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“Koro y otras partes”


© Ricardo Díaz Borregales 2017
Hecho el Depósito de Ley
DEPÓSITO LEGAL FA2017000107

Fotografía del autor: Y-guns


Diseño gráfico e ilustración: Ricardo Díaz Borregales

Derechos reservados – es propiedad del autor.

Esta obra es de ficción.


Cualquier parecido con personas o hechos reales es pura coincidencia.

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Otra ciudad

En estos relatos de Ricardo Díaz Borregales se nos muestra lo más


conocido, lo más cercano, desde el tamiz de la imaginación más
alucinada. Estamos ante la ciudad de la cotidianidad, pero sus espacios
narran sucesos, en ellas se desplazan personajes que están hechos de la
misma materia de los sueños. Una potencia creadora ha torcido esa
topología otorgándole nuevos matices, otras texturas visuales y
espirituales. Estamos ante el ejercicio de leer la realidad pero desde un
lenguaje clave en el que todo es semejante pero a la vez distinto, nuevo,
refrescante. En este sueño literario los personajes van enlazándose como
en un puzzle, entrecruzándose, organizando un cuadro de historias
simultáneas que se van completando, iluminando, cuestionando una a
otra. Se parte de un lugar que sucesivamente se va transfigurando en
otros lugares: de la imaginación, del sueño, del deseo, la ciudad se
recrea y se reescribe, se sobreescribe generando un espacio nuevo en el
que nos encontramos y nos perdemos sucesivamente.

Maylen Sosa

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Otras partes

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Mamerce (hasta el hastío)

Mamerce, apócope de María Mercedes, fue la persona más trastornada


que Lázaro, su marido, jamás conoció. Al mes de contraer matrimonio
comenzó a tener sueños raros sobre bebés deformes, sin brazos ni ojos.
«¡Sácamelo! —gritaba—. ¡No lo quiero dentro de mí! ¡Sácamelo!». Los
calmantes, por fortuna, le ayudaron; sin embargo, al quedar
embarazada enloqueció. Se volvió completamente loca. Loca como una
cabra. Mamona, la hija, pasó sus primeros meses de nacida en el
manicomio junto a ella.

Pobre, pobre Mamerce. Con ella debía andarse siempre con


cuidado, tanteando, como cuando se camina por un campo minado o se
come un pescado espinoso. A ratos parecía ser la persona más bella del
mundo, atenta y amorosa, pero aquello duraba muy poco, era bipolar y,
pues...
Un día Lázaro llegó del BanKoro y la halló desnuda e inmóvil
frente al espejo de la sala. Se miraba con detenimiento, como si no se
hubiera visto en años. «¿Qué te pasa?» le preguntó el marido. Ella giró y
lo miró. «¿Que qué coño te pasa, mujer?» insistió Lázaro. Mamerce
entonces abrió la boca y, apretándose con rabia la carne de las piernas y
los brazos, exclamó: «¡Me he convertido en mi madre, en la misma
mierda!». Pobre, pobre Mamerce.

Deshecho, el hombre retrocedió lentamente hasta la puerta y huyó.


Condujo su Cadillac Miller-Meteor ’59 por las calles y avenidas de Coro
durante horas. Dio vueltas y vueltas y vueltas hasta que, harto, paró en
la plaza Linares y se sentó en unas de las bancas a ver cómo transcurría
la siempre monótona y dura existencia.
En eso dos negras vestidas de lentejuelas, una sentada en las
piernas de la otra, le miraron fijamente desde una banca cercana. Lázaro

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les sonrió y éstas devolvieron el gesto. Luego quiso hablarles,


preguntarles si aquel mes traía treinta o treinta y un días, pero se
echaron a reír y prefirió callar.
De repente una de aquellas mujeres levantó un brazo y señaló algo
detrás de él. Lázaro volteó y vio a un hombre vestido con camisa
hawaiana y cadenas de oro encaramado en la copa de un árbol. El
sujeto, aparentemente, no hacía nada, solo estaba allí, mirándolo. Pero
no fue eso lo que inquietó a Lázaro, sino que le conocía.

Una semana antes, aquel mismo hombre se había presentado en su


oficina del BanKoro con la firme intención de asesinarlo. «¡Te has
acostado con mi mujer!» le acusó, sacando un arma y apuntándole. Tras
confesar el affaire —no tenía caso mentir con una pistola en la cabeza—
Lázaro se alistó para lo peor. No obstante, contrario a lo que podría
esperarse de un cornudo armado, el hombre rompió a llorar. «¡Bah,
puedes quedártela! —exclamó, sollozante—. Ya las mujeres no me
atraen. ¿Qué toca ahora?, ¿la mutilación genital? Lo único que deseo en
esta vida es volver a sentir mariposas en el estómago, ilusionarme, amar
como se debe, hasta el hastío».
A Lázaro aquellas sentidas palabras le hicieron pensar en su mujer,
en Mamerce. Evocó aquellos años mozos cuando, enamorado y ocioso,
se ocultaba en las jardineras de su casa para espiarla por la ventana de
su habitación. Él la miraba y la miraba y juraba que si ella llegaba a
convertirse en su esposa la amaría toda la vida; no importaba si un día
dejaba de quererlo o comenzaba a tratarlo como a un perro, él la amaba,
¡la amaba más que a nada en la tierra! Por desgracia, como suele ocurrir
al despertar de un sueño que ha sido particularmente placentero, la
realidad le abofeteó. Mamerce se asomó a la ventana y lo descubrió con
los pantalones abajo. Furiosísima, le escupió en la cara y enseguida le
brotó una infección espantosa que desintegró sus anteojos en segundos.
Colérico, el hombre se abalanzó sobre ella y comenzó a ahorcarla.
«¡Pégame, coño e' tu madre —gritaba Mamerce—, pégame más fuerte!».
Al final la mujer logró zafarse y escapó dando brincos como un gato por
los tejados de la extinta zona colonial<

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Fuera del agua

Treinta años tardó Iván en retomar las clases de natación; su médico, el


Doctor Basura, terminó convenciéndole: «La natación le hará bien, Iván.
Mejorará su postura y su salud. Anímese».
Al otro día, en el Club: «Bienvenido, Iván —le saludó el joven
instructor—. ¿Posee nociones de nado?». El hombre vio a varios chicos
chapoteando alegremente en la piscina y le resultó vergonzoso confesar
que ni siquiera sabía flotar, que si se metía en la piscina lo más seguro es
que se hundiera como piedra. «No se preocupe, Iván. La natación es
como bailar, solo hay que saberse los pasos correctos».
Tras cambiarse, Iván tomó una de las tablas de flotación apiladas
cerca de las regaderas y se encaminó hacia la piscina. «Tranquilo —le
dijo el instructor al verlo junto a la escalerilla—, tómese su tiempo. Todo
el mundo aprende a su ritmo». Y sujetando la baranda con una mano y
el flotador con la otra, Iván comenzó a descender lentamente hacia las
fauces abiertas de la piscina. Los niños en el agua le miraban con
curiosidad. Iván siempre rehuyó de aquellos ojillos burlones e hirientes.
«Muy bien —le animaba el instructor—. Primero un pie y luego el otro».
En el instante en que Iván entró en contacto con el agua, un súbito
pánico le paralizó.
¡¡SPLASH!!
Brazos y piernas agitándose con violencia.
«¡Flote, Iván! ¡Flote!».
Iván logró mantenerse a flote unos segundos, pero luego, al
comenzar a tragar agua, su visión se nubló y la piscina finalmente lo
engulló. Y sumergido en esa ingravidez, en aquella especie de silencio
espacial, Iván vio pasar frente a sus ojos una rápida y absurda
retrospectiva de su vida: la justicia, la fiesta de Zezozose Zadfrack,
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!... Hasta que de pronto sintió una docena de
pequeñas manos sujetándolo por los brazos y llevándolo de vuelta a la
superficie, hacia el sol y el oxígeno, hacia al suelo seco y seguro; y, en

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fin, hacia la vida fuera del agua. Y allí, inconsciente, tendido en el suelo
recibiendo las técnicas de resucitación, Iván retrocedió treinta años hasta
aquella remota primera clase de natación<

«Respira —le explicaba Mónica, su atenta y bella instructora—. No


olvides respirar. Ahora extiende los brazos así y haz como si remaras.
¡Muy bien, Ivancito!». Sí, el pequeño Iván lo estaba haciendo realmente
bien al lado de Mónica, la exuberante Mónica, que con su traje de baño
amarillo y aquellos pechos fantásticos se había convertido en la
auténtica razón por la que quiso aprender a nadar.
Lo memorable de ese día, sin embargo, no ocurriría hasta caer la
tarde, cuando los padres y representantes de los demás niños pasaron a
recogerlos. Uno a uno Iván los vio marcharse, incluida Mónica, hasta
que se halló completamente solo en el Club. «¿Y mi mamá? —se
preguntó, alarmado—. ¿Cuándo vendrá por mí?».
Su madre, naturalmente, pasó a buscarlo, pero en ese momento él
ya estaba lejos del Club. Había decidido caminar hasta su casa. «¿Y mi
hijo?» gritó la mujer, armándole el peor de los escándalos a los
encargados de la piscina. No sería hasta volver a casa cuando la
desconsolada madre hallaría a su hijo sano y salvo frente al televisor de
la sala. «¡Pero, chico! —le reclamó ésta—. ¡Cómo se te ocurrió irte así!».
Iván, incapaz de comprender la terrible angustia por la que acababa de
pasar su progenitora, no le quedó otra que decir la verdad: «pensé que
te habías olvidado de mí».
Y por supuesto, Iván no volvió al Club de natación; por ende —y
tras desarrollar una fobia incontrolable al agua— jamás aprendió a
nadar. Él nunca pudo zambullirse en un mar espumoso, o flotar en las
serenas corrientes de algún río de la Sierra; jamás jugó al carnaval con
los vecinitos de la cuadra, o se atrevió a salir de su casa en época de
lluvia; y es que ni siquiera pudo salvarle la vida a su propia madre
cuando, paralizado de miedo, la halló un día ahogándose en la bañera<

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Zezozose Zadfrack

10:45 pm.
Cada noche, al ir a la cama, Zezozose Zadfrack entraba en estado
comatoso; esa vez, sin embargo, no fue así.
«Zezozose —alguien le nombró en la penumbra, era una voz
femenina—. Zezo ¿estás dormido?».
Cuando el chico sacó la cabeza de entre las sábanas para distinguir
a la persona en la puerta, una explosión de luz incandescente iluminó el
cuarto.
—¿Hablaste con Lázaro? —le preguntó Mamerce, su madre.
Enceguecido, el niño arrugó la frente y volvió a embojotarse. La
mujer sabía que a su hijo no le agradaba hablar de su padre. Lo quería,
claro, pero no le perdonaba el haberle puesto aquel nombre horroroso,
el mismo que le pusieron al hijo de Charles Manson, nombre de perro,
de gato exótico.
—¿Tampoco ha escrito?
—Tampoco —gruñó el chico bajo las mantas.
Inquieta, la madre comenzó a dar pasos por la habitación. Por un
instante se detuvo frente el escritorio del hijo y le echó un vistazo al
block de dibujo abierto.
—¿Ésta que sale aquí desnuda es tu hermana?
—¡Deja eso! —exclamó Zezozose, sacando la cabeza.
La mujer respiró aliviada. La rehabilitación de Zezo había llevado
meses, sí; pero ahora estaba mejor. Le gustaba dibujar y ver películas,
un pasatiempo que, al menos, lo mantenía sereno, equilibrado.
Olvidándose ya del sueño, Zezozose apartó las sábanas y estiró el
brazo hasta el control remoto del televisor. Curly, Larry y Moe estaban
cayéndose a pastelazos en otro maratónico especial de Los Tres
Chiflados.
—¿Ya te vas? —preguntó el chico, molesto.

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Silenciosamente la madre se enrumbó hacia la puerta y zezozose la


siguió por el rabillo del ojo hasta que, ya a punto de salir ésta, le
preguntó: «¿Vas al baño?».
La mujer reprimió un escalofrío.

Zezozose tendría unos 10 años cuando este oyó sobre la tragedia


del hombre de camisa hawaiana y cadenas de oro que murió ahogado
en los desagües. Al parecer, deprimido, el sujeto se lanzó de cabeza en
una alcantarilla sin tapa y se ahogó en las aguas negras. Días después,
arrastrado por las corrientes de aquel rio pestilente, su cuerpo
descompuesto apareció a varios kilómetros de distancia. «¿Soy culpable
de esa Muerte?» se preguntó el pequeño Zezozose que, atormentado,
concluyó que sus desechos, mezclados con los de millares de habitantes,
hicieron que esa persona pereciera.
Para evitar que aquello volviera a ocurrir, y tras adoptar un pánico
terrible a la poceta (específicamente al tanque de la poceta, a lo que
había allí dentro; miedo a que algo lo agarrara por la muñeca y lo halara
hacia aquel mundo sucio y oscuro), el niño tomó la decisión de no usar
nunca más la poceta, esforzándose por retener los excrementos dentro
de su cuerpo. Sin embargo, pasado unos días los mojones, duros como
piedra, se le atascaron y la madre tuvo que solucionarlo con un
supositorio. Fallido aquel primer plan, el pequeño Zezozose optó por
cagar en su cuarto, sobre periódicos que después envolvía en bolsas
plásticas y lanzaba al patio de atrás. Pero un día lo pilló la vecina y fue a
quejarse con su progenitora. Craso error. Volátil como era Mamerce,
enseguida le ordenó a Zezozose y al resto de la familia que orinaran y
escupieran dentro de un botellón de agua; mismo que luego arrojarían
en la puerta de la vecina. A la semana la pobre mujer, que realmente no
tenía culpa por protestar, quedó calva, el marido la abandonó y ella
terminó yéndose del barrio.
En fin, atormentado por la pena y la culpa, Zezozose se hundió en
la depresión. Esto, sumado a su cada vez más violento carácter, le
terminó convirtiendo en un chico retraído, obsesivo, inquietante.

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12:14 am.
Zezozose se levantó al baño a orinar, y al ver bajo la puerta la luz
encendida pegó la oreja para oír lo que sucedía ahí dentro. «¿Zezozose,
eres tú?» preguntó del otro lado su hermana, Mamona. El muchacho dio
un brinco y de inmediato regresó a su cuarto. De camino, atraído por los
rumores de la calle, Zezozose abrió la ventana del pasillo y asomó la
cabeza. Afuera, estacionado frente a la Torre Orión, estaba el viejo
Cadillac Miller-Meteor ’59 de su padre; el Ecto-1, la carroza fúnebre más
alucinante que había visto en su vida.
«¡Hijo de puta!» escuchó, y vio como la puerta del copiloto se abría
y volvía a cerrar. Luego se abrió una segunda vez y una negra vestida
de lentejuelas salió corriendo. «¡Hijo de puta!» repitió ésta y el auto
arrancó a toda velocidad haciendo golpear la puerta con violencia. La
mujer, ahora muerta de risa, caminó hasta la acera y prendió un
cigarrillo. Cuando la risa se convirtió en ataque de tos, levantó la cabeza
en dirección a la ventana donde estaba asomado Zezozose. Éste, incapaz
de aguantar por más tiempo, se orinó encima.

9:15 am.
«Flora, Flora, Flora / niña hermosa y risueña» se oía en el
reproductor de la laptop. «Flora, Flora, Flora / cuéntame lo que sueñas»
repetía desde la cama María Ramona, Mamona, la linda quinceañera de
ojos egipcios que tenía ocho meses de embarazo. Su vientre henchido,
enorme, pegaba contra la pantalla de la laptop.
Teclear, teclear, teclear, “mensaje enviado”, “mensaje recibido”,
una artera sonrisa y nuevamente a teclear<
Susi dice: ¿Cuándo vuelves al liceo, gordis?
Mamona dice: Cuando reviente.
Susi dice: Ahhokok.
Mamona dice: Me enteré que te agarraste por los pelos en el recreo.
Susi dice: Sí, con una perra sin pedigrí que me arrojó un chicle.
Mamona dice: Y que terminaron con las faldas arriba mostrándolo todo.
Susi dice: ^^
Mamona dice: ^^

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Susi dice: ¿Y qué nombre le pondrás al bebé?


Mamona dice: Si es varón le pondré Anton y si es hembra Fiona,
siempre me gustaron esos nombres. Por cierto, ¿te conté el sueño que tuve la
otra noche? Soñé que la barriga no me crecía sino la cabeza. Los vecinos se me
quedaban viendo con recelo y preguntaban: «¿Qué clase de bicho saldrá de esa
cabezota?»; yo, orgullosa, les decía: «un genio». Pero luego el sueño se volvió
aún más extraño. De repente estaba en el cine comiendo cotufas, pero como la
caja estaba rota se me cayeron todas. Compré unas nuevas y vomité encima de
ellas. Al rato, cuando empezó la película, vi que a mi lado estaba sentado
Zezozose…
En eso se abrió la puerta y Mamerce, su madre, se asomó.
—¿No te he dicho que te vistas cuando chatees? —le regañó.
La muchacha solo llevaba puesto un blúmer. El mes pasado había
subido al Facebook una foto suya en traje de baño y un tío le escribió
"mi bella putita".
—No tengo la webcam —le tranquilizó la niña—. Además, hablo
con Susana.
—Bueno, párame. ¿Irás al cine con Zezozose?
Mamona palideció. Su madre, en su intento por ocultarle al mundo
aquel bochornoso embarazo, la había sacado del liceo para mantenerla
encerrada; ni siquiera la dejaba asomarse a la ventana. ¿Por qué le
permitía ahora ir al cine con el loco de su hermano?
Entonces recordó su cumpleaños.
—¡No! Digo, me encantaría muchísimo acompañarlo, mami,
pero< Hoy toca purgarme, ¿recuerdas?
La madre la miró con recelo y salió del cuarto sin decir nada más.
Susi dice: ¿Estás? ¿Estás?
Mamona dice: Chama, ¿te acuerdas de mi hermano Zezozose?
Susi dice: Claro, da pavor.
Mamona dice: Sé cosas sobre él que no querrás saber. Cosas aberrantes.

2:40 pm.
Zezozose volvió a consultar su reloj: 2:41 pm. Llevaba casi una
hora en la puerta del cine esperando a que llegara su hermana Mamona;

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pero como ésta no daba señales de aparecer empezó a agitarse, a


respirar con dificultad. En ese instante la brisa arrastró hasta sus pies
una bolsa de papel, que de inmediato recogió del suelo y se colocó en la
cabeza. Cuando Mamona finalmente apareció, lo primero que ella le dijo
fue «quítate eso». A pesar de la ira que le atragantaba, el muchacho
quiso saber la hora.
—Van a ser las tres —contestó su hermana.
—¿Y a qué hora es la función? —volvió a preguntar Zezozose.
—A las tres.
—¿Y a qué hora saliste de la casa?
—Yo iba a salir más temprano pero Mamerce se antojó de algo y<
—¿Y mientras estabas en la casa no se te ocurrió pensar que yo
estaría esperándote?
—Sí, pero Mamerce<
—¿Has venido a pie?
—¡Cómo crees! ¿Con esta barriga? Tomé un taxi. No quise esperar
a papá, da muchas vueltas.
La gente que pasaba se les quedó viendo.
—¿Quieres hacer el favor de quitarte eso de la cabeza?
—¿Te tardaste arreglándote, verdad?
—Ya te dije que Mamerce<
—No, aún no me has dicho lo de Mamerce.
La chica torció el gesto. «¡Señor! ¿Cómo fue que accedí a semejante
cita? ¡Y encima con mi hermano el loco! No no no, aquí la loca soy yo».
—Ya, pues —dijo—. Entremos que la gente está pasando.
—¿Y encima de que llegas tarde estás apurada? Pues, ahora te
esperas a que diga todo lo que tenga que decirte.
—Pero se está haciendo tarde, chico.
—La única razón por la que entraremos tarde es por ti. ¡Es más! Ya
no vamos a entrar a ninguna vaina. Seguro que ya empezó la película.
—Pero si apenas irán por los avances.
—¡Que no vamos a ver un coño!
—Cónchale, baja la voz que la gente nos está viendo.
—¡Que nos vean!

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La muchacha resopló.
—Qué belleza. ¿Ahora eres tú la que está arrecha? Pues el único
que tiene derecho a estar arrecho aquí soy yo.
—Deja la grosería, por favor.
—¿Y yo si me tengo que calar tu grosería?
—¿Cuál grosería? Yo a ti no te he dicho ninguna grosería.
—¿Y dejarme esperando una hora como un güevón no es una
grosería?
—Ya, pues. Vamos a entrar.
—¡Que no vamos a ver ninguna mierda!
Cuando finalmente pasaron a la sala, descubrieron que no había
butacas sino camas larguísimas, una al lado de la otra. Era la “matinée
de descanso”. Incómodos se acuestan uno al lado del otro y enseguida
arranca la película. «Hay que fijarse en las tetas —dijo el chico,
quitándose al fin la bolsa de la cabeza—. A la asesina nunca se le ve la
cara pero todas salen con las tetas afuera». Como su hermana no
intervenía en la conversación, se giró y la descubrió con el celular en las
manos, tecleando tecleando tecleando. A veces aquellos ojos de Nefertiti
le echaban un vistazo a la pantalla y volvían al teléfono. Molesto,
Zezozose buscó arrebatarle el aparato, pero Mamona, mucho más fuerte
que él, le dio un manotazo. «¡Déjame, loco!» gritó, y todos a su
alrededor empezaron a murmurar. Entonces, abatido, Zezozose volvió a
agitarse, a respirar con dificultad. «¿Dónde puse la maldita bolsa?».

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¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!

Iba camino a la fiesta de su primo Zezozose cuando de repente, al


adentrarse en la vereda que conducía a la Torre Orión, a Iván
comenzaron a temblarle las piernas. Avanzaba con cautela, mirando
todo el tiempo sobre su hombro. «¡Alto ahí!» oyó detrás suyo, y al darse
la vuelta los vio. Sí, allí estaban los “niños-azotes”, con sus malévolas
risas y sus amenazadoras bombas de agua. «¡Párate!» le gritaron, pero
Iván no se detuvo, ¡ni gafo que fuera! «¡Párate!» ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
Las bombas comenzaron a estallar a pocos centímetros de él. «¡Párate,
pajúo!». ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! Entonces, en un inusual acto de viveza,
Iván dobló en la esquina, le dio la vuelta a la cuadra y retomó la vereda
por el otro lado, despistándolos. Por desgracia, a pocos metros de la
entrada del edificio, tropezó con una piedra y en un santiamén sus
perseguidores le dieron alcance. «Ahora verás». PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! Tras el bombardeo, los “niños-azotes” se alejaron
riendo por la vereda dejando al pobre Iván empapado de agua y
lágrimas. «¡Justicia! —clamó un colérico Iván, alzando los puños al
cielo—. ¡Habrá Justicia!».

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La fiesta de Zezozose Zadfrack

Cuando Iván llegó a la fiesta de su primo Zezozose se encontró en la


puerta a María Ramona, Mamona, la hermana del cumpleañero, la linda
quinceañera de ojos egipcios que tenía ocho meses de embarazo. «Llegas
temprano» le dijo ésta, mirándolo con aquellos hermosos ojos. A pesar
de su fama de zorra, a Iván le gustaba mucho su prima. Era raro verla
fuera del apartamento. Los padres de ésta, en su intento por ocultarle al
mundo aquella bochornosa barriga, la habían sacado del liceo para
mantenerla encerrada. No la dejaban asomarse a la ventana. Ni siquiera
la dejaron arreglarse para la fiesta de su hermano.
—¿Y el cumpleañero? —preguntó Iván.
La niña se encogió en hombros.
—Seguramente en los columpios —dijo con desdén.
—¿En los columpios?
—Quizás —respondió ella—. Oye, ¿de casualidad sabrás qué será
bueno para los granos?
La muchacha se bajó una de las mangas de su blusa y le mostró el
chichón que le había salido en un hombro.
—No sé —dijo Iván, sonrojado.
—¿Y si me echo Sánalo? —volvió a preguntar la chica.
La blusa se deslizó un poco más, dejando a la vista un pezón
rosáceo.
—¿S-sánalo? —balbució el muchacho, con los ojos enormes como
platos.
—Dicen que el semen también sirve.
—¿S-semen?
En ese mismo momento apareció Mamerce, la madre de Mamona.
Venía con varias bolsas del supermercado y la cara tostada por las
largas horas expuesta al sol. «Bendición, mami» dijo la niña, subiéndose
rápidamente la manga de su blusa. «Bendición, tía» le saludó Iván,
pasándose la mano por la frente sudorosa. La mujer los miró a ambos

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con sospecha y masculló un ininteligible «Dios los bendiga». Luego,


dejó las bolsas en el suelo y le ordenó a la hija que la ayudase a
cargarlas. Ésta, de mala gana, levantó la menos pesada y se metió en el
apartamento. «Y cuidado con los huevos» le advirtió la madre.

«Pasa, Ivancito» dijo Mamerce. El muchacho siguió a su tía hasta la


sala y se quedó mirando las sillas de plástico arrimadas contra la pared,
así como los globos de colores alegres que decoraban el techo. En la
mesa del comedor, Iván vio el tazón de gelatina y el enorme pastel de
crema azul coronada con una gran vela en forma de once.
—¿Quieres refresco? —preguntó la tía.
—No —dijo el chico, observando los portarretratos—. ¿Y el tío
Lázaro?
El rostro de la mujer se endureció. Enseguida se dejó caer
pesadamente en una de las mecedoras de ratán y comenzó a mecerse
para adelante y para atrás, así como hacen las mecedoras, para adelante
y para atrás.
Toda la familia estaba al tanto de las frustraciones de Mamerce. No
es que fuera una mujer desdichada, es que no amaba a su marido.
Nunca lo amó. Prefería las mujeres. Las mujeres y viajar. Mamerce había
viajado mucho de joven, incluso a la misma edad que ahora tenía su
«estúpida hija embarazada». Había ido a Maracaibo, a Barquisimeto, a
Caracas; siempre sola, siempre escapada. Sin duda la mejor época de su
vida. Ahora, casada y con hijos, se sentía atrapada, esclavizada, igualita
a la mujer que salía retratada en las cajas de esponjas jabonosas
Lustrillo, con un moño en la cabeza, un delantal de cocina, una olla en
una mano y una esponja jabonosa en la otra.
La mecedora siguió meciéndose para adelante y para atrás, para
adelante y para atr{s<
—¿Quieres refresco, Ivancito? —volvió a preguntar la tía.
El muchacho aceptó.
—¡Zezo! —gritó Mamerce—. ¿No me oyes, hijo? Sírvele refresco a
tu primo.

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Iván lo vio moverse cerca del balcón. Iba vestido con un short
caqui y una franela del Capitán América. Una bolsa de papel le cubría la
cabeza, y a través de dos orificios en ella pudo verle los ojos. No, no
había nada bueno en los ojos del cumpleañero. ¡Y ese nombre! Zezozose
Zadfrack, el mismo que le pusieron al hijo de Charles Manson, nombre
de perro, de gato exótico.
Le sirvió el refresco en un vaso largo y azul. «Toma».
En ese instante reapareció su prima Mamona. Cualquiera pensaría
que era ella la cumpleañera. Se había maquillado y puesto un hermoso
vestido de comunión, blanco, espectral, con volados en los hombros
para taparle el grano y arreglos en la parte frontal para disimular la
panza; el cintillo en el pelo la hacía poseedora de un incómodo encanto
nupcial. «¿Te gusta mi vestido, Ivancito?» le preguntó su prima, y el
muchacho, hechizado por aquella mirada de Nefertiti, se demoró en
reaccionar.
—¿Iván, por qué no sacas a bailar a Mamona? —le animó su tía
desde la mecedora.
—Y-yo no bailo con niñas —respondió el chico, cohibido ante la
belleza y el perfume de su prima.
—¡Tonterías! —replicó la mujer y estiró el brazo hasta el
tocadiscos—. ¡A bailar!
Y así, agarrados de las manos, los dos primos comenzaron a dar
vueltas por la sala al ritmo de: «Si necesita reggaetón, dale / Sigue
bailando mami, no pares / Acércate a mi pantalón, dale / Vamos a
pegarnos como animales».
Desde un primer momento Mamerce planeó un bonito espectáculo
para el undécimo cumpleaños de su hijo. Ella hubiera preferido que los
niños realizaran un baile que enalteciera más la idiosincrasia falconiana,
como Las Turas o el Tambor Coriano, pero en las emisoras ya no ponían
nada de aquello.
—¿Y el grano? —preguntó Iván.
—Mejor —dijo su prima.
—¿T-te echaste Sánalo? —el corazón de Iván latía con fuerza.

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La niña no contestó. Su cleopátrica mirada hablaba más que su


boca.
Entre tanto, Zezozose, que se había movido hasta la mesa del
comedor, no dejaba de observar —con ojos inyectados en sangre—
cómo su hermana se contoneaba y rozaba al ritmo de aquellas notas del
infierno. «Zorra» le increpó en silencio. Mamona, sintiendo la mirada de
su hermano sobre ella, se acercó al oído de Iván y le secreteó: «¿Sabes lo
que le gusta a Zezozose? Escuchar a la gente cagar. Espera a que alguien
entre al baño y se queda afuera con la oreja pegada en la puerta. Es un
cochino». El cumpleañero, de oído agudo, apretó sus puños con fuerza y
soltando un terrible alarido salió corriendo a la cocina. Una vez allí,
abrió la nevera y sacó el cartón de huevos. ¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF! Uno
tras otro empezó a estrellarlos contra la bolsa que tenía puesta en la
cabeza. ¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF! «¡Solo quería hacer todo bien! —exclamó,
sollozante—. ¡Todo bien!». Cuando ya no quedaron huevos qué quebrar
agarró uno de los cuchillos de la gaveta y regresó a la sala.
«¿Qué haces, hijo? —preguntó la madre—. Me estás asustando». El
pequeño cumpleañero de rostro de papel y ojos desorbitados, tomó
impulso y se abalanzó con fuerza sobre los bailarines. Nadie prestó
demasiada atención a la aparatosa caída de Mamona. Iván, iracundo,
intentó agarrar a Zezozose por el cuello, pero resbaladizo como estaba
por los huevos que le escurrían, logró escapársele guindado de las
cortinas, como un enorme tuqueque.
—¡Te mataré! —gritaba Iván, tumbando sillas y reventando globos.
—¡Ivancito! —le regañó la tía—. Esas no son formas. Él es tu primo
y está de cumpleaños.
De repente se oyó un chillido aterrador y todos en la sala se
quedaron como piedra al ver la sangre que manaba del vestido de
comunión de Mamona, justo a la altura del vientre, donde se había
clavado el cuchillo.
Mamerce volcó la mecedora al salir corriendo, cubrió a su hija
entre sus brazos y deshecha en lágrimas exclamó: «¡Oh, mi niña, mi
adorable princesa!». Mas, enseguida, cuando levantó la cabeza y miró a
los otros dos niños de pie junto a ellas, se limpió los ojos y dijo: «bueno,

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bueno, nos encantará tenerte de vuelta otro día, Ivancito. Nos llamas
antes, ¿oíste? Nos llamas».

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La justicia

Solamente lo habrás de presenciar:


verás a los malvados recibir su merecido.
Salmos 91:8

Calor infernal. Calor de lluvia. El sol brillaba detrás de las nubes y éstas,
a su vez, se desplazaban en cámara lenta sobre la Torre Orión.
Acabada la fiesta, Iván bajó al parque; pero apenas distinguió en
los columpios a los “niños-azotes”, se metió por las jardineras y salió a
la calle. Afuera, estacionado frente al edificio, estaba el viejo Cadillac
Miller-Meteor ’59 de su tío L{zaro; el Ecto-1, la carroza fúnebre más
alucinante que había visto jamás.
—Bendición —dijo Iván.
El tío, sentado detrás del volante con los ojos fijos en el Orión, giró
la cabeza y lo miró como si no lo reconociera. «Dios te bendiga»
balbució y abrió la puerta del copiloto para que el chico entrara.

El interior del carro era un horno sofocante y hedía a culo. En la


radio la febril voz de un predicador desquiciado vaticinaba a todo
pulmón que: «¡Habrá justicia, señores! ¡Los infieles volaran por los aires
y sus cabezas estallarán en mil pedazos desencadenando una lluvia de
sangre negra que nos purificará de todo el sadismo y la crueldad
humana!».
—¿Va todo bien, campeón? —preguntó el tío Lázaro.
—Me duelen los pies —respondió el chico.
—Sí, siempre duelen —dijo el hombre, dándole una palmadita en
el hombro.
A Iván le caía bien su tío Lázaro. Flaco y calvo, parecía un lápiz al
que le habían gastado el borrador, gastado en todos los sentidos pues
llevaba meses sin hacer nada con su vida. Hubo un tiempo en el que se
desempeñó como un obediente y kafkiano empleado bancario; sin
embargo, lo sorprendieron viendo pornografía desfibriladora (gente

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desnuda semiinconsciente reanimada con descargas eléctricas) y lo


botaron; y aunque ahora no tenía vínculo alguno con sus antiguos
empleadores, estos continuaban vigilándolo de cerca, sospechaban que
antes de irse había copiado la llave de la bóveda o al menos sabía cómo
descifrarla.
—¿Qué tal la fiesta? —indagó el tío.
—Bien<
En ese momento se asomó al balcón del edificio la mujer de
Lázaro, Mamerce. «¡Quédate donde pueda vigilarte!» gritó ésta, y tras
dedicarle una mirada de reproche a su marido volvió a desaparecer
dentro del apartamento.
—Ya no la soporto —expresó Lázaro, abatido—. En estos años,
solo se ha dedicado a sacarme el dinero y la vida, y de ambas cosas ya
no me queda casi nada. He pensado en largarme, agarrar el carro e irme
para el coño. Me dolerá no ver crecer a los muchachos, pero... ¡Bah! ¿A
qué hijo ha de importarle un padre cuando está la madre que puede
hacer de ambos?
Iván no habló. ¿Qué palabras podía decirle a un adulto así, sincero
y derrotado?
—Mi madre —prosiguió el hombre—, el Señor la tenga es su gloria,
tenía razón. Lo que yo necesitaba era una puta, no una esposa. Por eso
salgo todas las tardes a buscarlas, a impregnarme de ese inconfundible
aroma.
«Flora, Flora, Flora / niña hermosa y risueña / Flora, Flora, Flora /
cuéntame lo que sueñas». El hombre estiró la mano hasta la radio y
cambió el dial.
—¿Te conté que fui empleado de un BanKoro? —preguntó—.
Tenía una bonita oficina, una secretaria, una computadora...
Hubo una breve pausa.
—Pero todo eso acabó —dijo, colocando las manos sobre el
volante. Extendió sus dedos uno a uno y los miró con detalle, como
midiéndolos; luego expresó—: Todo empezó por los dedos, lentamente
se fueron arrugando ante mis ojos. Primero los de las manos, luego los

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de los pies. Hasta que un día fui incapaz de reconocerlos, de


remediarlo<
El chico, que no prestaba demasiada atención a la plática, se quitó
un zapato y comenzó a masajearse el pie dolorido.
—¿Caminaste mucho para llegar aquí, verdad, hijo? Dicen que el
vicio del loco es caminar. También dicen que cuando los pies duelen es
que va a llover —Lázaro levantó la vista al cielo y frunció el ceño—.
¿Sabías que los buitres siempre comienzan a devorarnos por los pies?
¡Bah! Pero quién coño necesita dedos en los pies. ¡Para qué coño sirven
los dedos de los pies, mas que para jalonearlos o agarrarnos con fuerza
de un suelo pantanoso!
De repente la febril voz del predicador desquiciado informó a todo
pulmón que: «¡Ha llegado la justicia, señores! ¡Finalmente llegó!».
Al principio hubo cierta confusión. ¿Justicia? ¿Adónde? Luego se
escuchó un griterío en la calle y, como si se tratara de un acto milagroso,
empezó a caer del cielo una tormenta de sangre negra que cubrió aceras,
árboles y todo lo que estaba dentro del campo visual del parabrisas. Al
torrencial hemoglobínico le siguió un aluvión de vísceras, miembros
amputados y varias cabezas reventadas de criminales, de curas
pederastas, de desagradecidos dueños de Bancos, esposas ingratas y
“niños-azotes”.
Finalmente, los dos personajes dentro del auto apagaron la radio,
se quitaron los zapatos y con serenidad se reclinaron en sus asientos
para contemplar aquel temporal apocalíptico. Y mientras lo
contemplaban, mientras, serenos, dibujaban círculos en el aire con los
pies, poco a poco sintieron como la angustia y la amargura se iba
diluyendo.

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Koro

A Maylen

Gustavo Millán fue, sin temor a exagerar, un monstruo, uno de los


peores seres humanos que han caminado sobre la tierra.
Sucedió que, tras mucho meditarlo, asistí a su entierro. Su padre,
como era de esperar, dio un largo y emotivo discurso. Sí, Gustavo nos
legó una ciudad más ordenada y segura, aunque también más desierta.
“La mierda” había dejado vecindarios fantasmas en toda Koro.

Recordemos cómo empezó todo:


Año y medio después de nuestro viaje a Buenos Aires; para
sorpresa de aquellos que lo conocimos, Gustavo se postuló para alcalde
de Coro. Fue una absurda y panfletaria campaña patrocinada por su
padre, el viejo Millán, un rico y poderoso empresario dueño de media
ciudad.
Gustavo no solía hablar mucho, era más bien del tipo asocial, de
los que preferían pasar desapercibido. ¡Vaya una transformación! De
pronto comenzó a vestir distinto, a ir a mítines y darse a conocer.
Resultó ser muy bueno en la oratoria y la gente empezó a verle como un
joven y prometedor político. “La nueva esperanza de la ciudad”. No le
hizo falta recurrir al innombrable populismo o a la muy desacreditada
democracia. «¡Al Diablo la izquierda y la derecha! —decía—. ¡También
los de arriba, los de abajo y los del centro!». Gustavo mantuvo una sola
y romántica postura: «la ciudad está enferma y son sus propios
habitantes los causantes de esa enfermedad». Su plan era limpiar a
Coro, y siendo un febril admirador de la Alemania Nacionalsocialista se
dispuso a actuar con mano firme y armada. Esto, por supuesto, generó
controversia. No obstante, gracias a su carismática oratoria y al
descontento existente en la población, se alzó con el triunfo;

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convirtiéndose a sus veinte años en el alcalde más joven de la Nación y


en el hombre más poderoso de Coro.
De inmediato, y tras cambiarle el nombre a la ciudad (ahora, fruto
de su germanofilia, se escribía Koro), puso en marcha el denominado
“Gran salto koriano” (sin alusión al infame proyecto maoísta), un vasto
y ambicioso programa de obras públicas con las que buscó modernizar a
la ciudad.
Echando mano de los recursos de la municipalidad y del
“donativo” de importantes inversores, llevó a cabo proyectos de gran
envergadura tales como el puente sobre los médanos, un elevado que
solucionó definitivamente el sempiterno problema del bloqueo de la
carretera Koro - Punto Fijo; también demolió los viejos caserones que
tanto afeaban la zona colonial para levantar en su lugar edificaciones
m{s modernas y vanguardistas; mandó a “sanear” las barriadas,
hábitats que, según él, eran un submundo miserable e infesto que
degradaban la ciudad. Hubo desalojos y reasentamientos forzosos —ni
la contraloría, ni la Cámara Municipal, ni el gobernador del estado o
algún miembro del sumiso tren ejecutivo se atrevió a interferir en este o
en cualquier futuro proyecto del nuevo alcalde—: «con la extirpación de
las zonas marginales recuperaremos el espacio vital en Koro» declaraba
Gustavo. Por último, limpió los drenajes y mejoró el sistema eléctrico,
Koro no volvió a inundarse o a sufrir de apagones durante las lluvias.
Desde luego, no todo el mundo estuvo contento. Hubo quienes
exigían la inmediata restitución del viejo nombre de la ciudad,
entrañable topónimo de origen indígena; así como el resguardo de las
poquísimas casas coloniales que aún se mantenían en pie. Sin embargo,
cuando un extremista hizo implosión en pleno paseo Alameda matando
a varios transeúntes, entró en acción la nueva policía municipal, la KK.
Hubo oleadas de detenciones y desapariciones. A las personas se las
llevaban al Polideportivo (ahora centro de reeducación) en donde
tuvieron un trato atroz, les aplicaron corrientazos, palizas y otros
métodos de tortura. «A esa gente no las busquen más —declaraba el frio
e intolerante mandatario desde la finca de sus padres en la Sierra
falconiana—. No invertiré tiempo ni recursos en corregir casos de

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“disfunción cívica”». Para el alcalde era más rentable castigar que


vigilar. «Además, ¿qué importan algunos muertos si con ello curamos a
Koro?».
Sí, se había oficializado el terror.
La siniestra KK (“la caca” o “la mierda” como la llamaron los
disidentes) era un grupo armado que llevó a cabo juicios y ejecuciones
sistemáticas y masivas de todo ladrón, asesino, violador, vago o
sedicioso; así como de todo mal vestido, mal hablado o mal oliente —el
decoro (de-Koro) público se convirtió en norma obligada para el “nuevo
ciudadano koriano”—. Luego éstos eran colgados en plazas y parques
como advertencia a los demás. Cuando los cadáveres empezaron a
apilarse, fue necesario construir crematorios (¡nuevos empleos!). Las
columnas de humo que expelían las enormes chimeneas erigidas en la
reimpulsada zona industrial podían verse a kilómetros. De noche, cual
mechúrrios de refinerías, sus resplandores teñían de rojo el firmamento.
Una vista, ciertamente, espléndida.
La depuración dio sus frutos. En menos de un año Koro se
convirtió en una auténtica y pujante ciudad capital, ejemplo de orden y
seguridad. La gente mayor, sobre todo, estaba encantada, se había
reducido la criminalidad y podían volver a dormir con las puertas
abiertas. Sí, Gustavo Millán había cumplido: reimpulsó el turismo,
estabilizó la economía regional, acabó con el desempleo, el
desabastecimiento y rescató a los niños de la calle; incluso prohibió el
vallenato y el reggaetón. «¡Qué importa tener un criminal más en el
poder si las cosas funcionan!» expresaba la gente, feliz.
Dado los buenos resultados, el resto de municipios y estados
vecinos vieron con buenos ojos los métodos empleados, mismos que no
tardaron en imitar. A pesar de ser una gestión claramente vil y
enloquecida, Gustavo gozó de una inmensa popularidad. Para nadie fue
una sorpresa su candidatura a la gobernación. Por desgracia, cuando
comenzaban a organizar la campaña, alguien entró en su oficina y lo
asesinó de un tiro en la cabeza. La autora del hecho resultó ser su propia
madre; dos hijos asesinados con la misma pistola<

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Umbral

A Carmen Teresa

Un día, de repente, comencé a oír a los espíritus, a percibir la energía de


las almas que andan por ahí. «Porque en la vida hay más de lo que
vemos, Flora —me decía María Pura, mi madre, dándome palmaditas en
la cabeza—. Debes aprender a usar los sentidos. Los espíritus actúan de
forma misteriosa».

María Pura y la abuela Saturna eran conocidas en toda Coro como


las pitonisas de la calle Norte. También las llamaban las sacerdotisas o
las charlatanas, era igual. Ellas ofrecían todo tipo de servicios:
horóscopos, consejos espirituales, brebajes, contras, recetas esotéricas,
sanación holística y pronósticos de lotería. Eran unas brujas muy
eficaces, auténticas apasionadas de todas las vertientes de la brujería:
quiromancia, astrología, meditación, feng shui; vivían en una constante
exploración de lo espiritual.
La Tienda del Encanto (así bautizaron al consultorio esotérico-
holístico que teníamos dentro de la casa) era un cuartito adornado con
cruces, velones, pirámides, un altar y una bola de cristal. Todo el que
entraba allí, enseguida era recibido por aquel rico olor a sándalo y el
melodioso sonido de las campanillas. La clientela jamás disminuía, al
contrario, mientras peor se ponían las cosas más gente iba; aunque
siempre era por lo mismo: salud, dinero y amor.
Con el tiempo añadimos regresiones y rumpología (lectura de
nalgas) a la lista de servicios. Todos los días se formaba frente a la casa
una cola larguísima de personas que iban a que le estudiaran el rabo;
redondos, planos, gordos; de todos los tamaños y colores. «¡No te rías,
Flora! —me regañaba María Pura—. Esto es un estudio serio que
amerita respeto». Sí, el respeto al oficio fue lo primero que me
inculcaron mi madre y mi abuela. Fueron ellas quienes, siendo yo

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todavía una niña, me iniciaron en las artes adivinatorias: «¡Cuidado,


Florita! —advertía Saturna, la bruja mayor, al leerme las cartas del
tarot—. La carta de los amantes al revés significa una mala decisión».
Lo más importante que aprendí de ellas, sin duda, fue a activar la
magia que había en mí, “la carga” como decía la abuela, ese poder que
corre a través de una y que siempre llega de imprevisto. ¡Ah, la magia!
Como buenas brujas agarrábamos nuestras escobas y salíamos a media
noche en plan aquelarre a hacer ceremonias; claro, en Coro no había
bosques donde poder cantar y bailar desnudas alrededor de una
hoguera, pero estaban los médanos, la Sierra y también la playa.

En Adícora, un pueblito costero de la Península, teníamos un


refugio donde solíamos vacacionar en Carnaval y en Semana Santa; una
acogedora casita con fachada de caracoles y portón de madera que daba
a un amplio solar con palmeras, ideal para colgar hamacas. Yo no me
aburría nunca allí, y con el mar tan cerca menos. Apenas llegábamos me
ponía el traje de baño y corría a nadar. ¡Ah! Me fascinaba el faro, el mar
verde y las lanchitas que pasaban a lo lejos. «El que se baña en Semana
Santa se vuelve sireno» me advertía Saturna. No digo que yo no creyera
en aquellas fábulas espiritistas pero era una adolescente en plena
explosión de hormonas y necesitaba salir a mostrar el ombliguito y las
piernas.
Adícora era un lugar sencillo y tranquilo, como su gente. Aunque
se llenaba mucho en vacaciones. Sobre todo el bulevar, siempre repleto
de tarantines donde conseguías de todo, desde trajes de baño hasta
ballenas inflables. No faltaban, por supuesto, las posadas, las licorerías y
los artesanos donde solía gastarme el dinero.
«Pareces Yemayá» me decía María Pura al verme ataviada de
pulseras y collares. ¡Bah! Me importaba poco lo que la gente dijera o
pensara de mí. En el colegio, por ejemplo, no tenía amigas, nunca me
apeteció tenerlas, y a ellas tampoco les apetecía yo. Incluso las monjas
me veían como la niña rara que leía revistas esotéricas y echaba las
cartas del tarot.

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—¿Adoras al altísimo, Florángel? —me interrogó una vez Sor


Consuelo, preocupada.
—No, al bajísimo —le dije.
Casi me expulsan.
Sí, era una cínica adoradora de ídolos. En mi cuarto de la calle
Norte tenía colgados un montón de afiches, de Mama Cass, de Patty
Hearst disfrazada de Tania, y uno de Frida Khalo desnuda haciéndose
rulos en el pelo. Incluso una vez tuve colgado a mi propio progenitor.
«Mamá, hay un señor guindado de la lámpara que se parece a mi
papá».
Mi padre fue un músico extraordinario que grabó un solo disco y
una canción maravillosa: «Flora, Flora, Flora / niña hermosa y risueña /
Flora, Flora, Flora / cuéntame lo que sueñas». Al momento de suicidarse
estaba completamente enamorada de él; y en lo más profundo de mi
corazón lo que deseaba era conocer a alguien como mi padre, un ser
rebelde de pelo salvaje que tocara la guitarra y me recitara poesía; una
estrella de rock genial que me dijera: «déjame una y otra y una y otra
vez decirte que te amo», como me cantó una vez John Lennon.
Sí, ya antes había tenido sueños vívidos, lúbricos. Una noche
Robert Plant entró a mi cuarto y me hizo el amor. No dejó de agitar sus
rizos dorados y de lanzar aquel alarido inmigrante: «¡Ah, ah, ah, ah, ah,
ah, ah, ah!». Otra noche se me apareció un dios lagarto barbudo y me
confundió con su mamá: «Mother, i want to fuck you». No obstante,
aquella Semana Santa del ’77 resultó absolutamente diferente. ¡M{gica!

Papá había muerto hacía mes y medio, así que María Pura y
Saturna pensaron que un cambio de aires me vendría bien. De modo
que volvimos a Adícora.
Yo solía ocupar el cuarto del fondo, desde donde podía escuchar el
sonido de las olas, a veces como un arrullo espumoso y relajante, otras
veces como un rugido embravecido. Aquella noche el mar sonaba como
un gentío en un concierto.
Llevaba media hora dando vueltas en la cama cuando de repente
sentí que alguien se acostaba a mi lado. Enseguida me erguí sobre la

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almohada y lo vi. Era un muchacho, una Adonis maligno de cabello


cano y ojos perversos que, sin temor a exagerar, fue el ser más bello que
jamás vi.
«Hola Florángel» me dijo. Fue como escuchar música. Luego me
acarició el pelo y empezó a decir palabras bellísimas. Cuando apartó las
sábanas y metió su mano bajo mi camisón quedé paralizada. Las miles
de chispas generadas por el contacto de nuestros cuerpos, saltaron hacia
la oscuridad y formaron una constelación dentro del cuarto. ¡Ah, la
magia!

«Pareces loca» me dijo al día siguiente María Pura, incrédula a


pesar de su oficio. «Yo sí te creo» expresó la bruja mayor que, tras un
sahumerio y una minuciosa inspección al cuarto, descubrió, en una de
las paredes, un umbral, una entrada hacia otra dimensión y otro tiempo.
«¡Fueron los dioses, mija!» exclamó. Sin embargo, al asomarse al otro
lado no le gustó lo que vio y bloqueamos la entrada con el escaparate.
Cuando me comenzaron las náuseas quedamos convencidas. ¡Un
milagro! A la semana me sacaron del colegio y me puse a ayudarlas en
el consultorio. Meses después nació Adrián y, pues, finalmente había
llegado esa criatura de la cual me enamoraría. «Es un bebé “encantador”
—exclamaron mamá y la abuela—. Su aura irradia una fuerte energía».
Sí, las brujas estaban muy contentas, aunque también muy nerviosas, los
hombres de nuestra familia no solían durar mucho. No obstante, fueron
ellas las que se marcharon temprano. Se fueron juntas, con un día de
diferencia. Supongo que las brujas se van siempre así, de a dos, para
acompañarse en las ceremonias eternas.
Varias veces volví a la casa de la playa. Entraba en el cuarto,
empujaba el escaparate y me sentaba en la cama junto al niño a esperar
que se presentara aquel Adonis maligno. Pero él jamás volvió. Al final
fue como uno de esos relatos malos donde todo resultaba ser la
alucinación o el sueño de la protagonista. Hoy me gusta pensar que
aquel muchacho escapó por la ventana en mitad de la noche y caminó
en línea recta hacia ese mar multitudinario que lo reclamaba como un
dios del rock. Sí, los espíritus actúan de forma misteriosa.

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In Voluptas Mors

A Yegli

¿Realmente soy yo?, ¿acaso soy esa otra que pretendo ser?, ¿la que finjo ser?
Aquel día —su decimoséptimo cumpleaños— Marina se puso su mejor
vestido y salió de casa con la firme intención de infiltrarse en la reunión
del Rotary Club, en el Balcón de Los Arcaya. ¿Para qué?, ¿para sentirme
mejor conmigo misma?, ¿sentirme parte de algo?, ¿tan desesperada estoy?
Pero, tal como solía ocurrirle, pronto se sintió completamente fuera de
lugar.
Marina no era muy conocida por su actividad social (no tenía). A
simple vista parecía alguien accesible, “normal”, pero en su interior era
consciente de lo rara que podía ser. ¡No no no! ¡Inhumana! ¡Impostora!

De repente todos los rotarios salieron huyendo cuando un sujeto


disfrazado de rey irrumpió en la reunión y comenzó a mojarlos con una
manguera. «¡Escorias!» les injuriaba. Marina, junto a un rebaño de
viejas, corrió hacia el patio trasero, pero al verse acorralada por el
monarca se encaramó en una de las ventanas. Entonces, del techo,
alguien le tendió una mano.
“Ziggy Stardust” fue lo primero que le vino a la cabeza al ver el
pelo color naranja, la piel clara y los ojos cubiertos por maquillaje oscuro
de la chica en el tejado. ¡Y la pinta! Iba vestida de forma estrafalaria,
caótica, como quien se viste en la oscuridad con lo primero que
encuentra.
—Gracias —musitó Marina.
—De nada —respondió la otra, llevándose un cigarrillo a la boca.
Marina se sentó sobre una pila de tejas y, consciente de esa rara
atracción que impulsa a las personas hacia lo desconocido, escrutó a la
muchacha. Hubo un momento en que ambas miradas se cruzaron y
volteó nerviosa hacia otro lado.

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—Serénate —dijo la desconocida—. Yo también te he estado


observando. Desde acá arriba he visto que no hablabas con nadie.
¿Tratas de pasar desapercibida?
Marina no contestó, nunca se tuvo demasiada confianza en lo que
podía decir. Carecía, por llamarlo de alguna manera, del elevado arte de
expresarse. ¿Inseguridad? ¿Baja autoestima? ¿Miedo a hacer el ridículo?
Un poco de todo. En clases, por ejemplo, jamás abría la boca a menos
que se tratara de una exposición o un interrogatorio. Se resguardaba en
el silencio. Por otro lado, siempre envidió el empalagoso optimismo de
los evangélicos o la exasperante energía de los escandalosos, esos que
cuando hablan creen que todo el mundo está obligado a escucharles.
—Soy Teresa —se presentó la del pelo anaranjado—. ¿Y tú?
A Marina le encantó aquel nombre. «Teresa. ¿O acaso era Tereza,
con zeta, como la protagonista de la novela de Kundera?».
—Marina —respondió al fin, y su nombre le sonó ridículo, tanto
como Perla o Arena. De haber escogido hubiera preferido uno más
exótico, como Karla o Katya; o simplemente K, como el personaje-autor
de El Castillo de Kafka, más acorde a su insociabilidad.
—Ese vestido que traes es fascinante —comentó Teresa.
Marina se sonrojó. Efectivamente, llevaba puesto la prenda de
mayor calidad de su closet, un vestido cóctel color violeta con lunares
blancos y encajes a lo largo del borde. Una elección concienzuda para la
fecha.
«¡Escorias!» se oyó en el patio y las dos chicas se asomaron a la
cornisa. “Su majestad manguera” continuaba en plan de baño.
—Solo es Gustavo Millán —señaló Teresa, indiferente—, el futuro
líder rotario. Un chico encantador.
Varios de los empapados de allí abajo, los que no lograron huir,
permanecían en el piso lamentándose por sus ropas y peinados
arruinados. Hubo quien optó por tomar algo de la mesa de los
pasapalos y hacerle frente. Un recurso, ciertamente, ridículo.
—Ah, la vacuidad de la alta sociedad —comentó Teresa, arrojando
el cigarrillo al vacío—. Míralos, con sus convivios y sus códigos de
conducta. ¡Imbéciles!

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Marina sonrió. Había algo en la forma de hablar de aquella chica,


en sus gestos y aspecto, que le confería cierta autenticidad y
sofisticación. Sí, le gustó enseguida.
—Oh, perdona —dijo Teresa—, no sé por qué he dicho imbéciles.
Quise decir mierdas.
A continuación la chica se puso en pie y empezó a sacudirse el
pantalón.
Marina se le quedó mirando el trasero.
—¿Te parezco culona? —preguntó la otra y Marina, avergonzada,
agachó la cabeza—. Descuida. ¿Tienes que ir ya a tu casa?

Teresa tenía carro, un desvencijado Chevrolet Nova ’73, muy


acorde a su aspecto estrafalario. Dieron vueltas durante un rato por la
avenida Manaure, comenzaba a oscurecer y la mayoría de las tiendas
habían cerrado. Se metieron en la calle El Sol y cruzaron nuevamente en
la Ampíes hasta llegar a la esquina de la Monzón. Se estacionaron frente
al antiguo palacete del General Laclé, un suntuoso y sombrío caserón de
dos plantas que se hallaba en completo estado de abandono.
Esperaron diez minutos; luego, al no percibir movimiento, bajaron
del carro, apoyaron los pies en el enrejado y brincaron dentro. Con la
mala suerte que el vestido de Marina se enganchó en una de las puntas
de la reja y... ¡RAAAS! «Relájate —dijo Teresa, inspeccionándole la falda
rota—. No se te ve nada». Cruzaron corriendo el porche, brincaron un
pequeño muro y accedieron a la casa por una puerta trasera
entreabierta. En el interior reinaba la oscuridad. El salón principal, más
pequeño de lo que parecía por fuera, se presentó lleno de muebles,
estatuas y otros cachivaches. También había un opresivo hedor a orine,
seguramente de los roedores fugitivos que se escuchaban corretear por
los rincones.
—¿Quién era Laclé? —quiso saber Marina.
—General Gabriel A. Laclé, segundo vicepresidente encargado de
la presidencia constitucional ante la Asamblea Legislativa del Estado
Falcón en 1920.

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Ante la precisión de aquel dato Marina optó por no preguntar


nada más. Seguidamente subieron por las frágiles escaleras de madera
que rechinaban y crujían bajo sus pies. «Cuidado —advirtió Teresa—,
faltan tablas». En la planta superior sortearon los enormes boquetes del
piso, le echaron un vistazo rápido al cuarto principal y ascendieron a un
pequeño mirador en lo más alto de la casa. «Claramente lo tuyo son los
tejados» dijo Marina, maravillada por el paisaje nocturno de la ciudad.
Luminosa e infinita, así se mostraba Coro ante ellas.
Teresa sacó un skunk y se sentaron en el suelo polvoriento.
Fumaron en silencio, pasándoselo la una a la otra. Marina no apartaba
los ojos de Teresa. A ésta le gustaba morderse el labio inferior al inhalar;
luego, al soltarlo, lo hacía lenta y provocativamente.
—Y dime —habló la del pelo anaranjado—, ¿qué haces con tu
vida?
Marina le reveló que iba en segundo semestre de la carrera de
Literatura y Latín; pero enseguida, arrepentida, volvió a la mudez. Ella
sabía que nada en la vida hacía más daño que aquél que conociera lo
que uno hacía, lo que quería, ¡lo que necesitaba! Además, ¿a quién le
importaba que ella deseara ser escritora, o que adorase la poesía de
Lydda Franco y Hanni Ossott?
—Al menos tienes un oficio —dijo Teresa, dándole una chupada al
porro—. Yo soy una holgazana. Duermo mucho ¿sabes? El peo es que
quiero hacer muchas cosas. Quiero ser una hacker y miembro de una
banda de moteros; quiero dar brincos con un equipo de fútbol que haya
quedado campeón; quiero ser Primera Ministra, una vampira, Anastasia
Steele o Lisbeth Salander; también quiero tener unos bigotes que se
retuerzan al comer chocolate Lanvin.
Marina la miró incrédula. Imposible que exista alguien así, tan
entusiasta y apasionada.
—Soy una coriana de mala gana —continuó Teresa, con la mirada
perdida en el horizonte—. El hogar no existe. ¡La Nación no existe! ¿Y a
quién le importa? Los “instalados” no dejarán que esto cambie. ¡Qué se
queden! Total, en un par de meses me largo a Montreal, a Kingston, a

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Pachuca, qué sé yo. Solo espero el puto pasaporte. Por cierto, ¿qué día es
hoy?
—Trece de febrero.
—Me refiero al día.
—Miércoles.
—Huh< ¿Te animas a ir a otro lado?

A Marina le sentaban bien los viajes nocturnos. Desplazarse en


medio de la oscuridad le avivaba una especie de voluptuosidad, de
escalofrío placentero, algo parecido a encender una linterna durante un
apagón o al atravesar un túnel. «Hoy voy a empezar / hoy es el
comienzo del final / el cocodrilo, astronauta soy, en órbita lunar».
Viajaban con las ventanas abiertas y la brisa que entraba las desgreñaba.
El cabello anaranjado de Teresa le volaba por encima de la oreja dejando
ver su cuello delgado y femenino. Por un instante Marina sintió el
impulso de oler aquella piel, de acariciar aquel pelo de zanahoria.
¡Señor! Estar en compañía de esa extraña muchacha, visitar aquel
mirador, fumar marihuana... Sí, Marina se sentía distinta, auténtica.
«Lady / Lady Blue / Sin control, sin dirección / la luz se fue / ¿a dónde
voy?».
Condujeron hasta las afueras de la ciudad, hasta los avernos de
Coro. En un punto se desviaron de la carretera y se adentraron en un
terreno baldío. Al poco rato se hallaron frente al más famoso prostíbulo
de la ciudad, el más antiguo, el único que sobrevivía.
—Pero no podemos< —reculó Marina, mirando aterrada el aviso
luminoso.
—Eso suena como a un reto —dijo Teresa, apagando el motor.
—P-pero<
—¿Vienes o qué?

Bombillos rojos, lamentos de acordeón expeliendo de una vieja


rockola, e hileras de mesas y sillas plásticas desde donde los clientes
observaban el sórdido mundo de rameras.

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Bajo la mirada incrédula de la clientela, las dos jóvenes tomaron


asiento cerca de la barra y ordenaron cerveza. Una ronda, dos rondas,
tres< M{s tarde, bajo los efectos del alcohol, Teresa y Raisa (la
trabajadora sexual que las atendía) bailaron un lento vallenato en medio
de la pista. «Olvídala / no es fácil para mí / por eso quiero hablarle / si es
preciso rogarle / que regrese a mi vida». Marina, abandonada en la
mesa, no dejaba de observarlas. Vio cuando una de ellas le secreteó algo
al oído de la otra y ambas soltaron al unísono una sonora carcajada.
«Olvídala mejor, olvídala / arráncala de ti, que ya tiene otro amor /
olvídala mejor, olvídala / arráncala de ti, ve y busca otra ilusión».
Cuando Teresa volvió a la mesa le pidió prestado su celular. «¿El mío?
¿Para qué?». «¡Presta, chica!». Luego desapareció junto a la prostituta en
el interior de uno de los cuartos.
Marina, con su vestido y corazón rotos, acechada por las miradas
morbosas de los hombres a su alrededor, comenzó a sentirse —una vez
más— completamente fuera de lugar. Se sentía como aquél que va de
visita a la cárcel y teme quedarse mucho tiempo, no vaya ser que los
guardias lo dejen encerrado también. «¿Qué estarán haciendo?» se
estrujó la cabeza, golpeando frenéticamente su pie contra el piso.
Finalmente Teresa regresó. Traía el cierre del pantalón abierto y se
le veía la ropa interior color celeste. «¿Cómo te fue?» preguntó Marina,
molesta. La otra le devolvió su celular y, con una mirada de sarcasmo,
contestó: «No sólo tiene ojos de gata, también lengua de gata. ¿Nos
vamos ya?».

El canto de unas aves y el olor a hierba recién cortada, hicieron


despertar a Marina. «Buen día» le saludó Teresa, desperezándose desde
el borde de una cama que no era la suya. A pesar del pelo de Troll recién
levantado, Marina la halló terriblemente atractiva. «¿Hemos dormido
juntas?» se preguntó, y alarmada alzó las sábanas. Su falda había
desaparecido.
—Te la cosí —le informó Teresa—. La he guindado en el baño.
Marina se irguió sobre la almohada y tras un rápido sondeo a
aquella caótica habitación se dedicó a buscar su teléfono. Lo halló sobre

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la repisa de la ventana. Al estirar el brazo para cogerlo quedó


maravillada ante el alucinante paisaje montañoso de allí afuera. ¿Dónde
coño estoy? Abajo, en el patio, descubrió un soleado jardín lleno de
{rboles frutales y animales diversos: ovejas, pavorreales, guacamayas<
A lo lejos un hombre la saludó con la mano y ella le respondió
tímidamente con igual gesto.
—Anoche hablabas dormida —comentó Teresa, poniéndose de pie.
Se había cambiado. Llevaba una franelilla y un short muy corto.
—¿Sí? ¿Y qué decía?
—Jamás te lo diré.
Marina entonces preguntó por el baño y cubriéndose con la sábana
se levantó. Una vez dentro abrió la regadera y se metió bajo el agua. El
champú de Teresa, el acondicionador de Teresa, el jabón de Teresa y la
afeitadora de Teresa descansaban en un porta champú, sobre su cabeza.
Marina los probó todos. Luego se giró. A sus espaldas, bajo la pequeña
ventana, estaba Salvador Dalí. Se trababa de un enorme afiche
plastificado donde el surrealista aparecía vestido de frac junto a una
calavera idílica hecha por mujeres desnudas.
In voluptas mors, leyó al pie.
—“La voluptuosidad en la Muerte” —tradujo Teresa, descorriendo
las cortinas.
Marina quedó petrificada. Se agachó y buscó cubrirse con las
manos. «¡Deja!» le ordenó Teresa, apartando sus brazos, «Levántate,
quiero verte bien», y tras un breve forcejeo se dedicó a contemplarla. El
sol que se colaba por la ventanita hacía brillar el agua que descendía a
riadas por entre los pequeños senos, las caderas y el incipiente pene de
Marina.
Entonces rompió a llorar. A pesar que llevaba más de un año
tomando hormonas, de que su familia la veía y trataba como a una
chica, Marina aún se sentía abominable, una especie de mutante. ¡No no
no! ¡Inhumana! ¡Impostora!
Teresa tomó el jabón del porta champú y tras frotarlo brevemente
entre sus manos lo aplicó espumoso contra el cuerpo inerme de Marina.
Frotó sus senos y su vientre. Frotó su pene. Frotó frotó frotó. Frotó el

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espacio entre el glande y el tronco. Frotó frotó frotó. Primero con


suavidad, luego rápido, muy rápido. Marina empezó a sentir como esa
fuerza que impulsa las plantas hacia arriba la envolvía y aceleraba su
pulso a ritmo indómito. No tardó en eyacular. Teresa, satisfecha, se lavó
las manos y salió del baño.

Más tarde, completamente vestida, Marina halló a su anfitriona en


la cocina. «Dame un segundo —le dijo ésta, metiéndose en la boca un
puñado de cápsulas que pasó con agua—. Debo tomarme un montón de
éstas cada mañana o moriré. ¡En serio! A veces descubro zonas de mi
cuerpo que tiemblan sin cesar: un párpado, un cachete, la comisura de
los labios, el dorso de la mano< Afortunadamente siempre estará
Bunbury para hacerme sentir bien».
Imposible contenerse ante la belleza y extrañeza de aquella chica.
—¿Quieres ser mi novia? —soltó Marina.
—No —dijo enseguida Teresa—. Estás un poco narizona.
A Marina le costó reaccionar.
—Pues< pues, tú eres una frentona.
—Eso no importa —contestó la otra, dándose vuelta—, tú solo
preguntaste si quería ser tu novia, lo de si soy o no frentona ha sido un
desquite.
Harta, Marina optó por aclarar esa duda que le rondaba la cabeza.
—¿Qué habría pasado si me hubiese rehusado a acompañarte a
esos sitios?
—Nada. Siempre preferiré la soledad a estar con gente.
Marina no dijo nada más. Abatida, se giró y buscó la puerta.
—¿Quieres que te lleve?

«Camina en línea recta hasta la carretera y toma la buseta que diga


Caujarao —le indicó el hombre en el jardín, el padre de Teresa—. Y
vuelve cuando quieras». Caujarao era un pequeño pueblo situado en las
afueras de Coro. Uno de esos lugares que, debido a la cercanía y
creciente población, terminaría tarde o temprano adjuntándose a la
ciudad. Marina avanzó solitaria hasta la carretera. En el trayecto vio

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grandes casas con amplios porches llenos de plantas y algún que otro
perro ladrándole al pasar.
Ya en la buseta de camino a Coro, una lacrimosa Marina buscó
refugio en su fiel teléfono. La carpeta de contactos continuaba vacía. En
la carpeta de galería, por el contrario, halló el close up de lo que parecía
ser una especie de boca húmeda, abierta y peluda. ¿Un papo? Y mientras
el transporte atravesaba los pequeños cerros caujarenses coronados por
las monumentales esculturas de Alí Primera y la Virgen de Santa Ana,
Marina empezó a tararear, de manera involuntaria, aquella pavosa
canción de la noche anterior: «Olvídala mejor, olvídala / arráncala de ti,
que ya tiene otro amor / olvídala mejor, olvídala / arráncala de ti, ve y
busca otra ilusión».

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Dulcelis Carolina

Gustavo Millán fue el muchacho más bello que jamás conocí. Con ese
pelo canoso y ese aire a galán seductor se parecía igualito a Richard
Gere. Fue el único en quién me fijé. El único con quien me acosté.
—A Adrián le caes bien —me dijo el día que lo conocí.
—¿A quién?
—A Adrián, mi amigo.
Volteé y miré al otro con indiferencia.
—¿Y?
—Pues, que me gustas —expresó, como si nadie me lo hubiese
dicho antes.
—¿Ah, sí?
—Sí, chica. Aunque ese nombre tuyo, Dulcelis, no me gusta nada,
demasiado tierrúo. Te llamaré por el otro.
Nunca supe si Gustavo Millán solamente me quería coger o qué.
Bueno, no importaba en realidad. Aquel día nos montamos en su carro y
dimos vueltas por la ciudad. Fuimos a la Casa Japonesa y me compró de
todo: ropa, ropa, ropa, zapatos, carteras, ropa, ropa, ropa «Gracias,
amor. ¡No tenía nadita de ropa!» repetí feliz. Recorrimos la tienda de
arriba abajo; luego, cuando el día se convirtió en noche, arrancamos
para La Vela y nos metimos en una taguara mediterránea.
—¿Esta parrilla será carne de verdad? —preguntó Adrián,
estudiando el menú.
—De gato —bromeé.
—Pero el pollo si debe ser pollo.
—Zamuro —terció Gustavo.
«¿Van a queré algo?» preguntó el dueño del establecimiento,
impaciente.
Nos decidimos por el pescado frito.
—Sabe a playa —dije, chupándome los dedos grasientos.

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Al día siguiente Gustavo me pasó buscando y nos metimos en el


primer motel que vimos. Para la ocasión me había afeitado el pubis y al
verme toda peladita tuvo una enorme erección. «Estás demasiado
apretada» se quejó. Lo intentó durante diez minutos; luego, molesto, se
echó a un lado y me haló por el pelo. «Trágatelo todo. Así. Buena chica».
Al final se ayudó con los dedos. Me dolió muchísimo perder la
virginidad de esa forma. Cuando me dejó en la casa preguntó si me
había gustado. Le dije que sí y me propuso que fuéramos novios. «Más
bien ya soy tu mujer» repliqué.
Él vivía en Los Orumos, en una casa llena de alfombras y muebles
caros. Sus padres viajaban mucho, así que iba todo el tiempo. Apenas
cruzaba la puerta Gustavo me desvestía y me enviaba a la cocina a
buscarle cualquier cosa. A él le gustaba verme sin nada de ropa
paseando por aquella suntuosa casa. Yo aprovechaba de recorrerla por
entero. En la sala había un enorme cuadro donde aparecía Gustavo
junto a sus padres y su hermano muerto; en su habitación, sobre la
cabecera de la cama, vi la escultura de una enorme águila con una cruz
de puntas torcidas (卐) entre sus garras. «La esvástica» señaló Gustavo.
Él sabía de todo sobre los nazis, fechas, eventos, personajes importantes;
tenía un montón de libros de la Segunda Guerra Mundial que conocía
de memoria. Alucinaba con implantar campos de concentración,
cámaras de gas y cosas así. Daba algo de miedo oírlo hablar.
Inés, mi mejor amiga entonces, acertó al decir que a mí solo me
atraían los locos, los pesimistas, los muchachos tristes a quienes se les
había muerto la madre o el perro. Y Gustavo era uno de ellos. De
pequeño, jugando con la pistola de su padre, se le escapó un tiro y mató
accidentalmente a su hermano Ernesto. «Al principio tuvo algunos
espasmos —relató (un relato, por demás, escabroso)—, luego puso los
ojos en blanco y se quedó tieso». Su mamá lo halló acurrucado en el
baño con las manos en la cara, como protegiéndose. Las terapias, por
fortuna, le ayudaron a superar la culpa; su madre en cambio pasó el
resto de su vida sufriendo de crisis nerviosas. «Bah, siempre ha
exagerado sus males —me decía él—. Enfermarse es como un logro
para ella, como si ganara una medalla en combate o algo así. Todo el

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mundo debe enterarse de lo que le pasa y siempre resulta ser más grave
que lo que le sucede los demás. En el fondo no es más que una mujer
lujosa, una esposa sumisa a las órdenes de mi padre».
Su papá, el viejo Millán, era un hombre autoritario que se creía con
el poder de regir al mundo: «¡Te di la vida y me perteneces! —le
remedaba Gustavo—. ¡Soy tu padre, no un pozo de petróleo!». La gente
creía que los Millán, por el simple hecho de ser ricos y pertenecer a las
altas esferas del mundo político, llevaban una vida doméstica modelo.
Pero qué va, en aquella familia todos estaban mal de la cabeza.
En especial Gustavo.

Ahora que lo pienso, puede que fuera yo la única persona en todo


el mundo que sabía exactamente lo que pasaba con Gustavo. Cuando
terminábamos de hacer el amor se ponía un poco raro, paranoico.
«Tengo este malestar —me decía—. Debes ayudarme». En una ocasión
lo descubrí redactando una larga lista de personas que quería asesinar;
más tarde, cuando entró en razón, quedó perplejo al darse cuenta que
no dejaría a nadie vivo. ¿Una prueba del monstruo que se gestaba
dentro de él; el mismo en el que terminaría convertido?
Tras el accidente donde casi nos matamos; las cosas se pusieron
realmente intensas. Empezó a fotografiarme. Primero con tacones,
prendas con encajes y cosas así; luego desnuda, en poses provocativas.
Enamorada como estaba no había nada que no hiciera por él para
complacerle. Me insultaba, me abofeteaba y de vez en cuando también
me azotaba: «¡Schnell! ¡Schnell!» gritaba. Le excitaba verme como su
esclava obediente y sumisa a la que podía humillar. En muchas
ocasiones me botó de su casa y tuve que devolverme a la mía como
pude, en taxi y a veces a pie. Yo era su novia, ¡su mujer!, pero eso a él
parecía no importarle demasiado. Me enviaba mensajes obscenos a toda
hora. No le importaba que estuviera con mi familia o en plena misa, yo
debía responderle enseguida y en el mismo tono sádico, o se molestaba
muchísimo. Luego, por supuesto, llegaron las peleas y las constantes
separaciones. Desesperada, le escribía que quería verle, que lo
extrañaba, que lo amaba; pero me ignoraba. Incluso le amenacé con

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matarme. «¡Qué te vas a estar matando, chica! —se burlaba—. ¿No ves
que sí te quiero?». Sí, me manipulaba, y lo peor es que yo me dejaba.
«¿Qué estás haciendo? —me telefoneó un día—. Acompáñame a
una fiesta». Una fiesta sonaba a una broma cruel tras aquel último y
largo período de separación. Sin embargo, moría por verle. Tardé horas
eligiendo qué ropa ponerme. Quería desplegar todas las artes de mi
coquetería, volver a gustarle. Sinceramente no recuerdo cuál fue el
vestido que usé. Apenas entré a aquella casa todo era un circo. «¡Escoria!
—exclamaba un eufórico Gustavo en el jardín—. ¡Títeres!».
Todos los presentes, señoras elegantes y hombres de trajes que
bebían alegremente, le miraban con asombro. «¿Acaso no se dan cuenta?
—vociferaba él—. Le he brindado al Señor una nueva oportunidad para
aniquilarme y no lo ha hecho». Al parecer, Gustavo había saltado
borracho desde el segundo piso y aterrizado en la mesa de los licores sin
lastimarse un solo hueso. «¡Esta es otra prueba! —exclamó triunfante—.
¡He nacido para algo importante! ¡Algo trascendental!».
Harta del espectáculo, me abrí paso entre la gente y lo encaré:
«¿Qué coño haces, Gustavo?». Cuando creí que volvería a insultarme o a
burlarse de mí, abrió la boca y dijo: «Vente conmigo a Argentina».

Qué ingenua fui al creer que aquel viaje a Buenos Aires sería
diferente, que lo disfrutaríamos, que visitaríamos centros comerciales o
pasearíamos tomados de la mano por las plazas y parques. ¡Soy un
ilusa! Lo menos que hicimos fue salir del hotel. Gustavo se compró un
enorme libro nazi en el aeropuerto y se encerró en la habitación a leerlo.
«¡Para qué me trajiste, entonces!» le reclamé frustrada. Sí, él bien pudo
haber viajado sin mí, siempre me pareció que se sentía mejor solo. Sin
embargo me llevó y, pues, fue lo más cercano a estar casados. De noche,
cuando acabábamos de tener sexo (única actividad, aparte de leer)
Gustavo se levantaba, caminaba por la habitación y se paraba junto a la
ventana a hablarme de sus planes dementes:
—¿Cómo suena mejor, Coro o Koro?
—¿Qué?
—Perdón. Quise decir que cómo se lee mejor.

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Luego se quedaba con la mirada perdida contemplando la ciudad


nocturna a través del cristal.
Yo estaba volviéndome loca. Era tan desesperante no poder salir
del hotel (no tenía dinero, todo el viaje había sido costeado por el viejo
Millán) que a veces bajaba al lobby y me sentaba en uno de los sillones a
respirar un poco del aire de la calle. La recepcionista y el portero,
auténticos ejemplos de la pedantería argentina, no dejaban de
dedicarme miradas burlonas.
Finalmente, cuando faltaban dos días para venirnos, me armé de
valor y entré en la habitación dispuesta a enfrentarlo. Para mi sorpresa
lo hallé vestido y listo para salir. «Vístete —me ordenó—. Iremos a casa
de Ricardo».

El taxi nos condujo hacia las afueras de Buenos Aires, hasta San
Fernando, un barrio igualito a los de acá, con niños semidesnudos
correteando en la calle, perros husmeando en la basura y ancianos
sentados en los porches de sus viviendas precarias. Cuando el taxi se
detuvo frente a la 6067 de la calle Garibaldi quedé desconcertada. Yo no
lo sabía (cómo podía) pero aquella casucha frente a nosotros era una
especie de centro de peregrinaje para turistas y curiosos de todo el
mundo. En aquella casa humilde vivió, varios años y bajo el nombre
falso de Ricardo Klement, uno de los ídolos de Gustavo, el ex jerarca
nazi Adolf Eichmann, el responsable del envío de millones de personas
a las cámaras de gas.
—Al caer el Tercer Reich —comentó Gustavo— y tras pasar por
varios países en la llamada “ruta de las ratas”, el teniente coronel Adolf
Eichmann se refugió acá en Buenos Aires. Según, era un individuo
ordinario, un trabajador de la Mercedes-Benz que no aparentaba haber
matado a nadie. ¡Pero vaya que lo hizo! Klement era Eichmann, el genio
del mal, el arquitecto de la más grande y violenta matanza de todos los
tiempos<
Y mientras avanzábamos hacia la casa, mientras, excitado, Gustavo
hablaba sin parar, su rostro expresaba una siniestra euforia. Fue

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entonces cuando, obvia y terrible, así me parecieron, de repente, sus


intenciones<

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Sirenos (love bites)

A José Daniel Casanova

Pues sí, todo se jodió a mediados de los noventa: Cobain murió; Roberto
Baggio falló el penalti que pudo haberle dado el Mundial a Italia; Def
Leppard grabó Slang, el peor disco de toda su carrera; y a los diecisiete
años tuve un accidente absolutamente injustificable que me obligó a
vivir en una silla de ruedas.
Bueno, no es que mi vida de pronto hubiese llegado a su fin,
agradezco el no haber acabado con un respirador o alimentándome por
un tubo. «Solo es un revés, Adrián» me dice Florángel, mi madre,
siempre optimista. Por desgracia, se trata de un revés que me ha
impedido volver a caminar, saltar, correr, bailar... Encima debo lidiar
con los mareos. De pequeño solía marearme en todas partes, en el carro,
en los ascensores, en “los caballitos”; ahora que paso todo el tiempo en
la silla, vivo con unas eternas ganas de vomitar.
Cada mañana Flor{ngel me saca al solar y me “estaciona” bajo las
matas a tomar el aire. «Si te pega el sol me avisas para cambiarte de
lugar» dice. Luego entra a La Tienda del Encanto y me deja allí,
arrullado por el canto de las aves y el sonido de las hojas batiéndose al
viento. No tardo en quedarme dormido y en volver a tener ese sueño
recurrente. En él me veo caminando, saliendo del mar y empujando una
silla de ruedas que no lleva a nadie sentado. «Porque el mar traga y
después bota» me ha explicado Florángel, sin hallarle relación alguna. A
veces sueño que traigo a casa una hermosa y asexuada sirena; ella, al
igual que yo, padece del mismo mal: no puede usar las piernas. «Soñar
con una sirena, en el caso de los varones, significa un amor imposible —
dicen las cartas del tarot, según Florángel—. En cambio, si la que sueña
es una mujer, puede que ésta tenga dudas sobre su propia feminidad».

Hora de echar atrás:

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A Gustavo lo conocí en el liceo, en cuarto año. Aquel primer día de


clases, me recuerdo, se llevó un cuchillo oculto dentro del zapato «por si
se metían conmigo» me contó él luego. Todo el mundo lo llamaba “el
abuelo” porque tenía el pelo cubierto de canas, lo que volvía locas a las
niñas. Pero Gustavo no era nada sociable. Al contrario. Era de los que se
sentaban de último en el salón y se fugaban de clases para ir a fumar
porros con el portero. «La escuela es para los brutos —decía—, para los
que no saben nada». Aquello no lo entendí muy bien. Una vez un
profesor le hizo un examen oral y Gustavo se quedó callado. Dos veces
le hizo las mismas preguntas pero él se limitó a mirarlo sin abrir la boca.
«¿Tú no me ves? —le reclamaba el frustrado profesor—. ¿No me ves?».
Gustavo era así, consideraba inferior al resto del mundo, indigno de
cualquier palabra suya. Sabrá el diablo por qué me hablaba a mí. Él
afirmaba que los animales eran mejores que las personas: «hasta Hitler
prefería a los perros» decía. Y, en efecto, el único acto de bondad que
alguna vez le vi hacer fue cuando encontramos un perro muerto en la
calle. Él se acercó al animal, le acarició la cabeza y con profundo pesar
expresó: «no puedo hacer nada por ti, valiente perrito».

No recuerdo la razón por la que nos hicimos amigos, supongo que


entonces uno se divertía como cualquier niño, jugando Nintendo o
intercambiando barajitas para completar el álbum del Mundial.
—Es un muchacho decente y conversador —dijo Florángel cuando
lo traje a la casa—, su aura irradia una fuerte energía.
—¿Conversador?
Ese día se quedó a almorzar. «¡Ésta es la mejor pasta con carne que
he probado en toda mi vida, señora!» exclamó, moviendo las manos con
ademanes de director de orquesta. Era un asocial, sí, pero también un
tragón, un tragón con labia. No hubo manera luego de sacarlo de la
casa. Más que visitarme a mí parecía que iba a ver a Florángel. No
dejaba de repetir lo mucho que le gustaba. «Además, está buena»
añadía. Sí, mi madre aún era una mujer joven y atractiva, pero ¡coño!,
era mi madre.

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Un día los hallé en La Tienda del Encanto y no me gustó nada.


Florángel, acostumbrada a todo tipo de sesiones, lo sentó en una silla y
le leyó las cartas del tarot:
—Los amantes al revés significa una mala decisión, Gusta —así lo
llamaba, “Gusta”—. Deberás escuchar atentamente a tu corazón, elegir
con sabiduría el camino a seguir».
—¿Y la regresión? —preguntó él, ansioso.
—La terapia regresiva es solo un acto de fe —le explicó ella—.
¿Quieres probar? Una vez que comencemos sentirás una especie de
absorción, como si una enorme fuerza te jalara y estirara, como un
espagueti; luego se producirá un estallido luminoso y verás un
umbral<
M{s tarde, aturdido por el “viaje astral”, se nos quedó mirando a
mi madre y a mí de forma extraña. Jamás nos contó lo que vio. Jamás
volvió a ir a la casa.

Cuando pasamos a quinto año, Gustavo se sacó la licencia de


conducir y empezó a robarse los carros de su casa. Íbamos a La Vela y a
la Sierra; bebíamos, fumábamos, nos drogábamos... ¡Ah, los excesos de
la juventud! Nos creíamos invencibles, con derecho a probarlo todo y
hacer lo que fuera.
Pero había un problema: Gustavo estaba loco.
A veces, como antes dije, le daba por no hablar. A él no le
importaba si estábamos solos o compartiendo con gente, se quedaba
mudo y no abría la boca en toda la noche. Yo tampoco era muy
conversador, lo que resultaba aún más incómodo. Por si fuera poco, a
Gustavo también le daba por encerrarse en el carro. Dulcelis Carolina,
su novia de entonces, se cansaba de tocarle el vidrio: «Abre de una
buena vez, coño». Pero aquello era como gritarle a un sordo en medio
de una estruendosa tempestad.
Sabrá el diablo por qué Gustavo lo hacía. Quizá era para
incomodarnos, para advertirnos de que podía dejarnos botados cuando
quisiera o simplemente porque le importábamos una mierda. En todo

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caso, ¿qué le impedía abrir la puerta con el carro andando y empujarnos


a la carretera de una patada?
Sí, mi amigo estaba loco, y la prueba más fehaciente de aquella
locura la presenciamos, para desgracia nuestra, la noche del accidente.

Aquella madrugada regresábamos de la playa, ebrios,


adormilados, con los cinturones medio puestos. Gustavo manejaba,
Dulcelis iba de copiloto, y mi novia y yo en el asiento de atrás. Yo venía
recostado en las piernas de Marina, mareado por el alcohol y la
carretera. De vez en cuando abría los ojos y observaba las luces de los
carros proyectadas en el techo.
Sucedió que, a la altura de Médano Blanco, justo antes del
volcamiento, instintivamente me erguí sobre el asiento y vi, en medio de
la penumbra, los ojos de Gustavo mirándonos a través del retrovisor.
Era una mirada maligna, llena de odio. Hoy quiero creer que en verdad
perdió el control, que no lo hizo a propósito.
A él no le pasó absolutamente nada, le dieron de alta aquel mismo
día; Dulcelis en cambio permaneció en coma una semana; Marina murió
(traumatismo craneoencefálico severo) y yo quedé inmóvil de la cintura
para abajo. Cuando desperté, los doctores me dijeron que estaba vivo de
milagro, que aparte de no poder caminar, seguramente padecería de
mareos el resto de mi vida<

Volvamos atrás:
Dulcelis Carolina era la chica más bonita del liceo. Delgada, rubia y
de pechos grandes. No había cuerpo mejor que ese, y ella lo sabía.
Nunca olvidaré el día en que, iluso, me le declaré: «¿Quieres ser mi
novia». Ella se me quedó viendo. Fue una mirada irónica donde me
decía que no me quería para eso, que le gustaba otro. A los días me
enteré que se había empatado con Gustavo. ¡Justamente con Gustavo!
«Sí —me confirmó una de las amiguitas jalabolas de ella—, el que se
parece igualito a Richard Gere». Por fortuna, lo superé rápido. Dulcelis
y “Gusta” eran, para ser honesto, tal para cual. Él era un demente

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megalómano y ella era una zorra presuntuosa que por el simple hecho
de estar buena se creía con el derecho a despreciar a todos.
En fin, luego de fumar la pipa de la paz, nos fuimos un día al Pub,
la otrora discoteca de moda en Santa Ana de Coro. Dulcelis estaba muy
linda, con una falda corta y una chaqueta de cuero, aunque no hallaba
con quién bailar. Gustavo ni la veía, o no sabía bailar, qué se yo, solo se
distraía con la cerveza. Yo sí que sabía bailar, mi madre me había
enseñado de pequeño y era un bailarín colosal. ¡Que se jodiera Dulcelis!
Prefería sacar a cualquier otra.
Entonces, dando vueltas por la discoteca, buscando a las menos
bonitas, a las que se sentaban solas, me fijé en una chica de vestido
violeta con lunares blancos que me miraba desde la barra. «¿Quieres
bailar?» le pregunté y fuimos a la pista. Bailamos un par de merengues
suaves y aproveché de detallarla. Tenía algo raro en las cejas. «¿Qué me
ves? —preguntó en tono agresivo—. ¿Te gusto?». Nervioso le respondí
que me gustaban sus cejas. Ella torció el gesto y seguimos bailando sin
decirnos nada. Cuando la música se tornó aburrida la llevé de vuelta a
la barra. Fue entonces cuando sacó un bolígrafo y me anotó su número
de teleéfono en la mano. «Llámame».
Quedamos para vernos al otro día. Marina (¿ya dije que se llamaba
así?) insistió en que fuéramos a “los caballitos”. Subimos a la bailarina y
a la rueda de la fortuna; luego, al bajar, vomité. Ella, quizá enternecida
por mi malestar, me dejó reposar la cabeza en sus piernas. «Me gusta tu
pelo —dijo, pasándome la mano—. Así, todo esponjado, te da un aire a
Cerati». Al día siguiente me invitó a su casa. Fue una visita rara,
incómoda. La mamá no dejaba de dedicarme miradas extrañas, y su
hermano, un mierdecilla insoportable, no paraba de reír. «¡Haz silencio!
—le reprendía ella—. Y sácate esos dedos de la nariz».
¡Marina Marina Marina! Había algo en su manera de ser que me
atraía, que me imantaba, no lograba precisar lo qué era. Quizá fuera su
personalidad reservada o tal vez lo distinta que se me hacía al resto de
las chicas. Lo que fuese, me había capturado.
A Florángel le encantó ella. «Sonríe y habla bastante» dijo el día
que la traje a la casa. Nos hizo media licuadora de Toddy frío y nos dejó

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viendo una película en mi cuarto. Cuando salió puse la cinta en pausa y


le mostré a Marina mi colección de discos: «este es Hysteria, el mejor
álbum de Def Leppard, el último que grabaron junto a Steve Clark».
Puse el disco y lo adelanté hasta la cuarta canción: «Love bites, love
bleeds / It's bringin' me to my knees<». A ella le gustaba m{s la música
en español, Mecano, Sodastereo y cosas así<
Hablamos de todo un poco. Le conté que mi madre era medio
hippie y medio bruja; que leía las cartas del tarot, que cocinaba rico y se
pasaba tarareando “Flora”, el único éxito del único disco que grabó mi
difunto abuelo; también le conté que quería aprender a tocar la guitarra
y componer canciones como él, pero que nunca aprendí a tocar nada. En
fin, una cosa llevó a la otra y nos dimos nuestro primer beso. Enseguida
mis manos se volvieron inquietas y le desabroché la blusa. No traía
sostén. Tenía unos senos pequeños pero bonitos. Cuando le bajé el
pantalón me dijo: «no me quites las pantaletas todavía», luego se recostó
en la cama, cerró los ojos y dejó que mis manos la exploraran. «Love
lives, love dies / It's no surprise / Love begs, love pleads / It's what I
need<». Quedé perplejo al sentir un extraño bulto en su entrepierna.
«¿Qué coño<?». En ese instante oímos regresar a Flor{ngel y eché a
correr por el pasillo.

Para celebrar el fin del bachillerato Gustavo y Dulcelis nos pasaron


buscando para ir a la playa. Marina y yo veníamos atrás, uno al lado del
otro, sin decirnos nada pero mirándonos de vez en cuando. Ella sabía
que yo estaba triste, confundido. «¿Es un gay? —cavilé—, ¿un
transformista? ¿Qué coño es?». Me sentía burlado, embarcado, como si
en plena operación de trasplante de corazón el donante se hubiera
echado para atrás a última hora o algo así. A pesar de mi frustración no
dejaba de mirarla. ¡Señor, cómo me gustaba! Me gustaba cómo alineaba
las piernas al sentarse y la manera en que el viento agitaba su cabello.
Demasiado linda y femenina.
Entonces saltaron las alarmas: ¿Qué coño era yo?
El trayecto hasta Adícora duró casi una hora. La carretera estaba
llena de burros y fue necesario manejar con precaución. La playa

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también estaba atestada de bañistas pero al final pudimos disfrutar de


un lindo día. Ya en la noche, antes del retorno, encendimos una fogata
cerca de la orilla y nos sentamos en un tronco a bebernos las últimas
cervezas. Estuvimos un largo rato así, admirando el fuego y el mar.
Gustavo, que se mantenía silencioso, removía las brasas con una vara
sin dejar de mirarnos. Miraba sobre todo a Marina, con detenimiento,
con interés. ¿Sospechaba?
En ese momento Dulcelis Carolina puso música en el reproductor
del carro y empezó a bailar alrededor de las llamas. Bailaba una especie
de danza del vientre, subiendo y bajando las caderas como una culebra
flexible y erótica. El fuego crepitaba, las chispas volaban en el aire y en
el fondo de los ojos de Gustavo que, embelesado, contemplaba a su
novia como si quisiera echarle un polvo allí mismo frente a nosotros.
Fue entonces cuando se puso de pie y empezó a darnos aquel extraño
discurso: «¿Es este un mundo justo?, ¿un mundo bueno? ¡Qué va! Puro
excremento y caos. Hay que sanearlo todo, purgarlo de toda la escoria y
los títeres que habitan en él. ¡Ahg, si tuviera un poder! Si tuviera un
poder, les juro que haría triturar las manos a quienes le gusta señalar
con el dedo; haría cercenar las piernas a quienes nos hacen tropezar;
arrancaría las lenguas a quienes nos insultan y engañan, a los que no se
disculpan, a los que no agradecen, a los que no son capaces de decir
absolutamente nada amable. No no no, amigos, es un error creer que en
la vida no se paga, que no existe la justicia. ¡Pero la habrá! Ya he elegido
el camino a seguir».
Daba pavor oír lo que decía. ¡Cómo lo decía! ¿Delirios de
grandeza? Cómo imaginar la clase de persona que terminaría siendo.
Dulcelis, quizá acostumbrada a los arranques de su novio, se echó a reír.
«Qué loco» musitó, nerviosa.
Acabada la perorata de Gustavo, Marina se levantó y me pidió que
la acompañase. Caminamos juntos por la orilla de la playa con los pies
dentro del agua. «La playa es mejor así —comentó—, sin nada de gente,
¿no te parece?». Soplaba una brisa gélida. «Siempre pensé en vivir en la
playa —prosiguió, frotándose los hombros—. Cuando era niño me
gustaba fantasear que era una sirena. Yo aún no lo sabía, pero algo

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dentro de mí me decía que este cuerpo me era ajeno, que no me


correspondía». Ella entonces se paró frente a mí y confesó que había
nacido varón, que llevaba dos años tomando hormonas y que éstas le
estaban ayudando a cambiar de sexo. Luego, se acercó y me preguntó:
«¿Querrías hacerme una mujer?». No supe qué decir. ¡Qué hacer! «Eres
lo mejor que me ha pasado en la vida» agregó y, quizá sintiéndose
librada de un gran peso, me abrazó. Nos quedamos un rato así, sin decir
nada, envueltos por la brisa fría nocturna. Hasta que, muy lentamente,
comencé a relajarme. Marina se percató de mi cambio. Levantó la cabeza
y me ofreció sus labios. ¡Señor, qué dulzura! La rodeé con mis brazos y
nos besamos.
Luego sucedió algo extraordinario: sirenos asexuados emergieron
del agua y se arrastraron por la arena con la firme intención de
hechizarnos con cantos y llevarnos con ellos a sus reinos oceánicos; o
eso imaginé.
—Te quiero —dije al fin—. Te quiero para siempre.
Justo en ese momento escuché la voz de Dulcelis diciéndonos que
era hora de irnos.

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Índice

Otra ciudad, Maylen Sosa<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<6

OTRAS PARTES

Mamerce (hasta el hastío).<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<8


Fuera del agua<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<..11
Zezozose Zadfrack<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<..13
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! <<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<19
La fiesta de Zezozose Zadfrack<<<<<<<<<<<<<<<<<.20
La Justicia<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<..<<<<24

KORO

Koro<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<..<<<<<<.28
Umbral<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<..<<<<<31
In Voluptas Mors<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<...35
Dulcelis Carolina<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<.44
Sirenos (love bites).<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<.50

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Edición Digital
Diciembre de 2017
Coro - Venezuela

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