PRÓLOGO

Muchas veces la Providencia suele colocarnos en situaciones para las que no estábamos preparados y, lo que es peor, para las que no teníamos las condiciones indispensables para enfrentarlas con éxito. Siempre creí que mis aptitudes literarias, si existen, se manifestaban mejor en el denuesto y hasta lograba alcanzar en el vituperio un cierto virtuosismo que nunca pude igualar en el panegírico y el elogio. Para templar mis aptitudes nuestra Iglesia, crecida a la sombra del liberalismo y la coherente vigilancia de los hermanos tres puntos, se empeñó en regalarnos una cohorte de obispos y grandes eclesiásticos que acariciaban con deleite la veta satírica de mi temperamento. Echado de la Universidad Católica de Mendoza por haber hablado mal de Monseñor Cándido Rubiolo, me vi obligado a ejercer mi saña sacrílega en algunas figuras clericales generosamente vilipendiadas por las plumas católicas, acaso menos inclinadas que la mía a zaherir mitras y solideos. Tayllerand, el Obispo revolucionario Grégoire y algunas otras célebres mediocridades religiosas me ofrecieron la fabricación de sendas etopeyas donde pude volcar, con criminal fruición, mi gusto por la caricatura y el esperpento. Es verdad que en alguna oportunidad hice un comentario entusiasta y elogioso de Santa Juana de Arco pero, felizmente, la presencia de Monseñor Pierre Cauchon me ofreció un blanco excelente para un jubiloso juego de masacre donde di vuelo a mi fantasía escatológica (no esjatológica como escribe muy bien el Padre Castellani cuando se refiere a las últimas novedades) y logré así equilibrar mi veneración por la Santa, con la santa indignación de mis hostilidades favoritas. Confieso entre amigos, los que lean esta introducción y el libro tan noblemente preparado por los Gambra, no pueden ser sino amigos, que nunca hablé mal de Monseñor Cándido Rubiolo, aunque tampoco hablé bien, no tenía ningún motivo para hacerlo pero, anticipándose a una muy probable tentación de mi parte, pidió que me sacaran de la Facultad y de este modo me proveyó de un magnífico pretexto para endilgarle este somero recuerdo, no precisamente laudatorio. Bien... es el hecho que mis conocimientos sobre los obispos que he tratado no favorecían ninguna inclinación al panegírico e incluso acentuaban, con sacrílega insistencia, esa proterva inclinación de mi alma a la crítica insidiosa y malevolente. Se me preguntará a cuenta de qué saco a relucir semejante defecto y con qué propósito lo expongo aquí, en una introducción a un libro escrito por el único Obispo Santo que he tenido la oportunidad de conocer. Precisamente por eso, porque Monseñor Lefebvre rompe mi noble tradición de hablar mal de los obispos y me obliga a un homenaje laudatorio para el que no estoy muy bien preparado ni por oficio ni por íntima propensión. Lo conocí en 1986 en ocasión de la ordenación sacerdotal de mi hijo Álvaro Martín. Una luminosa tarde de primavera en el patio que rodeaba el edificio del Seminario de La Reja. Encabezaba la larga procesión de sacerdotes y seminaristas con todo el atuendo de su boato episcopal, que portaba con la sencilla majestad de todos sus actos, por comunes y cotidianos que fueran. Nunca había sentido esa impresión extraña que exalta y, al mismo tiempo acongoja, como si se estuviera en la presencia de algo sublime y sin reiteración posible. Hoy y nunca más, me repetí como el cuervo de Edgard Poe, y efectivamente el hombre de Dios tenía sus días contados y toda la oficialidad de la Curia contaba con su desaparición para holgar libremente en la insania de sus inventadas liturgias. Monseñor de Castro Mayer estaba con él y emocionaba esa figura menuda y fina que sonreía en la serena humildad de su tranquilo coraje. No sé si lloré en esa ocasión o si las lágrimas me vienen ahora con la carga de tantos recuerdos acumulados en el curso de estos años, donde se fueron tantos amores y desaparecieron tantas amistades. Porque una de mis deudas más sagradas que tengo con Monseñor Lefebvre es la adquisición de algunas tercas enemistades surgidas, inevitablemente, de mi adhesión a la lucha emprendida por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Al fin de cuentas los amigos nacen convocados por nuestras buenas cualidades, pero los enemigos son el tributo que pagamos por las decisiones fuertes en la batalla emprendida contra los enemigos de la fe. Por supuesto que me hubiera gustado mucho hablar mal de los enemigos de Monseñor Lefebvre, pero vivimos en una época de un cristianismo endeble y mentecato, más adherido a los hombres y a los edificios que a los principios. En el tiempo de Dante Alighieri se podía meter a un Papa en el Infierno sin que este hecho conmoviera excesivamente las fibras de aquellos cristianos de hierro, hoy ni siquiera se puede emular el juicio de Otón Iº cuando, refiriéndose a Juan XII, que había sido puesto en el trono de San Pedro cuando apenas tenía doce años según unos o dieciocho según otros, aseguró en buen italiano para ser entendido por todos, que era “un ragazzotto mezzo chitrulo”. Hoy está prohibido juzgar los desaciertos pontificios del Papa que preside actualmente la Iglesia y sólo se permite referirse a él como si continuara con fidelidad impertérrita, la línea de los auténticos Pontífices. Como afirmé en mi absurdo introito, me revienta halagar sin motivos claros y contundentes para hacerlo y si leo en un documento emanado de la Santa Sede unas de esas frases sibilinas donde se desliza una discutible opinión teológica, la atribuyo directamente al que la firma y no como suele hacerse en las zalemas clericales a una mala lectura del intérprete. En aquellos buenos tiempos en que los Papas estaban formados en el realismo clásico aristotélico tomista, daba gusto leer el texto de una encíclica, porque ninguno de sus párrafos pecaba de ambigüedades estilísticas capaces de ser entendidas

de varias maneras según los gustos y las inclinaciones del lector. En ese sentido Monseñor Lefebvre nos lleva de vuelta a los documentos pontificales sencillos y claros donde es imposible tergiversar su sentido para darles un matiz ideológico de la cosecha revolucionaria. De él se puede decir lo que el cantar del mío Cid dice de su protagonista: “que buen vasallo si tuviere buen señor”. Claro está, se trata de una época en que los señores eran también nobles y caballeros y hasta sus escuderos podían recordarles, cuando las olvidaban, las reglas que nunca debían olvidar: eso que habéis hecho no lo hace un señor sin degradarse. Hoy soplan otros vientos y cuando el Siervo de los siervos se olvida de la buena doctrina nadie se atreve a soplarle el párrafo olvidado so pena de incurrir en el delito de desobediencia, por lo visto el más grave y desafortunado cuando la autoridad pierde el rumbo de sus auténticas obligaciones. “But the age of chevalry is gone for ever” y la democracia ha entrado en todas las instituciones de nuestra civilización provocando ese desmedro de la calidad en las jerarquías que hoy tenemos que lamentar sin saber cómo remediarlo. Se dice que el canto del gallo galo anuncia el amanecer, en el caso de Monseñor Lefebvre quiero creerlo, pero los gallos también cantan cuando el sol entra en su ocaso o cuando las nubes de la tormenta oscurecen el cielo, pero como los camelleros del desierto de Gobi debemos salmodiar: “si esta noche es una noche del destino, bendición sobre ella hasta la aparición de la aurora”. El sol del espíritu también suele esconderse cuando las pasiones de los hombres opacan el cielo de las certidumbres y nos quedamos sin guías en las penumbras de la perplejidad. Entonces la Providencia suele enviarnos un Santo para que nos enseñe a esperar en medio de las tinieblas. ¿Monseñor Lefebvre es ese santo? Yo lo creo, pero no ejerzo la administración de las beatitudes y como Monseñor no ha declarado en ningún momento que fuera liberal, temo que su canonización tenga que esperar mejores tiempos. Éste es un libro excelente y tiene la doble ventaja de provenir de una mano maestra y haber sido preparado por los hijos de ese español del Imperio que es Don Rafael Gambra y Ciudad. Rubén Calderón Bouchet Mendoza 12 de octubre de 2001

MONSEÑOR LEFEBVRE La resistencia católica
José Miguel Gambra

Este libro, con el título de “Mons. Lefebvre. Vida y doctrina de un obispo católico”, vio por primera vez la luz en 1980 y fue editado y prologado por D. Alberto Vassallo de Mumbert (q.e.p.d.). En la presente edición se ha conservado, con ligeras modificaciones, la biografía escrita por Clara San Miguel (q.e.p.d.) que llega sólo hasta los tiempos de S.S. Juan Pablo II. La traducción de los textos de la primera edición se debía a Irene Gambra. El P. Jesús Mestre Roc me ha prestado su eficaz colaboración para completar la selección de textos y ha hecho una revisión de todo el conjunto. José Miguel Gambra

PRIMERA PARTE Biografía
HASTA EL CONCILIO Marcel Lefebvre nació en Turcoing el 29 de noviembre de 1905, de un matrimonio que llegó a tener ocho hijos, cinco de los cuales se consagraron a Dios en la vida sacerdotal o religiosa. Es conveniente empezar con estos datos numéricos, para que así no parezca un mero convencionalismo el decir que los padres de Mons. Lefebvre fueron católicos ejemplares. Pero no basta con esto: es necesario decir que ambos fueron personas excepcionales, tanto en el aspecto meramente humano como en el religioso. El padre era propietario de una de las muchas fábricas de tejidos de aquella región del norte, una de las más industrializadas de Francia. Hombre exigente consigo mismo y con los demás, solía ser el primero en llegar a la fábrica después de haber oído misa y el último en salir de ella. Nunca consideró que el dinero fuese un pasaporte a la felicidad. Por el contrario, lo consideró como una responsabilidad exigente. Quizás por eso, cuando, en 1929, la crisis económica universal ocasionó su ruina, aceptó la nueva situación sin que se alterase su serenidad, y más adelante, consiguió rehacer su fortuna, gracias a su inteligencia y su tesón. En esto fue ayudado por su esposa, Gabrielle, que durante toda su vida y más aún después de su muerte, tuvo fama de santa entre quienes la conocieron. Desde muy joven, Marcel Lefebvre tuvo vocación al sacerdocio, que se desarrolló sin altibajos, primero en Lille y luego en la Universidad Pontificia de Roma, donde obtuvo los doctorados en filosofía y en teología. El entonces obispo de Lille, más tarde cardenal Liénart, tenía a Marcel Lefebvre en particular estima y hubiera deseado que continuase los estudios en su diócesis. Ordenado sacerdote, fue durante algún tiempo coadjutor de una parroquia en un suburbio obrero de Lille; pero, llamado por Dios a una vida de mayor perfección decidió ingresar en la Congregación de Padres del Espíritu Santo, en la que es admitido después de un año de noviciado. Los Padres del Espíritu Santo se dedican principalmente a las misiones y, en 1932, el padre Lefebvre fue enviado al Gabón, en África. Inmediatamente, el nuevo misionero demostró su capacidad y fue subiendo en grado sin interrupción: profesor del Seminario de Gabón, rector del mismo, durante algún tiempo —reclamado en Francia— superior del Escolasticado de su congregación; más tarde —de vuelta en África— Vicario Apostólico de Dakar (1947) y enseguida (1948) Legado Apostólico para toda el África de habla francesa. Por fin, en 1955 la Diócesis de Dakar es elevada a Archidiócesis y Mons. Lefebvre es nombrado su primer arzobispo. Una carrera como ésta no puede realizarse sin dotes excepcionales de inteligencia y de carácter. Mons. Lefebvre demostró un extraordinario poder para captar la realidad y una energía equilibrada para adaptarse a ella sin, por supuesto, ceder jamás de sus principios. Los progresistas, ¿cómo no?, le acusan de desfasado, porque considera que el objetivo fundamental de las misiones es predicar el Evangelio y no ayudar a construir mezquitas. Se le compara desfavorablemente con los misioneros actuales que no tienen inconveniente en adoptar las costumbres mahometanas e incluso las plegarias mahometanas; sin embargo, es un hecho que los mismos mahometanos respetaban a los auténticos misioneros católicos y desprecian a los actuales camaleones que les imitan servilmente. Durante los años de su permanencia en Gabón, Mons. Lefebvre dio a las misiones un impulso que repercutió sobre toda la vida del país: «Entre 1947 y 1962, Mons. Lefebvre cambió la paz del Senegal», dice el historiador Juan Delcourt. Su popularidad llegó a ser tan grande que era frecuente encontrar su fotografía en las cabañas de los nativos. Por supuesto, también esto le ha sido reprochado por los progresistas como un “culto a la personalidad”. La réplica de Mons. Lefebvre a este reproche debía escribirse a la cabecera de todos los obispos y de todos los sacerdotes: «Es mi deber de obispo no camuflarme en el anonimato que podría hacerme olvidar mis deberes. Aquéllos que la Iglesia me ha confiado deben reconocerme como los hijos reconocen a su padre». Nadie, ni siquiera sus enemigos, discute la eficacia y brillantez de la obra realizada en África por Lefebvre. Lo único que pueden hacer es tratar de oscurecerle con sus adjetivos estereotipados: imperialista, racista... De hecho él, no hizo jamás ninguna distinción entre el clero europeo y el africano, que, por cierto, creció espléndidamente durante su gobierno; y, cuando dejó su puesto en 1962, fue un obispo negro al que él había ordenado sacerdote, quien le sustituyó: Mons. Jacinto Thiandoum. Durante algunos meses Mons. Lefebvre fue Obispo de Tulle; pero en Julio de 1962 el capítulo general de su congregación le elige Superior General. Esta elección tiene una vigencia de doce años. EL CONCILIO En 1962 se inicia el Concilio Vaticano II. Mons. Lefebvre acude a él como experto, llamado por Juan XXIII. Desde las primeras sesiones se hizo patente la existencia de una alianza previa entre los padres conciliares

progresistas, que venían dispuestos a imponer su criterio por todos los medios. Este grupo estaba formado por obispos franceses y alemanes. Suele creerse que los progresistas formaban mayoría y que por eso se salieron con la suya en casi todo. La realidad es diferente. Los padres tradicionalistas, los moderados, los creyentes sinceros que se pusieron a trabajar a favor de una reforma de la Iglesia dentro de las líneas de la ortodoxia milenaria, estaban en mayor número que los progresistas. El triunfo de éstos no tiene —siempre según Lefebvre— más que una explicación: estuvieron apoyados por la suprema autoridad. Gracias a ello pudieron dejar de lado los esquemas de discusión preparados de antemano con mucho tiempo y gran esfuerzo por la Curia Romana, para sustituirlos por los suyos propios; y gracias a ello se apoderaron de la presidencia de la mayoría de las comisiones e imprimieron a las discusiones un ritmo tan rápido que los padres no tenían tiempo de entender el verdadero sentido de lo que votaban. A esto hay que añadir la presión constante de los medios masivos de difusión que tomaron por su cuenta al Concilio e hicieron estrepitosas campañas en todo el mundo a favor de la liberalización. Mons. Lefebvre, según propia confesión respaldada por cartas suyas de la época, había acudido al concilio lleno de ilusión ya que estaba muy lejos de ser un Obispo petrificado como ahora suele decirse. Por el contrario, su carácter dinámico, su sentido práctico, su contacto directo y prolongado con poblaciones no católicas, le hacían percibir claramente la necesidad de una reforma. Según él, ya antes del Concilio Vaticano II muchos sacerdotes se sentían atraídos por el cientificismo y por la sociedad de consumo; y por falta de firmeza en la Iglesia, propugnaban una mayor contemporización con el mundo. Sin embargo, estos mismos sacerdotes débiles tenían en muchos casos remordimientos de conciencia y deseaban, consciente o inconscientemente, que los obispos reunidos en concilio enderezaran firmemente la barca de Pedro e impusieran la debida disciplina a toda la tripulación. Si esto hubiera sucedido, los extraviados, en su mayoría, habrían aceptado el magisterio. Y los que se negaran a ello habrían quedado netamente fuera de la Iglesia, sin posibilidades de demolerla desde dentro. Pero muy pronto comprendió Mons. Lefebvre, como todos los buenos católicos, que la reforma emprendida llevaba una dirección diametralmente opuesta a la conveniente, a la sensata y necesaria. Lejos de aclarar conceptos y señalar fronteras, tendía a difuminar los fines sobrenaturales de la Iglesia y a confundirlos con los fines terrenos del mundo. Desde el primer momento, los padres tradicionalistas emprendieron la lucha. En realidad, es inadecuado llamarles “tradicionalistas” o atribuirles cualquier otro adjetivo común. No formaban un grupo previo como los protagonistas. No tenían intenciones preconcebidas como los liberales, sino que venían dispuestos, sencillamente, a trabajar junto con los demás por el bien de la Iglesia. Esto sin duda era de entrada una desventaja. Pero la causa de su derrota no fue ésta, como ya hemos dicho. Si hubieran podido exponer su criterio ante el concilio con la suficiente amplitud; si sus justas advertencias hubieran sido escuchadas por la autoridad, el resultado final habría sido muy otro. Es notable a este respecto la contestación de Pablo VI al Cardenal Larraona, con motivo de un escrito dirigido al Papa, entonces recién elegido, por un grupo de cardenales. «Por lo que nos han dicho —respondió Pablo VI— tenemos razones para creer que este documento es principalmente iniciativa suya, señor Cardenal, y que incluso los que lo han firmado no tenían conocimiento completo y reflexivo del mismo». Este “lo que nos han dicho” considerado como base suficiente para poner en duda la honradez de un grupo de cardenales, es mucho más que un desliz verbal en boca del nuevo Papa. Es todo un programa de Gobierno confirmado todo a lo largo de su reinado. No obstante, fueron los tradicionalistas y no los progresistas los que defendieron la autoridad personal del Papa y con ella la de los obispos. Mons. Lefebvre luchó con todas sus fuerzas contra la colegialidad, cuyos efectos corrosivos supo prever antes que nadie. «Este sistema —dice— que segrega mayorías de circunstancias, fácilmente manejables por hábiles estrategas, fomenta la pusilanimidad de los más y favorece la demagogia». ¿Cabe más claro análisis de lo que estamos viendo en todos los países? En este caso, el Papa se vio obligado a añadir al esquema conciliar una nota explicativa restableciendo la doctrina tradicional. Pero no impidió que el esquema sobre la colegialidad fuese publicado y aplicado con todo su mal espíritu. La nota explicativa ahí sigue, ignorada, sin que su autor haya hecho nada por llevarla a la práctica. De modo semejante, el esquema de “tolerancia religiosa” preparado por el cardenal Ottaviani fue sustituido por el de “libertad religiosa” preparado por el cardenal Bea. A primera vista puede parecer que la diferencia entre ambos es sólo un matiz, pero en realidad es un abismo. No es lo mismo admitir las prácticas religiosas (erróneas) de los no católicos, en espera siempre de poder convertirles a la verdadera religión, que conceder a todas las religiones los mismos derechos y renunciar por consiguiente a predicar. Esto último es lo que se hace actualmente. Los sacerdotes son asistentes sociales o agitadores políticos; todo, menos evangelizadores. Así fueron todas las declaraciones conciliares: documentos deliberadamente ambiguos abiertos a todas las interpretaciones, en los cuales las ideas políticas liberales se mezclaban indiscriminadamente con más o menos disimulo, a las doctrinas cristianas. Mons. Lefebvre, queriendo obtener de los padres conciliares “precisión de términos y de conceptos” propuso que

se dieran dos redacciones a cada esquema: una técnica para los teólogos y para que sirviese de regla fija en el futuro, y otra popular y estrictamente pastoral. Pero, naturalmente, tal propuesta no fue aceptada. Sería tanto como renunciar a los planes de los mutacionistas. Estos planes tenían dos partes, que fueron llevados a la práctica sucesivamente y en toda su integridad. 1ª parte: Un concilio pastoral que renunciaba deliberadamente a toda declaración dogmática. Esto tenía la finalidad de tranquilizar a los padres conciliares, ya que hacía suponer que todas las ambigüedades que aparecieron en las declaraciones serían resueltas a la luz de la doctrina católica perenne. Por otra parte —aunque no es posible saber si esta consideración entraba también en el plan— implicaba la renuncia a la asistencia especial del Espíritu Santo prometida a las declaraciones dogmáticas de la Iglesia. 2ª parte: escamoteo del carácter “pastoral”, con lo cual el Concilio puede convertirse, no sólo en dogmático sino en fuente principal del dogma, de tal forma que las únicas faltas castigadas en la Iglesia posconciliar son las desobediencias o críticas al Vaticano II. Dos anécdotas interesa relatar sucedidas en el Concilio y que causaron graves disgustos a Mons. Lefebvre, capaz mejor que la mayoría de captar su profundo significado. La una es el hecho de que Pablo VI, antes de penetrar por primera vez en al Sala Conciliar, se quitó su tiara pontificia, que más tarde mandó vender para entregar su producto a los pobres. ¿Fue, se pregunta Mons. Lefebvre, la renuncia a un objeto concreto, o también a lo que este objeto significa? La realidad del pontificado de Pablo VI mantiene la duda y permite graves deducciones a partir de ella. El segundo hecho califica a sus protagonistas de un modo que aquí no nos atrevemos a expresar por respeto a nuestros lectores. Estaba hablando el cardenal Ottaviani, anciano y venerable, en defensa de la Misa de San Pío V. Los progresistas se impacientaban. Habían limitado el tiempo de cada intervención a diez minutos y, cuando les convenía, aplicaban el reglamento rigurosamente, ya que, como hemos dicho, eran ellos los que presidían la mayor parte de las comisiones. En este caso, presidía Alfrink, cardenal holandés y una de las cabezas más señaladas del progresismo. Pasados los diez minutos, Alfrink agitó su campanilla. Ottaviani algo sordo y totalmente entregado a su tema, no le oyó. Entonces Alfrink tuvo la bella y noble idea de cortar los micrófonos, con lo cual Ottaviani siguió hablando y gesticulando sin que nadie le oyese. Y la respetable asamblea de los grandes de la Iglesia de Cristo estalló en una estrepitosa carcajada, burlándose de la ancianidad de uno de sus miembros. Esta vileza produce en cuantos la conocen indignación y desprecio; pero lo más grave es que no fue un hecho aislado sino el indicio de una nueva actitud: conocido es de todos el trato cruel de los progresistas hacia las personas mayores que no aceptan entrar por sus nuevos cauces. En todos los países hay centenares de viejos sacerdotes, religiosos y monjas, marginados, silenciados, ridiculizados por sus superiores y sus compañeros. DESDE EL CONCILIO HASTA LA MUERTE DE PABLO VI Si se estudia la historia del Concilio, no se puede menos de dar la razón a los que se apoyan en él para sus reformas dudosas o francamente heterodoxas. No es calumnia al “espíritu del Concilio” decir que anima a romper con la Iglesia permanente y a reconciliarse con el mundo materialista y ateo. La minoría que impuso su criterio no se proponía otra cosa, y muchos de sus miembros lo han reconocido así, cantando victoria ante la “liberalización” de la Iglesia. No obstante, dada la ambigüedad de las declaraciones conciliares, sus desastrosos efectos hubieran quedado muy paliados si Pablo VI hubiese cuidado de que su interpretación estuviera sometida de hecho, como lo estaba de derecho, a la doctrina perenne de la Iglesia. Con esta esperanza siguieron trabajando los derrotados del Concilio después de transcurrido éste. El cardenal Ottaviani hizo en 1966 una encuesta entre los obispos y superiores de las órdenes religiosas para concretar las deformaciones que ya empezaban a notarse, de ciertas verdades fundamentales. La carta que le envió Mons. Lefebvre era mucho más que una respuesta a sus preguntas. Era, sobre todo, una súplica a Pablo VI para que, en uso de su autoridad, desautorizara los errores, orientase a los obispos y a los fieles y pusiera coto a la corrupción que en un solo año de aplicación del Concilio se extendía ya por todas partes. Como es patente a todos, Pablo VI no hizo caso alguno de estas súplicas. Dos años más tarde Mons. Lefebvre experimentó en la Congregación de los Padres del Espíritu Santo, de la que era superior, los mismos efectos nefastos. Se reúne un capítulo general y apoyándose en las disposiciones del Concilio, se pone en marcha una reforma radical. Mons. Lefebvre no está conforme con la orientación de esta reforma, y como las nuevas orientaciones le impiden ejercer su autoridad, dimite de su cargo de Superior General. Uno de los obispos más celosos y eficaces de la Iglesia se quedaba cesante. No lo lamentó. Tenía una pequeña pensión que le bastaba para vivir modestamente, y estaba libre para trabajar en defensa de la misma Iglesia que le marginaba y que constituía la única preocupación de su vida. Sin embargo, no tenía proyectos concretos. Cuando un periodista le preguntó: «¿Fue entonces cuando decidió Vd.

fundar su seminario?», la respuesta de Mons. Lefebvre fue típica: «Yo no decidí nada». Es éste un rasgo característico del carácter de Marcel Lefebvre: nada más opuesto al personaje de una sola idea, terco y obseso, que quieren pintar sus adversarios. Por el contrario, su biografía se caracteriza por la adaptación a las circunstancias de la Iglesia, siempre partiendo de una inflexible fidelidad a los dogmas —que son inmutables— y a la liturgia que los expresa. Sus actuaciones tuvieron siempre el sentido de respuesta a la necesidad de cada momento. Una respuesta espontánea, pero siempre coherente. Por ejemplo, el seminario de Ecône nació, no de un proyecto, sino de un hecho. Un grupo de jóvenes aspirantes al sacerdocio, asqueados por la inconsistencia y el bajo nivel intelectual y espiritual de los seminarios posconciliares, vino a pedirle orientaciones. Tan lejos estaba él de proyectar la creación de un seminario, que su primera respuesta fue enviarles al seminario francés de Roma, dirigido por los Padres del Espíritu Santo. Estos, por increíble que parezca, rechazaron a los recomendados de su antiguo Superior General. Entonces Mons. Lefebvre se dirigió al obispo de Lausana, Ginebra y Friburgo, Mons. Charrière. Fue éste quien propuso que los jóvenes siguieran sus estudios en la Universidad Católica de Friburgo. Para alojarlos y cuidar de su vida espiritual se fundó, con la aprobación oficial del propio Mons. Charrière, la Hermandad Sacerdotal Internacional San Pío X. Era en 1969. Nuevamente, son los hechos los que imponen un cambio en los proyectos de Mons. Lefebvre: la Universidad de Friburgo, contaminada por las ideas nuevas, escandaliza a los nuevos seminaristas. Al comprobar que en las cátedras de Teología y de Moral se enseñaban teorías contrarias a la Ortodoxia, fue cuando Mons. Lefebvre decidió fundar un verdadero seminario. No disponía de dinero, pero eso no le preocupó. Como tantas otras comunidades religiosas carentes de vocaciones, los canónigos del gran San Bernardo habían puesto en venta su casa y capilla de Ecône, que iba a ser convertida en un hotel. Los católicos de la región se reunieron para evitar una transformación que les parecía escandalosa. Compraron los edificios y se los traspasaron a Mons. Lefebvre. Esto, por supuesto, no resolvía el problema, pues eran necesarias importantísimas obras de renovación y ampliación. Nunca faltó el dinero necesario. Nunca tampoco, sobró. Mons. Lefebvre sabía, y los hechos se lo han confirmado, que la providencia de Dios no abandona a quienes se entregan plenamente en sus manos. Sin otra seguridad de futuro que esta confianza, Mons. Lefebvre inició las obras y las concluyó. Los donativos fueron llegando justo a tiempo. El número de aspirantes a seminaristas creció. Se fundaron nuevos seminarios por todo el mundo, creados y sostenidos sin otra base económica que las limosnas, en su mayoría procedentes de personas modestas. Aunque es fama que los seminaristas de Ecône son casi todos de familias acomodadas, la realidad es muy otra: muchos de ellos se sostienen mediante becas, también procedentes de donativos. A medida que los seminaristas van terminando sus estudios y recibieron las órdenes, surgen los “Prioratos”, donde se alojan por grupos de dos o tres para ejercer su ministerio. También esto es una adaptación a las necesidades del momento, ya que los obispos franceses se negaban a acoger a los sacerdotes salidos de Ecône. El éxito de Mons. Lefebvre no podía menos que irritar a estos obispos, ya que hacía destacar su propio fracaso. Mientras ellos, con todas las facilidades concedidas a los seminaristas, veían vaciarse sus seminarios, Mons. Lefebvre, aplicando las severas reglas tradicionales, tenía que ampliar sus instalaciones y fundar nuevas plazas para recoger el creciente número de vocaciones. En vista de ello, y a través del cardenal Garrone, prefecto de la Sagrada Congregación para la Educación Católica, el Episcopado francés consigue que sean enviados a Ecône dos visitadores apostólicos. Precisamente Ecône, el seminario donde los estudiantes visten de sotana, viven en régimen de internado, se levantan a las 6 de la mañana, rezan las horas canónicas y tienen prescritas hora tras hora sus recreos y sus silencios, es el seminario que inspira recelos y necesita inspección. Los demás seminarios cuyos estudiantes visten de gamberros, se alojan en pisos independientes, comen en bares, van al cine con chicas y no respetan horario alguno, son, ciertamente más difíciles de inspeccionar. A Ecône, pues, llegan dos señores enviados de Roma. Sólo por alusiones verbales y vagas tuvo Mons. Lefebvre noticias del informe que es de suponer elaborasen como consecuencia de su visita, ya que ninguna copia del mismo fue facilitada al principal interesado. A partir de entonces, ésa será la tónica de todas las medidas tomadas por el Vaticano respecto a Ecône: el olvido total de las normas legales. Por de pronto, los visitadores apostólicos interrogan a todo el mundo y escandalizan a los seminaristas con comentarios desdeñosos sobre el celibato eclesiástico, sobre «la manera tradicional y dogmática de entender la Resurrección de Cristo» y sobre la existencia de una verdad objetiva. Esta fue la verdadera misión de aquellos dos hombres. Más que como visitadores, actuaron como provocadores. Nadie nunca se ha preocupado de lo que vieron en Ecône. Sólo de palabra y en penosas circunstancias, supo Mons. Lefebvre que no habían encontrado allí nada reprochable. Pero su verdadera misión fue un éxito. Mons. Lefebvre, indignado por una conducta tan imperdonable por parte

de unos representantes oficiales de la Iglesia, escribió y publicó en la revista Itinéraires una declaración a la que suele darse el hombre de “manifiesto” 1. En ella renovaba su adhesión «a la Roma católica guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esa fe». A continuación, rechazaba a «la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que de él surgieron». Añade que «ninguna autoridad, ni siquiera la más alta en la jerarquía, puede obligarnos a abandonar o a disminuir nuestra fe católica claramente expresada y profesada por el magisterio de la Iglesia desde hace diecinueve siglos». No habían pasado dos meses desde la publicación del “manifiesto” cuando Mons. Lefebvre recibió una carta en la que los cardenales Garrone, Tabera y Wrigth le citaban en Roma para un cambio de impresiones “acerca de la visita a Ecône”. Siguen y se agravan las irregularidades jurídicas. Nadie advierte a Lefebvre que va a comparecer ante un tribunal. No se hace ninguna alusión al “manifiesto”. Y, sin embargo, de un tribunal se trata y el “manifiesto” es el delito por el que se va a juzgar al acusado. Mons. Lefebvre mantuvo dos entrevistas con la comisión cardenalicia. De la primera no se ha publicado ninguna transcripción ni informe alguno. Cuando se inició la segunda, Mons. Lefebvre pidió que le fuera entregada una cinta magnetofónica de la misma. El cardenal Garrone se lo prometió, añadiendo que lo consideraba justo. Ahora bien, la historia de esta cinta es sumamente curiosa. Cuando Mons. Lefebvre la reclamó, después de terminada la entrevista, todo fueron dilaciones y vaguedades hasta que, por fin, el secretario de Garrone acabó negándose a entregarla. En cambio le prometió una copia mecanografiada. Más dilaciones. Y nueva negativa. La copia a máquina estaba hecha, pero era un documento secreto que no podía ser entregado. No obstante lo cual, poco tiempo después, el semanario comunista L’Europe publicaba «algunos pasajes del proceso eclesiástico contra Mons. Lefebvre». Es decir, la misma transcripción que había sido negada al interesado. 2 Después, ha sido publicada muchas veces. Su lectura resulta deprimente. Parece como si todos los interlocutores estuvieran recelosos. Por parte de Mons. Lefebvre esta actitud era inevitable pues no podía menos de darse cuenta de que había caído en una emboscada. Reducida a su substancia, la larga y reiterativa entrevista consistió en lo siguiente: 1º: Garrone reconoció que, según los informes de los visitadores, tanto la organización del seminario de Ecône como el comportamiento de sus alumnos eran irreprochables. 2º: No obstante, sería desautorizado y cerrado por las autoridades eclesiásticas a no ser que Mons. Lefebvre hiciera dos concesiones: desdecirse del “manifiesto” y renunciar a la Misa de San Pío V. 3º: Mons. Lefebvre suplica que, ya que en el posconcilio están permitidas todas las “experiencias” litúrgicas y todas las “exploraciones” ideológicas, se le permita a él hacer, sencillamente “la experiencia de la tradición”. Esto le es denegado y él, a su vez, se niega a hacer las concesiones que le piden. Alrededor de estos puntos fundamentales se encuentran denuncias por parte de Mons. Lefebvre de muchos abusos heréticos y sacrílegos que se cometen dentro de la Iglesia, sin que Roma los reprima ni los desautorice. A esto replica Garrone con la táctica consabida y vaga de minimizar la importancia de los hechos, añadiendo que siempre y en todas partes hay abusos. Tabera durante toda la entrevista, se limita a acudir una y otra vez al argumento de autoridad, rehuyendo toda discusión conceptual. Wrigth parece el menos hostil a Lefebvre, pero con frecuencia sus intervenciones quedan totalmente fuera de tema. El efecto inmediato de este diálogo fue que la Sagrada Congregación para la Educación Católica autorizó a Mons. Mamie, Obispo de Lausana, Ginebra y Friburgo a suprimir la Hermandad Sacerdotal San Pío X y el seminario de Ecône. En la carta que los tres cardenales escriben a Mons. Lefebvre para comunicarle esta decisión, se dice que lo hacen «por mandato expreso del Santo Padre», pero no se incluye ningún documento probatorio de esta afirmación. En la que escribe Mons. Mamie con el mismo objeto se precisa que esta supresión se hará inmediatamente efectiva (el subrayado es de Mons. Mamie). Queda, pues, ratificado el carácter de juicio definitivo que había tenido la entrevista. Ahora bien, como más de un canonista ha comentado públicamente, a partir de este momento las ilegalidades del proceso adquieren un carácter gravísimo por innumerables razones de las cuales exponemos las más llamativas. En primer lugar, nadie sino el papa puede juzgar a un obispo (Can. 1557, a 3. Ciertamente, el papa puede delegar en una comisión si lo desea; pero esta delegación debe ser, no sólo comunicada oficialmente al acusado, sino probada mediante la exhibición del documento correspondiente. Sin embargo, jamás se ha hablado de tal documento en todo el proceso de Mons. Lefebvre. En la cita de los tres cardenales sólo se dice que «deberán dar cuenta al Santo Padre» de los puntos tratados en la entrevista. En la comunicación de la sentencia, ya lo hemos visto, se precisa un poco más, pero siempre sin recurrir a ningún documento. En segundo lugar, en un juicio eclesiástico, como en cualquier otro, el acusado tiene que estar asistido por una abogado, nombrado por él o por el juez.
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Vid. apéndice nº 1. Vid. apéndice nº 2.

En tercer lugar, un notario eclesiástico tenía que haber establecido un acta del interrogatorio y someterla a la firma del acusado y de todos los presentes. Tan importante es este requisito que, sin él, todo acto jurídico es nulo. (Can. 1586, 1). Por supuesto, la cinta magnetofónica no está admitida como acta, ni nunca lo estará, dado lo fácil que es manipularla. En cuarto lugar, puesto que la acusación contra Mons. Lefebvre no se refería a su seminario sino a su declaración, la Sagrada Congregación para la Educación Católica a la que pertenecía Garrone y en cuyos locales se celebró la entrevista, era incompetente para juzgar la causa, que correspondía a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Por si esto fuera poco, la sentencia deducida del juicio es inadecuada. Aunque a Mons. Lefebvre se le hubiese probado algún grave delito, esto no podría ser motivo para cerrar su seminario, que, según reconocían los mismos jueces, funcionaba perfectamente. El castigo, en todo caso, debería recaer sobre el culpable y no sobre los inocentes profesores y alumnos de su seminario. Si la arbitrariedad de todo el procedimiento causa escándalo a cualquiera que lo estudie, la sorpresa es todavía mayor. ¿Por qué esta chapucería increíble? ¿No tuvieron los enemigos de Lefebvre poder, inteligencia y conocimientos técnicos suficientes para montar un proceso al menos formulariamente legal? ¿No podían haber hecho mejor las cosas? Pues no; no podían. Porque la legalidad exigiría que Mons. Lefebvre fuera juzgado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, y en el juicio habría sido necesario discutir doctrinalmente, teológicamente, las afirmaciones y negaciones contenidas en el “manifiesto” de Lefebvre. Y esto es, precisamente, lo que los manipuladores del Vaticano no pueden permitirse. Porque su única defensa, la única política que pueden practicar, es eludir toda concreta definición doctrinal, toda confrontación de sus hechos y dichos con la doctrina inmutable de la Iglesia. De un verdadero proceso, de un proceso serio llevado a cabo por la Congregación para la Doctrina de la Fe, no sólo saldría absuelto Mons. Lefebvre, sino que fácilmente podría salir condenado el vigente “establishment” eclesial. Ambas partes contendientes se daban clara cuenta de esta situación. Mons. Lefebvre escribió una carta personal al Papa, al tiempo que presentaba un recurso contra la sentencia de los tres cardenales ante el Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica. En ambos documentos su petición era la misma: ser juzgado por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. El tribunal supremo rechazó el recurso cinco días más tarde. Precipitación sin precedentes en la Curia Romana. Un nuevo recurso presentado por el abogado de Mons. Lefebvre queda sin respuesta. Una campaña de prensa se desata en todo el mundo contra Mons. Lefebvre. En ella nada se precisa y todo se interpreta arbitrariamente. Leyendo la mayor parte de estos artículos se saca la impresión de que los tribunales de Roma han condenado legalmente “al obispo rebelde” y legalmente también han rechazado su recurso. Ni el gran público ni la mayor parte del clero tiene ocasión de enterarse de cómo han sucedido realmente los hechos. Entretanto, Mons. Lefebvre no había modificado en nada sus actividades ni las de Ecône. El 7 de julio de 1975, la Nunciatura Apostólica en Berna remite a Mons. Lefebvre una carta del Papa que se dice “autógrafa”, pero que en realidad está escrita a máquina, si bien con una despedida y la firma de puño y letra de Pablo VI. En esta carta se contienen declaraciones de tan grave significado que parece increíble que hayan sido profusamente difundidas y discutidas en todos los ambientes católicos. Expondremos las más importantes. «Hemos tenido empeño —dice el Papa— en ser personalmente informado de todo el desarrollo de la encuesta concerniente a la ‘fraternidad’ Sacerdotal San Pío X desde su principio. La comisión cardenalicia que hemos instituido nos ha rendido cuenta regular y escrupulosamente de su trabajo y al fin hemos hecho nuestras todas y cada una de las conclusiones que dicha comisión nos ha propuesto y hemos ordenado personalmente su entrada en vigor inmediata». Estas frases constituyen el primer documento fehaciente que ratifica a posteriori la autoridad de la comisión de los tres cardenales. Eso no significa, por supuesto, que las tachas de ilegalidad desaparezcan, pero evidencia que el Papa asume la responsabilidad de todo lo sucedido. En otras palabras, Pablo VI da por bueno que uno de sus obispos haya sido juzgado y condenado en una forma contraria al derecho y sin la posibilidad de usar los medios de defensa que la justa ley le concede. Más grave aún es la siguiente manifestación: la decisión del tribunal está justificada, dice el Papa, «por su negativa a modificar su oposición al Concilio Vaticano II, a las reformas posconciliares y a las orientaciones respaldadas por el mismo Papa». Aquí es conveniente recordar cuáles son las “reformas” y las “orientaciones” a las que Mons. Lefebvre se ha opuesto en sus palabras y obras. Los que aún quieren creer que Pablo VI era ajeno a lo que está sucediendo actualmente en la Iglesia Católica harían bien en meditar seriamente estas palabras. Pero aún no son ellas las más importantes de la carta, sino las siguientes: Pablo VI reprende a Mons. Lefebvre al oponerse a «un concilio como el Segundo Concilio Vaticano que no tiene menor autoridad, que incluso en algunos aspectos es más importante que el Concilio de Nicea». Cualquier católico actual comprende la profunda gravedad de estas palabras sin necesidad de puntualizaciones. Un concilio pastoral y no dogmático es, por definición, aquél cuyas conclusiones se limitan a adaptar a las circunstancias temporales los medios de difusión de verdades anteriormente declaradas. La aplicación de estas conclusiones, la legitimidad de su aplicación depende de su concordancia con dichas verdades. Por consiguiente un

concilio pastoral está, por definición, en una relación de dependencia con respecto a un concilio dogmático. Por consiguiente, decir que «el Concilio Vaticano II no tiene menos autoridad que el Concilio de Nicea» contradice al sentido mismo de las palabras que definen a uno y a otro. La frase de Pablo VI significa, pues, que el Concilio Vaticano II, a los diez años de su clausura, deja de ser pastoral para convertirse en dogmático. Las palabras de Pablo VI no admiten otra interpretación. Pero aún hay otra frase digna de estudio. Es menos concluyente debido a su ambigüedad, pero quizá más impresionante en sus implicaciones. Para Pablo VI el Concilio Vaticano II es «en ciertos aspectos más importante que el de Nicea». Si recordamos que Nicea fue el Concilio en que se declaró el dogma fundamental del Cristianismo, la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, esos «ciertos aspectos» en que el Concilio pastoral Vaticano II es «más importante» que él, se nos presentan como propiamente inconcebibles. No obstante, es preciso reconocer que las palabras de Pablo VI en esta carta no pueden interpretarse como una ligereza momentánea, un despiste de cuyo significado profundo no se dio cuenta su autor. Porque, desgraciadamente, todo el contenido de esta carta y concretamente la frase comparativa de los dos concilios, está perfectamente de acuerdo con los hechos que hemos visto y vemos sucederse en la Iglesia desde hace quince años. En efecto, Vaticano II es hoy más importante en la práctica que Nicea y que todos los concilios dogmáticos y que todas las doctrinas de los papas que hablaron ex Cathedra. Porque esas doctrinas y esos dogmas pueden ser discutidos y puestos en duda y negados sin que la maquinaria defensiva de la Iglesia se ponga en marcha. Se puede defender el relativismo de la verdad o negar la Resurrección de Cristo —como, entre otros muchos, hicieron los visitadores enviados por Roma a Ecône, sin que nadie haya dado la menor importancia a este asunto—; pero no se puede poner obstáculo a las “reformas” y “orientaciones” del Concilio Vaticano II. He aquí, pues, realizado lo que habían previsto Mons. Lefebvre y los demás padres que lucharon a contra corriente durante todo el desarrollo del Concilio; he aquí completada la maniobra progresista. Ha surgido una nueva iglesia dentro de la Iglesia Católica. Una iglesia cuyo acto fundacional fue el Concilio Vaticano II y cuyo único lazo de unión con la preconciliar —es decir, con la de Cristo y sus apóstoles— es la autoridad de Pablo VI. A este respecto, es notable el hecho de que en la carta de Pablo VI no hay más alusiones doctrinales que esas dos: la autoridad del Concilio Vaticano II y la suya propia. Mons. Lefebvre no contestó a esta carta. ¿Qué podía contestar? Su contenido planteaba interrogantes angustiosos para cualquier católico, pero en cuanto a Ecône y a la Hermandad San Pío X sólo podía tener un efecto confirmatorio; más que nunca estaba clara la necesidad de luchar por la continuidad de la Iglesia. El 8 de septiembre Pablo VI escribió nuevamente a Mons. Lefebvre. El contenido de esta carta se limita a una exigencia apremiante de sumisión, acompañada de amenazas. Esta vez, Mons. Lefebvre contestó. En su carta expresa «su adhesión sin reservas a la Santa Sede y al Vicario de Cristo» a quien Jesucristo «ha confiado el encargo de confirmar a sus hermanos en la fe y a quien manda que vele porque cada obispo guarde fielmente el depósito según las palabras de Pablo a Timoteo». Un mes más tarde, el cardenal Villot dirige una circular a las conferencias episcopales del mundo entero, poniéndoles en guardia contra Mons. Lefebvre y todos los que se relacionaran con él. Es una larga carta. Su única acusación contra Lefebvre es la misma de siempre: «oposición sistemática al Concilio Vaticano II y a la reforma posconciliar». Merece atención que la palabra “reforma” está escrita en singular, lo cual le da un carácter global y la relaciona inmediatamente con la reforma protestante. Al final encontramos una apelación «a la vigencia doctrinal y litúrgica» muy oportuna en las actuales circunstancias de la Iglesia, pero que, leída en este contexto, paree un sarcasmo. Por lo visto, en la liturgia el único desorden reprobable es la Misa de San Pío V y en lo doctrinal la única desviación grave es la fidelidad a los concilios dogmáticos. Conviene aquí citar, como aclaración de la personalidad del autor de esta circular, el hecho de que desempeñaba en el Vaticano nada menos que trece cargos, entre ellos los de secretario de Estado, canciller y camarlengo. Mons. Lefebvre, en una entrevista concedida a Luis Sallerón, el 13 de febrero de 1976 exponía sus fracasados intentos de hablar personalmente con Pablo VI y atribuía esta imposibilidad al cardenal Villot. En consecuencia, Pablo VI escribió a este último una carta destinada a la publicación en la que decía que la suposición de Mons. Lefebvre era falsa. Esta carta, lejos de aclarar nada, acentúa la penosa impresión de que el Papa es manejado con más efectividad que sutileza. Anteriormente, el 3 de septiembre de 1975, Mons. Lefebvre había dirigido a sus bienhechores la famosa carta número 9 en la que expone los principios del liberalismo, la contradicción de los mismos con la doctrina del Concilio de Trento, subsiguiente condenación por varios papas y su influencia sobre el Concilio Vaticano II. El 24 de mayo de 1976, en el Consistorio celebrado para crear nuevos cardenales, Pablo VI pronunció una alocución cuya finalidad fundamental era denunciar públicamente a Mons. Lefebvre. Al menos, así fue interpretada en general por los observadores y la opinión pública. Esta alocución es un acto típico del pontificado de Pablo VI. En ella se hace un paralelo entre dos tipos de

actitudes, ideológicamente opuestas, pero que causan ambas al Papa profunda pena. Una de estas actitudes es la representada por Mons. Lefebvre a quien se nombra expresamente. La única acusación contra él es, como siempre, la de oponerse al Concilio Vaticano II y empeñarse en seguir celebrando la Misa de San Pío V, por supuesto sin refutar ni citar siquiera los motivos que Mons. Lefebvre alega para ello. Las otras actitudes son definidas en términos no muy precisos —la precisión doctrinal, rasgo siempre tan característico de la Iglesia Católica, se ha evaporado desde la iniciación del Vaticano II—, pero suficientes para revelar que se trata de graves herejías. No obstante no se da el nombre de ninguno de los responsables de tales desviaciones. Otra diferencia fundamental entre los dos platillos de esta balanza que pretende dar la impresión de una equidad: de Mons. Lefebvre se dice que se ha colocado fuera de la Iglesia y se le requiere para que haga una retractación pública de su actitud: a los “de ideología opuesta” se les dice que el Papa «no admite su actitud», pero no se les exige ningún acto concreto de retractación si quieren permanecer dentro de la Iglesia. Ciertamente, la desigualdad de trato de pone más de manifiesto que si la alocución se hubiese limitado a su verdadero objetivo: hundir a Mons. Lefebvre y a sus obras. Y, en efecto, los Rahner y Küng continuaban tranquilamente predicando sus herejías y desempeñando sus cargos eclesiásticos, mientras que a Mons. Lefebvre, por carta del 25 de junio de 1976, se le prohibe realizar la ordenación de sacerdotes que estaba prevista en Ecône para el día 29 del mismo mes. Mons. Lefebvre, no obstante, ordena con toda solemnidad y publicidad a 13 sacerdotes y pronuncia una alocución en la cual puntualiza lo que es la misa según la doctrina católica y por qué el “novus ordo” es una concesión a las doctrinas liberales y protestantes. El día 22 de julio, Pablo VI suspende a divinis a Mons. Lefebvre. Es decir: Le prohibe realizar actos específicamente sacerdotales. Esto no significa, por supuesto, que estos actos pierdan su validez si Mons. Lefebvre continúa realizándolos. Ni siquiera el Papa puede hacer que un sacerdote o un obispo dejen de serlo mientras viven. Los sacerdotes que Mons. Lefebvre ordena son verdaderos sacerdotes de la Iglesia católica. Es muy fuerte la responsabilidad que ha aceptado Mons. Lefebvre al tomar la decisión de continuar con su seminario de Ecône, y con la ordenación de sus seminaristas y con su distribución por el mundo para crear centros en los que siga diciéndose la misa y administrándose los sacramentos en la forma prescrita por la Iglesia con anterioridad a las últimas reformas. Pero esta responsabilidad Mons. Lefebvre no la acepta a la ligera ni por motivos personales, sino por considerar que es su deber. En efecto, la desobediencia al Papa en este caso se sitúa en el terreno de la mera disciplina eclesiástica, ya que nadie ha dicho ni puede decir que Mons. Lefebvre sostenga doctrinas heréticas ni realice actos contrarios a la moral. En cambio, el mantenimiento de la continuidad doctrinal y litúrgica dentro de la Iglesia pertenece al orden más elevado que, por consiguiente, se antepone al de la mera obediencia disciplinaria y lo anula cuando entra en conflicto con él. El propio Mons. Lefebvre justifica así su decisión: «En nuestros días, la obediencia a la fe católica exige que no sean obedecidas las órdenes que organizan e imponen, desde hace diez años, la falsificación de la Escritura, la descomposición de la Santa Misa, la apostasía permanente, aunque el Vaticano pretenda, sin probarlo la mayoría de las veces, que estas órdenes vienen de Pablo VI en persona». Ciertamente la descripción que hace aquí Mons. Lefebvre de la actuación de la Jerarquía Eclesiástica es estremecedora. Pero nadie que viva en contacto con la realidad podrá decir que es exagerada. No obstante, a pesar de lo que muchos sensacionalistas pretenden, Mons. Lefebvre no quiere ser causante de un cisma. Una cosa es desobedecer de hecho y por motivos de mayor cuantía, una orden concreta de un Papa, y otra muy distinta es negarle la obediencia en términos absolutos. «Creemos —dice Mons. Lefebvre— que cuando el Apóstol Pablo dirigió reproches a Pedro, conservaba y manifestaba hacia el jefe de la Iglesia el afecto y el respeto que le son debidos. San Pablo estaba al mismo tiempo con Pedro, jefe de la Iglesia, que en el Concilio de Jerusalén había dado prescripciones claras, y contra Pedro que, en la práctica, actuaba en contra de sus propias instrucciones». Reiteradas gestiones, presiones de todo tipo, intimidación, súplica, formulaciones más o menos ingeniosas, han intervenido intentando un arreglo de esta situación desgarradora. Mons. Lefebvre había pedido muchas veces a Pablo VI que le concediera una entrevista, pero siempre se le contestaba que previamente tenía que realizar un acto de sumisión; es decir, comprometerse a desmantelar su seminario y a no volver a decir la Misa de San Pío V. Por fin, el 11 de septiembre, la entrevista se realizó en Castelgandolfo, en una forma semiclandestina que ha dado lugar a toda clase de cábalas. Las personas que intervinieron tenían todas una posición muy secundaria en el Vaticano y, cuando Mons. Lefebvre se presentó en la residencia papal la encontró extrañamente desierta. Pablo VI se mostró muy tenso, irritable, y su actitud pareció reducir las gravísimas cuestiones pendientes al nivel de un antagonismo entre dos hombres: «Usted me condena —exclamó— ¡Subleva a los fieles contra mí! ¿Qué quiere que

haga? ¿Qué dimita? ¿Quiere Vd. ocupar mi puesto?». Frases realmente extrañas en boca del supremo pastor de la Iglesia. Frases que indican, cuando menos, un estado de agotamiento mental. Y otra frase aún más sorprendente: «Usted no hace buenos sacerdotes. Les hace firmar un juramento contra el Papa». Más tarde el Vaticano ha desmentido que Pablo VI pronunciara estas últimas palabras, pero Mons. Lefebvre repite firmemente que él las escuchó directamente de sus labios. El final de la entrevista es quizá lo más seriamente significativo de toda ella. Mons. Lefebvre suplicó al Papa que, ya que tanta diversidad de misas se consiente actualmente en la Iglesia —ya que tantas “experiencias” se llevan a cabo— le permitiera a él hacer la experiencia de la Tradición. Y la respuesta del Papa fue: «No puedo contestarle... Tengo que consultar con la Curia... Ya veré, ya lo pensaré...». Pablo VI consultaba a la Curia antes de tomar una decisión. ¿Consultaba la Curia a Pablo VI? Ésta es la pregunta que se hacen los católicos. En todo caso, la Curia —o sea, Villot— dijo no a Mons. Lefebvre y a la Tradición como se manifiesta en una nueva carta del Papa en que éste, tras una alusión a la entrevista que responde escasamente a la realidad de la misma, vuelve a insistir en que Mons. Lefebvre ha de reconocer que está en un error y destruir su seminario y todas sus obras. La extraña entrevista queda así enquistada sin consecuencias ni explicaciones en el conjunto de unos sucesos que siguieron desarrollándose sin ninguna variación perceptible. El Vaticano continuó y acentuó su política progresista. Mons. Lefebvre no cesó en su labor apostólica y se manifestó igualmente sereno y firme. «Sin embargo —escribe Mons. Lefebvre— con el paso de los años, el abuso de poder se hacía tan evidente que la opinión pública manifestaba cada vez mayor simpatía por las víctimas». Al fin, el 28 de enero de 1978, el cardenal Seper, Prefecto del antiguo Santo Oficio, envió a Ecône un largo cuestionario: esto significaba que se había decidido abrir una encuesta más seria sobre la doctrina profesada por Mons. Lefebvre y enseñada en sus seminarios. Mons. Lefebvre respondió a todas las preguntas, y a esto siguió un intercambio de cartas aclaratorias. La muerte de dos papas sucesivos, ocurrida en el intervalo de menos de dos meses, interrumpió este nuevo proceso. El “caso Lefebvre” significaba ni más ni menos que esto: el único resultado bien definido del Concilio Vaticano II —el único objetivo permanente y coherente del pontificado de Pablo VI— era la creación de una nueva iglesia en la cual fueran admitidas todas las creencias, todas las costumbres y todos los cultos, excepto las creencias, las costumbres y los cultos vigentes hasta 1962 en la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. «La situación de la Iglesia es tal —dice Mons. Lefebvre en una carta a cuarenta cardenales diez días antes de la elección de Juan Pablo II— que sólo un papa comparable a Pío X puede detener la autodestrucción que sufre desde el Concilio Vaticano II». DURANTE EL PONTIFICADO DE JUAN PABLO II Numerosos católicos, incapaces de comprender la ruptura que supuso el Concilio respecto del magisterio anterior de la Iglesia, consideraron el conflicto entre Mons. Lefebvre y la Roma de Pablo VI, a lo sumo, como una disensión coyuntural que con un poco de buena voluntad podía fácilmente resolverse. La intransigencia de la Curia y su claro deseo de condenar la obra del arzobispo sería, según esa interpretación, el eco de los malentendidos personales nacidos de los tiempos del Concilio. Sin embargo, la historia posterior de las relaciones entre el Vaticano y la Hermandad de San Pío X evidencian que las raíces esta crisis son mucho más profundas de lo que una mirada superficial podía captar. S. S. el Papa Juan Pablo II y el Cardenal Ratzinger son las dos cabezas más importantes de la Iglesia en la etapa que empieza tras el repentino fallecimiento de Juan Pablo I. Tanto el Papa reinante desde 1978, como Ratzinger, no estaban directamente implicados en las maniobras de la Curia que habían logrado volver ilegal la obra de Mons. Lefebvre. Ambos desean una solución de la crisis que reintegre públicamente a la Hermandad dentro de la Iglesia. Ambos desean que no se pueda decir que la Iglesia del ecumenismo, dispuesta a hermanarse con herejes, cismáticos y paganos, excluye sólo a los llamados tradicionalistas. No se dan cuenta, sin embargo, de que la razón por la que desean obtener esa unidad es la razón del desacuerdo. Se trata de la misma paradoja que sufre el liberalismo, condenado a reprimir y perseguir, precisamente por no querer reprimir ni perseguir a nadie. La única entrevista que tendrá Mons. Lefebvre con Juan Pablo II se produce el 11 de noviembre de 1979. En ella, el Papa mostró que no tenía la profunda prevención manifestada por Pablo VI contra la obra del arzobispo. En el curso de la conversación Juan Pablo II se inclinó a dar libertad de elección en la liturgia de la Misa. Sin embargo, el Cardenal Seper, prefecto de la Congregación de la doctrina de la Fe desde tiempos de Pablo VI, tras ser llamado durante la entrevista por Juan Pablo II, paralizó la buena disposición del Papa con el un despreciativo comentario: “Pero Padre Santo ¡si ellos hacen de la Misa de San Pío V su estandarte!”. Aunque el Papa despidió al arzobispo con palabras esperanzadoras— “tenemos que arreglar esto”— la observación de Seper debió pesar en su ánimo, pues no hubo continuación inmediata de las conversaciones. La Curia heredada del pontificado anterior, que estaba al quite, fue, pues, la que impidió un posible acuerdo. Con todo, el Papa, en su deseo de alcanzar una solución definitiva, encargará en los años sucesivos, primero a Seper

y luego a su sucesor, Ratzinger, que lleven a cabo las negociaciones pertinentes. A primera vista, la decisión unilateral que tomó Roma, en octubre del 84, de conceder un indulto a los grupos que desearan asistir a la Misa tradicional, pareció un primer paso en este sentido. Pero éste intento, como todos los que le seguirán, estuvo lastrado por unas duras condiciones, nacidas seguramente del deseo de contentar a obispos y cardenales mayoritariamente contrarios a la tradición. La principal de estas condiciones consistía en que los sacerdotes acogidos al indulto debían reconocer que el Novus Ordo (nueva Misa) es no sólo válida, sino legítima, y debían comprometerse a no impedir que los fieles asistieran a ella. Mons. Lefebvre considera esta condición completamente inaceptable, pues la nueva Misa tiene una definición y unos ritos protestantizantes que inclinan a la pérdida de la fe, de manera que no puede ni mucho menos reconocérsele los mismos derechos que a la Misa de siempre. Este intento de aproximación no parece haber beneficiado a la Hermandad, pues el indulto se ha empleado con el designio de acoger a los fieles proclives a la liturgia clásica y reinsertarlos, poco a poco, en la Iglesia conciliar. De hecho, los prelados diocesanos sólo concederán el indulto allí donde más influencia tiene la Hermandad, y ello con grandes cortapisas y dificultades. Sin embargo, no dejaban de tener razón el padre Schmidberger, superior de la Hermandad y Mons. Lefebvre, cuando calificaron el indulto de victoria parcial. De una parte, en efecto, este indulto viene a reconocer que la Misa de San Pío V no ha caducado, como muchos llegaron a decir. Y de otra parte, gracias a la firme postura de la Hermandad, muchos fieles tendrán la posibilidad de asistir al rito tridentido, lo cual es, en sí mismo, un bien tan grande que escapa a las taimadas previsiones de la Iglesia oficial. Entretanto las relaciones con Roma se crispan cada vez más, no ya porque la Curia realice ningún acto positivo contra la Hermandad, como ocurrió en tiempos de Pablo VI, sino porque los actos del pontificado contrarían cada vez más las enseñanzas de toda la Iglesia anterior. Monseñor Lefebvre se siente obligado a intervenir públicamente, puesto que, como él mismo destaca, “nadie está exento de responsabilidad por haber obedecido a los hombres más que a Dios y que esta resistencia debe ser pública, si el mal es público y es objeto de escándalo para las almas (Santo Tomás)” 3. Fruto de este cuidado es la carta abierta dirigida al Papa por Mons. Lefebvre y Mons. de Castro Mayer, publicada el 9 de diciembre de 1983 4, que está directamente motivada por la alocución del Papa a los anglicanos en la catedral de Canterbury, por los actos y discursos pronunciados con motivo del quinto centenario del nacimiento de Lutero y la promulgación del nuevo Código de Derecho Canónico, que hace grandes concesiones sacramentales a los herejes. Como todo ello resulta evidentemente de un ahondamiento en los errores iniciados en el Concilio, los dos prelados recuerdan por medio de esta carta pública y de una serie de conferencias de prensa, los principales errores del magisterio reciente: el ecumenismo, la libertad de religión y de cultos como derecho natural de la persona, el democratismo en el poder eclesiástico y el mal uso de la autoridad que, por un lado, permite innumerables errores en la Iglesia y, por otro, hace abuso de poder al obligar por obediencia a respaldar toda esta nueva orientación de la Iglesia. La firma de Lefebvre, arzobispo, va en este caso acompañada de la de Castro Mayer, obispo. Este ultimo, prelado diocesano de Campos, Brasil, se había unido a Mons. Lefebvre en su lucha contra la alianza liberal que dominó el Concilio. Durante los años posconciliares, logró mantener el rito de San Pío V y las enseñanzas tradicionales en su diócesis, hasta que le obligaron a dimitir. El obispo que le sucedió emprendió tal persecución contra los sacerdotes tradicionalistas que casi todos ellos acudieron de nuevo a Castro Mayer. Este, en noviembre de 1985, volvió a encontrarse con Mons. Lefebvre en el seminario de la Reja (Argentina) y, desde entonces, le acompañará con admirable firmeza en sus actos más destacados y comprometidos. La carta no obtuvo respuesta, lo cual no desanimó a los obispos firmantes, que volvieron a la carga en 1985, con una carta al Papa firmada el 31 de agosto 5. La ocasión provenía en este caso del anuncio del Sínodo extraordinario, que iba a tener lugar en noviembre-diciembre, con la intención explícita de dar más vitalidad al Concilio Vaticano II. La carta se centra en la Dignitatis humanae, o Declaración sobre la libertad religiosa, que, inspirada en la impía y condenada declaración de derechos del hombre de la Revolución Francesa, es fuente del indiferentismo religioso en el Estado, del ecumenismo, de las reformas litúrgicas hechas a gusto de los protestantes y, en fin, de la consiguiente ruina de la autoridad de la Iglesia. La contradicción respecto de la doctrina de veinte siglos, en que vive la Iglesia postconciliar, quedó magistralmente sintetizada y documentada en las líneas de esa carta, tan concisas como contundentes. Esta vez sí habrá respuesta, pero tardará más de un año y medio en llegar. Mientras tanto, los acontecimientos ya preludian en qué consistirá esa contestación, pues el Sínodo no hará sino reafirmar los principios del Vaticano II, a pesar de la evidente decadencia y autodestrucción en que ha sumido a la Iglesia: “El Concilio Vaticano II es una expresión válida y legítima del depósito de la fe (...). De él se han derivado numerosos frutos espirituales para la Iglesia Universal”, dice el informe final del Sínodo. La ceguera de la Roma actual, ante la laicización e inmoralidad galopante de la sociedad, responde a
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Suma Teológica, IIa IIae, qu. 33, art. 7, ad. 5. Vid. apéndice nº 3. Vid. apéndice nº 4.

una concepción a priori, ajena a los hechos. No es una táctica prudencial para unas circunstancias concretas, sino una fe diferente; es la fe humanista del modernismo que está persuadida de que la naturaleza humana por sí sola, una vez liberada de toda constricción, se encaminará necesariamente a su perfección sobrenatural. El 13 de abril de 1986, Juan Pablo II, visita la sinagoga de Roma donde oró junto al gran rabino; el 27 de octubre de 1986 tiene lugar el congreso interreligioso de Asís con motivo de la jornada por la paz decretada por la ONU. Los templos de Asís se convirtieron en lugares de oración a todas las divinidades e ídolos paganos, donde los desorientados fieles recibían bendiciones de Shiva, Buda, Visnú o Alá y asistían a las ceremonias de magos, brujos, brahmanes, lamas, bonzos y rabinos como si fuera la Santa Misa. Esta profanación de las Iglesias y de los altares de Nuestro Señor no podía dejar impasible a Mons. Lefebvre que, antes del acto, ya recordaba el que le canon 1258 del código de Derecho Canónico prohibe “absolutamente asistir o tomar parte activa en el culto de los no católicos de cualquier manera que sea” y, en declaración pública del 2 de diciembre, exclama “Juan Pablo II alentando a las falsas religiones a rezar a sus falsos dioses: escándalo sin medida y sin precedente” 6. A pesar de la gravedad inmensa de estos actos que califica de apostasía, más graves le parecen a Mons. Lefebvre el resultado del Sínodo y la carta con que el Vaticano responde a las objeciones de 1985 contra la libertad religiosa. Porque esta carta, que llega por fin en marzo de 1987, constituye una adhesión a los principios liberales y, en particular a la libertad de religión, es mucho más dañina que cualquier acto particular. “Siempre es más grave adherirse a un principio que realizar un simple acto”, explicará después Mons. Lefebvre al Card. Ratzinger que no comprendía la importancia que aquél otorgaba a dicha carta. Lo de Asís y, más aún esta carta, serán, pues, los detonantes finales para la decisión de consagrar obispos que Mons. Lefebvre anuncia, en su homilía de 29 de junio de 19877. Previamente había solicitado varias veces a Roma que le concediera auxiliares en su tarea, a lo cual le contestaron siempre negativamente. La posibilidad de consagrar obispos sin mandato papal rondaba desde antiguo en la mente, no sólo de nuestro prelado, sino de cualquiera que hubiera seguido los acontecimientos. En una de las conferencias de prensa que acompañaron a la carta de 1983, un periodista le preguntó: “¿por qué no consagra obispos?”, a lo cual respondió Mons. Lefebvre ponderando, primero, la gravedad de tal acto, pero añadiendo después que quizás ese gesto “sea necesario para la continuación de la Iglesia, para la continuación del sacerdocio católico. No digo, pues, que no lo haré quizás algún día, pero sí en circunstancias todavía más trágicas”. Aún cuando, en 1984, declara Mons. Lefebvre que no tiene intención de consagrar obispos y pone en manos de la providencia la ordenación de los sacerdotes de la Hermandad, ya la carta previa al Sínodo de los obispos del 85 contiene la siguiente advertencia: “Sólo nos cabe perseverar en la santa tradición de la Iglesia y tomar todas las decisiones necesarias para que la Iglesia conserve el clero fiel a la fe católica”. Para 1987 las dudas de Lefebvre se han despejado, en virtud de los hechos relatados: “esperaba signos de la Providencia para cumplir los actos que creo necesarios para la continuación de la Iglesia. Estoy convencido que esos signos han llegado ¿cuáles son? Son dos: Asís y la respuesta que nos ha dado Roma a las objeciones que hemos planteado sobre la libertad religiosa”. “Hace veinte años que voy a Roma, que escribo, que hablo y envío documentos para decir: '¡seguid la Tradición!¡volved a la Tradició; si no, la Iglesia va a la perdición! (...) Pero son sordos a mis llamamientos! El último documento lo prueba ampliamente: se encierran en sus errores”. Porque, a fin de cuentas, de errores doctrinales se trataba. La disensión entre el arzobispo y las más importantes cabezas de la Iglesia, que algunos creyeron reductibles a malentendidos superables, acabó por presentarse claramente como una incompatibilidad radical entre las enseñanzas de la Iglesia de siempre y la de la Iglesia postconciliar. La Quanta Cura de Pío IX declara “teoría errónea, fatal para la Iglesia católica y la salvación de las almas”, la proposición que dice: “la libertad de conciencia y de cultos es un derecho libre de cada hombre que debe ser proclamado y garantizado legalmente en todo Estado bien constituido”. El Vaticano II declara, por el contrario, que “el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana(...). Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de forma que llegue a convertirse en un derecho civil”. Se trata de dos doctrinas contradictorias que nadie, ni el mismo Dios, puede hacer que sean verdaderas a la vez y en el mismo sentido. Para admitir, a la vez, ambas cosas sólo cabría decir que no son verdaderas a la vez sino para momentos diferentes, o que no lo son en el mismo sentido, sino que las palabras tienen en ellas sentidos diversos. La primera de estas doctrinas estaba avalada, al comenzar el pontificado de Juan Pablo II, por el magisterio ordinario y extraordinario de veinte siglos y, especialmente, por los papas que, desde la Revolución Francesa hasta el Vaticano II, se opusieron a los errores liberales. La segunda se apoyaba en un concilio pastoral y en dos pontificados. Es lógico que Mons. Lefebvre mantuviera la esperanza de que el nuevo Papa volviera a las enseñanzas de siempre o, al menos, relativizara lo dicho por el Concilio. Por eso, pública y privadamente, suplicó, denunció y advirtió al Vaticano, año tras año, para que volviera a la tradición en este punto capital. Pero nada obtuvo. El Sínodo y la carta recién recibida se empecinan en mantener la libertad religiosa y, por consiguiente, sólo le cabe relativizar las enseñanzas anteriores de la Iglesia. Esto es lo que Ratzinger dijo a nuestro arzobispo en una conversación posterior. Mons. Lefebvre le había espetado: “Eminencia, hemos de escoger: o la
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Vid. apéndice nº 5. Vid. apéndice nº 6.

libertad religiosa tal y como está en el concilio, o el Syllabus de Pío IX. Son contradictorios y hay que escoger”. Ratzinger contestó: “Pero Monseñor, ya no estamos en los tiempos del Syllabus”. Eso mismo lo repetirá públicamente al comentar una instrucción a los teólogos, escrita por él mismo y dada a conocer el 27 de junio de 1990: “hay decisiones del Magisterio que (...) son sobre todo una expresión de prudencia pastoral y una especie de disposición provisional (...). Se puede pensar al respecto en las declaraciones de los Papas del siglo pasado sobre libertad religiosa, así como en las decisiones antimodernistas de comienzos de este siglo (...). En los aspectos de sus contenidos, [estas declaraciones y decisiones] fueron superadas, después de haber cumplido su deber pastoral en un determinado momento histórico”. Las enseñanzas del magisterio ordinario y extraordinario, coherentes durante veinte siglos son, según esto, pastorales, como pastoral es el Concilio Vaticano II, según él mismo se declara. Y “pastoral” quiere decir “provisional”, conforme a lo que dice Ratzinger. Las autoridades romanas se acogen pues a la única alternativa que la lógica admite para escapar a la contradicción: hacer mutable el magisterio. En realidad estas palabras de Ratzinger fueron pronunciadas con el fin de frenar la rebelión de los teólogos franceses, alemanes y suizos contra las enseñanzas de Roma. Con ellas, sin duda, pretendía, como ya había señalado tiempo atrás, el retorno al “auténtico Concilio” que debe ser, a su juicio, el punto cero a partir del cual la Iglesia ha de reconstruir su historia. Es decir, pretendía relativizar el magisterio precedente y convertir el Vaticano II en doctrina definitiva e inmutable. Pero si el Concilio ha sido una especie de revelación nueva y más profunda, un nuevo pentecostés ¿cómo saber que es el definitivo y que no hay ya otro? ¿Acaso no fue un movimiento teológico organizado el que impuso en el concilio ese nuevo pentecostés? ¿No será la función del teólogo oponerse a las autoridades, siempre remisas al cambio, para propiciar la acomodación del magisterio a un mundo en transformación constante? Cuando se admite que el magisterio ha variado una vez , no se puede evitar que se conciba en fluidez permanente. En cualquier caso, la contradicción sólo se evita con la aceptación de un cambio que afecta a doctrinas y condenas avaladas, en algún momento, como magisterio infalible. De esta manera, a las autoridades actuales de la Iglesia no les cabe sino ahondar la separación respecto de lo que la Iglesia siempre enseñó. Pues, “lo que con por las manos apostólicas, con asentimiento de la Iglesia universal, mereció ser cortado a filo de la hoz evangélica no puede cobrar vigor para renacer, ni puede volver a ser sarmiento feraz de la viña del Señor lo que consta haber sido destinado al fuego eterno” (Papa San Simplicio) 8. El convencimiento de que Roma no va a dar marcha atrás en los errores conciliares es, pues, lo que, de una parte, empuja a anunciar en 1987: “es probable que antes de entregar mi vida a Dios, yo deba hacer consagraciones episcopales”. De otra parte, a sus 81 años, es natural que considerara urgente dejar asegurado el futuro de su obra. Ya jubilado, a los 65 años de edad, cuando cualquiera, tras una vida plenamente entregada al ministerio, sólo piensa en descansar con sus recuerdos, Mons. Lefebvre emprendió una obra capaz de colmar otra vida. Cuando uno considera la amplitud que entretanto había alcanzado la Hermandad, extendida por todo el mundo, con cinco seminarios, incontables prioratos, y cientos de sacerdotes y seminaristas, que él mismo instruía y ordenaba, parece imposible que todo ello haya sido hecho a su edad. Durante esos años se publican un buen número de libros suyos, algunos de ellos recopilación de sus conferencias, como Un évêque parle o Lettres pastorales et écrits; pero otros son sistemáticos, como la Carta abierta a los católicos perplejos, o su libro doctrinal más importante, titulado Le destronaron, donde hace una exposición y crítica de gran altura filosófica y teológica del liberalismo católico desde sus orígenes. También publicó libros de espiritualidad, como El Misterio de Nuestro Señor Jesucristo, además de un sinnúmero de conferencias y de boletines periódicos, bajo el título de Cartas a los amigos y bienhechores. Todo esto, unido a las labores de su ministerio que le hacían recorrer toda Europa, América del norte y del sur y Oceanía, ordenando sacerdotes y dando la confirmación a miles de fieles, además de atender a las conversaciones con Roma, constituye una tarea de tal envergadura, un trasiego y una actividad tal que fácilmente hubiera terminado incluso con las fuerzas de un joven. Pero en 1987 ya ve que sus fuerzas se debilitan. Más adelante señalará cómo las consagraciones fueron hechas en ultimísima instancia, cuando ya la actividad desplegada en los años precedentes estaba a punto de agotarle. “Tengo que confesar —dirá— que el 30 de junio (fecha de las consagraciones) fue para mí un verdadero término. Ya no era capaz de seguir atravesando los océanos”. El anuncio de las posibles consagraciones produjo una inmediata reacción en Roma, tan lenta y remisa a dar contestaciones a sus escritos previos. Mons. Ratzinger, que debió conocer muy pronto el sermón, emprendió una frenética actividad para detener la amenaza del arzobispo. Sólo un mes después, el 28 de julio, Ratzinger enviaba una propuesta de acuerdo: se permitiría la Misa de siempre, la autonomía de la Hermandad, el derecho a la formación tradicional de los seminaristas, pero un cardenal visitador asumiría toda la responsabilidad en la ordenación de sacerdotes y en la supervisión de la ortodoxia de los seminarios. Mons. Lefebvre rechazó esta solución que no venía sino a confirmar una desconfianza fraguada desde hacía tiempo. Si la ordenación de sacerdotes y la supervisión de las enseñanzas recaía en un cardenal nombrado por Roma, era evidente que sólo se ordenarían los seminaristas que previamente aceptaran la nueva orientación conciliar y consintieran en celebrar la nueva misa, aunque sólo fuera de vez en cuando. Mons. Lefebvre había visto la manera en que Roma trataba a los grupos que se habían separado de la Hermandad, o se habían acogido al indulto de 1984. A unas comunidades, como los conventos de Flavigny y Fontgonbault, se les obligó a admitir el Novus Ordo y, a otros grupos se les ponían mil trabas, cuando no se les instrumentalizaba descaradamente con el deseo de vaciar de fieles los prioratos de la
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Denz. 160.

Hermandad. Pero todas estas maniobras se volvieron, en este caso, contra el Vaticano, pues suscitaron una muy prudente desconfianza en Mons. Lefebvre, que ya veía, en todas las conversaciones, un intento de absorber a la Hermandad, dejándole la Misa de San Pío V, para conducirla suavemente hacia las reformas conciliares y la nueva Misa. Ratzinger lo había dicho a las claras: “No podemos aceptar que haya grupos, después del Concilio, que no admitan el Concilio y las reformas que se han hecho después del Concilio”. Nada de extraordinario tiene, pues, el recelo de Mons. Lefebvre durante las primeras conversaciones: “pienso que no tenemos trato con personas honestas. Esto es lo terrible. En otros tiempos, cuando iba a Roma, en mi calidad de Delegado Apostólico, tenía discusiones con personas honradas que querían el reino de nuestro Señor (...) Ahora ellos ya no trabajan para la salvación de las almas, sino para la gloria humana de la Iglesia en el mundo”. “Ya no se puede tener confianza en esta gente”. Con todo, haciendo gala de buena voluntad, Lefebvre continuó las consultas, se desplazó a Roma y recibió la visita del Card. Gagnon que hizo un informe seguramente favorable, aunque, como ya venía siendo costumbre, no transmitieron a la Hermandad su contenido. Este mismo Cardenal medió para que continuaran las negociaciones, cuyo paso siguiente fue la elaboración de un protocolo por una comisión en la que participaron dos miembros de la Hermandad, sin que estuviera presente Mons. Lefebvre. El documento contenía una breve parte doctrinal donde, a pesar de su ambigüedad, se dejaba una puerta abierta a la disensión con la Iglesia postconciliar. “Respecto de los puntos del Concilio Vaticano II o de las subsiguientes reformas (...) que parecen difíciles de conciliar con la tradición”, sólo comprometía a tener “una actitud positiva y a evitar polémicas”. Luego, el protocolo hacía referencia a las cuestiones canónicas y disciplinares, estableciendo una comisión, en la cual los miembros del a Hermandad están en minoría. También se recomienda al Santo Padre “en el contexto de la reconciliación canónica y doctrinal que nombre un obispo de la Sociedad que haya sido propuesto por Monseñor Lefebvre”. Tras introducir algunas reformas, y lleno de recelo, el 5 de mayo de 1988, Mons. Lefebvre acaba por firmar este farragoso documento. Pero ya ese mismo día se cumplen las sospechas de que Roma sólo quiere asimilar a la Hermandad a la Iglesia conciliar. De una parte, el delegado pontificio, nada más firmar el protocolo, le presenta el borrador de una carta por la que pide perdón a Roma por sus actuaciones precedentes. Enviar dicha carta supondría desacreditar todos los motivos por los cuales se había enfrentado al Vaticano. De otra parte, cuando Mons. Lefebvre pide a Ratzinger que se designe inmediatamente a los obispos que van a ser consagrados, para que pueda tener lugar la ceremonia, ya preparada del 30 de junio, Ratzinger pospone la designación sine die. Lo cual le parece inaceptable a Mons. Lefebvre, dados los preparativos realizados y lo avanzado de su edad. Convencido de que acaban de jugársela, Mons. Lefebvre, al día siguiente, manda una carta al Papa diciéndole que el 30 de junio es la fecha tope para las consagraciones y, que si no recibe la autorización, los llevará a cabo de todos modos. Luego espera..., pero no se procede a autorizar los obispos. El 2 de junio la decisión es ya irrevocable y escribe al Papa que las conversaciones, a pesar del caritativo ambiente en que se ha desarrollado, evidencian que el fin de ambas partes no es el mismo y que todavía no cabe una colaboración eficaz, de modo que deberá proceder a consagrar obispos 9. Aunque recibe una carta de puño y letra de Su Santidad pidiéndole que “no rompa la unidad de la Iglesia”, Mons. Lefebvre ve con claridad que hay una diferencia doctrinal insuperable, un abismo infranqueable, en el magisterio y la práctica de la Roma del Vaticano II y la Iglesia de siempre. Mons. Lefebvre es plenamente consciente de la gravedad de su decisión; reconoce explícita y públicamente que “es el Papa quien debe nombrar a los obispos, quien tiene jurisdicción sobre los obispos. Es el Papa quien debe dar la misión canónica a los obispos (...). Esto es absolutamente exacto. Se puede aportar un libro entero de citas de Padres, doctores y teólogos para probar esto”. Sin embargo, él alega un estado de necesidad provocado por la apostasía práctica y la pérdida de la fe por parte del Papa y de la Curia. Ahora bien, si las enseñanzas de la Iglesia de siempre han de transmitirse, si los fieles necesitan de los sacramentos para su santificación, hacen falta sacerdotes y no hay sacerdotes si no hay obispos. Mas como Roma no concede que se consagren obispos con la fe tradicional, sólo queda la consagración sin mandato de la Santa Sede 10. Ante las acusaciones vertidas por Mons. Lefebvre contra el modernismo del Vaticano, éste no intenta achacarle ni el más mínimo asomo de desvío doctrinal; no rebate tampoco sus acusaciones, sino que recurre sólo a medidas disciplinarias, a la autoridad papal y al deber de obediencia. “El Papa es infalible, usted no puede levantarse así contra el Papa. Usted va a ser excomulgado”, dijo Ratzinger a Lefebvre tras el anuncio de las consagraciones. Puede parecer curioso que la Roma de la apertura, la Roma de tendencia liberal, que suprime el Santo Oficio para abrirse a todas las tendencias y carismas, recurra de tan buen grado a la condena y a la autoridad. Pero es completamente lógico. No tiene otra salida. Las enseñanzas de la Iglesia postconciliar contradicen las de la tradición, son doctrinas nuevas y distintas que ellos explican como una evolución, o un nuevo pentecostés. Por otro lado el Vaticano se muestra modernista en temas como la libertad de religión y de cultos o el ecumenismo, pero tradicional en lo que se refiere a la moral personal y familiar. ¿Qué da unidad a las doctrinas nuevas y las de la tradición de la Iglesia? ¿Qué coherencia tiene el rigor moral y la apertura en la fe? No, desde luego, la coherencia interna, no el hecho de que estén “en el mismo dogma, en el mismo sentido y la misma sentencia” (Concilio Vaticano I) 11, sino la persona y la autoridad del Sumo Pontífice. Las dos caras del magisterio eclesiástico actual sólo se unifican porque
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Vid. apéndice nº 7. Vid. apéndice nº 9. Denz. 1800.

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ambas están, no se sabe cómo, en la mente del Papa. El Vaticano necesita magnificar la persona del Papa reinante, su infalibilidad y autoridad, para suplir la imposibilidad de creer en lo contradictorio. Los católicos deben pasar de creer las enseñanzas de Cristo, trasmitidas por la Iglesia, a creer en la persona del Papa. A pesar de las presiones y las amenazas, Mons. Lefebvre lleva a cabo la consagración de cuatro obispos el 30 de junio, como estaba previsto. Los nuevos prelados son Mons. Tissier de Mallerais, Mons. Williamson, Mons. Galarreta y Mons. Fellay. A la ceremonia asiste también Mons. de Castro Mayer que se considera en la obligación de “hacer pública profesión de Fe” y “de adhesión a la posición de Mons. Lefebvre, dictada por su fidelidad a la Iglesia de todos los tiempos”. En su homilía 12 Mons. Lefebvre tiene buen cuidado de resaltar que su intención no es cismática: “No se trata en absoluto entre nosotros de separarnos de Roma (...) ni de formar una especie de Iglesia paralela como lo han hecho por ejemplo los obispos del Palmar de Troya en España, nombrando un Papa y formando un colegio cardenalicio. No se trata de ninguna manera de algo semejante. Lejos de nosotros está el pensamiento indigno de alejarnos de Roma. Por el contrario realizamos esta ceremonia para manifestar nuestra unión con Roma. Para manifestar nuestra unión con la Iglesia de siempre, con el Papa y con todos los que han precedido a estos papas que desde el Concilio Vaticano II, desgraciadamente, han creído que debían dar su adhesión a los grandes errores que están destruyendo a la Iglesia y al sacerdocio católico”. Es de notar que a efectos de no constituir una jerarquía paralela, Mons. Lefebvre ha declarado previamente que los obispos tendrán como única función la de impartir los sacramentos del orden y la confirmación, y que carecerán de jurisdicción. Es más, desde el momento en que la jerarquía eclesiástica vuelva a las enseñanzas eternas de la Iglesia los obispos se someterán a la Santa Sede y continuarán, si es necesario, su ministerio como simples sacerdotes 13. Por lo que se refiere a la excomunión que sobre los obispos consagrantes y consagrados pueda recaer, el prelado dice que es nula, porque, como había observado reiteradamente, se tratará de una excomunión sólo por mantener las enseñanzas de la Iglesia, y lanzada por aquéllos que han caído en el error y la apostasía. A los pocos días, llegará de Roma un decreto que contiene la excomunión latae sententiae por las consagraciones, que además califica injustamente de acto cismático. Pero Mons. Lefebvre sabía muy bien lo que se hacía. Fácil será la defensa que, con el Código de Derecho Canónico en la mano, harán después los teólogos afines: el acto de Mons. Lefebvre podría calificarse, todo lo más, de desobediencia material a una norma disciplinar y, en modo alguno, como acto cismático. El Código de 1983, en efecto, sitúa las consagraciones sin mandato pontificio, entre los delitos en el ejercicio de cargos eclesiásticos y no entre los delitos contra la unidad de la Iglesia. Porque para que haya cisma, como dice el Código, debe haber separación intencionada y negación formal de la autoridad del Papa. Pero tales cosas, como hemos señalado, fueron explícitamente negadas por nuestro prelado, que siempre se opuso al sedevacantismo o a apartarse de Roma. Además, en la carta dirigida a los futuros obispos que va a consagrar, les conjura a que “permanezcan unidos a la Sede de Pedro, a la Iglesia romana” y previamente ha negado que les confiera jurisdicción alguna, pues tal cosa sólo puede hacerla el Papa. En cuanto a la excomunión, la defensa radica en el estado de necesidad que se produce, e históricamente se ha producido, cuando el obispo no tiene posibilidad de acudir a la Santa Sede, sea por razones físicas o porque ésta se niega arbitrariamente a escuchar las justas demandas de obispos. El Papa no tiene derecho a negarse injustamente a la ordenación de sacerdotes en seminarios florecientes y ortodoxos como los de la Hermandad y, si lo hace, el obispo se ve en un estado de necesidad característico, muy similar al de San Eusebio de Samosata, que consagró obispos sin mandato y los instaló en diócesis devastadas por el arrianismo. Como señala el Código de Derecho Canónico (canon 2205 del antiguo y 1323 del nuevo), el estado de necesidad hace no imputables los actos realizados en semejante circunstancia. Además el acto de consagración se hizo sólo en los límites a que se refería el estado de necesidad, es decir, a la cura de almas, sin crear por ello una jerarquía paralela, ni siquiera la excomunión es válida. Roma esperaba que las sanciones, injustamente exageradas por el decreto, y sobre todo por los medios de comunicación, darían como resultado que la Hermandad se disolviera en breve plazo y que los fieles abandonaran en masa la Hermandad. Pero nada de eso ocurrió: la ceremonia de consagración fue multitudinaria y las cartas de apoyo y felicitación por parte de los fieles fue una riada incesante. Sólo unos pocos seminaristas y sacerdotes (menos del 7 por ciento) abandonaron los seminarios de Zaitzkofen y Flavigny; es más, por curioso que parezca, el número de fieles se incrementó visiblemente (casi en un 20 por ciento). También se apartó la comunidad de monjes de Le Barroux. Pero, en comparación al número de los que quedaban, el golpe resultaba ser mucho más pequeño de lo esperado por Roma. El Vaticano se frotó las manos cuando supo de las defecciones y constituyó la comisión pontificia Ecclesia Dei para acoger a los disidentes. A la cabeza estará el Card. Innocenti, nada favorable a la Misa de San Pío V o al pensamiento tradicional, que llevará a esos grupos a una existencia incierta y precaria, dependiente del humor de los obispos ordinarios. Mons. Lefebvre llevó, desde entonces, una vida más retirada y acorde con sus muchos años. Escribió un Itinerario Espiritual y no dejó de dar algunas conferencias y entrevistas. Las previsiones de desaparición, que tantos hicieron respecto de la Hermandad, no se cumplieron y, antes de entregar a Dios su alma, Mons. Lefebvre vio cómo seguía creciendo la obra de su segunda vida.
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Vid. apéndice nº 10. Vid. apéndice nº 8.

En 1991 fallecía Mons. Lefebvre a causa de un cáncer de muy rápida evolución. El 7 de marzo de ese año se encontró enfermo y tuvo que suspender un viaje. Fue ingresado y lo que, en principio, no parecía sino un cólico, resultó ser un tumor maligno que le fue extirpado. Ofreciendo sus sufrimientos por la Iglesia, Mons. Lefebvre fallecía el 25 de ese mismo mes, día de la Anunciación de Nuestra Señora. Enterrado en Ecône, su lápida dice “tradidi quod et accepi” (he transmitido lo que recibí), palabras de San Pablo que resumen la vida de Mons. Lefebvre, y que expresaron para los eclesiásticos de siempre su más elemental finalidad, convertida, sin embargo, en tarea heroica y titánica, desde el Concilio. Por su parte, la Hermandad ni se ha disuelto ni se ha radicalizado tras la muerte de Monseñor, como muchos esperaban y daban por seguro, sino que sus obispos permanecen unidos, las ordenaciones se suceden, y el número de prioratos y de fieles aumenta. Más proporcionalmente el de fieles que el de sacerdotes, pues, como señalaba el padre Schmidberger, en una entrevista de la revista Fideliter, “si tuviéramos 1000 sacerdotes, no tendría dificultad para darles destino”, dado el número de solicitudes que recibían. Con todo, la Hermandad, tenía, a la muerte de monseñor unos 250 sacerdotes. Hoy tiene no menos de 400, 170 seminaristas en 6 seminarios, 260 religiosos y religiosas, está presente en más de 30 países y cuenta con más de 350.000 fieles. Roma en los últimos años parece haber frenado la enloquecida carrera neomodernista, emprendida durante los años ochenta, lo cual no impide que su magisterio se mantenga en una ambigüedad y contradicción incomprensibles. A documentos que aparentemente y en alguna medida se enmarcan en la tradición como la encíclica Dominus Iesus o la Fides et ratio, otros actos ecuménicos como la visita de Juan Pablo II a una mezquita y las inconcebibles peticiones de perdón, sumen en la perplejidad a los fieles y sacerdotes. Pero la actitud de las “bases”, apunta quizás a una nueva trayectoria que todavía se hace poco patente entre las autoridades. A lo que podríamos llamar generación perdida de sacerdotes posconciliares (los que tienen hoy de 45 años para arriba, y que son fieramente enemigos de la tradición, capaces de negar la absolución al que asiste a las misas de la Hermandad o de negar la comunión a quien se arrodilla), parece seguir otra generación mucho más interesada por la tradición. Seminaristas y sacerdotes, hartos de experimentos teológicos, vuelven frecuentemente al estudio de Santo Tomás e, incluso, miran la Hermandad con cierta simpatía y esperanza. Las autoridades romanas recientemente han incoado, sin que se sepa muy bien por qué, nuevas conversaciones que, por el momento, no han llegado a un entendimiento. De estas conversaciones ya no es cosa de tratar aquí. Pero, en todo caso, merece destacarse cómo las sabias disposiciones de Mons. Lefebvre para la Hermandad, y los obispos que consagró, dejan sentir su influjo en la prudente actitud adoptada en este nuevo diálogo. En efecto, de una parte Mons. Fellay, actual Superior de la Hermandad, había manifestado su unidad con Roma, primero realizando la famosa peregrinación a Roma, con motivo del Jubileo; y, luego, diciendo que si el Papa le llamara iría a verlo. Por otra parte, a pesar de las tentadoras propuestas de la comisión Ecclesia Dei, que aceptaría no sólo el levantamiento público de las sanciones contra la Hermandad, sino la concesión de una prelatura personal, la Hermandad ha dejado en punto muerto las conversaciones. Y ello porque, además y sobre todo, pide que se reconozca el derecho universal de los sacerdotes a celebrar la misa de San Pío V. Lo cual demuestra su generosidad, al poner su meta no en el engrandecimiento de la Hermandad, sino en el retorno de la Iglesia universal a la tradición. Lo cual podemos estar seguros de que algún día se producirá. Quiera Dios que sea pronto.

SEGUNDA PARTE: SELECCIÓN DE TEXTOS
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- Los textos de esta antología proceden de las obras siguientes: - Un Evêque parle, Dominique Martin Morin, Paris, 1974, 2 tomos. - Le Coup Maître de Satan, Ed. Saint Gabriel, Martigny, 1977. - Mgr. Lefebvre et le Saint Office, número 233 de Itinéraires, París, 1979. - Bolletin Fideliter, Escurolles. - Cartas a los amigos y bienhechores, Boletín de la Hermandad Sacerdotal San Pío X - L’ Église 25 après Vatican II, Conferencia pronunciada el 10 de octubre de 1990 en Albias, La Source d’Or, Mansart 1991 - Lettre ouverte aux catholiques perplexes, Albin Michel , Paris 1985 - Ils l’ont découronné, Editions Fideliter, Escurolles, 1987 - Tradición Católica, Revista de la Hermandad San Pío X, Madrid.

Cap. 1: LA JUGADA MAESTRA DE SATANÁS Sabemos por el Génesis y, mejor aún, por Nuestro Señor Jesucristo mismo, que Satanás es el padre de la mentira. En el versículo 44, cap. 8, del Evangelio de San Juan, Nuestro Señor apostrofa a los judíos diciéndoles: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él. Cuando dice mentira habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira...». Satanás es homicida en las persecuciones sangrientas, padre de la mentira en las herejías, en todas las falsas filosofías y en las palabras equívocas que son la base de las revoluciones, de las guerras mundiales y de las guerras civiles. No deja de atacar a Nuestro Señor en su cuerpo místico que es la Iglesia. En el transcurso de la historia ha empleado todos los medios, y uno de los últimos y más terribles ha sido la apostasía oficial de las sociedades civiles. El laicismo de los Estados ha sido, y sigue siendo, un inmenso escándalo para las almas de la gente. Por este camino, Satanás ha conseguido poco a poco secularizar y quitar la fe a muchos miembros de la Iglesia y del Estado, hasta el punto de que esos falsos principios de separación de la Iglesia y del Estado, de libertad religiosa, de ateísmo político y de la autoridad como algo que emana de los individuos han acabado por invadir los presbiterios, los curias episcopales y hasta el Concilio Vaticano II. Para lograrlo, Satanás ha inventado palabras clave que han logrado que los errores modernos y modernistas entren en el Concilio: la libertad se ha introducido a través de la libertad religiosa o libertad de religión; la igualdad a través de la colegialidad, que ha introducido los principios del igualitarismo democrático en la Iglesia; y, por fin, la fraternidad a través del ecumenismo que abraza todas las herejías y errores y da la mano a todos los enemigos de la Iglesia. La jugada maestra de Satanás consiste, pues, en difundir los principios revolucionarios introducidos en la Iglesia por la autoridad de la misma Iglesia, poniendo a esta misma autoridad en una situación de incoherencia y de contradicción permanente. Mientras este equívoco no se disipe, los desastres se multiplicarán en la Iglesia. Al hacerse equívoca la liturgia, el sacerdocio se hace igualmente equívoco; y al haberse hecho también equívoco el catecismo, la fe, que sólo puede mantenerse en la verdad, se disipa. La misma jerarquía de la Iglesia vive en un equívoco permanente, entre la autoridad personal recibida por el sacramento del orden, y la misión del Papa o del obispo y los principios democráticos. Hay que reconocer que la baza se ha jugado bien y que se ha usado maravillosamente la mentira de Satanás. La Iglesia va a destruirse a sí misma por vía de obediencia. La Iglesia se va a convertir al mundo herético, judío y pagano por obediencia, por medio de una liturgia equívoca, de un catecismo ambiguo y lleno de omisiones, y de instituciones nuevas basadas en principios democráticos. Las órdenes, contraórdenes, circulares, constituciones y mandatos, están tan bien manipulados, tan bien orquestados y apoyados por los omnipotentes medios de comunicación social y por lo que queda de los movimientos de Acción Católica (todos marxistoides), que los fieles sencillos y los buenos sacerdotes repetirán, con el corazón roto pero dócil: “¡Hay que obedecer!” ¿A qué o a quién? No se sabe muy bien: ¿A la Santa Sede, al Concilio, a las comisiones, a las conferencias episcopales? Uno se pierde, lo mismo entre los libros litúrgicos que entre los ordos diocesanos o la maraña inextricable de catecismos, de “oraciones del tiempo presente”, etc. Hay que obedecer a pesar de los sacerdotes que apostatan, del absentismo de los obispos (salvo para condenar a los que quieren conservar la fe), del matrimonio de las personas consagrados a Dios, de la comunión de los divorciados, de la intercomunión con los herejes, etc. “¡Hay que obedecer!” Los seminarios se vacían y se venden, y lo mismo los noviciados, las casas de religiosas y las escuelas. Se saquean los tesoros de la Iglesia, los sacerdotes se secularizan y se profanan en su modo de vestir, en su lenguaje y en su alma... “¡Hay que obedecer! Roma, las conferencias episcopales, el sínodo presbiterial lo quieren así!” Es lo que repiten todos los ecos de las Iglesias, periódicos y revistas: ‘aggiornamento’ y apertura al mundo. Pobre del que no esté de acuerdo. Se le puede patear, calumniar y privarle de todo lo que le permite vivir. Es un hereje, un cismático y sólo merece la muerte. Realmente, Satanás ha logrado una jugada maestra: logra que los que conservan la fe católica sean condenados por los mismos que deberían defenderla y propagarla. Ya es hora de recobrar el sentido común de la fe y de recobrar la verdadera Iglesia, oculta bajo la falsa careta del equívoco y de la mentira. La verdadera Iglesia, la verdadera Santa Sede, el sucesor de san Pedro y los obispos, en cuanto se someten a la tradición de la Iglesia, no nos piden ni pueden pedirnos que nos hagamos protestantes, marxistas o comunistas. Lo cierto es que podría creerse, al leer algunos documentos, constituciones, circulares y catecismos, que se nos pide que abandonemos la verdadera fe en nombre del Concilio, de Roma, etc. Debemos negarnos a hacernos protestantes, a perder la fe y a apostatar como lo ha hecho la sociedad política tras los errores difundidos por Satanás en la Revolución Francesa de 1789. Nos negamos a apostatar, ya sea en nombre del

Concilio, de Roma o de las Conferencias episcopales. Por encima de todo, seguimos estando unidos a todos los concilios dogmáticos que han definido nuestra fe para siempre. Todo católico digno de ese nombre debe rechazar todo relativismo y evolución de su fe en el sentido de que lo que fue definido solemnemente en otro tiempo por los concilios ya no sea válido hoy y pueda ser modificado por otro concilio, y con más razón si sólo es pastoral. La confusión, la imprecisión, las modificaciones de los documentos sobre la liturgia y la precipitación en la aplicación, manifiestan de modo evidente que no se trata de una reforma inspirada por el Espíritu Santo. Esta forma de obrar es totalmente contraria a las costumbres romanas, que actúan siempre “cum consilio et sapientia”. Es imposible que el Espíritu Santo haya inspirado la definición de la misa según el artículo 7 de la Constitución 14, y más increíble es que se haya sentido la necesidad de corregirla después. Eso es confesar que se había deformado la más importante realidad de la Iglesia: el santo sacrificio de la Misa. Hay que reconocer que la presencia de protestantes en la reforma litúrgica de la Misa plantea un dilema del que es difícil sustraerse. Su presencia significaba o que se les invitaba a reajustar su culto a los dogmas de la Santa Misa, o que se les preguntaba qué les resultaba desagradable en la Misa católica, con el fin de eliminar las expresiones dogmáticas inadmisibles para ellos. Es evidente que esta segunda solución es la que fue adoptada, cosa inconcebible y no inspirada, desde luego, por el Espíritu Santo. Cuando se sabe que esta concepción de la “misa normativa” es la del Padre Bugnini y que se impuso tanto al Sínodo como a la Comisión de Liturgia, cabe pensar que hay Roma y Roma: la Roma eterna en su fe, sus dogmas, su concepción del sacrificio de la Misa; y la Roma temporal influida por las ideas del mundo moderno, influencia de la que no se escapó el mismo Concilio, que, de propósito y gracias al Espíritu Santo, sólo quiso ser pastoral. Santo Tomás se pregunta en la cuestión de la corrección fraterna si conviene ejercerla a veces con los superiores. Con todas las distinciones oportunas, el Angel de las Escuelas responde que tiene que hacerse cuando se trata de la fe. ¿Y quién puede, en conciencia, decir que hoy la fe de los fieles y de toda la Iglesia no está gravemente amenazada en la liturgia, en la enseñanza del catecismo y en las instituciones de la Iglesia? Léase y vuélvase a leer a San Francisco de Sales, a San Belarmino, a San Pedro Canisio y a Bossuet, y se verá con asombro que tuvieron que luchar con los mismos extravíos. Pero esta vez el drama extraordinario consiste en que estas desfiguraciones de la tradición nos vienen de Roma y de las Conferencias Episcopales. Así, pues, si se quiere conservar la fe, por fuerza hay que admitir que algo anormal ocurre en la administración romana. Por supuesto, hay que mantener la infalibilidad de la Iglesia y del Sucesor de Pedro, también hay que admitir la trágica situación en la que se encuentra nuestra fe católica a causa de las orientaciones y documentos que nos vienen de la Iglesia. Luego, la conclusión vuelve a lo que decíamos al principio: el demonio reina por el equívoco y la incoherencia, que son sus medios de combate y que engañan a los hombres de poca fe. Tiene que denunciarse valientemente este equívoco con el fin de preparar el día que la Providencia elija para señalarlo oficialmente a través del Sucesor de Pedro. No se nos llame rebeldes u orgullosos, porque no somos nosotros los que juzgamos. Es el mismo Papa el que, como sucesor de Pedro, condena lo que por otro lado aconseja. Es la Roma eterna la que condena a la Roma temporal. Nosotros preferimos obedecer a la eterna. Pensamos con plena conciencia que toda la legislación que se ha puesto en práctica desde el Concilio es por lo menos dudosa y, en consecuencia, nos remitimos al canon 23 que trata este caso y nos pide que nos atengamos a la ley antigua. Estas palabras les parecerán a algunos ofensivas para la autoridad, pero muy al contrario, son las únicas que protegen la autoridad y verdaderamente la reconocen, porque la autoridad no puede existir más que para la verdad y para el Bien y no para el error y el vicio. A 13 de octubre, en el aniversario de las apariciones de Fátima. Año 1974. Que María se digne bendecir estas líneas y dar frutos de verdad y Santidad 15.

14 Se trata de la Institutio generalis Missalis romani que sirve de prefacio al misal de 1969. El artículo en cuestión dice así: «La Cena del Señor, o Misa, es la asamblea sagrada o congregación del pueblo de Dios, reunido bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor. De ahí que sea eminentemente válida, cuando se habla de la asamblea local de la Santa Iglesia, aquella promesa de Cristo: “Donde están reunidos dos o tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20)». 15

Le Coup Maître de Satan, págs. 5-9

Cap. 2: LA CRISIS DE LA IGLESIA DE LA REVOLUCIÓN AL CONCILIO Me habéis pedido que hable de la situación de la Iglesia frente a la crisis moral contemporánea. Pienso, y vosotros lo sabéis tan bien como yo, que esta crisis moral contemporánea tiene unas raíces muy profundas en toda nuestra historia. Desde luego, hay que remontarse hasta el momento en que surgió en la cristiandad la primera crisis moral pública —porque crisis morales personales las tenemos todos—. Me refiero a la que destruyó el fundamento mismo de la moral, reemplazando la autoridad de Dios por la conciencia personal. Este fue el momento del nacimiento del Protestantismo que, a fin de cuentas, sustituyó la autoridad de Dios y de la Iglesia por el libre arbitrio. La segunda ocasión en que la crisis de esta moralidad se manifestó al mundo de modo todavía más dramático y trágico fue cuando se sustituyó a los que nos mandaban y dirigían, en la sociedad civil, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de Dios por los que nos mandaban en nombre de la diosa razón. Así, ya sea para la persona o para la sociedad civil, se sustituyó el fundamento del derecho y de la obligación moral, que es Dios, por la conciencia y por los hombres. ¡Era el final de la sociedad! En mayor o menor grado, seguimos encontrándonos hoy en la misma situación. Desde luego, ha habido algunas reacciones. Pero a partir del momento en que nos entregaron a unos hombres que ya no se referían para nada a Dios, nos convertimos en esclavos suyos... ¡Dios sabe cuáles fueron las consecuencias! Conocéis la historia de todas las guerras que siguieron, y de todos los dramas que ha vivido Francia desde hace dos siglos, y de toda la sangre que se vertió a causa de ese olvido, y de la substitución de Dios por la conciencia y la razón. Sin duda, la Cristiandad reaccionó en algunos casos particulares y en algunos países. ¿Pero cuál ha sido la actitud de la Iglesia ante esta rebelión contra Dios y contra sí misma? Los Papas, muchos obispos y la mayoría del clero y de los fieles se opusieron resueltamente. Después de la Revolución Francesa se vieron renacer congregaciones religiosas. Se vio una vuelta a cierta autoridad que se pretendía aún vinculada a Dios y en algunos países se vio el regreso a la monarquía cristiana. Pero, no hay más remedio que decirlo, a lo largo de todo el siglo XIX, algunos católicos —no hablo de los enemigos de la Iglesia ni de los que querían conservar a toda costa el terreno conquistado—, algunos católicos creyeron que podía existir un compromiso y un acuerdo con los principios de la revolución y del protestantismo. Ésta fue la historia del liberalismo católico. Tal vez lo defendían de buena fe, pero la Iglesia mantuvo siempre sus principios y lo condenó. Los sucesores de ese liberalismo fueron después “Le Sillon” 16, el modernismo y, hoy en día, el meomodernismo. Éstos son los que, en cierta medida, hicieron fracasar los esfuerzos de los Papas, de buen número de obispos, del clero y de los fieles para volver a poner a Nuestro Señor Jesucristo como fundamento de la sociedad y de la moral. Hasta su santidad el Papa Pío XII, hemos visto estas verdades afirmadas de una manera solemne y clara. Puede decirse que Pío XII nos dio siempre una luz extraordinaria sobre todos los problemas difíciles de nuestro tiempo. Fue un Papa excepcional. En el Concilio, hubiéramos podido, simplemente, consultar los escritos del Papa Pío XII y poner en nuestros esquemas las soluciones que él había dado a los problemas modernos, y hubiéramos tenido un concilio infinitamente superior al que tuvimos. Hay que decir que en tiempos del Papa Pío XII la Iglesia se encontró en una situación relativamente floreciente, al menos en algunos países. Acordémonos de Holanda, cuyas conversiones crecían con tal rapidez que la mayoría de la población se estaba haciendo católica. Suiza se transformaba también rápidamente, por ejemplo en el cantón de Ginebra. Portugal, después de su revolución, volvía a la fe de sus mayores. En los Estados Unidos había conversiones en muy gran número, unas 180.000 al año. En Inglaterra, entre 50 y 80.000. Evidentemente, los protestantes se acercaban a la Iglesia católica. ¿Cómo explicar que las fuerzas subversivas hayan podido penetrar en todas partes y en particular en nuestros seminarios? Así fue, por desgracia. Ya entonces, se hacían circular hojas clandestinas; ya no se quería estudiar la doctrina de santo Tomás y los profesores empezaban a dar cursos personales sin modo de controlarlos. La mayoría de los obispos eran incapaces de saber lo que se enseñaba en sus seminarios. Lentamente pero a paso seguro, esta obra de destrucción comenzaba ya en los tiempos del venerado Papa Pío XII. De pronto estábamos en vísperas del Concilio.

16 Le Sillon, “El Surco”: movimiento social francés que el Papa San Pío X condenó el 25 de agosto de 1910 con su carta Notre charge apostolique. [N.d.E.]

*** PREPARACIÓN DEL CONCILIO Este concilio no acabará nunca de provocar comentarios. Personalmente, al formar parte de la Comisión Central Preconciliar —de la que eran miembros 80 cardenales, 20 arzobispos, unos 10 obispos y 4 superiores generales de congregaciones—, pude comprobar que la preparación del Concilio fue muy seria y conforme a la tradición. Estaría muy bien que se pudieran editar hoy todos estos esquemas preparatorios del Concilio, para ver cuál era la doctrina de la Iglesia en los días que precedieron al Concilio. Pero el origen del drama estuvo —y no soy el único en pensarlo— en que el Concilio, desde los primeros días, fue dominado por las fuerzas progresistas. Así lo experimentamos y sentimos en aquel momento —y cuando hablo en plural me refiero a la mayoría de los Padres Conciliares. Tuvimos la convicción de que en el Concilio había algo que no era normal. El proceder de los que se propusieron desviarlo de su fin, atacando a la Curia romana y con ella a Roma y al sucesor de Pedro, fue escandaloso. Cuando el Cardenal Ottaviani nos propuso los nombres de los que habían formado parte de las comisiones preconciliares, con vistas a elegir los miembros de las comisiones Conciliares —cosa perfectamente normal—, ya que no nos conocíamos entre nosotros —éramos 2.400 y veníamos de todos los países del mundo—, se alzó un verdadero clamor por parte de “los de la orilla del Rin” 17. Se levantaron contra la “presión” ejercida por Roma para imponer los miembros de las comisiones. ¡Estupor en la asamblea! Al día siguiente, nos distribuían listas internacionales ya preparadas, con nombres que no conocíamos y que acabaron por imponerse. Los que habían preparado las listas conocían perfectamente a estos obispos que eran, por supuesto, (no hay ni que decirlo) todos de la misma tendencia. Y así es como las comisiones fueron, en sus dos tercios, formadas por miembros progresistas. Lógicamente, los textos de los esquemas que nos entregaron durante las sesiones reflejaban claramente las ideas de la mayoría de los miembros de las comisiones. Nos encontramos pues en una situación absolutamente inextricable. ¿Cómo cambiar completa y profundamente todos estos esquemas del Concilio? Se pueden modificar algunas frases o algunas proposiciones, pero nunca lo esencial. Las consecuencias son graves. *** UN CONCILIO PASTORAL Se nos dice al mismo tiempo: “Este Concilio es infalible y no podéis dudar de él. Todo lo que ha sido aprobado por el Papa y los obispos debe ser aceptado tal como está y sin discusión”. Yo pienso que hay que hacer las distinciones necesarias y primero definir el Concilio. En efecto, este Concilio ha sido llamado “pastoral” una y otra vez, y cuando queríamos que se precisara un término o una expresión, se nos respondía: “No hace falta. Aquí no estamos haciendo un concilio dogmático sino un concilio pastoral. Hablamos para una gente que no son ni especialistas ni teólogos”. Por lo tanto, debemos concluir que se trata de un texto de predicación y no de un texto científico. Por desgracia, de eso teníamos pruebas evidentes. Reconoced que no es demasiado honroso para una asamblea de 2.400 obispos hacer un esquema sobre la Iglesia con la dedicado principalmente a la colegialidad, y verse después obligada a redactar una nota explicativa para decir qué significa esa colegialidad. Considero que si el texto se hubiera estudiado suficientemente y hubiera sido lo bastante claro, no habría hecho falta esa nota explicativa 18. Los concilios han sido siempre concilios dogmáticos. Sin duda, el Vaticano II, es un concilio ecuménico por el número de obispos y por su convocatoria por el Santo Padre; pero no es un concilio como los demás. El Papa Juan XXIII lo dijo claramente. Es evidente que su objeto fue diferente al de los otros concilios. Para evitar la ambigüedad de un concilio pastoral, en una intervención pedimos que hubiera dos textos: uno doctrinal y otro de consideraciones pastorales. Se excluyó la idea del texto doctrinal, recogiendo sólo la de la redacción pastoral.
17 18

“Orilla del Rin”: obispos de Alemania, Francia y Holanda. [N.d.E.] Se refiere a la “Nota explicativa previa” a la constitución Lumen gentium.

Realmente, a mi parecer, esto tiene una importancia capital pues nos ayuda a comprender mejor la situación en la que estamos actualmente. Yo no sé lo que vosotros pensaréis, pero se nos habla continuamente del “espíritu postconciliar”, causa de todos nuestros males, que provoca esas rebeliones de sacerdotes y esas contestaciones, y que está en la base de las ocupaciones de catedrales, de parroquias y de todas las extravagancias de la liturgia y de la nueva teología. Este “espíritu postconciliar”, ¿no tiene realmente nada que ver con el Concilio? ¿Es un fenómeno totalmente ajeno al Concilio? Al árbol se lo juzga por sus frutos... 19 *** LAS TRES BOMBAS DE RELOJERÍA Así pues, este Concilio no es un concilio como los demás y por eso podemos juzgarlo con prudencia y reserva. No podemos decir, simplemente, que la crisis que sufrimos no tiene nada que ver con el Concilio y que se trata sólo de una mala interpretación. En el Concilio había unas bombas de relojería. A mi entender, son tres: La Colegialidad, la libertad religiosa y el ecumenismo.  La Colegialidad, que corresponde al término igualdad de la Revolución Francesa y tiene la misma ideología. La colegialidad es la destrucción de la autoridad personal; la democracia, por su parte, es la destrucción de la autoridad de Dios, del Papa y de los obispos. La colegialidad corresponde a la igualdad de la Revolución Francesa de 1789.  La libertad religiosa es la segunda bomba de relojería. La libertad religiosa corresponde al término libertad en la Revolución Francesa. Es un término ambiguo y muy útil al demonio. Este término nunca se ha interpretado en el sentido que admite el Concilio. Todos los documentos precedentes de la Iglesia que hablan de libertad religiosa se refieren a la libertad de la Religión y nunca la libertad de las religiones. Siempre que la Iglesia ha hablado de esta libertad, ha hablado de la libertad de la Religión y de la tolerancia de las demás religiones. Al error se lo tolera. Darle la libertad es darle un derecho y el error no tiene ninguno. Sólo la verdad tiene derechos. Admitir la libertad de religiones es dar los mismos derechos a la verdad que al error. Esto no puede ser. La Iglesia nunca puede decir algo parecido. A mi entender, atreverse a decir eso es blasfemar. Va contra la gloria de Dios, pues Dios es la verdad. Jesucristo es la verdad. Poner a Jesucristo al mismo nivel que un Mahoma o que un Lutero, ¿qué es sino blasfemar? Si tenemos fe, no podemos admitir esto. Es el error de “derecho común” 20 que fue condenado por Pío IX y todos los Papas. Con la libertad religiosa penetró en el Concilio el sentido del término libertad según la Revolución Francesa.  La última bomba de relojería es el ecumenismo. Analizadlo con cuidado y veréis que corresponde a la fraternidad. Se llama hermanos a los herejes y, a los protestantes, hermanos separados. En eso consistela fraternidad. A esto hemos llegado con el ecumenismo; es la fraternidad con los comunistas 21. *** ERRORES DE ORIGEN MASÓNICO Libertad de mi conciencia, es decir, hago lo que quiero y no conozco ni ley ni autoridad personal alguna. Igualdad, es decir, somos todos iguales y no queremos autoridad alguna.  Fraternidad, sí, pero sin Padre. No hay Padre. Fraternidad de la masa, todos los individuos se abrazan unos a otros, pero sin que haya ningún Padre. ¿Puede imaginarse una fraternidad sin paternidad y sin Padre? Parece increíble, pero así es. Es lo que han querido enseñarnos: a arruinar de la autoridad y, por ello mismo, a atentar contra la autoridad de Dios. Es atacar directamente a Dios, pues toda autoridad viene de Dios y por participación de su autoridad. Eso es lo que dice san Pablo. Se ataca, pues, directamente a Dios. La mejor prueba de ello es que los masones ofrecieron sacrificios a la diosa Razón y al Hombre, pero al Hombre convertido en Dios. Además, los masones siguen diciendo lo mismo hoy en día, no hay que olvidarlo. No creamos que todo eso ha desaparecido.
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19 20

Un Evêque parle, 1969, t. I, págs. 98-104

Se refiere a la doctrina de los liberales según la cual la Iglesia sólo debe pedir al Estado que le reconozca los mismos derechos que a cualquier otra religión. [N.d.E.]
21

Un Evêque parle, t. I, págs. 196-197.

«Si poner al Hombre en el altar en lugar de poner a Dios es el pecado de Lucifer, —escribe el Gran Maestre del Gran Oriente, M. Miterrand—, todos los humanistas desde el Renacimiento cometen ese pecado». Esta fue una de las acusaciones alegadas contra los masones cuando fueron excomulgados por primera vez por el Papa Clemente XII, en 1738. Este mismo masón nos dice, por desgracia: «Entre la política de Pío XII y la de sus sucesores existe una diferencia capital. El bien común, con Pío XII, tenía un carácter reaccionario, casi fascista y netamente anticomunista. Con Juan XXIII y luego con Pablo VI, el bien común tiene un aspecto progresista caracterizado. La relación de fuerzas ha cambiado en el mundo y la Iglesia ha sabido verlo». Evidentemente, todo esto lo dice un masón, y no diré que comparto lo que dice un hombre como éste, pero ellos están detrás de todas estas transformaciones. Estad seguros de que no estuvieron inactivos en el Concilio y en torno del Concilio. «Algo ha cambiado en la Iglesia», dice Miterrand, Gran Maestre del Gran Oriente. «Las respuestas dadas por el Papa a las preguntas más candentes, como el celibato de los sacerdotes o la regulación de nacimientos se discuten con gran ardor en el seno de la misma Iglesia. Algunos obispos, sacerdotes y fieles cuestionan la palabra del Sumo Pontífice». Para el masón, «el hombre que discute el dogma es ya un masón sin delantal». Esto es lo que dice esta gente y saben lo que dicen 22. *** LOS FRUTOS DEL CONCILIO SON AMARGOS Estos frutos nacidos del Concilio Vaticano II y de las reformas posconciliares son frutos amargos y que destruyen la Iglesia. Cuando me dicen: “El Concilio y las reformas posconciliares, ni tocarlos”, yo contesto lo mismo que dicen los que hacen las reformas. No soy yo quien ha hecho sus reformas. Los que las hacen dicen: “Las hacemos en nombre del Concilio. La reforma litúrgica la hemos hecho en nombre del Concilio. La reforma de los catecismos la hemos hecho en nombre del Concilio. Todas las reformas las hacemos en nombre del Concilio”. Ellos son las autoridades de la Iglesia. Son ellos los que por consiguiente, interpretan legítimamente el Concilio. ¿Qué pasó en el Concilio? Podemos averiguarlo fácilmente leyendo los libros que fueron precisamente los instrumentos de este cambio de la Iglesia que se ha producido ante nuestros ojos. Leed, por ejemplo, El ecumenismo visto por un masón, de Marsaudon; o el libro del senador del Doubs, Prelot, El catolicismo liberal, escrito en 1969 y que os dirá qué es el Concilio para el católico y liberal. Lo dice en las primeras páginas de su libro: «Habíamos luchado durante un siglo para que prevalecieran nuestras opiniones en el seno de la Iglesia y no lo habíamos logrado. Por fin llegó el Vaticano II y triunfamos. Desde entonces, las tesis y los principios del catolicismo liberal están definitiva y oficialmente aceptados por la Santa Iglesia». ¿No os parece éste un buen testimonio? No soy yo quien lo dice, sino él, exhibiendo su triunfo y felicitándose por él. Nosotros lo decimos llorando, porque ¿qué han querido los católicos liberales durante un siglo y medio? Casar a la Iglesia con la Revolución. Casar a la Iglesia con la subversión. Casar a la Iglesia con las fuerzas destructoras de la sociedad, de toda sociedad, desde la familiar y civil hasta la religiosa. Este matrimonio de la Iglesia está plasmado en el Concilio. Tomad el esquema Gaudium et Spes y en él encontraréis que hay que casar los principios de la Iglesia con los conceptos del hombre moderno. ¿Qué se pretende decir con eso? Pues se quiere decir que hay que unir a la Iglesia —la Iglesia católica, la de Nuestro Señor Jesucristo—, con los principios que le son contrarios, que la minan y que siempre han estado en contra de ella. Esta unión es precisamente la que, en el Concilio, intentaron los hombres de Iglesia, no la Iglesia. *** ERRORES DENTRO DE LA IGLESIA Intento de síntesis de los errores corrientes dentro de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II. Tras 12 años de período postconciliar, es más fácil realizar un intento de síntesis de los graves errores que, en el Concilio y desde el Concilio infestan la Iglesia y condicionan la actitud de sus responsable máximos, hasta tal punto que, sobre un buen número de ellos, nos podemos legítimamente preguntar si todavía tienen la fe católica y, por consiguiente, si conservan su jurisdicción.
22

Un Evêque parle, t. I, págs. 260-261.

Me parece que se puede razonable y objetivamente pensar que los autores de esta mutación, aparecida en la Iglesia con el Concilio Vaticano II, propugnaron con energía el cambio que tiene por objetivo un nuevo humanismo, como pretendieron los pelagianos y los autores del Renacimiento. Estas personas, ya antes del Concilio —cardenales Montini, Bea, Frings, Liénart, etc.—, consideraron que tenían que buscar una vía nueva para universalizar a la Iglesia y hacerla admisible para el mundo moderno tal como es, con sus falsas filosofías, sus falsas religiones, y sus falsos principios políticos y sociales. Prefirieron dejar en la sombra la vía de la fe, demasiado intolerante con el error y el vicio, y demasiado ventajosa para la Iglesia católica romana y, por consiguiente, demasiado exigente, ya que obliga a un combate y a una vigilancia continuos, colocando a la Iglesia y al “mundo” en un estado de perpetua hostilidad. Esta nueva vía no podía ser más que el renacimiento de un humanismo que acogiese todo lo que es, o parece, humanamente bueno y aceptable en el error y el vicio. Bajo esta óptica podría realizarse una unión universal de todas las culturas e ideologías bajo la égida de la Iglesia. Inmediatamente nos imaginamos el alejamiento de la fe que representa semejante proyecto. Hay que difuminar el pecado original, abandonar la idea de que sólo la Iglesia católica es la verdad y la posee; de que es la única vía de salvación; y de que ningún acto es meritorio sin la unión con Nuestro Señor. El criterio de la unidad ya no será la verdad, sino un “fondo común de sentimiento religioso”, de pacifismo, de libertad, de reconocimiento de los derechos del hombre... Nunca insistiremos bastante en la demostración de que este nuevo humanismo no es más que el desenlace del del Renacimiento. Tras varios siglos de naturalismo, especialmente desde el siglo XVIII, los filósofos subjetivistas y ateos, rechazando el pecado original y por consiguiente la necesidad de la Redención y de la Encarnación, negaron la Divinidad de Nuestro Señor, coincidiendo con muchas sectas protestantes. El liberalismo católico, o supuestamente católico, ha actuado a la manera del “caballo de Troya” para introducir esos falsos principios en el seno de la Iglesia. Han querido “casar a la Iglesia con la Revolución”. Estos esfuerzos han logrado su fruto y, ayudados por las sociedades secretas y los gobiernos laicos y democráticos, se han ido contaminando los miembros más eminentes de la Iglesia. Teólogos, obispos, cardenales, seminarios y universidades, han sido poco a poco atraídos por estas ideas universalistas, fundamentalmente opuestas a la fe católica. Para la realización de este universalismo hay que suprimir lo que es específico de la fe católica, necesariamente opuesto a ese “fondo común” que permite la unión universal. El medio preconizado es el “ecumenismo”. El ecumenismo permitirá que entren en contacto con la Iglesia todos los grupos humanos importantes, que representen una religión o una ideología, y manifiesten a la Iglesia las condiciones que, a su juicio, le pueden exigir para una unión universal. Los obstáculos mayores son los que afirman y expresan la verdad de la Iglesia, su unidad, la absoluta necesidad de la unidad en la fe católica; que la Iglesia es la único medio de salvación, que posee el único sacerdocio de Cristo y que proclama la necesaria realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. Por consiguiente: - hay que modificar la Liturgia; - hay que modificar el Sacerdocio y la Jerarquía; - hay que modificar la enseñanza del catecismo y el concepto de la fe católica; de lo que se deduce el cambio de magisterio en las universidades, seminarios, escuelas, etc.; - hay que modificar la Biblia y establecer una Biblia “ecuménica”; - hay que suprimir los Estados católicos y aceptar el “derecho común”; - hay que atenuar el rigor moral, sustituyendo la ley moral por la conciencia. El principio que ayudará a reducir los obstáculos será el de la filosofía subjetiva, pues la filosofía del ser y la escolástica obligan a la inteligencia a someterse a una realidad exterior, a Dios, a sus leyes, del mismo modo que la fe católica exige la adhesión de la inteligencia a las verdades reveladas, al Credo, al Decálogo y a las instituciones divinas. La filosofía subjetiva deja la verdad y la moral a la creatividad e iniciativa personal de cada individuo. No puede obligarse a nadie a adherirse a la verdad ni a seguir la ley. Esta concepción subjetiva de la verdad y de la ley moral hace que las realidades sean relativas a las personas, a las sociedades y a las épocas. Está en la base de los Derechos del Hombre. Puede verse esta concepción en los documentos oficiales de la Iglesia y de los obispos. En la mayoría de los nuevos catecismos, en los documentos de catequesis y en la nueva eclesiología se reconoce la concepción de esta fe subjetiva, conforme a la doctrina modernista: “Iglesia viva sometida al Espíritu, que la adapta a las condiciones modernas”. Una de sus manifestaciones es el carismatismo.

Taizé apoya esta manera de concebir la religión. El Espíritu se manifiesta a cada individuo de modo diferente. Las reformas impuestas a la Iglesia desde el Concilio han sido hechas con este nuevo espíritu de investigación, creatividad, pluralismo y diversidad; espíritu que se opone radicalmente a la verdadera concepción de la verdad y de la fe de tal modo que esta verdadera concepción será la única combatida y considerada como inadmisible. Porque es evidente que la verdad es intolerante con el error; que la virtud no tolera al vicio; y que la ley no tolera la licencia. Hay que elegir. Así es como hay que juzgar todas las reformas realizadas en nombre del Concilio, y con razón, porque el Concilio ha abierto horizontes hasta entonces prohibidos para la Iglesia: - admisión de los principios de un falso humanismo. - libertad de cultura, de religión y de conciencia. - respeto, si no admisión, del error al mismo nivel que la verdad. Levantar las excomuniones que conciernen al error y a la inmoralidad públicos equivale a una recomendación cuyas consecuencias son incalculables. Habría que estudiar cada reforma en particular para descubrir la aplicación en materia concreta de dichos falsos principios. Uno de los más graves y más característicos es el cambio de actitud de la Santa Sede hacia la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. La modificación de los textos litúrgicos de la fiesta de Cristo Rey es significativa. Una de sus consecuencias inmediatas es la promoción del laicismo de la sociedad civil. *** ENUMERACIÓN DE HECHOS Enumeración de hechos que, tomados por separado, pueden parecer insignificantes, pero que, vistos a la luz del nuevo humanismo, adquieren un significado asombroso. - Visita a la ONU y apoyo concedido a esta organización masónica enemiga de todo lo católico. - Visita a la sala de cultos de la ONU, verdadero templo masónico. - Abandono de la tiara, signo de poder pontificio. - Negativa a condenar el comunismo en el Concilio. - Designación de los 4 moderadores 23. - Intervención de una mujer en el Concilio. - Viaje a Israel. Encuentro con el Gran Rabino. - Abrazo a Atenágoras y supresión de su excomunión. Atenágoras tuvo un entierro masónico. - Intervención contra el «Coetus Internationalis Patrum», pero apoyo a los cardenales liberales. - Entrega del anillo papal a Ramsey en San Pablo Extramuros. Ramsey es un laico, masón y hereje. Bendición dada junto al Papa a toda la Iglesia: cardenales, obispos, clero, etc. - Visita a Bogotá para apoyar las reivindicaciones de los “campesinos” e, indirectamente, de los “guerrilleros”. - Visita a Filipinas, vía Hong Kong, donde debía pronunciarse un discurso procomunista, que fue prohibido por el gobernador de Hong Kong. - Decreto de los matrimonios mixtos, sin exigencia del bautismo católico de los hijos. - Nombramiento de una comisión para la píldora anticonceptiva con un plazo de 2 años para decidir. - Decreto sobre la hospitalidad eucarística autorizando que los protestantes reciban la Eucaristía. - Secretariado para la unidad con declaraciones filoluteranas. - Secretariado para los no cristianos. - Supresión del ayuno eucarístico. - Supresión de fiestas obligatorias.
En la 2ª sesión, Pablo VI modificó el reglamento del Concilio, designando 4 moderadores cuya función era la de «dirigir las actividades del Concilio y determinar el orden de discusión de los temas». En la selección de estos candidatos, el Papa pareció apoyar al elemento liberal del Concilio. [N.d.E.]
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- Supresión de la abstinencia. - Autorización de las misas del sábado para el domingo. - Autorización para la incineración. - Concelebración de pastores anglicanos en el Vaticano. - Bendición de los carismáticos, que éstos recibieron bailando y berreando en San Pedro. - Entrega a los musulmanes de la bandera de Lepanto. Y todas las grandes reformas: - Reforma litúrgica. - Reforma de los seminarios. - Democratización de las instituciones: sínodo de los obispos en Roma; conferencias episcopales sin delimitación precisa de poder; consejos presbiteriales diocesanos. - Reforma de la Curia romana y especialmente del Santo Oficio. Centralización. - Reforma del nombramiento de obispos. - Revisión y modernización de todas las constituciones de las sociedades religiosas. - Dimisión obligatoria de los obispos a los 75 años. - Exclusión del Cónclave de los cardenales de más de 80 años 24. *** ¿DÓNDE ESTÁ EL CISMA? “¿No está Vd. al borde del cisma, Monseñor?”. Ésta es la pregunta que se hacen muchos católicos al leer las últimas sanciones que nos ha impuesto Roma. Los católicos, en su gran mayoría, definen o imaginan el cisma como la ruptura con el Papa. No llevan más lejos su investigación. “Va usted a romper con el Papa o el Papa va a romper con usted. Por eso va usted hacia el cisma”. ¿Por qué es crear un cisma romper con el Papa? Porque donde está el Papa está la Iglesia católica. Así, pues, es en realidad alejarse de la Iglesia católica. La Iglesia católica es una realidad mística que existe no sólo en el espacio — sobre la superficie de la tierra— sino también en el tiempo y en la eternidad. Para que el Papa represente a la Iglesia y sea su imagen, debe estar unido a ella no sólo en el espacio sino también en el tiempo, pues la Iglesia es esencialmente una tradición viva. En la medida en que el Papa se alejase de esta tradición, se haría cismático y rompería con la Iglesia. Teólogos como san Belarmino, Cayetano, el cardenal Journet y muchos otros, han estudiado esta eventualidad. Luego no es algo inimaginable. Pero, en lo que se refiere a nosotros, nos preocupa más el Concilio Vaticano II y sus reformas y orientaciones oficiales que la actitud personal del Papa, que es más difícil de descubrir. Este Concilio representa, tanto a los ojos de las autoridades como a los nuestros, una nueva Iglesia que, por cierto, llaman “Iglesia Conciliar”. Creemos poder afirmar, ateniéndonos a la crítica interna y externa del Vaticano II, es decir, analizando los textos y estudiando sus antecedentes y consecuencias, que este Concilio, al volver la espalda a la tradición y romper con la Iglesia del pasado, es un concilio cismático. Por los frutos se juzga al árbol. En la actualidad, toda la gran prensa mundial americana y europea, reconoce que este Concilio está arruinando a la Iglesia católica a tal punto que incluso los no creyentes y los gobiernos laicos empiezan a inquietarse por eso. Se ha firmado un pacto de no agresión entre la Iglesia y la masonería, que se ha disfrazado con el nombre de “aggiornamento”, de “apertura al mundo” y de “ecumenismo”. Desde entonces, la Iglesia acepta que ya no es la única religión verdadera ni el único medio de salvación eterna. Reconoce a las demás religiones como religiones hermanas. Reconoce como un derecho concedido por la naturaleza a la persona humana, que ésta tiene la libertad de elegir su religión y que, en consecuencia, ya no se puede admitir un Estado católico. Admitido este nuevo principio, hay que cambiar toda la doctrina de la Iglesia, su culto, su sacerdocio y sus instituciones. Porque, hasta ese momento, todo en la Iglesia manifestaba que era la única que posee la verdad, el camino y la vida en Nuestro Señor Jesucristo, al que ella poseía en persona en la Sagrada Eucaristía, presente gracias a la continuación de su sacrificio. Así, pues, lo que se ha operado desde el Concilio y por medio suyo es una subversión total
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Le Coup Maître de Satan, págs. 19-24.

de la tradición y de la enseñanza de la Iglesia. Todos los que cooperan en la aplicación de esta subversión, aceptan y se adhieren a esta nueva “Iglesia conciliar”, como la llama su Excelencia Mons. Benelli en la carta que me dirige en nombre del Santo Padre con fecha del 25 de junio último. Todos entran en el cisma. La adopción de las tesis liberales por parte de un concilio no puede haber sucedido más que en un concilio pastoral, no infalible, y no puede explicarse sin una secreta y minuciosa preparación que los historiadores acabarán por descubrir, para sorpresa de los católicos que confunden la Iglesia católica, romana y eterna, con la Roma humana y susceptible de invasión por enemigos revestidos de púrpura. ¿Cómo podemos, por una obediencia servil y ciega, seguirles el juego a los cismáticos que nos piden nuestra colaboración en su tarea de destrucción de la Iglesia? La autoridad delegada por nuestro Señor al Papa, a los obispos y al sacerdocio en general, está al servicio de la fe en su divinidad y de la transmisión de su propia vida divina. Todas las instituciones divinas o eclesiásticas están destinadas a este fin. Todo el derecho y todas las leyes no tienen otra finalidad. Utilizar el derecho, las instituciones y la autoridad para destruir la fe católica y no transmitir la vida, es practicar el aborto o la anticoncepción espiritual. ¿Quién se atreverá a decir que un católico digno de tal nombre puede cooperar en un crimen peor que el aborto corporal? Por eso nos sometemos y estamos dispuestos a aceptar todo lo que está conforme con nuestra fe católica, tal como ha sido enseñada durante 2.000 años, pero nos negamos a todo lo que se le opone. Se nos objeta que juzgamos la fe católica, pero el deber más grave de todo católico ¿no es acaso juzgar la fe que se le enseña hoy con la que se ha enseñado y creído durante 20 siglos y que está recogida en catecismos oficiales como el de Trento, el de san Pío X y en todos los catecismos de antes del Vaticano II? ¿Cómo se han comportado todos los verdaderos fieles frente a las herejías? Han preferido derramar su sangre antes que traicionar su fe. Aunque nos venga la herejía por el portavoz más elevado en dignidad que pueda haber para la salvación de nuestras almas, el problema es el mismo. A este respecto hay en muchos fieles católicos una ignorancia grave sobre la naturaleza y extensión de la infalibilidad del Papa. Muchos piensan que toda palabra salida de la boca del Papa es infalible. Por otro lado, nos parece mucho más cierto que la fe enseñada por la Iglesia durante 20 siglos no puede contener errores que el hecho de que el Papa sea verdaderamente Papa. La herejía, el cisma, la excomunión ipso facto y la invalidez de elección, son otras tantas causas que, eventualmente, pueden hacer que un papa no lo haya sido nunca o deje de serlo entonces. En este caso, evidentemente excepcional, la Iglesia se encontraría en una situación semejante a la que sigue a la defunción de un Sumo Pontífice. Lo cierto es que desde el principio del pontificado de Pablo VI se plantea un problema grave a la conciencia y a la fe de todos los católicos. ¿Cómo un papa verdadero sucesor de Pedro, respaldado por la asistencia del Espíritu Santo, puede presidir la destrucción de la Iglesia, la crisis más profunda y extendida de su historia en un espacio de tiempo tan pequeño, cosa que ningún hereje logró hacer nunca? A esta cuestión habrá que responder algún día. Pero, dejando este problema a los teólogos y a los historiadores, la realidad nos obliga a responder en la práctica según el consejo de san Vicente de Lerins: «¿Qué hará entonces el cristiano católico si alguna parte de Iglesia se separa de la comunión universal de la fe? ¿Qué otro partido tomar sino preferir al miembro gangrenado y corrupto el resto del cuerpo que está sano? ¿Qué hará si alguna novedad trata de manchar no ya una pequeña parte sino a toda la Iglesia entera? En ese caso procurará mantenerse unido a la antigüedad que, evidentemente, no puede ya ser seducida por el engaño de ninguna novedad». Estamos, pues, bien decididos a continuar nuestra obra de restauración del sacerdocio católico pase lo que pase, convencidos de que no podemos prestar mejor servicio a la Iglesia, al Papa, a los obispos y a los fieles. ¡Que nos dejen hacer la experiencia de la tradición! Ecône, el 2 de agosto de 1976 25. ***
HAY UN SUCESOR DE PEDRO

Nosotros hubiéramos podido adoptar otras actitudes, especialmente la de la oposición radical: “El Papa admite las ideas liberales, por tanto es herético, por consiguiente. no hay Papa”. Es el sedevacantismo. Se acabó, ya no se mira más a Roma. Los cardenales nombrados por el Papa no son cardenales, todas sus acciones son nulas” (...) Personalmente siempre he pensado que se trataba de una lógica demasiado simple. Y la realidad no es tan simple. No se puede tachar a cualquiera de herético auténtico tan fácilmente. Por eso me pareció que debía permanecer de este lado de la realidad y conservar el contacto con Roma; de considerar que en Roma había, a pesar de todo, un sucesor de Pedro. Un mal sucesor, es cierto, al que no hay que seguir, porque tiene ideas liberales y modernistas (...). Esta actitud que, personalmente, he creído que era mi deber, es de todas maneras la más prudente, la más
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Un Evêque parle, t. II, págs. 96-100.

razonable y, al mismo tiempo, la más apostólica, pues mantiene la esperanza de poder convertirle. A fuerza de oposición y manifestarle nuestra postura quizás el Papa acabe por reflexionar. A la inversa que los sedevacantistas, nosotros actuamos frente al Papa como frente al sucesor de Pedro. Nos dirigimos a él como tal y rogamos por él. La mayoría de los fieles y de los sacerdotes tradicionalistas estiman también que ésta es la solución más prudente y juiciosa: reconocer que hay un sucesor de Pedro, pero al que es necesario oponerse, a causa de los errores que difunde26. ***
EL NUEVO DERECHO CANÓNICO

Se nos presenta una segunda pregunta: ¿Qué pensáis del nuevo Derecho Canónico? Desgraciadamente nos vemos obligados a contestar que, a pesar de algunas modificaciones útiles, el espíritu que ha presidido esta refundición es, en general, el mismo que el que inspiró el cambio de los libros litúrgicos, de los catecismos y de la Biblia. La Constitución apostólica que presenta el nuevo Derecho Canónico lo dice expresamente en la página XI de la edición vaticana: “La obra que es el Código concuerda perfectamente con la naturaleza de la Iglesia, sobre todo tal como ha sido propuesta por el II Concilio Vaticano. Más todavía; este nuevo Derecho puede considerarse como un esfuerzo para poner en lenguaje canónico esta doctrina, es decir, la Eclesiología conciliar (...) Los elementos de esta Eclesiología son los siguientes: Iglesia = pueblo de Dios; autorida jerárquica = servicio colegial; Iglesia = comunión; por último, la Iglesia y su deber de ecumenismo”. He aquí otras tantas nociones ambiguas que van a permitir que los errores protestantes y modernos inspiren la legislación de la Iglesia. Y con ello va a verse perjudicada la autoridad del Papa y de los obispos; se acorta la diferencia que existe entre el sacerdocio y el laicado; se disminuye el carácter absoluto y necesario de la fe católica en provecho de la herejía y del cisma, y se esfumen las realidades fundamentales del pecado y de la gracia. Son otros tantos ataques peligrosos para la doctrina de la Iglesia y la salud de las almas27. ***
SE MANTIENEN EN ERRORES PROFUNDOS

Quisiera, para terminar –y lo hago con tristezas - mostraros por medio de algunos textos cómo las autoridades de la Iglesia se mantienen en errores profundos que no podemos aceptar. Ante todo un texto del Cardenal Ratzinger bastante reciente, del 27 de junio de 1990: su comentario a un trabajo que ha realizado sobre el Magisterio y la Teología, a propósito de la rebelión de los teólogos. Ya sabéis que ciertos teólogos se ha rebelado en Italia, en Alemania, en Suiza, en Francia, por todas partes, contra la enseñanza de Roma, que les había dado la libertad de pensar, de escribir lo que quieran. Pues bien, lo han hecho. Ahora, en Roma están espantados por el resultado de esta libertad. Y entonces quieren frenar. Pero frenan mal, y no lograran nada y doy como prueba lo que dice el Cardenal en la presentación de este documento. Él mismo dice: “Este documento afirma por primera vez con esta claridad que hay decisiones del Magisterio –decisiones del Magisterio- que no pueden ser la última palabra sobre la materia en cuanto tal, pero son un anclaje substancial – usan palabras difíciles de definir – y ante todo una expresión de prudencia pastoral, una especie de disposición provisional – disposiciones del magisterio que se convierten en disposiciones provisionales – el núcleo sigue siendo válido, pero los aspectos particulares sobre los cuales las circunstancias de los tiempos han tenido influencia pueden necesitar rectificación ulterior. A este respecto - veréis los ejemplos que ofrece, es espantoso – A este respecto, se pueden señalar que las declaraciones de los papas del pasado siglo sobre la libertad religiosa se tornan declaraciones provisionales o pastorales, como también las decisiones antimodernistas de principios de siglo”. Es increíble, el Cardenal Ratzinger ataca a la encíclica Pascendi Domini Gregis, a la Quanta Cura, al Syllabus, a la encíclica del Papa San Pío X y al decreto Lamentabili, y a las decisiones de la comisión bíblica de la misma época; lo que el Papa San Pío X ha aprobado se convierte también en disposición provisional, es muy grave. Las decisiones antimodernistas han hecho un gran servicio, pero después de haber hecho su servicio pastoral en su tiempo, en su determinación particular, ahora están superadas. Y eso es todo, se ha dado vuelta a la página: se acabó la encíclica del Papa San Pío X, las decisiones de los papas precedentes, se terminó, se trata de disposiciones provisionales, pastorales. ¡Cuando se trata de encíclicas dogmática, encíclicas que son más importantes que el concilio Vaticano II, concilio que se dice pastoral. Es inaudito, he aquí lo que ha dicho el Cardenal Ratzinger muy recientemente. Ya no tienen la noción de infalibilidad de la Iglesia. Es verdad; por eso pienso que actualmente el Papa ya no está en condiciones de emplear su infalibilidad porque no cree en ella. Los hombres que son modernistas no creen en una verdad definitiva, exactamente igual a como los francmasones no creen en los dogmas, no hay dogma. El dogma es algo
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Tradición Católica, nº55, febrero de 1990, págs. 19-20. Carta a los amigos y bienhechores, nº 24 (7 –II- 1983).

que no cambia, definido hasta el fin de los tiempos. Pues bien, no, eso ya no existe, todo cambia con el tiempo, con los hombres, con la conciencia de los hombres, con la ciencia, todo cambia. Si todo cambia, ya no hay infalibilidad, no puede ejercerse, no es posible, dad que la infalibilidad fija una verdad para siempre. A continuación les leo una cita del Papa sobre el ecumenismo, ese ecumenismo aberrante, contrario a la fe de la Iglesia. Antes se decía: ¿qué pide la Iglesia? La conversión, la conversión de aquéllos que no son católicos a la Iglesia católica, pero ahora ese ecumenismo ya no lo pide. He aquí lo que dice en su visita de 1989: “Mi visita a los países nórdicos es una confirmación del interés de la Iglesia católica en la obra del ecumenismo que es la de promover la unidad de todos los cristianos” (...) Hace 25 años el Concilio Vaticano II insistía vivamente en la urgencia de este desafío de la Iglesia, si, se trata de un verdadero desafío y mis predecesores han continuado esta empresa con un cuidado perseverante, por gracia del Espíritu Santo que es la fuente divina y la garantía del movimiento ecuménico. Desde el principio esta fue mi preocupación para la acción pastoral”. Para el Papa es claro, la prioridad de su acción pastoral, es la unión, la unión de todos los cristianos. Pero ¿cómo realizarla? No se pueden unir los contrarios, la unidad debe hacerse EN la Iglesia Católica, no a su lado, no con todos aquéllos que no están en la Iglesia. El Papa, por tanto, no ha cambiado, tiene estas ideas, son todavía las ideas del Concilio, no hay nada que hacer. En fin, Casaroli. Por tanto los tres: el Papa, Ratzinger y Casaroli, las tres cabezas de la Iglesia, si puede decirse, después del Papa está Casaroli, después de Casaroli, está Ratzinger. ¿Qué ha dicho en febrero de 1989? Todo esto está sacado del Osservatore Romano, por tanto del diario oficial de Roma, no soy yo quien lo inventa; he aquí el discurso del Cardenal Casaroli a la comisión de los derechos del hombre en las Naciones unidas: “Habiendo aceptado, con mucho placer, la invitación que se me ha dirigido para venir hasta ustedes y trayéndoles palabras de ánimo del Santo Padre, deseo detenerme un poco, y todos lo comprenderán, sobre el aspecto específico de la libertad fundamental de pensar, de obrar según la conciencia: la libertad de religión – ya lo ven ustedes: la libertad fundamental de pensar, de obrar según la conciencia. Ya no hay ley, ya no hay recompensa, cada uno según su conciencia; y Juan Pablo II no dudaba en afirmar en un mensaje para el día mundial de la paz que la libertad religiosa constituye como una piedra angular en el edificio de los Derechos del Hombre. Naturalmente, es el aspecto radical, fundamental de los Derechos del hombre: la libertad respecto de Dios. Dios ha venido a la tierra para darnos una religión, yo, tengo mi conciencia, eso no me afecta. Incluso si Dios ha venido o si no ha venido, me da igual, yo tengo la religión de mi conciencia. ¡Increíble, es increíble! La Iglesia Católica y su pastor supremo que ha hecho de los derechos del hombre uno de los grandes temas de su predicación, no han dejado de señalar que en un mundo hecho por el hombre - ¡un mundo hecho por el hombre! ¡como si el hombre hubiera hecho el mundo! ¡Díganme ustedes! – hecho por el hombre y para el hombre, toda la organización de la sociedad sólo tiene sentido en la medida en que hace de la dimensión humana una preocupación central. Todo hombre y todo el hombre, he aquí la preocupación de la Santa Sede que es, sin duda, también la de ustedes” Esto es ateísmo puro, ¿dónde está Dios? ¡El hombre el hombre, el hombre! La dimensión humana, el hombre, los derechos del hombre, y son las cabezas de la Iglesia quienes hablan así. Ya ven a lo que hemos llegado. Por eso no podemos seguir a esas personas. Creo en el Papa, creo en el sucesor de Pedro, pero en el sucesor de Pedro que es verdadero papa, que no está contra sus predecesores. Cuando está en consonancia con sus predecesores, con toda la Iglesia de antes, entonces de acuerdo; pero cuando está contra sus predecesores entonces es imposible.28

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L’Église 25 ans après Vatican II, pags. 19-21

Cap. 3: LA SANTA MISA CARÁCTER HUMANO DE LA LITURGIA Reconozcamos en primer lugar que la liturgia tiene un doble carácter que la marca y la marcará siempre: un carácter profundamente humano: «Sciebat quid esset in homine» (S. Juan 2, 25). La psicología de Nuestro Señor marca la liturgia, conoce las necesidades profundas de los hombres y de sus pobres almas marcadas por el pecado, pero también almas como de niños para con su Padre Celestial, sensibles a la Pasión del Hijo de Dios, confiadas en lo que para ellos representa la Madre Iglesia, más sensibles a los ejemplos que a las palabras, más conmovidas por el canto que por la lectura, a las que afecta más una palabra viva que un texto recitado; almas deseosas de un perdón visible y más fácilmente educadas por los ojos que por los oídos. El Maestro sabe que todo esto nos es necesario, o al menos útil para nuestra santificación y para elevar nuestras almas hacia Él. CARÁCTER DIVINO DE LA LITURGIA A este carácter humano de la liturgia debe añadirse, de forma aún más real, el carácter divino. Todo lo humano que hay en ella está para llevarnos a Dios a través de Nuestro Señor, en espíritu de luz y de caridad. Estamos en el umbral del misterio de la liturgia. Hasta aquí, podía parecerse a todas las iniciaciones de ritos paganos. Entramos ahora en el terreno divino, al que el mismo Dios se ha encargado de guiarnos. Nuestro Señor ha dicho: «Nemo venit ad Patrem nisi per me». Nadie va al Padre sin pasar por Él, por su sacrificio y por su oración. Así pues, sólo su liturgia abre los misteriosos horizontes celestiales en toda su realidad y en toda su unión con las realidades terrenas. El ministro perfecto de la liturgia es el Pontífice, el que establece el lazo entre las realidades de este mundo y la vida eterna. Nuestro Señor era el único también en conocer a su Padre: «Neque Patrem quis novit nisi Filius» (S. Mat., 11, 27). El Cielo, es decir, Dios Padre, sigue siendo para nosotros como el gran misterio, y la liturgia tiene el deber de reflejar este misterio con sus silencios o con algunas de sus ceremonias simbólicas; con algunos de sus ritos y con todo su ambiente arquitectónico, musical, ornamental y ritual. Todo eso debe ser noble, grande, hermoso y ordenado, a imagen del mismo Dios que está presente en el santuario, pues el templo no es en primer lugar la casa del pueblo de Dios sino la «Domus Dei», adonde el pueblo va a encontrarse y a encontrar a Dios y a comulgar con Él. Este misterio se expresa mejor en algunas liturgias orientales en que el sacerdote parece aislarse con Dios para poder dárselo más perfectamente al pueblo fiel. Así pues, la liturgia debe conservar siempre esencialmente estos caracteres fundamentales. Ser lo que es, divina y humana, con la orientación de lo humano hacia lo divino que constituye su fin último. El hombre, al acercarse a Dios, no puede sino hacerse más humano y recobrar la verdadera imagen de Dios a cuya imagen ha sido creado. «Induite novum hominem, qui secundum Deum creatus est in justitia et sanctitate veritatis» (Efe. 4, 24). «Revestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y la santidad de la verdad». Recordando estos principios fundamentales del misterio de Dios y de la psicología humana, junto con todos los datos de la teología del pecado y de la justificación, de la redención por Nuestro Señor, su sacrificio y sus sacramentos, con las enseñanzas de la verdadera filosofía referentes a la educación y a la enseñanza de la verdad, abrazando todas las facultades del cuerpo y del espíritu, es como podremos dar a las adaptaciones litúrgicas el lugar que le conviene y su verdadera oportunidad 29. *** VENTAJAS DE LA LENGUA UNIVERSAL Conviene que recordemos que participamos en una acción de la Iglesia católica y en una oración que nos enseña nuestra fe católica. Así, en la medida en que conserva un carácter universal, la liturgia nos forma en una
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Un Evêque parle, t. I, págs. 19-21.

comunión católica y universal. En la medida en que la liturgia se localiza e individualiza, pierde esa dimensión universal y católica que marca a profundamente las almas. Consideramos oportuno citar dos hechos de experiencia. Es innegable que las acciones litúrgicas —y la acción por excelencia, la santa Misa— expresadas enteramente en lengua vernácula, como es el caso en algunos ritos orientales, circunscriben la comunidad cristiana imponiéndole unos límites. Las comunidades que se han dispersado necesitan sacerdotes de su país para participar en el rito litúrgico. Las comunidades se aíslan y sus miembros sufren este aislamiento. No parece algo evidente que estas comunidades sean más fervorosas y practicantes que las que usan el lenguaje universal, que muchos no entienden, pero que pueden recibir una traducción al alcance de todos. Un segundo hecho es el que se manifiesta en las nuevas cristiandades, que argumentan con la universalidad de la liturgia católica para probar la verdad de la Iglesia católica, contra la multiplicidad de los ritos protestantes. Por lo demás, es ésta una de las principales razones de la cohesión del Islam, que considera el árabe como la única lengua del Corán y hasta llega a prohibir su traducción. Ésta es una primera consideración que se presta a la reflexión. Hacíamos alusión a la expresión de la fe universal católica a través de una lengua universal. No se puede negar que la fe está en función de la redacción de la plegaria litúrgica: «Lex orandi, lex credendi». La lengua única protege la expresión de la fe contra las adaptaciones lingüísticas a través de los siglos y, por consiguiente, protege la misma fe. Las lenguas vivas cambian y fluctúan y, si no se adapta la expresión litúrgica a la lengua de la época actual, poco a poco las expresiones se hacen se igualmente incomprensibles, como es el caso de la lengua empleada en el rito etíope: el gueza, que era la lengua vernácula antigua y que, hoy en día, ni se habla ni se entiende. FIN ÚLTIMO DE LA LITURGIA: LA UNIÓN CON DIOS Otra consideración que no deja de tener valor: la comprensión de los textos no es el fin último de la oración, ni el único medio para que el alma se ponga en oración, es decir, en unión con Dios, que es la principal meta de la plegaria. El objeto propio de la plegaria es Dios. El alma que alcanza a Dios, y se une espiritualmente a Él, está en oración y bebe en la fuente de su vida. Sería, pues, contrario al fin mismo de la acción litúrgica prestar tanta atención a la comprensión de los textos que llegue a ser obstáculo para la unión con Dios. Por otra parte, el alma sencilla, poco cultivada y verdaderamente cristiana, logrará la unión con Dios ya con un canto religioso y celestial, ya con el ambiente general de la acción litúrgica, la piedad y el recogimiento del lugar, la belleza arquitectónica, el fervor de la comunidad cristiana, la nobleza y la piedad del celebrante, la decoración simbólica, el olor a incienso, etc. Poco importa a qué se recurra, con tal que el alma se eleve a Dios, y en Él encuentre su alimento sobrenatural por la gracia de Nuestro Señor 30. *** VERDADES SOBRE LA MISA ¿La práctica del Novus Ordo Missae, acto central de la reforma litúrgica, ha tenido las saludables consecuencias esperadas o ha producido los desastrosos efectos que podían preverse? La respuesta a esta pregunta nos obligará a estudiar las circunstancias de esta reforma singular y única en la historia de la Iglesia y nos iluminará sobre cuál deberá ser nuestra conducta en el futuro. Para juzgar el valor dogmático, moral y espiritual de esta reforma tenemos que recordar brevemente los principios inamovibles de la fe católica sobre lo que constituye esencialmente nuestra santa Misa. «In Missa offertur Deo verum et proprium sacrificium» (En la Misa se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio) (De fe divina católica definida). Los que nieguen esta proposición son herejes. «Para todo sacrificio se requiere un sacerdote, una víctima y una acción sacerdotal por la que se ofrece la víctima». «In Missa et in cruce eadem est Hostia et idem sacerdos principalis» (En la Misa y en la Cruz la Hostia es la misma y el sacerdote principal es el mismo) (De fe divina católica definida).
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Un Evêque parle, t. I, págs. 22-24.

«Hostia seu Victima est ‘ipse Cristus’ praesens sub speciebus panis et vini» (La Hostia o Víctima es el mismo Cristo presente bajo las especies de pan y vino) (De fe divina católica definida). Son también herejes los que nieguen estas dos últimas proposiciones. Así pues, para la existencia real del sacrificio de la Misa son esenciales tres realidades: El ministro con carácter sacerdotal: «Sacerdotes, illique soli, sunt ministri» (Son ministros los sacerdotes y sólo ellos) (De fe divina católica definida). La presencia real y substancial de la Víctima, que es Cristo. La acción sacerdotal de la oblación sacrificial que se realiza esencialmente en la consagración. No olvidemos que precisamente estas tres verdades fundamentales son las que niegan los protestantes y los modernistas 31. *** CONDICIONES VALIDEZ DE LA MISA Para que sea válida la Eucaristía, lo mismo que todos los sacramentos, hacen falta la materia, la forma y la intención necesaria para su validez. Esto ni siquiera el Papa lo puede cambiar. La materia es de institución divina; el Papa no puede decir: «Mañana, se utilizará alcohol para bautizar a los niños». No tiene poder para hacerlo. Hay cosas que el Papa no puede cambiar en los sacramentos. Tampoco puede cambiar esencialmente la forma. Hay palabras esenciales. Por ejemplo, no puede decirse de ningún modo: “Te bautizo en el nombre de Dios”. Nuestro Señor mismo instituyó la forma: «Bautizaréis en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». El Papa tampoco puede cambiar que sea necesaria la intención del sacerdote. ¿Y cómo puede conocerse esta intención? Recordad aquel hecho histórico del Papa León XIII cuando proclamó que todas las ordenaciones anglicanas son inválidas por falta de intención; falta de intención, porque hay que querer lo que la Iglesia quiere. Es verdad que la fe del sacerdote no es un elemento necesario. Un sacerdote puede tener fe, otro puede tener menos y otro una fe no del todo íntegra. Eso no tiene una influencia directa sobre los sacramentos, sino indirecta. Precisamente los anglicanos, como perdieron la fe, se negaron a hacer lo que hace la Iglesia. ¿No será éste el mismo caso que el de los sacerdotes que pierden la fe? Vamos a tener sacerdotes que no van a querer seguir haciendo el sacramento de la Eucaristía según la definición del Concilio de Trento. Si se les preguntase: “La Eucaristía que hacéis, ¿es la del Concilio de Trento?” Nos van a contestar que no, que el Concilio de Trento fue hace mucho tiempo. “Ahora está el Vaticano II. Ahora es la transignificación o la transfinalización”. ¿Y la transubstanciación, es decir, la presencia real de Nuestro Señor, del Cuerpo de Nuestro Señor, presencia física de Nuestro Señor bajo las especies del pan y del vino? — preguntaremos nosotros. Nos contestarán que no, que “ahora ya no es así”. Si algún sacerdote os dice eso, la consagración es inválida porque en ese caso no hacen lo que la Iglesia definió en el Concilio de Trento. Esto es irreformable. Los cristianos están obligados creer hasta el fin de los tiempos lo que dijo el Concilio de Trento sobre la santa Misa y sobre la Eucaristía. Pueden explicarse los términos pero no se pueden cambiar, eso no puede ser. “Quien diga que no acepta la transubstanciación —dice el Concilio de Trento— sea anatema”, y por lo tanto separado de la Iglesia. Llegará tal vez un día en que os veréis obligados a preguntar a vuestros sacerdotes: “Creéis en las definiciones del Concilio de Trento, ¿sí o no? Si no creéis en ellas, vuestra Eucaristía es inválida. El Señor no está presente”. Porque van a querer hacer lo que, según dicen, quiere la nueva teología y la nueva religión, que no es lo que quiere la Iglesia. Por eso hay que tener mucho cuidado. Con los sacramentos no puede hacerse lo que se quiera. Los sacramentos fueron instituidos por Nuestro Señor Jesucristo y fueron precisados por toda la tradición de la Iglesia 32. *** «DESTRUYAMOS LA MISA Y DESTRUIREMOS LA IGLESIA» La Iglesia, a la que Nuestro Señor legó su sacerdocio ministerial para que lo cumpliese hasta el fin de los tiempos, realizó con amor y con devoción el sacrificio de la Misa, dispuso sus oraciones, sus ceremonias y sus ritos para significar sus realidades y para proteger nuestra fe en estas realidades que quiso y determinó el mismo Dios. Así nos lo enseña el Concilio de Trento (sesión 22, cap. 5). «Siendo la naturaleza humana de tal forma que no puede con facilidad y sin algún socorro exterior elevarse a la meditación de las cosas divinas, la Iglesia, como una buena madre, estableció determinados usos, como el de pronunciar en Misa algunas cosas en voz baja y otras en tono más alto; e introdujo, siguiendo la disciplina y la tradición de los Apóstoles, algunas ceremonias, como las bendiciones místicas, las luces, las incensaciones, los ornamentos y otras cosas parecidas, para hacer así más recomendable la majestad de tan gran sacrificio y para incitar a las almas de los fieles con
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Un Evêque parle, t. I, págs. 141-142. Un Evêque parle, t. I, págs. 198-199

esos signos sensibles de piedad y de religión a la contemplación de las grandes cosas que están ocultas en este sacrificio». Para ajustarnos a la verdad, debemos decir y afirmar sin miedo a equivocarnos que la Misa codificada por San Pío V expresa claramente las grandes realidades existentes en el sacrificio, la de la presencia real, la del sacerdocio de los ministros y la de la relación esencial con el sacrificio de la cruz, de donde viene toda la virtud sobrenatural de la Misa. Disminuir o confundir la expresión de nuestra fe en estas realidades que constituyen la esencia misma del sacrificio que nos legó Nuestro Señor Jesucristo en persona, puede conducir a las más desastrosas consecuencias, pues el sacrificio de la Misa es el corazón, el alma y la fuente mística de la Iglesia. Toda la historia del protestantismo es una ilustración de aquellas palabras blasfemas de Lutero: «Destruyamos la Misa y destruiremos la Iglesia». Los mártires ingleses que fueron canonizados recientemente sellaron esta verdad con su sangre 33. *** LAS PREMISAS DE LUTERO ¡Cuántos hechos cuyo origen son las reformas del Vaticano II se parecen a las conclusiones de Lutero! El abandono del hábito religioso y eclesiástico, la cantidad de matrimonios aceptados por la Santa Sede o la ausencia de todo carácter distintivo entre el clérigo y el laico. Este igualitarismo se manifiesta en la atribución a éstos de funciones litúrgicas hasta ahora reservadas a los clérigos. La supresión de las ordenes menores y del subdiaconado, y el matrimonio en el diaconado, contribuyen a la concepción puramente administrativa del clérigo y a la negación del carácter sacerdotal. La ordenación se orienta hacia el servicio de la comunidad y no hacia el sacrificio, que es lo único que justifica la concepción católica del sacerdocio. Los curas obreros y sindicalistas o en busca de un empleo remunerado por el Estado, contribuyen también a hacer desaparecer toda distinción. Van aún más lejos que Lutero. El segundo error doctrinal grave de Lutero es una continuación del primero y se basa en su primer principio: lo que salva es la fe o la confianza y no las obras. Esto constituye la negación del acto sacrificial que es esencialmente la Misa católica. Para Lutero, la Misa puede ser un sacrificio de alabanza, es decir, un acto de alabanza y de acción de gracias, pero desde luego no un sacrificio expiatorio que renueva y aplica el sacrificio de la Cruz. Hablando de las perversiones del culto en los conventos decía: «El elemento principal de su culto, la Misa, sobrepasa toda impiedad y abominación. Hacen de él un sacrificio y una buena obra. Aunque no hubiera otro motivo para abandonar el hábito y salir del convento, éste bastaría ampliamente» 34. La Misa para él es una “sinaxis”, una comunión. La Eucaristía ha sido reducida a una triple y lamentable cautividad porque a los seglares se les ha privado el uso del cáliz, se ha impuesto como un dogma la opinión inventada por los tomistas de la transubstanciación y se ha hecho de la Misa un sacrificio. Lutero alcanza aquí un punto capital. Sin embargo, no vacila. «Es, pues, un error evidente e impío —escribe— ofrecer o aplicar la Misa por los pecados, como penitencia y por los difuntos... La Misa es algo que Dios le ofrece al hombre y no que el hombre le ofrece a Dios». En cuanto a la Eucaristía, como debe ante todo animar la fe, tendría que celebrarse en lengua vulgar, con el fin de que todos puedan comprender bien la grandeza de la promesa que se les recuerda 35. Lutero sacó las conclusiones de esta herejía suprimiendo el ofertorio, que expresa claramente el fin propiciatorio y expiatorio del sacrificio. Suprimió la mayor parte del Canon y conservó los textos principales pero como relato de la Cena. Con el fin de acercarse más a lo que se realizó en la Cena, añadió en la fórmula de la consagración del pan «quod pro vobis tradetur»: «que entregado por vosotros», y suprimió las palabras «mysterium fidei»: «misterio de fe» y «pro multis»: «por muchos». Consideraba como esenciales las palabras que preceden a la consagración del pan y del vino, y las frases que le siguen. Consideraba que la misa es, en primer lugar, la liturgia de la Palabra y, en segundo lugar, una comunión. Resulta asombroso comprobar que la nueva liturgia ha aplicado las mismas modificaciones y que los textos modernos que están en las manos de los fieles no hablan ya de sacrificio sino de la «liturgia de la Palabra», del relato de la Cena y del reparto del pan o de la Eucaristía. El artículo 7 de la Instrucción 36 que introduce el nuevo rito es significativo de una mentalidad ya protestante. La corrección que se hizo después no resulta para nada satisfactoria.
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Un Evêque parle, t. I, págs. 136-137.

Monseñor Lefebvre cita en este pasaje la obra de León Cristiani Del Luteranismo al Protestantismo, pág. 258, publicada en 1910 y, por tanto, no sospechosa de estar influida por las recientes reformas.
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Ob. cit., pág. 176. Cf. nota 4.

La supresión de la piedra de altar, la introducción de la mesa cubierta con un solo mantel, el sacerdote de cara al pueblo, la hostia que se coloca todo el tiempo en la patena y no en el corporal, la autorización para usar pan ordinario, los cálices hechos de diversas materias incluidas las menos nobles y muchos otros detalles, contribuyen a inculcar a los asistentes las nociones protestantes, esencial y gravemente opuestas a la doctrina católica. No hay nada tan necesario para la pervivencia de la Iglesia católica como el santo sacrificio de la Misa. Dejarlo en la sombra equivale a atacar las bases de la Iglesia. Toda la vida cristiana, religiosa y sacerdotal está fundada en la Cruz, en el santo sacrificio de la Cruz renovado en el altar. Lutero concluye negando la transubstanciación y la presencia real tal y como las enseña la Iglesia católica. Para él, el pan sigue siendo lo que es. En consecuencia, como decía su discípulo Melanchton, que se alzó con violencia contra la adoración del Santísimo Sacramento, «Cristo instituyó la Eucaristía como un recuerdo de su Pasión. Por consiguiente, es una idolatría adorarla» 37. De aquí la comunión en la mano y bajo las dos especies. En efecto, negando la presencia del cuerpo y de la sangre de Nuestro Señor bajo cada una de las dos especies, es normal que se considere incompleta a la Eucaristía bajo una sola especie. Aquí también puede medirse el extraño parecido de la reforma actual con la de Lutero: todas las nuevas autorizaciones que se refieren al uso de la Eucaristía se encaminan a un menor respeto y al olvido de la adoración: comunión en la mano y distribución de la misma por seglares, incluso por mujeres; reducción de las genuflexiones, que muchos ministros ya no hacen; y el uso de pan ordinario, de cálices ordinarios. Todas estas reformas contribuyen a la negación de la presencia real tal como se enseña en la Iglesia católica. No hay más remedio que concluir que, estando los principios íntimamente unidos a la práctica, como dice el adagio: «Lex orandi, lex credendi»: «la ley de orar es la ley de creer», el hecho de imitar en la liturgia de la misa la reforma de Lutero, conduce infaliblemente a adoptar poco a poco las ideas de Lutero. La experiencia de los 6 últimos años desde la publicación del Novus Ordo lo prueba de sobra. Las consecuencias de esta manera de actuar supuestamente ecuménica son catastróficas, ante todo en el terreno de la fe; también en cuanto a la corrupción del sacerdocio y a la disminución de vocaciones; en cuanto a la unidad de los católicos, divididos en todos los ámbitos por esta cuestión que les toca tan de cerca; y en cuanto a las relaciones con los protestantes y los ortodoxos. La concepción de los protestantes sobre este tema vital y esencial de la Iglesia, sacerdocio-sacrificio-Eucaristía, es completamente opuesta a la de la Iglesia católica. Por algo ha existido el Concilio de Trento y todos los documentos del Magisterio que se refieren a él desde hace cuatro siglos. Es psicológica, pastoral y teológicamente imposible para los católicos, sin poner su fe en un enorme peligro, abandonar una liturgia, que es verdaderamente la expresión y el sostén de su fe, para adoptar nuevos ritos que fueron concebidos por herejes. No se puede imitar indefinidamente a los protestantes sin convertirse en uno de ellos. ¡Cuántos fieles, jóvenes sacerdotes y obispos han perdido la fe desde la adopción de estas reformas! No se puede contradecir a la naturaleza y a la fe sin que éstas se venguen. Os será provechoso volver a leer el relato de las primeras misas evangélicas y sus consecuencias para convenceros de este extraño parentesco entre las dos reformas. «En la noche del 24 al 25 de diciembre de 1521, una gran multitud invadía la iglesia parroquial... Iba empezar la ‘misa evangélica’. Karlstadt sube al púlpito, predica sobre la Eucaristía, presenta la comunión bajo las dos especies como obligatoria y la confesión previa como inútil. Basta sólo la fe. Karlstadt se presenta en el altar en traje secular, recita el Confiteor y empieza la misa normalmente hasta el Evangelio. Se suprime el Ofertorio, la elevación y, en fin, todo lo que recuerda la idea de sacrificio. Después de la consagración viene la comunión. Entre los asistentes, muchos no se han confesado para nada, muchos han bebido y comido e incluso tomado aguardiente... Se acercan igual que los demás. Karlstadt distribuye las hostias y presenta el cáliz. Los fieles toman el pan consagrado con las manos y beben a su gusto. Una de las hostias se desliza y cae sobre el vestido de uno de los asistentes y un sacerdote la recoge. Otra cae al suelo, Karlstadt dice a los seglares que la recojan y como se niegan con un gesto de respeto o de superstición, se contenta con decir, ‘que se quede donde está con tal que nadie la pise’». «Ese mismo día, un sacerdote de los alrededores daba la comunión bajo las dos especies a unas 50 personas de las que sólo cinco se habían confesado. Los demás habían recibido la absolución en masa y, como penitencia, se les recomendó sencillamente que no volvieran a pecar». «Mientras tanto, Zuinglio, escapado de su convento, predicaba en Eilenbourg. Había abandonado el hábito monástico y llevaba barba. Vestido como un seglar, hablaba con violencia en contra de la misa privada. El día de Año Nuevo distribuyó la comunión bajo las dos especies. Las hostias pasaban de mano en mano. Muchos se guardaron algunas en el bolsillo y se las llevaron. Una mujer, al comulgar la hostia, dejó caer al suelo algunos fragmentos. Nadie hizo caso. Los mismos fieles tomaban el cáliz y bebían largos tragos». «El 29 de febrero de 1522 se casaba con Catalina Falki. Hubo entonces una verdadera epidemia de matrimonios de curas y frailes. Los monasterios empezaban a vaciarse. Los frailes que se quedaron en el convento suprimieron todos los altares menos uno, quemaron las imágenes de los santos y hasta el óleo de los enfermos».
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Ob. cit., pág. 262.

« Reinaba la mayor anarquía entre los sacerdotes. Cada uno decía ahora la misa según le parecía. El Consejo, desbordado de trabajo, decidió fijar una liturgia nueva destinada a restablecer el orden consagrando las reformas». «En ella se reglamentaba la manera de decir la misa. Se mantenían el Introito, el Gloria, la Epístola, el Evangelio y el Sanctus y luego seguía una predicación. Se suprimían el Ofertorio y el Canon. El sacerdote recitaría simplemente la institución de la Cena, diría en voz alta y en alemán las palabras de la consagración y daría la comunión bajo las dos especies. El canto del Agnus Dei de la comunión y del Benedicamus Domino terminaban la ceremonia» 38. Lutero se preocupa de crear nuevos cantos. Busca poetas y los encuentra no sin esfuerzo. Las fiestas de los santos desaparecen. Luego escatima los cambios. Conserva el mayor número posible de ceremonias antiguas. Se contenta con cambiar su sentido. La misa conserva en su mayor parte el aparato externo. El pueblo encuentra en las iglesias el mismo decorado, los mismos ritos, con algunos retoques hechos para agradarle, porque ahora se dirigen a él mucho más que antes. Hay una mayor conciencia de contar para algo en el culto. Toma parte más activa con los cantos y oraciones en alta voz. Poco a poco, el latín va dejando el sitio al alemán. La consagración se cantará en alemán. Se enuncia en estos términos: «Nuestro Señor, la noche en que fue traicionado, tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros. Haced en memoria mía esto todas las veces que lo hagáis. De la misma manera tomó el cáliz después de la cena y dijo: Tomad y bebed todos de él, éste es el cáliz, un nuevo testamento, en mi sangre que se derrama por vosotros y por el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía todas las veces que bebáis de este cáliz» 39. Así se añaden las palabras «quod pro vobis tradetur»: «que es entregado por vosotros», y se suprimen «Misterium fidei» y «pro multis» en la consagración del vino. Estos relatos referentes a la misa evangélica, ¿no expresan los sentimientos que nos inspira la liturgia reformada desde el Concilio? Todos estos cambios en el nuevo rito son realmente peligrosos, porque poco a poco, sobre todo para los sacerdotes jóvenes, que ya no tienen la idea del sacrificio, de la presencia real y de la transubstanciación, y para quienes todo eso ya no significa nada. Estos jóvenes sacerdotes pierden la intención de hacer lo que hace la Iglesia y ya no dicen misas válidas. Desde luego, los sacerdotes de edad avanzada, cuando celebran según el nuevo rito, siguen teniendo la misma fe de siempre. Han dicho la misa con el antiguo rito durante muchos años y siguen teniendo las mismas intenciones, por lo que puede creerse que su misa es válida. Pero las misas dejarán de ser válidas en la medida en que estas intenciones desaparecen. Han querido acercarse a los protestantes, pero son los católicos los que se han hecho protestantes, y no los protestantes los que se han hecho católicos. Eso es evidente. Cuando 5 cardenales y 15 obispos fueron al “concilio de los jóvenes” en Taizé, ¿cómo podían los jóvenes saber qué es el catolicismo y qué es el protestantismo? Algunos comulgaron con los protestantes y otros con los católicos. Cuando el cardenal Willebrands fue a Ginebra, el Consejo ecuménico de las Iglesias declaró: «Tenemos que rehabilitar a Lutero». Lo dijo como enviado de la Santa Sede. Tomemos la Confesión. ¿En qué se ha convertido el Sacramento de la Penitencia con la absolución colectiva? ¿Es un método pastoral decir a los fieles: “Os hemos dado la absolución colectiva. Ahora podéis comulgar y, cuando tengáis oportunidad, si tenéis pecados graves, os iréis a confesar en el transcurso de 6 meses o un año...?” ¿Quién puede decir que esta forma de actuar es pastoral? ¿Qué idea puede hacerse alguien de lo que es un pecado grave? 40 *** NOS HAN CAMBIADO EL ALTAR DEL SACRIFICIO ¿Qué queréis? hay que decir las cosas como son. Nos han cambiado el altar del sacrificio, que es un altar de piedra; el altar macizo sobre el que se ofrece el sacrificio, por una mesa que es una mesa de comer. En muchos casos, se han quitado las reliquias de los mártires que estaban en la piedra del altar. Al menos quedaba la piedra de altar que representaba, precisamente, la piedra del sacrificio, porque el sacrificio se realiza sobre un altar de piedra. ¿Por qué las reliquias de los mártires? Porque ofrecieron su sangre por Nuestro Señor Jesucristo. Esta comunión de la sangre de Nuestro Señor con la sangre de los mártires, ¿no constituye acaso una admirable evocación que nos anima precisamente a ofrecer nuestras vidas con la de Nuestro Señor, como lo hicieron los mártires? Sin embargo, ahora se suprimen las reliquias de los mártires. Si la misa es una comida, se entiende perfectamente que el sacerdote esté de cara a los fieles. No se preside una comida volviendo la espalda a los convidados. En cambio, si es un sacrificio, el sacrificio se ofrece a Dios y no a los
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Ob. cit., pág. 281-285 Ob. cit., pág. 317. Un Evêque parle, t. II, págs. 13-20

fieles. Desde el momento en que el sacerdote se dirige a Dios, es él quien actúa a partir del Ofertorio con su carácter sacerdotal, y no los fieles 41. *** LA EXPERIENCIA DE LA TRADICIÓN ¿Qué es un religioso o una religiosa? Es una persona que ofrece su vida como víctima con la Víctima que se ofrece en el altar. Esto y nada más que esto es lo que es el religioso o la religiosa. Ese es el fundamento de toda la vida religiosa. Si no hay víctima ni sacrificio en el altar, los religiosos y las religiosas no tienen razón de ser. No es nada extraño que no los haya. Esto es muy importante. Lo mismo puede decirse de vosotros, queridos fieles que estáis aquí. Vuestra razón de ser cristianos es ofreceros como víctimas con la Víctima que está en el altar. Ofrecéis todos vuestros sufrimientos, pruebas y todo lo que sois. Estáis marcados por la Cruz. Fuisteis marcados con ella en el día de vuestro bautismo y en el de vuestra confirmación. Fuisteis regenerados en la sangre de Cristo Jesús, y esto, lo volvéis a hacer y a decir todos los días, en el altar, cuando vais al altar del sacrificio. Es vuestra única razón de ser en el mundo y vuestra única razón para estar unidos a Nuestro Señor Jesucristo, el ofrecer vuestras vidas como víctimas con Nuestro Señor Jesucristo. Así comprenderéis lo que es el sufrimiento cuando estéis en la cama de un hospital, en la víspera de la muerte y nadie os podrá contar ningún cuento. Si un sacerdote os viene a decir: “Querido amigo: piensa en Nuestro Señor Jesucristo y mira su Cruz. Piensa que ofreciendo tus sufrimientos salvas almas y la tuya propia. Salvas almas que te encontrarás en el Cielo”. Comprenderéis que merece la pena sufrir pasar pruebas y ser encarcelado durante años para sufrir con Nuestro Señor. Si esto no existe, nada vale la pena. Ya no hay ninguna razón de existir. Así, pues, todo descansa sobre ese sacrificio de la Misa que es el tesoro que Nuestro Señor dejó al morir en la Cruz. Dejó su Tesoro: su cuerpo, su alma y su divinidad. Lo dejó a la Iglesia católica sobre el altar del sacrificio. Entonces, ¿por qué han quitado los altares? ¿Por qué los han sustituido por mesas? ¿Por qué han sustituido la Misa por una simple cena? Si no hay más que una cena, es normal que se comulgue en la mano. Si no hay presencia real ni sacrificio, es normal que se comulgue de pie. Porque entonces ya no hay más que un recuerdo. Se parte el pan de la amistad, de la comida, de la fe común y de no sé qué más, tal vez de la presencia espiritual de Nuestro Señor o del recuerdo de Nuestro Señor. Todo eso es perfectamente comprensible. Pero cuando se trata de la presencia real de Nuestro Señor, de la presencia de nuestro Dios en persona, de nuestro Creador y Redentor, todo eso no se entiende. Él es nuestro Todo. Él es nuestra razón de ser en este mundo. Vistas así las cosas, no es normal que comulguemos de pie, como si fuéramos iguales a Él. Si es verdad que en el cielo, en la tierra y en los infiernos toda rodilla se dobla ante Dios, ¿cómo puede ser que nosotros, humanos, no doblemos la rodilla o no queramos doblarla ante Dios? ¡Es increíble, increíble! Ya veis, es un hecho que muchos sacerdotes ya no se arrodillan ante la Sagrada Eucaristía. No creáis que estoy inventando, no exagero en absoluto. Podemos ver todos estos excesos a nuestro alrededor. Cada uno de vosotros tiene una historia que contar, y nos podríamos pasar días aquí contando todo lo que hemos visto y observado. Cuando se nos responde: “¡Ah!, pero eso son abusos. Son los que no siguen la regla”, entonces me veo obligado a contestar: Por desgracia, no. No son abusos. Aquí tenéis unos pequeños impresos titulados “Misas de grupos pequeños y de grupos particulares”, que son los reglamentos dados por el Episcopado y que, por lo tanto, abren las puertas a todos los abusos. Es algo evidente, porque, en estas misas de grupo, no se trata ya más que de leer un Evangelio y de recitar uno de los cuatro Cánones (e incluso se añaden tres, ad experimentum, para los niños). Sin contar con que, muy pronto, cada uno podrá hacerse su propio canon. De momento, al menos, aún hay que decir uno de los cuatro cánones y sólo un evangelio. El resto de la ceremonia se puede poner a disposición del sacerdote que «preside la asamblea». Podrá empezar la misa como le parezca mejor, decir el Ofertorio como le parezca, y «crear oraciones» (es el término empleado). «En lo que a las oraciones se refiere, pueden elegirse en el misal las que mejor le convengan al grupo. Si es necesario, puede adaptarse el texto de las oraciones en función de la asamblea o del tema elegido. En algunos casos (y, naturalmente, siempre se tratará de “algunos casos”) quizás estará indicada tal vez la creación de nuevos textos de oraciones...». ¡En ese mismo momento, yo le pido a la Conferencia episcopal permiso para crear mis textos, es decir, para tomarlos de la Tradición! Puesto que se trata de experiencias legales, aprobadas por estos decretos episcopales. Yo pido que se me deje hacer la experiencia de la Tradición. No veo cómo nos lo podrían negar. Por eso seguimos diciendo la Misa de San Pío V en nuestro seminario. Desde luego, ésa es una de las cosas que nos reprochan. Nos dicen: “Deberíais usar el Novus Ordo, no estáis dentro de la obediencia”. Yo estoy obedezco a los obispos y a sus directrices. Estoy perfectamente dentro de la obediencia, porque también está marcado lo siguiente para los grupos reducidos: «Pueden también concebirse grupos particulares en función de una intención pastoral o de un fin pastoral particular: estudiantes, aprendices, etc.». Nosotros somos estudiantes. Tenemos estudiantes y, por consiguiente, estamos perfectamente en regla. ¡No pueden obligarnos —¿cómo decirlo?— hasta el absurdo! Estamos perfectamente dispuestos a reconocer todo lo que haya que
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Un Evêque parle, t. I, págs. 254-255.

reconocer, pero que no nos digan: «Podéis inventar todas las oraciones pero no podéis tomar las de la tradición», porque, eso, ya no lo aceptamos. Esta es la razón por la que estamos plenamente convencidos de que no desobedecemos a la Jerarquía no diciendo la nueva misa 42. *** LA CONCELEBRACIÓN Y EL NÚMERO DE MISAS Se ha dicho esto ya en una forma muy acertada y yo estoy totalmente convencido de lo mismo: La concelebración va en contra de la finalidad misma de la Misa 43. El sacerdote mismo, individualmente, ha sido consagrado como sacerdote, para ofrecer el sacrificio de la Misa, el sacrificio para el que él mismo —y no una asamblea— ha recibido el carácter sacerdotal. Es él el que ha sido consagrado personalmente, no se ha hecho una consagración masiva y global de todos los sacerdotes. Cada uno de ellos ha sido verdadera y personalmente consagrado, y ha recibido el carácter que no se da a la asamblea. Es un sacramento que se recibe personalmente, por lo que el sacerdote está hecho para ofrecer individualmente el santo sacrificio de la Misa. Así, pues, no ofrece duda alguna que la concelebración no tiene el mismo valor que el conjunto de las Misas que se celebrarían individualmente. Esto no puede ser, pues no hay más que una transubstanciación, y por consiguiente un solo sacrificio de la Misa. ¿Por qué hay que multiplicar el número de Misas si una sola transubstanciación vale por todos los sacrificios de la Misa? En ese caso no tendría que haber habido más que una Misa en el mundo después de la de Nuestro Señor, suponiendo que tuviera alguna utilidad... La multiplicación de las misas sería inútil si 10 sacerdotes que concelebran realizan un acto que vale lo mismo que 10 Misas distintas. Eso es falso totalmente falso. ¿Por qué hacemos decir tres Misas en Navidad y el día de todos los Fieles Difuntos? Así expuesto, sería realmente una práctica ridícula. La Iglesia, precisamente, necesita de esa multiplicación del sacrificio de la Misa para la aplicación del sacrificio de la Cruz y para todos los fines de la Misa: Adoración, acción de gracias, propiciación e impetración. Todas las novedades manifiestan una falta de conocimientos teológicos y una falta de definición de las cosas 44. *** LA MISA DE TRADICIÓN APOSTÓLICA Se nos dice: “No tenéis ningún derecho. San Pío V hizo una Misa y Pablo VI ha hecho otra. Tenéis que tomar la de Pablo VI y abandonar la de San Pío V”. Pero resulta que no se trata para nada de lo mismo. La misa que nos dan es una misa que ha cambiado. La mejor prueba de ello es la definición de la misa del artículo 7, que no es la misma definición que la del Concilio de Trento 45. San Pío V no cambió nada, al contrario, no hizo más que codificar la que existía desde los tiempos de los apóstoles. El mismo santo Tomás lo dice. Al explicar toda la Misa dice repetidamente que estas plegarias son de tradición apostólica. Así, pues, nuestras oraciones del Canon, y muchas otras oraciones son de tradición apostólica. San Pío V no les cambió nada. Es ahora cuando se nos hace cambiar con vistas al ecumenismo y a poder orar con los protestantes. Con su ingenuidad —diría yo— el hermano Schutz de Taizé lo dijo en términos claros cuando, volviendo de Roma como consultor de la Comisión para la Liturgia y para la reforma de la misa, comentó: «Ahora podemos decir la misa como los sacerdotes católicos». ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? Por consiguiente, Hay algo que ha cambiado 46. *** LA MISA CANONIZADA POR SAN PÍO V Para nosotros representa un dolor inmenso pensar que estamos en tensión con Roma a causa de nuestra fe. ¿Cómo puede ser? Es algo que sobrepasa la imaginación y que jamás habríamos podido creer, sobre todo en nuestra infancia, cuando todo era uniforme y la Iglesia creía en su unidad general la misma fe, tenía los mismos sacramentos, el mismo sacrificio de la Misa y el mismo catecismo. De pronto, sucede que todo eso se encuentra dividido y desgarrado. Se lo dije así mismo a los que vinieron de Roma: hay cristianos que se sienten desgarrados en su familia, en su hogar, entre sus hijos y en su corazón a causa de esta nueva religión que se enseña y se practica. Hay sacerdotes que
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Un Evêque parle, t. I, págs. 225-228. Alusión a la declaración del R. P. Guérard des Lauriers: La práctica de la concelebración. ¿Renovación o subversión? Un Evêque parle, t. I, págs. 163-164. Cf. nota 4. Un Evéque parle, t. I. , págs. 201-202.

mueren prematuramente, desgarrados en su corazón y en su alma ante el pensamiento de no saber qué hacer. O someterse a la obediencia y perder, en cierto modo, la fe de su infancia y de su juventud y renunciar a las promesas que hicieron en el momento de su sacerdocio al prestar el juramento antimodernista, o si no, tener la impresión de separarse del que es nuestro padre el Papa, que es el representante de san Pedro. ¡Qué dolor para esos sacerdotes! Muchos sacerdotes han muerto prematuramente de dolor. Ahora se persigue y se expulsa de sus iglesias a algunos sacerdotes porque dicen la misa de siempre. Estamos en una situación verdaderamente dramática. Tenemos que elegir entre lo que yo llamaría una apariencia de obediencia, porque el Santo Padre no puede pedirnos que abandonemos nuestra fe. Eso es imposible. Bueno, pues elegimos no abandonar nuestra fe en lo que la Iglesia ha enseñado durante 2.000 años, porque en eso no podemos equivocarnos. La Iglesia no puede estar en el error. Es absolutamente imposible. Por eso nos adherimos a esa Tradición que en el sacrificio de la Misa se ha expresado de una manera admirable y definitiva, como dijo tan bien el Papa San Pío V. Tal vez mañana en los periódicos aparezca nuestra condenación, es muy probable, a causa de esta ordenación de hoy. Probablemente se me castigará con una suspensión a divinis y sobre estos jóvenes sacerdotes recaerá una irregularidad que, en principio, debería impedirles decir la Santa Misa. Puede ser. Bien, pues apelo a San Pío V. San Pío V que, en su Bula 47 decía que, con carácter perpetuo, ningún sacerdote podría sufrir una censura, de cualquier tipo que sea, por decir esta misa. Por consiguiente, esta censura, excomunión o censuras si la hubiera, serían absolutamente inválidas, por ser contrarias a lo que San Pío V afirmó en su Bula con carácter de perpetuidad. Nunca, en ningún momento, se podrá castigar con una censura a un sacerdote que diga esta santa Misa. ¿Por qué? Porque esta misa está canonizada. La canonizó definitivamente San Pío V, y un papa no puede prohibir una misa que está canonizada. Lo mismo que si un Papa ha canonizado a un santo, no puede venir otro Papa a decir que ese santo no está canonizado. Eso no puede ser. Esta misa fue canonizada por San Pío V y por eso podemos decirla con toda tranquilidad y seguridad, e incluso estar seguros de que al decir esta misa profesamos y mantenemos nuestra fe y alimentamos la fe de los fieles. Es la mejor manera de alimentarla 48. *** DESPRECIO DE LA EUCARISTÍA El problema actual de la Misa es un problema extremadamente grave para la Santa Iglesia. Creo que si las diócesis, los seminarios y las obras que se hacen actualmente se ven aquejadas de esterilidad, es porque las recientes desviaciones han atraído sobre nosotros la maldición divina. Todos los esfuerzos que se hacen para mantener lo que se pierde, reorganizar, reconstruir o rehacer, todo eso está aquejado de esterilidad, porque se ha perdido la fuente verdadera de la santidad que es el santo sacrificio de la Misa. Profanado como está, ya no da ni comunica la gracia. Cuántos sacerdotes se ven ahora que no celebran la santa misa cuando no pueden concelebrar o si no tienen fieles que asistan. No celebran la santa misa solos. Es algo muy frecuente, incluso en nuestras comunidades religiosas. Pensad también en todos los sacrilegios que ahora se hacen con ese desprecio de la presencia real de Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía. El Concilio de Trento dijo que Nuestro Señor está presente hasta en las mínimas partículas de la Sagrada Eucaristía. Por lo tanto, ¡qué falta de respeto en los que pueden tener entre las manos partículas de la Eucaristía y se vuelven a su sitio sin purificarse las manos! Cuando se utiliza la patena, cuando hay pocas comuniones, siempre quedan partículas en las manos de los fieles. Ahí hay un desprecio de la presencia de Nuestro Señor que es un sacrilegio. Santo Tomás cita como ejemplo de sacrilegio el de seglares que toman la Eucaristía con las manos 49. *** LA MISA NUEVA NO REPRESENTA EL CATECISMO DE SIEMPRE Acerca de esto [la Misa], yo nunca he dicho ni he seguido nunca a los que dicen que todas las misas nuevas son misas inválidas. Nunca he dicho una cosa semejante, pero creo que es efectivamente muy peligroso acostumbrarse a oír la misa nueva, porque ya no representa nuestro catecismo de siempre y porque contiene nociones que se han vuelto protestantes. (...) Todos los sacramentos han sido en cierta manera desnaturalizados. Se han convertido como en una iniciación a
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Bula Quo primum tempore, de 1570, que encabeza el Misal Romano. [N.d.E.] Un Evêque parle, t. II, págs. 81-83. Un Evêque parle, t. I, págs. 166-167.

una colectividad religiosa. Los sacramentos no son eso. Los sacramentos nos dan la gracia, hacen desaparecer de nosotros nuestros pecados y nos dan la vida divina y sobrenatural. No estamos sólo en una colectividad religiosa puramente natural y humana. Por esto nos hemos aferrado a la santa Misa. Nos hemos aferrado a ella porque es el catecismo vivo. No es sólo un catecismo inscrito e impreso en páginas que pueden desaparecer y que no dan realmente la vida. Nuestra Misa es el catecismo vivo, es nuestro Credo vivo. El Credo no es mas que la historia y en cierta manera el canto—diría yo—, de la redención de nuestras almas por Nuestro Señor Jesucristo. Cantamos las alabanzas de Dios, las alabanzas de Nuestro Señor, Redentor y Salvador que se ha hecho hombre para derramar su sangre por nosotros y ha hecho nacer así su Iglesia y el sacerdocio, para que se continúe la redención, para que nuestras almas se laven en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo mismo y en su divina naturaleza por medio de su naturaleza humana, y para que seamos admitidos eternamente en la familia de la Santísima Trinidad. Esta es nuestra vida cristiana y nuestro Credo. Si la Misa ya no es la continuación de la Cruz de Nuestro Señor ni el signo de su Redención ni la realidad de su Redención, ya no es nuestro Credo. Si la Misa sólo es una comida, una eucaristía, un reparto, y si podemos sentarnos en torno a una mesa y pronunciar simplemente las palabras de la Consagración en medio de la comida, en ese caso ya no es nuestro sacrificio de la Misa. Y si ya no es el santo sacrificio de la Misa, lo que se realiza ya no es la Redención de Nuestro Señor Jesucristo. Necesitamos la Redención de Nuestro Señor y su Sangre. No podemos vivir sin la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. El vino a la tierra para darnos su Sangre y comunicarnos su vida. Para eso hemos sido creados y nuestra santa Misa nos da la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Su sacrificio continúa realmente. Nuestro Señor está realmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Para esto creó Él el sacerdocio y para esto queremos nosotros hacer sacerdotes que continúen la Redención de Nuestro Señor Jesucristo. Toda la grandeza y sublimidad del sacerdocio, y la belleza del sacerdote es la de celebrar la Santa Misa, pronunciar las palabras de la consagración, hacer bajar a Nuestro Señor Jesucristo al altar, continuar su sacrificio de la Cruz y derramar su Sangre sobre las almas por el Bautismo, la Eucaristía y el sacramento de la Penitencia. ¡Belleza y grandeza del sacerdocio, grandeza de la que ni nosotros ni ningún hombre somos dignos! Nuestro Señor Jesucristo lo ha querido así. ¡Qué grande! ¡Qué sublime! Esto es lo que han sabido comprender nuestros jóvenes sacerdotes. Estad seguros de que lo han comprendido. Han amado la Santa Misa durante todo su seminario y han captado su misterio. Nunca comprenderán el misterio de forma perfecta, aunque Dios nos dé una larga vida en este mundo. Pero lo cierto es que aman su Misa, y pienso que han comprendido y que comprenderán cada vez mejor que la Misa es el sol de su vida, la razón de ser de su vida sacerdotal, para dar a Nuestro Señor Jesucristo a las almas, y no sólo para romper un pan de amistad en el que ya no se encuentra Nuestro Señor Jesucristo. En unas Misas que son puramente una eucaristía y simplemente expresión y símbolo de una especie de caridad humana entre nosotros mismos, ya no existe la gracia. Por esto nos hemos aferrado a la santa Misa. La santa Misa es la expresión del Decálogo. Y ¿qué es el Decálogo sino el amor de Dios y del prójimo? ¿Qué es lo que realiza mejor el amor de Dios y del prójimo que el santo sacrificio de la Misa? Dios recibe toda la gloria por Nuestro Señor Jesucristo y por su sacrificio. No puede haber un acto de caridad más grande hacia los hombres que el sacrificio de Nuestro Señor. ¿Existe mayor acto de caridad que dar la vida por los que se ama?, dice Nuestro Señor Jesucristo mismo. Por consiguiente, en el santo sacrificio de la Misa se realiza el Decálogo. Es el mayor acto de amor que Dios puede recibir por parte de un hombre y el mayor acto de amor que nosotros podemos recibir por parte de Dios. El Decálogo es esto: nuestro catecismo vivo. El santo sacrificio de la Misa está ahí continuando el sacrificio de la Cruz. Los sacramentos no son sino irradiaciones del sacramento de la Eucaristía. Desde el Bautismo hasta la Extremaunción, pasando por todos los demás sacramentos, no son sino irradiaciones de la Eucaristía, pues toda gracia proviene de Jesucristo que está presente en la Santa Eucaristía. El sacramento y el sacrificio están íntimamente unidos en la Misa. No se puede separar el sacrificio del sacramento. El catecismo del Concilio de Trento explica esto maravillosamente. Hay dos grandes realidades en el sacrificio de la Misa: el sacrificio y el sacramento, dependiendo el sacramento del sacrificio del cual es fruto. Esto es toda nuestra santa religión y por eso nos hemos aferrado a la Santa Misa. Comprendéis ahora, mejor de lo que hasta aquí habíais comprendido, por qué defendemos esta Misa y la realidad del sacrificio de la Misa. Es la vida de la Iglesia y la razón de ser de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Unirnos a Nuestro Señor Jesucristo en el sacrificio de la Misa es la razón de ser de nuestra existencia. Luego, si quieren desnaturalizar nuestra Misa y arrancarnos de alguna forma nuestro sacrificio de la Misa, gritaremos con toda nuestra voz. Nuestro corazón se siente desgarrado y no queremos que se nos separe del santo sacrificio de la Misa. Esta es la razón de por qué mantenemos firmemente nuestro sacrificio de la Misa. Estamos convencidos de que nuestro Santo Padre el Papa no lo ha prohibido y de que no podrá nunca prohibir la celebración del santo sacrificio de la Misa de siempre. Por lo demás, el Papa San Pío V ha dicho de manera solemne y definitiva que, pase lo que pase en el futuro, a un sacerdote no se le podrá nunca impedir que celebre este sacrificio de la Misa y que todas las excomuniones, suspensiones y penas que pudieran imponerle por celebrar ese santo sacrificio serían nulas de pleno derecho. Para el

porvenir: «in futuro, in perpetuum». Por consiguiente tenemos la conciencia tranquila, pase lo que pase. Aunque aparentemente podamos estar en desobediencia, en realidad estamos en la obediencia. Tal es nuestra situación. Está bien que lo digamos y lo expliquemos, porque nosotros somos los continuadores de la Iglesia. Los que en realidad están de desobediencia son los que desnaturalizan el sacrificio de la Misa, los sacramentos y nuestras oraciones; y los que ponen los derechos humanos en lugar del Decálogo y transforman nuestro Credo. Eso es lo que se hace en los nuevos catecismos de hoy. Por eso, sentimos una profunda pena al no estar en perfecta comunión con los autores de estas reformas... ¡Lo sentimos muchísimo! Ya me gustaría ahora mismo presentarme ante monseñor Rozier para decirle que estoy en perfecta comunión con él, pero si monseñor Rozier condena esa Misa que nosotros decimos me es imposible estar en comunión con él, pues esa Misa es la de la Iglesia, y los que rechazan esa Misa no están en comunión con la Iglesia de siempre. Es increíble que obispos y sacerdotes que han sido ordenados para esa Misa y en esa Misa, que la han celebrado durante a lo mejor 20 años o 30 años de su vida sacerdotal, la persigan ahora con un odio implacable, nos expulsen de las iglesias y nos obliguen a decir la Misa aquí, al aire libre, cuando precisamente esas iglesias han construidas para decir esta Misa. ¿No es el mismo monseñor Rozier el que ha dicho a uno de vosotros que si fuéramos herejes y cismáticos nos daría iglesias para celebrar nuestra Misa? Es algo increíble. Si no estuviésemos en comunión con la Iglesia y fuésemos herejes o cismáticos, monseñor Rozier nos daría iglesias. Por lo tanto seguimos estando en comunión con la Iglesia, es evidente. Esa contradicción en su actitud les condena. Saben perfectamente que estamos en la verdad porque no se puede estar fuera de la verdad cuando se continúa lo que se ha hecho durante 2.000 años y por creer únicamente lo que se ha creído durante 2.000 años. No puede ser 50. *** LA PÉRDIDA DE LA FE La subversión hace estragos también en la liturgia. Esta subversión alcanza a todos los adultos practicantes a través del culto litúrgico. El Centro Nacional de Pastoral Litúrgica de Francia, en su número del mes de enero reconoce el fracaso de la reforma. Sólo observa la clarísima disminución de la práctica religiosa y el aburrimiento que experimentan los fieles ante esta nueva liturgia. Pero no señala el aspecto más grave, la pérdida de la fe en muchos fieles y sacerdotes. Ya no se expresan con el mismo vigor los dogmas esenciales de nuestra Santa Religión y la fe de los fieles ya no tiene la protección del culto. Los errores protestantes se propagan rápidamente entre los fieles e incluso entre los sacerdotes. No se modifica impunemente una tradición tan venerable y de una forma tan radical sin poner en peligro los dogmas que en ella se contienen 51.

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Le Coup de Maître de Satan, págs. 13-17. Un Evêque parle, t. I, p. 147.

Cap. 4: EL SACERDOCIO CATÓLICO EL SACERDOTE SE DEFINE POR EL SACRIFICIO Pero tenemos que volver a hablar de la Misa, que a nosotros sacerdotes nos interesa más íntimamente. La Misa, es el corazón de la Iglesia, como también dice el Concilio de Trento. Cuando se ataca a la Misa, se ataca a toda la Iglesia y, por lo mismo, al sacerdote. El sacerdote es quien, en definitiva, resulta más afectado por todas estas reformas, porque él está en el corazón de la Iglesia, siendo encargado de propagar la fe y la santidad de la Iglesia. En razón de su carácter sacerdotal es el verdadero ministro responsable. La Iglesia es esencialmente sacerdotal. De esta manera, cuando se toca algo de la Iglesia, el sacerdote sufre las consecuencias. Por eso, el sacerdote está hoy en la situación más trágica y dramática que pueda imaginarse. Los seminarios no existen, pues se ha abandonado la definición del sacerdote y la verdadera noción del sacerdocio. Os confieso que me siento sinceramente incapaz de fundar un seminario con la nueva Misa. Como el sacerdote se define por el sacrificio, no se puede definir al sacerdote sin hacer alusión al sacrificio, ni definir el sacrificio sin hacer alusión al sacerdote. Son nociones que están absolutamente vinculadas por su misma esencia. De modo que si ya no hay Sacrificio, ya no hay sacerdote. No veo cómo pueden hacerse sacerdotes si ya no hay Sacrificio. Y ya no hay Sacrificio si ya no hay Víctima, y no hay Víctima si ya no hay presencia real ni transubstanciación. Así, pues, no hay Víctima ni sacrificio. Pero ¿qué es lo que mantiene al sacerdote y al seminarista? ¿En qué se funda, diría yo, su fervor y su piedad? ¿Qué es lo que le da una razón de ser en el seminario? El sacrificio de la Misa. Pienso que esto valía para todos nosotros. Nuestra felicidad y alegría durante todo el seminario era pensar en la tonsura, en las órdenes menores, en subir al altar, en ser subdiácono, diácono y, por fin, sacerdote. ¡Por fin, poder ofrecer la divina Víctima! ¡Al fin, poder ofrecer el sacrificio de la Misa! Esto constituyó toda nuestra vida de seminaristas. Ahora se duda de la presencia real y del sacrificio de la Misa: es una cena, una comida y una presencia: el Señor está presente como cuando nosotros estamos juntos. Pero la presencia de Nuestro Señor en la Eucaristía no es eso, sino la presencia de la Víctima, la misma Víctima que en la Cruz. Así se comprende que haya seminaristas y vocaciones; vale la pena ser sacerdotes para ofrecer el sacrificio de la Misa, el verdadero sacrificio de la Misa, pero no vale la pena ser sacerdote para hacer una asamblea en la que los seglares pueden casi concelebrar y hacer todo. En esta nueva concepción de la Misa no queda nada; es una concepción protestante y que nos lleva al protestantismo. Por eso no veo cómo puede hacerse un seminario con esta nueva Misa. No puede ni atraer a los seminaristas ni suscitar vocaciones. Ahí está, a mi parecer, la razón fundamental por la que ha dejado de haber seminarios: porque ha dejado de haber Sacrificio de la Misa. No hay sacerdote sin Sacrificio. No se puede definir al sacerdote sin Sacrificio. No existen otros motivos. Mientras no se restablezca el verdadero Sacrificio de la Misa en toda su divina realidad, no habrá seminarios ni seminaristas 52. *** EL SACERDOTE: MINISTRO DE LA MISA La asamblea comulga en el Sacrificio, pero no es ella quien lo ofrece o es su ministro. El único que es ministro del Sacrificio es el sacerdote. Esto es lo que hace la dignidad del sacerdote y lo que hace que el sacerdote no pueda convertirse en un ser profano. No puede ponerse al mismo nivel que los que no están consagrados y no tienen ese “carácter” sacerdotal. Haga lo que haga, ante los Angeles, ante Dios y en la eternidad, el sacerdote es sacerdote. Por mucho que tire la sotana, se ponga un jersey rojo o de cualquier otro color, sigue siendo sacerdote. Si quiere ocultar su carácter sacerdotal, traiciona su misión. Sí, eso es traicionar su misión 53. ***
MUNDANIZACIÓN DE LA NOCIÓN DE SACERDOTE

Es difícil seguir de modo exacto la evolución de la idea del sacerdocio y de sus consecuencias. Haría falta, tal vez, remontarse 30 años y recordar la infiltración en los seminarios de ideas subversivas en torno a la función del sacerdote y a sus relaciones con el mundo. Pero nos limitaremos a los 10 últimos años, los del Concilio y después del él. Como en todos los cambios ocurridos durante este período, se apoyaron en la evolución del mundo para hacerle
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Un Evêque parle, t. I, págs. 161-163. Un Evêque parle, t. I, pág. 183.

creer al sacerdote que también él tenía que cambiar su modo de ser. Era fácil crearle un complejo de aislamiento, de frustración y de ser extraño a la sociedad. Se le decía que tenía que volver a unirse al mundo y abrirse a él. Se acusaba a su formación y a la forma anticuada de vestir y vivir. El lema que ayudó a asimilar al sacerdote al mundo fue fácil: “El sacerdote es un hombre como los demás”. Dado esto por sentado, tenía que vestir como los demás, ejercer como ellos una profesión, tener libertad de opción sindical y política, y finalmente, tener libertad de poderse casar. Los seminarios no tenían más que adaptarse a este nuevo “tipo de sacerdote”. Por desgracia, este lenguaje no estaba sólo en labios de los enemigos tradicionales de la Iglesia, sino en labios de sacerdotes y obispos. Las consecuencias no se han hecho esperar: el abandono de todo distintivo eclesiástico, la búsqueda de una profesión, la transformación del culto para halagar el gusto del mundo; y al cabo de pocos años, la pérdida de la fe, desembocando en la abjuración de miles de sacerdotes. Éste es sin duda el signo más doloroso de esta reforma: la pérdida de la fe en el sacerdote. Porque éste es, esencialmente, el hombre de la fe. Si ya no sabe lo que es, pierde la fe en sí mismo y en lo que es su sacerdocio. Se ha modificado radicalmente la definición del sacerdocio dada por san Pablo y por el Concilio de Trento. El sacerdote ya no es el que sube al altar y ofrece un sacrificio de alabanza a Dios por la remisión de los pecados. Se ha invertido el orden de los fines. El sacerdocio tiene un fin primario, que es ofrecer el sacrificio; y un fin secundario, que es la evangelización. Ahora la evangelización se impone al sacrificio y a los sacramentos. Se convierte en un fin en sí mismo. Este grave error tiene trágicas consecuencias. En efecto, la evangelización, al perder su fin, queda enteramente desorientada y busca motivos que agraden al mundo, como la falsa justicia social o la falsa libertad, que adquieren nombres nuevos: desarrollo, progreso y construcción del mundo. Estamos plenamente dentro del lenguaje que lleva a todas las revoluciones. El sacerdote descubre en sí un papel primordial en la revolución mundial contra las estructuras políticas, sociales, eclesiásticas, familiares y parroquiales. No tiene que quedar nada de ellas. El comunismo no encontró nunca agentes más eficaces que esos sacerdotes. Los sacerdotes han perdido la fe; constatación dolorosa si la hay, en quien es el hombre de la fe. Dentro de esta óptica nueva del sacerdote, todo se deduce lógicamente: el abandono de la sotana, el deseo de ejercer una profesión y la posibilidad del matrimonio 54. *** EL CELIBATO SACERDOTAL El mundo necesita al sacerdote. El mundo no puede seguir existiendo sin sacerdotes y el sacerdote tiene que manifestarse. No tiene derecho a ocultar su “carácter”. Es sacerdote desde la mañana hasta la noche; es sacerdote las 24 horas del día. En cualquier momento le pueden llamar para confesar, dar la extremaunción o aconsejar a algún alma que se va a perder. El sacerdote tiene que estar ahí. Por consiguiente, profanarse y no tener fe en su carácter sacerdotal, es el final del sacerdote y del sacerdocio. A eso estamos llegando. No hay que extrañarse de que los seminarios estén vacíos. ¿Por qué guarda el celibato el sacerdote? Aquí hay que apelar otra vez a la fe. Si se pierde la fe en el sacerdocio y se pierde la noción de que el sacerdote está hecho para el Sacrificio único que es el del altar y que es la continuación del Sacrificio de Nuestro Señor, se pierde al mismo tiempo el sentido del celibato. Ya no hay razón para que el sacerdote sea soltero. Se dice que “el sacerdote está ocupado y que su papel le absorbe de tal forma, que no puede ocuparse de un hogar”. Pero ese argumento no tiene sentido. El médico, si tiene verdaderamente vocación de médico y es un verdadero médico, está tan ocupado como el sacerdote. Ya le llamen de noche como de día, tiene que estar presente para atender a los que le pidan que vaya a ayudarles y, por consiguiente, tampoco él debería casarse, porque no puede tener tiempo para ocuparse de su mujer y de sus hijos. Así, pues, no tiene sentido el decir que el sacerdote está tan ocupado que no podría hacerse cargo de un hogar. La razón profunda del celibato sacerdotal no está ahí. La verdadera razón del celibato sacerdotal consagrado es la misma razón que hizo que la Santísima Virgen María haya seguido siendo Virgen: el haber llevado a Nuestro Señor en su seno; por eso era justo y conveniente que fuese y permaneciese virgen. De la misma manera, el sacerdote, por las palabras que pronuncia en la consagración también él hace venir a Dios sobre la tierra. Está en tal proximidad con Dios —ser espiritual y espíritu ante todo— que es bueno, justo y eminentemente conveniente que el sacerdote sea virgen y permanezca soltero. Esta es la razón fundamental: el sacerdote ha recibido el “carácter” que le permite pronunciar las palabras de la consagración y hacer bajar a Nuestro Señor a la tierra para dárselo a los demás. Esta es la razón de su virginidad. Pero entonces —me diréis— ¿por qué hay sacerdotes casados en oriente? Es una tolerancia. No os dejéis engañar, es sólo una tolerancia. Preguntad a los sacerdotes orientales: un obispo no puede estar casado. Ninguno de los que tienen funciones de alguna importancia en el clero oriental puede estar casado. Es, pues, “una simple tolerancia”; y no el concepto que tiene el mismo clero oriental, porque también él venera el celibato del sacerdote. En todo caso, es absolutamente cierto que, desde el momento de Pentecostés, incluso si vivieron con sus esposas, los
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Un Evêque parle, t. I, págs. 149-151.

apóstoles dejaron de “conocerlas”. Porque, si no ¿a quién se dirigiría Nuestro Señor cuando dijo: «Si queréis ser mis discípulos, abandonadlo todo y dejad a vuestras esposas?» 55. *** DESTRUIR A LA IGLESIA POR LA OBEDIENCIA En los Estados Unidos 20.000 religiosos han abandonado su religión, su congregación religiosa, la promesa que habían hecho en forma perpetua y han roto la relación que les ataba a Nuestro Señor Jesucristo para correr al matrimonio. Más le hubiera valido subir al patíbulo. Al menos hubieran dado testimonio de su fe. En definitiva, cuando el enemigo hace mártires para la Iglesia, hace lo que ya decía el adagio en los primeros siglos: «sanguis martyrum semen christianorum»: «la sangre de los mártires es una semilla de cristianos». Bien lo saben los que persiguen a los cristianos. Tienen miedo de convertirlos en mártires porque saben que la sangre de los mártires es una siembra de cristianos. Ya no se quiere hacer mártires. Destruir a la Iglesia por la obediencia es la máxima victoria del demonio. Destruir a la Iglesia por la obediencia. Vemos cada día cómo se la destruye ante nuestros ojos: los seminarios vacíos, como el hermoso seminario de Lille, que estaba lleno de seminaristas. ¿Dónde están los seminaristas? ¿Y qué son esos seminaristas? ¿Saben que van a ser sacerdotes? ¿Saben lo que harán cuando sean sacerdotes? Todo esto, precisamente, porque esa unión entre la Iglesia y la revolución y la subversión que quieren aquellos católicos liberales, es una unión adúltera de la Iglesia, ¡adúltera! De esta unión adúltera sólo pueden nacer bastardos. ¿Quiénes son esos hijos bastardos? Los ritos. El rito de la misa es un rito bastardo y los sacramentos son sacramentos bastardos. Ya no sabemos si son sacramentos que dan la gracia o no. No sabemos si esta misa da el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo o si no los da. Los mismos sacerdotes que salen de los seminarios no saben lo que son. El cardenal Cincinatti lo decía en Roma: «¿Por qué no hay más vocaciones? Porque la Iglesia ya no sabe lo que es un sacerdote».¿Cómo puede seguir formando sacerdotes si ya no sabe lo que es un sacerdote? Los sacerdotes que salen de los seminarios son sacerdotes bastardos. No saben lo que son. No saben que están hechos para subir al altar y ofrecer el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, y para dar a Jesucristo a las almas y llamar a las almas a Jesucristo. Eso es lo que es un sacerdote. Nuestros jóvenes que están aquí lo entienden muy bien. Toda su vida va a estar consagrada a eso, a amar, a adorar y servir a Nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, porque ellos sí que creen en la presencia de Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía. Esta unión adúltera de la Iglesia y de la Revolución se concreta a través del diálogo. Si la Iglesia ha dialogado, ha sido para convertir. Nuestro Señor dijo: «Id, enseñad a todas las naciones y convertidlas», pero no que dialogásemos con ellas para no convertirlas ni para intentar ponernos al mismo nivel 56.

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Un Evêque parle, t. I, págs. 182-184. Un Evêque parle, t. II, págs. 106-108.

Cap. 5: LA LIBERTAD RELIGIOSA
EL CABALLO DE TROYA

Desde el principio del Concilio, los ataques contra el Magisterio de la Iglesia y contra sus órganos esenciales fueron de una virulencia tal que se hizo evidente que uno de los objetivos por alcanzar era una modificación profunda del Magisterio tradicional. El Magisterio del Papa, el Santo Oficio —uno de los principales órganos del magisterio del Papa—, la Sagrada Congregación de la Propaganda, y todo lo que sirve de fundamento tradicional al magisterio de la Iglesia: la Escritura, la Tradición, la enseñanza de santo Tomás de Aquino, las instituciones de enseñanza de la Iglesia, como las escuelas católicas, el celo por las conversiones, es decir, el proselitismo, todo este conjunto fue sistemáticamente atacado. Considero que el “caballo de Troya” destinado a realizar esta operación contra el Magisterio tradicional de la Iglesia es el inconcebible esquema de la “libertad religiosa”. Admitido éste, todo el vigor y todo el valor del Magisterio de la Iglesia caen heridos de muerte de un modo radical, pues en sí mismo el magisterio es contrario a la libertad religiosa. El Magisterio impone su verdad, obliga moralmente al sujeto a aceptarla y, por consiguiente, le priva de su libertad moral. Sin duda sigue teniendo su libertad psicológica, pero la posibilidad de rechazar la enseñanza no le da, por sí misma, derecho a rechazarla. Debe creer bajo pena de condenación. Hay aquí, pues, una coacción contraria a la libertad. El Magisterio debe imponerse a los niños y a los menores a través de quienes les tienen a su cargo y que creen. La autoridad creyente debe proteger al magisterio y salvaguardar la fe de los que están a su cargo. Estos son otros tantos atentados contra esa “libertad religiosa” que da a cada conciencia la elección libre de su religión 57. ***
HAY TRES CLASES DE LIBERTAD

¿Puede acaso descubrirse, entre semejante caos de desordenes. Es un error tan multiforme 58, el principio fundamental que lo explica todo? Os he dicho, siguiendo al P. Roussel: “el liberal es un fanático de la independencia” (...) Pero, me dirán ustedes, la libertad ¿no es lo propio de los seres inteligentes? Por tanto ¿no es justo que se haga de ella la base del orden social? ¡Cuidado! les responderé: ¿de qué libertad hablan ustedes? Porque este término tiene varios significados que los liberales se las ingenian para confundirlos, cuando lo que hace falta es distinguirlos. Hagamos, pues, un poco de filosofía. La reflexión más elemental nos muestra que hay tres clases de libertad. 1) En primer lugar, la libertad psicológica, o libre albedrío, propia de los seres que tienen inteligencia y que es la facultad de determinarse hacia tal o cual bien, con independencia de cualquier necesidad interior (reflejo, instinto, etc.). El libre albedrío hace la dignidad radical de la persona humana, que consiste en ser sui juris, en determinarse a sí misma y, por tanto, en de ser responsable, cosa que el animal no es. 2) Luego tenemos la libertad moral, que se refiere al uso del libre albedrío: uso bueno si los medios elegidos conducen a la obtención de un fin bueno, uso malo si no conducen a ello. Veis, por tanto, que la libertad moral es esencialmente relativa al bien (....). La libertad moral no es, pues, un absoluto, es toda ella relativa al Bien, es decir, en fin de cuentas, a la ley. Porque es la ley y, primero, la ley eterna que es la inteligencia divina, y después la ley natural que es la participación de la ley eterna por la criatura racional, es esta ley la que determina el orden puesto por el creador entre los fines que asigna al hombre (sobrevivir, multiplicarse, organizarse en sociedad, alcanzar su fin último, el Summum Bonum, que es Dios) y los medios aptos para obtener estos fines. La ley no es un antagonista de la libertad, es, al contrario, una ayuda necesaria y hay que decir esto también de las leyes civiles dignas de tal nombre. Sin la ley, la libertad degenera en licencia, que es “hacer lo que me place”. Precisamente algunos liberales, haciendo de esta libertad un absoluto, predican la licencia, la libertad de hacer indiferentemente el bien o el mal, de adherirse a lo verdadero o a lo falso. Pero ¡quién no ve que la posibilidad de faltar al bien, lejos de ser la esencia y la perfección de la libertad, es la marca de la imperfección del hombre caído! Más aún, como lo explica Santo Tomás, la facultad de pecar no es una libertad, sino una servidumbre: “el que comete pecado es esclavo del pecado” (Juan, 8, 34) (...). 3) Finalmente, tenemos la libertad física, o libertad de acción o libertad respecto de la constricción, que es la ausencia de constricción exterior que no impida obrar según nuestra conciencia. ¡Pues bien!, precisamente esta es la libertad de la que lo liberales hacen un absoluto59.
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Un Evêque parle, t. I, págs. 50-51. Se refiere a los errores del liberalismo.

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LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

Al principio del Concilio, algunos quisieron fundar la libertad religiosa sobre los derechos de la conciencia: “La libertad religiosa sería vana si los hombres no pudieran reflejar los imperativos de su conciencia en actos exteriores y públicos”, declaró Mons. De Smedt en su discurso introductorio (Documentation catholique, 5 de enero 1964, col. 74-5). La argumentación era la siguiente: cada uno tiene el deber de seguir su conciencia, pues ella es, para cada uno, la regla inmediata de acción. Ahora bien, esto vale no sólo para una conciencia verdadera, sino también para una conciencia invenciblemente errónea, en particular la de numerosos adeptos a religiones falsas; de esta manera, éstos tienen el deber de seguir su conciencia y, por consiguiente debe dejárseles libres para seguirla y ejercer su culto. La ineptitud del razonamiento fue rápidamente puesta de manifiesto, y se tuvo que buscar otra cosa. En efecto el error invencible, es decir no culpable, excusa de toda falta moral, pero no hace buena la acción (St. Tomás I, II, 19) y por tanto ¡no da ningún derecho a su autor! El derecho no puede fundarse más que sobre la norma objetiva de la ley y, en primer lugar, sobre la ley divina, que regula en particular la manera en que Dios quiere ser honrado por los hombres. Dado que la conciencia no provee de un fundamento suficientemente objetivo, se creyó encontrarlo en la dignidad de la persona humana. “El Concilio Vaticano declara (...) que el derecho a la libertad religiosa tiene su fundamento en la dignidad misma de la persona humana” (D.H. 2). Esta dignidad consiste en que el hombre, dotado de inteligencia y de libre arbitrio, está ordenado por su naturaleza misma a conocer a Dios, cosa que no puede hacer más que si se le deja libre. La argumentación es la siguiente: el hombre es libre, por tanto debe dejársele libre. O también; el hombre está dotado de libre arbitrio, luego tiene derecho a la libertad de acción (...) Es un sofisma: el libre arbitrio se sitúa en el dominio del SER, la libertad moral y la libertad de acción en el dominio del OBRAR. ¡Una cosa es lo que Pedro es por su naturaleza, otra en lo que se convierte (bueno o malo, en la verdad o en el error) por sus actos! La dignidad humana radical es, sin duda, la de una naturaleza inteligente, capaz, por tanto de elección personal; pero su dignidad terminal consiste en adherirse “en acto” al verdadero bien. Ésta es la dignidad terminal que hace merecedor a cada uno de la libertad moral (facultad de obrar) y la liberta de acción (facultad de no ser impedido para obrar). Pero en la medida en que el hombre se adhiere al error o se deja cautivar por el mal, pierde su dignidad terminal o no la alcanza y ¡nada se puede fundamentar en ella!60 «OPORTET ILLUM REGNARE» La libertad no es el principio fundamental ni tampoco un principio fundamental en la materia 61. El derecho público de la Iglesia está fundado sobre el deber que tiene el Estado de reconocer la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. El principio fundamental que gobierna las relaciones entre la Iglesia y el Estado es el «oportet illum regnare»: «es necesario que Él reine» de San Pablo (1 Cor. 15, 25). Este reinado no se refiere sólo a la Iglesia sino que debe ser el fundamento de la sociedad temporal; así lo enseña la Iglesia. (...) La Iglesia enseña, desde hace 19 siglos, que su derecho público es tan inmutable como su fe, porque está fundado sobre ella y que la única necesidad ineludible de la historia de la humanidad es que Jesucristo tiene que reinar. Por consiguiente, la Iglesia —la del Vaticano II como la del Vaticano I como la de Nicea, pues en caso contrario “la Iglesia del Vaticano II” no es la del Vaticano I ni la de Nicea, ni la de Cristo— tiene el deber de proclamar su derecho en toda su plenitud y fuerza frente al mundo, aunque éste sea laicista, materialista, liberal, indiferente, agnóstico o ateo; y con tanta más fuerza cuanto más laicista, materialista, liberal, indiferente, agnóstico o ateo sea el mundo. Es una cuestión de fe: ¿puede renunciar la Iglesia o incluso vacilar en proclamar su fe en la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, que es una verdad de la fe católica? Pues tampoco debe vacilar en proclamar su derecho público, es decir, su primacía y soberanía en la sociedad humana. Lejos de hacernos eco de esta proposición apóstata, «hoy el Papa no escribiría esta frase» 62, estamos persuadidos de que hoy más que nunca el mundo tiene necesidad de la encíclica Quas primas, y de que los hombres están sedientos de esta verdad fundamental: «oportet illum regnare» 63.
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Ils l’ont découronné, págs. 33-34 Ils l’ont découronné, págs. 191-2

Este párrafo se refiere al texto del Vaticano II que dice «la libertad de la Iglesia es un (o ‘el’) principio fundamental en las relaciones de la Iglesia con los poderes públicos y todo el orden social» (Dignitatis humanae, 13). Palabras del Nuncio Apostólico de Berna, Mons. Marchioni, a Monseñor Lefebvre, con las que le daba a entender que según él un Papa ya no volvería a escribir la encíclica Quas primas de Pío XI ((Ils l’ont decouroné, pág. 100).
63 62

Mgr. Lefebvre et le Saint-Office, carta al Cardenal Seper de 26 de febrero de 1978, págs. 34-35 y 40-41.

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CONTRA EL

“DERECHO COMÚN”

El Vaticano II reivindica la «libertad de la Iglesia en tanto que asociación de hombres en la sociedad civil» 64. Esta es la segunda razón, según el Vaticano II, para reivindicar la libertad de la Iglesia. Ese derecho le pertenece igual que a cualquier otra asociación de hombres en la sociedad; lo mismo que las demás asociaciones, tiene “derecho a vivir” según sus principios que son, en este caso, los preceptos de la ley cristiana. Esto da una idea totalmente falsa de la Iglesia. Se la considera sólo como una asociación legítima como otra cualquiera en el seno de la sociedad civil. La doctrina de la Iglesia es diferente: la Iglesia no es sólo una sociedad legítima. Es una sociedad perfecta y suprema que no puede, sin blasfemia y grave injusticia, ser asimilada a las «otras asociaciones de la sociedad civil». Si en los regímenes laicistas o ateos, la Iglesia está reducida de hecho al rango de una asociación entre otras, no podrá esperar ni reivindicar inmediatamente más que un estatuto de «derecho común» con las demás asociaciones de la sociedad, pero esta solución precaria, debida a esta situación particularísima —aunque esté de hecho muy extendida— no puede en modo alguno ser confundida con la doctrina general e íntegra, que es la siguiente: La Iglesia, sociedad perfecta al mismo título que el Estado «tiene en sí misma los medios para subsistir en forma estable y alcanzar su fin de manera independiente» 65. «Y como el fin a que tiende la Iglesia es noble como ningún otro, de igual modo su potestad se eleva muy por encima de cualquier otra y no puede en modo alguno ser inferior ni estar sometido al poder civil» 66. Así, pues, presentar a la Iglesia como una «asociación de hombres... en el seno de la sociedad civil» es ponerla en el rango de las sociedades imperfectas que concurren a procurar en la ciudad el bien común temporal, cada una en su puesto secundario y subordinado. Por consiguiente, es privarla del rango de sociedad perfecta y de sociedad suprema que le pertenece en razón de la superioridad de su fin (la felicidad eterna) sobre el fin del Estado (el bien común temporal). (...) La libertad de la Iglesia como «asociación de hombres en el seno de la sociedad civil» es un argumento “ad hominem” ante los poderes que de tal modo han atentado contra su derecho público que la han reducido a no poder esperar de ellos, por el momento, más que el derecho a la existencia común de todas las asociaciones legítimas, es decir, conforme a la ley natural. Pero es una blasfemia y una apostasía hacer de este argumento un principio absoluto y fundamental del derecho público de la Iglesia. Los mismos Papas han condenado la actitud de los Estados, incluso católicos de nombre, que reducen así a la Iglesia al régimen de derecho común 67. *** El Magisterio de la Iglesia es su razón de ser y la razón de ser del Magisterio es la certeza de poseer la verdad. La verdad es de suyo intolerante con el error, como la salud se opone a la enfermedad. El Magisterio no puede admitir el derecho a la libertad religiosa, aún si la tolera. En efecto, Dios no le ha dejado al hombre el derecho de elegir su religión, sino sólo esa triste posibilidad, que es una flaqueza de la libertad humana. A la Iglesia se le reprocha que reclama la libertad religiosa cuando está en minoría y que la rechaza cuando está en mayoría. La respuesta es fácil. La verdad es fuente del bien, de la virtud, de la justicia y de la paz. Donde esté la verdad, esos bienes se manifiestan en la sociedad. La Iglesia pide que se reconozca que ella le proporciona esos bienes preciosos para los Estados y, por consiguiente, que se le conceda la libertad de dispensarlos. Los hombres de Estado sensatos y celosos del bien de sus conciudadanos admiten sin dificultad el valor de las obras culturales y sociales aportadas por la Iglesia católica y le conceden fácilmente una libertad que a veces le niegan a las demás. La Iglesia tiene derecho a pedir esa libertad de existencia y acción porque trae consigo los dones preciosos que emanan de la verdad, que ella es la única que ostenta de una manera total. Toda la historia contemporánea de las misiones muestra esa situación privilegiada de la Iglesia católica, que hace florecer las virtudes familiares y sociales en sus miembros. Por eso es por lo que algunos Estado de mayoría no cristiana colocan a su cabeza o en funciones importantes a católicos que, por la dignidad de su vida, su probidad y su conciencia, dan un testimonio brillante de la verdad de la Iglesia católica. Esto era lo que ya le decía San Cipriano al emperador para pedirle que perdonase a los cristianos y los dejase en libertad. Cuando la Iglesia es mayoritaria, le debe a la verdad y al bien de los pueblos dispensar la buena doctrina y
64 Estos textos se refieren a las siguientes palabras del Vaticano II: «La Iglesia reivindica igualmente la libertad en cuanto asociación de hombres que tiene el derecho de vivir, en la sociedad civil según los preceptos de la ley cristiana» (Dignitatis humanae, 13). 65 66 67

León XIII, encíclica Inmortale Dei, nº16. Ibid. Mgr. Lefebvre et le Saint-Office, carta del 26 de febrero de 1978, págs. 42-23 y 46-47.

difundir así todos los bienes que se derivan de la verdad entre los ciudadanos, poniéndolos al abrigo del error y de los vicios que le acompañan. Es vivir en meras abstracciones y en el terreno de lo irreal, razonar sobre la verdad sin hacer alusión al bien que le está inseparablemente unido, lo mismo que el mal y el vicio están unidos inseparablemente al error. Es más lógico reconocer que sólo el bien debe decirse de la verdad. «Ens, verum et bonum convertuntur»: «lo que se afirma del ser puede decirse de la verdad y puede decirse del bien», y a la inversa, pues estas tres realidades no son sino una misma cosa 68. *** ACTITUD DEL ESTADO CON LA RELIGIÓN No querer reconocer que todas las religiones, salvo la verdadera, es decir, la religión católica, traen consigo un cortejo de taras sociales que son la vergüenza de la humanidad, es dar prueba de gran ignorancia o fingir esa ignorancia. Basta pensar en el divorcio, la poligamia, la anticoncepción y el amor libre en lo que se refiere a la familia. Piénsese también, en el terreno de la existencia misma de la sociedad, en las dos tendencias que la destruyen: una revolucionaria, destructiva de la autoridad, demagógica y fermento de continuos desórdenes, fruto del libre examen; o una tendencia totalitaria y tiránica gracias a la unión de la religión con el Estado o de una ideología y del Estado. La historia de los últimos siglos ilustra de forma contundente esta realidad. Es, pues, inconcebible que los gobiernos católicos se desinteresen de la religión o que admitan por principio la libertad religiosa en el terreno público. Sería no ver el fin de la sociedad y la extremada importancia de la religión en el ámbito social, y la diferencia fundamental entre la verdadera religión y las demás en el ámbito de la moral, elemento capital para la obtención del fin temporal del Estado. Tal es la doctrina enseñada desde siempre en la Iglesia. Confiere a la sociedad un papel capital en el ejercicio de la virtud de los ciudadanos y, por lo tanto, en forma indirecta, en la obtención de su salvación eterna. Toda criatura ha sido y sigue estando ordenada a ese fin en este mundo. Las sociedades — familia, Estado e Iglesia— cada una en su lugar, han sido creadas por Dios con ese fin. No se puede negar que, de hecho, la experiencia de la historia de las naciones católicas, la de la Iglesia y la de la conversión a la fe católica, manifiesta el papel providencial del Estado hasta tal punto que se debe afirmar legítimamente que su papel en la obtención de la salvación eterna de la humanidad es capital, si no preponderante. Si todo el aparato y el condicionamiento social del Estado es laico, ateo, arreligioso y, más aún, perseguidor de la Iglesia ¿quién se atreverá a decir que a los que no son católicos les resultará más fácil convertirse y a los católicos seguir siéndolo? Ahora más que nunca, con los medios modernos de comunicación social y con las relaciones sociales que se multiplican, el Estado tiene un influjo cada vez más grande sobre el comportamiento de los ciudadanos o sobre su vida interior y exterior, por consiguiente sobre su actitud moral, y en definitiva sobre su destino eterno. Sería criminal animar a los estados católicos a hacerse laicos, a despreocuparse de la religión y a dejar que se difundan indiferentemente el error y la inmoralidad y, bajo el falso pretexto de la dignidad humana, introducir un fermento disolvente de la sociedad con una libertad religiosa exagerada y con la exaltación de la conciencia individual a expensas del bien común, como ocurre al legitimar la objeción de conciencia 69. *** CONSECUENCIAS DE LA LIBERTAD RELIGIOSA Consecuencias desastrosas del abandono de la doctrina tradicional de la Iglesia en lo que se refiere a los deberes de la sociedad civil con la Iglesia: - Intervención de la Santa Sede en favor de la libertad de las falsas religiones al suprimir en las constituciones de los Estados católicos del artículo primero que expresa que oficialmente sólo se reconoce a la Religión católica como religión del Estado. Ejemplos: Colombia, España, Italia, cantones suizos de Valais y Tessino, donde las nunciaturas han estimulado a los Estados a suprimir ese artículo de sus constituciones. - Intervención del propio Santo Padre en el discurso, después del Concilio, y con ocasión de la recepción oficial del Rey de España en el Vaticano, en que se apoya sobre el documento de la Libertad Religiosa para decir: «¿Qué os pide la Iglesia de hoy? Os lo dice en uno de los textos de mayor importancia de su Concilio: no os pide más que la libertad» 70. No se puede menos de ver en ello un eco de las afirmaciones de Lammenais con ocasión de la fundación de su
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Un Evêque parle, t. I, págs. 53-55. Un Evêque parle, t. I, págs. 92-94. Mensaje a los gobernantes, del 8 de diciembre de 1965.

periódico L’Avenir 71: «Muchos católicos en Francia aman la libertad. Por consiguiente, que los liberales se pongan de acuerdo con ellos para reclamar la libertad completa y absoluta de conciencia, de culto y de todas las libertades civiles sin privilegio, sin distinción. Por otra parte, que los católicos comprendan también que la Religión no necesita más que una cosa: la libertad». (...) - La lógica de este abandono arrastra incluso a los Estados católicos a adoptar leyes contrarias al Decálogo por la presión de las falsas religiones y con el pretexto de no chocar con su moral. Este punto es de una importancia fundamental. Si se tratara simplemente de reconocer la necesidad, impuesta por los hechos, de una tolerancia religiosa, aún podríamos admitirla. Pero admitir que esta tolerancia religiosa está basada sobre un derecho natural es algo completamente contrario a la necesidad de la salvación eterna, fundada en la fe católica y en la verdad. Quitarle al legislador el medio de imponer su ley, sobre todo cuando se trata de lo que importa más para la salvación de las almas, es hacer la fe ineficaz. Admitir que se puede desafiar impunemente la ley de la salvación de las almas y ponerla en entredicho, es aniquilarla y dejar impotentes a los gobiernos católicos para el cumplimiento de su tarea primordial. «Id a ver al Rey (Luis XVIII) —le dijo el Papa Pío VII a monseñor de Boulogne, obispo de Troyes, en su Carta Apostólica Post tam diuturnas— y hacedle saber la profunda aflicción... que asalta nuestra alma por los motivos mencionados. Explicadle qué golpe funesto para la religión católica, qué peligro para las almas y qué ruina para la fe, resultarían si consintiera a los artículos de dicha Constitución (arts. 22 y 23, ‘Libertad de cultos y de prensa’)... El mismo Dios en cuyas manos están los derechos de todos los reinos y que acaba de darle el poder... exige ciertamente de él que utilice este poder al servicio de la solidez y el esplendor de su Iglesia». Por desgracia, no es éste el lenguaje que ha empleado Pablo VI ante el Rey de España 72.

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Diccionario de Teología Católica, tomo. 9-1.ª, columnas 526-7. Mgr. Lefebvre et le Saint-Office, carta del 26 de febrero de 1978, págs. 65-67.

Cap. 6: LAS MISIONES Y EL ECUMENISMO EL ESPÍRITU MISIONERO ¿Cuál era el ideal del sacerdote que tenía el seminarista cuando entraba en el seminario, al menos en nuestros tiempos? Pensaba que lo hacía para servir a la Iglesia. Para servir a su Madre la Iglesia. ¿Por qué? Porque creía que la Iglesia era el único medio de salvación y el único medio por el que las almas podían salvarse. Valía la pena consagrar la vida a la Iglesia para salvar a las almas. Pero si ya no se tiene fe en esa Iglesia y si se cree que todas las religiones salvan a las almas, en ese caso, ¿qué se gana sirviendo a la Iglesia? Dejemos a las almas con su religión y a cada uno con su conciencia. No vale la pena sacrificarse si la salvación de las almas está igualmente asegurada por todas las religiones. Se le quita a la Iglesia su verdadera naturaleza. Ya no se la presenta como una sociedad necesaria para la salvación y como camino necesario para ella. Se la presenta como un medio útil para la salvación, que es algo completamente distinto. Es cambiar la definición misma de la Iglesia, y eso es muy grave, porque es cortar en su raíz todo el espíritu misionero de la Iglesia. ¿Por qué atravesaron los océanos los misioneros y se expusieron a enfermedades tropicales que los exterminaban sino para salvar a las almas? Si su presencia es inútil para la salvación de las almas, su única utilidad está en el progreso, en el desarrollo social, en la justicia social, en el progreso social. Pero no es para eso para lo que el sacerdote se hizo sacerdote. Para eso el misionero no atraviesa los océanos, sino para convertir almas, porque está convencido de que muchas almas se pierden si no llegan a conocer a Nuestro Señor Jesucristo 73. *** LA VERDADERA DIGNIDAD HUMANA La «dignidad humana» mal definida, y que ha perdido su verdadero criterio —que es la gracia de Nuestro Señor Jesucristo recibida a través de la Iglesia, aunque sea fuera de ella— es objeto de confusiones sin fin. Los mismos demonios acabarán teniendo su dignidad. Porque, en realidad el hombre sólo es digno en la medida en que está realmente unido a Nuestro Señor Jesucristo por la gracia, o en la medida en que aún es capaz de estarlo. Es indigno en la medida en que se opone a esta gracia. Así es como serán juzgados los hombres por Nuestro Señor Jesucristo mismo. No hay otro criterio. Modificar este juicio para agradar al mundo del error y del pecado, estableciendo convenios con ese mundo representado por los masones, comunistas, socialistas y todas las falsas religiones, es arruinar totalmente a la Iglesia en lo que tiene de más entrañable: el reinado de Nuestro Señor Jesucristo «así en la tierra como en el cielo». Es suprimir el espíritu misionero 74. *** DESFIGURACIÓN DE LA NOCIÓN DE IGLESIA De la misma manera, se ha falseado la definición de la Iglesia. ¡Hasta de la Iglesia! No se ha querido mostrar a la Iglesia como un medio necesario para la salvación, y así, insensiblemente, en los textos, uno se va dando cuenta de que la Iglesia ya no es un medio necesario sino útil, simplemente útil. Los cristianos deben penetrar en la masa de la humanidad que ya se dirige toda hacia su salvación, y los cristianos tienen que darle un complemento de unión, de caridad, etc... Eso es todo. Es arruinar en su misma raíz todo el espíritu misionero de la Iglesia. Por eso el esquema de las misiones ha sido literalmente corroído por esta idea. Actualmente, vemos a muchos misioneros que vuelven de las misiones y que no quieren volver a ellas. Se les ha repetido hasta la saciedad en los reciclajes, sesiones y reuniones, y los delegados de Francia les han ido a decir: “Ante todo, no hay que hacer proselitismo. Tenéis que entender que todas las religiones que os rodean tienen unos valores considerables y que las misiones deben sencillamente interesarse por el desarrollo de estos países y, por consiguiente, por el progreso social”, y no ya por la verdadera evangelización. Aquellos misioneros que viajaron más allá de los mares, para evangelizar y salvar almas, se decían: “Habrá almas que se salvarán porque yo me voy a las misiones”; eso es lo que siempre nos han enseñado: que las almas que están en pecado original y con todos los pecados personales que le siguen, corren gran peligro de no poder salvarse y, por consiguiente, debemos hacer todo lo posible para evangelizarlos... Bueno, ¡pues ahora eso ya no es verdad! Si tuviera aquí el primer texto del famoso esquema que habla de la Iglesia en el mundo Gaudium et
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Un Evêque parle, t. I, págs. 240-241. Mons. Lefebvre et le Saint Office, carta del 26 de febrero de 1978, pág 106.

Spes, os lo leería para que os diéseis cuenta de lo que hay en los otros esquemas sobre el mismo tema. El primer esquema es inadmisible. En él se dice explícitamente que la humanidad entera está en camino hacia su fin último, hacia su felicidad, sin hacer alusión al pecado original ni al bautismo ni a los sacramentos. Realmente es una concepción de la Iglesia del todo nueva, completamente nueva. La Iglesia, una vez más, sólo sería un instrumento útil. Constantemente se reprende a los fieles porque los cristianos no deben creerse mejores que los demás, ni creer que son los únicos que poseen toda la verdad; en fin, que los cristianos deben ser útiles a la humanidad, pero que no se vayan a creer que son ellos el único medio de salvación. El Gaudium et Spes se escribió dentro de esta tónica. Al principio hay una larga descripción sobre los cambios ocurridos a la humanidad. Este es un postulado que ahora se repite constantemente para justificar todos los cambios que quieren proponernos: el mundo evoluciona, todo evoluciona, los tiempos cambian, la humanidad cambia y progresa, y está en continuo progreso. Para ellos las consecuencias se deducen solas: no podemos seguir concibiendo las relaciones de la religión católica con las demás religiones como antes. Debemos, pues, concebirlo todo de un modo totalmente diferente al de nuestra religión 75. *** NO PODEMOS SALVARNOS SIN LA IGLESIA La Iglesia es la única Sociedad que fundó Nuestro Señor Jesucristo para nuestra salvación. La Iglesia no es una sociedad tan sólo útil para nuestra salvación, sino que es indispensable y necesaria para nuestra salvación. No podemos salvarnos sin la Iglesia. No podemos alcanzar el Cielo ni alcanzar la vida eterna sin pasar por la Iglesia. Entonces, me diréis: “Monseñor, ¿no se salvará ningún protestante, budista ni animista? No es eso lo que he dicho, sino que he dicho, confirmo y afirmo, porque no soy yo quien lo dice sino la Iglesia, que siempre lo ha dicho y creído, que nadie, incluso entre los musulmanes, puede salvarse más que por la gracia de la Iglesia católica y de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Sólo hay una cruz por la que nos podemos salvar y esa Cruz se le ha dado a la Iglesia católica. No se le ha dado a los demás. Esa Cruz y ese sacrificio de la Cruz se continúan sobre nuestros altares, y eso es precisamente el corazón y la razón de ser de la Iglesia. Todas las gracias nos vienen por la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y Nuestro Señor sólo tiene una esposa mística que es la Santa Iglesia católica. Hay almas, sin duda, que se salvan fuera de la Iglesia visible, pero ya sabéis perfectamente que hay tres bautismos: el de agua, el de sangre y el de deseo. El bautismo de deseo puede ser un bautismo explícito: es el caso, por ejemplo, de nuestros catecúmenos en Africa que se preparan para el bautismo y que tienen el deseo explícito del bautismo. Dios sabe cuantas veces hemos escuchado, cundo estabamos en Africa, a catecúmenos que nos decían: “Pero, padre, tiene que bautizarnos; si nos muriéramos, ¡iríamos al infierno! Contestábamos : “No, si no tiene pecado mortal en la conciencia, puesto que tiene el deseo de bautismo, ya tiene la gracia del bautismo en usted (...)”. Se puede tener el bautismo de deseo implícito, cuando hay una gran buena voluntad. Sólo Dios es juez en esos momentos. No sabemos lo que ocurre dentro de las almas: Dios conoce todas las almas y, por consiguiente, sabe que, en los ambientes protestantes, en los ambientes musulmanes, en los ambientes budistas, y en toda la humanidad hay almas de buena voluntad. Dios conoce las almas que están dispuestas a servirle, que están dispuestas a hacer su santa voluntad. Y por el hecho mismo de que quieren hacer su santa voluntad, reciben el bautismo de deseo implícito. Bautismo que es el medio de unirse a la Iglesia. Estas almas no lo saben, pero reciben la gracia del bautismo por la santa Iglesia Católica; no pueden recibir la gracia fuera de la Iglesia Católica. No nos podemos salvar por el Islam, el budismo ni el protestantismo. Uno no se salva por el error. En el cielo no hay iglesia budista ni musulmana. En el cielo hay una única Iglesia: la Iglesia católica. Es el mismo Dios quien la fundó. Son cosas que pueden parecer duras de decir, y sin embargo son verdad. No soy yo quien fundó la Iglesia. Es Nuestro Señor, es el Hijo de Dios, es Él quien lo hizo. Y nosotros, los sacerdotes, estamos obligados a decir la verdad. Es posible salvarse en el protestantismo, en el budismo y en cualquier otra religión, pero no por esa religión. La diferencia es enorme. Es posible salvarse en esas religiones, pero no es posible salvarse por el error. El error es un obstáculo ante el Espíritu Santo. Para los sacerdotes esto es algo muy importante y capital. Imagináis a un sacerdote persuadido de que es posible salvarse por todas las religiones. En ese caso, ¿para qué ir a misiones? ¿Para qué atravesar los mares, ir a exponerse tal vez a la enfermedad y a una muerte precoz, si ese espíritu misionero no está hecho para llevar la gracia de Dios? Si las almas se salvan en su religión, ¿para qué ir a llevarles la religión católica? ¡Es inútil! ¡Se les van a acomplejar! Tal vez crezcan las dificultades para su conversión; mejor dejarlos en su religión. Por desgracia, ahora hay un obispo que ha tenido la audacia de decirle a un sacerdote que quería convertir a unos niños musulmanes: “¡No hombre! Hazlos buenos musulmanes. Será mucho mejor que hacerlos católicos”. ¿Qué queréis que os diga? Así están ahora las cosas. Otra cosa: me han certificado —puedo decirlo con certeza— que antes del Concilio los hermanos de Taizé habían pedido abjurar de sus errores y hacerse católicos. Las autoridades les dijeron en aquel entonces: “No, esperad. Después del Concilio, seréis el puente de unión entre los católicos y los protestantes”. Pues bien, esto es algo muy grave, porque la gracia de Dios llega en un momento determinado, pero puede muy bien no venir siempre. Y ahora vemos que esos
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Un Evêque parle, t. I, págs. 156-158.

hermanos de Taizé (que tienen tal vez muy buenas intenciones, no estoy criticando) no son católicos y, aunque tengan muy buenas intenciones, hacen daño a nuestros católicos, a nuestros niños porque introducen la confusión en su espíritu y en el de los que los van a ver 76. *** EL VERDADERO DIÁLOGO El error y la verdad son incompatibles. Hay que mirar si se tiene caridad hacia los demás, como dice el Evangelio. El que tiene caridad es el que sirve a los demás. Pues bien: los que tienen caridad deben compartir con los demás la riqueza que poseen. Deben mostrarles a Nuestro Señor y no conversar o dialogar con ellos en un plano de igualdad. La verdad y el error no están en el mismo nivel. Esto sería poner a Dios y al diablo a igual nivel, ya que el demonio es el padre de la mentira y del error. Por consiguiente, debemos ser misioneros. Debemos predicar el Evangelio, convertir las almas a Jesucristo y no dialogar con ellas intentando adoptar sus principios. Esto es lo que ha dado lugar a esta misa y a estos ritos bastardos. Hemos querido dialogar con los protestantes y los protestantes nos han dicho: “No queremos vuestra misa porque tiene cosas que son incompatibles con nuestra fe protestante. Cambiadla y podremos rezar con vosotros y hacer intercomuniones. Podremos recibir vuestros sacramentos y podréis venir a nuestras iglesias y nosotros iremos a las vuestras. Todo habrá terminado y tendremos la unidad”. ¡Tendremos la unidad en la confusión y entre hijos bastardos! Nosotros no queremos esto. La Iglesia nunca lo quiso. Queremos a los protestantes y querríamos convertirlos. Pero no es amarlos hacerles creer que tienen la misma religión que la católica. Lo mismo pasa con los masones. Ahora se quiere dialogar con los francmasones. Y no sólo dialogar con ellos, sino permitir que los católicos formen parte de la masonería. Realmente es un diálogo abominable. Sabemos perfectamente que las personas que dirigen la masonería, al menos los responsables, están radicalmente en contra de Nuestro Señor Jesucristo. Las misas negras que hacen, esas misas abominables, sacrílegas y horribles, son parodias de la Misa de Nuestro Señor, y quieren hostias consagradas para hacerlas. Saben que Nuestro Señor Jesucristo está en la Eucaristía. No quieren hostias que vengan de misas de las que no saben si allí está el Cuerpo de Nuestro Señor o no. Por consiguiente, sería dialogar con gente que quiere la muerte de Nuestro Señor Jesucristo por segunda vez, en la persona de sus miembros y de la Iglesia. No podemos admitir este diálogo. Ya sabemos lo que valió el primer diálogo de Eva con el demonio. Ella nos perdió y nos puso a todos en estado de pecado, por dialogar con el demonio. Con el demonio no se dialoga. A los que están bajo la influencia del demonio, se les predica para que se conviertan y vengan a Nuestro Señor Jesucristo. No se dialoga con los comunistas. Se dialoga con las personas, pero no con el error... 77

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Un Evêque parle, t. I, págs. 219-222. Un Evêque parle, t. II, págs 108-109.

Cap. 7: LA CONSTITUCION DE LA IGLESIA LA AUTORIDAD PERSONAL También quisiera hablar de la constitución de la Iglesia, que siempre ha sido una constitución en la que la autoridad es personal. El Papa tiene su autoridad personal porque es obispo de Roma y, como obispo de Roma es el sucesor de san Pedro en la cátedra de Pedro en Roma. Por eso, es el pontífice universal porque es obispo de Roma. Primero debe ser nombrado obispo de Roma, se convierte en sucesor y, al ser sucesor de Pedro, se convierte en Pontífice universal. Esta es la tradición y la verdad que la Iglesia enseña. Por eso todos los cardenales que eligen al Santo Padre son párrocos de Roma, porque es al clero de Roma a quien corresponde la elección de su obispo. Todos los cardenales tienen un título romano y son párrocos de Roma. Sobre las iglesias de Roma podéis ver el blasón de tal y cual cardenal. Todos son realmente párrocos y tienen la obligación de hacer la visita pastoral de su Iglesia cuando van a Roma. Los cardenales eligen el obispo de Roma que, al convertirse en tal, se convierte en Papa de la Iglesia universal. Así, pues, el nombramiento del Papa es personal. Los obispos reciben su consagración personalmente y tienen una gracia especial en razón de su consagración; también los sacerdotes son consagrados en forma personal. La autoridad en la Iglesia se ha entregado siempre en forma personal. Pero ahora se quiere cada vez más sustituir y ahogar la autoridad de esa persona con la autoridad de un colegio. Esto es lo que hace que la autoridad tenga las manos atadas. El Papa tiene las manos más o menos atadas por el sínodo, el obispo tiene las manos atadas por su consejo presbiterial y el párroco tiene ahora las manos atadas porque tiene que consultar con sus fieles. Al parecer, si gobierna solo, comete un abuso de autoridad. Todo esto acaba por ahogar la autoridad personal en una autoridad colectiva, cosa absolutamente contraria a toda la constitución de la Iglesia establecida por Nuestro Señor Jesucristo 78. *** DEMOCRATIZACIÓN DEL MAGISTERIO El magisterio descentralizado pierde el control inmediato de la fe y las múltiples comisiones teológicas de las asambleas episcopales tardan en pronunciarse porque sus miembros están divididos en opiniones y en métodos. Hace 10 años —y más todavía, 20—, el magisterio personal del Papa y de los obispos hubiera reaccionado inmediatamente, aun en el caso de que, entre los obispos y teólogos, hubiera algunos que no estuvieran de acuerdo. Actualmente, el Magisterio se ve sometido al sistema de la mayoría. Es la parálisis que impide la intervención inmediata o la debilita y hace ineficaz para contentar a todos los miembros de las comisiones o de las asambleas. Este espíritu de democratización del Magisterio de la Iglesia es un peligro mortal, si no para la Iglesia, que Dios protegerá siempre, al menos para millones de almas desamparadas e intoxicadas, a las que los médicos no van a ayudar. Basta leer las actas de las asambleas en sus diferentes grados, para reconocer que lo que podemos llamar la “colegialidad del Magisterio” equivale a su parálisis. Nuestro Señor encargó el cuidado de sus ovejas a personas y no a una colectividad; los Apóstoles obedecieron las órdenes del Maestro y así fue hasta el siglo XX. Han tenido que llegar nuestros tiempos para oír hablar de la Iglesia en estado de concilio permanente y en continua colegialidad. Los resultados no se han hecho esperar demasiado. Todo está sin pies ni cabeza: la fe, las costumbres y la disciplina. Se podrían multiplicar los ejemplos indefinidamente. Parálisis y reblandecimiento del Magisterio. Este último aspecto se manifiesta por la ausencia de definición de las nociones y términos empleados, y por la ausencia de precisiones y distinciones necesarias, de tal modo que no se sabe ya lo que quieren decir las palabras. Basta pensar en esos términos de dignidad humana, libertad, justicia social, paz, conciencia... en la actualidad y dentro de la misma Iglesia, se les puede dar un sentido marxista o un sentido cristiano con la misma convicción (...). Una consecuencia mucho más visible del gobierno colegial es la parálisis del gobierno de cada obispo en su diócesis. ¡Cuántas reflexiones hay, hechas por los mismos obispos, y qué instructivas resultan! Teóricamente, el obispo puede, en muchos casos, actuar contra un deseo de la asamblea, incluso a veces contra una mayoría si el voto no se ha sometido a la Santa Sede; pero, en la práctica, resulta imposible. En cuanto acaba la asamblea, los obispos publican las decisiones. Estas llegan a conocimiento de todos los sacerdotes y fieles. ¿Qué obispo podrá oponerse de hecho a esas decisiones sin mostrar su desacuerdo con la asamblea y tropezarse inmediatamente con algunos espíritus revolucionarios que apelarán a ella en su contra? El obispo es prisionero de esta colegialidad que tendría que haberse limitado a ser un organismo de consulta y comunicación, pero no un organismo de decisión 79.
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Un Evêque parle, t. I, págs. 189-190. Un Evêque parle, t. I, págs. 68-71.

Cap. 8: LA TRADICIÓN, REGLA DE ORO EL DEPÓSITO REVELADO Paso ya a la tercera verdad importante que enseñamos a nuestros seminaristas: queremos poner entre sus manos el verdadero catecismo. Queremos darles la verdadera fe. No queremos que estos seminaristas sean presa de la duda en cuanto a la verdad que se les debe enseñar. No queremos tenerlos constantemente en estado de búsqueda. En la actualidad eso es lo único que hay: todos estamos buscando, como si no se nos hubiera dado el Credo, como si Nuestro Señor no hubiera venido a traernos la verdad. Debemos siempre tener presente esto, que es una verdad enseñada por nuestra santa Iglesia: el depósito de la revelación se terminó el día de la muerte del último Apóstol. Por lo tanto, el depósito existía cuando nuestro Santo Padre, el Papa Pío XII, definió el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen, y dijo precisamente que esa verdad se encontraba ya en el depósito de la revelación y que existía ya en todos los textos que nos fueron revelados antes de la muerte del último Apóstol. No se puede definir una verdad —ni la Inmaculada Concepción, ni la Asunción de la Santa Virgen María, ni, tal vez algún día, su Mediación— sin decir que ya estaba en el depósito de la revelación y que, por lo tanto, ya estaba revelada antes de la muerte del último Apóstol. Esto es de gran importancia. Por consiguiente, esas verdades no se pueden cambiar. Después de la muerte del último de los Apóstoles la Iglesia ha tenido el papel de transmitir la Tradición y el depósito de la fe, buscando todas las verdades que están allí contenidas, explicándolas de una manera cada vez más clara, más hermosa y más grande, pero sin añadir jamás un solo dogma. Todo quedaba ya dicho tras la muerte del último Apóstol. No tenemos derecho a hablar hoy de evolución de los dogmas, ni a decir que los dogmas están en constante evolución. De ningún modo. El dogma permanece como estaba tras la muerte del último Apóstol, y el papel del Papa, de los obispos y de los sacerdotes es transmitir ese depósito a todas las generaciones. Esto es la Santa Iglesia y la Tradición. Querer utilizar las Santas Escrituras en lugar de la Tradición es también una tendencia protestante, porque los protestantes no reconocen la Tradición 80. *** FIDELIDAD A TODA LA TRADICIÓN Por eso tenemos que mantenernos en las posiciones de antes del Concilio sin temor a que parezca que desobedecemos a la Iglesia al seguir una tradición que es dos veces milenaria. Eso no puede ser. ¿Qué criterio debemos seguir respecto del Magisterio ordinario, para saber si es infalible o no? Su fidelidad a toda la Tradición. No estamos sujetos a los actos del Santo Padre en la medida en que no se apoyan en la Tradición. Lo mismo puede aplicarse al Concilio. En la medida en que el Concilio se refiere a la Tradición, al ser Magisterio ordinario, debemos someternos a él; pero en la medida en que es algo nuevo y que no se corresponde con la Tradición, hay una mayor libertad de opción. Así, pues, ahora no debemos tener miedo a juzgar lo que sucede, porque no podemos dejarnos arrastrar por esa corriente de modernismo que podría hacernos perder la fe a nosotros mismos y convertirnos en protestantes sin saberlo 81.

EL GOLPE MAESTRO DE SATANÁS Por la simple consideración de estos pocos puntos neurálgicos de la crisis, podemos reconocer cuán profunda es, y cómo ha sido tan sabiamente organizada y dirigida que verdaderamente cabe pensar que el artífice de semejante obra no puede ser un hombre, sino Satanás mismo. Como conclusión a esta breve ojeada, digamos que el golpe maestro de Satanás es habernos obligado, por obediencia, a desobedecer a toda la Tradición. El ejemplo más típico de esta observación es el del “aggiornamento” de las sociedades religiosas. Por obediencia, a los religiosos y religiosas se les hace desobedecer a las leyes y constituciones de sus fundadores, que juraron observar el día de su profesión. De aquí el profundo desconcierto que reina en el seno de estas sociedades y de la Iglesia. La obediencia, en este caso, debería consistir en un rechazo categórico. La autoridad, incluso legítima, no puede ordenar un acto reprensible o malo. Nadie puede obligarnos a transformar nuestros votos en simples promesas. Nadie puede obligarnos a hacer que nos convirtamos en protestantes o modernistas 82.
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Un Evêque parle, t. I, págs. 229-230. Un Evêque parle, t. I, pág. 170. Un Evêque parle, t. I, págs. 148-149.

*** NO HAY NADIE MÁS UNIDO QUE NOSOTROS AL SUCESOR DE PEDRO Esta conclusión evidente es de primordial importancia para determinar nuestra actitud y manifestar nuestra indefectible unión al Magisterio de la Iglesia y a los sucesores de san Pedro. No hay nadie que esté más unido que nosotros al sucesor de Pedro hoy reinante cuando se hace eco de las tradiciones apostólicas y de las enseñanzas de todos sus predecesores, porque entra en la definición misma del sucesor de Pedro guardar el depósito y transmitirlo fielmente. A este respecto, he aquí lo que proclamó el Papa Pío IX en Pastor aeternus: «El Espíritu Santo no le fue prometido a los sucesores de Pedro para permitirles publicar, según sus revelaciones, una doctrina nueva, sino para conservar estrictamente y exponer fielmente con su asistencia las revelaciones transmitidas por los apóstoles, es decir: el depósito de la fe» 83. *** CORRECCIÓN FRATERNA A LOS SUPERIORES Ante semejantes hechos reales, que nos muestran de forma evidente que hay algo que anda mal, no podemos cerrar los ojos ni decir: “Esto nos viene dado. Viene de arriba. Cerremos los ojos, aceptemos y obedezcamos”. ¡Nada de eso! El mismo santo Tomás se pregunta, en las cuestiones que plantea sobre la corrección fraterna, si ésta puede existir hacia los superiores. A primera vista, puede parecer una pregunta atrevida por parte de santo Tomás. Pero él no esquivaba los problemas ni los temía. Plantea, pues, la pregunta: ¿Puede ejercerse la corrección fraterna con los superiores? Tras hacer todas las distinciones necesarias y útiles, responde: «Cuando se trata de la fe, se puede ejercer la corrección fraterna con los superiores». Tiene toda la razón. El que uno sea superior no le da derecho a imponernos la pérdida de la fe ni a imponernos su disminución. Ahí está todo el problema. No podemos correr el riesgo de perder la fe. Es el bien más precioso que tenemos, y si estuviéramos más firmes en la fe evitaríamos ir poco a poco asimilando las herejías 84. *** NO VEO QUÉ PUEDE SER UN CATÓLICO QUE NO SEA TRADICIONALISTA No debemos, pues, desesperarnos, sino rezar. Rezar y santificarnos. ¡Ah!, es un consejo que quería daros. Hay que evitar que digan de nosotros, de los católicos que somos… - No me gusta demasiado la fórmula de “católicos tradicionalistas”, dado que no veo qué puede ser un católico que no sea tradicionalista. La Iglesia es una tradición; y además ¿qué serían los hombres si no estuviesen en la tradición? ¡No podríamos vivir! Hemos recibido la vida de nuestros padres y la educación de los que fueron antes que nosotros. Somos una tradición. Así lo ha querido Dios. Dios ha querido que las tradiciones se transmitan de generación en generación, tanto para las cosas humanas y materiales como para las cosas divinas. Por consiguiente, no ser tradicional o tradicionalista es la destrucción de uno mismo, es un suicidio- Así, pues, somos católicos y seguimos siendo católicos. Que no haya divisiones entre nosotros. Precisamente si somos católicos estamos dentro de la unidad de la Iglesia; la unidad de la Iglesia que tiene fe. No hay unidad sino en la fe. Entonces nos dicen: “Tenéis que estar con el Papa. El Papa es el signo de la fe en la Iglesia”. Así es, pero en la medida en que el Papa manifiesta su estado de sucesor de Pedro, en la medida en que se hace eco de la fe de siempre y en la medida en que transmite el tesoro que debe transmitir. Porque, una vez más, ¿qué es un Papa? Es el que nos da los tesoros de la Tradición y el tesoro del depósito de la fe, y la vida sobrenatural a través de los sacramentos y del sacrificio de la Misa. El obispo y el sacerdote no son mas que transmisores de la verdad y de la vida que no nos pertenece. La epístola lo decía más arriba. La verdad no nos pertenece. No le pertenece al Papa más que a mí. Él es servidor de la verdad lo mismo que yo debo serlo. Si llegase suceder que el Papa dejase de ser servidor de la verdad, ya no sería Papa. Ya no podría seguir siéndolo. No digo que sea así; no me hagáis decir lo que no he dicho. Digo que esto si ocurriese, no podríamos seguir a alguien que nos empuja hacia el error. Es algo evidente. ¿Cuál es el criterio de la verdad? Me dicen: “Usted juzga al Papa”. Mons. Benelli me lo lanzó a la cara: “¡No es usted quien hace la verdad!” Naturalmente que no soy yo quien hace la verdad, pero tampoco el Papa. La verdad es Nuestro Señor Jesucristo. Luego, para saber dónde está la verdad hay que referirse a lo que Nuestro Señor Jesucristo, los Apóstoles, los Padres de la Iglesia y toda la Iglesia han enseñado. No soy yo quien juzga al Santo Padre, sino la Tradición.
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Un Evêque parle, t. I, p. 56. Un Evêque parle, t. I, pág. 180.

Un niño de cinco años, con su catecismo, puede muy bien contestarle a su obispo, si su obispo le llega a decir: “Nuestro Señor Jesucristo no está presente en la sagrada Eucaristía”. “Yo soy el testigo de la verdad —diría el obispo—. Yo soy el testigo de la verdad. Yo te digo que Nuestro Señor no está presente en la Santa Eucaristía”. Y el niño, con su catecismo y sus 5 años, lee y dice: “Pero mi catecismo dice lo contrario”. ¿Quién tendría razón? ¿El obispo o el catecismo? ¡El catecismo, por supuesto! El catecismo, que representa la fe de siempre. Es muy sencillo. Es infantil como razonamiento. Lo malo es que hemos llegado a esa situación. Si hoy nos dicen que se pueden hacer intercambios de comunión con protestantes, que ha dejado de haber diferencias entre nosotros y los protestantes, eso no es verdad. Hay una inmensa diferencia. Por eso nos quedamos realmente asombrados cuando pensamos que [el Papa] se ha hecho bendecir por el arzobispo de Canterbury, que no es sacerdote porque las ordenaciones anglicanas no son válidas, como declaró el Papa León XIII oficial y definitivamente, y porque es un hereje, como todos los anglicanos, —lo siento, no gusta demasiado ese adjetivo, pero no deja de ser una realidad; no lo uso para insultarle, ¡qué más quisiera yo que su conversión!—. No es un sacerdote: es un hereje, y ¡se le pide que bendiga a todos los cardenales y obispos que estaban en la Iglesia de San Pablo con el Santo Padre! ¡Esto me parece algo absolutamente increíble! 85. *** NUESTRO SEÑOR QUIERE SACERDOTES CATÓLICOS Nuestro Señor quiere sacerdotes católicos tal como El mismo los hizo. El Papa no puede no querer sacerdotes católicos. Por eso estoy persuadido de que seguimos estando profundamente unidos a nuestro Papa y a la Iglesia. El Papa no puede no querer lo que la Iglesia ha querido durante veinte siglos. Eso no puede ser. Por eso es completamente falso decir que corremos el riesgo de convertirnos en una secta o hacernos cismáticos. Muy lejos de esto, somos los que más unidos están a nuestro Papa y a la Iglesia católica 86.

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Un Evêque parle, t. II, págs. 118-120. Un Evêque parle, t. II, p. 47.

Cap. 9: LA HERMANDAD DE SAN PÍO X LA DEVOCIÓN AL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA Finalmente, el tercer don de Nuestro Señor Jesucristo es el Sacrificio Eucarístico. Dios, Jesucristo, se nos da a sí mismo por el Sacrificio Eucarístico. ¿Qué cosa más hermosa podía hacer? ¿A qué podemos estar más unidos que al santo sacrificio de la Misa? A los seminaristas se lo digo a menudo: si la Hermandad Sacerdotal San Pío X tiene una espiritualidad especial —no deseo que la tenga; lo cual no quiere decir que critique a los fundadores de órdenes como san Ignacio, santo Domingo, san Vicente de Paúl y cuantos han querido dar un sello particular a su sociedad, sello que sin duda quería la Providencia en el momento en que ellos vivieron— pienso que si existe un sello particular en nuestra Hermandad San Pío X, es la devoción al santo sacrificio de la Misa. Que nuestros espíritus, nuestros corazones y nuestros cuerpos estén como cautivados por el gran misterio del santo sacrificio de la Misa. En la medida en que comprendamos ese gran misterio del sacrificio de la Misa y de la Eucaristía —porque el sacrificio y el sacramento están unidos, son las dos grandes realidades del sacrificio de la Misa— en la medida en que ahondemos en estas cosas, comprenderemos también lo que es el sacerdocio y la grandeza del sacerdocio, porque está unido íntimamente, yo diría metafísicamente, al sacrificio de la Misa. Esto es muy importante en la época actual. Esto nos es necesario, queridos amigos. Tenéis que sentiros cautivados por esa espiritualidad del santo sacrificio de la Misa. No sólo los sacerdotes, sino también nuestros religiosos y hermanos, nuestras religiosas, todos los seglares y queridos fieles que están aquí presentes. Debemos tener hacia el santo sacrificio de la Misa una devoción mayor que nunca, porque es el fundamento y la piedra fundamental de nuestra fe. En la medida en que no tenemos esa devoción hacia el santo sacrificio de la Misa, en que hacemos de ese sacrificio una simple comida y en que se introducen entre nosotros las ideas protestantes, arruinamos nuestra Santa Religión 87. *** 1975: EL SEMINARIO MÁS FLORECIENTE DE EUROPA OCCIDENTAL Un hecho sorprendente en los ataques dirigidos contra Ecône es que los que los difunden no se toman el trabajo de investigar el valor intelectual, doctrinal y moral de la institución, como tampoco lo hacen sobre las virtudes sacerdotales propuestas como base de la formación religiosa. Lo que más choca al sentido común y a la equidad natural, e igualmente al “instinto de fe”, es que, en medio del desastre casi universal que la autoridad no hace nada por remediar (el Osservatore Romano ha tenido que reconocer que «las medidas defensivas [¿cuáles?] no guardan proporción con los peligros», pero se siguen esperando signos de un arrepentimiento eficaz), sólo se castiga a un seminario: aquél del que un diario belga ha hablado como del «seminario más floreciente de Europa occidental». Estad seguros de que lo escribo sin orgullo, pues tengo conciencia absoluta de ser un indigno instrumento de la Providencia. He aquí unos cuantos datos: Octubre de 1969: Fundación en Friburgo, con 9 seminaristas, en unos edificios prestados por una congregación religiosa. Octubre de 1970: Apertura de Ecône: 11 seminaristas en primer año y otros 5 más que se quedaron en Friburgo (en una casa que adquirí mientras tanto). 1º de Noviembre de 1970: Decreto de erección de la Hermandad Sacerdotal Internacional de San Pío X por el predecesor de S. Ex. Mons. Mamie. Junio de 1971: Primera piedra de los nuevos pabellones de Ecône. Desde entonces se han construido tres alas, que permiten albergar alrededor de 140 profesores y seminaristas, y voy a empezar la construcción de la cuarta ala (en un momento en que tantos y tantos seminarios se cierran o se venden en Francia, en Bélgica y en todas partes). Octubre de 1974: Unos 40 nuevos seminaristas (entre unos 130 aspirantes) y 5 hermanos postulantes. Además de Ecône y Friburgo, la Hermandad posee 5 casas: en Albano (junto a Roma, porque tengo gran interés en inculcar el espíritu romano a mis seminaristas), en Francia, en Inglaterra y dos en Estados Unidos y voy a tener que pensar en nuevas fundaciones. Por comparación, el número total de seminaristas franceses ha bajado desde 1963 a 1971 de 21.713 a 8.391, las ordenaciones de 573 a 237 y el número de ingresos ha pasado de 470 en 1969 a 151 en 1973. El árbol, dice el Evangelio, se juzga por sus frutos. Para los ciegos voluntarios esto era un escándalo permanente
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Le Coup Maître de Satan, págs. 36-37.

que tenía que acabar... 88 *** 1981: MÁS DE 100 JÓVENES SACERDOTES Todas estas reformas litúrgicas han sido hechas por ese mal espíritu de ecumenismo, de falso ecumenismo. Por eso la fe ha desaparecido y ya no hay vocaciones. Por mi parte he tenido la dicha de ordenar ya más 100 jóvenes sacerdotes, miembros de la hermandad de San Pío X. En el próximo mes de octubre contaremos con 270 seminaristas que pertenecen a los cinco seminarios que han sido fundados en el curso de solamente diez años. Ustedes saben que actualmente hemos empezado las obras de un seminario aquí, en la República Argentina, a 40 kilómetros de Buenos Aires, en la localidad de La Reja, donde ya tenemos 20 vocaciones, sin contar con los seminaristas que, una vez hecho el año de espiritualidad en el seminario de Argentina, hoy prosiguen sus estudios en Ecône (Suiza) y Albano (Italia) o, los que teniendo vocación monástica, lo hacen en Bedoin y Saint Michel en Brenne (Francia)89. *** 1988: LA HERMANDAD SIGUE CRECIENDO Con el año 1989 la Hermandad de San Pío X entrará en su vigésimo año de existencia (...) ¡Cuántos acontecimientos se han ido sucediendo en el curso de estos veinte años! (...) Sea lo que fuere y a pesar de los que, abandonándonos, aseguraban que nuestra obra había terminado, la Hermandad sigue creciendo contra viento y marea. En todo he procurado hacer la voluntad de Dios. No he fundado Ecône para mí personalmente. No lo he hecho para mi satisfacción y, si hubiera sido otra la voluntad de Dios, habría tenido que cerrarse. Cuando se considera el camino recorrido por la hermandad desde sus primeros pasos, dados en Friburgo, y que actualmente cuenta con 220 sacerdotes y 250 seminaristas, repartidos en seis seminarios, debemos dar rendidas gracias al Señor. Y debemos hacerlo porque ha bendecido una obra que ha sido fundada exclusivamente para servirle y para la salvación de las almas. Algunos nos han dejado a causa de nuestras dificultades con Roma, otros porque encontraban que no nos separamos lo suficiente del Papa. Éste fue precisamente el caso de Estados Unidos, donde, en 1983, nos dejaron 12 de nuestros 19 sacerdotes, para afirmar su sedevacantismo. En aquel momento esto constituyó una grave y dolorosa prueba para la Hermandad90. ***
LA

HERMANDAD NO ES UN PARTIDO NI UNA SECTA

La Hermandad no es una partido ni una secta adherida a un “folklore”; no se trata de eso, sino que la situación es mucho más grave. No es solamente la liturgia lo que queremos defender; naturalmente que la liturgia es la expresión de nuestra fe, y no queremos que sea atacada o desfigurada, pero los problemas de fe son aún más importantes91. *** COMO SE FORMAN NUESTROS SEMINARISTAS He aquí, pues, un resumen de lo que queremos enseñar a nuestros seminaristas: que amen su Iglesia, que la conozcan, que la comprendan y sepan lo que es para ellos; que amen también su sacrificio de la Misa, los sacramentos y la evangelización que se hace precisamente por la fe, que deben comunicar a los demás y ser firme, basada en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia. Así se forman nuestros seminaristas y así esperamos darles una verdadera formación sacerdotal 92.

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Un Evêque parle, t. II, págs. 32-34. El papel de la Hermandad Sacerdotal de San Pío X en el seno de la Iglesia, Conferencia pronunciada el 13 de agosto de 1981, p. 11. Tradición Católica, nº55, febrero de 1990, págs 8-9. Tradición Católica, nº55, febrero de 1990 p. 18. Un Evêque parle, t. I, pág. 233.

*** LO QUE LA IGLESIA HA HECHO SIEMPRE Mis colaboradores y yo mismo no trabajamos contra nadie; contra ninguna persona ni contra ninguna institución. Trabajamos para construir y continuar lo que la Iglesia ha hecho siempre y no para otra cosa. No estamos vinculados a ningún movimiento, partido ni organización particular. Estamos vinculados a la Iglesia Católica Romana y queremos continuar el sacerdocio de la Iglesia Católica y Romana. ¡No queremos otra cosa! 93. *** ANIMO A TODOS LOS QUE TRABAJAN EN DEFENSA DE LA FE Quisiera hablar de mis relaciones con los distintos movimientos tradicionalistas. Considero que es una cuestión previa que conviene aclarar porque no vengo aquí 94, (la prueba es que es mi hermano quien me ha presentado), no vengo llamado por ninguna agrupación. Desde luego, no puedo menos que animar a todos los que trabajan en defensa de la fe y en la conservación de la fe católica. Por eso, alguna vez he apoyado estos movimientos, pero no quiero quedar vinculado con esto a ninguno de ellos. Quiero conservar entera mi independencia 95. *** NO HE CAMBIADO NI UN ÁPICE EN LA FORMACIÓN DE MIS SEMINARISTAS Vamos a ver si no os parece esto algo totalmente increíble. Dentro de poco llevaré ya 50 años de sacerdocio y 30 de episcopado96. Por consiguiente, yo era ya obispo mucho antes del Concilio y era ya sacerdote mucho antes del Concilio. En mi carrera sacerdotal y episcopal me encomendaron la tarea de formar sacerdotes. Al principio, cuando fui a las misiones, fui destinado al seminario de Gabón, en Africa ecuatorial, y formé sacerdotes. De esos sacerdotes, hasta salió más tarde un obispo. Luego me hicieron regresar a Francia y volvieron a encargarme la formación de seminaristas en el seminario de Mortain con los Padres del Espíritu Santo. Más adelante, me trasladé como obispo a Dakar, en el Senegal, y allí me dediqué de nuevo a formar buenos sacerdotes, de los cuales dos son obispos y uno acaba de ser nombrado cardenal; y cuando estaba en Mortain, en Francia, entre los seminaristas que eduqué, uno es ahora obispo de Cayenne. Así, pues, entre mis alumnos tengo 4 obispos, y de éstos, uno cardenal. En Ecône formo a mis seminaristas exactamente igual a como formé a mis seminaristas durante 30 años. Pero he aquí que, de pronto, se nos condena, y casi se nos excomulga y aparta de la Iglesia católica. Se nos declara desobedientes a ella por hacer lo mismo que hicimos durante 30 años. Algo ha pasado en la santa Iglesia, no puede ser de otro modo, porque no he cambiado ni un ápice en la formación de mis seminaristas. Al contrario, he añadido más bien una espiritualidad más profunda y más fuerte, porque me parecía que a los sacerdotes jóvenes les faltaba cierta formación espiritual, ya que muchos han abandonado el sacerdocio y por desgracia, han dado un escándalo increíble al mundo abandonando el sacerdocio. Por eso me pareció que a estos sacerdotes había que darles una formación espiritual más profunda, más fuerte y más valiente, para permitirles afrontar las dificultades 97.

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Un Evêque parle, t. I, pág. 208. Palabras de una conferencia pronunciada en Tourcoing, el 30 de enero de 1974 y promovida por su hermano Michel Lefebvre. (N.d.E.). Un Evêque parle, t. I, págs. 236-237. Éste párrafo procede de una conferencia pronunciada en Ginebra el 4 de julio de 1976. Un Evêque parle, t. II, págs. 89-90.

Cap. 10: ¿QUÉ HACER? HAY QUE VER LAS COSAS DE MANERA SOBRENATURAL Entonces, ¿qué debemos hacer? Concluiré para no abusar de vuestra paciencia. ¿Qué debemos hacer ante este desencadenamiento del demonio contra la Iglesia, pues de eso se trata? Hay que ver las cosas de manera sobrenatural. En la actualidad, el demonio anda suelto. Esta es tal vez una de sus últimas batallas, una batalla general. Quiere atacar a todos los sectores. Si Nuestra Señora de Fátima dijo que un día el demonio subiría hasta las más altas esferas de la Iglesia, puede ser que sea verdad. No afirmo nada por mí mismo ni condeno a nadie; pero en fin, si Ella lo dijo, bien pudiera suceder. ¿Cuándo sucederá? No sé nada, pero ahora hay unos signos y síntomas que pueden hacernos creer que en los más elevados organismos romanos puede haber gente que ha perdido la fe. Estoy dispuesto a hacer, a decir y a admitir todo lo que quieren todas las autoridades romanas desde el Papa hasta el último de los secretarios de Congregación, con la condición de que no nos quiten la fe. No me hagáis cambiar lo que dijo el Concilio de Trento. No me hagáis cambiar mi Credo. No me hagáis cambiar lo que es esencial en los sacramentos. «Si un ángel del Cielo viene a deciros lo contrario de la verdad —dice San Pablo— no le escuchéis»... Hay que rezar y hay que hacer penitencia. La Santísima Virgen así lo ha dicho. Pero hay que ponerlo en práctica. Hay que rezar el rosario en familia. Hay que rezar ante el Santísimo Sacramento. Rezad a Nuestro Señor, a Nuestra Señora y a los ángeles de la guarda. Hay que rezar a san Miguel Arcángel y vivir con todos los que están en el Cielo para que intercedan por nosotros y nos ayuden en estas trágicas circunstancias. Hoy en día, la gente se pone a rezar cuando las bombas empiezan a caer o cuando hay otros peligros graves; entonces es cuando se ponen a temblar y empiezan a pensar en Dios. Pero estamos en un momento en que las bombas nos están cayendo encima y estamos a punto de perder la fe. Perder la vida del alma es mucho peor que perder la del cuerpo. Por eso, recemos y sepamos hacer penitencia. Debemos saber privarnos de televisión; hay que romper con la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida y de los honores. Hay que saber hacer penitencia, rechazando todo lo excesivamente mundano y todo lo que halaga la carne y todas esas modas indecentes. Todas esas cosas deben ser absolutamente proscritas para los verdaderos cristianos. Si no, no obtendremos las gracias de Dios necesarias hoy para nuestra salvación, e iremos siempre de desgracia en desgracia. Además, ahora hay que organizar el apostolado. Tenéis que apoyar a vuestros sacerdotes y ayudarles. Comprendo las dificultades que tienen en la actualidad para resistir, sobre todo los que realizan el santo ministerio y tienen algún cargo. Comprendo muy bien que es difícil, porque se ejerce una presión moral sobre ellos que los pone en una especie de obligación de hacer lo que hacen y de modificar en cierta medida todos los ritos de la Misa. Esa adoración del Santísimo Sacramento que antes había y todas aquellas exposiciones del Santísimo, todo eso desaparece; el rosario ya no se puede rezar, y así todo. Por lo tanto, tenéis que apoyar a vuestros sacerdotes. Si sienten que a su alrededor hay cristianos que los apoyan, los sacerdotes se reanimarán y se volverá a la adoración del Santísimo y a rezar el rosario; no se volverá a dar la comunión en la mano ni a dejar predicar a cualquiera o a leer cualquier lectura, y así todo. Poco a poco, se volverá a las buenas y santas tradiciones e incluso, en la medida de lo posible, se volverá al Canon de antes, que es una plegaria apostólica 98. ***
HAY UN MAGNÍFICO TRABAJO QUE REALIZAR

Se imponen las renovaciones, mas no creáis que no podemos contar para ello con la juventud. No toda la juventud está corrompida, como tratan de hacernos ver. Muchos tienen un ideal y a muchos otros basta con proponerles uno. Abundan los ejemplos de movimientos que apelan con éxito a su generosidad: los monasterios fieles a la Tradición les atraen, no faltan las vocaciones de jóvenes seminaristas o de novicios que quieren ser formados. Hay un magnífico trabajo que realizar conforme a las consignas dadas por los Apóstoles: Tenete traditiones... Permanete in hiis quae didicisti (mantened las tradiciones ...Permaneced en lo que aprendisteis). El viejo mundo llamado a desaparecer es el del aborto. Las familias fieles a la Tradición son al mismo tiempo familias numerosas, su fe misma les asegura la posteridad. “¡Creced y multiplicaos!” Guardando lo que la Iglesia a enseñado siempre os aferráis al porvenir 99

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Un Evêque parle, t. I, págs. 199-201. Lettre ouverte aux catholiques perplexes, págs. 211-2.

*** NO PODEMOS DEJARNOS EMBARCAR EN ESTA AVENTURA Hemos visto en forma rápida un ejemplo de esta subversión en el sacerdote. Lo que concierne al sacerdote alcanza a la Iglesia y necesariamente a los fieles. Bien: pues no podemos dejarnos embarcar en esta aventura. Ya pasará, como han pasado todas las herejías, como han pasado todos los errores y como ha pasado todo lo que ha ocurrido y todo lo que ha sacudido a la Iglesia. La Iglesia ya ha conocido tempestades, aunque ésta es terrible, porque ataca precisamente las raíces de la fe de los fieles y, desgraciadamente, por medio de los que deberían proteger la fe de los fieles. Se ha querido reunir en un libro las pocas conferencias que he dado y algunos artículos que he escrito desde el Concilio. Puse en la tapa de ese libro (es el presente volumen) 100: «Por obediencia nos hacen desobedecer a toda la tradición». Me diréis vosotros: “Si es que son nuestros sacerdotes quienes nos lo dicen”. “Es un obispo quien dice eso”. “Mire, es un documento que viene de la comisión de la catequesis, o de otra comisión oficial, ¿qué quiere usted que haga?”. Muy bien: ¡entonces perded la fe! ¡No, no! Nadie tiene derecho a haceros perder la fe, ni siquiera el Papa ni un Angel. Nadie tiene derecho a haceros perder la fe. La fe en Jesucristo es el medio para salvarnos y es el camino de nuestra salvación. No tenemos derecho a perder la fe católica y, por eso, tenemos que hacer todo lo posible para conservarla viva en nosotros. Vosotros, padres cristianos, en vuestras familias y hogares, proteged la fe de vuestros hijos. Para eso, leed, releed el catecismo del Concilio de Trento, que es el más hermoso, perfecto y completo de nuestra fe. Proteged la fe también dentro de los colegios. Id a las escuelas y, si a vuestros hijos les hacen perder la fe, protestad y no dejéis a los educadores que les hagan perder la fe. Id a buscar a vuestros sacerdotes; todavía quedan buenos sacerdotes. Estoy contento de ver aquí un buen número de ellos. Agrupaos en torno a esos sacerdotes y apoyadlos. Ellos sufren por la situación. Si se dan cuenta de que estáis ahí y que acudís a ellos diciéndoles: “Proteged la fe de nuestros hijos, os lo suplicamos. Dadnos la verdad que salva nuestras almas”, lo harán y serán felices de daros esas verdades de la fe. Reclamádselas a todos los que tienen el deber de proteger vuestra fe 101. *** ES LA VERDAD LA QUE DEBE CONVENCER Y NO NUESTRA PERSONA También debemos rezar porque entre los fieles que mantienen la Tradición reine siempre una actitud que sea fuerte y firme. No una actitud de desprecio ni de insulto hacia las personas o a los obispos. Tenemos la superioridad de tener la verdad. No es culpa nuestra, lo mismo que la Iglesia tiene, sobre el error, la superioridad de tener la verdad. Por el hecho mismo de sentirnos en la verdad, ella es la que debe hacerse ver; es la verdad la que debe convencer y no nuestra persona. No es enfadándonos ni insultando como daremos paso a la verdad. Al contrario, eso provocará dudas sobre si tenemos realmente la verdad. El hecho de enfadarnos, o de insultar, muestra que no confiamos plenamente en el peso de la verdad, que es el del mismo Dios. Es en Dios en quien confiamos; es en la Verdad que es Dios. En lo que confiamos es en Nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué cosa más segura podemos tener? Nada. Y poco a poco, esa verdad se abre y se abrirá camino; así debe ser. Por eso, cuidemos todas nuestras expresiones y toda nuestra actitud, para no adoptar nunca una postura de desprecio e insulto hacia las personas, sino de firmeza ante el error. Firmeza absoluta, sin compromisos ni tregua, porque estamos con Nuestro Señor Jesucristo y porque se trata de Él. Lo que está en juego es todo el honor de Nuestro Señor Jesucristo y la gloria de la Santa Trinidad; su gloria sobre la tierra, naturalmente, no su gloria infinita y del cielo, sino la gloria de Nuestro Señor en este mundo. Es la verdad y por eso, pase lo que pase, la defenderemos a cualquier precio 102. *** FIDELIDAD COMO LA SANTÍSIMA VIRGEN La Santísima Virgen María no cambió nunca. Imaginaos que la Santísima Virgen María hubiese podido cambiar en cuanto a la idea que pudiera hacerse de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, su divino Hijo, del sacrificio de la cruz que debía sufrir o de la obra de la Redención... ¿Pudo, en algún momento de su vida, tener dudas o caer en error? ¿Pudo dudar de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo o de la Santísima Trinidad, Ella que había sido llena del Espíritu Santo? ¡Eso es imposible e inimaginable! En este mundo vivía ya la eternidad. Es evidente que la Santísima Virgen, por su fe —una fe inmutable y
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Un Evêque parle. (N.d.E.) Un Evêque parle, t. I, págs. 264-266. Un Evêque parle, t. II, págs. 144-145.

profunda— no podía por ningún motivo vacilar. A esta Santa Madre debemos pedirle su fidelidad: «Virgo fidelis»: «Virgen fiel». No nos dejemos arrastrar por los rumores que nos rodean; fidelidad, fidelidad como la Santísima Virgen María. A propósito de la Santísima Virgen María añadiré algo que me parece importante para nosotros, en el momento en que ahora vivimos. A cada momento nos dicen: “La Virgen ha dicho tal o cual cosa. La Virgen se ha aparecido aquí. La Virgen ha comunicado tal mensaje a tal persona”. Desde luego que no estamos en contra de que la Santísima Virgen dirija la palabra a personas de su elección, eso es evidente. Pero estamos en una época tal, que en estos momentos debemos desconfiar. Debemos desconfiar. El lugar de la Santísima Virgen María en la teología en la fe de la Iglesia es, a mi entender, infinitamente suficiente para que la amemos por encima de todas las criaturas después de Nuestro Señor Jesucristo, y para que tengamos hacia Ella una devoción que sea una devoción profunda, continuada, cotidiana. No es necesario que recurramos constantemente a mensajes de los que no estamos absolutamente seguros de que vengan o no de la Santísima Virgen. No hablo de los que han sido y son abiertamente reconocidos por la Iglesia. Pero debemos ser muy prudentes en lo que se refiere a los rumores que oímos hoy en todas partes. A cada instante recibo a personas o mensajes que supuestamente se me envían de parte de la Santísima Virgen o de Nuestro Señor: un mensaje recibido aquí, otro allá. Deseamos que la Santísima Virgen esté entre nosotros todos los días, aunque sabemos que ya lo está. Ella está con nosotros. Está presente en todos nuestros sacrificios de la Misa. No puede separarse de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Nuestra devoción a la Santísima Virgen debe ser profunda y perfecta, pero no debe depender de tal o cual mensaje particular 103. *** ¿CÓMO ENFOCAR LA VUELTA A UNA SITUACIÓN NORMAL? Cuando se trata del porvenir, sabemos que pertenece a Dios, y que es, por tanto, difícil hacer previsiones. Sin embargo, señalemos en primer lugar que la anomalía que hay en la Iglesia no viene de nosotros, sino de los que se han esforzado en imponerle una nueva orientación, orientación contraria a la Tradición e incluso condenada por el Magisterio de la Iglesia. Si parece que estamos en una situación anormal es porque los que tienen hoy la autoridad en la Iglesia queman lo que adoraban antes y adoran lo que antes se quemaba. Los que se han apartado del camino normal y tradicional son los que tendrán que volver a lo que la Iglesia ha enseñado y hecho siempre 104. *** HAY QUE ATENERSE A LOS PRINCIPIOS FIRMES DE LA FE CATÓLICA Termino rogándoos que recéis, asegurándoos que yo rezo también por vosotros de todo corazón, para que Dios suscite de entre vosotros defensores de la fe. Ya lo sois, pero que Él suscite una organización que defienda la fe y que no haya división entre vosotros sino, al contrario, unión en la fe y en su defensa; en la defensa de la liturgia y del catecismo, para que haya una esperanza tanto en España como fuera de ella. Yo puedo aseguraros que ahora en Suiza, en Alemania, en Francia, en Estados Unidos, en Canadá y por todas partes, los que no quieren ver desaparecer su fe se agrupan, y estos grupos se van haciendo cada vez más numerosos. Acabarán por imponerse a los obispos y éstos se verán obligados a reconocer que son ellos los verdaderos católicos, y que se podrán apoyar en ellos para reconstruir la Iglesia, y serán los fieles mejores y más seguros. (...) Se lo dije a los obispos que me escribieron cuando hubo una reunión episcopal en España, obispos a los que conozco bien, como por ejemplo Mons. Castán, Mons. Guerra Campos y Mons. Morcillo, a los que puedo llamar amigos míos. Pues bien, a estos obispos les he dicho que tengan cuidado, que no se fíen jamás del texto ni del acta de la libertad religiosa. Si empiezan a fiarse de estos principios se repetirá la revolución de 1936 y tendréis una segunda guerra civil en España. Hay que atenerse a los principios firmes de la fe católica y no a la libertad de todas las religiones ni a los principios del liberalismo para salvar a España de una segunda guerra civil como aquélla de la que muchos de vosotros fuisteis testigos en 1936. ¡Que Dios os preserve de volver a ver cosas tan espantosas y tan trágicas como las que vivisteis! Si hubo tantos que vertieron su sangre para que España siga siendo católica, no vayáis ahora a liquidar nuevamente los valores católicos para recaer en un estado peor que el de entonces.
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Le Coup Maître de Satan, págs. 35-36. Le Coup Maître de Satan, pág. 47.

Es necesario que los españoles den ejemplo de una resistencia obstinada, fuerte y firme, apoyada en la fe y en el amor de la Cruz y de la Santísima Virgen 105. ***
NUESTRO SEÑOR TRIUNFARÁ

La Iglesia ha sido salvada del arrianismo, lo será también del modernismo. Nuestro Señor triunfará aunque, humanamente hablando, todo parezca perdido. Sus caminos no son los nuestros. ¿Acaso nosotros habríamos escogido la cruz para triunfar sobre Satanás, sobre el mundo y el pecado? 106

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Revista Fideliter, núm. 11, págs. 86-7 (conferencia en Barcelona el 29 de diciembre de 1975). Carta a los amigos y bienhechores, nº 18

APÉNDICES

1. DECLARACIÓN DEL 21 DE NOVIEMBRE DE 1974 107 Nos adherimos de todo corazón y con toda nuestra alma a la Roma católica guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esa fe; a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad. Por el contrario, nos negamos y nos hemos negado siempre a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que de él surgieron. Todas estas reformas, en efecto, han contribuido y siguen contribuyendo a la demolición de la Iglesia, a la ruina del sacerdocio, a la destrucción del sacrificio y de los Sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa y a la implantación de una enseñanza naturalista y teilhardiana en las universidades, seminarios y catequesis, enseñanza surgida del liberalismo y del protestantismo condenado tantas veces por el magisterio solemne de la Iglesia. Ninguna autoridad, ni siquiera la más alta en la jerarquía, puede obligarnos a abandonar o a disminuir nuestra fe católica, claramente expresada y profesada por el magisterio de la Iglesia desde hace diecinueve siglos. «Si ocurriese —dice san Pablo— que yo mismo o un Ángel bajado del cielo os enseñase otra cosa distinta a lo que yo os he enseñado, sea anatema» (Gal. 1, 8). ¿No es esto lo que nos repite el Santo Padre hoy? Pero si se manifiesta cierta contradicción en sus palabras y actos, así como en los actos de los dicasterios, elegiremos lo que siempre se ha enseñado y nos haremos los sordos ante las novedades destructoras de la Iglesia. No se puede modificar profundamente la «lex orandi» sin modificar la «lex credendi». A la Misa nueva le corresponde catecismo nuevo, sacerdocio nuevo, seminarios nuevos, universidades nuevas e Iglesia carismática o pentecostal, todo lo cual se opone a la ortodoxia y al magisterio de siempre. Esta reforma, por haber surgido del liberalismo y modernismo, está enteramente envenenada. Sale de la herejía y acaba en la herejía, aunque todos sus actos no sean formalmente heréticos. Es, pues, imposible para todo católico consciente y fiel adoptar esta reforma y someterse a ella de cualquier manera que sea. La única actitud de fidelidad a la Iglesia y a la doctrina católica, en bien de nuestra salvación, es una negativa categórica a aceptar la reforma. Por eso, sin ninguna rebelión ni amargura ni resentimiento alguno, proseguimos nuestra obra de formación sacerdotal a la luz del magisterio de siempre, convencidos de que no podemos rendir mayor servicio de la Santa Iglesia católica, al Sumo Pontífice y a las generaciones futuras. Por eso, nos atenemos con firmeza a todo lo que la Iglesia de siempre ha creído y practicado en la fe, en las costumbres, en el culto, en la enseñanza del catecismo, en la formación del sacerdote y en la institución de la Iglesia, y que ha codificado en los libros publicados antes de la influencia modernista del Concilio, a la espera de que la verdadera luz de la Tradición disipe las tinieblas que oscurecen el cielo de la Roma eterna. Haciéndolo así, con la gracia de Dios, el socorro de la Virgen María, de san José y de san Pío X, estamos convencidos de que seguimos siendo fieles a la Iglesia Católica y Romana y a todos los sucesores de Pedro, y de que somos los «fideles dispensatores mysteriorum Domini Nostri Iesu Christi in Spiritu Sancto». Amen. Ecône, a 21 de noviembre de 1974 108

Mons. Lefebvre hizo esta declaración a los miembros de la Hermandad Sacerdotal San Pío X. Se dirigía en especial a los profesores y alumnos del Seminario de Ecône. Se hizo pública, por voluntad de Mons. Lefebvre, en enero de 1975 (Itinéraires, núm. 189).
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Evêque parle, t. II, págs. 4-6.

2. RELACIÓN... ...DE LA MANERA EN QUE LA “COMISIÓN DE LOS TRES CARDENALES” PROCEDIÓ PARA CONCLUIR EN LA DECISIÓN DE SUPRIMIR LA HERMANDAD SACERDOTAL SAN PÍO X Y SU SEMINARIO Conviene recordar que antes de este proceso y desde la fundación de la Hermandad y su seminario, y sobre todo desde su éxito entre la juventud y su reputación mundial, se desencadenaron campañas de prensa conteniendo odiosas calumnias como la de “seminario salvaje” recogida por el episcopado francés seguido por el suizo, aun cuando el obispo de Friburgo sabía perfectamente que no había nada de eso. Era evidente que ya entonces en Roma se hacían maniobras para conseguir nuestra suspensión. Así, el 9 de Noviembre, una carta de la nunciatura de Berna nos anunciaba que una comisión designada por el Papa y compuesta por los tres Cardenales, prefectos de las Congregaciones interesadas en el caso —la de Religiosos, la de Educación Católica y la del Clero— nos enviaba unos visitadores apostólicos: los obispos Mons. Descamps y Mons. Onclin. El lunes 11 de Noviembre, a las 9 de la mañana, se presentaron los dos visitadores. Durante 3 días, interrogaron a 10 profesores, 20 alumnos de los 104 y a mí mismo. Se fueron el 13 de Noviembre a las 18 horas sin que se hubiese firmado ningún protocolo de visita. No hemos tenido jamás conocimiento alguno de la relación que hicieron. Convencido de que esta visita era el primer paso dado con miras a nuestra supresión, deseada desde hacía mucho por todos los progresistas, y observando que los visitadores venían con el deseo de adaptarnos a los cambios realizados en la Iglesia desde el Concilio, decidí precisar mis pensamientos ante el seminario. No podía adherirme a esta Roma que representaban unos visitadores apostólicos que se permitían ver como algo normal e inevitable la ordenación de hombres casados; que no admitían una verdad inmutable y que manifestaban dudas sobre la manera tradicional de concebir la Resurrección de Nuestro Señor. Este es el origen de mi Declaración, redactada, es verdad, con un sentimiento sin duda excesivo de indignación. Pasaron dos meses y medio sin noticia alguna. El 30 de enero de 1975, con una carta firmada por los miembros de la comisión se me invitaba a ir a Roma a “discutir” con ellos «algunos puntos que provocan alguna perplejidad». Respondiendo a esta invitación, me presenté el 13 de febrero de 1975 en la Congregación de la Educación Católica. Sus Eminencias los Cardenales Garrone, Wright y Tabera, acompañados de un secretario, me invitaron a tomar asiento con ellos en torno a una mesa de conferencias. S.E. el Cardenal Garrone me preguntó si no tenía inconveniente en que la conversación fuese grabada y el secretario puso la grabadora. Después de comunicarme la buena impresión que tuvieron los visitadores apostólicos, ya no se volvió a tratar, ni el 13 de febrero, ni el 3 de marzo, de la Hermandad ni del seminario. No se trató ya más que de mi Declaración del 21 de noviembre de 1974 redactada a consecuencia de la visita apostólica. El cardenal Garrone me reprochó con vehemencia esa Declaración, llegando hasta tratarme de «loco», diciéndome que «me creía Atanasio», y así, durante 15 minutos. El cardenal Tabera le apoyó diciéndome que «lo que hacía era peor que lo que hacen todos los progresistas», que «había roto la comunión con la Iglesia», etc. ¿Estaba yo ante interlocutores o ante jueces? ¿Cuál era la competencia de esta comisión? A mí se me decía sólo que la mandaba el Santo Padre y que sería él quien juzgaría. Era claro que ya estaba todo juzgado. Intenté en vano formular argumentos y explicaciones que indicaban el sentido exacto de mi Declaración. Afirmé que respetaba y respetaría siempre al Papa y a los obispos, pero que no me parecía evidente que criticar determinados textos del Concilio y las Reformas que de él se siguieron equivaliese a una ruptura con la Iglesia; que me esforzaba por determinar las causas profundas de la crisis que sufre la Iglesia y que toda mi actuación probaba mi deseo de construir la Iglesia y no de destruirla. Pero no se tomaba ningún argumento en consideración. El cardenal Garrone me aseguraba que la causa de la crisis estaba en los medios de comunicación social. Al final de la sesión del 13 de febrero, lo mismo que de la del 3 de marzo, tuve la impresión de haber sido engañado. Se me invitaba para una conversación y me encontraba con un tribunal decidido a condenarme. No se hizo nada para ayudarme a llegar a un compromiso o a una solución amistosa. No se me dio ningún escrito para concretar las acusaciones ni ninguna admonición escrita. Sólo se me presentó el argumento de autoridad, acompañado de amenazas e invectivas, durante 5 horas de entrevista. Después de la segunda sesión, pedí la copia de la grabación. El cardenal Garrone me contestó que era justo que yo tuviera una copia, que estaba en mi derecho y dio parte a su secretario. Esa misma tarde, envié una persona provista de los documentos necesarios. Pero el secretario afirmó que no se trataba más que de una transcripción. Al día siguiente, fui yo mismo a pedir dicha copia. El secretario se entrevistó con el Cardenal y volvió a decirme que de lo que se trataba era de una transcripción. Me la prometieron para el día siguiente por la tarde. Para asegurarme de que estaba lista, telefoneé a la mañana siguiente. El secretario me dijo entonces que no se me iba a dar una transcripción, pero que podía ir a verla entre las 17 y 20 horas. Ante semejante comportamiento, me abstuve de hacerlo. Así, pues, tras este simulacro de proceso sobre la base de una visita, según se dijo favorable con ligeras reservas, y de dos entrevistas que no se refirieron más que a mi Declaración para condenarla totalmente, sin reservas ni matices ni examen concreto, y sin que se me entregase el más mínimo escrito, recibí, una tras otra, una carta de S.E. Mons. Mamie suprimiendo la Hermandad y el seminario con la aprobación de la comisión cardenalicia y una carta de la comisión,

confirmando la carta de Mons. Mamie sin que se formulase una acusación formal y precisa. La decisión —decía Mons. Mamie— entraba «inmediatamente en ejecución»... Tenía, pues, que despedir inmediatamente del seminario a 104 seminaristas, 13 profesores y al personal, y eso 2 meses antes del final del año escolar. Basta con escribir estas cosas para adivinar lo que pueden pensar las personas que tienen todavía un poco de sentido común y de honradez. ¡Estábamos a 8 de mayo del año de la reconciliación! ¿El Santo Padre tiene realmente conocimiento de estas cosas? Nos cuesta trabajo creerlo. Roma, 30 de mayo de 1975 109

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Un Evêque parle, t. II, págs. 25-28.

3.- CARTA ABIERTA AL PAPA DE 9 DE DICIEMBRE DE 1983 escrita por Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor Antonio de Castro Mayer, Obispo emérito de Campos. Desde hace veinte años la situación de la Iglesia es tal que aparece como una ciudad ocupada. Miles de miembros del clero y millones de fieles viven en la angustia y la perplejidad, a causa de «la autodestrucción de la Iglesia» 110. Los errores contenidos en los documentos del Concilio Vaticano II, las reformas posconciliares y, especialmente, la reforma litúrgica, las falsas concepciones difundidas por los documentos oficiales y los abusos de poder cometidos por la jerarquía, les sumen en la turbación y el desconcierto. En estas circunstancias dolorosas, muchos pierden la fe, la caridad se enfría y el concepto de la verdadera unidad de la Iglesia desaparece en el tiempo y en el espacio. En nuestra calidad de obispos de la Santa Iglesia Católica, sucesores de los Apóstoles, nuestros corazones se sienten trastornados a la vista de tantas almas desorientadas en el mundo entero y que, sin embargo, desean permanecer en la fe y en la moral que han sido definidas por el Magisterio de la Iglesia, y que Ella ha enseñado de manera constante y universal. En esta circunstancia nos parecería que callarnos es convertirnos en cómplices de esas malas obras (cf. 2 Jn. 1, 11). Por eso, considerando que todos los intentos que hemos hecho en privado desde hace quince años han resultado inútiles, nos vemos obligados a intervenir públicamente ante Vuestra Santidad, con el fin de denunciar las causas principales de esta situación dramática y suplicaros que uséis vuestro poder de sucesor de Pedro para «confirmar a sus hermanos en la fe» (S. Luc. 22, 32) la cual ha sido fielmente transmitida por la Tradición Apostólica. A tal efecto nos permitirnos adjuntar a esta carta un anexo que contiene los principales errores que provocan esta situación trágica, y que, por otra parte, han sido ya condenados por Vuestros Predecesores. La lista siguiente enuncia dichos errores, aunque no es exhaustiva: 1. Una concepción “latitudinarista” y ecuménica de la Iglesia, dividida en su fe; condenada particularmente por el Syllabus, nº 18 (Ds 2918) 111. 2. Un gobierno colegial y una orientación democrática de la Iglesia; condenados particularmente por el Concilio Vaticano I (Ds 3055). 3. Una falsa concepción de los derechos naturales del hombre, que aparece claramente en el documento sobre la Libertad Religiosa, condenada en particular, por Quanta cura (Pío IX) y por Libertas praestantissimum (León XIII). 4. Una concepción errónea del poder del Papa (cf. Ds 3115). 5. La concepción protestante del santo Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos, condenada por el Concilio de Trento, sesión 22. 6. Por último, en general, la libre difusión de las herejías, cuyo ejemplo más significativo ha sido la supresión del Santo Oficio. Los documentos que contienen esos errores causan un malestar y desconcierto tanto más profundos cuanto más elevada es la fuente de donde provienen. Los sacerdotes y los fieles más conmovidos por esta situación son, por otra parte, los más adictos a la Iglesia, a la autoridad del Sucesor de Pedro y al Magisterio tradicional de la Iglesia. Santidad, es urgente que desaparezca ese malestar, pues el rebaño se dispersa y las ovejas abandonadas siguen a los mercenarios. Os rogamos encarecidamente, para el bien de la fe católica y la salvación de las almas, que reafirméis las verdades contrarias a esos errores, verdades que han sido enseñadas durante veinte siglos por la Santa Iglesia. Nos dirigimos a Vos con los sentimientos de san Pablo ante san Pedro, cuando san Pablo le reprochó que no seguía «la verdad del Evangelio» (Gal. 2, 11-14). El propósito de San Pablo no era sino proteger la fe de los fieles. San Roberto Belarmino, al expresar a este propósito un principio de moral general, afirma que se debe resistir al Pontífice cuya acción sea nociva para la salvación de las almas (De Rom. Pont. lib. 2, c. 29). Así pues con el fin de acudir en ayuda de Vuestra Santidad, os dirigimos este clamor de alarma, aún con más vehemencia dados los errores, por no decir herejías, del nuevo Derecho Canónico, y por las ceremonias realizadas y los discursos pronunciados con motivo del 5º centenario del nacimiento de Lutero. Realmente está colmada la medida 112.
110 Esta expresión es del Papa Pablo VI, el 7 de diciembre de 1969: «La Iglesia se encuentra en una hora de inquietud, de autocrítica y hasta, podría decirse, de autodestrucción. Es como una perturbación interna, aguda y compleja. Es como si la Iglesia se golpeara a sí misma». [N.d.E.] 111 112

Ds.: abreviación de Enchiridion Symbolorum, de Denzinger Schönmetzer, Herder 1986. Revista Fideliter, supplément au nº 37, págs. 3-5.

4.- CARTA AL PAPA, DE FECHA 31 DE AGOSTO DE 1985, escrita por Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor Antonio de Castro Mayer, antes de que tuviera lugar el Sínodo de los Obispos. Antes de la fiesta de la Inmaculada Concepción, Vuestra Santidad ha decidido reunir un Sínodo extraordinario durante 15 días en Roma, para hacer del Concilio Vaticano II, concluido hace 20 años, «una realidad cada vez más viva». (…) Estos veinte años, según la expresión del Prefecto mismo de la Sagrada Congregación para la fe, han ilustrado suficientemente una situación que desemboca en una verdadera autodemolición de la Iglesia, excepto en los ambientes donde se ha mantenido la Tradición milenaria de la Iglesia. El cambio realizado en la Iglesia en los años sesenta se concretó y afirmó en el Concilio por la Declaración sobre la Libertad Religiosa, que otorga al hombre el derecho natural de estar exento de la coacción que la ley divina le impone de adherir a la fe católica para salvarse, coacción que se traduce necesariamente en las leyes eclesiásticas y civiles sometidas a la autoridad legislativa de Nuestro Señor Jesucristo. Esta libertad de toda coacción de la ley divina y de las leyes humanas en materia religiosa, está inscrita entre las libertades proclamadas en la Declaración de los Derechos del Hombre, declaración impía y sacrílega condenada por los Papas y en particular por el Papa Pío VI en su encíclica Adeo nota, del 23 de abril de 1791, y en su Alocución al Consistorio del 17 de junio de 1793. De esta Declaración sobre la Libertad religiosa dimana como de una fuente envenenada: 1º El indiferentismo religioso de los Estados, incluso católicos, llevado a cabo desde hace 20 años por instigación de la Santa Sede. 2º El ecumenismo llevado a cabo sin descanso por Vos mismo y por el Vaticano, ecumenismo condenado por el Magisterio de la Iglesia y en particular por la encíclica Mortalium animos de Pío XI. 3º Todas las reformas realizadas desde hace 20 años en la Iglesia para complacer a los herejes, a los cismáticos, a las falsas religiones y a los enemigos declarados de la Iglesia, como los judíos, los comunistas y los masones. 4º Esta liberación de la coacción de la Ley divina en materia religiosa favorece evidentemente la liberación de la coacción en todas las leyes divinas y humanas, y arruina la autoridad en todos los ámbitos, especialmente en el de la moralidad. Nosotros no hemos cesado de protestar en el Concilio y después de él contra el escándalo inimaginable de esta falsa libertad religiosa. Lo hemos hecho de palabra y por escrito, privada y públicamente, apoyándonos en los documentos más solemnes del Magisterio de la Iglesia: entre otros, el Símbolo de San Atanasio, el IV Concilio de Letrán, el Syllabus (nº 15), el Concilio Vaticano I (Ds 3008) y en la enseñanza de Santo Tomás de Aquino sobre la fe católica (II a-IIae, q. 8 y 16), enseñanza que fue siempre la de la Iglesia, durante casi veinte siglos, confirmada por el Derecho y sus aplicaciones. Por eso, si el próximo Sínodo no vuelve al Magisterio tradicional de la Iglesia en materia de libertad religiosa, sino que confirma este grave error, fuente de herejías, estaremos en medida de pensar que los miembros del Sínodo ya no profesan más la fe católica.
En efecto, obrarán contrariamente a los principios inmutables del Concilio Vaticano I, que afirma en su sección IVª, capítulo 4, que «el Espíritu Santo no ha sido prometido a los sucesores de Pedro para permitirles publicar, según sus revelaciones, una doctrina nueva, sino para custodiar santamente y exponer fielmente, con su asistencia, las revelaciones transmitidas por los apóstoles, es decir, el depósito de la fe».

En tal caso, no podremos mas que perseverar en la santa tradición de la Iglesia y tomar todas las decisiones necesarias para que la Iglesia conserve un clero fiel a la fe católica, que pueda repetir con San Pablo: «Tradidi quod et accepi»: «Os he transmitido lo que recibí». Santidad: Vuestra responsabilidad está gravemente comprometida en esta nueva y falsa concepción de la Iglesia que arrastra al clero y a los fieles a la herejía y al cisma. Si el Sínodo, bajo Vuestra autoridad, persevera en esta orientación, Vos ya no seguiréis siendo el Buen Pastor. Nos dirigimos a nuestra Madre, la Santísima Virgen María, suplicándole con el Rosario en la mano que se digne comunicaros su Espíritu de Sabiduría, lo mismo que a los miembros del Sínodo, a fin de poner término a la invasión del modernismo en el interior de la Iglesia. Santidad: perdonad la franqueza de este gesto, que no tiene más finalidad que la de rendir a nuestro Unico Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, el honor que se Le debe, así como a su Unica Iglesia, y aceptad nuestros sentimientos de hijos

fieles en Jesús y María 113.

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Revista Fideliter, nº 49, págs. 4-6.

5.- DECLARACIÓN CON MOTIVO DE LA VISITA DEL PAPA JUAN PABLO II A LA SINAGOGA Y DEL CONGRESO DE LAS RELIGIONES EN ASÍS, escrita por Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor Antonio de Castro Mayer, en fecha de 2 de diciembre de 1986. A iniciativa de Roma, se nos ha preguntado si teníamos la intención de proclamar nuestra ruptura con el Vaticano, con motivo del Congreso de Asís. Nos parece que la pregunta tendría mas bien que ser la siguiente: ¿Cree Ud. y tiene la intención de proclamar que el Congreso de Asís consuma la ruptura de las autoridades romanas con la Iglesia Católica? Porque, desde luego, es esto lo que preocupa a los que aun siguen siendo católicos. Es bien evidente, en efecto, que desde el Concilio Vaticano II el Papa y los obispos se alejan cada vez más netamente de sus predecesores. Todo lo que la Iglesia hizo para defender la fe en los siglos pasados y todo lo que hicieron los misioneros para difundirla, incluso hasta el martirio, se considera ahora como una falta de la que la Iglesia tendría que acusarse y pedir perdón. Se considera que la actitud de los once Papas que en sus documentos oficiales desde 1789 hasta 1958 condenaron la Revolución liberal, fue una falta de comprensión del espíritu cristiano que la inspiraba. De ahí el giro completo de Roma a partir del Concilio Vaticano II, que nos hace repetir las palabras de Nuestro Señor a los que venían a arrestarle: «Haec est hora vestra et potestas tenebrarum»: «Esta es vuestra hora y el poder del las tinieblas» (S. Luc. 22, 52-53). Adoptando la religión liberal del protestantismo y de la Revolución, los principios naturalistas de Rousseau, las libertades ateas de la Constitución de los Derechos del Hombre y el principio de la dignidad humana, privada de relación con la verdad y la dignidad moral, las autoridades romanas dan la espalda a sus predecesores y rompen con la Iglesia Católica, poniéndose al servicio de los destructores de la Cristiandad y del Reinado universal de Nuestro Señor Jesucristo. Los recientes actos de Juan Pablo II y de los episcopados nacionales ilustran este cambio radical de la concepción de la fe, de la Iglesia, del sacerdocio, del mundo y de la salvación por medio de la gracia. El colmo de esta ruptura con el magisterio anterior de la Iglesia ha tenido lugar en Asís, después de la visita a la Sinagoga. El pecado público contra la unicidad de Dios, y el Verbo encarnado y su Iglesia hace estremecer de horror. Juan Pablo II alentando a las falsas religiones a rezar a sus falsos dioses: escándalo sin medida y sin precedente. Podríamos repetir aquí nuestra Declaración del 21 de noviembre de 1974, que sigue siendo más actual que nunca. Permaneciendo indefectiblemente unidos a la Iglesia Católica y Romana de siempre, tenemos que constatar que esta religión modernista y liberal de la Roma moderna y conciliar, se aleja cada vez más de nosotros, que profesamos la fe católica de los once Papas que condenaron esta falsa religión. Por lo tanto, la ruptura no viene de nosotros, sino de Pablo VI y de Juan Pablo II, que rompen con sus predecesores. La negación, por parte de estos dos Papas y de los obispos que los imitan, de todo el pasado de la Iglesia, es una impiedad inimaginable y una humillación insoportable para los que siguen siendo católicos, en la fidelidad a 20 siglos de profesión de la misma fe. Por lo tanto, consideramos sin valor todo lo que ha sido inspirado por este espíritu de negación: todas las reformas postconciliares y todos los actos de Roma que se han realizado según esta impiedad 114.

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Fideliter, nº 55, págs. 19-20.

6.- SERMÓN, EN QUE ANUNCIA LA CONSAGRACIÓN DE OBISPOS Pronunciado por Mons. Lefebvre el 29 de junio de 1987 en Écône

No puedo callar ni ocultar que éste ha sido un año muy grave para la Iglesia católica: para nosotros católicos y para nuestros sacerdotes católicos. Como sabéis y consta por escrito, he tenido ocasión de decir que esperaba signos de la Providencia para cumplir los actos que creo necesarios para la continuación de la Iglesia católica. Estoy convencido que estos signos ya se han realizado. ¿Cuáles son? Son dos: Asís y la respuesta que nos ha dado Roma a las objeciones que habíamos planteado sobre la libertad religiosa. Asís tuvo lugar el 27 de octubre último; y la respuesta de Roma a nuestras objeciones sobre los errores del Vaticano II relativos a la libertad religiosa nos ha llegado a principios de marzo, y en sí misma es más grave aún que Asís. Asís es un hecho histórico, una acción. Pero la respuesta a nuestras objeciones sobre la libertad religiosa es una afirmación de principios y eso es muy grave. Una cosa es cumplir simplemente una acción grave y escandalosa, otra afirmar principios graves falsos y erróneos, que como consecuencia tienen en la práctica conclusiones desastrosas. (…) Resulta que en vez de magnificar la realeza de Nuestro Señor Jesucristo ¡se instituye un panteón de todas las religiones! Lo mismo que los emperadores paganos, que hicieron un panteón de todas las religiones, ¡hoy lo hacen las autoridades romanas! Es un escándalo inmenso para las almas, para los católicos, al ver cómo se pone así en duda la realeza universal de Nuestro Señor Jesucristo. Esto es precisamente lo que se llama liberalismo. (…) El liberalismo ha llegado a ser el ídolo de nuestros tiempos modernos, un ídolo hoy adorado en la mayoría de los países del mundo, incluso en los católicos. Esta libertad del hombre frente a Dios, a quien desafía y que quiere hacer su propia religión, y de los Derechos del Hombre sus propios mandamientos, con sus asociaciones laicas, y con Estados y enseñanza laicos y sin Dios. Este es el liberalismo. ¿Cómo puede ser que las autoridades romanas favorezcan y profesen este liberalismo en la Declaración sobre la libertad religiosa del Vaticano II? Esto, a mi entender, es muy grave. Roma está en las tinieblas del error. No podernos negarlo. ¿Cómo podemos soportar, con nuestros ojos de católicos y con mayor razón con nuestros ojos de sacerdotes, el espectáculo que se pudo ver en la iglesia de San Pedro en Asís, dada a los budistas para que celebrasen su culto pagano? ¿Puede pensarse que se les vio cómo hacían su ceremonia pagana ante el sagrario de Nuestro Señor Jesucristo, sin duda vacío, pero tapado por su ídolo, por Buda y eso en una iglesia católica? No podemos pensar en un error más grave. (…) Hace 20 años que voy a Roma, que escribo, que hablo y que envío documentos para decir: “¡Seguid la Tradición! ¡Volved a la Tradición, si no la Iglesia va a su perdición! Vosotros, que tenéis la sucesión de los que construyeron la Iglesia, tenéis que seguir construyéndola y no destruirla”. ¡Pero son sordos a nuestros llamamientos! El último documento que recibimos lo prueba ampliamente: se encierran en sus errores. Se encierran en las tinieblas y conducirán las almas a la apostasía, a la ruina de [la fe en] la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y a la ruina de la fe católica y cristiana. Por eso, si Dios nos lo pide, no vacilaremos en darnos auxiliares para continuar esta obra, pues no podemos pensar que Dios quiera que se destruya y no continúe, y que las almas queden abandonadas y que, por ese hecho, la Iglesia ya no tenga pastores. Tenemos que darnos cuenta de que vivimos en una época excepcional. La situación no es normal, particularmente en Roma. Decidme si ha existido alguna vez algo parecido en la Iglesia. ¿Qué debemos hacer frente a tal realidad? Llorar, sin duda. ¡Oh! Lloramos y nuestro corazón está desgarrado. Daríamos nuestra vida y nuestra sangre para que cambie la situación. Pero, es tal la situación y tal la obra que Dios ha puesto en nuestras manos, que ante esta oscuridad de Roma y ante esta negativa de volver a la verdad y a la Tradición, nos parece que Dios quiere que la Iglesia continúe. Por eso es probable que, antes de entregar mi vida a Dios, yo deba hacer ordenaciones episcopales 115.

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Revista Fideliter, nº 58, págs. 2-7 (homilía del 29 de junio de 1987).

7.- CARTA AL PAPA EN QUE MONS. LEFEBVRE PONE FIN A LAS CONVERSACIONES, 2 de junio de 1988 Si bien las conversaciones y entrevistas con el Cardenal Ratzinger y sus colaboradores se han desarrollado en un clima de cortesía y caridad, nos han convencido que el momento de una colaboración franca y eficaz no ha llegado todavía. Si todo cristiano puede exigir de las autoridades competentes de la Iglesia que protejan la fe de su bautismo, ¿qué decir de los sacerdotes, religiosos y religiosas? Para conservar intacta la fe de nuestro bautismo nos hemos visto obligados a oponernos al espíritu del Vaticano II y a las reformas inspiradas en él. El falso ecumenismo, que es la fuente de todas las innovaciones conciliares —en la liturgia, en las relaciones novedosas entre la Iglesia y el mundo, y en la misma concepción de la Iglesia— conduce a la Iglesia a la ruina y los católicos a la apostasía. Radicalmente opuestos a esta destrucción de nuestra fe, hemos resuelto permanecer en la doctrina y disciplina tradicionales de la Iglesia, especialmente en lo que se refiere a la formación sacerdotal y religiosa. Por este motivo tenemos la absoluta necesidad de contar con autoridades eclesiásticas que compartan las mismas preocupaciones y nos ayuden a defendernos contra el espíritu del Vaticano II y de Asís”... Esta es la razón por la que hemos pedido varios obispos —escogidos en la Tradición— y la mayoría en la Comisión Romana, con el fin de protegemos de todo compromiso. Ante la negativa de considerar nuestras solicitudes, y siendo evidente que la finalidad de esta reconciliación no es de ningún modo la misma para la Santa Sede que para nosotros, creemos ser preferible esperar tiempos más propicios en los que Roma vuelva a la Tradición. Por esta razón, nos vamos a proporcionar los medios para proseguir la obra que nos ha confiado la Providencia, estando asegurados por la carta de su Eminencia el Cardenal Ratzinger —fechada el 30 de mayo— que la consagración episcopal no es contraria a la voluntad de la Santa Sede, puesto que se otorgó la misma para el 15 de agosto. Seguiremos rezando para que la Roma actual, infestada de modernismo, llegue a ser otra vez la Roma católica y vuelva a encontrar su Tradición bimilenaria. Entonces, el problema de la reconciliación no tendrá razón de ser y la Iglesia volverá a tener una nueva juventud 116.

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Revista Fideliter, nº 29-30 junio 1988.

8.- DECLARACIÓN PUBLICA con motivo de la consagración episcopal No hay nada tan urgente, en la Iglesia, como la formación de un clero que repudie este espíritu adúltero y modernista, y salve la gloria de la Iglesia y de su divino Fundador, conservando la fe íntegra y los medios establecidos por Nuestro Señor, y por la tradición de la Iglesia, para conservarla y transmitir la vida de la gracia y los frutos de la Redención. Pronto se cumplirán 20 años de nuestro esfuerzo, paciente y firme, para hacerle comprender a las autoridades romanas la necesidad de volver a la sana doctrina y a la tradición, para la renovación la Iglesia, la salvación de las almas y la gloria de Dios. Pero siguen siendo sordos a nuestras súplicas. Es más, nos piden que reconozcamos la rectitud de todo el Concilio y de las reformas que arruinan a la Iglesia. No quieren tener en cuenta la experiencia que realizamos con la gracia de Dios: el mantenimiento de la Tradición que produce verdaderos frutos de santidad y atrae muchas vocaciones. Para salvaguardar el sacerdocio católico, que continúe la Iglesia católica, y no una iglesia adúltera, se necesitan obispos católicos. A causa de la invasión del espíritu modernista en el clero, que llega incluso a las más altas cimas en el interior de la Iglesia, nos vemos obligados de llegar a la consagración de obispos, habiendo el Papa admitido el hecho de la misma en la carta del Cardenal Ratzinger del 30 de mayo. Estas consagraciones episcopales serán no solamente válidas, sino también, dadas las circunstancias históricas, lícitas. A veces es necesario abandonar la legalidad para permanecer en el derecho. El Papa no puede sino desear la continuidad del sacerdocio católico. Estas consagraciones episcopales no las vamos a realizar, pues, con espíritu de cisma o de ruptura sino para acudir en auxilio de la Iglesia, que se halla sin duda en la situación más dolorosa de su historia. Si nos encontrásemos en tiempos de San Francisco de Asís, el Papa se mostraría de acuerdo con nosotros. En aquellos tiempos felices, la masonería no ocupaba el Vaticano. Afirmamos, pues, nuestra adhesión y nuestra sumisión a la Santa Sede y al Papa. Cumpliendo este acto, somos conscientes de continuar nuestro servicio a la Iglesia y al Papado, como nos hemos esforzado de hacerlo desde el primer día de nuestro sacerdocio. El día en que el Vaticano sea liberado de esta ocupación modernista, y vuelva al camino seguido por la Iglesia hasta el Vaticano II, nuestros obispos estarán plenamente en las manos del Sumo Pontífice, incluida la eventualidad de no seguir ejerciendo sus funciones episcopales 117. *** El clima ya no es para nada el de la colaboración fraterna y de puro y simple reconocimiento de la Fraternidad. Para Roma el objetivo de las conversaciones es la reconciliación, como dice el Cardenal Gagnon en una entrevista concedida al diario italiano L'Avvenire, es decir el regreso de la oveja descarriada al redil. Es lo que yo expreso en la carta al Papa del 2 de junio: «la finalidad de esta reconciliación no es de ningún modo la misma para la Santa Sede y para nosotros». Cuando pensamos en la historia de las relaciones de Roma con los tradicionalistas desde 1965 hasta nuestros días nos vemos obligados a constatar que se trata de una persecución cruel y sin descanso para obligarnos a la sumisión al Concilio. El ejemplo más reciente es el del Seminario Mater Ecclesiae para los que abandonaron Ecône, a los que en menos de dos años se puso a tono con la Revolución conciliar, en contra de todas las promesas. La Roma actual, conciliar y modernista no podrá tolerar nunca la existencia de un brazo vigoroso de la Iglesia Católica, que la condena con su vitalidad. Habrá, pues, que esperar sin duda algunos años para que Roma vuelva a encontrar su Tradición bimilenaria. Nosotros vamos a seguir probando, con la gracia de Dios, que esta Tradición es la única fuente de santificación y de salvación para las almas y la única posibilidad de renovación para la Iglesia 118 (...).

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Revista Fideliter, nº 29-30 junio 1988. Revista Fideliter, nº 29-30 junio 1988.

9.- MANDATO APOSTOLICO. Texto del mandato que se leyó en la ceremonia de consagraciones episcopales del 30 de junio de 1988: «Tenéis un mandato apostólico. —Lo tenemos. —Léase. —Este mandato lo hemos recibido de la Iglesia Romana que sigue siendo fiel a la Santa Tradición recibida de los Apóstoles. Esta Santa Tradición es el depósito de la Fe, que la Iglesia nos manda transmitir fielmente a todos los hombres para la salvación de sus almas. Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, las autoridades de la Iglesia Romana están animadas por el espíritu modernista; han obrado en contra de la Santa Tradición; “ya no sufren la sana doctrina; (…) apartan los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas” como dice San Pablo en su segunda epístola a Timoteo (4, 3-5). Por esto juzgamos que todas las penas y censuras que da la autoridad no tienen ningún valor. En cuanto a mí, que “ya estoy a punto de ser ofrecido en sacrificio, siendo ya inminente el momento de mi partida”, estoy oyendo el llamamiento de las almas que me piden que les den el pan de vida, que es Cristo. Esa multitud me da compasión. Me resulta, pues, una obligación grave transmitir la gracia de mi episcopado a estos queridos sacerdotes aquí presentes para que ellos, a su vez, puedan conferir la gracia sacerdotal a muchos otros santos clérigos, formados según las Santas tradiciones de la Iglesia católica. Por este mandato de la Santa Iglesia Romana siempre fiel, elegimos para el episcopado en la Santa Iglesia Romana a los sacerdote que está aquí presentes, como auxiliares de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X».

10.- HOMILÍA DE LA MISA DE LAS CONSAGRACIONES EPISCOPALES. Es necesario que entendáis bien que no queremos por nada del mundo que esta ceremonia sea un cisma. No somos cismáticos (...). Nuestra intención no es de ninguna manera la de separarnos de Roma ni sometemos a un poder cualquiera, extraño a Roma, y constituir una especie de Iglesia paralela (...). Lejos de nosotros esos indignos pensamientos de alejarnos de Roma. Todo lo contrario: hacemos esta ceremonia para manifestar nuestro apego a Roma, a la Iglesia de siempre, y al Papa y a todos los que han precedido a estos Papas que, desgraciadamente, desde el Concilio Vaticano II, creyeron que tenían que adherirse a errores graves que están demoliendo la Iglesia y destruyendo todo el sacerdocio católico. Nos encontramos en la necesidad de acudir en socorro de las almas. Yo creo que vuestros aplausos hace un momento no fueron una manifestación puramente temporal, sino que yo diría que son una manifestación espiritual, expresando la alegría de tener finalmente obispos y sacerdotes católicos que salven vuestras almas y les den la vida de Nuestro Señor Jesucristo por medio de la doctrina, de los sacramentos, de la fe y del santo Sacrificio de la Misa, del que tenéis necesidad para ir al Cielo, y que está desapareciendo en todas partes en esta Iglesia conciliar, que sigue caminos que no son caminos católicos y que conduce, simplemente, a la apostasía. Por eso hacemos esta ceremonia. Lejos de mí, lejos de mí erigirme en Papa. No soy sino un obispo de la Iglesia Católica que sigue transmitiendo la doctrina: «Tradidi quod et accepi». Esto es lo que desearía que pusieran sobre mi tumba (cosa que, sin duda, no tardará mucho); que pongan sobre mi tumba: «Tradidi quod et accepi». Lo que dice San Pablo: «Os he transmitido lo que he recibido», simplemente. (…) Nos encontramos ante un caso de necesidad. Hemos hecho todo lo posible para tratar de que Roma comprenda que es necesario volver a la actitud del venerado Pío XII y de todos sus predecesores. Monseñor de Castro Mayer, y yo mismo, hemos escrito, hemos ido a Roma, hemos hablado y hemos enviado varias veces cartas a Roma. Hemos tratado por todos los medios de hacer comprender a Roma que desde el Concilio este “aggiornamento”, este cambio que se produce en la Iglesia, no es católico ni conforme a la doctrina de siempre de la Iglesia. Este ecumenismo y todos sus errores, y esa colegialidad; todo eso es contrario a la fe de la Iglesia y la está destruyendo. Por eso, estamos persuadidos de que haciendo hoy esta consagración obedecemos al llamado de estos Papas y, por consiguiente, al llamado de Dios, pues ellos representan a Nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia. “Monseñor ¿por qué detuvo Ud. las conversaciones, que sin embargo parecían tener algún éxito?” Porque nos poníamos en sus manos y, por consecuencia, en las manos de los que nos quieren llevar al espíritu del Concilio y al espíritu de Asís. Eso no puede ser. Por eso hemos enviado una carta al Papa diciéndole muy claramente, “¡No podemos!, a pesar de todos los deseos que tenemos de estar en plena unión con Vos”. Dado este espíritu que reina ahora en Roma y que nos quieren comunicar, preferimos seguir en la Tradición y guardarla, esperando que esta Tradición vuelva a encontrar su lugar en Roma y en las autoridades romanas y en el espíritu de ellas. Esto durará lo que Dios ha previsto. Yo no soy quién para saber cuando la Tradición recuperará sus derechos en Roma, pero pienso que es mi deber dar los medios para hacer lo que llamaré esta “operación supervivencia” de la Tradición. Esta jornada es la operación supervivencia. Si la hubiéramos hecho con Roma, siguiendo acuerdos firmados y procurando ponerlos en práctica, habríamos hecho la operación suicidio. Vosotros sabéis bien, queridos hermanos, que no pueden haber sacerdotes sin obispos. Si mañana Dios me llama (cosa que no tardará mucho), ¿de quién recibirían la ordenación sacerdotal todos estos seminaristas que están aquí? ¿de los obispos conciliares cuyos sacramentos son dudosos, pues no se sabe exactamente cuales es su intención? Eso no puede ser. No puedo, en conciencia, dejar huérfanos a estos seminaristas, ni tampoco puedo dejaros huérfanos a vosotros, desapareciendo sin hacer nada para el futuro. No puede ser; sería contrario a mi deber. Por eso, con la gracia de Dios, hemos escogido a los sacerdotes de nuestra Hermandad que nos han parecido más aptos y al mismo tiempo que están en circunstancias, lugares y ejerciendo funciones que les permiten más fácilmente cumplir las funciones episcopales: dar las confirmaciones y poder ordenar en nuestros diversos seminarios. Con la gracia de Dios creo que, junto con Mons. de Castro Mayer, con esta consagración vamos a dar los medios para continuar la Tradición; y darles a los católicos que lo deseen los medios para mantenerse en la Iglesia de sus padres, abuelos y antepasados, para la que se fundaron las parroquias y todas esas bellas iglesias que tenían hermosos altares y que, con frecuencia, han sido destruidos para poner en su lugar una mesa, manifestando así el cambio radical que se ha realizado desde el Concilio en relación al Santo Sacrificio de la Misa, que es el corazón de la Iglesia y, también, la finalidad del sacerdocio.

INDICE
PRIMERA PARTE: Biografía SEGUNDA PARTE: Selección de Textos Cap. 1.- La jugada maestra de Satanás Cap. 2.- La crisis de la Iglesia Cap. 3.- La Santa Misa Cap. 4.- El sacerdocio católico Cap. 5.- La libertad religiosa Cap. 6.- Las misiones y el ecumenismo Cap. 7.- La constitución de la Iglesia Cap. 8.- La tradición, regla de oro Cap. 9.- La Hermandad de San Pío X Cap. 10.- ¿Qué hacer? TERCERA PARTE: Apéndices. 1.- Declaración del 21 de noviembre de 1974 2.- Relación de la manera en que la “comisión de los tres Cardenales” procedió para concluir en la decisión de suprimir la Hermandad Sacerdotal San Pío X y su seminario 3.- Carta abierta al Papa de 9 de diciembre de 1983. 4.- Carta al Papa, de fecha 31 de agosto de 1985 5.- Declaración con motivo de la visita del Papa Juan Pablo II a la Sinagoga y del Congreso de las religiones en Asís. 6.- Sermón en que anuncia la consagración de obispos 7.- Carta al Papa en que Mons. Lefebvre pone fin a las conversaciones 8.- Declaración pública con motivo de la consagración de obispos 9.- Mandato Apostólico. 10.- Homilía de las consagraciones episcopales