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Las Ninfas

Habré tenido unos 4 o 5 años cuando me di cuenta de que sufría de algún tipo de miedo,

uno no piensa en eso cuando es un niño, a esa edad el mundo es grande y excitante pero

a la vez frágil. A mi papá le gustaba caminar por las noches en el malecón de Pucusana,

por lo tanto a mí también, pero era cuando llegábamos a Las Ninfas, una de las playas

cerca del terminal pesquero de Pucusana, que empezaba a odiar el paseo, él se sentaba

al borde del parapeto, encendía sus cigarrillos Hamilton y admiraba maravillado el agua

y el reflejo de las estrellas sobre ella, es lo que él decía. Es un hecho que yo también

intente hacer lo mismo, me senté a su lado e intenté ver lo que él veía, pero no había

ningún reflejo de las estrellas o de la luna, lo que había era un rostro escondido en el

mar, como si sus aguas hubieran deformado sus facciones y enraizado su cuerpo. Ese

miedo irracional al que bauticé como Nicto-talaso-acrofobia, lo sé, es un nombre sin

sentido, pero la verdad es que ningún miedo tiene verdaderamente un sentido. No

soportaba la oscuridad del mar, no soportaba ver abajo y sentir que podía caerme y no

volver a salir, tampoco soportaba más ver ese rostro rodeado por la nada y aún peor, no

soportaba que mi papá pudiera verlo directamente y que fuese arrastrado por él, así que

usé la mayor arma que tiene un niño, el sentimiento y la insistencia, le decía sin parar

que quería irme a la casa, siempre con un tono de preocupación, como si estuviera a

punto de llorar. Le decía que tenía hambre, que quería ver a mi mamá, que quería cagar

o lo que fuese que se me ocurriera en el momento, siempre funcionaba. Arrastrándolo

de su mano y viendo siempre atrás para confirmar que nada saldría de las negras aguas.

Los viajes continuaron así, siempre atento a que ese monstruo estuviese apresado en el

lugar del que nunca debía salir, pero sin acercarme a sus aguas, haciendo mi rol de
guardián silencioso mientras permitía que mi viejo disfrute de sus Hamilton,

asegurándome de que no pueda ver ese rostro que yo no iba a dejar que viera.

Fue hace un par de años que volví a esa playa, habían pasado cerca de 7 u 8 años que

no la había visitado, tuve curiosidad por ver aquel rostro de nuevo, ¿habría envejecido?,

¿seguiría en el lugar de siempre, esperándome?, como si estuviese al acecho. Con eso en

mente me senté en el mismo parapeto donde a mi padre le gustaba estar, prendí un

Lucky, nunca me gustaron los Hamilton, y me dediqué a contemplar el mar, negro como

siempre, ahora si podía ver la luna, las estrellas, e incluso mi propio reflejo, el

monstruo que podía significar el fin de mi mundo se había ido, o al menos eso es lo que

quiero creer. ¿Se habría mudado a mis recuerdos o habría encontrado una nueva

víctima? No sabría decir si es que sentí pena o alivio al no encontrarlo, pero si tenía la

seguridad de algo, quizá era un buen momento para bañarme en las ninfas por primera

vez.

Deeman Gott

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