CUADERNILLO DE TEMAS CELTAS

REDACCIÓN

Claudia Moliné Fabiana Martínez Edgardo Murray Juan José Delaney Diego Ribeira Raúl Lavalle

Editor responsable: Raúl Lavalle Dirección de correspondencia: Paraguay 1327 3º G [1057] Buenos Aires, Argentina tel. 4811-6998 raullavalle@fibertel.com.ar

nº 1 – 2010

Nota: La Redacción no necesariamente comparte las opiniones vertidas en esta publicación.

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ÍNDICE
Presentación When Irish eyes are smiling (trad. Eugenia Ravenna) Marina Florencia Rapetti. Ginebra: de las apariencias a la Identidad Juan José Delaney. Las dos monedas Diego Ribeira. El legado celta a la lengua española Minucias Radulfus. Dedicado a San Patricio p. 3 p. 4

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PRESENTACIÓN
Es justo que agradezca aquí a Edgardo Murray, por muchos años Secretario de Redacción de The Southern Cross, el periódico más que centenario de la comunidad irlandesa en Argentina. También, a Juan José Delaney, escritor, amante y docente de la literatura. Con el aliento de estos dos conspicuos irlandeses me animo –no pierdo conciencia de mi osadía– a presentar este Cuadernillo. En él escribirán cuentos, ensayos, evocaciones, vivencias, estudios y notas los amantes del mundo celta. No puedo distinguir con precisión el concepto de celta (creo que los amadores estamos algo dispensados de la racionalidad); baste con decir que incluyo en él a lo escocés, a lo irlandés, a los antiguos galos, a los rasgos y escritores celtas que haya en Inglaterra, en España, en América, en Oceanía o en otro lado donde hayan ido los vástagos de esa estirpe indoeuropea. Cada colaborador usará sus propias normas en cuanto al modo de citar y de dar, en fin, formalidad a su aporte. Lo que hoy tiene de malo y de incompleto, quizás mañana podrá mejorarse y completarse. Patricio, Beda, Columbano, el Padre Fahy y otros sé que no dejarán de iluminar esta pequeña senda. Te pido que la recibas con benevolencia, querido lector. R.L.

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WHEN IRISH EYES ARE SMILING
EUGENIA RAVENNA When Irish Eyes Are Smiling1 (‘Cuando sonríen los ojos irlandeses’) fue escrita por Chauncey Olcott y George Graff Jr. y musicalizada por Ernest Ball, para la producción de The Isle O’Dreams de Olcott, quien la cantó en el show. Es una canción que rinde tributo a Irlanda; fue publicada por primera vez en 1912, momento en el cual este tipo de canciones homenajeando a una Irlanda idealizada eran muy numerosas y populares, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos. La canción continuó siendo muy popular por generaciones. Décadas más tarde fue usada como canción de apertura en el show de radio Duffy’s Tavern. Se grabó en más de 200 singles y álbumes y fue interpretada por muchos artistas famosos: Bing Crosby,2 Connie Francis y Roger Whittaker, entre otros. Incluso durante la Primera Guerra Mundial, el famoso tenor John McCormack grabó su versión.3 La canción gozó de una momentánea fama en Canadá luego de la llamada Shamrock Summit (‘Cumbre del Trébol’), entre el Primer Ministro canadiense Brian Mulroney y el presidente estadounidense Ronald Reagan el día de San Patricio en 1985. Al final del día, los dos líderes cantaron juntos la famosa canción, motivo por el cual Mulroney fue luego duramente criticado por la prensa canadiense. La disputa por la renovación de los derechos de reproducción para la canción terminó en la Corte Suprema de los Estados Unidos en 1943. Hoy en día ya no hay más discusión: los derechos de reproducción son de dominio público.

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When Irish Eyes Are Smiling When Irish Eyes Are Smiling, sure 'tis like a morn in spring. In the lilt of Irish laughter you can hear the angels sing, When Irish hearts are happy all the world seems bright and gay,
Cf.: http://en.wikipedia.org/wiki/When_Irish_Eyes_Are_Smiling. De allí tomamos el texto y los datos. Damos aquí una versión española y un breve sentir personal. 2 Cf.: http://www.youtube.com/watch?v=WgQCPifM-p8. 3 Cf.: http://www.youtube.com/watch?v=WgQCPifM-p8.
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And When Irish Eyes Are Smiling, sure, they steal your heart away. There's a tear in your eye and I'm wondering why, For it never should be there at all. With such power in your smile, sure a stone you'd beguile, And there's never a teardrop should fall, When your sweet lilting laughter's like some fairy song And your eyes sparkle bright as can be. You should laugh all the while and all other times smile, So now smile a smile for me. (Chorus) For your smile is a part of the love in your heart, And it makes even sunshine more bright. Like the linnet's sweet song, crooning all the day long. Comes your laughter so tender and light. For the springtime of life is the best time of all, With never a pain or regret. While the springtime is ours, thru all of life's hours, Let us smile each chance we get. (Chorus)

Cuando sonríen los ojos irlandeses Cuando sonríen los ojos irlandeses, seguro que es como una mañana de primavera. En la cadencia de la risa irlandesa puedes oír a los ángeles cantar. Cuando los corazones irlandeses son felices, el mundo entero parece radiante y alegre, Y cuando sonríen los ojos irlandeses, seguro te roban el corazón. Hay una lágrima en tu ojo y me pregunto por qué, Ya que jamás debiera estar ahí en absoluto. Con tanta fuerza en tu sonrisa, seguro engañarías a una piedra Y nunca hay una lágrima que deba caer. Cuando tu dulce cadente risa es como una canción de hadas Y tus ojos brillan de la manera más radiante posible, Deberías reír todo el rato y todo el resto del tiempo sonreír. Y ahora sonríeme, regálame una sonrisa (Coro) Pues tu sonrisa es una parte del amor en tu corazón Y hace aún más radiantes a los rayos del sol: Como la dulce canción del pardillo, cantando suavemente todo el día. Viene tu risa tan tierna y ligera, Porque la primavera de la vida es la mejor parte de todas,

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Sin jamás un dolor o remordimiento. Mientras la primavera sea nuestra, en todas las horas de la vida, Sonriamos cada vez que podamos. (Coro) *** No es raro que esta canción se escribiera en las puertas de lo que sería uno de los peores infiernos que nos tocarían vivir. Enmarcada en un contexto de homenaje y tributo, los autores intentan reflejar la felicidad y la alegría de vivir de una nación entera. Toda una entidad nacional, representada en unos ojos sonrientes. Se ve reflejada toda una cultura que, frente a la adversidad que golpeaba a todos en aquellos años, devuelve una sonrisa, una sonrisa esperanzadora, una sonrisa que nos invita a vivir todo el tiempo en primavera, aun en los momentos más duros. ¿Existe algo más radiante que los rayos de sol? E incluso así esta omnipotente sonrisa los hace más brillantes. Pareciera como si los autores, adelantados a los hechos, quisieran enviarnos un mensaje esperanzador, un mensaje que ellos encontraron en la cuna de la civilización céltica. EUGENIA RAVENNA

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GINEBRA: DE LAS APARIENCIAS A LA IDENTIDAD
MARINA FLORENCIA RAPETTI

Son numerosas las obras que han conservado las historias artúricas, desde el siglo XII la tradición no se ha roto y se extiende hasta nuestros días. A comienzos del siglo XIII las leyendas artúricas estaban completamente constituidas y habían sido plasmadas formando ciclos homogéneos. En ellos se narraba, primero en verso y luego en prosa, las extraordinarias aventuras de los caballeros de la Mesa Redonda. De todos los ciclos el que mejor se conservó es el conocido como la Vulgata, dividido en cinco partes. Desde la antigüedad esta recopilación desplazó a las anteriores y fue considerada como aquella que relataba auténticamente lo ocurrido a los caballeros artúricos. Las últimas tres partes de la Vulgata, entre las que se encuentra la novela que nos convoca, El caballero de la carreta, constituyen el denominado “Lanzarote en prosa”. Son varios los estudiosos que coinciden con Carlos Alvar al afirmar “los cinco núcleos que componen el ciclo son una continuación unos de otros, respondiendo a una arquitectura determinada de antemano, esta trabazón interna se muestra mucho más intensa en el Lanzarote en prosa, donde la presencia del “arquitecto” es innegable”1. Lanzarote del Lago o El caballero de la carreta fue escrito por Chretien de Troyes, un clérigo de Champaña que vivió entre 1135 y 1183 aproximadamente. Se sabe poco acerca de la vida del autor; sin embargo su obra reviste un valor fundamental, que hizo que se lo considere como el fundador de la novela cortés y el iniciador de la extensa tradición de novelas de tema artúrico. La finalidad de este trabajo no comprende el problema del origen de la temática bretona; sin embargo resulta interesante recordar que Chretien construye sus novelas tomando elementos de una mitología en desintegración, transmitida oralmente, con profundas y antiguas raíces célticas y abundante en motivos típicos. Sobre este basamento el escritor edifica sus obras, con una trama de cuidada estructura narrativa pero incorporando un nuevo sentido: el del amor cortés, acorde a su momento histórico. En las novelas de Chretien, el amor cortés sustituye a la pasión celta. Su estilo es ligero y elegante, tendiente a las generalizaciones que evitan profundizar en cuestionamientos morales. Pero es profundamente llamativa la manera en que logra incorporar elementos diversos que
Alvar, Carlos, en el prólogo a La muerte del Rey Arturo, Alianza Editorial, Madrid, 1980, p. 3.
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combinan lo maravilloso con lo realista, lo cortés y lo tradicional, así lo señala Marie-José Lemarchand “Léase o no en clave sociológica es admirable la sutil alianza lograda por Chretien entre rasgos maravillosos y detalles del realismo más desgarrado (…) el autor va tejiendo la materia mágica de las leyendas de Bretaña, junto con los finos hilos del amor cortés y los célebres pleitos amorosos de la corte de Champaña, con detalles que la historiografía nos revela como realistas y veraces”1, La producción del autor fue bien acogida por sus contemporáneos y a partir del s. XIII, las traducciones se difundieron a lo largo de Europa. En El caballero de la carreta se relata la historia del rapto de la Reina Ginebra, esposa del Rey Arturo, a manos de Meleagante, quien se presenta en la corte diciendo al Rey que tiene cautivos en su patria a un número importante de vasallos de Arturo y que, si quiere volver a verlos, ha de enviar a Ginebra a un bosque vecino en donde el campeón de la reina medirá sus fuerzas con Meleagante. El Rey entrega a Ginebra y Keu, hermano de leche del monarca, es enviado a responder a tal provocación. Sin embargo todo se trata de un engaño y en esa instancia será Lanzarote (de quien desconoceremos el nombre hasta el verso 3660) quien se lanza tras la pista del raptor de Ginebra. Sin embargo una emboscada lo obliga a continuar a pie hasta que encuentra una carreta conducida por un repugnante enano, quien lo incita a avanzar al encuentro de la Reina subiendo a tan nefasto transporte (es necesario recordar que las carretas entonces constituían una suerte de picota ambulante y que quien subía a ellas quedaba cubierto de deshonra). Por tanto nuestro héroe se debate entre la razón y el amor, triunfa el segundo y desde ese momento queda convertido en Caballero de la Carreta a causa del sentimiento que lo une a su dama. A lo largo de la travesía que el Caballero emprende en busca de su amada no escasearán los peligros, pero tampoco los ayudantes. En este caso nuestro héroe cuenta con la guía de todo un séquito de doncellas que irán conduciendo sus pasos. Es interesante recalcar que son estas mujeres las que facilitan y hacen posible la llegada a destino del protagonista; sin sus consejos y cuidados nuestro errante Caballero jamás hubiera conseguido llegar a destino. Por otra parte, en reiteradas oportunidades las damas ofrecen sus encantos al héroe, quien evade sus propuestas amorosas ya que en todo momento consagra su amor a la altiva Ginebra. Es interesante pensar en la ambivalencia de estas doncellas, que por un lado se presentan como facilitadoras en el recorrido del héroe y por otro constituyen una suerte de prueba que el
Lemarchand, Marie-José, en el prólogo a El Caballero del León de Chretien de Troyes, Ediciones Siruela, Madrid, 1986, p. xiv.
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protagonista debe sortear ya que no dejan de configurarse como tentaciones amorosas cautivadoras. De esta forma el Caballero recibe los favores pero a la vez debe permanecer incólume ante la tentación de estas mujeres que se dibujan como una suerte de guías virgilianas, mientras que se ofrecen como cautivadoras Circes. Tampoco faltan en el relato elementos típicos de lo maravilloso, en este registro nos encontramos con el anillo mágico que un hada le regala a Lanzarote. El hada es la Dama del Lago, a la que no se nombra nunca en la obra, pero se alude a ella cuando se hace referencia a la crianza del héroe: “Aquella dama era un hada que le había dado el anillo y le había criado en su niñez”1. El anillo permitía romper cualquier hechizo o encantamiento y es de extrema utilidad en diferentes pasajes del relato. Esta alusión a la historia anterior del héroe es de las pocas que se encuentran en el texto, ya que por lo demás la procedencia del Caballero es desconocida. Estos trazos sueltos que al respecto deja Chretien aluden probablemente a algún folktale bretón anterior, en donde se refería la juventud del héroe y su filiación con enigmática Dama. Estamos aquí ante figuras femeninas diferentes. Chretien plasmó un abanico de posibilidades dentro de lo que se entendía por ser mujer: la dualidad entre la dama y la doncella, enfados y requiebros que ejemplificaban la mudanza del alma femenina. Mujeres maternales que velan por la suerte del héroe y mujeres seductoras que parecen comportarse como guías pero encierran el germen de la tentación. Lemarchand comenta al respecto “que la visión de la mujer tal como aparece en la literatura de aquella época se halla sujeta a dos condiciones: los modelos retóricos y la doctrina eclesiástica, por ello no debe extrañar la oscilación que marca los dos polos del pensamiento cristiano, el carácter maligno de la mujer-serpiente, criatura demoníaca a la que sirve de contrapeso el ideal mariano”2. Ahora bien, sin lugar a dudas, el personaje femenino sobresaliente en esta historia es el de la Reina Ginebra, cuyo rapto moviliza toda la trama argumental. Una vez que el Caballero consigue reunirse con su amada, esta le concede sus favores amorosos. Es necesario en este punto referirnos a que el amor de Lanzarote y Ginebra escenifica las normas del código amoroso cortesano. Así el relato cumple rigurosamente con los requisitos con que Lewis caracterizó al amor cortés en su libro La alegoría del Amor: humildad, cortesía, adulterio y religión del amor. Inscriptos en este territorio, Lanzarote y
Chretien de Troyes, El caballero de la carreta, Labor, Barcelona, 1976, p. 47. Lemarchand, Marie-José, en el epílogo a El Caballero del León de Chretien de Troyes, Siruela, Madrid, 1986, p. 138.
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Ginebra no experimentan en ningún momento culpabilidad por la traición a Arturo, ni siquiera se plantea que su unión amorosa represente algún tipo de conflicto. La imposibilidad de poseer a Ginebra más allá de la inmediatez del acto amoroso parece acrecentar y afianzar la pasión de Lanzarote, como si la lejanía constituyera un atractivo más. Así la pasión amorosa se ve reforzada por la distancia y la oposición. No es extraño imaginar que el fácil logro de los deseos y la ausencia de obstáculos amenguaría la grandeza pasional. Lanzarote jamás considera el hecho de quedarse con Ginebra, la pertenencia a otro parece constituir uno de los atractivos sobresalientes de la Reina, tal como lo señala Gual. En La historia del deseo en la época medieval Naughton explica que, dentro de los cánones cristianos prevalecientes, la evacuación del goce relacionado a la relación sexual se encubre en el amor cortés tras el galanteo que rodea al objeto de deseo, envolviéndolo en una trama laberíntica que parece otorgar validez al encuentro carnal que sirve de culminación. Por otra parte, los rígidos arreglos matrimoniales durante el Medioevo, que tenían en cuenta cuestiones de orden patrimonial y económico sin prestar oído a los sentimientos de los contrayentes, hacían que resultara lógico que el amor romántico fuera buscado más allá del lecho conyugal. El matrimonio, explica Duby, constituía durante la época feudal una suerte de condena, y el rapto era una figura común, y uno de los cuatro casos de justicia de sangre, heredera directa de la justicia real carolingia, ya que era un medio para los maridos que querían librarse de su mujer, un medio para que los hermanos privaran a su hermana de la herencia y para los padres que quisieran ahorrarse los pesados costos de la ceremonia nupcial. Este ritual fue poco a poco rechazado desde lo simbólico, lo lúdico; en el siglo XII lo vemos reducido al juego controlado que representa el amor cortés. Gustave Cohen indica que Chretien de Troyes “esculpe un imagen de la brillante sociedad señorial en la que vive: las figuras de las jóvenes vestidas de seda, enamoradas y elegantes, a las que trata en la corte de María de Champaña, reina de todas ellas, o las de esos donceles cuyas cotas de malla abrigan unos corazones abrazados de amor, y los yelmos unas testas rubias y juveniles, que a ellas les agrada ver descubiertas y sonrientes, lejos del estruendo de las armas y de las pruebas, con frecuencia sangrientas, de los torneos. La novela será un

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espejo pero también un confesionario, en el que las almas de esas damiselas descúbrense en sus aspiraciones más secretas, en sus más angustiados conflictos”1. La Reina Ginebra se entrega así al adulterio de modo completamente voluntario y consciente, poseerá no sólo el corazón de Lanzarote sino también su cuerpo, sin por eso dejar de tratarlo como a su vasallo. Es más, será éste un súbdito privilegiado ya que Ginebra posee todas y cada una de las partículas de su alma y juega con ellas a placer. La Reina deja constantemente en claro su lugar y con total altivez maneja a Lanzarote ordenándole, por ejemplo, que no haga uso de sus habilidades en la batalla y se deje vencer. Por su parte, Lanzarote, el caballero invencible, se deja vencer porque es el deseo de su Dama y no necesita más razones para bajar las armas. La historia de amor de Ginebra y Lanzarote será continuada en el ciclo en prosa, en el cual el relato da cuentas de la nostalgia de los amantes condenados al remordimiento y la distancia y prosigue hasta que ambos, ya viejos, asisten a la destrucción de toda la caballería artúrica como consecuencia de su pecaminoso y trágico amor, así Ginebra terminará sus días en un convento y Lanzarote abandonará la vida pública para recluirse en la oración contemplativa. Chretien por su parte no está interesado en contarnos el patetismo de esta ausencia en El Caballero de la carreta; a él le interesa la hazaña romántica. Carlos Gual comenta que, según Elaine Soutrward, Chretien habría compuesto su novela para justificar el adulterio atribuido por los relatos tradicionales a la Reina Ginebra, sustituyendo la alusión a un amorío corriente por la historia de un gran amor que embellecía la infidelidad de la Reina. El Caballero que iba al Más Allá, que ponía el amor por encima del honor al subir a la infamante carreta, bien merecía todo el afecto de su Dama. Este tratamiento novelesco dejó en la sombra las anteriores leyendas sobre la infiel Ginebra y dio a los amantes su fama definitiva. Sin embargo un dato en absoluto menor nos convoca. Recién cuando una de sus doncellas le pregunta a Ginebra quién es el Caballero que viene rescatarla conocemos su nombre: Lanzarote del Lago. Es Ginebra quien lo nombra, es ella quien engendra su individualidad, quien lo distingue, quien le otorga el honor de ser conocido y reconocido por ella: la altiva, distante, inaccesible esposa del Rey Arturo, esa mujer
Cohen, Gustave; La vida literaria en la Edad Media, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1958.
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compleja e impredecible es la que salva a Lanzarote de la ignominia para siempre. El protagonista carecía de nombre, era injuriosamente denominado como el “Caballero de la Carreta” hasta que Ginebra le otorga la identidad y con ella restablece su honor. Los labios de Ginebra difunden el nombre del protagonista y, de esta manera, le permite ser quien es. A partir de ese momento Lanzarote será el amante eterno de una mujer que le está prohibida, pero nunca más será el deshonroso pasajero de la carreta. En una suerte de bautismo, que lo libera del supuesto pecado al que la carreta lo asocia, Ginebra le permitirá el paso del plano de las apariencias al plano de la identidad y no será cualquier identidad, ya que al nombrarlo lo hace aludiendo a sus orígenes: lo llama “Lanzarote del Lago” y al referirse a su cuna privilegiada –a la otra mujer sobresaliente en su historia, la Dama del Lago– dejará olvidado para siempre su errante destino deshonroso para convertirse en leyenda. De este modo, habiendo abordado las figuras femeninas a lo largo de la obra podemos afirmar que en torno al héroe de Chretien se despliega un amplio abanico de mujeres harto complejas que, a través de su relación con Lanzarote, colaboran para sacar al protagonista del anonimato ignominioso desde el momento en que le confieren identidad. En su entorno vemos mujeres maternales, seductoras, tentadoras, malignas, benévolas, pasionales y, en ocasiones, hasta prohibidas; que se perfilan tanto guías benefactoras como tentaciones, incrementando el complejo camino del héroe hacia su Dama. Ana María Morales opina que este mundo codificado, mundo feérico, cumple una gran función compensatoria “las maravillas satisfacen, al menos en lo imaginario, las carencias y los sinsabores de la vida, resarcen lo rutinario y lo gris de una realidad en la que normalmente la brillantez de lo prodigioso no se deja ver”1. De este modo la construcción identitaria de Lanzarote se configura como una suerte de rompecabezas en construcción, en donde las mujeres serán las encargadas de proporcionar las piezas faltantes. MARINA FLORENCIA RAPETTI

Bibliografía Alvar, Carlos (traducción y prólogo); La muerte del Rey Arturo, Alianza Editorial, Madrid, 1980. Chretien de Troyes, El Caballero del León (edición preparada por
Morales, Ana María, “Lo Maravilloso medieval en literatura”, en revista El hilo de la fábula, año 2, Universidad del Litoral, Santa Fe, 2003.
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Marie-José Lemarchand), El caballero del León de Chretien de Troyes, Siruela, Madrid, 1986. Chretien de Troyes, El caballero de la carreta, Labor, Barcelona, 1976. Cohen, Gustave; La vida literaria en la Edad Media, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1958. Duby, Georges, El caballero, la mujer y el cura, Taurus. Enriquez, Mariana, Mitología Celta, Grafidco, Buenos Aires, 2007. Le Goff, Jacques, Lo maravilloso y lo cotidiano en el occidente medieval, Gedisa, Barcelona, 1985. Morales, Ana María, “Lo Maravilloso medieval en literatura”, en revista El hilo de la fábula, año 2, Universidad del Litoral, Santa Fe, 2003. Naughton, Virginia; Historia del deseo en la época medieval, Quadrata, Buenos Aires, 2005.

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LAS DOS MONEDAS
JUAN JOSÉ DELANEY
Portitor has horrendus aquas et flumina servat terribili squalore Charon (…). Aeneidos, VI, 298-299.

Las pocas veces que recibía correspondencia hacía lo mismo: la abría recién a la noche, después de la cena. Lo de la cena es un decir; en verdad, un trozo de pan con jamón, un vaso de vino tinto y queso con dulce solían ser los habituales componentes del renovado convite individual. Juzgaba que para un hombre solo y mayor esos rudimentos eran más que suficientes. Hasta hacía poco la voz de la radio había acompañado sus comidas pero el antiguo artefacto ojival se había sumado ya a la extensa lista de cosas de esta vida que habían dejado de interesarle. Cada tanto Paddy, uno de los sobrinos, lo visitaba para constatar que todo anduviera bien, logrando entonces que abandonara ocasionalmente la isla. Aquella mañana había recibido una encomienda y pese a que eso no era habitual, en ningún momento pensó adelantar la apertura del envío. Había espiado, sí, los datos del remitente y, tal lo previsto, el paquete venía de Irlanda: Sinéad O’Reilly Summerhill Jack White’s Cross Road Co. Wicklow, IRELAND Estaba dirigido a Timothy O’Connor, es decir: a él, aunque su nombre era Timoteo; pero tanto Sinéad como Oona, la anterior escriba, resistieron siempre la versión castellana. La señora Sinéad O’Reilly era su único y último vínculo con la isla y, prácticamente, con la mismísima realidad externa. Y pese a que durante una correspondencia de más de cuarenta años se habían cruzado algunas fotografías nunca se había encontrado con ella (ni lo haría) por lo que, en última instancia, ignoraba quién era exactamente la persona con la que se carteaba. Sabía, sin embargo, que Mrs O’Reilly era nieta de una prima segunda de su madre quien hacía varios años que había muerto (Dios la tenga en su gloria), delegándole a él la misión de mantener con aquel vínculo remoto, y eventualmente con sus

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descendientes, una relación epistolar que lo mantuviera unido a la Vieja Irlanda, la tierra de sus mayores. Y como Timoteo –menor de una hilera de siete hermanos– había sido siempre dócil, venía cumpliendo inexorablemente con la orden. La condición de hijo obediente lo certificaba el hecho de que nunca se había casado. Afuera el viento paseaba su impasibilidad. Apuró el último trago y volvió a mirar hacia la alacena donde había dejado el paquete. Permaneció unos instantes sentado a la mesa como reflexionando. Distraídamente dirigió la vista hacia las paredes amarillas tomadas por la humedad y por viejas fotografías de muertos. Sus ojos se detuvieron en la puerta que conducía al cuarto. Súbitamente interrumpió la inspección y se puso de pie para dirigirse hacia el mueble donde lo esperaba la encomienda. Se entretuvo acariciando las estampillas irlandesas y sonrió al repasar la caligrafía de su pariente remota y desconocida, caligrafía que gradualmente había ido perdiendo rigidez. ¿De quién sería la muerte que pondría fin a la absurda comunicación? ¿Volvería a tomar alguien la posta en el caso de que fuera ella la primera en irse? Si le tocara a él, bien sabía que con su partida terminaba definitivamente la ceremonia. Tomó un cuchillo y empezó a desarmar el envoltorio. Mientras lo hacía sus ojos recorrieron el ambiente y se fijaron en la vieja “Concertola” y su enorme bocina: ese aparato que le había brindado tantos momentos de ocasional felicidad estaba ahora también condenado al silencio debido a una inexplicable decisión personal… sobre el plato descansaba, acaso para siempre, la última placa fonográfica dispuesta hacía años, la que contenía “Galway Bay”, canción que había escuchado por primera vez en un film de los años cincuenta, quizá The Quiet Man…de John Ford, aunque la versión que estaba ahí era de John McCormack o de Bing Crosby… Ya no se acordaba bien… Sí recordaba que en aquel momento no se había animado a invitarla a Dina, compañera de trabajo en las oficinas porteñas del Frigorífico Armour y que, por eso, había ingresado solo en la sala cinematográfica. Lo cierto era que conocía esa canción de memoria y algunas líneas volvían recurrentemente a él, sin ir muy lejos ahora mismo: And if there is going to be a life hereafter And somehow I am sure there’s going to be, I will ask my God to let me make my heaven, In that dear land across the Irish sea. La canción de Arthur Colahan expresaba algo oscuro que no

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podía entender en toda su dimensión pero que estaba muy dentro de él y era que si habría de haber una vida después de ésta, él le pedía a Dios que la misma transcurriera en la lejana Irlanda, simbólica y espiritual apetencia aunque injustificada ya que nunca había pisado Europa y acaso ese preciso hecho explicara el anhelo. Sonrió y tras una breve tos con la que buscó conjurar la emoción, retomó la tarea. Dio así con una carta debajo de la cual había una caja de medianas dimensiones. Al leerla se enteró de trivialidades que para Sinéad resultaban sumamente importantes. Casi al final un recuerdo por su cumpleaños justificaba el envío cuyo sorprendente contenido él tenía que descubrir. El escrito concluía con las frases de rigor, esperando que al recibo de ésta te encuentres bien, escribe pronto, cariñosamente, Sinéad. Ahora sí, la curiosidad lo carcomía. Al destapar la caja se encontró con una plancha de madera apenas escondida entre puñados de paja que rodeando el artefacto todo buscaban atenuar ocasionales golpes o movimientos bruscos. No pudo adivinar qué tenía entre manos. Con rapidez y cierto nerviosismo separó la hojarasca hábil y generosamente dispuesta, y extrajo, entonces, el misterioso objeto. Al principio se sintió confundido y fueron necesarios unos instantes de observación para recaer en que se trataba de un antiguo reloj de arena imitado con arte y competencia. Lo conmovió el movimiento de la limitada arena. Hormigueantes sensaciones en los brazos y antebrazos lo distrajeron de la conmoción; ocurría que pequeñas y numerosas arañas los recorrían como en una exótica danza. Tenuemente se desprendió de ellas con efectivas palmadas y cuando caían las pisaba una y otra vez. En eso estaba cuando se detuvo en los manojos de paja que ansiosamente había arrojado al piso: de ahí provenían las ingratas visitantes. Las remató con el pie y luego las recogió con una pala para arrojar los restos de la masacre en el tacho de residuos, con lo que dio por terminado el asunto. Volvió a concentrarse en el obsequio. Mientras jugaba con el curso de la arena, por detrás del vidrio sus ojos dieron con el enorme reloj de pared de este tiempo: era medianoche. Se dio cuenta de que sin darse cuenta se había demorado con el regalo de Sinéad. Advirtió también que un desacostumbrado sudor invadía su frente. Dejó el reloj sobre la mesa y se tocó la cara: transpiraba y una vena se destacaba en su sien. Se sintió muy mal y, mareado, optó por sentarse ahí mismo, junto a las cáscaras de queso y el vaso ya sin vino. Al poner las manos sobre la mesa vio que las pecas convivían con numerosas manchas rojas que avanzaban hacia arriba y que parecían picaduras de mosquitos pero cuyas dimensiones no se correspondían con las que acostumbran a dejar tales insectos. Pronto recordó el incidente de las arañas y eso fue suficiente. Ahora se sentía peor. No quiso pensar más o no pudo hacerlo. Pese a todo, llegó a decidir que lo mejor era meterse en cama, que mañana ya todo habría pasado. A causa de la debilidad le costó pararse y mucho más alcanzar el

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reloj de arena que curiosamente pensaba llevar consigo. Pero al cabo de algunos intentos concertó la operación. En seguida estuvo junto a la puerta que daba a su cuarto. La abrió y antes de entrar buscó apagar la lámpara de la cocina lo que hizo no sin dificultad. A tientas llegó a la mesita de luz, encendió el velador y junto a él dispuso el anacrónico trofeo. Sentado en la cama, abrió el cajón de la mesita donde buscó ansioso las dos monedas que hacía ya un par de años había situado allí: fue cuando tomó conciencia del paso vertiginoso del tiempo y cuando menudas satisfacciones cotidianas empezaron a ser sustituidas por medicamentos. Lo de las monedas era una tradición, una herencia simbólica que no entendía, que nadie jamás le había explicado y que nunca se había esmerado en comprender. Pero allí estaban y sentía ahora que debía recurrir a ellas. Metódico y disciplinado como era, dejó de lado, sin embargo, la higiene previa y aun el pijama y, vestido como estaba, se acostó. Sin saber por qué ni para qué, tomó las dos monedas y, según el mandato, las dispuso sobre sus cansados ojos: la oscuridad buscada no llegó a ser total por lo que decidió apagar la luz del velador, lo que hizo con dificultad y no sin voltear el reloj de arena que Sinéad le había enviado desde Irlanda. En la nueva y total oscuridad soportó el ruido de los cristales haciéndose trizas y creyó escuchar también el rumor de la arena deslizándose por el parquet. “Qué extraño”, dijo. Qué extraño. Y verdaderamente lo era porque tras sentir que las monedas habían desaparecido, abrió los ojos que dieron contra un cielo violáceo poblado por planetas y astros desconocidos. Ese nuevo firmamento vigilaba un amplio desierto en el que yacía no solo sino junto a un desconocido: el que había tomado las monedas, el que le indicaba que lo siguiera. Al avanzar, los infinitos granos de arena acariciaron sus pies desnudos. Andaba como si algún otro cargara sobre sí el esfuerzo del traslado. Vio, además, cómo sus brazos se extendían como buscando abarcar algo, fue sintiéndose una abstracción, la parte de un todo. Pronto se encontró junto al otro, a la vera de un río en el que una barca lo esperaba; el guía le indicó que se situara dentro de ella y acaso porque advirtió que tenía forma de ataúd consideró que debía acostarse, lo que hizo mientras su acompañante, de pie, lideraba con un remo el cruce de las aguas. Si la categoría existía, no supo calcular el tiempo pero en algún momento su embarcación se cruzó con otras mucho más pequeñas y que bien observadas parecían cunas. No le fue posible discernir a los habitantes de aquellas mínimas embarcaciones. Pese a la oscuridad, un murmullo le hizo saber que llegaba a la otra orilla. El barquero le confirmó el hecho al tomarlo del brazo instándolo a que se incorporara. Cuando sus pies tocaron la otra zona igualmente plena de arena donde todas las civilizaciones y culturas se encuentran y reencontrarán, no volvió a ver al guía ni a la barca. Pudo, sí, discernir algunos rostros de entre aquella multitud que rumoraba. De entre ellos reconoció a sus

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abuelos labriegos, a la viejita que lo había preparado para la primera comunión, a la señorita Carolina Mosca, la maestra que le había enseñado a leer y a escribir… A Dina Near, la mujer a la que silenciosamente había amado en su juventud durante sus perdidos años de oficinista… a perdidos amigos, a mujeres a las que creía haber olvidado para siempre… ellos y muchos más, perdidos ahora entre seres de toda laya, eran los que directa o indirectamente habían tenido algo que ver con él durante su paso por la vida. Estaban literalmente todos y, aunque lo miraban, nada decían. Más allá de que no sabía si contaba con esa posibilidad, tampoco él necesitó hablar. Quienes aparentemente se habían acercado a recibirlo le cedían ahora el paso signando de algún modo su senda. Pronto fue abandonando a la multitud y eso lo animó a dirigir la vista hacia lugares más distantes lo cual le sirvió para descubrir que era imposible calcular los límites de aquel nuevo territorio, y le sirvió, además, para divisar la presencia de una débil e imprecisa luz, allá a lo lejos, del lado izquierdo. Sin saber para qué, hacia allí se encaminó. En poco tiempo (¿tiempo?) llegó a estar a poca distancia (¿distancia?) del punto de atracción: el recorte, apenas, de un sector de un edificio muy familiar, que ahora parecía una gran caja clavada en el desierto. No tenía ventanas pero la puerta estaba entornada y era por allí de donde se filtraba la luz que lo había inquietado. Al acercarse a la entrada vio a un hombre y a una mujer que lo miraban. Eran, claramente, sus padres. Lo observaban sin hablar y campeaba en sus rostros una conjunción de miedo y extrañeza. Se hicieron a un lado, facilitándole el acceso al ambiente único. Se asomó y lo que encontró fue el cuerpo de un hombre ya grande que, idéntico a él, era, en verdad, su propia imagen. Metido en cama, lo contemplaba inquisidor, como escudriñándolo. Entró. Al acercarse al cuerpo sus pies pisaron unos vidrios rotos. Tocó al moribundo en la frente y una inefable experiencia de fin y de unidad se apoderó de él, posesiva y total. Acompañado de los oficiales que habían derribado la puerta, Paddy vio que, mordido por la corrupción, el cuerpo del tío yacía a la manera de un traje viejo, sucio y abandonado. Se destacaban, aún indemnes, los ojos bien abiertos como asombrados de que la muerte fuera eso. JUAN JOSÉ DELANEY

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EL LEGADO CELTA A LA LENGUA ESPAÑOLA
DIEGO RIBEIRA

La llegada de los romanos a la península ibérica hacia el año 218 a.C. supuso un cambio radical en su geografía lingüística, cuya última consecuencia fue la latinización casi completa del territorio. El proceso fue lento y estuvo condicionado por las vicisitudes de una conquista que duró alrededor de dos siglos. Ya bajo Augusto y acabada la lucha, las lenguas de los pueblos indígenas se rindieron al latín, que desde muy temprano se había convertido en la lengua de la comunicación y germen desde el que se conformarían, con el correr de los siglos, las lenguas romances peninsulares: español, portugués, catalán y gallego. A excepción del vasco, todas las demás lenguas conquistadas por el latín desaparecieron. Sin embargo, el influjo de algunas de esas lenguas prerromanas siguió operando y dotando al latín ibérico de ciertos matices que luego serían el sello inconfundible de los romances posteriores. Llamaremos “sustrato”1, pues, a toda influencia fonológica, morfosintáctica o léxica que una lengua conquistada opera sobre la lengua conquistadora. En la península ibérica dos han sido las lenguas prerromanas cuyas características han influido decisivamente en la evolución de los romances hispanos: el vasco y el celta. Aunque no corresponde aquí extenderse en el primero, diremos, a modo de ejemplo, que al sustrato vasco se debe la aspiración de la /f/ inicial latina (FAGEA > [haya] > [aya] “haya”). El gentilicio “celtíbero” ha sido tradicionalmente entendido como relativo a una fusión entre celtas e iberos, idea apoyada en ciertas referencias antiguas como aquella de Marcial que Covarrubias2 menciona en su artículo sobre la Celtiberia, en la que el poeta se atribuye un doble origen: “Nos Celtis genitos et ex Iberis” (IV, 55). No obstante, los estudios modernos sobre la cultura celta en España han descartado tal fusión; hoy día los celtíberos son reconocidos como un grupo determinado dentro del grupo total de los celtas, precisamente aquel que habitaba en la península ibérica3. Entre las numerosas referencias sobre los celtíberos que nos han llegado de los autores grecolatinos, transcribiré la siguiente de Estrabón, que ilustraremos con un mapa de la
F.H. Jungemann, La teoría del sustrato y los dialectos hispano-romances y gascones, Madrid, Gredos, 1956. 2 Tesoro de la lengua castellana o española, Madrid, Castalia, 1995. 3 F.M. Simón, Los Celtas, Madrid, Historia 16, 1990, Cap. 5 “Los celtas en la península ibérica”.
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península que relaciona los pueblos asentados allí hacia el año 200 A.C.1 "Pasando la Idubeda se llega en seguida a la Celtiberia, que es grande y desigual, siendo su mayor parte áspera y bañada por ríos, ya que por esta región va el Anas y el Tagus y los ríos que siguen (...) De ellos el Dorius corre por Numancia y Serguntia. Al norte de los celtíberos están los berones (...) Lindan también con los bardyetas, que hoy se llaman bárdulos. Por el oeste están algunos de los astures y de los callaicos y de los vacceos y también de los vettones y carpetanos. Por el sur los oretanos y los demás habitantes de la Oróspeda, los bastetanos y edetanos. Por el este, está la Idubeda.” Estrabón, Geografía, III, 4, 12

La historia de la lengua española nos demuestra que todas las influencias lingüísticas que operaron sobre el latín y los primeros romances hispanos, ya sean sustratos o elementos derivados de
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Luís Fraga da Silva. Associação Campo Arqueológico de Tavira, Tavira, Portugal. www.arqueotavira.com.

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posteriores invasiones, como el visigodo y árabe, no dejaron grandes huellas fonológicas o morfosintácticas, sino sobre todo léxicas. Como veremos, al sustrato celta se debe un importante cuerpo de voces que se apreciará principalmente en la onomástica, y que en los últimos años ha servido, entre otras cosas, para establecer una vinculación entre los pueblos celtas del noroeste peninsular y los insulares del norte1. Un examen pormenorizado de este tema debería describir detalladamente las características de la lengua celtibérica y su relación con las restantes lenguas celtas. Como nuestro propósito es menos ambicioso, solo haremos una breve reseña lingüística sobre la lengua celtibérica a modo de contextualización. Diremos entonces que el grupo celta es una de las ramas en que se ha dividido el indoeuropeo, y que comparte este común origen con el grupo griego, itálico, germánico, eslavo, anatolio, balcánico, etc. A su vez, las lenguas celtas se dividieron en dos grupos: el insular, con el gaélico como representante todavía vivo; y el continental, en el que se encuentra el antiguo celtibérico. La diferente evolución del sonido labiovelar indoeuropeo [*Kw] es el rasgo distintivo entre las dos ramas, la “celta –q” (cenn “cabeza”) y “celta –p” (penn). La particularidad del celtibérico radica en haberse mantenido en la rama –q, lo que lo diferencia de las restantes lenguas célticas continentales y lo emparenta, en cambio, con las insulares2. Dicho esto, empezaremos nuestra descripción de la influencia que la lengua celta ha tenido sobre el romance hispánico, y la enfocaremos desde los diferentes niveles lingüísticos. Desde el punto de vista fonológico, existe un rasgo que debemos destacar como relativo al sustrato celta, un rasgo que se transformará en una de las características sobresalientes del consonantismo hispano y que ya se documenta en los dialectos primitivos. Estamos hablando de la sonorización de las consonantes oclusivas en posición intervocálica3. Repasemos este fenómeno: las consonantes /p/, /t/ y /k/ son llamadas sordas debido a la ausencia de vibración de las cuerdas vocales cuando son pronunciadas. Se oponen a las consonantes /b/, /d/ y /g/, llamadas sonoras, que sí presentan tal vibración. Los pares /p/-/b/, /t/-/d/ y /k/-/g/ son el resultado de una agrupación basada en el punto de articulación. El primer par se articula en la zona de los labios, el segundo mediante el contacto de la
A. Álvarez Peña, Celtas en Asturies, Llanera, Picu Urrielu, 2002. Para una mejor profundización, remito a A. Lorrio, Los Celtíberos, Universidad de Alicante / Universidad Complutense de Madrid, 1997, cap. XI “Epigrafía y lengua: el celtibérico y las lenguas indoeuropeas en la península ibérica”, §3. 3 Cabe mencionar que estudios citados por I. Iordan y M. Manoliu (Manual de lingüística hispánica, Madrid, Gredos, 1972, I, §182) descartan el sustrato celta en la sonorización y la atribuye a otras causas.
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lengua contra los dientes, el tercero a través del velo del paladar (la campanilla). Lo que diferencia a un miembro del otro es la presencia/ausencia de sonoridad. El sustrato celta, pues, favoreció el proceso de sonorización de las consonantes sordas siempre que estas aparecieran entre dos vocales. Así, por ejemplo, de MUTARE nos ha quedado mudar, donde /t/, al sonorizarse por influencia del sustrato celta, da como resultado el fonema /d/, que es igual a /t/ en cuanto al punto de articulación -ambos son dentales-, pero diferentes en cuanto a vibración de las cuerdas vocales. El mismo fenómeno ocurre en la evolución CAPUT > cabo y SPICA > espiga. En segundo lugar, también se atribuye al dominio celta la solución /it/ o /ch/ en la evolución del grupo latino /kt/: NOCTE > fr. nuit; esp. noche1. Vamos a detenernos en este proceso según se ha llevado a término en la lengua española. En la evolución de los diferentes romances fue decisivo el papel realizado por un elemento fuertemente perturbador llamado yod. Se trata de un elemento de naturaleza palatal que influyó tanto sobre consonantes como vocales en diferentes estadios evolutivos, y cuyas causas ya aparecen documentadas en el Appendix Probi del siglo III (“vinea non vinia” [55])2. En el grupo latino /kt/, que es el caso que nos interesa, el cambio llegó cuando el sonido velar /k/ empezó a relajarse y a pronunciarse como una j española (NOCTE > /nojte/)3. Es a partir de este momento de debilidad consonántica cuando aparece el elemento yod y comienza a traer consecuencias en el panorama evolutivo /noite/), pues yod mantendrá la fuerza de su articulación retrayendo hacia ella la consonante siguiente, que se debilita (/noitse/). Este rasgo se acentúa hasta que la consonante pierde su rasgo apical y genera una primera palatalización (/notshe/). El paso siguiente consistirá en un cambio de timbre hacia uno más africado, que ahora se pronunciará como /ch/ (/noche/). Queda así resumida toda la evolución en español: NOCTE /nokte/ > /nojte/ > /noite/ > /noitse/ > /notshe/ > /noche/)4.

Rafael Lapesa sostiene que estas dos soluciones se han realizado en casi todos los países en que han tenido los celtas su asentamiento (FACTU > port. feito; esp. hecho; cat. fet; prov. fach; fr. fait (Historia de la lengua española, Madrid, Gredos, 1981, §4). Cfr. I. Iordan y M. Manoliu (1972), I, §51. 2 La diptongación de grupos vocálicos que en latín formaban hiato, como en VINEA, es una de las causas de esa aparición del elemento yod. Para más precisiones sobre estas causas, remito a A. Quilis Morales, Fonética histórica y fonología diacrónica, Madrid, UNED, 2005, 70-71. 3 Pido disculpas al lector por haber prescindido de una transcripción fonética científica; tan solo me he amparado en la comodidad que supone desde el punto de vista didáctico una doméstica e intuitiva. 4 R. Menéndez Pidal, Manual de gramática histórica, Madrid, Espasa, 1985, §50.

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Y para terminar con el plano fonológico, cabe mencionar un fenómeno de inflexión vocálica que Lapesa (1981, §4) atribuye a un posible influjo celta cuyas condiciones no se han precisado aún, pero que podría ser antecedente de la alternancia que se da, por ejemplo, en FECI > hice; VENI > vine. Por inflexión entendemos aquel proceso en que una vocal pierde su grado de abertura y se transforma en una vocal más cerrada. Observemos la siguiente imagen:

Podemos apreciar que tanto la e como la i se articulan en la parte anterior de la cavidad bucal. La diferencia entre ambas radica en el espacio que queda entre la lengua y el paladar al articularse. Cuando se pronuncia la e queda cierto espacio, cierta abertura. En cambio, al pronunciar la i, la lengua se desplaza hacia el paladar, cerrando el espacio que antes quedaba libre. Se dice entonces que la i es una vocal cerrada o alta (FECI > hice). En el plano morfológico, es destacable en la lengua celta, y en la celtibérica en particular, la presencia de un nominativo plural –os para los temas en –o, reflejo del indoeuropeo y que tenía otros correlatos en osco y umbro. Este rasgo, al parecer, habría influido para que las palabras masculinas de segunda declinación pasaran al romance peninsular sin una desinencia –i (amici) para el caso nominativo, sino – os (amicos), desinencia que en el sistema nominal latino correspondía solo al acusativo masculino plural de tal declinación. El sustrato celta habría favorecido que en el romance peninsular comenzara a generalizarse –os tanto como desinencia de nominativo como de acusativo para palabras con tema en -o1. Desde el punto de vista léxico, la lengua celta, al igual que el resto de las lenguas prerromanas que influyeron en el vocabulario
Iordan y Manoliu (1972, I, §227-231) dividen las lenguas románicas en “grupo oriental y occidental” según la realización de los formantes del plural. El primer grupo se caracteriza por el morfema -i (rum. copil/copii; it. fratello/fratelli), mientras que el segundo añade -s (esp. puerta/puertas; fr. femme/femmes). Aunque los autores no lo mencionan, quedaría por determinar si esta división es justificable por influjo del sustrato celta.
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romance peninsular, no aportó nada al enriquecimiento de las significaciones abstractas o filosóficas. Su influencia debe buscarse en lo relacionado con objetos materiales y, como dijimos, en las huellas que ha dejado en la onomástica. En muchos casos, la pervivencia de lenguas célticas como el irlandés, el gaélico escocés, el galés o el bretón, ha sido de gran ayuda para la determinación de un origen celta en voces románicas1. Muchos topónimos, por ejemplo, añaden a sus raíces un sufijo –briga de origen celta, cuyo significado hace referencia a una ciudad o fortificación elevada, y que puede justificarse a través de palabras modernas como el bre (“monte”) gaélico irlandés, brig galés y bri bretón. En algunos casos el sufijo no se ha modificado con el paso del tiempo, como ocurre con el topónimo manchego Segóbriga (Cuenca). Otras veces es preciso apelar a referencias antiguas, como en el caso de Nemetobriga (actual Puebla de Trives, Orense, Galicia), que habría sido la capital de la tribu astur de los Tiburos. Además del sufijo, también es de origen celta su primer componente basado en la palabra nemeton, que significa “bosque sagrado”2. En otros casos, los topónimos han sufrido algún cambio, como ocurre con Teverga, nombre del concejo asturiano que tiene su origen celta en la palabra Tebriga. También resultan de interés en el léxico peninsular hispano aquellos topónimos que derivan de algún teónimo celta. Por ejemplo, del dios supremo Lug o Lugh se ha derivado un importante número de topónimos, no sólo en el ámbito peninsular, sino en otros antiguos dominios celtas (Lugdunum ha dado “Lyon” en Francia y Lugdunum Batavorum el holandés “Leiden”). En España lo tenemos en la ciudad gallega de Lugo, antigua Lucus Augusta; en Lloxu (Oviedo, Asturias); en Santa María de Llugás (Villaviciosa, Asturias); y en Lugones (Siero, Asturias), que coincide con parte del territorio que antiguamente ocupaba la tribu de los luggones. Destino similar ha tenido la palabra deva, considerada de origen celta3 y atestiguada como antropónimo o como hidrónimo -además de estar emparentada con la forma latina dea (“diosa”)-, ya que figura en numerosos topónimos e hidrónimos distribuidos por Galicia, País Vasco y sobre todo en Asturias4.
Iordan y Manoliu, 1972, II, §489. J.L. García Alonso, “Celtas y no celtas en la Gallaecia: la toponimia y la etnonimia”, en Pasado y presente de los estudios celtas, Ortigueira, Fundación Ortegalia, 2007, 611-629. 3 M. Sevilla Rodríguez, “Posibles vestigios de cultos célticos en el norte de la península ibérica”, en Memorias de Historia Antigua, Oviedo, Instituto de Historia Antigua, Universidad de Oviedo, III, 1979, 263. 4 En Asturias encontramos el río Deva, que sirve de límite entre el Principado y Cantabria; en Gijón Deva es el nombre de una parroquia y un monte; en el santuario de Covadonga, el río Deva forma una cascada debajo de la cueva de la Virgen; en el concejo de Muros de Nalón, una peña sobre el Cantábrico lleva el nombre de La Deva.
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El caldero celta de Gundestrup hallado en Dinamarca posee, entre su abundante iconografía, la imagen del dios Cernunnos, relacionado con la fertilidad y representado como un ser con cuerpo de hombre y cuernos de ciervo. Ciertos topónimos estarían emparentados con el nombre de este dios, como Cermoño (Salas, Asturias), la aldea de Cermuño (Villaviciosa, Asturias) y el caserío de Cermuño (Tornadizos de Ávila).1

Caldero de Gundestrup (detalle)

En el plano de los nombres concretos, hay ciertos vocablos que merecen destacarse como celtismos de la lengua latina. Se atribuye a los galos la invención de los pantalones, que se designaban con la voz celta bracca o braca. Propercio dice en una de sus elegías “bracati militis arcus” (III, 4, 17), haciendo referencia a aquellos guerreros con pantalones que usaban arco2. Tanto bracati como bracari habría sido un epíteto dado a los celtas por su vestimenta, finalmente convertido en exoetnónimo3. La segunda forma, más común en el oeste peninsular, hizo que Augusto llamara al asentamiento de esta tribu Bracara Augusta, que es actualmente la ciudad de Braga, al norte de Portugal. La palabra celta, además, ha dado el escocés breeks, el inglés breeches y el francés brassière. En español, braga, aunque con significado diferente, es indiscutiblemente derivado de la original celta.
M. Sevilla Rodríguez (1982, 262). William Smith, LLD. William Wayte. G. E. Marindin, A Dictionary of Greek and Roman Antiquities, London, John Murray. 1890. Es difícil traducir bracati al español de manera literal, es decir, como adjetivo. La traducción inglesa de A.S. Kline (2002), parece eludir el problema: “the bows of trousered soldiers” (http://www.poetryintranslation.com/). 3 F. Villar, Estudios de celtíbero y de toponimia prerromana, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1995, 138.
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Otros celtismos del latín que han pasado a nuestra lengua han sido enumerados por Lapesa (1981, §7), a saber: CAMISSIA > camisa, CAPANNA > cabaña, CEREVISIA > cerveza, ALAUDA > alondra, VASSALLUS > vasallo. Hasta aquí hemos llegado en nuestro breve repaso de aquellos rasgos de la lengua celta que han dejado alguna huella en el español. El aporte celta, aunque menor comparado con otras lenguas que influyeron sobre nuestro romance, no ha perdido su vigencia. Para entender su importancia, tan solo deberíamos echar un vistazo a las consecuencias modernas de la sonorización de las consonantes oclusivas intervocálicas, pues tal sonorización fue el primer paso hacia un fenómeno de lenición de ciertas consonantes intervocálicas, como la /d/ (jugado > jugao), que se ha extendido por gran parte de la hispanidad, siendo acaso la andaluza aquella variedad donde el fenómeno goza de mejor salud. La fuerza incontestable del latín sobre el territorio peninsular no permitió que las lenguas indígenas desarrollaran una mayor influencia. Pero como toda lengua destinada a trascender, el latín (como hoy el inglés o el español) no ha realizado un proceso de aniquilación de otras lenguas, sino de absorción, permitiendo el desarrollo de algunos fenómenos y descartando otros de manera natural. Esa tolerancia de la lengua latina ha permitido que pudieran operarse diversos influjos desde los sustratos prerromanos, que en el caso del celta fueron los que intentamos describir en las páginas anteriores. El romance hispánico, en su evolución, heredó esa tolerancia latina y fijó la acción del sustrato celta en los diferentes niveles lingüísticos. DIEGO RIBEIRA

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MINUCIAS
Irlanda, siempre verde Avieno fue un autor latino del s. IV de nuestra era cristiana. Escribió un poema llamado Ora maritima (‘La costa marítima’). Y en él habla de Irlanda: ‘Ella yace entre las ondas, abundante en césped, / y la puebla ampliamente el pueblo de los hibérnicos. / Cerca de ella se extiende la isla de Albión’ (vv. 109-111). Albión es nombre latino de Inglaterra, pero ya desde entonces era conspicuo el verde de Hibernia. Me permito hacer una interpretación muy libre, pues considero a Irlanda una imagen de la vida humana, que a diario debe resistir la corriente pero nunca deja de producir frutos de esperanza. RADULFUS

Dos intendentes irlandeses Anoto aquí una curiosidad. El Partido de General Alvarado, Provincia de Buenos Aires, tiene un intendente de origen irlandés. Se llama Patricio Hogan. Pero su padre, Tomás Hogan, también fue intendente en dicho municipio. Creo que esto es algo inédito en Argentina: dos intendencias irlandesas seguidas, para expresarme con cierta impropiedad. Del Lic. Patricio Hogan puedo decir que es un hombre afable, porque la nochevieja de 2008 lo vi en misa en la iglesia de San Andrés, en Miramar, y me contestó que efectivamente sus ancestros eran de esa estirpe. Nada sé de política, pero que San Patricio ilumine a este y a otros gobernantes. RADULFUS

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DEDICADO A SAN PATRICIO
Pauca de te scimus, pastor bone; pauca opuscula scripsisti, vir Dei; parva pecunia tibi erat, Hibernorum omnium pater dulcissime. Sed quam longa manus tua fuit nobis benedicens! Viridis Hibernia, viridis est et spes; utinam humilior in dies essem, te magistro.1 RADULFUS

Como suelo decir, escribo en latín para disimular mi falta de talento poético. En todo caso, sea este pequeño panegírico un homenaje al Santo de Irlanda. Para quienes no leen la lengua de los romanos (y están dispuestos a perder un minuto), lo que escribí puede decirse en español de este modo: ‘Pocas cosas sabemos de ti, pastor bueno; / pocas obritas escribiste, hombre de Dios; / poco dinero tenías, padre dulcísimo / de todos los hibérnicos. ¡Pero qué larga fue tu mano al bendecirnos / a nosotros! Verde es Hibernia; / verde es también mi esperanza; ojalá sea yo, bajo tu enseñanza, / más humilde cada día.’

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