petición y Marcus estalló en carcajadas dejándolo desconcertado, pero también
haciéndolo enfadar.
—¡Por todos los demonios, Luc! Un mes más sin tu esposa y ahora sin tus
hijos. Acabarás de un humor terrible. Creo que ha llegado el momento de que me
marche unas semanas a mi finca a arreglar algunos asuntos. —Decía entre risas
Marcus.
—¿Y no se te ha ocurrido ofrecerte a acompañarlos? —Preguntaba también
riéndose Gabriel.
—Se me ha ocurrido, sí. —Respondía malhumorado—. Más, me temo que soy
persona non grata para el conde y los suyos y suponiendo que aceptaren mi compañía
presumo que lo harían con la única intención de tirarme por la borda a la primera
oportunidad.
Sus tres amigos estallaron en carcajadas.
—Estoy seguro de ello. —Contestaba Thomas casi ahogándose.
Cuando controlaron su ataque de hilaridad Marcus lo miró seriamente.
—Pues aunque no lo creas, el conde y su familia acaban de darte una
oportunidad que podrías, no, que deberías aprovechar. —Se inclinó ligeramente hacia
delante —. ¿Has dicho que tardarán seis días en llegar en barco desde Londres a
Dublín? Bueno, incluso con suerte puede que sean siete si hacen parada en algún
puerto. —Lucas asintió entrecerrando los ojos—. Pues tú podrías llegar en menos de
dos días y podrías tenerla para ti solo cuatro e incluso cinco días.
—No entiendo.
—Vamos a ver, Luc, si sales a caballo hasta Bristol sin detenerte puedes llegar
a medio día o primera hora de la tarde. Deja que tu valet te siga con las maletas,
tardará un par de días más que tú pero a ti eso debiere no importarte, lleva lo
necesario y si acaso por dos días compra lo que precises en Dublín. En Bristol, dile a
tu primo Julián que te deje su velero, sin escalas, no tardarías ni un día en llegar al
puerto de Dublín. Si sales mañana, en cuanto los niños se hayan marchado, llegarías a
Dublín pasado mañana a mediodía e incluso un poco antes.
Lucas entrecerró los ojos sin decir nada.
—Cuatro días, Luc, a solas con Camile. Cuatro días sin niños, familiares ni
excusa para distraerla más que tu compañía. —Añadió Thomas siguiendo el hilo de
Marcus—. No tendrás una mejor oportunidad para ganártela que esta y sí, en cambio,
mucho que perder si no la aprovechas.
Lucas inspiró y meditó unos segundos en ello. La añoraba, no podía negarlo y
más la iba a añorar ese mes y peor sería después, cuando regresare, si se empeñaba en
mantener las distancias con él.
—Sirva de aviso. —Intervino Gabriel—. Si te niegas a ello, seguiré la senda de
Marcus y tomaré a mi esposa y nos marcharemos con premura a Gallier Hall a pasar
unas semanas.
Los tres se rieron mientras que él los miraba resignado.
Al llegar a casa una hora más tarde, despachó con su administrador y con su
secretario mientras esperaba a los niños que supo de inmediato cuando habían llegado
con el alboroto que organizaban al llegar. Salió del despacho cuando terminaban de
quitarse los abrigos mientras le contaban a Ronald deprisa pisándose las frases uno a
otro su día en el zoo, y en cuanto lo vieron se lanzaron corriendo a por él.
—Papá, hemos visto elefantes y una jirafa y un mono con su cría. — Samuel
corría por el pasillo si aliento y enseguida lo alzó sonriendo.
—De modo que habéis disfrutado.
—Hemos almorzado en un restaurante con el abuelito, tío Jefferson y tía
Amelia y hemos tomado helado en nuestro sitio preferido. —Decía Viola
emocionada.
—Vamos al salón y mientras os traen un poco de cacao caliente para que
templéis el cuerpo me lo contáis todo.
Se acomodaron en el sillón frente a la chimenea y los dos dieron rienda suelta a
esa especie de frenesí parlanchín con infinidad de ideas y ocurrencias que solo
detenían para tomar un sorbo del cacao o a lo sumo algo de aire. Cuando al final
acabaron se encontraban acomodados a ambos lados de su padre con Samuel con su
cabeza apoyada en su pecho medio dormido.
—Niños. —Atrajo su atención antes de que cayeren exhaustos del todo y fueren
incapaces de razonar. Sentó a Samuel en sus rodillas y esperó que Viola se
enderezase para mirarlo—. Le he dado permiso a lord Arthur para que le acompañéis
en un viaje en barco que os llevará a Dublín donde os reuniréis con Camile y después
visitaréis algunos de los puertos de Irlanda.
—¿Veremos a Camy? —Los ojos de Samuel se abrieron de par en par—. ¿De
verdad? ¿Cuándo?
—Saldréis mañana. Vendrán a recogeros temprano y en seis días llegareis a
Rosehills.
La cara de Samuel de pura felicidad lo decía todo.
—¿Y ya no nos separaremos nunca? ¿Se quedará siempre con nosotros?
—preguntó Viola.
—Claro, cielo. —Fue lo primero que se le ocurrió responder—. Será mejor que
subáis a ayudar a la señorita Anderson con vuestro equipaje. Debéis llevar ropa de
abrigo. Cenaréis conmigo y hablaremos con calma de ciertas normas que habéis de
prometer cumplir en el barco, no solo obedecer a los mayores sino también a los
oficiales de la tripulación. Pero ahora, —bajó a Samuel de sus rodillas—, subid a
preparad el equipaje y no os volváis locos que el espacio en los barcos es limitado.
En cuanto subieron supo que había tomado una decisión. Se puso en pie y al
cruzar el vestíbulo fue directo a hablar con Ronald.
—Mis hijos cenarán conmigo esta noche en el comedor principal. Mañana, tras
nuestra marcha, decid a la señora Prinfet que prepare el equipaje de mis hijos, de mi
esposa y el mío para permanecer varias semanas en Galvert Hllis y partid hacia allí
dejando aquí el personal necesario.
—Enseguida, milord.
—Mi valet partirá al mismo tiempo que yo con mi equipaje para unas semanas.
Yo me llevaré conmigo las mascotas de mis hijos.
—Bien, milord.
A primera hora de la mañana los niños estaban desayunando con él en el
comedor de mañana ansiosos ante el viaje.
—Papá. —Samuel atrajo su atención—. Cuidarás bien de Dina y Bonnie
¿verdad?
Lucas sonrió.
—Lo prometo, Sam. Os aseguro que os reuniréis con ellos antes de lo que
esperáis y estarán perfectamente, no has de temer.
Sonrió pensando que hacía bien no diciéndoles que iría a Irlanda por su cuenta
y que los vería allí, no solo porque no quería que se lo revelasen involuntariamente al
conde y los suyos, pues estaba seguro no les agradaría la idea de antemano, sino
también, porque no estaba convencido de que Camile llegase a aprobar su presencia
en Rosehills o incluso que la tolerase —Papá. —Viola se bajó de su silla y fue directa
a sentarse en su regazo y le rodeó con sus bracitos—. ¿Por qué no vienes con
nosotros?
—Cielo, prometo que nos veremos muy, muy pronto. Casi ni os daréis cuenta
que nos hemos separado.
Cerró los brazos a su alrededor pensando en lo mucho que le gustaba esa
sensación de sentirse unido a sus hijos. En realidad, lo mucho que le gustaba su
familia. Sonrió ante esa idea.
Ronald entró anunciando la llegada de lord y lady Carly que venían a buscar a
los pequeños. Con los niños de la mano salió a recibirlos. Tras los saludos de rigor y
mientras los lacayos subían el equipaje de ambos al carruaje se agachó para
despedirse de ellos.
—Sam, Viola, recordad lo que hablamos anoche. Un barco es peligroso de
modo que deberéis estar pendientes de lo que os digan los mayores. Debéis obedecer
y portaos bien. La señorita Anderson irá con vosotros y se encargará de atenderos.
—Abrazó a Samuel—. Dame un beso, trasto. —Samuel le rodeó con los brazos el
cuello y le dio un beso en la mejilla. Después abrazó a Viola que también lo besó—.
Divertíos y sed buenos.
Los dos asintieron. Se enderezó y dejó que Stephanie les tomare de la mano y
descendiere con ellos las escaleras de la entrada.
—No os preocupeis, —le decía Charles bajando las escaleras mientras él veía a
sus hijos subir al carruaje—, cuidaremos bien de ellos.
En cuanto Ronald cerró la puerta de la casa dijo girando para subir las
escaleras.
—Que tengan listo mi caballo en diez minutos y el coche para Callum en una
hora.
—Enseguida, milord.
Media hora después salía de Londres a caballo en dirección a Bristol con dos
alforjas, una pequeña bolsa de viaje y las dos pequeñas mascotas de sus hijos
acomodadas en una cesta con un cojín que llevaba atada en la parte delantera de su
montura.
Como bien hubo calculado Marcus a mediodía entraba en la ciudad de Bristol
sin hacer paradas y tomando los caminos que solo un caballo podría atravesar. Cruzó
la ciudad y llegó a la propiedad de su excéntrico primo Julián que tras la sorpresa
inicial de verle aparecer, lo recibió amable. Mientras comían aceptó, sin hacer
preguntas ni intentar sonsacarle los motivos de tan extraña petición, prestarle su
velero, de hecho él mismo le llevaría hasta Dublín prometiéndole que llegarían antes
del amanecer. Y así fue, En apenas una hora salían del pequeño embarcadero que
tenía en su propiedad cuya bonita casa estaba situada al borde de un acantilado, y
cuando despertó tras su agotador día cabalgando y posteriormente haciendo de
marinero de su primo, hacían la entrada en el puerto de Dublín con las primeras luces
del alba. Se despidió de Julián, tomó sus escasas pertenencias y la cesta con ambos
animalitos y tras darse un buen baño y cambiarse de ropa en uno de los hoteles de la
ciudad, alquiló un coche para que le llevase a Rosehills. Al menos aparecería con
buen aspecto, pensaba mientras se subía en él con la mente aún en blanco de qué diría
o qué excusa alegaría para tal aparición.
Una hora más tarde entraban por las enormes verjas de hierro de una propiedad
que ante él aparecía ligeramente nevada formando una bonita estampa invernal. La
propiedad se hallaba rodeada de un espeso bosque y campos en los que se veían
grandes rebaños de ovejas a lo lejos. Se trataba de una especie de enorme caserón de
piedra con torres y enormes ventanales que supuso daban a los salones principales. Al
detenerse el carruaje pudo observar el enorme blasón familiar grabado en la piedra
sobre las grandes puertas de roble y hierro forjado de la entrada. Recordó entonces
que en el acuerdo matrimonial figuraban, no solo la dote de Camile, sino también
algunas propiedades que permanecerían en manos de Camile y entre las que se
hallaba una finca en Irlanda proveniente de la familia de la madre, recordó que
alguien, el conde o su hijo, dijo en algún momento, que todas las hijas del conde
heredaron de su abuelo materno una finca situadas, todas ellas, al pie de una montaña,
o colina o algo similar. En cuanto descendió del carruaje se abrió el enorme portón de
la casa y apareció un ajado mayordomo que tras las cortesías esperó que se
presentare.
—Soy lord Lucas Laydon, marqués de Galvert. —Le entregó su tarjeta—.
Querría ver a mi esposa, lady Galvert.
—Milord. Acompañadme, anunciaré su llegada. —Contestó impertérrito.
Si se había asombrado por su llegada no podría decirlo ante la expresión de
impertérrita indiferencia del hombre. El anciano mayordomo le guio hasta un salón
que daba a uno de los jardines laterales de la casa y desapareció.
Camile bajaba las escaleras principales con su traje de montar y abrochándose
el botón de uno de los guantes cuando, a los pies de la escalera, vio a Devon a punto
de subir.
—Buenos días, Devon. —Dijo con una sonrisa—. Acabo de ver a milady y creo
que vamos a dejar que descanse hasta media mañana, prefiero que no baje a los
salones hasta que se encuentren ya bien calientes por las chimeneas—Llegó a su
altura—. Voy a montar un rato pero llegaré a tiempo para la visita del doctor
Gabrons.
—Milady. —Dijo cuando por fin terminó su parrafada—. Lord Galvert se
encuentra en el salón verde esperándola.
Camile se quedó helada mirándolo como si estuviere loco:
—¿Per, perdón?
—Lord Lucas Laydon, marqués de Galvert ha solicitado verla, milady.
Extendió el brazo con la bandeja de plata en cuyo centro había depositado la
tarjeta de Lucas, pero ella obvió tomarla deslizando su mirada hacia el fondo del
vestíbulo y la puerta del salón mencionado. Una espantosa idea cruzó su mente y
salió casi a la carrera.
—Los niños. —Murmuró asustada.
Entró de golpe en el salón y no esperó ni a verlo, simplemente preguntó:
—¿Les ha pasado algo a los niños? ¿Están bien? ¿Dónde están? —preguntaba sin
detenerse, mirando alrededor.
Lucas, que se giró al escucharla, la vio acercarse con cara de miedo,
preguntando por los niños.
—Camile están bien, están bien. —La tranquilizó —. Están con tu padre en el
barco que los trae hasta aquí. —
Se acercó a ella un poco—. No ha ocurrido nada. Siento, siento haberte
asustado. —Añadió cuando ella pareció por fin volver a respirar.
Tras mirarlo desconcertada un minuto preguntó al fin:
—Entonces ¿qué hacéis aquí?
Lucas sonrió conteniendo una carcajada:
—Bien, yo también me alegro de verte. —Camile lo miró frunciendo el ceño—.
¿Nos sentamos, por favor? Lo creas o no llevo un día viajando sin parar y creo que mi
cuerpo empieza a notarlo, dos horas de sueño en un barco no son descanso por mucho
que mi primo Julián así lo llame.
Era evidente que no comprendía ni una palabra de lo había oído pero aun así
asintió aceptando sentarse.
Lucas la observó unos segundos tras tomar asiento.
—¿Ibas a salir a montar? —preguntó al ver su atuendo.
Camile suspiró y él de nuevo sonrió. Definitivamente su esposa había perdido
la paciencia con él, quizás fuere por la sorpresa inicial de saberlo allí o quizás por
haberse asustado ante la idea de que a los niños les hubiere ocurrido algo.
—Camile. —Carraspeó sintiéndose de pronto torpe—. Los niños están
navegando con tu familia de camino hacia aquí, tardarán en llegar aún cinco o quizás
seis días. Había pensado que era una buena oportunidad para pasar tiempo a solas,
juntos y conocernos mejor.
Camile lo miró seria unos segundos que se le hicieron de pronto eternos.
—Pasar tiempo juntos, conocernos mejor. ¿Para qué?
Lucas se desconcertó ligeramente ante la pregunta y su gesto serio. Se puso en
pie y caminó hacia la chimenea.
—Camile, no he sido un buen marido, de eso estoy seguro, pero,— se giró y la
miró—, Pero me gustaría serlo, me gustaría ser un buen marido para ti, Camile. Sé
que no tengo derecho a pedirlo, pero aun así te pido que me des una oportunidad para
demostrarte que puedo ser un buen marido, que puedo ser el marido que te mereces.
Camile lo miró con gesto serio, demasiado serio.
— ¿Por qué hace esto? ¿Teme que no regrese a Londres? Porque si es por eso,
no ha de preocuparse, pensaba regresar y tampoco tendrá que preocuparse porque no
cumpla con mis deberes, ya que lo haré, di mi palabra. Podéis seguir como hasta
ahora, no tenéis que esconderos ni fingir delante de mí, ya no importa. Sé la verdad y,
por lo tanto, no esperaré nada de vos y por ello tampoco lo exigiré. —Se puso de pie
y comenzó a girarse y caminar hacia la puerta—. Podéis regresar tranquilo, no
cometeré locura alguna ni tendréis que temer escándalo de mí o de los míos. Podéis
hacer vuestra vida sin preocupaciones que yo haré la mía.
—¡Maldita sea! —murmuró lo bastante alto para que ella lo oyera—. ¿Es que
no te das cuenta que no es eso lo que quiero?
Camile se giró y lo miró enfadada:
—Milord, no me importa lo que queráis. Regresaré a Londres, volveré a la vida
que impusisteis con una única diferencia. Sé lo que me espera y lo que vos esperáis y
dado que eso nos permite llevar, bajo el mismo techo, con la apariencia de
convivencia normal, vidas separadas, eso es lo que tendremos. Volved a Londres,
milord, divertíos o haced lo que se suponga que hacéis cuando no estáis obligado a
permanecer cerca de mí por apariencia. Ahora no hay nadie alrededor que justifique
que nos hallemos en la misma sala de modo que le diré a Devon os acompañe a la
salida.
—¡Por todos los demonios! —Comenzó a caminar a zancadas hacia ella lo que
la cogió por sorpresa porque lo miró abriendo los ojos, pero quedándose clavada en el
sitio—. Camile. —Dijo su nombre tajante llegando hasta ella y siguió caminando sin
detenerse obligándola a dar pasos hacia atrás para evitar que chocare con ella—. Es
evidente que o no me explico con la suficiente claridad o te empeñas en no
entenderme. No quiero regresar a Londres a llevar mi vida ni a la relación que
teníamos antes. No quiero que mi esposa lleve una vida separada de la mía ni yo
llevar una vida separada de la suya. —Camile a esas alturas no dejaba de caminar
hacia atrás, pero para mantenerlo a distancia había abierto las manos y las tenía
apoyada en su pecho y lo miraba como si se hubiere vuelto loco—. No quiero una
esposa que no desee ni espere nada de mí. Quiero que esperes y recibas de mí lo que
desees y quiero que mi esposa no me considere un canalla, aunque en el pasado me
haya merecido esa consideración.
Camile chocó con una pared a su espalda y jadeó de la impresión. Lucas se
detuvo mirándola fijamente y después de unos segundos suavizó su expresión
alzando al tiempo una mano para acariciarle con los nudillos la mejilla, la enrojecida
mejilla.
—Camy. —Murmuró inclinándose un poco para posar los labios en su frente
notando como todo su pequeño cuerpo se tensó y dio un pequeño respingo al notar el
contacto de sus labios.
Nunca la había llamado de ese modo, pero de pronto se le antojaba como la
única forma en que quería llamarla. La rodeó con los brazos y a pesar de una leve
oposición inicial cerró los brazos encerrándola dentro de su cuerpo. Era la primera
vez que la abrazaba, se dio cuenta de ello, era la primera vez que la tenía en sus
brazos y la sintió perfecta, suave, con un calor agradable. Encajaba a la perfección en
su cuerpo.
—Camy. —Repitió apoyando la mejilla en su pelo—. Siento todo el daño que
te he hecho. No hay palabras ni acción alguna que sirvan para reparar ni enmendar
ese daño. —Hablaba con voz calma y suave—. Pero, y aunque no la merezca, dame
una oportunidad para demostrarte que puedo ser un buen marido. —La notaba casi
conteniendo la respiración y la sabía intentando decidir si decía la verdad—. Camy…
Se separó solo lo justo para poder tomarle el rostro entre las manos y alzárselo.
Tenía los ojos brillantes como si se pelease consigo misma para no romper a llorar y
se mordía nerviosa el labio. No pudo evitar esbozar un suave sonrisa al saberla
luchando consigo misma y con lo que le decía su cabeza, y que suponía sería que no
debía hacer caso a un hombre que se había empeñado en ser un imbécil.
—Cierto amigo me ha aconsejado que te corteje, que te galantee, que me gane
tu corazón y creo que tiene razón. Deja que te demuestre que puedo ser no solo un
buen marido sino también el hombre que te gustaría tener a tu lado. —Le acarició las
mejillas con los pulgares—. Si no lo logro siempre puedes mandarme al cuerno.
—Sonrió seductor y pícaro—. No creo que te cueste mucho hacerlo. He descubierto
que mi esposa tiene la innata habilidad de dejarme sin palabras cada vez que lo desea.
—De nuevo se mordió el labio, pero esta vez sabía que lo hacía para contener una
sonrisa que estuvo a punto de esbozar—. Camy. —Se inclinó y la besó suave en la
mejilla y después se la acarició con los labios—.
Déjame intentarlo. —Susurraba inclinándose un poco más girando el rostro
para besarle el cuello. Inhaló su aroma y todo su cuerpo se impregnó de ese suave y
tierno aroma, tierno aroma a ella, dulce, cálido, embriagador. Posó los labios en su
cuello notando el ligero temblor de su piel, su pulso acelerado, y esa suave
respiración en su oreja—. Déjame intentarlo, Camy. —Repitió sin separar sus labios
de su piel pero bajando los brazos para rodearla con ellos y pegar su cuerpo al de él.
Camile sentía su cuerpo volverse gelatina en sus manos, ni siquiera parecía
querer atender a lo que su cabeza le gritaba desde hacía minutos. Esos labios en su
cuello, la vibración de su voz, de su aliento rozándola, la aturdían. Apenas lograba
entender lo que le decía. Sabía lo que hacía, ese hombre sabía bien lo que hacía, y ella
también pero aun así no lograba reunir la fuerza necesaria para empujarlo hacia atrás
y que tomase distancia de ella. << Dios bendito>> pensaba cerrando fuerte los ojos
cuando comenzó a acariciarle el cuello con los labios hasta llegar a un punto que hizo
estragos en todo su cuerpo. << Dios mío>> se supo jadeando cuando le lamió
ligeramente ese punto sensible de piel bajo la oreja —Camy. —Murmuró ronco—.
Puedo ser un buen marido. —Llegó a su oreja y posó los labios en ella—. Camy.
—Le dio un beso antes de atrapar su lóbulo en sus labios oyendo un suave
gemido escapar involuntariamente de los labios de Camile—. Deja que lo intente.
Cuando alzó el rostro ligeramente para mirarla Camile dejó caer la frente en su
pecho evitando que la mirase. Lucas sonrió sabiendo que al menos lograba afectarla,
lo que era un consuelo porque todo su cuerpo estaba endurecido y con una muy
agradable sensación de anhelo por ella, por su piel, por su cuerpo, por ese aroma que
parecía habérsele grabado como algo ya imposible de olvidar, y que recorría cada
centímetro de su piel y su cuerpo. Cerró fuerte los brazos sosteniéndola y
encerrándola en la cálida prisión de su cuerpo.
—Camy. —Apoyó el mentón en su cabeza—. Te propongo una cosa. Dentro de
unos días llegarán todos. Si para entonces sigues sin querer que permanezca a tu lado,
regresaré a Londres sin quejas ni reproches, sabiendo que me he ganado a pulso el
desprecio de mi esposa por ser incapaz de ser o convertirme en el marido que se
merece. Tú decidirás, tú tendrás la última palabra y yo la respetaré, sea lo que sea lo
que decidas, lo respetaré, pues incluso un tonto como yo sabe que eso te lo debo.
—La escuchó reírse suavemente—. Si no fuera porque he de ser un buen marido te
sentaría en mis rodillas y te azotaría por considerarme un tonto y reírte además por
ello.…
La escuchó suspirar girando ligeramente el rostro apoyando su mejilla en su
pecho.
—¿Sea lo que sea lo que decida? —preguntó al fin.
—Sea lo que sea lo que decidas. —Respondía alzando el rostro y separándose
para mirarla, pero sosteniéndola aún.
Camile alzó el rostro y lo miró como si quisiere leer en su rostro, en sus ojos, la
verdad de sus palabras.
De nuevo suspiró cerrando un segundo los ojos.
—Está bien. Podrás intentar lo que sea que pretendas intentar.
Bajaba el rostro negando con la cabeza como si se reprendiese a sí misma por
permitírselo. Eso lo hizo sonreír. Camile tenía un enorme corazón, lo sabía antes,
más, ahora, parecía mostrársele con completa certeza. Le dieron ganas de abrazarla
con fuerza y alzarla para besarla hasta que perdiese el sentido, pero solo conseguiría
que se asustase o que se enfadare de modo que apretó los puños a ambos lados tras
haberla soltado y se contuvo.
De pronto lo miró entrecerrando los ojos.
—Pretendes quedarte aquí ¿no es cierto? —Lucas sonrió como un niño travieso
cogido en falta y ella debió pensar lo mismo porque negó con la cabeza suspirando y
cerrando los ojos—. Es increíble, ahora sé de donde ha sacado Samuel esa expresión.
Eso lo hizo estallar en carcajadas pues si ponía la misma expresión que Samuel
al pillarle en las travesuras iba a ser difícil engañarla. Camile giró negando con la
cabeza y dando un par de pasos hacia la puerta.
—Le diré a Devon que te instale en una de las habitaciones de invitados. —De
pronto se paró y giró rápido para mirarlo—. Un momento ¿cómo se supone que has
llegado antes que los demás?
—Bien, es un poco complicado. —Camile alzó las cejas esperando claramente
una explicación. Lucas sonrió, de gran corazón y tenaz—. Ayer por la mañana, en
cuanto dejé a los niños en manos de tu hermana, salí de Londres. Recorrí a caballo la
distancia hasta Bristol y allí, mi primo Julián tuvo a bien cederme su velero y su
pericia en su manejo para traerme hasta el puerto de Dublín.
Camile lo miró unos segundos y suspiró:
—Diré que te dejen dormir unas horas antes del almuerzo. Entonces conocerás
a mi tía Hester.
Lucas sonrió y atrapó su mano tirando de ella para abrazarla de nuevo y, a pesar
de que ella se quejó, lo dejó hacer.
—Camy. —Apoyó lo labios en su frente mientras apretaba los brazos a su
alrededor—. Me gustaría acompañarte en tu paseo a caballo.
—Deberías descansar. —Se quejó ella, pero no dijo que no así que insistió:
—No estoy tan cansado. Iré a montar contigo, dile al mayordomo que suba mis cosas
y ya me ocuparé de ellas más tarde.
Lo empujó con suavidad para poder mirarlo.
—Está bien, pero si te caes del caballo te dejaré en el sitio en el que esa dura
mollera caiga sin más.
Lucas se rio.
—Me doy por advertido. —Le tomó la mano y la puso en su manga para salir
con ella a pesar de su mirada de reproche—. Vamos.
Camile suspiró y empezó a andar llegando de inmediato al vestíbulo donde
permanecía eficiente el mayordomo esperándolos.
—Devon, por favor, subid las cosas de milord a una de las habitaciones de
invitados. Después se acomodará en ellas. —Miró a Lucas—. Deduzco que has
dejado a Callum en Londres.
Lucas sonrió.
—No, pero tardará un par de días en llegar con el equipaje.
Camile puso los ojos en blanco antes de girarse de nuevo hacia el mayordomo.
—Por favor, avise a uno de sus ayudantes para que sea el ayuda de cámara de
milord hasta la llegada de su valet. Voy a enseñarle un poco la propiedad y —Miró
las bolsas junto a la puerta y vio la cesta. Giró el rostro hacia Lucas —. ¿Has traído el
almuerzo?
Lucas se desconcertó y miró entonces la cesta estallando en carcajadas.
—Salvo que pretendas comerte las mascotas de Samuel y Viola, no, me temo
que no.
Camile abrió los ojos:
—¿Has traído a caballo a Dina y Bonnie? —Se soltó de su brazo y fue directa a
la cesta y la abrió—. Oh pobrecitos, —les decía sentándose en el suelo sobre sus
talones y sacándolos para acariciarlos—.
Pobrecitos, debéis estar cansados, hambrientos y sedientos. —Miró a Lucas —.
¿De veras los has traído en la cesta todo el camino?
Lucas sonrió acuclillado a su lado tomando al cachorro antes de enderezarse.
—Les he dado de comer y beber, y, casi todo el camino han venido acurrucados
dentro de la cesta.
Camile se puso en pie con Bonnie entre las manos:
—Pobrecitos. —Decía a los dos animalitos quitándole de las manos a Dina.
Giró y miró al mayordomo—.
Devon, por favor, lleve las mascotas de mis hijos a mi doncella, ella se ocupará
de ellos hasta nuestro regreso.
—Sí, milady.
Una vez se los hubo entregado salió con Lucas junto a ella guiándolo hasta los
establos.
—Diré al mozo que prepare uno de los caballos de mi primo Lorens, seguro
preferirás montar caballos como esos antes que unos mansos.
Lucas sonrió.
—Deduzco que si no son mansos son…
Ella lo interrumpió:
—Caballos nacidos y entrenados en las cuadras de mi padre. —Sonrió
arrogante. Lucas le devolvió la sonrisa justo cuando llegaron a las cuadras donde ya
tenían preparada su montura—. Por favor, preparen uno de los caballos de lord
Callinger para milord. —Pidió al jefe de cuadras que le entregaba las riendas de su
caballo
Unos minutos después salían por el norte de la propiedad en dirección a los
campos donde había visto los rebaños. Tras un buen rato de cabalgada llegaron a lo
alto de unas colinas desde donde se veía el valle cercano con algunas casas solariegas
a lo lejos y en uno de los costados de la colina las ruinas de lo que debió ser en otro
tiempo una torre de vigía.
—¿Vamos a las ruinas? —le preguntó Lucas señalando la torre.
Camile asintió para de inmediato poner el caballo en esa dirección. Al llegar,
Lucas descendió del caballo y ató las riendas en uno de los árboles cercanos y para
cuando giró Camile ya había descendido y también sujetó las riendas de su montura
en otro de los árboles. La sorprendió tomándola de la mano y tirando de ella.
—Ven, vamos a resguardarnos un poco del viento. —Se dejó llevar sin oponer
resistencia—. Cuéntame la historia de este lugar. Seguro la conoces.
Caminaba mirando el suelo mientras él la sujetaba.
—Pues es una de las ocho torres que había en el valle donde se apostaban
guardias para avistar la llegada de enemigos, especialmente los odiados ingleses.
Lucas sonrió.
—De modo que ahora que habrían avistado uno ¿qué harían?
—Uno y medio. —Le corrigió ella—. Soy medio inglesa. De hecho, si lo que
primaba era la casta del padre, lo soy del todo.
Llegaron a la parte central de las ruinas y Lucas la giró apoyando su espalda en
el murete más alto protegiéndola del viento que llegaba por sus espaldas y después
apoyó su hombro al mismo quedando mirándola sin soltar su mano. La sonrió
seductor.
—Bien, en tal caso ¿qué harían los bárbaros irlandeses si nos hubieren visto,
dos peligrosos ingleses, acercándonos a su valle?
—Umm. —Miró en derredor—. ¿Esa especie de cilindro de metal? —señaló al
otro lado y Lucas asintió—. Creo que colgaba de algún poste o algo similar y los
guardias lo hacían sonar y —Se quedó callada con el ceño fruncido—. ¿Por qué
hablamos de esto?
Lucas se rio y se inclinó besándole la frente antes de tirar suavemente de ella y
dejarla encajada en su costado.
—Pues, en realidad, —decía rodeándola con un brazo y apoyando su cabeza en
su pecho —, era una excusa para distraerte y poder tenerte a mi merced.
—Oh —Fue lo único que consiguió decir.
Se dejó abrazar e incluso se supo apoyándose un poco en él. Desprendía un
agradable calor y era francamente abrumadora la sensación de tenerlo abrazándola.
Al cabo de unos minutos recordó al doctor.
Se separó rápidamente.
—Hemos de regresar. El doctor va a visitar a mi tía.
Lucas asintió y regresaron de inmediato. Mientras dejaban los caballos en
manos de los mozos se acercó un tílburi a la rotonda de entrada de la mansión.
—Ese es el coche del doctor.
Echó a andar hacía la entrada con él detrás. Al llegar a las escaleras esperaron a
que el doctor descendiere del carruaje. Lucas lo miró con detalle y con gesto adusto,
no solo era un hombre apuesto sino que miraba a Camile como si fuera un dulce en el
escaparate de una confitería. Miró a Camile y le bastó una ojeada a sus ojos para
saberla ajena al interés que despertaba en ese doctor, sin embargo, él no era tan
obtuso para no comprender que de dejar libre a Camile, tarde o temprano algún
hombre acabaría ofreciéndole lo que él hasta entonces le había negado.
En cuanto el doctor llegó frente a ellos aunque lo miró de refilón seguía con la
vista centrada en Camile.
Hizo la cortesía:
—Milady.
—Doctor Gabrons, buenos días. —Sonrió—. Permita le presente a lord Galvert.
Lucas sonrió. No necesitó hacerse notar para que ella le presentare de
inmediato.
—Doctor.
Se apresuró a colocarse junto a Camile, un poco más cerca de lo que las normas
de cortesía dictaban, pero poco le importaba con tal de dejar claro a ese hombre que
él era el marido de ese pastelito que él admiraba. Camile lo miró entrecerrando los
ojos, pero enseguida volvió a mirar al doctor.
—Lady Callinger sigue en su dormitorio. Devon le acompañará hasta allí y diga
lo que diga, no deje que le convenza para que no la examine. Esperaré hasta que
termine con ella.
El doctor asintió y dejó que Devon, que se había colocado junto a la puerta de
entrada que sostenía un lacayo, le guiase dentro de la casa. El doctor subió las
escaleras y lo vieron desaparecer, y tras entregar sus capas, sombreros y guantes a dos
lacayos, Lucas le tomó la mano para de inmediato posarla en su manga y esperó que
lo mirase.
—¿Me acompañas a mi dormitorio? Me gustaría asearme y cambiarme antes de
conocer a la famosa tía Hester. Debieras saber que Viola y Samuel se la imaginan
como una anciana gruñona y adorable al mismo tiempo.
Camile se rio.
—No es gruñona. —Habían empezado a caminar y subir las escaleras—. Solo
refunfuña de vez en cuando.
Llegaron a un ala de la casa donde ella se detuvo.
—Este es el ala de invitados, umm. —Miró a ambos lados del pasillo—. Debí
preguntar a Devon qué habitación te había asignado.
Lucas se rio y tomó la mano de su manga y la encerró en la suya antes de
comenzar a andar llevándola con él.
—Investiguemos. —Abrió la primera de las puertas y era una habitación
decorada en tonos azules—. Umm.
¿Qué crees? —La miró una vez dentro—. ¿Será esta?
Camile negó con la cabeza:
—Estaría encendida la chimenea.
—Cierto. —Giraba y tiraba de ella para salir y de inmediato fue hacia la puerta
frente a esa y la abrió. Otra habitación en tonos azules pero más oscuros—. Esta
tampoco tiene la chimenea encendida.
La sonrió mientras sin soltar su mano la volvía a sacar al pasillo. Camile se rio.
—¿Piensas abrir una a una las puertas de toda el ala?
—Bueno, hasta que demos con la correcta. —Contestaba caminando hasta la
próxima puerta.
—A ver, no seas escaso de miras.
Se detuvo y con ella Lucas, que estalló en carcajadas.
—¿Cómo me has llamado?
Camile se encogió de hombros.
—Bueno no te lo he llamado, he insinuado que podrías serlo dado tu
comportamiento. Si lo prefieres te llamo de otro modo ¿bobo? ¿Tonto? ¿Torpe,
mejor?
De nuevo él estalló en carcajadas.
—Creo que prefiero lo primero. Está bien, ¿qué solución das entonces?
—Umm. —Frunció el ceño y miró el pasillo—. Bueno, Devon es muy
competente de modo que habrá elegido una buena habitación, así que, supongo,
elegiría una con buenas vistas. Estará en la derecha pues dan a los jardines de las
fuentes, y, seguro, habrá escogido una con decoración al gusto de un caballero, así
que. —Se mordió el labio—. Supongo habrá elegido la de segunda por la derecha a
contar desde los ventanales.
Lucas sonrió y tiró de ella de nuevo.
—Bien, probemos tu teoría, milady. —Al llegar abrió la puerta y entraron.
Nada más hacerlo apareció por una de las puertas laterales, que sería el vestidor, el
ayuda de cámara.
—Milord, milady —Hizo la cortesía.
—Jeffrey —Camile lo saludó soltándose de la mano de Lucas—. Él es lord
Galvert, por favor, atiéndele hasta la llegada de Callum, su valet, desde Londres.
—Por supuesto, milady. —Miró a Lucas—. He dejado sus cosas en el vestidor
y mandado su traje de noche a la planchadora, milord.
—Gracias. Podría dejarnos unos minutos. Le llamaré enseguida.
El pobre hombre asintió haciendo las cortesías y desapareciendo por el mismo
sitio que entró. Camile miró a Lucas frunciendo el ceño.
—Pero, ¿no querías asearte?
De nuevo él la tomó de la mano y tiró de ella hasta los sillones.
—Y quiero, pero primero.
Se dejó caer en uno de los sillones frente a la chimenea y la sentó en su regazo
antes de darle tiempo a reaccionar. La rodeó rápidamente por la cintura
manteniéndola en una postura que le permitía mirarla a la cara. Camile miró en
derredor de pronto desconcertada y sin saber qué hacer. No pudo evitarlo, sonrió
travieso y algo arrogante.
—Camy. —Esperó que ella lo mirase—. ¿Sabes que cuando te desconciertas te
muerdes el labio? —de inmediato sus mejillas se ruborizaron y desvió la mirada. Se
inclinó lo suficiente para besar ligeramente su mejilla—. Me gusta cuando consigo
ser yo el que te deja sin palabras. —Sonrió divertido y ella lo miró reprendiéndolo—.
No te enfades. —Le sonrió—. Aunque cuando lo haces te pones muy tierna.
—¡Para! —decía enrojeciendo como una amapola y consiguiendo que él
estallase en carcajadas. Camile se removió intentando auparse—. Pero. —Suspiró y
puso el gesto de una niña contrariada mirándolo firme.
—Bueno, te dejaré escapar, pero antes has de contarme algo de ti, algo que un
marido, tú marido, debiere saber. —Camile frunció el ceño—. Bien, bueno, te contaré
yo algo y así estaremos en igualdad en condiciones. Veamos, deberías saber que he
tenido que contenerme para no abrazarte y besarte delante de ese curtido, pero
anciano mayordomo y los lacayos del vestíbulo cuando te has referido a Samuel y a
Viola como tus hijos —Camile separó ligeramente los labios para decir algo pero él
se adelantó —. Sé que los quieres como si lo fueren y que para ti lo son, lo sé y me
encanta, pero confieso que escuchártelo ha sido mejor que saberlo.
Camile frunció el ceño antes de bajar la mirada y al cabo de unos segundos la
instó a alzar de nuevo el rostro para mirarlo empujándole levemente la barbilla con
dos dedos bajo ella.
—Bueno, creo que ahora debieres decirme algo que te gustaría que supiere.
Camile frunció el ceño.
—Tengo que ir a ver a mi tía y hablar con el doctor.
Lucas negó con la cabeza:
—Una cosa, Camy, solo una cosa. Algo que quieres que sepa.
Camile se encogió de hombros.
—No se me ocurre nada.
—Umm, veamos, tu mejor recuerdo, cuéntame el mejor recuerdo de tu vida o el
que te haga más feliz.
—No le sé, es difícil. —Murmuró.
Miraba su corbata no a él lo que le produjo una enorme ternura sin saber por
qué. Sonrió y la besó en la mejilla y después giró el rostro acariciándole suavemente
el cuello.
—Cuéntame el que desees. —Murmuraba acariciando con sus labios la piel tras
su oreja Camile sentía cada roce como si fuera tierno, dulce y al mismo tiempo lo
más intenso que había rozado su piel y parecía que le acariciaba no solo el cuello sino
partes más íntimas de ella, aturdiéndola, atolondrándola
—Me gustaban los ojos de mi madre. —Dijo de repente—. Me, me gustaban
mucho los ojos de mi madre.
Verdes, muy, muy claros. Mis hermanos los tienen azules como mi padre y yo
como los de mi abuelo, marrones, pero mi madre los tenía de un color tan bonito.
Eran calmados, suaves. Me gustaba verla coser porque podía mirar sus ojos tan
centrados en su labor y cuando se reía, mi padre decía que se tornaban más verdes
pero yo creo que, en realidad, se le veían pequeñas trazas de azul del exterior. Por eso
me regalaron los zafiros. Mamá decía que su madre y yo éramos las únicas capaces
de ver ese color en sus ojos.
Lucas cerró fuerte los brazos y pegó su cuerpo al suyo inclinando aún más la
cabeza y poder enterrar su rostro en su cuello.
—Yo recuerdo a tu madre de verla en vacaciones. Los veranos o las fiestas en
que nos enviaban a casa del colegio. —Le dio un pequeño beso sin mover su rostro
de donde lo tenía. Le gustaba la suavidad de su piel, su aroma absolutamente
evocador y ese suave calor que desprendía—. Recuerdo que siempre la veía con
vosotros o con tu padre en el pueblo. Siempre sonreía, siempre era amable. —Alzó el
rostro y frunció el ceño mirándola—. Acabo de recordar que fue de las pocas
personas que el día del entierro de mi padre me preguntó cómo estaba. No empezó a
decirme que desde ese momento era marqués, que debía hacer honor a las tradiciones
o cuidar de mi familia, ni tampoco expresó palabra alguna sobre la memoria de mi
padre, palabras vanas y falsas como la mayoría. En realidad, solo fue amable
conmigo. —Arrugó el ceño—. Curioso, nunca había pensado en ello.
—¿Por qué dices palabras vanas o falsas? No a todo el mundo le agradaría tu
padre, pero a otros seguro que sí.
Lucas sonrió de nuevo.
—Camile, mi padre era un hombre severo con los demás y, sin embargo,
autocomplaciente y disoluto como el que más. Era generoso consigo mismo, pero no
con el prójimo y menos con los suyos. No creo que hubiere muchas personas que le
llamaren amigo, de hecho, me sorprendería que hubiere alguna.
—¿No crees que ahora eres tú el severo? —preguntó con suavidad.
Lucas sonrió.
—Ni por asomo. Murió como vivió. Sin importarle nada ni nadie más que él
mismo. Regresaba de pasar la noche con alguna de sus muchas amantes. Era muy
egoísta.
Camile se tensó de inmediato y algo de ella protestó.
—Él sería severo, pero tú eres un hipócrita. —Dijo enfadada y removiéndose
para levantarse.
Lucas se desconcertó momentáneamente hasta que por fin fue consciente de lo
que ocurría y de su enorme torpeza. Cerró fuerte los brazos para evitar que se fuere.
—Camy, Camy, detente. —Decía intentando que dejare de intentar ponerse en
pie —. Detente, Camy. —Cuando por fin dejó de forcejear se inclinó para besarle la
frente pero ella se echó hacia atrás—. Camy, no tengo ninguna amante.
—Te vi, te vi con mis propios ojos y no me importa, es asunto tuyo, yo no soy
nadie para decir nada, pero no mientas. —Decía sin mirarlo.
—Camy. —Cerró fuerte un brazo en su cintura mientras con una mano la
obligaba a mirarlo—. Camy, he cometido errores imperdonables y ese, lo confieso, es
uno de ellos, pero no tengo amante, ya no. No has de creerme si no quieres, más, digo
la verdad. Y no digas que no eres nadie pues lo eres. —La miró con fijeza—. Lo eres
Camy. —Repitió tajante.
—Tengo que ir a ver a mi tía y hablar con el doctor. —Decía intentando
empujar sus brazos para abrírselos y liberarse—. Suéltame.
—Camy. —Abrió los brazos lentamente—. Camy por favor, mírame. —Intentó
ser suave y pareció funcionar porque ella lo miró sin levantarse aún—. No tengo
ninguna amante, no la tengo. —Camile se levantó lentamente pero él la tomó de la
mano y la detuvo cuando iba a echar a andar—. Camy, ¿me crees?
No lo miró solo suspiró y se encogió ligeramente de hombros antes de soltar su
mano y salir de la habitación.
Lucas suspiró:
—Un paso hacia delante, dos hacia atrás. —murmuró cerrando los ojos
dejándose caer pesadamente en el respaldo del sillón.
Una hora más tarde bajaba las enormes escaleras y llegaba a la zona donde
estaban los salones, vio al mayordomo.
—¿Puede decirme donde se encuentran las damas?
—Por supuesto, milord. Seguidme.
Lo guio hasta un salón. En él se hallaban Camile, una elegante dama, que
supuso sería la tía Hester, y el dichoso doctor que hasta que le vieron aparecer había
estado hablando sonriente con Camile. Ese hombre le desagradaba pensaba entrando
en la sala y caminando hacia ellos.
Camile, en cuanto lo vio, se levantó y se acercó hacia él y aunque aún no
sonreía de modo espontáneo al verlo como hacía con sus amigos, su familia y
especialmente sus hijos, se daba por satisfecho, de momento, con el hecho de que no
le mostrase un gesto adusto.
—Tía Hester, permite te presente. —Decía guiándolo hasta la dama—. Lord
Lucas Laydon, marqués de Galvert. —Sonrió a Lucas con mera cortesía mientras
añadía—. Ella es Lady Callinger, hermana de mi madre y la tía Hester de la que tanto
han oído hablar todos.
—Milady, un placer.
La saludó esbozando su más encantadora sonrisa al hacer la cortesía pero
enseguida supo que era una dama perspicaz no solo por cómo lo miraba sino por esa
sonrisa que delataba que no era una dama insulsa y carente de una inteligencia
incisiva.
—Milord. Mi sobrina me ha informado que nos acompañará hasta la llegada de
mi hijo y del resto de la familia, incluido esos dos trastos a los que he oído mencionar
a menudo.
Lucas ensanchó su sonrisa:
—Me temo que todo lo que haya escuchado decir de ellos es cierto, incluido su
increíble habilidad para meterse en líos. —La buena señora esbozó una sonrisa más
sincera que antes—. Espero que su estado de salud haya mejorado, al menos, las
noticias que recibíamos al respecto eran alentadoras en ese sentido. —
Añadió con cierta picardía.
La tía Hester sonrió señalando una chaise Lounge para que Camile y él tomaren
asiento.
—La edad no deja indiferente a nada ni a nadie y el paso de los años se deja
notar especialmente en el cuerpo, más, por fortuna y con orgullo puedo presumir de
ser un claro ejemplo de que hierba mala nunca muere.
Camile se rio suavemente habiendo tomado asiento a su lado: —No diga eso tía
Hester. —La miró alzando la ceja maliciosa—. Incluso la hierba mala ha de morir
algún día.
—Pequeña impertinente. —La señaló moviendo el dedo arriba y abajo—. Si no
fuera tu madrina te reprendería y negaría ser familia.
Camile la sonrió con inocencia:
—Negar nuestro parentesco nunca, más no recuerdo ni una sola ocasión en la
que se haya contenido de reprenderme.
—¡Aja! Sabía que tenías la vena peleona de tu sangre irlandesa. —Sonrió
orgullosa la anciana—. Más no debieres mostrarla delante de mí, jovencita. Nunca se
debe escoger como adversario a quién domina ese arte. —Camile sonrió asintiendo
en cómplice aceptación. La dama miró al doctor—. Bien, mi particular torturador
¿Cree que hoy podré acompañar el almuerzo con una copa de vino o aún tengo
prohibido todo aquello que hace la vida interesante para alguien de mi edad? —Miró
a Lucas—. Nada de licores, nada de dulces, nada de paseos por los jardines mientras
haga frío. Creo que los guardias de la Torre de Londres son más permisivos que el
doctor Gabrons.
Lucas sonrió y miró divertido a Camile que ponía los ojos en blanco: —No le
haga caso, doctor. Nunca le he visto beber más que alguna copa de champagne en
ocasiones excepcionales, apenas prueba el dulce y, que yo recuerde, no pasea por los
jardines hasta bien entrada la primavera.
—Ahh, pero basta que a una le digan que no debe hacer algo para que se
incentive considerablemente su ansia por hacerlo.
El doctor carraspeó:
—Bien, milady, en tal caso, no incentivaré tal ansia so pena de convertirme en
origen de su perdición.
Veamos, puede tomar una copa de vino al día, algo de dulce con moderación,
más, los paseos deberán esperar hasta que mejore el tiempo. Ahora que parece haber
recuperado la buena salud, no conviene arriesgarse por adelantar unos días sus
posibles paseos.
—Doctor, no se ofenda, más, creo que no echaré de menos sus visitas diarias.
—Decía la ajada dama sonriendo con picardía.
Lucas miraba al doctor al que de seguro él tampoco echaría de menos lo más
mínimo pues desde que se hubo sentado junto a Camile, les lanzaba disimuladas
miradas a ambos como si calibrase el grado de intimidad existente entre ellos y por
poco mundo que tuviere, sabría que él y Camile no se comportaban como un
matrimonio cercano o cómplice, aún, pensó seriamente, aún no.
—De cualquier modo, —Añadió la tía Hester—, recuerde su promesa de venir
a cenar con toda la familia en cuanto lleguen. De seguro querrán conocerle.
Lucas notó que le lanzaba una pequeña y rápida mirada de advertencia a él,
como si ese comentario no estuviere destinado a nadie más que a él. Sí, pensó, desde
luego era una dama, muy, muy perspicaz.
—La recordaré, milady. Debiere marchar ya o acabaré recorriendo los caminos
nevados justo cuando comience la tormenta. —Se puso de pie lo que rápidamente
imitaron él y Camile—. Si me disculpan.
Hizo la cortesía pero antes de que se moviere la anciana señora se apresuró a
decir —Camy, acompaña al buen doctor a la puerta mientras permito a tu encantador
esposo servirse una copa de licor y a mí un poco de zumo de grosellas y esperamos el
almuerzo.
Camile asintió y aceptó el brazo que el doctor le ofrecía para salir y, en cuanto
cruzaron la puerta, Lucas sonrió a la anciana antes de dirigirse al mueble de las
bebidas y servir un jerez para él y el zumo para la dama que, de inmediato, le entregó
antes de tomar asiento.
—Bien, milord ¿algo que revelar ahora que no hay ojos ni oídos pendientes?
—Le preguntó alzando la ceja.
Lucas sonrió:
—Depende de lo que esperéis que contenga mi supuesta revelación, milady.
La dama se rio:
—No sois estúpido, eso es innegable, más, tampoco demasiado inteligente si
sois tan inconsciente de correr el riesgo de perder a quien podríais tener en vuestra
vida. La inconsciencia, en ocasiones, es buena compañera, milord, pues nos ayuda a
no vivir con los aspectos negativos de la vida, o por lo menos ayuda a relativizarlos,
sin embargo, deja de ser una buena compañera cuando nos lleva a perder algo o
alguien como Camy, especialmente cuando teniéndola a vuestro alcance la
despreciáis.
Lucas entrecerró los ojos:
—¿Puedo preguntar qué es lo que Camile le ha contado de mí?
—Podéis, milord, pero siento informaros que Camile no os ha mencionado ni
una sola vez desde que llegó, lo que, sin duda, a mis ojos y a los de cualquiera que la
conozca, significa que no sois bueno con ella. —
Lucas arrugó la frente sosteniéndole la mirada a la anciana—. Más, si bien ella
no me ha hablado de vos, sí, en cambio, mis sobrinas que, no por menos, estaban
preocupadas por su hermana.
Lucas se mordió la lengua para preguntar exactamente qué le habían contado y
con ello hasta qué punto conocían las hermanas de Camile la clase de vida y de
matrimonio que él le había impuesto —Hacéis bien en no molestaros en disculpar
vuestro comportamiento ni en buscar excusas vacías por el trato dado a mi sobrina,
especialmente conmigo. De todos es conocido que, siento una especial debilidad por
ella. Los hijos de mi hermana Cressi casi los he sentido como hijos propios, pero
Camile era especial porque era, y es, igual a mi hermana. Se parece físicamente a su
abuelo paterno, sin embargo, todo en ella es de mi hermana. Su carácter, su corazón,
su forma de pensar y conducirse y si vos, milord, despreciáis a Camile, es que sois
tan ciego como inconsciente. —Lucas guardó silencio unos segundos—.
Pero no debiereis olvidar dos cosas. La primera, que todo error en esta vida
puede corregirse, en uno u otro sentido, y es posible que la solución al error que
cometéis no venga de vuestra mano, sino de la de otros. Siendo éstos, personas que
quieren y estiman a Camile en su justa medida y que tienen la posición, influencia y
fortuna para corregir ese error a voluntad. —<< vaya>>, pensó Lucas, << la dama no
solo no se anda por las ramas sino que cuando amenaza no lo hace en vano>>—.
Pero hay una segunda cosa a tener muy, pero que muy presente, milord. Camile es
honrada hasta la médula, recta y hace honor a la palabra dada, sin mencionar que esa
especie de reserva y timidez le impiden comprender que, con los años, se ha
convertido en una joven cuyas aptitudes y cualidades son estimadas más allá de su
familia.
Quizás ella no sea capaz de ver cuándo es objeto de atención en otros, más, no
creo que eso ocurra con los que estamos cerca de Camile, ¿no es cierto? —Lo miró
alzando la ceja sabiendo que él había captado muy bien las miradas del doctor y que
incluso le habían molestado—. Tarde o temprano la falta de atención de quién debiere
prestársela, puede hacerle apreciar las de quién sí está dispuesto a brindársela y su
familia, milord, no le impedirá obtener dichas atenciones si es lo que ella desea, y si
para eso es necesario poner fin al error anterior, esa familia moverá Cielo y Tierra
para lograrlo.
Lucas se enderezó:
—Acepto las críticas y las advertencias en su justa medida, milady, pues
confieso las merezco. Más, aceptando eso, el error del que habláis no es el mismo que
yo juzgo existía, pues si pretendéis creer que el mismo es mi matrimonio y que, por lo
tanto, este puede desaparecer por la voluntad de su familia, no lamento informarles
que eso no ocurrirá jamás. No permitiré que nadie me separe a mí o a mis hijos de mi
esposa. Corregir mi comportamiento es una cosa, corregir mi matrimonio otra muy
distinta. Esto último no ocurrirá y me enfrentaré a cualquiera que pretenda tal cosa.
La anciana sonrió:
— ¡Bravo, milord! ¡Bravo! Por lo que parece por fin ha comprendido lo que
perdería.
Lucas se sonrojó ligeramente al saberse cayendo en la trampa de la dama que si
bien le había amenazado o advertido también parecía haber sido capaz no solo de
lograr hacerle reconocer sus intenciones sino, además, admitir que pelearía para
lograrlas… aún se sentía un poco azorado cuando regresó Camile. Se levantó por
cortesía pero caminó hacia la bandeja de bebidas y le sirvió una copa de jerez, pero
antes de girar miró de refilón y vio a la tía Hester negando con la cabeza
disimuladamente. Se tragó una sonrisa mientras servía un vaso de ese zumo de
grosellas y al regresar se lo ofreció a Camile a la que supo tanto asombrada como
impresionada pues apenas balbuceó un gracias mientras él le lanzaba el suyo a la tía
Hester con una simple mirada.
—El doctor tiene razón en creer que hoy habrá tormenta, tía. —Dijo entonces
Camile—. Creo que deberías quedarte hoy en el salón de arriba y cuando vengan la
señora Turner y Lady Osbyrne a visitarte, Devon debiere acompañarles allí.
La tía frunció el ceño:
—Aunque el trayecto desde Clairbosbyrne sea corto, quizás debiéremos enviar
una misiva y postergar la visita a mañana, si quedaren atrapadas en la nieve sería
engorroso su regreso a casa.
Camile asintió, se levantó y tomó de un escritorio un pequeño porfolio y una
pluma antes de volver a su asiento
—¿Las invito a venir mañana a la misma hora si el tiempo ha mejorado?
Su tía asintió y esperó que terminare y que le diere la nota a Devon que anunció
el almuerzo enseguida.
Lucas las guio hasta el comedor donde Camile procuró ponerle un poco al día
de las personas que vivían en las fincas de los alrededores. Tras el almuerzo y
mientras él tomaba el oporto Camile acompañó a su tía al salón de arriba para que se
acomodare en su salita preferida y después bajó a atender a Lucas. En el almuerzo,
Lucas había tomado la resolución de encontrar, pronto, algún momento para hablar
con Camile o para hallar el modo de hacerla comer más, apenas si hubo tocado la
comida y aunque no de un modo excesivo, estaba más delgada que cuando se marchó
unas semanas antes.
Al llegar al salón donde ella había regresado, se la encontró con los dos
animalitos de Viola y Samuel en el regazo. Cerró la puerta al entrar quedándose a
solas con ella sin que Camile se diere cuenta. Se sentó junto a ella en el sofá que
ocupaba lo que la sorprendió pues lo miró extrañada.
—Reconozco que no me imaginaba exactamente así a tu tía. —Decía
acomodándose relajadamente en el sofá y pasando un brazo por el respaldo tras ella.
Camile lo miró sin dejar de acariciar al pequeño conejo:
—¿Cómo si no?
Lucas sonrió:
—No lo sé, pero no así. Me confieso sorprendido.
—¿Para bien o para mal?
—Para bien. —Sonrió—. Me ha caído en gracia.
Camile levantó el rostro e iba a hacer un comentario, pero él bajó el brazo del
respaldo rodeando su cintura y, dando un pequeño tirón, la acomodó en su costado sin
darle tiempo a reaccionar.
—Para. —Se quejó al verse dentro de su abrazo.
—Camy, hace frío y quiero tenerte cerca. —La sonrió pícaro y seductor—.
Además, así estarás más cómoda.
Solo relájate.
La colocó bien en su costado y la instó a acomodar la cabeza en el hueco de su
hombro pues cerró con suavidad el brazo empujándola ligeramente hacia él. Con la
otra mano tomó a Dina y la sentó en su propio regazo lo que no debió molestarla pues
se hizo un ovillo y simplemente cerró los ojos.
—Creo que Dina no es tan reacia como tú a que le haga de cómoda almohada.
Camile se rio suavemente:
—Después de haberla llevado en una cesta día y medio creo que se conforma
con poco.
—Eso es una crueldad. —Inclinó la cabeza y la besó en la sien—. Pero te
perdono porque eres una adorable fuente de calor.
—Cuán generoso. —Murmuró pero no se movió, se quedó acomodada en su
abrazo—. Creo que subiré a echarme un rato. —Dijo sin moverse—. Me duele un
poco la cabeza.
—Cierra los ojos. Prometo no quejarme ni ofenderme si te quedas dormida. De
hecho, yo mismo necesito dormir.
—¿No pretenderás que nos durmamos aquí? ¿Y si entrase alguien? ¿Qué
pensaría?
Lucas sonrió posando los labios en su sien:
—Pues lo más probable es que piensen que soy un marido tan aburrido que solo
consigo hacernos dormir a ambos. —Camile se rio aunque intento tapar su risa
ocultando el rostro en su pecho—. Mi autoestima no se siente resentida por tu falta de
negación. —dijo con un tono de falsa ironía.
—Bueno, no es de seres racionales ni prudentes negar la verdad.
—Y de nuevo eres cruel. —Suspiró tras darle otro beso en la sien. Miró el
respaldo del sillón donde había doblada una manta de terciopelo—. ¿Tienes frío?
Camile asintió:
—Esta casa es muy bonita y en primavera y verano es muy agradable, pero
siempre he creído que es muy fría en invierno.
Lucas estiró el brazo y alcanzó la manta y con ella cubrió el regazo de ambos.
—Cierra los ojos Camy, descansa un rato.
Tras un par de minutos preguntó:
—¿De verdad los niños están bien?
Lucas se reclinó un poco más y la acomodó mejor en sus brazos antes de posar
los labios en su frente y acariciársela lentamente.
—Te añoran. Cuentan las horas hasta volver a verte.
La escuchó suspirar ligeramente:
—Los echo de menos. —Murmuró—. Me gusta escuchar sus pasos por los
pasillos y sus voces mientras hablan desordenadamente. Echo de menos las extrañas
preguntas de Samuel y ver en los ojos de Viola como medita una idea hasta el
momento mismo en que sabes que ha llegado a una conclusión por la expresión de
confianza que adopta. Pero, sobre todo, echo de menos darles las buenas noches. Me
gusta darles las buenas noches y que me sonsaquen alguna promesa en ese momento
en que saben que soy más permisiva.
Lucas cerró un poco los brazos y la encajó mejor en su costado: —¿Por qué no
dejas que te llamen mamá? Te quieren como a tal y te ven como su madre. —Se
sorprendió a sí mismo haciendo la pregunta.
Camile se incorporó y lo miró frunciendo el ceño:
—Creí que eras tú el que les había dicho que no me llamaren así.
Lucas arrugó la frente:
—Yo no he hecho tal cosa. No me parecía bien imponérselo cuando nos
casamos para no forzarlos a quererte, por eso nunca lo mencioné delante de ellos,
más, puedo asegurarte que, de mí, no ha salido que no lo hagan, especialmente
porque creo que se contienen con esfuerzo para no llamarte mamá.
—Pues yo nunca les he dicho ni insinuado que no me llamen así. Me extrañaba
que llamaren a su abuela lady Lucila y pensé que en tu familia no os gustaban ciertas
familiaridades, pero ellos te llamaban papá así que no sabía qué pensar.
Lucas la volvió a acomodar en sus brazos:
—Respecto a mi madre, no creo que yo haya llamado a mis padres de modos
más cariñosos que padre o madre o milord o milady, de manera que, supongo, asumí
que no debía esperar mayor concesión con mis hijos que conmigo respecto a mi
madre. Pero no impediría nunca que te llamaren mamá, no si no te molesta.
—Me gustaría que me llamaren mamá. —Dijo en un susurro casi inaudible—.
Son mis niños.
Tras unos segundos Lucas se levantó dejando al cachorro con cuidado en el
regazo de Camile que lo miró desconcertada y sin mediar palabra fue a la puerta y
echó el pestillo. Ella lo miraba con los ojos abiertos mientras regresaba a su lado. Se
quedó de pie frente a ella unos segundos mirándola fijamente con una extraña mirada
que no sabía interpretar. Se inclinó ligeramente y tomó de su regazo los dos
animalitos que depositó en un sillón cercano con cuidado y después volvió a ponerse
frente a ella. Abrió la mano.
—Ven. —Dijo serio.
Camile miró dubitativa la mano pero finalmente depositó la suya dentro de la
misma y dejó que la ayudase a levantarse. Una vez frente a frente, Lucas se acercó y
le tomó el rostro entre las manos echándoselo un poco hacia atrás para poder mirarlo.
Con los pulgares dibujó las líneas bajo sus ojos: —¿Desde cuando tienes esos dolores
de cabeza?
De nuevo la desconcertó pues frunció el ceño:
—No lo sé, unos días.
—¿Y el buen doctor no te ha recomendado nada?
—No, no es necesario, solo, solo son leves dolores de cabeza.
Lucas la observó unos segundos sin dejar de acariciarle el rostro.
—Has de descansar.
Bajó las manos acariciándole el cuello, los hombros y los brazos hasta llegar a
sus manos. Tomó una de ellas y caminó hacia atrás unos pasos hasta que sus piernas
chocaron con el sofá. Se sentó sin soltar su mano y comenzó a tumbarse tirando de
ella que, sin habérselo esperado, cayó sobre él. Debía ser lo que él quería, pensó ella
antes incluso de protestar, pues enseguida la acomodó bien en su costado
manteniéndola abrazada.
—Voy a asegurarme de que duermas tranquila y cómoda, sin que nada ni nadie
te moleste.
Camile alzó el rostro y con una mano en su pecho se incorporó un poco.
—Pero, pero. —Lo miraba confundida—. Esto no, no…
—Ni una palabra. —La hizo acomodar la cabeza en su pecho —. Por una vez
deja que sea yo el que cuide de ti. —Estiró el brazo y tomó la manta que había
quedado en el suelo y los cubrió con ella. Al cabo de un par de minutos encerró la
mano que ella tenía en su pecho en la suya—. Camy, si cierras los ojos será más fácil
que te acabes durmiendo.
—Es que no puedo.
—¿No estás cómoda? ¿Tienes frío?
—No es eso. —Murmuró.
—¿Entonces? —Preguntó con suavidad. Camile permaneció callada unos
minutos—. ¿Camy?
La escuchó suspirar.
—Ya cierro los ojos.
Lucas sonrió.
—Eres más terca que una mula, Camy.
—Me habría conformado con que me llamases obstinada.
Lucas se rio.
—Está bien, eres una mula terca y obstinada.
—Muy galante. —se quejó aunque Lucas la sabía sonriendo.
—Camy, cierra los ojos y guarda silencio que empiezas a parecerte a Samuel.
Camile se rio.
—No es tan parlanchín, solo cuando está nervioso.
—O cuando hace una trastada o cuando planea una o cuando quiere pedir algo
o cuando no quiere hacer algo.
Camile se reía.
—Bien, bien, es parlanchín, pero es un adorable parlanchín.
—Lo es, no puedo negarlo. Pero el muy pillo lo sabe y se aprovecha de ello.
—A mí me parece muy tierno sobre todo cuando se balancea de un pie a otro y
balbucea hasta recordar exactamente lo que quería decir.
Lucas sonrió:
—Camy, cierra los ojos, parlanchina.
—Eres tú el que no para de hablar. —Le reprendió.
—En ese caso, ambos guardaremos silencio y cerraremos los ojos.
Cerró los brazos y la acomodó mejor para que quedare con la cabeza en su
hombro. Miró por la ventana mientras la escuchaba respirar suavemente. Empezaba a
nevar copiosamente y era probable que esa nevada, en menos de una hora, se
convirtiere en una tormenta —No te preocupes. —Dijo Camile—. Las tormentas de
nieve del valle no llegan a Dublín y por tanto tampoco al mar.
Lucas sonrió sin dejar de mirar la ventana.
—Ante todo debieras estar dormida, más, como parece carezco de autoridad
alguna y, además, pareces empeñada en rebelarte, dime ¿Cómo sabías lo que estaba
pensando?
—No lo sabía pero era lo que pensaba yo.
—Realmente quieres mucho a Samuel y Viola ¿verdad?
—Son mis niños. —Respondió con sinceridad Lucas giró la cabeza y acarició
su frente con la nariz antes de posar los labios en ella.
—Lo son, sí que lo son. —Inspiró su aroma—. Te quieren más a ti que a mí y,
extrañamente, no me molesta no solo que sea cierto sino tampoco saberlo.
—No es verdad. Samuel quiere ser como su padre y Viola solo desea pasar
tiempo con su perfecto padre.
—Umm interesante, así que soy perfecto.
Camile suspiró en claro reproche:
—Tampoco tiene tanto mérito resultar el caballero de brillante armadura de una
niña de seis años que, además, se ve reflejada en él. Los mismos ojos, la misma
sonrisa…
—¿Viola se parece a mí? —preguntó de pronto emocionado ante el
descubrimiento.
—Tiene los mismos ojos y los mismos gestos y cuando se enfada refunfuña del
mismo modo, además, piensa igual. Hilvana las ideas de la misma manera, medita y
cuando lo hace parece que sopesa pros y contras, pone el mismo gesto e incluso se
puede saber cuándo ha llegado a una conclusión, el instante preciso. Haces lo mismo
cuando hablas con algunos caballeros de política y creo que algunos de los que más te
conocen notan el cambio exacto en tu rostro, por eso saben cuándo han de rebatirte o
distraerte antes de que obtengas la idea final, porque cuando la tienes eres demasiado
tenaz persiguiéndola, igual que Viola.
—Aunque suene arrogante y engreído, me gusta saber que Viola se parece a mí.
<<Y que hayas notado todo eso de mí>>, pensó, sorprendido, para sí.
—Samuel parece una copia en pequeño pero solo físicamente. No tanto en su
carácter pues es listo como una ardillita pero también encantador, risueño y soñador.
—Vaya, menuda forma de decir que no soy ni encantador, ni risueño ni
soñador. —Sonreía manteniendo aún sus labios en su piel.
—Bien, bueno, hay que ser sinceros.
—Eso es una impertinencia, además de una crueldad, que lo sepas. —Se rio
suavemente.
—Oh pero si lo sé.
—Camy, no me obligues a darte azotes. —Se reía—. Debieres ser más
considerada con una almohada competente y cómoda.
—¿Competente? Si no paras de hablar.
—Camy, por enésima vez, cierra los ojos y calla. —Se reía sobre la piel de su
frente.
Al cabo de un rato en que permanecieron callados, Lucas sopesó los posibles
progresos y era evidente que debía haberlos hecho si había conseguido que ella
aceptase quedarse relajada, en sus brazos y sin nada más que hacer para distraerla que
él mismo. Pero al mismo tiempo, reconocía la verdad de las palabras que semanas
atrás le hubo dicho a Thomas y Marcus sobre que cada vez que pasaba tiempo con
ella, no sabía si él conseguía ganársela, pero que estaba seguro que ella se lo ganaba a
él. Le gustaba la mente de Camile, su encantadora forma de relacionarse con los
demás y esa manera tan suave de meterse dentro de uno. Tenía un corazón demasiado
bueno para no notársele y quería a sus hijos tanto como ellos a ella. Y tenía que
reconocerlo, le agradaba notarla cerca, le gustaba… al menos podía ser sincero
consigo mismo. Le gustaba como mujer, esa mirada sincera, esa espesa melena y el
aroma y suavidad de su piel lo excitaban, no podía negar las evidencias. Cada vez que
inhalaba su aroma y rozaba su piel, se sabía enfebrecido y endurecido lo que era del
todo sorprendente pues el mero roce de la piel de una mujer no solía provocar tan
inmediato y exaltado efecto en él, no, al menos, sin juegos preliminares.
—¿Camy? —Susurró —¿Estás dormida?
—No, solo atolondrada.
Lucas se rio:
—¿De veras? ¿Atolondrada?
La escuchó suspirar. Lucas giró hacia el respaldo, quedando de costado con ella
tumbada ligeramente bajo su cuerpo. Le acarició el rostro con los nudillos
consiguiendo que se ruborizase hasta límites inimaginables lo que le enterneció y
excitó al mismo tiempo —Camy. —Decía inclinándose lentamente—. Cuando dije
que quería ser bueno para ti, un buen marido y el hombre que deseas, hay una cosa
que no he dicho. —Le acarició la mejilla con los labios—. Y es que también quiero
ser el hombre que quieras, que te haga feliz.
Le rozó los labios con los suyos notando un ligero temblor en ellos y un leve
jadeo. Se los acarició con ternura y poco a poco fue presionándolos hasta besarla,
lenta y suavemente, dándole tiempo para rechazarle. Pero no lo hizo, más al
contrario, respondió, con cierta inocencia e inexperiencia, pero también con
curiosidad, no de un modo pasivo o dejándole a él actuar sin más. La fue instando a
abrir los labios y en cuanto lo hizo ligeramente abordó sin compasión esa boca dulce,
suave y receptiva. El beso no tardó en tornarse pasional, intenso y Dios sabe que
mucho más que algo inocente. Profundizó el beso más allá de lo que creyó posible
pues no solo la besó con los labios sino que cernió su cuerpo al de ella, la rodeó por
completo y la acomodó para notar cada una de sus suaves curvas contra su duro
cuerpo, bajo sus manos, bajo todo él. Cuando le rodeó el cuello con los brazos casi
por inercia, casi sin que fuere su voluntad la que la guiase, se supo perdido e imbuido
en una lujuria y una pasión que no creería real si no la estuviere sintiendo en esos
momentos. Gimió en sus labios y eso lo hizo gruñir. Tenía que suavizar aquella
especie de espiral descontrolada o acabaría arrancándole la ropa y tomándola en ese
sofá y no podía hacerle eso, no a Camile, no a ella. Poco a poco fue suavizando
aquéllos besos que le estaban haciendo perder algo más que el control. Diablos…
pensaba interrumpiéndolo. Le dio un ligero mordisco a su labio inferior y se lo
acarició con la lengua. Era tan sabrosa como deliciosa, aquél beso había sido, había
sido, la observó mientras ella iba poco a poco abriendo los ojos. << Dios mío>>
pensó cuando esos aturdidos y velados ojos lo miraron desorientados, << Dios mío>>
ni un ejército le impediría besarla. De nuevo abordó su boca, su sabrosísima boca. Se
supo mareado, con la cabeza dándole vueltas.
Incapaz de dejar de besarla, incapaz de dejar de sentir cómo ella le respondía de
un modo entregado, pasional, sincero. Incapaz de dejar de ser besado por ella. Se
supo gimiendo de puro gozo e incluso rozando sus caderas con ella para sentirla más
y más. ¡Por Dios bendito! Pensaba alzando ligeramente el rostro jadeante,
absolutamente embriagado por la esencia de esa mujer. Ni siquiera era capaz de dejar
de tocarla pues se sabía acariciándole el rostro como un sediento que bebe de la más
pura y fresca de las aguas.
—Camy. —Susurró mirándose el uno al otro.
Ambos aturdidos, ambos embriagados, ambos desconcertados ante el hecho
difícil de ocultar de que ese beso era más, mucho más de lo que cualquiera de los dos
hubiere pensado, hubiere siquiera imaginado.
—Camy. —Repitió intentando creer lo que había sucedido.
Se inclinó para besar su frente pero de nuevo era incapaz de dejar de rozar su
piel. Besó su frente, sus mejillas, le acariciaba el rostro con las manos, con los labios.
Descendió a su cuello notando sus suaves dedos acariciando su nuca en una caricia
tierna que empezaba a hacer estragos en todo su cuerpo pues sentía el tacto de esos
sedosos dedos en cada poro de su piel. Posó su rostro y sus labios en su cuello e
inhaló su aroma.
—Dios Camy, qué bien huele tu piel. Adoro tu aroma.
Se le escapó de los labios casi sin pensar y de pronto no le importó mostrarse
tan tonto, no le importó, solo quería seguir teniéndola entre sus brazos y notar su olor,
su calor, esa tersa piel a su alcance. La escuchó emitir un suave sonido a medio
camino de un jadeo cuando le lamió con intencionada lentitud la piel del hueco de su
hombro. Sonrió sin separar sus labios.
—Eres deliciosa. —Murmuró sintiéndola casi adormecida bajo sus caricias.
De nuevo acarició, en un lento sendero hasta su rostro, la piel de su cuello, su
mandíbula y esas mejillas antes de posar sus labios en los de ella paladeándolos,
disfrutando de ellos, de esa lengua curiosa y ávida de aprender.
El tiempo nuevamente se paró, todo a su alrededor desapareció, o eso le pareció
a Camile. Esos labios, ese cálido aliento en su piel, en sus labios, en su boca. << Dios
Bendito. ¿Esto lo consigue un beso? >> pensaba con el cuerpo absolutamente perdido
en un mar de emociones, en una marea de desbocadas sensaciones todas
desconocidas, todas descontroladas. Gimió por enésima vez en su boca cerrando los
brazos en su cuello. Si esto era lo que lograba un beso entendía por qué las mujeres
perdían algo más que la cabeza bajo las manos expertas de hombres como él pues su
cabeza iba en una dirección y su cuerpo en otro distinto negándose a obedecer
mandato alguno de su cerebro. Para cuando de nuevo él interrumpió lentamente el
beso, Camile no tenía idea de qué hora era o de si el mundo había dejado de existir, y
lo más preocupante, no le importaba lo más mínimo. Abrió los ojos con esfuerzo pues
notaba sus párpados pesados, gloriosamente cansados… y esas manos, esas manos
que le acariciaban…
—Camy.
La miraba con esos ojos azules, tan azules como un lago bajo la clara luz del sol
de verano.
—Creo que necesito que me dejes dormir un rato contigo en mis brazos.
Enrojeció de puro placer ante aquélla inusitada petición. Solo asintió, como si
fuere una boba adolescente enamorada, solo asintió incapaz de reaccionar, incapaz de
decir palabra alguna. Le sonrió de un modo que casi suspira como esa boba en la que
sentía se había convertido. La besó ligeramente en los labios antes de moverse
sutilmente para hacer algo que la sorprendió más si cabía. Apoyó su rostro en su
pecho y la rodeó con los brazos por la cintura y el costado quedando parcialmente
sobre ella en una postura relajada y francamente cómoda, pensaba algo
desconcertada. Aún incapaz de reaccionar, casi se queda sin aliento cuando tomó su
mano y entrelazó sus dedos con los suyos antes de apoyarlas en su cintura tras besar
sus nudillos. Miró la ventana caía una densa capa de nieve que impedía ver nada más
allá de la misma.
—Camy. —Murmuró sin moverse—. Creo que por fin mi cuerpo empieza a
notar el cansancio del viaje, y confieso que me encuentro en la gloria contigo. Es
demasiado tentador no dejarme vencer por el sueño y dormir con tu adorable cuerpo
acunándome.
Camile se rio.
—En realidad no me has convertido en tu cuna sino en una almohada. Has
invertido los papeles. — Suspiró—. Me reitero en lo anterior. Eres una pésima
almohada.
Lucas se rio.
—Milady, empieza a parecerse a esta pésima almohada, si no guarda silencio y
permanece en adorable estado de relajación, me veré obligado a calificarle también de
ese modo.
Camile suspiró.
—Bien, guardaré sumiso silencio más no creo que sea justo.
Lucas alzó rápidamente el rostro para besarle el cuello y volvió a acomodarse.
—Tomo nota de su reproche y de la injusticia reseñada, milady. Ahora guarde
silencio.
Camile resopló pero se quedó en cómoda relajación. Era agradable notar su
fuerte cuerpo rodeándola y también sentir la calidez de su piel entre sus dedos. Se
adormeció y lo supo dormido a los pocos minutos.
Si alguien le hubiere predicho esa mañana que se encontraría con él en tal
posición horas más tarde le habría llamado loco, especialmente porque no se sentía
incómoda, violenta ni siquiera que fuere incorrecto hallarse donde se hallaba en esos
instantes. No tardó mucho en enredar los dedos de su mano libre en su cabello y
acariciárselo distraídamente, jugando con las ligeras ondulaciones de sus hebras.
Tenía el cabello suave y agradable, más grueso que el de Samuel pero de
idéntica tonalidad, oscura y brillante.
Al cabo de algo más de una hora en la que había permanecido en silencio,
relajada y en la más de las veces con los ojos cerrados lo escuchó decir sin moverse.
—Camy, a partir de ahora tienes que dejarme dormir contigo. —La sorprendió
—¿Qué?
Casi salta del sofá y si él no permaneciere sobre ella lo habría hecho.
Lucas alzó el rostro colocándolo a la misma altura que el de ella y la sonrió con
cierta picardía y con una inocencia asombrosa, como si hubiere dicho la cosa más
normal del mundo.
—Cariño, eres una almohada francamente magnífica.
No entendía cómo lo lograba pero aquello la hizo reír.
—No sé si debiera ofenderme o sentirme complacida ante semejante…
¿halago? Ni siquiera sé cómo calificarlo.
Lucas de nuevo sonrió con inocencia.
—Halago, muestra de cierta pleitesía, una lisonja merecida. Puedes considerarla
del modo que más te complazca, pero, solo si consigo que aceptes.
Camile entrecerró los ojos pero se sabía ruborizada. Lucas se inclinó y la besó y
lo que pretendía ser un beso tierno poco tardó en convertirse en algo más pasional,
carnal, pleno. Lucas gimió antes de alzar el rostro.
—Demonios, Camy ¿cómo logras que pierda el sentido? —Ella abrió los ojos
de golpe asombrada. Lucas sonrió negando con la cabeza—. Creo que eres una mala
influencia para un canalla abocado a la perdición. —De nuevo no supo cómo lo
lograba pero no pudo evitar reírse. Lucas enterró el rostro en su cuello mientras ella
aún se reía—. ¿Ves? Una mala influencia. Quiero devorarte entera. —Decía dándole
pequeños mordiscos y caricias.
Notó, más que oyó, el suspiro de ella. La encerró en sus brazos y ella lo rodeó
por el cuello, manteniéndola así un buen rato. Sin saber de dónde o porque nacía ese
deseo y esa necesidad de tenerla con él. La mantuvo abrazada hasta que a lo lejos
sonó un reloj de pared. La besó en el cuello antes de aflojar su abrazo y mirarla.
—Supongo que deberé dejarte libre antes de que tu tía haga tirar esa puerta
reclamando tu presencia.
Ella suspiró soñadora, gesto involuntario que empezaba a adorar como una
parte de ella muy significativa.
—Supongo que sería mejor subir a cambiarme y acompañarla en su té.
—Suspiró —. Tú deberías subir y descansar un poco antes de la cena. —Le tocó con
las yemas del índice bajo los ojos—. Aún pareces cansado.
Lucas sonrió como un pirata.
—Me gusta que me tutees, Camy. —Ella frunció el ceño comprendiendo que
llevaba rato haciéndolo sin darse cuenta—. Aunque suene absurdo pero sentía ciertos
celos de Sam y Viola cuando te ponías a hablarles cariñosa y también cuando
bromeabas con Marcus y Thomas, de hecho en un par de ocasiones tuve deseos de
pegarles un puñetazo por coquetear contigo.
—No hacían eso. —Protestó—. Nunca coquetearon conmigo.
—Lo hacían, cariño. Te sonreían como si fueras un pastelito a punto de ser
devorado y te lanzaban miradas seductoras cuando bromeaban contigo.
Camile resopló:
—Nunca hicieron tales cosas. —Le dio un golpe en el hombro—. Un pastelito,
miradas seductoras. —
Resopló—. Nunca han hecho nada parecido.
Lo miró reprochándole su estupidez y él estalló en carcajadas.
—Lo hicieron. —Decía enderezándose y ayudándola a sentarse a su lado—.
Pero eres demasiado buena e inocente para darte cuenta.
—Qué tontería.— volvió a quejarse—. Además. —De pronto se quedó callada
y abrió mucho los ojos—. ¿Me, me, me has llamado cariño? —preguntó de pronto
asombrada.
Lucas cayó entonces en la cuenta de que lo había hecho y sonrió sabiendo que
le gustaba.
<< Interesante>>, pensó para sus adentros.
—¿Te molesta que así sea?
—No, sí, umm, no sé. —Murmuró desorientada y de pronto nerviosa—. Umm,
debiéramos subir. —Intentó cambiar de tema.
Lucas se puso en pie y tiró de ella abrazándola de inmediato. La besó en la
cabeza.
—Una nueva proposición. Si te llamo cariño o de cualquier otro modo y te
moleste puedes tirarme algo a la cabeza. Si veo que no vuelan objetos hacia mí en
más ocasiones de las que sí, consideraré que me das permiso a llamarte así en la
mayoría de las ocasiones.
Camile se rio con el rostro apoyado en su pecho. Realmente tenía un sentido del
humor pícaro y encantador. Pensaba aun sonriendo.
—Debería darte vergüenza, llevarme por la senda de la violencia y la
agresividad gratuita. Me temo que deberé llevar objetos pesados en mi bolso para
poder encontrarme con la debida munición de ahora en adelante.
Lucas se reía rompiendo el abrazo y tomándole la mano antes de girar y echar a
andar llevándola consigo hacia la puerta.
—Si no fuera porque te creo capaz y tan previsora de llevar bien pertrechado tu
bolso, consideraría que amenazas en balde, más, ahora, creo que tendré en cuenta tu
bien aprovisionado bolso antes de provocar tus idus.
—Harías bien. —Sonrió dejándose llevar fuera del salón camino de las
escaleras. Miró sus manos entrelazadas y cómo caminaban como dos jovenzuelos en
medio del campo—. Umm, ¿Lucas?
Mantenía aún sus ojos en sus manos aunque no se detuvo. Lucas la miró y
después siguió la dirección de sus ojos. Sonrió.
—Cielo, estamos casados, no creo que provoquemos un escándalo entre el
personal de la casa.
Seguía caminando en relajado andar sin detenerse y, desde luego, sin intención
alguna de soltarla. Había descubierto lo mucho que le gustaba no solo tenerla cerca
sino su contacto y no veía motivo alguno para privarse de ese placer. Camile, ya en lo
alto de la escalera, iba a separar sus manos para tomar cada uno el camino de su
habitación, pero él cerró los dedos y la miró fijamente.
—He de dejarte sana y salva en tu habitación— << y de paso averiguar dónde
se encuentra>>, pensaba sonriendo como un canalla seductor y sugerente.
Camile entrecerró los ojos.
—¿Sana y salva? ¿Crees que me veré atacada por el espejo del pasillo o quizás
por el retrato de mi abuelo?
Lucas estalló en carcajadas.
—Bien, como no conocí a tu abuelo, me temo que no puedo contestar con
suficientes datos sobre la fiereza del caballero, o de su retrato. —Sonrió truhan.
Camile sonrió involuntariamente negando con la cabeza.
—Está bien, pero después te marchas a descansar, si te caes en el plato de sopa,
morirás ahogado porque no pienso rescatarte.
Lucas se rio.
—Sería una muerte de lo menos honrosa, al menos dime que el caldo no es de
gallina, sería de un simbolismo nada noble.
Camile sonrió con malicia.
—Pues ahora que lo dices, creo que a la salud de mi tía no le vendría mal un
reconstituyente caldo de gallina para la cena.
Lucas tiró de ella con suavidad dándole un rápido beso.
—Tienes una peligrosa vena maliciosa. —Echó a andar por el corredor
contrario al suyo suponiendo que era donde se hallaba el dormitorio de Camile—.
Belicosa, armada y maliciosa, menudo ejemplar de dama modosa y tímida estás tú
hecha. —La miraba con la ceja alzada y sonriendo bromista.
—Me temo que son las circunstancias las que me obligan a adaptar mi carácter
y conducta.
—Excusas, excusas.
Llegaron a un pasillo presidido por un enorme retrato de un caballero en una
escena ecuestre. Se paró sin soltarla.
—¿Puedo suponer que este es el peligroso abuelo?
—Peligroso no ha salido de mis labios, de hecho, aunque conservo pocos
recuerdos de él, a mi entender debía ser muy tranquilo pues casi todo lo que recuerdo
lo asocio con su pipa, con verle sentado en un enorme sillón de cuero leyendo libros o
jugando al ajedrez. Además, se parecía a mi madre, así que sería de carácter
templado.
Lucas estalló en carcajadas.
—No creo que a ningún caballero por tranquilo que fuere le gustare esa
definición “caballero de carácter templado” —Miró el retrato y esa postura imponente
sobre el brioso caballo—. Además, en esta escena parece poco templado, ciertamente.
Camile se rio —Bueno. —Miró la pintura—. Quizás en su juventud fuera fiero
e imperioso, más yo conservo recuerdos de un hombre ya mayor y de testa nevada.
Será que la edad templa el carácter.
Lucas asintió.
—Bien, en tal caso, ambos tenemos razón, de joven era impetuoso, fiero y
brioso y en la senectud de su vida, calmado, tranquilo y “templado”.
—No sé qué tiene de malo ser un hombre templado. —Insistió cabezota ante la
risa de él, echando a andar de nuevo.
—Cariño, si me comporto como un hombre templado, dame con algo en la
cabeza para hacerme reaccionar.
—Se reía.
Camile resopló.
—Me temo que en este matrimonio uno de los dos acabará con la cabeza llena
de golpes.
Lucas estalló en carcajadas.
—Y por lo visto la otra parte del matrimonio no parece poseer un templado
carácter.
Camile le dio un golpecito en el hombro pero se reía.
—Eso es una grosería, más cuando eres tú el que me incita a no tener ese
carácter templado.
—Ahh, pero no lo has negado luego es una grosería veraz.
Camile se paró delante de una puerta cercana a los ventanales del pasillo aun
negando con la cabeza sin dejar de sonreír. Lucas miró la puerta.
—¿Tus habitaciones? —Camile asintió e iba a soltar la mano pero él la cerró de
nuevo impidiéndoselo. Se acercó a ella y apoyó los labios en su frente—. Vendré a
recogerte antes de la cena.
La besó primero en la frente y, cuando ella alzó el rostro, en los labios
impidiendo que dijere lo que fuere que iba a decir. No iba a darle la oportunidad de
negarse. Le acarició los labios tras interrumpir el beso.
—Hasta la noche. —Susurró antes de separarse y soltar su mano.
Se giró recorriendo el camino de regreso caminando relajado con las manos en
los bolsillos mientras ella lo miraba con la mano sobre el picaporte aún sin
comprender del todo bien lo que había pasado esa tarde. Tomó aire antes de entrar en
el dormitorio pues no quería que Gloria se preocupase. Tras cambiarse rápidamente
de ropa acudió al salón donde se encontraba su tía tras darle la indicación a Devon de
que subiese una bandeja de té y galletas. Al entrar en el salón la anciana dormitaba en
su butaca, la despertó con delicadeza y tras refunfuñar, como siempre, por las
sobrinas inoportunas, ya que según ella siempre la despertaba en el mejor momento
de su sueño, lo que siempre, sin excepción, la hacía reír. Se sentó junto a ella y sirvió
las dos tazas de café y le puso un par de bocadillos y galletas para compensar su
supuesta falta de privarle de esa interesante parte de sueño Su tía le lanzaba miradas
hasta que finalmente preguntó:
—¿Y bien? ¿No quieres contarme nada?
—Umm, no lo sé. —Respondió evasiva.
Su tía la miró alzando una ceja impertinente.
—Reconozco que sigue siendo el hombre más guapo que he visto en mi vida.
—Sonrió pícara.
Camile tuvo que morderse el labio para no sonreír:
—En ese caso, tía, debiere presentarle a su amigo, lord Marcus Falcon, barón
de Varite, aunque esté mal pensarlo y más decirlo, es bastante más atractivo y guapo
que Lucas.
Su tía se rio:
—Lástima no tener edad para él. —Bebió de su taza de café mirándola con
clara diversión en la mirada—.
De todos modos, —continuó—, algo debes pensar de que se encuentre aquí, por
sorpresa y dudo que eso se deba a nuestro agradable clima invernal. —Lanzó una
rápida mirada a la ventana desde donde se veía aún la nieve caer a raudales.
Camile la miró:
—No sé qué pensar, tía. Dice que quiere demostrarme que será un buen marido
y… —suspiró—… me da miedo dejar que lo haga, que me demuestre o me ofrezca lo
que quiero o espero pero que cuando regresemos a Londres…
—Que cuando regreséis a Londres sea de nuevo el marido que has conocido
hasta ahora. —Terminó la frase por ella. Camile asintió—. Entiendo. —Bebió de su
taza mientras Camile sabía que cavilaba sobre ello—.
Bueno, y ¿le has expresado ese temor a él?
—No, al menos no con esas palabras.
—Camy, voy a darte un consejo proveniente de la propia experiencia. A los
hombres cuanto más claras les dejes las cosas, mejor. Piensa que son como un
cochero que desconoce el camino, cuantas más indicaciones le des antes llegarás y,
sobre todo, evitarás que tome extraños desvíos, de esos que tanto parecen llamar la
atención de los hombres. —Camile sonrió negando con la cabeza—. Te podría contar
las miles de ocasiones en que tu tío hizo algo inconveniente y siempre acababa
mirándome antes de decir “debieras haberme avisado”.
Camile se rio.
—Tía Hester, el pobre tío era la persona más buena del mundo, no recuerdo que
hiciere o dijere nunca nada inconveniente, ofensivo o fuera de lugar.
—Eso es porque eras muy joven cuando falleció y a tus ojos lo que hacían los
mayores era correcto, más, te aseguro, tu tío y tu padre han sido los dos hombres más
dados a sacar los colores a sus esposas en los momentos más inoportunos. —Se rio—.
Si incluso cuando nació tu primo Lorens tuvo la osadía de decirle al doctor “¿está
seguro, doctor? ¿No será una niña? Yo estaba esperando una niña, asegúrese” le
decía dándole empujones para que se acercase a la cuna.
Camile se reía.
—No puedo imaginármelo ¿de veras? Pero si el tío adoraba a Lorens.
—Y más lo habría adorado si fuere niña. —Se reía su tía.
—Eso explica la debilidad que sentía por Stephanie.
—En realidad por las tres. La razón por la que pasábamos tanto tiempo en
Mandershall y vosotros aquí no era solo para que Lorens estuviere con vosotros,
especialmente con Albert, sino porque tu tío adoraba a sus sobrinas. Siempre decía
que tendría a tres damitas cuidándole en su vejez.
—Mamá decía que tras Lorens no pudiste tener más hijos ¿es cierto? Nunca
hemos hablado de ello.
—No, bueno, sí, en realidad, no tuve más hijos, pero si varios embarazos que
no llegaron a buen término.
Mi salud tras la neumonía que tuve unos meses después de que Lorens
cumpliere un año, se resintió y cada embarazo era un riesgo mayor, de modo que tu
tío decidió que con un heredero y sobrinos era suficiente, que no era necesario
arriesgar cada vez más mi salud. —Camile frunció el ceño ligeramente—.
De cualquier modo, siempre estábamos rodeados de niños. Vosotros, los dos
hijos del hermano de mi marido, y este verano, cuando Lorens se case con Jennifer,
por fin tendré la casa otra vez llena de niños.
Camile se rio. Llamaron a la puerta y una de las doncellas entregó una nota a
Camile “Dina y Bonnie no quieren dormir conmigo. MG” rezaba la nota. Camile
ahogó una carcajada y miró a su tía.
—Tía Hester, ¿te importaría que te deje con la señorita Donna y que sea ella la
que te lea esta tarde? Creo que cierto caballero no sabe ni donde tiene la cabeza.
Su tía se rio.
—No preguntaré que ha escrito ese atractivo joven en la nota, me limitaré a
imaginarlo. Te disculpo, Camy. Ve a guiar a ese marido tuyo. —La miraba sonriendo.
Camile salió de la salita de su tía y preguntó a la doncella dónde o quién le
había dado la nota y ésta respondió que Jeffrey, el joven que servía a Lord Galvert.
Camile cruzó la casa hasta llegar al dormitorio de Lucas. Llamó con suavidad y al
abrirse la puerta una mano la apresó y tiró de ella rápidamente sin darle tiempo ni
siquiera a gritar. Lo siguiente fue chocar con el duro pecho de Lucas que la encerró
rápido en sus brazos. Estaba vestido solo con los pantalones, descalzo, sin nada más
que la camisa abierta formando una v seductora en su pecho para cubrirle de cintura
para arriba.
—Lucas. —Se quejó pero él cerró los brazos en su cintura y la aupó llevándola
a zancadas a la cama donde se dejó caer con ella sobre él—. ¿Pero se puede saber qué
haces?
—Pues verás. —Rodó dejándola de espaldas al colchón y a él de costado
inclinado sobre ella con una sonrisa maliciosa en los labios—. Ciertas mascotas
irrespetuosas, —miró por encima de su cabeza a los almohadones y ella imitó su
gesto logrando ver a los dos animales en la almohada de la enorme cama—, se niegan
a dormir si no estás con ellas y puesto que aún faltan algunas horas para la cena, me
parece cruel privarles de tal descanso. —Se inclinó sobre ella y la besó en la mejilla y
después ligeramente en los labios—. Especialmente cuando tú necesitas ese mismo
descanso y yo, por descontado, también.
Camile suspiró y miró de nuevo a los dos animales.
—No me parece que necesiten ayuda alguna para dormir, si incluso desde aquí
se escuchan los ronquidos de Dina.
—Sshh. —Le dio un bocado suave en el cuello—. No seas cruel. —Le dio otro
suave mordisco en la base del cuello—. Dina es muy sensible con ese tema pues
afirma que ella jamás, en la vida, ha roncado.
Camile se rio.
—Si me dices que has mantenido una larga conversación con Dina creo que
avisaré a Devon para que se haga con hombres duros que te aten a la cama pues
tendré que afirmar sin remedio que el marqués es un demente sin parangón.
—¿Me harías atar a la cama? —La miró frunciendo el ceño sin dejar de
acariciarle el cuello y el rostro con las manos—. Eso es un poco cruel y muy drástico,
milady. Creo que mi demencia se curaría con unos cuantos mimos de mi adorable
esposa. —Le rozó los labios con los suyos—. Empezaría el tratamiento con unos
deliciosos besos. —La besó con suavidad y ternura mientras ella se reía—. Después
insistiría en unas suaves caricias. —Se cernió ligeramente sobre ella descendiendo las
manos por sus costados—. Y, a continuación, le pediría, no, le ordenaría, que me
robase el aliento con esos pecaminosos labios. —Tenía ya la voz enronquecida antes
de apoderarse con avidez y verdadera hambre de su boca.
Camile alzó los brazos incluso antes de notar su lengua en la suya, incluso antes
de notar como siseaba su cuerpo encajándose entre sus piernas provocando un calor
en sus muslos y en su bajo vientre que, sin saber cómo, le hacían ansiar el roce y la
cercanía de ese poderoso cuerpo que parecía engullirla por entero. Lucas pasó los
brazos por debajo de ella y cubrió por entero su cuerpo y cada una de sus curvas con
el suyo.
Tenía hambre, mucha hambre de Camile. Desde que la hubo dejado en su
dormitorio, menos de una hora antes, su cuerpo parecía haber despertado de años y
años de letargo. Ansiaba su cuerpo, anhelaba su aroma, deseaba como nunca antes su
contacto, su piel, su boca, oír su voz, su risa y esos suaves suspiros que lo encendían
y alentaban. Dios mío, pensaba besándola con verdadera necesidad de ella, quiero
más, más, más. Cuando sintió los dedos de Camile enredados en su cabello casi
estalla en mil pedazos. Dios mío… su cuerpo vibraba, su piel parecía ser pisada por
miles de hormigas que provocaban un cosquilleo de anticipación increíble, su pecho
retumbaba y casi ni podía pensar en nada que no fuere devorarla o en el salvaje
tambor en que se había convertido su corazón…
—Dios mío, Camy. —Jadeó después de no supo cuánto tiempo—. Por todos los
cielos, Camy.
Giró el rostro y comenzó a besarle el cuello descendiendo lentamente por su
escote, por el nacimiento de su pecho. Le tomó los pechos con ambas manos por
encima de la ropa mientras volvía a apoderarse de sus labios. Masajeó sus pechos y
tiró de los botones del frontal del vestido que salieron despedidos abriéndoselo para
poder meter las manos con libertad bajo su camisola. En cuanto comenzó a torturar
sus pechos, Camile echó hacia atrás la cabeza buscando aire, arqueándose
involuntariamente en su busca.
Lucas bajó el rostro y se apoderó de uno de sus pechos. Lo besó lentamente,
lamió su piel tomándose todo el tiempo del mundo para disfrutarla, para paladearla.
Tomó entre sus dientes su rosado pezón endureciéndolo más y más con su lengua.
Alzó el rostro sin dejar de tocarla.
—Cielos, Camy, eres preciosa. —Le salió sin pensar, maravillado ante la
imagen frente a él. Ella lo miró enrojecida, ruborizada, desconcertada. Se apoderó de
nuevo de sus labios cada vez más hambriento—.
Camy, déjame probarte, por favor, cielo, necesito probarte.
Camile no sabía de lo que hablaba y a esas alturas poco le importaba, no quería
que dejare de besarla, de tocarla de ese modo lascivo, pecaminoso y absolutamente
cegador. No respondió, no se quejó, solo cerró los brazos para que volviere a besarla
y lo hizo, con pasión, con la misma ansiedad que ella. Descendió de nuevo a sus
pechos y los devoró a placer. Le susurraba ronco cosas lascivas y absolutamente
evocadoras mientras ella hacía esfuerzos por no gritar aferrándose a sus hombros,
tirando de su camisa.
Escuchó el rasgar de una tela y lo siguiente fue notar sus labios y sus manos en
sus pechos, costillas, caderas, en el ombligo y…
Gritó cuando le acariciaba y besaba la cara interna de los muslos mientras se los
abría sin ni siquiera haber sido consciente de cuándo le hubo quitado las medias.
—Pequeña, solo cierra los ojos, cierra los ojos.
Fue lo último coherente que escuchó antes de notar su boca, sus dedos, sus
labios y esa lengua absolutamente abrumadora hacerle cosas que ruborizarían al
mismísimo demonio. Ella se aferraba con fuerza a la colcha, a sus hombros, a su pelo,
gimiendo, respirando por pura necesidad, lo apretaba contra ella, se sabía alzando las
caderas como si tuvieren vida propia, lo buscaban, lo llamaban hasta que algo nació y
estalló dentro de ella llevándola desde un frenesí desbordante hasta una sensación de
saciedad y cansancio que convirtió todo su cuerpo en algo laxo y falto de toda
capacidad para moverse a pesar de los ríos de vida que parecían correr salvajes por
sus venas. Cerró los ojos mientras recuperaba con esfuerzo la respiración y pronto
notó los brazos y el cuerpo de Lucas rodeándola y su voz y su cálido aliento en su
oreja.
—Cielo, duerme, duerme.
La besaba cariñoso acunándola en sus brazos y antes de darse cuenta la
oscuridad se cernió por entero envolviéndola en un sueño agotador pero cálido y
placentero.
Lucas cerró fuerte los brazos en torno a ella, acunándola, pegando cada
deliciosa curva de su cuerpo al suyo. << Dios bendito>>, cerraba los ojos y enterraba
el rostro en su cuello. <<¿ Esto ha sido real? >> Cada fibra de él, cada parte de su
cuerpo la hubo reclamado exigiendo devorarla sin freno. Era magnífica. Sus
reacciones, su cuerpo, la forma en que respondía a sus caricias, en que lo llamaba, en
que lo buscaba. Era del todo inocente y, sin embargo, era lava bajo sus manos. Era
puro fuego. Sonrió ocultando esa sonrisa sobre la tersa y cálida piel de su precioso
cuello. Sentía su cuerpo pleno, satisfecho solo porque ella cayó exhausta tras un
glorioso clímax que él sintió en cada musculo de su propio cuerpo. Inhaló su aroma.
Era embriagador, su piel, su olor, esa boca, esos preciosos pechos, tan plenos, tan
turgentes, tan suaves. Gruñó para su interior pues por poco que pensare en ella ya se
excitaba.
Movió ligeramente las caderas ajustando su entrepierna a esas bonitas nalgas.
—Camy. —Susurró con los labios pegados a su piel sabiéndola profundamente
dormida—. Voy a enseñarte paso a paso. Voy a demostrarte lo que es la pasión. —Le
acarició el cuello con los labios—. Aprenderemos juntos. —Reconoció al comprender
que lo que corría aún por su cuerpo no era normal, nunca había sentido nada tan
intensamente como aquello, nunca había sentido cómo la sangre de sus venas corría
frenética ni cómo su corazón latía con cada caricia, cada beso, cada tímido gemido o
cada enfebrecido grito de pasión.
Cerró los ojos disfrutando de la sensación, dejándose vencer, por fin, por el
cansancio y el sueño agradable con ella en sus brazos como esa tarde en que se sintió
de maravilla al despertar en sus brazos y con su suave cuerpo y su embriagador
aroma envolviéndolo.
Camile se despertó dos horas más tarde por algo que le rozaba el rostro, algo
suave, cálido. Abrió los ojos y se encontró a Dina dándole pequeños golpecitos con la
pata. Se rio cuando empezó a lamerle la cara.
—Dina, para. —Se reía.
Se removió un poco notando algo pesado en su cintura y cuando giró el rostro
se encontró a Lucas abrazado a ella desde atrás, con un brazo sobre su cintura y con
torso ligeramente levantado pues estaba apoyado sobre un codo. Le miraba
sonriendo, despeinado, con un mechón cayendo desordenado por su frente. Era
extraordinariamente parecido a Samuel aunque con los rasgos marcados de un
hombre.
—Y yo que intentaba no moverme para no despertarte. —Le dio un ligero beso
sin dejar de sonreír—.
Reprendería a Dina, pero creo que la pobre tiene hambre y, además, me da la
oportunidad de hacer esto.
La besó de nuevo ahogando cualquier protesta o pregunta pues en menos de un
minuto estaba de nuevo aturdida y agradablemente obnubilada. La tumbó de espaldas
de modo que podía abrazarla por entero sin dejar de besarla. Cuando Dina volvió a
lamerles el rostro, esta vez a ambos, se rieron y la miraron.
—Definitivamente está hambrienta. —Le dio un rápido beso y se impulsó—.
No te muevas. Aún debo tener la bolsa de comida que compré en Dublín.
Saltó de la cama mientras ella miraba en derredor y se incorporaba apoyándose
sobre los codos tras desaparecer él por la puerta del vestidor.
Cayó entonces en la cuenta de que solo llevaba la camisola.
—Oh Dios mío.
Se ruborizó sentándose y encogiendo las piernas en su pecho consciente, por
primera vez, de lo ocurrido, pasando frente a sus ojos las imágenes de lo acontecido
no supo cuánto tiempo antes. Gimió escondiendo el rostro entre las rodillas mientras
se abrazaba las piernas. Lucas tardó poco en regresar, lo escuchó poner a las dos
mascotas en la banqueta a los pies de la cama, pero no se atrevía a mirarlo sintiendo
de pronto una tremenda vergüenza. Notó como se hundía el colchón en un lateral y
después tras ella justo antes de que unos fuertes brazos la rodearan y tiraran de ella
hacia atrás tumbándola.
Lucas sonrió manteniéndola en su abrazo mirándola fijamente. Estaba colorada
como una amapola.
—Cariño. —Le dio un mordisco juguetón en la mejilla y ella se rio.
—No me hagas reír. —Se quejó antes de girar el cuerpo y pegarlo al suyo
escondiendo rápidamente su rostro en su cuello.
Lucas se rio.
—Camy, no debes sentir vergüenza. —La besó en la sien—. Debes saber que
estás preciosa cuando te dejas llevar por la pasión. —Ella gimió enterrando aún más
el rostro y él se rio—. Cielo, prometo que brillas. Te ves absolutamente preciosa,
robarías el aliento al más obtuso de los hombres.
—No digas eso. —Murmuró contra la piel de su cuello.
—Pero es cierto y dormida eres una maravillosa ninfa. Tan suave, dulce y
cálida. Dan ganas de devorarte pedacito a pedacito.
—Así que, además de demente y ciego, ahora, también, para colmo, caníbal.
—Suspiró echando hacia atrás el rostro—. Menudo caballero de brillante armadura
estás hecho.
Lucas estalló en carcajadas sin dejar de abrazarla.
—Muy bonito, mujer cruel, yo diciendo cosas bonitas y tú llamándome
demente, caníbal y ciego. Creo que Irlanda convierte a las mujeres en peligrosas
guerreras.
Camy lo miró seria unos segundos.
—Lucas, mi tía me ha aconsejado que sea sincera en cuanto a lo que pienso y
me preocupa.
Lucas se separó ligeramente y se apoyó en un codo sin dejar de mirarla: —Creo
que es un buen consejo. —Afirmó adoptando una postura un poco más seria. Le
acarició la mejilla con los nudillos retirando un mechón suelto y pasándoselo por
detrás de la oreja—. ¿Qué te preocupa?
—Pues —bajó la vista y nerviosa jugueteó con el cuello de su camisa—. ¿Qué
pasará cuando regresemos a Londres?
—No sé si entiendo lo que intentas preguntar.
—Pues, umm, bueno, lo que quiero saber es, es. —Se mordió el labio sin
mirarlo aún—. ¿A quién me encontraré cuando regresemos, a este Lucas o…?
Lucas se cernió sobre ella haciéndola tumbarse interrumpiéndola. Le dibujó las
líneas del rostro.
—Camy, no voy a volver a hacerte daño. Cuando te he dicho que quiero ser un
buen marido y el hombre que deseas, hablaba con sinceridad. —La besó en la frente,
en la mejilla y finalmente en los labios—. Camy, no volveré a hacerte daño.
—Añadió tajante.
Ella pareció estudiar su mirada unos segundos antes de asentir.
—Bueno, pues, entonces. —Lucas sonrió, realmente titubeaba cuando se ponía
nerviosa—. En fin que, dime ahora ¿cómo piensas que llegue a mi dormitorio?
Lo desconcertó.
—¿Perdón?
—Pues, parece que un bruto sin modales ha roto mi vestido.
Lucas abrió mucho los ojos.
—¿De veras? —Empezó a reírse—. Lo creas o no, no lo recuerdo.
Y ciertamente era incapaz de recordarlo pues solo sabía que quería estar con
Camile, que quería besarla, acariciarla, sentir su piel.
—Pues lo recuerdes o no, he de volver a mi dormitorio y no puedo recorrer la
casa con una simple camisola.
—Te prestaré mi batín. —Se reía.
—Oh sí, mucho mejor. —resopló y refunfuñó con ironía.
Lucas se reía comenzando de nuevo a besar su cuello camino de su pecho:
—Cielo, faltan al menos dos horas antes de que debamos arreglarnos para la cena.
—Murmuraba sin dejar de besarla y acariciarle la piel que iba descubriendo
—¿Me, me? —Jadeó al sentir sus labios en su pecho—. ¿Me estás desnudando?
—consiguió decir al cabo de unos minutos.
—Esa es la idea.
Su contestación vino con la voz cada vez más ahogada pero cuando llegó a su
ombligo y lo comenzó a lamer enfebrecido en un frenesí difícil de detener, ella le
tomó el rostro entre las manos y lo alzó hasta su altura antes de empujarlo y dejarlo
caer de espaldas en el colchón.
—Mi turno. —Afirmó tajante colocándose sobre él antes de empezar a besarle
lentamente los labios, el rostro, el cuello.
Demonios, masculló para sus adentros cuando notó como cada centímetro de su
cuerpo se endurecía con cada contacto de ella y esas manos inocentes e inexpertas
acariciando sus costados tras subir su camisa.
Aquello era el más potente afrodisíaco conocido… cerró los brazos en torno a
ella casi como un hambriento reclama el más exquisito manjar, con ansía, con
egoísmo, con frenético reclamo. Ver la dilatación de sus pupilas al mirar su torso
desnudo fue como beber el más delicioso coñac, cálido en la garganta, amargo y
placentero al tiempo. Exploró a placer cada músculo, cada línea de su torso y sus
costados, con las manos, los dedos, los labios. Cuando lamió su piel se supo
aferrando con fuerza inusitada su camisola y tirando de ella. Cada parte de su ser
racional se esfumó en ese instante y solo existía un salvaje, atávico y primitivo ser
que quería, no, que gritaba, por tomar a esa mujer que lo estaba llevando a una locura
que no sabía que existiere.
—Camy. —Gruñó girando para dejarla bajo su cuerpo arrancándole la camisola
desesperado—. Camy. —Casi suplicó antes de apoderarse de sus labios y abrazarla
para sentir piel con piel, su calor directamente contra el suyo, la fricción de sus
cuerpos. Jadeante alzó el rostro—. Camy, necesito tenerte, por favor, por favor,
déjame tenerte.
Ella asintió cerrando fuerte los brazos alrededor de su cuello reclamando sus
labios. Gruñó sabiéndose perdido ante esa mujer, su mujer, << Dios santo, Dios
santo… es mía, es mi esposa, mi esposa…>> repetirlo en su cabeza lo llenaba de un
frenesí, de una sensación de victoria que rozaba el absurdo…
introdujo ambas manos entre sus cuerpos sin dejar de besarla, no podía dejar de
saborearla de algún modo. Se desabrochó los pantalones y dio un violento tirón para
desprenderse de ellos. Gruñó separándose unos segundos para quitárselos, aunque
más bien se los arrancó y, aun cuando fueron unos segundos, le resultaron eternos
porque le quemaba la piel solo por no tocarla. De nuevo se cernió sobre ella y la besó,
la rodeó con los brazos y bajó las manos a sus nalgas y sus muslos abriéndoselos y
colocándose entre ellos. Camile jadeó al notar tan directamente la dureza en su
muslo, suave, dura, cálida. Alzó las caderas sin saber por qué pero él introdujo su
mano entre sus cuerpos y descendió a su intimidad comenzando a acariciársela. Clavó
sus uñas en sus costados en reacción involuntaria a esa especie de excitación que le
provocaba, que nacía y crecía más y más dentro de ella, como una hoguera que se
aviva más y más. Gritó su nombre y él retiró su mano, enfebrecido por esa cálida
humedad que anunciaba que estaba lista para acogerlo, y ahogando su protesta con un
beso, por soltar su mano, antes de esa invasión por ese cuerpo duro, firme y
gloriosamente cálido. Jadeaba mientras él alzaba el rostro habiéndose quedado quieto
dentro de ella. La besó antes de dar un fuerte empujón. Camile echó la cabeza hacia
atrás cerrando fuerte los ojos.
—Cielo, cielo. Sshhh, pasará, pasará.
Camile gimió un segundo pero algo dentro de ella sabía que ese dolor pasaría,
que solo tenía que dar rienda suelta de nuevo a ese calor, a ese fuego de antes. Cerró
los brazos en sus costados alzando al tiempo las caderas.
—Lucas. —Lo llamó, lo reclamó—. Por favor.
Él gruñó en su oreja antes de empezar un baile que ella tardó poco en
comprender y seguir, notando como la fricción, las sensaciones volvían a ser poco a
poco placenteras, cadenciosa lujuria que atraía de nuevo ese fuego como si fuere una
pequeña llama que avisa del incendio que está por llegar.
Lucas perdió el oremus desde el instante en que se hundió en ella, casi grita de
puro gozo allí mismo, pero cuando empezó a responder, cuando ese cálido, inocente e
ignoto cuerpo comenzó a responder, a reclamarlo, a aferrarlo cada vez que la
embestía, que se enterraba más y más en ella, se supo gimiendo, jadeando y
llamándola una y otra y otra vez con desesperación, con desesperado placer. La
besaba, la lamía por doquier, la acariciaba ansioso y ávido por cada parte de ella.
Cuando comenzó a notar los espasmos, contracciones y temblores iniciales del clímax
de Camile en torno a su más que endurecido pene, tomó sus piernas y las enrolló
alrededor de él antes de aferrar sus nalgas para alzarle las caderas en cada envite, para
hundirse más y más en cada embestida. Pura lujuria que parecía, sin embargo,
rodeada de una pasión, de un calor y una especie de ternura que lo abrumaban y lo
azuzaban más y más.
La notó sentir ese primer orgasmo pleno, lleno y vital que la hizo aferrarlo con
fuerza dentro de ese estrecho guante de seda que acogía su enfebrecida virilidad y lo
aferraba con fuerza fuera de ella con sus brazos y aún entonces ella lo azuzó en sus
embestidas finales en las que gritó como un ser primitivo y desbocado con un
orgasmo que nació en su cuello y bajo por su columna hasta llegar a esa vara que
gloriosamente hundía hasta la empuñadura en ella derramándose mientras sentía sus
últimos espasmos, sus temblores finales, cayendo agotado y exhausto sobre ella.
Respiraba trabajosamente cuando rodó con ella liberándola de su peso,
rodeándola de inmediato con los brazos, posesivo y más fuerte de lo que debiere pero
era incapaz de dejarla, no quería que se separase de él ni un palmo. Camile dejó caer
su cabeza agotada en su cuello mientras él besaba su frente recuperando la
consciencia poco a poco.
—Camy. —Murmuró al cabo de unos minutos con los labios en su frente,
acariciando su espalda lentamente.
<< Dios mío, he tocado el cielo>>, pensaba absolutamente desconcertado y
maravillado—. Dime que estás bien, dime que no he sido demasiado rudo o brusco
o…
Camile le besó el cuello y después suspiró agotada cerrando, cariñosa y tierna,
los brazos en sus costados, dejando su cuerpo laxo sobre el de él, disfrutando de su
calidez.
—No sé si has sido rudo, pero si lo has sido no me importa, ha sido, ha sido.
—Suspiró—. No sé lo que ha sido, pero si no estuviere agotada te pediría un segundo
plato.
Lucas estalló en carcajadas:
—Creo que acabo de despertar a un pecaminoso monstruo escondido dentro de
ti. ¿Así que un segundo plato? —No dejaba de acariciarle la espalda notándola cada
vez más adormecida—. ¿Cielo?
—¿Umm?
Lucas sonrió por saberla tan exhausta incapaz siquiera de hablar.
—Es posible que estés un poco dolorida unas horas. << y yo maravillosamente
agotado>>.
—Umm. —Se limitó a responder casi dormida sobre él.
Casi estalla en carcajadas porque se sabía tan exhausto como ella, pero tenerla
tan relajada, confiada e indiferente a todo lo que no fuera quedarse en sus brazos, le
resultaba exultantemente halagador y, a la vez, sentía como el calor que no parecía
abandonar su pecho desde esa tarde, crecía, crecía y crecía.
Estiró el brazo y agarró la punta de la colcha para taparlos con ella, al menos
con una parte porque no se movería por nada del mundo ni siquiera para colocarse
bajo las mantas de esa cama.
Se quedó abrazándola, acariciando distraído su espalda bajo la colcha,
disfrutando de su suave respiración rozando su piel. Miraba el dosel de la cama,
maravillado ante las sensaciones de tenerla en sus brazos, la euforia triunfal que le
recorrió el cuerpo al enterrarse en ella, en esa suave y tierna intimidad, estrecha y
tremendamente agradable. Intentó recordar cuándo sintió esa necesidad, esa pasión y
lujuria en brazos de mujer alguna. Ni siquiera cuando se creía enamorado de Violet
había sentido algo similar a ese frenesí, a esa excitación, a esa pasión en estado puro
y a esa especie de llama que le calentaba el cuerpo de dentro a fuera y que parecía
asentada en su pecho. Un calor que era más ternura y calidez que esa desaforada
pasión que increíblemente también compartía con Camile. Fuere lo que fuere, no
quería renunciar a ello, no podía. Incluso, en esos instantes, necesitaba sentir su piel,
su aroma, su contacto. Giró el rostro y la besó en la frente antes de inhalar su aroma.
Camile se removió ligeramente acomodándose mejor dentro de sus brazos. Lucas
sonrió. Estaba profundamente dormida, ajena a todo lo demás. Su esposa, pensó al
mirar su rostro. Le gustaba por fin la sensación de sentirla cerca, no, no le gustaba,
esto iba más allá, deseaba tenerla cerca, muy cerca. No renunciaría a ella, nunca
renunciaría a ella. Era suya, suya y no permitiría que nada ni nadie se la arrebatasen.
Encajaba a la perfección con él, con sus hijos, con su vida y los cielos eran testigos,
con su cuerpo, maravillosamente con su cuerpo.
Camile era perfecta para él y nunca volvería a hacer nada que la hiciere desear
alejarse de él, la protegería, la cuidaría. Sí, sí, la iba a cuidar. Se lo prometió allí
mismo. Suspiró con una sonrisa en los labios mirando ese dosel antes de cerrar los
ojos y dejarse de nuevo llevar por un agradable descanso en brazos de esa adorable
esposa.
Camile se despertó sintiéndose agotada, pero también con un agradable calor en
su cuerpo. Alzó ligeramente el rostro y vio que aún continuaba sobre Lucas que la
rodeaba con los brazos. Estaba profundamente dormido. Alzó con cuidado uno de los
brazos y le dibujó las líneas externas de la cara con los dedos y después empezó a
besarlo lenta y suavemente.
—Umm, podrías malacostumbrarme a despertarme de este delicioso modo.
—Dijo sin abrir los ojos sonriendo, apretó los brazos alrededor de ella con las palmas
abiertas disfrutando de su cálida y tersa piel. Atrapó sus labios rodando con ella
dejándola bajo su cuerpo—. Deliciosa. —Ladeaba el rostro para acariciar su piel—.
Sabes deliciosa. —Llegó al hueco entre su hombro y su cuello—. Hueles a dulce
manjar.
—Siseó las caderas acomodándose mejor entre sus muslos—. Cariño, te
devoraría si no supiere que debiere contenerme.
Ella negó con la cabeza sintiendo todo su cuerpo encendido, reclamando
sentirse quemar antes de apagarse. Lo rodeó con las piernas mientras con los brazos
lo empujaba hacia ella.
—No quiero que te contengas. —Murmuró antes de besarlo.
Lucas gruñó perdido de nuevo. La penetró con cuidado, muy lentamente,
dejándose disfrutar de la sensación pero también dejándola a ella sentirlo. Si
apreciase cualquier gesto de dolor se detendría, pero Camile jadeó con un sonido
suave, placentero y por Dios que juraba que de veras brillaba cuando se despertaba la
pasión en ella. La observó unos segundos quieto, muy quieto. Observó sus mejillas,
sus labios hinchados por sus besos, ese velo de pasión en sus ojos.
—Camy. —Jadeó hipnotizado.
La besó antes de retirarse y empujar con la misma lentitud. << Por los cielos>>,
alzó el rostro maravillado por la desconocida sensación que invadía su cuerpo
magnificando cada sentido, cada nervio, cada parte de él. El calor que lo rodeaba
dentro de Camy era el paraíso. << Dios bendito, esto es el paraíso>>. Cerró los ojos
enterrando el rostro en su cuello y en su sedoso cabello esparcido por la cama
mientras apretaba sus nalgas empujándola hacia él y ella lo reclamaba cerrando fuerte
las piernas a su alrededor. No supo cuánto tiempo estuvo moviéndose en lentas y
acompasadas embestidas dentro de ella que dieron paso a otras más ansiosas y
enfebrecidas, pero fuere el que fuere se sentía como el más poderoso y magnífico
vencedor. Se tomaron de un modo tierno, lento, disfrutándose, saboreándose el uno al
otro, besándose, mirándose, acariciándose. Unas horas antes era virgen y ni siquiera
alcanzaría a saber o entender verdaderamente lo que verdaderamente estaban
haciendo juntos de un modo tan absolutamente increíble y aún con ello, Camile era
perfecta para él, su cuerpo reaccionaba al de él, y el suyo al de ella como si se
conocieren de toda la vida, como si toda su vida se hubiere estado preparando para
ella. Esta vez cuando se derramó en ella lo hizo sintiendo el orgasmo de Camile nacer
y estallar al mismo tiempo que el suyo.
—Camy. —Susurró en su cuello incapaz de expresar palabra alguna que hiciere
justicia a lo ocurrido. Rodó y la acomodó en su costado con su cabeza en su pecho—.
Cielo. —La hizo mirarlo—. ¿Estás bien? —Ella asintió—. Te he prometido cuidarte
y en la primera ocasión pierdo la batalla. Debiere haberme controlado, podía hacerte
daño.
Camile sonrió.
—Pues creo que si esto es lo que entiendes por hacerme daño tienes mi permiso
para hacérmelo cuando gustes.
—Pero, pequeña licenciosa. —Se reía—. Debiere reprenderte. —La besó
ligeramente en los labios—. Cielo, acabas de perder la inocencia, podía haberte hecho
daño de verdad.

—Solo fue un dolor pasajero, y solo la primera vez. Aunque esté mal decirlo
porque te sentirás muy pagado de ti mismo por ello, pero, esta vez, me he sentido
muy bien desde el principio. Es como cuando montas a caballo y sientes la emoción
por la velocidad, por correr más y más deprisa y cuanto más corres más velocidad
quieres hasta que llega un momento en que todo es perfecto. El aire en el rostro, el
cuerpo en tensión, el verde de los campos bajo las patas del caballo que pasa como si
fuera un mar verde que se surca veloz.
Lucas sonrió.
—Bien, lamento decirlo pero, en este momento, tengo motivos para sentirme
muy, muy, pero que muy pagado de mí mismo.
Camile le dio una palmadita en el hombro mientras él se reía.
—No debieres estarlo tanto. Antes me dejaste sin vestido y ahora sin camisola.
Salvo que pretendas convertirme en una descocada mujer que se pasea sin atavío por
los pasillos, ya puedes decirme, salvaje, cómo pretendes que regrese a mi dormitorio.
Lucas estalló en carcajadas:
—Me temo que este salvaje carece de una solución a tan imprevisto problema.
—Pues ya se te puede ocurrir algo pues dentro de media hora debiere regresar y
prepararme para la cena y desde aquí hasta mi dormitorio hay una considerable
distancia sin mencionar, al menos, tres parejas de lacayos.
—Interesante dilema. —Sonreía con picardía y clara diversión.
—Lucas, concéntrate. —Le reprendió pero solo consiguió que él estallase en un
ataque de hilaridad.
—Lo siento, cariño. —Decía sin poder controlar su risa—. Pero, pero,
realmente es un dilema.
—¡Lucas!— Lo reprendió de nuevo sin obtener mejor resultado que antes, pues
la abrazaba sin dejar de reírse.
Camile gimió, pero se acomodó en sus cálidos brazos mientras él seguía
riéndose. Cuando por fin controló su ataque de hilaridad tomó la mano que ella tenía
en su pecho y besó uno a uno sus dedos.
—Camy, vamos a tener que ir como dos ladrones en pleno robo.
Escondiéndonos y engañando a cuantos vayamos encontrando.
Camy se rio sin moverse.
—¿Por qué tengo la sensación de que no es una simple metáfora y que eso es
precisamente lo que vamos a hacer?
—¿Qué puedo decir? —Sonrió como si fuere un pirata girando y quedando
ambos de costado cara a cara—.
En estos dos días, he atravesado parte de Inglaterra a caballo, cruzado el mar
hasta una isla de salvajes en un velero navegado por un diestro pero pendenciero
primo, me he enfrentado a una fiera irlandesa que protege a su querida sobrina del
truhan que la pretende, me he convertido en un inconsciente.
Camile que se reía desde que calificó Irlanda como una isla de salvajes.
— ¿Así que yo, una salvaje y tú, un inconsciente? Me temo que no preveo
grandes probabilidades de éxito.
—Al contrario. Como salvaje no darás valor al peligro y yo, como inconsciente,
ni siquiera seré capaz de verlo de modo que ambos seremos pendencieros y osados y
por ello no dudaremos a la hora de cometer nuestras fechorías por absurdas que
resulten.
Camile reía mientras él la atraía al interior de sus brazos, acomodándola en
ellos. Lucas giró el rostro para poder acomodarlo en el cuello de ella, tan suave, tan
cálido. Realmente le encantaba su aroma, su tacto y esa calidez de su piel, más en ese
hueco de su cuerpo. Cerró los ojos dejándose disfrutar de ese sencillo, tranquilo y
relajado placer mientras ella le rodeaba con los brazos de ese modo tierno y calmado
que parecía su seña de identidad. Al cabo de unos minutos la escuchó suspirar con
absoluto relajo. Sonrió antes de besar su piel.
Le acariciaba la parte baja de la espalda lentamente disfrutando de la curva que
anunciaba el nacimiento de sus nalgas, el cuerpo de Camile era terso y suave como
ninguno que hubiere tocado y cada hueco de ella parecía tener su propia vida bajo las
yemas de sus dedos. Giró suavemente dejándola bajo su cuerpo con las palmas
abiertas en su espalda. Siseó y se acomodó con la cabeza entre sus pechos.
—Camy, no quiero bajar a cenar. Quiero quedarme contigo. Tu tía me odiaría
por la descortesía pero por nada del mundo querría moverme de donde estoy.
Enredó los dedos en su cabello y comenzó a acariciarle la cabeza y el pelo
deslizando sus dedos con suavidad y lentitud.
—Pues, siento decir que hemos de bajar, pero si sirve de algo, mi tía aún se está
recuperando y ya a mitad de la cena se sentirá demasiado cansada para permanecer en
el comedor y más tarde en el salón.
—Eso significa que serás toda mía en poco tiempo.
—Bueno, yo no he dicho eso.
Lucas gimió girando el rostro y comenzando un sendero ascendente de besos y
caricias hasta su rostro.
—Camy. —Dijo sonriendo al llegar a sus labios—. Si piensas que dejaré que te
escapes una vez tu tía se retire a descansar, no soy yo el único inconsciente.
La besó en lo que pretendía ser un mero beso de afirmación pero pronto se
convirtió en un ávido y tórrido camino a la perdición de ambos pues se encendieron
como hogueras que jamás se extinguieron y que un mero beso avivó hasta hacerlos
arder de nuevo aunque, esta vez, Lucas la tomó con urgencia, con una necesidad
desatada y desaforada que desconocía de dónde procedía pero que ya a esas alturas
poco le importaba mientras la tuviere entre sus brazos el resto carecía de importancia.
Gruñó cual salvaje se sentía, al caer gloriosamente agotado, satisfecho y
extrañamente pleno a pesar de sus exiguas fuerzas, tras derramarse con apremio
dentro de ella, dejándolo saciado y satisfecho como las dos ocasiones anteriores y con
la maravillosa sensación de ser perfectos.
—Camy. —Jadeaba rodeándole con los brazos y acomodándose sobre ella y ese
precioso pecho que instantes antes devoraba a placer—. Dios mío, eres mi paraíso,
además, me declaro incapaz de separarme de este delicioso cuerpo tuyo.
Camile que aún recuperaba el aliento por esa urgente unión acarició los
marcados y duros músculos de sus brazos.
— ¿Y si te prometo que después dejaré que vuelvas a destrozarme la camisola?
Lucas se reía ahogando las carcajadas en la piel de su pecho con el que había
estado jugueteando distraído.
—Una tentadora promesa. —Alzó el rostro con ojos brillantes y mirada
juguetona—. ¿La podré destrozar por completo?
Camile se rio.
—Que sepas que cuando regresemos a Londres pienso comprarme tres
camisolas por cada una que rompas.
Lucas la miró fijamente con una intensidad que ella no supo comprender.
—Cariño. —Dijo con la voz sin resquicio alguno de broma—. Cuando
regresemos a Londres yo mismo te compraré las que desees pues pondré el mundo a
los pies de mi adorable y deliciosa esposa. —Le acarició el rostro con los labios muy
lentamente—. Bajaré la Luna si es lo que deseas, Camy.
Cerró de nuevo los brazos a su alrededor y la abrazó protector, posesivo, casi
como si no quisiere dejarla escapar, y ella se lo permitió. Le encantaba estar entre sus
brazos, dentro de su cuerpo, se sentía extrañamente protegida y al tiempo en peligro
ante ese cuerpo fuerte, poderoso, viril y lleno de vida. Al cabo de unos minutos gimió
en su cuello antes de darle dos dulces besos —Cariño. —Alzó el rostro—. Si
realmente hemos de ir a cenar, será mejor que te lleve a tus habitaciones. —
Camile asintió pero ninguno de los dos se movió. Permanecían abrazados con
los cuerpos adormecidos y calientes en brazos del otro. Lucas suspiró—. Vamos, te
dejaré recuperar un poco de decencia y vestirte para no escandalizar a los criados.
—Camile sonrió—. Pero antes quiero que me prometas una cosa. —Le dio un ligero
beso adoptando sin embargo un gesto serio—. Tienes que empezar a comer un poco
más. —Camile se tensó de inmediato—. Cariño, comes como un pajarito. No, no, un
pajarito come más que tú. —Camile se removió y giró el cuerpo para separarse de él
pero Lucas se lo impidió y la retuvo entre sus brazos pegando su espalda a su pecho,
rodeándola por completo—. Cielo—apoyó el mentón en su hombro—. No te enojes.
Solo quiero que no caigas enferma. Recuerda que he dicho que cuidaría de ti, voy a
cuidar de ti.
Camile permanecía callada sin decir ni hacer nada y empezaba a preocupar a
Lucas. No le gustaba que ella no le hablase, se sentía molesto cuando ocurría pero
sobre todo invadido por una extraña sensación de abandono que ya reconocía desde
que estuvieron en Galvert Hills —Camy, por favor. —Insistió con la voz suave.
Camile inspiró aire antes de decir.
—Lo intentaré.
Con sus manos abrió sus brazos empujándoselos ligeramente pero de inmediato
Lucas reculó y los cerró atrayéndola de nuevo.
—Camy, mírame. —Le pedía intentando que girase el rostro para mirarlo —.
Mírame, por favor. —Camile por fin lo miró con una mirada dolida, triste, casi podía
percibir que algo de aquello le rasgaba de algún modo el corazón—. Camy ¿qué
ocurre? —Negó con la cabeza susurrando un simple nada—. Camy, te he hecho daño
de algún modo, pero no logro entender cómo o por qué. Habla conmigo, Camy.
—No pasa nada, no has hecho nada. —Respondió casi en un murmullo—. Se
está haciendo tarde.
Lucas suspiró y besó su hombro.
—Está bien, no insistiré, más no creo que no pase nada ni que no haya hecho
nada. Detesto ver esos preciosos ojos caramelo triste.
—No tengo los ojos caramelo. —Murmuró bajando la mirada.
Lucas sonrió.
—Cielo, los tienes caramelo, y cuando los abres tras besarme parecen un
arcoíris de colores, con muchas trazas distintas. Marrón, amarillo, almendra,
caramelo, verde. —Cerró fuerte los brazos pegándosela al pecho—. Eres un arcoíris
de pura pasión.
Camile gimió removiéndose girando el cuerpo por entero para amoldarse al
suyo, enterrando su rostro en su cuello y cerrando los brazos por sus costados.
—Prometo que comeré un poco más.
Lucas gruñó con todo el cuerpo a punto de estallar.
—Camy si no nos levantamos te devoraré y llegaremos tarde. —La besó con
desaforada hambre sin poder privarse de esa necesidad—. Camy no puedo, no puedo
—Decía ronco, pera ella lo empujó dejándolo caer de espaldas abriendo las piernas y
sentándose a horcajadas sobre él antes de dejarse caer para besarlo.
Lucas los aupó quedando sentado con ella sobre él sin dejar de besarla. Le
acarició por doquier y casi grita cuando ella levantó ligeramente las nalgas y las
caderas engulléndolo por completo al dejarse caer.
—Dios bendito. —Jadeó echando hacia atrás la cabeza y aferrando fuerte sus
nalgas—. Camy.
Buscó aire como un adolescente perdiendo el oremus en su primer contacto con
una mujer, pero Camy no era una mujer, era su mujer, suya, suya. Alzó el rostro
tomando su rostro entre sus manos y la miró, observó ese rostro enrojecido de ardor
sexual, esos ojos brillantes, inocentes y recién despertados a la pasión. Era lo más
bonito del mundo pensó atónito, asombrado del descubrimiento. Tan inocente y tan
ardiente a la vez. Ignorante de los placeres de la vida y, sin embargo, con un instinto
que parecía reaccionar tan vívidamente a él como él a ella. La besó descendiendo las
manos por su espalda sin dejar de acariciarla hasta sus caderas, la aupó y la dejó caer
encajándose de nuevo en ella. Los dos jadearon al sentirse plenamente. Supo que ella
sabía, que ella había comprendido que, en esa postura, ella tenía el control y el poder.
Lo supo cuando lo abrazó rodeando sus hombros y su cuello, lo supo cuando lo besó
de nuevo y Dios bendito lo supo cuando empezó a moverse primero tanteando,
probando y después, cuando hubo encontrado el exacto modo de darle placer y
tomarlo a raudales, aquello fue… la aferró con fuerza, le dejaría las marcas de sus
dedos, de su boca y de todo él pero aquello era una maravilla, una increíble e
indescriptible maravilla. << ¿Cómo diantres había sido tan estúpido de privarlos de
eso durante meses? ¿Cómo diantres había estado a punto de perder…? Cielo
santo>> pensaba buscando de nuevo aire con que llenar sus pulmones. << Hace solo
unas horas era inocente, pura como la nieve y ahora, ahora, ¡Dioses del Olimpo>>
Gritó su nombre cual ser de las cavernas, agarrándola con fuerza mientras los giraba
sin romper esa bendita unión pues moriría al instante, la tumbó de espaldas a esa
cama que haría bendecir, le alzó los brazos por encima de la cabeza entrelazando sus
manos y enredando sus dedos. La besó antes de auparse sin soltar sus manos,
mirándola, deleitándose de esa imagen que no borraría de su cabeza jamás. La
embistió con ese nuevo ángulo con avidez, con ansia desatada y salvaje, una y otra y
otra y otra vez. Perdía todo sentido de la realidad, aquello era el cielo, su particular
cielo, la llenaba mientras ella alzaba las caderas yendo a su encuentro, se enterraba en
ella hasta la empuñadura, marcándola como suya, marcándose como parte de esa
mujer. “Camy, Camy”, jadeaba ronco en su oreja cerrando fuerte los dedos en sus
manos, impulsándose en unos envites finales que lo llevaban a la más increíble de las
locuras pues juraría que todo desapareció, todo, excepto ellos, dejó de existir, sus ojos
solo veían su piel, su rostro enrojecido, sus ojos cerrados echando la cabeza hacia
atrás en respuesta involuntaria al placer que compartían, solo percibía su aroma
embriagador, su calor.
—Dios, Dios, Dios. —Respiraba agonizante sintiendo esos temblores, ese
frenesí final como un mar de pura lujuria y pasión sin fin y ese desenfrenado clímax
que estalló dentro y fuera de él.
Recuperaba el ritmo de su respiración minutos después jadeando su nombre
como si fuera su particular rezo en su oreja. Tan agotado, exhausto, tan saciado y
satisfecho que podría morir feliz en ese instante.
—Dios mío, Camy. —Le bajó los brazos sin soltar sus manos y acariciando su
oreja con los labios—. Dios mío, Camy, creo que no llegaremos a la edad de tu tía.
Camile empezó a reírse. La miró y solo consiguió que se riere más.
—Veo que al menos tienes fuerzas para reírte de tu esposo.
Ella asintió sin dejar de reírse consiguiendo que él también se riese contagiado
por su hilaridad.
—Lucas, aunque sea del todo inapropiado e incorrecto que yo lo diga, pero creo
que a pesar de su mala salud, si mi tía ha llegado a esa edad es porque ella y mi tío
hicieron mucho ejercicio. —Decía riéndose.
—¡Camy! —La reprendió estallando en carcajadas—. Desvergonzada. —La
besó con lentitud en el cuello sin dejar de reírse—. Creo que he despertado una
pequeña licenciosa que permanecía dormida dentro de mi dulce esposa.
—Como diría Samuel. —Asintió mientras decía—. Aja.
Lucas se reía rodando con ella hasta el borde de la cama. Se sentó atrayéndola
de inmediato para acomodarla en su regazo. La besaba mientras ella pasaba sus
brazos por sus hombros. Permaneció con ella en relajado abrazo acariciándose
mientras sus cuerpos se iban poco a poco calmando.
—Si no te llevo de inmediato a tu dormitorio, juro que nos encerraré aquí hasta
que alguien halle nuestros agotados esqueletos entrelazados porque no seré capaz de
dejar de ¿cómo lo has llamado? ¿”Hacer ejercicio”? —Ella se rio—. Umm, pues
hacer ejercicio con mi esposa hasta que perezcamos de inanición. —
Le dio un mordisco en la mejilla—. Claro que yo saciaré mi hambre con mi
sabrosa esposa.
—¿Serías capaz? —Se reía—. No respondas. Miedo me da conocer la
respuesta. —Miró hacia el vestidor frunciendo el ceño—. Ahora que lo pienso ¿no
debería haber aparecido Jeffrey?
Lucas sonrió pícaro.
—En realidad, le pedí que me dejare descansar indicándole que ya le llamaría
cuando le necesitase. —De nuevo le dio un ligero mordisco en la mejilla—. Y de
momento no le necesito para nada. Estoy servido.
Camile se rio.
— ¿Ahora quién es el desvergonzado?
Lucas sonrió.
—Somos una pareja de desvergonzados, milady. —Se puso en pie llevándola
con él, abrazándola mientras la ayudaba a posar y afianzar los pies en el suelo—. Voy
a por tu batín y a ponerme unos pantalones y una camisa para acompañarte. —Le dio
un rápido beso antes de correr al vestidor.
Camile miró en derredor. Estaba completamente desnuda, tiró de la colcha y se
cubrió en ella. Después miró los pies de la cama donde se encontraba su pobre
vestido desgarrado y en una esquina de la misma su camisola. Antes de poder decir
nada unos brazos la rodearon.
—Cielo, te prefiero sin esa colcha.
Tiró de ella dejándola de nuevo desnuda, pero enseguida la cubrió con su batín
de seda. Ella cerró el cinturón mientras lo miraba ceñuda.
—Mira cómo has dejado mis ropas, bruto.
Lucas miró el suelo y la cama.
—¿Qué puedo decir? Me conviertes en un cavernícola. —Le rodeó la cintura
con los brazos pegando su espalda a su torso ya cubierto con una camisa. La besó en
el cuello—. No te preocupes, cuando regrese, antes de llamar a ese joven ayuda de
cámara, guardaré las pruebas de mi lado más salvaje.
Camile resopló.
—El problema es que me has arrastrado en tu regreso a las cavernas. Aunque al
menos me has cubierto con seda no con pieles.
Lucas se reía tomando su mano y echando a andar hacia la puerta.
—Ven conmigo mujer de las cavernas.
Camile se paró.
—Espera, tengo una idea. —Se soltó de su mano y regresó corriendo a la
banqueta donde estaban relajados los dos animalitos. Los tomó y le dio uno—.
Cuando lleguemos hasta donde estén los lacayos los soltamos y tú les pides que los
atrapen, les dices que se te han escapado y yo me escabulliré a mi dormitorio. —
Hizo una mueca—. Aunque espero no esté esperándome Gloria, de ella no hay
forma de escabullirse.
Lucas se rio mirando a Dina en su mano.
—Sabía que era buena idea traer a estos dos bichitos conmigo.
Camile resopló —No sé yo. Convertir a unos pobres animales inocentes en
cómplices de tus fechorías. —
Chasqueó la lengua
—Nuestras fechorías, los desvergonzados somos dos, no te olvides. —Le robó
un rápido beso antes de abrir la puerta y sacar la cabeza—. Vamos. —Dijo bajando la
voz y dando un ligero tirón de su mano.
Al llegar a la esquina final del pasillo donde había que girar para enfilar el
pasillo que daba a las escaleras y al otro corredor donde estaba su dormitorio vieron
apostados dos lacayos y otros dos junto a las escaleras. Camile pegó la espalda a la
pared mientras Lucas se pegaba a su cuerpo.
—Bien, cielo. —Bajó la voz a un ligero susurro—. Ven tras de mí. En cuanto
llegue al otro lado del pasillo suelto a nuestros cómplices y después espera a que se
retiren todos los lacayos tras pedir yo su auxilio…
Camile asintió conteniendo una carcajada. Iba a moverse, pero Lucas la detuvo.
Se cernió sobre ella, besó su cuello y después su oreja.
—Recuerda que te recogeré en media hora.
Camile suspiró alzando el rostro para poder besar su cuello.
—Nos encontramos frente al retrato de mi abuelo. —Lucas asintió separándose
un poco y sintiendo incluso en ese instante añoranza de ella por absurdo que le
pareciere—. Lucas. —Susurró Camile cerrando su mano en el costado de su camisa.
Lo miró y estaba totalmente sonrojada—. Mi, mi tía es muy intuitiva, y, y, bueno,
quiero decir que… ¿y si pregunta?
Lucas sonrió y de nuevo se cernió sobre ella, pero esta vez cariñoso y protector.
La besó en la frente antes de mirarla de nuevo.
—Camy, no pasa nada, no hemos hecho nada malo y, desde luego, nada de lo
que avergonzarse. —Chasqueó la lengua—. Salvo destrozar la ropa de mi esposa.
—Camile se rio suavemente como él pretendía—. Tú solo se tú misma, no has de
preocuparte por nada. Además, yo estaré a tu lado.
Camile suspiró.
—Menudo consuelo, un desvergonzado ayudando a una desvergonzada.
Lucas ahogó una carcajada en su cuello.
—Desvergonzado, inconsciente y cavernícola, no lo olvides.
—Lo que yo decía, desconsolador. —Suspiró en su piel—. Estamos perdidos
Le dio un beso en el cuello duro y firme antes de darle un ligero empujoncito
mientras él se reía bajito.
—Vamos, mi desvergonzada esposa, que el peligro nos aguarda.
La tomó de la mano en un gesto que ya parecía salirle sin pensar. Al llegar al
final del pasillo la dejó lejos de la vista de los lacayos, le dio un rápido beso en los
labios que la hizo sonreír y tomando a los dos animalitos los soltó en dirección a la
escalera. Esperó que empezaren a bajarla para mostrarse ante los lacayos y preguntar
si habían visto a sus mascotas pues se habían escapado y creía que habían tomado esa
dirección, les decía con absoluta cara de inocencia pensaba Camile admirada ante el
desparpajo que mostraba, y cuando uno de los lacayos señaló la escalera donde se
veía a Bonnie dando torpes saltos por aquéllos enormes escalones, se las arregló para
que los cuatro lacayos de los pasillos y uno de una de las puertas salieran tras ellos.
Camile tuvo que taparse la boca con las dos manos antes de echar a correr ante la
absurda imagen que tenían frente a ella con Lucas con aspecto desaliñado guiando a
los lacayos escaleras abajo en pos de dos animalitos inocentes. Entró corriendo en su
dormitorio cerrando rápidamente tras ella deseando con fuerzas que Gloria no
estuviere allí. Caminó despacio al vestidor y al no verla rápidamente se desprendió
del batín de Lucas que escondió en un cajón y tomó su bata antes de tirar del cordón
de llamada. En cuanto Gloria le echó un par de miradas supo que le había leído la
mente por lo que obvió decir nada y gracias a Dios Gloria también.
Media hora después salía de su dormitorio y al alzar la vista vio que al fondo
del corredor se hallaba Lucas con su traje negro apoyado en el aparador frente al
retrato de su abuelo con las manos en los bolsillos. Sonrió al verla pero no se movió
ni un ápice y cuando llegó a su altura no esperó a decir nada, alcanzó veloz su mano y
tiró de ella para colocarla entre sus piernas rodeando de inmediato su cintura.
La besó lentamente, sin importarle si alguien les viere.
Con su frente apoyada en la de ella susurró sonriendo.
—Te he echado de menos.
Camile sonrió.
—No seas bobo en plena cacería no puedes acordarte de nadie.
Lucas estalló en carcajadas alzando el rostro pero sin soltar su agarre.
—Serán dos mascotas muy pequeñas, pero han logrado llegar al vestíbulo antes
de que las alcanzáramos. —
Ladeó el rostro y la besó en el hombro antes de inhalar su aroma—Cariño,
hueles de maravilla.
Enterró el rostro en su cuello frotando su mejilla con la piel cálida de ella.
Camile dejó caer su cuerpo dentro de su abrazo apoyando la cabeza en su hombro.
—Lucas, dijiste que te reprendiese cuando no me gustase que utilizares
términos cariñosos. —Cerró los brazos en torno a él sin separar su cabeza de su
cálido cuerpo—. Pero me gusta mucho que me llames cariño o cielo. —Alzó el rostro
para mirarlo y él hizo lo propio—. Pero promete que nunca me llamarás querida.
— ¿Querida no?
Camile negó con la cabeza
—Así me llamaba mi institutriz cuando intentaba reprenderme o cuando intenta
aleccionarme, pero, sobre todo, así me llama… —se mordió el labio consciente de
que iba a decir algo que le iba a enfadar.
—¿Así te llama…? —La instó él.
Se ruborizó y bajó la mirada.
—No te enfades pero, bueno, es que —Fue bajando la voz hasta convertirla en
un murmullo.
Lucas estalló en carcajadas pues no necesitó que dijese nada más.
—Así te llama mi madre. —Decía riéndose mientras ella alzó el rostro
ruborizada hasta las pestañas y mordiéndose el labio—. Ay, cielo, —se reía apretando
su agarre y pegándosela más al cuerpo—, no puedo enfadarme pues sé bien que mi
madre a veces utiliza un tonillo algo enervante. —Se reía sin parar.
—No es eso. —Suspiró—. Bueno sí. —Reconoció mortificada—. Cada vez que
escucho “Camile, querida” —La imitó—. Me temo lo peor.
Lucas estalló en carcajadas.
—Ay, no me hagas perder la compostura delante de tu templado abuelo.
—Camile se rio. La besó cariñoso en la sien antes de enderezarse—. Vamos.
—Señalaba intentando adoptar una postura elegante mientras posaba su mano en su
manga—. No hagamos esperar a cierta dama de ancestros salvajes.
Camile se reía negando con la cabeza.
—Si le dices eso es capaz de echarte de cabeza a la tormenta.
—Al menos espero que mi esposa tenga a bien acogerme aunque sea a
escondidas. Prometo acurrucarme en sus brazos si hacer ruido.
Camile sonrió.
—¿Acurrucarte?
Ya bajaban la escalera pero aun así a Lucas no le importó inclinarse y besar su
sien y cuando ella giró el rostro para mirarlo le robó un beso con mirada pícara a
pesar de que a los pies de la escalera se encontraba Devon en su puesto.
—Lucas. —Murmuró.
Él sonrió enderezándose.
—Acurrucarme y robarle muchos, muchos, muchos besos a mi deliciosa
esposa. —Susurró consiguiendo que se tornase carmesí como una rosa—. Y lograré
ese placentero sonrojo sin mesura.
—Lucas. —Jadeó llegando al último escalón mientras él estallaba en
carcajadas.
Caminaron en silencio hasta el salón donde ya esperaba su tía con la señorita
Donna, su dama de compañía.
—Milady. —Hizo la cortesía al llegar mientras Camile continuaba para darle
un beso en la mejilla.
Su tía sonrió con cierta picardía y señaló el mueble de las bebidas y, de
inmediato, él obedeció su silenciosa orden.
—¿Puedo preguntar qué urgencia aconteció esta tarde para privarme de la
compañía de mi sobrina? —
Preguntó cuándo él aún servía las bebidas pero desde el espejo frente a él pudo
ver el reflejo de la ajada dama sonreírle con cierta diversión.
—Pues, me temo, milady, que esas dos mascotas de mis hijos que he traído
conmigo para acompañarme en el viaje y para que ellos no hayan de preocuparse en
su aventura náutica, resultan ser algo caprichosas hasta el extremo de necesitar la
ayuda de su sobrina para domesticar su rebeldía.
Camile se rio.
—No le haga caso, tía. Los pobres no son más que víctimas de las
circunstancias. —Miró a Lucas que les entregó sus vasos a todas ellas, incluida a esa
callada y mayor dama de compañía—. Creo que le están castigando, merecidamente
hay que decirlo, por haberlos traído metidos en una cesta zarandeados sin
miramiento.
Lucas se rio.
—Me declaro culpable de eso, pero diré, en mi descargo, que venían
acomodados entre cojines, que me paraba cada poco para darles comida y agua y que,
además, no han tenido reparo alguno en dormir a pata suelta, nunca mejor traída tal
expresión, la mayor parte de ese tortuoso camino.
Su tía se rio.
—En ese caso, solo resta por saber qué son esas mascotas, porque como sus
hijos tengan la costumbre de acoger almas perdidas como mi hijo y mis sobrinos
puedo esperarme desde un simple perro hasta una lagartija de ojos saltones.
—Ah no, tía, eso sí que no, la lagartija no ha de atribuírsela a sus sobrinos sino
a su propio hijo, de hecho, nos perseguía con ella por toda la casa. —Miró a Lucas—.
Albert encontró en Lorens su principal aliado contra sus hermanas y maquinaban todo
tipo de torturas en nuestra contra.
—No debieres quejarte ya que vosotras tres eráis temibles cuando se os metía
algo entre ceja y ceja. —Su tía movió frente a ella su dedo imperioso—. Ni me
molestaré en recordarte el incendio de la caseta del perro.
—Tía, eso no fue culpa nuestra. Fueron un cúmulo de infortunados
acontecimientos que devinieron en un resultado algo inesperado. —La miró con cara
de inocencia.
—Con esa descripción no puedo por menos que preguntar ¿qué ocurrió?
—intervino Lucas sonriendo.
Su tía miró a Camile con las cejas levantadas:
— ¿Lo cuentas tú o te arriesgas a escuchar mi particular versión de los hechos?
Camile sonrió:
—Bien, bueno, veamos. —Miró a Lucas—. Por una simple casualidad mis
hermanas y yo nos enteramos de que Lorens y Albert llevaban semanas haciendo
acopio de unas preocupantes cantidades de petardos y artificios para el día de San
Patricio, más concretamente para gastarnos una broma a Steph, Amelia y a mí en tan
señalada fecha. De modo que nos vimos en la obligación de procurarnos una oportuna
defensa. —
Su tía resopló pero ella la miró de refilón y simplemente la ignoró por pura
conveniencia con cara de falsa inocencia—. De modo y manera que decidimos
comprar algunos de esos artificios nosotras también.
Por entonces, mi primo tenía un enorme perro, un San Bernardo, que estaba
sospechosamente adiestrado para que cada vez que nos veía a mis hermanas y a mí,
alzaba las patas y nos saludaba con un lametón dejándonos, en cada ocasión, dos
enormes patas de barro, arena o hierbajos en nuestros vestidos, abrigos y demás
prendas de vestir. En fin, que era un enorme perro al que procurábamos no acercarnos
cuando llovía o cuando íbamos vestidas con trajes nuevos o con ropa que
apreciásemos. Pues bien, la travesura de Albert y Lorens no sabíamos exactamente en
qué consistía pero sí que el perro tenía algo que ver pues descubrimos que cada vez
que desaparecían camino del pueblo o marchaban a Dublín a buscar más artificios y
petardos se lo llevaban con ellos. Decidimos entonces privarles de él el día anterior a
la fiesta de San Patricio. Sin embargo, todo parecía aliarse en nuestra contra ese día.
Como no sabíamos usar los fuegos que habíamos comprado, creímos acertado
probarlos en el jardín de atrás, cerca de donde se hallaba la caseta del perro y,
oportunamente, lejos de los oídos de los mayores. Además, habíamos desatado al
perro porque íbamos a llevarlo a casa del guardés para que lo escondiese todo el día
siguiente. El caso es que encendimos cada una un petardo, el primero que sonó fue el
de Steph que me asustó haciendo que soltare el que tenía en la mano que salió
volando cayendo cerca del perro que al sonar salió corriendo chocando con Amelia
que con el encontronazo soltó el que ella sostenía en la mano recién prendido y que
quedó enganchado en la correa del perro que iba a toda carrera a esconderse en su
caseta donde se metió a toda prisa, pero en cuanto sonó el que se le había
enganchado, salió de la caseta, de nuevo sin freno, hacia la casa principal con la mala
fortuna que el petardo de Amelia hizo que prendieren todos los que Albert y Lorens
habían estado escondiendo en esa caseta, detalle que nosotras ignorábamos, de tal
modo que en un minuto empezaron a estallar todos y prender la madera de la caseta
mientras, además, empezaba a llover haciendo que cuando el pobre perro entró
asustado en la casa llevara barro en cada pelo de su enorme cuerpo lo que unido al
estruendo de todos aquellos artificios, hizo que toda la casa se asustare y se
presentare frente a nosotras mientras permanecíamos, medio hundidas en el barro del
jardín, bajo un torrente de lluvia cayendo copiosamente y rodeadas de nuestras cajas
de petardos, mientras, a escasos metros, la caseta del perro, a pesar de la lluvia, ardía
como si fuere paja gracias a las ingentes cantidades de petardos y fuegos artificiales
de Lorens y Albert. —
Suspiró—. En fin, que no fueron más que una suma de desafortunadas
coincidencias de las que no fuimos más que víctimas inocentes.
Lucas que había permanecido en silencio aunque sonriendo la miró fijamente:
—A ver si lo entiendo. Prendisteis un fuego artificial en un pobre perro y, tras ello,
todo un arsenal de ellos escondidos en su caseta de modo que ésta salió ardiendo
inevitablemente a pesar de la lluvia que caía ese día. —Estalló en carcajadas—. No
me extraña que ese perro os llenase de barro nada más veros. —
Decía riéndose.
Camile resopló y lo miró ceñuda.
—No prendimos al perro, a éste se le enganchó accidentalmente un petardo,
además, ¿cómo íbamos a saber que la caseta estaba llena de petardos?, ¿a qué
descerebrado se le ocurre semejante idea? —cruzó los brazos en su pecho.
—Pues supongo que a un descerebrado de la misma familia que unas niñas que
prenden y usan a un perro de mecha andante. —Decía entre risas incontenibles.
—Es increíble cómo reducen los hombres una historia solo a dos hechos
insignificantes de una suma distinta de ellos. —Se quejó mirándolo con la ceja
alzada. Lucas se reía alzando su copa ligeramente en su dirección mientras ella
resoplaba—. Te quedas sin postre. —Dijo como una niña enfurruñada—. Y hay tarta
de crema y nata azucarada.
De nuevo él se rio y miró a la tía.
—Para su tranquilidad, puedo asegurarle que las dos mascotas de mis hijos no
son ni de lejos fuentes de tales peligros. —Miró a Camile—. Ni siquiera en manos de
peligrosas influencias. —Camile puso los ojos en blanco—. No son más que un
conejito y un cachorro de Teckel.
—Procuremos mantenerlos lejos de objetos incendiarios. —Dijo la tía
sonriendo.
—Ni me molestaré en protestar a tan descarada malicia, tía. —Se puso en pie y
se inclinó para ayudar a su tía a levantarse lanzando una mirada a la puerta—.
Además, Devon viene hacia aquí lo que significa que la cena está lista y o lleno esas
hirientes bocas de comida o acabaré prendiéndoles a ambos por su maldad.
—En realidad, no es que te libres de contestar a lo que tú calificas de malicia,
sino que más bien, te has salvado de que continúe sacándote los colores contando tus
andanzas de juventud. —Decía su tía enlazando su brazo al de ella. Miró a Lucas que
permanecía ya de pie cerca de ellas—. Puede que fuere tímida y reservada, pero tiene
una mente peligrosa para cualquiera.
—¡Tía! —se quejó—. Eso es una falacia. Soy la bondad personificada y el que
no lo reconozca no dice mucho a su favor.
—Al contrario, refuerza mi inclinación hacia la verdad y a reconocer los hechos
tal y como son.
Camile suspiró.
—¿Los hechos tal y como son? ¿Según qué ojos, tía? ¿Los suyos?
—Camy, —La sonreía tomando asiento en la mesa—, eso es una impertinencia
incluso para una mente peligrosa como la tuya.
Camile se rio.
—Está bien, está bien, acepto el justo toque de atención que no así el supuesto
defecto que me atribuye.
Su tía se rio.
—En tal caso, consideremos que quedamos en tablas. —Miró a Lucas sentado a
su derecha—. Decidme, milord, ¿jugáis al ajedrez?
—Lo hago, milady. —La sonrió encantador—. Y aunque no sea un maestro, me
defiendo ante jugadores duchos.
Camile gimió.
—Acabas de caer en su trampa. —Negó con la cabeza.
Su tía se rio.
—Lo ha hecho, milord, pues ahora deberá jugar conmigo. Es más, mañana me
demostrará cuán hábil logra ser ante un oponente ducho. —Camile carraspeó y su tía
sonrió—. Bien, algo más que ducho. —Camile volvió a carraspear—. Oh está bien.
—Resopló mirando a su sobrina—. ¿Así como quieres que me divierta a costa de
inocentes caballeros? —miró a Lucas—. Lo confieso, milord, soy algo más que
ducha. El ajedrez es el único juego que me apasiona, además, es de los pocos que las
damas de mi edad pueden jugar sin contención.
Camile se rio.
—Tía, contención no creo que sea una palabra que se le haya aplicado ni en su
edad actual ni a en ninguna pasada.
—Impertinente respondona.
La miró con una sonrisa pícara mientras Camile sonreía con absoluta inocencia.
—Bien, milord. —De nuevo dirigió sus ojos hacia él mientras servían la
cena—. Hábleme de esos dos pillos suyos pues Camile me lo ha contado todo de ellos
pero me temo que no se muestra demasiado objetiva al respecto. Incluso sus defectos
parecen gustarle.
Lucas miró a Camile con una sonrisa:
—Pues me temo que adolezco del mismo fallo, milady.
Durante una hora la tía Hester interrogó con bastante habilidad a Lucas hasta
que se disculpó con ellos y subió a descansar con ayuda de la señorita Donna.
—Te advertí que no acabaría la cena. —Se apresuró a decir cuando hubo salido
su tía—. A estas horas se encuentra exhausta si ha hecho mal tiempo como hoy.
Lucas la sonrió.
—Se parece a tu madre, no de carácter, creo que es más directa que ella, pero
físicamente es muy parecida.
Camile asintió.
—Sus ojos se parecen mucho. Los de mamá eran más claros, pero la expresión
de los mismos es idéntica.
Terminaron de cenar mientras Lucas le sonsacaba historias de su juventud y
tras ello se acomodaron en un salón donde hábilmente despidió al lacayo y cerró las
puertas antes de tomar asiento con ella. Cuando la vio sentada recatadamente en un
sillón se acercó a ella y la aupó llevándola hasta un sofá donde se sentó con ella
acomodada en sus brazos.
—Mejor. Mucho mejor. —Decía colocándola con la espalda apoyada en el
brazo del sillón y su trasero acomodado entre sus piernas.
—Lucas. —Lanzó una rápida mirada hacia la puerta mientras él la rodeaba por
la cintura—. Nos van a llamar escandalosos. —A pesar de su comentario le rodeó el
cuello con los brazos y sonreía.
—Por eso he cerrado la puerta, mi tímida dama. —Inclinó la cabeza y la besó
en la oreja antes de atrapar su lóbulo entre los labios y darle un ligero mordisco
logrando que ella gimiera y cerrase su mano en su cuello en involuntaria y
transparente respuesta—. Umm, más sabrosa y dulce que esa tarta de crema. —Le
susurró licencioso. La miró sonriendo—. Bien, mi dama ¿qué deseas que hagamos
mañana?
Camile frunció el ceño recordando lo que tenía que hacer.
—Umm, pues si ha dejado de nevar, montaré temprano antes de que la tía se
despierte… después desayunaré con ella en su saloncito donde tras leerle algunas
secciones del periódico, la dejaré acomodada en un sillón frente a la chimenea antes
de ir a Dublín a recoger sus medicinas y a encargar vinos y algunas cosas para cuando
lleguen los demás. Después del almuerzo quedaré libre si vienen a visitarla sus
amigas pues pueden pasarse horas bordando y contándose hasta el último hecho
ocurrido en millas a la redonda.
Lucas sonrió
—Eso significa que, —le dio un rápido beso en la mejilla—, mañana, iremos
juntos a montar temprano. Te dejaré desayunar tranquila con tu tía antes de
marcharnos juntos de paseo a Dublín donde tras las compras necesarias y los recados
que hayas que hacer, serás mía hasta el momento de regresar para el almuerzo. Y por
la tarde, tras la llegada de tan oportunas visitas, serás de nuevo toda mía. —Se inclinó
cerrando al tiempo los brazos pegándosela por entero y posando sus labios en el
nacimiento de su pecho—. Solo mía. —Besó y lamió la piel desnuda—. Mía sin
reservas. —Lamió la piel desde el nacimiento de su pecho hasta su barbilla con
parsimoniosa lascivia mientras ella jadeaba sintiéndose arder arqueándose dándole un
mejor acceso—. Camy. —Susurró rozando tus labios—. Llévame a tu dormitorio. —
La besó apasionadamente—. Llévame a tu dormitorio.
—Es, está —decía intentando hilvanar dos palabras seguidas lo que era
francamente arduo con él besándola y acariciándola de ese modo—. Está Gloria, es,
es, esperando.
Se besaron hasta que, jadeante, él se alzó con ella en brazos soltándola con
cuidado para que se enderezase en el suelo.
—Despídela. Esperaré cinco minutos y subiré. —Camile asintió, pero ninguno
de los dos se movió o se soltó. Al cabo de unos instantes Lucas tomó su rostro entre
las manos y le acarició con los pulgares las mejillas—. Subiremos juntos. Yo iré por
Dina y Bonnie. Les prometí a los niños cuidar de ellos y rascarles las orejitas, así que
esta noche se las rascaremos los dos.
Camile se rio dejándose caer en su pecho y cerrando los brazos por dentro de su
chaqueta de noche.
—Menudo asaltador de aposentos de damas estás hecho que llevas a tus
mascotas contigo.
Lucas sonrió apoyando el mentón en su cabello
—¿Qué mejor que un conejito y un cachorro parar ablandar el corazón de una
dama de noble carácter y alma bondadosa?
Camile se separó y lo miró.
—Bien, pues en cinco minutos os espero a ti y tu ejército de mascotas ablanda
corazones en mi dormitorio. —Le dio un rápido beso poniéndose de puntillas
mientras él se reía—. No tardéis y procura que no te vean andar por la casa como un
oscuro canalla de impuras intenciones.
Salió corriendo y tras abrir la puerta subió la escalera conteniéndose para no
hacerlo a la carrera.
Despidió a Gloria en cuanto le abrió el vestido alegando que quería quedarse a
leer un rato antes de acostarse y de inmediato se paró frente a la puerta sintiendo
nerviosismo y un poco de miedo por tenerlo en su dormitorio. Ni siquiera se hubo
quitado el vestido que solo llevaba desanudado desde la espalda.
Solo se había desprendido de las medias y los zapatos para no hacer ruido con
ellos en el mármol.
Permaneció con la espalda apoyada en la puerta cada vez más ansiosa y en
cuanto escuchó un golpecito suave en la puerta abrió de golpe. Lucas sonrió pero al
no moverse ella le agarró de la solapa y le hizo entrar y antes de cerrar la puerta sacó
la cabeza y miró a ambos lados del pasillo, gesto que hizo estallar en carcajadas a
Lucas que mantenía en cada mano a un animalito.
—Shhh. —Lo miró ella cerrando deprisa la puerta y echando el pestillo—.
Bobo, te van a oír.
—Camy, sé que tu tía duerme al otro lado del pasillo y que, hasta que no llegue
tu familia, no hay nadie en las habitaciones cercanas. Además. —Dio un paso hasta
ella y la besó en la frente—. Cielo, eres mi esposa.
No hay nada de malo o incorrecto en que esté aquí o que lo sepan. —Camile se
ruborizó de inmediato como una antorcha lo que le hizo reírse más—. Ay, cielo. Eres
adorable. —Le puso entre las manos las dos mascotas y sin esperarlo la tomó en
brazos—. Y ahora, cariño. —Decía caminando hacia los sillones donde, al llegar, la
depositó en el suelo—. Dejaremos a nuestros dos animalitos aquí para que reposen un
rato. —
Tomó a los dos animales y los dejó en un sillón—. Y ahora. —Se giró y la
atrapó entre sus brazos—. Deseo que me enseñes tus dominios pues he pensado que
no es correcto devorar a la señora del lugar sin conocer antes el lugar.
Camile se rio alzando los brazos y posando las manos en su hombros.
—¿Y quién dice que dejaré que devores a la señora del lugar?
—Bien. —Cerraba los brazos en su cintura—. Si no me dejas, tendré que hacer
uso de artimañas y trucos, algunos de los cuales son muy arteros, para hacerte
cambiar de idea.
—¿Trucos arteros?— negó con la cabeza —. Nunca lo creería posible.
—Me obligas a usar medios viles, mujer cruel. Me empujas hacia la senda de la
perdición. —Se inclinó rozando sus labios—. Deberías sentirte avergonzada. —La
besó cerrando fuerte los brazos, aupándola y pegándosela por entero al cuerpo
mientras ella le rodeaba su cuello con los brazos dejándose cernir a él.
Interrumpió suavemente el beso tras unos largos segundos sin separar sus
labios—. Camy, adoro besarte. —
Dijo con la voz enronquecida siendo consciente, en cuanto salió esa frase, que
tal confesión iba cargada de una verdad que salía de su pecho, no de su cabeza o de
esa anatomía traicionera. Salía del centro de su ser, de él. Dibujó sus labios
lentamente con su lengua manteniéndola en ese posesivo abrazo—. Te devoraré
pedacito a pedacito. —Mordió suavemente su labio inferior demorando el soltarlo—.
Disfrutaré como un loco haciéndolo y prometo que disfrutarás tanto como yo, porque
tú, cielo, eres la única capaz de hacerme querer convertirme en un caníbal rendido a
los pies de su dama.
Camile se rio —Bueno, quizás te deje devorarme un poquito.
Lucas sonrió depositándola en el suelo con cuidado.
—De modo que mis trucos arteros deberé reservarlos para cuando te enfades
conmigo en un futuro, que supongo no será muy lejano pues, conociéndome,
mereceré un severo castigo más temprano que tarde.
—Empezando por tu costumbre de romper mi ropa. Pero ahora no es necesario.
—Se giró y le enseñó la espalda abierta y de nuevo se dio la vuelta para mirarlo—.
Así que ni se te ocurra romper mi vestido o solo dejaré que me devores un pedacito
minúsculo.
Lucas se reía cuando de nuevo la abrazó.
—Milady, tenemos un trato. No romperé tu vestido y tú me dejarás devorarte
más, mucho más que un pedacito. —Le dio un beso antes de soltarla y tomarla de la
mano—. Bien, mi dama, guíame por tus dominios.
—Está bien, umm. —Miró en derredor—. Ven. —Miraba hacia el balcón antes
de echar a andar. Llegaron a un enorme arcón junto al balcón—. Este arcón era de mi
madre.
Se soltó de su mano y se arrodilló frente a él antes de abrir la tapa labrada. Al
hacerlo dejó ver el interior formado por enormes cajones de bonita madera rubia
profusamente labrados formando un intricado conjunto que simulaba una cómoda.
Lucas se arrodilló a su lado. Miró su interior lleno de recuerdos, libros y cosas
variadas. Camile sacó un cajón.
—Aquí están las cartas de Samuel y Viola. —Lo miró—, Bueno, las que le
dictaban a mi padre o a Steph. Y
allí, —señaló al otro lado de la habitación—, Sus dibujos y el programa de la
obra infantil a la que le llevó mi padre.
Lucas miró en la dirección que señalaba y sonrió al ver los dibujos de sus hijos
enmarcados y colgados en una pared como si fueran la más bonita obra de arte.
Adoraba a Camile, no podía negar que adoraba a la dulce, cariñosa y generosa Camile
y también a la pasional, ardiente y entregada Camile. Se giró para mirarla mientras
dejaba el cajón en el arcón. Se enderezó y antes de darle oportunidad de saber lo que
ocurría la tomó en brazos y la llevó hasta la cama. La sentó en el borde con las
piernas colgando y se colocó inclinado con las manos apoyadas a ambos lados de ella
con el rostro a su misma altura.
—Camy, cuando regresemos a Londres, voy a llevarte a pasear, al teatro, a
cenar a sitios bonitos y románticos. Te llevaré de compras y a visitar museos donde
buscaremos sitios para escondernos de los demás y besarnos como dos jovenzuelos
desvergonzados. —Le dio un suave y tierno beso mientras ella lo miraba con una
sonrisa en los ojos—. Pero lo primero que vamos a hacer es llevar a los niños a hacer
un picnic en St James Park, en la orilla del lago, donde veremos las aves y patos.
Almorzaré en una manta con mi esposa a mi alcance y mis niños haciendo preguntas
impertinentes de por qué le robo besos a mamá o por qué le acarició la muñeca
mientras ella intenta inútilmente comer un trozo de tarta o por qué apoyo la cabeza en
su regazo si no estoy cansado.
—Interesante. —Decía rodeando su cuello con los brazos y dejándose caer de
espaldas a la cama llevándolo con ella—. De modo que, —lo besó en el mentón—, no
me dejarás comer tarta en el parque ni conocer más que lugares oscuros en los
museos. —Lo besó en la mejilla mientras él se cernía sobre ella—. Y dígame,
caballero, ¿Cómo serán esos besos de jovenzuelo desvergonzado?
Lucas sonrió pasando los brazos bajo su cuerpo y acomodando el suyo en sus
suaves curvas.
—Serán hambrientos. —La besó lentamente—. Intensos. —La volvió a besar
con fuerza—. Tan apasionados como mi esposa. —La besó con ansiedad y avidez.
Gruñó en su boca alzando el rostro—. Camy te compraré miles de vestidos.
Sin darle oportunidad a reacciona dio un tirón hacia ambos lados de la espalda
del vestido habiendo agarrado los bordes por donde estaban desatados escuchándose
el desgarro de la tela instantes antes de que él se echase hacia atrás llevándoselo
consigo el vestido y dejándolo caer al suelo y antes de tumbarse sobre ella que se reía
mirándolo.
—Lucas has roto nuestro trato así que solo podrás devorar un pedacito de
mí—decía riéndose y poniendo las manos sobre su pecho—. Levántate. —Lucas la
miró desconcertado con los brazos estirados a ambos lados de ella manteniéndole con
la justa separación para no caer sobre ella—. Vamos, levántate. —
Obedeció quedándose de pie entre sus piernas que colgaban del borde de la
cama. Camile se impulsó y saltó de la cama quedando cara a cara con él—. Tienes un
minuto para quitarte toda esa ropa y regresar conmigo o no dejaré que me devores
nada de nada. —Tomó los bordes de la camisola y se la quitó por la cabeza antes de
mirarle alzando las cejas y girando rápidamente para abrir la cama y meterse bajo las
mantas—. El tiempo pasa, tardón.
Lucas se reía incrédulo por esa mezcla de inocencia, picardía y sensualidad que
estaba seguro desconocía poseía.
—La culpa es tuya. Eres una visión cegadora para cualquier hombre vivo.
Respondió riéndose y quitándose a toda prisa cada prenda de ropa que caía
desordenada a ambos lados maldiciendo los zapatos y las medias mientras se las
quitaba casi desesperado, para, de inmediato, subirse a la cama donde ella permanecía
con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas recogidas en el pecho abrazadas
mirándolo fijamente.
—Es la primera vez que te veo desnudo de verdad. —Dijo de repente con cierta
timidez.
Él la miró un segundo sonriendo antes de pasar su brazo por su espalda y
auparla sentándola entre sus piernas y abrazándola con fuerza después de apoyar su
espalda en su torso. Necesitaba sentir su piel contra la suya, su aroma impregnarlo
todo en él. Apoyó el mentón en su hombro mientras deslizaba sus manos por su
cintura introduciéndolas entre su pecho y sus piernas que enseguida ella soltó
mientras se dejaba caer del todo sobre su torso permitiéndole acariciarle a placer las
costillas, sus pechos cuando cerraba los brazos en torno a ella. Enterró el rostro en su
cuello —A mí me encanta tu cuerpo desnudo, cielo, y puedes ver, tocar y hacer con el
mío lo que desees, porque es todo tuyo, Camy, solo tuyo.
Ella giró el rostro y lo miró de pronto asombrada
—Creo que no te estoy… entendiendo bien. ¿Qué… qué quieres decir?
Lucas la besó en la nariz y después en los labios.
—Cielo, lo estás entendiendo bien. Eres mi esposa, mi dulce y adorable esposa
y jamás, jamás, habrá nadie más para mí. Voy a ser el marido que te he prometido. En
todo, Camy, en todo. Soy tuyo, solo tuyo, no hay ni habrá más mujer que mi Camy.
—Tu Camy. —Repitió en un susurro casi inaudible, pero Lucas supo que
realmente sentía que ella era su Camy, solo suya, suya y de nadie más. Nadie jamás
tendría derecho sobre ella porque era suya y nunca haría nada que le hiciere
perderla.—. Lucas. —Lo miró a los ojos tras un minuto—. Me gusta ser tu Camy.
Lucas cerró, involuntariamente, muy fuerte los brazos a su alrededor, era su
Camy. La besó dejándolos caer de costado con ella fuertemente pegada a su pecho.
—Camy. —La miró desde esa posición en que permanecía fuertemente
encajada en su cuerpo —. Cielo, cierra los ojos.
Ella lo miraba un poco sorprendida y desconcertada, pero enseguida obedeció.
Ese gesto le produjo a Lucas una sensación de vértigo y a la vez de plena y
asombrosa euforia. Confiaba en él hasta el extremo de obedecerle aun ignorando lo
que iba a hacer. Posó sus labios en su cuello, bajo la piel de su oreja y se la acarició y
lamió mientras descendía una mano desde su ombligo introduciéndola entre sus
muslos.
—Cielo.— le susurraba ronco y con una cadencia que hacia estragos en la
sensible piel de Camile—. No abras los ojos, solo siente, escucha y siente.
Introdujo los dedos en su intimidad acariciando al tiempo esa perla sensible
mientras realizaba un pecaminoso baile en su interior. Camile reaccionaba sintiendo
ese fuego nacer y avivarse y abría ligeramente los muslos mientras rozaba sus nalgas
con el cuerpo cálido y fuerte tras ella sintiendo esa dureza que él frotaba suavemente
entre sus glúteos como la más candente vara de puro placer.
—Lucas. —Lo llamaba sin abrir los ojos aferrando su mano a la que él
mantenía y movía licenciosamente en su intimidad llevándola a gemir deseosa,
ansiosa, ardiente—. Lucas.
—Siente. —Jadeaba ronco en su oreja moviendo sus caderas frotándose contra
ella.
—Lucas más. —Dijo frenética—. Por favor, a ti, te, te quiero a ti, dentro de mí.
—Jadeaba buscándolo con las nalgas—. Lucas.
Ahogó un grito echando la cabeza hacia atrás sintiendo los espasmos de ese
clímax desgarrador. Lucas aferró su mano en su intimidad mientras con su pierna le
alzaba el muslo.
—Ábrete, cariño, ábrete para mí. Quiero tomarte desde atrás. —Camile supo
enseguida lo que quería. Abrió los ojos y lo miró fijamente ladeando la cabeza
mientras abría el muslo y sus nalgas echándolas hacia atrás como si un ser lujurioso
la guiase.
—Lucas, por favor.
Empujó fiero mientras con la mano abierta en su bajo vientre la empujaba hacia
él. Camile gritó de sorpresa por esa fiera y salvaje invasión que sintió hasta en el más
oscuro rincón de su cuerpo.
—Camy. —Jadeó en su oreja casi asustado por su rudeza, pero también porque
le estallaba el corazón y esa verga enterrada en ella vibraba frenética de pura dicha.
Era el paraíso, ese cuerpo era su paraíso pensaba cerrando fuerte los ojos
incapaz de hablar, incapaz de reaccionar por unos segundos. Su vara latía reclamando
más y más y más. Comenzó a moverse y ella a buscarlo abriéndose a él y empujaba y
abría sus nalgas al mismo tiempo. Aquello era, era… Abrió los ojos, maravillado.
Camile los cerraba y se dejaba llevar. Se aferró fuerte a ella. La empezó a acariciar,
besar casi frenético, él embistiendo su espada dura y prieta como nunca en su vida y
ella enterrándolo y aferrándolo en su interior ahogando su punta cuando la tenía
profundamente clavada en ella disfrutando del roce de sus nalgas con su cuerpo y
cada vez que entraba y salía de ella cada vez con más fiereza desbocada.
Camile le estaba haciendo gemir de un placer embriagador, jadeaba en su oreja
cegado y desesperado.
—Camy, Camy, Camy, Dios mío, Camy. — Se sabía gruñéndole en
inconsciente reclamo—. Sí, eso es, eso es, Camy, no pares.
Cada vez se abría más a él y empujaba esas magníficas curvas contra él. Lo
aferraba en su interior provocándole tal placer que no quería, no podía parar. La
escuchaba jadear ahogada su nombre tan desesperada como él, gemir de placer
cuando la acariciaba y lo sentía en plenitud. Camile le clavaba las uñas en el brazo y
se frotaba contra él, se arqueaba y era preciosa. Llegó un momento en que no
apartaba los ojos de ella, hipnotizado. Su piel, sus labios ligeramente abiertos
buscando aire, esos pechos plenos que al arquearse él tomaba con su mano y
disfrutaba pletórico de entusiasmo, ese precioso trasero en el que frotaba más y más
su hambriento pene una y otra y otra vez. Lo sentía grande, reclamante, ansioso e
intenso como nunca antes, anhelante de ese suave cuerpo, todo su miembro vibraba
dentro de ella y hacia que el resto de su cuerpo vibrase y sentir sus nuevos espasmos
envolviéndolo, su orgasmo envolverlo lo llevó al suyo propio como si de algo salvaje
se tratare. Y lo fue, salvaje, fiero, intenso y tan vívido como nunca en su vida.
Derramarse en ella fue una liberación magnífica, tan agotadora y satisfactoria que se
supo ahogando agónico su grito animal con un gruñido en su cuello, y enterrando
fuertemente su rostro en su cuello.
—Dios mío. —Susurró Camile respirando con esfuerzo.
Permanecía encerrada en su cuerpo muchos minutos después en que ninguno de
los dos era capaz de reaccionar. Con sus extremidades, y toda ella en realidad, tan
agotada que la sentía laxa y adormecida por completo entre sus brazos.
Pero él estaba igual, sin fuerzas para moverse ni siquiera para salir de ella, pero
tenía que hacerlo, no quería que estuviere incómoda o dolorida. Cuando se movió un
poco para retirarse de su interior Camile gimió en queja por dejarla.
Lucas le acarició el hombro con los labios.
—No voy a ninguna parte, cielo, solo quiero que estés cómoda, sshhh. —Le
susurró antes de salir lentamente de ella.
De inmediato ambos se buscaron de nuevo y pegaron del todo sus cuerpos
como una respuesta atávica y de pura necesidad del otro. La acomodó bien antes de
dejar el rostro descansar en su cuello. La escuchó suspirar con su cabeza descansando
en la almohada. Sonrió sobre la piel de su hombro pues era un suspiro cansado y
satisfecho. Él la había satisfecho. Le dieron ganas de reír arrogante y triunfal
especialmente porque también sentía su cuerpo pleno, saciado y satisfecho. Estaba
agotado y a la vez lleno de vida, se sentía glorioso.
—Lucas. —Murmuró en un bostezo.
Sonrió como un bobo.
—Dime, cielo.
—No te irás ¿verdad? —preguntó con cierta timidez, agotada y casi
adormilada, pero con esa timidez que lo llenaba de ternura.
—Ni un ejército de salvajes irlandeses me separaría de mi Camy.
Se rio suave.
—No seas tonto, —Reía sin abrir los ojos—, bastaría con una salvaje en
concreto, algo ajada y refunfuñona, pero temible.
Lucas se rio mientras besaba su oreja y su cuello.
—Es posible, pero esta noche te aseguro que no lograría separar mis brazos de
ti.
De nuevo ese suspiro suave y que sabía salía de sus labios mientras dibujaban
una bonita sonrisa.
—Lucas, uno de los dos debería ir a por Dina y Bonnie. Hace frío y además,
hemos de rascar sus orejitas.
Lucas se rio.
—Lo que me obligan a hacer mis hijos. —Suspiró antes de darle un beso en ese
hueco suave—. No te muevas. No muevas ni un musculo de tu adorable cuerpo y
como vea que sacas de debajo de las mantas la más mínima porción de él me veré
obligado a darte unos azotes en tu bonito y suave trasero.
Se deslizó por la cama manteniéndola tapada y fue a por las mascotas y cuando
regresó Camy estaba mirándole de arriba abajo. Se metió bajo las mantas de nuevo y
ella gritó cuando la abrazó.
—Tienes los pies fríos. —Se quejó girando para mirarlo mientras se reía.
Se enderezó un poco y tomó a Dina y a Bonnie dejándolos en la almohada antes
de sisear para colocarse entre las piernas de Lucas que se había sentado con la espalda
apoyada entre los almohadones. De inmediato la rodeó con los brazos y la pegó a su
pecho acomodándola entre sus piernas y cerniéndola a su torso. Después subió las
mantas y la colcha hasta los hombros de ella que giró el rostro para mirarlo, pero
antes de que se quejare el ahogó su protesta con un beso.
—No pienso dejar que te enfríes. —Le decía estirando el brazo y tomando uno
a uno los dos animalitos y dejándolos en el regazo de Camile.—. Tú acaricia a
Bonnie y a Dina mientras, —metió los brazos bajo la manta y la rodeó con ellos—,
yo te acaricio a ti.
Camile se rio pero pronto se sintió en la gloria con su cuerpo desde las caderas,
apoyado relajadamente sobre el de él que besaba su hombro y su cuello, mientras le
acariciaba suavemente los pechos, las caderas, la cintura. Dejó caer la cabeza hacia
atrás en su hombro con los ojos adormilados, los párpados pesados y la vista nublada,
dejándose disfrutar de esas caricias pecaminosas pero también dulces y tiernas.
Gimió con suavidad de placer —Lu, Lucas, así, no, no, no puedo acariciar…
Suspiró de placer arqueándose un poco con las manos de él bajo las mantas
mesurando lentamente sus pechos. Gimió cuando descendió la mano a su bajo vientre
acariciando el nacimiento de su intimidad solo ligeramente, sus dedos eran como
plumas que le hacían cosquillas. Jadeó echando más la cabeza hacia atrás buscando
aire.
—Lucas.
—Sshhh. —Le susurraba al oído—. Sshhh. —Lamía su piel, la acariciaba con
la misma lentitud que sus manos, atolondrándola, adormeciéndola —. Cielo, déjate
llevar, shh, eso es, cierra los ojos, relájate. —Su voz era como una cadenciosa nana—
Sshh, dormiremos juntos. —Decía acariciando sus pechos, calentándole la piel, pero
no como cuando estaban en plena fiebre de deseo y pasión desatada.
Con esas caricias, el calor de su cuerpo envolviéndola y el cansancio de antes
que volvía a sentirlo plenamente, se estaba quedando dormida. Lucas sonreía. Nunca
en su vida había sentido tal necesidad de tocar y acariciar a alguien como a ella, pero
ese cuerpo entregado bajo sus manos al que fue adormeciendo más y más, era algo
adictivo para él. Esas caricias eran deliciosas, sentirla en sus manos, suave, blanda,
tan tersa y cálida. Reaccionaba tan bien bajo sus caricias y sus besos, de un modo tan
sincero, tan real. Esos sonidos que emitía, le encantaban. Esos suspiros, esos suaves
gemidos, esos ruiditos mitad gemido mitad jadeo cuando comenzaba a enrojecer de
placer o él le hacía algo que la sorprendía descubriéndole una nueva sensación. La
seguía acariciando con ella tan adormilada que todo su cuerpo estaba relajado dentro
del suyo. Bonnie y Dina dormían indiferentes a ellos dos acurrucados junto a su
pierna y Camile mantenía sus manos sobre sus duros y musculosos muslos que
acariciaba ahora adormecida.
Había descubierto que Camile era de una timidez tremenda, pero en la
intimidad esa timidez no existía sino que era no solo pasional y ardiente, como nunca
hubiere imaginado, sino también curiosa, deseaba conocer y aprender y le encantaba
acariciarlo, notar sus músculos bajo sus manos y a él lo volvía loco notar sus suaves
manos, esos tersos dedos acariciarlo y explorarlo. Y que los dioses le perdonasen
pero le encantaba que le clavase las uñas. Nunca le habían gustado esas mujeres
deseosas de marcar el cuerpo de sus amantes, pero Camile no hacía eso sino que le
clavaba las uñas en los momentos álgidos como respuesta al placer en estado puro e
imposible de fingir y lo acicateaba apretando sus manos en él. Por Dios bendito si
antes casi grita de euforia cuando le clavó las uñas en el glúteo en las embestidas
finales reclamando que se acercase más a ella, que se introdujere más en ella. Casi
estalló en el instante en que lo apretó contra ella, empujándolo más y más dentro y
cuando aferró su miembro dentro de ella con sus músculos interiores y le clavó las
uñas al mismo tiempo fue puro placer, gozo fiero y salvaje y casi le hace gritar. No,
no, de hecho, gritó. Lucas sonrió sin dejar de acariciar su piel ya plenamente dormida.
No, Camile no era pasiva, de hecho parecía tan ávida como él, con instinto para
reaccionar a su cuerpo, como si conociere el cuerpo de él y lo que le hacía responder
y reaccionar. Y algo dentro de él también parecía guiarle sobre el de ella, aunque no
sabría con certeza qué era, si el mismo instinto que ella o simple inercia, pero, fuere
lo que fuere, lo cierto es que sus cuerpos reaccionaban al otro sin necesidad de
guiarlos.
La besó en el cuello e inhaló su aroma, sonrió pues percibía un ligero toque a su
propio olor mezclado con el dulce de ella y también un poco de ese agradable olor al
sexo compartido. << Ah, pequeña>>, pensaba engreído, << voy a enseñarte cada
cosa imaginable y vamos a necesitar mil vidas para que nos cansemos de noches y
momentos como estos…>>. La sabía profundamente dormida. Subió bien las mantas
antes de cerrar los brazos y dejar reposar su cabeza en el almohadón cerrando los ojos
sin dejar de sonreír.
Lucas despertó pasadas las cinco de la mañana sintiendo ese agradable aroma
inconfundible de Camy y la suavidad y calidez de su piel calentando la suya.
Permaneció quieto unos minutos dejándose disfrutar del placer de amanecer en
brazos de una mujer pues nunca amanecía con sus amantes, a salvo el par de
ocasiones en que pudo despertarse junto a una mujer por estar en exceso borracho al
llegar a la cama. La última vez que lo hizo fue con Violet y no guardaba gratos
recuerdos de tales momentos perdidos pues nunca fueron reales, nunca fueron lo que
él pensaba. Miró el perfil de Camile cuya cabeza reposaba en su hombro y cuya
sedosa melena tapaba su hombro y su brazo. No, Camile no era como Violet.
¿Cuántas veces le habían dicho eso Marcus y Thomas? Y aunque su cabeza y su
mente ya entonces le decían que no lo era, aun así, en su estupidez, se empeñaba en
alzar un muro entre ellos. La observó. No, Camile no era Violet. Camile era
inteligente, con un despierto sentido del humor, era sincera, buena, generosa,
entregada, cariñosa hasta límites inimaginables, y leal como nadie que hubiere
conocido, sin mencionar esa apasionada hoguera en que se convertía con él. Sonrió
presumido.
La besó en el hombro y comenzó un lento sendero hasta el cuello y después su
oreja donde posó los labios unos segundos antes de susurrar:
—Despierta dormilona, despierta. —Camile murmuró dormida algo
ininteligible—. Camy, despierta.
—Un minuto más, Gloria. —Se quejó.
Lucas sonrió.
—Perezosa.
Camile giró el rostro pestañeando varias veces antes de abrir los ojos y verlo al
fin.
—Buenos días.
Le dio un beso en los labios aún dormidos, lo que le produjo cierta ternura y se
estiró como una gatita melosa haciéndole reír.
—Buenos días, gatita. —Se reía rodeándola con los brazos—. Ha dejado de
nevar. —La besó en la sien mientras miraba por los cristales del balcón—. Así que
montaremos juntos, no lo olvides.
Camile volvió a mirarlo y después giró el cuerpo poniéndose cara a cara con él
y le rodeó con los brazos acomodando el rostro en su pecho.
—Me gusta escuchar los latidos de tu corazón. Fuertes, arrogantes como tú.
Lucas descendió sus brazos por su espalda y posó las manos en sus nalgas que
acarició travieso.
—Tengo un corazón arrogante y una esposa impertinente. —Apretó las manos
y empujó su cuerpo hacia arriba hasta colocar esa cálida intimidad justo en su
entrepierna y ella rápidamente se aupó para poder rodear su cuello con las manos—.
Creo que nuestra cabalgada empezará ahora mismo.
Camile sonrió de pronto divertida.
—¿Así es como se llama? —Preguntaba apoyando las manos en su pecho e
impulsándose para quedar sentada a horcajadas sobre él con el cuerpo ya
cosquilleando de anticipación.
Lo miró traviesa y con una sonrisa divertida mientras él se incorporaba
ligeramente para no separarse mucho de ella sonriendo tan divertido como ella.
—Bueno, una de las formas de llamarlo, sí.
—¿Siempre? —preguntaba curiosa.
Lucas acariciaba las nalgas de ella y el bajo de su espalda sintiendo su dureza
rozar la ya cálida humedad de ella. Estaba mojada, caliente y preparada para él. Le
gustó saberla ansiosa de su cuerpo tanto como él del de ella pues estaba duro como
una roca desde que ella le abrazó pegando más su cuerpo al suyo.
—Depende de la postura, de lo que se haga.
—Ah. —Cerró los brazos en su cuello pegando sus rostros mientras clavaba las
rodillas en el colchón y se alzaba un poco—. Pues creo que debieres enseñarme.
Lucas sonrió malicioso.
—¿Obedecerás mis indicaciones? —le acariciaba los labios con los suyos.
Camile asintió.
—Pero tienes que besarme.
Lucas se rio.
—Cielo, adoro besarte. —La besó mientras introducía una mano entre sus
cuerpos tomaba su miembro y sin mirar sabiendo donde estaba esa gloriosa cueva
empujó fiero antes de tomar sus caderas para bajarla con él—. Ahora. —tragó saliva
para poder hablar—. Cielo, eres, eres. —Ella lo aferraba fuerte en su interior y o
empezaba a moverse o se terminaría antes de empezar pues estaba a punto de
estallar—. Pequeña, eres mi jinete y yo, tu montura, tienes que, que…
Camile lo besó acallándolo.
—Tengo que montarte. —Dijo al separar sus labios—. Cabalgarte.
Lucas asintió sonriendo como un pirata.
—Tú llevas las riendas. —Jadeó ansioso.
Camile se rio suavemente antes de alzar las caderas y después dejarse caer
repitiendo el movimiento y pronto comprendiendo que podía moverse de distintas
maneras como la tarde anterior y más…
empujando hacia delante al final engulléndolo por entero. Mover las caderas un
poco aferrándolo con fuerza, aumentar el ritmo… Se sentía poderosa, lujuriosa y
sintiendo su placer con la misma intensidad que el de Lucas que la aferraba, la guiaba
ligeramente para enseñarle algunas cosas que aumentaban el placer de ambos.
Descubrió que arqueándose lo tragaba más y más y más y Lucas la tenía a pleno
alcance, sus pechos, su cuello, toda ella y la devoraba desaforado, la acariciaba, la
lamía frenético en algunos momentos. Veía su rostro y sus ojos embriagados, como
los de un hombre ebrio de algún licor. Él alzaba sus caderas en algunos momentos
embistiendo al mismo ritmo que ella, y Camile gritaba extasiada.
Lucas jadeaba, gemía y cuando se derramó en ella la abrazaba con fuerza
pegándola a su pecho mientras él echaba la cabeza hacia atrás buscando aire aunque
en realidad solo jadeaba << Dios, Dios, Dios…>> Se dejó caer sobre los almohadones
llevándola consigo, acomodándola en su pecho, manteniéndola en su abrazo y
dándole gracias a los cielos porque ella no pareciere dispuesta a romper su unión.
<< Diantres>>, sonrió muchos minutos después cuando hubo recuperado el
ritmo de su respiración, de sus latidos y la cordura. Alzó los brazos tras taparla y
cruzándolos tras su cabeza meditó sobre ese día glorioso con ella. Ayer a esa misma
hora era una inexperta y hoy me hace convocar a Dios en pleno éxtasis.
—¿Cuando regresemos a Londres me despertarás así todas las mañanas?
—preguntó Camile sorprendiéndolo mientras continuaba deslizando relajada su dedo
por las líneas de los músculos de su costado—. Porque te advierto que de hacerlo
vamos a tener que poner una cama en el desván y dormir allí.
Somos unos escandalosos.
Lucas estalló en carcajadas.
—Somos apasionadamente escandalosos. —Respondía sin dejar de reírse y
bajando un brazo para acariciarle la espalda bajo la manta—. Achácalo a mi vena
arrogante pero me gusta mucho que mi Camy grite mi nombre cuando se encuentra
en plenitud de pasión.
—¡Lucas! —alzó el rostro para mirarlo enfurruñada, pero careció de fuerza su
queja pues estaba ruborizada como una amapola y sonreía sin poder evitarlo—. Eres,
eres —Resopló—. No sé lo que eres pero seguro que no es bueno.
Lucas estalló de nuevo en carcajadas.
—Y tú eres adorable cuando te aturullas. —Rodó con ella manteniendo esa
bendita unión, pensaba al notar con mayor intensidad en esa postura ese calor
envolverlo, acogerlo—. Camy, ahora —sonrió canalla aupando ligeramente el
torso—, toca un trote tranquilo y agradable.
La miró pecaminoso antes de empezar a moverse dentro de ella con una lentitud
que la hizo arder en pocos segundos, más cuando la besaba y acariciaba por doquier
con igual parsimonia, pronto el calor dio paso a una llama y está a un fuego que
desembocó en un incendio cada vez más y más reclamante y exigente por parte de
ambos y cuando cayeron exhaustos en una suerte de brazos, piernas y cuerpos
agotados estallaron, cómplices, en un ataque de risa.
—Eres un licencioso, Lucas. —Decía más tarde mientras enredaba sus dedos en
su cabello y él mordisqueaba y lamía uno de sus pechos jugueteando como si fuere un
niño travieso.
—En realidad, soy un hombre hambriento y tú eres un delicioso pastel
—Mordisqueó uno de sus pezones y lo lamió introduciéndoselo en la boca durante
unos largos y agradables segundos—. Delicioso. Tan tierno, sabroso y apetitoso que
quiero repetir. —Decía con ese tono que Camy no lograba evitar la cautivase—. Ah
pequeña, cuán dulce es mi desayuno.
Camile se reía mientras él pasaba a torturar su otro pecho.
Al cabo de un rato la tumbó boca abajo y con dedicación y lentitud, le besó y
lamió desde los hombros hasta las rodillas mientras Camile se quedaba en gloriosa
relajación dejándole hacer. Después se tumbó a su lado boca abajo pero enredando
una pierna con las de ella y rodeándole con un brazo mientras acomodaba su rostro
cara a cara con el de ella a escasos centímetros.
—Camy tienes una piel tan suave y desprendes un aroma tan embriagador.
—La besó en la punta de la nariz—. Nunca me cansaré de acariciarte.
Camile sonrió:
—Pero esta noche yo quiero acariciarte a ti. Ahora que te he visto desnudo
quiero poder conocer cada parte de ese fuerte cuerpo tuyo.
Lucas sonrió.
—Soy todo tuyo, cielo, ya lo sabes. Podrás hacer lo que gustes. —La besó en
los labios—. De hecho, te garantizo que disfrutaré tanto o más que tú.
—¿De verdad? —preguntó curiosa—. ¿A los hombres les gustan esas cosas?
Me refiero a las caricias, los besos y los mimos.
Lucas acercó más su rostro y la besó más profundamente.
—A este hombre sí, si las caricias, besos y mimos provienen de mi Camy, sí.
Pero no me gustan, me encantan.
Camile se rio algo azorada.
— ¿Aunque sean caricias y besos un poco torpes?
Lucas sonrió y se colocó sobre ella casi por completo evitando aplastarla.
—Cielo, no tienes de torpe ni un cabello de tu hermosa cabeza, te aseguro tus
caricias no son torpes, de hecho, me vuelven loco, y adoro tus besos, tienen el poder
de convertirme en un salvaje destroza vestidos.
Camile se rio.
—Es cierto, me has rasgado otro y eso que estaba desabrochado. La modista te
va a poner a la cabeza de sus clientes preferidos.
Lucas sonrió.
—Un pequeño precio a pagar por disfrutar de mi Camy, aunque no sería mal
recibido algún cambio en los diseños que permitan desprenderse de ellos con práctica
rapidez.
—Bien, veremos qué podemos hacer. Le diré, madame, necesito modelos
hechos a prueba de salvajes y a ser posible alguno que sea rápidamente eliminado de
la vista de mi particular y manazas doncella, también conocida como mi esposo.
Lucas apoyó la cabeza en su espalda entre sus omoplatos.
—Tu esposo prefiere que simplemente no lleves vestido alguno. —Pasó los
brazos por debajo de su cuerpo para abrazarla bajo él—. Sentir tu piel es glorioso,
cielo. No creo que pueda aprobar prenda alguna que me prive de sentirla directamente
bajo mis manos, mis labios, rozando mi piel.
—Lucas. —Lo llamó al cabo de un rato en que ninguno se movió y ella
permaneció en cálido abrazo bajo él mirando como empezaba a entrar la luz de la
mañana por el balcón—. ¿Qué le dirás a mi familia cuando llegue?
—Reconozco que no había pensado en eso. —Reconocía serio permaneciendo
también en esa postura—.
Supongo que la verdad.
—¿Y cuál es?— preguntó algo temerosa.
Lucas se tomó un segundo para responder.
—Ni yo mismo la sé pero sí sé que quiero que tengamos un matrimonio de
verdad, Camy. Quiero que esperes y recibas de mi lo que te gustaría esperar y recibir
de tu esposo. Quiero ser un buen marido y un buen padre. Quiero saber que eres feliz,
Camy. Quiero cuidarte, protegerte y hacerte feliz.
—Cuando nos prometimos. —Dijo Camile tras un minuto—. Escuchaba de
labios de todos a mí alrededor, bueno de todos los que no era mi familia, decirme que
era afortunada. Me decían sin ambages que debía considerar que, por una milagrosa
fortuna, una mujer que parecía abocada a convertirse en una solterona hubiere
recibido una propuesta de matrimonio de uno de los personajes que toda madre, dama
y matrona de la ciudad deseaba como yerno o esposo. —Respiró profundamente—.
Pero tras la boda, pasado el tiempo, deseaba gritar a todos ellos que se equivocaban,
que la fortuna no es el matrimonio, que me sentía un fraude o una embustera
fingiendo ser una mujer casada cuando no era más que esa solterona bajo el disfraz de
mujer casada y que, además, las solteronas pueden ser felices a diferencia de muchas
mujeres casadas. —Suspiró—. Odiaba sentir que mentía constantemente, que fingía a
todos y a todo. Odiaba tener que disimular ante mi familia, odiaba tener que escuchar
en las cenas, bailes y en el parque, incluso cuando estaba con los niños, que era
afortunada por tenerte, por ser tu esposa. Había momentos en que me tenía que
morder la lengua para no espetar con rudeza que ni te tenía ni era tu esposa. —Tomó
aire—. No quiero tener que mentir, Lucas. No quiero tener que fingir y menos ante
mi familia. Lo haré si es necesario pero prefiero saberlo antes de regresar. No quiero
que prometas cosas porque creas que has de prometerlas o hacer cosas porque creas
que has de hacerlas para que yo regrese y siga como antes.
Regresaré de todos modos, fingiré si es necesario, me conformaré, no me
quejaré, pero no quiero que mientas, ni que prometas o hagas lo que no deseas.
Lucas cerró fuerte los ojos dolido por ese callado daño que había soportado en
soledad. Se alzó lo bastante para poder hacerla girar y ponerla cara a cara con él. Le
tomó el rostro entre las manos y se lo acarició.
—Camy, no voy a mentirte, no voy hacer una promesa que no vaya a cumplir y
no hago ni haré nada que no quiera para obtener de ti cosa alguna. Te he hecho tanto
daño que merecería que me azotaren durante meses, que me encadenasen y torturasen
por estúpido, descerebrado y, especialmente, por ser cruel con la persona que menos
se lo merece del mundo. Te prometo que seré un buen esposo, no porque quiera que
regreses, que desde luego deseo fervientemente que regreses, sino porque deseo
sobremanera ser un buen esposo. Haré lo imposible para que seas feliz, no porque
desee nada de ti sino porque quiero que recibas lo que mereces y eso no es sino que
seas feliz cada día de tu vida. No quiero oírte decir que te conformas o que no vas a
quejarte o que tienes que fingir pues me pienso encargar de que no ocurra nada de
eso. Mi Camy no ha de conformarse, no ha de fingir y, desde luego, podrá quejarse
cuanto guste y su esposo pondrá remedio al motivo de su queja e impedirá que nadie
moleste o perturbe a su Camy y te aseguro que, si alguien tiene la ocurrencia de decir
que eres afortunada por tenerme, me encargaré que comprenda que soy yo el
afortunado y que tú no eres sino la pobre alma que se gana el cielo por tener que
soportar a un marido estúpido, descerebrado y majadero como el que más.
Camile alzó el brazo y le dibujó con el dedo las líneas del rostro: —Creo que si
le dices a mi hermana Steph que eres un estúpido y descerebrado reconocerá que eres
el marido perfecto para cualquier dama inteligente, con gusto por mandar y salirse
con la suya. —Lucas sonrió aliviado al saber que Camile intentaba dejar atrás lo que
la dañaba—. Además, reconoces que me estoy ganando el cielo y eso es algo
absolutamente cierto.
Empezó a reírse.
—Consideraré eso una insolencia que merezco, más, no por ello no he de
señalar que, quizás, dejarte entrar en el cielo demuestre que Dios es algo más
permisivo de lo que creemos los humanos. —Le dio un rápido beso juguetón—. Al
fin y al cabo, eres generosa y de gran corazón, pero también una licenciosa,
desvergonzada y salvaje dama.
Camile se rio.
—Eso no es justo, tú me has convertido en tales cosas.
—Ah pero ahí está tu error, cielo. —Sonreía pillo—. Dios nos muestra los
pecados para tentarnos y nosotros habremos de resistirnos para ganarnos la eterna
gloria. Yo soy tu tentación, y tú, mi pecaminosa, licenciosa y desvergonzada esposa,
no la has resistido. Cosa, por otro lado, comprensible pues dicha tentación resulta
irresistible cuando es presentada en forma de este irresistible, atractivo, seductor y
poderosamente viril esposo tuyo
— ¡Vaya! —Se rio—. Sí que estás muy pagado de ti mismo. Irresistible,
atractivo, seductor.
—No olvides, —siseó sus caderas colocándose entre sus muslos—,
poderosamente viril. —Sonrió presumido y arrogante.
Camile se reía frotando ligeramente sus caderas con las suyas.
—No sé, ¿poderosamente viril? ¿De veras? —Enredó sus piernas en torno a él
alzando sus caderas.
—Vuelves a caer en la tentación, mi pecaminosa esposa.
Sonrió malicioso antes de besarla y penetrarla con un golpe certero, firme,
pleno. Ambos se quedaron unos segundos quietos mirándose fijamente.
—Camy.— Se apoyó en los codos tomando su rostro de nuevo entre las
manos—. Prometo lograr que nunca te arrepientas de estar casada conmigo. —Veía
sus ojos brillantes de las lágrimas que sabía intentaba contener—. Y te haré caer una
y otra vez ante esta irresistible tentación.
Se retiró y empujó profundo. Camile sonrió extendiendo los brazos y aferrando
sus duras nalgas. Lucas sonrió mientras comenzaba a besarla.
—Ah, sí, mi esposa es una pecaminosa dama. —Decía logrando hacerlos reír a
los dos.
Media hora después caían sobre la cama enredados el uno al otro. Camile
empezó a reírse mientras acariciaba su duro torso.
—Creo que empiezo a ver el cielo muy, muy lejano para ambos.
Lucas estalló en carcajadas cerrando sus brazos a su alrededor.
— ¿Es esa tu forma de reconocer cuán poderosamente viril es tu tentación?
—O quizás cuán profundamente pecaminosa y desvergonzada ha resultado ser
su esposa, milord.
—Creo que ambas cosas ni son incompatibles ni me desagradan en modo
alguno. —Le dio un ligero mordisco en el hombro y un beso antes de separarse de
ella y sentarse en el borde de la cama—. Cielo. —
Miró la ventana—. Creo que si no nos levantamos será demasiado tarde para
salir a cabalgar.
Camile gateó, se arrodilló tras él y lo rodeó por la espalda apoyando la barbilla
en su hombro.
—Bueno, siempre podremos cabalgar aquí.
Lucas le tomó sus manos sonriendo.
—Te he corrompido sin remedio.
Camile se rio antes de darle un beso el cuello.
—Lo ha hecho, milord, lo ha hecho. Aunque admito que me gustaría salir a
montar por los campos nevados y dejar para esta noche una cabalgada algo más…
pecaminosa.
Lucas se giró deprisa y la empujó para quedar tumbado sobre ella.
—Mi pecaminosa esposa. —Susurraba antes de besarla—. Mi deliciosa y
pecaminosa esposa. —La besaba y acariciaba con ternura. Disfrutó de unos minutos
de esas suaves caricias antes de decir sonriendo—. En una hora en la sala del
desayuno. Tomaremos juntos un café y después me enseñarás algunos de tus sitios
preferidos para cabalgar.
Camile asintió sonriendo.
—Mejor nos encontramos frente al cuadro del abuelo. No sabes dónde está la
sala del desayuno y prefiero que no tengas que ir abriendo una por una las salas de la
primera planta o Devon empezará a creer que mi esposo además de un odioso inglés
es un loco carente de todo sentido de la orientación.
Lucas sonrió dándole un ligero mordisco en la mejilla. antes de levantarse de la
cama y comenzar a vestirse a toda prisa.
—Impertinente.
—Espera. —Dijo Camile cuando se encaminaba a la puerta. Se enrolló
apresuradamente la sábana en su cuerpo y corrió al vestidor regresando con su batín
en la mano—. Será mejor que te lo devuelva.
Lucas tiró de la mano con que le ofrecía el batín y de inmediato la rodeó con los
brazos dejando caer la cabeza para apoderarse de sus labios.
—Camy. —Le acarició ligeramente los labios antes de alzar el rostro—.
Guárdala. Si voy a desgarrar uno por uno todos tus vestidos necesitarás algo con que
cubrir tu delicioso cuerpo.
Sonrió seductor y tierno al mismo tiempo preguntándose Camile mientras le
sonreía en respuesta cómo lograba tal cosa.
—Umm, interesante. —Alzó los brazos rodeándole el cuello de modo que él
batín que mantenía sujeto con una mano caía por la espalda de Lucas—. Vas a
dejarme sin vestidos que ponerme, lo que significa que tarde o temprano solo podré
cabalgar con mi peligroso marido dentro del dormitorio pues careceré del atavío
necesario para hacerlo fuera de estas paredes.
Lucas sonrió —Vaya, vaya, vaya, una idea muy tentadora. —Miró por encima
de su hombro—. ¿Esa es la puerta de tu vestidor? Creo que llama mi atención de un
modo alarmante.
Camile se reía cerrando más los brazos en su cuello.
—Ni se te ocurra, al menos necesitaré un par de vestidos para pasear y ver a
mis niños.
Lucas se rio.
—Bien, bien, por ahora me abstendré de arrasar tu vestidor, pero solo por
nuestros niños.
Camile sonrió de un modo que de pronto a Lucas le resultó cautivador y muy
tierno.
—Nuestros niños. —Repitió sin dejar de sonreí —. Nuestros pequeños.
—Nuestros, cielo, nuestros. —La besó una última vez antes de abrir los
brazos—. Te doy una hora o me obligarás a tirar la puerta abajo reclamando a mi
pecaminosa esposa.
—No quiero ni imaginar lo que diría mi tía si destrozas su casa, especialmente,
cuando la llamas salvaje a ella.
Lucas sonrió, la besó en la frente y caminó a la puerta diciendo ya sin mirarla:
—Una hora, ni un minuto más.
Camile se bañó y vistió a toda prisa y cuando salió del dormitorio él ya se
hallaba apoyado en la cómoda frente al retrato de su abuelo con una sonrisa petulante.
Suspiró sonriendo y cuando se hubo acercado bastante preguntó:
— ¿Cómo has llegado tan pronto? Me he apresurado e incluso Gloria me ha
reñido por no dejarla abrocharme en condiciones.
Lucas sonrió como si fuere un niño a punto de cometer una travesura.
—Digamos que estaba muy motivado. Incluso me estaba preparando para
derribar esa puerta que me separaba de mi dama.
Camile se reía negando con la cabeza. Extendió los brazos y le ofreció una capa
de caballero.
—Te he traído la capa de Albert. La necesitarás. Está forrada de piel y es más
abrigada que esa que has traído. Para montar mejor ponte ésta.
<< Adoro a esta mujer>> pensaba mirándola cautivado.
—Camy, ven. —Abrió la mano frente a él y Camile se acercó. Le quitó la capa
y el sombrero que tenía entre las manos dejándolos encima de la cómoda. La abrazó y
la pegó a su pecho—. Camy. —Bajó el rostro y acarició su frente con los labios—.
¿Crees que si le dices a tu tía que me vas a enseñar la ciudad no se moleste porque
almorcemos tú y yo en Dublín?
Camile alzó el rostro para mirarlo apoyando la barbilla en su pecho.
—¿Quieres que almorcemos en la ciudad?
Lucas asintió.
—Me gustaría agasajar a mi dulce y atenta esposa y llevarla a un bonito lugar a
almorzar tras pasear por la ciudad y robarle besos y abrazos a la menor oportunidad y
abrazarla fuerte alegando que intento resguardarla del frío y lograr entre en calor
gracias a mis fuertes y protectores brazos y la tentaré en una confitería a que deguste
deliciosos bombones que iré ofreciéndole con mis dedos en sus bonitos labios y
cuando regresemos en el carruaje la acomodaré y colmaré de atenciones y caricias
muy, —Bajó el rostro posando los labios en su oreja—, muy pecaminosas, y dejaré
que ella me devore sin contención.
Camile se reía —Bueno, —apoyó la mejilla en el hueco de su hombro—, puede
que te pruebe un poquito pero solo como aperitivo. Aún has de dejarme tocarte por
entero, ¿recuerdas?
Lucas suspiró en la piel de su cuello.
—Lo recuerdo, cielo, e incluso sueño despierto con ello. —Le dio un suave
beso, bajó la voz para decir con cadenciosa lentitud—. Pienso obedecer cuantos
deseos tengas y permanecer muy quieto si me lo pides.
Dejaré que hagas conmigo lo que gustes y seré tu entregado siervo durante el
tiempo que pidas.
De nuevo alzó el rostro lo miró con una sonrisa abierta, sincera y llena de
ilusión.
—Le diré a mi tía que te voy a llevar a un par de sitios a los que queremos
llevar a Samuel y Viola, lo que no será del todo mentira.
Lucas asintió y le acarició la mejilla con los nudillos.
—Cielo, —Le decía con voz suave y cariñosa—. ¿A qué hora hemos de
regresar del paseo?
—Umm. —Arrugó la nariz—. En un par de horas, mi tía se levanta un poco
más tarde en invierno.
Sonrió travieso.
—Bien, vamos.
Tomó su mano y la guio sin parar ni mirar nada más que a los establos y cuando
ella se quejó de no dejarle tomar ni un mísero café le susurró
—Te lo compensaré.
Se auparon a sus monturas y salieron por las puertas principales y cuando
Camile iba a guiarlo hacia los senderos del oeste él solo dijo:
—Cielo, sígueme, voy a llevarte a un sitio que vi desde el carruaje que me trajo
a Rosehills Camile asintió curiosa por saber qué lugar era. Tras media hora de
cabalgada bromeando uno con el otro, la paró frente a una cabaña de leñador y
descendió del caballo antes de tomarla de la cintura y bajarla de su montura
—¿Me has traído a la cabaña de leñadores?
Lucas la había tomado de la mano tras dejar a los caballos en una especie de
establo y la guiaba a la puerta.
—¿Conocías el lugar?
—Todos los lugareños lo conocen. En días de tormenta si quedas atrapado en
los caminos pueden resguardarse aquí. Siempre hay leña y mantas, agua y un hacha
para partir leña si se acaba la que suele haber.
Lucas abría la puerta diciendo:
—Muy precavidos.
La hizo pasar y en cuanto lo hizo cerró echando la llave dentro. Miró en
derredor y sin más la llevó a una especie de camastro de paja y mantas y la hizo
sentar antes de encender la chimenea, tras eso regresó con ella.
—Camy. —Le decía soltando su sombrero y lanzándolo a una silla—. Tienes
dos minutos para desnudarte o si no desgarraré una a una las prendas que llevas.
Camile abrió mucho los ojos:
—¿Aquí? ¿Quieres que me desnude aquí?
Lucas la miraba fijamente comenzando a desprenderse de sus propias ropas.
—Cielo, o lo haces tú o lo hago yo.
—Pero, pero —Miró en derredor—. Es que —Miró la puerta—. ¿Y si entra
alguien?
—Cielo, el tiempo corre en tu contra, o mejor dicho en la de tus ropas.
—Pero, pero —Lo vio abriéndose el pantalón y tirando de ellos—. Oh Dios
mío, está bien, está bien —empezó a desnudarse a toda prisa—. Ni se te ocurra
dejarme sin nada con que regresar a casa.
Lucas se reía viéndola dar vueltas sobre sí misma nerviosa desprendiéndose de
todo. Inocente, adorable, confiada. Sonreía viéndola. En cuanto se hubo desprendido
de todo menos de la camisola la tomó de la mano y la guio de nuevo hacia el
camastro donde hubo extendido la capa de ella. La tumbó y cubrió su cuerpo con el
suyo.
—Cielo. —Le decía apoyado sobre los codos protegiéndola con todo su
cuerpo—. Quiero estar a solas contigo, solos los dos. Quiero simplemente estar con
mi Camy.
La llenó de besos y caricias con lentitud bromeando con ella, colmándola de
atenciones. Después cogió la capa que ella le hubo entregado y los tapó con ella antes
de abrazarla y mantenerla en cómodo y abrigado abrazo. Se adormecía con él y Lucas
disfrutaba de esa manera tan sencilla, algo licenciosa y pecaminosa pero también
tierna, íntima y cercana de tenerla con él, de estar con ella.
—Lucas ¿por qué querías venir aquí? —preguntó abrazada a él con la cabeza
acomodada en su hombro y acariciando distraída su pecho y su brazo
—Quería tenerte en mis brazos, solos los dos, tranquilos, en esta cabaña
solitaria, lejana del mundo y de lo que nos rodea. —Acariciaba su espalda bajo la
capa con las yemas de los dedos—. Quiero hacer contigo cosas que nunca he hecho
con nadie, compartir cosas que no he compartido con nadie.
—¿Puedo preguntar algo sin que te enfades?
—Sí.
—¿Sigues queriendo a tu primera esposa? Quiero decir que, seguro la sigues
queriendo, pero, es que, no sé, ay no sé, no contestes. No debiere haber preguntado,
lo siento, no te enfades —Decía ahora sin atreverse a mirarlo, preocupada porque de
pronto notó como se tensó, dejó de acariciarla aunque su mano permanecía quieta en
el mismo lugar en que se detuvo—. Lo siento, lo siento —Alzó el rostro preocupada
por su silencio tenso—. Lo siento. —Lo miró—. No, no volveré a preguntar.
—Camy.
De pronto su gesto, su cuerpo y tono de su voz devinieron tensos. Se incorporó
y quedó sentado con la espalda apoyada en la pared de madera. La miró un segundo
antes de decir serio: —Ven.
Camile se sentó a su lado pero él la rodeó por la cintura y la aupó para colocarla
entre sus piernas y de inmediato se la pegó al cuerpo tomando la capa para protegerla
del frío. La rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en la madera.
—Camy no debieres preocuparte por Violet.
—No, no, no es eso, es, es…
Suspiró dejando caer ligeramente la cabeza hacia delante y moviendo nerviosa
las manos en sus regazo sintiendo de pronto que estaba invadiendo una parte de él
que nunca le pertenecería y que el guardaba celosamente porque no quería
compartirla con ella preguntándose si la compartía solo con esa mujer a la que amó o
a la que aún amase.
—Por favor, olvida que he preguntado, olvida que he mencionado nada.
Lucas cerró ligeramente más los brazos, la besó en la sien y de nuevo apoyó la
cabeza en la madera mirando el fuego de la chimenea. Al cabo de unos minutos en las
que ambos permanecieron en silencio, sabiendo que Camile se estaba, a buen seguro,
torturando por creerlo herido o enfadado decidió hablar con calma.
—Camy, no la quiero y nunca la he querido. —Expiró lentamente el aire—. Me
cegué por su belleza, me cegué por lo que me empeñé o creí ver en ella. Me obcequé
en creer que era como el ideal que en mi ceguera creé en mi mente, más, Violet no
era como yo creí o como me empeciné en creer que era. Me deslumbraron sus ojos en
los que vi inocencia, sinceridad y todo lo que yo quería ver, cosas que no existían,
que no eran reales. Sí, era una mujer de gran belleza exterior pero carecía de nada
más y si no me hubiere dejado atrapar tan fácilmente, si no me hubiere lanzado de
cabeza a un precipitado compromiso sin atender a más señales que mi propia ceguera,
me habría dado cuenta de que la imagen que creé en mi mente, nada tenía que ver con
la Violet con la que me casé, con la que convertí en mi esposa por un falso
enamoramiento, con la Violet real. Si no me hubiere casado con ella tan deprisa
habría llegado a conocer y ver a esa Violet real. Me dejé atrapar voluntariamente, eso
no puedo achacárselo a nadie, ni tampoco el que me engañaren pues fui yo el que me
engañé o el que dejó que me engañaran y Violet sabía cómo hacerlo, sabía qué armas
utilizar y cómo. Ahora sé que no estaba enamorado entonces ni lo estuve más tarde.
Encaprichado, sí, deslumbrado, también. Violet era toda una belleza y lo sabía pero
también carecía de cualquier otra cualidad destacable salvo astucia, egoísmo y
engaño. Más, no puedo culparla del todo. Como digo me dejé engañar
voluntariamente. No, Camy, no la quise entonces y, desde luego, no la quise después,
aunque lo comprendí tarde, muy tarde, cuando estábamos unidos y atados en un
matrimonio que si el destino no le hubiere deparado el final que tuvo, nos habría
destruido a los dos y hubiere causado un daño irreparable a Samuel y Viola.
Camile permaneció en silencio unos segundos antes de auparse, sentarse a
horcajadas sobre él y abrazándolo por el cuello cerró los brazos, muy fuerte, y su
rostro en su cuello dejando caer descuidadamente la capa por su espalda
—Lo siento, Lucas, lo siento. —Le dio un beso en el cuello—. Nunca, nunca,
nunca, volveré a preguntar ni a recordarte nada de aquélla época. Lo prometo. Solo
piensa que, al menos, tuviste dos hijos preciosos y adorables, nuestros pequeños, a los
que criaremos como lo que son. Dos perfectas personitas que se parecen a su padre y
que querremos hasta el absurdo más absoluto. Seremos unos padres bobos cegados
por las cualidades de nuestros pequeños y convenientemente ignorantes a sus
defectos porque para nosotros no serán más que simples rasgos que marcan su
personalidad convirtiéndoles en esas perfectas personitas que son los dos y ay de
aquél que diga lo contrario.
Lucas cerró tan fuerte los brazos a su alrededor que por un segundo temió
romperle algún hueso pero era imposible para él no intentar sentirla tan cerca de su
piel como fuere posible. Lo llenaba de esa ternura solo de ella, lo calmaba, lo
embriagaba de un aroma y un calor que le calmaban cuerpo y mente. Enterró su
rostro en su cuello inhalando el aroma de su piel y de esa melena sedosa, que adoraba
cuando se la soltaba porque formaba ondas hasta la mitad de su espalda permitiendo
enredar y deslizar sus dedos en sus mechones. No era como esas mujeres que
llevaban el pelo largo hasta las nalgas para elaborarse pesados recogidos. Los
cabellos de Camile eran suaves, tan agradables al tacto y perfectos. Bonitos y
brillantes desde el nacimiento hasta la punta del último de ellos. Abrió las palmas a su
espalda enredando sus dedos en su cabello deslizándolos hacia abajo disfrutando de
su piel en las palmas de sus manos y de su cabello en los dedos. Había descubierto
ese sencillo deleite la noche anterior y le encantaba. Acarició con los labios su
hombro deslizando una y otra vez sus manos por su espalda, calmándose,
recuperando la agradable paz que había sentido hasta el momento de mencionar a
Violet y que ahora volvía a rodearlo con ella en sus brazos, desnuda, entregada a él,
abrazándolo tierna, cariñosa y calmada. Deslizó las manos por su cuerpo y atrapó sus
rodillas a ambos lados, las abrió y le hizo rodear su cintura con esas suaves piernas de
modo que quedó sentada sobre él sin apoyo alguno, solo con sus nalgas y su
intimidad abiertas sobre su ingle. La besó muy lentamente en los labios mientras
introducía entre sus cuerpos una mano y comenzaba a acariciar lentamente su
intimidad convirtiéndola en gelatina en sus brazos en pocos instantes. Tan suave, tan
cálida y esa parte tan mojada solo con el roce de su mano. Sin apenas moverse la
penetró con su rabiosamente endurecido miembro, llenándola lentamente, dejándose
disfrutar del calor que lo iba envolviendo y de ese agarre interior de Camile que lo iba
aferrando más y más mientras jadeaba en sus labios de puro gozo mientras la llenaba,
mientras envainaba su espada hasta el fondo de su suave cavidad.
—Camy. —Le susurraba con un ronco y en caliente jadeo en sus labios
descendiendo las palmas abiertas por su espalda—. No has de moverte, cielo, ahora
me toca a mí cabalgarte.
Le decía con una mirada lasciva y divertida mientras ella se aferraba a sus
hombros enrojecida y con esa mirada apasionada y ebria del fuego líquido despertado
por él. Cerró fuerte las manos en sus caderas anclándola sobre él e inclinándose
ligeramente para apoderarse de sus pechos y empujó alzando las caderas empalándola
con un fiera estocada. Comenzó entonces un glorioso movimiento de caderas con la
que fue penetrándola una y otra y otra vez llevándolos a un acompasado baile carnal
que los unía fuertemente en una espiral de pasión, sexo y ardor fogoso. La envainaba
sin parar con una verga dura y vibrante que notaba absolutamente grande, fiera y
salvaje. La envainaba con fuerza con certeros, firmes y cada vez más fuertes y
apremiantes envites que la hicieron aferrarse a él presa de esa mutua necesidad.
La hicieron besarlo con avidez, enterrar su rostro en su cuello en los momentos
en que él conseguía empalarla con desenfreno pero con una especie de carnal
necesidad que los llevaba a ambos a buscarse, abrazarse y reclamarse más y más y
más, entregándose sin reparos, sin reservas, sin deseo de frenarse a sí mismo o al
otro. Deslizó las manos por su espalda de nuevo en un camino ascendente y cerró las
manos en sus hombros tirando de ella hacia abajo en los envites finales, jadeando
frenético reclamándola con su nombre convertido en mantra, con cada una de sus
embestidas tan profundas que lo hacían gemir una y otra vez cuando se enterraba en
ella del todo y ella lo acogía hambrienta y deseosa. Gritó su nombre cual salvaje, a
pleno pulmón, cuando estalló en ella cegado por los miles de colores que se formaron
en su cabeza y cuando el fuego de su verga lo incendió por entero, desde la punta de
los pies a la cabeza, en el instante preciso en que alcanzó el cielo con ese cuerpo justo
antes de derramarse en ella haciéndole sentir que se vaciaba en ella pero también
pleno, pletórico, lleno de todo lo bueno que pudiere existir en el mundo y disfrutando,
como ese salvaje en que se convertía. Disfrutó del ligero dolor que le causó el
inocente mordisco de ella en su hombro, clavándole, como reflejo involuntario, los
dientes en ese mismo instante en que ella llegó a un clímax tan salvaje como el suyo
pues sintió sus espasmos, su tensión previa al relajo posterior, tan vívidamente como
los suyos. Camile jadeaba con verdadero esfuerzo. Sus pechos plenos se apretaban
contra su torso, que subían y bajaban creando una gloriosa fricción, y se llenaban en
cada una de sus urgentes respiraciones mientras él enterraba el rostro en su cuello y
ese pecho, jadeante y con una sonrisa de auténtico asombro que le impedía formar
palabra alguna. Los brazos de Camile le rodeaban exhaustos el cuello mientras ella
permanecía acunada en sus brazos y mantenía en su interior esa verga saciada y feliz
como si fuera un triunfante guerrero tras una épica batalla disfrutando de la cálida
tersura y gloriosa humedad de esa protectora cueva que era su hogar y su paraíso.
—Cielo santo. —Jadeó Camile dejando caer su frente en su cansado brazo—.
Creo, creo,— inhaló y exhaló el aire varias veces—, Lucas dijiste que me darías lo
que te pidiere, que querías darme lo que deseare. —
Lucas asintió frotando su rostro con esas cumbres deliciosamente calientes—.
Deseo que me tomes mucho, tú, solo tú. —Dijo cerrando los brazos en su cuello
Lucas alzó el rostro como un resorte y le tomó el suyo entre las manos. Su
rostro inocente y a la vez enrojecido y lujurioso gracias a él y la pasión que
despertaba en su tímida esposa cada vez que la tocaba.
—Camy. —Murmuró ronco y aun respirando con algo de esfuerzo—. Dios
mío, Camy.—De pronto supo que había una cosa que sabía con certeza y que
necesitaba que ella también supiere—. Camy, nunca, jamás, escúchame bien, jamás,
renunciaré a ti y nunca jamás me alejaré de ti. Compartiremos una intimidad privada
tú y yo. Solos tú y yo. No habrá jamás nadie más a quien desee y tome porque solo
hay y habrá una mujer capaz de hacerme desear esta intimidad, de hacer que desee su
piel, sus labios, su delicioso cuerpo. Solo hay una mujer que me haga desear ver los
ojos velados de pasión y deseo abrirse ante mí.
Esa mujer es, y siempre será, mi Camy, mi adorable, deliciosa y apasionada
Camy. No sé si lo entenderás o si me creerás pero, esto, Camy, esto que hay entre
nosotros, esto que nace y surge entre nuestros cuerpos, de nuestros cuerpos, no es, ni
por asomo, lo que ocurre entre un hombre y una mujer cualquiera.
Esta pasión, este fuego, esta especie de necesidad mutua no es frecuente, es
más, no creo equivocarme si aseguro con firmeza que es tan excepcional como
imposible de describir. Cielo, lo que sentimos, lo que hacemos que surja entre
nosotros, es casi como un pequeño milagro. Pocas parejas encuentran esta asombrosa
unión.
Camile enredó los dedos en sus desordenados cabellos mirando sus asombrosos
lagos azules con curiosidad y asimilando esa especie de revelación incomprensible
para ella pero que se esforzaba por entender.
—¿Quieres, quieres decir que nunca es así? ¿Los demás no sienten lo mismo?
Lucas se rio suevamente.
—Te aseguro que no. Habrá algunos afortunados que sí, pero para la mayoría es
más una especie de desahogo de una tensión del cuerpo, una especie de liberación
corporal y en la más de las veces es algo mecánico. —Se rio—. No lo malinterpretes,
la mayoría de las veces es placentero y agradable y obviamente el placer, en la mayor
parte de las ocasiones, depende de la destreza del hombre y la mujer. Pero por muy
diestro que llegues a ser, —se reía suavemente—, te aseguro que este placer nuestro,
este desenfreno, esta pasión y deseo cómplice y compartido, este fuego que surge
entre nosotros, no es nada frecuente. Es del todo asombroso, inusitado y excepcional.
Camile comenzó a esbozar una sonrisa que a él le resultó absolutamente
deslumbrante y maravillosa.
—Bien. —Asintió como una niña que descubre un tesoro maravilloso oculto en
el desván —. Eso está muy bien.
Lucas estalló en carcajadas cerrando fuerte los brazos alrededor de su cuerpo.
—Sin duda está muy bien.
Se reía sin freno incrédulo ante el comentario inocente y a la vez sensato y
maravilloso de ella.
—Por Dios, Camy, juro que te adoro.
Camy sonrió y dejó caer la cabeza en su hombro acariciando la mejilla en su
cuello. << Me adora>>, pensó, << no es que me quiera, pero es más, mucho más de
lo que podría haberme imaginado que sintiese alguna vez por mí>>. Sonrió aunque
en el fondo una pequeña punzada de dolor sentía y un pequeño poso de pesar sabía
asentado en un rincón de ese corazón que como una boba había perdido
irremediablemente. Cuando se despertó esa mañana y lo sintió abrazándola lo
primero que pensó es que le quería. Estaba enamorada de él, eso ya era algo
imposible de negarse a sí misma. No podría decírselo sin sentirse como una esposa
cegada por un marido que espera y desea desesperadamente recibir el cariño de su
esposo pero al menos era lo bastante sincera consigo misma para reconocerlo ante su
propia imagen en el espejo o incluso cuando cerraba los ojos disfrutando del hombre
que quería como en ese instante. Me adora, no quiere separarse ni renunciar a mí. Eso
es más, mucho más de lo que podría una mujer como yo esperar e incluso desear, se
decía así misma.
Camile alzó el rostro.
—Mañana por la mañana creo que, en nuestro paseo a caballo, seré yo la que te
guíe a cierta pequeña pero íntima cabaña de leñadores que cierto marido me hubo
enseñado en cierta ocasión.
Lucas se rio y la besó cariñoso.
—Un marido inteligente sin duda. —La besó una última vez—. Cielo, será
mejor que regresemos o tu tía pensará que somos unos pésimos acompañantes pues
incluso le hacemos pasar hambre a primera hora de la mañana.
—¿Te gustaría desayunar con nosotras? Puedes leer la sección política del
periódico mientras yo leo la horrible sección de sociedad a tía Hester.
Lucas se rio.
—¿Horrible sección de sociedad? Creía que a todas las damas les gustaban esas
secciones aunque solo sea, según dicen para excusarse, para ponerse al día de quienes
se hallan en tal o cual lugar.
Camile resopló.
—Igual puede una enterarse leyendo el resto del periódico o simplemente
saliendo a pasear por el parque o por Bow Street. Steph dice que soy rara porque no
me gusta leer sobre los conocidos ni tampoco qué caballero ha hecho tal apuesta o
qué dama es la que lleva el mejor vestido en una cena. Pero mi madre decía que una
mujer que atiende un rumor se delata como alguien carente de capacidad para juzgar
por sí misma a los demás y yo creo que es verdad y atender las tonterías de la sección
de sociedad es lo mismo que considerar ciertos los rumores que reseñan bajo frases
como “se comenta” “se ha oído decir”
“algunos creen” “algunos piensan” —Suspiró—. Todos esos ni creen ni
piensan. —Dijo adoptando una expresión propia de una maestra de escuela ante sus
alumnos.
Lucas estalló en carcajadas:
—Es la cosa más sensata que he escuchado de labios de una dama en mi vida.
—Camile le dio un golpe en el hombro—. Está bien, está bien. Es sensata sin más.
—Se corregía negando con la cabeza sin dejar de reírse—. En ese caso, ¿regresamos
para que pueda tomar un copioso desayuno en compañía dos encantadoras salvajes
irlandesas y mi sección política en las manos?
Camile sonrió.
—¿Copioso?
Lucas sonrió canalla.
—Cierta dama me ha dejado exhausto y hambriento. —Alzó una ceja
impertinente.
Camile se rio negando con la cabeza.
—No sé cómo logras que me sienta halagada con semejante grosería.
—Eso, mi preciosa esposa, —La besó de nuevo sin poder evitarlo mientras la
mantenía en su abrazo—, se debe a que eres una damita inteligente, con un sentido
del humor pícaro y, sobre todo, con una pecaminosa y adorable faceta que su esposo
piensa explotar y disfrutar como un niño con sus juguetes nuevos.
De nuevo ella se rio negando con la cabeza.
—Y de nuevo una halagadora impertinencia. Realmente cierto esposo debe
haberme llevado por la senda de los pecaminosos perdidos pues no solo me siento
halagada, sino que, además, sospecho disfrutaré como una niña con zapatos nuevos,
—Trajo sus palabras con una sonrisa dibujada en los labios—, cuando mi esposo
explote esa pecaminosa faceta que parece haber descubierto en mí.
Lucas la levantó con cuidado rompiendo su unión besándola.
—Voy. —Se impulsó poniéndose en pie con ella en sus brazos—, a explotarla
sin medida, advertida quedas, más, ahora, regresemos y comportémonos como seres
formales, educados y racionales antes de partir a la ciudad. —Le dio un beso
depositándola en el suelo sujetándola mientras afianzaba los pies—. Y esta tarde,
haremos lo que gustes mientras tu tía atiende a sus amigas.
Camile asintió sin dejar de sonreír para de inmediato comenzar a vestirse a toda
prisa.
—No olvides apagar la chimenea. —Lo miraba mientras se recogía el cabello
que él le hubo soltado tras quitarle el sombrero.
Lucas sonrió.
—Mañana, cuando cierta dama me guie hasta aquí, espero que sea previsora y
traiga algo con que acallar mi ruidoso estómago, sobre todo, si piensa sobrepasarse
conmigo.
Camile se rio tomando sus capas.
—¿Qué clase de proposición es esa? ¿Estás instándome a que te alimente o a
que me? ¿Cómo lo has llamado? ¿Sobrepasar? ¿A que me sobrepase contigo?
—Ambos. —Contestó enderezándose tras extinguir el fuego de la chimenea—.
Te insto a sobrepasarte conmigo y, después, a que me alimentes. Es más, es lo que
espero ocurra o si no me llevaré una gran desilusión. —La rodeó por la cintura
acercando sus rostros—. Así que ya sabes, sobrepasar primero y alimentar después a
un entregado y abnegado esposo.
Camile se rio negando con la cabeza.
—No creo que abnegación sea o haya sido una particularidad atribuible a tu
persona ni cuando eras un bebé.
—Cruel verdad. —Sonrió travieso separándose de ella y encerrando una de sus
manos en la de él antes de salir de la cabaña y auparla a su montura—. Creo que esta
costumbre de los irlandeses de dejar cabañas listas para viajeros es muy, muy
agradable.
Sonreía pícaro antes de cederle las riendas y subirse a su caballo mientras
Camile se reía de su travieso sentido del humor.
Regresaron cabalgando a la propiedad y subieron riéndose a cambiarse a toda
prisa para presentarse prestos en el saloncito de su tía que sin decir demasiado, sí, en
cambio les lanzaba miradas y sonrisa de cierta complicidad y cuando le pidieron que
les disculpare del almuerzo para poder permanecer en Dublín esas horas simplemente
movió la mano al aire con una sonrisa diciéndoles que marchasen y le dejaren
descansar de tanto efusividad enervante de la juventud lo que los hizo reír a los dos
sin parar.
Muchas horas después Lucas sonreía en el carruaje que les llevaba de regreso a
Rosehills desde Dublín.
Mantenía a Camile dormida en cómodo abrazo mientras él miraba el paisaje
recordando cada uno de sus pasos desde que salieron camino de la ciudad esa
mañana. Sonreía recordando el trayecto hasta la ciudad en la que la sentó en su
regazo y jugueteó con ella hasta casi la entrada de los primeros edificios de Dublín.
Recordaba como la mantuvo en su cálido abrazo mientras con el vestido abierto
jugaba y bromeaba con ella, acariciándola, besándola y riendo juntos con
complicidad y completo relajo. La besó en la sien trayendo ese recuerdo sin dejar de
sonreír. Camile tenía un lado divertido, pícaro y juguetón nada desdeñable y le
encantaba que confiare en él hasta el extremo de dejarle jugar con ella en el carruaje,
en la cabaña o incluso simplemente dejarle sacar su lado escandaloso en cualquier
momento.
Volvió a mirar por la ventanilla los campos nevados recordando su mañana por
la ciudad donde ella, tan ordenada y organizada como siempre, llevaba una libreta de
los sitios a los que primero debían ir para atender sus recados, lo llevó a recoger las
medicinas de su tía, a encargar viandas y algunos productos para los niños, también lo
llevó a una especie de enorme almacén de venta solo de licores y vinos donde
seleccionó los distintos vinos, licores y barriles de cerveza para los barones de la
familia, lo que no pudo sino provocarle un desenfrenado ataque de hilaridad pues tras
recorrer la tienda con el propietario que los atendió con la amabilidad de quién sabe
que se encuentra ante pares del reino, los dejó en manos de un joven, el encargado,
que presuroso los atendió sin darles tiempo a presentarse de modo que creyó
encontrarse ante simples personajes adinerados pero tras unos minutos los miraba
como si fueren una extraña pareja de borrachines pues ella comenzó a enumerar el
encargo sin especificar nada más, ni la dirección a donde mandar el encargo, ni el
nombre de los destinatarios ni mayor detalle hasta el instante en que terminó su lista
que fue cuando se acordó de darle las señas de la propiedad y el nombre de los
destinatarios y el pobre tendero pudo relajarse un poco y entender la situación. Sonrió
recordando ese momento y el posterior cuando, ya en la puerta de la tienda, bromeó
con ella llamándola impenitente bebedora y ella concentrada como había estado en su
tarea por fin comprendió lo absurdo de la situación previa comenzando a reírse con
él.
Tras eso lo llevó a recoger un regalo que había encargado para los niños y que
pensó iba disfrutar tanto como ellos pues aprovecharía para jugar con sus hijos como
un niño pequeño. En ese instante miró el asiento de enfrente donde estaban las dos
cajas que los contenían. Había decidido durante su paseo con Camile que, en cuanto
Samuel y Viola llegaren, se los llevaría, a ellos y a Camile, a pasar un día entero en
Dublín, de compras, de paseo, almorzarían en una de esas posadas típicas irlandesas
en las que Samuel se divertiría tirando a los dardos, los llevaría a pasear por el puerto
para que vieren los buques apostados en los grandes embarcaderos. Giró el rostro y
observó unos instantes a su agotada esposa.
Subió la manta para taparla mejor antes de tomar su mano y acariciarla ocioso
mientras volvía la vista a los campos. Recordó su almuerzo con ella en ese bonito
restaurante del elegante hotel y después cómo la llevó a la confitería donde
compraron bombones de licor para la tía Hester mientras Camile se reía
preguntándole si pretendía emborrachar sibilinamente a su tía bajo engañosos
bombones y chocolates ahogados en alcohol. Lo que Camile no sabía es que había
comprado, sin que ella se enterara, una caja extra para esa noche, bombones de
champagne. Sonreía al recordar el gesto de su rostro al probarlos que casi le hace
cometer la locura de agarrarla con fuerza y devorar esa tierna boca sin importar que
estuvieren rodeados de gente. Estaba preciosa, con los ojos brillantes, las mejillas
ligeramente coloreadas de un rubor inocente y sincero, los labios húmedos y una
sonrisa de satisfacción y placer sencillo pero pleno en el momento de sentir en su
paladar el sabor del chocolate y del champagne. No pudo evitarlo y se rio girando el
rostro para verla dormida y cómoda en sus brazos. Aquél gesto en la confitería le hizo
llevarla casi a la carrera al hotel en el que mantenía la habitación, pues inicialmente
temió que no le dejare permanecer cerca de ella, e hicieron el amor en esa enorme
estancia como si no fuere media tarde, como si no fueren dos desvergonzados esposos
que solo desean permanecer en los brazos del otro a cualquier hora del día. Yació con
ella en gloriosa unión durante esas dos horas en las que la dejó exhausta, a tenor del
agotado sueño que disfrutaba ella en ese momento. Sonrió de nuevo pues fueron dos
horas magníficas, en las que la tomó con pasión, con verdadera urgencia sexual una
primera vez en las que el apremio y la ansiedad de tomarla, le hizo ser más fiero y
rudo de lo que habría esperado, gritando como un loco y descontrolado macho sin
importarle si alguien le oyere. Estaba con su esposa y nada malo había en yacer con
ella con verdadero placer. Después la tomó unos minutos más tarde, lo hizo con
calma, deleitándose de ella y ella deleitándose de él. Fueron lentos, tranquilos, tiernos
y dulces, pero tan carnales e intensos que se dejaron agotados. Volvió a sonreír ante
el recuerdo de su particular hallazgo. Hubo descubierto en Camile una pequeña marca
de nacimiento en forma de luna justo bajo la nalga derecha, una marca muy pequeña,
que iba a adorar toda su vida sobre todo gracias a la historia de cómo logró verla.
Le explicó que fue su madre, cuando era una niña pequeña de la edad de
Samuel, la que le dijo que tenía esa marca que veía muchas veces cuando la bañaba.
Pero tal descubrimiento y posterior revelación a una curiosa Camile, más cuando se
trataba de algo suyo, provocó que se pasare días intentando verla pero dado el sitio
donde se encontraba era harto complicado y, desesperada por verla, un día se fue al
cuarto de sus padres donde su madre tenía un espejo de tres caras y ni corta ni
perezosa se quitó el vestido, los pantaloncitos y se estuvo mirando el trasero en
distintas posturas para dar con ella hasta que, cuando ella tenía una postura nada
decorosa, entró su padre encontrándosela con el culo en pompa delante del espejo
retorciéndose para poder ver la curiosa marca y cuando le explicó qué hacía y porqué,
su padre estalló en carcajadas yendo corriendo a buscar a su esposa para que viere a
su hija y su desesperada búsqueda de su marca en forma de luna. La idea de una
Camile muy pequeñita buscando frente al espejo su marca en el trasero, con este al
aire y retorciéndose desesperada por lograr verla frente a un enorme espejo de sus
padres en cuyo dormitorio se coló en puro ataque de curiosidad extrema, lo hizo
estallar en carcajadas mientras la mantenía desnuda bajo sus manos en la cama del
hotel, y tras eso, se pasó varios minutos besando y acariciando su pequeña luna y ese
adorable trasero mientras ella lo llamaba asaltador de pacotilla. Se volvió a reír
suavemente.
—¿De qué te ríes? —Preguntó bostezando Camile, estirándose a su lado antes
de mirarlo.
Lucas sonrió como un pícaro irreverente y la aupó a su regazo rodeándola por
la cintura enseguida.
—Estaba pensando que debería comprar un espejo de tres caras para el
dormitorio.
Camile sonrió negando con la cabeza.
—Sabía que no debía contarte esa historia. —Le rodeó el cuello con los
brazos—. Vas a torturarme con ella hasta el día de mi muerte ¿no es cierto?
Lucas inclinó la cabeza y la besó en el hombro.
—No, cariño, te torturaré incluso después de tu muerte pues pienso dejar escrito
en mi testamento que ha de escribirse en tu lápida “fue feliz pues descubrió su luna”.
Camile se rio.
—Bueno es un epitafio bastante discreto. Al menos no revela la verdad.
—Cierto, creo que entonces debiere ser “fue feliz pues descubrió la luna en su
nalga”.
Camile estalló en carcajadas.
—¿Serias capaz?
Lucas se reía asintiendo.
—Es más, creo que escribiré a la mayor brevedad a mi secretario para que
incluya la cláusula pertinente, aunque, —entrecerró los ojos con un brillo flameando
tras ellos—, ¿Quizás no debiéremos especificar qué nalga?
Camile de nuevo se rio.
—Creo que sobornaré a tu secretario para que ignore tus órdenes pues me temo
has perdido el buen juicio y no conviene atender las extrañas peticiones de un
marqués demente y carente de sentido común.
—No sé. Mi esposa ha demostrado que tampoco es precisamente muy estable.
Es desvergonzada, —alzó la ceja— y con una tendencia a mostrar su trasero frente a
los espejos. —Chasqueó la lengua—. Tendencia que ya parecía mostrar a la tierna
edad de cuatro años. Sin duda, una damita precozmente inestable.
—Pero que poca memoria tenéis, milord. Todo el condado sabe que cuando
teníais siete u ocho años corristeis como Dios os trajo al mundo por el bosque
cercano a Galvert Hills y que aparecisteis, instantes después, frente a la impresionable
esposa del vicario y al vicario en persona, sin atavío alguno durante su visita a vuestra
madre.
Lucas estalló en carcajadas.
— ¡Dios mío! había olvidado tal incidente. Nos estábamos bañando cerca de las
cascadas con la mala fortuna que dejamos en un lugar no muy acertado nuestras ropas
que acabaron flotando río abajo sin que pudiéremos hallarlas. Me gané una buena
reprimenda de mi padre por aquello. — Se reía.
—Pues en el sermón dominical de esa semana, según me contó Albert años más
tarde, el vicario recordó a los niños de la comarca que no era decente bañarse
desnudos y menos correr como salvajes por los campos y repitió esa cantinela durante
semanas.
—Sí, lo creo, aquel vicario era demasiado estricto para ser tan joven.
Camile sonrió.
—Di mejor que lo dejaste con una pésima impresión de los jóvenes del lugar.
Lucas sonreía inclinando la cabeza y atrapando sus labios.
—Bien, mi pecaminosa esposa, ¿de modo que ambos tenemos una alarmante
tendencia a los desnudos?
Eso es muy, —la besó en el cuello—, muy, — bajó a su clavícula—, muy,
—llegó a la apertura de los botones del abrigo que soltó—, muy interesante y
prometedor.
—Lucas. —Jadeó cerrando las manos en su nuca—. Detente. Estamos
demasiado cerca de Rosehills.
Lucas gimió aunque le dio unos ligeros mordiscos antes de alzar el rostro que la
hicieron reír.
—Deberé dejar mi pequeño festín para más tarde. —Abrochó los botones que
hubo soltado—. Pero solo lo estoy postergando. —La miró alzando las cejas—. Me
has abierto el apetito y no me conformaré con menos que un festín completo.
Camile sonrió pero de pronto se acercó más a la ventanilla.
—Mira. —Señaló hacia una casa cercana al camino—. Es la casa del guardés
de Tía Hester. —Miró a Lucas—.
Tiene una pareja de enormes San Bernardo, como el perro de mi primo Lorens.
—Se acomodó en el pecho de Lucas cerrando los brazos por sus costados y apoyando
la mejilla en el hueco de su hombro—.
Reconozco que era un perro grandote y bonito y de carácter afable y, salvo por
el hecho de que Lorens le adiestrase para mancharnos, era un perro estupendo.
Lucas cerró los brazos a su alrededor y posó los labios en su frente: —Pues
Dina no pasará de ser un perro pequeño.
Camile se rio.
—Y con un dueño como Samuel, me temo, será un terremoto.
Lucas sonrió mientras el coche tomaba la curva para atravesar las enormes
verjas de Rosehills.
—Camy. —Le dio un tierno beso—. No recuerdo haber pasado un día mejor
que el de hoy en mi vida.
Camile se incorporó mirándolo con los ojos muy abiertos.
—¿De, de, de verdad? —preguntó enrojeciendo de timidez, de asombro, de
vergüenza y de un sinfín de sensaciones y sentimientos entre los que primaba una
especie de euforia sorprendente.
Lucas asintió sonriendo —He disfrutado de cada instante, cariño, y pienso
repetirlo cuando los niños lleguen, los cuatro pasearemos por la ciudad y salvo
llevarlos a un enorme almacén de bebidas no aptas para menores y nuestros
deliciosos juegos en el hotel, aún menos aptos para ellos, —Sonrió seductor,
arrogante y engreído pero con cierto toque de picardía y diversión que la hizo sonreír
irremediablemente—, pienso repetir nuestro día. Pasearemos, iremos de compras,
almorzaremos en la ciudad y dejaremos que los niños sean, por un día, caprichosos y
consentidos.
Camile cerró rápidamente los brazos en su cuello y lo besó antes de asentir sin
dejar de sonreír.
—Tendremos que llevar a Dina, a Bonnie podremos dejarla en su cama pero no
creo que los niños quieran salir a pasear sin su perrita. Además, les dejaremos ser
caprichosos y consentidos.
—Seremos cinco, pues, en nuestro día en la ciudad.
De nuevo Camile le besó con alegría y euforia olvidándose incluso del
momento en el que en carruaje se paró.
En el vestíbulo Devon les informó que las visitas de la señora aún se hallaban
en la salita en su compañía de modo que subieron con su caja de bombones etílicos,
como los llamaba Camile, a saludarlas.
Acercándose al salón de su tía Camile le iba diciendo:
—La señora Turner y Lady Osbyrne te agradarán, son dos damas ajadas pero
divertidas y con una malicia bondadosa.
Lucas se rio:
—¿Sabes que sueles usar mucho ese tipo de juegos de palabras? “malicia
bondadosa”.
—¿De veras? —Se rio suavemente apoyando la cabeza en su hombro
manteniendo su brazos entrelazado al de él—. Supongo que es una costumbre
adquirida de mi padre, siempre me ha gustado que haga ese tipo de relación entre dos
cosas opuestas.
—Pues las usas a veces. —Giró el rostro sin dejar de caminar y le dio un beso
en la frente—. Bien, decías que iba a conocer a dos mujeres con malicia bondadosa.
Se rio negando con la cabeza, divertido, ante la escena que ella mostraba ante
sus ojos.
Camile asintió.
—Lady Osbyrne es amiga de tía Hester desde mucho antes de casarse ambas,
desde que eran unas salvajes jovencitas irlandesas.
Lucas se rio.
—Que el todopoderoso se apiade del invasor inglés que viene a importunarlas.
—No seas malo. Seguro acaba embelesada contigo.
—Interesante. —La miró petulante—. ¿Embeleso a las damas maliciosamente
bondadosas?
Camile suspiró sonriendo.
—En fin, lo que tengo que soportar. La señora Turner es la esposa de uno de los
terratenientes de la zona.
Es americana y absolutamente encantadora, con ese acento aún marcado, a
pesar de llevar muchos años en las Islas y también algo rebelde, ya lo verás, aunque,
no se te ocurra llamar colonias a las Américas.
Lucas se rio.
—Lo tendré presente, nada de colonias.
—Gracias a Dios, la cuñada de la señora Turner, la hermana de su marido,
casada con uno de los potentados de la comarca, el señor Servells, no suele
acompañarlas. Reconozco que no es una de las señoras que más me agrade. Siempre
tiene algún comentario hiriente que suele decir en el momento menos oportuno.
Además, es muy altiva con su cuñada porque piensa que por ser americana era poca
cosa para su hermano cuando, lo cierto es que, en realidad, ocurre todo lo contrario.
La señora Turner pudo haberse casado con alguien de superior posición si hubiere
querido, sus tíos eran nobles que fueron a buscar fortuna a las colonias, uy, a las
Américas. —Sonrió —. De cualquier modo, pudo elegir mejor partido que alguien sin
título y menos fortuna que ella, pero confieso que incluso yo encuentro
adorablemente encantador al señor Turner.
—¿Intentas ponerme celoso, esposa impertinente? —la miró alzando la ceja
sonriendo con picardía Camile se rio —Oh sí, y el objeto de tus celos, has de saber,
esposo, es un ajado caballero de gesto nervudo, un bastón unido permanentemente a
su mano debido a la cojera propia de un señor ya muy vivido y una nada desdeñable
edad de setenta años, como poco, sin duda alguna, un jovenzuelo en la flor de la vida.
—Umm, no sé, no debiere fiarme de los hombres de vasta experiencia.
—Sonreía divertido.
Entraron en el salón y vieron junto a la chimenea a cuatro damas. Camile
suspiró.
—He cantado victoria antes de tiempo, me temo. —Murmuró a Lucas con la
fija puesta en una de las damas.
Se acercaron y Camile hizo la reverencia aún con la mano en el brazo de Lucas
que hacía también una cortesía.
—Tía, milady, señoras. —Sonrió especialmente a la señora Turner, que era
claramente su preferida de las tres—. Por favor, permitan les presente a Lord Lucas
Laydon, marqués de Galvert —miró a Lucas sonriendo con inocencia—. Te presento
a tres amigas de la familia, Lady Osbyrne, la señora Turner y la señora Servells.
—Es un honor, milady, señoras. —Sonrió seductor antes de desviar los ojos a la
tía Hester ofreciéndole la caja de bombones envuelta con un bonito papel y cintas—.
Milady, me temo pecamos de malos sobrinos pues hemos osado rebelarnos contra los
dictados del doctor y le traemos un presente que puede le haga desobedecer la regla
de moderación respecto a los dulces y el alcohol, más debiere exculparme de la falta
de tal rebelión que no del querer agasajarla, pues ha sido Camile la instigadora de la
fechoría. —
Miró travieso a Camile.
—Pero, habrase vista tamaña falsedad. —Protestó ella mirándolo ceñudo
mientras él sonreía orgulloso—. Ni se te ocurra achacarme tal ¿fechoría lo has
llamado? —Resopló—. Deberías sentirte avergonzado.
Lucas la miró entrecerrando los ojos con una sonrisa de puro desafío:
—¿Debería? —Chasqueó la lengua—. Quizás no debiere mencionar que cierta dama
ha asaltado sin rubor una bandeja de ciertos dulces regados de burbujeante bebida.
Camile enrojeció como una amapola:
—¿Pero si solo he tomado un bombón de champagne? —suspiró—. No le
escuche, tía. —Decía tomando asiento a su lado ignorando la sonrisa satisfecha de
Lucas—. Es un liante desvergonzado.
Lucas se rio.
—Y yo que esperaba que dijeras que soy un encantador y atento caballero, en
fin. —Fingió suspirar mientras se sentaba junto a Camile
Su tía que terminó de desenvolver la caja sonrió al verla.
—Muchas gracias, milord, no puedo por menos que reconocer que el doctor
puede desaprobar el que me tiente con tal delicia, más no así yo —Tomó uno y le
ofreció la caja a sus acompañantes. Lucas sonrió a la tía que de nuevo lo miró—.
Bien, díganos, ¿se han divertido en la ciudad? Aunque suponemos que a un caballero
inglés como vos le habrá asustado verse rodeado de tantos salvajes irlandeses.
Lucas se rio con suavidad.
—Ha sido un día francamente agradable, más, me temo, no hemos causado un
buena impresión a algunos comerciantes. —Miró a Camile alzando la ceja—. Uno de
ellos debe aún estar pensando que somos una pareja de beodos nada recomendable
que no duda a la hora de hacer acopio de una inusitada cantidad de bebidas y licores
para consumición en privada reserva dado que su sobrina parece jactarse sin mesura
de una preocupante afición a la bebida.
— ¡Lucas! —Lo reprendió Camile de nuevo enrojeciendo como una amapola
pero se rio—. Ay, tía. —Negaba con la cabeza—. Me temo que sí hemos asustado a
un pobre dependiente del almacén de licores pues, sin presentarnos ni especificar
detalle alguno, empecé a enumerar una variedad de vinos y licores, así como barriles
de cerveza simplemente señalando al final de cada nuevo encargo, “estoy segura nos
gustará” y el pobre debió pensar que éramos unos borrachines sin parangón.
—Negaba con la cabeza sonriendo—.
Además, no me di cuenta de lo extraños que debimos parecerles al pobre
hombre hasta que cierto cruel caballero, —miró a Lucas de soslayo—, me lo hizo
notar a la salida.
Su tía se reía al igual que la señora Turner y lady Osbyrne.
—Realmente nos miraba a cada minuto que pasaba con más alarma y miedo en
la mirada. —Se rio Lucas Camile se rio.
—Pobre hombre.
Tras eso, se relajaron unos minutos conversando con las damas hasta que se
marcharon sin bien Lucas miró con cierto desdén, cuando se despidió de ella, a la
señora Servells pues en un momento de la conversación insinuó que pocos podrían
imaginar que Camile acabare casada con un hombre tan apuesto que no así su
hermana Amelia pues, dijo, sin duda era una joven de una belleza admirable…
Camile optó por hacer como que no había oído el comentario torpemente velado de la
señora que no así su tía que replicó mordazmente y dando un toque de atención a la
dama que era más una advertencia muy tajante.
Lucas sonrió a la tía por el gesto reconociendo una vez más que le gustaba esa
tía pícara e inteligente y protectora con Camile, si bien también reconoció la verdad
del comentario previo que hizo Camile de esa señora y los motivos para su poco
aprecio a la misma, los que, después de conocerla, estimaba claramente justificados.
Se asearon y cambiaron para la cena, él ya con ayuda de Callum que hubo
llegado a media tarde con su equipaje. Se reunieron los tres en el salón previo a la
cena y departieron completamente tranquilos y relajados al igual que durante la
misma de la que, de nuevo, la tía se retiró disculpándose con ellos antes del postre.
En esta ocasión, ellos ni siquiera se retiraron tras la cena al salón posterior, sino
que subieron a los dormitorios donde él se reunió con Camile a los pocos minutos de
separarse. Pasadas las tres de la mañana permanecía abrazado a Camile y acomodado
frente a la chimenea. Permanecían tumbados en la alfombra, entre almohadones que
extendieron para poder estar a gusto. Camile estaba tumbada boca abajo sobre él que
acariciaba distraídamente su espalda y sus curvas bajo la manta con su cabeza
relajada apoyada en su hombro y con la vista puesta en el fuego. Meditaba en silencio
sobre lo innegablemente unido que se sentía a Camile y la perenne necesidad de
escuchar su voz, de tocarla, besarla y acariciarla y de cómo cada gramo su cuerpo
reclamaba y buscaba la cercanía de Camile. Una necesidad que nunca hubo sentido
hacia nadie y que, incluso solo tras dos días desde su llegada, ya era capaz de saber
nunca menguaría. Prácticamente no había separado las manos de ella desde su llegada
y aun así, no dudaba que nunca dejaría de querer tocarla, besarla y salvo que se
abriese el suelo bajo sus pies, de yacer con ella a la menor ocasión, sin excusas o
motivos para ello, más allá de su propio deseo, su propia necesidad de ella, su
constante anhelo por tocarla, abrazarla, escuchar esos sonidos que salían de sus labios
en los momentos de placer…
—Camy. —Susurró sin saber sin estaba o no dormida
—¿Umm?
Lucas sonrió
—¿Te gustaría compartir el dormitorio conmigo?
Se quedó de repente helado. ¿De verdad había preguntado eso? Tras un
segundo de desconcierto supo que quería realmente tener a Camile en su cama, en su
dormitorio cada noche, ¡qué demonios! Quería que tuvieren una cama solo de ellos,
de ambos, su cama, la cama de los dos.
Camile pareció tan perpleja como él porque tardó un poco en reaccionar, en
alzarse ligeramente para poder mirarle.
—¿Quieres que tengamos un solo dormitorio? —preguntó aún como si no diere
crédito a la inusitada petición
—Sí. —Respondió tajante sin saber de dónde salía tal firmeza—. Nunca había
pensado en ello, Camy, confieso que ha nacido en mi mente tal idea sin darme cuenta
y que hasta ahora no he deseado ni pensado compartir, tener, un solo dormitorio,
pero, sí, Camy, sí, quiero un solo dormitorio compartido contigo. No quiero que
duermas en una cama distinta a la mía, y no pienso dormir bajo el mismo techo sin
compartir lecho contigo, sea una cama, sea una alfombra, sea lo que sea. He
descubierto que me gusta dormir abrazado a ti y no creo que me guste no poder
hacerlo así que preveo noches de insomnio de no poder abrazarte —Se incorporó un
poco dejándola sobre él para mirarla fijamente—. Estoy sorprendido Camy, lo
confieso, pero también me agrada la idea. Podríamos reformar nuestras habitaciones,
convertirlas en un solo dormitorio con un vestidor para cada uno y un baño y
transformar tu dormitorio en una estancia privada para ti, una especie de salita o
estudio o lo que gustes. Yo tengo mi salón junto a mi dormitorio y podríamos
mantenerlo como salón de ambos. ¿Crees que te gustaría poder compartir un
dormitorio?
¿Compartir un lecho común? ¿Crees que soportarías darme las buenas noches
cada día y despertar en brazos de tu pesado esposo, de uno constantemente necesitado
de ti?
Camile suspiró.
— ¿Y si te cansas de verme o de tenerme junto a ti en la cama? ¿O si te enfadas
porque ya no tienes intimidad? las mujeres solemos invadir los espacios, te sentirás
agobiado o…
Lucas la detuvo.
—Camy, tenemos miles de quehaceres diarios, en las más de las veces
pasaremos la mañana separados y muchas tardes, casi solo dispondremos de
verdadera privacidad estando solos de noche, pero si tenemos un solo dormitorio, no
solo nos acostaremos y levantaremos juntos, sino que nos veremos más a menudo, y
no me desagrada ni asusta tal idea. —Le dio un ligero beso en la mejilla—. Mis
padres tuvieron dormitorios separados y un matrimonio separado y no quiero eso,
Camy. Ya no.
Camile lo miró fijamente unos segundos antes de rodearle el cuello con los
brazos.
—Podemos intentarlo. Si después de un tiempo acabamos tirándonos cosas a la
cabeza siempre podemos reformar de nuevo las habitaciones y reponer los muchos
jarrones que te habré tirado a esa dura cabeza tuya durante ese tiempo.
Lucas estalló en carcajadas.
—Jarrones, ¿verdad? —se sentó obligándola a quedar a horcajadas sobre él que
mantenía sus palmas abiertas en cada uno de sus glúteos—. Creo que le diré a Callum
que, en cuanto lleguemos a casa, haga desaparecer cuanto jarrón halle cerca de
nuestras habitaciones para privarte de munición, mi belicosa esposa. —La besó
aupándola antes de envainarla por completo para de inmediato abrazarla y cernirla a
su pecho con fuerza—. Creo que ahora debo afianzar mi argumento enseñándote,
esposa mía, otra razón para no tener camas separadas.
Giró con ella y con la voz y los ojos ya velados por el fuego que vibraba en su
interior con el mismo vigor que el crepitar de las llamas de la chimenea, comenzó a
tomar su delicioso cuerpo de nuevo sobre esa suave alfombra y con la luz anaranjada
de las llamas reflejándose en el rostro y las suaves curvas de Camile llevándolos de
nuevo a ese paraíso de placer compartido.
Para cuando comenzó a amanecer aún yacían en la alfombra. Lucas abrió los
ojos y la encontró sobre él mirándole con una sonrisa dibujada en esos labios, aun
ligeramente hinchados de su apasionada noche, con la cabeza apoyada sobre sus
manos cruzadas en su torso. No pudo evitar sonreír ante la agradable imagen frente a
él y las más agradables sensaciones por amanecer de tal modo. Extendió los brazos
para poder acariciar el bajo de su espalda y sus nalgas bajo la manta, un gesto que
parecía innato y arraigado pues lo hacía por pura inercia. Adoraba el roce de su piel y
más el de esas dos partes de su anatomía tan tersas, cálidas y perfectas bajo sus
manos.
— ¿Por qué sonríes? —Preguntó sabiéndose también sonriendo.
—Estaba pensando. Creo que no sería una esposa leal ni honrada, milord, si no
le hiciere partícipe, o mejor, le advirtiere de una idea que ronda mi cabeza de seguir
queriendo compartir dormitorio con su adorable esposa. —Se aupó y siseo
ligeramente su cuerpo sobre él para poner sus rostros a la misma altura—. Pues verá,
milord, —comenzó a dibujar con un dedo la línea de su rostro mirándolo con picardía
y una sonrisa traviesa —, pasean libremente por mi mente ideas que le auguran, me
temo, una muy corta vida pues empiezo a sopesar las muchas utilidades que puede
tener una almohada como medio para lograr que cierto esposo que, despierto resulta
un agradable compañero de cama pero que dormido… —chasqueó la lengua
ligeramente—… no puede ser tildado del mismo modo, no cuando ronca como un
oso grande y fiero. Digamos que, ciertamente, he comprendido que dicha almohada
tiene múltiples utilidades, más, todas ellas, acaban con el trágico desenlace de un
marido ruidoso en la morgue y una afligida viuda achacando el deceso a un
desafortunado y fortuito accidente.
Lucas que había comenzado a reírse desde que la vio con la mirada de niña
traviesa acercarse a su rostro y con su delicioso, suave y cálido cuerpo frotándose en
ese ligero movimiento sobre él, estalló finalmente en carcajadas.
— ¿Intentas avisarme que vas a ahogarme con las almohadas?
—Es una posibilidad.
— ¿Por roncar?
—Me temo que así es. —Sonreía traviesa.
Le dio un mordisco ligero en el labio inferior sin dejar de reírse.
—Bien, me doy por advertido, esposa. Más, sin embargo, exijo una justa
compensación por el elevado riesgo que supone para mi persona permanecer unido a
tan peligrosa esposa.
— ¿Compensación?
—Y una a la altura de tamaño peligro.
— ¿Y qué propone, milord?
—Veamos. —La besó ligeramente—. Creo que merezco el derecho a desgarrar,
al menos una vez al día, los ropajes de tan peligrosa esposa.
Camile se rio.
—Es posible que lleguemos a un acuerdo sobre ello. Aunque ese acuerdo
implique un gasto extraordinario en favor de la modista.
—No he terminado. Además, —alzó la ceja—, quiero que cabalguemos juntos
al menos una vez al día. —le mordió el labio—. Tanto dentro como fuera de casa.
Camile de nuevo se rio.
—Podría llegar a admitir tan “pecaminosa compensación” —se reía rodeándole
el cuello con los brazos.
—Aún no he terminado. —La miró desafiante—. Además, cierta peligrosa
esposa ha de aceptar esconderse con esa posible víctima, al menos una vez por
semana, en lugares parecidos a la cabaña de leñadores. —La besó—. Iremos
buscando sitios adecuados dependiendo de si estamos en la ciudad o en el campo, si
no recuerdo mal en Galvert Hills hay un mirador acristalado cercano al lago adecuado
para esposos pecaminosos y desvergonzados.
Camile que se ruborizó y excitó ante la idea de escaparse a ese mirador con
Lucas y no pudo evitar echarse a reír.
—Eres un licencioso, Lucas. Allí podríamos ser descubiertos por cualquiera.
Lucas se rio.
—Bien, cariño, yo ya he enseñado mis parte pudendas al viario y su esposa, no
creo que ser descubierto por ojos curiosos en brazos de mi adorable y apetecible
esposa sea más mortificante u ocasione mayor escándalo. Además, si alguien se
escandaliza o sorprende, siempre puedo excusar nuestro comportamiento alocado al
hecho innegable de hallarme simplemente buscando cierta luna en cierta nalga, pues
no por menos lo mínimo que ha de esperarse y exigirse de un marido atento es que
conozca la luna de su esposa. —Alzó la ceja con una sonrisa arrogante—. Y sus
nalgas.
Camile se reía.
—No te atreverías a decir semejante cosa.
—Me atrevería, cielo, claro que me atrevería. Aunque me ahorraría el detalle de
decir qué nalga contiene la luna de mi esposa. Hay detalles que solo un marido atento
ha de conocer. —Dijo con una sonrisa arrogante y divertida
Camile se reía.
—Por supuesto, por supuesto. Dios nos libre de que alguien sepa que tengo la
luna en la nalga izquierda.
—Derecha, Camy, mi preciosa luna se encuentra en tu deliciosa nalga derecha.
Camile lo miró con los ojos abiertos asombrada del descubrimiento y también
interiormente dejándose disfrutar de ese agradable calor que sentía por la forma de
llamarla “mi preciosa luna”.
— ¿Es la derecha? —Frunció el ceño antes de empezar a reírse—. Es cierto, es
cierto, yo la veía en el espejo en el lado contrario.
Lucas estalló en carcajadas:
—No creo que debamos contarle esta historia a nuestros nietos, Camy, o
pensarán que su abuela era un caso perdido de despiste llevado a los extremos de la
locura y su abuelo un pecaminoso hombre adorador de las nalgas de su esposa.
Camile se reía también del absurdo.
—Pues, no sé. Creo que sería un bonito cuento infantil, “el abuelito pecaminoso
y la luna perdida”.
Lucas se reía.
—Me temo vamos a ser una pésima influencia para nuestros nietos.
—Es posible, aunque seguro serás un abuelo permisivo y alocado y los niños te
adorarán por eso.
Lucas le acarició las nalgas lentamente.
—Y tú serás una ancianita refunfuñona y adorable como tía Hester a la que
emborracharé con bombones de champagne sin reparos ni remordimiento.
Camile sonrió.
—Para entonces me haré la ignorante, y dejaré que mi pecaminoso y anciano
esposo se salga con la suya y “me engañe” convenientemente para que lleve a buen
puerto sus escandalosas intenciones.
—Una esposa muy considerada.
Se reía antes de tomar al asalto sus labios hasta que ambos se vieron asaltados
por una ansiosa Dina que les lamía las orejas reclamando atención y, sobre todo, su
desayuno.
Camile se reía poniéndose en pie.
—Creo que deberemos continuar con esto cuando “sorpresivamente” te lleve a
una cabaña de leñadores en nuestro paseo a caballo.
Lucas que también se hubo puesto en pie tras tomar en una mano a Dina,
sonreía.
—Está bien, pero no olvides nuestro acuerdo, primero has de sobrepasarte y
después alimentar a tu esposo.
Camile, que iba recogiendo los almohadones y las mantas para que Gloria no se
escandalizase, se reía.
— ¿Recuerdas si en la cabaña había alguna cómoda y “útil” almohada? —Le
lanzó una mirada desafiante y juguetona.
Lucas se reía sentando a la perrita en la banqueta frente a un cuenco de comida,
cerca de Bonnie.
—Camy, conviene que lleves muda de ropa pues si haces uso de la almohada
yo haré uso de una de mis compensaciones.
—Eso es un abuso. —Se acercó a él y le dio un rápido beso antes de caminar al
vestidor—. Especialmente porque carezco de la imaginación suficiente para justificar
adecuadamente ante Gloria cómo es que llego con las ropas inservibles. A este paso
pensará que la cordura me ha abandonado.
Lucas que se había colocado los pantalones se apresuró a seguirla al vestidor y
atraparla allí. La rodeó con los brazos apoyándola contra una de las paredes.
—Camy. Deja que me quede en este dormitorio. Gloria, Callum y todos los
demás deberán empezar a acostumbrarse a la idea de que compartamos habitaciones.
Además, cielo, no quiero separarme de ti y tener que encontrarnos frente al retrato de
tu abuelo donde he de contenerme para no desgarrarte la ropa cada vez que te veo
porque me he sentido abandonado y necesitado durante el tiempo que hemos de
separarnos por hallarnos en distintas habitaciones…
La besó abrazándola y encerrándola en la dureza de su fibroso y musculoso
cuerpo. Pensaba que no quería que cuando llegase su familia éstos insistieren en
mantenerlos separados pues, a esas alturas, no era viable para él tenerla bajo el mismo
techo y no poder estar con ella, no poder abrazarla, besarla o simplemente bromear
con ella como unos minutos antes, desnudos, relajados, cómplices. Sabía que había
logrado que le admitiese, que incluso le perdonase o que aceptase olvidar el pasado, y
había comenzado a ganársela, a conquistarla de verdad, pero, también sabía con
mayor certeza que ella le había ganado a él. Quería estar con ella, necesitaba estar con
ella y no solo de manera sexual o carnal, que reconocía como una constante e
imperiosa necesidad desconocida en su vida anterior, sino que necesitaba su
compañía, su cercanía. Era adictiva para él de un modo absolutamente abrumadora.
—Por favor, Camy, deja que me quede contigo. —Le acariciaba el rostro con
los pulgares—. Deja que me comporte como un marido bueno, atento y cariñoso. Lo
seré, cielo, lo seré. Además, ahora que aceptado el peligro que se cierne sobre mí vida
siendo tu esposo, creo que deberé hacer lo necesario para que llegues a considerar
conveniente mantenerme con vida a pesar de mis ronquidos.
Camile se rio. Imposible no dejarse llevar por sus bromas y su pícaro sentido
del humor, pensaba mirándolo.
—Supongo. —Se mordió el labio—. ¿Estás seguro? Callum te vestirá estando
yo cerca y a mi Gloria, y —De pronto lo miró seria—. ¿Has compartido alguna vez
dormitorio con alguien?
Lucas sonrió.
—Si consideras compartir el tener la cama junto a la de otros diez niños en
Eton, creo que puede decirse que sí. —Camile arrugó la frente dudosa—. Cielo, no he
compartido nunca mi dormitorio de adulto con nadie, más, tampoco nunca antes
había deseado hacerlo.
Camile lo abrazó por la cintura apoyando la mejilla en su pecho.
—Creo que eso es lo más bonito que me has dicho, a salvo decir que mis nalgas
son deliciosas, por supuesto.
Lucas se rio escondiendo el rostro en su cabello.
—Y yo que pensaba que lo más bonito que te había dicho había sido
borrachina, desvergonzada, pecaminosa y licenciosa esposa. Cómo sois las mujeres
de difíciles de contentar.
—Bueno, con esos dulces halagos solo conseguirás que te deje devorarme un
poquito, en cambio, ensalzando mis nalgas tienes muchas posibilidades de conseguir
que te deje devorarme algo más que un poquito.
—Y dime, ¿Qué conseguiría diciendo que tus sabrosos pechos deberían ser
elevados a los altares de los carnales manjares? ¿O que tus suaves muslos han sido
diseñados como el mejor y más perfecto camino al paraíso? ¿O…?
—Detente, detente. —Le interrumpía riéndose y alzando el rostro—. Creo que
dejaré que describas licenciosamente cada parte de mi cuerpo unos minutos antes de
dejarme devorar por entera siempre que yo también tenga derecho a devorarte cuando
me plazca, licencioso. —Se reía mientras él estallaba en carcajadas.
—Bien, tenemos un acuerdo. Yo te devoro y después tú a mí. << Y juro por
Dios que no tardaré mucho en enseñarte dicho arte>>, pensaba cerrando un poco
más los brazos a su alrededor.
—Devorar después de haberme descrito por entero, o si no tú menú menguará
considerablemente.
Lucas se reía besándola por el cuello y el rostro.
—Bien, bien, no lo olvidaré, entonces, —alzó el rostro tomando el suyo entre
sus manos—, ¿podré devorarte en nuestro dormitorio?
Camile asintió.
—Dile a Callum que traslade tus cosas mientras estamos de paseo y yo se lo
comunicaré a Gloria mientras me visto. —suspiró—. Te advierto que te mirará
furiosa durante unos días.
Lucas sonrió.
—Merecido lo tengo de modo que soportaré con resignación y humildad mi
castigo.
Camile se rio empujándolo hacia atrás con las dos manos en su torso en
dirección al dormitorio sin dejar de mirarlo.
—Resignación y humildad, como dice Gloria cuando se enfada, menuda
patraña. Dudo que conozcas el significado de semejantes términos. —Se reía negando
con la cabeza—. Humildad y resignación. —Le dio un último empujón dejándolo
sentado en la cama antes de colocarse entre sus piernas y apoyar los brazos en sus
hombros—. Lucas, me temo que lo poco que hemos dormido esta noche empieza a
afectar a tu visión de la realidad y tu valoración de tus propias cualidades, pues he de
informarte que se te pueden llamar muchas cosas; arrogante, engreído, prepotente,
mandón, presumido, vanidoso, orador competente, inteligente y atractivo, algo
petulante y soberbio también, más, de lo que nunca podrás ser calificado es de
humilde y resignado.
Lucas sonreía rodeando su cintura con los brazos y pegándosela al cuerpo: —
¿Inteligente y atractivo, verdad?
Camile estalló en carcajadas:
— ¿De todo lo que he dicho solo te quedas con eso? Creo que debiere incluir en
la lista “interesadamente sordo a lo que no resulte de su interés o agrado” y “muy
pagado de sí mismo”.
Lucas la besó en el cuello antes de inhalar su aroma manteniéndola unos
segundos fuertemente abrazada.
—Camy. —Susurró antes de volver a besar su cuello y soltarla para mirarla
fijamente—. Nos encontraremos en media hora frente al cuadro de tu abuelo.
—Sonrió travieso —. Me alegra decir que por última vez pues, a partir de ahora, solo
lo saludaremos al pasar.
Camile sonrió dándole un último beso y apartándose para que terminase de
recoger sus cosas y separarse al fin. Gloria no se mostró demasiado contrariada ante
la noticia de que Lucas se trasladaría a ese dormitorio. Algo molesta por su ceño
fruncido, sí, pero no parecía ni sorprendida ni contrariada. De cualquier modo cuando
se reunió con Lucas para salir a montar le dijo entre risas que se preparase para toda
una serie de miradas airadas de la doncella.
CAPITULO 5

A partir de esa mañana, y durante los tres siguientes días, establecieron una
particular rutina entre ambos.
Salían a montar temprano acabando siempre en la cabaña de leñadores donde
Camile descubrió el placer de permanecer en brazos de Lucas relajados, jugando
cariñosos y un poco pícaros mientras hablaban de todo y de nada. Después
desayunaban juntos con la tía Hester que parecía llevarse a las mil maravillas con
Lucas a quien enredó esos días para ser su víctima al ajedrez y, mientras ellos
jugaban lanzándose bromas, Camile leía o bordaba o se encargaba de la casa. Solía
salir a pasear por los nevados jardines y los campos cercanos con Lucas antes de
almorzar, comportándose como dos jovenzuelos robándose besos y abrazos sin rubor.
Almorzaban con la tía y después la dejaban descansar en su sillón frente a la
chimenea con su dama de compañía mientras ellos salían a conocer los alrededores.
Camile lo llevó un día a conocer el pueblo donde Lucas comprobó era conocida
por todos. La tarde siguiente, dos jóvenes, hijos de un noble rural, con los que se
cruzaron en el pueblo y que al parecer ella conocía desde niña, los invitaron a tomar
el té al día siguiente y aceptaron, de modo que, acudieron a pasar un par de horas con
ellos, aunque, finalmente, permanecieron bastante tiempo en compañía de las dos
jóvenes y los padres de éstas pues resultaron divertidos y, a los ojos de Lucas,
tremendamente campechanos. En el trayecto hacia su propiedad, Camile le explicó
que Suzanne y Marian, las dos jóvenes, eran las hermanas pequeñas de una joven
llamada Jennifer, que se encontraba ese día visitando a unos familiares del condado
vecino, y que no era sino la prometida de su primo Lorens con quien contraería
matrimonio ese verano. Ambas familias se conocían desde siempre y Camile decía
que Lorens siempre había estado prendado de la joven de modo que a ninguno
extrañó el compromiso cuando lo anunciaron.
La siguiente tarde Camile le llevó a un pequeño valle y, a continuación, a una
hermosa casa situada a los pies del mismo, una propiedad de frutales que, dijo, en
primavera y verano eran recogidos y vendidos en los mercados locales y cuando
entraron en la casa, perfectamente conservada, les abrió un matrimonio mayor que
eran los que cuidaban la propiedad. Los recibieron con entusiasmo lo que de
inmediato comprendió era porque Camile era la propietaria de la finca como sus
hermanas lo eran de las otras dos situadas en el valle. Le enseñó la casa haciendo
palpable a los ojos de Lucas que sentía cariño por ella, mucho más que el de una
simple propiedad más, sino que realmente la casa y el terreno eran especiales para
Camile. Ya de regreso a Rosehills esa tarde le prometió que ese verano, pasarían unas
semanas allí junto a los niños si era lo que ella quería, y podrían ir a la boda de su
primo y quedarse desde entonces una parte del verano.
Pero lo mejor de esos días, sin duda, fueron las noches, los dos solos durmiendo
abrazados y despertándose a cualquier hora el uno al otro dejándose llevar por la
pasión, por esa especie de cómplice unión. Camile se burlaba de él por sus ruidosos
ronquidos y él de ella llamándola ardillita curiosa pues parecía realmente interesada
por conocer cada detalle de su cuerpo y lo exploraba como él el de ella, solo que la
curiosidad de ella lo llevó en más de una ocasión a gritar como un salvaje.
Desde su llegada a Rosehills habían pasado seis días y con la tranquilidad que
reinaba, Lucas parecía haberse olvidado de todo lo más. Tras el desayuno, pues ese
día no salieron al cabalgar ya que había estado nevando toda la noche y prefirieron
dejar el paseo para la tarde, Lucas aceptó jugar al ajedrez con tía Hester reconociendo
que disfrutaba más discutiendo con la dama que con el juego en sí. Camile entró
cuando estaban burlándose el uno del otro despiadadamente entre risas.
—No sé si debería reprenderos a ambos o solo a uno por alguna impertinencia.
—Decía acercándose a la mesa en la que se encontraba el tablero.
—Reprende a tu impertinente esposo pues no está bien sacarle los colores a una
dama de mi edad, por mucho que crea que ésta le da derecho de corso para burlarse
sin piedad y pensar que mañana no lo recordaré. —Alzó la ceja y miró a Lucas —. Lo
cual demuestra cuán inconscientes pueden ser los hombres.
Camile sonrió y miró a Lucas.
— ¿Y bien? ¿Algo que decir, mi inconsciente esposo?
— ¿Y enfrentarme a los idus de dos salvajes irlandesas? Ni aunque me torturen
mil ejércitos.
Las dos se rieron.
—Tomaré eso como una rendición incondicional. —Añadía su tía riéndose.
—Bien, pues ya hay un vencedor y un rendido vencido. —Lucas la miró
impertinente ante la pequeña maldad por su rendición—. Hemos recibido una misiva
de papá. —Les mostró un pequeño sobre—. Llegarán después del almuerzo pues, con
la nevada de esta noche, el camino parece demasiado engorroso para los carruajes.
Almorzarán en la ciudad y, cuando los caminos estén más despejados, vendrán desde
allí. —
Sonrió—. Samuel y Viola vendrán en el primer coche. Podré llevarles a pasear
por el Valle si no nieva. —
Lucas echó la silla un poco hacia atrás y tomando su mano le dio un pequeño
tirón dejándola sentada en sus rodillas—. ¡Lucas!
—No te quejes. No solo me piensas abandonar esta tarde por dos pequeños
trastos, sino que me privarás de mis pequeños en cuanto los tengas a tu alcance. —Le
rodeó la cintura con los brazos mientras miraba a su tía—. Tía Hester, ha de saber que
su sobrina se torna muy egoísta cuando se trata de mis niños, claro que éstos no
parecen tampoco demasiados dispuestos a compartir a su Camy con nadie que no sea
ellos mismos, ¿Debería preocuparme por la peligrosa influencia que ejercen los unos
en los otros? ¿Qué pensáis?
—Bien, no puedo juzgar a los pequeños sin haberlos conocidos más que por las
referencias nada objetivas de dos personas cuya palabra, lamento decirlo, no me da
demasiada fiabilidad.
— ¡Tía! —La reprendió Camile pero su tía indiferente continuó: —Pero sí
puedo decir que cuando a Camile se le mete algo entre ceja y ceja, definitivamente se
torna una muy peligrosa influencia, de hecho, alejaría a sus hijos de ella si se empeña
en probar algún tipo de artefacto incendiario.
Camile resopló mientras sus dos acompañantes se reían.
—Debiere daros vergüenza pues si aquí hay dos personas que suponen una
peligrosa influencia el uno para el otro, son las dos crueles personas ante las que me
hallo. —Refunfuñaba mientras cruzaba los brazos al pecho.
Lucas le dio un beso en la mejilla.
—Quien se pica…
Camile le dio un golpecito en el hombro.
—Se acabó. Diré a Devon que avise en la cocina, ninguno de los dos probará la
tarta de almendras del almuerzo. —Miró a su tía—. Voy a revisar las habitaciones de
todos y las estancias de los niños para asegurarme que todo está bien, aunque lo
primero es lo primero, buscaré a Devon, ciertas personas necesitan un severo castigo.
Se levantó pero antes de echar a andar reculó y le dio un beso en la frente a
Lucas que la sonrió seductor antes de que diere el primer paso.
Media hora después se hallaba en una de las habitaciones de la familia cuando
unas fuertes manos le rodearon la cintura justo antes de notar los cálidos labios de
Lucas en su nuca.
—Hola, preciosa. —Le susurró en el oído deslizando sus manos hacía los
botones delanteros del vestido manteniéndola entre sus brazos—. Ya que me has
dejado sin postre, necesitaré un poco del azúcar de mi dama para no desfallecer.
—Lucas. —Jadeó dejando caer la cabeza hacia atrás en su hombro—. Alguien,
alguien —jadeó notando de inmediato la deflagración interior en su cuerpo con sus
manos deslizándose bajo su camisola tomando sus pechos—. Umm, alguien puede
entrar.
—Por eso he cerrado la puerta y echado el pestillo. —Murmuró ronco en su
oreja.
La giró para de inmediato auparla a la cómoda delante de la que estaba,
abriendo ella de inmediato las piernas y arqueando la espalda dejando su pecho
expuesto a Lucas que ya devoraba sus senos a placer mientras ella se aferraba a sus
cabellos y lo instaba enfebrecida hacia ella. Lucas descendió las manos abriendo con
presteza su pretina y empujando su pantalón para de inmediato alzar sus faldas y,
fiero, desgarrar sus pequeños pantaloncitos de seda exponiendo su intimidad húmeda,
caliente y ansiosa a su ya endurecida ingle. Gruñó su nombre en su cuello cuando la
penetró certero, hambriento, urgente, siendo el único sonido con algo de coherencia
que salió de los labios de ambos durante la siguiente media hora tras la que,
exhaustos, cayeron sobre el diván cercano a la ventana, jadeantes, mareados y
embriagados de ese perfume que ambos creaban cada vez que se unían, perfume de
sexo, pasión, ardor, fragancia a ellos, solo a ellos. Lucas disfrutaba de ese aroma
mezclado con el propio de Camile, ese que lo cegaba y lo imbuía en deseo y, a la vez,
en ternura. La mantenía sentada a horcajadas sobre él, masajeando sus nalgas bajo las
faldas con ociosa parsimonia, con su verga gloriosamente hundida y acogida en esa
cuna que era la cueva caliente, protectora y suave de Camile. Le acariciaba los pechos
expuestos a la altura de su rostro con sus labios mientras ella le rodeaba, con sus
agotados brazos, el cuello y mantenía el rostro apoyado en su propio brazo.
—Cariño, has de prometer que podré devorarte a placer incluso cuando estemos
en el barco.
Camile suspiró cerrando los brazos alrededor de su cuello y enterrando el rostro
en su cálido cuello.
—Pero solo si prometes ser más silencioso. Lucas eres muy, muy escandaloso.
Lucas alzó el rostro estallando en carcajadas:
—No soy el único escandaloso, más, a diferencia de ti, yo confieso que disfruto
mucho con tus adorables ruiditos y también con esa forma que tienes de decir mi
nombre cuando tu cuerpo se convierte en una hoguera incontenible.
— ¿Ruiditos? —Lo miró frunciendo el ceño—. Yo no hago ruiditos.
Lucas se rio.
—Los haces. Ruiditos asombrosamente tiernos y a la vez apasionados. Hay uno
—La miró con una mirada ardiente y también provocativa— que confieso me gusta
especialmente. —La acercó y le dio un ligero mordisco en el cuello—. Es uno a
medio camino entre jadeo y gemido, caliente, —comenzó a besar su cuello camino de
su oreja—, apasionado, —tomó su lóbulo entre los dientes y lo soltó—, descocado,
—Se lo volvió a tomar lamiéndole lentamente la piel suave y sensible bajo la oreja
hasta que ella emitió ese pequeño jadeo. Sonrió al soltarle la oreja y alzar el rostro
para mirarla—. Ese, cielo, ese sonido.
Camile resopló enrojeciendo como una amapola.
—Eres un canalla, lo has hecho con intención.
Lucas se reía.
—No puedo negarlo.
Camile lo miraba como una niña enfurruñada aunque la hubieren cogido en
falta lo que le hacía reírse más aún.
—No es justo. No me doy cuenta de que los hago.
Lucas estalló en carcajadas.
—Y por eso me gustan más aún, cielo. —La abrazaba manteniéndola cercana a
su cuerpo—. Ay, cielo, de veras que te adoro. —Decía riéndose y apoyando la mejilla
en sus senos cálidos, turgentes y suaves frotando su piel con la de su mejilla.
—Pues sigo diciendo que no es justo.
Lucas la miró con un gesto tenso, casi fiero. Cerró fuerte los brazos a su
alrededor, se impulsó poniéndose de pie manteniéndola anclada y rápidamente los
dejó caer en la cama.
—Lo que no es justo, cielo. —Empujó con fuerza la erección que había crecido
tanto y se hubo endurecido dentro de ella hasta el punto de hacerla casi dolorosa—.
Dios. — Gruñó involuntariamente—. Lo que no es justo, —se retiró y volvió a
penetrarla ansioso y fiero—, es, es, —Empujó de nuevo con fuerza—. Dios bendito.
—Gruñó frenético cada vez más anhelante y ansioso y de nuevo la empaló con
urgencia sin dejar de mirarla—. Dios, Camy, lo que no es justo —empezaba a
envainarla más y más fiero, rudo, deseoso con un ritmo reclamante y hambriento—,
es que, que provoques este, este, efecto en mí. Dios todopoderoso, Camy. — Camile
cerró fuerte las piernas en torno a él—. Dios mío. —Gemía arqueándose hacia atrás
con los brazos a ambos lados de Camile e impulsándose frenético más y más dentro
de ella—. Por todos los cielos. Sí, sí, eso es, agárrame. —jadeaba con los ojos
cerrados fuertemente —Dios, Dios. ¡Camy! —Gritaba frenético envite tras envite
llenándola con ansiosa hambre de ella—. Eso, eso, eso es, cielo, llénate de mí, llénate
de mí. —Murmuraba ávido penetrándola casi como si no hubiere hoy ni mañana—.
Camy, Camy, Camy, —jadeaba enfebrecido—, Dios, cariño, vamos pequeña,
siénteme, siénteme, oh sí, sí, sí, sí.
Agárrame fuerte. —Cerraba los ojos echando la cabeza hacia atrás, ahora
aferrando con ambas manos sus muslos anclándola a él y arqueando la espalda para
impulsarse más y más en frenéticas e interminables embestidas. Profundas, fieras,
apasionadas y ardientes—. Vamos pequeña, llega conmigo, estalla conmigo.
—Gruñía sintiendo los temblores de Camile, sus contracciones entorno a su
verga que ya frenética comenzaba a temblar y vibrar en una erección final previa a su
estallido.
— ¡Camy! —Gritó fiero al estallar y derramarse con urgencia desbocada dentro
de ella—. Dios bendito. —
Susurraba agotado muchos minutos después atrayéndola más hacia él para
acomodarla en su abrazo—.
Santo Cielo, Camy. —Jadeaba con esfuerzo con ella acomodando la cabeza en
el hueco de su hombro—. Me haces perder la cabeza.
Gimió cerrando los brazos más aún, con la respiración aun trabajosa y
consciente de que eran frenéticos, ansiosos, apasionados y ardientes, pero, sobre todo,
anhelantes, permanentemente anhelantes del otro. La necesitaba de un modo esencial.
Su cuerpo, su mente, su propia esencia necesitaban a Camile. No, definitivamente, no
dejaría que nadie, ni siquiera su familia, por enfadados que estuvieren con él, le
apartasen de Camile.
Supo de inmediato que el miedo a perderla le hacía reclamarla con más ansia,
reclamar su cuerpo aún con mayor ímpetu como si su yo atávico le gritase que
necesitaba marcarla para que no se alejase de él, para que no la alejasen de él.
La notaba adormecida unos minutos más tarde.
—Camile, hemos de bajar al salón pues Devon anunciará el almuerzo dentro de
poco. Pero antes. —Giró el cuerpo y la dejó bajo el suyo—. Cielo, hemos de hablar
de una cosa.
Camile lo miró saliendo de su estado de letargo y asintió mientras él se apoyaba
en los codos a cada lado de su cuerpo y le acariciaba las enrojecidas mejillas con los
nudillos.
—Creo que dejaré que vayas a pasear con los niños sola, no solo porque sé que
estas deseando estar con ellos, y ellos están ansiosos de estar con su Camy, sino
porque merezco que tu padre, bueno, toda tu familia, descargue su ira en mí o, por lo
menos, que exijan cierta responsabilidad por mi comportamiento anterior y, cuanto
menos, he de hacerles comprender que jamás, jamás, jamás, repetiré los errores del
pasado y que caminaré sobre brasas ardientes si es necesario para que mi Camy siga
sonriendo cada día.
Camile negó con la cabeza.
—No quiero que hagas eso, bueno me reservo lo de las brasas calientes para
cuando te portes mal, —
sonrió. Alzó la mano y le acarició el mentón y la mandíbula—. Solo, solo has
de —suspiró—. No sé, solo sé tú mismo y deja que sean tus actos los que hablen.
—Camy. —Sonrió—. Primero asegúrate de que tu padre, hermano y cuñados
no van armados pues, de lo contrario, lo único que dejarán que hable son mis pies al
correr antes de dispararme.
—No seas bobo. No te dejarían siquiera dar un paso antes de disparar. —Sonrió
con cierta malicia.
—Muy bonito, pero que muy bonito. Demuestras poca consideración por la
integridad física de tu esposo.
—Bueno, un agujerito o dos tampoco serán tan grave.
Lucas se rio.
—Mujer cruel. —Le dio un rápido beso y se impulsó para ponerse de pie y de
inmediato tiró de ella dejándola sentada—. Vamos a nuestro dormitorio a recomponer
un poco nuestro aspecto antes de bajar. —
Le dio un beso en la frente—. He descubierto que me encanta decir “nuestro
dormitorio”.
Camile se rio.
—Pues creo que Callum y Gloria lo llaman su particular campo de batalla.
Cuando regresemos a casa hemos de asegurarnos tener dos vestidores o en menos de
una semana, nos encontraremos con una doncella malhumorada y un valet a un paso
de cometer un asesinato, y no precisamente el de una doncella.
Lucas se reía tomándola de la mano.
—Bien, bien, nos aseguraremos de conseguir que la sangre no llegue al río, o al
vestidor.
Caminaban unos minutos más tarde por el pasillo camino del salón previo al
comedor cuando Camile meditaba en voz alta.
—En cuanto terminemos de almorzar iré a ponerme mi traje de montar para
que, en cuanto lleguen los niños y les enseñe su dormitorio, podamos salir a dar un
paseo, seguro que después de seis días en un barco estarán encantados de poder
montar.
Lucas sonrió.
—Tienes al menos que dejarme abrazarlos y besarlos antes de robármelos pues
llevo siete días sin verlos y es la primera vez que permanezco tanto tiempo lejos de
ellos.
Camile se paró de golpe, estaban casi en la puerta del comedor. Soltó su brazo
en el que llevaba posada su mano y sin mediar palabra giró y lo abrazó encajándose
en su cuerpo, acomodando su rostro en su pecho. Lucas, aunque sorprendido, se dejó
abrazar y también cerró los brazos en torno a ella. Tras un minuto, ella suspiró
enderezándose dando un paso atrás rompiendo el abrazo.
Lucas le tomó el rostro entre las manos y le acarició las mejillas con los
pulgares.
—Cariño, ¿qué ocurre? —preguntó con suavidad
Camile se encogió de hombros.
—Creo que me gusta mucho la idea de tener a mis niños y también a ti. Al final
creo que tendré que dejaros comer tarta pues sí que soy egoísta.
Lucas sonrió y la atrajo de nuevo a sus brazos ignorando que el mayordomo se
encontraba en la puerta del salón aparentemente impertérrito. Inclinó la cabeza y la
besó en la frente.
—Camy, si eres egoísta, ambos adolecemos del mismo fallo de carácter pues
me gusta tener a mis niños y a mi Camy.
Sabía con certeza que se había encariñado con Camile más allá de lo que nunca
creyó posible y no le importaba. Sabía que había desarrollado una necesidad perenne
de ella que iba mucho más allá del tenerla como señora de su casa, de anfitriona y de
madre de sus hijos, y tampoco le importaba. Por fin reconocía que no solo no le
importaba sino que le gustaba.
—Vamos, cielo. —Se separó y la tomó de la mano que de inmediato se llevó a
los labios—. No hagamos esperar a la salvaje irlandesa o ni el cielo nos conseguirá
librar de sus idus.
Camile se rio y, después, consiguió que su tía estallase en carcajadas
contándole los comentarios sarcásticos que se lanzaban Gloria y el Callum
constantemente lo que les llevaba a calificar el dormitorio y especialmente el vestidor
su particular campo de batalla. Durante el almuerzo también se rieron a cuenta de
ambos y de la creencia de Lucas de quitar cualquier instrumento o cosa del
dormitorio que pudiere ser utilizado como armas por semejante pareja, más si al final
llegaban a la conclusión que, en vez de enfadarse entre ellos, debían aliarse contra los
causantes de tal situación, sus señores.
Al poco de trasladarse al salón tras el almuerzo, comenzó a nevar de forma
suave, sin embargo, eso impediría que pudiere llevar a los niños a montar hasta el día
siguiente, especialmente porque imaginaban que llegarían más tarde si se veían
obligados a ir más despacio por los caminos. Pero no tardó en llegar un lacayo a
caballo que habían enviado con antelación anunciando la llegada de los carruajes en
un rato pues finalmente y previendo la posibilidad de nuevas nevadas adelantaron su
salida de la ciudad para no quedar atrapados en los caminos.
—Devon. —Se apresuró Camile a ponerse en pie y en organizarlo todo—. Por
favor, enciendan ya las chimeneas de los dormitorios empiecen por la de los niños y
la de lady Amelia, pues con el embarazo convendría que descasare nada más llegar.
Avise en la cocina que vayan preparando café, bollos para todos y chocolates
calientes para los niños. Creo que convendría que mientras suben sus cosas y las
doncellas y valets se ocupan de todo, los dejemos entrar en calor en el salón. —Miró
a su tía—. Podríamos quedarnos aquí. —Su tía asintió.
En cuanto Devon se encargó de que doncellas, lacayos mozos estuvieren
pendientes de todo, Camile se sentó junto a su tía claramente nerviosa. Lucas la
miraba y tras verla levantarse y sentarse tres veces la sentó junto a él y la acomodó a
su lado.
—Cielo, porque desgastes la alfombra de tu tía no van a llegar antes. —Encerró
su mano en la suya mientras la miraba sonriendo. Camile se mordía el labio inferior
echa un manojo de nervios—. Veamos, ¿con qué quieres que te distraigamos? —miró
entonces a la tía Hester—. Quizás debiere contarme alguna de las maldades que cierta
mente peligrosa cometió en el pasado.
Su tía se rio.
—No habría horas en un año para narrarlas todas.
—Eso no puede estar más alejado de la verdad, tía. —La miró Camile con el
ceño fruncido—. Siendo fiel a esa verdad ha de reconocer que era, y sigo siendo, la
esencia de la más limpia y pura inocencia y bondad.
Lucas estalló en carcajadas:
—El simple hecho de que seas capaz de afirmar eso con gesto serio, denota que
esa afirmación sí que está alejada de toda verdad, y que, además, careces de la
inocencia y bondad de la que alardeas, de hecho, me temo que haces, sin intención,
alarde de una considerable falta de lo necesario para que puedan achacársete ambas
cualidades o virtudes.
Camile resopló.
—No puede negarse que extraes erróneas conclusiones de una sencilla
afirmación, pues no es más que eso una afirmación, la constatación de un hecho y una
verdad claramente comprobable, siendo la prueba de tal hecho, verdad y certeza, el
que mi supuesta peligrosa mente no ha realizado acción alguna para reprender tu
bochornoso y erróneamente deducido comentario.
Lucas estalló en carcajadas:
—Camy, serías una estupenda oradora para la Cámara de los Lores, tienes un
talento innato para falsear la verdad y, sobre todo, para enredar una sencilla palabra
convirtiéndola en un cuento, más exactamente en la historia de Pedro y el Lobo,
siendo tú, cielo, —la besó en la sien—, he de decirlo, el fiero y temible canino.
—Lucas. —Lo miró enfurruñada—. No me obligues a morderte.
Lucas estalló en risas mientras se llevaba su mano a los labios. Devon entró con
premura.
—Miladies, milord. Los carruajes están atravesando las verjas exteriores.
Camile se levantó como con un resorte sonriendo.
—Uy. —Giró sobre sí misma un par de veces—. Les esperaré en las escaleras.
Salió casi a la carrera sin esperar ni a Lucas ni a su tía ni a nadie. Lucas
permaneció en el vestíbulo del brazo de la tía Hester observando, traspasada la puerta,
en el último escalón, a Camile mirando ansiosa el camino desde el que, a pesar de la
nieve que caía, ya se veían los dos primeros carruajes. En cuanto paró el primero y
sin ni siquiera dar tiempo a los palafreneros se bajaren ni los lacayos acercarse, se
abrió de golpe la puerta del carruaje y saltaron los dos niños gritando con los brazos
abiertos desde que pusieron un pie en el suelo.
— ¡Camy! ¡Camy!
Camile, que ya se había agachado con los brazos abiertos, los abrazó en cuanto
los tuvo a su alcance y ellos se dejaron abrazar gustosos.
— ¡Qué grandes y guapos estáis! —No paraba de reírse. Aupó a Samuel que se
había enroscado en su cuello con fuerza—. Os he echado mucho de menos.
—Camy ya nos quedamos contigo ¿verdad? Papi nos dijo que ya no nos íbamos
a separar.
Samuel se aferraba como si le diere miedo que se escapare mientras que Viola
se abrazaba a sus piernas.
—Volveremos juntos, peque, estaremos juntos. No pienso separarme de mis
niños.
Ya habían descendido del carruaje su padre con Albert y Marion a los que solo
pudo saludar con una sonrisa.
—Vamos dentro y esperemos allí a los demás. —Decía su padre mirando el
cielo—. Pues parece que empieza a nevar con más fuerza.
—Sí, además, hay café, té, bollos y chocolate para todos. —Camile les sonreía
manteniendo en brazos a Samuel—. Y brandy especiado y caliente para vosotros. —
Miraba a su padre con una sonrisa divertida.
Su padre asintió y entraron todos en el vestíbulo donde su padre, Albert y
Marion se detuvieron en el instante mismo en que vieron a Lucas junto a su tía.
Camile se giró y les lanzó una mirada de súplica o de contención pero enseguida
quedó ahogada por los gritos de los niños.
— ¡Papá! —Viola se lanzó a por su padre que sonreía.
—Hola, nenita. —La tomó enseguida en los brazos y esperó a que llegare
Camile a su altura para besar a Samuel—. Hola, diablillo, antes de que preguntéis,
Dina y Bonnie se encuentran en su camita en vuestra habitación, esperándoos.
— ¿Les has rascado las orejitas? —preguntó Samuel.
Lucas sonrió asintiendo, miró al conde.
—Milord, Lord Albert, Lady Marion. —Los saludó con un gesto de cabeza
pues sostenía a Viola.
—Milord. —Saludó el conde que de inmediato desvió la mirada a su hija y su
cuñada.
—Bien. —Sonrió la tía Hester intentando aliviar la tensión—. Creo que estos
dos pequeños, que tengo entendido son mis sobrinos nietos, —los miró con una
sonrisa amable—, debieren ser guiados al salón para que entren en calor y puedan
saludar a sus padres como Dios manda, mientras, nosotros, esperaremos la llegada del
resto y después nos reuniremos allí.
Miró a Camile lanzándole una clara mirada de auxilio.
—Vamos, peques, os voy a servir un poco del delicioso cacao que preparan en
Rosehills y unos bollos calientes con crema y si nos apresuramos, es posible que
dejemos sin ninguno al glotón del tío Jefferson.
Los dos pequeños se rieron dejándose llevar por Lucas y ella. En cuanto
desaparecieron del vestíbulo la tía Hester contuvo cualquier comentario:
—Ni una palabra, después hablaremos con calma pero para vuestra información
lleva aquí seis días, le ha pedido perdón a Camile y quiere enmendar su
comportamiento y debiereis saber que ese hombre está enamorado de Camy, y si no
lo sabe, no tardará mucho en ser consciente de ello, más, de cualquier modo, dudo
que sea capaz de repetir el comportamiento anterior sea cual fuere, pues realmente
quiere a Camile.
El conde resopló.
—Permite dude de tal circunstancia, Hester.
—Bueno, vosotros mismos podréis juzgar, más, por el bien de Camile y el de
todos, no os lancéis como una manada de lobos hambrientos a por él a la primera
oportunidad, solo observad, escuchad y juzgad antes de abalanzaros sobre él.
Albert suspiró y fijó sus ojos en su tía manteniéndole la mirada.
—¿Camile está bien?
—Añoraba a los pequeños, pero respondiendo a tu pregunta, Albert, y por
increíble que os resulte, está bien desde que Lord Lucas está aquí. Os lo aseguro, la
quiere y se lo demuestra, aunque creo que él mismo no es aún consciente del todo.
—Sonrió viendo ya entrar el siguiente carruaje—. Aunque, si queréis estar seguros,
sé una forma perfecta de que comprendáis lo que quiero decir. El Doctor Gabrons.
—Los miró alzando las cejas—. Podemos invitarle a cenar mañana mismo y
juzgaréis. —De nuevo sonrió maliciosa—. El buen doctor parece prendado de Camy
y, excepto a ella, a nadie se le pasa por alto y, desde luego, menos a Lord Lucas. Si
pudiere lo descuartizaría sin remordimientos y las miradas que le lanzaba la vez que
estuvo aquí no son las de un marido que solo protege lo que cree suyo. —Se rio.
En el salón, Camile abrazaba a Samuel sentado en su regazo y a Viola que se
sentó de inmediato junto a ella.
—Ay, peques. —Los besaba—. Cuánto os he echado de menos. —Samuel
permanecía con la mejilla en su pecho sin separarla ni para masticar el bollo—.
Quería llevaros a montar y pasear, pero lo dejaremos para mañana, hoy podemos
jugar junto a la chimenea con los juegos que os hemos traído vuestro padre y yo.
Así puedo abrazaros todo lo que quiera.
Viola se acomodó sobre Lucas que permanecía junto a ellos y que rápidamente
se acercó más a Camile permaneciendo pegados muslo con muslo.
— ¿Y bien?, mis grumetes, ¿a cuántos piratas habéis abordado en vuestra
travesía? —Preguntó Lucas sonriendo directamente a Samuel que se rio.
—A ninguno, tonto. —Se reía—. No se acercan a las costas inglesas.
—Pues claro, tonto. —Se reía Camile mirando a Lucas con sorna.
Lucas la miró alzando la ceja.
—Milady, despídase de una prenda de seda.
Camile abrió los ojos ruborizándose para de inmediato mirar a los niños y
después a él entrecerrando los ojos a pesar de que él la observaba con cara de pura
inocencia. Antes de poder decir nada más entraron todos y fueron tomando asiento en
los distintos sillones y sofás mientras dos doncellas servían café, té y bollos a todos y
Albert servía los licores a los caballeros.
Camile comprendió que todos estaban intentando actuar con normalidad, como
si no les hubiese sorprendido y, a la mayoría, molestado, encontrar a Lucas allí pero
les contaron el viaje y preguntaron detalles de cómo había transcurrido ese tiempo en
Rosehills. Su tía, bendita fuera, presentó Lorens a Lucas y procuró que las
conversaciones transcurriesen en completa cordialidad, mientras Francis y Cressinda
se quedaron dormidos en un sillón y Viola y Samuel sobre Lucas y Camile.
—Están agotados. —Sonrió Camile a Steph—. ¿Qué les habéis hecho? ¿Los
habéis obligado a correr tras los carruajes?
Stephanie se rio.
—En ese caso, en algunos tramos, nos habrían adelantado. Los caminos tienen
mucho barro y varios palmos de nieve en algunos lugares. Cuando ha empezado a
nevar he temido tener que pasar la noche en alguna de las cabañas de leñadores.
Camile se ruborizó, aunque no miró a Lucas, pero lo sabía esbozando una
pequeña sonrisa y lanzándole una mirada. Sentía el cosquilleo en la piel justo donde
sabía le miraba. Intentó controlar y mantener la compostura.
—Pues quizás fuere buena idea subir a los niños a dormir en cómodas y
calientes camas. —Miraba a Samuel aferrado a ella—. Sus habitaciones ya estarán
caldeadas.
—Dejadlos un rato más. —Dijo su padre sonriendo ante la imagen de Samuel
abrazándola como si temiere que se fugare—. Dentro de unos minutos subiremos
todos y los llevaremos con nosotros.
Camile asintió y empezó a esbozar una sonrisa pícara a su padre.
—Y hablando de subir, lady Osbyrne insistió en celebrar una cena en su casa en
cuanto llegaseis y nos ha dado un mensaje para vos, padre.
Su tía se rio.
—Cierto, cierto. Nos ha pedido que te digamos, Arthur, que espera hayas
practicado tus lanzamientos pues, este año, Lord Osbyrne y el señor Turner piensan
subir el premio y, sobre todo, el castigo del perdedor, pues según mi buena amiga
llevan desde el verano practicando con dedicación.
Su padre se rio alzando la barbilla.
—Ni aun practicando mil vidas conseguirán esos ancianos vencerme.
—No debieras confiarte, papá. —Se reía Camile mirándolo como una niña
traviesa—. El señor Wally, el día que le encargué un poco del aguardiente que tanto
te gusta, comentó lo mucho que han mejorado pues, cada vez que iban a la posada
tras la misa dominical, lanzaban los dardos con bastante más destreza que antaño y
han practicado su puntería pues, según insisten en repetir, hiere su pundonor irlandés
que un inglés achacoso e indolente les venza.
De nuevo estalló en carcajadas:
— ¡Qué arrogancia la de estos viejos irlandeses! Achacoso yo.
—Bien, papá, no negaré que para ser un caballero de edad avanzada luces un
aspecto envidiable, más, el señor Turner realmente tiene un aspecto bastante
imponente a pesar de su bastón.
—Muérdete la lengua, mala hija. —Movía un dedo al aire—. Ese caballero sí
que es achacoso.
Camile se reía negando con la cabeza al igual que Lorens sentado junto a su
madre.
—Tío Arthur, sea sincero, el señor Turner puede ser calificado de mil maneras
distintas, pero achacoso dudo que sea una de ellas.
Camile miró a Lucas.
—El señor Turner es un hombre con aspecto de oso bonachón, pero oso al fin y
al cabo. Es grande y fuerte como uno. —Le aclaró bajando un poco la voz.
—Un oso torpe y demasiado viejo para siquiera alzar su pezuña. —La miró el
conde alzando la ceja, imperioso.
De nuevo ella se rio.
—Bien, bien, no discutiré, tú eres el más oso de todos.
—Camy. —Murmuró Samuel en su regazo levantando un poco el rostro—. No
me encuentro bien.
Camile le miró el rostro de pronto pálido y le tocó la frente.
—No tienes fiebre, peque, ¿te duele la tripa? —asintió cerrando los ojos—.
Umm, quizás te haya sentado mal el bollo. —Le dio un beso en la frente acunándolo.
Miró a Lucas—. Será mejor que le ponga ropa de cama y lo acueste.
—No. Me quiero quedar contigo. —Murmuró quejumbroso y cerrando los
brazos a sus costados.
Camile le sonrió.
—Cielo, me quedo contigo, no te preocupes, ¿quieres dormir en mi cama un
ratito?
Asintió pero empezó a ponerse verdoso giró el rostro y se inclinó vomitando de
inmediato a los pies de Camile el chocolate y el bollito. Camile mojó un paño en la
jarra de agua y se lo pasó por el rostro manteniéndolo en su abrazo.
—Está bien, peque, ya está, ahora te encontrarás mejor.
Pero no había ni terminado de decirlo cuando Charles en su asiento se inclinaba
y vomitaba también su chocolate y rápidamente Stephanie lo atendió.
—Quizás esté cortada la leche, o,— decía Camile mirándolos a ambos pero se
calló al escuchar a Viola gemir en el regazo de su padre—, ¿Viola? Cielo.
La niña solo gimió. Lucas miró a Camile.
—Viola no ha probado ni los bollos ni el chocolate.
—Oh no, oh no. —Decía abriendo mucho los ojos Amelia—. Creo que sé lo
que les pasa. —Miró a Lorens—.
La limonada que bebieron antes de salir de la ciudad.
Lorens suspiró.
—Sabía que no debía dejarles beber limonada en aquella posada. —Miró a
Camile—. Paramos a la salida de la ciudad para poner un caballo extra en la carreta
de los baúles y dejamos que bebieran limonada.
—Bueno, en ese caso, solo será una leve indigestión. —Acariciaba la mejilla de
Viola mientras mantenía pegado a su cuerpo a Samuel. Miró a Stephanie—.
Debiéremos ponerles los camisones y dejarles dormir un par de horas. Les daremos
un poco de manzanilla y esta noche seguro están mejor. —Miró entonces a
Jefferson—. ¿Cressi no habrá bebido limonada? Porque es demasiado pequeña y
llamaría al médico para que la atendiera.
Jefferson negó con la cabeza:
—Estaba dormida en el coche cuando los demás bajaron.
—Bien, en ese caso, —miró a Steph—, ¿Los subimos?
Su hermana asintió e iba a ponerse en pie con Samuel cuando este se aferró con
más fuerza.
—¿Pero te quedarás conmigo, verdad? —Preguntaba casi lloroso.
—Sí, peque, no pienso dejar a mis niños. —Le murmuraba bajito besándolo en
la mejilla—. Os meteré en mi cama y me aseguraré de que estéis bien.
Por fin consiguieron subir con ellos y, tras ponerles sus camisones, llevaron a
Samuel y Viola al dormitorio de Camile donde los metieron en la enorme cama tras
darle una taza de manzanilla para que asentaren el estómago. Camile se tumbó junto a
Samuel, pues no quería que se separase de él, y a Viola, que pronto había caído
dormida. Lucas sentado a los pies de la cama esperó que Samuel también quedare
rendido al sueño para de inmediato tumbarse junto a Camile y abrazarla.
—Cielo, —susurraba en su oreja—, piensan que si te sueltan volverás a
dejarlos.
Acarició la mano de Samuel aferrada a la de Camile que lo abrazaba con
cuidado dejándose abrazar por Lucas desde su espalda.
Camile giró el rostro y le sonrió.
—Están agotados. Deberíamos dejarles dormir tranquilos una o dos horas.
Lucas asintió y se separó de ella, que tras darles un beso a los dos y taparlos
bien, se sentó a su lado.
Lucas la besó en los labios antes de susurrarle:
—Voy a pedir que no nos molesten y cuando se despierten los dejaremos aquí y
los entretendremos con los juegos. Les traeré también a Dina y a Bonnie.
Camile asintió rodeándole el cuello rápidamente para acercar más su rostro.
—Lucas, me temo que esta noche esta cama estará un poco desbordada. Dos
niños, dos adultos, dos mascotas.
Lucas sonrió.
—Pero no creo que ninguno nos quejemos, ¿no es cierto? —sonrió pícaro—.
Desde luego, yo no lo haré.
La besó lentamente dejándose disfrutar del beso, de ella y de la sensación de
estar todos juntos de verdad. Como si aquello fuera un descubrimiento.
Regresó veinte minutos después y, tras dejar los juegos en una mesa, se sentó
en la cama con las piernas estiradas y la espalda apoyada en el cabecero dejó a Dina y
a Bonnie en la almohada entre las cabezas de Samuel y Viola y tomó a Camile que
permanecía sentada junto a Samuel y la colocó entre sus piernas, con su espalda
pegada a su pecho y dentro de su abrazo.
—Lucas. —Lo reprendió en un susurro.
—Cielo —Le dio un beso suave en el cuello—. Solo quiero abrazarte mientras
nuestros pequeños descansan.
Camile sonrió girando el rostro para darle un beso.
—Pero se bueno.
Lucas sonrió pícaro antes de enterrar el rostro en su cuello acomodándola en su
abrazo y a él entre los almohadones. Se quedaron relajados y tranquilos charlando
bajito o simplemente en silencio hasta que los niños se despertaron casi dos horas
después y en pocos minutos se convirtieron en un torbellino.
Jugaron con ellos en la alfombra frente a la chimenea con los juegos de ingenio,
de acertijos y a los palillos chinos, que tanto gustaban a Viola, hasta la hora de la
cena en la que Camile hizo que les subieren unas bandejas de caldo y algo ligero para
ellos tras mandar a Gloria a disculparse con los demás pues se quedarían con los
niños esa noche. Tras ello, y con ambos de nuevo agotados, los metieron en la cama y
tras apenas leerles un par de páginas de un cuento, se dejaron envolver por los brazos
de Morfeo. Lucas, que había despedido hasta el día siguiente a Callum y Gloria, en
cuanto vio a los niños dormidos, tomó de la mano a Camile y la llevó hasta el
vestidor.
—Voy a hacer de doncella. —La rodeó con los brazos—. Y ayudarle a
prepararse para su descanso, mi señora.
Camile sonrió rodeándole los hombros con los brazos.
—Bueno, puedo dejarte hacer ese papel, pero solo si me das un beso.
—De modo que tengo que pagar por hacer un trabajo, tirana. —Se inclinaba y
le rozaba los labios—. Quizás debiera ser yo el que exigiere el beso y con ello un
pago por mi labor.
—Y quizás yo acepte el precio de vuestro salario, mi doncella.
Lucas se cernió sobre ella llevándola hasta la banqueta del vestidor y
tumbándola sobre ella mientras la besaba, desprendiéndola de su ropa y ella a su vez
de las suyas.
—Cielo, hemos de ser muy, muy silenciosos.
Jadeó cuando ella introdujo su mano bajo sus pantalones acariciando su ya
endurecida entrepierna.
—Si. —Susurraba en sus labios—. Lo prometo.
Lucas se separó y se aupó para, en apenas unos segundos, desprenderse
nervioso, ansioso y con precipitación de todo lo que quedaba de sus ropas mientras
Camile hacía lo propio con las suyas. En el vestidor, la única luz prendida era la del
candelabro que Lucas llevó de la mesita de noche y que dejó en el suelo permitiendo
iluminar sus figuras y parte de la banqueta. Lucas rodeó por la espalda a Camile y la
comenzó a besar y acariciar con lentitud y parsimonia pero con verdadera hambre.
Jadeaba ansioso dejándolos caer junto a la banqueta sobre las ropas que se hubieron
quitado.
La colocó de rodillas de cara a la banqueta y la inclinó sobre la suave y mullida
tela de terciopelo de la misma colocándose entre sus piernas que fue abriendo
dejándola con el trasero expuesto frente a su ingle.
Se inclinó sobre ella cubriéndola con su cuerpo rodeando con un brazo sus
pechos y con el otro descendiendo por su estómago a su intimidad que comenzó a
acariciar con avaricia —Cielo. —Murmuraba ronco y jadeante—. Recuerda que
hemos de ser silenciosos.
Camile asintió ansiosa, con la piel y el cuerpo vibrando de anhelo y
anticipación. Lucas se incorporó sujetando sus caderas embebiéndose de la imagen de
su espalda desnuda, su cabello cayendo sobre uno de sus hombros, su cara
ligeramente girada hacía él y toda ella solo iluminada por pequeña luz de las tres
velas desde el suelo.
—Cielo, eres lo más bonito que he visto.
De pronto permaneciendo quieto tras ella con todo el cuerpo tenso, endurecido,
clamando por hundirse en ella y reclamarla como suya y, sin embargo, extasiado ante
ese cuerpo que se le presentaba ante los ojos precioso, ante esa mujer entregada,
generosa, apasionada
—Camy.
Susurró su nombre casi de modo inconsciente apretando sus dedos en sus
caderas instantes antes de empujar esas preciosas medias lunas hacia su fiero y
reclamante miembro que hundió en una embestida certera, ansiosa, profunda y
absolutamente cegadora.
—Oh Dios mío. —Jadeó Camile en un ahogado susurro de puro placer carnal al
sentirlo tan dentro, tan fiero, tan caliente.
Inclinó la cabeza dejándola caer entre sus brazos cerrando fuerte los ojos, pero
alzando en respuesta inconsciente, atávica pero también de puro placer, las caderas y
abriéndose para él y para esa ola de puro fuego que la recorría como si fuera lava en
sus venas.
Desde ese instante ninguno de los dos fue capaz de contenerse o refrenarse a la
hora de pedir, entregar y reclamar. Tras no supo cuánto tiempo, pues éste pareció
detenerse, tras esa primitiva y gloriosa unión en que se tomaron hambrientos en un
baile primitivo, salvaje y absolutamente evocador de la carnal pasión, Lucas embistió
frenético en unas fieras y profundas penetraciones finales que le llevaron a un frenesí
magnífico, intenso, en busca de una liberación a esa locura en que se convertían sus
cuerpos. La hubo besado, acariciado, apretado, más y más y más... Ella lo buscaba, lo
acogía y llamaba, escondía su rostro, en algunos momentos, en los brazos cuyos
codos clavaba en esa banqueta como punto de apoyo a un mundo que hubieron
abandonado desde el instante de entrar en ese vestidor. Ahogaba los gritos
escondiendo el rostro entre sus brazos y él, los suyos, en el cuello de Camile donde
notaba el pulso de ella con la misma intensidad que el de su verga enterrada en su
cuerpo. La explosión final fue una locura aún mayor que esa unión pues ambos
parecieron perder el sentido cayendo agotados sobre sus ropas desperdigadas en el
suelo. Se sentían mareados, desorientados, incapaces o más bien negándose a romper
su unión. Lucas la encerró fuertemente con los brazos en su cuerpo mientras ella se
dejaba acoplar en el mismo con sumo gusto pues así se sentía caliente, protegida y
con esa espada enterrada en ella sin necesidad de separarse.
—Camy, no creo que seamos capaces de comportarnos de modo sensato en la
vida. —Decía acariciando su cuello con la nariz algunos minutos después.
Camile se rio girando el rostro para ocultarlo en el musculoso hombro de
Lucas: —Es culpa tuya, eres una pésima influencia para mi sentido común.
Lucas sonreía sin dejar de acariciar la piel de su hombro, su nuca, su delicioso
cuello.
—Cariño, en ese caso, es culpa de ambos pues tú también eres una muy mala
influencia para mí y mis sentidos, todos ellos, no solo mi sentido común. —La besó
en la nuca—. Y tu aroma es demasiado embriagador, es tentadoramente delicioso.
—De nuevo ella se rio contra su piel.
—Me debería ruborizar cuando te expresas de ese modo, haces que suene
escandalosa la mera referencia a una fragancia.
—No, cielo, lo escandaloso es lo que esa fragancia logra en, este, tu rendido
caballero.
—Eres imposible. —Susurraba sonriendo. Suspiró—. Lucas, hemos de volver
con los niños, no quiero que se despierten y no nos vean.
Inhaló su aroma y la besó antes de contestar:
—Está bien pero pienso dormir abrazado a ti, aunque tenga que soportar la tela
de tu camisón entre nuestros cuerpos.
Camile se rio.
—Y de nuevo suena escandaloso.
Lucas abrió ligeramente los brazos y rompió su unión lentamente. Si algo le
gustaba de yacer con ella, además, de placer físico evidente y de sus intensas y
pasionales uniones, y que aún en ese momento le seguían pareciendo increíbles, era el
placer de abrazarla, acariciarla y besarla sin parar tras las mismas.
Nunca hubo deseado hacer tales cosas con ninguna de sus muchas compañeras
de cama desde que empezó a acostarse con mujeres siendo un adolescente, pero,
menos aún, mantener su unión sin romperla. Pero con Camile era como si su cuerpo
se revelase en contra de cualquier separación, de cualquier forma de romper el íntimo
contacto, sin mencionar que era placentero y calmante sentirla envolviéndolo,
acogiéndolo aunque siempre acababa endureciéndose de nuevo al permanecer en tan
cálido y húmedo guante y tomándola con el mismo énfasis y ardor.
Se rio en la oreja de Camile en cuanto todo su miembro quedó fuera de ella.
—Cielo, ¿sabes de lo que me acabo de dar cuenta? —La giró tumbándola de
espaldas y de inmediato se colocó entre sus muslos—. Pues, verás. —Le besó antes
de mirarla—. ¿Recuerdas cuando hace unos días te dije que esta especie de fogosidad
y pasión nuestra eran algo excepcional? —Camile asintió—. Pues lo retiro, no es
excepcional, es milagroso. —La sonrió para a continuación besarla lentamente—.
Nunca tengo bastante de ti, mi cuerpo queda agotado y saciado una y otra y otra vez,
pero enseguida reclama más, avaricioso, egoísta y caprichoso. Enseguida reclama de
nuevo tu cuerpo. —La besó mientras frotaba sus caderas y con ello su nueva erección
contra su intimidad—. Me vuelves en exceso fogoso y viril. —Camile se rio alzando
las caderas y rodeándolo con las piernas. Lucas gimió—. Y, es evidente, no soy el
único insaciable. —Introdujo una mano entre sus cuerpos tomando su verga, la
colocó empujando muy lentamente. Echó la cabeza hacia atrás cuando la tenía
empalada hasta la empuñadura mientras se impulsaba arqueando la espalda hacia
atrás —Pequeña, ah, sí. —Gimió caliente de placer al sentirla acogiéndola y
enseguida cerrándose entorno a su duro pene. << Dios, sí, esto es el cielo>>, resonó
como un eco en cuanto se encontraba enterrado en ella—. Sí, pequeña, nunca dejaré
de necesitar hundirme en mi paraíso. —Jadeó enronquecido cerrando fuerte los
ojos—. Tu cuerpo es mi hogar, es mi paraíso.
—Lucas. —Gimió Camile apretando sus piernas y aferrando sus manos en sus
costados—. Por favor, por favor.
Suplicaba para que se moviere notando como todo su cuerpo volvía a arder y le
pedía, le gritaba, que la llevase de nuevo a esa a esa hoguera que comenzaba a
avivarse descontroladamente dentro de ella y a esa explosión de calor, colores y
sensaciones desatadas. Lucas la miró y sonrió arrogante retirándose ligeramente y
empujando con fuerza después.
—¿Deseas más? —le preguntaba lascivo inclinando el rostro en busca de sus
labios—. ¿Lo deseas?
—Sí. —Jadeó ella antes de la siguiente y fiera embestida.
—Pídelo, Camy, pídeme lo que quieras, te lo daré. Por Dios, juro que te lo daré.
—Le susurraba jadeante en su cuello.
—Más. —Se arqueaba mientras apretó sus manos en las duras nalgas de Lucas
empujándolo hacia ella—.
Más. —Jadeaba enfebrecida.
Se sentía lasciva, ardiente y reclamante pero, a la vez, tan viva y perfecta bajo
esas manos, esos labios y con ese cuerpo glorioso invadiéndola, llenándola,
calentando cada fibra de su cuerpo que le importaba poco si era o no demasiado
lascivo o ardiente, tanto su conducta como sus acciones, solo quería más, más y más
de Lucas y más y más y más de esas sensaciones, de ese cuerpo duro, fuerte, viril que
la hacía perder el oremus… quería más de Lucas, solo de Lucas. Esta vez ambos
ahogaron sus gritos desenfrenados, primitivos y descontrolados besándose casi con el
mismo hambre que con el que se tomaban.
—Cielo. He mentido, no solo es tu aroma el que logra que haga cosas
escandalosas, también es todo tu delicioso cuerpo, eres un pecado.
Lucas hablaba casi en susurro al cabo de muchos minutos, con sus cuerpos ya
de nuevo saciados, satisfechos y calmados por fin, manteniéndola debajo de su
cuerpo y él apoyado sobre los codos para liberarla de una parte de su peso,
acariciándole el rostro con los dedos lentamente.
Camile se rio.
—¿Soy un pecado? ¿Cómo los siete pecados capitales o solo como un pecadillo
venial?
Lucas se rio.
—Me temo, cariño, que tú no tienes venial ni un pelo de tu hermoso cabello.
—Eso suena escandaloso y halagador al mismo tiempo. Realmente empieza a
preocuparme la capacidad que tienes de hacerme sentir halagada con cosas como que
te dejo exhausto y hambriento.
Lucas sonrió.
—Una verdad innegable, más ¿cuándo he dicho tal cosa?
—La primera vez que estuvimos en la cabaña. —le dio un golpecito en el
pecho—. Lucas, eso fue hace menos de una semana, eres un desmemoriado.
Lucas sonreía recordando entonces la conversación.
—Es posible, más para eso tengo una esposa con una excelente memoria. —la
besó—. Además de un delicioso cuerpo. —la volvió a besar—. Y un embriagador
perfume en su piel.
—Umm, pierdes aptitudes, la referencia a la memoria no ha resultado nada
escandalosa.
Lucas se rio.
—Se debe a que estoy exhausto, me has dejado exhausto.
Camile le dio un golpecito en el hombro.
—O puede que te estés reformando convenientemente y te estés convirtiendo en
un caballero de templado carácter.
—Muérdete la lengua, mala mujer. Eso jamás. —Le dio un pequeño mordisco
en el labio—. Jamás dejaré de hacer cosas pecaminosas y escandalosas con mi esposa
ni de llevarla por la senda de los pecaminosos y escandalosos, recuerda bien mis
palabras. Seremos dos ancianitos pecaminosos y escandalosos incluso cuando
tengamos que apoyarnos en nuestros bastones.
—Así que mi futuro, básicamente, se reduce a convertirme en una ancianita
pecaminosa y escandalosa con un esposo tan pecaminoso y escandaloso como yo.
— ¿No suena al mejor de los futuros? ¿Al paraíso en la Tierra? —Sonrió
malicioso.
—Umm. —Frunció el ceño—. No lo sé. —Suspiró—. ¿Crees que entonces
serás tú el que me deje exhausta y hambrienta?
—Pero, milady, ¡compórtese! —Se reía—. Eso suena muy, muy escandaloso.
—¿De veras? —preguntaba con falsa voz de inocencia.
—He creado un monstruo. —La besaba por el cuello y el rostro lentamente—.
Un peligroso monstruo.
— ¿No querrás decir un monstruo con una fragancia y un cuerpo peligroso?
Lucas se reía sobre su boca.
—Un muy, muy, pero que muy, peligroso monstruo.
Camile se dejó disfrutar de unos minutos más de esos tiernos besos y esas
suaves caricias compartidas.
—Lucas, regresemos con los niños.
—Sí—. —Se incorporó ayudándola a hacer lo mismo—. Si Samuel se despierta
y no te encuentra a su lado es capaz de tirar abajo la casa hasta hallarte.
Camile sonrió con cierta tristeza y lo miró con un poso de desánimo en los ojos.
—Han crecido. No volveré a pasar tanto tiempo sin verlos.
Lucas la abrazó fuerte y la besó en la frente sintiendo de nuevo ese inmenso
calor recorrerle el cuerpo, ese calor que nacía en el pecho y que le calentaba de un
modo asombrosamente agradable y que solo ella parecía lograr hacerle sentir.
—Vamos. —La soltaba antes de tomar un camisón—. Alza los brazos.
Camile sonrió alzando los brazos y él deslizó el camisón por ellos, pero antes
de soltarlo para que cayese y cubriese su cuerpo, besó sus pechos.
—Hasta mañana, mis preciosidades.
Camile se rio y en cuanto el camisón cayó sobre ella lo miró.
—Eso también ha sido muy escandaloso. Nunca te reformarás, puedes respirar
tranquilo.
Lucas la miró sonriendo petulante mientras terminaba de atar el cordón del
pantalón de seda de su propia ropa de dormir.
—Ancianitos pecaminosos y escandalosos, recuérdalo. —Sonreía tomándola de
la mano y llevándola de nuevo al cuarto—. Por cierto, pienso dar buen uso de todos
nuestros vestidores a partir de hoy.
—Lucas. —Le susurró intentando sonar a reproche inútilmente llegando a la
cama. Mientras gateaba hacia el centro lo miró—. Me parece que tu predicción es
más una advertencia que una predicción. —Lucas sonrió aprovechando su postura
para darle un mordisco en el trasero—. Lucas. —Protestó en un susurro—.
Compórtate. —Aunque poca autoridad lograba ya que sonreía mirándolo por
encima del hombro antes de dejarse caer en el centro de la cama.
—Eso es imposible, cielo. —Sonrió de nuevo con esa sonrisa petulante y
arrogante que reconocía le encantaba.
—Camy.
La voz de Samuel dormido sonó junto a ella.
—Sí, peque, estoy aquí. —Se metió bajo las mantas y tomó al pequeño
tumbándolo sobre ella con su rostro en su hombro permaneciendo ella ligeramente
incorporada sobre los almohadones y lo acunó cariñosa—.
Sshh, duerme, cielo, duerme.
Lucas tumbado junto a ella y apoyado sobre un codo la observaba con la escasa
luz que daba una vela sobre la mesilla de noche. Solo lograba pensar que era preciosa
cuando se hallaba en pleno éxtasis sexual, con esas mejillas arreboladas, ese cuerpo
ligeramente enrojecido de pasión, los labios carnosos y deseables y sus ojos velados,
y era preciosa cuando se reía y bromeaba con él relajada y era aún más preciosa
acunando a sus hijos, besándolos y arrullándolos cariñosa y maternal. Camile era
preciosa y no podía por menos que reconocer la verdad de las palabras de Marcus
cuando juzgaba que sería bonita cuando fuera una anciana porque sus suaves rasgos y
su rostro amable lo sería ya pasaren cinco años o cien. Se inclinó sobre ella y la besó
en la frente antes de acomodarse bien a su lado y pasarle el brazo por detrás para
amoldarla en su costado de modo que pudiere mantener en cómoda cuna a Samuel.
—Cielo. —Le susurró al oído—. Eres preciosa.
Camile giró el rostro y lo miró con asombro.
—Eso lo dices porque apenas hay luz.
—No, lo digo porque eres preciosa. Eres realmente preciosa. —La besó
tiernamente en la mejilla antes de añadir—. Y si alguna vez, alguna persona carente
de buen gusto, te dice lo contrario, recuerda las palabras de un esposo con excelente
vista y mejor gusto. Eres preciosa.
Camile sonrió girando de nuevo el rostro y dándole un beso.
—Eres bobo. Encantador, pero bobo.
A los pocos minutos Viola había siseado en un estado de feliz inconsciencia
hasta el costado de Camy y rápidamente Lucas la tomó y colocó sobre él.
—Bueno. —Le murmuró a Camile—. Después de todo somos unas excelentes
camas.
Camile lo observó unos instantes con Viola abrazada a él y sonrió.
—Bien, no puedo negarlo, parece que nuestro destino no es ser una pareja de
ancianitos pecaminosos y escandalosos sino las camas de dos niños agotados.
Lucas sonrió con cierta picardía en la mirada.
—Cielo, creo que esta noche hemos demostrado que ambas cosas no son
incompatibles.
—Lucas. —Lo reprendió en un susurro ahogado
— ¿Qué puedo decir? Sin duda alguna el vestidor ha sido testigo y prueba de
acontecimientos que hacen cierta mi conclusión.
—Sshh.
Aunque apenas veía ya su rostro pues la vela se había consumido, la sabía
ruborizada. Se inclinó y la besó en la frente sonriendo.
—Duerme, creo que ambos podemos descansar un poco. Al menos, a mí, cierta
esposa pecaminosa me ha dejado exhausto.
—Lucas. —Él ahogó una carcajada besándola en la frente a lo que ella
respondió resoplando—. Será mejor que duermas antes de que digas algo más.
Cuando amaneció, aún permanecían con los niños abrazados a ellos. Lucas
despertó con el olor suave y ligero del cabello de Viola y una sutil huella de la
fragancia a Camile. Abrió los ojos y giró el rostro.
Camile aún permanecía dormida con Samuel, tan dormido como ella, sobre su
cuerpo y luego vio a Viola en su pecho, con los brazos y las piernas cayendo por sus
costados relajados. Siseó un poco y dejó con cuidado a Viola junto a Camile
tapándolos con la manta en cuanto salió de la cama. Fue al baño y después al vestidor
donde ya no le era sorprendente que tanto la doncella de Camile como Callum
hubieren aparecido en algún momento y preparado las ropas de montar de ambos. Se
vistió sabiendo que Callum, probablemente, estaría esperando su llamada para
asistirle así que tiró del cordón de llamada y esperó allí unos minutos y enseguida
apareció.
—Buenos días, Callum. —Bajó la voz sonriendo ante la mirada reprobatoria de
su valet por encontrarlo vestido—. Por favor, suba a las habitaciones de los niños y
dígale a la señorita Anderson que baje con la ropa de montar y los abrigos y gorros de
piel para ambos y pida a Devon que una doncella suba una bandeja con té y
bizcochos para los niños y café para milady y para mí y —sonrió ante la mirada
desaprobatoria centrada en el nudo de su corbata—. No se preocupe, cuando milady y
los niños se despierten dejaré que me acicale como tengáis previsto acicalarme.
—Sonrió —. No hace falta que me decapites con la mirada.
Se rio girando para volver a entrar en el dormitorio. Ahí estaban sus tres seres
preferidos del mundo, en la cama, profundamente dormidos. Se tumbó de costado
junto a Camile apoyó los labios en su oreja y susurró:
—Cariño, preciosa. Despierta. —La besó y acarició comenzando un sendero
hacia su mejilla y después a sus labios donde, cuando la besó, notó la sonrisa
dibujada en ellos. Alzó el rostro y sonrió—. Tramposa. —
Susurraba—. Estás despierta.
Camile asintió abriendo los ojos.
—Pero puedes seguir con lo que estabas haciendo. —Susurró.
Lucas sonrió y la besó de nuevo en los labios muy, muy lentamente.
—Buenos días. —Susurraba acariciándole los labios, tras unos momentos de
silencioso y sencillo placer—.
He mandado llamar a la señorita Anderson para que traiga las ropas de los
niños y, también, nos envíen una bandeja con té para ellos y café para mi dama y para
mí, y ahora, un poquito más. —De nuevo posó los labios en los suyos disfrutando de
un beso tierno, cálido y suave, tan lento y profundo que por poco olvida que estaban
acompañados—. Camy, hoy no podemos ir a la cabaña. —La besó en los párpados—.
Habremos de buscar un rato para estar a solas, porque ardo en deseos y muero
de anhelo por abrazarte y besar cada curva de tu cuerpo.
Camile suspiró y con cuidado posó a Samuel junto a Viola siseando de
inmediato hasta el borde de la cama:
—¿Hace mucho que has llamado por la bandeja?
Los ojos de Lucas se oscurecieron.
—Cinco minutos.
—En ese caso. —Le rodeó el cuello con los brazos sentándose en su regazo—.
Podrías empezar por besarme un poquito y, después, prometo comportarme como una
pecaminosa y escandalosa esposa y buscar algún rincón oscuro donde esconderme
con mi pecaminoso y escandaloso esposo.
Lucas sonrió rodeándole la cintura.
—Exigiré que cumplas tu promesa. —Susurraba antes de besarla—. Pequeña,
me encanta despertarme con mi esposa a mi lado y también poder devorarla un
poquito a la luz de los primeros rayos del sol.
Camile suspiró de ese modo que le gustaba, de satisfacción y de calmada
relajación mientras dejaba caer la cabeza en su hombro.
—Me gusta esa forma de empezar el día. Eres mejor despertar que Dina
lamiendo mi rostro.
Lucas sonreía manteniéndola en su abrazo, disfrutando de sus cálidas curvas
solo separadas por ese camisón de algodón que, siendo recatado, sin embargo, sobre
el cuerpo de Camile, lo encendía más que cualquier prenda de seda y encaje sobre el
cuerpo de cualquier otra mujer.
Camile se sentó en la cama sobre sus talones cuando dos suaves golpes en la
puerta anunciaban la llegada de una doncella con la bandeja y Lucas se apresuraba a
abrir la puerta. La dejó en la mesa frente a la chimenea y se retiró. En cuanto se cerró
la puerta, Camile dijo bajito: —¿Traes la bandeja hasta aquí, por favor?
Lucas asintió y fue a obedecer mientras ella se inclinaba sobre los niños.
—Sam, despierta. —Lo besaba en la mejilla—. Sam, cielo, abre los ojos. —El
pobre se removió y ella se apresuró a tomarlo y sentarlo en sus rodillas—. Buenos
días, dormilón.
Lo besaba cariñosa mientras él parpadeaba retornando al mundo de los
conscientes.
—Hola. —Bostezaba alzando los brazos y rodeando el cuello de Camile.
—Hola, peque, ¿estás mejor? ¿Te duele la tripita?
Samuel de nuevo bostezó y se frotó los ojos negando con la cabeza.
—Ya no.
—¿Despertamos a Viola? —Le preguntaba haciéndole mirar a su hermana
dormida a su lado.
Samuel sonrió asintiendo antes de inclinarse y zarandearla mientras decía:
—Viola, despierta.
Camile se rio:
—Peque, debieras aprender que a las damitas hay que despertarlas con más
delicadeza.
Escuchó la risa de Lucas sentado a los pies de la cama con la espalda apoyada
relajadamente en uno de los postes de las esquinas. Sentó a Samuel al otro lado y se
inclinó sobre Viola.
—Viola, despierta, cielo. —Una desconcertada Viola abrió los ojos y se
incorporó con pereza bostezando—.
Buenos días, nenita.
Le dio un beso en la mejilla antes de sentarla junto a Samuel y después gateó
hasta donde estaba Lucas que había dejado la bandeja en la enorme banqueta a los
pies de la cama.
—Viola ¿te encuentras mejor? —le preguntaba tomando la tetera para servir las
dos tazas —Sí. —Bostezó somnolienta.
—Bueno, en ese caso, —les pasó las dos tazas edulcoradas como sabía les
gustaba—. Tomad un poco de té y —puso frente a ambos el plato con bizcochos— un
poco bizcocho. Debéis tener fuerzas para ir a montar por el valle.
Samuel sonrió:
— ¿En el valle es donde hay osos? —preguntaba mientras ella servía el café de
Lucas.
—¿Osos? —preguntó desconcertada.
—Ayer hablasteis de osos —Hablaba dando buena cuenta del bizcocho ya
claramente despierto.
Lucas se reía.
—Trasto, ayer estabas algo indispuesto y tu cerebro no asimilaba la
información que escuchaba, al parecer, de modo sesgado pues, en realidad, tu madre
llamó oso al abuelo.
Camile le sonrió por llamarle “tu madre” y él lo sabía.
Samuel se rio travieso:
—¿Llamaste oso al abuelito?
Camile se encogió de hombros con cara de inocencia:
—Bueno, es un oso grandote.
Durante unos minutos Viola y Samuel, ya despiertos en cuerpo y mente, les
interrogaron sin parar sobre el valle y lo que iban a ver para, a continuación, Samuel
gateó hasta Camile y se acomodó en su regazo mientras Lucas, que la había apoyado
en su costado la afianzó contra su pecho para que estuviere cómoda.
—Camy, ¿podemos llamarte mamá? —preguntaba pegando el rostro al pecho y
rodeándola con los brazos—.
Ya no nos separaremos ¿verdad? Y como siempre, siempre, viviremos juntos,
serás nuestra mamá para siempre, mi mamá.
—Trasto. —Le besó en la frente cerrando fuerte los brazos—. Me encantará
que me llaméis mamá. Sois mis niños y yo vuestra mamá.
Lucas llamó a Viola y la sentó a su lado antes de mirar a los dos niños.
—Id a lavaros que después os ayudaremos a vestiros o se nos hará muy tarde.
—Los niños salieron de la cama y corrieron al baño—. Eres preciosa. —Murmuraba
cerrando los brazos entorno a Camile y besándola en el cuello—. Una esposa y una
mamá preciosa.
Camile se rio girando dentro de su abrazo para quedar cara a cara.
—Y tú tienes unos preciosos ojos que no te sirven para nada más que para
embelesar con ellos pues son ciegos como los de los topos. —Lucas la empujó
cayendo de espaldas sobre el colchón—. Lucas. —Miró en la dirección de la
habitación donde estaban los niños.
—La señorita Anderson está en el baño. La he visto por el rabillo del ojo y,
competentemente, —sonrió con picardía—, ha cerrado la puerta de modo que puedo
disfrutar de las dulces curvas de mi esposa unos minutos pues tardarán un rato allí
dentro. —Sonreía con aire de seducción mientras ya le acariciaba los labios con la
boca—. Deliciosa.— murmuró sin dejar de besarla y deslizar las manos para poder
tocar sus nalgas y sus muslos por encima del liviano camisón—. Tan suave y
deliciosa. —Susurraba pecaminoso.
—Lucas. —Murmuraba—. Para, nos van a ver. —Aún con ello no podía dejar
de besarlo y abrazarlo.
—Solo estoy besando a mi dulce y sabrosa esposa. —Giraba el rostro para
comenzar un sendero al cuello mientras alzaba las manos para tomar su rostro—.
Creo que me has malacostumbrado, ahora no puedo renunciar a mi pequeño festín
antes de salir a pasear, quiero mi festín de Camy.
No dejaba de besar su cuello, sus mejillas y sus labios. Se oyeron los pasos
acelerados y las voces de los niños sin darles tiempo a romper su abrazo antes de
tenerlos encaramados en la cama y lanzándose a por ellos entre risas.
—Papá. —Le empujaba Samuel entre risas—. Estás aplastando a mamá.
Camy se rio sintiendo un agradable calorcito al escucharlo llamarla así con esa
naturalidad. Alargó el brazo y atrapó a Samuel tirando de él—. Y ahora te aplastaré
yo a ti. —Decía ella girándose y haciéndole cosquillas.
El pequeño se reía moviendo brazos y piernas:
—Para. Para.
—Está bien, está bien. —Se detuvo—. Pero solo si sois buenos y dejáis que la
señorita Anderson os vista sin tener que batallar con ambos y mientras peina a Viola
puedes decir a Callum que te haga un nudo elegante en tu lazo.
—Uy, sí, sí. —Dio un respingo para salir de la cama—. Y le diré que me ponga
el agua de colonia de papá.
Lucas se rio.
—Estupendo. —En cuanto saltó de la cama—. Creo que Callum y tú lo estáis
malacostumbrando.
Camile le dio un beso en la mejilla antes de deslizarse por el borde de la cama.
—No seas quejica que sé que le has comprado corbatines y varias prendas de
vestir y que el sobrino de Callum ya está en Galvert House. Me lo ha confesado. —Se
giró y le rodeó el cuello con los brazos—.
Confiesa, te encanta que sea un Lucas en pequeñito.
Lucas sonrió arrogante.
—No sé de lo que hablas.
—Hum hum. —Lo besó una última vez caminando sin dejar de mirarlo al
vestidor—. Conmigo no te vale disimular. Se te iluminan los ojos cuando lo ves con
sus atuendos perfectos y caminando imitando a su engreído padre.
Lucas se rio.
—Os doy cinco minutos a todos antes de que os saque a rastras de allí estéis
como estéis.
—Diez minutos, abusón.
Fue lo último que dijo antes de desaparecer por la puerta del vestidor. Mientras
él sonreía como un bobalicón encantado de cómo empezaban los días a su lado. No,
no solo no le importaba acostumbrarse a eso sino que no pensaba renunciar a ello.
Despertarse junto a Camile, hacer el amor con ella antes de empezar un nuevo día. Sí,
señor, era un modo magnífico de empezar los días. Sonreía comenzando a caminar
hacia el vestidor con las manos en los bolsillos y al llegar ignoró la mirada
desaprobatoria de Gloria aunque ya sabía que no le disgustaba tanto como días atrás,
apoyó el hombro en el umbral y mientras observaba a Camile vestirse con lo que a él
se le antojaban como molestas capas que más tarde debía encontrar el modo de
eliminar, la sonrió.
—Cariño, creo que podríamos llevar a los niños a montar al valle pero, en vez
de regresar de inmediato, llevarlos a desayunar a esa posada cercana a la vicaría,
llevaré a Dina en mi caballo y pasearemos con ella antes de regresar. Los niños
necesitan un poco de aire que no sea de mar.
Camile lo miró y asintió sonriéndole significativamente.
—Y ya puestos, quieres ver la famosa posada donde acuden los caballeros tras
los oficios dominicales a tirar a los dardos y relajarse con una buena cerveza, queso y
empanadas.
Lucas sonrió como quién se sabe cogido en falta.
—Ni confirmo ni desmiento la acusación, milady. —Decía apartándose de la
puerta con una sonrisa traviesa—. Iré a ver si Callum está ahogando con su corbatín a
Samuel o se ha apiadado de él y lo dejará vivir para ver un nuevo amanecer.
Camile se rio negando con la cabeza.
—Pues ya puestos asegúrate de que tampoco lo ahoga en el agua perfumada.
Veinte minutos después salían por el vestíbulo tras decir a Devon que avisare a
su tía que no regresarían hasta el almuerzo. Tras montar a los niños en sus caballos y
ellos auparse a los suyos, fueron a paso pausado por los senderos hacia el valle con
los niños sin parar de preguntar por todo lo que veían provocando las carcajadas de
Lucas las más de las veces con sus ocurrencias. Al llegar al valle les enseñaron
algunos de los lugares más curiosos y los guiaron después hacia la posada donde los
niños se lo pasaron en grande con los dardos y con un viejo señor Wally, el posadero,
que no paraba de bromear con ellos con su marcado acento irlandés y su cháchara
incesante. Después caminaron por los terrenos cercanos con los niños un poco
adelantados llevando a Dina de la correa y con él llevando del brazo a Camile.
—¿Y bien, mi dama? —Dijo mirándola de soslayo y alzando la ceja—.
¿Cuándo y dónde tiene pensado agasajarme con un festín privado?
Camile lo miró ruborizándose pero sonriendo. El que todavía fuere capaz de
ruborizarse era algo que la mortificaba y que, sin embargo, conseguía hacer sonreír
arrogante y vanidoso a Lucas.
—¿Eres consciente de que adoleces de un pecado muy feo? —lo miró
fijamente—. La gula.
Lucas estalló en carcajadas.
—Ese no es un pecado cuando el objeto del mismo se contonea frente al
supuesto pecador sin rubor tentándole sin freno ni remordimientos.
—Yo no me contoneo, insolente, no lo he hecho en toda mi vida. —Lo miró
enfurruñada.
—Cielo, a mis ojos incluso el más mínimo movimiento de tu delicioso cuerpo
resulta evocador y atrayente, especialmente esas bonitas caderas y ese trasero tan, tan,
tan…
Camile le tapó la boca muy deprisa.
—Ni se te ocurra terminar esa frase. —Miró por encima de su hombro a Viola y
Samuel que se agachaban frente a Dina haciéndole levantar las patas delanteras—.
Eres un depravado. —Le murmuró frunciendo el ceño.
Él se reía antes de darle un mordisco en la mano: —Sí y uno muy hambriento.
Se reía más aún cuando ella retiró la mano con gesto falsamente malhumorado.
Se inclinó deprisa sorprendiéndole y besándola con algo más que un ligero beso pues
se convirtió en otro beso mucho más lento, profundo y muy vívido en cuanto la rodeó
con los brazos y se la pegó al cuerpo.
—Mamá.
Los brazos de Viola le rodearon una pierna a cada uno haciéndolos mirarla de
inmediato y reírse con la cara de traviesa que lucía. Lucas se inclinó y la tomó por
debajo de los brazos aupándola sin dejar de reírse.
—Nenita, eres un poco inoportuna. —la zarandeaba cariñoso pegada a su
pecho.
Viola se rio.
—Puedes besar a mamá si quieres.
—Pero, pequeña pícara. —se reía mientras la niña le rodeaba el cuello con los
brazos.
Camile, ruborizada, fue a por Samuel para regresar mientras escuchaba la risa
de Lucas a su espalda y cuando regresó con Samuel de la mano, él, con Viola en sus
brazos, la miraba con esa sonrisa arrogante y satisfecha de quién disfruta sabiéndola
azorada…
—Debería daros vergüenza a los dos. —miraba a Viola y Lucas—. Meteros
conmigo. Si no os comportáis os dejaré sin el postre. —Miró a Viola—. Y es creme
brulee de chocolate.
Viola la miró suplicante:
—¿De chocolate?
Camile se rio alzando la barbilla:
—¿A que no os apetece tanto burlaros de mí? —se puso a andar con Samuel de
la mano mientras lo miró—.
¿Te apetece ración extra de creme brulee, peque? Creo que papá te cede la suya.
Samuel se rio al igual que Lucas.
—Eres despiadada. —Decía a su espalda riéndose.
—Y que no se os olvide, milord. —Respondió ella sin mirarlo Para cuando
llegaron a la casa los niños estaban hambrientos así que subieron con ellos casi a la
carrera.
Camile les ayudó a asearse y cambiarse para el almuerzo mandándolos al salón
de inmediato mientras ella regresaba al dormitorio a hacer lo propio. Al llegar Lucas
salió del baño con solo el batín puesto y una sonrisa de pirata en los labios. Camile lo
miró haciéndosele la boca agua. Realmente era un hombre demasiado guapo y de
aspecto imponente para no sentir nada al verlo con solo el batín cubriendo esos bien
cincelados músculos.
— ¿Aún estás así? —caminó hacia él con una sonrisa inevitable en los
labios—. He tenido tiempo de bañar y vestir a dos traviesos pequeños y tú sigues así.
—Chasqueó la lengua—. Eres un indolente.
Lucas se rio atrapándola en sus brazos.
—En realidad, he estado ocupado. Callum y Gloria han dejado preparadas
nuestras ropas en el vestidor antes de despedirlos y yo he preparado un baño caliente
y relajante para mi dama, claro que, —inclinó el rostro—, me temo, deberá
compartirlo con su esposo, pues no pienso privarme del placer de enjabonar cada
rincón de mi esposa.
—Lucas. —Jadeó echando la cabeza hacia atrás y perdiendo momentáneamente
el hilo del pensamiento al fijar la vista en sus ojos—. Te, tenemos que bajar, no, no
podemos tardar.
—En ese caso. —Tiró de la espalda de su vestido y lo desgarró—. Deberemos
darnos prisa.
La dejó desnuda en apenas unos segundos y la llevó hasta el baño donde casi
muere de placer mientras ella, sentada a horcajadas sobre él dentro de la tina, lo
montó dentro de esa agua caliente y perfumada rodeándolos y creando una fricción
entre sus cuerpos, sus pieles y los fieros envites que tardaron diez minutos en
recuperar el oremus después de alcanzar el frenético clímax.
—Ni los dioses conseguirían apartarme de ti, Camile. —Mordisqueaba sus
mojados pechos situados convenientemente a la altura de su rostro mientras le
acariciaba la espalda dentro del agua—. Menos aun cuando estoy dentro de tu
magnífico cuerpo. Juro que el mundo desaparece.
Camile se rio con el rostro descansado en su hombro.
—Siempre pensé que yacer con un hombre debía resultar más placentero para
el hombre que para la mujer.
—Mojaba el otro hombro con su mano y se lo acariciaba ociosa—. No
preguntes por qué lo creía, pero así era. Pero solo puedo reconocer cuán equivocados
llegamos a estar cuando juzgamos las cosas sin conocerlas. —Alzó el rostro
rodeándole el cuello con los brazos y sonriendo—. Creo que o estaba muy, muy
equivocada o me has convertido en una descocada sin moral ni límites.
Lucas se rio.
—O ambas cosas, al fin y al cabo debes llegar a convertirte en mi pecaminosa,
desvergonzada y anciana esposa y eso requiere cierta tendencia a los placeres
compartidos con un entregado esposo e ignorar cualquier creencia anterior. —La besó
profundamente—. Sin mencionar mucha, mucha, mucha práctica y entrega a esos
placeres.
—Interesante, creo que no escuchará queja alguna de su descocada esposa,
milord. —Movió ligeramente las caderas friccionando en su interior el pene de Lucas
que aún permanecía en cálida cuna—. De hecho, si promete ayudarme a vestirme con
rapidez, creo que sería conveniente practicar un poco más.
Lucas gruñó cerrando fuerte los brazos a su alrededor antes de auparse y salir
de la bañera con ella rodeando de inmediato sus caderas para, a continuación, llevarla
a la cama donde sobre la colcha con sus cuerpos empapados y ya demasiado
descontrolados la tumbó de espaldas al colchón y la tomó una vez más con premura y
algo de fiereza pues conforme tomaba ese magnífico cuerpo veía a Camile aún con la
piel y sus curvas calientes y brillantes del agua que surcaba su piel y se supo
volviéndose más que apasionado, frenético, conforme la tomaba más y más. Jadeante
tras ese acoplamiento desenfrenado, urgente e intenso la miró sonriendo lobuno como
una fiera que prepara el destino de sus presas y disfruta del objetivo, pero también del
camino para lograrlo.
—Cariño, somos unos salvajes pero necesito tomarte una vez más. No sé cómo
lo logra tu delicioso cuerpo, pero necesito llenarlo mucho para, simplemente,
recuperar la cordura por agotado que pudiere creer estar.
Salió de ella sin tiempo siquiera para recuperar el resuello y la colocó inclinada
boca abajo en la cama penetrándola con premura desde atrás embistiendo enardecido
por ese frenesí que de modo descontrolado e intenso aun recorría su cuerpo, su piel y
desde luego ese pene que reclamaba con urgencia no solo hundirse más y más en
Camile sino alcanzar un nuevo y agónico orgasmo que le liberase una vez más de esa
necesidad ansiosa e imperiosa de ella y del reclamo de su cuerpo.
Camile se rio tras caer exhausta en la cama con él hundido profundamente en
ella pues le había tomado estocada tras estocada penetrándola hasta hacerla perder el
sentido de dónde empezaba uno y dónde el otro. Lucas aún jadeaba en su oreja con el
cuerpo completamente agotado cubriendo el suyo.
—Realmente somos unos salvajes, pero unos salvajes que han de vestirse a toda
prisa antes de que aparezcan dos pequeños salvajitos reclamando su presencia en el
salón o a este paso ya en el almuerzo.
Lucas aún se reía entrando en el salón:
—Llamar salvajitos a mis dos adorables pequeños, con lo tranquilos que son.
—Decía riéndose—. Qué ocurrencia.
—Mamá, Mamá. —Samuel, como un torbellino, fue a por ella que miró
alzando la ceja a Lucas.
—Oh sí, qué ocurrencia. —Murmuró irónica mientras él se reía negando con la
cabeza—. Dime, peque.
Se agachó en cuanto el niño abrió los brazos en clara intención de que la
abrazase y lo llevase en sus brazos, cosa que hizo mientras Lucas sonreía pues, al
parecer, los dos varones de la familia tenían verdadera necesidad por los abrazos de
Camile y ambos eran igual de reclamantes ya que Samuel no dudaba en acaparar a
Camile a la menor oportunidad. Camile comenzó a caminar donde estaban todos
alrededor de la chimenea con él acomodado en su cadera y rodeado por sus brazos.
—Tío Albert no se cree que hayamos jugado con el señor Wally y que nos
dejase usar sus dardos de la suerte.
Camile miraba a Albert con una sonrisa mientras se sentaba con Samuel en sus
rodillas.
—Eso es porque el tío Albert es un incrédulo sin remedio.
—¿Incre, incre? —frunció el ceño.
—Incrédulo, bichito, incrédulo. Cuando alguien carece de predisposición o
capacidad para creer en las cosas o personas. En la mayoría de las ocasiones, como en
el caso del tío Albert, es más un defecto que una virtud.
Albert carraspeó.
—De eso nada. —Miró a Samuel con una sonrisa—. Es más una muestra de
sensatez y sentido común.
—Bah, peque, no le hagas caso. —Miró a Albert—. Pues para tu información,
mi incrédulo hermano, el señor Wally no solo les dejó usar sus dardos de la suerte
sino que fue vencido con ellos por mis dos diestros pequeños.
—Aja. — Samuel asintió tajante—. Nos sentó en sus hombros e hicimos…
—frunció el ceño y miró a Camile—.
¿El punto rojo?
—Diana, cielo, se dice hacer diana. —Le dio un beso en la mejilla riéndose.
—Diana. —Repitió antes de mirar a Albert—. Hicimos diana.
Lucas se reía sentando a Viola en las rodillas.
—No está de más decir que estuvo una hora haciendo diana en las paredes de
toda la posada antes de tal hazaña.
—A eso se le llama practicar. —le sacó la lengua Camile—. Solo estuvieron
practicando antes.
—Y haciendo diana en cierta oronda señora que casi nos ensarta con su cuchillo
de mermelada. —Añadió él entre risas.
Camile se ruborizó y miró a Albert.
—La pobre señora Smoter fue accidentalmente alcanzada.
Albert estalló en carcajadas al igual que el conde.
—No puedo imaginarme a la malhumorada señora Smoter alcanzada por un
dardo. Seguro que entraría en cólera. —Decía su padre sin contener su ataque de
hilaridad.
—No bromees, papá. Creo que este domingo en la Iglesia te reprenderá por no
ser capaz de controlar a una hija y unos nietos díscolos.
—Y razón no la faltaría, Camy. —Decía Lucas riéndose—. La tildaste de loca y
bruja cuando fue a reprender a los niños.
—Yo no hice tal cosa. —Lo miró enfurruñada—. Solo le dije que de tanto
andar con su escoba de un lado a otro había perdido todo sentido de la realidad y
capacidad de diferenciar entre la realidad y la ficción, no es lo mismo. Se dirigía con
demasiada ira e ímpetu en dirección a los niños. —Resopló—. Por un pinchacito de
nada.
—Se marchó muy colorada. —Se reía Samuel travieso—. El señor Wally dijo
que parecía una remolacha arrugada.
El conde de nuevo estalló en carcajadas.
—Creo que deberé evitarla en los oficios a como dé lugar. —Miró a Samuel
con picardía —. ¿Remolacha arrugada?
Samuel asentía muy deprisa tapándose la boca de un modo infantil con las dos
manos riéndose pillo.
Durante el almuerzo Viola y Samuel junto a Charlie y Francis planearon la
tarde que dedicarían a recorrer la casa y buscar los pasadizos que Lorens les dijo,
tenía la casa de antiguos moradores contrabandistas, con lo que avivó su imaginación
y sus desaforadas ganas de encontrar esos inexistentes pasadizos y posibles tesoros
ocultos. Lo que Lucas no pudo por menos que agradecer porque pasaría con Camile
toda la tarde. Aún estaba regodeándose ante esa idea cuando la tía Hester señaló:
—Como esta mañana habéis estado fuera no he podido haceros saber antes, —Miraba
a Camile—, que hemos enviado una invitación para que nos acompañen en la cena a
Lord y Lady Osbyrne, a los señores Turner y al doctor Gabrons. Es una buena
oportunidad de agradecer los amables cuidados del joven doctor, además, lleva tan
poco tiempo aquí que aún no le conocen.
Camile sonrió.
—Podríamos decir a Devon que mande un lacayo a la confitería en la que
estuvimos hace unos días en Dublín, seguro que tras la cena, con los licores, vendrían
bien esos sabrosos bombones de licor y champagne y quizás algún postre para la
cena.
La tía Hester se rio:
—Pero serás tú la que lidie después con lady Osbyrne si se emborracha con
ellos. —Miró a Stephanie y a Amelia—. El día que vinieron al té, mi querida amiga
salió algo achispada por culpa de los bombones. —
Miró a Lucas—. Eran más peligrosos de lo que parecían a simple vista.
Lucas sonrió aunque aún tenía el malestar de saber a ese hombre en la cena y
que se pasare todo el tiempo mirando a Camile como si fuere su particular bombón.
Suspiró para su interior. No, no importaba, le demostraría que Camile y él eran un
matrimonio perfecto y que jamás probaría su bombón, no si quería salir de la casa con
todas sus extremidades.
Cuando se retiraron al salón tras el almuerzo se sentó casi posesivo con Camile
y gracias a que los niños permanecían aún con ellos sentados en sus regazos no
pareció inadecuado el que la acomodase un poco en su costado, pero necesitaba
sentirla cerca. La idea de tener que lidiar con un hombre que ella desconocía
mostraba abiertamente interés por ella, le molestaba sobremanera. Camile mantenía a
Samuel en su regazo enseñándole un mapa de Rosehills ya que iban a pasarse al
menos dos horas correteando por la mansión y él a Viola que parecía un poco
adormilada escuchando las conversaciones de alrededor pero con el rostro apoyado en
su pecho y con él rodeándole con un brazo, aunque el otro lo tenía rodeando
disimuladamente a Camile por la espada cerniéndola a él y su mano oculta bajo el
chal que había puesto en su regazo tapando las piernas de Samuel. Pasado un buen
rato con todos inmersos en distintas conversaciones o jugando a las cartas ya
relajados, la cernió acomodándola de veras en un abrazo
—Nenita. —Le decía bajando la voz a Viola—. ¿Estás dormida?
Camile giró el rostro y vio a Viola con los ojos cerrados. Alzó la vista a Lucas y
asintió: —Déjala dormir un rato hasta que se pongan a recorrer la casa. —Miró a
Samuel que también parecía adormilado, como Charles y Francis sentados en el sillón
cercano a la chimenea con un libro de ilustraciones abierto en las manos—. Los
dejaremos un rato.
Lucas sonrió y por inercia se inclinó besando su frente, acariciándosela.
—Nos quedaremos muy quietecitos.
Camile asintió acomodando después la cabeza en su hombro.
La tía Hester desde el otro lado de la sala, jugando a las cartas con Amelia,
Stephanie y Marion los observaba con disimulo:
—Os lo había dicho. —Decía bajando la voz.
Stephanie siguió la dirección de su mirada.
—Yo, de momento, me reservo mi opinión, tía. Te haré caso y le daré una
oportunidad, pero solo una.
—Pues yo confieso que los encuentro adorables. —Decía Marion con una
mirada soñadora—. Con los niños dormidos y él tan relajado.
Amelia y Stephanie giraron bruscamente el rostro para mirarla entrecerrando
los ojos.
—Marion, eres la última persona de quién esperaría escuchar decir tal cosa.
—Murmuró Amelia—.
Últimamente estás demasiado atolondrada, pareces… —Entrecerraba más aún
los ojos antes de abrirlos de golpe—. Estás embarazada.
—Shhh. —La acalló corriendo Marion mirando alrededor—. Aún no se lo he
dicho a Albert. Aun piensa que los mareos de los últimos días habían sido por el viaje
en barco.
—Ay, Marion. —Stephanie sonreía de oreja a oreja—. Albert va a ponerse loco
de contento, ¿por qué no se lo dices ya?
—Bueno, no quise decírselo antes de partir de Londres para que no se pusiere
pesado y empezare con eso de que un barco es demasiado cansado y demás. —Miró a
Amelia—. Quería evitarme el engorro de una charla como la que te dio Jefferson.
Amelia se rio.
—Bueno, ciertamente me da esa charla para cualquier cosa, incluso si me
levanto de la cama con algo de ímpetu. —Resopló—. De todos modos yo estoy de
siete meses, casi de ocho y tú, —frunció el ceño—, ¿Más o menos?
Marion se encogió de hombros:
—Creo que de dos más o menos.
—Nacerá justo después del verano entonces. —Calculó Stephanie—. Sería
entonces mejor que retrasaseis el regreso a la ciudad tras los meses de verano hasta
que haya nacido el bebé.
Jefferson, con su hija acurrucada en sus brazos, las interrumpió: —Amy, voy a
subir a Cressinda a dormir la siesta. Tú deberías descansar también si hoy vamos a
trasnochar.
Amelia sonrió mirando a Marion.
—Y si me niego a tal ocurrencia me espera una laargaa charla.
Las tres damas se rieron sin que Jefferson comprendiere la broma mientras
Amelia se ponía en pie sonriéndole con inocencia.
Al cabo de media hora, Charles, Francis, Viola y Samuel parecían haber
recobrado toda su energía porque comenzaron su exploración sin tregua por toda la
casa y Lucas aprovechó su oportunidad para explorar sin tregua a su esposa. Se
encerraron en el dormitorio a pesar de las protestas iniciales de Camile pues decía que
si alguien les hubiere visto entrar en el dormitorio sabría lo que estarían haciendo,
pero Lucas acalló pronto sus protestas que dieron inmediato paso a un asentimiento
muy placentero a ese encierro.
Con Camile desnuda entre sus brazos, más de una hora después, Lucas
permanecía con un brazo rodeándola y acariciando su espalda con el otro, en relajada
postura, con su cabeza y con la vista vueltas hacia el balcón mientras Camile le
acariciaba ociosamente los costados y cubría su cuerpo con el suyo.
—Camy, estaba pensando.
— ¿Umm?
— ¿Te gustaría que hiciéramos un viaje los cuatro? Te preguntaría que si los
hacíamos solos tú y yo pero de antemano sé que no querrás separarte de Samuel y
Viola y dudo que ellos me dejen llevarte lejos de ellos, además, me gusta verles
correteando a nuestro alrededor.
Camile alzó el rostro para mirarlo.
— ¿Un viaje?
—Tengo una casa a las afueras de Canterbury que los niños no conocen. La
verdad es que no he estado allí desde mucho, antes de nacer los niños. Me la dejó el
hermano de mi madre y aunque la he mantenido y conservado, nunca he vivido en
ella ni he ido desde que murió mi tío. Mi padre lo odiaba y mi madre nunca tuvo una
relación cordial con él y apenas lo vi cuando era pequeño, pero, tras la muerte de mi
padre, comenzamos a visitarle mis hermanas y yo.