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Motivos para rezar los salmos

P. Luis Alonso Schökel

1. Es como un niño que comienza a pronunciar con sentido las primeras palabras: papá, mamá.
Las ha pronunciado primero su madre, han descendido por su interior, hasta tropezar
con un instinto que las estaba esperando, que casi las reconoce y las hace rebotar hacia fuera. En
boca de la madre eran un agacharse enseñando; en boca del niño son una llamada, que distingue
y une.
Se repite el movimiento con nuevas palabras, y sus conjugaciones; ya con frases que se
desmontan y se recomponen. Ahora no basta el secreto instinto: el niño tiene que entrar en
situación, escuchar en ella las palabras del padre, de los conocidos; así va aprendiendo la lengua
de ellos.
¡Qué difícil entender al infante! (infante significa, precisamente, «sin habla»). ¿De qué
se queja, dónde le duele, qué pide? ¿Qué significa su sonrisa, su llanto? Bienestar y malestar son
datos demasiado genéricos y vagos, incluso para la madre. Pero cuando el niño aprende el
lenguaje materno, puede darse a entender. Ya puede pedir y contar, puede preguntar mucho y
contestar un poco, puede comunicar y comunicarse. Y cuando se queda solo, aprende a hablar
consigo mismo, y su fantasía se hace a la mar del lenguaje descubierto.
«Como un padre educa a su hijo, así Dios educa a su pueblo» (Dt 8,5). Parte esencial de
esta educación es enseñarle a hablar para entenderse con Dios. No le falta al hombre un como
instinto que responde confusamente a Dios; con él llega a emitir quejas inarticuladas de infante.
Dios mismo le enseña el lenguaje de entenderse con Dios: para que sepa quejarse
articuladamente, decir dónde le duele y qué necesita, para que sepa razonar su sonrisa y gozo,
para que pueda unirse a sus hermanos en canto al unísono, para que sepa, a solas ante Dios,
derramar en palabras el desborde de su corazón.
Un día el hijo mayor ayudará a los siguientes en este aprendizaje de la lengua.

2. «Israel es mi hijo primogénito» (Ex 4,22).


Israel como pueblo escuchó la palabra de Dios, que hablaba por boca de profetas, y tuvo
que aprender a contestar. Fue un aprendizaje lento, a lo largo de su vida: tuvo que pasar por
variadas situaciones para aprender en ellas, de la mano de Dios, las palabras rectas con que
quejarse o pedir o agradecer. Dios enseñó a Israel su lengua en vivo, no en abstracto: cuando
reza Israel, las palabras le salen de dentro, no repite de memoria una lección. Por eso suena su
respuesta con tanta vida.
Como la vida de Israel es su historia, poco a poco su respuesta a Dios fue recogiendo y
embalsando las más variadas situaciones de su vida e historia. Algunas situaciones se repetían
en el ámbito de la vida ciudadana o internacional, otras eran únicas; algunas abarcaban a toda la
comunidad del pueblo, otras eran propias de individuos particulares.
Cuando Israel toma la palabra ante Dios, lo hace con dos actitudes fundamentales y
otras complementarias: alabanza o agradecimiento y petición o súplica son las dos primeras, que
se acompañan de júbilo, dolor y confianza. Muy importante es la actitud penitencial del hombre
que pide perdón a Dios. Es frecuente la actitud reflexiva que medita sobre la vida humana o la
historia.
Cuando hablamos de Israel, nos referimos a experiencias comunitarias, no a sus
formulaciones. Un número desconocido de escritores dieron voz y forma a la experiencia
religiosa del pueblo y a su respuesta frente a Dios. Todos adoptaron la forma poética, cada uno
según su propia inspiración y capacidad artesana: escribieron los versos, planearon la
composición, crearon o variaron las imágenes. Los hubo prosaicos, armados de artesanía y
buena voluntad, los hubo imitadores de mediano talento; también los hubo originales y unos
cuantos merecen un puesto en la literatura universal. Usaron un lenguaje poético, convencidos
de que era el más apropiado para la oración. Escribieron una poesía rica en símbolos
elementales, ceñida y escueta en la descripción, muy apasionada y nada sentimental, construida
con claridad.
3. «Fueron escritos para nosotros, a quienes nos ha tocado vivir en la etapa definitiva» (1Cor
10,11).
Aunque no lo sabían, en el plan de Dios estaban viviendo y hablando para nosotros.
Viviendo para darnos ejemplo y lección, pronunciando para prepararnos un lenguaje. Como si
toda su vida e historia hubiera sido sacra representación: para ellos vida, dolor y gozo en carne
viva; para nosotros representación, presencia y revelación. Como si el repertorio de oraciones lo
escribieran para la posteridad, pero ensayándolo en vivo, para que ni fuese ni sonase a falso.
Ahora nos toca a nosotros tomar esas palabras y hacer de ellas la expresión de nuestra
existencia cristiana. Nuestro esfuerzo no ha de ser despojarnos de la conciencia de nuestro siglo
ni menos de la experiencia cristiana; más bien será asimilar en nuestra vida las oraciones que
otros escribieron para nosotros. Para conseguirlo procuraremos escuchar al hombre que habla en
los salmos, abriéndonos a sus sentimientos, hasta que sus palabras nos penetren y nos salgan
desde dentro, como nuestras. Además nos fijaremos en los símbolos que pueblan estas oraciones
y que crecen y expanden su capacidad de sentido: luz y tinieblas, sed y agua, tierra y camino,
aromas y frescura, soledad y ausencia, morada y destierro... Todo formas concretas, pero no
estrechas y cerradas. Tales símbolos pueden encontrar resonancia fácil y profunda en nuestra
experiencia humana y cristiana, y pueden así convertirse en el lenguaje de nuestra oración.
El Espíritu nos sugiere la primera invocación cristiana, que es llamar a Dios «Abba =
Padre». Nos lo dice san Pablo y añade que «nosotros no sabemos expresar lo que deberíamos
pedir, pero el Espíritu en persona intercede a través de nuestros quejidos inarticulados» (Rom
8,26). Después el Espíritu nos va enseñando a articular nuestra oración, poniendo en nuestras
manos y bocas las oraciones inspiradas de la Escritura. En ese momento empezamos a ser ado-
lescentes y hemos de colaborar con el Espíritu, aprendiendo con nuestro esfuerzo su lenguaje.
No pensemos que a la primera todos los salmos se nos someterán y los sentiremos como
propios, tampoco pensemos que todos los salmos son para todos en cualquier circunstancia. El
libro de los Salmos es un repertorio y como tal se ha de usar: por una parte, con fidelidad, para
no desterrar de nuestra espiritualidad componentes esenciales (por ejemplo, la alabanza, la sed
de justicia, el respeto sobrecogido); por otra, con libertad, para reconocer el momento de nuestra
vida, de nuestra comunidad, del ciclo litúrgico en la Iglesia.
Tampoco tengamos miedo de cambiar y adaptar en privado; demos tiempo a estas
palabras para que resuenen y se dilaten. Y un día, aprendido su lenguaje, quizá seamos capaces
de componer otras oraciones a su semejanza.
El libro de los Salmos es como un árbol, que plantado junto a la corriente da fruto en su
sazón. La corriente es el río de la vida y el río de la historia. De vida humana y de historia
humana chupa el árbol su savia. El río que pasa tendido se encarama hasta ser ternura en las
hojas y zumo en la pulpa. Árbol arraigado en tierra: barro de los hombres que muertos han dado
vida a este árbol milagroso, «no se marchitan sus hojas». «Da fruto en su sazón»: un fruto para
las cuatro estaciones de la vida -tierna primavera, fogoso verano, henchido otoño, deshojado
invierno-; frutos para los cuatro sabores de la vida, con sus mezclas y variedades. El que coma
de este árbol vivirá.