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AIRE LIBRE Página 7

AM
CURDO
ANÉCDOTAS CANARIAS Esta narración de do.- hombres a los que sorprendió en las
montañas una tempestad de nieve, sirvió de fondo para un
LA CASA DEL ALCALDE cuento publicado hace 35 años.

Sucedió en la Victoria de Acentejo, hace un buen pu-
ñado de años.
Al filo del mediodía, una pareja de la Guardia Civil a
El cadáver
caballo irrumpió en la plaza del pueblo. Varios vecinos
que charlaban perezosamente miraron con cierto sobre-
salto a Ips del tricornio.
rebelde
Se acercó la pareja al grupo.
—¿Hacen el favor de decirnos dónde es la casa del r-i egados por la ventisca, Carlos que todo aquello no podta ser más Todos cambiaron miradas en las
Alcalde?—dijo uno de los guardias. ^ Carney y Esteban Estelow lu- que una alucinación. No; él no es- que se lela la estupefacción. Uao
Del grupo se destacó un paisano. charon todo el dia. Esteban, más taba loco... Pero volvió a la caba- de los guias le dio al médico el
robusto, ayudaba a su endeble na, y allt, st, no habla manera de diario de Estelow, que acababa de
— Vo les guiaré—dijo. compafiero. Atardecla ya cuando dudarlo, allt seguía Carlos Carney, encontrar. El médico, después da
y sin aguardar respuesta, echó a andar monte arriba, divi-saron una solitaria cabana. Por sentado ante la mesa, tal y como hojearla deteniéndose en alguno*
seguido de los guardias. La casa del alcalde estaba a un lin, la suerte les someta... {Estaban estaba cuando salió. pasajes, salió de la cabana y se
par de kilómetros de la plaza. Franquearon caminos y salvadosi Dio sepultura, por tercera vez, puso a examinar la senda que iba
Alarmaba a Esteban la violenta al cadáver de su amigo. Hecho es- de ésta al ventisquero. Cuando
veredas por terreno ditícil bajo el peso de un sol abra- liebre que suiria su amigo. Lo arro- to, no atreviéndose a acostarse, se volvió estaba pensativo. Encendió
sador. pó y cuidó lo mejor que pudo. A la sentó en una silla, resuelto a pakar la pipa, sin decir palabra, lanzó
—Aqai está la casa—señaló finalmente el paisano, mañana siguiente tenia mejor sem- la noche en vela. Empezó a dar dos o tres bocanadas de humo, y
mientras se limpiaba el sudor. blante. Salió Estelow a buscar leña. cabezadas, y acabó por quedarse habló por fin en estos términos:
Cuando volvió, lo encontró senta- domiido. ' Amigos: es menester que se
—¿ Quiere usted preguntar si está el Alcalde?~~inquirió do ante la rústica mesa de la ca- comprometan uttedes a no decirla
el mismo guardia. Cuando despertó, clareaba el nunca a nadie lo que hemos visto
bana. dia. A la dudosa luz que iba lle- aqut. Deben hacerlo por compasión
Terminó de secarse el buen hombre, hasta que res- —Esteban — empezó a decirle nando la habitación, vio Estelow a a la familia de estos dos muertos.
pondió: con voz tranquila—, siento que sü amigo que, sentado frente a él, Al rendir mi informe de médico fo-
— E l Alcalde soy yo... voy a morirme... Sin embargo - tenia fijos en los suyos los ojos in- rense, diré que Carlos Carney y
continuó clavando en él los ojos móviles. Esteban Estelow murieron de ham-
abrillantados por la fiebre—, tal «iDios tenga piedad de mil» asi bre y de irlo. Esta será la verdad
vez sea s6\o un ataque de catalep- concluye Estelow al relatar este oficial. ¿Convenido?

Mesa revuelta Para mortificar a sia. Mira... prométeme que no me episodio en la última página que
enterrarás sin estar completamente alcanzó a escribir en su diario. Uno por uno fueron prometiendo
seguro de que estoy muerto. Si,., Las cuatro personas que compo- lo que el médico acababa de pe-
¿Qué harán entonces? los amigos •júramelo Estebanl Serta horrible nían la expedición de salvamento dirles.
que me enterraras vivo... —un médico y tres gulas—no ha- —Doctor—dijo después con vo«
Esteban Estelow prometió solem- llaron, al ir aproximándose a la temblorosa un gula—: no podré
Los perros de Australia y los perros
Están en un cuarto un sena- nemente, con voz entrecortada por cabana, el menor indicio de que dormir tranquilo hasta que tapa
pastores de Egipto, no ladran.
nor, un banquero, un aboga- la emoción, que asi lo harta. estuviese habitada. Profundo silen- qué fué en realidad lo que pasó
Cuanto fué sucediendo de en- cio, interrumpido sólo por los rui- aqut.
Aumiue parezca mentira..! do y un médico. Sus nombres tonces ep adelante, se halla con- dos del bosque, reinaba en torno; —Hombre—repuso el médico"—,
• La moneda de valor más Intimo que (pei^ no en el mismo orden) signado minuciosamente en el dia- y ni la más leve espiral de humo lo único que puedo hacer pw el
se conoce circula en Malasia^ Es sen- son Pedro, Juan, Diego y Luis. rio que él llevaba. salta de la chimenea. Ya más cer- momento, es suponerlo. Ahora, si
clUamenle una bolita hkcha con el ju- í) Pedro y el banquero no se Esa misma noche, hallándose Es- ca, notaron, sin embargo, que ha- llegara a averiguar que Estelow
go de cierto árbol resinoso, Su valor telow preparando un estofado de bla una angosta senda abierta en era sonámbulo, le diría a ustad que
aproximado es de llevan bien con Diego. 2)]üzn puerco esptn, vio que su amigo se la nieve por repetidas pisadas, que las cosas ocurrieron asi; Atorraan-
una milésima de se lleva muy bien con el mé- levantaba de la cama e iba a sen- iban de la entrada de i a cabana a tado en sueños por el temor de ha-
tarse ante la mesa. Allt murió Car- un ventisquero no muy distante. ber faltado a la promesa que le
céntimo. dico 3) Diego es pariente del habla hecho a su amigo; o tal ves
abogado. 4J El senador es los Carney.
• Los loros apren- El médico empujó la puerta. De por el horror que le causaba la so-
muy amigo de Luis y del mé- £1 afligido Estelow le tomó el la muda y oscura habitación salió ledad en qua la muerte de Carney
den más pronto a pulso varias veces; lo observó una vaharada húmeda y fría. Al lo habla dejado, Estelow saltaba
hablar si se les en- dico. Dígase cuál es el sena- aHentamente para ver si aún respi- pasear la mirada por aquel recinto, de la cama, iba a deaenterrar a
seña a oscuras, dor, cuál él banquero, etc. raba; trató de cerciorarse, por cuan- vieron que hablan sentados ante Carney, lo trata a la cabana y lo
• Los fuegos artifi- tos medios tenia a su alcance, de una mesa dos hombres, dos cadá- sentaba en el mismo sitio en que
(La solución al final de esta que su amigo era, en efecto, cadá- veres. lo vio vivo por última ves. También
ciales fueron inven- página).
tados por los anti- ver. La rigides de la muerte lo con- Ambos tenian en la cabeza sen- sentía Estelow (y esto explica el
auos chinos. venció al fin de que no cabfa duda. das heridas de b^Ia. Uno de ellos, balazo) la necesidad de eatar se-
Con la pala de la estufa, cavó Estelow, estaba de bruces sobre la guro de que Carney habla muerto
• La tartamudez es casi desconocida La mejor manera de refutar al una fosa en lo alto de un ventis- mesa, en la que se habla coagula- efectivamente. Además, un secreto
entre loi salvajes. que no tiene razón es dejarlo ha- quero; depositó en ella el cuerpo do un charco de sangre; y empuña- instinto debió de haberle adverti-
blar, inanimado de su amigo; murmuró ba a^Jín el revólver en la mano que do, después de la segunda vas que
unas oraciones, y empezó a echar le produjo la muerte. El otro, Car- desenterró el cadáver, que debia
Pérez no es mal empicado, pero paletada tras paletada de nieve, ney, permanecía erguido en la si- vigilarse, buscar la verdadera cau-'
su afición al fútbol le incita a ha- Cuestiones de .familia hasta dejarlo bien enterrado. lla. Tenia en el rostro una expre- sa de aquello, para, no volverte lo-
^^''^'^ombinacioncs* raras. Una Volvió 8 la cabana y trató de sión de placidez; y muy abiertos co. Por eso trató de permanecer en
tarae, pide permiso a su jefe ¡para dormir. Pero tuvo pesadillas es- los ojos. vela. Pero lo rindió el sueño; y fué,
ir al entierro de una fia suya, la Una visitante del Parque pantosas. AI despertar, en medio de cdmo sonámbulo que era, a des-
—lAsesinato y suicidio!—excla- enterrar a su amigo por tareera ves.
pobre, que se acababa de morir de Zoológico de Londres pregun- una de ellas, notó que estaba ca- mó uno de los guias--. Pobre gen-
an constipado! lado hasta los huesos. Supuso qQe te...—murmuró luego. Cuando, al despertar, lo vió da
tó ai guarda si el hipopótamo serta el sudor, y procuró conciliar nuevo frente a si, perdió por com-
Al día siguiente, el jefe le man- era macho o hembra. —No—dijo el médico, que habla pleto el juicio. Esto—conckiyó el
da llamar. Pérez va con la mosca nuevamente el sueño. empezado a examinar los cadáve-
tras de ^la oreja al despacito del Por la mañana, cuando se levan- res—; no ha habido asesinato. A médico—es lo que yo creo; y creo
—Señora—replicó agriamen^ tó para reavivar el fuego de la es- éste—prosiguió palpando la frente no equivocarme.
superior, que le recibe con una son-
risa muy amable te el guarda—. Esa es una cues- tufa, creyó ser victima de una alu- de Carney—le pegaron el tiro El médico quemó el diario de
. —Le he mandado llamar le di- tión de familia que solamente cinación. AUL sentado ante la me- cuando ya estaba muerto; y lo que Estelow. Y el cadáver da ésta y al
ct—porque teneo una plaza Placan- puede interesar "a otro hipopó- sa, estaba Carney: inmóvil, mudo, es más, congelado, si no me equi- de Carney, fueron llevados, por
te Y ht pensado ofrecérsela a su tamo. con la vidriosa mirada perdida en voco.-Por eso no salió sangre de orden suya, a un lago de las mon-
nermano gemelo. el vacto... la herida. tañas, que les sirvió de sepultura.
«JT^^Í"'*'''' pregunta muy extra- No se atrevió a tocarlo. Pasó to-
do el día fuera de la cabana, bus-
melo?"^' ""'' ^"^ hermano ge- Sí, amigos: Todo el mundo está cando provisiones. Al caer la no-
de acuerdo en que la necesidad es
, - - ^ / í » ? vi ayer en el partido de la madre de la invención. Pero che, sobreponiéndose a la locura
que a ratos casi lo dominaba, hizo
Suscríbase a ABRE! D - I B R S
Tutbol, mientras usted enterraba a cuando un niño comienza a pre-
sa tía: un esfuerto supremo de voluntad, Desde el mes de octubre comenzará eí reparto a domicilio de
guntar cosas raras, la invención es entró en la cabana, tomó el cadá- este semanario.
la necesidad de la madre ver y le dio nuevamente sepultura.
Un tren con tres años de retraso En seguida aparó la media botella Si desea recibirlo, deje nota de su domicilio al teléfono 1248.
de coñac que le quedaba y se fué Suscripción: 4 pesetas trimestre.
Loi viajeros que protestan cuando
Un tren llega retrasado al punto de No es de ahora... a acostar.
catino, pueden consolarse comparan- Le costó gran trabajo levantarse
*)o Mas tardanzas con la que sufrió un En la antigua Grecia fueron a la otra mañana. Una ves en pie, Segtin I y 3, Diego no es el banquero ni el abogado.
tNn sudamericano. tiritaba de tal modo, que estuvo Según 4, el senador es amigo de dos de los otros tres
El tren salió de Bolíyar para Beua<
repartidas durante la guerra un minuto ante la puerta que daba
~ nont, puntos entre los cuales median del Peloponeso cartillas de ra- a la habitación del frente, «in po- hombres, mientras que, se^jíin I, Diego no se lleva bien
clanto veinte kilómetros; pero antes de cionamiento de víveres, he- der abrirla. Cuando lo hico, se le con dos de ellos; luego Diego no puede ser el senador.
lUgar al^término de su • viaje estalló chas de mármol y en las que heló la sangre de horror. jAllf esta- Así pues, Diego debe ser el médico. E^ banquero no es ni
*•&• tormenta espantosa qtee destruyó era puesto un signo cada vez ba Carney, sentado como antes! Pedro, según 1, ni Diego, que es el médico, ni Juan, pues-
ou«i«ata ktlómeUos de Via, dejando al «Trataré de conservar el juicio to que Juan, según 2, se lleva muy bien con el médico,
^ v p y en un verdadero desierto. que se compraba algo. ^ hasta lo último», escribe Estelow
Aauella tormenta ocasionó la quie- en su diario. «Si veo a Cwney, sa- que es Diego, y el banquero no, según I; luego el banque-
*** de la Compafifa y nadie se ocupó bré lo que debo hacer». Y relata ro es Lilis. En cuanto a los otros dos, Pedro, según I, no
y u e o g e r ia locomotora ni los vago- ...y de repente, un cañonazo le luego cómo vagó por el bosque se lleva bien con Diego, que es el médico; luego, según 4,
••*f*«íM^ tnm áftoi después. Entonces cortó los brazos y ¡as piernas y lo todo el dia; cómo trató de ratonar Pedro no puede ser el senador, y det>e por tanto ser el
• • « • f l t ó l« vía y el tren pudo aca- arrojó al agua... ¡Suerte que sabía consigo mismo; de convenoarte
«•t un vi»ia tantotiempointeiiumpido. nadar!
alx)g8do. El senador es Juan.
(c) Del documento, los autores. Digitalización realizada por la ULPGC. Biblioteca Universitaria.

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