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Sobre una degradacion general de la vida erotica Sigmund Freud TROOP OOOO TEED ODED OOD OOODOOEODEDODEDOODTDOODOODOOOD 1 Ss preguntamos a un psicoanalitico cual es la enfermedad para cuyo re- medio se wcude a Gl con mayor frecuen: cia, nos indieara previa excepeién de las maltiples formas de la angustia— la impotencia psiquica, Esta singular per- turbacidn ataca a individuos de natura- leza intensamente libidinosa y se mani fiesta en que los Grganos ejecutivos de la sexualidad rehusan su colaboracién al acto sexual, no obstante aparecer antes y después perfectamente intactos y a pesar de existir en el sujeto una intense inclinacidn psiquica a realizar dicho ae to. El primer dato para la comprension de su estado lo obtiene el paciente al observar que el fallo no se produce sino con una persona determinada y nunca con otras, Descubre asf que [a inhi cidn de su potencia viril depende de al guna cualidad del objeto sexual, y a ve ces indica haber adw un obsticulo, una especie de voluntad contraria, que se oponia con éxito a su intencién consciente. Pero no le es po- sible adivinar en qué consiste tal obsté culo interno ni qué cualidad del objeto sexual es la que lo provoca. En esta per- plejidad acaba de atribuir el primer fallo tido en su interior una impresién “casual” y deduce erré- neamente que su repeticién se debe a la accidn inhibitoria del recuerdo de dicho primer fallo, constituide sentaciGn angustiosa. en repre: pbre este tema de kt impotencia psiquica existen ya varios estudios coanaliticos de diversos autores.' Todo analitico puede confirmar por propia experiencia médica las explicaciones en ellos ofrecidas. Se trata realmente de la accidn inhibitoria de ciertos complejos 7 26 psiquicos que se sustraen al conoci- miento del individuo, material patégeno cuyo contenido mas frecuenic es la fija- cidn incestuosa, no dominada, en la ma- dre o la hermana. Fuera de estos com- plejos habré de concederse atencién a la influencia de las impresiones penosas accidentales experimentadas por el su jeto en conexién con su actividad sexual infantil y con todos aquellos factores susceptibles de disminuir la libido, que ha de ser orientada hacia cl objeto se- xual femenino.” Al someter un caso de franca impo- tencia psiquica a un penctrante estudio psicoanalitico obtenemos sobre los pro- cesos psicasexuales que en él se desa- rrollan los siguicntes datos: cl funda- mento de la enfermedad es de nuevo, como muy probablemente en todas las perturbaciones neurdticas, una inhibi- cién del proceso evolutive que conduce a la libido hasta su estructura de y normal. En cl caso que nos ocuy han Hegado a fundirse kas dos corrientes cuya influcneia ascgura una conducta a plenamente normal: la corriente “carifiosa” y la corricnte “sensual” De estas dos corrientes es la carifio- la mas antigua. Procede de los mas tempranos afios infantiles, se ha consti- tuido tomando como base los intereses del instinto de conservacién y se orienta hacia los familiares y los guardadores del nifio, Integra desde un_ principio cicrtas aportaciones de los instintos se- xuales, determinados componentes er6- ticos mas © menos visibles durante la in- fancia misma y comprobables siempre por medio del psicoandlisis en los indivi- duos ulteriormente neuréticos. Corres- ponde a la eleccién de objeto primario infantil. Vemos por ella que los instin- tos scxualcs encuentran sus primeros objetos guidndose por las valoraciones de los instintos del yo, del mismo modo que las primeras satisfacciones sexuales erot 27 son experimentadas por el individuo en el ejercicio de las funciones sométicas necesarias para la conservaci6n de la vi- da, El “carifio” de los padres y guarda- dores, que raras veces oculta por com- pleto su caracter erdtico (“el nifio, ju- guete erdtico”), contribuye a acrecentar en el nifig las aportaciones a las cargas psiquicas de los instintos del yo, inte! ficdndolas en una medida susceptible de influir cl curso ulterior de la evoluci6n, sobre todo cuando concurren otras de: terminadas circunstancias.. 8 carifiosa perduran a través de toda la infancia y contindan —incorporindose —consi- derables. magnitudes de crotismo, el cual queda desviado asf de sus fines se- xuales. Con ka pubertad sobreviene lue- go la poderosa corriente “sensual”, que no ignora ya sus firies. Al parecer, no deja nunca de recorrer los caminos an- teriores, acumulando sobre los objetos de la clecci6n primaria infantil magnitu- des de libido mucho mis amplias. Pero al tropezar aqui con el obstécule que supone la barrera moral contra cl inces- to, crigida en el intervalo tendera a transteritse lo antes posible de dichos objetos primarios a otros, ajenos al cir- culo familiar del sujcto, con los cuales sea posible una vida scxual real. Estos nuevos objetos s in embar- g0, conforme al prototipo (la imagen) de los infantiles, pero con el tiempo atraen a sf todo cl carifio ligado a los primitivos. El hombre abandonard a su padre y a su madre —segiin el precepto biblico— para seguir a su esposa, fun- diéndose entonces el carifio y la scnsua- lidad. El maximo grado de enamora- miento sensual traera consigo la maxi ma valoraci6n psiquica. (La supervalo- racién normal del objeto sexual por par- te del hombre.) Dos distintos factores pueden pro- vocar el fracaso de esta evolucién pro- Estas fijacion gresiva de la libido. En primer lugar, el grado de interdiccidn real que se oponga a la nueva cleccin de objeto, apartan- do de clla al individuo. No tendré, en efecto, sentido alguno decidirse a una cleccidn de objeto cuando no es posible clegir © no cabe clegir nada satisfacto- rio. En segundo, el grado de atraccién ¢jercido por los objetos infantiles que andonar se trata, grado directa- mente proporcional a la carga erética de que fucron investidos en Ia infancia. Cuando estos factores muestran energia suficiente entra en accidn el mecanismo general de la produccidn de las neuro- sis. La libido se aparta de la realidad, es acogida por la fantasia (introversién), intensifica las imagenes de los primeros objetos sexuales y se fija en ellos. Pero, cl obsticulo opuesto al incesto obliga a la libido orientada hacia tales objetos a permanecer en lo inconsciente, El ona- nismo, en el que se exterioriza la activ dad de la corriente sensual, inconscien- te ahora, contribuye a intensificar las in- dicadas fijaciones. El hecho de que el progreso evolutivo de la libido, fracasa- do cn la realidad, quede instaurado en Ja fantasia mediante la sustitucisn de los objetos sexuales primitives por otros ajenos al sujeto en las situaciones imag nativas conducentes a la satisfaccién onanista, no modifica en nada de cosas. La sustituciGn permite el acce- so de tales fantasfas a la conciencia, pe- ro no conlleva consigo proceso alguno en los destinos de Ia libido. Pucde suceder ast que toda Ia sen- sualidad de un joven quede ligada en lo inconsciente a objetos incestuosos 0, di- cho en otros términos, fijada en fanta- sfas incestuosas inconscientes. El resul Lado es entonces una impotencia abso uta, que en ocasiones puede quedar re- forzada por una debilitacidn real, simul- tincamente adquirida, de los 6rg; genitales. de el estado La impotencia psiquica propiamen- te dicha exige premisas menos marca- das. La corriente sensual no ha de verse obligada a ocultarse en su totalidad de- trds de la carifosa, sisio que ha de con- servar energfa y libertad suficientes para conquistar en parte el acceso a la reali- dad. Pero la actividad sexual de tales personas presenta claros signos de no hallarse sustentada por toda su plena energfa instintiva psiquica, mostrandose caprichosa, facil de perturbar, ineorrec- ta, muchas veces, en la ejecucisn y poco placentera. Pero, sabre todo, se ve obli- gada a eludir toda aproximaci6n ala co- rriente earifiosa, lo que supone una con- siderable limitucién de la eleccién de objeto. La corriente sensual, permane- cida activa, buscard tan slo objetos que no despierten cl recuerdo de los inces- tuosos prohibidos, y la impresién produ- cida al sujeto por aquellas mujeres cu- yas cualidades podrian inspirarle una valoracién psiquica elevada no se re- suelve en él en excitacién sensual, sino en carifio eréticamente ineficaz. La vida erética de estos individuos permanece disociada en dos direccionc. personifi- cadas por el arte en el amor divino y el amor terreno (0 animal). Si aman a una mujer, no la desean, y si la desean, no pueden amarla. Buscan objetos a los que no necesitan amar para mantener alejada su sensualidad de los objetos amados, y conforme a las leyes de la “sensibilidad del complejo” y del “retor- no de lo reprimido”, son victimas del fa- Ilo singular de la impotencia psiquica en cuanto que el objeto elegido para eludir cl incesto les recuerde en algiin rasgo, a veces insignificante, cl objeto que de cludir se trata. Contra esta perturbacién los indivi- duos que padecen la disociacién crética descrita se acogen principalmente a la degradacién psiquica del objeto sexual. reservando para cl objeto incestuoso y sus subrogados la supervaloracién que normalmente corresponde al objeto se- xual. Dada tal degradacién del objeto. su sexualidad puede ya exteriorizarse li- bremente, desarrollar un importante rendimiento y alcanzar intenso placer. A este resultado contribuye adn otra ircunstancia. Aquellas personas cn quicnes las corrientes carifiosa y sensual no han contluido debidamente bien, por lo general tienen una vida sexual poco refinada. Perduran en cllas fines sexua- les perversos, cuyo incumplimiento cs percibido como una sensible disminu- cidn de placer, pero que slo parece po- sible aleanzar con un objeto sexual re- bajado ¢ inestimado. Descubrimos ya los motivos de las fantasfas descritas en cl apartado ante rior, en las cuales el adolescente rebaja asu madre al nivel de la prostituta. Ta- les fantasias tienden a construir, por lo menos en la imaginacién, un puente so- bre el abismo que separa las dos co- rrientes erdticas, y degradando a la ma- dre, ganarla para objeto de k dad. 2 I{emos desarrollado hasta aqui una in- vestigacion médico-psicolgica de la im- potencia psiquica, ajena en apariencia al titulo del presente estudio. Pronto se verd, sin embargo, que tal introduccién nos cra necesaria para llegar a nuestro verdadero tema. Hemos reducid SD G@HCVIONPnira esta teoria cabe una im- portante objecién: nos da demasiado, nos explica por qué ciertas personas pa- decen impotencia psiquica, pero nos Il va a extrafiar que alguien pucda escapar a tal dolencia. En efecto, puesto que los factores sefalados —la intensa fijacién infantil, la barrera crigida contra el in- cesto y la prohibicién opuesta al instinto sexual en los afios inmediatos a la pu- bertad— son comunes a todos los hom- bres pertenccicntes a cierto nivel cultu- ral, seria de esperar que la impotencia psiquica fuese una enfermedad general de nuestra sociedad civilizada y no se li- mitase a casos individuales. Podriamos inclinarnos a cludir tal conclusién acogiéndonos al factor cuan- titativo de la causacién de la enferme- dad, cs decir a aquella mayor 0 menor magnitud de las aportaciones de los dis- tintos factores etiolégicos, de la cual de- pende que se constituya 0 no un estado. patolégico manificsto. Mas, aunque na- da nos parece oponerse a esta conduc- ta, no habremos de seguirla para recha zar la conclusion indicada. Por cl con- 29 trario, queremos sentar la afirmacisn de que la impotencia psiquica se halla mu- cho mas difundida de lo que se supone, apureciendo caraeterizada por una cier- ta medida de esta perturbacién la vida erotica del hombre eivilizado Si damos al concepto de la impoten- cia psiquica un sentido mas amplio, no Jimitindolo a fa imposibilidad de Hevar a cabo ef acto sexual, no obstante la per- fect normalidad de los érganos genita- les y Ia intenci6n consciente de compla- en él, habremos de inclair tam- bién cnire los individuos aquejados de tal enfermedad a aquellos sujctos a los que designamos con el nombre de psi- coanaestésicas, los cuales pueden reali- zar cl coito sin dificultad alguna, pero no hallan en él especial placer, hecho bastante mas frecuente de lo que pudie- ra creerse. La investigacién psicoanaliti ca de estos casos tropieza con los mis- mos factores etiolégicos descubicrtos en la considerada, pero no nos procura en un impotencia psiquica estrictamente principio explicacién alguna de las dife- rencias sintomticas. Una analogia fi mente justificable enlaza estos casos de unestesia masculina a los de [rigidez fe- menina, infinitamente frecuentes, sien- do cl mejor camino para deseribir y ex- a erotica de tales muje: impotencia ps'quica del hombre, mucho mas apara- tosa> Prescindiendo de tal extensién del concepto de ki impotencia psiquica, y atendiendo tan sdlo a fas gradaciones de plicar ta condu res su comparacién con | su sintomatologfa, no podemos eludir la impresién de que ka conducta erética del hombre civilizaclo presenta general- impo- lim mente, hoy en dia, el sello de teni ada a psiquica, Slo en u minorfa apareeen debidamente confun- didas kas corrienies carifiosa y sexual. El hombre siente coartada casi siempre su actividad sexual por el respeto a la mu- jer, y slo desarrolla su plena potens con objeto: sewuales degradados, cir- cunstaneia a la que coadyuva el hecho de integrar en sus fines sexuales compo- nentes perversos, «" ¢ a sae tisfacer en ta muj Sélo ¢ perimenta, pues, un pleno goce sexual cuando puede entregars ripulo Iu satisfaccidn, cosa que no se permiti- ra, por ejemplo, con la mujer propia. De aqui su necesidad de un objcio sexual rebajado, de una mujer éticamente infe- rior, en la que no pueda suponer repug- nancias estéticas y que ni conozea las nO se atre r estimada sin e demas circunstancias de su vida, ni pue- da juzgarle. A tal mujer dediearé enton- ces sus enereias sexuales aunque su €a- rifo pertenezea a otra de tipo més cle- vado. dad de un objeto se- sual degradado, al cual se enlace fisiold- gicamente la posibilidad de una comple- ta satisfacciGn, explica la frecucneia con que los individuos pertenecientes a las mas altas cl: sociales buscan sus amantes, y a veces sus esposas, cn clases inferiores. sta ney 30 No creo aventurado hacer también responsable de esta conduct erética, tan frecuente entre los hy. bres de nuestras sociedades civilizadas, a ios dos factores ctiolégicos de la impotencia psiquica propiamente dicha: la intensa fijacién incestuosa infantil y la prohibi- ci6n real opuesta al instinto sexual en la adolescencia. Aunque parezca desagra- dable y ademés paraddjico, ha de afir- marse que para poder ser verdadera- mente libre, y con cllo verdaderamente feliz en la vida erotica, es preciso haber vencido el respeto a la mujer y el horror a la idea del incesto con la madre o la hermana. Aqucllos que ante esta exi gencia proccdan a una seria introspe: cién descubrirén que, en el fondo, con- sideran el acto sexual como algo degra- dante, cuya aceién impurificadora no se limita s6lo al cuerpo. El origen de esta 6n, que sdlo a disgusto recono- cern, habriin de buscarlo en aquella 6poca de su juventud en la que su co- rricnte sensual, intensamente desarro- Hada ya, encontraba prohibida toda tisfaccién tanto en los objetos incestuo- sos como €n los extrafios. También las mujeres aparecen so- metidas en nuestro mundo civilizado a consccucncias andlogas, emanadas de su educaci6n y, adem: las resultantes de la conducta del hombre. Para ellas. ¢s, naturalmente, tan desfavorable que cl hombre no desarrolle a su lado toda su poteneia como que Ia supervalora- cin inicial del cnamoramiento quede sustituida por cl desprecio después de la posesién. Lo que no parece existir cn la mujer es la necesidad de rebajar el obje- to sexual, circunstancia enlazada, segu- rameante, al hecho de no darse tampoco cn ella nada semejante a la supervalora- cién masculina, Pero su largo aparta- miento de la sexualidad y el confina- miento de Ia sensualidad de la fantasia ticnen para clla otra importante conse- valoraci cuencia. En muchos casos no le es ya posible disociar las ideas de ividad sensual y prohibicién, resultando ast psi quicamente impotente, 0 sea frigida, cuando por fin le es permitida tal activi- dad. De aqui la tendencia de muchas mujeres a mantener secretas durante al- gin tiempo relaciones perfectamente Ii- citas, y para otras la posibilidad de sen- tir normalmente en cuanto la prohibi- cién vuelve a quedar establecida, por ejemplo, en unas relaciones ilicitas. In- ficles al marido, pueden consagrar al amante una fidelidad de segundo orden. A mi juicio, este requisito de la pro- hibicién, que aparece en Ia vida erética femenina, puede equipararse en el hombre a la necesidad de un objeto se- xual degradado. Ambos factores son consecuencia del largo intervalo exigido por la educacidn, con fines culturale: entre la maduracién y la actividad se- xual, y tienden igualmente a desvanecer impotencia psiquica resultante de la no confluencia de las corrientes carifio- sa y sensorial. El hecho de que las mii mas causas produzcan en el hombre y en la mujer efectos tan distintos depen- de quiza de otra divergencia comproba- ble en su conducta sexual. La mujer no suele infringir la prohibicién opuesta a la actividad sexual durante el periodo de espera, quedando asf establecido en ella el intimo enlace entre las ideas de prohibici6n y sexualidad. En cambio, el hombre infringe gencralmente tal pre- cepto, a condicién de rebajar el valor del objeto, y acoge, en consecuencia, es- ta condici6n en su vida sexual ulterior. Ante la intensa corriente de opinién que propugna actualmente la necesidad de una reforma de la vida sexual, no se- rd quiza indtil recordar que la investiga- cién psicoanalitica no sigue tendencia alguna. Su Gnico fin es descubrir los fac- tores que se ocultan detrés de los fené- menos manifiestos. Vera con agrado 31 que las reformas que se intenten utili- cen sus descubrimientos para sustituir lo perjudicial por lo provechoso. Pero no puede hayan de imponer a otras instituciones i distintos y quiz mis graves. 3 El hecho de que el enfrentamiento eul- tural de la vida erotica traiga consigo una degradacion general de los objetos sexuales nos mueve a transferir nuestra atencidn, desde tales objetos, a los ins: tintos mismos. El dano de la prohibicién nicial del goce sexual se manifiesta en que su ulterior permisién en el matri monio no proporeiona cidn. Pero tampoco una libertad sexual segurar que tales reformas no aa plena satisfac ilimitada desde un principio. procura mejores resultados, No es dificil com- probar que la necesidad erdtiva pierde considerable valor psiquico en cuanto se le hace ffeil y cémoda la satisfaccisn. Para que la libido alcance un alto grado ¢s necesario oponerle un obsticulo, y siempre que las resistencias naturales, opuestas a [at satisfaccién han resultado. insuficientes, han creado los hombres otras, conven ionales, para que el amor constituyera verdaderamente un goce. to puede deci duos como de los pueblos. En Spocas en las que la satisfaccién erdtica no trope- mplo, du rante la decadencia de la eivilizacién an- tigua), el amor perdié todo su valor, ka vida qued6 vaefa rias enérgicas reacciones para restable- se tanto de los indivi zaba con dificultades (por ej se hicieron necesa- cer los valores afeetivos indispensables. En este sentido, pucde afirmarse quel corriente ascética del cristianismo cred para el amor valoraciones psiq la antigiedad pagana no habia podide ofrendarle jamais. Esta valoracion jeats que lean 26 su maximo nivel en los monjes ascéti- cos, cuya vida no era sino una continua lucha contra la tentacidn libidinosa. En un principio nos inclinamos, des- de luego, a atribuir las dificultades: aqui nergentes a cusllidades: generales de °s también a importancia psiquica de un instinto ereee con su pro- nuestros instintos o nawos, exacto, en genera, ae hibiciin, Si sometemos, por ejemplo. al tormento del hambre a cierto némero de tadividuos muy diferentes entre si, veremos que las diferencias individuales iran borrs aento de kt imperiosa necesidad, siendo sustituidas manifestaciones uniformes del instinto insatisfeche. Ahora bien: épue- de igualmente afirmarse que la satisfac~ cidn de un instinto disminuya siempre tan considerablemente su valor psiqui- Pensemos, por ejemplo, en la rela- cidn entre el bebedor y el vino. Fl vino procura siempre al bebedor ka misma sa- tisfuccidn tdxica da por los poetas a la satisfaccién ersti- ndose con ¢l iner por Ii col . lantas veces: compara- ca y comparable realmente a ella, aun desde el punto de vista cientitieo, Nun- ease ha dicho que el bebedor se vea precisado a cambiar constantemente de sHlas pierde, bebida. porque cada una de una vez gustada, su atractivo. Por el contrario, el habito estrecha cada vez més apretadamente el lazo aue une al bebedor con la clase de vino preferida. Tampoco sabemos que el bebedor sien- ta la necesidad de emigrar a un pais donde el vino sea més caro o esté prohi bido su consumo, para reanimar con ta- les incitantes el valor de su gastada sa- tisfacci6n. Nada de esto sucede. Las confesiones de nuestros grandes alco- hélicos, de Boecklin, por ¢jemplo, sobre su relacién con el vino,” delatan una perfecta armonfa, que podria servir de modelo a muchos matrimonios. ¢Por qué ha de ser entonces tan distinta la relacién entre el amante y su objeto se- xual? A mi juicio, y por extrafio que pa- rezca, habremos de sospechar que en la naturaleza misma del instinto sexual existe algo desfavorable a la emergencia de una plena satisfaccién. En la evolu- cidn de este instinto, larga y complicada, destacan dos factores a los que pudiera hacerse responsables de tal dificultad. En primer lugar, a consecuencia del desdoblamiento de la eleccién de objeto y de la creaci6n intermedia de la barrera contra el incesto, el objeto definitivo del instinto sexual no es nunca el primi- tivo, sino tan s6lo un subrogado suyo Pero el psicoanilisis nos ha demostrado que, cuando el objeto primitive de un impulso optativo sucumbe a la repre- sién es reemplazado, en muchos casos, por una serie interminable de objetos sustitutivos, ninguno de los cuales satis- face por completo. Esto nos explicaria la inconstancia en la eleccién del obje- to, el “hambre de estimulos”, tan fre- cuente en la vida erdtica de los adultos. En segundo lugar, sabemos que el instinto sexual se descompone al princi- pio en una amplia serie de elementos — ©, mejor dicho, nace de ella—, y que al- guno de estos componentes no pueden ser luego acogidos en su estructura ulte- tior, debiendo ser reprimidos o destina- dos a fines diferentes. Tratese, sobre to- do, de los componentes instintivos co- profilos, incompatibles con nuestra cul- tura estética desde el punto y hora, probablemente, en que la actitud verti- cal alejé del suelo nuestros érganos ol- fatorios, y, ademés, de gran parte de los impulsos sddicos adscritos a la vida er6- tica. Pero todos estos procesos evoluti- vos no van més all de los estratos supe- riores de la complicada estructura. Los procesos fundamentales que dan origen a la excitacién erética permanecen inva- tiados. Lo excremental se halla ligado intima ¢ inseparablemente a lo sexual, y la situacién de los genitales —interuri- nas et faeces— continia siendo el factor determinante invariable. Modificando una conocida frase de Napoléon ef Grande, pudiera decirse que “la anato- mia es el destino”. Los genitales mismos no han seguido tampoco la evolucién general de las formas humanas hacia la belleza. Conservan su animalidad primi- tiva, y en el fondo tampoco el amor ha perdido nunca tal cardcter. Los instintos erGticos son dificilmente educados, y las tentativas de este orden dan tan pronto resultados exiguos como excesivos. No parece posible que la cultura llegue a conseguir aqui sus propésitos sin provo- car una sensible pérdida de placer, pues a pervivencia de los impulsos no utiliza- dos se manifiesta en una disminucién de la satisfaccién buscada en la actividad sexual. Deberemos familiarizarnos con la idea de que no es posible armonizar las exigencias del instinto sexual con las de la cultura, ni tampoco excluir de estas iltimas la renuncia y el dolor, y muy en iltimo término el peligro de la excita- cidn de la especie humana, victima de su desarrollo cultural. 33 De todos modos, este tenebroso pronéstico no se funda sino en la sola sospecha de que la insatisfaccidn carac- teristica de nucstras sociedades civiliza- das cs la consccuencia necesaria de cier- tas particularidades impresas al instinto sexual por las exigencias de la cultura, Ahora bien, esta misma incapacidad de proporcionar una plena satisfaccién que el instinto sexual adquiere en cuan- to cs sometido a las primeras normas de Ia civilizaci6n; es por otro lado fuente de méximos rendimicntos culturales, conseguidos mediante una sublimacién progresiva de sus componentes instinti- vos. Pues, équé motivo tendrfan los hombres para dar empleo distinto a sus cnergias instintivas sexuales si tales energfas, cualquiera que [uese su distr bucidn, proporcionasen una plena sati faccidn placiente? No podrfan ya liber- tarse de tal placer, y no realizarfan pro- greso alguno. Parece asf que la inextin- guible diferencia entre las exigencias de los dos instintos —el sexual y el cgois- ta— los capacita para rendimicntos ca- da vez mis altos, si bien bajo un cons- tante peligro, cuya forma actual es la 34 neurosis, a la cual sucumben los mis dé- biles. La ciencia no se propone atemori- zat, ni consolar tampoco. Mas, por mi parte, estoy pronto a conocer que las conclusions apuntadas, tan extremas, deberfan reposar sobre bascs mas am- Si orientaciones evolutivas de la humanidad lograran co- rregir los resultados de las que aqui he- mos expuesto aisladamente. Notas * La femineidad como mascara. Sigmund Freud [1920], et. al., Tusquets Editores, Barcelona, Espa, 1979, pp. 89 a 100. 1. M, Steiner: Die funktionelle Impotenz des Mannes und ihre Behandlung, 1907; W. Stckel: Nervise Angstaustande und ‘ihre Behandlung, Viena, 1908, segunda e cin, 1922; Ferenczi: ' “Analytische Deutung und Behandlung der psycho- sexuellen Impotenz beim Manne”, cn Psychiat. Neurol Wochenschrifi, 1908. 2. W. Stekel, Lc, p. 191 3. Ha de reconacerse, de todos modos, que la frigides femenina es un tema com- plejo, accesible desde otros puntos. 4. Floerke: Zivei Jahre mit Boecklin, 1