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FULLMETAL ALCHEMIST

Novela 1

La Ciudad de Arena

FULLMETAL ALCHEMIST Novela 1 La Ciudad de Arena ( ) 3 Autor: Makoto Inoue Diseño e

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Novela 1

La Ciudad de Arena

Capítulo uno Capítulo 2 Capítulo 3
Capítulo uno
Capítulo 2
Capítulo 3

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Novela 1

La Ciudad de Arena

ERA UN PÁRAMO de barro de color amarillento. En uno de sus extremos más secos, una niña de 7, o quizás 8 años, estaba tumbada en el suelo. Sus ojos brillaban, claros y brillantes, encima de sus labios de color melocotón, y su pelo castaño estaba recogido en dos trenzas que le llegaban a los hombros, enmarcando un rostro que sería lindo si estuviera sonriendo. Pero sus mejillas temblaban y sus ojos brillaban, traicionando a las lágrimas que ella se esforzaba por contener. Un carro de hierro estaba a su lado, justo encima de sus piernas. La niña gemía. Había estado jugando, dibujando en el suelo con una rama. Como otras muchas veces, había levantado y agarrado el carro pero, esa vez, se le cayó encima. Alzó la vista, deseando llorar, pero obligándose a permanecer tranquila. Intentó reptar por debajo del carro, pero sólo consiguió herirse los brazos. Un sollozo se atragantó en su garganta y empezó a hipar. Usó toda su fuerza para girar la parte superior de su cuerpo lo suficiente para ver las casas a las afueras de la ciudad, que se veían borrosas debido al polvo. “¡Papá!” gritó lo más fuerte que pudo. Pero sabía que nadie iba a escucharla. Qué pasaría si nadie la encontraba, se preguntó. ¿Y si se quedaba allí para siempre? El miedo se apoderó de ella y la presa se rompió. Comenzó a llorar, las lágrimas removían el polvo de su cara, haciendo que hilos de lágrimas polvorientas descendieran por su cara. Una sombra pasó por su lado. “¡Papá!” “No pasa nada. Te sacaré ahora mismo. No llores”. Ella parpadeó y miró a la inesperada voz que emanaba de la silueta de un chico, oscura por el contraste con el sol. Su cara estaba oculta entre las sombras, pero se podía decir que por su altura y su voz era joven, quizás no mucho más mayor que ella. “Aguanta sólo un segundo, ¿vale?” El chico bajó la mirada hacia ella. “¿Te duele?” preguntó, dándole al carro un leve empujón. Lo único que pudo hacer es asentir con la cabeza. “Hay un trozo de hierro debajo del carro, ¿lo ves? Es lo que está atrapando tu pierna. Estarás bien. No parece que te hayas lastimado”. Incluso vacío, el carro era bastante pesado. Se construyó así para transportar rocas pesadas. Si el trozo no hubiera frenado y se hubiera caído encima de ella, habría sido seriamente herida – incapaz de moverse o de pedir ayuda por lo menos. “Aguanta. Te sacaré de ahí”. El chico no parecía intimidado por el peso del carro. Era como si pensara apartarlo usando sólo la fuerza bruta. Al mirarle, vio como el chico daba un paso atrás. “Cálmate, y no te muevas”. Con ambas manos tocó el trozo de hierro que estaba debajo del carro.

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La niña apenas tuvo tiempo de preguntarse lo que iba a hacer cuando sintió que el peso del carro se aliviaba. Miró abajo hacia sus pies y vio el carro tambaleándose verticalmente. La barra de hierro que estaba sobre sus piernas había estado clavada debajo del carro, pero ahora estaba derecha, como si hubiera salido del suelo como una planta… Aunque fue la propia barra la que había saltado y empujado al carro hacia un lado. Desconcertada, miró hacia abajo para ver al chico arrodillándose a sus pies. “Hmmm… Sólo te has arañado un poco, eso es todo. ¡Has tenido suerte!” El chico volvió la vista hacia ella y sonrió, con el sol brillando en su cara. No reconocía ese rostro. No era del pueblo. “¿Quién eres?” El chico apartó un mechón de pelo dorado de sus ojos y le tendió la mano. “Edward Elric. ¡Encantado de conocerte!” Él sonrió, y sus ojos plateados brillaron con el sol.

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FULLMETAL ALCHEMIST Novela 1 La Ciudad de Arena “¿Estás seguro de que este es el sitio?”

“¿Estás seguro de que este es el sitio?” “Bastante seguro…” “No parece ser el sitio correcto” “No lo parece, la verdad…” Los dos chicos estaban encorvados sobre un mapa que tenían extendido entre ellos. “¡Tiene que ser este!” “Bueno, el anciano de la estación dijo que lo encontraríamos al final de estos raíles”. Miraron a los raíles que se extendían perfectamente en una línea recta desde las puntas de sus botas. Recto. Ni una sola curva. De ninguna forma podían haberse perdido. “A través de la alfombra de césped, hacia las montañas de la esperanza, y la alta cima reluciente de oro”, recitó Edward, escudriñando la tierra que había delante de ellos. “Seguro que esto no parece Xenotime – una ciudad de oro”. “No, no lo parece”, asintió Alphonse. Edward Elric vestía de negro, salvo por un par de guantes blancos y un abrigo rojo. Una larga trenza de pelo dorado colgaba sobre su espalda. Sus ojos eran del mismo color de su pelo, y brillaban con una fuerte confianza y determinación. Aunque parecía un poco engreído para su edad, Edward soportaba la carga de un pasado problemático – uno que le había dejado con un brazo derecho y una pierna izquierda de automail. Su compañero, Alphonse Elric, era su hermano menor. Alphonse estaba encerrado por completo en una armadura de color bronce tan grande que era difícil imaginar que el chico de dentro era un año más joven que Edward. Y a decir verdad, no había ningún chico dentro. La armadura estaba vacía. La única cosa que le hacía ser una persona en vez de un trozo de metal era un simple símbolo escrito con sangre dentro de la armadura que mantenía el alma de Alphonse atado a ella. En comparación a la gigante armadura, Edward, que ya era bajito para su edad, parecía aún más pequeño, y sólo unos pocos de los que le veían creían que él era el mayor de los dos. “Hemos estado andando un montón, ¡no me puedo creer que no hayamos visto a nadie!” Edward se giró y miró fijamente a los raíles que se extendían detrás de ellos. Podía ver la estación a la que habían llegado, a lo lejos. Delante de ellos, los raíles continuaban hasta que llegaban a la ciudad. Todo el tiempo que habían estado andando no habían visto a nadie, no había nada sobre las vías. Xenotime, la Ciudad de Oro. Ambos hermanos conocían bien las legendas de esa ciudad cuyas montañas habían contenido venas de oro extraordinariamente ricas. Al no faltar materia prima, los orfebres de la ciudad no tenían competencia, y el oro de Xenotime se vendía a un alto precio. Más que una ciudad agrícola, se decía que Xenotime era un paraíso donde el oro relucía entre cada brizna de césped. Los hermanos sabían que la primera quimera del oro había pasado y que estaban llegando al punto más alto de la ciudad. Por eso, esperaban por lo menos vislumbrar la gloria de lo que fue Xenotime, tierra de abundancia.

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Sólo vieron una ciudad de arena. Los raíles que les habían guiado estaban oxidados, y los trozos de madera que los unían estaban podridos y astillados. Cuando el viento sopló, el polvo se levantó y golpeó las casas lejanas bajo la neblina. Más allá de la ciudad amenazaba un rarísimo armatoste que una vez debió ser una gran montaña. Cortada a cachos y desenterrada, sólo era una cáscara de lo que había sido antiguamente. Todo lo que quedaba eran incontables pilas de rocas como montones de leña. Carros mineros abandonados, rocas, y grava rojiza – apenas sujetadas con vallas de hierro oxidadas – estaban tirados en las vías. Era una escena desoladora. Una pequeña grúa de hierro permanecía en la tierra marrón, a poca distancia. Una solitaria polea con una cadena colgaba de ella, repiqueteando con el viento. “Parece como si todo esto no hubiera sido usado en mucho tiempo”. Edward señaló la grúa, roja del óxido. “Esta torre tiene pinta de caerse si le pones un dedo encima”. Edward rió y presionó uno de los pilares oxidados. La grúa se tambaleó a un lado. “¡Vaya!”. No quería volcar la grúa, pero ahora era demasiado tarde para detenerla. Cayó al suelo con un prolongado chillido de cansancio. Edward se quedó boquiabierto. “Parece que tenías razón, Ed”. Edward miró fijamente a la grúa tendida en el suelo. Se le pasó por la cabeza que la gente de la ciudad la podría haber necesitado. “Está demasiado oxidada, ha sido abandonada, ¿verdad?” preguntó Edward esperanzado, con la cara sombría. Alphonse agitó su cabeza. “¿Escuchas esos sonidos que provienen de la ciudad? Aún deben estar excavando”. Se quedaron totalmente quietos escuchando los sonidos que traía el viento, sonidos de maquinara moviéndose y de rocas amontonándose. Edward suspiró. Parecía que la ciudad aún usaba aquella grúa oxidada y estaba claro que no iban a apiadarse de aquellos que la habían estropeado. En sus viajes, Edward había aprendido que no era una buena idea causar problemas justo al llegar a tu destino. De hecho, seguro que los problemas llegarían después. “En serio, tienes que ser más cuidadoso, Ed”. Los hombros de Edward se desplomaron. Ya se sentía mal porque su hermano fuera más alto que él, para que encima ahora le estuviera regañando. “Supongo que deberíamos repararla” murmuró Edward, pasándole la maleta a su hermano. “¿Cuándo aprenderás eso de se mira pero no se toca?”. Mientras su hermano refunfuñaba, Edward se paró en frente de la grúa volcada y rápidamente chocó sus manos. Por un momento, pareció como si el aire de alrededor de la grúa se contrajera. Un segundo después, la atmósfera de alrededor se agitó y vibró, y una luz emanó por todos lados.

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“¡Cómo nueva! Vámonos, Al”. La luz se disipó. Edward cogió su maleta y empezó a andar de nuevo. Alphonse se apresuró en alcanzarle. Tras ellos, la grúa estaba exactamente igual que cuando ellos llegaron.

LOS HERMANOS por fin llegaron a la ciudad. Sólo les esperaban unas cuantas casas en ruinas. Los alféizares y los cimientos eran del mismo marrón polvoriento que el suelo sobre los que se asentaban los edificios. Al principio, Alphonse y Edward pensaron que el lugar estaba abandonado, pero cuando llegaron al centro de la ciudad, notaron actividad. Sonidos de voces y de rocas rompiéndose producían ecos entre los edificios. Carteles de “Abierto” colgaban de las ventanas de las tiendas, y llegaron a ver artículos de oro colgando de las paredes de dentro. “Esperaba que este fuera el lugar”. Los ojos de Edward seguían a un carro ferroviario que se movía lentamente. “Aquí se encontró muchísimo oro, pensaba que quizás… Pero parece que en este lugar ya se ha agotado”. “¿Crees que deberíamos irnos?”. “No”. Los ojos de Edward brillaban con determinación. “Nos prometimos que comprobaríamos cada pista, cada ‘y si…’ y cada ‘quizás…’ y eso es lo que vamos a hacer”. Alphonse asintió. “Vale”. “Pues muy bien”. Se miraron el uno al otro y después se dirigieron a un edificio que había en mitad de la plaza de la ciudad. Un letrero rezaba “TABERNA”. Había sido un viaje muy largo y necesitaban un descanso. La taberna tenía diez mesas. Algunos mineros sucios estaban dentro tomando café. Los hermanos se sentaron, saludando con la cabeza a los que miraban. “Mira, Al - ¡dibujos de artículos de oro!” Edward señaló unos garabatos de tinta dibujados en las paredes. “Algún tipo rico debe tener los originales en alguna parte”. “¡Wow!” exclamó Alphonse, sinceramente impresionado. Los diseños eran elegantes y muy minuciosos. Edward imaginó que los objetos acabados debían de ser obras de arte de valor incalculable. Aunque sólo había copias, era suficiente para convencer a los viajeros de las habilidades de los artesanos de la ciudad. “¡Whoa! ¡Fíjate en el precio! Ese… No, diez…” Edward se inclinó para ver de cerca una de las fotos y analizó el precio de venta que había abajo. Despacio, contó los ‘ceros’ con sus dedos. “¡Cinco millones de sens! ¿¡En serio!?”. Mientras su hermano contaba los precios, Alphonse examinaba los dibujos. Había cuencos enormes finamente detallados y pequeñas mesas de patas cortas. ¡Y pensar que cada una de aquellas líneas negras representaba oro sólido! Alphonse no deseaba tal riqueza, pero los diseños eran exquisitos. Observó el más grande. Incluso sin ver el producto final, se veía que era una obra maestra de artesanía. “Supongo que siempre he considerado los artículos de oro como un capricho de la gente lujosa”.

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“Pero es verdadero arte, ¿verdad?” Alphonse se giró para ver quien había dicho las palabras que él tenía en la punta de la lengua. “¿Qué os traigo, caballeros?” continuó el hablante, un hombre bastante alto con perilla. Llevaba un delantal de cocina. Alphonse adivinó que debía ser el propietario de la taberna. “¡Bienvenidos, viajeros! Esos dibujos de artículos de oro son ciertamente algo que admirar, pero si es comida lo que andáis buscando, ¡mi pollo con especias es una obra de arte por si solo!”. El hombre rió de buena gana, y los demás clientes se unieron a la conversación. “¡Mejor que pidáis el pollo! ¡No se puede recomendar nada mejor del menú!” gritó alguien, y la sala estalló en carcajadas. “¡El estofado del otro día sabía a serrín!” “¡Ja! Yo también lo intenté - ¡Casi pierdo un diente!”. El hombre sonrió. “Conseguiré más recetas, dadme tiempo”. Puso una taza de café sobre la mesa. “En fin, ¿queréis el pollo con especias o qué?”. Edward asintió. “Está bien. ¿Lo quieres con pan?” El hombre desapareció en la cocina y volvió para poner la mesa. “Tú, el de la armadura - ¿algo para ti?”. “Estoy bien, no tengo hambre, gracias”, respondió Alphonse con torpeza. No podía comer ni aunque quisiera. Volvió a mirar los diseños. “Esos dibujos… ¿son suyos?”. El propietario sonrió. “Mi nombre es Lemac”. “¿Los hiciste tú, Lemac?”. “La mayoría de ellos. Aunque ha pasado algún tiempo. Los dibujos más grandes los hicimos todos juntos”. “¡Wow! ¡Son increíbles!” murmuró Alphonse. “Gracias. Sólo los ricos pueden permitírselo, así que la mayoría de la gente piensa que son caprichos. Pero cuando uno mira los diseños, ¡casi todos coinciden en que es arte!” Lemac trajo un bol y una cuchara y los dejó en la mesa. Edward señaló los dibujos de la pared. “¿Expones los dibujos en público de esta manera? La complejidad de los diseños desafía a la realidad. ¿No querrían los orfebres mantenerlos en secreto? Colgándolos así en la taberna, cualquiera podría robar los modelos” Lemac parecía desconcertado. “No aprendí mi oficio en un día”, dijo con una sonrisa. “Ver no equivale a fabricar”. “Bueno, son muy bonitos. No conocía a nadie que pudiera trabajar el metal tan minuciosamente”. El halago de Alphonse hizo que Lemac se sonrojara. “Bueno, eso fue hace mucho tiempo”. “¿Ya no sigues haciéndolos?”. La expresión de Lemac se oscureció. “Habéis llegado andando aquí desde la estación, ¿verdad? ¿Visteis algún carro minero trabajando?”

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“No”. Alphonse agitó la cabeza. Habían visto muchos carros mineros por el camino, pero estaban por ahí tirados, oxidados. Lemac se fue hacia la ventana, con un tarro de cristal con hierbas en su mano, y miró hacia las minas. Ante la montaña destrozada había un extenso claro. Había mucha gente allí agachada, recogiendo rocas de una pila y examinándolas con cuidado antes de tirarlas a un lado.

“Podéis ver que no tenemos ni el suficiente oro ni los suficientes artículos para llenar ni un solo carro de esos en estos días. Todas las vías hacia la estación están oxidadas. Antes, podríais haber oído el sonido de los trenes y las explosiones y excavaciones todo el día. La ciudad estaba llena de artesanos y los clientes venían para comprar sus obras. Era un lugar muy excitante en el que vivir”. Las palabras salían arrastrándose de su boca, con nostalgia. “¿Se acabó el oro?”, preguntó Edward. “Eso parece. Hay señales de una veta nueva un poco más abajo, pero casi toda la gente se habrá ido antes de que la alcancemos. No se puede cultivar en rocas y arena”. “Ajá” Un silencio palpable inundó la taberna. Lemac agitó su mano como alejando las ideas. “Bueno, he seguido entrenando mi brazo en la cocina para que haga juego con mi brazo de orfebre. Me mantiene alejado de los problemas todo el día”. Un cliente intervino, “Y mientras que tu cocina mejora, ¡encontraremos el oro!”. “Así es”, añadió otro. “Y antes de encontrar ese oro, ¡la investigación del señor Mugear será un éxito!” “Eso espero…” “¿Qué quieres decir con eso? ¡Sólo tenemos que tener paciencia! Quieres volver a fabricar artículos de oro, ¿verdad?” Edward había estado distraído admirando los dibujos de las paredes, pero ahora empezó a poner la oreja. “¿Quién es el señor Mugear?” “El dueño de la mina. ¿Ves la mansión de ahí arriba? Es su casa” En el lado de la montaña que tenía enfrente, Edward vio una larga pared con una puerta enorme, firmemente cerrada. “¡Es una casa enorme! ¡Debe haber hecho una fortuna!” “El señor Mugear fue el primero en atreverse a hacer de la mina un negocio. Pero ahora que ya no hay oro, está tan mal de dinero como nosotros. Las cosas volverán a ser las mismas para todos si su investigación funciona, claro”. “¿Investigación?” preguntó Edward, intentando parecer que no le importaba. No quería parecer demasiado interesado, aunque la mera palabra “investigación” ya había conseguido que su corazón se disparase. “Dejó de buscar oro. ¡Ahora está buscando una forma de fabricarlo! ¡Tanto oro cómo quiera! Está fabricando algún tipo de ‘Piedra Filosofal’ ”.

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Edward y Alphonse se miraron mutuamente. Esa era la información que andaban buscando. Estaban deseando seguir preguntando, pero temían levantar sospechas. Controlando la curiosidad, escucharon atentamente lo que seguía diciendo Lemac. “No sois tan jóvenes como para no haber escuchado nada sobre la Alquimia, ¿verdad? Los rumores dicen que si eres un alquimista lo suficientemente bueno – la crème de la créme – puedes fabricar una de esas. Es una Alquimia de un nivel muy alto. Nadie sabe si sería posible”. “Lo es”, afirmó un hombre de la mesa de al lado. Mucha gente asintió. Edward podía ver esperanza en sus ojos. Todos confiaban en que el Sr. Mugear tuviera éxito, estaba claro. De pronto una voz profunda sonó desde la mesa de la esquina. “Es imposible”. Todos lanzaron una mirada fulminante a la dirección del nuevo participante. El hombre de la esquina se llevaba una cuchara de sopa a la boca. Parecía igual o más viejo que Lemac, y era bastante robusto. Bajó la cuchara. Sus dedos eran delgados, y el rostro que se giró hacia ellos estaba muy bronceado. “¿Cuánto tiempo llevan investigando esa ‘Roca Filosofal’, de todos modos? Mientras ellos se han pasado todo este tiempo en el laboratorio con esos alquimistas contratados, nuestra ciudad se ha estado echando a perder. ¿Estamos obsesionados con el oro?”. Mucha gente se levantó y empezó a protestar, sus voces eran agudas en comparación con la voz profunda. “¡Solíamos hacer tales artículos de oro que éramos la envidia de todos! ¡Todos conocen el nombre de Xenotime! ¡No podemos tirar la toalla de esa forma!” “¡Tiene razón! Sabemos que hay otra veta de oro ahí fuera. ¡Y se ha unido un alquimista brillante al laboratorio del Sr. Mugear! ¡Están destinados a tener éxito! Belsio, nunca has tenido madera de artesano. Quizás tú estés dispuesto a arrojarlo todo por la borda, ¡pero nosotros no!” El hombre llamado Belsio se levantó despacio. La atmósfera se volvió tensa mientras hablaba con una voz suave. “Continuad. Seguid buscando esa veta de oro. Pero lo único que hacemos es romper rocas y lanzarlas lejos. Si quieren seguir jugando a los científicos locos en la mansión, dejadles. Pero no tenemos porqué seguir financiando sus juegos con dinero que no tenemos”. Belsio echó un largo vistazo a la sala. Luego puso el dinero de su comida sobre la mesa y salió, dejando a los demás clientes digiriendo sus palabras. “¡Son malos tiempos para todos! Por eso estamos dándole nuestro dinero al Sr. Mugear para financiar la investigación. Ese Belsio es muy pesimista” “Mugear está colaborando con muchos alquimistas. Si alguien puede hacer una piedra que transforme las rocas en oro, es él. ¡Y luego volveremos a intentar superar a cada orfebre!”. “¿¡Pero no deberíamos al menos considerar otras alternativas!?” “¿Y a ti qué te pasa? ¿Vas a dejar de ser orfebre así como así?” “No quiero dejarlo. Pero mi hijo no está bien y estoy pensando en mudarme y cambiar de oficio. Estoy estancado en esta ciudad”. “Pero si te quedas, al final –“

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“Vamos, vamos”, interrumpió Lemac, “hablar no solucionará las cosas. Tenemos que mantenernos ocupados. Norris, has estado buscando un experto para que ayude a encontrar esa veta de oro, ¿no? ¿Qué tal te va? ¡Tenemos que regresar a la mina! Delfino, ¿no te habían encargado un artículo de oro?” Lemac se abrió camino a través de la sala, dando palmadas en las espaldas de la gente. El hombre que habló al fin fue el que había criticado duramente a Belsio. “Tienes razón”, dijo el hombre, levantándose de su asiento. Lemac se giró hacia Edward. “Delfino es el mejor orfebre de la ciudad. Ha creado algunas piezas más pequeñas que no son demasiado caras. Deberíais echarles un vistazo. No hay mucho más que ver por aquí” “Gracias”, dijo Edward, “pero lo que realmente me gustaría ver es el laboratorio del Sr. Mugear”. Lemac y los demás, la mayoría a punto de salir, se quedaron parados. Se rieron ante el tono serio del chico. “¡Apenas eres más mayor que mi hija!” dijo Lemac, alborotando el pelo de Edward. ¿De verdad te interesa la tontería esa de la Alquimia?” Para Lemac, Edward sólo era un niño, y la Alquimia una ciencia imposible. Todas las esperanzas de los ciudadanos pendían de ella, pero jamás habían soñado con entenderla. “El laboratorio está prohibido. No se permite entrar a nadie” dijo uno de los hombres. “Es la primera vez que veo a un crío interesado en Alquimia” añadió. “¿Tu padre te ha dado permiso?” Todos miraron a la armadura bronce de Alphonse, que estaba junto a Edward. “¿Huh?”, farfulló Alphonse, sin pillarlo. Edward le lanzó una mirada fulminante. Eso era nuevo. “¿¡Qué!?” Alphonse miró ferozmente a su hermano. “Lo siento” dijo Edward. Rió. “¡Sólo que es la primera vez que alguien te ha confundido con mi padre!” El insólito par compuesto por un chico bajito y una armadura gigante habían sido confundidos con muchas cosas. Era normal asumir que el más alto, el de la armadura, era el mayor de los dos. Y si no se presentaban como hermanos rápidamente, la gente empezaba a sacar todo tipo de conclusiones. Les habían tomado por vagabundos viajeros, por un par de legendarios granujas, por un chico de la realeza y su caballero guardián – pero nunca antes por un padre y su hijo. “¿No es tu padre?”, preguntó el hombre. Parecía sorprendido por la reacción de Alphonse. Miró a Edward, que sonrió. “Somos hermanos” dijo Edward, pronunciándolo con claridad. “¿¡Hermanos!?”. “¿¡En serio!?”. “Es cierto”, dijo Alphonse. “En realidad nos parecemos”. “Creo que vuestras voces sí que suenan parecidas” “¡Perdón!”

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“No pasa nada”, dijo Alphonse, rechazando la disculpa con una de sus manos acorazadas. “Ocurre todo el tiempo”. “Bueno, ¡aún me siento mal por haber dicho que eras su padre!”, dijo el hombre dándole una palmada a Alphonse en el hombro. “Seguramente has tenido de sobra con preocuparte de vigilar a tu hermano pequeño, ¡para que encima te tomen por su padre!” Un largo silencio. Por fin Edward dijo – un poco bastante fuerte – “¡Es mi hermano pequeño!”. La multitud volvió a sorprenderse. No importa las veces que ocurriera, nunca fallaba en sacar a Edward de quicio. Alphonse le miró de reojo y suspiró. Habiendo cometido un malentendido tras otro, los ciudadanos no sabían que decir. “¡Papá, estoy en casa!”. Una alegre voz cortó la tensión. “¡Bienvenida, Elisa!” Lemac extendió los brazos y una niña se lanzó a ellos. “Esta es mi hija, Elisa. Elisa, dile hola a nuestros invitados” La chica se volvió. “¡Hola!” Edward saludó con la mano, y los ojos de Elisa se agrandaron. “¡Hey, es ese alquimista!” gritó. Una vez más, los ciudadanos se sorprendieron. “¿Qué dices, Elisa?” Elisa se giró hacia su padre, con los ojos brillantes. “Él tiró nuestra grúa, ¡pero después la reparó con Alquimia!” Lo vi todo. Hubo un gran destello de luz. ¡Fue tan bonito!” Lemac miró a Edward, era evidente que había desconfianza en sus ojos. “¿Eres alquimista?”. No era algo que Edward tuviera que ocultar, pero de repente empezó a dudar por si revelaba demasiado. “En cierto modo, sí”. “¿Por eso te interesa ese laboratorio?” “Así es”, contestó Edward. Rápidamente, antes de que alguien lo dijera, añadió “Sé que es difícil creer que alguien tan joven sea alquimista”. Le había hablado a la gente de sus habilidades cientos de veces, pero la mayoría de los adultos no le habían creído. Pero sin embargo, para su sorpresa, nadie en la taberna pareció dudar lo más mínimo. En vez de eso, la esperanza brillaba en sus rostros. “¿En serio? ¿Eres alquimista? ¡Entonces deberías ir ahora mismo al laboratorio del Sr. Mugear!” “¿Huh?” Edward se quedó pasmado por el repentino cambio de actitud. “¡Puedes ayudarles a fabricar la Piedra! ¿Sabes cómo? Eso es genial, aunque no lo sepas, ¡podrías guiarles por el buen camino!” Los ciudadanos le estrechaban la mano a Edward. “Pensar que eres capaz de usar la Alquimia a tu edad. ¡Aunque ya sabes lo que se dice de las mentes jóvenes! ¡Deberías ir!” “¡Por favor! ¡Por nosotros!” Los hombres siguieron insistiendo para que fueran al laboratorio lo antes posible. Ahora parecían respetarles. “¿Y bien, Al? ¿Qué deberíamos hacer?”

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“¡Creo que lo mejor será comprobar el laboratorio!” Encontrar la Piedra Filosofal era el principal objetivo de su viaje, y si ese equipo de investigadores estaba trabajando para crear una de la nada, su impaciencia no tenía límites. Habrían buscado la forma de colarse en el laboratorio si hubiera sido necesario. Pero ser invitados tan abiertamente era un golpe de suerte. “De acuerdo”, consintió Edward. Los hombres sonrieron ampliamente, quizás en respuesta al brillo de emoción en los ojos de Edward. “Estoy seguro de que una nueva perspectiva le va a venir de perlas a esos investigadores” “Parece que hay muchos jóvenes alquimistas hoy en día”, dijo Lemac. “Ahora hay uno trabajando en el laboratorio”. “¿En serio?”, dijo Edward, picado por la curiosidad. Los alquimistas tan jóvenes como él eran pocos y estaban lejos. “¿Y qué edad tiene?” “¿Qué edad tenéis vosotros?” “Quince. Mi hermano Alphonse, catorce” “¡Estás de broma!” Todos miraban de arriba a abajo a Edward, de la cabeza a los pies. Sabía lo que estaban pensando. Alphonse miró nervioso, esperando que los ciudadanos no mencionaran la estatura de su hermano. “¡Quince! ¡Pareces mucho más joven!” “¡Hala! Parece que los alquimistas son cada vez más jóvenes hoy en día. El del laboratorio tendrá la misma edad, ¿no?” “¿Mi edad? ¿De veras?” “Decidnos chicos”, dijo Lemac, rellenando sus tazas de café, “¿Cómo os llamáis?”. Edward le agradeció con la cabeza. “Somos los Elric. Yo soy Edward, y este es Alphonse”. Todos se pusieron tensos. La atmósfera de la sala cambió. “¿Qué ha sido eso?” Era un apellido que todo aquel que supiera algo de Alquimia había oído antes. Edward solía fijarse en la conmoción que producía cuando se presentaba a él mismo y a su hermano como los famosos hermanos Elric. Esa vez no parecía diferente, así que sin pensarlo dos veces, lo repitió. “Soy Edward Elric” Esa vez no hubo sorpresas, si no carcajadas. “¿Tú eres Edward Elric? ¿En serio crees que puedes hacerte pasar por él?” “¿No crees que eres un poco mayor para ir soltando esas trolas, niño?” Edward tartamudeó. “¿¡Ni-, niño!?” “Entendemos que le envidies. El Maestro Edward es un Alquimista Nacional, después de todo” ¡Los ciudadanos dijeron su nombre – “Maestro Edward” – como si le conocieran! “¿Qué quieres decir con eso?”

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“Nos has hecho reír bastante, chaval”, dijo Lemac. Su voz se había vuelto fría de repente. “Ahora dinos tu verdadero nombre” Nadie creía a Edward. Lo repitió hasta que los ciudadanos parecían que habían escuchado suficiente. Lemac frunció el ceño, mirando a Edward como si fuera un niño cabezota. “Entiendo que un crío quiera imitar a su héroe, pero esto va demasiado lejos. Si fueses más mayor, te haría entrar en razón aquí y ahora” Elisa miraba con tristeza a ambos hermanos. “¡Pero que pasa con vosotros!” farfulló Edward. Lemac ignoró su arrebato. “Mira, reflexionad un poco, y regresad cuando estéis listos para decirnos vuestros verdaderos nombres”. Señaló hacia la puerta. Al no moverse, guió a Edward y Alphonse fuera de la taberna, y lanzó a la calle la maleta, tras ellos. “¡Ya te dije mi nombre! ¡Mi verdadero nombre! ¡Soy Edward Elric!” “Y yo soy Alphonse Elric”, añadió Alphonse, sumiso. Nadie los escuchó. Una voz fluyó de la taberna. “¡Desde el principio sabía que había algo raro en esos

dos!”

“¿¡Qué!?” gritó Edward. “¿Pero qué mosca les ha picado? ¡No estamos mintiendo! Soy Edward y este es Alphonse. ¡Es mi hermano! ¿Por qué no nos creéis?” “Ed, ¡espera!” Alphonse sujetó a su hermano. Sabía que Edward se pondría a pelear, y eso era lo último que quería. “¡Suéltame, Al!” “Espera”, repitió Alphonse. Se volvió a la pequeña multitud parada en la puerta de la taberna. “Escuchad, todo esto es un malentendido. De verdad somos los hermanos Elric. Sé que es difícil de creer, pero es la verdad” Fue un noble esfuerzo, pero Edward agarró el brazo de Alphonse y lo empujó hacia atrás. “Vamos, Al. No quiero seguir hablando con estos idiotas” “¡Ed!” “¿Qué esperas que haga?” siguió Edward, sin importarle quien lo escuchaba. “Estamos diciendo la verdad, ¡y no quieren escucharnos! Seguiremos nuestro camino. Si queremos ir al laboratorio, iremos al laboratorio”. “¿Era eso, hijo?” preguntó Lemac. “¿Nos mentiste para poder ver el laboratorio? Si nos decís vuestros nombres reales, os dejaremos ir” Edward le miró. “Ya te dijimos nuestros verdaderos nombres. Si no nos crees, no es nuestro problema” Como Edward recogió su maleta, Alphonse le dio dinero a Lemac. “Por la comida. Gracias”. Lemac suspiró. Su decepción podía palparse. Había deseado que aquellos chicos le dieran un empujón a la investigación de Alquimia. “Ojala os hubierais inventado una mentira mejor” dijo Lemac, “pero decir que sois los Elrics…”. Llevó a los clientes dentro. “¿¡Por qué estáis tan convencido de que estamos mintiendo!?”

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Lemac se volvió. “Porque los hermanos Elric ya están en el laboratorio”. Cerró la puerta con calma y los dejó allí de pie en mitad de la calle, pasmados.

EDWARD Y ALPHONSE se sentaron bajo un árbol marchitado a las afueras de la ciudad. Se miraron el uno al otro, y Edward se rascó la cabeza. “¿Qué está pasando?” preguntó Alphonse tras un largo silencio. “¿Cómo podemos estar ya allí, Ed?” “Es obvio. El laboratorio necesita alquimistas. Alguien habrá fingido ser nosotros para poder entrar”. Edward cogió una ramita seca. “La gente me conoce por mi título, pero no conocen mi cara. Es la tapadera perfecta si quieres colarte en un laboratorio”. Edward empezó a garabatear el suelo con la ramita. Alphonse miraba. Un esquema simple, rodeado por una lista de todo lo que sabían sobre la Piedra Filosofal. Brillo rojo. Increíblemente densa. Ilimitado poder alquímico. Las palabras estaban ordenadas al azar. Era todo la información que habían recabado de sus viajes. Pese a todos sus sueños sobre la Piedra, nunca habían visto la verdadera. Alphonse sabía bien lo que su hermano estaba pensando. “Ed, vas a colarte en el laboratorio del Sr. Mugear, ¿verdad?” Edward miró al esquema que había dibujado en la tierra. “Llevamos tanto tiempo buscando…”. Su voz era calmada y firme. “Te devolveré tu cuerpo”. La Piedra Filosofal era como el esquema que había dibujado: un sueño, algo de su imaginación. Una brisa suave recorrió la arena, y lentamente desapareció el dibujo de la Piedra.

“Conseguiré la verdadera” dijo Edward con determinación. Se levantó. “Después de que anochezca, iremos, Al”. “¿Y qué hay de los otros hermanos Elric?” “Les dejaremos en paz” Edward no pensó mucho en los impostores. Empezó a buscar un punto estratégico para poder ver los terrenos de Mugear. Ganar el título de Alquimista Nacional sólo había sido un paso más hacia su objetivo final: crear una Piedra Filosofal para poder devolver a su hermano a su forma humana. Comparado con la Piedra, unos cuantos graciosillos haciéndose pasar por él y por Alphonse no le importaba mucho. “¿Dejarles… en paz?” “Claro. No parece que hayan hecho algo que pudiera manchar nuestros nombres”. Edward señaló una colina cercana. “Hey, seremos capaz de ver mejor desde lo alto de esa colina”

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“¿No crees que hacerse pasar por nosotros es ya algo malo?” Ambos anduvieron hacia la colina. Cuando llegaron, se dieron cuenta que era artificial – solo un montón de rocas desenterradas. De hecho, todas las colinas de los alrededores de la ciudad eran sólo montones de rocas, sobras de muchos años de minería. Cuando los hermanos llegaron a la cima de la colina, miraron abajo, a la ciudad. Desde su posición podían ver que, de todos los edificios de la ciudad, la mansión de Mugear era la más grande. Además, era la única rodeada por un muro – y uno muy alto. “Creo que sólo hay una entrada. Hay guardias, también. Tendremos que cruzar por el muro” declaró Edward. “El otro lado también está vallado. Parece alambre de espinos” Se movieron para tener una mejor vista, cuando escucharon una roca cayendo tras ellos. Miraron abajo y vieron a un hombre agachado al final del montón. Recogió una roca pesada y la colocó en el carro minero que tenía detrás. Era Belsio, el hombre que había cuestionado la dependencia de los ciudadanos por la investigación de Alquimia. “Eres Belsio, ¿verdad? ¿Qué estás haciendo?” preguntó Edward desde lo alto de la pila de rocas. “Quitando rocas. ¿Qué es lo que parece?” respondió Belsio bruscamente sin pausa. Levantó otra roca y la puso en el carro. “¿Sabes? No es seguro estar ahí arriba” añadió, sin levantar la cabeza. “No se puede prever cuando habrá un deslizamiento de rocas” Los dos hicieron caso y empezaron a bajar con cuidado hasta que se colocaron detrás de él. Edward miró dentro del carro minero. Estaba ya lleno por la mitad de rocas. “¿Qué vas a hacer con todas estas piedras?” Belsio señaló un muro cercano de piedra, pequeño y claramente moderno. “Hay un pequeño estanque por allí, pero está lleno de tierra. Voy a ponerle un borde alrededor con estas rocas” “¿Tú solo?” “Sip. Soy el único que lo usa ahora”. Indicó un solitario canal escurriéndose desde el estaque hacia un pequeño campo bordeado con rocas. “Un huerto” dijo Alphonse. Se percató de que había pequeños objetos rojos entre el follaje. “¡Tomates! ¿Has renunciando al negocio del oro, Belsio?” “Sin oro con el que trabajar, no puedo seguir viviendo como artesano. Había que encontrar otra cosa que hacer. Esto es solo para proveerme a mi mismo por ahora, pero al final cultivaré los suficientes vegetales como para poder venderlos. No fue una decisión fácil, os lo aseguro” Belsio levantó la cabeza y miró a los hermanos a los ojos por primera vez. “Hace mucho tiempo, este suelo era rico y fértil y el agua era limpia. Hasta había un río. No era mucho, pero teníamos una vida buena y tranquila. Pero ahora… ¡mirad este sitio! Una vez que encontraron el oro, todo cambió. La ciudad fue a comprar los derechos de la mina para que todos pudieran tener una parte, pero Mugear los compró todos para si mismo”.

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“Apiló gran cantidad de trozos de rocas y arena en los bordes de sus terrenos. El polvo de las pilas de rocas volaba entre los campos de sus vecinos, arruinándolos. Como ya no podrían volver a vivir de la tierra, se lo vendieron todo a él, que puso más rocas. Al final, no quedó ni una tierra cultivable en ningún sitio.

FULLMETAL ALCHEMIST Novela 1 La Ciudad de Arena “Apiló gran cantidad de trozos de rocas y

Entre eso y el dinero del oro en decadencia, los precios se dispararon. Al final todos tuvieron que trabajar en la mina para sobrevivir. Pidieron a los mejores artesanos que les enseñaran orfebrería. Nos tomamos nuestro oficio en serio, y rápidamente mejoramos nuestra situación”. Belsio tenía la mirada ida mientras recordaba aquellos días donde se demandaba oro, pero cuando volvió a mirar otra vez al montón de rocas, su expresión se volvió amarga. “Todo fue mal en un abrir y cerrar de ojos. No importa cuantas veces se limpie un trozo de tierra, la arena volará hacia él desde la montaña. Mis huertos no crecerán. Así que

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ahora no tenemos ni oro ni verduras. Y todavía la gente no ve lo que está ocurriendo. Están apostando todo a un sueño – esa Piedra Filosofal”. Edward miró a la tierra seca y polvorienta. Tal y como Belsio había dicho, no había ni oro ni zonas verdes en los lugares donde alcanzaba a ver con la vista, exceptuando el huertecillo de Belsio. “¿Así que todos están esperando que la Piedra Filosofal salve vuestra ciudad?” “Ellos dicen que es capaz de obrar milagros. Que puede convertir estas frías rocas aquí tiradas en oro puro. Sabemos que hay más oro en la profundidad, pero nos llevaría mucho tiempo conseguirlo. Mugear está desesperado por seguir dominando hasta entonces – y volver a ser tan rico como lo era antes. Ha conseguido que todo el mundo le de dinero para su estúpido plan” “¿Por qué invierten en algo que hasta podría no ser posible?”, preguntó Alphonse. “Cuando construyeron el laboratorio, tenían a un alquimista muy reconocido trabajando allí. Fue aprendiz de algún alquimista famoso que trabajaba en los laboratorios de Central. Cuando llegó a la ciudad en busca de investigadores nos fabricó oro, justo delante de nuestros ojos” “¿¡Qué!?” Belsio alejó con una mano el asombro de Edward. “Sólo fue temporal. Las piedras relucieron como el oro sólo unos segundos, después se convirtieron en piedras” Edward permaneció en silencio. “Aun así, fue suficiente para darle a la gente un rayo de esperanza”, continuó Belsio. “El alquimista le dijo a todo el mundo que estaba a punto de perfeccionar su técnica, y le dieron el dinero que él venía pidiendo. Mugear está en el mismo barco que nosotros. No se rendirá ante los competidores que le hacen ofertas por su mansión y la mina. No dejará que se termine nuestra época dorada” “¿Dónde está ese alquimista ahora?”, preguntó Edward con impaciencia. Aunque sus experimentos hubieran sido un fracaso, podrían echarle una mano. Si pudieran hablar con ese alquimista, podrían conseguir alguna pista sólida. Los laboratorios alquímicos de Central eran conocidos por sus dotados investigadores. Pero lo que Belsio dijo a continuación acabó con todas las esperanzas de Edward. “Ya no volverá por aquí. Se fue un buen día. Escuché a Mugear decirlo, se sentía culpable por haber fallado. Aunque yo pienso que se cansó de que Mugear le dijera lo que tenía que hacer”. “Oh” dijo Edward, decepcionado. “Cuando se marchó, la investigación se detuvo. Habría sido mejor para todos si hubiéramos renunciado entonces, pero llegó alguien para continuar lo que él había dejado, alguien con una reputación increíble. Llegó trotando a la ciudad e hizo amigos rápidamente, reparando herramientas rotas y cosas así. Realmente popular, ese tipo”. El falso Edward Elric. Belsio miró a Edward. “Tienes el mismo nombre, ¿no es así?” preguntó sin rodeos.

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