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Fernando Castro, El instante de peligro, ABC, 24/10/2017

Vivimos, no exagero, «al rojo vivo» o, atenuando la grandilocuencia térmica,
estamos enganchados al «reality show de la política» que provoca en
nosotros una sensación de todo es delirante y, a la postre, ni lo catastrófico
importa nada. A los presentadores de televisión, como a ese del «pactómetro»,
les crece la barba en directo y hasta el «cogito interruptus» del republicanismo
aceleracionista viene a imponer la sensación de que estamos en tiempos
patafísicos.

El urinario duchampiano es centenario y más que producir escándalo (no
puedo escribir esta palabra sin rememorar el soniquete de Raphael) lo que
mantiene es una Academia en la que basta con pedestalizar cualquier cosa para
producir reverente-estupefacción. Octavio Paz supo sintetizar el destino de la
vanguardia cuando en «Los hijos del limo» apuntó que la ruptura contra
tradición se ha convertido en tradición de la ruptura. Lo excepcional se ha
normalizado y los comportamientos pretendidamente contra-culturales sirven
como banderín de enganche para una «clase creativa» que no es otra cosa que
un precariado autocomplaciente, ya sean los del look talibán-hipsterizado o
aquellos que cargan mochilas llenas de aire y sueltan alguna soflama
«leninista» descafeinada. En el espejo retrovisor del arte «radical» aparecen
acciones como aquel «ataque a la televisión» de Chris Burden, que secuestró
cuchillo en mano a la presentadora que intentaba entrevistarle; las primeras
acciones autoflagelantes de Marina Abramovic, aquella convivencia con el
coyote de Beuys, el arte auto-destructivo de Metzger o aquellos performances
de Tehching Hsieh que duraban un año en los que propiamente se iniciaba al
enclaustramiento profesional y burocrático del capitalismo.
Si Breton consideró que disparar al azar a la multitud es el acto surrealista
por antonomasia, no han faltado epígonos que llegaron, como Serge
Oldenburg III o Tania Bruguera a «jugar» a la ruleta rusa. Aunque los
mataderos y la crueldad han seducido a muchos artistas, desde Francis
Bacon a los accionistas vieneses, la sangre estética es, como vendrían a
confirmar las intervenciones «grotescas» de Paul McCarthy, dulce como el
kétchup. La mierda de artista (vendida a precio de oro por Manzoni) no
huele, tan sólo impone el escándalo de que la vanguardia, por retomar el
eslogan posmoderno, es el mercado.

Sabemos que el salto al vacío de Klein fue un fake y en sus «conciertos» con
mujeres desnudas que le servían como pinceles había un tono que podemos ya
calificar como «viejuno». Con todo, no faltan remakes despelotadores,
especialmente en las salas de los museos, sea ante «El origen del mundo»
de Courbet o en la ultra-turística sala de «La Gioconda». En todos esos actos
provocadores la parte agitada le toca, involuntariamente, a los bedeles que
tienen que haber recibido ya un master en «retórica pseudo-radical». La
vitrina es, aunque suene paradójico, el destino deseado del arte que
pretendería desmarcarse de lo convencional. Incluso las obras consideradas
blasfemas, como aquella meada sobre un crucifijo que fotografió Andrés
Serrano o la rana crucificada por Kippenberger, forman parte de la
«liturgia» museal y no aspiran más que a ser chistosas. El arte, sugirió con
astucia McLuhan, es algo que te permite «salir impune», poco importa que el
comportamiento sea «delictivo» (como el artista ruso que ha prendido fuego a
un banco en París hace unos días).

los herederos de aquel replicante que bajo la lluvia lanzó el speech melancólico de lo mucho que había visto. Los extranjeros que protestaban porque no se les dejaba entrar no sabían que el drama que allí estaba edificado nos pertenece a nosotros por derecho propio. Si hay animales o niños pequeños por medio la cosa puede ponerse «al rojo vivo». metidas en la nevera. aunque todo pase a enfriarse aceleradamente. El arte idiota (en sentido estrictamente etimológico) consigue. convenientemente salpimentada.Cada cierto tiempo nos despertamos de la siesta con escaramuzas inesperadas. es triste decirlo. Somos. ocasionar un revuelo en la mirada de gente que está sometida al «tratamiento Ludovico». . «El Ángel exterminador» Santiago Sierra tapió la puerta de entrada del Pabellón de España en la Bienal de Venecia y tan sólo permitió la entrada a los que pudieran sacar el Documento Nacional de Identidad español. poco importa que sea un vaso de agua medio lleno en ARCO o una bodriosa instalación en la que aparecía el Rey sodomizado (causante de una tragedia shakesperiana en el MACBA con dimisiones de los jerarcas de turno). Era algo muy diferente a una obra «provocadora». Algunas provocaciones están ya. que es una de las más lúdicas alegorías de lo que somos. brotes rumorológicos. como aquel Franco de Eugenio Merino que sacó de sus limitadas casillas a los nostálgicos del totalitarismo. Esa clausura suponía una re- actualización de «El ángel exterminador» buñuelesco. Nos ha tocado tragarnos el bluff del remake: ojalá tuviéramos lágrimas que soltar en un instante del peligro que se ha tornado ridículo. sea en relación con una obra censurada o un llorón al que no le han dejado colocar su huevo kínder en el santuario del placer kantiano. lúcidamente. ocasionalmente. cualquier parida puede. de pronto sentimos un tsunami en la red social y no podemos dejar de parlotear sobre lo «inaceptable». a un escándalo de pacotilla.