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Daniel H.

Trujillo Martínez noviembre de 2017


Historia urbana
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Reseña: Fernando Arias Lemos. La arquitectura de los barrios del Banco Central Hipotecario en
Bogotá, 1953-1984. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2010. 227 páginas.

La historia de las ciudades es también la historia de sus construcciones, de sus edificios y de su


arquitectura. Basta con mirar las primeras aldeas de Sumer, la polis griega, la Nueva York moderna
o la capital de nuestro país para entender la importancia de estas manifestaciones tangibles de los
asentamientos humanos. Históricamente las edificaciones han sido la materialización de distintas
maneras en las que cada sociedad entiende sus relaciones, el poder, la espacialidad o el más allá. En
casas, oficinas y templos ha quedado consignado de esta manera mucho más que una estructura al
servicio de necesidades concretas. La arquitectura habla también de nuestras formas de habitar el
espacio, administrar el poder, interactuar con el entorno y, por todo lo anterior, de entender la ciudad.
Fernando Arias Lemos, arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia reconocido por sus
investigaciones en temas urbanos locales y autor de múltiples informes técnicos sobre Bogotá y obras
como La norma, herramienta básica del ordenamiento territorial en coautoría con Rafael Obregón,
Operaciones estructurantes con José Salazar y Bogotá-Sabana. Un territorio posible, recoge este
vínculo especial entre arquitectura y ciudad para problematizarlo a la luz de una experiencia en
particular: los proyectos del Banco Central Hipotecario (BCH) en Bogotá entre 1953 y 1984.
Este libro es el resultado de una pesquisa adelantada por Arias y Sandra Julieth Cárdenas
(asistente de investigación), en coordinación con algunos estudiantes de la Maestría en Arquitectura
durante el segundo semestre de 2007, en la cual se planteó el reto de construir una detallada
descripción de algunos proyectos residenciales del BCH para “revelar el papel de la arquitectura en
la construcción moderna de Bogotá” (p. 12). Esta se convertirá en la base de su estudio, que gira en
torno a las relaciones y tensiones entre proyecto arquitectónico y ciudad, y que es guiado por la
siguiente pregunta: ¿a cuál necesidad de Bogotá responde el proyecto del BCH? El autor presenta
como hipótesis que los proyectos del BCH constituyeron un avance significativo para el desarrollo
de las áreas residenciales modernas y consolidaron vínculos con la forma de crecimiento existente.
Para elaborar su argumento central, Arias propone una narrativa que va desde lo más abstracto
hasta lo más concreto. El trabajo abre con una discusión sobre la arquitectura urbana en la cual se
escuchan las voces de Aldo Rossi, Martí Arís, Giorgio Grassi y otros teóricos de la arquitectura;
continúa con una segunda parte dedicada a la relación entre la arquitectura del BCH y los planes de
constituir una ciudad moderna en Bogotá; se concreta en un tercer bloque con la descripción de los
proyectos residenciales del BCH; y finaliza con una reflexión acerca del proyecto como “ciclo
tipológico unitario” que analizaremos más adelante. Al final se incluye la transcripción de dos
entrevistas hecha a los arquitectos Rafael Esguerra y Néstor Gutiérrez, autores materiales, entre otros,
de los proyectos del BCH.
A lo largo de todo el trabajo se hace evidente el diálogo con un nutrido corpus
teórico/arquitectónico que le permite a Arias enlazar la arquitectura con la ciudad a partir de
conceptos como “hecho urbano”, “sector”, “parcelación”, “morfología” y un amplio despliegue de
tecnicismos (paramento discontinuo, retranqueo, etc.), así como establecer una metodología basada
en la comparación y en el uso de estudios de caso (proyectos concretos del BCH como el Polo Club,
el conjunto de casas de La Soledad, Veraguas, Nueva Santafé, las Torres del Parque y los conjuntos

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de la calle 26) para sustentar sus hipótesis. Esta historia de la arquitectura y la ciudad se configura así
como un cruce constante entre lo micro —la arquitectura como hecho urbano— y lo macro —las
dinámicas sincrónicas y diacrónicas de la ciudad—; tensión que articula y da cohesión a la obra en
su totalidad.
Por último, parece relevante destacar el fuerte trabajo de archivo realizado por el equipo de
investigación. En el libro, para muy buena fortuna del lector, es posible encontrar más de 70 figuras
con planos, aerografías y croquis que no solo son de gran ayuda para entender la “puesta en escena”
de los distintos proyectos, sino que cuentan una historia propia desde el universo de la representación
gráfica. Aunque el autor no hace énfasis en este aspecto, debemos recordar que las ciudades también
se construyen a través de sus planos. Justo allí, en estos papeles saturados de figuras geométricas,
medidas, diagramas y convenciones es posible ver otra conceptualización de las ideas detrás de los
proyectos, detrás de la ciudad.

La primera parte del libro está dedicada a entender la arquitectura de la ciudad como proyecto. Aquí,
de la mano de la conceptualización de Rossi y otros teóricos, Arias enfatiza el carácter estrecho de la
relación entre ciudad y arquitectura. En palabras del autor, la última no puede afirmarse sin la primera.
De aquí deriva la naturaleza de un proyecto o de una operación proyectual como el acto de “construir
una continuidad en el tiempo y en el espacio para considerar un hecho urbano” (p. 23). En otras
palabras, la arquitectura, o el acto de construir e intervenir el espacio a través de un proyecto, se debe
entender a la luz de las dinámicas y circunstancias específicas de la ciudad. El proyecto actúa
directamente sobre el entorno urbano con lógicas formales y autónomas, pero también está
condicionado por él. Todo esto apunta a identificar los nexos entre proyectos arquitectónicos como
los del BCH y las formas de crecimiento de Bogotá a partir de los años 50. Esta relación arquitectura-
ciudad, como comenta Martí, había aparecido ya en los años veinte, cuando se definieron los
proyectos centroeuropeos como “una parte de ciudad que se incorpora a la estructura urbana
preexistente tratando de complementarla y diversificarla […] los tipos arquitectónicos, y no las
ordenanzas o los parámetros cuantitativos, son los que definen la forma urbana” (Martí p. 23 y 42; en
p. 38).
Partiendo de esta conceptualización —aquí muy simplificada— de la arquitectura y la ciudad,
Arias encuentra que el proyecto del BCH tuvo una estructura formal “constituida por diversas formas
de experimentación de arquitectura y ciudad moderna” (p.43). Aquí el concepto de sector es
fundamental, pues hace referencia a “una estructura extensible a todo el territorio urbano que posee
una capacidad de variación, debido a la arquitectura que lo constituye” (p.44). El proyecto del BCH
apuntaba precisamente a eso, a definir una nueva forma de crecimiento urbano mediante la
transformación de sectores (o construcciones) en nuevas áreas de la ciudad. En esencia, era era la
búsqueda de vivienda económica a través de la experimentación de técnicas constructivas novedosas.
Por ello, Arias sostiene que el proyecto residencial moderno del BCH fue “un laboratorio de
experimentación y práctica proyectual profesional en torno a principios formales de arquitectura y
urbanismo” (p.45).
El proyecto de arquitectura urbana del BCH es llamativo por varios motivos. En primer lugar,
impulsó la conformación de nuevas áreas y partes de la ciudad. Segundo, puede verse como una de
las manifestaciones más latentes de los cambios urbanos que atravesó la ciudad en su paso de “aldea”
expandida a inicios del siglo XX a ciudad extensa después de los años 50. El crecimiento de Bogotá
al que se enfrentó este proyecto había estado guiado por la agregación de barrios mediante vías de

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comunicación (Salazar, p. 2), mientras el centro de la ciudad y todos sus equipamientos eran
estrangulados por un cordón periférico de propiedades privadas. Ante este panorama de expansión en
manos del mercado inmobiliario, se plantearon dos formas de crecimiento: los conjuntos cerrados y
el desarrollo de vivienda en alta densidad. En este contexto el proyecto del BCH presentó una nueva
alternativa, un “modelo diferenciado”: se trataba de construir “barrios completos dotados de la
infraestructura y los servicios comunales correspondientes a las normas internacionales que la
mayoría de barrios no cumplían” (p.56). Su apuesta era tan innovadora, y los diseños de los barrios
tan modernos en términos urbanísticos, que luego estos proyectos se convertirían en modelos para el
desarrollo posterior de la ciudad.
La relación entre la vivienda del BCH y la ciudad, que es en últimas lo que sustenta la
investigación, se puede encontrar en la disposición del proyecto arquitectónico como mecanismo de
intervención urbana. A propósito, Arias nos recuerda que el Banco Central Hipotecario fue creado
como respuesta del Estado a los problemas imperantes de la ciudad, entre los cuales estaba el aumento
vertiginoso de la demanda de vivienda,1 y que esta institución tuvo como objetivo producir y financiar
vivienda para sectores bajos y medios, impactando con ello directamente la estructura urbana.
Sumado a esto encontramos que 1) la vivienda del BCH fue un escenario de innovaciones técnicas
en el cual se pensó una nueva forma de habitar el espacio; y 2) como menciona J. Salazar, que aunque
no se puede llamar una “planeación” como tal, los proyectos del BCH representaron una innovación
no solo en lo técnico, sino en la forma de concebir el espacio urbano: “En estos proyectos de vivienda
se pude vislumbrar una intención de articular los proyectos de vivienda con otros programas públicos
y con proyectos privados hacia la consecución de fines comunes” (Salazar, p. 212). Arias incluso
llega a formular un argumento bastante sugerente: que el proyecto del BCH concretó y materializó la
arquitectura de la ciudad moderna formulada por el Plan Piloto de Le Corbusier.
Esta relación se estrecha todavía más si tenemos en cuenta que los predios de los proyectos
del BCH son áreas extensas que constituyen alternativas a la forma de crecimiento tradicional de la
ciudad (p. 79) por dos motivos: 1) se trata de la fijación de partes completas de la ciudad; y 2) debido
a que se buscaba que las áreas fuesen compatibles “con la producción del espacio físico existente en
la ciudad”. Como menciona Arias, “su localización sugiere un intento por consolidar la forma lineal
de la ciudad, por sellarla y controlar la expansión indiscriminada sobre la Sabana”. Estamos entonces
frente a una serie de proyectos de vivienda en los límites del área construida de la ciudad que
pretenden ordenar su expansión, y que al hacerlo, como veremos a continuación, modificaron la
relación entre edificación, parcela y vía, así como el acercamiento de la arquitectura al sector. Aquí
la relación entre proyecto arquitectónico y ciudad no puede quedar más clara.

La sección dedicada a los casos, es decir, a cada uno de los proyectos de vivienda del BCH, ilustra
perfectamente la relación arquitectura-ciudad que se intenta articular como eje central del trabajo.
Acá el lenguaje técnico prima en la narrativa y ofrece una aproximación muy detallada al concepto
detrás de cada uno de los proyectos. Siguiendo esta línea, sobre El Polo se dice que fue un proyecto
en el cual aparecen transformaciones respecto a la estructura urbana, pues en una sola operación y

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La situación es complementada por J. Salazar: “la estrechez de la oferta de terrenos urbanizables por restricción
del suelo disponible, áreas libres y de equipamientos colectivos, la congestión del tráfico vehicular, el atraso
del transporte, la consolidación de un sector privado orientado a la producción moderna de vivienda, oficinas y
comercio que operaba con el modelo de agrupaciones y conjuntos en copropiedad produciendo fracciones
enteras de periferia formal”. (J. Salazar, 2007, p. 208).

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no como empresas separadas se hizo la construcción de casas unifamiliares en serie y se las proveyó
de servicios públicos básicos como energía, acueducto, alcantarillado, telefonía y vías. Todo esto
gestionado por un solo ente: el Estado. La innovación del Polo también estuvo en la forma de
ocupación del suelo, la relación entre los elementos de las manzanas, la liberación de espacio para el
uso público y en una nueva forma de entender “la casa”. Como retoma Arias a partir del artículo
“Arquitectura muy urbana: Bogotá años 50”: “la urbanización de El Polo presentaba una nueva escala
de relación entre arquitectura y la cuidad” (AA.VV, 2008, p. 68-69). Era una demostración de otra
forma de hacer ciudad en términos arquitectónicos y urbanos, pues propiciaba las bases de un
crecimiento cualificado en áreas periféricas y de expansión.
Los siguientes casos comparten este tipo de innovaciones y relaciones con la ciudad. El
conjunto de casas de La Soledad, por ejemplo, permitió el desarrollo de un proceso de prefabricación
de los elementos estructurales de la obra, así como de las instalaciones de servicios, que “hicieron de
su construcción un trabajo técnico eficiente” (p. 105). El proyecto de Nueva Santafé, por su parte,
mantuvo las características formales del área intervenida, debido a que se encontraba en una zona de
importancia histórica, pero planteó una intervención en dos sentidos: 1) servir como punto de partida
para la revitalización del centro urbano; y 2) mitigar el proceso de deterioro físico y ambiental por
causa del abandono del sector (p. 117).
Entre todos, el caso más interesante es el de las Residencias El Parque, diseñadas por Rogelio
Salmona en 1964 y construidas a partir de 1970 para atraer residentes al centro de la ciudad y
densificar la vivienda en un área cuyo suelo estaba degradado por la extensión de las actividades
terciarias. Las Torres del Parque tienen una relación muy particular con la ciudad: espacios abiertos
al público, edificios pensados para mezclarse con las montañas de atrás, escaleras de acceso que no
solo sirven a los residentes, sino al barrio, zonas comerciales en la primera planta. Salmona comenta
al respecto: “me pareció que había que vivir al exterior de nuevo y volverle a dar la calidad urbana
que toda la ciudad necesita; eso fue un acto político importante y el primer planteamiento al BCH era
hacer un edificio abierto, transparente, que naciera como nace un árbol en la naturaleza, que se fuera
adaptando como una roca” (p. 139). Este proyecto revela de esta manera un vínculo muy cercano
entre el “hecho arquitectónico” y la ciudad, el área en la que se gestó, las vías, la comunidad y hasta
el paisaje circundante.
Arias finaliza el texto con una propuesta teórica sobre “el ciclo tipológico unitario” de los
proyectos del BCH de la cual quedan las siguientes reflexiones: 1) que la arquitectura de estos
proyectos puede pensarse como urbana; 2) que hubo una modernización de la práctica y de la
profesión de la arquitectura debido a la incorporación de un nuevo cliente y un nuevo encargo: el
habitante anónimo de la ciudad y una vivienda que aspira a cumplir estándares económicos y de
eficiencia propios de la producción en serie y la vida moderna; y 3) que estos proyectos pueden
pensarse como un aporte a la constitución de la ciudad, a su “fundamental naturaleza urbana” (p.
162). Por tanto, se argumenta que los proyectos del BCH transformaron el espacio físico de la ciudad,
“convirtiéndolo en el centro urbano de una extensa región metropolitana” (p. 164).

Visto en conjunto, el libro cumple con sus objetivos y logra demostrar las relaciones entre arquitectura
y ciudad a la luz de los proyectos de vivienda del BCH. Arias establece un camino investigativo
apegado a la teoría, pero lo suficientemente flexible para realizar comparaciones juiciosas entre los
casos que componen su objeto de estudio. Al final, termina siendo casi un ejercicio de carácter
demostrativo en el cual el autor plantea una serie de postulados la relación entre la arquitectura y

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la ciudad que se van demostrando a partir de ejemplos concretos cada uno de los proyectos del
BCH. En este aspecto en particular, el trabajo demuestra gran coherencia.
En el proceso, Arias logra dibujar también una radiografía de las dinámicas urbanas en
Bogotá hacia mediados del siglo XX apoyándose no solo en investigaciones de otros colegas y
testimonios como el de Salmona, sino en la historia misma de los proyectos. Aquí se refuerza el
vínculo entre cada uno de los casos de estudio y la ciudad, pues sus historias son compartidas, se
complementan la una a la otra y en ellas es posible descubrir aspectos muy particulares de la ciudad.
Resulta muy interesante también que Arias entra en diálogo con el pasado de la ciudad y la entiende
como un fenónemo diacrónico, marcado por continuidades y rupturas. Esto es evidente en el constante
ir y venir que hace el autor entre las nuevas ideas que se articularon en los proyectos del BCH y los
antiguos planes de ordenamiento de Bogotá.
De todo este recorrido, sin embargo, sorprende la ausencia de otras dimensiones de la
arquitectura y de la ciudad. Como menciona Salmona en uno de sus testimonios, construir en la ciudad
y, sobre todo, construir de cierta manera es un acto de connotaciones políticas importantes. Esto
adquiere todavía más relevancia al hablar de una serie de proyectos liderados por el Estado. ¿Qué nos
dice esta iniciativa sobre la intervención del gobierno y otras fuerzas en las dinámicas urbanas? ¿A
qué otros factores más allá de una serie de necesidades concretas de vivienda respondió este gran
esfuerzo del gobierno? ¿Qué cambios se dieron en la concepción del arquitecto y del urbanista como
actores urbanos? Estos y muchos otros interrogantes se hubiesen podido resolver con una
contextualización más profunda del problema de investigación.
En lo teórico también se dejan una serie de planteamientos sumamente sugestivos sin
desarrollar. En particular, quisiera hacer énfasis en el concepto de “casa” o “hábitat”. ¿Qué efectos
tuvieron estos proyectos en la forma en que los ciudadanos entendían la vivienda? ¿Cómo se habitaron
estos nuevos espacios? ¿Cumplieron con las expectativas? ¿En cuáles otros proyectos podemos ver
reflejadas estas iniciativas? Arias cumple con una descripción rigurosa, por no decir milimétrica, de
cada uno de los casos, pero deja de lado el componente humano, que es, en esencia, el que se encuentra
detrás de todo proyecto de vivienda. Recordemos que los proyectos son precisamente esto: un intento
de producir vivienda económica que cumpla con estándares internacionales para sectores de ingresos
medios y bajos. La incorporación del elemento humano, de las percepciones de los habitantes de estos
proyectos, hubiese enriquecido el debate sobre las relaciones entre arquitectura y ciudad. En el texto
aparece completamente desdibujado el “morador”, el “habitante”, aquel que vive y experimenta de
primer mano los cambios en la ciudad.
Lo anterior, sin embargo, no resta valor a la propuesta de Arias. En su investigación logra
articular efectivamente una relación vital de las dinámicas urbanas (arquitectura y ciudad), al tiempo
que provee insumos de gran valor para entender las transformaciones de Bogotá en la segunda mitad
del siglo XX. La arquitectura de los barrios del BCH constituye así un aporte no solo al acervo de
conocimiento de arquitectos y urbanistas, sino a todos aquellos interesados en la historia de Bogotá.
Como Arias bien indica llegando al final del libro, la investigación termina con unos puntos
suspensivos: es apenas una provocación metodológica y teórica para entender la ciudad a través de
su arquitectura y de sus proyectos, que abre múltiples caminos aún por explorar.