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El aborto y la cosificación del cuerpo

Durante los próximos meses la cuestión sobre la penalización/despenalización del aborto volverá a suscitar una
avalancha de opiniones. Esta vez, porque durante enero el Gobierno enviará al Congreso un proyecto de ley que
busca despenalizar la interrupción del embarazo en caso de violación, inviabilidad fetal y riesgo de la madre.
Este proyecto se sumaría al iniciado en junio de 2014 por un grupo de senadores de la Nueva Mayoría que
pretende regular esta materia introduciendo importantes modificaciones al Código Penal y al Código Sanitario.

El debate sobre la permisibilidad/prohibición del aborto en Chile tiende a centrarse en el estatus o condición
moral del pre-embrión/embrión/feto y, consecuentemente, si es titular del derecho a la vida. En efecto, la
discusión sobre si es correcto permitir o prohibir el aborto depende en buena medida del concepto de persona;
específicamente, la cuestión de si determinado ser es vivo o no, si tiene o no el estatus ontogenético de
“persona” y desde qué momento las personas pueden ser entendidas como sujetos de derechos, en especial del
derecho de protección contra el daño y la destrucción. Aunque estas discusiones que hoy se reconocen en el
horizonte de la bioética –o mejor, de la biopolítica– se encuentran todavía lejos de terminar, si en algo
concuerdan liberales y conservadores es en la primacía de la persona. Ya sea que el feto es persona desde el
momento de la concepción o fecundación, como sostienen los conservadores, o que la personalidad moral se
adquiere más tarde, como argumentan los liberales. Para ambas tradiciones, la distinción entre persona y no-
persona es el principio a partir del cual se proclama la vida como sagrada o, por lo menos, intangible.

Sin embargo, la cuestión sobre el estatus de persona no permite vislumbrar la paradoja de lo que aquí se fragua.
Precisamente: cuanto más se pretende atribuir características de persona al ser humano, tanto más se produce
un efecto despersonalización y sometimiento del individuo a un poder reificante. Ha sido Roberto Espósito quien
a dedicado su itinerario filosófico más reciente a este asunto. Su tesis es que la categoría de persona funcionaría
como dispositivo orientado a establecer un corte al interior de la vida, presupone el establecimiento de cesuras
entre distintas formas de vida o clases de individuos y al interior del individuo mismo. En otras palabras, en
virtud del dispositivo de la persona, la vida estaría incluida en el ordenamiento jurídica en la forma de una
exclusión: sólo gozan determinado derecho aquellos sujetos que tienen el estatus de persona, los que no
cuentan con dicho estatus, los excluidos, están expuestos a recibir la muerte.

En la historia de la cultura humana, el hombre siempre ha sido pensado como la articulación y la conjunción de
un cuerpo y de un alma, de una capa natural (o animal) y de una racional, moral y espiritual. En su raíz podemos
situar la distinción aristotélica entre vida nutritiva, sensitiva e intelectiva, resumida después en la división que
efectuó el fisiólogo francés Xavier Bichat, en el interior de cada viviente, entre una vida vegetativa e
inconsciente y otra de tipo cerebral definida por su relación con el mundo exterior. En la tradición cristiana,
tanto el dogma trinitario de raíz agustiniana (Dios es comprendido simultáneamente en el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo) como a partir de la doctrina nicena de la homoousía (consustancialidad entre Dios y Jesús el
Cristo) se produce una dislocación entre el alma y el cuerpo, actualizada en la contraposición cartesiana entre el
yo y el cuerpo, lo personal y lo animal. En el derecho romano, “persona” no sólo coincide con homo –término
que el latín reserva al esclavo– sino que además se presenta como un dispositivo jurídico-político orientado a
categorizar a los seres humano y subordinarlos unos con otros, en virtud de la escisión entre la persona y la no-
persona.

fetos. no tendría sentido discutir de quién es propiedad. y de la sexualidad. personalización y despersonalización se vuelve todavía más patente en la teoría de la soberanía elaborada por Thomas Hobbes. Esta división del ser humano en diferentes categorías no sólo supone una separación de la vida de sí misma. el término “subjetivación” denota paradójicamente tanto el devenir sujeto como el proceso de sujeción: se habita la figura de la autonomía sólo al verse sometido a otros o a sí mismo. sobre la absurda necesidad apropiarnos de ella –y del cuerpo humano. a la inversa. lo imprime. en virtud de este pacto. no se trata simplemente de eliminar las divisiones y jerarquías al interior de la vida. Si no fuera así. sobre todo. Un ser-común. es que el fuego cruzado entre quienes defienden una postura “pro aborto” y aquellos que esgrimen una postura “pro vida” parecen confundirse en un mismo punto. pues él mismo seria sujeto de su propia autonomía. Desde este punto de vista. ancianos. sino desactivar los dispositivos para hacer posible un nuevo uso del cuerpo: uno que no conozca de comparticiones en nuestra finitud singular y plural. titular de un conjunto de derechos. Lo más sorprendente de todo esto. merecen ser abandonadas a la muerte.– para acabar siempre fortaleciendo al Estado. el filósofo liberal Peter Singer sostiene que son “personas” los seres humanos que cuentan con autoconsciencia y capacidad de razonamiento. produce al sujeto. por consiguiente. sino que. niños. Así pues. como quienes rechazan esta idea porque es propiedad intangible de Dios. En este sentido. al hacerlo. Más bien debemos interrogarnos sobre la obsesiva e implacable separación de la vida de sí misma. un cuerpo impropio. establece fronteras al interior del viviente y. él tiene la capacidad de convertir a las cosas en personas y. impersonal e impolítico. también los priva de cualquier capacidad decisoria. La sujeción es. deben presuponer la cosificación del cuerpo.En el ámbito de la bioética. el soberano no sólo transforma a los simple seres humanos en sujetos personales susceptibles derechos y obligaciones. libres para disponer sobre la base de consideraciones biomédicas y económicas si aquellas vidas son dignas de ser vividas o. Este autor postula la existencia de un estado de naturaleza donde predomina el miedo a la muerte violeta (“guerra de todos contra todos”) y del que sólo se puede salir mediante un contrato de transferencia y cesión de los derechos entre individuos para dar forma al soberano Leviatán. el proceso de personalización pone al descubierto los distintos modos de subjetivación/objetivación formulados por Michel Foucault. En este sentido. Sin embargo. o del Estado. En efecto. y del lenguaje. por tanto. si el soberano es único agente capaz de transformar al individuo en sujeto de derecho. volviendo al problema del aborto. ningún individuo se vuelve sujeto sin comenzar por ser subordinado o “domesticado” por las relaciones de poder que lo configuran. asumiendo los derechos que tenían en el estado de naturaleza a cambio de la protección y conservación de la vida. etc. como puntualiza Judith Butler. la cuestión del aborto no reside en la dificultad lógica y ontológica de si el que está por nacer es “persona” y. Esta oscilación dialéctica entre subjetivación y sometimiento. Tanto quienes utilizan el “derecho de propiedad sobre el propio cuerpo” como argumento de liberalización del aborto. dementes. por el contrario. el también puede reconducir a las personas a la dimensión cosa. además implica una sumisión de las personas “defectuosas” a las integrales. si el cuerpo no estuviera convertido en un mero objeto. le da existencia política.) no tienen este estatus. a la Iglesia y al capitalismo extremo que estamos viviendo. en tanto que aquellos que carecen de ella (embriones. pegaremos nuestros ojos . en un futuro que ya es hoy. etc. Según el filósofo. el hacerse sujeto mediante un poder que no sólo actúa sobre un individuo determinado como forma de dominación. De lo contrario.

frente a las vitrinas de los museos para recordar el cuerpo que alguna vez fuimos y que no supimos usar. . habitar y hacer de él experiencia.