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Tijuanologías

colección el clan, número 15

Heriberto Yépez

Tijuanologías

Heriberto Yépez Tijuanologías Libros del Umbral Universidad Autónoma de Baja California

Libros del Umbral

Universidad Autónoma de Baja California

Primera edición, mayo de 2006

© 2006 Heriberto Yépez

© de esta edición:

Universidad Autónoma de Baja California Álvaro Obregón y calle Julián Carrillo s/n, colonia Nueva 21100 Mexicali, Baja California

Libros del Umbral, S. A. de C. V. Avenida de la Vereda 12, altos 2, Villa Coapa 14390 Tlalpan, D. F. librosdelumbral@prodigy.net.mx

Portada de

isbn 968-5115-xx-x

derechos reservados conforme a la ley

Impreso y hecho en México

Printed and made in Mexico

Introito

  • L a disparidad económica entre México y Estados Unidos es la más grande que exista entre dos países

vecinos en todo el mundo. Uno de los resultados es la formación de inmensos asentamientos industriales y urbanos. Como efecto de los nuevos ímpetus económi- cos y políticos (el tlc , el Gatt), la urbanización transfronteriza está produciendo alguno de los más des- concertantes patrones de colonización y acumulación de

capital en Estados Unidos. El boom de las maquiladoras (fábricas de firmas estadunidenses que contratan mano de obra mexicana barata, que además están exentas de ciertas regulaciones, tarifas y aranceles) a través de la frontera México-Estados Unidos ha multiplicado la población de la región hasta ascender a 12 millones de personas. El costo humano, ambiental y de salud, sin embargo, está cerca de ser catastrófico… La trans- nacionalización de las relaciones económicas y de los mercados está haciendo que se fusionen diversos com- ponentes culturales dentro de regiones económicas únicas que incorporan límites internacionales en su in- terior. Estas unidades transfronterizas a la vez erosionan y trascienden los límites metropolitanos, nacionales y

estatales… Como resultado, el territorio fronterizo se ha convertido en una cotizada zona de bienes raíces, y los patrones de asentamiento están siendo profunda- mente alterados; la infraestructura, la inversión y la población están migrando y provocando lo que podría ser la forma dominante de con-urbanización de las si- guientes décadas: los Estados Fronterizos o Border- States.

Sanford Kwinter en Mutations (Rem Koolhaas et al.)

Primera parte

Tijuanologías

Ensayo urbano en diez postales

Hay más cantinas en Tijuana que construcciones. The Nation (1888)

Del otro lado del arroyo seco, lindero, común de los dos países, se extiende la carretera polvorienta que, después de un corto tra- yecto, conduce al caserío de madera, pequeño y pobre, designado en los mapas con el nombre de Tijuana…

José Vasconcelos, “Visiones californianas” ( 1919)

Tijuana es un play box. Al menos lo es por su escaparate; que, por lo íntimo, bien puede que sea otra cosa… Y es que de Tijuana no se ve sino una calle, la calle nocturna donde a un cabaret si- gue un bar, al bar una tienda de curiosidades falsas, a la tienda otro cabaret, a éste un bar, al bar un hotel, y luego otro cabaret y otro bar…; así, durante un kilómetro que cuesta trabajo re- correr con el estómago en su sitio.

Fernando Jordán, El otro México (1950)

Me agrada el movimiento de la ciudad moderna, como Nueva York… mientras que en San Diego la densidad es cubierta; lo

cual es parte de la atracción que sentimos hacia Tijuana, al cru- zar la frontera, donde el viejo sentido de la ciudad está más que vivo. Hay una densidad de calles y gente que realmente aprecio…

Jerome Rothenberg, The Riverside interviews (1984)

Desde principios del siglo XX hasta hace unos quince años Tijuana había sido conocida por un casino (abolido en el gobierno de Cárdenas), cabarets, dancing halls, liquor stores, a donde los norteamericanos llegaban para eludir las prohibiciones sexua- les, de juegos de azar y bebidas alcohólicas de su país; la instala- ción reciente de fábricas, hoteles modernos, centro culturales y el acceso a una amplia información internacional la volvieron una ciudad moderna y contradictoria, cosmopolita y con una fuerte definición propia… Durante los dos periodos en que estudié los conflictos interculturales del lado mexicano de la frontera, en Tijuana, en 1985 y 1988, varias veces pensé que esta ciudad es, junto a Nueva York, uno de los mayores laboratorios de la posmodernidad. Néstor García Canclini, Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad (1989)

Tijuana and San Diego are not in the same historical time zone. Tijuana is poised at the beggining of an industrial age, a Dickensian city with palm trees. San Diego is a postindustrial city of high impact plastic and despair diets. And palm trees. San Diego faces west, looks resolutely out to sea. Tijuana stares north, as toward the future. San Diego is the future—secular, souless. San Diego is the past, guarding its quality of life. Tijuana is

the future… Taken together as one, Tijuana and San Diego form the most fascinating new city in the world, a city of world- class irony.

Richard Rodríguez, Days of obligation. An argument with my Mexican father (1993)

Tijuana está a la mitad de un florecimiento artístico que ha lla- mado la atención desde ejecutivos de televisión hasta curadores

de museos de Nueva York y Tokio. Artistas de todas las ramas están re-examinando la cultura híbrida de Tijuana, la cual se desarrolla entre los lujos de San Diego y una vida de fábricas que puedo haber sido pintada por Diego Rivera…

“The new cultural Meccas of the world”, Newsweek (2002)

Dicen que hay un afrodisiaco que se llama “mosca española” y bastan una o dos gotas para poner a alguien en un estado de frenesí sexual incontrolable. Nadie que yo conozca ha visto una mosca española sino exclusivamente un amigo de un amigo (ah, claro, olvidaba decir que la fuente de todo rumor es el amigo de un amigo de un amigo…). Pero la mosca española, se me dijo, podía comprarse en Tijuana. Todo puede ser comprado en Tijuana. Ese, por cierto, es otro rumor… Lewis Baltz dentro de Urban Rumors, proyecto curado por Hans Ulrich Obrist (Suiza)

I. Aduana. ¿Quereis saber qué es vivir en la frontera?

(Tijuana es el Estados Unidos de México: yeah, right)

T ijuana mata. Si tantos escritores han preparados unos párrafos o unas frases acerca de Tijuana, ello

se debe a que más que una ciudad, es una religión o una mitología maldita. Tijuana es una mujer que enloque- ce, una mujer que no se puede olvidar, ya sea profirien- do de ella mentiras o insultos, una mujer apasionante y terrible, una ciudad que consume y autodestruye. Personalmente no he tenido amor más grande en mi

vida que la pasión confusa que experimento por Tijua- na, una obsesión que no excluye la crítica y que más bien alienta el paulatino repudio. A Tijuana se le ama con locura, a modo de amor narcótico. Tijuana es adictiva. Ninguna ciudad mexicana ha despertado más el mor- bo que la ciudad de México o Tijuana. La ciudad de México por su pavoroso tamaño, por el peso piramidal de su pasado; Tijuana por su tenebrosa juventud, por la sombra negra de sus calles y, sobre todo, por el temor que nos inspira lo que ella realmente significa respecto a toda nuestra cultura. Una ciudad con todo el futuro del mundo globalizado pero sin ningún porvenir. Como toda ciudad que se vive hasta lo más profundo, Tijuana asesina.

Richard Rodríguez lo ha dicho muy sabiamente. “Tijuana es un parque industrial en las afueras de Mineápolis. Tijuana es una colonia de Tokio. Tijuana es un taller de trabajo intenso en Taiwán” ( Days of obligation. An argument with my Mexican father , 1992). Tijuana no es una ciudad. Tijuana es lo que sucede con una ciudad. Tijuana es una condición post-urbana. Tijuana es lo que sucede cuando estallan los contrastes. Cuando ya casi se han hecho imposibles las luchas de atracciones y resistencias. Tijuana es una imán que sangra. Por eso mismo se trata de una ciudad que pertenece a los archivos dispersos de la literatura internacional, ya que vivir en la frontera no es solamente vivir en medio de estadísticas inverosímiles y, a la vez, entre imágenes callejeras irrefutables, sino también existir en la frontera significa dejarse arrastrar por seudoproblemas y trasuntos. Vivir aquí es volver al mitote de los mitos, verse obli- gado a profesar —ante ciertas visitas, ciertos vecinos, ciertos expertos— un esoterismo de pacotilla. Escribe algo sobre Tijuana y te convertirás en una cita. Escribe algo sobre esa ciudad y ya serás adicto a su autoengaño. A su sed de cada vez caer más bajo. Tijuana es una ciudad vacía. Ello ninguno de nosotros lo puede negar. Por eso su gusto por las drogas, el party, los asesina- tos y, por otra parte, la vida anónima de las maquilas. Tijuana es narca. Tijuana es prostituta. Tijuana es es- peranza. Hablar de la frontera es hacerse un mistagogo de es- quina. La frontera es esto y esto y esto; la frontera se-

gún fulano es aquello y no lo otro. El discurso sobre la frontera ha enloquecido. Gringos, mexicanos, españoles, no importa quién sea, Tijuana es una piruja de la que puedes decir cualquier cosa. Acerca de ella, cualquier cosa puede ser compro- bada. En términos de ideología, Tijuana es una pesadilla. Vivir aquí es ser personaje, porque en la frontera no hay habitantes sino arquetipos. La frontera no tiene vida: tiene metafísica —escuchad su pedo.

Con ustedes, el Pollero, con ustedes, el Turista, con ustedes, la Puta, con ustedes, el Híbrido, con ustedes, el Migrante.

Cada uno pasa a ser un teatrero o, mejor dicho, un nick electrónico. Hablar de la Frontera es usar mayús- culas. Estar al corriente de la prensa, de la bibliografía, de la última teoría. Ah, y siempre saber cuál ha sido el neologismo más reciente. Cuál la ganga académica. Qué criminal ha sido recién electo. Discutir la Bilateralidad, la División, el Posmoder- nismo, la Línea. Vivir aquí es no saber, de pronto, si los de la mesa de junto están hablando en tan alta jerga metafísica o en fronterismos comunes y corrientes: los oyes hablar del bordo, de pasar al otro lado, los oyes describir los tres grados de la mística: “Caminar prolongadamente”,

“Dormir en la intemperie”, “Chocar con el punto”; los oyes hablar del regreso del hijo pródigo, de la que es- pera allá, los oyes hablar de dar el salto, y tras un amo- roso lance haber sido regresados por la migra. En la Frontera todos somos, aunque sea involunta- riamente, mistagogos. Vivir en la Frontera es residir en medio de una insos- pechada ateología. Una ontología en desfalco. La sospe- cha de que esto se dirige a ser menos o más que una ciu- dad, el laboratorio de lo que adviene. En este sitio todo es arrastrado a términos de fenomenología o de mística. Una mística xxx, por cierto.

II. Del rancho de Tía Juana a Television Town

El infierno visto desde dentro

De inmediato proliferaron las cantinas y los centros de vicio en toda la frontera de México, incluyendo a Tijuana. De esta épo- ca es la célebre cantina de esta ciudad, La Ballena, cuya barra —de 170 metros de largo— se anunciaba orgullosamente como la más grande del mundo… David Piñera, Historia de Tijuana (1985)

T ijuana está situada a la extrema izquierda de Mé- xico y Latinoamérica. El último punto del idioma

español y la ciudad latinoamericana más septentrional, y la urbe más sureña en donde se decontruye el inglés, as some others would add. Es una ciudad ubicada en un medio árido, poco propicio para el desarrollo natural, factor que no ha evitado que haya llegado a ser la ciu- dad con más maquiladoras en todo el país. Quizás en el mundo. Lo peor de Tijuana, sin embargo, es que está destinada a ser sustituida en el imaginario real por otras Tijuanas, ciudades todavía peores. No es una casualidad que a zonas de paso y desfalco social, ya sea en Centro- américa o en la mente, se les llame Tijuanitas. Uno de sus alias, por supuesto, es Maquilópolis o Maquilandia. Tijuana tiene muchos apodos. Uno para cada rasgo suyo. “Restarle cualquiera de sus facetas la haría menos Tijuana. Más que una ciudad, Tijuana se ha convertido en un concepto”, escribe Luis Humberto Crosthwaite. Tijuana es ya varias ciudades y, de hecho, es una ciudad que está partiéndose en dos. La vieja

Tijuana, la que acapara todas las leyendas, y la Tijuana detrás del cerro colorado, la Tijuana de la explosión demográfica, las invasiones más recientes, esa zona que a fines del siglo xx contaba con casi un millón de habi- tantes y ya comenzaba a llamarse la Nueva Tijuana. Pero de esa Tijuana hablaremos en otro momento. En este libro, hablaremos de la Tijuana simbólica, de la Tijuana del discurso finisecular. De una ciudad mori- bunda, de una piel de serpiente mutando. “TJ” pertenece a la península de Baja California, el rincón más aislado de la República mexicana. Una par- te de la población siempre ha creído que la península debería separarse de México. Otros están casi seguros que los mapas mienten y la península, en realidad, es una isla. Cuando la falla de San Andrés separe las placas tec- tónicas, ese sueño va a cumplirse. Al norte, Tijuana colinda con San Diego, California, y al este con el oceáno Pacífico y su agua helada, poco turística, que en la actualidad está contaminada por aguas negras y desechos de las numerosas industrias transnacionales situadas en la zona. Tijuana es todo un combo de situaciones extremas. Quizá la prueba más fe- haciente de que podemos sobrevivir al apocalipsis. El nombre de la ciudad probablemente significa “tie- rra seca” en lengua yumana (Llantijuan) o ha sido una derivación de alguna otra familia lingüística indígena de los grupos nómadas que habitaban la región antes de la llegada de los misioneros españoles. En este sentido, Ti- juana no significa sino tierra yerma, páramo o desier-

to. Coincidencias de la jodida vida habernos llamado de este modo, haberse burlado de nosotros así. Vivimos en una ciudad cuyo nombre significa Wasteland. Es curioso, sin embargo, que comúnmente se expli- que el nombre por la existencia de una mujer poderosa o terrateniente llamada Juana. La Tía Juana. Como si quisiéramos hacernos creer que habitamos una mujer, o proveninos de lo materno, y no de este desbarajuste moderno, de esta ciudad sin piedad. Se ha establecido que la fundación de la ciudad se remonta a 1889. Pero ésa no es más que una fecha retrospectiva. Para ese año la ciudad ya era conocida en Estados Unidos como una ciudad con más cantinas que casas. El escamoteo de la etimología real de Tijuana pare- cería un dato aparentemente insignificante, pero ya nos sugiere una de las claves de la cultura fronteriza: prefe- rimos borrar todos los símbolos indígenas del signo Ti- juana, y por eso se inventó la leyenda boba de que el nombre procedía de una mítica ranchera llamada Tía Juana, teoría ya totalmente desechada por los tijuanó- logos. Una verdadera imbecilidad ranchera. Y es que, a diferencia de otras partes de la República mexicana, el mestizaje con los habitantes originales no parece haber sido sistemático. De los grupos indígenas de la región (killiwás, cucapás, pai pai, cahuilla y akuala) prácticamente todos están en vías de desaparición y vi- ven en comunidades apartadas, muy similares al siste- ma en que viven los indígenas norteamericanos. A Ti- juana, como ciudad, su pasado indígena no le interesa en absoluto. En ese sentido, Tijuana es más una ciudad

californiana que una ciudad mexicana. Tijuana es la ca- pital de la California Wanna Be. México alguna vez tuvo 170 idiomas, cuando Tijuana fue fundada tenía 100, en el 2000 la nación sólo tenía ya 62 —lo cual la hace la segunda nación con más len- guas, solamente después de la India—, pero las lenguas indígenas oriundas de la frontera están desapareciendo, y en pocos años seguramente no habrá una sola de ellas, ya que parte del proyecto de Tijuana como fantasía po- lítica es la continuación del genocidio light, impercep- tible. Tijuana es una ciudad que cree no tener raíces, es una ciudad de raíces arrancadas. Quizá por eso los neo- zapatistas decidieron nombrar a su plan para unir todas las fuerzas de la sociedad civil La Realidad-Tijuana. El neozapatismo en Tijuana, sin embargo, posee poco eco. Tijuana está mareada. En lo que respecta a la falta de mestizaje entre los in- dígenas de la región y los inmigrantes, la relación que se estableció con los habitantes nativos definitivamen- te está inspirada más en el modelo norteamericano que en lo que sucedió entre españoles e indígenas mesoame- ricanos. En la sociedad fronteriza contemporánea, los indígenas nativos son invisibles. De hecho, una de las glorias del racismo local presume como una de sus jo- yas genealógicas que en Baja California el mestizaje no existió. Los padres españoles que aquí vinieron a cris- tianizar, por cierto, fueron brutales. En su contra, hubo más de una rebelión. Pero como toda brutalidad, la conquista se impuso. A fines del siglo xix, el boom económico de Cali-

fornia había inspirado la idea de comenzar la vida ur- bana en Tijuana. La construcción de casas comenzó al- rededor de la calle Olvera, que después sería conoci- da como la avenida Revolución, mundialmente famosa por su vida nocturna desparpajada y barata para los ex- tranjeros. Monumento horizontal al cheap tourism. La ciudad parecía, se repite siempre, un pueblo del Old West estadunidense. De toda esa época no hay demasiada documentación histórica. La única certeza es que vivía orientada hacia San Diego y de espaldas al resto de la República mexicana. Tijuana nació como una ciudad sin madre, una limosnera huérfana; proxeneta de sí misma. La historia de Tijuana nos la cuentan algunos enga- ñosos planos urbanos y, sobre todo, postales turísticas. Cuando los historiadores se proponen investigar la ciu- dad, la mayor parte de lo que hallan es documentación basura, fantasías, como si de esta ciudad no se pudiera hacer historia sino solamente literatura. O peor aún, Tijuana Bibles . Esas publicaciones do- mésticas de índole obscena que fueron las precursoras de Playboy o Hustler. Dibujos animados perversos que adoptaron a principios del siglo xx el nombre de Tijua- na para ser todavía más pusilánimes y obscenos. El Censo de 1900 indica que Tijuana contaba con 242 habitantes. Desde que en 1898 se abrió la base na- val de San Diego, seguramente en algunos momentos dentro de la ciudad habían tantos o más turistas que tijuanenses. En ese tiempo, la frontera podía ser cruzada sin necesidad de documentos. La frontera era porosa hacia ambas direcciones.

Durante esa primer década, Tijuana fue consolidán- dose, lentamente, como ciudad del vicio. Se realizaban apuestas y carreras. Incluso una legislación federal se creó en 1908 para regular tales actividades en la fron- tera. Pero tuvo que ser desactivada porque los norte- americanos lo exigieron, pues tales medidas del gobier- no mexicano podían, según ellos, propiciar que la zona fronteriza se llenara de figuras de dudosa reputación, lo cual era totalmente falso, ya que la zona ya estaba llena de tales linduras. Tijuana, desde principios de siglo, fue paulatinamente controlada por la mafia. En el 2004, la mafia llegó directamente al palacio municipal. Con la llegada de Jorge Hank al poder —acusado de asesinar al periodista Héctor El Gato Félix y envuelto en toda suerte de rumores acerca de actividades ilícitas—, la vuelta del Partido Revolucionario Institucional a la al- caldía en lo que se denominó la “marea roja” (debido al color que usaban en toda su parafernalia), una marea roja que, por cierto, avisaba que Tijuana había llegado al momento en que arrojaba a sí misma todo lo que te- nía de sangriento, todo lo que tenía de muerto, Tijuana cumplía en las urnas su propia condena. Se declaraba orgullosamente corrupta. Y es que a principios del siglo xxi, los capos de la de- lincuencia organizada llegaron, literalmente, al poder. Para ese momento, además, el Cártel de Tijuana ya lle- vaba dos décadas de controlar el tráfico de la droga y ser la organización criminal más poderosa de Latinoamé- rica, incluso con mayor poder que los cárteles colom- bianos. Esta situación ya iba siendo creada desde prin-

cipios del siglo xx, con los primeros top cats de las apues- tas y el crecimiento del negocio de la prostitución y el alcohol. Paradójicamente, cuando Tijuana eligió lo peor para sí se habló, como nunca antes, de conservar su Buena Imagen. La leyenda negra que llegó oficialmente al poder en el 2004, sin embargo, había nacido más de un siglo antes. El primer acontecimiento de la historia oficial de la región ocurrió en 1911, cuando los célebres revolucio- narios mexicanos Ricardo y Enrique Flores Magón con- centraron su lucha en la región —paralela al levanta- miento maderista en el sur del país— y en un momento establecieron, con ayuda de un equívoco contingente de extranjeros “filibusteros”, una comuna anarquista inde- pendiente de México, inaugurando así los planes siem- pre presentes de la autonomía de la península o de la cultura tijuanense. Los únicos que estaban excluidos de esa heterotopía, según el Plan del Partido Liberal, eran los chinos. Los Flores Magón habían salido a fines de 1910 de prisión en Estados Unidos (por violar las leyes de neu- tralidad) y apenas regresaron a la libertad decidieron levantarse en armas. Sus fuerzas, comandadas por an- glos, por cierto, tomaron como una de sus primeras medidas re-abrir las cantinas y los juegos de azar para fortalecer sus fondos. Unos meses después, sin embargo, las fuerzas anarquistas fueron derrotadas debido a su desorganiza- ción parcial. Hasta la fecha, se acusa a los Flores Magón

de vendepatrias e incluso existe en Tijuana un monu- mento dedicado a las fuerzas del dictador Porfirio Díaz que “defendieron” el territorio. Ésta es una de las pri- meras historias inauditas de la frontera y que injusta- mente ligaron a la región con el “extranjerismo”, el “malinchismo” y el supuesto deseo innato de la región de anexarse culturalmente a Estados Unidos. Todo este paisaje cobraría más fuerza por la propia dinámica económica de la ciudad, forzosamente ligada a la vida de California. En el mismo 1911, en California, se prohibieron las cantinas y las apuestas de caballos y en 1920 entró en vigor la Ley Volstead, que prohibía la venta y producción de alcohol en todo el país. La llamada “Ley Seca” le dio un impulso fabuloso al desarrollo nocturno de Tijuana, donde ya en 1916 se había abierto el Hipódromo de Agua Caliente, y duran- te toda esa década proseguía su vínculo central con la vida nocturna y lo ilegal, que había comenzado desde el siglo xix. Gracias a la Ley Seca, la ciudad acusada de querer anexarse a Estados Unidos y traicionar a la cultura na- cional durante la revolución magonista, se convertía así en la metrópolis de la perdición, norteamericanizada desde los empleados hasta los visitantes, desde los letre- ros hasta los hoteles:

Durante la década de los años veinte el panorama que fun- da el arquetipo de Tijuana como ciudad del vicio por an- tomasia, es inequívoco: decenas de cantinas dispuestas a saciar la sed de los prófugos de la ley seca, caravanas de

automóviles que cruzan diariamente la frontera para per- derse en la complicidad de la noche, centros de recreación que lo son en la medida que posibilitan la inversión del tiempo libre (casas de juego) o propician actitudes grega- rias entre sus clientes (burdeles), casinos de fama interna- cional a donde acuden tahúres profesionales, estrellas de cine o en vías de serlo… y su contraparte: tráfico de dro- gas, vida nocturna disipada, apuestas en la ruleta rusa, galgos y caballos… [Humberto Félix Berumen, “Tijuana In: La parábola del mal o la creación de un mito”, 1998 .]

De la época gangsteril de los años veinte, pues, na- ció la llamada “leyenda negra de Tijuana” que hasta la fecha (versión Windows xp) sigue determinando la per- cepción de la frontera mexicana con Estados Unidos (TJ: la escena de todos los crímenes). En referencia a esta leyenda, una de las definiciones que ha tenido Tijuana ha sido precisamente su cualidad de paseo de la fama. Durante los años veinte del siglo pasado, Tijuana era el afterparty ground del medio holly- woodense, que impedido a descarriarse y megabeber en suelo norteamericano (la Ley Seca imperaba en el país y difundía el alcoholismo off ground) organizaba sus jolgorios, fandangos y pachangas en el ex rancho de la Tía Juana, que si nunca existió, por lo menos nadie nunca dudó que era buenísima anfitriona. Gracias a ese contacto hollywoodense y la Ley Volstead, Tijuana se hizo un photo-op cultural del who’s who internacional. Aquí estuvieron Buster Keaton y Al Capone, Charles Chaplin y Clark Gable, los hermanos

Marx y los hermanos Flores Magón, Bing Crosby y Rita Hayworth, antes conocida como Margarita Cansino, que salía en el famoso Casino a abrir la “Tarde mexica- na” paseando un burro con un mecate; el mismo hot burro que luego en la imaginación erótica de los turis- tas se tira polvos con mexicanas morenas y calientes en cantinas zoofílicas, a las cuales los taxistas locales te pueden conducir. Tijuana era canófila, barata y “mexicana”. Tijuana había sido creada a la fuerza, como una virgen que al día siguiente de ser violada tiene que tomar el puesto de madame. Tijuana ya era una ciudad insalvable. Una ciu- dad que crecía para satisfacer al machismo. Tijuana era una ciudad perdida. Adicta. Ruleta rusa en un mini-neo-Viejo Oeste, licor adul- terado, americanos comprando a los sherifes nativos, todo esto será el fundamento estereotipado de la leyen- da negra que terminará (provisionalmente) hasta que el Tata Lázaro Cárdenas, el presidente mexicano que sim- boliza el nacionalismo, prohibió los juegos de azar ( 1935 ) y provocó que el Casino de Agua Caliente se convirtiese en, nada menos, ¡que la única preparatoria federal del país! Las crónicas locales sobre la grandeza ancestral (el Casino de Agua Caliente es nuestra era cuaternaria con todo y fantasmas) abundan en la rela- ción de esta época de gangsterismo, galgódromo, avio- netas y estrellato. Todos estos negocios, como sucede hasta la fecha con la vida nocturna de Tijuana, estaban controlados por norteamericanos. Pero la fama perseverará gracias a la segunda guerra

mundial y con ella vuelve a renacer, después de un bre- ve lapso, la gran noche tijuanense: la ciudad se llena de marines provenientes de San Diego que, antes de zar- par a Oriente a matar japoneses, chupan tequila y me- xicanas. Desde entonces los cronistas que llegan a la ciudad siguen viendo a los marines (aunque ya no ven- gan tanto) como símbolo natural de “la urbe más vicia- da del planeta”. En la actual plaza Santa Cecilia, una placita céntrica donde conviven los vendedores de esculturas de yeso y otras “fregaderas”, los bares gay y las cantinas oldies donde se reúne la intelectualidad bohemia a discutir quién de ellos es la diva más atractiva, existía hasta hace poco un penoso paseo de la fama que quiere imitar ran- cheramente al de Hollywood. Quizá las manos en ce- mento más notables fueron las de José José, el cantan- te mexicano del dolor amoroso y el alcoholismo en vías de convertise en cocainomanía. Ese paseo, por cierto, fue destruido cuando a esa plaza tradicional mexicana llegó McDonalds en el 2001, y se instaló el reloj de la ciudad, un arco que recuerda poderosamente al arco de esta transnacional, haciendo que, en la burla local, la ciudad sea simbolizada actualmente por una alusión al arco del triunfo de Ronald McDonald. El poeta cuba- no José Kozer, de visita, la llamó, atinadamente, McTijuana. Una ciudad artificial, de arquitectura pusmoderna, de anarquitectura comercial y autoconstrucción caótica. La ciudad de paso, pues, ha generado siempre nue- vas actualizaciones de una mitología de decadencia o

extraña notoriedad ayudada de datos folclóricos, desde la leyenda urbana que cuenta que el rockero paradigmá- tico de la guitarra sesentera, Carlos Santana, salió de Ti- juana directo a Woodstock, o el hecho de que Tijuana sea en el presente el mayor basurero de llantas usadas de todo el mundo. La ciudad del reciclaje interminable. Tijuana Re: Re. Tijuana es la ciudad de paso o de visita por excelen- cia en el mundo civilizado. Por eso la postal es nuestro género artístico predilecto. (Las fotografías prueban que no miento.) Hay ciudades a las que uno viaja para co- nocerlas. Esas ciudades son París, Londres, Lima o Seattle. Hay ciudades a las que uno viaja no para cono- cerlas (ahí, en realidad, no hay nada digno de ver) sino que se llega para decir que estuvimos ahí. (Las ciuda- des que el Turismo moderno inventó). I was here, him and her were also here, everybody one time or another has been here, anyway… El I was here es el graffiti men- tal al que todos recurrimos aunque sea una vez en la vida para confirmar que los quince minutos de fama también pueden hacerse valer en el espacio. ¡En el futuro todos tendremos quince días en Tijuana que nos harán famo- sos! Ven y tómate la foto. Esto explica, por otra parte, la constante visita de in- telectuales fuereños que llegan a Tijuana en busca de emociones fuertes (un comportamiento típicamente norteamericano, que no difiere demasiado del de cual- quier teenager) y persisten en esta costumbre de pisar y tatuar en algún lado su estancia tijuanense. Todos, al- guna vez, hemos querido estar en Tijuana. Hacerle sa-

ber a todos que I was here y como prueba ofrezco estas frases célebres, estas descripciones fantásticas, las gre- guerías de lo gregario, las crónicas de lo bárbaro urba- no. Tijuana se ha vuelto un rito de pasaje. ¿Cuál es el encanto de Tijuana? Que estar aquí te ha- cer ingresar a una élite selecta de personalidades que han visitado y escrito sobre el sitio y unirte a las masas deshumanizadas que migran y se nortean en la urbe. Vaya regocijante combinación: los happy few y el lumpen-migrante. ¿Quién podría resistir esta fórmula mágica? Por ello Krusty The Clown, Fernando Jordán, Charles Bukowski, Cabrera Infante, Manu Chao, Ale- jo Carpentier, Raymond Chandler, Manuel Puig, Henry Miller, Juan Goytisolo, Jay Leno, José Revueltas o Ja- vier Cercas han tenido algo que decir sobre Tijuana. Quizá por esta proliferación de discursos es que el ayun- tamiento de Tijuana a fines del siglo (1997) creyó inte- ligente (sic) registrar el nombre de Tijuana para evitar que siguiera creciendo descontroladamente el discurso sobre la ciudad y se la siguiera ligando con el narcotrá- fico o la ilegalidad en general. ¿No es insólito que el nom- bre de la ciudad sea una marca registrada? La medida, por supuesto, fracasó y era ilegal en sí misma. Pero dice bastante de cómo ha crecido la especulación tijuano- lógica desde la televisión hasta el mundo académico. ¿Por qué se ha dicho tanto sobre Tijuana? Creo que porque se ha convertido en un signo que representa temores o fuerzas inconscientes y desempeña un papel importante en la conformación del discurso nacional oficial. A la clase media y sus agravantes les gusta oír,

escribir y visitar Tijuana porque ven en ella la oportu- nidad de convertir la realidad en espectáculo. Tijuana es la ciudad de los shows. (La Meca de la neta.) Aquí se realizan los striptease más sobrevaluados del mundo, aunque la industria erótica está mucho más desarrolla- da en el centro del país que en Tijuana. (Cuando un tijuanense depravado va a la ciudad de México se sien- te subdesarrollado.) Pero a nadie le sorprende la pros- titución en la ciudad de México porque allá está com- puesta de sexoservidoras, mientras aquí, en cambio, es protagonizada por beautiful ladies: come down, sir, we have a nice show for you. Gran parte del encanto de Ti- juana es su lenguaje. Ese lenguaje de hibridismo, remix y remate de todos los signos, esa impureza donde lo otro es asimilado en su cliché más barato. Su constante sabotaje de todo significado. Su perver- sión lingüística. Todo lo que nos aburre en otras partes es espectacu- lar en suelo tijuanense. Ése es el pacto secreto. Lo mis- mo ocurre con los migrantes. Los migrantes son el es- pectáculo predilecto de todo el centro de la República, que no se acuerda que hasta hace tres días esos migran- tes eran sus monótonos y jodidos vecinos. Lo maravi- lloso de que la realidad sea un espectáculo es que es más cómodo. Si no estamos en el mundo, sino en un show, entonces no somos corresponsables sino espectadores (¡qué chingón!); no tienes porqué sentirte culpable (ay, compadre, qué alivio que usted me diga eso), sino sen- tarte, ver y divertirte a lo grande. Ver un reportaje so- bre Tijuana es mejor que ver Big Brother; Tijuana no

es una urbe sino una reality city. Y en esa hiperrealidad todos podemos ser actores o web cams. Así que com- premos el boleto de avión. Yo, por mi parte, creo que si estamos de acuerdo en que Tijuana es el medio donde la vida se convierte en espectáculo a control remoto, donde la existencia se hace transmisión en vivo desde el lugar de los hechos, pues por lo menos a los tijuaneses se nos debería pagar salario (de actores, extras, camarógrafos o maqullistas de acuerdo con nuestro papel), se nos subsidie o beque para continuar este show, cuyo fin es brindar nocturno esparcimiento e informar tragicómicamente al Gran Pueblo de México y a Occidente las cosas que ya saben perfectamente. O de ser posible y si un productor me está escuchando en estos momentos, que se acuerde que Tijuana deje de ser una ciudad y pase a ser una teleno- vela interactiva. (Propongo que ese supernovelón his- tórico se llame “Ustedes los pobres”.) Además de que Tijuana ya tiene una relación esencial con la televisión:

de cada diez televisores que hay en toda la Tierra, siete se hicieron en Tijuana. (Éste ha sido otro capítulo más de nuestra serie “Cifras para levantar las cejas y sacar de onda a tus cuates” patrocinada por la empresa “Estadís- ticas para decir aunque usted no lo crea”). (Exploit the data!) Tijuana, en todos sentidos, es Television Town. Así que, pues, tijuanicémonos todos lo más pronto posible. Bienvenidos a la globalización. Globcult TJ style!!!

III. De Juan Soldado, violador y patrono de los indocumentados

Vuelta a la metafísica de la chingada

Y sonriendo maliciosamente, continuó:

—Es que Juan Soldado tiene un Tesorero y a veces una Te- sorera que vienen a recoger semanariamente las limosnas y sin duda se las llevan a depositar al Banco, por lo que yo creo que, sucediendo esto durante más de treinta años, este Juan ha de tener una respetable suma a su nombre. La gente que pasaba, al oír nuestras risotadas, debe de ha- ber pensado que estábamos locos porque, ¿quién sale de un pan- teón hecho unas pascuas, muriéndose de risa? Olga Vicenta Díaz Castro, alias Sor Abeja, en Leyendas de Tijuana (1990)

  • L a historia crucial de la mitología tijuanense no es precisamente el anarquismo de 1911, las apariciones

de los fantasmas del Casino de Agua Caliente o la tor- pe leyenda de la hacendada y solterona Tía Juana, sino un peculiar acontecimiento ocurrido en 1938 que lo mismo fascina a los historiadores y académicos que a las clases bajas. El 13 de febrero una niña de ocho años lla- mada Olguita fue reportada como extraviada. Al día si- guiente el cadáver fue encontrado en condiciones la- mentables. La niña había sido violada y estrangulada. (Otros dicen que fue descuartizada.) Durante esas mis- mas horas se detuvo a un soldado raso, sencillamente llamado Juan. El mito había nacido. La indignante noticia rápidamente atravesó la ciudad

(prácticamente un pueblo propiedad de los norteame- ricanos) y al anochecer ya se había formado un contin- gente de personas que exigía a las autoridades locales que se hiciera justicia o les fuera entregado el culpable, para lincharlo. Así resume los hechos el sociólogo J. M. Valenzuela:

El 16 de febrero de 1938, considerado por la prensa como “el día sangriento de Tijuana”, se movilizaron más o me- nos 1500 personas que, enardecidas, pretendían linchar a Juan Castillo Morales por la violación y el estrangulamien- to de la niña Olga Camacho. Los furiosos manifestantes incendiaron el palacio municipal y la estación de policía, generándose un ambiente de extrema agitación que tras- tocaba de conjunto la vida de la ciudad, motivo por el cual la línea internacional fue cerrada y el jefe de bomberos de San Diego, John E. Parrish, consideró la situación como de asunto internacional. Muchos manifestantes fueron arrestados, otros murie- ron en los enfrentamientos, que incluyeron intercambios de balazos con la policía; la gente demandaba el derecho de linchar a Juan Soldado, quien finalmente fue fusilado el día 17 de febrero de 1938 , a la edad de 24 años, cuando pú- blicamente se le aplicó la “ley fuga”. Al día siguiente del “ajusticiamiento”, la señora García depositó una piedra sobre el sitio donde cayó muerto Juan Castillo Morales y puso un letrero que decía: “Todo el que pase por aquí ponga una piedra y rece un Padre Nuestro”; de esta manera, las piedras se fueron acumulando; fueron creciendo como la imagen, la fama y las virtudes de Juan

Soldado [“Por lo milagros recibidos. Religiosidad popu- lar a través del culto a Juan Soldado” (1992) en Entre la magia y la historia.]

El rumor decía que la niña era hija de uno de los lí- deres del movimiento en contra de la expropiación del Casino de Agua Caliente, realizada por la presidencia de Lázaro Cárdenas; la violación, se argumentaba, era una intimidación política del gobierno. Se establecía que la protesta popular violenta había tenido menos que ver con la violación de una menor que con la presión de un sindicato (la crom) para desacreditar al gobierno después de que tres semanas antes se había cerrado el Casino y sus intereses se habían visto afec- tados. Las crónicas relatan que entre los gritos de jus- ticia contra el acto nefando se mezclaban los gritos por la reapertura de las apuestas en el casino expropiado. Con este acontecimiento confuso, la reciente pobla- ción tijuanense nacía de golpe como sociedad civil ac- tiva o manipulada. Su enojo crecía, por cierto, por la noticia (mítica o fidedigna) de que la misma mujer del soldado había entregado sus ropas ensangrentadas, evi- dencia de su culpabilidad o, por lo menos, participación en el crimen. La foto de Juan Castillo Morales, por cierto, lo de- jan ver como un tipo de cuidado que nada se parece a la imagen que aparece en las miles de estampitas reli- giosas que lo conmemoran y santifican. La foto que apa- reció en los periódicos lo muestra con un cigarro en las manos y la mirada cínica, rodeado de rejas, como cono-

ciendo que se volvería inmortal en una ciudad como Tijuana. De esta forma, las inmediaciones del 14 de febrero (día del amor y la amistad) se convirtieron en Tijuana en las fechas en que la frontera fue cerrada y la coman- dancia y el palacio de gobierno fueron incendiados. La celebración del amor y la amistad se transformó, en la frontera, en la fecha en que las puertas son cerradas y el odio popular o los intereses oscuros explotan en las calles. Tijuana como desastre social y bomba de tiem- po había nacido. Unos días después, el sospechoso fue puesto en ma- nos del fuero militar y se le aplicó la ley fuga para dar final así al descontento. Mientras creía huir se le fusiló ante una muchedumbre que codiciaba su muerte o el cese de los levantamientos. Con el tiempo (el tiempo tijuanense, siempre car- navalesco), el inicial rumor popular se invirtió: Juan Soldado, después de todo, era inocente. El soldado pe- dófilo fue redescubierto como una blanca palomita. Había sido un chivo expiatorio de algún militar de mayor rango o simplemente la persona encargada de des- hacerse del cuerpo, pero no el violador o asesino. Y aunque el individuo nunca había dado indicio alguna de tener una vida ejemplar o sobrenatural, pronto se co- menzó a asociar su figura con la de un santo castigado por los mezquinos poderes terrenales. En ese contexto inesperado, daba nacimiento un nuevo miembro del santoral popular. Hasta la fecha, Juan Soldado es el san- to patrón de la religiosidad callejera fronteriza.

Una parte de la ciudad, sin embargo, repudia ese culto por perverso y desmemoriado. Lo paradójico, por supuesto, resulta de saber que quien fue santificado por la cultura popular haya sido el presunto culpable y no la niña misma, indubitable víc- tima. Si lo analizamos con detenimiento, el fenómeno resulta múltiplemente paradójico, y evidencia los pre- juicios e intereses de nuestra cultura. Surgió un fuerte y sui generis culto popular hacia Juan Soldado y toda clase de milagros, desde entonces, le han sido atribuidos: curaciones improbables, adqui- sición de terrenos, reencuentros de familia, amores rescatados, sobrevivencias de la guerra, exculpaciones, pasaportes y visas obtenidas, cruces ilegales exitosos o salvaciones en medio del desierto, naturalizaciones y ciudadanías en Estados Unidos, etcétera. Juan Soldado se volvió el santo unisex, multidisciplinario y reinven- table por excelencia. Juan Soldado u all you can ask for. Nada más tijuanense que santificar a un delincuente. Una parte de la sociedad fronteriza, por cierto, de- plora a este santo, no sólo por no ser un santo no-ofi- cial de la Iglesia católica, sino porque se le atribuyen y agradecen frecuentemente intervenciones “inmorales”, como separar matrimonios, conseguir amasiatos, ayudar en transas o ilegalidades. El hecho de ser un presunto violador sin ningún antecedente religioso lo ha conver- tido en un santo altamente polémico. Cuando se le fes- teja en el panteón donde está situada su tumba —cerca de Playas de Tijuana— se bebe cerveza, se toca música norteña (en continuación del estilo mexicano de cele-

bración a la muerte) y la presencia oficial de la Iglesia raramente se hace visible. Juan Soldado es un caso más del pueblo convirtiéndose en Iglesia misma, de la reli- gión usada como fiesta espontánea y de la música como contexto perfecto de la devoción. En Juan Soldado con- verge lo peor y mejor, converge Tijuana. Juan Soldado se convirtió, así, en un santo anómalo pero de poderosa raíz popular. Su culto es el más im- portante en la frontera y cada vez parece tener más cre- yentes, leyendas, retablos, estampitas y críticos. Una parte de sus adversarios, por supuesto, lo considera un mero negocio redondo; una fabricación para conseguir limosnas a expensas de la credulidad del pueblo. Lo cier- to es que Juan Soldado es el santo de todo lo que ocu- rre en este lugar. Yo mismo crecí con una estatuilla de yeso con el busto de Juan Soldado y con unas velado- res siempre encendidas a su alrededor justo en el cen- tro de la cocina de mi infancia. Juanito era el protecto de nuestra familia. Con la historia de Juan Soldado y la Niña Olguita vuelve a aparecer en nuestra cultura la pareja fundado- ra de Adán y Eva, de Hernán Cortés y la Malinche, la princesa-prostituta-traductora con la que el conquista- dor español procreó al primer mestizo. Con Juan Sol- dado y la Niña Olguita reaparece el mito de la pareja primordial, de la inmaculada violación que marca el ori- gen fatal. Con la historia de Juan Soldado y Niña Ol- guita, se vuelve a presentar la historia de una violación que da origen a un pueblo; pues no hay duda que es la historia de Juan Soldado, el mito realmente fundador de

la leyenda de Tijuana. Con la historia de este estupro nació la sociedad tijuanense como fuerza social y reac- tiva, y no podía faltar la encarnación de las viejas enti- dades y prejuicios míticos que fueron impuestos a estas figuras históricas. En sí y en el nivel metafísico, la ciu- dad nace como producto de una violación y luego de su reinvención semántica, tal y como la propia nacionali- dad mexicana ha sido vista como producto de la viola- ción de la mujer indígena por el conquistador, aquí en- carnado por un soldado. Además, Juan Soldado dio coherencia religiosa a las capas profundas de la ciudad. Fue la trama que unió los corazones resentidos de la urbe aislada de todo lo demás. Aunque obviamente es muy riesgoso especular sobre la base de concepciones metafísicas, no deja de ser in- teresante el paralelo. Así, si Juan Soldado Violador de Santa Olguita, vuelve a repetir el modelo del conquis- tador violando a la mujer inocente (niña o india) y con- vertirla en Chingada para dar así origen a una nueva cultura, estirpe y pueblo, en la frontera este mito cobra nuevas direcciones. En lugar de convertirse en símbo- lo de ignominia (como pasó en la cultura mexicana ge- neral con la figura del conquistador), en la frontera el varón fue, a fin de cuentas, exonerado de culpa y reivin- dicado como elemento mítico-mágico favorable. Al soldado raso se le convirtió en un santo de la mi- gración: del paso hacia la nueva fase de la cultura, ha- cia la nueva tierra, el santo de la nueva hibridación cul- tural, el santo de la estadunificación de los mexicanos. En lugar de haber roto un pueblo, gracias a los milagros

y bendiciones de Juan Soldado los mexicanos pueden cruzar la frontera y/o regresar sanos y salvos. Es un san- to mitad fronterizo, mitad chicano, un santo híbrido. Al violador se le convierte extrañamente en un chivo ex- piatorio de la historia y en víctima sagrada —como si se perdonara, por fin, al conquistador, como si por fin el chingador fuera reconocido también como inocente y en sí mismo como participante positivo de un drama que a él mismo lo manchó de sangre involuntariamente o por las circunstancias horribles de la historia. En la frontera, pues, podría decirse que el violador origina- rio es rescatado en la memoria y venerado incluso más que la propia víctima femenina —un rasgo, éste sí, que repite exactamente el patrón mítico occidental, pre- hispánico y mexicano: la mujer como subhistoria pres- cindible. En la actualidad, la niña reposa en un panteón adjun- to. El mismo día que se celebra a Juan Soldado, la tumba de Olguita está vacía. Ahí no hay festejos ni limosnas ni música ni cerveza ni papeles pegados describiendo con detalles y fantasías ortográficas los milagros acontecidos. No es extraño que el fin de semana que se celebra a Juan Soldado, el panteón donde está Olguita ni siquiera sea abierto. Nadie va a recordarla ni a dejarle flores. Ella ha sido la víctima, la gran olvidada. A ella nadie la visita. Los familiares, por cierto, creen que Juan Soldado real- mente fue quien la violó y por ello movieron su tumba a ese otro cementerio inmediato, donde ahora ella está hundida en la desmemoria general. Con el nacimiento del siglo xxi —época en que los

movimientos populares de la ciudad se originan por la invasión de cerros para tener un terreno y que las ma- quiladoras han sustituido a las casinos o hipódromos como la arquitectura y paradigma económico de la urbe— el pensamiento mágico, sin embargo, prosigue intacto, renovado. En los últimos tiempos ha comenza- do el rumor callejero de que la Niña Olga, “Santa Olguita”, ha comenzado a realizar milagros y hacer apariciones. La nueva mitología fronteriza, pues, ape- nas comienza.

IV. Qué gacho es ser chicano

Tijuana, sede oficial del spanglish en México

Su orgullo por ser mexicano ha tardado mucho en florecer de- bido a que muchos se fueron a vivir a la frontera con la inten- ción de llegar a Estados Unidos. Al contrario de los habitantes del sureste, carece de vegetación. La ensalada César y el clamato, por ejemplo, nacieron en Tijuana y Mexicali, respectivamente, y nadie lo sabe. Les cuesta mucho sentir esa identidad nacional. Sebastián Verdi, “De chile, de dulce y de manteca”, en Quo. La revista para mentes inquietas, 2001

  • C uando el novelista mexicano Daniel Sada le dice a Juan Villoro “¿Sabes qué cultura une a México

y Estados Unidos?: la comida china” se trata de una muy buena ocurrencia, pero, hablando seriamente, la cultura que une estrechamente a mexicanos y estadunidenses es su común odio hacia la cultura chicana. Lo primero que tenemos que saber de la frontera entre México y Estados Unidos es que el conflicto intercultural no se limita a dos culturas enfrentadas, sino a todo un juego de repul- siones internas de varias civilizaciones. Mexicanos con- tra chicanos, gringos contra mexicanos, mestizos contra indígenas… Definir la frontera en términos bipolares es quedarse con las apariencias. Tijuana es una ciudad de fricciones. Éstas comenza- ron entre indígenas y españoles, mestizos e indígenas, mexicanos y norteamericanos. Comenzaron como una lucha por el dominio político y económico. Entre mexica- nos que podían trabajar en Estados Unidos y mexicanos

que habían podido cruzar. Resentimientos, amores compartidos, caminos cruzados. Tijuana comenzó de- masiado pronto a vivir dividida, a sobrevivir cuidándo- se la espalda, a ser malentendida. Tijuana es una ciudad paranoica, ante cualquier ruido, Tijuana se paniquea. En un encuentro nacional de escritores en Guada- lajara me presentaron a un escritor del centro del país. Me preguntó de dónde era, “de Tijuana”, no tuve más remedio que aceptar y luego advertir un mirada que no sabía si era burla o felicidad. Hablamos dos minutos y el escritor comenzó a despedirse (entre escritores sólo se habla de huevonadas, por eso la única forma de aguan- tarse entre sí es el compadrazgo, la complicidad o la complacencia). Antes de soltarme la mano del mucho gusto, me miró a los ojos para felicitarme, sentidamente, porque a pesar de que yo era de Tijuana, hablaba “un español muy clarito”. Así de grave es, por cierto, la ig- norancia de la clase intelectual mexicana. En México, los tijuanenses somos considerados chi- canos en territorio nacional. Quizá por esa impresión (que puede ser un halago) es que la gran mayoría de los habitantes e intelectuales tijuanenses odia todo lo chi- cano. En Tijuana, el desprecio hacia la cultura chicana está tan generalizado como en cualquier parte del país. Al chicano se le concibe como un mexicano lamentable, vendido, americanizado y ridículo desde su apariencia hasta su pronunciación del español, que cada vez olvi- da más. Sólo que en la frontera este odio es mayor porque los fronterizos se cuidan de no ser identificados con los chi-

canos y por eso hacen que su repulsión sea muy elo- cuente. En Tijuana no sólo se inventó el lema “Haz patria, mata a un chilango” (chilango: gentilicio peyo- rativo del oriundo de la ciudad de México), sino tam- bién “Pochos don’t come home”. No es la chicanización sino el antichicanismo o la chicanofobia, uno de los ras- gos identitarios del intelectual tijuanense y el ciudada- no regular. Y es que el tijuanense ve en el chicano, lo que el chi- lango ve en el tijuanense: el cuerpo mexicano america- nizado. Debido a que en México todos parecemos es- tar traumados por el mestizaje, nos da asco todo lo que aumenta esa mala hibridación. En la atrofiada psique del mexicano, los chicanos desempeñan el papel de los mestizos que se pasaron de la raya. El mestizaje racial hecho promiscuidad cultural. Guácala, ¡esto es una “chicanada”! Chicanada en el lenguaje popular mexicano es lo mal hecho, “cuatrapeado”, disímbolo, el revoltijo, el kitsch- que-sí-ya-nel. Aunque no se le relaciona abiertamente con lo “chicano”, no puede ser casual su similitud con ese vocablo. La chicanada también ya es sinónimo de traición: “me hizo una chicanada” puede querer decir lo mismo que “me hizo una fregadera, una chingadera, me traicionó, me vio la cara, me engañó”. Chicanada = degradación o traición cultural; Malinche came back. En Tijuana, todo lo que tenga contacto con lo gringo o chicano se ensucia: se discrimina incluso a los mexi- canos que trabajan allá, tienen parientes o viven part time en USAlandia: son “pochos” (arrancados) o

“inmigrados”, vocablos que son peyorativos. Se inven- tó la figura deplorable del chicano, desde las películas hasta los chistes, para sentirnos más puros, no tan “re- vueltos” como ellos. ¡Aún no somos lo peor! Es una mentira flagrante que en Tijuana se respire un ambiente de mayor multiculturalismo o cosmopolitis- mo. Los artistas locales se han creído el argüende de- feño e internacional sobre Tijuana como metrópolis in- tercultural. Se acepta lo que alguna vez dijo el escritor mexicano contracultural José Agustín como comentario amable “Tijuana es el tercer centro cultural de impor- tancia en el país” (algunos dicen que dijo el “segundo”). Porque toda mención positiva se vuelve inmediatamen- te un piropo oficial que prueba nuestra importancia y corrige nuestro desprestigio: “A la madre Teresa, Ti- juana le recordó Calcuta”. En realidad, la cultura “ar- tística” y “literaria” municipal casi siempre es raquíti- ca. La cultura callejera, en cambio, es abundante y estimulante. En el centro del país se cree lo contrario, sobrevalúan lo intelectual y menosprecian lo “popular”; en los escri- tores y artistas encuentran el epítome de cosmopolitis- mo, en las artesanías y el caló, el epítome de barbarie aculturizada. Curiosamente para estas dos evaluaciones se usan los mismos argumentos. Pero aunque el medio “cultural”, en su santa mayo- ría, sea penosamente institucional y mediocre, es extre- madamente chovinista. Tijuana es una ciudad católica, teleguiada, intolerante, especialmente racista. Se come- ten tantos abusos xenofóbicos del lado estadunidense de

la frontera como del lado mexicano. El racismo es el mismo, se trate de prietos, chaparros, chinos, chilangos, chicanos, mixtecos o gabachos, es decir, es exactamen- te como toda la República. Con los norteamericanos, invirtiendo el imperialis- mo, somos xenofóbicos. Si la avenida Revolución, esa avenida para los visitantes, está sobresaturada de inglés y “atracciones” turísticas (cuya atracción consiste para- dójicamente en ser grotesca) es porque la ciudad nada más está dispuesta a dedicarles una sola avenida que mide pocas cuadras a nuestros extranjeros predilectos. (Tijuana, indican las cifras, es la ciudad más visitada del mundo.) Pero la avenida Revolución no es prueba de nuestra promiscuidad con los gringos (como se dice), sino de nuestro asco por ellos. La avenida Revolución se esfuerza en ser caricaturesca. Basta verla en vivo o en fotos para percatarse que es un set rencoroso. Si sus observadores fuesen más astutos se darían cuenta del simulacro deliberadamente insultante hecho por Tijuana. Ahí se les engaña simulándoles una expe- riencia que en verdad es falsa. También esta avenida mundialmente famosa, con sus tiendas y bares, no es más que un muro de Berlín para impedir que las cultu- ras se conozcan realmente. Ahí la regla es el prejuicio. Dice un vendedor “Can I show you things you don’t need? I got a lot of them for you!” y apenas avanza la pareja de norteamericanos, se le escucha decir “pinches gringos”. Ese vendedor sabe mejor que nadie que bue- na parte de lo que se vende en la avenida es artesanía chatarra, ni siquiera distintiva de Tijuana; sobrevaluada

y, sin embargo, ¡barata! Cultura basura. Consumismo tercermundista hecho para el primer mundo. Otro vendedor, al ver que una turista asiático-ame- ricana viene con su amiga, le dice:

Chicken try it. And if you want I can harakiri price. Usando su “mala pronunciación” como coartada hu- morística, exagerando su mala pronunciación, el vende- dor tijuanense deja abierta la duda de si fue nada más la relativa homofonía entre “she can” y “chicken” lo que suscitó su juego de palabras y si el harakiri es su cliché predilecto sobre la cultura asiática. Y, sin embargo, el vendedor es gracioso. Al escucharlo, yo y las turistas reímos. Había sorteado un terreno lingüístico peligro- so sin manchar su plumaje (de plástico). Pero a la vez había dejado claro que el dominio del idioma, incluso del inglés, lo tenía él, precisamente debido a que lo usa- ba desde la absoluta ironía. La avenida Revolución es un monumento contra el consumismo norteamericano, con su afán de falsas mer- cancías requeridas y souvenirs insignificantes. La regla de la avenida Revolución es el regateo. Todo ahí tiene un valor falso, un precio exagerado que hay que tratar de rebajar con el comerciante. El valor real de una bolsa de piel es la mitad del precio inicialmente ofrecido. Aquí ya se deja ver la regla de toda la avenida: nada tiene el valor que dice tener. Todo tiene un significado y valor inferior al anunciado. Nada es lo que parece. Nada vale mucho. A una cuadra de la avenida Revolución, por otra par- te, está la avenida Constitución, cuna del “comercio

chilango” (ahí reinan las tiendas Pique y Ahorre, Elektra y Salinas y Rocha). Los cambios de esta avenida durante los últimos años no apuntan hacia una tijuanización del país, sino a una chilanguización de Tijuana. Además, al final de la avenida Revolución ¿qué podría haber? Un Sanborn’s, por supuesto, el restaurante-tienda defeño por excelencia y donde los pequeños snobs, los gays de clase media y los intelectuales fronterizos se reúnen. Ahí los pintores y literatos locales se imaginan estar lejos, donde nadie es pendejo, allá en el Sanborn’s de los Azu- lejos. Lo que nos marca localmente no es el gusto por el inglés (son pocos y esporádicos nuestros traductores de literatura norteamericana), sino, desgraciadamente, nuestro repudio hacia él. Todo esto, sin embargo, pasa inadvertido a nuestros visitantes, que citan, por ejem- plo, como ilustración de nuestro anglicismo a los em- pleados y enganchadores de la multicitada avenida Re- volución que hablan en inglés “rastrero” a los clientes para hacerlos entrar a las tiendas y congales. Lo que no saben esos observadores es que el inglés que hablan los enganchadores de gringos es una parodia no sólo del in- glés mismo, sino también del español que hablan los norteamericanos. La emblemática frase “biútiful signoritas” es una bur- la soterrada no sólo del vocablo “beautiful” (el adjetivo favorito del comprador anglosajón hacia la mercancía que el comerciante mexicano sabe que es chafa), sino además el “signoritas” es una burla del español que ha- blan los norteamericanos.

En sus “Viñetas revolucionarias”, Rosina Conde ob- servaba con ironía:

—¡Camín, sir! ¡Camín, sir! ¡Biútiful señouruitas! —dice el anfitrión a la entrada a los marines arrastrando las erres y agringando el señoritas.

Si el “sir” y “siñoritas” se han vuelto emblemáticos de la deconstrucción del inglés en la zona turística de Tijuana y en el estereotipo que el tijuanense ha cons- truido sobre el norteamericano, es porque en esa burla lingüística subvierte, con el pretexto de la mala pronun- ciación, la relación con el dominador (sir) y con sus de- seos (siñoritas), volviendo todo ello absurdo, irrisorio, clownish. Todos los signos de dominación son irónicamente in- vertidos en Tijuana. Comenzando por los patrones de belleza norteamericanos —desde las camisetas en ven- ta hasta el vocablo mismo biútiful lanzan la fealdad y la mofa mexicana contra tales paradigmas anglos— y ter- minando con el signo mismo del dólar, vuelto dala, hay una comedia de poder operando. Se dice que la transformación del dólar en dala ini- ció con las vendedoras mixtecas (las coloridas “marías”), pero se ha vuelto una broma soterrada sobre la voraci- dad local por el dólar, “¡dámelo!” y, a la vez, del eterno juego machista homoerótico de pedirle al otro, en al- bur reconocible, que “las dé”: ¡Dala! Los engaños, resentimientos y juegos de humor ne- gro que los turistas —capturados en la literatura norte-

americana— perciben de parte de los mexicanos no pueden ser atribuidos totalmente a su racismo o malen- tendido. Bukowski no se equivocaba. Realmente hay un juego de lucha de poder y fricción de parte del mexica- no hacia el norteamericano en sus transacciones cultu- rales en la frontera. El fronterizo no se “agacha” ante el norteamericano; en su relación contextual de asime- tría y servicio al Otro anglo, el mexicano juega raspo- samente a-ser-el-agachado, practica el juego de “voltear la tortilla” y dominar de modo secreto o abierto por medio del lenguaje verbal y corpóreo. Por ahora solamente podemos esbozar el análisis del lenguaje verbal de interacción entre mexicanos y nor- teamericanos —no olvidemos, por otra parte, que algu- nos enganchadores de turistas son chicanos residentes en Tijuana o mexicanos que han sido deportados de Estados Unidos— pero habría que comprender que en su lenguaje corporal está la mayoría de las claves de tal interacción a prueba de lijas y filo cortante, lucha de dominio escondida por las máscaras mutuas. Durante el tiempo que trabajé como mesero de uno de estos antros pude observar tal lenguaje del cuerpo. Lo que el tono de voz, el movimiento de brazos, este- reotípico, acholado, musicalero, hip-hopense, la forma en que se inclina el cuello, se toca el cuerpo del norte- americano, jalándolo, invitándolo, sonriendo, mante- niéndose impávido en ciertos momentos, la compañía de otros enganchadores al momento del contacto, el entusiasmo en los rostros, el volumen de la voz, sus inflexiones, bailar o no hacerlo, todo lo que esto está

diciendo despliega los proyectos de contraconquista, traumas tercermundistas, curiosidad intercultural, “col- millo en el business”, juicios morales y estéticos que el mexicano posee respecto al Otro. No estoy tratando de elaborar un retrato siniestro del mexicano fronterizo. Sólo de mostrar que su papel no es pasivo ante la otredad. Él también, como el norte- americano —jugando al turista, ladies’ man, comprador hegemónico, mexicanista o party-animal— está practi- cando su propio juego, negociando por medio de los es- tereotipos, las aperturas y las metamorfosis. Los mensajes del lenguaje corporal y verbal tijuanen- se son de todo tipo. No olvidemos que es precisamen- te el verbo lo que hace que un fronterizo “rife”. Entre la cultura chola y sus secuelas, el verbo es una de las ha- bilidades determinantes de la conquista sexual —tener labia para convencer a las ”morras”— y salir bien libra- do de encuentros con la policía u otras pandilleros. El verbo, por ende, pasa también a las negociaciones cul- turales con el norteamericano. El verbo, dominar el len- guaje —lo cual significa aquí saber jugar con el español y el inglés—, estar al tanto del caló y construir comu- nidades o separaciones mediante el uso ingenioso del idioma y su relación con el cuerpo, es uno de los ras- gos más distintivos de la identidad fronteriza, de sus pa- trones de alteración y permanencia. En este mismo sentido, la literatura tijuanense, de Rafa Saavedra a Luis Humberto Crosthwaite es una ex- tensión del “Verbo”. Aunque este rasgo ya había sido advertido desde Fernando Jordán mismo, quien ya ci-

taba en su paradigmático —todavía el más acertado tes- timonio sobre la ciudad—, el poema que decía:

Sale a la calle el maître hablando inglés:

Come-in! Come-in! Here is the show! La morenita tonta baila rumba y el marino le tienta la cadera en busca de compañía. ¡Taxi! ¡Taxi! Please dame un tip y llévame a un hot place.

Darling : vamos al jai alai y dile al negro que ya no grite Hi! Yes! Yes! Calle Revolución. Dame un tip y llévame a un hot place. El marinero sin compás se pierde, va haciendo eses, y eructa

go to hell.

Desde el comienzo mismo de la literatura fronteriza y su escritura inconfundible —por confundir idiomas, clichés interlingüísticos, fraseología barata— ya se ven sus rasgos permanentes: juegos con los idiomas, com- binaciones que muestran las fricciones culturales entre

los personajes, crítica a los norteamericanos, sea un marinero sin compás, un negro que no para de saludar; y un movimiento, por la calle, antros, taxis, hoteles, que deja claro que Tijuana es, sobre todo, un continuum. Y uno de los mensajes omnipresentes del “verbo” po- pular y culto de Tijuana es que tú vienes a Tijuana a conocer México pero, como tú bien sabes, brother, esto no es México, ¡of course not!, y por mi parte tampoco pienso darte tu México, sólo te daré “México”, su simu- lacro, porque así tú lo quieres, no estás preparado para lo verdadero, got it? No lo mereces, you fucking idiot, o yo mismo no lo comparto, así que, por mientras, di- viértete, okey? Come in! No cover!!! Ah, perdón. Me faltaba algo:

—Welcome! Cuando un fronterizo le habla en un spanglish adul- terado a los “güeros” es como cuando el hombre blan- co vende cocaína adulterada en los barrios negros. Le hablo en seudoespañol al gringo para no permitirle la verdadera experiencia de la otredad, para burlarme de su turismo, para cerrarle la puerta a la cultura mexicana. Ándele, pinche gabacho, pásale por lo barrido, culero. ¿No quiere un coco? Asumimos las máscaras estereo- tipadas que ellos tienen sobre el mexicano para impe- dirle que cure su ignorancia. Ésa es nuestra venganza. En los dos lados de la frontera nuestro uso cotidia- no del otro idioma (inglés/español) obedece frecuente- mente a fines ridiculizantes. Los dos idiomas son usados por sus no-hablantes como forma de balbuceo univer- sal (hay que recordar que bárbaro significa tartamudo;

para los griegos aquellos pueblos que hablaban otras lenguas distintas a la suya, al abrir la boca no hacían más que atropellar semivocablos). En las estaciones de radio de San Diego, el español es usado periódicamente para mostrar su vulgaridad, para demostrar que está esencial- mente vinculado a la cocina (“Hey, mamacita, do you want tamales along with that song?”), a la desorienta- ción (por ejemplo la ya legendaria campaña cómica “How to learn Spanish” de la 91 . 1x de California); análogamente sucede con el inglés utilizado por muchos fronterizos hispanoparlantes. Cuando en la Revolución se utilizan estratégicos vo- cablos en español para hacer sentir al norteamericano que sí está en México (a pesar de su incredulidad), esas palabras en español son mal pronunciadas tal y como las mal pronuncian los estadunidenses. Es una burla de su español. Uno no dice “Beer and fun for everybody”, uno les dice “Bir and fan for ebribadi” esperando que re- accionen de acuerdo con nuestro propio estereotipo so- bre ellos, que reaccionen como perros de Pavlov. Como lo sabe tanto el vendedor de Mexican curious (curiosi- dades y gangas) como el turista, las fórmulas del tipo “Come on here, míster T., hey you, miss Barbie, here cheap you-welri, pior gold and silver” es una modalidad sarcástica del acoso caricaturizado, no una muestra de lambisconería o malinchismo, ni siquiera de spanglish. Nuestro inglés-español dicho-para-ellos es tan engaño- samente “puro” como nuestro “oro”. Pero tampoco eso lo escuchan nuestros visitantes, que más bien están golo- sos de confirmar las cosas que ya sabían antes de haber

puesto pie en Tijuana, como menos aún perciben nues- tros estudiosos que a veces el spanglish no es una dege- neración del español, sino una resistencia irónica y una fricción creadora. En materia de hibridación lingüística lo que caracte- riza al intelectual mexicano (incluido el tijuanense, don- de su perfil encaja perfectamente) es el puritanismo vergonzante y la autozancadilla. El escritor Federico Campbell, que por su procedencia tijuanense debería ser más sensible al fenómeno de cruce de dos idiomas, en recurrentes opiniones quizá ha subestimado la rique- za o complejidad del spanglish o el español mexicano extra-territorial. Según Campbell (olvidando que su apellido es una muestra de que la introducción de pa- labras extranjeras no destruye la lengua en la que se in- terna) dentro de dos décadas “lo previsible es… que nuestro español habrá de parecerse cada vez más al in- glés… o al español de Brooklyn” (“La frontera del len- guaje”, en Fronteras, núm. 8, 1998). Para Campbell decir “no es nada contra ti” es más na- cionalista que decir “no es nada personal” que deriva de “nothing personal”. Por mucho que Campbell alegue en sus artículos relativos a las fronteras del lenguaje y sepa muy bien que las lenguas mueren (pero también nacen y se reproducen por el contacto con otras), su postura parece ser la posición antaña de la campaña “Lávenle la boca a los niños cuando digan parking ”. Creer que el español-mexicano es más español que el spanglish sería tan absurdo como suponer que el espa- ñol-cubano es una español degenerado o que es inferior

al español ibérico. Y, sin embargo, tampoco podemos pensar que su denuncia del angloñol sea mera paranoia. Muchos fronterizos piensan en inglés y se traducen al español. Sin embargo, para continuar las contradicciones bor- derizas, el spanglish nos parece fuchi. Es la naquez del otro lado del río. Es ésa la verdadera razón por la cual lo rechazamos y lo creemos inferior. Quienes lo hablan, los chicanos, nos parecen repelentes, “corrientes”, si- guen siendo para nosotros lo que eran para Octavio en El laberinto de la soledad (nuestro manual de mitología es- tilística acerca de cómo es un mexicano de identidad tragicopatriota). Para nosotros y para Paz, el chicano es un “clown”. No es esto ni aquello. Es una fachada, una payasada, un mamarracho horrendo. Una entidad sin identidad definida. Por eso le tenemos asco y desprecio. A todo eso se suma la idea de que el chicano es un des- arraigado, un desnacionalizado, un desgraciado que no sólo está prieto sino que además es “cholo” (delincuen- te) y gringofílico. El chicano para la mente mexicana central es un culero vendido. Ellos sí que son los hijos de Malinche. No estamos espantados de perder la len- gua madre (eso nos vale pura verga), sino de hacernos como los “pochos”. Por eso hasta los escritores mexi- canos que usan alguna variante del spanglish lo repudian y se lavan los dientes después de hablarlo. El escritor tijuanense, por ejemplo, cuya escritura está más entreverada con el inglés, Rafa Saavedra, man- tiene, sin embargo, una relación ambivalente con el spanglish. Sus artículos sobre música contemporánea y su

narrativa utilizan el recurso del salpicadero de vocablos y frases del inglés cool. Los términos con que Saavedra define y categoriza son preferentemente neologismos del inglés. Bye bye everything except snobground. El gran atractivo de su prosa anfibia proviene precisamente de esas interferencias artificiales, de esas alternancias y altercados de los que depende la posible intensidad de su escritura y cuyo funcionamiento sigue las leyes de la música electrónica. Contradictoriamente, en la misma revista en que Saavedra suscribe estas líneas “Lo reconozco, it’s so fuckin’ true: life es an inevitable plastic scene. Y no lo digo riendo, with that cynical grimace of polivoz que tanto me criticas. Lo digo como cryptic unabomber, con la desilusión de un anarco-progre en Madrid, with the homestead inertia de un siniestro replicante de Benet- ton” (“Goodbye, superdrogas (pon tu mente al sol mix)”, en Complot, núm. 31, 1999), pocos meses antes escribió “el pocho es quien desmadra el idioma español… nues- tro español o itañol, euskaglish, frenchgliñol, portuñol, son aportaciones de la glocal youth; no tiene nada que ver con lo pocho, ok?” (“What’s up con lo chicano (a TJ p.o.v)”, en Complot, núm. 26, 1999). El argumento de Saavedra es contradictorio. Lo cual no necesariamen- te, según he ido aprendiendo en esta vida, es perjudi- cial. La vida, ya lo sabían Celia Cruz y Kant, es un car- naval de antinomias. Los textos de Saavedra son frecuentemente intensos y bien escritos, pero es inevitable que estas contradic- ciones llamen la atención. Creo que el defecto no es

tanto de Saavedra como de la cultura a la que pertene- ce, a la que pertenecemos, y donde el uso del inglés es cada vez más frecuente, más contradictorio. ¿Para qué se utiliza el inglés en la frontera? Para burlarnos de él, para caer víctima de su ideología pop o para dejar de ser nosotros por unos segundos lingüísticos. Las contradicciones intestinas del fronterizo son en- démicas, está acosado por el espectro de sí mismo. El debate de Saavedra respecto a su propio spanglish es como lanzar un escupitajo boca arriba precedido por una antología de lugares comunes infantiles y clasistas:

a los mexicoestadunidenses se les olvida pronto el espa- ñol, los chicanos se caracterizan por su “falta de glamur” (mentalidad “Nos reservamos el derecho de admisión”), “la mala imagen de los mexicanos en Estados Unidos se debe en gran parte a ellos” (wrong answer, bro, se debe a que Gringolandia, como Mex y Co., también es un país hiperracista). El último inciso ya es de plano decep- cionante: “el auge de las drogas sintéticas chafa se debe, adivinaron, a dílers chicanos” (no, bato, se debe a la bola de güeyes que nos las metemos). Para Saavedra o, me- jor dicho para el personaje ensayístico que Saavedra produjo para ese texto, como para muchos fronterizos, el chicano es “brown trash”, sus seguidores locales son una “tribu de canochis, gente que trata de parecer chicano sin salir de México”. Saavedra, pudiendo ser el autor que colocaríamos en la cima de los postmexicanos, sin embargo, aplica las le- yes del nacionalismo profundo para condenar a los chicanos en bloque: “cantar una que otra canción de

Vicente Fernández no los hace mexicanos al instante”. El chicano “es un naco que se cree mejor. Tiene cara de indio pero no habla español”. Español e inglés, juntos pero no revueltos, nada de mescolanzas, chicos. That’s going too far—too low. En las fronteras, a aquellos mis- mos que mezclan, paradójicamente, les repugnan las hibridaciones. Las contradicciones nos nutren, habitan y deshacen. Alguna vez le pregunté a Rafa Saavedra sobre estas incongruencias. Las aceptó. Atribuyéndoselas a un per- sonaje, a una voz suya pero beyondeada, más allá de él. El desdoblamiento rifa en Tijuas. Para Saavedra ensa- yo y relato se confunden. Hay toda una generación de escritores tijuanenses jó- venes (cuyo arquetipo no es el escritor sino el dj) que cree que la experiencia urbana máxima es el rave, pro- bablemente olvidando que es el desalojo. El desalojo, loco, do you know what I am talking about, vato? I thought so, carnal. (El happening más cabrón es inva- dir un cerro pelón.) La razón de esta postura es que los intelectuales de esta generación no pertenece a la expe- riencia suburbana. Como en todas partes, la mayoría de la intelectualidad fronteriza es upper class o claseme- dieros universitarios, llenos de rencores, distancias, friendly fire y raspones hacia la raza que se sube a taxis colectivos. La nueva chicanofobia mexicana está a la orden del día. A la vez, me dice una voz interior, todo es más complejo que esto… En Tijuana almost nobody likes al escritor y performan- cero Guillermo Gómez Peña. Aunque Canclini lo pre-

sentó como un intelectual tijuanense, aquí nadie lo tra- ga. Es visto como un oportunista “chilango” que se trasvistió en tijuanense para luego hacerse pasar por chicano. Sin embargo, la prosa de Gómez Peña vuelve a ser muy estimulante, neologística, barriera, no exen- ta de lucidez machín. Es obvio que el motivo real de que no lo quieran en Tijuana (ni en la mayor parte de Méxi- co) no es porque no sea legítimamente fronterizo (cual- quier cosa que ello signifique) sino por lo que tiene de chicano. Para Homi Bhabha, sin embargo, Gómez Peña es un emblema de la desterritorialización. El spanglish es el talón de Aquiles de la intelectuali- dad mexicana. Tijuana, ciudad identificada como la sede oficial del spanglish en territorio nacional, es contradic- toriamente una ciudad que lo rechaza, aunque lo prac- tique en dosis —pues no se le utiliza en la proporción que en otras ciudades más grandes. En la ciudad de México no sólo el índice de criminalidad es mucho más alto que en Tijuana (como una vez dijo Carlos Monsi- váis a un tijuanense que quiso presumir que nosotros éramos más violentos: “en Tijuana yo ando a gusto en la calle hasta las 8 de la noche; en la ciudad de México no es seguro salir después de las 10… de las 10 de la ma- ñana”); también es más alto en la capital el índice de in- glés en la vía pública y el lenguaje callejero. No hay duda de esto. Basta pasearse por la ciudad de México y luego hacerlo por Tijuana y la diferencia es reveladora. El neoliberalismo no vino de Tijuana. No es por azar tampoco que el primer candidato perdedor del partido gobernante a fines de siglo, Labastida, haya ofrecido

como promesa de campaña (todo un género literario mexicano), inglés y computadoras a todos los niños. Para él (un postulado obligado de la modernización), el inglés finisecular era sinónimo de progreso. La ciudad de México es una de las capitales interna- cionales del inglés americano. A veces, de hecho, creo que en Los Ángeles hay más español que en la Ciudad de México y menos inglés que en El Defe. De hecho, hay más zacatecanos en California que en Zacatecas. De todas maneras, el odio al spanglish es uno de nuestros odios fermentados. Una de las pruebas de que en la frontera, aunque no es nada contra ti ni es nada perso- nal, gringos, chicanos, chilangos, indios, nativos, exis- timos todos contra todos.

V. Entre churros y charros

Vine a Tijuana porque me dijeron que acá vivía mi padre,

un tal Juan Orol

Es cierto que antes de la Revolución… había en La Habana más casas de citas que casas editoriales y no pocas casas de lenocinio… Pero lo mismo puede decirse de la Manhattan de nuestros días (o de nuestras noches) donde dando un paseo por Broadway (o viendo Taxi Driver) uno se encuentra con más putas que poe- tas en Nueva York y ve más chulos que culos de editores senta- dos a la espera de autores inéditos. Todo dicho (salva sea la par- te) sin querer establecer comparaciones, que son odiosas. Pero si así están las cosas en la metrópolis, miembros del jurado, ¡qué no sucedería, repito, qué no sucedería en las colonias, de Santo Domingo a Santiago de Chiles! Hay que tener en cuenta ade- más que La Habana era la ciudad del continente que descubriera Colón (y los hermanos Pinzones) más cercana al área urbana de los USA —a menos que se quiera insultar a Tijuana llamán- dola ciudad. Guillermo Cabrera Infante, “Mordidas del caimán barbudo” (1981), en Mea Cuba

T ijuana no es sólo la frontera entre México y Esta- dos Unidos sino también la de México con México.

En la cultura tijuanense, México quiere dividirse de México (pero sin anexarse a los gringos, que le parecen

al tijuanólogo tan despreciables como los chilangos. El sueño de todo bajacaliforniano es la fundación de la Re- pública Autónoma de Calafia). La llamada tijuanología es primordialmente una forma de desprecio al otro-

mexicano, sea éste el indígena, el mestizo, el pobre, la mujer o el chicano. Tijuana es una laboratorio del cho- que de la cultura mexicana contra sí misma. Tijuana, metrópolis migracional, metrópolis de desencuentros y magnetismos. En el cine-churro (= cine de malas películas) lo pé- simo tiene la categoría de efectos especiales. (¡A poco no son retechéveres los churros bien chidos!) El melo- drama y el malodrama encuentran su fórmula exacta. (La neta es lo naco sistemático.) En un ‘churro’, el he- cho de que una escena salga bien no es más que un gaje del oficio. La destreza de la chafeza de la A a la Z. (Tijuana, la ciudad donde la gente hace sus casas sobre llantas ponchadas, wow! Wonderful! Let me take a photo y luego un taco.) La ley del churro es esa exage- ración disimulada que es el énfasis patafísico. (Tijuana es la ciudad más…) En un churro todo debe quedar cla- ro, todo debe ser tan evidente y tan sobresaliente que nadie debe dudar que los actores “están de película”. (Para hablar de Tijuana hay que usar adjetivos defini- torios que funcionen a manera de close-ups chirriantes.) Tijuana, ah uh la la, how third worldly! La tijuanalogía, el discurso sobre Tijuana de los úl- timos años, ha seguido las leyes del churro, de su com- binación de referencias (te fijas qué fregón es combinar a Pedro Infante con Godzilla; a poco no se nota que soy hiper-chic cuando mezclo lo coolto y lo populoide), un discurso que quiere ser cinematográfico (ser cinéfilo in- discriminado es la nueva erudición; el cine es el eclec- ticismo por default) y que quiere desenmascarar la rea-

lidad pintoresca debajo de la superficie diaria. (¡Chale con los charros! Ahora lo chulo son los cholos.) Si an- tes de los años noventa hablar de Tijuana era aludir a la desnacionalización y era un oportunidad inmejorable de aventarse un discurso antiyanqui sin salir de casa, ac- tualmente el discurso sobre Tijuana es una oportunidad exquisita para escribir una crónica de la globalización casera, de la posmodernidad callejera. (Tijuana es la hibridación más allá del mestizaje. No cabe duda, com- padre, nos estamos tijuanizando.) Por cierto, no se dice “pos”, se dice “pues”. Así que ai’ te llevo con tu discur- so sobre la puesmodernidad, carnal. En cuestión de tijuanología, todos los actuales pre- juicios (las expectativas del morbo mediático) no han cambiado desde los años cuarenta del siglo pasado, cuando el cine mexicano decidió que la frontera era un estupendo escenario de arquetipos de pacotilla para un público ansioso de fortalecer sus suposiciones en la pan- talla grande. (¡Qué mayor gratificación que aquella que proviene de ver magnificado todo lo que ya sabíamos a medias!) El cine mexicano urdió y consolidó la idea de la frontera como burdo burdel abierto los 365 días que dura una noche tijuanense, como escuela del crimen importable, como ciudad de paso donde los dolarizados no conocen el peso, como ensalada César donde el es- pañol se vuelve el inglés de los pochos que no saben hablar bien ninguno de los dos, como fábrica de duchos gángsters pachucos y fáciles mujeres letales (ahí lo me- nos gacho es ser un pinchi gabacho) y donde el trasfon- do es la espalda mojada.

Desde entonces, para definir a Tijuana (digo, porque, como todos bien sabemos, todas las demás ciudades fronterizas no son más que sucursales de la Babilonia del Noroeste) había que dar un nuevo retorcijón a este ába- co de mitos reciclables (al público lo que pida y lo que pide es lo que pidieron ayer los de la mesa de al lado. En otras palabras, compadre, dales sopas de sobras, porque lo que rifa son los refritos). ¿Quién es el padre de todos los fronteristas, de todos los tijuanólogos? Who else but Juan Orol! El Ed Wood del tercer mundo. El boom del cine fronterizo comenzó precisamente con el padre de todos nosotros, el mero padre del churro en la tierra del chile. (Enchilarnos es el sadomasoquis- mo amateur de toda buena familia mexicana). En 1943, nuestro mayor artífice de lo kitsch y lo chafa (perdonen la emoción, pero ¿hay alguien más chingón que Juan Orol?) da a conocer su película Cruel destino (que en otras ocasiones se llamara Allá en la frontera). Apenas unos años después, su otra película fronterizoológica, Los misterios del hampa se hizo todo un éxito. Acababa de nacer nada menos que el churro sobre la frontera, una de las industrias más fructíferas de la cultura nacional. Las leyes de la fronterología avistada en el cine no cambiarían desde el oropelismo de Orol (bueno, aun- que para ser sinceros, ¿qué cosa no predijo Juan Orol?) Todas las producciones posteriores no se saldrían del molde, los directores ya sabrán a quién buscar en el cas- ting (el casting o la exhumación del tín marín de do pin- güé). A partir de la Época de Oro-l del cine mexicano, los mismos personajes, no importa si están a cargo de

Noé Murayama o de Valentín Trujillo, volverán a pro- tagonizar la misma película una y otra vez. El cine mexi- cano de pícaros, narcos, ficheras, albañiles e imago- chicanos que proliferó en las últimas décadas del cine mexicano tuvo dos sets predilectos, Tepito y Tijuana, y todo aquello que se le parezca. Con la llegada del video- caset, la producción de símbolos y certezas sobre la frontera se hizo democrática gracias a la piratería. (La piratería es el robinjudismo de la era de la videocasetera sin enganche). En las películas sobre la frontera, el drama que nos ocurre a todos, súbitamente le ocurre a otros que son nuestros compatriotas semi-exóticos. De este hecho, de esta producción de dobles que nos representan y suplan- tan en las escenas nacionales más riesgosas, proviene su gran éxito. El mexicano adora el cine sobre la frontera, porque lo representa perfectamente pero sin el riesgo de sentirse identificado con él. (Mira, “ellos”, llamados “Nosotros los pobres”, míralos: viven en los Ustedes Unidos de América.) Los que migramos somos todos nosotros, pero en el cine los que migran se meten en dramas que pa’ qué te cuento. El alma según Mario Almada. Éste será el gran atractivo que tendrá Tijuana como símbolo y cacoglifo nacional. El lugar donde todo lo que le sucede cotidianamente a la nación nos parece inusitado, donde lo que nos jode nos parece entreteni- do. La ciudad que nos da la oportunidad de ver nuestra vida como si fuera la caricatura de la vida de nuestros parientes lejanos. ¡N’ombre! ¡Qué exótico es todo en la

frontera! No cabe duda que allá los bárbaros del nor- te (al contrario de los chilangos y los chichimecas) son más buena onda, como dice la canción de Juan Gabriel, a mí me gusta más estar en la frontera, porque allá la gente es más feliz y más sincera, allá, todo todo es di- ferente, en la frontera ajá ajá, en la frontera ajá ajá. Pero la frontera (ajá ajá) no sólo es la tierra de la cer- cana dicha inalcanzable sino también de la perdición se- gura. “A Tijuana viene a parar toda la mierda de Méxi- co”, dice el personaje de la película mientras baja del camión y hasta su maleta lo trata mal. En el imaginario popular y mediático mexicano, Tijuana es la lámpara de aladino de los siete pecados capitales y la caja de Pan- dora de los nueve vicios provincianos, Sodoma y Gomo- rra hechas un mismo deprave, el patio trasero donde los gringos hacen sus picnics y barbequius, la escena del crimen y la violencia por televisión, la ciudad donde ocurren las cosas más espantosas, urbe-lumpen que afortunadamente está lejos. (El mundo es un rancho ajeno.) Aunque el pobre de México está tan lejos de Dios (pero no del Papa) y tan cerca de Estados Unidos (pero no de la visa), gracias a Dios y a Estados Unidos, Tijuana está lejísimos. Apá, no vayas pa’llá y si vas no digas que estás aquí. Los sucesores de los churros cinematográficos, los pornopasquines semanales del estilo de Sensacional de Traileras (esos cómics son los churros para leerse en los camiones), donde las nalgas boludas son la señal que todas las mujeres son ponedoras, son ahora los nuevos portadores de los mitos sobre Tijuana. No hay mes que

una de esas decenas de novelitas no mencione o tenga como telón de fondo la frontera y sus personalidades cachondo-maniacas. Además, ¿dónde nacieron los dirty comics? Las minihistorietas obscenas para los varones en crisis económica. Nacieron en Tijuana. Por eso, a esos suciocómics ochopagineros de principios de siglo que se exportaban a Estados Unidos y que se imprimían aquí (quizá aquí, quizá no), se les conocía por todos la- dos como “Tijuana Bibles”. Es normal que sean toda- vía el principal medio masivo sobre la fronterofilia ima- ginativa. El sexo fue inventado por los mexicanos. De ahí la X. Domésticamente, el defensor por excelencia de la dignidad tijuanense contra las agresiones exteriores fue un autodidacto naíf, activista dedicado y profesor esti- mado, Rubén Vizcaíno, un personaje legendario de la cultural municipal. Se trataba de un apologeta visceral de lo que ha llamado la “californidad”, su versión pe- ninsular (él es fuereño radicando desde 1959 en la lo- calidad) de la filosofía de lo mexicano leopoldo-zeana. Vizcaíno era el moralista pintoresco y parlanchín, in- ofensivo (fue racista accidental, luego sentimental de- clarado, finalmente viejito simpático) que ha cons- truido su versión propia de la infernalidad de la Tijuana light, su novela clásica Calle Revolución ( 1964) es el des- censo de una mujer al infierno desnacionalizador de las cantinas de la avenida Revolución donde busca a su marido perdido. La novela de Vizcaíno sigue las creen- cias de su obra de teatro La madre de todos los vicios (1961). Su gran poema “Tijuana a go go” es ya todo un

clásico de la poesía churra local. Cualquier comentario sobre su obra, sobra. Los títulos lo dicen todo. El antecedente de la “vizcanología” (la defensa mo- ral de la mejor Tijuana) es la piromaniaca novela Tijuana in (1932) de Hernán de la Roca, la novela sobre la mu- jer que cae pero se arrepiente en el momento de la re- dención final, durante la caída de la casa del mal, que termina en un bíblico incendio del pueblo gringofílico. Aunque Vizcaíno fue uno de los promotores morali- zantes de la neoleyenda negra (hell is right here in our little town), se autonombró el defensor del nombre de la ciudad contra los “malos” extranjeros. Vizcaíno no sería importante (no tiene más que chocheos), si no es porque su actitud ha sido heredada por muchos jóvenes intelectuales tijuanenses, que también quieren desligar la vida de la ciudad de la “funesta” calle Revolución (no por pecaminosa, sino por “naca”) y vuelven a creer en el nativismo autosuficiente. C. Gutiérrez Vidal, por ejemplo, en su principal poética (un manifiesto a favor del plagio y la transcreación), escribe: “…la literatura de B.C. se caracteriza por cierto nivel de experimenta- ción… apropiarnos del lenguaje a través de la literatu- ra sería la forma más inteligente de decirle al resto de los mexicanos que no somos chicanos y a los otros cali- fornianos que no somos indios con sarape listo para servirle margaritas y cocos a los turistas…” (“Plagiar la infancia”, en Minarete, núm. 19). La actitud racista-cla- sista-snob basic de C.G.V. siente la necesidad (análoga a la de Vizcaíno) de desvincularse de los “chicanos” (¿para qué?: sospecho que los chicanos le parecen as-

querosos) y de los “indios con sarape” (habría que pre- guntarle de dónde sacó ese estereotipo de los indios ser- viles repartiendo margaritas y cocos: lo sacó de las ca- ricaturas del racismo estadunidense). En su búsqueda de identidad propia, la cultura ofi- cial bajacaliforniana quiere combatir los estereotipos centralistas con un proyecto de exclusiones socio-racia- les. Muchos de ellos, como Vizcaíno, parten de la falsa idea de que el fronterizo no tiene identidad segura o está bajo construcción. A fin de cuentas, muchos jóvenes es- critores tijuanenses que pretenden ser experimentales terminan siendo tradicionalistas. Siguen creyendo que es necesario “limpiar” la “imagen” de la ciudad. Los en- ganchadores de la Revolución hablan inglés paródico para burlarse secretamente de los estereotipos; los in- telectuales, en cambio, niegan cualquier parentesco con Aztlán. Lo cual los termina emparentando con el desa- fortunado derechismo católico que nos gobierna. Se quieren proteger del descalabro paisajístico que repre- sentan los “marines”, los “pochos” o los “indios”, los sub-otros en turno. La mirada bizca de la vizcainología domina la percepción del otro en la frontera. La fron- tera del desprecio. La frontera de México contra México mismo y de paso contra los gringos.

El Johnny Tecate va al aeropuerto por su amigo Panchito Coyoacán. Pancho nunca ha estado en Tijuana y sus referencias de la ciudad son sólo a partir de chismes, aventuras, mitos, le- yendas y lo que dicen la prensa y la televisión. Lo primero que Pancho pregunta al salir del aeropuerto es:

—¿Qué es eso? —dijo refiriéndose a la barda metálica que divide a los mexicanos de los estadunidenses. —Pues es ‘el bordo’, the border —le responde el Johnny mientras enfilan rumbo al carísimo estacionamiento—, fue cons- truida con los desechos de la guerra del golfo Pérsico, y corre por casi toda la frontera hasta llegar al mar… En el viejo fordcito, el Pancho y el Johnny cruzan por las ave- nidas de Tijuana. Mientras el Johnny le cuenta historias de la ciu- dad, el Panchito va leyendo anuncios, letreros y espectaculares: Te- quila, the best drink from México; Restaurant Men Chi Lou; Reconstruimos clotches y frenos; Fish tacos a dólar; Componemos bóilers; El swap meet; Licorería Last exit; El Memo upholstery; No parkin’; Reconstruimos carburadores y fuel injection; Tene- mos todo para su party; Mofles La Pedorrera; Yonke El Seven; Comida china Lon Guan; Se arreglan powers y sinfines… Roberto Castillo Udiarte, “Welcom to Tijuana”, Letras Libres (versión de internet), 6-12-2001

VI. Welcome to Tijuana

Nomás pásele por lo seco porque aquí casi todos resbalan

  • L a revista literaria más prestigiosa de México es Letras Libres, la publicación dirigida por Enrique

Krauze, heredera directa de Vuelta de Octavio Paz. En el mes de mayo del 2000 le llegó su turno de dedicarle la parte principal de su número al tema de moda: la frontera-Tijuana. (El Chiapas pavimentado.) Apenas un mes antes, la revista Generación le había dedicado su nú- mero al espíritu bukowskiano de los escritores contra-

culturales tijuanenses. Casi no hay revista mexicana re- levante que no haya pasado por ahí, desde Letras Libres hasta Rolling Stone, todos su numerito especial de la frontera y, sin embargo, la frontera —Tijuana en con- creto— es la región más incomprendida y “misteriosa” de la curiosidad mexicana recién inaugurado el siglo xxi. Ya lo dijo Luis Tovar “La mayoría acude al mundo fron- terizo siempre en busca de un beneficio para sí mismo, no para la sociedad a la que dicen comprender” (inclui- do en Javier Perucho, Estética de los confines. Expresiones culturales en la frontera norte, 2004). Describir y descifrar la idiosincrasia de esta zona es la tarea periódica del algún afamado articulista del centro o de algún cronista advenedizo en busca de celebridad.

Aquí, en Tijuana, regularmente sabemos de algún es- critor forastero que ha venido a nuestro pueblo para pasearse una semana y buscar el eslabón perdido del fronterizonte. Inmediatamente se forma una comisión para conocer cuáles son sus intenciones. (Los intelec- tuales locales se convierten, entonces, en guías de turis- tas.) Aunque casi siempre antes de venir ya está forma- do un comité de guías, choferes e informantes nativos

que lo acompañarán en su travesía eidética. Necesariamente lo llevarán en hombros (o a bordo de una carretilla rascuache sostenida por niños de la ca- lle, para que así sienta más directamente la experiencia tercermundista) por un recorrido que abarca las cinco paradas imprescindibles que debe conocer todo tijua- nólogo:

  • 1. la zona de tolerancia (la calle Coahuila): ahí debe conocer bebedores perdidos, encueratrices y pros- titutas gordas que espantan a sus clientes más que atraerlos;

  • 2. la línea del muro metálico (donde los migrantes cruzan ilegalmente hacia California, sí, el muro proviene de la Tormenta del Desierto Irak-Esta- dos Unidos): ahí debe conocer que la frontera no es de cristal, sino de fierro oxidado, de preferen- cia hay que hacerlo platicar con algún migrante que duerme ahí en la intemperie;

  • 3. la garita de San Ysidro (40 mil carros cruzan dia- riamente, you know, anótalo bien, cua-ren-ta-mil, en Navidad las filas llegan hasta Culiacán y des- pués del 11 de septiembre llegan hasta Colombia):

el intelectual ahí debe comprender que los cami- nos de los gringos son inextricables y que las es- culturas que venden los yeseros mientras se espe- ra en las filas son algo del Otro Mundo; 4. la avenida Revolución (pásele al floor show, mira, ¿ves a esas gringas?, si les das un billete las puedes manosear, nada más en Tijuana se ven estas cosas, nada más en Tijuana existe la prostitución): aquí se debe comprender que los muchachos norteame- ricanos son los dueños de este pueblo y que Tijua- na es pusilánime, y 5. Ciudad Industrial (el Edén de las low paid-high tech maquiladoras): en este sitio, de preferencia, hay que hacerle ver al intelectual que la explota- ción wiri wiri wiri wa. Dios mío santo, ¿cómo per- miten esto los tijuanenses? Es la pregunta con la que el intelectual fuereño debe responder las 5 cinco lecciones recibidas. A este itinerario se añadió últimamente, por demanda popular, Lomas Taurinas, el fraccionamiento marginal donde mataron al candidato presidencial Luis Donaldo Colosio (que ahora es un altar al maquillaje guberna- mental). Quien lo mató, por cierto, es todo un perso- naje: un empleado de una fábrica que se creía un caba- llero águila azteca, un redentor en la era de la locura híbrida, un héroe urbano-enajenado o un utilizado por Carlos Salinas de Gortari, o probablemente ambas co- sas. Todo un emblema de la locura en la frontera. Mario Aburto, migrante michoacano, empleado de la maquila, es todo un hijo de Tijuana.

Todo expedicionario de este safari de lo zafado tiene que pasar por estos sitios obligados en menos de lo que se acaba el tanque de la gasolina de su anfitrión exper- to. Por supuesto que hay otros parques de diversiones metafísicas: la tumba de Juan Soldado (el violador uni- formado convertido en santo milagroso de los indo- cumentados a pata-rais), la estatua-hogar de la Mujer de Yeso de la colonia Libertad (una mezcla de La giganta de J. L. Cuevas con la Estatua de la Libertad), la “Bola” (una construcción circular del Centro Cultural Tijua- na), y otros puntos de interés. Debido a este magro y obligado mapa del turismo antropológico en Tijuana, no es caprichoso que todos sus cronistas sean repetitivos y lugarcomunistas. No es una casualidad que tantos es- critores hayan escrito sobre Tijuana, a veces sin ni si- quiera poner un pie en esta ciudad: Tijuana introdujo el turismo barato en la literatura mundial. Analicemos un discurso típico de la tijuanología para ubicar los males generales de esta corriente beneméri- ta de la imaginación nacional. El artículo estelar del nú- mero 17 de Letras Libres fue “Nada que declarar. Wel- come to Tijuana” de Juan Villoro, a pesar del autor, el artículo empieza mal y termina como todos. Anota la cita canónica de García Canclini para arrancar en tie- rra firme y la nueva de Manu Chao, habiendo pasado por un extra de L. H. Crosthwaite: Tijuana es “una ciudad inventada… mutable y polifacética”. (Todas las ciudades son inventadas, mutables y polifacéticas. So, ¿a poco ésta es tu revelación, maestro?) La cosa empeora.

Sigue la mención de que la ensalada César fue inven- tada aquí. Esa referencia está tan trillada que hasta los profesores de la primaria la omiten en sus relaciones a sus alumnos por considerarla, ya, demasiado quemada y cursi. Qué bueno que Villoro no se acordó que aquí también se inventó la margarita. Margarativille es el nombre que Tijuana tiene para los bebedores cool- compulsivos de Estados Unidos. (How interesting!) ¿De qué ciudad del mundo se hablaría como algo sustanti- vo la invención de una ensalada? Sólo de Tijuana, sólo de Tijuana, creánmelo. Sólo en un tema como éste cae tan bajo el nivel de la discusión. Can it get worst? Just wait, my dear… Como todo artículo basado en visitas más rápidas que las que nos hacen los presidentes con la agenda reple- ta, el de Villoro (que ya está siendo citado por los fans del tema) está salpicado de inexactitudes. Villoro se pre- gunta “¿Qué animal encarna la condición limítrofe de Tijuana?” A propósito de Manu Chao (no a propósito de la realidad), especula que podría ser el “coyote” (así se conoce a los guías o “traficantes” de ilegales). Lue- go lo cambia por las focas (a propósito de un relato de F. Campbell que alude a la Tijuana de su juventud, una Tijuana ya extinta), hasta finalmente concluir que la mascota citadina de Tijuana es el “ganado híbrido… los burros pintados de cebras”. Esos burros-cebras que es- tán en la avenida Revolución para que los turistas se to- men una foto con ellos como recuerdo impecable de su llegada a otro planeta. Villoro llegó al mismo cliché al que todos sus precur-

sores han llegado sin tanta faramalla de antelación. Pero cualquiera que de verdad observe la ciudad, se dará cuenta automáticamente de que la bestia urbana de la ciudad no es la decena de burros-cebras que hay en Tijuana sino los millares de perros callejeros, verdade- ros monstruos cabizbajos que pululan por todas las ca- lles y cerros de la ciudad. Los 150 mil perros callejeros de la ciudad, según cifras oficiales, y que producen, dia- riamente, 35 toneladas de cagada. Tales perros sarnosos, tatemados, huesudos, son los animales que encarnan la condición limítrofe típica de Tijuana y el país entero. El hambre es la situación-lí- mite por excelencia. (Cuando Jaspers escribió su céle- bre teoría sobre las situaciones límite tenía la panza lle- na, por eso no se acordó que la más extrema de ellas es el hambre.) Además es curioso que la manufacturación de bestias fantásticas híbridas sea un signo con el cual se identifique a Tijuana; esto es algo que Villoro volvió a realizar en el guión de la película Vivir mata (2002), donde el protagonista se dedicó un tiempo a fabricar animalejos (lagartijas, víboras, etc.) de plástico y otras chucherías (dedos, vómitos), lo cual sugiere que Tijuana siempre se asocia con lo ridículo, lo caricaturesco, lo animal, lo inferior artificial que resulta irrisorio. Tijuana siempre tiene que ser “chusca”. Pero al hacer chusca a Tijuana, la tijuanología la mantiene en el nivel de la caricatura y descuida su mu- cho más interesante carácter de ciudad límite, de algo que ya va más allá de la urbe, como también sucede con Hong Kong.

Además, si se observa bien, el burro-cebra es también una burla del turismo. El burro-cebra es la manera en que Tijuana se hace pasar por país exótico, que quiere cumplir las expectativas del norteamericano, que al cru- zar la frontera quiere encontrar el país “mágico”, “rural”, sombrerudo. Crear un burro-cebra, un animal exótico, para que el turista lo monte (por supuesto, habiéndose puesto el sombrero charro), solo o con su familia, con un carro alegórico y un mural aztequista o paisajístico, al estilo de Helguera. Luego vendrá la polaroid que lle- vara a Orleans como prueba de su visita a México y de la clara diferencia que hay entre la vida latinoamerica- na y la de él. Obviamente, este set es una burla de su ingenuidad de turista engañable. Todos los símbolos del burro-cebra: el sombrero cha- rro, el paisaje mexicanista, el rebozo, el carro alegóri- co, las figuras prehispánicas, son una ensalada artificial, un revoltijo de signos que se construye pensando en la ignorancia y los clichés que el turista promedio tiene sobre la cultura mexicana y latinoamericana en general, para quien las guitarras y el toreo forman parte de nues- tra identidad elemental. Al turista se le da lo que pida, como venganza a su ignorancia. Ésta es también la his- toria de iconos fronterizos múltiples, de aquella aún famosa caminata que hacía Margarito Cansino (Rita Hayworth) con un burro para los visitantes del Casino de Agua Caliente; también esta burla hacia el turista, vendiéndole una identidad mexicanista que el mexica- no sabía que era estúpida pero que iba a satisfacer la ig- norancia del Otro, es lo que diseñaba aquellas famosas

postales que se vendían por toda la frontera, mostran- do “mujeres sumisas” o “indios-campesinos” durmien- do, para que al comprarlas el turista confirmara todas sus certezas sobre el mexicano… Por otra parte, si el burro-cebra, al igual que toda la avenida Revolución, es un burla secreta del turista he- cha por el fronterizo; también en ella hay otro ele- mento, no menos macabro y cómico. Al conjugar todos estos elementos para construir una mexicanidad foto- grafiable que deje satisfecho al Otro, el fronterizo se burla no sólo de la visión del extranjero sino también del mexicano. El burro-cebra supone aspirar a crear un ambiente de la identidad mexicana al sur y centro del país, a la que el fronterizo-norteño mira con desconfian- za y casi ajenidad. “Así es como nos quieren ver los gringos. Eso les damos a los muy… pero de paso así es como son los mexicanos del interior.” Para el fronteri- zo, el mexicano-interior y el gringo ingenuo deberían unirse en ridículo matrimonio, pues están hechos uno para el otro. Se completan en el universo de las carica- turas eidéticas. Otras inexactitudes generalizadas que Villoro depo- sitó en su crónica: Villoro sostiene que “los coyotes han mandado tantos oaxaqueños a San Diego que ya se ha- bla de Oaxacalifornia”. No advirtió que Oaxacalifornia no es tanto California sino Baja California. No había para qué cruzar la garita. La expresión Oaxacalifornia se refiere a la gran cantidad de oaxaqueños en lugares como los campos de explotación de San Quintín y las colonias de Tijuana, donde hay comunidades enteras de

zapotecos, mixtecos o triquis. Luego, en tono de semibroma dice que la “comida autóctona” es la china. “Hay casi trescientos restoranes chinos”. La idea es gra- ciosa, pero mitificante y no faltará quién la crea literal- mente. La verdadera comida autóctona de Tijuana (temo decepcionarlos) es, como en muchas otras ciuda- des mexicanas, los tacos. Las pizzerías y las hambur- guesías de cadenas norteamericanas afectaron a los res- taurantes chinos, pero no a las taquerías-torterías que siguen en un boom imparable. Aunque, claro, más de la mitad de los ingredientes del taco sean de origen nor- teamericano, incluyendo el maíz transgénico. Siguen las exageraciones: “Estamos en el único sitio de Occidente donde se considera decorativo un Bart Simpson de yeso del tamaño de un servibar.” No veo de qué se sorprende Villoro. En un sábado de Gloria re- ciente había en una delegación de la ciudad de México un super-Judas (listo para quemarse) que era un Dragon Ball-Z llevado a la exacerbación costumbrista. Villoro cayó en la inexplicable descontextualización de la esté- tica feísta de todo el país (pero que sólo en Tijuana pa- rece llamar la atención). La política del adefesio y el es- perpento es una ley de la iconopoética de toda nuestra cultura. No hay por qué atribuirla “al único sitio de Oc- cidente donde…” Tijuana es una continuación conse- cuente de la estética popular mexicana; no una excep- ción exótica de ella. Cuando alguien alega, por quedarnos en el ejemplo de la artesanía fronteriza, que Tijuana posee un carác- ter atípico dentro de la cultura mexicana, un grado de

hibridación sui generis, olvida que la cultura mexicana ha sido siempre híbrida, práctica la apropiación desde tiempos inmemoriales. Tijuana no es más que la ex- tensión de esta hibridación, el rasgo central de la mexi- canidad. Léamos, digamos, este pasaje de Serge Gruzinski en El pensamiento mestizo (2000), que siendo una descrip- ción de la apropiación indígena de la cultura europea después de la conquista podría ser, casi literalmente, una descripción del arte popular tijuanense, apropiándose de la cultura popular norteamericana, aquello que entre lo ultra naíf y lo post-everything, podríamos llamar arte Bart Sánchez:

Los indios demostraron el mismo talento reproductor en materia de construcción y de arquitectura… Una anécdota divertida ilustra el tamaño e incluso los ex- cesos del mimetismo indígena. Un artesano indio en- contró a un español vestido con un escapulario puntia- gudo, el “sambenito”, propio de los penitentes de la Inquisición. Intrigado por lo que tomó por una ves- timenta propia de cuaresma, se puso rápidamente a fa- brican “sambenitos” y a venderlos en las calles gri- tando… La anécdota plantea otra cuestión, la de la relación de los indios con el mercado colonial. Su ex- traordinaria capacidad mimética era algo más que una demostración de virtuosismo o de inagotable ingenio. La fabricación de objetos a la europea respondía a la demanda de una clientela, india y española, ávida de estos productos y de obtenerlos a un precio más bajo…

Lo que Tijuana hace es su versión de la conquista, sí, pero también, de la contraconquista lúdica, involun- taria, irónica o salvaje. Otras veces, a nuestros tijuanólogos les ha llamado la atención los paisajes que los encargados de los burros- cebras pintan en el carruaje alegórico adjunto. Se sor- prenden como si el paisaje no fuera una continuidad evidente de la fantasti-estética aztequista de Jesús Helguera. El Bart Simpson no sólo es un ejemplo de la perfecta apropiación de los iconos culturales mediáticos dentro de la cultura popular, sino que es una continua- ción patente de la estética de la incorporativa mexica- na, que se manifiesta, por ejemplo, en la industria artesanal de las piñatas. Las piñatas que se venden en Tijuana o la ciudad de México comparten una estrate- gia hibridológica, una icono-poética común. El Bart Simpson del tamaño de un servibar es un símbolo efec- tivo en casi todo el país, no una “curiosidad” tijuanense. Es un pariente cercano de los luchadores, chupacabras o (el ex presidente) Salinas que se venden en las calles de todas nuestras urbes. Y los monstruos tijuanenses son una continuación de la artesanía onírica de Oaxaca y de los alebrijes e incluso de la aplicación de las leyes de la imaginería prehispánica. La descontextualización en bien de la elaboración de curiosidades exóticas es la técnica [¿involuntaria?] de la tijuanología. Villoro, por ejemplo, sigue diciendo:

“Tijuana ofrece la mayor concentración planetaria de farmacias, lo cual significa que o los norteamericanos están muy enfermos o son muy hipocondriacos.” Nada

de eso, la farmacitis —la farmacity— simplemente sig- nifica que el centro de Tijuana es relativamente peque- ño y cualquier frecuencia parece abultamiento, y signi- fica que los norteamericanos vienen aquí por el sencillo hecho de que no requieren recetas (Villoro sabe eso), los medicamentos son más baratos o incluso siguen ven- diéndose a pesar de estar prohibidos en Estados Uni- dos. Desde sus inicios, Tijuana ya era una proveedora de medicamentos más baratos para los estadunidenses. Nada del otro mundo, pues. No hay para qué inventar razones exóticas, minicaricaturas para algo que tiene una explicación social más interesante: la glocalización. Declarar verdades terrenales, sin embargo, no sería ren- table para una crónica de estampas post. Lo mismo ocurre con el resto de sus observaciones (que cito porque son comunes a muchos otros cronis- tas de la aceleración urbana). A mí me resulta inexpli- cable como es que a los tijuanólogos y a muchos visi- tantes les sorprenda que en Tijuana los colonos pobres utilicen las llantas usadas como cimiento, maceta o bar- da. Parece como si nos causara sorpresa la pobreza. Es como si nos pareciera “exótico” o “singular” que los “pobres” (¡qué ingeniosos son estos mecsicans!”) cons- truyan sus casas con tablitas, lonas o cartón. La menes- terosidad les parece pintoresca únicamente cuando es Made in Tijuana. En sus propias ciudades (repletas de ciudades perdidas y de marginación mobiliaria) no se azoran de nada. La autoconstrucción miserable es par- te de la más honda cultura mexicana, se trate de llantas en Tijuana o de ramas secas en Chiapas.

Sólo los pobres ajenos son folclóricos. El peor mo- mento de la crónica de Villoro es cuando lo llevan a un antro para que vea un matiné erótico. Si bien tiene en- frente una encueratriz decadente, dos académicas que cruzan las piernas y toman tequila le parecen exorbitan- tes (parece como si Villoro nunca hubiera salido de su casa o entrara al internet). La falsa perplejidad es, defi- nitivamente, la clave para una crónica de lo fabuloso forzado en “la ciudad de la ensalada César”. (La pros- titución infantil se da en todas las ciudades del tercer mundo, pero sólo en Tijuana le pasa a los niños…) Repito mi tesis central: la tijuanología como cons- trucción de discurso busca —quizá inconscientemen- te— hacer que la frontera de México con Estados Uni- dos sea también una tramposa frontera entre México y México. Esto incluso explica sus contradicciones. Por ejemplo, si ciertos tijuanólogos afirman que Tijuana se está achilangando (por la migración de sureños), otros, en cambio, se alarman porque México se está “tijua- nizando” (queriendo decir que se esta violentado, ya que, como todos sabemos, la violencia la inventó la Tía Juana). En ambas teorías (claramente opuestas), sin em- bargo, la tijuanología cumple su cometido: hacer creer que México es diferente de sí mismo, que los otros (tijuanenses o chilangos) son los malos o son, sobre todo, los peores. No es nada contra ti, Tijuana, incluso me pareces simpática, pero qué rarita eres. Lo bueno es que nosotros no somos así como tú. —No somos, como los de tiyei, pepsicanos. Sin importar de las tesis de la tijuanología (antes su

tesis predilecta era que éramos malinchistas; ahora que somos peculiares), lo que se busca es presentar la fron- tera como tierra bizarra. La frontera es la aldea electró- nica polvorienta, el templo de los ejemplos, ahí reina lo macuarro, lo bárbaro urbano, lo callejero faceto, lo fan- toche y lo rascuachi. Al hablar de la frontera se tienen que exaltar sus extravagancias para hacer creer que los mexicanos raros, contaminados, peculiares, sólo habi- tan en esa región del país, aunque en el fondo nada esencial nos distinga del resto de la República y más bien seamos producto de la total realidad del país. Mito principal de la tijuanología: la frontera es así de extra- ña por su vecindad con Estados Unidos (no por su per- tenencia a México). La frontera es la paradójica oportunidad para que nuestros males nacionales (la pobreza, la migración, el crimen) le ocurran a otros; es el set donde México se hace un país extranjero para los propios mexicanos. “Tijuana es la ciudad mítica donde reina el dólar”, “la ciudad magnicida donde impera el narcotráfico”, “don- de las maquiladoras asiáticas explotan a sus trabaja- dores”. La frontera es la oportunidad discursiva para negar que nosotros somos las víctimas de lo que descri- bimos con espanto. Tijuana es tratada como zona de excepción, como “la tierra de prodigios” (J. Ruiz Due- ñas), es la tierra incógnita donde le suceden cosas extra- ñísimas a las personas. Allá las asaltan, secuestran y vio- lan. Allá lejos. Hablar de la frontera desde el lado mexicano es la enorme oportunidad de tratar nuestro diario pan diario como platillo exótico; hablar de la dis-

criminación y la desigualdad como si fuera un caso y no la realidad cotidiana. Al llegar a la ciudad, se le olvida a todos que la prostitución es el oficio más antiguo del refrán y pronto se atribuye su invención a los casinos tijuanenses donde Al Capone dispensaba propinas a Rita Hayworth. La frontera, entre otras cosas, es un forma de negar nuestro racismo y responsabilizar a otros de él. La frontera es donde todas las mentes nacionales se la- van las manos. Sodoma y Gomorra están en otra parte. La pobreza la sufren otros. Otros más feos y curiosos. ¡México no somos nosotros! ¡Toda la culpa la tiene Tijuana! El mal crítico de la tijuanología es que se siente ori- llada a tratar la ciudad cinematográficamente. (Tijuana, ante todo, es un escenario.) Juan Villoro es un escritor brillante. Este artículo —en sus dos versiones— a en- cargo es uno de sus pocos textos evadibles. Su único pecado es que no es el primer artículo que escribe so- bre Tijuana, es un tijuanólogo reincidente. Lo que le ocurrió es que este texto, como muchos, muchos otros, no proviene de una maduración reflexiva, sino de visi- tas relámpago. Éste es sólo uno de los casos más recien- tes de la tijuanología y quizás el que ha recibido mayor difusión. Por eso el análisis, no por carrilla. Villoro sabe que acá se le estima toda la publicidad que le ha hecho a nuestra ciudad. Villoro sabe que Bart Sánchez loves him very mucho.

Lunes, 9 de noviembre (1:30 pm)

Me topé con varios datos interesantes acerca de México. Si no es comprensible no es lógico. Por qué todos los diplomáticos mexicanos conducen Mercedes Benz. Si no es lógico puede sin embargo ser cómico. El Presidente de México obtiene una comisión. Es comprensible. Davin Antin, “The November Exercises”, en Talking (1972)

VII. ¡Ay, frontera, déjate tantito!

El neocostumbrismo en la crónica dxe la ciudad que sí

  • V enir a Tijuana de tour intelectual implica la vieja idea de que caminar por la calle puede darnos una

gnosis especial. En este sentido, visitar Tijuana para escribir sobre Tijuana es una nostalgia comprensible. (Alguna vez fuimos peripatéticos y calzamos tenis Nike.) El pecado de ingenuidad consiste en creer que el turis- mo (la categoría de percepción más baja), dadas ciertas circunstancias, puede elevarse a fenomenología husser- liana. Y en Tijuana, todos parecen estar de acuerdo en que están dadas esas circunstancias. Observa pues, in- telectual o turista, porque lo eidético está ante la vista. Simplemente mira a esa mixteca vendiendo flores, ese aparador English friendly, mira las estatuas de yeso. Las esencias están a flor de piel. Todos somos Humboldt en la avenida Revolución esquina con calle Primera. Pa- seándose por Tijuana, los intelectuales mexicanos se comportan igual que los videoturistas japoneses. Quie- ren llegar a las cosas mismas pero finalmente llegan a las mismas cosas. La ciudad es un tema milagroso. Hablando de Tijua- na hasta los clichés tienen la facultad de volverse pala- bras domingueras. La frontera es el tema que permite

más enunciados tremendistas y fáciles. (En el amarillis- mo todo lo que brilla es oro.) A la hora de adjetivar a Tijuana, los calificativos que usan los comentaristas de la moda o de películas californianas parecen el vocabu- lario más pertinente. Somos una metrópolis “multico- lor, polifacética, posmoderna”. Somos un “collage”, un “hibridismo”, un “prisma”, un “aleph”, etcétera. Sospe- cho que todo este vocabulario del caos es utilizado como estrategia estilística para no ahondar en la reflexión. Si Tijuana es un “prisma”, a todas luces, no necesita aná- lisis a fondo, sino frases pintorescas y retratos coloridos, muchas observacioness aleatorias y exóticas que prue- ben que es un set multicolor. ¡Admirad la brillantez de mis retruécanos! A Tijuana, los cronistas, animosos de posmodernidad copiosa, la “viven” como un parque de atracciones que debe recorrerse en una sola jornada, una road movie en el país sin pavimento, o que deben experimentar como una infinidad de canales de cable control remoto en mano, zapping zapping zapping en pos de la netafísica; contemplan la ciudad con un movimiento que recuer- da el desesperado party de un teenager viendo videoclips que, por ende, sólo extraen “curiosidades”, visiones ar- bitrarias, alucinógenas, descontextualizadas, de una rea- lidad que de antemano decidieron vivir fragmentaria- mente, nunca como una experiencia lenta o total, sino como una mera lluvia de imágenes. “De las carreras de galgos a los tacos de langosta, el bazar tijuanense exce- de todo inventario” (Villoro). La ventana del automó- vil y la entrada por salida de la cantina como gozo de la

velocidad. Too much is not enough and too fast is just too little. Otro motivo de la fascinación del discurso nacional (desde la prensa hasta la literatura) con la frontera se debe a que ésta parece ser la última oportunidad de creer en lo pintoresco, en el turismo noético. Por eso también se exagera su peculiaridad cultural, su índole patafísica. Sabemos que la globalización está borrando todas las diferencias, y con esta desaparición, el hermoso género de la crónica corre el riesgo de desaparecer. La frontera es el último motivo para construir estampas, viñetas, fraseología, la última estación en que se puede cautivar incautos. La frontera es aprovechada (fingida) como la última oportunidad para que la percepción sea carnaval (¡ay, san Walter Benjamin, déjame ser el últi- mo flaneur!) y donde la prosa vuelve a tener permiso de ser costumbrista. ¿No te digo, carnal, que mis cuadros de costumbres son para mí toda una vieja rutina? Convertir a Tijuana en una ciudad excepcional es evidencia de nuestra hipocresía o de nuestra miopía. No es excepcional porque la frontera es una condición uni- versal. Desde hace años la condición de frontera dejó de ser un concepto geográfico. Los medios y el consumo hacen que ciudades interiores, lejos de otra nación, sean tan o más fronterizas que las colindantes con el extran- jero. Nueva York es una ciudad norteamericana más fronteriza que San Diego. Acapulco lo es más que Tecate. Es la industria consumo-cultural lo que deter- mina la fronteridad de un sitio, no el territorio. Tijuana no es la frontera más cruzada del mundo, es el internet.

Decir que Tijuana es la frontera de fronteras no es más que una caduca aseveración pre-electrónica. Tijuana es relevante porque aglutina condiciones presentes en otras ciudades. Tijuana no es rara. Es el es- pejo de nuestros presentes y porvenires inmediatos. Así que si a alguien le parece que algo completamente raro sucede en Tijuana, esto no significa que seamos una urbe exótica, sino que tal observador no entiende ni jota de lo que pasa en todo el país. La tendencia es juzgar la vida tijuanense como parte del extranjero o aislar sus fenómenos culturales de los del resto de la República. Si antes los observadores de la cultura fronteriza la veían de soslayo, desde afuera, para criticarla desde el marxis- mo nacionalista o la moral cristiana, hoy la miran des- de su windshield no para despreciarla abiertamente (la crítica en serio, en la edad barroca, ha pasado de moda), sino para mostrar su hiper-otredad, su singularidad puesta en époque. Esta descontextualización opera, es- pecialmente, en el tratamiento del tema de la migración. En mi drive-by, me cae que entiendo que mi carro me dota de una superconciencia. Desde mi carro, el mun- do es desarmable y la mujer que vi hace dos cuadras la coloco encima de esa mesa de ropa usada y el balcón volteado lo pongo en los brazos del siguiente policía. La migración masiva hacia Estados Unidos (lógica- mente) no es algo que le sucede a Tijuana, sino algo que le sucede al país entero. Diariamente no son 2 000 tijua- nenses los que intentan cruzar, sino 2 000 mexicanos en general. En Tijuana, la gran mayoría de la gente no con- vive ni pone atención a lo que sucede alrededor de la

malla metálica. Ni siquiera un 5% de la población sa- bría responder a la pregunta, ¿cuántas personas han muerto tratando de cruzar desde que los gringos pusie- ron en marcha Operation Gate Keeper? (Han muerto centenares… Escribo esto a principios del siglo xxi…) Este alejamiento de los tijuanenses respecto a su reali- dad inmediata es el mismo tipo de alejamiento que pro- voca que cuando alguien viene de afuera se sorprenda de ver tantos sombreros durmiendo en la calle, asomán- dose por algún orificio de la malla, esperando que la migra se aleje, para pegar el brinco y correrle en mana- da. Se sorprenden como si este “espectáculo” fuera algo local y anómalo y no la realidad total del país. Sólo a alguien que vive en otro planeta le puede parece extra- ño un fenómeno que abarca todo el país, un fenómeno que no empieza ni termina en Tijuana. (En sí, no hay ningún fenómeno de transculturación que ocurra en Tijuana que no ocurra en mayor magnitud en el resto de la República.) El gobierno y los intelectuales semi- morbosos quisieran que la inmigración fuera un fe- nómeno fronterizo, preferentemente tijuanense, para librarse de su responsabilidad o admirarse de esta diás- pora de los Otros. El fenómeno del cruce ilegal no es algo que primor- dialmente le ocurra a Tijuana, sino al país, pero es más fácil presentar las imágenes y relatos de cruces ilegales como un fenómeno más de la tormentosa ciudad más visitada del mundo, que contextualizar debidamente. Pero contextualizar ese fenómeno significaría dejar de atribuirlo a la leyenda negra de Tijuana para colocarlo

como efecto de la crisis nacional. Lo cual, por supues- to, no es conveniente al gobierno ni a sus voluntarios e involuntarios satélites de información. Los pobres escritores desorientados que vienen a vi- sitar la ciudad para escribir sobre el tema de moda, de verdad creen que hay que gastar en un boleto de avión de Aeroméxico o Delta para ver la migración. (Ahora, de hecho, gracias a muchos websites ni siquiera tendrán que hacer el recorrido relámpago a “Margaritaville”.) Vaya tontería, pudo haberles costado un boleto del metro. Hubiera bastado que fueran al aeropuerto o a las centrales de autobuses del Defe o a los rincones sucios de Barcelona. Claro, consciente o inconscientemente, atribuyen esta “situación” a uno de los rasgos distinti- vos de la ciudad y punto, nadie dice nada y, además, esta fabuladora descontextualización es vende-revistas. Ya sabes, “Welcome to Tijuana, tequila, sexo y mariguana.” Ah, y, por supuesto, cualquier otra cosita que se te ocu- rra, digo, ¿no?

VIII. Máscara contra cabellera. Los gringos contra Monsiváis

(Un alipego más en este conglomerado)

La relación entre gringos y mexicanos que se da en Tijuana es un performance en el cual el mexicano finge servidumbre e in- ferioridad para, a fin de cuentas, aprovecharse del turista nor- teamericano… La cultura norteamericana en ningún momento amenaza con ‘contaminar’ verdaderamente a la mexicana, ya que el contacto entre las personas de estos dos grupos étnicos y cul- turales es mínimo, completamente insignificante y se reduce so- lamente al trato e interacciones comerciales. Diana Palaversich, “La vuelta a Tijuana en seis escritores” (2002)

  • C uando un resumen del presente ensayo sobre la tijuanología salió publicado en la revista mexicana

Complot Internacional en el 2001, un amigo llamó mi atención sobre la afinidad de mis argumentos con los de Harry Polkinhorn, uno de los autores californianos (San Diego) más eminentes y, por cierto, estudioso del experimentalismo de la poesía internacional. Polkin- horn frecuentemente ha especulado sobre la frontera. En uno de sus escritos me parece que ha refutado va- rias de las tesis fronterológicos de un periodo del pen- samiento verbal de Carlos Monsiváis, otro autor mexi- cano (el cronista por excelencia de la vida urbana) que ha servido como paradigma estilístico e ideológico para discutir la frontera. Citaré a Polkinhorn, no sin antes llamar la atención

a lo significativo que resulta que sea precisamente un norteamericano quien corrija a Monsiváis en cuestiones de sociología literaria mexicana. Para las citas que Polkinhorn hace de Monsiváis utilizó como fuente la traducción “The culture of the frontier”, el texto de Monsiváis incluido en Stanley R. Ross (ed.), Views across the border: The United States and Mexico, Albuquerque, unm Press, 1978, pp. 50-67. Plantea Polkinhorn:

La cultura mexicana en la frontera es un poco enigmáti- ca”, escribe Monsiváis recurriendo al argumento del “enigma”, “el misterio”, “la paradoja”, etc. (términos que vienen del discurso teológico), lo que, por otra parte, nos hace saber que hemos llegado más allá del tipo de escri- tura que Monsiváis quiere practicar, es decir, la argumen- tación. Entramos en una zona numinosa que pertenece más bien a un lugar de transición entre estados más esta- bles… Por otra parte, resume la identidad como “días fes- tivos, trajes regionales, poetas, luchas decisivas, líderes y héroes, hazañas, y estilos de cocinar”, así ridiculiza esa manera de definir la cultura con yuxtaposiciones de los elementos incluidos, terminando en la cocina… Desafor- tunadamente, a ese punto en su discusión el autor vuelve a la posición teóricamente indefendible (en su propio aná- lisis) de definir la cultura fronteriza con una lista de carac- terísticas. No obstante, aunque son interesantes, obvia- mente no se puede basar una teoría de la frontera en estas características (porque uno podría nombrar otras que pre- sentarían un retrato diferente): “Económicamente y so- cialmente incapaz de asimilar la cultura americana y a la

misma vez o ignorante o negativa hacia nuestras tradicio- nes mexicanas, la cultura fronteriza acude a la cultura ma- siva en la forma de fotonovelas, tiras, telenovelas en el radio o la televisión, el cine popular, y el culto del héroe en el deporte y las corridas de toros. Hay mucho interés en el ocultismo, como la mágica negra, yoga, la astrología, y especulación sobre la presencia en la tierra de seres de otras planetas.” La obvia tontería y el elitismo cultural apenas escondido de esta lista necesitan poca elucidación, como si esas mismas características no estuvieran amplia- mente presentes en la cultura popular del D.F., o en Los Ángeles (¡excepto las corridas de toros, por supuesto!). El elitismo de Monsiváis se presenta muy claro en la siguiente declaración falsa: “No hay señales visibles de la cultura alta” y “Al contrario, la subcultura de la prostitución es muy evidente.” De todos modos, Monsiváis ha tropeza- do con lo que considera un rasgo clave de la misma cul- tura fronteriza que él mismo ha dicho no se puede defi- nir… es decir, el rasgo de mezclar, la mezcla. “La cultura mexicana fronteriza es… una conglomeración.” Pero esto consiste en un cliché fácil, barrato, e inexacto; después de todo, la cultura mexicana de la capital también es una con- glomeración, y de hecho cualquier contexto cultural en el mundo occidental industrializado es una mezcla de ele- mentos dispersos. Triste, pero Monsiváis degenera en el peor tipo de ataques contra la frontera… por ejemplo, apunta este absurdo: “Así que la cultura mexicana fronte- riza viene a representar, en términos generales, una pér- dida de la identidad (la identidad aquí quiere decir una fuerza política y cultural), la mezcla dudosa de dos estilos

de la vida nacional (lo peor de ambos), la deificación de la tecnología y una manía por las novedades.”

Cualquier comentario a la crítica de Polkinhorn a Monsiváis saldría sobrando. Bye bye, mister Monsi.

IX. Ciudad-ficción

De mi primera visita a Amparo Dávila, la Verdadera, recuer- do sobre todo la invasión de los ojos. Había salido de la costa con dos horas de anticipación porque, aunque no iba seguido a la Ciudad del Sur, sabía lo despacio y, a veces, lo bochornoso que era entrar en ella. Había que soportar el tráfico lentísimo frente a las garitas; había que mostrar tarjetas de identificación y son- reír a ultranza: había que demostrar que se era un individuo sensato y productivo y no otro desahuciado más en busca de me- dicinas baratas y mujeres fáciles. Cristina Rivera Garza, La cresta de Ilión (2002)

E l documental más interesante que se ha hecho so- bre Tijuana es Frontier life (2002) de Hans Fjellestad:

carreras (ilegales) de autos hechos reutilizando partes automotrices norteamericanas; reciclaje del agua en la frontera y el origen de la música electrónica de fusión Nortec. En el documental, la ciudad es propuesta como el paraíso de todas las mezclas, desde las migrantes hasta las tecnológicas. El documental abre con una frase del artista multidisciplinario Torolab: “Tijuana tiene más que ver con novelas de ciencia ficción que con libros de historia de México.” La idea resume y mejora la filoso- fía fantástica de la tijuanología más aventurada: Tijuana como entidad ahistórica, ciudad imaginaria. Quien mejor ha redactado esta visión de Tijuana como urbe volátil del puro presente o del devenir in- grávido, es Guillermo Fadanelli. Lo cito a extensión

porque su texto es uno de los mejores retratos literarios que se han hecho de la ciudad:

En ningún lugar he sentido, como en Tijuana, la fuerza que impone un territorio a sus habitantes. La ciudad tie- ne la vocación de pertenecerle a todos y se respira en ella un orgullo extraño, acaso el de ser un gigantesco hotel sin puertas. El nunca haber sido imaginada como una ciudad real sino como parte de una estrategia, no como fin sino como un medio, la despoja de esa aura de ‘ser para siem- pre’ que poseen la mayoría de las ciudades. Se tiene la sen- sación de que en cualquier momento todos se irán y emi- grarán hacia mitad del desierto o hacia otra frontera. Incluso la zona del Río que supone ser el asiento de la mo- dernidad, tiene esa apariencia de escenografía, de montaje efímero, de ser una locación donde se rodarán infinidad de películas y simulacros, pero donde nada sucederá real- mente porque todos son actores, no por vocación o elec- ción sino por contagio, por saberse en medio de un terri- torio ausente de historia y de futuro, un territorio en el que todo es movimiento, flujo continuo. Ciudad prótesis, inventada, Tijuana es una ciudad donde todo lo real se anula por exceso de exhibición, todo está allí, a la mano, a cualquier precio y a cualquier hora: no hay más que re- correr durante la noche las calles de la Zona Norte para darse cuenta que el placer es una enfermedad endémica:

La Estrella, El Chicago Club, La Ballena, son algunos de los antros que conforman esa geografía despiadada en la que todo parece a punto de caer, puntos álgidos de una decadencia sin historia: anatomía del heroinómano. Por

otra parte, los ríos de personas que cruzan la frontera to- dos los días han terminado por dotar a la ciudad de esa im- paciencia que es congénita a la naturaleza del emigrante, una impaciencia que contagia y nutre todos los pasos. Tijuana es como un espejismo, está allí sólo para el que quiere y puede verla. Para la mayoría, sin embargo, es transparente, no existe: nuestra mirada, desde este lado de la frontera, la atraviesa para posarse en California, en la tierra prometida, en el paraíso glamoroso de los dólares; la mirada de los californianos, en cambio, se detiene allí para construir una imagen falsa y lúdica de México; para nosotros, los mexicanos, es transparente, para ellos es un mito: dos modos distintos de negarle la realidad, de esca- motearle su propia existencia. Hasta la cerca de acero, el Bordo que corre a lo largo de la frontera, parece ser un ar- tefacto más propio de la ciencia ficción que un instrumen- to de división territorial. Los reflectores que iluminan la frontera, los helicópteros aleteando en busca de los tráns- fugas mexicanos que huyen de su tierra y de su precaria economía, la tensión propia de una línea que une dividi- dos territorios tan dispares, configuran el escenario para una cacería tipo nintendo, obvia y violenta, cínica y espec- tacular: la frontera supone más bien el repertorio de imá- genes para una realidad virtual que un conflicto de orden racial o económico. Hay que estar allí para ver. [Guillermo Fadanelli, www.fadanelli.blogspot.com, 2003.]

La visión se muestra tentadora, es poética. Pero, des- graciadamente, Tijuana también posee historia, y es que otra de las fantasías que vertimos sobre esta metrópolis

es el de construir en nuestra imaginación un sitio don- de no hay pasado y puede que no haya futuro. Ningu- no de esos pesos. Tijuana es el mito de una ciudad in- existente que, sin embargo, se puede habitar. Tijuana:

utopía. No-lugar. Una ciudad que es puro espacio pero que no existe en el tiempo. Tijuana: instantánea. La frontera se volvió tema predilecto de discusión en México y Estados Unidos por razones estratégicas de- rivadas tanto de la globalización como de la historia de la relación de estos dos países pero, sobre todo, por el pro- pio proceso nacional interno. Tijuana fue tomada como un ejemplo laboratorial de la llamada “hibridación” so- lamente después de un largo proceso nacional. Tijuana nació a fines del siglo xix por la combinación de intereses binacionales y adquirió su imagen externa a principios de siglo xx, cuando fue utilizada como cen- tro de diversiones etílicas y nocturnas de los turistas norteamericanos. Desde entonces, sin importar que la ciudad se hizo mucho más compleja que servir de zona de all night party para gringos, el imago quedó. El nar- cotráfico, zona de paso de los migrantes hacia EU, refe- rencia forzosa de la prostitución y el crimen organizado que se propagó debido a la pobreza y la descomposición familiar, la marginacion social que vive la mayoría de su población y la instalación de las maquiladoras sirvieron en las últimas décadas para que esta seudodefinición de ciudad maldita-malinchista quedara grabada en el ima- ginario, incluso de sus propios habitantes, pero prefe- rentemente de los que la ven desde afuera, como si la ciudad se tratase de una nota roja habitada por dos mi-

llones de criminales o víctimas potenciales. Todos recién aparecidos, todos prescindibles. El mundo necesita ciudades inmorales para poder experimentarse como más límpido o menos caótico. Y Tijuana, al igual que otras ciudades (Hollywood, París, La Habana, Medellín, Nueva York, Delhi, etc.) ha sido escogida como figura de todo aquello que el resto de las ciudades/culturas niegan ser. Tijuana, específicamente, es el chivo expiatorio mediático de los mexicanos y al- gunos extranjeros. ¿Está Tijuana más “agringada” que la ciudad de México? No. Pero la situación geográfica de Tijuana la hace el blanco perfecto. Ésta sería mi postura frente al discurso sobre Tijuana: el discurso tijuanológico nacio- nal y foráneo quiere definir a esta ciudad como el ejem- plo de “agringamiento” y desastre urbano, para con esa exageración no tener que tomar autoconciencia de sus propia situación y atribuirle el desmoronamiento a los Otros, los tijuanenses, Esos ex mexicanos curiosos, esos fronterizos bárbaros, esos seminacionales. Los neo- chichimecas que desean fundar Tecnotitlan. Somos la Malinche del discurso nacional falso. Según este discurso, serían razones metafísicas o nuestra inmo- ralidad lo que ha construido la identidad fronteriza. ¡Aquí hemos decidido hablar spanglish! ¡Aquí hemos decidido volvernos una ciudad de putas! Con esas men- tiras, los tijuanenses se vuelven estrafalarios y respon- sabilidad exclusivamente de su inmoralidad corporal, lingüística o política. Ellos y nadie más tienen la culpa:

¡tomadles fotografías antes de que entren a los antros!

Todo esto es un mito burdo, casi directamente saca- do de las “Tijuana Bibles”, esos porno-pasquines que tomaron su nombre de la ciudad para poder intro- ducirse en la líbido norteamericana sin que ésta reco- nociese que las “Tijuana Bibles” no estaban hechas en Tijuana sino en Estados Unidos mismo. Tijuana siem- pre sirve para que la puta sea la madre de otro, como en la novela de Ray Loriga o en casi todas las citas so- bre esta ciudad especulativa: espejética. Es cierto que la vecindad con Estados Unidos ha de- finido buena parte de la economía, sociedad y política de la frontera norte, pero el factor decisivo de la cultu- ra de la urbe no ha sido esta vecindad, sino las decisio- nes que el Estado mexicano ha tomado. Tijuana no es producto de Estados Unidos sino de México. El Estado mexicano, sin embargo, no quiere hacer- se responsable de la pobreza en la frontera y sus colo- nias sin servicios públicos y sin educación asegurada, su contaminación, su descomposición social (que hace po- sible fenómenos como las centenares de mujeres asesi- nadas en Ciudad Juárez, esa otra ciudad fronteriza mí- tica, o los miles de muertos en la zona de cruce ilegal hacia Estados Unidos), su vasallaje a los medios masi- vos y su relajamiento de la identidad nacional. Lo que Tijuana ha llegado a ser: ciudad en desplo- me, no lo es tanto a consecuencia de su vecindad con Estados Unidos, sino a consecuencia de que el Estado mexicano aprovechó esta vecindad para aliarse con las corporaciones y el gobierno norteamericanos para sa- car ganancias personales. Y entonces, para borrar su res-

ponsabilidad política, el Estado promueve la imagen y el discurso de que Tijuana es una ciudad que es un de- sastre debido a su inmoralidad, su alianza personal con los gringos o un efecto irremediable o natural de la globalización. Los norteamericanos o los japoneses ex- plotan a las poblaciones semimuertas de Tijuana por- que la corrupción del gobierno mexicano se los permi- tió a las corporaciones foráneas. Tijuana es, antes que nada, una consecuencia lógica del mal rumbo que tomó el proyecto nacional durante el siglo xx. En los últimos años se ha revivido el interés por la frontera, pero primordialmente se la define desde la postura de su relación cultural con Estados Unidos, de su desnacionalización postmexicana. Esta postura olvida que la ciudad es consecuencia directa de la corrupción mexicana, no de la hibridación per se, ahistórica. Tijuana fue inventada no por los “chicanos”, los “gringos” o nosotros, los híbridos. Tijuana fue creada por los setenta años que duró la “dictadura perfecta” (Vargas Llosa dixit) del Partido Revolucionario Insti- tucional y por la llegada en el 2000 del derechista Par- tido Acción Nacional. Tijuana es el signo de la decaden- cia interna de lo mexicano, comenzando por la ciudad de México y terminando en la frontera. Pero como no se quiere que esto sea puesto como centro del debate, se populariza la idea de que la frontera sólo era un tema y que ese tema ya está pasando de moda. Pasemos a otro.

Le preguntó al cantinero qué día era y el cantinero dijo que “Jue- ves”, así que tenía un par de días. Aleseo tenía que esperar para que los gentíos gringos llegaran a la frontera para tener sus dos días de locura después de 5 días de infierno. Tijuana se hacía cargo de ellos. Tijuana se hacía cargo de su dinero. Pero los ame- ricanos nunca supieron qué tanto los odiaban los mexicanos… iban por TJ como si fuera de su propiedad, y cada mujer era una cama y cada policía un personaje en un comic strip. Pero los ame- ricanos habían olvidado que habían ganado un par de guerras a México, como americanos o texanos o como haya sido. Para los americanos, esto era tan solo parte de los libros de historia; para los mexicanos esto era algo vivo, real. No se sentía bien ser un americano en un bar mexicano un jueves por la noche. Los ame- ricanos arruinaban incluso los toros; los americanos arruinan todo.

Charles Bukowski, “The stupid Christs”, en Tales of ordinary madness (1967)

X. Los Simpson dicen: “Tijuana es el lugar más feliz de la tierra”

¡Lea y vea cómo Tijuana mató a la recién nacida posmodernidad!

E s falso que los norteamericanos crucen la fron- tera en busca de lo Otro. Lo que los norteamerica-

nos vienen a ver a Tijuana en su recorrido por sus bares topless, discotecas minifaldescas y sus tiendas de cami- setas, bolsillos, yesos, cintos, medicinas y licores es a sí mismos, vienen aquí para verse a sí mismos; no vienen a conocer el exotismo de sus vecinos inmediatos, sino la persistencia del comercio, la celebración transnacio- nal del silicón, la sobrevivencia del capitalismo aun en tierras adversas, la continuación ventajosa del life-style.

Lo que les causa tanto placer atestiguar es que sus ve- cinos morenos con casi iguales a ellos: Tijuana es una ciudad turística, es decir, apenas diferente. En el fondo, el turismo es siempre turismo-de-lo-mismo. A Tijuana, a la frontera, a México, un norteamericano no viene a escapar de su cultura (como la imagen idealizada del run to the border pregona); viene a confirmar la existencia uniforme de la gran monocultura del consumo. Mis trabajos como mesero en un antro de la avenida Revolución y como agente de viajes, me enseñaron a ob- servar esto: los norteamericanos vienen con curiosidad, luego con tedio y finalmente se marchan satisfechos de

su monotonía. Se van felices: América es toda American. América es Estados Unidos por todas partes. América es América. La experiencia en la avenida Revolución les provee de la falsa seguridad de que esto es también in- defectiblemente familiar, suyo, inagotablemente igual. Mr. Gringo dice: Ellos are like us. Ustedes ser nosotros. Pero si caminaran una cuadra después de la avenida Revolución se encontrarían, como ya dijimos, con la ave- nida Constitución. Ahí los comercios son otros, la mú- sica tiene otro idioma y otro precio, los puestos de co- mida huelen distinto, incluso la basura es diferente:

tiene otras marcas. Pero a pesar de estar apenas a unas decenas de metros, en la avenida Constitución práctica- mente no hay norteamericanos. Ahí Tijuana deja de ser una zona turística. No hay nada ahí que pueda interesarle a un turista, es decir, a un etnólogo de lo igual, porque lo único que ahí puede esperarle son los signos ubicuos de la pobreza, la marginación, el auténtico tercer mundo, la diferencia, ahí se desengañaría de la continuidad de las culturas, ahí están (más evidentemente que en la zona turística) las invencibles señales de la desigualdad. Pero regresemos a la percepción del mexicano. ¿Por- qué los tijuanenses son tan renuentes a negar la aveni- da Revolución como entidad donde se manifiesta lo típi- camente mexicano? La versión popular quiere hacernos creer que negar la Avenida es negar a los gringos. Real- mente lo que se niega es ciertos aspectos de nuestras propias mexicanidades que nos parecen despreciables. Lo que se niega son los venderores ambulantes, por ejemplo. Antes que nada entre los gringos nació esa sen-

sación de que Tijuana/La Revolución no era México realmente y éste es un mito que nosotros retomamos de su racismo. “Tijuana is not Mexico”, dijo Raymond Chandler. A ese mito del racismo anglosajón, por su- puesto, alguien le puso el sello Made in Mexico y pasó a formar parte de la sabiduría nacional. Neta que Tijua- na es de otra manera, no vayan a creer ustedes señores turistas que somos así… Aunque la avenida Revolución como tarjeta de pre- sentación de Tijuana es un cliché viejo, vale la pena de- finir finalmente su naturaleza. Aunque, como dijimos, su dimensión ha sido rebasada por la problemática de las colonias marginales; comparada con todas esas co- lonias y cerros poblados la rutina pintoresca de unas poquitas cuadras, resulta tremendamente aburrida. La nota esencial de la vida tijuanense no es la penetración imperialista, el narcotráfico, sino la marginación social. La ciudad ha tomado forma no por la influencia esta- dunidense sino por los regímenes posrevolucionarios nacionales. La llegada de las maquiladoras extranjeras y toda influencia norteamericana ha sido consecuencia del proceso mexicano; es el efecto, no la causa. Empecemos por el ‘empiezo’. Quienes pretenden que la avenida Revolución es un espacio de ejercicio del multiculturalismo exhiben una ingenuidad lastimosa. Ahí es una zona de ejercicio de la discriminación: el consumo de los productos de la zona no es mayormen- te mexicano pues los precios son prohibitivos para mu- chos nacionales, los antros (cada vez más comerciables y diseñados para el teenager anglo) hacen uso de su

derecho de admisión de manera autoracista, de un racis- mo fincado en complejos de inferioridad y criterios eco- nómicos. En la avenida se dosifica racismo mexicano contra gringos y nacionales. Además, la “experiencia mexicana” de la avenida es falsa: es un weekend que es un weak end. Es la diver- sión barata sin restricciones, un infierno de fin de sema- na, del que pueden regresar sin riesgo ni rasguños a su normal vida norteamericana. I was in Tijuana and I am still alive! I even brought some jumping frijoles. El multiculturalismo de la avenida Revolución es falsifica- do: los norteamericanos no viven una experiencia mexi- cana, sino un espacio sui generis diseñado a la medida de sus expectativas de más corto alcance, y los mexica- nos viven ahí una experiencia de frecuente discrimina- ción de parte tanto de extranjeros como de mexicanos, lo que significa que la avenidad de la Revu como monu- mento de la multiculturalismo es una farsa, pues es una puerta unidireccional, un símblo de turismo no de mul- ticulturalismo, ni siquiera es una avenida: es un callejón. Pues de aquí para acá hay movimiento más o menos li- bre, pero de México hacia allá hay un límite infranquea- ble. Es un callejón con barda de metal en uno de sus extremos. ¿Arteria de la ciudad? Sí: arteria tapada. Además, la Avenida es también una oportunidad de falsa perplejidad en el discurso nacional. (El solo hecho de que los burros-cebras intriguen igualmente a seño- ras texanas e intelectuales mexicanos debería disuadirlo de darles tanta importancia en sus bitácoras de viaje.) Ya lo dijimos: entre las estatuas de yeso de la línea interna-

cional y los chupacabras-Carlos Salinas que se venden en las esquinas de la ciudad de México hay una conti- nuidad evidente. Sólo que, a ojos prejuiciados, la cultura popular urbana del país de pronto se transforma en Mexican curious especialmente feos. En la tijuanología nacional, lo callejero se convierte en extranjero. Las artesanías tijuanenses siempre son mostradas como de- mostraciones de bolsillo de que en Tijuana todo es raro. Y, sin embargo, en el fondo esa diferencia es nula. Ocho burros-cebras estratégicamente ubicados en una sola avenida son suficientes para que sociólogos y articulistas levanten fenomenolías enteras sobre el carácter solípedo de la posmodernidad. Tijuana es una ciudad especialmente excluyente. Si hace unos pocos años los punks eran detenidos por la policía municipal por “feos y curiosos” y los jóvenes mo- renos eran acosados por la judicial por “cholos”, actual- mente todavía estamos empeñados en una nueva cons- trucción de satanizaciones populares. No hace mucho, el principal diario de la región publicó un reportaje es- pecial dedicado a la narcomoda, donde describía el modo de vestir de los narcotraficantes y sus imitadores. Desafortunadamente, el reportaje de Frontera se limi- taba a describir el estilo de vestir de los varones que se adscriben a la cultura norteña. No es casual, entonces, que también la policía arreste sistemáticamente a cual- quiera que traiga sombrero, monte un modelo de carro sospechoso, presuma su cinto vistoso o porte camisas de seda y cuyo rostro sea del color equivocado; no hay pier- de: es un “narquillo”.

La intolerancia ingenua ha llegado al extremo de pe- ticiones como la del removimiento de las “marías” (ma- yormente mixtecas) de la vía pública, incluso alguien propuso que se les diera uniforme (¡!), porque su “aspec- to” denigra nuestra dignidad y da “mala imagen” al tu- rismo internacional. Con ese pretexto, por cierto, hace unos años el gobierno príista desalojó a la mala (abrien- do las compuertas de la presa) a Cartolandia, el asenta- miento irregular marginal que se ubicó cerca de los si- tios de cruce del “turismo internacional” (señora, por favor, límpiele los mocos a su escuincle pues los turis- tas andan tomando fotos aquí cerca). Por un tiempo, Cartolandia se convirtió en la nueva sede de la perdi- ción moral (desplazando con mucho a la avenida Revo- lución), pues se decía que ahí las familias convivían en constante promiscuidad, que ya sabemos que es el eu- femismo que dan los poderosos a la pobreza. Además en todas estas discusiones, se oscurece algo esencial de la vida de la avenida. La verdadera comuni- dad racial —distinta a la mestiza— de la avenida Revo- lución no son los gringos en sus diferentes presentacio- nes o los europeos esporádicos, sino los indígenas: ellos son quienes trabajan esa zona, principalmente en el comer- cio informal. Pero cuando se menciona la Revolución, pocas veces se hace alusión a los indígenas, quienes de- berían de ser aquellos que capturan nuestra atención, por ejemplo, ¿qué lengua es la que se habla ahí y que esca- pa enteramente a nuestra comprensión? No, ciertamen- te, el inglés, que frecuentemente hablamos o entende- mos (aunque sea a medias), pues la educación regional,

los muchos canales de televisión y radio estadunidenses, hacen que el inglés no sea una expresión misteriosa. La verdadera lengua otra de esta frontera es el mixteco, esa lengua de nuestros vecinos en la cuadra y de nuestros com- pañeros traseros de taxi colectivo. Seguramente el mix- teco es la segunda lengua más hablada en Tijuana, pero ¿a quién le importaría conocer ese dato? El indígena es la expresión de una verdadera otredad. ¿Pero eso a quién le importa? Si de por sí poco nos importan los gringos y chicanos… Para demasiados mexicanos, el principal rasgo de los indígenas es que son criaturas invisibles. En lo que toca al arte fronterizo de vanguardia (des- de el arte instalación y el performance hasta la música electrónica), se ha hablado de su carácter posmoderno (debido a su anulación de fronteras entre lo popular y lo elitista), pero más bien habría que hablar de la utili- zación provechosa de estilos populares por parte del arte mainstream y de un discurso engañoso sobre esa su- puesta hibridación. (Brian McHale observa que “la te- sis de Fredric Jameson y Andreas Huyssen, y otros, es que el posmodernismo se caracteriza por el colapso de las distinciones jerárquicas entre la alta y baja culturas, entre cultura ‘oficial’ y popular o de masas… sin embar- go, tal velocidad e intimidad de interacción no se debe confundir con el colapso o desvanecimiento de las dis- tinciones jerárquicas”; en “postcybermodernpunkism”, 1987.) La diferencia entre arte culto y arte popular si- gue viva y es incluso aún más impenetrable que antes. Cuando un grupo de músicos fronterizos utiliza la mú- sica norteña popular, por ejemplo, para hacer música

electrónica sofisticada, no desaparece la diferencia en- tre ambas categorías. “A partir de ahora lo cool y lo ‘maquila’ son una misma cosa”, dijo uno de los ideólo- gos caseros de la música electrónica Nortec, repitien- do domésticamente el discurso trillado del posmoder- nismo. (Aquí quisiera distinguir entre el discurso y el sonido del movimiento Nortec: su sonido es espléndi- do; el discurso generado por algunos de sus comenta- ristas me parece deficiente.) Claro que el hecho de que se haya creado un nuevo sonido electrónico (que lo es) no puede significar que de verdad se desplomen las diferencias entre el mundo cool y el mundo de los maquiladoras. El mundo alre- dedor y sus hegemonías siguen intactas, el mundo de lo cool y el de lo maquila siguen siendo opuestos. Fuera de las sonidos, la hibridación entre cultura popular y cultura electrónica es retórica. El mundo de la maquila- dora y el mundo de las discotecas siguen tan separados como antes, tanto que para los gustos de las obreras que escuchan la Banda del Recodo la música de Nortec qui- zá les parece ajena. Al mismo tiempo, Nortec es una utopía de fuerte raíz tijuanense. Las diferencias entre lo culto y lo popular, lo alto y lo bajo, no se demuelen por las hibridaciones de ambas por parte de los cool o cultos. Suponer eso, como el dis- curso posmodernólatra lo hace, es una tontería. Utili- zo el ejemplo de Nortec para llegar a algo más amplio:

mucho de lo que se llama posmodernismo no es más que un juego discursivo y monetarizado. La mezcla de lo popular en lo culto no es más que una estrategia co-

mercial o estética del arte moderno para poder prose- guir su propio devenir. La hibridación posmoderna muchas veces es una máscara del mercado. Así pues, el multiculturalismo de Tijuana es ilusorio o, mejor dicho, la expresión de su multiculturalismo real es negada en la práctica. (Tijuana, por cierto, a estas al- turas del texto ya significa México entero. Tijuana somos ustedes, cabrones.) Tijuana no es, como decía García Canclini, el laboratorio por excelencia de la posmoder- nidad. Como en Nueva York, el proyecto de una urbe multicultural no sobrevive un examen riguroso (el ra- cismo manda) ni hay fusiones auténticas entre las cul- turas populares y la high culture. Toda hibridación es una simulación de mestizaje, nada más, una mera simulación, porque en un nivel profundo las divisiones y fronteras entre ambos mundos siguen vigentes o fortalecidas. Apenas termina el show de la hibridación de cultu- ras y de lenguas, cada quien regresa a su asco natural por lo Otro. En Tijuana, cultura popular y cultura elevada juntas, pero no revueltas; inglés y español sí, pero no exageres la aleación ni la alianza: en el fondo, se repe- len. Tijuana a veces más bien parece la tumba del pro- yecto posmoderno de multiculturalidad. En Tijuana, la multiculturalidad es negada sistemáticamente por sus intelectuales y clases sociales dominantes. Tijuana des- precia al otro extranjero y propio, sea éste mujer, indí- gena, chicano o gringo, trabajador de maquila o more- no. A unos los quiere enmudecer, a otro venderles una mexicanidad de pacotilla, a otros uniformar; en fin, lo importante es fingir y despreciar la otredad.

De ambos lados de la frontera, a los Otros se les quie- re exterminar. La multiculturalidad quiere ser mono- culturizada a cualquier precio y desprecio. La hibrida- ción llevada a sus últimas consecuencias es condenada por nauseabunda: es considerada una chicanada. ¿Posm odernidad? No, disfraz de posmodernismo:

posmodernizaje. Tijuana es una frontera contra sí mis- ma. De hecho, la mayor parte del tiempo, Tijuana no tiene vida de frontera abierta, sino de frontera de puerta cerrada. La frontera es un muro metálico, desde ambos lados, pues en la frontera México-Estados Unidos, en la paradigmática frontera entre el primer y el tercer mundos, todos pintamos nuestra raya. Tijuana es el pro- yecto caído de la posmodernidad.

Coda o undécimo mandamiento:

no digáis nunca la verdad acerca de vuestra ciudad

Tijuana es sinónimo de mediocridad. Nada provechoso ha dado al mundo. Ni artistas ni intelectuales reconocidos, nada, en rea- lidad nada de importancia. Los tijuanenses, como buenos mexi- canos, nos levantamos el cuello por insensateces como la inven- ción de la ensalada Cesar’s y el copyright de una bebida alcohólica femenina bautizada “Margarita”. Ambas son delicias restauranteras con mucha demanda entre extranjeros y visitan- tes nacionales, pero que no dejan de ser estupideces de las que sólo se pueden enorgullecer los losers. Una ensalada o una bebida… mejor fuera que Tijuana no existiera. ¿Existe? Esther Gasca, “Apuntes de una fugitiva” (1998)

  • L a verdad siempre es insípida e incolora. La miseria es la semejanza de todos los seres humanos. Debido

a esa miseria jamás desperdiciaremos una oportunidad para hacernos pasar por seres extraordinarios en épo- cas únicas viviendo en lugares excepcionales. Así ocurre con los tijuanenses, que, alejados del desarrollo de la ca- pital del país e incapaces de acceder al progreso de nues- tros vecinos norteamericanos, ejercemos el oportunismo de sobreactuar la supuesta condición extraordinaria de nuestra cultura fronteriza. Actuamos para un público

nacional e internacional, incondicional, crédulo o que obtiene ganancias de publicitar la curiosidad del Otro. Prostitutas, vendedores, niños, obreros, amas de casa, traficantes, automovilistas, escritores, todos actuamos para hacerle creer a ellos que somos otra raza. Parte cen- tral de la identidad tijuanense es eso: saber venderse, saber cultivar la mala imagen como ventaja comercial. Y, a la vez, alegar que la buena imagen debe ser resca- tada. De una u otra manera, Tijuana niega que Tijuana sea verdad. Si el guía de turistas —algunos de ellos norteameri- canos, por cierto— promueve la idea de que Tijuana es peligrosa y oscura, es porque necesita ese discurso para vender sus servicios. Exactamente lo mismo sucede con sus literatos, académicos, artistas, cada uno de ellos con una fuerte dosis de charlatanería. Las carencias de infraestructura en Tijuana se suplen con un neobarro- quismo del discurso. Post-pop mata Third World. Convencidos de nuestra actuación para ellos, de nuestros testimonios, los visitantes o exégetas luego es- criben todas esas novelas, reportajes, películas, comen- tarios, pláticas que se llevan a sus países y libros, donde consignan la buena o mala extraordinaria condición de la ciudad. Desde los más bobos —los teenagers— hasta los más inteligentes —los intelectuales— todos se cre- yeron nuestro papelazo o papelito. O no lo creyeron, pero lo utilizaron. Después de todo, cuando la ficción se ha hecho verosímil, la verdad resulta increíble. Capitalinos y gringos están ansiosos de que les com- probemos que somos seres exóticos, ¿qué más da?, ¡se

los comprobamos! ¿Quién, en su sano juicio, rechaza- ría ser un ser excepcional, ligado al narcotráfico, a la leyenda de una nueva Babilonia, a un Infierno entre dos mundos o como ahora se dice, el mero mero laborato- rio de la posmodernidad, quién, díganme, se negaría a aceptar tan altos títulos ligados a la residencia de una ciudad a la que se le atribuyen mitos malditos? ¿Quién no cae en la mitomanía cuando el premio es la fama o la propina? Ustedes están ansiosos de relatos fantásticos y noticias sociológicas, bueno, pues yo se las invento, cómo no, con mucho gusto. ¿Qué tanto quieren? El dis- curso de la tijuanología está demasiado atento a su dirigencia, a su diálogo loco con el otro. La tijuanalogía no se ha construido como una autognosis sino como un discurso-para-el-otro. Todos nosotros no somos más que guías de turistas. Decirles la verdad, decirles que somos como todos, decirles que ustedes somos nosotros y nosotros somos nosotros, decirles que Tijuana se parece a las mezclas culturales de donde quiera que vivas, que Tijuana es la suma de tus proyecciones, que Tijuana es cualquier cosa y ninguna, sería cruel, ¿cómo podríamos decepcionar- los? Los tijuanenses y los tijuanólogos son como esas tribus que inventan y mienten a los antropólogos que les preguntan sobre su vida sexual o su levi-straussismo. Los nativos hace mucho que no tienen oportunidad de exagerar su vida o soñar despiertos, así que deciden contar a las grabadoras o a los apuntes de los curiosos, todo lo que se les ocurre. Sociólogos, antropólogos, periodistas, siempre están dispuestos a creer cuanto se

les diga, olvidando que a los informantes o a los guías de turistas hay que creerles menos que a los vendedo- res de autos. Los tijuanenses nos hacemos pasar por criaturas fuera de lo común y les mostramos las siete ra- rezas de la ciudad a los ‘incautos’ —aquellos que para seguir cumpliendo su nicho social actúan que creen las fantasías de los otros, en un mutuo y explosivo como si— porque así lo pide el público y al público lo que pida. Los niños quieren que los asustemos cuando se acer- can a pedirnos que les contemos un cuento. Uno, en- tonces, inventa una historia de horror, ¿acaso hay algo más humano que mentir a los crédulos? Mentirles es una forma de piedad hacia ellos y de humilde diversión para nosotros. “Tijuana” no es más que un filosofema. Una entele- quia que no existe sino en una colmena de citas y en un apiladero de artículos. Alguien empezó a discutir a Tijuana en busca de su esencia y su sucesor se tragó el cuento de que tal entidad existía realmente y así ya van varias generaciones intertextuales que se proponen dis- cutir la esencia de una supuesta ciudad mítica llamada Tijuana, que en realidad no es más que una frontera imaginaria. Yo mismo lo he hecho, lo acepto. Yo mis- mo descreo de la existencia de Tijuana y, sin embargo, entro a la discusión, ¿qué más podría hacer en estos sá- bados nublados? Tijuana no existe. Nada más es un sitio de internet. Para ser franco, declaro que Tijuana es un lugar tan común que, para huir de la monotonía, a veces una per-

sona (yo, usted o aquél) tiene que tomar como desespe- rado pasatiempo, un día, “la reivindicación de la ima- gen frivolizada de la ciudad” (negando la leyenda negra y sus secuelas grises), pero sólo para que al día siguiente la misma persona se entregue fervorosamente a la difu- sión de “la naturaleza viciosa y nocturna de esta ciudad misteriosa”. Si no lo hiciera él o ella, ¿quién lo haría? A los tijuanólogos les sucede lo que a aquel filósofo provinciano que, para ganar un poco de atención de los demás, escribió un libro contra Dios, y al ver que a nadie le importaban sus tesis, decidió armar una polémica escribiendo un tratado teológico para refutar su propio libro (atribuyéndoselo a otro). Tijuana es un personaje de Onetti queriendo convencer a los demás de ser un personaje de Borges. La tijuanología así funciona. Es un último recurso para hacernos creer y hacerle creer al mundo que somos interesantes. La ciudad es harto común, pero qué le vamos a hacer, confesar eso sería aburrido y la gente tiene que divertirse en algo. Que la fiesta prosiga. No- sotros ponemos los mitos y las cervezas. Salud para que jamás confieses lo que ya sabes: tú eres Tijuana. Y Tijuana es una mentira.

Segunda parte

Cruces

Tijuana is not Mexico. Raymond Chandler, The Long Goodbye ( 1953)

Estoy harta de tu punk neoyorquino. Aquí es donde está la ver- dadera violencia. En San Diego, los chicanos disparan contra los autos en la carretera libre. Los chicanos viven en estos caminos o barrancos entre los cerros… Realmente no viven en barran- cos; más bien se fugan hacia la frontera de Tijuana… Kathy Acker, “The meaning of the eighties” (1984)

Por supuesto al llegar a Tijuana he visto a tu madre subida en la trasera de una camioneta rodeada de braceros mejicanos, to- dos borrachos, todos cantando, todos alegres. Si me ha visto ha hecho como que no se daba cuenta. Parece que la buena mujer sigue ganando. Tijuana se extiende en el desierto como una mancha de aceite en una pista de hielo. Ray Loriga, Tokio ya no nos quiere ( 1999)

“Los tijuanenses”, declara un vocero del gobierno panista, “es- tamos cansados de que a nuestra ciudad se le estigmatice vincu- lándola sólo con el crimen y el narcotráfico. Tijuana tiene muchas

otras cosas que ofrecer”. Y al terminar su declaración se convir- tió en graffiti.

Guillermo Sánchez Arreola, “La frontera como montaje” (1999)

El trato vino rápido. Apenas salieron del aeropuerto, se les acercó el pollero. Chiquillos lindos, ya consiguieron pase. El taxista les grita a los recién llegaditos que no se metan. Pero ellos ya están metiéndose en la cajuela del auto. Permanecen ahí dos horas. Quieren llegar sin problemas a Estados Unidos. No ser detenidos. ¿Y qué más quieren, cabrones? Esperan que sus 800 dólares valgan la pena. Les fue bien. Les pudo salir en 2000 dólares, más el culito de la chica. El calor es insoportable; los latidos allá dentro no cesan. Estar metido en una cajuela, saber que el carro marcha, que la ciudad va quedándose atrás, estar ahí a oscuras, todo un rito de pasaje. Este viaje jamás lo ol- vidarán. ¿Escuchaste bien? Jamasito. Antes de ser encajuelados se les dijo que nada de ha- blar. En ningún momento. Calladotes. Iban ca-lla-dí-si-mos. El pollero —se llama Javier y, a veces, se apellida Morales— decidió llevarlos a un sitio apartado de

Tecate, y ya que esté más oscurita la noche —ah, qué nochecita— abrirles la cajuela y decirles que ya llega- ron a Estados Unidos. El truco siempre funciona. Los llevas lejos. Con el susto, nomás corren. Siguen en México. Los deja salir. Les aconseja cambiarse de ropa y no caminar junto con otros mexicanos que anden por ahí, para que no se hagan presa fácil de los policías “ameri- canos”. La pareja obedece y camina hacia el rumbo indica- do, esperando llegar pronto a algún motel de la ciudad. El pollero ya ni siquiera se ríe de su transa. Cuando va de regreso a Tijuana, Javier decide bus- car centros comerciales similares a los gringos. Así, en los ‘cruces’ siguientes, se ahorra el viaje hasta las afue- ras de Tecate. Tecate le trae malos recuerdos. Así lo hace el martes siguiente. Dejó a tres clientes nerviosos en el parking del Costco. Al cabo no conocen Tijuana y el lugar se parece tanto que los migrantes del Sur a veces creen que están en Los Ángeles. A veces no, pero Javier de todos modos huye en chin- ga. No se volverán a ver nunca. Una vez le pregunté a Javier por qué era tan mierda y me dijo esto: Mira, hay dos tipos de hijos de la chin- gada que cruzan. Unos, los que cruzan pa’ jamás volver. Apenas llegan allá, aprenden inglés o, de perdis, no vuelven a hablar español. Se hacen chicanos, pochos pues. Los otros, cruzan y juran volver apenas junten

dinero. Pero no vuelven. De allá ya nunca regresas, brother. Nunca. Yo por eso les hago el favor de no cru- zarlos, pa’ que sepan una cosa: si cruzas ya no hay re- torno. Y por eso los dejo aquí. ¡No hay necesidad de cruzar! Que mejor se esperen con la cerveza en la mano, así como yo estoy ahorita. Que se queden en Tijuana, bien felices. Que aquí se esperen. De todos modos, el sur ya lo dejaron atrás y Estados Unidos bien pronto, solito, va a estar aquí. Y si lo que quieren es huir de México (y cómo no comprender su fuga, todos quisiéramos estar en otra parte) pues Tijuana está perfecta. Tijuana no pertene- ce a ninguna parte. La ciudad entera está drogada. Tú me dirás: bato transa. Pero no. Al contrario. Otros polleros los llevan a California y gastan más ga- solina. En cambio yo, les doy mejor servicio. Un viaje al futuro. Welcome to Tijuana, cabrones.

Como todas las ciudades, Tijuana es terrible. A excep- ción de todas, Tijuana de verdad lo es. Una pesadilla pusmoderna. En los puentes y pasillos hacia Estados Unidos siem- pre hay carteles con alguno de los criminales más bus- cados por el fbi. Uno o varios de ellos serán, inevitable- mente, narcotraficantes mexicanos, quienes son algunos de los líderes del crimen organizado a nivel mundial,

pues superan en ganancias e influencias a la mafia ita- liana, la rusa, la china o la colombiana. Tijuana es la capital del narcotráfico. Por supuesto, al mundo le cuesta reconocer este dato, ya que los rostros y la procedencia social de estos mafio- sos no tienen nada qué ver con el glamour hollywoodense de la mafia italiana, por ejemplo. Los narcotraficantes mexicanos son individuos brutales, de aspecto vulgar, salidos de la cagada social y las capas lumpen de la cul- tura. En sus caras se dibujan todos los vicios humanos. Al imaginario occidental le gusta pensar que sus crimi- nales más portentosos son sexys hombres elegantes. El Padrino. La verdad es otra, siempre otra, la muy puta. Los narcos mexicanos tiene aspecto de cerdos. Golpeados. De alguna forma, los criminales mexicanos vienen de nuevo a sugerir al hombre caucásico que hay razas que no poseen alma, y aunque su liderazgo bancario supe- re con mucho al de otras asociaciones de crimen orga- nizado, no merecen ese reconocimiento facial. Pero así es: son los campeones. Los más perros somos nosotros. Los narcos mexicanos incluso superan en ingresos a sus competidores más cercanos: los narcocárteles del gobierno mexicano —como la Procuraduría General de la República, el Ejército mexicano o la Policía Judicial Federal. En la zona de cruce hacia California, los cárteles mexicanos de la droga (entre ellos los fronterizos) son, pues, los lindos rostros que adornan el camino hacia el Otro Lado, como es llamado Estados Unidos entre los

lugareños. Así, por ejemplo, esos rostros de los pósters, mucho tiempo fueron los de los hermanos Arellano- Félix y su banda, los narcotraficantes más poderososo del continente y cabecillas del Cártel de Tijuana; quie- nes después de ser arrestados fueron llorados por el pueblo, como en Cali, Medellín o Bogotá fue llorada la muerte de Pablo Escobar. En esos carteles se dan datos acerca de su apariencia física, los teléfonos donde pueden comunicarse los avistamientos y la recompensa (hasta uno o dos millo- nes de dólares) para aquellos que aporten información que conduzca a su captura o condena. El rumor popu- lar, por supuesto, ya tiene una explicación de porqué a lo largo de los años esos carteles no han servido de mu- cho: la apariencia física de los criminales fronterizos ha cambiado extraordinariamente. No sería raro que alguno de los muchos chistosos que se toman una foto rápidamente —aprovechando el descuido de los agentes norteamericanos— junto a esos carteles fuera precisamente uno de esos narcotraficantes que, gracias a los milagros de la ciencia, ha modificado exitosamente su aspecto. Su cartel no se parece y por eso sigue lidereando libremente su cártel. La liposucción y la reconstrucción facial habrían con- vertido a estos narcotraficantes transnacionales en per- sonas delgadas, de otro tono de piel, con narices distin- tas y bocas más pequeñas, cabello abundante y ojos de otro color. Quizá se han hecho güeritos. Así que entre su actual apariencia y las viejas fotografías del fbi ya no hay similitud alguna. De esta manera, pues, es como los

narcotraficantes mexicanos se burlan de las autoridades norteamericanas y mexicanas y logran cruzar regular- mente la frontera y hacer sus compras navideñas en Fashion Valley o van semanalmente a Las Vegas, ha- ciéndose pasar, digamos, por mujeres. No todo es droga. Tijuana no sería nada sin la ciru- gía estética.

Cada vez que hay que pronunciar palabras en la línea internacional (por coqueteo, amabilidad o interrogato- rio) se presenta la vacilación. ¿Hablaremos en español o en inglés? ¿Marcaremos nuestro acento o trataremos de enmudecerlo? ¿Qué consecuencias podría tener, en cada caso, decidir hablar uno u otro idioma? ¿Habla- remos dicho idioma con un extranjero que habla espa- ñol? ¿Con un racista? ¿Con un chicano que entiende ambos? ¿Con un agente de migración? ¿Con un mexi- cano que cree que somos extranjeros? ¿Quién chingados tiene que ser en esta ocasión? ¿Qué puta voz soy hoy? La decisión, sin embargo, casi siempre tiene que ser tomada en un instante. No pierdas tu tiempecito, pen- dejo, abre el hocico pronto, no seas acomplejado. Así que el instante decisivo nos toma por sorpresa, y es que la esencia del cruce es siempre estar pensando qué es lo siguiente que hay que hacer, qué es lo siguiente que hay que responder, qué es lo siguiente que hay que ne- gar. Aquí no vale el oracular consejo socrático, aquí lo que vale es este otro dichito: desconócete a ti mismo.

Apenas puedas, vuélvete otro. La esencia de la frontera es decidir rápidamente qué vamos a hacer y aceptar —sin oportunidad para titu- bear— las consecuencias que esto va a traernos. Aquí lo que cuenta es que apenas tengas al Otro enfrente ya sepas de inmediato en quién vas a transformarte. Trans- fórmate rápido, porque el Otro, en lo que tú te quedaste pensando, ya se puso encima tres o cuatro disfraces.

Recomendaciones para cruzar exitosamente a USA (de lo más fácil a lo más complicado):

Tratar de cruzar mediante vías legales. Elegir una hora en que haya poco tráfico. Antes de cruzar, tener una razón que darle al agen- te, una razón buena, verdadera o, por lo menos, creíble. Conducir un buen auto —que se vea lujoso o que diga: soy clasemediero. Conducir un buen auto sin que levantemos sospechas acerca de su origen. Si eres moreno, lleva un auto de acuerdo con tu estatus. Cruzar en bicicleta por la línea especial. Llevar una revista cuando cruces a pie. Llevar dos revistas cuando cruces a pie. Seleccionar la fila que está avanzando más rápido. No introducir frutas o verduras.

No introducir metales. No contar chistes sobre terrorismo. No decir “ojalá”. (Ojalá suena musulmán.) Llevar poco equipaje o mercancía. Ir bien vestido. No sudar de manera excesiva. No tener tics nerviosos. Cruzar a solas para no tener que esperar a nadie que se quede atrás. Traer comprobantes que avalen que somos inver- sionistas. Ser un político mexicano elegante y portar alguna identificación especial reconocida por Estados Unidos. Ser una mujer fina y atractiva —de piel blanca para apelar a sus gustos anglo o de piel morena para ape- lar a sus fantasías mundiales. Ser un anciano en silla de ruedas. No ser demasiado moreno o de baja estatura. Tratar de adivinar cuáles agentes son racistas o, en ese momento, están malhumorados. Hablar lo menos posible. No estar borracho. No tener antecedentes penales. No traer aroma alguno en tu auto o ropa que inquiete el olfato de los perros entrenados. No traer turbante o insignias hostiles a Estados Unidos. No parecer narcotraficante mexicano. No parecer narcotraficante. No parecer mexicano.

No escribir, dibujar, fotografiar o filmar lo que está sucediendo en la garita o durante el cruce. No mirar a los agentes de migración a los ojos mien- tras haces la fila. No titubear al responder sus preguntas cuando ha lle- gado tu turno. No revelar que vas a trabajar o estudiar sin el permiso adecuado. No ser grosero al responder. No portar armas. No traer drogas. No cruzar con un pasaporte claramente falso. No cruzar por el desierto a solas ni por los cerros durante las tormentas. No entrar velozmente a bordo de un auto blindado intentando evadir los disparos. No amenazar al personal con una bomba en la mano. No introducirte en una avioneta sin autorización para cruzar el espacio aéreo de Estados Unidos. Estar casado con un norteamericano. Ser un norteamericano de vuelta a casa.

Casi todo lo que se ha escrito (desde la literatura, la teo- ría académica hasta el periodismo) o creado (pintura, danza, performance, arte-instalación) sobre la frontera México-Estados Unidos, ha sido mediocre, light u oportunista.

Pero eso es típicamente tijuanense: saberse desposeí- do —o fingirlo— y sacar el mejor provecho posible. La bibliografía existente y los festivales periódicos de arte prueban que el arte fronterizo oficial raramente ha conseguido alcanzar un buen nivel de profundidad. Fre- cuentemente el problema radica en que crear arte con tema fronterizo ha sido una actividad realizada por su- jetos que casi no han tenido que ver con la región o que están en la región pero no tienen idea de dónde están. Último ejemplo: La reina del sur, la porquería de nove- la kitsch que escribió ese español bestsellérico que le co- pió la idea al norteño Élmer Mendoza. El tema de la frontera vende. Y los oportunistas abundan. Así, mucho de lo que se ha escrito es produc- to de una nostalgia inventada, visitas relámpago o de artistas que imaginan la frontera de acuerdo con sus propios patrones de fantaseo sociológico, o se trata de un mero catálogo de clichés. Además los artistas de la región evitan constantemente el tema por considerar- lo riesgoso a su propia carrera: no quieren ser clasifica- dos como neorregionalistas, “chicanos” o ser etiquetados exclusivamente como “fronterizos”, lo cual —según una difundida opinión local— será un obstáculo para ser considerados en contextos más amplios. (Los locales dicen estar cansados de que se les exija tratar los temas de la migración, el narcotráfico, las maquiladoras, el caló, el consumismo, la marginación, etc.) Así que, por una parte, los artistas foráneos generalmente abordan el tema mal o son directamente mercadotécnicos. Y los artistas locales, por otro lado, no gustan del arte politizado

o formalmente riesgoso. Por eso no hay obras de arte que usen críticamente el tema de la frontera México- Estados Unidos. Ello, por supuesto, congratula a ambos gobiernos.

Al cruzar hacia Estados Unidos o de regreso de él, ya sea en las inmediaciones de San Ysidro o en la rampa de retorno hacia Tijuana, uno se puede topar, mientras se avanza, con algún mexicano, salvadoreño o peruano que está siendo detenido o está siendo agresivamente interrogado, con las esposas puestas, los perros alrede- dor de él, oliendo sus pantalones, o quizá con la bota del agente norteamericano sobre su nuca, o colocado de frente a una escolta o puesto contra la pared, siendo revisado, hincado o detenido de alguna otra forma bajo la mirada vigilante de la pistola (held at gun point). El peatón o el conductor curioso o desconcertado que atestigua esa escena, por supuesto, puede detenerse y preguntar a los agentes norteamericanos qué está ocu- rriendo o, mejor, pasar de largo y olvidarse del incidente. Yo no vi nada. Una cosa es clara: si se quiere ser sensato y llegar al destino deseado, hay que otorgar la menor atención posible a la persona que está siendo mantenida en las condiciones arriba mencionadas. Yo ni siquiera recuerdo cuáles eran. Yo venía pensan- do en la comida.

No hay que hacer ninguna pregunta a los agentes ni mostrar inconformidad alguna. No pasó nada. La mi- rada no existe. Lo mejor es seguir tu propia ruta. Seguir haciendo fila o avanzar lo más rápido que se pueda. Observar cuidadosamente o hacer preguntas al respec- to puede convertirte en el próximo sujeto puesto con- tra el suelo. Nada está ocurriendo. Sigue tu camino, mexicano.

Inmediatamente de que tu cruce a Estados Unidos ha sido autorizado, hay tres lugares donde puedes ir al baño a cagar, mear, cambiar de pañal al bebé, masturbarte de ver tantas rubias en la fila o lavarte la cara o las manos:

los sanitarios de la garita, los de McDonalds o los de Jack in the Box de San Ysidro. Para usar los dos últimos hay que ordenar alguna hamburguesa o fingir ser un cliente. En los tres, sin em- bargo, los baños estarán en situaciones similares: fre- cuentemente no habrá puertas y tendrás que defecar a la vista de todos los que entren (como en las cárceles); no habrá papel para limpiarte el culo o secarte el glan- de o la vagina; no habrá agua en los excusados o en los lavamanos; las secadoras de aire no servirán; habrá le- treros que indiquen que te laves las manos y procures bajar la palanca; los grifos para lavarte las manos estarán suspendidos y las palancas, averiadas; el mal aroma regirá el ambiente y los botes de basura tendrán mal

aspecto (serán una cubeta pegajosa, por ejemplo); no habrá jabón en ninguna parte ni tampoco dignidad. Se trata de los baños de una frontera con el Tercer Mun- do, ¿qué esperabas? En suma, los baños fronterizos parecerán diseñados para ser directamente humillantes o, a lo menos, desa- gradables. Los sanitarios fronterizos parecen diseñados para ser insalubres y el servicio que se les da parece el indicado para ser abandonados y no inspirar el deseo de volver a usarlos. Ello, seguramente, es preparado para construir la idea de que los extranjeros (especialmente los mexicanos) son sucios. Ellos tienen la culpa: los me- xicanos son unos cerdos. ¡Mirad qué asquerosos están los baños de la fronte- ra internacional! ¡Los Otros son repugnantes! ¡Nausea- bundos! ¡Antihigiénicos! Pero ésta no es la única razón por la cual las compa- ñías y el gobierno estadunidense aseguran el mal man- tenimiento de sus sanitarios del cruce. Hay otra razón. Hay otra razón por la cual los baños fronterizos tienen que estar en pésimo estado. Hay otra razón aún más im- portante. Otra. Pero ésa no pienso revelarla.

Castigar.

Restringir.

Grabar.

Controlar.

Inspeccionar. Responder. Observar. Vigilar. Detener. Esperar. Cazar. Correr. Encarcelar. Fingir. Monitorear. Oler. Escuchar. Mentir. Sospechar. Descifrar. Avanzar. Temer. Explicar. Deportar. Revisar. Contener. Desconfiar. Permanecer. Humillar. Huir. Callar y morir. (Algunos verbos sinónimos de “cruzar”.)

Íbamos rumbo a Houston. Allá teníamos que llegar a la boda de Felipe con la famosa Margaret. Ellos dos se conocieron por internet, después él fue a verla allá y ahora ya se van a conocer. Qué buena suerte. Dicen que se quieren. Como falta mucho para que lleguemos al rayo láser y los agentes, hay tiempo de sobra para pla- ticar. Qué bueno que nos venimos a pie, así vamos más relajados y podemos platicar más a gusto. Dudamos que ellos dos de verdad estén enamorados, pero, bue- no, cada quien su vida y ojalá les vaya bien. Su boda no es mi pedo. Vamos comentado todo esto cuando, en medio de las dos filas, llega una mujer. Es una loquita. Ya la hemos visto antes. Es la mujer que se pone en la calle Segun- da y se acuesta en el piso y se rasca las axilas y se pone a decir cosas a la gente. Le dicen Cawana. Es una loca famosa de la ciudad. No sé cómo ha durado tanto tiem- po viva. Ahora viene vestida de rosa y trae una bolsa con algo adentro. A mitad del camino, mientras las dos largas filas de gente van siguiendo con la vista el avance de la mujer, es interceptada por los agentes. Ellos no se apre- suraron. Se dieron cuenta que era una pinche loca ma- mona. Se pusieron sus guantes azules. Esos guantes los traen desde las noticias del ántrax. Les da gusto traer- los. El ántrax les da el pretexto para no tener que tocar mexicanos, para hacerles entender que su piel es infec- ciosa. No quieren sentir piel de frijoleros aztecas.

La mujer loca es morena o, mejor dicho, tatemada por el sol. Parece una perra. Su pelo está tieso y la bol- sa que trae consigo es blanca. Dicen que es africana. Está en medio de las dos filas y las pláticas se han sus- pendido por completo. Todos estamos pendientes a ver qué sucederá. Ya sabemos, claro, lo que va a pasar. Pero a todos nos gusta mirar, como si no supiéramos. Tam- bién nosotros la odiamos: está horrorosa. Los agentes le preguntan algo en voz alta: otros agentes ya vienen en camino metros atrás. No se nece- sitan más que uno o dos para controlarla, pero los de- más quieren aprovechar la ocasión para ejercer su po- der. No tienen otra cosa qué hacer. Además, ¿qué mejor que aprovechar las dos filas llenas y hacer una demos- tración? A la segunda o tercera vez que le lanzan la pregunta en la cara, la loca les muestra el contenido de la bolsa. Trae ropa. —Es para la hija del presidente. Es un regalo que le traje —todos los que escuchamos soltamos la risa. Africana, ni madres. Antes de que la tomen a la fuerza, la mujer saca la ropa de la bolsa y la muestra. Es un suéter rojo de al- godón y un pantalón negro de pana desgastada. Los agentes la sujetan del brazo y comienzan a escol- tarla hacia fuera. La gente la observa. La mujer va llo- rando. “Es para la hija del presidente. Esta ropa le va a quedar y la puede usar los domingos.” Todos reímos, pero tratando de callar rápido porque sabemos que si algún agente nos ve riendo y se nos queda mirando, allá

más adentro, habrá represalias y no nos dejarán cruzar buscando cualquier pretexto. Cuando los agentes ya la sacaron y algunas pláticas ya volvieron a su normalidad y la espera aún continua- rá, volvemos a nuestra tema y opinamos que cuando Fe- lipe y la tal Margaret tengan hijos, ¿qué nombres les van a poner? ¿Tom o Federico? ¿María o Susan?

A aquellos que conducen los autos que otros han car- gado con droga, se les llama “burreros”. No eres narco, pusher o dealer, no eres ni siquiera enganchador. Eres burrero. Eres el más bajo en la escala del negocito. Pero bueno: algo es algo. Hoy la línea ha durado más de lo normal. Llevas ya dos horas esperando. Llevas aquí desde las dos de la tarde, pues como a la 1:30 pasaste a recoger el carro. Tanta tardanza te ha puesto más nerviosón. Además está haciendo calor. Del bueno, calorcito del mero bueno, brother. Estás cabronamente nervioso. Puta madre: te vas a cagar, culero. Pero recuerdas todavía que lo primero que te dijeron fue que no te pusieras nervioso, no seas pendejo, que no se te nota que llevas carga. Los nervios delatan de volada. Los agentes son expertos en detectar el nervio- sismo. Los perros huelen la droga y los gringos huelen el miedo. Son perros: perros: perros, ¿lo entiendes? Los gringos son perros. Todos somos perros aquí. Perros de distinta raza, pero perros al fin.

Por eso los narcos tienen toda la razón. Esnifea y, lue- go, coge o dispara. Pero tú ya estás nervioso. Se me hace que ya te chin- gaste. Así que más vale que te calmes, carnal. Tómate una sodita, una coca, por ejemplo, para que se te suba el azúcar y te pongas contento. Nada más trucha con que no te tiemble la mano cuando sostengas el bote, ¿te fijas allá? Traen binoculares, así que cómprale una soda al que las vende, al palomón que viene de allá, pero tomátela despacito, bien despacito, ¿ok maguey? Mira, esa muchacha que va entre las filas de autos, también vende. Cuestan un dólar. Cómprale dos. Sácale plática. Relájate. Mira qué buena minifalda. Lo bueno es que con el dinero que te adelantaron para que te compraras algo de ropa y te vieras más de- cente, te fuiste a comprar una gorra de los Dodgers y un estéreo que Miguel te dejó en 50 dólares. Con la gorra la disimulas, y con la música te ves típico. No re- saltas mucho, eso es lo bueno. Qué bien que pusiste esta musiquita. Sabías que eso te iba a relajar mientras lle- gara tu turno. Aunque gastaste una feria en eso, querías ir escuchando música. Qué bueno que encontraste bue- na música, de veras, qué bueno. ¿Quiénes son? ¿Los Tucanes? ¿La Rebelión Norteña? ¿Grupo Extermina- dor? ¿Los Tigres del Norte? ¡No seas imbécil! ¡Quita eso! ¡¿Qué no veas que vas a cruzar a Estados Unidos y tú traes narcocorridos?! ¡Si serás pendejo, con razón eres un mugroso burrero! Qué bueno, ahora sí, qué bueno que quitaste ese caset. Lo habías puesto para darte valor, pero qué

bueno que pusiste la radio. Ahí ya prohibieron esas canciones. En esa estación que pusiste siempre hay buena mú- sica, la verdad, siempre hay buena música, eso que ni qué. Música mexicana, pero sana, muy sana. Música pop. Así que todavía hay tiempo para relajarse y respon- der sin titubeos al agente. Los 900 dólares no estuvieron mal. Además te die- ron 100 por adelantado. Eso fue lo mejor. Pero ¿cuán- tos kilos traerás? Te han dicho que usualmente cargan como 20 o 30. ¿De qué serán? ¿De mariguana? ¿De he- roína? ¿De coca? ¿De cristal? Eso no te lo dijeron. Era parte del trato. Tú nomás di que sí y no preguntes nada más. Así que no te dijeron eso ni tampoco te dijeron dónde escondieron las pacas, para que en caso de que te pasen a revisión secundaria, no te pongas nervioso cuando los perros y los agentes anden cerca del lugar- cito. Es mejor que no sepas dónde va metida la mercan- cía. ¿Irá en el cofre? ¿En las llantas? ¿En el tanque de la gasolina? ¿En un doble fondo del asiento? Es mejor no saber nada. Tú conduce y cuando llegues y te pidan tu pasaporte di que vas de compras a plaza Bonita. Di que quieres comprar ropa o que vas a comprar una te- levisión, di algo así y no dés muchas explicaciones. Si das muchas explicaciones saben que te estás justificando y te chingan ahí mismo. —¿Key tray de Méxcico? ¿A don day bye? Tú nomas responde bien calmado y bien cool, ¿ok? Relax, carnal. Puta madre: haberlo dicho antes. ¿Cómo que tu pa-

saporte es falso? Ahí sí que te pusiste en doble peligro. Pero pues así es la vida. Así aceptaste. Así, de hecho, te convino. Éste era un negocio redondo. Te dijeron que cruzarías sin problemas, y te daban los mil dólares en total y hasta pasaporte. ¡Pasaporte! Nunca has tenido pasaporte. Nunca has cruzado al otro lado. Entonces este trabajito era ideal: dinero y cruzada. Dinero y cru- zada, psssss. A toda madre. A to-da ma-dre. La cosa es no ponerse nervioso, porque si te pones nervioso (y ya estás nervioso, se te nota a leguas, bato) el agente se va a dar cuenta y te va a pedir más y más respuestas y va a ver bien tu pasaporte y se va a dar cuenta que tu foto no se parece tanto y que el pasaporte es más falso que un billete de 7 dólares. Pero no pienses en esto porque ya estás cerquita. Ay ay ay… Ya llegó tu turno, papacito. Ya sigues, wey. Aquí está la caseta. Welcome. Avanza. Aquí está el agente. Es una mujer. Pinche vieja: es blanca. Está enfadada. Se le nota de inmediato que trae prisa. Buena suerte. Dile que no traes nada y que vas de compras. Y entonces detienes el carro y te mira y te pregunta a dónde vai amigow y dices: voy de compras a plaza Bo- nita. Tú dices voy de compras sí y ella se te queda miran- do y te pregunta porqué estás tan nervioso y tú dices ¿nervioso?, no, para nada, voy de compras le digo, quie- ro comprar una televisión y no traigo nada , y apenas di- jiste eso último te diste cuenta que ya eres hombre muerto y te acuerdas de golpe que tienes dos hijos y que quieres irte al otro lado y que te están esperando a

que cruces y que llegando tienes que marcar un teléfo- no celular y que parece que no vas a poder hacer eso porque la mujer ya está pasándote a revisión secunda- ria —shit— y te puso un papelito en el vidrio y los pe- rros ya vienen y la cárcel también se acerca, ¿estará en el tablero?, ¿estará en el asiento de atrás? Todo eso no lo sabes, pero sí sabes que lo que está en la radio ahori- ta es Chalino —pa’ cagarla todavía más— y son las 4:42 de la tarde y también sabes, claro, que los perros están ladrando y los agentes te están agarrando el cuello y si una cosa es hoy segura es que tú hoy no vas a cruzar o, mejor dicho, ya llegaste al otro lado: aquí donde estás caminando escoltado ya es Estados Unidos. Pero hasta aquí llegaste. Y como te dijeron: si les dices de nosotros, tu fami- lia se va a morir enterita, así que calladito, chitón chi- tón carnalito. Bienvenido a los United States, brother. This is America. Now you’re on your own. Good luck, compadre. ¿Pero te fijaste? El del carro de al lado sí pasó. Ese cabrón todos los días pasa. Va bien contento.

Por la garita o por los cerros, los norteamericanos vi- gilan la zona fronteriza muy bien, detectan cualquier movimiento, cualquier traspaso, cualquier migración, cualquier avance. Todo está cuidado. No hay un centí- metro que no esté monitoreado. Por abajo. Por arriba.

Por debajo de abajo. Por arriba de arriba. Todo está siendo observado. Incluso cuando los diminutos individuos cruzan ile- galmente, los norteamericanos lo saben porque todo lo están observando por los satélites o los sensores en el suelo. Helicópteros, cámaras, binoculares, todo tipo de aparatos. Todo cruce es registrado. Todo cruce pasa a ser parte de un archivo. De todo cruce están al tanto. Nada de lo que ocurre en la franja es ignorada por ellos. Ellos lo están mirando absolutamente todo. Todo. Todo. Todo. Ni Dios tiene tantos ojos. Todo lo miran. Sí. Todo cruce es registrado. Te lo re- pito: todísimo. Pero no todos los cruces pueden ser controlados. Unos los dejan cruzar porque les conviene. Les convie- ne, por ejemplo, que cruce cierto número de ilegales. Si éstos no cruzaran, ¿quién iba a trabajar en los campos?, ¿quién iba a levantar las naranjas? Al gobierno estadu- nidense le conviene también que cruce cierta cantidad de droga, si no, ¿quién iba a dormir a los negros?, ¿quién iba a controlar la furia de las ciudades?, ¿quién iba a someter las neuronas? La televisión no basta. Hacen faltas las drogas. En suma, ciertos cruces no autoriza- dos conviene autorizarlos por debajo del agua. Convie- ne decir que sí, pero sin tener que decir sí abiertamen- te. Let them come to California. A final de cuentas nada más la economía y los radares se van a enterar. Just them and, of course, the computers. Computers know best. Pero hay un cruce que aunque el gobierno norteame- ricano registra, aún no puede controlar o ni siquiera

comprender del todo. Ese cruce ilegal de fronteras va más allá de sus aduanas y va más allá del espionaje hu- mano o de su tecnología de vigilancia y más allá de sus estadísticas. Ese cruce no es parte de su control del trá- fico ni parte de su Amistad Internacional, ni del Trata- do de Libre Comercio, o del Plan Puebla-Panamá, ni parte de nada sobre lo cual pueden ejercer poder los Estados Unidos. Ese cruce al que me estoy refiriendo es el cruce espacial de los ovnis. Todos los días los ovnis cruzan a Estados Unidos sin que el gobierno norteamericano pueda hacer algo. A ellos no se les puede revisar su pasaporte o preguntar por su procedencia o destino. Ellos no vienen de com- pras ni tampoco vienen al cine. Ellos se mueven sin au- torización alguna. Ahí están aunque no formen parte de las diarias cifras ni formen parte de las políticas. Pero basta voltear la mirada al cielo. Los ovnis están cruzando a todas horas y su idioma no puede ser comprendido por nadie ni tampoco sus intenciones. Ellos realmente es- capan del control. Ellos son los verdaderos indocumen- tados. Ellos son los verdaderos transfronterizos. La au- téntica cifra secreta. Los ovnis, literalmente, son los verdaderos Illegal Aliens. Para ellos la frontera es un chiste. La frontera es toda suya. Bienvenidos.

Tijuana P.M.

Welcome to Tijuana, tequila, sexo, mariguana Bienvenida mi suerte, bienvenida la muerte Manu Chao, “Welcome to Tijuana” (1998)

A veces, cuando estoy my drunkie, escucho la música para sa- ber en dónde estoy. Si veo a tres niñas güeritas bailando a Nek arriba de la mesa, sé que estoy en Pueblo Amigo. Si por más que me esfuerzo no distingo nada, todo es una mezcla de Soda Stereo / Beck / Shakira / Rolling Stones / Molotov, etc., es obvio que estoy en Plaza Fiesta. Si por todos lados veo a low lifers y gen- te planchadona bailando el “Me so horny”, estoy en la Revolu- ción. Si lo que escucho es Saint Etienne, Spiritualized, Panora- ma o Wu Tang Clan y un poster de André The Giant me saluda inquieto, ¡carajo! otra vez me emborraché antes de salir de casa. Rafa Saavedra, “Drinking in Tijuana” (1999)

La concurrencia es heterogénea, multirracial: intelectuales, obreros, turistas, inmigrantes, padrotes, artistas, limosneros, carteristas, dementes, meretrices, gays… A veces cruza la plaza un gringo fisicoculturista, hastiado de bailar y beber en la avenida Revo- lución, para salir de inmediato de allí porque this place is gross. Martín Romero, Comicópolis (1999)

A una calle de la Revu se localiza el Zacazonapan, pero algu- nas personas lo conocen como el ‘Consulado de Amsterdam’. Cristal, mariguana, heroína, cocaína, son drogas que pueden ser adquiridas y consumidas con gran facilidad en ese lugar. Sin embargo, el encargado prefiere presumir que el Zacazonapan es conocido por mucha gente porque cuenta con la mejor selección de música de los ochenta. Alberto Hernández H., “Hijos de la madrugada:

antros y vida nocturna de Tijuana” (2003)

Welcome a la Noche, Hijos de su Puta Madre

Tijuana es mundialmente famosa por sus cantinas. Al- guna gente en Tijuana se indigna con esta fama, porque la considera parcial y abyecta. Pero, para ser sinceros, aunque Tijuana consiste en muchas otras cosas, no se puede negar que una de sus características más impor- tantes es la leyenda que genera su vida nocturna, entre ellas la originada por sus cantinas. Antes de creer que era escritor trabajé como turistólogo en agencias de via- jes y en un antro de la avenida Revolución, así que no tengo empacho en escribir esta guía de la noche tijua- nense, una noche que creo que se distingue porque has- ta en las mejores pedas es evidente que en Tijuana no se puede más que fracasar rotundamente. Los tijuanenses serán siempre inevitables guías de tu- ristas. Casi padrotes. Ello no tiene importancia. Ése es uno de nuestros roles: llevar a los visitantes a conocer la peor parte de nosotros. Un poco como sucede en el

amor, que no puede ser amor si no está repleto de basura. Por ende, al turistita hay que preguntarle claramen- te qué prefiere, ya que aquí hay fucks y polvos de cual- quier tipo, ya sea con animales o con niños. A mí todo me da igual. Si un burro o una niña tienen que tener el culo hinchado de tantos hombres, Dios sabrá porqué ha sido. Supongo que el karma. Yo no soy Dios: no pregun- to. No puedo cambiar nada. Si pudiera cambiar algo, no estaría aquí. Ahora, sin embargo, no enlistaré las casas de prostitución, porque hace mucho que dejé de usar- las, debido al asco de otros cuerpos. Elegí enlistar ciertas cantinas para beber, sin mayor preocupación que hablar de sitios específicos y no de generalidades sociológicas. Si filosofé, espero me discul- pen. Una cosa sí: ni son todas ni son las mejores. Son trece y punto. Si ustedes creen que falta alguna cantina importante (¡La Imprescindible!), hagan otra lista e intercambiemos impresiones. Hagámoslo, por supues- to, en alguna cantina incluida, para ver si es cierto lo que describimos o si es otra mentira tijuanense, otro mal- dito mito para contarle a los turistas y a los alcohólicos. En fin, el show apenas comienza. Los dejo con la varie- dad. Que la pasen bien.

La Ballena

La Ballena está metida dentro de la plaza Santa Ceci- lia, un centro donde se conglomeran varios burdeles in- teresantes. Los que están frente a La Ballena son antros para homosexuales mayormente, y creo que este hecho

efímero ayuda a definir la atmósfera interior de La Ba- llena, que se cree un bar un poco más digno que sus contrincantes frontales. Desde La Ballena los tomado- res más morenos, ven con indignación analfabeta a los jotitos más delgados, y los desean cuando van al baño. El heterosexualismo es una forma de rencor contra el propio sexo. La Ballena alguna vez albergó (según cuenta la tijua- nología) la barra más larga del mundo. Ahí bebían a principios del siglo xx las filas de alcohólicos creados por la Ley Seca que imperaba en los vecinos Estados Unidos. Así que La Ballena no solamente se vanaglo- ria de su heterosexualidad sino también de su pasado gigante. En verdad, la Ballena es un bar detestable. A las dos o tres de la madrugada entrar ahí es ya insopor- table: en su interior se ha concentrado un fuerte, in- aguantable, olor a pedo. Para ser cliente de La Ballena hay que estar en la peor época de tu vida. La Ballena, sin embargo, es una cantina orgullosa. La Ballena se cree verga. La más larga del mundo. Lo cual no deja de ser bastante ridículo, porque quién presumi- ría que su verga, alguna vez, fue la más extensa; sin duda, solamente un porno star retirado, fracasado, solamente. ¿A quién le importa su hipertrofia antigua? Nunca he entendido cómo esa dimensión podría ser posible. Se- guramente dicho récord se refiere a algún antiguo lu- gar del mismo nombre o alguna pretérita dimensión perdida. Pero los cantineros de este otro antro homó- nimo presumen ese pasado como si fuera el suyo, y al- gunos son tan impostores y tarados que argumentan

haber trabajado ahí en esos tiempos. Uno de ellos, una vez, trató de convencerme de que en aquella época de oro de los infinitos clientes había tantos dólares y pro- pinas que pudo comprarse una casa grande, pero que una vez que decayó el negocio tuvo que dejarla y endeu- darse hasta la fecha debido al alto costo de los impues- tos, y a eso se debía su miseria actual. “Este lugar —me decía— me dio la dicha de saber qué se siente ser rico” y volvió a su trabajo, sospechando que yo sabía que todo eso era una vil mentira de un miserable que ni siquiera sabe componer historias. A cuántos escritores me recor- dó este imbécil. Muchos primerizos entran a La Ballena esperando encontrar esa barra mítica (cuya extensión rebasa la de la Muralla China) y lo que encuentran es un barra mi- núscula. Las cosas que hay que hacer para explicar esa decadencia, los apuros que hay que pasar para no aver- gonzarse demasiado de nuestras exageraciones, casi como explicarle a una mujer que largo tiempo ha desea- do nuestra polla, que ésta ha sufrido recientemente un severo recorte. Además, la rocola está en su peor momento y los meseros no saben casi nada de Pedro Infante o ya de perdida de Guns and Roses. Pero, como los borrachos somos condescendientes, y debido a que los curiosos han venido a este congal expresamente para Tener un Encuentro del Tercer Tipo (o a encontrar cocaína ol- vidada en las mesas) y debido a que vinieron hasta Tijuana para Vivir Esta Experiencia no les queda otra que fingir que realmente la barra mide muchísimo. No

mamen, está larguísima. Mide casi tanto como mi pene. La conversación puede girar en torno a este fenómeno inaudito, pero al ir a mear al baño, uno ya sabe, desde esta primera incursión a la ciudad, que Tijuana es un fraude.

Don Loope

Este lugar no es una cantina. Es un lugar donde se toca música posmoderna cool. Es un sitio relacionado en el imaginario local con el movimiento Nortec, la música electrónica fronteriza fusionada con música popular norteña. Folkclor + vanguardia = sueño dorado de los teóricos de la posmodernidad temprana. Ese movimien- to musical hizo notable a Tijuana los primeros años del siglo xxi, y por donde quiera se decía que Tijuana era el futuro de la música electrónica. No olvidaré la cara de Pedro —Hiperboreal— el día que me mostró su ejemplar del libro Loops. Una historia de la música electró- nica (550 páginas) y luego me pidió, jactándose, que me fuera a la última página. El libro cerraba con la mención de Nortec y Tijuana. Esa noche las cervezas fueron por su cuenta. Pobre Pedro. No sabía que eso significa únicamen- te que los tijuanenses estamos destinados a caer desde lo más alto. Como Don Loope, el antro que Pedro abrió para animar la escena electrónica de la ciudad. Accord- ing to Rafa Saavedra, everybody there is Dead. Ah, pin- che Rafita. Básicamente está en lo cierto. Ah, pinche Pe- dro. Hijos de su madre. Se salieron con la suya. Rafa es el mejor escritor de la ciudad, inventó todo un glosario

de términos y es el cronista de la vida bilingüe de este sitio. Solamente unos pocos lo conocen, ya que pudien- do ser un escritor experimental de fama internacional, ha preferido salir todos los días, y ser dj. Pero visualizar a Don Loope sin Saavedra adentro es inconcebible. He’s gonna get drunkie tonight. Ahora la mayoría de los que asisten al club están jó- venes y las mujeres tienen buen cuerpo. Pero en pocos años (si es que ese lugar sigue abierto) sus clientes irán envejeciendo y poco a poco tendrá que parar la música para bailar y la tecnología irá caducando, y entonces todos ahí seremos rucos y ridículos y hablaremos de los viejos tiempos y todos sabremos que nuestra generación también fracasó espantosamente —antes de los treinta, por supuesto. (En Don Loope Forever.) Pero ahora la gente viste bien. Pero el tiempo a todos nos alcanza y Don Loope (situado en la avenida Revolución, casi es- quina con la calle Octava) será conocido como el lugar donde se reunían (o se reunirán aún) aquellos tijuanen- ses cool que creyeron que se salvarían de la derrota y alguna vez tuvieron mujeres bellas a su lado, pero al igual que todos, la frontera los fue matando hasta redu- cirlos y comprobarles que nunca dejaron de ser nadie. Tenían razón los punks: el futuro no existió nunca. Todo lo que en el club se habla es falso. Es charla de jóvenes tomados, de la clase media y alta creyendo que serán diferentes y tendrán más suerte. Todo lo que ahí se planea jamás será cumplido. Todo lo que ahí se ama se irá a la mierda. Cuando sea evidente que todo esto su- cedió y todos los que ahí fuimos a tomar cerveza Tijuana

y escuchar a los dj’s moriremos en la derrota, entonces sí, la música electrónica será parte de la cultura popu- lar, será parte del pasado, parte del repertorio de los sig- nificados muertos, parte de los recuerdos pusilánimes de un montón de hombres acabados y mujeres descom- puestas. Entonces sí Nortec podrá decir que es parte de la cultura popular, porque entonces sí será parte de la historia de nuestra caída. 1

El Fracaso

Por razones obvias el nombre de esta cantina es muy adecuado. Sin embargo, yendo por cervezas con los cantineros de este bar uno entiende porqué estamos tan alejados del Éxito. Siempre he pensando que debería- mos irnos todos ahí a tomarnos una foto y formar un gran álbum donde se muestre claramente cómo todos alguna vez estuvimos dentro de El Fracaso y, sin embar- go, estábamos contentos. Leibniz argüía que éste es el mejor de los mundos ya que es el único mundo que existe. Los manuales de his- toria de la filosofía llaman a esta postura optimismo me- tafísico. Yo la llamaría, más bien, apología de la medio- cridad. Y está bien. Este mundo es todo lo que hay, y está bien, está todo perfectamente bien: si hubiera otro o hubiera más, sería doble o triple nuestra derrota. El colmo de existir sería que existiesen varios plane- tas entre los cuales elegir. No envidio a los extraterres- tres. Nosotros los terrícolas, tenemos suficiente sufri-

1 Don Loope cerró en el 2002.

miento con tener que pasar de un país a otro, una ciu- dad a otra, un bar a otro, para saber que cada vez po- demos perder más y más. Varios planetas disponibles sería intolerable: tan lamentable como la posibilidad de viajar en el tiempo y ser un fracasado en más de una época. No, por favor. Pido a los dioses que sea cierta la teoría de Parménides, Borges, el zen y la gestalt, y no exista más que el presente, así nuestra mierda sólo dura un instante. Sencillo pero divertido es El Fracaso, y es que la de- rrota es más popular que la victoria. Lo que nos gusta de los triunfadores es que están lejos. Son inalcanzables. Si los futbolistas o boxeadores triunfantes son aclama- dos es solamente porque están lejos del público. Si es- tuviesen cerca serían destrozados. Ésta es la razón de la existencia de los guardaespaldas. Las estrellas de cine los necesitan para ponerse a salvo de sus principales ene- migos: los fans. Nosotros no somos estrellas, por ende, buscamos la venganza; nosotros somos posibles porque no venimos de las estrellas, sino de un planeta, ya que la vida es posible únicamente en los lugares que no pue- den producir su propia energía, los astros que no bri- llan. Por ende, apenas un triunfador está a nuestro al- cance, los fracasados lo hacemos pedazos. El bar El Fracaso está al inicio de la zona roja. No es un lugar duro. Hay lugares más duros que éste, es de- cir, El Fracaso no es lo más bajo en lo que uno pueda caer; del fracaso siguen cosas aún peores, bastante peo- res para ser exactos. Hace no mucho tuve que comprar una pistola y sabía que en esa cantina habría alguien que

las tendría en venta. Es un lugar de viejas parejas. No tardé demasiado en encontrar al vendedor. Estaba con una mujer que daba risotadas. Fingía que estaba siendo divertida. Maldita putilla. Tuve que espe- rar que la despidiera por un momento. Llegamos a un acuerdo y lo esperé un rato, mientras él iba por la mer- cancía. Entretanto, yo pedí más whisky, conversé con una mujer con la que estaba llegando a un acuerdo para acostarnos en un motelito en cuanto regresara su ami- go. El hombre llegó un rato después. El negocio fue realizado sin rodeos y debajo de la mesa el dinero y el arma cambiaron de manos. Luego me fui con la mujer y tras un precio inicial de 75 pesos, le ofrecí cuatro veces eso para que se dejara introducir el cañón de la pistola en lugar de meterle el pene. Al principio se alarmó pero luego me dejó hacerlo, una vez que vio que la pistola no estaba cargada. Era lógico que podía hacerle más daño con mi cañón que con el de una pistola. Le estuve metiendo el cañón mientras me mas- turbaba con la otra mano. La mujer estaba al filo de la cama, abierta de piernas, con la cabeza gacha, contem- plando cómo se metía y salía la pistola de su gran agu- jero. Ninguno de los dos nos divertimos. Pero ambos nos dimos cuenta que el odio que nos tenemos hombres y mujeres está completamente justificado.

La Estrella

Las estrellas que vemos brillar, ya sabemos, podrían ser cuerpos celestes muertos. Dejando esto de lado por un momento, hay que decir que La Estrella está en el puro

centro de Tijuana. Se le podría clasificar dentro de los auténticos cabarets locales. Lo único que hubiera sido bueno es que la prostitución estuviera ahí presente de manera sistemática, como en El Chicago o El Adelitas de la Coahuila. Pero a La Estrella se va fundamental- mente a bailar. Las mujeres ahí nos pueden dar leccio- nes de baile y la música es buena. Totalmente real, po- pular. De carne y hueso. Las cervezas llegan rápidamente. Los baños están hú- medos y son pequeños. Los muros están pintados con imágenes maniacas y en las mesas hay discusiones de todo tipo. Este lugar, por ello, se presta a crónicas fáci- les o a ser una noche clave en ese descenso anímico lla- mado vida. Ahí trabaja Travolta, el auténtico; un dj de música popular famoso en la ciudad. Es tartamudo, algo retrasado mental. O mucho. Coloca todo tipo de mú- sica, Pink Floyd y narcocorridos. Es analfabeta, así que si le preguntas qué acaba de poner, simplemente te en- seña la portada del disco. Luego te enseña la placa don- de dice su nombre: Travolta. Es muy importante saberlo. Ése es su nombre, ¿entendido? Siempre está sonriente y le gusta ver a la gente bailar. En La Estrella convergen los Intelectuales Exitosos (uno escribió un libro cuyo título alude a este antro) con la clase baja alegre. Va a ser muy raro que ahí haiga un pleito o algún maricón nos intente convencer de plati- car con él unos minutitos. Algunos dealers ahí se mues- tran espléndidos con sus mujeres y amigos, así que aquí —nuevamente— es un buen sitio para ejercer ese exqui- sito y difícil arte conocido como Seguir La Corriente.

Como todo lo que arriba he descrito no me importa demasiado, no voy demasiado seguido a este sitio y siempre busco la manera de evadir la entrada y conven- cer a mi compañía de ir directamente al Zacazonapan a conseguir alguito, pero un día presencié ahí algo inte- resante y sólo por eso La Estrella me parece rescatable. Era la 1:37 pm. Yo estaba solo y en la mesa siguiente había una pareja cuarentona, ilusionada consigo misma, tomada de las manos pero claramente formada por dos derrotados. Una mujer con un mandil y garnachas lle- gó a ofrecerles sus productos y cuando la pareja le dijo que no, la mujer ofreció leerles las cartas. Al principio ninguno quiso, pero luego él la convenció a ella de que sería bueno que la señora le leyera las cartas. Aceptó algo apenada. Lo aceptó como un regalo de su compa- ñero, una muestra de cariño, algo de lo cual tenía que sentirse privilegida y feliz de tener. Un hombre que le pagaba a alguien que le leyera las cartas, como las mu- jeres de la clase alta se sienten contentas cuando alguien les paga la ropa, la cuenta del restaurante o el coche. Rápidamente la mesa se convirtió en su lugar de tra- bajo y la adivina le hizo ver a la mujer que su vida estaba equivocada. Debía de parar de tener aventuras y dedi- carse exclusivamente a planear su futuro con el hombre que estaba presente. El hombre no hacía más que sorber sus mocos y beber cerveza, voltear hacia otra partes. Al final la mujer a la que le leían las cartas, abochor- nada por las revelaciones que estaban siendo sacadas a flote, le pidió a la adivina, amablemente, que ya estaba bueno, que muchas gracias, que por favorcito ya había

sido suficiente y muchas gracias de nuevo, que le vaya bien a usté también. La mujer se fue con sus cartas y gar- nachas y la pareja se quedó callada. Yo seguí escuchan- do todo. Después de dos minutos de silencio, ella dijo de pronto: “En esta vida, nomás vergüenzas pasa uno.”

La Cueva del Peludo

Este lugar puede ser tenebroso y vulgar. Por eso es tan importante. Está ubicado cerca de la 5 y 10, el crucero donde ocurren los mejores accidentes automovilísticos de la ciudad, pues ahí un tráiler puede encontrar y des- trozar un volkswagen. Muchos de esos accidentes suce- dieron porque los conductores salieron de La Cueva del Peludo ebrios o drogados. 2 En La Cueva del Peludo la música norteña puede controlar toda una noche y la narcocultura aflorar abier- tamente, al igual que la pobreza más rastrera. Éste es un lugar para el lumpen-proletariado fronterizo, los poli- cías corruptoides y otros criminales o aspirantes al bajo mundo. Aquí nunca se asoman los turistas. Ahí, por ejemplo, ha trabajado una mujer que se llama Guadalupe y que decía que había sido una maldición y una fregadera ser tocaya de la puta Virgen. En La Cueva del Peludo las mujeres en venta son más crueles que en otras partes, y los clientes no tienen compasión por nadie.

2 Ahora la 5 y 10 tiene un puente, y los autos en distintas direcciones ya no se cruzan. Un lugar menos para disfrutar de la muerte.

Lo mejor es no hablar. De lo que no se puede hablar es mejor beber. Lo mejor es siempre lo peor. Lo mejor aquí es aceptar que estamos en el suelo, pero portar un arma en cada mano, y estar listo para disparar, porque estar tirado en el suelo es la mejor forma de cuidarse la espalda. Después de todo para eso se crearon los bares. Para callar, para beber, para pagar por sexo, para hablar de nada. Para odiar sin tener que sentir ni siquiera ren- cor. Para odiar con frialdad. A los bares vamos a tratar de aprovecharnos de otros, pero si esto no se puede pues más vale guardar Gran Silencio, como diría el buen Wittgenstein, que si hubie- ra caído en La Cueva del Peludo, hubiera sido todavía más lacónico, hubiera dicho menos, porque en este bar se aprende que el lenguaje está muriéndose, y que es mejor no hacer ninguna referencia a esto cuando estés rodeado de gente más encabronada que tú y, sobre todo, mejor armada. Hay días que en La Cueva del Peludo nadie abre la boca. Todos beben en silencio. Aguardan una provoca- ción. Pero también hay días frívolos, en que el bar no se distingue de cualquier otro. Lo más seguro es que si llegas tú, el bar será frívolo, porque fingirán que se di- vierten, para distraerte. Sólo cuando los mismos están solos, el bar se queda callado, esperando saber quién va a matar primero a quién. Proseguir su proyecto de pau- latina eliminación. Por cierto, probar ahí meramente alcohol sería un desperdicio. Si uno va a salir a conducir o a tomar un transporte público, lo mejor es ponerse arreglado e in-

tentar robar a alguien. Al fin y al cabo, esa zona está lle- na de ladrones y no convertirse en uno sería una ton- tería. Salir de La Cueva y no hacerse un criminal urba- no sería una total incongruencia. Ahí adentro, en la cueva abrumante, en la cueva de las putas, uno se da cuenta que las chingaderas que pasan en la vida nos dejan basura adentro. Esa basura tiene, por ende, que ser compartida sin miramientos. Saliendo de ese bar, una vez me asaltaron. Al sábado siguiente, yo fui el asaltante.

La Perla Negra

Está situado cerca de Las Brisas, poco más allá de la 5 y 10, donde comienzan las zonas peorcitas de la ciudad:

los cerros de los marginados y los condenados de la tie- rra, como los llamaría el viejo Fanon. La Perla Negra es realmente un lugar de mala muer- te. Sus clientes son los pobretones (chúntaros, chalanes, alcohólicas, sombrerudos) de esa zona de la ciudad (La Mesa), sobre todo de la Sánchez Taboada, la Zapata, La Esperanza (donde vive su servidor) y la Reforma, todas ellas colonias marginales donde vive la clase media ul- tra baja o la clase media sin glamour, los sirvientes, los esclavos de las maquiladoras, las familia de los albañi- les y las empleadas. Ah, qué lindo lugar. En ese bar las mujeres son tan feas que pueden ser clasificadas de acuerdo con el número de lonjas que han decidido hacer visibles. Ahí las pláticas girarán en tor- no a cómo cruzar al otro lado del muro, qué transas se pue- den hacer en la central camionera y quién está cogiendo

a nuestras hijas. El ambiente puede llegar a ser denso debido al alcoholismo dogmático de algunos clientes re- gulares, que vienen del trabajo a destruir su sueldo ahí y en cualquier momento pueden buscarte pleito para de- mostrarte que cuando uno viene de la clase baja, la falta de servicios públicos nos ha convertido en mutantes. No haber tenido electricidad ni drenaje por muchos años (o aún no tenerlos) nos ha hecho enemigos de la civilización entera, así que no debemos ser provocados. Aguántense con nosotros, que podemos romperles su teatrito. El Progreso y la Razón no son Yo, ergo, no me interesa mantener su prestigio. La única ventaja de La Perla Negra es que cuando uno (sí, uno) ya no tiene dinero (nadita de lana) y veni- mos de otros bares y aún estamos hambrientos de borra- chera inútil y de seguir en la Pendeja (estado mental en que la vida se vuelve lisa, homogénea y desagradable como espectáculo animal) se puede llegar a La Perla sin ningún problema, y uno comienza, entre tambaleos y risas de los clientes embrutecidos que ya llevan ahí un rato, a recoger los restos de cerveza que hay en las bo- tellas y vasos, y con esos légamos y babas es posible volverse a emborracharse por segunda vez en la noche (gratis). Al vernos empinar los últimos líquidos de las bote- llas dejadas, ninguna de las mujeres dirá nada ni ningu- no de los empleados ni ninguno de los clientes o de los vendedores de chicles, pues todos ya están acostumbra- dos a ver sufrir y arrastrarse a gente que no olvida. Des- pués de este bar la única felicidad posible es el cristal.

Nelson

Disculpen la prisa que llevo en estos últimos bares. Pero son muchos y todavía me faltan más. Así que trataré de ser más breve. Tengo que cuidar mi salud. El Nelson es el lugar debajo del hotel donde se hos- pedan los futuros ilegales y los polleros fatigados. An- tes de ir a la cárcel y terminar lavando autos, mi cuña- do siempre hospedaba en ese hotel a la gente que iba a cruzar la línea y me imagino que también bebía en el bar de abajo. El Nelson siempre tiene una mujer en la ba- rra que nos termina resultando atractiva. Una de esas meseras que se creen demasiado para el lugar que ocu- pan en la vida. La mesera del Nelson, por ende, te tra- tará mal porque quiere hacerte comprender que aunque es una mesera del Nelson, en verdad, no es una mesera, no está en el Nelson. Ella se pinta los labios usando una gran cuchara como espejo. Se pinta la boca lentamente, como un toro que medita poco a poco nuestra muerte. Y, qué más da, sien- do como somos, nos terminamos enamorando en un instante. Y nos acercamos (¡ah, rutinita!) a la barra (uh) y le pedimos una nueva cerveza (ah, caray) y hablamos con ella de cualquier cosa (la cosa va muy bien, ¿eh?) y más tarde vamos al baño (ni modo) y ahí adentro encon- tramos a un enano hurgando en los cestos de basura (¿relamerá el papel sanitario este enano tuerto?). Hemos empezado a marearnos. ¿Qué nos embriagó?:

  • 1. Las copas —¿para qué negarlo?;

  • 2. Haber cantado —volveremos a hacerlo—, o

3. ¿El perro amor? —siempre el culpable del alcohol. Vaya causalidad.

Y cuando volvemos del baño a buscar a la mujer de la barra, la mesera que no es mesera ni está en el Nelson, la de labios bonitos, labios de suculenta mordida, rojos, como vagina lista, nos damos cuenta que definitivamen- te estamos más borrachos que antes (era obvio), pero de nuevo dispuestos a pedir algún otro trago (no problem, todavía hay dinerito), por lo que le decimos a la mujer hermosa que finalmente hemos encontrado el secreto de la vida (y no es mentira), pero no pensamos decírse- lo jamás de los jamases. Nel, no pensamos hacerlo. Entonces la plática girará en torno (digo, para no dejar todo en un puro agüite) a cómo mi cuñado es un pollero que seguramente la conoce y cómo ella segura- mente también le ha gustado a él. La mujer nos respon- de que sí, dice saber quién es nuestro cuñado. Ah, cómo no. Y en ese momentos pensamos que seguramente él (ni modo que no) también volvió del excusado (claro) comprendiendo perfectamente todo.

Noa Noa

En la pura entrada del Noa Noa, de volada, ya están dos

compas bigotudos dándose un besote. En la madre. Aquí tendremos que soportar ver cosas asquerosas, como el amor entre dos hombres horribles o, por lo menos, su deseo. No cabe duda que Dios es grande. No cabe duda que no sabemos nada, disculpando el lugar común de estas

dos frases. Estos batos sombrerudos y maricas están muy apapachados. Ay, papitos. ¿A poco de veras los jotos son felices?, ¿a poco de veras son los únicos alegres? ¿A poco los jotos son los únicos que no forman parte del Club de la Desdicha Eterna? La cerveza es la misma que en todas partes y la música bastante similar que en otros antros. Entonces, ¿cuál es el secreto de este sitio? El Noa Noa es un lugar de mucho ambiente. Le pu- sieron así por la canción de Juan Gabriel, el gran can- tante homosexual mexicano, el Gran Amanerado; le pu- sieron así por el nombre de aquella canción que tiene el nombre de otro bar en Ciudad Juárez, esa otra ciu- dad fronteriza, donde los mexicanos y egipcios visitan- tes matan mujeres a centenares, como los norteameri- canos matan migrantes. Así que si eres susceptible de jotear, no vayas al Noa Noa, cabroncito. Ponte trucha. Pero si sabes que no tie- nes otra alternativa que mantenerte machito (vaya con- dena) en este pinche baresuco vas a ver cómo el mun- do da vueltas sin que tú le importes. Aquí nadie te pela. Tú a nadie deseas. Estamos en la Maldita Mismidad. Somos puros hombres y ellos son de otro tipo, así que no hay más remedio. El mundo y yo somos conocidos lejanos. El mundo marcha y nosotros lo apreciamos, como un espectáculo ridículo, como una circunstancia ajena, como un bar homosexual.

Pete’s

A veces acudimos a los bares para ser mal recibidos. El Pete’s es un buen lugar para que nos ocurra esto. Ahí se reúne gente adulta que ya se conoce de mucho tiempo y los visitantes extraños son cosa realmente rara, según parece. Está en una colonia adinerada (La Cacho). En el Pete’s se puede encontrar a algún narcojunior y si uno es hábil hay formas eficaces de sacarle licores a cambio de que se halague su estilo de vida estúpido. Los viejos, sin embargo, se darán perfectamente cuenta de lo que estamos haciendo y nos mirarán con desprecio. Ya se sa- ben ese jueguito. Pero nunca habrá tan mala vibra como para que elija- mos salir de prisa del lugar. En el Pete’s nada podría ser demasiado intenso. Simplemente es un lugar para per- der el tiempo. La mayoría de la humanidad supone que el tiempo es fugaz. No saben que el tiempo es inmóvil. Pero preferimos la teoría de la fugacidad para, por lo menos, creer que algo se va, que algo tuvimos entre las manos, aunque se escape pronto. No queremos recono- cer que la maldición de la temporalidad es que se que- da quieta. Siempre. Todo sigue aquí. El Pete’s es uno de ese tipo de bares de círculo cerrado que son tan (regularmente) tranquilos, que una de las plá- ticas que ahí suceden tendrá que ver con los buenos ratos que uno ha pasado en otros bares clasemedieros (como el Ruben Hood, por ejemplo). Los empleados no dirán nada. No sienten celos. Nada les importa realmente, excepto ejercer la Amabilidad Suficiente con el Cliente.

Pero si uno quiere pasar una noche amena en ese si- tio, hay que llegar mariguano o, por lo menos, hay que ver cómo a alguno de los clientes habituales (“Mi vida está estable”) le podemos seguir la corriente para hacer- le creer que somos hermanos y luego reírnos de él, más tarde, apenas tomados y decepcionados, durmiendo en el colchón tirado que tenemos en nuestro cuarto. Me- ditando acostados quién podrá tener algo de tomar a esta hora (lo que sea) y por qué tuvimos que terminar en ese baresuco, acostados, con la noche aún incomple- ta, echados, dejando que aflore el rencor que otros in- dividuos han llamado alma, esa otra niebla, como el tiempo, que se estanca.

Quinclé

A este lugarcito se puede llegar en noches donde pasan siempre cosas muy distintas. Uno de esas noches no hay nada y en otra se puede conseguir hígado con cebolla gratis, como parte del chantaje para que los clientes no huyan a otros antros de La Coahuila, esa zonita reple- ta de basureros humanos y prostítulos baratos, habita- dos por mujeres del sur del país con ambiciones propias del norte. Ése es el problema de Tijuana, que es parte del sur, pero es el último sur antes de llegar al máximo norte de los United. Por lo tanto, sur y norte se mezclan y nace ahí el desorden. En el Quinclé a veces he visto maricones hermosos y albañiles de mi colonia gastar el dinero que luego sus hijos buscarán para comprar chicharrones empaqueta- dos y sus primeros porritos.

Ahí también, por cierto, fui con mi hermano a beber. Ya que entre hermanos casi no suele compartirse nada, nunca habíamos ido juntos a un antro, ya que uno generalmente no desea que la familia admire los espec- táculos ominosos en que uno se involucra, pero esa vez por algún motivo, terminamos ahí juntos. Esa noche un amigo común nos demostró que esta- ba harto de todo y quería probar a los hombres, y lo de- jamos hacerlo, haciéndonos como que no nos dábamos cuenta. Al final lo vimos tan contento con un travesti impecable pero de segunda categoría, que la envidia nos entró fuerte a mi hermano y a mí. Decidimos arrebatarle ese forro a como diera lugar, pues después de todo él tenía una esposa que nosotros siempre deseamos cogernos. Así que, aprovechando el desconcierto suyo, le enseñamos un billete al travesti para que nos dejara mamarle las tetas y darnos algunos besos y apretones de verga. Ambos nos divertimos en medio del asco y de la cara de tristeza del amigo —que quizá había pensando que había encontrado al nuevo amor de su vida. Así es esto, home boy. Dos pueden más que uno. Esa noche en el Quinclé fue especial, sin duda. Casi no gastamos y, sin embargo, se trató de la única vez que mi her- mano y yo hemos compartido algo, la única vez que he- mos compartimos una mujer, un travesti casi memorable.

Turístico

El Turístico realmente se llama El Patio. También está en la plaza Santa Cecilia, la plaza donde los mariachis

son atropellados periódicamente por los policías en motocicleta y la destrucción de sus guitarras es una prueba más (¡otra!) de la ruindad total que rige este cosmos nuestro. En el Turístico se congregan hombres que quieren usar el baño, pagar menos por la cerveza Tecate o pro- bar un buen tequilita. Aquí es el bar al que acuden los artistas locales o los escritores que ya van preparando el fin de sus quince minutos de fama. Chin. Pobrecitos. Somos Igualitos. Al fondo se puede jugar billar y uno puede fingir que la rocola puede ponernos felices o incluso bailadores. Este bar es doloroso. Es la cantina a la que todos hemos llegado felices y a la que todos regresamos para ver si esa felicidad de verdad duró tan poco. A veces, por su- puesto, esa felicidad regresa. Y no hay, entonces, que hacerse pendejo: hay que tomar bastante para así sen- tirnos doblemente contentos, porque ya sabemos, no nos hagamos: esta felicidad nunca es cierta, compadres. Si van al Turístico les recomiendo, por cierto, de ahí ir a El Lugar del Nopal, a cinco minutos en auto. Ahí pidan vino. Ahí sentirán la diferencia entre los que morimos borrachos y los que mueren engañados por completo.

Yadira’s

El Yadira’s está cerca del Sanborns de la calle Octava. Es un lugar donde se pueden ver frecuentemente pare- jas lesbianas, un hecho bastante animador sin duda. Al- gunas machas, algunas bonitas. Pero siempre es bueno

estar rodeado de mujeres, sobre todo, si no les impor- tamos un cacahuate. El Yadira’s es un lugar muy bueno para jugar billar, masturbarse en el baño recordando cómo la mujer le metía el dedo en el culo a otra mujer en la película y cómo una mujer tenía los pezones en- cendidos viendo lo mismo. Éste es también un buen lugar para escribir en algu- na mesa. Yo ahí he escrito varias cosas que me han he- cho muy feliz retrospectivamente. Escribir no nos hace felices en el presente. Escribir nos aniquila. Pero escri- bir ayuda a sobrevivir. Periódicamente me pagan por ar- tículos sobre la frontera. Siempre voy a escribirlos al Yadira’s. El lugar tiene una oscuridad deliciosa. Medio deca- dente es su ambiente, pero eso es lo más sabroso. Ahí, obviamente, uno está perfectamente a gusto porque las mujeres se vuelven problemas de otras mujeres y no problemas nuestros. Además aquí la botana nunca fal- ta. Fue en el Yadira’s donde una amiga se animó a con- fesar que era lesbiana. “Nunca te lo había dicho porque pensé que me ibas a rechazar.” Tenía razón, la rechacé. Pero no por ser les- biana en sí mismo, sino porque la siguiente confesión consistió en informarme que una novia que yo había tenido hace dos años me había dejado porque ella la había enamorado. Mi amiga se fue a Ciudad Juárez y a veces nos escribimos por e-mail. Ya le he dicho que si quiere que le perdone aquello tendrá que pagarme con un trío. Sé que eso jamás sucederá; sé también que ella en realidad no es lesbiana. Mucho menos es bisexual.

Tampoco heterosexual. No es nada. Como todos, nada más es un performance.

Zacazonapan

Consumir alcohol y mierda en el Zacazonapan es enfren- tar el problema de las cuentas. No sé porqué, pero en este lugar la hora de pagar la cuenta siempre es un pro- blema filosófico o práctico arduo, algo bastante complejo. Los que bebieron, escapan antes y los que esa noche tene- mos dinero, lo escondemos. El dinero ahí es un secreto. El Zacazanopan es conocido en toda la ciudad por ser uno de los lugares donde puedes conectar cualquier droga y consumirla ahí mismo. Está lleno de mujeres- trash, pegadas a su foco de cristal y de meseros-pushers, que junto con la cerveza te ofrecen toques. La droga en el Zacazonapan está baratísima. Además, muy probablemente la cuenta sea inflada por los meseros. (A güevo.) Eso no es una forma de agresión, sino de cobrarse un poco la alegría que ahí se genera en los clientes y la pena de tener que aguantar- los, sólo porque tú eres el que conduce el alcohol a las mesas sin casi probarlo. Las cuentas llegan y los que nos quedamos a pagar ya sabemos qué va a suceder. Habrá una discusión, pero a final de cuentas, el costo de las botellas —convertidas en platos rotos— tiene que ser cubierto por alguien. Y ese alguien siempre aparece. Puede que se trate de nosotros. Escucha bien: puede que se trate de nosotros. Got it? Y la cuenta se paga y el último de los que quedamos sale cansado por la puerta, recibe de golpe el aire de la

madrugada en declive, se enfrenta al aspecto sucio de la Coahuila, el dinero casi ha desaparecido, fuimos los úl- timos en intentar el retorno, y por ahora la calle nos ha dejado fuera de los bares y alejados de la maldita cama en que antes de echarnos, antes de desplomarnos en ella sin otra opción que querer morir en los sueños, no que- da cosa alguna más que saber de una vez por todas (¡ay, papacito!) que la noche ha acabado, que esta noche ya llegó a su fin (¡como siempre, putos!) y que lo más pro- bable es que todas nuestras noches fueron solamente una, y los lugares comunes establecerán sepulturas co- lectivas. Esto es lo que pasa en Tijuana, y lo que he visto su- ceder en Bogotá o Nueva York. Algunas borracheras nos iluminan. Así que no hay que ir a estos sitios, porque ahí nos damos cuenta pronto de cosas hediondas que en otras partes nos hubiéramos dado cuenta más tarde. Las cosas son bastante claras: las noches de antes no volve- rán nunca, realmente se han ido. Lo que la noche sig- nificó ha terminado. Estamos afuera del bar, solos. La noche no volverá nunca. Se la ha llevado ella.

Índice

Introito

5

Primera parte

7

Tijuanologías. Ensayo urbano en diez postales

7

Segunda parte

121

Cruces

123

Tijuana P.M

147

Tijuanologías de Heriberto Yépez se terminó de imprimir el 26 de mayo de 2006, en los talleres de Tiempo Extra Impresores Club Deportivo Pachuca 22, Villa Lázaro Cárdenas, 14370 México, D. F. Se utilizaron tipos de la familia Janson. El tiro fue de mil ejemplares. La edición estuvo al cuidado de Jaime Soler.

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