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La etnografía del habla: hacia una lingüística de la praxis

Alessandro Duranti

2. La etnografía del habla y la Sociolingüística comparten el estudio de la relación entre la


lengua, el pensamiento y la sociedad. Lejos de las concepciones tradicionalistas, en las que se
intenta establecer una universalidad a partir del análisis de unidades aisladas, el centro de estudio
de estas dos corrientes radica en el análisis del uso del lenguaje tal y como se lo presenta en la vida
social de una comunidad lingüística. A diferencia de la Sociolingüística, la etnografía del habla (EH)
centra su estudio en una comunidad lingüística concreta en un plano local. La Sociolingüística, en
cambio, y al “contener” dentro de su campo a la EH, no se concentra en planos locales, sino que da
cuenta de las variaciones entre sociedades y grupos diferenciados, como forma de contribuir al
aporte de otras ciencias como la antropología u otras ramas de la Lingüística.
Estas dos corrientes comparten la necesidad de colocar el foco de atención en una
competencia comunicativa (Hymes, 1982), que comprenda la competencia lingüística o gramatical
desarrollada por Chomsky (1977), pero que integre además los códigos de pertinencia y la relación
de los códigos lingüísticos con otros aspectos como los gestos, las miradas, etc. Pero mientras la EH
entiende a esta competencia como una praxis humana que encierra todas las interacciones a través
del lenguaje (de forma directa o indirectamente, voluntaria o involuntariamente, consciente o
inconscientemente) o en ausencia de él (ciertas habilidades de organización interculturales sin que
exista necesariamente una designación particular para aquello), la Sociolingüística recoge datos
para reflexionar sobre ellos, pero con el fin de dar muestra de una generalización de situaciones
comunicativas en distintos contextos de uso, de cómo producir y entender adecuadamente ciertas
expresiones lingüísticas sin colocar el foco en las habilidades de los hablantes de controlar lo que se
dice por medio de lazos no necesariamente fonémicos, por lo que su inclinación está más cercana
al término acuñado por Canale (1983) de competencia sociolingüística.
Esta diferencia está estrechamente vinculada a lo que la EH define como evento
comunicativo. La EH, al igual que la Sociolingüística, reúne datos del habla real sin reducir estas
notaciones a principios independientes y abstractos, pero mientras la segunda pretende a partir de
aquello establecer ciertos patrones a fin de explicar las variaciones lingüísticas (según el origen
étnico, la edad, el sexo, la clase social, etc.), los procesos de adquisición de la lenguas, la elección de
una u otra lengua en comunidades bilingües, entre otras implicancias, la EH aúna estos elementos
para indicar cómo en un contexto de situación, en un evento comunicativo en particular estos
componentes moldean la vida de las personas comprendiendo cómo la forma y el contenido de la
conversación diaria constituye la actividad social en la que el habla tiene lugar. Esto comprende
entonces notaciones no solo objetivas, sino también subjetivas (como la intuición) e intersubjetivas
(participación de la vida de los sujetos estudiados).
Estos elementos hasta aquí descriptos conforman parte de las similitudes y diferencias entre
la EH y la Sociolingüística.

3. La EH estudia el uso del lenguaje tal y como se desarrolla en la vida cotidiana de una
comunidad lingüística concreta, y en consecuencia, el habla: repertorio verbal de los hablantes. En
la lingüística tradicional, más específicamente en los postulados de Ferdinand de Saussure (1916),
el objeto de estudio de la lingüística era la lengua: una parte del lenguaje de carácter homogéneo,
integrada por signos lingüísticos de naturaleza psíquica. Por lo tanto, una primera tensión entre el
campo de la etnografía con las teorías tradicionalistas es que el objeto de estudio de la EH es el
lenguaje, hecho concreto, heterogéneo y físico. Para el estructuralismo, en cambio, es la lengua,
hecho abstracto, homogéneo y psíquico. Estas diferencias llevaron a la lingüística tradicional a
acuñar los términos opuestos langue y parole. La etnografía del habla, como también la
sociolingüística, centrará su análisis en el habla y el estructuralismo en la lengua.
Otra tensión que se presenta entre estas teorías es que la EH no separa los elementos que
configuran su análisis, sino que estudia el discurso en su totalidad, en situaciones determinadas. En
estas instancias hay una interrelación entre el contenido de la interacción verbal de los hablantes y
la forma o modelos de variación, tanto emergente como predecible en el desarrollo de la vida social.
La lingüística tradicional, en cambio, separa su análisis en unidades (signos) y establece la forma o
estructura, que regirá las reglas del sistema de la lengua a partir de la relación entre significado y
significante que conforman el signo lingüístico, postulando que la lengua “es forma y no sustancia”
(Saussure, 1916).
Por último, la etnografía designa un papel activo del habla, no solo se centra en lo que se
dice sino en qué se hace con aquello que se dice. Por oposición a esto, la lingüística estructuralista
con relación al sistema de la lengua es estática y contemplativa, hecho demostrado en la supremacía
que Saussure le otorgaba a la sincronía por sobre la diacronía.
4. La EH pone de manifiesto la capacidad del lenguaje de actuar como instrumento de reflexión
y acción sobre el mundo en un contexto dado. La información contextual se reconstruye no solo en
el lenguaje sino mediante el empleo de intuiciones en el comportamiento, tanto lingüísticas como
metalingüísticas. Los etnógrafos del habla, por lo tanto, consideran que el uso lingüístico debe
interpretarse como el uso de los códigos lingüísticos en el desarrollo de la vida social, y es en la
acción de determinado contexto donde los signos adquieren significado y funcionan tal y como lo
hacen. Duranti cita a Wittgenstein para reforzar esta idea, ya que para el filósofo el significado de
un término depende de su uso y del contexto lingüístico en el que se utiliza. El concepto desarrollado
por Wittgenstein (1958) para explicar esto es el de los “juegos del lenguaje”, que define como los
distintos contextos de uso en los que un mismo término puede emplearse de distintas formas, aún
en un mismo momento histórico. Estos juegos del lenguaje están atados a una determinada forma
de vida y es allí donde desaparece la idea de lengua como “ilusión” para adquirir significado
mediante su uso en el contexto apropiado.

5. La noción de contexto es definida por Duranti como el lugar al que se recurre siempre que
en el análisis lingüístico formal aparecen dificultades o dudas, a fin de despejar ambigüedades. Este
concepto fue ampliado por Malinowski (1935) como “el contexto pragmático en el que se enuncian
la correlación entre el sonido, el contexto, la acción y el aparato técnico (…) tipo de instrucciones,
condiciones o educación por el que las palabras adquieren un significado”. Esto significa que el
contexto no puede separarse de la situación comunicativa: hablantes efectivos y potenciales,
dimensiones espacio-temporales de la interacción y los objetivos de los participantes. Por lo tanto,
el contexto incluye dentro de sí otras corrientes que estudian esos componentes.
La comunidad de habla es el contexto más amplio de interacción verbal y se define como un
grupo de personas que comparte las reglas para interpretar una lengua o una variante lingüística,
pero si bien este grupo comparte una “homogeneidad lingüística”, es en relación con la noción más
abarcativa de contexto donde adquiere otro nivel, el de los aspectos emergentes de una misma
comunidad que no tienen que ver con las regularidades del manejo de determinada variación
lingüística, sino con distintos usos dentro de una misma comunidad de habla, como medio de
establecer lazos de solidaridad en el desarrollo de la vida social. En este punto, comunidad de habla
se asimila al concepto de evento comunicativo, ya que ambos elementos conforman una actividad
social y moldean las interacciones verbales constituyendo un evento social en el que podrían
explicarse, por ejemplo, por qué y cómo una comunidad que comparte una misma variación
lingüística, no comparte los mismos usos ni las mismas manifestaciones, motivaciones,
comportamientos en los distintos contextos de interacción. Por lo tanto, el evento comunicativo se
presentaría como la herramienta capaz de analizar el comportamiento lingüístico de una comunidad
de habla. Su campo es menos extenso, pero da cuenta de detalles sobre las conductas sociales y
personales que van más allá de las muestras de grupos que comparten una misma lengua.
Más allá de que Hymes (1964), haya propuesto una aproximación de rasgos y componentes
que podrían conformar distintos eventos comunicativos, no hay una teoría general que relacione
los distintos componentes y conformen un principio universal. Esto es porque tomando en cuenta
la noción de contexto antes desarrollada, sería imposible abarcar algo tan complejo y multiforme.
Como explica Duranti “lo que puede ser formal en un contexto no lo es necesariamente en otro” y
por eso los métodos que utiliza la EH en la notación de los eventos comunicativos son tanto
objetivos como subjetivos e intersubjetivos. Esto explica que para la EH, el lenguaje en el evento
comunicativo sea una acción, una praxis sobre la que siempre se está trabajando y que llega a incluir
formas de organización que no tienen aún una designación para determinadas interacciones en una
comunidad.
Otra corriente adoptada por la EH que interviene en el contexto es el acto de habla
desarrollado por Austin (1975). Al igual que el resto de los componentes analizados, describe la
situación en la que se enuncian las palabras y los diferentes usos en distintos contextos, pero al
contrario del evento comunicativo, se sostiene en normas públicas compartidas y delimitadas que
explican las distintas funciones e intenciones de los hablantes. Esta teoría comprende la relación
entre la realidad subjetiva del hablante, la forma lingüística elegida y la respuesta de la audiencia.
De todos modos, sostiene Duranti, no es posible comprobar una estabilidad en las intenciones de
los hablantes, por lo que este concepto no puede agotarse en sí mismo ya que no puede explicar la
variación de las intenciones de los hablantes en las distintas culturas y contextos. Esto conlleva a
que no puede separarse del contexto, que es el que establecerá la relación del concepto de Austin
y otros aspectos de las teorías locales de la comunicación y la interpretación (la habilidad del
hablante de “controlar” la interpretación de lo que dice, la relevancia de la “sinceridad” para
cualquier acto de habla, etc.).

6. Hymes (1972) propone una especie de “guía” que permite discernir los rasgos relevantes
del evento comunicativo incluyendo 16 componentes agrupados en ocho apartados mediante el
acrónimo S P E A K I N G (Settings and Scene/Situación: Circunstancias físicas y escenas;
Participants/Participantes: hablante/emisor, remitente, oyente/receptor/audiencia, destinatario;
Ends/Fines: resultados, propósitos; Act sequences/Secuencias del acto comunicativo: forma y
contenido del mensaje; Key/Clave: tono; Instrumentalities/Instrumentos: canal y forma de habla;
Norms/Normas: de interpretación e interacción y Genres/géneros: tipo de acto).