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El regreso

del militarismo

Sin derechos
no hay democracia

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El regreso del
militarismo
Este trabajo es una adecuación realizada por Alejandro
Fernández Ludeña del artículo de Joaquín A. Mejía
Rivera, “El discurso militarista y sus efectos de poder”,
revista Envío-Honduras, Año 14, núm. 50, ERIC-SJ,
Tegucigalpa, septiembre 2016, pp. 16-21.

© Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación


de la Compañía de Jesús en Honduras (ERIC-SJ).
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Primera edición: agosto de 2017

Edición y diseño:
Editorial Guaymuras

Diseño de portada:
Marianela González
El regreso del
militarismo

1. Honduras: de un Estado de derecho


a una dictadura blanda
Honduras es, o debería ser, un Estado de derecho. Es
decir, un país que se rige por leyes ordenadas en torno
a una Constitución, que es aceptada y ha sido aprobada
por el conjunto de la población. En la práctica, esto se
traduce en que cualquier organismo del Estado, o insti-
tución pública o privada, debe desarrollar su labor res-
petando la ley, ante la cual todos y todas somos iguales.
Un Estado de derecho es, entre otras cosas, aquel
que reconoce los derechos humanos y hace todo lo po-
sible por protegerlos y promoverlos. En otras palabras,
que cumple con sus responsabilidades en cuanto a las
necesidades de la población; por ejemplo, en materia
de salud, vivienda o educación.

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También es responsabilidad del Estado la segu-
ridad de las personas. Y, para protegernos de manera
adecuada, las autoridades deben respetar los derechos
humanos.
¿Qué significa esto? Que pueden proteger a las per-
sonas de la delincuencia o el crimen, sin dejar de respe-
tar los derechos y las garantías de toda la población.
Pero el Estado hondureño, sobre todo en los últimos
años, se ha aprovechado de la sensación de indefensión
que tiene la gente ante el avance de la criminalidad, para
restringir libertades y derechos fundamentales.
Entre otras cosas, el Estado está delegando a las
Fuerzas Armadas un poder que no le corresponde, po-
niendo en riesgo la democracia y nuestro sistema de
convivencia. Es así como vamos en camino de conver-
tirnos en una “dictadura dulce”; o sea, un sistema que
aparentemente apuesta por la libertad, la igualdad y el
imperio de la ley pero que, en el fondo, renuncia a los
valores democráticos en favor de la represión y la milita-
rización de sociedad.

2. Un discurso a favor de la militarización


Las Fuerzas Armadas es una de las instituciones me-
jor valoradas por la ciudadanía hondureña. Frente a la
desconfianza que genera el sistema de justicia o los par-
tidos políticos, frente al vacío y la desprotección que hoy
sentimos, parece que recordamos con nostalgia el tiem-
po en que los militares imponían “orden” por la fuerza.

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Pero esa no es la única causa. A los militares se les
ha levantado el perfil de manera sistemática. En rea-
lidad, su buena imagen obedece a una campaña bien
diseñada. La clase política y económica dominante se ha
esforzado en promover un discurso social, o sea un con-
junto de ideas, en el que los militares son los llamados a
salvar la democracia y nuestro modo de vida.
Poco a poco, los medios de comunicación han ido
introduciendo una imagen que asocia a los militares con
el orden, la paz y la seguridad. Tanto así, que hasta hay
programas educativos, como “Guardianes de la Patria”,
por medio de los cuales los militares pretenden transmi-
tir valores cívicos y religiosos a niños y niñas.
Este adoctrinamiento de la niñez por parte de los
militares no es propio de un Estado que asume sus res-
ponsabilidades en la formación de la ciudadanía. Como
ha señalado la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos, el rol de las Fuerzas Armadas en “la defensa
del país frente a amenazas contra la seguridad prove-
nientes del exterior es incompatible con la coordina-
ción de programas de formación cívica para niños y
niñas”.

3. El recurso más fácil y menos eficaz


Sin duda, en Honduras sufrimos una situación de
violencia e inseguridad muy grave. Ante esta realidad,
un gobierno respetuoso del Estado de derecho y pre-
ocupado por resolver tan graves asuntos, debería em-

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prender importantes reformas en el sistema de seguri-
dad y justicia.
Sin embargo, hace lo más fácil y menos eficaz: au-
mentar el presupuesto de seguridad y defensa para ad-
quirir, entre otras cosas, un costoso armamento que
convierte a soldados y policías en agentes de guerra.
Veamos a continuación las medidas que ha tomado
el actual gobierno:

a) En diciembre de 2011, mediante un decreto ejecu-


tivo, declaró un estado de emergencia en materia
de seguridad, y facultó a las Fuerzas Armadas para
cumplir funciones que, según la Constitución y las
leyes, son de la policía.
b) En abril de 2013 creó la Dirección Nacional de In-
vestigación e Inteligencia, dirigida por militares. Su
objetivo es recabar y brindar información a los po-
deres ejecutivo, legislativo y judicial. Podría parecer
una buena medida, pero su falta de transparencia y
credibilidad representa una amenaza para los dere-
chos fundamentales de las personas.
c) También en 2013, en junio, creó una tropa de élite
para luchar contra el crimen organizado, conocida
como TIGRES. Pero su falta de coordinación con
la policía y la falta de rendición de cuentas de sus
agentes la ha puesto en entredicho. En realidad, la
ciudadanía no sabe bien a quién y para qué sirven los
TIGRES.
d) En agosto de 2013 creó la Policía Militar de Orden
Público (PMOP), que depende de las Fuerzas Arma-

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das. Pero, en la práctica, depende directamente del
presidente Hernández.

Una de las cosas más preocupantes, es que esta-


bleció que la PMOP debe ser acompañada en sus ope-
rativos por jueces y fiscales, quienes serían los únicos
facultados para ejercer la acción penal en caso de que
los agentes cometan algún delito; esta normativa vul-
nera todo principio de independencia e imparcialidad
de la justicia.
Además, en caso de que los agentes de la PMOP co-
metan alguna irregularidad grave, solo podrán ser re-
cluidos en establecimientos militares mientras dure el
proceso judicial.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos
ha expresado su preocupación ante lo que parece un
modelo de justicia excepcional, al margen de las leyes
que rigen para toda la población.
Este exceso de militarismo ha contaminado el fun-
cionamiento de las cárceles. La ley del sistema peniten-
ciario ha sido violada con el nombramiento de un triun-
virato de coroneles al frente de los centros penales, lo
que está en contra de los criterios internacionales en la
materia.
Incluso se han creado centros penales preventivos
en instalaciones militares que, aunque la ley dice que
deberían estar a cargo de personal civil, en la práctica
están custodiados por las Fuerzas Armadas, en franca
oposición a las leyes nacionales e internacionales.

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4. Un presupuesto militarista:
cuestión de prioridades
Si nos fijamos en los presupuestos de la República de
los años 2015 y 2016, veremos que el único renglón que
ha crecido es el de Defensa y Seguridad. Este recibe 14
mil millones de lempiras, cifra muy cercana a la que se
destina a la salud de la población.
Si pensamos en la falta de medicamentos, personal
e infraestructura en los hospitales y centros de salud,
resulta escandalosa la compra de armas, vehículos y uni-
formes para la policía y los militares.
Aún es más llamativo que, de los 170 millones de
lempiras que se recaudan mensualmente con la men-
tada tasa de seguridad, solo el 5% se destina al poder
judicial y al Ministerio Público. El 87% de lo recaudado
por este impuesto va para labores de seguridad, defen-
sa e inteligencia.
En otras palabras, las autoridades no apuestan al
fortalecimiento de las instituciones investigativas, sino
a la represión, al uso de la fuerza y al fortalecimiento
militar.

5. La falta de transparencia amenaza


el Estado de derecho
En enero de 2014 se dio un gran impulso a la remi-
litarización del país con la creación de la llamada Ley
de Secretos Oficiales. Esta ley, con el pretexto de la
seguridad del Estado, establece medidas extraordina-

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rias para blindar o proteger información sensible. Es
decir, para evitar que la ciudadanía sepa qué están
haciendo las fuerzas de seguridad.
De este modo, el acceso a la información pública en
forma transparente, que es un derecho ciudadano y un
pilar de la democracia, queda en entredicho. Por tanto,
la Ley de Secretos Oficiales es incompatible con el marco
jurídico nacional e internacional en materia de transpa-
rencia, lucha contra la corrupción y derechos humanos.

6. El camino es otro
Tal estado de cosas precisa de una revisión de las
prioridades y una corrección del camino recorrido. Hon-
duras no necesita más armas ni más militares.
Lo que realmente urge para fomentar una cultura de
paz y no violencia, es:

a) Una verdadera separación de poderes, para que


haya equilibrio e impedir los abusos y la concen-
tración de poder. Por ejemplo, el gobierno, o sea el
poder ejecutivo, no puede controlar al Congreso, ni
este tiene por qué cuestionar los fallos del poder ju-
dicial.
b) Una administración de justicia imparcial e indepen-
diente, que solo responda a los intereses de la pobla-
ción, para combatir la delincuencia y la corrupción.
c) Una política de lucha contra el crimen que, siguien-
do estándares internacionales, garantice la inviola-
bilidad de los derechos humanos.

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d) Una redistribución de los recursos, asignando más
presupuesto al bienestar de la población más vulne-
rable.
e) Políticas públicas para prevenir la violencia e inse-
guridad, creando oportunidades para la población
menos favorecida.
f) Políticas públicas para reparar el tejido social, cada
vez más dañado por la violencia y la inseguridad.

En vez de renunciar a los valores democráticos


y apostar por la militarización de la sociedad,
el Estado de Honduras debe promover la
participación de la población en la construcción
de una sociedad donde
se garanticen los derechos básicos de todo ser
humano, como salud, educación, vivienda y trabajo
digno. Esa es la mejor medicina para combatir
el crimen, vencer el miedo y fortalecer la democracia.

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Sin derechos
no hay democracia