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David Foster Wallace y la gran tragedia moderna.

Existe en la cultura estadounidense una fijación constante, casi obsesiva: encontrar
personajes o referentes que le ayuden no sólo a cifrar su realidad, sino entenderse a sí misma.
El último de los elegidos (atrás quedaron los Cobain o los Tarantino) fue un prodigio de la
literatura, un titán de la racionalidad que deslumbró al mundo con su muy particular estilo de
narrar y decir las cosas: David Foster Wallace.

Aunque para muchos no resulte conocido, pocos autores contemporáneos han podido retratar
con tanto poderío todas las contradicciones, trampas y repercusiones escondidas dentro de
esa ilusión que es la moderna sociedad estadounidense.

El nacido en Nueva York, pudo alimentar desde muy pequeño sus inquietudes literarias
gracias a sus padres, dos académicos consumados: ella daba clases de inglés, mientras que él
lo hacía en filosofía. Esta combinación causaría un profundo impacto en el pequeño David,
quien hizo patentes estos temas a lo largo de su obra: profundas disertaciones filosóficas en
forma de novelas, cuentos o ensayos, además de asumirse como un vigilante del lenguaje y
sus formas. Sin embargo, esta semilla tardaría unos años en germinar, ya que durante la niñez
y adolescencia encontraría otro lugar donde depositar su pasión: el tenis.
La práctica del llamado deporte blanco le permitió tener un primer acercamiento a otras dos
de las obsesiones más grandes para sus compatriotas: el triunfo y la pertenencia a una élite.
Estos conceptos fueron desmenuzados por Wallace en varias ocasiones, sobre todo al
reflexionar la manera en que ambos son entendidos hoy por hoy. Por ejemplo, en su ensayo
Gran Hermano Rojo, asiste a una gala del cine porno para demostrarnos como justamente los
grupos glamurosos y victoriosos en Estados Unidos han alcanzado un nivel irrisorio, al
tiempo que se han transformado (ironías aparte) en un asunto masturbatorio, una palmada en
la espalda constante sin ningún tipo de esfuerzo real o sin un trabajo dedicado. Pero nos
estamos adelantando.
David se matricularía en la Universidad de Amherst, donde se dedicaría a la filosofía, mismo
camino que había recorrido su padre. Sin embargo, dos sucesos en esta etapa transformarían
por completo su vida. El primero de ellos fue su “primer click con la literatura”. Gracias a
sus ansias de siempre querer conocer más y a su declarada adicción a la literatura, conoció a
tres autores: Donald Barthelme, John Barth y Thomas Pynchon. ¿Qué tienen estos tres
autores en común? Una imaginación desbocada capaz de retratar asuntos sociales y políticos
debajo de toda la fantasía y los disparates escritos. Wallace empezó a cambiar sus nociones
de cómo acercarse y enfrentar la realidad: la literatura otorgaba oportunidades casi infinitas.
Aunado a esto, empezó a aficionarse al consumo de marihuana, a grado tal que escribía
ensayos, trabajos y demás a sus compañeros de universidad a cambio de cierta cantidad de
droga. Este semi trabajo en la universidad lo dotó de otra cualidad: aprender a tener distintas
voces literarias, pues él mismo declaraba que le resultaba sumamente sencillo imitar el estilo
de sus compañeros, cosa que lo ayudaría a desarrollar de mejor manera sus historias.
Hacia el final de la universidad, tomó la decisión final: entregaría un par de tesis, una de ellas
una novela de tintes filosóficos llamada “La Escoba del Sistema”. Fue tal el revuelo, que no
sólo se graduó con honores (obtuvo el reconocimiento summa cum laude), sino que llamó la
atención de medios tan prestigiosos como el New York Times, quienes veían en él a un digno
heredero de la prosa de Pynchon.

Algunos años de expectativa vendrían mientras él se dedicaba a consumar varios detalles de su máxima obra. De suerte tal que David Foster se encargó de escribir y describir muchos males que hoy nos rebasan o ahogan. tras varios meses de lucha contra la depresión. ¿Por qué es importante leer un libro que fue escrito hace 20 años. Los relatos lo mismo jugaban con los íconos de la cultura pop que con asuntos como la drogadicción. el Año de la Hamburguesa Whooper”). A pesar de que muchos han tratado de ver en “La Broma Infinita” una suerte de ejercicio irónico acerca de la modernidad. pero sobre todo a su trabajo. Por ejemplo. en clara referencia a la hipercomercialiazón de nuestro mundo. libro descomunal de más de 1500 páginas. el último gran titán de la literatura estadunidense se ahorcaría en el jardín de su casa. Lamentablemente ese malestar cultural y social que Wallace supo retratar con maestría. parecía haber enquistado en lo más profundo de sí: el 12 de septiembre de 2008. el dinero. lo cual es una anticipación a los hoy famosos (y parece que necesarios) filtros de plataformas como Instagram. esta novela de múltiples temas es el pináculo no sólo de la prosa wallaceana. Atender a su figura. un nuevo libro de relatos (“Entrevistas Breves con Hombres Repulsivos”). En los años venideros. por citar uno. La broma infinita había caído sobre él. el propio Wallace se encargó de derrumbar ese mito. en “La Broma Infinita” los años han dejado de ser números para convertirse en marcas (tenemos. el culto desmedido a la personalidad y el individualismo. de las cuales. . la facilidad pasmosa para caer en la violencia sin sentido y por causas sumamente reduccionistas. el vacío de los suburbios y. sobre todo esa sombra que lo persiguió sin descanso (como al resto de su generación): la depresión.Wallace confirmaría su genio un par de años después. ya que retrataba con una precisión casi quirúrgica a la sociedad de su época y la futura. de un autor que se quitó la vida hace casi diez? Porque después de David Foster Wallace no ha existido un diagnóstico tan preciso de lo que significa ser no sólo estadunidense. compilaciones de su trabajo periodístico. Wallace sólo aumentaría su prestigio literario: grandes ensayos. al declarar en varias ocasiones que su libro era un reflejo de los problemas que él veía dentro de su sociedad: una depresión aguda. etcétera. etcétera. sino de la llamada literatura contemporánea. Sería hasta 1996 que lanzaría “La Broma Infinita”. cuando la crítica especializada se lanzó a sus pies con la colección de cuentos llamada “La Chica del Pelo Raro”. unas 100 son sólo anotaciones a pie de página. la frivolización de las estrellas del showbiz. En otro capítulo habla de la suplantación y retoque de rostros. sino un habitante de un mundo global e inmerso en un supuesto progreso modernista. Para muchos. la fama. puede develar mucho de esa máscara trágica que poseemos todos los pertenecientes a esta generación: una llena de gente triste. una adicción socialmente aceptada a casi cualquier cosa.