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HORA SANTA (32)

EL DIOS DEL CORAZÓN


San Pedro Julián Eymard, Apóstol de la Eucaristía

Iglesia del Salvador de Toledo (ESPAÑA)


Forma Extraordinaria del Rito Romano

 Se expone el Santísimo Sacramento como habitualmente.


 Se canta 3 de veces la oración del ángel de Fátima.
Mi Dios, yo creo, adoro, espero y os amo.
Os pido perdón por los que no creen, no adoran,
No esperan y no os aman.
 Se lee el texto bíblico:

D
DEL EVANGELIO
SEGÚN SAN MARCOS
10, 13-18
Acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los
discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo:
«Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de
los que son como ellos es el
reino de Dios. En verdad os
digo que quien no reciba el
reino de Dios como un niño,
no entrará en él». Y
tomándolos en brazos los
bendecía imponiéndoles las
manos.
Cuando salía Jesús al camino,
se le acercó uno corriendo, se
arrodilló ante él y le preguntó:
«Maestro bueno, ¿qué haré
para heredar la vida eterna?».
Jesús le contestó: «¿Por qué
me llamas bueno? No hay
nadie bueno más que Dios.
EL DIOS DEL CORAZÓN
Sentite de Domino in bonitate
“Pensad dignamente del Señor
en lo tocante a su bondad” (Sab 1, 1)

I.-Al homenaje exterior y al respeto instintivo debe unirse el


respeto de amor; el primero honra la dignidad de Jesucristo; el
segundo su bondad: el primero es el respeto del siervo; el segundo,
el del hijo.
Jesucristo concede mayor valor a este último, y si nos
contentáramos con aquel respeto que le honra exteriormente, sería
como quedarnos a la puerta: Jesucristo quiere, sobre todo, que
honremos su bondad.
En la ley antigua sucedía de otro modo: Dios había escrito sobre su
templo: “Temblad cuando os aproximéis a mi santuario”.
Había necesidad de hacer temblar a aquellos judíos carnales y se
les conducía por el temor.
Ahora, después de haberse encarnado Jesucristo, quiere que le
sirvamos por amor, y ha escrito en su tabernáculo: “Venid a mí
todos, y Yo os consolaré; venid, pues soy manso y humilde de
corazón”.
Durante su vida mortal se conquistó el título de bueno, y sus
discípulos y aun sus mismos enemigos le llaman: Magister bone,
maestro bueno.
Pero en la Eucaristía quiere ahora recibir este dictado de bueno, de
maestro bueno; lejos de cambiar, ha hecho más extensiva su
familiaridad con nosotros, deseando que pensemos en su ternura,
que se sienta consolado nuestro corazón y que la felicidad de verle
sea la que nos lleve a sus pies.
Esta es la razón de su velo sacramental. Este velo se extiende por
razón de la grandeza más que en pos de la bondad: si Jesucristo
no velase su gloria, nos detendríamos en ella sin llegar a su
corazón: seríamos judíos, y Jesucristo quiere que seamos hijos.
Por esto nuestro señor Jesucristo no pide el respeto exterior sino
como primer paso para llegar hasta su corazón y a la paz
permanente que en él se encierra.
Si viéramos a Jesucristo en la plenitud de su grandeza,
temblaríamos y caeríamos al suelo, sin poder jamás hacer un acto
de amor. ¡Ah, todavía no estamos en el cielo!
En algunos libros no se habla más que de la majestad de Dios, lo
cual no me parece mal si es así como de paso; pero detenerse
mucho en estas consideraciones y hacer que en ellas consista toda
nuestra oración, eso no es bueno, y además cansa.
Pero en presencia de nuestro señor Jesucristo, tan bondadoso, se
pasan una o dos horas de oración sin ninguna tensión de espíritu:
¿que sobrevienen algunas distracciones? ..., pedimos perdón por
ellas, y cuantas veces nos importunen, pues esto no es fatigoso,
mayormente sabiendo que siempre seremos perdonados. De lo
contrario, al ver que se repiten las distracciones, dejaríamos la
oración completamente desalentados.

II.- Considerando su bondad, honramos a nuestro señor Jesucristo.


Esta consideración le hace, por decirlo así, trabajar, toda vez que
su bondad no puede comunicarse sino a lo que está por debajo de
ella; así, colocándome en lo más bajo y haciéndome pequeñuelo, le
fuerzo en cierto modo a que me inunde de sus gracias y de las
dulces efusiones de su corazón. Se hace uno entonces igual a los
pobres y pequeñuelos, a quienes tanto amaba Jesucristo, y se le
puede decir:
“Vos sois bueno; ved aquí dónde podéis dar rienda suelta a vuestra
bondad”.
Entonces se habla con Jesús.
De otro modo, sucede como cuando se presenta uno delante del
rey, que empieza a temblar, pierde el dominio de sí mismo y no
sabe qué decir.
La Eucaristía, con soberana dulzura, hace elocuentes las lenguas de
los niños; y todos nosotros somos niños.
La bondad de la Eucaristía comunica mayor facilidad y suavidad a
nuestras plegarias. Propendemos a engreírnos por las gracias
recibidas, como si fuésemos propietarios de ellas, y esto no agrada
a Jesucristo, quien nos las da solamente prestadas para que las
hagamos fructificar en su provecho; por eso deja que las
distracciones vengan a humillarnos. Quisiéramos orar sin padecer
distracciones, y como esto no es posible, se nos ocurre dejar la
oración pensando que no hacemos más que desagradar a Dios.
¡No es así! Invocad en vuestro favor la bondad de Jesucristo, y
nada tendréis que temer por vuestras faltas: la misericordia os la
perdonará allí está en persona delante de vosotros.
III.- Este culto de amor debe alentarnos para acercarnos con
confianza a la presencia de Jesús sacramentado.
Personalicemos su amor en nosotros diciéndole: “Señor, heme
aquí; soy yo, a quien tanto habéis amado y esperado tanto tiempo;
yo, a quien ahora mismo tendéis vuestros brazos”. Este
pensamiento dilatará vuestro corazón.
Decid con firme persuasión que Jesucristo os ama personalmente,
porque no puede uno permanecer insensible a este pensamiento.
Por otra parte, este es el secreto para llegar al verdadero
recogimiento. Para recogeros en nuestro Señor, sin que por eso
dejéis de obrar y de cumplir las obligaciones de vuestro estado,
penetraos de la bondad de Jesucristo y así vuestro corazón obrará
en Él. En esto consiste el recogimiento. Al mismo tiempo vuestro
espíritu quedará libre e independiente y podréis darle la dirección
que os convenga. El corazón se impone y gobierna la cabeza: en
ella influye eficazmente.
Así la presencia de Dios aprovecha para todo; en tanto que si el
espíritu está de continuo bajo la impresión de la majestad y de la
grandeza, se destruye o se debilita su vigor por efecto del
cansancio y pierde de vista a Dios u olvida sus deberes. El
recogimiento del corazón es el verdadero. Reducida es la medida
de inteligencia que
Dios ha puesto en nosotros y presto se agota, en tanto que la
capacidad del corazón es inmensa.
El corazón siempre puede amar más, y la presencia de Dios en el
corazón se compagina con todo; esta presencia nos comunica
fuerzas y alientos para no desfallecer; con ella se siente que Dios
es bueno y misericordioso y se vive en su bondad.
Un sirviente asalariado corre, vuela, a la señal de su amo; pero no
se lo agradece porque lo que él honra es el salario. Mas la
obediencia filial tiene un perfume imposible de reemplazar con
nada y que no fatiga: es afectuosa y sin vanidad.
Nuestro Señor lo exige de nosotros: concede a los padres una parte
de ella y todo lo demás de la misma lo reserva para sí.
¡Démosle, en fin, todo nuestro corazón!
Cuando estemos en su presencia rindámosle el honor de este
respeto instintivo y profundo por razón de su majestad. Pero
pasemos de aquí a su bondad y en ella descansemos. Manete in
dilectione mea. –Permaneced en mi amor.